Derecho publico universal. T. 3
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DERECHO PUBLICO UNIVERSAL POR J. G . BLUNTSCHLI PROFESOR DE LA FACULTAD DE DERECHO DE LA UNIVERSIDAD DE HEIDELBERG PARTE TERCERA LA POLITICA VERSION CASTELLANA POR A. GARCÍA MORENO. Y J. ORTEGA GARCÍA. TOMO TERCERO. MADRID. (-51 '15.3 F. GONGORA Y COMPAÑIA, EDITORES, Puerta del Sol, núm. 13. 1880.
ES PROPIEDADDE LOS EDITURES. imprenta de los Editores, Ancha de San Bernardo,. núm. 85-Madzia.
PRÓLOGO DEL AUTOR. Al publicar este libro, fruto maduro de una larga vida consagrada kla ciencia y á la práctica de la política, lo hago con cierto temor y fundado recelo. Aunque algunos de sus capítulos han aparecido ya en el Diccionario aleman de derecho público y en otras publicaciones, los presento en este libro bajo un nuevo aspecto por su enlace y relacion íntima don el todo. Este estudio es el más original de todos los mios, y revela mi pensamiento íntimo más bien que las dos pri meras partes, há mucho tiempo conocidas del público, sobre la Ciencia del Estado moderno. A pesar de todos mis exfuerzos por expresarme con suficiente claridad, no dejará de haber algunas frases que se presten á una mala inteligencia y á torcidas interpretaciones; y no me extrañará ver impugnadas algunas teorías por muchos de mis mejores amigos. Espero, sin embargo, que verán todos en la obra la expresion sincera de un ca rácter varonil y consecuente, y de un espíritu franco que profesa lo que cree verdadero; y hasta me halaga el pensamiento de que no será inútil á la cultura política general, y especialmente á la de Alemania.
El mundo científico ha tenido la bondad de acoger con creciente favor mis precedentespbras sobre el Estado. Las traducciones hechas á muchas lenguas extranjeras, incluso á una del Asia Oriental, las han extendido por las principales naciones; mas como los padres viejos y los abuelos aman con mas ternura á los hijos menores y á los nietos, nadie extrañará que yo recomiende al público que dispense buena acogida. á esta última produccion de mi actividad de escritor. 113guittáci,lf;,. Heipelberg 3 de Agosto de 1876.
LIBRO PRIVERO. ESENCI A Y CARÁCTER DE LA POLITICA CAPITULO PRIMERO. LA POLÍTICA COMO ARTE Y COMO CIENCIA. La política es la vida consciente del Estado, la direccion de los negocios públicos, el arte practico del Gobierno. Llámanse hombres políticos aquellos que por fu trcion ó por vocacion ejercen una accion influyente en la vida pública , como los ministros, ciertos altos funcionarios, los diputados, periodistas, etc.; reservándose el nombre de hombres de Estado á aquellos personajes que más se distinguen entre los políticos. Pero la política es ademas la ciencia del gobierno y tiene por representantes, en este sentido, á los sabios ú hombres teóricos del Estado. La política práctica y la teórica influyen naturalmente una sobre otra. En la infancia de los Estados, reina casi exclusivamente la primera, siguiéndola la segunda con paso tímido y lento; pero ésta aumenta en , importancia, á medida que el espíritu público va adquiriendo más conciencia de sí mismo, y no tarda en colocarse á la misma altura que la otra, y á veces se la ve adelantarse á ésta, abrir caminos inexplorados, y precederle con su antorcha, iluminando su camino. Aristóteles apareció despues de los Bias de gloria de las
— 12 — Repúblicas griegas; pero fué el maestro del grande Alejandro. Las obras políticas de Ciceron coinciden con el fin de la República, pero precedieron á Augusto.—Maquiavelo tenía ante u vista á los príncipes italianos del Renacimien- to: posterior á Luis XI, instruyó á Luis XIV y á Napoleon III. —Rouseau es el profeta de la Revolucion francesa; Federico el Grande y Hamilton, fundaron al mismo tiempo una teoría y una práctica nuevas.—Montesquieu viene despues de la Revolucion inglesa y de la primera monarquía constitucional, recomienda esta forma á la Europa continental, y enseña á . los Americanos del Norte y á la Restauracion francesa. Así, pues, la política tiene dos sentidos muy distintos: 1) Como arte, prosigue, segun las necesidades del momento, ciertos fines externos, una creacion nueva, el mejoramiento de las instituciones públicas, la victoria sobre el enemigo. El arte de gobernar se manifiesta en los actos y se estima por el efecto producido; la fecundidad de los resultados constituye la gloria del hombre de Estado, el fracaso continuo, su vergüenza. Como ciencia, por el contrario, son á la política casi indiferentes los resultados exteriores; no prosigue más que un fin: conocer lo verdadero. Su gloria consiste en destruir el error, descubrir una ley, mostrar una regla permanente de conducta.. e) Tambien difieren los medios. El hombre de Estado no se contenta con pensar de una manera justa, sino que quiere realizar su pensamiento, y le es indispensable el poder. Para vencer los obstáculos , se apoyará en la autoridad del Estado, hará un llamamiento á la opinion pública, ó pedirá, segun los casos , tropas y dinero. La ciencia puede prescindir de estos medios materiales ; no invoca la fuerza 5 sino la lógica. La observacion exacta y el pensamiento justo, son la garantía de sus progresos, y no serían bastanté para trasformar el error en verdad todos los tesoros ni todos los ejércitos del mundo. 3) La política práctica sólo marcha luchando constantemente con los obstáculos exteriores. El hombre de Estado pesa las simpatías y las pasiones enemigas, se ve obligado á pertenecer á un partido, no puede en manera alguna, librarse de la influencia de las excitaciones que produce la lucha, y necesita valor y sangre fria en el peligro, voluntad enérgica en la accion, y carácter varonil.
4 — 13 — El científico, por el contrario, investiga tranquilamente la verdad que se propone poseer ó demostrar, la examina bajo diversos puntos de vista, libre de los prejuicios y pasiones de los partidos, léjos del ruido y bullicio de la lucha, y la paz y tranquilidad de la reflexion científica le sugieren imparciales conclusiones. 4) La manera de razonar, es tambien diferente. Las necesidades del momento atormentan al hombre de Estado. Si invoca los principios, es para hacer de ellos una aplicaclon inmediata; necesita transigir para consegir su objeto, y el resultado es lo que domina sil pensamiento. El teórico ó científico sólo busca la fórmula más pura del principio, y nada le impide llegar hasta el fin de sus conclusiones lógicas. Psicológicamente, necesita el político un entendimiento agudo y seguro para conocer los hombres y las cosas; el sabio, un conocimiento profundo de las leyes generales de la naturaleza humana. Las grandes cualidades del hombre de Estado y del teórico es muy raro que se encuentren. reunidas en un solo individuo. Aristóteles y Platon tenían poca aficion á la política práctica; muchos diplomáticos, ' capitanes ó ministros célebres, no han hecho nada por la ciencia. Sin embargo, los más grandes políticos han sido generalmente, pensadores de primer órden: por ejemplo, Perícles, Alejandro, Julio César, Carlo-Magno , Federico II, Washington, Hamilton y Napoleon I. Pero un hombre de Estado no puede en nuestros dias prescindir de un estudio teórico y detenido de las ideas y de los principios que ilustran y agitan las naciones; así como la ciencia, que aspire á ser útil, debe exforzarse por comprender las condiciones de la vida real de los Estados. No 11...y duda que ciertas aptitudes prácticas se desarrollan por el ejercicio, sin el concurso de la ciencia, y que la guerra ha hecho muchos generales ; pero una educacion teórica da tan grandes ventajas al hombre de Estado, que puede asegurarse que ya hoy es indispensable. La ciencia purifica y ennoblece la accion política (1); la práctica agu- (1) V. Parieu, Principios de la ciencia politica; París, 1870, p. 9.
— 14 — za la inteligencia del sabio, y le libia de ser juguete de pueriles especulaciones. Cada ciencia tiene su método de investigacion y se apodera especialmente de una ú otra de nuestras facultades. Las ciencias naturales observan los fenómenos sensibles y van del efecto á la causa, procediendo por vía de induccion ó de analogía. La filosofía especulativa parte de la ciencia humana, penetra en la idea de lo infinito y de lo absoluto, y vuelve á descender de esas alturas por medio de deducciones lógicas. El jurisconsulto se pregunta muchas veces cuál es la regla general que aplicará á tal ó cual hecho particular; coloca la especie bajo el principio que es aplicable (Subsumptio ), sacando lógicamente su consecuencia, pena ó restitucion. El teórico político estudia principalmente las diferencias orgánicas, estima las fuerzas, calcula los medios, observa psicológicamente, influye sobre los espíritus, y muestra los Progresos naturales de las relaciones humanas.
— 15 — CAPITULO II. LA POLÍTICA Y LA MORAL. Maquiavelo ha sido el primero que ha separado la política de la moral, declarándola completamente independiente de ella, y haciendo del éxito la única regla del hombre de Estado. Poco le importa que el medio sea ó no moral, si es eficaz; la grandeza de ánimo es culpable cuando perjudica; la apariencia de la virtud es más útil muchas veces al príncipe que la virtud misma, en cuyo caso es preferible á aquélla. Así, pues, Maquiavelo ha dado su nombre á esa política prudente y utilitaria que no conoce ningun freno moral. Todavía era Federico el Grande príncipe heredero cuando combatió este sistema en su A nti-Illaquiavelo; pero, cuando subió al trono, supo distinguir la política de la moral, é hizo del bien público la suprema regla de sus actos; abrigando siempre, sin embargo, la conviccion de que tienen un enlace íntimo, y que es peligroso separarlas completamente. La separacion de la política y de la moral constituye un progreso real, permitiendo á la política convertirse en una ciencia; la una parte del Estado, la otra del órden moral, del principio del «bien y del mal.» Pero Maquiavelo va demasiado léj os. Sepáralas sin escrúpulo y absolutamente, quebrantando así los derechos del bien, y abriendo el camino á la ambicion sin límites del príncipe, corrompiendo la política práctica. La política no tiene más que una independencia relativa y no puede ni debe ponerse en contradiccion con la ley moral; entendiéndose bien que no hablamos aquí de la moral revelada que sólo se dirige al creyente, sino de la moral natural, reconocida por la razon como el verdadero órden de toda vida humana. ¿Cómo ha de ser la política absolutamente independiente de las reglas generales que se imponen á todo hombre honrado'? ¿Cómo ha de trazar con seguridad los deberes
— 22 -- opinion mira con mucha indiferencia la inejecucion de un, tratado perjudicial al Estado, y distingue perfectamente. entre la violacion de la fé prometida y una ejecucion insuficiente. Hasta puede suceder que tolere que se sorprenda su buena fe, pues sólo censura severamente cuando hay traicionó engallo manifiesto. Federico el Grande decía que mantendría siempre su palabra cómo particular, pero que como príncipe sacrificaría, si era necesario, hasta su honor personal por la salud del Estado. No hay crimen tan odioso como el asesinato. La conciencia pública no absuelve de él aun cuando se disfrace con el protesto del bien del Estado. En vano se invoca la actoridad de Gregorio XIV ordenando un jubileo general en honor de la sangrienta hecatombe de la Saint-Barthe- lemy, ó que se intente justificar las matanzas de Setiembre (1793) én nombre del peligro de la patria y de la libertad. El asesinato parece tan peligroso y tan malo que no puede nunca servir como medio (1). ¿Pero es posible que este principio no tenga excepcion? La historia nos muestra ciertos asesinatos políticos que la conciencia de los pensadores no se atreve á, condenar, y que hasta aprueba muchas veces. Hay hombres graves que piensan como Bruto respecto del asesinato de César, y que excusan como una necesidad política el de Pablo I de Rusia. Judith matando á Holofernes, y Carlota Corday asesinando á Marat, merecieron alabanzas más bien que censuras de sus contemporáneos y de la posteridad. Los Atenienses glorificaban en sus cantos el asesinato de Híparco; y el noble Schiller ha celebrado á Guillermo Tell en un drama que ha admirado al mundo entero. Y sin embargo, todos censuran sin vacilar el asesinato de Enrique IV y el del presidente Lincoln. El juicio de la historia hace pues una distincion. Sin admitir el principio, «el fin justifica los medios,» reconoce una excepcion posible, y absuelve al asesino que libra á un país de una tiranía contra la cual no había otro medio posible, y cuya continuacioii es un mal más grave que el asesinato (1) Laurent, ob. cit., p. 249: »Si las revoluciones son un derecho y veces hasta un deber, el asesinato es siempre un crimen.»
-- 23 -- del tirano, cuando se puedo decir con Espinosa: «Ese es un perro rabioso; ¡matadle!» Esta excepcion hecha sin duda por la evidente subordi-' nacion de la accion mala al bien general, trae sin embargo, consigo el peligro de que un fanático puede creerse un salvador cuando la conciencia pública le considere corno un odioso asesino. La muerte de César quebrantó el mundo romano sin dar por resultado la salvacion de la República. Ni la buena fé del asesino, ni la conviccion profunda de que obra para el bien de todos, ni su indiscutible desinterés bastan para justificarle. Es necesario ademas que el acto haya sido objetivamente necesario, que haya servido evidentemente al progreso del bien. El enérgico sentimiento y la clara conciencia del deber que hoy tienen las naciones, y que enseñan á cada cual á poner su vida al servicio del conjunto, están en armonía con nuestra civilizacion avanzada. Los Alemanes sobre todo, consideran los derechos políticos' como deberes públicos, y procuran ennoblecer la política, mediante el respe- to de los derechos de la humanidad, de los pueblos y de los individuos. El príncipe sirve tambien al Estado, y debe estar pronto á sacrificarle su sangre. El espíritu del deber va más léjos'que las prescripciones legales ó el poder de la coaccion; dirige, las fuerzas, templa los caracteres, eleva los sentimientos y lo fecunda todo.
— 24 — CAPITULO III. LA POLÍTICA Y LA IGUALDAD. El órden público es el conjunto de reglas sancionadas por una coaccion física, y determina los órganos que expresan la voluntad del Estado y las formas en que la vida comun se mueve. La constitucion y la ley son su expresion más elevada, más general y más permanente. La política debe ser, por consiguiente, constitucional y legal; nunca ilegal ó inconstitucional. La violacion de esta regla pondría al Estado en contradiccion consigo mismo. Una política contraria á la constitucion, atacaría los fundamentos del Estado; una política ilegal, quebrantaría el derecho y la confianza en la autoridad; y ámbas aniquilarían esa civilizacion progresiva que se esfuerza en sujetar con un saludable freno la fuerza bruta y los ardientes pasiones. Por el contrario, cuando una política va caminando sobre el firme terreno del derecho, se reviste de la autoridad santa de éste, se guarece así contra todo ataque, se atrae el asentimiento, y consigue más fácilmente sus fines. Por esto la conciencia moderna rechaza decididamente la máxima utilitaria de Maquiavelo. Sin embargo, estos principios sólo tienen un valor relativo. Las inevitables lagunas, los defectos necesarios del orden jurídico humano, se oponen á, su aplicacion absoluta: 1) Como obras de la historia, sufren siempre su accion la ley y la constitucion. No por ser fijo es inmórtal el derecho. Puede ser inútil ó perjúdicial por el cambio de circunstancias. Las inmunidades del clero y la exencion de los impuestos que disfrutaban los caballeros; no tendrían hoy sentido ni razon de ser alguna. No sería, pues, razonable exigir que la política guardase hoy tanto respeto al derecho antiguo como al que so
25 halla en armonía con los nuevos tiempos, porque la política guía la vida progresiva de la nacion. 2) La constitucion escrita no es más que la expresion incompleta del Estado y de la nacion, cuyas fuerzas latentes se desarrollan constantemente frente á la inmovilidad de los textos. Así, pues, el derecho no escrito se forma perpetuamente al lado de aquélla; y la política debe esforzarse por proteger el derecho en formacion, que aún está latente, .y no puede estar siempre ligada por la letra de la ley. La historia de los antiguos órdenes, y la comparacion de los actos del parlamento inglés con la política práctica del príncipe y de los ministros, nos ofrecen muchas pruebas en este sentido. 3) El derecho tiene necesariamente una forma sensible; .de aquí el peligro de que la forma (jus) no responde completamente al espíritu (sequitas), y sea el conflicto posible. La política debe esforzarse en restablecer la armonía; atenerse exclusivamente al derecho formal, ocasionaría á veces la ruina del Estado. En la duda, seguirá más bien el espíritu que la letra, y no siempre se la podrá censurar cuando viola la letra por salvar el espíritu. Las circunstancias pueden autorizar hasta una violacion evidente. La conStitucion alemana de 1815 daba en la forma la preponderancia á los pequeños Estados, que eran numerosos; pero en el fondo colocaba toda la Alemania bajo la direccion de Austria y de Prusia. Así, pues, los Estados secundarios ensayaron en vano convertirse en jefes de la mayoría; y el primer conflicto que surgió entre las dos grandes potencias, trajo consigo la disolucion, la ruptura. Ni aun la misma monarquía constitucional podría subsistir si el príncipe quisiera usar de todo su derecho sobre el ejército, y la Cámara, del que tiene en cuestion de presupuestos. Tambien aquí es necesario que venga la política á suavizar las asperezas, y sepa comprometer y transigir. 4) Por último, todo el derecho público tiene su base y su fin en el Estado; sólo existe por y para el Estado. Una institucion perjudicial ó una ley que se oponga al bien público, es una contradiccion. ¿Puede exigirse al hombre de Estado que la trate con el mismo respeto y la misma deferencia que á las buenas leyes? ¿No debe, por el contrario, rest • ingirla hasta donde sea posible, y hasta combatirla ú suspeilderla?
— 26 Estos conflictos entre el antiguo derecho y los gérmenes de una formacion nueva, la ley escrita y el derecho latente, la letra y el espíritu, el derecho útil y el derecho perjudicial,. son un defecto natural del órden legal mismo, y es necesario un remedio que debe la política suministrar. Lo que entónces se necesita es generalmente un desarrollo, un cambio ó una trasformacion del derecho formal, que vivifique las fuerzas ocultas y restablezca la armonía entre la equidad y la ley. El papel del político se facilita mucho cuando la constitucion prevee estas modificaciones posibles y los medios de realizarlas. Entónces puede intervenir la reforma áun en la forma misma, y es una ventaja considerable, por lenta que sea su marcha y por muchos obstáculos que á ella se opongan. Así lo comprendieron los Romanos y lo han entendido los Ingleses en nuestros días. Si el trabajo reformador se, ha verificado de un modo muy lento, en cambio ha echado profundas raíces en el sentimiento público. Pero puede suceder también que se halle cerrado este camino tranquilo de reforma, ya sea que la ley constitucional no haya previsto una revision posible , ya la haya impedido artificialmente, ó que haya prohibido expresamente todo cambio en el porvenir. En el primer caso es necesario, encontrar un medio de revision; en el segundo y tercero, es imposible avanzar ni salirse de la legalidad. Un ejemplo de ello es la imposible inteligencia, despues de Jacobo II, entre los Estuardos y la nacion inglesa ; las formaciones y las nuevas ideas politicas de la América del Norte, frente á la constitucion inglesa ; la Confederacion germánica de 1815, que exigía la unidad de los Estados donde era imposible, es decir, una trasformacion de la constitucion. El político prudente acepta una innovacion, aun violando el derecho formal, desde el momento que es indispensable á la existencia ó á la marcha progresiva del Estado_ Vése obligado á ello, porque la fuerza de los acontecimientos es más poderosa que la autoridad de un artículo constitucional cualquiera. Lo debe, porque su deber de proteger la vida de la nacion se sobrepone al de respetar una fórmula legal. Soportar el mal, sufrir con paciencia, sacrificarse, en fin, puede ser eri religion la perfeccion suprema. Pera la política tiene vu e ltos los ojos á la accion, al resultado, al progreso. Un doctrinario que lo olvida, por escrúpulos de rr
— 27 — legalidad, es tan culpable como el innovador revolucionario que se sobrepone arbitrariamente á las leyes. El verdadero hombre de Estado reconoce, pues, el valor de la excepcion que completa la regla, y que puede formularse en éstos términos: la autoridad del derecho formal. pierde su fuerza en proporcion de los peligros q . ue presenta, sea para la existencia del Estado, sea para su desarrollo y progresos naturales. Nunca se recomendará lo bastante la prudencia en este punto. Sólo debe invocarse la excepcion, cuando la aplicacion de la regla sea evidentemente desastrosa. La medida ilegal que emana del poder, es, segun los casos, celebrada como un acto salvador ó censurada con el equivoco nombre de golpe de Estado; la que procede del pueblo, toma el nombre de revolucion cuando triunfa, y de rebelion ó motin cuando es sofocada. El príncipe invoca la salvacion del gobierno; el pueblo, la salvacion de los gobernados; ámbos, los derechos de la naturaleza y de la razon, que son superiores al derecho escrito.. La Historia Universal decide despues, consagrando el acto como necesario, ó atacándolo de estéril é inútil. La lucha toma principalmente incremento , cuando el trono ó el poder supremo son los que están en juego. Entónces son los poderes los que se combaten, los que invocan su soberanía, los que menosprecian cada cual la ley hecha por el otro. Aquí es donde aparecen principalmente los inconveni'mtes de un legitimismo estrecho, como contrapeso de la política revolucionaria. El legitimismo proclamado en 1815 como un principio exclusivo (1), ha parecido en todas partes desastroso é inaplicable. Se halla en conflicto permanente con las nuevas necesidades, con el progreso, con el desarrollo nacional, y emplea sus fuerzas en perseguir un fin que se desvanece cuando cree haberlo alcanzado. Puede verse esto despues de 1830. Cayó en Francia la carcomida monarquía de los Borbones, y la artificial reinstalacion del absolutismo no aseguró en Esparta ni en Ita- Circular del príncipe Metternich del 12 de Mayo de 1821: «Conmr& tr lo e g lableeido legalmente, ha debido set el principio invariable. de li t política (de [os soberanos aliados), el punto de partida y el objeto- Einal ( £ 1 . todas sus resoluciones,»
— 28 — lía los tronos restaurados. La conmocion de 1848, las guerras por la libertad de Italia, y la formacion nacional de Alemania acabaron de arruinar esta política. Las potencias legitimistas fueron derrotadas en todas partes. La historia es el juicio de Dios, y el legitimismo está, ya hoy <juzgado. Las formas vetustas han rodado por el polvo, y los Estados del movimiento nacional y del progreso aparecen en todas partes como vencedores. Los políticos que han sabido desembarazarse de los sueños románticos, han sido los únicos que han obtenido triunfos importantes y duraderos; los modernos Quijotes no han hallado por doquiera más que derrotas.
-29--- CAPITULO IV. LA POLÍTICA REALISTA Y LA_ IDEALISTA. La política debe ser realista; la política debe ser idealista: hé aqui dos principios verdaderos cuando se completan mútuamente; falsos, cuando se los considera separados. La política realista parte de las necesidades existentes> aprecia con exactitud las fuerzas y los medios, las facilidades y los obstáculos, sólo persigue fines realizables, y es la. única que proporciona el triunfo. En este sentido, los grandes hombres de Estado son políticos realistas. La política idealista se ajusta á principios, se esfuerza por perfeccionar y mejorar, por realizar las concepciones ideales en relacion con los lugares y los tiempos. En este sentido, los grandes hombres de Estado son políticos idealistas. Pero, si se los separa, no valen nada estos principios. La politices puramente realista es bárbara , y la fuerza bruta ó el oro corruptor son sus medios favoritos. No abriga una idea elevada, no tiene alma; y no estimando más que los intereses materiales, sólo se inspira en su egois mo. Es baja, inmoral é inhumana. Tal es, las más veces, la política llamada maquiavélica. Sin embargo, el mismo Maquia velo tenía un fin ideal, la emancipacion de Italia. La antigua política colonial de las metrópolis europeas merece llamarse realista, pues no pensando más que en explotar, perdió con razon todas sus conquistas. El realismo puede producir resultados , asegurar el poder, acumular tesoros, proporcionar goces á los gobernantes, y algunas veces á los gobernados, cierta vida ociosa y tranquila; pero ahoga la nobleza de los sentimientos, los progresos del espíritu, la libertad. Se dirige al lado animal del hombre, y olvida su alma. La política de los intereses sólo se confunde con la políti-
— 30 — ea realista cuando ésta lo subordina todo á los intereses materiales, á un estrecho egoismo. Pero la politica puramente idealista es aun más falsa, porque no conduce ninguna parte. Ignorando el terreno por donde camina y las fuerzas en lucha, tropieza, y cae á cada paso, y se deja batir por todos lados. Persiguiendo .sueños irrealizables, va mirando al cielo. y cae en un pozo. Tal es la política de iniaginacion, que se alimenta de las ideas entusiastas del porvenir • ; tal es tambien la política romántica, que sólo piensa en resucitar los tiempos de la Edad Media con sus órdenes, su clero, sus caballeros, sus castillos y sus conventos. Alemania ha conocido más .de una clase de romanticismo. Ha tenido sus reyes románticos, que se entusiasmaban ante la idea del imperio teocrático y feudal, y . sus estudiantes románticos, que soñaban alegremente en una edad de oro. No faltaron tampoco hombres de Estado que alimentaron sueños de este género. La imaginacion tuvo sin duda mucha parte en la expedidor' que. Napoleon I hizo á Egipto, y sobre todo en las algaradas que su prudente sobrino dirigió á Bolonia y á Strasburgo. Es cierto que el hombre de Estado puede obrar tambien guiado por su fantasía, animan lo las fuerzas nacionales y deslumbrando con -apariencia de grandeza, de poder y de libertad; pero debe procurar defenderse á sí mismo, so pena de estrellarse repentinamente contra cualquier escollo. Tal es, , en fin, la política sentimental. El hombre de Es- ; tado necesita razon, prudencia y virilidad espiritual. El amor ó el odio, la venganza ó el terror, cualquier sentimiento apasionado lo estravía con facilidad suma ¿Era, .acaso, más imaginaria que'sentimentalista la política que engendró las Cruzadas? De cualquier modo, no puede negarse que era completamente idealista. Pero las obras de religion son la obra irrecusabl e de la política de sentimien- to, y ésta es la que produce tambien esos absurdos y vergonzosos ódios de raza, áun entre pueblos semejantes. Una sana política debe unir, pues, lo real y lo ideal. Ló uno es la base, lo otro la antorc ta: lo primero indica el medio; lo segundo el fin. . Para ser artista, es necesario permanecer dentro de la naturaleza é inspirarse en lo bello. Rafael y Miguel-Angel, eran h la vez realistas é ideali .;t-ts; y si Shakespeare es el más grande de todos los poetas, es por la perfecta é indiso-
•31 luble armonía que reina entre su fantasía y la realidad, La union de ambas políticas sólo se encuentra en Jos grandes hombres de Estado: en Pericles y Alejandro, en César y Carlo Magno, en Enrique I de Alemania y Federico el Grande, en Washington, Lord Chatham, Pitt, Napoleon Baron Stein y Cavour. La política inglesa es aficionada, á preferir el lado rea lista, á inspirarse en loS intereses; pero no deja de tener genio. La poderosa influencia que las ideas inglesas de derecho público y de libertad política han ejercido' sobre el mundo, bastaría para demostrarlo. La política francesa se entusiasma facilmente por una idea, que proclama como el -fin luminoso de sus aspiraciones: «sólo el Francés se bate por una idea,» decía Napoleon III; pero tiene tambien su lado realista perfectamente marcado. Los Franceses no se desdeñan de sacar ventajas muy reales de su genio entusiasta, como lo ha experimentado Europa con todos sus go7 biernos, reyes legítimos, dictadores revolucionarios, presidentes de república ó emperadores. La política del pueblo' aleman no tuvo esta armonía ni este equilibrio, y pasó del absolutismo realista á los sueños de .un vago idealismo. La política prusiana ha venido por último á reunir las fuerzas nacionales, á elevar los sentimientos y á mostrar más altos deberes. Al príncipe de Bimark, sobre todo, es á quien se debe la unidad de Alemania y su Imperio. Suele decirse que es una política realista por excelencia, y escierto que ha sabido, mejor que • otro alguno, apreciar y calcular las fuerzas en juego; peró el genio del 'Canciller es tambien rico en concepciones elevadas; y se ha conformado en general It las ideas de libertad política y nacional que responden al carácter y á la mision de los .Alemanes.
-- 38 --- ciones con el grado de aptitud y de educacion de los pueblos (1). La educacion política es, en efecto, la base indispensable de la libertad verdadera. Una nacion inculta es incapaz de constituirse y gobernarse por sí misma; es fácil extraviarla,.. y viene á ser muy pronto presa de falsas autoridades. No quiere decir esto que la cultura ponga al abrigo de toda falta, y si sólo es intelectual, será hasta insuficiente; es aún más importante formar caractéres, é inspirar el sentimien- to de los deberes públicos, pero en general, cuanto mejor sea la educacion, más poderoso y libre será el pueblo. Se la suministrará principalmente: a) Por medio de buenas escuelas populares y de la enseñanza obligatoria; b) Por la instruccion científica libre y esmerada de los que hayan de desempeñar las funciones profesionales, y, aunque en menor escala, los cargos honoríficos; c) Por la educacion belicosa del ejército y el servicio militar obligatorio; d) Por el hábito de cumplir los deberes cívicos; participacion en las elecciones, en las asambleas comunales, en el jurado, etc., etc. e) Desarrollando la inteligencia de los intereses públicos; • f) Por la publicidad de los debates legislativos y judi- Ciales; y:siempre y por do quiera, por una guerra declarada. al egoísmo, por el sacrificio patriótico inspirado á todos. II El Estado debe favorecer la libertad privada y obviar los obstáculos que se opongan á su ejercicio. Esta tarea in-7 cumbe principalmente á la política, así como la proteccion de la libertad individual contra toda violacion, corresponde más especialmente al derecho. Á la libertad privada corresponde: 1) La libre disposicion de su persona, y por consiguiente, la libre eleccion de vestidos, alimentos, morada y movimientos. Stuar Mille observa, con razon, qué nuestra exagerada inclinacion á la igualdad conduce con frecuencia á la opre- (1) Tocqueville, Obras, t. VIII, p. 339: «En Inglaterra, ri( es la libertad un derecho del hombre, sino un privilegio particular de los Ingleses. El Alernan dice que la libertad es un fruto (le la edueacion.»
— 39 — sion del individuo por la tiranía de la moda y de las costumbres, y por consiguiente, á una monótona y uniforme medianía, á la falta de tipos originales (1). Nuestras costumbres son, en efecto, bajo esta relacion, ménos libres que nuestras leyes; y no es inoportuno excitar el sentimiento y el respeto á esa libertad. No hay duda que cada pueblo tiende, con justa razon, á uniformar en su seno los hábitos y las costumbres. Toda sociedad necesita' armonía, y se aleja naturalmente de lo que la destruye. La originalidad puede degenerar en mal gusto, en inconveniencia y hasta en caricatura; pero hay gran campo entre los extremos, y es muy curioso ver que algunas mujeres han conservado en sus tocados una variedad original muy bella y muy libre, miéntras que los hombres se han sometido todos á una especie de uniforme de etiqueta, como los funcionarios públicos ó los soldados. 2) La libertad del trabajo y de la industria. Los tiempos modernos han librado al trabajo y la industria de sus antiguas trabas y de la inquieta tutela del Estado; pero han dado al mismo tiempo libre curso á las pasiones egoistas y á la desenfrenada concurrencia, y áun está amenazado el equilibrio entre el salario y la prestacion, entre el capital y el trabajo. Si no volver sobre el principio de libertad, base de todo progreso, sería bueno, sin embargo, precisarlo mejor en sus relaciones con la sociedad y desarrollarlo con más armonía. 3) La libertad del pensamiento científico y religioso, que es la más fecunda de todas, y fuente inagotable de las demás. Destruyendo una unidad de creencias falsa y contraria á la naturaleza, multiplica la libertad religiosa, las confesio-• nes, y las hace más sinceras, más verdaderas, más agradables á Dios que la práctica hipócrita ó inconsciente de un culto uniforme; y sin embargo, sólo ha sido reconocida lenta y penosamente en nuestra Europa cristiana. La Reforma alemana del siglo XVI mostró los derechos de la conciencia individual, y libró á Europa del despotismo de Roma. El siglo XVIII destruyó muchos prejuicios en los países católicos y protestantes, é hizo dudar de los dogmas de la Igle- (1) La Libertad, Cap,
— 40 — sia. El pueblo mismo se convenció de que la mágia y la astrología son antiguas leyendas, y que la hechiceria no es un delito. Por último, la Revolu e ion francesa, y más aún la Union Americana, vinieron á proclamar la-plena libertad de cultos y de confesiones. La Iglesia había puesto ta.mbien la ciencia bajo su tutela, y su autoridad había comprimido su impulso. La ciencia ella indagacion y el descubrimiento de la verdad por medio de la recta razon. No puede, pues, sufrir más leyes que las de ésta, y hasta la verdad de la fé está sometida á su examen; luego aquélla •no debe dejarse dominar por ésta. En una cuestion científica, (inri la verdadera fé, sería una autoridad incompetente y en la que ninguna solucion pued e apoyarse. Los Italianos del Renacimiento fueron los primeros que comprendieron é hicieron uso de esta libertad; pero la reac - cion clerical de la segunda mitad , del siglo XVI, dirigida por los jesuitas y por el protestantismo ortodoxo, consiguieron pronto amortiguar esta luz naciente. Al pueblo alernan es á quien pertenece la gloria de haberla reanimado, de haberla defendido despues tenaz y • victoriosamente, y de haberse servido de ella corno ring un otro. Los Ingleses y los Americanos se han quedado, en esta relacion, atrás de los Alemanes. La fé religiosa tradicional es todavía entre ellos un grave obstáculo para la investigacion científica y la libre expresion de las verdades reconocidas. La ley protege alli al naturalista, cuyos sistemas contradicen las afirmaciones del Génesis; tolera la crítica histórica de la Biblia; no castiga al filósofo que discute ó impugna los dogmas; pero la autoridad eclesiástica conserva todavía una gran influencia sobre los trabajos de la ciencia; la opinion pública se muestra abiertamente hostil á todo sistema que no esté conforme. con la tradicion y la fé, y la sociedad trata allí al libre pensador de impío ó de ateo, y evita su contacto. Sólo en Alemania, y sobre todo en . la . Alemania protestante, es donde la ciencia ha alcanzado toda la libertad posible, y los sábios alemanes la consideran, con razon, como un precioso tesoro, y como la garantía más segura del progreso humano. • En vano se objeta que sólo la verdad (objetiva) tiene derecho á ser propagada, y que 'el error carece de él, pues la experiencia de todos los siglos nos muestra que lo
— 41 — falso ha sido generalMente el precursor inevitable de lo verdadero. Si el pensador no puede equivocarse, ¿cómo sabría distinguir la verdad'? ¿No és mediante la lucha como ésta triunfa'? La posibilidad del error comprueba lo verdadero, lo purifica, y lo corrobora. • El alma creyente puede venerar 'en el sacerdote ó en la Iglesia infalible al depositario de las verdades religiosas; pero el pensador no puede reconocer en nadie el derecho de resolver sus dudas por autoridad propia. La razon que investiga, busca una demostracion científica, pero se reserva comprobar su-exactitud. En vario el romano póntince aspira á una autoridad infalible, áun para la ciencia, en materia _de fé y de costumbres; la autoridad científica no pertenece ni á la Iglesia ni al Estado. Ante un problema científico, todos nos sentirnos libres respecto á los demás, y nadie está exento de error. El camino libremente abierto á la verdad y al error, sólo puede conducir al triunfo definitivo de la primera. Esta conviccion tiene su base en el sentimiento profundo de nuestro origen divinó, en la conciencia de que Dios ha selalado nuestros fines. No quiere decir esto que la libertad de pensar asegure siempre el triunfo de la verdad, áun contra los prejuicios arraigados y apoyados á veces por el Estado (1). El error puede, por desgracia, permanecer triunfante durante muchos siglos, y sólo á costa de grandes sacrificios puede • triunfar de él la ciencia. Aun en la actualidad.lucha ésta por su existencia y por su libertad. El Estado no debe, pues, contentarse con proteger con sus leyes la libertad de pensar; debe ademas favorecer su progreso y honrar á sus representantes. De este modo contribuirá poderosamente la política al feliz desenvolvimient) del espíritu del pueblo y de la humanidad. (1) Millo, ob. cit., c. II.
