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Arquetipos taurinos en la novela, el teatro y el cine

Vidal, Manuel

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Revista de Estudios Taurinos N.º 6, Sevilla, 1997, págs. 87-104 ARQUETIPOS TAURINOS EN LA NOVELA, EL TEATRO Y EL CINE* Manuel Vidal a pregunta de cajón a la que hay que contestar a porta gayola es si la novela, el teatro y el cine de temática taurina responden al modelo que los inspira, reflejando cabalmente la intensidad de sus emociones, el excepcional –y por ello universal–carácter de sus personajes, la rica complejidad de su espectáculo y el profundo misterio de su ceremonial. La respuesta que se me ocurre –y someto a la superior opinión del lector–es que no. Yno porque no lo hayan intentado novelistas, dramaturgos y cineastas de gran imaginación y talento, sino porque salvo venturosas excepciones que oportunamente señalaremos, el modelo ha resultado superior a lo pintado, se les ha ido vivo. Tal vez por ello, la acuñación y posterior aceptación de arquetipos –tanto en personajes como en conflictos y situaciones– que se repiten sin ser cuestionados ni enriquecidos, convierten el modelo primario en tópico reproducido hasta la saciedad. *Este texto fue presentado como conferencia en el Seminario “Los toros entre la narrativa y la poesía”, dirigido por Antonio Ordóñez en el seno de los III Cursos de Verano del Centro de Estudios Superiores Ramón Caravide. Dicho Seminario se celebró en Ronda, del 30 de junio al 4 de julio de 1997. Enumeremos pues las escasas situaciones y caracteres con que, desde hace cerca de dos siglos, se manejan –y no parece que les haya ido mal– los autores representativos de lo taurino, entre los que voy a excluir a Ernest Hemingway porque su dimensión universal excede el doméstico panorama que pretendo acotar y es merecedor de un más detallado análisis, con el que desde aquí amenazo. La lícita ambición del torero –tan cierta como todas las verdades en que los tópicos se basan y legitiman–es el motor que pone en marcha todas –o casi todas–las obras de ficción taurinas. En Currito de la Cruz, de Alejandro Pérez Lugín, novela, teatro y cine en sucesivas y popularísimas versiones, la ambición del protagonista es, en un principio, ser alguien en el toreo para remontar su condición hospiciana y ayudar a las monjitas que le han criado. Después, para que se interese por él la «señita Rosío», hija del matador Manuel Carmona, que a su vez está enamorada de Romerita, el torero de moda. Cuando éste se la roba a su padre y la embaraza, Currito sucumbe a la desesperación y su destrozado ánimo se refleja ante la cara de los toros, cayendo en un profundo bache profesional, pero cuando Rocío vuelve al entorno de Currito, ya madre y abandonada, el ánimo del joven se levanta y vuelve a triunfar en los ruedos porque ha recuperado la ambición, la ambición de ser alguien digno de la «señita Rosío». En Sangre y arena, de Vicente Blasco Ibáñez, Juan Gallardo se hace torero por salir de la miseria, por sacar a su madre de fregar suelos ajenos y por hacerse rico, pero cuando conoce a la seductora doña Sol, aparte de ambicionar su cuerpo, que ella deja de ofrecerle con la fruición acostumbrada en cuanto se aburre de él, ambiciona codearse con el Manuel Vidal 88 mundo de la aristócrata y especialmente con su familia, a la que sueña en secreto llamar sus parientes. Así comprenderemos, cuando le llegue su trágico final, que éste no se produce tan sólo por el imperativo designio del dedo del destino, sino que Gallardo muere por hortera. La soberbia, unida a la ambición, se da en dos obras donde la personalidad del matador está dibujada con tintes especialmente sombríos: Las águilas, de José López Pinillos, y Parmeno y Torerito soberbio, de Antoniorobles –así, todo junto–, un miembro segundón de la Generación del 27 que vivió sus últimos años en El Escorial dedicado a escribir relatos infantiles. El torero protagonista de El roble de la Jarosa, obra teatral de Pedro Muñoz Seca, ambiciona y consigue comprar el cortijo en el que sirvió como vaquero, lo que me recuerda los casos reales de Domingo