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De indios “bárbaros” a vasallos en la frontera meridional chilena durante el reformismo borbónico

Chauca García, Jorge

Abstract

Con la presente Tesis Doctoral abordamos críticamente la visión ilustrada del indígena de la frontera meridional chilena como marco geográfico y la centuria de la Ilustración como coordenada temporal, especialmente su segunda mitad. Un análisis de sus tres familias básicas que no contempla por razones cronológicas a los picunches o gentes del norte, pero sí a los mapuches –gente de la tierra–, huilliches –gente del sur o sector meridional mapuche– y los pehuenches cordilleranos –gente del pehuén o pino chileno–. Esta división horizontal en razón de su distribución latitudinal se complementa necesariamente con la clásica repartición cuatripartita longitudinal de los butalmapus o distritos indígenas. Así, la frontera araucana, entre el río Bío-Bío y la plaza de Valdivia, se dividía en: costa, llanos, precordillera y la Cordillera propiamente, barrera que no fue obstáculo para unas relaciones fluidas. Además, al sur de la misma se extendía la frontera huilliche, que abarcaba desde el presidio valdiviano hasta Chiloé. Y, por supuesto, los pehuenches, que enseñoreaban ambas vertientes andinas. Nuestro trabajo se estructura en seis capítulos, si bien el todo es más que la suma de sus partes. En primer lugar abordaremos el marco físico de la frontera meridional pacífico-americana en sus dos escenarios básicos: continental o Araucanía e insular o archipiélago de Chiloé. Poniendo énfasis, según ojos ilustrados, en sus recursos. Seguidamente, los grupos indígenas y sus divisiones internas, así como sus imágenes y representaciones por medio de la indumentaria y el lenguaje. Sin olvidar el contexto conceptual y metodológico acerca de la realidad fronteriza e indígena y su tratamiento por la historiografía chilena que nos introduce en la temática de la identidad y la variedad de corrientes historiográficas y líneas de investigación. Del mito configurador de la nacionalidad al estudio del paulatino roce que generó una realidad nueva alejada de simplificaciones. A continuación, las visiones cercanas y extrañas de la alteridad y los procesos socioculturales de integración frente al rechazo. En el cuarto capítulo, abordamos el cambio en la percepción del indio que de “salvaje” se pretende pase a “vasallo”, y los esfuerzos del reformismo ilustrado fronterizo, teórico y práctico, por absorberlo. Todo gracias a una nueva interpretación del “otro” por parte de los misioneros y políticos ilustrados, fruto del pensamiento, las necesidades y los temores a la incursión foránea. La necesidad de su integración efectiva en la Monarquía mediante mecanismos simbólicos y estrategias de asimilación varias, entre las cuales destacamos el papel de las mujeres y agentes de mediación intercultural. También la obra evangelizadora de frontera llevada a cabo por jesuitas y franciscanos que, junto a las poblaciones y los caminos que reorganizan el espacio fronterizo, articulan las relaciones con el indígena. En el panorama de fronteras imperiales en expansión y su nuevo papel en las rivalidades europeas, no se puede soslayar la secularización de la frontera desde finales del siglo XVIII. Por último, la estratégica plaza de Valdivia, como paradigma central entre las dos fronteras septentrional y austral, la proyección transitoria del levantamiento andino tupamarista en la frontera de Concepción y la interacción étnica pactista vía parlamentos, especialmente útil a la hora de confirmar o no hipótesis de trabajo. Finalmente, la selección bibliográfica nos ayuda a entender un tiempo histórico concreto y nos sitúa en el estado de la cuestión. Así pues, respecto a las investigaciones precedentes, partimos de una bibliografía que encuadra el tema en su contexto histórico y nos presenta sus aspectos más amplios y esenciales, para acudir, posteriormente, en busca de una visión más profunda a una bibliografía especializada

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UNIVERSIDAD DE SEVILLA FACULTAD DE G EOGRAFÍA E HISTORIA DEPAR TAMENTO DE HIS TORIA DE AMÉ RICA TESIS DOCTORAL DE INDIOS “BÁ RBAROS” A VA SALLOS EN LA FRONTERA MERIDIONAL C HILENA DU RANTE EL REFORMISMO BORBÓNIC O Tesis Doctoral realizada por D. Jorge Chauca García, bajo la codirección del Dr. Emilio José Luque Azc ona y el Dr. Juan Jesús Bravo Caro. SEVILLA 2015 1 A la Dra. Mª Isa bel Pérez de Colosí a Rodríg uez In memoriam 3 AGRA DECIMIEN TOS Deseo expresar mi afectuoso agra decimiento al Dr. Emilio José L uque Azcona y a l Dr. Juan Jesús Bra vo Caro, codirectores de la pres ente Tesis Doctoral, cu y a coordinación se ha llevado a cabo desde el Departamento de Historia de América d e la Universidad de Sevilla y el Departamento de Hist oria Moderna y Contemporá nea de la Univ ersidad de Málaga, r espectiva mente . Junto al más sincero re conocimiento acadé mico y científico, me confieso en deuda de gratitud y amistad por su apoy o y estímu lo para afrontar la ardua tarea que l a investigac ión histórica su pone. Igualmente, quisiera agradecer a los profesores y profesora s de sendos Departa mentos su magisterio y ayuda en mi aprendizaje como historiador. En especial a l a r ecordada Dra. Mª Isabel P érez de Colosía Rodrí guez, de l a Universidad malacitana, quien contribu y ó decididamente a mi formación personal y profesional. Así como también ha g o extensivo el a gra decimiento al Dr. Alfredo Jiménez Núñez, de la Universidad hispalense, primer director de la Tesis y ejemplo que me ha alentado y gratificado en todo momento. Por último, un recuerdo emotivo a la m emoria del p rofesor Fra ncisco Morales Padrón. A todos mi más sincero afecto y reconoc imiento. De igual modo, ten g o m uy presente a todo e l personal de los centros de documentación europeo s y ame ricanos que he consultado. Gracias por sus atenciones durante la investi g ación en los distintos archivos y bibl ioteca s, pormenorizados en la enumeración de siglas que encabeza este tr abajo, en especial po r sus cons ejos de búsqued a y por facilitarme l a reproducción de documentos en diversos soportes. Asimismo, a los archiveros y bibliotecarios de Chile y España, países en los cuales desarrollé mi trabajo y disf ruté de un trato tan amistoso como fr uctífer o. Si debier a significar alguna inst itución, me siento obligado especialmente con el Archivo Fra ncisc ano de Santiago de Chile por los vínculos de afec to que me unen al padre Rigoberto I tu rriaga C arrasco, así como con nuestro magnífic o Archivo de Indias sevillano. Por últim o, no quiero olvidar el aliento, comprensión y cariño de m i esposa Carmen María, junto al resto de mi familia: mis padres Leonor y Aquiles 4 Jorge, hermanas I sabel y Pilar con sus respectivas familias. Sin su apoy o y colaboración, no me hu biera sido posible ll evar a cabo una tarea tan prolija, constante y labor iosa. A todos manifiesto mi más since ro agradecimiento. 5 ÍNDICE SIGLAS ................................................................................................................... 9 INTRODUCCIÓN ............................................................................................... 17 I. MEDIO FÍSICO Y PANORAMA HUMANO ............................................... 43 1. Organización del espacio fronterizo .......................................................... 45 1.1. Fronteras disímiles .............................................................................. 46 1.1.1. De la Arauca nía a Chiloé ......................................................... 53 1.1.2. Estructura de un espacio en conflicto y r elacional .................. 63 1.2. Recursos y política imperial ............................................................... 92 1.2.1. Botánica de frontera ................................................................. 93 1.2.2. Madera s para los b ajeles del monarc a ................................... 139 2. Indíge nas: cate g orías y d iversidad ........................................................... 146 2.1. Denominaciones e historiografía ...................................................... 148 2.1.1. Categorías culturales y s emántica .......................................... 150 2.1.2. Debate fronterizo: de la resistencia a la interacción .............. 171 2.2. Imágenes y representac io nes ............................................................ 192 2.2.1. El valor simbólico de la indumentaria y e l agasajo ............... 194 2.2.2. El papel político de la palabra y el discurso .......................... 215 3. Visiones del mundo araucano-mapuche .................................................. 224 3.1. Percepción de la alteridad ................................................................. 225 3.1.1. El vecino incómodo ............................................................... 239 3.1.2. El viajero ilustrado europeo ................................................... 278 6 3.2. Procesos socioculturales ................................................................... 290 3.2.1. Fronteras de leng uas .............................................................. 291 3.2.2. Educación en el ser vicio de ambas majestades ...................... 302 3.3. Entre la atracción y el rechazo .......................................................... 316 3.3.1. ¿Representantes o re h enes en Santiago? ................................ 318 3.3.2. Conflicto y mira das cruzadas ................................................. 329 II. LA FRONTERA: ¿DE LA RESISTENCIA A LA INCLUSIÓN? ...........339 4. Estrategias de asimilación ................................ ........................................ 341 4.1. Mediación intercultural ..................................................................... 343 4.1.1. Agentes de intermediación ..................................................... 344 4.1.2. Mujeres, etnogénesis y fronteras socia les .............................. 355 4.2. Métodos y experiencias .................................................................... 378 4.2.1. Gestionar las difere ncias ........................................................ 382 4.2.2. Evangelizar la otre dad ........................................................... 419 4.3. Mecanismos simbólicos de integrac ión ............................................ 431 4.3.1. La fidelidad al re y dist ante ..................................................... 433 4.3.2. Sujeción e imag inario colectivo ............................................. 453 5. Dispositivos de control ............................................................................ 465 5.1. Apropiación del paisaje .................................................................... 468 5.1.1. El camino de la frontera huilliche .......................................... 468 5.1.2. Poblar tierra a d entro ............................................................... 480 5.2. De la conquista bautismal a la comercial .......................................... 511 5.2.1. Estrategias de persua sión ....................................................... 515 5.2.2. La frontera secularizada ......................................................... 542 7 6. La defensa del territorio como necesidad ................................................ 552 6.1. Fronteras araucana y c hilote ............................................................. 554 6.1.1. Fortificación de la plaza de Valdivia ..................................... 559 6.1.2. Proyección de Túpac Amaru en Chile ................................... 594 6.2. La interacción: parlamentos interétnicos .......................................... 607 6.2.1. De coe xist encia, c onvivencia y control ................................. 609 6.2.2. Pactos en el oca so colonial .................................................... 620 III. CONCLUSIONES ....................................................................................... 661 IV. GLOSARIO ................................................................................................ . 673 V. FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA ................................................................. 679 1. Fuentes manuscritas .................................................................................. 681 2. Fuentes impre sas ....................................................................................... 685 3. Relación bibliográfica ............................................................................... 720 VI. AP ÉNDICE DOC UMENTAL ................................................................... 851 VII. ÍNDICE DE LÁMINAS ........................................................................... 961 14 B. U. C.: Bibli otec a Uni versidad Complutense B. H., FOA: Biblioteca Histórica M arqués de Valdecilla, Fondo Antiguo B. U. LL.: Bibli otec a d e la Universidad de La Laguna B. U. N.: Bibli otec a de la Universidad de Navarra F.A.: Fondo Antiguo B. U. O.: Biblioteca Central de la Universidad de Oviedo F.A.: Fondo Antiguo E.: Fondo General B. U. P. F.: B iblioteca de la Universidad P ompeu Fabra Reinado de Fernando VI, Carlos III y Carlos IV B. U. S.: Biblioteca Univer sidad de Sevilla F. A.: Fondo Antiguo M. R.: Papeles del Marqués del Risco B. U. Sa.: Biblioteca Univer sitaria de Salamanca Mss.: Manuscritos C. D. I. P .: Colecc ión Documental de la Independ e ncia del Perú F. U. E.: Fundación Univer sitaria Esp añola A. C.: Archivo Campomanes J. C. B. L.: John Carter Brown Library P. C.: Peru Collection K. B.: Det Konge l ige Bi bli otek ( Bibliotec a Real de Copenhague ) M. A.: Museo de América (Madrid) C. B.: Colección Bauzá 15 M. A. N.: Museo Arqueológico Nac ion al (Madrid) N. y M.: Departamento Numismática y Medallística M. Ch. A. P.: Museo Chileno de Arte Precolombino M. H. N. Ch.: Museo Histórico Nacional de Chile M. N. B. A. A. : Museo Nac ional de Bellas Artes (Argentina) M.N.B.A.Ch.: Museo Nacional de Bellas Artes (Chile) R. A. H.: Real Academia de la Historia M. L.: Colecc ión Mata L in are s J. B. M.: Colección Juan Bautista Muñoz América, Papeles varios Mss. de América C. y A. G.: Cartografía y A rtes Gráficas Jesuitas R. J. B.: Real Jardín Botánico (Madrid) R. B.: Real Biblioteca II: Manuscritos de América R. B. M. E.: Real Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo del Escorial S. G. E.: Servicio Geogr á fico del Ejército (Madr id ) Mapas y Planos, Chile y Perú 17 INTRODUCCIÓN Con la presente Te sis Doctora l abordamos críticamente la visión ilustrada del indíg ena de la frontera meridional chilena como marco geográfico y la centuria d e la I lustració n como coordenada temporal, especialmente su segunda mitad. Un análisis de s us tres familias básicas que no cont empla por razones cronológ icas a los picunches o gentes d el norte, pero sí a los mapuches – g ent e de la tierra – , huilliches – gente del sur o sector meridional mapuche – y lo s pehuenches cordille ranos – g ente del pehuén o pino chileno – . Esta división horizontal en razón de su distribución latitudinal se complementa necesariamente con la clásica repartición cuatripartita longitudinal de los butalmapus o distritos indígena s. Así, la frontera araucana, entre el río Bío -Bío y la plaza de Valdivia, se dividía en: costa, llanos, precordillera y la Cordillera propiamente, barrera que no fue obstáculo para unas relaciones fluidas. Además, al sur de la misma se extendía la frontera huilliche, que abarcaba desde el presidio vald iviano hasta Chiloé. Y, por supuesto, los pehuenches, que e nseñoreaban ambas vertientes andinas. La naturaleza del estudio parte de un enfoque metodológico multidisciplinar histórico y antropológico, y supo ne un análisis de media d urac ión del espacio fronterizo, en especial de su actor indí ge na, qu e con la I lustración va a ver rev alorizado en su papel. Asimismo, destacamos un aspecto básico transversal a todo el trabajo de aproximación a la realidad fronteriza araucana y h ulliche, como es el proceso de cambio cultural, cuando al choque inicial le sucede un sistema complejo de relaciones. El surgimiento de una c ult ura de frontera se realiza dentro de unos parámetros de comportamiento social r elativamente compartidos por ambas comunidade s en contac to pr olongado. Un proceso de aculturac ión con fases de aceleración y retroceso, y bidi reccional en cuanto a los elementos culturales cedidos y ad aptados; aunque sea la cultura hispana la principal donadora. Pretendemos observar si la historia de la frontera chilena es una historia que supera el mero enfrentamiento para conv ertirse en una frontera dinámica, donde la converge ncia de protagonistas colectivos alca nz ó en el siglo XVIII un a dimensión propia como espacio compartido y nuevo en sus interrelaciones. 18 Comprobar si la nueva fisonomía social y mestiz aje de elementos culturales hereda dos de la implantación hispana y le ga t arios del habitante nativo, dieron lugar a una so ciedad que rompía e l ciclo de lucha y se o frecía mestiza y o riginal. Igualmente, procuramos comprobar si el r esultado más signifi cativo del contacto secular fue el conocimiento y la integración d e ambas comunidades por encima de conflictos cerrados. Nuestra principal contrib ución, que matiz amos más abajo, va en la línea de reivindicar el espac io fronterizo chileno como un territorio de confluencia e intercambio, supera ndo la visión de choque continuado de una parte de la historiografía más interesada en la consagrac ión de mitos “incuestionables”, que ignora la complejidad d e un fenómeno mucho más ric o y cambiante. Si bien esta corriente interpretativa ya está marca da por la historiografía re ciente de la mano de autores como Gertrudis Payás, José Manuel Za vala, Jorge Pinto, Leonardo Le ón, Jaime Valenzuela y Jimena Obregón, entre otros estudiados exhaustivamente en el pre sente texto, hemos querido profundizar en la misma y analizar el progresivo p roce so de se cularizac ión de la frontera más allá de los intercambios comerciales y el mestizaje . Aquí radica nuestro aporte más sustancial y personal, mencionado anteriormente. Siguiendo las orientac iones de Guillaume Boccara al respecto y añadiendo al comercio el elemento simbólico, las repre sentaciones c ultural es, el universo de las mentalidades y los imag inarios colectivos junto a los recursos, semántica y otros elementos de a p ropiación. El estudio de la frontera nos lleva ineludiblemente a las formas de contacto violentas y p acíficas e ntre sociedades, y la génesis de una nueva entidad diferenciada. Esta idea cenital de la litera tura producida p or los estudios fronterizos desde las aportaciones del profesor Sergio Villalobos y sus discípulos ha quedado matizada o, mejor, enriquecida por el análisis de los procesos de interacc ión étnica, podemos recordar a Rolf Foerster o José Bengoa , por ejemplo. En este sentido, recordamos la clarividente idea de Pinto Rodríguez en relación a los intercambios mutuos, aparte de los circ uitos comer ciales locales o regionales – incluso de una futura pro yecc ión imperia l – . L os cambios fueron simultáneos y ob edecieron a factores de índole e xterna e interna. Desde el punto de vista indíg en a, no solo la resistencia y sus derivaciones contribuyeron a conformar una soci edad fronter iza, sino también las transformaciones operadas en 19 el propio seno del mundo nativo a consecuencia del contacto sostenido en el tiempo con los españoles 1 . El tema es de una gran relevancia y actualidad, objeto de d ebates y polémicas sobre la ins erción en la sociedad chilena, a los cuales no han permanecido ajenos los historiadore s, mu y al contrario. El conflicto que mantiene el pueblo mapuche con el gobierno chileno arranca de la misma constituc ión del Estado, así lo h emos contemplado, a unque sucintamente por su contemporane idad, a l hablar de las ca t egorías semánticas y especialmente del debate historiográfico fronterizo, en consecuencia emplazamos al capítulo corre spondiente de la prim era pa rte. Las escuelas de estudios fronterizos y de relaciones interétnicas q ueda n contrastadas en dicho apartado de la Tesis con un estado de la cuestión bibliográfi ca, así como las soluciones de síntesis más novedosas y actuales. Todos estos valioso s aportes historiográficos y antropológicos enhebran el tr abajo y son com entados recurrentemente, p ues sin tales cimientos no se podría se g uir constru y endo una ciencia h istórica capaz de explicar y comprender el presente desde la reconstrucción del pasado, seg ún la “ Escuela de los Annales ” y en palabras de Braudel 2 . De i gua l manera, al final del trabajo hemos incluido un comentario acerca d e las fuentes consultadas, que manifiestan la colaboración int erdisciplinar metodológica y cruce de testi monios de natura leza variada, al cual remitimos pa ra una lectura más a mplia y pormenorizada. Tan sol o anticipar su diversidad documental y de centros de investigac ión a lo largo de tres estancias en Chile. Asimismo, en orden a la temporalidad, queremos realizar dos matizaciones previas. En primer lugar, hemos analizado la cuestión mapuche actual someramente allí donde ha sido necesario para comprender el presente desde su raíces históricas, en con cre to el reformismo tardío de Carlos III y Carlos IV. En segundo lugar, i g ualmente analizamos la primera mitad de la centuria ilustrada cuando sirve al conocimiento del periodo tar docolonial, pues aunque somos conscientes del inicio de la política reformadora desde Felipe V, nuestro interés s e 1 P INTO RODRÍGUEZ, J orge, La forma ción del Estad o y la nación, y el p ueblo ma puche. De la inclusión a la exclu sión , DIBAM-Centro de In vestigaciones D iego B arros Arana, Santia go de Chile, 200 0, pág. 34. 2 GEMELLI, Giuliana , Fernand Braud el , PUV, Valencia, 20 05, pág. 250 . Véase BURKE, P eter, La revolución h istoriográfica france sa. La Escuela de lo s Annales: 1929 -1989 , Gedisa, Barcelona, 1999. 20 centra en el ma rco cronológico finisecular, precisamente donde el vacío historiográfico es ma y o r o requiere de nuevas interpretaciones de cara al próximo movimiento emancipador. Respecto al indí ge n a, se tr ata de rescatar la diversidad de sus respuestas frente a la forzada homoge n eidad y las va loraciones de los ilustrados que plasmaban esa nueva realidad desde premisas novedosas. I nterro ga ndo a los testimonios de españoles y extranjeros sobre s us estrategia s de subsistencia, realidad política , estructura social y valores o patrones culturales, podremos captar las continuidades y los cambios de los indíge nas y las transformaciones en las visiones de los observadores europeos. La s hipótesis de trab ajo planteadas y sujetas a v erificación se centran en la nueva situación de l a f rontera ilustrad a. Es decir, si hubo una nueva co ncepc ión global fronteriza desde la metrópoli y sus autoridades indianas d elegadas te ndente a refor z ar te rritorios en movimiento de expansión y el control efectivo de los integrados en la Monarquía Hispánica por temor a las repercusiones de la cambiante polí tica europea. Si quedó ratificado de facto lo consag rado de iure , esto es, la soberanía efect iva sobre la frontera. ¿Pudieron operar fa ctores exógenos como la amenaza real de asentamiento foráne o en puntos clave ge oestrat égicos de la América española que llevaran al replanteam iento ace rc a de los “salvaje s” o “bárbaros” por los hombres del absolutismo ilustra do? Si fue así, ¿ enfo caron la cuestión con métodos propios o se insertaron en l a cadena de solucion es heredada frente al fenómeno fronterizo? ¿Se implementaron disposit ivos y mecanismos de contenido cultural y fondo políti co como estrategias novedosas? La frontera del reformismo de be abrirse a otros prota g onistas, como los ag entes de intermediación, en especial las muj ere s. En este sentido nos planteamos cuál fue el verdadero alcance de su papel, olvidado entr e el ruido de las armas, al igual que la importancia de los recursos en la a propiación d el medio y sus habitant es. Además de v erificar esta política oficial int encionada y planificada durante el XVIII, de modo acentuado en su segunda mitad, comproba remos si pudo obedecer i gualmente a l a influencia de respuest as locales qu e condicion aran la dinámica interna y hasta qué grado son posibles los análisis comparativos con otras fronteras indianas. El uso del universo simbólico para la inclusi ón y su 21 verdadero alcance constitu y e una hipótesis primordial de nuestro enfoqu e antropológic o. Asimismo, planteamos la nueva visión del “otro” indígena, que por encima de enfrentamientos bélicos los pre senta como hombres en últim a instanc ia súbditos del re y distante, que es necesario reintegrar por vías d e la asimilación cultural a su verdadera condición de vasallos del rey católico. Un ac ercamiento que supera mitos nac ionales consagrados por la historiografía en muchos casos y en proce so de revisión, que deja atrás la idea d el indio rebelde y lo contempla como elemento en sí mismo, integ rad o más o menos se gún la variedad de respuestas y los tiempos de las mismas. Igualmente, en con clusión lógica d e lo anterior, entre los objetivos que perseguimos está contemplar la fronter a mucho más allá de la dinámica de enfre ntamiento, optando por la concepción de un espacio total e inte g rador, eso sí, de personalidad propia y diferenciada. Un espacio de confluencias que se abr e paso g r acias al progresivo entendimiento fruto del conocimiento y de necesidades mutuas. Finalmente, otra hipótes is d e trabajo observa la frontera secul arizada de finales del siglo XVIII n o solo como un proce so de aculturación ini cial y posterior transculturac ión, sino también como un medio aprovechado por los españoles de cara a la movi lidad social ascendente. De ahí que el conocimiento sobre el indígena sea objeto de variadas reflexiones que coloquen al nativo como el emento clave de l desarrollo regio nal y camino de la pr omoción político -administrativa. La reconstruc ción de l p asado debe cumplir la función soc ial de mejo rar el presente, si consideramos que somo s lo que fuimos, dicha comprensión retrospec tiva sirve para rec onocer que ser emos lo que somos, de ahí la importancia de reflexionar sobre espacios de encuentro, de mediación inter cultural entre europeos y a mericanos. Partimos de la p remisa de que toda historia es historia c ontemporánea, como Benedetto Croc e a puntó 3 . Esc ribimos y leemos Historia para comprender y mejorar nuestro presente, para adquirir el bagaje suficiente que nos permita hacer fr ente a los retos de nuestro ti empo, c omo los 3 LE GOF F, Jacq ues, Pensar la historia . Modernida d, presente y progreso , Paidós, Barcelona, 1991 , p ág. P ág. 17. MALAMUD, Carlos, “C uán nueva es la nueva historia política latinoamericana”, en P ALACIOS, Guillermo ( coord.), Ensayos sobre la n ueva historia política de América Latina , siglo XIX , El Colegio de Mé xico, México, 200 7, pág. 21. 22 desafíos de las migraciones y contac tos o la dive rsidad cultural, por otra parte tan añejos como l a dispersi ón de nu estra especie p or el planeta. No es el camino emprendido colocar datos en secuencia por la mera información por sí mismos aportada, sino que la posición que adoptemos ante el p asado y sus relaciones c on el presente son vit ales para la sociedad entera y no solo para los historiadore s, albaceas de la memoria de la experiencia colectiva. Nos pre guntamos, siguiendo al maes tro Hobsbawm: “¿ Qué puede d ecirnos la historia sobre la s ociedad contemporánea?” 