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El diccionario y sus usuarios

Narbona Jiménez, Antonio

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193 i. la diFícil deFiniciÓn de laS palaBRaS La vigesimotercera edición –la “del tricentenario”– del Diccionario por antonomasia, el conocido como usual o común, que –pese a ser, desde la anterior, fruto del consenso de las 22 Academias de la Lengua Española– se suele seguir identificando como el DRAE, se presentó, en un solemne acto, presidido por los Reyes de España, el 17 de octubre de 2014 en la sede madrileña de la Real Academia Española. Justo un mes más tarde tuvo lugar la presentación en esta Real Academia Sevillana de Buenas Letras por dos académicos de la RAE, Pedro Álvarez de Miranda, responsable de la edición, y Juan Gil, muy ligado a Sevilla. Por eso, y porque los medios de comunicación se han encargado de difundirlos ampliamente, ahorro los detalles. Me limitaré a recordar que mucho se ha insistido en que la obra ha sido renovada a fondo, mensaje que se ha concretado en unos datos que parecen “hablar” por sí solos: 93.111 entradas (5.000 más que en la edición anterior), 140.000 enmiendas (que afectan a unos 49.000 artículos), más voces del inglés, más y más detallados americanismos (no se dan cifras, supongo que porque, como ya existe un Diccionario de americanismos, cualquier cantidad el DICCIONARIO Y SUS USUARIOS Por antonio narbona JiMénez Minervae Baeticae. Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2ª época, 43, 2015, pp. 193–223. 194 iba a parecer corta), y mayor concreción geográfica. Aproximadamente el 18% de las casi 340 abreviaturas son indicaciones geográficas: además de Am. –acepciones con uso atestiguado en 14 o más países americanos–, figuran Am. Mer. –documentadas en los nueve países de América Meridional–, Am. Cen. –en los seis de América Central– y Ant. –en los tres de las Antillas–; también Can(arias); y, por lo que respecta a la Península, están, por ejemplo, And(alucía) y casi todas sus provincias –faltan Jaén y Huelva–, Cast(illa) –y Guad(alajara), Cuen(ca), Sor(ia), C(iudad) Real–, el P(aís) Vasco y dos de sus provincias –falta Álava–, Gal(icia) y Cat(aluña) –en minúscula, cat(alán), se refiere a la lengua catalana–, aunque no las provincias de estas dos regiones, etc. Se han introducido, además, modificaciones en la información etimológica y morfológica y otras que son de interés menor para el usuario común. También se ha puesto de relieve que esta edición es más “políticamente correcta”. Resulta significativo que se dedique un extenso párrafo del muy breve Preámbulo a justificar la presencia de “palabras o acepciones que, en el sentir de algunos, o reflejan realidades sociales que se consideran superadas, o resultan hirientes para determinadas sensibilidades”. En mi opinión, casi hiere la inteligencia que se descienda a razonamientos de este tipo: “al plasmarlas en un diccionario el lexicógrafo está haciendo un ejercicio de veracidad [sic], está reflejando usos lingüísticos efectivos, pero ni está incitando a nadie a ninguna descalificación ni presta su aquiescencia a las creencias o percepciones [sic] correspondientes”. La verdad es que, en la práctica, tal “corrección” se reduce a anteponer las abreviaturas despect(ivo), peyor(ativo) y malson(ante) a un buen número de acepciones, a veces a todas las de una palabra, como ocurre con maricón, marica (no así con gay, que ya estaba en la edición anterior) y sus derivados; en mariconada, a la ya existente, malson., ´mala pasada, acción malintencionada o indigna contra alguien”, se agrega ahora otra acepción, también malson., ´acción u objeto tenidos por afectados”; lo mismo vale para mariconería, igualmente malson.. Se abusa tanto de estos calificativos que cualquiera que no tenga el español como primera lengua y se disponga a aprenderla puede llegar a pensar que nos pasamos el día despreciándonos e insultándonos los unos a los otros. antonio naRBona JimÉneZ194 195 No son pocas, en efecto, las innovaciones en esta edición. Con titulares como “Una revolución en el diccionario” fue saludada su aparición en la prensa al día siguiente de la presentación. Con todo, no se ha hecho figurar en la portada el adjetivo nuevo, que sí está en la Nueva gramática (2009). Las novedades gramaticales conciernen tanto a los datos que son objeto de estudio –que se amplían notablemente, al prestarse mayor atención a las variedades dialectales y, en menor medida, a las modalidades orales–, como, sobre todo, a la descripción y explicación de los hechos. Pero, precisamente por eso, en contadas ocasiones se condena abiertamente algo por ser incorrecto. De ciertas formas y construcciones se dice que no son recomendables o se desaconsejan, en general o en ciertas variedades de uso. Es lógico que así sea, pues cuanto más se extiende el campo de observación fuera de la supuesta norma estándar, menos prescriptiva puede ser. Así, mientras aquí no dudamos en tildar de vulgar habemos pocos hoy, en parte de Hispanoamérica esa construcción concordante, no sólo se dice, sino que también se escribe. Aunque en la versión Básica se afirme que delante suyo o detrás mía “es rechazada por los hablantes cultos”, en la NGRAE no se condena, al tener amplio uso en el Río de la Plata, y, menos, en otras áreas. Se tacha de poco recomendable la discordancia que se oye en el occidente andaluz ¿uhtede se vai a í o se vai a quedá? [´¿ustedes se vais a ir o se vais a quedar?