El realismo social y la generación del 38 en chile: la narrativa de Nicomedes Guzmán.
Full text
UNIVERSI DAD DE SEVI LLA
FACULTAD DE COMUNI CACIÓN
Departa mento de Co m unicación A udiovisua l, Publicidad y
Literatura
El realismo s ocial y l a Generación del 38 en Chile:
La narrativa de Nic omedes Guzmán.
DOCT ORANDO:
Lucía Ma lvina Vásq uez de Meder os
DIRECT OR DE L PROYECT O DE TESIS DOCTO RAL
Dra. Mar ía Jesús O rozco Ver a
Sevilla, 2017
UNIVERSI DAD DE SEVI LLA
TESIS DOCT ORAL
Departamento de Comunicación Audiovisu al, Publici dad y
Literatura.
FACULTAD DE COMUNICACIÓN
UNIVERSIDAD DE SEVILLA
AÑO 2017
El realismo s ocial y l a Generación del 38 en Chile:
La narrativa de Nic omedes Guz mán.
DOCT ORANDO:
Lucía Ma lvina Vásq uez de Meder os
DIRECT OR DE L PROYECT O DE TESIS DOCTO RAL
Dra. Mar ía Jesús O rozco Ver a
PARA ÁL VARO
PARA MIS HIJA S
AGRA DECIMIENTOS
Deseo agra decer e n primer lugar a la Doctora María Jesús Orozco Ve ra, pues fue la que
me proporcionó el estímul o inicial y la mot ivación para que emprendiera este magno estudio.
Por haber aceptado dirigirlo, además de proporcionarme toda la ayuda que estuv o a su alcance
para llevarlo a buen término. Por su excelente guía, su colaboración incondic ional y su
pacienc ia. Muchas, muchas gracias.
Por mi ubicación geográfica, hubo muchas personas que en la distancia también me
proporcionar on su ilimitada colaboración, entre e ll os se encuentra n: mi hermano Alejandro que
desde la ciud ad de Quito (Ecuador) y posteriorme nte en un viaje a Santiago (Chil e), me envió
todo el material qu e estuvo a su alcance p ara colaborar en mi estudio; a mi madre, Malvina, y
a mi hermana, Andrea, que desde Santia g o (Chi le), igualmente aportaron su incondicional
colaboración. Mi gratitud también para la hija menor de Nicomede s Guz mán, promotora y
directora de Estampas Populares de Chile. C rónicas de Nicomedes Guzmán (2007), para mi
tía, Olay a Vásquez, por sus va liosos aporte s y sus especiales obse rvaciones. A mi amiga J enny
que, desde Madrid, también tuvo la gentileza de hurgar en alg un as bibliotecas y enviarme todo
lo solicitado. A mi sobrina, Olga, que igualmente tuvo la ge ntileza d e tr a erme un im portante
material desde Caracas (Venezuela). A todos e llos mis más sinceros agradecimientos por su
desinteresa da colaboración.
En esta lista tampoco puede f altar mi familia, especialmente a mi p adre, el periodista
Oscar Vásquez, que habría estado mu y o rgulloso de ver cómo esta tesis iba tomando form a a
través del tiempo y h a podido llegar a su fin. Y también especialmente a mis hij as, Daniella,
Gabriela y Alba, que respetaron mi claustro de trabajo y, a la vez, estuvieron siempre dispuestas
a esc uchar y proporcionarme sus observaciones y su ilim itada col aboración. A mis y ernos,
Héctor, Conra do y Paolo, que en todo momento estuvieron atentos y solidar ios. A mi hermano
Alejandro, Artista plástico, que prepara un Pro yec to inspi rado en la obra de nues tro abuelo
Nicomedes Guz mán que , desde Quito, escuchó mis larg as charlas y me aportó intere santes
comentarios. A mí querida ami ga Lola que, desd e Sevilla, siempre, en to do momento, estuvo
dispuesta a prestarme to do tipo de a y ud a. Y a to do el resto de la fa milia que siempre estuvo
dispuesta a escuchar mis conversaciones acerca de la actividad que desarroll aba sin dejar de
animarme. A mi prima, Rox ana y su esposo David, por su desinteresa da c olaboración y ánimo,
prestado en un momento importante del tra bajo. A todos , mis más profundos agra decimientos.
Finalmente, a Álvaro, po r ser el promotor de aquella invisible energía que necesité a
diario, por su paciencia, su apoyo, su cooperac ión permanente, su especial respeto, su
entusiasmo y bu en humor, especialmente su amor, c omprensión y cariño. A él, gracias, muchas
gracias, me siento mu y afortunada.
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN ................................ ................................................................................... 12
METODOLOGÍA .................................................................................................................... 17
PARTE I ................................................................................................................................... 21
Capítulo I: MARCO TEÓRI CO ........................................................................................... 21
1. SOCIOL OG Í A Y LITERATURA .................................................................................... 21
1.1. La sociología: aspectos históricos .............................................................................. 21
1.2. Literatura y so ciedad .................................................................................................. 30
1.2.1. Función social de la literatura ............................................................................. 35
2. EL REALI S MO SOCIA L ................................................................................................ 42
2.1. Antecedentes y conceptos bá sicos ............................................................................. 42
2.2. Realismo y Lite ratura ................................................................................................. 55
2.2.1. El Realismo europeo ........................................................................................... 56
2.2.2. El Realismo en Hispanoamér ica ................................ ......................................... 75
2.3. Literatura en Chile: Conquista, Col onia e I nd ependencia. ...................................... 111
2.3.1. Proceso litera rio c hileno .................................................................................... 125
2.3.2. El realismo social en Chile ................................................................................ 135
3. LAS GENERACIONES LI TERARIAS EN CH IL E ...................................................... 141
3.1. Antecedentes litera rios: 1842 a 1900 ....................................................................... 149
3.2. La literatura chilena de 1900 hasta 1950 ................................................................ . 154
3.2.1. En torno a Rubén Darío y al Modernismo chileno ............................................ 159
3.2.2. El Mundonovismo ............................................................................................. 163
3.2.3. La narrativa chilena del nuevo siglo ................................................................. 165
3.2.4. El Criollismo en Chile ....................................................................................... 171
3.2.5. El Imag inismo ................................................................ ................................... 175
3.2.6. El Runrunismo ................................................................................................... 179
3.2.7. El Superrea lismo ............................................................................................... 181
4. LA GENERACIÓN LITERARIA DE 1938 ................................................................ .. 184
4.1. Generación del 38: Aproximación y de sarrollo ....................................................... 185
4.2. Características ................................................................................................ .......... 194
4.3. Representante s ......................................................................................................... 196
16
-Afrontar un análisis ex ha ustivo y completo de toda su obra, novelas y cuentos, que permita
cubrir las lagunas de la bibliografía ex istente y las directrices que, hasta el momento, la han
marcado. Asumimos en consecuencia un enfoque sociológico-literario que permite desvelar sus
constantes temáticas y su preocupación por sumarse a un a estética realista, donde la d enuncia
no llega a alcanzar dimensiones ex clusivamente políticas.
-Delimitar dentro de l a p roducción n arrativa del escritor la s principales claves temáticas,
resaltando la correspondencia de é stas con las preo cupac iones fundamentales del escritor.
-Comprender que la re alidad exhibida por Nicomede s Guz mán, está vigente y , a partir de
ese hecho, realizar un ejercicio de reflexión d estinado a considerar posibilidades susceptibles
de producir cambios en estas rea lidades.
De todo lo anter iormente expuesto se derivan las conclusiones oportunas , que sirven de
justificación a la presente tesis doctoral y constitu y en la base de apo yo p ara e l desarrollo de
investigac iones futuras. Tras las conclusiones, nos pare ció oportuno incluir un Glosario de
chilenismos y neologismos utilizados por el escritor en las obras, así como alg unos anexos
relativos a dich as obras y a las actividades d e Nic omedes Guz mán. P or último, se inclu y e una
relación d etallada de la bibli ografía citada, abarcando tanto el conjunto de la s obras escritas por
Nicomedes Guzmán, como el resto de trabajos teóricos y críticos utilizadas, dado que
constituye n el soporte fundamental sobre el que se sustenta la investig ación realizada.
Asimismo, se inclu y en otras fuentes d e información que consideramos válidas para d e
completar y e nriquecer el trabajo el trabajo de investigación.
17
METODOLOG ÍA
El análisis de las novelas y cuentos de Nic omedes Guzmán se realiza a partir de un
enfoque sociológico literario
1
, por tanto, se consideran los textos a partir de s u correspondencia
con la realidad social de sde la que han sido elaborados, pues éste es el método que parece
ajustarse d e manera más f iel a nuestro propósito, qu e permite insertar la na rrativa de Nicomed es
Guzmán dentro de un marco definido, precisamente el de la novela y el cuento social. Por otra
parte, se c onsidera también todo aque llo que impli ca tener en cuenta las c irc unstancias sociales
que envolvieron la actividad literaria de todos los que estuvieron involucrados dentro de ese
periodo y , especialmente, las que afectaron al escritor chileno.
En este sentido partiremos de la dimensión comunicativa de la literatura, ent endiendo
el texto como un medio de comunica ción de stacado frente a otras formas dirigidas a e ste fin. A
este respecto un estudio de Cesare Segre (1985 ) señala que la literatura es una forma de
comunicación muy específica y que, pese a que ell a se encuentra implícita en el acto de entregar
un tex to propio escrito p ara un a audi encia que no se conoce, no está libre de obst áculos, pues
"la comunicación litera ria" op era en un dobl e plano de: "emisor - mensaje y mens aje-
destinatario," es decir que la comunicac ión tiene un solo sentido y e l emisor de penderá
especialmente d el mensaje y d e cómo éste sea aceptado; por otro lado los sujetos de la
comunicación, tanto el e misor como el destinatario no comparten contextos, además tanto "el
emisor" como "el desti natario no están copresentes," incluso en ocasiones, "pe rtenecen a
tiempos distintos," entre otros aspectos. No obstante, pese a estas características, éste no deja
de ser un importante me nsaje y un acto de comunicac ión efectivo. (1985: 11).
A tenor de lo anterior y tomando en cuenta que será el tex to el que nos desvelará
efec tivamente la experiencia vital del hombre, entrega das a través de la voz del autor ,
2
se llev a
a cabo un mi nucioso estudio de las obras creadas por Nicomedes Guzmán, tanto las novelas
como los cuentos, abordándolos a través de un enfoque crítico sociológico, haciendo hincapié
1
En el siguiente apar tado abord aremos la conexión que se estab lece entre la Literatura y la sociología,
estudiando lo s conceptos rela cionados, los elem entos comunes y las d erivaciones de la co rrespondencia
producida entre ambas disciplin as, por lo tan to, no nos extenderemos mucho má s, en lo referido a las
particularidad es inmersas en el estudio hecho de sde esta perspectiva.
2
Que es el qu e erige y construye sus historia s a partir de breves y grandes trazos, que a su vez le son
entregados por la realidad co n la que con vive , que con oce, que ob serv a, qu e recuerda, e n cualqu ier tiempo y
en cualquier espacio.
18
en la correspondencia y l as especiales relaciones que se establecen entre las obras literarias y el
contexto en el que son concebidas.
Para lo grar los objetivos trazados abordamos el análisis de la temática pla nteada en el
conjunto de su obra narrativa. En este c ontexto se tomará en cuenta la dim ensión pragmática de
los textos, haciendo énfasis en la finalidad buscada por el escritor, que le permite trazar una
conexión directa entre la realidad de su espacio vit al y la ficción inmersa en sus obras, con el
principal objetivo de sensibilizar y despertar la s conciencias, frente a una nueva realidad
particularmente cruda. A simismo, se identificará el simbolismo implícito e n las obr as, a tra vés
de los difere ntes mecanismos n arr ativos utilizados por el autor.
En consecuencia, el propi o proceso de comunicación, nos remitirá nece sariamente a las
relaciones de int ertextualidad aparecidas como introducción, homen aje o r eferenc ias alusiva s,
que pued en descubrirse en las obras de Nicomedes Guzmán, así como la influencia y l as
observac iones de otros autores con los que el escritor se relacionaba cotidianamente o los
intertextos que procedían de sus lecturas. Junto a ellos cabe considerar un número notable de
entornos geográficos urbanos, suburbanos, na turales, productivos, e ntre otros; además de
referenc ias históricas a l as que tendremos qu e recurrir para ilustrar adecuadamente los t emas
escogidos como objeto de la investigación.
Para fundamentar la pa rte teórica del pr esente e studio se atenderá a la bibl iogra fí a
detallada al final del tr abajo, que ha significado el principal soporte de la presente investi gación
y que ha sido recopilada en bibliotecas públicas, bibliotecas universitarias y alg unas obras
adquiridas en libre rías. Entre dicha bibliografía cabe considerar todos los ar tículos de periódicos
y revistas fa cilitados por la familia del autor y algunos ami gos, así como por la bibliot eca
nacional de Chil e, en con creto el desp acho: Memo ria chilena. Asimismo, fueron utilizadas otras
fuentes como internet, p eriódicos y revistas e n línea , entre otros. Además , se ha re currido a
textos históricos, económicos, filosóficos, así como diccionarios generales de la lengua
española y e specíficos de la literatura.
Por último, en aras de una acertada interpretación acerca d el objetivo f undamental
manifestado por Nicomedes Guzmán con respecto a su producción literaria, es importante
señalar que su intención comunic ativa e stuvo siempre dirig ida a la sensibi l ización de la
concienc ia de los lectores a partir de los cuadros que reflejan un fragmento de la rea lidad,
manifestada en toda su obra narrativa. Así cabe destacar la crudeza en las descripciones de
sucesos, personajes y lu gares, así como el len gua je utilizado y espec ialmente la temática tratada.
19
Todos sus textos han quedado c omo consta ncia de los hechos en ellos registrados, como el
reflejo de una época, un período, un entorno que ex istió y que, pese a pertenecer a otro tiempo
y a otro espacio, de alguna m anera aún persiste, espec ialmente en lo que se refiere a las
desigua ldades hum anas. En este sentido es oportuno destacar algunos aspectos que fue ron
manifestados por el escritor directamente, en un tex to preliminar realizado para la edición de
unas de sus obras, donde señaló que la "re sponsabili dad vital" de la literatura era "crear el clima
propicio para la paz, para el mejor entendimiento entre los hombres," aunque para ello fuera
necesario desve lar su enf rentamiento diario con la vida, exponiendo "sus ve rdade s," virulentas
o nobles, con sus "virtudes, particularmente la ternura " que, a su entender, es el mejor don del
hombre, la base de todos los actos de su ex istencia. Para Nicom edes Guzmán "la ternura es el
orige n de los mejores méritos humanos." En est e sentido, según el escritor, nada se puede
realizar en la vida sin contar c on e l sentimiento de "ternura" que deriva hacia la "pasión," hacia
el amor y las "ansias de superación." (1954: 9-10).
20
21
PAR TE I
Capítulo I: MA RCO TEÓR ICO
1. SOCIOLO GÍ A Y LITERA TURA
1.1. La socio logía: aspec tos históric os
La sociología como ci encia surge a fines d el siglo XVIII y principios del siglo X IX ,
aunque como indi ca Ritzer
3
no se puede establece r la fecha exacta de los comienzos de la Teoría
Sociológica , y a que ex isten indicios de que entre el siglo X I V y el XV y a un erudito musulmán,
Abdel IBN J aldun, en sus clases dictadas en la mezquit a universitaria de Al- Azhar, en la ciudad
de El Cairo, se ocupaba seriamente de "la importancia de la vinculación del pensamiento
sociológico y la observación hist órica" (1997: 8 ). Del mismo modo, en etapas anteriores de la
historia, también hubo una importante preocupación sociológica en la antigua G recia, Roma y
la Edad Medi a. No obstante, un estudio detallado d e todas las mani festac iones ocurridas a través
del tiempo que tuviera n relación con esta cien cia, resultaría extremadamente ex tenso, por lo
tanto, lo que se desarrollará a continuación ser á solo un esbozo para proporcionar una base, que
ay ude a situar a la sociología en la historia de la humanidad y su vinculación con la literatura.
La sociología es una ciencia que se deriva d el co ntexto social y además t oma de este
mismo contexto su objeto de estudio, y a que son las condiciones socio-históricas las que
evidencian la ne cesidad y el sentido de estudio de lo " Social". L as circunstancias e conómicas y
políticas, además de las ideas y pens amientos que albergaban las mentes de los ciudadanos
promoviendo las discusiones y las acciones, contribuyeron a la rápida gestación de este nuevo
enfoque de estudio de la sociedad. Fue en la Europa Occidental, a r aíz de la concentración de
un conjunto de transformac iones y cambios -qu e, en muchas oc asiones se desa rrollaron de
manera violenta y a través de revoluciones, imponiéndose el nacimiento de una nueva sociedad
y una nueva fo rma de pe nsamiento-, donde se g estaron los elementos necesarios para que esta
nueva ciencia tomara forma.
La Revolución Industrial es la qu e h ace posible d e mane ra significativa el nacimiento
de la Sociología como ciencia, básicamente por el contexto histórico que presenta todo este
3
Véase: Teoría soc iológica c ontemporánea , de Ritzer George, p. 4- 8.
22
nuevo movi miento. Son reconocidos como fund adores, en primer lugar, Claude Henri Saint-
Simón (1760-1825), un gran positivista, (Du rkheim, 1962: 142) quien "desde el punto de vista
conserva dor " aspirab a a l a conservación de la sociedad "tal y como era", sin regre sar a la "Edad
Media." (Ritzer, 1997: 14). S aint-Simón cre ía en la necesidad de fundar un método que le
posibilitara descubrir le y e s que rigiesen los cuerpos complejos y or ganizados como se
encont ra ba n en las sociedades. Para tal e fecto recurrió a la fisiol ogía, con la finalidad de crear
la fisiología social. Dicho trabajo lo realizó junto a su discípulo y posteriormente exsecretar io,
Augusto C omte (1798-1857). Ex iste una gran simil itud en las ideas de e stos dos pensadores,
pero un áspero debate acerca de sus teorías los llevó a tomar dife rentes caminos. Los estudios
de Comte partieron específicamente de los conflictos que las clases sociales le plantearon a la
sociedad bur g uesa y de los problemas que emerge n como c onsecuencia del desa rrollo de l a
economía capitalista, además de d arle una denominación a la nu eva disciplina que nacía con él,
la Sociología.
La vieja produ cción feudal , e n un proceso histórico de transición, se vio desplazada por
un sistema productivo que alcanzó un desarrollo nunca antes visto. E sta fu e la época en que el
sistema capitalista se fortaleció en Occidente. Los rasg os más c aracter ísti cos de esa época
fueron: la destrucción de los fundamentos de la sociedad feudal, la ruina de l campesinado y del
artesano y la acumulac ión de rique zas de la emergente bur guesía, de ac ue rdo a los e studios
desarrolla dos po r Diether Stolz e (1974)
4
. En este contex to, la burguesía se consolidó como clase
dominante a través de la doctrina del liberalismo económico : la expansión de la prosperidad
económica.
"La economía liberal, es decir el Capitalismo, predicaba, de he cho, sobr e el fundamento
del perpetuo crecimiento del movimi ento expansivo incesante".
5
Aparejado a ello, las
magníficas condiciones de vida de los nuevos poderosos y de la emergent e "c lase media", en
oposición a las condiciones de vida de la pobl ación trabajadora , que percibía por su tra bajo
sueldos mu y bajos, a pesar de rendir jornadas mu y l argas, con unas condiciones de vida
miserables, enfermando con gra n fa cilidad y convirtiéndose en el elemento esencial de
exclusión dentro de ese conglomerado inconstante y var iable, fueron l os elementos que
4
Stolze Diether. (1974), en su obra: El capita lismo , hace un análisis de la s características de la época, las
circunstancias y las con secue ncias de todos los ca mbios acaecidos.
5
Véase: Kahler, Erich, (1966) ¿ Qué es la h istoria? FCE, Méxic o, p. 172 -180.
23
contribuy eron a que se señalara por primera vez el término de lo "soc ial". A este respe cto C astel
señala lo sig uiente:
Esta cuestión se bautizó por primera vez explícitamente como tal en la
década de 1830. Se plate ó e ntonces a partir de la toma de conciencia de
las condiciones de vida de poblaciones que eran a la vez agentes y
víctimas de la revolución industrial. [… ] Este hiato entre la organización
política y el sistema económico permitió se ñalar, por primera vez con
clarid ad, el lugar de lo "social" . [… ] Lo social consiste en sis temas de
regulación que no son los del mercado, inst ituidos para tratar de llenar
esta brecha. La cue stión social se conv ertía en la cuestión del lugar que
podían ocupar en la so ciedad industrial la s franjas más desocializadas
de los trabajadores. [… ] No obstante, antes de esta " invención de lo
social", lo social ya existía. (CASTEL, 2004: 17).
Todas estas sorprendentes transformac iones acaecidas en un período de tiempo
relativamente breve fueron promovi das por la restaur ación del tráfico comer cial que trajo como
consecue ncia el desarrollo y consolidación de centros urbanos y una especialización nunca
antes alcanzada e n e l tra bajo. Los c ampos cedieron e l paso a las ciudades y los campesinos
abandonaro n la agricultura por tareas más lucrativ as. La producción artesanal es sustituida por
la producción manufacturera la cual permite p roducir más en menor tiempo. Uno de los factores
determinantes del nue vo sistema industrial es la sustitución de la mano d e o bra por la máquina .
Más tarde, la puesta en marcha d e la maquina a vapor y a continuación l a electric idad, fueron
los elementos que terminaron de c onsolidar la r evolución industrial. (Richta, 1974: 22-55).
Este nuevo entorno laboral c ondujo a estable cer d ivisiones sociales: el grupo de los
obreros (ex traordinaria mente numerosos y en aumento) y el g rupo d e los propietarios d e los
medios de producción. A sí se constitu y en las dos clases sociales, pilares del nuevo sistema: el
proletariado fabril y la burg uesí a industrial.
Ing laterra fue la pionera de l a Revolu ción I ndustrial surgida a mediados del siglo XVIII,
a continuación, le si guió Francia, Alemania y posteriormente el resto d el continente europeo.
Este nuevo sis tema promovió la ma y or moviliz ación humana de toda la historia de la
humanidad, tra y endo consigo las consecuencias propias de las grandes migraciones:
desamparo, miseria y ex plotación de esos grandes contingentes de ex -campesinos y ex-
artesanos; " trabajadores" privados de sus antiguas "e structuras protectoras: la del gremio, la
24
aldea, la familia." Convirtiéndose ésta en "la característica fundamental y más espantosa del
nuevo orden." (N isbet, 1977: 38 -41).
Todos estos acontecimientos ll evaron a los expertos y estudiosos de la época a buscar
una explicación satisfa ctoria de los hechos, y a sea para justific ar o p ara criticar la nueva realidad
social y humana, lo que desembocó en la formulación de teorías e inter pretac ione s basadas
fundamentalmente en la observación, descripción y clasificación de los fenómenos sociales. En
esta línea Ritzer señala lo siguiente :
La revolución industrial, el c apitalismo y la reac ción contra ellos,
desencade nó una enorme revuelta en la soci edad oc cidental, una
revuelta que afectó profundamente a los so ciólogos. […] muchos
pensadores (…) , se sentían preocupados por estos cambios y por los
problemas que habían creado al conjunto de la s ociedad. Pasaron sus
vidas estudiando estos p roblemas y […] se esforzaron por desarrollar
programas que pudieran resolverlos. (1997: 7-8).
Lo que ho y se conoce como cienc ias sociales, es e n gran medida creac ión de las culturas
de los países centro-occidentales de Europa y de Estados Unidos, asegura Bagú en su estud io
Tiempo, realidad social y conocimiento .
6
(15). Sin duda, toda esta configuración se produce a
raíz de las gra ndes transformaciones acaecidas en el mundo occidental, haciendo a esta pa rte
del mundo responsable de l caos, por lo que tendría que ser obligatoriamente la crea dora de
nuevos caminos para el orden y el e quilibrio . No obstante, esto no quiere decir qu e en otras
partes del mundo no existieran preocupaciones similares, como sucede con Ibn Jaldun en
Túnez, sin embarg o, el ma y o r peso se lo lleva occidente.
En este contex to los autores más relevantes del si glo X I X, qu e promovieron el análisis
del c omportamiento humano, entre otros aspectos, y dieron los pasos fundamentales par a la
consolidación de lo que hoy se conoce como S ociolog ía, fueron -además de los y a nombrados
Saint-Simón y Comte-, Durkheim, Weber, Ma rx, Simmel, L eibniz, Mont esquieu, Rousseau,
6
La historia escrit a, ( …) es hija d e muchas culturas anterior es a las occidenta les, (…) la hi storiografía qu e se
cultiva en Occid ente nace en Grecia ante s de Cristo. ( …), los modos conc eptuales y las t écnicas de inv estigación
de la historia institu cional y política tales com o nos han llegado se desarrollan en E uropa - Centroccidental a
partir del Renacimi ento. BA GÚ, Sergio. (1984 ) Capítulo I, La rea lidad social según la Teoría d e Occidente . (a).- E l
significado h istórico de un origen . p. 15.
25
Condillac y K ant, entre o tros, así como otros muchos pe nsadores de menos conocidos pero que
también vieron la importanc ia del análisis de esos cambios en la evolución social.
Como se menciona anteriormente e l término Sociología fue acuñado por primera vez
por C omte, quien además se en carg ó de s eparar la economía de lo estrictamente social. Esta
separación entr e lo económi co y lo políti co trajo consigo qu e la sociolo gía ‘ comtiana ’, y más
tarde la sociología e n genera l, "se limitara a los hechos del orden so cial e xist ente y , aunque sin
recha zar la necesidad de la corr ección y el mejoramiento, excluyera todo impulso que tienda a
derrocar o negar el orden"(Marini. 1983: 17)
7
. Esto trajo como resultado una sociología
positivista apologética y justificadora "del capitalismo" . Y aun cuando Augusto Comte no lo g ró
"caracter izar y definir el método que se aplica al estudio de los hechos so ciales ," lo r elevante
es que a él se le otorga el mérito de "fundador de la sociolo gía."
8
Este pensador estaba
convencido de que la ciencia de la Sociología favorecería la convivencia ciudadana y el
bienestar so cial tras el convuls o período que marcó la revolución france sa. P ara él " orden y
progreso" debían ser d os principios en perfecto equilibrio. A e ste respecto Adorno y
Horkheimer en su ob ra La sociedad. Lecciones de sociología,
9
afirman lo sig uiente:
El término " Sociología" se remonta a Auguste Comte, a quien se
considera, en gen eral, como fundador de la disciplina, y cuya principal
obra sociológica, el Cours de philosofie posi tive, aparece entre 1830 y
1842. [… ] . Hija del positivismo, nace de la volunt ad de liberar el saber
de la fe religiosa y de la especulación me tafísic a. Mediante el apego
riguroso a los hechos se esperaba llegar, tambié n en este campo, a la
objetividad de la cual eran un modelo las cienc ias naturales,
experime ntales, por un la do, matemática por el otro. (1969: 9).
Más tarde Ritzer reseña que Émi le Durkheim (18 58-1917) -que "legitimó la sociología
en Francia"- coincidió con las ideas de Comte, al establec er que "la Ilustra ción constitu y ó una
influencia negativa" p ara la sociedad. (1997: 18) Este prolífico investigador, retomando el
trabajo de Comte, perf e ccionó la sociología f uncionalista derivada del positivismo y con formó
7
Véase: Marini, Ruy Mauro. (1 983), Razó n y sinrazón d e la sociolo gía marxista, en Teoría Marxista d e las clases
sociales (cuaderno s de Teoría y Sociedad), UN AM, p. 17.
8
Ibídem
9
El término "Sociolog ía" se en cuentra ya en la carta de Comte a Valat, del 25 de dicie mbre de 1824 ( Lettre
d’Auguste Co mte ā M. Valat , Paris, 1870, p. 158). Pero so lo se usó para el púb lico literario en 1839, en el IV
Volumen de su obra fundamenta l. En: Adorno , T. & Horkheimer, M. (1969) La sociedad. L ecciones de
sociología.
32
De un lado la literatura se carga de ‘ proyección social ’ , es capaz de
fomentar el establecimiento de nuevas formas sociales; de otro la do es
la sociedad la que pu ede a su vez intervenir en el proceso creador de la
obra literaria, bien f avoreciendo la tarea del escritor, bien
imposibilitándola . (1978: 35-37)
14
.
Entre literatura y socied ad ha existido y existe sin embargo una estrecha in terrelación,
independientemente de l as consecuencias de sus mutuas influencias o int ención de domi nio.
Todo este proceso ha conducido en los últimos dos siglos a la provocación del que consume el
objeto creado, establecie ndo una divi sión que se rá determinada por la div ersidad en el gusto
literario. Es decir que desde ese inst ante cualquiera que sea la condició n social o estatus
económico del grupo social, tanto del creador como del protector (se gún sea el caso), ese
cong lomerado s erá el que a po y e o recha c e la obra, en ese camino obligado d e relación
recíproca.
A este re specto Wellek y Warren sostienen que " En rigor, la literatura ha nacido, por lo
común, en íntimo contacto con determinadas instituciones sociales; y pu ede ocurrir que en la
sociedad primitiva no podamos siqui era distin guir la poesía del ritual, de la magia, del trabajo,
del jue go." (1985: 112). Desde esta perspectiva l a li teratura tiene una profunda validez como
fuente histórica y sociocu ltural. De acuerdo a estos autores la relación entre literatura y sociedad
radica, en "la sociología del escritor y de la profesión e inst ituciones literarias" a la que
pertenece, por una parte. Por otro lado, todo lo que tiene relación con "la cuestión de la base
económica d e la producción literaria", la procedencia y condición social de l autor y su
"ideología social, que puede estar manifestada en formas y actividad es extraliterarias;"
finalmente nos encontramos al "público" y la influencia de la obra desde el matiz "real" de lo
"social". (Ibíd. 1985: 114 ).
Todo producto del pensamiento humano está vinculado a las acc iones del hombre, del
mismo modo, e l esc ritor como integra nte de la sociedad "cabe e studiarlo como un ente soc ial. "
A través de esa perspectiva, dicho estudio puede abarc ar no solam ente su procedencia f amiliar,
social y estatus e conómico, sino además su entorno y los diversos elementos que p revalecieron
en su mundo interior y s u creación, los cuales po steriormente determinarían los lineamientos
de su a rte. Sin e mbargo, el mi smo estudio se torna complejo al que rer d eterminar con exactitud
14
Véase : Literatu ra, Socieda d y Cr ítica. En sayo. Cátedra de Lit eratura de la Un iversidad de Murcia, del Profesor
Manuel Llano s de los Reyes, (1978), p. 35 - 37.
33
el intimismo ideológico o la verdadera influencia que nutrió aquella producción, pues es
evidente que la materia p rima será e l producto de e sa convivencia material y soci al acae cida en
la infancia y en algunos casos la adolescencia del escritor. No obstante, la posición e stablecida
por el artista, sin luga r a dudas, irá de la mano de sus prefere n cias r eligiosas, ideoló gica ,
filosóficas y sociales, uni do a sus inclinaciones con tal o cua l movimiento, o corriente que
manifiestamente influ ya en su propia creación . Todos estos aspectos conducen a una
"sociología del escritor como tipo ," es decir, como ser o como un indi viduo dentro de "un
determinado tiempo y lug ar." (Ibíd., 1985: 117).
Es inevitable que la re la ción literatura y sociedad, como idea b ásica entre dos entes
mutuamente impli cados, cuyas variaciones son motivadas por la época y l a cultura, tome
variados caminos. Pues la c reación de un e scritor estar á intrínsecamente r elac ionada con las
aportaciones e influen cias derivadas de todo lo que lo rodea. Este fenómeno sin duda llegó a
ser elemento esencial de la producción narrativa durante el siglo X IX. De este modo autores
como Balzac, Stendhal, Flaubert, Baudelaire, Dickens, Pérez Galdós, Tolstoi, Dostoievski,
Gorki, Zola, entre muchos otros escritores de aquella época, fueron creadores cu y as ob ras
contaban como principal elemento su relación directa con su entorno, r epresentándolas en todos
sus detalles. Así las obra s estaban condicionadas por la realidad de la época y su análisis y , su
posterior comprensión, estaba i gualmente ceñid a a ese entorno, lo mismo sucede con su
categorizac ión.
A este respecto Escarpit
15
sostiene que, por esta misma época, a raíz del surgimiento del
capitalismo a principios del siglo X IX, "la literat ura se convierte en un fenómeno de clase ( y
así ha continuado), lo que equivale a decir que constitu y e, dentro de cierta clase so c ial, una
forma de ex presión y al mismo tiempo de comunica ción estética, " pero cu ando se observa hacia
el exterior de esta "clase" se perc ibe que ex iste también "un inmenso público de consumidores
pasivos que" gradualmente ha ido aumentando de forma incesante hasta n uestros días, por lo
que la relac ión re al entre el público, la sociedad y la obra no solo es innegable sino necesaria.
(1969: 22-23).
Al hilo de lo anterior Goldmann
16
pone de manifiesto que "existen claramente dos
sociologías de la li teratura." Por una parte, está "una sociología de la co municación, de la
15
De acuerdo a lo s ensayos realiza dos por Barther, R. L efebvre, H. Goldmann L. entre otros, para el primer
coloquio in ternacional de la s ociología de la literatu ra, los q ue fueron recogido s en la obra: Lite ratura y
Socied ad. Problemas y meto dología en soc iología de la literatura. (1969), p. 22 - 23.
16
Ibíd., p . 24
34
difusión, de la rece pción, de la influe ncia sobre el lector d e las instituciones cultura les." Y , por
otro lado, se encuentra la "sociología de la creación, del hecho estético." En consecuenci a, l a
vida del hombre en general es fundamental par a la comprensión y explicación de la obra
literaria. (Ibíd. 1969: 24).
Más adelante E agleton, por su parte, establece q ue, en todas las líneas de actuación y
pensamientos humanos, inclu y endo la literatura, la teoría y la crítica li teraria s, e stán
determinada s por "la forma en que organiz amos nuestra vida social en común" y por "las
relaciones de poder qu e e llo presupone." Señala igualmente que l a literatura es parte importante
de "la natur aleza tanto de los individuos humanos como de las sociedades" y d e su "historia
ideológica." (1998: 119).
Por lo tanto, es indiscutible que la creación individual es el resultado de un sinnúmero
de aportaciones e influencias derivadas del entorno del autor. Es imposible no vincular a l texto
con el contexto. Ya sea a través de los rasgos sociales manifiestos que delatan la inspiración del
escritor, el reflejo d e épocas históricas determinadas o un a soci edad específica , con detalles y
escenarios concretos que desvela a través del estilo, del lenguaje, de su contenido, de la est ética
utilizada o bien, a través de detalles diversos, que revelan claramente la crítica, la de nuncia y el
mensaje. A este respecto Pospelov sostiene lo siguiente:
La literatura se dist ingue, en fin, de las demás a rtes por su contenido
intelectual. Cuanto más evoluciona la sociedad y cuanto más se
ramifican las relaciones soc iales, las c orrientes d e ideas y la vida del
espíritu, más se enriquece , amplía y profundiza el contenido int elec tual
de la vida humana. […] En el curso de su evolución la l iteratura ha ido
liberándose cada v ez más de sus vínculos origi nales con la religión, para
aproximarse a los sectores avanzados de l conoc imiento, como la ética y
la filosofía, la teoría de la sociedad y la ciencia. (Ibíd. 1969: 77).
En definitiva, tanto las obras de épocas pasadas como las contemporáneas, ya se an
escritas por los grande s autores de la literatura u niversal como por los menos conocidos o
anónimos, han sido creaciones realizadas bajo una c onstante relación entre el artista, su entorno,
la é poca y la soc iedad. Cada acontec imiento histórico, indepe ndienteme nte de la época y la
colectividad, af ectará e in cluso podrá llegar a d eterminar las caracter ísticas o los contenidos del
texto, pues las primeras ideas motivadoras de la c reación fueron ge stadas en el seno de esa
comunidad de donde surge el creador y la fuente primaria de inspi rac ión salió de ella. Por lo
35
tanto, la li teratura constitu y e una práctica social y la socied ad, ante este fenó meno, pasa rá a
convertirse en el re flejo de esa literatura la cual, a pa rtir de ese punto se c onvertirá e n la voc era
de los hechos que irán nutriendo y marcando la historia.
1.2.1. Función social de la li tera tura
La li teratura como fenó meno social ha sido capaz de ejercer una influencia si gnifica tiva
en los individuos. A tra vés de la hist oria, cada texto desarrolla do ha representado o ha formado
parte de uno o va rios hechos sociales, que di recta o indirectamente han tocado a la socied ad.
Esto ha contribuido a efectos sorprendentes. Cada edad social guarda al gún tipo de interrelación
con el rel ato. Así la épica plasmó las tra g edias y las haz añas de sus personajes conmoviendo e
impresionando en una suerte de unión entre lo mítico y lo literario. Más adelante el influjo de
las re li giones, creaciones anónimas y temas de caballería fueron l a tónica. Le si guieron el
humanismo, la rebeldía, la exaltación y las p asiones par a des embocar en el siglo XVIII con la
reflexión didáctica, crítica e histórica y la búsq ueda constante de la perfecc ión, entre otros
muchos aspectos.
Por este mismo período, mediados del si glo XVIII, en Inglate rra, después de una l arga
y convuls a etapa, -que sumió al país en el caos por muchos años -, se l e dio una especial
"importanc ia" a la liter atura. Para este p aís er a urgente pon er orden y contribuir a la
reconc iliación, por lo tanto, la literatura se convirtió en la herramienta qu e serviría para lograr
la "unión de las clases me dias" con la "aristocracia y la nobleza gobernante. " Una clase bur guesa
cada vez más " poderosas" pero i gnora nte y aleja da del mundo "espiritual." Según apreciaciones
de los expertos del poder gobernante. Así, para la Ing laterra d e este período, la literatura no solo
sirvió como inst rumento estético, didáctico, ideo lógico y cultural, sino q ue también fue un
medio que les ayudó a pr omover la " moral " y la "urbanidad." (E agleton, 1998: 15).