4 . El contexto económico, polí tico y so ciocultural de aquella lejana frontera debe c onsiderarse relativo al punto de vista del observador, por ello adoptamos una perspectiva inclusiva desde la historia social 5 . La hist oriog rafía tradi cional iberoamer icana se caracterizó por fijar la atención en el Estado -nación y su historia broncínea de héroes epónimos funda dores 6 . Hoy en día, ante los retos de la globalización r esulta inex cusable una historia regional integradora y comparada, en línea con las nuevas rutas abiertas por la historia atlántica 7 . América ha adoptado un a postura crítica como marco intelectu al, aceptar las “certezas supuestas” suele ser cómodo, pero resulta mu y discu ti ble cuando falta la investi g ación que acredite dicha certidumbre. Las polémicas, en la raíz america na, avivar on una autocr ít ica histórica que bien puede transformarse e n sano criterio de búsqueda actual, sin lleg ar a l a iconoclasia, pues construimos historia sobre lo preexistente 8 . Al fin y al cabo, “no es la Historia campo de curiosidades (… ) En este gran Th eatro no se entra à especulaciones infructuosas”, sino a interpretar los cambios y permanencias que explican su continua 4 HOBSBAWM, Eric, S obre la Historia , Crítica, Barcelona, 2 014, págs. 38 - 51. 5 MUNCK, T homas, Historia s ocial de la Ilustración , Crítica, Bar celona, 2013, pág. 39 . 6 SOSA, I gnacio, “Historiografía del desarrollo : entre el estatuto cie ntífico y el estatuto ideológico”, en SOSA, I gn acio y CONNAUGHT ON, Brian (coords.), Historiografía latinoa mericana contempo ránea , UNAM, México, 1 999, pág. 261. 7 E LL IOT T , John H. , Imperios d el mun do atlá ntico. España y Gran Bretaña en América (1492 - 1830) , Taurus, Ma drid, 2 006; del m is mo autor, Españ a, Europa y el mu ndo de ultramar (1500 - 1800) , T aurus, Madrid, 2010; KAGAN, Richard L. y PARKER, Geo ffrey (eds.) , España, Europa y el mu ndo Atlántico. Homenaje a John H. Elliott , Mar cial P ons, Madrid, 2002; ARMIT AGE, David, “Tres conceptos d e historia atlá ntica”, Revi sta d e Occidente , 28 1, 200 4, págs. 7-28; KUET HE, A llan J. y A ND RIEN, Kenneth J., The Spanish Atlantic World in the Eighteenth Century. War and the Bourbon Refo rms, 17 13-1796 , Ca m brid ge U niversity P ress, N ew York , 2014. 8 RAMOS P ÉREZ, Demetrio, Geno cidio y con quista. Viejo s mitos qu e s iguen en pie , Real Academia de la Historia, Madrid , 1998, págs. 7 - 8. 23 construcción en benefici o pe rsonal y social: “asi por lo que mira à su persona, como al g obierno de otros” 9 . Los contactos entre pueblos son tan antiguos como la historia misma de la humanidad, sin embargo, aunque mantien en similitudes, también operan divergencias, siempre dentro del proc eso g en era l de cambio ex perimentado, pues “transición es todo en la Historia hasta el punto que pued e definirse la Historia como la ciencia d e la transición” 10 . L a frontera es un escenario privilegiado en este sentido y se constituye como un espac io geográfico y cultural de choque y encuentro entre mundos diferentes que interactúan recíprocamente po r m edio de procesos de ac ult uración o transculturac ión 11 . Respecto al primero, entendem os el término como un proceso complejo de contacto c ultural, cu yo fru to consiste en la asimilación o rece pción por un grupo social de r asg os de otra sociedad mediante la imposición, física o si mbólica 12 . Mientras que en relación al segundo, p artimos del proceso dibujado por F ernando Ortiz e inspi rado por J osé Martí y l a idea de integración cultur al 13 , según el cual sería la grad ual recepción por un pu eblo o grupo social de formas culturales ajenas, que terminan sustitu y endo a l as propia s . Ambas partes resultan modificadas, pu es siempre se da al g o a cambio de lo que se recibe, en palabras de Bronislaw Malinowski 14 . En las fr onteras chilenas analizadas – araucana, cordillerana y huilliche – se intentó lo primero, pero operó lo seg undo. L os préstamos cultura les c ir cularon re cipro ca p ero desigualmente entre ambas comunidades. El hecho fronterizo – ta nto humano como territorial – puesto ante los procesos globales del tie mpo presente puede, sin duda, ac ometerse con ma y ores posibilidades de éx ito gracias al conocimiento de ámbitos de contacto pasados. La 9 F LOREZ, He nrique, Clave historial, con qu e se ab re l a p uerta a la historia , I m prenta de Antonio de Sancha, Madrid, 17 76, pág. 3. 10 ORTE GA y GASSET , Jo sé, Historia como sistema , Espasa Calpe, Madrid , 1971, pág. 76. 11 CÉSPEDES d el CASTILLO, Guiller m o, “La s fronteras d e Europa en la Edad Moderna”, en Ensayo s sobre los rein os ca stellanos en Indias , Real Acade mia de la Historia, Madrid , 1999 , págs. 9- 10. 12 BARÉ, Jean- François, “Aculturación”, en B ONTE, Pierr e y IZ ARD, Michael (dirs.), Dicciona rio Akal de E t nolog í a y antropolo gía , Ak al, Madri d, 1996 , págs. 13 - 15. 13 Véase M AR TÍ , José, Nuestra América , Ayacucho, Caracas, 2005. 14 ORT IZ, Fernando, Co ntrapunteo cubano d el ta baco y el azúcar , Biblioteca Ay acuc ho, Caracas, 1987 , p ág. 5. Sob re la transculturación: REEVE, Mar y-Elizab eth, Los qu ichua del Curara y. E l proceso d e formación de la identidad , Abya-Yala, Quito, 2 002, p ág. 54. 30 diferenciador, asumieron una nuev a actitud hacia el mundo fronterizo. Durante la primera mitad del Setecientos se reestructuró la acción sobre el indígena en base a reforzar la política de “parlamentos”, factor de continuidad y pro y ección. Eran encuentros transfronterizos entre los representantes de ambas comunidades, a la cab eza hispano- criolla iban las autoridades po lítico-militares y ec lesiásticas, mientras que los jef es triba les – caciques o loncos – de las parcialidades indíge nas encarnaba n la autoridad nativa. Los dos int erlocutores se hacían acomp añar, respec tivamente, d e un gra n núme ro de tropa e in dios – capita nejos y moce tones – , que participaban de un a ceremonia ritualiz ada junt o a grandes banquetes y ofrenda s d e regalos que concluían con un articulado que establec í a las normas del juego fronterizo y el reconocimiento de vasallaje al monarca español. Con el tiempo, este corpus contractual s e convirtió en un estatuto fronteriz o que consagra ba i gualme nte l a representación mapuche -araucana tras su presentación ante la autorida d hispana dele g ada en el territorio. Posteriormente, durante los reinados de Carlos III y C arlos IV, la visión ilustrada llevó al descubrimiento científico del indígena , al cono cimiento del medio y a una políti ca integ radora encaminada a prese rv ar aquellos espacios de la amenaza ex terior mediante ideas de asimilación cultural y su control práctico bajo soberanía española. Esta etapa de los dos Carlos es la que ha centrado nu estra atención, respe cto al primero las razones son tan obvias como su protag onismo a la cabeza d el reformismo borbónico ilustrado. En relación a su hijo, a pesar del pánico de Floridablanca ante la deriva de los suc esos revolucionarios franceses, las refo rmas tuvieron durante su reinado has ta 1808 cierta posibilidad de implementación y, sobre todo, de comprobación de sus r esultados. Además, se trata de periodo relativamente olvidado por la historiografía y que es preciso poner en va lor, apremio ma y or en I ndias. La imagen colectiva del indómito y resistente ara ucano es fruto del sistem a de valor es y creencias compartidos por los colonizadores e spañoles y transmi tida a la historiografía poste rior, sin olvi dar su gran proy e cción liter aria 32 . L a visió n de l “ otro ” difería de la realidad pues estaba con dicionada por el subjetivism o y 32 Son obvias la s comunicaci ones entre literatura y soci edad: VARG AS LLOSA, Mario y MAGRIS, Claudio, La literatura es mi ve nganza , A nagra m a, Bar celona, 2014; MORALES PADRÓN, Fra ncisco, Améric a en sus no velas , Edicio nes de Cultura Hispá nica, Mad rid, 1983. Para las miradas enfrentada s y cautivadas : ALLENDE, Isab el, Inés del alma mía , De B olsillo, Barcelo na, 2012; LABARCA, Ed uardo, Butamaló n , An a ya, Barce lona, 1994. 31 limitada por la dificultad de percibir una cultura en construcción que, por otra parte, tomaría carta de naturaleza precisamente gracias al observador ajeno. Observaremos en nuestro estudio a los grupos genéricamente en globados bajo la denominación de araucanos por parte d e los conquistadores, extra polando una singularidad a un conjunt o de familias étnicas que quedaron arrinconadas al sur del Bío-Bío, en la z ona de contacto fronterizo desde la Ar auca nía hasta la isla grande de Chiloé. Con pautas culturales sedentarias agropec uarias en e stadios poco evolucionados y comportamientos que iban del enfrentamiento abierto con los españoles a la alianza o entendimiento, pasando por las actitudes ajustables según la coyuntura . Muy brevemente, estos son los g rupos de nue stra atención: huilliches, con cierto des arrollo cultural agrícola y g an adero, además de la pesca en torno al archipiélag o chilote, lí mite frente a los juncos o cuncos. Los mapuches, reacios a la colonización y enemigos de los hispano-criollos, que con el ti empo y por medio de cauces indirectos quedaron englobados en el mundo mestizo de la frontera . Por otra parte, los pehuenches u hombres del pehuén, fruto o piñón de l a araucaria con el cual el abora ban una harina base de su alimentación y fácil de transportar en sus desplazamientos por ambas bandas co rdillerana s. Asentados en la zona centro -sur y desplazados pro gresivamente hacia el sur y la Cordillera, eran recolectore s y cazadore s que atravesaban los Andes en dirección a los grandes espacios rioplatenses donde se les conocía por ind ios pampa ara ucanizados. L a incorporación del caballo aumentó su áre a de desplazamiento e incidió en sus pautas nómadas. Se dedicaban a la venta de sal, animales y manufacturas de piel, fueron aliados de los españoles, esp ecial y definitivamente a partir de las campaña de 1770. Otros g rupos étnicos menores cualitativa o cuantitativamente son contemplados en relación a los anteriore s. En co njunto, unos pueblos de diferente nivel de desarrollo sociocultural y contrastadas respuestas a la presencia española que, progresivamente, fueron uniformándose a oj os extraños por la aceptación del orden colonial cuando no implicándose en su mantenimiento. La percepción ilustrada del indio entre “bárbaro” y “buen salvaje”, o los afane s del reformismo borbónico por integ rar a estos súbditos díscolos definitivamente, se a rticuló en varias líneas de actuación: el poblamiento fronterizo, la transición de la guerra de fensiva a ofensiva y los mecani smos de 32 asimilación y encuentro dieron dinámica propia a una frontera ex trema. Cabe recordar que el pensamiento antropológ ico d e la Ilustración está en el origen de una visi ón clasificadora de otra s socieda des humanas al diferenciarlas y situarlas, en su afá n tax onómico, en la historia 33 . Un tercer a ge nte fronterizo en la América meridional englobaría la presenc ia europea: holan desa, francesa e inglesa fundamentalmente, tam bién de centroeuropeos, situado s f uera de la relación bidirec cional español -indígena, ambos nominalmente súbditos de la Corona . La pe rc epción e u ropea ilustrada proporciona valiosa información sobre la visión externa de las relaciones y vías de integración, así como de los factores del rech azo, por encima de la impresión de la época centrada en la posible altera ción del equilibrio y ent endimiento forzado entre españoles e indígenas. Como sabemos, la segunda mitad del XVIII contempló choques real es o temidos entre las potencias europeas en Am érica. Estas fronteras im periales en expansión propiciaron el encuentro europeo en escenarios americanos, y los cambios o permanencias de soberanía que en el caso chileno quedaron e n el pánico defensivo y la asunción de una geopolítica revalorizadora de l a frontera por obra de sus pot encialidades y de l as amenazas políticas. La s r elaciones de viajeros ex tranjeros que no compartían l a escala de valores d e eclesiásticos y militares españoles o criollos afrontaban l a co nducta indígena desde otras pe rspectiva s. S u formación científica il ustrada, el espíritu crítico y la desvinculación con el medio social indiano les llevaron a otra valoración complementaria de las interrelac iones. La frontera meridional c hilena fue objeto de atención por l a metrópoli en una doble vertiente: la problemática doméstica y la amenaza exterior. El control del territorio y el definitivo abandono del statu quo que había permiti do en la práctica , parcialmente, el desarrollo en paralelo de ambas comunidades dejaron paso finalmente, m erc ed al contacto continuado, a una nueva realidad e n aquel espacio. En segundo lu gar, por la urgente defensa del territorio amenazado por los ecos revolucion arios franceses y las ambiciones inglesas de as entamiento, es decir, la proy ección americana del juego de relaciones políticas europeas. 33 BONT E, Pierr e, De la etno l ogía a la antrop ología: sob r e el enfoq ue crítico en las cie ncias humanas , An agra ma, Barce lona, 1975 , pág. 16. 33 Por otra parte , actuó como fa ctor endógeno de la soc iedad hispanochilena la percepc ión d el mundo fronterizo no solo como un elemento diferenciador, sino como un cauce u oportu nidad de servir al rey y cimentar un cursus hono rum . La vida militar y la c arrera polí tico-administrativo propiciaron la movi lidad social ascende nte de unos hombres que , con espíritu il ustrado, quisieron reformar y racionalizar las estruc tur as de gobier no y administración. En repetidas ocas iones el paso por la capitanía general chilena fue fase previa a la promoción al virreinato peruano y mom ento de aplicación d e polí ticas de infraestructuras y d esarrollo regional. La fidelidad ju gó un pap el im portante en aquel distante territorio y s e plasmó en imágenes c ole ctivas de lea lt ad. Volviendo a la realidad fronteriza desde Chile, un aspec to básico es el intercambio cultura l entre agentes donado res y receptores en ambas direcciones. Tras el choque, los agentes fronterizos entraron en un lar g o p eriodo de contacto que terminó originando con sus múltiples transformaciones un cambio cultural. Una nueva cultura d e frontera surgió en base a unos parámetros de comportamiento social compartidos relativamente por indígenas y españ oles. El proceso de aculturación, sostenido en el ti empo pero con fases de aceleración y d e estancamie nto, va más allá de la m era integración del indíge na en las pautas socioculturales español as. L os métodos de los misioneros por asimilar o de los agentes de la administración c ivil y mi litar por controlar difieren no sól o por el diferente talante de las órdenes reli g iosas o de los funcionarios, sino por los momentos de actuac ión. La frontera era vista ta mbién desde la metrópoli. Una visión que podía llegar por los informes de hombres de frontera plasmando sus e xperiencias y aportando sus remedios, por los miembros de las múltiples expediciones ilustradas preocupa dos en el avance científico y la conservación del territorio o por la s propuestas oficiales de la práctica d e gobierno fronterizo. Gobernantes reformist as afrontar on la inclusión de la alteridad y la integración del limes chilen o como prioridad, lo que alteraría la visión tradiciona l del otro e incluso de sí mismos. El estudio del hecho fronterizo chileno implica un a gran complejidad metodológica r especto a la investiga ción a ambos lados del Atlántico y el cruce d e testimonios. Asimismo, respecto d el establ ecimiento de unas notas com unes y diferenciadora s que a l tiempo que inse rten el fen ómeno en la casuística indian a y 34 lo singularicen, p rese nte n un an álisis dual y paralelo de dos comunidades de desarrollo sociocultural dispar que chocan en un mismo espacio físico, que está vivo, en movi miento y flujo constante por la presión de la cultura donadora y que origina la resis tencia de la receptora que merced a los elementos de integración queda asoc iada a una misma realidad compartida. La v ariedad de visiones y ti empos en la evolución de las mismas trae consigo la mul tiplicidad de relaciones que debemos observar y con trastar en sus testimonios. A la información de los españoles y criollos se suma la pre sencia de agentes externos a los v ínculos originarios hispa no-indígenas. Además, unos y otros ofrecen una división int erna a tenor de sus int ere ses. Autoridades, mili tar es, misioneros, colonos se relac ionaban d e distinto modo con el indio según sus objetivos. Incluso un último nivel de complicación lo ofrece la pertenencia a una u otra orden religiosa, al origen d el gobernante o a la misión del extranjero. No cabe duda de que los métodos mi sionales difería n no sólo por la marcha del ti empo , sino por la p ertenencia a la orden se ráfica o ignaciana, por ejemplo. D e i g ual modo, un gobernante o militar español no percibía el mundo indígena c omo lo hacía un extranjero, también d epe ndía del tiempo de perma nencia y grado de adaptac ión al país, y di ferente visión ofrecía e l cri ollo al peninsular. Por último, está la problemática de la visión del mapuche- ara ucano acerca del espa ñol. Si bien por condiciona ntes de su des arrollo cultura l no contamos con textos directos, sí pretendemos ana lizar los testimonios indirectos de los misioneros, defensores del indio y compiladores de sus tradiciones, así como de los ex tranjeros que to maron nota de su situación, quejas y actitud ante los hispanos. Además, d ebemos partir desde la p ercepción d el propio pasado, es decir, desde el sistema de valores culturales y de conducta de los grup os que interactuaron en la frontera. Se hace imprescindible una consulta documental contrastada de opiniones d ifere ntes sobre una misma rea lidad múl tiple para intentar reconstruir los valores y patrones socioculturales d e la di námica fronteriza. La documentación archivística oficial ha pasado ya por un primer tamiz de elaboración consciente por el informante que ha transformado la realidad según el destino de la misma e incluso su valoración personal de los hechos; por ello debe 35 filtrarse mediante la interpretación metodológica. Por el contrario, la infor mación primaria que se originó sin fin prefijado, fruto de la intera cción sociocultural fronteriza y con la finalidad de c analizar las relac iones entre comunidade s, lo que no evita la exégesis, sí posee e l valor de una relativa espontaneidad. Con la investigación s obre el indio de la fro ntera meridiona l chilena durante el siglo XVIII p retendemos adentrarnos en la realidad nativa por sí misma y en relación con la v isión que tuvi eron d el mundo indígena los ilustrados españoles – peninsulares o americanos – y los europe os. En nuestro análisis utilizamos complementariamente los métodos del historiador y d e la antropología, más exactamente la etno historia, mediante la consulta de numerosos repositorios archivísticos europeos y americanos y de una amplia bibl iogra fía especializada, producto de la historiografía atlántica. Nuestra idea-clave es “ frontera ” , entendida como marc o físico y ment al de confluencia de socieda de s con niveles socioculturales dispares. Creemos que este concepto aporta una visión global del proceso superadora de mitos historiográficos y análisis compartimentados. Por otra parte , el estudio en secuenc ia de tiempo me dio, permite valorar las continuidades; y lo que es más importante: los cambios. P asar d e un a imagen de indio rebelde y de res istencia secular a otra en la que termina int egrándose cuando no colaborando con los españoles. Tras un primer choque se establecieron mecanismos de relaciones en ambas direcciones d e las que sur g ió una cultura de f rontera que era fruto de l a aculturac ión y d el contacto prolongado y pacífico, aunque con e pisodios bélicos. Además, la historiografía chilena mantiene una visión más centra da en el marc o ge ográfico concreto y en los ag entes que actuaron en el mismo 34 . Pensamos que desde una perspectiva mucho más amplia se observa la frontera en toda su dim ensión en cuanto a espacio, actores y lí neas de investigac ión, lo que enriquece el estudio histórico del área. Igualmente, la comparación entre fronteras meridionales y septentrionales permite situa r en sus justos términos lo común y lo ori ginal local. De nuevo la historiog rafía chilena es 34 Autores plena mente con sagrados en el estudio de las relaciones fron terizas co mo el pro fesor Sergio Villalob os apuntan las diferencias s ustanciales en la comprensión y enfoque del fenómeno de frontera des d e América o Europa: “De ficiencia de la historio grafía euro pea r elativa a América. El caso de la frontera en Chile”, Histo ria , 27, 1993 , p ágs. 55 3-56 6. Un eje m plo de ej ercicio comparativo desde Suda m érica : ORTEL LI, Sara, T rama d e un a guerra conveniente. Nuev a Vizcaya y la sombra de los apaches (1748 -1790) , El Colegi o de México, México, 2007. 36 reticente a los análisis comparativos indianos, lastre que actúa en la ma yoría de los países hispanoamericanos e impide e studios de conjunto. Nuestra proposición contempla la frontera chilena del S etec ientos, que ya ha superado el con flicto de centurias precedentes, dejando p aso a un nuevo y consolidado sistema de relaciones políticas, económicas, sociales y culturales. L os parlamentos, las fluida s y complementarias relac iones comerciales, y los elementos cultura les don ados ma y oritariamente por los españoles y adoptados por los indígenas, confirman un mundo de intercambios que dejab an atr ás la di námica de enfrentamientos. La sociedad mestiza de frontera, resultante de la confluencia del aporte hispánico y la herencia amerindia, gracias al conocimiento mutuo propició la síntesis de culturas en un espacio fronterizo. Como fenómeno complejo y en evoluci ón, se dieron variadas actitudes indí genas desde la resistencia a la alianza. El mundo mapuche estaba fragmentado y en muchas ocasiones enfrentado. La s valoraciones de los ilustrados reflejan un a nueva c oncepción del indígena y del medio. L as estrategias de subsistencia y las realidades políticas y socioculturales evidencian fenómenos de continuidad y de cambio que van a s er considerados de diferente forma, según los intere ses del observador. Las interpretaciones, aun teniendo un común deno minador, responden a una rica variedad d e testimonios que cruzados fraguan una imagen del indio y una frontera novedosa en relación a siglos anteriores. La obra de misioneros, militares y gobernantes que con un nuevo prisma observaro n al araucano, iba enca minada a la evangelización d el indio, pero igualmente a s u hispanización, entendida como transmisión de pautas de comporta miento social e individual: el sedentarismo que superara el nomadismo, rasg o claramente “bárba ro” a ojos ilustrados; la inclusión de los indígena s como vasallos efectivos de la monarquía y el control territorial soberano frente a la injerencia de potencias rivales. Todo ello config ura un marco de nuevas relac iones. La s visiones confluentes de españoles y otros europeos acerca de la vida material y creencias a raucanas desde la crítica ilustrada de la realidad, ofrecen además de un balance d e recuperación etno gráfica, un panorama de las propias cree ncias por cont raposición a las ajenas. De he cho el “otro” sirvió pa ra defi nir y tomar conciencia del “ yo” , pues la noción de diferencia o alteridad implica la de 37 mismidad 35 . No obstante, los comportamientos indí ge nas quedan matizados por el descubrimiento científico del hombre y su entorno , lo que revaloriza su pap el y l a necesidad de su conocimiento e integración. La visión del “otro” resulta mucho más enriquecedora y novedosa con la Ilustración que la mera observación del indio de frontera desde postul ados de c onflicto. Pretendemos igualmente observar el estado de la cuestión del hecho fronterizo chileno y su aportación a la con formación de su identidad y mitos nacionales. Una a proximación sin apriorismos condicionantes consagrados por el transcurso del tiempo, los cua les además deben ser matizadas a la luz de los resultados de la investigación histórica y antropol ógica sobre el p apel del i ndígena en la socieda d colonial. Nuestra principal contribución va en la línea d e reivindicar el e spacio fronterizo chileno como un territorio de confluencia e int erc ambio, superada la visión de choque continua do frente a la complejidad de un fenómeno mucho más rico y cambiante. Respecto del indígena, se trata de rescatar la dive rsida d de sus respuestas y las valor aciones de los ilustrados que plasmaban esa nueva realidad desde premisas novedosas. I nt errogando a los testimonios de españoles y extranjeros sobre sus estrategias de subsistencia, re alidad polí tica, estruc tura social y valor es o patrones culturales, podremos captar las continuidades y los cambios de los aborígenes. Así como también las t ransformaciones en las visiones de los observadores europeos. Abordamos el aná li sis fronterizo desde un enfoque c entrado en l a existencia de varias fronteras a tenor de su p ropia evolución y de las distintas visiones de la misma, t an dispares como los intereses y objetivos de militares, civiles, pobladores o m isioneros españoles y c riollos; las actitudes de indi os amigos o enemigos; y la s percepciones de ambos por los extranjer os. Por encima de la f rontera imaginada, la frontera real fue un p roceso de conflue ncias y aportes variados que permite una clasificación tipol ógica gracias a su abundante casuística. La s visiones e interpretaciones del fenómeno fronterizo no se oponen, sino que se complementan; aparentemente cada u na fija su atención primordial en 35 P ICO TT I, DINA V., El Descubrimien to de América y la ot redad de las culturas , RundiNuskín Editor, Buenos A ires, 199 0, pág. 33. 