— 42 — CAPITULO 11. LA IGUALDAD.. La idea politiCa, .de -la igualdad tiene en el mundo moderno un poder que ignoraba la Edad Media, tan adicta á la distincion de clases. Ensalzóla extraordinariamente la literatura francesa (Rousseau); se la celebró como el ideal del porvenir; se censuró toda diferencia entre los hombres corno una iniquidad hereditaria, y la revolucion de 1789 hizo de ella una ley de la humanidad. Los Franceses se entusiasmaban más aún por la igualdad que por la libertad_ misma. Entendiese entónces por igualdad principalmente la abolicion de los privilegios y la elevacion de la numerosa clase media al mismo rango de la nobleza y del clero. En todas partes debía reinar la igualdad, lo mismo en la sociedad que en el derecho civil. Reivindicábasela en nombre de la justicia, y hasta se la confundía con ella; se quería hacer abstraccion de toda diferencia de nacimiento, de raza, de profesion y de educacion. La igualdad bien entendida es un gran principio humano,.. una idea política fecunda. La igualdad ante la ley no es más que una expresion incompleta, pues debe ejercer ademas bastante Influencia en las costumbres y en el comercio de los hombres; pero la igualdad falsa y exclusivista destruye todo órden y reduce á polvo el rico organismo del Estado, convirtiéndose en una irritante injusticia. La verdadera igualdad consiste en_ la identidad ó en la. analogía de las situaciones, y se' considera como una injusticia su violacion, aun en. aquello en que es imposible todo recurso judicial. Empero el olvido de las diferencias reales ha hecho que algunos quieran prevalerse de una fórmula de igualdad que es á todas luces inconveniente ó injusta. Los hombres son iguales por su especie, por su estruc_
— 43 — tura corporal, por sus facultades anímicas, por su desar • rollo gradual, por las condiciones y los límites de la vida, en una palabra, como hombres, y sobre todo como personas. Los ciudadanos de una nacion; son iguales por el lazo comun que los une, por la proteccion que reciben del Estado, por sus deberes públic os en general, y, porel interés que todos tienen en el bien del Estado: Empero la política falsearía el 1 , rincipio i 8i tratase de un modo igual á los que se hallan en situaciones diferentes. Así: 1) La esclavitud fué abolida en nombre de la igualdad y de la libertad verdadera; apero debe por consecuencia de este principio negarse toda diferencia entre la autoridad y el súbdito, entre gobernantes y gobernados, entre los jueces y las partes? 2) Si el Estado, en nombre de una prudente igualdad, ampara y protege igualmente la s propiedades, y no admite ya feudos privilegiados ni bienes pecheros, no hay razon para exigirle ademas la igual distribucion de los bienes. La desigualdad d3 las fortunas tiene su fundamento necesario en las diferencias individuales, naturales ó adquiridas. La falsa igualdad conduciría al fin á la miseria igual de todos. 3) El Estado moderno impone el servicio militar á todos; pero no puede olvidar las diferencias de edad, ni de cualidades físicas ó morales. 4) El Estado moderno ha establecido la igualdad de impuesto; pero no ha de deducirse de aquí que el impuesto principal sea una capitacion igual para todos. 5) Tambien es una falsa aplicacion del principio pretender dar á todos igual derecho electoral, y fundar sólo en el número el concurso de lá, nacion en los negocios públicos. La verdadera igualdad no puede dejar de tener en cuenta el sexo, la edad, la educacion, las fuerzas y los intereses, que tienen para el Estado una verdadera importancia. 6) Tambien es un progreso el hecho de dejar expedito para todos el acceso á los cargos públicos; pero sería absurdo nombrar por la suerte los funcionarios que necesitan conocimientos ó una educacion especiales. 7) Nuestra época manifiesta con frecuencia una apasionada aversion á toda distincion hereditaria de clase, y condena, en nombre de la igualdad, toda institucion de nobleza feudal. La Union Americana ha ido aun más lejos deslute
— 44 — dr la terminacion de la guerra civil, rechazando toda des - igualdad jurídica entre los blancos y los hombres de color. Podrían_ aprobarse estas tendencias á la igualdad, si se limitaran a exigir para cada cual el mismo derecho de desarrollar libremente sus aptitudes y sus talentos naturales. El camino del progreso no debe cerrarse á ningun hombre, sea éste blanco ó negro. Todos deben poder luchar con los mas nobles y los mas inteligentes, y rivalizar en esfuerzos por el bien público y por la , humanidad . Pero es necesario guardarse de pasar el límite de lo racional. Ciegos los políticos por la falsa igualdad, han llegado hasta alvidar que las diferencias reales tienen siempre gran importancia. El hombre de Estado no puede desconocer el hecho psicológico de la trasmision hereditaria de ciertas cualidades, buenas ó malas, lo mismo que la influencia de la raza sobre las aptitudes. ¿No es la herencia del trono un privilegio legítimo de la familia reinante? ¿Debe censurarse siempre á la diplomacia cuando ve en un origen elevado garantías de sentimientos mas nobles y de costumbres mas refinadas? La igualdad legítima sólo es violada cuando el hijo de un individuo de las clases más humildes es excluido sistematicamente de las consideraciones y de. los honores, no obstante -su cultura y su gran talento. El régimen representativo exige educaciori, tiempo y fortuna, cualidades que sólo se encuentran en una pequela minoría, que procede naturalmente de las familias mas distinguidas del país. Las numerosas clases populares y sus descendientes se hallarán siempre colocados, en su gran mayoría, en un grado más bajo, ganándose la vida con el sudor de su frente, y sin tener deséo ni fuerza para elevarse á las esferas superiores. La verdadera igualdad da a todos el derecho de elevarse, y no cierra la puerta á nadie; pero sólo una falsa igualdad puede poner el poder en manos de las masas ignorantes é incapaces. Hay hombres de color que pueden ser jueces capaces é instruidos. Algunos negros se han conducido como generales hábiles y grandes políticos. La Union Americana realizó un verdadero progreso permitiendo aun a los mismos negros subir al Capitolio; pero se, cae én un grave error imaginándose que una república libre y representativa puede fundarse, lo mismo en una mayoría de negros que en
— 45 — la raza viril de los Anglo-sajones. Una política previsora debe procurar que el centro de gravedad no esté fuera de la base de sustentacion, que no pase de los blancos á los negros; esto sería la pérdida segura de la república. El mejor remedio contra la falsa igualdad, y el medio más seguro de conservar la verdadera, es, como indica Gneist, la union del derecho y del deber públicos, su justa equivalencia. Todo el que tiene derechos ó poder en. el Estado, tiene al mismo tiempo deberes; y la extension del deber aumenta con la del , derecho. Del mismo modo, todo el que llena un deber hácia el Estado, debe tener un derecho correspondiente, y pierde, con razon, sus derechos públicos cuando no cumple sus deberes. El gran error consiste siempre en no mirar más que un aspecto de las cosas. Los demócratas amenazan la libertad cuando sólo miran á la igualdad (1), y persiguen con encono toda distincion de clase . Los aristócratas desprecian la igualdad legítima, y quieren hacer de la desigualdad ó del privilegio de clase el principio único del Estado. En realidad, ambos principios se unen estrechamente, se completan, reobran uno sobre otro, viniendo á ser así la base del Estado justo y libre, y son entre sí como la necesidad y la libertad, la sustancia y la cualidad. La igualdad es la base, la diversidad el desarrollo. (1) Véase Richter, Stats und Gesells. der Francesischen Revol., Berlin, 1865, t. I, p. 199. Proudhon, La Justicia.
— 4G — CAPTULO III. LA CIVILIZACION. La idea de la civilizacion, como las de libertad, igualdad y cultura, pertenecen á la humanidad. La expresion tuvo su origen en Italia, durante el reinado de Teodorico, en - presencia de la antigua civilizacion romana (1). La civilizacion tiene tres .caractéres distintos: 1) Ennoblece, cultivándola la naturaleza todavía inculta; 2) Hace que domine el espíritu sobre la materia; 3) No sólo en los individuos aislados, sino tambien en la sociedad y en el Estado mismo. Así, pues, la civilizacion sólo se conquista por el esfuerzo y el trabajo. La naturaleza da el gusto y la aptitud; lo demas debe hacerlo el hombre. Una nacion es civilizada ó inculta, segun presenta en su conjunto, trabajo, desarrollo, progreso, ó ,sólo fuerzas latentes. • Dícese tambien de una nacion que es bárbara (5 .rada, salvaje ó culta, pero estas oposiciones no deben confijndirse con la primera. En. su origen todos los pue-, blos son incultos, pero no por esto son bárbaros ó salvajes. Las tribus verdaderamente salvajes no han llegado jamás por sí mismas á la civilizacion. La reciben, pero no se la dan á, sí mismas. Abandonadas á su propio impulso, permanecen en su grosero estado de naturaleza,, y aun suelen volver á caer en él despues de haber salido con el auxilio de otros. Roma y Grecia, al tratar á todos los demás pueblos como bárbaros, desconocían á sus vecinos, pues este nombre pertenece á, los pueblos en donde preponderan los (1) Los antiguos Romanos oponían la expresion civilitas á cruclelltas, y llamaban humanistas á lo que nosotros denominamos civilizaclon, palabra que se refiere naturalmente al Estado: civis, civitas; eivilis, civi1itas, V. Dalin, Kcenige der Germ., t. II, p, 137.
-- 47 — elementos brutales; pero no puede aplicarse á aquéllos en los cuales predomina el espíritu, aunque sea inconscientemente. Aunque incultos en tiempo de Tácito, no merecían este epíteto los Germanos, y el gran historiador que describía sus costumbres y sus virtudes, mostraba á los Romanos los gérmenes de una gran civilizacion futura. No tienen, pues, razon los autores romanos cuando nos hablan de los Francos ó de los Germanos, todavía bárbaros, asimilándolos, en cierto modo, á los salvajes. Su religion, su lengua, su derecho, sus costumbres, revelan el estrecho parentesco que los une á los demás pueblos arios, y por tanto, á. los Griegos y á los Romanos. Por lo demás, estas distinciones son harto vagas. La civilizacion reemplaza á la incultura primitiva, y multiplica sus fuerzas luchando contra ella; pero los malos instintos pueden despertarse siempre en el individuo lo mismo que en las naciones. La historia de casi todos los países nos presenta ciertos retrocesos, generalmente pasajeros, de brutal pasion ó de crueldad abominable. La civilizacion es el triunfo del espíritu sobre la materia. El Estado fija el derecho, crea órganos de instruccion y de educacion, perfecciona las relaciones de la vida; cada paso que da hacia adelante, es un progreso para la civilizacion. La religion y la civilizacion se proponen el mismo objeto,' el perfeccionamiento del .hombre; pero su direccion y sus medios son diferentes. La religion une al hombre con Dios; la civilizacion une á los hombres entre sí. La una se dirige al alma creyente, y purifica y santifica el corazon; la otra habla principalmente á la razon, y se manifiesta exteriormente en las obras. La primera es enseñada por la- Iglesia; la segunda es principalmente protegida y animada por el Estado. La religion y la civilizacion siguen por punto general dos caminos paralelos, apoyándose la una á la otra. Algunas veces, sin embargo, se las vé separarse y hasta combatirse. El cristianismo, que nos hace á todos hijos de Dios, tiene un íntimo enlace con la más elevada civilizaclon, que es á su vez la manifestacion más perfecta de la humanidad. Roma dió á los Germanos la religion cristiana y la civilizacion greco-romana, y los reyes francos se encargaron de extender estas dos semillas fecundas. Los progresos de las misiones cristianas acompañan y aseguran
— 54 — comprende tres grupos: Alemanes, Franceses é Italianos, y ha sabido unirlos en una especie de internacionalidad pacífica. Austria-Hugría y los Estados europeos del Gran, Turco, se hallan en una situacion más difícil. Las nacionalidades se mezclan en ellas mucho más que en el resto de Europa,. pero se hallan en una lucha sorda y constante. ¿,Dónde están aquellos tiempos en que San Estéban de. Hungría decía á su hijo: «Unius linguae, uniusque moris regnum imbecile et fragile est?» Este axioma podía ser verdadero antes de que se despertase el espíritu nacional, y cuando el latín, única lengua oficial del Estado, atenuaba las múltiples oposiciones de los elementos tan heterogéneos del reino húngaro. En la actualidad han cambiado las cosas. La aristocracia de los Magyares contiene difícilmente su ambicion, y se muestra poco justa c.on las demás nacionalidades de Hungría. Estas rechazan enérgicamente una lengua y una cultura quizá inferior á la suya. Hungría no, puede adoptar más que una especie de política internacional análoga á la de Suiza, aunque con más unidad, por razon de la mision más activa que pertenece al gran Imperio, austro-húngaro. Las mismas dificultades existen en los países cislehitanós. Políticamente dominan aquí los Alemanes, pero no son bastante fuertes para asimilarse ó para conducir las numerosas nacionalidades eslavas. Esta polinacionalidad hace' que sea difícil ser justo para cada raza, sin romper la unidad del imperio. Una solucion armónica, daría, sin duda, fecundos resultados, en razon de la rica variedad de elementos reunidos. Pero se ha seguido durante tanto tiempo un sistema de represion tan deplorable por el poder . absoluto,. por la burocracia y por el ejércitó que es hoy casi insuperable la dificultad, y que los hombres de Estado mejor intencionados sólo inspiran ya una Mediana confianza á poblaciones tantas veces engañadas. La existencia del imperio turco está aún más amenazada., desde que se ha despertado el sentimiento de sus diversas nacionalidades. Grecia se ha separado y procura atraerse' las demás provincias griegas del imperio. Rumania se ha convertido en un Estado independiente; Sérvia y Montenegro son tambien Estados soberanos, y el movimiento separatista y nacional gana terreno en Bosnia, Herzegowina y
— 55 — Rumelia.. Parece que el pueblo turco es incapaz de trasformar su violenta conquista ,en una civilizacion pacifica que calme los sufrimientos y triunfe de las antipatías nacionales. Estos pueblos diversos; son, sin duda, muy débiles para constituir otros tantos Estados distintos en medio de nuestras grandes formaciones modernas Su educacion es to-- davía incompleta; sería necesario que se apoyasen unos á . otros, y se uniesen entre sí para el desarrollo y la protecclon de sus nacionalidades. El problema es difícil y su mejor solucion sería una confederacion internacional bajo la proteccion influyente de Europa. La política nacional no tiende solamente á formar nuevos Estados; tiene ademas su mision en los asuntos interiores del Estado; y en sus relaciones con el extranjero. En el interior sostendrá la unidad nacional contra las tentativas particularistas; en el exterior evitará el cospolitismo sentimental y romántico, para afirmar su carácter nacional y proteger sus intereses nacionales. Esta política halla siempre un apoyo considerable en el pueblo. Compréndese esto cuando se resúmen las causas que han dado tanta fuerza al principio de las nacionalidades, á saber: 1) El sentimiento de un mismo origen, de la comunidad de carácter y de espíritu; • 2) El desarrollo y la influencia creciente de la literatura y de las artes nacionales, y la accion diaria de la prensa; 3) El derecho electoral concedido á todos los varones, y - la accion pública y preponderante de la representacion nacional. 4) Cierta complacencia de cada pueblo para consigo mismo, comparando sus cualidades con los defectos de los otros, y alimentando de este modo la emulacion. La frialdad caracteristica de los Ingleses, la vanidad de los Franceses, la astucia de los Italianos, el orgullo de los Alemanes, la s anturronería de los Españoles, luchan por glorificarse. Mas, á pesar de la importancia que hoy se da á una política nacional, es necesario ponerse en guardia centra sus debilidades y exageraciones. Una política , exclusivamente nacional, faltaría fácil-
5(.; — mente á la justicia y amenazaría la paz general. Cada Estado se aislarla, se encerrarla, en sí mismo, y se desconocerían la unidad y la comunidad del género humano. Una política nacional sólo es perfecta cuando es al mismo tiempo internacional ó humana, cuyos términos no son en manera alguna contradictorios, porque la misma naturaleza humana une todos los pueblos de esa gran humanidad, en la cual se hallan como los colores en la luz. La política internacional puede ser considerada como el primer grado que conduce á la política humana. La una mira principalmente á los pueblos, y se esfuerza por unirlos, mediante un comercio pacífico é instituciones comunes; la otra se inspira ante todo en la comunidad universal de los hombres, y quiere conducir la humanidad á sus fines._ Aunque más completa que la política nacional, no tiene la primera suficiente conciencia de la unidad del género humano; pero ha producido en nuestros días admirables resultados. La difusion del derecho de gentes por los continentes de Europa y de América y hasta en.el Asia oriental, las uniones internacionales de correos y telégrafos, la unificador' de los pesos, medidas y monedas, -la navegacion cada vez más extensa, los numerosos ferro-carriles internacionales, y por último, los inmensos progresos del comercio del mundo, demuestran que los pueblos, lejos de - querer aislarse, comprenden cada vez mejor la comunidad de sus intereses. Es verdad que no tenemos una lengua internacional como lo era el latín en la Edad Media, sino lenguas nacionales, algunas de las cuales como el francés y el inglés, pueden considerarse como tales dentro de ciertos límites. Pero todos los pueblos civilizados aman la humanidad y expresan este sentimiento en sus diversas lenguas. La organizacion general del mundo, bajo la forma de una confederacion ó de un imperio universal sólo pertenece á algunos espíritus, como ideal del porvenir. La mayor parte la califican de sueño; y sin embargo, el actual derecho de gentes puede considerarse ya como una forma visible, aunque imperfecta de un derecho general. Las gue r ras más célebres de la historia, las que desruyeron un despotismo que amenazaba á todo el mundo, que atravesaron el Océano, que abrieron los mares y los puertos a los buques de todas las naciones, que protegiero n
--- 57 — á los•extranjeros y asegurasen la libertad de conciencia, son esencialmente humanas. La humanidad, la expresion más elevada del alma, de la razon y de la la caridad humanas, es el fin más alto de las naciones más valerosas y de los más grandes hombres de Estado.
- 58 - CAPITULO Y. EL SELFGOVERNMENT Y LA SELFADINISTRACION• 1. Los Ingleses y los Americanos del. Norte están muy. orgullosos con su Sellgovernment. Vana . glórianse los Ingleses de haber sido los primeros que lo han comprendido y aplicado; los Norte-americanos de haberle desarrollado racionalmente. El Selfgovernment de los primeros tiene un carácter aristocratico; la gentry juega en él un papel principal. El de lós segundos es más bien democrático, y es ejercido por los ciudadanos en general. La palabra y la nocion proceden directamente de los. pueblos Anglo-sajones; la • lengua alemana no tiene una. expresion que corresponda exactamente á la inglesa, pues Setbstregierung y Selbsterwaltung tienen un sentido más limitado y. menos preciso, y nuestros publicistas se sirven de ellas en sentidos muy diversos. Para los Ingleses y los Americanos el Selfgovernment, lejos de ,oponerse necesariamente al 'gobierno del Estado, significa generalmente un modo ó una clase determinada. de gobierno y de administracion del Estado; y la misma constituc.ion puede merecer este calificativo, cuando ad-. mite la aristocracia ó los ciudadanos á tomar parte en el gobierno. Así, pues, el parlamento inglés y el congreso americano son dos instituciones de Selfgovernment; los ministros ingleses, emanacion de la mayoría del parlamento, y el 'presidente elegido de la Union son tambien sus órganos, lo mismo sucede con el jura y con la administracion de la policía por los jueces de paz. La expresion seaplica igualmente á las asociaciones, á las sociedades, á las co rporaciones de todo género, cuando sus miembros as reglamentan y las administran libremente.
— 59 Lo que oponen al Selfgovérnment es una organizador) y una administracion impuesta desde arriba ó desde fuera; • un sistema en que la autoridad magistral de los funcionarios de profesion es la única que decide, sin el concurso de los funcionarios civiles honoríficos . 6 de una representacion. Así, por ejeinplo, el ejército de Inglaterra y aun el de la misma América, no estan organizados en la forma del Selfgovernment, porque esto seria peligroso para la unidad del mando militar y de la disciplina. La Iglesia tiene tambien su Selfgovernment allí . donde sus miembros la ordenan y administran; pero la Iglesia Católica Romana no se halla en este caso; porque . 1a autoridad del Pontífice es en ella absoluta, y ni los sacerdotes ni los legos pueden hacer más que obedecer, y lo mismo sucede con los conventos . ó las ordenes religiosas. Por el contrario los municipios, las asociaciones . de utilidad pública, los establecimientos de caridad, las sociedades de ferro-carriles y las asociaciones civiles, pueden tener, y tienen muchos su Selfgovernment. Pero no toda actividad de los ciudadanoses un Selfgovernment: Los periódicos, los libros, las predicaciones, la opinion pública misma no son en manera alguna sus órganos, á, pesar de su accion sobre la sociedad, de su independencia y de su libertad. El Selfgooernment supone una or, ganizacion, una comunidad ordenada de miembros, y . en lo anteriormente indicado nó* hallamos directamente más que la expresion de los sentimientos y de las voluntades individuales. Comprendida de este modo, encierra la fórmula una tendencia á, ayudarse á sí misma, republicana en el sentido antiguo de esta palabra. Los ciudadanos no quieren dejarse tratar como cosas, quieren concurrir á la gestion de los negocios, y tomar. parte en el trabajo y en la responsabilidad, en los derechos y en los deberes. En el fondo, la idea es la misma en Inglaterra y en los Estados-Unidos, pero difiere en su realizacion, pues el concurso se ejerce en aquélla por las clases elevadas, y en éstos por las clases populares. Las instituciones inglesas ó americanas no pueden en modo alguno ser trasladadas Integras á nuestro continente. Nosotros no tenemos ni una aristocracia comparable á. la yentry inglesa, ni la atrevida iniciativa de los America-
— 60 — nos; pero tambien podemos aplicar la del idea esencial selfgovernment, porque lo que la constituye en el Estado, organizado armónicamente, es la participacion y el concurso activo de los ciudadanos en todos los negocios comunes, públicos ó de corporacion, en oposicion á. la tutela autoritaria y burocrática de los funcionarios y de los magistraaos. Los notables progresas del sistema representativo han infundido estas ideas en nuestros Estados europeos. El Estado público libre, es, en realidad, un Selfgovernment, por las atribuciones que da á los representantes de la nacion. II. La expresion alemana Selbstverwaltung, se toma habitualmente en un sentido más limitado, pues se opone a Selbstregierung, que comprende la legislacion, el gobierno y la justicia, y se refiere sólo á la administracion propiamente dicha de la di-visiones del Estado, provincias, círculos, distritos, asociaciones orgánicas del Estado. . Pero áun en esto se hallan poco acordes los publicistas alemanes: a) Rudolff Gneist, que ha estudiado el régimen administrativo inglés mejor que otro alguno, define el Selfgovernment; «la mision orgánica del Estado y de la sociedad» (1), y lo encierra en un círculo estrecho, entre el gobierno general y la administracion privada ó las instituciones locales comunes ó asociaciones.. En otros términos, las uniones de condados y las funciones de los jueces de paz, son, segun él, la expresion más clara del Selfgovernment inglés. Sin embargo, el autor concluye por colocar bajo el mismo nombre la Selfadministracion de los comunes, en cuanto se halla arreglada por el derecho público y por la ley, viniendo á ser de este modo centros grandes ó pequeríos del Selfgovernment los condados, distritos, ciudades y aldeas. Gneist hace notar que esta Selfadministracion inglesa, y en general toda Selfadministracion bien organizada, debe su origen y su carácter al .Estado y no á las voluntades arbitrarias de la sociedad. En una palabra, el Selfgovernment, es, segun dicho autor, «la administracion del país en los distritos y en los municipios, con arreglo á las leyes y por funciones personales honoríficas, corriendo los gastos , (1) Selfgovernment in England, Berlín, 1871, § 7 y 147.
— 61 — por cuenta de la hacienda municipal. El Selfgovernment, es siempre Una creacion de la ley positiva, no un derecho consuetudinario . » El autor va primero hasta hallar un signo característico de Selfgovernment en el nombramiento de los jueces de paz por el rey (1). Por lo demás, reconoce que esta Selfadministracion, se enlaza íntimamente á la constitucion parlamentaria del reino; sostiene con flrfijeza que es su más seguro fundamento, y que sólo una Selfadministración de este género puede hacer á la nacion capaz de tomar parte en el gobierno por medio de sus cámaras. Gneis distingue perfectamente esta' Selfadministracion pública, de la que pueda pertenecer á las asociaciones privadas de todas , clases. Por último, deplora que el hábito de estas últimas de entregar la gestión y comprobacion de sus intereses á administradores elegidos, haya concluido por ejercer una funesta influencia en el Estado mismo, que ha sustituido muchos comisarios y administradores electivos, debilitando así el antiguo edificio del Selfgovernment, llevando la incertidumbre y la pe • turbacion hasta la administrador' de policía. b) Es indudable que es muy conveniente distinguir, como hace Gneis, la Selfadministracion propiamente dicha, del Selfgovernment, por una parte, y de la pura administracion privada, por otra, con tal que no se olviden los lazos íntimos que unen este dominio intermedio á su dos vecinos. Al decir que la Selfadministracion se funda sobre la union de las relaciones constantes del Estado y de la sociedad, expresa Gneis una idea muy fecunda. A ella pertenece la organizacion de los intereses comunales, de manera que asegura á la vez el reinado de la justicia, del órden, de la responsabilidad y de los deberes públicos, y el libre desarrollo de la inteligencia, del patriotismo y de las virtudes el- (1) R. Gneist, die heutige englische Commuñalverfassun g usad Communalwaltung, ocier das system der Selfgovernement, Berlin, 1860, § 129: «El principio del nombramiento real se ha conservado sin interrupcion desde la Edad Media para los scheriffs, los jueces de paz, los oficiales de la milicia, para todos los que tienen carácter judicial, y para las autoridades civiles. Domina en todo el antiguo Selfgovernment. Hasta el jurado mismo se funda en realidad en el nombraminnto hecho por un funcionario real. Aunque son muy diversas las castas de las ciudades, ninguna de ellas confin el nombramiento del jurado á los electores del municipio, ni á un funcionario municipal electivo. ►
— 62 -- vicas. En general, sólo se ha tenido aquí en cuenta el elemento privado; Gneis na llamado justamente la atencion sobre el elemento público. Pero arrastrado por su sistema, ha dejado el célebre autor en la oscuridad lo que es lo principal: la actividad de los ciudadanos. ¿Cómo puede fundar en principio el Selfgovernement en el nombramiento real? ¿Pertenecen ménos á éste los jueces de paz americanos, nombrados por el pueblo, que los ingleses? Aun en la misma Inglaterra no es el nombramiento real más que una forma de autorizacion, honorífica y distinguida. En el fondo son los ricos poseedores de feudos de la aristocrática gentry los que se designan á sí mismos, consagrándose á los negocios públicos, arreglándolos á sus expensas, voluntariamente y con arreglo á las tradiciones de su rango. La régia investidura que reciben es un resto del feudalismo antiguo, más bien que una aplicacion del Selfgovernment, pero la aristocracia inglesa es bastante 13 ' rudente para dejarse consagrar por ella. • Por lo demás, el juez de paz inglés tiene un extenso poder de policía, y este poder pertenece esencialmente al Estado-. La parte que se deja á la eleccion ó al nombramiento de la superioridad, depende, pues, de las constituciones, de las atribuciones, de las costumbres y de la educacion política y social: LaSelladministracion no será enteramente la misma bajo la república que bajo la monarquía. b) Segun Lorenzo von Sten:). (1), la Selfadministracion no es tin principio, sino un organismo, «el organismo permanente "del poder ejecutivo;» por otra parte, su carácter es principalmente local: «la participacion de los ciudadanos en la administracion local, organismo independiente, que tiene su objeto, su funcion y su derecho propios,» hé aquí lo que la constituye. Esto equivale á restringirla y á ponerla bajo el poder del Estado, más aún que el mismo Gneist. No hay duda que Stein tiene razon al considerar el concurso activo'cle los ciudadanos libres del municipio local, com . () la doble base de la Selfadministracion. En Alemania y Suiza, por lo ménos, se ha conservado, principalmente en el municipio, yen él se ha practicado constantemente, mientras que el bailiazgo y las divisiones algo extensas habían to- (1) V e r waltitngslehre, t. I, p.'360 y sig.:
63 — mado un carácter cada vez más marcado de administracion autoritaria ó de jurisdiccion. El mismo , Stein se ha visto obligado á abandonar este caráter local, evidentemente muy restringido, y abre una puerta peligrosa, entregándo, como lo hace, la Selfadministracion al poder ejecutivo. De este modo adquiere la autoridad pública sobre las relaciones sociales un poder que no la corresponde, y que amenaza la independencia de la 'iniciativa y de los movimientos individuales. Herrmann Rbsler (1) pasa al extremo opuesto, funda la Selfadministracion en la sociedad humana, y la sustrae, en cuanto es posible, . á la policía del Estado. Desea que tenga universalidad y unidad, ó que se extienda armónicamente á todos los círculos sociales, y sea comprobada por los órganos centrales del Estado. No quiere una administracion completamente separada de éste: esto equivaldría a destruir el conjunto, á ir á la anarquía; pero reivindica de este modo la independencia de la administracion social: «En su esfera, debe imponerse esta clase de ley, por sí misma, sin sufrir ninguna influencia extrai g a, y con especialidad, no debe estar subordinada á la voluntad arbitraria y superior de los que se encuentran en el poder.» Segun Rósler, la responsabilidad de la administracion, sea ante los superiores gerárquicos ó ante la jurisdiccion central (Consejo de Estado, Tribunal de Cuentas, Tribunal Supremo administrativo), y un sistema ordenado de atribuciones y de competencia, son las cualidades esenciales de toda administracion; pero la Selfadministracion «es el ejercicio legítimo de la libertad social en todas las relaciones de la vida culta; da á, los individuos cierta esfera de actividad, independiente y úun opuesta á los órganos de la administracion, y especialmente opuesta al Estado, y una influencia determinante sobre la composicion y la accion de los órganos administrativos. Vése, pues, que Riisler pone de relieve las fuerzas virtuales de la sociedad; pero opone tambien, en vez de relacionar, la Selfadministracion al Estado. Gneist y Stein la subordinan excesivamente : Rósier la da una independencia amenazadora. (1) Das . socia/e Verwaltungsrecht, t. I, Erlangen, 1872; §
— 70 Faunos, puede encontrarse un Sócrates; entre la raza enérgica de los Cláudios, un licencioso como Neron. La individualidad se manifiesta, pues, por los actos mas bien quepor las formas físicas. 2. Pero nuestra distincion no se confunde con la del espíritu y la del cuerpo, con la de alma y la de la materia. La raza no está sólo en el cuerpo, sido que tiene, como el hombre, su cuerpo y su alma. En efecto, el espíritu y el carácter aparecen en todos. desde un principio. Se realizan en un cuerpo semejante: han recibido exactamente -los mismos órganos. El sentimiento,. la conciencia y la raza humana no son individuales, sino, comunes. Asimismo, los pueblos y las naciones, las estirpes y los. órdenes, las tribus y las familias, tienen cada cual sus aptitudes morales especiales. El ingénio del Francés, el sentimentalismo del Aleman, la fé ardiente del Español, son atri butos morales de la raza nacional. En las familias mismas se ven cualidades , pasiones ó debilidades que se trasmiten por herencia. Como la antigua aristocracia romana, tiene. la aristocracia inglesa sus principios políticos que se trasmiten de generacion en generacion, cuya trasmision dinástica, se conserva á veces durante muchos siglos. Nadie ignora la tenacidad con que ciertas razas puras de campesinos guardan sus creencias y sus supersticiones. El pecado original de que nos habla la Iglesia,' no es sin duda más que una alusion á los defectos de la raza, y puede decirse en el mismo sentido, que hay tambien virtudes originales. Hay' pues, un espíritu de raza. El espíritu individual tiene asimismo la facultad de manifestarse por palabras ó actos , y hacerse visible en el cuerpo. Ciertos pintores medianos nunca llegan á hacer un cuadro, ni siquiera una figura original; no pueden pintar más que la raza, los rasgos de familia, lo que salta á la vista. El artista sabe descubrir líneas más finas, sombras y lucesmás delicadas, 'la individualidad viva. El espíritu individual imprime, en efecto, su sello al cuerpo mismo, en cierta medida. Si se oculta ordinariamente bajo la raza física, durante el sueño, no sucede lo mismo, cuando el hombre está dispierto, y sobre todo, cuando está animado. Puede decirse que se descubre la individualidad:
— 71 — en proporcion á la agitacion que la aguijonea. De repente aparece en el rostro, en el gesto, en las palabras; parece como que sale por los ojos. Un cuerpo raquítico y enfermizo parece que debe ocultar un alma intranquila y timorata, Y resulta despues que es un héroe; su energía enardece., su voz truena; manda y arrastra en pos de sí á todo el mundo. Una persona nos parece fea, y la vemos despues animarse, embellecerse, brillar bajo todos aspectos; y otra que nos parecía bella, cuando descubrimos sus malas pasiones, nos parece repugnante. Pero no es sólo de paso corno la individualidad se revela. sino que obra sobre el cuerpo de una manera. permanente, y se determina en caractéres indelebles, en sus agitaciones interiores, en sus trabajos, en su vida toda. Pequeñas desigualdades, depresiones y prominencias, rasgos imperceptibles, líneas extrañas , vienen lentamente á trasformar la primera expresion del rostro. Así, pues, la individualidad del hombre es más fácil de reconocer en la edad madura que en la juventud. Si los sentidos trasmiten al espíritu sus impresiones, éste reobra á su vez sobre ellos. El ojo percibe, el espíritu tiene conciencia: habiendo de este modo un lazo de union indudable entre el órgano y el alma. Del mismo modo, ésta se manifiesta en los ojos, en la expresion del rostro. Cuando el pensamiento ilumina el semblante como una antorcha., cuando la voluntad se declara, y, cual una corriente eléctrica, hace que se agite el sistema nervioso, puede decirse que revela el alma una especie de fuerza material. Por último, cuando la individualidad se manifiesta principalmente en sus actos, hay tambien en esto una Intima union del cuerpo y dci espíritu, ya sea visible, ya invisible. El dualismo del alma y del cuerpo, la accion y la reacclon de lo interior y de lo exterior, del espíritu y de la materia, se encuentran, pues, lo mismo en la raza que en el individuo. 3 La raza se hereda; la individualidad, no. El cuerpo del nifío procede del de los padres, y recibe sus cualidades de raza, aunque en proporciones distintas. Ora tomará, más de la madre, ora del padre, y hasta de algun abuelo; pero sus cualidades de raza marcan siempre su liliacion; el niño continúa corporalmente la raza de los ascendientes.