De igual forma, por esta época, todos los escrito s apreciados po r la sociedad inglesa,
fuera n estos de filosofía, historia, ensay os o epísto las; textos lega les, personales o de cua lquier
otra índole, estaban incorporados a la literatura. Es decir, la literatura involucraba todo. No
obstante, a pesar de no ser valorada y reconocida e n su verdadero carácter creativo y t ener que
responder a la censura gubernamental y r elig iosa, la meta, pautada por el poder inglés con
respec to a la función social que debía ejercer la literatura como instrume nto necesario para
producir cambios notables dentro de la sociedad, fue un éxito. Sin embarg o, a pesar de la
36
evidente manipula ción, este hecho no influ y ó en l a calidad y cantidad d e las creaciones. Pero,
a pesar de en contrarse el país en medio de un desarrollo industrial sin precedentes, entrando en
el siglo XIX, s eguía vivi endo una etapa de intran quilidad donde los enfrentamientos sociales
entre empresarios y trabajadores, al igual que en Francia, s e agudizaban, po r lo que no tardaron
en formarse grupos diversos de uno y otro bando, con ideas absolutamente opuestas, que
mantenían a la colectividad igualmente dividida y preocupada. S in proponérselo engendrando
una materia prima apreciable, útil y relevante para la creación entre los artistas.
Sin embarg o, mientras que en Francia la función de la li teratura da un giro, al expresarse
dentro de un realismo y u n natura lismo escrupuloso, con un aumento histórico de public aciones
literarias cu y os escritos llegaban a toda la socied ad lectora, y d ejaba atrás el romanticismo, en
Ing laterra resurge el mismo romanticismo y t odas las creaciones se cargan d e anhelos
románticos, añora ndo tiempos fantásticos, pasados y enterrados. Era una forma de evasión, en
ocasiones, y de la búsqueda de una protección sobr enatural, en otr as, ante la c risis social que se
vivía y que el poder no lograba controlar.
En medio de todos estos movimientos creativos y cult urales, se comienzan a dar los
pasos nec esarios para si tuar los tex tos poéticos narra tivos y dramáticos dentro del término
literatura. De igual forma, en este mismo perí odo, la li teratura pasó a convertirse en un
instrumento histórico cuya valora ción y ex istencia, sería medida e n base a la obra, la respue sta
de la socieda d y los efectos que dicha creación produjera dentro de ella.
Del mismo modo, comie nza la preocupación y el debate entre los intelectuales acerca
de la influencia de la literatura en la col ectividad y de cómo esta misma colectividad se re fleja
en las creaciones literarias. Una de las pioner as en hacer público este as pecto fue Mad ame
Staël
17
, (como y a se men ciona en otros puntos), junt o a los hermanos Schlegel, c ontemporáneos
y amigos de Staël, quienes se ocupan indisti ntamente -Augusto como filólogo y F riedric h como
filósofo-, de todo lo relativo a la crítica literaria y su función en la sociedad de su época. No
obstante, antes de dichos pensadores, se sitúan los e studios de los filósofos alemanes Schiller y
Hegel, que igualmente se ocuparon de estudiar la mi sma problemática , pero desde sus propias
perspec tivas.
Junto a todas estas preocupaciones, en las primer as décadas del siglo XIX, en Francia,
se manifiesta, pr ecisamente, de manera mucho más abierta, un creciente gusto por la literatura
17
Ibíd.: Leenhard t, 1971: 47 - 48.
37
y una importante valoración, por parte del públic o, de las producciones literarias según sus
preferenc ias. A raíz de este fenómeno, la fun ción social de la literatura toma send eros de gran
relevancia. En esta línea Hauser nos comenta que "La conexión de la literatura con la prensa
diaria, produce , […] un efec to tan revolucionario como la aplicación del vapor a los usos
industriales". A pesar de lo exagerado de esta analogía -expresada en su obra por el autor- éste
señala que precisamente uno de los factores más relevantes es el aumento de la demanda
literaria, experimentada p or la sociedad, y la gran producción d e las mismas se debió al aum ento
de la indus tria de l a Prensa francesa y su novedoso sistema de suscripción anual a un p recio
inferior al que se cotiza ba en ese momento. Y a grega , además, qu e a raíz de este novedoso
sistema los periódicos debían diariamente prodigar a su públi co lector de " una pequeña
biblioteca doméstica y de enciclope dia." (1993: 360).
18
Al hil o de lo anteriormente expuesto, la nueva dinámica literaria qu e inv adió aquella
época fue el detonante qu e despertó sin cesar toda clase de interrogantes y p lanteamientos. Así,
por un lado, la literatura se nutre de la influencia de la sociedad con sus gustos y pr eferenc ias,
que es posible que estimule o dirija el establecimiento de nuevas formas sociales y , por ende,
de nuevas influenc ias e n el arte y en la creación li teraria. P or otro lado, ese mismo grupo social
o colectivo puede, d e alguna for ma, influir en e l proceso creador del artista, bien sea de man era
positiva, facilitando el trabajo o, por e l contrario, entorpeciéndolo y r eprobándolo.
Aunque el escritor es co mpletamente autónomo e n su actividad artística, es imposible
desconocer que en much os aspectos su obra esté coarta da en ma yor o m enor grado por las
tendencias de la sociedad. Y, a partir de toda aquella democratización de l a li teratura y aqu el
acceso sin precedentes d e los lectores a las obras de moda e n Francia, con Stendhal y B alzac,
la literatura da un extraordinario giro al tratar te mas de la vida cotidiana con sus conflictos y
problemas morales, estilos totalmente desconocidos para ese momento . Estas originales
producciones complacieron ampliamente el gusto de un vasto grupo social, contribu y endo así
a su éxit o y , por supu esto, a una marcada influencia en todos los aspectos de la creación,
producción y posterior pu blicación. Este nuevo fenómeno del siglo XIX hace mucho más difícil
discriminar acertadamente las relaciones entre el escritor y el público, y a que a raíz de todos
estos cambios nacen múl tiples grupos unidos por sus preferencias literarias, produciendo en el
escritor una suerte de "prisionero de la ideología, de la We ltanchauung de su público – medio
18
Arnold Hauser (1993) Historia social de l a Lite ratura y el Arte. V. II Capítulo: La generación de 1830, p . 347-
360.
38
social: puede aceptarla, modificarla, rehusarla total o parcialmente, pero n o puede es capar de
ella." (Escarpit, 1971: 99-100)
19
.
A partir de este punto la función y el carácter social de la obra literaria pasa a ser
analizada de man era dist inta, d ando paso a r elevantes corrientes crític as. Un ente intermedio
entre el escritor y su públi co con el poder de incrementar o disminuir inclinaciones y t endencias,
dependiendo de quién sea el crítico, su influenc ia social, su tendencia moral e ideológ ica, entre
otras.
Es evidente que, partiendo de su naturaleza, l a ve rdadera dimensión social o humana d e
la literatura, partirá d e s u recepción por p arte d e los le ctores, su uti lidad, su contenido, su
estética y estilismo. No obstante, una de las críti cas más relevant es, que l levó el tema a todas
sus vertientes, fue la críti ca marxista de Lukács, Goldmann, L otman, Usp enski y Bajtín, entre
otros. No obstante, cada uno atendió el tema de sde una perspectiva diferente.
Lukács, analizó las relaciones funcionales entre la li teratura y los procesos inherentes al
colectivo social. En su estudio afirmaba que el escritor debía estru cturar de forma li teraria la
realidad y los destinos del pueblo, de sde una pe rspectiva exclusiva de e se mismo colectivo.
Además, establecía que el escritor debía ten er una postura y una actitud militante, partidista y
al se rvicio de ese pueblo de quien escribía. De igual for ma de bía tene r una visión y un dominio
muy claro acerca de la cie ncia literaria. Par a este ex perto la auténtica literatura debía tener como
único objetivo la influen cia absoluta sobr e las conciencias. A gregaba que el escritor debía s er
popular para tene r la seguridad de que su obra literaria s e transformaría en un mec anismo
educativo imprescindible. En este contex to el rol educativo que le tocaría jugar a la literatura,
según Lukác s cita ndo La Estética de Hegel, mante nía que el c entro d e la teoría de la nove la d el
filósofo alemán era la educación de los hombres para la realidad.
Por otro lado, Lucien Goldm ann, en su ob ra Para una sociología de la no vela, expone
"algunos principios fundamentales de las ciencias humanas en general y la crítica literaria en
particular" d enominado "estructuralismo genético". T anto él como Lukács concuerd an en "la
hipótesis de que todo comportamiento humano es un intento de dar una respuesta significativa
a una situación pa rticular, y ti ende, por ello mismo, a crear un equilibrio entre el sujeto de la
19
El término alemán s e refiere a la ‘visión del mundo’ o ‘ cosmovisión.’ E xistencia, realidad o mundo, q ue una
sociedad o cultu ra se forma, en una determinad a época y que Rob ert Escarpit (19 71) utiliza en su obra
Socio logía de la literatura, para explicar la p risión y presión social a la que con stantement e están expuestos lo s
artistas, especialment e los escritores.
39
acción y el objeto sobre el que recae el mundo circunda nte". (1975: 221). Así, para estos
estudiosos la función social de la literatura era de primerísima importanc ia, pues debía se r
crea da por y para el pueblo si guiendo r i gurosamente la norma.
Sin embarg o, a juicio de Eagleton – en un estudio más contemporán eo -, "no se puede
considerar l a literatura como categ oría descriptiva « objetiva » , tampoco pue de decirse que la
literatura no pasa de s er lo que la gente caprichosamente decide ll amar literatura." A grega que
aquellos "juicios d e valor no tienen nad a de capric hosos." Por el contrario, tienen sus bases en
fuertes y profundas "estructuras de persuasión". Afirma que "los propios jui cios de valor se
relacionan estrechamente con las ideolog ías sociales." Es decir que todo est e movimi ento no se
produce c omo el resultado de g ustos indi viduales, sino a lo que establece y "dan por hecho
ciertos grupos sociales " que aprovechando su po der sobre otros lo ejercen sin consideración,
independientemente del lugar y la época. (1998: 13-14).
Toda esa realidad literaria europea referida, entre otras cosas, a la fun ción desplegada
por ella dentro de la sociedad con sus efectos, derivaciones y consecuencias, hechos que, a su
vez, mot ivaron un sinnúmero de estudios que fueron desarrollados por talentoso s e importa ntes
personajes de diversas disciplinas, fue observada escrupulosamente por el mundo que cre cía al
otro lado del o céano. Esp ecialmente lo que sucedió, tanto en el si g lo XVIII como lo que o currió
en el siglo X I X ya que fueron acontecimientos que influyeron y motivaron la conq uista de sus
respec tivas emancipacio nes.
La s noticias del desarrollo europeo, no solo en lo que respec ta al área económica,
política y t ecnológica, sino todo lo referido a los cambios sociales, intelectuales y r elig ioso, se
filtraron por todas partes y recorrieron pueblos y ciudades, encendiendo concienc ia y
pensamientos de muchos en el nuevo continente. Los levantamientos y rebeliones no se hicieron
esperar. Sumado a los acontecimientos europeos, llega l a noticia d e la Independencia
Estadounidense (1776) y las Colonias empiezan a respirar los aires indepen dentistas, siendo la
literatura un a de sus he rramientas im prescindibles para el lo gro de los objetivos emancipadores,
pues a través de div ersos escritos y pro clamas se motiva al poblador com ún a luchar po r un
Nación propia. A partir de este punto nace l a necesidad de una nueva forma de expresión que
alejara a las colonias de t odo lo relacionado con l o español. En este contexto Bellini comenta
lo siguiente:
El repudio de España significa en realidad una apertura posi tiva de la
literatura hispanoamericana hacia otras literaturas, no solo hacia la
40
francesa. La producción literaria de naciones co mo Inglaterra, Italia,
Alemania, Europa en General y los Estados Unidos dejan huella
importante en las letras hispanoamericanas de los sigl os XVIII y XIX.
(1997: 181-182).
Aunque la literatura de l siglo XV III en Hisp anoamérica es más bien política e
influenciada por l a Ilustración, sirvió para que po co a poco los creadore s fueran ab andonando
los esquemas coloniales de jando fluir nue vas c orrientes, siendo el N eoclasicismo el primero en
formar parte importante de las nuevas producci ones. Sin embargo, la corriente literaria de
mayor relevancia, d entro de esas nuevas sociedade s que s e gestaban, sin duda fue el
Romanticismo . La funci ón ejercida por las pro ducciones inspi radas en este movimiento
literario, las indica Bellini: "cumple un a fun ción de primera importancia en la formación de una
América nueva; una élite ge nerosa, ferviente y a m enudo contr adictoria da origen a una pródi ga
floración de las letras co n el fin de alcanzar estos resultados," (1997: 216) . P or aquellos años
los intelectuales busca ban afanosamente además la independencia cultural, observando y
emulando copiosamente los modelos de los románticos franceses, ingleses y al emanes. Así en
este período es posible identificar una literatura co mbativa, una gauchesca y una costumbrista,
entre las más notoria s.
Sin embargo, un aspecto importante a d estacar e n todo el proceso indepe ndentista, es
que la función de la li teratura dentro de la naciente sociedad hispanoamerica na,
in dependiente mente de la escolaridad de la población, -extremadamente pobre, analfabeta y
excluida por aquel entonces-, fue de suma im portancia dentro d e la colectividad. Tanto el
neoclasicismo como la e closión del romanticismo se convierten en corrientes qu e invaden las
producciones de este período en Hispanoamérica. En este contexto J osé Miguel Oviedo señala
que dichos movimientos y su respectiva asimilaci ón en las naciones emergentes, por parte de
los crea dores, fue trascendental, tanto en el proceso de pr oducción como en los resultados,
convirtiendo esa función social llevada a cabo por la literatura y "su estrecha vinculación con
la sit uación histórica que se vivía entonces", en un verdadero estandarte no solo en la "ca usa de
la emancipación americana" sino también en "la p rimera fas e de la organiz ación de las naciones
soberana s." (1995: 337 -338).
Así comienza una primera f ase d e producciones literarias de la mano de la p rimera etapa
organizativa de las nu evas naciones, por lo que el rol que le toca a la l it eratura e s de suma
importancia, a pesar de l a carencia intelectual y e conómica, y la c arga política que, debido al
41
momento en que se vive, contiene todo hecho intelectual de la época. A est e respec to Oviedo
señala:
Sin exagerar, es posible llamar «comprometida» a la mayor parte de la
literatura del período: imposible desligar la batalla intelectual de la
otra. […] Y en ese fervor americanista, la literatura y casi toda
manifestación escrita servirá como un instrumento directo para atizar el
fuego emancipador. (Ibíd. Oviedo: 338).
Independiente mente de todos estos procesos intelectuales vividos por Hispanoamérica,
relativamente simil are s en todo el Conti nente, es importante destacar, así sea de forma breve,
el proceso vivido por Chile durante esta misma etapa, por formar parte del objeto de estudio.
En Chile el rol ejercido por la literatura resultó p enosa y d eficiente, tanto en la últ ima
etapa de la Colonia, como en la primera fase independentista llamada Patr ia vieja . La realidad
intelectual, que presentaban las nac iones emergentes, era muy parecida desde el punto de vista
económico, social y polít ico; sin e mbargo, la c hilena resultó ser mucho más pobre que el resto,
pues los esc ritores llamados a estimular a la población del sentimiento li bertario a trav és de sus
escritos, fu eron ciudadanos cu y a p reparación académica había con cluido fuera de los límites
del país, a pesar de h aber recibido una primera in strucción formal dentro de él. No obstante,
esta rea lidad, se llevaron a cabo extraordinarios e sfuerzos individuales, logrando que, de una u
otra forma, los intelectuales de aquella época se las ingeniaran para cre ar las herramientas
necesarias, c on la finalidad de que el mensaje tocara las mentes del colectivo. Así una vez más
la función litera ria dio sus frutos. A este respecto S uberc aseaux
20
señala:
En nuestro país, la construcción intelectual y simból ica de la nación ha
sido particularmente act iva en las etapas qu e pr eceden, o acompañan
grandes c ambios. Por eje mplo, a comienzos del siglo XIX, a partir de la
Independe ncia, se genera un largo proceso de elaboración de la nación,
un proceso que r evistió un c arácter fundacional y cuyo agente básico
fue la élite ilustrada liberal. (1997: 9).
En este contexto, fue crucial para C hile, en el terreno cultural, los modelos france ses,
ingleses e italianos. Pues al no contar el país c on una here ncia edu cativa sustanc iosa, o una
tradición cultural y a rtística autóctona de peso, co mo sucedió con otras colonias o los grandes
20
Véase: Historia de las ideas y d e la cultu ra en Chile (1997) Tomo I , p.9.-
48
distinción existente y r elacionada con el término. Sin duda, este sutil y extraordinario estudio ,
desarrolla do por el autor a la hora de considerar la realidad frente a una serie de mundos
alternativos coherentes y su necesaria correspondencia, es abordada de forma mu y v aga por lo
que los puntos d e vista tienden a quedar como a medio camino en lo referente a la interpretación
tradicional de mimesis . Sin embargo, ha y que reconocer el gran valor que ti ene el trabajo
desarrolla do, h asta el pu nto de ser capaz de manifestar y proy ectar al le ctor, a través de sus
líneas, incluso su singular estado de ánimo, la condiciones en las que se encontraba y las
circunstanc ias a las que se vio enfrentado en las diferentes fases del desarro llo de este tra tado.
José Pujante, por otra pa rte, en su obra Mímesis y Sigl o XX
25
, a demás de reforzar e l
hecho de que el periodo triunfal del realismo corr esponde a la segunda mitad del siglo XIX,
reseña qu e, a p esar de que "el realismo como térm ino aplicado a la literatur a es al g o r eciente,"
aunque en Alemania en el siglo X VIII, tanto Friedrich Sc hiller (1759-1805) como F riedrich
Schlegel (1772-1829), ya "lo habían empleado", n o adquirió un significado relevante hasta el
siguiente si glo. Contin úa afirmando est e autor, que "aun considerándolo un c oncepto
especialmente complejo, el estudio de l realismo ha y que unirlo en un tr atamiento hist oricista,
al de mímesis , desde que Aristóteles removiera e l i nterés por la realidad. (1992: 26 -30).
Para Villanueva, el rea lismo debe ser planteado como un "período o escuela",
absolutamente extralimitado, y que aquel que se gesta en la Francia del siglo XIX se refier e a
lo que él ha denominado "realismo ge nético", que se propaga sin dil ación por todas "las demás
europea s decimonónicas hasta sus prolongaciones contemporáneas, precisamente porque es una
constante de toda literatura y de much as otras prácticas estilísticas." (1992: 32).
Po steriormente, Re né Wellek en su ensayo El con cepto de realismo en la investigació n
literaria,
26
ex pone "que la reaparición y la reformulación" de todo lo concerniente al "realismo"
saca a la luz el eterno deb ate hist órico respecto del término, que fue infinitamente discutido "no
solo en Rusia, (antig ua Unión Soviética), donde los llam ad os críticos ra dicales de la década de
los sesenta anticiparon s u posición," acerca del rea lismo, sino además, la "del siglo XIX,"
especialmente "el francés", con "toda la historia literaria y del arte." (1968: 169).
25
Véase: La pu blicación del Pro fesor José D. Pujante Sán chez, (1992) Mimesis y Siglo XX: Formalismo ruso,
Teoría del texto y del mun do, Poética de lo imag inario. Un estudio acerca del concepto de mímesis, Univer sidad
de Murcia.
26
El concep to de realismo en la investigación literaria. E n CONCEPTO DE CRÍ TICA LITERARI A (1968), Caracas
Venezuela, Edicion es de la Un iversidad Central de V enezuela, t raducido p or: Edgar Rodrígu ez Leal de la
Facultad d e Humanidades y E ducación, p . 169.
49
En el mismo estudio, el autor señala qu e el "realismo," independientemente de las
controversias que ha levantado, no deja de ser "una corriente principal de la tradición crítica y
crea dora t anto de las artes plásticas como d e la li teratura." Además de un movimiento nacido
para la aplic ación o práctica de "un amplio sentido de la fidelidad de la naturaleza." En e ste
contexto Wellek, agrega que basta con observar el arte grie go, romano o f lamenco; o en la
literatura, a Petronio, con su novela satírica, a los "Fabliaux" medi evales, la no vela picaresca,
a Daniel Defoe o al " Drama B ur g ués", p ara dars e cuenta que estas característi cas, involucra d as
profundamente en la c reación, antec edieron al sig lo XIX, removiendo constantemente el
concepto de la imit ación, prácticamente, desde A ristóteles. Aunque m ás adelante r eseña que
"en la historia de la crítica literaria el concepto de la imit ación, cualquiera que ha y a sido su
significa do ex acto en Ari stóteles, fue interpretado con frecuencia como la copia literal, como
naturalismo."(Ibíd., 170).
El realismo, tomado d esde esta perspectiva , ofrece un insondable vínculo , no solo de
los entornos físicos, sino también sociale s, pues todos esos escenarios fueron observados y
después reflejados en las obras narrativas por sus autore s. A este resp eto, W ellek señala lo
siguiente:
El arte no puede dejar d e re lacionarse c on la realidad, a pesar de l o
mucho que reduzcamos su signifi cado o hagamos énfasis en el poder
transformador, o creador del artista. La palabra " realidad ", como
"verdad", "naturaleza" o "vida", es, en e l arte, en la filosofía y en el uso
común, una palabra cargada de v alor. Todo arte del pasado tenía como
objetivo la realidad aun si hablaba de una realidad superior: una
realidad de esencias o u na realidad de ensueños y de símbolos. (I bíd.
170).
El realismo en Francia, no obstante, fue utilizado mucho más en literatura que en otras
artes. En efecto, como señala en su ensa y o el autor antes citado, s u uso se remonta
aproximadamente al año de 1826. Del mismo modo destaca lo r eseñado p or un periodista del
periódico francés " Mercure Francais" que afirmaba lo siguiente: "Esta d octrina literaria que
cada día gana te rreno y l leva a la fi el imitación no de las obras maestras del arte sino de los
originale s que la naturaleza ofrece, pudiera m u y bien ser llamada realismo." Más adelante
menciona que el "influ y ente crítico" literario y " an ti -romántico" J ean Baptista Gustave Plan che
(1808-1857), desde 1833 en adelante, utilizó el "tér mino rea lismo" constantemente y de man era
50
"minuciosa" p ara la d escripción de "las indu mentarias y l as costumbres en las nov elas
históricas." (Ibíd. 172).
En Francia, a raíz de la controversia sus citada po r esta nueva corriente, J ules François
Félix Husson, más conocido como J ules Champfleury (1821 -1889), un escritor francés
partidario del realismo artístico, amig o de Baudelaire, Banville, Courbet, Nadar, ent re otros,
expresó con exigencia la urge nte necesidad de un a nueva narrativa realista y expuso, en este
sentido, su teoría literaria en 1857 c on el ensay o "Le Réalisme". En esa línea su amigo Edmond
Duranty (1833 -1880), es critor y c rítico francés, p ublicó la revista Réalisme en noviembr e d e
1857, una corta publicación que solo duró seis ediciones, hasta mayo de 1857.
La revista en cuestión dir igía su contenido a sustentar la corriente del realismo literario
y artístico de la época, hac iendo énfasis en sus caracter ísticas más rep resentativas como se
desprende de la siguiente cita: " El arte debe dar una pro y ección e xacta del mundo real: por
tanto, debe estudiar la v ida y las costumbres contemporáneas por medio de la observación
meticulosa y el análisis cuidadoso." Estos seguidores de la corriente realista demandaban
fundamentalmente que el arte debía ser: "desapasionado, im personal y objetivo." ( I bíd. Wellek :
173).
La literatura nace en la Ing laterra en el siglo XVIII como par te de la re construcción del
"nuevo orden social, " pero no es sino hasta finale s del siglo cuando v erdaderamente se h abla
de literatura dirigida a una categorización que la designaría con un ca rácte r "creador " o
"imaginativo" . Hasta ese mom ento todo escrito apreciado en l a sociedad era considerado
literatura por el simple hecho de se guir las "normas" de las "letras cultas." Sin embargo, haci a
finales del siglo la li teratura no solo fue conside rada una práctica estética necesaria, sino que
además fue parte de los movimientos y corr ientes literarias imperantes. En este contexto , a
comienzos de l siguiente sig lo , el Romanticismo comenzó a llenar todos los espacios
intelectuales de l país. (Eagleton. 1998: 15).
Más adelante, a mediados del siglo XI X, a diferencia de Francia donde este movimiento
romántico está prácticamente supera do, en I nglaterra, a p esar de qu e "la ten dencia dominante"
en su " evolución " es el positivismo, la vertiente del Realismo es un movimiento que se
desarrolla c on marcados matices románticos llenos de "nostalgia" y "anhel o". (Hauser. 1998:
356-360). Sin embarg o el escritor y poeta irlandés George Moore (1852-1933), que realizó sus
estudios de arte en París en 1870, pasando a formar parte integrante del ent orno de Émile Zola
y su movi miento literario, adquiriendo su estilo re alista-naturalista y , en especial, la influencia
51
de todo su trabajo que, al llevarlo a la práctica en Ing laterra, le trajo muchos sin sabores pues
su s novelas fueron prohibidas por la sociedad conservadora, al igual que las traducciones que
hizo de obras francesa s pertenecientes a este novedoso movimi ento por considerarlas
inapropiadas. Aunque su obra Esther Walters (18 94), una hist oria de un a madre sol tera, tuvo
muy buena acogida y su estilo influ y ó notablemente en muchos es cri tores y poetas de aquel
período. No obst ante, a pesar de haber lo grado cierto reconocimiento, se regresa a Irlanda. Cabe
señalar, además, por esta misma época, al escritor britán ico Geor g e Gissing (1857 -1903). Su
prolífica obra traza un de spiadado r etrato del mundo artístico y marginal londinense. La
caracter ística principal de su obra fue representar un realismo con un m arcado contenido social.
Aunque mucho antes Di ckens ya habí a entregado una gran obra, que entr e sus características
más relevantes dest aca la aguda crítica soci al, lo mismo que J oseph Conrad, Henr y James entre
otros.
Más o menos por la mis ma época, y casi tocando el si glo XX, el realismo en Alemania
era a bordado d e for ma indivi dual donde c ada quien siguió su propio rumbo, ya que la censura,
tanto por parte del Gobierno, como de la I glesia ha cía im posible c ualquier tipo de unidad a
pesar d e los esfuerzos de la llamada "Joven Alemania."
27
Y en I t alia las i deas positiv istas
tuvieron buena aceptación y, "de un modo u otro, influyeron en todas las corrientes y ámbitos
literarios del momento." Sin embargo, los movimi entos se desarr ollaron por s eparado
ubicándose en c uatro " a ctitudes fundamentales": S capigliatura , re alismo litera rio de ambientes
bajos; Verismo, perteneciente al sur d e Italia donde se desta caba "el análisis crítico y una
repre sentación obj etiva de la realidad y d e la so cieda d contemporánea." Realismo clásico o
carducciano, y a que fue el poe ta y escritor antirromántico Giosué Ca rducci (1835-1907), su
principal representante y, finalmente, El Realismo Manzionano, destinado al desarrollo de una
"litera tura educativa y popular" además de espirit ual, pero al mismo tiempo basada en "la
realidad afectiva del hombre," con un estilo alejado del fr enesí y la ex altación y,
simultáneamente, " natural y claro".
28
En "Rusia", a comienzos del siglo XX, "el realism o lo es todo". Los estudiosos iniciaron
una fre nética carrera de investigación buscando el realismo en el pasado, e n el prese nte y en el
futuro. Promoviéndose una suerte de sub -corrientes tales como: "Realism o crítico", más
27
En la o bra desarrollada por Han s Gerd Roetzer y Mar isa Siguán , H istoria de la literatura en len gua alemana,
editada po r la Universidad de Barcelona en 2012, p. 257 -349.
28
En la o bra escrita por Jesús Go nzález Miguel: Historia d e la literatura Italian a II. Desde la unida d nacional
hasta nu estros días, es posibl e apreciar más detallad amente el modo có mo se asimiló y representó el realis mo
literario en ese país, p. 11- 20.
52
adelante siguió el "Rea lismo Democrátic o R adical", después fue el "Realismo Proletario" y
finalmente, el "Realismo Socialista". Este último, catalogado como "La realización de todo arte
y literatura". (Lukács, 1966), (Wellek, 1968) y (H auser, 1998).
Uno de los especialistas que se ocupa del realismo en una posición b astante razonable
y crítica, incluso a riesgo de bordear la c ontradicción de su propia ideolog ía, es el filósofo,
crítico literario y sociólogo marx ista, Georg Lukács (1885 -1971). Él señal a, entre otr as cosas,
que la literatura es un "reflejo de la realidad objetiva" y que esta realidad mantendrá su fidelidad
si dicho reflejo es sostenido con sus virtudes y contrariedades, sus paralizaciones o retrasos y
sus evoluciones. P or lo tanto, "El reflejo artís tico de la realidad parte de las mismas
contraposiciones que cualquier otro reflejo de la realidad. S u especificidad consiste en qu e
busca para su solución un camino diferente que el del reflejo científico." L ukács ena ltece el
Realismo , como corriente literaria, pues sost iene que es una corriente creadora de "tipos" de
realidade s "tanto representativas como proféticas". (1977: 198)
29
. Este mismo especialista, en
otro de sus traba jos, descarta el N aturalismo (término que se unió reiteradamente con el
realismo), por su f alta de profundidad en la representación, y a que lo s personajes y sus
acontec imientos han sid o "transformados en un cuadro o una serie de cuadros." Ad emás,
sostiene que "sin la re velación de ras g os humanos esenciale s, sin la relación recíproca e ntre los
individuos y los a contecimi entos de l mundo exterior, de las c osas, de las fu erzas naturales y de
las instituciones sociales, las ave nturas son vacuas, carecen de contenido." (1966: 184).
30
Lukács dedica gran parte de su obra al e studio del r ealismo, sin embar go, es importa nte
destacar lo que tiene relación con la "estética marxista del reflejo", donde éste especialista
coloca el refle jo de la realidad objetiva, entre esa rea lidad y el texto l iterario, es decir en e l
centro, d estacando un ter cer elemento que sería el ideológico, el cual paradójicamente será el
que determine la característica de la obra. En otra s palabras, la r ealidad esencial de la obra se rá
la realidad marxista. Una estética que pierde de vist a la relación directa ent re l a realidad y el
texto de la obra y su valor por sí mis ma, combi nando una suerte de ling üística y filosofía,
interponiéndose entr e los ex tremos ese tercer discurso ideológico que, de acuerdo a l a tesis de
29
En el ap artado, III., El reflejo artístico d e la realidad, del en sayo: Arte y verd ad objetiva e scrito en 1954.
Recogido en la ob ra, Mate riales sobre el Rea lismo, Barcelona, E diciones Grijalbo. 1977 : 187 - 240.
30
¿Narrar o d escribir? A propósito de la discus ión sobre nat uralismo y for malismo. Ensayo escrito por Lu kács,
G., en 1936 y reco gido en la ob ra: Problem as del realismo, México, FCE y tra ducido po r Carlos Gerhard, 1966:
171 -216.
53
Lukács, viene siendo la interpretación esenc ial de la realidad, un discurso que, de finitivamente
estará determinado por el marxismo.
En consecuencia, el Realismo pasó a formar parte de gra ndes debates entre los
especialistas. Eagleton, mantenía que "resultaba peligroso, (…), considerar al realismo como
algo que representa la vida como r ealmente es" o "la ex perienc ia de la ge nte norma l." Sostenía,
además, qu e era imposible "comparar lo que son representaciones con la propia realidad con
objeto de comproba r ha sta qué punto son realista s dichas representaciones, da do que lo que
entendemos por realidad implica a su vez un problema de representación." (2009: 21). D el
mismo modo Wellek, ad emás de e stablecer que el realismo es " la representación objetiva de la
realidad social contempo ráne a." (1968: 189). Entr e muchos otros aspectos s ubra y a, que aquel
realismo de cimonónico fue una "gran corriente" cu y as "limitacio nes" , "defectos" y
"convenciones", la ll evaron a "pe rder la distinción entre el arte y la comunicación" inclinándose
peligrosamente por una p oco recomendada estética , corriendo el riesgo de desconocer que "todo
arte es creación y e n sí mism o, un mundo de ilusión y formas simbólicas". ( Ibíd.: 191).
Sin embargo, a pesar de l a eminente caída de esta c orriente, la misma se mantuv o latente
en los movi mientos marxistas de la Europa del este, produciendo estudios a gran escala,
implementándola en va riados aspectos de su desarrollo político por parte de muchos pensadores
destacados.
31
Fieles a l con cepto materi alista de la objetivi dad d el mundo exterior fueron los
movimientos obreros proletarios que, avalados por las teorías de Marx y Engels, se inspiraron
en sentimientos sociales y en nuevas ideas políticas, cu ya influencia se dejaría sentir en e l
mundo artístico. Por lo que, a raíz de toda esta premisa, el Realismo comenzaría como un
movimiento del proletariado artístico, representando al pueblo, sin ide alismos, de forma
objetiva, promoviendo un mensaje y una de nuncia sociopolítica constante desde una
perspec tiva panfletaria y proseliti sta.
Por otra parte , Darío Vill anueva , en su ensa y o: Realismo intencional,
32
sostie ne que "el
realismo" se configura en una suerte de transv ersalidad "básica a toda literatura desde la
formulación del principio de la mimesis , por la Poética de Aristóteles ". (1990: 177). Más
31
Véase: En Wellek (196 8: 169), la Unión Soviética, todos los paíse s satéli tes y China, pres umo, -comenta el
autor- el realismo, o más p recisamente el "reali smo sociali sta", está instalado oficialmente como la única doctrina
y el único método literario permitido. Su significado exacto, su historia, y su futuro fueron debatidos
in terminable mente, a través d e un sin número d e escritos cu ya extensión descon ozco. Los l ineamientos y críticas
de dicho s escritos, re sponden a un único hilo partid ista, un ju rado de autoridades, censores, re soluciones,
prescripciones y exho rtaciones qu e finalmente e stablecían su valor.
32
Véase: Ensayo Realismo inten cional de Darío Villanu eva, (1990), en SEMIOSI S, No.24, p . 177 -199. Publicado
por la Universidad de Santiago d e Compostela, p. 177 -199.
54
adelante manifiesta qu e la primera impli cac ión del concepto es la "filosófica", no obstante,
agrega que lo indispensable:
[… ] , es encontrar una conce pción del realismo en literatura que alcance
un punto de e quilibrio entre el principio d e autonomía de la obra
literaria frente a las determinaciones d e la realidad y las indudables
relaciones que aque lla mantiene con ésta, sin las c uales la literatura no
desempeñaría el papel de institución social que automáticamente
cumple, y perdería con t oda certeza el interés qu e mueve a los lectores
de todas las épocas ace rcarse a ella. ( Ibíd. 1990: 180).
Más adelante en su obra fundamental, un estudio mucho más extenso desarrollado por
el mi smo autor, sost ien e que en la lit era tura s e encuentran, por una parte, el realismo
intencional, -que establece que existe un realismo que parte de la perspecti va de la recepción,
es decir, que la responsabilidad y d ecisión final corresponden al lector-. Por otro lado, se
aprec ian dos vertientes pr evias, el realismo genético o de correspondencia y el realismo formal
o inmanente. El primero se basa en la relación del escritor con el mundo que lo rodea, cu y o
alimento para sus creaciones lo capta por la vía de la observación, que poster iormente reproduce
miméticamente apegado fielmente a lo observado. L a segunda manera de representar la
"realidad" en literatura, según Villanueva, será a través de un procedimiento escrupuloso,
observando y r eproduciendo con sinceridad todo lo que el autor ve , no obstante, dicha realidad
pertenecerá a un mundo que solo ex iste en la obra, un mundo co mpletamente autónomo. (1992:
27-34).
Al hil o de todo lo e xpuesto, y en el intento de encontrar un punto de moderación en e ste
breve r ecorrido que se h a hecho del con cepto del realismo, es innegable q ue esta corriente en
el siglo XIX contribuyó a que se produjera un cambio radical, tanto en la novela como en todo
lo que se venía desarrollando en literatura hasta ese momento, marcando definitivamente una
época. Fue sin duda, una ex presión adoptada por el arte, la intelectualidad y especialmente la
literatura, como una r espuesta a la demanda producida como consecue ncia de los ca mbios
sociales. En el mar co de que el mundo de la ficción debía e volucionar, dicha evolución, sin
embargo, llevó a los creadores a tocar los extremos y a d esconocer sus consecuencias. No
obstante, el mundo siguió su camino y de la misma forma la lite ratura, tr ansformando dicha
corriente hasta su agotamiento. A pesar de la controversia y el consenso suscitado a través del
tiempo, no dejó de ser un movimiento ampliament e ex aminado, ana lizado y estudiado. En este
55
contexto Villanue va, en su obra Teoría de la literatura , engloba acertadamente el realismo en
la literatura, en primer lu gar, porque establece que el realismo es el elemento central de la teoría
de la literatura, y a qu e a su juicio determina el resultado de lo demás que continua, y destaca
tres categorías de realismo en todo ese l argo camino recorrido po r el movi miento. El genético
y formal , categorías ya aceptadas, y la teo ría desarrollada por él, que es la del realismo
intencional . La referida al lector, qui en al apropiarse de la ob ra artística y jugar el rol d e juez,
le confiera , sin desmerecer su propio cosmos de ficción, el nivel de realismo al que pert enece,
respondiendo sin duda a su propio horizonte referencial, contribuyendo junto a otros a ubicar
la obra en el nivel que le corr esponde. (1992: 139) .