´], que ni siquiera los que la practican consideran prestigiosa. La tarea normativa se deja para los manuales de corrección, como Hablar y escribir correctamente, Nuevo manual de español correcto, de L. Gómez Torrego, incluidos los de las propias instituciones académicas, como el Diccionario panhispánico de dudas (2005) o el más reciente El buen uso del español (2013). Que tampoco figure el adjetivo nueva en el tercer pilar académico, la Ortografía (2010), es fácil de entender, pues, pese a sus más de 700 páginas, las “novedades” que afectan al usuario no son muchas, más o menos las aireadas en los medios de comunicación, cambios a veces nimios –aunque, eso sí, de obligado cumplimiento–, como escribir Catar (no Qatar) o eliminar alguna que otra tilde (otra cosa es que algunos, incluidos ciertos académicos, sigan poniéndola, por ejemplo, en el adverbio sólo). EL DICCIONARIO Y SUS USUARIOS 195 196 Si no se ha calificado de nueva esta edición del Diccionario (sí se hizo con el Nuevo Tesoro Lexicográfico de la Lengua Española, una especie de diccionario de diccionarios que puede consultarse en la página electrónica de la RAE), es porque las únicas novedades que en él caben son la incorporación de voces y acepciones que ya no son nuevas, sino muy usadas y en vigor, la retirada de algunas y una mayor precisión de la extensión e intensidad de uso de otras. En el léxico, los números no siempre cantan, o, si se prefiere, no todas las cuentas están claras. Si la lengua es el territorio de la libertad, el ámbito donde esta se ejerce plenamente es precisamente el de las palabras, sin más coerción que el riesgo que se puede correr al no dar con las apropiadas en cada acto comunicativo. Una sola de las decenas de miles de novedades, la incorporación de la acepción ´trapacero´ en la entrada gitano, ha soliviantado los ánimos hasta el punto de que, si no llega a ser por los buenos oficios y la mano izquierda de un académico de la RAE (Juan Gil) y otro de la nuestra (Rogelio Reyes) con las mujeres gitanas que aguardaban, con pancartas y silbatos, en la puerta cuando se iba a presentar la obra, no hubiera pasado a la historia esta Academia sevillana por ser la primera en que se celebraba un acto así fuera de Madrid. Nuestro compañero Rogelio Reyes contó la escena en una colaboración periodística con un estilo admirable, su habitual tacto y una pizca de ironía. Que se haya introducido la acepción no implica –viene a recordarnos– que “todos los gitanos sean trapaceros”, pues tampoco todos los jesuitas son especialmente “hipócritas y taimados” porque así conste en el Diccionario (en el adjetivo [comportamiento] jesuítico se sustituye taimado ´bellaco, astuto´ por disimulado, pero persiste hipócrita). Por mi parte, añadiría que conozco a más de uno y más de dos franciscanos que de humildes tienen muy poco, por más que, con el Diccionario en la mano, la humildad franciscana sea el paradigma de tal virtud. Sobre los gitanos y sus gitanerías se ha escrito tanto que poco más cabe decir. Miguel Ropero examinó hace años (2007) el tratamiento de los gitanismos en todas las ediciones del DRAE. No son muchos (54 en total, de algunos de los cuales, como bulo o curda, se ha eliminado en esta edición la marca caló), casi todos están marcados como coloquiales o como jerga, pese a que los antonio naRBona JimÉneZ196 197 hay bastante empleados: currar –más que currelar–, canguelo, camelar, chungo, fetén, churumbel, cañí, paripé, (en)diñar, mangar, parné, jamar… Quizás vuelva al final sobre los gitanismos. Pero no son los gitanos los únicos descontentos con el Diccionario. A otros colectivos (la Academia autoriza a emplear así este término desde la edición 22ª) tampoco faltan razones para manifestarse y protestar. Del aire machista del Diccionario se ha hablado y se sigue hablando hasta la saciedad, tanto que ya produce aburrimiento o cansancio. Sacar a relucir una y otra vez que cojonudo (tildado de malson.) es lo ´estupendo, magnífico, excelente´, mientras que alguien o algo es calificado de coñazo, igualmente malson., cuando es ´latoso, insoportable´, ya ni hace sonreír. Parece que no hay más remedio que seguir insistiendo en que el Diccionario no va a cambiar la realidad porque la esconda ¡Si fuera tan sencillo! Podría ser, aunque no es probable, que con el tiempo las cosas cambien y acaben imponiéndose cojonazo para lo malo y coñudo para lo bueno, pero de momento lo que hay es lo recogido en el Diccionario. Además, aunque también es muy poco probable, no hay que descartar que lo positivo se termine calificando en todas partes de chévere, y de ese modo – sin que esto signifique que la sociedad (que no el Diccionario) se haga menos machista– se fortalezca la unidad del idioma a uno y otro lado del Atlántico. Digo que es improbable porque cada vez que una expresión llega a sitios donde no se oía, hay que comprobar si de verdad se ha extendido, y entre quiénes, cuándo y en qué situaciones se usa. Un buen ejemplo de que la vida de las palabras jamás podrá ser atrapada por el lexicógrafo es feminismo, pues si bien la definición académica es impecable (´ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres´, frente a machismo ´actitud de prepotencia de los varones [sic] respecto de las mujeres´), no todos ven a las feministas (no busquen hembrista, que sería el correlato propio de machista, porque no está) ni todas las feministas se han visto siempre a sí mismas de un mismo e igual modo. Si así fuera, no se entendería que la ganadora en 2014 del Premio Euskadi de Literatura en castellano (por una obra titulada Cómo pudo pasarnos esto. Crónica