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Thémata. Revista de Filosofía Nº47 (2013) pp.: 273-300. – 273 – LECTURAS DE LA CRÍTICA FOUCAULTIANA A LA SUBJETIVACIÓN Gabriel Terol Rojo Universidad de Valencia (España) Recibido: 08-12-11 Aceptado: 03-03-12 Resumen: Este artículo pretende recuperar la lectura de los textos de Michel Foucault para aunar un discurso en torno al saber, el poder y la moral y subrayar su historia crítica de subjetividad. Por ello, proponemos un repaso por el estilo filosófico de Foucault, un racimo de lecturas de textos foucaultianos y un uso contrastado de su trilogía arqueológica parar destacar una característica teoría propia de la subjetividad moderna. Nuestra intención gira en torno a descubrir un proyecto general en todas sus obras, estudiar las diferentes formas de objetivación del ser humano en la cultura occidental, ello es, concretar cierta subjetivación. Con ello, defendemos la obra foucaultiana como pieza clave para una historia crítica de los modos de ser del sujeto. Palabras-clave: Foucault; subjetividad; epistemología; existencialismo; arqueología foucaultiana; crítica cultural; historia crítica de la modernidad. Abstract: This article tries to recover the reading of Michel Foucault’s texts to join a speech around knowledge, power and morality and to underline his critical history of subjectivity. Therefore our offer proposes a revision of Foucault’s philosophical style, a cluster of readings of Foucaultian texts and a contrasted use of his archaeological trilogy to emphasize a characteristic theory of modern subjectivity. Our intention concerns discovering a general project in all his works, studying the different forms of objetification of human being in western culture, this is, specifying certain subjectivation. We defend Foucaultian work as key piece for a critical history of manners of being of the subject. Key-words: Foucault; subjectivity; epistemology; existentialism; foucaultian archaeology; cultural criticism; critical history of modernity.
Gabriel Terol Rojo Thémata. Revista de Filosofía Nº47 (2013) pp.: 273-300. – 274 – 1. Introducción La obra de Michel Foucault suele ser presentada como un haz o conjunto de investiga ciones que, sucesivamente versan sobre el saber, el poder y la moral. A partir de esa aparente diversidad de investigaciones emprendidas por el filósofo francés, nuestra intención gira en torno a descubrir un proyecto general en todas sus obras, estudiar las diferentes formas de objetivación del ser humano en la cultura occidental1, ello es, concretar cierta subjetivación. Partiendo de lo que el propio autor denomina “escepticismo sistemático con respecto a todos los universales antropológicos”, estudia Foucault tres ámbitos, en los que de distintos modos, los hombres son transformados en sujetos insertos en determinados discursos y prácticas. Investiga, en primer lugar, la constitución del sujeto según las reglas de ciertos discursos con pretensiones veritativas. El individuo aparece en ellas en calidad de sujeto, como objeto de un saber posible. A continuación estudia los procesos según los cuales el individuo se constituye y actúa sobre los otros2. Seguido se interroga al respecto de las diferentes configuraciones históricas de la relación ética, es decir, las formas según las cuales el sujeto se convierte en objeto para sí mismo. Se trata, efectivamente, de un proyecto que atraviesa los ámbitos del saber, el poder y la moral. Pero no con las intenciones propias de la Teoría del Conocimiento, la Filosofía Política o aquella que la Moral fundamenta. Característicamente en cada uno de los ámbitos se buscan formas de sujeción y subjetividad, modos de ser del sujeto. La obra de Foucault compone una “Historia crítica de las subjetividades”; un trazo continuado y coherente que, al investigar las siguientes prácticas y los distintos discursos en los que el individuo se constituye en sujeto de y a determinados saberes y poderes, intenta responder a la pregunta “¿Cómo hemos llegado a ser lo que somos?” y, a la vez, descubrir la posibilidad siempre abierta de nuevos modos de ser del hombre. [1] Una selección de excelentes obras de consulta a este respecto constituyen los trabajos de G. Canguil hem: Análisis de Michel Foucault, Tiempo contemporáneo, Buenos Aires, 1970; P. Lanceros: Avatares del hombre, Universidad de Deusto, Bilbao, 1996; H. Dreyfus y P. Rabinow: Michel Foucault. Beyond Structuralism and Hermeneutics, the University of Chicago Press, 1982. p.208. (Trad. francesa en Gallimard, Paris, 1984.); P. Macherey: “Foucault, éthique et subjectivité” en Autrement, n°102, novembre 1988; J. Revel: Michel Foucault. Expériences de la pensée, Bordas, Paris, 2005; M. Lefeuvre Déotte: “Foucault: le corps, le pouvoir, la prison” en Appareil, nº 4, II-2009, (Número en línea <http://revues. mshparisnord.org/appareil/index.php?id=901>); y especial relevancia los trabajos de F. Vázquez García: El análisis arqueológico-genealógico de Michel Foucault en el panorama de la historiografía francesa contemporánea: la revolución foucaultiana del saber histórico, tesis doctoral dirigida por Mariano Peñal ver Simó, Universidad de Cádiz, 1996; y J. Jódar Rico: Subjetivación docente y escolaridad. Una lectura desde Gilles Deleuze y Michel Foucault, tesis doctoral dirigida por Francisco Beltrán Llavador, Departa mento de Didáctica y Organización escolar, Universidad de Valencia, 2000. [2] Trata aquí de estudiar las prácticas, reglas y modos de ejercicio que distribuyen a los individuos en grupos con relación a una división normativa (enfermo/sano, loco/cuerdo).
Thémata. Revista de Filosofía Nº47 (2013) pp.: 273-300. Lecturas de la crítica foucaultiana a la subjetivación – 275 – 2. El estilo foucaultiano3. Conviene, con la convicción del propio Foucault más de una vez expresada, el tratar sus obras no como un sistema sino como pluralidad de puntos de fuerza, como multiplici dad con valor fundamentalmente local y práctico4. Esa multiplicidad que es toda teoría y, en nuestro caso, foucaultiana admite como si de un calidoscopio se tratara un número sino infinito sí al menos indefinido, de posiciones; muchas de ellas equilibradas y eficaces, algunas fatuas, todas ellas fascinan tes. Lo que difícilmente tolera es la pretensión de decir la verdad a su respecto, de reducir su voluntariedad polivalente. Es posible que todo pensamiento objetivado en discurso sea una invitación a la promiscuidad hermenéutica. Es posible que todo texto no sea sino pretexto para ejercicios posteriores de análisis e interpretación; invitación y desafío que consiste en la relectura y reutilización infinitas, forjando figuras nuevas, composiciones relativamente originales. Por convicción y decisión del autor, la filosofía de Foucault no sólo tolera sino que exige utilizaciones diversas. Su reiterada negatividad a asumir los privilegios de la autoría, la no menos reiterada a dictar una ley de inter pretación o lectura, el deliberado “inacabamiento” de algunos de sus textos, que se ofrece como fondo o preámbulo obligan al lector a decidir al respecto de múltiples cuestiones5. Un trabajo que quiera en todo momento ejercer el mencionado derecho a decidir, girará en torno a determinados centros de importancia y sugerirá una trayectoria a través de la que se tematizará, de forma coherente, sugiriendo una figura que sin aspirar a teoría o sistema se insinuará como el conjunto histórico crítico más definido de la modernidad tardía: sin lugar a dudas la obra de Foucault. No deja de ser curioso de qué modo la filosofía de Foucault, en ocasiones no enoja ni irrita. Se trata, sin duda, de un talante característico legitimado por el tono de su filosofar, nada conciliador ni indulgente, ajeno a las exigencias que imponen el sistema de la razón y la razón del sistema; se trata, también, de la actitud teórica que con gesto displicente, rechaza las divisiones académicas y las parcelaciones disciplinarias para buscar pensamientos en lugares comúnmente poco accesibles al discurso filosófico; los “grandes nombres” y las “grandes obras” que algún crítico añora se hallan citadas —o al menos evocadas— en [3] Recomendamos el trabajo de Josep A. Bermudez i Roses: Foucault, un il-lustrat radical?, tesis doc toral dirigida por Manuel Jiménez Redondo, Departamento de Filosofía, Universidad de Valencia, 2001. [4] Según la contundente y metafórica expresión de Deleuze (aceptada por el propio Foucault) la teoría es “exactamente como una caja de herramientas”. [5] Cobra en Foucault una importancia mas que singular la diversidad de materiales que complementan la obra (libros, entrevistas, artículos, prólogos...) jerarquía eventual de los distintos métodos que parecen competir en esa misma obra, orden (lógico o cronológico) de los distintos objetos y ámbitos de estudio.
