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Terapia de víctimas de violencia de género : el papel modulador de la personalidad

García Martínez, Jesús; Guerrero Gómez, Rafael; Orellana Ramírez, Mª del Carmen

Abstract

La muestra del estudio está compuesta por 83 mujeres, todas las cuáles eran víctimas de violencia por parte de su pareja. Fueron tratadas mediante un formato de psicoterapia individual constructivista en sus localidades de origen. El diseño del estudio es un formato pre-post en el que se utilizaron como variables dependientes medidas de psicopatología (SCL-90-R, IAB e IDB). También se administró el cuestionario NEO-FFI de personalidad en el momento de inicio de la terapia. Dado que no se espera que la personalidad básica (rasgos) varíe con la intervención terapéutica, esta prueba se utilizó como factor modulador de los resultados de la terapia. Se utilizaron la prueba de Wilcoxon para valorar la eficacia de la intervención y un procedimiento de regresión por pasos para valorar el papel de los rasgos en la eficacia de la intervención. Los resultados indican que la intervención fue eficaz (hay un descenso significativo en la incidencia de los síntomas). En cuanto a la personalidad, el factor de apertura es el que mejor predice la incidencia de la sintomatología en el pretratamiento, pero no en el postratamiento. Esto parece indicar que la terapia hace que las mujeres dejen de considerar una mentalidad abierta como fuente de conflictos.

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1 TERAPIA DE VÍCTIMAS DE VIOLENCIA DE GÉNERO: EL PAPEL MODULADOR DE LA PERSONALIDAD Garcia-Martínez, Jesús Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológicos. Universidad de Sevilla [email protected] Guerrero-Gómez, Rafael Centro de Orientación y Psicología Cerro del Águila (COPSICA, Sevilla) [email protected] Orellana-Ramírez, Mª Carmen Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológicos. Universidad de Sevilla [email protected] Resumen: La muestra del estudio está compuesta por 83 mujeres, todas las cuáles eran víctimas de violencia por parte de su pareja. Fueron tratadas mediante un formato de psicoterapia individual constructivista en sus localidades de origen. El diseño del estudio es un formato pre-post en el que se utilizaron como variables dependientes medidas de psicopatología (SCL-90-R, IAB e IDB). También se administró el cuestionario NEO-FFI de personalidad en el momento de inicio de la terapia. Dado que no se espera que la personalidad básica (rasgos) varíe con la intervención terapéutica, esta prueba se utilizó como factor modulador de los resultados de la terapia. Se utilizaron la prueba de Wilcoxon para valorar la eficacia de la intervención y un procedimiento de regresión por pasos para valorar el papel de los rasgos en la eficacia de la intervención. Los resultados indican que la intervención fue eficaz (hay un descenso significativo en la incidencia de los síntomas). En cuanto a la personalidad, el factor de apertura es el que mejor predice la incidencia de la sintomatología en el pretratamiento, pero no en el postratamiento. Esto parece indicar que la terapia hace que las mujeres dejen de considerar una mentalidad abierta como fuente de conflictos. Palabras Clave: Violencia de Género, Psicoterapia Constructivista, Personalidad, Modelo de Cinco Factores, Sintomatología de la Mujer Maltratada. 1. Introducción. La violencia de género es una de las formas de violencia social más destacadas, ya que potencialmente afecta a un porcentaje muy alto de la población (en torno al 50%) y está modulada por factores ideológicos con marcado arraigo cultural e histórico acerca de las funciones, valía y conductas esperables de cada género. A ese conjunto ideológico de supuestos y creencias se le denomina patriarcado (Amorós, 2005). Como todas las otras formas de violencia social (contra las minorías, escolar, contra los mayores, contra los padres) se trata de una violencia invisibilizada y justificada socialmente a través de diversos marcadores culturales, por lo que resulta difícil de reconocer (Peyrú y Corsi, 2003). La violencia contra las mujeres afecta a todas las clases sociales, todos los niveles educativos y todos los entornos geográficos, por ello representa un gran problema social y psicológico en el que tienen que afrontar los países desarrollados (Fischbach y 