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Dieses Werk ist lizenziert unter einer Creative Commons-BY 3.0 Deutschland Lizenz. http://creativecommons.org/licenses/by/3.0/de/ Traditio et innovatio nominum Estudio toponomástico de un documento de la época alfonsí María Dolores Gordón Peral Al Profesor Dieter Kremer, con profunda admiración y respeto 1. Introducción «El procedimiento de nombrar a los lugares es complejo y, hasta ahora, no se ha investigado satisfactoriamente; carecemos de una exposición global del fenómeno para la Península Ibérica, tal como Joseph M. Piel la imaginaba, por ejemplo. Junto a formas no dependientes de una determinada época, se dan otras que corresponden a modas de un determinado espacio cronológico. Este aspecto puede contemplarse en el contexto de la Reconquista con claridad en el siglo XIII, tan interesante para el lingüista.» Estas palabras, pronunciadas por Dieter Kremer en su preciosa y reveladora ponencia plenaria sobre «Onomástica e historia de la lengua» (impartida en el marco del I Congreso de Historia de la Lengua Española, celebrado en Cáceres, en la primavera de 1987),1 pueden servirnos de preámbulo a nuestro estudio, centrado en el análisis de la toponimia contenida en un documento redactado en época alfonsí, poco tiempo después de la Reconquista de estos territorios a los musulmanes: el Libro del Repartimiento de Écija. Atenderemos aquí a los mecanismos de denominación de los lugares recién ganados a la población anterior, principalmente a la traditio y a la innovatio nominum,2 y podremos, a partir de un estudio que es primor- 1 Véase Kremer 1988: 1600. En este interesante trabajo se trazan las líneas maestras de lo que debe ser la investigación onomástica en relación con la historia del idioma, y se sugieren muchos aspectos dignos de ser tratados por constituir lagunas en la investigación en este ámbito de la ciencia lingüística, entre otros el análisis de la tipología de nombres de lugar en la documentación de la época alfonsí, que Kremer ilustra magníficamente atendiendo a la toponimia del Libro del Repartimiento de Sevilla (Kremer 1988: 1601-1603). También en otro trabajo posterior no menos interesante (Kremer 2011) se detiene en el análisis de la creación de nombres y los cambios toponímicos introducidos porAlfonso X en la Sevilla recién reconquistada. 2 El término traditio nominum fue acuñado por el germanista Stefan Sonderegger (22004: Namenkundliche Informationen / NI 109/110 (2017), S. 206-234
Traditio et innovatio nominum 207 dialmente lingüístico, extraer conclusiones de gran relevancia para el cono cimiento de la historia de los lugares nombrados. La Reconquista cristiana de Al-Ándalus y el subsiguiente traslado masivo de personas desde áreas más septentrionales de la Península supuso un cambio total en la historia de España, un cambio extraordinariamente profundo que afectó a todas las parcelas: política, administrativa, cultural, social y lingüística. Pero la incorporación al dominio cristiano no se llevó a cabo de la misma manera en todo el territorio. Efectivamente, el tipo de conquista determinaría absolutamente el proceso de cambio y sus consecuencias sociales, y, con ello, lingüísticas. Así, en zonas conquistadas con violencia se produjo la rápida desaparición por muerte o expulsión de la población musulmana, mientras que en poblaciones sometidas mediante capitulación, rendición o pleitesía pudo permanecer la población anterior, salvando sus vidas, conservando su religión, su propio estatuto jurídico, su sistema fiscal, sus autoridades tradicionales y sus propiedades. Siendo así, en las áreas donde se verificó la segunda modalidad de conquista fue posible que se produjera la convivencia de las dos comunidades, la musulmana y la cristiana, con lo que ello significaría de posibilidad de influencia lingüística, materializada principalmente en la transferencia de elementos léxicos, de entre los que cabe destacar los nombres de lugar. Estos presentan mayor ventaja ante los apelativos para el lingüista, pues están estrechamente vinculados al lugar al que fueron impuestos: si se mantienen en un área dada en abundancia los nombres del estrato precedente puede concluirse sin temor a errar que ha tenido lugar un contacto lingüístico estrecho, fruto por lo común de una coexistencia más o menos pacífica de las dos comunidades, o incluso que ha habido un periodo de bilingüismo durante un tiempo. Y si, al contrario, se verifica la ausencia de nombres de lugar de estratos anteriores en un área, ello ha de tomarse como signo de falta de interferencia lingüística, de contacto suficiente, de compenetración idiomática, debido a varias posibles causas, como pueden ser la sustitución radical de una población por otra (a raíz por ejemplo de una confrontación bélica), la nueva población de una zona con anterioridad deshabitada o la repoblación de una zona tras una etapa de despoblación (cf. Ruhstaller 1990: 738). 3450), y empleado en referencia a la transmisión de nombres (ocurrida como consecuencia de los cambios poblacionales y con ello, culturales y lingüísticos) que conllevó la Reconquista medieval en Andalucía Occidental en Ruhstaller 1990: 738-748. Aquí oponemos el fenómeno de la transmisión de nombres de un estrato a otro al de la creación de nombres, que proponemos que se denomine innovatio nominum, fenómeno este que caracteriza a la etapa de poblamiento de un nuevo territorio por parte de una comunidad de hablantes en no menor medida que la traditio nominum.
