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Los locos años veinte de Quevedo

Candelas Colodrón, Manuel Ángel

Abstract

En la década de los 20, tras su periodo en Italia, Quevedo incrementó de forma extraordinaria su tarea literaria. En suLaurel de Apolo, Lope de Vega estableció el parangón de Quevedo con autores eminentes de la literatura latina: Píndaro, Petronio y Juvenal. El artículo intenta explicar esa lectura de Lope de Vega sobre su contemporáneo.

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RESUMEN: En la década de los 20, tras su periodo en Italia, Quevedo incrementó de forma extraordinaria su tarea literaria. En su Laurel de Apolo, Lope de Vega estableció el parangón de Quevedo con autores eminentes de la literatura latina: Píndaro, Petronio y Juvenal. El artículo intenta explicar esa lectura de Lope de Vega sobre su contemporáneo. Palabras claves: Francisco de Quevedo, Juvenal, Píndaro, poesía moral, Petronio. The crazy twenties of Quevedo ABSTRACT: In the decade of the 20, after his period in Italy, Quevedo increased extraordinarily his literary task. Lope de Vega, in his Laurel de Apolo, established the comparison of Quevedo with eminent authors of the Latin Literature: Pindar, Petronio and Juvenal. This article tries to explain this Lope de Vega's reading reception on his contemporary. Keywords: Francisco de Quevedo, Juvenal, Pindar, moral poetry, Petronius. ISSN: 2340-1176 Atalanta 2020, 8/2: 83-97 LOS LOCOS AÑOS VEINTE DE QUEVEDO Manuel Ángel Candelas Colodrón Universidade de Vigo [email protected] Manuel Ángel Candelas Colodrón 84 Los locos años veinte de Quevedo 85 uevedo debió de venir de Italia y más concretamente de Nápoles lanzado. Las ocupaciones del cargo (por llamarlo de alguna forma) le debieron de entretener y distraer de sus trabajos literarios y eruditos. Pero a la vuelta los retomó con brío y efervescencia. Se trajo borradores o escritos de su Política de Dios, que apareció finalmente publicada en 1626, y esbozos de la Carta del Rey Católico que acabó también publicando. Se metió entre pecho y espalda y en muy poco tiempo –si es de creer la nota preliminar del fraile agustino que se la había encargado, lo hizo en doce días– el Epítome de la Vida de santo Tomás de Villanueva, texto que será el primero publicado en imprenta, varios años después de su eclosión literaria. Encontró tiempo para componer el Sueño de la muerte y meterlo con los demás en un lote que dio a la imprenta en el año 1627. La muerte de Felipe III en 1621 le convirtió en historiador oportuno de ese instante con sus Grandes anales de quince días y aprovechó para informar sobre la situación en Italia al nuevo rey (y de paso, exhibir datos y, de paso, prevenirse) en su Mundo caduco y desvaríos de la edad, en apariencia desmañado e incompleto pero repleto de datos eruditos que no poco tiempo le pudieron haber robado. Entremeses también pudieron salir de sus manos por esas fechas para ser llevados al escenario también por esas fechas con reconocido éxito y quizá también esa comedia Cómo ha de ser el privado que se presenta como una alabanza (demasiado impostada) sobre la figura del conde-duque. No olvidó la redacción de opúsculos satíricos y burlescos: el Cuento de cuentos vio la luz en Huesca, como preámbulo de una explosión editora entre 1626 y 1628 y entre editiones principes y sucesivas reediciones: Política de Dios (1626), El buscón (1626), Los sueños (1627) y el Discurso de todos los diablos (1628). Respondió a las críticas del padre Pineda a su Política en uno de los primeros episodios de su acreditada belicosidad verbal, que verá su fulgor apenas un poco después con la polémica sobre el patronato de España que le llevó a escribir dos textos, Memorial por el patronato de Santiago y Su espada por Santiago, en apenas medio año. El furor retórico y erudito –acompasado con el trabajo filológico no exento de litigio sobre las obras de fray Luis de León y de Francisco de la Torre (publicado en 1631, pero terminado a finales del año 1629)– no se entibió siquiera con estos discursos: redactó quizá el Lince de Italia y se dejó querer, en medio del fragor, para que le pudieran encargar libelos que él convertiría en venenosos boomerangs contra sus promotores, como el Chitón de las Q C Manuel Ángel Candelas Colodrón 86 tarabillas, cuya fecha de composición explícita, 1 de enero de 1630, puede dar por concluida con exactitud su década prodigiosa. En este vendaval postnapolitano no faltó la prolijidad poética. No hay certeza cronológica salvo para poemas de circunstancias y estos, con las cautelas necesarias. En esta década, las muertes del rey Felipe III («Mereciste reinar y mereciste» (B238), con alusiones a su gran santidad y su escaso ímpetu político), del duque de Osuna, del duque de Lerma, («Columnas fueron los que miras huesos», B246), animaron encomios funerales más o menos comprometidos desde el punto de vista político. A Felipe IV le escribió más que un soneto una arenga, «No siempre tienen paz las siempre hermosas» (B233), que Antonio Azaustre ejemplificó como argumentación para bellum 1 , para que cambiase el rumbo demasiado complaciente de los Austrias en sus refriegas europeas y promoviese, casi por obligación o por necesidad, la guerra en sus territorios. Sucesos históricos (batallas o estrategias diplomáticas) indujeron composiciones severas, como exhortaciones al cristianísimo rey francés Luis XIII sobre el poder de Richelieu, «Sabe, ¡oh rey tres cristiano!, la festiva» (B228), «Decimotercio rey, esa eminencia» (B230); elogios extravagantes en italiano al propio valido francés, «Dove, Ruceli, andate col più presto» (B227), o descripciones sobre los equilibrios nacionales de una Europa en guerra en clave alegórica: «Pequeños jornaleros de la tierra». El soneto a la muerte de Rodrigo Calderón, «Tu vida fue invidiada de los ruines» (B251), en esa larga lista de composiciones dedicadas a ministros o validos, en los que no falta la apreciación política, cuando no moral, complementó el largo pasaje de los Grandes anales de quince días, donde Quevedo, con ánimo paradójico execraba la vida del ministro y al tiempo honraba su muerte resignada y estoica. No faltaron heroicas composiciones al duque de Pastrana en la ocasión de atrapar a unos navíos turcos en 1623, «Esclarecidas señas da Fortuna» (B236), ni celebraciones ecfrásticas al retrato (desaparecido) de don Pedro de Girón de Guido Reni, «Vulcano las forjó, tocolas Midas» (B215), o al dibujo que el calígrafo Pedro Díaz de Morante le hizo al rey Felipe IV, con el ingenio de no levantar en su ejecución la pluma del papel, «Bien con argucia rara y generosa» (B220), o el epitafio dedicado al jurisconsulto Francisco de la Cueva y Silva, «Este, en traje de túmulo museo» (B253). La musa satírica aprovechó otros acontecimientos para ejercitarse: la llegada del príncipe de Gales a Madrid en marzo de 1623 y las fiestas celebradas en su honor, así 1 Antonio Azaustre, «Retórica y milicia en un soneto de Quevedo», La Perinola, 6, 2002, pp. 29-53. Los locos años veinte de Quevedo 87 como la publicación en el mismo año de premáticas varias sobre costumbres y vestuario propiciaron composiciones jocosas. La dificultad de datar los poemas de esta naturaleza no impide admitir que algunas jácaras o algunos bailes pudieron haber sido escritos durante esta década: «Zampuzado en un banasto» (B856) o «Añasco, el de Talavera» (B857) parecen nacidos por estos años, así como el relato en primera persona de «Pariome adrede mi madre» (B696), la dramatización, con predominio de la voz del protagonista, de «Tomando estaba sudores» (B694) o «A Marica la chupona» (B695), o la esceneta cómica entre tres gabachos y un gallego titulada «Gobernando están el mundo» (B697). Lope de Vega apreció algo particular en él y lo expresó en la Epístola al doctor Gregorio de Angulo: «Veréis otro Francisco, que renueva / con más divino estilo que el de Estacio / las