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Del campo a la ciudad: Producción y comercialización de recipientes anfóricos en el bajo Guadalquivir durante la II Edad del Hierro

Moreno Megías, Violeta

Abstract

El objeto de esta Tesis Doctoral es el estudio de la producción y comercialización de los excedentes agropecuarios procedentes del entorno del Bajo Guadalquivir, con especial hincapié en el análisis de las redes de distribución de las mercancías a través de los recipientes que los contenían, las ánforas Pellicer BC y Pellicer D. El marco cronológico del estudio se sitúa, dentro de la Protohistoria, en la II Edad del Hierro, es decir, desde el tránsito al siglo V a.C. (inicio de la II Edad del Hierro) hasta finales del siglo I a.C. La investigación se ha desarrollado a través del análisis, desde distintas perspectivas, de los recipientes cerámicos anfóricos, principales contenedores mediante los cuales los excedentes agrícolas fueron transportados y redistribuidos. Las riberas del Guadalquivir y la campiña de Sevilla constituyen un ámbito geográfico especialmente interesante para la aplicación de un estudio de este tipo, dado el desarrollo que experimenta la zona en este periodo histórico mediante las relaciones externas que influencian, a escala local y regional, a las sociedades prerromanas turdetanas. En este trabajo se ofrece una definición tipológica, composicional y tecnológica de la variabilidad productiva de los recipientes anfóricos del Bajo Guadalquivir. En base a dichas caracterizaciones, se establecen asociaciones entre ciertas particularidades morfológicas o arqueométricas y talleres alfareros concretos, lo que permite profundizar en el papel que desempeñaron los principales asentamientos de la zona en la red comercial de distribución y consumo de excedentes alimentarios. En el marco de este registro material, hemos afrontado distintos problemas productivos, desde la implantación y la actividad de los talleres responsables de estas manufacturas hasta las elecciones tecnológicas de sus artesanos, pero también comerciales y organizativos, como la circulación de estos envases, sus contenidos, su registro o su identificación por parte de los consumidores.

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DEL CAMPO A LA CIUDAD: LA PRODUCCIÓN Y COMERCIALIZACIÓN DE RECIPIENTES ANFÓRICOS EN EL BAJO GUADALQUIVIR DURANTE LA II EDAD DEL HIERRO. Tesis Doctoral presentada por Violeta Moreno Megías DIRECTORES: Dr. Pedro José Sánchez Soto Dr. Francisco José García Fernández Departamento de Prehistoria y Arqueología Facultad de Geografía e Historia Universidad de Sevilla Mayo 2017 A mis padres, Sara y Antonio, por haberme dejado creer siempre que podría llegar hasta donde quisiera. “Do. Or do not. There is no try”. El Imperio Contraataca “How often have I said to you that when you have eliminated the impossible, whatever remains, however improbable, must be the truth?” Arthur Conan Doyle, The Sign of Four RESUMEN El objeto de esta Tesis Doctoral es el estudio de la producción y comercialización de los excedentes agropecuarios procedentes del entorno del Bajo Guadalquivir, con especial hincapié en el análisis de las redes de distribución de las mercancías a través de los recipientes que los contenían, las ánforas Pellicer BC y Pellicer D. El marco cronológico del estudio se sitúa, dentro de la Protohistoria, en la II Edad del Hierro, es decir, desde el tránsito al siglo V a.C. (inicio de la II Edad del Hierro) hasta finales del siglo I a.C. La investigación se ha desarrollado a través del análisis, desde distintas perspectivas, de los recipientes cerámicos anfóricos, principales contenedores mediante los cuales los excedentes agrícolas fueron transportados y redistribuidos. Las riberas del Guadalquivir y la campiña de Sevilla constituyen un ámbito geográfico especialmente interesante para la aplicación de un estudio de este tipo, dado el desarrollo que experimenta la zona en este periodo histórico mediante las relaciones externas que influencian, a escala local y regional, a las sociedades prerromanas turdetanas. En este trabajo se ofrece una definición tipológica, composicional y tecnológica de la variabilidad productiva de los recipientes anfóricos del Bajo Guadalquivir. En base a dichas caracterizaciones, se establecen asociaciones entre ciertas particularidades morfológicas o arqueométricas y talleres alfareros concretos, lo que permite profundizar en el papel que desempeñaron los principales asentamientos de la zona en la red comercial de distribución y consumo de excedentes alimentarios. En el marco de este registro material, hemos afrontado distintos problemas productivos, desde la implantación y la actividad de los talleres responsables de estas manufacturas hasta las elecciones tecnológicas de sus artesanos, pero también comerciales y organizativos, como la circulación de estos envases, sus contenidos, su registro o su identificación por parte de los consumidores. ABSTRACT This Doctoral Thesis studies the production and commercialisation of the rural surplus of the lower Guadalquivir Valley, focusing on the analysis of the distribution networks of the commodities through the consideration of their containers, the Pellicer BC and Pellicer D amphora types. Chronologically, this production concentrates on the Late Iron Age, the end of the Protohistory, more concretely from the beginning of the 5th century BC to the end of the 1st century BC. The research of the transport and distribution of the agricultural surplus has been conducted through the multi-perspective analysis of the amphorae. The riverbanks of the lower Guadalquivir and the countryside of Seville are an ideal geographical area for developing such a study, considering the evolution of the region during this historical period due to the external connections that influenced the Pre-Roman Turdetanians at a local and regional scale. This Dissertation offers a typological, compositional and technological definition of the variability in the production of amphorae in the lower Guadalquivir Valley. On the basis of these characterisations, several associations between morphological or archaeometrical features and specific pottery workshops have been established. Consequently, these relations lead to a better understanding of the economic roles of the main settlements of the region in the alimentary surplus distribution and consumption network. The study of the ceramic assemblages have considered productive questions, from the establishment and the activity of the workshops to the technological choices of the potters, but also commercial and organization problems, as the movement of the amphorae, their content, their registration system or the identification of the product by the recipients. AGRADECIMIENTOS El desarrollo de esta Tesis Doctoral, y del largo proceso de aprendizaje y reinvención que ha supuesto su realización, ha marcado una etapa muy importante en mi vida, a nivel tanto académico como personal. Una tarea que iba creciendo en responsabilidad y complejidad según el tiempo para finalizarla disminuía y que ha necesitado del insustituible apoyo de numerosas instituciones y personas para que pueda verse hoy terminada. Es, por tanto, fundamental que exprese mi agradecimiento a todos aquellos que me han permitido vivir esta experiencia y completar los objetivos marcados al inicio del Doctorado, excusándome por la extensión que puedan tomar estas palabras. En primer lugar, debo agradecer al Ministerio de Educación, Cultura y Deportes la concesión de una beca predoctoral en forma de Ayuda para la Formación de Profesorado Universitario entre 2013 y 2017, que me ha permitido dedicarme en exclusividad a la realización de esta investigación junto a las actividades docentes desarrolladas en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla. De igual forma, mi estancia en el Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Sevilla ha sido provechosa y llena de buenos recuerdos gracias a la fantástica acogida de cada uno de sus miembros, entre los que siempre me he sentido bien recibida. Guardo un inmenso agradecimiento a cada uno de los profesores del Departamento, que me han guiado en tantas cuestiones académicas, docentes y burocráticas. En especial debo mencionar a mi Codirector, Francisco José García Fernández, quien desde los últimos años de mi licenciatura no ha dejado de confiar en mí y que me ha permitido introducirme, de manera irreversible, en el mundo de los estudios cerámicos y en el amor por los turdetanos. Junto a Pedro José Sánchez Soto, también Codirector de este trabajo, han supuesto el pilar imprescindible para que lograra la financiación necesaria para seguir dedicándome a la investigación así como la guía principal sobre la que se han desarrollado los estudios que aquí se presentan, disponibles a todas las horas del día, además de darme acceso a la aplicación de distintas técnicas arqueométricas y a la interpretación de sus resultados. Por otro lado, han sido muchos los compañeros del Departamento que han significado una ayuda fundamental para que esta Tesis Doctoral viera la luz. A Francisca Chaves y a todo el Grupo de Investigación “De la Turdetania a la Bética” les agradezco el apoyo y la amabilísima acogida, ofreciéndome el marco necesario para desarrollar mis estudios. A Eduardo Ferrer le debo su confianza a la hora de dedicar muchos recursos a los análisis arqueométricos requeridos para esta investigación, además de su disponibilidad y consejo. Mercedes Oria ha respondido siempre con la mayor disposición a todas mis necesidades, y por ello le debo estar inmensamente agradecida. Enrique García Vargas me proporcionó materiales seleccionados de la excavación del Patio de Banderas, confiando plenamente en mí para su análisis, además de responder todas las cuestiones que me han ido surgiendo a lo largo de estos años. María Belén y José Luis Escacena han estado también siempre dispuestos a escuchar mis consultas y a proporcionarme toda la ayuda que estaba en su mano. Y todo el resto del profesorado se ha comportado en el mejor modo posible durante el tiempo de mi pertenencia al Departamento, así como después de que finalizara. Debo reservar un agradecimiento especial para mis compañeros pre y post doctorales, que han alegrado todo este tiempo con el aliento de su amistad y el apoyo en los tiempos difíciles. Pedro Albuquerque, Cristina Ávila, Marta Cintas, José Ángel Cordero, Álvaro Gómez, Daniela Lallone, Miriam Luciañez, Coronada Mora, Luis Gethsemaní Pérez y Antonio Sáez me han proporcionado su ayuda en innumerables ocasiones, han calmado mis incertidumbres y han generado interesantísimas conversaciones entre las que se han fraguado no pocas de las páginas de esta Tesis. Otro compañero, lejano pero que siento como si fuera de mi misma Universidad, Sergio España, me ha alentado siempre y me ha marcado el camino a seguir con su ejemplo. De manera particular, me gustaría agradecer especialmente su apoyo a tres de estas personas. Por un lado, a Miriam y a Raúl, por no haber permitido que me perdiera en los impulsos procrastinadores, por no haber dejado que me llevara por delante la impotencia del tiempo que corría y la cantidad de obstáculos que conlleva esta carrera a contrarreloj, porque la desesperación entre amigos encuentra una solución. Al final de esta etapa, cada uno de nosotros no habrá hecho una tesis para ser Doctor, sino tres. Que este trabajo esté terminado os lo podéis apuntar también como triunfo vuestro. Y por otro lado, a Antonio, a quien sigo queriéndome parecer y a quien más he acribillado con dudas durante mucho tiempo, intentando aprovecharme de su saber infinito, respondiendo siempre con paciencia e interés, además de haber soportado mis nervios en no pocos congresos. Por otro lado, las estancias en el extranjero han sido fundamentales para esta Tesis Doctoral, siendosin duda la clave para obtener la formación necesaria para aplicar la metodología y lograr los objetivos planteados. Los equipos internacionales con los que he tenido el privilegio de trabajar han puesto todo su empeño para que, desde mi ignorancia propia de una Licenciada en Historia, pudiera llegar a comprender gran parte de los análisis arqueométricos que pasaban por mis manos y ser independiente en la preparación y estudio de mis propias muestras. El profesor Ernst Pernicka aceptó mi solicitud de estancia en 2014 y me permitió introducirme en el mundo de la Arqueometría, poniendo a mi disposición las instalaciones de la Universidad de Heidelberg y del Curt-Engelhorn-Zentrum Archäometrie de Mannheim, donde pude iniciar los análisis químicos de mi Tesis en ventajosas condiciones. Igualmente agradezco a Thorsten Schifer la formación en preparación de muestras para análisis por activación de neutrones así como, de manera fundamental, a Pamela Fragnoli, quien me inició en la microscopía óptica de luz polarizada y en la interpretación de láminas delgadas. Fue gracias a ella que conocí al equipo de la Universidad de Sheffield, capitaneado por el profesor Peter Day, quien me acogió como investigadora visitante en 2015. Tanto él como sus colaboradores, Marta Tenconi y Miguel Del Pino, se esforzaron en darme una formación completa en Petrografía cerámica, ayudándome en la interpretación de mis muestras y poniendo las bases fundamentales e imprescindibles para los resultados que pueden leerse en las páginas que siguen. Sin duda, esta estancia supuso un antes y un después en el desarrollo de mi Tesis Doctoral. También debo agradecer a Veronica Testolini y a Gareth Perry que me enseñaran a realizar mis propias láminas delgadas, además de la infinita paciencia de éste último para resolver todos los problemas técnicos ocasionados y su enorme interés, fácilmente contagiable, por los aspectos tecnológicos que revelaban mis muestras de ánforas. Por último, en 2016 tuve la suerte de poder compartir varios meses de trabajo con la profesora Gloria Olcese en la Universidad La Sapienza de Roma. Las largas conversaciones acerca de mis investigaciones me impulsaron a escribir las partes fundamentales de esta Tesis durante aquella estancia, además de realizar los últimos análisis petrográficos de mis muestras gracias a la cesión del microscopio de su grupo de investigación. Asimismo, debo agradecer al personal bibliotecario de la Escuela Española de Historia y Arqueología las facilidades encontradas para tomar la biblioteca como campamento base en Roma, durante largas jornadas de escritura. Por otro lado, el personal del Museo de la Ciudad de Carmona, y especialmente, como siempre, Juan Manuel Román, han hecho extremadamente fácil y agradable el trabajo con los materiales, por lo que les estaré siempre agradecida, así como al Museo Arqueológico de Sevilla. Pero todo esto hubiera sido imposible sin el apoyo incuestionable de mi familia. Mis padres, que me han debido soportar explicándoles todos y cada uno de los detalles de mi investigación, han sido un apoyo imprescindible, especialmente en los últimos meses de redacción, colaborando además en la compilación de tablas o la revisión de textos. Sin su ayuda no habría podido dedicarme en tal extremo a mi trabajo y sin duda nunca habría terminado en los tiempos establecidos, y es por ello, y por su incansable apoyo y confianza desde que decidiera convertirme en arqueóloga, que les dedico esta Tesis. Mi hermano Antonio y el resto de mi familia han sabido comprender mis ausencias y mis prioridades, y sólo espero tener la oportunidad de devolverles el cariño que me han demostrado. No puedo tampoco olvidar a mis alumnos, de los que tanto he aprendido, sobre todo aquellos que decidieron colaborar con este trabajo, invirtiendo numerosas horas de su tiempo libre en la digitalización de dibujos de piezas cerámicas. Carlos Costa apareció como agua de mayo dispuesto a ayudarme, y gracias a él conseguimos levantar un activo grupo de trabajo formado por Paula Zambrano, Reyes López, Aida Pabón, Francisco Javier Muñoz, Marina Carrasco, Pablo García, Luis Tremblay, Pilar Grosso, María Sánchez, Pedro Daniel Martínez, Antonio López, Esperanza Labella, Victoria Vázquez, Amada Tirado y Almudena Gómez. Mi agradecimiento es especialmente 16 5.2.2.1.15. Ladera del Grullo Grande. 311 5.2.2.1.16. Laguna Sevilla. 311 5.2.2.1.17. Las Motillas I. 312 5.2.2.1.18. Las Motillas III. 313 5.2.2.1.19. Las Motillas IV. 313 5.2.2.1.20. Loma de la Lombriz I. 313 5.2.2.1.21. Loma de la Lombriz III. 314 5.2.2.1.22. Los Felipes III. 314 5.2.2.1.23. Los Galindos I. 315 5.2.2.1.24. Palmarete. 315 5.2.2.1.25. Porcún I. 315 5.2.2.1.26. Porcún II. 316 5.2.2.1.27. Pozo Gallego. 316 5.2.2.1.28. Rancho Melero. 317 5.2.2.1.29. Rancho Pozo Blanquillo. 317 5.2.2.1.30. Salado IB. 317 5.2.2.1.31. San Ignacio II. 318 5.2.2.1.32. Santa Ana I. 318 5.2.2.1.33. Santa Iglesia IV. 319 5.2.2.1.34. Vistalegre. 319 5.3. La vega del Guadalquivir 320 5.3.1. Estratigrafías y contextos de referencia 322 5.3.1.1. Término Municipal de Alcalá del Río. 322 5.3.1.1.1. C/ La Cilla 4-6. 323 5.3.1.2. Término Municipal de Santiponce. 324 5.3.1.2.1. Pajar de Artillo. 326 5.3.1.2.2. Casa de la Venus (C/ Moret 15) 328 17 5.3.1.3. Término Municipal de La Rinconada. 329 5.3.1.3.1. Cerro Macareno: campaña 1974. 329 5.3.1.3.2. Cerro Macareno: campaña 1976. 335 5.3.1.4. Término Municipal de Sevilla. 338 5.3.1.4.1. Palacio Arzobispal. 339 5.3.1.4.2. Patio de Banderas. 340 5.3.1.4.2. C/ Argote de Molina. 343 5.3.1.4.3. Cuesta del Rosario. 345 5.3.1.5. Término Municipal de Coria del Río. 347 5.3.1.5.1. Cerro de San Juan. 348 5.4. La difusión de ánforas turdetanas fuera del Bajo Valle del Guadalquivir. 350 5.4.1. Bahía de Cádiz. 351 5.4.2. Valle del Guadalete y la campiña gaditana. 356 5.4.3. Medio y Alto Valle del Guadalquivir y Andalucía oriental. 359 5.4.4. Costa atlántica meridional, desembocadura del Guadiana y Algarve. 366 5.4.5. Costa atlántica portuguesa central y estuario del río Tajo. 370 5.4.6. Valle medio del Guadiana y Beturia. 371 5.4.7. Noroeste de la península ibérica. 373 5.4.8. Norte de la costa atlántica africana. 375 · CAPÍTULO 6: La caracterización composicional y tecnológica de las ánforas turdetanas. 377 6.1. Análisis realizados con anterioridad a cerámicas procedentes de contextos turdetanos. 377 6.1.1. Caracterización macroscópica. 377 6.1.2. Caracterización petrográfica. 381 6.1.3. Caracterización mineralógica y química. 386 6.2. Grupos técnicos macroscópicos de las ánforas turdetanas. 396 18 6.3. Caracterización química y mineralógica de las ánforas turdetanas. 410 6.3.1. Caracterización mediante análisis por activación de neutrones. 410 6.3.2. Caracterización mediante difracción de rayos X, microscopio electrónico de barrido y análisis por energías dispersivas de rayos X. 413 6.3.3. Caracterización mediante fluorescencia de rayos X. 414 6.4. Caracterización petrográfica de las ánforas turdetanas. 417 6.4.1. Fabrics o grupos de pasta. 422 6.4.2. Distribución cronológica de los grupos petrográficos. 446 6.5. Caracterización tecnológica de las ánforas turdetanas. 447 6.5.1. La preparación de la materia prima. 448 6.5.2. El modelado. 452 6.5.3. La cocción. 459 6.6. Determinación de contenidos residuales. 462 · CAPÍTULO 7: La red de centros productivos, redistribuidores y consumidores a través de los recipientes de transporte. 471 7.1. Análisis espacial de la distribución de grupos composicionales y tipológicos. 471 7.1.1. Las limitaciones de una tipología inexistente: dificultades para delimitar los tipos Pellicer BC y Pellicer D. 471 7.1.2. La distribución de las variantes tipológicas de las ánforas turdetanas Pellicer BC y Pellicer D. 472 7.1.3. La distribución de las ánforas turdetanas según su caracterización composicional. 485 7.1.3.1. Según la composición macroscópica. 485 7.1.3.2. Según la composición petrográfica. 489 7.2. Las marcas de alfarero en las ánforas turdetanas. 501 7.3. La red comercial de productos en envases anfóricos turdetanos en el Bajo Valle del Guadalquivir. 528 19 7.3.1. Los agentes de la red comercial. Roles de los asentamientos y estructuras productivas en el Bajo Guadalquivir. 528 7.3.1.1. Centros productores: lo que se puede afirmar sobre la fabricación de ánforas turdetanas. 529 7.3.2. El sistema de importación y exportación de productos agropecuarios. 539 · CAPÍTULO 8: Conclusiones. 543 8.1. Conclusiones del trabajo de investigación. 543 8. 2. Líneas de investigación futuras. 548 · BIBLIOGRAFÍA 557 · Anexo 1: Inventario de materiales estudiados. · Anexo 2: Láminas. · Anexo 3: Tablas. Tabla I. Relación de piezas cerámicas sometidas a análisis por activación de neutrones. Tabla II. Resultados de los análisis por activación de neutrones Tabla III. Caracterización mineralógica de las ánforas turdetanas analizadas por difracción de rayos X. Tabla IV. Relación de láminas delgadas analizadas petrográficamente. Tabla V. Relación de muestras sometidas a análisis de contenidos residuales. Tabla VI. Distribución de los grupos petrográficos según yacimiento y tipo anfórico. Tabla VII. Resultados de los análisis por fluorescencia de rayos X. · Anexo 4: Diagramas y espectros. Diagramas de análisis por difracción de rayos X Microscopía electrónica de barrido y microanálisis químico por espectroscopía de Energías Dispersivas de Rayos X de una muestra de ánfora turdetana. · Anexo 5: Mapas. 20 Mapas de variantes morfológicas. Mapas de grupos técnicos macroscópicos. Mapas de grupos petrográficos. 21 · CAPÍTULO 1: Introducción. 1.1. Introducción. El objeto de esta Tesis Doctoral es el estudio de la producción y comercialización de los excedentes agropecuarios procedentes del entorno del Bajo Guadalquivir, con especial hincapié en el análisis de las redes de distribución de las mercancías a través de los recipientes que los contenían. El marco cronológico del estudio se sitúa, dentro de la Protohistoria, en la II Edad del Hierro, es decir, desde el tránsito al siglo V a.C. (inicio de la II Edad del Hierro) hasta finales del siglo I a.C., con la reorganización del territorio por parte de Roma. La investigación se ha desarrollado a través del análisis desde distintas perspectivas de los recipientes cerámicos anfóricos, principales contenedores mediante los cuales los excedentes agrícolas fueron transportados y redistribuidos. La campiña de Sevilla constituye un ámbito geográfico especialmente interesante para la aplicación de un estudio de este tipo, dada la evolución que experimenta la zona en este periodo histórico. No sólo se trata de la evolución del territorio desde el punto de vista de la conectividad interna entre las áreas agrícolas de la campiña y las zonas de consumo y redistribución con salida portuaria, sino que también están implicadas diversas relaciones externas que influencian los desarrollos a escala local y regional de las sociedades prerromanas turdetanas. La finalidad de este trabajo se centra, por tanto, en definir las características de una producción cerámica concreta, las ánforas turdetanas, en virtud de un estudio tipológico, macroscópico y arqueométrico. La larga evolución histórica y, a la vez, la amplitud de la zona estudiada, el bajo valle del Guadalquivir, hacía imposible plantear objetivos absolutos, como la propuesta de una tipología completa y con pretensiones definitivas, o proporcionar datos cuantitativos acerca de la presencia total de estas manufacturas en el área analizada. Estamos lejos, incluso, de proponer una cronología garantizada para cada uno de los tipos de ánforas turdetanas, teniendo en cuenta el estado de la información actual respecto a los contextos arqueológicos en los que aparecen, y en la mayoría de los casos debemos remontarnos a las cronologías propuestas por los excavadores de cada uno de estos contextos, sin tener opción a revisar la totalidad de su estratigrafía. Esta circunstancia obliga a trabajar con dataciones genéricas, solapadas y poco definidas en lo que respecta a las transformaciones en el campo de la producción cerámica, no sólo por los problemas de datación de cada uno de los niveles, sino también por cuestiones como la residualidad de los materiales o la permanencia de tipos obsoletos. El trabajo que presentamos pretende aportar un desglose de las principales líneas de las tendencias productivas que afectan a estos tipos cerámicos y las atribuciones espaciales, cronológicas o culturales que éstas puedan revelar. Al modo de otras producciones cerámicas en variados puntos del Mediterráneo (Olcese 2003: 7), las 22 ánforas turdetanas permiten intuir una cierta koiné en la tradición alfarera de un entorno de amplios límites, que dibuja un panorama productivo muy variado regido por un modelo económico de múltiples engranajes y con numerosos protagonistas. No todas las ánforas con estas formas provenían de los talleres del Bajo Guadalquivir, y no todas las ánforas aquí fabricadas tendrían los mismos perfiles. Pero si existe un solapamiento entre ambas realidades, éste se encuentra contenido en los recipientes conocidos como Pellicer BC y Pellicer D, distribuidos a través de largos caminos por tierras, ríos y mares a ciudades y campos de muy distinta índole social, cultural y, probablemente, política. En el marco de este registro material, hemos intentado afrontar distintos problemas productivos, desde la implantación y la actividad de los talleres responsables de estas manufacturas hasta las elecciones tecnológicas de sus artesanos, pero también comerciales y organizativos, como la circulación de estos envases, sus contenidos, su registro o su identificación por parte de los consumidores. Para un mejor conocimiento de las cerámicas estudiadas y para responder a algunas de las cuestiones productivas y tecnológicas planteadas, se ha recurrido a metodologías analíticas de laboratorio, con el objetivo de caracterizar química y mineralógicamente los materiales estudiados. Los resultados obtenidos, gracias a la inserción de todos los aspectos de los enfoques tanto arqueológico como arqueométrico, nos demuestran que la realidad histórica subyacente es enormemente rica y que requerirá de posteriores trabajos de investigación que contribuyan a cerrar los frentes abiertos con las conclusiones de esta Tesis Doctoral. El conocimiento de las producciones cerámicas turdetanas, ya muy avanzado gracias a los numerosos trabajos recientes que se han desarrollado en torno a ellas, pero sobre todo el conocimiento de las elecciones tecnológicas y económicas de la región, nos permitirán individualizar con mayor facilidad los rasgos propios de la zona de estudio y nos darán importantes indicaciones para interpretar las modalidades productivas no sólo de esta área, sino de otros ambientes similares de la Protohistoria del Occidente mediterráneo. 1.2. Objetivos. En el desarrollo de la presente Tesis Doctoral se han establecido los siguientes objetivos generales, vinculados a las líneas de investigación principales de los últimos proyectos desarrollados por el Grupo de Investigación al que se adscribe el presente proyecto, “De la Turdetania a la Bética” (HUM-152): 1. Profundizar en el análisis de la economía rural a lo largo de la Segunda Edad del Hierro (desde el tránsito del siglo V a.C. hasta finales del siglo I d.C.), mediante el estudio de la producción y comercialización de los excedentes agropecuarios procedentes de las campiñas sevillanas del valle del Guadalquivir a través del análisis de los recipientes anfóricos, vehículos de la distribución de los bienes de consumo alimenticios. 23 2. Examinar y describir las redes existentes de distribución y circulación de dichos excedentes agropecuarios, distinguiendo entre los roles productivos, redistributivos y consumidores. Estas redes se estudiarán a distintas escalas, principalmente a escala local y regional, así como se procederá a identificar relaciones externas mediante la actividad exportadora. 3. Realizar una aproximación a los procesos productivos artesanales que intervienen en la economía rural para el periodo en cuestión. En particular, en lo que respecta a los aspectos tecnológicos de la fabricación de los envases cerámicos, así como a la organización y ubicación de los alfares productores de los recipientes, mediante los cuales se llevaría a cabo la distribución de productos agropecuarios. Como objetivos específicos para alcanzar los anteriormente expuestos, se establecen los siguientes: 1. Registrar una muestra representativa de la presencia de ánforas turdetanas de los tipos estudiados en los principales asentamientos situados en las orillas del Bajo Guadalquivir y en establecimientos rurales situados en la campiña sevillana. 2. Realizar una clasificación de los tipos anfóricos locales utilizados para el transporte de excedentes alimentarios y sus distintas variantes, a través de sus atributos morfológicos y técnicos mediante análisis morfotipológico y macroscópico. 3. Caracterizar las ánforas turdetanas desde un punto de vista composicional mediante análisis petrográfico, mineralógico y químico. 4. Analizar las características de las piezas y definir, en su caso, patrones de forma y composición de los recipientes anfóricos según su distribución espacial dentro de las redes comerciales del ámbito de estudio. 5. Identificar la procedencia común de recipientes anfóricos mediante la caracterización de las pastas cerámicas, sean provenientes de centros o áreas productoras aún no identificados o asociables a centros productores ya conocidos, así como localizar relaciones entre centros alfareros conocidos y la fabricación de determinados conjuntos de recipientes anfóricos turdetanos. 6. Reconocer los principales centros consumidores y distribuidores de los productos agropecuarios que se ponen en circulación, así como sus respectivas posiciones y roles dentro de las redes comerciales que se describan. 24 1.3. Justificación. La necesidad de emprender esta investigación venía determinada por las carencias del conocimiento del entramado productivo de las ánforas turdetanas, las cuales habían avanzado poco en su caracterización desde que fueran definidas por primera vez entre los materiales procedentes del yacimiento de Cerro Macareno (Pellicer 1978b). Los recipientes anfóricos turdetanos, espejo sobre el que se refleja el transporte y comercio de productos alimenticios agropecuarios, fueron descritos en aquel momento a través de una clasificación de carácter provisional que, sin embargo, ha alcanzado la actualidad sin que los numerosos intentos de revisión hayan logrado sustituirla. A partir de esta ordenación, se han multiplicado las referencias a estos envases utilizando categorías descriptivas que nunca fueron descritas con un contenido claro, mientras que empezaba a asociarse su producción con éste y otros yacimientos de la región del Bajo Guadalquivir en los que aparecían con frecuencia junto a sospechosas instalaciones de alfar. Por otro lado, su presencia en otras áreas de conocida actividad alfarera e integradas en las mismas redes comerciales, como la bahía de Cádiz o el norte de Marruecos, incitaba a la relación de estas ánforas a producciones púnicas asentadas en Gadir o incluso en Kuass. Pero todas estas afirmaciones se iban construyendo alrededor de las ánforas turdetanas sin un verdadero análisis de base, un estudio directo de los materiales en cuestión que trascendiera la vertiente exclusivamente morfotipológica con la que se estudiaba la participación de los diferentes asentamientos en el comercio del momento, según la cantidad de ánforas de cada tipo y de cada procedencia identificadas. Las estipulaciones sobre la proveniencia de los envases de los tipos Pellicer BC y Pellicer D se consideraban símbolos locales de la explotación de los recursos agrarios turdetanos, aunque se echaba en falta desde hacía ya demasiado tiempo un verdadero análisis composicional que pusiera en cuestión, por un lado, si efectivamente se trataba de una producción homogénea, y, por otro, si era compatible con un origen cierto en el Bajo Guadalquivir, en la bahía de Cádiz, en Marruecos o en algún otro lugar. Las elecciones tecnológicas de los alfareros, las condiciones de amasado o de cocción o las especificaciones de las rutas que conectaban género primario y puntos de envasado, eran otros aspectos que también habían quedado desatendidos en la falsa seguridad que parecían ofrecer los datos conocidos hasta el momento. En numerosas ocasiones se había ya reconocido la necesidad de profundizar acerca de estos aspectos mediante estudios que aplicaran una óptica diferente al análisis de la economía prerromana del Bajo Guadalquivir, especialmente al mundo turdetano, como en las citas que aquí recopilamos cronológicamente (referidas más o menos concretamente al análisis arqueométrico de los recipientes anfóricos y al estudio de sus líneas de distribución): 25 - “La investigación de las ánforas en el sur peninsular necesita aún el establecimiento de tipos, el estudio de orígenes y áreas de producción, así como las funciones y contenidos de estos recipientes.” (Florido 1984: 433). - “Sin embargo, en este sentido se hace cada vez más necesario el acometer estudios analíticos de pastas, recubrimientos y posibles residuos orgánicos, pues a partir de estos datos podremos obtener información vital sobre la economía de las comunidades turdetanas. (…) Si somos capaces de reconocer y determinar los circuitos interiores por los que se movieron, estaremos más cerca de definir, en primera instancia, las relaciones comerciales entre los diversos centros turdetanos, tan desconocidos aún, para en un paso más, poder pasar a establecer los posibles vínculos jerárquicos entre ellos. (...) Insistimos, por tanto, en el carácter preliminar de este ensayo, sobre el que es necesario trabajar con mayor profundidad y nos limitamos, pues, a señalar una vía sobre la que encaminar futuras investigaciones” (Niveau de Villedary 2002: 244). - “(...) sigue siendo necesario un análisis en profundidad de este aspecto [la economía] que constituye, si cabe, uno de los más descuidados del mundo turdetano.” (García Fernández 2002: 225). - “Otro inconveniente es la escasa información que poseemos sobre producciones que con propiedad podamos llamar turdetanas, entendiendo por tales las fabricadas en alfares locales. Se echa en falta una base de datos analíticos que ayuden a la caracterización mineralógica de las pastas cerámicas con más precisión que los exámenes visuales o los métodos de análisis convencionales” (Belén 2006: 218); y más adelante: “La adopción de tipos anfóricos similares en toda la región no nos impide atisbar situaciones socioeconómicas muy diversas cuya investigación sigue siendo un tema pendiente y, en consecuencia, ya delimitado en lo esencial el ámbito de la producción turdetana respecto del de las poblaciones semitas, deberíamos prestar mayor atención al seguimiento de las redes internas de intercambio y a la implicación de las sociedades autóctonas en la compleja organización económica que la maraña de clases, tipos y subtipos de ánforas deja entrever para la Turdetania prerromana”. (Belén 2006: 242). - “Especialmente necesaria es una línea de trabajo sobre los recipientes anfóricos denominados “turdetanos” (Pellicer B-C y Pellicer D). Apenas contamos con datos sobre su origen y evolución, hasta el punto de que en algunos casos incluso se duda de que la forma Pellicer D proceda de estos talleres (Niveau de Villedary 2002). Tampoco conocemos los centros de producción de ánforas, pues no hay constancia de que en los hornos de Itálica, Cerro Macareno o Carmona se fabricaran, por lo que tampoco podemos establecer sus líneas de distribución. Asimismo, se ha especulado mucho sobre el hipotético contenido de estos recipientes (aceite y grano, principalmente), aunque en realidad aún no se han llevado a cabo análisis químicos sobre trazas orgánicas.” (Ferrer y García Fernández 2008: 212). - “La escasez de estudios arqueométricos, en menor medida incluidos en apéndices o tesis de licenciatura, a veces sin un contexto histórico por delante (García Heras 1997; 32 en el estudio con un interés principalmente comparativo, utilizando para ello muestras de cerámica pintada turdetana, arcillas y elementos relacionados con las estructuras fornáceas, desechos de cocción, y diferentes tipos anfóricos de dentro y fuera de las fronteras de la región del Bajo Guadalquivir. De esta manera, hemos limitado la obtención de conclusiones a los resultados obtenidos a través del estudio a las dos categorías de ánforas turdetanas determinadas en un principio por la clasificación de Pellicer a partir del conjunto de materiales del yacimiento de Cerro Macareno (Pellicer 1978b), obteniendo de cada uno de los asentamientos seleccionados una muestra representativa en función de: a) la disponibilidad de las piezas para su estudio directo y la toma de muestras; b) la relevancia del estudio de dicho yacimiento para la consecución de los objetivos de la Tesis Doctoral, que determina el mayor o menor porcentaje de materiales analizados; y c) las limitaciones presupuestarias y temporales que reducen las posibilidades del planteamiento de la investigación. En total, han sido manipulados 881 ejemplares de ánforas turdetanas, repartidos entre bordes, fondos y asas, procedentes de los siguientes yacimientos (indicados por orden alfabético): Alcalá del Río, Atalaya Alta, Barragua I y II, Cagancha, Carmona, Cerro del Orégano, Cerro del Tarazanil, Cerro Macareno, Cerros de San Ignacio, Chaparra de Montepalacio, Coria del Río, Cortijo del Carrascal, Grullo Grande I, La Batalá, Itálica, La Fábrica, La Gamorra II, La Platosa II, Ladera del Grullo Grande, Laguna Sevilla, Las Motillas I, III y IV, Loma de la Lombriz I y III, Los Felipes III, Los Galindos I, Montemolín, Palmarete, Porcún I y II, Pozo Gallego, Rancho Melero, Rancho Pozo Blanquillo, Salado IB, San Ignacio II, Santa Ana I, Santa Iglesia IV, Sevilla, Vico y Vistalegre. Algunos de ellos contienen diferentes contextos arqueológicos estudiados, otros son conocidos solamente por prospecciones superficiales; todos los casos han sido descritos y relacionados con toda la información arqueológica disponible en los apartados 5.2 y 5.3. Todas las piezas han sido, en su totalidad, documentadas mediante dibujo, fotografía y observación macroscópica de sus pastas. Determinados conjuntos han sido sometidos a análisis petrográfico a partir de láminas delgadas, así como a posteriores análisis químicos y mineralógicos, según los parámetros desarrollados en el Capítulo 2. Los detalles contextuales, la pertenencia a los diferentes grupos establecidos y la documentación gráfica de cada una de las muestras pueden consultarse en el catálogo del Anexo 1. 33 · CAPÍTULO 2: Metodología para el estudio de los recipientes anfóricos turdetanos. 