208 María Dolores Gordón Peral Para el área de Andalucía Occidental, el periodo de convivencia entre las dos comunidades lingüísticas, hispanoárabe y castellana, fue decisivo para la constitución estratigráfica de la toponimia regional. Puede decirse que la toponimia andaluza parte en gran medida desde cero tras la reconquista, con la consecuente creación de nombres basados en el castellano, en todas aquellas áreas despobladas previamente por hallarse en territorios fronterizos, o bien en aquellas zonas devastadas por incursiones bélicas. Pero no es esto lo más común, sino la adopción de la toponimia anterior gracias a las interferencias lingüísticas entre hispanoárabes y castellanos; así, se adopta de los hispanoárabes la macrotoponimia (los nombres de núcleos habitados: ciudades, pueblos, aldeas), los nombres de ríos de importancia y los nombres de lugares estratégicos, como núcleos habitados, castillos, ríos, vías de comunicación, y en general aquellos referentes geográficos destacados (cf. Ruhstaller 2010: 527-542). Vamos a poder comprobar esto último en el caso de la zona de la Écija, pues, como veremos, si bien el Libro del Repartimiento recoge un número muy limitado de nombres precastellanos, la toponimia posterior recogida en las fuentes documentales locales y la conservada en la tradición oral hasta la actualidad presenta un número bastante elevado de nombres que no pueden adscribirse al castellano, sino a estratos anteriores. Lo comprobaremos luego. 2. El documento Para la cabal valoración del texto del repartimiento y de la toponimia en él contenida es indudable que debemos tener presentes las circunstancias históricas que rodearon la conquista de la zona. Pues bien, Écija fue ocupada mediante capitulación en mayo de 1240 por Fernando III, que exigió el sometimiento inmediato de la villa a la corona de Castilla y la entrega de la fortaleza de la Calahorra, que fue confiada al infante Don Alfonso (futuro Alfonso X), quien a su vez – en contra de la voluntad de su padre – la cedería a Don Nuño González de Lara, persona de su confianza.3 Los musulmanes de la villa pudieron, pues, permanecer en la población manteniendo sus propiedades y convivir con los castellanos que se asentaron en ella. Que no se trataba solo de «una guarnición castellana» la que se instaló en la ciudad al poco de ser tomada, como parece deducirse de lo aseverado en su estudio sobre Écija por Manuel González Jiménez (1989: 337), sino que hubo de ser un contingente más o menos impor- 3 Este la mantuvo en su poder hasta su muerte, ocurrida en lucha contra los benimerines, en 1275 (González Jiménez 1989: 337 y n. 3).
Traditio et innovatio nominum 209 tante de pobladores los que recibieron tierras en un primer reparto realizado al poco de ser conquistada la zona (principios de la década de los cuarenta del siglo XIII), es lo que se desprende, entre otras cosas, de la mención de nombres propios de persona que no coinciden con los nombres de los donados en los topónimos castellanos que aparecen en el texto del Repartimiento de 1263 (volveremos sobre esta importante cuestión más adelante, apdo. 3.1.). Ciñéndonos ahora al estudio del documento, debe destacarse que, perdido el original, el texto solo se conserva a través de copias de finales del siglo XV (de 1496 y 1499) de otra copia anterior (de 1322, perdida hoy, igual que el original, que desaparecería seguramente en el siglo XV).4 En cuanto a la fecha de redacción del Libro del Repartimiento conservado hasta hoy, se trata de un aspecto muy poco claro. El documento menciona explícitamente como fecha de redacción el año en que se efectúa el repartimiento: en la era de 1301, es decir, año 1263. Y añade otras referencias históricas explícitas: habían transcurrido diez años desde la subida al trono de Alfonso X, así como veintidós años y medio desde la conquista cristiana de Écija (recordemos que Écija se conquistó a mediados de 1240). Sin embargo, hay una parte final (repartimiento del término exterior) donde figura una fecha posterior. Los historiadores que han estudiado el texto se preguntan si no se tratará de dos documentos diferentes fundidos en uno. Porque, como se ha dicho, el texto se conserva únicamente en forma de copia de finales del siglo XV de otra copia anterior extraviada. Cabe, entonces, preguntarse: ¿viene la confusión de fechas de una mala transcripción del texto primitivo? No alude a esta posibilidad ninguno de los historiadores que se han ocupado del documento. En cualquier caso, sabemos que el texto refleja un suceso histórico muy concreto: Alfonso X pasa por Écija en su camino de Córdoba a Sevilla, acompañado de su mujer, la reina Doña Violante, y Don Nuño González de Lara, y toma la decisión de expulsar a los moros que allí vivían y hacer el repartimiento oficial de la villa y su término.5 En consecuencia, este hecho tiene diversas implicaciones: (1) Se produce la expulsión de los moros. El texto lo dice expresamente: «al tienpo que Eçija se vazió de los moros». Hasta ese momento, y 4 Sanz Fuentes 1976: 536. Al parecer, en el archivo municipal se conserva otra copia más, muy posterior (de 1740 ó 1741). Nosotros seguimos la edición de Sanz Fuentes, que trabaja con la copia de 1499, contenida en el Tumbo de los Reyes Católicos que se conserva en el Archivo Municipal de Écija. Existen varias ediciones anteriores a la de Sanz Fuentes; así, la parcial del Padre Roa (1629), la de Manuel Valera y Escobar (de 1893) y la de Hernández Díaz et al. (1951). 5 Sanz Fuentes 1976: 536.
