Escritura e identidad. Función de la literatura histórica en los orígenes del nacionalismo
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Escritura e identidad. Función de la literatura histórica en los orígenes del nacionalismo·:· Juan Daniel Ramírez Garrido Universidad de Sevilla (España) Primeras reflexiones En 1941, desde su exilio en la ciudad argentina de Mendoza, el historiador español Claudio Sánchez-Albomoz publicaba por segunda vez un díptico de la historia de España con dos títulos tan sugerentes como Del ayer remoto y Del ayer cerc ano. Aun cuando los textos pertenecían a un libro anterior, del que su autor no nos deja constancia, su reedición más tardía, ya en el país de acogida, les confería un nuevo valor, producto sin duda de la distancia de su tierra de origen. En su primer capítulo, Sánchez-Albomoz pretendía dejar sentado el papel civilizador de Roma, de tanto peso e influjo como para borrar muchas de las huellas de las civilizaciones precedentes. Sin embargo, esa mirada distanciada de España no ganaba en objetividad, sino que parecía agudizar su nostalgia. Si para Sánchez-Albomoz el germen de España se encontraba en Roma y, más tarde, en Castilla, no era de extrañar que en el primer capítulo de sus Dípticos se esforzara por ver en la primera un poderoso instrumento de homogeneización cultural, capaz de borrar las diferencias entre las tribus prerromanas que poblaron España. Y, de paso, aprovechaba nuestro autor para expresar su rechazo a los regionalismos extremos y a los políticos nacionalistas, quienes, valiéndose de la ciencia, trataban de encontrar sus señas de identidad en un pasado anterior. Así, las grandes vías y construcciones, las innumerables ciudades creadas en todo el territorio peninsular, unidas al derecho romano y a la llegada del cristianismo a través del Mediterráneo -un mar que entonces pertenecía a Roma por entero-, dieron la homogeneidad cultural que las diferentes tribus necesitaban para crear una identidad unificadora. * Esre artículo se enmarca en el proyecto de investigación (I+D), titulado "Género y ruscurso histórico en la construcción de la identidad: integración y multiculturalismo" (SEC95- 0252-C03-03).
16 Araucaria Nro. 1 No estaba exento de razón Sánchez-Albornoz cuando arremetía contra las tendencias regionalistas y nacionalistas , cuyo principal argumento en defensa de una identidad propia se encontraba en caracteres anteriores a la romanización. Sin embargo, tampoco él parecía librarse de prejuicios en la búsqueda idealizada de un supuesto carácter racial que, como los defendidos por ciertos nacionalismos de entonces y ahora, preservaba los rasgos más valiosos de las culturas prerromanas supuestamente borradas. Al referirse a las aportaciones culturales de los primeros pobladores de España, Sánchez-Albomoz nos deja un fiel retrato de su visión idea - lizada y un tanto -por qué no decirlochovinista, a través de la admiración que sentía por sus manifestaciones artísticas. "Me atrevo a afirmar que sabemos poco todavía de cierto acerca de las viejas razas que en Hispania precedieron a iberos y celtas. Pero me descubro respetuoso ante ellas. En Las cúpulas de las cuevas de Menga o de Anrequera y en la s pinturas de las cuevas de Altarnira nos han dejado muesrras geniales de sus talentos de constructores y pintores. Sin orgullo patrio, puedo afirmar su inmensa superioridad en belleza frente al arte precolombino de las dos Américas, tan en moda hoy en escas tierras, por torpe hjspanofobia de algunos y por patriótico americanismo de otros. Y es que esos abuelos vuestros y míos de Andalucía y de CasrilJa eran ya, como los españoles de todos los tiempos, pueblos de artistas." (Sánchez-Albomo z, 1981: 52) En el mismo texto en el que nuestro autor denosta a los políticos nacionalistas por su demagogia en defensa de supuestas identidades de origen prerromano, encontramos esta cita, en la que se incurre en los mismos pecados que se fustigan, añadiéndose, además, una clara expresión de chovinismo: la afirmación de una supuesta inferioridad de las manifestaciones culturales precolombinas. La grandeza de los españoles como artistas se prefiguraba así desde un pasado remoro que, sin que Sánchez-Albomoz sepa explicarnos cómo, sigue animando el preseme de nuestra actividad creadora. Sucede a veces: terminamos incurriendo en los mismos vicios que a otros imputamos. Sin entrar a juzgar Ja visión y los valores que Sánchez-Alborooz defiende en sus Dfpticos, la impresión que este texto deja en quienes no ejercemos la historia profesionalmente es la de una renuncia -co nsciente o no- a una supuesca objetividad, tal vez en aras del compromiso con su país, tal vez por el patriotismo que la nostalgia agudiza. Si La pretensión de objetividad historiográfica viene caracterizada por el intento de dejar que los datos históricos "hablen" y se expresen a través de la escritura (White, 1987), en este caso parece primar la visión del
