Dilemas metodológicos y percepción histórico-jurídica de la biografía del jurista moderno
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Dilemas metodológicos y percepción histórico-jurídica de la biografía del jurista moderno* Sebastián Martín Universidad de Sevilla Los grandes problemas se encuentran tirados en medio de la calle. Friedrich Nietzsche 1. IntroduccIón Woody y las biografías. En un relato satírico sobre el inventor de los sándwiches, el director de cine y escritor Woody Allen parodia el género biográfico desvelando, con inusual perspicacia, los hábitos mentales reproducidos inconscientemente en la elaboración de biografías1. Narración ejemplarizante que dramatiza hasta lo banal, la reconstrucción literaria de una vida sería una labor intelectual reservada en exclusiva a la genialidad. El motivo de esta reserva es que la condición humana misma adquiere grandeza y toma impulso a través de las creaciones magníficas de sus 1 Woody Allen, «Para acabar con las biografías», en Id., Cómo acabar de una vez por todas con la cultura (1974), Barcelona, Tusquets, 20078, trad. Marcelo Covián, pp. 43-48. 11 * Proyectos DER2008-03069 y DER2010-21728-C02-01. El presente texto se redactó en su mayor parte en diciembre de 2007 y, a excepción de algún añadido bibliográfico, fue concluido en el año posterior. Su fecha de elaboración explica que las críticas en él vertidas contra la actitud intelectual autosatisfecha con el presente aparezcan algo desfasadas, pues desde hace ya bastantes meses se está poniendo dramáticamente de relieve cómo aquel presente ideal todavía en pie hace apenas un trienio albergaba en sí las causas de su propia disolución.
SEBASTIÁN MARTÍN 12 miembros. Las peripecias del individuo genial, los detalles nimios de su existencia y el anecdotario de su privacidad se ordenan así en función del descubrimiento revolucionario, de la hazaña asombrosa o de la conquista decisiva que atribuye sentido a su paso por el mundo y le abre las puertas de la eternidad biográfica. Su trayectoria queda reducida a los tanteos, etapas, involuciones, sufrimientos y demás vicisitudes que desembocan en el momento cenital del hallazgo creativo, punto culminante de la subjetividad a partir del cual comienza el reconocimiento social y la recompensa material del esfuerzo desarrollado y los contratiempos superados. Así presentados, acaso lo de menos sea el propósito moralizante oculto en los textos biográficos, muy dados a exaltar con discreción y perseverancia la ética del sacrificio y de la abnegación encarnada en el personaje biografiado. Para unas reflexiones en torno a los límites de la indagación biográfica, quizá resulte mucho más revelador apuntar que detrás de ese instante significativo de la creación excelente que otorga superioridad a ciertos individuos opera un recurso narrativo común entre biógrafos. La constante referencia a un logro excelso marca las fronteras de la percepción, imprime coherencia y continuidad al relato, suele pautar la exposición en orden cronológico y racionaliza y diseca una experiencia subjetiva, no sin ejercer cierta violencia ante lo que eminentemente fue mundano y verdaderamente estuvo atravesado por los afectos, las discontinuidades, el azar, la vitalidad y la pasión2. Tiempo democrático, autonomía científica y biografías. La ocurrente, certera y desmitificadora fijación de los términos biográficos canónicos realizada por Woody Allen nos sirve de pretexto para comenzar esta aproximación metodológica a la tarea de biografiar a los juristas, quienes en raras ocasiones destacan como intelectuales y científicos sublimes. Dos fenómenos tan dispares como la ya notable acumulación del saber historiográfico y la democratización cultural vigente producen, en consonancia, la abolición de la fe en los hegelianos individuos históricos y un consiguiente desplazamiento del interés biográfico desde la geniali- 2 Para una iluminante crítica sociológica de estas proyecciones retóricas del biógrafo, que confieren unidad ilusoria a lo que fue auténticamente múltiple, v. Pierre Bourdieu, La ilusión biográfica (1986), Bolivia, Cuadernos Literarios, 1998, trad. Adrana Blajos, pp. 6 ss y, también de Bourdieu, El sentido práctico (1980), Madrid, Siglo XXI, 2007, trad. Ariel Dilon, p. 90.
VIDAS POR EL DERECHO 13 dad excepcional hasta la representatividad social, política o histórica. Si se quiere escapar del anacronismo3, y evitar también una representación torcida del genio4, debiera convenirse que el curso histórico y filosófico ha desbordado, haciéndolas aparecer como productos desfasados, tanto las 3 Efectivamente, a lo largo de la historia los textos biográficos presentan caracteres y funciones diversos. En su esforzada monografía La pari biographique. Écrire una vie, Paris, La Découverte, 2005, pp. 133 ss., 213 ss., 251 ss. y 327 ss., François Dosse distingue, en relación al género biográfico, «la época heroica», «la biografía modale» y «la época hermenéutica». Corresponde a la primera clase «una función identificadora» con el fin de servir «de discurso de las virtudes, de modelo moral edificante». En el segundo tipo estaríamos ante el intento de «ilustrar lo colectivo», de acceder a «lo general», mediante una «figura particular». Por último, en la etapa hermenéutica («de la reflexividad») la biografía se repliega sobre sí misma para explorar itinerarios narrativos diversos, torna nuevamente al valor sustantivo de la subjetividad —lo que le permite incluso atender al homme ordinaire— y de reconstruir el proceso de subjetivación del biografiado pasa finalmente a deconstruir los múltiples e irreductibles fragmentos de que se compone su plural identidad. Como ya ha comenzado a indicarse, estas páginas parten de una abierta preferencia, debida a su rendimiento científico, por la especie biográfica que busca la generalidad a través de la particularidad, con la condición, inexcusable para el género de las biografías, de respetar lo singular e intransferible del autor estudiado. Y es que una de las utilidades más importantes de las biografías históricas es, sin duda, su aptitud para «proceder desde lo individual a lo general, a la totalidad históricamente relevante: desde carreras personales y familiares hasta la estructura social, desde trayectorias académicas singulares hasta la historia de la educación…», según palabras de Ernst Engelberg, Hans Schleier, «The Contribution Made by Historical Biographies of the 19th and 20th Century Toward Deepening Historical Biography», en 17º Congreso Internacional de Ciencias Históricas, Tomo II: Sección Cronológica. Metodología: La biografía histórica, Madrid, Comité Internacional de Ciencias Históricas, 1992, pp. 1105-1109, p. 1106. En general, para una ilustrativa historia del género biográfico, centrada en textos y público anglosajones pero con observaciones de validez más general acerca de esas biografías de reyes e individuos ilustres, v. Paul M. Kendall, The Art of Biography, London, Allen, 1965. También introduce en su guía metodológica un excurso historiográfico del género Werner Fuchs, Biographische Forschung. Eine Einführung in Praxis und Methoden, Opladen, Westdeutscher Verlag, 1984, pp. 95 ss. 4 «El momento de verdad del concepto de genio hay que buscarlo en la cosa, en lo abierto», en las posibilidades que en lo objetivo permite su intervención, mas no en el sujeto, pues los «productores de obras de arte significativas no son semidioses, sino seres humanos falibles», Theodor Adorno, Teoría estética (1970), Madrid, Akal, 2004, trad. Jorge Navarro Pérez, p. 229. Comienza precisamente destacando la «penetrante crítica» de Adorno a «las biografías de genio» su biógrafo Detlev Claussen, Theodor W. Adorno, Valencia, PUV, 2006, trad. Vicente Gómez Ibáñez, p. 16.
SEBASTIÁN MARTÍN 14 biografías cortesanas de celebridades semidivinas como las dedicadas a emprendedores admirables tocados por el éxito y la fortuna, cuya función social comprende desde la promoción de la obediencia hasta el fomento ilusorio de la imitación voluntariosa, fomento que más bien suele concretarse en una pasiva y domesticada actitud contemplativa5. La democratización citada, por el contrario, exige culturalmente que el relato biográfico tenga como una de sus premisas la máxima según la cual lo relevante siempre brota desde abajo. Realizar una biografía enclavada en nuestro tiempo supone entonces una búsqueda de la diferencia sustantiva en el interior de la uniformidad6. La congruencia política del género biográfico parte, en fin, de la constatación de la equivalencia relativa entre los hombres para, posteriormente, atender a las particularidades que hacen a un sujeto merecedor de un estudio monográfico. Los «principios de elección» de dicha diferencia cualitativa han de ser suministrados por la disciplina científica o creativa en que se inscribe la labor biográfica. El producto literario de ésta, si desea evitar los descuadres, no puede ser ya la representación moralizante de una existencia universalmente ejemplar. Ajustadas al pluralismo y la multiplicidad presentes, las pautas ordenadoras de un texto biográfico actualizado debieran reflejar más bien el conjunto de intereses cognitivos del biógrafo, los cuales a su vez responden a las concretas preferencias epistemológicas que instituyen el círculo profesional donde se elabora y circula finalmente la biografía. El anclaje consciente de la producción biográfica en los supuestos científicos contemporáneos permite así reconocer la pertinencia de un criterio selectivo independiente fraguado en el interior de una disciplina científica autónoma. Las biografías, de este modo, no tienen por qué dedicarse ya en exclusiva a creadores brillantes, grandes políticos o prohombres de la ciencia, pudiendo abarcar también la vida y la obra de autores que podrían parecer secundarios si se contemplan desde la pretenciosa historia de la razón universal. Por el contrario, partiendo de la actual diferenciación de los saberes puede inferirse que, en el seno de cada uno de ellos, actúan 5 De preocupaciones políticas vinculadas a lo indicado parte la obra de José Miguel Marinas, La razón biográfica. Ética y política de la identidad, Madrid, Biblioteca Nueva, 2004. 6 «La filosofía busca lo excepcional en un contexto de normalidad», afirma Daniel Innerarity, La sociedad invisible, Madrid, Espasa, 2004, p. 27.
