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Una poesía moral

Garmendia, Ignacio F.

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227 Poco a poco, al mismo ritmo demorado que ha seguido su autor para escribirla o publicarla, con largos intervalos y ninguna urgencia, la obra de Jacobo Cortines se ha abierto paso como uno de los itinerarios más valiosos, coherentes y singulares de su generación, a la que el poeta ha aportado una voz personal, perfectamente reconocible, que aúna la dicción elegante, la voluntad de dejar constancia de una trayectoria –no sólo estética, sino asimismo vital, vinculada a su experiencia– y un aire de clasicismo en la más vasta e intemporal acepción del término. Acogida al sello de la colección que dirige, donde ya apareció Consolaciones, la recopilación de la Poesía reunida de Cortines toma el título de su segunda entrega, Pasión y paisaje, convertido en una suerte de divisa donde se cifra lo esencial de su propuesta poética, nacida, como él mismo sugiere, de la tensión entre los gozosos o dolientes arrebatos del ánimo y la aspiración a una serenidad que se presenta como conquista o punto de llegada, en el marco de un diálogo permanente entre el sujeto que observa, recuerda, siente o reflexiona y la realidad exterior que, como vieron los simbolistas, refleja la verdad íntima del hombre. Varias razones hacen de esta edición un libro importante, empezando por el hecho de que pone a disposición de los lectores una PoeSía moRal Por ignacio F. garmenDia Minervae Baeticae. Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2ª época, 44, 2016, pp. 227–230. 228 que lo conocimos de la mano de Carta de junio y otros poemas las dos entregas anteriores, desde hace mucho inencontrables, en las que el autor mostraba ya las trazas de su estilo característico, lo que permite seguir desde el principio un recorrido de más de cuatro décadas que no ha variado en lo fundamental –poeta relativamente tardío, Cortines se ha mantenido fiel tanto a los asuntos como a la manera, aunque es a partir del libro mencionado cuando se muestra en plena madurez– pero ha ido depurándose y enriqueciéndose con los años, sin perder el hilo de la vivencia que se ofrece, como siempre en la gran poesía, literariamente trascendida. El volumen, que recupera el esclarecedor y enjundioso prólogo escrito por el autor para la antología de la Fundación March, “La escritura del tiempo”, contiene el generoso adelanto de un libro en construcción, Días y trabajos, y añade a modo de epílogo una extensa y muy significativa selección de sus diarios donde Cortines habla de la génesis y el proceso de composición de sus poemas –las “Huellas de una creación”, datadas y localizadas en los espacios familiares– y discurre sobre su idea de la poesía, entendida como un ejercicio agónico de constante indagación que precisa de muchos tanteos, de mucho pulimiento y reposo hasta materializarse en obra acabada. Quedan por lo tanto fuera las traducciones, que en el caso de las de Petrarca –tal vez el autor, junto a Leopardi, que más ha influido en su forma de concebir la poesía, sin olvidar a poetas en castellano como los Machado o el Cernuda devoto de Bécquer– responden a un verdadero trabajo de recreación, no muy distinto al de componer versos propios, y también el luminoso volumen de memorias, Este sol de la infancia, donde Cortines evocaba en prosa –una prosa lírica de altísima calidad, en la estela andaluza de Romero Murube o Muñoz Rojas– muchos de los lugares o de los motivos que comparecen en el verso. Ambas dedicaciones, sin embargo, la del traductor y la del memorialista, que se corresponden con los estadios de la juventud y la madurez, son relevantes para comprender el lugar desde el que nos habla el poeta. La primera, el largo trato con el autor del Cancionero y los Triunfos, señala una filiación humanista que ha dejado su impronta en los modos –el uso del endecasílabo, los versos como cincelados– y asimismo en los temas –la conciencia de la tradición, el tratamiento de la materia amorosa– a los que Cortines, hondamente familiarizado con los iGnacio F. GaRmendia228 229 clásicos, sabe insuflar tonos nuevos. La segunda, el recuento de los días azules en los que el niño estrenaba el mundo, revela el arraigo de su poesía y su vinculación a un territorio casi mítico en el que la naturaleza –el paisaje, los paisajes recobrados de la infancia– es no sólo escenario, sino memoria y razón de vida. Esa visión abarcadora del humanismo, de la que hablan también sus