de una chica de los 60) –que es historiadora, además de escritora– resuma en una entrevista los cambios en la EL DICCIONARIO Y SUS USUARIOS 197 198 percepción social del movimiento diciendo que desde la fase en que muchos veían a las feministas como las lagartas de antaño (en el Diccionario, directamente ´prostitutas´, eso sí, despectivo y coloquial), y tras pasar por etapas intermedias, se está llegando a otra en que no son pocas las que prefieren poner distancia por medio con arranques del tipo yo no soy feminista, pero… Tampoco acaba de gustar a algunos feminicidio, que ha sido acogido ahora, pues hubieran preferido femicidio, en paralelo con homicidio, sin reparar en que la víctima de un homicidio puede ser una mujer (´muerte causada a una persona por otra´), mientras que por feminicidio se entiende el ´asesinato de una mujer por razón de su sexo´. Dado que la última de las acepciones de coño –del que deriva el mencionado coñazo–, su uso como interjección para expresar ´extrañeza o enfado´, es, con gran diferencia, la de más frecuente empleo, habría que plantearse la conveniencia de una reordenación (no en este caso, sino en general) de las mismas. Si de verdad se fuera consecuente con lo declarado en el Preámbulo (“las acepciones más frecuentes tienden a aparecer antes que las que lo son menos”), debería pasar a ser la primera. Pero como son varios los criterios, y “no siempre fácilmente armonizables”, se entiende que se haya dado prioridad a este otro: “una acepción antecede a otra que ha surgido por metáfora, metonimia, extensión, restricción, etc.”. En todo caso, si se acepta el lema horaciano de que “el uso es el dueño y señor del idioma” (que no sólo ha hecho suyo la Academia, pues para Ludwig Wittgenstein, por ejemplo, “el significado de una palabra es su uso” y “presupone nuestra habilidad y capacidad de emplearla”), no debería colocarse la acepción de coño como interjección tan alejada de la primera (también marcada como malsonante) ´vulva y vagina del aparato genital femenino´, definición esta no muy atinada que no creo compartan los estudiantes de Anatomía, como se puede comprobar con sólo consultar cómo se definen en el propio Diccionario las tres voces empleadas, vagina, vulva y genital. Aunque no cabe bromear sobre estos asuntos, no sé cómo contestar en serio cuando a veces me preguntan por qué el idioma español (mejor dicho, los hablantes, la lengua no tiene la culpa de nada) a la hora de designar el miembro viril ha optado por antonio naRBona JimÉneZ198 199 tantas palabras de género femenino y, en cambio, para referirse a lo más específico de la mujer se vale de esa voz de género masculino. De todos modos, me da la impresión de que la fiebre de los estudios “de género” ha empezado a descender, tras unos años en que todo el mundo, lingüistas y no lingüistas, se lanzaba a la búsqueda de huellas machistas en el Diccionario, y fuera de él. Las Guías decididas a acabar con la discriminación sexista se multiplicaban como hongos, y no había organismo o institución que no diera a la luz sus particulares instrucciones. Todas proponían medidas y soluciones pretendidamente originales, cuando, en realidad, queda muy poco margen para la originalidad: o se repite hasta el agotamiento andaluces y andaluzas (así se hizo en la redacción del Estatuto de Autonomía para Andalucía, después de haber sido aprobado el texto reformado) o se recurre, cuando hay sustantivos referidos al conjunto, a ciudadanía o profesorado, que, por supuesto, tienen su género. Muchos recordarán el revuelo mediático que provocó un extenso escrito –aparecido en EL PAÍS hace dos años y medio– de Ignacio Bosque, máximo responsable de la nueva Gramática académica (pues de eso se trata, de una cuestión gramatical), sobre tales guías. La polémica, como casi todas las que afectan a los usos idiomáticos, acabó desvaneciéndose en pocos días. Lo lamentable es que el esfuerzo y el gasto invertidos con el vano propósito de apartar a los ciudadanos del mal camino sexista y reconducirlos por la buena senda no han servido, ni pueden servir, para mucho. Con ocasión del día de la violencia de género, casi todos los periódicos traían en portada un mismo o parecido titular: “El machismo prende en los jóvenes”. Alarmado por el aumento del número de estos juzgados por maltrato, el Gobierno de España se ha decidido a lanzar una campaña más (a la que imagino seguirán pronto las autonómicas), con mensajes del tipo “Si tu chico te hace sentir miedo, cuéntalo”, me temo que con idéntico resultado nulo. La Guía sobre comunicación socioambiental con perspectiva de género, publicada por una Consejería de la Junta de Andalucía (en parte con dinero del Fondo Social Europeo, igualmente público, que se podría haber destinado a otros fines), no tiene desperdicio. He aquí la que quizás sea la más relevante de sus conclusiones: “el ecofeminismo, [la coma no es mía] es una forma de entender EL DICCIONARIO Y SUS USUARIOS 199 200 el funcionamiento de la sociedad, basado en la ética del cuidado hacia nosotros/as y hacia los/as demás, así mismo esta ética del cuidado ha de extenderse hacia la naturaleza en toda su amplitud”. Y transcribo el comentario a una foto en que un bombero intenta rescatar de su casa inundada a una madre que agarra fuertemente a su bebé: “el hombre, como autoridad y salvador; la mujer como persona débil que tiene que ser salvada”. Hemos de pensar que el “salvador”, ajeno a reivindicaciones feministas, hiciera su trabajo, y no se le ocurriera ir a buscar a una bombera. Del