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J. V. Arregui, artesano de la filosofía y de la amistad

Escribano, Xavier

Abstract

El presente artículo evoca la figura intelectual y humana del desaparecido profesor J. V. Arregui. El texto constituye un homenaje agradecido a un gran maestro del arte de pensar, que nos brindó también su amistad.

Full text

THÉMATA. REVISTA DE FILOSOFÍA. Núm. 40, 2008. J. V. ARREGUI, ARTESANO DE LA FILOSOFÍA Y DE LA AMISTAD Xavier Escribano. Universitat Internacional de Catalunya Resumen: El presente artículo evoca la figura intelectual y humana del desaparecido profesor J. V. Arregui. El texto constituye un homenaje agradecido a un gran maestro del arte de pensar, que nos brindó también su amistad. Abstract: This article depicts the human and intellectual figure of the late Professor J. V. Arregui. The text is a grateful tribute to a great master of the art of thinking, which also gave us his friendship. En muy contadas ocasiones nos es dado encontrar a un maestro, a un amigo, en quien vida y pensamiento formen una unidad tan estrecha como en la persona del profesor Jorge Vicente Arregui, a quien un nutrido grupo de alumnos, doctorandos y otros colegas de vocación o de profesión universitaria solían llamar sencilla y cariñosamente Gorka. Cuando el hallazgo de una tal personalidad tiene lugar, algunos afortunados gozan de la ocasión de aprender, simultáneamente, a pensar y a vivir: a pensar con seriedad su vida y a vivir con intensidad su pensamiento. Podría decirse que, en el caso del profesor J. V. Arregui el latido constante de su gran corazón y el pulso incansable de su mente marchaban al unísono. Gracias a su ejemplo, algunos llegamos a comprender que la pasión y el raciocinio, a veces, felizmente, se dan la mano, y nos procuran el ejemplo de un ser que medita, llora, y ríe, con la misma energía, e incluso, en ciertas ocasiones, con la misma inexorable necesidad. El profesor Arregui representa la imagen de una tarea intelectual que no se desactiva jamás, de una vida que no goza de ninguna tregua complaciente. En su comportamiento impresionaba su radical incapacidad para la pereza, para la indolencia y para la indiferencia. Su maestría, su generosa conversación, eran una constante invitación a leer, a pensar, a escribir, a trabajar, verbos que tenían un lugar privilegiado en el vocabulario de su existencia. Uno de mis más remotos recuerdos de nuestra amistad se remonta a una tarde del inicio del verano del año 1989. Tras tomar un café conmigo e interesarse por la marcha de mi primer año en los estudios de filosofía, me espetó, al despedirnos, en un suave tono imperativo: “Este verano, lee mucho”. Aunque supe captar un cierto llamamiento a la responsabilidad, como si se tratara de algo muy importante en lo que ambos estuviéramos igualmente comprometidos, fui incapaz, a causa del agotamiento del curso y del torpor veraniego, de llevar a la práctica aquel consejo estival. Estoy seguro, sin embargo, de que aquel verano Gorka, como solía, no se dio ningún descanso (y leyó mucho). En esta autoexigencia intelectual me parece ahora reconocer una resonancia wittgensteniana, una actitud característica del autor austríaco al que dedicó su excelente tesis doctoral y que escribía en cierta ocasión a un amigo: I am working reasonably hard and wish I were a better man and had a better mind. These two things are really 362 Thémata. Revista de Filosofía, 40, 2008 one and the same. Nuestro recordado profesor destacaba como persona y como intelectual, entre otras muchas cosas, por la más helénica de las magnanimidades; disponía de un enorme corazón, capaz de querer de verdad y de infundir su propia grandeza a lo amado. Magnanimidad, grandeza de corazón que se transmitía a sus expresiones: así, por ejemplo, al firmar y despedirse en sus cartas, su fórmula preferida era “¡Un abrazo infinito!”. Así también, al cabo de unos cuantos años, tras leerse mi primer borrador de tesina -donde yo intentaba establecer un estrecho paralelismo, sin duda arriesgado e ingenuo, entre la fenomenología de la percepción de Maurice Merleau-Ponty y la tarea pictórica de Paul Cézanne-, su valoración, plasmada en trazos vigorosos en la última página de mi trabajo (comentario gracias a la cual, por cierto, como diría Salinas, “más alto ya que corales o estrellas estuve”) fue sencillamente: “¡Eres grande, pequeño!”