Información y propaganda anglo-americana en la guerra de Corea
Abstract
El conflicto de Corea marcó el inicio de la guerra fría entre las grandes potencias. Aunque, aparentemente, esta época terminó en 1989, el régimen despótico de Pyongyang sigue amenazando al mundo con la utilización de armas nucleares para imponer al mundo su política. El artículo analiza dos aspectos mediáticos de la guerra: la difícil tarea de los reporteros internacionales que informaban desde el campo de batalla, vigilados y censurados por el general McArthur; y la estrategia propagandística del gobierno de Gran Bretaña, que veía en la contienda una oportunidad para consolidar su relación privilegiada con los Estados Unidos.
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Información y propaganda anglo-americana en la guerra de Corea Ingrid Schulze Schneider Resumen: El conflicto de Corea marcó el inicio de la guerra fría entre las grandes potencias. Aunque, aparentemente, esta época terminó en 1989, el régimen despótico de Pyongyang sigue amenazando al mundo con la utilización de armas nucleares para imponer al mundo su política. El artículo analiza dos aspectos mediáticos de la guerra: la difícil tarea de los reporteros internacionales que informaban desde el campo de batalla, vigilados y censurados por el general McArthur; y la estrategia propagandística del gobierno de Gran Bretaña, que veía en la contienda una oportunidad para consolidar su relación privilegiada con los Estados Unidos. Palabras clave: Corea, guerra, información internacional, Gran Bretaña, estrategias de propaganda Abstract: The Korea conflict marked the beginning of the cold war between the big powers. Though, seemingly, this period finished in 1989, Pyongyang's despotic regime still menaces the world with the use of nuclear weapons in order to impose on the world its politics. The article analyses two media aspects of the war: The difficult task of the international journalists who reported from the battleground, watched and censored by the general McArthur; and the propaganda strategy of the British Government, which saw in the confrontation an opportunity for consolidating its privileged relationship with the United States. Keywords: Korea, war, international reporting, Great Britain, propaganda strategy Revista Comunicación, Nº5, Vol.1, año 2009, PP. 24-41 20
Ingrid Schulze Schneider 1. Introducción La guerra de Corea de 1950 suele llamarse “la olvidada”, dado que suscitó bastante menos atención de los medios de comunicación que otros conflictos posteriores. A diferencia de la de Vietnam, no produjo una profunda conmoción moral en Estados Unidos. Incluso los espectadores de la serie televisiva MASH, ambientada en ella, suelen pensar que se refiere a otra contienda. Parece inconcebible que una alusión a Vietnam pudiera hacerse en parecidos términos humorísticos. En más de cincuenta años no se ha solucionado la situación en Corea. Pyongyang se ha dotado de armas atómicas y desarrollado pruebas nucleares, desafiando al mundo y amenazando con castigar “sin piedad” a los países que apliquen las sanciones impuestas por la ONU1. China, aliado tradicional de Pyongyang, su principal suministrador de energía y ayuda alimenticia, no quiere que el régimen de Kim Jongil se derrumbe, dado que Corea del Norte es un tapón frente a los 30.000 soldados de EEU desplegados en Corea del Sur. Además, Pekín teme una avalancha de refugiados si el régimen norcoreano se hunde, avalancha que no está dispuesta a acoger. La situación política es preocupante y su tratamiento informativo en los medios impresos y audiovisuales que profesan ideologías diferentes parece retrotraernos a 1950. Creemos que es un buen momento para recordar los problemas que tuvieron los medios de comunicación con la cobertura de aquella guerra, poniendo, al mismo tiempo, de relieve algunas circunstancias particulares que la acompañaron, como los esfuerzos propagandísticos del gobierno británico, para explicar a sus ciudadanos su participación en las campañas militares al lado de los Estados Unidos de América. 