VIDAS POR EL DERECHO 15 inquietudes y curiosidades culturales que muy bien pueden satisfacerse a través de los estudios biográficos. Estas son las coordenadas en las que a mi juicio hay que colocar el ya duradero interés por las biografías de intelectuales de media talla como en buena parte han sido, y continúan siendo, los juristas. Las indicaciones antedichas valen incluso para el propio campo de la ciencia jurídica. Por lo pronto, lo más obvio en este sentido, al menos en lo que concierne a la historia del pensamiento jurídico, es declarar cierto agotamiento del análisis reiterativo, y pocas veces original, de los autores canónicos de las respectivas ramas del derecho. Esta repetitiva y extenuada hagiografía —extrapolable también al plano de las biografías históricas y filosóficas generales, poblado con frecuencia por los mismos políticos e intelectuales ilustres—, además de responder al tiempo en que se atribuía productividad socio-política solo a los personajes (presuntamente) eminentes, ha acumulado ya tal volumen bibliográfico, que, por la lógica descubridora que le es inherente, el saber científico comienza a dejarla de lado para atender con cada vez más tesón a extremos antes postergados. La constatación genérica de las discutibles preferencias biográficas mostradas por la ciencia jurídica agrava su diagnóstico si nos ceñimos al caso español, donde el rescate de la propia tradición doctrinal ha sido hasta hace poco claramente deficiente debido a motivos de variada índole7. Valga con mencionar tres de los más significativos: la falta objetiva 7 No cabe tampoco magnificar otras experiencias, pues el balance de la atención prestada a la vida profesional de los juristas arroja casi siempre un resultado manifiestamente mejorable. El mismo Michael Stolleis, Geschichte des öffentlichen Rechts in Deutschland vol: III: 1914-1945, München, C.H.Beck, 1999, p. 159, lamenta que entre las preferencias de los administrativistas y constitucionalistas alemanes no figure el estudio de decenas de iuspublicistas que todavía hoy permanecen en la sombra. Para extraer conclusiones acerca del estado de la investigación local, debe añadirse que esta indicación de lagunas es compatible con las biografías de, entre otros, Richard Thoma, Otto Koellreutter o Günther Holstein, con el examen de la enseñanza jurídica en universidades como las de Hamburgo y Gotinga y, recientemente, con la publicación, auspiciada por el mismo Stolleis, de una serie dedicada a internacionalistas contemporáneos, con ejemplares dedicados, por ejemplo, a Georges Scélle. Tampoco es equiparable nuestra situación a la italiana, que cuenta, entre otras iniciativas, con unos cuadernos y una biblioteca volcados precisamente en la recuperación del «pensamiento jurídico moderno». Con todo, desde el texto de Antonio Hernández Gil, Juristas españoles de nuestro tiempo, Madrid, 1973, han visto la luz algunas monografías, no todas igual de felices, sobre juristas como José Castán, Felipe Clemente de Diego, Luis Jiménez de Asúa, Ramón Dalmau, Luis Legaz Lacambra o Mariano
SEBASTIÁN MARTÍN 16 de calidad científica de las obras sistemáticas pasadas y su consecuente pobreza inspiradora para propósitos jurídico-institucionales presentes; la apertura que, a mediados de los años veinte del pasado siglo, conectaba la reflexión jurídica hispana con el debate europeo produciendo un sorprendente olvido de los antecedentes vernáculos inmediatos; y la posterior clausura franquista, pues, pese a implicar un repliegue sobre «lo español», la hipócrita enmienda a la totalidad del período constitucional realizada por los juristas del régimen se tradujo en una lamentable displicencia hacia autores capitales, cuya memoria está aún hoy por recuperar. Fundamentación teórica. La pertinencia científica de atender a figuras aparentemente menores, como son la mayoría de los juristas, se justifica por cuestiones de cierta envergadura teórica. En primer lugar, que la selección del interlocutor histórico obedezca a los específicos intereses disciplinares no quiere solo decir que deban colmarse lagunas. Significa ante todo que los criterios acerca de «lo relevante» y «lo actual» han de ser construidos en el propio ámbito profesional y por el mismo investigador, no importados acríticamente del heterónomo «orden de prioridades» implantado en la sociedad. Para preservar la autonomía del trabajador intelectual, la distinción entre «cosas accesorias y principales», entre «grandes y pequeños», debiera adecuarse así a premisas convenientemente procesadas y fundamentadas, mejor que reflejar pasiva y automáticamente la jerarquía de preferencias impuesta por «la tendencia objetiva» predominante en la realidad8. Del mismo modo que la novela se emancipó del argumento, hasta el punto que hoy podría considerarse un indicio de baja calidad estética la centralidad excluyente de una trama intrigante, la autonomía de la intelección historiográfica conduce a aceptar la posibilidad de realizar buena ciencia de un mal científico9, así como a reconocer que la valía objetiva Gómez González. En general, puede observarse cierta relegación de autores sobresalientes exiliados tras la guerra, caso de Niceto Alcalá-Zamora Castillo, Demófilo de Buen o Manuel López Rey. 8 Tomo estas sugerencias básicas de Theodor Adorno, Minima moralia. Reflexiones desde la vida dañada (1944-1947), Madrid, Akal, 2004, trad. Joaquín Chamorro Mielke, de un parágrafo titulado precisamente «Grandes y pequeños», pp. 130-131. 9 Permítaseme recordar un equivalente cinematográfico de esta misma idea: Tim Burton, Ed Wood, 1994. Y también podría citarse como trasunto literario alguna obra famosa de Gustav Flaubert, donde la mejor literatura narra andanzas mediocres.
VIDAS POR EL DERECHO 17 del biografiado no garantiza el mérito del biógrafo. Al constituir la historiografía una práctica intelectual facultada por procedimientos analíticos propios, por concretas exigencias documentales, metodológicas y argumentativas, la idoneidad científica de la biografía histórica es, desde este punto de vista, independiente de la categoría intelectual del sujeto seleccionado. No basta entonces con cobijarse bajo la sombra de un gran nombre para estar a salvo de crear un mal producto literario o historiográfico. En segundo lugar, no debe despreciarse la conveniencia de consagrarse al estudio de los desechos que va dejando a su paso la marcha triunfal de la historia. Si la indicación anterior hacía referencia a las aptitudes formales que liberan a la historiografía de su objeto, ésta alude tanto al contenido ético como al provecho cognitivo que proporciona la visita de una periferia que solo es tal porque previamente, y de modo histórico, se ha trazado un centro. Prosiguiendo así, con suma modestia, una línea poéticamente identificada en el lema de Walter Benjamin «De honor sin fama. De grandeza sin brillo. De dignidad sin premio»10, se estima en estas líneas que, en buena parte, lo valioso de la mirada historiográfica reside en detenerse en los despojos de la ascensión histórica, en recuperar la memoria de las corrientes sepultadas y las posibilidades derrotadas. Esta reparadora historia de perdedores, además de reclamar el rango de universalidad que habilita científicamente al saber —pues solo es univer- 10 Pórtico de sus Personajes alemanes. Romanticismo y burguesía en cien años de literatura epistolar, Barcelona, Paidós, 1995, trad. Luis Martínez de Velasco, p. 77. Sobre el particular, pueden consultarse asimismo sus «Tesis de filosofía de la historia» (1940), en Benjamin, Discursos interrumpidos, Madrid, Taurus, 1973, trad. Jesús Aguirre, § 3, el comentario de Reyes Mate, Medianoche en la historia. Comentarios a las tesis de Walter Benjamin ‘Sobre el concepto de historia’, Madrid, Trotta, 2006, pp. 82-94 y la indicación al respecto de Josep M. Bech, La filosofía y su historia. Dificultades teóricas y perspectivas críticas en los múltiples caminos actuales de la historia del pensamiento, Universitat de Barcelona, 2000, p. 84. No dejan de existir antecedentes al rumbo marcado para la historiografía por Benjamin. Así, Edgar Allan Poe afirmaba más de un siglo antes: «Que haya habido individuos que se han elevado de tal modo sobre el nivel de su especie es cosa que difícilmente cabría poner en duda; pero al escrutar la historia en busca de huellas de su existencia, deberíamos pasar de largo ante todas las biografías ‘de los buenos y de los grandes’ y detenernos, en cambio, a investigar con el mayor cuidado las escasas referencias a los pobres diablos que murieron en la cárcel, en Bedlam o en las galeras», citado por Max Horkheimer, Crítica de la razón instrumental (1967), Madrid, Trotta, 2002, trad. Jacobo Muñoz, p. 167 n. 10. «Hay frustraciones muy brillantes y glorias muy grises, opacas y aburridas», decía un escritor español a quien posteriormente citaremos.