463 2 Herbert, 1997). Existen relativamente pocos estudios comparativos de la prevalencia de la violencia contra las mujeres, fundamentalmente porque no todos los países utilizan indicadores semejantes y en algunos no se hacen estadísticas diferenciando por el género de las víctimas de la violencia. No obstante, tanto el estudio de la OMS (Krug, Dalhberg, Mercy, Zwi y Lozano, 2002), como el II Informe Internacional de Violencia contra la Mujer del Centro Reina Sofía (Sanmartín, 2007) dejan patente que es un fenómeno que se da en todas las culturas, si bien su incidencia es mayor en las zonas menos desarrolladas (como ocurre con casi cualquier forma de violencia). Si se consideran los asesinatos de mujeres por parte de sus parejas como un buen indicador de la tasas de la violencia de género, la prevalencia (muertes por millón de mujeres) de este fenómeno oscila entre valores de 0 (Islandia) ó 0,87 (Países Bajos) y 13,16 (Luxemburgo) ó 16,15 (Hungría) en los países europeos (la tasa española es de 3,91, una de las más bajas). En el continente americano, los índices de prevalencia oscilan entre 3,05 (Colombia) y 8,05 (Costa Rica), la de EE.UU. es de 9,90 (Sanmartín, 2007). Obviamente, las muertes de mujeres a manos de sus parejas son el indicador más macabro de la violencia de género y está muy por debajo en su prevalencia de las tasas de abusos, agresiones físicas, quebrantamientos sexuales y otras formas de ejercicio de la violencia que, por su naturaleza son más difíciles de hacer operativas en estadística. La violencia contra la mujer se transforma, de esta manera, en un grave problema de salud pública dada su altísima prevalencia y por el enorme costo indirecto que supone (Heise y García Moreno, 2002; Roberts, Lawrence, Williams y Raphael, 1998). Además, las repercusiones psicológicas del maltrato y el abuso físico constituyen un factor de riesgo de salud a largo plazo (Koss, Koss y Woodruff, 1991). Desde una perspectiva psicológica, la investigación se ha centrado en intentar entender las dinámicas y procesos que subyacen en víctimas y agresores. En cuanto a los segundos, hay un acuerdo generalizado en que los modelos culturales patriarcales posibilitan la puesta en marcha de relaciones basadas en la desigualdad por parte de los varones (Amorós, 2005; Corsi, 2003; Corsi y Bonino, 2003; Serran y Firestone, 2004). Pero para que se pueda hablar directamente de violencia, hay que detectar una pauta de agresión sistemática destinada a mantener el control y el poder (Berkowitz, 1993; Garcia-Martínez, 2008). Son muchas las variables psicológicas que regulan o modulan dicha pauta de agresión sistemática tanto a nivel de la personalidad básica, como de las respuestas adaptativas y de control, hasta los procesos de identidad y adscripción de significado (Dutton y Golant, 1995; Echeburúa, 1996; Garcia-Martínez, 2008; Jacobson y Gottman, 1998). La agresión se transforma en una pauta relacional sistemática que muchas veces se inicia en los primeros momentos de la vida en común e incluso durante el noviazgo (Rodríguez-Franco, Antuña-Bellerín, Rodríguez Díaz, Herrero y Nieves, 2007) y hace uso de distintas manifestaciones de la violencia (física, sexual, verbal) entre las cuáles, la de tipo psicológico está siempre presente y la física suele ser la que aparece más tardíamente. En el caso de las víctimas, no parece existir un perfil psicológico previo al maltrato, ya que las víctimas lo son por la acción estratégica de un agresor (Matud, 2004) pero sí hay descritas determinadas sintomatologías generadas por la situación de maltrato. La sintomatología que presentan las mujeres agredidas por sus parejas incluye la caída de la autoestima y la autoeficacia (Orava, McLeod y Sharpe, 1996), así como sentimientos de culpa, aislamiento social y dependencia del maltratador (Buchbinder y Eisikovits, 2003; Echeburúa y de Corral, 1998). El maltrato es un factor que genera trastornos y 464 3 síntomas psicopatológicos de varios tipos como depresión, estrés postraumático, baja autoestima, sentimientos de culpa, etc. (Golding, 1999; Echeburúa y de Corral, 1998; Matud, 2004). De las distintas investigaciones realizadas se concluye que los síntomas más usuales padecidos por las mujeres maltratadas se agrupan en dos bloques, uno ligado a la depresión y la ansiedad que incluiría, en su caso, el déficit de autoestima y otro, menos