machismo (de la sociedad, no del Diccionario) se podría hablar y no acabar. En un suplemento especial de EL PAÍS dedicado a las “Mujeres”, se hacía una breve encuesta a 25 de las latinoamericanas hoy más poderosas e influyentes. La selección, como todas, resulta discutible (estaban las presidentas de Argentina y de Andalucía, al lado de Victoria Camps aparecía Shakira, junto a Soledad Becerril encontraba el lector a Elena Ochoa, etc.), pero aunque las opiniones eran muy diversas, todas coincidían en que seguimos en una sociedad machista. No sé si el cuestionario tendría idénticos resultados, ni siquiera si podría plantearse en iguales términos, entre mujeres de algunos países africanos o asiáticos. Quienes acusan al Diccionario de machista le están pidiendo un imposible: que vaya por delante de la sociedad, que se adelante a los cambios sociales. ii. el uSo de laS palaBRaS Para algunos, no se trata tanto de cambiar –o de añadir o suprimir– tal o cual acepción, como de eliminar de un plumazo el término mismo. Menos de veinticuatro horas después de la presentación oficial del Diccionario, aparecía en el diario de mayor tirada de España una carta al Director en la que alguien protestaba airadamente por el mantenimiento de la voz judiada ´mala pasada o acción que perjudica a alguien´, y eso que se ha eliminado ´que tendenciosamente se consideraba propia de judíos´, que figuraba en las anteriores ediciones. Judiada no se califica de malsonante, pero sí de coloquial, marca de la que se abusa en el Diccionario (a menudo por no tener a mano otra marca mejor) y fuera de él. Es verdad que todos hablamos coloquialmente la antonio naRBona JimÉneZ200 201 mayor parte del tiempo, pero me echo a temblar cada vez que un contertulio en un programa de radio o televisión advierte que va a decir algo “de un modo coloquial”, con lo que se siente liberado de toda responsabilidad al emitir sus opiniones. Las definiciones de ciertos vocablos no se hacen eco de las connotaciones erróneas que, para una parte de los hablantes, han llegado a tener. Es el caso de masón (y masonería), de laicidad, que ha entrado (laicismo ya estaba) para ´principio que establece la separación entre la sociedad civil y la religiosa´, etc. En cambio, como se ha visto, provocan la indignación algunas de las que figuran en gitano, judío, jesuita, feminista, machista, homosexual…. Como casi todas las que recurren a un rodeo negativo, la acepción de moro ´que no ha sido bautizado´ no es muy acertada, pues en el mundo hay miles de millones no bautizados que no son moros. Pero no es más atinada la que ha entrado como novedad, ´celoso, posesivo, que tiene dominada a su pareja´, que, en todo caso, no vale para el femenino mora. La admisión de pareja como ´compañero o compañera del sexo opuesto [término que se identifica con ´contrario´ en el propio Diccionario] o, en las parejas homosexuales, del mismo sexo´ no sería aplicable en este caso más que a los varones, únicos de los que ´profesan la religión islámica´ (una de las primeras acepciones de moro) a los que está permitido tener, no dos, sino más de dos compañeras (no “compañeros”). De los negros, mejor no hablar. Ya en cuanto color tiene mala prensa. Además de su elección para el luto, se habla de cine negro o de novela negra cuando ´se desarrollan en un ambiente criminal´, y también de magia negra, bestia negra, dinero (en) negro,… Incluso sirve de disculpa adscribir al humor negro lo que nada tiene de chistoso. Con todo, nada comparable a su aplicación a las personas. A cualquier desorden se llama una merienda de negros, y los calificativos más suaves que figuran en el Diccionario como sinónimos de negro son ´infeliz, infausto, desventurado´ o ´muy enfadado o irritado´, como en las expresiones “coloquiales” estoy negro, me veo negro [para] o se puso negro; tiene la negra ´el que trabaja para lucimiento y provecho de otro´; trabaja como (o más que) un negro el que lo hace desmedidamente (no sé por qué se recoge engañar a alguien como EL DICCIONARIO Y SUS USUARIOS 201 208 nario histórico, también obra académica, cuya elaboración está siendo azarosa y cuyo futuro es incierto. El Preámbulo del Diccionario –sin dar razón de la decisión tomada– advierte que “se prescinde de la marca ant(icuado/iguo) para las voces con última documentación no posterior a 1500”, como se venía haciendo en ediciones anteriores. Las palabras parecen eternas e inmutables, pero está claro que no lo son. Fuera de algunas romerías populares, el tradicional carro, tan minuciosamente descrito en la primera acepción, ha dejado de circular, y hay que llegar a la novena para enterarse de que el término se usa en América para referirse a nuestro coche, identificado como automóvil. En automóvil (tampoco en coche) no se hace la menor alusión al carro hispanoamericano. A veces se producen terremotos e incluso hecatombes que acaban arrinconando un buen número de vocablos. Cuando digo a mis hijos o a mis alumnos que en cierto modo yo he vivido unos dos milenios, se sonríen. Pero cuando les hago saber que en mi infancia no conocí otra forma de roturar los campos que por medio del arado romano, y que la romana era el instrumento para pesar, algo de verdad ven en mi afirmación. Lamentablemente, en el pueblo donde vivía, la herencia de la Roma clásica se reducía a unos cuantos utensilios de su cultura material. Una sola generación puede comprobar cómo se evaporan palabras habituales y familiares. Más del 90% del léxico recogido por M. Alvar y sus colaboradores a mediados del siglo pasado