SEBASTIÁN MARTÍN 18 salizable aquello que no implica ni un resquicio de olvido y exclusión—, tendría también la estimable ventaja de arrojar luz, desde las perspectivas derrelictas de los pequeños, sobre las venerables, eternamente presentes, figuras de los grandes11. Esta preferencia por los «personajes de carácter», en contraste con los hombres de «destino»12, que en términos abstractos no hace sino dudar de la regularidad de lo bueno y de la excepcionalidad de la injusticia, podría definirse, en términos algo más sentenciosos, como un agregado específico a un manido apotegma: si la historia la escriben los vencedores, el compromiso ético del historiador obliga a narrar al menos cómo vencieron. Y las exigencias de esta contrahistoria vienen cumplidamente satisfechas por la ilustración de la vida de los juristas, con mucha frecuencia auxiliares del poder y, en menos ocasiones, autores de alternativas políticas y jurídicas desplazadas en el curso de la historia. Las biografías jurídicas, así, presuponen, y debieran integrar en sus páginas, el democrático tránsito desde la recreación biográfica del prócer hasta la recuperación de dignas figuras marginales. Y, en tercer y último lugar, habrían de aplicar asimismo el criterio selectivo que, a mi juicio, mejor debiera distinguir a las biografías de corte historiográfico. En Las partículas elementales del transgresor literato Michel Houellebecq se halla una presentación eficaz de esta guía orientadora del biógrafo historiador13. En ella, el escritor francés distingue a los individuos sintomáticos de los individuos precursores. La existencia de los primeros refleja cristalinamente el estado y «la evolución de la sociedad» en la que viven. No sobresalen ni destacan especialmente de entre la multitud. A través de sus peripecias habla con transparencia su época. Los precursores, en cambio, 11 Y es que, para comprender bien la obra de los consagrados por la historiografía, no sobra el conocimiento de las doctrinas y los autores que éstos rechazaban. V. las sugerencias de Bourdieu sobre la «obra de los supervivientes» y la de los «autores desaparecidos» e «ignorados», en Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario (1992), Barcelona, Anagrama, 20023, trad. Thomas Kauf, pp. 112-113. 12 Personajes del «orden del destino» propios del «tiempo adquisitivo», donde «rige el principio burocrático» del ajuste de la conducta a las grandes gestas y los «designios propuestos», según la lúcida caracterización, genuina y benjaminiana, de Rafael Sánchez Ferlosio con ocasión de su recepción del Premio Cervantes en 2004 en la que pronunció un discurso titulado Carácter y destino, localizable on-line a golpe de buscador. 13 Michel Houellebecq, Las partículas elementales (1998), Barcelona, Anagrama, 20044, trad. Encarna Castejón, pp. 26-27.
VIDAS POR EL DERECHO 19 intentan sobrepasar su tiempo «por arriba a base de preconizar o de popularizar comportamientos poco practicados». Sufriendo marginaciones, tormentos e incomprensiones, allanan el terreno a los quiebros sustanciales del curso histórico ejecutados por «revolucionarios» o «profetas». Si con la biografía se trata de recrear una mentalidad pasada o de tomar el pulso a un tiempo concluido, si con ella se quieren detectar los signos más característicos de una cultura determinada, habrá entonces que conceder prioridad analítica sobre la individualidad creadora al personaje gris en quien afloran todos los síntomas distintivos de un concreto tracto histórico. En efecto, para a través de una experiencia personal figurarnos con fidelidad un lapso temporal cerrado sobre sí mismo, inutilizable como ejemplo o contraejemplo para el presente, resulta mucho más provechoso escoger la figura de un individuo representativo de un ideal, una mentalidad, una profesión o una corriente artística14. Esta propuesta se refuerza además con el registro de un sello característico del estado político-es- piritual de nuestra contemporaneidad occidental: el progresivo descreimiento en las fallas revolucionarias, en las mutaciones históricas que subvierten los códigos valorativos vigentes, en suma, el absoluto y fundado escepticismo en todo lo referido a la capacidad de un sujeto para imprimir en la sociedad un giro sustancial y jalonar la marcha de la historia. Todos los factores indicados explican y a la vez pueden inspirar la biografía de los juristas, género considerablemente cultivado desde hace más de una década, sobre todo, por los historiadores y filósofos del derecho15. Animados por el aliento florentino que recobró el pensamiento jurídico para la historiografía16, quienes ejercemos de juristas-historiadores he- 14 Por eso se aprecian aquí biografías como la de Ramiro de Maeztu suscrita por José Luis Villacañas, El ideal de la burguesía en España, Madrid, Espasa, 2000. No está mal conocer la trayectoria típica burguesa española desde finales del siglo xIx, que lleva desde el progresismo regeneracionista hasta la simpatía por el fascismo italiano y el más furibundo tradicionalismo católico. 15 Italo Birocchi, «Repertori biografici recenti e storia del diritto», Quaderni Fiorentini 37 (2008), pp. 641-664; Sebastián Martín, «De la enseñanza a la ciencia del derecho: biografía colectiva de juristas españoles (1857-1943)», CIAN 12/1 (2009), pp. 33-51, donde ejemplifico este auge de la biografía de los juristas en la literatura reciente alemana, italiana, francesa y española y donde vuelvo a explicitar cuales son las condiciones objetivas que, a mi entender, lo explican. 16 Francisco Tomás y Valiente, «El pensamiento jurídico», en Miguel Artola (ed.), Enciclopedia de la Historia de España vol. 3: Iglesia. Pensamiento. Cultura, Madrid, Alianza, 1988, pp. 327-408.
SEBASTIÁN MARTÍN 26 Tan simplista resulta a veces la metodología del individualismo creador que, en relación al cometido concreto de reconstruir una experiencia intelectual, no es extraño ni infrecuente toparse con textos que reducen el menester biográfico a un resumen ordenado cronológicamente de los sucesivos textos publicados por un autor, dando, como máximo, entrada a aquellas otras voces con las que expresamente dialogó el biografiado o de las que explícitamente se declaró continuador. El problema no es ya la renuncia a buscar un mínimo denominador común de toda una aportación literaria, ni el que se prescinda de la insustituible búsqueda de «tipos» abstractos comprensivos de multiplicidades realmente irreductibles, en aplicación de las propuestas de Max Weber. Lo que resulta de veras rechazable, por entrañar sendos errores de percepción, es la habitual atribución originaria a un individuo de opiniones y teorías que, con solo levantar la mirada del autor y su obra, basta para percatarse de que son pareceres ampliamente compartidos, bien sea por formar parte de una suerte de sentido común de la época o el ámbito cultural examinados, bien sea por expresar condiciones materiales que afectaban globalmente a la producción del discurso36. En estos casos, mal que les pese a sus partidarios, el individualismo metodológico solo sirve de máscara a la falta de decoro profesional. Podría incluso argumentarse que son también razones de índole material las que explican la abundancia de esta suerte de biografías intelectuales sintéticas y apegadas a la literalidad de los escritos del biografiado: por una parte, la implacable lógica del mínimo esfuerzo, el hecho pedestre y efectivo del trabajo liviano que supone un estudio dispensado del análisis de los contextos de la creación; por otra, las condiciones objetivas de la promoción académica, que premian la cantidad sobre la calidad, invitanpara convertirse «él mismo en un objeto con espesor propio». Matiza y confirma estas apreciaciones Mark Poster, «The Future According to Foucault: The Archeology of Knowledge and Intellectual History», en Dominick LaCapra, Steven L. Kaplan (eds.), Modern European Intellectual History. Reappraisals and new Perspectives, London / Ithaca, Cornell University Press, 1982, pp. 137-151, concretamente pp. 144 ss. 36 En el plano de la historia de las ideas, más que de la elaboración de las biografías, censuraba Bourdieu, en este mismo sentido, a aquellas «disciplinas que, como la historia de la filosofía, del arte o de la literatura, tratan como si fuesen autónomas unas construcciones que no tienen en sí mismas ni toda su razón ni toda su razón de ser», confundiendo lo racional con «la ortodoxia de un grupo», Homo academicus (1984), Madrid, Siglo XXI, 2008, trad. Ariel Dilon, p. 91.
VIDAS POR EL DERECHO 27 do con ello al trabajo presuroso, y la complejidad y extensión inabarcables de los textos pretéritos, que, sumadas a la creciente carencia de tiempo, hacen del género cuasi-periodístico y simplificador Comprenda a X en 90 minutos una clase de estudios en permanente auge, pese a contribuir a nuestra imparable hipertrofia literaria con misérrimas aportaciones. De todos modos, a mi juicio, el enfoque más idóneo no se adhiere sin más a la con frecuencia precipitada omisión del sujeto creador, por mucho que se comparta la convicción de que es siempre oportuno marcar límites más exigentes y estrictos al «papel de fundamento originario» atribuido a la subjetividad creadora37. Sí creo, en cambio, que debe reconocerse a la metodología crítica el haber invertido la carga de la prueba en lo que respecta a la originalidad de un autor y su obra. La especificidad del aporte del personaje biografiado no puede así presumirse de antemano, requiriendo la definitiva concesión de credenciales de originalidad una ardua labor probatoria de contextualización histórica y de careo con otros textos contiguos y homólogos. La necesidad de este procedimiento se redobla cuando el personaje abordado realiza su obra en el campo académico, donde la repetición suele ser más provechosa que la innovación para la supervivencia y promoción particulares. Además, del mismo modo que en la teoría política dar por realizada la libertad acaso suponga uno de los peores ataques que ésta puede recibir, así también dar por hecha la creatividad subjetiva en las reconstrucciones biográficas quizá signifique una visión menoscabada, insuficiente y degradante de la creatividad misma. En sentido contrario, quiere ello decir que quizá la única forma de respetar y preservar la idea de la creación subjetiva sea la de probar su existencia y envergadura, «descentrando» al autor y poniendo su obra en relación constante con la de autores colindantes y con los marcos institucionales en que se produjo. El cotejo permanente de los textos de un autor con su «intertexto», lejos de plantearse como un desdén hacia la singularidad de sus ideas, se propone entonces como el único medio de mostrar sus perfiles propios. De hecho, la identidad del jurista estudiado y de su obra deberían seguir conformando el punto unitario de referencia en función del cual se ordenasen todos los contrastes, excursos y digresiones. Solo las claves de lectura que suscitan los libros, artículos y reseñas del autor investigado deben ser convenientemente exploradas si se quiere evitar el riesgo de 37 Foucault, «¿Qué es un autor?» cit., p. 350.
