La política hidráulica en el valle del Guadalquivir
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LA POLITICA HIDRAULICA EN EL VALLE DEL GUADALQUIVIR (*) Por JOSÉ F. ACEDO CASTILLA l. E L AGUA, CLAVE DEL DESARROLLO Aunqu e a primera vista par ezca lo contrario, Andalucía es el cuer po hispánico de perfiles más precisos. Anda:lucía comprente ocho provincias, re sto de cua tro reino s medievales, que tienen por techo la mole pesada de Si er ra Morena. Si decimos que Andalucía concluye en Despe ñap erros, daríamos una respuesta no muy alejada de lo verdadero. Mas si la Ma riá nica amojona el ce ntro · de la línea fronteriza nórdica, no sucede lo propio en ninguna de sus alas. Por Badajoz y por Murcia, lo andaluz expande su sabor por encima de las recortaduras geográficas. La historia ha podido en ambos casos más que las catalogaciones geográficas. La lín ea del Guadiana . por Badajoz, M ér ida y la flecha de las minas de azogue de la desembocadura de la Manc ha , dividen a Extremadura en dos partes, de las cuales la meridional es sustancialmente andaluza. Los pueblos de Barros ofrecen una prolongación efectiva del s ist ema anda lu z, con sus hábitos diario s, sus regímenes alimenrticios, y h as ta la exis· tencia de sus casas blanquísimas enjalbegadas de cal, son -co mo dice Juan Berni er - muestra del deseo atávico de los andaluces de imitar las fachadas de mármoles romanas, como si esto fuera una manera, humilde y aristocrática a la ve z, de revestirlas de (*) El original fue dado a conocer en la R eal Academia Sevillana de Buenas Letras, en las sesiones de 23 de noviembre y 9 de dic iembre de 1977.
102 JOSÉ F. ACEDO CASTILLA la noble toga, cán dida y patricia. Con Murc ia sucede cosa análoga, pues la estela tartésica, médula de lo anda lu z, estaba en - clavada en el cabo de la Nao. Las ocho provincias andaluzas y Badajoz forman una unidad económica y sooial que conocemos con el nombre de mediodía. D entro de su t errit orio -que ocupa el 21 ,63 por ciento del total nacionalexisten dos zonas con ejes distintos. En la parte occidental está el valle del Guadalquivir, el que une a cinco provincias : Jaén, Córdoba, Huelva, Sevilla y Cádiz, las cua 1 Ies incluyen a Badajoz. Y en la parte oriental se agrupan Granada, Málaga y Almería. Andalucía ha tenido siempre fama de ser región rica. Las márgenes del Bctis significaron para los antiguos lo que para los .españoles del siglo xvr fue el Eldorado fantástico e inasequible. Anacreonte, que oyó ponderar los encan to s de la tierra de Argantonio, la pre senta como resumen de toda dicha en el suelo, tan colmada como que prolongaba la vida de sus habitant es más allá del siglo y medio. Plinio, que había estado en España como « procurator de la España Citerior» -en tiempos de Vespasi ano-, aseguraba la prodigiosa fertilidad de la B ética, por lo que no es de ex trañ ar que, ante tan cálidos elogios, Platón coloca ra la utópica ensoñación de la Atlántida en un lugar del que la región de Cádiz era uno de los puntos europeos con que aquel co nt inente se hallaba en co ntacto. Mas pese a ser Andalucía la ll anura más extensa de la Península Ibérica, la que posee mayor resen 1a de minerales -en el triángulo Badajoz, Huelva y Sevillay estar sus tierras en - teramente dedicadas a la agricultura y a la ganadería, es lo cierto que hasta hace muy poco tiempo no ha d esp legado las velas de l desarrollo. Sobre este tema se ha habl ado y escrito mucho, pero yo creo, honradamente, qu e la clave del subdesarrollo andaluz estaba en la carencia de infra estruct ura y con - cretamente en la falta de agua, sin la cual no hay cultivo, no hay ind u stria, no hay vida. Y es que . el ag ua es una necesid ad vital unida al destino hum ano, razón po r la cua l el hombre ha sido siempre «el eterno bu sca dor de agua». Un río, un pozo, un arroyo o un manantia,l han sido tesoros má s vailiosos qu e una mina de diamantes.
LA POLÍTICA HTDR\ULICA E~ EL VALLE DEL GUADALQUIVIR 103 El pozo, la fuente o el río han sido el eje de los campamentos de los nómadas y de las grandes aglomeraciones urbanas. Por un pozo disputaron los siervos de Abrahán con los siervos de Abimelec, como narra la Biblia. En el mismo libro sagrado pu ede ver se cómo el agua de riego o de la lluvia es considerada como uno de los mavores dones del cielo y como uno de los más significativos símbolos de las bendi oiones divinas. Ello explica que cuando los árabes ll egan a Granada y se encuentran con un río a su disposición, todo lo hagan girar alrededor del agua, como si quisi era n d esqu itarse de la sed angustiosa de muchas generaciones de antepasados en el desierto. Por ello -tal vez- , mientra s en los palacios de la Alhambra, los jardines, los salones y las d epe nd encias, se ordenan alrededor de una fuente, los poetas del Ad-Andalus explican el agua por s.us imaginables semejanzas con el hombre . Así, por ejemplo, Sad Al-Jaiz, ante una noria desbordante de agua, dice en su poema que «parece un e namorado incurabl'e que da vueltas en el lugar de sus antiguas citas». Pero es que los poetas cristianos, desde el siglo XIII a nuestros días, también valoran lírkamente el agua como metáforas de muy otras y abiertas posibilidades 1• Berc eo se vale de la ·imagen del agua para representar el fluir placentero y salvador de la verdad religiosa : «Las cuatro fuentes claras que del prado manan / los cuatro evangelios, csso significaban»; Fray Luis ve en e1 l agua un medio peripatético de averiguación lógica: «do manan las fuentes / quién ceba y abastece los ríos / las ete · rnas corrien tes». y Sa n Ju an de la Cruz corno imagen o símbolo de lo e terno y sobrenatural: «Aquella fuente eterna está escondida / mas yo sé d onde tiene su guarida». En el Siglo de Oro, tanto en la poesía cul ta como en la po esía popular de Lope de Ve ga y sus seguidores, el agua es la metáfora predilecta de lágrimas fe lices o lame ntosa s, hasta qu e en la generación del 98, vuelve a tener j erarquía de elemento lírico de primer orden. Dentro el e este grupo, Unamuno en su l. Sobre el t ema •El agua en la poesía hispánica• puede consultarse Ja Antolo¡:ía edi ta da por el Instilulo «F ray Bernardino de Sahagún•, del C.S.I.C., Prólogo de Antonio Gamonccla. Publicada con ocasión del III Congreso Nacional de Comunidades de Regante~. ce l ebrado en León Jos días 1 al 4 de julio de 1972 .