2.2. Realism o y Literatu ra
A tenor de lo anterior se tiene que, desde la perspectiva histórica, tanto el realismo como
la literatura -independientemente de la época, el tiempo y todo lo qu e inv olucra a la vida, el
hombre y su entorno-, siempre, de una u otra forma e starán unido o po r lo menos involuc rados.
En e ste sentido l a relación suscitada en la Eu ropa del siglo XIX, e ntre realismo y literatura que
se muestra a continua ción será presentada de man era sucinta, pues, tanto p ara los precursores
del realismo moderno en Francia, como pa ra el resto de los países de la reg ión su re acc ión,
asimilación y práctica fue diversa y bastante extensa, del mismo modo, toda su producción
estética dependió de sus propios momentos históricos, sociales y económicos , sumados a sus
respec tivos objetivos y meta s, diferente en cada zona.
No obstante, es oportuno destacar a modo d e introducción, lo planteado por Beristáin
con respecto al re alismo l iterario, pues señala que éste no se apo y a sobre la verac idad de lo que
se enuncia, sino sobre su verosimilitud. En este sentido puntualiza:
La obra literaria establece una realidad autón oma, dist inta de la
realidad objetiva. Esa realidad se basta a sí misma, pero mantiene, en
diversos grados, una relación con el mundo, porque consigna datos
provenientes de una ‘cul tura’ dada y de sus circunstancias empíricas,
aunque los reorganiza atendiendo a otras consideraciones c omo son las
reglas y conve nciones a que obedece el género literario al que adscribe
56
la obra en un momento dado, dentro de una época, de una sociedad,
entre otros. (1995: 492).
2.2.1. El Rea lismo europe o
La realidad human a y todo lo que ello im plica nunca ha estado d esvinculada de la
literatura, independientemente de sus fo rmas de representación, los vaivenes artísticos, el
contexto, la época y sus corrientes, el artista siempre reacciona. Ante la rápida y atropellada
evolución de la sociedad europea acaecida en los siglos XIX, en todo orden de cosas, el arte y
la literatura pasan a ser prota gonistas im prescindibles de ese tumultuoso ambiente de
movimientos y cambios. Un escenario destacado es el de Francia con sus g u erras napoleónicas ,
sus re voluciones libera le s y sus luchas obreras. P ues a medida que avanza e l siglo y se van
presentando los más disímiles suc esos que transforman a la sociedad y su e ntorno, e l individuo
se fortalece y des cubre que es capaz de involucra rse activamente en los cambios sociales de su
contexto. I nmersos en ese sueño de una sociedad más justa y p rogresista, los artistas,
especialmente los intelectuales, se implican a través de sus creaciones haciéndolas más
cercana s, cotidianas y c oloquiales, sobre todo en la novela y en e l drama.
Aproximadamente, desde el año 1830, la norma fue evaluar una obra literaria a partir
de su relación con los problemas políticos, soc iales y culturales, predomi nando la estética
utilitarista, en la que el e scritor sale d e su entorno para ocupar un papel aje no a su labor d e
crea dor literario, asumiendo una suerte de observador social, político, estético y espiritual.
Tanto Lamartine (1790-1869), -escritor y poeta, cu y a obra s e identificó ple namente con l a era
del romanticismo-, como Víctor Hugo (1802-1 885), -dramaturgo, poeta y novelista-, se
involucraron activamente en política en la Fra ncia de la primera mitad del siglo X I X. Al gunos
especialistas c oncuerdan en que esa nueva relación que ejerce el artista con su entorno, influy e
en la creación de muchos escritores, que, inmersos en plena era del romanticismo , tantean sin
detenerse aspectos propi os del realismo, uno de ellos es precisamente Víctor Hugo, cu y a obra
abarca más de medio sigl o de su vida, toca ndo, indist intamente, todas las modas, movimiento s
y corrientes literarias de su época con extrema lucidez. No obstante, a pesar de sentirse el
maestro del romanticism o, en sus obras, Los últimos días de un condenado a muerte (1829) y
Claude Gueux (1834), enfatiza en el tema social y llama a la re fl exión ac erca de la a bolición de
la pena de muerte. De la mi sma forma, Los Miser ables (1862), una ob ra más bien romántica,
57
producida en plena era del realismo li terario no lleg ó a ser representativa de este movi miento.
Aunque el tema manejado, sin embargo, la d e la defensa de los oprimidos y la fuerte crítica que
hace de l a miseria, emplazada en un entorno real, sin duda la ubican al mismo tiempo, en ambos
movimientos. Es importante desta car que, p ara Hugo, siempre e xist ió su compromiso social
ligado a su a ctividad de es critor, independientemente de la función pública o polí tica que
ejerciera.
A partir de este punto, el realismo como corriente literaria se hizo trascendente en su
necesidad de reflejar la pr oblemática social, o rientándola hacía un rumbo d e contemporaneidad
donde el lector se identificará plenamente con su entorno. El prog reso de la industria editorial,
la e xpansión de la prensa y la alfabetización de la población, son elementos que se une n al
desarrollo de este movimiento li terario, enriqueciéndolo con la p roducción constante de novelas
en forma de folletín, ante unos lectore s ávidos de novedades literarias.
En e ste orden H enry B ey le, más conocido por s u seudónimo, Stendhal (1783 -1842),
sostenía que su mayor aspiración era que todas sus novelas reflejaran la rea lidad como "un
espejo que se pasea por un ancho camino"
33
. Este escritor francés fue u no de los g randes
artífices de la evolución que experimentó la l iteratura, d esde el Romanticismo hacia el
Realismo . Su obra , en ge nera l, es r epre sentativa y re conocida como pa rte de la era del re alismo
literario, sin embargo, hay dos que de stacan
34
. Una de ellas e s la novela Rojo y Negro (1830) y
La C artuja de Parma ( La chartreuse de Parme , 1839). Esta última fue una obra destacada por
su singularidad, y a que v a incorporando personajes y tramas a medida que avanza la novela y,
según detalles biográficos, fue escrita en dos me ses.
Uno de los artistas que se unió a este movimiento del realismo y que lo defe ndió y
ratificó con mucha fuerza y convicción en su momento , fue Gustave Coubert (1819 -1877). Un
brillante pintor que en 1851 expresó públicamente que era : "…sobre todo, u n realista, es decir,
un amigo sincero de la auténtica verdad". Este pintor, en1855, expuso algunas de sus obras en
el Palac io de La s Artes e n la Ex posición Universal de P aris, pero al ve r e l recha zo a algunas de
las mismas por p arte d e la audiencia, crea su p ropio recinto al que bautizó con el nombre de
33
Véase: Stendhal, (1983). Rojo y N egro . Mad rid, Alianza. Ca pítulo XIII, Las medias c aladas . Epígrafe tomado de
Saint – Real. Un n ovelista fran cés del siglo XVII, p. 117.
34
Esta novela: Le Ro uge et le Noir , pu blicada por p rimera ve z en 1830, fue una ob ra en la qu e Stendhal critica
severamente a la hip ócrita sociedad burguesa de la época, qu e vive de las apariencias. La Chartreuse de Parme
(1839), fue otra impo rtante o bra, ambientad a en un ento rno italiano s at urado de con spiraciones e intrigas; se
recrean las aventuras d el joven p atricio italiano Fab ricio del Dongo du rante los últimos añ os del Imperio
Napoleónico.
64
ser ex tensas, con una estr uctura casi it inerante llen as de susp ense y generalmente con un final
feliz.
Hay div ersidad de c riterio al establecer a los autores más repre sentativos de este período,
pues algunos esp ecialistas sostienen que Inglate rra tuvo su manifestación, si se quiere,
prematura d e este movimiento, allá por el siglo XVIII, con Defoe (1660-1731) y Fielding (1707-
1754). No obstante, todos coinciden en que C harles Dickens (1812-1870), además de ser un
prolífico escritor d e la e ra victoriana, sobres aliente y autodidacta, p ara Hauser, " uno d e los
escritores d e may or é xito de todos los tiempos y quizás el gra n escritor más popular de la Edad
Moderna." ( I bíd. 1998: 373). Un creador proveniente de una familia d e esc asos recursos,
circunstanc ia que no impidi ó que se convirtiera e n un maestro de la narrativa y qu e sus obras
gozara n de ciert a dosis de humor, ironía y aguda crítica social. Con un a pluma fructífera,
Dickens destacó en la no vela por entrega, actividad que le propo rcionó la s eguridad económica
necesaria para de dicar su vida a la creación literaria
40
.
Alemania, en la primera mitad del siglo X I X, s e enfrentó a crecientes dificultades
económicas qu e se prolongaron hasta fina les de ese sig lo. Aquel est ado de crisis a fectó
considerablemente a la burguesía socavando el opti mismo de las primeras décadas. Los
gobernantes de turno ante aque lla re alidad e stable cieron que , a tra vés de la litera tura, se de bían
reforzar "las tradiciones didácticas " y que los int electuales debían colabora r con el control de
las masas haciendo énfasis en los valor es que aún prevalecían a pesar de los grandes cambios
acaecidos por la problemática social y económi ca que viví a el país. Para ell o "se recurrió a los
autores de la e tapa clási ca de la litera tura alemana y de l idealismo a lemán." Así, a partir de
mediados de siglo las librerías se ll enaron de todo tipo de publicaciones clásicas. (Roetzer y
Siguan, 2012: 280). En este contexto un realismo literario, socializante, reformista y francés
nunca podría prosperar en ti err as alemanas. De tal modo que en este país el término corriente
literaria del realismo o realismo a secas, por la segunda parte del siglo X I X, solo fue
mencionado en uno que otro artículo de prensa o crítica literaria.
Hermann Hettner (1821-1882), Historiador y crítico alem án de Arte y L iter atura, abord ó
en algunos de sus ensayos, erradamente, el r ealismo de Goethe. Cuando é ste era un novelista,
40
Las primeras no velas de Dick ens fueron: Lo s pap eles póstumo s del Club Pickwick, (1836 -1837), obra con un
marcado tono humorístico y e l melodrama sombrío con matices biográ ficos, Olive r Twist, (1837- 1839). Más
adelante, en 1843 p ublicó, Ca nción de Navidad, (conocida también como: A Christmas Ca rol, Un cuento de
Navidad , Los fantasmas d e Scr ooge . ) La s novelas que sin du da destacan son: David Cop perfield, (18 49-1850) y
Tiempos difíciles, (1854), inspira da en la vida d e los obreros y Grande s esperanzas, (1860-1861).
65
dramaturgo, poeta y científico alemán que formó parte d e la corriente del Romanticismo.
Además, de acuerdo al trabajo hecho por Auerbach, éste coment a lo siguiente, "Goethe nunca
ha representado la realidad de la vid a social coetánea", como un a int ención de mostrar al mundo
la realidad alemana que se ve nía gestando y que de terminaría, de al guna for ma, e l futuro, como
sucedía en otras pa rtes d el continente. A grega que, "Cuando se ocupa d e las tendencias del si glo
XIX, lo ha ce por medio de observaciones generales, qu e casi siempre son valorativas,
predominantemente, recelosas y negativas." Al gunos especialistas opinan que Goethe pudo
acercarse, a t ravés d e ciertos matices en sus obras de teatro, a la corriente del realismo, y a en
su producción madura, pero existe mucha diver gencia al respecto. No obstante, a pesar d e esta
marcada indiferencia, más o menos desde 1856, el Historiador alemán Julián Schmidt, (1818 -
1886), editor de la revist a Nacional -Liberal de Literatura y Política, Die Grenzboten , (1841-
1922), utiliz ó el concepto de "realismo li terario" en varios de sus artículo s. En Historia de la
Literatura alema na, (1867) escrita por Schmidt, vue lve a utilizar el conc epto del rea lismo, como
una manera d e explicar la literatura joven. Sin embargo, a pes ar de conocerse ampliamente la
corriente predominante en Francia, en este país los escritore s eran más bien seg uidores del
provincialismo, tendiend o a mant ener los entornos sentimentales en una socied ad que se
militarizaba inexorablemente, los creadores se limi taban a representar en sus obras el realismo
circundante, limitado al paisaje y los p rotagonistas, evitando tocar los problemas sociales y
políticos. A este respecto cabe destacar la opinión de Auerbach:
El desmenuzamiento y la limitación del realismo fueron iguales en sus
contemporáneos más jóvenes y en las generaciones siguientes; hasta
finales del sigl o XIX, las obras más importantes que int entaron dar
forma seriamente a temas de la sociedad de la época se mantuvieron e n
lo semifantástico o en lo idílico o, al menos dentro de los estrechos
límites de lo local y presentaron el cuadro de lo económic o, social y
político como algo estático. Esto vale por igual de escritore s tan
diferentes y tan importantes como Jean Paul, E. T. A. Hoffmann,
Jeremías Gotthelf, Adalbert Sti fter, Hebbel, Storm. Todavía en Fontane
el realismo social apenas si cala hasta el fondo, y el movimiento político
en Gottfried Keller es pr onunciadamente suizo. Quizá Kleist y después
Büchner hubiera podido introducir un cambio, pero a ninguno de los
dos les fue concedido un desarrollo libre, y murieron prematuramente.
(Ibíd. 1996: 421-425).
66
Por otro lado, en I talia el realismo fue denominado « verismo». Al gunos especialistas
atribuy en la variac ión del concepto a la evolución experimentada por el realismo hacia el
naturalismo y sus ex tremas caracter ísticas. El crítico más influyente del sigl o XIX en este país
fue sin duda F rancesco de Sa nctis (1817 -1883), político, crítico e historiador de la li teratura
italiana, fundador de la c rítica li teraria contemporánea de su país. Wellek reseña qu e S anctis
"fue un gran defensor d e Zola, en 1878," y que a demás consideró qu e el movimiento li terario
del realismo era un "ex celente antídoto para una raza aficionada a hacer frases y a l a
ostentación". ( Ibíd. 1968: 175). Sin embargo, no siguió apo y ándolo, por el contrario, al poco
tiempo se retractó ante la transformac ión del realismo hacia el na turalismo y la ciencia
positivis ta , por considerarla "animalismo"; proclamando la necesidad de retomar el idealismo.
Uno de los principales repre sentante de la literatura it aliana de esta época fue Giovanni Carmelo
Verga (1840-1922), e scri tor italiano principal e xponente del v erismo. Otr o escritor importante,
fue Luig i Capuana (1839-1915), admirador y se g uidor de Zola; describe con una severa crítica
la vida de ciudad con su novela Giacinta (1879 ) y la vida del campo en la novela El marqués
de Roccaverdina (1901).
Si continuamos con este repaso del realismo europeo, con re sp ecto a Por tugal, no es
mucho lo que se puede decir, pues su literatura decimonónica se inicia con el relato h istórico
de Alejandro Herculano (1810-1877), cu y a obra se identifica más c on el romanticismo tardío.
A él le sigue Robello Da Silva (1822 -1871), historiador y escritor, cu y as ob ras se producen en
la misma tónica que la d e He r culano. No obstante, la indiferencia po r la adopción del realismo,
Camilo Castelo Branco (1825-1890), cu yos inicio s desvelaban, i gualme nte, u n romanticismo
tardío, se deja conquistar por los cambios suscitados en Franc ia y da un giro a sus creaciones,
en las qu e se pe rciben u na clara influ encia d e Ba lzac, pero sin apartarse de l Costum brismo,
estilo que a plicó a gran parte de su prolífic a obra. Castelo Branco, si guiendo la modalidad
europea , comenzó su carrera liter aria como esc ritor de sá tiras pa ra los periódicos y novelas por
entrega s. La s p rimeras, fueron publicada en la modalidad de folletines en los periódicos Eco
Popular y Nacional en Oporto. Pero el escritor , que verdaderamente s e involucra con la
corriente del realismo decimonónico francés, fue José María E ca de Queiroz (1845 -1900), pues
se atreve con temas sociales de cierta e nver gadura. Entre sus obr as desta can, El primo Basilio
(1878), una novela donde relata la historia d e un adulterio y L os Maya (1 888), cu y o tema es
una severa c rítica a l a burguesía portu guesa. La ilustr e casa de Ramírez (1897), es otra nov ela
interesante en la que anal iza y c ritica abiertamente la aristocracia de su país.
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Por otra p arte, la corriente del R ealismo en España du rante el si glo X IX llegó con
bastante retraso y no fu e hasta 1868 cuando se comienza a apreciar, en las nuevas producciones,
caracter ísticas propias de esta nueva corrient e literaria, pues el Romanticism o y el
Costumbrismo aún estaban muy arraigados.
A pesar d e la convulsa etapa que España vivió entre los siglo s XV III y X IX, dejando a
la luz serios problemas económicos, sociales y políticos y , por supu esto culturales, con un
escenario propicio para ser observado y t rasmitido, los artista s no lograban desli garse de la
ensoñación y el letargo r omántico, por lo que el r ealismo tuvo que convivir algún tiempo con
el romanticismo y el costumbrismo. El resultado, en una primera fase, es decir , entre 1850 hasta
1875, fue una suerte de E clecticismo, por la combinación de elementos clasicistas y románticos,
aunque menos e xaltado s y más intimista con un marca do intento realist a, matizado con
elementos propios del costumbrismo y nov elas de sucesos contemporáneos.
Se aprec ian dos aspectos importantes de la historia litera ria española que pr omueven el
fortalec imiento del realismo y el efectivo debilitamiento del romanticismo y el costumbrismo.
Se trata de la Revolución de 1868 y la post erior Restauración y el afia nzamiento de la burguesía
y sus postulados, especialmente entre los años 1880-1890. Por otra parte, y de acuerdo a esta
cronolog ía, el Realismo en España se instaura en el mismo período en qu e éste evolucionaba
en Francia h acia el Naturalismo. Es decir que e n España ambas corrientes llegan y son
asimiladas por los c readores a l unísono, produciéndose una suerte de hibridación en las
creaciones, por llamarlo de alguna forma, y a que en la práctica literaria los postulados del
realismo no terminaron de afianzarse, al coincidir dramática mente con el Naturalismo franc és.
Movimiento, éste último, cuya recepción fue superficial y poco asim ilado. Finalmente ,
alrededor de los años 1890-1920, aproximadamente, los creadore s e intelectuales se inclina ro n
más por un realismo espiritualista que renegó abi ertamente d el Positivismo, ocupándose más
por la vida psicológica de los personajes.
Uno de los primeros exponentes del realismo español fue Benito Pérez G aldós (1843 -
1920), escritor, c ronista y políti co, autor de una prolífica p roducción liter aria entre ella cabe
considerar las si guiente s: Fontana de oro (1870), Doña perfecta (1876), Fortunata y Jacinta
(1886), Realidad (1889); Ángel Guerra (1890), Misericordia (1897 ). Estos dos últimos
corre sponden a la fase espiritualista, entre muchos otros títulos de novel as, obras de te atro y
ensayos. Fue conocido como e l hombre que contaba historias que todos podían leer, e ntender y
sentir, llenas de realidades que inmortalizaron la vida cotidiana de hombres y mujeres con
68
diversos nombres y sentimientos. Otro representante de este período fue Leopoldo Alas
"Clarín" (1852-1901), doctorado en le y es, prof esor y escritor del p eríodo realista español, cu y a
obra más representativa f ue L a Regenta (1884-1885), una historia provinciana enmarcada en el
pueblo de V etusta, con u na clara sátira social, una ex posición de los aspectos más oscuros d el
clero y un a pesimista visión de la vida. Estas carac terísticas ubican a esta n ovela como una de
las re presentantes del re alismo español. L a obra d e Clar ín está compuesta por e nsa y os, cuentos
y novelas y su producción lleg ó a su fin única y e xclusivamente por su prematura muerte.
También destacó en est a etapa J uan Valera (1 824-1905), escritor, diplomático y
político, cuy a obra la co mponen traducc iones de obras li teraria s; artículos y ensayos; novelas,
relatos cortos, teatro y poesía. Una de sus obras más relevante, escrita a l os cincuenta años de
edad, y que posteriormente fue convertida en Ó pera por Isaac Albeniz, fue la novela Pe pita
Jiménez (1874), ob ra cumbre que tra ta la proble mática de un seminarista enamorado de una
joven. Otro representante de esta fase de l realismo español fue una mujer, la Condesa de Pardo
Bazán, noble y aristócra ta, más conocida como Emilia Pardo Bazán (185 1-1921), mujer poco
común pa ra la é poca, novelista, poe ta y editora, además de intelectual incan sable. P ardo Bazán
fue una prolífica escritora, cuyas obras más re lev antes fueron L os pazos de Ulloa (1886-1887),
novela enmarcada en el decadente mundo rura l gallego y su aristocracia, se guida por La madre
naturaleza (1887), una fabulación naturalista en la que trata el tema de que los instinto s llevan
al pecado. A pa rtir de aquí esta escritora rompe c on el r ealismo y el naturalismo para dar paso
a creac iones más espirituales e influenciadas por el si mbolismo.
El realismo decimonónico en España permitió recupera r, de alguna fo rma, su antigua
fama conquistada en l a Edad de Oro. Aunqu e fue un a literatura un poco retrasad a y
entremezclada , la corriente importada de Francia permitió la re novación, el c ambio y la
evolución de l as creaciones, además de la int egración a ctiva y p articipativa de los artistas en
aquella tra nsformación que llegaba junto con el nuevo siglo.
En Rusia, e l siglo X I X es conocido tradicionalmente como « El S iglo de Oro » de las
letras rusas. En esta época tanto la poesía como la prosa ll egaron a su ma yor apogeo. En una
primera fase, a principios de siglo, la corriente literaria fu e el romanticismo, aunque más tarde
el que alcanzaría ma yor importancia y seria explotado en todas sus facetas sería el rea lismo
literario, importado desd e Francia, aunque una vez asimilado comenzó a dar pasos en solitario
convirtiéndose en un estilo propio. Respecto a e sto último el caso de R usia es bastante peculiar,
69
puesto que la novela entr ega un rostro activista y pedagógico, a la vez que se convierte en un
instrumento de crítica social.
Rusia, en la primera mitad del siglo X IX, viví a l as mieles de la victo ria, producto del
triunfo de su primer a guerra Patriótica de 1812. Por otro lado, la influencia de las guerras
napoleónicas inspi raba a los círculos so ciales. La población marchaba llena de patriotismo y se
interesaba por los ideales de la revolución f rancesa. El país se llenó de revistas literarias: El
mensajero de Europa (Karamzin), La Estrella Polar (RyLéy ev), El C ontemporáneo (Pushkin),
El Telégrafo de Moscú (Polevoi), El Telescopio (Nadezhdin), entre otras.
El Romanticismo llenó la vida espiritual de la soci edad de la época, ejercien do una gran
influencia como princip al corriente literaria de l mom ento, divi diéndose incluso en dos
subcorrientes o sub movimientos literarios tales como el "romanticismo progresivo" y el
"romantic ismo pasivo o t radiciona l".
La po esía y l a prosa de ese siglo , en est e país, van de la mano de Aleksandr Pushkin
(1799-1837), identificado por los especialistas como el crea dor de la len gua literaria rusa. Fue
poeta, dram aturgo y nov elista; un hombre descendiente de una antigua famili a de aristócratas,
educado y criado en un entorno lleno de erudición y cultura, en el que no solo se hablaba ruso,
sino fra ncés y otras leng u as. Pushkin fue el impulsor de g randes c ambios y de la renovac ión de
la poética, rompiendo c ompletamente con la tradi ción del siglo anterior. Este escritor fue
pionero de la leng ua ver nácula a través de sus obra s, creando un estilo na rrativo mezcla de
romance, drama y s átira, estilo que fue asociado a la literatura rusa y q ue , post eriormente ,
influyó de manera notabl e en las grandes figuras literaria s de su tiempo.
Pushkin renue va y transforma la poesí a, creando una gran c ontroversia con el tema y e l
estilo. De ja atrás el Neoclasicismo y la poesía rusa no solo pasó a formar parte importa nte y d e
gran relieve en la primera mitad del siglo XIX, sino que continuó su desarrollo en la seg unda
mitad, siendo principalmente filosófica y realista, obteniendo un gran t riunfo entre los lectore s,
pues su serie de obras contaban con personajes corrientes llenos de tragedias y desve ntur as
cotidianas.
En la segunda mitad del siglo XIX, este país se v e envuelto en un a seri e d e contiendas
político – social - territoria l, como la emanc ipación de los siervos de 1861, la humillación
nacional en la Guerra de C rimea y la victoria de la Guerra Ruso-Tur ca d e 1877-1878, li bera ndo
70
a los eslavos de la tierra de los Balcanes del y ugo de los turcos, por lo que la sociedad estaba
profundamente influida por las ideas democráticas y humanas del sig lo.
A pesar de los sev eros controles establecidos por el rég imen zarista, la novela rusa
revitaliza el panorama ot orgándole un nuevo aire a oc cidente a través de la pluma de escritores
que pasarán a formar part e de los gigantes literarios de la historia d e la literatura universal. Uno
de sus repre sentantes fue Nikol ai Gogol (1809-1852), escritor que dará inicio efectivamente, a l
movimiento del Realismo literario en Rusia. Pero , por tr atarse de un p roceso paulatino, Gogol
en sus primeras obra s, N oche buena y Diario de un loco , publicadas en 1832, y El retrato
(1833), aún revela algunos matices románticos y sentimentales. No obstante, más adelante su
obra se vuelve más grotesca con Tarás Bulba (1835), un pequeño relato que fue trasformado
en novela d e carácter his tórico, cu yo protagonista es un héro e cosaco d el sigl o XVI y que fue
publicada (1842). Con su obra La Nariz (1836), da un bre ve giro a lo surrealista, relatando una
pequeña sátira con rasgos de lo absurdo, dond e una nariz decide vivir en forma independiente
saliendo de la cara de un hombre. Gogol continúa in cursionando en el tema de lo fantástico en
su novela El capote (también conocida en otras versione s como: El abr igo) , dond e mezcla
también humor y realismo social. Pero lo más escandaloso de sus creaciones para la época fue
la obra dramática El Inspector (1836), por denunciar con una dive rtida sátira la corrupta
burocracia zarista. Pero es su novel a Almas mue rtas (1842)
41
, la que se co nvierte en su obra
cumbre. Esta obra descr ibe la miseria del camp o ruso a través d e un estafador, " un pícaro
capitalista, que adquiere a bajo precio las almas m uertas de los difuntos p ara inscribirlas como
almas vivas en Catastro." Apr ovechando el desorden g ubernamental obtiene tierr as y subsi dios
esquivando o comprando las revisiones oficiales en beneficio propio. Esta denuncia social fu e
califica da como ex cesivame nte desproporcionada para el mom ento, por lo que la obra llegó a
ser prohibida por la censura zarista.
Otro importante escritor ruso de esta época y que posteriormente pasó a fo rmar parte de
los g randes e scritores de la litera tura universal, fu e Fiodor Dosto y evski (1821-1881) cuya obra
literaria s e caracterizó por ex plorar de manera ma g istral la psicolo gía hum ana en el complejo
contexto político, social y espiritual de la sociedad rusa del sig lo XIX. Un componente
41
Eugéne-Melchior de Vogüé, e n 1886, pub lica el libro Le Roma n Russe , d onde incluye y amplia el artículo
publicado , un año an tes en la revista francesa Revue d eux Mond es , en el q ue llama la atención q ue este escritor
ruso recuerd e de manera sor prendente a los m ejores escritores de la E spaña del siglo XVII, y de que su poema
épico Almas mue rtas , escrito entre 1836 y 1842, presente el ejemplo más logrado de la tr adición d el Quijote en
la literatura con temporánea. (1886: 1 23). En La p ercepción de N.V. Gógol en España: La «segunda vida» d e sus
obras en las tradu cciones en españ ol. Artículo pu blicado por Giainé Karsián. Universidad d el País Vasco, en
HERMÊN EUS. REVISTA DE TRADUCCIÓN E I NTERPRETACIÓN. Núm.4 – 2002, p. 115-128.
71
importante de su obra fue la epilepsia que sufrió toda su vida, p ero que supo utilizar hábilmente
tanto para su beneficio personal, pues im pidió qu e fuera fusilado en Siberia y que su c ondena
se redujera a cinco año s, como en la construcción de muchos de sus p ersonajes con sus
singularidades existenciales y su complejidad psicológica. Pobre gente y E l doble (1846) más
trece esbozos y cuentos que escribió los siguientes tres años fueron sus primeras obr as. L e
siguió la nov ela Las noch es blancas (1848). Todas estas narraciones muestr an las humillaciones
y el sufrimiento human o en toda su expresión y el consecuente com portamiento de los
excluidos.
La carrera literaria de Dosto y evski quedó fatalmente int errumpida en abril de 1849, pues
fue arrestado por formar parte de un grupo de intelectuales liberales opu estos al Zar Nicolás I,
que supuestamente cons piraban en su cont ra. Posteriormente , salvado d el fusilamiento, su
condena se redujo a cuatro años de trab ajo forzoso en Siberia. Fue li berado en 1854 y enviado
a Mongolia a s ervir en el ejército como soldado raso por cinco años más. En 1859 regresa a San
Petersburgo y, junto a su hermano, publica la r evista mensual Vremya (Tiempo). En ella public a
por capítulos Memorias de la casa de los muertos, Humillados y ofendidos (1861). En estas
narraciones descarga toda su penosa experiencia en la prisión en Siberia, describiendo el
sadismo, las condiciones infr ahumanas del lugar y la falta absoluta d e privacidad entre los
presos.
Su primer viaje al extranjero queda reflejado en un ensa y o titulado Notas de invierno
sobre impresiones de verano (1863), donde detalla la monotonía de la cultura de la Eur opa
occidental. Su revista Vremya fue cerrada en 1864 por subversiva. Aunque inmediatamente
fundó una nueva revista llamada Epoja (Época), ésta cerr ó prematuramente pues la censura
zarista era mu y rígida. Ese mismo año Dosto y evs ki publi có Memorias del subsuelo. También
mueren su primera esposa y su hermano. En 186 6 publica El jugador, una obra por encargo
destinada a pagar sus pro pias deudas de jue go y l as dejadas por su hermano al morir. El tema
de la novela se basa en su enfermiza pasión por la ruleta. La transcriptora d e esta novela Anna
Anitkina, se transforma en su segunda esposa en f ebre ro de 1867. Con ella se va al extranjero
ac osado por las deudas.
En 1865 comenzó a escribir Crimen y Casti go que publicaba por entregas en la revista
El mensajero ruso , hasta el año 1866 y, al siguiente año, se publicó en su totalidad. En 1872
publica Los ende moniados y , e n 1873, regresa a R usia y a reconocido internacionalmente. Poco
antes de su muerte , en 18 80, Dostoy evski conclu ye y publi ca Los hermanos Karamazov.
72
El 9 de febrero de 1881 Fiódor Dosto y evski muere en San Petersburgo.
Otro gigante de l a literatura rusa es Lev Tolst oi (1828-1910), también conocido como
Le ón Tolstoi, escritor de cuentos, novelas, ens a y os y una v ariada correspondencia. Considerado
por los espe cialistas como uno de los más im portantes e scritores d e la li teratura univers al.
Desde sus primeras incursiones literarias con sus relatos Infancia (1852) y Adolescencia (1853),
ambos publicados en la r evista literaria El C ontemporáneo , fundada por Pushkin, publicación
periódica rusa de mucho peso en aquel entonces, el genio de Tolstoi inm ediatamente fue
identificado como uno de los bue nos aporte s que auguraban en é l a un gran escritor. Unos años
después, en 1856, publicó en esta misma revista, Sebastopol en agosto, La mañana de un
terrateniente, La tormenta de nieve y Juventud. A partir de a quí todas sus obras llev arán su
firma.
Tanto la novela Los cos acos, como Albert , ésta última basada en la vida del músico
Kiesewetter, son publicadas en 1858, pe ro sin ni ngún é xito. Después de su matrimonio con
Sofía Andréievna Bers, en el mes de septiembr e de 1862 , a quién cariñosamente ll amará
« S onia » , (diminutivo ruso de Sofía), se dedica incansablemente a es cribir Guerra y Paz , escrita
en dos partes. Una prim era p arte vería la luz en 1865, en la revista El mensajero ruso. P ero
posteriormente el matrimonio Tolstoi cambia de opini ón y publi ca, en 1867, las tres primeras
partes de la obra y, a raíz del gran éxito de la obr a, en 1869 la public an complet a. En el año de
1878 se publica Ana Karenina , una obra que t erminará de consagrarlo como uno de los más
grandes e scritores rusos junto a Góg ol y Pushkin.
No obstante, el á nimo inestable de est a etapa de su vida lo lleva, en 1882 , a escribir
Confesión y, m ás adelan te, en 1886, L a muerte d e Iván Ilich, una ob ra ll ena de pesimismo y
terror. T res años más t arde, en 1889, escribe Sonata a Kreutzer, otra obra con un radicalismo
tan extremo que fue pro hibida por la censura del Zar hasta 1890, fecha en que la c ensura
autoriza su publicación gracias a las gestiones realizadas por su esposa. En 1895 Tolstoi entra
en una nueva etapa a raíz de la muerte del hijo menor. Las emociones que envuelven al autor
son tan intensas que escribe y publica Amo y criado, una obra donde "vuelve a vislumbrarse es a
pluma na rrativa, limpia y serena, " que se consolidará en Resurrección , obra en la que hace un a
despiadada crítica a la I glesia Ortodoxa de su país, por lo que ésta lo excomulga
42
.
42
Gillēs, D (1963) Tolstoi. Barcelon a. Juventud Edito rial, p. 245. En : Lev Tolstoi. S u vida y su o bra, d e Antonio
Ríos Rojas, Madrid, E diciones Rialp S. A. (2012) p. 69. Con Resurrecció n, Tolstoi "hab ía llegado a l corazón del
pueblo ru so y la Iglesia vio" en el esc ritor "un peligro que no p odía tolerar po r más tiempo. En 1900 el
73
"El 7 de noviembre de 1910, moría L ev Nikolaievich Tolstoi. Dos días más tarde su
cuerpo f ue enterrado en Yasnaia Poliana" . (Ríos, A. 2012: 71).
En esta época dorada d e la li teratura rusa son m uchos los int elec tuales b rillantes que
salen al ruedo, tal es el caso de Iván Tu rguéniev (1818 -1883), novelista y dramaturgo; un
hombre rico y noble qu e cue nta con una educación ex quisita y que vi aja por toda Europa
trabando amistad con l os grandes escritores franc eses, de quienes hereda t odos los cambios y
nuevas tendencia que asimil a con avidez y que lue go p ro y ecta en sus novela s Nido de Hidalgos
(1859) y Padr es e Hijos (1862), ambas de ambientación rural, cu ya c rítica va diri gida a la forma
de vida rusa, a los amores fallidos y la frustración vital. Fue un gran amigo de Tolstoi, aunque
con los años se convirtió en su enemig o por sus innegables desavenencias. S in embargo , a pesar
de sus manifiestas diferencias hechas públi cas en contada s ocasiones, el asunto da un giro
notable. "En 1878 Tolstoi se reconcilia con Turguéniev", a través de una corre spondencia
enviada por "el mismo Tolstoi el 6 de abril" d e ese año, "ofreciéndole s u sincera amistad y
reconoc iendo todo lo que de bía al ya vi ejo escritor. Ambos int ercambiaron cartas de mutua
comprensión y arrepentimiento, y llegarán a encontrarse de nuevo dos años más tarde.
43
" Ivá n
Turg uéniev padecía de cáncer de médula; muere en el pueblo de Bou g ival, cerca de París , el 3
de septiembre de 1883. P osteriormente fue trasl adado a San P etersburgo y enterrado en el
cementerio de Vólkovskoie.
Otras figuras destacadas de la época dor ada de la l iteratura rusa fue ron I ván Goncharov
(1812-1891), colaborador de la revista El Conte mporáneo , poet a y escritor, cu y a novela más
relevante f ue Oblómov (1851), un claro retrato de los dos defe ctos prototípicos rusos: la pe reza
y la pasividad. Mijaíl Salty kov -Schedrín (1826-1889), escritor satírico y periodista. Autor, entre
otros, de la novela L a Maraña (1848), donde a través de una sátira se ríe del gobier no ruso,
pues lo veía claramente asustado por los hechos acaecidos en Francia por esos años. Nikolái
Le skov (1831-1895), periodista y e scritor, en c u y a obra se destaca la nov ela política Sin salida
(1864), cu y o c arácter ant i-nihilista le supuso sonoras críticas de sectores progresistas rusos; lo
mismo suce dió con las publicaciones de Enemigos mortales, y Acuchillados (1871). Dmitri
Consistorio del San to Sínodo h izo llegar de forma secreta un documento a t odas las diócesis rusa s, en el que
declaraban a Tolstoi enemigo d e la Iglesia rusa". Por lo ta nto, el escritor d ebía arrepentir se antes de morir, d e
lo contrario no contaría con las atenciones prop ias de la Iglesia en estos ca sos, para el "r eposo de su alma". Con
esta acción el escrito r confirmó que el camino qu e había elegido era el correcto. E ste hecho lo favoreció pu e s la
gente lo defendió y se unió a él. No obstante, la excomun ión lo co nvertía en su personaj e vigilado y p erseguido.
Tolstoi al morir fue sepultado en la finca donde hab ía vivido tod a su vida.
43
Momento "r econciliador en el q ue no dejaron de reconocer la insalvable di stancia qu e le separaba resp ecto
al modo de entend er y expresar la vida." (p.61 - 62).
80
ca racterística fu e la mezcla de algunos elementos románticos y de av enturas, con los severos
tintes críticos y de denuncia hacia Benito J uárez.
Por tratar se de uno de los primeros virreinatos españoles, Nueva España -el actual
México- g ozaba de muchos privileg ios desde el punto de vista cultural, pues c ontó con una
universidad (1553) y una tipografía (1535-1 539), mucho antes que el resto de l as colonias.
Además, fundaron cole gios para los hijos de los españoles, el primer colegio de los indios y el
de los mesti zos. Sin emb argo, eso no fue g arantía de un desarrollo intelectual de pre stigio, pues
fiscalizaron hábilmente cualquier tipo de manifestación de pensamientos disím iles que pusiera
en peligro la buena marcha de la colonia, estableciendo un férreo control d e toda la li teratura
que llegaba desde e l viejo continente.
