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Las azoteas de Cádiz

González-Meneses y Meléndez, Antonio

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LAS i\ZOTEAS DE CADIZ * (Fragmento de una Historia Intima) Por ANTONIO GoNZÁLEZ-MENESES y MELÉNDEZ Juana se levantaba al amanecer. Cosía incansablemente la ropa blan ca de sus hijos : los cinco varones y las dos hijas ·. Por las tardes, subía a la azotea. Juana Castañeda es un personaje borroso. Vive sin salir a la calle ¿ni a misa? años y afias. Mujer del Alcalde, precisamente en el Cent enar io del Descubrimiento de América, no hace vida de sociedad, de representación; no acompaña a su marido en las recepciones a la Reina Rege nte. No sale a nada. De joven, hizo alguna aparición. Se cuenta que, recién casada, fue al Teatro , a la Op era con una «salida de teatro» que era un albornoz de terciopelo blanco con capucha y que su aparición en el palco provo có murmullos de admiración, por - que era muy hermo sa. Era alta, no tant o co mo su madr e, erguida, de nariz fina y algo aguileña, cara alargada, sin ser estrec ha, ojos clarísimos, que guiñaba graciosamente, porque era miop e. Había sido muy rubia, pero desde joven tenía el pelo blanco. Y hemo s dicho que po r l as tardes s ubía con los suyos a la azotea. Las azoteas de Cádiz son -eranencantadoras. Todo lo que ahora se diga de ellas, aunque se diga en pr ese nt e, se refiere a los ve int e años que van desde 1882 a 1903 , los años que van desde aquel en que mi madr e tenía dos años cumplido s hasta que se casó y salió de Cádiz. En «El Cádiz de las Cort es», al d esc ribir la casa ga ditana , • Leído en Ja se sión académica del ') de junio de 1978. 58 ANTONIO GONZÁLEZ-MENESES Y MELÉNDEZ dice Ramón Solís que las azoteas tenían dos fines: tende r la ropa lavada para que se secara y recoger el agua de lluvia para llenar los aljibes que ocupaban el subsuelo del patio , en el que estaba el brocal, casi siempre de mármol y de una pieza. Esta es una verdad incompleta. Desde luego, en las azoteas se secaba la ropa tendida . En las azoteas se recoge el agua de lluvia. Por eso, en septiembre , antes de las primeras tormentas del equinocio -la sanmiguelada, el cordonazo de San Francisco-, se lava cuidadosamente la azotea , se encala el suelo y la primera lluvia se deja ir por el aliviadero y no se recoge en el aljibe. Las azoteas, además de llenar este doble papel en el ciclo del agua, eran un segundo salón, un cuarto de estar en el que la familia pasaba horas reunida, al sol en invierno, al fresco en verano, entre sol y sombra en primav e ra y en otoño. Un paraíso terrenal todo el año. Cuenta Antonio Collantes de Terán que en Sevilla, al final de la Edad Media, en las casas de dos pisos, que se llamaban soberadas, solían vivir dos familias. Y de ordinario, el pozo o los pozos estaban en el bajo . Por excepción, había brocales en el soberado, con caña cerrada hasta la planta inferior. Y a su vez, la azotea correspondía a los vecinos del piso alto. Pues bien, l os vecinos de arriba tenían derecho al pozo y los de la planta baja a disfrutar de la soleada azotea. Y este concierto de mutuas concesi ones se denom i naba servidumbre de agua y sol. Es realmente poética esta forma jurídica medieval. En Cádiz y en el siglo XTX, supongo que pasaría lo mismo, aun sin contrato, en las casas habitadas por varios inquilinos. Pero ahora se habla de una típica casa gaditana de la s que ocupaba una sola familla . En las casas gaditanas, la azotea está dividida por muretes de altura \'ar iable , entre un metro y cincuenta centímetros, que reproducen el plano de la casa. Son la continuación de los muros de carga que separan las crujías habitadas y re piten los huecos de puertas y vanos por los que se pasa de unos a otros sectores de la azotea. Estos poyet es - palabra que es un diminutivo de poyo, la forma andaluza del pod io latino - so lían est ar cubiertos en gran parte de macetas o EVOCACIÓN DE LAS AZOTEAS DE CÁDlZ 59 servían de mesas auxiliares donde se tenían los libros, los periódicos, la cesta de la costura o el rosario de la abuela cuando se descansaba de estudiar, de