frecuente, relacionado con el estrés postraumático. La incidencia del trastorno por estrés postraumático no es mayor en el caso de las mujeres maltratadas que para cualquier otro tipo de estresor y víctima (Bàguena, Beleña, Roldán, Díaz y Villarroya, 1996). Se han propuesto muchos modelos de intervención con mujeres maltratadas (Echeburúa y de Corral, 1998; Matud, 2004; Walker, 1994) basados en general en programas que fomento de la autoestima y las habilidades sociales. El aplicado por nuestro equipo incorpora una orientación basada en el cambio de la identidad y busca gestionar de otro modo los significados asociados a su experiencia vital anterior, tanto traumática como no traumática y por ello, se parte de un análisis inicial de la historia de vida de la mujer (Garcia-Martínez, 2006; Garcia-Martínez, Guerrero-Gómez, León-Serrano, Álvarez- Vela y Tovar-Sánchez, 2008). Sigue, por tanto, una lógica constructivista del trabajo terapéutico destinada a reconstruir el sentido del abuso en los propios términos de la mujer maltratada y permiten encontrar elementos y episodios resolutivos y de autocrecimiento en su propia experiencia vital (Garcia-Martínez, 2004; Keskinen, 2004, Neimeyer, 1993). Las terapias de corte constructivista se centran sobre todo en la reconstrucción de la identidad de la víctima, siendo las estrategias de control de síntomas y desarrollo de habilidades únicamente medios para lograr este fin y no objetivos terapéuticos en sí mismos. Las terapias destinadas a la mujer que ha experimentado el maltrato deben atender a dos aspectos básicos: a) Ser sensible y respetar la necesidad de comprensión y ayuda de la víctima, lo que implica que toda información debe ser recabada con un consentimiento expreso por parte de esta (Matud, Padilla y Gutiérrez, 2005; Velázques, 2003; Walker, 1994). En este sentido, la creación de una alianza terapéutica con las mujeres es un foco prioritario del trabajo con éstas (Guerrero-Gómez y Garcia- Martínez, 2008; Matud, Padilla y Gutiérrez, 2005; Velazques, 2003). b) Analizar los componentes relacionados con la patrón de violencia y control, los efectos psicológicos del maltrato, las estrategias usadas para enfrentarse y/o escapar al abuso, así como los factores que modularon las respuestas al abuso y las estrategias de afrontamiento (Dutton, 1992). Por otro lado la terapia en estos casos necesita buscar estrategias que permitan ayudar a las familias, sobretodo para estas mujeres y para sus hijos, necesitando por ello de un lenguaje diferente y una comprensión distinta del problema. Por su naturaleza terapéutica, el enfoque constructivista de la terapia cumple perfectamente estas dos condiciones. Pero que no exista un perfil psicológico previo de la víctima no implica que determinados factores psicosociales o de personalidad no modulen el efecto del maltrato como el de la terapia destinada a recuperar a la víctima. La investigación actual en 465 4 personalidad está desarrollando modelos multinivel que intentar dar cuenta de cómo las variables de personalidad regulan la conducta al menos en tres niveles distintos de consolidación (Mischel, 1993). Quizá, el más prometedor de estos enfoques multinivel es el planteado por McAdams (1995; McAdams y Pals, 2006). Según este autor, la personalidad es un complejo sistema en el que se interconectan tres dominios explicativos de nivel distinto, que son paralelos entre sí, de forma que las leyes y propiedades que los regulan son también diferentes. El primero es el dominio de rasgos o disposiciones. Es el nivel de las dimensiones comparativas, estables, relativamente descontextualizadas y generalizadas. No obstante, su capacidad de predicción precisa de la conducta final de una persona en una situación concreta es baja. Por otra parte, la expresión específica de los rasgos está muy mediada por la cultura. Por tanto, este dominio da sólo un dibujo muy general del individuo, se trata, en palabras de McAdams (1995), de una psicología del extraño. El segundo dominio es el de adaptaciones características. Las variables que lo componen son de tipo motivacional, cognitivo o evolutivo y se contextualizan a través de situaciones, ambientes y roles. La contextualización es, precisamente, la diferencia fundamental con las variables del primer dominio. La cultura es el factor que da mayor o menor prevalencia a las variables que lo