Una estética sin aura: Jean-Marie Schaeffer
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Fedro, Revista de estética y teoría de las artes. Número 9, abril 2010. ISSN 1697 - 8072 PASAJES UNA ESTÉTICA SIN AURA (JEAN-MARIE SCHAEFFER) Juan Bosco Díaz-Urmeneta Muñoz Universidad de Sevilla 1. No es fácil hablar de estética ante artistas o historiadores del arte. Unos y otros valoran el discurso reflexivo de la estética pero en el artista, es frecuente advertir la desazón de quien oye una versión algo engolada y con flecos normativos de lo que él considera una praxis que en cada obra afronta determinados problemas y ha de resolverlos; en el historiador se rastrea más bien una actitud de respetuoso escepticismo ante un discurso que se le antoja superestructural pese a lo cual no se recata de emitir dictámenes sobre las obras. Puede que nada de eso sea cierto y que los recelos reseñados sean puramente imaginarios. Pero, para soslayarlos, quizá merezca la pena dar un rodeo y, puestos a hablar de estética, comenzar analizando qué entendemos por hechos o comportamientos estéticos, sin tener prisas por fijar la objetividad del juicio estético o el alcance y el valor de la obra de arte. Se trata, dicho en otros términos: de analizar la actitud del paseante que recorre la ciudad y disfruta ante sus discontinuidades (un instante de silencio, una perspectiva inesperada, un edificio o una persona diferentes), la del niño que vuelve del colegio convirtiendo las calles en calzadas de viajes fabulosos o la del espectador que, viendo en casa El gatopardo, repite la secuencia de la llegada de Angelica al salón del principe Salina. Puede que a ninguno de ellos les preocupe demasiado enunciar un juicio sobre lo que ven o hacen, y menos aún calificarlo de un modo u otro. Limitémonos pues a su actividad e intentemos analizarla. 1
2. Este punto de vista es el principal atractivo del libro de Jean-Marie Schaeffer1 aunque su acercamiento a los comportamientos estéticos tiene una intención más radical: diferenciarlos analíticamente del arte y evitar que se mantengan bajo la tutela de la filosofía. Schaeffer está convencido de la relevancia y especificidad de esos comportamientos, pero considera que el pensamiento occidental, en vez de examinar sus características, optó por encerrarlos en un marco doctrinal. Tal doctrina intentaría fundamentar la objetividad o validez del juicio estético que, una vez fijada, permite abrir un ámbito que sitúa al ser humano más allá de los comportamientos dictados por la necesidad natural y/o las restricciones de la acción finalista. Este ámbito, limitado generalmente al arte, autoriza a definir este último en términos de apariencia/realidad, verdad/ilusión, etc. Aun pensadores como Kant, que distinguieron claramente entre estética y arte2, establecen, con la objetividad del juicio estético, ese ámbito extático que, en Kant actúa como bisagra entre el entendimiento (que con sus conceptos precisa el acontecer empírico) y los principios de la razón (que aseguran la unidad de la experiencia), y a la vez garantiza el nexo entre un proceder guiado por la sensibilidad, sometida a la necesidad natural, y los imperativos éticos. La validez del juicio del gusto permitía, en efecto, abrir un territorio de comunicación universal basado en la subjetividad humana, asegurando así el edificio trascendental, pero al mismo tiempo restringía la dimensión estética al juicio, practicando una reducción que no llega a hacer justicia al dinamismo y fertilidad que el propio Kant reconoce a la idea estética3. Esta reducción se acentúa con la teoría del genio4 que el Romanticismo convertiría en la religión del arte: la estética se asimila entonces al arte y éste se convierte en adelantado de la metafísica (sobre lo que ironizará Baudelaire en El arte filosófico y Los pintores que piensan5). Schaeffer continúa su recorrido citando a Hegel 1 Schaeffer, J.-M., Adiós a la estética, trad. J. Hernández, Madrid, Antonio Machado libros, 2005. Casi todas las propuestas del libro las trata el autor con mayor amplitud en Les célibataires de l’Art. Pour une esthétique sans mythes. Paris, Gallimard, 1996. 2 Crítica del Juicio, párrafos 43-45. 3 Critica del Juicio, párrafo 49. 4 Crítica del Juicio, párrafos 46-50. 5 D’Angelo, P., “Introducción” a D’Angelo, P. y Duque, F., eds., La religión de la pintura, Madrid, Akal, 1999. Baudelaire, Oeuvres complètes, Paris, Laffont, 1992, 736-742. 2