2.1. Introducción a la metodología. El planteamiento metodológico de la presente investigación consideró, desde un principio, la necesidad de especificar los problemas concretos relacionados con la Arqueología de la producción y del comercio que debían ser resueltos, para después identificar los métodos y técnicas más adecuados para su resolución. El recurso a los análisis de laboratorio, tanto químicos como mineralógicos, ha subordinado sus objetivos a la resolución de dichos problemas arqueológicos, ampliando su interpretación a la comprensión de todos los aspectos relacionados con la comercialización de excedente agropecuario que pudieran haber interferido en la producción de recipientes cerámicos en el ámbito turdetano. No obstante, dicho planteamiento metodológico ha huido de la limitación a técnicas de laboratorio, buscando confeccionar un aparato analítico que pudiera detectar los problemas arqueológicos a resolver para tratar el estudio de la producción de los envases anfóricos turdetanos. Claramente, era necesario un planteamiento desde perspectivas múltiples, que permitiera la integración de información de distinto tipo, dedicada a la caracterización de los envases desde muy diferentes facetas. Proyectos de este tipo, integrando enfoques tipológicos, composicionales y espaciales para el estudio de la Arqueología de la tecnología y de la producción y el comercio, han sido propuestos en distintos contextos. Entre los ejemplos más destacados de la Arqueología española de los últimos años, señalamos una propuesta metodológica integrada del Grupo de Investigación del Patrimonio Arqueológico de Jaén, denominada “Análisis de Conjuntos Cerámicos” (Risquez y Hornos 1999) (Figura 2.1) o los numerosos trabajos del equipo de la Universidad de Barcelona, liderado por el prof. Buxeda (algunos ejemplos en Buxeda et al. 1994 o Martínez Ferreras 2008, una de las tesis doctorales surgidas de este grupo). No obstante, los protocolos de gestión del material arqueológico deben adaptarse a las particularidades del conjunto, especialmente en lo que concierne a la cuantificación y la selección de una muestra representativa (cfr. Adroher 2014). 34 Figura 2.1. Esquema de trabajo propuesto por el Grupo de Investigación del Patrimonio Arqueológico de Jaén para el estudio cerámico, a partir de Risquez y Hornos 1999: 42. A nivel más general, respecto al planteamiento de la investigación, entre nuestras fuentes metodológicas nos gustaría señalar el camino iniciado durante la carrera de Picon. Este investigador representa la figura de un pionero de una senda de amplia visión y de estudio exhaustivo de muchos de los problemas arqueológicos del área mediterránea, introductor de numerosos aspectos de la Arqueometría en determinados campos clásicos de la investigación arqueológica y también un activo buscador de interpretaciones etnográficas. Siguiendo su estela, destaca el ejemplo de Olcese en el estudio de las ánforas grecoitálicas, cuya serie de iniciativas dentro del proyecto Immensa Aequora ha supuesto un importante paralelo metodológico para este estudio (Olcese 2010, 2012 y 2013). Reduciendo la escala a un ámbito mucho más local, lo cierto es que el atlas de centros de producción cerámica creado en el seno de este proyecto (Olcese 2012) supone un modelo de lo que se aspiraría a conseguir en el Bajo Guadalquivir para las producciones turdetanas, como resultado final de las investigaciones que se están llevando a cabo actualmente, incluido el presente trabajo. La línea de esta iniciativa se enmarca en un proyecto FIRB3 más amplio que la financia, “Ricostruire i commerci nel Mediterraneo in epoca ellenistica e romana attraverso nuovi approcci scientifici e tecnologici”, precisamente la perspectiva que, a una escala regional, hemos seleccionado para este mismo estudio. En el caso del proyecto Immensa Aequora, uno de sus principales éxitos se basó en la calidad de su base de datos, que supo integrar información tanto arqueológica como epigráfica y arqueométrica para su desarrollo. Éste ha sido otro de los aspectos que hemos querido respetar del 3 Fondo per gli investimenti della ricerca di base, financiado por el Ministero dell’Istruzione e della Ricerca del Gobierno de Italia. 35 planteamiento metodológico, diseñando nuestra propia base de datos con informaciones de los mismos tipos, en los casos que fue posible. La perspectiva de la aplicación petrográfica que proponemos para este trabajo es la inicialmente formulada por Whitbread (1989) y adaptada por Day en los trabajos de su grupo de investigación (a partir de Day 1991). Por otro lado, el desarrollo de la presente investigación habría sido imposible sin los trabajos ya emprendidos por el Grupo de Investigación “De la Turdetania a la Bética”, en cuyos resultados de los últimos años se basa en su planteamiento y progreso (Chaves et al. 2010). Por último, se ha diseñado una base de datos y una serie de análisis espaciales mediante SIG, utilizando para estos últimos el software libre QGIS. 2.2. Selección de los casos de estudio y de la muestra para análisis. Los casos de estudio seleccionados constituyen importantes yacimientos protohistóricos para el conocimiento del desarrollo de la secuencia cultural del Bajo Guadalquivir, todos ellos situados en la actual provincia de Sevilla, a lo largo de diferentes municipios y unidades comarcales naturales. En su gran mayoría, los yacimientos excavados no han podido proporcionar extensas secuencias cronológicas, especialmente en los grandes núcleos urbanos aún hoy ocupados, pero sí han sido realizadas un importante número de intervenciones arqueológicas en puntos de gran interés. Algunas de estas intervenciones han sido de carácter preventivo, alcanzando distintos grados de alcance de la potencia estratigráfica de los yacimientos, mientras que otras actuaciones se han debido a la actualización del inventario de yacimientos arqueológicos de la provincia de Sevilla y la realización de cartas arqueológicas (Santana 2007). Algunos de estos yacimientos son ya considerados clásicos dentro de la Arqueología protohistórica española, gracias a los proyectos de investigación emprendidos a partir de la década de 1970. Entre estos destacan Cerro Macareno (La Rinconada), la Itálica protohistórica (Santiponce) o Montemolín y Vico (Marchena). Los últimos años han permitido aumentar la información disponible para el periodo de la II Edad del Hierro y la primera presencia romana republicana en núcleos tan importantes en la Antigüedad como Spal (Sevilla), Ilipa Magna (Alcalá del Río), Caura (Coria del Río) o Carmo (Carmona). El presente trabajo de investigación no pretende realizar un estudio de cuantificación ni una recopilación exhaustiva de la presencia de ánforas turdetanas en todos los yacimientos posibles. En cambio, se ha pretendido una selección de conjuntos de interés que pudieran dar una imagen representativa del sistema comercial formado por una red de centros productores, redistribuidores y consumidores en entornos de muy diferente tipo. Los criterios para la selección de casos de estudio han sido, pues, los siguientes: 36 · Atender al estudio tanto de centros productores (representados por la presencia de estructuras fornáceas para cerámica) como a otros que carezcan de estas evidencias productivas, y que sean considerados por tanto centros consumidores o puntos de redistribución De esta manera, se combinan asentamientos con roles comerciales considerados diferentes, los cuales serán observados desde el punto de vista de la caracterización tecnológica y composicional de sus elementos comunes. · Entre los asentamientos que no muestran estructuras productivas, cubrir tanto centros de contextos urbanos como rurales, con una especial atención a los materiales procedentes de actividades de prospección en yacimientos dedicados directamente a la explotación agropecuaria de la campiña. El objetivo de esta selección de contextos responde a la necesidad de combinar no sólo funciones desempeñadas en la supuesta red comercial sino también de aportar una lectura territorial hasta la escala mínima de la estructura económica rural. Por ello mismo, se han incluido casos de estudio situados tanto en la campiña como en la vega del Bajo Guadalquivir, una distribución que permite observar diferentes ámbitos de incidencia para cada tipo de perfil, pasta macroscópica o componentes petrográficos entre las ánforas turdetanas. · Analizar desde nuevas perspectivas los conjuntos de los yacimientos clásicos de la Protohistoria del Bajo Guadalquivir, cuyos materiales arqueológicos han sido sometidos en pocas ocasiones a análisis que trasciendan la vertiente morfotipológica, a la vez que se incorporan a la investigación algunos de los últimos contextos de la II Edad del Hierro sacados a la luz, una parte de ellos inéditos. Las diferentes perspectivas que han determinado la selección de los casos de estudio se desglosan, en consecuencia, en la integración de los criterios funcional (productor / consumidor / redistribuidor), territorial (situación en las riberas del Guadalquivir o en el interior de la campiña) e historiográfico (yacimientos clave en el estudio de la Protohistoria turdetana junto a materiales inéditos). De esta forma, han sido seleccionados, en primer lugar, los cuatro centros de habitación con evidencias productivas de actividad alfarera para esta época: Sevilla, Cerro Macareno, Itálica y Carmona. Por otro lado, se han tenido en cuenta las principales secuencias arqueológicas de la campiña, representadas por los diferentes yacimientos del municipio de Marchena (Vico y Montemolín) y los yacimientos prospectados a lo largo del término, en particular aquellos cuyos conjuntos cerámicos albergaban ejemplares de ánforas turdetanas disponibles para su estudio directo, junto a la citada ciudad de Carmona. Por último, se han añadido otros dos contextos urbanos principales de referencia para la vega del Guadalquivir, Coria del Río y Alcalá del Río, que se unen a los anteriormente mencionados con estructuras alfareras. Para finalizar, se ha querido hacer un compendio de los diferentes panoramas observados fuera del Bajo Guadalquivir en cuanto a la difusión de formas asimilables a las ánforas turdetanas. El enorme conjunto de materiales cerámicos obtenidos en las excavaciones de estos yacimientos ha promovido que el foco de atención de los estudios de materiales se haya trasladado en los últimos años. Se ha pasado de los elencos masivos, que registran cada 37 uno de los fragmentos localizados, hacia un método de trabajo sintético, basado en datos analíticos, que seleccione las muestras no tanto dependiendo de un reparto proporcional de los yacimientos estudiados, ni siquiera exclusivamente a su inicial clasificación macroscópica, sino en un combinado de características que pretenda dar respuesta a los problemas concretos encontrados en el caso de estudio como punto de partida (cf. Rice 1987: 321). Dado el problema de la identificación de la relación entre las muestras escogidas y la población completa, los tratados teóricos indican que deberían incluirse tantos individuos como permitieran las condiciones del estudio, cubriendo toda la variedad observable en el tipo cerámico estudiado, e incluyendo todo tipo de fragmentos, no reduciéndose a los fragmentos de paredes de los vasos, y preferiblemente optando por piezas datables procedentes de contextos cerrados (Barclay 2001: 3). Es por ello que, buscando el mayor número de ejemplares que permitieran las condiciones de nuestro proyecto, han sido consideradas en distinto grado las piezas que se encontraban a disposición en los yacimientos y contextos seleccionados, partiendo de un estudio tipológico y una clasificación preliminar macroscópica con todas las piezas seleccionadas, para después plantear nuevos pasos metodológicos con conjuntos determinados que permitieran arrojar luz sobre los problemas arqueológicos identificados. Por ello, ha sido fundamental, en el caso de la selección de muestras de estudio para el análisis composicional, el recurso a la combinación de piezas de referencia con otras de circunstancias de producción totalmente desconocidas. Las primeras son ejemplares pertenecientes (directamente o por asociación tipológica, geográfica y macroscópica) a producciones conocidas con origen cierto en un determinado centro productor. Con el resto, todos aquellos ejemplares de los que se desconocen sus circunstancias de producción, se ha realizado una selección basada en la separación por grupos composicionales a distintos niveles. La observación macroscópica (tipológica y composicional) conlleva una separación inicial que sirve de guía para la selección, por un lado, para el análisis químico, y por otro de muestras destinadas a obtener láminas delgadas para su observación petrográfica a través de microscopio de luz polarizada. A su vez, los grupos composicionales y las particularidades advertidas mediante esta última técnica han guiado la selección de otras muestras para diferentes análisis químicos, como la activación de neutrones. Se trata de una selección interactiva y actualizada según avanzaban las fases del estudio, que ha contribuido a enfocar el trabajo hacia las piezas que concentraban posibles respuestas a las preguntas científicas que han ido surgiendo a lo largo de la investigación de los conjuntos materiales. 38 2.3. Estudio tipológico. “Enseñar a un necio es reparar una vasija rota”. (Eclesiastés, 22, 9). El llamado “método tipológico”, consistente en la agrupación de materiales en conjuntos de ejemplares morfológicamente semejantes, ha sido considerado una “filología” con la cual interpretar los recipientes anfóricos y conseguir que sean objetos útiles a efectos científicos (García Vargas 1998: 15). Las asignaciones de materiales a un tipo concreto en una clasificación deben respetar una serie de normas dentro de esta “filología”, para conformar una sintaxis con sentido, que pueda ampliarse y adaptarse a los nuevos hallazgos de materiales afines. En una articulación jerárquica de conjuntos semejantes, han de ser localizados los niveles mínimos de agrupación para cada una de las variantes observadas, de manera que, obviando el intento de realizar una seriación de sucesión cronológica (al menos bajo criterios exclusivamente morfológicos), optamos por presentar la variabilidad de los materiales en una clasificación dependiente de grupos, tipos y subtipos, basada en las reglas de la taxonomía. La inexistencia de categorías demasiado atomizadas permitiría así reconducir cada uno de los ejemplares a una de las variantes bien definidas con la que comparta su tendencia general, pero sin necesidad de crear nuevos apartados para englobar cada nuevo ejemplar, ya que la probable falta de estandarización completa en los distintos talleres, sobre todo en los primeros momentos de producción, habría hecho imposible una reproducción exacta de los modelos pretendidos, generando innumerables variaciones. Las últimas tendencias metodológicas avanzan hacia una descripción y agrupación morfológica a partir de parámetros matemáticos y estadísticos (Albero et al. 2016), si bien las posibilidades interpretativas surgidas de esta perspectiva necesitan de un mínimo de estandarización en el registro que, en época protohistórica, no siempre está presente. Como se expondrá en el apartado 4.2., no hemos pretendido ofrecer una enésima tipología propia para las ánforas turdetanas, que denominara con nuevos términos las variantes ya identificadas por otros autores, y por tanto no es éste el objetivo de la clasificación ofrecida en el apartado 7.1. Por el contrario, nuestra intención ha sido la de describir las posibles diferencias, fueran fruto de evoluciones en el tiempo o de estilos de distintos talleres, identificables en el amplio registro formal que se encuentra en los ejemplares de las ánforas Pellicer BC y Pellicer D. Se buscaba con ello su asociación a contextos claros y bien datados, que puedan ser utilizados como referencia cronológica, y una ilustración de su distribución espacial a través de su representación gráfica en mapas, junto con una contrastación con las posibles zonas de origen, las similitudes composicionales con otras variantes y las posibles rutas de redistribución que podrían haber seguido cada una de ellas (vid. 7.1.). Son estos objetivos concretos de nuestra investigación los que nos impulsan a necesitar una cierta sistematización tipológica para los materiales con los que tratamos, a pesar de las posibilidades de estar reduciendo la realidad productiva a unos agrupamientos artificiales creados desde el punto de vista de la investigación y no de 39 sus creadores originales4. Los materiales que intervienen en esta clasificación son exclusivamente las ánforas que aparecen en el entorno del Bajo Guadalquivir, si bien es cierto que los envases que se adscriben generalmente a los tipos Pellicer BC y Pellicer D pero proceden de otras probables zonas productoras también deben ser tenidos en cuenta para registrar el verdadero panorama tipológico completo de la forma, una tarea que debe acometerse en conjunción con los investigadores expertos en cada una de estas áreas5. Los objetivos de este estudio tipológico se basan principalmente en definir, en términos precisos, cuáles son los requisitos imprescindibles que debe cumplir un envase para ser considerado parte de este tipo cerámico y de cada una de sus variantes, y cuáles son las diferencias que hacen a ciertos envases reconocibles como parte de una producción distinta a las manufacturas de los hornos del Bajo Guadalquivir, además de intentar trazar las líneas comunes que revelen el momento en el que ambas variantes se hayan separado de su matriz común, en su caso. Pueden superponerse, por tanto, criterios de distinta naturaleza para establecer la clasificación, uniendo a los rasgos estilísticos y morfológicos los distintos orígenes geográficos, toda vez que estas proveniencias diferentes puedan ser probadas a partir de su caracterización composicional o por otras pruebas convincentes. Una cuestión de alto interés, pero de difícil resolución en nuestro estado actual de información acerca de los centros productivos, es la motivación de los cambios morfológicos a lo largo del tiempo, al igual que las variaciones que se pudieran registrar a nivel espacial, coincidiendo o no con evoluciones temporales. Pueden estar relacionadas con este aspecto otras consideraciones que afectan a las condiciones de transporte y de almacenamiento, a la identificación de los consumidores con un producto determinado o con transformaciones en los mecanismos de producción o de los artesanos dedicados a ella. Para la generación de nuestro estudio tipológico nos hemos apoyado, como era imprescindible, en clasificaciones ya consagradas en la bibliografía, como son los tipos fundamentales de Pellicer (1978b y 1982) para Cerro Macareno y sus variantes de borde, junto a otras seriaciones propuestas para el llamado tipo costero, en concreto la clasificación de Niveau de Villedary (2002); pero ninguna de estas tipologías nos permitía separar netamente todas las tendencias observadas en el registro que hemos estudiado, ni representarlas por separado con seguridad en su distribución espacial. Es por ello que hemos revisado concomitancias y disparidades en la aplicación de estas 4 Se trata del conocido “debate tipológico” (García Vargas 1998: 31-33 y 47, nota 3), que pone en cuestión la naturaleza empírica o cultural de las categorías establecidas para los materiales arqueológicos, según consideremos que existen naturalmente estas divisiones entre el registro material o que son tipos de carácter artificial y forzado (Taylor 1948: 114). 5 Consúltese al respecto la futura publicación del reciente workshop titulado “Las ánforas turdetanas “tipo Macareno” cuarenta años después: actualización tipológica y nuevas perspectivas”, celebrado en La Rinconada en noviembre de 2016, con la participación de ponentes dedicados al estudio de las producciones propias del Bajo Guadalquivir, el valle del Guadalete, la campiña y bahía de Cádiz, la costa onubense, la costa malagueña, Portugal y Extremadura. 40 tipologías y, a partir de aquí, hemos considerado una distinción puramente morfológica para la identificación de tendencias muy claras en cuanto a la morfometría de bordes, fondos y asas, si bien será el primer tipo de fragmento el que nos aporte la mayor información y el único susceptible de ser clasificado en categorías entre la muestra de ejemplares estudiados. A pesar de las cautelas que deben tomarse a la hora de establecer una tipología que se base exclusivamente en bordes (García Vargas 1998: 44, y antes para estas ánforas Pellicer 1978b), en nuestro caso contamos con materiales con un grado de fragmentación muy alto, con enormes similitudes en las tendencias generales de paredes, asas y fondos, y sobre todo que han sido fruto de una selección en la recolección del registro cerámico en las intervenciones arqueológicas, de manera que los fragmentos no diagnósticos han sido descartados y solamente se nos ofrecen, por lo general, los bordes como testimonio de la presencia de ánforas turdetanas. Respetando la caracterización de los tipos anfóricos según las normas de la generación de una tipología, se ofrecen los tres elementos necesarios para su especificación, esto es, la definición del tipo, la descripción y la denominación (Adams y Adams 1991: 30). Las denominaciones de cada variante identificada se basan en los rasgos clave de sus atributos formales, huyendo de atribuciones cronológicas o de procedencia geográfica como referencia para bautizar un perfil morfológico. La definición de la variante aporta las características comunes a la clase, especialmente aquellos rasgos identificadores que la separan de las demás, después del análisis de nuestra muestra, siempre remitiendo al origen formal como modo de remediar la ausencia de una definición lógica, propia de las tipologías arqueológicas (García Vargas 1998: 41). La descripción, mucho más completa, recoge los aspectos tecnológicos, formales, funcionales, espaciales, etc. que sean asociables a cada tipo y variante concreto, desarrollados en el Capítulo 7. 2.4. Caracterización composicional. “Ceramics are synthetic materials and as such are sensitive indicators of human decision making and material interaction” (Whitbread 2001). 2.4.1. La composición de las cerámicas arqueológicas. Las cerámicas están compuestas a partir de materiales arcillosos, fruto de la degradación de rocas ígneas, que, mezclados con agua, adquieren plasticidad y forman la pasta cerámica (Picon 1973: 11). Según su situación deposicional, las arcillas son residuales o primarias, cuando aparecen depositadas en el lugar de origen de la roca original, o secundarias, cuando han sido transportadas y sedimentadas desde su lugar de origen por medio de los efectos de la erosión, el transporte y la deposición causados por distintos mecanismos, por lo que normalmente se trata de arcillas formadas por una gran 41 cantidad de materiales no plásticos, como el cuarzo y los feldespatos, materiales orgánicos y sales. Es por ello que su composición química se basa en silicatos de aluminio combinados con otros óxidos e hidróxidos, junto a elementos como el hierro, el sodio, el potasio, el magnesio o el calcio. Mineralógicamente se identifican en la arcilla filosilicatos con estructura laminar, siendo generalmente las arcillas illíticas las más utilizadas en la fabricación de ánforas (Rice 1987: 49). Las arcillas usadas para la elaboración de cerámicas arqueológicas suelen tener, por lo general, una cantidad variable de inclusiones más groseras que la matriz, denominadas inclusiones no plásticas, que aparecen de manera natural y pueden ser reflejo característico de la fuente original de aprovisionamiento de la arcilla. Pero la formulación de la pasta cerámica que compone una pieza arqueológica no es un equivalente inmediato a la materia prima arcillosa que se usa como material fundamental para su elaboración. A partir de esta primera arcilla, seleccionada por sus características particulares favorables al moldeado, la cocción o a determinado aspecto final, la persona especializada realiza una serie de alteraciones. La materia prima se convierte en otro producto, con nuevas características mejor adaptadas al proceso de modelado y cocción que se va a emplear, o al tipo cerámico que se quiere obtener en función a su futura funcionalidad y a criterios morfológicos y estéticos, alterando sus características en cuanto a la plasticidad, la capacidad de ser moldeable y la contracción durante la cocción, principalmente. Pueden ejercerse para ello diversos procedimientos, como la decantación, la mezcla con otros materiales arcillosos y el añadido deliberado de otros materiales no plásticos que actúan como desgrasante (temper en la bibliografía anglosajona, cfr. Rye 1976: 109). Tras el proceso de cocción, el estado físico de los materiales que componen la pasta cerámica se ve irreversiblemente alterado. Se distinguen en este momento tres fases: una fase sólida (sustancias cristalinas), una fase vítrea (sustancias vitrificadas) y una fase gaseosa (poros o vacuolas) (Rye 1988: 96). La cerámica adquiere entonces sus propiedades características, dispuestas a soportar variadas condiciones químicas y físicas, entre ellas la dureza, la porosidad y la resistencia. 2.4.2. El planteamiento metodológico del estudio composicional. “The importance of type-fabric/ware series cannot be overestimated as a means of reducing costs and increasing efficiency in processing and reporting” (Fulford y Huddleston 1991: 46). Los objetivos de esta investigación requerían plantear la metodología de la caracterización composicional como un estudio integral que atendiera tanto al análisis arqueológico de las posibles zonas productoras como, más particularmente, de la materia prima que conforman las piezas documentadas. La secuencia metodológica 48 una de las técnicas más extendidas en Arqueometría, siendo capaz de identificar hasta 80 elementos diferentes de forma cualitativa, cuantitativa y semicuantitativa. Este tipo de análisis químico es una técnica espectroscópica de análisis de elementos que consiste en el bombardeo de una superficie o de la muestra pulverizada con un flujo de rayos X primario o incidente, provocando que los átomos excitados emitan una fluorescencia de radiación X secundaria característica (Williams 1985, Pollard y Heron 1996). La radiación primaria provoca la expulsión de un electrón de las órbitas internas del átomo (K, L o M) durante el proceso de absorción, convirtiendo la estructura atómica en inestable. Para contrarrestarlo y volver a un estado estable, el átomo puede emitir un electrón (emisión Auger) o bien sustituir la vacante con un electrón de la capa externa siguiente. La transmisión de electrones de las capas externas a las internas origina un exceso energético que se disipa en forma de fotones, siendo lo que provoca la radiación X secundaria caracterizada por un ángulo determinado y una longitud de onda característica, junto a una intensidad relacionada con la concentración del elemento químico en la muestra analizada. Es necesaria una calibración previa a partir de patrones conocidos. En total fueron analizadas 40 muestras, entre ánforas turdetanas y otros tipos cerámicos diferentes que actuaron como contraste, procedentes de los siguientes yacimientos: Alcalá del Río, Sevilla y Carmona. De todas ellas, 16 pertenecían a recipientes anfóricos de los tipos Pellicer BC o D. Estas muestras fueron tratadas mediante el molido, desecado y preparación en polvo, tomándose la cantidad necesaria para este estudio y realizándose a continuación el análisis químico, mediante un espectrómetro de fluorescencia de rayos-X marca Panalytical (modelo AXIOS) de tubo de Rh para el análisis elemental de muestras sólidas y líquidas, en las instalaciones de la Universidad de Sevilla. Este equipo ha permitido el análisis químico cuantitativo de elementos mayoritarios y minoritarios, en concreto de los siguientes: Fe2O3, Al2O3, MnO, TiO2, MgO, CaO, Na2O, K2O, SiO2, P2O5, Ba, Rb, Nb, Zr, Y, Sr, Ga, V, Zn, Ni y Cr. Ciertos elementos, como son el Co, el W, el Cu y el Pb no han sido considerados durante el estudio estadístico por la posibilidad de que procedan de contaminaciones posdeposicionales. Para el análisis de los datos se ha efectuado un análisis de conglomerados utilizando la distancia euclidiana al cuadrado como distancia entre individuos y el algoritmo aglomerativo del centroide, siguiendo otros estudios estadísticos realizados a materiales cerámicos anfóricos (Vila et al. 2016). Para ello se utilizó el software Statgrafics. 49 2.4.5. Técnicas de análisis mineralógico (difracción de rayos X). Principios, aplicaciones y muestreo para el análisis. La difracción de rayos X (DRX) es una técnica de análisis mineralógico que permite obtener información sobre la estructura interna de los cristales, y con ello identificar las sustancias cristalinas presentes y determinar las fases mineralógicas características. Cada fase mineral dispone de un único patrón de difracción que depende de la estructura cristalina básica, típica de cada mineral. Se trata de una técnica destructiva en la que la muestra seleccionada debe ser reducida a polvo para su análisis, siendo suficiente una cantidad de unos 10 mg. La muestra es irradiada con un haz de rayos X los cuales, una vez difractados, producen patrones característicos de la estructura cristalina de los minerales que la componen. Su principio básico es el proceso de interferencias constructivas de ondas electromagnéticas que se producen cuando un haz de electrones actúa sobre una materia cristalina. Los patrones característicos de la difracción deben ser posteriormente comparados con los estándares de minerales conocidos. La difracción de rayos X permite identificar las fases minerales tanto de pastas cerámicas como de pigmentos, lo que ha permitido su uso principalmente en la descripción de piezas cerámicas y la clasificación de grupos de pastas, pero también, en algunas ocasiones, la propuesta de áreas de origen de las materias primas (por ejemplo, Gerard et al. 1997). La observación de fases cristalinas específicas en la cerámica puede dar también indicaciones acerca de la temperatura de cocción (Périnet 1960) o de los métodos de fabricación (Philpotts y Wilson 1994), normalmente trabajando en conjunto con los resultados de los análisis petrográficos de láminas delgadas. Ha sido analizado, de manera experimental, un conjunto de 40 muestras pertenecientes a recipientes anfóricos, seleccionados según la capacidad de responder a una serie de preguntas arqueológicas concretas. Pertenecen a los mismos ejemplares estudiados mediante fluorescencia de rayos X, lo que nos permite establecer un análisis conjunto químico y mineralógico de las citadas piezas procedentes de Alcalá del Río, Sevilla y Carmona. En este trabajo presentamos los resultados de las 16 ánforas turdetanas incluidas en la muestra. Para el estudio mineralógico o análisis de fases cristalinas de estas muestras mediante la técnica de difracción de rayos X se ha empleado un equipo X’PERT PRO de PANalytical, con radiación CuKα filtrada por Niquel, provisto de monocromador de grafito, a 36 kV y 26 mA, empleando una velocidad de 1º en º2θ/mi, barriendo la zona desde 3 hasta 70 º2θ. Previamente al empleo de esta técnica, las muestras se trituraron con cuidado empleando un mortero de ágata hasta finura impalpable y se prepararon en montaje desorientado (al azar). Esta técnica analiza el microdominio coherente de difracción de las fases con carácter cristalino, esto es, con periodicidad a largo alcance. Por tanto, la presencia o contenido de fases de carácter amorfo, que no presentan 50 microdominios coherentes de difracción, no se pueden determinar y constituyen el “fondo” del diagrama obtenido al coexistir con fases cristalinas. Las fases cristalinas se determinaron por medio de sus difracciones características o picos diagnósticos del JCPDF (Joint Committee for Powder Diffraction Files) realizando una estimación semicuantitativa de las mismas. Para este análisis, las fuentes de error que influyen en la forma de los picos de difracción, como son la orientación preferencial y la molienda intensiva que produce alteraciones en los cristales, se evitaron en lo posible. 2.4.6. Técnicas microscópicas de análisis tecnológico: microscopía electrónica de barrido. Principios, aplicaciones y muestreo para el análisis. El microscopio electrónico de barrido (SEM) permite investigar los procesos a partir de los cuáles se realizaron las manufacturas cerámicas, así como entender las opciones tecnológicas en cuanto a métodos y materias primas (Freestone y Middleton 1987, Tite 1982). Las muestras deben ser mínimamente preparadas, aplicando una delgada capa de oro o carbono sobre una fractura reciente. Se basa en la generación de un haz de electrones de alta energía, que atraviesa una serie de lentes magnéticas que conducen el haz hacia un punto concreto de la muestra. El patrón de las interacciones de los electrones con los átomos de la muestra se dibuja en una imagen según el haz va barriendo la muestra. De esta manera, se obtiene información acerca de la topografía y la microestructura de la superficie de la muestra, además de examinar la estructura y el estado de vitrificación de las partículas arcillosas de la matriz. Pueden determinarse cuestiones acerca de las condiciones de cocción, los procedimientos tecnológicos aplicados y detalles de revestimientos. Es especialmente útil para establecer los cambios estructurales de la arcilla durante el proceso de cocción, estimando de esta manera las posibles temperaturas del horno. Para este estudio, se ha utilizado un equipo JEOL SM 840 de alta resolución, metalizando las muestras con carbón en un portamuestras-soporte de aluminio empleando un dispositivo de pulverización JEOL JFC 1100. El microanálisis químico se realizó en el mismo equipo JEOL SM 840 mediante espectroscopia de energías dispersivas de rayos X (EDX) empleando un voltaje de 20 kV. Se realizaron tanto análisis puntuales, cuando se consideró necesario, como de todo el campo de observación por microscopio electrónico de barrido. Utilizando el mismo conjunto inicial de los análisis químicos y mineralógicos, pudieron ser analizadas 13 muestras de recipientes anfóricos de diferentes tipologías de la época (T-8.1.1.2, T-8.2.1.1., Pellicer BC), entre las que nos interesa especialmente una de ellas, ya que se trata de un ejemplar de Pellicer BC procedente del intervención 51 de La Cilla, en Alcalá del Río. La interpretación de estos análisis se ofrece de forma conjunta a los resultados obtenidos mediante difracción de rayos X y fluorescencia de rayos X. 2.4.7. Análisis petrográfico mediante estudio de láminas delgadas a través de microscopio de luz polarizada. Principios, aplicaciones y muestreo para el análisis. El análisis petrográfico se basa en el estudio de las propiedades ópticas de los minerales que forman los materiales arcillosos y sus inclusiones no plásticas, sean parte natural de la matriz o añadidos artificiales, con el objetivo de describir, clasificar e interpretar las pastas cerámicas (cfr., entre los primeros estudios arqueológicos de la aplicación de esta técnica, Shepard 1936, Peacock 1970, Williams 1983, Freestone 1991 y 1995). Sus objetivos son la caracterización composicional mineralógica, ya que ofrece la identificación de fragmentos rocosos, inviable en otros análisis mineralógicos como la difracción de rayos X, el análisis de la microestructura, la identificación de ciertos procesos tecnológicos aplicados a la pasta cerámica (moldeado, cocción, etc.), la agrupación en conjuntos de composición y tecnología similar y, en última instancia, la determinación de la proveniencia de la materia prima de la cerámica. Para ello, se utilizan muestras de cerámica en forma de lámina delgada de unos 30 µm de espesor y, al menos, 2 cm2 de área, examinadas mediante un microscopio petrográfico de luz polarizada. Es, por tanto, una técnica destructiva que requiere la toma de una muestra, que puede ser cortada en sentido vertical, horizontal o tangencial respecto a la sección del recipiente. Permite definir las características composicionales y texturales (abundancia, forma y tamaño de las inclusiones) de la matriz arcillosa, de los minerales, los fragmentos rocosos y la porosidad de la cerámica. La indicación de la dirección del corte permite inferir informaciones acerca de ciertos procesos tecnológicos llevados a cabo durante la manufactura del ejemplar. El microscopio polarizante, además de la lente, el condensador y el diafragma que presentan otros tipos de microscopio, cuenta con un polarizador fijo (placa polarizante o prisma de Nicol) y un analizador móvil (Figura 2.2). Cuando ambos se encuentran en su posición, la luz polarizada está en nícoles cruzados; si no lo está, el analizador la luz reflejada es plana. 