Cuando las catedrales estaban llenas
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Alfonso Jiménez 11 Cuanóo las cxeOmtes estaban llenas Juan Ignacio Ruiz de la Peña Solar 15 protagonismo bistórico 0e la cateOral 0e Ouie0o en la €0a0 CDe0ia Isabel Ruiz de la Peña González 33 La ettpa prewomÁnica 0e la cate0ral 0e Ouie0o Raquel Alonso Álvarez 47 €taps romÁnic L y g6frc^ 0€ la cate0tal be OuieOo María Pilar García Cuetos 83 fa catebml 0e Ouie0o en el siglo XVI 125 llotas y bibliogufla
n I I {"a cultura delsiglo XX, que tanto debe al cine y que tanto depende ya de su hiia, la caja tonta, nos muestra nuestro pasado, o un pasado genérico paneuropeo, con tanta fuerza y convicción que trabajo tienen ya los beneméritos profesores de instituto para convencer a los futuros universitarios de cómo pudo haber sido realmente, o a qué pudo parecerse, la Edad Media, ya que la industria del cine se ha cebado con especial fervor en ella. La cosa no tendría mayor importancia si no afectase indirectamente a la manera en que nuestra sociedad se enfrenta con los escasos edificios de la época que están en pie y que perseveran en el mismo uso, que son casi exclusivamente las catedrales, a una de las cuales, la primera iglesia ovetense, está consagrado este libro. , I I \,onstituyen una creciente eternidad las horas de celuloide y vídeo que nos muestran a enfervorizadas multitudes de extras, medievales, sucios, tullidos y vestidos de harapos que, con miradas de fe dirigidas a Io alto, abarnctan los templos en los que las formas, sin importar las crrcnologías ni las mezclas, se unifican tras unos rayos de luz místicos. Son muchas las series de televisión y tiras de tebeos que ofrecen en sesión continua imágenes de on¡ndos frailes, de mirada tan codiciosa como estulta, en hábito de mendicantes, según Ia tradición decimonónica, dedicados a exigir limosnas en ese peaie al purgatorio que r€presentan las puertas de los templos/ paso obligado de los peregrinos analfabetos/ ya exhaustos tras las anuales visitas de los mismos clérigos a sus míseros campos, exigiendo los <malos g5sglr, o sus equivalentes en el celuloide, Ias pernadas, Ios diezmos y otras formas primitivas de Ia declaración de la renta. Entonces, en la Edad Media que inventó Hollywood, sí que estaban las catedrales llenas. hora, cuando sólo se pueblan en unas horas de los domingos y en algunas de las fiestas principales, el teórico hereden¡ de aquel siervo, el mediatizado ciudadano de a pie, que paga sus impuestos, ya no entra en la catedral temercso, sino todo lo contrario, levanta la cabeza con orgullo y critica a los canónigos, pues sabe que é1, gracias a una difusa primogenitura colectiva que declaran constituciones y estatutos, y a unas acciones que suscribe al marcar con una cruz ciertos papeles que rcllena de mala gana en el mes de iunio, es copncpietario de la catedral, y por eso le rcvienta tener que pagar una entrada para contemplar otras zonas del edificio o para acceder al tesonc, lugar periférico donde de mala manera se amontonan unos objetos de mérito, carentes ya de devoción o de uso: una verdadera maravilla, por usar Ia exprcsión andaluza. tr l- \" I fraile depredado[ mastodóntico o vampiresco, pues sólo de estos modelos los fabrica la industria de los sueños y las pesadillas, pero siempre riioso, no aparece por parte