y Heidegger para sugerir otras tantas estrategias de sometimiento de la estética a las exigencias de las concepciones filosóficas. Quizá sea una simplificación excesiva atribuir esta instrumentalización de la estética (y del arte) a meras exigencias de tal o cual sistema filosófico, y sea más exacto vincularla al deseo de un territorio, heredero de la religión, en el que puedan enunciarse preguntas sobre la plenitud del ser y la existencia, o, si se prefiere, sobre, digamos, el lugar del individuo en el cosmos. Pero este ideal, del todo legítimo, se degrada él mismo cuando desemboca en una exigencia doctrinal que limita el alcance de una dimensión humana. Para dar cuenta de tal dimensión, lo decisivo es identificar y comprender los hechos estéticos, separando tal reflexión no sólo de las exigencias de aquella inquietud, sino aún del afán de proponer un ideal estético o unos criterios de juicio. Tal reflexión debe separarse además de las llamadas filosofías del arte, porque la etología, los estudios culturales y la historia proporcionan interesantes claves para esclarecer el comportamiento estético, haciendo más rico y más complejo el ámbito reflexivo abierto, con carácter casi fundacional por Kant. 3. ¿En qué consiste, pues, el comportamiento estético? Los tres casos citados al principio coinciden en ser una actividad cognitiva que se caracteriza por ser un discernimiento, es decir, un ejercicio de atención en el que se destacan determinadas relevancias que, por así decir, encajan o se tejen entre sí. Pero hay algo en ellos que distancia a nuestros tres personajes del mero explorador: su discernimiento adquiere sentido propio, al estar animado o impregnado por el placer que ese mismo ejercicio produce. Hay, pues, en tal ejercicio un componente afectivo que regula la actividad cognitiva y a la vez brota de ella. La imbricación de discernimiento y satisfacción, atención y gozo definen el comportamiento estético6. A primera vista, es eso lo que sucede en los tres ejemplos que aduje más arriba que tienen, además, ciertos rasgos destacables. El paseante sugiere que el comportamiento estético es coextensivo con las realidades cotidianas, esto es, no exige objetos específicos de superior dignidad, sino que puede darse en la calle, el lugar de trabajo o el centro comercial más prosaico. Muestra también que este placentero discernimiento aunque se vincula a un objeto, no brota o radica en él sino que surge de la relación que con él se establece. 6 Tal imbricación se explicita analíticamente en Les célibataires de l’Art. Pour une esthétique sans mythes. Paris, Gallimard, 1996, pp.. 172-77. 3
El segundo ejemplo señala que esta relación no es necesariamente pasiva: el discernimiento, al ser una forma de atención, supone siempre un elemento activo en la percepción que se manifiesta con mayor fuerza cuando interviene la imaginación: en cualquier acontecimiento perceptivo hay una selección (como la que hace el espectador entre los diversos valores plásticos de un cuadro o entre diferentes planos o encuadres de un filme); en cuanto a la intervención de la imaginación, no se da sólo en juegos infantiles como el del ejemplo, sino que a ella se entrega cualquier avezado lector de novelas. El espectador de El gatopardo, por su parte, hace pensar en que, a veces, los elementos del discernimiento estético alcanzan cierta plenitud por la que logran una unidad mutua que no depende de la lógica del acontecer ni de ideas previas o latentes en un presunto trasfondo, sino que nace de los mismos rasgos seleccionados. Así ocurre en la secuencia citada del filme: la belleza de la joven, su sensualidad, su timidez unida a una fuerte confianza en sí misma, la sorpresa de los presentes, la atmósfera dorada que surge de las flores, etc. se integran en una sorprendente totalidad. 4. Pero, al margen de estas notas diferenciales, los tres ejemplos poseen en común ciertas características de interés. Subrayemos, en primer lugar, que en los tres casos hay una actividad cognitiva. Está, en efecto, vinculada a una representación acerca de un objeto (según la relación que establecemos con él). Tal ejercicio de conocimiento es sin embargo peculiar. Ante todo se distingue de un comportamiento instrumental: no está movido por la utilidad o la necesidad, como cuando la inteligencia se las ingenia para adaptar el mundo al deseo, sino que busca conocer y por eso intenta adaptar sus representaciones al mundo. Desde ese punto de vista se asemeja al proceder de quien quiere comprender un texto, hallar la solución correcta de un problema o la respuesta adecuada a una pregunta. Pero el discernimiento estético se diferencia también de estos procesos. En ellos, el ejercicio del conocimiento está impulsado por el objeto y animado por el logro final que es el que proporciona una satisfacción determinada, mientras que en el discernimiento estético la actividad cognitiva se difunde por el proceso y lo impregna, desarrollando la relación atencional que establecemos con el objeto, y la satisfacción surge del propio proceso cognitivo (no de sus logros) y lo regula y reatroalimenta. Surgen de aquí consecuencias de interés. Una de ellas es la necesidad de diferenciar la satisfacción estética de cualquier forma de complacencia inmediata, más o 4