en el Atlas Lingüístico y Etnográfico de Andalucía (ALEA) es hoy desusado y/o desconocido por lo andaluces ¿Alguien aljofifa (verbo) hoy con la aljofifa (nombre), uno de los pocos arabismos tenidos por peculiares de la región? A su vez, hay otras muchas voces que llegan y se implantan con mayor o menor celeridad, en algún caso por razones imprevisibles. En Cuba, donde no se habló de la caída del muro (de Berlín) en 1989, ni en los años posteriores (algunos cubanos tardaron en enterarse), se refirieron finalmente a ese acontecimiento como el desmerengamiento del campo socialista (que estaba conduciendo a una situación trágica), una larga palabra que, por supuesto, no está en el Diccionario, ni siquiera en el de americanismos. Tampoco faltan las recuperaciones de lo perdido en el baúl de los recuerdos. Hace poco, un familiar alabó el gusto antonio naRBona JimÉneZ208 209 del jardinero al utilizar unos dornajos como maceteros para los pascueros, témino este, por cierto, que no está recogido en el Diccionario, si bien aparece aplicado a estudiante, como desus., y con un significado que nada tiene que ver con la planta que suele servir de adorno en la época navideña. ¡Cuánto tiempo sin oír la palabra dornajo, a diario usada en mi casa durante todo el verano, pues en él hacía mi padre, con la maja (faltaba mucho para la llegada de las batidoras eléctricas), el apetecible gazpacho! Pero ¡qué decepción!: en el Diccionario figura únicamente como ´especie de artesa, pequeña y redonda, que sirve para dar de comer a los cerdos, para fregar o para otros usos´ (en Canarias ´pesebre para toda clase de caballerías´). Leo en la colaboración semanal de M. Vargas Llosa en EL PAÍS correspondiente al domingo 2 de noviembre de 2014, que en el prontuario delictivo del marqués de Sade lo más grave es “haber hecho tragar a algunas prostitutas unas pastillas que producían cuescos, pestilencia que, por lo visto, lo inflamaba hasta el delirio”, y que lo poco que sabemos de su vida “revela a un aventurero de polendas”. No recuerdo haber visto escrito antes cuesco con esta acepción. Tampoco puede ser el Diccionario la suma de todos los vocabularios nacionales, regionales, comarcales y locales, realizados muchos de ellos de manera meramente acumulativa e indiscriminada. El Tesoro de las hablas andaluzas, de Manuel Alvar Ezquerra, contiene en sus 830 páginas un número de entradas no mucho menor que la obra académica, pero la mayoría de ellas son desconocidas y/o desusadas ya en Andalucía. Lo abro al azar por la página 344: de sus 65 entradas apenas conozco entavía ´todavía´ y entedanoche ´anteanoche´ (también figura en el Diccionario antes de anoche). Los objetos que designaban barzón, cebero, quincana, preciso… y tantos otros, simplemente han desaparecido. Quizás haya que explicarles a los jóvenes, y no tan jóvenes, lo que es (¿era?) un trillo, una era, una hoz (hoy convertida en símbolo)…, así como una pizarra, con su pizarrín, etc. Únicamente en los museos etnográficos o etnológicos, o como decoración de los mesones, pueden verse hoy centenares de herramientas que hace algo más de medio siglo eran utilizadas habitualmente ¿Cómo van a saber los estudiantes qué es EL DICCIONARIO Y SUS USUARIOS 209 210 el enjero, marcado en el Diccionario como andalucismo, si no han visto el arado del que formaba parte? El Tesoro andaluz es superado por el Tesoro lexicográfico del español de Canarias, de C. Corrales, D. Corbella y Mª Á. Álvarez, de casi mil páginas, publicado con la colaboración de la propia RAE. Y más de 700 páginas tiene el Vocabulario del nordeste andaluz. El habla de las Sierras de Segura y Cazorla, de A. Faustino e Idáñez de Aguiar, publicado por la Diputación Provincial de Jaén en 2001. Entre los términos “peculiares” de esta comarca de la provincia de Jaén figura perrilla (moneda de cinco céntimos [de peseta]), que acabo de oír en boca de una periodista madrileña, quien en una emisora de radio entrevistaba a un escritor mexicano que acaba de ganar un premio literario muy bien dotado económicamente. Reproduzco una parte del diálogo: –¿Y qué va a hacer usted con tantas perras? –¿Perras es plata? –Bueno, perras, o perrillas, es una palabra muy madrileña. Y así podríamos seguir. A algunos, como los Diccionarios [sic] del habla [sic] de cada una de las provincias andaluzas que está dando a la luz la Editorial cordobesa Almuzara (hasta ahora han aparecido los correspondientes al habla sevillana, cordobesa, granaína [sic] y almeriense), se puede acudir cuando uno tenga ganas de reírse un rato, aunque la risa sea provocada por una lamentable ignorancia. No me resisto a reproducir parcialmente la entrada ca del primero de ellos: “Apócope de casa: ´ayer estuvimos en ca Vicente´ […]. También es apócope del adjetivo [sic] cada: ´ca uno es ca uno´. Úsase asimismo como contracción [sic] de la forma verbal [sic] que ha: ´¿ca dicho?´. Para el plural, can: ´eso es lo can encargao ellos”. Pese a la obviedad de que todo no cabe en el Diccionario, no cesan las reivindicaciones para que los particularismos propios entren en él. “Quienes venimos batallando desde hace años por la representación del mundo del flamenco –escribía Antonio Rodríguez Almodóvar, catedrático de Lengua y Literatura y escritor, en una carta abierta aparecida en varios periódicos a los pocos días de presentarse la vigésimotercera edición del Diccionario– podemos sentirnos razonablemente satisfechos, con reservas y matices”, por el hecho de que, por fin, en esta nueva edición se hayan subsanado algunas “clamorosas ausencias”: seantonio naRBona JimÉneZ210 211 guiriya, granaína o alboreá. En realidad, el Diccionario se limita a remitir a seguidilla, granadina y alboreada, respectivamente, de ahí que en la carta se añada: “¡qué trabajito les habrá costado a algunos aceptar esta ortografía!”