-- 72 — Esta trasmision natural de la raza, que es el fundamento de la sucesion legítima del derecho privado, de la herencia, de los lazos locales, nacionales y de ciudadanía en derecho público, y hasta de la sucesion dinástica al trono. La herencia de la raza es la condicion indispensable de la existencia del pueblo, cuya verdad se ha comprendido mejor despues que Darwin ha demostrado científicamente la herencia natural de las razas. Pero al lado de la raza se halla el individuo, y las circunstancias son ya diferentes. " Hay cualidades individuales que en vano se buscarán en los ascendientes. No es raro que un gran poeta ó un gran artista sean hijos de padres • rudos. Un creyente severo engendra- un'libre pensador exagerado; un padre cobarde, un héroe; una madre criminal un santo. Asi, pues, por la raza, está el hombre estrechamente ligado y subordinado á, sus padres; por la individualidad, se separa y revela su independencia, y hasta su superioridad. A ningun europeo llamará la atencion ver á un hijo ejerciendo autoridad sobre el padre como sacerdote ó magistrado. De no atender más que á la raza, este sería una inversion de los términos. Cuando Jesús dice á María: «Mujer, ¿,qué hay de comun entre tú y yo?» No es el hijo el que habla á la • Madre, sino una individualidad que se dirige á otra. Pero si el carácter individual no procede de los padres, sólo puede tener su origen en el espíritu infinito que es la fuente de toda vida espiritual. Bajo esta relacion, se presenta en cierto modo el individuo como el verbo vivo de Dios, y en un sentido especialse le denomina con razon, la creatura, el hijo de Dios. 4. La raza es esencialmente terrenal, su. vida está ligada á la tierra, el espíritu individual, por el contrario, no teme lanzarse á lo sobrenatural y á lo infinito. El hombre no puede respirar sin aire; marcha sobre piso firme, soporta sólo una temperatura determinada, se mue- ve . en un círculo estrecho; esta es la herencia necesaria de la raza. El cuerpo es materia; se toma un momento, y se entrega despues á la tierra. Así tambien el pueblo y el Estado están invenciblemente unidos á la tierra en el tiempo y en el espacio. Pero el espíritu individual se eleva atrevidamente mucho
73 más alto. La tierra no es su prisiori ni •su madre; para él no es mas que un objeto de estudio. Cuenta sus líneas, sondea sus profundidades; despiles remontt su vuelo hacia los as- .tros, mide su extension y la , velocidad de stiS movimientos, y calcula su peso. Su imaginacion se remonta sin esfuerzo más allá de nuestro mundo terrestre y se lanza a los espacios infinitos. El sentimiento de lo eterno lo conmueve, su corazon se inflama del amor de Dios; su pensamiento disuelve los cuerpos para descubrir sus primeros elementos, y sumergirse en el abismo del no ser (del Nirvana); y hasta es capaz de pensar lo infinito y de ver a, Dios. Así, el espíritu individual del hombre de Estado, a, pesar de los lazos que sujetan las naciones al suelo por agrupaciones de raza, es capaz de comprender las relaciones. del. Estado particular con el conjunto del órden universal con Dios, la vida del espíritu, los supremos fines del hombre. Esta inteligencia debe ser para él una fuerza y un consuelo, que eleve su corazon por encima de las miserias y de las imperfecciones de toda existencia terrestre. 5. • La raza está sometida á la ley orgánica de la série de las edades; marcha siguiendo períodos fijos, creciendo primero, declinando despues, y muriendo al fin. El espíritu individual se desarrolla por el esfuerzo, y puede crecer indefinidamente, hasta en la vejez. La vida de la raza recorre las diferentes edades con una regularidad casi mecánica, como una rueda que hace aparecer sucesivamente sus radios. Las fuerzas del alma parecen colocadas en el cuerpo en un órden fijo, y se elevan así sucesivamente. Nuestros sentimientos, nuestras inclinaciones y nuestras aptitudes cambian á la manera que el cuerpo. La vida de raza llega á su apogeo en la flor de nuestra edad. Una misma necesidad natural la hace crecer primero y declinar despues. Esta es una marcha irresistible que comienza con el nacimiento y concluye con la muerte. • La vida individual del espíritu no está sometida á estas leyes. Es indudable que se resiente de la edad de la. raza; la bondad del instrumento, no puede ser en manera alguna diferente al artista. En el cuerpo es donde habitael individuo, donde percibe, donde obra, y el cuerpo del nirio no es lo mismo que el del anciano. 1)(i-ro el espíritu individual no deja de conservar sus cualidades propias, sustraídas á las leyes de la edad. Una ca-
— 74 — bellera bla.nea oculta muchas veces un espíritu juvenil, y una cabellera blonda, una prudencia de anciano, lo cual sólo puede explicarse oponiendo el individuo á la raza. Llega una edad en que ésta es impotente para progresar; • pero ni aun la vejez misma puede impedir al individuo que continúe desarrollando su inteligencia y su corazon. El elemento físico se ha hecho estéril, y el espiritual continúa siendo fecundo; el uno cae en la disolucion, el otro produce sus más preciados frutos. Ambas líneas están, -sin embargo, muy . lejos de ser paralelas. Mientras la una se mueve con un órden constante, y sobre el que nada puede la voluntad, la otra está casi sometida por completo á, nuestra accion. Es indudable que el individuo no puede crearse un talento que no tenga. en su germen. Las aptitudes son impuestas, y nadie es responsable de ellas, pero cada cual time el poder y el deber de. desarrollarlas, de perfeccionarlas, de moverlas en armonía con el órden general. De aquí esa tendencia innata á la libertad, que es la única que nos permite revelar y manifestar nuestras aptitudes: El esfuerzo hacia la perfeccion, los conocimientos adquiridos, las buenas obras y el sacrificio heróico pertenecen al individuo y lo ensalzan. La pereza, las liviandades, los vicios y los crímenes, se le atribuyen con razón y lo hacen un miserable. El individuo es de este modo duelio de su vida y su juez propio. 6. Por consiguiente, la vida de raza es principalmente impuesta por la naturaleza; la del individuo, es determinada por la libertad. La libertad de pensar es la más elevada que el hombre posee. En lo que cree y principalmente en lo que sabe, es en lo que el hombre tiene conciencia de su libertad. En esto no sufre coaccion de nadie; siente que su espíritu se decide y se determina por propio. impulso. El espíritu individual no es un vaso vacío en donde el maestro puede echar lo que se le antoge, sino que razona, elige y rechaza. Si acepta, es modificando, trasformando extendiendo. La naturaleza ó la aptitud prévia es lo único que puede permitir las investigaciones del sábio, los trabajos del , hombre de Estado, los altos hechos de los seres; pero cada cual de éstos conserva al mismo tiempo su libertad en su accion fecunda. Cuando yo obro, sé que me he decidido libremente, que ejecuto mi voluntad, que soy res-
-- 75 — ponsable de' mis actos. No hay duda que se unen á mi libertad impulsos involuntarios; ésta no es absoluta, sino rela-. Uva 'y restringida como mi conciencia; pero no puede negarse que existe, que se desarrolla, como mi responsabilidad, en razon del sentimiento más'elevado é ilustrado que de ella tengo. 7. La raza se perpetúa indefinidamente por la reproducdon; las manifestaciones individuales son córtas como nuestra propia vida. El individuo dura poco como hombre, pero no muere necesariamente 'con el cuerpo. La inmortalidad relativa de la raza, no es más que la sucesion de las vidas individuales; la raza humana dura tanto. como la humanidad; la raza nacional muere con el pueblo y áun dura ménos la raza de' familia. Empero; no perteneciendo á la tierra el espíritu individual, nada obliga á creer que.muere con el cuerpo. Siendo una emanacion del espíritu infinito, porque no ha de poder volver á Dios y conquistar una vida nueva'? El espíritu individual, que aspira á lo.infinito, puede participar de la vida eterna. 8. La raza funda la igualdad, el individuo, las dife:Tncias; la raza une y relaciona sus numerosos hijos, la individualidad los distingue entre si. En todo círculo de raza hay cierta igualdad de aptitudes. Los hijos de una misma familia, de un mismo órden ó de un mismo pueblo, tienen el sentimiento de su parentesco, y se miran como hermanos respecto de los extranjeros. Aquieles y Ayax, Ulises y Tersitas, Platon y Aristóteles son iguales como helenos, por diferentes que sean como individuos. Los progresos de la civilizacion multiplican las diferencias individuales. En un pueblo inculto, en donde la uniformidad de ocupaciones no da á las aptitudes ocasion de manifestarse, domina la igualdad de la raza, la cual prueba su poder manteniendo la igualdad y la comunidad de todos sus miembros, á pesar de las diferencias individuales que los dirigen por diversos caminos. La individualidad, por el contrario, 'especializa, pero es. tambien una causa de apreciacion. El individuo, puede, segun sus tendencias, aislarse ó buscar el comercio de sus semejantes. Todas las asociaciones humanas se fundan en la igualdad de raza. Y son las más veces el resultado de la eleee,ion; hay 1111 gran número de (\.stas que son plenamente
— ?1j libres , y que reemplazan de este modo la covolu ntarias y munidad natural. No es generalmente, el individuo el que inspira la amistad ó el amor? ¿Habrá necesidad de citar los matrimonios contraidos por puro afecto? Y en las relaciones económicas, ¿no engendran las diferencias individuales la division del trabajo, y la asociacion con un fin coman? La comunidad de raza y la asociacion voluntaria pueden encontrarse y unirse ó tomar caminos divergentes. El municipio y el Estado tienen sus raíces en la primera; pero en los grados más elevados de la civilizador', pueden realizarse asociaciones voluntarias por la completa libertad de la inmigracion y de la emigracion. Las demás sociedades en general son más bien voluntarias. 9. La raZa asegura la per feccion relativa y uniforme de la naturaleza humana. El individuo muestra al lado de las perfecciones ó de los•talentos de algunos, los defectos las imperfecciones del mayor número. La naturaleza humana revela la riqueza de las fuerzas físicas y morales de nuestra raza, su órden armónico uno y expiéndido. La universalidad parece ser el único defecto patente de la raza en cada individuo; pero este defecto desaparece respecto de la especie, y se convierte en una causa de progreso y de accion que funda el matrimonio y la familia, expresiones completas de la perfeccion de nuestra naturaleza. Por su raza, por las admirables cualidades' que la adornan, es por lo que el hombre ha sido creado á imágen de Dios, imágen microcosmica, visible aún en el hombre más ínfimo, y fundamento de la divinidad y de los derechos del hombre. Los espíritus son individualmente ménos completos. La raza encierra toda nuestra naturaleza, y el individuo no muestra ordinariamente más que algunos de sus atributos. La raza forma como la lengua, un organismo completo de expresiones inteligentes, y los individuos se parecen á las palabras aisladas. Por la raza, todos tenemos imaginacion, inteligencia y razon; pero es necesario poseerlas en un grado enteramente especial para ser poeta ú hombre de Estado. La plenitud ordenada de las fuerzas del espíritu - 6 del corazon sólo se halla en las individualidades de primer órden. La mayor parte presentan vacíos y falta de armonía. 1 "4
— 77 -- 10. La vida , de la raza y la del individuo obran la una sobre la otra; por consecuencia, hay una raza.nataral y una raza culta. - No hay duda que no puede añadirse ningun elemento nuevo á laPerfeccion natural de la raza; pero pueden aumentarse ó desarrollarse las fuerzas latentes que la constituyen. Las aptitudes naturales de los primeros Helenos no eran superiores á las de los otros pueblos arios á quienes motejaban con el epiteto de bárbaros; pero la cultura hizo la raza ateniense superior á las demás de los mismos Helenos. La raza del gentleman inglés es preferible á la del. obrero irlandés ó á la del inglés mismo. Nuestra perfectibilidad 'aparece, pues, hasta en la raza. Pero todo perfeccionamiento es principalmente obra del individuo. Su trabajo, sus esfuerzos y su virtud desarrollan las fuerzas; se aprovechade ellas el cuerpo, y una parte de las ventajas adquiridas se t'rasmite después á los descendientes. Colocando la época natural de la generacion en la cima de la vida, en el período de las fuerzas, la naturaleza misma favorece el-perfeccionamiento de la raza con el progreso de los individuos. El génio y las acciones de los_ grandes hombres, las religiones que fundan, las verdades que descubren y las leyes que establecen, ejercen de un • modo análogo unagran influencia sobre la vida comun de las masas, y constituyen de este, modo el desarrollo general. Todos estos elementos producen una modificacion de la raza natural, una raza culta. Esta modificacion es muchas veces resulta 10 de la disciplina, de las costumbres y de la educacion, sin que influya para nada la herencia. Los monges , budistas, el clero romano, los oficiales de los ejércitos permanentes y los estudiantes de las universidades son de ello ejemplos notables. Mas cuando la educacion y la cultura se trasmiten por herencia como en las castas indias ó en .los órdenes de la Edad Media, penetran Pi] cierto modo la misma raza natural y la reforman 6 la corrompen. 11. La cultura de la rc“a y el desarrollo del individuo forman Cambien parte de los fines del genero humano. El individuo y la humanidad se corresponden y estAii llamados á, perfeccionarse recíprocament,- Todos nosotros pertenecemos A. la huma nidad por la raza,
— 78 — N T participarnos de la vida general, siendo al mismo tiempo séres distintos, llamados á perfeccionarnos á nosotros mismos. De aquí los deberes para con el todo y para consigo mismo. Toda verdad y toda ventaja de un medio civilizado sobre un medio bárbaro, aprovecha al individuo que en él vive. • Los que vivim o s en los tiempos modernos hemos recibido una rica herencia de raza que desconocían nuestros antepasados. Las comodidades, la cultura y el refinamiento de costumbres, se extienden cada dia más por las diversas capas sociales. Un . hombre es reflexivo; se reconcentra y trabaja interiormente; otro es expansivo y está siempre en accion. Ambas cualidades se completan en él todo. La una puede conducir á la virtud perfecta, y crear un modelo para la humanidad. La otra hace grandes servicios prácticos; pero el exclusivismo ó la exageracion de cualquiera de ellas, engendra individualidades anómalas, hombres frívolos, ermitaños, ó monges. 12. La ciencia general de la humanidad y la voluntad general de la nacion, tienen su fundamento en el espíritu comun de raza; la conciencia y la voluntad individuales, emanan del espíritu individual. La unidad de la voluntad del Estado, ese gran problema del derecho público, es incomprensible para el que no vea en el Estado más que una suma de voluntades individuales. El capricho de los individuos varía hasta el infinito; es imposible reunir todas estas voluntades en una sola, y si la humanidad la encontrase por acaso, nos daría, en vez de una voluntad general, una súma de voluntades particulares, siempre dispuestas á dispersarse en todos sentidos. Esta unanimidad, no podía ser otra cosa que una voluntad procedente de un contrato de asociacion, no la voluntad una del Estado. Rousseau comprendió perfectamente que la voluntad general, de que no se puede prescindir para la legislacion, es muy otra cosa que la voluntad de todos; pero en lugar de resolver el problema, lo desvía por medio de una ficcion. No pudiendo exigir una unanimidad imposible, hace de la voluntad de las mayorías; la voluntad de todos, lo cual equivale á colocarse bajo las canales para librarse de la lluvia. Wiiorois que la voluntad general sea la autoridad,
--- 79 es decir, la justicia; pero quién os dice que la voluntad de la Minoría no sea la más justa? ¿Acaso no han sido casi siempre obras individuales los . grandes descubrimientos y las trascendentales revelaciones? ¿No han tenido que luchar la mayor parte .de los bienhechores de la humanidad con los prejuicios tradicionales de las muchedumbres? Las mayorías sólo han ido por el . ' camino de la razon cuando han seguido á las minorías. Erigir la voluntad movible del número en voluntad irrecusable que impone en todas partes la obediencia, equivale á establecer en principio que la grosería se imponga á la educacion, la ignorancia á la ciencia. Este modo asegura ménos aún la unidad de la voluntad del Estado que su justicia. Millones de granos de arena amontonados, no formarán jamás un todo; millones de voluntades individuales 'aglomeradas, no crearán una voluntad general. Cien mil francos en oro, pueden ser una suma respetable, pero no son un patrimonio, una universi- ,tas, ¿Por qué el monton de arena, por qué la herencia ó la fundacion de cien mil francos se consideran como un todo? :¿No es acaso porque la idea unificadora se ha apoderado de lo suma de los elementos para formar un sér nuevo? Ahora bien, esta unificaciori puede proceder del exterior, ser obra del espiran creador del hombre en cuanto á las cosas inanimadas; mas para que la nación ó el Estado sea un lado, una persona, una voluntad, es en él mismo en donde debemos hallar esta unidad. Hegel ha comprendido perfectamente la contradiccion y la divergencia de todas estas voluntades individuales, así como la imposibilidad de fundar sobre ellas la unidad del derecho y del Estado. Por tanto, la voluntad que crea uno y otro, no es para éste, como para Kant y Rousseau, la arbitrariedad individual, contratando la formacion de una sociedad, sino la voluntad general que ha llegado á tener conciencia de sí misma, y á ser verdaderamente racional« Pero si esta fórmula nos indica lo que la voluntad de todos debe ser para valer una voluntad general, no nos dice por qué ha de ser realmente justa v racional. Y es que SE olvida casi universalmente, que la voluntad general y la voluntad particular se hallan dentro de cada cual. Sentimos, en efecto, en nuestro foro interno, una lucha persistente entre nuestras tendencias egoistas y personales, y nuestros deberes respecto de la cornunid11,1,
— 86 — CAPITULO Hl. EL ESPÍRITU DEL TIEMPO. ¿De dónde procede ese poder que todo el mundo siente, que somete á la mayoría y que nadie puede explicar? El espíritu del tiempo es una idea antigua. Ya la habían seilalado los Brahmanes (1). Los Romanos le denominaban el siglo (seculurn; Tac., Germ., 19.) Pero nuestra época lo estudia más de cerca y la cuestion se impone hoy mas que nunca. I. En primer lugar, ¿cómo se revela éste y cuales son las cualidades que le atribuimos'? 1) En el carácter y las tendencias determinadas de las diversas épocas es donde se muestra principalmente. Las épocas memorables de la historia son las grandes líneas de su movimiento. El espíritu de la Edad Media ha rechazado el del mundo antiguo, y ha tenido que ceder el puesto al espíritu moderno. Cada cual de estas edades tiene sus siglos, donde su espíritu general se modifica á su vez de un modo diverso. Entiéndase bien que no hablamos aquí de períodos seculares metódicamente calculados despues de la Era Cristiana; el espíritu de cada siglo cronológico comienza a veces en el siglo precedente: el mismo Cristo no nació al principio del suyo. Las nuevas ideas suben y bajan sobre el horizonte de la humanidad como los astros en el cielo. Una idea es omnipotente en un siglo, y el mundo se entusiasma por ella; cambian los tiempos, y sólo halla indiferencia y frialdad. (1) Código de Yajnabalkia, 1, 340: «Algunos esperan el éxito de la suerte, ó de su propia naturaleza, ó del tiempo, ó de la accion; otros más sábios lo esperan de estas tres causas reunidas.» 350: «porque así coma un carro no puede marchar con una sóla rueda, así tambien la suerte es impotente sin la aecion del hombre,»
— 87 --- Toda Eitropa se agitó y se trastornó por arrancar el sepul.7 cro de Cristo de manos de los infieles (1089 á 1200); millones de hombres, poseidos de una fé ardiente, se precipitaron desafiando los peligros y la muerte; despues fué disminunuyendo el entusiasmo, hasta que se extinguió por comple- to. Un siglo trajo consigo el brillante Renacimiento .y la Reforma religiosa (1450 á 1540), vanamente intentados hasta entónces por algunos pensadores; y poco despues vino el espíritu de la reaccion á inmovilizar á Europa. El absolutismo de los príncipes celebró su triunfo en el siglo XVII; y desde 1740 se busca la cultura, se reivindica la libertad civil con cierto entusiasmo. Por último, nuestro siglo se caracteriza por el desarrollo de la constitucion representativa y por las tendencias nacionales de la política. Los movimienios del espíritu del tiempo se notan hasta en un mismo siglo. Los grandes radios de la rueda de la 'historia, están compuestos de piezas innumerables. Un hombre ha defendido las libertades populares en nombre del espíritu del tiempo, y veinte anos despues, pide, apoyándose en lo mismo, un poder absoluto. Napoleon I sólo estableció su imperio despues d.e haber sondeado prudentemente la opinion, retrasó sus proyectos en muchas ocasiones para dejar madurar los tiempos; su absolutismo hubiera sido tambien imposible en la época de la Restauracion (1815), y -durante el período exaltado de la Revolucion. - Esta movilidad del espíritu del tiempo, parece proteger 'á la humanidad contra el despotismo permanente de una fuerza única ó de una tendencia exclusiva. El tiempo arre- ' bata lo que había traído y elevado, y despierta fuerzas desconocidas. La fortuna cambia con el viento, y surgen nuevas esperanzas. 2) Otra cualidad notable del espíritu del tiempo, es su -gran extension. Si se encerrase dentro de los límites del Estado, sólo sería el espíritu local del pueblo ó del país; -pero léjos de esto, va extendiendo mucho sus ondas, sin consideracion á las fronteras, sobre todo un continente. Sus 'corrientes son tan caprichosas como el viento, y se dirigen al Norte, al Sur, al Este ó al Oeste. La viva fé religiosa y la.s 'tendencias feudales, que son los rasgos característicos de la Edad Media en toda la Europa cristiana, se notaban hasta el Oriente mahometano. En vano se intentará. ex plicar los cambios del espíritu
— 88 — del tiempo con los acontecimientos ocurridos en el Estado, por las medidas en él adoptadas, etc., etc. ¿Por qué, pues, se han de modificar simultáneamente en los Estados que no han sufrido estas influencias? La razon última del cambio no se encuentra en tal ó cual acontecimiento particular, simple accidente que lo favorece ó lo impide. El mejor gobierno liberal no puede impedir que vuelva al poder un gobierno conservador. Un régimen absolutista puede no cometer faltas graves; y sin embargo, vuelve repentinamente el viento, y parece que quiere arrojar de una vez al Estado en el radicalismo. A pesar de esto, el espíritu del tiempo dista mucho de extenderse de pronto y uniformemente por todos los pueblos; sino que es, ya uno, ya otro, su órgano autorizado, y que siente principalmente su influencia. En la Europa antigua, tuvo su asiento principal en Grecia, y despues en Roma. En la Edad Media, fué representado, aunque inconscientemente, por los Germanos. Durante la Reforma, tambien fué Alemania su centro; desde aquí se lanzó hacia el Occidente, y á fines del último siglo inundó desde París toda. Europa. En el lugar donde se halla el centro de su movimiento, es tambien donde se sienta toda su fuerza, sus olas llegan á su mayor altura, y despues van decreciendo hasta que se extinguen en las más remotas regiones. 3) El poder del espíritu del tiempo muéstrase sobre todo en las masas, las penetra sin apercibirse de ello; se abandonan á su accion y se precipitan por el cauce que aquél les abre. Así como la sucesion de estaciones hace que florezcan las plantas, se agosten y queden nuevamente dormidas, así el espíritu del tiempo obra de un modo semejante, sobre los pueblos y las naciones. Excita al trabajo, anima, agita, prepara abundantes cosechas; despues se calma, duerme y se extingue. Su marcha está llena de misterios; penetra en nosotros con el aire que respiramos; se comunica de hombre á hombre, como el calor en el cuerpo, y á veces parece una epidemia que se presenta de repente y mata todas las esperanzas. Es por otra parte evidente, que el espíritu del tiempo no' se confunde con las fuerzas cósmicas, con la influencia de las estaciones, ó con el curso de los vientos. Apenas se creería lo que se ha querido explicar por ellas.. Los astrólogos han buscado en el cielo la suerte de los hombres, su fort una ó su des-
— 89 gracia futuras. ¡Increible absurdo! El espíritu del tiempo sólo se dirige al hombre, forma parte de nuestra naturaleza y sólo puede explicarse por ella. El comercio de .los hombres aumenta su poder; el aislamiento lo impide y debilita. En ninguna parte aparece como en las grandes ciudades donde la poblaciion es muy densa. La corrí ente es ménos fuerte en la campiña, en la aldea, en las habitaciones aisladas. Un convento la percibirá, débilmente; pero no puede escapar á, su influjo. 4) Su fuerza no es absoluta. Los caracteres enérgicos, los espíritus bien templados resisten perfectamente á, sus in fluencias, y luchan á veces contra él con éxito; y ya sea independencia ú ódio, resulta al ménos de aquí que la historia del mundo no está sometida á sus leyes, y que la libertad individual desem peña tambien un papel importante. El espíritu del tiempo conmueve principalmente el de las masas; pero no se confunde con el espíritu del hombre en general. 5) Los movimientos no son en manera alguna caprichosos como las cambiantes figuras de un caleidóscopoco, sino que hay un lazo intimo entre la imágen que precede y la que sigue, un desarrollo orgánico que marcha con la série de las edades como la vida humana, que tiene reglas y leyes. El espíritu del tiempo comienza con la infancia de la humanidad; vésele en seguida en su adolescencia aparecer rebosando juventud y belleza. Despues vuelve á descender de sus alturas, decae, pero trabaja y busca con cuidado y prudencia, aglomerando materiales para tomar de repente un nuevo vuelo. Muchos filósofos modernos se han esforzado por descubrir la ley de sus movimientos. Hegel la encuentra en la marcha dialéctica del pensamiento ó del espíritu; pero esta respuesta es insuficiente, porque olvida la variedad de las fuerzas hum anal, y no siempre es el reflexivo espíritu del pensador el que mueve de este modo las masas. Fourier, por una especie de presentimiento, y Krause, por medio del razonamiento, se aproximan más á la verdad, comparando sus movimiento con las edades de la vida; pero Fr. Rühmer es el que más ha profundizado en ellas con su método psicológico. Su naturaleza nerviosa y sensible le impulsaba i ncesantemente á observarlas y á notar todos sus accidentes, llegando á calcularlas con exactitud completa.
— 90 6) Estas leyes distinguen tambien el espíritu del tiempo de la moda variable. La moda sufre sin duda su influencia. ¿Cómo había de poder librarse de ella siendo así que el espíritu del tiempo se manifiesta en el estilo de una época, en la arquitectura, en la música, en la literatura, cosas todas -cuya acciona é influencia sufre la moda en tan grande escala'? Las formas extravagantes 6 anticuadas, las trenzas y las coletas, en moda en los siglos XVII y XVIII, estaban en armonía con el espíritu de entónces . Otro tanto puede decirse de los hábitos de la Roma y de la Grecia. republicanas, resucitados por la Revolucion francesa, y de las formas severas y distinguidas del primer Imperio, tomadas del Imperio de los Césares. Pero la m.oda se deja llevar aún más de los gustos, de los convenios, de los caprichos de los centros de Sociedad, que dan el tono. No es ciertamente el espíritu de tiempo el que trae las modas caprichosas, y á veces raras, de París y Lóndres; todo e . 1 mundo sabe por qué se inventó la crinolina; y la persistencia del frac negro y del sombrero da copa, durante muchas generaciones, prueba ménos los movimientos del espíritu moderno que la tiranía que ejercen las costumbres francesas. II. Pero, ¿cómo definir el espíritu del dial ¿Es simplemente la suma de los espíritus individuales de una época? Gothe se chancea cuando dice: «Autores y profesores, vuestro mismo espíritu es lo que llamais espíritu del tiempo.» Los maestros dan en efecto muchas veces su opinion como la opinion coman, ora sea que se engañen, ora que quieran engañar. Pero el verdadero espíritu del tiempo no es la simple suma de opiniones particulares, pues de otro modo no -se abandonarían los mismos hombres á sus corrientes contrarias, á veces sin cambiar personalmente de opinion, ni le W)edecerian censurándole. ¿Cómo esplicar la extraña rapidez con que se extiende, ó el punto de partida ó de apoyo que -toma ya un pueblo ya otro? ¿Podría comprenderse el lazo intimo de sus movimientos, su série lógica, su duracion durante períodos veinte veces mayores que la vida de los Individuos? Por último, ¿de dónde procedería entónces la lucha entre el espíritu individual y el espíritu del tiempo , que atormenta con tanta frecuencia á un hombre mismo? El espíritu del tiempo debe, pues, ser considerado como ano en su sér y en su desarrollo; y por consiguiente, sólo puede tener su origen en la humanidad. Si ésta es un todo
— 91 — que tiene sus aptitudes morales, su fin y su desarrollo propios, puede definirse el espíritu del tiempo: el desarrollo ordenado del alma del género humano. La historia universal, que nos muestra los progresos de la humanidad prosiguiendo orgánicamente con sus edades, y el espíritu del tiempo, son fenómenos íntimamente unidos. Este último acompaña á la historia en su marcha, y obra continuamente sobre sus formaciones. Este es, sobre todo, el que da su carácter general á las instituciones de las diversas edades. La historia es el desarrollo realizado, la serie en el pasado; el espíritu del tiempo es el desarrollo en accion. Es indudable que él sólo no determina la historia; pues si dominase como una fuerza necesaria, la vida de la historia sería análoga á la de las plantas, quedaría destruida la libertad individual, no habría iniciativa personal, todo sería producto comun del espíritu general. El espíritu del tiempo no es más que una de tantas fuerzas. Luchará, por ejemplo, con el espíritu de tradicion y de autoridad; combatirá a favor ó contra el espíritu de un pueblo, de una dinastía, de una familia, de un grande hombre. El concurso de todas las fuerzas humanas es lo que constituye ó lo que realiza la historia universal. Pero el espíritu del tiempo es una de las más importantes. La ley psicológica del progreso ordenado del género humano la desarrolla progresivamente, la perfecciona y la conduce al fin. Por ese espíritu que ha puesto en el alma de la humanidad, es como Dios conduce de lejos la gran marcha de la historia universal, é impulsa sin cesar hacia adelante al género humano. El espíritu del tiempo es, pues, algo grande, elevado, semi-divino. Es una locura despreciar sus movimientos en nombre de ciertos principios que pretenden pasar por inmutables; su movilidad misma produce las ricas variaciones de la vida comun y anima la libertad del progreso humano. III. ¿Cuáles serán, pues, en esto los deberes del hombre de Estado? 1.° Estudiar el carácter del espirita de su tiempo. Bueno es saber siempre los tiempos que corren; debe aprovecharse el momento, pues emprender un asunto demasiado pronto ó demasiado tarde, equivale á preparar un fracaso.
— 92 — El mundo actual debería preguntarse, en qué período general vivimos, y cuál es su carácter fundamental. La soiucion de esta importante cuestion, es aún demasiado oscura, por más que, en nuestro sentir, puede afirmarse que la Edad Moderna, presenta los caractéres de la juventud. La gran rueda de la historia universal, ha tomado nuevo vuelo; la humanidad no ha llegado aún á la cima de su vida. Empero los admirables progresos de las ciencias, y todo el movimiento político contemporáneo, dan claro testimonio de la virilidad de su juventud. La humanidad moderna tiene conciencia de sí misma, y quiere desarrollarse libremente. Ningun período antiguo ha sido tan rico en resultados, más racional, ni más libre. Las tendencias liberales parecen ser el rasgo principal de su espíritu, lo cual nos recuerda el genio más jóven de la antigñedád clásica, el esplendoroso brillo de Grecia y de Roma, y que se separa al mismo tiempo del espíritu ménos abierto, ménos atrevido y más sombrío de la Edad Media. El principio de nuestra gran Edad Moderna, puede fijarse desde principios del siglo XVIII, y comienza con esfuerzos infantiles, y despues sobreviene una agitacion puerilmente tumultuosa. La época de las luces (1740 á 1789), inaugura una ' filosofía filantrópica y cosmopolita. Los espíritus cultos se alejan con horror de la Edad Media, y desconocen las grandes tradicciones del pasado. Se entusiasman con nuevos ideales, y esperan la trasformacion del mundo. La Revolucion intentó realizar estos sueños; pero consiguió mas bien destruir que edificar. Educados en la especulacion filosófica, carecían sus jefes de educacion práctica. El mundo marcha, pero cayendo con frecuedcia, lo cual le arrebata muy pronto su sencilla fé en la panacea de la libertad y de la igualdad, y lo vuelve á la recta inteligencia de la historia y al respeto á las tradiciones. Por último, desde 1840; se ha prendado del principio de las nacionalidades , ménos amplio que los principios de la Revolucion; pero mejor apoyado por la historia, y más formalmente creador. Aún no hemos llegado á la cima de nuestra gran edad liberal, ni quizá, la alcancen nuestros nietos. La sociedad contemporánea se halla atormentada por las corrientes y las violentas invasiones del radicalismo, y se arroja á veces en el extremo opuesto de la reaccion. Pero se puede al ménos consig-
— 93 -- nar con gusto los progresos realizádos de un siglo á esta parte, y los que la humanidad continúa haciendo constante mente. 2.) El hombre de Estado no debe olvidar jamás el valor del espíritu del tiempo, áun cuando sea contrario á sus miras ó tenga malas tendencias, porque es una potencia con la que debemos contar, y cuyos movimientos son necesarios al progreso general. No hay duda que el hombre puede ir derecho por su camino, sin inquietarse por los vientos que agitar puedan á lamuchedumbre; pero el político no es un ermitaño ó un monge, sino que vive en medio del movimiento social, obra por los hombres y sobre los hombres, y es necesario que conozca su campo de operaciones; un piloto prudente, lo primero que estudia, es los vientos y las olas. Para luchar contra el espíritu del tiempo, es necesario obrar sin tregua ni reposo; sus aguas se precipitan por la más pequeña abertura, é invaden inmediatamente todo el buque. 3.) El favor del espíritu del tiempo, sostiene poderosamente al hombre de Estado, y legitima su audacia. Los vientos y las olas empujan á la vez su buque, se allanan los obstáculos, el movimiento diario los destruye, ó son fácilmente separados. Luis Napoleon, ántes de ser emperador, había comprendido ya la seguridad, el triunfo dé quien marchara con el siglo, y las derrotas del que fuera contra su corriente. 4.) Las ideas y las formaciones se hallan en estrecha relacion contra el espíritu del tiempo. Las ideas son siempre halladas y formuladas por el individuo; mas para convertirse en ideas del tiempo, es necesario que penetren en las masas. Un profeta, un poeta, un filósofo ó un sabio, anuncian á veces las ideas del porvenir. El hombre de Estado sólo puede pensar en realizar las ideas compatibles con el medio en que obra, y éstas serán las únicas que puedan ser entendidas y apoyadas por la mayoría. Debe guardarse, pues, de luchar contra las ideas antiguas á la manera de los románticos, pues sólo obtendr1:1. triunfos engañosos; las hostiles corrientes de los tiempos nuevos lo inundarán por todas partes, y servirá de irrision su quijotismo. Pero es aún más peligroso para él, aunque quizá tambien más glorioso, convertirse en agitador y d(-- fensor de las ideas del porvenir ántes de su. madurez, sil
- 94 — buque irá á estrellarse contra el escollo de las realidades, y todos se burlarán del piloto ideólogo. Su verdadero deber, es realizar las sanas ideas de Su tiempo, y de este modo es como se hará verdaderamente popular. La impopularidad nace generalmente de la lucha contra las ideas dominantes, que es la gran nota tónica de la voz de la nacion. Si los jesuitas son tan impopulares de un siglo á esta parte, no es sólo á causa de sus intrigas, sino porque han drclarado una guerra mortal al espíritu, á la conciencia, á las aspiraciones modernas. 5.) Toda época tiene sus preferencias para ciertas formás, lo cual no debe olvidar el hombre de Estado. Hace un siglo pudo tolerarse el absolutismo inteligente, y engendró, grandes cosas sin grandes combates; pero hoy hallaría graves resistencias, aún cuando quisiera inspirarse en las ideas modernas. Cavour tuvo antes que .Bismark el apoyo y la adhesion de su pueblo, porque supo desde el principio poner la forma moderna al servicio de las ideas nuevas, mientras que este último parece que, en un principio, quiso despreciar la forma, pretendiendo realizar el espíritu moderno por medio del antiguo régimen. La obra de Bismark ha sido más penosa y más lenta; y sólo se ganó la adhesion de la mayoría mostrándose al fin favorable á las formas representativas. 6.) Sin embargo, la realizacion de las ideas modernas no, debe ser el fin exclusivo del hombre de Estado. El poder histórico de la autoridad y de las costumbres tradicionales tienen tambien su importancia. Que el sabio deduzca de sus libros las consecuencias rigurosas del espíritu del tiempo, no tiene nada de extraño, porque esta es su mision; pero la vida real no se compone de simples líneas rectas, como la doctrina; . es necesario que agite y depure los principios para poder aplicarlos. La política práctica es un arte complicado en dónde numerosas fuerzas se encuentran, se combinan y se combaten; los miramientos, las transacciones y los compromisos son aquí indispensables. Negar toda concesion por un ciego celo por el espíritu moderno, es propio de un doctrinario, no de un hombre de Estado.
- 2 95 — CAPITULO IV. n 11MumIll CIFRA, CRECIMIENTO Y DISMINUCION DE LA POBLACION• El Estado es una comunidad de hombres; éstos, y no el país, constituyen su verdadera fuerza. Cada hombre representa cierta cantidad de fuerzas, Asi, pues, la importancia y el poder del Estado aumentan naturalmente con el número de sus nacionales, si bien esta regla no es absoluta, pues las cualidades, la cultura y la educacion de los ciudadanos desemperian tambien un papel impórtante. Los 37 millones de Franceses representan políticamente más que los 400 millones de Chinos, y los 30 millones de Ingleses más que los 180 millones de Indios. Suiza sólo tiene dos millones y medio de habitantes, ménos del uno por ciento de la poblacion de Europa; y sin embargo, nadie le dará una importancia proporcionalmente tan pequeña. Como forma masculina de la vida comun, brilla principalmente el Estado por sus virtudes viriles. Las naciones (.1( espíritu y de carácter varonil, tienen naturalmente más importancia que las masas pasivas y serviles. Así, pues, el aumento de la poblacion no es un progreso, ni su disminuciori una pérdida, sino que es necesario ver ántes si las fuerzas viriles han aumentado ó disminuido proporcionalmente. Un Estado puede sufrir un exceso de poblacion. Pero, hechas estas reservas, la cifra de la poblacion es generalmente el signo del progreso ó del decrecimiento, la politica debe observar de cerca estos movimientos. En el siglo XVIII se consideraba, por punto general, todo aumento como un bien. Despues de Malthus, se cree más bien que la naturaleza nos impulsa á la excesiva multipli cacion, y que es necesario reprimirla más bien que animarla. Sábese que, segun el célebre Inglés, crece naturalmente la poblacion en una progresion geométrica y las subsis-
— 102 — tromas, viniendo á ser de esto modo más peligrosas quo útiles al Estado moderno, que no puede, sin embargo, prescindir de ellas. La ciudad grande debe ser el cerebro de la vida comun, el espejo del pensamiento y de los sentimientos de la nacion. Aumentando desmesuradamente roba al cuerpo toda su vitalidad, y el Estado se halla amenazado de muerte á la primera debilidad de su cerebro, al primer triunfo de las masas ciegas de su capital. Las grandes chi- (Jades provinciales sirven de complemento y contrapeso a la metrópoli, y son Cambien muy útiles al Estado. El Imperio aleman cuenta 32 ciudades de más de 50.000 habitantes ; pero sólo 10 de éstas pasan de 100.000; Berlin es la única que tiene más de 500.000 (826.351, en 1871; en la actualidad cuenta 1.000.000 próximamente). Austria-Hungría sólo tiene 10 ciudades que pasan de 50.000 habitantes, y sólo 3 exceden de 100.000; Viena tenía en 1872, 901.380. Inglaterra, por el contrario, tiene 40 ciudades de más de 50.000 habitantes., 18 de. ellas de más de 100.000; y Lóndres contaba en 1871, 3.254,260. Francia cuenta 23 ciudades que pasan de 50.000,19 con más 'de 100.000 habitantes; París cuenta en la actualidad con más de 2 millones. En Italia hay 24 ciudades de las primeras, y 10 de las segundas, pero ninguna alcanza la cifra de 500.000. La Rusia europea cuenta 12 ciudades de la primera clase, 6 de la segunda y 2 que pasan de 500.000 almas (San Petersburgo tenía en 1869, 668.000; Moscow en 1871, 612.000. En Bélgica, cuatro ciudades pasan de 100.000 habitantes, y Bruselas tenía en 1869, 314.077 habitantes; en los Países Bajos hay 4 ciudades que tienen más de 50.000, y 2 de más de 100.000; España tiene 9 l ciudades de la primera clase y 3 de la segunda; Portugal y Suiza tienen sólo 2 cada una, de más de 50.000 habitantes; Dinamarca una sola, pero cuenta 181,291. Turquía tiene 6 ciudades; de más de 50.000 y una de 600.000 (Constantinopla). Los Estados-Unidos cuentan 23 de la primera clase y 13 de la segunda; Nueva-York tiene cerca de 1.500.000 habitantes.