210 María Dolores Gordón Peral desde la toma por capitulación de la ciudad, se había dado una convivencia más o menos pacífica de las dos comunidades en el lugar: lo demuestra la referencia a los «fijos del alcayde e sennor de Eçija», de nombre Abenportos, que colaboraron en el acto del repartimiento, junto con otros moros «viejos e sabidores del término de Eçija», a los que se recurre para que identifiquen los límites del término con los otros términos vecinos; a ellos se les pide que señalen la ubicación exacta de los mojones «en tiempo de moros», y a la vez van indicando los nombres de lugar tradicionales entre los arabófonos. En opinión de Manuel González Jiménez (1989: 340), aun habiendo procedido a expulsar a los mudéjares ecijanos, los castellanos mantuvieron siempre buenas relaciones con la población musulmana, y estas eran especialmente cordiales entre Alfonso X y el alcalde de los moros en Écija, Abenportos, quien también colaboró personalmente en otros deslindes de pueblos de la Campiña. Parece, pues, que hubo un periodo de veintidós años de convivencia entre cristianos y musulmanes anterior a la expulsión de estos y al repartimiento de las tierras que dejaban en 1263. Y por los datos del documento y la toponimia podemos deducir que no fueron pocos los castellanos que poblaron Écija ya en la época inmediatamente posterior a su reconquista. En efecto, el repartimiento indica que una comunidad cristiana se había instalado en la ciudad y había desplazado hasta cierto punto a la musulmana (lo veremos en 3.1.). (2) Se procede al inventario y a la organización administrativa del núcleo urbano: se realiza la división de la ciudad en 4 collaciones, en forma de cruz (véase abajo, 3.1.). En este momento se produce la adjudicación explícita y documental de las propiedades a cristianos, pero no sabemos hasta qué punto se trata en algunos casos de una consolidación, de una oficialización de hechos consumados, pues ya había pobladores habitando propiedades tanto en el núcleo urbano como en el término desde tiempo atrás, seguramente desde la década de los 40 del siglo XIII. (3) Se procede así mismo a la organización territorial (administrativa y política) del término de Écija: se delimita el llamado «término de la legua», y se delimita también el territorio municipal frente a los términos vecinos (Osuna, Estepa, Marchena, Carmona), es decir, se establecen los límites exteriores. El reconocimiento e inventario del territorio municipal tiene una finalidad: la activación económica de una vasta
Traditio et innovatio nominum 211 área prácticamente despoblada y abandonada desde el punto de vista agrícola, debido a varios hechos concomitantes: la devastación que había producido la guerra de reconquista, el éxodo o expulsión de la población árabe, así como también la inseguridad de la región, pues era una zona cercana al dominio musulmán, concretamente denominada «Banda Morisca». Los instrumentos de que se valen los castellanos son, por una parte, la creación de nuevos núcleos de población: las treinta y dos «aldeas» que se citan; y, por otra parte, la adjudicación de terrenos a nuevos propietarios, que, por interés económico, deben iniciar la activación económica. Pero, ¿cuál es el proceder de Alfonso X? El rey nombra partidores para que lleven a cabo el encargo de efectuar la descripción, la delimitación, el inventario y la adjudicación de las tierras. Se vale para ello de un equipo de trabajo muy completo: son los partidores y sus acompañantes. Los partidores (que dirigen la labor) son tres: «Don Nunno, fijo del conde don Gonçalo», «don Martín de Fitero, arçediano de Córdoua e clérigo del rey» y «don Symón, omme del rey alcalle por la reyna en Éçija»; figuran como sus ayudantes «Iohan Lopez, escriuano del rey e Iohan Ximénez, escriuano público de Ecija»; y se señalan sus asesores moros: «fue connusco don Albahacea e Albahacén e Atabas e Aboanbro, moros, fijos del alcayde e sennor de Eçija, Abenportos, e otros moros viejos e sabidores del término de Eçija, e don Ali Aben Habetu e don Haym Alfayra, e fue connusco don Auas, el partidor». Debe destacarse que solo los moros conocen el término exterior, por lo que se les menciona repetidamente en referencia a los mojones que se delimitan el término de los circundantes (los cristianos solo conocen la villa y el término de la legua). Llama la atención también el afán de Alfonso X por respetar los límites tradicionales. Y es que se trataba de un acto jurídico muy serio, como muestran los siguientes pasajes (cf. Ruhstaller 2010: 532): …e tomada la jura a este Iohan Ximénez sobre Santos Euangelios que escriuiese bien e lealmente todo el fecho, asy commo lo fallasemos e otrosy los moros juraron por su alquabla que dirían verdad sobre este fecho. E nos, los sobredichos partidores, salimos de Eçija a poner los mojones en los lugares do los moros nos mostrasen en Dios e en sus ánimas por la jura que juraron do solían ser en tienpo de los moros, de sus padres e de sus auuelos. …fuemos al lugar que dicen Alhonoz, sobre Guadaxenil, e fallamos el primero mojón do fue en tiempo de moros. Por otro lado, resulta clave para entender la transmisión de nombres del árabe al castellano la precisión de que Écija se «vazió de los moros». Pero, ¿cuándo se
212 María Dolores Gordón Peral vació? El texto no queda del todo claro. Además, como hemos visto acompañan la expedición los hijos del alcaide moro y otros moros viejos y conocedores del terreno, lo que significa que todavía quedan moros oriundos de Écija, que conocen el término mejor que los cristianos residentes. La partición tiene lugar en tres tiempos: comienzan partiendo el núcleo urbano, luego parten el término de la legua, y finalmente realizan el amojonamiento del término exterior, en el que se ubican las treinta y dos aldeas, en gran medida fundadas sobre despoblados habitados en época anterior. 3. La toponimia contenida en el texto La toponimia contenida en el texto es un elemento clave para la comprensión de este momento crucial de la historia de Andalucía. No obstante, antes de pasar a la interpretación del material toponímico, es necesario advertir de que esta interpretación está sometida a ciertas limitaciones. Dado que el texto no se conserva en su versión original, sino en forma de copia de copia, fechada en el siglo XV (véase lo que explicamos más arriba), no podemos confiar del todo en las formas toponímicas transcritas, pues no son descartables malas lecturas del copista, omisiones y errores ocurridos en el traslado. De hecho, encontramos en el texto algunas formas que resultan sospechosas: por ejemplo, hay nombres que aparecen transcritos con variantes que no pueden reflejar alternancias fonéticas reales (sino que deben ser defectuosas): así, por ejemplo, Sestiles alterna con Çestilles y Cestiles. Hay una forma que presenta dos variantes: Villagordo / Villargordo (de las cuales es correcta la segunda, indudablemente).6 En estos casos, puede ayudarnos la comparación de las formas presentes en el Repartimiento de Écija con las que traen de los mismos topónimos documentos posteriores o la toponimia actualmente en uso. Por ejemplo, los topónimos transcritos en el texto como Penna del Cuerno, Villargordo del Cuerno y La Fuente del Cuerno (referidos a una misma aldea y lugar) deben contener con toda seguridad una errata, o se trata de una mala lectura del documento original, pues el nombre subsiste hasta 1755 con la forma Peña del Cuervo (así en el Catastro del Marqués de la Ensenada conservado en el archivo municipal de la localidad), y González Jiménez se equivoca al creer que el nombre contiene la forma Cuerno y que se perdió pronto.7 Aparece, además, una forma Agualpa- 6 Véase Gordón Peral 1995: 373. 7 González Jiménez 1989: 360. Resulta muy curioso que el historiador indique que la Fuente de la Peña del Cuerno es de «difícil localización». Añade el medievalista que dos