Escritura e identidad 17 autor, del literato, que con un buen conocimiento de la historia y un perfecto domimo de su género literario parece querer persuadimos sobre lo que él supone el modo "esencial" de ser del español. Pero no se pretende aquí cri ti car a un personaje en el que, por otra parte, l os aciertos superan coa creces los errores, sino hacer ver el motivo que lo impulsó: buscar una explicación -coherente o no, pero explicación al findel modo de ser de un determinado grupo, etnia o nación. La necesidad de explicar nuescra identidad no es privilegio exclusivo de los historiadores ni de las élites intelectuales, sino que afecta, en mayor o menor medida, a tocios los miembros de una etnia, de un determinado grupo, de una misma nación, etc. En el mundo occidental, al intelecrual -y, más en concreto, al historiadorparece haberle correspondido el privilegio de desarrollar los textos necesarios que responden al "quiénes somos". Pero la pregunta que anima esa búsqueda procede de un fondo dramático mucho más comp lejo que nos afecta a todos. Las formas en que hemos respondido a esas preguntas pueden haber sido erróneas pero, como ya hemos defendido en otras ocasiones (Ramírez Garrido, jirst draft), no podemos ni debemos dejar de cuestionarnos al respecto . Debemos exigir a nuesrras instiruciones -sobre tocio a las educativasel mamemmiemo de un debate continuo acerca de ellas, para no dejar que otros grupos, caremes de tocia éuca, se apropien del derecho a responder por nosotros. Estos grupos se manifiestan habirualmente a través de relatos justificativos de modos de identidad descaradamente chovinistas y xenófobas, como la realidad se ha encargado de demostrar. La limpieza étnica en la antigua Yugoslavia, tan cercana a nosotros en el tiempo, es el mejor ejemp lo de un proceso que empezó siendo un mero discurso identitario, para acabar dando paso a una guerra de exterminio. Quiénes somos, cómo somos o nos gustaría ser, son las clásicas preguntas que operan debajo de ese extraño término de identidad tan difícil de definir. Sin embargo. no son cuestiones exclusivas de decerminadas élites ilustradas de un país o una sociedad; cualquiera está legiLimado para hacérselas y, de hecho, por diversas circunstancias vitales casi todas las personas, sea cual sea su nivel educaúvo, incurre en algún modo de cuestionamiento de sí mismo, de su vida, de sus relaciones con los demás. Pero hablar de pregunta s y re spues ta s es dar preemin encia al lenguaje. Hacemos prcguncas a otros en el curso del diálogo, demandando su ayuda en el esclarecimiento de nosotros mismos, colaborando con ellos en la comprensión de nuestra identidad. También proferimos preguntas y respuestas a través del diálogo interno, cuando se ha clausurado nuestra conversación en la esfera pública y da comienzo la reflexión, la conversación con uno mismo, en el momento de la soledad (Mead, 1934; Vygotsky, 1934/1987, 1979; Wensch, 1985, 1991). En muchos
18 Araucaria Nro. 1 casos, cuando las siruaciones han llegado al lúnire, esas preguntas no encuentran sus respuestas; preguntas como las que se hace el inmigrante ante una tierra y una sociedad que le son extrañas, o como las que se hace el paciente a través de su terapeuta, tratando de encontrarle sentido a su vida. Sin embargo, más allá del diálogo explícito con otros, o del diálogo interno que indaga quién soy o qué deseo ser, podemos interrogamos igualmente como grupo o comunidad, en un plano que trasciende los límites de la vida de una persona: el plano del devenir histórico. Se trata de un modo de existencia que, al contrario del individual, carece de límites precisos y, por consiguiente, presenta grandes dificultades para enconcrar sus orígenes y serias dudas sobre lo que será de él o ella -el grupo o la comunidad- en el futuro. Tales preguntas a la búsqueda de sus respuestas no pueden realizarse a [ravés de las formas de diálogo ya referidas, pues la