— 103 — CAPITULO V. LA FAMILIA Y LAS NACIONES EUROPEAS. La Europa moderna difiere considerablemente de la anligua y de la feudal. La Europa antigua había producido la civilizacion grecoromana y el imperio universal de Roma que se extendía sobre toda la Europa meridional y sobre la mayor parte de la central. Distinguíase perfectamente el Oriente griego del Occidente latino; Roma y Constantinopla habían venido á ser ambas capitales; dos lenguas se dividían el Estado, y dos pueblos diversos se encerraban en su seno. Pero en el fondo, el imperio greco-romano continuaba siendo un poder político único con una misma civilizacion. No tenía más que una religion, el cristianismo; un solo derecho, el derecho romano. En la Europa feudal, el Occidente latino se separó más exactamente del Oriente griego. La antigua unidad, rota definitivamente, sólo ha continuado de nombre por el título de emperador romano que tomaron los reyes alemanes. Formáronse en Occidente nuevos reinos, principados y repúblicas poderosos, dominando en ellos el elemento germano; sin embargo, la Iglesia continuó siendo latina y venera todavía en el Pontífice á su jefe espiritual. El Oriente, por el contrario, ha venido á parar á la ruina. Rusia estuvo durante siglos en poder de los Mogoles; Grecia y Esparía fueron presa de los Mahometanos. La educador' política era insignificante; los tendencias religiosas lo dominaban todo. La Europa moderna tiene fases muy variadas. Pueden distinguirse por la raza tres grandes familias de pueblos; los Romanos (greco-latinos), los Germanos y los Eslavos. Todos tienen un origen comun; todos pertenecen á la gran rama de los Arios, tan bien dotados para el Estado; pero los tres estan más ó ménos mezclados, sobre todo en Orienite, de elementos no ários.
- 104 — Los pueblos latinos han recibido todos un gran refuerzo de sangre germana; numerosos elementos eslavos y celtas han pasado tambien á la raza germánica, y hasta la sangre finesa desempeñan un gran papel en Rusia. mogola y Los principales pueblos no arios de Europa son: 1) Los Mag Ijares, que dominan en Hungría, pero que están estrechamente unidos á poblaciones alemanas y eslavas, y á los cuales ha civilizado la cultura alemana. 2) Los Turcos que, á pesar de su mezcla de sangre griega, continúan siendo extraños al resto de Europa por el Islam y por su civilizacion asiática. 3) Los Julios semitas, esparcidos y dispersos por todas partes, sin Estado nacional, asimilados en su mayoría á los diversos pueblos. Sólo en la Europa oriental, en Rusia. y en Austria es donde se encuentran en grupos importan tes, pero su autoridad se deja sentir aún allí donde son poco numerosos y se hallan dispersos. La banca, el comercio y hasta la prensa, están en una gran parte en sus manos. 4) Los Fineses y los Lapones de Suecia. 5) Los Lettes de Prusia y de Rusia. 6), Los Arnotas y los Albaneses de Turquía. 7) Los Bohemios errantes, especialmente en el Austria- Hungría, no tienen más que una importancia secundaria en la política europea. I. Las naciones latinas dominan en el Sud-oeste, en cuatro grandes Estados, que tienen cada cual su civilizaclon : 1.° Francia, con más de 37 millones de habitantes, el Esado más poderoso del continente en los últimos siglos y ántes-de la creacion del nuevo Imperio aloman; 2.° Italia, con (cerca de 27 millones de habitantes), unificada y gran potencia desde hace poco; 3.° España, con 17 millones de habitantes; Y 4.° Portugal, con 4 millones de almas: total, 85 millo--; nes de habitantes. Pueden añadirse á éstos, hasta cierto punto, Bélgica, en donde los Franceses están mezclados con los Flamencos germanos, y los cantones franceses de Suiza; por último, los Rumanos de las orillas del Danubio. La civilizacion de todos estos Estados se enlaza estrechamente con la antigua civilizacion del Imperio romano. Los elementos germanos que dominaban en la Edad Media
— 105 han sido poco á poco absorbidos y latinizados; la clase media ha reemplazado á la nobleza germánica; las lenguas romanas, hijas de la lengua latina, reinan allí casi universalmente. París ejerce desde hace siglos una influencia considerable en el dominio general de las ciencias y de las letras, y sobre las costumbres de la sociedad europea. El arte italiano ha seguido una marcha nacional y gloriosa, y la ciencia italiana se ha desembarazado dala tutela francesa. Los pueblos latinos son todos católicos. Su religion tradicional los une á Roma y al Pontificado; pero la unidad religiosa sólo reina allí en la forma, pues la revolucion y la crítica han quebrantado su fé. Las clases instruidas aparecen indiferentes y á veces hostiles á la auto' idad del sacerdote; las masas salen de la supersticion para caer en la incredulidad. Estos pueblos se distinguen desde hace mucho tiempo por su espíritu público y político; pero sus pasiones, facilmente excitadas, los llevan muchas veces desde la sumision servil á la licencia. Tienen un sentimiento muy delicado en las formas, que proporciona á los Italianos triunfos artísticos, y asegura á los Franceses el cetro del buen gusto y de la moda. Sus maneras son amables é insinuantes áun en las relaciones públicas; tienen artistas hábiles y brillantes oradores; su imaginacion es rica, su dialéctica sutil, su lenguaje claro y expresivo. Poseen los países más bellos de Europa, aman á su pátria, emigran poco, y son más sedentarios que los Germanos; pero quizá han pasado ya los mejores tiempos de su poder y de su gloria; son pueblos viejos, cuyas fuerzas se han consumido en parte. Napoleon I intentó en vano reunirlos en una sola familia política bajo la direccion y el supremo protectorado del imperio francés. II. Los pueblos germánicos, que ocupan la Europa occidental al Norte de los Alpes y de los pueblos latinos, forman un gran número de Estados y se hallan ménos compactos que estos últimos. Cuentan unos 77 millones de almas; pero su poder político se extiende á 120 millones. Sus príncipes y su nobleza gobernaban en la Edad Media muchos países latinos. Los Germanos de nuestros tiempos reconocen y respetan la plena independencia de los demás pueblos. Sus lenguas son arias por su origen, y emparentadas
— 106 — tambien con las d g s grandes lenguas clásicas; poro tienen una construccion y un carácter especial, 3 r no se derivan de estas últimas. Sin embargo, sufrieron los Germanos durante mucho tiempo, en el curso de la Edad Media, la influencia de la cultura latina en la religion y en la Iglesia, en el derecho y en el Estado. Su civilizacion es, pues, á la vez germana y latina. La Reforma religiosa es una obra germánica, y sobre todo, alemana. La Edad Media había visto á nuestros emperadores disputar á los Papas el imperio del mundo, y salvar á Europa de una teocracia universalmente amenazadora. La sinceridad, el amor á lo verdadero y la independencia de espíritu del Germano debían destruir tambi en el poder autocrático de Roma en la esfera religiosa. Casi todas las iglesias protestantes han sido fundadas y defendidas por los pueblos germánicos, que son en su mayoría protestantes. Estos hombres del Norte aprecian más la vida interior y reflexiva del alma que las formas exteriores del culto. Los Germanos son ménos políticos, ménos amigos del Estado que los Latinos. La personalidad individual, la familia, los lazos de asociacion les interesan más que el órden público. Cuando su inteligencia aparece y aumenta, se interesan por la humanidad más bien que por el Estado particular. Fué, pues, necesario educarlos para el Estado, y sólo muy lentamente adquirieron el sentimiento del deber respecto de éste; pero han llenado la vida pública con su espíritu de independencia, y han luchado contra todos los despotismos políticos ó religiosos. La forma libre y representativa moderna tiene sus primeros gérmenes en los bosques de Germanía, como dice Montesquieu, y á las ideas y al carácter germánico son á los que las debemos propiamente. Ménos excitables y ménos apasionados que los Latinos, se moderan más facilmente. Su cólera es terrible, pero muy tardía para estallar. Su carácter es viril sobre todo. Desconocen el miedo, y se atreven á luchar contra los dioses y contra los santos. Aman las armas y son dóciles en la guerra; pero en la paz su voluntad se muestra tenaz y rebelde. En los países donde se mezclaron con pueblos más cultos menos rudos fué donde primeramente se civilizaron; así, ocurrió en Francia (Francos y Galo-romanos), en Ingla-
— 107 — terra (Anglo-sajones y Normandos), en Prusia (Alemanes del Norte y Eslavos). El Germano es emprendedor y amante de las aventuras. Viaja á lo lejos y recorre los mares en todos sentidos; funda por doquiera establecimientos y colonias, y ha esparcido la raza aria por todo el mundo. Más los diversos Estados germánicos viven cada cual por su parte, sin un lazo que los una. La idea de una misma política coman les es completamente extraña, y les parece apénas razonable. Pueden distinguirse: 1) El Imperio aleman, conocido primeramente bajo el nombre de Confederacion del Norte, despees ha aumentado por la union de los Estados del Sur, y ha sido definitivamente establecido en 1871. Comprende veinticinco países diversos con una poblacion total de más de 41 millones de almas. Alemania ha venido á ser así una potencia de primer órden, agrupada en derredor de Prusia, que es hoy la primera de las potencias alemanas. Lo que ambiciona no es dominar al mundo, sino ser un Estado moderno, en la verdadera acepcion de la palabra; asegurar las libertades públicas, y especialmente la libertad individual de pensar, conservando, sin embargo, una organizacion militar y una monarquía fuertes. Una tarea difícil se impone al nuevo imperio, á saber: la de conciliar y fundar las numerosas oposiciones de protestantes y católicos, de Alemanes del Norte y del Sur, de nacionalidad y de particularismo, de pueblos y de dinastías. Por lo demás, no encierra sino elementos extraños insignificantes, (Eslavos Dinamarqueses y Franceses). El Austria-Hungría pertenece al grupo germánico, por su dinastía, su administracion, su civilizacion general, la 13' lengua de uno de sus dos Reichstags, y la preponderancia marcada de los Alemanes en el grupo cisleithano. Cuenta un total de 36 millones de habitantes, 20 de los cuales pertenecen á este último grupo, y unos 15 próximamente,—de los que un 36 por 100 son Magyares,---á la Corona de Hungría. Los Alemanes forman aquí el 11 por 100 de la poblacion; allí el. 36. En l'estimen, la mayoría en el imperio es de raza eslava (Eslavos del Norte y del Sur). Las naelonalidadts están muy mezcladas, resultando de aquí ea dichos Estados las dificultades que son consi guientes
— 108 3) Suiza contiene tres nacionalidades distintas, pero la alemana domina históricamente y por su número. Los Suizos alemanes forman casi las tres cuartas partes de sus 3 millones de habitantes. 4) Tambien Inglaterra está muy mezclada; sin embargo, juegan un papel ménos importante los elementos celtas é irlandeses que los elementos anglo-sajones. Sus 31 millones de habitantes dominan en las cuatro partes del mundo inmensas y numerosísimas colonias. Si la Alemania actual es quizá la pot , mcia militar más fuerte del continente, Inglaterra es indudablemente la potencia maDitima mas* poderosa del globo. 5) El reino de los Países-Bajos, con sus 3 millones de habitantes próximamente, es completamente germánico; pero su civilizacion ha sufrido profundamente la influencia francesa. Los tres reinos escandinavos: 6) Dinamarca, con un 1.800.000 habitantes; 7) Suecia, con 4.250.000; 8) Y Noruega, con 1.750.000, son todos protestantes y germánicos; pero su lengua, su historia y su constitucion política los separan de Alemania. III. Los pueblos eslavos ocupan el Oriente de Europa, y forman una transicion entre ésta y Asia. No hay en la actualidad nada más que un Estado eslavo, propiamente dicho, pero es un Estado enorme, poderosísisimo. El Imperio ruso cuenta más de 71 millones de habitantes en Europa y más de 11 millones en Asia. Los Mogoles dominaron en él como dueños durante muchos siglos, y la sangre finesa y tártara se ha mezclado mucho con la sangre ario-eslava. El elemento germano tiene allí políticamente alguna importancia, á causa de las alianzas de la casa de Rusia con las dinastías de Alemania, y en razon del número de. generales y de hombres de Estado que las provincias alemanas de Rusia han dado al imperio. La alta sociedad sufre la influencia de la civilizacion y de las letras francesas, así como de las costumbres y modas de París. La religion es más poderosa en Rusia que en nuestro Occidente, pero la ciencia lo es ménos. Los pueblos latinos son católico-romanos, los Germanos protestantes, los Rusos son católico-griegos. La iglesia rusa está muy unida á las costumbres , á los ritos y á las ceremonias tradiciona-
J1 i 't fiJ — 109 — les; pero léjos de presentarse como rival del Estado, como la Iglesia romana, se inclina ante el poder del Czar. La dignidad de patriarca no ha vuelto á proveerse desde Pedro el Grande. La Iglesia, cuyo protector y jefe exterior es el emperador, está gobernada por un Senado nombrado por éste. Este vasto imperio, asentado á la vez sobre las masas y sobre la autoridad absoluta del Czar, es el gran represente del panslavismo. Atribuyénse á éste ideas de fraternidad y de paternal autoridad; así es que el poder tiene en Rusia algo de patriarcal y de teocrático, especie de transicion entre Europa y Asia. El Eslavo recibe fácilmente las impresiones exteriores, es más receptivo que acreedor, y está más dispuesto á obedecer que á obrar por propia iniciativo. Es generalmente tranquilo, benévolo, pacífico, pero la pasion lo convierte en violento y salvaje. Las masas es- ' lavas de la Europa oriental están todavía muy incultas. Distínguense en Rusia los Grandes y los Pequeños Rusos y más especialmente Rusos y Polacos. Sabemós la a veces gloriosa y á veces triste historia de Polonia, rival de Rusia durante mucho tiempo y repartida despues entre las tres grandes potencias. Los 5.500.000 Polacos de Rusia se aproximan más á los pueblos occidentales por su religion católica y por su civilizacion que ha sufrido la influencia francesa; pero los jesuitas han ejercido sobre ellos una accion funesta, y sus divisiones é indocilidad los han perdido. Los grupos norte-eslavos de los Tchecos, Moravos, Slovacos, en Bohemia y en el Austria alemana, y el de los Rutenos en la Galtzia y la Hungía, y las tribus sud-slavas de los Slovenos y de los Kroatas, están más ó ménos asimilados á los Alemanes en Austria-Hungría. Casi la mitad de los habitantes de ésta son Eslavos; pero su carácter principal es más bien aleman.
- 110 -- CAPITULO VI, LAS DINASTÍAS DE EUROPA. El estudio de las dinastías facilita la inteligencia de la política y de las escuelas constitucionales; porque al lado de la política nacional, que saca principalmente sus fuerzas de la opin ion pública y de la nacion, está, la politica dinástica, que se inspira sobre todo en las tendencias de la casa reinante. La mayor parte de las dinastías actuales se remontan hasta la Edad Media, en cuya época fué cuando los numerosos príncipes de Alemania conquistaron su elevada posicion heriditaria: pero en la actualidad van decayendo muchas de ellas, otras han caído por completo, y se confunden con la alta nobleza. Son muy raras las dinastías que deben su nacimientos su ele vacion á los tiempos modernos. No es, pues, extraño que los recuerdos de poder y de grandeza feudal estén todavía tan vivos en las córtes, tanto más, cuánto que la nobleza tiene tradicciones y recuerdos análogos, y forma la camarilla habitual de los soberanos. Pero estas reminiscencias tienen el doble inconveniente de impedir el progreso y debilitar la autoridad real, poniéndola en lucha con el espíritu del tiempo y las necesidades actuales. Los Habsburgo-Lorena y los Borbones eran en los siglos precedentes las dos casas rivales más poderosas de Europa. La primera reinaba hereditariamente sobre nuestros países del Sur de Alemania, sobre Austria, Bohemia, Hungría, Bélgica, y sobre algunos principados italianos, y durante algun tiempo, hasta en España. La doble corona. de rey aleman y de emperador romano le daba en Europa el título y rango más elevado. Pero despues de la guerra de Treinta años, adquirió su rival gran poder é influencia, llegando á reemplazarle en España y hasta en Italia. Luis XIV era más poderoso que el emperador.
— 111 El amor al absolutismo tradicional y la resistencia al torrente de la vida moderna del que debieron ser los guías, les han hecho perder el gobierno del mundo. La una perdió sucesivamente á España, Bélgica, Italia, y por último, hasta la misma Alemania; en la actualidad se halla reducida á su reino austro-húngaro. La Ora, más desgraciada aún, ha perdido á Francia, Nápoles y hasta á España durante algun tiempo, y no tiene en parte alguna, ni aún en la misma España, asegurado el poder. Por el contrario, las dinastías que han sabido dar oídos á las reivindicaciones modernas, y marchar de acuerdo con el espíritu del siglo, han conseguido los triufos más brillantes, por ejemplo, los Hoherizollern, en Prusia y Rumania; los Holstein-Gottorp en Rusia; los Coburgo-Got- tha, en Inglaterra, en Bélgica y en Portugal; los Holstein- Sonde7-burgo en Dinamarca y en Grecia, y los Carifianes, en Italia. Alemania es el gran vivero de las dinastías europeas. La mayor parte de ellas, son de origen aleman. Los Borbones, los Cariñanes, los Bernardotes y los Napoleones, son casi las únicas excepciones. Pero las familias alemanas que han subido A. los tronos extrangeros, han sabido tomar la nacionalidad de sus súbditos, y se han convertido en ingleses, rusos, holandeses, etc. Las dinastías están unidas por numerosos lazos. La fecundidad de Alemania en familias de príncipes, tiene todavía hoy su importancia bajo esta relacion. Estas alianzas engendran una especie de extenso parentesco, que sin destruir todas las rivalidades antiguas despierta en los pueblos el sentimiento de su comunidad. No puede aspirarse en nuestros dias á una política especialmente dinástica, pues está en contradiccion con el Estado moderno, subordinarla el interés público al de familia, la conducta política á los odios y á las simpatías de los príncipes. Pero una dinastía que se apoya en la nacion, el espíritu público y el sentimiento nacional, puede invocar tambien los sentimientos de familia y de parentesco, y emplearlos admirablemente en bien del Estado y de la humanidad. El parentesco de las dinastías, ha impedido mas de una guerra, y ha apresurado más de una paz.
—.118 puesto por un señor. Las leyes de la monarquía absoluta son á veces letra . muerta; las de un país libre son generalmente obedecidas. La autoridad no rechaza el exámen ni la crítica, si no cuando ésta pone en movimiento una fuerza, en cierto modo física, para llegar á un resultado que no podría conseguir de' otro modo, como por ejemplo, las órdenes que un ,jefe da (t un polizonte, ó el capitan á un soldado. Y, sin embargo, tambien aquí se muestra la diferencia de la obediencia maquinal y de la obediencia humana. El sentimiento del honor constituye en el ejército prusiano un poder moral que debe respetar su misma rigurosa disciplina, y . que enaltece al. soldado. El amor á la gloria entusiasma al soldado francés. Austria puso en descubierto los defectos de su sistema. mecánico, cuando en las guerras de Italia quiso 'que Mandasen sus regimientos italianos generales alemanes. Un ejército que no piensa, busca la muerte sin murmurar, pero es inepto en la crisis que exigen fuerzas morales. El esclavo todo lo hace por temor; el hombre libre da de buen grado cuanto le es posible. Por lo demás, la coaccion sólo pertenece al Estado en su territorio. El principio de la autoridad sólo tiene valor en las relaciones internacionales para los principios indiscutibles del derecho de gentes. II. Comprendemos bajo el nombre de medios de cultura todas las instituciones que el Estado crea y conserva mediante los progresos intelectuales y morales del pueblo y de la sociedad; las escuelas públicas de todas clases, las colecciones y los museos, las academias, la educacion pollea, militar ó técnica. Una nacion culta es más exigente y más dificil de gobernar que una nacion inculta; pero su gobierno puede tambien hacer más y mejor,.y encuentra siempre en ella abundantes recursos,
— 119 — CAPITULO Hl. B.—Medios fisieos. Fuerza y riqueza. El gobierno dispone de dos clases de medíos físicos: la economía política y la fuerza. 1. La primera indaga los medios económicos del Estado,-y se esfuerza en desarrollarlos. El Estado gasta las rentas de sus propiedades, cobra impuestos, contrae empréstitos con arreglo á las necesidades públicas, cuyos medios podemos denominar financieros. El Estado favorece las transacciones y el cbtnercio, mediante trabajos é instituciones útiles á todos, como las carreteras, los ferro-carriles, los telégrafos, los correos, las bolsas, etc., etc.: estos son medios de utilidad general. - Expongamos sobre ello, algunas máximas. . a) El poder rentístico ó financiero del Estado, no se funda ya, como en la Edad Media, sobre extensos dominios ó sobre los tributos reales que gravaban á los .poseedores de inmuebles; ni áun como se ha creido en el siglo pasado, y corno quieren hoy todavía los socialistas,. sobre el monopo L -lio del comercio ó la fabricacion pqr el Estado (los talleres nacionales), sino principalmente sobre la renta imponible y las prestaciones de la poblacion. b) El Estado no debe emplear en tiempo de paz toda la fuerza tributada de los particulares; pues en otro caso, ¿qué .iba á, hacer en tiempo de guerra? Los impuestos deben ser distribuidos de modo que perjudiquen lo ménos . posible al bienestar p articular. El hecho de que los impuestos sean reducidos ó no existan, no siempre es una buena -señal, sino que que indica las más veces una civilizador' atrasasada ó un gobierno poco arraigado ; pero es aún peor que por lo excesivos obliguen á la poblacion á renunciar á sus goces habituales, y traigan consigo numerosas ejecuciones. Una moderacion prudente en los impuestos, está en interés de todos.
— 120 — e) Deben cubrirse los gastos ordinarios por medio de rentas fijas y no en ma,nera alguna por medio de empréstitos; pero tambieu puede ser peligroso exigir de repente los impuestos y recursos extraordinarios que haga necesarios la guerra ó algun trabajo excepcional, corno los ferro-carri- les por ejemplo. No debe gravarse injustamente á los contemporáneos en beneficio de las generaciones futuras, y en estos casos es cuando debe recurrirse á la amortizacion y al empréstito. d) Elcrédito delEstado se funda principalmente; 1. 0 , en la renta imponible conocida; 2.°, en un presupuesto claro, bien ordenado y nivelado; 3.°, en la confianza que inspira el gobierno. e) Ciertos recursos económicos pertenecen á veces concurrentemente al Estado y á las asociaciones privadas; habrá por ejemplo, correos , ferro-carriles y telégrafos particulares al lado de los del Estado. Sin embargo, el interés publico y aun el interés internacional, se halla tan íntima mente unido á estas materias, que triunfa generalmente el sistema de su explotacion por el Estado. La fuerza rentística del Estado aparece, en fin, en el procedhnieuto jurídico empleado para hacer efectivos los impuestos, y las ejecuciones y embargos que son su consecuencia. 2. Cuando los medios suaves son insuficientes, puede el Estado apelar á la fuerza directa c) física. Esta se ejerce principalmente por medio: a) de las penas; b) de la policía; e) del ejército. . La policía y las penas se refieren principalmente á las relaciones interiores; el ejército á las exteriores. El derecho penal regula el ejercicio de la fuerza que se ha de emplear con el criminal; los reglamentos de policía, la fuerza que ha de emplearse por éstai y el derecho internacional la que debe emplearse por el ejército. El Estado hace respetar su autoridad por su gendarmería, sus guardias, sus agentes y sus establecimientos penitenciarios; y muestra su fuerza suprema por el ejército. Pero cualquiera que sea su forma es indispensable: 1) Que todo empleo de la fuerza sea arreglado y determinado por el derecho; 2) Que los agentes de la fuerza pública est(u sólo al s'ervicio de la autoridad pública.
121. --- Esto es cierto aún respecto del ejército, pues éste está al servicio de la política del Estado, y no la política al servicio del ejército. El régimen de los pretorianos es incompatible con el Estado moderno. La misión del ejército es manifestar en toda su energía - la fuerza del Estado, y, como toda ejecucion, esta MiSi0 , n es secundaria por su naturaleza. Al gobierno político es á quien corresponde indicar el fin que ha de prosegnirse, los medios pacíficos ó violentos que deben emplearse; pues al cerebro es á quien corresponde dirigir el movimiento del brazo que hiere. Los diferentes medios de accion del Estado se hallan ordinariamente confiados á órganos públicos y especialmente al gobierno. 'fp
— 122 — CAPITULO IV. II.-- , Poder de ia, naden. A. La. opinion pública. Ciertos jefes ó ciertos hombres de Estado gozan á veces, aunque no ejerzan funciones públicas, una autoridad política considerable, que contraresta, hasta cierto punto, la del Estado. Puede citarse al ministro prusiano baron de Stein, proscrito por Napoleon I: á ()Tonel' en Irlanda, y á Garibaldi en el movimiento nacional italiano. Pero el mayor poder en tal sentido es el de la opinion pública, el cual ha aumentado desde hace un siglo en proporciones enormes, y que no pueden negar ni aún sus mismos detractores. Todo hombre de Estado se ve hoy obligado á contar con este «nuevo poder,» autoridad para las muchedumbres y objeto de estudio para el sábio. En lo que principalmente, se apela á la opinion pública es en materias políticas y sociales.. Ora surja una nueva religion ó se prepare una gran reforma religiosa, si las masas se precipitan con entusiasmo por este nuevo camino, decimos: el celo ó el sentimiento religioso es el que los arrastra> y no invocamos la opinion pública; pero si se generaliza una tendencia política, aunque vaya contaminada de pasion, exclamamos al momento: esta es la opinion; y es porque la opinion supone siempre cierta libertad de juzgar, posible en las cuestiones sociales, pero difícil para las masas en las cuestiones religiosas. No puede existir una opinion pública allí donde no se piensa ni. se razona; es una expresion y un carácter de una civilizacion liberal y avanzada. No lo ignoraban los antiguos cuando decían «vox populi vox Dei;» pero en el desmoronamiento de la Edad Media no podía la opinion dejarse sentir á no ser en los círculos restringidos de un órden ó de una asociacion. Los bárbaros no la conocían; el despotismo la niega y la sofoca. La opinion pública no es la opinion del poder, al cual sc,
— 123 — resiste con frecuencia, ni la de los sábios, que siguen gene ralmente caminos aislados, desconocidos de las masas ó inaccesibles -á sus pasos; . es principalmente la opinion de las clases medias -que , pueden juzgar con independencia. Nace en. la sociedad con el comercio de los hombres:; y desde aquí se extiende por mil caminos á las familias y á las masas, llevada principalmente por la prensa que contribuye por su parte á formarla. Sería exagerar llamarla infalible y soberana. La opinion pasa de un extremo á otro, quema lo que poco há ad.oraba, juzga superficialmente por .apariencias, se deja extraviar por las pasiones y por los artificios. El sábio juzga por punto general mejor que ella; pero aun en sus extravíos continúa siendo un poder inteligente y: moral. Cuando apoya al poder, dispone los espíritus á obedecer, é hinche las velas del buque con su poderoso aliento. Si lo combate, le crea mil obstáculos; y su resistencia sorda y elástica como la del algodon detiene •en los Confines de la vida social el impulso vigoroso que le ha dado. • El hombre • de Estado debe, pues, contar con ella, ailn cuando la desapruebe, sino por su verdad, al menos por su poder. Es necesario que se esfuerce en ilustrarla, en cons;;- guirla, y hacerse un aliado de un adversario tan temible. Por lo demás, no es un poder activo: no engendra el pensamiento creador, sino que le recibe, se apodera de él y lo extiende; crítica y comprueba, pero no gobierna, y sólo abandona este papel cuando el gobierno choca con la 'ardiente oposicion de las masas, y la lucha ha inflamado las pasiones, en cuyo caso puede trasformarse en resistencia abierta y apoyar una política revolucionaria. Toda forma elevada de Estado y de derecho se funda, en último término, en la conveniencia general de la nacion. Dios nos ha dado á todos la misma conciencia y la misma razon fundamentales; y esto es lo que permite á la nacion tener una opinion de lo justo y de lo injusto, de lo útil y de lo perjudicial. Expresion de la conciencia general es, pue s , la opinion públicatan respetable como importante. «La opinion pública, dice Niebnhr, es la que, á pesar de la diferencia de los individuos y de las situaciones, nace en todas las almas no prevenidas por las influencias que pueden extraviar á los que se encuentran en el poder; cuando llega á ser unánime, no es el simple eco de un «se dice,»
— 124 -- s'II° que puede considerarse corno la expresion del sentido eomun y de la verdad, como la voz de Dios.» Puede comparársela con el veredicto de un jurado, 6 con el coro de la tragedia antigua, que contempla los actos y los sufrimientos de los personajes del drama, y expresa en alta voz los sentimientos de la conciencia humana. La opinion nace de una infinidad de impresiones diversas, (le observaciones dispersas, de conversaciones en los círculos mas variados. Toma las formas mas distintas en la familia, en el salon, en el club, en las reuniones de todas clases, en las manifestaciones públicas, en el teatro, en los libros, y sobre todo, en la prensa y en los debates parlamentarios, que son en cierto modo sus intérpretes oficiales. Marcha •a veces á la aventura, pero es ilustrada por los hombres sinceros é instruidos. Cuanto mejores son la . educacion general y las escuelas públicas, más nacional y libre es lavida política y se hace más racional y segura. Por lo demás, la opinion se encuentra en una dependencia demasiado estrecha del espíritu del tiempo. Nada puede • resistírsele cuando se halla en el apogeo de su vuejo, y se • dirige hácia un fin de interés general. Sin ser un poder del Estado, se convierte entónces en poder público.
— 125 — CAPITULO V. B.—La prensa. La prensa, esto es, los libros, losfolletos, los grabados y las estampas colocadas por la imprenta al alcance de todos y en este sentido, es en el que debemos hablar aquí de la prensa política. Esta toma en sí, múltiples formas: libros, memorias, protocolos, folletos, revistas, diarios, etc. La mayor parte de estas formas sólo obran en un estrecho círculo de lectores. Los libros y las revistas, sólo son leidos por algunos hombres cultos; las memorias 'y protocolos, por los funcionarios respectivos ó por la gente de del gremio; los folletos, encuentran tambien lectores en las clases medias. Pero los periódicos se dirigen a todos; y por ellos, es por lo que la prensa tiene tan gran poder. Proclamándola libre, expresa el Estado su confianza en la fuerza de la verdad, cuenta hallar valientes campeones , y entrar en la lid para defenderla y asegurar su triunfo, y tiene razon hasta cierto punto. Mas no por hallarse en la ley, se halla siempre la libertad de la prensa en las costumbres. La Iglesia católica la rechaza enprincipio, y la amenaza y la pone obstáculos, prohibiendo á los creyentes que lean los periódicos liberales; pero aunque estuviese en las costumbres, distaría mucho de poner al lector al abrigo de toda sospecha. La prensa contribuye tambien á extender y arraigar los prejuicios, á excitar las pasiones, a extraviar á las masas. La libertad sólo existe en la apariencia en los tiempos de crisis violentas. La idea dominante se impone entónces por el terror, y sofoca toda crítica y toda oposicion, aunque Sea contra la ley y aun brutalmente. La opinion del gobierno puede expresarse por la prensa, en tres formas diferímtes:
— 126 — A) Por un diario especial, por una hoja oficial, como el antiguo Moniteur francés, el Statsanceiger prusiano. pertenece á la prensa politica, cuando Este periódico no se limita á publicar las leyes, los reglamentos, nombramientos, juicios, asignaciones, etc. Esta no es más que una publicacion de los actos de la autoridad y del poder. Para hacerse un diario polilico, es necesario que torne parte en la discusion de los negocios, que diga y motive la opinion del gobierno. Pero esto tiene muchos y graves inconvenientes. Entrando en la arena de la discusion, se compromete fácilmente la autoridad; da á las opiniones el sello de actos públicos, y turba la imparcialidad del examen. La polémica de su diario es un manifiesto ó una nota oficial. Para que la discusion sea libre, es necesaria cierta igualdad entre los que discuten, y el periódico del gobierno la empaña y la destruye con su tono magistral. Parece que quiere dominar á sus lectores, y las contradicciones que entónces surgen son mucho mas vivas. b) Por un diario semi-oficial. Este sistema es p.ún más malo. El carácter dudoso del periódico perjudica á su crédito. Halla difícilmente buenos redactores; un periodista de talento, no quiere colocarse entre las susceptibilidades del gobierno, que quiza lo desautorice, y la desconfianza del • público,, y está en una situación incierta é inestable. e) Más vale distinguir exactamente, como lo ha hecho Inglaterra, entre el periódico oficial, que no publica nada más que los actos públicos, y la prensa.libre, en la que los mismos ministros pueden escribir ó hacer que otro escriba, recibiendo sus inspiraciones, pero sólo como particular. La libertad y la igualdad, que son la luz de las discusiones, se hallan de este modo respetadas, y los hombres que dirigen, son oidos con mucha benevolencia. Un ministro, hasta puede muy bien crearse un órgano especial, que lame hacia él la atencion del público, sin comprometer al poder, ni obligarle á crearse enemigos. El Estado conserva de este modo una independencia perfecta respeto de todos los diarios, y el ministro puede, en caso necesario, escribir de incógnito en el periódico que ha elegido, y ver pasar la tormenta que han levantado sus artículos, pues no ha expresado más que una ()pluton particular. Los ministros y los gobiernos, deben estar al corriente
-- 127 de las discusiones de la prensa; pero como no tienen tiempo-de leer todos los periódicos,..necesitan quien les ayude y les señale lo que estime útil. Esto tiene sus peligros, pues muchas veces el lapiz rojo , de un . secretario intrigante ha engañado al jefe, mostrándole unos pasajes y ocultándole otros; por lo cual, creernos que tos hombres encargdos de la diréccion de los negocios, deben leer per lo ménos un par de periódicos de los principales. Los redactores de un buen periódico, son políticos de profesion, que sirven libremente la opinion pública, é intluyen sobre la vida del Estado. Una voca,cion tan importante exige notables cualidades, una educacion liberal y conocimientos profundos y extensos.. Es necesario que el periodista esté siempre alerta, que perciba las corrientes del dia, que tenga una inteligencia penetrante para descubrir los planes, los motivos y las intenciones. Todo lector exige á, su periódico que le dé inmediatamente una opinion sobre las cuestiones que interesan á veces al mundo entero. Perdónale de mejor grado el error que la vacilacion ó la incertidumbre del juicio. La actividad del periodista no reconoce tregua; su atencion debe estar siempre despierta, y él siempre pronto á emitir su juicio. Se le exige que haga la exposicion con talento y en buen sentido, que sea claro, convincente, pero nunca pesado. Sin embargo, sus mejores artículos no viven más que un dia, pues las olas, siempre nuevas del mariana, entierran á cada instante los esfuerzos de la víspera. Esta carrera atrae á muchos que nunca pueden llegar al poder, pero sólo es honrosa en los países libres. Los grandes centros, las capitales donde residen los go-- biernos, las cámaras y los jefes de partido, en donde las noticias abundan en todos los ramos, en donde se multiplican las suscriciones, son sin duda la residencia natural de los grandes periódicos, sin embargo de que la experiencia muestra que pueden tambien tener buen éxito, y quizá con más independencia, en las ciudades ménos importantes. Una civilizacion avanzada trae consigo un fenómeno peligroso, á saber : la aparicion de un periodismo hábil y profesional que, sin verdadero talento, sin amor al país, indiferente á todo, sólo piensa en explotar las impresiones y las pasiones del público. Los partidos deben tener sus órganos; pero el público
— 134 y las formas del Estado; 2.°, cuando no existe ningun medio legal de darles una satisfaccion cumplida; en una palabra, cuando hay necesidad de emplear la violencia para salir de de una situacion que se ha hecho insoportable. El único medio de evitarla, es introducir reformas oportunas y convenientes. La revolucion es el derecho natural del s u rque no puede salvarse de otro modo, de la nacion vigorosa que ha perdido toda esperanza de una reforma indispensable. Es casi siempre una violacion del derecho formal, pero dista mucho de ser un crimen, antes al contrario, se reivindica muchas veces por medio de ella el supremo derecho de existir y de desarrollarse, quebrantando las trabas artificiales del derecho histórico. Aunque realizadas por la fuerza ó por la violencia, y con menosprecio de la legalidad, fueron legítimas las revoluciones de los Paises Bajos contra la tiranía española por la libertad de sus creencias, la de los Ingleses contra lós Estuardos por sus ;libertades parlamentarias, la de los Alemanes contra Napoleon I, las de lis Griegos contra los Turcos, las de los Italianos contra Austria, las de las colonias Norte-americanas contra una tutela abusiva, las de los Franceses &struyendo un absolutismo vetusto é incapaz, y. la de Prusia ayudando al pueblo aleman á quebrantar las cadenas que le sujetaban al Austria. La historia del mundo ha demostrado su legitimidad por la grandeza y la estabilidad de los resultados. Una Revolucion legítima se verifica ordinariamente corno una poderosa cotimocion natural., la erupcion de un volean ó una tempestad irresistible. «¿Qué son las revoluciones»? se pregunta Laurent (1); «un progreso en la vida de la humanidad, que se verifica de una manera violenta; porque las pasiones humanas se oponen á la trasformacidn regularde las instituciones y de las cr e encias.» Las revoluciones artificiales casi siempre fracasan ó no fundan nada durable. Tales fueron las revoluciones que suscitaron los Franceses en muchos pueblos vecinos (1790 á 1800); la que Napoleon I intentó en España; la que los emisarios de Aústria provocaron en 1814 en Lombardía y luego en Berna; la de los cortesanos prusianos que trastornaron á Nefchatel (1) Estudios sobre la Historia de la ThIlnanidad, VII,
— 135 — en 1857. Estas revoluciones muestran su impotencia desde un principio. Es, pues, absurdo decir, con los escritores clericales, siguiendo en esto á Haller, que la fracmasoneria ha sido la que ha engendrado y dirigido todas las revoluciones de Europa. No hay duda que la revolucion no nace ya formada en el -centro del pueblo con la primera aparicion de un pensamien - to reformista, sino que se prepara lentamente, atravesando primero un . periodo embrionario. La idea nueva se apodera de algunos individuos, luego de una clase; las luchas de los partidos se propagan; las pasiones se excitan; el deseo de cambio se generaliza, el disgusto se trasforma en cólera ó en furor, y sólo entónces es cuando las masas estan dispuestas a todo, y cuando una chispa puede producir un gran incendio. Quizá•el mayor número era contrario en un principio á la revolucion; pero la vida nueva que surgió bien pronto de la antigua, logró convencerlos, y todos se precipitaron al movimiento, que se hizo ya irresistible. Los legitimistas censuran muchas veces las revoluciociones que ellos mismos han suscitado. Federico el Gradde decía con razon, que las revoluciones nacen de la naturaleza misma de la casas (1), pero todas traen consigo dolorosos sufrimientos y penalidades. Elhombre de Estado tiene, pues, C91110 primer deber, prevenirlas por la reforma, dirigirlas despues, y ponerles fin lo más pronto posible, cuando se han hecho inevitables. En efecto: 1) La revolucion desencadena las fuerzas naturales que una situacion política normal ordena y mantiene en .justas relaciones: desde este momento las pasiones violen- , tass no tienen ya freno. No hay duda que en ciertas revoluciones se nota un ardiente amor á la patria; un valor heróico, el entusiasmo de las libertades públicas y una noble y generosa fiilantroplá. Hasta se ha notado una disminuciou de crímenes ó delitos comunes, y se han aplacado los odios y las enemistades en los dial , que han precedido á •ciertas (1). Obra, 1 p. 239 Del gobierno de Brandeburgo, 1751: «La fragi_ lidad y la instabilidad, son inseparables (le las obras humanas; las r _ voluciones que experimentan, lo mismo las monarquías que las repú Micas, tienen sus causas en las leyes inmutables de la naturaleza: es necesario que las pasiones humanas sirvan de resorte, para traer, y 110 ver constantem 7mte nuez" l3 , - 1,cnr_v.- . jone3 en este gran teatro.»