104 JOSÉ F. ACEDO CASTILLA áspero y denso soHloquio encu en tra un agua de fluyente perennidad: «aguas que pasas soñando / tu pasar es tu soñar»; Antonio Machado en su pensamiento po é tico y filosófico rescata del agua la condición de «fresca y transparente», y Juan Ramón Jiménez, conforme a los módulos del modernismo, aúna la realidad externa con el sentimie nto interior que Ja presencia del agua Je sugiere, en una tonailidad íntim a y melódica: «Agua limpia y callada del remanso doliente / a tu paz he venido a pensar los dolores / porque te llenas de sentimientos de oro» . Y tras pasar por la poesía pura de Pedro Salinas y Jorg e Guillén, que hacen del agua uno de s us objetivos po éticos princi - pal es, llegamos al momento actual en que el agua ya no es valorada líricamen:te, sino dramáticament e : « Si no llueve antes de un mes, tendremos restrfrciones», suele l eerse en la prens a diaria. De seguir las cosas como van, «dentro de unos años el mundo puede perecer de sed», dice un informe de la FAO, lo que se ex¡Ylica, ya que las reservas de agua son limitadas, y el mundo, a medida que avanza en su desarrollo, demanda más y ~ás agua. Frente a los dos litros que consume al día un abo - rigen australiano, en los Estados Unidos el gasto diario por habitante es de 1.200 Htros. La indu stria precisa cantidades ingentes de agua. R efinar un barril de pe tróleo exige 3.000 litros de agua; obtener una ton e lada de acero, 250.000; una tonelada de caucho sintético, 2.500.000 litros. En la agricu1tura el consumo de agua para el riego exige también volúmenes importantes. Aunque la s necesidades varían se gún l os cultivos, puede calcularse una dotaoión de 8.000 m etros cúbicos por hectárea y año. Mas si pensamos qu e los recursos mundial es de agua dulce disponibles por año se estiman hoy en 20.000 Hm 3• y que la población del globo alcanzará Jos 20.000 millones de habitantes dentro de un siglo, aproximadamente, se co mpr e nd e qu e es preciso reflexionar cuidadosamente sobre este prob lem a. La preo cu pación a esca la mundial de los problemas del agua ha fruotifücado en numerosas reuniones y congresos de organismos int ernacionales (UNESCO, FAO , Consejo de Europa, Comisión Económica para Europa, OCDE, CEPAL), en los que se han intentad o sentar las bases y marcar la pauta para una ges-
LA POLÍTICA HIDRÁULICA EN EL VALLE DEL GUADALQUIVIR 105 -tión eficaz del agua. Por su mayor resonancia puede citarse la Conferencia «Agua para la paz», celebrada en Washington en 1967, y la «Ca rta del Agua», promuJ.ga·da por el Consejo de Europa en Estrasburgo un año desipués (16 de mayo de 1968). Este úl· timo documento, que define la fi.losofía del agua en su sentido más amplio, constituye un antecedente de gran valor para es1ablecer unas líneas de actuación de política hidráulica eficaz. Sus aspectos · más importantes podemos condensairlos en los siguientes puntos : a) Dominio público de todos los recursos hidráulicos, tanto s up edicia'1es como subterráneos, par a obte n er la uni<dad fun- . cional del agua y lograr su máximo aprovechamiento. b) Ex ist encia de un plan hidro lógico que contemp le las disponibilidades y demandas a corto y largo P'lazo, y establezca las reservas necesarias para los diferentes casos, así como el orden de prforidad. c) Explotación planifi cada y controlada de los recursos dentro del marco de cauces naturailes. d) Con se rvación de los recursos mediante la lucha contra la contaminación -ve rdadera plaga de nuestro tiempo--, como consecuencia de esa cos tumbre generaolizada de utilizar las rías como grandes oloacas cómodas y baratas para el vertido de aguas residuales. !I. LA PROBLEMÁTICA HIDRÁULICA ESPAÑOLA Pues bien, gran parte de estos princip-ios -por no decir todos -están recogidos en nuestra legislación muchos años antes a la promulgación de la «Carta del Agua». Mas esto no ha s uc ed i, do por aza· r, sino sencillamente porque Esipaña es un país de gran tradición en ma · teria de aprovec hami ento de aguas. La historia de esta l abor está escrita en nuestra geografía so br e suces.ivos capí tulos que van desde la s presas romanas de Pro serpina y Cornalbo, pasando po r las presas de Alman sa (siglo xv), Tibi (del xvr), Elche y Relleu (de l XVIII), hasta ll egar a las grandes presas cons truid as por
106 JOSÉ F. ACEDO CASTILLA el Estado del 18 de Julio que han multiplicado por diez nuestra capacidad de embalses, y que por su número y volumen nos colocan en el tercer lugar en el mundo después de los Esta - dos Unidos y del Japón. E stos lagos artificiales han creado en . nuestro país unas riberas interiores que equivalen al doble de nuestras dilatadas costas marítimas. Y de esta suerte España -como decía Fernández de la Mora 2 -, de ser una tierra a medio hacer, se ha convertido en «un país de lagos». Ello explica nuestra gran experiencia en materia de riegos, de las que son muestra instituciones como el venerable Tribunal de las Aguas de Valencia; la existencia en plena Edad Media -cuando la teoría de la personalidad jurídica apenas estaba esbozadade asociaciones de regantes que continuando los sistemas aprendidos de romanos y árabes -origen de las ricas y fecundas vegas de Granada, Mu roia, Valencia y Aragón- , con los nombres de hermandades, juntas , sindicatos, et c ., velaban por la justa y eficaz distribución de las aguas públicas, de lo que es muestra p. e. el « Ap eo y deslinde del Licenciado Loaysa», que se llevó a efecto por expresa disposición de los Reyes Católicos ~recién con quistada Granaday que aún se respeta en los riegos