2. Antecedentes históricos Japón se había anexionado Corea en 1910. Después de Segunda Guerra Mundial, los aliados habían prevista la desaparición de la colonización japonesa del país y una cierta tutela internacional durante algún tiempo. La ocupación por parte de la URSS y los Estados Unidos con sistemas de organización social y política tan distinta, tuvo como consecuencia una delimitación de las respectivas áreas de influencia en el paralelo 38. En el verano de 1947, los norteamericanos llevaron la cuestión coreana a la ONU, que decidió la formación de un Gobierno provisional después de la celebración de unas elecciones. Pero éstas sólo se celebraron en Corea del Sur, dando como resultado la victoria de Syngman Rhee, mientras que en el Norte una asamblea decidió, poco después, la proclamación de la República Popular de Corea. A finales de 1948, los soviéticos retiraron sus fuerzas de ocupación y, poco después, lo hicieron los norteamericanos. Quedaron, pues, dos estados coreanos, que muy pronto serían protagonistas de uno de los episodios más peligrosos de la guerra fría. Syngman Rhee en el Sur y Kim Il-Sung en el Norte pugnaban para unir la península bajo su respectivo sistema. La República Popular de China estaba alerta sobre una eventual guerra en Corea. A Mao Zedong le preocupaba que el conflicto motivara la 1 “Corea del Norte amenaza con castigar “sin piedad” a los países que apliquen las sanciones de la ONU”, El Mundo, Madrid, 18 de octubre 2006, p. 24. Comunicación, Vol.1, Nº6, año 2008, PP. 20-31. ISSN 1989-600X 21
Información y propaganda anglo-americana en la guerra de Corea intervención americana en Asia. Una vez iniciada aquélla, prestaría ayuda al régimen de Pyongyang. Durante las décadas de enfrentamiento entre los bloques, los historiadores no se pusieron de acuerdo a quien correspondía la responsabilidad del inicio del conflicto bélico. Después de la apertura de los archivos soviéticos ha quedado demostrado que fueron los norcoreanos que convencieron a Stalin a apoyar su invasión del Sur. Ésta se produjo el 25 de junio de 1950 con unos 90.000 soldados norcoreanos, apoyados por un centenar y medio de tanques soviéticos. La discusión del problema coreano en las Naciones Unidas, tuvo como consecuencia un mandato de la ONU de acudir en ayuda de Corea del Sur. Esta resolución sólo pudo ser aprobada, gracias al boicot de la Unión Soviética contra el Consejo de Seguridad, por lo que su representante se hallaba ausente en el momento de la votación. Las fuerzas estadounidenses, bajo el mando supremo del general Douglas McArthur, soportarían el mayor peso de la intervención aliada. Tropas de otros quince países miembros de la ONU, concretamente de Australia, Nueva Zelanda, Reino Unido, Francia, Canadá, Sudáfrica, Turquía, Tailandia, Grecia, Holanda, Etiopía, Colombia, Filipinas, Bélgica y Luxemburgo, prestarían también ayuda militar; pero muchos de ellos sólo de forma testimonial. 3. La cobertura informativa de la guerra Las relaciones de Douglas McArthur con los medios de comunicación ya habían sido malas en el frente del Pacífico, comandado por él durante la Segunda Guerra Mundial. Como señala José Luis Vidal Coy, (Vidal Coy, 2006:3) algunos corresponsales protestaron reiteradamente, porque los oficiales de enlace parecían más interesados en conseguir la glorificación mediática de su Comandante en Jefe, que en dar información sobre el curso de las operaciones. Este desencuentro se repetiría años después en la guerra de Corea. En un principio, McArthur no impuso en Corea censura alguna a los informadores, sino que optó por confiar en el autocontrol de los reporteros para no perjudicar las campañas militares. Por ello, éstos no hallaron cortapisas para enviar a sus periódicos información detallada sobre la desastrosa actuación de la Infantería norteamericana en los primeros días del enfrentamiento armado. Peter Kalischer, corresponsal de United Press fue testigo de como los soldados yankees –chicos de 19 o 20 añosfueron rechazos por el enemigos, y huyeron gritando y llorando de pánico. También Tom Lambert de Associated Press y Marguerite Higgins del New York Herald Tribune observaron escenas parecidas mientras los americanos se desplazaban hacia el sur. Ellos contaron lo que vieron y oyeron, repitiendo las palabras de un joven teniente que les preguntó: “¿Estáis contando la verdad a la gente en América?, contadles que de veinte hombres sólo quedan tres, que no tenemos nada con que luchar y que esta guerra es absolutamente inútil” (Knightley, 1975:337). Esto fue exactamente, lo que los corresponsales escribieron, añadiendo todo tipo de detalles sobre los malos ejemplos de los oficiales aliados y la falta de armamento y equipo. La reacción del Ejército y del Cuartel General de Mc Arthur no se hizo esperar. Los periodistas implicados fueron acusados de traidores, y Lambert y Kalischer -que se encontraron en Tokio para enviar desde allí sus reportajesno recibieron permiso Comunicación, Vol.1, Nº6, año 2008, PP. 20-31. ISSN 1989-600X 22