— 136 conmocione s violentas. Pero un Estado en revolucion 1-1G. ofrece garantía ni seguridad alguna, pues las pasiones pueden cambiar á cada instante la corriente. La historia esta llena de saqueos, de crueldades, de actos vandálicos y dá los asesinatos que forman su habitual . cortejo. Cuando no está dirigida por el poder mismo , es la revolucion una anarquía relativa, que pone en peligro las mejores instituciones, y la vida de los mejores ciudadanos. 2) Las revoluciones recientes han sido por fortuna pocosangrientas. Sin embargo, la revolucion de abajo, aunque sea relativamente templada, quebranta por mucho tiempo. • la autoridad del derecho y los poderes constitucionales. 3) El nuevo órden de cosas que funda, no está bien establecido en principio, porque edifica en un suelo movedizo. y poco sólido. Para que el derecho sea poderoso y respetado, es necesario que haya pasado á las costumbres. 4) Así, casi siempre trastorna la revolucion el crédito público, pues la instabilidad de las cosas despierta recelos. y temores; desaparece la confianza; languidece el comercio; muere la industria; quedan los obreros sin trabajo, y todos los intereses parecen amenazados. 5) El Estado se ve arrastrado á hacer gastos extrordidinarios. Las revoluciones cuestan caras á las rentas públicas, aun cuando no surjan la guerra civil ni complicacioneS exteriores para llevar á su colmo los sufrimientos. La revolucion dirigida militarmente y por el poder mismo, es naturalmente la que produce menor número de estos males. Es más dificil dirigir , una - revolucion que se ha hecho. inevitable, que prevenir por la reforma una revolucion que se própara. Para lo primero, se necesita una tranquilidad, una energía, una audacia poco comunes. Un hombre de Estado, puede asustarse ante una ilegalidad que se ha hechoneeesaria i y temer una responsabilidad que las circunstancias le imponen. Si esto no es siempre una prueba de bon- - - dad y de virtud, si lo es de capacidad y de talento el hacer-- se dueño de la revolucion para conducirla al camino del órden. Si es demasiado sensible . , se aparta el politico de la, revolucion; si es débil, es arrollado por ella; si es apasionado, suele conducirla á los excesos; si es poderoso, la do-- mina; si es sabio y prudente la dirige.
LIBRO «QUINTO. EL ESTADO MODERNO Y LA VIDA DEL ESPÍRITU: RELIGION, CIENCIA, ARTE. ... nn • nnn • n CAPITULO I. RELIGION Y POLITIDA.-CARÁCTER INTERCONFESIONAL DEL ESTADO MODERNO. Lareligion une el alma con Dios; el Estado une los hombres entre sí para los intereses comunes de la vida; por. consiguiente, la religion es independiente de la política, y ésta de -las autoridades religiosas. • Siempre es malo mezclarlas. La religion que domina al Estado se aparta de su verdadero objeto, que es. el amor de Dios, la santificacion del alma, y se entrega a las luchas y a las pasiones, de los intereses terrenales. La corrúpcion de. la Iglesia . romana que hizo necesaria la reforma y la accion actual de su gerarquía dominada por los jesuitas, lo prueban suficientemente. Esta religion de los sacerdotes se hace odiar ó menospreciar por las clases cultas, al mismo tiempo que hace á las masas supersticiosas y fanáticas, las engalla, las embrutece y las explota por medio de vanas esperanzas. Perc una política asencialmente religiosa ó confesional es tambien muy peligrosa. Tal era -el carácter de la política. de la Edad Media en el mundo cristiano y en el mundo musulman, y cuya marcha se ha conservado, aún despues de la Reforma, hasta mediados del siglo XVIII, y aún hasta el nuestro. Pero el Estado moderno es ya esencialmente inte rcon fesion al ,
— 138 Los cristianos de la Edad Media conocían sin duda la distincioil entre la Iglesia y el Estado, que i g noraban los musulmanes. Sin embargo, la union continuó siendo tan íntima, que la fé religiosa era en todas partes la condicion de los derechos públicos. Los creyentes eran los únicos reputados corno miembros del Estado; sólo ellos podían formar parte del tribunal popular ó de la asamblea comunal. La autoridad no tenía más alto deber que la proteccion de la fé contra todo ataque, y se perseguía á los incrédulos con'el hierro y con el fuego. Sólo motivos especiales hacían que se soportase á ciertos heterodoxos, como á los -judíos en los Estados cristianos, y á los cristianos en Turquía ; pero siempre con exclusion completa de los derechos públicos. El mismo emperador, dice el Saehssenspiegel (1, III) cae bajo el golpe de la excomunion papal, «si duda en materia de fé;» y en este caso, segun la opinion de los sacerdótes y de la mayoría de los seglares, los príncipes y los súbditos cristianos le niegan con razon la obediencia. El herege siempre. es culpable. Compréndese que los jesuitas trabajen por restablecer este sistema. Si el Pontífice infalible puede decidir en última instancia que el rey, el jefe del Estado, los dignatarios y los ciudadanos y los súbditos no profesan la verdadera fé, y si los derechos público dependen de esta suprema sentencia, el Pontífice y los jesuitas que son sus guías, se convierten en señores y jueces de todos los príncipes y de todos los pueblos.' La reforma alemana aflojó los lazos confesionales sin suprimirlos. Se había verificado la emancipacion de Roma; pero los príncipes protestantes se esforzaron á su vez en imponer • á sus súbditos su fé personal: «cujus est regio ejuw -est religio.» No vacilaron ni aún en emplear la fuerza; los padres fueron obligados a bautizar, educar y confirmar á sus hijos en la fé protestante; todos debían observar la fé religiosa; se expulsaba á los hereges y se excluía á los incrédulos de los cargos públicos. Dos confesiones dividían el Imperio y los órdenes; pero cada Estado particular permanecía exclusivamente confesional, católico ó protestante. Alemania se dividió en dos campos, el Corpus catholicortán y el Corpus evangelicorudn, la mitad del pueblo alemanse levantó contra la otra mitad; y este exclusivismo no dió ca- ?.0 ti
— 139 — bida á la iglaldad, sino en muy pocos paises, entre otros, en la Confederacion suioa. Cada canton permanecía tambien exclusivamente católico ó 'protestante. Pero el lazo federal unía á sus diputados en las dietas generales: había intereses comunes que poner á salvo; era necesario soportar á á los súbditos católicos y á los protestantes en los . bailiazgos comunes. De aquí un dualismo confesional que se imponía y que se denominó paridad. Alemania no debla tardar tampoco en entrar en esta senda. Los . dos grandes partidos que la dividían se esforzaron en vano en restaurar la unidad de la té en una série de guerras civiles y desastrosas durante treinta años; pero ninguno fué bastante fuerte para conseguir la victoria, y el tratado de \Vestfalia vino á reconocer la igualdad civil de los católicos y de los protestantes alemanes, á pesar de las protestas de los jesuitas y del Papa. Era el único medio de restablecer la paz. Sin ser un triunfo completo, la igualdad de dos y aún de tres confesiones cristianas (católicos, luteranos y reformados,) constituía ya un progreso considerable; pero la ciencia de entónces consideraba este nuevo principio como un mal necesario, y cada Estado se esforzaba en' volver á la antigua regla, llamándose esencialmente católico ó protestante, y negando la igualdad de los derechos políticos á los disidentes. El resto de . Europa conservaba, sín embargo, su principio esclusivista. El Norte escandinavo y el Sur romano se agitaban de un modo análogo, el uno en favor de Lutero, y el otro en favor de Roma. Los reyes de Francia toleraron un momento a los reformados; pero despues revocaron esta sabia medida para asegurar mejor la unidad nacional y expulsar á los protestantes, no sin perjuicio para la industria y para la civilizazion francesa. Inglaterra proseguía tambien la unidad de creencias, y el Parlamento la sancionó con sus leyes; la iglesia episcopal del Estado continuó siendo privilegiada. Esta situacion sólo se modificó lentamente. Las formaciones políticas de Alemania progresaron, y Prusia se puso pronto á la cabeza del movimiento, y el príncipe elector, Juan Segismundo (1608 á 1619), fué el primero que intentó restablecer la paz entre sus súbditos luteranos y reformados, ménos numerosos. pero cuyas creencias eran las de su casa. El Gran Elector
--- 140 (1640 á 1668) obligó despues á los pastores luteranos a moderar los excesos de su celo, y á respetar el principio político de la igualdad. Por último, Federico el Grande se desligó por completo de todos estos lazos, y fue el primer príncipe que proclamó el gran principio moderno. Es muy conocida su fórmula popular; «en mi reino, cada cual se salva á su manera,» y supo ponerla en práctica aún en las provincias católicas que conquistó, protegiendo su fé con la misma autoridad que la de los luteranos y la de los reformados. Los acontecimientos que siguieron rompieron la unidad confesional en casi todos los Estados Alemanes. Baviera, completamente católica, sé aumentó en una tercera parte con súbditos protestantes. Wurtemberg, protestante, adquirió muchos principados católicos. La dinastía badenesa : reunió, muchas poblaciones católicas á su reducido territorio protestante, y las secularizaciones, las mediatizaciones y las anexiones trajeron consigo mezclas de todas clases. Por último, el acta de la Confederacion del Rhin, y despues el acta federal de 1815, vinieron á garantir la igualdad política de las tres confesiones religiosas. Pero sólo desde 1848, es cuando se ha dado el paso decisivo, y cuando el derecho público se ha declarado independiente de la fé religiosa en toda Alemania. Judíos, cristianos é incrédulos, tienen los .mismos deberes respecto del Estado. ¿Por qué no han de tener los mismos derechos? El artículo 12 de la coustitucion prusiana de 1851, formula con exactitud el nuevo principio: «Queda garantida la libertad de la fé, de las asociaciones religosas y del ejercicio público ó privado del culto. El goce de los derechos civiles y políticos, es independiente de la confesion religiosa. No puede nadie dispensarse del cumplimiento de los deberes civiles ó públicos, bajo pretexto de ejercer su libertad religiosa», El derecho público de la Alemania moderna no permite ya hablar de Estados católicos y Estados protestantes. Los Prusianos católicos, se quejarían con razon si el Estado prusiano se declarase protestante, lo mismo que los protestantes bávaros, si este Estado se declarase católico. La diferencia dogmática de los cultos tiene tan poca influencia sobre el derecho público, como la diferencia de sus ritos y de sus constituciones. Los Estados modernos no son miembros de una Iglesia, sino que se hallan fuera de todas.
-- 141 — No hay duda que en Alemania existen príncipes y súbditos católicos y protestantes, y áun á, despecho de los jesuitas, un emperador protestante; pero las dignidades imperial, real, etc., no son funciones protestantes ni funciones católicas. Todos los Estados modernos, siguiendo el ejemplo de los Estados norte-americanos, son hoy comunidades interconfesionales, es decir que, guardan respecto de . los cultos, una actitud neutral, y reunen sus diversos adictos en un -orden jurídico comun. Pero las oposiciones confesionales , distan mucho de haber perdido toda influencia en la política. El sistema del derecho no es toda la politica, sino que ésta se hace eco igualmente de las tendencias y de las cualidades del pueblo; • no puede sustraerse arbitrariamente al poder de las tradicdones; debe contar con los medios de que dispone y los obstáculos que les suscitan, los sentimientos, las opiniones, la educacion, las costumbres, los prejuicios y las posiciones. No es indiferente para el Estado, que la mayoría de .sus súbditos católicos sea impulsada á obedecer al pontífice y al clero, ántes que á la ley y al jefe del Estado, mientras 'que los protestantes oponen á la gerarquía su juicio personal y su conciencia independiente. El Estado tiene realmente un carácter, deberes y medios diferentes, segun que su poblacion es católica, protestante ó mixta. Políticamente desempeñan las confesiones su papel, áun en la actualidad, y se puede hablarcon exactitud, en este sentido, de Estados protestantes, católicos ó mixtos. Pero el Estado moderno tiene el deber de desembarazarse de estas influencias áun en su política; el de tomar por norma el principio interconfesional, y el de formar las nuevas generaciones con arreglo á este principio, á fin de que puedan entenderlo y practicarlo.
- 142 - CAPITULO IV. 1QUÉ ES EL ESTADO CRISTIANO? El Estado cristiano ha venido á ser en nuestros dias una (.sp r r:ie de aforismo conservador. Así es como el profesor Stahl, ese antiguo jefe del partido conservador, del Landtag prusiano, echaba en cara á cada instante á los liberales la intencion «de destruir el Estado cristiano ó de descritianizar el Estado». Invocar el principio cristiano, es volver á su fundador, á la más alta expresion del cristianismo. Ahora bien, en tiempo de Jesús, no había más que un Estado importante;. Jesús, sus apóstoles, y los primeros cristianos, eran todos súbditos del imperio universal de Roma. Cuando en la Iglesia primitiva se habla del Estado ó de la autoridad pública, es siempre á Roma y al emperador, .á quien se alude. No hay duda, que una gran parte de los Judíos, soportaban, á pesar suyo, el yugo romano, y que estaba aún vivo en 'ellos el recuerdo de su venerable patria, consagrada á Jehovah. Esperaban con fé ardiente ese vástago de David, que debía librar á Israel y restablecer triunfalmente el nuevo reino de Dios. Esta idea preocupaba aún á los mismos discípulos de Jesús, que esperaban que su maestro fundaría una nueva teocracia; que se haría rey y juez efectivo del universo; que los llamaría á sentarse en derredor de su trono, como los grandes dignatarios de su reino de santos. ¿Será quizá éste el ideal del Estado cristiano? Pero si Jesús aplicó á su persona la antigua creencia del Mesías, trasformándola y purificando las ideas de sus discípulos de toda a mbicion de poder y de grandeza terrenales. «El reino de los cielos, á que Jesús invita á los hombres, no es un sistema político ni una monarquía; no se manifiesta por signos exteriores; no tiene soldados ni magistrados. En las almas es donde vive y lo constituyen el sacrificio del alma á Dios, su union con él, y la beatificacion del alma por Dios mismo.
— 143 — Todos los demás fundadores de religiones, han intentado arreglar á la vez la vida pública y religiosa. Moisés y Mahoma, Manú y Confució, han tenido esta misma tendencia dominadora. Jesús, por el contrario, se abstiene escrupulosamente de toda accion sobre el' Estado y la política; sólo quiere una cosa: purificar y santificar la vida moral y religiosa; pero ignoramos absolutamente cuál sería su ideal de gobierno. No formula ninguna regla de derecho; procura no manifestar su opinion en las cuestiones políticas; rechaza todas las sugestiones de este género, y esquiva como una tentacion la pregunta capciosa de los Fariseos, diciendo: «Dad al César lo que es del César, y á Dios lo que es de Dios». Jesús no fomentó nunca la insurreccion de los judíos contra Roma, y cuando se le acusó de ser «enemigo del César», el gobernador romano no halló en él culpabtlidad 'alguna. Y sin embargo, el Imperio no era una teocracia; del pueblo y no de Dios, era de quien César hacia derivar su poder. Esta forma de gobierno causaba horror al viejo judío fanático. Jesús, por el contrario, la llamó «órden del mundo,» el poder armado de la espada, que tiene derecho á obligar á la obediencia, es de un modo esencialmente diferente al del reino ideal de Dios. Así, no es á éste ni á la teocracia judía, sino al Estado pagano y al Emperador, á quien se refiere esta famosa frase citada tantas veces por Pablo (ad Rom., XVIII, 1); «toda persona debe ser sumisa y obediente á los poderes, porque no hay poder que no proceda de Dios, y éste es el que ha establecido los que existen sobre la tierra.» En esta epístola que dirige á los Judíos cristianos de Roma, combate el gran apóstol más bien que apoya los prejuicios teocráticos de sus correligionarios. Estos estaban dispuestos á no ver en el Emperador nada más que un usurpador, de mantenerse alejados de un gobierno ejercido por paganos. Pablo les dice que lo obedezcan y . sirvan, porque el mismo Estado pagano tiene su base profunda en el órden divino del mundo y en las miras de la providencia. De este modo rechaza el Apóstol la estrecha concepcion de un Estado judío confesional y teocrático. Expresa una id f -a más elevada, á saber: que el Estado en general, y por consiguiente el Estado humano de Roma, es querido por Dios y sagrado para la conciencia religiosa.
— 150 — La Edad Media fomentó sistemáticamente esta tendencia, y la desarrolló por medio de instituciones p ermanentes, extrañas y hostiles al Estado. La vida contemplativa y dedicada á la oracion y a los ejercicios piadosos, fué considerada superior á la actividad viva del pensamiento y de las obras; la mortificacion de los sentidos, más estimable que el prudente goce de la vida; el holgazan ermitaño fué preferido al más bravo ciudadano, y el peregrino al artesano laborioso. Los votos perpétuos de pobreza y de castidad de los monges y monjas,, eran uno de los grados más elevados de la santidad. El celibato de los sacerdotes era más puro que el matrimonio de los seglares; los conventos eran colmados de privilegios y de inmunidades, y todo el clero se sustrajo á la soberanía del Estado. Es quizá, dudoso que pueda atribuirse ya al cristianismo primitivo este espiritualismo exajerado ; pero se fué extendiendo poco á poco por toda la Iglesia cristiana, y es indiscutible que ha sido fatal á los intereses económicos de la sociedad, á los progresos de la ciencia y al poder del Estado. La reforma del siglo XVI reobró contra este mal, anuláronse los votos de los monges y monjas, fueron suprimidos los conventos equiparados los eclesiásticos á los seglares, y sometidos como éstos al Estado. Los mismos países católicos entraron á su vez en este camino. El derecho comun, la emancipacion del Estado moderno de la Iglesia, la mayor extension de la enseñanza y la creciente autoridad de la ciencia debían cambiar naturalmente aquel estado de cosas. Sin embargo, no se ha destruido por completo el error. Hállasele todavía en muchos catecismos; las escuelas de los jesuitas lo propagan con ardor, y el Silabus de Pío IX lo ha convertido en un dogma. Hoy, sin embargo, es casi impotente. Las naciones modernas se han despojado de él como de un vestido ya usado; el cristianismo contemporáneo ha marchado sobre sus despojos, y aquél sólo s . 3 ha conservado en los círculos clericales. Muchas supersticiones que han acompañado desde su principio al cristianismo, ó que se han incrustado despues en él como el moho, aunque ménos fatales al Estado, distan mucho de hallarse exentas de toda tacha_ Buen ejemplo de
-- 151 son las ideas del diablo corporal, príncipe de las tinieblas, luchando perpétuamente contra el Dios de la luz para disputarle el dominio de los hombres; la imágen de los demonios girando en derredor nuestro para sorprender nuestras almas; la creencia en la aparicion de los muertos, en los espectros, en los hechiceros, en los magos, que se asocian á los poderes infernales para atormentar, espantar y extraviar á los hombres; y sobre todo, esa esperanza y ese deseo de milagros, de una intervencion directa de Dios suspendiendo á cada instante las leyes de la naturaleza. Estas supersticiónes impiden al hombre ver exacta y verdaderamente las cosas, y entender con seguridad las relaciones de causa á efecto. Cesa de distinguir lo que es naturalmente necesario de lo que es simplemente posible. Deja al cielo el cuidado de sacarle de su embarazo, le aterran los peligros imaginarios, y se nutre con esperanzas quiméricas. El enemigo real le encuentra ya débil, y la imaginacion le quita la razon. Y sin embargo, la misma Iglesia cristiana, tanto la pro- 1estante como la católica, no temen abrigar todavía hoy y mirar con tierna solicitud, como si fuera indispensable á la religion, esa antigua y tradicional supersticion del milagro, en donde se hallan muchas veces desfiguradas las antiguas visiones de los Persas, de los Romanos, de los Celtas y los Germanos. El milagro es todavía hoy el hijo predilecto de la fé. La ciencia moderna, exparciendo la luz sobre las leyes -eternas de la naturaleza y sobre las relaciones necesarias 'entre la causa y el efecto, ha dado un golpe mortal á estos errores. Hábil para observar los fenómenos, sabe cuán faeilmente se engallan los sentidos mal ejercitados, y cuánto agrada a la imaginacion tomar estos sue ► os por realidades. Rechaza sin reserva la idea de un milagro suspendiendo las leyes de la naturaleza, y la humanidad culta acepta hoy sus decisiones. Los modernos tienen ademas un sentimiento más vigoroso de la unidad de Dios. Los siglos anteriores lo dividian en tres personas, y colocaban á su lado una mujer deificada, su madre ó su esposa, y le oponían el diablo como una especie de dios rival. Para el hombre moderno, Dios no es un espíritu que, exterior á todas las cosas, «lo mueve todo al solo impulso de su
— 152 voluntad.» El mundo no es una creatura completamente extraña ó fuera de Dios. El sabio presiente y reconoce el espíritu divino en el cuerpo visible de la naturaleza universal. Tambien nosotros creemos que el cristianismo esta llamado á ser la religion de la humanidad viril; mas por esto, mismo es por lo que le pedimos con Laurent que se purifique de los errores antiguos que le echan en cara con razon los modernos. Estas supersticiones artificiales alejan de la religion á los hombres más importantes; excitan las burlas de un gran número, y, abstraccion hecha de muchos hipócritas, no arrastra en pos de sí más que á los imbéciles y á. los ignorantes. Aún van más lejos muchos políticos teóricos. El desinterés de las cosas terrenales que predica el cristianismo, les hace creer que es más perjudicial que útil al Estado. Segun Maquiavelo, el Estado sacaba seguramente mas ventajas de las religiones antiguas que santificaban el amor á la patria mediante el culto de los dioses nacionales. Lo mismo pensaba Rouseau cuando decía «que la religion católico-romana es políticamente tan mala, que es perder el tiempo detenerse á demostrarlo.» Porque «dando á, los hombres dos legislaciones, dos jefes y dos patrias, los sonv . te á, deberes contradictorios, y les impide poder ser á la vez devotos y ciudadanos... Todo lo que rompe la unidad social no vale nada; todas las instituciones que ponen al hombre en contradiccion consigo mismo, para nada sirven.» Pero aún el mismo cristianismo evangélico, emancipadode Roma y sometido al Estado, no deja de ofrecer segun él sus peligros: «No hay duda, dice, que en un Estado de verdaderos cristianos cada cual cumplirá sus deberes; el pueblo se mantendrá sumiso á las leyes; los jefes serán justos y moderados; los magistrados serán íntegros é incorruptibles, y los soldados despreciarán la muerte.» Pero el Estado continuará siendo débil, «porque la patria del cristianismo no es de este mundo; cumple su deber, pero con una profunda indiferencia acerca del buen ó mal éxito de sus cuidados.» Si se halla en esta sociedad «un solo ambicioso, un solo hipócrita, un Catilina ó un Cromwell, éste hallará de seguro buena acogida entre sus piadosos compatriotas.» Si el usurpador ha triunfado se hará caso de conciencia el expulsarle: será necesario turbar la paz pública, la emplear violencia, derramar sangre; y todo esto se aviene mal con
— 153 — la dulzura del cristianismo, y, despees de todo, ¿qué importa ser libre ó esclavo en este valle de miserias y de lágrimas? Lo esencial es ir al paraiso, y la resignacion sólo es un medio más para conseguirlo. «Si ocurre alguna guerra extranjera, marchan ' los ciudadanos decididamente al combate; ninguno de ellos piensa en huir... Pero ¿qué importa que sean vencedores ó ve ncidos? ¿No sabe la Providencia mejor que ellos lo que les hace falta? Imagínese cuánto partido puede sacar un enemigo altivo, impetuoso ó apasionado, de su estoicismo.. Poner enfrente de ellos á esos pueblos generosos á quienes devoraba el amor á la gloria y á la patria... Los piadosos cristianos serán derrotados ó destruidos ántes de haber tenido tiempo de conocerse» (1). Si fuesen fundados esos reproches, sería muy justo que el Estado moderno sustragese la educacion de la juventud y la vida social á la influencia de los cristianos. Inspirándose en las ideas de Rouseau es como el pueblo francés, en el período violento de su revolucion, se esforzó en estirpar la religion cristiana, expulsó á los sacerdotes, proscribió su enseñanza, y cerró sus Iglesias. Pero el mundo civilizado ha censurado severamente estos extravíos, y los mismos Franceses volvieron en sí muy pronto. Los excesos no hicieron más que allanar el camino de la reaccion religiosa, y doblaron nuevamente la rodilla como penitentes contritos ante el gobierno del Pontífice y de los obispos, y sus hombres políticos, áun los más liberales y los más dispuestos, creyeron que debían renovar su alianza con el Vaticano, y mirar la proteccion del Pontífice, aunque infalible, corno la mision de Francia ante la historia. piala que esta experiencia sirva de leccion á los demás pueblos! Es indudable que el Estado moderno no tiene interés alguno en proteger un sistema religioso exclusivo, que, inquietándose poco del bien público, desprecia la tierra para no pensar más que en el cielo; pues en lo que principalmente se distingue el mundo moderno del mundo monástico, contemplativo y ascético de la Edad Media, es en el aprecio que hace de las relaciones humanas y de los progresos de la vida social presente. Luego si la religion cristiana alejase (1) coi soc . ,1, IV, C. VIII, De la religion ciril
- 154 - á los hombres de sus deberes sociales, el Estado moderno debería considerarla como un mal. Pero, en realidad, no son los principios cristianos, sino la exageracion que de ellos se hace, lo único que puede ser un peligro, y esto es precisamente lo que debe combatirse. Así, por ejemplo, es indudable que las muchas fiestas de la Edad Media, conservadas en Roma hasta la calda del poder temporal, fomentaban la ociosidad y la pereza; pero sería desconocer las necesidades de nuestra naturaleza y los verdaderos intereses de todos, si el Estado aboliese los domingos con el pretexto de que nadie estuviera ocioso. Una vida sana no tiene sólo necesidad del diario reposo de la noche, sino que tambien necesita de tiempo en tiempo un dia de fiesta y de alegría íntima que permita reponer las fuerzas gastadas por el agitado movimiento del trabajo cuotidiano. El alma necesita un alimento ideal que no puede dar el pan con que se nutre el cuerpo. Un pueblo que pasase to-.- do su tiempo orando, moriría de un modo miserable; pero si no se cuidase para nada de Dios ni de los bienes eternos del espíritu, sólo pensaría en aumentar sus riquezas, y se consumiría en una lucha salvaje sin haber podido satisfacer su ambicion. El sabado judío y el domingo cristiano son,. pues, instituciones muy sabias, que debemos directamente á la religion, y que con mucha razon protege el Estado. Por otra parte, ¿no es el cristianismo esencialmente fiel á su mision cuando se apodera de nuestra alma para trasportarla toda hacia Dios, arrancándola por un momento á los intereses de la materia'? ¿Qué hace contra el Estado.esa religion que consuela á los que sufren, fortifica á los débiles, purifica los corazones, y nos muestra un fin ideal, inmortal y sublime? Luego su carácter fundamental no es en manera alguna antisocial; la exageracion es lo único que debe combatir el Estado. Por esto es por lo que las cuestiones dogmáticas no competen en nada al Estado. Siendo impotente para decirnos cómo debe el espíritu humano comprender á Dios, ¿por qué ha de estar obligado á conceder privilegios á una doctrina que pretende ser la Única ortodoxa? Se puede, pues,--ser libre pensador á la vez que un gran príncipe; hombre de Estado, sin creer en la Trinidad; excelente funcionario, sin pensar que la fé es lo que salva, y que las obras son inútiles.,
155 bravo soldado, sin respetar mucho los santos del calendario, y gran general sin creer en los milagros. Así mismo, un creyente sin tacha puede ser un mediano ciudadano y hasta un mal funcionario. Considerar la proteccion de la que pretende ser la verdadera fé como el primero y el más san- to de los deberes del Estado es desconocer á la vez su naturaleza política y la naturaleza no política de la Iglesia. Pero el mismo Rouseau había comprendido que el Estado, sér moral é inteligente, no puede prescindir de ciertos principios religiosos primordiales: «Los dogmas de la religion civil, dice, deben ser sencillos, pocos, enunciados con precision y claridad, y sin explicaciones ni comentarios. La existencia de la Divinidad, poderosa, inteligente, bienhechora y previsora; la vida futura, la felicidad de los justos, el castigo de los culpables - , la santidad del contrato social y de las leyes; hé aquí los dogmas positivos.» Ya anteriormente había formulado Puffendorff una exigencia análoga, cuando dice que la religion natural es indispensable al Estado. Ambos procuran, de este modo, dar una satisfaccion á la naturaleza religiosa del hombre, ó más bien, á las necesidades religiosas del Estado, ménos extensas que las del individuo. Ahora bien, el cristianismo actual encierra todos los -elementos de esa religion natural, providencia suprema, inmortalidad del alma, condenacion del mal y santificacion del órden. Su influencia y sus instituciones hacen que penetren estas verdades en el coi'azon de las masas. Ninguna otra religion ni filosofía podría adquirir una autoridad tan -alta. Combatiendo (5 negando la fé cristiana, se quebrantarían ó aniquilarían quizá estos fundamentos religiosos del órden político; y esta es la razon más poderosa para que el Estado la sostenga en sus principios esenciales. La creencia en Dios es el gran principio de que todos los demás dependen. El Dios de los cristianos no es una divinidad meramente nacional, como los dioses paganos ó el Jehováh de los Judíos. Su poder y su amor se extienden á todas sus creaturas, y no se le puede rendir homenaje sino respetando la dignidad humana. Ha determinado los fines de la humanidad, subordinándoles los de los Estados y los de los individuos. El Dios del cristianismo no es tampoco imperioso como el del Islam; los hombres le llaman su pa-
— 156 — (lre, ama á sus hijos, y les ha dado libertad. Tampoco es la inflexible necesidad de las cosas, sino un espíritu consciente, fuente del alma humana, que la vivifica y comunica libremente con ella. Ha ordenado á los hijos de los hombres adquirir la perfeccion, como su padre que está en los cielos. ¿Quién puede dudar de que esta fé ennoblece y fecunda el Estado? La moral cristiana es tambien una herencia preciosa. para la humanidad. Es posible que haga poco caso de las virtudes políticas, y que tenga necesidad de ser completada bajo esta relacion; pero nada impide llenar esta laguna, y hasta suministra excelentes puntos de apoyo para ello. Por último, ejerce sobre las masas una saludable influencia, exhortándolas constantemente á la práctica del bien, al cumplimiento del deber, á la justicia, á la castidad, á la caridad y á la misericordia. El fuego santo del amor al prógimo que el cristianismo aviva y alimenta perpétuamente en nuestros corazones, produce frutos inapreciables. ¿Quién puede contar las buenas obras, los sacrificios, las instituciones benéficas que debernos á la caridad cristiana? La creencia en la inmortalidad del alma y en el juicio de Dios, en la bienaventuraza para los elegidos, y en el infierno para los malvados, son tambien una poderosa exhortacion al bien. Si hay algunos filósofos que, sin creer en la inmortalidad del alma, practican el bien por el bien mismo, la autoridad de la moral se debilitaría extraordinariamente entre las masas, si no tuvieran la esperanza del cielo ni el temor del infierno. Quebrantando el órden moral, se quebrantaría tambien el jurídico; la autoridad de los sábios que opusieran su creencia en la otra vida á los que la niegan, no podría reemplazar eficazmente la autoridad del cristianismo. Por último, la feliz influencia del idealismo cristiano en la vida general, es tambien inapreciable. Extiende sus rayos de luz hasta sobre los más humildes; promete á los desgraciados el fin de sus sufrimientos; ilumina con una luz celestial las penas de la muchedumbre, y fortalece é ilustra los espíritus. No hay duda que todos estos bienes espirituales, por importantes que sean para el Estado, no son exclusivamente propios del cristianismo; tambien se los encuentr a en
— 157 en otras religiones de la historia, y pueden servirles de base la religion natural y la filosofía; pero al rnénos pued e decirse que el Estado tiene el deber irrecusable de velar por la conservación de una religion que tantas ventajas le asegura, por lo ménos hasta que otra religion ú otra ciencia no hayan adquirido sobre las clases populares una autoridad tan general y persistente. Es, pues, legítimo que el Estado la respete y la proteja, que dé pruebas de apreciar su fé en Dios y su moral, que arregle á ella sus actos, en la medida compatible con los principios del derecho moderno. En este sentido, el d.erecho y el Estado conservan un carácter cristiano, aunque desligado de las trabas dogmáticas y confesionales.