silvas donde ya vencerle prueba» 2 . La carta fue escrita mucho antes, probablemente hacia la primera década, pero no es descartable que fuera reescrita para ser publicada de nuevo. Es materia difícil de resolver, pero parece Lope conocedor de los experimentos quevedianos al respecto de lo que podría llegar a ser un nuevo subgénero lírico. En junio de 1624 Quevedo le escribió a Juan de la Sal, obispo de Bona, una pequeña carta, en la que adjuntaba un grupo de cuatro poemas dedicados al basilisco, al unicornio, al ave fénix y al pelícano. En ella le ponía al día sobre sus tareas e indicaba: «Vayan delante, que yo volveré por mi melancolía con las Silvas donde el sentimiento y el estudio hacen algún esfuerzo por mí. Y tenga vueseñoría larga vida con buena salud» 3 . Tanto los versos de Lope como esta carta al obispo de Bona abren la indagación sobre la voluntad de Quevedo de configurar un grupo de composiciones más o menos ordenado a lo largo de su vida 4 . Muchas de estas composiciones ya estaban escritas antes de 1611, pero muchas otras fueron surgiendo a lo largo de esta década. Sobre el particular, la bibliografía es abundante (y rica en especulaciones): solo pretendo señalar las influencias que pueden ejercer en Lope las composiciones quevedianas, ya entrevistas en la Filomena y declaradas en el Laurel de Apolo. En un ambiente propicio para la oda horaciana, para el soneto al modo petrarquista o neopetrarquista o para los romances de cualquier tipo y con el influjo poderoso de las Soledades gongorinas por medio, la novedad de imitar a Estacio y sus Silvae llamó sin duda la atención de Lope. 2 Lope de Vega, La Filomena, Madrid, Alonso Martín, 1621, f. 141r. 3 Francisco de Quevedo, Obras, ed. Aureliano Fernández-Guerra y Orbe, Madrid, Rivadeneyra, 1859, II, p. 525. 4 Remito a la síntesis de Alfonso Rey para ponderar la iniciativa de Quevedo, «La colección de silvas de Quevedo. Propuesta de inventario», MLN, 121:2, pp. 257-277. Manuel Ángel Candelas Colodrón 88 Los versos elogiosos de Lope de Vega se atienen a la década anterior. Pero en 1629, fecha de los paratextos del Laurel de Apolo, Lope canoniza a Quevedo, en su silva séptima, con otras piedras del parangón: Juvenal, Píndaro y Petronio. Al docto don Francisco de Quevedo llama por luz de tu ribera hermosa Lipso de España en prosa, y Juvenal en verso, con quien las musas no tuvieran miedo de cuanto ingenio ilustra el universo ni en competencia a Píndaro y Petronio como dan sus escritos testimonio espíritu agudísimo y suave dulce en la burlas y en las veras grave. Príncipe de los líricos que él solo pudiera serlo si faltara Apolo 5 . El catálogo de autores de este largo poema, dividido en silvas, es extensísimo, pero estas antonomasias, con excepción de Píndaro que aparece asociado también a Francisco de la Cueva, («al docto don Francisco de la Cueva, / que los versos de Píndaro renueva» 6 , solo aparecen reservadas a Quevedo. La de Lipsio viene dada por las diferentes muestras de su erudición temprana, pero no conviene olvidar tal vez la familiaridad con que Quevedo recurre al intelectual de Brabante para fijar sus posiciones sobre política y aun sobre cuestiones económicas referidas a imposiciones o tributos 7 . Sabido es que Quevedo frecuentó la lectura de Píndaro. Un ejemplar de los comentarios de Juan Lonicero de sus obras, conservado en la BNE, lleva no solo su exlibris, sino anotaciones marginales y la strophe de una posible oda dedicada a la muerte del duque de Osuna, fallecido en 1624, «No con estatuas duras», en sus guardas 8 . No es desconocida la decisión de imitar la fórmula métrica y dispositiva de la oda o canción 5 Lope de Vega, Laurel de Apolo, Madrid, Juan González, 1630, ff. 64v-65. 6 Ibíd., f. 29v. 7 No puede olvidarse que en Iuliani Caesaris in regem Solem ad Salustium Panegyricus de Vicente Mariner (Madrid, Pedro Tazo, 1625) aparece publicada una carta de Justo Lipsio a don Francisco, fechada en Lovaina el 8 de febrero de 1605. En ella el humanista expresa su estimación por el joven Quevedo: «Nam amo te et hic animo interiori indui»: era, pues, notoria esta relación. 