38 un aspecto pero entre to das conforman un acercamiento al he cho f ronterizo, un intento por vislumbrar sus complejas interr el aciones. Analizar la frontera chilena ilustrada en r azón del cambio de percepción de la misma por parte de todos sus agentes pu ede a yudar a comprender los elementos de continuidad y su dinámica de ca mbio. Ad emás, un enfoque maximalista de sus protag onistas y espacios puede superar tópi cos anclados en una visión reducc ionista. La frontera chilena temáticamente se ha circunscrito a la relación hispano-indíge na, pero fueron más los agentes hi stórico -sociale s que intervinieron y es necesario contar con sus testimonios ; por otra parte, los marginados de la sociedad colonial o los indios amigos de la mis ma en cuanto agentes culturales de intermediación merece n atención con la finali dad de estudiar los puntos de conexión que terminaron imponiéndose en la vida cotidiana. Examinar el área y el fenómeno fronterizo interpretando su dinámica sociocultural propia partiendo del sistema de valor es de las sociedades en contacto y del marco físico como condicionante en cuanto a la adaptación cult ural del hombre al medio. Este e nfoque nos podrá poner en el camino d e la comprensión global de la frontera, física y humana, en cuanto espacio y proceso. Se t rata de observar l a frontera como territorio y como proceso desd e variados p untos de vista, no sólo desde América sino también d esd e España, con un horiz onte que contemple la diversidad indígena y sus respuestas al impacto o choque cultural; así como las relaciones que se establecier on y los resultados de las interacciones. El tiempo ilustrado re sulta el más adecuado p ara h acer balance de las continuidades y de los cambios y fijar la naturaleza de la frontera y sus actore s. Además, ese tiempo histórico presenció un intento planificado y general de ocupación d e espacios no sólo por motivos internos de la sociedad colonial en ar ticulación con e l mundo indíg ena fronterizo, si no también por la p resión de los extranjeros. El interés ilustrado por el indígena y el medio americano of rec e una abundante posibilidad de consulta documental de múltiples oríg enes y finalidades que describen e interpretan desde la etnogra fía o la ecohistoria. Además, durante el si g lo de l a Ilustración y el r efor mismo se aplicó un a política indiana que interrogaba al otro e instaba a su asimilación, reconocida ya su varie dad étnica y en proceso de formación científica de su nu eva imagen. La defensa y o cupación d e la frontera, la relación directa con el indi o y la convicción 39 como instrumento de integración son elementos de una política de frontera ilustrada que en el caso chileno discurre por un pactismo e ntre comunidades de diferentes niveles socio culturales. A p esar d e la supremacía española sobre la indígena e n la segunda mitad del siglo XVIII , se busca no sólo el a catamiento de los post ulados impuestos en los parlamentos sino también su reconocimiento como medio para soluc ionar conflictos y logra r la definitiva pacificación. La diplomacia no se desg aj ó de la acción a s angre y fuego cuando se consi dera ba necesario, pero sí oc upó un lugar importante en el entramado de relaciones. Posiblemente esta po lítica intencionada y conti nuada de parlamentos o encuentros, de fa cto institucionalizada en medio de ceremoniales, reviste importancia no únic amente como paradi gma de acercamiento y conocimiento, sino como vía compartida de resolución de conflictos y ejemplo ex trapolable a otras fronteras americanas de parecida problem ática étnica y espacial. De ahí que el estudio de los mecanismos desplegados en los parla mentos nos resulte una línea de trabajo primordial y base de hipótesis sobre la confirmación o n egació n de estos instrumentos político-jurídicos como ideas-fuerza para interpretar las relaciones fronter izas. La historia de la frontera chilena bajo el r eformismo borbónico es, obviamente, una historia de contactos que se inician con la conquista y qu e van a tener una larga vida y amplia proyecc ión. Un a frontera dinámica que r etrocede al empuje cambiante de los colonizadore s, donde la confluenc ia de los p rotagonistas colectivos fue t emprana y rápida p ara ralentizarse y alcanzar el estancamiento después. Al centrarnos e n la etap a de finales del s iglo XVIII buscamos el objetivo de interpretar la frontera cuando toma dimensión propia como espacio objeto de atención y adquiere ya unas c aracterísticas que le otorgan una marcad a personalidad. ¿P odemos considera r sus parámetros cultura les y soc iales como herederos de la implantación hispana al tiempo que lega ta rios de los usos y costumbres de sus habitantes nativos? ¿Se observan elementos de continui dad que ceden ante los f actore s de inte g ración que paul atinamente se van imponiendo? Los cambios traen en todo caso una nueva sociedad original y mestiz a que tiene sus raíce s en lo que un d ía fue un choque y que por obra del cont acto prol onga d o y el progresivo conocimiento del “otro”, plasmado en varias v isiones, perce pciones e interpretaciones, se transforma en un espacio sincrético fruto de un Medio físico y panorama humano 46 presenc ia foránea fueron c reciendo a la par que la internacionalizaci ón de la navegación por el Mar d el Sur en el siglo XV III 3 . No obst ante, la organización de l espacio fronterizo y sus habitantes descansó sobre la experiencia, en un proc eso sujeto a cambios. Si bien es verda d que, en su conjunto, el gobier no de América “ha sido obra d el tiempo, y d e la experiencia que m anifestando lentamente y como por partes los males que er a preciso re parar, enseño aunque tarde los remedios que combenia aplicar” 4 . 1.1. Fr onteras disí m iles El territorio tenía que estar vertebrado por un tejido de caminos que asegura se el domi nio efectivo y la pervivencia d e un ros ario de poblaciones que coronaba n la frontera y te rminaron adentrá n dose en ella. La política de poblaciones en el espacio fronterizo constitu y ó un esfuerzo sost enido durante la centuria y un puntal de l proc eso de aculturación; el modelo de a sent amiento hispano en la región obe deció a una primera etapa de contención y post eriormente a una cuñ a de penetració n que buscaba la hispani zación en su doble ve rtiente de evangelización y de “vi da en poli cía” . Núcleos de población y comunicaciones fueron el nervio expansi vo de la int egración y el control, dominio y ordenación de un territorio revalorizado por los rec ursos y la geoe strategia (Lámina nº 1). La nuev a or ga nización espacial v arió sust ancialmente la relación hombr e- medio por obra de las nuevas fronteras urb anas, agropecuarias y militares que expandían la sociedad hispánica y transformaban las adecuaciones indíge nas a la naturaleza. Por su parte, los españoles asimilaban igualmente aquellos elementos o estrategias de subsistencia de probado resultado entre los nativos. 3 HIGGINS, Ambrosio, Descripció n del R eyno de Chile, sus pro ductos, co mercio y habitantes; reflexiones sobre su estado a ctual, con alg unas p roposiciones rela tivas a la reducción de los indios infieles, y ad elantamien to de aq uellos d ominios de Su Magesta d. Madrid 1767 , en GONZÁLEZ SANTI S, Aurelio, El Goberna dor A mbrosio O´ Higgins , Ediciones Salesiana s, Santiago d e Chile, 1 980, págs. 27 -41; DONOSO, Ricardo, El Ma rqués de Osorno Do n Ambrosio Higgins 1720 -1801 , Universidad de Chile, Santiago de Chile, 1941 , p ágs. 430 -444. Se trata de una copia fotográfica cu stodiada en el A.N.H.Ch. proce dente de la danesa K.B., Forsk. S. 438 M. 4 A . H. I. R.-A., C . R.- A ., Expediente C-37, fol. 189. Documentos perteneciente s a la Real Intendencia de Huancavelica 1 796. El marq ués de Osorno a l intendente de H uancavelica, Lima 1 9 de j ulio de 179 6. (fols. 189 -191). Copia de testi m o nio e n: B.N.P ., C 709 , fols. 1 - 3, e n “Ex pediente sobre varias noticias que pide el Excmo. Sr. Virr ey del Reino cerca de la Agricultura y d emas adelanta mien tos d e las Pob lacion es desde la creación de Ynt endencias (Huancavelica 1796)”. Medio físico y panorama humano 47 Lám i na nº 1. A.P.Ch.- G. , Cartog rafía. “ Carte du Ch i li depui s le s o ud du Pérou Jus qu' au Cap Horn. M. Bonne ( 1780 ) ”. Medio físico y panorama humano 48 El modelo dual mi sión-fuerte, además de asimilar y contener al indio, propició el marco inst ituc ional de contacto que terminó por im ponerse y generar una sociedad resultante por enc ima de enfrentamientos y recelos; la convivencia vino en para lelo a la ocu pación territorial. Lo espontáneo del flujo fronteriz o junto a la polí tica oficial de parlamentos creó las bases para el conoc imiento mut uo y la implicación de ambas c o munidades. La s fronteras tienen una relevancia jurídica, indic an el derecho aplica ble y el sujeto con autoridad para ex igir su cumplimiento. P ero también evocan una comunidad política y el titular de la soberanía 5 . Para los reformistas, la fr ontera meridional chilena era un espacio cultural, delimitaba la civilización – sedentaria, agropec uaria, cristiana y civil – de los espacios sust raídos a un ord en p olítico, urbano, ra cional y úti l 6 . No tenían dudas respecto a que las le ye s de su monarc a debían aplicarse y que ellos mismos e ran los responsables dele g ados de su aplicación. Aunque pudiera parecer contradictorio, el mundo indí gena constituía una comunidad, frag m entada sí, pe ro unidad por el ojo observador hisp ano. En cualquier caso, la soberanía de tierr as y pueblos la ostentaba su re y , por más que la impotencia fue ra una r ea lidad y convertirlos en vasallos la difícil solución. Hay muchos tipos de fronteras: militares, misi oneras, agropecuarias, socioculturales. Reciban una u otra denominación todas son frontera s p olíticas, pues delimitan sociedades conflu y entes que por obra del contacto prolo ngado y continuo genera un a nu eva tipología, legataria de las anteriores pero n ueva en cuanto sínt esis. Política porque esta define la articulación de la vida en sociedad y el mundo social lo es todo. Entre las subfronter as m ás innovadoras podemos situar las emanada s del cambio de zona climática en la región o de la percepción de un cli ma y naturaleza opuestos al propio o desconocidos. Junto a los descubrimientos geográficos, se operó una verdadera invasión de novedades naturales 7 . En este sentido, los inconvenientes del clima local podían jugar un papel importantes en cuesti ones de gobierno tanto como en construcciones de la real idad. Además de observar las 5 KYMLICK A, Will, Fronteras terri toriales , T rotta, Ma drid, 2006, pág. 45. 6 MARAV ALL, José Antonio , “La palabr a civilización y s u sentido en el s iglo X VIII”, en Estudios d el pensamien to español. S i glo XVIII , CEP C, Madrid, 1991, págs . 213 - 232. 7 SÁENZ de MIER A, Jesú s, “Visione s y fragmentos d e la naturaleza americana”, en CHEC A CREMADES, Fer nando (co ord.), La materia de lo s sueño s, Cristóbal Colón , Junta de Castilla y León-Sociedad Estatal de Conmemoracio nes Culturales, Sal amanca, 2006 , pág. 2 35. Medio físico y panorama humano 49 potencialidades de sus recursos y genio de sus habitantes – belicosidad de españoles e indí g enas – a consecue ncia de form arse una “justa idea del cli ma, del terreno y d e las produ ccione s” 8 . La s analogías con los duros climas de la Europa septentrional fueron comunes desde la Conquista, los cronistas establecieron comparaciones con lo conocido para d escribir lo desconocido. Los paralelism os se aplicaban entre aquellas lejanas tierras y un a Eu ropa en l a cual habían combatido con anter ioridad. Para el capitán Alonso de Góngora Marmolejo, los Andes se le repre sentaban “tan bra va a la apariencia de la vista” como los Alpe s 9 . El reino de Chile presenta grandes similitudes respecto a España por “un temple mu y sano, apazible y parezido” 10 . Aunque en otras ocasione s, se presentaba España como antípodas g eográfica y social del C hile austral, lo cual se pued e pone rse en relación con la mítica Ciudad de los C ésare s 11 . Montesquieu y a h abía apunt ado en 17 48 que “las necesidades en los di ferentes climas han dado ori gen a los distintos modos de vida, y éstos, a su vez , han dado or igen a los diversos tipos de ley es ” 12 . También existen subfrontera s en el mundo de las mentalidades y son más importantes que much as o al menos influ y en en el resto decisivamente. Los aborígenes pod rían incli narse d el lado de los extranjeros gracias a la ma y or liberalidad de estos con sus costumbres y permisividad con sus vicios: “fra nqueándoles lo que ellos suelen ape tecer” 13 . L o s es pañoles, por el contrario y precisame nte por la tarea evange li zadora, se mostraban más inclusivos y exigentes que los protestantes, fueron estos holandeses e n el XVII o ingleses en el XVIII 14 . 8 MASDEU, Jua n Francisco d e, Historia critica de España, y de la cultura española , T . I, Antonio de Sancha, Madrid, 17 83, pág. 4 5. UNANÚE, Hip ólito , “Observacio nes sobre el clima d e Lima y s us in fluencias en los seres o rganizados, en esp ecial el hombre”, en Obra s cien tíficas y literarias del Docto r D. J. Hipólito Unanúe , T. I, T ipografía La Académica, B arcelo na, 1914. 9 GÓNGOR A MARMO LEJO, Alonso de, “Historia de Chile desde su desc ubrimiento ha sta el año de 15 75”, en ESTEVE BA RBA, Fra ncisco (ed.), Crónicas del reino de Chile , A tlas, Mad rid, 1960 , pág. 79. 10 A.H.N., D. -C ., 43, N. 1, fol. 1. Informe sobre el reino de Chile y sueldo co n que sirven los soldado s de su ejército. 11 F.U.E. , A.C., Doc. 8 -17. AVILÉS, Miguel ( ed.), Sinapia . Una utopía española del S i glo de l a s Luces , Edito ra Nacional, Madrid , 1976. Vease LÓP EZ, François, “Una utopía española en busca de autor: Sina pia . Historia de un a equivocación. Indi cios para un acier to”, An ales de la Universidad de Alicante. Historia Moderna , 2, 1982, págs. 211 - 221. 12 Citado por URT EAGA , Luis, “La teoría de los clim as y los orígenes del ambientalismo ”, Geo crítica. Cuadern os críticos de geog rafía humana , 99, 1993 [e n lín ea]. Di sponible en www.divulgameteo.es/ uploads/T eoría -clim as- Ambientalismo.p df. Del mismo a utor, Id eas medioa mbientales en el siglo XVIII. Naturaleza , clima y civilización , Ak al, Ma drid, 1997 , pág. 7. 13 HIGGINS, Ambr osio, Descri pción del Reyno de Chile … 14 Véase T EJERA, Ed uardo J., Causas de do s Américas. Modelo de conquista y colonización hispano e inglés en el Nuevo Mundo , Dyk inso n, Madrid, 2005 . Medio físico y panorama humano 50 La s fronteras entre concepciones y hábitos relacionados con la salud son igualmente relevantes e impregnadas de ideología. Así se constata en un par de ejemplos: la extensión de unas viru elas en l a frontera y las costumbres d e aseo entre pue blos. Respecto al primero, el contag io de 1791 retra só la celebración de parlamento para evitar u na epidemia fruto de aqu ella reunión, como veremos más adelante en d etalle 15 . No obstante, el miedo de l os naturales al cont agio de la enfermedad e ra mu y grande y acusab an a los espa ñoles de su introducci ón 16 . En relación a la higiene, e l j esuita Molina nos sitúa a nte las percepciones divergentes, lo cual no era más que u na perpetuación hispana en el tiempo y el espacio, pues entre las acusaciones d e falsos conversos a los judios, el diferente olor po r efecto del aceite de oliva frente a las grasas c astellanas era prueba inequívoca de su culpa 17 . El e xpulso escribía desde I t alia sobre los araucanos, tan “amantes del aseo” que se peinaban a diario y el baño era “comuní simo entre aquellas g entes”, pues lo c reían necesario para conservar la s alud y fortificar el cuerpo, como entre los pueblos de la Antigüeda d. En verano se ba ñaba n muchas veces al día y en invierno “es ra ro aquel que dexa de baña rse á lo menos una vez”. L as mu jeres lo hacían mu y a menudo e i ncluso cuando parían se lavaban en el río madre e hijo y sin mucha dila ción se incorporaban al trabajo, como la s ana costumbre de l as plebeyas europeas 18 . Traía a colación a Roberto Bland, profesor de obstetricia, quien consideraba estos hábitos beneficiosos. El aba te H ervás y Panduro recogía la personalidad e idea s del médico citado 19 . El cuerpo, depósito de metáforas 20 . La s fr ont eras alimentarias son un subgrupo front erizo que en el ámbito de nuestro estudio, privado de connotaciones religioso -morales que esti gmatizan 15 CASANUEV A, Fernando, “Una peste de viruelas en la región d e la frontera de g uerra hispa no - indígena en el reino de Chile (1 791)”, Revista de Historia , 26, 1992, págs. 31 -65; J IMÉNEZ, J uan Francisco y ALIOT O, Seb astián L., “Enfermedad y daño. Etiolo gía y trata miento d e l a viruela entre las sociedad es nativas de Araucanía (fine s del siglo XVII I)”, Revista Complu tense de Historia de Amé rica , 40, 2014, págs. 179 - 202. 16 B.N.E ., Mss. 1589 , fols. 25 -25 v. El maior regosijo en Chille, para sus Naturales, y es paño les posehed ores de el. Relacio n de la solemnidad : con que el dia 13 de febrero del presente año d e 1772 . celebró Parlamen to con los Yndio s Barbaros en su Pala cio. El M.I. S eñor Don Fr ancisco Xavier de Morales y Castejon . 17 PÉREZ, Jo seph, Historia d e u na tr agedia. La expulsión d e lo s judí os de Españ a , Austral, Barcelo na, 2013, pág. 93. 18 MOLINA, J uan Ignacio, Co mpendio de la historia civil del Reyno de Chile , T . II, Imprenta de Sancha, Madr id, 1795, págs. 117 - 118. 19 HERV ÁS y P ANDURO, Lo renzo, Historia de la vida del ho mbre , T. VII, Imprenta d e la Administración del Real Arbitrio de Beneficencia, Madrid , 1799, pág. 217 . 20 J ÁUREGUI, Carlos A., Caniba lia. Can ibalismo, calibanismo, antropofagia cultural y co nsumo en América Latina , Iberoam ericana, Mad rid, 2008, pág. 13 . Medio físico y panorama humano 51 ciertos animales, suponían un cauce fluido de int erc ambios, si bi en paul atinos 21 . En los parlamentos, españoles e indígenas compartían carne, pan y vino, a modo de banquetes colectivos – simposia – o sisitias lacedemonios. Ade más de la confra ternización, ma y or o menor según el caso y lugar, si gnificaba – al i gual que la antigua Espa rta – la consa g ración del principio de i gua ldad ( homoioi ). De hecho, c aciques, capitanejos – sus tenientes – o mo cetones, se tenían po r i guales en todo salvo en custiones de dirección pa ra la guerra o d e protocolo ante los españoles 22 . Para los araucano-mapuches suponía un aporte adicional o reserva de proteinas, para los espa ñoles la viva imagen d e una b acanal transunto de la imaginación de Rabelais en su “ Gargantúa y Pantagruel” o gula di gna del mismisimo emperador romano Heliogá b alo 23 . La abundante carne se consumía, en perce pción ajen a, fund amentalmente a la brasa, se g ún “la moda de lo s bárbaros” 24 . Con ocasión del parlamento celebrado en Santiago en 1772, s e hizo acopio de carne, verduras, sal, ají y demás alimentos para ambos grupos 25 . Con la prolongación de los discursos, se dispuso en el palacio de gobier no un al muerzo mestizo consistente en: mate con azúcar a usan za del país, té, café, chocolate, licores, vizcochos, fiambre, dulce s, frutas y vinos de la tierra 26 . La visión parc ial o inco mpleta de la realidad americana era nota común a pesar de los es fuerzos realiz ados por científicos que, desde diferentes dis ciplinas académicas – botáni ca, etnografía, geo grafía , zoo logía o lingüística – , abordaban por entonces su fabuloso espacio. El jesuita expulso chileno J uan I gn acio Moli na, desde su destierro it aliano recordaba cómo “Europa vuelve al presente toda su atención hácia la América” 27 . Otro ignaciano, Fe li pe Gómez de Vid aurr e, apuntaba lo mucho que quedaba por hacer para el cabal cocimiento del r eino de 21 Para esta línea de investigac ión: GARRIDO AR ANDA, Antonio (comp.), Los sabores de España y América , La Val de Onsera, Huel va, 1 999; del mismo co m p ilador, Comida y cu ltura. Nuevos estudios de cultura alimentaria , Universidad de Córdoba, Córdoba, 2009 . Y el clásico enfoque antropo lógico de HARRIS, Marv in, Bueno p ara comer , Alianza Ed itorial, Madr id, 2005. 22 B.N.E ., Mss. 1589, fols. 43 -43v. El maior rego sijo en Chille ... 23 RODRÍGUEZ- ALEG RÍA, En rique, “Eating like an Indian : Nego tiating Social R elatio ns in the Spanish Colo nies”, Stanford Journal o f A rchaeology , 4, 20 05, págs. 5 51-573; RABELAIS, François, Gragantúa y Pantagruel (los cinco libros) , Acantilado, Barcelona, 2011; PICÓN, Vicente y CASCÓ N, Antonio (ed s.), Historia Augu sta , Akal, Madr id, 1989, págs. 335 -372. 24 CUNQUEIRO, Álvaro, La cocina cristian a de Occid ente , Tab er, Barcelona, 1 969, pág. 82. 25 B.N.E ., Mss. 1589, fols. 26. El maior rego sijo en Chille … 26 B.N.E ., Mss. 1589, fols. 54v -55v. El maior rego sijo en Chille … 27 MO LINA, Juan I gnacio, Co mpendio de la historia geo grafica, n atural y civil del reyno de Chile , T . I, An to nio Sancha, Madrid, 1788, pág. III. Medio físico y panorama humano 52 Chile, “que y o considero como uno de los paises mas be neficiados de la naturaleza” , incluso empezado por su mera localización geográfica: “lo ha llo todo él tan desfig urado por l os Geógrafos, que, apenas por la descrip cion qu e de él hacen, se pued e venir en conocimiento de su situacion en el Orbe”. Por el contrario, elog iaba la l abor de los viajeros, no obstante delimitada en sus resultados. Inc ulpaba tambi én a la Historia de la perpetuación de errores: Los historiadores de este pais, solo ellos podian desterrarlos todos; pero por des gracia d e este Reino, arre batados éstos del deseo de pintar hec hos gloriosos de una y otr a parte, ha n descuidado de hacer conocer al mun do el lugar disputado, como que no concurr ieses a la gloria de los conquistadores la posesion de un terreno sanísimo, fertilísimo y riquísimo, y no fuese esto bastant e para justificar la oposicion obstinada de sus primeros poseedore s 28 . Un curtido militar -cronista, figura tan asentada en el Chile del X V III como la del soldado-c ronista del XVI , y c riollo llamado Carvallo Goy en eche repasa ba los obstáculos que se oponían al florecimiento del país, empezando por la crónica despoblación y , a su entender, des acertada política llevada hasta el momento ante el problema mapuc h e. Como todos, contemplaba al paradójico reino chileno como “el ter ritorio más rico de la América meridional, y es al mismo tiempo el más po bre” 29 . Y alejado, condicionante que asociaba la noción periférica a la fronteriza. Si Santiago era la frontera del Perú, las fr onteras meridionales – a raucana, cordillerana y huilliche – lo era n de l a a nterior ( denominado el conjunto “ Reino de Chil e y su F rontera ” ), nominadas en atención a las distancias. Sin contar con las inmensas soledades austra les 30 . 28 GÓMEZ de VIDA U RRE, Felipe, “ Historia geografica, natural y ci vil del reino de Chile”, e n Coleccion de Historiado res d e Chile y de do cumentos relativos á la Histo ria Naciona l , T . XIV, Imprenta Ercilla, San tiago de Chile, 18 89, pág. 3. 29 A.G.I., Chile, 31 0. Memorial qu e presenta al rey nuestro se ñor do n Carlos Cuarto, d on Vicente Carvallo y Goyenech e… En LORENZO SCHIAFFINO , Santia go (ed. ), Fuentes para la historia urbana… , pág. 3 03. Para la carrera castrense d el valdivian o: A.G.I., Chile, 190 . Ho ja de Ser vicios del capitán graduado de caballería Vicente Car vallo. Certificad o p or Domingo Álvarez R amírez, sargento mayor d e in fan tería y dr agones del Real Ej ército del reino de Chile. Concepci ón, 1 de enero de 1777. Para el estamento militar chileno: ALLENDE SALAZAR ARRAU, Jorge de, “Ejército y milicias d el Reino d e Chile (1 737 - 1815)”, Boletín d e la Acad emia Chilena d e la Historia , 66 , 1962, págs. 102 -178 . 30 SERRAT O HIGUERA, Rubén Darío, “Per iferias i mperiales y fronteras colo niales en Hispanoamérica” , Fronteras d e la Historia , vol. 17, nº 2, 2012, págs. 246 -254. Medio físico y panorama humano 53 1.1.1. De la Araucanía a Chiloé El medio físico no p uede ser considerado como determinante del desarrollo de las comunidades humanas, pero sí es un condicionante poderoso , aunque el hombre se ha adaptado a todos los ecosistemas con res ultados diferentes. La importancia del medio físico vi ene dada por las respuest as y los resultados de la adaptación cultural d el hombr e al medio, por los de nodados intentos de rea daptar el entorno, max imizando los rec ursos y minimizando las care ncias, que e stán en la géne sis de una cultura 31 . Uno de estos casos sin gulares es el medio arauca no. El cronista Alonso de Góngora Marmolejo rea li zó la más ajustada descripción que puede hacerse del territorio c hileno en orden a resaltar su distribución longitudinal enmarcada entre el Océano Pac ífico y la cordiller a de los Andes: “Es el reino d e C hile y la tierra de la manera de una v aina despa da, ang osta y lar ga” 32 . Autores posteriores llevaban el reino hasta el ex tremo sur, al Cabo de Hornos 33 . El jesuita J uan Ig n acio Mol ina matizaba la sensación de encajonamiento físico desde una ópti ca positiva, así los Andes eran “in expugna ble barrera por la banda de tierra, mientras el océano le defiende por la de poniente” 34 . Sin duda, el rasg o que marca la geografía chilena es su ca rácter encajonado que origina numerosos valles fluviales flanqueando los ríos que descienden de la cordillera en busca del mar; no obstante, al nort e domina el desierto de Atacama que lo separa del Perú y al sur el archipiélago de Chiloé y sus prolongaciones australes (Láminas nº 2 y 3). La zona central, fértil y de clima mediterráneo, fue prontamente ocupada por los españoles. Confor me se avanza hacia la región más 31 FERN ÁNDEZ-ARME STO, Felipe, Civilizaciones. La l ucha del homb re por controlar la naturaleza , T aurus , Madrid, 2002; CUNILL G RAU, P edro, “La geohistoria”, en C ARMAGN ANI, Marcelo, HERNÁNDE Z CH ÁVEZ, Alicia y ROMANO, Rug gier o (co ords.), Para una historia d e América I. La s estructuras , F CE, México, 19 99, págs. 13 - 159. 32 GÓNGOR A M ARMOLEJO, Alons o de, “Histor ia de Chile desde su Desc ubrimiento hasta el año de 1 575, com pue sta por el capitán Alonso de Góngor a Mar m o lejo”, en ESTEV E BARBA, Francisco (ed.) , Crónicas d el Reino d e Chile …, pág. 79. 33 FERNÁNDEZ C AMPINO, J osé, Relación del Obisp ado de S a ntiago (1744) , Editorial Universitaria, Sa ntiago de Chile, 1981, pág. 20. Véanse: B .N.E., Mss. 1 3441. Descripción del Reino de Chile , fols. 144 -153; VÁZQUEZ DE ESPI NOSA, Anto nio, Descrip ción del Reino d e Chile , Instit uto B las Caña s, Santiago d e C hile, 19 86; BR ADLEY, P eter T ., “Una exped ición informativa y fascinador a a las costas de Chile”, Anu ario de Estu dios American os , vol. XVIII, nº 1, 1974, págs. 1- 17. 34 MOLINA, Jua n Ignacio, Compendio de la historia geográ fi ca …, pág. 2. Medio físico y panorama humano 54 Lám i na nº 2. B.N.Ch., S al a Medina, Mapoteca, Lám ina 68.5 (A. 7-5 [12] ) B.N.E., MV/25. F r agm entos del “ Mapa g eográfico de América Meridion al Dispuesto y G ravado por D . Juan de la Cruz Cano y Olm edilla . Mad ri d, 1775”. Medio físico y panorama humano 55 Lám i na nº 3. B.N.Ch., S al a Medina, Mapoteca, Lám ina 70.7 (A. 7-5 [12] ) B.N.E., MV/25. F ragmentos de l “ Mapa g eográfico de Am éri ca Me r idion al Dispuesto y G ravado por D . Juan de la Cruz Cano y Olm edilla . Mad ri d, 1775”. Medio físico y panorama humano 62 recursos materiales y articulando estrategias defensivas. Estas preocupaciones serían una constante durante toda la Colonia. A finales del Setecientos el virre y de Lima Ambrosio O ´ Higgins encomendaría a su sobrino con ocasión del viaje que iba a e mprender a la frontera y archipiélago, tener presente que “uno de los objetos de más consideración en este Virre inato es mantener las islas de Chiloé en estado de defende rlas”, pues “la abundancia de maderas, la f ac ilidad de su comunicación con los n aturales del continente” y otr as circunstancias obl iga ban “a mirar aqu el puesto como digno de la primera atención y cuid ado” velando “sin cesar por su conservac ión” 65 . Si Chiloé representaba un antemural del Pacífico indiano frente a las incursiones europeas, desde la propia América meridional era ob servado co mo “el borde del mundo civilizado” 66 , y como t al podría servir de plataforma p ara la pacificación del territorio de modo que “las Nac iones feroces, que median entre el Biobio, y Chiloe pueden domarse por esta Provincia mejor que por otra alguna”. Una frontera sobre la que actuar como tenaza desde el valle centra l santiaguino, poblado, urbano y asimilado al mundo castellano, y el hispaniz ado con fín austra l chilote. Poseían las islas un clima húmedo que permitía una agricultura pobre con cosecha s d e trigo, ce bada, habas, frijoles, papas, hortalizas y manzanas; producción de lino y tejidos que se exportaban a las localidade s c osteras chil enas y al Perú. El ganado tanto mayor, vacuno y caballar, como menor, numerosas ovejas adaptadas al medio escarpado isleño, ofrecían un tamaño inferior al continental por la esc asez de pastos. El porcino se desarrolló fa vorablemente y estaba destinado en parte al comercio. Los recursos fore stales eran abundantes por el “espeso bosque que a bruma à este suelo” 67 . El hombre , na tivo o español, se adaptó al medio geográfico host il en base a dos fuentes de riqueza: en primer lugar el ma r y sus abundantes p eces, m ariscos, lobos marinos para aceite de los indi os chonos y ballena s para los indígenas de la isla de Kailin; y a fin ales del siglo XV III para los balleneros bostonia nos. En 65 O´HIGGINS, Tomás, “Diar io de viaje del capitán D. T omás O´Higgins, d e ord en del virrey de Lima, el marqués de Osorno. 179 6 - 1797”, Revista Chilena de Histo ria y Ge ografía , 1 01, 1942, pág. 42 . A.G.M.S., Secció n 1 ª, Legajo 0 - 114. El virrey del Per ú inf or m a sobre la com isión de inspección en la fro ntera de Chile. 66 URB INA B URGOS, Rodo lfo, Go bierno y Socied ad en Chilo é colo nial , Universidad d e Pla y a Ancha, Valpar aíso, 19 98, pág. 8. 