. A ello se refiere con “razonablemente satisfechos”, pues no pueden estarlo del todo quienes lo que de verdad “exigen” es que aparezcan en el Diccionario como se pronuncian (¿como se pronuncian por quiénes?), no sólo todos los palos del flamenco, sino muchos otros vocablos, como pilihtra (aspidistra), e incluso formaciones como malafoyá (aparece en el Tesoro andaluz como malafollada). Complacido a medias se ha mostrado igualmente el secretario del Partido Andalucista al ver que ha entrado una nueva acepción de andalucismo ´tendencia política de carácter nacionalista en Andalucía´, quizás pensando en que ello se traducirá en un aumento de sus votantes (en este momento, su grupo político no tiene representación en el Parlamento regional). Como los usuarios –todos y cada uno de ellos– se consideran propietarios del idioma, pero desconocen los criterios de elaboración del Diccionario común, sienten a menudo que sus usos, los que creen propios o peculiares, han sido discriminados o marginados, los “echan en falta”, y, en cambio, creen que bastantes de los ajenos sobran. No es difícil imaginar el resultado si se diera “satisfacción” a cuantos inconformes hay en todas partes. Del proceder académico al servirse de la sinonimia (y de la antonimia) habría mucho que decir. Está claro que el Diccionario no puede convertirse, además, en un diccionario más de sinónimos y antónimos. El término inconforme, que acabo de utilizar, puede resultar ilustrativo: la acepción ´que manifiesta disconformidad´ remite, como se ve, a disconforme, pero se añade otra acepción: ´hostil a lo establecido en cualquier orden (político, social, moral…)´. Bastantes de las críticas que se hacen al Diccionario académico derivan más de la inconformidad que de la simple disconformidad. V. LOS EXTRANJERISMOS Como la relación de lo que no puede tener cabida en el Diccionario sería interminable (por ejemplo, los vocabularios EL DICCIONARIO Y SUS USUARIOS 211 212 de términos científicos o de alguna de las ciencias en particular, técnicos, etc.), me detendré brevemente en la siempre discutible aceptación de extranjerismos. Aunque entran procedentes de varias lenguas (en algunos casos, como la expresión francesa chaise longue, los hablantes parecen ir por delante de los académicos, pues la he visto escrita cheslón en un rótulo luminoso de un establecimiento de muebles de un pueblo gaditano), la mayoría de ellos pertenecen al inglés. A los muchos ya acogidos en la edición anterior se suman otros, en cursiva (lo que no ocurre muchas veces con las de otras procedencia, por ejemplo con trol, noruego troll, ´monstruo maligno que habita en bosques o grutas´), como hacker, que se suele pronunciar jáquer (no están hackear ni hackeo, que se emplean incluso en la lengua escrita, como en el siguiente titular de EL PAÍS del 11 de diciembre de 2014: “El ´hackeo´ a Sony desvela los trucos de las estrellas”), o como más de la mitad de las 25 palabras que figuran en la letra w: walkie–talkie, walkman, watt, weber, whisky (güisqui no parece prosperar), windsurf (también wind surf), windsurfing (también wind surfing), etc. No está password, y en cederrón se remite a CD–ROM. Cualquier alteración gráfica, por pequeña que sea, es suficiente para prescindir de la cursiva: tuit (y tuitear, tuiteo, tuitero, –a), dron (ing. drone), wifi (también wi fi, ing. Wi–Fi, marca reg.), waterpolo, windsurfista (pese a que, como se ha dicho, se mantienen las cursivas en windsurf y windsurfing) y web. Esta incorporación en aluvión está generando más de un quebradero de cabeza a los usuarios. Deberían haberse evitado, al menos, las divergencias con el Diccionario panhispánico de dudas, también obra académica, porque, a la hora de resolver cuestiones dudosas, se recurre a uno o a otro, o a ambos. En el de dudas los usuarios se encontrarán, por ejemplo, con que, si bien se califican de “más recomendables” página electrónica (o ciberpágina), sitio electrónico (o sitio, sin más), sede electrónica (o cibersede), no se condena el uso de página web y sitio web, y de e–mail se limita a decir que “es innecesario”, ya que disponemos de correo electrónico o de cibercorreo (e igualmente de dirección electrónica o ciberdirección, mensaje electrónico o cibermensaje). El resultado es que se multiplican las opciones, pues es posible elegir entre e–mail, correo electrónico y ciberantonio naRBona JimÉneZ212 213 correo, entre página web, página electrónica y ciberpágina, etc. No me extraña que se ironice con ello, como en el siguiente diálogo, perteneciente a una cuña publicitaria radiofónica: “–Mire, tengo un problema con el correo electrónico –Pues envíenos un e–mail y nos pondremos en contacto con usted lo antes posible”. “Innecesarios” considera también la Nueva Gramática académica ciertos usos, como el cansino vascos y vascas o cordobeses y cordobesas. Y ya que hablamos de gramática, recordemos que la entrada de tantas voces inglesas está provocando que la patrimonial formación de nuestros plurales tenga cada vez más excepciones y casos “anómalos”. Para el Diccionario de dudas el plural de web es webs, pese a ser prácticamente impronunciable esta combinación consonántica final. El locutor del programa musical que cada mañana oigo en mi desplazamiento al trabajo