Gabriel Terol Rojo Thémata. Revista de Filosofía Nº47 (2013) pp.: 273-300. – 276 – los textos de Michel Foucault, pero junto a ellos aparecen nombres infames y obras menores. Quizás no sea tanto la presunta ausencia de nombres ilustres o la notoria presencia de nombres infames lo que provocó primero estupor y luego irritación en los lectores de los trabajos tempranos de Michel Foucault. Quizá fuera la promiscuidad de la mezcla. Al comienza de Les mots et les choses. Une archéologie des sciences humaines, por ejemplo, cita Foucault una narración de Borges al respecto de cierta enciclopedia china en la que se menciona una curiosa clasificación de los animales. La imposibilidad de pensar tal clasificación radica, a juicio de nuestro autor, en la monstruosidad que supone el espacio común en el que se encuentran las diferentes categorías. También la filosofía de Foucault se elabora conscientemente como escandaloso punto de encuentro donde se dan cita referencias múltiples y dispares, como espacio acogedor sobre el que se dispo nen, tal vez en osada promiscuidad, fragmentos de historia y pensamiento que no comparten estilo, ni dignidad, ni propósito. Pero de ese espacio6 surge una aventura teó rica cuyo diseño no responde a los estímulos plurales de la coyuntura7 sino a las exigen cias de una reflexión continuada y coherente al respecto del hombre y la constitución de la subjetividad. 3. El problema de la Subjetividad “Quisiera decir primeramente cuál ha sido el propósito de mi trabajo estos veinte últimos años. No se trataba de analizar los fenómenos de poder, ni de sentar las bases de tal análisis. He preten dido ante todo producir una historia de los diferentes modos de subjetivación del ser humano en nuestra cultura; he tratado desde esta óptica, de tres modos de objetivación que transforman a los seres humanos en sujetos”8. Desde esta perspectiva, sugerida por el propio autor, se desdibuja tanto el protago nismo de temas como el poder o el saber, como la importancia de los constructos meto dológicos (arqueología, genealogía), que apenas son mencionados en las últimas contri buciones de Foucault: la historia que ha intentado “producir” condiciona el valor de los métodos empleados e impone dirección y límites al tratamiento del saber y del poder.9 Las críticas que aluden a presuntas deficiencias en la confección de una Teoría del conocimiento o de una Teoría social olvidan o ignoran que no es tal el propósito, que ni el conocimiento ni la [6] Cuyos perfiles se insinúan ya en su Histoire de la folie à l’âge classique, Gallimard, Paris, 1972. (Trad. castellana en F.C.E., México, 1967). [7] Como parecieron interpretar sus primeros críticos, en particular J. P. Sartre. [8] H. Dreyfus y P. Rabinow: op. cit., p. 208. [9] Estos últimos se contemplan como ámbitos de subjetivación como veremos mas adelante. Al respecto recomendamos J. Álvarez Yágüez: “Sobre la subjetividad” en Michel Foucault: verdad, poder, subjetivi dad. La modernidad cuestionada, Ediciones pedagógicas, Madrid, 1996.
Thémata. Revista de Filosofía Nº47 (2013) pp.: 273-300. Lecturas de la crítica foucaultiana a la subjetivación – 277 – política figuran en la filosofía de Foucault como objetos de un tratamiento específico, sino referidos al problema central del sujeto y su constitución. A continuación nos referiremos a un artículo valioso en cuanto a su contenido y engrandecido por la anécdota10. El texto firmado por Maurice Florence, se publicó poco después de la muerte de Foucault (1984) y contiene un sugestivo resumen de la trayec toria intelectual del filósofo francés, así como una ubicación de su trabajo en “curso”. Pero este texto brillante —en el que puede tal vez encontrarse algún rasgo de estilo familiar— cobra valor emblemático cuando se descubre que el autor es el propio Michel Foucault11. No cabe extrañeza en cuanto el uso de seudónimo. Es conocido que Foucault había discutido (y desdeñado) el estatuto del autor y sabemos que recurrió incluso al anonima- to. En el caso que nos ocupa quisieron la enfermedad y el azar que este breve ensayo fuera más que una síntesis autorizada y que cobrase, por consiguiente, valor de testamento intelectual. El texto comienza señalando la ruptura introducida por M. Foucault en el “paisaje filosófico” francés dominado por Sartre y el marxismo, pero esta ruptura es la única que se menciona en el artículo. La obra de Foucault cobra, por el contrario, apariencia de unidad en cuanto a la perspectiva y persistencia en cuanto a la temática; de coherencia en cualquiera de los casos. En primer lugar, Foucault se ubica, con algún titubeo, en la denominada tradición crítica “que es la de Kant” y permite que su investigación pueda ser recogida bajo el título de Historia crítica del pensamiento. Más explícitamente, sin embargo, el artículo se cierra aludiendo a un proyecto general en el que se inscribirían los trabajos de nuestro autor: un proyecto general que se orienta a la investigación y da sentido a los temas y al tratamiento para ellos elegido. Ambas sugerencias, al respaldo de una tradición y la confección de un project général, tienen para nosotros un valor apreciable. Por una parte hacen dudar de la “volubilidad temática” de Foucault como de su dedicación metodológica; por otra parte generan la expectativa de un “hilo conduc tor” de la reflexión teórica foucaultiana, de un marco teórico en el que los temas encuentran su lugar y los métodos, su función. Los trazos distintivos del proyecto general foucaultiano se pueden distinguir ya en sus primeras obras. Pero el proyecto mismo va madurando y conformándose en un largo proceso de gestación. Ensaya formas tanto descrip- [10] Se trata de la entrada Michel Foucault, que ocupa apenas tres páginas en D. Huisman (Dir): Diction naire des philosophes, P.U.F., Paris, 1984, pp. 941-944. [11] Precisiones oportunas al respecto pueden hallarse en diversos textos del autor que tratan este tema: “Maurice Florence: (Auto) Biography of Michel Foucault” en History of the Present (4), Spring 1988, pp. 13-15, (Translated by Jackie Urla); “Michel Foucault (1926- ) by Maurice Florence” en G. Guttin (ed.): The Cambridge companion to Foucault, Cambridge University Press, 1994, pp. 314-19. (Translated by Catherine Porter); «‘Foucault’ by Maurice Florence» en J. Faubion (ed.): Aesthetics, Method and Episte mology, New York, New Press, 1998, pp. 459463, (translated by Robert Hurley).