Ingrid Schulze Schneider para volver al frente, aunque McArthur revocaría después esta prohibición. En vista del caos reinante y de la incertidumbre sobre los límites de su información, fueron los propios corresponsales los que pidieron a las autoridades militares la introducción de la censura previa para saber a que atenerse. Aunque ésta no se decretó inmediatamente, los periodistas tenían que procurar llevarse bien con las autoridades militares, porque dependían de ellos en todo: en la comunicación con Tokio para transmitir sus mensajes; para obtener sus permisos y el transporte para trasladarse al frente; para su alojamiento; manutención, etc. De hecho, las condiciones de vida de los periodistas eran muy precarias. En el cuartel general de la prensa en Taejon, todos los corresponsales vivían en una sola habitación, en un edificio sucio e infectado de ratas, donde dormían, comían, escribían y luchaban, porque sólo existía una línea telefónica con Tokio. Es decir, cada corresponsal tenía que gritar –durante unos pocos minutos, entre las cero y las cuatro horas de la madrugada-, públicamente, en presencia de sus competidores, sus mensajes por teléfono a su redacción. No había otra forma de sacar noticias de Corea, salvo la de llevarlas personalmente a Tokio (Knightley, 1975:338). A pesar de todas las precauciones, algunas noticias llegadas a la prensa norteamericana eran consideradas peligrosas para la seguridad de los combatientes. Al menos así lo creían algunos miembros del Congreso de los Estados Unidos, que hicieron una llamada de atención a la prensa y a la radio para que no siguieran con la revelación de movimientos de tropas en Corea. Esta intervención insólita del Congreso de los Estados Unidos en asuntos de prensa es muy significativa para el futuro de las relaciones entre las autoridades políticas y los medios de comunicación en conflictos posteriores, como el de Vietnam, ya que aquellas se decantaron claramente por subordinar la libertad de información a lo que consideraban seguridad nacional en tiempo de guerra. Por el contrario, los periodistas interpretaron las restricciones crecientes de su trabajo simplemente como una maniobra para proteger la imagen pública de los militares. Después del desembarco de McArthur en Inchón, la suerte de los militares aliados parecía haber cambiado. A principios de noviembre de 1950, las tropas norteamericanas habían alcanzado el borde del río Yalu en Manchuria, pero el día 26 de ese mes, la entrada en combate de miles de soldados del Ejército Popular chino tuvo consecuencias muy negativas para las fuerzas de las Naciones Unidas. Aunque los combatientes turcos y de la Brigada de la Commonwealth lucharon bravamente, otras tropas emprendieron la huída. El comportamientos del ejército surcoreano fue lamentable, y sus ejecuciones masivas de prisioneros militares y civiles en presencia de algunos reporteros, hicieron cuestionarse a más de uno la razón de esta guerra. En vista de las críticas hostiles, el cuartel general de McArthur puso fin (21 de diciembre) al sistema de autocontrol de los periodistas, implantando en su lugar la censura completa de todos los mensajes, emisiones de radio, artículos de revistas y fotografías de Corea. Aquél que se atrevía a saltar las normas, como Peter Webb de United Press, fue enviado a casa. Para mayor seguridad, en enero del 51, los corresponsales fueron situados bajo la estricta jurisdicción del Ejército, y si violaban alguna de las órdenes dadas en una larga lista de instrucciones, podían sufrir graves castigos, e incluso ser puestos ante un Tribunal de Guerra. No sólo se trataba de Comunicación, Vol.1, Nº6, año 2008, PP. 20-31. ISSN 1989-600X 23