Dominguín padre comprando por quince mil duros La Companza, finca de la que salió de zagal para ser torero y del genial taurino Francisco Casado Fatigón, quien, al ser expulsado en su juventud del Ateneo de Sevilla cuando ejercía de vendedor ambulante de corbatas, juró a los presentes que algún día compraría aquel edificio y los echaría a todos. Con los años cumplió la primera parte de su promesa, pero ni él ni sus herederos han podido echar todavía a los ateneístas. Los toreritos seductores creados por Hoyos y Vinent, aspiran, además de mejorar de posición, como todo hijo de vecino, a poder entrar en el mundo de pasiones decadentes con que el autor pérfidamente les tienta. Curiosísimo personaje él mismo, este Antonio de Hoyos y Vinent, marqués de Vinent y hermano del último ministro de la Gobernación de Alfonso XIII, fue un novelista erótico contemporáneo y cofrade de Felipe Trigo, Eduardo Arquetipos taurinos en la novela, el teatro y el cine 89 Zamacois, Álvaro Retana y Joaquín Belda, que alumbró títulos tan sugerentes como Frivolidad, Las hetairas sabias, El oscuro dominio, La dolorosa pasión, El crimen del fauno, Las lobas del arrabal, Obscenidad, El sortilegio de la carne joven, Cómo dejó Sol de ser honrada, Doña Prudencia, mujer ligera, y Bestezuela de amor. Homosexual y libertino, recorría el Madrid de la Guerra Civil con un pistolón al cinto, mono azul-obrero y monóculo. Un reciente y original caso de ambición torera a la inversa, nos viene de la mano del autor archidonense José Luis Miranda, que en su obra Ramírez, premio Tirso de Molina de teatro, narra la historia de un hombre que gana trescientos millones en la bono-loto y se los gasta en poder matar un toro en la Maestranza de Sevilla. Yen El embrujo de Sevilla, novela del uruguayo Carlos Reyles, el personaje central nace rico por su casa, pero cuando las cosas le van mal decide meterse a torero para rehacer su fortuna. Tan improbable historia debió inspirar a José Luis Colina el inefable guión de la película Un caballero andaluz, donde Jorge Mistral da vida a un señorito caritativo y cincunstancialmente impecune, que se hace rejoneador para poder costear la fundación de un asilo para gitanitos huérfanos, impulsado por el amor de una gitana ciega llamada Colorín, interpretada, como no podía ser menos, por la mismísima Carmen Sevilla. Por lo general, la humildad de sus orígenes trae aparejada en los toreros de la ficción y de la realidad carencias culturales más que comprensibles. Las excepciones, que históricamente fijaríamos en un Manzzantini o en un Sánchez Mejías antes de llegar a los espadas universitarios de nuestros días, tienen su representación fabulada en el ya mencionado señorito venido a menos de El embrujo de Manuel Vidal 90 Sevilla, en el Luis Martínez, el espada, de López Bago –trasunto del propio Manzzantini–y en el matador Campos de la comedia de Jacinto Benavente La Gobernadora, que viste el smoking en escena con mayor propiedad y soltura que el traje de luces. Pero este tópico –el contratópico es siempre más tópico que su modelo– sirve de blanco al humor de Miguel Mihura, que, en su comedia El señor vestido de violeta nos muestra a un matador pelirrojo –encarnado, como nadie, por Fernando Fernán-Gómez–que en su despacho presidido por un gran retrato de Ortega y Gasset, prohíbe a los miembros de su cuadrilla hablar con acento andaluz y se hace enviar los análisis de sangre de los toros que va a matar para, a la vista del número de leucocitos, señalarle a los picadores sobre un gráfico el tipo de puyazo que quiere que le coloquen. La virilidad del torero es un valor universalmente cotizado que nuestros espadas tratan de mantener con toda la dignidad posible a pesar de que la desmesurada actividad sexual que, al menos teóricamente, suele exigírseles está contraindicada –ignoro si con suficiente base científica–con la preparación física que precisan en la pelea diaria con el toro. También el toro es considerado como el símbolo animal de la sexualidad y la reproducción, sin que la mayoría de la que supongo exigua minoría de espectadoras que se extasían ante los atributos del toro