67 A.G.M.M., Ministerio de la Guerr a, Ultra m ar , Capita nía general de Chile, Caj a 5 357, Subcarpeta 7 -A-5. Discurso q ue hace Don Lazaro de Ribera… , fols. 3- 10. Medio físico y panorama humano 63 segundo lu ga r, los bosq ues con maderas fáciles de trabajar para embarcaciones, revalorizados para la ma rina ilustrada (Lámina nº 4) 68 . La s pobla ciones españolas de verdadera entidad no eran más que cuatro, arra strando el lastre de l a dispersión y su difuso aspecto urb ano, a saber: Castro, San Carlos, Chacao y Calbuco 69 ; puertos diseminados y fortificaciones completaban las estructuras urbanas hispanas de penetración, consolidac ión y defensa . En c uanto a las comunicaciones, en toda la provincia eran “las orill as del Mar” los ca minos, cuand o el medio o los re cursos no permitían otra cosa 70 . 1.1.2. Estructura de un espacio en conflicto y relacional Según se entendía oficialmente en el siglo XV III , la soberanía significaba: “Alteza, y poderío sobre todos” 71 . Como se observa claramente a primera vista, la idea básica no es territorial, sino personal. Una perpetuación de los vínc ulos de vasallaje interpersonales de la Edad Media que unían al vasallo con su señ or, si bien el espac io era con siderado un e lemento c onfig urador de dicha conexión jurídico-política. En el i mperio multinacional de los Borbones en Indias, los lazos eran para con el rey, nexo de unión de pueblos o nac iones indias fronterizas, como gustaba recordar la documentación. La cohesión holística del conjunto dependía del monarca, todos los elementos cobraban nuev a y distinta entidad como partes de un conjunto, superado el nivel fragmentario gracias a las interaciones. Es decir, procesos múlti ples i nterconec tados que, aunqu e piezas, componían la totalidad imprescindible para su comprensión 72 . 68 HANISCH, Walter , La isla d e Chiloé… , pág. 12. 69 Según Moraleda sólo San Carlos ofr ecía aspecto de p ueblo, aunque “mal sit uado y desordenad o”, el resto incluida la capital Castro a pesar de presentar “desde f uera e l asp ecto de Pueblos por el conjunto de casas à la r ustica que tie nen, y la Igle sia” sólo estaba n hab itadas e n Pascua, Sem ana Santa y otras fiestas e n las q ue los misioneros atendían las necesidad es espirituales d e la po blación. A.M.N., Ms s. 61 3, Doc. 1. Brebe Descripcion d e la Provin cia de Chiloe… , fol. 1 46. 70 R.B., I I/2840, fol. 71. 71 Dicciona rio de la lengua ca stellana, en q ue se exp lica el verdadero sentido de las voces, su naturaleza , y calid ad, co n las phrases, o modo s de h ablar, los proverbios, o ref ranes, y otras cosas conven ientes a l uso de la len gua , T . VI, Imprenta d e la Real Aca demia E spañola po r los herederos d e Francisco del Hierro, Madrid, 1739, pág. 124. 72 WOLF, Eric, Europa y la gente sin historia , FCE, México , 2005 , pág. 15. Medio físico y panorama humano 64 Lám i na nº 4. “ Provinc i a y Archipiélago de Ch il oé en el Reino de Chile po r Fr. P edro González de Agüeros ” . A. M.P.S.M ª , l eg. 2060 y A.G.I ., Mapas y planos, Pe rú y Chile, 130 y 130 bis. Medio físico y panorama humano 65 La monarquía imperial española era un espacio abierto, integra dor ad intra y cauteloso ad extra , es decir, tan receptivo al ámbito doméstico como repulsivo a la inj ere ncia externa 73 . El poder de los españoles más allá del Bío -B ío, entendido como capacidad para pr oducir los e fectos desea dos 74 , no era más que relativo frente a l a im perante n egociación (Lámina nº 5). La lealtad era h acia el so bera no, tanto la de propios como la de extraños, el poder dele g ado se ejercitaba en nombre del re y y la fidelidad de consagraba al mismo. E n consecuencia, se buscaba en aquellos territorios de frontera l a fi delitas indica por encima de la posesión efec tiva del territorio, autónomo de hecho, lo cual no se tradujo en una renuncia de la propiedad, pues se trataba de las tierras y pueblos del rey distante. Pero el pragmatismo gubernativo imperante miraba hacia otra parte a la hora de reclamar de facto la presencia de símbolos de soberanía, conformándose con l a ritual asunción de re conocimientos de iur e por p arte de los insumisos súbd itos, en especial, los jura mentos de fidelidad al re y . En aquellos espacios, el imperio gobernaba sobre pueblos más que sobre territorios, tra dición europea de la Mon arquía His pánica que, pasado el tr atado de Utrecht, se pro yectó en el Nuevo Mundo por obra de los renovados afanes de expansión en las fronteras imperiales que asumieron las potencias marítimas en colisión permanente. Un a estructura imperial está basada en la heterogeneidad, esto es, en la integración de pueblo s y territorios. Conquistar es poblar o sujetar, de ahí que junto a la cartografía, la evangelización y la soberanía acompañen a las armas en repr esentac ió n de sendos poder es p or donación papal al re y , p ero también por necesidad mutua 75 . Los mapas suponen una primera toma de pos esión de territorios y poblaciones al qu edar integrados en una cronología y epistemología occidenta l 76 . Espacios y gentes, tan diversos pero vinculados, que 73 FERNÁNDEZ SEBASTIÁN, Javier, “Introducció n”, en G OLDMAN, Noemí (ed .), Dicciona rio político y socia l d el mundo iberoamerica no. Concepto s p olíticos funda mentales, 1770 -1870 . [Iberco nceptos- II ] , v ol. 10 (“Soberanía”), CEPC -Universidad d el País Vasco, Madrid, 2 014, p ág. 13. 74 Sobre esta definición: RU SSELL, Bertrand, El poder.Un nuevo análisis social , RB A, Barce lona, 2013. 75 Par a el siglo XVI véase SÁNCHEZ, Antonio, La espa da, la cruz y el Padrón. Sob eran ía, fe y representación cartográfica en el mundo ibérico bajo la Monarq uía Hisp ánica, 1503 -1598 , CSIC, Madrid, 201 3. P ara la representación del esp acio en la cent uria ilustrad a: LASA, L uis I. y LUIZ, Mª Teresa, “Representación del espacio patagónico. Una inter pretación de la car tografía jesuítica en los siglos XVII y XVIII”, Cuadernos d e Historia , 3 5, 2011, págs. 7 -33. 76 VALLE, Ivo nn e del, Escribie ndo desde los margen es. Colonialismo y jesuita s en el siglo X VIII , Siglo XXI, México , 2009, p ág. 13. Medio físico y panorama humano 66 Lám i na nº 5. Mapa de l Reino C hile, desde Cop i apó (N ) hasta Chiloé (S). Ambrosio H i gg ins ( 1768). A.N.H.Ch., Mapoteca . Medio físico y panorama humano 67 era necesario orde na r simbóli ca y materialmente mediante un imperio de pueblos 77 . El principio de territorial idad era superado por el de etnicidad, no es más que una tr aslación del pensamiento clásico del re y d e pueblos – de l ongeva tradición en la cultura mediterrá nea y p róximo oriental – , al tiempo que un reconoc imiento pragmático de la inca pacid ad material de control sobre tan vastos territorios. Los dispositivos de poder radicados en la región c onstitu y en e l núcleo de la re alidad fronte riza interé tnica y sus poliédricas relac ion es, que evolucionaron a grandes ra sgos de la r esistencia a la adaptación del mundo indígena . El sentido de pertene ncia a un g rupo o comunidad difere nciada po r rasgos cultur ales propio s, frecuentemente comp rendidos por o posición a otros, ge neró estrategias de inclusión ig ualmente diversificadas de sde la perspectiva española: de la atracción o búsqueda d e la alianza al enfrentamiento y conflicto. No obstante, el conflict o forma parte de la convivencia de igual maner a que el entendimiento termina imponiéndose por el contacto si no s e llega a la ruptura con anterioridad. Además, no hay que olv idar que las palab ras – soberanía o identidad, po r ejemplo – se transforman al compás de las socieda des y sus si gnificados experimentan cambios conceptuales que son necesarios contemplar para l a comprensión presente del pasado 78 . L o identitari o emerge en nuestro mund o globalizado, o quiz ás sea mejor observar su renacimiento, pues l a multiplicidad de identidades er a moned a corr iente en l as permeables y sincréticas fronteras hispanoamericanas de la I lustr ación 79 . L a func ión de las fr onteras e staba conectada con su con cepción espacial par a los es pañoles – front era natural, en este caso fluvial –, la cual actuaba como”la ra y a y tér mi no que p arte y divide los Reinos, por estar el uno fronter o del otro” 80 . Mar caba el límite fijo de la ti err a 77 KAGAN, Richard, “Poblando las Am érica s: unas observa ciones comparadas”, e n BERNABÉU ALBERT, Salvado r (coor d.), Pob lar la inmensida d: sociedades, con flictividad y rep resentación en los márgen es del Im perio Hi spánico (siglos XV - XIX) , C SIC-Ediciones Rubeo, Bar celona, 201 0, pág. 536 . 78 A este respecto resul ta esclarec edor el sigu iente en sayo: B ENIGNO, Fra ncesco, Las pala bras del tiempo . Un ideario pa ra p ensar históricamen te , Cátedra, Ma drid, 2013. 79 Véase sobr e el tem a: ROCH IBAUX, David, “Identidad es indefinidas: entre indio y mes tizo e n México y América Latina”, A mérique Latin e Histoire et Mémoire. Les Cahiers ALHI M , 1 3, 2007 [e n línea]. Disponible en h ttp://alhim.revues.or g/1753. 80 Dicciona rio de la len gua castellana, en que se explica el verdadero sentido de las voces, su naturaleza , y calid ad, co n las phrases, o modo s de h ablar, los proverbios, o ref ranes, y otras Medio físico y panorama humano 68 “civilizada”. Mientras que para los indígenas el nexo lo constituía el aprovec hamiento de los recursos n ece sarios para la economía de subsistencia en el ámbito de sus desplazamientos – movi lidad – . Los aborígene s interrelacionaban frontera y etnicidad, pu es la primera creaba, reconocía, protegía y aseguraba l a existencia de la segunda. En conclusión, la vis i ón política se en frentaba a l a perce pción económica y sociocultural. Un ejemplo más de la diver gencia en las interpretaciones de la realidad fr onteriza para unos y otros, fuente de conflicto. El virrey del Perú Guiri or, en comunicación al ministro Gálvez, dejaba sentada la operatividad de la idea d e frontera n atural para los españoles, cuyo significa do resulta clave para comprender e int erpretar su fijación en el río Bío - Bío. La jurisdicción delimi tada por un hec ho incontestable de la naturaleza acumulaba v entajas – y e vitaba problemas – sobr e los hit os artificiale s visibles en espacios de continuidad terr itorial: Dos naciones, dos pu eblos, dos jurisdi cciones, que estén sólo divididas por signos arbitrarios quedan en continua ocasión de disputas y controve rsias sobre la propied ad y el uso de los lugares limítrofes. Todo cuerpo, toda sociedad, por un ímpetu g eneral de la naturaleza, aspira a ex tender sus límites, a hazer mejor su condición respe cto del vecino; de donde resultan las continuas disputas y emula ciones, no sólo de las naciones y de los pueblos, sino aun de los dueños de las más pequeñas heredades 81 . Ciertamente, los españoles no renunciaban a la colonización más austral, empresa que estuvo pres ente en las actas del parlamento de Lonquilmo de 17 84. Hispanos e indí genas, mancomunadamente como vasallos de un mismo monarca, debían esforzarse por repe ler ataques d e enemigos de l a Corona. En ca so de desembarcos para establecerse en las dilatadas costas meridionales, “ retirarán sus ga nados diez leg uas tier ra adentro” e n pre v ención de avituallamiento de l i nvasor. También se encarga b a a los caciques fieles la obligación de advertir si hacia las cosas co nvenientes al uso de la lengua , T . III, Imprenta de la Real Acade m ia Español a po r la viuda de Francisco del Hierro, Mad rid, 1732, pág. 801. 81 Me m o rial de Manuel de Guirior a José de Gálvez. Lima, 20 de m a yo de 17 78. Citado por HOLGUÍN CALLO, Os w ald o, “ Extensión y fronteras d el Perú: alcances d el Setecie ntos (1740 - 1800)”, en CÓRDOVA, Hi ldegardo (ed. ), Espacio: teoría y pra xis , PUCP-CIG A , Lima, 19 97, pág. 172 . Medio físico y panorama humano 69 tierras maga llánicas “se hallaba alguna colonia o establecimiento de ge nt e extraña y que den cuenta de lo que s upieren (…) con el seguro de que verificá ndose serán p remiados a correspondencia de las diligencias qu e hicieren para de scubrir su ex istenc ia” 82 . El parlamento d e Negrete de 1793 estipulaba que, consa grado el libre derec ho de paso por las tierras meridionales, quedaba abolida la costumbre de pedir permiso previo a los caciques que enseñorea ban el t erritorio de las fronteras araucana y huilliche – desde Concepción h asta Chi loé, pasando po r Valdivia como eje divisorio entre a mbas – . L o trascendental del a rtículo recaía en el recordatorio hecho sobre la distinción entre posesión nativa y p ropieda d regia, irrenunciable: Que como mant eniendo S.M. a todos los Indios de los quatro Butalmapus en la posesi ón de las Tierras que c omprehende n, ha conserva do siempre so bre éstas el dominio alto que como a Soberano du eño de todo le corresponde, y es irregular y opuesta a este principio y a la facilidad del comercio y comunicación que conviene, la continua ción del rito costumbre de solicitar de los caciques por cuyas tierra s pasan los caminos entre Concepc ión, Valdivia y Chiloé p ermiso para el tránsito de t odo Pasagero y comerciante, y mucho más para el de los Correos y transporte de Tropa, pertrechos, víveres, y demás efectos que de su Real orden se conducen por Tierra a aquellos destinos; desde ahora en adelante todos los Caciques principales y subalternos de los quatro Butalmapus deberán est ar entendidos que en lo sucesivo todo hombre que llevando Pasaporte del Sr. Coman dante general de esta F rontera , o de los particulares de las Plazas de ella se presentare al ca mi no so lo, con cargas de efectos del servicio, o de su particular comercio e interés, deberá ser admitido a su tránsito, sin precedente instancia ni formalidad de a quellas que hasta ahora se h an practicado; en la inteligencia de que si los Correos, Pasageros, o Arrieros fueren atajados e impedidos de p asar por defecto de aquellas circunstancias, se pro cederá contra los Autores de este exceso hasta hacerles entender que todo quanto tienen lo de ben a l a piedad y munificencia del Rey y que en su goce deben arreglarse a los términos que S. M. q uiere prescrivirles ahora para en ade lante 83 . 82 A.G.I., C hile, 193. Articulado del Parlamen to general celebrado con los indio s de los cua tro butalma pus de la frontera en Lonq uilmo del 3 al 7 de en ero de 1784 por Ambro sio Hig gins de Ballena r, comisionado por el p residente Ambrosio d e Benavides (artículo 18). 83 A.G.I., Chile. Artículos p ublicado s en el Parlamento g eneral d e los I ndios d e Chile cong regados en el Camp o de Negrete d e orden d el M. Y. S. Don A mbrosio Higgin s Vallena r en lo s días 4, 5 y 6 de Marzo de 1793 . Medio físico y panorama humano 70 El 25 de febrero d e 1797, Tomás O´Higgins, co misionado p or su tío el virrey para l a inspección de la frontera chilena, se entrevistó con tres caciques, a saber: Juan Volevi, Vadalevi y Haclucura. El encuentro tuvo lugar en “tierras pertenecientes a é l”, en referencia al primero. En todos los casos se les rec rim inó porque sus mocetones robaban ga nado, incluso ha bían atacado con laqu es y palos a la caravana qu e ac ompañaba un capitán de amigos. L a falta era doble, pues este repre sentaba una autoridad real y los ganados era n d el re y . En consecuencia, debían dar parte al comandante d e la plaza de Nacimiento para que ap resados fueron condu cidos para su castigo a plaza segura. Además, a pesar de r econocer que eran sus ti erras, se veía con el respaldo suf iciente como para amonestarlos severa mente, pues no tr ataba de dere chos jurisdi ccionales sobre un feudo, sino de vasallaje era sobre súbditos. No obstante, les inst ó a mantener francos los c aminos para los viaje ros de Valdivia, según habían prometido en los parlamentos de Lonquilmo (1784), Negrete (1793) y la última parla de Concepción, pero buscando la tranquilidad necesaria para el tráfico comercial. Quietud que procura ba y aconsejaba con sus enemigos pehuenches. L a armonía ent re todos los agentes del territorio obedecía a fundamentos personales y territoriales: “así par a los indios como para los espa ñoles; supuesto que todos habitaban en dominios de un mismo rey, y siendo sus vasallos, debían a marse como hermanos” 84 . Si solamente se reconocía al indígena libre la capacidad para sus cribir tratados entre pa rtes soberanas, e ntonces: ¿qué p apel cumplían unos “va sallos” en la firma de unas c apitulaciones interétnicas? Si podían hacer la guerra, también podían hacer l a paz, pues de ambos modos se relaciona “uno ” con el “otro”, tanto antropológico como político. L a i gualdad se fu e constru y endo en un camp o social de tensiones endóg en as y ex óge n as, en busca del consenso 85 . P ara los araucano- mapuches no e ran más que acuerdos sobre la vida en la frontera y co mo tales podían alterarse se gún las circunstancias e intereses de cada momento . Para los españoles, eran juramen tos que obligaba n no a extranjeros, sino a súbditos del mismo rey que obviando su sag rada obligación se enfrentaban al ord en natural de las cosas. Un paralelismo más con F land es y sus rebeldes holandeses. 84 O´HIGGINS, T om ás, “Viaje del capitán D. To m ás O ´Higgins, d e orden del virrey de Lima, e l marqués de Osorno. 1 796 - 1797”, R evista Chilena de Historia y Geog rafía , 103, 1943, pág. 50. 85 BECHIS, Ma rtha, Piezas de etn oh istoria del sur suda mericano , CSIC, Madrid , 2008, pág. 113. Medio físico y panorama humano 71 Dos opiniones contrapuestas al respecto ilustran el choque de mentalidades. Recordando lo apuntado por el con de Superunda siendo g obernador de Chile – informe de 26 de febrero de 1739 – , en cuanto a que la p erpetuación de su problemática ob edec ía también a “fines p articulare s de los jefes de aquella frontera y de los gobernadores de aque l r eino”. Un interé s personal que tenía “por único objeto sus comodidades y sus a delantamientos”. Es de cir, l a f rontera como escenario “interesado” para la vía de as censos 86 . Un modelo que originar iamente buscaba la emulación en el servicio como base del éxito: “atendie ndo má s a los beneméritos todos quedaran c ontentos y se animaran a merecer” 87 . Pero no eran los únicos proclives al mantenimiento del stat u quo , pues los naturales, “hombres insid iosos y que no s e av ergüenzan de faltar a la palabra, aunque la a fiancen con juramento” , compartían aque l complejo y a mbiguo espacio cultural de relaci ones, que incluían desde el choque y la r esistencia hasta el contacto y los préstamos. El ejemplo de lo s ucedido tras el parlamento de Nacimiento de 1764 y su incumplimiento con el levantamiento de 1766, il ustra esta per cepc ión pe y orati va: “se desprendieron d e los vínculos del consentimiento, que afia nzaron con juramento, tomando las ar mas”. He cho “e scandalos o” que revelaba un as paces tan fin g idas como la nue vamente rota en 1769, cuando accediron a pactar int ere s adamente con el gobernador Francisco J avier de Morales en el parlamento de Negrete de 1771 únicamente porque se veían obli ga d os “de las necesidades en que le s puso la g uerra que ellos mismos movieron” 88 . En otra ocasión, un veterano hombre de frontera, hablando de las luchas intestinas, sentenc iaba en relación al rebelde toqui pehuenche de Mallec o Aylla pan g ui: “los enredos de este Yndio son ta ntos que quasi no se pueden comprehender, y por lo que bemos, en él las ami stades que tiene con nosotros 86 CERVILLA LO ZADA, Joana, “La p residencia de C hile: entre la élite local y la Gu erra de Arauco”, en P ARDO -FIG UEROA T HAYS, Carlos y DA GER AL V A, Joseph (co ords.), El virrey Amat y su tiempo , PUCP , Lima, 2004, p ágs. 29 - 57. 87 B.L., E. Ms. 347, fols. 5 7 -62. Memorial del Conde Duq ue de Olivares sobr e las m ercedes. Madrid, 28 de novie m br e d e 1621 . ELLIOTT , Jo hn H., P EÑA, Jo sé F. de la y NE GREDO, Fernando (eds.), Memoriales y cartas del Conde Duque de O livares , vol. 1. Po lítica interio r, 1 621 - 1645 , Centro de Estudios Eu ropa Hispánica -Marcial Po ns, Ma drid, 2013, págs. 51 -56; B.N.E ., Mss. 17 635, f o ls. 202 -206; CÁNOVAS del CASTILLO, Anton io, Estudio s del rein ado de Felipe IV , II, Imprenta de A. Pér ez Dubrul l, Madrid, 1888, págs. 499 -503. 88 A.G.I., Chile, 31 0. Memorial qu e presenta a l rey nuestro señ or don Carlos Cua rto, don V icente Carvallo y Goyeneche… , En LORENZO SCHI AFFINO, Santia go (ed .), Fuen tes p ara la h istoria urbana… , págs. 301- 330. Medio físico y panorama humano 78 Lonquilmo (1784), había reconocido que el gran ca uc e for maba “nuestra frontera con los indios” 105 . Con un criterio realista y pra g mático se había ex presa do Joaquín Villarrea l, quien delimitaba horiz ontalmente y de modo simplificado el reino de Chile en dos zonas ocupadas por españoles e in dios rebe ldes. Si bien el B ío- Bío era la línea demarcatoria , añadía un elemento más que superaba su mero carácter de frontera natural y lo fortalecía: la amenaza indí ge n a. I mperativo estratégico, pues los españoles no podían “ ser atacados de los indios por otro lado, porqu e no hai indios que temer por la parte del Perú, ni por el mar, ni por la cordillera nevada”. A excepción d e plazas como Arauco y el pr esidio de Valdivia, hasta Chiloé el terreno era insum iso y así lo reconocía abiertamente 106 . Además, quedaba la v asta costa, inabarcable en su d efensa y siempre expuesta al enemig o europeo. En d efinitiva, la jurisdicción de Con cepción estaba tan indefinida en sus prolongaciones australes como incierta su posesión real, abierta y en pro ceso: “se reputa alcanzar donde la Religión ha g a procélitos hasta el mismo Ca bo de Hornos” 107 . Contemplamos dos fronteras: la araucana – des de el río Bío- Bío hasta Valdivia – y la de “arriba” o huil liche – del presidio a Chil oé – . Ambas constreñidas entre la septentrional, en manos efectivas españolas, y la más austral, in mensos espacios que escapaban siquiera a l as posibilidades de población. Numeroso ríos de crecido caudal que bajaban de la Cordillera buscando el Pacífico y fo rmaban un intrincado paisaje de afluentes e “islas”, verdes y lluvios os bosq ues valdi vianos con infinitos endemismos del mundo veg etal, agr estes precordilleras y la barrera andina en conexión con las pampas de la otra banda y un fragmentado archipiélag o e nseñoreado por la brumosa isla g r ande de Chiloé. Tal era e l paisaje de nuestras fronteras meridionales: apasionante , pero peligroso. En relac ión a sus habitantes, una visión de conjunto a partir de tres informes de la época sirven para establecer un marco compre nsivo de su actuac ión. Los textos dimanan de la Relación vi ajera de una famosa expedición botánica de pro y e cción imperial, de la Descripción hecha desd e Lima con un 105 A.G.I., Chile, 19 3. A rticulado d el Parlamento general cel ebrad o con los indio s de los cua tro butalma pus de la frontera en Lonquilmo del 3 al 7 de enero d e 1784 … 106 “Informe hecho al Rei Nuestr o señor Don Fernando el VI, por Joaquin de Villarreal … , págs. 215 - 216. 107 B.M. , A. Ms., 17592. fol. 479. HENCKE L, Carlos, “El e stado p olítico, m i litar…, pág. 95 . Medio físico y panorama humano 79 enfoque regional y de u n Diario de visita episc opal y por ello con un alcance eminentemente local. Complementarias en sus apreciaciones, aunque en muchos aspectos reiterativas, gracias a sus testimonios podemos establecer un pa norama introductorio y coetáneo del paisaje humano y físico. Únicamente dest aca mos aquellas circunstancias socio-culturales qu e pudieron incidir en la p ráctica de gobier no fronteriz o. El botánico expediciona rio Hipólito Ruiz señalaba en tiempos del maestre de campo irlandés los aspectos administrativos y ec lesiásticos de Concepción, su historia y costumbres loc ales, así como la sens ación de ser un espacio constreñido entre cordillera y m ar. S u descripc ión relacionada de la provincia, posterior en e l tiempo, comenzaba con el clima del obispado y del reino en su co njunto, presentaba analogías con España. País muy fértil en pastos y en consecuencia de abundante y variado ganado. Posibi lidades para la ag ricultura – trigo, cebada, legumbres o vino – , ríos ricos en truchas, corvinas o anguilas; mientras que la costa er a el dominio de los róbalos, atunes, s ardinas, congrio, cha la cos y u n largo etcétera de pes cados y mariscos a. amparo de la c orriente fr í a de Humboldt. También los esteros o laguna s e ncerraban gran vi da animal. Al i gual que el re in o vegetal estaba presidido por el bosque valdiviano, poblado de árboles de exquisitas y útiles maderas y resinas 108 . Respecto a los naturales, diferenciaba claramente a los belicosos llanistas y costinos, de los pehuenc hes cordilleranos y huilliches sureños. De cuya comparativa salían b eneficiados los segundos. Respecto a la vida privada y organización social, de stacaba la situación privilegiada de la prime ra mujer, pero en un contexto de servidumbre femenina. Er an a pasionados a todo tipo de li core s y bebían hasta embriagarse chicha d e maíz, manzana o quinoa. La percepción europea de ausencia de relig ión po r carecer de templos o culto convenc ionales más allá del animism o, es una constante. S i bien creían en la inmortalidad del alma y un ente supremo, espíritu poderoso o pillán. 108 RUI Z, Hip ólito, Relación del viaje hecho a los reino s del Perú y Chile po r lo bo tánicos y dibuja ntes enviados po r el Rey para aquella expedición, extractada de los dia rios por el orden qu e llevó en éstos su auto r , CSIC-Los Libros de la Catarata, Madr id, 2007, pág. 22 0 -226. (A.C.N. 0002/2 2. Relación del Viaje hecho a los Reynos del Perú y Chile p or lo s Bo tánicos y Di b ujantes enviad os por el Rey p ara aquella E xpedición extractada de los diarios por el o rden q ue llevó en éstos su auto r D. Hipólito Ru i z ). Medio físico y panorama humano 80 En cuanto a su singular estructura política, esta ban divididos en cuatro butalmapus o ayllus – no en balde la expedición venía del Perú – , de d istribución longitudinal en atención a su localización y aprovechamiento de los recursos. La identidad territorial y étnica se confundían en zonas biogeo gráfica s, de oeste a este eran las siguientes: los mapuches de la Costa – lafkenmapu – , Llanos intermedio s – lelfunmapu – , precordillera de los Andes – inapiremapu – , los pehuenches cordilleranos – piremapu – y los huilliches meridionales. Los hombres del pehuén, cuya alianza Higgins supo bus car, se alimentaban de carne de caballo, sebo y piñones de la araucaria o pewen – Araucaria araucana, imbricata, chilensis o dombeyi – , conífera chilena cuyas semillas contienen abundante almidón y eran la base d e la alimentación de la gente de los pinares 109 . Además de los recursos forestales, s e sustentaban del producto de sus as altos a haciendas y caminos de ambos lados de los Andes. Enfrentados constantemente al resto, en especial a los hombres del sur, quienes era n declarados enemigos de los es pañoles o “por mejor decir de nuestras maximas y costumbres y asi mu y difícil sujetar los a vivir e n poblac ion es por medios benignos y r azonables”. Creían en la inmortalidad del alma, p or ello se enterraban con un ajuar fune rario consistente en alimentos y caballos ensillados para facilitar el tr ánsito al más allá, mientras sus familiares invocaban a p illán o a la ballen a, tan abundante en aquellas altitudes, para que les a y uda ra en el viaje 110 . Mapuches, pehuenches y huilliches mane jaban c on g ran de streza las lanzas, laques y m acanas a lomos de sus c aballos en los frecuentes malones o incursiones y emboscadas que acompañaban de la música de tambor cillos y pifilcas. Durante las mismas se alimentaban frugalmente con harina d e maíz tostado mezclada con agua. También combatían con espadas, machetes cuchillos y puñ ales produ cto d el comercio ilícito . Los principales promotores de sublevaciones y alborotos eran los bautizados, rec onvertidos en apostatas desde el levantamiento general del 25 de diciembre de 1766, siendo m aestre general Salvador Cabrito. I nicia ban la insurre cción con señales de fue g o en los cerr os y 109 WILHELM d e MÖSB ACH, Ernesto, Botá nica ind ígena de Chile , Andrés B ello-Museo Chileno de Arte Prec olombin o -Fundació n Andes, Santiago de Chile, 1992 , págs. 26 -33. 