Información y propaganda anglo-americana en la guerra de Corea salvaguardar secretos militares, sino de impedir cualquier crítica a las Naciones Unidas, sus líderes y el transcurso de la guerra en general. Las protestas de los corresponsales no se hicieron esperar. El London Daily Dispatch decía, que la censura era ahora tan férrea que lo único que se podía decir era que las tropas de las Naciones Unidas estaban en Corea (Knightley, 1975:345). A pesar de las rigurosas normas de vigilancia, algunos informes de corresponsales británicas sobre el uso de Napalm consiguieron salir al exterior. Pero los editores de los periódicos de Londres habían reconsiderado ya su postura, y no publicaban ya noticias perjudiciales para Washington. Esta actitud de apoyo a los Estados Unidos contra los rojos se mantuvo incluso después de la guerra. Knightley relata como I.F. Stone del New York Daily Compass buscó sin éxito un editor para su libro, en el que contaba sus impresiones –ciertamente no muy halagüeñas para los aliadosde su estancia en Corea. Veintiocho editoriales rechazaron la publicación que, finalmente, fue aceptada por Monthly Review Press bajo el título “The Hidden History of the Corean War”. Con anterioridad, el inglés Reginald Thompson logró publicar en Gran Bretaña en noviembre de 1951 su libro llamado “Cry Korea”, en el que denunciaba, que la guerra no tenía ningún sentido; que era una pérdida de vidas, dinero y tiempo, al mismo tiempo que un error político, militar y estratégico. En Américo no encontró editor (Knightley,1975:347). Las posibilidades de hablar claro acerca de la guerra de Corea se redujeron cada vez más, e incluso los periódicos ingleses simpatizantes con la izquierda dejaron de oponerse a la guerra. Las causas eran varias, siendo la más importante la escalada de la guerra fría, es decir la lucha contra el comunismo, calentada en los Estados Unidos por la caza de brujas del senador Joseph McCarthy. 4. Los intereses británicos Como señala Peter Lowe (Lowe, 1989:126), la guerra de Corea ofreció a Gran Bretaña la oportunidad para consolidar su relación privilegiada con los Estados Unidos, suponiendo, sin embargo, al mismo tiempo, un peligro, porque podía, precisamente, enturbiar estas relaciones. Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña no era aún consciente de la pérdida de su status como poder mundial. Pero en 1950, sus dificultades económicas, que la habían obligado a devaluar la Libra Esterlina en 1949, y la tensa situación política creada por la Guerra Fría, habían puesto de relieve, que la seguridad del país y su papel en la política mundial sólo se podían mantener gracias a una relación especial con los Estados Unidos. Esta dependencia impidió, de hecho, una política independiente en el conflicto coreano, a pesar de que los intereses económicos y coloniales británicos en Asia generaban importantes diferencias de opiniones entre Londres y Washington en relación con su política en China. El día del inicio de la guerra, 25 de junio 1950, cuando tropas norcoreanas cruzaron el paralelo 38 en un intento de unificar la península bajo un régimen comunista, un Memorandum del Foreign Office señaló que Gran Bretaña sólo compartía ligeramente el interés americano en la retención de un punto de apoyo no comunista Comunicación, Vol.1, Nº6, año 2008, PP. 20-31. ISSN 1989-600X 24
Ingrid Schulze Schneider en el continente asiático enfrente de Japón, ahora que China había caído en manos comunistas (Lowe, 1989:459). Este tema sería uno de los problemas principales de la política británica en los próximos años: Corea no era un área de gran importancia para los intereses económicos o estratégicos de Gran Bretaña, pero la implicación de Norteamérica en el conflicto exigía su apoyo. Al mismo tiempo, Londres reconoció que la guerra de Corea ponía en peligro sus intereses en otras partes del mundo, y que la caída de Corea del Sur supondría la derrota de la hegemonía occidental en amplias zonas de Asia. En vista de que no había más remedio, y en contra de los consejos de los jefes militares, Gran Bretaña envió dos brigadas y armamento a Corea. No obstante, y con el fin de minimizar su implicación en el conflicto, el Gobierno británico inició contactos directos con Moscú. Dado que aún no estaba probado que Corea del Norte hubiera actuado siguiendo directrices directas de Moscú, el Foreign Office pretendía mantener públicamente la ficción, de que la Unión Soviética no estaba implicada en el asunto, dando así la oportunidad