menos hedonista. La imagen seductora, el giro textual impactante o una grata melodía pueden actualizar ciertos mecanismos psicológicos y provocar determinadas satisfacciones, pero unos y otras se mueven al margen del discernimiento y se diferencian así del comportamiento estético. Tal vez quepa relacionarlos con el “calosfrío retiniano” del que hablara Octavio Paz comentando a Duchamp7. En un orden de cosas sin duda diferente, habría también que separar la actitud estética de la meritoria labor de análisis del experto que busca la correcta atribución de una obra a un autor o su adecuada adscripción a una época (aunque en su trabajo bien pudiera aparecer en un momento un discernimiento propiamente estético). Si la primera diferenciación que hemos hecho se relaciona de algún modo con un acercamiento instrumental a la realidad, la segunda buscaría un conocimiento determinado más que un discernimiento reflexivo. Otro capítulo de consecuencias tiene que ver sobre todo con ciertas actitudes que podemos mantener respecto a la obra de arte. Sin duda es del todo lícito que nos interesen los cuadros de Claudio de Lorena porque sus paisajes establecen una suerte de paradigma al que se atendrá el género durante casi dos siglos. Cabría examinar, pues, a la luz de sus cuadros, diversas obras paisajísticas, ver su diacronía y su posible relación con otras manifestaciones culturales en la arquitectura, la jardinería, el urbanismo o la literatura. Pero esta indagación, a la vez socio-histórica y cultural, no supone un comportamiento estético. Algo similar ocurre, si se estudia otra paisajística, la de Caspar David Friedrich, buscando los indudables valores religiosos que laten en ella. De modo análogo habría que separar el comportamiento estético de una concepción filosófica de la naturaleza que pudiera rastrearse tras esas obras de arte o en el propio discernimiento estético de tales obras. Como tendremos ocasión de ver, estas relevancias socio-culturales, históricas, religiosas, filosóficas, podrá tenerlas en cuenta el discernimiento estético (será tanto más rico, cuanto mayor número de estos saberes laterales incorpore) pero sin que tal discernimiento se confunda con ellas o se emplee para validarlas. Si examinamos ahora el discernimiento estético desde la perspectiva de la satisfacción que lo anima, diremos, en primer lugar, que es interesado aunque en un sentido muy preciso. No está afectado por el objeto ni invertido en él, sino en la representación que de él hace. En tal sentido, Schaeffer subraya el desinterés en el que insiste Kant. La atención del vídeo-espectador de El gatopardo no la polarizan los 7 Paz, O., La apariencia desnuda. Obras Completas, tomo 6 Barcelona, Círculo de Lectores, 1992. 5
encantos de Claudia Cardinale, sino la belleza de Angélica, que seduce al círculo aristocrático al que no pertenece, y su comedida seguridad, que le permite entrar en él sin dejar que la asimile. Es la densa relación que tiende el discernimiento quien produce la tensión afectiva que, por esa razón, se centra en la secuencia, esto es, en la representación, y no en el atractivo de éste o aquel objeto. En segundo lugar, es necesario precisar la importancia del elemento afectivo. Este nace del valor atribuido a las relevancias que selecciona el discernimiento, pero a la vez regula e impulsa la propia actividad cognitiva. Los dos elementos son interdependientes. Schaeffer califica tal interdependencia de relación homeodinámica. Eso entraña que discernimiento y satisfacción no sólo se alimentan mutuamente, sino que su mutua conexión es la que sostiene el proceso, de modo que al cesar cualquiera de los componentes, el comportamiento se extingue. El papel de elemento afectivo es por tanto tan decisivo como su par atencional. 