bravo –situación que alcanza su más delirante y explícita descripción erótica en Historia del ojo, de Georges Bataille–ignoran que el objeto de su fantasía es el único animal de mundo que muere virgen. Haciendo abstracciónes del puro –o impuro–erotismo, de suyo más complejo y sutil, el aspecto que podríamos llamar testicular del asunto es recogido, explícita o implícitamente en las fabulaciones del género. Yes curioso compro- Arquetipos taurinos en la novela, el teatro y el cine 91 bar cómo en un universo literario lleno de trazos gruesos y chafarrinones groseros, tan escabroso asunto es tratado como metáfora cuasi freudiana de la evolución de situaciones y personajes. Así, el despego de doña Sol por Juan Gallardo viene acompañado por la merma de las facultades del diestro no en la cama, sino en el ruedo. Pérdida de valor, pérdida de la propia estima, pérdida de dignidad, pérdida de atributos. Son los puntales, los palos del sombrajo machista, los que se le caen al matador creado por el gaditano Ramón Solís en su novela El canto de la gallina. La claudicación del gallo más notoria, porque se trata del gallo de más certeros espolones y más vistoso plumaje: el torero. El matador retirado también tiene cabida como arquetipo del género, o subgénero, como establece Alberto González Troyano en su capital obra El torero, héroe literario, al dictaminar que la novela taurina no constituye más que un tema literario o una modalidad más dentro del género novelístico. El señor Manuel Carmona de Currito de la Cruz se instala en su retiro investido de dignidad patriarcal. Generoso con Currito y con las agallas suficientes para enfrentarse al chulesco Romerita. Incluso su empecinamien- to en no querer saber nada de su hija Rocío, su muñequilla, cuando Romerita la pierde, queda justificado –y hasta enaltecido–por la moral de la época como una reacción más que proporcionada ante la mengua sufrida tanto en su honor como en su autoridad de padre. En Zaya, segunda de las obras teatrales que el actoraristócrata Fernando Díaz de Mendoza –viudo ya de María Guerrero–le estrena a Ignacio Sánchez Mejías, el torero que da título a la comedia vive el retiro con la patricia magnificencia que podría pensarse que Ignacio deseaba para sí Manuel Vidal 92 una vez retirado definitivamente, si su coqueteo obsesivo con la muerte, la provocación continua del peligro o su invención misma donde no existía, no nos descuadraran tan aventurada conjetura. Cuando la retirada se produce en precario, el buscarse la vida del viejo torero puede inspirar un subgénero neo-pica- resco cuyo más popularizado ejemplo tenemos en el Juncal televisivo de Jaime de Armiñán. Este matador retirado, tierno y fullero como pocos, se redime finalmente muriendo con gallardía entre los cuernos de un toro, como si quisiera hacerle el quite del perdón de la dignidad a una vida indigna tan sólo para quienes no comprenden los mecanismos de supervivencia de los desarraigados. Juncal se trata a sí mismo con un rigor supremo que no merece, porque él, en tanto que desclasado, no se gusta como es o cómo ha llegado a ser. Por cierto, que el personaje de Juncal tuvo un precedente cinematográfico en la película de José María Forqué La becerrada, donde intervenía el maestro Antonio Ordóñez junto a Antonio Bienvenida y Mondeño. El guión era del propio Armiñán, pero el personaje, que interpretó, genialmente como siempre, Fernando Fernán-Gómez, no era un matador retirado, sino un taurino canino pero lleno de humanidad, enredador y zascandil, que se buscaba la vida como podía igual que tantos personajes menores y para mí entrañables que pueblan el planeta de los toros. Baste, como ejemplo, el recuerdo de mi amigo Alberto Hoyos, más conocido como El muerto vivo, que hizo publicar su propia esquela de defunción en el periódico para que sus infinitos acreedores desistieran de un cobro a todas luces imposible. Como tantas veces, comprobamos que la vida imita a la ficción y que el ambiente del toro produce o atrae ejemplares humanos de inaudita gracia e imaginación. Arquetipos taurinos en la novela, el teatro y el cine 93 La soledad, con ser el