52 Figura 2.2. Esquema de un microscopio polarizante con sus partes detalladas, a partir de Perkins y Henke 2002. La luz transmitida en un microscopio petrográfico está alterada de manera que la luz vibre en una dirección paralela a un plano determinado. La luz polarizada plana (a la que nos referiremos como PPL) permite el reflejo de la superficie plana y es la más adecuada para determinar el tamaño, la forma, el color, la exfoliación, el índice de refracción, el pleocroísmo y otras propiedades físicas y ópticas de los minerales. Por otro lado, la luz polarizada por nícoles cruzados (referida como XPL) se obtiene haciendo pasar las diferentes longitudes de onda de la luz por un analizador que proporciona un reflejo de los minerales con unas intensidades de color, los llamados colores de interferencia, más fuertes y brillantes que los colores reales y dependientes de la orientación y del grosor de los minerales (MacKenzie y Adams 2003). La preparación de una lámina delgada del espesor adecuado, 30 µm, consigue que los minerales de la matriz se hagan traslúcidos y puedan ser caracterizados según sus propiedades ópticas (principalmente el color, el índice de refracción y el patrón de la fractura), especialmente en los minerales no opacos (Freestone 1995), aumentados por lo general hasta 200 veces su tamaño. La identidad de los minerales, el modo de asociación entre ellos, sus cantidades relativas y las características relativas al color, tamaño y forma que presentan son atributos que definirán las posibles áreas de origen en comparación con materiales de referencia o con las composiciones geológicas del terreno. Las inclusiones no plásticas son definidas como los elementos de la pasta, minerales o fragmentos de roca que pueden caracterizarse por ser mayores que la anchura de la sección, es decir, por encima de las 30 µm. Las cerámicas más groseras suelen aportar mayor información mediante su examen petrográfico, ya que las cerámicas finas tienen un menor número de inclusiones identificables y suelen estar más estandarizadas en cuanto a la preparación de sus pastas. Las inclusiones pueden aparecer de manera natural en la arcilla, en cuyo caso son definidas como inclusiones intrínsecas o incidentales, mientras que aquellas que han sido añadidas intencionadamente por los alfareros para mejorar sus propiedades son desgrasantes o temper, como ya se mencionó 53 en el apartado 2.4.1. Además de los materiales que deriven de fragmentos de rocas y minerales, pueden encontrarse todo tipo de materiales añadidos, naturales o de origen artificial, como elementos orgánicos (paja, conchas, hueso, etc.), escorias o fragmentos de cerámica machacada, que suele denominarse chamota o grog. Por último, las características texturales terminan de dibujar el cuadro analítico de la microscopía petrográfica para la determinación de composición y proveniencia. Es cierto que ciertos componentes son propensos a filtrarse o a entrar a formar parte de la composición de los fragmentos cerámicos debido a procesos postdeposicionales, siendo el más común de ellos el carbonato de calcio. No obstante, el análisis petrográfico permite distinguirlo fácilmente de las inclusiones originalmente presentes. La caracterización mineralógico-petrográfica pretende, por tanto, reconocer los constituyentes minerales de la muestra, tanto en sentido cualitativo como cuantitativo, mediante los cuales pueden asociarse los diversos ejemplares y crear entre ellos grupos de fábricas mineralógicas, más frecuentemente recogidas en la bibliografía como fabrics, definidas como un conjunto de valores similares para la distribución, frecuencia, forma, tamaño y composición de los componentes de una cerámica (siguiendo los principios de Whitbread 1989 y Freestone 1991). Esta clasificación puede ser útil para la definición de modelos económicos de abastecimiento y producción aún sin la obtención de proveniencias seguras para los centros de origen (Barclay 2001: 9; cf. también, por ejemplo, Vince 1984), e incluso estableciendo grupos muy generales en los que insertar los ejemplares de dudosa adscripción a un tipo de pasta concreto dentro de una determinada tendencia10. La obtención de los grupos de pasta implica una alta complejidad, y puede dar lugar a distintas interpretaciones por parte de profesionales diferentes, ya que al tratarse de una información mayormente cualitativa, con estimaciones cuantitativas proporcionales, es más complicada la aplicación de métodos estadísticos para su agrupación. Los entornos con una estructura geológica relativamente homogénea se traducen en diferencias muy sutiles en la composición de las piezas de diferentes talleres, además de ser difíciles de distinguir cualitativamente. Es por ello que la precisión de las definiciones petrográficas intenta mejorarse a partir de las estimaciones de las proporciones volumétricas de los minerales presentes, en forma de porcentajes (análisis modal) o midiendo la distribución del tamaño del grano de las inclusiones. Por lo general sólo se contabiliza una parte representativa de las inclusiones observables, optando en nuestro caso por la cuantificación mediante área para la determinación de la frecuencia de las inclusiones (cf. Middleton et al. 1985). Este enfoque semicuantitativo carece de la precisión de otras técnicas de determinación composicional, como son la 10 Siguiendo las recomendaciones prácticas de proyectos de gran envergadura, se aconseja este tipo de clasificación jerárquica en grupos divididos, por ejemplo, según el tipo de rocas que aparecen (sedimentarias, metamórficas o volcánicas) junto a los tonos y texturas predominantes: “So, although not all sherds are easily classified into individual fabrics, it is still worthwhile separating them into fabricfamilies or even broad fabric groups like Orange Sand. If you really have to struggle to describe the fabric of a sherd, it is probably not distinctive and probably not worth pursuing beyond these broad classifications. When you are faced with thousands of sherds to describe, this can be a useful rule of thumb” (Moody et al. 2003: 59). 54 activación de neutrones o espectrometría de masas con plasma acoplado inductivamente, dos técnicas que consiguen una precisión relativa del dos por ciento en veinte o más elementos (Freestone 1995). No obstante, generalmente la identificación de las características particulares de un grupo de pasta concreto reside en muchos menos elementos, confiando también en las determinaciones tecnológicas que aporta esta técnica. Es fundamental la agrupación de muestras en función de sus propiedades similares, en lugar de combinar las descripciones de las muestras individuales como base para la confección de los grupos (Quinn 2013: 73-79; Whitbread 2016). Las características geológicas en sentido amplio deben ser el punto de partida, mientras que los componentes secundarios y las variaciones debidas a los procesos tecnológicos contribuyen a la ordenación de subgrupos y variantes. Si los grupos obtenidos son suficientemente homogéneos, puede limitarse su análisis a la descripción del grupo técnico y no tanto a cada uno de los ejemplares que lo conforman por separado. Las inclusiones más comunes, por ejemplo, suelen ser las de arenas de cuarzo, que no son generalmente distintivas de ninguna región en concreto, pero su forma, tamaño, color y otras características relativas a su frecuencia o asociación con otros minerales puede dar pie a una identificación más clara de su entorno de origen. En este caso, es de especial relevancia la importancia del análisis textural que, a partir de las mismas láminas delgadas, permite cuantificar las características morfológicas, la orientación y la frecuencia de inclusiones que en un principio pueden no ser especialmente discriminantes. La realización de los grupos composicionales ha sido contrastada, en los casos en los que era posible debido al distinto número de muestras analizadas por cada técnica, con las agrupaciones realizadas a partir de los análisis composicionales químicos, siendo éstos determinantes para la agrupación precisa de cada uno de los fabrics individuados. Los grupos identificados por análisis petrográfico no muestran grandes discordancias con las variables químicas. No obstante, han podido identificarse variaciones entre las matrices de pasta y las inclusiones de los miembros de un mismo grupo químico. La variabilidad composicional, sin embargo, no se explica inmediatamente por diferentes orígenes para cada uno de los grupos, sino que la naturaleza y proveniencia de la materia prima es sólo uno de los aspectos que influyen en la diversificación de la composición de los productos terminados, que puede tener motivos culturales o socioeconómicos detrás de la elección de ciertas materias primas. Como hemos mencionado anteriormente, entre los objetivos de la aproximación petrográfica se encuentra, además de la caracterización y la clasificación de las muestras, la identificación de zonas de extracción de materias primas o de los desgrasantes añadidos, a partir de las inclusiones no plásticas presentes en la pasta cerámica. Además, permite obtener informaciones de gran interés acerca de las técnicas de preparación de la pasta, los métodos de modelado (como la determinación de la técnica a mano o a torno de una pieza, Woods 1985) y los parámetros de cocción 55 (Echallier y Méry 1992). La introducción de una metodología más comprensiva y sistemática ha proporcionado una mayor capacidad para inferir propiedades tecnológicas de las muestras, por ejemplo a partir de la petrografía sedimentaria o la micromorfología de suelos (Whitbread 2016). Durante el desarrollo del presente trabajo de investigación la mayor parte del muestreo fue realizado por parte de la autora entre los materiales a los que tuvo acceso. No obstante, se incluyeron ciertas muestras cedidas como elementos de contraste procedentes de conjuntos de otras zonas geográficas, como yacimientos portugueses o del entorno gaditano, facilitadas expresamente para la realización de estos análisis, con intención de ampliar la utilidad de este trabajo a estudios posteriores11. La preparación de las muestras en láminas delgadas ha sido realizada en diferentes sedes a lo largo del desarrollo de este trabajo: la Unidad de Preparación de Muestras del Edificio Marie Curie de la Universidad de Huelva, el Instituto Andaluz de Ciencias de la Tierra (CSIC-Universidad de Granada) y el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (Burgos), en todos estos casos por parte de sus respectivos técnicos de laboratorio, y, para el resto de las muestras, que constituyen el grueso del estudio, en el laboratorio de materiales del Department of Archaeology de la Universidad de Sheffield, a cargo de la autora de la investigación. Las muestras no necesitaron consolidación previa, ya que no se trataba de pastas especialmente porosas o friables, a pesar de encontrarnos ante envases de transporte, piezas que suelen presentar, por lo general, una factura tosca y pastas poco cuidadas en momentos protohistóricos, dos extremos que no parecen en absoluto caracterizar las producciones analizadas. Sólo en algunos casos contados, en los que las pequeñas dimensiones de la muestra y su estado de conservación hacían imposible el corte de la lámina delgada, fue necesario consolidar la muestra en un casquillo de resina antes de proceder a su corte. La interpretación de los grupos de pastas cerámicas, realizada en su mayoría por la autora12, siguió el protocolo propuesto por Whitbread (1989; definido posteriormente en 1995, Apéndice 3, y más recientemente en 2016) para la descripción petrográfica de láminas delgadas y la extracción de datos composicionales de interés, con algunas modificaciones habituales en las investigaciones propuestas desde la Universidad de Sheffield, según las últimas metodologías interpretativas en análisis petrográfico (cf. Quinn 2013: 80 ss.). Para ello se utilizaron varios equipos petrográficos, principalmente en las instalaciones del laboratorio Manuel Pellicer del Departamento de Prehistoria y 11 A partir del año 2016, el estudio de los materiales de este trabajo de investigación se ha incorporado a los objetivos del Proyecto “La ruta de las Estrímnides. Comercio mediterráneo e interculturalidad en el Noroeste de Iberia” (HAR2015-68310-P); los elementos de contraste indicados proceden de cesiones de muestras de los investigadores F. J. García Fernández y A. M. Sáez Romero. 12 Agradecemos la colaboración de Pamela Fragnoli para la clasificación inicial de un grupo de piezas del yacimiento de Vico (Marchena, Sevilla) en las instalaciones del Institut für Geowissenschaften de la Ruprecht-Karls-Universität Heidelberg, así como la disponibilidad de Marta Tenconi para revisar las muestras analizadas en el laboratorio de materiales de la Universidad de Sheffield y la de Antonio Ruiz Conde en el Instituto de Ciencia de Materiales de Sevilla (CSIC - US) en el asesoramiento de dudas puntuales. 56 Arqueología de la Universidad de Sevilla13, así como en el Laboratorio de Materiales del Department of Archaeology de la Universidad de Sheffield y en el Dipartimento di Scienze dell’Antichità de la Universidad de Roma - La Sapienza, gracias al permiso concedido por la Profa. Olcese. El análisis petrográfico es un enfoque claramente composicional, que comienza considerando los componentes de la pasta cerámica, y con ellos, el entorno geológico que refleja el material, y la manera en la que los materiales naturales han sido alterados durante su combinación por parte del alfarero. Se ha puesto mayor énfasis en la descripción cualitativa de los grupos composicionales, ya que, aunque las definiciones cuantitativas (estimadas) permiten evaluaciones estadísticas, no hacen hincapié en las características microestructurales y morfológicas de la arcilla (Whitbread 2016). Esta descripción se apoyó en herramientas de estimación de medida y frecuencia. El objetivo final es la caracterización de los grupos de pastas en función de los criterios que unen a sus miembros, según la naturaleza de los tres componentes principales de la cerámica (matriz, inclusiones y vacuolas). La información sintética es fundamental para permitir la apreciación de las diferencias entre unos grupos y otros. Las categorías de características microscópicas identificadas en nuestro sistema de descripción de láminas delgadas cerámicas son las siguientes: - Microestructura: · Porosidad (frecuencia, forma, tamaño, espaciamiento, orientación y características distintivas, como relleno de calcita secundaria). · Espaciamiento y orientación de las inclusiones. - Matriz: · Nivel de homogeneidad. · Color. · Densidad óptica. - Inclusiones: · Ratio fracción gruesa / fracción fina / vacuolas. · Distribución modal. · Inclusiones de la fracción gruesa (para cada tipo de inclusión: frecuencia, forma, tamaño, variabilidad). 13 Equipo Nikon Eclipse E200. Sus especificaciones técnicas se encuentran detalladas en la página web de la marca: https://www.nikoninstruments.com/en_EU/Products/Upright-Microscopes/Educational/Eclipse- E200-LED/Specifications (última consulta 18/01/2017). 57 · Inclusiones de la fracción fina (para cada tipo de inclusión: frecuencia, forma, tamaño, variabilidad). - Concentración de características texturales: · Posibles revestimientos. · Nódulos de arcilla (clay pellets) o restos de chamota (definición de los bordes, color, densidad óptica, forma, frecuencia, inclusiones). Uno de los elementos principales en la determinación de rasgos característicos de los grupos técnicos identificados fue la caracterización de la presencia de ciertos tipos de microfósiles. Éstos, descritos en la categoría de las inclusiones, fueron clasificados en sus tipos principales, intentando trascender la mera presencia de “bioclastos” a la que se suele reducir su estudio en lámina delgada de artefactos cerámicos en muchas ocasiones (Figura 2.3). Se trata, en su mayoría, de organismos acuáticos residentes en rocas sedimentarias, que pueden proceder tanto de las arcillas usadas como materia prima principal como del desgrasante rocoso añadido. El método principal para su identificación continúa siendo el análisis petrográfico a través de láminas delgadas, ya que permiten apreciar la sección, bastante distintiva en ciertos tipos de microfósil, así como proporcionan el nivel de aumento adecuado para su correcta observación. Sólo los microfósiles silíceos pueden ofrecer dificultades en su identificación (Quinn 2008: 278). 64 interna o externa del sector más oscuro y la nitidez de sus bordes (Figura 2.4). Dado que las reacciones que provocan los efectos del núcleo de las cerámicas se basan en la atmósfera y la temperatura, se convierten en indicadores de estos dos parámetros. Cuando se trata de cerámica cocida por debajo de los 1000˚ C, los efectos del núcleo se suelen deber a la retirada del carbono por oxidación o bien por la deposición del carbono a partir de una atmósfera reductora, si bien los procesos de enfriamiento pueden tener también un importante papel. Las proporciones entre núcleo y capas superficiales pueden variar igualmente dentro de un mismo ejemplar (Rye 1988: 115) Figura 2.4. Representación de distintos casos de secciones con la distinta variabilidad de núcleos posibles en texturas finas (izquierda) y groseras (derecha) (Rye 1988: 116). El uso de hornos permite alcanzar mayores temperaturas, controlar el ascenso de éstas y mantener la atmósfera alcanzada a voluntad. En los hornos turdetanos, la existencia de orificios que conectan directamente la cámara de cocción y la de combustión implica la existencia de la misma atmósfera de cocción entre ambos compartimentos. El resultado del proceso de cocción no depende exclusivamente de la temperatura alcanzada y del control de la atmósfera de cocción, sino que también influye el tiempo en el que tarda en producirse un descenso de la temperatura en el interior del horno y por tanto también del tiempo durante el cual se ha mantenido sostenida la máxima temperatura, lo que se conoce como ciclo térmico. Los vasos cocidos a temperaturas superiores a los 900˚ C pueden presentar fracturas características, a no ser que se trabaje cuidadosamente la pasta durante el proceso de amasado y modelado (Rye 1988: 100). Una evolución en los hornos, por tanto, necesita de una adaptación en los procesos de manufactura de las piezas cerámicas. 65 También puede llegar a establecerse, a partir del análisis cerámico, si ha existido un desgrasante añadido durante la fase de la preparación de la pasta, o bien si las inclusiones observadas representan constituyentes naturales de la arcilla. Los procesos de modelado del vaso también pueden deducirse no sólo de su observación externa, sino del análisis de la lámina delgada si se conoce la dirección del corte original de la muestra respecto a la sección de la pared. Puede llegar a identificarse si el recipiente fue modelado mediante un torno de alfarero, o bien mediante el sistema de modelado a pellizco o por superposición de rollos de arcilla, o una combinación de todas estas técnicas. La determinación de las técnicas de manufactura, si bien puedan parecer evidentes desde un punto de vista superficial, puede estar camuflada por técnicas secundarias o terciarias: en este caso, el análisis de la pieza es fundamental, desde la simple observación con rayos X hasta la realización de láminas delgadas que apuntábamos. La arcilla, las inclusiones (tanto las naturalmente presentes como las añadidas artificialmente) y las vacuolas que la componen están afectadas por las fuerzas aplicadas durante el modelado. Esto genera una alineación preferida en su disposición en la estructura de la pasta, especialmente de las inclusiones alargadas, observada en las láminas delgadas (Rye 1988: 61, Whitbread 1996). Estas orientaciones pueden ser de carácter perfecto, parcial o aleatorio, y tendrán una disposición diferente según el corte de la lámina delgada respecto a la verticalidad de la pieza: vertical, horizontal o tangencial (Woods 1985). Los poros también pueden tener una disposición aleatoria, paralela o intermedia en función de la técnica de modelado empleada (Figura 2.5). Figura 2.5. Disposición esquemática de las orientaciones principales de las inclusiones en láminas delgadas cerámicas. a: orientación perfectamente determinada; b: orientación parcialmente determinada; c: orientación aleatoria (Rye 1988: 61). La presencia de microfósiles puede también contribuir a reconstruir algunos aspectos del proceso productivo de los artefactos cerámicos, dado que la preservación de los materiales orgánicos puede verse afectada por algunos de los pasos efectuados (Quinn 2008: 283). La mezcla de arcillas como materias primas usadas de forma conjunta o la adición de distintos tipos de desgrasante son algunos de los procesos tecnológicos que 66 pueden ser identificados por la presencia de ciertas combinaciones de microfósiles diagnósticos, si bien las cuencas de sedimentación fluviales pueden favorecer estas circunstancias de presencia mixta de microfósiles de distintos orígenes geológicos, tanto en un sentido cronológico como geográfico. Existen amplios debates en la bibliografía especializada acerca del umbral de temperatura de cocción a partir del cual los microfósiles calcáreos y silíceos comienzan a alterarse. Quinn (2008: 284) recoge, para los elemento silíceos, estudios que indican diferentes temperaturas, entre 800 y 1400˚ C, mientras que observa alteraciones en los cuerpos calcáreos a partir ya de 600˚ C. La funcionalidad de un artefacto, por su parte, puede ser deducida a partir de la presencia de microfósiles en este caso superficiales, especialmente respecto a la observación de pólenes, esporas y fitólitos, relacionados con el contacto del elemento con alimentos en proceso de preparación o de consumo, que en este caso nos ha sido imposible detectar debido a las características del repertorio de estudio. Por último, los procesos postdeposicionales alteran y contaminan los resultados de los análisis composicionales, por ejemplo, y señalando un caso especialmente común en las cerámicas que estudiamos, la presencia de calcita secundaria, de formación posterior a la manufactura de la cerámica (Buxeda y Cau 1995), muy visible en las láminas delgadas observadas a través de microscopio petrográfico. Por un lado, esta calcita podría ser el resultado de la cristalización de calcita infiltrada en las vacuolas de la pasta, como aporte alóctono (García Heras 1993), mientras que también podría ser un aporte sólo parcialmente alóctono, fruto de diversas alteraciones y redistribuciones del óxido de calcio libre existente (cfr. Maggetti 1981, Picon 1985 o Walter 1988). Otro efecto frecuente es la alteración causada por tierras de PH ácido, que puedan aumentar la porosidad y la consistencia de las piezas, así como sus revestimientos. 2.5.2. Análisis de contenidos residuales. Los restos conservados en las superficies de los recipientes cerámicos, al igual que en otro tipo de materiales como los artefactos líticos, pueden proporcionar datos de especial valor en relación a su funcionalidad, tanto en lo que respecta al tipo de tarea que desempeñaron (conservación, molido o triturado, cocción etc.) como al género de alimentos que contuvieron. Los estudios de residuos han supuesto un avance significativo en el conocimiento del uso específico de los contenedores anfóricos, y también en la caracterización de los patrones de consumo de determinados alimentos en el marco de las actividades cotidianas de las comunidades del pasado (algunos trabajos clásicos son Formenti y Poplin 1980, Biers y McGovern 1990 o Cabañate y Sánchez 1995). 67 En cuanto a las posibilidades de estos análisis, cada tipo de alimento contenido proporciona unas evidencias diferentes, que pueden ser más o menos concretas acerca de los productos de su interior. No siempre puede obtenerse una respuesta inequívoca, mientras que es más frecuente identificar indicadores bioquímicos referentes a productos grasos de manera general o bien de origen animal o vegetal. A continuación presentamos algunas de las características del análisis de distintos tipos de géneros alimentarios, que nos permiten conocer la potencialidad y las limitaciones de esta metodología para la obtención de nuestros objetivos (cfr. Juan-Tresserras 1999). - Los cereales permiten la identificación de microresiduos gracias a la presencia de fitolitos y almidones. Los silicofitolitos, que corresponden a células cortas de tipo festucoide, agrupan a los trigos, cebadas, avena y centeno (Kaplan et al. 1992). Los cereales festucoides producen además gránulos de almidón característicos, identificables en el registro arqueológico. Los gránulos muestran alteraciones microscópicas características si han sido afectados por operaciones como el molido, además de revelar si han tenido algún tratamiento previo. Por el contrario, el almacenamiento de granos enteros produce residuos diferentes, formados por restos de cubiertas, dominando los esqueletos silíceos de glumas y células cortas, células largas equinate, varas, apéndices epidérmicos y granos de almidón asociados a tejidos parenquimáticos de almacenamiento (Juan-Tresserras 1997). Los productos fermentados a base de cereales (gachas, cremas agrias, mezclas con productos lácteos o cervezas) son también identificables por las evidencias del malteado de los granos del cereal y por los sedimentos asociados. La germinación produce alteraciones características fruto del ataque enzimático. Otro procedimiento que puede ser individualizado es el calentamiento mientras los cereales estaban húmedos, por la gelatinización del almidón, que aparece formando una película en la que los granos de almidón se encuentran embebidos. A pesar del escepticismo relacionado con el transporte en ánforas del grano, se han documentado evidencias que ponen de manifiesto la existencia de este tipo de producto en envases anfóricos (Bernal 2004: 358-359). - Las legumbres se manifiestan igualmente por la presencia de sus almidones, cuando se utilizan para obtener harinas, un producto utilizable mediante la panificación o para el preparado de gachas o purés. Es frecuente encontrarlas en asociación con gránulos de almidón de cereales. - Del mismo modo, las bellotas se evidencian por los gránulos de almidón de tipo Quercus, que se concentran en los cotiledones de la bellota y que presentan características propias que le confieren valor taxonómico (Juan-Tresserras 1999: 373). El consumo humano de este alimento necesita de un tratamiento previo para la extracción de los taninos, mediante el remojado, hervido, secado, torrefactado o enterramiento, antes o después de la molienda, siendo un producto también panificable. Cuanto mayor sea el procesado de este producto, mayor es su valor nutricional. - Los aceites vegetales, como el de oliva, contienen ácidos grasos identificables en contenedores e instalaciones productivas. Los frutos del olivo (Olea europaea L.) 68 presentan residuos microscópicos característicos en forma de cristales de oxalato cálcico prismáticos concentrados en las cubiertas y las semillas. Normalmente, la diferenciación entre la variedad silvestre y la cultivada sólo es posible mediante el análisis antracológico o a través del análisis mineral de la madera. Cuando se detectan restos de resina en los contenedores anfóricos se suele descartar la presencia de aceites en su interior, ya que éstos disuelven las resinas. - El vino deja residuos relacionados con su procesado y envasado. Las ánforas utilizadas para su transporte o conservación suelen presentar además restos asociados a la preparación previa del recipiente con resinas, generalmente de coníferas (representadas por el polen y fitolitos de oxalato de calcio de pino), mucho más evidentes en el caso de los materiales recuperados de pecios subacuáticos. En los casos de contextos no subacuáticos, la resina es observable por los compuestos característicos que hayan sido absorbidos por la pasta de las arcillas porosas, como los taninos (sustancias astringentes de carácter vegetal), identificables mediante las técnicas de cromatografía de gases/espectrometría de masas (Juan-Tresserras 1999: 374). Para rastrear el producto vinario contenido, se empezó utilizando métodos químicos como la espectroscopía de infrarrojos transformada de Fourier (FTIR) para la caracterización de los tartratos, principal residuo del vino. Actualmente se apuesta por una combinación del estudio de indicadores microscópicos, químicos y bioquímicos, con los que pueden observarse también los fitolitos característicos de la vid. Igualmente se detectan en los residuos del procesado del vino las sales naturales de la uva que se hacen insolubles en el alcohol, así como los ácidos producto de la degradación de los polihidroxiaromáticos, como los tartratos. La paleocarpología, por otro lado, aporta pruebas del procesado de la uva gracias a la identificación de las semillas en las instalaciones productivas. - Los textiles de origen vegetal pueden ser también rastreados gracias a las concentraciones de fibras y las estructuras multicelulares características, así como otros residuos relacionados con las fases de fermentación de algunos tejidos como el lino. Estos materiales, sin embargo, son de aparición mucho más rara dentro de los envases cerámicos. 2.5.2.1. La asociación ánfora-contenido y el ciclo vital de un contenedor: uso primario y usos secundarios. La identificación automática de una determinada variante tipológica anfórica con un producto concreto, tanto en género como en procedencia, ha sido una de las grandes aspiraciones de la Arqueología del comercio y de la producción en el mundo clásico y también, en gran medida, en el protohistórico. Sin embargo, no es posible ignorar la posibilidad de una multiplicidad de productos alimenticios asociados a un determinado tipo de envase, sea por reutilizaciones posteriores a la función para la que fue concebido el recipiente, como por la aplicación de las mismas ánforas para la distribución de productos diferentes. La reutilización de recipientes anfóricos para la conservación de alimentos distintos una vez terminado el transporte de los productos originales se 69 encuentra ya atestiguada en las fuentes, por ejemplo en las palabras atribuidas a Plinio acerca de las ánforas que habían servido para transportar productos procedentes de las factorías de salazón, las cuales tendrían el don de conservar perfectamente las leguminosas (Ponsich 1988: 49-50). La reutilización funcional, mediante la inserción del ánfora en un nuevo contexto en el que sigue manteniendo un valor utilitario (por ejemplo del contexto comercial al doméstico, o dentro del comercial el paso a distintas escalas), favorecería esta introducción de productos diferentes al que fuera originalmente envasado en el recipiente. La reutilización de los envases por segunda o sucesivas veces se convierte así en una realidad frecuente para muchos de los ejemplares de ánfora. El simple hecho de la existencia de un vertedero monumental para las descargas de recipientes anfóricos olearios a las puertas de Roma, el monte Testaccio, mientras que no se han documentado vertederos de tal envergadura para otro tipo de recipientes (ni en Roma ni en otros puntos del Mediterráneo), que sin duda llegarían igualmente en grandes cantidades, apunta hacia la común reutilización de los envases para otros recorridos de transporte de alimento (Bernal 2004: 329), fueran éstos de carácter mercantil o doméstico. La documentación papirológica y arqueológica ofrece también la constatación de esta práctica, especialmente para época tardorromana (cuando se cuenta con mayor información textual), como recoge Bernal con numerosos ejemplos (Grace y Empereur 1981, Radulescu 1973 o Bass 1982). Este último autor, además, verificó la existencia de sucesivas impermeabilizaciones antes de cada reutilización de ánfora (Bass 1982: 165). Estas circunstancias dificultan la obtención de conclusiones irrefutables para la asociación de un determinado tipo cerámico con un contenido comercial concreto. Los mismos análisis arqueométricos deben tener constancia de esta circunstancia, contemplando la posibilidad de que cualquier artefacto cerámico con capacidad de transporte o contención, y muy especialmente las ánforas por su especial condición de envase móvil, haya sido reutilizado para albergar diferentes sustancias. Este fenómeno ha sido comprobado mediante la detección de la presencia simultánea de distintos compuestos considerados exclusivos de ciertas especies (tanto animales como vegetales) en el interior de los recipientes. En muchas ocasiones se ha señalado la imposibilidad de reutilizar ánforas impregnadas con revestimientos de naturaleza resinosa para el almacenamiento de aceite, teniendo en cuenta que la composición química del producto sería incompatible con la capa impermeabilizadora, atacándola y perdiendo su utilidad para uso culinario (Heron y Pollard 1988 o Bernal y Petit 1999, además de una extensa bibliografía al respecto). Este tipo de tratamiento quedaría reservado, más frecuentemente, para las ánforas salsarias y vinarias, además de poder incluirse otros productos menos citados en las fuentes pero que también serían objeto de transporte. Se trataría, en cualquier caso, de resinas vegetales de coníferas (resina de pino), que podrían haber constituido en sí mismas objeto de comercio transportado en ánforas para múltiples usos (Bernal 2004: 355 ss.). En el caso del aceite, se considera que era el propio líquido contenido el que 70 impermeabilizaba la pared cerámica, al adherirse a sus poros, haciendo innecesaria la resina o la pez (Formenti 1989: 563). No obstante, en los últimos años esta aseveración, tan aceptada por la comunidad investigadora, está empezando a ser puesta en duda por los mismos autores que la daban anteriormente por correcta (Bonifay 2007: 11, Bernal 2008: 36). Pecci y Cau (2010) son responsables de un interesante estudio en el que se pone de relieve cómo los análisis químicos más avanzados dan testimonio de la posible convivencia de resinas de revestimiento y aceite en los mismos recipientes. Si, por un lado, la identificación de ambas sustancias de manera conjunta abre la puerta a la existencia de usos secundarios de ánforas revestidas con pez para contener, en segunda instancia, aceite, también podría tratarse de un contenido primario vertido directamente sobre el envase recubierto de resina (Pecci 2010). Esto contribuye a la incertidumbre a la hora de considerar un determinado contenido un producto primario o secundario en la vida útil del envase. Por otro lado, encontramos el problema de la falta de equivalencia entre una forma determinada y un ineludible producto asociado. El fin del paradigma de la ecuación unívoca “variante de ánfora = contenido concreto en género, origen y cronología”, lejos de suponer el hundimiento de cualquier estudio de las mercancías transportadas en estos momentos, abre la posibilidad al análisis en profundidad de las posibles casuísticas que pueden revelar los ejemplares anfóricos, más allá de los tópicos repetidos en las fuentes clásicas acerca de la economía productiva de la Turdetania (García Fernández et al. 2016). Desde esta perspectiva, se han identificado dos posibles fenómenos que inciden especialmente en la dificultad de asociar continente y contenido en el estudio de los recipientes anfóricos: la bivalencia y la multifunción (Bernal 2004: 325 ss.). El caso de las imitaciones tipológicas, que podrían buscar la asociación del consumidor con una cierta calidad u origen del producto, no se aplicaría en nuestro caso, más allá de la búsqueda, a través del parentesco morfológico, de una continuidad con las ánforas de saco fenicias a partir de las cuales comienza la fabricación propia en la región. La bivalencia (o polivalencia en el caso de más de dos variables) es la denominación de la situación en la que un mismo tipo anfórico es utilizado para contener dos productos diferentes, bien especificados. En el caso de ánforas romanas, se hace constar en los tituli, explícitamente indicado el contenido menos común (Bernal 2004: 327). La multifunción, por el contrario, expresa el fenómeno por el que se constata que cualquier producto podría constituir un posible contenido de un tipo anfórico. Este caso pondría en entredicho la existencia de estandarizaciones y tradiciones alfareras, pero no podría descartarse la práctica de tal elección comercial. Destacamos, por tanto, tres posibles situaciones que ponen en duda la relación categórica entre un tipo anfórico y su contenido asociado: - Los múltiples contextos de reutilización de envases para usos secundarios. - La utilización de un mismo tipo de envase para diferentes productos comerciales, incluyendo los casos de bivalencia y multifunción. 71 - La evolución diacrónica o la diversidad geográfica que provoca la posibilidad de albergar diferentes productos en un mismo tipo de envase en contextos distintos. El paso del tiempo y la evolución de las actividades económicas, o las diferentes vocaciones agropecuarias de cada región, influirían en las mercancías envasadas en cada momento y lugar. Entre todos estos casos, es especialmente relevante el tercer punto en cuanto a las ánforas Pellicer B, C y D, ya que los diferentes productos detectados en su interior16 revelan la multiplicidad de mercancías posibles en zonas geográficas diferentes. No obstante, a pesar de la posible variedad de contenidos que habrían tenido cabida en cada una de las variantes de recipientes cerámicos, la necesidad de identificar con garantías los productos, los orígenes y las calidades desde el punto de vista del consumidor habría necesitado de una constancia en cuanto a la repetición de tipos anfóricos para el transporte de ciertas mercancías (cfr. Fabião y Guerra 1993: 998). Habría, por tanto, un determinado producto predominante, que no exclusivo en el cien por cien de los casos, que sería el más común envasado en ánforas de ese tipo concreto, especialmente entre las más difundidas y estandarizadas en forma (la “denominación de origen”, Bernal 2004: 327), si bien la evolución cronológica o la diversidad geográfica podrían alterar este binomio. Y como es lógico, la reutilización de envases multiplicaría las probabilidades de encontrar un contenido diverso en su interior, sobre todo en circuitos alejados de los principales canales de redistribución directa de mercancía. 2.5.2.2. Principios, aplicaciones y muestreo para el análisis. El conjunto de materiales objeto de esta investigación no ha permitido la detección de ningún residuo superficial en forma de identificación de fósiles, esporas o fitólitos, ya que no hemos podido intervenir en el momento de su extracción sino que, en la mayoría de los casos, han pasado incluso décadas entre que fueron depositados en sus respectivos almacenes y el momento de nuestro estudio. Por el contrario, sí que se ha dado el caso de la realización de análisis arqueométricos de contenidos en un grupo seleccionado de muestras (García Fernández et al. 2016), de alto interés para la presente Tesis Doctoral. Este grupo estaba integrado por 31 ejemplares de distintos tipos de recipientes anfóricos considerados como procedentes del área del Bajo Guadalquivir durante la Segunda Edad del Hierro, 25 halladas en Alcalá del Río (siendo sólo seis de estos fragmentos fondos de ánfora, el resto bordes) y seis en el yacimiento de Vico (Marchena), todos ellos fondos. Los resultados obtenidos en estos análisis serán discutidos en el apartado 6.6. La metodología empleada para ello ha sido el análisis mediante caracterización de ácidos grasos. Esta técnica se basa en la asunción de la conservación de las moléculas orgánicas, resguardadas de la degradación microbiológica, en los poros de los 16 Cfr. los contenidos identificados en diferentes estudios que se exponen en el apartado 4.5. y los últimos análisis efectuados a ánforas del Bajo Guadalquivir en el apartado 6.6. 72 recipientes cerámicos, a la vez que estas moléculas son protegidas en la superficie de lípidos17 (Heron et al. 1991), teniendo en cuenta las posibles afecciones a causa de los procesos postdeposicionales. Estos pueden incluir cualquier alteración del artefacto, desde la fractura o dispersión del recipiente hasta los cambios físicos de su materialidad: hidrólisis, cambios de humedad o temperatura, presencia de enzimas y microorganismos18, oxidación (menor en el ácido oleico), degradación microbiológica en condiciones aeróbicas, causando transformaciones químicas en los ácidos, o cualquier tipo de contaminación lípidica por el uso de materiales plásticos en contacto con las muestras o la manipulación en contacto con la piel. Los ácidos grasos son identificados con productos (alimentos, condimentos o conservantes) reconocibles, según las concentraciones típicas de los componentes en las grasas, que pueden ser de origen vegetal o animal o bien de carácter saturado, monoinsaturado o poliinsaturado19. El principio metodológico en el que se basan las identificaciones llevadas a cabo por estos investigadores reside en el análisis de los llamados ácidos grasos “llave” (García Fernández et al. 2016: 56 ss.) que permiten, en distintos grados, discernir la clase de aceite de la que se trata, considerando también las proporciones típicas de cada ácido graso, sus agrupaciones y las proporciones características de los componentes minoritarios. No obstante, en el caso de los óleos vegetales (los que más interesarían, en principio, a un estudio con este tipo de recipientes) el grado de fiabilidad de estas identificaciones es mucho menor “debido a la inestabilidad molecular ligada al alto grado de insaturación de estas grasas líquidas”. El método científico utilizado aplicó los siguientes pasos: metilación por calentamiento con metilato de sodio en metanol seguida de calentamiento en medio ácido20; cromatografía de gas y espectrometría de masa, según los procedimientos habituales. Para una mayor profundización de la metodología empleada se remite al citado artículo de los autores del estudio analítico (García Fernández et al. 2016). La aplicación de técnicas analíticas físico-químicas, y en particular el recurso a la cromatografía de gases y a la espectrometría de gases, cuenta con un largo recorrido historiográfico que ha ampliamente demostrado su utilidad para la caracterización de los contenidos residuales desde la década de 1970 (Bernal y Petit 1999: 272). La publicación del estudio realizado a las ánforas turdetanas especifica que la exhaustividad del análisis de los fragmentos fue diferente en cada caso, dependiendo de la probabilidad de obtener residuos de materia grasa en los distintos tipos de fragmentos, de manera que fueron los 11 fondos y cinco de los bordes los que fueron 17 Moléculas presentes en grasas animales y vegetales, de carácter hidrófobo y soluble. 