— 158 — CAPITULO IV. LA RELIGION DE LAS MASAS. Ladistincion y la independencia de la Iglesia y del Es tado no traen consigo en manera alguna la indiferencia obligada del Estado respecto de la religion. Las ideas religiosas tienen tal influencia sobre toda la vida, que el espíritu, el carácter, las tendencias, las simpatías y los ódios de las masas varían generalmente segun la religion que profesan. La religion es, pues, un poder moral de primer órden, de que no puede hacer abstraccion el Estado. Toda la historia está demostrando la considerable influencia de aquélla sobre éste. El brahmanismo es el que consagró el poder de las castas. Adornando el monaquismo y la vida contemplativa con el nombre de santidad, hizo el budhismo servilmente obedientes á los pueblos. El islamismo excita á la guerra; pero mezclando siempre la politica con la religion, impide el vuelo de un derecho y de una política racionales. El cristianismo distingue sábiamente la Iglesia y el Estado, el derecho y la religion, y se muestra favorable á los progresos de la civilizacion y á las formaciones políticas humanas y con scientes. Las diversas confesiones cristianas producen á su vez efectos sensiblemente diferentes. No es Montesquieu el único que hace notar que la monarquía absoluta y la política absolutista hallan más fácilmente eco en los países católicos que en los protestantes. Algunos escritores contemporáneos, entre otros La,veleye, han sostenido que la diferencia de confesiones ejerce una influencia más poderosa que la de las nacionalidades y la de las razas (1). Compádl (1) Protestantismo y catolicismo, con un prólogo de J. Gaspar Bluntschli, 1875.
— 159 -- cese en efecto la historia de Inglaterra con la de Francia, la de los Paises-Bajos con la de España; la de la Suiza alemana con la de Baviera; la de Prusia con la de Austria; la de los Estados-Unidos con la de los Estados de la América central ó meridional; la de Suecia y Noruega con la de Italia, y será muy difícil negar que en los países protestantes ha sido donde las libertades políticas han arraigado primeramente. No hay duda que la diferencia. de confesiones está en estrecha conexion con la de las razas; los pueblos germanos tienden al protestantismo, los latinos han conservado el catolicismo. Sin embargo, los Suizos latinos, de los cantones protestantes de Ginebra, Neufchatel y Vaud, tienen una civilizacion tan adelantada y aman la libertad de pensar tanto como sus compatriotas alemanes de los cantones protestantes de Zurich, Berna ó Basilea; los cantones latinos ó germanos que obedecen todavía al clero católico, han quedado visiblemente más atrasados. Habituadas desde la infancia, y áun en la edad madura, las masas á someterse sin exámen ni reserva á, la tradicional autoridad del sacerdote y á someterle humildemente su inteligencia y su razon, no pueden mostrar más que una energía débil el dia en que tienen que luchar contra el despotismo político. Esto explica esa estrecha alianza entre el altar y el trono, tantas veces concertada para subyugar ú los hombres. Pero que tiemble el príncipe ántes de indisponerse con su temible aliado: el sacerdote sublevará las masas exclamando: «más vale obedecer á Dios que á, los hombres,» y su servil sumision se convertirá pront9 en desprecio hácia el gobierno y en tenaz insurreccion contra sus leyes. La sumision absoluta á la autoridad del sacerdote, aunque sólo sea en el dominio religioso trae, pues, consigo el desarrollo del espíritu público, y coloca á los pueblos en una inferioridad relativa. Puede surgir tambien otro peligro. Si, gracias á lá excelencia de la naturaleza humana, llegan algunas individualidades á sustraerse á este despotismo espiritual, a tomar un vuelo independiente, á crearse adictos, sobrevendrá, fácilmente una reaccion violenta, que conducirá á la negacion de toda religion y á la anarquía. De ello pueden recordarse ejemplos, lo mismo en Europa que en América. Lo cierto es que las revoluciones de las ilaciones protestantes han sido, en estos últimos siglos,
-- 262 igual ni desigual, y sin embargo, sienten la n ecesidad de tener en lejanas tierras seguras estaciones para su C omercio y para su navegacion, en lo cual puede verse un primer germen de colonizacion futura. La nacion dominante no debe olvidar que es su deber civilizar y educar poco á poco á los indígenas de sus c oloniaspero si éstos se resisten invenciblemente á sus esfuerzos', sólo ellos serán responsables de su extincion.
LIBRO DEGIVO. REPRESENTACION NACIONAL Y LEGISLACION. CAPITULO 1 EL SUFRAGIO UNIVERSAL Y SUS EFECTOS.-UN PROYECTO DE CONFIRMACION CÍVICA. El sufragio universal que llama á toda la poblacion masculina y mayor de edad á la vida pública y le confía la eleccion de la representacion nacional, ha sido proclamado por la Revolucion francesa como una conquista del derecho y del espíritu público moderno. Sin embargo, la constitucion de 1791 exige el pago «de una contribucion directa igual al ménos al valor de tres dias de trabajo,» condicion que desapareció en la constitucion de 1793: el imperio quitó el derecho electoral á los sirvientes asalariados, y la monarquía estableció un elevado censo. El sufragio universal refugióse entónces en muchos cantones suizos, y la revolucion de 1848 lo estableció definitivamente en Francia;(const., art. 26), habiendo sido acojido 4espues favorablemente por muchos Estados de Europa y de América, y recientemente por la constitucion de la Alemania del Norte (1867), que ha llegado á ser la del imperio aleman, (const. de 1871, art. 20; ley electoral del 31 de Mayo de 1869.) La extension del voto á todas las clases responde á las tendencias democráticas del siglo. Al contrario de las ideas de la Edad Media, los pueblos modernos prefieren formar el Estado de abajo arriba, apoyándolo en el ancho fundamen-
— 264 — to de las 'nasas. El sufragio concedido á todos parece una consecuenci a necesaria de la cualidad general de ciudadano del Estado, que ha. reemplazado á las d istinciones de órdenes y de clases, y un complemento natural del servicio, militar, del impuesto y de la instruccion primaria, obligatorios para todos. Y sin embargo, el derecho electoral no es un derecho, natural del individuo, como pretende el Contrato social, sino un derecho público derivado del Estado, que sólo existe en el Estado y no puede existir contra él. Como ciudadano y no como hombre vota el elector, no deriva su derecho de si mismo, de las necesidades de su existencia ó de su desarrollo personal, sino de la constitucion y para el bien del Estado. De la misma manera la representacion nacional es una. institucion del Estado destinada á elaborar y á formular su voluntad. Los diputados no son los mandatarios de los electores,. sino los representantes de la nacion, y únicamente para tener una representacion capaz de ésta, se da el voto á los ciudadanos. Este derecho no se concede en provecho de los asociados. Si el sufragio universal produce evidentemente una representacion incapaz, debe de ser abolido. La cualidad de indígena y el sexo masculino no dan por si solos, una accion sobre los negocios públicos; para tener derecho á tomar parte en la eleccion de una cámara, que debe ser. la expresion de la nacion, es necesario tener clara conciencia del valor del Estado. La capacidad de eligir es, pues, la condicion indispensable del sufragio, y es un suicidio darlo á clases evidentemente incapaces ó ineptas. La extension del derecho electoral debe hallarse en proporcion de la capacidad y de la buena voluntad de elegir bien., y mientras más generales sean éstas, más apta será la nacion para gobernarse por sí misma.. El sufragio universal sólo es realmente posible en un pue:- blo libre, culto, de carácter independiente y de un sentimiento enérgico del Estado. Los pueblos incultos y aquellos que tienen una ciega obediencia pasiva, son incapaceS' de ejercer aquel derecho. ¿Se atrevería un hombre de Eta.«- do á proponer que se introdujese de repente en Rusia & en la India? La aristocracia inglesa rechaza para la m¡sma Inglaterra este salto hácia lo desconocido; en Francia,
os ltx — 265 — las elecciones municipales de las grandes ciudades y las clericales de los campos, prueban que esta extension no deja de ser peligrosa; en Italia, el sufragio universal pondría en peligro, aún hoy mismo, la existencia de la reciente nacionalidad; y en Alemania, en fin, ha dado muy medianos resultados en muchas circunscripciones rurales, dóciles á la gerarquía. Aunque reconoce y protege la libertad y el poder del demos, dista mucho de ser siempre favorable á las formaciones democráticas, y si las asegura en Suiza y en los Estados Unidos, ha servido en Francia de base á la autocracia cesarista, de Napoleon III, y en Alemania, aunque ha sido favorable á la fundacion del imperio, lo ha sido aún más en muchos distritos al clero y á los grandes señores feudales. En general y en los tiempos normales, el sufragio universal corrobora la autoridad ya preponderante. Republicano en la república, será monárquico ó aristócrático, segun las circunstancias; pero en las crisis, cambia á veces bruscamente de direccion y pierde al gobierno que contaba con su apoyo. Tal corno se practica hoy, disuelve á las masas en sus elementos atomísticos, acumula arbitrariamente estos átomos en vastas circunscripciones, los deja á merced de todos los vientos, y los votos de los electores se elevan como torbellinos de polvo en uno ú otro sentido, segun la direccion de la tormenta. Esto ha sucedido en América, en Suiza y en Francia. Ciertas oscilaciones son sin duda inevitables y áun necesarias para la vida: las violentas sacudidas son siempre peligrosas, y destruyen toda política consecuente; pero podría en parte evitar el mal una mejor organizacion de las divisiones electorales: lo que es más difícil, es luchar con éxito contra la incapacidad ó la inercia de los electores. El restablecimiento del censo, descontentaría grandemente á las clases á quienes despoja del sufragio, y mediría injustamente la virtud cívica por el capital que se posee. Hijos de familia todavía, sin patrimonio, y áun pobres diablos, pueden ser excelentes ciudadanos. Tampoco se puede recomendar por las mismas razones la exclusion de los sirvientes asalariados, que por otra parte votan casi siempre con sus señores. Hasta hoy falta pues un signo externo característico de
— 266 capacidad. — la ?,Cómo reconocer en efecto, si un buen campesino no obedecerá ciegamente á su cura áun en política, y si un obrero será un comunista ó un buen ciudadano? Y sin embargo, urge al Estado y á la sociedad, evitar los peligrosos abusos del sufragio universal. Para que este pueda sostenerse, es de absoluta necesidad que se eleven el sentido y la instruccion de las masas: sin una buena educacacion política, no hay libertad ni voto político post_ bles. A la ciencia toca señalar esta condicion, y buscar los medios de satisfacerla. La escuela, y especialmente las escuelas populares, sólo pueden preparar esta educacion. Difícilmente podrá el niño comprender el Estado, y en vano se ha intentado hacerle aprender los principios de la constitucion política. Sin embargo, se podrían poner á su alcance en las clases populares superiores, ciertos principios elementales de derecho, de economía general, de órden público y de virtud cívica. Pero la gran laguna que hay que llenar, es el tiempo que trascurre desde la salida de la escuela á la edad de ejercer los derechos políticos. A este inconveniente, provee en parte la educacion militar de los jóvenes: el espíritu de cuerpo se despierta, la severa disciplina enseña la subordinacion, y se desarrollan las virtudes varoniles. Pero este recurso es insuficiente, y hay necesidad de completarlo con una educacion civil. La paz es el estado normal, no la guerra, y unas son las virtudes del ciudadano, y otras las del soldado. El exclusivo imperio de una rígida disciplina, impediría á un pueblo culto cumplir sus fines. El Estado moderno tiene en este punto mucho que aprender de la Iglesia, la cual sabe inculcar en el corazon de la juventud sus dogmas y mandamientos, y enseñarle á Dios y á los hombres, á Jesús y á los Apóstoles, el pecado y el castigo, ántes de admitirla á los sacramentos, á la comunion y á la confirmacion. Esta instruccion dada en la edad de la pubertad, se graba en los jóvenes corazones con caractéres indelebles, y forma por lo comun el punto de partida de todo el ulterior desarrollo intelectual. Puede verse en todas partes, en los pueblos cristianos, que los lazos internos de las parroquias, la autoridad de los eclesiásticos, las costumbres religiosas y la misma comunidad de la
p — 267 — Iglesia descansan en gran parte sobre esta primera educacion, que termina la iniciacion del neófito por la primera cornunion. El Estado moderno necesitaría un sistema análogo de educacion. Su deber y su interés le exigen velar por que los jóvenes ciudadanos que van á votar por primera vez, se hallen instruidos en las nociones fundamentales del órden y del derecho público. El Estado debe tener tambien su catecismo. Esta enseñanza política podría darse cinco ó seis años despues de la confirmación cristiana; porque exige en efec- to una edad más madura. La fé se dirige á las almas tiernas todavía; la inteligencia del Estado pide un espíritu más viril. Allí donde la mayor edad política comienza á los veinte y cinco años, esta enseñanza no debería empezar ántes de los veintitres. Los jóvenes ciudadanos serían así iniciados en el Estado, en su historia, en su constitucion, en sus relaciones con el extranjero, con la Iglesia y con la sociedad, , y en los derechos y deberes cívicos. Para ejercer derechos políticos, sería necesario haber recibido esta educacion, ó haber sufrido un exámen correspondiente. El jóven que va á votar, sería préviamen te confirmado por el Estado, al que prestaría solemne juramento de fidelidad, conmemorándose anualmente con una fiesta nacional esta consagracion cívica. Así se ensancharía en los espíritus el sentimiento del Estado, y se hallaría más asegurado el valor de los electores (1). 1). Hé desarrollado esta idea en la revista Dic Gegenwart. (Agos- to, 1874).
— 268 — CAPITULO II. EL SUFRAGIO DE LAS MUJERES. Ciertos espíritus llegan hasta considerar insuficiente el sufragio universal de los hombres y quisieran hacerlo extensivo tambien á las mujeres. A pesar del apoyo de Condorcet, la Asamblea nacional francesa rechazó con, risas en 1789 el primer proyecto de este género. Sin embargo, dos publicistas distinguidos, Stuart Mill y Eduardo Laboulaye, lo han reproducido en nuestros dias, y en Inglaterra ha ganado terreno esta idea, áun en algunos miembros del parlamento. En América cuenta con numerosos prosélitos, favorecida por las tendencias democráticas, la independencia de las mujeres y sus funciones de institutrices de las escuelas populares. Se puede decir en este sentido• «1.° Que las mujeres tienen tanto interés como los hom bres en estar bien gobernadas. La misma debilidad de su sexo debería ser motivo de que tuvieran derechos más ámplios que los hombres, para no ser oprimidas (1).» Pero el interés no da la capacidad de gobernar; de lo contrario, sería necesario conceder tambien el voto á los niRos, ó al ménos á sus tutores. «2.° Que el derecho público y el derecho civil están en abierta contradiccion. Incapacitada civilmente en los tiempos antiguos, hállase hoy, por fortuna, la mujer libre de toda tutela. ¿Y á qué detenerse en la mitad del camino? ¿No tiene, por ventura, la misma inteligencia y amor á la patria que el hombre? ¿No paga los impuestos? ¿Su voto sería ménos reflexivo?» La mujer, es, sin duda, por punto general, igual al hombre como persona privada; pero los derechos públicos se de- (1) Stuart Mill, Gob. repres., traducido al aleman por Wille, p. 120.
— 269 — rivan del Estado,"y por consiguiente, lo que es necesario preguntar es, si la mujer tiene realmente para el Estado el mismo valor que el hombre. Las mujeres que pagan impuestos son por otra parte una exigua minoría, á la que se podría quizá conceder ciertos derechos; ¿pero el servicio militar no es por ventura un impuesto que sólo pesa sobre el hombre? «3.° ¿No es absurdo que una mujer pueda ser reina, y sin embargo, no tengan las mujeres el derecho de votarb Ciertas naciones cultas, hállanse, en efecto, gobernadas por reinas, y áun sucede, como en Austria, por ejemplo, que las mujeres propietarias de grandes territorios son admitidas á tomar parte en la representacion aristocrática de la gran propiedad territorial. Pero estas excepciones, que se explican por motivos particulares, sólo son buenas y áun tolerables en ciertos casos. «4.° La mayor parte de las mujeres viven en la familia, y sus votos, por regla general, vendrían á aumentar el del Jefe de la casa, reforzando así el elemento conservador.» Esta razon es la más importante que da Stuar Mill. ¿Pero es cierto que las mujeres votarían siempre con sus maridos ó sus padres'? Puede ponerse en duda, sobre todo si se tiene en cuenta la lucha que existe hoy entre la Iglesia y el Estado. En la mujer domina el sentimiento, y está más sometida al sacerdote que el hombre. ¿No podrían resultar de aquí enojosos conflictos interiores? En los paises católicos las mujeres entregarían el Estado á los jesuitas, y se introducirían profundas disensiones en las familias. Si es útil aumentar la influencia de los jefes de las casas, preferible sería darles directamente dos ó más votos. El sufragio de las mujeres no sería peligroso si consistiese en conceder al padre de familia el derecho de votar por su mujer y por cada una de las hijas que vivan con él. «5.° Es imposible evitar la influencia de las mujeres sobre los electores; pero hoy ejercen esa influencia fuera de la organizacion política, y por consiguiente, sin tener el sentimiento de su responsabilidad: el sufragio se lo daría y las haría ménos caprichosas y más prudentes.» Pero toda esta cuestion . debe mirarse esencialmente bajo el punto de vista del interés público. Si la unanimidad con que los pueblos rechazan el sufragio de las muj p res, no es un argumento absolutamente de-
— 270 — cisivo, porque todos han practicado tambien la esclavitud, exige al ménos cierta reserva en este punto. No son únicamente las costumbres, sino la naturaleza misma la que ha creado á la mujer para la familia. ¿La madre de familia no se halla, en efecto, imposibilitada materialmente de tomar parte en la vida pública? En casa la retienen constantemente los cuidados domésticos y de los hijos. ¿,Cómo la mujer podría cumplir sus más indi spensables deberes, lanzada en el movimiento político? ¿Cómo conservaría las virtudes y los encantos que son el honor de su sexo? En los pueblos germanos perderían indudablemente el antiguo respeto que se les tiene: por eso las mujeres alemanas no reclaman de ningun modo este nuevo derecho y sus maridos é hijos no pueden oir hablar de ello sin desprecio. Mejor sería dar á las mujeres el derecho de votar en la Iglesia que en el Estado, puesto que su inteligencia es más apta para los asuntos religios que para la política. La naturaleza de la Iglesia es femenina; la del Estado masculina. Sólo al hombre (reir), llamaba Aristóteles un sér político. Hay, sin duda, mujeres varoniles y con gran dominio de si, como hay hombres afeminados: que se dé el sufragio á estos tipos raros, si se les puede reconocer; pero la excepcion no debe ser la regla. La naturaleza destina á la mayor parte de las mujeres á la vida de la familia . y del sentimiento, y no á, la vida conseja é independiente de la razon, siendo un grave error el creer que la actual diferencia de las situaciones del hombre y de la mujer es únicamente el resultado de la educacion. Se puede mejorar la instruccion de las mujeres, pero no se puede cambiar su naturaleza; y si se pudiera, sería un verdadero mal hacerlo. El hombre observa, reune con trabajo los resultados de su experiencia y forma científicamente un juicio bien fundado; la mujer juzga rápidamente y por intuicion, con frecuencia mejor que el hombre, descubre al primer golpe de vista á una persona malvada, y ama ú odia por sentimiento: esto es para ella una fuerza y una debilidad. No se le puede hablar de razon , lógica, como no se pueda hablar tampoco á la Iglesia de ciencia crítica. Siente, cree y le importan poco los silogismos. Por otra parte, si se concede el voto á las mujeres, oo-
— 271 — dria negárseles la elegilibilidad? ¡Y en este caso, imagínese una asamblea nacional compuesta de hombres y mujeres, y el giro que en ella tomarían los debates! Los jefes de los partidos usarían quizá medios muy diferentes de los empleados hasta ahora; las pasiones tomarían mayor vuelo, los elementos pasivos, muy numerosos ya por el sufragio universal, aumentarían considerablemente, y se entorpecerían más las fuerzas activas y viriles. En el estado actual de cosas, la influencia moral é indirecta de las mujeres en la vida pública es al mismo tiempo considerable y benéfica. El hombre de Estado recobra la paz, el reposo y nuevas fuerzas en su tranquilo hogar. ¿Qué sería de sus dulces goces si la mujer tomase como él parte en la contienda? Por lo comun, el hombre de Estado habla coi su esposa como con su conciencia; le cuenta sus proyectos, sus peligros y sus glorias, y de esta manera la mujer puede representar el deber moral en frente del summum fas ó de los artificios de la política. Guardémonos, pues, de quitarle este hermoso papel para darle otro que le es extraño. La influencia de la mujer en la vida pública dejaría de ser pura si no fuera indirecta. Nadie vituperará el patriotismo de la mujer: por el contrario, todos le exigen que eduque á sus hijos en las virtudes cívicas y que comparta las alegrías y sufrimientos patrióticos de su esposo.
— 278 unido, que tiene sus mi embros naturales, formando un todo fijo y variable á un tiempo (1). Las ciencias naturales han descubierto que los vegetales Y los animales se hallan formados de células. ¿Pero los seres orgánicos no serían por extremo groseros, si en vez de estar directamente compuestos de miembros y de órganos, en donde las células se agrupan metódicamente con una mision propia, estuviesen formados inmediata y c onfusament , de las mismas células? Asimismo, la ciencia moderna ha realizado un progreso considerando á los individuos como ciudadanos; pero se equivoca peligrosamente cuando, olvidando la naturaleza orgánica de la nacion, pretende disolver los lazos que hacen de ella un todo, separar á los ciudadanos de los miembros á que pertenecen, que los comprenden y los relacionan al Estado, y arrojarlos al azar, como átomos iguales en la inmensa asociacion humana. La eleccion fundada en las uniones orgánicas, evitaría,, por el contrario, la peligrosa dominacion de un partido, y daría á la vez la variedad sin exclusivismo y la representacion de la minorías. Las cámaras serían así la expresion de grupos políticos importantes, los municipios y otros, que forman directamente el Estado, ántes que la de las corrientes agitadas de las masas, siendo la representacion más, noble y más perfecta. Las circunscripciones electorales pueden formar, hasta cierto punto, un tejido orgánico, cuando corresponden á las, verdaderas divisiones orgánicas del país, comunes y cantones, por ejemplo. De este género es la distincion de los. comunes en urbanos y rurales, tradicional en Alemania. Las fuerzas, la cultura y las necesidades de las ciudades son muy diferentes de las de los. campos; por lo cual sería perfectamente . justo dar á aquéllas una representacion que no sea proporcionada solamente al número de los habitantes, sino á su .importancia con relacion al todo. Los comunes rurales presentan mucha más uniformidad y pueden, por lo tanto,. comprenderse más . fácilmente en los dis- (1) V. R. Gneist, Statsverwattung und 'elbs Berlin, 1869, p. 59, que acusa á estos sistemas de romper ó de disolver los últimos lazos de vecindad, las relaciones entre los comunes adininistrativos y el Parlamento, el condado y el self-gobernment, y de preparar «el sufragio universal de la humanidad.»
— 279 — tritos electorales extensos. El considerar siempre el sólo número es violar la justa proporcion, y por consiguiente la verdadera igualdad. El sistema de los grupos voluntarios, tal como los propone Hare, prepararía quizá una mejor organizacion de las uniones electorales; pero podría tender tambien á formaciones basadas exclusivamente sobre los partidos ó sobre los intereses, lo que seria igualmente perjudicial: los partidos no deben transformarse en miembros orgánicos del Estado, y los intereses privados abrirían la época de las luchas egoístas y harían olvidar el interés público. Cada union orgánica forma una unidad, y decide en principio por mayoría: sin embargo, razones especiales podrían muy bien legitimar una representacion proporcional de la minoría, siendo aquí justo y práctico á la vez el pensamiento de Hare. VIII. Las constituciones representativas han triunfado en su lucha contra los órdenes, y la opinion pública es poco simpática á la idea de la representacion de éstos, por considerarla reaccionaria. Con razon ó sin ella, siempre resulta que los representantes de los órdenes se inspiran demasiado en los intereses y en el espíritu del cuerpo que los nombra, y olvidan fácilmente el conjunto: en vez de representar á la nacion, destruyen la unidad de la misma. En efecto, los órdenes tienen su fundamento, no como miembros del Estado, sino fuera de él: por su misma naturaleza tienen una situacion é intereses particulares separados, é impiden así el pleno desenvolvimiento de la unidad y de la comunidad nacional. Stuart Mill, al declararse contra la representacion de las clases, lo que combate en realidad es la de los órdenes, porque las clases profesionales de que habla son los órdenes, en tanto que descansan sobre la semejanza del género de vida, de profesion y de intereses. Los comerciantes, los fabricantes, los artesanos, los propietarios, los labradores y los obreros, considerados como clases profesionales, son los verdaderos órdenes modernos. La clase, propiamente dicha, se distingue del órden en que es determinada por razones políticas y por el Estado, para cuya unidad no es un peligro. Las clases sólo existen en el Estado y son impotentes contra él: el Estado las de termina, por ejemplo, á la manera de Servio Tulio, por con-
— 280 - sideraciones de edad, de fortuna, de servicios ó de prestaciones públicas, y aún pudiéramos añadir de cultura. Destruirán afortunadamente los órdenes, re uniendo cada una, en su seno los dispersos miembros de éstos. Así, evitando toda confusion, las objeciones que se hacen á la representacion de los órdenes no afectan, en nada la de las clases. Por desgracia, ésta parece poco realizable por el momento, y miéntras tanto, las uniones locales son el solo medio de conducir el sufragio universal á un sistema orgánico. Gneist ha pretendido recientemente justificar y recomendar de nuevo el sistema prusiano de las tres clases, considerado detestable por el príncipe Bismark. Hace observar justamente que un procedimiento electoral que cuenta simplemente las cabezas y un régimen de impuesto proporcional á la fortuna, son dos principios discordantes. En efecto, un estadista inglés ha calculado que el primero da cuatro votos por cada ciento á las altas clases, 32 á las clases medias y 64 h las obreras, miéntras que el segundo exije el 83 por 100 de los impuestos á las primeras, el 10 por 100 á las segundas y sólo el 4 por 100 á las inferiores. La desproporclon no es tan grande en Alemania, en donde las clases medias representan mayor cifra de votos y de impuestos, pero existe tambien, reclamando por tanto una reforma. A nuestro juicio, Gneist tiene igualmente razon en apoyarla sobre la conexion natural de los derechos y de los deberes públicos ó de las prestaciones. Es cierto que los ciudadanos toman parte, primero en los asuntos comunales, luego del canton, etc., y que no son capaces de gobernar el Estado hasta que se han ejercitado en círculos más estrechos. Como dice muy bien Gneist, la gran mayoría de los débiles que sufren la imposicion, es incapaz ó no tiene ocasion de desempeñar las funciones representativas, ni áun las comunales; y así, para no privarles del derecho, aunque no puedan cumplir el deber, propone el célebre autor interesar indirectamente en los negocios públicos á esta tercera clase de electores, la cual nombraría de su seno su contingente (un tercio) de jurados y de funcionarios municipales, y a éstos correspondería el derecho de nombrar los diputados del pueblo en la cámara. Las elecciones legislativas serían de este modo directas para las dos pri-
— 281 — meras clases de la nacion, é indirectas para la tercera. Dudamos, sin embargo, que este proyecto obtenga muchos partidarios, y es fuerza reconocer que tambien tiene sus inconvenientes. Tratando Gneis de la misma manera á las dos primeras clases, confúndense éstas en realidad para oponerse á la tercera, como los ricos á los pobres; division sumamente peligrosa, sobre todo en nuestros dias, y mucho más cuando la política tiende á unir por múltiples lazos á los que poseen y á los que no poseen. Un sistema razonado sólo debe comprender dos clases, y no debe estar basado únicamente en la cifra de los impuestos, sino que son necesarias distinciones y transiciones mejor dirigidas. Es por otra parte difícil imponer, sin desalentar a los espíritus, elecciones indirectas á una clase, miéntras que lag, otras votan directamente. En fin, 0o se pierde en su mayor parte la ventaja de las elecciones indirectas de Gneist, debiendo elegirse los electores del segundo grado por las masas en su propio seno? ¿Por qué prohibirles que los elijanifuera de ellas? ¿Por qué romper este lazo que puede unirlas á las clases más elevadas? Y si es imposible al obrero, obligado á ganar cuotidianamente su sustento, cumplir las funciones gratuitas del jurado y del los municipios, ¿será esto más fácil á los que designe en su misma clase? ¿Cuál es, pues, la conelusion de todo este estudio? Que el sufragio universal debe continuar siendo el principio del actual sistema electoral, pero que es necesario corregir sus defectos, conservando, en vez de romper las uniones locales orgánicas en la formacion dulas circunscripciones, tomando en más justa consideracion la cultura, las variadas fuerzas y las necesidades de los pueblos, y asegurando á las minorías importantes una representacion proporcional. Estas bases servirán un dia de apoyo al sistema más acabado de las elecciones por clases, imposible de realizar hoy.
— 282 — CAPITULO IV. CÓDIGOS Y LEYES ESPECIALES. — LENGUAJE DE LAS LEYES. — PROYECTOS uy. La cuestion de las codificaciones, tan agitada desde 1810 á 1830 (1), hállase hoy resuelta de hecho en Europa y en América. Casi todos los pueblos cultos han codificado muchas ramas de su derecho, y ninguno de ellos se ha arrepentido, ántes por el contrario, en todas partes se hacen nuevas codificaciones. Inglaterra es quizá el único país que se ha negado á entrar por esta senda, para conservar la infinita multitud de sus leyes especiales; pero nadie le envidia este caos y muchos Ingleses lo censuran, aunque puede ser muy lucrativo para ciertos legistas, hombres de negocios. Las ventajas, de la codificacion han sido comprendidas por los más grandes príncipes. Entre ellos puede citarse á Julio César, á Carlomagno, á Federico II de Alemania, á Luis XIV de Francia, á Federico II de Prusia, á María Teresa de Austria, á Napoleon I de Francia y á Alejandro I de Rusia. Nosotros poseemos hoy un gran número de estos códigos generales, civiles, criminales, de comercio, de procedimiento, etc., y nuestras constituciones modernas no son otra cosa que códigos sumarios de los grandes principios del derecho público, habiéndose intentado tambien, en Nueva-York primeramente, codificar el conjunto del derecho público y administrativo. Muchos Estados tienen ya tambien sus códigos de policía que forman como una transicion entre los de derecho privado y los futuros de derecho pú- (1) En Alemania la controversia tuvo por jefes á los célebres romanistas, Thibaut á favor, y Savigny contra las codificaciones (1814). Véase sobre esto á Bluntchli, «Die neueren Rechtsschulen der deutschen Juristen,» y su introduccion al código civil de Zurich. Para el extranjero, cons. á von Mohl, Politik, I, p. 457.
— 183 — blico. Y en fin, conocemos muchos ensayos de codificacion del derecho de gentes (1). Más difícil es codificar el derecho público, á causa de su gran movilidad en nuestra:época, que reconstruye penosamente su edificio. La gran ventaja de un código consiste en presentar en un órden y relaéion metódicos un todo armónico. En él, cada precepto ocupa su lugar y son mejor comprendidas sus relaciones con los otros preceptos y con el todo: la claridad es mayor, se evitan las contradiciones y se facilita su aplicacion. Sin duda que el código no evita la necesidad de un estudio profundo de las leyes; pero al ménos todo hombre instruido puede verlo con detencion y provecho, y, sin embargo de consultar sus dudas á un'abogado, servirse de él como gula. Los códigos dan al derecho comun una fórmula clara y precisa, y trinfan así más fácilmente de las formaciones particularistas, siendo la alta expresion de la formacion nacional y humana del derecho.. La codificacion es el medio mejor y más eficaz, cuando se hace necesaria una profunda y general reforma, pues las leyes especiales aumentarían la confusion y las contradicciones. Todo el antiguo sistema del derechos de los Estados europeos, en Alemania. más aun que en Francia, exigen una refundicion; el derecho privado era una extrafía y confusa mezcla de principios romanos y de principios germanos; de una parte, los juristas veneraban como una ley subsidiaria, aun para los tiempos Inodernos, las compilaciones y la legislacion de un emperador de Bizancio y la jurisprudencia de un pueblo antiguo, sin poder, sin embargo, ponerse de acuerdo sobre el sentido exacto de los textos romanos; de otra, se inclinaban igualmente ante una multitud de costumbres, de ideas y de instituciones germanas, francas y alemanas, que habían conservado más ó ménos el sello de la Edad Media; y en fin, las necesidades y las ideas (1) Tratados generales en forma de código: Blutschli, Das moderne Vólkerrecht, Nordlingen ? 1.. a ed., 1868; 2. a ed., 1874; y Dudley-Fiela, Draft Outlines of International law, Nueva-York, 1870. En Bruselas se intentó en 1874 á instancias instigacion de Alejandre II de Rusia, hacer una co-diticacion oficial del Derecho de ¿a guerra con la colaboracion de todos los Estados.
— 284 — modernas reclamaban tambien su puesto al lado de estas autoridades tradicionales. Estos tres elementos, léj os de formar un todo, se oponían y combatían recíprocamente, á cuya confusion han tratado de poner fin el Landrecht prusiano, el código Napoleon y el coligo austriaco. La ordenanza sobre las letras de cambio y el nuevo código de comercio alemán han derogado la confusa multitud de leyes y costumbres comerciales de Alemania, y el mismo derecho criminal, hasta entónces tan mezclado de elementos romanos y germánicos, ha encontrado una fórmula uniforme para todo el pueblo en el nuevo código penal. Las tendencias modernas exigen más aún. El derecho actual de los Estados cultos tiene más bien un carácter general humano que un carácter nacional, y este fundamento idéntico da derecho á las ideas jurídicas internacionales y humanas á reclamar á su vez una fórmula legal. Estos grandes códigos internacionales deben ser el limpio espejo de la conciencia moderna, y desterrar para siempre el residuo tradicional de vetustos principios, de fórmulas inaplicables y de absurdas limitaciones. Una codificacion produce siempre algunas perturbaciones. Aun hecha con sabia mesura, atenta en algun modo á las antiguas autoridades, condena principios hasta entónces venerados, establece otros nuevos, y pone en tela de juicio el derecho histórico, por lo cual necesita cierto tiempo para afirmarse. La doctrina precedente ya se ha hecho antigua, la nueva no se ha formado todavía, y la jurisprudencia necesita rehacerse: hay, pues, necesariamente una épo7- ca transitoria de inseguridad y de oscilaciones. Ademas, los redactores de un código difícilmente pue den prestar á sus numerosas fórmulas una atencion tan detenida como á las de una ley especial, y si se dan mejor cuenta del conjunto, olvidan con frecuencia los detalles. Las reuniones de leyes pueden se r ó simples compilaciones ó verdaderas codificaciones. Las primeras se limitan á reunir todas las leyes actualmente aplicables: tales son las obras de los emperadore s Teodosio y Justiniano, el Talmud, muchos fueros de la Edad Media y el Swod ruso. Este método quebranta menos la autoridad de la tradician, de la j urisprudencia y de la doctrina antigua, y por consiguiente, la seguridad de los derechos; pero no ofrece las
285 ventajas de una reforma, y es un trabajó incompleto. Es propio, sobre todo de los pueblos cuyas fuerzas creadoras se han debilitado, que pueden admirar todavía las obras de su juventud, pero que han llegado á ser incapaces de pruducir, ó tambien á aquellos que, como Rusia, tienen todavía una civilizacion atrasada. Los pueblos cultos en su plena madurez prefieren las codificaciones. La Europa occidental y la América actual sólo aspiran á realizar esta segunda forma. Las codificaciones distan mucho de quitar toda importancia á las leyes especiales. No se pueden provocar reuniones generales con cualquier motivo, ni sobre todo en situaciones accidentales ó transitorias. En el derecho público principalmente es con frecuencia necesario el concurso de la ley especial, aunque no lo es tanto en el derecho privado, y menos aún en el penal. Las leyes especiales complementarias son á los códigos generales lo que la imágen detallada de una parte es á la del todo, pudiendo ser mejor estudiadas y trabajadas con más delicadeza; pero tambien, cuando el derecho todo no es más que una suma de innumerables leyes especiales, como en Inglaterra, la clara inteligencia del conjunto escapa á la mayor parte de los mismos juristas. El lenguaje de las leyes debe ser á la vez científicamente correcto é inteligible para todos, satisfacer al jurisconsulto y al pueblo, evitar los largos períodos y las palabras extranjeras, aun las recibidas en la doctrina, y definir con claridad, pero sin aridez, para permitir que se desenvuelvan las relaciones jurídicas. Sería un error creer que sus fórmulas deben ser siempre imperativas, que deben siempre mandar ó prohibir. El derecho y las leyes son con fremenda interpretativos y permisivos. El proyecto de ley es quizá la parte más importante del trabajo legislativo. Un buen proyecto produce generalmente una buena ley, y, por lo tanto, es necesario prestarle la mayor atencion, y confiar su redaccion á los que mejor conozcan el pensamiento y el idioma, y no á los empleados ordinarios de las oficinas como por punto general se hace. La costumbre de confiarlos á las comisiones olvida igualmente que las obras del espíritu humano son siempre individuales, y que la unidad del pensamiento, la claridad y exactitud de la expresion reclaman toda la fuerza é hle-
— 286 — pendencia. del individuo. Es necesario pues á un tiempo un redactor único y una comision poco numerosa de personas competentes, elegidas entre las de mayor capacidad en la C iencia y en los negocios: el redactor hará el a nte-proyec- to, y la comision buscará los materiales, aclarara el fin, deliberará sobre los mejores medios, comprob ará, criticará, y multiplicará los puntos de vista. El proyecto, pasa despues al ministerio ó al Consejo de Estado para ser aprobado definitivamente. Este último cuerpo ofrece más garantías de tranquilo examen, de imparcialidad y de más elevadas miras que el primero, absorbido por el gobierno y por los muda bles intereses de la política. El proyecto no debe publicarse como proposicion del gobierno hasta que haya pasado por todos sus trámites; pero es necesario que vea la luz pública ántes de someterse á la deliberacion de las cámaras. Será conveniente que vaya precedido de una exposicion de motivos, y se permitirá la más ámplia discusion sobre él, provocándose tambien, en caso necesario, la de los hombres competentes.