8 Se trata del ejemplar con la signatura R/642, Pindarii Olympia, Pythia, Nemea, Isthmia, publicado en Basilea en la imprenta de Andrea Catrando, 1535. Los locos años veinte de Quevedo 89 pindárica, iniciativa contada como singular e incluso novedosa. La canción a la muerte del duque de Lerma lleva tal dispositio, comentada en su edición impresa por su editor González de Salas. Pero no es el único ejemplo. «El instrumento artífice de muros» (B291), dedicado a la música de Jerónimo de Mata, también se resuelve de ese modo, así como un epicedio a una dama, «Deja l’alma y los ojos» (B278), que Salas disolvió en silva después de que Quevedo quisiera darle forma de oda pindárica y de que, al decir de Salas, pudiera circular con esa disposición. Con cierto detalle, podrían asimilarse a esa estructura discursiva el citado Sermón estoico (B145) o la silva Al pincel (B205), composiciones extensas que permiten modulaciones internas en forma de tríadas, strophe, antistrophe y epodos, a pesar de no estar marcadas con ese epígrafe 9 . Horacio, en su oda IV, 2, a un amigo que quiere ser poeta, Julo, define el estilo de Píndaro como un río torrencial que se despeña desde lo alto y que desborda la vega a su paso: «Pindarum quisquis studet aemulari, / Iule, ceratis ope Daedaleae / nititur pennis, vitreo daturus / nomina ponto / monte decurrens velut amnis, imbres / quem super notas / alvere ripas» (1-6). Quintiliano en su libro décimo, capítulo primero, lo celebra del mismo modo, inspirado por la imagen de Horacio, pero le añade el adjetivo de «inimitable»: «et veluti quodam eloquentiae flumine. Propter quae cum merito credidit nemini inimitabilem». Es muy posible que en el juicio de Lope se mezcle la imitación dispositiva de la oda, que él debió de conocer en círculos poéticos más íntimos, y la consideración de Píndaro en el esquema escolar de la tradición grecolatina donde ocupaba lugar muy eminente, por su excelencia y singularidad estilística. No es imposible que Lope viera en algunas composiciones de Quevedo la fluencia discursiva de Píndaro: la acumulación de incisos, dentro de un mecanismo periódico, de cláusulas que se abren una y otra vez, de forma compleja, para ir cerrándolas con demora en versos ulteriores. Se reconoce ese modo en su propio Laurel de Apolo, cuyas oraciones se estiran en continuos paréntesis sobre paréntesis, adornados además con un permanente acopio mitológico que recuerda las fórmulas heroicas de Píndaro. La lectura de algunas odas nemeas del poeta griego, que, en apariencia glosan y celebran las victorias, llevan por contraste algunas apreciaciones morales que recuerdan a las que Quevedo incluyó a modo de advertencia 9 Véase al respecto las consideraciones de Rafael Herrera Montero, «Sobre la fortuna de Píndaro en el siglo de Oro», Cuadernos de Filología Clásica, 6, 1996, pp. 183-213; en particular pp. 208-213, donde repasa la impronta del esquema tripartito de la oda pindárica. En este trabajo se señala a fray Luis de León como iniciador de las traducciones de Píndaro al castellano, de modo singular de la Olímpica primera, que Quevedo precisamente anota en su ejemplar. Manuel Ángel Candelas Colodrón 90 estoica en sus encomios de personajes ilustres. Podrían añadirse otras afinidades, pero no era Lope torpe lector de poesía y no solo vio ese hallazgo dispositivo, que, por otra parte, es notorio, sino la propia materia de algunas de sus composiciones. El segundo autor, Petronio, puede resultar llamativo en este contexto lírico. La inspiración de Petronio está extendida en la obra quevediana: Moya del Baño desgrana con precisión las citas e intervenciones filológicas incluidas 10 . Reseñable es la aportación de ciertos pasajes del Satiricon para la censura contra gongorinos tanto en el Anacreonte como en los preliminares a las obras de fray