Igualmente, e n este período favorablemente romántico, se publicaron novelas con fondo
histórico que enaltecieron a los héroes. El que destacó en México fue J uan Díaz Covarrubias
(1837-1859), esc ritor y poeta liberal, autor de la n ovela Gil Gómez, el i nsurgente, y La hij a de l
médico (1856), ambientada en la guerra po r la Independencia. También hubo otras
manifestaciones literarias importantes de destacar, como la de Luis G. Inclán (1816 -1875),
autor de la novela, Astucia, el jefe de los Hermanos de la Hoja (1865-186 6), narración donde
se representa fielmente la vida ca mpesina mex icana . Vicente Rivas Palacio (1816 -1875), cu y as
novelas folletinescas, que Bellini cataloga de bajo valor artístico, evocaban el mundo colonial.
Destaca n Los cuentos del General (1896), una colección de "tradiciones" mexicanas.
El tema, objeto de este apartado, tiene qu e ver especialmente con la corr iente d el
realismo decimonónico. En tal sentido México adquiere este movimiento de forma tardía y se
inspiró en la obra de Pér ez Galdós, que Bellini de nomina, "realismo sentimental" ( Ibíd. 1997:
293). En este punto se encuentra el es critor Rafael Delgado (1853 -1914), a utor, entre muchas,
de las novelas, L a Calandria (1891), e Historia vulgar (1904). También cab e citar al escritor
José López Portillo y Roj as (1850-1923), con sus novelas La parcela (1898), Los precursores
(1909) y Fuertes y débiles (1919). Con ellos se sitúa, ade más, Emili o Rabasa (1856-1930),
escritor de las novelas La bola (1887) y La g uerra de tres años (1891). Finalmente es
importante reseñar al esc ritor F ederico Gamboa (1864-1939), fanático admirador y se guidor de
Zola, autor de la novela Santa (1903), que fue co nsiderada l a versió n hispanoamericana de la
novela Nana (1880) de Zola.
Tanto en Méx ico, como en el resto de l os países hispanoamer icanos, el paso por el
realismo y naturalismo fue co rto. A pesar de ser admiradores de B alzac, Zola y de otros
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repre sentantes notables de dichas corrientes, su incorporación tard ía en el Nuevo Continente,
sumado a sus propias realidades políticas, e conóm icas y sociales, e stos movimientos fueron
asimilados más bien com o una her ramienta para s us propias denuncias y acusaciones relativas
a los abusos de poder de los nuevos goberna ntes, la ex clusión, la injusticia y el maltrato de los
más desfavorecidos. Del mi smo modo fue utilizado además para la exposición de todo lo que
parec iera escatológico, truculento o perturbador para la sociedad que se constituía en esta nueva
República. A este respecto B ellini nos comenta:
Lo que muchos de ellos presentan al lector es un material horripilante
que denuncia la tesis abrazada desde el comienzo. Sin embargo, en
medio de e ste clima se perfilan escritores válidos que producen páginas
de gran valor dramático donde denuncian [ … ], las condiciones
miserables en que vive, la explotación inhumana del hombre, horribles
miserias materiales y morales, logrando en algunos casos conmo ver a
la opinión pública y hasta sacudir la indiferenci a de los gobernantes.
(Ibíd. 1997: 294-295).
Una realidad bastante si milar a México, se manifiesta en el Virreinato de l Perú. Una
gran colonia asentada sobre el Imper io Inca que goz ó de muchas ventajas , pues fue uno de los
Virreinatos más opulento y culto de las colonias de América del sur. C ontó ade más con el
beneficio de la imprenta desde el si glo XVI. Pese a estos privilegios, es manifiesta la ausencia
de publicac iones periódicas diver sas, producto del ejercicio p eriodístico o de la crea tividad
interna. Tampoco se real izaron publica ciones relati vas a actividad es educa tivas o c ulturales.
Por lo que el género de l a novela se vino a cultivar ha cia fines del siglo XIX y p rincipios del
XX.
La corriente literaria predomi nante en la exigua o casi nula producc ión l iteraria que
experimentó el Perú, a partir de la independencia, fue, por una parte, el agotado neoclasicismo
entremezclado con el ro manticismo, en medio de ambos, el costumbrismo y m ás adelante el
modernismo, con una leve representación del realismo y el naturalismo implementado a través
del uso de deter minados elementos y en contados casos.
Aunque ha y algunos autores que dicen que el costumbrismo tiene sus oríge nes en
España, ese mismo costumbrismo se transforma completamente en el contex to americano. Sin
embargo, tampoco se p uede hablar de corrientes pu ras pues en Hispan oamérica, como se
mencionó anteriormente, hay una tende ncia a entremezclar y combinar elementos de las
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tradiciones y el paisajismo con los del c ostumbrismo y romanticismo. Un claro ejemplo lo
repre senta Ricardo Palma Carrillo (1833-1919), polí tico, escritor, poet a y periodista, autor de
Tradiciones peruanas , T omo I (1872), Tomo II ( 1874), Tomo III (1875) y Tomo IV (1877).
Una gigantesca ob ra donde combina elementos históricos y fa bulaciones p ropias, en las que
narra la hist oria de ciudad de Lima y d el resto del Perú, desde la épo ca inc aica pasando por la
colonial hasta la e tapa republicana.
Otro sig nific ativo e scritor fue Felipe Pardo y Aliaga (1808-1868), aboga d o, político,
dramaturgo y poeta, ade más de ser un tenaz opositor del romanticismo. Ex aminó y juzgó con
severidad la realidad peruana republicana a tr avé s de sus comedias, su poe sía y sus artículos
costumbristas. Se caracterizaba por su e stilo popular, su red acción satírica y una abierta crítica
social. Por otra parte, Ma nuel Ascencio Segura (1 805-1871), escritor, dramatur go, periodista y
poeta, i gualmente apasionado defensor del costumbrismo, autor de la nov ela Gonzalo Pizarro
(1844), la primera novela republicana . F ue, ad emás, precursor d el teatro en l a nueva República,
con una produc ción dramática bastante extensa. Siendo más conoc ido por la dramaturgia y sus
artículos periodísticos que por la prosa.
En términos generales, el siglo XIX en el P erú estuvo marca do por el pensamiento
liberal y uno de los temas de fondo que se trató fue la c uestión indí ge na, por una parte, más allá
de la revalorización de lo incaico, pues la numer osa población indí gena debí a tener su lugar.
Por otro lado, fue relevan te, dentro de la creación literaria , el tema historiográfico de la segunda
mitad del siglo con un a influencia relativa y pa rcial del positivism o en las obras históricas, entre
los que destacan Historia del Perú independiente (1868 ) y Narración histórica de la guerra de
Chile contra el Perú (1884), del escritor Mariano Felipe Paz Soldán (1821-1886).
Como consecue ncia d e la crisis social, económica y políti ca que a conteció en Perú
durante y después de la Guerra del Pacífico con Chil e (1879 -1883), se co mienza a vislumbrar
en las obras literarias, ens ay os y artículos pe riodísti cos, algunos matices re la tivos a la c orriente
del realismo decimonónico. En esta atmósfera el ente literario se hace más crítico, reflexivo y
analítico con su entorno, pues el nuevo escenario de vida en lo que quedó constit uido el país,
no solo para el ciudadano común, sino a nivel gubernamental con todo el sur del país pe rdido
en la guerra, e mpuja al arte y la liter atura a manifestarse fre nte a esa nueva realidad.
Entre los escritores más destacados merecen mencionar los sigui entes: Manuel
González Prada (1844-1918), poeta, ensa y ist a y escritor, importante exponente del re alismo
peruano. Autor d e Pájinas libres (1894) y Horas de lucha (1908), entre otros ensayos. Mercedes
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Cabello de Carbonera ( 1845-1909), escritora y seguidora del P ositivismo y el Natura lismo
francés, fue la iniciadora de la nov ela realista peruana. Autora de Bla nca sol (1888 ), Las
consecue ncias (1890), entre otras seis novelas. También publicó numeroso s ensa yos y a rtículos
periodísticos sobre temas li terarios y sociales en la prensa nacional y fue una ferviente d efe nsora
de los Derechos de la mujer en su pa ís.
Ecuador comienza a d ar sus primeros p asos en lo que respecta al tema literario a partir
de 1870, aproximadamente. A pesar de contar con una imprenta, -que llegó a Quito en 1760 -,
todo lo relativo a la c reación, producción y publi cación literaria estuvo monopoli zado por la
Colonia y los resultados fueron mu y pobres. U na vez independizados y constituida la
República, las constantes disputas de conse rvadores y liberales, l as guerras c iviles y los
continuos alzamientos por el poder, m ermaron considerablemente el espíritu de los
ecuatorianos. Pese a est a penosa realidad, no fue e xcusa para no desarrollar, aunque fuera una
mínima o exigua realización poética y literaria. Destaca, en est e cont exto J ua n Montalvo (1832-
1889), pues simboliz ó la emblemática lucha en c ontra de la dictadura de Veintimilla y More no,
inaugurando la liter atura combativa que se oponía a los abusos del poder. Sus ensay os más
importantes son: El último de los tiranos (1872), Los siete trat ados (1873) y El Dictador y La
Dictadura perpetua (1874), escritas en el exilio en P anamá. Tambié n cabe citar a su única
novela, Capítulos que se le olvidaron a Cervantes (1898), libro póstumo.
En consecuencia, el modernismo llega a Ecu ador para en frentarse a un entorno y a un
espacio r ecargado de un rancio romanticismo tardío, matiz ado con un naciente costumbrismo
lleno de paisajes con una yuxtaposición constant e de elementos de una u otr a corriente copiadas
del viejo continente. Au nque se tratara de un estilo muy propio del país en formac ión, es
importante su reseña por la función motivadora que inyecta a su futuro art ístico e intelectual.
Otro punto relevante a destacar es el relac ionado con la « Generación decapitada » , pues se tra ta
de un grupo formado po r los poetas guayaquileños Ernesto Nobo a y Caamaño (1891-1927 ) y
Me dardo Án gel S ilva (1898-1919); los quiteños Humberto Fierro (1890-1929) y Arturo Borja
(1892-1912); o como la llamó el escritor y pe riodista Raúl Andrade (1905-19 81) la "Generación
perdida", pues fueron cuatro poetas, cu ya similitud en la temática tratada en sus obras fue
extraordinaria, como también lo fue la analog ía trág ica de sus vidas, pues los cua tro se
suicidaron.
En este contexto el realismo decimonó nico -también bastante tardío-, ll ega a Ecuador
con Luis Alfredo Martínez (1869-1909) y su novela A la costa (1906), donde el autor maneja
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temas como el duelo, l a frustración, la desesp eranza, la carencia económica y la pé rdida
familiar, con el tapiz de l a victoria de la Revolución liberal de 1895, como trasfondo. Esta obra
da inicio a la novela inspirada en el realismo social con una clara intención de dejar atrás el
viejo romanticismo. Más adelante, Demetrio Aguilera Malta (1909-1981) publi ca el libro
tit ulado Los que se van (1930). Un volumen que muestra un conjunto de re latos y cu entos
sociales, en el que partici paron J oaquín Gallegos Lara (1911 -1947), Enriq ue Gil Gilber t (1912-
1973), José de la Cuadra (1903 -1941) y Alf redo Pareja Diezcanseco (1908-1993); todos
integrantes del "Gr upo de Guaya quil" (1930). Una formac ión de es critores c omprometidos con
los temas sociales del campesinado costeño (montubio), e l indio y el obrero del Ecuador. S u
entorno, su calidad de vi da, sus caren cias y sus m iserias a tr avés d e distintas narraciones cu y a
caracter ística fundamental fue la de ser una representación fiel de la realidad que vivían a diario
toda esta gente de la c osta ecuatoriana.
La literatura social explot ada por este grupo de e scritores, donde mostraban con
marcada crudeza la situación de la gente común, del pesca dor y del campesino ecuatoriano, en
las primeras d écadas d el siglo XX, fue una actividad de gran importan cia, aunque incómod a
por las reacc iones que produjeron en el seno de la sociedad del momento.
El nuevo comportamiento de estos artistas estableció un punto de inflex ión creativo en
la nueva generación que nacía, estable ciendo dist intos parámetros creativos que renovaron la
literatura e cuatoriana. L a s obra s más destacadas de este grupo fueron Las cruces sobre el agua
(1946), de Gallegos Lara; Nuestro pan (1942), de Gil Gilbert; Los Sangurimas (1934), de J osé
de la Cuadra. Esta última fue una novela que relata la vida de la familia San gurima, su patriarca
y las creencias, mitos y costumbres v ividas por la familia y sus trabajadores dentro de la finca
La Hondura, p ropiedad del patriarca. Junto a las reseña das s e sitúan obras anteriores: La casa
de los locos (1929) y Bel muelle (1933), de Alfredo Pareja Diezcanseco y Don Goy o (1933), de
Demetrio Aguilera Malta.
Otro es critor, cu y a obra siguió el mismo camino del grupo anterior, p ero desde el
leitmotiv del hombre inmer so en un conglomerado mucho más precario y excluido, como fue
(y aún es) la vida del in dígena, retratado en su r ealidad circundant e con t oda su crudeza, fue
Jorge Icaza (1906-1978) con sus novelas, Huasipungo (1934), La C hulla Romero y Flores
(1958) y una c olección de cuentos titulada, Seis relat os (1952).
Otra nación inmediata a Perú y E cuador, es Boli via. Un país que al igual que s us
colindantes, comenzó a c ultivar sus propias creaciones literarias hacia fines del si glo XIX. Al
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igual que el resto rec reó el romanticismo tardío, entremezclado con el ementos costumbristas,
entre otros. De igual modo este período coincidió con e l proceso Independentista. L os primeros
cincuenta a ños republicanos Bolivia los vivió con una constante inestabilidad política, social y
económica. La Guerra d el P acífic o con Chile (1879 -1883), donde pe rdió sus costas, fue otro
hecho deter minante en su escaso desa rrollo cultural. La definitiva instaura ci ón de la República
llegó a comienzos del siglo XX. Por tal motivo su producción literaria en a quel ti empo estuvo
en función del canto y la exaltación de los héroes.
Ante esta r ealidad la creación artística y liter aria se pro y ecta débilmente. A pesar d el
contexto anárquico, depr imido y carente q ue vive el país después de la d errota, con ausen cia
hasta de lo más esencial como una imprenta, emergen las primeras manifestaciones literarias.
Destaca N ataniel Aguirre (1843-1888), abo ga do, e scritor, polít ico y diplomático, autor de la
novela Juan de la Rosa (1883), una novela histórica que nav ega e ntre el romanticismo tardío y
el realismo sentimental, con matices costumbristas y naturalistas. P or esta mi sma época apare ce
la escritora Lindaura Anz oáteg ui de Campero (1846 -1898), quien se convierte e n escritora no
solo por su talento, sino por las ventajas de pe rtenecer a la naciente bur guesía boliviana. Entre
su obra destacan las novelas Una mujer nerviosa (1891), Huallparri machi (1892), Luis (1892),
Manuel Ascencio Padil la (1909), entre otras. Novelas que van desde el romanticismo tardío al
costumbrismo didáctico. Más tarde cabe citar a Adela Zamudio Ribero (1854 -1928), escritora,
poetisa y ensa y ist a, que destacó con la nov ela Íntima (1913)
46
. En el mismo período cabe
considerar a J ulio César Valdés Cardona (1862 -1 918), abo ga do, periodista y escritor, autor de
Picadillo (1887), Heroínas paceñas (1888 ) y La Chabelita (1891), una nov ela por entregas que
por alguna razón desco nocida quedó inconclusa. Más tarde publi ca Mi noviciado (1898).
Armando Chirveches (1881-1926), abogado, poeta y escritor. Sus novelas fueron La
candidatura de Rojas (1908), Casa solariega (1916) y Virgen del lago (1920). Dicho escritor
se abrió a la psicología social, la descripción crioll a, el paisaje y e l realismo sentimental. Es
importante destacar también al escritor indi genista Alcides Arguedas (1879 -1946) y su novela
Raza de bronce (1919). Una obr a que d eja a la intemperie la realidad indigenista, el mestiz aje
y el problema de la identidad nacional.
46
Pero la novela es tamb ién un p royecto narra tivo a través de d os estrategias: la comun icación epis tolar y la
característica dialó gica del narra dor. (…) Más que de velar lo q ue sucede con los indi viduos, la carta, introduce
lo privado en la agenda política, (…) Po r ello su escritura conforma un espacio d e contraba ndo, d e incorporar lo
que no es prop io, lo q ue rompe la lógica, lo q ue molesta. En: Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia
de Wiethüchter y P az Soldán, p. 158-159.
86
La América colonial nut ría su cultura a trav és de una li teratura de la clandestinidad,
pues las autoridades españolas se empeñaban en r estringir y controlar toda s las publicaciones
que llegaban al nuevo m undo. L os sucesos europeos y especialmente los españoles , acaecidos
entre los siglos XV III y X IX, eran hechos cu yo conocimiento debía ser vigilado pues los ánim os
independentistas y a se en contraba n en todas las me ntes de la pobla ción. P ero las noticias de una
u otra forma se filtraban. Un lu g ar ideal para ese in terca mbio era n los pu ertos y, el de Buenos
Aires en el Virreinato d el Río de la Plata, no fue la excepción. Pues allí atracaban barcos con la
más variada literatura oculta en sus bodegas que, subrepticiamente, se adqui rían y se g uardaban
para ser leídas en se creto. No obst ante, la Inde pendencia no solo acabó con aquello, sino que
rápidamente se dio a la tarea de fundar, en 1812, la Primera Biblioteca pública de Buenos Aires.
La gesta indep endentista en los países de Am érica fue transmiti da, glorificada y
en altecida a trav és de la pluma y la herencia neoclasicista. Argentina, en su primera etapa
independiente, no fue distinta pues constantemente se reflejó esta tenden cia en las primeras
composiciones. S in emb ar g o, más adelante se advierte una evolución hacia el romanticismo
que se movi ó entre la literatura combativa y la esc ritura intimista , cuy a huella perduró hasta el
siglo XX, sin embargo, su época de gloria se encuentra entre lo s años 1830-1880
aproximadamente.
Un importa nte persona je a reseñar en la Argen tina re cién fund ada, fue el poe ta Juan
Cruz Varela (1794-1839), escritor, pe riodista y político, que vivi ó con gran admiración l as
actividades desarrolladas por Bernardino Rivadavia (1780-1845), el Primer jefe de Estado de
las Provincias Unidas del Río de la Plata, convirtiéndose "en el cantor d e los gra nd es triunfos"
del país. Más adelante, c asi al final de su vida, Cruz Varela, desde su exilio en Mont evideo,
escribió "una encendida invectiva contra el tirano" De -Rosas, titulada El 25 de mayo de 1838
en Buenos Aires. Un "poema", e n el que, a juicio de Be llini, “se enc uentran notas a biertamente
románticas, d e recogida melancolía, de doli da tristeza o el egíacas." ( Ibíd. 1997: 208).
Característica que destacó en el resto de su obra especialmente la dramática.
De igual forma, aparecen , en pleno período n eoclásico de la poesía argentina, nuev os
esbozos, que más adelante en la época romá ntica de la literatura g au chesca, mejoraron. Uno de
sus representantes más pintorescos fue Juan Gualb erto Godo y (1793 -1864), un escritor que hizo
públicas sus composiciones alrededor de 1820 con un marcado estilo gauchesco. Un sub- genero
87
nativo que procura recrear la vida y el entorno d el gauc ho con su propio lenguaje
47
. Algunos
ubican a la literatura gauchesca en entornos abiertos y típicos de la pampa argentina, otros lo
recrean a t ravés de personaje s que utili zan un lenguaje característic o del gauc ho, un ser
destinado a llevar la literatura a niveles mucho más populares entre la población en plena
contienda. También este estilo fu e utilizado para establecer distancia con la li teratura de
influencia europea. A este respecto Borges s ostenía que era un error "… derivar la liter atura
ga uchesca d e su materia, el ga ucho, es una confusión que desfi g ura la notor ia verdad." Ya que
este sub-género era el resultado del "carácter urbano de Buenos Aires y de Montevideo". A su
juicio el sinnúmero de sangrientos y peli grosos desafíos y combates en los que se vieron
inmersos " los homb res d e cultura civil" tuvo c omo consecuencia la compenetración co n "el
ga uchaje; de la azarosa conjunción de esos dos estilos vitales, del asombro que uno produjo en
otro, nació la literatura gauchesca." (1989: 179). Los escritores más relevantes de esta tend encia
de Literatura Gau chesca, son B artolomé Hidalgo (1788-1822), Estanislao del Campo (1834 -
1880) y José Hernández (1834 -1886), este último con su fa mosa obra El gaucho Martín Fierro
(1872).
Al hil o de lo anterior, es evidente que la liter atura gauchesca se fortalece con Hernández
a través de los cantos de su principal obra El Gaucho Martín Fierro (1872). Producción que
siete años más tarde es co ntinuada con la publicación de La vuelta de Martí n Fierro (1879). No
obstante, el verdade ro r esponsable de que germinara y se afianzara la literatura gauches ca como
tendencia autóctona, se sitúa mucho antes con el escritor Esteban Echeverría (1805 -1851). Un
intelectual que vivió dura nte cinco años en F r ancia (1825-1830), donde asimiló conocimientos
bastante amplios de lo qu e era la nueva escuela lite raria y las nuevas tendenc ias en lo económico
y lo polí tico. Por lo tanto, no fue ex travaga nte que, al regresar Echeverría se convirtiera en el
portavoz de un proyec to polí tico, ideológico y literario, inspirado en el liberalismo, el
socialismo utópico y e l romanticismo.
Entre sus múl tiples proyectos publicó de form a anónima el poema Elvira (1832), que
también fue conocido con el títul o de La novia d e Plata, a pes ar d e contar con características
bastante ingenuas y d e pasar casi inadvertida, fue u na obra importante pues s e trató de la primera
manifestación romántica y el comienzo de una pro ducción literaria prop ia d el país. Del mismo
modo, hizo público Los Consuelos (1834) y Rim as (1837), donde inclu y e , en este últ imo, el
47
Una definición muy precisa y b astante interesante d el 'Patriota campesino ' o gaucho en: Revista d e
Literaturas Mode rnas, Nº 29, 1999, Mendoza, Argentina. Bo rges y el gaucho. Autor: Ma rio Goloboff.
Universidad Nacion al de la Plata, p ., 175 - 184.
88
conocido poema L a Cautiva (1837). Más adelante, para continuar en su empeño de darle forma
a todas esas renovadas id eas tr aídas desd e el viejo continente, E cheverría inauguró en Buenos
Aires, el « Salón L it erario » (1837), también fundó ese mismo año, la « As ociación de la J oven
Generación Argentina » . Sellando más tarde esta tendencia cuando es cribe el cuento El
matadero, entre los años 1838 - 1840. A jui cio de Oviedo, "…el cuento debió ser escrito en 1839,
justo cuando marchaba a l exilio…" (1997: 27). No obstante, fue encontrado inédito, entre los
papeles person ales que dejó al morir. Se trataba de un crudo relato que posteriormente fu e
publicado en la Revista del Río de la Plata en 187 1, veinte años de spués de su muerte. Esta fue
una peculiar n arración donde el escritor entremezcla elementos gauchescos y elementos
realistas poco frecuentes . El a utor, en esta oc asión, relata la muerte d e un joven "unitari o"
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torturado por la g ent e de De -Rosas, en los mataderos de ganado de B uenos Aires, c onvirtiendo
la obra en una crítica severa a la violenc ia que viv ía la socieda d bon aerense de aquel entonces.
Un relato, sin duda, anticipado a los modos de concepción, de realización y hasta de forma que,
en años posteriores, sería utilizado por el Realismo y e l Naturalismo europeo.
Entre los primeros gobernantes de la recién estren ada República Argentina se registran
marcados abusos de poder. Así, ante la creciente intolerancia y violencia ejercida por el ya
nombrado General De-Rosas, la intelectualidad es atacada, censurada y p erseguida, por lo que
muchos de ellos dec idieron tomar rumbo h acia Montevideo, Ur ugua y y Sa ntiago d e Chile para
seguir sus actividade s en el exil io.
Tras la c aída del régimen De -Rosas (1857), e instaurado el nuevo gobierno en
Argentina, rápidamente s urge una literatura de gran madurez inte lectual y políti ca. Uno de sus
repre sentantes, que pasó su exilio en Chile y que posteriormente e jerce la Presidencia de la
República (1811-1888), fue Domin go Faustino Sarmi ento (1811-1888). Este intelectual destacó
en el plano literario con su obra Facundo (1845). Un singular ens ayo inspi rado en el caudillo
provincial Facundo Quiroga a quien describe como la representación indiscutible de la barbarie
en oposición a la civiliz ación y el progreso, convi rtiéndose la obra en el libro inaugural de la
literatura arge ntina.
48
Los Unitarios, fu e un partid o político argentino de tend encia liberal, in spirados en la Fran cia Nap oleónica que
defendía el Centra lismo de la Nación y q ue se opuso fervientement e a la forma de gobi erno d e Juan Manu el de
Rosas. Ellos so stenía la necesid ad de un gobierno centralizad o en las Provincias Unidas d el Río de la P lata. Su
vigencia comenzó hacia 1824 y su ocaso se produjo hacia 1835, pu es gran parte de su s seguidores partieron al
exilio. Aunque fuera d e las fro nteras perduró algun os años más, ap roximadamente 18 37. Ya p ara 1853
Argentina, tras ard uas batallas se lib eró del caudillo, qu e huyó a I nglaterra. Rápidamente se con st ituyó un
Congreso qu e redactó la Constit ución Nacion al de 1853 y que p roclamó la República F ederal de Argentina.
89
Más tarde con la Gen eración de 1880, u och entista, como la llamaron algunos
especialistas, se a centúa el uso de elementos europeos, convirtiéndose en l a primacía cultur al
de Buenos Aires por excelencia, pues se ocupan de crear un trazado de metódicas técnicas en
la creación literaria . A pesar de que las letras de la provincia aún son poco significativas
destacan Leopoldo Díaz (1862-1947) y Pedro B . Palacios, llamado también, "Alma fuerte"
(1853-1917), dos poetas venidos del interior del país junto a los escritores J osé M. Estrada
(1842-1894), P edro Go yena (1843-1892) y J oaquín V. González (1863-1923), cu y a n arrativa
cabalga entre el costumbrism o y la problemática social. Hacia finales del siglo la nueva estética
en la poesía paseará entre el P reciosismo y el Simbolis mo. Posteriormente aparecerá en escena
Le opoldo Lugones (1874-1938), periodista, escritor y político, venido i gua lmente desde l a
provincia en cu y a obra él se im pondrá con el ‘sencillísimo’ y el ‘criollismo’. Este escritor se
mantendrá por largo tiempo hast a el reconocimiento de Horacio Quiro ga (1878 -1937), fi el
re presentante del realismo rural.
Volviendo sobre la "Generación del 80 ", se hace importante reseñar, que este
movimiento estuvo constituido por un g rupo de escritores, políti cos y científicos, que s urgió en
Buenos Aires con una p ropuesta de "acción int electual integ r ada a la vida nac ional." (Ibíd.
Oviedo: 159). Desde la dictadura d e De -Rosas, no había na cido en el país un grupo con ese
nivel de unific ación y apoyo, a la Pr esidencia e n sus respectivos proyectos de Nación. S in
embargo, los conflictos a nivel nacional por ca usas diver sas, no c esaron. No obstante, hacia
1891, dentro d el denominado ciclo de La Bolsa, aparece Carlos María Ocantos (1860 -1949),
seguidor del realismo de Pérez Galdós, con su obra Quilito, una novela acerca de la crisis
bursátil de 1890, le sigue S eg undo Villafañe (1860 -1937), con Horas de fiebre criticando la
vorágine materialista y Julián Martel (seudónimo de José María Miró, 1867 -1896), con su
novela La Bolsa. A este respecto Oviedo señala "Los del 80 crearon forma s literarias de « alt a
cultura» que eran una manifestación del pro ceso de « modernización » en el que se había
embarcado el Estado." (Ibíd. 1997: 161).
Sin embargo, hubo al g unos intelectuales que a pes ar de pertenecer cronológicamente a
la generación antes rese ñada sus caminos creati vos se fijaron en el Naturalismo, haciendo
énfasis en lo mali gno y lo artificioso del auge socioe conómico a rgentino y criticaba
áspera mente al establishment . En este contexto destac an, Juan Antonio Argerich (1855-1940)
con su novela Inocentes y Culpables (1884), Ma nuel T. Podestá (1853-1918), con su novela
Irresponsable (1889), Francisco Anselmo Sicardi (1856-1927), con su obra El li bro e xtraño (5
volúmenes, 1894-1902) y finalmente, Eugenio Cambaceres Alais (1843 -1889), seguidor de un
96
respec tivos períodos prehispánicos, sin excepción , vivieron sus respec tivas, pre y post
emancipación, dando los mismos pasos y recorriendo el mismo camino igualme nte complejo,
con resultados bastante n egativos en lo que se refiere a lo social, lo económico y lo político. En
el Nuevo Continente el ne oclasicismo se agotó con la c aída de las c olonias en las primeras
décadas del siglo XIX y el romanticismo hizo gala, con l as alabanzas y exaltación a los héroes
y guerreros independenti stas, a través de composiciones poéticas, que resaltaban el buen hacer
de combatient es o p ersonajes de reliev e, d estacando en todo momento ideales liber ales y
nacionalistas.
Así cabe consid erar al sacerdote salvadoreño, Manuel Aguilar (1750 -1819) y su
homilía, donde proclama el dere cho a la insurrección de los puebl os oprimidos. Algo parecido
realiza el sacerdote J osé Simeón Cañas (1767-1838), en la Asamblea Constituyente de El
Salvador de 1823, donde reclamaba la liberación de los esclavos. La s composiciones era n actos
espontáneos nacidos del fragor de los acontecimi entos como la de Miguel Álva rez Castro
(1795-1856), autor de la poesía Oda Al ciudadano José Cecilio del Valle (1827) o la de
Morazán de Fra ncis co Día z (1812-1845), pieza en prosa, publicada en 1894, que reg istra la
ge sta del héroe liberal y centroamericanista.
En pleno proceso de for mación de una nuev a Nación, nace en Costa Rica Manuel
Argüello Mora (1834-1 902) abogado, periodista y escritor. Autor d e una gra n producción
narra tiva qu e siempre int entó enmarcar en l a temá tica del realismo decimo nónico europeo, sin
embargo, nun ca logró de spegarse de rasgos costumbristas y del romanticismo tardío . Algunas
de sus obras más destaca das fueron Elisa de l mar y Las trincheras (1899), La bella here dera y
El amor leproso (1900). Fue considerado impulsor del desarrollo literario de su país. Más
adelante se manifiesta el primer intelectual en introducir el modernismo en Costa Rica, el
escritor Rafael Ánge l Tr oy o (1870 -1910), poeta, novelista, cue ntista y músico. Su obra gira en
torno a la corriente romántica que luego re emplazará por la tend encia del modernismo. Ex plor a
cuentos de fantasía como Terracota (1900), Topacio, cuentos y fantasía (1907), y también la
novela psicoló gica El libro de la vida (1901), ade más de poesía lírica y composiciones
musicales. También cabe considerar a Rafaela Salvadora C ontreras Cañas (1 868-1893), poetisa
y cuentista, primera esposa de Rubén Da río, cu y a obra sig ue la s pautas trazada s por su esposo,
el Modernismo. Escribió cuentos y prosa po ética.
En plena etapa del Modernismo poético, Panamá aún libraba batallas para emanciparse
de Colombia de 1903. A pesar de haberse ind ependizado de España en 182 1 , como el r esto de
97
naciones centroamericanas, esta nación estuvo u nida a Colombia durante trece años. Por lo
tanto, en todo este período lo que ha y de producción li teraria son reperc usiones románticas a
través de la narrativa del joven escritor Gil Colunje (1831 -1899), escritor, poeta romántico,
periodista, abogado y po lítico colombiano residenciado en Panamá c on L a Virtud triunfante
(1849), considerada por alg unos críticos como la p rimera novela p an ameña. En 1852 sobresale
su oda 28 de noviembre donde rinde tributo a la indep endencia de Panamá. La transición
literaria en este país fue del romanticismo al modernismo, y la integran J erónimo de la Ossa
(1847-1907), Federico Escobar (1861 -1912), Rodolfo Caicedo (1868-1905). Para los
panameños la verdadera e ra republicana se inicia en 1903; por esa misma época el moderni smo
es lo que está e n boga ju nto a la nueva poética.
En Puerto Rico todo el siglo XI X estuvo abocado al fortalecimiento del liberalismo
político. La población liberaría colectivamente el sentir criollo, unificándose en el deseo
independentista y un a de sus herramientas más próx imas fue la prensa . A travé s de ella se
transmitió y divul gó el d ebate filosófico, ideas po líti cas, algunos relevantes ensayos y todo lo
que tenía que ver con la producción literaria que hi cieron más cercano el pe nsamiento libertario
y los movimientos artísticos más notables del viejo continente, com o el Romanticismo, por un
lado, y el Realismo y Nat uralismo por otro.
El primer periódico isleño fue La Gaceta de Puert o Rico (1806), que lo gra ser publicado
gracias la llegada de la pr imera imprenta, motivando además la aparición de otras publicaciones
como el Diario Económico (1814-1815), El Cigarrón (1814) y El investigador (1820-1822).
Todas estas publicacion es fueron las qu e promocionaron y di eron cabida a las tendencias
estéticas como el neoclasicismo, las letras pre rrománticas, el criollismo y el costumbrismo.
No se re dundará en da r detalles acerca del medio ambiente coercitivo que
implementaron las colonias. No obstante, es relevante desta car que , a p esar de ese entorno, el
romanticismo en Puerto Rico nace y se desarrolla con la formación de un movimiento literario
auspiciado por la aparici ón del Semanario Literario (1843) y del periódico Boletín Mercantil
(1839), entre otros. En sus producciones fue constante el uso de elem entos paisajistas y
costumbristas. Práctica que se convirtió en una constante en la producc ión literaria de la región.
Por lo tanto, el roma nticismo puertorriqueño se sitúa en la isla desde 1839 hasta
aproximadamente la primera década del siglo XX.
Tanto la aportación d e autores puertorriqueños, como la de otros autores europeos, l a
mayoría españoles de paso por la isl a, contribu yeron a crear el ambiente adecuado p ara la
98
expansión de las letras. Algunos especialistas consideran la p rimera mitad del siglo XIX como
la etapa del despertar lit erario de la isl a con las obra s Aguinaldo Puertorriqueño (1843) y Álbum
puertorriqueño (1844); Cancionero Borinquén y el segundo Álbum puertorriqueño (1846),
dentro del género autóct ono y costumbrista románti co de la isla. D estaca de igual forma en el
realismo puertorriqueño el periodista y escritor Salvador B rau (1842 -1912), autor de La
pecadora (1887), cu y o tema es la denuncia de la mala calida d d e vida y la miseria de los
trabajadores, y d el ensa yo L a campesina (1887), con el que hace públi co los problemas de la
mujer en el campo.
El pedag ogo, periodista y poeta español Manuel Fernández Juncos (1846 -1928) fue el
fundador del periódico El Buscapié (1875), un sema nario dedicado a difundir la obra intelectual
de Puerto R ico. Una publicación que fue mu y pop ular entre los lectore s y q ue además a y udó a
difundir el g usto por la l ectura en la isl a. Más ta rde , a r aíz de la tan exit osa aceptación y e l
sinnúmero de colaborac iones, fue transformada en una publicación ilustra da, re bautizada como
Revista Puertorriqueña ( 1883), convirtiéndose, a juz gar por Men éndez Pelayo, en una d e las
mejores publi cac iones literari as americanas. Sin embargo, todo se terminó cuando la isla pasó
de ser c olonia española a colonia estadounide nse.
A finales del siglo XIX y comienzo del XX, el r ealismo y el naturalismo serán la estética
de la isla. Aquí s e encuentra a uno de los más representativos, Manuel Ze no Gandía (1855-
1930), médico, periodista, e scritor y político, cu y as novelas se ca racterizan por su corte
naturalista y el cr udo reflejo de la realidad de su tierra puertorriqueña, especialmente la ciudad
donde nac ió: Arecibo. P osterior a su etapa poética y r omántica, le sigue la etapa narrativa ,
inaugurada con la novela La charc a (1894), y Garduña (1896). En estas dos novelas, Zeno
Gandía maneja el tema de la miserable calidad de vida del campesino y los jornalero s; aun ado
a la p ráctica d escarada de la usu ra, b ajo el domini o español. Más tarde escribiría El negocio
(1922) y Red entores (1925), esta última fue una novela por entregas, pub licada en el rotativo
puertorriqueño de S an Juan, El Imparcial (1918). Su salida se hizo en sucesivas ediciones
sabatinas, entre los meses de febrero y octubre de 1925. En estas dos n ovelas denuncia el
corrupto mundo comercial y las intriga s políticas bajo el coloniaje estadounidense.
Ze no Gandía, inspi rado en la obra de Balzac y P ér ez Galdós, encarna, en gran parte de
su obra un universo narrati vo en el cual sus personajes aparecen en varias narraciones o tienen
caracter ísticas comunes con difere ntes nombres. La sociedad con sus tipos r epre sentativos es el
99
eje de sus novelas. Una colectividad degradada por sus pasiones, en un ento rno propiciado por
el colonialismo español, primero, y e l impuesto por EEUU, después.