leer, de coser, de rezar. Cuando la familia charlaba, se reía o se preocupaba por tanto motivo de guasa o de angustia como había en aquel fin de siglo. También a veces esos poyetes servían para arriesgados ejercicios de los chiquillos de la casa, para ser usados como pis - tas de remontar cometas -barriletes se dice en Cádiz, se dice en Buenos Aires todavía-. Y así murió un muchacho de una de las mejores familias gaditanas, el joven Pacheco García de Meneses que, así, remontando su barrilete polícromo , se precipitó sobre la montera de cristales, la atravesó y qu e dó muer - to en el patio . Las macetas eran de rosales, de jazmineros , de claveles. Pero Juana se desesperaba porque los claveles de Cádiz no olían como los de Sevilla. En la azotea se reunía la familia al caer la tarde, las tres cuartas partes del año. Francisco leía, estudiaba la lección que iba a explicar al día siguiente. Era catedrático de Anatomía Topográfica y Operaciones . Y Decano de la Facultad. Juana cosía y cosía. Los niños jugaban o repasaban las lecciones. Los muchachos, la hija mayor , charlaban. Y todos, de vez en cuando, levantaban la vista ha cia un punto lejano. Desde la azotea de la casa de la calle de Ceballos no se veía el mar. Eso pasa desde la mayoría de las c:asas de Cádiz, por lo apretado del caserío. Por eso muchas de esas casas tenían -tienen - un a lto mirador de dos pis os y una planta final, cubierta o no , desde donde otear la bahía, la bocana del puerto, la mar abier - ta del sur. En SeviJia se distingue el mirador, que tiene la última planta c ubierta, de la mira qu e t er mina en una pe queña azotea a la que se sub e por una escalera exte rior de hierr0. muy empinada. Pe ro a donde se dirigen las miradas de la familia, l as de todo Cádiz es a la Torre de Tavira , a la señal que indica la lle gada de un vapor, su nacionalidad, el rumbo del que llega. Se miraba la Torr e del Vigía, porqu e se quiere saber si ha llegado el barco de Cuba , de Filip in as . El barco en que vienen 60 ANTONIO GONZÁLEZ·MENESES Y MELÉNDEZ el parie nte, el amigo herido, enferm o o quizá solo con permiso. Y las cartas. Es verdad que de Cuba, de Filipinas se tenían entonces noticias por telégrafo. P ero eran notici as oficiales. Y las de los periódicos, con la censura de guerra, no resultaban más tranquilizadoras. Es verdad también qu e se podía expedir un telegrama pa rticular. Un parte, se decía entonces . O un telégrama, con sonido esdrúj ulo que lo hací a parecer más rápido. Pero los precios de ese servicio eran, para entonces, altísimos. Todavía a Cuba, a Puerto Rico, aun siendo muy altos, porque o. La Habana cada palabra costaba tres pesetas con sesent a cén - timos y a Santiago de Cuba casi el doble . -seis , treinta-, en un caso muy grave, de muerte o de liberación se podía p ensar en usar el telégrafo. P ero a las Filipinas cada palabra suponía o die z, cinc uenta si era por vía Turquía o diez, setenta y cinco si lo era por Malta y Bombay . Si pens amos que un catedrático de Universidad tan antiguo como para ser Decano por escalafón, ganaba al año seis mil pesetas, es decir, quinientas pesetas al mes, un telegrama a las Filipinas de diez palabras, incluidas la dirección y la firma, al suponer más de cien peset as de cost e, correspondía al haber de la quinta parte del sueldo de un mes , seis días de ese sueldo. Por lo menos unas diez mil pesetas de ahora. O ve int e mil. Y eso, trasladado al nivel económi co de un capitán, de un escribiente, de un obrero, era un sueño de las Mil y Una Noches. Y si el periódico había anunciado que un vapor hab ía sa lido de La Habana, de San Juan , de Cavite, todavía quedaban días de ansiedad espera ndo la llegada del barco, porqu e no existía la radio. Se miraba la Torr e del Vigía con la misma ang usti a con que los gaditanos de noven ta año s antes contemplaban la seña l de «bata lla naval a la vista» el 21 de octubre de 1805. Ahora se miraba el semáforo erguido, la cruz negra con las señales que todo Cádiz sabía interpr etar . Si en el penol del s ur de la verga había una bola, es que un vapor entraba de levante, lo que podría significar