variados intereses como ensayista, se refleja igualmente en unos versos que toman de la pintura la plasticidad y de la música, la otra gran pasión de Cortines, un admirable sentido del ritmo. Más allá de los homenajes expresos –como los dedicados a Carmen Laffón y Manuel Castillo en Días y trabajos– el componente visual y sobre todo la cadencia, la armoniosa disposición de los acentos, caracterizan una poesía que aúna el rigor métrico y la naturalidad en el decir, pues aunque se inscribe sin duda en la tradición culta no emplea un lenguaje rebuscado y rehúye el artificio, enemigo de lo verdadero, en favor de la claridad. Limpios de adherencias retóricas, los versos de Cortines fluyen con nitidez incluso si se adentran en el tortuoso universo de lo onírico, que acecha en forma de ensoñaciones o pesadillas cuando la conciencia, presa del dolor, la insatisfacción o el terror nocturno, explora los caminos del irracionalismo, especialmente en los inicios pero también más adelante, puesto que la vocación reflexiva convive con una pulsión oscura, dionisiaca, representada por las emociones desbocadas. Aún más evidente resulta, a la vista de sus libros primeros y de las anotaciones de sus diarios, el trayecto recorrido por un autor que se ha servido de la poesía para conjurar sus demonios personales o familiares y ha transformado las angustias y perplejidades íntimas en palabras no sólo conmovedoras, sino concernientes. Si conocerse a uno mismo, conforme a la antigua sentencia griega, es un imperativo para cualquiera que trate de la condición humana, Cortines ha sabido aplicárselo sin que ese ejercicio, a veces doloroso o extenuante, se proyecte en su obra sino de una manera sobria, contenida, alusiva, por completo ajena al patetismo. La melancolía por el paso del tiempo, la “extraña nostalgia” sin motivo aparente, la añoranza de los seres queridos que ya no están entre nosotros o de los que los desencuentros nos han ido distanciando, la gratitud por los dones naturales o el sosiego que experimentamos ante la presencia de la persona amada, son sentimientos universales que una PoeSía moRal 229 230 cobran en esta poesía una cualidad moral, en tanto que son desarrollados por el autor de un modo –el de la lírica meditativa, dicha en voz baja, sin aspavientos ni ostentaciones– que lo retrata y nos retrata. Dos poemas cimeros, “Carta de junio” y “Nombre entre nombres”, que comparten la larga extensión, el impulso catártico, la mirada compasiva y el hecho de abordar las figuras del padre o de la madre, vinculadas a la tierra de origen y a la habitación del paraíso perdido y recuperado, dan cuenta de las coordenadas personales de un autor al que tampoco le son indiferentes –como demuestra el poema “Europa”, incluido en Días y trabajos, un impresionante alegato de cuya dilatada gestación informan los diarios– los dramas del mundo contemporáneo. A esa tierra, el campo de su Lebrija natal, le ha dedicado Cortines versos y prosas memorables que permiten agregar su nombre a los de los más altos cantores de la geografía andaluza, descrita con trazos delicadísimos y elevada en su obra –como centro emocional de la misma– a la categoría de país literario. Es allí, hacia el otoño de la edad, en la heredad afanosamente restituida y de la mano de la compañera de toda una vida, donde el poeta encuentra el equilibrio y la armonía necesarios para escribir poemas tan hermosos como “Calendario”, por citar otro de su última entrega, donde los meses del año pautan una existencia apegada a los ciclos que anhela “el sueño / de volver a vivir lo aún no vivido”. Hay siempre, incluso en la celebración, un algo de elegía, y también, como señalan los versos de Hesíodo que figuran al frente de Días y trabajos, una ética del esfuerzo que proscribe el ocio no fecundo y defiende la laboriosidad por sus virtudes sanadoras. Cura la poesía y junto a ella o en ella los fieles aliados que consuelan y redimen de la desdicha: el arte o la belleza en cualquiera de sus manifestaciones, la contemplación o la compañía de la bendita naturaleza, el amor que se renueva en la apacible convivencia. Tanto los poemas de Cortines como los fragmentos ahora conocidos de sus diarios, tan ligado a aquellos y tan reveladores de su poética, dan fe de un largo camino que ha sido –sigue siendo, como ejemplifica su libro en marcha– el del autor en busca de la horaciana vita beata, pero los obstáculos o los desengaños, las esperanzas y las recompensas, se refieren al hombre de todo tiempo. iGnacio F. GaRmendia230