SEBASTIÁN MARTÍN 28 la dispersión y hasta del extravío. Hasta la clásica sucesión cronológica puede resultar preferible respecto de una exposición fragmentada, no solo por ser el medio más eficaz de narrar la forja de una «inteligencia» desde «el banco mismo de la escuela»38, sino por transparentar mejor las transformaciones históricas generales visibles en una singladura particular. En definitiva, la biografía del jurista debiera, a mi entender, recolectar las mejores sugerencias de los críticos de la autoría, pero vertiéndolas en el troquel subjetivista de las biografías ortodoxas, vaciando al autor en su obra y ésta en la cultura que la engloba para, como paso culminante, regresar de nuevo a la obra y a su autor, conscientes ya de toda su rica e intransferible peculiaridad39. Y es que, como no cesaba de advertir Pierre Bourdieu, la oposición neta entre el examen de la «biografía individual», el «análisis interno de una obra singular» y «el análisis intertextual» tiene mucho más de apariencia que de realidad, pues lo que simplemente cumple hacer es «todo eso junto»40. En definitiva, a la hora de elaborar la biografía de un jurista ha de tenerse muy en cuenta la dualidad entre una reconstrucción «arqueológica» ocupada en identificar el «a priori histórico» de un determinado estrato discursivo y una «doxología» encargada de historiar «las opiniones»41. La cuestión es que lo enriquecedor es no concebir ambos «niveles de estudio» como cualitativamente diferenciados, sino como registros imbricados que se ilustran mutuamente, sin que sea posible ascender a los nudos de la reflexión teórica en el seno de una disciplina jurídica prescindiendo de las opiniones particulares de los miembros que la componen, como tampoco resulta honestamente viable ponderar con precisión las apreciaciones subjetivas del jurista estudiado sin examinar las condiciones sociales y 38 Según el consejo para biógrafos de Thomas Mann, Doktor Faustus (1947), Barcelona, Seix Barral, 1984, trad. Eugenio Xammar, p. 85. 39 Para la comprensión de una cultura, Roger Chartier recomendaba «ir ‘del texto al contexto’ y viceversa, esto es, relacionar todo empleo individualizado y localizado de tal o cual símbolo con el ‘universo de significaciones’ que le da sentido», en Pierre Bourdieu, Roger Chartier, Robert Darnton, «Diálogo a propósito de la historia cultural», Archipiélago. Cuadernos de crítica de la cultura 47 (2001), pp. 41-58, pp. 42-43. 40 Bourdieu, «El campo intelectual, un mundo aparte», en Id., Cosas dichas cit., p. 150. 41 Foucault, Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas (1966), Madrid, Siglo XXI, 1997, trad. Elsa Cecilia Frost, pp. 69, 158, 166, 198 y 208-209; Id., La arqueología del saber cit., pp. 44-45, 70-74 y 214-223.
VIDAS POR EL DERECHO 29 discursivas que las hacen inteligibles. En suma, aunque sea comprensible en la esfera de la contemplación y el deleite estéticos, se trata ante todo de proscribir del relato historiográfico la tendencia museística de extirpar una obra del ambiente en el interior del cual cobra pleno sentido42. Pero, una vez acordado este rechazo, creo que es recomendable, más que la adopción de una línea metodológica con dogmática exclusión de las restantes, el acopio minucioso, siempre inacabado, de variadas herramientas interpretativas, cuya pertinencia analítica habrá de decidirla su adecuación empírica al personaje específicamente abordado. Continuidad y discontinuidad. Así pues, en lo que concierne a la metodología biográfica, la última palabra, a mi juicio, debe tenerla el objeto y no el método. La confección atinada de una biografía no pasa tanto por la aplicación concienzuda de procedimientos cognitivos unilaterales y absorbentes, cuanto por la inmersión en un espacio de tensiones entre perspectivas teóricas antinómicas, polaridades solo resueltas cuando dichos enfoques se ponen en función del sujeto estudiado. Si con este pragmatismo43 se relajan las confrontaciones en la cuestión de la autoría, concibiéndola como compendio de la realidad que la circunda44 a la vez que como productora de nuevas realidades45, no produce menor distensión en lo que atañe a las restantes disyuntivas con que tropieza el biógrafo y cuyo desconocimiento no implica su inexistencia, sino más bien la adopción irreflexiva de las inclinaciones por lo general predominantes. Entre los variados dilemas a que me refiero, destaca el más relacionado 42 «El tratamiento dialéctico no puede detenerse de ninguna manera en la cosa estática aislada: obra, novela, libro. Necesita conectarla con el conjunto vivo de las relaciones sociales», Walter Benjamin, El autor como productor (1934), trad. Borja Echeverría, p. disponible en la web del propio traductor www.bolivare.unam.mx. 43 «Las teorías se convierten en instrumentos, no en respuesta a los enigmas», decía William James sobre el giro filosófico que su teoría comportaba: «Pragmatism. A New Name for Some Old Ways of Thinking» (1907), en James, Writings 1902-1910, Library of America, 1987, pp. 480-624, p. 509. 44 «Un autor en el verdadero sentido, es aquel que hace públicas las cosas que todo el mundo sentía confusamente, alguien que posee la capacidad especial, la de publicar lo implícito, lo tácito», Bourdieu, «La codificación» (1986), en Id., Cosas dichas cit., pp. 83- 92, p. 88. 45 Realzando esta posible cualidad transformadora iluminaba Benjamin la autoría en el texto anteriormente citado, El autor como productor.
SEBASTIÁN MARTÍN 30 con el problema de la autoría individual, que hace alusión, en la historia de las ciencias, a la «continuidad» o «discontinuidad» experimentadas por un saber en su desenvolvimiento histórico46. Como proyección de la controversia en torno al autor, de un lado se sitúan ahora quienes conciben el desarrollo de una ciencia en términos de progreso paulatino impulsado por hallazgos individuales perfectamente localizables. Estos mismos escritores suelen, a su vez, prescindir de la ruptura y representar dicho movimiento como proceso continuo, reflejo en última instancia de una razón universal igualitaria que va descubriéndose de modo gradual. De otro lado se colocan quienes discuten la centralidad del logos y ponen en cuestión el crecimiento cumulativo de las ciencias. Frente a una racionalidad unitaria que observa una experiencia continua, subrayan el carácter fragmentario y polémico de la labor científica, solo comprensible en su integridad si el sujeto y el objeto de conocimiento son compenetrados sustancialmente47 y las diferentes corrientes se exponen interrelacionadas de modo inextricable. También atienden a la configuración semántica e institucional de cada disciplina local e inscriben la producción del saber en circunstancias histórico-sociales objetivas48, limitando con severidad el alcance de la percepción subjetiva mediante interdicciones que, más que confinar el «espíritu científico» en categorías metafísicas trascendentales, señalan las «fronteras epistemológicas» que la razón ha de traspasar49. Con este modo de proceder, la validez de los productos científicos resulta indisociable de la correlación de variables que permitieron su emergencia, de ahí las fallas sustantivas que se abren entre ellos50. 46 Sobre esto, véase Sauquillo, Michel Foucault cit., pp. 42-63 y Bech, La filosofía y su historia cit., pp. 92 ss. 47 Bachelard, «Idealismo discursivo» cit., pp. 102 y 105-106. 48 «A toda idea hay que añadirle una historia psicológica, un proceso de objetivación que indique el modo en que llegó a la objetividad», Bachelard, «Idealismo discursivo» cit., p. 99. 49 Bachelard, «Crítica preliminar del concepto de frontera epistemológica» (1936), en Id., Estudios cit., pp. 92 y 96-98. 50 Foucault, La arqueología del saber cit., pp. 6 y 33-34. «La emergencia se produce siempre en un determinado estado de fuerzas», decía Foucault en su manifiesto historiográfico «Nietzsche, la genealogía, la historia» (1971), en Id., Microfísica del poder, Madrid, La Piqueta, 19923, pp. 16-20. La fuente inspiradora de esta perspectiva historiográfica es clara: «Todas las cosas que viven mucho tiempo se han impregnado paulatinamente tan- to de razón que parece inverosímil pensar que su procedencia sea insensata», Friedrich
VIDAS POR EL DERECHO 31 Transportadas al mundo de las biografías profesionales de científicos, en concreto de juristas, de la primera corriente se deducen narraciones centradas en el sujeto y su obra, con una reconstrucción precisa de los «antecedentes», «influencias» y estímulos que le condujeron hasta su realización; de la segunda pueden extraerse recreaciones dispersas, sin referencia común a ningún sentido unitario ni tampoco a un hecho excepcional significativo, y en las que el personaje aparece fragmentado (o deconstruido) en situaciones inconexas, reveladora cada una de ellas de las precondiciones psicológicas o sociológicas de su trabajo intelectual. Es evidente que mientras una vía degenera con suma facilidad en el simplismo, la otra bordea con frecuencia la petulancia y la esterilidad. Por eso, acaso lo más oportuno sea huir de ambas derivas, tomando indicaciones al mismo tiempo de las dos cosmovisiones citadas según haya convenido a tenor de las fuentes consultadas. La primera de las perspectivas, la racionalista e ilustrada al uso, no cabe desecharla por completo. Al fin y al cabo, la producción científica es siempre cumulativa, y si en su desarrollo se producen discontinuidades suelen verificarse sobre un suelo de continuidad, es decir, sobre la reconsideración crítica o la misma negación de conclusiones anteriores. Y es que, en el desenvolvimiento de la reflexión y la ciencia, hasta las rupturas más profundas pueden reconducirse a marcos comprensivos generales que existen como tradiciones51. Las sugerencias de las filosofías de la «discontinuidad» no deben ser tomadas menos en cuenta52. Si no se quiere perder de vista la singularidad del jurista examinado hay que renunciar por completo a la búsqueda de los orígenes remotos de un pensamiento enclavado en una coyuntura histórica precisa, así como resulta muy recomendable prescindir de las recurrentes figuras de las influencias y los precursores, que reducen un acontecimiento cultural y discursivo como la producción de ciencia a un mapa simplista de conexiones subjetivas. De hecho, la posibilidad de insertar la aportación del jurista estudiado en modelos teóricos típicos nos ayuda a percibir que aquélla, en muchas ocasiones, no constituye sino una concre- Nietzsche, Aurora. Pensamientos sobre los prejuicios morales (1887), Madrid, Biblioteca Nueva, 2000, trad. Germán Cano, p. 65. V. al respecto Germán Cano, Nietzsche y la crítica de la modernidad, Madrid, Biblioteca Nueva, 2001, pp. 241-294. 51 Hans-Georg Gadamer, Verdad y método (19754), Salamanca, Sígueme, 2005, pp. 349 ss. 52 Para conocer tales sugerencias, véase el contraste entre el «análisis arqueológico» y la «historia de las ideas» de Foucault, La arqueología del saber cit., pp. 233-235.