granadinos ; el que en nuestro Derecho Histórico, concretamente en el Fuero Juzgo, el Fuero Viejo, el de Sepúlveda, en las Partidas e incluso en la Novísima Recopilación, y muy especialmente en el de las reg ion es forales de Aragón, Cataluña y Navarra, se contemplen no pocas disposiciones de capital importanci a en materia de aguas. P ero ni en nuestro Derecho histórico, ni en nuestra vetusta Ley de Aguas -califi cada por muchos de verdadero monumento legis lativo- , ni en ninguna otra disposioión de aquellas fechas, se imponía al Estado la obligación de ejecutar un plan .de obras hidráulicas, siendo ello materia que quedaba al arbitrio o iniciativa de los particular es, a los que el Estado subvencionaba en la forma y medida establecida en la Ley de Auxilios, lo que traía consigo la acumulación invertebrada de 2. Gonzalo Fernández de la Mo ra: Discurso ant e la Comis ió11 de Obras Ptíblicas de tas Corte s, en 22 de febrero de 1971. •Boletín de Información del M.O.P. », núm. 160 . Abril 1971. pág. 35 .
LA POLiTICA HIDRÁULICA EN EL VALLE DEL GUADALQUIVIR 107 proyectos no sometidos a orden ni plan, la iniciación precipitada de obras indotadas con m.j.ras elec toral es, el incumplimiento reiterado de obl~gaciones contraídas por unos y otros , etcétera. El perjuicio que así se ocasionaba a la economía nacional era ev idente , mas ello no era culpa de éste o aquél, sino consecuencia del sistema. El sistema liberal decimonónico , que tanto se preocupaba de l as relaciones entre ind~viduo y Es.tado, de garantizar el ejercicio de los derechos políticos, otorgados a aquéllos -como consecuencia de su paso de súbdito a ciudadano-, en lo tocante a las relaoi ,ones entre indiv. iduo e individuo, y entre éstos y la sociedad, practicaba el principio de la no interve nción, del dejar ha cer, razón por Ja cual, en plena euforia del libernlismo, difícillmente podía conc ebirse una int ervención estatal a base ele la planif.icación, ejecución y contro l de las obras hidráulicas. De la necesidad de una política hidráulica del Estado , no comienza a hab!arse hasta las proximidades del 98, fe cha en que es te tema se incorpora a la bandera regeneracionista que levanta Joaquín Costa. Costa, que fue historiador, político, profesor de la Insti- •tución Libr e de Enseñanza y e minent e jurista, autor de obras fundamentales como El Derecho consuetudinario del Alto Ararón, Teoría del Hecho jurídico, El problema de la ignorancia del Derecho, en tr e otras, su ve rdadera vocación fue el campo y sus problemas. Hijo de pequeños l abra dor es, cue nta en sus memorias, que ll evan el expresivo título En este valle de lágrimas, que de los 6 a los 17 aftos trabajó en el campo de sol a so l, compartiendo las penalidades de la ga ñaní a. A los 17 años se trasladó a Hu esca, donde se co lo ca con un arquitecto para cuidar, por la manutención, del caballo y del coche. Y cuando se vende el coche y el caballo trabaja como peón de albafül y jabonero para poder proseguir sus es.tudios de Deriecho y Filosofía y Letras. Luego, en posesión de los dos Doctorados , obtiene una plaza de Oficial L et rado de la Administración Económica en Cuenca, y aunque fracasa en la s oposiciones a cátedra de Historia de Españ a y más tarde a la de Der echo Político y Administrativo de la Universi• dad de Valencia, en 1888 oposita a Notarías, en las que obtiene el número uno.
108 JOSÉ F. ACEDO CASTILLA Pero como decía, el «hobby» de Costa es la agricultura. Conocedor del campo, por la experiencia primero y el estudio después, del que son muestras sus trabajos «Bl colectivdsmo agrario», «El arbolado y el hombre», «Misión social de los riegos en España», «Proyecto de ley para la formación de un plan general de pantanos y cana:les de riego», «La tierra y la cuestión social», «Solaces de política hidráulica» .. ., sabe aunar en perfecto enlace lo teórico y lo práctico, por lo que postula una agricultura armónica, pues como solía decir: «sin p~a dos no hay pastos, sin pastos no hay buenos animales, sin éstos no ha y buena labor ni buen cultivo». Mas para que haya pastos, animales y cultivos se precisa de agua, que «es trigo, es lana, es fruta, es carne». Por ello pide al Estado un servicio de pozos artesianos, citando como antecedentes de esta propuesta la «Memoria sobre fomento de la población rural» de Fermín Caballero. Para defender a los labradores, a quienes llama «héroes beneméritos de la Patria», crea la Cámara Agrícola del Al to Aragón, y en el acto de presentación, que tuvo lugar en la Plaza de Toros de Bal1bastro, reitera su petición de agua para el campo y la constntoción de canales en el Sobrarbe y parte de Cata.Juña. En el mismo acto apremia a los gobernantes con estas palabras: «Regad los campos s.i queréis dejar rastro de vuestro paso por el poder. Los árab es pasaron por España; ha desaparecido su raza, su religión, sus códigos, sus templos , sus palacios, sus sepulcros y sin embargo su memoria está viva, porque han subsistido sus riegos». Con motivo de un Congreso Nacional de Agricultura, en 1880, que celebraba sus sesiones en el Paraninfo de la Universidad Central, Costa formuló el programa de la política hidráulica. Y cuando en 1896 se presenta como candidato a Diputado a Cortes, uno de los puntos de su programa es un ¡piJan de realizaciones hidiráulicas -algo utópicas, pues carecía de coorddnación interna y no pasaba de un catá logo de pantanos y canales- , prometiendo que su política en tal sentido sería como aquel trabajo de Hércules qu e consistió en limpiar los establos de Augías echando un río sobre ellos.