solución de los dilemas históricos necesitan ahora un discurso de otra índole, fundado y consolidado en el texto escrito. Tal discurso ha dejado de ser phoné y aspira a ser exclusivamente logos, al abandonar la voz y el oído, y convenirse en objeto para la vista (Ong, 1982; Havelock , 1996; Ramírez Garrido, 1995; Roncbi, 1996). El paso de la oralidad a la escritura confiere a las palabras unas características especiales: las hace recuperables, suscepti bles de ser leídas en diversas ocasiones y reimerpretadas desde distintos puncos de vista, por no decir escritas y reescritas, con el fin -no siempre confesode ampliar unos hechos y reducir la importancia de otros, en función de la perspectiva del autor y sus lectores. Textos identitarios Después de las referencias hechas a Jos Dípticos -literatura histórica por excelencia-, es necesario analizar el papel jugado por los textos literarios en Ja constirución de las identidades y, muy especialmente, de las identidades nacionales. U na breve ojeada a la historia de los cres últimos siglos nos permite reconocer un extenso grupo de textos y de autores que, por muy diversas razones, han tratado de encontrar posibles explicaciones a nuestras reacciones como grupo, de reflexionar sobre ellas y orientarlas hacia fines políticos. Todo hace pensar que esa fue una de las funciones históricas cumplidas por el Romanticismo en Ja creación de la conciencia nacional, al explotar las enormes posibilidades ofrecidas por los relatos populares -una vez transcriptos y más o menos conscientemente manipulados- y un buen número de textos literarios. Aun cuando parece que el proyecto inicial de los románticos alemanes era estrictamente filosófico -especialmente en el caso del Círculo de Jena-, su pretensión de
Escritura e identidad 19 "hacer de la filosofia el mocor de la licerarura y de la lirerarura fonna de expresión de la razón" (Hemández-Pacheco, 1995: 23) transgredió los esrriccos límites intelectuales establecidos para acabar interviniendo en orros ámbicos políticos y sociales. Así pues, la importancia que dicho movimiento otorgó a la liceratura permitió que ésta llegara a convertir la tradición literaria alemana en el instrumento creador de la conciencia nacional. Un país ligado débilmente por una lengua, entonces en proceso de unificación, separado en diversos reinos y escindido en dos iglesias, encontraba en su sus letras el principal motor de integración cultural. Pero el peso y la importancia de la liceratura en la búsqueda del sí-mismo superó los límites de ese país y llegó a afectar a la mayoría de las naciones europeas, que desde finales de la Edad Media comenzaban a emerger. Quién sabe si la consLrUcción de la conciencia europea no se encuentra esbozada ya en cada una de las diferentes tradiciones lilerarias. Sin emba rgo, el caso alemán, y los europeos en general, no son los únicos que puedan traerse a colación. Países tan jóvenes como Argentina o Uruguay, por sólo referir algunos, cuentan con una corta pero muy influyente producción bibliográfica en el debate sobre sus respectivos proyectos identitarios. Como se desprende de codo lo referido hasta ahora, el motivo final de este trabajo es analizar el papel de ciertos textos en una posible constirución literaria de las identidades nacionales. Empezaremos, pues, por analizar el ténnino "identidad" y sus posibles variantes, para acercamos, más carde, a un texto y un autor que han influido poderosamente en la constitución de una determinada conciencia nacional. Nos referimos al libro titulado Facundo. Civilización y barbarie (1845), del argemino Domingo Faustino Sarmiento, cuyo impacto en la historia argentina, y sobre todo su influencia en el desarrollo de la educación de ese país, han dejando una huella indeleble. Definición Siguiendo a Rosa, diré que la palabra idenridad está relacionada con el hecho de percibirnos como un todo o una entidad; alguien o algo que los demás y uno mismo reconocen por igual (id) con su particular modo de ser. Este reconocimiento de sf-mismo como esenc ia -sin duda cuescionable desde el marco de la filosofía y de la psicología de la persona lid ad, pero crucial para la psicología popularestá substancialmente vinculado a una memoria que dota de existencia y entidad al ser, el cual se reconoce en el flujo de sus recuerdos personales -memo- ria autobiográfica- y de la infonnación transmitida por su grupo -memoria colectiva- (Rosa, firsc draft).