estado más recurrente y prolongado de la vida del matador, sólo está recogida con verdadera entidad narrativa en dos obras que me apresuro a señalar: la película Torero, protagonizada en México por Luis Procuna y dirigida por el español exiliado Carlos Velo, y la novela de Elena Quiroga La última corrida. Del acierto de la autora, segunda mujer, tras Carmen Conde, que ocupó un sillón en la Real Academia Española de la Lengua, escribe Ignacio Soldevila en su ensayo La novela desde 1936: «Logra desfolklorizar el mundo de la tauromaquia a través de su focalización en el leimotiv de la incomunicación y la esencial soledad del hombre, incluso cuando éste es un héroe popular como el torero». Los personajes que se mueven en el entorno del matador, son, lógicamente, objeto de la atención de los novelistas, comediógrafos y cineastas tentados por lo taurino. La cuadrilla, en general, es tratada como un todo coral del que, según las obras, son extraídos algunos caracteres individualizados, aunque se impone la tendencia a arrastrarlos hacia la tópica degradación del arquetipo. Así, la figura del picador parece que les da más juego si, además de cargarle el archimanido sambenito de la brutalidad, la adornan con los atributos de la fealdad superlativa, como se refleja en la inmisericorde descripción que López Pinillos hace en Las águilas del varilarguero Cachirulo. Con mayor inquina si es posible –que yo creo que no– Jacinto Benavente utiliza en La Gobernadora la cerrazón mental del picador Pimiento para resaltar el ingenio y la inteligencia de Campos, el matador cosmopolita. Eugenio Noel, por su parte, basa la gracia de El picador Veneno, también publicado bajo el título de El picador y su mujercita, en presentar una situación que a él se le antoja de lo más original e Manuel Vidal 94 insólita: Veneno, compendio de toda la fealdad y la brutalidad de la tierra, está casado con una mujer... normal. Tratando de buscar en el tratamiento de los banderilleros la ecuanimidad que al picador parece negársele, hallamos Blanquito, peón de brega, novela corta de Jorge Cela Trulock, donde –al contrario que su hermano Camilo en El Gallego y su cuadrilla–dignifica la figura del subalterno de a pie en el patético y sentido retrato de un banderillero modesto para el que jugarse por los pueblos la vida es el único medio de ganársela. Yen las cinco últimas líneas del relato ocurre, inopinadamente, lo que siempre puede ocurrir: «Otra vez, como siempre, la montaña, el río, el fuego, un toro a la carrera. En la meta, un torero, tabaco y oro. Montaña, agua... Todo al aire, el toro, el torero, los tendidos, la plaza, el sol, la tierra, las talanqueras... Un momento, sólo un momento. En el suelo, el torero, la sangre. Blanquito ha muerto». Un francés, premio Goncourt, se metió una temporada en el coche de cuadrilla de Jaime Ostos y escribió un excelente libro titulado Las orejas y el rabo. A lo largo de muchos kilómetros convivió con el matador y sus hombres empapándose de su miedo y de su humor. Por eso, treinta y tantos años más tarde, justo antes de morir, Jean Cau escribe un nuevo libro sobre España y los toros. Lo titula Por sevillanas y se lo dedica a Julio Pérez Vito, banderillero del que se hizo amigo para siempre en aquel viaje verdaderamente iniciático. En el mozo de espadas se ha querido encarnar –creo que sin conseguirlo plenamente–la gracia que distiende, la réplica oportuna y desarmadora, el espíritu picaresco y la inabarcable sabiduría popular que en la realidad taurina tendría como modelo –aunque sean muchos sus antecedentes y epígonos–en la persona de Manuel Ortega Caracol el del Arquetipos taurinos en la novela, el teatro y el cine 95 contemporánea y rival de La Tirana y La Caramba en los escenarios y la Corte de Madrid, que vuelve trasterrada, reencarnada e invariablemente cachonda, a perpetuar su pasión con el torero Pedro Romero en su alter ego contemporáneo Rubén Oliva, con la tercería hechicera del pintor Francisco de Goya. Ello ocurre en el extraordinario relato Viva mi fama escrito en Ronda el verano de 1988 y dedicado por su autor, el mexicano Carlos Fuentes, a sus