LA POL1TICA HIDRÁULICA EN EL VALLE DEL GUADALQUIVIR 109 Mas -como dice Ma:eztu 3-las ideas de Costa no fueron asimiladas, ni criticadas, ni depurada ·s, inclus·o por sus prnpios amigos. En efecto, cua ndo el grupo de jóvenes de la generación del 98 -Azorín, Maeztu y Barajapreparnron el llamado Manifiesto de los Tres, en el que se recogía gran parte de las ideas de Costa, se les ocurrió -según Pérez de la Dehesa 4pedirle consejo y adhesión a Unamuno, quien les contestó con una de sus saJ.idas características: «No me importa sino sectmdariamente lo de la repoblación de montes, coopera tivas de obreros campesinos, cajas de crédi to (aquí las hay) y los pantanos, ni creo que eso sea lo más necesario para modifi car la mentalidad de nuestro pueblo y con e llo su situación económica y moral» ... Esta aventura política la describe Azorín en forma de fábula en su novela La Voluntad, trasladan do la acción a «Nirvania», llamando a Costa «Antonio Honrado» y a los tres firmantes «Pedro ·, Juan y Pablo». Ma:s es Jo cierto que al poco tiempo Azorín, invadido también por el pesimismo, abandona la «tesis regeneracionista» y con ella la bandera de la política hidráulica, escribiendo páginas como éstas : « Era seca España y así debía ser. No sentía Silvino Poveda deseos de que España fuera de otro modo. Había asistido en su juventud al desenvolvimiento fulgurante e impetuoso del verbo de Joaquín Costa y se había dejado arrastrar por aquel pesimismo magnífico, inspirado ciertamente en el amor de España. Veía ahora su inanidad. A Silvia le parecí a a hora inanidad, el ansia tumultuosa de hacer de la España seca una España húm eda. ¿Y todo para qué? P· antanos, canales, azarbes, represas, pozos artesrianos, riegos varios y múltiiples, ¿i ban a salvar a España?, ¿iba la salvación de España a consistir en que hubriera agua en todos los campos? España tenía su fisonomía legendania, secular y no podía peroerla ... Lo propio bueno privativo había que intensificarlo. Y lo propio de España era el ser seca» 5• 3. Ramiro de Maeztu: La Obra de Costa. Apud. •los Intelectuales y u11 epilogo para estudia11tes•. Obras comp. Tomo XXVIII. Rialp. Madrid 1966, pág. 79 . 4. Rafael Pérez de la Dehesa: El pensamiento de Cosla y su influencia en el 98. Socied ad de Estudios y Publicaciones. Madrid 1966, pág. 188. S. Azorín: Obras completas. Tomo VI. Madrid 1947, págs. 746-47.
116 JOSÉ F. ACEDO CASTILLA barcaciones de pequeño calado a los grandes cargos que han de trans . portarlas a los lejanos países consum idor es». He aquí la causa que -a juicio de Callantedio nacimiento a Sevilla. Dado el emplazamiento de la ciudad - en la zona natural de inundaciones del ríono es de extrañar que ante sus crecidas por el Oeste (Vega de Triana) y por el Este (actuales barrios de San Bernardo y San Benito), la urbe quedara convertida en una isla. Como medida de defensa, el Guadalquivir comenzó siendo alejado del recinto urbano, el que quedó protegido por el cinturón de la antigua muralla de tiempos romanos, que debió subsistir, acaso reforzadas por los visigodos -según el Profe sor Carríazo 16 - hasta después del ataque realizado por los normandos el año 844. «Entonces se levantó un nuevo recinto, con un nuevo trazado, que cubría un perímetro mayor que el cerrado por los viejos muros», el cua l fue mandado demoler por Abderramán III, tlras «someter a la ciudad a un largo asedio, para domar a su nobleza rebelde». Estos muros -dicen algunas crónicasfueron reconstruidos por los almohades en el siglo xr, aunque -según Carriazo- «debemos entender que se hizo de nuevo la murralla con su antemuralla y los fosos. Y que esta obra es la que ha llegado hasta nosotros». Las murallas constituían en efecto una gran defensa, pero cuando se derrumbaban originaban verdaderas ca tástrofes, como sucedió en 1168, en que el agua penetró violentamente, sin dar tiempo a la gente a ponerse a salvo y derribando la inmensa mayoría de los edificios, salvo los muy resistentes , como por eje mplo la torr e del Salvador, entonces la mezquita más importante y uno de los escasos restos prealmohades de Sevilla. Diice el «Anónimo de Madr-id» 17 que Yussuff, Califa a la sazón, mandó re construir los muros de Sevilla por la parte del río, trayendo a sus expensas a los mejores té cnicos. Mas algo debió fallar, ya que treinta y dos años de spués, en el 1200, otra terr ible inundación se llevó 16 . Juan de Mata Carriazo: las Murallas de Sel'illa. •Archivo Hispalens e•, núms. 4849. Sevilla 19 51, págs . 21, 22, 30 . 17. El Anónimo de Madrid y Cop enhague. Valencia 1917 , pág. 7.