Traditio et innovatio nominum 213 car,8 nombre de un arroyo que se conserva en fuentes documentales posteriores y en el habla local actual como Guadalbacar. Es sin duda resultado de una temprana etimología popular de época castellana a partir de la forma árabe originaria (paralela a la que se verifica en la actualidad en la forma Aguas Melenas, por Guadamelena), que presenta el componente wādī ‘río’ (véase abajo). A pesar de estas deficiencias debidas a una transmisión no directa del texto del siglo XIII, el documento posee un incuestionable interés tanto onomástico como histórico en general, como vamos a ver a lo largo de las próximas páginas. 3.1. La toponimia urbana El texto que estamos analizando en este trabajo contiene realmente dos repartimientos diferenciados: por una parte, el de la propia ciudad de Écija, es decir, el del área urbana, y, por otra parte, el de las áreas rurales, que a su vez se articula en dos: el repartimiento del llamado «término de la legua» y el repartimiento de las aldeas que se establecen en la parte del término más alejada del núcleo urbano. Veamos en primer lugar qué información onomástica nos ofrece el Repartimiento acerca de los lugares situados en el interior de la villa de Écija. Observamos de inmediato que en la fecha de redacción del texto existía ya una odonimia basada en el castellano plenamente consolidada. Encontramos los siguientes nombres de enclaves urbanos: La Cal de la Verdad La Cal del Banno Viejo La Cal de los Arquillos la Plaça de los Bannos del Rey la Cal de los Bannos del Rey la Cal de Iohan López, escriuano del rey (citada dos veces) Nos encontramos también con nombres de construcciones urbanas: La Torre de la Calahorra (en el pasaje: «aviendo pasados veynte e dos annos e medio que la Torre de la Calahorra de Eçija fue dada a christianos») La Puerta de la Verdad de los siete beneficiarios de esta aldea eran «físicos, probablemente de la reina». Uno de estos médicos ha dado nombre precisamente a una corriente fluvial que atraviesa esas tierras, nombre que se conserva hasta hoy como Arroyo del Físico (figura el en Catastro del Marqués de la Ensenada, de 1755, y en las hojas del Catastro Rural de 1957, conservado en el archivo municipal). Del extraordinario valor del Catastro del Marqués de la Ensenada para la investigación toponomástica tratamos en Gordón Peral 2001. 8 Hernández Díaz et al. (1951:268) yerran totalmente cuando leen Aznalpacar en su edición del documento, nombre que por cierto dan como desconocido.
214 María Dolores Gordón Peral las casas de Martín Salvador (citado dos veces) La Puerta de Osuna la Puerta del Alcáçar Viejo (citado una segunda vez simplemente como la Puerta del Alcáçar) A esto se suman las denominaciones de ciertos establecimientos de interés económico: la bodega de don Nunno, del término de la Carnescería La Carnescería (variantes: La Carnicería, La Carniçería) El Forno de las Aguas Vemos, pues, que la ciudad de Écija no era un territorio anónimo para los castellanoparlantes. Al contrario, ya se había formado una odonimia propiamente castellana, que refleja que existía una comunidad cristiana firmemente establecida en la localidad. Frente a otros repartimientos, que reflejan la hora cero de la dominación cristiana,9 en el caso de Écija la población, como certifica explícitamente el texto, está en manos de cristianos desde hace veintidós años y medio, y ya existe una comunidad cristiana (que convive hasta el momento con los árabes): de hecho, el texto documenta la presencia de bodegueros, carniceros, con nombre castellano. Junto a estos nombres propios encontramos también referencias a lugares dentro de la villa que parecen ser meras descripciones mediante apelativos (es decir, aún no nombres propiamente dichos): la torre de la mezquita la torre albarrana que está cerca del escalera el adarue la torre quebrada que está en la puerta de Osuna / la Torre Quebrada Un fenómeno onomástico de especial interés es el siguiente: los partidores describen detalladamente cómo proceden a la división organizativa de la ciudad creando cuatro collaciones: Partimos la villa en quatro collaçiones, en remembrança de cruz. La primera, la mayor, santa y verdadera Cruz, e la del lado diestro Santa María, e la del lado synies tro Sant Juan e la de adelante de todos tres Santa Bárbara, en semejança del 9 Así el de Sevilla, redactado en 1253, a los cinco años de la conquista militar, y al poco tiempo de subir al trono Alfonso X, monarca que se hizo cargo del reparto de las tierras ganadas por su padre, Fernando III; o también amojonamientos de terrenos que recibieron beneficiarios del repartimiento, como el de la Torre de Borjabenzohar (analizado por Ruhstaller 2007).
Traditio et innovatio nominum 221 Villar de los Marmolejos: el nombre alude muy probablemente a la presencia de fragmentos de mármol pertenecientes a un enclave de interés arqueológico17 relacionado con la ciudad romana de Obulcula. Otros nombres de despoblados, de evidente referencia inicial, son Villar de la Laguna y Villar de la Torre. Dado que estos núcleos no tienen nombre árabe (que, de haber sido recordado por la comunidad musulmana que aún habitaba la región, habría sido indicado sin duda por los asesores moros que acompañaban la expedición de los partidores), debían de llevar muchos años en este estado de abandono y ruina. Los historiadores no se ponen de acuerdo en la fecha de que data esta ruina: mientras que Manuel González confiesa ignorar «si esta situación [el estado de despoblación] era relativamente reciente o bien venía de muy atrás»,18 Julio González (1951: 439) opina al estudiar el estado de despoblación en que se hallaban las distintas zonas al poco de finalizar la Reconquista de estas tierras, que «no es casualidad la localización de las ruinas mudas, con mayor intensidad en la Campiña […] fue por este flanco, desde Écija hasta el Guadalete, por donde pasaba la gran vía que desde Algeciras y Cádiz llevaba a Alcalá de Guadaíra, a Carmona, Écija y Córdoba, y así la calzada recorrida tantas veces por los guerreros se hizo el eje de la zona de destrucciones.» No puede, pues, asegurarse si el abandono de los lugares despoblados encontrados por los castellanos en 1263 data de fecha anterior al siglo XIII, o si se produjo con ocasión de la guerra de reconquista que se libró en la zona a principios de los años cuarenta del siglo XIII (es decir, veintidós años antes), y que en el transcurso de más de dos décadas incluso los arabófonos habían olvidado los nombres tradicionales.19 Una serie de nombres creados por los castellanoparlantes que ya estaban consolidados por el uso hacía referencia a lugares estratégicos. Es muy probable que estos nombres surgieran ya durante la etapa bélica previa a la toma definitiva de las tierras por los cristianos, constituyendo así la capa más antigua de la nueva toponimia castellana que había venido a sustituir a la árabe. Se trata de nombres de torres de vigía (La Guarda: de hecho, Hernández Díaz et al.1951: 17 De hecho, no son raros los topónimos basados en la voz mármol que hacen referencia a lugares que albergan restos de interés arqueológico; véase para el tema Gordón/ Ruhstaller 1991: 110-113. 18 Cit. por Gordón Peral 1995:376, n. 500. 19 A los nombres alusivos a restos ruinosos de edificaciones abandonadas pueden añadirse por ejemplo los de [el aldea de] Bannuelos y Bannos, referentes sin duda a algún tipo de construcción que recordara unos baños antiguos.