Gabriel Terol Rojo Thémata. Revista de Filosofía Nº47 (2013) pp.: 273-300. – 278 – tivas como críticas, se desarrolla al acometer una serie de estudios y análisis locales, se fortalece en los vericuetos de la literatura, de la ciencia, de la práctica institucional, etc, para finalmente asumir una denominación adecuada y compleja: ontología de nosotros mismos. Pero en todo este desarrollo subyace una cuestión cuyo centralismo y persistencia lo convierten en funda mental. La cuestión es determinar lo que debe ser el sujeto, a qué condición está sometido, qué estatuto debe tener, qué posición debe ocupar en el ámbito de lo real o en el de lo imaginario para devenir sujeto legítimo de tal tipo de conocimiento o tal otro; en pocas palabras, se trata de determinar su modo de “subjetivación”. Determinar en cada caso el modo de subjetivación supone afirmar implícitamente que no hay una subjetividad perfecta, acabada e invariable, que no hay una subjetividad constante y siempre idéntica a sí misma. Supone, en definitiva, desconfiar de nociones como natura leza o esencia humana y de toda construcción teórica o práctica que encuentre en ellas su justificación y fundamento. Se propone por el contrario, hablar más de subjetivación que de sujeto, indagar los ámbitos y procesos en los que la subjetividad se constituye, siempre diferente, siempre otra, siempre vulnerable. Se propone indagar las condiciones de constitución del sujeto en ámbitos y regímenes diversos. Tal vez la única constante de la filosofía foucaultiana sea precisamente evitar las constantes, estudiar desplaza mientos, declives y rupturas, dejar de lado lo universal y lo universalmente necesario. Nada se sustrae a la historia, incluso la propia historia-relato es parte de la historia, no es su crónica o su descripción: “de hecho la historia como los rituales, como las consa graciones, como los funerales, como las ceremonias, como las narraciones legendarias, es un operador, un intensificador del poder”12, lo que equivale a decir un procedimiento de sujeción. Es cierto que la Historia crítica del pensamiento pretende el análisis de las condiciones de constitución de subjetividades. Es evidente que ese lenguaje permite vislumbrar la siempre alargada sombra de Kant. Pero no se tratará del Kant de la subjetividad trascendental sino del que inquiere al respecto de un nosotros ubicado en el espacio y en el tiempo, del Kant bajo cuya advocación desarrolla Foucault la idea de una Historia del presente13. El problema que aborda Foucault es el de la constitución de esa subjetividad, aún allí donde el texto se consagra al poder o al saber, referida al hoy, vinculada consecuente mente, a acontecimientos tanto de índole discur- [12] M. Foucault: Genealogía del Racismo, La Piqueta, Madrid, 1992, p.74. (Trad. castellana de la trans cripción del curso de Foucault en el Collége de Francia entre fines del año 1975 y mediados de 1976 que salieron a la luz bajo el título de Il faut défendre la société, Gallimard, Paris, 1976.) [13] Se trata en definitiva del Kant que al preguntarse Was ist Aufklärung?, hace problema filosófico del “nosotros” constituido en la historia y en relación con técnicas y acontecimientos concretos: Qué es entonces ese acontecimiento al que se denomina “Aufklärung” y que por lo menos parcialmente, ha deter minado lo que nosotros somos hoy, lo que pensamos, lo que hacemos... Al respecto puede ampliarse esta temática consultando F. Vázquez García: Foucault: la historia como crítica de la razón, MontesinosBiblioteca de divulgación temática /64, Barcelona, 1995, p. 1619.
Thémata. Revista de Filosofía Nº47 (2013) pp.: 273-300. Lecturas de la crítica foucaultiana a la subjetivación – 279 – siva (saber) como práctica (poder). Es evidente que para proceder al estudio de semejante problema, se necesita dejar de lado la concepción esencialista o naturalista que se extiende, preponderantemente, a lo largo de la historia occidental, y cuyo precipitado sintético más fiel es el yo cartesiano. Descartes —dice Foucault— es todo el mundo: el yo del cogito carece de circunstancia y de entorno, es absoluto en la medida en que está absuelto del devenir y de la historia. Foucault no se ocupa de esa subjetividad cartesiana, apostada en el umbral de la moder nidad, sino que le inquieta la pregunta kantiana por el nosotros. Tal pregunta vincula sujetos y acontecimientos, pensamientos y acciones. El ser del hombre no necesita fun damentación trascendental ni alcance universal, sino explicación histórica que solicita discursos y técnicas, códigos e instituciones para responder a la cuestión: ¿Cómo hemos llegado a ser lo que somos? Preguntarse por el ser del hombre significa cuestionarse por las condiciones de su constitución histórica, aquellas que han determinado lo que hoy somos, pensamos y hacemos14. La investigación de Foucault en la medida en que se dirige hacia las condiciones de la experiencia y del conocimiento toma forma trascendental. Pero se trata, por más que lo híbrido de la expresión provoque molestia, de un “trascendentalismo inmanente”, ya que los “a prioris” de la experiencia son tan históricos como esa misma experiencia cuya posibilidad enuncian y delimitan15. Todo ello no es una mera trivialización o una depauperación del trascendentalismo sino una lectura que pretende ubicar en la historia las condiciones de experiencia para dar respuesta a los problemas que surgen de la expe riencia posible sino de la experiencia real. Por otra parte, la lectura de Foucault conserva un perceptible parentesco con la filosofía de Kant, que se constata en la [14] Esto nos legitima a hacer ciertas apreciaciones a propósito del tema: El hombre no es considerado aquí como un ser abstracto, agazapado o fuera del mundo; no se considera la esencia humana como algo abstracto inherente a cada individuo, en consonancia con Marx, el hombre aparece como “mundo de los hombres”, como conjunto de relaciones sociales. Se aborta el recurso a un garante trascendental de cuya dignidad suprema sería el hombre manifestación y reflejo. Se elude toda referencia a cualquier tipo de “universal antropológico”, criterio último y permanente del hacer, el decir y el pensar. El hombre es en cada momento, producto de acontecimientos (práctico-discursi- vo) que delimitan y determinan su modo de ser, así como su pensamiento, su expresión y su acción. No es casual el uso del término “acontecimiento” para referir a las condiciones constitutivas del ser del hombre: el término enuncia que tales condiciones son ellas mismas históricas; no hay instancia fundamental, ni conjunto de condiciones constitutivas, ni estructura que fijen de una vez para siempre, y con carácter de universalidad, lo que el hombre es o debe ser en cada momento. De ahí que una ontología de nosotros mismos se tenga que aventurar en aquellos ámbitos en los que el hombre se insinúa como sujetoobjeto de discurso y acción para buscar en ellos los procedimientos y técnicas según las cuales llegamos “a ser lo que somos” en cada momento de la historia y siempre de forma diferente. [15] G. Deleuze: Foucault, Paidós, Barcelona, 1987, p. 84 y ss. (Trad. castellana de Foucault, Minuit, Paris 1986.)