18 Contribuyen a la liberación de los ácidos grasos que forman parte de los acilgliceroles (molécula de glicerol con 1, 2 ó 3 moléculas de ácidos grasos esterificadas). 19 Para el análisis efectuado por García Fernández et al. (2016: 56), se especifica que los ácidos grasos, en su mayoría de carácter monocarboxílico de cadena lineal, han sido distinguidos según la longitud de la cadena y en su grado de insaturación (presencia y número de dobles enlaces, predominantemente con un número par de átomos de carbono, entre 4 y 30). Se consideran ácidos grasos monoinsaturados aquellos con doble enlace en la cadena hidrocarbonada y poliinsaturados a aquellos que cuentan con más de un doble enlace. 20 Según los protocolos de la International Union of Pure and Applied Chemistry (IUPAC), Applied Chemistry Division Commission on Oils, Fats and Derivatives (IUPAC 1992a y b). 73 sometidos a los análisis cromatográficos más completos. Los fragmentos de mayor tamaño, por otro lado, fueron analizados por duplicado. La referencia analítica consistió en los valores obtenidos para dos muestras de aceite de oliva, una en estado líquido y otra utilizada para impregnar un fragmento de cerámica. Se trata de los únicos análisis orientados a la determinación de contenidos residuales que se hayan realizado, hasta la fecha, a recipientes cerámicos anfóricos de los tipos Pellicer BC o D de esta zona geográfica, ya que otras atribuciones de contenidos han sido realizadas mediante la observación de pólenes, esporas o fitólitos en la superficie de los envases o bien por asociación contextual con espacios productivos. Sólo en el caso de las ánforas de La Mata (Juan-Tresseras y Matamala 2004) se han podido analizar contenidos de formas de perfiles similares, si bien ninguno de los fragmentos analizados ha podido ser asociado con seguridad a los Tipos IV o V del valle medio del Guadiana21, equiparados con las formas Pellicer C3 y Pellicer D respectivamente, por lo que es claro que no nos encontramos ante los mismos envases presentes en el Bajo Guadalquivir. En este caso se integraron diversas metodologías para la observación de evidencias a distintos niveles: desde residuos microscópicos, observables mediante lupa binocular, microscopía óptica con contraste de fase de Zernike o microscopía electrónica de barrido con microanalizador por energía dispersiva de rayos X (SEMEDS), hasta los indicadores químicos y bioquímicos estudiados también en el caso de las ánforas de Vico y Alcalá del Río. La técnica citada para estos últimos análisis es la cromatografía de gases combinada con la espectrometría de masas. Igualmente existen estudios al respecto para las ánforas del tipo Tiñosa (T-8.1.1.2), no siempre consideradas “turdetanas” en su filiación cultural. Los análisis de contenido, realizados por los mismos investigadores que en el caso anterior, Juan-Tresserras y Matamala (Carretero 2007: 59), siguen la misma metodología para caracterizar residuos microscópicos e indicadores químicos y bioquímicos: observación microscópica combinada en microscopio binocular, uso de microscopio óptico con contraste de fase de Zernike, microscopio electrónico de barrido con microanalizador de rayos X incorporado (SEM-EDS) y la técnica combinada de cromatografía de gases y espectrometría de masas. 2.6. La determinación de la procedencia. “La adscripción de las diversas producciones cerámicas a determinadas zonas de procedencia sólo podrá hacerse mediante técnicas analíticas en conjunción con los criterios de validación. No aceptar este punto significa negar una realidad indiscutible que no puede justificarse por una pretendida operatividad” (Buxeda et al. 1994: 41). 21 Cfr. la intervención de Celestino y Rodríguez González sobre el Medio Guadiana y la Beturia en el workshop “Las ánforas turdetanas “tipo Macareno” cuarenta años después: actualización tipológica y nuevas perspectivas” y su futura publicación. 80 investigaciones más propensas a utilizar documentos más claros y en mejores condiciones de contextualización. El estudio de grupos técnicos de pastas cerámicas no puede dejar de ser una parte esencial del estudio de materiales, incluidos aquellos susceptibles de ser eliminados de la investigación por su poca información tipológica y su falta de contexto, ya que el potencial informativo del análisis composicional puede llegar a ser tan importante como cualquiera de estos otros aspectos del examen del registro material. Durante la larga época de la Arqueología en la que la datación fue la obsesión principal de los ceramistas, el estudio composicional fue deliberadamente descartado en el análisis de los materiales procedentes de prospección, ya que existían vías mucho más eficaces para obtener secuencias temporales mediante la comparación tipológica con otros elementos bien estratificados y la seriación que intentaba determinarse entre los materiales hasta el momento conocidos. Con el interés por los intercambios comerciales se introduciría el estudio composicional para los materiales cerámicos, incluidos aquellos más groseros que caracterizaban a los recipientes anfóricos, instalándose como recurso metodológico definitivo para el estudio de materiales procedentes de prospección. El ejemplo paradigmático de las investigaciones en el mundo egeo (Moody et al. 2003: 41) nos sigue sirviendo de modelo para observar cómo estas consideraciones fueron incrementándose en el planteamiento metodológico de las prospecciones superficiales, teniendo en cuenta que entre el 60 y el 70% de los materiales localizados eran cerámicas groseras, muchas de ellas pertenecientes a recipientes de transporte. Es por ello que fue precisamente en el mundo de las prospecciones superficiales donde se le dio el ímpetu definitivo a los análisis sistemáticos de composición de pastas. En el caso de las prospecciones del proyecto Sphakia se ofreció un interesante marco teórico y metodológico para la determinación de grupos técnicos de pastas a partir de materiales de prospección (Figura 2.6). En él se inserta la consideración de las posibles periodizaciones de los yacimientos prospectados, identificando en ellos los materiales que guían la coherencia cronológica, así como las consideraciones funcionales de la presencia de tales materiales y, sobre todo, la identificación de pastas locales o foráneas, así como la asociación de grupos técnicos concretos dentro del conjunto. Esta propuesta metodológica ha guiado nuestro planteamiento de estudio de los materiales en cuestión, adaptándola a las características particulares del conjunto. 81 Figura 2.6. Diagrama para el análisis macroscópico de pastas de materiales procedentes de prospección superficial, a partir de Moody et al. 2003: 49. Uno de los principales resultados de esta secuencia metodológica, además de la contextualización cronológica del yacimiento localizado (principal objetivo en el caso de las mencionadas investigaciones anglosajones), es la identificación de pastas de referencia, que contribuyan a la determinación de la procedencia o similitud de otros ejemplares procedentes de diferentes yacimientos, relacionando así los yacimientos localizados durante la prospección con otros de índole diversa. Esta identificación puede ser en ambas direcciones, es decir, haber sido ya establecida con anterioridad, mediante la delimitación de producciones de origen conocido y, por lo general, cronologías acotadas, y ser aplicadas a la comparación de piezas encontradas en superficie durante las actividades de prospección, o bien puede tratarse de pastas caracterizadas con precisión a partir de conjuntos ampliamente repetidos en el registro procedente de la recogida de material superficial. En este caso carecemos de información cronológica o relativa a la procedencia concreta de la producción, a no ser que se admita la utilización del criterio de abundancia. Una vez determinados todos los grupos de pastas, característicos de una cierta zona o no, se aplica un procedimiento complementario en el 82 que se describe el “perfil composicional” de cada uno de los yacimientos estudiados (site fabric-profiling, Moody et al. 2003: 54). La aplicación de este modelo metodológico a nuestro caso de estudio se ve favorecida por unas parecidas circunstancias en las características de los materiales del registro procedente de las prospecciones del Término Municipal de Marchena. Una perspectiva tradicional centrada en formas y decoraciones, ya aplicada en los primeros estudios de este registro material desde un punto de vista cronológico y espacial (García Fernández 2003a: 30), habría ofrecido en este caso unos resultados muy limitados en el estudio de materiales, por lo que el análisis composicional ha intentado ser especialmente intensivo en el caso de estos ejemplares de ánforas, dada la completa ausencia de un estudio de conjunto que hubiera tenido en cuenta estos materiales en ninguna de sus revisiones posteriores. En nuestro caso, además, el estudio composicional ha querido hacerse en conjunto con el resto de los materiales procedentes de excavaciones arqueológicas y otras secuencias bien estratificadas, generando grupos técnicos que engloben todos los materiales estudiados, pues tenemos la ventaja de contar con contextos asociados entre sí por la repetida aparición de ejemplares anfóricos similares. Como hemos indicado, esta asociación no se realiza bajo la luz exclusiva de los paralelos tipológicos, sino que se ampara en las relaciones composicionales para ofrecer un panorama desde múltiples puntos de vista hacia la caracterización de la pieza individual que desemboque en conclusiones de carácter interrelacional entre distintos yacimientos (la línea del diagrama de Moody et al. que se apoya en la “comparación con contextos excavados datados con seguridad y con otras colecciones de prospección” para lograr la “identificación de pastas locales y foráneas” y finalmente una “valoración de interacción local y regional entre yacimientos”). 2.7. Creación de base de datos y su análisis espacial. 2.7.1. Ordenación de la base de datos. La realización de una base de datos georreferenciada ha constituido el paso previo y primordial de la aplicación de los programas informáticos para la gestión y tratamiento de la información arqueológica. Su diseño y desarrollo han sido un trabajo íntegramente realizado para los objetivos de esta Tesis Doctoral, formando parte de los resultados de la misma. No obstante, la información contenida en ella ha sido tratada de tal modo que pueda trascender la resolución de dichos objetivos y prolongue su vida útil como base de datos creciente y actualizable con nuevos contextos temporales y geográficos en distintos proyectos de investigación, aumentando así la proyección de su planteamiento inicial. 83 La confección de una base de datos supone la sistematización e informatización del inventario realizado a lo largo de la fase de estudio directo de materiales, completado con la recopilación bibliográfica de información relativa a los objetos de estudio y con las conclusiones del estudio tipológico y composicional de cada uno de ellos. La estructura de la base de datos ha estado condicionada por la naturaleza de la información arqueológica y arqueométrica susceptible de ser proporcionada por los materiales en estudio, y a su vez ha estado orientada al mayor rendimiento científico de los datos obtenidos, pensando en su consecuente volcado en las aplicaciones SIG. En el caso de los datos de carácter arqueométrico, se ha señalado en repetidas ocasiones la necesidad de organizar las bases de datos que incluyen información arqueométrica en función de categorías históricas y arqueológicas ya consideradas (Olcese 2012: xviii). Es clave este planteamiento, ya apuntado en el artículo de Olcese y Picon (2002), que sin embargo no obtuvo todo el reflejo deseado en investigaciones internacionales posteriores. En él se defiende la necesidad de elaborar bancos de datos orientados por las necesidades de las preguntas arqueológicas a responder, y no recabados de forma acumulativa con la intención de buscar, posteriormente, una significación arqueológica a los patrones observados25. En este sentido, hemos querido recoger en una sola tabla la información arqueométrica simplificada en sus resultados finales (los grupos composicionales), intentando con ello evitar uno de los fallos más comunes de numerosas publicaciones de datos arqueométricos que hemos tenido que consultar: la ausencia de una relación directa de la información arqueométrica con la información arqueológica, especialmente la referente a las particularidades tipológicas o estratigráficas de la muestra, que hacen imposible asociar los resultados a ninguna conclusión arqueológica clara si no se cuenta con los catálogos originales de materiales y los listados en los que se asocie la muestra con la pieza de la que ha sido extraída26. Para nuestra investigación se optó por tanto por un catálogo de tipo relacional para la recopilación de los datos. La estructuración de la base de datos se atuvo a una serie de requisitos básicos, inspirados en otros trabajos de recopilación de inventarios arqueológicos27, basados principalmente en la solidez de la estructura lógica que unifica la información, una articulación flexible que permitiera la inclusión de nuevos registros y la migración de contenidos, y la posibilidad de ejercer consultas que pusieran en relación todos los vectores de información. Cada ítem introducido corresponde a un ejemplar o individuo cerámico estudiado. A él corresponden diversas unidades de información, denominados atributos, relacionadas 25 “The data bank consists therefore of data not accidentally assembled, but drawn from targeted researches aiming at the solution of archaeological questions concerning production and diffusion, very specific questions the archaeologists put or we selected among those which, in a potential hierarchical scale of problems, seemed more important to be tackled with the support of laboratory analyses” (Olcese y Picon 2002: 169). 26 Uno de los casos en los que esta falta de asociación entre muestra e información arqueológica ha sido más grave para la extracción de conclusiones más concretas es el pionero estudio arqueométrico de Cerro Macareno, a partir de la tesis de González Vilchez (1983) y en otras publicaciones (González Vilchez et al. 1982, 1983, 1985a, b y c), en estos casos adoleciendo de la falta de datos tipológicos, como se explica en el apartado 6.1. 27 Cfr. por ejemplo Moreno Escobar y García 2013 y Sánchez Gómez 2016: 44. 84 entre sí en cuanto referentes al mismo individuo. La vinculación de esta información persigue la eliminación de registros dobles, mediante la identificación clave y no repetible de la sigla de la pieza (adjudicada en el momento en caso de no contar con ella en el registro original de su intervención arqueológica), y evidencia rápidamente fallos de coherencia entre los distintos campos. Los campos establecidos para cada uno de los registros han sido los siguientes: · Códigos identificativos: - Id: numeración automática de identificación general para el presente estudio dentro del conjunto del yacimiento, indexado sin duplicados. - Sigla: número de registro otorgado a la pieza durante el procesamiento de los materiales de cada una de las intervenciones arqueológicas estudiadas, o concedido para el presente estudio en el momento de su documentación en la base de datos; indexado sin duplicados. - Código de lámina delgada: número de identificación con el que ha sido denominada en laboratorio la lámina delgada obtenida del ejemplar en cuestión, en caso de existir. · Contexto: - Término municipal del lugar del hallazgo de la pieza. - Yacimiento del lugar del hallazgo. - Coordenadas UTM30 X e Y: campo descriptivo de la localización georreferenciada del yacimiento de origen de la pieza, que permite conectar toda la información de la base de datos al SIG. Se trata de una localización espacial basada en un solo punto, a pesar de no representar la realidad topográfica del yacimiento, que debería articularse en forma de polígono de puntos. Esto es debido a la falta de información de la localización horizontal exacta del hallazgo dentro del yacimiento en la mayoría de los casos, así como a la posibilidad de prescindir de esta información concreta en todos aquellos contextos que no sean de carácter primario, pues serían los únicos casos en los que podría inferirse alguna conclusión de tipo funcional en virtud de la localización de la pieza. A nivel macro (regional), en todo caso, con un punto genérico en el centro del yacimiento se alcanza el nivel de precisión requerido. - Sector del yacimiento (cuadrícula, corte, zanja, etc.) según se encuentre recogido en el registro de la intervención. - Campaña de la intervención arqueológica durante la que fue hallado el ejemplar. - Nivel / Unidad Estratigráfica (UE): contexto concreto de proveniencia de la pieza según se encuentre recogido en el registro de la intervención. - Cronología del contexto: datación propuesta para la UE, nivel o fase de la secuencia estratigráfica en la que fue hallado el ejemplar. No se refiere a la datación otorgada a la 85 pieza por criterios morfotipológicos. En el caso de piezas sin referencia estratigráfica se indica la cronología general del sector del yacimiento. · Características de la pieza: - Tipo de fragmento: borde, fondo, asa, pared, atípico, perfil completo o pieza restaurada. - Familia: en este campo se indica si el ejemplar es un ánfora, lo que se cumplirá en la totalidad de los casos incluidos en la base de datos de ejemplares de ánforas turdetanas, pero también puede rellenarse para el registro de otros materiales en tablas sucesivas. - Tipo: los ejemplares estudiados podrán referirse al tipo Pellicer BC (o por separado Pellicer B y Pellicer C, en el caso de ser posible la diferenciación) y Pellicer D, pero también estará abierto a otros tipos de materiales en ampliaciones del registro posteriores. - Variante: identificación con alguna de las variantes desglosadas en la tipología para las ánforas turdetanas propuesta en el apartado 7.1. · Descripción de la pieza: - Cocción: determinación de la atmósfera de cocción según el aspecto macroscópico de la pasta cerámica o de las características ópticas observadas por microscopía óptica de luz polarizada. Puede registrarse como oxidante, reductora, mixta de núcleo oscuro, mixta de núcleo claro o pasado de cocción (que impida determinar la atmósfera original de cocción). - Color de la pasta: en este campo no se ofrecen valores predefinidos, ya que se trata de un atributo orientativo en el que hemos preferido prescindir de elencos de colores codificados, remitiendo la valoración a la observación de las imágenes proporcionadas de cada tipo de pasta. Se trata por tanto de una determinación indicativa del tono predominante en la pasta cerámica bajo observación macroscópica. - Grupo técnico: adscripción de la pieza a uno de los grupos técnicos definidos en el apartado 7.1. para el conjunto de ánforas turdetanas estudiadas a nivel macroscópico. Esta determinación será la base de los análisis posteriores que pasen a estudiar los parámetros arqueométricos de las piezas. - Grupo petrográfico: adscripción de la pieza a uno de los grupos petrográficos definidos en el apartado 7.1. para las láminas delgadas de ánforas turdetanas analizadas, sólo en el caso de haberse extraído una muestra. - Revestimiento: valor determinado como casilla de verificación, en la que se determina si la pieza cuenta o no con un revestimiento identificable. 86 - Descripción revestimiento: en el caso de haber señalado un valor positivo para el campo anterior, se describen las características del revestimiento observado en la pieza. - Marcas: en este campo se describen las posibles marcas de alfarero o digitaciones que hayan podido identificarse en la pieza, indicando su tipología (incisión, digitación, etc.), morfología y localización en la pieza. · Documentación gráfica: - Dibujo pieza: se incluye archivo del dibujo digitalizado de la pieza, tanto su sección como su vista frontal y la representación de las particulares interesantes. - Fotografía pasta: fotografía macroscópica de la pasta cerámica en una fractura reciente, cuando sea posible. - Fotografía pieza: fotografía del fragmento completo, con referencia. - Fotografía lámina delgada: en el caso de que se haya realizado una lámina delgada de la pieza en cuestión, fotografía de la muestra a partir de la cámara incorporada al microscopio de luz polarizada. Todas las fotografías se han realizado en XP. · Información de análisis arqueométricos: - Lámina delgada: valor determinado como casilla de verificación, en la que se determina si a la pieza le ha sido tomada una muestra para la realización de una lámina delgada para su posterior análisis petrográfico. - Corte lámina: en el caso de que se haya realizado una lámina delgada de la pieza en cuestión, se indica la orientación del corte de la muestra, esencial para obtener información de diversos aspectos tecnológicos de su moldeado. Se describe como horizontal, vertical, tangencial o desconocida. - Análisis petrográfico: valor determinado como casilla de verificación, en la que se determina si la lámina delgada ha sido ya analizada petrográficamente con microscopio de luz polarizada. - FRX: valor determinado como casilla de verificación, en la que se determina si a la muestra se le ha realizado un análisis por fluorescencia de rayos X. - Análisis de contenido: valor determinado como casilla de verificación, en la que se determina si a la muestra se le han realizado análisis de residuos para establecer su posible contenido. - AAN: valor determinado como casilla de verificación, en la que se determina si a la muestra se le ha realizado un análisis por activación de neutrones. - Observaciones: se recogen informaciones de interés relativas a la pieza, tales como referencias bibliográficas, descripciones aportadas en la bibliografía, posibles identificaciones con piezas publicadas, existencia de más de una muestra analizada, 87 particularidades en las dimensiones, características tecnológicas no recogidas anteriormente, etc. Los campos más relevantes procedentes de esta base de datos pueden consultarse, para todas las piezas estudiadas, en el inventario del Anexo 1. Por otro lado, se realizó una tabla complementaria en la que fueron recogidos todos los ejemplares identificados como fallos de cocción, así como las muestras de arcilla procedentes de los contextos estudiados y otros elementos arcillosos de utilidad. Su recopilación en una tabla distinta se debió a las diferentes características que pueden ser anotadas en este tipo de materiales, si bien se encuentran relacionados con el resto del registro mediante la asociación a contextos de hallazgo concretos. Los campos de la tabla de desechos de cocción siguen la misma estructura de la tabla de ejemplares anfóricos en los apartados de códigos identificativos, contexto, análisis arqueométricos y observaciones, mientras que se han adaptado las características y descripción de los ejemplares, en gran medida en función del modo en que aparecen publicadas estas evidencias en las fuentes bibliográficas que nos permiten asociarlas a un contexto determinado. ·Descripción de la pieza (se prescinde de las consideraciones morfotipológicas, a no ser que se trate de un desecho de una forma evidente): - Tipología: selección entre una lista de valores que definen el tipo de evidencia cerámica del que se trata. Arcilla de superficie, arcilla, desecho cerámico con forma, desecho cerámico sin forma, cuerno de horno o escoria cerámica. - Color de la pasta: de nuevo se trata de un atributo orientativo que refleja el tono predominante en la pasta o arcilla del ejemplar en cuestión. · Documentación gráfica (se prescinde del dibujo por la irregularidad del tipo de registro): - Fotografía pieza: fotografía del ejemplar completo con escala de referencia. - Fotografía pasta: fotografía macroscópica de la pasta cerámica, si es posible en una fractura reciente. - Fotografía lámina delgada: en el caso de que se haya realizado un corte de lámina delgada a la pieza en cuestión, fotografía a través de la cámara incorporada al microscopio óptico de luz polarizada, en XP. 88 2.7.2. El análisis espacial: elección de software libre open source. Un aspecto fundamental de la metodología es la integración de los datos y resultados en Sistemas de Información Geográfica (SIG) para su análisis espacial, orientado al estudio de áreas de actividad específica y de la organización entre conjuntos de artefactos y su relación entre ellos (vid. Conolly y Lake 2009). El análisis espacial de los datos es esencial para alcanzar los objetivos de estudio de la producción y comercialización de los excedentes agrícolas, así como la descripción de las redes de distribución y circulación de los mismos. En este sentido, el estudio se basa en la aplicación de los SIG, herramientas de gran utilidad para la representación, gestión y análisis de la información arqueológica, empleada para el tratamiento de los datos tanto de origen morfométrico como arqueométrico. El SIG, como sistema de información, consiste en programas asistidos por ordenador para la gestión y representación de datos georreferenciados (Gutiérrez Puebla y Gould 1994), que obtienen sus capacidades analíticas de la combinación de la gestión de los datos con su despliegue gráfico. El ordenamiento de los datos referenciados espacialmente se ve así sensiblemente mejorado, manteniéndose analizados en un único medio y permitiendo el diseño gráfico interactivo para su presentación. El proceso de investigación no podría entenderse sin este recurso, que en un formato de comprensión claro aporta facilidad de consulta y modificación dinámica. Tras la realización de la base de datos georreferenciada de los ejemplares estudiados, basada en registros tabulares interrelacionados, se transfiere la información al SIG, se fusionan los datos según los parámetros a estudiar y posteriormente se interpretan gráficamente los resultados obtenidos sobre la base de la información cartográfica con datos relevantes de carácter geográfico, geológico, arqueológico, etc. Entre todas las funcionalidades de los SIG en proyectos arqueológicos, para los objetivos del presente trabajo fueron requeridas las tareas de localización (consultas en las que se relaciona la información cartográfica con la base de datos de atributos de un lugar determinado), condición (indicaciones de las localizaciones en las que se dan las condiciones previamente especificadas) y determinación de tendencias (comparación entre situaciones temporales distintas, pudiendo incluir condiciones previas). En el diseño de este proyecto de investigación nos planteamos la utilización preferente, en la medida de lo posible para el cumplimiento de los objetivos establecidos, de soluciones basadas en el software libre y el código abierto, por razones técnicas y por afinidad con la intención de proporcionar acceso de manera independiente a los recursos económicos. Si bien el uso de SIG en sí es más una herramienta que una parte determinante del discurso metodológico y teórico, ya de sobra superado y asimilado por la Arqueología actual, creemos que la opción del software libre y abierto debe aún abrirse paso en muchos proyectos académicos, introduciendo el debate acerca de la reflexión informática y de los avances digitales, 89 desde dentro de la propia disciplina y no como adaptación de disciplinas ajenas (Rosati et al. e. p.). A nivel técnico, el software libre proporciona numerosas ventajas, desde los bajos costes derivados de la adquisición de licencias hasta su elevada fiabilidad, al ser continuamente corregidos y comprobados en diferentes entornos. Precisamente la seguridad que ofrecen es uno de los puntos fuertes de este tipo de programas, ya que son de especificación pública y están sometidos a constante revisión, ofreciendo por tanto un mantenimiento flexible y competitivo en continua actualización sin necesidad de adquirir comercialmente versiones posteriores. La otra gran ventaja es la gran flexibilidad que presenta su código para ser modificado, preparado para ser adaptado a requerimientos particulares28, y por tanto de fácil integración con otros programas (presenta interoperabilidad al estar todos ellos basados, generalmente, en estándares abiertos). Según la Free Software Fundation29, un programa libre (por oposición al software propietario) debe garantizar las siguientes libertades, que no se centran, a pesar de lo que se entiende comúnmente por este término, en que el coste sea gratuito: - Libertad de ejecutar el programa para cualquier propósito, sin restricciones temporales o geográficas. - Libertad para estudiar cómo funciona el programa y adaptarlo a las necesidades del usuario. - Libertad de distribución y copia. - Libertad para mejorar el programa y poner estas mejoras a disposición del público. El segundo aspecto que caracteriza nuestra elección de software es su pertenencia a la iniciativa open source30, que reúne aquellos programas desarrollados por y para la comunidad de usuarios. Al igual que en el caso del software denominado libre, en este caso no está implicado solamente el acceso al código base, sino que también son necesarios unos requisitos que hacen referencia a las mismas libertades antes mencionadas, pero aplicadas a la distribución libre del código fuente. El uso de software libre está marcado por la intención de hacer más transparente la ingeniería informática, liberar la información y evitar el monopolio de los recursos técnicos que vehiculan la circulación de los contenidos. El paso de un sistema propietario a uno libre puede representar una limitación para el usuario, pero en la práctica demuestra el incremento en el éxito del resultado, un desarrollo más eficaz del mismo programa y, sobre todo, una relación más racional entre desarrolladores y 28 Un óptimo ejemplo en el campo arqueológico de la posibilidad de modificación del programa para la adaptación a necesidades particulares lo encontramos en el complemento para QGIS PyArchInit, exponente de la potencialidad de esta herramienta para la gestión de actividades arqueológicas, estudio de estratigrafías y documentación de plantas (Mandolesi 2009 y Rosati et al. e. p.). 29 A partir de www.gnu.org/philosophy/free-sw.html. Última consulta 29/11/2016. 30 Cfr. www.opensource.org. Última consulta 29/11/2016. 96 “cannot be understood to inform us about anything other than Roman attitudes and selfdefinition” (Prag 2006: 30, citado en Van Dommelen y Gómez 2008b: 3). Se entiende así la dificultad de definir, en términos arqueológicos, una cultura turdetana que corresponda a una comunidad concreta en este ambiente de fronteras permeables e influencias compartidas (el “problema turdetano” al que se refiere la bibliografía, por ejemplo García Fernández 2002: 226). El registro material es insuficiente como indicador étnico durante la II Edad del Hierro (Escacena 1992) ya que sus características son comunes, sobre todo a partir de los siglos IV y III a.C., a núcleos de habitación de todo tipo considerados tan púnicos como Castillo de Doña Blanca y Las Cumbres (El Puerto de Santa María, Cádiz), La Tiñosa (Lepe, Huelva), Kouass (Asilah, Marruecos), Cerro Naranja (Jerez de la Frontera, Cádiz) o la propia Gadir, excepto en lo referente a ciertos elementos concretos, como el repertorio de recipientes anfóricos. Para la comunidad investigadora, en cualquier caso, “cultura turdetana” se ha asentado como la definición arqueológica de las poblaciones asentadas en el Bajo y Medio Valle del Guadalquivir y sus afluentes durante la Segunda Edad del Hierro (entre los siglos VI a.C. y la completa dominación romana hacia el cambio de era). Con este cariz cronológico y geográfico debe ser entendido el término en la presente obra, refiriéndonos siempre a un conjunto de unidades poblacionales con unos rasgos lingüísticos y culturales similares, pero sin una clara conciencia étnica y menos aún política (Chaves et al. 2006; García Fernández 2007). Estos rasgos, además, estarán en constante evolución, y gran parte de su desarrollo y afirmación tendrán lugar bajo el dominio romano, por lo que se hace aún más difícil intentar asociar ciertos rasgos materiales a una comunidad con un carácter sociopolítico concreto. El conocimiento del topónimo “Turdetania” ha llegado hasta nosotros a través de las múltiples referencias de las fuentes literarias grecolatinas (García Fernández 2003, 2004a y b), en muchos casos confundiendo los conceptos de Tartessos y Turdetania, y después ampliándolos a una ocasional identificación con la provincia romana de la Bética. Todas estas referencias contribuyeron a crear una imagen literaria de la región que ha sido la que ha trascendido, como base histórica, para la reconstrucción de la Protohistoria del Bajo Guadalquivir, a pesar de las inexactitudes y lugares comunes que, como es natural en la historiografía grecorromana de estos momentos, pueblan los relatos de los contactos con el extremo Occidente. Las primeras referencias a este extremo occidental del mundo conocido tienen lugar tras los primeros contactos comerciales por parte de navegadores griegos y orientales. Después de una etapa de indefinición en lo que respecta al trazado de los confines del Mediterráneo, la primera alusión a Tartessos aparece en la Gerioneida de Estesícoro de Himera, entre finales del siglo VII y mitad del siglo VI a.C. A partir de este momento se dispararían las narraciones míticas en torno al reino tartésico y a las riquezas de su entorno, contribuyendo al reclamo de los colonizadores a alcanzar estas tierras (Plácido 2000). 97 Hasta que tiene lugar la conquista romana de la península ibérica, las informaciones que aparecen en las fuentes históricas carecen de precisión y veracidad y son fruto de viejas ideas que se repiten durante siglos en la literatura arcaica y clásica desde los primeros años del periodo colonial. En el momento en que el contacto con esta zona se hace efectivo, a partir de la Segunda Guerra Púnica, los geógrafos e historiadores tienen al fin acceso directo al territorio, o al menos a testimonios de primera mano acerca de este espacio, en plena ebullición de la cultura literaria helenística. Estos autores rápidamente enlazan sus conocimientos al mítico espacio de Tartessos, como realidad continuadora en el plano demográfico y cultural, aunque no siempre se identificara como la misma entidad (García Fernández 2004a: 115). De hecho, hasta el siglo I d.C. no se asienta la distinción entre Tartessos y Turdetania, mientras que los autores anteriores elegían una u otra denominación dependiendo, principalmente, de la tradición lingüística con la que se alinearan. La intercambiabilidad de ambos nombres en muchas de las fuentes ha llevado a algunos investigadores a preguntarse cuál es la verdadera diferencia histórica entre ambas realidades (Ferrer y García Fernández 2002; García Fernández 2004b), encontrándose más bien ante una variación del contexto de procedencia del autor, y no tanto del entorno que describe. Otros escritores de la época previa a la completa dominación romana (Apolodoro, Pseudo Escimno de Quíos, Asclepíades de Mirlea) se alejan más de las informaciones de primera mano y se mantienen en el discurso mítico que había caracterizado anteriormente la descripción de esta zona como territorio de aventuras, creando una serie de obras de “pseudohistoria” que también influyeron en la visión del mundo antiguo de los pueblos indígenas locales. Contrastan estas obras con otras como las crónicas de Polibio o Posidonio de Apamea, fuentes de Estrabón, los principales testimonios a los que se recurre hoy en día para tener una información lo más aproximada posible al conocimiento grecorromano del mundo turdetano en esta época. Polibio, en concreto, fue uno de los primeros autores en utilizar los calificativos de “turdetanos” y “túrdulos” en lengua latina, si bien han llegado hasta nosotros a través de las referencias de Estrabón. El topónimo “Turta”, por su parte, referido a una región de la península meridional, había aparecido ya por primera vez en Catón, antes que sus correspondientes gentilicios. Las circunstancias políticas del fin de la República romana y la implantación del plan augusteo de renovación de las provincias conllevarían consigo un nuevo tipo de aproximación historiográfica hacia las comunidades turdetanas, ya insertas en el mundo político romano. Siempre con una intención utilitaria, en constante referencia a la situación contemporánea de los autores, Tito Livio, Pompeyo y Estrabón nos ofrecen sus relatos. En ellos incluyen los datos aportados por historiadores anteriores, a la vez que intentan justificar la actuación del poder romano frente a los pobladores locales, ante el modelo de éxito que había supuesto la conquista de los turdetanos. En este panorama historiográfico, exceptuando ciertos pasajes de Tito Livio que insisten en la beligerancia y poca fiabilidad de estas gentes, la Turdetania se convierte en el ejemplo paradigmático de pueblo civilizado y romanizado. Se justifica el alcance de las mayores 98 cotas de desarrollo gracias a su total aculturación, sobre una base ya sensibilizada gracias a la presencia de colonizadores fenicios y griegos y a unas particulares condiciones ambientales que favorecían el éxito de sus poblaciones. Una vez que el control de la península estaba ya totalmente en manos de los romanos, se advierte un sensible descenso del interés por el tema en la historiografía posterior. Pomponio Mela, Plinio, Tolomeo y Apiano son algunos de los pocos testimonios que se suman a las fuentes disponibles, pero los datos que ofrecen están ya desprovistos de apreciaciones socioculturales de interés para la caracterización del pueblo turdetano. La homogeneización administrativa había sido completada, y la historiografía del momento no querría insistir más en las posibles diversidades étnicas de la población, sino en las características comunes geográficas, organizativas o políticas. Incluso el calificativo de la región pasa a ser mayoritariamente el de “Bética”, perdiéndose el nombre de la Turdetania con un sentido geográfico y político. Los focos de mayor interés se fueron desplazando a las fronteras del Imperio según avanzaba la conquista romana, y la Turdetania dejaba de tener sentido como el objeto de nuevas obras pormenorizadas. Lo único que tendrá continuidad en las obras literarias a partir de este momento será la referencia a lugares o personajes míticos (Gadir, Tartesos, Argantonio) como estereotipos culturales recurrentes alejados de cualquier intención antropológica, histórica o simplemente descriptiva, y prolongados en las pocas obras tardorromanas que quisieron hacerse eco de estos lugares comunes. Las características de este topos literario son las que han permanecido en el ideario popular como rasgos propios de los pueblos prerromanos del valle del Guadalquivir: un paraíso de abundancia y longevidad, una civilización esplendorosa y un escenario liminar de contactos comerciales de matices internacionales (García Fernández 2003b). Todas las fuentes de información literarias grecorromanas a las que podemos acudir para obtener referencias acerca de la Turdetania deben ser, no obstante, interpretadas siempre con una aproximación adecuada a su nivel de objetividad y rigurosidad histórica. Evitar actitudes presentistas y forzamientos de las referencias clásicas es una obligación en la exégesis de estos textos, única vía para impedir asociaciones geográficas, toponímicas o etnográficas a la ligera que nos alejen de los verdaderos datos científicos que nos aportan estos testimonios. Un ejemplo de la correcta interpretación de los textos antiguos en el caso de la reconstrucción de los paisajes pasados se encuentra en las últimas propuestas respecto a la identificación del lacus Ligustinus y el sinus Tartesii, junto con sus respectivas asociaciones de carácter étnico y cultural (Ferrer 2012). 