se esfuerza una y otra vez, sin conseguirlo, en pronunciar ts en [{me llegan / recibo} varios] tuits. De todos modos, aunque sean muchos –para algunos, demasiados– los vocablos del inglés acogidos, son bastantes más los usados de forma esporádica o circunstancial (basta echar un vistazo a la llamada prensa del corazón, seguida, por cierto, por millones de lectoras y lectores) que no figuran. No se acaban de ver con claridad los criterios que justifican las dispares decisiones. Sigue figurando walkie–talkie, pero no ha entrado (quizás esté en la sala de espera) una de las que más se oyen hoy por todas partes y en la prensa aparece escrita habitualmente como Whats App, lo cual supone –por razones comerciales, supongo– una transformación llamativa desde el original What is up?, después What´s up? Y menos mal que parece haberse impuesto el acuerdo tácito de asignarle género masculino, porque, de lo contrario, se multiplicarían los chistes malos derivados de su confluencia fonética con la guasa. Ignoro por qué no está default, bastante usada (y no sólo en los medios de comunicación), y sí han entrado backstage ´espacio situado detrás de un escenario o de una pasarela´ y coach ´persona que asesora a otra para impulsar su desarrollo profesional y personal´ / ´entrenador´. Claro que lo mismo cabe preguntar a propósito de otras voces ¿Por qué se ha dado entrada a [la afición] blaugrana, y no a la blanquiverde, a la albiceleste ni a tantas otras empleadas en España o América? De un tiempo a esta parte se oye EL DICCIONARIO Y SUS USUARIOS 213 214 continuamente en la Península mamoneo, término no recogido en el Diccionario de americanismos, en el que sí se encuentran el verbo pronominal mamonearse, atribuido a Honduras ´trabajar duro´ (no me parece que aquellos a quienes se aplica el mamoneo trabajen mucho, ni duro ni blando), y mamón, con acepciones muy alejadas de las que aparecen en el usual. VI. AMÉRICA Y EL DICCIONARIO Sin duda, la tarea más complicada, porque implica un cambio radical de una larga tradición, va a seguir siendo la acogida de palabras que, a veces solo desde la óptica peninsular, se consideran específicas o peculiares de la “otra” orilla, en la que está, hay que recordarlo siempre, más del 90% de los hispanohablantes. Que quien era Director de la RAE cuando el Diccionario se presentó reconociera en Chile que “el español es en realidad un idioma americano que tiene un apéndice europeo”, y que en el propio Preámbulo de la obra se hable de la estrecha colaboración entre todas las Academias hermanas, no basta para erradicar la creencia extendida de que nuestra lengua continúa regida por ese “apéndice”. Para empezar, no todos entienden lo mismo por americanismo. Tampoco hay que perder de vista que muchas de las voces que así se califican simplemente dejaron de emplearse aquí y perviven allí. En algunos países americanos puto es ´homosexual´, como era en la Península desde principios del s. XVII (Covarrubias, Quevedo, Góngora, etc.) hasta fines del XVIII (El arte de putear es el título de una obra de Nicolás Fernández de Moratín). Pero en América ha continuado desarrollando valores semánticos propios, alguno, como ´hombre aficionado a tener relaciones sexuales con mujeres´, contrario al de homosexual. Proceso similar parece haberse dado con expresiones que hoy consideramos tan “americanas” como nomás, dizque o luego que. Pero tampoco se arregla nada prescindiendo de la noción misma de americanismo. Convencido, como tantos otros, de que la única patria es la lengua, el académico A. Pérez Reverte, afirmó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México) de 2014 que debería eliminarse tal término, por lo que tiene de separador. Pero, aparte de que la acepción ´vocablo, giro o rasgo antonio naRBona JimÉneZ214 215 fonético, gramatical o semántico peculiar o procedente del español hablado en algún país de América´ no es la única (ni siquiera la primera) que figura en el Diccionario, no es fácil sustituir por otra (¿por cuál?) una palabra que ha sido y es utilizada en centenares de estudios y repertorios léxicos, incluso en el título mismo de muchos de ellos, empezando por el citado Diccionario de americanismos, publicado en 2010 por la propia Asociación de Academias de la Lengua Española. Y, en todo caso, de algún modo debe hacerse constar que si alguien “lleva el carro a la playa” en ciertos países americanos, no es para que tome el sol, sino para aparcarlo debidamente, mejor dicho, para estacionarlo o parquearlo, porque en América los carros –no los coches– son guiados –no conducidos– hasta el estacionamiento o parqueo (también parqueadero), no al aparcamiento. Aunque en el Diccionario las definiciones de estas cuatro voces son perfectamente intercambiables, ´lugar o recinto destinado a estacionar (aparcar) vehículos´, sólo en parqueo y parqueadero hay indicaciones geográficas (la primera se usa prácticamente en todos los países americanos, la segunda en Bolivia y Colombia). Por lo demás, sería preferible a llegar a la eliminación de las discrepancias porque todos acabáramos diciendo, en inglés, parking, así en el Diccionario, con k (no con qu, como se hace con parqueo, parqueadero, parquear, parquímetro) y una impronunciable g final. De todos modos, quedarían otras diferencias entre el español de una y otra orilla, como móvil/celular, ordenador/computadora, etc. Si se volcara íntegramente el Diccionario de americanismos en el común, como pretenden algunos, se duplicaría el número de entradas. En realidad, lo que ha ocurrido