Gabriel Terol Rojo Thémata. Revista de Filosofía Nº47 (2013) pp.: 273-300. – 280 – historización de las famosas preguntas kantianas16, para responder al reto que plantea la actualidad y el sujeto referido a ella. El propio cuestionamiento del sujeto en relación con el momento presente —qué somos en este preciso momento de la historia— era remontado por nues tro autor del Kant de ¿Qué es la ilustración? La renuncia a la pretensión universalista y al formalismo posibilitan que la filosofía de Foucault se muestre más eficaz que otras que siguen también la senda kantiana a la hora de responder a los problemas que ema nan del binomio sujeto-presente y que se concretan en hábitos, prácticas, conjuntos discursivo-institucionales, etc. El trascendentalismo foucaultiano no desdeña la cuestión de la verdad; y sí aparente mente atenúa la contundencia de tal concepto hablando de “veridicciones”, es para refe rirse a aquellos ámbitos (denominados “juegos de verdad”) en los que la verdad se dice y se hace, aquellos ámbitos en los que la verdad no es ajena al proceso (procedimiento) de su constitución sino que está necesariamente vinculado a él, de la misma manera que está referida y vinculada a los sujetos y objetos que correlativamente se constituyen en el mismo proceso y según el mismo procedimiento. Es evidente que los presupuestos esbozados permiten el estudio de cualquier objeto que como tal se ha dado al discurso, de cualquier tipo de subjetividad, de cualquier concepto o enunciado con pretensiones veritativas. Tales podrían ser las posibilidades de una arqueología del saber elevada a método, tal vez incluso a “asignatura” o “disciplina”. Y, sin embargo, la exploración sistemática de esa veta arqueológica no interesa a Foucault y no le interesa porque el problema de su filosofía no es la verdad, ni el saber, ni mucho menos el método. Puesto que el problema es el de los diferentes procesos de subjetivación, Foucault se dedica tan sólo a aquellos juegos de verdad en los que el sujeto mismo se sitúa como objeto de saber posible: cuáles son los procesos de subjetivación y de objetivación que hacen que el sujeto pueda devenir, en tanto que sujeto, objeto de conocimiento17. Desde esta perspectiva, se desdibuja la presunta autonomía de temas como el saber o el poder: no se presentan como puntos arquimédicos, ni como objetos a los que la investigación tiende para desde allí precipitarse en conclusiones, sino que aparecen como ámbitos de exploración de los tipos de subjetividad en ellos constituidos según procedimientos, técnicas y plazos. Por un lado podemos encontrar un propósito de aparición y de inser ción en dominios y según la forma de un conocimiento con estatuto científico, de la cuestión del sujeto que habla, que trabaja, que vive. Se trata, por tanto, de la formación de algunas de las ciencias humanas, estudiadas con referencia a la práctica de las cien cias empíricas y de su discurso propio en los siglos XVII y XVIII18. Por otro lado [16] ¿Qué podemos hacer?, ¿Qué debemos hacer?, ¿Qué nos cabe esperar? y ¿Qué es el hombre? [17] H. Dreyfus y P. Rabinow: op. cit., p. 190. [18] M. Foucault: Las palabras y las cosas, Siglo XXI, Madrid, 1999, p. 334 y ss. (Trad. castellana
Thémata. Revista de Filosofía Nº47 (2013) pp.: 273-300. Lecturas de la crítica foucaultiana a la subjetivación – 281 – anali za la constitución del sujeto tal y como puede aparecer en el margen de una división normativa y devenir objeto de conocimiento, como loco, enfermo o delincuente; y esto a través de prácticas como las de psiquiatría, la medicina clínica y la penalidad19. Hasta aquí recorre Foucault su propia trayectoria pretérita dotándola de una incontes table coherencia, de una eminente coherencia de continuidad. El problema no ha sido el saber (su adecuación, su consistencia), ni el poder (su legitimidad, su justificación), el problema ha sido el sujeto y su constitución en aquellos dominios en los que el saber se edifica y el poder se ejerce. Quienes han visto en L’Archéologie du savoir, y en general en su genealogía del poder, discursos autónomos que aspiraban a ocupar el ámbito teó rico de la Teoría del conocimiento y la Filosofía política respectivamente, no han podido sino verse decepcionados por este planteamiento restrictivo para el que saber y poder no constituyen en sí mismos problema sino tan sólo en cuanto “paisajes normati vos” en los que el sujeto se constituye y de cuya existencia no cabe dudar. Nuestro autor no comienza preguntándose por la existencia del saber y del poder, no cuestiona sus res pectivas legitimidades sino que su punto de partida se expresa en la sobriedad del “hay”: “hay saber, hay poder”, hay ámbitos en los que el sujeto se constituye como objeto de conocimiento y prácticas. Las diferentes constituciones del saber y del poder llenan el hueco trascendental y actúan como “a priori histórico” de la experiencia real para subje tividades diferentes e históricamente constituidas. El proyecto general de Foucault no acaba aquí. Su propia percepción se cierra con una referencia. Se trata de implicar la Histoire de la sexualité en este trayecto teórico. Emprende, pues, el estudio del sujeto como objeto para sí mismo, a analizarse, a descifrarse, a reconocerse como dominio de saber posible. Se trata de la historia de la subjetividad si se entiende esta palabra como la forma según la que el sujeto hace la experiencia de sí mismo en un juego de verdad en el que está en relación consigo mis mo. Es así como la Histoire de la sexualité no es tanto una Historia “de la sexualidad” como historia de los modos de objetivación del sujeto en el ámbito de la sexualidad. El problema no es, de nuevo, ni el sexo, ni la moral. La investigación se añade a los aná lisis de las relaciones entre sujeto y verdad, o para ser estrictos, al estudio de los modos según los cuales el sujeto ha podido ser insertado como objeto en los juegos de verdad. La historia de los diferentes modos de subjetivación se insinúa a partir de estas notas, como proyecto general de la investigación foucaultiana y, con ella, el sujeto como tema general de esa misma investigación. Podemos también code Les mots et les choses - une archéologie des sciences humaines, Gallimard, Paris, 1966. [19] En respectivas obras: Histoire de la folie à l’âge classique-Folie et déraison (1961), Naissance de la clinique:une archéologie du regard médical (1963) y Surveiller et punir (1975). Publicadas en castellano como Historia de la locura en la época clásica (1967), El nacimiento de la clínica. Una arqueología de la mirada médica (1966) y Vigilar y castigar (1976), respectivamente.
Gabriel Terol Rojo Thémata. Revista de Filosofía Nº47 (2013) pp.: 273-300. – 288 – yar cuáles han sido las condiciones de esta emergencia, el precio que, de una forma u otra se ha pagado, sus efectos sobre lo real y la manera según la que, ligando un cierto tipo de sujeto, ha constituido para un tiempo, un área y unos individuos concretos y, en definitiva, el a priori histórico de una experiencia posible. Este tipo de perspectiva obligan a reconsiderar tanto el contenido profundo como la intención de las primeras obras de Foucault: a recorrer la línea prepositiva y crítica que se halla encubierta tras una prosa a menudo abigarrada y siempre cautivadora30. Al tomar la decisión de distanciarnos con respecto al texto foucaultiano asumimos el riesgo de marginar la fidelidad literal en aras de una mayor perspectiva que nos permita hallar, si ello es posible, la línea de fuerza que atraviesa los primeros trabajos de nuestro autor y los reclama como segmentos de un proyecto más amplio. Tal proyecto, que es el de una “Historia crítica del pensamiento” entendida como el análisis de las condiciones según las cuales emergen y se modifican las relaciones sujetoobjeto en cuanto constitu tivas de un saber posible, tolera un vasto campo de ejercicio y, a la vez, impone ciertas condiciones. Es necesario constatar de qué manera Michel Foucault se reserva un ámbi to en el que desarrollar su particular actividad filosófica. Si es obvio que a una Historia crítica del pensamiento han de interesarle, en principio, todos los “juegos de verdad”, lo cierto es que Foucault sólo se interesa al respecto de aquellos en los que el sujeto mismo aparece como objeto de un saber posible. Es legítimo afirmar que a Foucault sólo le incumben aquellos juegos de verdad en los que “el hombre es objeto (de conocimiento) para el hombre”. El concepto “hombre” introducido aquí de forma lúdica, requiere extrema atención y extrema cautela31. Para consumar tal análisis Foucault ensaya varias vías diferentes. La primera, que revela desde el principio sus inclinaciones políticas, gira en torno al sujeto tal y como se configura con relación a una división con carácter normativo que escinde el universo del discurso generando las condiciones en virtud de las cuales el sujeto se ofrece como objeto de conocimiento [30] Se trata, no hay duda, de cobrar una cierta distancia con respecto a la superficie del texto, de no ren dirse al destello de una expresión aislada, de no quedar atrapadas en una madeja de metáforas cuyo térmi no apenas se presiente. [31] Cuando Foucault emplea la palabra “hombre”, cuando alude al “curioso proyecto de conocer hombre”, cuando habla del nacimiento del hombre o de una posible desaparición, cuando se hace la pre gunta al respecto de si el hombre existe, se refiere al concepto general y poco definido en el que cabe tanto el hombre considerado como objeto empírico de unos determinados saberes (eventualmente cien cias) como el hombre considerado como sujeto trascendental de todo conocimiento. Y lo que trata de hacer el pensador francés no es tanto discutir la pertinencia o legitimidad de las ciencias humanas sino sus condiciones de posibilidad, es decir, analizar cómo, bajo la forma del “hombre” de las ciencias humanas y del humanismo, el sujeto se ha doblado sobre sí mismo hasta percibirse, en cuanto sujeto, como objeto del conocimiento en el marco de determinados juegos de verdad.