20 Araucaria Nro. 1 La palabra identidad parece cs1ar relacionada con la de substancia. Como ejemplo de aproximación entre ambos 1ém1inos cabe señalar que las críticas ver- 1idas por Hume a propósito de la noción de substancia fueron empleadas también por este pensador para cues1ionar la noción que aquí analizo (Ferrater Mora, 1990) 1• Burke -u n autor esencia l para abordar tales nocione screyó ver una estrecha relación entre este término y la familia etimológica derivada de la raíz indoeuropea stá (en sánscri10 sthá y relacionada con el verbo inglés to stand), cuyo mejor exponente en las lenguas occidentales modernas sería substancia. La palabra "substancia" se emplea a menudo para designar lo que una persona o cosa intrínsecamente es; el componente esencial de algo, su pane principal, señala el diccionario Webs1er; o iambién lo que sus1ema los rasgos y cualidades que caracterizan a un ser, el cual no puede existir ··sine re substa/IÍe" (Burke, 1969a: 23). ! lay 01ros aspeccos de la palabra subs 1ancia que prcseman iambién una es- 1rccha relación con la noción de identidad, objeto de mi análisis. En té1minos más mc1afóricos que literales, la palabra tiene que ver con el lema o el argumcmo de una narración (popularmente decimos " la substancia de la his1oria ") y, 1racada desde un punto de visea simbólico, la palabra se relacionaría con "fundamento", "fondo" o "base'. (Burke, 1969a: 23). Como más tarde veremos, esta dimensión metafórica señalada por Burke no debe ser desdeñada, pues una fonna de substancia crucial para este autor es la substancia dialéctica (dialectic substance), cuyo modo de desarrollo y expresión se lleva a cabo a través del lenguaje productor de relatos y otros procesos discursivos sunilares. Pero la substancia de algo en panicular no sólo afecta a aquello que la cosa es; igualmente incluye o toma en consideración lo que ésta 110 es. Si aceptamos en su definición lo que la cosa intrí11secameme es e igualmente lo extrfnseco a ella, accpuimos su contexto, pues iambién lo que la rodea y limita representa, en cieno modo, una pane de ella misma (Burke, 1%9a: 23). Y así llegamos a la for - ma comcxcual de definir la substancia o identidad de cualquier eme Siguiendo a Spinoza -verdadero anífíce de la definición contexrual de substancia- podemos decir que 1oda definición es negación. Definir una cosa es ex - traerla de su contexto, establecer sus limites señalando lo que no cs. En ténninos 1. El Diccionario de filosofía de Fcrmer Mora propone tr es principios de idcntid<1d: el prin· cipio onro/6gico de identidad (A• A), el prmc1pio 16gico basado en la lógica de los términos (a pertenece a todo a) y en la de las proposicione~ (si p entonces p) y, finalmente, un principio mSs cucmonable como cal, el prmc1p10 psicológ1co de identidad (pág. 1606) u r3z6n de la pues- u en cuestión de este principio podrÍJ encomr:irse en el rechazo mostrado por Hume al concepto mismo de idemid.td. Como ~e1hb el diccionario, su crític.i es l.i mism.i que hace a de l.i noción de substancia, y va d1rigid1 especialmente a los que creen en la existencia de un yo ($tl/J submncial, idéntico a sí mismo e idéntico a través de tod.u sus maniíestmones.