5. Precisado el comportamiento estético, veamos dónde lo sitúa Schaeffer. Lo encuadra en el proceso evolutivo de la especie, en la filogénesis del animal inteligente8. Por tanto en un terreno teórico en el que la biología y la etología, prolongadas en la antropología (la cultura es la forma humana de adaptación al medio) y la historia, pueden dar pistas valiosas para indagar el alcance de tal comportamiento. En ese contexto estudia la atención perceptiva. Ciertas investigaciones subrayaron hace ya medio siglo la importancia de lo que entonces se llamó motivación a la exploración9: se observó que animales con cerebro de cierta complejidad anteponían la exploración del entorno a la satisfacción de necesidades inmediatas como las alimentarias. Trabajos más recientes han tratado de precisar los procesos neurocerebrales por los que la atención, en vez de dispersarse en estímulos inmediatos, parece centrarse en un sistema que sintetiza informaciones diversas e incluso retrasa la acción motriz para obtener información más amplia10. Se ha llamado a este fenómeno respuesta orientadora. Parece obvio que para que se dé, es necesario poseer sentidos que no precisen un contacto inmediato con su objeto (vista, oído, olfato) y disponer además de una memoria a largo plazo, pero a esas condiciones debe unirse la hipótesis de un sistema central de atención que permita la suspensión de 8 Esta idea se desarrolla ampliamente en La fin de l'exception humaine, Paris, Gallimard, 2007. 9 Butler, R. A., “Discrimination learning by rhesus monkeys to visual-exploration motivation”, Journal of comparative phisyological Psychology, 46, 1953, pp. 95-98. 10 Schaeffer cita al respecto a Dennett, D., La conciencia explicada, Barcelona, Paidós, 1995, cap. 7. 6
la respuesta inmediata. El sistema central de atención con estas suspensiones proporciona al organismo el beneficio de una permanente actualización del estado informacional interno, lo que a su vez le permite una puesta al día de su capacidad de anticipación. En vez de responder a la presión del medio y estar sometido a él, el organismo, con sus demoras, logra un mayor nivel de control. Cabe dar un paso más: las ventajas obtenidas pueden terminar convirtiendo la respuesta orientadora en algo parecido a un hábito: ya no se da como respuesta ante lo desconocido, sino que surgiría de procesos endógenos. En otros términos: las respuetas orientadoras se condensan en una estrategia consistente en el impulso a adquirir información por sí misma. El razonamiento se aproxima al umbral de una explicación naturalista del comportamiento estético. Éste es, en efecto, como dice Schaeffer, una actividad cognitiva autoinducida, esto es, no motivada por el objeto sino endógena, y pragmáticamente infra-determinada, es decir, que no busca la utilidad. Es posible que estemos aún lejos de poder enunciar hipótesis relativas al paso desde el impulso a adquirir información por sí misma hasta el comportamiento estético propiamente dicho. Por otra parte, la centralización de los procesos atencionales no parece contar con pruebas concluyentes ni con amplio nivel de acuerdo11. Pese a ello, el enfoque de Schaeffer es estimulante porque suprime el aura que rodea a los comportamientos estéticos y los relaciona con el desarrollo cognitivo, destacando aspectos de este último que nuestra cultura, deseosa siempre de eficacia y resultados, apenas considera. 6. Hay otras dos anotaciones en el haber de la propuesta de Schaeffer: la cualidad y alcance cognoscitivo de la estética y su diferenciación respecto al arte. No es infrecuente que esforzados defensores de la dimensión intelectual del arte rechacen ciertas formas artísticas en las que, como ocurre en la pintura, hay un predominio notable del elemento perceptivo. En el extremo opuesto, aún es posible encontrar visiones formalistas empeñadas en aislar la recepción del arte de todo aquello que no se relacione estrictamente con la corrección de las formas. 11 Puede algunos de los problemas relativos a la atención, puede consultarse Tejero Gimeno, P., “Panorama histórico conceptual del estudio de la atención” en Munar, Rosselló, Sánchez-Cabaco, eds. Atención y percepción, Madrid, Alianza, 1999, pp. 33-62. Vease también, para la relación entre psicología, cognitivismo y neurociencia, Montserrat, J., La percepción visual. La arquitectura del psiquismo desde el enfoque de la percepción visual, Madrid, Biblioteca Nueva, 1998. 7