a Moscú de ordenar la retirada norcoreana sin perder la cara. Sin embargo, los intentos británicos de llegar a un acuerdo con Moscú, basado en concesiones a la China comunista respecto a Taiwan y un puesto en la ONU, fueron pronto e inequívocamente abortado por los Estados Unidos (Lowe, 1989:461). A lo largo del conflicto, Gran Bretaña siguió con sus intentos de moderar la política norteamericana. El dilema era saber hasta donde podía llegar su oposición a la estrategia de Washington, sin poner en peligro su alianza privilegiada, crucial para sus intereses vitales. Por otra parte, Londres tenía que explicar a sus ciudadanos sus delicados malabarismos diplomáticos de una forma creíble, por lo que diseñó estrategias propagandísticas adecuadas para no perder el apoyo público. 4.1. El Information Research Department (IRD) del Foreign Office2 Después de la Segunda Guerra Mundial, el Information Research Department del Foreign Office (IRD) fue creado en 1948, en respuesta al establecimiento en 1947 del Cominform, la agencia soviética para la propaganda internacional. La tarea asignada al IRD fue la búsqueda de información sobre políticas y estrategias de la propaganda comunista y el suministro de material adecuado para combatirlas. Con esta medida Gran Bretaña entró de lleno en la lucha por la conquista de la opinión pública durante la guerra fría. Bajo la dirección de un veterano miembro del Departamento Político de la Segunda Guerra Mundial, Ralph Murray, el IRD ayudó eficazmente a organizar la propaganda anti-comunista de manera “ofensiva, defensiva y subversiva” en Inglaterra y en ultramar; entendiendo por propaganda ofensiva, la que expone y ataca la política comunista y sus métodos; por defensiva la que contesta directamente a los ataques provenientes de países comunistas; y por subversiva, aquella 2 Los datos de este apartado están tomados del artículo de Tony Shaw, “The Information Research Department of the British Foreign Office and the Korean War, 1950-1953”, Journal of Contemporary History, Vol. 34 (2), pp. 263-281. Comunicación, Vol.1, Nº6, año 2008, PP. 20-31. ISSN 1989-600X 25
Información y propaganda anglo-americana en la guerra de Corea propaganda que pretende rebajar la influencia soviética en áreas fuera de sus fronteras. Cuando el ejército de Corea del Norte invadió el sur de la península, el gobierno laborista de Clement Attlee se alineó con Truman en las Naciones Unidas, condenando el régimen de Pyongyang y enviando unidades navales británicas al Lejano Oriente, para entrar en combate. Aunque los aliados no albergaban dudas acerca de la instigación soviética del ataque norcoreano, la participación en la guerra planteó importantes problemas políticos a Attlee. Muchos británicos no sabían muy bien donde situar a Corea en el mapa, y de aquellos que conocían algo más sobre la historia de los coreanos, la mayoría abominaba de Sygman Rhee, el líder del gobierno surcoreano, considerado corrupto y falto de escrúpulos. Por ello, el compromiso de las tropas británicas en Corea no era visto con buenos ojo por el pueblo inglés, teniendo en cuenta, además, las dificultades económicas que estaba sufriendo. De hecho, el partido laborista perdería las elecciones generales en 1951, seguramente a causa de la impopularidad de su política en Corea. Cuando Attlee anunció el 24 de julio 1950 que había decidido enviar una brigada al contingente aliado de las Naciones Unidas, teniendo que recurrir a veteranos reservistas de la Segunda Guerra Mundial, el Primer Ministro tuvo que hacer frente a críticas procedentes de su propio partido para justificar su política. Muchos ciudadanos ingleses se cuestionaron no sólo la oportunidad sino, también, el derecho de intervenir en Corea. Moscú se quejó en repetidas ocasiones en el verano de 1950, de que el Consejo de Seguridad había actuado en contra de la Carta Magna de las Naciones Unidas cuando votó a finales de junio la intervención armada en Corea del Sur, en ausencia del representante de la Unión Soviética, en protesta por la negativa de la ONU de aceptar a la China comunista como representante del país. En vista de las reticencias de la opinión pública, Attlee se dio cuenta de que era preciso explicar a los británicos las razones de su política, organizando adecuadas campañas de propaganda. Miembros de la