Escritu.ra e identidad 21 de la Psicología de la Gestalt, se podría decir que la definición consiste en extraer y contrastar la figura del fondo. Pero aquello que la determina y limita también le da carácter frente a las demás cosas que la rodean 2• "Herencia y entorno", "hombre y naturaleza", "meme y materia", "sujeto y objeto", antes que entenderse co mo elementos en oposición deberían comprenderse en forma comextualista, de tal modo que cada uno de los términos del par operaría como el contexto o fondo que permite el reconocimiento de su contrario. Otro modo de considerar el problema de la substancia -debo recordar que también el de la identidades el denominado por Burke tribal o familiar; un modo de definirla que, como veremos, ha sido objeto de interés político y literario a lo largo de los siglos XIX y XX. El carácter tribal o familiar tiene su razón de ser en una causa ancestral responsable de una descendencia biológica en la que la substancia del vástago se deriva de la substancia de los padres. Podría servir igualmente para referir el ideal cristiano de humanidad, que, a grandes rasgos, sería considerado herencia directa de dios padre. En un contexto más restringido, la pertenencia biológica a la tribu o a la familia estaría igualmente presente en lo que Burke denomina su "variante bastarda", la doctrina política de la supremacía racial del nazismo (Burke, l 969a: 27). Para el caso que nos ocupa. la constitución de una identidad nacional, el concepto de familia o de definición tribal o familiar puede hallar su variame "espiritualizada" en aquellos grupos sociales que comprenden a personas de una misma nacionalidad, o que comparten una misma ideología o creencia. En estos casos, es frecuente encontrar un fundador, un pacto, una constitución o acco histórico de l que se deriva el grupo (Burke, 1 969a: 29). Con el objetivo de sintetizar tales modos de definición, Burke remarca un último aspecto, que relaciona ambos conceptos: mientras que la definición concextual exige emplai.amieruo -puesto que un término se reconoce en relación con su contexto-, la definición ancestral exige derivación -dado que la subsiancia de un ser procede de otro anterior-. Pero en cualquier discusión que se sostenga al respecto, las dos llegan a entretejerse. Así sucede, según nos relata Burke, en el caso de las reologías que tratan a dios a la vez como "ancestro causal" de la humanidad y como fondo último o contexto de ella. Además de los modos indicados de definir y abordar el problema de la substancia, prestaré especial acención a un tercero, que puede llegar a tener un importante papel en el escudio de la constitución de identidades nacionales. Me refiero 2. La identidad nacional o de cualquier otro tipo necesita un opuesto que le dé forma. P:ira la subjetividad del idealista y el rom~ntico, su oponente es la natur.ileza; lo que ideo· tifica al hombre civilizado es aquel a quien la naturaleza produce: el bárbaro.
22 A rattcaria Nro. 1 a las definiciones basadas en el espacio o el movimiento. Conviene no olvidar que, al inicio de las naciones del continente americano, el único elemenco capaz de dar identidad a sus ciudadanos comenzó siendo exclusivamente el nombre del país de acogida, para evolucionar hacia formas más sofisticadas de cnlender la pertenencia a w1 determinado Estado-nación. Las identidades que se constituían en esas nuevas naciones se caracterizaban por el movimiento hacia un lugar determinado (salida del país de origen y llegada al de destino) y su posterior y definitivo asencamiento en el mismo'. Estaríamos, pues, ante una forma de identidad basada en el movimiento en un sentido o en una dirección determinada. Burke nos hace ver que éste sería el caso de la emigración a las Américas en los siglos pasados: los individuos se re - conocerían sólo en su condición de emigrantes, tan pobres y escasos lazos los identificarían. La clave de esta definición no escriba en preguntas tales como quién eres (substancia familiar o tribal) o de dónde eres (substancia contexrual o geométrica), sino a dónde vas (Burkc, 1969a: 31). Sería el movimiento en dirección a la nueva tierra, por tanto, lo que les permitiría reconocerse en su condición de inmigrantes, aspirantes al derecho de ciudadanía. Definici6n clialéctica e identificación Pero todos los casos referidos hasta ahora son demostraciones de una categoría inclusiva mayor , a la que Burke denomina substancia dialéctica. Dialéctica o dramalúrgicamente considerado -ya que para Burke ambos términos pueden ser intercambiables-, el ser humano posee dos naturalezas distintas: una es la naturaleza propiamente dicha -la physis en se ntido aristotélico-, que viene representada por su escrucrura biológica y que le hace ocupar un lugar como especie en la compleja evolución filogenética; la ot ra es la culrura, una "segu nda naturaleza" superpuesta a la primera (Burke, l 969a: 33), que depende en grado sumo de su ins - trumento más poderoso, el lenguaje, y de las acciones simbólicas que los hombres pueden realizar a través de él. Esta última, resultado de la interacción y comunicación entre individuos pertenecientes a un mismo colectivo, es cambién motor de nuevas formas de interacción social, las cuales ab ren, a su vez, vías para el desarrollo cu ltural. La relación entre los individuos y su cultura es circular; ambos términos de este complejo binomio crecen en mutua interdependencia: la 3. Existe un dicho popular entre los argentinos para explicar su origen. "Los argentinos venimos de los barcos", que es tanto como decir: carecemos de pasado y nuestro presente se inicia el día en que llegamos a tierra o 1nic1amos nuestra vida en este país.