LIBRO MEMO. ADMINISTRAGION (VERWALTUNG.) CAPITULO 1 ¿TI ES LA ADMINISTRACION? Esta expesion, que ha anulado en parte la de policía, no ha sido puesta en claro sino por la escuela moderna, y todavia se toma en diferentes sentidos, comprendiendo, segun los casos, un circulo más ó ménos extenso de atribuciones y de actividades. 1. Opuesta á la constitucion ó á la ley, designa la actividad concreta y variada del Estado, considerada en el detale, por oposicion al órden público y jurídico general y permanente. Así se dice que la constitucion determina la forma de gobierno, y que la eleccion de un presidente ó el nombramiento de los ministros son actos de administracion; que la ley determina los principios de la representacion nacional, y la administracion convoca las cámaras. La organizacion de los tribunales, el procedimiento y los impuestos, son fijados por la constitucion ó por la ley, y la direccion de un proceso, la percepcion, la contabilidad y el empleo de los impuestos son actos de la administracion. Lorenzo von Stein, á semejanza de Rousseau, sólo ve en esto una aplicacion de la oposicion psicológica más general entre la voluntad y la accion: «La nacion quiere, el rey ejecuta.» Es cierto que la ley en su forma es un acto volun-
— 294 — no se puede confiar en absoluto su cuidado á la iniciativa privada, sino cuando la sociedad sabe y quiere b astarse á si misma (1). La vigilancia y áun la accion con currente del Estado son aquí frecuentemente indispensables. Ciertas localidades, y tambien ciertas clases sociales, se a bandonan y se admistran mal, áun en los países que poseen las más altas cualidades del selfogvernment, como nglater-- ra y la América del Norte. Con mayor razon se halla obligado el Estado á intervenir en Francia y en Alemania.. La union de las dos administraciones y la accion comun de• los hombres de Estado y de los particulares serían con frecuencia la mejor solucion del problema, y acostumbrarían' poco á poco á los ciudadanos á bastarse á sí mismos. Sobre esta idea descansa el sistema de los antiguos ju-- rados, de los actuales tribunales de Sch¿iffen, de los conse-- jos de provincia, de distrito, de p artido ó de departamento, de las comisiones escolares y de asistencia pública, y otras combinaciones análogas de funciones públicas y de funciones civiles honoríficas. Sin embargo, muchos intereses sociales hállanse todavíaadministrados en todas partes sin el concurso del Estado y en la forma de la asociacion, la cual es como un término, medio entre la administrador ' del Estado y la de los particulares; pero importantes diferencias distinguen á las, asociaciones modernas de las de la Edad Media. • Esta edad tenía sus órdenes, religiosos ó .láicos, sus hermandades, sus ghildes, sus corporaciones, y la mayorparte de éstas uniones eran inspiradas por la religion, * pidiendo su consagracion al Papa ó á los obispos, porque la Iglesia era entónces el poder social más respetado. Tenían una regla fija, si - no impuesta, confirmada al ménos por la. autoridad, y con frecuencia se hallaban ligadas de por vida;. las órdenes religiosas tallan 'y tienen aún sus generales. establecidos en Roma en presencia de la curia. Toda union formaba un sistema ordenado desde arriba con carácter - aristocrático, con sus jefes, sus capítulos, sus monjes Ó sus caballeros, sus maestres, sus compañeros y sus hermanos sirvientes, siendo una excepcion de la regla las órdenes de- (1) Véase F. Lieber, Libertad civil y selfadministraclott, traducido al aleman por F. Mittermaier, p. 208.
-- 295 — mocráticas, como las mendicantes, por ejemplo. El hábito, la regla, las casas y los lugares de reunion las distinguían claramente unas de otras: eran consideradas por lo comun inmortales, y estaban organizadas unitariamente para una vida propia. Las uniones modernas se distinguen de éstos por todos conceptos. Así, las órdenes que subsisten de la Edad Media, parecen hoy extraños vestigios del pasado. En las uniones modernas: a) Faltan generalmente el motivo religioso y la sancion de la Iglesia. Fúndanse más bien racionalmente y para necesidades humanamente reconocidas , y su carácter es temporal. Si necesitan confirmacion y apoyo, lo solicitan del Estado, como verdadero poder público; b) Los individuos se unen, entran y salen libremente: el personal, es, por lo tanto, muy movible. e) Los estatutos y reglamentos son votados por los asociados por mayoría, y nunca son inmutables; d) Los jefes cambian frecuentemente, y no son generales que gobiernan autocráticamente desde un centro comun, á cuyo frente están. Si quieren unirse entre sí, aunque sea internacionalmente para un mismo fin, eligen con preferencia la forma federativa, y nombran delegados para una asamblea comun; e) La constitucion es rara vez aristocrática; por lo comun es representativo-democrática, y los jefes y los consejos son elegidos por todos sus miembros; f No tienen habitacion, ni manera de vivir, ni trajes particulares. Todo miembro conserva su libertad y su individualidad, y puede formar parte de muchas asociaciones; g) No tienen pretensiones de eterna duracion. Descansan en la libre asociacion para realizar en comun un fin determinado, y cesan cuando lo han cumplido. Diversas en sus formas y en sus fines, las unas son sociedades de capitales, en donde la cantidad aportada por cada sócio es unas veces igual, como en las sociedades por acciones, otras veces desigual, como sucede por lo comun en las sociedades de seguros; las otras son asociaciones de personas, llevando un contingente pecuniario nulo ó insig,- nicante; pero siempre es la actividad voluntaria y libre de los individuos y el placer de la asociacion lo que determina su duracion
La administracion de las asociaciones tiene un carácter intermedio. Descansa principalmente sobre la actividad privada de los asociados; pero es confiada á funcionarios sociales parecidos á los del Estado y remunerados, por lo comun, é inspeccionada por comisiones y consejos semejantes tambien á las autoridades públicas de inspeccion.
297 — CAPITULO III. CENTRALIZACION Y DESCENTRALIZACIGN. Tomadas de la mecánica, indican estas dos fórmulas dos tendencias opuestas del sistema administrativo; la una que reune todas las funciones en un jefe, desde donde se extienden hasta las extremidades, y la otra que reclama una independencia relativa de las divisiones orgánicas (1). Esta terminología es poco feliz, puesto que las partes de una máquina no tienen ninguna independencia, ni áun relativa, y la fuerza que la pone en movimiento procede del exterior. En el Estado, por el contrario, lo mismo en el centro que en la circunferencia, hallamos hombres, es decir, inteligencia y libertad, siendo por lo tanto imposible en él una absoluta centralizacion, la cual sólo en apariencia exisaun en el mismo despotismo. El tiempo vése obligado á servirse de instrumentos humanos, y por consiguiente á confiar mucho, á veces excesivamente, en su propio esclavo, quien á pesar de obrar en nombre de otro, conserva necesariamente su naturaleza individual. Pero no es ménos absurda una descentralizacion exclusiva, que rompería la unidad, y por lo tanto, el órden y el poder. El antiguo imperio aleman, sucumbía por una descentralizacion excesiva, cuando Francia sufría. por plétora de centralizacion. Es nesesario, pues, combinar muchos principios y procurar reconocerlos en una justa relacion. El uno da al conjunto universalidad poder, energía, igualdad de derecho; el ot ro da satisfaccion á la diversidad y á la libertad de los miembros, á las necesidades y á las costumbres locales, á la originalidad de las partes. Las libertades públicas no pueden existir sin una gran cantidad (1). Véase Vivien, Estud. adm. T. I, tít. II, cap. 1.°, De la Centrali zacion.
— 298 de descentraliza cion y de selfadministracion , y una nacion no llega á la plenitud de su poder, sino cuando sabe reunir sus fuerzas dispersas y descentralizarlas p ara:una acclon coman. Esta oposicion se presenta en todas las esferas de las funciones públicas, c1F la administracion propiamente dicha, y de la selfadministracion: I. En la legislacion. Con razon reclaman hoy todos los pueblos civilizados la unidad y la uniformidad del derecho, y por ‘ _onsiguiente, la centralizacion de la legislacion. Un derecho uniforme es útil cuando las condiciones de la vida son las mismas. La autonomía que la Edad Media concedía á cada principado, ciudad ó villa, y áun á cada órden y á cada asociacion producía una confusioii tal, que dificultaba en todas partes el comercio general é impedía toda seguridad para cualquiera que saliese de los estrechos límites de su localidad. Pero la uniformidad puede tener tambien sus exageranes y perjudicar las relaciones jurídicas naturales, tan variadas en las esferas subordinada, llegando á veces á desconocer diferencias que tienen su fundamento en la naturaleza de las cosas. ¿Es necesario por ventura dar leyes idénticas á los municipios rurales y á los urbanos? ¿Se pueden confundir en las mismas reglas el derecho criminal comun, y la disciplina y las penas militares, el derecho comercial y el derecho civil? ¿Deberán destruise las costumbaes naturales de ciertas plazas de comercio, y asimilar los países de costas, los montañosos y las vastas llarfuras sin playas? Parece, pues, indispensable en todas partes una descentra.- lizacion relativa (1). Pero el sistema inglés, con sus leyes tan minuciosamente detalladas, no puede citarse como un modelo, á pesar de la opinion de muchos Ingleses y áun de nuestro Gneist que ven en él la condicion esencial de una buena s elfadministracion. ¿Cómo podría tener conocimiento de la multitud de pequeños detalles de la administracion el parlamento de un vasto reino? ¿No es esta una mision de los in- (1). Tocqueville, Obras VIII, p. 322: «La uniformidad en las leyes secundarias, en vez de ser un bien, es casi siempre un mal, porque hay pocos paises en que todas las partes puedan soportar la misma legislacion hasta en los detalles».
— 299 — teresados y de los administradores especiales? Estas leyes inglesas no son ni tecnica ni prácticamente un modelo de legislacion: no tienen claridad, ni flexibilidad, ni son fácilmente aplicables. La nacion continental, y más especialmente la nacion alemana de la autonomía, selforganizaclon, en los límites de las leyes generales, es un correlativo necesario y legítimo de la selfadministracion En efecto, las diversas uniones secundarias, son las más aptas para reconocer las reglas de un gobierno. El Estado fijará la s bases comunes del órden jurídico, y sus miembros orgánicos se moverán dentro de él con independencia y libertad. (1). II. En la administracion y sus diversos ramos: a. El gobierno político, necesita ante todo, centralizacion, porque es necesario que reuna el poder del Estado, y que sea una su direccion. Sin embargo, conviene cierta descentralizacion , especialmente en el gobierno de posesiones ó de colonias muy distantes y de provincias no asimiladas. b. Asimismo, la centralizacion es decididamente preponderante en la administracion militar. Hay sin embargo, excepciones: 1). En la misma organizacion del ejército. En el sistema aleman, los regimientos se forman por distritos, los cuerpos de ejército por provincias ó principados, hallándose así reunidos y en relacion los vecinos naturales. Esta deseentralizacion aumenta la rapidez de los 'alistamientos, la emulacion de las tropas y el espíritu de cuerpo. Francia, por el contrario, tiene un sistema centralizado, que sólo considera el espíritu nacional y mezcla los hombres y regimientos de todo el país. 2). Para los plenos poderes dados al general en jefe ó á otros oficiales encargados de una mision determinada. Una excesiva centralizacion, haría que todo dependiese del cuar- Brater , artículo «Centralizacion» en el Statswórterbvch de Bluntschli y Brater. «La descentralizacion de la Edad Media era mala, no porque el Estado habia dejado á cada comarca el cuidado de sus asuntos, sino porque comprendía muy estrechamente su mision propia, y dejaba fuera de su accion cosas que le pertenecían esencialmente, ó se le relacionaban inmediatamente. Es verdad que esta union es en parte el resultado de los progresos ulteriores de la cultura y de la economía.
— 300 — tel general ó del consejo de guerra de la capital, con frecuencia muy distantes de los lugares. 0, Su policía está obligada á obrar en las especies y los detalles en muchos lugares diferentes; por lo tanto, será mejor descentralizarla, siendo quizá las únicas excepciones la alta policía que debe precaver los peligros generales, y la suprema vigilancia de la autoridad central. La policía se reparte entre las funciones intermediarias, y halla pequeños centros hasta en las subdivisiones locales y comunales, siendo muy fácil llegar á la descentralizacion. El poder de policía es esencialmente un poder del Estado, y por regla general debe ser ejercido por funcionarios gerárquicos de éste, y no puede abandonarse á los municipios, sino para os intereses puram e nte locales, como la vigilancia y la limpieza de las calles, la custodia de las propiedades rurales, etc. Una buena policía, necesita fuerzas materiales y morales que no puede ofrecer una localidad insignificante. d). La centralizacion domina en la administracion de la Hacienda. La gestion general debe estar centralizada, y lo mismo sucede con el sistema de los impuestos. Sin embargo, éste último no podría sin injusticia llegar á ser completamente uniforme y olvidar las diferencias reales de los territorios (de las colonias por ejemplo), de la ciudad, de los campos, y de las profesiones principales. Es pues indispensable, una descentralizacion relativa. La recaudacion de los impuestos, hállase tambien por regla general organizada localmente. e) La esfera de la cultura debe estar preferentemente descentralizada. Desde el centro, es sin duda, desde donde debe determinarse el conjunto de las relaciones de la Iglesia con el Estado, las leyes confesionales y de instruccion pública, las prestaciones debidas por los municipios, etc.; pero las instituciones de cultura sólo prosperan por la independencia de sus miembros, sacerdotes, profesores ó maestros. Para que den buenos frutos las escuelas populares, es necesario que se ocupen de ellas los ayuntamientos y los padres de familia, y por lo tanto que estén organizadas locálmente. El Estado podrá nombrar los profesores de segunda enseñanza (gimnasios, escuelas reales ó profesionales),, y lós de estudios superiores, (universidades, escuelas políticas, escuelas de bellas artes); pero debe dejar una gran independencia á la direccion de las diversas escuelas, y sobre todo
— 301 — á los profesores de la instruccion superior (1). Las universidades descentralizadas de Alemania, han salvado afortunadamente la ciencia alemana de los caprichos despóticos de ciertos príncipes, y han producido riquísimos frutos que no puede dar el sistema uniforme y centralizado de las universidades francesas; f) La descentralizacion debe ser igualmente la regla en la beneficencia pública, porque para conocer y socorrer á, los verdaderos pobres, es necesario estar en las localidades; sin embargo, en esto tambien debe evitarse un exagerado fraccionamiento. La beneficencia central ó intermediaria debe servir de apoyo á la local, siendo como es la ley que establece los principios del derecho y del socorro de los pobres. g) En fin, en la economía es necesario distinguir las instituciones de interés general de las que sólo tienen un interés local. A las primeras pertenecen la moneda, las pesas y medidas, los caminos de hierro y las carreteras generales . las segundas, los caminos provinciales y vecinales, las calles de las ciudades, los acueductos, los canales de riego, losreglamentos sobre las construcciones urbanas, el alumbrado, las alhóndigas y mercados, etc. Las unas piden naturalmente la centralizacion, las otras la descentralizacion. En resúmen, la administracion del Estado está, más bien centralizada; la selfadministracion, descentralizada. Las autoridades centrales miran siempre al bien del conjunto y conservan la unidad y armonía del derecho público general; las autoridades medias tienen una independencia relativa y se mueven segun uno ú otro de estos principios; las autoridades locales, aunque subordinadas á las otras dos, tienen principalmente una mision descentralizadora. (1) Francia ha descentralizado recientemente en estas materias por las leyes de 15 de Marzo de 1850 y 12 de Julio de 1875: la segunda abre demasiado la puerta á las influencias clericales.
- 302 — CAPITULO IV. IMPORTANCIA DE LAS FUNCIONES PROFESIONALES EN EL ESTADO mamo. Las funciones profesionales son una creacion de la monarquía absoluta, que, teniendo necesidad de servidores permanentes, dóciles y capaces a la vez, sustituyó poco á poco los vasallos y gentes de servicio con una clase de hábiles funcionarios, ménos altivos y mas flexibles, pero más instruidos y mejores administradores. Desde entónces: a) La funcion fué esencialmente conferida en razon del mérito personal, sin consideracion al nacimiento ó al órden; b) Se exigió una prévia educacion universitaria; e) El príncipe nombró libremente á quien quiso: el funcionario era el servidor del príncipe y dependía de su gracia; d) Recibió un sueldo fijo, suficiente para mantener modestamente á su familia; e) Ciertas funciones, la de juez especialmente, adquirieron una posicion independiente y segura. Estas funciones no eran he,reditarias, pero los hijos seguían la carrera de' los padres, y la comunidad de estudios, de instruccion, de profesion y áun de trato, acercaba á las personas. Así se formó en todo el continente un órden y familias de funcionarios bastante análogas á las nobles familias parlamentarias de Inglaterra, y la capacidad profesional y los empleos se trasmitieron de hecho casi hereditariamente. Esta órden llegó á ser poco a poco un poder que se impuso al mismo príncipe, no pudiendo yá el rey gobernar sin el consejo y auxilio de sus servidores. Su poder, en apariencia absoluto, había encontrado una barrera que cedía muy difícilmente y sólo merced á un violento esfuerzo. Los funcionarios adquirieron por consecuencia un alto sentimiento de su dignidad, demandando y obteniendo al
--- 303 — fin generalmente una situacion al abrigo de los caprichos del príncipe. Se les reconoció derechos pragmáticos, lo que es protegía contra las revocaciones arbitrarias y aseguraba su derecho al sueldo. Bajo esta forma pasó este órden á la monarquía constitucional, la cual le era al principio tan poco simpática corno á la mayoría de los príncipes. Los funcionarios veían con desagrado el nuevo poder de las cámaras, que no solamente les quitaban una parte de sus atribuciones, sino que tambien pretendían vigilarlos y pedirles cuentas. Como los príncipes, sólo cedieron á la necesidad; pero luego se han acomodado á las innovaciones, cuyas ventajas, así para su propia dignidad como para el país, han comprendido. En nuestros dias la mayor parte de ellos son constitucionales. Los funcionarios actuales del continente son por regla general instruidos, activos, habituados - á los negocios, celosos y respetables, y forman una clase distinguida y benemérita, cuyos servicios son útiles al Estado y á la sociedad. Sin embargo, el funcionarismo profesional no deja de ofrecer sus peligros. Puede temerse en primer término que engendre una especie de casta, que se acostumbre á gobernar desde su despacho, sin conocimiento de las necesidades reales, segun las reglas de un formalismo rutinario, burocrática y áun despóticamente, oprimiendo la libertad privada por su manía de intervenir en todo. Este antiguo peligro es menor en nuestros dias. La forma representativa obliga á los funcionarios á estar en frecuentes relaciones con los ciudadanos, evitando así su orgullo y su tiranía. Las funciones honoríficas, la selfadmi nistracion, el procedimiento oral, la inspeccion de las autoridades superiores, de las cámaras y de la prensa, ejercen su accion contra la burocracia formalista; la libertad ámpliamente asegurada por las leyes, y la responsabilidad de los funcionarios impiden igualmente una exagerada tutela y se oponen á la manía de gobernarlo todo. Pero el peligre, que hay que temer en nuestros dias, es la tiranía de los partidos. La forma representativa, dando á todos libertad política y participacion en el gobierno, ha desencadenado al mismo tiempo las rivalidades políticas y áun ha provocado á los partidos á la lucha. En Inglaterra sus jefes son los que forman directamente el ministerio; y si en Alemania no sucede lo mismo, el gabinete necesita contar
-- 310 -- nrionario es el órgano y el representante del Estado y (-10be s , r imparcial, como particular y como hombre p olítico tiene una libertad relativa que le permite buscar á sus corrciligion arios y unirse á ellos. Los más grandes hombres de Estado de Roma y de Inglaterra fueron á la vez ministros ó magistrados imparciales y jefes de partido, y los presidentes de los Estados-Unidos han sido nombrados siempre por un partido. La accion de los partidos desempeña su papel en todas las elecciones, que son su verdadero campo de batalla; y por lo tanto, la importancia de aquéllos crece con el número de funciones electivas, y disminuye á medida que los nombramientos se hacen por el gobierno central ó por el jefe del 'Estado. La república, aunque sea aristocrática, tiende naturalmente al gobierno de los partidos, y la monarquía limita más su accion. La monarquía constitucional moderna trata de unir las ventajas de las dos formas, abandonando á los partidos las funciones políticas, y sustrayendo á su influencia la mayor parte de las funciones técnicas. La accion de los partidos sube y baja con las agitaciones de la vida pública, y debe cesar cuando llega á la esfera de los deberes públicos. La parcialidad política encuentra una barrera en la situacion imparcial del funcionario; pero, así como pedimos al historiador que sea imparcial, es decir, justo y verídico con todos, y que no tenga partido, ó que sea un espejo fiel de las imágenes de la vida, con mayor razon exigimos al funcionario imparcialidad, y que no se mezcle en los hechos de los partidos políticos. Es de temer, sin duda, que el espíritu de partido corrompa el empleo, lo que sería muy fatal, sobre todo en las funciones de justicia. Por tanto, el juez deberá mantenerse apartado de todas las candentes luchas: como ciudadanos ó como diputado, podrá votar resueltamente con su partido; pero como juez, prescindirá de. éste. La flliacion de los funcionarios políticos en , un partido ofrece ménos inconvenientes, porque los partidos tienen su puesto natural en la vida política: esto es principalmente cierto respeto á los -ministros técnicos. Los presidentes y los consejos gobernantes de la república tienen en esto una situacion bastante análoga á los ministros políticos de la monarquía. Nombrados por el partido vencedor, no pueden desconocer su origen ni renegar de los principios políticos,
311 á que deben su elevacion. Es peligroso para su consideracion pasar á otro partido, ó Simplemente vacilar entre dos de ellos: sin embargo, hállanse tambien al frente de todo el Estado, y si gobernaran exclusivamente en provecho de una tendencia, chocarían contra el sentimiento del derecho y de la justicia en un pueblo sano, y arruinarían bien pron- to el crédito político de la mayoría que les hubiere nombrado, la cual demostraría entónces que era incapaz de gobernar. En resúmen, los partidos no son una institucion de derecho público, sino de política, ni miembros del organismo del Estado, sino de grupos sociales, de donde cada uno sale y entra libremente, y cuyos individuos se unen en ciertas opiniones y tendencias para una accion política comun. Son el producto y la expresion de las diversas corrientes del espíritu público que mueve la vida nacional en el círculo de las leyes. El partido no se confunde con la faccion: ésta es la exageracion y la desesperacion de aquél, y tan perjudicial al Estado como útiles son los partidos. Estos se forman y ensanchan en una nacion vigorosa; las facciones en una nacion enferma; los unos completan el Estado; los otros lo desgarran. En su crecimiento, el Estado es animado por los partidos; en su decadencia, es presa de las facciones. Un partido político es el que se inspira en un principio político, y persigue un fin político tambien: llámase «político» porque está en armonía con el Estado, es compatible con él, y se halla consagrado al bien comun. Un partido puede tener muchos defectos, aceptar irreflexivamente las innovaciones ó adherirse al pasado, emplear medios inútiles ó perseguir insensatos fines, y merece, sin embargo, este hermoso calificativo. Pero un partido no es más que una faccion cuando se sobrepone al Estado, cuando subordina los intereses de éste á los suyos propios, el todo á la parte. Dificilmente podrá llegar la faccion á la categoría de partido, pues éste degenera con facilidad en faccion. El hombre es á la vez individuo y miembro de la familia, del municipio, del Estado y de la humanidad: su espíritu individual hállase unas veces en armonía, otras en lucha con el espíritu general. De la misma suerte, cada partido político tiene un doble motor, sus intereses particulares y los inte-
— 312 reses generales; pero en él triunfan estos últimos. La faccion, por el contrario, es el egóismo triunfante, esforzándose en explotar al Estado en su ,provecho. Así pues, la f accion y el partido difieren ménos por las fuerzas y por las tendencias que los mueven que por los contrarios polos hácia los cuales se dirigen. El partido se convierte en faccion y viceversa , por una simple inversion de los polos, segun que domina en su seno el espíritu general ó el particular. Sólo la faccion pone sus intereses, sus pasiones ó tambien su estricto derecho, por encima del amor á la patria y del bien público; Un partido puede ademas ser exclusivista en sus reuniones, nombrar sus jefes, deliberar y decidir, crear periódicos, sostener y animar á sus amigos; resistir á sus enemigos y disputarles la victoria: sus miembros pueden asímismo, sin ser facciosos, sacrificar sus opiniones personales á las del partido, y obedecer á los jefes como soldados disciplinados. ¿Cómo alcanzaría su fin el partido sino formase una asociacion compacta y ordenada? La disciplina de los partidos es una condicion necesaria de su fuerza como en un ejército. Sólo cuando llegan á preponderar el celo y la pasion egoista hácense anti-sociales estos grupos y dejan de merecer el nombre de partidos políticos.
— 313 — CAPITULO II. LOS DIVERSOS PARTIDOS.-SUS NOMBRES.-SUS MEZCLAS. El nombre de un partido no siempre indica con exactitud su carácter: muchos nombres vienen simplemente de un accidente ó de un capricho. Los jacobinos tomaron el suyo del lugar en donde celebraban sus reuniones; la izquierda y la derecha lo deben al sitio que ocupan. Tambien sucede á veces que los mismos nombres tienen un sentido diferente, segun la época y los países; los whigs y los torgs de Inglaterra no se parecían á los América: en ésta se distinguían ademas, antes de 1778, los federalistas contrarios á la Union y los anti-federalistas ó unionistas; y despues de aquella fecha los partidarios de 'la Union han tornado el nombre de federalistas. El partido de los demócratas de los Estados-Unidos no corresponde al democrático , de Europa; el partido progresista es uno en Baviera, y muy diferente del de Prusia; y en España los liberales se llamarorl un tiempo los negros, expresion aplicada tambien frecuentemente al partido clerical. Ciertos partidos deben tambien su nombre á algun término injurioso ó despreciativo: los pordioseros de los Países Bajos, los cabezas-redondas de la revolucion inglesa, los sans-cullotes de Francia, y aun los tvhigs (escoria) y los torys (bandidos) de Inglaterra. El color es igualmente un signo distintivo cómodo. Constantinopla tuvo los verdes y los azules; Inglaterra la rosa blanca y la rosa encarnada; y en nuestros dial, los negros (clericales) y los rojos (revolucionarios) forman dos partidos extremos, que se tocan y unen en determinadas ocasiones. Los nombres más exactos son los que indican el carácter de los partidos, su tendencia política. Hace notar Burleard (Geschichte der Renaissance, p. 86) que este género de designacion se inauguró en Italia en la época del renaci-
— 314 miento de las ideas políticas. Ménos sign ificativos son los nombres tomados de la persona de los jefes, por ejemplo: los jacobístas en Inglaterra, los bonapartistas y los orleanistas Italia. Francia, los , la carlistas denominacion en España por yel los objeto que los en partidos persiguen , tiene con frecuencia mayor alcance económico que político, por ejemplo: los proteccionistas y los libre-cambistas, ó mejor todavía, en el canton de Schwitz los Hórner y los Klauen, nombres nacidos de una disputa sobre la manera de disfrutar los pastos comunales. Los partidos se distinguen tambien por símbolos que expresan una idea y revelan su poder. Así vemos agruparse alrededor de una bandera, llevar ciertos colores, ó distinguirse los parciales por escarapelas, cintas, flores y áun por el traje entero. En la antigua Suiza las plumas de pavo designaban al partido austriaco, y las flores de lis al franfrancés; la encina y la yedra han servido con frecuencia de signo á los bandos opuestos, y la cruz y la medía luna han sido los símbolos de los dos grandes partidos religiosos de la Edad Media. Los partidos merecen menos el nombre de políticos, cuanto menores son las diferencias reales que los separan, y ménos se,inspiran en los principios políticos. Sin embargo, el hombre de Estado no puede olvidar ni aun esos partidos efímeros, que nacen y mueren en un dia, y que se arrojan con frecuencia sobre las agrupaciones permanentes, trastornan sus filas y retardan sus progresos. Ora es una rivalidad puramente personal de los jefes lo que divide momentáneamente á un gran partido; ora algun interés transitorio, una vía, un camino de hierro, una tarifa aduanera, produce una coalicion accidental entre partidos opuestos. Pero la ciencia no puede ocuparse de estas formaciones sin principio y sin duracion: lo que le interesa son los partidos con principios, porque sólo ellos tienen leyes permanentes. Por razon de la pureza de su formacion, los partidos políticos pueden dividirse en seis clases: A. Partidos mixtos religioso-políticos. Una agrupacion confesional de partidos perturba profundamente el espíritu político y dificulta la marcha independiente del Estado con tendencias de secta. Las formaciones de la Edad Media tenían en gran parte este carácter. Las lu-
— 315 — chas del mundo cristiano contra el musulman, de los latinos contra los griegos; y despues de la Reforma, de los protestantes y de los católicos, dominaron la vida de partido durante muchos siglos: Inglaterra fué agitada, aun en el siglo XVII, por las disensiones de los anglicanos, de los presbiterianos y .de los puritanos, y Francia, hasta mediados del siglo XVIII, por los partidarios de la liga y los hugonotes. La época moderna que distingue cuidadosamente la Iglesia del Estado, separa tambien con más claridad los partidos políticos de los religiosos. Sin embargo, el partido católico ultramontano y el protestante ortodoxo, forman todavía poderosos restos del pasado y oscurecen la claridad de las oposiciones políticas con sus tendencias y sus preocupaciones confesionales y gerárquicas. La importancia del partido ultramontano será causa de que hagamos , de él un examen especial, que nos dará á conocer mejor el género. B. Los partidos que se apoyan en territorios, pueblos ó tribus. Este segundo género de formacion tiene un carácter láico y es más susceptible de principios políticos, porque persigue fines' de asta índole; pero es mas peligroso que útil al Estado. La base es demasiado ancha y poderosa: cada uno de estos partidos forma, en efecto, un todo relativo, desea considerarse como tal, y, por consiguiente, en vez de moverse simplemente en el Estado, tiende á destruirlo para formar un nuevo gobierno, y lo quebranta con movimientos particularistas ó separatistas. El gran Washington lo ha dicho: «Guardaos bien de distinguir los partidos por la situacion geográfica.» La formacion de lcs partidos del Norte y del Sur preparó la guerra separatista de los Estados Unidos, y la formacion del grupo sur-aleman en el parlamento aduanero fué un atentado contra la Union aduanera, y dificultó la unificador' de la Alemania. La agrupacion de los partidos por el territorio ó por la nacionalidad amenaza siempre más ó menos la Unidad del Estado. El imperio británico pudo temer una desmembraclon miéntras hubo allí un partido inglés y un partido escocés poderosos; y el el partido irlandés ha provocado, bajo O'Connel una grandísima agitacion separatista: Nada es más peligroso para el imperio de Austria que la agrupacion de sus diversos pueblos en partidos opuestos: en Hungría,
— 316 — el partido de los Croatas luchando contra el de los los Aleres ; Bohemia , lós Tescheques oponiéndose á manes. Los partidos fundados en tribus amenazan ménos la unidad del Estado, porque tribus diversas pueden tener conciencia de su nacionalidad comun. Sin embargo, tarnbien alientan estas agrupaci ones las tendencias partieulalistas. Ninguna ventaja obtendría Prusia de que se dividieran sus partidos en Rhenanos y Prusianos orientales, en antiguos y nuevos Prusianos: en Baviera se ha hecho sentir con frecuencia la opinion de los antiguos Bábaros, de los Francos, de los Suecos y de los Palatinos, é igualmente en Suiza la de los de Zurich y de Berna. D. No deja de tener tambien sus inconvenientes la form aclon por los órdenes. Estos no se hallan agrupados localmente como los pueblos ó las tríbus, y ninguno de ellos se considera tan fuerte que pretenda constituir por sí sólo el Estado, por lo cual no se halla amenazada la existencia de éste; pero la diferencia de los órdenes es ya bastante grande por sí misma, y formando partidos correspondientes, separarían las diversas capas de la nacion más profunda y fijamente que conviene á la unidad del Estado y á la comunidad del derecho. Así se formaban los partidos de la Edad Media, cuando no eran religiosos ó confesionales. El clero, la nobleza y el estado llano, los patricios y los plebeyos, formaban á la vez órdenes y partidos. El de los Junker, por su tenaz originalidad, se mantiene como una rareza hasta en nuestró Estado moderno. La formacion de un nuevo partido de trabajadores alteraría la pureza de las agrupaciones actuales. Es necesario que los partidos invadan y atraviesen las' provincias, las nacionalidades, las tribus y los órdenes, y que unan los diversos Miembros de éstos en un pensamien- to y esfuerzo comunes. D. Los partidos constitucionales, ó formados segun estos principios, son un progreso sobre las formaciones precedentes. Sírveles en efecto de base una idea política, y sus adictos son de todos los órdenes y comarcas; así se habla de realistas ó monárquicos y de republicanos, de aristócratas y demócratas, de -constitucionales y feudales, de unitarios y federales, del partido nacional y de los parieularistas , de centralizadores y descentralizadores, etc.
— 317 Estos partidos se acercan algo á los antiguos órdenes: los aristócratas y los feudales se los cuenta principalmente entre la nobleza y los Junker; los constitucionales, entre la clase media ilustrada; los demócratas en las masas; pero no están unidos á los órdenes, y reclutan sus partidarios en todas las clases de la sociedad. En-el fondo, tienen principalmente un valor de transicion, y pertenecen más aún al derecho público que á la política. Nacen en las épocas de cambio, de revision ó de interpretacion de las constituciones, y cesan con las luchas que por esto se originan, una vez fijado el derecho público. Estos partidos han tomado en nuestros -días una importancia tan grande sólo por razon de las luchas constitucionales que agitan desde hace un siglo al mundo civilizado; pero ellos mismos trabajan en su ruina; porque su mision ha terminado con el triunfo definitivo de la constitucion que defienden. Tienden pues á desaparecer como partidos políticos para convertirse en poderes de derecho público, y en vez de acompañar á la vida del Estado como simples partidos, aspiran á encarnar en él y á absorberlo.. La constitucion :representativa moderna da á la monarquía, á la aristocracia y á la democracia una situacion legal determinada, puesto que cada una de ellas puede expresar su voluntad y sus sentimientos en el organismo constitucional por medio del gabinete, de la Alta Cámara y de la Cámara popular. Es, pues, inútil que se combatan como partidos políticos: sus principios, más bien que principios políticos, son leyes constitucionales; su fuerza está en el sistema asegurado de . la constitucion y no en las movedizas agrupaciones políticas. E. El partido del gobierno y el de la oposicion son más propios de la política. Sin embargo, en el lenguaje inglés, estas expresiones indican simplemente un hecho, aplicándose la primera al partido que está en el poder y en posesion de los destinos públicos, y la segunda al partido contrario. La poderosa aristocracia inglesa que gobierna en nombre del rey, se divide desde la revolucion de 1649 en dos grandes partidos políticos, los whigs y los torys, ó los lib-- rales y los conservadores, como se dice más bien hoy. Capaces ambos de gobernar, se encargan alternativamente del gabinete que comprende á. la vez la direccion de las mayorías parlamentarias y el gobierno político, llegando á ser
— 318 — sucesivament e P1 partido de gobierno y de op osicion, lo cual permite decir que en Inglaterra son los partidos los que gobiernan_ En Francia y en Alemania, por el contrario, el p artido gubernamental ó ministerial es el que apoya const antemente al poder, y vartido de oposicion el que le es siempre hostil y se complace en contrariar todos su:s propósitos: el primero apoya á los gobernantes aunque se equivoquen, y se acomoda á. todos los cambios de régimen, comprendiendo á. todas las personas que dependen del poder, y á aquellos es píritus que, dominados por el sentimiento de la autoridad, están siempre dispuestos á servirla bajo todas sus formas. Un partido de esta clase puede ser momentáneamente útil, porque sus votos pesan siempre y contrabalancean los deseos de la oposicion; pero ¡desdichado el gobierno que-ea las crisis se apoya en esta frágil base! ¿No teniendo fuerza interna, cómo puede ser un apoyo para los demás? Vacila y tiembla cuando el gobierno está amenazado, y abandona al punto á un ministerio quebrantado para alistarse bajo las banderas de sus adversarios. Este partido sin conviccion goza generalmente de escasa estima é influencia, y apenas merece el nombre de partido político. Es un satélite del poder, sin valor moral y sin dignidad, fácilmente asequible á la corrupcion, dispuesto siempre para hacer traicion y vender sus servicios. Semejante grupo no podría subsistir mucho tiempo en un pueblo viril, cuyos partidos políticos tengan vitalidad, y bien pronto sería ahogado por éstos. Si le encontramos aún en muchas monarquías del continente, á veces unido á los tradicionales partidos cortesanos, es como un legado fatal de los antiguo obstáculos de la vida pública. No es ménos desastroso el partido de oposicion sistemática. Miéntras que el anterior es servilmente dócil, éste es siempre recalcitrane; el uno sigue constantemente al poder, el otro lo contraría en todo y por todo: ámbos son detestables manifestaciones de la vida pública. Con gran injusticia conceden á veces los gobernados sus favores á este último. Sus cualidades, negativas siempre, sólo-son aparentes, y si no tiene el egoismo del primero, tiene en cambio la obstinacion, la contradiccion terca, el espíritu anti-social de la anarquía, mereciendo ser igualmente condenado por un pueblo viril. La popularidad
— 319 — de los oposicionistas sistemáticos de las cámaras alemanas (1820 á 1840), se explicaba principalmente por la poca madurez de nuestra vida política. Creíase entónces que un buen patriota debía hacer siempre la oposicion, cuyo error muy generalizado, prueba, el descrédito en que habían caído los gobiernos. Los mismos jefes de la oposicion se hacían sospechosos cuando llegaban al poder. F. En fin, la forma más pura y perfecta es la de los partidos que sólo se inspiran en principios políticos (no en principios religiosos, de órden, de derecho público ó de intereses), y que acompañan librey constantemente á la vida del Estado. Segun Wetchsinuth (Geschichte der politischen Parteiungen, I, p. 32): «el principio del progreso, que es indudablemente una ley de la historia 'general de la humanidad, parece no haber tenido ninguna influencia en la historia de los partidos: tal como estaban en la antigüedad, así han llegado hasta nuestros dias.» Este es un error profundo. Sin. duda la naturaleza humana que es tambien el fundamento de los partidos, es esencialmente la misma, y las pasiones excitadas pueden conducir hoy, como hace dos mil años, á actos de odiosa barbarie. El pueblo francés se creía en el siglo pasado el más civilizado de la Europa, y bien pronto cerca de París se manchaba con las matanzas de Setiembre. Sin embargo, á pesar de los crímenes aislados que han ensangrentado nuestra época, un soplo más humano ha templado los ódios, y las luchas civiles son hoy ménos crueles y violentas que en los tiempos pasados. Pero el verdadero progreso que se debo señalar, es que en realidad cada grande formacion nueva de partidos se eleva un grado por encima de la precedente. Los partidos se han desligado más y más de toda influencia extraña para fundarse en los principios, para llegar á ser más conscientes y más libres. Así, los partidos' tradicionales de los whigs y de los torys, han dado ciertamente un gran paso, viniendo . á ser, bajouna forma más pura, los liberales y los conservadores modernos.