SEBASTIÁN MARTÍN 32 ción específica de dichos modelos. En un sentido similar, cabe afirmar que pocas son las obras que no nazcan y se deban en buena parte al diálogo y la polémica con otras obras y líneas de reflexión anejas, demostrándose con ello hasta qué punto las ideas del jurista biografiado comprenden ya en su seno las concepciones supuestamente adversarias. Y del mismo modo puede aseverarse que una obra pasada casi siempre brota de unas condiciones políticas y espirituales muy concretas e irrepetibles, algo que se acentúa obviamente en el caso de los juristas, siendo el derecho, como es, un modo contingente, y sujeto a variaciones históricas, de organizar lo social. Materialismo vs. idealismo. Lo planteado hasta ahora, a pesar de las apariencias, no se agota en un mero ejercicio de sincretismo; supone, antes bien, la constatación modesta de una complejidad teórica irreductible en limpias dicotomías y comprensible solo como marco de tensiones resueltas en función de las necesidades planteadas localmente por el concreto personaje estudiado. El mismo resultado obtenemos si observamos la elaboración de biografías desde la polémica entre «materialismo» e «idealismo» o, en un grado más abstracto, desde la dualidad entre «historia» y «razón»53. Esta disyuntiva ha solido manifestarse, en el campo concreto de las biografías intelectuales, en un esquema dual basado en la intuitiva contraposición de la teoría y la praxis y que divide el relato en dos partes: la vida académica y el pensamiento del autor. Creo que, a efectos didácticos, y con el fin pragmático de hacer más grata la lectura, esta distinción puede conservar cierta legitimidad, pero solo a condición de que se tenga presente su invalidez científica de partida, pues los hechos de una vida determinan el modo en que se produjo ciencia (jurídica), de la misma manera que los axiomas sostenidos en la teoría pudieron, siquiera en escasa medida, iluminar la acción práctica. Situándonos ya en el nivel genérico de la tensión entre «conciencia» y 53 También vuelve a verse aquí la discrepancia entre escuelas, y la paradoja política, ya vislumbradas en el problema de la autoría: quienes más creen en la autonomía del intelecto son los que menos capacidad transformadora efectiva le otorgan, y quienes más cuidan de poner en relieve sus limitaciones materiales, son los que aún confían en su virtualidad subversiva.
VIDAS POR EL DERECHO 33 «sociedad»54, entre una historia de las ideas puras y otra de corte sociológico55, y dada la imposibilidad de una solución unilateral y definitiva, hay que inclinarse de nuevo por la exclusión de fórmulas absolutas y por la compenetración dialéctica entre ambos extremos sintetizada según las exigencias del objeto de estudio. Por su creciente auge, acaso merezcan más enérgica reprobación las corrientes que todavía profesan la fe en la autonomía del espíritu, en las cuales «es fácil encontrar la huella de la insinceridad, del sentimentalismo y, desde luego, del interés disfrazado»56. Los supuestos de su crecimiento exponencial son estrictamente materiales, vinculados a la facilidad de parafrasear textos impresos depositados en cualquier biblioteca —o disponibles on line— en contraste con la búsqueda tortuosa de materiales de archivo. Y su traducción sociológica, como señalase Walter Benjamin, no es sino el vano deseo de poder por parte de los intelectuales57. Sin embargo, implica también un error deplorable desconocer el momento de independencia que caracteriza la elaboración teórica, justo aquél en que la reflexión se encuentra a solas con un universo conceptual y, modelándolo con libertad, alza construcciones racionales, no ya derivadas de las perecederas circunstancias, sino incluso opuestas a ellas con el fin de transformarlas. Omitir este aspecto autónomo de la razón científica, tachando de «mentira», «reflejo» o «ideología» cualquier producto suyo, además de suponer una comprensión superficial de la actividad intelectual, labra ya el terreno a «la impotencia de la teoría»58, a su concepción como órgano acrítico de la realidad. De lo antedicho se infiere la reconvención que también merece —si es que todavía existe— la percepción materialista unilateral que deriva los productos espirituales de una sola de las fases del complejo proceso social. Ahora bien, combatir hoy el materialismo economicista significa 54 Abordada impecablemente por Costa, «Saperi, discipline, disciplinamento» cit. 55 Roger Chartier, «Intellectual History or Sociocultural History? French Trajectories» (trad. Jane P. Kaplan), en Dominick LaCapra, Steven L. Kaplan (eds.), Modern European Intellectual History cit., pp. 13-46, donde se advierte que ya desde antes de la Gran Guerra, Lucien Febvre, cofundador de los Anales, se marcaba como objetivo compenetrar el estudio de las ideas y de la realidad social huyendo de «categorías como las de influencia o determinismo». 56 Adorno, Minima moralia cit., p. 49. 57 Benjamin, El autor como productor cit. 58 Adorno, Minima moralia cit., p. 49.
SEBASTIÁN MARTÍN 34 no solo batirse con un espectro, sino un culpable desconocimiento de la evolución interna de los análisis materialistas, conscientes desde hace décadas del carácter local de los condicionamientos histórico-sociales de la intelección científica59. Hasta donde alcanzo a conocer, fue Benjamin, con su genuina sensibilidad hacia las miniaturas, quien, en referencia a la creación literaria, sustituyó el interrogante marxista acerca de la relación entre los textos y «las condiciones de producción de la época» por otro más humilde, y analíticamente más eficaz, que se inquiría sobre la «función que tiene la obra dentro de las condiciones literarias de producción de un tiempo»60. Desde este aumento del enfoque historicista, no ha cesado de avanzarse en esta suerte de local knowledge, que vincula las ideas, no más a marcos político-económicos generales, sino a concretas y diferenciadas esferas productivas de la sociedad61. Si esta óptica se adopta sin menosprecio del aspecto sustantivo de las teorías, su resultado es un considerable perfeccionamiento de la comprensión de éstas. Es más, la actual escasez de estudios que esclarezcan el aspecto estrictamente material de la vida de los intelectuales, comparada con la sobreabundancia de comentarios de sus obras, recomienda un sensible viraje materialista en la realización de historia de las doctrinas62. Eso, en mi opinión, permitiría encuadrar con mayor objetividad la opinión, ante todo política, del estamento de los juristas, que si eran medievales o modernos reproducían esquemas eclesiásticos y si son contemporáneos no eran entonces sino miembros de una corporación estatalizada con reglas de selección y promoción que determinaban de antemano su juicio, el cual, por consiguiente, no puede elevarse sin más, como algunos biógrafos y panegiristas pretenden, a la 59 Algunas sugerencias de interés pueden hallarse en Dominick LaCapra, «Marxism and Intellectual History» (1982), en Id., Rethinking Intellectual History, Cornell University Press, 1990, pp. 335 ss. y 344-346. 60 Benjamin, El autor como productor cit. 61 Evoco evidentemente el título de Clifford Geertz, Local knowledge: further essays in interpretative anthropology, New York, Basics Books, 1983. 62 «¿Vivían [los intelectuales] de rentas agrarias, eran funcionarios, se sostenían gracias al mercado cultural? Son preguntas que alguien tendrá que abordar algún día», anima, en relación a la intelectualidad española noventayochista, José Álvarez Junco en su «Prólogo» de Erich Storm, La perspectiva del progreso. Pensamiento político en la España del cambio de siglo (1890-1914), Madrid, Biblioteca Nueva, 2001, p. 17.