Este escritor en globa to da su novela en un títul o general: "C rónicas de un mundo
enfermo" , pues como médico que era hiz o su propio diagnóstico social de su época. Además,
está convencido de que el naturalismo es lo único útil y positivamente artístico. Sin embargo,
ese naturalismo que admira no es practicado en sus principios básicos que reg ulan la producción
de Z ola, aunqu e su influencia es, pes e a todo, innegable en su prosa. A part ir de aquí las letr as
puertorriqueñas, tanto en la poesía como en la prosa, pasan a la corriente del modernismo y el
resto de "ismos " provenientes de Europa, para entr emezclar las con los rezag os del
romanticismo, el costumbrismo y e l criollismo de la isla.
La li teratura de la ve cina República Dominicana comienza aprox imadamente en 1844
en medio de un ambiente convulsionado de disputas con su limítrofe, Haití. En ese contexto y ,
pese a todo, los sueños independentistas que s e g es taban en toda la població n no cesaron. De la
misma forma, a pesar de la férrea censura, el pensamiento europeo se calaba en las mentes de
la colectividad sin pausa. L os prime ros intelectuales atrevidos fueron J o sé Núñez de C ácere s
(1772-1846), J uan Pablo Duarte (1813-1876), Nicolás Ureña de Mend oza (1822-1875) y,
especialmente , Pedro Francisco Bonó (1828 -1906), con El montero (1856), una novela
costumbrista y romántica. La inestabilidad políti ca vivida por el paí s en todo el siglo XIX,
obligó a los intelec tuales a ex iliarse en países cerc anos como Cuba, Puerto Rico, México o
Venezuela.
En consecuencia, la narrativa dominicana de mediados del siglo X I X na ce en C uba a
través de folle tines publi cados en los pe riódico s de la capital, que gozaron de una gran
aceptación entre los lectores. Destaca en este p eríodo J avier Ángulo G urídi (1816 -1884),
precursor del indigenismo y Manuel Jesús Ga lván (1834-1910) que, en un fondo romántico,
además d el indigenismo, introduce el costumbris mo en su obra Enriquillo (1882), qu e cu enta
la vida de un indí gena q ue se sublevó contra los europeos tr as la conquista de lo qu e es ho y
República Dominicana. Cabe considerar también a Franc isco Bellini Aristi (1844 -1898), otro
escritor importante de est a etapa. C omo político, llegó a ser Presidente de la República (1884 -
1885). Además, fue autor de Bani o Engracia y Antoñita (1892), novelas románticas y
costumbristas sin may o r aporte , evidenciando el aislamiento cultural del país a c ausa de su
continua inestabilidad política y social.
100
Más a delante, a raíz de la Gue rra de los Die z Años de Cuba y el triunfo de la
Restaurac ión en R epública Dominicana, la década de 1870 convirtió al país en la capital cultural
del caribe, renovando po r todo es e períod o las artes y la literatura. D estaca por esta époc a la
escritora Amelia Francasci (1850-1941), la p rimera novelista dominicana. Aunque su obra es
poco conocida, resaltan dos novelas Madre culpable (1893) y Francisca Martinof (1901); su
tercera obra fue una novela epistolar Monseñor Meriño, íntimo (1926), está basada en la
corre spondencia qu e ma ntuvo con este sa cerdote a raíz del maltrato de l a que fue objeto po r
parte de la crítica m asculina de su p aís. Otro escritor importante fue Cesar Nicolás Penson
(1855-1901), abogado, autor de Casas añejas (1891), un conjunto de relatos tra dicionales y
leyendas a utóctonas.
Más tarde de stacan los escritores, Tulio Manuel Cestero (1877 -1955), con s u novela La
sangre (1914) y R amón Marrero Arist y (1913-19 59) con su novela Over (1939), ambas obras
respec tivamente, trataba n el tema de la dictadura de Ulises Heurea ux y la explotación de los
ingenios azucareros. Heureaux, conoc ido y llam ado coloquialmente: "Lilís O" (1844 -1899),
militar y político dominicano, Pre sidente de la Re pública en dos oca siones.
La verdadera ruptura estética de importancia, suscitada en República Do minicana, fue
la creada por el escritor J uan Bosch (1909-2001 ), con la publicación de C amino real (1931).
Una obra dond e se inicia en el cuento. Después le sigue la novela La mañosa (1936). Esta fue
la primera obra dominicana que, inspirada en l a corriente d el r ealismo, logra la coherencia de
tiempo y espacio, des cripción y narración, mane jos de los tipos y niveles de len guaje, con
personajes propios d e la época, en un entorno políti co y g eográficos, además, del logro de
cualidades bastante ce rcanas a lo que podría llamarse, ‘realismo de la tierra’. Con esta obra el
autor lo gra distanciarse d e la típica novela con estilos entremezclados, que había permanecido
casi un sig lo en muchos países de la reg ión. Tras una larga y prolífica producción literaria entre
ensayos, cue ntos y poesía, Bosch e scribe su segunda novela El Oro y la Pa z (1975). Bosch fue
uno de los pocos escritores que utili zó un estilo r ealista, que e xcedía con creces la estampa
costumbrista para convertirse en un r etrato de la época en la cual estaba ubicada su obra.
Cuba fue la últim a colo nia española en obtener su emancipación. No obstante, su
período colonial, siend o mucho más extenso que en el resto del continente y con
administraciones férreas, pues el peli gro d e subl evac ión era constante, s u mundo artístico,
intelectual y literario si guió el cu rso paut ado des de Europ a, adopt ando e imitando formas y
modelos, im portando obras y auto res en una permanente dependencia de mu y baja calidad. Así,
101
dentro de sus limitaciones, pues la constante co ercitiva en esta últim a colonia se mantenía
mucho más férrea, el neoclasicismo fue desarrollado por los escritores y po etas hasta
aproximadamente 1820. D estaca José María Heredia (1803-1839), cu y a ob ra, además de estar
enmarcada en esta corrie nte, contó con los aportes personales del entorno natural, social y del
paisaje, produc iendo ori ginales relatos que serán las bases de la futura literatura nacional.
A media dos de l siglo XIX el Romanticismo tardío era la c orriente de moda, sin
embargo, i gualmente se entremezcló con l a corriente anterior y con los aportes de elementos
naturales y propios del paisaje. En esta et apa d estacan J osé Martí Pérez (1853-1895), periodista,
escritor, poeta, filósofo y polí tico; que se co nvirtió en héroe na cional por contribuir
exitosamente a la gesta independentista cubana, y J uan del Casal y d e la Lastra (1863 -1893),
poeta y escritor, fervie nte admirador de Rubén Darío y de la corriente del modernismo
finisecular. También destacan Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814 -1873), escritora y poetisa
romántica, autora de un a prolífica obra que ab arca tanto la poesía como la novela y el teatro.
En su novela Sab (1841), condena abiert amente la esclavitud y , en Dos mujeres (1842),
defiende el divorc io. También cab e citar a L uisa Pérez y Montes de Oca, conocida c omo Luisa
Pérez de Zambrana (1837 -1922), poetisa y escritora, pose edora del Premio L os J uegos Florales
de Madrid, artífice de una vasta obra intimista y p ersonal.
En la segunda mitad del sig lo XIX si g ue pre domi nando la poesía y el ensa yo, im buidos
de exaltación y reflexión patriótica con sus peculiarida des históricas, sociales y culturales,
aunado a las múltiples peripecias, crisis y guerras vividas por esta isla en su complejo c amino
a la independencia. En este contexto sin embargo el proceso de cr eac ión literaria si guió su curso
en una cosmología propia, sin descuidar lo importado, pero con una esencia g en érica y temática
especialmente cuba na. Si bien la narrativa es poca, es el géne ro más comprometido con lo social
al convertirse en una herramienta de denuncia hacia la injusticia y la miseria.
La literatura cubana pasa del Modernismo directo a las V anguardias, pues su producción
poética en este ca mpo fu e mucho más fértil que en el cuento y la novel a.
Posterior a su independencia, Cuba entra en un a especie de sopor int electual , y la poesía,
si bien sigue el mismo r it mo de produc ción, vuelve a explorar temas románticos, intimista,
personales y escapistas. En la primera déc ada del siglo XX el modernis mo es revisado y el
costumbrismo es debatido, dando "a luz c rónicas, novelas y cuentos anclados en la realidad
102
circundante, mostr ándose censores de las costum bres y de los vicios de la sociedad cubana e
inspirándose en un regenera cionismo sui generis ." (Naranjo, 2007: 421)
52
.
Dejando atrás las islas caribeñas r egresamos al continente fijando la mirada en
Colombia, cuya literatura nacional comienza p recisamente en la segunda década del si g lo X IX,
posterior a la consolidación de la nación. Entre los aspectos importantes a la hora de organizar
un Estado se encuentra el arte y la creación literaria pa ra enaltecer y exaltar ese nuevo proy ecto
independentista. Esto coincide c on la llegada a Colombia del romanticismo tardío,
convirtiéndose rápidamente en un movi miento litera rio enér gico y revelador, surgido además
como consecuencia de la fuerte influencia del pen samiento liberal f rancés, ll evado al país por
los propios protagonistas de la inst auración de la República. La reacción del público lector fu e
casi natural, pues lo veía n como un límite , entre l a tradición que dejaban a trás y la liberación
que comenzaba.
Tanto la poesía, el te atro, la novela, como el ensay o, el artícul o de costumbres y la
leyenda, fueron formas literarias ampliamente explotadas y apegadas al movimiento romántico.
Entre sus repre sentantes más destacados se encuentra Eugenio Díaz Castro (1803-1865), autor
de la novela Manuela (1858), considerada la prime ra novela costumbrista de Colom bia, aunque
también contiene matices románticos y r ealistas. A él se suma José Eusebio Caro Ibáñe z (1817-
1853), poeta, escritor, traductor e ideólogo. Fundador del Partido Conserva dor colombiano.
Entre sus obras están Poe sías (1857) y Obras escogidas en prosa y verso (1873). También cabe
citar a Rafael Pombo y Rebolledo (1833 -191 2), poeta y escritor romántico, fabulista y
diplomático; autor del poema La hora de las tinieblas (1855) y de Cuentos pintados para niños
(1867) y el ampliamente conocido J orge Isaac (1837 -1895), escritor y poeta; autor de un
Poemario (1864) y de l a famosa novela María (1867), que tuvo un éxito inm ediato y fue
traducida a treinta y un i diomas.
Hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX, entremezclados con el romanticismo ,
comienzan a manifestarse en la producción literaria colombiana algunos aspectos relativos al
realismo decimonónico en la narrativa de ese país. No obstante, su preca ria adopción, lejos de
concebir la novela como un espe jo que refleja fielme nte la realidad, fue utilizada como una
52
El ambiente es creci entemente reno vador, (…) la p ublicación de los primero s trabajo s del antropó logo
Fernando Ortiz , (…) el renaci miento de la Revista Bime stre Cubana , Cuba contem poránea, (1913), o S ocial ,
(1916). En sus colu mnas, los mejores prosistas, po etas y e nsayistas de la época pu blican a rtículos y pagin as
escogidas, ostentand o su p reocupación por las cuestiones contemporáneas. En : Historia de las Antillas : Historia
de Cuba, d e Consuelo Naranjo, 2007, p., 421.
103
herra mienta más bien de denunc ia, describiendo los problemas soc iales propios de la época, e n
un contexto y un entorno caribeño, combinado con la ex posición de tipos y costumbre s
regionales, creencias y tradiciones. En esta e tapa se sitúa José Manuel Marroquín (1827-1908),
escritor y estadista, Presidente de Colombia entre los años: 1900 -1904 y autor d e Blas Gil
(1896), una novela dond e se manifiesta una fue rte crítica social y políti ca. Más tarde c abe citar
a Tomás Carrasquillas, (1858-1940), escritor, Premio Nacional de Litera tura, seguidor de una
tendencia moderna realista. Autor de Frutos de m i tierra (1896) y La marquesa de Y olombó
(1927), novela histórica, repre sentativa de l a realidad negra y mestiz a de las minas y sus
cree ncias r eligiosas africanas que mantenían a pesar de estar bautizados. En las primeras
décadas del nuevo siglo figura Cesa r Uribe Piedrahita (1896-1951), do ctor en medicina y
escritor. Autor de Toá , narraciones de cauchería (1934), nove la que plant ea una severa crítica
a la explotación de los colectores de c aucho en l a Amazonia colombiana y Mancha de aceite
(1935), una dura crítica a la explotación del pe tróleo e n e l Estado Z uli a. Un Estado venezolano
limítr ofe con C olombia. Uribe rompe con las formas li teraria s canónicas que le preceden. Es
importante destacar a J osé Eustasio Rivera (1889 -1928), abogado, dipl omático, poeta y escritor.
Autor de Tierra de promisión (1921), li bro con cincuenta y cinco son etos y su obra más
relevante La Vorágines (1924), una novela d e co rte naturalista catalogada como una importante
obra tradicional moderna, que rompe con el agotado costumbrismo, roma nticismo y el uso
alternado de elementos literarios diversos.
La literatura en l a ex Capitanía General de Venezuela , a partir d el si g lo X IX, se
transformó en una herramienta al se rvicio de la gesta indep endentista en las constantes
proclamas libertaria, anu nciadas a viva voz. Por lo que en esta primera etapa la oratoria sur ge
como una ac tividad en fu nción de las ideas libre pensadoras. Fueron discursos i nspirados en e l
pensamiento Ilustrado, haciendo hincapié en los ideales de Liber t ad, Igualdad y S oberanía, en
un estilo clásico, conmovedor, romántico y convincente, convirtiendo aquellos discursos en el
primer proceso creativo de la Venezuela pre-independentista.
Andrés Bello (1781-18 65) destacó como polí tico, dipl omático, filólogo y jurista,
además de poeta, educad or, filósofo, ensa y ist a y t raductor, entre otras habilidades. Igua lmente
fue uno de los primeros en hacer pública su poesía a p artir del año 1800. Más ta rde, con la
llega da d e la imprenta a Caracas (1808) y la fundación del primer pe riódico, Gace ta de Car acas
del cual se hizo carg o, pudo permitirse reproducir y publi car todos sus manuscritos y creaciones
poéticas. Otro personaje importante que destacó especialmente por esta época, fue Simón
Bolívar (1783 -1830), m ilitar, político, e stadista y L ib ertador de siete pa íses de América.
104
Destaca ndo por su magnífica pluma en la creación de sus Manifiestos, Di scursos, De cr etos,
Cartas, Eleg ías y Procla mas, ampliamente conoc idas y qu e se encuentran re cogidas en una
edición de once volú menes. Oviedo, en su estudio hist oriog ráfico de la literatura
hispanoamericana, señal a que Bolívar fue un "gran prócer venezolano" y que además "ocupa
un lugar d e excepción en la hist oria americana." De igual forma res eña que es un pe rsonaje que
"pertenece a la literatura de la emancipaci ón," (…) del mismo modo enfatiza que Bolívar
destacó ampliamente "co mo un autor de discursos y escritos de alto valor dentro del proceso
ideológico de la e mancipación, y por un epistolario de va stedad y variedad casi asombrosa (…)
para un hombre cu y a br eve vida estuvo comprometida directamente con la lucha militar."
(1995: 348-354)
53
"De Bolívar" – agrega Bellini-,"nos queda toda una literat ura al se rvicio de
su actividad política." Para este e specialista el más relevante de sus t raba jos fue el Discurso de
An gostura (1819), de la misma manera sostiene q ue "con e l B olívar de la acción y la palabra s e
inicia el Romanticismo." (I bíd. 1997: 199).
En 1810, Bello parte a Gran Bre taña , junto a Bolívar y otros im portantes personajes
de la historia r epublicana venezolana, quedando la nueva Nación sumida en una realidad social,
económica y política, completamente cat astrófica. En es e contexto , los grupos so ciales
dominantes, incapaces de solventar la c ruda realidad en l a que queda la sociedad venezolana,
toman medidas radica les que complican mucho más el panorama político, haciendo
completamente imposible percibir algún pro ceso r econc iliatorio que motivara de al guna man era
el arte o la literatura .
54
La inestabilidad social, política y económica venezolana se extiende hasta 1840. El
intelectual y docente Fermín Toro (1806-1865 ) p ublica por entregas la novela Los Mártires
(1842), convirtiéndose dicha obra en una su erte de "respuesta" a la necesidad de u na nueva
"herramie nta discursiva" que refutará las interrogantes nacidas como c onsecue ncia de la
profunda crisis en la que cayó la República. " Con esta novela Toro denunci a la pobr eza material
y miseria espiritual que viven las autocalificadas s ociedade s civi lizadas;" (Medina, 1998: 207)
en una pretendida intenci ón de renovar conciencias a través de la liter atura, obje tivo bastante
difícil de lograr con una población mayoritariamente analfabeta. Sin emba rg o, la nov ela tuvo
53
Véase, una información much o más detalla al re specto en: Historia d e la Literatura Hispan oamericana Vol. I.
de José Migue l Oviedo, (1995) , p. 348 – 354.
54
A partir d e 1830 la sociedad v enezolana se encu entra en una crisis políti ca y económica mayor que la
planteada en el año de 1810, cuan do anu nciara su independencia. (…) M edina, J.D. (1998 ). Principios para u na
teoría de la novela venezolana del siglo XIX y comienzo s del siglo XX. En: Scielo, Literatu ra y Lingüística. Nº 11,
Santiago 1998, p . 205-217. IS SN 0716 – 5811 – www.sci elo.cl
105
una acogida sorprendente y pasó a se r catalo gada por los estudiosos como la primera novela
venezolana. Del mismo modo la primera obr a indigenista venezolana fue Anaida (1872). Un a
novela que nace de la mano de l escritor y político José Ramón Yepes (1822-1881), cu y a obra
busca en todo mom en to la didáctica, la moraleja, la lucha del bien sobre el mal, en un
microcosmos étnico completamente distanciado de la r ealidad ci rcundante, sellando el
desenlace con un final feliz. Otro nombre que destaca por esta época fue J osé María Manrique
(1846-1907), escritor, catedrático y d ramaturg o, autor de La expósita (1875), Querer es poder
(1876), L os dos avaros (1879) y Z árate (1882). Obras de narrativa didáctica y moralista con
final feliz, evadiendo al le ctor de su realidad p ara p erderlo en un lab erinto ro mántico desgastado
y ajeno a su entorno.
Más adelante, el escritor y políti co Manu el Vicente Romero G arcía (1856-1 917) escribe
y publi ca Pe onía (1890), una novela costumbrista c on mar cados matices c riollos, que tuvo una
significa tiva resonancia. De acuerdo a las apr eciaciones de B ellini "Se trata de una obra
importante por cuanto señala el comienzo de la narrativa venezolana, pero c on grandes de fectos
desde el punto d e vista na rrativo." Co ntemporáneo a este escritor se sitúa Gonz alo Picón Febres
(1860-1918), con su novela inspirada en el tem a de las guerras civiles El sargento Felipe
(1889). Un a obra ubicad a en el movimiento denominado, "realismo sentimental", qu e no pasa
de ser una novela más. Bellini comenta, en este punto que "la na rrativa ve nezolana no pre s enta
grandes nombres en este momento, aunque Eduardo Pardo (1868 -1905) y J osé Gil Fortoul
(1852-1943) son también narradores interesantes." F inalmente, en este apartado, dedicado a los
escritores v enezolanos identificados con el costumbrismo y el realismo, Bellini sentencia que
"será necesario esperar hasta Rómulo Gallegos (18 84-1969), para en contrar una voz venezolana
realmente ori ginal en la narrativa y que logre imponerse en el ámbito continental." ( Ibíd. 1997:
294).
Po r otra parte, Chile, además de for mar parte de l objeto de este e studio, y de pertenecer
igualmente al conjunto d e países hispano americanos, era pe rtinente que se inclu y era en e ste
apartado, aunque más ad elante se amplíe este tema por las impli cac iones que tiene dentro del
mundo literario chileno y el objeto de estudio.
Así es im portante destac ar qu e el desarrollo literario chileno se presentó mucho más
tardío que el resto de la s nuevas naciones, aunque supo, con muchos es fuerzos, aprender y
sorprender. A pesar de ser país limítrofe con Argentina y ganar su emancipación con meses de
diferencia, para el mi smo período del siglo X I X no contaba con el nivel de de sarrollo intelectual
112
el nuevo mundo, concretamente en lo que se refiere a Chile, eran r eferencias completamente
imprecisas y vaga s, invadidas por sucesos fantástic os, con descripciones sociales y geográfic as
inexistentes. Por lo tanto, como c olonia, hasta e l siglo XVI, Chil e era para la soc iedad española
del viejo continente un a suert e de región misteriosa, con historias fantásticas, relatos
extravagantes y ma ravillosos que en n ada se acercaban a la realidad, pues se trataba d e
narraciones na cidas ex clusivamente de la imaginación y de la espec ulaci ón, con el afán de
gloria de los que regresaban. Pero no solo el pueblo ignoraba los acontecimientos de "Las
Indias", como denominaban al nuevo mundo la gente común, sino tam bién un número
importante de personajes de cierto prestigio, tanto en Madrid, como en las diferentes ciud ades
del Reino de España. Muchos desconoc ían por co mpleto las verdade ras peripecias que tuvieron
que vivir, tanto los conquistadores como los conquist ados, antes de lograr in staurar las colonias
en este apartado y lejano luga r llamado Chile.
Al hilo de esto último, sin e mbargo, hay que destacar que desde las primeras ca mpañas
dirigidas al nuevo conti nente, todo fue comunicado a España por escrito con mi nuciosos y
detallados relatos, fu eran éstos a través d e una misiva, una acusación, un informe, una sentencia,
una crónica o una simple carta. Si bien n ada tenían de arte literario estos manuscritos, pasaron
a ser relatos históricos importantes y, e n una pr i mera instanc ia, incluidos dentro de la rama
literaria; tal y c omo se acostum braba en Europa.
Así, tanto don Diego d e Alm agro como don Pedro de Valdivia -los primeros hombres
que se at revieron a emprender campañas conquistadoras hacia estas misteriosas ti erra s-
relacionaron cada uno de sus movimientos a través de ex tensos manuscritos enviados al R ey de
España. Destaca entre todas esas misivas la Carta a Carlos V , la de ‘1.54 5’, donde Valdivia,
desde La Serena, en plena campaña de conquista, describe con a d miraci ón las maravillosas
bellezas natural es de la r eg ión, refiriéndose a Chi le. En el c aso de Valdivi a esta práctica fue
constante pues contaba una destreza p articular en lo que se r efiere a la escritura, entre otra s
cosas por su esme rada educación, pues la ma y oría de los conquistadore s eran analfabetos y se
hacían acompañar por su s propios escribanos, encar g ados de sus manuscritos, como fu e el caso
de Almagro, pue s este último no sabía escribir ni leer
57
.
57
Diego de Almagro, q ue ganó en la co nquista del Perú el tra tamiento de "Don", […] era un sold ado envejecido
y experimentad o en las guerras d e América. […] No sabía escribir y n i siquiera leer… (Bar ros Arana, Historia
General de Chile, p. 131.)
113
Estos grupos encargados de la conquista y coloni zación también fueron acompañados
por cronistas europeos especializados y leales a la corona, cu ya función fue describir con
detalle, de l a manera más certera posible, en larg as misivas, los acontecimientos a caecidos en
estos procesos, informan do minuciosamente a la corona española. De igu al forma, en todas esas
tropas de expedicionarios se encontraba gente del clero, que elaboraba sus propios manuscritos,
cartas, misivas, memoriales, crónicas y tod a clase d e escritos donde r elataban las peripecias qu e
se vivían en aqu ellas hi stóricas travesías, a ve ces sujetas a las ex periencias y otr as a la
imaginación.
Uno de los seducidos por el peso d e las le yendas, teji das en torno a este remoto territorio
del nue vo mundo, fue Alonso de Ercilla y Zúñiga, hijo de un prestig ioso Jurisconsulto, que
crec ió en el Palacio Real como paje del P ríncipe Felipe. Personaje que f ue coronado
posteriormente como Fe lipe II . En ese entorno Ercilla recibió una edu cación esmerada y
rigurosa. Cuando se encontraba en Inglaterra, cono ció al Adelantado Don Jerónimo de Alderete
y Mercado, quien acababa de s er nombr ado por el Rey Gobe rn ador de Chile. Por esos días, est e
hombre se embarcaba ha cia el nuevo mundo a ejerc er su cargo. Alonso, que conta ba con algo
más de veinte años, se embarcó con Alderete p ar a América. Al ll egar a Panamá Alderete se
contagia d e fiebre amar ill a y muere sin ll egar a ejercer su car go. E rcilla continúa su viaje a
Chile en solitario y , como lo reseña Barros Arana , se e mbarca a la a ventura en la búsqueda " de
emociones heroicas en l os lejanos países que la i maginación de los pri me ros exploradores se
complacía e n pintar com o regiones e ncantadas". (Tomo II , 1999: 203).
Desde su llega da, Ercilla se incorpora como soldado en la c a mpaña de Chile (1557-
1559). Durante todo ese tiempo recorre su ge ografía junt o a su tropa, especi almente la del sur,
combatiendo con los pocos reductos de rebe ldes i ndígenas, que aún quedaban esparc idos en la
larga franja de tierra sure ña hasta la zona a ustral. L as ex perienc ias vividas motivaron sin límite
la vena poé tica de Ercilla. Cada noche, cuando todos se recogían, él esc ribía sobre los
acontec imientos de l día. Sin duda en un primer momento las intenc iones del escritor fueron
referir las hazañas d e la conquista, sus combates y la descripción del entorno chileno. A este
re specto Barros Arana puntualiza:
En e se tiempo no se tenía de la historia la idea que nosotros tenemos, ni
se exigía en esta clase de composiciones la severa e xactitud y la
minuciosa proli jidad que ahora son indispensables. Ercilla debió cree r
que la hist oria que se proponía escribir, sería mucho más popular e
114
interesante si se la reducía a los rasgos más prominentes y heroicos, y
se la engalanaba con e l lenguaje pintoresco y arm onioso de los versos y
con algunos accidentes de pura imaginación. P ero aspirando sólo a
formar una historia en verso, su genio poético creó un poema narrativo
que si no alcanzó a tener todo el esplendor y l a magnificencia de la
epopeya, posee al menos de común con este género de obras, el relieve
de los caracteres, la pintura animada de los combates y las admirables
arengas de sus héroes. (Ibíd. T. II : 204 ).
Efectivamente , por aqu el tiempo las interpelaciones, las crónicas y detalles generales,
tanto en los relatos hist óric os como en la elaboración de los poemas é picos, era mucho más
sencilla de lo que es ahora , sin embargo los escritos de Ercilla plasmaron la historia, los hechos,
las batallas y la geografía de una de las colonias más apartadas y descono cida s del Reino de
España con un esmero tan sobresaliente que pasó a formar parte del acervo histórico cultural,
como la primera producción literaria escrita en tierras chilenas. Una vez más Barros Aran a
explica cómo fue la publicac ión de este poema precisando lo siguiente:
En esa situación apareció en Madrid en 1 .569 un pequeño volumen en
8º con el simple título de “La Araucana, de don Alonso de Ercilla y
Zúñiga”. Era un poema de 1.146 octavas real es distribui das en quince
cantos, y escritas con una robustez de tono, y con u na elegancia de forma
que sería inútil buscar en los poemas narrati vos publicados hast a
entonces en lengua castellana. [… ] Esas valientes y elegantes estrofas
en que se cantaba el heroísmo de los castell anos, obtuvieron una
inmensa popularidad en toda España. Felipe I1 condecoró el año
siguiente a su autor con la cruz de la orden de Santiago. Su libro, aunque
sólo era la primera part e de la obra que había emprendido, obtuvo el
honor de ser reimpreso en Salamanca en 1 .574, en Amberes en 1 .575 y
en Zaragoza en 1.577. (Ibíd. T. I I: 203).
La Araucana fue una obra escrita en tres part es. En 1569, la primera; en 1578, la
segunda y la tercer a y últi ma, en 1589. Su pulcritud en la secuencia, los lugares y las fechas que
se relatan d e la historia de Ch ile hasta 1558, la conv ierten en un docum ento histórico importante
y en un poema épi co que rompió con lo establec ido, para crear una obra con un "protagonista
115
colectivo, el pueblo español y el pueblo mapuche , estrechados en un mortal combate, la Guerra
de Arauco ." (Alegría, 1962: 23).
El poeta y c rítico literario, Enrique Lihn (1929 -1988) cataloga a Ercilla como "el primer
poeta joven de Chile" . P ues además del arte inmerso, se rec onoce una investigación minuciosa
y parte de un a aportació n nacida de la e xp eriencia propia, pero su extensión y otros detalles
especificados por los expertos, convierten el poem a en una lectura difícil y densa, no obstante,
es la primera y la más im portante int ención li teraria y poética que ve la luz en Chil e; una colonia
ubicada en los confines del mundo que, aunque no había terminado de cons tituirse, ya tenía su
Poema Épico, un canto a sus héroes, a los vencidos, a los triunfadores, a los aborígene s, los
castellanos, unos versos inspirados y escritos al calor de los acontecimien tos.
A imit ación del modelo de Ercilla, Pedro de Oña (1570 -1643), personaje nacido en la
ciudad de Los Infantes d e An gol y primer poeta n acido en Chile, es cribe y publica El Arauco
domado (1596), un re tór ico poema con pretensio nes épicas de una calida d mu y inf erior a la
obra de Ercilla
58
.
Una vez superados todos los embates del proceso de la conquista y fundada la capital,
Chile pasa a vivir, en lo que respecta al desarroll o cultural, un período similar al resto de las
colonias. Los géneros literarios más cultivados en aquella época fueron la hi storia, las crónicas,
la poesía narra tiva y los recitados, acompañados de la g uitarra o del guitarrón, in terpre tados por
los llamados "palladores". Se trataba de estructuras poética s de canto en décima, muy populares
en acontecimientos festivos y en algunas ocasiones en funerales. A este respecto Toribio
Medina señala que, "La poesía popular h a existido en el país desde el coloniaje, y aunque en
toda s épocas ha tenido, ( …) el mismo carácter, en la época de la colonia tuv o una inmensa boga
en la ge nte del pueblo en tre la que había improvisadores cu y a memo ria du ra todavía."
59
Más
adelante, finaliz ando el siglo XVI y gran parte del siglo X VII, s e prod uce una suerte de
renac imiento liter ario, po r llamarlo de al g una forma, entre los soldados españoles que formaban
parte de las gigantescas huestes de las campañas conquistadoras, destacando los hist oriadores
58
No hay , pues, en Arauco domado , una acción épica regular mente desen vuelta. De Oña, o lvida el asunto
principal p or los episodios. […] En la paz y en la guerra, en la administración y en las batalla s, don García, (el
pr otagonista) es un dechad o de todas las p erfecciones. […] El recargo de las alab anzas hace du dar de la
independencia d el poeta, […] (Barros Aran a, T., II p. 216 -218). Y en: H istoria de la Literatura Colonial d e Chile de
José Toribio M edina, 1878: 572 -705.
59
Arte poético mu sical llamada poesía satírica o can to a lo poeta acompañ ado según la oca sión po r un músico
y su guitarra . Eran estructuras p oéticas que narraban acontecimientos a veces tri stes otras a legres. En: Historia
de la Lite ratura Colonial de Ch ile . Cap ítulo XIX, de José T. M edina (1878), p. 126 4 – 1268.
116
y c ronistas tales como A lonso de Góngora y Marmolej o (1523-1576), con Historia del Reino
de Chile : desde su descubrimiento hasta el año de 1575, publica do en 1852.
60
Hubo además otros soldados y clérigos venidos desde España, más o menos instruidos,
que se atr evieron con la pluma y cont aron las pe ripecias vividas durante l a Conquista. Uno de
ellos fue el capitán gallego Pedro Mariño d e Lobera (1528 -1594), autor de Crónica del Reino
de Chile . Un manuscrito que estuvo en manos del jesuita Bartolomé de Escobar h asta su
publicación en 1865. Otro soldado fue el Capitán andaluz Fernando Álvarez de Toledo y
Valmediano (1550-1633), quien en sus crónicas de Indias escritas en verso quiso emular a
Ercilla esc ribiendo Araucana y Purén indómito
61
(1592-1610). Una obra sever amente c riticada.
A e ste respec to Toribio Medina afir ma que " … no tiene mérito li terario a lguno, (…) falta en é l
inspiración y sobr a vulgaridad (… ) su forma ex terna es sumamente defectuosa." (1878: 910 -
911). Otro personaje importante de éste período fue el sacerdote jesuita Alonso de Ovalle
(1603-1651), autor de la primera Crónica dedicada exclusivamente a Chile, que ade más fue
llevada a la im prenta para su publicación, titul ada Histórica rela ción del Reino de Chile
(1646).
62
C abe considerar también a Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán ( 1607-1682), auto r
de las Crónicas Cautiveri o feliz y Razón individual de las Gu erras dilatadas del Reino de Chil e
(1673), una obra realiz ada a raíz de la experiencia vivida en su convivencia con los Mapu ches
en el sur del país.
La liter atura colonial c hilena, además de contar con las narrac iones detalladas en los
párrafos anteriores, más bien, históricas, no se conocen otros estilos excepto la poe sía c olonial,
una actividad que se llegó a producir con mu y po co entusiasmo -salvo las y a s eñaladas- pero
fue pobre y sin originalidad. A pesar de que muchos de los españoles que llegaron a l a colonia
habían sido educ ados c on mucho e smero y conocían la importancia de la expre sión estética del
pensamiento en tod as sus formas, era mu y poco lo que hacían para elevar su nivel cultural . El
retraso era evidente. L a educación formal estaba li mitada a los que podí an pa ga rla y no era
60
Extraord inario relato histórico, d e acuerdo a investigacion es, estudios y com entarios registrados por Barros
Arana en: H istoria General de Chile , T. I: 330 -339 – T. II : 210- 211.
61
La primera obra destinada a consignar la historia del gobierno d e don Alonso d e Sotomayor, ejercida entre
los años: 1583- 1591; y en la o tra obra t uvo como objetivo relatar los detalles que ll evaron a la mu erte al
gobernador, Óñez de Loyola, el levantamiento de los ara ucano s y la destrucción de las ci udades del sur. Toda s
estas obras son a nalizadas ext ensamente por Barros Aran a en: Historia G eneral de Chile. Pie de página N.38, T.
III, capítu lo 15 de la parte III, p. 200-202.
62
El Institu to de Literatura Ch ilena cataloga la obra realizada por el jesuita Alon so de Ovall e, como ‘la obra más
valiosa de nuestra lit eratura colon ial’ en: El historiador Alon so de Ovalle. Una ob ra escrita por Wa lter Hanisch
del Instituto d e Investigaciones Histórica de la Fa cultad de Humanidad es y E d ucación de la Un iversidad Católica
Andrés Bello. 197 6. Caracas, p . 280.
117
completa, pues los jóvenes debían terminar sus es tudios en el Virreinato del Perú, en España o
en cualquier país de Europa. Del mismo modo cabe considerar los en frentamientos con la
población Mapuc he, situación que se prolongó excesivamente en el tiempo, absorbiendo el
imaginar io del colectivo, hasta el punto que hubo épocas en que no se hablaba, ni se escribía de
otra cosa; además de consumir gran parte de la economía colonial, era un problema constante
para los encargados del poder. Asimismo, lo intrincado de su ge ografía. Un país perdido en un
rincón del mundo, estrecha do por el océano y los Andes. Por otro lado, se manifestaba la severa
censura ejercida por las autoridade s y el Reino d e España. Otro aspecto f ue el c ontrol de la
libertad de pensamiento, la rígida vigilancia d el ingreso de la literatura extranjera y la
manipulación constante de la información por part e de las autorida des. A dichas circ unstancia s
hay que sumarle el hecho de que la única imprenta de l a que se tiene conocimi ento, durante la
era c olonial en Chile, fue una muy rudimentar i a, propiedad de los jesuitas, que la instalaron e n
estas tierra s hacia 1776 p ara su uso propio.
La total se gregación del movi miento cultural de los pueblos europe os, que vivió la
colonia de Chile, donde desconocían a Cervantes, L ope de Vega, Calderón y a muchos otros
escritores españoles de la época y del resto de Europa, fomentó la mediocridad y
desinformación de lo s creadores, manteniéndolos anclados en t emas y e stilos de tiempos
muertos. L os únicos privileg iados que podían darse e l lujo de crear algún tipo de manuscrito de
relatos históricos o religiosos, fueran estos en v erso o en prosa, a m ediados del siglo XV II , era n
los mi litares y el clero, quienes destacaron medianamente por la pobreza del contenido, lenguaje
y estilo. Por esta misma época es importante señalar que muchos gobernadores y funcionarios
de cier to prestigio se dieron a la tarea de mand ar ha cer Crónicas "ofic i ales" d e los hechos
acaecidos en las contiendas con los araucanos, o los desacuerdos y rencillas entre las tropas,
que lueg o enviaban a Madrid a través de extensos manuscritos, además de biografías y relatos
detallados de vivencias de algunos altos funcionarios y a desaparecidos, sobre todo con el
objetivo de enaltecer exagera damente sus funcion es. A este respecto Ba r ro s Arana com enta lo
siguiente:
Este movimiento literario, aunque nacido a tanta distancia de la
metrópoli, y desarrollada en tan modestas proporciones, fue
simplemente un reflejo páli do y lejano de la liter atura española de esa
época. Los escasos escritores de la colonia imitaban, con más o menos
habilidad, los pocos libros que tenían entrada en estos países. El Rey
había prohibido que se trajesen a ellos las obras que trataban de
118
materias profanas y fab ulosas y las historias fi ngidas, que tampoco
podían publicarse en América, y por eso la literatura colonial careció
de novelas y, aun, de verdaderas comedias, g éneros ambos a que eran
tan aficionados los españ oles. En cambio produjer on crónicas, en prosa
y en verso, y trat ados ascéticos, teológicos o de jurisprudencia
canónica; y en todas estas obras, a pesar de la inferior idad de su mérito,
se trasluce la imitación de aquellos modelos. (Barr os Arana. V. 2000:
313)
63
Durante la colonia las únicas manifesta ciones literarias conocidas fueron las re feridas a
una monja del C onvento de la Victoria de Santia go, llamada Sor Úrsula S uarez (1668 -1749 ),
autora d e Relaciones d e singular misericord ia que el Señor ha usado con un a religiosa indigna
esposa suya (1708). Se trataba de largas confesiones narradas en dilatados manuscritos. Cabe
considerar también otra producción anónima, escrita por otra reli g iosa, perteneciente al
Monasterio de Ca rmelitas, titular de San Rafael, e l día 18 de junio de 1783. En ella, a través d e
un largo Romance escrito en versos octosílabos, hace una detallada Relación de la Inundación
que hizo el río Mapocho de la ciudad de Santiago de Chile . Estos versos fueron remitidos por
la relig iosa a su confeso r quien se e ncontraba ausente. Por lo que la emisaria portadora del
encarg o se apropió del manuscrito y lo hizo público. (Medina, 1878: 2519- 2542).