que a través del Canal de Suez venía del lejano y amado y temido Archipiéla go. Si la bola colgaba en el penol del norte el vapor venía de ponient e, del Atlántico, de Canarias, de las Antillas ama· EVOCACIÓN DE LAS AZOTEAS DE CÁDIZ 61 das y temidas. Si además colgaba un gallardete con los colores nacionales, se trataba de un buque de guerra. Solam e nte en el caso de que la bola lu ciese en el tope del asta se podía asegurar que se trataba de un vapor procedente de Sevilla. Y de allí no venían repatriados, la frente blanca so bre el moreno rostro, demacrados por el paludi sm o o el vómito negro. Aunque sí podían venir quintos para una nueva exp edición al t eatro de la guerra. A veces, una bnndera extranjera bajo la bola indicaba la nacionalidad del buque. Y si no era es pañol no había por qué correr al puerto a ver des emba rcar a los heridos en camilla, a los convalecientes s ostenidos por los brazos sobre lo s hombros de los más fu ertes , a los so nrient es soldados de rayadi - llo, con sombreros de anchas alas o nuqueras agitadas por el viento co l ga ndo del ros o el kepi s que podían haber sido arrogantes. Don Antonio Alcalá Galiano lo recuerda: la ansiedad del amigo de su amigo: «Subamos a la torre, porque la de vigía ha hecho se ñal de «com bat e a la vista». Y luego los gaditanos en los miradores, las to rr es se llamaban -call e de las cuat ro torres, calle de las cinco torres-, en las azoteas des de las que se llega ba a ver el mar . Los gaditanos con ca talejo s, «anteojos de larga vista, instrumento muy común en los gadit anos, para quienes es registrar el mar y las nave s que le surcan agradable y constante recreo», dice Don Antonio. La Torre de Tavira está en lo m ás alto de Cádiz entre las ca lles de Bejumeda y Sacram ent o, en la calle llamada antes de las Bulas. Está cerca de la ca lle de Ceballos, de la Bom - ba. Tien e la torre algo más de cuarenta y una varas de alto. Sobre el nivel de l mar, cuarenta y un metros y vein titr és centímetros . Desde ella se divisan - usando los términos poéticos de la navegación a vela-los navíos de tres puentes a el evación de treinta millas marítimas. Lo que quiere decir di ez leguas ju stas de cinco mi l quinientos cincuenta y cinco metros , o sea, tr einta minutos de arco ortodrómico. Al go más de cincue nta y cinco kilóm etros y medio. Tenía la Torre como personal fija , a mediados del siglo XIX, tres vigías numerarios y uno supernumerario. Y de los cuatro, 62 ANTONIO GONZÁLEZ-MENESES Y MELÉNDEZ tres se llamaban Ortiz de primer apellido. Y tenía ya en 1852 una línea de telégrafo directa que la comunicaba con San Fernando. Cualquier novedad sobre la guerra se comenta de azot ea en azotea. La muerte de Maceo, por el Comandante Cirujeda, conmueve a los gaditanos. La emocionante aventura de forzar el bloqueo yan kee que por dos veces seguidas consigue el Capitán Deschamps, los entusiasma. Don Manuel Deschamps, que manda el «Montserrat» , de la Transatlántica, por dos, por tres veces, saliendo de Cienfuegos, entrando y volviendo a salir de La Habana , burló a los lebreles enemigos, a los tres días de haber sido d ecla rado el bloqueo. Tan brillante fue el hecho , que oscureció la gloria de l Capítán del «Alfonso XIII» que consiguió salir de Puerto Rico . Y nadie hablaba de D. José María Gorordo. Deschamps había vencido el 27 de abril. Gorordo, el 5 de mayo. Era el terrible año de 1898. La hazaña de Cirujeda en Punta Brava había ocurrido casi dos años antes, en diciembre de 1896. Había sido una fugaz ilusión de paz victoriosa. La llegada de los barcos de guerra, de los transportes con repatriados y con noticias completas y fidedignas tenían un triste colofón. A los dos o tres días - no se guardaba más due - lo-, al llegar las niñas al colegio de Doña Carolina, las compañeritas con babis negros no necesitaban decir con palabras su orfandad. Las colegialas se abrazaban llorando. El ren co r a los yankees no se borró jamás -lo digo en serio-, jamás, de los corazones de aquellas niñas gaditanas. Por cierto, Doña Carolina era una maestra excepcional. Hubiera sido c omo nuestra Doña Josefa Reina, si una locura