es lo contrario, se partió para su elaboración de la revisión de los 28.000 americanismos (de todos o de algunos países) que ya figuraban en el DRAE, tras lo cual se recurrió a un programa informático en el que se habían reunido 150 diccionarios (generales y nacionales) publicados desde 1975 y alguno inédito. Se trata, pues, de un diccionario diferencial, pero no respecto al “español de España”, sino “del español general”, que tiene más del 80% de términos comunes a todos los hispanohablantes. Sus responsables (que precisan que “aunque se trabaja esencialmente [sic] con lengua oral, todas las palabras poseen documentación escrita”) dejan claro que, puesto EL DICCIONARIO Y SUS USUARIOS 215 216 que no cabe todo, ha tenido que ser selectivo, y actual (“los últimos 50 años”). Como tiene alrededor de 75.000 entradas, si restamos de las 93.000 del Diccionario común las citados 28.000, estamos hablando de 47.000 americanismos “ausentes”, y no se pierda de vista que entre México, Estados Unidos y Colombia suman casi 200 millones de hispanohablantes. Lo abro, también al azar, por la página 895, que contiene 35 palabras, desde enneblinarse hasta enredarse. No conozco prácticamente ninguna, si acaso sospecho el significado de enrectar (´poner recto lo que está torcido´) y el de enojón ´el que se enoja con facilidad´. Hago lo mismo con la página 1387, con 33 entradas, desde mariamulata (se limita a remitir a zanate, que en Colombia se usa para designar a un pájaro que tiene diferentes nombres en otros países) a marihuanarse. Sé, más o menos, a qué puede referirse esta última, y doy por hecho que marico debe de ser ´maricón´, y así es en un par de países; pero maricón designa en ciertas zonas un tubo abierto por los dos sitios que se coloca en el brasero. Nada menos que siete páginas ocupan las acepciones de tener, cuatro las de palo, dos las de macho, machete, machetero y machetearse, cuento hasta treinta acepciones en chicha, ocho en chévere, etc. Cenicero está porque nada tiene que ver con su significado “general”. Y quedada, que ha aparecido reiteradamente en la prensa peninsular por haber sido el comienzo de una batalla campal entre hinchas de equipos de fútbol rivales, con algún muerto y decenas de heridos, significa en Cuba y Nicaragua ´solterona´. La decisión tomada por el Diccionario común de incluir “los usados en al menos tres países y no afectados por restricciones diafásicas, diastráticas o de vigencia”, es discutible, lo mismo que cualquier otra. De igual modo que, como se ha visto, en algunos andaluces ha generado agrado y complacencia la acogida de ciertos palos del flamenco, el Presidente de la Academia de Letras argentina (co–responsable del Diccionario, como todas las demás) expresaba hace poco su satisfacción por el hecho de que, además del término coloquial fiaca ´perezoso, indolente, desganado´ o ´pereza, desgana´, que ya estaba en la anterior edición, se han aceptado ahora achurar, carnavalito, cartuchera, pañolenci, seccional… Pero su alegría tampoco es completa: “seguimos padeciendo que nuestra [sic] frutilla sea primero ´cuentecilla de las antonio naRBona JimÉneZ216 217 Indias para hacer rosarios´ y después ´especie de fresón´, y que en nuestro [sic] pomelo se limite a remitir a toronja ´cidra de forma globosa como la naranja´, cuando sospecho que en Argentina pocos sabrían qué es un fresón, una toronja o una cidra, con c”. De tales argentinismos (algunos no exclusivos de Argentina), cartuchera muy poco tiene que ver con las “cartucheras” que, con el Diccionario en la mano, sólo le salen a las mujeres. Eso sí, barrigón, –a y barrigudo, –a aparecen con los dos géneros, no se escapa nadie. Las declaraciones del académico argentino son del 10 de noviembre de 2014, tan sólo veinte días después de la presentación de la obra académica. Como a todo el mundo le dé por barrer para casa, el que se va a poner tan barrigón o barrigudo que no va a haber quien lo pueda mover/usar va a ser el propio Diccionario. América, a donde hay que mirar siempre que se hable del español y de su futuro, sigue siendo la asignatura pendiente, y nunca serán suficientes los esfuerzos para superarla, si es posible con notable o sobresaliente. En la puesta de largo del Diccionario en Madrid, cuantos tomaron la palabra, incluido Felipe VI, dirigían sus ojos constantemente a la parte derecha del estrado del hermoso edificio de la RAE, donde los 21 representantes de las Academias americanas (además de la norteamericana y la filipina) estaban situados. El desequilibrio secular no se va a resolver, sin embargo, con gestos, tampoco incrementando el número de mexicanismos, argentinismos, etc., en el Diccionario de todos. Basta consultar los repertorios léxicos ya existentes de casi todos los países hispanoamericanos para darse cuenta de que los términos que se quedan fuera serán siempre muchísimos más que los que entren. No, la armonía entre un lado y otro del Atlántico no se reduce a una cuestión cuantitativa. Ya me he referido a la decisión (discutible, como cualquier otra) de incluir en el Diccionario común los americanismos “usados en al menos tres países y no afectados por restricciones diafásicas, diastráticas o de vigencia”. Lo que no he dicho es que, si no se entra en tales restricciones, el propósito panhispánico seguirá siendo una meta lejana, por muy estrecho e intenso que sea el contacto entre todos los hispanohablantes. Un experimento llevado a cabo por Rocío Caravedo (peruana, actualmente catedrática de la Universidad EL DICCIONARIO Y SUS USUARIOS 217