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La muerte del caballero

Ybarra Hidalgo, Eduardo

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LA MUERTE DEL CABALLERO Por EDUARDO YBARRA HIDALGO Hace años un primo mío, joven profesor de la Facultad de Filosofía de nuestra Universidad, publicó un bello trabajo titulado, La muerte del caballero. Meditando sobre cual sería mi intervención en el homenaje y recuerdo del excelentísimo señor don Javier Benjumea Puigcerver, marqués de la Puebla de Cazalla, que celebramos hoy, para intentar descubrir si podría añadir a las innumerables muestras de pesar recibidas desde las más altas instancias de la nación, empezando por la de sus Majestades los Reyes y continuando por las de las instituciones oficiales, privadas y de la Iglesia, nuevos aspectos sobre don Ja vier, decidí hacerme eco del trabajo comentado en el preámbulo. Seguramente parecerá extraño que yo, pobre en letras, no obstante pertenec er a esta Real Academia, repare en el trabajo La muerte de un caballero realizado por don Diego Romero de Solís, para intentar desarrollar el homenaje tributado a don Javier Benjumea. La razón de tal elección estriba en que de dicho estudio, cuyas dificultades conceptuales los presentes solventarían seguramente con mayor facilidad que yo, se pueden espigar puntos claves y coincidentes entre la muerte del padre cantada por Jorge Manrique y la de don Javier Benjumea. El Caballero se forma en la práctica de la virtud, un valor continuamente en crecimiento en su interior y dada a conocer al 260 EDUARDO YBARRA HIDALGO mundo al afirmarla cada vez que sea necesario su concurso. Las buenas formas, las verdaderas, aquellas que son reflejos de la excelencia de una persona, no son otra cosa sino la manifestación literal de una vida virtuosa. Es en la vida virtuosa del Caballero donde conceptos como salud, fatiga o dolor, al igual que los de triunfo, riqueza o poder, apenas importan si no van encaminados a la con - secución de unos valores superiores tales como podrían ser la lealtad, la búsqueda de la belleza o la del bien común. Quizá por ello encontremos en la muerte de don Rodrigo Manrique, tan bellamente cantada en las coplas por su hijo Jorge, y en la de don Javier Benjumea, la similitud de actitudes con la que ambos se enfrentan a su fin, ese conjunto de valores con los que los caballeros asumen el último paso, momento en la vida que termina siendo una definitiva e incruenta batalla del Caballero consigo mismo. En ambos, al vislumbrar la muerte, se entabla el conflicto entre la esperanza y el miedo, entre la confianza en una nueva vida, una vida eterna ante el Altísimo, y la inquietud por la Nada. Para el Caballero, para don Javier Benjumea en el caso que nos ocupa, la lucha postrera irá inclinando su balanza hacia la esperanza, hasta lograr el triunfo final de la misma, gracias a la excelencia de los valores y de las obras que ha ido acumulando en vida. Poco puede temer en ese conflicto de intereses finales quien dio todo de sí, sin reparar en renuncias y sacrificios, durante su ex istencia. Porque en esas horas dubitativas don Javier bien pudo recrearse en la trayectoria vital de su ex istencia para ir contraponiendo, a las briznas de temor, el grueso de sus realizaciones. Des de la formación de una gran familia cristiana, con la que compartió las alegrías de los éxitos conseguidos con el esfuerzo, a la exub era nte creación empresarial que sirvió para acrecentar el bienestar general; desde su afán en el patronazgo de las ciencias y arte s, a sus desvelos por la formación de los más desfavorecidos por la fortuna. Y don Javier, el Caballero, el hombre cabal que no se limitó a ser un mero espectador en la vida sino que, muy al contrario, quiso ser ejemplo de virtudes para todos los que colaboraron con él en sus obras caritativas, sociales e industriale s, presenta, a la hora de encarar la muerte, ese mismo cúmulo de virtudes que le harán LA MUERTE DEL CABALLERO 261 no temerla ni inquietar su ya recogido ánimo. Quizá aquí esté la grandeza y la estética vital de los verdaderos aristócratas. Y el Caballero muere rodeado de su familia, respirando fe y virtud, dado lo cual pueden para don Javier ser válidos los versos finales de la copla manriqueña: Así, con tal entender todos sentidos huma.nos conservados, cercado de su mujer y de sus hijos y hermanos dio el alma a quien se La dio , el cual La dio en el cielo en su gloria que aunque la vida perdió dejónos harto consuelo su memoria.