VIDAS POR EL DERECHO 35 condición de opinión superior, verdadera e incontestable formulada con toda imparcialidad por un experto63. Biógrafo y biografiado. Por encima de estas bifurcaciones teóricas, y de algunas otras de cuyo tratamiento pormenorizado nos eximimos64, la tensión, a mi entender, más definitoria del género biográfico es la que opone al biógrafo y al sujeto biografiado. En este sentido, podríamos colocar al escritor de biografías en un triángulo imaginario: el primero de los vértices lo representan las tribulaciones del historiador Roquentin creado por Jean Paul Sartre, desesperado por extraer una imagen fiel del marqués de Rollebon del cúmulo de «cartas, trozos de memorias, informes secretos y archivos de policía» que había acopiado para su biografía65; en el extremo opuesto de este intento de reconstruir una vida coherente desde una dispersión documental se coloca Bruno, crítico de música y biógrafo del alter ego de Charlie Parker creado por Julio Cortázar, quien, en su última conversación con el jazzista, y atemorizado porque éste desmontase «todas las bases estéticas sobre las cuales» había «fundado la razón última de su música», bloqueándole con ello su ascensión hasta «la cátedra», conoció 63 Sebastián Martín, «Sobre olvidos históricos, semblanzas jurídicas y estrategias políticas», CIAN 12/2 (2009), pp. 219-244. 64 Por ejemplo, la que disgrega la universalidad y la particularidad, y que aquí cabría resolver, siguiendo a Gilles Deleuze, buscando la «universalidad de lo singular»: Diferencia y repetición (1968), Buenos Aires, Amorrortu, 2002, trad. María Silvia Delpy y Hugo Beccacece, p. 22. O la que opone sustancia y función, esencia y relación, la estimación de la obra cerrada en sí misma y su valoración como aparato funcional a otros contenidos o intereses. La opción preferible a mi entender volvería a ser comprensiva de ambas vertientes, combinando el análisis inmanente de los textos del jurista biografiado con su puesta en relación con factores externos y subrayando hasta qué punto la transformación interna del pensamiento del autor no es sino reacción a estímulos políticos e intelectuales exteriores. 65 Jean-Paul Sartre, La náusea (1938), Madrid, Bibliotex, trad. Aurora Bernárdez, 1999, p. 28. Recuérdese que el mismo Sartre fue autor de memorables biografías. El afán de fidelidad al «hombre» biografiado se resolvía en su novela con un desistimiento final: «Lentos, perezosos, fastidiados, los hechos se acomodan en rigor al orden que yo quiero darles; pero éste sigue siendo exterior a ellos. Tengo la impresión de hacer un trabajo puramente imaginativo». V. LaCapra, «Sartre and the Question of Biography» (1982), en Id., Rethinking cit., pp. 184-233, pp. 203 ss., que nos informa acerca de la tensión entre «unifying and decentering forces» característica de los trabajos de Sartre.
SEBASTIÁN MARTÍN 42 periencia espiritual» que aspira a «eternizar lo pasajero», pues cristaliza para siempre una perecedera visión subjetiva sobre un asunto mudable. La división infranqueable entre el pensamiento y la cosa y el anhelo de revelar la cosa a través del pensamiento conforma el campo de tensión en el cual gravitará irremediablemente el trabajo biográfico. Quien esto suscribe ha redactado y publicado ya algunos trabajos que pueden inscribirse en la generosa especie de las biografías intelectuales. Por eso le cabe la posibilidad de confesar que la labor biográfica le ha resultado una experiencia que corrobora empíricamente la intrincada reciprocidad entre el sujeto y su objeto, que prueba fehacientemente el racionalismo empírico del que hablara Gaston Bachelard. Y es que no solo el sujeto imagina su objeto, también éste crea y transforma al sujeto; es decir, no es solo el biógrafo quien inventa al biografiado, pues también el personaje estudiado va ampliando horizontes mentales y modificando convicciones en el biógrafo al irle marcando el paso en la búsqueda de herramientas y materiales, al determinarle y encauzarle la lectura de textos muy precisos, al instilarle conclusiones a las que todavía no había llegado según avanza en su investigación, obligándole, en definitiva, a revisar preconcepciones, a reformular métodos y a abandonar creencias que probablemente mantenía antes de concluir la escritura de su biografía. Elevando a rango teórico esta experiencia particular, podría concluirse entonces que el biógrafo construye al personaje biografiado al mismo tiempo que el biografiado moldea a su biógrafo. 3. la mIrada del jurIsta hIstorIador Las observaciones generales anteriores pueden transferirse al ámbito concreto de las biografías ejecutadas por científicos-sociales. Como ya indicase Carlos Petit, el historiador del derecho, habitual sistematizador de fuentes legales antiguas, suele parecer un intruso en unas extensiones ya ocupadas por historiadores, dogmáticos y filósofos del derecho, cada uno de ellos «dotado de acercamientos diversos y de distintos instrumentos analíticos»85. Debe entonces tematizarse algo tan vago, pero a la vez tan crucial para estas páginas, como la óptica específica con que el jurista historiador puede contribuir al mundo de las biografías. 85 Carlos Petit, «California y el derecho romano», en Max Radin, Cartas romanísticas (1923-1959), Napoli, Jovene, 2001, pp. XI-CXXIV, p. XIV.
VIDAS POR EL DERECHO 43 Biografías de historiadores. Comencemos por el contraste con la historiografía general, advirtiendo de antemano que, con omisión deliberada de autores y títulos, se subrayan solo tendencias abstractas útiles para identificar el posible enfoque del jurista historiador. Quizá como derivación de su quehacer profesional, el signo más llamativo de la biografía histórica es su débil registro de la diferenciación de las esferas de acción y producción sociales. La vida del personaje suele así discurrir dentro de un marco diseñado con referencias más o menos globales a hitos políticos, corrientes canónicas de pensamiento, escuelas artísticas y acontecimientos sociales considerados relevantes. La elección del biografiado deja en ocasiones traslucir la creencia en que la historia toma impulso por las obras de determinados individuos prominentes. El resultado suele oscilar entre una cuidadosa radiografía de la personalidad, la influencia política, social o cultural y los avatares privados del sujeto, donde se incluyen valoraciones psicológicas e incluso morales, y la recreación esquemática de los ambientes en que se desenvolvió. Con escasa frecuencia sirve el personaje como vehículo para acceder a los círculos de que formaba parte, y menos habitual es aun la reconstitución reflexiva de los campos sociales específicos que acogieron su vida pública. La contraposición entre las explicaciones globales y las indagaciones locales marca sobre todo la distancia entre el enfoque de la historiografía general y la jurídica. Mientras que la primera suele ambicionar reconstrucciones totales, atribuyendo «tácitamente» a ciertos factores (economía, política) mayor productividad social que a los restantes86, en el caso de la historia del derecho, y como expresión de la autonomía de su materia de estudio, los análisis están más rigurosamente delimitados, lo cual acaso pueda traducirse en una mayor conciencia de la fragmentación en que se descompone la realidad social. Trasladado este parecer al plano de las biografías, quizá puedan caracterizarse entonces las realizadas en la historiografía jurídica por registrar la independencia y peculiaridad de la esfera del derecho. Si se decidiese biografiar a un parlamentario, su comprensión rigurosa exigiría conocer las reglas técnicas y consuetudinarias de la actividad legislativa, así como la recreación completa de la vida de un juez conllevaría investigar el estatuto profesional y la función social de la judicatura en un momento dado. Para elaborar la biografía de un profesor universitario, sería del todo insuficiente limitarse a comentar sus textos 86 Sobre estas diferencias entre la historia social y la jurídica, véase Costa, «Saperi, discipline, disciplinamento» cit., pp. 995-996 y 1001-1002.