LA POLÍTICA HiílRÁULICA Et-: EL VALLE DEL GUADALQUIVIR 117 -según el Anónimoseis mil casas de S ev illa y dejó setecientos cadáveres en los arena-les. Y es que el cimentar las mur allas en la parte que mira al río, no era cosa fácil por tener que asentarse sobre terreno ba s tante permeable. Cuando la Confede ración del Guada 1 lquivir s-e encargó de la construcción de las defensas de Sevilla en la zona que va desde Ja estación de Córdoba hasta la Barqueta, se hicieron ensayos de laboratorio para determinar la permeabilidad del sueilo sobre el cual se asentarían , y corno el resultado fue poco satisfactorio, hubo de renunciarse a hacer muros de fábrica, sustituyéndolos por terraplenes. Si ésto le ha sucedido a la Confederación , con los m edios técnicos de que dispone, podemos explicarnos las dificultades que para ello encon trarí an los árabes y sus repetidos fracasos a pesar de la inte-rvendón de los «mejores arquitectos>> de Yussuff, entre los que se encontraban técnicos que fueron capaces de cimentar la Torre del Oro -que ha resisti do lo s embates del río durante siete sigilos-y el famoso Ahmed Ibn Baso, que hizo lo s cimientos y la parte baja de la Giralda. En el período comprendido desde el 1200 al 1877, el Catedrático que foe de la Univ ers idad de Sevilla, don Francisco Borja Palomo 18, señala ochenta y nueve grandes riadas. Y d esde esa fecha hasta 1903, Sanz Larumb e, en su «Proyecto de las obras en defensa de Sevilla contra las inundaciones» 19 , da numerosos datos de las que ha s ta esa focha se habían producido. Fr ente a tan repetidos azotes , sorp · rende la pasividad de las auto .r idades de Sevilla, qui enes en lugaT de rea lizar obras que procurasen un desaho go al discurrir del Guadar.quivir, se limitaron a confiar en las primitivas murallas, y a utilizar en su interior -cuan do el río se salía de madremedios tan rudimentairios como el tapiar las puertas de acceso de la ciudad 20 y obstruir - normalm e nt e con colc hones qu e prestaba 18. Frandsco Borja Palomo: Histor ia critica de las riadas o grandes avenidas de l Guadalquivir en Sevilla desde su Reconquista, hasta nuestros días. Sevilla 1878. 19. Javier Sanz Larumbe : Proyecto de las obras e11 defensa de Sevilla contra las inundaciones ( In édita). Copia de este Proyecto y su Memoria se encuentra en los Archivos de la Comisaría ele Aguas del Guadalquivir en Sevilla. 20. En el Postigo del Aceite se conservan aún las regalas embutidas en la pared
118 JOSÉ F. ACEDO CASTILLA el propio vecindario o se requisabanlos d esagües de husillos y re sidua les. Todo ello era un arma de doble filo, ya que por un lad o era frecuente que como consecuencia del embalsamiento de las aguas llovedizas sum adas a las pro cedentes de filtraciones y las propias residuales, se produje sen "ª posteriori » epidemias qu e diezmaban la población, y por otro, que sobrepasando o rompiendo el río tan débil balua rte se entrase en la ciudad ocas iona ndo ruinas irreparables. De estas inundaciones, Carriazo 21 , basándose en un texto inédito de Pero Carrillo de Huete, Halconero de Juan II, nos da una relación de la acaecida en 1434-1435, « la ma yor avenida que los vivos se acuerdan». Y Borja Palomo 22 ha ce un r elat o verdad era mente s obr ecogedor de la de 1626, año qu e por muchas generaciones posteriores fue conocido como el del «diluvio» y de la que -dice Palomotenemos noticias pormenorizadas por la carta que en aquellos días dirigió el Licenciado Rodri go Caro a don Francisco de Quevedo, dándole cue nta del luctuoso suceso. S egún Rodrigo Caro, «en la noche del 24 de enero de dicho año -1626el río por lo mucho que había llovido ocho días ante s, en tró en Sevilla acometiendo con gran ímpetu las mu - rallas y puertas de la c iudad , rompiendo la del Ar ena l y anegando cuanto hay desde la Pu erta de Jerez a la Ma carena, por lo qu e se ahogaron muchas gentes al no poder salir de s us casas por ser la media noche y estar descuidados. Aguas del cauce de San Jerónim o acometieron al Hosipital de la Sangre y anegaron las P arroquias de San Julián, Santa Lucía y la calle Sol, mientras por el otro bar . de del río, Triana también quedó anegada, llegando las aguas al a ltar mayor de la lgfosia de Santana, enclavada en la parte más alta de la población». Los daños y pérdidas causados con esta riada los cifra Ortiz de Zúñiga 23 en cuatro millones de ducados, añadiendo que en las que se in se rtab an tablon es de doble mamparas que se rellenaban de tier ra . Según Julio Alvarez Rubio, en su artí culo • Régolas y Canales• -e n •A B C•, 13 - 12 - 197 7- • la mbién las babría y aun debe haber l as en J os portales de muchas casas (especialmente en Ja Alameda, Puerra Real, calles Canlarra nas (Gravina), Pa jería (Zaragoza) ... )>. 21. Juan de Mata Carriazo: Sevilla en el siglo XV : Una relación in édita de la riada 1434 - 1435. •Ana l es de Ja Universidad Hispale nse •, Año IV, n úm . l. Sevilla 1 94 1, pág s. 5-22 . 22 . Francisco Bor ja Palomo: Ob. cit .. Tomo 1, págs. 2.m-26 9. 23 . Diego Ortiz de Zuñig a: Anales ec l es iásticos y seculares de la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla, Tomo IV. Impr e nta Real. M adrid 1 796, pág. 3 16.