componen en un contexto dado. No obstante, dado que las unidades de análisis que se incluyen en este dominio son muy variadas (proyectos personales, motivaciones, metas, planes, esquemas, etc.), no termina de estar claro qué unidades pertenecen o no al mismo. Los constructos personales, una de las variables que utilizamos en nuestro estudio, son una de estas unidades de inclusión problemática. El tercer dominio lo constituyen las narrativas identitarias que dan unidad y propósito a la vida, es decir, que integran a la persona como un todo. Esta integración se genera reconstruyendo el pasado y configurando una imagen del futuro. Dada que la integración es el objetivo de este dominio, las variables que lo componen están sometidas a un cambio continuo, ya que tienen que reorganizan continuamente los datos y la información que reciben. Los tres niveles se encuentran en interacción continua entre sí y, a su vez, están influidos por la biología básica de la especie y por los entornos culturales en los que vivimos las personas, configurando un sistema que genera conductas, emociones y pensamientos en los marcos específicos de la ecología cotidiana (McAdams & Pals, 2006). Hasta la fecha se han publicado varios trabajos que estudian los vínculos entre variables encuadradas en diferentes dominios, bien entre rasgos e historias de vida (McAdams, Anyidoho, Brown, Huang, Kaplan & Machado, 2004), bien entre historias de vida y proyectos personales (McGregor, McAdams & Little, 2006). Igualmente, se están desarrollando investigaciones que intentan comprobar el efecto modulador que variables de los tres dominios tienen en distintos campos de la conducta, como la conducta de ajuste al dolor crónico (Garcia-Martínez, Cano-García, Rodríguez-Franco, Buero- Gallego, Alcocer-Gómez y Guerrero-Gómez, 2009), en el modo en que el significado que se da a la situación de maltrato regula la sintomatología que se manifiesta (Guerrero-Gómez, Garcia-Martínez y Orellana-Ramírez, 2009), con el sentido de 466 5 bienestar personal (Baerger y McAdams, 1999) o con los resultados de la psicoterapia (Adler, Wagner y McAdams, 2007). El presente trabajo se encuadra dentro de esta última línea, en este caso intentamos comprobar el modo en que las variables del primer dominio (rasgos) modulan el modo en que las mujeres víctimas de la violencia de género reaccionan a los efectos de una psicoterapia destinada a generar cambios en su identidad para gestionar los problemas derivados del maltrato. El modo en que se va a hacer operativo el estudio de los rasgos es a través del empleo del modelo de cinco grandes factores, el marco teórico más y mejor desarrollado en la actualidad dentro de este dominio de la personalidad. Estos factores representan tendencias básicas del comportamiento humano (Costa y McCrae, 1992a; McCrae y Costa, 1996, 1999). El propósito fundamental de la investigación de rasgos es identificar aquellas dimensiones que se puedan considerar como los elementos básicos y universales de la estructura de la personalidad (Goldberg, 1993; McCrae & John, 1992). Dentro del acercamiento de cinco factores, la forma de hallar esas dimensiones se basa en el análisis del lenguaje. Se supone que en el lenguaje están representados (de forma denotativa) todos aquellos aspectos de la conducta que son relevantes para entender al ser humano, lo que se conoce como hipótesis léxica fundamental. Las técnicas estadísticas factoriales permiten depurar el lenguaje para reducir la enorme cantidad de términos referidos a tendencias de conducta humana (sobre todo sustantivos y adjetivos, pero también otros tipos de palabras) a un grupo de datos lo suficientemente pequeño como para que sea manejable. Desde el punto de vista de la evaluación, el modelo de rasgos optó por un enfoque psicométrico, utilizando fundamentalmente cuestionarios de autoinforme. La versión más extendida del modelo de cinco grandes es la de Costa y McCrae (1992a; McCrae & Costa, 1996, 1999). Estos autores han concretado su modelo en el cuestionario NEO-PI-R (1992b, 2001). Este inventario comprende cinco factores de primer orden que en función de su importancia factorial, son Neuroticismo, Extraversión, Apertura, Amabilidad y Responsabilidad. Cada uno de estos factores de primer orden está compuesto por seis facetas, las facetas se incluyen únicamente en un factor, siempre en aquel en el que