222 María Dolores Gordón Peral 267 localiza el topónimo junto a una atalaya); El Atalaya; el Atalaya de Tejada, «La calera questa sobre el Atalaya», de edificios con función defensiva (Torre Gil; La Torre de la Reyna; El Villar de la Torre; El Torrejón del Algarbe; La Bastida de don Nunno; La Bastida). De no menor importancia estratégica, y, naturalmente, también económica, son las vías de comunicación, que igualmente contaban con un nombre castellano desde los primeros momentos de la presencia cristiana en la región: nombres de vías pecuarias (La Cannada, la cannada que sale de Guadaxenil), de caminos de importancia variable (unos conectaban Écija con las principales ciudades del entorno: Camino de Santaella, El Camino de Córdoua, Camino de Lora, Camino de Estepa, Carrera de Osuna); otros formaban parte de la red viaria interna del término: El Camino de la Culebriella, El Camino de Montomonte), así como la calzada que unía Sevilla con Córdoba a su paso por el término de Écija, y que remontaba a una importante calzada romana: El Arreçife. A esto se suma una corta serie de nombres que hacen referencia a algunas construcciones humanas esporádicas, todas de tan escasa importancia económica que no hacen sino subrayar la impresión de abandono casi total de las áreas rurales del término: Palomares, El aldea de los Palomarejos, La Fuente Cubierta, El Pozo de los Soles, El Pozo de Oro, La Fuente de las Piedras. De gran interés son, así mismo, algunos nombres de lugar menor citados en el texto que contienen referencias a personas, sin duda los propietarios de los terrenos nombrados: La Laguna de Ruy Sánchez, La Bastida de don Nunno, Torre Gil, La Torre de la Reyna. Dado que no se trata de beneficiarios del repartimiento que documenta el texto de 1263 que es objeto del presente estudio, la única explicación que cabe es que estemos ante nombres de lugar consolidados en el castellano de la comunidad cristiana que llevaba viviendo en Écija desde principios de la década de 1240, nombres, más concretamente, que identifican los beneficiarios de un reparto de tierras inicial que debió realizarse al poco tiempo de la conquista cristiana.20 Es evidente que ya en ese momento histórico hubo de asignarse propiedad rústica a los pobladores cristianos, acto que sin duda se reflejó en un libro de repartimiento primitivo, por mucho que este no se haya conservado. El primer reparto de tierras no obstante debió fracasar, seguramente por falta de pobladores cristianos dispuestos a acometer la ardua 20 Entre las posesiones rurales que tenían dueño (y, por tanto, no eran objeto del repartimiento de 1263) figuraba también algún terreno propiedad de un musulmán, a juzgar por el pasaje «En el aldea de los Palomarejos, en linde de los mojones de Don Mahomad…», hecho nada extraño si recordamos en qué condiciones se produjo la incorporación de Écija al dominio cristiano.
Traditio et innovatio nominum 223 tarea de recuperar unos terrenos agrícolas degradados tras años de guerra y por falta de mano de obra. De ahí que, como señalaremos más adelante, el repartimiento de 1263 con toda seguridad debe su existencia a la decisión de Alfonso X de repetir el acto de repartimiento asignando a nuevos repobladores tanto los terrenos que aún no eran objeto de explotación agrícola como también los que obligó a abandonar a la población musulmana expulsada en la misma fecha («al tiempo que Écija se vazió de los moros», afirma el texto según vimos). Es imaginable que también nombres como las torrenteras del arroyo de los Çiegos y Dos Hermanas contengan referencias a repobladores cristianos que obtuvieron tierras en el primer repartimiento; no debe extrañarnos tales referencias a personas basadas en apelativos, pues, aparte de que es habitual que se identifique a los individuos de la época no con antropónimos propiamente dichos, sino con sobrenombres, puede tratarse de personas poco conocidas (quizá por no haber explotado más que durante un breve período inicial las tierras). Todos los demás topónimos describen fenómenos puramente naturales, que ponen de manifiesto cómo la naturaleza se había hecho dueña casi absoluta de un territorio que antes (en época anterior a la Reconquista, y ya en la era romana) había estado mucho más habitado y explotado económicamente. Esos nombres aluden a la vegetación como único rasgo caracterizador de los lugares relevantes para el repartimiento (La Figuera, La Fuente de los Álamos,21 Las Alamediellas, La Nava/El Tajón de la Figuera, La Parriella, Soto Gordo, El Atalaya Palmosa), a la fauna (Penna del Cueruo, en la copia del texto transcrito erróneamente como Penna del Cuerno),22 a características de la constitución del terreno como salobre (Salinas Menores, Salinas Mayores, Las Salinas de Suso, Salinas de Fondón, Arroyo Salado), lagunas (La Gran Albuhera), zonas pantanosas (El Almarjal, El Buhedal), elevaciones y otros accidentes del terreno (La Cabeça del Cueruo, “vna cabeça que dizen la Motiella”, La Motiella, La Cabeça de Corona, La Cabeça de la Harina,23 La Nava de Praderas), cuevas (Los Algarbes, Los Argarbes de Camino de Osuna),24 arenales (El Aldea de Arenales), 21 Es posible que también los nombres Aldea de Mochales y Mochalejos hagan referencia al arbolado existente, o, mejor dicho, al estado que presentaba este, pues mochal parece significar aquí ‘conjunto de árboles cortados por arriba, sin copa’ (cf. la explicación de Covarrubias acerca de mocho: «Arbol mocho, quando le cortan las ramas: y esto se llama Desmochar»). 22 Un tanto extraño parece el nombre La Culubriella, aparentemente alusivo a la fauna característica del lugar; quizá sea más convincente pensar en una referencia metafórica a un accidente del terreno o a un arroyo de aspecto llamativo. ¿O es que se trata de una forma precastellana que sufrió una etimología popular? 23 El nombre hace alusión sin duda al llamativo color blanco del suelo. 24 La voz algarbe fue, antigua y dialectalmente, apelativo con significado ‘cueva’.