LA POLÍTICA HIDRÁULICA EN EL VALLE DEL GUADALQUIVlR 119 3.0 00 casas quedaron destruida s, muchas en ruina y la m ayo ría r esent id as y apunta lad as, «lo qu e hizo indispensable prohibir p or bastante tiempo el uso de coches y otros carruajes». En el último párrafo de su carta , Ro dri go Caro se hace eco de las habladurías y murmuraciones del pu eb lo que ac ha ·ca ba los grav ís im os daños que se produjeron a la negligencia del Asís.t ente -F e rnando R am írez de Fariñasen tomar prontas y sa lv adoras medidas, y a la irr esponsablle conducta de los Diputado s del Cabildo, quienes se marcharon a dormir en los momentos de peligro. Estas acusaciones se rían fundadas o no, pero lo que sí es imputable a negligencia c ulpos a fue lo sucedido en 1876 y lo que pudo ocurrir en 1892. En efecto, al construi . rse el ferrocarril de Córdoba a Sevilla, el Ayunta miento en 1863 d err ibó las murallas, no quedando má s defensa q ue el terraplén de la vía fé rrea. A sí las cosas, en 1876 -según el re l ato de B or ja Palomo 24 -, « de sp ués de tr es años de escasas lluvias en t oda Andaluc ía, llovió en abundancia en el mes de noviembre, pero este acon tecimie nto natu ral, ord inari o en esta esta ción, y e ntonc es muy d esea do, ni re mo tam e nt e suscitó los temo.res de una próxima s ubida , o crecida del Guadalquivir». P ero «en la noche del cuatro de diciembre , las Autoridades de Sevilla -contin úa Pal omose vieron sor pr end idas por un telegrama reoibido de Peñafüor comunicán doles que por allí, de súbito, bahía crecido el río cin co met•r0ts sobre su ni vel ; dos me tro s más en la mañana siguiente y otros dos por la noche -según nuevos avisos-y que co ntinuaba el ascenso de Ias aguas. Los del día siete anunciaban qu e las aguas tenían on ce m etros so bre el nivel or.dinario del río, lo que -a ju icio de los prá ct icosdebía producir en la ciudad en aque lla noche un a elevación de tr e in ta y siete pies, o sea, 10, 28 6 m., altura nun ca conocida. El día 8 amaneció con so l hrillante, c on lo qu e renació la esperanza de los sevillanos, pu es habi e ndo cesado por completo el temp oral era lo lógico que empe - 24. Francisco Borja Palomo: Ob. cit., Tomo lI . De este vol um en posee don Ju lio Ah·arez Rubio un curioso ejempl ar manuscrit o (sin autenticar) p or don Antonio Filpo.
120 JOS É F. ACr.DO CASTILLA zaran a descender las aguas. Mas a las tr es de la tarde de ·dic ho día flanqueó el terraplén del ferrocarril en el kilóme· tro 129, cerca del ángulo NO de los tall eres de la Compañía; se abrió en ól una pequ eña brech a que pronto tomó grandes proporcione s has.ta alcanzar en po co más de una hora setenta y dos met ros de ancho, precipitándo se por ella una inmensa mole de agua, qu e inu ndó en pocos momentos todas las huer - tas y predi os de aqu ella zo na h as ta ll egar al· malecón que desde la fachada principal del Ho sp ital s igue ha sta la Trinidad. Afortunad amen te hab ía e mp ezado el descenso antes de romperse el t er ·raplén, Jo que facilitó so br e man era ol pronto des· agüe a trav és de Sevilla. Algunas hora s más hub ie ra sido bastante -ase gur a Borjapara que las ag uas del río y las de la ciudad se hubieran nivelado, multiplicando de es ta manera a terradora el no pequeño número de ruinas y perjuicios». Pero si grande fue el peligro en que estuvo Sevilla el día de fa Purí si ma de 1876, en much a ma y or me dida lo estuvo el 10 de mar zo de 1892 en que las aguas se elevaron a 12,10 metros , estando a punto de saltar a la vía férrea, cosa que no su ce dió gracias a unos muretes que se co nstruy ero n apresuradam e nte parnlelos a aquélla. A pa r tir de esta fecha comenz aron a es tudiarse diversos proyec tos para defender a Sevilla contra las inundaciones producidas p or las crecidas del Guadalqu ivir, siendo de destacar el reda c tado en 1895 por los Ingenieros don Mari a no .de Cárcer y don Juan Ochoa, ajustándose a las pre sc ripcion es de la R. O. del Ministerio de Fom e nto de 5 de junio de 1893, en la que taxativamente se señala ba n «las obras que de bían comprenderse en el proyecto». Según se lee en la Memoria 26, Cárcer y Ochoa, partiendo del hecho · in c ontrovertid o de qu e es t and o cons truida la capital y su barrio de Triana d entro de la verdadera vega, en la zona natural de inundación del río ; qu e Ja s obras , plantaciones, arbolados y casas construidas en ella, hacen que apenas quede 2 5. Mariano de Cárcer y Juan Ocho a: Anre pr oyccto de la s obras necesarias para defe nder a S ev illa con tra /as inundacio ne s producidas por los cattces del Gttadalqttivir y sus aflttentes. Mem or i a. Tip. El Pr ogreso. Sevilla 1896, págs. 7, 54, 55 , 63.