anfitriones rondeños Soledad Becerril y Rafael Atienza. Yla muerte, para terminar, como es lógico. Al igual que en las grandes tragedias y en las malas novelas, la muerte está presente en la narrativa taurina como un modo, la mayoría de las veces, de darle una salida al callejón ciego en que los autores han metido a sus tópicos personajes. No estoy hablando, naturalmente, de la muerte cierta y omnipresente que acompaña a la fiesta de toros como un elemento potencialmente tangible, sino a la utilización de ésta como solución dramática que nunca queda mal, e incluso como moraleja ejemplarizante y punitiva, justo castigo a la perversidad del varón encanallado y la hembra réproba. En Cartucherita, novela del malagueño Arturo Reyes, autor de otras obras taurinas como El niño de los caireles y Sangre torera, el huérfano protagonista es recogido de niño por un maestro de escuela que lo educa como a un hijo, o sea, mal. Cuando ya el muchacho empieza a despuntar como torero, su padre adoptivo se casa con una mujer más joven que él, por la que Cartucherita sentía atracción desde la infancia. (Se trata de una escabrosa situación familiar que recuerda –porque todo está inventado–a la de Fedra con su hijastro Hipólito en la tragedia que marca la decadencia, como marido engañado o engañable, de Teseo, el primer héroe de la Tauromaquia). Aquí, la situación queda salvada por la muer- Manuel Vidal 102 te providencial de Cartucherita en la plaza, justo antes de que se consumara el fornicio. Algo parecido le ocurre al Pepe Vera de La Gaviota, que muere en el ruedo condenado por la moral puritana de la propia autora, ya que Fernán Caballero–a la que el tema taurino atrae y asquea a partes iguales, o sea, como el pecado–bastante tiene con afrontarlo en su novela para encima permitir que María, la protagonista, se vaya de rositas después de haber consumado su pasión adulterina con Pepe. Por eso la castiga con la muerte del torero. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Juancho, el matador creado por Théophile Gautier en Militona o La maja y el torero, pierde, en competencia con otro joven de educación y fortuna superiores, el amor de su dama, pero el violento espada, que es capaz de matar, y no sólo toros recibiendo, también lo es de morir por amor, porque lo quieran, como diría el maestro García Márquez sobre el ejercicio de la escritura. Yse inmola frenta al toro, logrando su propósito por un instante, el instante. En La mujer, el torero y el toro, dos toreros complementarios, dos estilos, dos concepciones del toreo y de la vida, lo apolíneo y lo dionisíaco, luchan por una mujer –francesa, para más morbo– en un menage a trois que ya había ensayado a la inversa el autor en otra novela titulada Dos francesas y un español. Pero el equilibrio del ecosistema taurino queda garantizado, ya que ambos ejemplares machos sobreviven para perpetuar sus respectivos estilos. Quien muere, por esta vez, es la hembra, corneada en un tentadero. Por osada. Ypor francesa. En Currito de la Cruz, muere, como expiación de sus pecados, el malvado Romerita, que como ustedes recordarán preñó a la hija del señor Manuel Carmona, con lo que el toro Arquetipos taurinos en la novela, el teatro y el cine 103 vuelve a convertirse en instrumento justiciero de la Providencia... y en eficacísimo colaborador del autor. En El torero Caracho mueren el mismo día en la plaza los dos toreros rivales –Caracho y Cairel–celebrándose simultáneamente sus dos entierros, pero esto entra ya en el caleidoscópico universo de Gómez de la Serna, donde lo grotesco y lo sublime se dan la mano como en el esperpento de su tocayo y biografiado Valle Inclán. Permítaseme terminar confesando un gusto personal: para mí El torero Caracho, con toda su carga ramoniana y granguiñolesca, es una de las dos mejores novelas de toros que se han escrito –aunque no se trate de una novela de toros en puridad–. La otra –una biografía de torero– si puede llamarse novela, aplicándole al término todo el énfasis de su vocación sthendaliana. Se trata, ya lo habrán supuesto, de Juan Belmonte, matador de toros, de Manuel Chaves Nogales. Manuel Vidal 104