224 María Dolores Gordón Peral cor rientes fluviales (las torrenteras del arroyo de los Çiegos, El Salado), fuentes, no sabemos si dotadas o no de alguna construcción humana para facilitar el aprovechamiento del agua (La Fuente del Cueruo, Fuentes, La Fuente del Albuhera, Fuente de la Figuera, Los Fontanales, Fuenteduenna).25 3.2.2.2. Nombres creados en el mismo acto de repartimiento Los nombres de base castellana comentados en el apartado anterior son el resultado de un proceso de génesis toponímica espontánea, perfectamente esperable en un área donde se ha instalado una comunidad de hablantes necesitada de disponer de una red de nombres que le facilita la orientación geográfica y la identificación de los lugares del espacio en el que se desarrolla su vida cotidiana. Entre esta toponimia surgida de forma «natural» llama la atención una serie de nombres que parecen representar la manifestación de un acto plenamente intencionado de creación toponímica, llevado a cabo por los partidores nombrados por Alfonso X, un acto que formaba parte de su misión de castellanizar definitiva, formal y manifiestamente la ciudad y su término. La creación consciente de nombres de lugar es un fenómeno muy característico de esta etapa histórica. Dieter Kremer (1988 y 2011) ha estudiado en profundidad por ejemplo las sustituciones de nombres que intentó imponer el Rey Sabio con motivo de la elaboración del Libro del Repartimiento de Sevilla (1253), texto que pone de manifiesto cómo Alfonso X quiso erradicar decenas de nombres transmitidos por los árabes y ya adoptados por los cristianos reemplazándolos por formas creadas artificialmente por él personalmente (recordemos casos como «Espartinas, a que puso el Rey Monesterios»). Estas inter - venciones artificiales en la formación de una toponimia en uso en la comunidad cristiana recién instalada en la región tenían, no cabe duda, la función de poner de manifiesto la toma de posesión del territorio, así como la de señalar expresamente al nuevo propietario de un terreno donado. Recurso para ello era la referencia a través del nombre a una realidad manifiestamente vinculada a los nuevos dominadores (a realidades religiosas cristianas, como la Virgen María, los santos; a los beneficiarios de los donadíos; a la Corona castellana). Además, el propio léxico castellano, reconocible como tal para los repobladores, e interpretable desde el punto de vista de su motivación inicial, que formaba la base de estas creaciones toponímicas marcaba un contraste evidente frente a la toponimia adoptada de los árabes. También nuestro texto de 1263 contiene algunas muestras de este tan interesante fenómeno toponímico. Como ya señalamos, el instrumento principal 25 Probablemente interpretable como Fuente Idueña < idonea (Ruhstaller 1992: 138).
Traditio et innovatio nominum 225 concebido por los partidores (sin duda por mandato personal del rey) para la reactivación económica de las áreas rurales del término de Écija era la creación de un total de treinta y dos núcleos de población, de «aldeas», con el fin de organizar desde ellos la rehabilitación de los terrenos agrícolas abandonados del entorno y reiniciar su explotación sistemática. Algunos de los nombres de estas nuevas fundaciones presentan una evidente inspiración religiosa: una de ellas está consagrada a San Mateo (el aldea de Sant Matheos), otra a Santa Marina.26 De especial interés es el siguiente pasaje: E deste mojon de la Cabeza del Cuerno fuemos a mojon cubierto e entramos por vna partida de la xara e pasamos el rio Salado que dizen de Sant Gil e llegamos a vna cabeça que dizen la Motiella de sobrel Salado do se parte el termino de Eçija e de Estepa e de Osuna, e fallamos y vn mojon que fue en tienpo de moros, e por la jura que juraron los moros sobredichos dixeron queste era el mojon de Eçija de las vezindades. Parece claro que la corriente fluvial a la que hace alusión el texto era conocida generalmente como Río Salado o El Salado. La denominación alternativa, Río de Sant Gil, en cambio, bien puede ser una creación de los propios partidores, una forma ajena al uso tradicional; apoya esta interpretación el hecho de que, cuando se hace referencia una segunda vez al mismo río, se recurre a la que debía ser la forma realmente en uso, imprescindible para una identificación inequívoca del referente entre los futuros lectores del documento. Más difícil es saber si el topónimo Sant Christoual que aparece en el pasaje En el aldea de las Choças de Santa Maria començamos de medir so Sant Christoual e fuemos midiendo contra la Culebriella. constituye igualmente un hagiónimo creado ad hoc por los partidores, o si, por el contrario, el nombre tenía uso ya anteriormente en la comunidad castellanoparlante local. En este segundo caso debió existir algún referente capaz de generar un topónimo de este tipo, como, por ejemplo, una ermita dedicada a San Cristóbal; en caso contrario, sería más verosímil dar por válida la primera hipótesis. 26 No está claro si el texto original contenía realmente este hagiónimo, pues como Santa Marina figura el nombre en la lista de las treinta y dos aldeas expuesta al comienzo de la parte del documento correspondiente al reparto del término (Sanz Fuentes 1976: 543), mientras que más adelante, en la descripción detallada del área, el topónimo reaparece como Aldea de las Choças de Santa Maria (Sanz Fuentes 1976: 550). En relación con esta variante, no está de más recordar la conocida devoción de Alfonso el Sabio por la Virgen María (pensemos, por ejemplo, en sus Cantigas). En el terreno toponímico se manifiesta por su decisión de sustituir el nombre de la ciudad gaditana conocida inicialmente como Alcanatir por Puerto de Santa María.