110 El texto de Ruiz es legatario en muchos a spectos del j esuita chile no J uan Ignac io Molina, por confesión prop ia y cotej o de fuentes, en e special al hablar de la sociedad araucana: MOLINA, Juan Ignacio, Compendio d e la historia civil d el R eyno d e Chile , T. II, I m pr enta de Sancha, Madr id, 1795. Medio físico y panorama humano 81 buscaban a un español como víctima propiciatoria , a quien en el cahuín o consejo de g uerra, reunidos los caciques o loncos y en su presencia: Metiendole en un hoy o y con supersticiosas ceremonias le quitan la vida á golpe de Ma cana, le sa can el cora z on, meten las puntas de sus lanzas en la sangre la que se chupan, despues le cortan todos los dedos, manos y pies y reparten po r las parci alidades á lo que llaman Correr la flecha, y los Caciques que reciben alg una de estas partes del cuerpo Espa ñol quedan inviolablemente obli gados al levantamiento, para el cual con el ma y or si gilo convocan tambien á los Ya naconas, I ndios que se halla n sirviendo á los Españoles, quienes los compran con este fin, pe ro sin considerarlos como Esclavos ni tratandolos mal 111 . Como puede observarse, la visión que presenta el botánico remite inmediatamente a su mentalidad ilustrada, al igual que los frecuentes prejuicios del texto – holgazanería y bo rracheras, por ejemplo – . Antagonismo inicial propiciado por el desc onocimiento muto 112 . La asunción d e los elementos culturales que definen una identidad requiere una ma y o r penetración en las relaciones sociales comunitarias, donde se transmiten e interiorizan, por lo cual las miradas del viajero y d el g obernante no podían coi ncidir 113 . Arg umentos utilizados frecue ntemente en diversos esce nario indianos, ca so del Tucumán, para justificar la permanencia del sis tema de encomiendas o similares ventajas económicas sustentadas sobre prejuicios ideológicos 114 . L a descripción de l proceso ritual que desemboca en el levantamiento resulta harto significativa de su pragmatismo, ausente de recriminaciones barrocas, pero que cuenta con la contundencia del realismo narrativo. No podía olvidar un a exculpación de los españoles en refere ncia al trato dado a los indios de servicio. Higgins optaba por la expli cac ión opuesta, pues en muchas ocasiones hacía recaer la culpa de las sublevaciones e n a busos pasados y siempre achicaba la dimensión d e la r evuelta, 111 RUIZ, Hipólito , Relación d el viaje hecho a los rein os del Perú y Chile… , p ágs. 200 - 203. 112 RODRÍGUEZ P ÉREZ, Margarita J ., “América Latina; e ncuentro cultural hispano - aborigen”, en GO NZÁLEZ CAS ANOVA, Pablo (co ord.), El pensamiento lascasian o en la co nciencia de América y Europa , UNAM, México, 1994 , pág. 87. 113 HERNÁNDEZ, Natalio, “I mágen es de los indíge nas: juicios y prej uicios”, en KNOOP, Astrid y KLESING -REMPEL, Ursula (coords.), Lo propio y lo ajeno …, p ág. 97. 114 VI TAR, B eatriz, Guerra y misiones en la frontera ch aqueñ a d el Tucu mán (1700- 1767) , CSI C, Madrid, 1996, pág. 137. Medio físico y panorama humano 82 que intentaba atajar en sus inicios. Su visi ón era la de un experimentado hombre de frontera, lejos de la interpre tación del hecho fronterizo de un viajero europeo. El obispo de Con cepc ión, F rancisco J osé de M arán, realizó una visita pastoral coincidiendo con el gobier no intende ncial hibérnico en Con cepción. Atribuía a los indíg enas de fr ontera un carácter belicoso, g ue rrero y desconfiado. No hacía sino repetir opiniones que se venían sumando secular mente y qu e encerraban junt o a la crítica f eroz, c ierto reconocimiento que redundaba en beneficio de lo s esforzados españoles radicados en el territorio. Robustos pero inclinados a la vida sedentaria, a pesar de rechazar con en ergía la reducción a pueblos, preferían vivir en un estado seminómada desplazando sus viviendas por el ancho de sus tierras. Sus rucas estaban construidas de ramas y barro, techo de paja y sin ventanas. L a luz pe netraba por la p uerta, que siempre permanecía abierta y orientada al este – Puelmapu – . Contab an con claraboyas para el humo del cenital hogar. Sin más sujeción que su propia vol untad y r echa zo a toda re li gión impuesta o formal, de ahí que el prelado significa se que no prac ti caban religión alguna, afirmación repetida durante si glos y que evidencia el choque cultural. Eso sí, en un mundo dis gregado y fragmenta rio compartían len gua y rasgos d e organización social y militar que no eran óbice pa ra sus ha bituales enfre ntamientos. Hablando de mapuc he -araucanos y huilliches – su se ctor meridional – , un insigne ilustrado refería que habitaban entre el Bío -Bío y Chiloé (las dos fronteras divi didas por la plaza de Valdiv ia: clásica ar auca n a o “de abajo” y huilliche o “de arriba”), y “se entienden mutuamente”, rasgo que destacaba el abate filólogo 115 . Al ig ual q ue tenían en común una agricultura que los enfrentaba a los recursos que su área cultural les permitía aprovechar, cuando no incursionaban en su busca hac ia el norte o más allá de la cordillera andina. Tierra frondosa y de abund antes pastos para el gana do ovino, vacuno y caballar, los bosques estaban surtidos de mucha made ra de c alidad, obse rvación ilustrada que nos sit úa ante la disonancia entre españoles y mapuc hes. Donde los p rimeros veían materiales de construcc ión y uso naval, los seg undos depósitos alimenticios en sus frutos. 115 HERVÁS y P ANDURO, Lo renzo, Catálog o de las len guas de las nacio nes conocid as , vol. I (“Lenguas y naciones a m er icanas”), Imprenta de la Admi nitración del Real Arbitrio de Beneficencia, Mad rid, 1800, pág. 12 8. Medio físico y panorama humano 83 Los innumerables ríos q ue bajaban d e la g r an cordillera para desa gua r en el inmenso océa no son me dianamente caudalosos, con abundante pesca el dilatado litoral. El tránsito de un a provincia a otra requería el p ermiso de sus caciques locales, celosos de su autoridad y tierras ancestrales. Mu y supersticiosos, atribuía n toda muerte a malefici os y brujería. Tenían por costumbre que ni padres o interesados acuerdan lo s matrimonios, sino qu e re cur ren al ra pto. Una vez consumada la unión y c omunicada a la familia de la mujer, se n egociaba la dote en carneros, vacas, c aballos, hierro o espuelas. De estructura familiar polígama, la prole era la ma y or riqu eza del grupo. Los hijos de la primera mujer conservaban el apellido paterno, mientras que e l r esto el materno. Sobre la condición de la mujer, el pastor ra tificó observacio nes acumuladas en relación a su subo rdinación al varón: “El hombre és Señor y l a muger esclava”. Vivían sin auxilio alguno, la responsabilidad de los hijos recaía sobre ellas y, para colmo, tenían que entregarle ponchos para un lu crativo comercio fronterizo. No obstante, existía el divorcio, pero la causa era el abandono de la mujer, el cua l debía ser comp ensado como tal ofensa. Un derecho consuetudinario dif erente al impuesto por la cosmovi sión cristiana , que llevaba al prejuicio o incompre nsión por ajeno. Le s repugnaban l as pen as corpo rales, pues siempre se mostraban mu y orgullosos o altaneros, según quien lo pe rciba. Llevados del mismo sentimiento, no se distinguía “el G eneral del ultim o soldado”, igualitarismo g uerrero que chocaba frontalmente con la mentalidad estamental y de casta de los hispanos. Usaban en la batalla armamento variado como lanzas, laques – porra de hierro o madera recubierta – y hondas, arma s con las cuales se most raba n muy diestros y temidos. También sables y ma chetes arrebatados o com prados a los españoles, a pesar de estar prohibido su comercio por el Sínodo de Concepción de 1744 116 . Dicho Sínodo observa ba el comercio f ronterizo como perjudicial, pues er a orige n de los abusos cometidos por los concha vadores españoles y estab a en la gé n esis de revueltas. Además, muchas veces el interca mbio lo era de productos ilícitos, con la complicidad de los en cargados de su erradicación. Solicitaba el 116 B.N.Ch., B. A., vol. 14, tomo 37, f ols. 307 -311. Breve idea del caracter, temperamento usos y costumbres d e los Naturales, en cuio poder por nuestra desg racia hemos esta do . Francisco José de Marán. Concepción, 15 de diciem b re de 1787. Con carta de T homas de Fi gu eroa al brigadier y gobernador de Chiloé Ped ro Cañav eral y Ponce. Osorno, 2 2 de noviembre de 179 2. Medio físico y panorama humano 84 cumplimiento de lo acordado en los parlamentos en lo relativo a un co mercio vigilado y reg lamentado. Estipuló la ex tinción del comercio d e a rmas y caballos tierra a dentro, que aplicaban a uso militar en guerrillas y á g iles desplazamientos, pues aunque bautizados persistía el peli gro , ya que vivían según sus costumbres una vez traspa sab an la frontera 117 . Se exceptuaban los utensil ios de hier ro ofrec idos como agasajo en los parlamentos, muy apreciados por los indios, y contemplados por la legislación indiana. Igual r eserva y permiso extraordinario tenían los vinos y aguardientes 118 . De dicha inclinación nos habla el padre Menéndez en su Diario de exploración a Nahuelhuapi. Relataba el franciscano qu e el jueves 26 d e enero de 1792 r ecibió a varios caciques a los cuales a ga s ajó con bizcochos, harina y haba s tost adas, como el lune s anterior obsequió un hacha al ca cique M ancuuvunay, s e vio en la obligación de entregar otro y un machete a los nuevos concurrentes, sin duda se había corrido la voz de tan preciado presente. Todos quedaron sa tisfechos con los regalos 119 . En 1786 se im plantaron dos intendencias en Chil e: S antiago y la fronteriza Concepción, quedaron a cargo del g obernador Ambrosio Benavides y del maestre de campo Ambrosio Hi ggins, resp ectiva mente 120 . Tomá s Álvare z de Acevedo comunicó al ministro Gálvez que había re mitido el nombramiento al ir landés, según orden d e 8 d e abril. Igualmente ponía en su conocimiento que habí a quedado sin efecto el de superintendente para el p residente Benavides, debido a su fallecimiento 121 . El virrey del Perú Croix, que cursó la creación de las dos intendencias chilenas, inf ormó sob re su establecimiento al se cretario de Indias, así como de la independe ncia de actuaciones de la penquista respe cto al vir reinato 117 Véase H AR M AND, J acques, La guerra antig ua , Sarpe, Madrid, 198 6. 118 AZÚA e I TURGOYEN, P edro Felipe de, Primer S inodo Sino do Dio cesana , Imprenta del Independiente, Sa ntiago de Chile, 1 867, págs. 46 - 48 (Cap ítulo I, Constitu cio nes II, III y IV). 119 B.N.P., C 702. Diario de fray Francisco Menéndez, de la regular observancia y misionero apostólico d e la Provincia de Chiloé. P uerto de San Carlos d e Ch iloé, 8 de f eb rero de 1 792 (comienza el 21 de noviembre d e 1791). 120 Ambr osio Hig gins f ue nombrad o intendente d e Concepción, pasó a ser cap itán general d e Chile y lue go promocionado a virrey del Per ú. Sobre su origen irlandés y biografía: M.H.N. Ch., Árbo l genealógico y ar morial de Am b rosio Higgins. CHAU CA GAR CÍA, J orge, “Ambrosio O´Higgins: parad igm a de militar y gobernante en la América m eridio nal d el Setecientos”, en XI Jorna das Naciona les de Historia Milita r. Milicia y S ociedad Ilustrada en España y Am érica (1750- 1800) , I, 2003 , págs. 4 81-499; del mismo autor , El irland és Ambro sio O´Hig gins: cap itán genera l de Chile y virrey del perú (176 1-1801) , Tesis doctoral d irigida por Mª Isabel Pérez d e Colosía Rodríguez y Juan Jesús B ravo Caro, Universidad de Má laga, Facultad d e Filosofía y Letras, 2 014. 121 A.G.I., Chile, 33 2. Carta de Tomás Álvarez de Acevedo al m arqués de Sonora. Santiago de Chile, 6 d e septiem bre d e 1787. Medio físico y panorama humano 85 peruano: debía obrar “si n sugecion” a Lima 122 . Se dio el correspondiente acuse de rec ibo y v erificó el establecimiento 123 . Du rante su mandato en C oncepc ión y en las postrimerías de la vida de José de Gálvez, Higgins le re mitió un informe intendencial (abril de 1787) pre vio a su visita al distrito (octubre de 1787), de contenido netamente ec onómico que complementó con los result ados de su inspecci ón posterior. No pudo l legar a leerlo el mala citano, debido a la larga distancia q ue los separaba. P or obr a de su ge stión quedaron establ ecidos la Real Aduana y asiento para cobro de los derec hos de a lcabala y almoj arifa zgo, sin alboroto alguno y c u y o funcionamiento anterior a su nombramie nto de intendente había sido nulo, pues el encarg ado de constituirla, Juan de Montenegro, por a gradar al pueblo y por el corto alcance impositivo de tales tributos no la llevó a efecto. Aunque su sustitut o, Juan Fermín Valverde , nombrado por el visitador Jorge de Es cobedo 124 , era hombre d e mejor disposición oficial, no fue ha sta “la entereza que acostumbro” cuando se r esolvió definitivamente su establecimiento formal, en pa labra s d el irland és. A pesar del es caso tráfico mercantil del puerto y rentas de su gobierno, esperaba que se triplicaran gracias al ma yor ce lo de sus administradores, a la paz con los i ndíg en as y al desarrollo del comercio interior por obra del fomento de la agric ult ura. En relación a la men guada renta del taba co, su jui cio era más pesimist a, pues las escasas remesas de Saña, antes abundantes, habían caído merced a malas cosecha s. Además, seguros del aprovisionamiento desde Lima, s e tomó la providencia de destruir en esas campaña s e incluso en tierra s de indios fro nterizos las siembras clandestinas. En tal situación, le costaba “no po co tino contener el clamor de la g ente de la Campaña sumamente adicta á este vicio”, que le recriminaban la destrucción de las sementeras del país y el retardo de las 122 A.G.I., Chile, 33 2. Exped iente sobre el establecimien to d e In tendencia s en el reino d e Chile . E l virrey del Perú a J osé de Gálvez. Lima, 5 de f ebrero de 1 786. Inf o rme del superintendente subdelegado d e la Real Hacienda de Lima, Jor ge Escobedo, a Gálvez. Lima, 20 de enero de 17 86. 123 A.G.I., Chile, 33 2. Informe del presid ente del reino de Chil e. Santiago de Chile, 8 de octubre de 1786. 124 SERENA FERN ÁNDEZ, A lonso, “Perfil biográfico y ac ción de gobierno de Don J orge Escobed o y Alarcón”, R evista de Indias , vol. 5 2, n º 195-196, 1992 , p ágs. 3 65- 384; FISHER, John R., “ Red es d e pod er en el virreinato del P erú, 177 6- 1824 : los b urócratas”, Revista d e Ind ias , vol. 66, nº. 2 36, 2006, págs. 149 - 164; B ERMEJO CABRERO, J osé Luis, “Figuras i nstituciona les de la Edad Moderna”, en Derecho y admin istración pú blica en la España d el Antig uo Régimen , CSIC, Madrid, 1 985, págs. 25 - 79; GONZ ÁLEZ BE LTRÁN, Jesú s Manuel, “Un ej ército armado de pluma y p apel sellado. Un a aproximación a la b urocracia del siglo XVI II”, en ARANDA PÉREZ, Francisco Jo sé (coord .), Letrados, ju ristas y burócrata s en la Españ a moderna , Universidad de Castilla-La Ma ncha, Cuenca, 2005, págs. 43 5 -478. Medio físico y panorama humano 86 importaciones que, no o bstante, ll egaría n desde Paita vía Lima. D espués de lo sucedido, era de la opinión de sembrar allí mismo por cuent a de la Real Hacienda el tabaco suficiente pa ra la demanda chilena, tanto de Santiago como de Concepción. Un elemento más de la autonomía de la capitanía general res pecto al virreinato. Pero desconfiaba por el contraba ndo en aquel espac io tan abierto y d e extenso litoral, sa lvo que una producción may or, a im itación de Saña, La Ha bana o Vir ginia, redujera a admisib le cierto come rcio il ícito en comparación con el beneficio del fisco. Los l ugares id eales para plantaciones era n l a c onocid a como Isla de Santa M aría , en la costa de Arauco, t radicional fondeadero de piratas, contrabandistas y balleneros, de fác il res g uar do y control de sus comunicaciones. Tenía intención de plantar tabaco mediante el método peruano, tras solicitar la aprobac ión de Santiago. En caso de prosperar la a daptación, esperaba la extensión del proy e cto, gracias a l a interce sión del ministro. No ob stante, confe sab a que se encontraba inmerso por e ntonces en diversos aspectos de l plan de re n tas que concre taría tras su visita al distrito. Esperaba que, como re sultado de su gobierno, los ingresos anuales fueran suficientes p ara contri buir al pa go de las dotaciones de frontera , “que tanto merecen ser atendidas por sus fatiga s incesantes, y por que de su valor, y desempeño pende la seguridad, y a delantamientos del Re yno”. Es decir, disminuir el gra va men que soporta ba Lima para su mantenimiento 125 . Meses después, el intendente irlandés visitó su jurisdicción con la intención de reduc ir a pueblos a comunidades dispersas, celebró encuentros con los aborígenes, trazó el nuevo y fa llido camino a Hualqui para evitar inundaciones, estableció misiones en los márgenes del Bío- Bío, desecó lagunas, proteg ió los caminos y cuidó de la disciplina militar 126 . La fortuna de las medidas acometidas fue dispar. Partió en octubre de 1787, su primera iniciativa fue tomada en el partido de I tata, donde propuso trasladar la villa del Nombre de Jesús, situada en la hondonada de C oelemu, al paraje conocido como P icota, en la ribera sur del río I t ata, donde se delineó una població n de veinticinco m anzanas para cien vecinos. En la desemboca dura mandó levantar otras dos, situadas en ambas 125 A.G.I., Chile, 21 9. Carta de Ambrosio Hi gg ins al m ar qués d e Sonora. Concepción, 2 3 de abril de 17 87. 126 CAMPOS HARRIET , Fernando, Historia de Con cepción 1550 -1988 , Edito rial Univer sitaria, Santiago de Chile, 1989 … , pág. 78. Medio físico y panorama humano 87 orillas y d e la misma capacidad qu e la prime ra. Sería el inició de una desbordante política de poblaciones que encontró, más ad elante, campo de acción abierto a lo larg o de todo el reino. Cerca de su estancia de Chanco, se delineó un lu gar para cuare nta vecinos y posibles consumidores. En el expediente sobre las mi smas, se observaba n dibujados al g unos navíos, si bien “ni bateles pueden arrimar por aquellas costas, que son bravas, tienen much as barras, i sin puerto ni abrigo de los vientos”. Todo quedó en pro yecto, al igua l que e l estable cimiento de una vil la en las llanuras del Parra l, “poblada de solo los descendientes de un paisa no don Francisco Ibañez, de nacion ingles”. Aparte del sarcasmo del cronista C arvallo y la omni prese nte e interesada confusión de identidades que tanto irritaba al irlandés, muestra los incipientes planes de migración g aélica al sur chileno, retomados por su hijo. Higgins conocía mu y bi en las medidas necesarias para la prosperidad de un territorio, marcadas p or el programa ilustrado , pero la falta de recursos impedía la viabilidad de las poblaciones, que quedaban sobre el pape l. Aprendió la lecc ión para e l futuro, cu ando dote de arbitrios propios a c ad a población para su subsistencia. Vuelto a l a realidad y con l a intención de amplia r la ciudad de Concepción, emprendió l a des ecación de la laguna de Gavilán, situada al norte de la localidad, con la tierra proveniente d e un cerro cercano que, d e paso, rebajaba. También mandó cerrar el camino de la villa de Hualqui, expuesto a riadas, p ara abrir un nu evo trazado. P ero el nu evo tra ye cto era impracticable los dí as de lluvia, pues estaba emplazado e ntre los mont es de la Mochita, cu y a escorrentía i mpedía el tránsito. Los ar rieros s uspendieron el aba ste cimiento urbano y s e interrumpió el comercio entre las provincias de L a Laja, Re re y Puchac a y. En consecuencia, se volvió al camino antiguo. Trascendió al ve cindario que se pro y ectaba el traslado a Noguen de los indios de la Mochita, de modo qu e este territorio podría aplicarse al pa sto de sus v acas y así abastecer de c arne el consumo de la ciudad. La maledicenc ia popular “echa siempre a lo peor las operaciones ma s bien intencionadas” 127 . En cualquier caso, con tan variadas medidas y pro y ectos, el flamante intendente no hacía sino cumplir con la ley , pues era en materia de policía donde 127 CARVAL LO GOYENECHE , Vicente, “Descripcion histórico - jeográfica del Reino d e Chile”, II, en Colección d e historia dores d e Chile y documen t o s relativos a la historia nacional , T. IX, Imprenta de La Estrella d e Chile, Santia go de Ch ile, 18 75, págs . 441 - 442. Medio físico y panorama humano 94 agricultura e industria es un eje d el r eformismo borbónico 142 . L as plantas tenían sus significa dos políticos, de hecho la calabaza era “s y mbol o y divisa” de la ambición corte s ana 143 . Pero sus usos alegóricos y simbólicos fueron mutando hacia una difusión propagandística que descansaba sobre uno d e los tropos – forma de relación común a las representaciones culturales e interacción social – más extendidos de la I lustr ación: el bien público 144 . De ahí la asociación de los recursos fitológicos con el progreso del Estado , el cual redundaría en el bien común. El descubrimiento, puesta en valor e introducción en Europa por l a axarqueña localidad d e Alma y ate (Málaga) – tierra del ministro J osé de Gálvez – , del pino chileno o ar aucaria realizado por Ambr osio Higg ins nos ofrece no solo un ejemplo de colaboración patrón-cliente, sino tambi én la nueva percepción de la frontera a ojos reformistas, tanto regionales como metropolitanos, pues en est e punto coincidían plena mente 145 . Lo cual nos sitúa frente al fomento de la explotación de los recursos natura les y alimenticios, las necesidades de la defensa y políti ca naval borbóni cas en auge por imperativos del contexto internac ional, así como el vital conocimiento del me dio y necesaria influencia entre los indígenas como premisas básic as del gobernante p eriférico ilustrado y pra gmático 146 . La 142 Véanse al respecto: W ING, J ohn T ., Roots of Emp ire. Forests and S tate Pow e r in Early Modern Spa in, c. 1500 -1750 , Brill Acade m ic Publishers, Leiden -Bo ston, 201 5; MI LLER, Da vid Philip y REILL, Peter Hanns (eds.), Vision s of Empire. Voya ges, Botany, and Representations of Nature , Ca m br idge Universit y Press, Ca m b ridge, 2010. 143 ZUBIAR, Mateo de, Peso, y fiel co ntraste de la vida y de la mu erte. Avisos, y desengaños, exemplares, Morales, y Politicos. Con un Tratado, Intitulado, Obervacion es d e Palacio , y Corte , Andrés García, Madrid , 16 50, p ág. 10 5. Véase SLATER , J ohn, Tod os son ho jas: literatura e historia na tural en el Barroco esp añol , CSIC, Mad rid, 2010, págs. 63 - 64. 144 Sobre la categor ía antrop ológica tropo : TURNER, Terence S., “Trop os, marcos d e referencia y poder es”, Revista d e Antropología Social , 15, 200 6, págs. 305- 315. 145 ASENS I MARFI L, Alfredo y DÍEZ G ARRETAS, Blanca, “ Mála ga y la aclimatación de plantas a mericanas”, en VI LLAS TI NO, Siro y P EZZI CRIST ÓBAL, P ilar (coo rds.) , Málag a moderna , siglos X VI, XVI I y XVIII , Universidad de M álaga, Mála ga, 2011 , págs. 115 - 119; GARCÍA-AB ÁS OLO, Antonio, “Proyectos de jardines bo tánicos para acli matar plantas americana en Andalucía”, en A ctas del I Congreso de Historia de Andalucía. Siglo XVIII , I, Monte de Pied ad y Caja de A horros d e Córd oba, Córdo ba, 1978, págs. 229 - 238; CA MP O, Isab el del, Introducción de pla ntas americana s en España , Ministerio d e Agricultura, P esca y Alimentació n, Madrid , 1993, pág. 19; GONZÁLEZ BUENO, Anto nio y RODRÍGU EZ NO ZAL, Raúl, Pla ntas americanas para la España ilustrada. Génesis, d esarrollo y ocaso d el proye cto es pañol de expediciones botán icas , Editor ial Com p lutense, Madr id, 200 0, págs. 14 -16; PUERT O SARMIENT O, Francisco Javier, la ilu sión q uebrada. Botánica, sanidad y política científica en la Espa ña ilustrada , Serbal- CSIC, Madrid, 1988, págs. 203 -204. 146 Respec to a la política naval del Setecientos: B AUDOT MONROY, María, “Barcos para el rey. Julián d e Arriaga, la madera y la constr ucción nava l (1 752 - 1759)”, en GARCÍ A HU RTADO, Manuel-Re yes ( ed.), La Armada españo la en el siglo X VIII. Ciencia, ho mbres y barcos , Sílex, Madrid, 2012 , págs. 297 - 328; d e la m is ma a utora, “Asie ntos y p olítica naval. El suministro d e Medio físico y panorama humano 95 penetración en la idiosincrasia nativa era un valor en alza para su comprensión como vasallos: “conocer la natural eza y los hábitos de las almas es una de las cosas más útiles para (… ) el ar te d e la política” 147 . Visión política ilustrada comprendida por los naturalistas que re corrieron el Cono Sur, baste recordar a Félix de Azara , quien acertadamente observaba la inevi table mutac ión que significa ba el nuevo dom inio sobre el medio: “el hombre tiene influenci a sobre la na turaleza y p roduce una especie de alteración o cambio” 148 . I dea que sirve para explicar, aparte de sintonías personales, la coincidencia de objetivos y colaboración entre expedicionarios y autoridades locales ganados por la reforma. Un r edescubrimiento del continente y sus posibilidades 149 . Por otra parte, la remisión a España de las imágenes del pino chileno suponía, además de la visualiz ación de sus potencialidades de modo directo, la apropiación indirecta de la r ealidad natural. Dicha representación reflejaba eficazmente el dominio de unos espacios fronterizos y la pe rce pción de triunfo o avance de la colonización hispana en un territorio marginal por remo t o. Por descartado que la ilustración siempre ha supuesto un elemento indispens able en la historia natural, func ión acentuada con la distancia y el desconocimiento 150 . Muchos años antes y a había señalado el irland és la importancia de los recursos forestales en todo el reino, infinidad de montes esperando ser útiles sin que su aprovechamiento perjudicara ni a las po blaciones ni a los cami nos. En especial las meridionales ti err as de indios a l sur del Bío -Bío, particularmente víveres a la Ar mada al inicio de la guerra co ntra Gran Bretaña, 17 39 - 1741”, Studia Historica. Historia Moderna. , 3 5, 2013, p ágs. 12 7 -158; QUINTERO GONZÁLEZ, José, “La co nstrucción naval esp añola e n el siglo XVIII. En busca del eq uilibrio en los sistemas constructivos”, en MARTÍNE Z SH AW, Carlos y ALFONSO MOLA, Mari na (co ords.), E spaña en el co mercio marítimo internacio nal (siglos XVII -X IX). Quince estudio s , UNED, Madrid , 2004, págs. 289 -31 8; del mism o autor, “La m ader a en los pertrechos na vales. Pr ov isión de m o tones, re m o s y bombas al arsenal de La Carraca ”, Tiempos Modernos , 10, 2004 [ en Línea]. Dispo nible en http://www.tie m p osmodernos. org/viewarticle.p hp?id=7 3 ; TORRES SÁNCHE Z, Rafael, “Administración o asiento. La política estatal de s uministros militares en la monarquía española del siglo XVIII”, Stud ia Historica. Historia Moderna . , 35, 2013, págs. 159 - 199. 147 PLATÓN, Las leyes , Akal, B arcelona, 19 88, pág. 94 (Libro primero). 148 Citado por MARAVALL, José Antonio, “El concep to d e naturaleza e n el siglo XVIII ”, en Estudios de la historia del pen samiento esp añol (siglo XVI II) , Mondador i, Madrid, 1991, p ág. 5 41. 149 ÁLV AREZ, Raq uel, La co nquista de la n aturaleza amer ican a , CSIC, Madrid, 1 993; GARCÓN, Margarita, Natu raleza e imperio. Araucan ía, Patagonia, Pampas ( 1598 -1740 ) , Dunken, Bueno s Aires, 2007 . 