Reseña de una efemérides : La plaza de Acho cumple 250 años
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III. RECENSIONES
La Plaza Firme de Acho en Lima fue inaugurada el 30 de enero de 1766 con una corrida presidida por el famoso virrey catalán Don Manuel de Amat y Junyent, el constructor de la Alameda de los Descalzos y del Paseo de las Aguas en el barrio de Rímac (al otro lado del río), el patrocinador de las expediciones de Felipe González a la isla de Pascua y de Domingo de Bonaechea a la isla de Tahití, el afortunado amante de la bella Micaela Vargas “La Perricholi”, el responsable de la edificación del palacio de la Virreina de Barcelona… Fig. n.º 100.- Cartel oficial de los 250 años de la plaza de Acho, obra del pintor Gerardo Chavez. Revista de Estudios Taurinos N.º 39, Sevilla, 2016, págs. 207-210 RESEÑA DE UNA EFEMÉRIDES: LA PLAZA DE ACHO CUMPLE 250 AÑOS
La plaza se construyó en un solar del hacendado Agustín de Landaburu que luego pasaría a la propiedad del célebre médico ilustrado José Hipólito de Unanue, una de las lumbreras de la cultura peruana de la época. La palabra “acho” (o “hacho”) hace referencia a un lugar elevado desde donde se divisa el mar, y en efecto el coso queda cerca de la costa protegido en su retaguardia por el cerro de San Cristóbal, desde entonces y hasta nuestros días auténtico mirador de la ciudad. La plaza que hoy contemplamos, sin embargo, es el resultado de una considerable remodelación acometida en 1945 por el ingeniero Francisco Graña, que redujo las dimensiones del ruedo para poder ampliar el aforo hasta los 13.000 espectadores. El edificio pudo permitirse así aumentar sus prestaciones, no sólo habilitando nuevos espacios destinados a ofrecer mayor comodidad a la necesaria infraestructura de la lidia, sino dotándose de nuevas instalaciones que incluían un restaurante, un museo taurino y un conjunto de obras escultóricas encomendadas a artistas de la talla del español Victorio Macho y los peruanos Miguel Bacca Rossi y Raúl Franco Ochoa. La culminación del esfuerzo fue la declaración de la plaza (junto con el conocido Mirador de Ingunza, situado en el entorno y de estilo neomudéjar, resto de una construcción de 1858) como Monumento Histórico. Igualmente, el mismo impulso permitió reverdecer la época dorada de un ruedo donde habían toreado, entre otras figuras de la tauromaquia, nada menos que Joselito (en 1919 y 1920) y Juan Belmonte (en 1917, 1920, 1921, 1922 y 1924), dando nuevo esplendor a las temporadas abiertas por la famosa Feria del Señor de los Milagros que se prestigió con la instauración del Trofeo del Escapulario de Oro a partir de la señalada fecha del 12 de octubre de 1947. Los dos siglos y medio de la plaza se han celebrado este año con diversos actos, que han pretendido concienciar al público sobre la importancia del centenario edificio de Acho, situado Carlos Martínez Shaw 208
en el barrio del otro lado del río Rímac, famoso por la urbanización emprendida en la época virreinal, convertido en lugar icónico para todos los peruanos (y no sólo para los peruanos) por la inmortal canción de Chabuca Granda (La flor de la canela, donde la protagonista camina del “puente a la alameda”, muy cerca por tanto de la plaza de toros) y objeto hoy de una infatigable campaña de rehabilitación promovida por las autoridades municipales implicadas en la reivindicación del distrito como patrimonio histórico de la Humanidad. La efemérides también ha servido, al mismo tiempo, para poner de relieve los muchos problemas que aquejan a la plaza de Acho, que han sido discutidos tanto en los medios de comunicación (véase el reportaje de El Comercio del 25 de abril) como en las peñas taurinas y en los foros académicos, el mejor ejemplo de lo cual ha sido la reunión organizada por la Peña Tendido 10 en el Salón de Grados (antes capilla de la Virgen de Loreto) de la cuatricentenaria Universidad de San Marcos. Según la mayoría de las fuentes, la primera desventaja de la plaza de Acho radica en el deterioro de su entorno (llegándose a hablar, quizás con algo de exceso, de “espacio tugurizado”): devaluado desde el punto de vista inmobiliario (con el Mirador de Ingunza asentado entre las ruinas de un antiguo hotel), amenazado por la inseguridad reinante (que el serenazgo del área no consigue erradicar) y menoscabado por la carencia de estacionamientos para los vehículos, una serie de obstáculos que la buena voluntad de los tenaces promotores de la rehabilitación del Rímac no ha podido contrarrestar, pese a la loable iniciativa que ha conducido a la modélica peatonalización del jirón Hualgayoc, realzando la sugestiva fisonomía de la plaza. Una plaza que se resiente de su abandono (calculado según los mismos medios en un mínimo de tres décadas) por parte de la entidad propietaria, la Beneficencia de Lima (SBLM), que ha buscado su beneficio rápido (perdón por la fácil Recensiones de libros 209
ironía) sin atender a la necesaria inversión en el mantenimiento del edificio, matando así la gallina de los huevos de oro, de tal forma que la anteriormente floreciente temporada taurina se ha visto reducida a las cinco corridas de la Feria del Señor de los Milagros, sin que ni siquiera se puedan programar otros tipos de espectáculos aprovechando más racionalmente las posibilidades del espacio, lo que encarece exponencialmente el precio de las entradas (la más económica de las cuales alcanza los ciento cincuenta soles, es decir, unos 60 dólares, unos 50 euros), alejando así del coso a un público potencialmente interesado en la fiesta brava. Un tercer contratiempo, que se ha añadido este año, ha sido la entrada en liza como empresa organizadora de un grupo filial de la Casa Toreros de México, que a los ojos de los aficionados parece inclinarse no sólo por los toreros mexicanos, sino por los toros de la misma procedencia, frente a los toros españoles, los preferidos por el público en razón de sus mejores condiciones objetivas para garantizar una lidia de calidad. La adición de todos estos factores parece dar como resultado la oferta de unos carteles sin suficiente atractivo para la que ha pasado a ser la plaza de toros más cara del mundo. De este modo, la celebración del 250º aniversario de Acho se ha convertido en ocasión de un amplio y difundido debate que llega a poner en cuestión incluso la supervivencia de la plaza, a menos que se dé un golpe de timón para restablecer la situación. La mayor dificultad es que nadie parece encontrar ninguna institución capaz de hacerlo. ¿La República, el municipio de la capital, los restauradores del distrito del Rímac, la Beneficencia de Lima, los empresarios de la Casa Toreros? Desde luego, no los aficionados, impotentes como en otros lugares ante la desidia de los presuntos implicados en el decli- ve de la centenaria plaza y, como corolario, en el declive de la propia fiesta de toros en Perú. Carlos Martínez Shaw 210