226 María Dolores Gordón Peral Con otra serie de nombres acuñados en el acto de repartimiento se hacía referencia a los beneficiarios de los terrenos repartidos para su explotación. Entre los adjudicatarios de donadíos en la llamada Aldea de la Figuera se menciona a un tal «Don Anieto, jurado», que recibe dos yugadas de tierra (Sanz 1976: 545). Este terreno que acaba de entrar en propiedad de un individuo es identificado en el propio documento con un topónimo creado ad hoc: Dimos para aldea en el Poço de los Soles que esta en el donadio de don Anieto quatro arançadas e media e para dehesa veynte e çinco arançadas. Probablemente aún no constituyen topónimos otras menciones formalmente análogas, como las que se relacionan en el siguiente pasaje: Dimos a todos para morada e para dehesa a cada vno en su perteneçia; e dimos de mejoria al donadío de Garçía Jufre [...en blanco..] sogas e al donadio de Bernal de Sarauenna [...en blanco... ] sogas e a los donadios de Lorenço Martinez e de Manojo e de Pero Garçia [...en blanco..] sogas. Frente a estos últimos ejemplos no ofrece duda alguna el siguiente caso: En el aldea de Frayles començamos a medir en el camino que va a Guadalbuey. Dimos a la yugada en fruente quatro sogas e en luengo sesenta y quatro. Dimos para aldea en la fuente nueve arançadas e para fesa [sic: ¿por defesa?] treynta e seys. Pero Ferrández de Grajera seys yugadas. El arçediano don Gil quatro yugadas. Per Aznárez quatro yugadas. El abad de Xerez quatro yugadas. El nombre de la aldea cuya fundación se decidió en el acto de repartimiento de la tierra contiene una evidente referencia a uno de los cuatro beneficiarios del reparto: el abad de Xerez, como representante de una comunidad monástica, es decir de «frayles». El nombre desempeña, pues, entre otras funciones, la de honrar a los beneficiarios del donadío, y, con ello, expresar la confianza en su capacidad de hacer realidad el designio real de convertir esta parte del término en tierra económicamente útil. Más cuestionable que este último caso resulta el de Villar de los Marmolejos, nombre de un terreno que se dona, entre otros beneficiarios, a un tal Pero Martin del Marmolejo (si bien junto a otras catorce personas citadas explícitamente, entre las cuales es la primera mencionada). La diferencia es que aquí no
Traditio et innovatio nominum 227 se trata de una aldea de nueva fundación (referente que se quería distinguir con un nombre simbólico y especialmente expresivo), sino, como ya dijimos arriba, de un villar, esto es, de una población abandonada y ruinosa, que bien podía contener restos marmóreos; de ser así, la coincidencia formal entre el topónimo (Villar de los Marmolejos) y el nombre de uno de los beneficiarios (Pero Martin del Marmolejo) sería un hecho meramente casual. El más significativo ejemplo de este tipo de creaciones toponímicas lo cons tituye el topónimo Aventurada con que se bautiza la segunda de las treinta y dos aldeas de nueva fundación. No cabe la menor duda de que estamos ante un nombre propiciatorio con el que se pretendía augurar un porvenir exitoso a la futura población,27 a la vez que inspirar optimismo en los beneficiarios del donadío y responsables de hacer realidad el deseo real de iniciar la explotación agrícola de ese terreno baldío desde la guerra. De este modo, el nombre puede compararse perfectamente con otros creados en circunstancias similares, como por ejemplo el del pueblo extremeño de Bienvenida, fundación que pretendía resultar atractiva para los pobladores leoneses (cuya afluencia era imprescindible para evitar que la región se convirtiera en un yermo perpetuo) a partir del propio nombre.28 Un último ejemplo de nombre creado por los partidores puede ser el aldea de la Cabeça de Castilla; también en este caso se trata de un núcleo de nueva fundación, y la referencia a Castilla (si es que no se trata de un topónimo anterior)29 parece querer marcar explícitamente la integración al dominio cristiano.30 3.2.3. Lugares sin nombre Una de las funciones principales un texto del género de los libros de repartimiento es la identificación exacta e inequívoca de lugares. En vista de este 27 Al propio rey Alfonso se le aplica en el documento el epíteto «bien aventurado rey Alfonso» (Sanz Fuentes 1976: 542). 28 Cf. también nombres como Islas Afortunadas, denominación de las Islas Canarias, y el nombre de una de esas islas, la nombrada Fuerteventura. Hay también un hidrónimo Guadahortuna, tal vez híbrido árabe-romance. 29 No podemos descartar del todo que se trate de una adaptación de un topónimo usado ya por los árabes, comparable a los numerosos cazalla (Cazalla de la Sierra, Puebla de Cazalla, en port. Caçela), cuyo origen último hay que buscar en el lat. castella (para el femenino, cf. la forma castilleja, frecuente en la toponimia de las áreas reconquistadas a partir del siglo XIII). 30 Tal vez sea comparable el nombre Playa de Castilla (en la costa atlántica, actual provincia de Huelva), que lleva una de las primeras playas alcanzadas en el proceso de expansión geográfica del reino castellano.