99 3.1.2. Desarrollo del concepto en la bibliografía arqueológica: de la cultura iberopúnica a la turdetana. El estudio del registro cerámico y material en general de la zona a través del tiempo es significativo de la evolución que el concepto “turdetano” ha tenido en un sentido étnico o, al menos, identificativo de una comunidad que comparte rasgos materiales. Antes de que se empezara a hablar de una verdadera “cultura turdetana” propiamente dicha, se asociaba el repertorio cerámico, por contemporaneidad, con otros pueblos protohistóricos con los que compartía la típica decoración pintada en rojo vinoso en forma de motivos de bandas y filetes (Ferrer y García Fernández 2008: 201). Debido a esta asociación, al repertorio de estas comunidades se le denominaba “cerámica ibérica” (Escacena 1980; García Vargas et al. 1989), no sólo en cuanto a la cerámica pintada sino también en lo que respecta a los envases anfóricos (Pellicer 1978b) u a otros aspectos del registro material. Esta identificación ya tenía un amplio recorrido, puesto que así habían sido clasificadas las cerámicas “ibéricas” de esta época en el Bajo Guadalquivir desde que empezaron a recibir atención por parte de los estudiosos (Bosch 1915: 23; Paris 1904). La obra Etnología de la Península Ibérica de Bosch (1932) incluía a los turdetanos como uno de los pueblos ibéricos de la península, inaugurando una tendencia con muy largo recorrido en la historiografía (Ruiz Rodríguez y Molinos 1993; Bendala 1981 y 2000) que, aún hoy, hace difícil desligar la idea general de los turdetanos como pueblo íbero32 (Ferrer y García Fernández 2008: 205). Ya con mucha anterioridad Escacena (1989: 469) había advertido los peligros de denominar “ibérica” a, en este caso, la cerámica turdetana bajo la única premisa de una cierta similitud morfológica o decorativa. En todo caso, la cerámica pintada nunca fue declarada rasgo distintivo de la etnicidad turdetana, sino una innovación material al nivel de otras incorporaciones tecnológicas compartidas por distintos pueblos. Posteriormente, la denominación evolucionó, reconociendo unas diferencias patentes con el mundo ibérico que también habían sido ya apreciadas en otros ámbitos, como el lingüístico (De Hoz 1989). De este modo, se introducen conceptos como “iberopúnico”, que intenta conjugar las dos tendencias a las que se asimilaba la cultura material de la zona, “iberoturdetano” o “púnico-turdetano” (Fernández Jurado et al. 1997; Belén 2006: 32 En la bibliografía general, especialmente la de carácter histórico, es común encontrar referencias al “proceso de iberización de la Turdetania” (Alvar 1995: 105). A nivel de divulgación científica al gran público, esta identificación está especialmente arraigada. Es significativo a este respecto el tratamiento utilizado para el pueblo turdetano en la reciente exposición Íberos. Nuestra civilización antes de Roma, organizada por la Obra Social La Caixa y que recorrió la geografía española durante diez años, hasta ser donada al Ayuntamiento de Jaén. En ella se afirmaba sin reservas que la cultura ibérica incluía el área turdetana (Quinquer 2011: 8). Si a esta definición inexacta añadimos que, por lo general, a nivel divulgativo el periodo turdetano ha estado siempre infravalorado respecto a las etapas anterior y posterior (Coto 2011: 297), más “espectaculares” a partir de su registro material y también más fácilmente identificables con una composición poblacional concreta (Ferrer y García Fernández 2002: 134), es comprensible la asimilación de esta cultura como parte de una realidad más integrada en el ideario popular del pasado andaluz como son los pueblos íberos. 100 218; Martínez Castro 2011), hasta que ha terminado por asentarse la asignación del carácter “turdetano” como denominación suficiente para esta realidad arqueológica en forma de “mosaico multiétnico” (Belén y Escacena 1997; 146). Fue Escacena (1989) quien propuso que, bajo ese pueblo turdetano que con dificultades se estaba dibujando en el registro arqueológico, no se escondía otra cosa que los herederos de los pobladores locales del Bronce Final, que habrían recuperado sus tradiciones de matiz orientalizante una vez liberados del periodo colonial, durante el cual las élites habrían adoptado costumbres completamente extrañas para adecuarse a la presencia semita. A pesar de ello, la cultura material de la nueva fase habría sido irreversiblemente modificada por la influencia de las numerosas innovaciones tecnológicas de las que no habría necesidad de despojarse tras la salida de los colonos fenicios. A finales del siglo XX, sin embargo, existía aún un importante desinterés por el estudio del periodo de la Segunda Edad del Hierro en la Andalucía occidental, especialmente en lo que tocaba al horizonte cultural turdetano, respecto al éxito investigativo de la etapa orientalizante anterior (García Fernández 2002: 220). Este desinterés había sido ya denunciado en varias ocasiones por parte de los investigadores que sacaban adelante esta línea de estudio en medio de la apatía general (Pellicer 1976 y 1978a; Ruiz Mata 1998: 154), a pesar del volumen de información que comenzaban a ofrecer los importantes yacimientos excavados en aquellos años (Pajar de Artillo, Cerro Macareno, Montemolín...). La historiografía había reservado para el inicio de esta fase histórica la idea de una época de decadencia después del esplendor del periodo orientalizante (Aubet 1978: 105), que se asienta en el concepto de la crisis del siglo VI a.C. Los caminos separados emprendidos por historiadores, arqueólogos y filólogos, junto a la compartimentación estricta que muchas veces limitaba la consideración de los datos protohistóricos por parte del estudioso clásico y viceversa (evidenciado por Keay 1992 y García Fernández 2002), reducían aún más las posibles vías de trabajo que se emprendían en estas fechas. En este sentido debemos recordar que también encontramos afortunadas excepciones que mantenían la esperanza de la continuación de estudios integradores a lo largo de distintos momentos cronológicos, como algunos trabajos de Bendala (1981), el citado Keay (1992) o Sáez Fernández (1994), o historiadores de la Antigüedad que consideraban las fuentes literarias con la debida mirada crítica (Cruz 1993 y 1995). El inicio del siglo XXI, felizmente, traería consigo un renovado interés por la caracterización de la “turdetaneidad”, si se permite el término33. La cultura arqueológica turdetana se asentaba en la bibliografía como aquella identificada con los habitantes prerromanos y de los primeros momentos de la conquista de una amplia zona en torno al Bajo Guadalquivir, con toda su heterogeneidad étnica, que abarca también la costa onubense (vid. Gómez Toscano 2016). No han faltado objeciones al término, aduciendo que su origen como simplificación administrativa romana hace que sea más conveniente hablar de un periodo u horizonte “tartésico-turdetano”, al tratarse de una misma realidad 33 Un ejemplo de la presentación del estado de la cuestión a finales de la década de 1990 se encuentra en Escacena y Belén 1998. 101 extendida en el tiempo, o incluso “tartésico tardío”, reservando el calificativo de turdetano para los siglos contemporáneos a la presencia romana (García Fernández 2003a: 117). Ampliando aún más las acepciones del término, en trabajos recientes, siguiendo una tendencia iniciada en la década de 1990, se ha extendido también el término “turdetano” incluso a producciones del ámbito gadirita (Ruiz Mata 1987, 1997 y 1998; Ruiz Mata y Pérez 1995; Fierro 1990; Domínguez Pérez 2006; Carretero 2007a), la campiña cordobesa (Vaquerizo 1999: 14) o de asentamientos costeros portugueses, donde se habría detectado un “horizonte turdetano” (Arruda 2000). En este trabajo, siguiendo propuestas anteriores (Ferrer y García 2008: 201), simplificaremos la cuestión y consideraremos “cultura turdetana” estrictamente aquella que caracteriza a los asentamientos localizados en el área geográfica de Turdetania, entendida como la región heterogénea delimitada por la historiografía grecorromana y la administración impuesta por los colonos itálicos, entre finales del siglo VI a.C. y el cambio de era, a pesar de las reticencias que han sido en ocasiones expresadas acerca de la idoneidad de este concepto para el periodo comprendido entre el siglo V y el siglo III a.C. (García Fernández 2003a: 116). Apoyamos la inexistencia de fronteras étnicas precisas en el espacio, que serían inservibles en un territorio con tal nivel de interacción y dinamismo (García Fernández 2012: 715). El mapa de la extensión del pueblo turdetano, por tanto, no podría ser el de un área limitada por líneas concretas, sino una superposición de zonas de contacto entre las diferentes comunidades coexistentes (Figura 3.1). 102 Figura 3.1. Mapa de áreas de predominio étnico-cultural permeables, sin fronteras fijas y estables, que se solapan entre ellas (García Fernández 2012: 716). Por tanto, en lo que afecte al registro material cerámico, entenderemos por “cerámica turdetana” aquellos elementos de fábrica local de alguno de estos asentamientos o procedente en todo caso de la misma zona durante la Segunda Edad del Hierro, aspecto sobre el que volveremos más adelante. Poner fronteras geográficas precisas, o incluso étnicas, al uso de ciertos instrumentos domésticos o al estilo al que recuerda una vajilla, no estará nunca dentro de nuestra intención al usar la denominación “turdetana” para caracterizar un conjunto cerámico determinado. Todos estos términos (ibérico, turdetano, tartésico o el que queramos utilizar) no dejan de ser, en todo caso, calificativos de naturaleza exógena que nunca conseguirán expresar la identidad propia que definiera a las comunidades de las que aquí tratamos. 3.1.3. Los orígenes de la cultura turdetana y su desarrollo hasta la conquista romana. Entendida como concepto que engloba por tanto una realidad geográfica y cronológicamente definida, si bien no identificable con ningún grupo étnicamente cerrado, la Turdetania histórica comienza a ser un espacio geopolítico concreto a partir de la conquista romana. Antes del momento clave del siglo II a.C., se trata de un área geográfica reconocida que participa igualmente en el discurso histórico de origen griego, en los términos de indefinición antes comentados (García Fernández 2003a: 67). Tradicionalmente, la “crisis del siglo VI a.C.” o “crisis de Tartessos” (Escacena 1993) es considerada el fenómeno inaugural de la cultura turdetana como tal, dando comienzo a una nueva realidad social y demográfica que mantendría una cierta unidad hasta bien entrado el dominio romano. Este momento de crisis, relacionado con procesos profundos a mayor escala (Arteaga 2001), está ampliamente representado en el espectro arqueológico de la región, si bien en algunos contextos precisos se apunta hacia una persistencia de sus principales rasgos que atenúa los posibles cambios observados (Rufete 2002: 191). La documentación arqueológica muestra, efectivamente, un cambio importante en varios aspectos materiales, desde el modelo de implantación territorial al registro cerámico. En muchos de los asentamientos que después tendrían continuidad durante la Segunda Edad del Hierro, se han identificado construcciones de sistemas defensivos y horizontes de abandono (tanto niveles de incendio como reducciones del área habitada, concentrada en los lugares de más fácil defensa), mientras que otros núcleos ven definitivamente interrumpida su secuencia de ocupación, en ese mismo momento o tras un tiempo de contracción de la población. El barrio fenicio de Caura (Coria del Río) es paradigmático de este fenómeno, pues permanece deshabitado desde 103 finales del siglo VI a.C. hasta el siglo IV a.C. (Escacena 2002: 43). En los espacios sacros de índole fenicia, como los existentes en Montemolín, El Carambolo o Carmona, o los contextos funerarios (las necrópolis de Setefilla o Los Alcores), estas alteraciones se documentan de manera especialmente radical, ya que no vuelven a recuperar su actividad cultual o fúnebre. No obstante, se ha querido evitar la identificación de esta circunstancia con una fase de abandono y destrucción sistemática (García Fernández 2003a: 1018), ya que no se registra con la misma intensidad o las mismas manifestaciones en las diferentes áreas de la zona afectada (Belén y Escacena 1992a: 72), como por ejemplo la poca incidencia observada en el sector occidental de la Campiña sevillana, que presenta una continuidad ocupacional rápidamente recuperada tras los años de incertidumbre. En general, se considera que en unos 50 años la crisis sociopolítica y económica habría sido superada, al menos en lo que respecta al mantenimiento del hábitat y el crecimiento demográfico. La reestructuración económica y política de las comunidades fenicias del extremo occidental del Mediterráneo y su desvinculación de la patria oriental entre finales del siglo VI y principios del siglo V a.C. (Alvar et al. 1992) formarían el contexto histórico y geopolítico más amplio en torno al cual se gestaría una nueva forma de ocupación, de explotación del territorio y de redefinición cultural en la región turdetana, mientras que la esfera socioeconómica estaría marcada por una reordenación profunda tras la interrupción de la próspera situación fruto de los intensos intercambios durante el periodo orientalizante. Otros aspectos candentes en estos momentos tardoarcaicos serían los procesos de nacimiento de identidades “nacionales” o ciudadanas, así como el cambio de paradigma en los vínculos con Oriente, en los que Cartago y Gadir ejercerían de líderes en el nuevo orden fenicio excolonial. Por último, a nivel material se documenta un ascenso de la incidencia del comercio de productos griegos en la zona de Gadir, que revela en sí mismo una cierta democratización de objetos más variados, siempre enfocados a las élites pero gestionados a una escala más masiva. La nueva ordenación social sería fruto de la rebelión de la población contra el dominio de las élites aristocráticas orientalizantes y de su salida del territorio, lo que desarticularía el sistema de dependencia comunitaria, como podría haberse manifestado en Carmo (García Fernández 2003a: 1038). Las aristocracias del periodo colonial se verían transformadas en aristocracias clientelares fundadas sobre el patronazgo y la clientela como sistemas de servidumbre mediante coerción directa política e ideológica, incluidas las fórmulas coercitivas de extracción de excedentes, espoleadas por las necesidades comerciales de las colonias fenicias mantenidas en la costa. Se conservaban aún así los principios de convivencia gentilicios y las formas de producción comunales (ibidem: 1055). Los pactos in fides sustentarían estos vínculos de dependencia en forma de servidumbre comunitaria (Mangas 1977), fuera bajo la iniciativa de las mismas élites locales anteriores o por la llegada de nuevos grupos dirigentes que se adaptaran a esta situación “post-crisis”, influidos por la vecina presencia púnica que enseguida se recuperó en la zona (García Moreno 1986: 216-217) y por la entrada del mercado turdetano de manera activa en la dinámica productiva atlántico-mediterránea 104 (Domínguez Jiménez 2011: 166). El poder de estas élites empezaría a manifestarse por la posesión de los medios de producción y no tanto por la acumulación de bienes de prestigio, que no obstante también ostentarían dada la riqueza adquirida por ese control de los recursos. El origen de la cultura que comienza a partir de este momento, identificada con la Turdetania histórica, habría mantenido una relación, si bien sólo hasta cierto punto, con las raíces indígenas de la matriz poblacional precolonial previa a la integración con los pobladores orientales, reflejada sobre todo en una continuidad lingüística entre la denominación de la antigua Tartessos y la Turdetania (mediante la raíz trt-) (García Moreno 1989; Villar 1995). Otros ejemplos de la toponimia y de los nombres de personajes recogidos por las fuentes clásicas apunta a esta matriz de carácter indoeuropeo (García-Gelabert 1993: 113-114). El mayor peso del fenómeno de generación de la cultura turdetana reposaría, sin embargo, en el resultado de la interacción entre los procesos demográficos, sociopolíticos y culturales desarrollados a partir de la colonización fenicia y durante toda la Primera Edad del Hierro. Esta secuencia de evoluciones y adaptaciones conforma una nebulosa de manifestaciones arqueológicas difíciles de rastrear en su génesis, aún más entorpecida por la ausencia de fuentes propias o fiables para el momento y por lo acelerado y dinámico de los cambios que se sucedieron (García Fernández 2007). El proceso de interacción se fue materializando en manifestaciones estrictamente locales, permeables y cambiantes (García Fernández 2015: 223), que a la vez comparten a nivel regional sus principales rasgos definitorios. Esta circunstancia se hace patente especialmente en lo que respecta al repertorio cerámico adjunto a esta cultura, así como en otros tipos de manifestaciones de la cultura material (Escacena 1992; Ferrer y García Fernández 2008). Desentrañar el proceso de generación cultural que dio lugar a esta realidad tangible en el espacio de la Turdetania histórica implica la comprensión de numerosos procesos de interacción, hibridación y etnogénesis (García Fernández 2015: 224), que han sido tratados desde un punto de vista tanto histórico como material en la bibliografía especializada de los últimos años (entre otros García Fernández 2002, 2003b y 2012; Ferrer y García Fernández 2002 y 2008; García Fernández y Sáez 2014; etc.). No ha faltado la aplicación de una perspectiva antropológica, que ha abarcado desde los procesos de imitación y asimilación cultural a la funcionalidad de los instrumentos materiales en los distintos contextos (véanse dos trabajos fundamentales, García Fernández y García Vargas 2010 y 2014). Complicando aún más este ámbito cultural, hay que recordar que el panorama poblacional del área estaría compuesto por una amalgama de grupos de recorrido étnico y cultural muy diverso, convirtiéndola en una región extraordinariamente heterogénea en cuanto a sus habitantes (García-Gelabert 1993; Ferrer y García Fernández 2002), ya que desde hace tiempo somos conscientes de la importancia de las referencias de la presencia de bastetanos, oretanos, célticos (instalados en la periferia montañosa), túrdulos y también por supuesto de púnicos asentados en el territorio (Ferrer 1998). El cóctel obtenido por la mezcla del sustrato precolonial que se remonta a la Edad del 105 Bronce, el añadido semita que conformó la realidad del periodo orientalizante y las aportaciones “internacionales” que se fueron asentando a lo largo de la Segunda Edad del Hierro, es aún más confuso por la ausencia de textos históricos propios generados por las comunidades turdetanas (Belén y Escacena 1997: 146), aumentando la incertidumbre de las conclusiones a las que se puedan llegar a través de la historiografía ajena y los restos materiales34. Las comunidades fenicio-occidentales, de hecho, habrían vuelto a establecerse en los principales centros de la región una vez calmados los conflictos sociopolíticos que inauguraron la nueva fase histórica, insistiendo en su aporte cultural a partir del siglo V a.C. con la colaboración de elementos cartagineses (Koch 2001: 196; más recientemente Ferrer y Pliego 2013). La Turdetania unitaria descrita por las fuentes, de la que podemos extraer la información histórica aquí presentada, diferiría por tanto, en gran medida, de la realidad cultural heterogénea que esperaba a las tropas romanas a su llegada al valle del Guadalquivir (Downs 1998). La situación de periferia en la que había quedado inmersa la zona, tras la reorganización de las colonias fenicias a finales del siglo VI a.C., se vería rápidamente superada por la inclusión del bajo valle del Guadalquivir en el entorno de acción del Círculo del Estrecho, mucho antes del arribo de los romanos. A partir del siglo IV a.C. comienza una nueva fase de bonanza basada, sobre todo, en los contactos comerciales entre los principales puertos béticos y el ámbito púnico, organizado en ligas y hegemonías como la liderada por Gadir entre los siglos V y IV a.C. (Arteaga 1994). En esta nueva etapa de la Turdetania se experimentaría un largo recorrido de formación cultural, cuyos cambios fundamentales tendrían lugar entre los siglos IV y III a.C. Pero las transformaciones no se limitarían a este periodo, conformando un panorama rígido y mantenido en el tiempo, sino que se prolongarían en una continua efervescencia cultural que no cesaría hasta el siglo I a.C., reflejada ampliamente en el registro material, hasta la completa imposición de la idiosincrasia romana en la mayoría de sus aspectos. En este proceso sería esencial la introducción paulatina de diversos contingentes poblacionales que, sobre una base demográfica ya de por sí múltiple y heterogénea, aportarían nuevas visiones, demandas e influencias a la dinámica cultural más local: en un primer momento los cartagineses e, inmediatamente tras las primeras operaciones de ocupación, los itálicos. Son fundamentales las constantes aportaciones desde la esfera púnica del Círculo del Estrecho, que bajo el filtro de la metrópolis gadirita vendrían a tomar el pulso a muchos aspectos de la economía y las tendencias materiales presentes entre las comunidades turdetanas, ya mezcladas previamente con numerosos pobladores de origen púnico. Respecto a la organización social turdetana, desconocemos aún gran parte de la estructura de poder de estas comunidades. No nos han trascendido las figuras de sus líderes más allá de la esfera mítica o literaria que nos ofrecen algunos testimonios de la historiografía romana, como los nombres de Culcas o Luxinio traídos a colación por Tito Livio (XXXIV.17.1-4; 19.1-7; XXXV.22.5-6) para ilustrar la beligerancia de estos 34 Una interesante recopilación de todos los problemas interpretativos asociados a los posibles marcadores culturales de la Arqueología de la Turdetania puede consultarse en Coto 2011. 112 Las líneas generales de la ocupación del territorio turdetano habían comenzado ya a desarrollarse con la proliferación de estructuras de poblamiento definidas como aldeas (Ferrer y De la Bandera 2005), coincidiendo el asentamiento de los colonos orientales durante la época orientalizante, quizás por un aumento demográfico importante (Escacena y Belén 1991: 9), tras un momento de indefinición y discontinuidad poblacional que caracteriza al Bronce Pleno de la región y que ha sido justificado con diversas hipótesis (Belén y Escacena 1995; Moreno Arrastio 1999). La adopción de nuevos cultivos y la bonanza económica debida a las explotaciones mineras habrían sido algunas de las causas responsables de esta nueva estructura de poblamiento, característica de un mundo “protourbano” (Ferrer et al. 2007: 195), que se mantiene durante todo el primer milenio hasta la romanización (ejemplos de análisis diacrónico de esta evolución durante el I milenio a.C. se encuentran en Ferrer et al. 2011 para el territorio de Carmona o Durán 2013 para el de Marchena). Las relaciones de jerarquía creadas entre los distintos asentamientos contribuirían a la organización de la explotación del territorio, favoreciendo la creación de un territorio político según una estrategia precisa, como se ha identificado en áreas de clara jerarquización como el entorno de Carmona (Conlin et al. 2007). La intensificación de la población rural en el Bajo Guadalquivir es un fenómeno que tiene también paralelos en la Campiña gaditana (y en todo el Mediterráneo central y occidental) a partir del siglo IV a.C., relacionado en este caso con la explotación intensiva del olivo en este espacio (Carretero 2007). Los nuevos procesos de colonización se explicarían como un fenómeno de apropiación y explotación de los territorios circundantes por parte de las ciudades púnicas de la costa, fraguando en una territorialización de unidades políticas que empiezan a hacer efectiva su presencia en el espacio rural (Ferrer et al. 2007: 209). En el territorio púnico andaluz se identifican numerosas particularidades respecto al poblamiento rural típico de las áreas postcoloniales del Mediterráneo occidental, que no nos compete ahora relatar, pero entre ellas podemos destacar la ausencia, en este punto de la investigación, de necrópolis rurales implantadas en el sur peninsular. Esta característica podría revelar una influencia del componente indígena más fuerte de lo considerado hasta ahora entre este tipo de comunidades, que forman un “paisaje de producción” (Van Dommelen y Gómez 2008a). Por su parte, en las campiñas cordobesas del tránsito entre el Guadalquivir bajo y el valle medio se darían patrones de población más similares al área ibérica del Alto Guadalquivir (Martínez Castro 2011). De hecho, en amplios espacios del valle alto del Guadalquivir se ha detectado una desaparición de la previa población rural orientalizante durante la Segunda Edad del Hierro, concentrándose en oppida hasta una recuperación de las áreas más orientales hacia el siglo II a.C., como en Giribaile (Gutiérrez 2002), siendo este fenómeno una clara diferencia con las campiñas dispuestas aguas abajo de la provincia de Córdoba, como sucede con otros tantos rasgos materiales. La depresión inferior del Guadalquivir, que es la zona que nos ocupa en este trabajo, presenta por tanto unas características definitorias propias en cuanto a su ocupación 113 poblacional, que según Escacena y Belén (1997: 40) estuvieron marcadas por tres factores principales: la influencia estructuradora del río Guadalquivir, la adaptación a los sistemas agropecuarios protohistóricos y la herencia de la etapa tartésica, que no evitaría la mencionada desaparición de numerosos asentamientos tras el siglo VI a.C. A nivel territorial, todas las transformaciones estructurales que se materializan en este momento de tránsito se manifiestan en el mencionado abandono de asentamientos, la reducción de la extensión de los grandes centros de población y la concentración del poblamiento rural en torno a los centros predominantes, a la vez que se desarrollan las nuevas estrategias de explotación del territorio que completan el modelo inaugurado durante la etapa anterior (Ferrer et al. 2007: 209). Al menos desde finales del siglo V a.C. o principios del siglo IV a.C. los datos disponibles nos permiten apreciar una recuperación progresiva del poblamiento rural en el entorno de la desembocadura del Guadalquivir (García Fernández 2003a: 1065), probablemente aprovechando las zonas de mayores recursos en un momento de profunda transformación de las bases económicas de la región. Aguas arriba, el poblamiento tiende a concentrarse en un menor número de centros, pero de mayor tamaño, en núcleos de población histórica de largo recorrido (Escacena 1987b). García Fernández (2003a) ideó una clasificación de los asentamientos en las campiñas del Bajo Guadalquivir según su entidad, tamaño, función, continuidad y ubicación respecto a recursos potenciales, para organizar los patrones de asentamiento que ordenaban este territorio durante la Edad del Hierro, con especial énfasis en el periodo turdetano. Se establecieron las siguientes categorías para los hábitats identificados: asentamientos de primer orden, ciudades u oppida; de segundo orden o asentamientos-torre (o atalayas); de tercer orden o aldeas; y asentamientos de cuarto orden (también denominados granjas, factorías agrarias, caseríos o cortijadas). Cada uno de estos tipos de hábitats, con umbrales de tamaño dependientes de cada área estudiada, se caracteriza por un ordenamiento más o menos urbano y una vocación defensiva o más bien productiva, orientada hacia la explotación de los recursos agropecuarios, además de perduraciones cronológicas diferentes. La jerarquía de poblamiento muestra una dispersión racional de los centros de habitación, en la que las ciudades ejercen el control efectivo del territorio con la ayuda de otros oppida de menor rango y de las atalayas o torres defensivas. Entre estos asentamientos es posible identificar distintas unidades que habrían actuado de manera cohesionada, si bien el nivel de información actual nos impide conocer su verdadero grado de autonomía política y socioeconómica. La localización precisa de cada uno de estos centros habría estado dispuesta según factores de peso que creaban emplazamientos estratégicos. Para los núcleos menos importantes, no tan determinados por la cercanía a puestos esenciales como podían ser las escalas del río Guadalquivir o de sus afluentes, estos factores no se reducirían a la topografía, sino también incluirían la proximidad de los recursos hídricos (fuente de abastecimiento de agua potable, posibilidad de desarrollo de cultivos de regadío y de la 114 existencia de pastos para el ganado), las vías de comunicación internas y la cercanía de las tierras de mayor rendimiento agrícola. En primer lugar, las ciudades se definen como asentamientos de gran tamaño38, superiores por lo general a 2,5 ha de extensión, situados en lugares altos de fácil defensa (sean cerros o lomas) y que proporcionan un amplio control visual del territorio circundante, incluyendo las vías de comunicación y otros hábitats menores. No se localizan necesariamente junto a cursos fluviales o tierras de especial potencial agrícola, ya que su papel sería controlar a una mayor escala la explotación de estos recursos, siempre que cuenten con algún manantial o fuente de aprovisionamiento de agua para el consumo. Aunque no cuenten con un área de captación de recursos inmediata, su control sobre otros centros de producción les aseguraría el aflujo de excedentes mediante tributos, al modo de lo observado en estos momentos también en el Alto Guadalquivir (Ruiz y Molinos 1993: 266). El término oppidum que también se les aplica hace referencia, en lengua latina, a la existencia de murallas en un asentamiento que cumpla funciones urbanas de mayor tamaño que otras entidades de poblamiento (Jiménez De Furundarena 1993: 218 ss.). En la lengua indígena, se considera que un indicativo del carácter urbano de un centro de habitación viene expresado, entre otros modos, por los topónimos terminados en -ipo (Untermann 1985: 14; Villar 1999: 715; García Moreno 2001: 162). No todos los oppida fueron considerados en esta tipología de hábitats del Bajo Guadalquivir como ciudades propiamente dichas, calificación que se reservaba para localidades preeminentes como Carmo o Urso (García Fernández 2003a: 846), generalmente mencionadas en las fuentes literarias grecorromanas y beneficiadas por el título de municipio o colonia romana tras la conquista, derivando en núcleos urbanos de población de gran importancia en época romana. El resto de oppida, a menudo, se prolongarían durante época romana en forma de vici, continuando así una existencia muchas veces iniciada en el Bronce Final o a principios de la Edad de Hierro. Los oppida serían los asentamientos situados a la cabeza de la organización política del territorio. La presencia de sistemas de fortificación se les presupone en su definición, aunque éstos a menudo no se conservan y están en función de las defensas naturales de su emplazamiento. Se ha sugerido la construcción de empalizadas de madera con refuerzo de piedras y adobe, combinadas con fosas y trincheras para asegurar la defensa de estas poblaciones sin necesidad de construir grandes murallas con los escasos recursos pétreos disponibles (García Fernández 2003a: 847). En todo caso, no se conocen sistemas defensivos característicos de las comunidades turdetanas que pudieran diferenciar sus asentamientos de otros centros de habitación de adscripción cultural diversa (Fernández Jurado 1991; Escacena 1992: 325). Asimismo, estos centros de población deberían contar con una organización funcional del espacio que dividiera 38 A pesar de esta referencia al tamaño de los asentamientos considerados ciudades, en ningún momento esta clasificación considera esencial un número mínimo de hectáreas para obtener la calificación de ciudad, pues siguiendo a Carandini (1994: 154) “el concepto de ciudad no es cuestión de extensión sino de funciones” (Ferrer et al. 2007: 195). 115 áreas de almacenamiento, estructuras para los órganos de control (incluidas las élites y los centros religiosos) y zonas industriales para la transformación de materias primas. El registro material que normalmente se documenta en estos contextos incluye una gran variedad de formas de la cerámica pintada, mientras que destaca de manera especial la existencia de elementos poco frecuentes de la vajilla de mesa o de recipientes de almacenamiento, así como las grandes cantidades de recipientes anfóricos, incluyendo productos de importación. Los asentamientos-torre o atalayas son, como su nombre indica, poblados situados en puntos de especial interés por sus características naturales para el control visual del territorio circundante. Su funcionalidad es eminentemente defensiva, por lo que la situación de los recursos económicos de la región no determina en igual medida la elección de su emplazamiento. Entre estos núcleos y los de primer orden se crea una red de visibilidad que cubre por completo la vigilancia del territorio, un patrón que sin duda ya primaba durante el Bronce Final y la Primera Edad del Hierro para el establecimiento de puestos de control (González Acuña 2001: 134), siendo de hecho muchos de estos asentamientos de segundo orden también perduraciones de los siglos anteriores. Las aldeas, por su parte, habrían estado formadas por establecimientos agrícolas de pequeño tamaño dependientes de ciudades vecinas y destinados a la producción primaria (explotación y transformación de los recursos agropecuarios). Su extensión estaría comprendida entre unas 0,5 ha y 2,5 ha. Siguen buscando localizaciones favorecidas en altura, si bien se disponen sobre sus laderas o en elevaciones menores. En estos casos sí es determinante la cercanía de fuentes de agua y de las potenciales tierras de labor y pastos para el ganado, siendo fundamental asimismo la presencia de vías de comunicación (fluviales o terrestres) para poder dar salida al excedente, aunque algunas aldeas ignoran este factor situándose más hacia el interior. Se encontraban bajo el rango de control de oppida o asentamientos de mayor tamaño, por lo que por lo general no necesitarían de sistemas defensivos directos de tanta envergadura. El registro cerámico encontrado es mucho más monótono y reducido en este tipo de aldeas. También en este caso un número considerable de ellas tiene continuación como factoría agrícola romana, sin duda por lo estratégico de su posición. Por último, los asentamientos de cuarto rango serían pequeñas granjas de no más de 0,5 ha de extensión, normalmente situadas en llanuras o en elevaciones muy suaves. El objetivo de su construcción es claramente la explotación de los recursos ganaderos o agrarios, tanto el cultivo en tierras fértiles como los posibles regadíos a las orillas de los cursos fluviales. Por norma general, estos puntos de interés productivo se convierten en focos de atracción de estos pequeños establecimientos, por lo que suelen encontrarse varias granjas acumuladas en espacios próximos. La documentación arqueológica que los caracteriza consiste fundamentalmente en modestos repertorios domésticos de cerámica común y recipientes anfóricos y en elementos de industria lítica relacionados con las labores agrícolas y la transformación primaria de los productos (dientes de hoz, molinos de piedra, etc.). 116 La poca entidad de estos restos y las dificultades propias de la interpretación de los yacimientos identificados por prospecciones superficiales pueden provocar que los asentamientos de tercer y cuarto orden se confundan en ocasiones entre sí, pero su orientación productiva no cambia entre ellos más allá de la extensión de su superficie y por tanto el volumen de producción generado. Se trataría de centros equiparables a los identificados en la Campiña gaditana como centros de transformación de ámbito rural o villas de explotación agrícola (Domínguez Pérez 2011), de los que, junto al resto de rangos posibles de asentamientos (centros de población nucleares y centros de control territorial dependientes), el autor trasciende la existencia de una estructuración económica y política del territorio con fines productivos y distributivos, que podría extrapolarse al área del Bajo Guadalquivir. En el área del Estrecho, este patrón de explotación agrícola intensiva es interpretado como un instrumento definitivo para la fijación de un estado territorial y del nuevo modelo de estado comercial surgido en la Edad del Hierro bajo el punto de vista de los patrones de asentamiento como una visualización de la organización de los intereses y estrategias productivas de las clases dominantes (Domínguez Pérez 2006: 187 ss.). Las diferentes comarcas naturales a lo largo del Bajo Valle del Guadalquivir irían adquiriendo distintas estructuras particulares de población, con un mayor o menor grado de pervivencia de los modelos de implantación indígenas, teniendo uno de los mayores exponentes de continuidad en la campiña de Marchena (García Vargas et al. 2002; Camacho 2004: 132 ss.) interpretada como una prolongación de una población eminentemente local, con pocos aportes demográficos nuevos. A partir del siglo II a.C. algunos de estos patrones de ocupación del territorio comienzan a cambiar por completo, inaugurándose un nuevo tipo de poblamiento rural protagonizado por establecimientos agrícolas al modo de las villae, además de la continuidad de aquellos centros que persistieron al cambio de gobierno en un proceso de continua estructuralización y desestructuralización del territorio. Las terrazas aluviales del Guadalquivir y todo el ámbito rural hasta la costa se verían, a partir del cambio de era, inundadas por este nuevo modelo de explotación augusteo (un verdadero fenómeno de colonización agraria, de nuevo), estimulado por las facilidades para el transporte y comercialización de los excedentes resultantes. En otras áreas, como en la Sierra Morena occidental, el nuevo papel jugado por los núcleos tradicionales en la organización de la recién estrenada explotación económica del distrito minero implicaría una reordenación de sus territorios (García Vargas et al. 2008: 251), afectando también a todos los centros importantes atravesados por las rutas de distribución del metal hasta la salida por el Guadalquivir. En todo caso, tardaría en sentirse un cambio radical en lo que respecta a la organización y estructura del territorio (Keay 1998), más allá del estatus jurídico de algunas comunidades y las extensiones de sus dominios, al menos hasta la segunda mitad del siglo I a.C., bien entrado el dominio romano (Escacena y Padilla 1992: 79), una vez que diera comienzo una próspera etapa de eclosión socioeconómica para la provincia Bética. 