Escritura e identidad 23 cultura permite el desarrollo de los individuos que la poseen, al tiempo que crece y se desarrolla por la acción de éstos. El análisis burkeano, centrado en el lenguaje y la acción simbólica para la comprensión de la cultura, confiere protagonismo al individuo, que ya no es concebido como un mero reproductor de las pauras de componamiemo establecidas a lo largo de su socialización, sino como un agente con capacidad para transformar esas pautas mediance sus acciones. La acción simbólica encuentra en el lenguaje su mejor medio de realización y sus vías más adecuadas para la conversación con nosotros, para los debates, los textos 4• A la luz del discurso ident.itario se diría que Ja clave de la substancia dialécáca se halla en el lenguaje y su poder para definir y determinar realidades, para crear relatos con los cuales identificarse y, en definitiva, para hacer posible la comunicación orientada retóricamente a conseguir la adhesión del individuo a un grupo o colectivo. En una línea de pensamiento que recuerda a Vygotski, Burke es consciente de que la comunicación no es sólo la argamasa que nos une: en este concepto no cabe únicamente la interacción entre nosotros, sino también con nosotros mismos. El lenguaje establece, así, un pueme entre las dos caras de la realidad psicológica, pues sin dejar de ser lo que es -instrumento esencial para el intercambio en el plano inJersubjecivo o imerpsíquico-, permite la existencia de una vida interior que se desenvuelve en el plano imrapsíquico, en la que el acto de pensar es el resultado de un diálogo consigo mismo (Bajtln, 1990; Mead, 1934/1967; Voloshinov, 1992; Vygotski, 1979, 193411993). La clave para comprender las dos orientaciones que toma el acto comunicativo se encontraría en la ambigüedad de la substancia dialéctica y de toda fonna de acción simbólica, que acrúa simultáneamente fuera del individuo (entre quienes se comunican) y dentro de él (la comunícación consigo mismo). En uno de sus libros más brillantes, La retórica de los motivos (The Rheioric of Motives), Burke ya señalaba el hecho de que las personas tienden a persuadir a los demás, pero cambién a ellas mismas, en torno al motivo objeto de persuasión5. Como señala Ducan, recogiendo las inquietudes de Burke, "actuar persuasivamente sobre uno mismo es seleccionar imágenes e ideas que forma el yo que queremos ser" (Duncan, 1985: 167)6• 4. "'Dialectic substance' would thus be the over-all cacegory of dramatism, which creacs of human motives in the terms of verbal action. By tbis statcmenc we mosc decidedly do not mean that human motives are confinecl to che realm of verbal action. We mean rather chat che dramatistc analysis of motives has its point of depart11re in che subject of verbal action (in chought, speech, and document)." {Burke, 1969a: 33). S. Podria decirse objeto de cransubscanciación.