tienen mayor peso. 2. Método 2.1. Objetivos e hipótesis. Se plantean dos objetivos fundamentales, el primero es comprobar si la terapia constructiva aplicada es efectiva para producir cambios. En este caso se formulará como definición operativa de la eficacia la remisión de síntomas, por tanto, se procederá a un diseño test-retest de los indicadores de sintomatología al inicio y al final de la terapia. El segundo objetivo es comprobar cuál es el efecto modulador de los rasgos de personalidad en la eficacia de la terapia. Operativamente esto se evaluará a través del grado de asociación entre las medidas de sintomatología en las evaluaciones test-retest y los valores obtenidos en el NEO-PI-R al inicio de la terapia. A partir de estos objetivos, se formulan dos hipótesis, una para cada objetivo: 467 6 Hipótesis 1. En la evaluación post-test las mujeres tendrán grados de sintomatología significativamente menores en las distintas pruebas diagnósticas utilizadas. Hipótesis 2. El rasgo de Neuroticismo estará vinculado a una mayor intensidad de la sintomatología tanto en la evaluación pre-tratamiento como en la postratamiento. Es sabido que una mayor puntuación en Neuroticismo es un indicador de mayor ansiedad y de una mayor probabilidad de presentar síntomas, especialmente de la gama neurótica (Costa y McCrae, 1992b; McCrae y Costa, 1999). 2.2. Muestra. La muestra inicial fueron 83 mujeres de localidades de pequeño tamaño de la Provincia de Sevilla (entre 500 y 19.000 habitantes). Todas ellas fueron remitidas por las abogadas de los Puntos de Información a la Mujer de sus municipios. Todas se encontraban separadas o en proceso de separación debido a violencia de género y demandaron explícitamente ayuda terapéutica. La edad media era de 43,81 años (Sd = 10,84). Todas tenían un perfil socioeconómico bajo. El 7,7% eran analfabetas funcionales, el 30,8% tenían estudios primarios incompletos, el 38,5% estudios primarios completos, el 7,7 % tenían estudios secundarios, y el 11,75% estudios postsecundarios, ninguna tenía titulación universitaria superior. En cuanto a la ocupación profesional, el 73% estaban en activo; el 7,7% eran exclusivamente amas de casa y el 11,5% eran pensionistas. Entre los trabajos más usuales, destacaban las labores agrícolas (23,1%), empleos de bajo nivel en el sector público (19,2%) y la industria de transformación agrícola (15,4%). El sistema de ingreso en el programa de intervención (Garcia-Martínez at al., 2008) era puntual y sobre demanda, de manera que estaban produciéndose continuamente altas y bajas en el programa terapéutico. La terapia seguía un formato individual y se efectuaba siempre en la localidad de origen de la usuaria. El programa no pudo continuarse al finalizar la primera anualidad, de modo que muchos procesos terapéuticos tuvieron que verse interrumpidos. Por ello, los análisis test-retest sólo pudieron realizarse sobre un total de 20 mujeres, aquellas que habían tenido un alta clínica al cerrarse el proyecto. 2.3. Instrumentos y medidas. Se utilizaron las versiones españolas del Inventarios de Ansiedad (IAB, Beck, Brown, Epstein y Steer, 1988) y Depresión de Beck (IDB, Beck, Rush, Shawn y Emery, 1979), del Cuestionario de Síntomas SCL-90-R (Derogatis, 2000) y del Inventario NEO-FFI (Costa y McCrae, 1999), la versión reducida del NEO-PI-R. Los dos inventarios de Beck son dos escalas que evalúan una única dimensión (ansiedad o depresión) y constan de 21 ítems con un intervalo de respuesta entre 0 y 3. El cuestionario de Derogatis evalúa hasta 10 escalas distintas de síntomas y cuenta con tres indicadores globales de patología, el índice global de síntomas (IGS) y el total de síntomas positivos (TSP) y el índice de puntuación total de síntomas positivos (PSDI). Consta de 90 ítems que se distribuyen desigualmente entre las distintas escalas y el intervalo de respuesta es de 0 a 4. 468 7 Las medidas de personalidad utilizadas fueron los distintos indicadores del Cuestionario de Síntomas, la medida global de los inventarios IAB e IDB y los valores obtenidos en los cinco grandes rasgos evaluados según el NEO-FFI. Además, se añadió la escala de distorsión de la versión española del cuestionario BFQ (Caprara, Barbaranelli y Borgoni, 2001), dado que el NEO-FFI carece de una escala de fiabilidad de las respuestas. El NEO-FFI es una prueba de 60 ítemes, valorados en una escala de 0-4, cada factor es evaluado por un conjunto de 12 ítemes. La escala de distorsión está compuesta tamibén por 12 ítemes que se valoran igualmente con una escala Likert de 5 puntos. 