Thémata. Revista de Filosofía Nº47 (2013) pp.: 273-300. Lecturas de la crítica foucaultiana a la subjetivación – 289 – a través de prácticas concretas, Psiquia tría, Medicina clínica, etc., el loco, el enfermo, y más tarde el delincuente, son los modos de ser del hombre que Foucault elige como eslabones de una cadena potencial mente mucho mas larga, cuyo cometido sería referir la historia de “lo otro” en nuestra cultura. Junto a esta opción se ensaya otra, que no llama a concurso figuras (posiciones del sujeto) marginales o marginadas. Se tratará esta vez de una historia de lo mismo, es decir, de los modos de ser del sujeto, en cuanto trabaja, vive y habla, en el dominio de unas determinadas formas de conocimiento con estatuto más o menos científico. En ambos casos, no obstante, y a través de esquemas y conjuntos prácticodiscursivos distintos, se realiza un estudio de los diferentes modos de ser del hombre con el fin de describir las formas de objetivación y subjetivación32. La “audacia” de Foucault no consiste en afirmar, de manera más o menos retórica, la muerte del hombre. Tampoco en negar, sin mas explicaciones, la existencia del sujeto. Lo propiamente foucaultiano consiste en el uso del plural: modos de ser, “posiciónes”. A través de la introducción de la “s” en el lugar adecuado, se vulnera la aparente solidez de los universales antropoló gicos y se discute el prestigio de una supuesta racionalidad general. En este contexto proponemos emprender un cierto viaje alrededor de Histoire de la folie à l’âge classique. El título mismo nos insinúa una ruta al encuentro de la verdadera forma de la locura tal y como ésta se ha definido trabajosamente a lo largo de la historia y sugiere que vamos a asistir al progresivo abandono de la irracionalidad, la supersti ción adornada de fantasía, para finalmente enfrentarnos al discurso que atrapa la locura tras haber descubierto su verdad secularmente oculta. El texto, sin embargo, entrega algo muy distinto. Sus páginas se desmoronan en un pormenorizado estudio que opera una reducción nominalista. Esto equivale a decir que no existe algo así como la verdad de la locura, aquello que constituiría su esencia, el objeto de búsqueda de tantos discur sos párvulos a lo largo de la historia y que al fin habría sido revelado a una ciencia más entrenada, más eficaz e incluso más humana. Pero negar el universal “locura”, negar su esencia latente o patente, no significa que la locura no exista, que sea un invento ideo lógico edificado para servir a las aviesas intenciones de una determinada clase o grupo dominante. La locura, en sus diferentes modos de ser, remite a las reglas de constitución de ciertos discursos con pretensiones de verdad, a ciertos “juegos de verdad”. No se trata solamente de reiterar la trivialidad de que el concepto locura (como el de sexuali dad, o delincuencia, o enfermedad) varía con el tiempo. Se trata de interrogarse al respecto de las condiciones que permiten según las reglas del decir verdadero o falso reconocer a un sujeto como enfermo mental. Interrogar al respecto de la locura al nivel de los “juegos de verdad” significa introducir la sospecha de que la locura [32] Recordemos: las condiciones según las cuáles el sujeto deviene objeto para un determinado tipo de saber.
Gabriel Terol Rojo Thémata. Revista de Filosofía Nº47 (2013) pp.: 273-300. – 290 – no existe “esencialmente”, que tan sólo existe localizada en un conjunto de reglas que generan sus condiciones de visibilidad. Significa también que el enfermo mental no es sino una de las formas de objetivación del sujeto en el seno de un determinado discurso y de una práctica concreta. El marco de referencia, es obvio, está constituido por las relaciones entre verdad y sujeto. Es importante la referencia al enfermo, al sano, al loco, al cuerdo, etc... al juego de verdad que le es propio para descubrir el tipo de subjetividad que en él se constituye. Es por ello y con esto que el pensador francés aconseje una posición no de rechazo, sino de precaución, de cautela: decisión inicial de no aceptar ningún enun ciado o concepto con pretensión de universalidad sin someterlo al análisis crítico que interroga al respecto de las condiciones de su nacimiento, el marco de relaciones en el que se inscribe, las posibilidades y límites de su funcionamiento, y, eventualmente, el momento de su declive —un escepticismo sistemático frente a todos los universales antropológicos—. Y esta precaución no sólo se aplicaría a denominaciones de carácter atributivo (enfermo mental, delincuente) sino también al propio concepto de “hombre” tal y como se tematiza en el espacio teórico de las ciencias humanas y en el ámbito del humanismo33. La investigación trata de explicar, derogando su supuesta universalidad, los distintos modos de ser del hombre en un espacio cultural dado y las posiciones de sujeto que toleran o exigen determinados tipos de discurso. Para ello Foucault asume unos presupuestos y una metodología de trabajo que, en más de un punto, concuerdan con los de Nietzsche. Con mirada de genealogista34. Y allí, en esa historia que no revela finalidad ni sentido, viene a coincidir con el autor del Also sprach Zarathustra en que “el hombre es algo que tiene que ser superado”. Queriendo decir algo que —consi deramos— es hermosísimo por su crueldad, y es que ni los sentimientos, ni los instintos, ni siquiera el propio cuerpo tiene perennidad suficiente... nada en el hombre —ni tam poco su cuerpo— es lo suficientemente fijo para comprender a los otros hombres y reconocerse en ellos. La historia para quien filosofa con el martillo, no manifiesta la lenta cadencia del reconocimiento progresivo, no es el depósito de las identidades y el refugio del sujeto; mas bien al contrario, en ella las identidades se dispersan y dejan ver la fría prosa de los sistemas, en los que el sujeto se halla siempre situado. La enferme dad mental no es la forma universal auténtica de la locura, de la misma manera que el hombre del humanismo moderno no es la forma eterna que un saber balbuceante habría perseguido desde siempre sin llegar a [33] En este contexto hay que entender la pregunta al respecto de si el hombre existe, cuestión que inter roga al respecto de las condiciones de emergencia de esa figura (el hombre) en el espacio del saber moderno, una figura que no ha venido a llenar el hueco de una ausencia secularmente sentida, una figura cuya desaparición no dejará un vacío, considera nuestro autor. [34] Escrutando la historia para desposeerla del derecho a lo universal, analizando los nacimientos, los desarrollos, los desplomes de todos aquellos conceptos que reclaman para sí la legitimidad del origen y el prestigio trascendental que los haría necesarios.