senil no lo hubiera impedido. Unos años después, las niñas, al entrar en clase, vieron el cuerpo de Doña Carolina colgando de una viga. Y desde entonces no se habló de ella más que en secreto y con pena. A ese colegio asistían niñas modestas y niñas ricas, de todo el Cádiz de las clases a lta, medi a y menos que media. Siempr e fue Cádiz ciudad de gran perm ea bilidad entre los es trat os económicos y so ciales. No parecía -en esouna ciudad andaluza. De azotea a azotea no se hablaba solo de la guerra. Se ha- EVOCACIÓN DE LAS AZOTEAS DE CÁ DIZ 63 blab a de la vida. Se comentaban los progresos de las plantas de las macetas y de los estudios de los hijos. Como las azoteas estaban al andar unas de otras y solo separada s en muchos casos por poyetes bajos, iguales a los que las dividían en cada casa, aparecía una nueva ciudad plana, elevada y comunicante, en que cada manzana podía ser recorrida sin demasiado esfuerzo y, desde luego, sin peligro. Y seguramente más de un noviazgo se fraguó de azotea a azotea entre muchachos y muchachas que quizá nun ca se habían visto por la calle. Porque las visitas de confianza se podían recibir en la azotea. No así las de cumplido, tiesas en los rehenchidos sillones o el sofá del salón, el estrado de damasco amarillo y tallada caoba, de paredes enteladas ta mbién de dama sco, con delgados marcos de caoba en cada panel -panneau se decía entonces, a la francesaalfombrados suelos en invierno, esterados finamente en verano, siempre de rigurosa etiqueta . El salón de reloj de figura de bronce y candelabros de plata en la consola, de esculturas de oscura y polícroma calamina - la bella jardinera, el cazador de curvada trompa alrededor del brazoen las rinconeras. El salón de araña de cristal y cornucopias. De cortinas de encaje en los balcones y entredoses entre cada dos puertas. En el que no entraban los niño s, salvo un instante a saludar a los visitantes que habían preguntado por ellos. El salón en el que los abuelos sentados en los grandes sillones recibían la comunión pascual cada primavera de los últimos diez años de sus vidas. Así tran s curría la vida gaditana, entre la etiqueta de las salas de estrado y la confianza de las azoteas en el último quinto del siglo pasado. No e ra una vida fácil. Ni tranquila ni alegre, aunque llegara a la azotea el son de la guitarra, la voz del cantador de la taberna inmediata de la P arra a la salida de la calle de la Bomba a la plaza de Fragela. La voz alegre o triste de unas alegrías o unos tanguillos, de unas soleares -soledades, decía Don Antonio Machado; soleares, Manuel- . La voz de la juerga íntima, de los floreos del viejo Habichuela. Pero por detrás de la voz del cantador se oía fluir el canto de la guerra, el miedo del posible bombardeo de los americanos. Y eso que la familia tenía el inmenso or- 64 ANTONIO GONZÁLEZ-J\IENESES Y MELÉNDEZ gullo de que Alberto Castaños, el marido de Juanita, la hija mayor, había montado en toda la bahía una red de minas submarinas que se podían hacer estallar a voluntad desde una caseta del puerto. Castaños era un marino de guerra, cultísimo, con dos especialidades: electricista y torpedista. Se le condecoró por el dispositivo de defensa que había emplazado en los luga re s clave de la canal de ent rada, de los fondeaderos esenciales. Cuando años después se desmontó el aparato, por incuria o desidia, una explosión costó alguna vida y en Cádiz se decía que no habría pasado si hubi era dirigido la operación Castaños. Hace pocos años he subido a la ::i.zotea de la calle de Ceba - llos. Está construida en parte con lavad eros y cuartos de chismes, sucia, destrozada. Pe ro los niños que en ella habían jugando hace ochenta, noventa, cien años se reconocerían en la linda niñita que mecía una muñeca, aunque no sepamos cómo se llama , de qué familia es, desde cuándo los suyos habitan esa casa, ahora dividida en cinco o seis viviendas. Y se sigue viendo la pla za ele Fragela, el Gran Teatro , que por entonces se quemó en un incendio pa v oroso y ahora se llama de Falla. Y casi se ve la amada Facultad de la que Francisco se sentía hijo, marido , amante y pa dre .