2.4. Diseño. Las mujeres cumplimentaron los tres cuestionarios de sintomatología al inicio del tratamiento (entre las sesiones 2 y 3) y en la última sesión (habitualmente la 12ª). En la primera evaluación cumplimentaron también el NEO-FFI. Dado que se asume que los rasgos de personalidad son estables y se ven escasamente influidos por las situaciones, no había ninguna razón teórica para evaluar los rasgos de personalidad en la evaluación post-tratamiento. De las 83 mujeres que componen la muestra total, dos de ellas fueron dadas de baja por incumplimiento de normas del programa (no justificaron ausencias en más de cuatro ocasiones); 4 asistieron a una primera entrevista pero no fueron incluidas en el programa al estar siendo atendidas por terapeutas de otros servicios, 14 no pudieron continuar en el programa por causas de fuerza mayor (traslados de domicilio, incompatibilidad con turnos laborales, etc.) y 21 abandonaron el programa sin justificación ninguna (bien son auto-altas, es decir, deciden que no necesitan continuar el tratamiento o son casos de abandono sin ningún tipo de información, simplemente dejan de venir). Por tanto, queda un total de 42 mujeres (50,50%) que continuaban en tratamiento (24) o lo habían finalizado (18) cuando el programa de asistencia fue suspendido. Pero sólo 20 de ellas habían contestado en ese momento a las pruebas de la segunda evaluación (Garcia-Martínez et al., 2008). Dado el pequeño tamaño de la muestra que completo las dos evaluaciones, se utilizó una prueba de Wilcoxon de medidas repetidas para comprobar la eficacia del tratamiento, es decir, el descenso significativo de los valores de los indicadores de sintomatología en la evaluación post-tratamiento. Para comprobar el grado en que los rasgos de personalidad explican la sintomatología en ambas momentos de medida se utilizó una regresión lineal. Obviamente, fue posible utilizar la muestra entera (N = 83) para el cálculo de los valores de la regresión en la medida pre-tratamiento, ya que se disponía de datos de todas las mujeres. Para el cálculo de las regresiones en la evaluación postratamiento, solo fue posible utilizar los datos de las mujeres que habían finalizado la terapia (N = 20). En las regresiones, las variables independientes (predictoras) fueron los cinco rasgos de personalidad evaluados con el Cuestionario NEO-FFI y la escala de distorsión del BFQ. Las variables dependientes fueron la totalidad de los indicadores de psicopatología utilizados tanto para la evaluación pre-tratamiento como para la postratamiento. Cada uno de los factores de personalidad se fue introduciendo sucesivamente hasta que se consigue el mejor modelo explicativo de la sintomatología. 469 8 El objetivo era comprobar el papel que la personalidad básica de las mujeres cumple en la manifestación de los síntomas. Algunos indicadores psicopatológicos no estarán asociados a la personalidad y, por tanto, se les puede considerar puramente reactivos, otros jugarán un papel en la forma en que las mujeres responden a la situación de maltrato manifestando unos síntomas u otros. Los cálculos estadísticos fueron realizados con el paquete SPSS 16.0 (SPSS Inc., 2007). 3. Resultados. 3.1. Eficacia del tratamiento. ESCALAS Z (T2-T1) P SCL Somatización -2,899 ,004 Obsesión -2,055 ,040 Sensibilidad Interpersonal -1,671 ,095 Depresión -2,254 ,024 Ansiedad -2,680 ,007 Miedo-Hostilidad -2,046 ,041 Ansiedad Fóbica -5,549 ,000 Ideación Paranoide -,972 ,331 Psicoticismo -2,798 ,005 Índice Global de Síntomas (GSI) -,282 ,778 Total de Síntomas Positivos (TPS) -1,830 ,067 Índice de Puntuación (PSDI) -,604 ,546 Inventario de Depresión IDB -3,218 ,001 Inventario de Ansiedad IAB -3,389 ,001 Valores en negrita: diferencias significativas Tabla 1. Prueba de Wilcoxon Diferencias entre Post y Pretratamiento Basada en los rangos positivos para indicadores de psicopatología En la tabla 1 se puede comprobar que los valores Z de la prueba de Wilcoxon indican que hay diferencias significativas en el post-tratamiento para la mayoría de los indicadores de psicopatología, reduciéndose todos ellos. Se observan diferencias significativas en somatización, obsesión, depresión, ansiedad, miedo