Thémata. Revista de Filosofía Nº47 (2013) pp.: 273-300. Lecturas de la crítica foucaultiana a la subjetivación – 291 – atraparla hasta nuestros días. Son figuras que se desdibujan sobre el espacio del saber y cuyo nacimiento puede situar Foucault en los albores de nuestra modernidad. Pero al consignar su nacimiento se enuncia la contin gencia de tales figuras. Han envejecido tan pronto que nos hemos acostumbrado a considerarlas eternas, se imponen con tal contundencia en esta disposición del saber que las pensamos como necesarias. Pero al privarlas tanto de la universalidad como de la necesidad, al cuestionar el fundamento de su legitimidad, Foucault hace algo más que epistemología crítica: desvela posibilidades inéditas, abre el camino a nuevos modos de ser del hombre, a nuevas posiciones del sujeto... Mas que confirmar la necesidad de lo existente apuntalando la universalidad y trascendentalidad del fundamento, la investiga ción de Foucault legitima la opcionalidad35. El objetivo del autor de Les mots et les choses es hacer agujeros en el cerrado bloque del humanismo, excavar alrededor de los cimientos de las ciencias humanas, mostrar que “la muerte del hombre” no es ocasión para la nostalgia sino para la búsqueda: para producir algo nuevo que ni se ve ni siquiera se presiente, algo que ni aguarda en el horizonte, ni nos sale presuroso al encuentro, es menester perder lo que nos ocupa, lo que nos entretiene, lo que nos satisface, frente a eso; el superhombre... Veamos ahora otro aspecto importante, y es el hecho de que al adoptar los textos foucaultianos fisonomía histórica podría pensarse que se rinde en ellos homenaje al pro greso de la razón, al crecimiento, intelectual y moral, de la humanidad en su conjunto. Nada más alejado de la realidad36. Sin embargo, nuestro autor no es irracionalista37. Lo que ocurre es que Foucault, en lo que a la racionalidad respecta como en todo aquello de lo que trata su filosofía, es pluralista. Y consecuentemente no puede permitir el goteo incesante de una racionalidad (única) sino la conflictiva sucesión de racionalidades específicas (múltiples). Con la descripción de racionalidades específicas pretende disol ver el prestigio del universal, que se restaura continuamente bajo la cobertura de la racionalidad única, lineal o dialécticamente realizada. Y disolver el universal no es sino explicarlo remitiéndolo a sus condiciones históricas: explicitar su contingencia. De hecho esta tarea la venía realizando con rigor magistral la epistemología francesa, —desde Koyré, Cavaillés, Bachelard y Canguilhem—. [35] Es lícito pensar que si consideramos que hay dos tipos de fundadores —los que edifican y los que excavan— nuestro autor no estaría dentro del grupo de los primeros. Es por ello y con ello que esté más próximo a Nietzsche que a Husserl. [36] Y nada mas alejado de la perspectiva de Foucault que la fe en una racionalidad general portadora de sentido que atravesaría la historia conduciéndola hacia su finalidad propia, fuera esta la que fuera. [37] Analizando y leyendo sus escritos sin predisposición negativa, se puede encontrar un racionalismo en grado sumo. Hasta el punto de que el pensador francés sería capaz de percibir racionalidad donde otros tan sólo percibieron ignorancia o exceso: racionalismo hasta el punto de no percibir ninguna racionalidad párvula o deficiente; racionalista hasta el extremo de no hallar ningún espacio o momento carente de racionalidad.
Gabriel Terol Rojo Thémata. Revista de Filosofía Nº47 (2013) pp.: 273-300. – 292 – Sin duda hunde sus raíces en la ge nealogía de Nietzsche, y no sería del todo aventurado pensarla en relación con la con cepción epocal heideggeriana e incluso con la metodología de Max Weber38. Foucault, como Nietzsche, cometió el delito de no permanecer en el solar tranquilo de las ciencias de la naturaleza. Se atrevió a pensar —al nivel del conocimiento, del sistema, de la estructura— el pilar sobre el que se asientan, no solo las representaciones colectivas básicas, sino también la autoestima y el orgullo de la modernidad en curso: el hombre. La sorpresa y el enojo ante la intromisión de Foucault, el sabor agrio de la crítica, indi can tan sólo que los antecedentes no ha sido tenidos en cuenta: al parecer nadie había reparado suficientemente en el anuncio profético de Nietzsche en el sentido de que el hombre no sobreviviría a la muerte de Dios. Al parecer nadie había asumido que la epis temología iniciada por Cavaillés y Koyré no sólo podía reemplazar la filosofía de la conciencia reflexiva, sino que inauguraba la posibilidad de ubicar la propia “filosofía de la conciencia” en el juego de los sistemas, es decir, pensar al hombre, sujeto/objeto del saber, sobre el fondo de reglas que le constituyen durante un tiempo y para un dominio práctico-discursivo39. Se trata, pues, de señalar un territorio abierto al pensamiento, el territorio de los sistemas, ajeno al apriorismo de la conciencia, a la universalidad del sujeto y a las urgencias teleológicas de racionalidad general. En ese amplio terreno el pensador francés queda perfectamente ubicado. Y sólo en ese terreno tiene sentido hablar del “nacimiento y muerte” del hombre, o más precisamente, de las condiciones, históricas e inmanentes, de subjetivación y objetivación. En ese territorio en el que se quiebran los dogmas, en el que lo trascendental no sirve como fundamento ni la utopía como coartada, se encuentran la experiencia de Foucault y el genio solitario de Nietzsche40. Es importante que en este contexto introduzcamos algunos comentarios a propósi- to del hábitat del hombre. De modo que partiremos de la idea de que el hombre habita una cultura y un código, como afirma Canguilhem: “Este es un código de ordenamiento de la experiencia humana bajo una triple relación: lingüís tica, perceptiva, práctica; una ciencia o una filosofía son teoría o interpretación del orden. Pero las segundas no se aplican directamente a las primeras. Suponen la existen- [38] No tratándose, en todo caso, de un hallazgo de Foucault, al menos en lo que atañe a sus líneas gene rales de definición y aplicación. [39] Deseo tan sólo apuntar aquí la coincidencia de que parte de ese camino que lleva a pensar al sujeto a partir de posiciones cuyo fundamento no se halla en la conciencia sino en determinadas estructuras y sis temas científicos, la había andado ya Gaston Bachelard desplazándose del cogito (voz activa) al cogitatur (voz pasiva) en el marco de una posible epistemología no cartesiana y aun cuando investiga las posibili dades de un “kantismo de segunda aproximación” de una analítica nokantiana, a partir de la química y de microfísica. [40] Mientras uno pretendió desterrar los comienzos humildes de todo lo presuntamente noble, mostrar la contingencia de lo presuntamente necesario, nuestro autor, por su parte, afirma que la historia de las diversas formas de racionalidad resulta a veces más efectiva para quebrantar nuestras certidumbres y nuestro dogmatismo que la crítica abstracta.