. Pero mi grandeza era una pequeñez enormecida por ojos magnánimos, que sabían ver, y suscitar, lo grande, en lo pequeño. De ese comentario amable, simpático, confiado -como de otros muchos, expresados con el trazo grueso de su pluma y la franqueza y el lenguaje directo de un vasco de Donostisaqué energías para escribir sin desfallecer, bajo su dirección, una tesis que me llevó diez años de trabajo. Como director de tesis, J. V. Arregui no se desentendía jamás del rumbo, de las dificultades o necesidades de la investigación del doctorando. Desde cualquier parte donde se encontrara, fuera Málaga, Glasgow, San Sebastián, Elorrio o París, era posible recibir una de sus cartas cargada de ánimos y de sugerencias, o un sobre con un par de interesantes artículos fotocopiados. “Sólo unas letras...” -comenzaban las cartas minimalistas que acompañaban los documentos-, pero esas pocas palabras de aliento disipaban cualquier desánimo y la sospecha de que el propio trabajo fuera irrelevante para el mundo o para la comunidad científica en su conjunto. Do I dare / Disturb the Universe? “¿Me atrevo a molestar al Universo?” se preguntaba T.S. Eliot en The love song of J. Alfred Prufrock. A los ojos del maestro y profesor Arregui cualquier pequeño comentario surgido de la boca o de la pluma de un joven filósofo principiante era una tesis que debía ser tenida seriamente en cuenta. Y por ese motivo, la desaparición de su persona nos disminuye, porque ya no sabemos dónde ir a recuperar aquella grandeza que nos regalaba su mirada. Nuestros proyectos eran más estimulantes en su mente, que en la nuestra, y comenzaban a apasionarnos realmente ante su escucha. Aquello “valía la pena pensarlo”, aquello “valía la pena madurarlo”, aquello “valía la pena escribirlo”, nunca era un memez, algo insignificante o irrelevante. Sin duda, en efecto, valía la pena molestar al Universo con nuestros intentos de principiante. ¿Qué pasión casi telúrica por la verdad y por la comprensión de la existencia humana encarnaba con radicalidad kierkegaardiana nuestro amigo? ¿Qué tenía su discurso que permitía escucharle ininterrumpidamente? Si es verdad que existe una profunda relación entre practicar la filosofía y cultivar la amistad y que, como dice Platón en el libro V de la República, es a los amigos ante todo a quienes debe comunicarse la verdad hallada y madurada, en el caso de J. V. Arregui y el grupo más o menos constante, cambiante, creciente, de amigos y discípulos que compartieron dentro y fuera de clase el sabor y las exigencias del pensar filosófico y que procuraban reunirse siempre que fuera posible en torno a alguna cuestión interesante, ya fuera informalmente, o bajo la cobertura de un Congreso o Jornada, ese viejo ideal de la amistad filosófica fue realizado cumplidamente una 363 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 vez más en la historia del pensamiento en torno a nuestro querido profesor. Pedro Salinas, Fernando Pessoa, Rainer María Rilke fueron los nombres que surgieron espontáneamente en mi primera conversación con él. Eran sus poetas. Eran -o comenzaban a serlos míos. Lo propio de la amistad es, de acuerdo con C.S. Lewis, no un tener la mirada fija y absorta en el rostro del otro, como sí sucede con los enamorados, sino dirigir la mirada conjuntamente a aquello que nos apasiona y vivirlo de una forma ampliada, convivirlo. Con Gorka era posible con-vivir la poesía, la filosofía y las pequeñas o dramáticas peripecias de la existencia, aprovechando la intensidad y la autenticidad que él proporcionaba a tales experiencias. Le interesaba apasionadamente, y logró que a muchos nos co-interesara con el mismo afán de saber más, todo lo que en el ser humano vale la pena meditar y todo aquello que en nuestra condición humana no puede dejar de asombrarnos: desde la vivencia del cuerpo o el valor cognoscitivo de los afectos, hasta la compleja especulación conceptual sobre la racionalidad, la identidad personal o la muerte. De todo ello afortunadamente queda, no sólo el recuerdo de clases memorables en varias Universidades, sino un excelente manual titulado Filosofía del