hostilidad, ansiedad fóbica y psicoticismo, entre las escalas del SCL-90-R. Las escalas de depresión y ansiedad de Beck también muestran reducciones estadísticamente significativas. Hay tendencias importantes a la reducción de síntomas en la subescala de Sensibilidad Interpersonal y en el Total de Síntomas Positivos del SCL-90-R, pero no en Ideación Paranoide del SCL-90-R ni en la escala de vulnerabilidad. No obstante, que no se haya producido un descenso significativo en las subescalas de sensibilidad interpersonal e ideación paranoide es un resultado que es, hasta cierto punto, lógico e incluso adaptativo. La mayoría de estas mujeres seguían acosadas por sus maridos durante el 470 9 tratamiento o no existía la garantía de que habían dejado de hacerlo, por tanto, es lógico que haya una cierta tendencia a tener una actitud de alerta, vigilancia y sospecha (ideación paranoide), ya que esa actitud les permite estar más en guardia ante una posible reanudación del acoso. El caso de la sensibilidad interpersonal (sensibilidad al juicio de terceros) es parecida: durante mucho tiempo se han sentido juzgadas tanto por su pareja como por terceros que tendían a no entender su situación y muchas de ellas comentan que esa situación aún se sigue dando, por lo que es tendencia es lógico que esté presente. Probablemente el menor grado de descenso en estas dos escalas es lo que hace que los marcadores globales de sintomatología del SCL-90-R no consigan descensos significativos en la evaluación post-tratamiento. 4.2. Regresión lineal de los rasgos sobre la sintomatología La regresión lineal para la sintomatología en la evaluación pretratamiento produjo los resultados que se pueden ver en la tabla 2. En general, la influencia de los rasgos de personalidad en los síntomas es baja. Aunque se obtienen modelos de regresión significativos para las subescalas de sensibilidad interpersonal, depresión, ansiedad del SCL-90-R, así como las los índices general (IGS) y de síntomas positivos (TSP) de esa prueba y para el inventario de depresión de Beck y la escala de vulnerabilidad psicológica, los coeficientes de regresión al cuadrado (R 2 ), que indica el porcentaje de la varianza de la variable dependiente (síntoma) que explican los valores de las diferentes variables independientes (rasgos) son bajos, lo que quiere decir que la determinación de la sintomatología por la personalidad es reducida. Este resultado, por otra parte, era esperable, ya que sólo una parte del efecto total de la intensidad del síntoma es debida a la influencia de los rasgos, lógicamente también esta influida por la situación (Costa, McCrae y Widiger, 2001). Si en lugar de utilizar el coeficiente R 2 , se utiliza el R 2 corregido, que indica el porcentaje de varianza del síntoma explicado por el conjunto de rasgos finalmente elegidos, y no por cada uno de ellos por separado, los valores tienen incluso a disminuir, remarcando el bajo peso que la personalidad tiene en la determinación de los síntomas. Cabe señalar únicamente tres grupos de síntomas. El primero de estos es la depresión, tanto si se mide a través de la subescala correspondiente del SCL como mediante el IDB. En el primer caso, el rasgo de apertura explica el 37% de la sintomatología (valores R 2 ) y en el segundo la combinación de neuroticismo y extraversión explican el 16,4% de la variación de la depresión. Este resultado es interesante porque indica que las dos escalas miden aspectos diferentes de la depresión. La subescala del SCL parece estar ligada a aspectos relacionados con las dificultades para innovar, pensar de manera alternativa y tener intereses variados, cuando esto ocurre, las mujeres tienden a deprimirse más. Posiblemente porque en el contexto en el que están sumergidas esa clase de tendencias de pensamiento y comportamiento son mal consideradas y son una fuente de crítica y minusvaloración. 471 16 Coolidge, F. L. y Anderson, L. W. (2002). Personality profiles of women in multiple abusive relationships. Journal of Family Violence, 17, 117-131. Corsi, J. (2003). La violencia en el contexto familiar como problema social. En J. Corsi (Comp.). Maltrato y abuso en el ámbito doméstico. Fundamentos teóricos para el estudio de la violencia en las relaciones familiares, pp. 15-40. Buenos Aires. Paidós. Corsi, J. y Bonino, L. (2003). 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