Luis y algunas consideraciones de Petronio, puestas en boca de sus protagonistas, por tanto, susceptibles de interpretación ambigua, sobre estética o sobre la misma idea de la imitación poética. La propia Moya del Baño recuerda la exhaustiva edición crítica del Satiricon de González de Salas de 1629, cuyo ejemplar se cita en el catálogo de la Academia de la Historia, para corroborar la familiaridad de Quevedo con la obra de Petronio. La aparición de dos citas de Petronio en el Sueño del juicio final, en un paso, por otra parte, lleno de citas más o menos tópicas, también es destacable, así como en términos muy generales la afinidad genérica entre el relato del Satiricon y los relatos de orden lucianesco que representan los Sueños quevedianos. Pero, con todo este bagaje y, en particular, este reclamo Satiricon-Sueños, ¿cómo explicar el parangón de Lope? ¿Qué vio Lope en Quevedo para tal consideración? Petronio era conocido por el lugar central que ocupaba en el espacio cultural de la Roma del Imperio. Y al mismo tiempo describía en sus textos los mundos del lujo cortesano, con una familiaridad notoria. Lope pudo ver en Quevedo ese flâneur del inframundo mientras pululaba por la corte. En la epístola a Gregorio Angulo ya citada, Lope utiliza la reticencia para referirse al Euripo de palacio que le impide mostrar con mayor claridad a Quevedo. Esa metáfora bien puede aludir a la relación estrecha, casi física, del autor de los Sueños con el poder y, por tanto, a su condición cortesana. Las palabras de Tácito (Annales, 16-17) sobre Petronio, que bien pudo haber conocido Lope (en especial la caracterización del escritor como «elegantiae arbiter»), bien pueden alimentar las analogías: 10 Francisca Moya del Baño, «Petronio en Quevedo», Myrta. Revista de Filología Clásica, 21, 2006, pp. 277-296. Los locos años veinte de Quevedo 91 De C. Petronio pauca supra repetenda sunt. Nam illi dies per somnum, nox officiis et oblectamentis vitae transigebatur; utque alios industria, ita hunc ignavia ad famam protulerat, habebaturque non ganeo et profligator, ut plerique sua haurientium, sed erudito luxu. Ac dicta factaque eius quanto solutiora et quandam sui neglegentiam praeferentia, tanto gratius in speciem simplicitatis accipiebantur. No es descartable que Lope leyera alguna de las composiciones poéticas que le llevaron a esa conclusión. Por ejemplo, las que señala el propio Salas en el soneto «Creces y con desprecio disfrazada» (B89): esa execración del cáñamo con el que se fabrican las velas de los barcos que han de cruzar los océanos en perversa contravención de la ley natural impuesta por los dioses. Salas advierte el tono irónico de la voz poética que anima a sus interlocutores a cometer tales pecados, basado en el mismo proceder del narrador del Satiricon (115) cuando se encuentra delante del cadáver náufrago del horrible Licas y declara: «Ite, o mortales» 11 . Este pasaje, presentado en forma de epitafio, fue muy del gusto de Quevedo, ya que lo vemos desarrollado en la silva «Estas que veis aquí, pobres y escuras» (B142), casi traducido 12 : Id, pues, hombres mortales; id y dejaos llevar de la grandeza; y émulos a los tronos celestiales, vuestra naturaleza desconoced, dad crédito al tesoro, fundad vuestras soberbias en el oro; cuéstele vuestra gula desbocada su pueblo al mar, su habitación al viento. Aunque en la execración al inventor de la artillería –la silva «En cárcel de metal, ¡oh atrevimiento!» (B144)–, también se emplee semejante invitación, es en el Sermón estoico donde vuelven a aparecer las mismas fórmulas de Petronio 13 : Id, pues, grandes señores, a ser rumor del mundo; 11 Francisco de Quevedo, El Parnaso español, Madrid, Díaz de la Carrera, 1648, p. 85. 12 Francisco de Quevedo, Las tres musas castellanas, Madrid, Imprenta Real, 1670, p. 161. 13 Véase Enrique Montero Castillo, «Anotaciones a la silva Sermón estoico de censura moral de Francisco de Quevedo», La Perinola, 11, 2007, pp. 131-183.