117 El estudio de esta disposición de los patrones de asentamiento y los roles que jugaron cada uno de los centros en la red de organización, explotación y estructuración del territorio será fundamental para la consecución de los objetivos de este trabajo, pues de ello podremos extraer conclusiones de interés respecto a la creación de modelos económicos del territorio basado en núcleos productores, redistribuidores y consumidores, a pequeña y gran escala a lo largo de todas las zonas conectadas de algún modo con el bajo valle del Guadalquivir. 3.1.4.2. El urbanismo y la arquitectura: una herencia orientalizante. El periodo turdetano se caracteriza a nivel urbanístico por una marcada continuidad de los rasgos adquiridos durante la época orientalizante, siendo la disposición de los edificios y espacios domésticos una de las manifestaciones materiales tradicionales de la herencia colonial, junto a la introducción del torno o la incorporación de determinados cultivos. A pesar de las dificultades para distinguir áreas funcionales o espacios de carácter doméstico a partir de los restos arqueológicos conservados, especialmente en asentamientos urbanos de ocupación ininterrumpida hasta la época contemporánea, las evidencias disponibles permiten observar la insistencia de rasgos comunes en las estructuras de habitación urbanas de la Segunda Edad del Hierro. Escacena (1992: 324) considera las directrices urbanísticas y las técnicas arquitectónicas como rasgos materiales “no diferenciadores” de ningún pueblo concreto en la Protohistoria andaluza, precisamente por constituir una innovación tecnológica adquirida y generalizada durante el periodo colonial en la Primera Edad del Hierro. La incorporación de las paredes rectas con ángulos de 90 grados en sus esquinas determina la proliferación de viviendas rectangulares o cuadradas tanto entre los asentamientos colonos como entre la población indígena. Este modelo de edificio permitió la implantación de una planificación urbana más ordenada, la existencia de calles que ordenaran el acceso a las distintas viviendas y su agrupación en torno a manzanas más o menos regulares. No obstante, no han podido ser identificados los trazados urbanos de ninguno de estos poblados, ni tampoco la existencia de edificios públicos o de ámbito cultual que pudieran organizar el espacio (Escacena 1989: 457). La diversidad del registro arqueológico hallado en distintas estancias de los edificios permite también sugerir la existencia de una división funcional interna de los espacios, posiblemente incluyendo la realización de labores artesanales, si bien esta diferenciación en la estructura interna no es siempre tan tangible o evidente. El módulo rectangular, en todo caso, conocería gran éxito entre todas las sociedades que entraron en contacto con el aporte colonial oriental, de manera que sería común a todos los pueblos del sur y levante de la península ibérica. Poco pueden decirnos, por tanto, a la hora de delimitar las fronteras de la extensión de la “cultura turdetana”, los módulos arquitectónicos o la disposición interna de los asentamientos de carácter urbano. 118 La síntesis de Serrano (2016) nos permite contar con una recopilación de numerosos testimonios materiales de arquitectura doméstica de época turdetana, marcados por su fragmentación y escasa entidad, pero que sin embargo han permitido obtener importantes informaciones. A pesar de la similitud con las características de otras muchas tradiciones urbanísticas de la época, la autora defiende la existencia de ciertos patrones o modelos que se repiten en la disposición de las viviendas turdetanas, tanto en el diseño de la planta o la concepción del espacio como en sus técnicas constructivas. No faltarían en estos esquemas una serie de rasgos materiales fruto de la pervivencia de ciertas tradiciones precoloniales, que se remontan a la Edad del Bronce. Por lo general, los restos arquitectónicos conservados revelan un estilo de construcción basado en una base o zócalo de piedra que funciona al mismo tiempo como cimiento, sobre el que se dispone un alzado o superestructura de tierra en forma de adobes o de tapial, siendo este último menos frecuente. De hecho, a pesar de ser citado en algunos informes de excavación, no existen evidencias claras del uso del encofrado para el alzado de muros de tierra salvo en ciertos casos de la ciudad de Huelva (Serrano 2016: 345). El material constructivo pétreo podía ser, por lo general, lajas o mampuestos de pizarra, más frecuentes en la zona de la provincia de Huelva, o la caliza y calcarenita, en bloques que pueden estar más o menos trabajados. Se ha llegado a identificar incluso el uso de bloques de escorias minerales para la factura de los muros. Las técnicas y calidades que conformaban la construcción de una vivienda podían depender de la función de sus elementos, siendo los muros portantes y aquellos que delimitaban manzanas y edificios los que recibían, por lógica, un mayor cuidado en su ejecución (Fernández Jurado 1987a: 374). La sillería, sin embargo, no se identifica entre los tipos de aparejo utilizados. Los puntos más sensibles de la estructura en alzado de tierra, como los ángulos o los dinteles, sí podían estar reforzados por elementos pétreos. Las cubiertas de los edificios debieron estar compuestas por elementos vegetales, recurriendo a los troncos de madera para el entramado de vigas y a distintos tipos de ramas, juncos u hojarasca para su cobertura, impermeabilizada por una capa de barro. Este tipo de material constructivo no se ve favorecido en su conservación por las características climáticas del Bajo Guadalquivir ni por la composición de sus suelos, por lo que su identificación se suele reducir a los restos carbonizados en contextos que han sufrido incendios (como en el caso de la excavación en la Cuesta del Rosario en Sevilla), o a las escasas marcas que hubieran podido dejar sobre el barro fresco o sobre lajas de piedra los posibles postes verticales que sustentaran el techo. Las cubiertas serían probablemente planas, a modo de terrazas, adaptadas a las necesidades del clima de la zona. No se tiene constancia de la existencia de segundas plantas a partir de elementos como arranques de escaleras, pero la práctica ausencia de testimonios de cubiertas nos impide asegurar este extremo. Por otro lado, la argamasa que unía todos los elementos constructivos solía contener guijarros o cantos rodados, frecuentes en las terrazas fluviales, y cenizas. Estos mismos materiales estaban a menudo presentes en la composición de los pavimentos. La cal 119 sería igualmente utilizada en la argamasa, en los revoques de los muros y en las preparaciones para los suelos, así como en la elaboración del tapial, a pesar de que la escasa existencia de hornos de cal registrados en la península ibérica para este periodo pone en duda que el uso de este material estuviera intensamente difundido (Sala 2005: 133). No siempre se detecta el recurso de la argamasa, ya que muchos de los muros van en seco (o al menos no hay trazas del mortero que se hubiera podido aplicar). Los pavimentos, por su parte, a pesar de que pudieran contar con los materiales antes mencionados, eran en su gran mayoría suelos de tierra batida o apisonada dispuesta en varias capas recrecidas fruto de sucesivas reparaciones. Aquellos destinados a las áreas al aire libre de la casa estarían en cambio más a menudo recubiertos de guijarros. Las dimensiones de los espacios construidos, si bien caracterizados por una disparidad de soluciones, suelen mantenerse dentro de unos límites comunes. Los muros cuentan con un grosor que oscila entre los 40 y los 60 cm, rondando grosso modo el canon del codo fenicio (Belén y Escacena 1993: 153). Es precisamente la generalización del adobe lo que ha condenado el estudio de la arquitectura turdetana, pues las estructuras suelen conservarse de manera muy precaria, cuando no desaparecen en su totalidad salvo los restos correspondientes a los zócalos de piedra. La excavación de los muros con alzado en adobe es un procedimiento que requiere altos niveles de experiencia y de agudeza visual, lo que añade un alto grado de dificultad a la ya complicada tarea de individualizar materiales tan deteriorados por la erosión y el clima como los ladrillos de adobe. No es posible, por tanto, observar la disposición de los adobes en un determinado tipo de aparejo, excepto en contadísimas ocasiones39, y muy a menudo tampoco indicar las dimensiones completas de cada uno de los ladrillos, que sin embargo parecen haber contado con medidas muy variadas dentro de un cierto patrón. Por lo general es posible identificar una planificación previa del espacio y cierto acondicionamiento del terreno donde se proyectaba construir edificaciones, siendo frecuentes los rellenos de tierra o escombros entre los que es posible encontrar restos cerámicos de etapas anteriores. En lugar de la realización de zanjas de cimentación, es más frecuente la superposición de niveles de reconstrucción sobre hileras de piedra, que alzan progresivamente la altura del umbral de ocupación. El carácter “doméstico” de estos espacios es, en todo caso, difícil de determinar. El registro material suele indicar un repertorio de instrumentos cotidianos que incluyen la preparación y el servicio de los alimentos, pero también deben estar presentes recipientes de almacenamiento o pequeñas instalaciones para la transformación de otros materiales, como las actividades textiles. No faltan en las estructuras consideradas domésticas determinados elementos denominados “auxiliares” (Serrano 2016: 331) tales como bancos corridos o estructuras de combustión, fueran éstas hogares de uso 39 En la intervención realizada en el Cerro de San Juan (Coria del Río) en el marco del Proyecto Caura, se identificaron adobes dispuestos a tizón en una serie de muros de época orientalizante (Escacena e Izquierdo 2001: 147-148), siendo uno de los poquísimos testimonios de la colocación de este tipo de ladrillos (Serrano 2016: 343). 120 culinario u hornos para otros cometidos, como la alfarería. Frecuentemente se trata de mobiliario realizado en barro, por lo que su detección es especialmente difícil durante la realización de intervenciones arqueológicas. En todo caso, no podemos negar el carácter polifuncional de estos espacios, que sin duda hace complicado atribuir o negar un verdadero perfil “doméstico” para estos edificios. Sería interesante atender a la presencia conjunta de algunos de estos equipamientos tradicionales de los espacios domésticos junto con determinados recipientes anfóricos de transporte (no sólo grandes vasos de almacenamiento), para poder estudiar con detenimiento el consumidor final de estos envases comerciales en los escasos casos en los que se encuentran en su contexto primario. Pero no son estos los únicos espacios con poca documentación completa in situ en ámbito turdetano, ya que la interpretación funcional de los escenarios de aparición de las ánforas turdetanas se ve empañado por la escasez (y en algunos casos la inexistencia) de contextos de almacenamiento, estructuras portuales o comerciales, pecios con cargas de transporte de la época o, lo que es más grave, talleres de fabricación de recipientes anfóricos. 3.1.4.3. Un mundo funerario ausente y una religiosidad con pocas manifestaciones. La descripción de las creencias religiosas y, especialmente, de las costumbres funerarias de estas comunidades ha sido desde los comienzos de su andadura, y aún hoy lo sigue siendo, el “agujero negro” de la investigación arqueológica del periodo turdetano. El desconocimiento de las necrópolis de las comunidades turdetanas y de sus santuarios afines, tanto en la documentación arqueológica como en las fuentes literarias, ha conducido a la generación de hipótesis basadas en esta ausencia de evidencias de unas actividades que, sin embargo, serían una exigencia ineludible para estos pueblos. Dejando a un lado la dificultad de hacer distinciones precisas entre lo sagrado y lo profano en las culturas de la Antigüedad, y la volátil plasmación que podrían tener estas atribuciones en el registro material, la falta de testimonios de rituales funerarios o de tratamientos a los cadáveres de los difuntos llama poderosamente la atención en toda el área geográfica habitada por las comunidades turdetanas, un rasgo que sin embargo es bastante común en toda la fachada atlántica de la península ibérica. Escacena (1992: 332) aportó una de las interpretaciones acogidas con más éxito para explicar esta indefinición respecto al registro funerario, que destacaba enormemente frente a la profusión de monumentos funerarios y de ricas tumbas de incineración con ajuares de lujo en el mundo ibérico del oriente peninsular. El paso de los túmulos principescos que caracterizan el periodo orientalizante de Tartessos a esta ausencia de tumbas identificables estaría en relación a un retorno a las costumbres precoloniales, entroncadas con las sociedades atlánticas indoeuropeas. En este momento de la Edad del Bronce tampoco existía ningún registro material arqueológico de los rituales funerarios que haya pervivido hasta nosotros (Belén et al. 1991); deshacerse de los cuerpos en los cursos de agua o devolver las cenizas a la naturaleza podrían haber sido algunos de los 121 ritos elegidos para las exequias de los difuntos, relacionados con sus probables creencias animológicas. Es precisamente este vacío de registros funerarios uno de los marcadores que nos permite “dibujar” el área de mayor incidencia de la cultura turdetana, frente a los mencionados enterramientos ibéricos y a las numerosas tumbas de necrópolis púnicas en los centros de población semita. Esta circunstancia se ha asociado a una manifestación ideológico-religiosa que, en cierto modo, viniera a compensar las desigualdades terrenas mediante la cremación compartida sin enterramiento (Arteaga 1997: 122), si bien la ausencia de restos materiales no tendría por qué suponer, a nuestro parecer, una equidad en el tratamiento de los difuntos, fuera éste más o menos asociado a ostentaciones materiales que no han llegado hasta nosotros. Existen pocas excepciones en las que se hayan documentado restos funerarios en ámbitos considerados “turdetanos”, o al menos que hayan recibido tal atribución por la cultura material con la que aparecen en relación. El ritual que caracteriza a estos enterramientos es constante, siempre tumbas de incineración que recurren a recipientes como urnas para recoger las cenizas del difunto. Esta asociación del rito de la cremación a las comunidades turdetanas se remonta a los descubrimientos de Bonsor a finales del siglo XIX en la necrópolis de Carmona, donde la aparición de urnas en cerámica pintada hicieron pensar que, de forma inequívoca, los turdetanos habrían adoptado la incineración con ajuar en todos los casos (Pellicer 1980: 331), y que sería la falta de investigación o la mala fortuna lo que habría impedido encontrar otras evidencias. Pero, como veremos, estos testimonios han resultado no ser del todo seguros. En la mayoría de los casos son evidencias a partir del siglo III a.C., procedentes a menudo, sin embargo, de puntos algo más alejados del núcleo principal del área en torno al bajo valle del Guadalquivir, de manera que están más influenciados por las tradiciones púnicas de la costa o las ibéricas de la Alta Andalucía. Uno de los testimonios más relevantes lo constituye la necrópolis de Mesas de Asta, en Jerez de la Frontera (Cádiz), con un uso continuado desde el principio del II milenio a.C. hasta la presencia romana, a juzgar por el material encontrado en superficie. En ella se han identificado varios enterramientos de incineración (hasta 200 tumbas) atribuidos a individuos turdetanos, con una datación entre los siglos VI a.C. y III a.C. (González Rodríguez et al. 1997), con un registro material que prácticamente podría reconducirse a cualquier yacimiento del entorno gadirita, incluyendo cerámica de tipo Kuass y ánforas púnicas, además de la cerámica pintada a bandas que causó su atribución turdetana. Probablemente, la influencia del ámbito púnico en el que se inserta este espacio habría influido en la elección del rito funerario empleado, si bien se nos escapan las circunstancias en las que esto habría tenido lugar. La región situada entre el río Guadalquivir y el Genil es paradigmática en este sentido, pues su carácter de territorio de transición y contacto entre poblaciones bastetanas y turdetanas habría permitido la proliferación de estructuras funerarias monumentales, de las cuales son testimonio varias esculturas zoomorfas a partir de finales del siglo IV a.C. (Belén y Escacena 1992b: 518). 128 modificación de productos consumidos, modos de preparación del alimento y formas de servicio del mismo (García Vargas y García Fernández 2009; García Fernández y García Vargas 2010). Es precisamente entre los siglos III y I a.C., entre los momentos de mayor contacto con la esfera cartaginesa y la introducción de grupos poblacionales itálicos, cuando se advierten estos cambios, sólo posibles en un ambiente de alta permeabilidad y convivencia estrecha. Los nuevos hábitos culinarios que se detectan provienen del ámbito centromediterráneo, fraguados en la amplia tradición helenística que homogeneizaba de un extremo a otro del Mediterráneo las distintas usanzas domésticas, hasta cierto punto. La conexión del bajo valle del Guadalquivir con las principales rutas comerciales y los circuitos económicos a gran escala era igualmente imprescindible para poder entrar en las redes de influencia, de manera que en los grandes asentamientos a lo largo de las orillas del río puede apreciarse este fenómeno con mayor intensidad que en las campiñas más interiores. Las formas relacionadas con la preparación y el consumo de los alimentos (tanto comidas en frío como cocción en contacto con el fuego) suponen una importante fuente de información para entender las influencias externas adoptadas al nivel de la cultura material. Estos elementos, pertenecientes a la esfera doméstica y a costumbres consuetudinarias tan arraigadas como pueden ser la dieta y el protocolo en el servicio a la mesa, nos permiten asomarnos a una dimensión de la definición social de estas comunidades de la que difícilmente habríamos conseguido otros testimonios. Las transformaciones que se detectan en este ámbito estarían en relación directa, también, con la introducción de nuevos productos envasados en ánforas trámite el contacto comercial con las campiñas del interior de la bahía de Cádiz, en auge ya desde el siglo IV a.C., y que vendrían seguidos de novedades en los hábitos culinarios desde el siglo III a.C. Incluso cuando estas modificaciones no implicaran cambios radicales en la dieta y en los patrones de alimentación turdetanos, sí que estarían revelando la adopción de nuevos gustos en consonancia con las modas helenísticas de rasgos áticos y también púnicos vigentes en el momento en todo el Mediterráneo Occidental. El predominio en los contextos domésticos de formas como las ollas globulares, provenientes de la tradición orientalizante y mantenidas en el paso del modelado a mano al torneado, revela la preferencia durante todo el periodo turdetano por los modos culinarios ya presentes en la Primera Edad del Hierro (Figura 3.2). Fabricadas con pastas cerámicas más toscas y en condiciones de cocción reductoras, se trata de elementos empleados para procedimientos gastronómicos como los guisos de cereales, legumbres, carne o pescado, que se mantendrían aún cuando nuevos instrumentos y modos de cocina se fueran añadiendo al menaje local (García Fernández y García Vargas 2010: 124). De hecho, están presentes hasta la segunda mitad del siglo I a.C., y no son las únicas reminiscencias de la tradición turdetana: lebrillos, platos y cuencoslucerna siguen siendo fabricados en alfares del interior del valle del Guadalquivir hasta época augustea, si bien con algunas modificaciones respecto a sus modelos originales. Los lebrillos, por ejemplo, cuando alcanzan la época republicana experimentan dos importantes evoluciones: aumentan su formato e incluyen una insólita decoración 129 pintada en el interior, relacionada con repertorios ibéricos de la Alta Andalucía (García Vargas y García Fernández 2009: 150). Con este mayor formato pero sin decoración, quedarían los lebrillos insertos como recipiente característico de la vajilla hispanorromana hasta el siglo II d.C. Figura 3.2. Cerámica de cocina turdetana. 3 y 4 Cerro Macareno, 5 y 6 Pajar de Artillo (Ferrer y García Fernández 2008: 214). Las nuevas adquisiciones culinarias, por su parte, incluyen la introducción de la cazuela de base plana con ranura para la tapadera, que aparece esporádicamente entre finales del siglo III a.C. y principios del siglo II a.C. procedente de la tradición centromediterránea (Figura 3.3). Se caracteriza por un diámetro mucho mayor que su altura y en ocasiones por dos asas horizontales bajo el borde. El modo de preparación de los alimentos, por tanto, sufre una importante innovación, ya que estas formas se relacionan con la fritura con aceite, el adobo o con la cocción con poca cantidad de agua (Guerrero 1995: 62), siendo evidente la revolución culinaria que esto habría supuesto en los fogones (y las mesas) turdetanos. De hecho, los ejemplares encontrados en la zona parecen tener una procedencia gaditana (Sáez Romero 2005: 163), hasta que la forma GDR 11.1.1 de Sáez es sustituida a finales del siglo II a.C. por el prototipo itálico Vegas 14 (García Fernández y García Vargas 2010: 124) (Figura 3.3), que a su vez fueron también imitadas en los mismos talleres locales. La olla de cocina de borde triangular del tipo GDR-12.3.1, mucho más cercana a los usos tradicionales, llega también desde los talleres gaditanos desde la segunda mitad del siglo III a.C., hasta que es sustituida por los modelos centromediterráneos (Sáez Romero 2005: 165). 130 Figura 3.3. Cerámica de cocina de tradición centromediterránea e itálica. 1: GDR 11.1.1; 3 y 4: platos de borde bífido; 10: sartén; 11 y 12: Luni 1; 17: mortero (García Fernández y García Vargas 2010: 125). El mortero sería otro elemento fundamental, que se iría convirtiendo con el tiempo en un requisito fijo de los contextos domésticos de ámbito urbano (Figura 3.4). El perfil fenicio original, fabricado en talleres como el de Camposoto en la bahía de Cádiz (Ramón et al. 2007: 236-237), entre otros, se iría transformando hacia un modelo de inspiración centromediterránea, influido por la tradición ebusitana (Sáez Romero et al. 2016: 31). La forma de mayor distribución en la valle del Guadalquivir es el tipo gaditano GDR-3.1.1. Los hábitos culinarios con los que se relaciona el mortero son la 131 molienda, el amasado de los ingredientes y la preparación de purés y gachas (Martín y Roldán 2000: 1616), aunque también podrían haber estado relacionados con otros usos, ya que se han encontrado ejemplares de fabricación local con decoración pintada en su interior (Jiménez Sancho et al. 2006). La introducción de estos elementos púnicos puede ponerse en relación con contextos de la Segunda Guerra Púnica, sobre todo en aquellos puntos donde el contacto con la actividad comercial era más intenso coincidiendo con la ocupación bárquida, expandiendo su presencia hasta el Algarve portugués (Sousa y Arruda 2010: 963-967). No obstante, existen dudas acerca del mecanismo que hizo introducirse a esta forma en la normalidad de la vajilla púnica. Según Luzón (1973: 44-45), tendrían un origen directo helenístico, que no ha sido nunca confirmado. Los datos apuntan, en todo caso, a una generalización del tipo en los talleres gaditanos alrededor del siglo IV a.C. (Ruiz Mata 1987: 311). Figura 3.4. Morteros. 1 y 2: Pajar de Artillo (Ferrer y García Fernández 2008: 214). Avanzando en el tiempo, la influencia culinaria itálica se deja sentir en gran medida desde finales del siglo II a.C. - principios del siglo I a.C., con la entrada masiva de cazuelas como las ya citadas, ollas, cazuelas de engobe rojo pompeyano, platos de borde bífido, tapaderas y platos de asas horizontales. Este repertorio se va reduciendo a medida que se aproxima el cambio de era, hasta fijarse en unas cuantas formas (grandes platos de engobe rojo pompeyano del tipo Luni 1, sartenes y platos de borde bífido) (Figura 3.3) que se combinan con elementos locales derivados del catálogo tardopúnico (platos y cazuelas de borde ranurado, imitaciones de las cazuelas itálicas Vegas 14) (García Fernández y García Vargas 2010: 125). Locales son también las pastas de algunas imitaciones de los platos de engobe rojo. Los grandes platos podrían asociarse a la cocina de asados al horno, otra innovación respecto a los menús más tradicionales de la zona. Los morteros itálicos, otro instrumento esencial en el ámbito doméstico, se adoptan con gran profusión a partir del siglo II a.C., dando lugar a una tipología provincial que evoluciona hasta el siglo II d.C. (Figura 3.3). Desde finales del siglo IV a.C. o el siglo III a.C., en todo caso, la forma del mortero ya había sido introducida en la región a través de su versión púnica. 132 Finalmente, en el siglo I a.C., la gastronomía de esta zona de la Bética se habría convertido ya en una tradición completamente itálica, en la que las pocas reminiscencias de los usos culinarios turdetanos terminarían por disolverse. En realidad, la presencia de cerámicas de cocina de procedencia itálica no es frecuente en el interior de Turdetania como mínimo hasta mediados del siglo I a.C. (Sánchez Sánchez 1995: 252-267), concentrándose en importantes ciudades como Corduba e Hispalis y, en menor grado, en otros núcleos de menor calado como Italica u Orippo. La utilización del menaje itálico llegaría a no depender ni siquiera de la llegada de importaciones, puesto que los tipos originales habían sido sustituidos por imitaciones directas o formas inspiradas en los repertorios romanos (García Vargas y García Fernández 2009: 158). Hasta este momento, no había sido posible hablar en Turdetania de un gusto totalmente helenizado, pues hasta la consolidación de la presencia romana siempre prevalecía la tradición local frente a las influencias adoptadas (Sáez Romero et al. 2016: 33). En todo caso, el comercio con la bahía gaditana continuó siendo intenso y no supuso en ningún caso la interrupción de la exportación de productos alimenticios procedentes del entorno de Cádiz, ni tampoco de sus influencias culturales, pudiendo afirmarse la persistencia del llamado Círculo del Estrecho aún durante la época republicana (Chaves et al. 1998). De hecho, de manera significativa no es hasta la conquista romana cuando se extiende el uso de las cazuelas con tapadera en el interior del valle inferior, aún cuando en su origen fueran “una herencia genuina de la cocina cartaginesa” (García Vargas y García Fernández 2009: 160). El servicio de mesa, por su parte, permite observar una serie de predominios, tendencias y evoluciones ligeramente distintas a la cerámica de cocina o almacenamiento, ya que implica un gusto determinado por la ostentación de la pertenencia a una corriente concreta, a un estilo, que estipula el modo en que se consumen los alimentos, independientemente de la tradición bajo la cual éstos hayan sido preparados, tanto en los contextos domésticos más cotidianos como en las ocasiones especiales de afirmación social ante otros o en eventos de consumo ritual. Su origen se remonta igualmente a un proceso de hibridación selectiva entre los hábitos de la Edad del Bronce y los traídos por los colonos orientales, que termina de fijarse en el siglo V a.C. La tipología local de cerámica de mesa tradicional se caracteriza por ser, al igual que otras producciones, un catálogo monótono representado por un número limitado de formas fosilizadas, generalmente polifuncionales. Por un lado, existe una serie de platos que pueden variar desde el denominado “plato turdetano” de borde vuelto (Escacena 1987a: 238-239), el más frecuente, hasta los platos de pescado de pocillo rehundido (Figura 3.5). Estos llegan al repertorio turdetano sólo en los siglos III-II a.C., tanto como herencia del barniz rojo fenicio como por imitación de los platos áticos de barniz negro (Ferrer y García Fernández 2008: 208), una forma muy extendida en todas las manifestaciones de la cerámica helenística. De nuevo, la variante del plato local se extiende hasta bien entrada la presencia romana, en el siglo I d.C. 133 Por otro lado, el recipiente turdetano más característico, que prevalece por encima de la presencia de platos, es el cuenco de casquete esférico y borde por lo general indiferenciado (Figura 3.5). La emergencia del cuenco de borde entrante es una cuestión compleja, ya que converge con la tradicional forma del cuenco-lucerna (Luzón 1973: 37-39), común en Turdetania desde el siglo V a.C. (Sáez Romero et al. 2016: 31) pero con especial éxito a partir de finales del siglo IV a.C., y que recuerda al estilo general del menaje orientalizante. La única diferencia determinante entre ambos tipos es el diámetro del borde, con un máximo de 7 u 8 cm en el caso de los cuencos-lucerna, que han sido propuestos como elementos de iluminación (de ahí su nombre) por la frecuencia de manchas oscuras en el borde, restos de la combustión de una mecha (Escacena 1987a: 336). De dónde provenga esta forma y a través de qué influencia fue asimilada en el repertorio turdetano es difícil de desentrañar, ya que no parece haber precedentes directos en el catálogo fenicio occidental43. Se considera, sin embargo, que su aparición en los primeros talleres gaditanos coincidió con la llegada de paralelos en barniz negro ático (Sáez Romero 2008b: 287), por lo que se podría tratar de otra aportación helenística. El problema reside en la dificultad para asociar los ejemplares detectados en el Bajo Guadalquivir con las producciones atribuidas a los talleres gaditanos, ya que la gran variedad de formas, tamaños, calidades y decoraciones (o ausencia de ella) convierte a la tarea de clasificación en, cuanto menos, problemática. 43 Algunos ejemplares de otros elementos de iluminación de difícil adscripción, mucho más similares al modelo ático de lucerna abierta, han sido tratados en Moreno 2016: 121-122. 134 Figura 3.5. Cerámica de mesa turdetana. 1-5: platos de pescado; 6-20: cuencos; 21- 22: vasos. (Ferrer y García Fernández 2008: 209). Entre los siglos IV y II a.C. hacen su aparición también los vasos caliciformes o “vasos para beber” (Figura 3.5) y los tulipiformes o “escudillas” (Ferrer y García Fernández 2008: 208 ss.), formas mucho menos representadas pero que también cumplirían una funcionalidad concreta dentro del repertorio. Las escudillas, de perfil más abierto y menos profundo, se asimilan a los lebrillos de pequeño tamaño (Figura 3.6). 135 Figura 3.6. Vasos tulipiformes. 5: Pajar de Artillo; 6: Vico. (Ferrer y García Fernández 2008: 210). Entre estos recipientes fosilizados del periodo precolonial destaca la ausencia de alguno que pudiera cumplir la función del servicio de bebidas, a menos que se pudiera considerar como tal alguna pequeña urna, así empleada en contextos rituales en época orientalizante (Jiménez Flores y García Fernández 2006: 142). Las urnas en concreto son frecuentes en los contextos turdetanos tanto en su morfología globular (continuación de las urnas “Cruz del Negro”) como en la variante bitroncocónica, herederas de la tradición de la Primera Edad del Hierro (a través de los famosos vasos “a chardón”), así como las urnas con baquetón (para mayor claridad, la Forma XX de Escacena, 1987a: 610-611), generalizadas a partir de finales del siglo IV a.C. (Figura 3.7). Las urnas experimentan a finales del siglo III a.C. un curioso fenómeno que afecta a su decoración y que les hace alejarse de las tendencias generales de la atónica cerámica turdetana. Los motivos pintados que ornan sus paredes incrementan su complejidad, especialmente en contextos funerarios, mientras que a finales del siglo II a.C. se añade una nueva variante de urna con pastas de tono más claro y un engobe crema al externo de enorme perduración hasta época flavia (García Vargas y García Fernández 2009: 150). Los pithoi, continuadores de la tradición orientalizante, completarían finalmente el catálogo de formas que se detectan desde los siglos V - IV a.C. 136 Figura 3.7. Urnas. 3-4: Cruz del Negro; 5-7: con baquetón (Ferrer y García Fernández 2008: 213). Sin embargo, parece que la influencia púnica, tan marcada en muchos otros aspectos formales, no consiguió imponer la jarra en los contextos domésticos de manera generalizada (García Fernández y Sáez 2014: 116-117), objeto que no obstante sí habría estado ya presente en abundancia durante el periodo orientalizante. Probablemente, el procedimiento del servicio de la bebida durante la Segunda Edad del Hierro no habría necesitado de un elemento de este tipo, pudiendo servirse directamente de los cuencos esféricos para la obtención del líquido desde el vaso contenedor (García Fernández y García Vargas 2010: 126). Sólo a partir del siglo III a.C. comienza a aparecer de manera minoritaria y asociada a prototipos púnicos, en concreto los modelos púnicos tardíos de los tipos GDR-10.2.0 y GDR-10.4.1 de Sáez Romero (2005: 160-161) (Figura 3.8). Ni siquiera en las campiñas al este del lacus Ligustinus ni en el valle del Guadalete, área mucho más conectada con el influjo de Gadir, conseguirían popularizarse las jarras (Sáez Romero et al. 2016: 31). Esta marcada ausencia se repite en otras producciones de mesa que hacen aparición en la zona, como la cerámica de tipo Kuass, tanto la importada como la versión local, insistiendo en la falta de demanda de recipientes de estas características (Moreno Megías 2014a: 188 y 2016a). 137 Figura 3.8. Jarras GDR 10.2.1 y GDR 10.4.1 (Sáez Romero 2005: 176). Esta vajilla de mesa que acabamos de mencionar, la cerámica de tipo Kuass, constituye un conjunto especialmente interesante que pone de relieve la conexión del Bajo Valle del Guadalquivir con los circuitos no sólo económicos sino también estilísticos y culturas del área púnica de la bahía de Cádiz (Moreno Megías et al. 2014). El repertorio consiste en múltiples formas heredadas principalmente de la esfera helenística, a través de la cerámica ática de barniz negro, que se adaptan al gusto púnico gadirita y se recubren de un engobe rojizo decorado en formas concretas con estampillas de inspiración igualmente ática (Niveau de Villedary 2003b). Muchas de estas formas son distribuidas en los asentamientos turdetanos del Bajo Valle del Guadalquivir a partir del siglo III a.C. desde sus talleres de origen en la bahía de Cádiz (Moreno Megías 2016), dando lugar a una reacción local en forma de producción propia. Esta versión turdetana de la vajilla de mesa púnica de engobe rojo recoge el repertorio formal propuesto por los alfareros gadiritas, incluyendo los tipos más fielmente helenizados, y también incorpora ciertas aportaciones procedentes de la tradición turdetana más arraigada (una propuesta de clasificación tipológica se encuentra en Moreno Megías 2014a), enriqueciendo el catálogo formal tradicional y conectando la cotidianeidad del servicio de los alimentos con el vecino mundo púnico y con toda la koiné cultural helenística (Figura 3.9). Los talleres turdetanos entraban así en la tendencia general que unía numerosos puntos del Mediterráneo occidental bajo los llamados “talleres protocampanienses”, entre los cual se acepta esta producción cerámica (Niveau de Villedary 2003b: 25, 195; Moreno Megías 2016a: 32; para la definición del concepto Adroher y López 1995: 24), mientras mantenían una idiosincrasia local que continuó a prolongarse durante los primeros siglos de la presencia romana, al igual que hemos visto con otras muchas manifestaciones materiales. En definitiva, se trata de las mismas tendencias observables en todos los aspectos de la cultura turdetana: una “gaditanización” de los hábitos de consumo, la conexión con los circuitos más externos del Mediterráneo occidental y central a través del filtro gadirita y la prolongación de las tradiciones arraigadas durante la Segunda Edad del Hierro hasta bien entrada la dominación romana. 