Oficina de Información del Foreign Office pusieron manos a la obra. Había que centrar los argumentos en dos frentes: en Asia, donde el comunismo estaba ganando cada vez más adeptos, y en Gran Bretaña donde partidos legales y grupos clandestinos servían como quinta columna a la causa comunista. A partir de agosto de 1950, el gabinete de Attlee fue también objeto de una feroz crítica por parte de los sindicatos, temerosos de que la política de Norteamérica llevaría al mundo a una tercera guerra, por lo que exigían la retirada de todas las fuerzas británicas. Dado que la crisis económica había afectado seriamente a los sectores industriales, dejando en el paro a muchos obreros, el gobierno inglés no podía simplemente ignorar estas protestas, que bien podrían desembocar en una movilización general. Denis Healey, delegado para asuntos internacionales del partido laborista había recibido en agosto 1950 del IRD las primeras consignas para elaborar material propagandístico basado en los siguientes argumentos: 1. El presidente norcoreano Kim Il Sung llevaba ya tiempo preparando su agresión a Corea del Sur 2. El status legal del gobierno surcoreano, elegido democráticamente, frente al régimen totalitario del norte, satélite de Moscú Comunicación, Vol.1, Nº6, año 2008, PP. 20-31. ISSN 1989-600X 26
Ingrid Schulze Schneider 3. La responsabilidad de Moscú de la invasión del ejército norcoreano 4. El calvario de los campesinos del sur, cuyas tierras eran destrozadas e incautadas por los invasores Las Oficinas de Información de Londres y Washington subrayaban, asimismo, las labores humanitarias realizadas por sus fuerzas armadas en Corea. Otras campañas informativas destinadas a los británicos pretendían combatir la propaganda comunista, considerada culpable del continuo crecimiento de la oposición doméstica. Los partidos comunistas europeos habían organizado importantes movilizaciones contra la guerra de Corea. El Partido Comunista francés apoyó sin reservas a la URSS y su lema de sostener numerosos “movimientos por la paz” en Occidente. En 1951, Picasso se hace eco de esta postura, denunciando la política Norteamérica en un gran cuadro titulado Masacre en Corea. Los portavoces británicos insistían, una y otra vez, en que las operaciones militares en Corea eran la respuesta al asalto del Norte; pero las atrocidades cometidas por el régimen de Rhee, atrocidades denunciadas no sólo por los propagandistas prosoviéticos, dificultaban enormemente las justificaciones aliadas. En agosto de 1950, Alan Winnington, corresponsal del periódico del partido comunista británico Daily Worker, que acompañaba al ejército norcoreano, denunció el hallazgo de tumbas, en las que yacían los cuerpos de unos 7.000 hombres y mujeres ejecutados por la policía de Rhee. En las semanas siguientes, la prensa inglesa se hizo eco de otras masacres cometidas, también, supuestamente por los surcoreanos. A raíz de los efectos desastrosos de estas revelaciones en la opinión pública, el gabinete de Attlee discutió públicamente su proyecto de denunciar al Daily Worker por traición y de introducir una ley de prensa draconiana, prohibiendo todas las manifestaciones periodísticas que apoyaran al enemigo. Sin embargo, este plan no fue llevado a la práctica, cuando los ministros averiguaron que muchas de las denuncias tenían fundamento, y que cualquier proceso sobre estos asuntos sólo beneficiaría a los comunistas. En su lugar, los encargados oficiales de la propaganda cooperaron secretamente con el ejército aliado, ocultando información sobre atrocidades cometidas o tergiversando los hechos, declarando, por ejemplo que determinadas ejecuciones se debían a previas provocaciones comunistas o, simplemente, al “gusto oriental de cometer actos bárbaros” (Shaw,1999:269).. Después de la entrada de China en la guerra, en vista de la complicación del conflicto y su más que posible alargamiento, el apoyo del pueblo británico a la política de Atlee se redujo al 26 por cien de la población. La propaganda oficial tenía que enfrentarse a la ardua tarea de demostrar, que era necesario seguir al lado de Washington, subrayando la importancia de la solidaridad anglo-americana frente a la naturaleza agresiva del comunismo. Cuando Mc Arthur introdujo la censura previa de todas las comunicaciones, una Comisión de prensa, que contó