LA POLlTICA HJDR.{ULICA EN EL VALLE DEL GUADALQUIVIR 121 al río otro paso ni desagüe de importan cia que el estrechísimo y mal dispuesto ~para es.te caso especia lcomprendido entre los muros del muelle de San Telmo y los muros y escapes de la orilla opuesta, el que prnvoca un embalse considerable que imposibHita, ha ce ineficaces e .incluso .peligrosas las obras de defensa qu e se intenten en el mismo, es por lo qu e propugnan -para dar desagüe a esa zonala constr ucdón .de una corta que parti e ndo de la desembocadura deil Rivera de Huelva, dese mbocase 8.745 metros más abajo, frente a San Juan de Aznailfarache, en el cauce preexistente, después de cruzar entre la Cartuja y el Cortijo de Gambogaz, como a unos cien metros de éste. De este proy ecto -que acabaría perdido en el cajón de la mesa de un , despa c ho de alguna Dirección Generalnunca más se supo. El qu e resultó aprobado -en 1903fue el de don Javier Sanz Larumbe -a ·l que antes nos refer.imosy que consistía -en esenc iaen la realización de un muro que rodease a Sevilla casi en su totalidad y cuya coronació n quedara por encima del nivel de las máximas avenidas, sin perjuicio de desviar ~ l Ta gare te y el Tamarguillo, unid os en la Cruz del Campo, hacia el Guadaira, que vertía a la a ltura de la Dehesa de Tablada, y preveer embalses de regulación y otras medidas correcto ras que, s umadas todas, paliasen el reiterado peligro de las inundaciones en la capital andaluza. Todo cuanto antecede contribuyó a mentalizar -de momentoa un grupo de sevillanos, en la necesidad de ocuparse del río, en arbitrar un medio de defensa eficaz de la ciudad contra las avenidas del Guadalquivir, de lo que dieron muestras en 1907 ante el proyecto de otra trasc en dente obra que habría de modificar esencialmente la fisonomía del río en su .paso por Sevilla. Nos estamos refiriendo al proyecto de la Corta de Tablada . Las inciden cias que provocó este proyecto .!as conocemos a través de un folleto que pubilicó la Junta de Ob ras de la Ría del GuadaJ1 quivir y Puerto de Sevilla, bajo el título «La Corta de Tablada». La · lectura . de este folleto es sumamente interesante. Según resulta de su contenido, la cuest. i6n del tránsito del
122 JOSÉ f. ACEDO CASTILLA Guad alq uivir por Sevilla dividió a la op1 mon, entend iendo cada c ual po r su lado y de forma diferent e el trat amiento que h abía de dárs ele. P or una parte es taban los qu e a nt epo nían los int ereses p urament e co mer ciales, y · por ello daban p refe - rencia a tod o lo que supusiese una mejo ra pa ra el Pu erto ; de otra, los que, esc armentados , y teniendo aún en su memoria las últim as grandes i nundaciones (princi palm e nte ilas ya · re f eridas de 18 76 y 1 892), dab an i ndiscutible primacía -sin perder de vi sta en último ex tr emo aquel otro asp ec toa la defensa de la ciudad. El proyecto de la «Corta de Tabla da» se encontraba en Ja línea de ·los . primeros , por lo qu e fue impugnado por un grup o de comerciantes, industrial es, propi eta rios e incluso por profesionales, en tot al ciento se tenta y sie te 26, «número verdaderamente exig uo dentro del Co merci o e Industria de la Capital» - se gún se dice en el info rme qu e emiti ó Ja Cámara Oficial de Comercio, Indu s tria >' Navegación de Sevilla. E stos oponentes propugnaban el que en Jugar de la «Corta de Tablada » se realizase lo qu e lla maban «Corta del Guadalquivir», en ·definitiva, el proyecto de Cárcer y Ocho a, que no suponía más que una prolongación rectilínea del tramo ll amado de «Las Pitas» (entre San Ju an de Aznalfarache y Gelves), con lo que el Pu er to encontraría en sus már ge ne s su mejor y más sa tisfac tori a ubi ca dón. «Se nos dirá - léese en el escr ito de imp ug nación - que con esta so lu ción el tramo (del río) que cruza Sevilla también tendría dos bocas. Es verda d: una en el origen de la corta, en cuyo punto se construiría un fuerte cerrn111iento a través del río y al est ar ejec utado qu e daría la parte comprendida e ntr e este p unt o ha s ta S an J uan de Aznalfarache conver tida en. un hermoso estuario, dentro del cual es tá el P uerto de Sevilla; y en la otra bo ca, o sea, en la d ese mbo cad ura de es te gran estuario, y en el punto más convenie nt e, po d rá co nstruirs e un barco-pu erta (equiva l ente a una exclusa) con sus respectivos acompañamientos, a la altura de la explanación del muelle, 26. Entre los firmantes des tacamos, por resultamos más conocidos, a Pedro Vel~ sco y Cfa., Pinillos y Cía .. !sacio Contreras y Cfa., Domingo de Caso, Andrés Uñ ero. Baras H ermanos, Hortal, Francisco Valdés, Peinado y Cfa., Pedro Salvador, Antonio Jap ón, Calixto Paz. Gabriel Delclós, Francisco Roldán, Pucyo y Cfa ....