144 Figura 3.11. Representación del proceso de envasado del vino en ánforas (Guérin y Gómez Bellard 1999: 384) La gestión y el control de todas las etapas de la explotación de los recursos en la nueva etapa histórica del Hierro reciente, superado el periodo orientalizante, constituyen un aspecto difícil de deducir de los restos materiales. Las exigencias de la generación de excedentes alimentarios en una sociedad jerarquizada de estas características, no obstante, nos hace inclinarnos a pensar en un proceso dirigido por los órganos de control de la sociedad más que en iniciativas privadas independientes, más cuando la actividad agropecuaria y comercial parece haberse convertido en el sustento principal de estas comunidades. Cuando hablamos de órganos de control nos referimos a focos de poder múltiples, como corresponde al tipo de sociedad clientelar que habría caracterizado esta nueva etapa histórica, no se trataría de una actividad económica unidireccional y concentrada en unas únicas manos. Al igual que sucedía en otras poblaciones pertenecientes a la fachada ibérica, organizadas sin embargo en sociedades estatales (Gracia Alonso 2009: 32), la planificación de la puesta en explotación de los cultivos, el control de las reservas de excedentes y la organización de un sistema de comercio hasta una distancia considerable requieren una armonía entre todos sus participantes, regidos por un férreo control estructural y administrativo que ponga en conexión sectores de la sociedad dedicados a diferentes actividades económicas en puntos geográficos distintos, como son la producción primaria del producto, la intervención intermediaria que lo redistribuye y el servicio de transporte que lo lleva a su destino final, donde es intercambiado por otros bienes o por una contrapartida pecuniaria. En este sentido, Carrilero (1993: 181) observaba la crisis que termina con el periodo orientalizante como la constatación de un conflicto social que, en lo que respecta a las relaciones de producción, las transforma sustituyendo el sistema de explotación aldeano basado en relaciones de parentesco por el nuevo contexto urbano protagonizado por relaciones de dependencia personales. Hasta finales del siglo V o principios del siglo IV a.C. se ha propuesto la existencia de un tipo de propiedad comunal para la tierra, puesta en cultivo de manera colectiva (García Fernández 2003a: 145 994 ss.). A partir de entonces se potenciarían los sistemas de servidumbre comunitaria que se observaban cuando se produce la conquista romana, influenciados también por los modelos púnicos que no dejaron de afectar al modo de organización de las comunidades turdetanas aún tras la retirada de los colonos fenicios. Se trataría por tanto de un verdadero proceso de centralización de los excedentes por parte de determinados grupos sociales, con el inevitable distanciamiento respecto a otros segmentos de la población que ello conlleva, bajo un sistema de producción agrario probablemente intensificado para el que no contamos con fuentes documentales precisas. Podemos suponer una actividad productiva agrícola que se desarrollaría anualmente en el periodo de cosecha, generalmente y dependiendo del género en cuestión entre finales de primavera y finales de verano, mientras que el resto del año habría estado dedicado a la reserva, custodia y puesta en comercio de los productos, además de al aprovechamiento de otro tipo de recursos como los forestales. Probablemente, la posesión del excedente agropecuario y/o de los medios para su intercambio se convertiría inmediatamente en símbolo y garante de un cierto grado de poder, como sucede en aquellas comunidades en las cuales las actividades prioritarias giran en torno a la explotación rural no de subsistencia. El modelo de poblamiento rural mediante pequeños núcleos productivos agropecuarios, que documentamos en zonas clave como las campiñas de Marchena, estaría marcando la base de esta estructura de explotación, y constituye uno de nuestros documentos arqueológicos más preciados. García Fernández (2003a) analizó la ubicación de los yacimientos en la Campiña sevillana en función del tipo de tierra que estaba a disposición de sus zonas de influencia. La capacidad potencial de uso se demostró homogénea entre ellos, si bien otros factores determinarían preferencias zonales en cuanto al aprovechamiento del territorio, como la presencia de cursos de agua. Estos factores dedicados al sector agropecuario influirían en los patrones de asentamiento de aquellos asentamientos con vocación rural. Como es evidente, serían preferidas las tierras de menos pendiente, con una topografía más suave pero con suelos más profundos, por tanto de mayor rendimiento. Los establecimientos rurales se situarían en un esquema disperso o con poca intensidad de agrupación, siempre y cuando pudieran abarcar y controlar una amplia área de captación de recursos desde posiciones privilegiadas respecto a las tierras de labor. Sin duda, este sistema no habría sido inamovible en el tiempo, sino que para el prolongado espacio de tiempo en el que se constata la circulación de envases turdetanos la dinámica comercial habría sufrido modificaciones, especialmente cuando entran en juego nuevos agentes interesados en el aprovisionamiento de alimentos cuales son los ejércitos cartagineses y romanos, en unas circunstancias especialmente particulares que rodean al conflicto bélico. El contacto con individuos o grupos de origen púnico, entre otras influencias, habría supuesto también la introducción de nuevos sistemas de explotación agrícola (Sáez Fernández 2001; Bendala 2003). Los sistemas introducidos en este momento, siguiendo los principios enunciados por Magón, habrían tenido un fuerte arraigo entre la sociedad local, de manera que se ha considerado que las técnicas 146 de explotación de la tierra o el mar no debieron alterarse con la presencia romana (Sáez Fernández 1994: 484; Pérez Macías 2014: 121), aunque evidentemente se experimentara la introducción de nuevos aperos de labranza y métodos de cultivo (García Fernández 2003a: 1092-1093). Tampoco se ha podido afirmar una temprana afluencia de colonos itálicos ligados a la explotación agrícola durante la República (Pérez Macías 2014: 122). Keay (1992: 288) opinaba que la presencia romana no alteraría en gran medida las bases de la organización de la explotación rural en Turdetania, ya que muchas comunidades habrían continuado produciendo el mismo excedente agropecuario que en la etapa anterior, con la salvedad de que el destino final de la mercancía sería la misma Roma o las tropas estacionadas en Iberia, y no las arcas de la élite de los asentamientos de primer orden como hasta entonces, a juzgar por cómo se organizaron los impuestos en Hispania en los primeros momentos de la ocupación romana. La escasez de excavaciones en ámbito rural en el Bajo Guadalquivir, donde nuestras mayores informaciones acerca del poblamiento de la Campiña proceden de campañas de prospecciones, ha supuesto que contemos con un registro mínimo de documentos relacionados con los instrumentos y aperos de labranza, generalmente realizados en metales, respecto a otras zonas mucho más elocuentes como el mundo ibérico. Entre las pocas referencias concretas al uso de arado en la península que puedan ser aplicadas a la Turdetania, encontramos que Varrón (I.10) atribuye a Hispania Ulterior la medida agraria del iugis, considerada el espacio que una pareja de bueyes con yugo puede labrar en un día, obviamente dependiendo de la compactación de la tierra (Barril 1999: 298). El desarrollo de una amplia metalurgia del hierro durante la Segunda Edad del Hierro, así como la difusión de estas técnicas de arado, habría sido el binomio que permitiera la implantación de campos de cultivo extensivos. Las representaciones iconográficas de arados en la península muestran que éste era de tipo dental. Contamos con el testimonio de las series monetarias de Obulco (Porcuna, Jaén), que incluyen elementos relacionados con la economía agrícola como el arado y los yugos cornales, junto a la típica espiga (Ruiz López y Ramírez 2012: 58). En las cecas de Carmo o Ilipa la característica espiga suele aparecer sola. Sin embargo, este último asentamiento cuenta con un ejemplo de moneda, atribuida a esta comunidad, representando un arado de este mismo tipo en el reverso46 (Villaronga 1966: 375), quizás como imitación de Obulco (Barril 1999: 300) (Figura 3.12). 46 AE. 15 mm. (2) R7. Anverso: espiga; reverso: arado. Tomado de Delgado, lámina 38, nº 21 (Villaronga 1966: 375). 147 Figura 3.12. Ejemplar de moneda de Ilipa con representación de arado (Villaronga 1966: 375). Los cálculos de productividad en los campos turdetanos se nos escapan en todas las etapas de este proceso, pues desconocemos el grado de explotación de todas las áreas susceptibles de proporcionar bienes de consumo, la mano de obra disponible, la capacidad de los espacios de almacenamiento o el volumen de carga de los medios de transporte. Efectivamente, la capacidad agrícola potencial de los suelos habría sido lo suficientemente beneficiosa como para permitir el desarrollo de una producción excedentaria que reactivara con facilidad la economía, manteniendo en gran medida las estrategias productivas y el modelo de explotación del territorio anterior (García Fernández 2003a: 1024), pero se trata de un proceso de crecimiento progresivo que deja escasas huellas arqueológicas. Del mismo modo está ausente la información relativa a los posibles sistemas de registro del movimiento de bienes y de las transacciones económicas generadas por la distribución de materias primas y alimentos transformados, salvando los escasos símbolos inscritos en unos pocos ejemplares de ánfora turdetana. Muchos de los aspectos propuestos en este sentido tendrán que basarse, necesariamente, en las reconstrucciones teóricas nacidas de la comparación con otras áreas del ámbito mediterráneo, donde se cuenta con mayor información al respecto, o a través de paralelos etnográficos. En todo caso, la amplia distribución de los envases que manifiestan el alcance de los productos turdetanos es testimonio (prácticamente el único testimonio, por ahora) de la fuerza de poder que debió controlar la puesta en marcha de la maquinaria del sistema de explotación y comercialización, alcanzando unos volúmenes de producción considerables y una capacidad para organizar sistemas de intercambio avanzados. Todos los agentes del proceso comercial, productores, (re)distribuidores y consumidores, estarían insertos en una misma red que parte de la explotación del hinterland y que finaliza en todas las zonas interesadas en la importación de alimentos turdetanos desde los enclaves portuarios principales. Sin embargo, como se verá en el apartado correspondiente (vid. 2.3), esta red comercial no es la única que afecta al área geográfica de estudio, pues se inserta en circuitos mayores que, si bien por lo general no consiguen dar salida al producto local, sí permiten la introducción de bienes importados que no tendrían, de otro modo, conexión directa con los puertos del Guadalquivir. 148 3.2.2. Excedentes agropecuarios, ¿de qué productos? Escacena y Belén (1997: 44-46) ponen en relación el colapso de ciertos asentamientos de las áreas de campiña del interior del Bajo Guadalquivir a finales del siglo VI a.C. con un problema de índole económica, que habría provocado la reducción del potencial “financiero” y demográfico de estos núcleos. Concretando más, sugieren que la raíz de este declive podría encontrarse no sólo en la interrupción de ciertas actividades del sector minero-metalúrgico, sino también en el fracaso de la elección de un sistema de monocultivo, posiblemente de cereal, para la estrategia de explotación rural de la región, que no habría tenido los resultados esperados por culpa de la falta de control de los mecanismos de irrigación y fertilización necesarios para asumir el riesgo de la dedicación a un solo cultivo. Básicamente se hace referencia a que, frente a un momento de “vacas flacas”, las comunidades presentes no pudieron reaccionar por una falta de alternativas económicas diversas de la actividad agropecuaria y, dentro de ella, de la suficiente diversificación necesaria para evitar consecuencias ecológicas negativas, provocando como resultado una caída de los mercados interiores (Escacena 1987b: 297). Siguiendo esta línea de argumentación, a pesar de que en ocasiones no se mencione la crisis agropecuaria como factor determinante (Ferrer 1994), el éxito experimentado en la etapa inmediatamente posterior, con la puesta en marcha de una distribución de carácter comercial de los excedentes agrícolas desde esta misma región, implicaría una superación de las dificultades encontradas o, de manera más radical, la elección de apuestas económicas más variadas y, vistos los resultados, con mayor éxito. García Fernández (2003a: 1021) alude expresamente a estos desajustes como los causantes de la reducción de las posibilidades de exportación del excedente agropecuario, y sin duda de todo el comercio del género alimentario, al colapsar las redes de intercambio, y en ello vemos claramente una situación inherente al surgimiento de la fabricación de tipos anfóricos locales. La opción por la puesta en explotación de cultivos de más fácil salida comercial, y presumiblemente de calidad importante, como podrían ser el aceite o el vino, habrían facilitado este viraje del beneficio económico de la explotación rural, favoreciendo la comercialización de los productos en un rango mayor tanto en escala como en distribución geográfica, y posiblemente permitiendo una mayor diversificación de la inversión y, por tanto, minimizando los riesgos de los centros de habitación dedicados a estas actividades. El cultivo del cereal sería siempre imprescindible y, por consiguiente, continuaría en gran medida a lo largo de todo el Bajo Guadalquivir, pero podría haber estado destinado a un consumo mucho más local, fuera de los circuitos comerciales que distribuían los envases anfóricos a lo largo y ancho de toda la red de vías de comunicación de la región. Las beneficiosas condiciones de espacios como las campiñas de Marchena habrían permitido intercalar este cultivo extensivo de secano con la 149 producción hortícola en las orillas de los cursos fluviales y arroyos (García Fernández 2003a: 1024). La clásica tríada mediterránea de cereal, vid y olivo va a ser, en todos los casos, el elenco de cultivos que encontremos más frecuentemente citados, sea a partir de la información obtenida en las fuentes literarias, en la numismática (Ruiz López y Ramírez 2012) o en cualquier otro registro arqueológico. Otro dato interesante a favor del incremento de la producción de vino y aceite respecto a la etapa anterior lo encontramos en el supuesto viraje de los mercaderes fenicios de la costa andaluza, que parecen realizar una mayor apuesta por la explotación salinera y la industria del salazón del pescado en detrimento de estos dos preciados cultivos, lo que ha sido interpretado como consecuencia de una difusión progresiva entre las comunidades del interior de las plantaciones de vid y olivo y del conocimiento de la tecnología necesaria para la elaboración de productos de su industria derivada (Guerrero 1991: 72). Nacería así un nuevo mercado a escala local de comercialización regional de vino y aceite, producidos en la misma área que se consumía, sin depender de las ciudades púnicas para su redistribución en un primer momento, aunque progresivamente su difusión fuera siendo mayor y, probablemente, terminara por involucrar a áreas de mayor filiación púnica, como el valle del Guadalete. En el momento del arranque de ese nuevo foco productivo, los núcleos indígenas ejercerían un papel completamente activo en este sector del comercio, quizás, como se ha propuesto precisamente para Cancho Roano durante el siglo V a.C., por el vacío que habría dejado la retirada del control comercial fenicio a raíz de la tan traída y llevada crisis. La introducción de la arboricultura de vid y olivo supone, además, la ruptura con la agricultura centrada en la obtención inmediata de rendimientos, que debía recurrir al barbecho para mantener esta capacidad ininterrumpida, mientras que la implantación del cultivo de árboles conlleva la espera de varios años para que entren en producción, además de una inversión de trabajo mayor que la que implica la obtención de cereales, y unos cuidados continuos (Pérez Jordá et al. 1999: 164) a lo largo prácticamente de todas las estaciones. Como recordaba Ponsich (1988: 17), además, los productos rentabilizados traerían consigo el desarrollo de corrientes de expansión y la creación de productos paralelos, que terminarían por constituir ellos mismos el objeto de industrias anejas y por ocupar así un lugar preferente en el plano económico. Sin duda, en el caso de la Turdetania éstos serían el aceite y el vino, asociados más a la exportación regional que al consumo inmediato interno como fuente de beneficio de su producción. Tradicionalmente, las famosas descripciones de Estrabón en su Geografía marcaban las hipótesis acerca de los recursos naturales que fueron explotados en el valle del Guadalquivir, confirmadas por las opiniones de Plinio (Historia Natural III, 1; III, 7) o Columela (De Re Rustica, V, 8). No podía ser de otro modo, vistas las magníficas cualidades que el autor atribuía a estas tierras, fuente de toda clase de productos de calidad (tanto materias primas como mercancías transformadas), que permitían justificar el éxito económico y la vigencia de sus principales ciudades durante toda la Protohistoria, el dominio romano y aún hasta época contemporánea: 150 “Pero la propia Turdetania goza de unas asombrosas condiciones. Además de ser ella misma productora de todo y en abundancia, duplica sus beneficios con la exportación, pues el excedente de sus productos es fácilmente vendido por sus numerosos barcos mercantes.” (Estrabón III, 2, 447). “De Turdetania se exporta trigo y vino en cantidad, y aceite no sólo en cantidad, sino también de la mejor calidad. Se exporta asimismo cera, miel y pez, mucha cochinilla y un bermellón no inferior a la tierra sinópica. Los astilleros funcionan allí con madera del país, en su territorio hay minas de sal y no pocas corrientes de ríos salobres, y tampoco escasea la industria de salazón de pescado, procedente tanto de la zona como del resto del litoral de más allá de las Columnas, que no va a la zaga de la salazón del Ponto. Antes figuraba en primera línea su igualmente abundante paño, pero ahora lo hace la lana, de la que hay más producción que de lanas coraxinas. Y en belleza es insuperable: los carneros para cría se compran al menos en un talento. Insuperables son también los tejidos ligeros, como los que fabrican los salacietas. Es inagotable asimismo la riqueza en ganado de toda especie y en caza (...)”. (Estrabón III, 2, 6). Estas fuentes históricas, junto a las referencias de la riqueza pesquera de la costa, han llevado a la historiografía a aceptar sin reservas que “las bases que sustentan la economía turdetana son agrícolas -cereales, vino y aceite- y pesqueras, en base a la salazón del pescado, al “garum” y a su exportación a centros mediterráneos” (Ruiz Mata 1997: 351). Frecuentemente, las riberas del Guadalquivir se asociaban a una importante inversión productiva de la industria oleícola (Ponsich 1988: 20), posiblemente bajo la influencia historiográfica de las grandes explotaciones de olivares destinadas a la exportación hacia la capital del Imperio romano, que tuvo en el Monte Testaccio su mayor símbolo de éxito. La documentación arqueológica, sin embargo, no deja tan claro cuáles eran los productos concretos que protagonizaban las actividades del sector primario durante la Segunda Edad del Hierro. El análisis de la potencialidad agrícola de estos territorios sugiere la existencia de una economía mixta para las áreas que disfrutaban, a la vez, de vegas y campiñas fértiles y terrenos aptos para la ganadería, como sería el caso de los Alcores (Amores 1980: 366). Se ha propuesto el binomio cereal-vacuno para todo el Bajo Guadalquivir (Belén y Escacena 1997: 142), basándose en paralelos con el área ibérica y en los resultados de los análisis paleobotánicos realizados en diversos yacimientos, muchos de ellos de cronología anterior, pero que reflejarían una situación que no debió variar mucho en sus líneas esenciales. Hay que recordar que en el fondo de esta cuestión uno de los pocos testimonios arqueológicos seguros de la producción agrícola es siempre indirecto, y no es más que las ánforas de transporte de estos productos, sin duda una evidencia sesgada a determinados tipos de alimentos y condicionada a los contextos que hasta ahora hemos podido documentar arqueológicamente. 47 Todas las citas de Estrabón están tomadas de la edición de 1992 de la Editorial Gredos, traducción de M. J. Meana y F. Piñero. 151 La iconografía numismática nos ha proporcionado una relación simbólica entre el cultivo de trigo y, al menos, las cecas de Carmo, Ilipa y Caura, también extendido a otras ciudades vecinas que probablemente se dedicaban a esta misma producción cerealera. Los racimos de uva, apuntando hacia una destacable producción de vino, representaban por el contrario a las comunidades de Orippo, Osset y Caura de nuevo. Los establecimientos en el entorno litoral del lacus Ligustinus, efectivamente, contarían con buenas condiciones para el desarrollo del cultivo de la vid y también del olivo, ambos productos que generaban grandes beneficios por su exportación, especialmente a partir del siglo II a.C. (García Vargas et al. 1998: 262) por la inmersión en el mercado romano. En la actualidad, de hecho, el Aljarafe es una región de conocida actividad vinícola, mientras que la antigua desembocadura del río, a la altura de Caura, contaba con los tres tipos de tierras (cretosi, sabulosi y paludes) necesarios, según Columela, para cultivar las vides (Sáez Fernández 1988). También la vega de Carmona pondría a disposición de los agricultores un territorio muy apto para el cultivo mixto, en este caso de olivares a la vez que de cereales, alternado con los pastos y dehesas de interés ganadero (Ferrer et al. 2011: 90). El mismo carácter mestizo de la economía nos vuelve a aparecer más abajo en el litoral, en este caso en las emisiones de la ceca de Conobaria o de Ilipa, en época republicana, que representan a la vez una espiga y un pez, posiblemente un atún o un sábalo48 (García Vargas et al. 2008: 264). En cuanto a los análisis palinológicos, que nos pueden aportar valiosísima información acerca de la cobertura vegetal de los paleoecosistemas de los que el ser humano disponía en el pasado, contamos con mayor información, paradójicamente, para la etapa inmediatamente anterior (Ferrer et al. 2011: 77). Las especies cultivadas o, al menos, existentes en el Bajo Guadalquivir durante la Primera Edad del Hierro han podido ser estudiadas gracias a los estudios antracológicos de la necrópolis de Cruz del Negro (Rodríguez Ariza y Esquivel 2004) y los análisis polínicos realizados a muestras procedentes de uno de los yacimientos localizados mediante las prospecciones realizadas en Marchena (Carmona et al. e. p.) y de las excavaciones de Montemolín (Gómez Zamorano y Ubera 2007). Estos últimos análisis, además, incluían muestras referentes al siglo III a.C., por lo que resultan información preciosa para la comprensión del periodo turdetano. Hay que considerar que este tipo de análisis han venido siendo escasos en la tradición investigadora del suroeste peninsular, al menos hasta tiempos muy recientes, y que la ausencia de contextos situados en medios saturados de agua (difíciles de localizar en un clima como el que domina en esta área) hace imposible una reconstrucción completa a partir de las semillas de los medios vegetales y las prácticas 48 Nos hacemos eco de las precauciones de García Vargas et al. 2008: 264 (y bibliografía proporcionada en la nota 124: Chaves 2007 y Mora 2007) acerca de los riesgos de proceder a una identificación automática entre estos emblemas y una correlación económica basada en estos productos concretos, que podría dejar atrás una interpretación más bien ideológica, étnica, geográfica o religiosa de unos símbolos con significados más profundos que los productos a los que aludían. En nuestro caso, además, suponen testimonios de una etapa cronológica profundamente diferente a la que vio nacer a la cultura turdetana, pero son documentos que no podemos desatender en nuestro análisis de las fuentes de recursos naturales del Bajo Guadalquivir. 152 de cultivo (Buxó 1997: 28). Es por ello que nos resultan tan valiosas estas referencias a análisis polínicos y antracológicos en nuestra zona de estudio. El caso de Cruz del Negro ha podido proporcionar solamente las plantas utilizadas para formar las piras funerarias de la necrópolis, con una cronología entre los siglos VII y VI a.C., entre los que destacamos el acebuche (Olea europaea) y las vides silvestres49, entre otra vegetación de ribera, de encinares y carrascales y diversas especies de arbusto, mostrando un probable clima más húmedo que el actual. Más completos para nuestros objetivos se presentan los resultados de las muestras de Montemolín, que permiten observar las especies vegetales contemporáneas a las últimas décadas del siglo III a.C., cuando se instaló en la zona un probable campamento cartaginés una vez abandonados los edificios singulares de época orientalizante. Se registra la presencia de las siguientes especies como tipos polínicos predominantes: Quercus, el género de la encina, el roble y el alcornoque; Juniperus communis, el enebro; Pinus, distintos tipos de pinos; esporas triletas; Chenopidum álbum, el cenizo, una especie de hierba invasiva que acompaña a los cultivos de primavera como el mijo, el panizo o la avena en suelos bien drenados de origen arcilloso (Buxó 1997: 68 y 301), aunque también es posible la recolección en primavera de cereales como el trigo, la cebada o la escanda, y que puede indicar la utilización de un tipo de siembra relacionado con el trabajo de escardado; Brassicaceae, familia que engloba distintos tipos de cultivos hortícolas de consumo humano, como la col, coliflor, nabo, rábano o berro, así como plantas forrajeras y medicinales; y Cyperaceae, familia de plantas con diversos intereses para el ser humano, desde material de tejido hasta soportes de escritura, frecuentes en ambientes húmedos, o para consumo como la chufa. Se trata de un ambiente vegetal propio del bosque mediterráneo, en un contexto próximo a cursos fluviales (Gómez Zamorano y Ubera 2007). Si bien predomina la información acerca de plantas no utilizadas para el consumo directo frente a las plantas cultivadas o de recolección, todas nos dan una visión del emplazamiento de los asentamientos y del territorio en el que evoluciona la comunidad. Las especies arbóreas son documentadas en mayor medida frente a las plantas herbáceas, lo que ha sido identificado como un indicador del abandono de las tierras de cultivo circundantes. Además, se documentó un descenso en la nitrofilia, provocado por la fertilización excesiva del suelo por acción humana, tanto a partir de la aportación de abono de origen animal, mediante el aprovechamiento de los excrementos del ganado doméstico, como por el abono vegetal, consistente en rastrojos quemados o detritus vegetales. Como explicación a estos fenómenos, se ha propuesto un descenso de la población en este momento, relacionado con el abandono de Montemolín y el desarrollo de las campañas de la Segunda Guerra Púnica en la zona (Ferrer et al. 2011: 78). Por otro lado, las columnas polínicas extraídas del yacimiento número 152 de los localizados en la superficie del Término Municipal de Marchena, correspondiente 49 A pesar de que en la publicación se haga referencia a vides silvestres, hemos de señalar las dificultades existentes para determinar, a partir de los análisis polínicos (que no de las semillas), las diferencias entre los taxones de la viña cultivada y de la salvaje (Puertas 1999: 47). 153 probablemente a la necrópolis de Montemolín y asociado a estructuras del Bronce o de época orientalizante, aportaron datos de interés que sin embargo, al tratarse de sondeos sin excavación arqueológica asociada, no cuentan con una atribución cronológica precisa. En todo caso, fueron registrados espectros propios del bosque y el matorral mediterráneo, previos al establecimiento de tierras de cultivo mucho más actuales, con campos de cereal y girasol. En los niveles más antiguos hay una gran concentración de Quercus y Olea, posiblemente acebuche, típicos de este bosque mediterráneo, junto a los elementos del matorral: Cistus (jara), Myrtus (arrayán) y Lavandula (lavanda). También aparecen restos de un herbazal mixto, con ejemplares de Pinus y Olea. El espacio natural, hoy en día, no es más que una sucesión de terrenos de cultivo, con alguna reserva de vegetación de dehesa en las fincas de explotación ganadera o las tierras comunales no cultivadas (Ferrer et al. 2011: 79). No debemos olvidar que, en terrenos incultos, se podrían desarrollar otras muchas tareas agrícolas, tales como la recolección de especies utilizadas como materia prima para fabricar instrumentos de todo tipo (como la retama o el palmito), o la obtención de cera y miel (mencionadas por Estrabón) a través de la apicultura. 3.2.3. Otras actividades extractivas a partir de la Arqueología: ganadería, caza, pesca y minería. Hicimos ya referencia, entre las menciones de Estrabón a la riqueza de Turdetania, a los bienes animales que éste atribuye a la producción propia de la zona: lana, carneros para cría, ganado de toda especie, caza... No son las únicas noticias directas de la presencia abundante de ganado en la zona: “Y los rebaños que cruzaban en dirección a las islas de frente a la desembocadura de los ríos o de los esteros, unas veces fueron tragados por el agua y otras quedaron aislados y, obligados a regresar, no fueron capaces y perecieron. Y se dice que las vacas, que tienen observada esta circunstancia, esperan la retirada del mar y entonces regresan a tierra firme.” (Estrabón III, 2, 4). Esta referencia apunta directamente al aprovechamiento de los pastos en las orillas de los esteros para la cría de ganado vacuno (García Fernández 2003a: 930). Entre la poca documentación arqueológica que nos ayude a esclarecer la escala de esta producción y de otras actividades ganaderas, contamos con el estudio faunístico de la intervención de la calle San Isidoro, en Sevilla. Los niveles turdetanos de esta excavación muestran una reducción del tamaño de los ejemplares de ganado vacuno consumidos (Bernáldez 1988: 119), debido a la ampliación de las tierras de cultivo frente a las dedicadas a la ganadería, o a la mayor presión antrópica sobre las reses criadas. Por desgracia, no contamos apenas con otros datos faunísticos que nos permitan ajustar la entidad del aporte cárnico de la ganadería y la caza en la dieta de los establecimientos dedicados a la explotación rural en zonas como la Campiña sevillana. 256 turdetana que ofreció un repertorio material particular, con interesantes características que lo hacían parecer parte de un complejo alfarero, a pesar de no haberse localizado ningún rastro de horno cerámico a su alrededor. Se trataba de una estructura formada por, al menos, tres estancias, cubiertas por un pavimento de arcilla apisonada alternada con capas de cal (Figura 4.59). Figura 4.59. Planta de la intervención de la calle San Teodomiro 27 de Carmona (Román y Belén e. p.). Sobre el suelo se hallaron numerosos fragmentos de arcilla de tonos verdosos pertenecientes a vasijas moldeadas a torno pero que no llegaron a cocerse nunca, pese a que algunas estaban incluso decoradas con bandas pintadas al estilo de la cerámica turdetana (Figura 4.60). La tipología correspondía a recipientes comunes y a pondera, aunque muy deformados por la presión de los sedimentos superiores. La escasa anchura de estas estancias podría haber estado diseñada para facilitar su cubrición. Directamente sobre estos fragmentos de arcilla y la superficie del pavimento, el ambiente estaba sepultado por los escombros generados durante el derrumbe de la edificación. La cronología propuesta para este nivel es alrededor del siglo IV a.C. El edificio parece haber sufrido una gran remodelación hacia finales del siglo V a.C. o la primera mitad del siglo IV a.C., mientras que a principios del siglo III a.C. habría sido abandonado (Román y Belén e. p.). 257 Figura 4.60. Foto de restos cerámicos sin cocer de la fase turdetana del contexto de San Teodomiro 27 (Carmona) (Román y Belén e. p.). En general se aprecia que son recipientes de pequeño y mediano tamaño, que se habrían encontrado en medio de su proceso de secado en estas estancias y que, por alguna razón, no llegaron a ser conducidos a los hornos para su cocción, siendo abandonados allí hasta el derrumbe del edificio, probablemente bastante tiempo más tarde. Los materiales se concentraban, sobre todo, en dos esquinas del Ámbito 2 y 3 de la estructura. Sobre los escombros de las estancias se abrió posteriormente una fosa rellena con vertidos, compuestos por una gran cantidad de adobes quemados y cantos rodados. Estos adobes podrían haber formado parte de estructuras fornáceas cercanas o de otros espacios también relacionados con actividades alfareras. El solar se encuentra muy cercano al barrio industrial de la Plazuela de Lasso (o Arbollón) y a otros contextos romanos con hornos, por lo que no sería extraño que durante todo este arco de tiempo (al menos entre el siglo V a.C. y el cambio de era) esta zona de la ciudad hubiera estado reservada a la producción cerámica. Sus excavadores son partidarios de considerar este edificio como íntimamente relacionado con la producción de cerámica durante las dos etapas de ocupación documentadas (Román y Belén e. p.). Además de la tradición alfarera constatada en esta zona, la presencia de una alta concentración de fragmentos de vasijas que no llegaron a cocerse y la gran cantidad de cerámica recuperada con un repertorio formal muy homogéneo apoyan su hipótesis. Aunque se encontraron también algunos fragmentos cerámicos irreconocibles con señales de un proceso de cocción defectuoso, son poco numerosos en comparación con el volumen total de piezas y quizás son indicativos de que los vertederos para los fallos de cocción de las estructuras fornáceas asociadas estarían más alejados. Se propone, por tanto, para estas estancias una función relacionada con los procesos previos al horneado de las vasijas, como el torneado, la decoración o el secado de las mismas. 258 Los materiales cerámicos, si bien son muy parecidos a los de tantos otros contextos, cuentan un gran valor documental teniendo en cuenta que son, con toda seguridad, productos de alfarería local, además con mostrar una variedad morfológica y un volumen muy superior al que se registra en otros yacimientos de la región. No se encuentra ningún fragmento de ánfora reconocible dentro del conjunto sin cocer, pero sí que se han documentado envases (totalmente acabados y funcionales) en otras unidades estratigráficas. Se trata de ejemplares de los siglos V y IV a.C., como ánforas Mañá Pascual A4 o de tipo Carmona, pero también varios ejemplares de ánforas Pellicer BC, que incluyen la característica marca de la digitación en el borde. Los tipos turdetanos se encontraban en una capa de tierra generada durante los procesos de abandono de la primera fase del edificio, previa a su última reforma a principios del siglo IV a.C., y se encontraban en relación con algunos de los fragmentos de arcilla no cocida. En todo caso, no contamos con ningún indicio que nos haga suponer que estas ánforas también debieran ser de fabricación local. Posteriormente, en el momento de abandono definitivo del edificio, hacia principios del siglo III a.C., se documenta de nuevo otro ejemplar de lo que parece ser una Pellicer BC tardía. Espacios con esta misma funcionalidad de “secadero” han sido identificados en el taller alfarero de Cerro del Villar, datado a inicios del siglo VI a.C. (Aubet et al. 1999: 289 ss.). Se propuso en esta ocasión que dos áreas abiertas del complejo hubieran servido para el proceso de secado de las piezas cerámicas en los momentos previos a su introducción en el horno, debido a que “ofrecen las proporciones necesarias para tal menester”, que sin embargo no se especifican en valores cuantificables (Figura 4.61). Uno de estos espacios (A1) estaba cubierto por un pavimento de guijarros, mientras que la otra área abierta presentaba un suelo muy fino y compacto formado por una capa de arcilla, probablemente por la acumulación de desechos de la materia prima de la actividad alfarera. Figura 4.61. Fotografía de espacios abiertos en la excavación del Cerro del Villar (Aubet et al. 1999: 152). 259 También en relación al horno de Pajar de Artillo se ha propuesto la existencia de una posible área de secado. Se trata de la zona norte del nivel correspondiente al horno, una explanada que se encontraba enlosada con adobes que podría haber servido para secar al sol la cerámica antes del proceso de cocción (Luzón 1973: 23). Por encima de estos adobes también se encontraban carbones y cenizas, que se interpretaron como restos procedentes de la limpieza del praefurnium, una actividad que sin embargo no debería haberse realizado mientras se encontraban allí almacenados los vasos frescos antes de ser cocidos. Igualmente, en conexión con los hornos del Palacio Arzobispal se han podido documentar muros que formarían habitaciones rectangulares alargadas, con la tecnología de construcción habitual (zócalo y cimentación de mampuesto y alzados de adobe), sin pavimentar, que se han considerado posibles áreas de trabajos relacionados con la actividad alfarera, o de almacenamiento de las piezas, más por su ubicación que por ninguna de sus características formales (Chic y García Vargas 2004: 309). 4.3.2. Sistemas de almacenamiento de envases anfóricos. Las escasas evidencias. Si bien las estructuras de almacenamiento no tienen por qué diferir en sus características arquitectónicas de otros edificios de funcionalidad simplemente habitacional o, por otro lado, de espacios con cierto grado de monumentalidad por sus dimensiones y lo cuidado de su construcción, en ocasiones los almacenes y bodegas destinados a albergar productos de origen agrario o animal pueden destacar por sus particulares características adaptadas a las necesidades de conservación de la mercancía (Pérez Jordá 2000: 52). Mientras que el mundo ibérico ha proporcionado numerosos testimonios de sistemas de almacenamiento tales como graneros o silos en toda la fachada oriental de la península ibérica (Figura 4.62) (García Huerta y Rodríguez 2009), las evidencias arquitectónicas turdetanas no se han prodigado en dejarnos restos claros de este tipo de estructuras. Si ya resultaba complicado establecer las características definitorias del modelo de unidad de habitación turdetano, aún más difícil se presenta la tarea de definir los sistemas de conservación y almacenamiento, y más considerando los pocos contextos primarios existentes que nos permitan identificar la funcionalidad de las estructuras mediante el registro material que albergan. Un análisis microespacial de los espacios facilitaría una identificación de los recintos constructivos utilizados como lugar de almacenamiento, de manera que las unidades de habitación que estructural y arquitectónicamente no se diferencian de otros edificios puedan revelar su función preferente por la presencia de un registro cerámico relacionado con envases contenedores o con ánforas (Gracia y Munilla 1999: 341). 