228 María Dolores Gordón Peral evidente hecho no deja de sorprender la escasez de nombres propios de lugar que contiene el texto, que, no lo olvidemos, abarca un espacio geográfico de enorme extensión. Aun teniendo en cuenta que el repartimiento se centra en ciertos lugares muy concretos (y no pretende reflejar todo el vasto territorio municipal), concretamente los límites externos del municipio y los enclaves donde se había decidido fundar “aldeas”, resulta llamativo el exiguo número de topónimos que se explicitan al describir esas concretas áreas geográficas. En lugar de mencionar nombres propios a menudo se recurre a la caracterización de los puntos geográficos que se recorren mediante apelativos; he aquí algunos pasajes ilustrativos: E dende adelante atreuesamos por vna xara e fuemos a vna naua do estan vnos guardaperos e llegamos a vna fuente que es en Guadamelena; e esta ay vna alberca grande; e en somo de la cabeça fallamos vn mojon de tiempo de los moros según ellos dixeron por la jura que juraron. E dende a mojon cubierto a vn villar questa de suso de vna penna redonda, e ay vnas fuentes do fallamos vn mojon de tiempo de los moros. Estas descripciones del terreno obviamente son mucho menos precisas que la identificación de los lugares mediante su nombre propio; si este último no se menciona es que ni los castellanoparlantes afincados en Écija que acompañaron a los partidores ni tampoco los asesores moros (a quienes se había encomen - dado precisamente la tarea de identificar con un máximo de precisión los lugares y su función de acuerdo con la tradición) los suministraron, y ello sin duda porque no existían. Es decir: tanto para los cristianos como para los musulmanes residentes en Écija en 1263 tan solo un número muy reducido de los enclaves rurales tenía nombre propio, hecho que se debe a la situación de abandono en que se encontraba gran parte de extenso territorio. 4. La toponimia contenida en el texto en relación con el conjunto total de nombres del término de Écija La lectura del texto del repartimiento podría inducirnos a pensar que en el área de Écija se produjo una interrupción en la transmisión de la toponimia árabe al pasar el territorio al dominio cristiano, puesto que son relativamente pocos los nombres precastellanos que se conservan en este documento. No obstante, al comparar los nombres presentes en el texto con el inventario total de la toponimia del término, es decir la que encontramos en documentos posteriores
Traditio et innovatio nominum 229 conservados en el archivo local y los que aún se mantienen en el habla local actual, nos damos cuenta de que entró en el texto de 1263 tan solo una pequeña parte de la toponimia realmente en uso ya en la época.31 De hecho los nombres de indudable aspecto precastellano que existen en el término son bastante más numerosos: La Rabia < posiblemente del árabe ar-rabita (cf. los diversos topónimos La Rábida, La Rábita, etc. existentes en otras áreas de la Península). Alanís: posiblemente comparable con el macrotopónimo sevillano Alanís (< alanīsūn, en referencia a la vegetación característica (matalahúga) del lugar; cf. Gordón Peral 1995: 59). Almorrón: el nombre parece contener el artículo árabe, agregado quizá a una voz mozárabe de significado orográfico. Alcarrachela: forma de apariencia mozárabe, tal vez relacionada con otros nombres de la región, como Alcarrachit < art. ár. al + moz. qarrūš ‘carrasca’ + sufijo colectivo -etum; Gordón 1995: 382-383). Alcoba (var. Alcuva): posiblemente (a no ser que estemos ante un topónimo basado en la voz cast. alcoba, si bien el significado de esta voz no se presta a la creación de nombres de lugar menor) forma creada en el estrato árabe a partir de al-qubb ‘la bóveda’ (Asín Palacios 21944: 53); cf. topónimos como La Bóveda, referentes a restos de antiguas edificaciones: Gordón/Ruhstaller 1991: 63). Alburquerque: si no se trata de un nombre creado en época cristiana (a partir del apellido homónimo), podríamos estar ante una forma árabe que comparte su étimo con el topónimo mayor extremeño Alburquerque. Albornoz: también en este caso cabría pensar en un origen antroponímico (el apellido cast. homónimo), aunque no es descartable la posibilidad de una creación propia del estrato árabe. Zafra: sin lugar a dudas basado en el ár. sahra ‘peña, peñasco’; cf. los topónimos gaditanos Zahara (de la Sierra/de los Atunes) y Zahora, así como el homónimo extremeño Zafra. Jaradique: podría tratarse de un colectivo mozárabe formado con el sufijo -etum (para este tipo de topónimos véase Gordón/Ruhstaller 2010 y Gordón 2010). 31 No estudiamos en el marco del presente trabajo la cuestión de la pervivencia de la toponimia atestiguada a través del Repartimiento de Écija en fecha posterior a la de la redacción del texto (1263). Para este tema remitimos a los pormenorizados estudios llevados a cabo por los historiadores Hernández Díaz et al. (1951: 263-270) y González Jiménez (1998: 359-364), que han logrado identificar la inmensa mayoría de los nombres señalados en el texto medieval con puntos geográficos del término actual.
230 María Dolores Gordón Peral Cortillos: probablemente diminutivo del moz. corte ‘finca, granja’ (cf. cast. cortijo, de origen mozárabe). Guarrondilla: el nombre parece contener como primer elemento léxico el ár. wādī ‘río’, tal vez agregado a un hidrónimo mozárabe preexistente. Benefique (var. Velefique): quizá representante del nutrido grupo de topónimos de origen antroponímico árabe formados con ben ‘hijo(s) de’ (cf. Benacazón, Beni….). Gandul: comp. la forma toponímica homónima Gandul (término de Alcalá de Guadaíra, Sevilla), de origen prerromano a partir de una raíz gand ‘lugar pedreg os o’. Zajarí: posiblemente del ár. sahrīŷ ‘estanque, piscina’ (cf. el arabismo cast. jaraíz; cf. Gordón Peral 1995: 202-204). Albacete: si no estamos ante un apellido podría tratarse del ár. basit ‘el llano’. A esto se suman otros nombres varios sobre cuya etimología no cabe sino especular (al menos a falta de documentación más antigua): La Cábila, Mocael, Bersabel, La Mariche, Albugarejo, Taborlana, Allora, Zabornalajo o Sacane. Todos estos nombres en principio32 no pueden explicarse partiendo del léxico castellano. No podemos descartar la posibilidad de que, en un estudio en profundidad de cada una de estas formas toponímicas fundamentado en documentación histórica más amplia, algunos resulten ser deformaciones (como consecuencia de etimologías populares facilitadas por la falta de conciencia de los hablantes acerca del origen real de los nombres) de elementos de base castellana – estudio que aún está pendiente y que sobrepasa con creces los límites del presente trabajo –, pero resulta interesante enumerarlos aquí de forma separada con el fin de visualizar la variedad de orígenes – bastante superior a lo que parece desprenderse del texto del repartimiento sin tomar en consideración la totalidad de la toponimia de la región – que caracteriza los nombres de 32 Aunque nada seguro se puede afirmar mientras no dispongamos de un estudio en profundidad basado en documentación antigua de cada nombre. Un ejemplo que ilustra la problemática del asunto puede ser el nombre ecijano Arahales: el étimo es sin duda alguna el ár. raḥl (DCECH, s.v. rehala); sin embargo, no parece que estemos ante un topónimo árabe, sino más bien ante un nombre basado en un préstamo del árabe cuyo significado debió ser ‘granja, predio en el campo’, apelativo, a juzgar por el morfema de plural, en castellano medieval; el nombre puede compararse con el macrotopónimo sevillano El Arahal y otro nombre de lugar menor de la misma provincia (término de La Rinconada), El Aral, formas ambas que, con su artículo el antepuesto, apuntan a creaciones toponímicas a partir del castellano.