Ya en la post rimería de la época colonial chilena, la única manif estaci ón litera ria de
cierto prestigio y f emenina fue la producida po r doña Mercedes Marín del Solar (1804-1866),
escritora, poetisa, ensayista y bió grafa. Autora de Canto fúnebre a la muerte de don Diego
Portales (1837), cuya obra solo fue reconocida una vez instaurada la Independenc ia.
El crítico literario Hernán Díaz Arrieta (1891 -1984), influyente e im presc indible
personaje de la sociedad c ultural chilena, que se identificó siempre en sus artículos periodísticos
con el seudónimo de ‘Alone’,
64
e stableció que la c ronología literaria c hilena estaba dividida en
tres partes: Período Colonial, siglo XIX y siglo X X en adelante. Sin e mbargo, existe un entorno
político social que Alone no contempla en esta clasificación. A este respecto, mucho antes,
63
Desde mediados d el siglo XVII, la literatura española entra en período d e decadencia […]. E n la modesta
literatura colonial de Chile vemos repetirs e el mismo aban dono de los estudio s histórico s duran te un largo
período. E ntre otros muchos aspectos similare s de la época. Subtítulo 14: Considerac iones acerca de este
movimiento literario. E n: H istoria General de Ch ile d e Diego Barros Arana. Tomo V, Cap ítulo 24: La Ilu stración
en Chile duran te el siglo XVII: Pro ducciones Literarias, p . 263 -314.
64
Crítico literario de E l Diario Il ustrado y el diario E l Mercurio . Si b ien fue generalmente s evero en su labor,
también supo a lentar y descub rir nuevos talento s. Entre ellos, Pab lo Neruda, Gab riel a Mistral, Marta Brunet,
entre muchos otro s. Alone. La sombra inquiet a de Fernando Bravo V. 1997, p. 10.
119
La starria s eñaló que ha y que tom ar en cuenta qu e la e ra colonial culmina alrededor de 1808,
con los aires ind ependentistas, y que el período Independiente s e extiende desde 1810 hasta
1823, con el exil io de O’Higgins,
65
y que la Reconquista (1814 -1817), aunq ue fue un períod o
de retroceso, sin duda sirvió para sentar las bases que destacarían posteriormente con la
organización del Estado chileno, que se prolonga hasta 1830. Etapas éstas de nutridos y fuertes
movimientos sociales que, sin lugar a dudas, influy eron en el desarrollo del país no solo en lo
político y ec onómico, sino también en lo artístico, li terario e intelectual.
La starria continua su análisis reseñando qu e el período contemplado entre 1823 -1830
fue la época en la que s e puso e n marcha la ens eñanza públi ca, la fundación de un I nstitut o
Universitario, la Aca demia Chilena y otr as muchas iniciativas que contribuyeron al crecimiento
cultural y educativo d e la sociedad. Bases imprescindible s para estimular de manera formal la
creación y producción masiva, e ntre otros mucho s aspectos.
El mismo autor continú a sus comentarios señalan do que aquel es caso mo vimiento de
promoción de l as libertades del pensamiento, impuestas por aquellas a utoridades, aunque
todavía se percibían reminiscencias de la colonia conservadora, prod ujo e n la joven sociedad
un despertar literario que , a pesar de ser de muy poca calidad, aquella nueva "soc iedad
independiente" asimiló y produjo, "como un a reacción casi individual ," completamente
autodidacta en la cre ación, en un entorno plagado de dificult ades " políticas y sociales ", la
semilla artística y c rea dora tan necesarias para un despegue verdadero en l o que respecta a la
literatura. (187 8: 9).
Por otra parte, Domingo Amunátegui (1860-1946) reseña
66
que la emancipación chilena
fue una ruta b astante complicada, pues la "a tmó sfera intelectual " del país aún se e ncontraba
"impregna da de un estrecho espíritu colonial." Por lo tanto, no era un ent orno ventajoso para
los escritore s d e la época, sin embargo, hubo excepciones como Juan Martínez de Rozas Cor rea
(1759-1813) quien, a pes ar de h aber sido educado en la provincia, s e doctoró en Leyes sin tener
que ir al extranjero. Producto de su brillante des empeño académico, desde su g raduación, ocupó
prestigiosos cargos gubernamentales que le p ermitieron ir muc ho más allá, pues se atr evió a
65
Bernardo O’Higgins Riqu elme, (1778 -1842), militar y político, considerado uno de los Padres de la Patria p or
ser un importante p ersonaje de la gesta emancipado ra de Chile. Diputado de la nueva R epública en cuatro
oportun idades durante 1811. Primer Jefe de Estado de la Re pública d e Chile, bajo el título de Director
Supremo, entre 1 817-1823. Bi blioteca del Congr eso Nacion al de Chile. Historia Pública.
66
En su ob ra, Bosque jo histórico de la literatura chilen a. Publicaciones que hacía la Revista chilena de Historia y
Geografía en San tiago de Chile. Amun átegui sostiene q ue tod a aquella campañ a acaecida en la etap a
independentista, fue u n esfuerzo co njunto d e varias fuerzas bajo el influjo de la ilustració n y lo s profundos
deseos de libertad, la extinción del espíritu colonialista y la permanencia d e la tradición s ecular.
120
distribuir periódicos insurgentes de países vecinos y cue stionar el orden establecido a través del
Catecismo Polít ico Cris tiano. Publi cac ión atribuida a él, aunque no comprobado, pues se
trataba de unas proclamas que él mi smo producía y distribuía entr e sus seguidores, inspirado
quizás en todo lo que leía. Actividad de alto riesgo para él, pues en esa misma época "servía a
los intere ses militares de la colonia como Consejero de los Intendentes de C oncepción."
67
Otr o
importante int electual que se destacó por esta época fu e Fra y Camilo Henríquez González
(1769-1825), sacerdote, escritor y político, natural de la ciudad de Valdivia, "quien, en una
proclama manuscrita, a principios de 1811, pidió la I ndependencia de Chile." (1915: 3 - 5)
La herramienta que, sin duda alguna contribu y ó al nacimiento y post erior desarrollo de
la intelectualidad n acional independiente fue l a instalación de una i mprenta estatal y l a
fundación del primer peri ódico chileno La Aurora de Chile, cuyo primer ejemplar vio la luz el
13 de fe br ero de 1812. S u dirección quedó a c argo del Fra y Camilo Henrique , quien, en su afán
de promover y difundir la libertad y emancipación de las c olonias ameri canas y sus ideale s
republicanos, p rocuró dar a conocer las ide as fil osó ficas de la I lustración con autore s como
Rousseau y Voltaire, entre muchos otros. De i gual forma, en todas las pub licaciones editadas
de este periódico s e a ceptaron numerosos aportes y colaboraciones de intelectuales como Salas,
Ega ña, Gandarilla y del guatemalteco Irisarri. Sig nificativas participaciones que c ontribu y eron
a que unas cuantas décadas más adelante germinara lo que posteriormente se convertiría en la
base de un sustancioso mundo intelectual y c ultural. No obst ante, debido a la censura
gubernamental, el p eriódico solo duró hasta los primeros meses de 1813. Sin e mbarg o, Fra y
Camilo, que destacó en esta épo ca como parte d e la intelectualidad nacional, no se dio po r
vencido e inmediatamente c reó y sacó a la luz el 17 de abril de ese mismo a ño el di ario E l
monitor araucano, que llevaba encartado entre sus pá ginas una proclama su ya, titulada
Catecismo de los patriotas.
La imperiosa necesidad de ver a Chile como un país completamente independiente fue
lo que nutrió la extraordinaria y prolífica escritura de Camilo Henríquez. Esto lo llevó, durante
toda su vida, a logra r la redacción de diez periódicos de corte políti co y so cial, entre Santiago
y Buenos Aires, con colaboradores nacionales y e xtranjeros, cu y o prin cipal objetivo fue l a de
transmitir su pensa miento e ideología d e libertad y just icia. Pero su e ducación re li giosa, sus
votos y el claustro donde solo utilizaba el latín, lo llevaron a desconocer aspectos relevantes del
67
Información acerca d el tema y de Juan Martínez de Rozas Correa, se encu entra amplia da en: Los Archi vos de
la Galería Nacional de Chile, especí ficamente en la biogra fía redact ada por Diego Barros Arana, p . 7.
121
idioma español en el m omento de crear. P ero cualquiera qu e fueran sus ideas y "creencias
políticas", reseña Domingo Amunátegui, "mantuvo con lealtad sus votos de fra ile de la Buena
Muerte." Del mi smo mod o, a r aíz esa característica y a pesar de escribir infi nidad de sermones,
proclamas, ensa y os, artículos periodísticos, textos dramáticos, poesía lí rica y otros muchos
escritos y de haber cantado a la "Patria en entusiastas y num erosos him nos," su obra, en general,
"juzga da con criterio literario, vale poco; pero en el escenario político alcanzó enorme
trascendencia." (Ibíd. Amunáteg ui: 6-8 ).
Es innegable que, en su p rimera et apa como n ación, Chile no habría podido lograr nunca
sus objetivos en el terreno intelectual y cultural sin los aportes de los miembros del poder, de
la aristocracia y el clero; pues el pueblo, en su mayoría anal fabeta y víctima de la carencia que
se vivía debido a la inesta bilidad económica, social y política de aquella época, no se encontraba
capacitado para proporcionar algún personaje de cierta relevancia. Sin embarg o, hubo
excepciones, a pesar de que la ma y o ría de los actores significativos siempre fueron miembros
de alguna familia de abolengo. Dentro de este grupo de privilegiados, qu e se atrevieron a d ar
sus aportes con el objeto de vivir en un país culturalmente independiente, se encuentra el jurista
y escritor Juan E g aña Risco (1768 -1836). Hijo de comerciante, pero nacido en Lima, Perú - a
raíz de una temporal estancia de su familia en el pa ís vec ino - pero de nacionalidad c hilena.
Como abogado, formó parte de la redacción de la Constitución Chil ena de 1823, ade más de
integrar el grupo de personajes impulsores de l a fundación d el Instituto Nacion al y de la
Biblioteca Nacional (1813). Su pensamiento y su i deología lo ll evaron a se r deportado por los
españoles y encarcelado en la I sla d e Juan Fernández, durante un br eve período de tiempo,
denominado en la H istoria de Chile como La Reconquista Española (1814 -1817). Ese lu gar, es
una inhóspita y fría isla situada al sur del país, donde Egaña Risco escribió su célebre obr a El
chileno consolado en los presidios o la Filosofía de la Religión: Memorias de mis trabajos y
reflexiones escritas en el acto de padecer y de pensar (1814). Más adelante se atrevería co n
Cartas Pehuenches (1819) entre otros. Con esta últim a obra Egaña llegó a ser catalo ga do por
algunos estudiosos como uno de los primeros cue ntistas chilenos. Otro destacado intele ctual
fue Vicente Pérez Rosales (1807-1886) político y comerciante chileno cuya famili a hu y ó a
Mendoza a raíz de las guerras acaecidas en el proceso independentista durante su niñez. Gr an
parte de su educación la recibió en París. A su r egreso a Chil e, en 1829, se dedicó al comercio
de la mi nería y la agricultura. Motivado por la fiebre del oro viaj a a C alifornia en 1848, donde
experimentó múltiples aventura s relatadas en su Diario de viaje a California 1848-1849,
publicado en 1849. Aunque desde 1850 debió cumplir múltiples cargos públicos y
128
A partir de es e momento, señala J osé Promis en otro estudio, "Andrés B ello orientará
todas sus actividades intelectuales hacia la formación de una cultura chilena, tanto a través del
periodismo como de la docencia públi ca y privad a". Sin embargo, todos estos esfuerzos eran
acciones a largo plaz o p ues prácticamente habí a que empezar desde mu y aba jo ya qu e, al
parecer los encargados d e esas tareas en los entes y f uncionarios públicos, compuesto por "los
pensadore s ilustrados chilenos", eran conscientes del problema y "habían manifestado" su
profunda preocupación por el penoso "estado de la cultura na cional ", pero era mu y poco lo que
habían hecho para resolv er "el problema de la literatura como objeto de expresión cultural". Sin
lugar a dudas su "perspectiva ilumi nista" los había abocado a resolver el factor educativo pues
consideraban que era imprescindible para el d esarrollo social " y motor de la historia" pe ro no
referido al incentivo de la cultura y el arte en tod as sus formas de ex presión. (Promis, 1995:
33).
A partir de estos y otros muchos esfuerzos motivados por Bello e importantes figuras
del quehacer intelectual chileno -que se sentían profundamente motivados por las ideas traídas
desde Inglaterra por el cara queño -, el proceso cultural comenzó a dar tí midos pasos,
involucrando al teatro, l a poseía, la novela, el relato, el periodismo, entre o tros. S in embarg o,
su evolución sig uió siendo lenta y pobr e. L a espontaneidad de los valores nacionale s y sus
creaciones tardaban más de lo que s e esperaba. Durante toda esa década las actividades
promovidas por un grupo de alumnos de Bello, entre ellos las de J o sé Victorino La st arr ia,
jugaron un importante papel dentro d e la intel ectualidad c hilena decimonónica y los r esultados
no se hicieron esperar, pues todos esos esfuerzos convergieron en l a creación de una
organización destinada ex clusivamente a la creación, discusión, promoción y divul ga ción d e
una literatura y una poesía eminentemente nacional.
A este respecto Latcham comenta qu e "Bello, qui en desde 1834 habí a ens eñado a un
escogido grupo de alumnos, gramática y literatura, derecho romano y español," comen zaba a
percibir su decisiva influencia en el n acimiento de una nu eva generac ión de intelectuales
formados por él. (1942: 174)
72
. Así el día 3 d e may o de 1842, dichos esfuerzos se re sumen con
la inauguración, en Santiago de Chile, de la Socie dad de Literatur a de Sant iago, cuyo dir ector
elegido fue J osé Victorino L astarria. En e ste significativo evento Lastarria pronunció u n
Discurso inau gura l, donde señaló, ent re otros mu chos aspectos, qu e "la literatura" d ebe estar
72
Ricardo Latch am, (1942) Idea s del movimiento literario d e 1842. Artículo escrito con mot ivo del cent enario
del discurso pronu nciado por La starria, dond e refle xion a al resp e cto del hecho acaec ido y pro porciona u n
sinnúmero de nue vos detalles . Re vista Atenea . Año XIX. Tomo LXVIII, N ro. 203, p., 149 -1 92.
129
dirigida "a todo un pueblo, representarlo todo entero," del mismo modo, insistió en la premisa
de que en c ada país solo puede exist ir "una literatura verdaderamente nacional. " (1842: 14)
73
ocupada de representar el entorno natural. Sin lugar a dudas toda su ponencia estaba dirigida a
promover una litera tura inspirada en la natura leza, preferentemente nacional y aleja da de la
literatura español a pues, según sus palabras, no era un modelo a seguir por su escasa
originalidad. Asimismo, apuntaba que el único modelo inspi rador y único, por aquel ti empo,
era e l de la literatura fra ncesa, además estimulaba a los cre adores a la exaltación de los va lores
autóctono, originario, na tivo. L atcham, con motivo del centenario de este discurso, precisa
igualmente lo siguiente :
[… ] Lastarria, como precursor de nuevas maneras literarias en Chile,
es indiscutible, [… ] . El estímulo que significó el discurso de 1842 se
puede ver en los resultados que brotan, a la larg a, del esfuerzo común
de una generación que v io, de un modo nuevo, a la naturaleza chilena.
(Ibíd., 1942: 177).
El Discurso de Lastarria ha sido ampliamente señalado por los estud iosos de la
literatura, pues no solo se transformó en su punto d e inflex ión, sino que, además, por un acuerdo
unáni me se convirtió en un hito en la historia cultural chilena, ya que es esta la fecha en que
comienza verdaderamente la literatura y l a poesía en chile. (Melfi, 1938: 7 -8), (Promis, 1995:
80-93).
Entre las innumerables iniciativas, acometidas por la Socieda d L it eraria de Santia go,
fue la de c onsiderar la moción de uno de sus integrantes r especto a la creación de una revista o
un periódico mensual c on propue stas li terarias, culturales y sociales. Aprob ada la p ropuesta, se
crea la revista El Semanario de Santia go (1842-1843). Pese a su corta duración, provocó que
inmediatamente la socieda d se preocupara de la c reación de un periódico con una propuesta
mucho más concre ta. De esta manera el 1º de junio de 1843 sale a la ve nta El Crepúsculo ,
publicación destinada a funcionar como plat aforma de expresión de esta Sociedad. Y,
efec tivamente, el objetiv o se logró pues llegó a convertirse en el órgano de difusión de todo el
Movimiento L it erario de 1842. Sin embargo, un ensa y o publicado por el ideólogo Francisco
Bilbao (1823-1865) titulado Sociabilidad chilena (1844), fue el d etonante de su clausura en el
mes de agosto de ese mismo año, y a que dicho artículo fue considerado por las autorida des
73
Discurso de In corporación de D. J. Victorin o Lastarria a u na Sociedad d e Literatura de San tiago. E n la Sesión
del 3 de mayo. (1842). Valpar aíso Chile. Imprenta M. Rivadeneyra.
130
gubernamenta les y eclesiásticas como inmoral y blasf emo. Más tarde aparecieron o tros
periódicos que en sus publicaciones dieron vita l importancia a la promoción de ensa y os,
artículos críticos, poesía y literatura en general. A estas alturas y a s e podían ver los frutos de
los grandes esfuerzos promovidos y d esarrollados tanto por Bello como todos los que
colaboraron con é l. A este respecto el profesor y p eriodista chileno Raúl Silva Castro seña la:
El impulso estaba ya dado, y la literatura chilena, consciente de sus
fueros, positivamente desgajada de la li teratura española en la cual
antes aparecía inscrita por el idioma, pasab a a ser una entidad
independiente, bien nutri da y capaz de suscitar interés dentro del país,
y, acaso, con el tiempo, más allá de las fronteras nacionales. (1960: 15-
16).
En esta nu eva etapa emprendida, entre los integrantes del movi miento de 1842 destaca
el abogado y poeta Salvador Sanfuentes (1817 -1860). Miguel L uis Amu nátegui señala que
Sanfuentes "es el primer poeta chileno notable que ha florecido en el país después de P edro de
Oña." (1892: 6).
74
En 1842 comenzó a publicar su drama más conocido El Campanario en la
revista El Semanario de Santiago , extenso poema que describe el movimiento literario nacido
ese mismo año, en el que la mayoría de sus participantes son discípulos de Bello. En 1846
terminó de escribir El Bandido, leyenda en 5 c antos en la que Sanfuentes se aventura en una
métrica más li bre, p resencia de v ersos sueltos y la uti lización de téc nica poéticas más
románticas. Otra de sus obras fue Ricardo y Lucía o La destrucc ión de la imperial (1857),
Taudo o memorias de un solitario (1858), Ley endas y obras dramáticas (1858), a la pa r de sus
actividades gube rnamentales y jurídicas. Posterior a su muerte se publican Dramas inéditos
(1863) y Leye ndas nacio nales (1885).
Otro importante miembro del Movimiento de 1842 fue Francisco Bilbao Ba rquín (1823 -
1865) escritor, filósofo y político chileno, ex alumno de Andrés Bello. Si bien su obra no
explota la narrativa, sus ensa y os ideológicos y pr oclamas políticas al canzaron gran notoriedad
siendo aún bastante joven. En su publicación del ensa y o La sociabilidad chilena (1844), en el
que hacía un ll amado a la transformación democrática, a la v ez que formulab a una severa crítica
a la Iglesia y al clero, le costó un juicio por blas femia, la expulsión de I nst ituto Nacional de
Santiago, algún tiempo d e encarcelación y su imposibil idad de terminar su carrera d e derecho.
74
Véase informac ión mucho m ás detallada referida a la trayectoria d e esta figura en: Port al de Memoria
Chilena, Luis Migu el Amunátegui, (1892). Salvador Sanfuent es. Apuntes biográ ficos, p. 6.
131
Tras ese h echo viaj a a Europa y se est ablece en París, donde estudia y se inicia en las ideas
liberales de Robert La mennais (1782-1854), Ed gar Quinet (1803-1875) y Karl Michelet (1801 -
1893).
Regresa a Chile, p ero su estilo ex tremadamente radical, su carácter revolucionario y sus
ideas socialistas, lo obligan a exil iarse y se marcha al Perú en 1851. En es te país publicó La
Revolución en Chil e y lo s mensajes del Proscripto (1853), donde analiza la sit uación política
de Chile. Se embarca nuevamente a París (1855 -1857), expulsado del Perú por escribir y
publicar su ensayo El Gobierno de la Libertad (1855), donde realiza una severa crítica al
Gobierno de ese país. En una de las Conferencias, re fe rida a su alega to Ini ciativa de la América
que dictó en a quella ciudad, utilizó por primera vez el término América Lat ina, para referirse a
Hispanoamérica, París (1856). " La raza latino - Americana". "… Perpetuar nuestra raza
Americana y Latina" . I ntroduciendo así el tér mino para los naturales de México, Sur y Centro
del Continente Americano. En su obra Movimiento social de los pueblos de América meridional
(1855) hace un ll amado a la unidad de los pueblos latinoamericanos, en pro de la libertad, la
igualdad y la justicia d e su gente. En 1857 viaja a Ar gentina, se residencia en Buenos Aires.
Allí publica La América en peligro (1862) y El evangelio americano (1864), entre muchos otros
ensayos menos radicales. Ese mismo año Bilbao muere en la ciudad de Buenos Aires a los 42
años. Su amigo Domingo Amunátegui, en una d e sus obras, señala lo siguiente: "Es cierto que
Bilbao usab a a menudo, sobre todo en los último s tiempos, un estilo declamatorio, reñido con
el buen gusto literario; pero asimismo lo es que, al lado de páginas exageradas y enfáticas,
escribía otra s que solo merecen aplauso". (1915: 122).
En este contexto la literatura y l a poesía chilena emprendí an su largo camino de
aprendizaje y supe rac ión en un país condicionado por el poder gubernamental, la Ig lesia y el
poder económico. No o bstante, la implantación de un sistema de educación formal a nivel
nacional,
75
donde el pu eblo empezaba a educarse en "la lectur a, escritura y aritmética además
del catecismo," fu eron "los rudimentos elementales" necesarios para qu e a medio o a lar go plazo
aquel nuevo mundo intelectual y cultural que se ge staba terminara de nutrirse y creciera
indefectibleme nte. (Ponc e. 2010: 450). Asimismo, la ex plotación minera e mprendida por Chile
en la déc ada de los treinta le dio al pa ís un aire de cierta estabilidad, que le permitió emprender
75
Herederas d e la preocupació n ilustrada por educar a la población como garantía de progreso político y
económico, la s élites concibie ron a la in strucción como el principal a gente para formar in dividuos e integra rlos
a los nuevos vínculo s políticos y societarios que implicaba el acceso de Chile a u na vida independ iente. PONCE
de L. M. La llegada de la escue la y la llegada a la escuela. La extensión de la educac ión primaria en Chile, ( 1840-
1907). SCIEL O. Historia Nº 43, Vol., II, j ulio-diciembr e, 2010: 449-486.
132
un marcado crecimient o. Aunque los focos de insurrección en diver sas partes del país
continuaron, en término s generales, por esta década se respiró un aire de tr anquilidad
económica y políti ca, que si bien no duró muchos años, permitió al país se guir evolucionando,
sobre todo en el aspecto intelectual, educativo, cult ural y literario, dando l a oportuni dad a los
jóvenes de llev ar a cabo d iversidad de p ropuestas n o solo culturales, sino artísticas y dramáticas,
especialmente en la ciudad de Sa ntiago y Valparaíso su princ ipal Puerto. De este modo, poco a
poco la Capital del país fue tomando trazos de urbe moderna inspirada en arquitecturas
parisinas, contagiando a nutridos grupos sociales, quienes comenzaron la práctica de largas y
ag itadas tertulias donde se discutí an infinidad de temas, se entablaba n debates filosóficos y
políticos, se leían poema s, odas, poesía, entre otras muchas actividades. L a caída de los viejos
muros coloniales da paso al despe rtar cultural de la socieda d que se ha ce evidente con las
funciones de gala en el T eatro Municipal, con la p resentación de ob ras dr amáticas y la Ópera,
muy d e moda por ese período. De l mismo modo, se mul tiplican los s alones de té y l a c lase
media se fortalece . A est e re specto La torre señala:
A pesar del aislamiento de la clase alta en sus mansiones señoriales,
atiborradas de muebles traídos de Francia, o de copi as de cuadros de
pintores franceses o españoles, su contacto con la clase media en
ascensión es constante. Se les concede la gracia, a alguno d e ellos, de
asistir a sus tertulias o diversione s campestres. (1 941: 72).
Santiago y muchas ciudades importantes de la geografía del país comenzaron a vivi r
realidade s muy diferentes a la qu e estaban ac ostum brados. L as antiguas y tradicionales familias
dejaban de ser e xclusivas y un nuevo g rupo social se les sumaba, produciendo cambios
relevantes no solo en la población sino en su contex to. Toda esta novedad emergente de
entornos y paisajes, de excéntricos comportamientos y nuevos grupos sociales, será la materia
prima del escritor, del p oeta y los artistas en general. Asimismo, la democratización de la
educación, sin lu gar a d udas se c onvirtió en un fac tor re lev ante que c ontribu y ó no solo a la
educación de nuevos valores, sino que además permitió que talentos emergentes con pocos
recursos tuvieran acceso a la instrucción formal, como ha qu edado demostrado con alg unos
personajes re señados en puntos anter iores. A este respecto Lastarria en su obra Recuerdos
Literarios señala que "Freire,
76
en 1823, se aplicó preferenteme nte a la inst rucción pública,"
pues le in yectó un mejor presupuesto al Instituto Nacional, fundado en 18 13, y "restablecido
76
Ramón Freire Serran o (1787 -1851), el últi mo Director Sup remo de Chile, elegido p or un Con greso
Constituyente el 1 2 de agosto de 1823.
133
por O’Higgins en 1819", transfor mándolo en un centro universitario. Del mi smo modo el
objetivo era el de mejo rar sus "funciones", sentar las b ases y establecer un modelo de
"enseñanza pública" para las futur as "instituciones de instrucción qu e se iban a fundar." Como
efec tivamente se hizo, pues se fundó la Academia Chilena, donde se im pa rtía la especialidad
de Literatura y Arte, entre otras disciplinas, e ig ualmente se enfatizó en la enseñanza de
"estudios legales" para fortalecer la carrera de derecho, t an necesaria en aquel tiempo para l a
buena administrac ión de los entes públicos. (Ibíd. 1878: 11).
En medio de tod a aquella vorágine de cambios v ividos por la sociedad chil ena, en su
mayoría mu y conservado ra, hubo un elemento de verdadera sedu cción que esta colectividad tan
moderada y cautelosa no pudo pasar indiferente. Se trataba de u no d e los pocos instrumentos ,
verdaderamente cultura les del que se pudo e char mano y disfrutar igualmente a pesar de lo
simple de sus representaciones, fue el teatro. Don Andrés Bello tr adujo el d rama T eresa (1836),
de Alejandro Dumas y fue puesto en escena e n Santiago ese mismo año . Antes, además, se
repre sentaron obras d e Víctor Hugo, Burgeois, Deurne y y otras de Dumas. La dramaturgia fue
una de las responsables de a gotar el neoclasicismo e introducir el romanti cismo. P ero no "el
romanticismo francés, con toda su ideología social y estética", sino el español. Esta nueva
corriente s e inst ala a través de las distinta s puestas en escena de diversas obras de teatro en el
mundo cultural chileno. "Las ideas más bien románticas sacudieron un poco a los autores
criollos," dando un giro sorpre sivo a la producción liter aria, a este res pecto, nos re seña
La tcham, por aquel ti em po "no fue el género dramático lo más re presentativo" de las letra s
chilenas como punto de inflexión hacia nuevos movimientos y corrientes. Aún fa lt aba b astante
camino por recorrer e n aquella evolución de la producción literaria. (Ibíd. 1924: 158 -160).
La s victorias y fracasos v ividos por Chile en su pri mera etapa independiente, si bien dos
décadas después er a una sit uación superada habiéndose solventado los escollos producidos, aún
existía una notable inestabil idad económica y política, que s e extendió por varias décadas. Sin
embargo, a pesar de toda esa vacilación, de una u otra forma el mundo intelectual, aunque no
del todo fortalecido, no p aró de buscar soluciones, de producir y de evolucionar. En medio de
los avatares propios de l as nuevas naciones, el golpe de suerte que tuvo C hile al descubrir el
y a cimiento de plata en el norte del país fue lo que le brindó al Gobierno esa estabilidad
económica ta n esperada , aunque aquella solven cia repentina fue solo po r al gunos años, sin
embargo sirvió con creces al desarrollo del país en todo orden. Del mismo modo Bello podía
darse por satisfecho al ver que desde su llegada hasta su Discurso en la instalación de la
Universidad de Chile en 1843, gran parte de las tareas emprendidas por él daban sus frutos.
134
Aunque sin lu gar a dud as quedaba mucho por hacer y recorrer, la base pa ra el crecimiento y
consolidación de la c ultura, el arte, la poesía y l a literatura estaban a se g uradas.
No obstante, años más ta rde, en 1861, don Alberto Blest Gana
77
critica sev eramente la
falta de ini ciativa y una marcada condescendencia por parte d e la industri a nacional hacia los
productos elaborados en Europa. Seña la entre otras cosas que "Chile " no se está e sforzando en
ampliar la industria y el comercio nacional. " R ecibe el producto d el viej o mundo" sin haber
contribuido a su elaboración. Asimismo, hace hinc apié en que no solo traen todo "elaborado de
Europa" sino que, ade más, " todo se aclimata a nosotros, a medida que nuestra s ne cesidades
aumentan," reduciendo las posibil idades de crecimient o en la esfera n acional. Continúa
haciendo e xtensivo este fenómeno a "las Art es y la L ite ratura" , pues igualmente todo viene
elaborado y e l ciudadano loca l recibe todo aquello y lo acepta, lo consume y lo abso rbe sin
mayores cuestionamientos. Conclu y e seña lando que todo es producto de "la falta de estímulo
que hasta el día han encontrado las Le tras. " El bajo nivel educativo d e la población y el
desaliento con el que se encuentra "e l escritor" al toparse con una crítica extremadamente
agresiva que agota a la may oría de los a rtistas de las letras. (1861: 81). Finalizando aquel
extenso Discurso , en el que Blest Gana esboza c laramente un a serie de tópi cos relacionados,
entre otra s cosas, con el rec uerdo del personaje a quién ree mplazaba en la Fac ultad de
Humanidades, -don Juan Bello (1825 -1860), hijo de don Andrés Bello- y la severa crítica,
justificación y posibles soluciones al atraso en el que se había sumido el desarrollo cultural en
el pa ís, a pesar de los esfuerzos de un sinnúmero de talentosos personajes, concluye s eñalando,
la somera mirada "qu e hemos dado sobre nuestra literatura, nos hace c oncebir lisonjeras
espera nzas para lo futuro, y a que la riqueza del prese nte no puede satisfacernos." Proclama con
optimismo que no pierde las esperanzas a que todo m ejores mucho más rápido de lo esperado,
sobre todo en aquel "recinto," ante aquella privile giada audiencia, pues se trataba del "c uerpo"
que más "eficazmente" podría "contribuir a su realiz ación." (1861: 81-85).
La s mejoras en el desarroll o int electual ch ileno, efe ctivamente, se e nrumbaron hacia
mejores caminos, y a que precisamente ese mi smo año de pronunciado aqu el Discurso por Blest
Gana, el p eríodo del gobierno Conservador im perante hasta ese momento en el país lle ga ba a
su fin, pues sería reemplazado p or un gobierno liderado por los Liberales. Si bien los
conserva dores gobernaron con mano fuerte y dieron mucha estabilidad al país, su centra lismo
contribuy ó deficientemente con e l desa rrollo c ultural, por lo que ha sta ese momento las
77
Véase: en el portal d e memor ia chilena, Discurso de in corporación de Alberto Ble st Gana a la Facultad d e
Humanidad es, el 3 de enero d e 1861, p., 81- 85.
135
espera nzas no solo estab an puestas en el talento j oven, sino en las polí ticas que prometían el
nuevo gobier no de los liberales, qu e estimularon la independencia cultural. Cosa qu e
efec tivamente hicieron, aunque con no pocas contradicciones y exclusiones. No obstante,
fueron acciones que c ontinuaron el pedregoso proceso de allanar e l camino hacia la
consolidación de una verdadera literatura nacional.
2.3.2. El re alismo soc ial en C hile
La narrativa chilena , a partir del segundo tercio d el siglo XIX y como consecuencia del
surgimiento del Movimi ento literario de 1842, comienza un período d e "intensa actividad
cultural, concebida bajo los signos del romanticismo, que entonces iniciaba su d ominio en las
artes y l as letras d e Chile". (Muñoz y Oelker, 1993: 13). A este respecto, s eñala Varela Jácome,
"Al margen de los obstá culos hist óricos," tanto p ara los chilenos como para sus vecinos, " la
introducción de modelos narrativos foráneos," se gen era en una inces ante sucesión de hechos
que motivan y alimentan la curiosidad de los intele ctuales. "La tr aducción y difusión de autores
extranjeros configura distintos metagé neros novelísticos, en parámetros cortados por una
variabilidad fluctuante." Así poco a poco los creadores de todas las disciplinas comienzan sus
tímidas producciones con temas renovados, p ero con la mirada puesta en la a utóctona y concreta
realidad hispano americana inclu ye ndo a Chil e (1982: 16-17), aunque no mu y a lejado de los
modelos llega dos del viejo mundo.
Por lo tanto, esta nueva etapa intelectual de l país trajo consig o no solo el despertar
romántico de un a parte importante de escritores y de contribuir al desarrollo del subjetivismo
lírico, sino que además promovió y difundió las múltipl es inquietudes ideológicas y culturales
impulsadas por las sociedades litera rias emergent es y el incremento del periodismo.
Muchos fueron los artistas que, en ese proceso de renovación, s e consideraban no
románticos, como el poe ta Salvador S anfuentes, J osé J oaquín Vallejos (Jotabeche ), el
intelectual y ensayista ateo Francisco Bilbao y e l liberal Eusebio Lillo (1826 -1910), poeta,
periodista y políti co, autor del Himno Nac ional de Chile. I gualmente, Lastarria y el propio
Bello, entre otros. Sin embargo, aunque e l neoclasicismo aún prevalecía, el Romanticism o -
aunque lo negara n mucho s de los intelectuales de la época-, se abrí a paso en Chile, justo cuando
en Europa ya se encontraba completamente a gotado. Este fenómeno trajo consigo, en una
136
primera etapa, una producción narrativa con tintes entremezclados o compartidos como ya se
menciona en otros apartados. Pero una v ez que el Romanticismo logra gan ar su espacio en el
país -pues se trataba de la primera c orriente literaria que veía l a República y po r t al motivo
contaba con un sentido especial para la Nación- , a mu y corto plazo emprende un ma rcado
descenso. S in embargo, en medio de este ent orno romántico, a pesar del desfase qu e
experimenta la incorporación del rea lismo en Chile, sus tímidos matices comienzan a percibirse
poco a poco. Vare la J ácome e s muy preciso al señalar lo siguiente:
La persistencia de los distintos metagéne ros románticos retrasa el salto
desde los círculos de la subjetividad, el sentiment alismo, la desilusión y
la nostalgia del pasado, al descubrimiento de los círculos de la realidad,
de la verosimilitud, del intento de lograr una «figuración realista».
(1982: 85).
La tarea es bastante com pleja, al tratar de estable cer un punto específico o una fecha
exacta de la incorporación del mov imiento del realismo a las letras chilenas. P uesto que, tal y
como expone Jácome Varela en otro apartado de su estudio, "En la evolución novelística
chilena, la mezcla de costumbrismo, subj etiv ismo y excesos folletines cos llega hasta mu y
tarde." ( Ibíd. 91-92). De igual modo, el mismo autor e stablece qu e el Realismo lleg a a Chile de
la mano de B lest Gana, en la seg unda etapa de su vida litera ria con su obra más representativa,
Martín Rivas ( 1862), además de los relatos cortos que le siguieron, publicados ese mismo año,
Mariluán (1862), Un drama en el campo (1859) y La venganza (1862); y l os que continuaron
en los años sucesivos, El ideal de un calavera (1863) y La flor de la higuera (1864). En este
período Blest Ga na deja e ntrever que sus lecturas de B alzac -aunqu e no ciega mente- a partir de
1861, influyen en gran medida en sus narraciones. A este respecto Oviedo señala que "Blest
Gana es el paradi gma del novelista en cuy a obra se opera la transición de uno a otro estilo" y
más adelante, a grega que la principal característica de este es critor está dir igida a qu e "Es un
romántico que s abe d escribir el mundo social que ti ene al fr ente y un realista que sabe us ar
intrigas o nudos de sabor romántico." (1997: 146).