Schaeffer, al destacar el conocimiento que proporciona el comportamiento estético, desmiente el primer extremo (sin referirse expresamente a él). Centra la actividad estética en la atención pero una atención referida exclusivamente a datos sensoriales es una ficción. Desde el principio, la percepción está mediada por estructuras categoriales, como la constancia de tamaño y forma o la organización entre fondo y figura. Si el proceso atencional se da en la recepción de una obra de arte, su complicación aún es mayor porque moviliza aspectos intencionales, conectados a la cultura o al lenguaje, diferentes de los que reclama el simple objeto. El comportamiento estético, tal como lo desarrolla Schaeffer, supera, pues, con creces los límites de la retina y se sitúa en el ámbito de la inteligencia. También desborda las visiones meramente formalistas, en parte, porque la apreciación estética de la forma presuntamente más pura está mediada por elementos culturales: puede que haya formas, como las de las flores o las del rostro humano, que susciten la atención estética en todas las culturas, pero las características concretas varían de una cultura a otra: piénsese por ejemplo en el significado del crisantemo en ciertas culturas orientales y en la nuestra, o en las variadas apreciaciones de los rasgos del rostro. A esto hay que añadir la importancia que adquieren en el discernimiento estético los que más arriba llamé conocimientos laterales, es decir, los relativos al modo de vida de una época, a la simbología de una cultura, competencia relativa a ciertos ámbitos del saber científico, etc. Es evidente que este bagaje, que cada uno lleva consigo, revertirá en el discernimiento estético dándole mayor densidad y consistencia. La atención que despierta un patio manierista en alguien que conoce la época, posee nociones geométricas relacionadas con la escala y proporción, y no es ajeno a ciertos conceptos de psicología perceptiva será más rica que la que puedan suscitar sus formas, por nítidas y exactas que sean, en un profano. 7. Más fértil aún es su interés en diferenciar entre arte y estética, separándolos desde un punto de vista lógico y atribuyendo a cada esfera un tipo distinto de actividad. La estética supone una demora reflexiva en un proceso de atención que provoca una satisfacción que a la vez lo regula y sostiene, mientras que el arte es una actividad operativa, constructiva que entraña un hacer algo y un saber cómo hacerlo12. 12 La reflexión de Schaeffer sobre la obra de arte como una entidad problemática, carente de identidad ontológica específica puede verse en Les célibataires de l’Art. Pour une esthétique sans mythes. Paris, Gallimard, 1996, cap. I. 8
Hay sin duda en la actividad artística un proceso de discernimiento estético en la medida en que sea un idear inventivo o creativo, pero comporta además una elaboración precisa y el dominio de ciertas técnicas, aspectos que no se exigen al comportamiento estético. Por otra parte, aunque ambas actividades estén interrelacionadas, tal conexión no es lógica: la obra de arte no exige un comportamiento estético al espectador ni tal comportamiento ha de desembocar en una factura artística. Ambas distinciones son importantes porque, como consecuencia de ellas, el discernimiento estético deja de ser una suerte de actividad derivada del arte. Al contrario, tal discernimiento puede darse en relación con objetos o situaciones no artísticas: desde los entornos de la cotidanidad hasta el paisaje, las nubes o los estratos rocosos13. La estética deja de ser el auxiliar del arte, una actividad artística de bajo rango, para convertirse en un ejercicio del individuo gracias al cual puede prolongar su inteligencia, imaginación y sensibilidad. Esto parece de particular importancia en un tiempo como el nuestro en el que la informática y la red permiten desarrollar actividades estéticas sin que deban ser necesariamente artísticas: la ideación de identidades múltiples o de mundos alternativos prolongan a la edad adulta las fantasías infantiles de nuestro segundo ejemplo y confieren otra plausibilidad y sentido al lema de Joseph Beuys, “cada hombre, un artista”, así como a su noción de plástica: la elaboración de una identidad individual compleja, aun conflictiva, que explore sin temor los límites del sujeto moderno y evite sus restricciones disciplinarias podría ser una consecuencia del discernimiento estético, si éste deja de entenderse como desahogo de tendencias irracionales o meros ejercicios de la ensoñación vigil. Quizá podamos desde esa óptica hacer una fértil relectura de las memorables páginas que Goethe tituló Confesiones de un alma bella14. 8. La tercera parte del ensayo, la más comprometida y la que más interrogantes suscita, la dedica Schaeffer al juicio estético. Lo examina en tres perspectivas: cuál es su lugar en el comportamiento estético, cuál es su estatuto y cuál su papel en la evaluación del arte. 13 Elementos más detallados para la conducta estética en relación a la naturaleza pueden encontrarse en Les célibataires de l’Art. Pour une esthétique sans mythes. Paris, Gallimard, 1996, pp. 249-268. 14 Goethe, J. W., Años de aprendizaje de Wilhelm Meister, libro VI. 9