Thémata. Revista de Filosofía Nº47 (2013) pp.: 273-300. Lecturas de la crítica foucaultiana a la subjetivación – 293 – cia de una red o de una confi guración de formas de aprehensión de las producciones de la cultura que constituyen ya, en relación con esta cultura, un saber que está más acá de las ciencias o de las filosofías. Esta red es invariante y única en una época, que se define, es decir, se recorta, por referencia a ella”41. No es de extrañar que en este ámbito de configuración el análisis foucaultiano reciba el nombre de archéologie. Y deba entenderse, como la descripción del “archivo” (el jue go de las reglas que determinan para una cultura la aparición y la desaparición de los enunciados). La arqueología busca también el arché entendido, no como el lugar de ori gen, sino como la estructura fundamental, contingente e histórica, que rige los comien zos, las súbitas apariciones, las emergencias, de acontecimientos discursivos. Y ello no sólo como fundamento, sino también poder y es Heidegger quien lo señala apuntando al hecho de que nombra aquello de donde algo emerge. Así pues, la descripción del archi vo nos guía para interpretar la idea de “arqueología” en dirección al conjunto de reglas (red, configuración) sobre la que se constituye el saber consciente de una determinada época: la estructura fundamental que rige las apariciones y a la vez, domina los conoci mientos42. Toda la investigación de Foucault se desarrolla en ese espacio fundamental del orden: no tratándolo de atravesarlo en pos de una experiencia originaria e inmediata; tampoco ubicándose en el espacio reflexivo de las ideas, espacio superficial, que supone el orden como condición de posibilidad. El único ser del que Foucault se permite hablar es del ser bruto del orden, la única experiencia que conjura es la experiencia desnuda del orden y sin modos de ser. Quizás sea conveniente recordar que el título previsto para el libro que hoy conocemos como Les mots et les choses [Las palabras y las cosas] era precisamente L’Ordre du les choses [El orden de las cosas]; y que si Foucault pudo afirmar con respecto al primero que “se trata de un título irónico”, es precisamente porque el texto no trata ni de las palabras ni de las cosas, sino de la red o sistemas que, entre unas y otras, las hace posibles en sus diferentes configuraciones. Ya desde las primeras páginas, pretende situar la investigación en un espacio intermedio entre la experiencia y la mirada. El orden como modo fundamental del saber, que sostiene “en su unidad sin fisuras la correlación secundaria y derivada de las ciencias y de las técnicas nuevas con objetos inéditos”43. La alusión a la experiencia y a la mirada tiene aquí una doble intención; por una parte se trata de ubicar el orden en un espacio intermedio; por otra, se trata de corregir un cierto descuido que Foucault había cometido en sus dos primeros libros44. Experiencia y mirada, objeto y sujeto, cosas y palabras, [41] G. Cangilhem: Análisis de M. Foucault, Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1970, p. 128. [42] Como señala Canguilhem; el espacio fundamental del orden; o como lo define el propio Foucault: “el a priori histórico” o “el inconsciente de una cultura”. [43] M. Foucault: Las palabras y las cosas, op. cit., p. 247. [44] En Histoire de la folie à l’âge classique la palabra “experiencia” adquiere un protagonismo tal
Gabriel Terol Rojo Thémata. Revista de Filosofía Nº47 (2013) pp.: 273-300. – 294 – se constituyen, sin embargo por referencia al orden que entre ellas aparece como sistema general de una época; orden o fundamento —arché—, el “de dónde”, lo que domina. Así pues, al interrogarse en el espacio del orden, Foucault repite la pregunta por el fundamento, a diferencia con la tradición no tratando de caminar hacia la substancia o la esencia, tampoco de situar el fundamento en la conciencia o en el sujeto, tampoco de asegurar su posición trascendental. No se apunta a la restauración de una cadena causal en Foucault: nada se da sino en el marco de una racionalidad específica. Tal racionali dad específica es el orden o estructura fundamental, el espacio epistemológico específi co de una determinada época: la epistéme. Y lo que se trata de mostrar, no es su carácter necesario o ahistórico sino, por el contrario, su historicidad, su contingencia. La pers pectiva de Foucault no incorpora más sentido o razón de ser que los que se derivan del propio “ser del orden”. Tampoco invoca las exigencias de la razón o la bendición de la utopía para afirmar en ellas su tendencia crítica. Al describir en su positividad los órdenes que rigen el alzado teórico o científico de una determinada época, al mostrar las contingencias y mutabilidad del fundamento, lo que se previene es el postulado de una instancia última; invariable, trascendental y necesaria. Correlativamente se afirma la posibilidad, siempre vigente, de que una nueva configuración del saber redistribuya nuevamente el espacio del pensamiento, dando cabida a figuras inéditas y produciendo nuevos modos de ser. Tales figuras y modos de ser no se vinculan unos con otros según la forma del progreso, están definitivamente ligados al orden que los hace posibles y que, a la vez, determinan sus condiciones de existencia, determinan también sus límites y, en el extremo, su desaparición. Tal vez por ello el término “Historia” sea inadecuado para calificar el trabajo foucaultiano, tal vez por ello Foucault mantenga una relación tan intensa y tan conflictiva con la Historia, que por una parte le es profundamente cercana y por otra profundamente ajena. Si la Historia incorpora el elemento de la racio nalidad —la cifra de sentido, actúa de esquema teleológico o sirve para instaurar el imperio de la conciencia— entonces la perspectiva foucaultiana es decididamente anti histórica. De la incomodidad frente a la historia, concebida de esta forma, se deriva el interés por parte de Foucault en diferenciar su tipo de análisis. De ella se deriva también la búsqueda incesante de denominaciones: arqueología, genealogía, historia crítica del pensamiento. El análisis de Foucault se puede definir mas adecuadamente, sin embargo, modificando levemente el título de su cátedra en el Collége de Francia. Mejor que “Historia”, estructura y dinávez excesivo y está débilmente matizada. En ocasiones parece aludir a la posibilidad de una experiencia de la locura inmediata y al margen de las órdenes en los que la locura se recorta y adquiere su configuración más o menos precisa. En Naissance de la clinique: une archéologie du regard médical puede suceder otro tanto con la palabra “mirada”. Si la primera parecía enfatizar el polo positivo esta segunda obra presenta un declive que favorece el protagonismo del polo subjetivo.
Thémata. Revista de Filosofía Nº47 (2013) pp.: 273-300. Lecturas de la crítica foucaultiana a la subjetivación – 295 – mica de los sistemas de pensamiento como un tipo de estu dio que actúa de un modo particular: “Al dirigirse al espacio general del saber, a sus configuraciones y al modo de ser de las cosas que allí aparecen, definen los sistemas de simultaneidad, lo mismo que las series de las mutaciones nece sarias y suficientes para circunscribir el umbral de una nueva positividad”45. El rechazo del continuismo histórico es tan tajante como el rechazo de toda parcela ción previa del espacio del saber. Foucault reclama para ese espacio general del saber todo lo que hay de pensamiento en una cultura46. Y todo ello no quiere decir sino que el acceso al orden, al fundamento o sistema que rige las configuraciones del saber para una cultura y en una época no se halla exclusiva o preferentemente ubicada al nivel de las ideas que la filosofía guardaría como tesoro propio. Incorporar aquello que hay de pensamiento quiere significar que en una sociedad, los conocimientos, las ideas filosófi cas, las opiniones cotidianas, así como las instituciones, las prácticas comerciales y policiales, las costumbres, todo se refiere a un saber implícito propio de una sociedad; siendo este saber profundamente distinto de los conocimientos que se pueden encontrar en los libros científicos, las teorías filosóficas, las justificaciones religiosas pero es el que hace posible, en un momento dado, la aparición de una teoría, de una opinión, de una práctica. Cabe, evidentemente, hacer historia de las ideas, de las teorías, de las opi niones o de las prácticas. Historia general o Historia de la Filosofía, de la Literatura, del Comercio, de la Penalidad, de las Religiones... La “Historia” de Foucault se sitúa en el espacio que las hace posibles a todas ellas —que las sirve de fundamento y las domina—, el espacio del orden, el ámbito del sistema. Volviendo a la pregunta por el sujeto no deja de ser curioso como los trabajos del pensador francés refieren con insistencia pertinaz a las mismas épocas de la cultura occidental —el clasicismo y la modernidad—, y se aplican al territorio ocupado por (o próximo a) las ciencias humanas. En todos los casos en el horizonte de la mirada del “arqueólogo” se sitúa el hombre considerado como objeto y sujeto de determinados saberes y de determinadas prácticas. Tanto si se trata de la locura o de la enfermedad, como de los saberes que se ocupan del trabajo, la vida y el lenguaje —y más delante de la justicia penal o de la sexualidad—, el hombre se incorpora al discurso y se somete al análisis foucaultiano. La obstinada vuelta al hombre como problema sólo puede sorprender, sin embargo, a quien no haya entendido suficientemente la idea base de que el sujeto es el tema central de todas estas (las de Foucault) inves- [45] M. Foucault: Las palabras y las cosas, op. cit., p. 8. [46] Y aquí debemos considerar la existencia de pensamiento en la filosofía pero también en novelas, en la jurisprudencia, en el derecho, incluso en un sistema administrativo, en una prisión.