150 C ARRILLO CASTILLO, J esús Mª, Na turaleza e impe rio. La representa ción d el mun do natural en la Historia gener al y n at ural de la s Indias d e Gonzalo Fernánd ez de Oviedo , Doce Calles, Madrid, 2004, pág. 243. Medio físico y panorama humano 96 desde el río Imperial por la costa de Arauco hasta Valdivia y Chiloé, zona alejada y montañosa rica en pellín o roble – árbol caducifo lio de los bosques templados de la región – y otros r ecomendados para la construcción de viviendas y naví os, palos masteleros o vergas por l a altura y diámetro qu e alcanza, por ejemplo. I gual mente, el por entonces bisoño hiberné s encontró en la tierra de los pehue nches, a la altura de Concepción, abundancia de brea y alquitrá n obtenida de coníferas. Por su parte, en la z ona central de Chile, el cáñamo sembrado en Quillota, próx imo a Valpara íso, estaba dando buenos resultados. En definitiva, “para la construcción en general de los navíos que se quisieren, poco h a menester este R eyno de traer d e afuera pa ra este efecto” 151 . L a afirmación no ha cía s ino apoy a r la creaci ón de una potente infrae stru ctura n aval americana, soporte más que complemento de la rama europea del imperio español 152 . El virre y del P erú Guirior dirigió comunic aciones a principios de 1780 al comandante de las f rontera s advirtiéndole d e la remisión de pertrechos y de la llega da de la escuadra d el Mar del Sur al mando de Antonio Vaca ro a Talcahuano, puerto de su jurisdicción, a quien debía asistir durante su permanencia y ponerse de acuerdo par a el abast o de la flota 153 . El capitán general d e Chile, Agustí n de Jáuregui, qu edó enterado también de que J osé de Mendiburu, poderoso vecin o dedicado al comercio, se propuso como su proveedor. El comandante de la Armada solicitó infor me al irlandés sobre la materia y , en consecuencia, la Junta de Marina resolvió. Hi ggins colaboró en un abastecimiento no gravoso y en beneficio general de los hacendados de todo el obispado, quienes además t enían la seguridad de cobrar puntualmente. Un motivo más para que Vacaro siguiera informando a Jáuregui s obre su eficacia y celo p úblico, tanto que fue felicitado por el gobernador chileno en nombre d el re y . Por último, le instaba a qu e 151 HIGGINS, Ambrosio, Descri pción d el Reyno de Chile… , pág. 29. 152 SERRANO ÁL VAREZ, José Manuel, “América co m o sop orte de la actividad naval m i litar en el siglo XVII I” , en B AUDOT MONRO Y, María (ed .), El Estado en guerra. Exp ediciones nava les españo las en el siglo XVIII , Polifemo, Madrid , 2014, págs. 3 73 - 396. 153 LOHMANN VI LLENA, Guiller m o, H istoria marí tima del Perú IV. Sig los XVII y XVIII , Editorial Ausonia, Lima, 197 3, págs. 193-201 (gobiernos d e G uirior y Jáureg ui, 177 6 -1784 ); ORTIZ SOTELO, J orge, “L a Real Armada en el Perú, 1746 - 182 4”, en Actas del VI II Simposio de Historia Ma rítima y Nava l Iberoamerica na , I EHMP, Lima, 2 010, p ágs. 351 - 374; d el mism o autor, La R eal Arma da en el Pacífic o Sur. El Apostadero Naval del Callao, 1 746 -1824 , Ibero am er icana, Madrid, 2015 , p ágs. 12 7 -158 (escuadra de Vacar o, 1777 -178 6). Véanse: PÉRE Z-MAL LAÍNA, Pablo Em ilio y TORRES R AMÍREZ, Bib iano, La Armad a del Mar d el Sur , EEH A/CSIC, Sevilla, 19 87; MERINO NAVARRO, José Patricio, La Armada española en el siglo XVIII , FUE, Madrid, 1981 ; GONZÁLEZ FERN ÁNDEZ, Marceli no, “La Armada en tie mpos d e Carlos I II”, en Bernardo de Gálvez y su tiempo …, p ágs. 22 - 37. Medio físico y panorama humano 97 continuara trabajando a favor del Erario y de todos lo vec inos, como ha sta el momento, sin que “le e mbarazen los resentimientos particulares de la fa mili a que insinua sentirse agra vi ada por sus disposiciones” 154 . La enemistad aludida encuentra ampliación en una misiva posterior y es un ejemplo más de las resistencias locales que tuvo que afrontar durante toda su carrera reformista, a favor del bien público. Lograda la colaboración activa de los pehuenches en la tala de pinos para la Real Ar mada sin alterar la tranquilidad de la frontera, “sin usar con ellos de la menor violencia”, como disponía el re y , decidió el irlandés tratar “con el mi smo tino” a lo s demás habitantes del te rritorio bajo su mando. Como r esultado, consi guió que entraran incesantemente en los almacenes de Marina de Talcahuano, víver es variados y abundantes a precios equitativos, tal y como había suge rido en e l informe sobre el traslado d e Concepción de 1764. En todo el Mar del Sur no había un caso similar, pues el costo del avitua llamiento de la escuadra quedaba r educ ido a menos de la mitad en relación al Callao. Pero le supuso “la oposi cion de algunos de este Pueblo, especialmente de un partido de comerciantes y hacendados” que pretendían establecer un monopol io y así elevar los precios en perjuicio de la Tesore ría de Marina para “hacer de una vez su fortuna”. El e ntonces capitán genera l J áure gui aprobó su justa conducta, así como la hizo propia la Junta de Ma rina. Higgins había conseguido, con e ntereza, defender el “ahorro y dist ribución” de la Real Hacienda 155 . Respecto al rico comerci ante Mendiburu, se da la circunstanc ia de qu e el futuro asesor letrado de la intendencia de Concep ción, J uan Martínez de Rozas, se terminaría casando con su hija. Ta l parentesco se ría esgrimido en su contra por el intendente Álava, quien asegura b a qu e era “el ve cino más a ca udalado d e t odo este reino, quien tiene abrazados los principales intere ses del comercio de este pobre país”, de modo que no habría asunto en el cua l dire cta o indirectamente “se halle interesado e ste sujeto y consiguientemente implicado su y erno” 156 . 154 A.G.M. A.B., E.I., leg. 1, d oc. 11. Carta de Agustín d e J áuregui a Am b rosio Higgins. Santiago de Chile, 13 d e junio de 1780 . 155 A.G.M.A.B., E.I., leg. 1, d oc. 11. Carta de Ambrosio Higgins al marqués González d e Castejó n. Concepción, 15 de julio de 178 3. El Secr etario d e Estado y del d espacho univers al de Marina ya había fallecido en marzo de ese m ismo año, fue s usitituido po r Antonio Valdés. 156 B ARROS ARAN A , Die go, Historia g eneral de Chile , T . VI II, E ditorial Universitaria -Centro de Investigaciones Die go Barros Ara na, Santiago de Chile, 2 002, pág. 13 . Medio físico y panorama humano 98 Con motivo de haberse quemado el 4 de julio de 1780, por efecto de un rayo, el palo ma y o r de l navío de guerra “San Pedro de Alcántara”, ya dañado anteriormente en la travesía a Talcahua no al igual que el timón 157 , en el puerto de la Conce pción se practicaron va rias indagaciones que dieron buen resultado gracias al vital papel jugado por parte del c oronel gra du ado maestre de campo Higgins 158 , quien recordó de sus entradas cordilleranas andinas en p ersecución de los pehuenches la existencia de “ cierta esp ecie de corpulentos i elevados pinos” 159 . La escuadra del Mar del Sur, bajo el mando del marino Antoni o Vacaro, permaneció a la defensa del puerto de Va ldi via desde la primavera de 1780 ha sta principios del año sigui ente cuando zarpó a Co ncepción. Estuvo entre 1780 y 1783 en labores de guardacostas, en el contexto de la guerra contra I nglaterra 160 . Desde T alcahuano realizó cruceros a las islas de J uan Fernández, Valparaíso y Valdivia, en cu y o comet ido contó con el auxilio del comandante del ejército y frontera s de Chil e en calidad de gobernador de Concep ción. Tuvo un célebre prece dente en el val eroso defensor de Carta ge na de I ndias, Blas de Lezo, quien décadas atr ás había cubierto las costas chileno- perua nas en parecida y exitosa comisión, tras recibir su bautismo de fuego en Málaga 161 . El 13 de febrero de 1782, Vacaro zarpó con parte de su Armada , el navío “Santi ag o Apóstol” alias “Aquiles” y un patache con destino a Juan Fernánde z y Valparaíso. Junto a esta información de o ficio a Gálvez, Higgins recor daba los aux ilios prestados en víveres par a mantener a la tripul ación robusta, al tiempo que le agra d ecía “las 157 A.G.S., Marina, leg. 422, docs. 440 -442 . No ticias de la escuadra del Mar del Sur (17/02/1781) y doc. 46 5. Carta de A ntonio Vacaro a P edro González d e Castejó n. Talcahuano, 2 8 de octubre de 1780. 158 A.C.D.S.C., Legajo Nº 39. Segundo de Papeles y Noticia s Genealógicas de la Casa del E xcmo. Sr. Duque de San Carlo s. Coronel D. Ambrosio H iggins, comanda nte d e caballería de la frontera, Chile. 159 CARVALLO GOYE NECHE , Vicente, “Descripcion histórico - j eográfica…, II, pág. 4 29. 160 A.G.I., Chile, 43 6 y A.N.H.Ch., G. - M., 20 . GUARDA, Gab riel, La sociedad en Chile austral… , pág. 352 . 161 ARTACHO, Fernando de, E l almirante Medioho mbre , Algaida, Sevilla, 201 5; JIMÉNEZ - ALFARO GI RALT, Francisco, Málaga, b autismo de sangre y fuego de Blas de Lezo , Diputación Pro vin cial, Málaga, 2014; CRESPO-FRANCÉ S, J osé Anto nio, Bla s de Lez o y la defen sa heroica de Cartagen a de Indias , Actas, Madrid, 2014; MONTORO FERN ÁNDEZ, Francisco y RANE A FERNÁNDEZ, Mi guel, La b atalla de Vélez-Má laga (24 de agosto de 1704). Testimonios , CEP Axarquía, Vélez -Málaga, 201 0; VICT ORIA, Pablo, El día que Espa ña derrotó a Inglaterra , Áltera, Barcelo na, 2005 ; QUINTERO SARAVI A, Gonzalo M. , Don Blas de Lezo. Defensor d e Cartagena de I ndias , P laneta, Bogotá, 2002. Co ntrajo matri m o nio en Lima con la cr iolla J osefa Pacheco , conflu encia d e periplo oficial y vida privada. Medio físico y panorama humano 99 expresiones distinguidas que con este motivo se digna hacer de mi humilde desempeño”. Pero el irla ndés iba más allá e intro ducía en la carta la satis facción de sus superiores en la región por sus gestiones a favor del imprescindible ahorro de la ha cienda pública, a sí como por la lo g ística nec esaria p ara l a permanencia d e la escuadra e n la zona y s us navega ciones de inspección a Valdivia y Chiloé. Además, propo rcionó tr escientos hombres de leva, incluso se le soli citaron doscientos más para cub rir las plazas dejadas po r los reclutas que tuvieron que destinarse a Cuz co para sofocar la r ebelión tupamarista. Remitió suce sivas remesas de hombr es a bordo de los barcos del Comercio de Lima. El eco del levantamiento en los An des se dejó sentir en la frontera chilen a, lo cu al indica su magnitud y la articulación de recursos a nivel regional que, por primera v ez, fluían desde la periferia al ce ntro. La frontera, de por sí, era secularmente sangría de caudales y hombres del P erú, sin emba rgo en las presentes críticas circunstanc ias, su g obern ador se mostraba orgulloso de poder concurrir co n a yuda al tiempo que mantener en quietud su compleja jurisdicción mixta: “no tan solo el logro de m antener á estas F ronteras con sus Yndios confinantes en la devida obediencia”, sino también “poder conducir los animos de estos Pueblos Españoles (…) en tan bu en orden y a mor al Real Servicio”, que sus dispersos ha bitantes mostraban un alto grado de colaboración con las providencias gube rnamentales y obediencia a los comandantes de las milicias 162 . Vacaro le había solicitado, de su “acostumbrado favor”, más re clutas debido a las bajas ocasionada s por deserciones o mortandad 163 . P or su parte, e l virrey del P erú había acusado recibo de las pro visiones acopiadas po r Higgins para la Armada que “h ace v er la exactitud con que V.S. h a d esempeñado mis encarg os (…) y no dudo continue sus esfuerzos” 164 . Cosechaba opiniones favora bles que le iban a encumbrar de modo continuado y paulatino. El sosiego de C oncepción, tan ex puesta a la amenaza exterior com o al peligro domésti co, por obra de la p ermeable frontera araucana , e ra una contribución importante al actual estado de cosas en el Perú. Quedó esta blecido 162 A.G.I., C hile, 219 . Carta de Ambro sio Higgi ns a J osé de Gálvez. Co ncepción, 24 de abril de 1782. 163 A.G.I., Chile, 21 9. Carta de Antonio Vacar o a Ambrosio Higgins. Navío América, 5 de f ebrero de 17 82. 164 A.G.I., Chile, 2 19. Carta de Agustín de Jáureg ui a Ambros io Higgins. Lima, 19 de d iciem b re de 1781. Medio físico y panorama humano 100 por obra del irlandés un “cordón sanitario” po r temor a la propagación del contagio revoluciona rio, como luego aplicaría Floridablanca. Aport e valioso si comparamos l a meridional provincia con el resto del reino, donde por aquellas fecha s se ex perimentó la conspiración de los tres Antonios. Franceses y criollos que, al amparo de la s ideas ilustradas gala s, la guerra d e los c olonos norteamer icanos y la su blevación de Túp ac Am aru II, p retendieron subvertir el orden monárquico po r el ré g imen r epublicano sin éx ito, pues el motín fue descubierto 165 . Para las ne cesarias reformas de la flota , Vacaro solicitó al virrey Jáuregui que algunos de sus barcos invernaran en El C allao, pero se le ordenó que lo hiciera en T alca huano o en el ce rcano astillero de San Vicente e incluso debía ampliar sus inspecciones a Chiloé. L a Armada del bri ga dier estaba formada por los navío s de línea “S an Pedro de Alc ántara”, “El Peruano”, “ Santiago l a América”, la fragata “Ág uil a”, la urca “Nuestra Señora de Monts errat” y las goleta s “Princesa” y “M ercedes” 166 . El estado del “San Pedro de Alcántara” , le había obligado a pe rmanecer en puerto mientras el resto de la escua dra tomaba r umbo a Valpar aíso en busca de hombres, víveres y el S ituado 167 . Su comandante, el capitán de navío Manuel Fernández de Bedo y a, r ecibió inst rucciones de Vacaro relativas al caso de un ataque enemigo, entonces debía def ender desde ti erra y m ar la posición, u na vez desembarcada parte de la artillería. Si la situación empeor aba, había qu e incendiar el buque y defender l a costa de un d esembarco 168 . Con el regreso d e la escuadra al fondeadero la situa ción se tornó más grave to davía, pues s e había rendido el mastelero del “Peruano”. Mientras se espera ban repuestos del virrey Guirior desde Lima, el año 1781 se in ició con las p esquisas al interior del país – Callaqui – en busca de maderas para arboladuras. El comisionado por Vac aro, Timoteo Pérez, teniente de fragata de la “América”, encontró dificultades en la trocha de caminos 165 SANTINI , A d rián, “Los tres An tonios, en E l sueño de la Historia de Jorge Ed w ard s”, An ales de Literatura Chilena , 16, 2011, págs. 2 07-221 ; GA ZMU RI RIVEROS, Cr istiá n, “Libro s e ideas políticas fra ncesas e n la ge stación d e la i ndependencia d e Chile”, en América Latina ante la Revolució n Francesa , UNAM, México, 19 93, págs. 81 - 108. 166 A.G.S., Ma rina, leg. 422, d ocs. 453 - 457 y A .G. M.A.B., E.I., leg. 1 , doc. 2 1. Car ta d e Antonio Vacaro a An to nio Valdés. Lima, 16 de febrer o de 1784. 167 A.G.S., Ma rina, leg. 422, d oc. 470 . Carta d e Antonio Vacar o a González de Castejón. Valparaíso, 2 de noviembre de 1 780. 168 A.G.S., Mari na, leg. 422, doc. 466 . Instrucciones d e Anto nio Vaca ro a Manuel Fernán dez d e Bedo y a. Talcahuano, 2 d e octubre de 1780. Medio físico y panorama humano 101 y corte de maderas, ante lo cual resultó crucial la intermediac ión de Hi gg ins con los pehuenches de Rucalhue 169 . La resistencia en su pri mera entrada – ab ril de 1781 – vino por parte del caudillo Ancán, mientras que en la costa de Ara uco, I sidoro del Posti go tuvo un recibimiento igual d e i nsultante. Ambos hu yeron precipitadamente sin poder llegar a ver los pinares. L a situación hizo que el irlandés se desplazara personalmente para prot eger con su presencia la tala de maderas frente a los indios, quienes rec elaban de cualquier novedad, así como la ca pitanía general temía la alterac ión de la paz. L a pr eocupación era tan grande, que el pr esidente ordenó al comandante de las fronteras el 12 de marzo de 1783 el cese de los cortes de pinos hasta próxima autorización. No obstante, el irlandés se mostraba mu y satisfecho y a sí se lo expresaba a Vacaro: Bien reflexionadas estas circunstancias, y h echo V.S. cargo de lo que son y d e lo que han sido siempre los indios belicosos independientes de Chil e, no puede menos de regocijarse de haver logra do de su biz arría un rasgo de condescendencia en obsequio de la Esquadra que no tiene ejemplar en la Historia de este Pais; ellos al ca bo han havierto los caminos, han ce dido sus montes inmensos de elevados pinos á la di sposición de V.S. sa crificando su apego á este renglón de sustento natural (pues s ave V.S. que es el Arbol que produce las abundantes cosechas de piñones de qu e se mantienen mucha parte del año) para la havilitacion de los Buque s del R ey con toda la arboladura hermosa (…) hemos conseg uido lo que se deseava 170 . En efecto, solo un veterano fronterizo podía a preciar lo mucho conseguido y en tan corto espacio de ti empo. Su siguiente o bjetivo era prorrogar lo pactado sobre este asunto en el próximo parlamento general, pues se trataba de un recurso novedoso e infrecuente e n la América meridional de entonces. Además, de nuevo introdujo uno de sus típicos rasgos de hombre de fronte ra, le solic itó que recomendase, pu es e ra de justicia, la actitud de los indígenas como digna de 169 A.G.S., Ma rina, leg. 422, docs. 5 31 y 532 . Cartas d e Antonio Vacaro a González d e Castejó n, Talca hu ano, 25 de may o y 25 de junio de 1781. Véase QUINT ERO GONZÁLEZ, J osé, “La arbolad ura en la constr ucción naval del si glo XVIII”, R evista de Historia Naval , 87, 2 004, págs. 81 - 94. 170 A.G.M.A.B., E.I., leg. 1, do c . 11. Carta de Am brosio Hig gins a Antonio Vacaro , comandante general de la Esc uadra del Sur. Concepció n, 17 de mayo de 1783. Medio físico y panorama humano 102 aprec io y conside rac ión. Ellos habían cont ribuido más eficazmente en la guerra contra Inglaterra que “aquellos pompos os subsidios, y rasgos de lealtad que h emos visto brillar tant o en las Gacetas de la Corte”, su defensa y ap orte les “acree dores á que sepa el Sobera no de su existencia, como asi mismo de s u Amor a la Real Persona”. Acompañaba copias de las juntas celebradas en la p laza de Los Án ge les en diciemb re de 1781 y enero del año siguiente sobre el corte de pinos y pacificación de la fronter a 171 . El comandante de las f ronteras comisionó al capitá n de dra gone s Carvallo y Go y eneche, quien protegió el tr aslado de las piezas, tras el corte efectuado desde la primavera austral hasta finales de a ño 172 . Posiblemente, en la gloria asumida por su superior se enc uent re una d e las raz ones de la profund a enemistad de Carvallo, que no hará sino ampliarse en el futuro con otros episodios 173 . La falta de mano de ob ra había ll evado en varias ocasiones a Vacaro a solicitar la invernada e n El Calla o, pe tición que se acentuó cu ando el “San Pedro de Alcántara” tocó fondo en Chiloé 174 . En tales circunstancias, en Junta de Marina se aprobó su despachó al puerto peruano 175 .Tras las nec esarias reparaciones, se reintegró a su escuadra a finales de mayo de 1782 176 . El hibernés, con la in tención de encontrar madera de calidad p ara reemplazar el palo dañado de un buque de lo más preciado de la escuadra, descubrió pinares de g ran calidad y tamaño para arboladuras en los mont es de tierra de indios “bá rbaros”, con quienes por entonces se mantenía la paz, lo cual permitió la dilige ncia. Sin duda, el irlandés ya conocía la ex istencia de estos árboles, pero aprovec hó astutamente el momento como idóneo pa ra ganar mérito 171 A.G.M.A.B. , E.I., leg. 1, doc. 11 . Carta de Am brosio Hig gins a Antonio Vacaro , comandante general de la Esc uadra del Sur. Concepció n, 17 de mayo de 1783. 172 A.G.S., Marina, le g. 422, docs. 538 y 539. Carta de An to nio Vacaro a González de Castej ón. Talca hu ano, 23 de diciembre de 1781. 173 AMUNÁTEGUI, Miguel Luis, “Historiadores de Chile, d on Vice nte Car vallo i Go y en eche”, Revista Chilena , II, 187 5, págs. 269 - 270. 174 A.G.M. A .B., E.I., leg . 3, carp. 4. 5/12/1784 a 22/07/1785. Resumen de actuacione s. San Lorenzo, 8 d e octubre de 1785. 175 A .G.M. A.B., E.I., leg. 1, doc. 21. Carta d e Antonio Vacaro a A ntonio Valdés. Lima, 16 de febrero d e 1784. 176 JÁUREGUI, Agustín de, “ Relacion q ue hace el Excmo. S r. D. Agustin de Jáuregui, virey q ue fué de esto s rei nos del P erú y Chile, á s u suce sor, Excmo. Sr. D. T eodoro de Croix, desde 20 de julio de 1780 hasta 3 de abril de 1784”, en LORENT E, Sebastián, (ed .), Relacio nes de vireyes y audien cias que han gobernado el Perú , T . II I, Rivadeneyra, Madr id, 1872, p ágs. 1 96 - 197. A.G.S., Marina, leg. 4 24, doc. 476. Car ta d e A nto nio Vacaro a González de Castejón. Talcahuano, 23 de dicie m br e de 17 81. Medio físico y panorama humano 103 ante sus superiores. Así, el 16 de marzo de 1781 y a h abía informado al presidente chileno Ambrosio de Benavides sobre los reconocimientos llevados a cabo por peritos, documentos que este trasladó al secretario de Indias José de Gálvez. El gobernador comunicó al malague ño dicho hallazgo en tierras de indios pehuenches – gente de los pinares o pehuén –, una vez informado “con p articular satisfacc ion sobre este asunto” por Higgins 177 . El testimonio de lo pr acticado hasta el momento se componía de la información remitida por el irlandés a la capital. La escuadra del Mar del Sur, al mando del comandante genera l Antonio V acaro, se mantenía ancl ada en el puerto de Talcahuano, prot egida por los fuertes de su bahía, a s aber, San Agustín y Gálvez. Higgins la visitó personalmente, trató con sus oficiales, hiz o emba rcar a españoles de leva y la a uxilio en todo lo posible. El jefe de la misma le informó que tenía intención de convoy ar hasta cierta altura al malogrado navío que se dirigiría al Callao para su reparación, de re gre só inspeccionaría las isl as d e Juan Fernández, costa chilen a y Chil oé. En caso d e n o recibir órd enes del vir rey para invernar en el puerto peruano, permanecería en di cho enclave austral, no habiendo suficiente mot ivo para v olver al corso. El m aestre de ca mpo no comprendía el por qué de t al traslado del buque, desmembrando en un tiempo tan crítico la fuerza de la escuadra, máxim e disponiendo en la re g ión de la arboladura necesaria que él se comprometía a conseguir de las cordilleras ce rcanas, dond e abundaba y d e calidad. Peritos de la esc uadra se d esplazaron al l ugar, gracias al pe rmiso y celo de Vacaro, comisionados por el hiber nés, a la sazón gobernador político y militar de la ciudad de Conc epción y su frontera, amen de coronel de caba llería de los Reales Ejércitos y maestre de campo general del Real Ejército del reino de Chile. El maestro may or de ca rpintería José Rico, acompañado del comand ante de la plaz a de S anta J uana, Luis de Benavente – proteg ido del irlandés en cuanto sobrino del duque de San Carlos, a la vez su mentor cortesano – y el subteniente de dragones Pedro Andrés del Alcázar y Zapata, ambos nacidos en la frontera, al igual qu e el duque, inspe ccionaros los pinares con é xito. La relac ión de s ervicios del primero d elata claramente la tutela d el irlandés, pues si finalizado el año 1776 era cadete de infantería con 18 años, tan solo cinco después sus responsabilidades 177 A.C.N. 0 003/46 . Carta de A m b rosio de Bena vides a José de Gálvez. Santiago d e Chile, 3 de abril de 1781. Medio físico y panorama humano 110 La descripc ión de Pérez y Carvallo, ade m ás de confirmar la colaboración de sus jefes y armas respectivas, adjudicaba el logro a ambos. S i bien el descubrimiento, por razones obvias, pertenecía al g obe rnador de la frontera, pues se encontraban en l as c ordillera s andin as y Nahuelbuta. Describían el p aisaje y localización de los pinares, así como las dificultades técnicas de su extracc ión y traslado, un compendio de p areceres anteriores y aportes logísticos propios, incluso recordaron que en otro tiempo corpulentas maderas de ciprés circularon por el Bío- Bío con destino a la catedral de Concepción. Atribuían al celo de Vacaro y Higgins el hallaz g o de los pinares en 1 781, entre l as muchas riquezas que encerraban las cordilleras “hasta ahora no descubier tas”, pero l o más destacable par a el caso de la autoría y r eparto de ascensos como premio, r adica en que constatar on que el marino, deseoso de arreglar la arboladura del navío da ñado no acudió a L im a: ¿exce so de celo o desconsidera ción con la superioridad? La respuesta quedaba a bierta a la int erpretac ión, veladamente interesada. Por el contrario, se asoció directamente con el mili tar irlandés, quien y a tenía not icia de la existencia de estos pinare s, pues en ellos había atacado a los pehuenches en 1770. Uno y otro consideraron conveniente para su empresa el envío de dos hábiles carpinteros pa ra el reconocimiento de la madera y a sí fue, de vuelta trajeron dos trozos de pinos que co nfirmaron su calidad. L as gestiones del gobernador de la frontera no cesaron a partir de entonces. En p rimer lu g ar le s comisionó para el corte y saca de cuarenta pinos p ara dos palos ma y ores, vergas y masteleros. Pero pre viamente, como los pinares se enc ontraban en tierr as pehuenches, Higgins se dirigió a la plaza de Santa Bárbara, donde convocó a los loncos o caciques señores de los mismos, de qu ienes obtuvo se gún su tradición oral tanto el paso expedito o salvocondu cto como su a y ud a. El pacto de hospitalidad, a modo de hospitium practicado en la Antigüedad, serví a para facilitar a los ajenos a l grupo étnico el paso y a cogida po r territorios de su comunidad. Además, hizo circular por toda la frontera sus órdenes respecto a la asistencia a los comisionados. Todo resuelto con éxito vo lvió a Concepción y partieron a la cordillera a finales de ma y o, que dista veinte leg uas de Santa Bárbara , remontando e l curso del Bío- Bío y guiados por c aciques a quienes, siguiendo las instrucciones del irland és, a gasajar o n de palabra y con regalos para Medio físico y panorama humano 111 suavizar se agreste comportamiento. Emplearon la maña, fieles en todo momento a las recomendaciones de la superioridad, con d iversos caciques dueños de los pinares – Manquelevi o Cademan, por ejemplo – , quienes no solo les acompañaron en los rec onocimientos del territorio sino que también los cedieron a favor del rey , en c u y o nombre tomaron solemne posesión. La austra l estación invernal se acerca ba y el pinar s e hallaba nevado, con mu cho trabajo lo inspeccio naron y trabajar on e n el de smonte de l ca mi no hasta que una g r an nevada ocurr ida el 5 de junio puso sus vidas en peligro. Tuvieron que bajar al valle pr ecipitadamente abandonando el equipo que después recogieron. D urante los ocho días que duró el temporal, los caciques apiada dos de su extr ema situación les a lbergaron. Finalmente, regre saron a Concepción vía Santa Bárbara . A finales de agosto se discutió qué lugar era más indicado para la extracción de pinos: Luanco y Caramávid a o la cordillera d e Ralco recién explorada. Así que a principios de septiembre, por nueva orden de Vacaro y Higgins, partieron para examinar la cordillera de S anta J uana con la idea de cotejar las dificultade s de ambas. Dictaminaron a favor de Ralco y el 14 de octubre tuvieron que volver a la plaza de Santa B á rbara a fin de dispone r todo lo conveniente al asunto “con mu y estrechas ordenes a fa bor de la c omision librada por el S eñor Governador a los comandantes de la f rontera”. S iempre t uvieron presente las instrucciones del irland és, en consecuencia hicieron co mp arecer en dicha plaz a a los caciques que enseñoreaban el tránsito a la Cordillera estimulándoles a proseguir la obra “y mu y obsequiados” regresaron sati sfechos. Una vez más, la política de agasajos daba sus resultados. El 2 de noviembre los comisionados emprendieron la ma rcha para Coi nco, situada tres leguas arriba, pero lo caudaloso y p eligroso del Bío -Bío les obli gó a retroceder. Finalmente, tras vadear el río, e l día 5 se dirigier on a C allaqui sin sufr ir molestia alg un a por part e de los pehuenc hes, fieles a su palabra , llegaron hasta R anquileo y pasaron de nuevo el famoso cau ce fronterizo. Un peón se ahogó por un accidente de la balsa y p rovocó reticencias en sus compañeros, qu e se resolvieron con un golpe de decisión y audacia, en una potente balsa de cuatro palos de cinco varas de