con el pleno apoyo del Foreign Office, se estableció en Tokio con el cometido de supervisar todas las noticias. El reglamento impuesto exigía que todos los reportajes del frente tenían que ser veraces, que no podían contener información militar para el enemigo, ni tampoco lesionar la moral de las tropas, ni incomodar a los Estados Unidos o sus aliados. Como señalamos anteriormente, aquellos periodistas que no ajustaron sus comentarios a estas directrices, o que abogaron públicamente a favor de un alto de fuego, fueron enviados a casa. William Clark, el corresponsal del prestigioso Observer Comunicación, Vol.1, Nº6, año 2008, PP. 20-31. ISSN 1989-600X 27
Información y propaganda anglo-americana en la guerra de Corea londinense se encontró entre los que sufrieron represalias. No hay que extrañarse, de que pocos reporteros se atrevieron a relatar la verdad sobre lo que presenciaron. El historiador militar Trevor Royle cita en su reseña de la guerra de Corea las palabras del americano Hal Boyle, quien considera la guerra de Corea la peor informada de los tiempos modernos (Roye, 1987:189-195). Los delegados del IRD tuvieron también que enfrentarse en numerosas ocasiones a sus colegas norteamericanos, al hallarse en desacuerdo con las estrategias propagandísticas de estos últimos. Londres consiguió, por ejemplo, que Washington modificara sus informes a la ONU, en los que llamaba a los chinos “agresores”. A los ojos de Whitehall, este término autorizaría a McArthur a invadir Manchuria. La destitución del imprevisible general por Truman a mediados de abril 1951, supuso un gran alivio para el gobierno británico, que tenía que enfrentarse a un creciente sentimiento anti-americano de sus ciudadanos. Presentar una imagen positiva de los eventos en Corea no fue tarea fácil para el IRD, pero mucho más complicado fue diseñar una campaña publicística capaz de explicar a los británicos las amplias implicaciones políticas del conflicto. La invasión de Corea por el ejército norcoreano había llevado a los políticos ingleses a cambiar sustancialmente sus ideas respecto a la disposición de Moscú a iniciar una nueva guerra. Este cambio de opinión llevó a Londres a poner en marcha un programa de rearme masivo, con un coste total de 4.700 millones de Libras Esterlinas en tres años; suma que supuso para los británicos un mayor gasto per cápita en defensa que para los norteamericanos. Para contrarrestar el natural rechazo de la opinión pública, el portavoz del Gobierno Gordon Walker redactó una apasionada Memoria, en la que argumentó, que existía un gran peligro de desorden social si no se conseguía explicar al pueblo británico la absoluta necesidad del rearme. En consecuencia, el gobierno británico comenzó a lanzar campañas de “educación pública” a todos los niveles de la población, con el fin de convertir la conciencia existente de que la Unión Soviética representaba una amenaza para Gran Bretaña en un sentimiento de miedo más agudo. Había que combatir especialmente tres actitudes: 1) El escepticismo de los que dudaban de la veracidad de la existencia de un peligro ruso; 2) La postura de los derrotistas, que opinaban que ninguna oposición a Rusia resultaría ser eficaz; y 3) La opinión de los que creían que cualquier asociación con la política exterior norteamericana, especialmente en el Lejano Oriente, llevaría a una tercera guerra mundial (Roye, 1987: 273). El plan para combatir las ideas opositoras fue expuesto en un panfleto de 69 páginas, redactadas por John Peck y enviado a Gordon-Walker en julio de 1951. Peck llegaría pronto a ser el nuevo jefe del IRD. Su folleto titulado The British Defence Programme fue repartido a todos los “educadores” y líderes de la opinión pública, entre ellos la BBC. Peck quería familiarizar a los “formadores” con: a) una historia básica de la Unión Soviética y la ideología comunista; b) con una descripción de los daños que sufrirían los británicos, en caso de no defenderse contra el peligro ruso; c) recordar a los ciudadanos los valores del British way of life, y, en general la forma de vida de las potencias occidentales; y d) demostrar la naturaleza esencialmente pacífica de la política de la OTAN, señalando que son las dictaduras y no las democracias las que comienzan guerras. Comunicación, Vol.1, Nº6, año 2008, PP. 20-31. ISSN 1989-600X 28