SEBASTIÁN MARTÍN 44 publicados, pues deberían añadirse, siquiera de modo tangencial, indicaciones sobre la enseñanza jurídica, la regulación de la asignatura de que se trate y la constitución personal, literaria y social de su campo disciplinar, que también habría de ponerse en relación con otros campos de acción social como el político, el periodístico y el literario. Además, la autonomía del derecho y de su conocimiento no solo debería jugar en calidad de presupuesto inexcusable, sino que para el caso de la biografía de juristas más contemporáneos habría asimismo de componer una de sus hipótesis principales, pues precisamente la diferenciación interna es lo que caracterizó de forma más señera la evolución de la ciencia jurídica desde el siglo xIx. Aun teniendo en cuenta estas apreciaciones, una aproximación inmanente a cualquier aspecto del derecho, con exclusión total de influencias y estímulos «externos», está condenada a ofrecer una visión menoscabada. La autosuficiencia de estos acercamientos muestra más bien una notoria insuficiencia, basada, en último término, en el olvido de que lo universal siempre trasparece de alguna manera en lo particular. Además, la autonomía del universo jurídico resulta en múltiples ocasiones una proyección ilegítima de la especialización actual de las parcelas del saber, que, como poco, acarrea un negligente desconocimiento de los vínculos que soldaban la esfera jurídica a otros ámbitos sociales y culturales como la teología. De nuevo, la resolución de esta dicotomía entre los enfoques internos, que conciben el derecho —o su doctrina— como «sistema cerrado y autónomo», y los externos, que lo tachan de «reflejo directo de las relaciones de fuerza existentes», con manifiesto desprecio por su estructura simbólica y «la forma específica de su discurso»87, quizá consista en renunciar de entrada a esta falsa oposición trenzando de manera dialéctica ambos aspectos y otorgando prioridad a cualquiera de ellos según recomiende la topografía concreta de la materia tratada. Significa esto que para aprehender el objeto jurídico en todo su espesor, aparte de concederle cuando cumpla toda su autonomía, resulta también imprescindible celebrar un «matrimonio de conveniencia» con la historiografía general88, empleando sus técnicas y aprovechando sus conclusio- 87 Bourdieu, «La fuerza del derecho. Elementos para una sociología del campo jurídico» (1986), en Id., Poder, derecho y clases sociales, Bilbao, Desclée de Brouwer, 20002, trad. María José González Ordovás, pp. 165-223, pp. 165-169. 88 Tomando así la expresión de Mario Sbriccoli y su consejo a los juristas historiadores de «desdisciplinarse» para «atenuar la tendencia aislacionista connatural» a la histo-
VIDAS POR EL DERECHO 45 nes. De hecho, no es sino la historiografía política generalista la que mejor puede suministrar los marcos histórico-políticos en los que, al fin y al cabo, deben ubicarse los juristas estudiados para la correcta inteligencia de su trayectoria profesional y de su aportación intelectual. Y más concretamente, situados en el nivel de las biografías profesionales de juristas, en especial en el de los juristas teóricos, tal enlace entre la historia general y la jurídica implica la necesidad de relacionar las concepciones sobre el derecho y el Estado «con las mutaciones estructurales del Estado mismo»89. Las biografías de juristas de los dogmáticos. Pasemos al enfoque normalmente ensayado por la dogmática cuando bucea en sus antepasados. En la selección de sus interlocutores se advierte ya la convicción implícita de que la disciplina se perfecciona por los meritorios logros de sus miembros individuales. Esta actitud acerca a los dogmáticos actuales a las autoridades eminentes y consagradas de su respectiva asignatura. El resultado habitual es una hagiografía jalonada por las esforzadas conquistas de pensadores particulares y culminada en el estado científico racionalmente depurado de la actualidad. Aquí se inscriben sus biografías, comúnmente dedicadas a los juristas ilustres que contribuyeron al refinamiento progresivo de la ciencia del derecho. El supuesto tácito de estas biografías intelectuales suele ser entonces la búsqueda de los fundamentos históricos originarios del repertorio conceptual en que se basa la disciplina presente. El interés de la dogmática por la historia de la ciencia jurídica suele reducirse así al trazado de su «prehistoria», rechazando el examen de las restantes tradiciones por considerarlas «una pintoresca desviación»90. A esta negación de la validez científica pretérita corresponde la proclamación enfática de la propia, pero tal proyección retrospectiva de los cánones de cientificidad hoy aplicados exterioriza ya una «ceguera hacia la historia» que, en casi todos los casos, se materializa en «una suerte de función de policía epistemológica sobre las teorías del pasado»91. La consecuencia ria del derecho: «Storia del diritto e Storia della società. Questioni di metodo e problemi di ricerca», en VVAA, Storia sociale e dimensione giuridica, Milano, Giuffrè, 1986, pp. 128-148. 89 Maurizio Fioravanti, «Storia costituzionale, storia amministrativa e storia de la scienza giuridica», Quaderni Fiorentini 13 (1984), pp. 591-639, p. 608. 90 Valoraciones de similar índole para el terreno de la historia del pensamiento filosófico realiza Bech en La filosofía y su historia cit., pp. 31, 80 ss. 91 Canguilhem, «El papel de la epistemología en la historiografía científica» cit., pp.
SEBASTIÁN MARTÍN 46 más frecuente que esta actitud reporta es la estimación del pasado como antecedente de lo actualmente instaurado, con la tendencia consiguiente a naturalizar axiomas, o su desestimación como lamentable error de percepción ya enmendado en la actualidad. Esto último, más que distinguir las biografías llevadas a cabo por los especialistas de hoy, explica su práctica ausencia, ya que, preocupada por encontrarse a sí misma en los textos pretéritos, la dogmática declina toda búsqueda después de percatarse de la diferencia sustantiva que, en la mayoría de los casos, la separa de las doctrinas precedentes. Lo expresado anteriormente cobra inusual vigencia en el campo del constitucionalismo, donde la brecha entre las prioridades analíticas actuales y el anterior modo de razonar parece apenas salvable, debido, entre otros motivos, a la falta práctica de imperio constitucional en Europa hasta la segunda posguerra. La disparidad entre el enfoque adoptado por el jurista historiador y el propio del constitucionalista la revela en esta ocasión una anécdota personal. Hace ya años intenté compartir con un famoso profesor español de derecho constitucional algunas de mis conclusiones sobre la tradición hispana del derecho político. Desconcertado al saber que dedicaba mi tiempo a estudiar autores como Salvador Cuesta, Fernando Mellado o Santamaría de Paredes, pues seguramente creía que pensaba dar utilidad presente a sus obsoletas teorías, me encareció a abandonar tan estéril campo de estudio para dedicarme a la más fructífera materia del constitucionalismo alemán. En contraste con la citada admonición, hace ya casi tres décadas que Bartolomé Clavero señalaba uno de los postulados preliminares de la historiografía jurídica: tomar el «derecho» como «objeto» y no como «método» de sus prospecciones, rastrear las formas históricas en que se manifestó el derecho, en lugar de buscar en las sociedades pasadas las raíces y formulaciones de un concepto de lo jurídico suministrado por la actual identificación axiomática entre derecho y ley92. Idéntico parecer rige para el conocimiento o la ciencia del derecho en general y los juristas que la producían, debiendo en este caso el histo- 28-29. Esta ceguera de la «técnica jurídica moderna» se traduce también en un «olvido» de las condiciones históricas que la constituyeron: Paolo Cappellini, «Che significa pensare (giuridicamente)?», Initium 1 (1996), pp. 27-48, p. 33. 92 Clavero, «Historia, ciencia, política del derecho», Quaderni Fiorentini 8 (1979), pp. 5-58, concretamente pp. 35, 38, 44 y 53-54.
VIDAS POR EL DERECHO 47 riador indagar en los modos históricos de producir ciencia jurídica, con independencia de las semejanzas o disimilitudes del saber jurídico pasado respecto de la dogmática contemporánea. Se aproxima así la tarea del biógrafo a la del historiador de los conceptos, entre cuyos axiomas se encuentra la premisa a tenor de la cual todos los términos (y prácticas), por muy naturales que parezcan debido a su prolongada existencia, han contado con declinaciones y versiones históricas divergentes y hasta opuestas entre sí93. De hecho, cuanto más «opacas» resulten al modo de proceder actual las doctrinas pasadas mayor es la evidencia de que nos hallamos frente a «estructuras simbólicas» diferenciadas y representativas del pasado94, y tal debe ser el campo de análisis de la historia jurídica, que no se encarga de legitimar teleológicamente el orden de creencias jurídicas en vigor, sino más bien de desvelar la interinidad crónica de todo sistema de creencias95. Ya sea para recuperar para el presente las teorías sepultadas por la historia, o bien para contribuir al liberatorio olvido de las corrientes científica y moralmente aberrantes96, el examen histórico de las doctrinas pasadas se presenta así repleto de utilidad aun sin ofrecer conexiones con la técnica jurídica hoy practicada. Y es que este ánimo por iluminar la historicidad de la comprensión del derecho formulada por los juristas, señalando inspiraciones aún proficuas e identificando construcciones que debieran arrumbarse del todo, debiera recorrer los folios de toda biografía encarada desde la disciplina histórico-jurídica. 93 Chartier, «Intellectual History or Sociocultural History» cit., pp. 43-44, afirmando que no era sino Michel Foucault quien había demostrado irreversiblemente la historicidad de disciplinas, prácticas y categorías que se tenían por naturales e inalterables. 94 «La opacidad puede ser un indicador cómodo en tanto que recuerde al investigador que en el objeto o la práctica observados se encuentran activas las estructuras simbólicas que él no posee», Bourdieu, «Diálogo a propósito de la historia cultural» cit., p. 54. 95 Desmitificando y «desnaturalizando» así las bases conceptuales de la dogmática: Hespanha, «O direito e a história» cit., p. 51. A esta función de revelar la contingencia de las cosas humanas para activar su transformación debe añadirse un paso ulterior para no incurrir en la ingenuidad más desastrosa: el que constata la solidez de la contingencia, el arraigo de lo innecesario, el anclaje duradero de lo inventado, la permanencia obstinada de lo transitorio. 96 Karl Löwith cifraba el provecho de la historia del pensamiento precisamente en la invalidación de «la filosofía tradicional», citado por Bech, La filosofía y su historia cit., pp. 85-86.