lar g o “ y con la muerta al ojo nos arr ojamos al Rio que pasamos con felicidad”. Llegados al fin a la Cordillera, construy eron un fortín con pleno consentimiento de Manquelevi, pues el lonco pehuenche les recordó la cesión de Medio físico y panorama humano 112 sus pinares al rey. Pero alg unos influyeron desfavorablemente en el cacique acerca d e su cond escendencia y en una junta celebrada seis días después con los caciques locales se mos traron altaneros en busca de nuevas s atisfacciones. En consecue ncia, con pr udencia y dádivas se consiguió revertir la situación al punto de partida. No obstant e, les pareció convenie nte poner en c onocimiento de Higgins tal insumisi ón, quien no dudó ponerse en camino personalmente con destino a la plaza de Los Ángeles a fin de ref orzar con su presencia l a buena marcha de la comisión. Esta determinación de muestra la importancia que e l gobernador irlandés otorgaba a los asu ntos fronterizos, su influencia sobre los indígena s y sacrificio propio en fatigosas marchas habituales, aspecto valorado y compartido por José de Gálvez. En todo caso, creemos que el hecho más destacable es su capacidad ne goc iadora y como toda búsqueda d e entendi miento consensuado, d ebió asociarse a c esiones de naturaleza material o simbóli ca que convencieron a los hombres del pehu én. Gracias a sus virtudes diplomáticas, pues no medió derrota alguna, reunió a todos los caciques de la nación pehuenche de Villucura, “consiguiendo su sagacidad, y acredit ada conducta” que acudiera e l famoso guerrero Ancán Amún, “que jam as havia pisado nuestra frontera [chilena]”. El hecho de por sí tenía una gran trascendencia, pues sus c orre rías preocupa ban sobremanera en la otra banda c ordillerana al comandante de las frontera s mendocinas, José F rancisco de Amigorena, maestre de campo desde 1778, y que en 1783 firmaría un tratado con el caudillo de Neuquén y Malargüe. Higgins suavizó a los caciques díscolos y n egoció con el resto, los cuales se ofrecieron a contrarrestar cu alquier ataque al buen éxito de la comisión. Mientras tanto, los comisionados Pérez y Carvallo prosiguieron según la s instrucciones r ecibidas. Avisaron a seis caciques de pa rcialidade s situadas entre diez y do ce leguas, quien es marcharon obsequiados y contentos del encuentro. Sin dejar de observar los movi mientos de los “Amig os Pehuenches”, emp rendieron la tala de los cu are nta pinos, apertura de caminos y su traslado h asta el Bío - Bío. Ardua tarea qu e se complicaba con el tiempo adverso y requería una salud robusta. Ambos sufrieron varias indi sposiciones f ísicas y , ade más, la mala fortuna de tener que vencer a fuerza de pico y barreta algunos peñascos, obstáculo que retrasó el envío de las piezas a Concepción. En conclusión, después de tan penosa experiencia, re comenda ban cortar y labrar los pinos en febre ro o marzo, cu ando Medio físico y panorama humano 113 están más secos, para sacarlos en noviembre y d iciembre, aprovecha ndo los dos meses de crecido caudal del río a consecuencia del deshielo estival de la cordillera de los Andes 193 . José Rico y J osé Llado, carpintero ma y or d e la e scuadra y artillero nava l agrega do p ara el corte de maderas en R alco, respectivamente, certificaron la calidad y abund ancia d e las mismas para toda clase de arboladuras de l a Real Armada por sus dimensiones variables 194 . La s pe squisas de Vela, teniente de milicias de artillería y c onstructor del astillero de San Vice nte, concluyeron que los pinares descubiertos en marzo de 1781 en l as cordilleras al sur del Bío -Bío, gracias a las diligencias del maestre de campo general p rac ticadas a finales de octubre, eran aptas para la construcción de buques de guerra por su tamaño y caracter ísticas, “como si la naturaleza los hubiera destinado d e int ento para este efec to”. De hecho, las ut ilizó en el navío “San Miguel” que estaba constru y end o en Talcahuano por cuent a de Domingo de Larrea y Ames, del comercio de L ima . La s infr aestruc tu ras necesarias para su transporte, a carg o del limeño, fueron once leguas de camino por quebradas y faldas de sierras hasta el río Tabulco, distante del confluente del Bío-Bío tres le g uas, así como treinta y cuatro p uentes de madera hasta el balseado. L as remesas eran diarias, pues las maderas demandadas por la Armada y el astillero destacaban por su elasticidad, filamento y resina, cualidades que l e otorgaban fortale za para su aplicación marinera, tanto mili tar como merca nt e. Incluso, a instancias de Higg ins y en su presencia, había practica do pruebas y cál culos físicos sobre su resistenc ia a las inclemencias del tiempo, ensayos empíricos de tipo ilustrado que le a compañarán h asta l a silla virreinal 195 . Todos los informes coi ncidían en la viabili dad del pro y ecto, lue g o est e siguió su marc ha para be neficio de la Marina española y del propio irlandés, quien vería pre mi ado con el correspondie nte ascenso su eficacia en e l real servicio. Un 193 A.C.N. 0003/46 . Descripcion de los Pinares de Chile he cha p or el Capita n del Brulote Do n Timoteo Perez, y por Don Vicen te de Carba llo Capitan d e Caballeria, co misionados p ara haser Cortar, Labrar, Abrir Ca minos, y con dusir la Mad era que para reposicion de su A rboladura necesita la Escuadra del Mar d el S ur de o rden del B rigadier de la Real A rmada Don Anton io Vacaro comandante d e dicha Escuad ra, y d el Coronel de Cavalleria Don Ambrosio Hig gins, Governad or de la frontera d el Reyno de Chile . Cordiller a de Ralco, 8 de febrero de 1782. 194 A.C.N. 0 003/46 . C ertificación de José Rico y J osé Llado a petición del capitán d e d ragones Vicente Carvallo y del ca pitán de brulote T imoteo Pérez. Cord illera d e Ralco, 8 de febrero d e 1782. 195 A.C.N. 0003 /46. Certificación de J uan Vela. San Vicente, 1 8 de febrero d e 1782. Medio físico y panorama humano 114 ejemplo cualificado bast e. Dombe y informó al mini stro del despacho universal de Indias, J osé de Gálvez, sobre la nueva espec ie de pino enc ontrado en la co rdillera chilena, sus múltiples usos y propiedades para la medicina y las artes. Destacaba la labor de Higg ins en tal empresa , en atenci ón a su prudencia y excelente gobier no, en especial y como maestre de c ampo de la Concep ción, supo granjearse una sólida amistad con los indios co rdilleranos, quienes facilitaron a los oficiales la explotación de los árboles. Además, entre la riqueza natur al de Chile citaba sasafr ás, cu y a resina era de uso farmacéutico y alto valor comercial 196 . Elogios que no podían pasar desapercibidos al malagueño, si bie n sus tiempos eran disonantes con los del resto y sie mpre mostraba una perso nalidad rotunda en las decisiones de gobierno. Finalmente, el asunto prospe rab a y el pr esidente Benavides notificó al secre tario de I ndias la relación específica del n úmero y calidad d e las maderas sacada s en 1782 con dest ino a la escuadra del Mar del Sur, “con conocido grande ahorr o” gracias a los auxilios y buen as providencias d el maestre de campo ge neral. Las gestiones con los nativos para lograr su consentimiento de c ara a la internación de los españ oles en las montañas para el corte d e árboles, máx ime teniendo en cuenta qu e eran “d e su ma y or aprecio por el f ruto que les mantiene”, habían sido un éxito trabajado por el irlandés que posibilitó la labor del oficial de Marina comisionado a tal efecto 197 . Higgins se diri gió, una vez más como hacía p eriódicamente, al capitán ge neral Benavides com pilando los pasos y avances del asunto en det alle. Por supuesto, no olvidó mostrarse diligente: “nunca me cansare de proporci onarlos [auxilios] en todas sus pa rtes, con la eficacia necesaria”. R ecorda b a la comisión de apo y o con fiada al teniente de navío Isidoro o I sidro García del Postigo y d el Pozo por oficio de Vaca ro, fechado el 21 de octubre de 1782. Se lo había recomendado encarecidamente, pues se trataba de hombre de linaje, perte n eciente al marquesa do de Casa García del Postigo. Bautizado el 6 de abril de 1752, casó 196 A.C.N. 00 03/46. Carta d e Joseph Do m be y a Jo sé de Gálvez . Concepción, 26 de m ayo de 1782. La misiva fue tr aducida del francés al español y se le dieron las gracias mediante oficio fechad o en El P ardo, a 2 8 de febrer o d e 1783 . Véase ÁLVAREZ LÓPEZ, E nriqu e, “ Do mbey y la exped ición al Per ú y Chile”, An ales del Instituto Botá nico A. J. Cavan ill es , 14 , 1959, págs. 31 -129. 197 A. C.N. 00 03/46. Carta de Ambrosio de B enavides a Jo sé de Gálvez. Sa ntiago de C hile, 3 de dicie m br e de 17 82. Razon d e las maderas q ue se ha n saca do de las Cordilleras d e Call aqui, d e orden del señor Don Timoteo Perez . J osé Rico , Concepció n 2 2 d e septiembre de 1782. La relación original quedó en po der de Higgins, quien certi ficó la copia en C hillán el 31 de octubre de 178 2. Medio físico y panorama humano 115 con la dama chilena de ascendencia montañesa Manuela Bulnes el 28 de octubre de 1790 y falleció el 7 de marzo de 1807. S u abuelo Juan García del Postigo, teniente coronel de los Reales Ejércitos, se había distinguido en los comb ates que llevaron al trono de las Dos Sicilias al futuro Carlos III . Su padre I sidro García del Postigo, casado en Cartagena (España) en 1747 con doña Ana Luisa del Pozo, alcanzó el grado de jefe de escuadra en 1760, cuando comandó una flota con destino a la Nueva España y fallec ió en 1767. L a familia castrense acumuló reconoc imientos que heredó el oficial comisionado, obligado por sangre a destacarse en el servicio al rey. P or el contrario, su vástago Carlos García del Postigo y Bulnes, n atural de Concepción, fue in dependentista y almirant e de la Marina peruana 198 . Tras contemplar el mecanismo de las recomenda ciones y su pro yecc ión indiana, volvemos a l as noticias del hiber nés sob re los pinos chilenos. Reunió las ay udas necesa rias par a la continuac ión de la m isi ón: herramientas para los peones o mitas de indios de las reducciones cercanas. Además del trabajo, el r esg uardo por tropas, a pesar de ser mu y escasas, y el compr omiso de los caciques respecto a velar por la buena marcha de la empresa, pu es no en balde la reparac ión de los navíos del rey , así lo hizo compre nder, estab a destinada “a defender, sus costas y tierras lo mismo que las nuestras, contra los enemigos del mar”. De nuevo a soció Higgins lo im perial con lo local, gracias al apo yo constante del pr es idente, amor al real servicio y al “e ngr andec im iento de este P ais”, había triunfado una idea que le acompañaba desde h ace años, a pesar de la incredulidad de muchos que no veían posi ble su sa ca de tierras p ehuenches. Y tod o bajo el “felicissimo” gobierno de Benavides, uno de sus principales sustentos en I ndias. Ambos obtendrían beneficio de un descub rimiento tan útil para la Marina R eal como para el comercio y navegación en la re g ión. P or último, en lo relativo a los cost os para 198 FERN ÁNDEZ- MO TA d e CIFUENT ES, María Ter esa , Relació n de títulos nobiliarios vacan tes, y principa les documen tos que co ntiene cad a expediente q ue, de lo s mis mos, se conserva en el Archivo d el Ministerio de Ju sticia , Hidalguía, Mad rid, 1984, p ágs. 97 -98; MEST RE-DE SAN JUA N PELEGRÍN, Federico, “La aristo cracia de Cartagen a e n el siglo XVIII”, MVRGETANA , 1 25, 20 11, pág. 121; GON ZÁLEZ ALLENDE, Raúl, “C arlos García del Postigo y Bulnes en la ciudad de Bulnes”, Cuad ernos de difusión histórica de Bulnes , 11, 2008, p ág s. 1-16 ; VÁ ZQUEZ de ACUÑA y G ARCÍA del POST IGO, I sidoro, Historia Nava l del Rein o de Chile 1520 -1826 , Co m pañía Suda mericana de Vapo res, Valparaís o, 200 4; VÁLGOMA, Da lmiro de la y FINEST RA T , Baró n de, Real Compa ñía de Guardia s M arinas y Co legio Nava l. Cat álogo de prueba s de Caballeros a spirantes , 7 vols., CSIC -Instituto Histórico d e la Marina, Madr id, 1944 - 1955. Medio físico y panorama humano 116 sendas comisiones encabezadas por el teniente de fragata Timoteo Pé rez y el oficial Isidoro Garc ía del P ostigo, se había eximido del todo, pues la competente era la t esorería de M arina. Aprovechó para recordar que l a Caja Real de Concepción estaba exhausta, sin más fondo qu e el remit ido desde Santia go para pagas de su dotación 199 . Es decir, quería demostrar lo mucho hecho a costa de poco. Por su parte, en este trasiego de informaciones cruzadas participaron los botánicos y dibujante de la expedición al Pacífic o sudamerica no lle gados a Chile: Hipólito Ru iz, José P av ón, Joseph Dombey, José Brunete e Isidro de Gálvez. Elevaron un informe al secretario de Indias malagueño acerca de l a riqueza maderera chilena, apropiada para la c onstrucción y uso náutic o. Habían s alido de Lima el 21 de dic iembre de 1781, arrib ando a Talcahua no el 29 d e enero del siguiente. S e present aron al maestre de campo Higgins, quien había pasado al puerto con motivo de su lleg ada y de encontrarse allí la escuadra de Vacaro. L os recibió con gran afabilidad y ofrecimientos sinceros para hacer cómoda su estancia e n aquel d estino, “ dandonos mesa fran ca c uantos dias quisimos ir á comer á su casa” 200 . La hospitalidad con los integrantes de expediciones científica s, españolas o extranjeras, se rá un a de las constantes del irlan dés y dice mucho acerca de s u talante ilustrado así como de la defensa de los i nterese s del r ey en aquel limes indiano. Pero también nos habla del sacrificio que asumía por repr esentar dignidad a costa de su propio caudal en unas o casiones que, por otra p a rte, no podía desaprovecha r por su gran pro ye cción: “empeñado i tan falto de los mas necesarios menesteres q ue no ha podido costear ni un corto servicio de mesa ó vajilla”. En tales términos se expresaba el preside nte chileno a Gálv ez, a modo de correa de transmisión de sus quejas 201 . El día 30 se dirig ie ron a Conc epción, sin haber des cansado aún lo suficiente de la penosa navegación, comenzaron sus trabajos de c atalogación y 199 A.C.N. 0 003/46 . Carta de Ambrosio de Higgins a Ambrosio d e Benavides. Chillán, o ctubre de 1782. 200 RUIZ, Hipólito , Rela ción del viaje h echo a los reinos del P erú y Chile… , pág. 192. Véase STEE LE, A r thur Robert, Flo res para el rey. La ex pedición de Ruiz y Pavón y la Flora d el Perú (1777-17 88) , Ed iciones del Serbal, B arcelona, 1982. 201 B.N.Ch., M. M., vol. 197, fol. 2 00. Carta d e Am brosio d e B enavides a Jo sé de Gálvez. Sa ntiago de Chile, 3 de febrero de 1783. Medio físico y panorama humano 117 dibujo de árboles y plantas descubiertos en los bosques y campañas de la re g ión. En especial desta caban la nueva especia d e pino enc ontrada a 45 y 60 le gua s de Concepción, sin torsiones ni nudos y cu y os troncos alcanzaban ent re 3 0 y 60 varas. Del primer empla zamiento se desplazaban 9 leguas por tierra hast a el río Bío-Bío, mientras qu e de l segundo solo debían a travesa r 3 leguas hasta alcanzar otro cauce pa ra su t ransporte. De di chos pinos se obtenían tr es recursos de importancia: piñas de considerable tamaño – tan solo una podía contener un almud de piñones – y que servían de alimento crudo, asado o cocido a los pehu enche s, resina para medicamentos y madera para arboladuras de navíos, incluso comprobaron cómo se estaba arbolando una embarcación construida allí mismo con capacidad pa ra 50 c añones. Tras r ecordar las fatig as pasadas en caminos y climas diversos, finaliz ab an con los consabidos agrade cimientos por el encargo de tal comisión, cuy o acertado desempeño consagraban a qu e J osé de Gálvez: “movil de una empresa tan utilissima al Estado lo gre sus inm ortales desig nios po r medio de nuestra de dicación” 202 . El año d e 1783 continua ron las tareas con los pin os chilenos, a las cuales se habían sumado los b otánicos de la expedición de Hipólito Ruiz. El dibujante José Brunete realizó dos dibuj os a la acuarela de árbol y f ruto para remiti r al secre tario de Indias. Junto al diseño, un frag mento de madera d e la nu eva especie y una descripción que utiliz aría para la R elac ión del viaje. Información que consideraba muy interesante para la Corona . L os pinos de las cordilleras pehuenches se ex tendían hasta Valdivia y se gún otras opiniones hasta el cabo de Hornos, dudas que avalan el desconocimiento de las latitudes australes. Servían para navíos de gra n tone laje, al i g ual que otr as maderas que recomendaba para la construcción de quillas, c omo la del roble pellín, peumo y quillay – familia laurácea – , raulí – hay a d el sur – , laurel chileno, el altivo y g rueso keule – produce madera de calidad y u n fruto comestible – , a ceitunillo y lingue – end emismos chilenos – , huilli patahua o nara nji llo, guay o color ado – familia de las rosáceas d e madera dura y colorada – , roble coihue – Nothofagus dombeyi en honor a Dombey – o el sagrado canelo mapuche, entre otros 203 . Se sentía orgulloso de las c asi mil 202 A.C.N. 0 003/46 . Infor m e d e Hipó lito Ruiz, J osé Pavón, Joseph Do mbey, José Brunete e Isidro de Gálvez re m itido a J osé de Gálvez. Co ncepción, 23 de m a rzo d e 1782. 203 HOFFM ANN, Adria na, Flora silvestre de Chil e: zona arau cana. Una guía ilustrada para la identificació n d e las especies de plantas leñosas d el sur de Chile ( entre el río Maule y el seno de Medio físico y panorama humano 118 plantas descritas, cl asificada s y dibujadas, medicinales o úti les para otr as artes. In gente labor botánica que pretendía corresponder a la confianza deposi tada en ellos por José de Gálvez 204 . El e ntendimiento e ntre Be navides y Higgins a la hora de poner en funcionamiento la utilización del pino chileno de bía repetirse coordinándose pa ra proceder al envío de piñas, semillas y plantas a cuenta de la Real Hacienda 205 . Al oficio de a gradecimiento cursado al botáni co francés Dombe y por las informaciones remitidas, se añadió igual requerimiento. S e ordenaba t anto al presidente de Chil e como al comandante de las fronteras el citado envío por las naves que realizaban el circuito El Callao-Chile. Las piñas, conv enientemente proteg idas para un viaje trasatlántico, debían servir de semilla “á fin de propagar aquellos Arboles en Esp aña ”. Ad emás de la aclimat ación, e speraban tam bién tres o cuatro plantas en tinas de madera por si se pe rdían los piñones. Dicha s remesas y d e otros árboles igualmente preciados, debían repetirse hasta que recibieran el aviso relativo al éxito de su ll ega da y viabilidad de l a propa gac ión 206 . En conclusión, a principios de año ya había hecho llegar a ambas autoridades por separa do las órdenes conducentes a su puesta en acuerdo de cara a la vit al remisión. A mediados de año, una vez realizadas múltiples comunicaciones en ambos sentidos, el re y s e dio por enterado del hallazgo, calidad y utili dad de l as maderas para el real servicio, una vez que la empresa había tom ado cuerpo definitivo 207 . Igualmente, p articipó de las gestiones a Antonio Valdés, flamante ministro de Marina, quien puesto en antecedentes podría obrar con conocimiento de causa 208 . Relonca ví) , Fundació n Claudio Gay, Santiago de C hile, 1997; de la misma au to ra, “Bosques antiguos, catedrales forestales: patrimonio natural d e C hile”, en SALAZAR, Mario Andrés y VIDEGAIN, Patr icia (eds.), De p atrias, territorios, iden tidades y n aturaleza , DIB AM, Santiago de Chile, 1998, págs. 6 1-85; de la m isma autor a et alii , Encicloped ia de los bosques chilenos : conservació n, biodiversidad, su stentabilidad , Defen sores del B osque Chileno, Santiago de Chile, 2001 ; DONOSO, Clau dio, Árboles nativos de Chile. Guí a de r econo cimiento , Marica Cuneo Ediciones, Valdivia, 2 005. 204 A.C.N. 0003 /46. Carta de Hipólito Ruiz a Jo sé de Gálvez. Concepción, 2 3 de enero de 1783. 205 A.G.I. I. G., leg. 1550. Minuta de oficio dirigido al presidente d e la Audiencia d e Chile. El Pardo, 20 de febrero de 1783. 206 A.C.N. 00 03/46. Oficio dirigido a Dombey, b otánico e n el P erú, dándole las gracia s p or las noticias contenidas en s u misiva a Gálvez ( Concepción, 26 de m a yo de 1 782). El Pardo, 28 de febrero d e 1783. 207 A.C.N. 0003/4 6. Minuta de contestación a la notificació n d e 1º de may o de 1 782 del presidente de Chile. Aranjuez, 1 8 de j unio de 1783. 208 A.C.N. 0003 /46. Oficio a Anto nio Valdés. Aranjuez, 1 8 de junio de 178 3. Medio físico y panorama humano 119 Hipólito Ruiz amplió n oticias en un infor me, como todos destacó el esmerado p apel de Higgins y la terminación del “San Miguel”, construido en el puerto de San Vicente y arbolado con los pinos locales. Ad emás, la escuadra del Mar del Sur también hab ía servido de campo de prue bas, pues con ocasión de un fuerte temporal, se habí a dado igual fuerza de vela a uno de pino chileno que resistió frente a otro de los del norte que se rompió. S ignific ativo resulta que decidiera n no mandar a Gálvez el dibujo de Brunete, por no duplicar el envío, pues Higgins y a les había soli citado copia del mismo para remitir al malag ueño, ansioso por demostrar laboriosidad ante su e x igente mentor 209 . Así lo hiz o el 22 de junio de 1 783, cuando cu rsó todos los testimonios posibles acopiados hasta el momento, adjuntos a una misiva sobre el descubrimiento del pino, así como los dibujos, pues la información era un re curso tan valioso como la misma madera. Confesaba que si bien conocía de antemano la abundancia de los pinos, con ocasión de la g uer ra contra Inglaterra y las necesidades pere ntori as de la Ar mada guardac ostas, participó de sus proyectos a l virrey pe ruano y antig uo g obe rnador chileno A gustín de Jáureg ui, qui en le ordenó “abries e todos los medios conducentes al logro de este corte, su saca, y conducion á este puerto de la Conce pcion”. Afortunadamente, escondidos los pinos en los confines de la frontera, l os enemigos europeos n o habían podido aprovec harlos. Es más, aunque alardeab a de su pod er de convicción sobre los pehuenches, era consciente de que nunca podrían fiarse enteramente de ellos “hasta que ll eg ue el tiempo de re du cir e nteramente á la Obediencia de nuestro Monarca á estas Naciones especialmente las que poseen las Cordill eras que dividen á este Reino de las Provincias de Buenos Ayres”, labor a la que se consagraría con éxito mediante una política sostenida de atracción y alianza hispano -pehue nche. Resaltaba con franqueza aque llos puntos que agradarían a Gálvez: coordinación con L ima, defe nsa frente a la amenaza foránea, recursos nat urales y entendimiento nativo, cue stiones en las cuales no se podía ocultar verdad al experimentado malagueño. Además, aprovechó para ahondar en l a riqu eza del país y calidad de los ho mbres del re y en aquellos parajes, elemento clave de la política reformista de su protector. En primer lugar, elog ió a Vacaro, “quien ha 209 A.C.N. 0 003/46. Informe d e Hipó lito Ruiz a J osé de Gálvez. Concepció n, 2 8 d e febrero de 1783. Véase P RIETO PÉREZ, San tiago, “Pintores en las grandes e xpediciones cientí ficas españo las del si glo XVIII”, Ars Medica. R evista de Huma nidades , 2, 2006, págs. 1 66 -179 . Medio físico y panorama humano 126 a su protector y amigo, recomendó a l joven oficial, por cuya autoriz ada conducta espera ba qu e G álvez apo y ara su ascenso milita r en Espa ña, pues a demás del mérito personal, era sobrino del duque de San Carlos y en consecuencia estaba comprendido en una R ea l disposición que mandaba fueran atendidos los de su Casa en la provincia m eridional. Mediante esta “recomendable Circunstancia no escuso hacer presente a V.E. sin quedarme duda que en qualquier Destino hara mucho Onor á la benigna generosa Proteccion de V.E.” 223 . L a eficacia y cel o de Higgins fueron aplaudidos y se le ordenó embarcar el sobrante en otra ocasión más oportuna 224 . A principios de mayo de l mismo año, el g obernador Benavides comunicó el embar que del cargame nto botánico bajo la custodia de Luis de Benavente en el navío “San P edro de Alcántara”. El buqu e i ba a z arpar d esde el puerto de Talcahua no con destino a Cádiz 225 . En octubre se pidió al pr esidente interino de la Contratación de Cádiz la remisión a Madrid de las plantas que Benavente conducía y en relación a aquellas vivas que necesitaran “pais c aliente pa ra prosperar” s e en caminarían a M á laga a manos del presbítero José Ort ega Monro y , director del Real Colegio de San Telmo, fundación patrocinada po r Gálvez, quien las llevaría hasta Alma y a te para su adecuada aclimatación 226 . El 19 de agosto, día de la incorporación de Málaga a la Corona de Ca stilla en 1487, según los estatutos de la S ocieda d E conómica de Ami gos del País, se debía celebrar una junta general para instruir sobre sus progresos. Con tal ocasión en 1791, Orteg a ley ó una Memoria acerca de los plantíos de árboles 227 . Caballero de la Orden de Carlos III , al igual que sus hermanos: Francisco, nacido en Granada, capitán de los Reales Ejércitos y reg idor perpetuo de Málaga, y Pedro, intendente de provincia, 223 A.C.N. 0005 /86. Carta de Am b rosio Higgi ns d e Vallenar a José de Gálvez. Concepció n, 28 de marzo d e 178 5. Re m itía cop ias de los oficios relati vos a todo lo practicado sobre el asunto y una lista de las ti nas remitidas y su co ntenido. 224 A. C.N. 00 05/86. Borrador de contestació n y ac use de recib o dirigido a Ambrosio Higgins. San Lorenzo [El Esco rial], 13 de octubre d e 1785. 225 A. C.N. 00 06/91. Carta de Ambrosio de B enavides a Jo sé de Gálvez. Sa ntiago de C hile, 2 de mayo de 178 5. 226 A. C.N. 00 06/102 . Oficio al p residente i nterino de la Contratación d e Cádiz. Sa n Loren zo [El Escorial], 13 de octubre de 1785 . Véase CRESPO DELG ADO, Daniel, Árb oles para un a capital. Árboles en el Madrid de la Ilus tración , Doce Calles-Fundació n Juanelo Turriano, Ma drid, 2013 . 227 Boletín d e la Socied ad Económica de Amig os del País d e Málag a , n º 3, 31 d e m a yo de 1 861 (T . I, Imprenta del Correo de Andalucía), pág. 7. I nstitució n canalizadora de proyectos: LÓPEZ MARTÍNE Z, Asunción, La Sociedad Económica de Amigos del País de Málaga , Diputación Pro vin cial, Málaga, 198 6. Medio físico y panorama humano 127 administrador general de las rentas mala citanas y de idéntica regiduría perpetua 228 . El pre sidente de la Contratación gaditana notificó a José de Gálvez y Gallardo el acuse de recibo de comunica ciones relativas a las plantas vivas que los botánicos destinados al Perú habían enviado. En cua nto llegaran remitiría las d e país caliente a Málaga, s eg ún l as órdenes recibidas y en acuerdo con Benavente. Además, debía pedir una relación completa de su s propiedades, climas de origen, época de siembra y cualquier otro aspecto conducente a su conservación y cultivo tanto en el Real Jardín Botánico de Madrid como en Málaga 229 . José Ortega y Monro y t ambién acusó recibo a Gálvez, una vez llegara n las plantas “serán conducid as al Partido de Almayate con el maior cuidado, y se pondran en la Sonora segun V.E. lo manda” 230 . Se refiere a la huerta q ue el marqués de la Sonora poseía en Almay ate, e n la cual se aclimataban plantas america nas y d e las I ndi as orientales, “ò qu e se j uzgan de aquellas r egiones, y de otras, que vegetan y fructifican bien en Málaga, y algunos de sus Lugares” 231 . Entre la ex ótica nómina y de una gran actualidad, destacamos los aguacates traídos de América, qu e y a s e criaban en las huertas alma y ateñas de Gálv ez o los chirimoyos, c u ya fruta era “tan buena en tamaño y gusto como la mejor de América”, abundantes en dicha hu erta, en la casa del cón sul holandés, Vélez- Málaga, Benamocarra y en la fin ca de recreo “El Retiro”, del conde d e Vil lalcá zar de Sirga, fundada en Churriana por fray Alonso de Santo Tomás 232 . También se encontraban en la hacienda de campo S an I sidro de la Vega, propiedad de Pedro 228 GARCÍ A de la L EÑ A, C ecilio (MEDINA CONDE, Cr istóbal), Conversacion es historicas malagu eñas. Malaga Modern a , II, Luis de Carreras, Mála ga, 179 2, pág. 152; Ana les de la Rea l Academia Matritense de Heráldica y Genealogía , vol. V, Rea l A ca demia Matritense d e Heráldica y Genealogía, Mad rid, 2002, págs . 