Gabriel Terol Rojo Thémata. Revista de Filosofía Nº47 (2013) pp.: 273-300. – 296 – tigaciones. Considera mos, por tanto, que es obvio que se implican en la decidida voluntad de investigar las condiciones de objetivación y subjetivación47. Tratándose, consiguientemente, no de ver cómo un sujeto eterno se comporta con respecto a los objetos en el marco de sucesivos (y progresivos) estadios del saber, sino de determinar el tipo de sujeto, su condición y estatuto, el lugar que ocupa en el ámbito de los conocimientos posibles en una época dada, es decir, el modo de subjetivación a fin de cuentas. De la misma forma, se tratará de ver cómo, en qué condiciones, algo puede devenir objeto de conocimiento, ello es: el modo de objetivación. Así todo, hay que introducir una cierta restricción: el trabajo de nuestro autor no se aplica a todos los juegos de verdad con independencia al tipo de sujeto y objeto que en ellos se determina. Por el contrario, sólo aquellos espacios práctico-discursivos en los que el sujeto se inserta como objeto de un saber posible reclaman su atención. Efectivamente, el denominador común de una historia de la locu ra, de la medicina clínica, de la jurisprudencia penal o de la sexualidad es precisamente que en esos dominios, el sujeto aparece de formas muy diversas: como objeto de cono cimiento, de tratamientos, de discursos y prácticas. Lo que vincula a estas historias con otras aparentemente alejadas48 es que en ella el sujeto penetra —dada su condición de viviente, hablante y trabajador—, y que en la época en que esto sucede surge también el curioso proyecto de conocer al hombre y a su través, la vida, la economía y el lenguaje. Encontramos en todo esto una base más fiable para evaluar las relaciones de Foucault con la figura del hombre que la proporcionada por el llanto o la ira de los guardianes del humanismo. A estos últimos que nunca tomaron excesivamente en serio la locura de Nietzsche, que se habían visto recientemente importunados en su reposo por el estructu ralismo, la filosofía de Foucault no pudo sino parecerles un atentado contra la moral y las costumbres; un atentado, no contra los valores mas altos, pero sí contra los más propios. Inquietos por el análisis foucaultiano al respecto del nacimiento del hombre prefirieron rebelarse contra la parca y cauta profecía que cierra Les mots et les choses en la que se anuncia, con impaciencia poco disimulada, su posible desaparición. Lo dicho hasta ahora viene a justificar la precisión de ciertas cosas. En primer lugar, que la historia crítica del pensamiento se ubica en el espacio del orden previo a las teorías y no al nivel de las teorías mismas. Para un pensador que pretende mostrar la contingencia y fragilidad del fundamento, de cualquiera que sea. La intromisión del hombre en el espacio del saber como sujeto y objeto del mismo es explicable en lo que respecta a su irrupción y criticable [47] Partiendo de la definición de pensamiento como acto que se sitúa, en sus diversas relaciones posi bles, en un sujeto y un objeto, en una historia crítica del pensamiento que será un análisis de las condicio nes en las cuales son formadas o modificadas ciertas condiciones de sujeto a objeto en la medida en que son constitutivas de un saber posible. [48] La que estudia la dinámica de determinados saberes que toman por objeto los seres vivos: la riqueza, el lenguaje, etc.
Thémata. Revista de Filosofía Nº47 (2013) pp.: 273-300. Lecturas de la crítica foucaultiana a la subjetivación – 297 – en cuanto se presume investido de necesidad. En segundo lugar, que la historia crítica del pensamiento tiene como punto de partida la actualidad, es decir, recorre la historia con la intención de responder a la pregunta ¿Cómo hemos llegado a ser lo que somos?, no tratando, con ello, de reencontrarse con una identidad trabajosamente lograda, tampoco de hacer una apología del presente. Trata, no hemos de errar, de socavar todo aquello que la actualidad presenta como eterno, necesario o trascendental. En la medida en que la representación y el hombre ocupan en momentos sucesivos el lugar de fundamento, Foucault trata de mostrar la contingencia de ambos, la equivalente fragilidad de ambos. Determinadas ciencias, determinadas teorías filosóficas, exigen su vigencia, postulan su eternidad, predican su necesidad. Foucault explica el nacimiento y declive de la representación —al más puro estilo schopenhaueriano—. El hombre sólo puede explicar el nacimiento, la “muerte” es un imperativo éticopolítico y también el augurio de una nueva configuración del saber, una nueva posibilidad de pensar. Todo vuelve a comenzar... Pensar en el vacío del hombre desaparecido —nos dice Foucault— se insinúa como futuro del pensamiento. Futuro tal vez inmediato, puesto que lo anuncian ya la Literatura, el Psicoanálisis, la Etnología, la Lingüística. Liberar al hombre del hombre de manera que liberarnos del hombre mismo se insinúa como objetivo éticopolítico que entraña la modificación de la actual forma de ser del sujeto. Sólo para quienes, como Sartre, piensan al hombre del humanismo en términos de autenticidad, la “muerte del hombre” —que Foucault anun cia— tiene trazas de Apocalipsis. Y sin embargo, se confirma de forma más contun dente la sospecha foucaultiana referente a la muerte del hombre. Sin Foucault en la escena filosófica, las direcciones que asume el pensamiento se alejan cada vez más del paradigma de la conciencia y del sujeto trascendental kantiano o cartesiano. Las múlti ples subdivisiones de la teoría de sistemas, en Matemáticas, Biología, Cibernética o Sociología, atraviesan el espacio de la conciencia y buscan en otra parte la racionalidad de las estructuras. Sortean las exigencias del humanismo y requieren un fundamento cuyo espacio nadie ha definido con contundencia. 5. Conclusión Como recapitulación destacaremos ciertos lugares comunes, ciertos tópicos que la crítica reitera y cuyo fundamento tal vez sea en exceso endeble. Cuestiones como la discutible filiación estructuralista de Foucault, su “peligroso antihumanismo”, la impor tancia concedida a determinados temas (poder) o determinados métodos (arqueología), etc., han devenido mas obstáculos que condiciones de posibilidad cuando lo que se pretendía era dar cuenta de una trayectoria filosófica que evitara encasillamientos y repudiara etiquetas. Las denominaciones bajo las que Foucault reúne finalmente la totalidad de sus trabajos —como “Historia crítica del pensamiento” y/o “Ontología histórica de