30 Araucaria Nro. 1 EslO era, sin duda, muy necesario para un país que comenzaba a poblarse, y que desde el primer momento adoptó la definición de gobierno formulada por Alberdi: "gobernar es poblar"; pero poblar en el sentido de "educar, civilizar, enriquecer, mejorar". No se rrataba sólo de aumentar la población, sino de aumentarla con gente civilizada. La obsesión civilizadora condujo, en muchos casos, al desprecio de ciertos sectores de inmigración prejuzgados de antemano. A la Juz de una concepción tan exquisita de la civilización como la defendida por la generación del 37, resultaban ser bárbaros los indios y los gauchos, los peones indigentes y el proletariado que se abría camino en los suburbios de las ciudades, inmigrantes en su mayoría. En 1873 -vei ntiocho años después de la publicación de Facundo- Alberdi7, compañero de generación de Sarmiento, e inmerso en el mismo debate ideológico, profiere un discurso que no deja duda alguna sobre su proyecto nacional: "Poblar de víboras un suelo digno y capaz de cultivo, es decir, po - blarlo de Polichinelas, de Gil Blases, de Basilios, de Tarrufos, no sólo no es gobernar sino que es hacer imposible el gobierno. Poblar así, lejos de gobernar, es corromper, embrutecer, empobrecer, despoblar, limpiar la tierra de apestados, barrer la basura de la inmigración inmunda." (citado en Puiggrós, 1990: 100-101) Como Sarmiento, Alberdi deseaba para su país la llegada de artesanos de los burgos europeos o de agricultores que, como los farmers de Nueva Inglaterra, supieran trabajar la tierra y el ganado, tal vez intelectuales como ellos mismos, huidos del absolutismo. Y, sin embargo, cabría preguntarse ¿cuántos de los inmigrantes que llegaron en aquellos años podían reunir esas características? La realidad, en muchos sentidos, fue otra, pues una buena parte de la población española y, sobre todo, italiana del sur -esta última muy abundante en aquellos añosllegaba carente de educación y sin oficio alguno. Posiblemente conformaban más la parte de los apestados rechazada por Alberdi, que de la de aquellos alemanes y escoceses tan queridos por Sarmiemo que, asentados en los ar rabales de casas pintadas y aseadas, se dedicaban a la elaboración de mantequillas y quesos (Facundo, pág. 66). El proyecto sannientino, perfectamente reflejado en Facundo, había calado en el ánimo de sus compañeros de generación y en las clases dirigentes persuadidas 7. Conviene recordar que Alberdi es, con Sarmiento, miembro de la generación del 37, y que el segundo ya había iniciado el debate sobre civilización y barbarie en 1845.
Escritura e identidad 31 por su ideal civilizador. Sin embargo, su ideal pedagógico comenzó a recibir algunas cr íticas ante la evidente falta de adecuación a la masa de población italiana que arreciaba en la segunda mitad del siglo XIX -entre las que también se encontraban algunas figuras relevantes como el educador Pedro Scalabriui -. La pedagogía de aquellos aJlos, de clara orientación krausista, se vio en la nec esidad de refonnular el ideal sarmientino, incorporando la latinidad como proyecto civilizador, precisamente la misma que Sarmiento si no había despreciado al menos había ignorado. Los krausistas, con Vergara a la cabeza -un importante pedagogo de la época-, veían el progreso avanzar imparablemence desde el Asia Menor hacia las naciones del Nuevo Mundo; si a la cultura anglosajona le había tocado en suerte poblar y civilizar América del Norce, le correspondía a la latinidad hacer lo mismo en América del Sur, aprovechando, por supuesto, la experiencia adquirida por la primera y su sentido pragmático de hacer la civilización. Como señala Puiggrós, reflejando el pensamiento del krausismo argentino, "los mejores frutos de la cultura anglosajona, cultura superior, serían sin embargo en la s naciones sudamericanas porque éstas son herederas del genio latino creador del derecho moderno y que poseen la tradición de la lucha por la libertad" (Puiggrós, 1990: 90). En esta incorporación del carácter latino al proyecto civilizador, Puiggrós cree ver la crisis y la ruptura con el proyecto sarmientino. Personalmente, tengo serias dudas al respecto. Desde mi modesta opinión, es posible que estuviera produciéndose más bien una puesta al día del debate iniciado por Sarmiento y, sobre todo, la humanización de tal debate, al incorporar a la acción civilizadora -que es tanto como decir al desarrollo del proyecto nacionalnuevos agentes que no podía quedar relegados de la escena 8. 