alguna, excepto en esos ñoños folletos que Ia consejería del ramo administra a los niños para perpetuar el mito cinematográfico cuando visitan la catedral; el canónigo actual es, en la mayoría de la catedrales españolas que aún tienen cabildo, un sacerdote de cierta edad, formado casi siempre en épocas de cruzadas, que por causa del irrecuperable descenso de vocaciones realiza simultáneamente tr€s o cuatro de las tareas que, hace dos siglos, mantenían a un pelotón de beneficiados y que hoy sólo sus míseras retribuciones le permiten llegar a fin de mes. La canoniía, dotada por Ia leyenda de un prcstigio similar al de las cátedras y tan vacía ya de potestad como éstas, es una de sus ocupaciones, quizás la que menos tiempo le demanda. F l- \, n nuesfio imaginario guión medieval, mientras los extras que hacen de siervos y de frailes siguen deambulando entrc sarcófagos y lámparas y telarañas, sobrc los guerrercs enlatados, las damas de escotes abismales y los cortejos del imaginario colectivo, en las alturas de Ia catedral, en andamios invercsímiles, deambulan unos acn¡báticos constructores, tan inteligentes como descrcídos, poseedores de secrctos que permiten desplegar bóvedas como si fueran paraguas automáticos y calculan raíces cúbicas con númen¡s rcmanos en menos que se santiguan los campesinos ante el expolio. No faltan en Asturias crcaciones literarias rccientes donde se ofrcce Ia versión regional del mito del constructor medieval, cuya pnrducción explica toda la historia del arte ramircnse de una tacada, pues, sin anestesia ni dolorcs de parto, surge el Naranco tan completo como Minerva, armada y con casco, gracias a la conjunción del arquitecto errante, cínico y culto, y el joven escultor; que con el intermedio de un fructífen¡ e idílico cautiverio étnico lrgionalista, practica en una onírica cantera las enseñanzas paternas. /a l- \" ste libro que tengo el honor de plr¡logar ofrcce un panorama radicalmente distinto muy ajeno a la parafernalia al uso, pues los trabaios de don luan lgnacio Ruiz de la Peña Solaf doña lsabel Ruiz de Ia Peña, doña Raquel Alonso Álvarez y doña Pilar García Cuetos nos muestran, por la única via posible, la del meior conocimiento científicq el único que sirve, un panorama serio y actual de la catedral de Oviedo, edificio al que Ios epigonos de los eruditos del siglo XIX rcconocen solo unos pocos méritos, pues siguen anclados en la fotocopia como única metodología de análisis. Los orígenes tangibles y documentados de su fábrica nos rcmiten a unos pnrmotorcs, casi siemprc clérigos, cuya mayor riqueza fue, seguramente, su capacidad de administrar con sabiduría y con rigor unos rccursos institucionales, y también nos muestran a unos autor€s concretos, dotados de personalidad, pues Ia mayoría de las catedrales son <obras de autonr, aunque aún permanezcan muchos de ellos en el anonimato r t L *o que en estos momentos, en los que el debate sobre el uso y el futurrc de las catedrales es más vivo y más virulento, este tipo de investigaciones, a las que se comienzan a asociar las intervenciones aqueológicas, rcpresentan la única opción posible para no quedarnos paralizados en medio de un debate trabajoso y estéril, pues mientras Ia mayoría de las catedrales de piedra están empantanadas en una situación ambigua, que seguidamente comentaré, Ias catedrales de papel, como ésta que el lector tiene entrc sus manos, demuestran una cuantiosa actividad constructiva, con muchos universitarios haciendo el papel de cantencs de Ia palabra y albañiles de la página impresa. ktos libncs tienen, para empezap mucha capacidad corn¡siva para disolver mitos, y por lo tanto de ellos depen' de Ia clarificación del debate sobrc Ia conservación de esas montañas artificiales, que son los primerrcs y mejorcs edificios de nuestras ciudades, tan vacíos hoy deiados de la mano de los poderes divinos y umbién de los humanos.