SEBASTIÁN MARTÍN 48 Biografías de filósofos. Si en comparación con la historiografía general la perspectiva del jurista-historiador proporcionaba autonomía a su objeto de estudio, en contraste con la dogmática parece a priori mejor preparada para detectar y narrar la diferencia. Solo tras el cotejo con los usos biográficos típicos de la filosofía sale completamente perfilado el enfoque histórico-jurídico. Dejemos a un lado múltiples prácticas discutibles que dejan perplejo al historiador frente a los textos filosóficos, como por ejemplo las que desautorizan doctrinas por «viejas», las que discuten con autores pasados como si estuviesen de cuerpo presente y las que suplantan al biografiado deduciendo sus opiniones sobre cuestiones de pura actualidad con el fin, obviamente, de legitimar los propios pareceres con el obsoleto argumento de autoridad. Quizá también en este caso la síntesis más certera de la disparidad entre la filosofía y la historiografía jurídica provenga de una anécdota personal. Recién comenzada mi andadura en la universidad, asistí junto a Carlos Petit a una conferencia de un filósofo del derecho italiano. Su disertación versaba sobre unos textos juveniles de Karl Marx en los que trataba el problema del hurto de leña. Todo el afán del conferenciante fue vislumbrar el sentido profundo de dicho folleto, averiguar si en él existían indicios de la pertenencia de Marx al iusnaturalismo, si de esos pocos pliegos podía extraerse una especie de microteoría jurídica marxista, si de sus juveniles lucubraciones jurídicas emergían ya hilos conductores e influencias que se desplegarían en su obra posterior. Al salir, el profesor Petit me comentó: «Como siempre ocurre, los filósofos se interesan solo por los textos; a nosotros, los historiadores, nos preocupan más los contextos». En resumen, podría decirse que el principio de partida de las biografías intelectuales llevadas a cabo por filósofos —o aplicando los usos propios de la filosofía ortodoxa— es el de la razón autónoma y progresiva, réplica espiritual del muy pedestre hecho de que siempre resulta más sencillo documentar opiniones que reconstruir los marcos sociales en que éstas germinaron. De este dogma se derivan casi todos sus rasgos más sobresalientes. Dejando a un lado su habitual preferencia por los filósofos célebres, que ya transparenta una visión progresista de la historia del pensamiento, puede comenzarse mencionando un dato fácilmente constatable: las biografías filosóficas suelen primar, a veces de modo excluyente, el comentario de los textos sobre la investigación de sus condiciones específicas de producción. Como consecuencia singular de esta preferencia destaca
VIDAS POR EL DERECHO 49 la habitual desatención a la originaria dimensión ceremonial de algunos textos, considerados normalmente como un soporte neutro, universal y uniforme de ideas puras97. Tampoco suelen preocuparse los filósofos por la inserción de las obras en canales de comunicación diferenciados y constituidos según reglas precisas, que ya determinan la identidad de sus destinatarios y, por consiguiente, su sentido específico. Ocupados los filósofos en desentrañar las razones subjetivas últimas de un pensamiento individual, no es infrecuente encontrar en sus estudios biográficos valoraciones psicológicas acerca del carácter o el temperamento del autor de que se trate, así como referencias sobre su vida y sus preferencias privadas. En la biografía de los juristas académicos ha de partirse, por el contrario, del lema de Gilles Deleuze que ya nos advierte de una evidencia: «la vida de los profesores es poco interesante»98, por eso la influencia de los aspectos más íntimos y privados de la existencia en la elaboración sistemática de una obra jurídica acaso sea casi siempre inapreciable. Por tanto, al importar ante todo al enfoque histórico-jurídico la puesta en relieve de las variables sociales como las constricciones discursivas del pensamiento del jurista examinado, lo mejor quizá sea privarse de emitir ningún dictamen en lo tocante a su personalidad, práctica psicológica que, por otra parte, en lugar de facilitar juicios rigurosos encubre a menudo los prejuicios morales del biógrafo99. En el caso de las biografías intelectuales que se imponen además el examen de las ideas del pensador, otro de los hábitos característicos entre los filósofos es ir en busca de las contradicciones. Cuando tales aporías no son simultáneas y resultan obvias, la vida del autor se divide entonces en las diferentes etapas que supuestamente recorre su pensamiento. Los acontecimientos que explican estas inflexiones teóricas suelen ser o bien una rectificación provocada por el afán de coherencia, o bien algún suceso 97 Esta desatención a las «prácticas rituales» originarias de producción del discurso, la contemplación del texto como expresión aséptica y plana de un logos universal, explica, entre otras razones, «el anacronismo inscrito en la actitud tradicional respecto de la cultura», Bourdieu, «Lectura, lectores, letrados» (1981), en Id., Cosas dichas cit., pp. 115-124. 98 Gilles Deleuze, «Sobre la filosofía» (1988), en Id., Conversaciones, Valencia, Pretextos, 19993, trad. José Luis Pardo, pp. 215-257, p. 219. 99 Pueden verse al respecto mis observaciones críticas a la por otra parte apreciable obra de «Pascual Marzal, Una historia sin justicia. Cátedra, política y magistratura en la vida de Mariano Gómez, Universitàt de Valencia, 2009», Anuario de Historia del derecho español (2010), pp. 919-924.
SEBASTIÁN MARTÍN 50 externo perfectamente localizable que hace al pensador parar mientes en sus equivocaciones. En contraste con estas premisas, para la percepción histórico-jurídica las tensiones teóricas en la obra de un jurista dado no debieran necesariamente abordarse como deficiencias de sus propuestas, sino como testimonios elocuentes de los fines políticos que perseguía con sus textos, de las cualidades concretas del campo en que éstos resultaban producidos o, sencillamente, del carácter ambivalente de ciertos aspectos de su pensamiento. No implica esta reconsideración del estatuto de las contradicciones un menosprecio a los cambios internos que casi cualquier itinerario intelectual experimenta. Lo decisivo es no interpretar en exclusiva estas inflexiones de una manera lógica o psicológica inmanente, como producidas por afán de coherencia o por una influencia localizable, pues también cabe esclarecerlas mediante expedientes más sociológicos y políticos. Con todo, la costumbre que a mi entender resulta más discutible en la especie filosófica de las biografías intelectuales es la crítica de la obra del biografiado tomando como punto de referencia una verdad objetiva, trascendente y sospechosamente enunciada por boca del biógrafo. Esta práctica expresa en concreto la constitución tradicional de la historia de la filosofía, concebida —y expuesta en los institutos— como una «discusión» escalonada entre teorías consecutivas, como la detección gradual de las debilidades teóricas de los antecesores con el propósito de hacer evolucionar el pensamiento mediante planteamientos cada vez más refinados100. El presupuesto de este vicio, en el que quiero pensar que ya se incurre inconscientemente, no es sino la persistente creencia en una razón universal unitaria curiosamente realizada en las tendencias morales y políticas dominantes en la actualidad, de las cuales el filósofo hace de cómodo sintetizador cuando impugna las salidas de tono de su personaje. La historia del derecho debiera, por su parte, huir de esta tendencia. Salvo algunas críticas de carácter ético-político claramente identificables y amparadas en convicciones subjetivas, no se debería permitir amonestación alguna al jurista biografiado por sus concepciones acerca del derecho y la sociedad, sino que más bien debe tratar de averiguar por qué pensaba 100 Deleuze planteaba resistencia a este modo de elaborar historia filosófica afirmando: «ya es suficiente con molestarse en comprender el problema que alguien plantea y cómo lo hace, lo que se precisa es enriquecerlo, variar sus condiciones, añadirle algo o conectarlo con otra cosa, pero nunca discutir», «Sobre la filosofía» cit., p. 222.
VIDAS POR EL DERECHO 51 así y no de otra manera. Intentando cumplir las recomendaciones histórico-filosóficas de Gilles Deleuze, la historiografía jurídica tendría que aspirar a comprender la contribución intelectual específica del jurista que intente biografiar como expresión de unas reglas institucionales, sociales, políticas y discursivas históricas específicas. Cabría entonces concluir que el enfoque del jurista historiador añade a la mirada del filósofo ortodoxo un mayor interés por las circunstancias que rodean la producción y difusión de las ideas101. En lugar de argumentos indelebles que todavía iluminan nuestro presente, halla en los textos teóricos acontecimientos singulares que responden a coyunturas intransferibles102. La exposición lineal de los antecedentes, influencias y precursores que desembocan en la teoría del autor es sustituida con su mediación por una recreación tangencial, que describe las líneas secantes que rozan y atraviesan el núcleo del pensamiento del autor en el momento de su concepción. En definitiva, la alternativa que la historia jurídica puede plantear a la doxografía filosófica en materia de biografías se cifra en un mayor realce de la historicidad de la razón frente a racionalidad de la historia. Más que discrepancia, la diferencia de sus perspectivas manifiesta una sana y complementaria distribución del trabajo intelectual que, sin embargo, no debiera entrañar una autorización al jurista historiador para descargarse de los gravámenes analíticos que comporta el comentario de las obras teóricas. En efecto, la posible disonancia entre las ópticas de la historia del derecho y de la filosofía no exonera al jurista de ciertos deberes filosóficos. Observando los textos y las realidades como acontecimientos, corresponde al investigador una labor de acuñación conceptual que dé cumplida cuenta del objeto designado103. Por otro lado, el ejercicio de la historiografía jurídica tampoco exime, en mi opinión, de la fatigosa descripción sistemática del pensamiento del biografiado, habitual en los medios filosóficos. Puede optarse, desde luego, por la exclusiva elaboración de una intellectual history que visite solamente las proximidades institucionales, 101 Consúltense las indicaciones sobre el «historiador doxográfico» de Bech, La filosofía y su historia cit., p. 50 ss. y las notaciones concernientes a la biografía intelectual de Dosse, La pari biographique cit., pp. 44-46. 102 Serrano, Michel Foucault cit., pp. 34-36 y 42-43. 103 Teniendo en cuenta, nuevamente con Deleuze, que «el concepto debe decir el acontecimiento, no la esencia», «Entrevista sobre ‘Mil Mesetas’» (1980), en Conversaciones cit., pp. 43-57, p. 44.
SEBASTIÁN MARTÍN 58 juristas, desde este enfoque, pueden ser entonces contempladas como experiencias situadas en última instancia en el campo del poder, como síntomas de estrategias desplegadas para construir discursos hegemónicos acerca de qué había de ser consagrado y codificado en la forma superior, por obligatoria, del derecho. Probablemente, solo si deja cabida a esta segunda alternativa puede la historia del derecho continuar siendo fiel a sí misma cuando se pone a biografiar, ya que, en su estatuto general, en su mismo código genético, va incorporada la irrenunciable misión de revelar la historicidad y contingencia de su objeto.