— 326 — za y en la santidad de su causa. Si el Estado vacila, cree al. punto que es por debilidad ó porfalta de co nciencia, y multiplica sus esfuerzos. La mayor parte de los ultramontanos están imbuidos en las concepciones del pasado, y el Estado moderno le,.; parece una cosa extraña, siendo menester elevarlos á su comprension. Pero:todo el que educa, debe ante todo i nspirarrespeto á sus alumnos, y los ultramontanos no lo tienen al Estado, ese reino terrestre y casual, tan inferior á la Iglesia, reino eterno y espiritual de Dios. Necesitan, pues, estar bajo una severa y fuerte disciplina que les obligue absotutamente á obedecer. Es necesario mostrarles al mismo, tiempo la magestad, la sabiduría y la fuerza creadora del espíritu político; hacerles comprender la superioridad deéste sobre el espíritu femenino de la Iglesia, y hacer brillar ante sus ojos la grandeza de la autoridad civil. Han quedado detrás de la civilizacion y del Estado, y éste debe venir en su auxilio y completar lo que tanto ha descuidado la Iglesia. • El ultramontanismofunda.su legitimidad y su poder en su fé religiosa , por lo que muchos de sus adversarios han creido que no se le vencería sino destruyendo la religion, opinion radical que ha tenido en nuestros dias hábiles y elocuentes . defensores. Una opinion más generalizada aún, es la de que hay necesidad de atacar al catolicismo para combatir al ultramontanismo en su raíz. Estos errores son peligrosos. Destruir la religion, es, herir profundamente, es sublevar la conciencia humana Un ataque tan insensato á las elevada s relaciones del hombre coñ Dios, fracasaría necesariamente y llevaría al partido ultramontano muchos de sus actuales adversarios: de . la misma manera, atacando al catolicismo entero, se refuerza al enemigo que se debe vencer, y se preparan derrotas á cambio de triunfos pasajeros. Se llevaría así á su campo odas las tendencias liberales, nacionales y humanas que hay en el clero católico, y se sublevaría el sentimiento del honor, la fidelidad á la tradición y todas las preocupaciones selladas con la sangre de los mismos católicos. El ultramontanismo decuplicaría sus fuerzas si pudiera presentarse á los pueblos como el representante y el indispenesable apoyo de la religion y de la Iglesia católica. La necesidad de una religion, es indestructible en el
— 327 — hombre, y la Iglesia católica será todavía por algunos siglos una potencia del mundo, que reina sobre millones de hombres. Al luchar contra el ultramontanismo,. los partidos políticos deben, pues, evitar hasta la apariencia de un ataque contra la religion y el catolicismo. Los intereses de la religion pueden, por regla general, distinguirse de los del ultramontanismo; pero es 't veces muy difícil durante la lucha separar bien , este último dela la Iglesia católica, y la distincion llega á ser casi imposible, cuando los legítimos representantes de ésta, los papas y los obispos, se identifican con el partido ultramontano. Hoy todo el alto clero ha venido á ser reaccionario y jesuita. El mismo Pio IX, liberal al principio, se lanzó despues por este camino: su Encíclica del 8 de Diciembre de 1864, y el Syllabus erPorum que la acompaña, son dos manifiestos de guerra contra los principios del Estado y contra las modernas aspiraciones de los pueblos. Estos dos actos han dado un carácter oficial á una gran parte de las pretensiones ultramontanas, y han venido á duplicar la fuerza de éstas. El pontífice romano declara en términos explícitos «que no puede reconciliarse con la civilizacion, el progreso y el liberalismo modernos» (error 80). Lo que muestra a las claras cuanto se engaña el papad() es que ningun Estado ha consentido en someterse á sus decretos. Los mismos gobiernos católicos, Francia, Italia y Bélgica, han rechazado formalmente su aplicacion, y Austria ha creido un deber el declarar, que no eran obligatorios para el Estado, y que no cambiaban nada en éste. Sin embargo, es bastante notable que ningun gobierno haya tratado de rechazar este ataque mediante la afirmacion de los principios modernos, ni de denunciar abiertamente los errores del pontificado. Esta negligencia del poder civil, en vez de ser interpretada, como una prueba de su indiferencia hacia los rayos de la Iglesia ó de su consideracion por la avanzada edad de Pío IX, fué considerada, sobre todo en los paises católicos, como una debilidad ó un desconocimiento del alcance de los principios en cuestion. El partido ultramontano se hizo más audaz, y la curia romana preparó la confirmacion de las decisiones pontificias por un concilio ecuménico. El mundo contempló asombrado el extraño espectáculo de 1869 y 1870, poco antes de la caida del poder temporal.
__ 32 8 _ Dominado por el papa y los jesuitas, el concilio erigió en dogma católico la jurisdiccion universal de aquel y - su infa libilidad en materia de fe y de costumbres, ame nazando así fi. todos los Estados y á todas las civilizaciones con una dominacion universal desconocida áun en la Edad Media; y los gobiernos le han dejado obrar, mostrándose conpletarnente indiferentes. Desde entónces se ha abierto una nueva era de combates. Las esperanzas fundadas en el imperio francés para la restanracion del poder temporal, se han desvanecido, y las victorias alemanas han salvado una vez más la libertad y civilizacion. Pero una nacion aislada no podría asegurar el triunfo definitivo el enemigo universal no puede ser completamente derrotado, sino por una liga internacional. Los Estados van comprendiendo que tienen los mismos intereses, los mismos derechos y la misma libertad que defender, y el número de los que aceptan decididamente la lucha aumenta poco á poco en ambos mundos. No es posible una paz sincera y durable, mientras la Iglesia católica no abandone sus pretensiones de dominio universal, mientras no reconozca de hecho al menos la soberanía del Estado en la esfera de la política y del derecho, la libertad de la ciencia y de la conciencia, y no renuncie á, sus pretensiones de inmunidades y de privilegios. Desgraciadamente no se resignará tan pronto, y cuando los acontecimientos la obliguen á ello, lo hará protestando. En un porvenir inmediato , sólo podemos esperar . armisticios; y mientras la educacion del clero jóven siga siendojesuítica, es poco probable que un modus vivendi llegue á dar por resultado una paz siquiera relativa. La entera libertad que el Estado moderno quiere conceder á la Iglesia .en lá esfera religiosa no es tampoco una solucion, porque lo que el ultramontanismo llama su libertad, es la sumision del poder civil. En nombre de . su libertad pide al Estado , que prohiba todo lo que él llama error, que: estirpe la heregía y . que obligue á las conciencias á. someterse al dogma; proclama la nulidad de las leyes contrarias á sus pretensiones, y reclama el mas ámplio poder disciplinario de . Roma sobre los car denales y los obispos, de los obispos sobre el clero inferior, la direccion de las escuelas públicas, etc. Y sin embargo, el Estado no puede concederle más que la libertad que con_
— 329 cede á todos; por consiguiente, una libertad moderada y limitada por la libertad general. La independencia de la Iglesia y del Estado no resuelve tampoco el conflicto. La distincion esencial de los asuntos del Estado y de la Iglesia es sin duda una necesidad de nuestro tiempo, y responde á un análisis más delicado de la causa y del fin: evltanse muchas dificultades determinando la esfera, en la cual puede moverse libremente la Iglesia bajo la proteccion del Estado, igualmente libre en la suya, y este es el sentido de la máxima moderna: «La Iglesia libre en el Estado libre.» Mas el partido ultr.amontano se subleva contra esta idea, y Pio IX la condena como un error (er. 55.) Lo que quieren en rigor es: «El Estado esclavo en la Igiesia libre.» Ademas, siempre quedan una porcion de puntos de contacto entre ambas esferas; muchos conflictos de atribucion pueden surgir aún bajo el régimen de separacion, engendrados por el mismo principio de libertad, y cuando los ciudadanos tengan que preguntarse si deben obedecer á la Iglesia ó al Estado, se romperá fácilmente la armonía entre la vida religiosa y la vida política, y se producirá la division en todas las inteligencias y en todos los corazones. Tenga presente el Estado ante estas dificultades inevita- .. bles que no tiene que proteger solamente sus intereses propios, sino tambien los de la moral y los-de la religion , — de los cuales es la Iglesia la representante natural, — y que se halla en frente de un adversario temible y hábil para explotar las debilidades y los excesos. La Iglesia es femenina, y las lágrimas de la mujer han triunfado casi siempre de la fuerza del hombre. La Iglesia católica puede compararse con una noble dama, que, sino tiene ya sus ejércitos de guerreros como en la Edad Media, sus mudas influencias pueden aún perturbar hasta las más altas clases del más poderoso Estado. Los anatemas y las iras de la curia romana no espantan ya; pero las intrigas cortesanas y la excitacion de las masas pueden todavía suscitar graves peligros. Desde hace unos veinte años los Estados han carecido generalmente de prevision y de energía, puesto que han renunciado generosamente á los medios tradicionales de defensa, como en 1848, en que renunciaron al placet, sin regular el procedimiento que se debería seguir en caso de abuso (recursus ob abusum). No han querido emplear medios pre-
— 330 — venti vos, y han descuidado los represivos, a segurando así á la Iglesia romana una plena independencia, sin tener en cuenta que comprometían la del Estado. Desde el ejemplo dado por Austria en 1854, muchos Estados se han rebajado servilmente ante ella y se han dejado maniatar: sea p reocupacion, sea temor pueril, la autoridad civil se desarmaba insensiblemente. La historia de estas luchas registrará tantas faltas como debilidades: El Estado no debería olvidar jamás que no puede en ningun caso . renunciar á su soberanía, es decir, á su plena independencia política y á su supremacía sobre la Iglesia misma en materia de derecho público y privado, en cuya esfera es la suprema y única autoridad, siendo de su sola y exclusiva competencia el hacer lá ley, el gobernar y el administrar justicia. El derecho con la coaccion que lo sanciona es por su naturaleza asunto del Estado, que es el que tiene poder sobre la libertad y la fortuna, el cuerpo . y la vida. La Iglesiapor su naturaleza y su mision religiosa y moral, sólo tiene medios morales de influencia y de accion. Puede ser autónoma y tener un poder disciplinario extenso; pero solamente en los límites de , las leyes y con el asentimiento y la inspeccion del Estado. Estos principios sólo con cierta vacilado!" son combatidos por los ultramontanos y por la gerarquía, en razon de las leyes y tradiciones de la Iglesia que prohiben usar directamente la violencia: hasta en la Edad Media invocaba el brazo secular. Para contradecirlos,. la Iglesia se ve obligada á sostener que su dominio es superior al del Estado, y que el poder coercitivo del éste se halla meramente á su servicio; concepcion que podía ser aceptada por la ignorancia de los tiempos feudales, pero que rechaza sin vacilar el mundo moderno. La actitud que tomen los católicos laicos es muy importante en todas estas cuestiones. El ultramontanismo pasará á los ojos de muchos por la religion misma miéntras sea el Estado sólo quien lo combata; para que desaparezca esta ilusion engañosa, es necesario que los mismos católicos se declaren contra él. . Es extraño que todavía .se dejen guiar por sus sacerdotes, corno si fueran menores, y que se sometan, en la forma al ménos, á una Iglesia en la que no tienen ni voz ni consejo Estos mismos hombres que quieren concurrir á la legislaclon, participar de la justicia por los jurados y los Schóffen,
— 331 — inspeccionar toda la administracion política y económica,, y nombrar por si sus burgomaestres, sus alcaldes y sus consejos municipales, se inclinan humildemente ante la autoridad del Papa y de los concilios, de los obispos y de los curas, y no se atreven á pedir ninguna participacion en la constitucion, en las leyes y en el poder disciplinario de la Iglesia, ni la inspeccion de las funciones eclesiásticas. Aún en contra del antiguo derecho canónico, llegan hasta permitir el nombramiento de los curas párrocos por la gerarqu fa y sin su concurso, y se consideran dichosos si se lew deja alguna influencia en la gestion del patrimonio, de las fábricas y de las fundaciones locales. Esta actitud débil explica, sin legitimarla, la omnipotencia del clero católico, quien debe su poder á la sumision ciega y servil de los seglares. Su autoridad se templará cuando estos últimos, acordándose de su cualidad de hombres y de cristianos, tengan el valor de afirmar los derechos de la ramo moderna. No-se les podrá tratar ya como á niños sujetos á tutela desde que se presenten como hombres libres capaces de obrar con independencia; pero, sean conservadores ó liberales, para reconquistar su libertad, es necesario que. rompan con el absolutismo papal y que exijan una trasformacion nacional de la constitucionde la, Iglesia. Individualmente el católico puede hoy con facilidad ponerse al abrigo de la tiranía del clero, al ménos en las ciudadesen donde hace tiempo que no se atreve á hacer valer sus pretensiones autoritarias, habiéndose levantado una protesta universal cuando recientemente intentó hacer uso de la antigua excomunion en el país de Baden. Pero esta posibilidad de independencia no asegura. aún la libertad gene-. ral, puesto que sigue en las familias el antiguo dominio sobre las mujeres y los hijos de los mismos hombres independient 3 s, y las masas tampoco logran sustraerse á él. Para triunfar es necesario que los municipios, el país entero y los Estados aunen sus fuerzas. Por lo demás, el triunfo definitivo no sería dudoso El ultramontanismo, perteneciendo esencialmente alpasado, está llamado á desaparecer. ¿Y cómo podría triunfar desconociendo los progresos modernos? Oponiéndose á una marcha necesaria, le aplastará la rueda de la historia universal y seguirá su camino. El resultado podrá retardarse; pero no puede ser impedido.
- :332 - CAPITULO IV. LA TEMA DE STAHL La teoría de «los partidos en la Iglesia y en el Estado» que en enseñó F. J. Stahl en la universidad de Berlin y que no se publicó hasta su muerte (Berlin, 1863), aunque nacida en otro terreno que la concepcion ultramontana, tiene íntima relacion con ésta. Penétrala igualmente el espíritu teocrático , y confunde tambien la religion y el derecho , la autoridad divina y las instituciones humanas. Federico Guillermo IV había hecho reinar en Berlin, --ciudad sin embargo muy moderna y capital de un Estado moderno ,— una especie de romanticismo feudal que Stahl servía con celo y devocion, procurando extrañamente unir las tendencias católicas con la dogmática luterana y el misticismo, y acomodar esta mezcla al gusto de la época, sazonándola con ideas científicas modernas, tomadas principalmente de la filosofía de Schelling. Stahl, gran artista en la confeccion de las fórmulas que daban curso á este sistema, profesor y escritor de genio, orador político y jefe de partido en la Cámara de los señores, sostuvo estas doctrinas con prodigioso éxito. Prusia parecía haber olvidado su mision liberal, y cierta analogía de ideas acusaba la reaccion jesuítica de Roma y el sistema pietista-feudal de Berlín. Si los partidarios de la idea nacional alemana dudaron un momento de Prusia ; si despues de 1848 ésta se echó en brazos de la política legitimisma, y fué en Schlepptau á remolque del Austria; si las divisiones entre los nobles y los burgueses, la burocracia y los liberales agriaban más cada dia, débese en gran . parte á las teorías de Sthal. Indiquemos los caractéres esenciales de éstas. Stahl reduce á todos los partidos á uno de estos dos polos: revolucion á legitimidad. Y sin embargo, la mayor par- to de los hombres inteligentes, en Alemania al ménos, creían
— 333 -- no ser ni revolucionarios ni legitimistas; pero no importa. Sthal los clasifica á todos, quieran ó no quieran, en estos dos bandos: la izquierda ó la revolucion, la derecha ó la legitimidad: el centro se divide entre los dos extremos, y desaparece. Para justificar este artificio dialéctico, afirma Stahl que estas expresiones tienen un sentido muy diferente del que les da el vulgo. Segun él, la revolucion no es simplemente la ruina ó la trasformacion violenta de la constitucion del Estado, es decir, un acontecimiento histórico, Binó un principio, un sistema político. «La sedicion, dice, es puramente la caída de un poder establecido; la revolucion es la ruina de las mismas relaciones del poder, porque pone la autoridad y la ley por debajo de los hombres, cuando debiera estar por encima. La soberanía de la voluntad nacional, la renovacion de la sociedad tradicional (lo cual quiere decir, sin duda, la completa disolucion do los antiguos órdenes), y los derechos naturales puestos por encima de las instituciones, en vez de estar fundados en ellas; hé aquí la revolucion. Así, pues, la revolucion no ha existido, por completo al ménos, hasta el 1789» (p. 2.) Del mismo modo, segun Stahl, la legitimidad no es solamente el mantenimiento y respeto del derecho dinástico tradicional, y ménos aún la simple fidelidad á la constitucion y á. las leyes, sino un dogma político: «Comprendo bajo este nombre, dice, á todos los partidos que reconocen un principio superior absolutamente obligatorio, un órden establecido por Dios por encima de la voluntad nacional y del capricho de los príncipe s, á todos los que ponen el fundamento del órden público fuera del derecho y de la utilidad del hombre, de la libertad de la nacion-, y de la seguridad mecánica de la sociedad» (p. 3). En fin, toda la lucha moderna se resume en esto: ¿Es el órden establecido por Dios . ó la voluntad del hombre lo que domina al mundo moral?» Como se ve, lo que en realidad opone Stahl es el derecho humano y el derecho divino. Comprendida así, su teoría es ménos antipática que sus palabras, que recuerdan la misma categoría persa de Ormuz y Ahriman, ó del antiguo Dios y el antiguo diablo cristianos. Para Stahl la revolucion es siempre un crimen contra Dios, una empresa insensata contra el cielo. Profesa un ódio no disimulado hácia todos los que fundan humanamente el Estado, y un
— 334 — amor entrañable al derecho divino, cosas ambas muy per - judiciales, sobre tolo en un exárlien científico. Tiempo es ya de que dejen de atribuirse á los p rincipios de 1789 los horrores de 1792 y 93, y todos los .excesos que la pasion produce: estos crímenes no son imputables á los derechos del horn5re, como no puede tampoco atribuirse á, la religion cristiana la Saint Barthelemy de 1572. Los lazzaroni y los sanfedistas desencadenados por el cardenal Run en 1799 ensangrentaron á. Nápoles e n nombre de la religion y del derecho divino de los reyes , como Marat y los septembristas habían ensangrentado á París en nombre de la igualdad y d.e la libertad; de todo lo cual son las verdaderas culpables, no los principios, sino las fanáticas pasiones. Lo que conviene tener presente es que un principio, siquiera sea verdadero, conduce siempre á excesos cuando, considerándole bajo un solo aspecto, se le quiere aplicar absolutamente. El derecho divino toma más fácilmente esta tendencia que el principio del derecho humano, porque se apoya en la voluntad realmente absoluta de Dios, mientras que el segundo sólo puede ser comprendido como absoluto por un desconocimiento de la naturaleza relativa del hombre Decir que el Estado y el derecho son el órden establecido por Dios mismo ó . concebidos como la obra de los hombres, es sin duda formular dos principios diferentes. El primero reinaba solo en la Edad Media, y la monarquía absoluta hizo de él su piedra angular; el segundo predomina en nuestros días en la ciencia y en la política práctica, y conduce á ideas constitucionales y liberales. Pero, ¿,es verdaderamente la Revolucion de 1789 la que comprendió y formuló primero esta oposicion de los dos principios? ¿Cómo afirmarlo cuando desde Grotius hasta Kant, la teoría de los derechos naturales, esa base científica de la Revolucion, como dice Stahl, parte siempre del principio humano, y la há puesto en práctica desde mediados del siglo XVIII la política general de la' Edad Moderna? Las ideasxle la Edad Media ejercieron todavía una grande influencia en la revolucion inglesa de 1618. Móviles religiosos agitaron principalmente á los presbiterianos y á los puritanos; el espíritu patriarcal democrático luchaba contra el espíritu episcopal aristocrático; cada cual de los dos partidos invocaba su derecho divino, y se anatematizaban re--
— 335 — ciprocamente con los textos de la Biblia, y sólo algunos raros pensadores como Milton y frobbes se elevaban por encima de estas concepciones, defendiendo ó atacando la revolucion con las armas humanas de la filosofía y de la historia. Pero el principio humano del Estado quedó ya triunfante desde la segunda revoluCion inglesa de 1689, y en vano invocó entónces Jacobo II su derecho divino contra la ley del Parlamento. Poco tiempo despues Federico II se declaró enérgicamente en el mismo sentido y rompió con las ideas de todas las demás cortes del continente: «La mayor parte de los príncipes, dice, se imaginan que Dios ha creado expresamente para su grandeza, su felicidad y su orgullo á esa multitud de hombres cuya salud les está confiada, y que sus súbditos sólo están destinados á ser los instrumentos y los ministros de sus desenfrenadas pasiones . Si los p • íncipes se desprendieran de estas ideas erróneas y quisieran someterse al fin de su institucion, verían que su elevacion sólo es obra de los pueblos (1).» La revolucion es, pues, anterior á 1789, y podría decirse que nació en 1740 con el advenimiento del gran rey de Prusia. En el mismo principio humano está fundada la independencia de los Estados-Uni- dos (1776): los Americanos proclamaron ántes que París el derecho que asiste á. una nacion libre para destruir la tiranía, «para darse un gobierno y ordenar los poderes de la manera más conveniente para la seguridad y el bien públicos.» Y, sin embargo, léjos de ser impíos, como dice Stahl, reconocen respetuosamente que la creacion de Dios, que ha hecho al hombre social, es la causa primera y originaria de la libertad y de los derechos del individuo y de la nacion. Oponiendo el derecho humano al derecho divino, se sostiene simplemente que el hombre, teniendo la inteligencia de las cosas naturalés, de sus necesidades y de sus medios, debe ordenar con libertad y con razon sus relaciones, sin inclinarse ante una pretendida autoridad de arriba, ora proceda de los sacerdotes, ora del poder misterioso de la tradicion. Lo que se pretende con ésto es que la invocacion mística de las órdenes de Dios no determine la ciencia ni la política, y que el hombre, en vez de confiar perezosamente (1) Véase 131untsehli, Gesch. des all qem. Stasrecht, p. 230.
— 342 venir.» El socialismo le había mostrado ademas «la necesidad de unir lo social y lo político, es decir, las relaciones de posesion y las de autoridad:» quiere por co nsecuencia, «el poder magistral de los propietarios sobre los obreros, de los maestros sobre sus oficiales, y de la corporacion sobre los maestros» (p. 288). En esto, como en todo lo demás, nos lleva á la Edad Media. Pero si en su reseña de la revolucion casi le parecen los partidos extremos los unicos lógicos, siente alguna repugnancia á formular el mismo juicio cuando estudia los partidos de la legitimidad. Su situacion política le impone en este punto ciertos miramientos, y teme aparecer tan católico reaccionario como . de Maistre, ó tan patrimonial como Luis de Haller. «Los naturales repre8entantes del principio de legitimidad, dice, son primero los príncipes 1 despues la nobleza, luego el ejército, y por último el clero ortodoxo.» Así forma su partido de todas las autoridades políticas y religiosas y de todos los representantes del privilegio histórico y del poder militar, en oposicion á todas las clases medias y populares que coloca en el partido de la revolucion. Dos ejércitos se dividen así el Estado: los gobernantes, ó los soldados d., Dios,» y los gobernados, «sospechosos todos de hostilidad contra el órden divino, arrastrados por naturaleza á la revolucion, hijos del pecado y continuadoras de Satanás.. En vano se le objeta que las clases medias ilustradas, sin ser legitimistas, son, sin embargo, naturalmente hostiles á la revolucion: como el patriarca Natham, de Lessing, responde imperturbablemente: «no importa que se queme á los judíos.» En vano se le muestra que las grandes clases populares, en opinion de los más grandes príncipes y de. los mejores hombres de Estado, son el más firme apoyo de la monarquía y el,,objeto más importante del arte de gobernar; para él son un peligro permanente de revolucion, porque el sentimiento de su fuerza las tiene siempre dispuestas á destruir el Estado. En, fin los numerosos obreros que ganan su pan cuotidiano con el sudor de su frente, y que están cargados, segun su asombrosa expresion, «con la maldicion del trabajo» son recomendados á la severa vigilancia del poder, como «los enemigos natos de la legitimidad.» La teoría de Stahl divide, pues, á los gobernantes y los gobernados en dos campos enemigos; aumenta arriba la des-
— 343 — confianza, abajo el odio, y el Estado no es ya la union pacífica, sino la guerra dejas clases. El régimen moderno descansa sobre la cooperacion del gobierno y de la representacion nacional; supone, pues, en todas partes union y buena inteligencia, y por consiguiente moderacion en. todos. Stahl, por el contrario, llena sus dos campos de principios exclusivos é ideas fanáticas, y los pone en ardiente y perpétua lucha. En un Estado libre, la autoridad conquista el asentimien- to de la mayoría; mas Stahl quiere, desde el principio y posteriormente, someter la mayoría á la autoridad; hace de los príncipes y Jos jefes los enemigos de la nacion, y los opone hostilmente á las masas, cuyas numerosas prestaciones son las únicas que permiten la marcha del Estado y el reclutamiento del ejército. Es verdaderamente increible que semejante sistema haya contado numerosos adeptos, en un Estado tan avanzado como Prusia, y que haya podido ejercer sobre su política práctica una grande y detestable influencia. Los legitimistas siempre han procurado atraer los príncipes á su campo, y frecuentemente con buen éxito. Su teoría lisonjea el orgullo y la vanidad de los poderosos, de los cuales hace los elegidos de Dios y los representantes de su majestad, como si Dios amase mas á los príncipes que á los pueblos. Pero ténganse en cuenta las enseñanzas de, las sangrientas tragedias de la historia. Precisamente por haberse revestido de una legitimidad divina, para colocarse por encima de sus deberes públicos y marchar con . su derecho histórico al través de la corriente de la historia universal, fijé por lo que Perdieron sus tronos los Stuardos de Inglaterra y -Escocia, los Borbones de Francia é Italia, los Wasas de Suecia, los Habsburgos de . Italia, y los Welfos de Hanover (1); y la misma lógica de los acontecimientos elevaba al mismo tiempo á los príncipes que, *comprendiendo humanamente los deberes de la política humana, se esforzaban en dar satisfaccion á las tendencias modernas de formacion nacional y de libertad. Poniéndose al frente de la (1) G. Frantz, Kritik aller Parteien, Berlín 1862, p. 35 «La invocacion del derecho divino por una dinastía se puede considerar como la precursora de su caída. porque muestra de esta suerte que su vista de las laciones humanas se halla oscurecida.»
— 344 — „• voluciorp, como diría Stahl, es decir, realizando (Hut trasformaeion que había llegado á ser necesaria, fué como e l príncipe de O•ange Guillermo III de Inglaterra, los Noizen..:oltern Federico el Grande y Guillermo de Prusia, los Napoleones en Fracia, y los Bernadotes en Suecia, y los Carignans en Italia hicieron la grandeza y lu fortuna de sus casas. Stahl niega que el partido de la legitimidad sea necesaria para «el poder ilimitado del rey» (p. 201) ó para la monarquía, absoluta.; mas el derecho divino tiende naturalmente á lo absoluto, y el poder no puede ser limitado sino por instituciones humanas. Defiéndese igualmente de «la concepcion teocrática de Dios gobernando inmediatamente el mundo» (p. 304); y, sin embargo de esto, la naturaleza divina que atribuye al derecho del príncipe no tiene sentido alguno sino es teocrática. Y si echa en cara al partido liberal detenerse á la mitad del camino qué hace, pues, él mismo? Mas en presencia de la teoría católica es donde se embaraza su doctrinarismo protestante. De. Maistre, que quiere restaurar el poder universal del papa, es un l e gitimista mucho más consecuente. Si la, autoridad temporal está armada del derecho divino, si toda oposición séria contra, sus abusos es una criminal rebelion contra Dios ¿cómo puede Stahl rehusar este mismo derecho divino á la gerarquía romana? (p. 370). áNo tienen razon desde entónces los ultramontanos para condenar la reforma como una culpable revolucion? El camino que sigue Sthal conduce directamente Roma. Rechaza, en fin, como revolucionario el derecho natural del hombre. Mas ¿no es Cambien la naturaleza humana obra de Dios? Pone por encima de todo el derecho histórico; pero ¿ e no es este principalmente el producto de nuestra historia terrestre? La concepcion del derecho, es por otra parte, extrala,, , y aún radical en el fondo. Para él el derecho no es en manera alguna una cosa viviente, una de las fases de la naturaleza humana, sino una cosa abstracta Colocada fuera del hombre, superior al hombre y determinada por sí misma: «el derecho es tanto más sagrado cuanto más se separa de las formas concretas de la ley, y vale por sí mismo como regla preexistente, cuyo origen nadie trata ya de investigar» (p. 307), y «la autoridad es tanto más santa cuanto ménos parte ha tomado la accion del hombre en su estableci-
345 miento» (p. 399). Stahl parece mirar como criminal é infes-7 tado de revolucion todo lo que el hombre produce con su razon y su virtud, su voluntad y su trabajo. En este sentido, el más perfecto de los gobiernos sería finalmente aquel que, cerrando los ojos sobre las cosas humanas, consultase el Urin y el Thurin, los oráculos, el vuelo de las aves y las entrañas de las víctimas, á la manera que los sacerdotes judíos, los antiguos Helenos y los augures romanos. El mundo; que ha llegado á ser mayor de edad, debería, pues, volver á la infacia y ponerse otra vez en manos de los sacerdotes y los astrólogos. «El Estado cristiano» de Stahl es una teocracia bastarda, apenas posible en Rusia, é indigna de la Europa civilizada. En vano se esfuerza su autor en disputar acerca de la ing plicabilidad, y, por consiguiente, la esterilidad de su sistema en todas las cuestiones verdaderamente jurídicas ó políticas. ¿Por qué razon la censura había de ser más divina que la libertad de laprensa; las leyes particulares, que las codificaciónes completas; el servicio militar, anual que el trienal, ó la monarquía de los órdenes, que la representativa? Su principio no conduce, pues, á nada útil, ni para la sociedad ni para el Estado. No convencerá más al espíritu independiente de los Alemanes ó al gusto progresivo de los ingleses; que á la necesidad de gloria de los Franceses al sentimiento nacional de les Italianos.
— 346 — CAPITULO Y. TEORÍA DE ROHMER• En 1842, en medio de las luchas políticas que dividían entónces al canton de Zurich y á Suiza, fué cuando Federico Rohmer concibió su notable teoría de los partidos (1). Teodoro Rohmer, su hermano segundo, la publicó dos años despues en un libro tan sólido como brillantemente escrito por confesion misma de sus adversarios. Yo mismo tomé. entónces una parte activa en su desarrollo (2). Las vivas luces que suministra esta obra, han llegado á ser poco á poco un bien comun de los hombres políticos de Europa. Algunos Franceses é Ingleses se han inspirado en ella, y publicistas de fama'han bebido con frecuencia en esta fuente y explotado sus axiomas. Sin embargo, la fortuna del libro no respondió en un principio á su valor real ni al talento de sus autores, y esto por una doble razon: un gran número de progresistas temieron desde luego encontrar en él, ménos un estudio científico que una obra dP partido destinada á disolver hábilmente las agrupaciones políticas, á humillar á los radicales y ayudar á la reaccion por la union de los conservadores y de los liberales (3). Esta desconfianza injusta, 'del mismo modo que el furor de los partidos extremos, no se explica más que por las circunstancias del momento. El sistema de Rohmer se deduce lógicamente de su psicología, y es tan (1) Despues fué expuesta en el Beobachter aus ,der óstlichen Schwitz. (2) Friedrich Rohmers Lehre von den politischen Parteien, por Theodor Rohmer; Zurich, 1844. (Actualmente reimpresa por Beck, odie., Nordlingen.) (3) El art. «Partein» de Abt., (en los suplementos de la primera edicion de Statslexicon de Rotteck y Welker) formula ligeramente esta acusacion como una verdad incontestable.
— 347 — desfavorable á toda reaccion, como útil á las formaciones libres. Se puede reconocer, sin embargo, que su primera fórmula se resentía de las luchas concomitantes; que pintaba con cierta exageracion y aspereza los defectos, y los crímenes de los radicales y de los absolutistas, y que desconocía demasiado las ventajas y la necesidad de estos mismos partidos. En segundo lugar, la vida de los partidos todavía estaba muy atrasada en la Alemania de entónces. El estudio psicológico del espíritu político era allí absolutamente nuevo. La obra de Rohmer hubiera tenido mucho mejor éxito si hubiera aparecido en 1849, ó mejor aún en 1867. Del mismo modo que el Estado debe ser comprendido y explicado por la naturaleza humana, así tambie n los partidos políticos que la animan no pueden serlo, en sus causas naturales, mas que por la vida humana. «Para conocer, dice Rohmer, loque es el cuerpo del Estado, estudio las cualidades esenciales (Grundrenhültnisse) del alma humana; para expltcar su vida, debo investigar las leyes de su desenvolvimiento.» (§ 17). Ahora bien; el homb re se desarrolla sucesivamente siguiendo la série de las edades, que tienen cada una su carácter propio y su espíritu; y, por otra parte, los diversos partidos políticos se distinguen entre sí, sistnultáneamente, por diferencias que corresponden exactamente á aquellas edades. Luego la ley natural de su vida es la misma que la ley psicológica de las edades de la vida humana. El hombre (vir) se eleva y desarrolla naturalmente, y despues declina. Vedlo crecer con rapidez en el doble período de su infancia y juventud, (infancia et pueritia), despues que llega á la pubertad, la adolescencia brota en su flor, y luego el hombre joven se adelantara lleno de fuego y de audacia. La edad madura, más perfecta, sucede y marcha lentamente hacia la vejez. ' El hombre joven y el hombre maduro ocupan la cúspide de la vida natural; ambos tienen la plenitud de sus fuerzas activas y viriles; solamente que las fuerzas creadoras y productivas son las que obran predominantemente en el primero, y las conservadoras y correctivas en el segundo. De este modo, el hombre »ven responde al liberalismo, y el hombre maduro al conservadurismo. Por el contrario, la infancia aspira á la virilidad, objeto
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