260 Figura 4.62. Restitución del granero elevado del poblado de La Moleta del Remei (Alcanar) (Gracia 2009: 30). Por el momento contamos con un solo espacio considerado un probable almacén de productos alimenticios en el curso bajo del Guadalquivir, el depósito del llamado templo republicano o “Capitolio” de Itálica excavado en el Cerro de los Palacios de Santiponce en 1973 (Bendala 1982a). La función de almacén vendría justificada por la gran cantidad de ánforas dispuestas ordenadamente en el ingreso del recinto, a pesar de la identificación con un templo arcaico de los primeros momentos romanos de la ciudad y de la afirmación de que “muy difícilmente puede tratarse de un edificio destinado a cualquier otra función” (Bendala 1975: 866). Esta hipótesis ha sido tomada con cautela en otras ocasiones (Ruiz de Arbulo 2009: 269; Keay 1997: 28 ss.), especialmente a raíz de un estudio más pormenorizado de los materiales cerámicos aparecidos, pero también considerando que carece de podio, típico de estos templos itálicos, y por su posición periférica respecto al resto del asentamiento republicano. En todo caso, el carácter sacro del espacio no estaría reñido con la existencia de salas de almacenamiento de bienes comerciales, incluso, como se propuso en el momento de su excavación, de ofrendas presentadas a las divinidades allí veneradas o algún tipo de depósito votivo. La cronología sugerida en un primer momento para este contexto era de la primera mitad del siglo II a.C., amortizado hacia principios del siglo I a.C., revisada por Pellicer (1998). Se trata de una estructura de tres naves longitudinales, con un pasillo perpendicular posterior, asimilado a los templos itálicos de tres cellas (Figura 4.63). La nave central sería de mayor anchura a las laterales. Los muros están alzados siguiendo las características constructivas de otros edificios turdetanos: zócalos de piedra y paredes de adobes colocados a tizón, posteriormente revestidas de arcilla y enlucidas de cal 261 (Figura 4.64). El suelo, de tierra apisonada, se encontraba cubierto por otra capa de tierra y una de cal. Se hipotiza también la existencia de una cubierta de madera, sobre la que se erigiría un tejado a dos aguas hecho de eneas y arcilla, todo ello desplomado a causa de un incendio que motiva la repavimentación del espacio. Figura 4.63. Planta de las estructuras excavadas en el llamado “Templo Arcaico” de Itálica (Bendala 1975: 863). 262 Figura 4.64. Fotografía de las estructuras excavadas (Bendala 1975 Lám. I). Delante de la puerta de la estancia central, sobre el pavimento, apareció un conjunto de ánforas y grandes recipientes apilados. Junto con algunos lebrillos y vasos de cerámica pintada, los envases de transporte predominan ampliamente con un conjunto de 1600 fragmentos, que permiten reconstruir numerosos ejemplares clasificados como Pellicer BC evolucionadas (Bendala 1982a: 64), una identificación que pondría en duda la cronología inicialmente propuesta para el edificio, ya que las cerámicas turdetanas eran en esta época de la investigación arqueológica datadas en función de la consideración del yacimiento como fundación ex novo de Escipión en 206 a.C. (Ruiz de Arbulo 2009: 269). También aparecen ejemplares de ánforas de la forma E de Pellicer, que correspondía a los recipientes tipo Carmona y tipo Tiñosa. Dentro de las estancias fueron encontrados muchos menos fragmentos, pero asociables a los mismos tipos cerámicos. El conjunto de materiales se considera, hoy en día, más propio de los siglos V o IV a.C. (Keay 1997: 30). De hecho, Keay plantea que, como estructura de la ciudad turdetana previa a Italica, se trataría de algún almacén o edificio público de esta época. Igualmente ya Pellicer había expresado, cuando fueron expuestos estos resultados de la intervención en el Cerro de los Palacios, que los materiales eran impropios de un templo, y que en el caso de haber tenido esta función habría sido después reutilizado como almacén (Bendala 1982a: 74). También en Tejada la Vieja, en un contexto anterior fechado sobre los siglos VI-V a.C., se ha propuesto la existencia de espacios de almacenamiento en unas estructuras de piedra de factura más cuidada que las viviendas, con plantas de tendencia rectangular, disposición ordenada y mayores dimensiones, que albergaban numerosas ánforas en su interior (Fernández Jurado y García 1987: 111). Se ha traído también a colación este espacio (Keay 1997: 30) para establecer paralelos con el posible edificio de almacenes o templo del Cerro de los Palacios en Santiponce. 263 Por otro lado, en el área minera de Las Cruces, entre los municipios de Gerena, Guillena y Salteras en la provincia de Sevilla, se han identificado otras estructuras relacionadas con la explotación agraria del medio que, si bien se encuentran algo periféricas respecto a nuestra área de estudio, suponen interesantes paralelos para la época turdetana. El yacimiento SE-M, en el municipio de Salteras, se sitúa en la parte superior de una loma, junto a la margen derecha del arroyo Molinos, un tributario del Ribera del Huelva. En este yacimiento se localizaron una serie de estructuras articuladas a través de un gran espacio abierto delimitado por muros y pavimentado por cantos rodados (Vera 2012). A este patio se abrían dos edificios, uno al norte y otro al este (Figura 4.65). El primero de ellos es un espacio aproximadamente cuadrangular que ocupa unos 200 m2, con paredes alzadas en mampostería de caliza y granito con argamasa de tierra. Estaba dividido internamente en una primera nave longitudinal, a partir de la cual se accedería a naves transversales, en un número probablemente de seis, de unos 2 m de ancho por 8,70 de largo. Delante del edificio, y adosado al espacio recintado, habría existido un soportal probablemente cubierto de madera, a juzgar por los restos de pavimento de cantos rodados y piedra caliza encontrados. La función de la estructura ha sido interpretada como almacenamiento agrario, ya que recoge las condiciones necesarias para la acumulación y fácil acceso a una serie de productos estibados en grandes cantidades. El segundo de estos edificios, en el lado este, no presenta una división interna tan clara, pudiendo identificarse solamente dos estancias. La técnica de construcción es igualmente la mampostería, si bien en este caso se utilizaron, junto a la piedra caliza y el granito, más cantidad de cantos rodados para ser unidos por la argamasa de tierra. A pesar de no contar con ninguna particularidad especial en su estructura, el edificio ha sido igualmente considerado un espacio relacionado con la explotación y la producción agraria, sin duda por su conexión al mismo patio distribuidor. 264 Figura 4.65. Planta de los edificios documentados en el yacimiento SE-M de Salteras (Vera 2012: 71). Otros dos edificios parcialmente conservados, con la misma tecnología de construcción, vendrían a completar lo que se ha interpretado como conjunto destinado a actividades agrícolas, seguramente al almacenamiento y la elaboración de algún producto secundario, o bien para la conservación de los aperos de labranza. La movilidad de los bienes aquí almacenados estaría garantizada por la cercanía de un curso de agua, el arroyo Molinos, así como por el camino rural de El Esparragal, una antigua vía que se encaminaba hacia la sierra conectando con los puertos al sur de Extremadura. El registro material encontrado en este ambiente, por otra parte, certifica la funcionalidad agrícola a juzgar por su carácter de recipientes de almacenamiento de distintas capacidades, incluidas ánforas, de las que lamentablemente no contamos con estudio tipológico o documentación gráfica en su publicación original. No obstante, el análisis preliminar del registro cerámico, definido turdetano, había permitido proporcionar una datación de los siglos V o IV a.C., coincidiendo con los paralelos arquitectónicos de estructuras agrarias púnicas contemporáneas, al modo de las villas 265 agrícolas de la campiña gaditana, de las que su excavadora tomó como ejemplo Cerro Naranja (González Rodríguez 1987a). García Fernández, en una revisión directa de los materiales, propone para el complejo una datación que comienza en torno a la segunda mitad del siglo VI a.C., dada la presencia de las primeras variantes de ánforas Pellicer BC, mientras que el resto (ánforas púnicas de la serie 11 de Ramón y cerámica común) apunta a los siglos V y IV a.C. No obstante, los elementos asociados a los dos edificios independientes y el relleno de una fosa de vertido cercana han sido interpretados como modelos tardíos del repertorio cerámico turdetano, junto con algunas importaciones itálicas, lo que ha permitido suponer que estas dos estancias pertenecieran a una fase posterior, de finales de la Edad del Hierro o, más probablemente, de los primeros siglos de la ocupación romana (García Fernández e. p.). De hecho, el mismo autor no sostiene el paralelismo encontrado por la excavadora entre estas estructuras y las villas agrícolas gaditanas, y en su lugar observa similitudes con los complejos rurales postorientalizantes de Extremadura y el Bajo Alentejo portugués, como el edificio de “La Mata” de Campanario (Rodríguez Díaz 2004) o en Fernão Vaz (Correia 2001: 62), también concebido por el mismo sistema de un espacio distribuidor, en este caso un corredor transversal, que da paso a las estancias estrechas y alargadas que lo acompañan (Figura 4.66). En última instancia, también se recuerdan para este modelo paralelos levantinos (García Fernández e. p.). En todo caso, se trataría más bien de una innovación del periodo orientalizante que parece subsistir en el entorno del valle del Guadalquivir durante la II Edad del Hierro, al menos en lo que concierne a la morfología del espacio de almacenamiento, aunque no sepamos si la misma distribución podría corresponder ahora a lógicas de organización y explotación de los recursos diferentes o a los modelos de propiedad aristocráticos (García Fernández e. p.). Figura 4.66. Planta general del edificio de Fernão Vaz (Correia 2001: 62). Los espacios de conservación de los alimentos, a pesar de lo escaso de las evidencias con las que contamos actualmente, debieron ser muy numerosos en todo el Bajo 272 Este yacimiento puede ponerse en relación con el vecino taller cerámico de Arroyo Hondo, en el mismo municipio de Álora, en el que aparecieron también restos de estas mismas formas (si bien no con los mismos detalles morfológicos) (Recio 1983). Por último, recordamos que en los mencionados almacenes del santuario de Cancho Roano, en concreto las habitaciones 9 y 10, aparecieron ánforas reconducibles a la tipología turdetana de Pellicer62, así como en las instalaciones de almacenamiento del complejo de La Mata (Rodríguez Díaz 2004). 4.3.3. Otras estructuras edilicias relativas a la producción de alimentos agropecuarios. Por lo general, la existencia de estructuras relacionadas con la transformación y preparación de géneros alimenticios está asociada a la vecindad de las áreas de obtención del producto. Son poco frecuentes los casos de transporte del alimento en bruto a lo largo de grandes distancias para llevar a cabo la transformación necesaria para su consumo, sin embargo es una situación que también se daba en ciertos ámbitos de mercado, como el transporte de grano antes de la elaboración de harina. La molienda, por lo general, es una actividad eminentemente doméstica durante la Protohistoria, por lo que las áreas de elaboración de harina no se asocian a la distribución del producto terminado hasta que no se pone en marcha un sistema de fabricación de pan casi “industrial”, como ocurre en el mundo romano. Por el contrario, las instalaciones relacionadas con la producción de vino, tales como lagares y espacios de fermentación, suelen estar mucho más directamente conectadas con las tierras de cultivo de la vid. Lo mismo puede aducirse para la elaboración de aceite en almazaras en el mismo entorno en el que se recoge la oliva. La identificación arqueológica de este tipo de estructuras, por tanto, es un importante aliado de la adjudicación de un determinado cultivo a una zona agrícola concreta. La elaboración de productos piscícolas es una de las actividades industriales más “agradecidas” en el registro arqueológico, ya que tiene un importante reflejo en la existencia de piscinas o bañeras dedicadas a la maceración de las salsas y otros preparados de pescado. Los vecinos púnicos del entorno gadirita cuentan con numerosos ejemplos de estas estructuras, que nos proporcionan un alto grado de detalle acerca de los pasos necesarios para convertir la materia prima en el preciado y famoso salazón final (Sáez 2014). Actividades como el aprovisionamiento de sal estarían directamente relacionadas con este sector productivo. La relación de las ánforas turdetanas de los tipos de Pellicer con la actividad salazonera en estos espacios, no 62 Cfr. la intervención de Celestino y Rodríguez González en el en el workshop “Las ánforas turdetanas “tipo Macareno” cuarenta años después: actualización tipológica y nuevas perspectivas” y su futura publicación. 273 obstante, no parece ir más allá de la mera presencia de importaciones (cómo de lejanas, lo desconocemos) de productos alimenticios para el consumo de los propios trabajadores. En el caso turdetano, las intervenciones realizadas a lo largo del Bajo Guadalquivir han proporcionado pocas evidencias de este tipo. En cuanto a los lagares, una casa del yacimiento de Tejada la Vieja, correspondiente al nivel datado en los siglos V-IV a.C., presenta similitudes con la disposición interna de una estancia con piletas para la pisa de uva construidas con técnicas de origen cartaginés del yacimiento de Las Cumbres (Blanco y Rothenberg 1981: 256-262), si bien la multitud de ánforas de tipo de saco R-1 documentadas supone una filiación probablemente semita y de cronología anterior para esta actividad industrial. El modelo de Las Cumbres, caracterizado por piletas canalizadas, pertenecería en todo caso a otra esfera cultural, por mucho que se hubiera propuesto como ejemplo de la actividad vinícola de la Turdetania (Ruiz Mata et al. 1998), aunque pudiera haber influido en las elecciones formales de un espacio de estas características en ámbitos turdetanos (Figura 4.72). Figura 4.72. Planta de los lagares del poblado de Las Cumbres; a la derecha, detalle de las piletas (Ruiz Mata et al. 1998: 188). El yacimiento del Cerro Naranja, si bien representante de una comunidad cuya adscripción cultural es discutida, proporcionó una interesante información que sugiere la existencia de instalaciones para la obtención de aceite en una finca de olivar, dada la presencia de grandes depósitos para contener líquidos y una posible prensa que también podría haberse dedicado a la preparación de vino (González Rodríguez 1987b), siempre en conexión con ánforas de perfiles púnicos. En definitiva, ninguno de los complejos industriales relacionados con la producción de vino o aceite ha sido nunca asociado a las ánforas turdetanas Pellicer BC o D. De nuevo, el ámbito cultural ibérico lleva la delantera en cuanto a testimonios arqueológicos de estas actividades de transformación y manipulación de los alimentos, al menos en lo que respecta a lagares y almazaras, que permiten ilustrar o sugerir pistas acerca del grado de desarrollo tecnológico que podía encontrarse en la península para 274 estos momentos (Figura 4.73). En el territorio edetano se han identificado incluso colmenas dedicadas a la apicultura y la obtención de miel, consistentes en unos cilindros cerámicos (Bonet y Mata 1995). En el caso de Andalucía occidental, la prolongada presencia fenicia y la proximidad de los asentamientos púnicos habrían contribuido seguramente a la filtración de determinados rasgos de la industria de producción alimenticia a las poblaciones locales, al igual que podemos comprobar en el caso de la artesanía alfarera. La escasez de excavaciones en extensión y la insistencia del poblamiento secular en los mismos centros de habitación han contribuido a hacer más escurridizos estos testimonios de instalaciones productivas, por lo que también esta vía de información se encuentra bloqueada para nuestra investigación. Siguen siendo, por tanto, los envases anfóricos los principales aliados en el estudio de la producción de excedentes agropecuarios en el Bajo Guadalquivir, y no podemos asociar ninguna de estas evidencias a la presencia de formas Pellicer BC o D, que nos indicaran que pudiera tratarse de puntos de envasado del producto recién obtenido. Figura 4.73. Representación del lagar de la Illeta dels Banyets (foto Archivo MARQ en Abad y Sala 2009: 139). 4.4. Difusión y comercialización de las ánforas turdetanas: consideraciones generales. Hemos tenido la ocasión de comprobar que, en los casos hasta ahora conocidos, las instalaciones de alfar del interior de la cuenca baja del Guadalquivir se sitúan siempre en el entorno de los principales núcleos urbanos, no sólo en los centros ribereños, como era el caso de Cerro Macareno, Itálica o Sevilla, sino también en grandes oppida ubicados al interior, de los que Carmona es el mejor exponente. Estas evidencias nos 275 indican que tanto la elaboración de los envases como la propia actividad de envasado de los excedentes agropecuarios se debieron realizar, indistintamente, tanto en las campiñas como en el propio valle bético. La multiplicidad de las variantes formales y de las recetas de pastas cerámicas, a pesar de los rasgos comunes que caracterizan a los tipos, reflejan claramente una diversidad de áreas y de centros fabricantes, que se disponen a surtir de alimentos a otros tantos centros de consumo, a juzgar por la amplia distribución de los envases anfóricos en distintos contextos urbanos (una relación más detallada de esta distribución puede consultarse en el apartado correspondiente, vid. Capítulo 5). Aún no pueden definirse cuáles serían las vías de distribución que siguieron estos contenedores, teniendo en cuenta que cada una de las áreas productoras estaría especialmente inclinada hacia la generación de una mercancía específica destinada hacia un mercado en concreto. Sin embargo, de manera general podemos indicar que las ánforas fabricadas en el propio valle bajo del Guadalquivir estarían destinadas, como resulta obvio, a la comercialización de productos locales. Su distribución, como hemos visto, se realizaría principalmente por vía fluvial, río abajo, a partir de la principal arteria de comunicación de la región (el río Guadalquivir), pero también aprovechando otros cursos navegables (el Corbones, el Guadaira o el Genil). Es de suponer que una importante parte de las existencias, asimismo, fuera destinada al consumo propio de los mercados regionales a través de los principales centros que funcionarían como plaza de mercado hacia los asentamientos del interior. Estos productos, de manera habitual, no alcanzarían más que objetivos a corta o media distancia, compartiendo ciertos sectores de los circuitos internacionales pero sin entrar de lleno en sus rutas de dispersión externa. En el momento en que se emprendía la salida exterior de los productos agropecuarios de las campiñas, una larga serie de intervenciones tendrían que tener lugar para que la carga llegara a buen puerto, nunca mejor dicho. Las tierras más al interior necesitarían trazar un recorrido mucho más complejo, que comenzaría con el transporte del género en bruto desde las propias tierras de labor hasta los puntos de envasado, si es que no necesitaban de instalaciones intermedias para la elaboración de productos secundarios. En el caso del aceite, vino o salazones, estas estructuras serían fundamentales. Una vez rellenados los recipientes, en instalaciones que sin duda estarían cercanas a los talleres alfareros, las ánforas ya preparadas comenzarían su viaje hacia el consumidor final. Para ello debían alcanzar primero los puntos de embarque en los cursos fluviales o, en todo caso, en las principales vías terrestres, por lo que se aventura que estos alfares no estarían lejos de las rutas de salida de las mercancías. La lógica nos haría suponer que los talleres de fabricación de los envases deberían situarse en un punto intermedio entre la zona productora y el punto de embarque, que no siempre tiene por qué coincidir con los núcleos urbanos más próximos, especialmente cuando éstos se encuentran lejos de cursos fluviales navegables (caso de Carmona). Pero más allá de las razones relativas al beneficio económico, debemos considerar que el tejido artesanal especializado, imprescindible para la obtención de manufacturas tan normalizadas y estandarizadas como lo son las ánforas, solía estar siempre asociado 276 a los principales centros de población, siendo precisamente la existencia de este sector profesional especializado uno de los factores que otorgaban el carácter urbano a un asentamiento. Además, hay que tener en cuenta que el excedente agropecuario habría sido almacenado y, por tanto, defendido con mucho más éxito dentro de las murallas de los oppida, no solo en caso de conflicto (frecuente en los momentos convulsos de la Protohistoria) sino también como símbolo y garantía de la posición privilegiada de determinados sectores de la sociedad que controlaban la explotación de los recursos económicos del territorio circundante. De hecho, una de las principales funciones de los centros rectores del poblamiento durante la Segunda Edad del Hierro sería la del almacenamiento de este surplus, como etapa previa a su redistribución (de carácter comercial o no), gracias a su control efectivo sobre los medios de producción (Chaves et al. 2010: 1089). Quiénes gestionaban esta explotación y, sobre todo, esta puesta en circulación de los productos turdetanos hacia el mercado interregional, es un cuestión que no puede ser explicada por la mera presencia de las ánforas en un amplio rango de destinos, si bien la densidad de su distribución, la intensidad del comercio que se les presupone y la recordada estandarización de los envases parece haber facilitado la entrada de estos productos bajoandaluces en redes comerciales de mucha mayor envergadura, funcionando según un sistema bien engrasado y gestionado por otros centros de poder. De nuevo sale a colación el nombre de Gadir, que sería gestor de buena parte de estas mercancías una vez que llegaran a su puerto, y único interlocutor comercial con el exterior (Ferrer et al. 2010). Quizás, incluso en sus mismos barcos albergaran también estos bienes, como puede desprenderse de su presencia junto a productos púnicos en zonas situadas tradicionalmente bajo la esfera económica de Gadir. La presencia de formas asimilables a las Pellicer D en el almacén republicano de Cerro de la Atalaya, en Jaén, parece demostrar que los poderes romanos también insertaron este tipo de producción para sus propios objetivos económicos, al menos durante algunos años, lo que explicaría la fabricación de la forma junto a tipos plenamente romanizados en el taller de la calle Doctor Fleming 13-15 en Carmona. Para el caso de las primeras producciones turdetanas, envasadas en las ánforas Pellicer BC, se documentan evidencias de distribución en el norte atlántico de África (con ánforas presentes en Lixus, Ceuta o Valle del Martil), la costa atlántica del sur peninsular (Castro Marim, Tavira, Faro, Cerro da Rocha Branca, etc.), incluso más allá en el Alentejo litoral y los estuarios del Sado y el Tajo; también hay ejemplares en la costa mediterránea, como en Carteia, e incluso en puntos más lejanos e inesperados, como Cartago, sin duda de la mano de los barcos gaditanos, teniendo en cuenta que el alcance de los sistemas turdetanos tendría dificultades a superar tantas áreas de control extranjero para la colocación directa de sus productos (vid. 5.4.). A la hora de considerar la distribución de las ánforas Pellicer D, el panorama resulta más difícil de desentrañar, ya que entran en juego nuevos alfares y áreas productoras que incluyen probablemente el valle del Guadalete y quizás la bahía de Cádiz o el norte de África, además de los tipos similares de la zona malagueña, la Alta Andalucía, 277 Portugal o Extremadura. Independientemente de su origen, las Pellicer D parecen tener una buena acogida y una importante generalización en el siglo III a.C., debido a razones de estandarización y ergonomía. La distribución interna desde los talleres del Bajo Guadalquivir y el camino de salida hacia los mercados externos de estos envases debió ser análogo al de sus antecesoras, las Pellicer BC, si bien su dispersión geográfica es mayor, así como su presencia cuantitativa en los centros de consumo, como cabe esperar de su producción masiva a escala regional. Como se verá en el apartado 5.4., encontramos a las Pellicer D en todos los contextos donde anteriormente aparecían las BC, aunque su circulación se prolonga aún más hacia la costa atlántica peninsular, llegando incluso, en momentos avanzados, a la costa de Galicia (Castro de Montealegre, A Lanzada, Alobre, entre otros), y norteafricana, así como hacia la costa mediterránea del Sureste y Levante, donde ya eran habituales los contenedores cilíndricos de este tipo en las producciones de tradición ibérica. 4.5. Contenido de las ánforas turdetanas. En la bibliografía no parecen existir dudas acerca del contenido alimenticio que habrían albergado las ánforas turdetanas. Se expresa unanimidad en cuanto a su carácter alimenticio (Rodero 1995: 127), a pesar de la indefinición con la que se presentan sus posibles restos. Las fuentes literarias, el estudio de la explotación del territorio, la tecnología de producción agropecuaria y, finalmente, los recientes análisis químicos de contenidos (García Fernández et al. 2016) han permitido generar diferentes hipótesis acerca de cuáles fueron los productos cuya necesidad de transporte podría haber motivado la creación de las ánforas Pellicer BC y Pellicer D. Por lo que respecta al contenido de las ánforas Pellicer BC, y sabiendo que constituye, por lo que sabemos hasta ahora, el único envase que se produjo en el interior del valle del Guadalquivir y sus campiñas durante buena parte de la II Edad del Hierro hasta la generación de las Pellicer D, este recipiente se debió destinar indistintamente a todos los diferentes productos agropecuarios de la región: aceite, vino y también cereales, sobre todo, en el caso de que estos últimos necesitaran de transporte en recipientes cerámicos. Los investigadores la suelen asociar generalmente al primero de estos productos, aunque en el estado actual de la investigación, y a la luz de los resultados obtenidos hasta ahora a partir de los análisis realizados a algunos ejemplares de Alcalá del Río (Sevilla) y Vico (Marchena, Sevilla) (vid. 6.6), no podemos afirmar taxativamente que éste fuera su cometido exclusivo (García Fernández y García Vargas 2010). Abogamos, por tanto, por su carácter de envase polifuncional, que no estaría representando en el mercado la imagen de un producto ineludiblemente identificable con un género alimentario concreto, si bien sí correspondería a un área de 278 “denominación de origen” fácilmente reconocible, ya que parece provenir de un solo foco general de producción. No obstante, no creemos arriesgado apuntar que su uso principal estaría inclinado hacia el comercio del aceite, por la vocación de las tierras de cultivo de la zona, lo difundido de su presencia, la ausencia de resinas en su interior y los resultados aportados hasta ahora por las analíticas mencionadas, teniendo en cuenta todas las posibles alternativas apuntadas por los diversos contextos estudiados. A favor de este carácter polifuncional contamos con los variadísimos resultados de las ánforas depositadas en el edificio protohistórico de La Mata, entre los cuales se han documentado restos de contenidos de vino o vinagre, salazones, frutos o miel en vinagre, miel sola, aceite, e incluso cerveza, yeso o pigmentos rojos, a partir de análisis de fitolitos, almidones y fibras (Juan-Tresserras y Matamala 2004). Se trata de resultados que, quizás, no son extrapolables a los homólogos formales del Bajo Guadalquivir, pero dan idea de la diversidad de productos susceptibles de ser transportados o almacenados en algún momento en estos recipientes. En el caso de las ánforas Pellicer D tampoco está claramente definida su función específica como envase contenedor, aunque al igual que su predecesora pudo tratarse también de un recipiente polifuncional, observando su amplia distribución a lo largo de áreas con rasgos ecológicos y orientaciones económicas muy distintas (el binomio costas gadiritas – campiñas fértiles del Bajo Guadalquivir). Se ha propuesto también una posible práctica de reutilización para estos contenedores, una vez que hubieran sido vaciados al llegar a su destino final (Niveau de Villedary 2002: 242). Como uso original y primario, ha habido distintas opiniones con relación al contenido de las ánforas Pellicer D. Por un lado, los ejemplares del llamado tipo costero han sido asociados al transporte de vino, puesto que su presencia en el yacimiento de Las Cumbres en unas posibles estancias de almacenamiento relacionadas por cercanía, quizás, con los lagares documentados (Ruiz Mata y Niveau de Villedary 1999: 127; fig. 3) podría indicar un punto de envasado del mosto o el vino producido (Niveau de Villedary 2002: 243), sin que esto implique una relación irrefutable. Se acerca a esta opinión también Miró (1984: 166), quien considera que todos los tipos anfóricos reconducibles a la familia más general que engloba la Mañá B3, entre los cuales se encontrarían las Pellicer BC, se asocian al prototipo común original precisamente para aprovechar el éxito comercial del producto envasado en estos primeros recipientes vinarios. En todas las zonas que se inspiran en la forma de las Mañá B3, por tanto, lo que se estaría intentando es imitar el envase para transmitir al consumidor la idea de estar adquiriendo una mercancía de calidad, probablemente, y debido al origen oriental de los primeros modelos anfóricos, un vino de fama reconocida. Otras propuestas apuntaban hacia la posible mercancía de salazones de pescado en estas formas (Ferrer 1995: 803), más recientemente apoyadas por la repetida presencia de ánforas Pellicer D en factorías de salazones de asentamientos costeros púnicos (Niveau de Villedary 2002: 243), si bien no se trata de envases producidos en las 279 inmediaciones. A medida que crece nuestro conocimiento acerca de la naturaleza de los recipientes producidos en los alfares asociados a estas factorías, es mayor la certeza a la hora de considerar todas estas ánforas Pellicer D como importaciones, destinadas al consumo de las personas que habitaban en estos asentamientos y factorías, y no producciones locales fabricadas para el envasado de las salsas de pescado obtenidas (Sáez Romero 2014), haciendo más improbable por tanto su contenido en salazones, al menos aquellas fabricadas en las costas gaditanas. Niveau de Villedary (2002: 243) recuerda también la posibilidad de encontrarnos ante conservas cárnicas en salazón, no necesariamente de pescado, unos productos menos reconocidos en las fuentes pero que también aparecen frecuentemente como género posible en los análisis de contenido (Ramón 1995: 264). Se ha apuntado incluso la posibilidad de encontrarnos antes el comercio de alimentos sólidos, como grano o aceitunas, dada la ausencia del cuello y la apertura de la boca que pueden desaconsejar el envasado de líquidos (Niveau de Villedary 2004: 274). La misma autora (Niveau de Villedary 2002: 243) recoge algunas cautelas a la hora de pensar en este posible transporte de sólidos, que habría podido ser realizado con mejores resultados (mayor comodidad, ligereza, aprovechamiento de espacio, etc.) utilizando otro tipo de envases, especialmente cuando estaban destinados a ser cargados en naves para viajes marítimos o fluviales. Los odres y sacos, que están ampliamente documentados como envases de productos alimenticios en el mundo romano cuando las condiciones climáticas permiten su conservación, serían menos pesados, menos frágiles y permitirían apilar más fácilmente la mercancía. La simple carga del producto a granel en las bodegas de los barcos, también, habría sido una opción posible para los productos sólidos (Rodero 1995: 126), si bien para el cereal habría implicado importantes problemas de humedad. Un enfoque experimental podría, en un futuro, arrojar más luz acerca de las posibilidades de transporte de líquidos en recipientes de estas características, atendiendo igualmente a sus posibles sistemas de cerramiento. Contamos, también para el tipo anfórico Pellicer D, con algunos análisis químicos recientes a ejemplares del valle del Guadalquivir. Los resultados preliminares, que serán discutidos más adelante (de nuevo vid. 6.6), apuntan en primer lugar al envasado de aceite (una deducción lógica dada su continuidad con la tradición de las ánforas Pellicer BC, que parecen inclinarse más hacia el transporte de aceite), pero también a probables contenidos de carnes y pescados salados, dada la presencia de distintos tipos grasas animales. Una de estas analíticas ya publicadas, o al menos su resultado general, apunta a un contenido compuesto por grasas vegetales para un ejemplar de Pellicer D procedente de Alcalá del Río, probablemente aceite de oliva en concreto (García Fernández y García Vargas 2010). La ausencia de recubrimientos interiores en resina en ejemplares de Pellicer D, al menos en aquellas aparecidas en entornos gadiritas (Ramón 1995: 264, Niveau de Villedary 2002: 244 ss.), podría también apoyar este desplazamiento de aceite. En relación con las implicaciones de estos resultados, es cierto que este comercio de aceite entraría en competición con el contenido de las ánforas púnicas tipo Tiñosa (la T- 280 8.1.1.2 de Ramón), tan difundidas a partir del siglo III a.C., ya que los resultados de las analíticas efectuadas a ejemplares de la campiña gaditana han convencido generalmente a los investigadores acerca de su relación con el aceite de las campiñas gaditanas (Carretero 2007). En cambio, no encontramos otro envase de éxito parangonable para la distribución del vino, y quizás la Pellicer D podría haber cumplido en parte también este cometido, siendo otro argumento a favor para pensar en un posible contenido vinario. Es especialmente interesante el testimonio de un ánfora del tipo Pellicer D, localizada en la fase final del yacimiento de la factoría de salazones Puerto-19, en el Puerto de Santa María (Cádiz), concretamente en su UE 136. Se conservaba entera, clavada en el suelo en un ambiente de saladero, y en su interior se pudieron identificar macrorrestos de uvas y piñones. A pesar de lo sugerente que sería considerarla una prueba del tráfico de estos frutos para el consumo de los trabajadores púnicos de estas factorías, también hay que considerar la posibilidad de que hubiera sido utilizada, dada su colocación, como recipiente para recoger desechos derivados de las comidas (Sáez Romero 2014: 733, nota 44), teniendo también en cuenta que apareció aislada, sin ningún sistema de precintado visible y en una ubicación particular, clavada en una duna. Otro testimonio de gran interés lo constituyen las ánforas denominadas Pellicer D de la Alta Andalucía localizadas en el Cerro de la Atalaya (Jaén), cuya situación junto a las áreas de trabajo para molienda del cereal ha permitido afirmar su contenido en harinas (Barba et al. 2016: 141 ss.). Los análisis carpológicos realizados han revelado la existencia de la especie de trigo común duro, que alcanzaba el conjunto del yacimiento ya limpio (debido a la ausencia de raquis o bases de lema), cribado y sin presencia de malas hierbas. El grano, una vez tostado, pasaría por el proceso de molturación para posteriormente ser envasado en forma de harina. Se ha calculado una capacidad de unos 90 kg de harina para cada uno de los ejemplares de Pellicer D. Este registro constituye un documento precioso para atestiguar el transporte de harinas a larga distancia utilizando estos envases cerámicos, solucionando sin duda determinados problemas de conservación y mantenimiento para los cereales, al haber sido cocinados y molidos previamente. No se descarta tampoco el posible transporte de aceitunas, ya que han sido detectados huesos de dos especies diferentes, una típica de todo el espacio andaluz, de hueso pequeño y redondeado, y otra de probable procedencia extranjera con el hueso grande y alargada, si bien no ha podido hacerse ninguna asociación con un tipo anfórico concreto. En definitiva, a favor de la hipótesis del aceite se encuentran los resultados de las analíticas y la ausencia de revestimientos resinosos internos; a favor del vino, su presencia cercana al lagar de Las Cumbres y su posible consideración de recipiente simbólico relacionado con el vino frente a las tipo Tiñosa para el aceite; el posible contenido en salazones (de carne o pescado) estaría motivado, más que por la presencia en factorías púnicas (que no parecen haber fabricado nunca estos tipos), por algunos resultados de los análisis químicos; y para apoyar el comercio de grano y otros áridos contaríamos con su peculiar morfología de la boca y con los testimonios del Cerro de la Atalaya y del ejemplar del Puerto de Santa María. Como puede observarse, la atención 281 que han recibido los envases del tipo Pellicer D es mucho mayor que la de sus antecedentes, las Pellicer BC, sin duda porque la posible versión costera ha tenido mayor visibilidad en las excavaciones realizadas en contextos particulares y espacios de producción varios, sobre todo en las factorías gadiritas. 288 5.2.1.1. Término Municipal de Marchena. El territorio del término municipal de Marchena se inserta en el tramo medio del valle del río Corbones, afluente del Guadalquivir. El emplazamiento de Marchena cuenta con unas condiciones favorables para el control y explotación del territorio, como la mayoría de los espacios de ocupación protohistórica, favorecido por su elevación y acceso al curso fluvial (Millán 2000). El municipio ha sido muy prolífico en lo que a la identificación de yacimientos se refiere, gracias en gran parte a numerosos trabajos de investigación territorial, como la Carta Arqueológica de la Vega del Corbones (Rodríguez Temiño 1984) la Carta Arqueológica de la Comarca de Fuentes de Andalucía (Fernández Caro 1992) o las prospecciones del Grupo de Investigación De la Turdetania a la Bética (García Fernández 2003a), si bien han sido pocos los casos en los que estos yacimientos han sido excavados proporcionando, además, contextos claros de época turdetana. 5.2.1.1.1. Vico. Uno de los yacimientos fundamentales de la serie de contextos protohistóricos sacados a la luz entre las décadas de 1970 y 1980 es el asentamiento de Vico (Marchena). Se emplaza sobre una llanura aluvial en el curso del río Corbones. La excavación de urgencia de 1985 (Chaves y De la Bandera 1987), tras varias campañas sistemáticas en la zona, sirvió para documentar este tell sobre la ladera noroeste del cerro de Montemolín, separado por una vaguada, donde se había ya documentado este otro importante yacimiento vecino que trataremos a continuación (Figura 5.1). En realidad, ambas unidades poblacionales habrían formado parte de un único núcleo, hasta que la zona del yacimiento de Montemolín es abandonada para concentrarse sobre esta elevación, la única que tiene continuidad poblacional hasta época romana. Teniendo en cuenta que Montemolín, durante el periodo orientalizante, habría interpretado el rol de centro cultual de toda su zona de influencia, Vico habría funcionado como centro de habitación asociado al santuario, con un rango destacado en medio de todas las pequeñas explotaciones que habían ido surgiendo en este espacio rural (García Fernández 2003b), al menos hasta que el complejo de Montemolín desapareciese. A partir de entonces el poblado de Vico se mantiene en solitario, pasando después a ser escenario de la ocupación romana. [Document text truncated for crawler view.]