Los escritores, inspirados en el modelo aportado por Blest Gana, "observan la realidad"
desde distintos matices, "con nuevos métodos y con una nueva técnica. " La corriente realista
ha conquistado su puesto y los modelos a seguir no solo vendrán de Balz ac o Flaubert, sino
también de "Zola y d e la violenci a pro fética del Naturalismo." En este contexto arribó
definitivamente la corrie nte del realismo a Chile. Un movimiento que se extendió por muchos
137
años, aproximadamente h asta la mitad del si glo X X y qu e contuvo en sí diferentes orientaciones
e intensidades, además de convivir con otros m ovimientos como fue el Modernismo, entre
otros. (Latorre, 1941: 70-74).
78
La sociedad, a través de las publi cac iones periódicas de revistas literarias o de
encartados en periódicos, comienza a leer a Madame Bovary, La comedia humana, Guerra y
Paz, La fortuna de los Rougon y toda la literatura de la época lle ga da desde el ex tranjero con
una li bertad desconocida. Toda esta democratización de la información, d e la cultura y de l a
literatura a demás de las nuevas políticas en e ducación, sin lugar a dudas, influ y ó notablemente
en la producción a rtística, literaria y poé tica de los años siguientes. Aunque por é ste mismo
período los estilos creativos, tanto en el dr ama como en la poesía y la novela, se mueven en una
sutil frontera entre el R omanticismo, el Realismo, el Naturalismo, el Modernismo y el
Costumbrismo, se da una suerte de estilo propio entre los escritores nacionales, integrando
modelos, tende ncias y corrientes e xternas de una forma personal y según sus propios int ere ses.
En este contexto comienza a incluirse e n los cuentos y en los relatos la cuestión social, no solo
de la urbe, sino también de la provinc ia, en narraciones menos satírica s o ensoñadoras y mucho
más sujetas a la realidad de los personajes, allanando el paso a u n metagénero mucho más
comprometido como fue el rea lismo social en la literatura y la poética del nuevo siglo.
Así, en la medida en que finaliza el primer siglo republicano, la re alidad intelec tual
chilena se enfrenta a dos grupos de producción n arra tiva. Uno de ellos se encuentra li derado
por aquel intelec tual cuy o perfil se equipar aba más con la ac tividad institucional, como
estadista, político, ec onomista o diplomático, en la c ual la de escritor o poeta, como fue el caso
de C amilo Henríquez, Ega ña, J osé Joaquín Valle jos, Lastar ria, Bello, entre otros, significaba
una actividad complementaria, pa ralela a sus funciones de responsabilidad gubernamental. P or
lo tanto, era indudabl e que sus escritos, aunque enarbolara libert ad en todos los sentidos,
siempre estar ían delimitados por sus actividades e interese s. Pese a esta singular característica,
muchos de aque llos proy e ctos literarios cumplie ron con crece s sus objetivos y expectativas.
Asimismo, el segundo grupo de escritores, que emerge con posterioridad al anterior, que se
ubica más o menos en las últ imas décadas del siglo XIX y a comienzo del siglo XX, se encuentra
constituido por una nueva generación de int electuales, cu y os integrantes pr ovienen de distintas
clases sociales, no r esponden a intereses del po der económico ni gubernamental ni político, y
78
Apreciaciones s eñaladas en un a mplio y destacado en sayo desarrollado po r Mariano Lato rre, para ser
publicado en el Boletín bimestral, de la Facu ltad de Filosofía y Letras de la Univer sidad de Buenos Air es.
Instituto d e Cultura La tino Americana. Volum en IV. La Litera tura de Chile, 1941, Bueno s Aires Arg entina.
144
Novalis, (1772-1801)
81
, entre otros aspectos, toca la cuestión generacional y m ás tarde en su
estudio referido a la historia de las ciencias, agrupa varias generaciones des de una perspectiv a
sociológica . Más t arde el sociólogo Karl Mannheim (1893-1947), establecía que "el problema
de las generaciones" se había dividido en dos vertientes: "uno positivista y otro histórico -
romántico." Una d e las ve rtientes buscaba captar lo s datos del ser -hombre, "cuantitativamente."
La s egunda ruta "interiorizaba el problema" y renunciaba a las cifras, procediendo
"cualitativamente."(194).
82
Mannheim señalaba, entre otros aspectos, que "el individuo está
formado, primariamente, por aquellas a cciones y corrientes espirituales de la época qu e ti ene
su hogar, precisamente en los círculos social es de vida a los qu e hay que asignarle
sociológica mente. " Por o tra parte, e l historiador y crítico alemán J ulius Pete rsen des arrolló tres
estudios sobre el concepto de ge neración aplic ado a la Literatura. La primera, en el libro
Determinación de la esencia del Romanticismo. Más tarde, con un ensay o titulado Las
generaciones literarias, que esc ribe en un a contri bución a la obr a de E. Er matinger Filos ofía
de la ciencia Literaria
83
y , finalmente, en un manual de su autoría, La Ciencia de la Literatura.
En general Petersen procura diri g ir el concepto de generación hacia "la historia del
espíritu humano y distinto, en consecuencia, del concepto biológico qu e su ele emplearse para
hacer la historia de las fa milias." ( L aín, 1945: 241). Asimismo, por la mi sma época, Wilhelm
Pinder, con su obra El problema de las genera ciones en la historia del arte europeo ( a.1926),
desarrolla el tem a generacional aplicado al Arte d estacando esencialmen te la "distinción entre
contemporane idad ( Gleichzeitigkeit ) y coetaneidad ( Gleichaltrigkeit )" de las generaciones
artísticas, especialmente de la pint ura y , a su vez, en relación con las demá s artes, presentadas
a través de un continuo símil musical. (La ín. Ibíd., 251).
Entre los aspectos tratados por el ma estro O rtega y G asset, referidos al tema
ge neracional, estudio q ue desarrolló desde su esencia, fue su oposi ción al trabajo d el
historiógrafo y crítico J ulius Petersen, pues consideraba que éste abordaba e l tema generacional
desde una perspectiva objetiva, simple y sin m ay or profundidad. A diferencia del trabajo
realizado por Pinder, c u ya postura y en foque es del todo cultural.
81
Véase, en Vida y Poesía (197 8) de Wilhelm Dilthey, el ensay o de Novalis (Federico L. Bar ón de H ardenberg),
personaje que influy ó profundamente en la obra de Dilth ey y sus estudios. E s en estos tr abajos d onde utiliza el
concepto de generac ión com o elemento base de su estudio.
82
Sánchez d e la Yncera. (1987). Anotacion es al trabajo de Karl Ma nnheim (1987). La soc iología ante el
problema generacion al. En : Revista españo la de Investiga ciones sociológic a . No. 62. Año 1987, p. 147- 242.
Reis.cis.es en línea
83
Véase: Ensayo d e Julius Peter sen (1946) Las g eneraciones li terarias. En: Filosofía de la C iencia Literaria de E.
Ermatinger y otro s. México. F CE. Traducción Carlos Silva, p. 75 – 93.
145
En el tra bajo realiz ado por Serrano Poncela -que se menciona anteriormente- acerca del
tema en cuestión, refiere que " Pinder, en el prólogo de la segunda edición de su obra, aludió al
pensamiento de Ortega considerándole como la corroboración más cabal de sus puntos de
vista." Igua lmente, Ortega, "al fijar por primera vez el concepto de generación como ca tegoría
de conocimiento hist órico, hiz o referencia a la obra de W . Pinder." Asimismo, S err ano agrega
que "Pinder opera sobre el tema desde un á ngulo más restringido que O rtega: el territorio de la
sociología del arte, pero sus conclusiones repercuten en el campo de la historia de la cultura."
Tal y como se había men cionado en líneas ant eriores. A pesar de las limitaciones del tra bajo de
Pinder respecto al tema generacional desde l a perspectiva sociológica d el arte, es importante
destacar que este crítico alemán conside ra que "la clave de una generación está, no en su
contemporane idad (ex clusivamente) sino en las analogías coetáneas. " C on respecto a esto
último, y acercándose "a la manera como lo aprecia Ortega y G asset," Pinder señala que ante
estas simil itudes "coetáneas" existen "los caracteres epocales" c onstituidos sobre los siguientes
supuestos:
a) los artistas son normalmente intransferibles e n el tiempo, o
sea, la época de su nacimiento condiciona el desplie gue de su ser
y hasta c oopera en e l condicionamiento de este ser propiamente.
Sus problemas nacen con ellos; le son predestinados; b) este
hecho no torna soli tario a los arti stas, sino que le s agrupa. Hay
generaciones en las cuales prevalece normalmente un carácter
homogéneo de problema s. Si bien la generación no es, todavía,
el estilo, es sin embargo un valor del estilo. (1949: 16).
En la misma publi cación, Serra no s eñala que Petersen con su sistematiz ación del estudio
de las ge neraciones, apor ta, con una denotada sim pleza, siete puntos o siete condiciones, con el
fin de estruc turarlos y sin may or precisión científica, establecer un orden, el c ual con el tiempo
ha resultado ser mucho más atractivo pa ra los n uevos estudiosos, por lo que en ocasiones ha
llega do a convertirse en un "recetario crítico." (Ibíd. Serrano Ponce la: 17).
Para Petersen el proces o generacional en literatura tení a una significación bastante
alejada del contexto al que pertenecía. A pesar de los vacíos y las incongruencias de su tesis,
observada s a través de la hist oria po r innum erables especialistas en la materia, estable ció un
146
listado de "oc ho"
84
factores esenciales pa ra la conformación de una generación. (a) El primero
se relaciona directamente con la herencia. (b) El s egundo lo d etermina la fecha de nacimiento.
(c) El tercero está referid o a la educación, señalando que una generación debe ser homo génea
en su form ación. (d) El cuarto factor que indica Peter sen estará dete rminado por la vivencia
común temporal, limitada a un espacio, que establece una correlación en acontecimientos
comunes históricos y cul turales. (e) El quinto factor es lo que P etersen den omina exp eriencia
de la g en eración, perteneciente a las viven cias c oetánea s y colectivas do nde se unen deseos,
intenciones y ambiciones, relacionadas con la etapa evolutiva más sensible, los cuales pueden
ser constru ctores, d estructores o catastrófico. (f) El sex to factor se refiere al guía, al líder, a la
personalidad emblemática que sea par adigma o ejemplo. (g) El séptimo factor tiene que ver con
el leng u aje utilizado por la ge neración. (h) El octavo y último fa ctor determinado por Petersen,
se refiere al anquilosamiento de la vieja ge neración. El hist oriador manifiesta que los viejos
tienen sus ideas paralizadas y que por tal mot ivo nunca podrán ayudar a las n uevas genera ciones
en sus nuevas aspiraciones y sus nuevos intereses. Así para que surja una generación nu eva de
acuerdo a todo este esquema, es necesario que la anterior generación quede completamente
paralizada. Hay que hacer notar que esta norma establecida por Peter sen, incluso para la época
que le tocó vivir, resultaba un tanto radical, escueta y de difíc il aplicación. Pero fu e un
planteamiento de "generación" inevitabl e pa ra cualquier tipo de e studio literario, sobre todo e n
el nuevo continente. Sin embarg o, a pes ar d e qu e existía cierta tend encia a se r utilizada por
algunos especialistas hisp anoamericanos para trabajos acerca del tema generacional, en muchos
prevaleció, en el desarro llo de dicho tema, el mo delo basado en los elaborados por Ortega y
Gasset.
En la actualidad Ricardo Cuadros,
85
en un estudio acerca de las generaciones literarias,
reflexiona y cuestiona todo lo que se ha escrito en Hispanoamérica respecto al tema, haciendo
una fuerte crítica relativa al uso que se le ha venid o dado al concepto -a través del tiempo - en
el campo de la historia literaria en el Conti nente. I ndic a que los s eñalamien tos de algunos
especialistas roz an la sup erficialidad y otros, tienden a dejar numerosos vacíos. Entre los más
destacados se encuentra Pedro Henríquez Ureña (1884 -1946), filólogo, escritor y crítico
84
Algunos estudio sos dicen qu e el esquema de Petersen lo compon ían siete condicion es, otros que o cho .
Véase: Pedro Lían E ntralgo 19 45, p. 247.
85
En u n largo estudio acerca d e las generaciones literaria s el Docto r en Literatura y Cultura Latin oamericanas,
Profesor Univer sitario en Holanda y Chile, Ricardo Cuad ros, cuestiona y an aliza largamente los p lant eamientos
de Goic, Promis y o tros especialistas en Literatura, ch ilenos e Hispanoamer icanos, en unas p ublicaciones que
luego han sido r ecuperadas y colgadas en internet po r el auto r. www.memoriach ilena.cl - Contra E l Método
Generaci onal. (2006) Ricard o Cuadros.
147
dominicano; Enrique Anderson I mb ert (1910-2 000), escritor, ensa yista, crítico literario
argentino; J osé Juan Arrom (1910-2007) profesor, investigador y ensa yista cubano cu y os
estudios y vida pr ofesion al los rea lizó íntegramente en Yale, EEUU.
Todos e llos se dieron a la tarea de dilucidar el tema generacional e n la his toria literaria
de Hispanoamérica, pero ninguno ha llegado a solventar acertadamente dicha problemática,
topándose constantemente con una y mi l variables que no terminan de esclar ecer el contenido
en cuestión. No obstante, Cuadros sostiene, e n término ge nerales, q ue "el tema de las
ge neraciones" en el Nuevo Continente, provino de lo observa do en el tr abajo realizado por
Ortega y Ga sset en (1920) y (1933), acerca de l a propuesta g en eracional, en un importante
ensayo "Idea de las generaciones" en El tema d e nuestro tiempo (1923) p rimero, y después, en
su obra En torno a Galileo. Asimismo, en ocasiones, también ha sido considerada la obra de
Petersen y, en otras, la de Pinder. Convirti éndose estos estudios en el modelo que
posteriormente obse rvarán el resto de los especialistas en Hispano américa, para sus respectivos
trabajos acerca d el tema en cuestión dentro de la historia de la lite ratura. Cuando en Al emania
dicho tema fue tratado m ás o menos hasta 1930 y , e n Francia, por esa misma época se convirtió
en un método para ordenar exclusivamente los estudios de la historia literaria. En España,
después del trabajo realizado por Ortega, fue un tema rezagado durante largo tiempo, hasta ser
retomado por J ulián Marías, discípulo de Ortega y Gasset. Asimismo, dicho tema en Chile
comenzó a ser e studiado desde la perspectiva literaria, ya bien entrado el sig lo XX.
Siguiendo el hilo de los estudios de Cuadros, éste sostiene que p ara Hen ríquez Ur eña el
"método generacional", finalmente, estaría planteado más bien de man era im plícita, mientras
que para Arrom el mi smo tema sería un a exposición netamente explicita y la diferencia en
ambos planteamientos fu e netamente "formal." P or tal motivo considera q ue lo estudios más
congruentes y acertados, aunque no e xentos de controversias, pues igualmente quedan muchas
interrogantes, serían los realizados por y a n ombrado Cedomil Goi c (1928), profesor
universitario y crítico literario chileno, pues se trata del "h istoriador y crítico que ha aplicado
con may or rigor el método generacional al estudio de la li teratura hispanoamericana." (Cuadros.
Ibíd., 2006: 10).
86
86
Véase: Revista Latino americana d e ensayo Fu ndada en Santiago de Chile en 19 97 – Año XIX. Ricardo Cuadros.
Artículo pub licado el 08/06/2 005 en línea: www. criti ca.cl/literatu ra/el- método -generacional -origen-y-
desarrollo
148
En este contexto, para reseñar las gene rac iones li terarias chilenas republicanas, habría
que remontarse aproximadamente a 1830 y los años cercanos (antes y después); época en la qu e
comienza a gestarse un entorno vital dirigido por una singular fu erza, en un ambiente común
de jóvenes qu e más adelante form arían parte d e l a dirección del país, llegando alguno s a ser
Presidentes de la República, diplomáticos, filólogos, intelectuales, juristas, poetas y es critores,
entre otros. Siguiendo la teoría dictada por Ortega y Gasset,
87
Goic (1967) y Cuadros (2005),
en los alrededores de esta década nacen en Chile los qu e serían Presidentes de la República,
entre 1871 y 1886, los libera les Federico Errázuriz Za ñartu, Aníbal Pint o y Domingo Santa
María. Todos ellos nacen en 1825. Algunos años antes, se sitúa el escritor y político Francisco
Bilbao, (1823 ). Años después, el poeta Eus ebio L illo (1827 ); el hist oriador Mi guel L.
Amunátegui (1828); los poetas Guillermo Blest Ga na y Guillermo Matta (1829); el jurista e
historiador Gregorio V. Amunátegui, el escritor Alberto Blest Gana y el hist oriador Diego
Barros Arana (1830). Después cabe considerar al pintor y paisajista Antonio Smith I risarri
(1832), el poeta Adolf o Va lderrama y el periodista Justo Arteaga Alemparte (1834), los
periodistas I sidoro Erráz uriz y Domin g o Arteaga Alemparte (1835). Mucho antes de este grupo
se encuentran el es critor y político José J oaquín Vallejo (1811), el poeta y político Salvador
Sanfuentes y e l escritor y político Victorino L astarria (1817).
Al hilo de lo anteriormente expuesto, concluyendo el año de 1841, todos los
intelectuales re señados en el pá rrafo anterior formaron parte d e esa primera generación que
aprobaría la organización del Movimiento de 1842. Un Movi miento crucial para la era
republicana en pleno desarrollo, pues todo ese gr upo, con La starria como vocero, dio forma y
seriedad, a través de la f u ndación de la Sociedad Literaria de Santiag o, a toda esa necesidad de
manifestar sus tale ntos artísticos independientemente de sus respectivas actividades o
profesiones, pues así lo pedía su o rador en el Disc urso inaugural pronunciado el 3 d e ma y o de
ese mismo año, como ya se señala en a partados anteriores.
A este respecto Domingo Melfi señala que fue en este evento donde se manifestó
públicamente "la aspiración a crear una literatura eminentemente nacional," y s e invitaba a la
juventud al "aba ndono de las formas literarias im itadas de los españoles, para dedicar el
esfuerzo a la exaltación de los valore s autóctonos." (1938: 7).
87
Véase: José Ort ega y Gasset: El m étodo de las g eneraciones en la h istoria. Lección IV de E n torno a Galile o, en
Obras Completas, t. V (1933- 1941). Madrid . Edit. Rev. Occid ente, 1955, p. 43 - 54.
149
A pesar d e que aquella primera intención tuvo un é xito relativo y que con los años ocupó
muchos espac ios en blanco con una producción esca sa y de b aja calidad, fue un comienzo
necesario y urgente para establecer los parámetros y una concepción distinta de la li teratura , y
su papel como prá ctica discursiva en la sociedad de ese momento, lo que unas décadas más
tarde, en los albores del nuevo si glo, confluirían e n tres im portantes Ge neraciones literarias
netamente chilenas, la del 900, la del 38 y la del 5 0. Grupos que en su momento respondieron
de mane ra c onsiderable, aunque no en su totalidad a la esquematización estable cida por los
especialistas de l tema generacional.
3.1. Antecedente s literarios: 1842 a 1900
Como y a se ha mencionado en apartados a nteriores, fue el Conquistador e l que trajo l as
letras al Nue vo Continente y , más adel ante, su regente fue la Colonia. En e ste contexto Ferrero
señala que la vida literaria chilena nace con un a "e pope y a ca ntada por el invasor." Agrega
además que, aunque " La Araucana de Alonso de Ercilla" no es una obra completamente
nacional, el autor, sin lugar a dudas "reflejó en ella la fuerza épica d e este pueblo indómito y
amante de la li bertad," mucho tiempo antes de su e mancipación sembra ndo en las mentes y los
sentimientos de los le ctores una fuerza sobr enatural brillantemente extraída por Ercilla de sus
actores nativos; pequeñ as pist as que perma necerían en los perfiles humanos de los hombres del
futuro, eleva ndo a la máxima expresión del enemig o, las acciones y la re sistencia a ultranza de
los arauca nos. Convirtiendo aquella lejana y brumosa región andina en un referente heroico de
conquista y resistencia. ( 1960: 4).
88
Una ve z emancipada la nación, la influencia francesa comienza a ganarle terre no al
arra igado espíritu colon ial español dentro de l a sociedad d e la épo ca. Así, todos los
acontec imientos suscitados en el país galo ll egan al país y son recibidos co n una gran fuerza y
un entusiasmo inusitado. La s renovadas corrientes filosóficas, los descubrimientos científicos,
las primicias tecnológ icas, entre otras, son parte de constantes discusiones en las tertulias y
reuniones. Lo mismo suc ede, aunque en menor grado, con lo que proviene desde Inglaterra y
Alemania. Un trasplante cultural que transfor ma profundamente la intelectualidad del país,
crea ndo una suerte d e p equeño caos que solo se logra restablecer a pa rtir de las iniciativas
88
Véase: Separata d e la Revista Atenea No. 386. Ferrero M. ( 1960) La prosa chil ena del me dio siglo.
150
literarias ll evadas a cabo por Lastarria y sus seguidores, cuyos antecedentes se remontan a
varias década s anteriores cuando el español don J osé J oaquín de Mora, primero, -fundador,
director y ma estro del Liceo de Santiago (1828)- y, And rés Bello después, (1830), quienes en
una apretada agenda, se dieron a la tarea de iniciar un importante trabajo formativo en el p aís
bajo los influjos Iluministas .
A este respecto, el historiador Diego Barros Aran a, en un ensa yo titul ado Movimiento
político de 1842, compilado por la revista At enea
89
, reseña lo siguiente: "La absoluta
tranquilidad que siguió a la elección presidencial de 1841, vino a favorecer este movimiento de
los espíritus." (1942: 271). Más adelante, Barros Arana continúa señal ando que la llegada d e
"numerosos e mi g rados que las discordias civiles de los otros estados hispanoa mericanos
arrojaban a nue stro país," conformado por fig u ras diversas del entorno intelec tual y político de
sus respectivas naciones, unos más instruidos que otros, quienes, en el afán de int e grarse, se
sumaron a la pequeña esf era intelectual nacional que comenzaba a ge starse por aqu el entonces
en el país, trajo consigo ciertas dosis de renovación.
Uno de esos personajes a los que hace alusión do n Diego, fue el hist oriador Domingo
Faustino Sarmiento (181 1-1888), nacido en la provincia de San J uan en Argentina, que según
sus palabras: "con una preparación literaria irre gular e incompleta se hiz o escri tor en C hile y
alcanzó más tard e una alta y justa nombr adía." Co ntinúa el mismo autor señalando a un joven
abogado ligado a Sarmiento, nacido en la ciudad de Buenos Aires. Se t rataba de Vic ente Fidel
Lópe z (1815-1903), hijo de un importante poeta de la revolución argentina, mucho más
instruido, más hábil y de fá cil conversación. Ambos, con la colabora ción de otros compatriotas,
en febrero de 1842, publi caron en la ciudad de Valparaíso seis números del periódico La Revista
de Valparaíso, cu y o pri ncipal temario estab a di rig ido a la literatura. (Barros: Ibíd. 272).
Posteriormente el colombiano J uan García del Río (1794 -1856) pone en marcha el 1º de abril
de ese mi smo año y en la mi sma ciudad, una revista semanal El Museo de ambas Américas, una
publicación de temas mis celáne os que solo duró un año, que no tuvo ma y o r trascendencia y que
desapareció sin ejercer "influencia en el movimi ento li terario qu e nacía en C hile." (Ibíd. Barros:
273). Finalmente concluy e Barros Arana, puntualizando lo siguiente:
89
Véase: Revista Atenea. Año XIX. Tomo LXVIII. Nro. 203, ma yo d e 1942. Revista mensual de ciencias, letras y
artes, de la Uni versidad de Co ncepción, Chile. Núme ro especial p or el Centenario de l a fun dación de la
Sociedad Literaria d e 1842. Co ncepción. Imprenta N ascimento.
151
La aparición de los primeros síntomas de un mov imiento literario casi
al mismo tiempo que apare cían esos periódicos exóticos, es una simple
coincidencia de dos hechos que tenían una causa común, el estado
favorable de la opini ón p ara excitar los ánimos hacia un orden de ideas
más elevado. (Ibíd. 274).
Si bien son mu y ciertos todos los aspectos acotados por Barros Ara na, sin duda la
iniciativa de aquellos e xtranjeros, quienes contaban con una vast a ex perienc ia cultural,
académica y literaria, debió tener una fuerte rep ercusión en los intelectuales chilenos de l a
época, pues sirvió para dar fuerza y nutrir el ímpetu que los llevaría a la organización de una
Sociedad Literaria que, aunque su duración fue corta, pues no lle gó a los dos años, constitu yó
una acción importante, una or ga nización seria y un elemento signifi cativo, que el país
necesitaba par a su post erior desarrollo intelectual y artístico. Pues por aqu ellos años la ciudad
de Santiago, capital del país, no había desplazad o del todo su aspecto colonial y la n ació n en
todo orden de cosa s, no llegaba a mostrar un verdade ro progreso. La ca pital no contaba con un
periódico y el úni co que existía era el diario El Mercurio (1827 ), en Valpa raíso. Por lo tanto,
fue precisamente a partir del año 1842, cuando comenzaron a f undarse pe riódicos y r evistas.
Hasta ese año el tema intelectual estaba reducido a una e stricta élite. A este respecto F rancisco
Santana, en otro d e los ensa y os reco gido por la revist a Atenea a raíz de la conmemoración del
primer Centenario de la nación, s eñala: "El verdadero pro greso comienza desde 1842. […] . El
desarrollo político se engrandece, la enseña nza se amplía. Los poetas, estadi stas e historiadores,
inician sus tareas en 1842." (1942: 291 ). Muchos son los especialistas que s ostienen que a partir
de esta fecha la intelectualidad chilena se abocó a continuar la soli citud hecha por La starria en
su Discurso inaugural que, entre otros aspectos, removió los espíritus de los que lo escucharon
y , posteriormente, d e los que lo le ye ron. Dejando un hondo sen tido nacionalista que mu y pronto
dio su fruto en muchos personajes de la época.
A este respecto Be rnardo Subercaseaux afirma, en su estudio sob re J osé Victorino
La starria – discípulo y seguidor de Mora-, que é st e desempeñó un papel fundamenta l en la vida
in telectual del Chile de cimonónico, pues el "Discurso de la Sesión Ina ugural" que se llevó a
cabo el 3 de ma y o d e 18 42, entre otras cosas, institucionaliz ó la literatura chilena
90
,
convirtiéndose aquel momento e n el inicio del desarrollo li terario del país, nutrido por notable s
90
Véase: Revista Cultura Nro., 6 2, La importa ncia del Discurso de Lastarria. Un t ema que ha sido ampliamente
analizado por la crítica.
152
figuras del de venir intelectual de e se entonces, permitiendo reconocer en ellos el futuro
promisorio del arte e n ge neral, y de la literatura, en particular.
No obstante el mismo autor en otro de sus trabajos señala que "desde la Indepe ndencia
hasta la década d el 80, " del silgo X IX, el panorama cultural "estuvo fuert emente signado por
una constelación ilustra da, de élite," una cultura sele ctiva reservada a l os aristócratas, los
políticos, los poderosos y el clero como estricto ente censor, cuya re al libe ración vino a notarse
a partir d e 1883, fecha en la que la Guerra del Pa cífico lle gó a su fin y Ch ile experimentó una
significa tiva evolución en el campo de la cultura, incluye ndo todas las ra mas de la estética.
(Suberca seaux, 2007: 257-58). En este sin gular proceso de cambios dentro del campo
intelectual, denota la p rofesionalización del escritor y la u rgencia de una manifesta ción
narra tiva y poética de un grupo significativo de creadores.
Por lo tanto, la sociedad chilena de la segunda m itad del siglo X IX - como se ha
explicado en otros aparta dos- sorpresivamente se encontró inm ersa en un entorno de profunda
transformación. Todo el país se reorganiz aba y modernizaba y , con ell o, la li teratura . El
nacimiento de nuevos p eriódicos y el acceso a una información mucho más fresca, llenó
tertulias, ateneos, cenáculos y salones de té. "La objetividad y r acionalidad de la I lust ración fue
desplazada," e inmediatamente le siguió el influjo de "la idea lización y bús queda de lo extraño
y sobr enatural del Romanticismo." No obstante, las etapas de los movimi entos europeos se
acortan, se tropiezan y e ntremezclan en un entorno presionado por la intelectualidad local, que
aboga por un a literatura netamente nacional, mientras las revist as literarias y los suplementos
encartados en los p eriódicos, impactan con sus c ontenidos de autores re alistas y naturalista
como Flaubert, Balzac, Tolstoi, Zola, entre otros. En ese co ntexto el surgimiento de "una
sociedad bur g uesa triunfante y de una fe científi ca positivist a" es lo que "abre los ojos" del
narra dor, que dirige su mirada "hacia una sociedad que dese a refleja r y mostrar en su
funcionamiento, con sus debilidades y posibilidades." Aunque teóri camente el escritor,
inspirado en esta tendencia, es "un positivista y un científico" de su narración, un ente "que crea
como un ac to de empirismo." (1998: 144). Sin embargo, sin proponérselo, muchos de esos
eventos narrativos y poéticos elabora dos por los escritores seguían apega dos a las viejas
influencias alejando cualquier atisbo de verdadera renovación y originalidad, no obstante, "al
llegar la dé cada del cuarenta, el horizonte intelectual y li terario se abre." Así, se da inicio a esa
pequeña pero significativa manifestación creativa, ese "entusiasmo literario en obras
específicas que intentan dar los i mpulsos iniciales sobre la base de las dos preocupac iones
153
concre tas sugeridas y requeridas: costumbre e historia nacional." ( Ibíd. 189).
91
Esto no quier e
decir, que precisamente fue en esta etapa que la literatura chilena establece un perfil definitivo,
sino simplemente que los relieves que comienza a adquirir la línea creadora nacional, por esa
época se ve más encamin ada hacia e stilos mucho más concretos.
No en vano Menéndez y P elay o con clu y e sorpren dido que, cuando se encomi enda a la
tarea de revisar la poesía hispanoamerica n a, sorprendentemente des cubre q ue en el siglo X IX
los chilenos contaban con una po esía sin gularmente escuálida y , reseña además lo si guiente:
"los chilenos lo confiesan sin ambages y, por lo mismo que luego han adelantado tanto y (…),
no tienen reparo en añadi r que esta pobr eza se extendía a todas las manifestaciones del espíritu."
A medida que avanza en su estudio Menéndez seña la que los chilenos se prepararon al abri go
de Be llo en historiadores y jurist as, pero no e n poetas. Pues estab a cl aro q ue él -refiriéndose a
Bello- había sido llevado a Chile desde Inglaterra para educar y sembrar las bases para que en
un futuro no muy lejano el panorama educativo mejorara, como así ocurrió "e n menos de diez
años." (191 1: 286).
En este contexto Al eg ría refuerza lo que y a se ha sost enido, que "a mediad os del siglo
XIX" en Chil e predomina ba "una tradición clásica con fuerte s residuos romá nticos." Del mismo
modo las "tendenc ias fil osóficas de inspirac ión positivist a en la obra poética de Guillermo
Matta" (1829-1899), del "sentimentalismo cristian o o estoico," p redominante en la obra poética
de José Antonio S offia (1843 -1886) y de Guill ermo Blest Gana (1829 -1904), era el r esultado
"de la imitación d e mod elos españoles y del afán de tr aducir las expresio nes poética s más
ilustres del roma nticismo europeo en general." (1967: 17). Por todo esto, Al egría insiste e n que
los acontec imientos que eclosionaron a mediados del siglo X I X, -aunque desde algunas otr as
perspec tivas no se perciba así - fu eron acontecimientos trascendentales en el panorama chileno
pues marcarían las pautas literarias y poé ticas fut uras.
A tenor de lo anteriormente expuesto, una d e las características que mejor representa
toda esta evolución narrativa y po ética que se desarrolla durante todo el siglo X IX, y qu e
posteriormente cruzará al siguiente siglo, tiene que ver con el leng uaje, la temática y la
incorporación de una literatura re gional. Esas n uevas producciones será n el producto de la
imaginación, con una es tética renovada como parte de un concepto d e l a modernidad. S in
91
Véase: Trabajo d e investigación del Inst ituto Iberoamerica no, Universidad d e Gotemburgo, Su ecia.
Desarrollada p or Foresti, C. Löfqu ist, E. Foresti, A. ac erca de La narrativa chilen a desde la Independencia ha sta
la Guerra del Pac ífico. 1810 -1859. Tomo I , p. 144-45 y 189-90.
256
6.2.1. Alg un as consider a cione s generales de l as nove las del aut or
La nov ela Los Hom bres Obsc uros ,
192
aparece conformada por una hi storia escrita e n
primera p ersona cuyo p rotagonista es un lustra botas
193
de nombre Pa blo Acevedo. Un hombre
joven y soli tario que alq uila un espacio para vivir , a un matrimonio de mediana edad quienes,
a su vez, son igua lmente inquili nos de una ha bitación p ertenec iente a un ‘conventill o’
194
.
Ahora bien, habría qu e considerar que un ‘conventillo’ fue un espacio urbano construido
en los arrabales de la ciudad de Santiago, nacido a la sombra de un crecimiento inusit ado de la
población como consecu encia de la migración masiva de l campo a la ciudad y su ubic ación
obligada se en contraba en los suburbios del norte y del sur de la ciudad. "Su organización social
y la repercusión que tuv o este modo de vida" pa ra S antiag o, " aún son ob jeto de e studio por
parte de los esp ecialistas." Por lo que la n arrativa de Nicomedes Guzmán se ha transformado
en una suerte de " archivo que ofrece los e jemplos más singulares, las e xperiencias más
verosímiles" d e e stos lugares pertenecientes al pasado chileno. (Díaz-Cid. 2014: 179). Por otr o
lado, en este orden, Guerra-Cunnin gha m señala que "estas vivi endas estaban constantemente
sujetas a l as inundaciones" producto d e los tem porales en invierno. Del mi smo modo los
"ince ndios ", eran hechos recurrentes en este tipo de construcciones sin plani ficac ión y
completamente vulnerables. No obstante, pese a "los progresos de la ‘ciudad culta’" , este tipo
de viviendas "carecían d e alumbrado y agua pota ble" y la superficie del "piso era de tierra".
Además, por sus formas, generalmente tenían "una pésima v entilación para sus habitantes que
se hacinaban, a vece s, en cuartos de no más de cuatro metros de extensión." (2000: 122)
195
.
En este contexto el tiempo de la nov ela, así como s u ambiente es posible ubicarlos entre
la se gunda y la terce ra década del siglo veinte, en los suburbios de la ciudad Santiago de Chile,
192
En lo sucesivo el vo cablo ‘Obscuro’ , del título de la n ovela que a nalizamos, será tratado con la n ueva grafía
‘oscuro’. Ortografía act ualizada d e la palabra q ue igualmente fue utilizado p or la Ed itorial LOM, en las dos
publicaciones qu e hizo de la no vela (1995 y 201 4).
193
Se trata de u n joven que limp ia y lustra los zap atos de las personas.
194
Desde la segunda mitad del si glo diecinueve la ciudad de Sa ntiago y en menor grado Valparaíso,
experimentaron u n abrup to aumento de la pob lación producido p or la migración campo -ciudad. Este
fenómeno se tradujo en una organ ización dispar d e la ciudad, a l n o contar con los espacio s suficientes a precio s
asequibles para solventar esas nueva s necesidades hab itacionales. Torres Du jisin 1986, p. 67.
195
La política u rbana d el conventillo y su origen se encuentra ampliamente re señado en el ensayo ‘El
conventillo: signo d el desecho y signo híbrido en Los hombres osc uros, de N icomedes Guzmán d e Lucía Guerra -
Cunningham.
257
en un entorno completamente domi nado por la miseria con una singul ar cadencia en una
desesperada búsque da del sentido y su particular relación con la vida.
La se gunda nov ela de Nicomedes Guzmán La Sangre y la Esperanza, introdu ce al le ctor
en una historia relatada por un narrador-p rotagonista con un estilo afín a la anterior obra
narra tiva de Nicomedes Guzmán Los hombres o scuros. Sin embargo, ese ‘yo’ narrador que
relata la historia en primera pe rsona, en est a oportunidad, también ser á protagonista y un
personaje que forma parte de una familia, un núcleo famili ar que lo ayudará y en momento s e
erig irá como p rotagonista. De la misma man era ese ‘ y o’ narr ador, en esta ocasión sale de ese
pequeño mundo que era el ‘conventillo’ y sus alr ededores, como se re crea en la anterior novela,
para situarse en una zona mucho más extensa dentro de la geografía de la ciudad de Santia go,
aventurándose a lugares desprotegidos del e ntorno familiar, siendo en algun as ocasiones
víctima y e n otras, testigo de peculiares y crudas realidade s que en una suerte de remembranza
recreará e n la novela.
El área geográfica que o cupa el desarrollo de esta segunda obr a narrativa, se ubic a al
sur de la ciudad en un lu gar denominado ‘el barrio bajo’ -como se m enciona en otros aparta dos -
cuy a urbe fue levantada en los alrededores del río Mapocho y que no solo la constituían algunos
conventillos, sino grandes casas, mu y antiguas y sin remozar , de un a o do s plantas, que eran
divididas precariamente para después alquilarlas por partes y , a veces, por su particulares
caracter ísticas las ll amaban ‘galería’. También por el mi smo sector ex istían unas pocas casas
mucho más pequeñas, igual de viejas y m altrechas que, por lo des cuidadas y por la zona donde
estaban ubica das, eran muy económica s. Asimi smo, existían otras edifi caciones mucho más
pequeñas, baratas y carentes de todo lo esencial, de construcción improvisada y simple, donde
vivían familias y g rupos diversos.
En tér minos g enerales la colectividad que habitaba esos sectores, eran grupos d e
familias de bajos recursos, que procuraban conservar los valores humanos y compensaban sus
vidas trabajando de manera privada p ara ter ceros, en ne gocios o fábricas instaladas e n e l sector
o en la empresa tranviaria. Tal y como se recrea en la novela cu ya estación planta eléctrica y
depósito, descrita por el narrador, se encontraba por la misma calle donde estaba ubicada su
pequeña vivienda. Pero también la zon a estaba invadida de una contingente de vag abundos
entre niños y adultos. De ig ual manera existían algunos cu y as actividades no eran mu y legales,
así como otros que se prostituían.