8. Se pretendia homogeneizar lingüísticamente el país, pero faltaba la sufícienre presión del español. Así, la provincia de Misiones recibió una fuerte inmignición de origen portugués a tnivés de Brasil, por su proximidad a ese país, con lo que el portugués siguió siendo la primera lengua enrre una parte importante de su población. Además, en esa misma pro· vincia y zonas aledañas (la Mesopotamia), el español y el portugués -y más tarde el "portuñol"- era y es notable la presencia del guaraní. A todo ello había que añadir la fuene implantación de galeses en la provincia del Chubur (Puiggrós, 1990: 114). Jumo con la homogeneización lingüística, se planteaba la necesidad de crear una unidad nacional ideológica que borrara las nacionalidades de origen. La inmigra· ción italiana llegó a ser tan importante que era frecuente la difusión de su literatura y, especialmente, de una obra concreta: Cuore, de Edmundo D'Amicis. José Ramos Mejía, desde la presidencia del consejo Nacional de Educación, prohibió su lectura en las escuelas pública alegando, enrre otras razones, la profunda veneración por Garibaldi que esta obra inspiraba a los niños icaüanos. Ramos Mejía se quejaba de que Garibaldi tuviera su propio monumento, mientras otros próceres de la parria no lo tuvieran (Puiggrós, 1990: 112).
32 A rat"'caria Nro. 1 Comentarios Sin duda, en el proyecto de Sarmiento sobre la obra civilizadora de Ja educación y su papel en el desarrollo nacional conviven aciertos con errores. Es va- 1 iosa la acción civilizadora que se proponía a través de la educación, pero es del todo rechazable su eurocentrismo y el desprecio hacia cualquier forma de vida que no fuera ciudadana y occidental, como si no quisiera comprender que Ja denostada vida pastoril venía impuesta por Ja fuerza de las circunstancias. Pero no es el objetivo de este trabajo desarrollar una crítica más profunda acerca de sus aciertos y errores; tal propósito puede esperar oLro momento. Me limitaré a señalar que Facundo representó un im emo meditado de dar forma literaria a una identidad nacional para, después, persuadir de la bondad del proyecto a Ja itelligenrzia, e iniciar su aplicación, valiéndose de Ja educación como instrumento civilizador. Si Sarmiento hubiera intentado el ensayo como único género posible para exponer sus tesis e iniciar un debate en torno de los dos factores opuestos. civilización vs. barbarie, es muy posible que su libro no hubiera alcanzado la influencia histórica que llegó a tener. La fuerza retórica de su relato se encuentra, precisamente, en la compleja combinación e hibridación de géneros que posee. El lector busca una biografía y se encuemra con un ensayo. Cuando finalmente se ensimisma en él, emergen elementos novelescos que le dan un nuevo interés a la trama. Y en diversos momentos aparece la voz vibrante del autor - Las más de las veces en primera persona - con ribetes de discurso parlamentario decimonónico, o con expresiones de una gran carga dramática. Todo ello en un claro esfuerzo por enrolar al lector en la causa civilizadora. Nos encontramos, por lo tanco, ame un texto identitario, capaz de crear una substancia dialéctica que puede ser consumida y, siguiendo con una metáfora biológica, metabolizada por sus lectores, de modo que tal substancia forme parte de ellos en el curso de su desarrollo cultural. En el momenro en que Sarmiento parafrasea, e incluso vemrilocuiza, a Shakespeare al exclamar ser o 110 ser (salvajes), está seiialando no tamo el Ser de la nación como el Llegar a ser, la mera final a la que aspira para Argentina en el curso de su obra civilizadora. Pero la substancia dialécáca r eflejada ea el texto sólo puede ser asimilada si su destinatario dispone de una institución que la prepara y ayuda a metabolizarla: éste fue el papel que Sarmiento asignó a la escuela. Su éxito no se garantizaría sin un sistema público de educación que creara las condiciones psicosociales necesarias para hacerla digerible. Podría decirse que Ja educación representaba la faz complementa ria a la literatura en el gran proyecto civilizador de quien, pasado los años, pretendió -y consiguió en gran partetran- sitar la última vía que le quedaba por recorrer: la política.
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