hombre, una antropología de la intimidad, escrito en colaboración con el profesor Jacinto Choza, que sigue siendo un excelente punto de partida para cuantos se plantean trabajar en el terreno de la Antropología Filosófica con seriedad. Autor de una impresionante monografía sobre la muerte, a la que deseaba poner el título de Nosotros, los mortales, pero que finalmente vio la luz como El horror de morir, ejemplo de la más cuidadosa, documentada y bien trabada reflexión antropológica, él hubo de sostener la mirada de esa diosa de ojos fatales sin concesiones, con la plena conciencia del filósofo. En ese trance, precisamente sobre el que había escrito páginas magníficas, nos dio su más brillante y decisiva lección, autentificando la veracidad de su pensamiento, y esforzándose en la virtud, para sufrir esa afrenta, como se dice en la Copla famosa de Jorge Manrique, que tanto gustaba citar. Porque, como se dice en el capítulo conclusivo de El horror de morir -y son palabras que no se pueden citar sin el estremecimiento y el respeto de haberlas visto realizadas por el mismo autor que las puso por escrito- : Si se ha sabido vivir subordinando la propia vida a los valores que la hacen estimable, que hacen que vivir valga la pena, si se ha sabido resistir el mal con valor y fortaleza, puede encararse la muerte venciendo el miedo que provoca. Manrique deja claro que morir es un mal trago, y que no deja de serlo por mucha fe que se tenga, pues aunque la muerte sea la puerta de acceso a la eternidad, no quita que sea una puerta espantosamente oscura. La fe no quita el horror de morir. Ahora bien, quien ha sabido poner la vida en el tapete en defensa de un ideal, quien se ha jugado la vida cuando era preciso, sabe también perderla con un gesto de dignidad. Al entrar en la Biblioteca de Filosofía de la Universidad de Barcelona, desde donde ahora escribo, muchas veces me llego a plantear junto a qué obra filosófica voy a sentarme para estudiar unas horas, como si los filósofos representados allí necesitaran de algún tipo de calor humano o de compañía. Hoy, evocando a nuestro querido amigo y maestro, profesor y “artesano de la filosofía”, soy yo quien necesita sentirse acompañado por ellos, en la soledad de una pérdida irreparable. El enigma que plantea la desaparición de alguien a quien hemos apreciado mucho y de quien hemos aprendido tanto no es el de saber si algún día llegará a caer en el olvido, sino más bien, el de saber bajo qué forma seguirá presente entre nosotros, en nosotros, puesto que, como dice el filósofo fran- 364 Thémata. Revista de Filosofía, 40, 2008 cés M. Merleau-Ponty: “Todos aquellos a quienes hemos amado, detestado, conocido o simplemente entrevisto hablan por medio de nuestra voz.”. El profesor J. V. Arregui se queda entre nosotros en su obra, en sus libros y artículos, a los que seguiremos acudiendo para refinar y ahondar nuestro pensamiento, en las clases que impartió y que llenaron de ideas y de visiones nuestros apuntes, en muchos entrañables recuerdos, en gestos y palabras que al filosofar ante nuestros alumnos a veces remedamos como un invisible homenaje, en los proyectos a los que nos abrió los ojos y que siguen impulsándonos en la inquietud de nuestra búsqueda intelectual. Se queda, en definitiva, en nuestra voz, como una de sus cadencias más valiosas. El profesor J. V. Arregui, cuyo discurso filosófico reunía el acendrado respeto de lo valioso propio del moralista, la capacidad para el gozo del esteta y la pasión por el concepto del metafísico fue, ha sido y sigue siendo tras su muerte, una institución, es decir, no un individuo que se acaba en sí mismo, sino una vida y un talante intelectual del que pueden participar otros muchos, una mirada sobre las cosas que puede recogerse y proseguirse de modos muy diversos y tomar de ahí fuerza e inspiración para que cada uno lleve a cabo su propio camino. En esta bifurcación de la senda por la que marchábamos juntos, el mejor homenaje a la figura y a la persona del profesor J. V. Arregui, nuestro estimadísimo Gorka, es la práctica decidida e incansable del arte de la filosofía y de la amistad. * * * Xavier Escribano Universitat Internacional de Catalunya Facultat d’Humanitats C/ Immaculada, 22 08017 Barcelona [email protected]