258
Se trata del denominado ‘Barrio Mapocho’, c on sus calles, sus viejas edific aciones, sus
solares y el río que lleva el mismo nombre y que ahora, en la actu alidad, cuenta con mejores
área s de esparcimiento, pero que antaño fue el e ntorno donde el escritor Nicomedes Guzmán
pasó parte de su vida, como se señala en su biografía, y dond e tuvo la oport unidad de acumular
una gran ex perienc ia que después le sirvió para n utrir y dar forma a sus novelas. Un área que
hoy forma parte inte g rante de la gran capital del país, aunque ha conserva do su geografía, el
nombre de sus calles y al guna s edificaciones patrimoniales. Pero que en aquel entonces, como
lo menciona en la novela e l protagonista, que a su ve z sitúa la temporalidad del relato a lrededor
de los tres primeros años de la déc ada de los ve inte, era un lug ar habita do por un colec ti vo
diverso, con una vida y un entorno completamente diferente, pues en el mismo sector se
encontraba el antiguo aparcamiento de los tranvías eléctricos
196
y su respectiva planta de
energía eléc trica, donde laboraban muchos de los habitantes del sector y su s entornos.
Es importante destacar en primer lu gar, el epí grafe o dedicatoria
197
de esta primera
edición de La Sangre y la Esperanza que afirma lo siguiente: "Hablo de cosa s que existen, Dios
me libre de inventar cosa s…" tomado de Estatuto del vino de Pablo Neruda. Es e vidente que la
obra está dedica al poeta señalado, quien además f ue un gran ami go del autor. Sin embargo la
elecc ión d e estos dos pri meros versos, correspon dientes a la nov ena estrofa del poema, que se
encuentra incluido en la obra Residencia en la Tier ra (1925-1935) no es casua l, pues ese
segundo verso te rmina así, " …cuando esto y cantando !" Y esta parte fue obviada precisamente
porque el objetivo del autor, sin lugar a dudas, esta ba referido espec íficamente al contenido de
la novela y no a la significación re al de los versos que comporta otras connotaciones
completamente a jenas a la obra en cuestión.
A tenor de lo anterior e st á muy c laro que todo lo que relatará La Sangre y la Esperanza
forma parte de una verdad, de unos hec hos históricos que efe ctivamente ocurr ieron, de un
entorno que ex istió y d e l os cuales aún quedan al gunos vestigios, aunque con rostro renovado,
pero con los ecos de lejanos frisos que los nue vos no han logrado borrar.
196
Los tranvías de trac ción anim al en la ciudad de Santiago, datan del Siglo XIX (1857). A p artir d e la
electrificación de lo s tranvías a finales del Siglo XIX, se pasó a la tracción eléctrica. E n el mes de septie mbre de
1900, The Chilean E lectric Co mpany, pu so en funcionamien to el primer tranvía eléctri co de la ca pital que en sus
primeros años fue ad ministra do por Chilean E lectric Transway and Light Com p any Limited, con 275 carros que
recorrían 97 kilómetro s en la ciudad de Santiago, que incluían los sectores de E stación Cen tral, Recoleta,
Providencia, Ñuñ oa y Quin ta Normal.
197
No ha sido posible corroborar este detalle referido a la d edicatoria q ue incl u ye el autor en esta edición, co n
respecto a q ue, si se mantuvo la misma en el resto d e publicaciones que se hicieron de la n ovela, tanto en Ch ile
como la que se hizo en Argent ina.
259
Sin embargo, d e acuerdo a indagaciones re aliz adas por Bajtín en una de sus
investigac iones literarias, cabe la posibilidad de qu e esta aprox imación a lo real sea "poco fi rme
y particularmente inexacta," pero que nutrida con l a imag inación y la divers idad de elementos
con los que cuenta el creador de la nov ela, se pod rá "comprender adecuadamente la vida, " la
discusión "cultura l y literaria de las épocas pasada s." (1987: 430).
En este contexto es oportuno mencionar que esta novela La Sangre y la Esperanza , es
principalmente un home naje a un período de la hist oria, a una forma de vi vir y a un conjunto
de personas, que conformaron un colectivo actualmente de sapa rec ido, pero que quedó grabado
en el sentimiento y la me moria de un niño, cu y a primera etapa de vida formó parte o conoció
de manera mu y cercana, acontec imientos imposibles de ignorar u olvidar y , que una ve z adulto
decidió que debían trasc ender. A este r especto Mario Ferrero señala: "Tal vez por ello su
literatura es tan nít ida, tan emotiva y directa, porque proviene de una visió n enriquecida por la
concienc ia de los trabajadores, herencia de sus viejas andanzas por los vados del dolor
humano." (Ibíd. 1982: 1 02). A ello se suma todo lo que escuchó hablar constantemente a su
padre, diri gente sindical de la empresa de los Tranvías y a sus compañeros de trabajo, en los
múltiples encue ntros que éstos realizaban, en los cuales Nicomedes procuró mantener
constantemente su presencia. Todo ese mundo conocido por el escritor se fue nutriendo de un
singular fondo de human idad que al emerger y plasmarlo en la obra espantó la indiferenc ia de
críticos, lectores y espe cialistas, convirtiéndose en un " índice acusador" de una realidad que
muchos preferían ignorar. En su opinión Juan Loveluck sost iene qu e esta obra de Nicomed es
Guzmán "sobrepasa en emoción social, en verac idad sin tapujo, […], la crítica más
conserva dora consagró a este libro como la expresión de un estado social que merecía corre girse
y enmendarse." (1963: 336).
Por otro lado, Francisco Santana, en un estudio que desarrolló por la misma década de
publicación de la obra de Guzmán, acerca de lo s nuevos novelistas chil enos, r eseñó que la
novela La Sangre y la Esperanza "capta con ampl itud el ambiente del b arrio Mapocho." A su
juicio, el escritor con singular habilidad desvela "miserias, inquietudes, ternuras y pasiones."
Entre otros aspectos y re firiéndose al barrio Mapocho, Santana afirma: "El realismo de Guzmán
adquiere perfiles definitivos," proporcionando una particular "se nsación gráfica y animada del
populoso barrio, a la ve z que sus personajes caminan, piensan y accion an en su limitada
existencia de anónimos, de hombres derrotados y aniquilados moralment e." El especialista
concluye su ex posición a cerca de la obra de Guz mán, asegurando que los aspectos positivos y
relevantes radican en que "la imagen y la metáfora tienen un pa pel comunicativo y
260
preponderante" […]. Y, entre otr as cosas, son el resultado de todo un proceso donde entran en
juego múltiples y naturales bondades de la "espontánea expresión" de un "nove lista, que es
también poeta." (1949: 57-58).
De manera integral la novela L a Sangre y la Esp eranza se defin e como un a obra cu y a
repre sentación está locali zada de ntro de un espacio claramente definido, e n el que se encuentra
inserto el colectivo del cual forma pa rte el reducto familiar al que pertenece el protagonista,
cuy a c onstante es el enfre ntamiento entre la d egradación y l a dignidad, con la recr eación de
singulares cuadros d e ruego justiciero, d e pasion es, de traiciones, mu erte, por un lado y por
otro, la posibilidad, expectac ión y anh elo de superación que serán identificados en ese mundo
interior contenido en el relato que más adelante se ana liz an.
Por últ imo, la ter cera nov ela que e scribió Ni comedes Guzmán fue La luz viene del mar ,
en 1951. Una obra inspi rada en un sector del Nort e de Chile. Un lu ga r que p rovocó en el esc ritor
una serie d e singulares se nsaciones y que lo motivaron a ir seleccion ando y reuniendo en cada
uno de los viajes y recorridos que hiz o a ese lugar, un sinfín de documentos, relatos y
experiencias, las que fue documentando y or g anizando, así como t oda la información
historiográfica que pudo compilar y conocer.
Es del conocimiento de todos que Nicomedes Guzmán amaba entrañablemente cada
rincón de su país, un territorio que, recorrió d e no rte a su r y de este a oeste, incansablemente,
como se puede constatar en muchas de sus producciones, artículos, crónicas y ensayos, donde
da a conocer detalles de cada uno d e esos territorios que visitaba y que describía con una
especial admiración. Sin embargo, la provincia de Tarapacá, principalmente la ciudad de
Iquique con sus pa rticulares características g eo gráficas y su diversidad h umana, así como la
pampa salitrera y el puerto de I quique, enfrentados en una compleja realidad de ambición, dolor
y d esgaste, bajo un sol infinito y temperaturas ex tremas, conmovieron parti cularmente l a vena
crea dora del escritor.
Así, Nicomedes Guzmán en La Luz viene del mar , construy e y recrea un mundo ubicado
entre el casco vi ejo de la ciudad de Iquique, específicamente el b arrio El Colorado, el Pue rto de
Iquique y la p ampa que rodea a la ciudad y sus diversas Oficinas Salitre ras como la ruta del
tren que iba y venía del puerto a la pampa y vi ceversa. Otro espacio geo gráfico que r ecrea el
escritor y que es oport uno puntualiz ar es el r eferido a un "mausoleo o monolit o", que
desapareció bajo la construcción indiscriminada de viviendas, que post eriormente conformaron
un barrio que existe hasta el día de ho y . El espa cio en cuestión era el Cementerio número dos
261
de la ciudad de I quique, y el mencionado monolito fue construido por los trabajadores de la
pampa, sobre la fosa común donde fueron enter rados los muertos -o parte de ellos- de la
histórica masacre de la E scuela Santa María (1907), recreada en la novela. (1963: 192).
Por otra pa rte, el ti empo en el que el escritor sitúa el relato es aproximadamente la
década de los treinta d el siglo veinte, una época en la que dism inuían ostensibl emente las
exportaciones salitreras y las distintas Oficinas (Centros mineros), c omenzaban a re ducir su
producción, incluso algunas daban inicio al proceso de cierre definitivo, aspecto que
perjudicaba directamente a los mi les de trabajadores qu e laboraban en ese sector productivo.
Ante ese giro económico y laboral, la realidad se tr ansformaba y p ese a que l a abundancia nunca
llegó a palparse efectivamente, ni en la ciudad, ni en su ge nte, ni en sus alrededores, pues tanto
los trabajadores como la provincia siempre fueron tratados con una patética indiferencia, la
miseria y l a descomposición, ante esas nuevas condiciones económica s, se hacían mucho más
patentes y , precisamente, esos nuevos fa ctor es fueron los que motivar on a Nicomedes Guzmán
a construir e st a nueva ficción. Trabajo que, a juicio de Ferrero, "nunca alcanz a el íntimo poder
de sus dos novelas" anteriores ( Ibíd. 1982: 107). S in embargo, ind ependientemente de las
opiniones, Fernando Santiván, en el p rólogo de o tras de l as obras de Guzmán, señala que el
escritor "continúa con f e y se g uridad imperturbables en el camino traz ado. Es el hombre que ha
encontrado su verda dera personalidad." (1963: 14).
En un estudio hecho por Cedomil Goic y publicado por la r evista Atenea, el especialista
puntualiza:
Nicomedes Guzmán fu e a descubrir el norte. De regreso nos trae
develado un mundo que él, como pocos en nuestra novelística
actual, es capaz de r evelar. Su enc uentro con el norte le deja
grabado hondamente, con un impacto sentimental poderoso, el
carácter peculiar de sus hombres – trabajadores del puerto de
Iquique, trabajadores del salitre en la pampa- moviéndose en su
esfera proletaria . (1952: 536).
A trav és de los años, los escritores le proporcionan a su vida productiv a un ritmo
imposible de predecir y, como y a se conoce, son contadas las ocasiones en que aciertan y
complacen ma y oritariam ente a todos sus lectores. Aunque hay ex cepc iones. No obstante, a
veces sucede qu e la acep tación es tan baja qu e favorece inex orablemente al desarrollo de un
evidente desinterés oficia l y público. Muchos estudiosos le atribuy en a e ste fe nómeno la escasa
262
bibliografía ex istente en la actualidad acerca de la obra La luz viene del mar en la actualidad.
Sin embarg o, no todo fue apa tía. Así F ernando Santiván en uno de sus tantos a rtículos
periodísticos, seña ló que, en esta novela, "Nico medes Guzmán acentúa sus condiciones de
observador profundo." La rutina popular de la r egión norteña unida al desi erto, a la pampa y a
la industria salitre ra, vivi da por sus co etáneos "está presentada con patétic a re alidad." (1956:
27).
198
En este sentido la tercera y últim a novela de Nico medes Guzmán L a luz viene del mar,
descubre ante el lector un complejo mundo, a través de las vivencias de un conjunto de
habitantes de un barrio perte neciente a l ca sco antig uo de la ciudad de I quique, así como la vida
de algunos hombr es chilenos y de otras nacionalidades v ecinas y europeas. Aunque también
forman parte de la historia alg unos orientales provenientes de China, todos ellos sobreviviendo
en torno a las minas del salitre. Una actividad de ex plotación minera de la parte norte del país,
que durante much as dé cada s t uvo un d esarrollo con p eculiares características, que marcó
profundamente la historia del país, como también la sensibilidad del artista.
6.2.2. Obras coetáneas a la no velístic a de Nico m edes Guzmán
La novelística de Nicomedes Guzmán en su primera fa se estuvo rodeada po r un
despertar lite rario tanto e n la poesía, que se d esarrollaba en las primeras déc adas del si glo veinte
con prometedoras figuras, como e n la n arrativa. Si bien por e se mismo período s e reflejaba
cierta reiteración en muchos de los cuadros presentados, en varias produ cciones en prosa, del
mismo modo ex istía en e l ambiente int electual emergente un evidente aire de renovación con
una pluralidad de propuestas que cada año, dentro de esas p rimeras décadas, cre cía en ofertas.
En este contexto y a finalizando la terc era década, cua ndo ve la luz la n ovela Los hombres
oscuros de Nicomede s Guzmán, ella coincide en el tiempo con la novela de J uan Godo y
Angurrientos que, aunque fue publi cada en 1940 , ya e ra conocida ampliamente en el mundo
intelectual chileno de sde 1938, de manera man uscrita - como se ha mencionado en otros
apartados- . Pese a la proximidad temática de las dos obra s -pues las dos están dirig idas a la
recreación de problemáticas sociales- ambas de sarrolla n aspectos completamente opuestos
198
El Correo de Vald ivia, artículo lit erario, enero 15 de 1956, r eprodu cido posteriorm ente en el prólogo de la
obra de N icomedes Guzmán El pa n bajo la bo ta, p.27.
263
dentro de los mismos entornos. A este r especto es oportuno destacar al gunas apreciaciones d e
Hans-Robert Jauss
199
, quien señala:
En sus comienzos, la estética de r ecepción se pre sentaba todavía como
una estética de l arte autó nomo, referida a las obras de arte que, merced
a sus valores de innovación o de ‘negatividad’, superaban el horizont e
de expectativas de su primer público y que, merced a la plenitud de
sentido, suscitaba una rica historia interpretativa. (1980: 39).
En este contexto el primer quiebre de la obra de Godoy, que supera ese "horizonte de
expectativas" su geridas por J auss, se ubica en la anarquía, qu e se suscita ante l a falta de un
desarrollo c ronológico e n el relato, y ante la negativa, por parte de su creador, de respetar las
convenciones de causa, espacio y tiempo. Aparte de la ausencia de una voz líder que sobresa lga
a la mul tiplicidad de voc es, que desta can d entro d el relato. En suma, l a novela de Godo y p ese
a que "rompe un verosímil – cr iollo-realista- al mismo tiempo" que impone, "uno nu evo,
caracter izado por un orden desorde nado, f ragmentado e inconcluso," se tra ta de una novela
construida "en torno a tensiones encontra das que nunca alcanzan a resolverse." Por últim o, es
posible afirmar que en An gurrientos se presenta una suerte de "contra-cultur a," pues su objetivo
es promover "un conoci miento necesariamente subversivo: uno que tenazmente vers a sobre lo
anteriormente marginado y ex cluido" en una determinada diversidad social, que antaño nadie
se había propuesto difun dir en toda su crudeza. ( Román Soto. 1992: 75). No obstante, eso no
evita la gran polémica p rovocada por di cha novela desde su publicac ión que, con todos sus
defec tos y virtudes, forma parte de un entorno y d e una Generación.
Otro escritor chileno cu yas novelas son contemporáneas con L os hombres oscuros fue
Juan Modesto Castro (1 898-1943), con la novela Cordillera adentro (1937), una obra que
retrata la vida, el entorno y el contacto humano de los mineros en un ambiente cordi llerano.
Esta novela fue reeditada por la Editorial N ascimento en Santiago, con el nombre de Froilán
Urrutia (1942). Otra novela de este mismo autor fue Aguas estancadas (1939), Premio
Municipal de Santia go ( 1939). Una novela dond e retrata la vida que sufr en los enfermos en
ge neral, los crónicos y l os desahuciados, en los hospitales públicos de la ciudad de Santiago.
Donde el personal funcionaba completamente ajeno a las tragedias individuales. Este escritor
199
Ponencia presentada en el noveno Con greso de la A sociación Interamericana de Literatur a Comparada,
realizada en In nsbruck en 1979 y publicad a en 1980. Teórico alemán H ans-Rob ert Jauss (1921- 1997), p. 34 -41.
264
siempre estuvo a lejado de los círculos literarios y su producc ión narrativa reflejó
constantemente sus vivencias, el mundo popular y sus más rústicas ocupaciones.
Por último, cabe considerar que parte de la obra de Marí a Luisa Bombal (1910-1980)
también fue contemporánea de la primera nove la de Nicomede s Guzmán, c on La última niebl a
(1935), y La Amortajada (1938). Sin embargo, la obra de la es critora fue una producción
totalmente femenina, en l a que trab ajó temas difere ntes a los tratados por el escritor objeto del
estudio, pese a que ambo s pertenecen a la misma Generación literaria.
Tanto la novela La Sangre y la Esperanza como la anterior L os hombres oscuros , son
narraciones apegadas al realismo como cor riente estética, pero especialmente dirigida a reflejar
espacios ignora dos y des preciados por la sociedad chilena e n general.
Como y a se ha mencionado, ex istieron una serie de factores y circunstancias que el país
experimentó c omenzando el siglo XX, donde la r ealidad y las diferencias dentro de una misma
sociedad comenzaron a ser especialmente evidentes con cuadros contex tuales y humanos
difíciles de ignorar. Esa nue va realidad no pudo pasar inadvertida ante la sensibilidad de los
artistas y , como lo mencionara Gil Casa do, "el novelista se encue ntra directa y fuertemente
influido por la época y por la situación (…)." (1967: 230). Un aspecto que, sin lugar a dudas,
motivaría a los escritore s nacionales a reflejar esc enarios con un mundo mimético mucho más
dramático en las creaciones a partir de los años veinte, cu y os temas d entro del panorama
literario chileno eran de sconocidos y , a veces, deliberada mente ignorados. Estas obras van
aumentando su frecuencia en las producc ione s narrativas de la década de los treinta,
convergiendo l a ma y oría de los novelistas chilenos en la representación de cuadros y
testimonios, a vec es, co n una visión retrospectiva y sacando a l a luz lo más íntim o de los
conflictos de un entorno determinado, que pudo haber conocido, presenciado, experimentado o
vivido, ubicándose claramente en la c orriente den ominada como realismo social.
Por la misma década de publi cac ión de La Sangre y la Esperanza apareció la novela
Ránquil
200
(1942), de Reinaldo Lomboy (1910 -1974), profesor de in glés, periodista y uno de
los primeros escritores chilenos que se alejó d e la producción c riollista, descartando "los
pintorescos dec orados del campo" para adentrarse en el conflicto y en "el drama social" que se
200
Esta es una zo na chilena d el Valle de Itata, ubicad a en la provincia de Ñub le, Región del Biob ío, a 50 km de la
ciudad d e Chillán y a 80 km de la ciudad de Concepción . Y el término es u na palabra del mapudungun in d ígena
de la etnia Map uche: rangkül q ue significa carrizo, u na planta gramínea usada como forraje p ara hacer techos
en las pequeñas ca sas muy ab undante en la zona.
265
escondía en las vidas de los campesinos que traba jaban para los grande s la tifundios (fincas o
hacienda s), existentes en el sur del país. Esta nov ela de Lombo y se b asó en un acontecimiento
real y fue el re sultado de " la c rónica de hechos que investig ó y vivió person almente" e l escritor
y , "cu y a p ro y ección atañe a l a historia c ontemporánea d e Chile." (Alegría. 1 967: 81). L a novela
se c aracter iza por su fue rza y su indiscutible dramatism o y su contenido que se nutre de los
acontec imientos que ocu rrieron en el año 1934, e n un sector con el mismo nombre de la obr a,
en el sur chileno y que impresionaron a l a sociedad de la época, por se r el refl ejo de una rea lidad
que se re petía en diferentes lugares por todo el país.
El escritor Carlos Dro guett (1912 -1996), cont emporáneo de Nicomedes Guz mán,
escribió Los asesinos del seguro obrero (1940), una crónica inspirada en los hechos que
ocurrier on en torno a la matanza provoca da por l os desórdenes suscitados en el propio se guro
obrero de Santiago en 1938. L os especialistas señalan qu e esta c rónica fue la base de su
posterior obra que desarr olló mucho más amplificada y entrelazada, con un crimen de la crónica
roja de aquel período, p ero que publicó trece años después. Se trata de Ses enta muertos en la
escalera (1953) y qu e al a ño siguiente obtuvo el P remio Municipal de S antia go (1954). Alegrí a
señala con re spe cto a este e scritor que fue "más poeta que narr ador, solitario, robustamente
regional y caótico, Droguett se interesa fundamentalmente en dos temas: la violencia y la
muerte." ( I bíd. 1967: 83).
Otro escritor contempor áneo a Nicomedes Guzmá n y ami go, que publi có algunas d e sus
producciones narrativas en la década de los cuarenta, fue Gonzalo Drago (1906 -1994) y su obr a
Cobre (1941), inspirada en las ex perienc ias vivi das y acumuladas por D rago, en los años que
trabajó para la empresa mi nera. Aquí el escritor hace un a profunda reflexión al esforzado
mundo de los trabajadores de las minas de cobre, s u constante enfrentamiento con los elementos
de la naturaleza, la falta de valoración al oficio y el bajo salario. Despu és le siguió Una casa
junto al río , (1946), novela corta que d a nombre al libro y que va acompañada de un conjunto
de cuentos y Surcos (1948), un conjunto de cuentos campesinos. Todas las obras coinciden en
reflejar situaciones ignoradas, excluidas o descuid adas en diferentes conte x tos y apegadas a la
corriente del realismo social
De igual manera , el poeta y escritor, contemporáneo con Nicomedes Guzmán, Andrés
Sabella (1912-1989), publi có la novela Norte Grande (1944), cu yo espacio recreado est á
constituido por la z ona del Norte Grande y , esp ecialmente, por la ciudad d e Antofagasta y l as
minas del salitre. Un entorno hostil donde los mineros deben tr abajar en sit uaciones
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embargo, aquí estoy yo y mi imaginación, devanando la madeja
cotidiana. (24).
La onomatope y a, como r ecurso, es t ambién una constante dentro de l a narra ción. A ella
se suma la re producción de las letras de las canciones interpretadas por algunos personajes:
Se oyen ronquidos.
[… ] , me sobresalta el ll anto de la guagua de doña Hortensia. "
(22).
Mi vecina le canta dulcemente.
«Hace tuto guagua. Que viene la vaca
A comerte el poto. Porque tiene c aca»…
«Duérmete, niñita»… (23).
Tan, tan, tan… La campana de la parroquia [… ] (24).
La clase de labor que eje cuta Acevedo contrib uye a que esté constantemente relacionado
con la g ente, pues todo el que quier a ve r sus zapatos limpios y b rillantes, y quie ra que un
especialista lo ha g a, acude a buscarlo. Transformándose el protag onista en el sujeto conectado
con una serie de instancias y mecanismos específicos, que mediará n concretamente con ese
entorno, al que pert enece y poco a poco y a conoce. Así va presentando a los habitantes del
conventillo:
Cristina Blanco [… ] , madre de tres hijos y cobradora de
tranvías. Su marido, Carlos Gonzá lez, [… ] maquinista. Es un
hombre espaldudo, alto, [… ] . Pertene ce al cuerpo directivo del
Sindicato de Tranviarios y actúa, además, en el S ecretariado de
la Seccional del Partido Socialista, [… ] . La señora Cris tina,
[… ] , es físicamente menuda, frágil, la c ara como entristecida por
una constante e incomprensible congoja. […] , compadezco sus
piernas, cubiertas de várices, [… ] . (1939: 25).
Con estos person ajes el narrador va introduciendo al lec tor en lo que Gil Casado señala
como la representación de "una capa de la so ciedad." El maquinist a tranviario, a su vez, activista
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sindical y miembro de una organización política de iz quierdas, Carlos González "será un
símbolo de su clase, repr esentará valores arquetípicos." Asp ectos referidos exclusivamente al
desarrollo de la novela s ocial y por ende a la recreación irrefutable del re alismo social (1967:
230-231). (Joaquín Marco. 1963: 13). Con la pre sentación de este referente, Gonz ález es un
personaje que se ocupa no solo de realizar el tra bajo re munerado, sino que a demás se preocupa
de realizar actividade s qu e fomenten la creación y defensa de un bien común dentro de su área
laboral: el Sindicato. De igual manera está su p articipac ión en a ctividades ideológ icas que
compagina con la anteri or, desmitificando sobre maner a la imagen de los habitantes de un
‘conventillo’, proporcionándole un g iro notable a la imagen del lugar.
Otro elemento si gnificativo que se introdu ce en este punto es el trabajo femenino que,
por aquella época, comenzaba a practicarse tímidamente en His panoamérica. Sin emba rgo, en
Chile, espec ialmente a p artir de esas primeras década s del siglo veinte, comenz ó a ser una
actividad mucho más asidua en la población femenina. L o mismo sucedió con la participación
de las muj eres en las actividades sindicales que si bien era p ermitido , estaba supeditada al
permiso de los padre s o l os esposos.
El protagonista continúa su ca mino describiendo con un marc ado contrapunto lo qu e
experimenta, lo que ve, siente e imagina, pue s una vez más humaniza el sol y la ca lle:
El conventillo, mirado a sí, a primera vista, da la impresión de un
ser extático, [… ] .
En primer lugar, se dijera que, […] la miseria jugar a a las
bolitas, al trompo o al volantín con la humanidad de este
pequeño mundo proletari o. El hambre, […] , no anda ausente, y
se pasea por más de algún cuarto, haciendo chascar por los
vientres su fusta de gamonal. (1939: 26).
El narrador utilizando el tono irónico denuncia el hambre, uno de los referentes
caracter ísticos de algunos habitantes del conventillo. Proporciona además fuerza al fragmento
añadiendo símiles morda ces. Con la metáfora consolida, además, el mensaje, cerrando el cuadro
con el significante final, que se identifica con el dolor, la ansiedad, la insuficiencia y el sonido
que produce ese ‘hambre’.
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Otro aspecto relevante de este apartado se produce cuando el narrador describe al
conventillo de sde una perspe ctiva metafórica refi riéndose a él como: " [ …], peque ño mundo
proletario." (26).
Es evidente que el prota gonista desea señalar a tod os los que habitan y hace n vida dentro
del conventillo, que son personas mu y pobres materialmente, p ero cuyos pocos ingre sos
dependen d e un trabajo h echo a terceros. En aquel e ntonces era común utili zar este calificativo:
« p roletario »
202
, para d enominar al col ectivo señ alado y que habitab a ese mi crocosmos
denominado conventillo. Dentro de ese contin gente se encuentran los que realizan labores y
oficios convencionalmente cataloga dos de nivel bajo, y que cada día sus actividades diarias son
a destajo, pero sus salarios son tan bajos que no llegan a cubrir las ne cesidades básicas de
quienes los ejecutan.
Es oportuno destacar que, al mar gen de la historia, ra íz etimológ ica, así c omo el desuso
y post erior uso, que se le ha dado al término: proletario; como se reseña al pie de página, en la
novela es una palabra recurrente y particularmente significativa para el autor pues formó parte
del conocido "Manifiesto Comunista redactado de 1848," por Karl Marx, del cual el esc ritor era
simpatizante, " una obra que se carac teriza por sus resona ntes lemas políticos como: ¡Proletarios
de todo el mundo, uníos! (Ritzer. 1993: 27). L emas en los cuales Guzmán creía pues por aque l
entonces, ante l a r ealidad de inj usticia, pobreza, represión y abusos que viví a el p aís, sin visos
de solucionarse, los aires revolucionarios y libera dores que llegaban desde Europa, llevaba a
muchos dentro del conglome rado nacional de todos los estratos, a c reer que esa era la solución
a todos los problemas que socio-políticos y económicos que vivía la Nación.
En este sentido Guzmán caracteriza al burgué s, aprovechador y abusador de los
necesitados, al dueño d el conventillo don Andrés, que vive a expensas de lo que esa gente que
tiene mu y poco l e paga por las míseras e ins alubres viviendas. En este pu nto del relato cabe
destacar la figura grue s a y corpulenta de Auris tela , la mayordoma. L a im ag en viva de la
opulencia y vida mejor ada si se compara con el resto de habitantes de sus dominios, el
conventillo. Se trata de una mujer ruda, pues no teme a la gente que la rodea, del mismo modo
202
Por proletarios s e comprende a la clase de los trabaj adores asalariados mod ernos, que, privados de medios
de produ cción prop ios, se ven obligado a vender su fuerza de trab ajo para poder existir. (Marx y E ngels, M.P.C.,
p. 36). Tanto en in ternet com o en los diccionarios y especialmente la R AE, señalan u na significación similar al
término. De mi smo modo su raíz literal se en cuentra en el I mperio Romano: Proletarii, cu ya significación e s
similar. El con cepto queda en el olvido y reaparece en In glaterra en el s iglo XVI y luego es rescatado por
Revolución Fran cesa tomando u n significado mucho má s comprometido, pues se u sa para signar
específicament e a la clase trabaj adora excluida de los derechos. Este término es llevado p or los franceses a la
Alemania de Marx.
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se la describe caprichosa, mu y bien alimentad a, extrovertida, severa, cruel e insensible, cu y o
trabajo cumple a cabalidad pues nadie se escapa del pago mensual de los arriendos:
Doña Auristela se siente orgullosa y se contonea c omo una pav a
imperial, porque don Andrés, el propietario, un burgués de
tongo, bastón y puro, le da la mano c uando la visita, a fin de
recibir la renta de la pro piedad. Doña Auristela [ … ] , ti ene una
hija [… ] hermosa [… ] . Su marido, un it aliano [… ] , antiguo
mayordomo, fue asesinado por un rufián, [… ] , por moroso,
arrojara sus cachivaches a la calle, descerrajando la puerta de
su pieza, mientras él estaba ausente. (1939: 27).
La ma yordoma es la metáfora del ser humano ine xorable, aquel que dispone y dirige el
conventillo, cuyo estatus se encuentra en un nivel por encima d e los demá s, y su posición se
encuentra patrocinada p or el du eño del lugar , don Andrés, c u y o nivel e conómico le permite
distinguirse del resto. Ambos se oponen a la totalidad de los habitantes de ese microcosmos. En
ambos se intu y e un a necesidad mut ua. El dueño depende de la recaudadora, pero i gualmente
repre senta a la indiferencia, la codi cia, a la indolencia, a favor de sus intereses . Ella, orgullosa
de su estatus que, a cambio de mantener el dominio sobre el recinto, de ad ministrar y de contar
con un sitio seguro d onde vivir, procede sin escrúpulos a la ejecución de su trabajo, pese a que
su viudez es la consecuencia de esa misma actividad. No obstante, para ella es mucho más
importante su posición presente que la p asada. Nada la conmu eve y esa trucu lenta personalidad
le permite convivir c on la miseria, el dolor, la suciedad y la ca rencia sin que le impresione.
El narrador manifiesta una evidente animadversión hacia l a mayordo ma , y revela que el
resto del conventillo alberga el mismo sentimiento. De igual manera evid encia pensamientos,
juicios y críticas contra puestos hacia el dúo conformado por Andrés y Auri stela.
Es oportuno destacar qu e la población de la capital del país aumentaba de manera
excepcional y las políticas gubernamentales relativas a la vivienda eran mu y tími das. Del
mismo modo, la mano de obra a destajo, en oficios considerados de baja categoría, recibía un
salario muy por debajo de la media ac eptable para sus ne cesidades básicas y las ley e s labor ales
referidas al tema, por aquel entonces, se encontraban en proceso. E ra evidente la escasez de
vivienda económica, por tanto, todo aquel que contara con un espa cio donde construir una serie
de cuartos, los e dificaba y los alquilaba:
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El conventillo está habi tado por gente de la más baja condición
social: obreros, peones, mozos, costureras […] , lavande ras que
consumen su vida curvadas sobre la artesa, rateros y putas; una
de las piezas la ocupan dos maricones qu e realizan por las
noches fiestas y bailoteos, a los que acuden «amig os» indecentes
y sinvergüenzas; […] terminan con boches que congestionan al
vecindario y que r equieren la intervención de los hombres,
quienes ponen a ra ya a los degenerados. [… ] la mayordoma no
desahucia [… ] , porque «pagan tan puntualm ente». (1939: 28).
El catálogo que entrega el narrador indudablemente está influenciado por la moral
sexista de la época, la religión y el estilo de vi da, casi p rovincianos de la ciudad y por las
pequeñas libertades que comenzaba a disfrutar la sociedad, e specialmente las mujeres; como
buscar tra bajos en las fá bricas o e jercer algún tipo de actividad remunerada en sus casas, o
ejercer labores y ofic ios remunerados en otras áreas.
Es pertinente puntualizar que en Chile el derecho al voto municipal femenino, se aprobó
en 1934, más o menos p or la época de la novela o previo a ella. Por lo qu e el derecho al voto
presidencial y p arlamentario femenino fue aprobado en 1949, y solo se pudo llevar a cabo por
primera ve z tres años des pués, en las elecciones de 1952.
Cabe destacar que, dent ro de esa escala social, descrita por el narrador, donde los
habitantes del conventillo se identific an con el nivel más bajo de la sociedad de a quel entonces,
el grupo correspondiente a los que e jercen labores productivas, tanto los hombres como las
mujeres, se encuentra unido al conjunto de person as cu y os oficios se encuentran fuera de Ley,
como los rateros y las putas . De la misma manera, cuando el narrador se refiere a los
homosexuales, lo hace utilizando un término pey orativo: ma ricones.
Dichos personajes, evidentemente ex cluidos, celebraba n r euniones diarias que, por su
desarrollo y los efectos experimentados por algunos, como consecuencia del consumo de
bebidas al cohólicas, contribuía a que los eventos terminaran en escándalos. Lo particularmente
sorprendente es que el control de esos eventos er a exclusivo de la autoridad poli cial o de los
‘hombres’.
El machismo vernáculo por aquel tie mpo, sin luga r a dudas, era una convención
establecida y el maltrato f ísico y psicoló gico hacia la mujer también era un hecho común, sob re
277
todo en ese colectivo, como también el evidente desprecio y discri minación hacia los
homosexuales. En este punto se revela la fragilidad de algunos subgrupos soc iales perteneciente
al c onglomerado que habita el conventillo, una pantalla por donde des fila el resultado de la
segregación y la a patía p or parte de la sociedad en general:
Constantemente se re ali zan en la pieza de Carlos González
reuniones de obreros tranviarios, a fin de cambiar ideas sobre
los destino s del gremio. […] . Ahí con seguridad se gestan y
adquieren forma los proyectos […] del Sindicato. La
«compañera Blan co», […] , levanta su voz entre los roncos
discursos masculinos, acatando o proponiendo. (1939: 29).
Fue una época de múltiples manifestaciones obreras de reduc idos grupos mutuales y
sociedades y man comunales
203
. Según los oficios, tí midamente se habían or ganizado a finale s
del siglo XIX. Todos esos pequeños grupos y mo vimientos se fueron consolidando nada más
comenzar el nuevo siglo en torno a distintos grupos ideológicos de izquier da, para converger
en movimientos y organizaciones de trabajadores mucho más sólidas, y que a pesar de la g ran
oposición que sufrían y l as numerosas b ajas, producto de las represiones ejercidas sobre ellas,
no sesgaron en su empe ño por reclamar su dere c ho a mejorar sus condicione s dent ro de sus
respec tivos trabajos y de sus vidas, a través no solo de una mejora del salario, sino de leye s
laborales. Por esas mismas décadas dichas or ganizaciones, en medio de cr uentas controversias
y qu erella s, logran su fortalecimiento, como también la promul gación de muchas Leyes
solicitadas en innumera bles pliegos durante décadas.
Se destaca, además, dentro de la descripción del l ugar entre la oleografía barata, que
adornaba la pared del escenario relatado, dos retra tos, uno de Lenin y otro de Recabarren. Dos
repre sentantes mu y destacados por aquella época, símbolos de la reivindicación de los obreros
tanto en Rusia como en Chile
204
.
El recinto donde se recrea aquella gesta de reivindicaciones, en esta ocasión se
desarrolla dentro de una de las habitacion es del conventillo, la que ocupan el matrimonio
203
Véase en: M emoria Chilena, El movi miento obrero chileno (1909 -1953).
204
Vladimir Ilich Ulián ov (1870- 1924), mejor con ocido co mo Lenin, r epresentante máximo d el sector
bolchevique del partid o obreros sociald emócrata de Ru sia y Líder de la Revo lución de octu bre de 1917,
convirtiéndose en el p rincipal d irigente de la URSS y s eguidor de las políticas marxistas lla madas igualm ente
leninistas. Luis Emilio R ecabar ren (1876 -1924) de padre s vascos, nacido en Ch ile, fue el re presentante principal
del movimiento o brero chileno y miembro del partido comunista d e Chile.
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