ay que recordat para situar el cr¡adn¡ actual en su paisaie, y no en un fotograma apócrifo, que el ángel de la muerte tocó a todas las catedrales españolas un día preciso y conocido, pues consta que el 2 de septiembre de l84l se promulgó el llamado (Decrcto kparterc> que acabó con el patrimonio rural y urbano de las curias y los cabildos, como Ia legislación de Mendizábal, un lustnr antes, había liquidado el de las ódenes. Entonces la lglesia española pasó de mecenas a mendicante, pero no por ello se mostró menos orgullosa flente a los podercs públicos; Ias diversas alternativas políticas que se han sucedido desde entonces no han modificado sustancialmente la economía de las catedrales, que dependen para su consenvación de la aportación estatal, aunque sí ha cambiado la actitud de muchos capitulares ante los podercs públicos; el cambio, aún no muy perceptible perc que comienza a rcmover cosas, ct€o que se debe al paso de Ia administración estatal centralizada en Madrid a la centralizada en las autonomías, que, a efectos de las catedrales, es prácticamente local. Así se ha pasado de unos Grquitectos de zonar, los Menéndez- Pidal, ilustre dúo fraternal que dominó de Oviedo a Tarifa, cosa que no consiguió ninguna otra parcja histórica, ni siquiera Tariq y Muza, a una situación muy distinta, pues aquéllos, que rara vez lleganrn a ser funcionarios, dirigían amplios territorios desde Maclricl, en tiempos en que no existían ni autovías, ni faxes ni fotocopias, mientras que ahora hallamos arquitectos pn¡vinciales, y otn¡s muchos funcionarios especializados, viviendo en el entorno concrcto de c¡da catedral. El cambio no puede ser más decisivo. ^ t' I l, as catedrales que, como esta de Oviedo, aúrn escuchan Ia salmodia coral todas las mañanas, se debaten en una tesitura difícil, pues deben elegir entrc <<el vieio régimen> y el de <autonomía dentnc de la Autonomía>, aunque debemos reconocer que existe una situación peory como es la de aquellas cate' drales que deian¡n de serlo, pues sus ciudades no fuen¡n elegidas en lB33 como capitales de pncvincias, y por ello perdie' rcn ese rasgo esencial de mantener un cabildo real y efectivo. El primer modelo, el del <vieio régimen>, es el que se usó en elsiglo XlX, centuria que en kpaña ha llegado hasta1978, y que consiste en depender para las obras de rccursos mendigados a la Administración, circunstancia que les rcsulta irritante a los cabildos, perc que en rcalidad es cómoda y barata y que, en apariencia, les exonera de rcsponsabilidades. En el extremo opuesto está el segundo, el que he denominado de <eutonomía dentn¡ de la Autonomía>, que consiste en vivir dentlr¡ del marco legal que cada comunidad autónoma ha Iegislado y en las mejorcs rclaciones posibles con la Consejería de turno, perc buscando y administrando sus pnrpios r€cursos, que, hoy por hoy, sólo pueden proceder del turismo. Hay posiciones capitulares intermedias, e insostenibles, como es el caso de aquellas catedrales que mendigan fondos para las obras, dircctamente o através de unos patrocinios más o menos fenicios, mientras atesoran los que el turismo les pnrporciona, invirtiendo sólo unas cantidades simbólicas en Ia conservación de cieras imágenes populares. I paso de un sistema a otro, sin pararse en la solución intermedia, se consigue con Ia concienciación que representa Ia publicación de libros como el presente, que ponen en letra impresa y buenas fotografías los valores ciertos y demostrables que hasta ahora sólo intuíamos en Ia oscuridad física de las catedrales que aún permanecen en el <viejo régimenr. El tránsito no es fácil, como demuestra el reflejo que la prensa ofrece cuando no tiene temas mejores que sacar en la edición cotidiana, en unas versiones que, por lo general, son de una falta de solvencia tal que sonrojarían a sus autores, si no estuviesen tan cínicamente ocupados en provocar para vender; y es que la Edad Media nos acecha desde muchos de los rincones de nuestra cultura. Alfonso Jiménez, maestro mayor de la catedrol de Sevillo