LA POLÍTI CA HlDRJ\ULJCA E'.'l EL VALLE DEL GUADALQUIVIR 123 par a poner a cubierto la entrada de las agua s cuando convenga en el cita do estuari o, que en este caso qu e daría hecho una dársena, que es la qu e en realidad libra de con ting e ncia a todo lo qu e en el pu er to hubiera, en ti e mpo de avenidas». La Junta de Obr as del Pu er to, a trav és de su Dir ector facultativo, don Luis Moliní, los contradice en los siguientes término s: «¿No se les alca nza que el régimen que dicen de estu ario, que preconizan para el pu er to de S ev illa, produ cido por el famosís imo barreaj e y por el no meno s famoso barco · puerta qu e dese an colocar en su extremo de agu as a bajo, sería el más apropiado para qu e perdiera fondos el tramo del pu er to, cegá ndos e rápidamente?» «¿No sa ben que en el río Guada lquivir todo espacio cer rado, o todo espacio a brigado qu e se proporcione a sus aguas, se llena de de pó s it os, de tal manera y con tal velocidad, qu e en esta propiedad precisamente se basan las obra s qu e de inmemo rial se ha cen para regularizar sus márgenes?» «¿ No temen qu e el barr eaje y el barco -puerta y el dique de que han de formar parte, sometidos a la s presiones debidas a diferen ci as e norme s de nivel que, en caso de avenidas, han de existir ne cesa riame nte , cons titu yen un peligro esp antoso para el puerto y para toda Sevilla, si el di qu e, el ba rreaje y el bar co faltara una vez? Ent onces -afiade Mo liníes cuando el río Gua dalquivir , en avenidas, podría arrasar los muelles, el pu er to y una buena par.te de la población y el barrio de Triana , con la rá pida e imp et uo· sa entrada de las aguas contenidas por aquellas defensas». El recurso fue desestimado por el Mini ste rio de Fomento , tra s lo cual se pro ced·ió a Ja ape rtura de la Corta de T abla da , con lo que el río se desplazó un kilómetro a proximad ame nt e hacia e.! Sur, y se s uprimieron -en 1926- .Jas vueltas de Los Remedio s, Tablad a y Punta del Ve rde . Con la eje cución de las obras expresadas, la situación de Sevilla quedó bastante aliviada. Mas no sucedía as í con el Pu erto y el Ba · rrio de Trian a, por lo cual -para su defe ns a y protecciónen 1948 la Junta de Obras del Puerto -rectificando su anterior c riteriodes v ió el Guadalquivir, que hasta esa fec ha corría por Sevilla, a la Vega de Triana -entre Cha-
124 JOSÉ F. ACEDO CASTILLA pina y Las Erillas-, dejando en dársena al Pue ·rto, a-1 cerrar el cauce antiguo con un muro por la parte Norte (tapón de Chapina) y, en el Sur, con una exclusa en la Punta del Verde. El Guadaira también fue desviado, llevándolo hasta aguas abajo de la exclusa, y el muro de defensa se camp'1etó, construyendo uno nuevo desde Chapina a la exclusa y de ésta a Heliópolis, donde empalmaba con el ya construido. Con ello quedaba protegida Triana y defendidas 2.406 hectáreas. Las ventajas que estas obras significaron para el Puerto de Sevilla son evidentes. Se ,consiguió con ellas darle un calado constante -el de la pleamar viva mensual-, y se evitaron totalmente los . perjuicios ·de las avenidas que interrumpían las operaciones portuarias, inundaban los muelles y ponían en peligro los barcos, que incluso llegaban a quedar en seco sobre los muelles al terminar la avenida. Para la población urbana fueron también muy beneficiosas, ya que con ellas y con el muro de cierre que por la vega se construyó cesaron las frecuentes inundaciones de Triana y de todo el caserío de la margen derecha, que hasta entonces carecía totalmente de protección, además de que se alejaron de la población los colectores de aguas negras. Sin embargo, poco después de efectuado el cierre, un periódico comenzó una campaña pidiendo que el río corriera por debajo de los puentes de Sevilla, para lo que pedía se construyese una exclusa (querría decir unas compuertas, ya que la e~clusa es precisamente una instalación para que pasen barcos sin que pase agua en el fondo de la dársena). Esta cam - paña -que de cuando en cuando se reproduce como un brote epidémicono hay duda que causó impacto en la opinión pública, razón por la cual la Dirección General de Obras Hidráulicas -aunque las obras de la dársena fueron de carácter portuario y ajenas por tanto a aquella Direcciónpidió informes al Comisario de Aguas del Guadalquivir, quien en 29 de febrero de 1968 contesta con lo que llama «Suscinta nota sobre la desviación del Guadalquivir a su paso por Sevilla y de man-
LA POLÍTICA HIDRÁULICA El'< EL VALLE DEL GUADALQUIVIR 125 tener el malecón de Chapina sin compuertas» 27, en el que sustancialmente dice lo siguiente: l. ºEs totalmente · imposible que el agua del ria circule normalmente por gravedad a lo largo de la dársena, por ser la cota del espejo del agua en ésta mayor que en el río . Sólo cuando se presenta una crecida superior a los 500 metros cúbicos la · cota del agua en el río supera a la de la misma dársena, pero estas crecidas, según datos estadísticos de un decenio, sólo se dan treinta y tres días al año. La mayor parte de los días, el nivel del río está sometido exclusivamente a la influencia de la marea que llega a ser 1,50 m. más abajo que en la dá-rsena. 2.º -P ara conseguir el efecto de que el agua corra bajo los puentes, sería preciso bombear un caudal IIl!Ínimo de 100 metros cúbicos, lo que requiere una central y un gasto de 3.000 Kw. Con este caudal sólo se conseguiría una velocidad en la dár sena de 0,20 m3 por segundo. Pero no es esto solo. El agua de la dársena --como demuestran los análisis que periódicamente realiza la Comisaría y el «Es tudio .limnológico previo de . la dársena de Sevilla y sus condic iones de eu trofizaoión » realizada por el Centro de Estudios Hidrogr áficos de la Dirección Genera 1l de Obras Hidr áulicas -en 4 de Noviembre de 1970-, está menos polu ciona da qu e la del río que contiene materias orgánicas en suspensión en la mayor parte del año. Esto unido a la escasa velocidad que se conseguiría --icon el procedimiento expuesto-, exigiría jun to con la ya citada estación de bombeo, una estación depuradora, :pues de n~ existir ésta se orig inarían no sólo focos de putrefacción y malos olores, sino también sedimentos que obligarían a un continuo y periódko dragado de la dársena. Más dejemos este problema -al que nos volveremos a referir despuéspara continuar con la s obras de defensa. Con 1a construcción del «M uro de Chapina» y la desviación del Tamarguillo directamente al Guadalquivir, al Norte de la 27 , Este informe -como consecuencia de una reunión interm inistcrial-fue reiterado por el Comisario Jefe de Aguas, don Toribio Villalobos Casado, en marzo de 1970, acompaflándolo de una serie de fotografías de Ja Dársena y numer osos análisis del agua de c!sta y del río, realizados en diversos laboratorios oficiales de Sevilla.