228 - 229. 229 A.C.N. 00 06/102. Oficio del presidente de la Co ntr atación de Cádiz a J osé de Gálvez. Cá diz, 21 de octubr e de 1785. 230 A.C.N. 0006 /102. Carta de José Or tega y Mo nroy a J osé de Gálvez. Málaga, 21 de octubre de 1785. 231 GARCÍA de la LEÑA, Cecilio (MEDI NA CONDE, Cristóbal), Conversacion es histo ricas malagu eñas, ó materiales de noticias seg uras para formar la historia civil, natu ral y ec lesiastica de la M. I. Ciudad de Malaga , Luis de Carreras, Málaga, 1 789, p ágs. 153 -159. 232 MORALES FOLGUE RA, Jo sé Miguel, “El Retiro de Santo Tomas del Monte. Huerto, Arcadia feli z y esce nario co rtesano”, en Fray Alon so de San Tomás y la Hacienda del Retiro , B enedito, Málaga, 1994, págs. 205 - 258; CAÑIZO, José Antonio del , “Los jar dines del Retiro”, en Fray Alonso… , págs. 289- 330; CAMACHO M ARTÍNEZ, Rosario, “ Re flexiones e n torno a lo s jar dines del Retiro en Churriana ( Málaga). Fechas y m odelos”, en Tiemp o y espacio en el arte , I, Universidad Co m p lutense, Madrid, 1994, págs. 247 -266; S ANTOS ARREBOLA, Mª Soledad, “Discrepancias e ntre el II Conde de B uenav ista y el V Conde de Villalcáz ar p or la Finca del Retiro”, Isla de Arriarán , 11, 1998, págs. 121 -134. Medio físico y panorama humano 128 Ortega Monroy, dond e además s e sembraba cacao. Los cedros americanos se propagaron por e l obispa do malag ueño, principal mente en la huerta de Almayate, donde lucían “mu y frondosos”. De aquí salió u n plantón para Carlos III , que quedó en los jardines d e Aranjuez. P or último, el culén o Psoralea Americana (glandulosa), se encontraba en el ja rdín de San Felipe Neri 233 . Debatiendo sobre su orig en, se tomaba como cita de autoridad al maestra nte de Ronda y traductor ga ditano del ex pulso Juan Ig n acio Molina, Domingo J osé de Arquellada Mendoza, quien lo contemplaba chileno 234 . Varios puntos d eben destacarse d e este episo dio: la eficacia de las conexiones de paisana je, la articulación de una minoría ilustrada con afa nes compartidos a modo de signos de identidad, el constan te y clarividente patrocinio de J osé de Gá lvez con su tierra y posibilidades de desarrollo futuro 235 , las extraordinarias condiciones de a climata ción que presentaba el litoral malag ueño 236 , que incluso favoreció la exportación a otros jardines españoles, la ex ist encia de infraestructuras locales d e acogida de plantas exóticas durante el tiempo de la I lustración y , finalmente, la dif usión de lectura s de temática america na entre la élite malacitana, así como su propia participac ión en traducciones y conocimientos actualizados del Nuevo Mundo. Tanto el cargamento botánico y las plantas vivas de pino chileno contenidas en estufas, c omo los caudales conducidos a España desde El Callao a finales de 1784, vía Concepción en el “San Pedro de Alcántara” al ma ndo del briga dier M anuel de Eguía, se perdieron en su n aufragio, al i gual que p ereció L uis de Be navente. El hundimiento tuvo lugar la noche del 2 al 3 de f ebrero de 1786, en las inmediac iones de la villa de Peniche, sobre la costa portuguesa , a la altura de las i slas Be rlingas, estrellándose contra l a roca de Papona, a cierta dist ancia del fuerte Nuestra S eñora de la Luz. Había salido de L ima el 14 de abril d e 1784, arribó a la chilena Concepción, retornó el 14 de s eptiembre para la Ciudad de los 233 SA NTOS ARREBO LA, Mª Soledad , La Málaga ilustrada y los filipenses , Universidad d e Málaga, Mála ga, 199 0; LASSO de la VEGA, B lanca y ASENSI, Alfredo, “Un verdadero j ardín botánico d el siglo XXI en la Málaga del XIX”, Isla de Arriarán , 34, 2009 , págs. 159 -184; GARCÍA MONTORO, Cristób al, “Málaga e n 18 62: la expo sición provi ncial de productos”, Baetica , 1, 1978, pág. 421. 234 MOLINA, Jua n Ignacio, Compendio de la historia geográ fi ca … , pág. 174. 235 LARRUBI A VARGAS, Remedios, Los cu ltivos subtro picales en la costa med iterránea , Universidad d e Málaga, Málaga, 199 1. 236 MÉ RIDA RODRÍGUE Z, M atías, El paisaje de la Costa orienta l de la pro vincia de Málaga . Tipos y referencia s , Universidad de Málaga, M álaga, 19 97. Medio físico y panorama humano 129 Reye s. Por segund a vez salió del Callao el 21 de diciembre, ar ribando de nuevo a Chile e l 22 de enero de 1785 y de allí pasó a Río de Janeiro, donde ll egó e l 2 de junio. Dio vela para C ádiz el 4 de noviembre y se perdió a principios del año siguiente frente al litoral port ug ués. El embajador en Lisboa, conde de Fernán Núñez, advirtió a Madrid y al Comer cio de C ádiz para que actuara en consecue ncia, evitando especulaciones que influyeran en el crédito de la nación, debido al alcance d e la noticia. Mientras que el vicecónsul Antonio Denis Carvallo y su familia socorrieron meritoriamente a los tripulantes, al igual que las autoridades locales 237 . Hipólito Rui z dejó constanc ia de la noticia del hundimiento cuando se quejaba del retraso ocasionado por la pérdida de 800 dibujos malogrados en el naufrag io del navío 238 . No obstante, no solo se reempla zó el envío de pl anta s vivas por la vía de Lima, sino que “aumentamos copiosamente la r emesa”, e n palabras de Ruiz 239 . El dato y las peripecias del enví o pueden servir para h acernos una idea sobre lo titánico de la empresa, clar o p recedente de l a desgracia acaecida a la fragata “Nuestra Señora de las Mercedes” en 1804, si bien este últ imo caso no fue obra d e la enfurecida naturaleza o im pericia marinera, sino del sem piterno enemig o inglés. C om o también el hundimiento del “San J osé” a principios del siglo XVIII o el mercante “El Marqués”, rebautizado “Soberbio” cuando sirvió en la Real Armada en varias acc iones y finalmente e n Tolón 240 . Su propietar io e ra el comerciante irlandés Guillermo Terry , a fincado en El Puerto de Santa María 241 . Obtuvo carta de naturale za en 1719, lo cual le abrió las puertas de la Carr era d e Indias e invirtió c uantiosos caudales en la construcción de l navío para dicho comercio. Aunque su nombre civil fue “San Francisco de Así s”, recibió el alias en honor a su dueño: marqués de la Cañada-Tirr y 242 . De vínculos consanguíneos y 237 Mercurio de España . Febrero de 178 6 , Imprenta Real, Madrid, 17 86, págs. 2 06 -216. GOICOET XEA, Ángel, “Juan Jo sé Tafalla y Nab asques, b otánico olvidado de la I lustración”, Príncipe d e Viana , 188 , 1989, pág. 64 2. 238 RUIZ, Hipólito, Relación d el viaje hec ho a los reinos d el Perú y Chile… , pág. 265 . 239 RUIZ, Hipólito, Relación d el viaje hecho a lo s reinos del Perú y Chile… , pág. 273. 240 DOMÍNGUE Z CUTI LLAS, Mari Pau, Las dos vidas del cap itán , Grijalbo, B arcelona, 20 14; PHILLIPS, Carla Rahn, El Tesoro del San José. Muerte en el mar du rante la Guerra de Sucesión españo la , Ma rcial Po ns, Madrid, 2010; ENRÍQUEZ MACÍAS, Geno veva y STAPELL S JOHNSON, Victoria, “El Soberbio . Nau fragio y re scate de un navío en el siglo X VIII”, R evista de Historia Naval , 93, 2 006, págs. 33- 56. 241 IGLESIAS ROD RÍGUEZ, Juan José, Una ciuda d mercantil en el sig lo XVIII: El Puerto de Santa María , Muñoz Mo y a Editor , Sevilla, 1991 . 242 A.G.I., I.G., 446 A, libro 42; A.H.P.C., P rotocolos de Cád iz, tomos 4471, 4 474 y 448 6. Medio físico y panorama humano 130 mercantiles con los M acNamara y P ower, ramificados en la plaza gaditana y puerto malagueño. Al igual que su herm ano Patricio, era caballero de Santiago, y vindicaba la muerte her oica del mismo en el si tio de Barcelona por las tropas borbónicas durante la Guerra de Sucesión, en c alidad de comandante de las Reales Guardias e spañolas. Otro hermano, Esteban, era capitán de dragones 243 . Los tre s botánicos – Ruiz, Pavón y Dombe y – de la expedición comandada por el primero al Perú y Chile, en el transcurso de su permanencia en la frontera de Conce pción constataron que se trataba d el de scubrimiento de una nueva especie chilena del género Pinus Pinea , siguiendo la reciente clasificación taxonómica de Carl von Linneo (1707-1778) establecida sobre criterios científicos, superada la visi ón de mera utilidad para el hombre. No obstante, el pensamiento naturalista en perfecta sintonía con el económico, puso su atención en los rendimientos ilustra dos del pino cordillerano 244 . En diciembre de 1782, botánicos y dibujantes s e diri gier on al fu erte del Nacimiento, emplazado bajo e l amparo cordillerano. En aquel tiempo, fruto del descubrimiento de Higgi ns, por Real Orden se estaba realiz ando el corte de pin os chilenos para arboladuras y demás reparaciones interiores de navíos. El corregidor de la p rovincia de Rere, Miguel Montero, les informó de su pobreza natural, por lo cual Ruiz y el dibujante Gálvez permanecieron en la capita l Huilquilemu, mientras que Pavón, Dombey y el dibujante Brunete re corrieron N acimiento, de donde regresaron al quinto día para Concepción. J osé P avón e I sidro Ga rcía del P ostigo, oficial de Marina comisionado para la tala de pinos, pasaron desde el Nacimiento a la Co rdillera con la intención de examinar ramas con estróbilos o piñitas y amentos o tramas machos 245 . La desc ripción del Pinus chilensis , iniciada en Huil quilemu o Estancia del Rey y concluida en el cami no a Talcahuano con los dibujos de J osé Brunete sobre tres árboles hemb ras, r eflejaba en tex to e imagen un árbol de g ran altura, tronco derec ho y corpulento que iba disminuy endo p rogresivamente de la base a la copa. Cubierto de dos corte zas, la interior blanquecina y la exterior oscura y escamada. 243 CHAUCA GARC ÍA, Jorge, “ Irlandese s en el comercio gaditano - americano del Setecientos”, en VI LLAR GARCÍ A, Mª B egoña y P EZZI, Pilar (eds.), Actas I Coloqu io Interna cional Los extranjeros en la España Moderna , vol. 1, Universidad de Má laga, Málaga, 2003 , pág. 271. 244 FOL CH JOU, Guillermo, “Labor científ ica en América, de los españoles en el siglo XVIII”, en Hispano américa hacia 1776, CSIC, Madrid, 1980, págs. 31 -35. 245 RUIZ, Hipólito, Relación del viaje hecho a los reinos del Perú y Chile… , pág. 214. Medio físico y panorama humano 131 Conceptuado como dioi co – existencia de individuos macho y hembra – , que proporcionaba exquisita madera blan ca de excel ente beta para labr arse o servir para arboladuras de navíos, entre otros muchos usos. Además, la copiosa resina que manaban podía apli carse a uso medicin al, como balsámico y c almante de heridas, por ejemplo las oca siones por su tala. Por supuesto, el aprove ch amiento tradicional consistí a en s us piñones, contenidos en gra ndes piñas, que servían de alimento a los pehuenches y huilliches. C ada piña contenía c erca de un celemín o almud de piñones de capa cidad, ma y ores que b ellotas, con forma de cuña y de color de castaña, tanto interior como exteriormente. I ncluso su sabor era semejante, los indios co nsumían estas semillas cruda s, cocidas o asadas. Recurso para la Armada o base alimenticia, ambas delataban la actitud ante e l medio propia de Hi ggins a lo largo de todos sus destinos 246 . Una ma yor descripción par a la “ Flora P erua na y Chilena ” quedó inédita, pero sabemos que se querían resaltar sus virtudes económica s y usos medicinales, en línea con la clasificación de Teofra sto 247 . Estos impresionante s pinos se elevan desde 30 hasta 50 y 60 varas, est o es, podían alcanzar los 5 0 metros 248 . Si bien el más común era de 40. S u dilatad o hábitat se ex tendía más de doscientas leg uas, desde los 36 gra dos hasta las 246 RUIZ, Hipó lito, Re lación del viaje hecho a los reino s del Perú y Chile… , p ágs. 218 -219; A.C.N. 000 3/46. Descripcio n de la nu eba espec ie d el Pin o de Chile . Adjunta a la carta de Hipólito Ruiz a J osé de Gál vez. Concepció n, 23 de enero de 1783. Do m b ey también re alizó una descripció n del p ino. Co mparativa con otras e xpediciones de similare s car acterísticas y complementarias e n su área de estudio: B ERNABÉU AL BERT, Salvador, “Ciencia ilustrada y nuevas rutas. La s e xpediciones de Juan de L a ngara al P acífico (1765 - 1773)”, en PI NO, Fermín d el (coor d.), Ciencia y con texto histórico n acional en las ex pediciones ilustrada s a Améric a , CSIC, Madrid, 1988 , págs. 87 - 107; del mismo a utor, “Jua n Pér ez, navegante y d escubrido r d e las Californias (17 68- 17 75)”, en P ESET, José Lu is (coord.), Cu lturas de la costa Noroeste de América , Turner, Madrid , 1989 , págs. 277 -290. Para la política forestal b orbónica: P EZZ I CRISTÓBAL, Pilar, “Proteger para producir. La política forestal de los B orbones españoles”, Baetica , 23, 2001, págs. 5 83 -596; MA RTÍNE Z GON ZÁLEZ, A lfredo José, “Bosques y po lítica naval atlántica: las refor m as nor mativas e i nstitucionales d e J osé Patiño (1717 - 1736)”, Revista Hispano americana , 3, 201 3 [en Línea]. Disp onible en http://revista.ra ha.es/13_art2. pdf y Las Superin tendencias de Mon tes y Plantío s (1574- 1748). Derecho y po lítica forestal para la s Armadas en la Ed ad Mod erna , T irant lo Blanch, Valencia , 201 5; SERRANO ÁLVAR EZ, José Manuel, “ Juan de Acosta y la construcción naval en L a Hab ana (171 7 - 1740 )”, Revista de Historia Naval , 9 3, 2006, págs. 7 - 31. 247 CRUZ-COKE M ADRID, Ricardo , Historia de la medicina chilena , An drés Bello , Santiago de Chile, 1 995, pág. 175. Véanse: B.U.C., B. H., FOA, 4 378, 43 80, 43 81 y 438 2. RUIZ, Hip ólito y PAVÓN, José , Flora Peruvian a, et Chilensis, sive d escription es, et icon es Plan tarum Peruviana rum , et Chilensium, 4 vols., T ypis Gabrielis de Sanc ha, Madrid , 179 8 -1802; R.J.B. , F(8)RUI. RUIZ, H. y P AVÓN, J . , Flora Peruviana, et Chilensis, sive description es, et icones Plantaru m Peru vianarum, et Chilen sium , vol. 5 y F(85 )RUI. RUIZ , H. y PAVÓN, J ., Systema Vegetab ilium Florae Peru vian ae et Chilen sis , t. I , Typis Gabrielis de Sanc ha, Madrid, 1798. 248 La vara castellana o de Burgo s era la unidad de m edida más empleada, equivalía a 0, 835905 m. Medio físico y panorama humano 132 proximidades del estrecho de Magallanes 249 . El jesuita expulso chileno Molina describió el Pinus Araucana o pehu én – pehu enia nativo – , llamado por los españoles pino de la ti err a, como el más hermoso del país de los araucanos. Su tronco era de c erca de ocho pies de circunferencia y setenta u ochenta de alto, de color interno amarillo pardo y externo verdacho o verde claro, resinoso y liso. Sus flores son amarantáceas como los pinos, mi entras que las piñas tan grandes “co mo la cabeza de un hombre”, leñosas, esferoidales y lisas. L os abundantes piñones de dos pulgada s de la rgo y del grue so del d edo m eñique, cónicos y de color blanco, recordaban al castaño en color, gusto y preparación para su cons umo 250 . Posteriormente, en 1810, valoró sus opiniones co mo pioner as, lo cual no i mpidió revisar la temprana incorporación al pino, por si mplificar su recepción europea, admitida la singularidad de la arauc aria “por el país donde más abund a” que “indica su orige n” y fructificación dioi ca 251 . El naturalista fra ncés caballero de La marck lo separó del género Pinus y llamó Dombeya chilensis 252 . Finalmente, Antoine- Laurent de J ussieu la denominó araucaria 253 , nombre adopt ado por J osé Pavón en l a descripción que del m ism o presentó a la Real Academi a Médica de Madrid 254 , por propia voluntad o a instancias de Antonio José Cavanilles, como Hipólito Ruiz demostraría. Quien además concluía que el pino chileno debía quedar como nueva especia del género Pinus de Linneo 255 . No cabe duda, a tenor de polémicas y discusiones, que el 249 Medida itin eraria, vari able según los paí ses o re giones, definida por el ca mino que regularmente se r ecorre en una hora, y que en el antiguo siste ma español equivale a 5572 ,7 m . (DRAE). 250 MOLINA, Jua n Ignacio, Compendio de la historia geográ fi ca … , págs. 196 -198. 251 MO LINA, J uan I gnacio, Ensayo sobre la historia na tural d e Chile , Ediciones Ma ule, Sa ntiago de Chile, 198 7, págs. 196 -198. 252 MONET, Jea n-Baptiste P ierre Antoi ne d e, Ency clopédie Méthodique. Bo t aniqu e , T. II, Che z Plomteux, P aris, 1784 , pág. 301 . Véase JALÓN, Mauricio, “S obre la c ultura téc nica imp ulsada por Carlos III: la Encyclopedia Metódica , como empresa ilustrad a”, Investigaciones Históricas. Ép oca moderna y contemporán ea , 17, 1997, p ágs. 101- 136. 253 J USSIEU, Antoine-La urent de, Gen era Pla ntarum secund um o rdines na tur ales dispo sita , Viuda de Her issant, Paris, 17 89, págs. 413 -41 4. 254 A.R.A.M., leg . 9/6 17. Disertació n Botanica s obre el Genero Arauca ria, y so bre la reunion de otros, que Linneo publicó como distintos. Por Don Jo seph Pavon co rrespondiente de la Real Academi a Medica d e Madrid (Madrid , IX-179 4). Manus crito del discurso leído por J osé Pavón e n la sesió n de 25 de septie mbre de 1794 para ocupar plaza com o acadé mico s upernumerario en la Real Acade m ia Médica de Ma drid , sección de Ciencias Natu rales. 255 RUIZ, Hip ólito, Respu esta p ara d esengaño del p úblico á la impu gnacion q ue ha d iv ulgad o prematuramen te el presbítero Don Josef Antonio d e Cava nilles, contra el pród romo d e la F lora del Perú, é insinuacio n de algun os de los repa ros que ofrecen sus Obras Botán icas , Impr enta de la Viuda é Hijo d e Marin, Madrid, 1796, págs. 18 -25. Véase GONZÁLEZ BUENO, Antonio, Medio físico y panorama humano 133 panorama de la ciencia española estaba vivo y mostraba claros signos de avance en ambos mundos. C uando el naturalista y diplo mático Eugenio I zqui erdo regresó de su estanc ia de fo rmación en París para hacerse cargo d el Real gabinete de H istoria natural, inmediatamente se le encargó “la redacción de un c atálogo que convenciese al mundo d e que España no se qued aba atrás a esta interesante rama de la ciencia, y borr ara el reproche que el señor Masson había h echo a la nación” 256 . En referenc ia a las críticas que Nicolás Masson de Morvilliers hiz o a España a cerca de su inca pacidad creadora en el tex to: “ ¿Qué ha he cho Esp aña por Europa?”, contenido en la Encyclopédie Méthodique 257 . Aparte de l a consiguiente literatura a pologética hispana , d esde Fr anci a también vino la defensa del barón d e Bourgoing. Se refería a diversas obras e instituciones científicas y educativas, pero trató de modo significativo la expedición de Hipólito Ruiz al Perú y Chile, si bien primando la participación de su compatriota J oseph D ombey , cu ya polifacética labor ensalz ó y a quien atribu y ó el descubrimiento de la araucaria , “magnífico árbol” . L uchó d enodadamente y a riesg o de su p ropia salud contra la propaga ción de una epidemia, reunión cajas de plantas y minerales, reabrió una mina de mercurio y descubrió un y acimiento aurífero . Tras años en la América meridional volvió a Cádiz . C omo la colecc ión remitida por Ruiz y P avón, que quedaron en el Perú, iba a bordo del “San Pedro de Alcántara”, se perdió en su naufra g io. Para s upl ir la pérdida, se le r equirió la trasladada por él mismo en el “Peruano”, se ab rieron sus cajas y parte de su contenido resultó dañado. Finalmente se repartió a medias, contando con la supervisión del fra ncés, “y como los comisarios nombrados por el Gobier no español sabían menos que él, la parte que le correspondió a Francia n o fue la menos valiosa” 258 . Antonio Jo sé Cava nilles ( 1745 - 1804). La pa sión por la ci encia , Fundació n J orge J uan, Madrid, 2002. 256 T OWNSEND, Joseph, Viaje por España en la época de Carlos II I , T urner, Madrid, 198 8, pág. 251. Véase GARCÍA C AMARERO, Ernesto y E nrique, La po lémica de la ciencia esp añola , Alianza Editorial, Ma drid, 1970 . 257 MOLAS R IBALT A , P edro, “A p ogeo y crisis del despotismo ilu strado”, en CORON A BARATECH, Carlos E. y ARMILLAS VI CENT E, J osé Antonio (coord s.), Historia gen eral de España y América , vol. 10, Rialp, Madr id, 1990, pág. 55. 258 BOURGOING, Jean -François, Imagen de la moderna España , Universidad de Alicante, Alicante, 2 012, págs. 320 - 321. Véase RAVENT ÓS BARANGÉ, Anna, “Los qu erid os y sie mpre excesivos españo les del bar ón de Bo urgoing”, en B RUÑA CUEV AS, Manuel, CABALLOS BEJ A NO, María de Gracia, I LLANES O RTEGA, Inmac ulada, RAMÍREZ GÓME Z, Ca rmen y RAVENTÓS BARANGÉ, Anna ( coords.), La cultura d el o tro: español en Francia, francés en Medio físico y panorama humano 134 Mientras la expedición botánica permaneció en el obispado de Concepción, acopió una excelente colección de maderas en tablitas labradas d e diversos colores, betas y consistencia. Lamentablemente se p erdie ron en el naufrag io del navío “ San Pedro de Alcántara ” , no así la remesa mensual efectuada a Madrid de paquetes con todas las semillas com piladas en un pa ís de naturaleza tan rica y v ariada. Entre otros muchos, un árbol también llamó la aten ción de los expedicionarios por su posible aplicación a la náutica, construcc ión, transporte y agricultura. Se trata del Schinus frondosus , de corpulento tronco, elevado unas 20 varas, de verdor int enso todo el año, si bien may or en primavera . Sus prop iedade s perniciosas quedaban c ontrarr estadas po r su aprec iada mad era para qu illas de navíos, pues conforma más tiempo permanecía en agua aumentaba su solidez. Además, servía par a labrar vi g as, tablones y tablas para edificios, as í como ruedas, ejes de carruajes o puntas de ara do. Por su pa rte, el pellín, al que Higgins prestó gran atención, era un frondoso roble d e buena madera pa ra vi viendas, cureña s, quil las, sobrequillas, puntales y otr as ob ras de carpintería gracias a sus propiedades de resistenc ia al ag ua 259 . La riqueza forestal chilena er a tan grande, que un viajero decimonónico inglés, Alejandro Caldcleugh, llegó a excla mar: “en este país tan rico en bell ísimas plantas es imposible reprimir el d eseo de hacerse botánico” 260 . Tan int ere santes como las descripciones geográficas o geológicas, resultaron las de contenido cultural y antropo lógico. Al fin y al cab o, para dominar el medio era n ece sario conocer a sus habitantes, súbditos del monarca distante, de ahí se infiere la importancia etnográfica que los ex pedic ionarios otorgaron a su comisión: el redescubrimiento del hombre y naturaleza americanos. No se podía esperar menos de dos discípulos aventajados del afamado b otánico Casimiro Gómez Ortega: Hipólito Ruiz y José Antonio Pavón , así como de los excelentes dibujantes Isidoro Gálvez y José Castro Brunete 261 . El último falleció y fue enterra do en Pasco, “el sitio que más aborreció en vida por su tempe ramento España . La culture de l´autre: espagnol en France, français en E spagne , CD -ROM, Un iversidad de Sevilla, Se villa, 2006, p ágs. 236 -250. 259 RUIZ, Hipólito, Relación del viaje hecho a los reinos del Perú y Chile… , págs. 216 - 218. 260 Citado por P EÑA MUÑ OZ, Manu el, Chile. Memorial de la tierra larg a , RIL, Santiago d e Chile, 200 8, pág. 136. 261 NAVAS, Alfo nso, “La ciencia y la téc nica de la Ilustració n en el M useo Nacio nal de Ciencias Naturales”, e n M ARTÍNEZ R UIZ, E nrique y PAZZIS PI COR RALES, Ma gdalena d e (eds.), Ilustración, ciencia y técn ica en el siglo XVIII español , PUV, Valencia, 2008 , pág. 115. Medio físico y panorama humano 135 rigido”. Tales eran las vicisitudes e imprevistos de una expedición tan ambi ciosa por su objeto, duración y distancias 262 . Del éxit o del proyec to de remisión de la araucaria a la Málaga o riental, tierras de los Gálvez y a instancias de J osé, qued a en la comarca el más directo legatario de su huerto o jardín de a climatación: la Estac ión Experimental La May ora, ho y r ebautizada como I nstituto de Hortofruticultura Subtropical y Mediterrá nea “ La Mayora”. No obstante, su aporte fue básicamente orna mental, pues ni su piñón resultó necesario en la f értil y suave costa mediterránea, ni su erguido y robusto tronco se transformó en mástil , pues la nave g ación a ve la iba a ser pronto sustituida por el vapor, por más que la próxima Vélez -Mála ga fuera cabeza de la defensa marítim a de la costa del reino de Granada. Ho y en día, entre las especies más presentes en el litoral malagueño se encuentra n la columnaris y heterophylla (fa milia ara ucariaceae , género araucaria ). Además del e pisodio del pino chileno, al ampar o de las nec esidades de la Real Armada d e g uardacostas en el P acífico m eridional, la ex pedición Ruiz y Pavón c lasificó y bautizó tres plant as en honor a Higgins, nomenclatura que dice mucho tanto de la ayuda prestada por el irlandés como de su inclinación naturalista, inequívoco signo de distinción ilustra do. Con los nombres de OHigginsia aggregata , verticillata y obovata , correspondientes a las planchas 83 (fig ura “b”) y 85 (figuras “a” y “b”), se homena jeó su actitud de colabor ación, curiosidad científica y estímul o al ava nce de las ciencias natura les. El tributo era un justo premio a sus het erogéneos desvelos en la frontera y perpetuaría su memoria en un campo que asoci aba los conocimientos ancestrales del mundo indígena y la pujante bo tánica de la Ilustración (Láminas nº 10 y 11) 263 . De la asociación entre botánica y reformismo cabe recordar e l jardín de Floridablanca en Murcia o la apertur a hispana al panorama científico internacional, si bien la 262 RUIZ, Hipólito, Relación del viaje hecho a los reinos del Perú y Chile… , pág. 292. 263 RUIZ, Hip ólito y P AVÓN, Jo sé, Flora peruvia na, et chilensis, sive d escriptiones, et ico nes planta rum peruvianarum et ch ilensium, secundum systema Linnaeanum digestae, cum characterib us plurium generum ev ulgatorum reformatis , T . I , Gabriel de Sanc ha, Madri d, 1 798, págs. 55- 56. Véa n se ÁLV AREZ LÓPEZ, Enrique, “Algunos aspecto s de la o bra de Ruiz y Pavón”, A nales del Ja rdín Botánico de Madrid , vol. 12, nº 1 , 1954, págs. 5 -111; COLMEIRO, Miguel, La botánica y los botánico s de la Península hispano -lusitana. Estud ios bibliográficos y biográfico s , Imprenta y Estere otipia de M. Rivadeney ra, Ma d rid, 1858, págs. 43 - 45. Medio físico y panorama humano 142 pero tenía una consistencia de pino, aunque menos resinoso y de gran de sarr ollo longitudinal. Su elasticidad lo hacía apropiado p ara diversos trabajos y e ran tan robustos que se podían incluso llegar a extraer entre 500 y 800 tablas de cada tronco. A pesar de lo dicho, era una madera resistente que podía aplicarse a ensere s domésti cos y tan aprovechable que de su corteza se extraía una estopa suave pa ra calafatear las embar c aciones d el giro com ercial a L im a, pu es otorgaba una gra n duración sin nec esidad de brea u otro betún. Pero los proyectos de explotación industrial y su ex portación a larga dist ancia requerían de la mejora de los caminos para su c onducción y de astilleros 280 . La construcción europea del Nuevo Mundo se sustentaba en mitos, pero también en recursos, en i maginarios tanto como en posibil idades. El bosque, fuera tropical o valdiviano, era un mundo escondido por desc ubrir y poner en explotación. S u clasificación y comercialización eran los primeros pasos de una apropiación cultural que se remontaba a la mi sma Conquis ta. Maderas jun to a la botánica y a gricultura no eran más que otros medios de asimilación de la alteridad humana y económica 281 . Respecto al reformismo fronterizo y sus resultados, la frontera, aparte d e hecho físico, era un territorio que se percibía como un fenómeno de identidad, una repre sentación colectiva de españoles e indi os 282 . La historiografía amer icanista actual revaloriz a los contactos hispano-indígenas que van más allá de la primera 280 VI ANA, Franci sco Xavier, Dia rio del Tenien te… trab ajado en el viaje de las co rbetas d e su magestad “Descubierta ” y “Atrevida” en los año s de 1 789, 1 790, 1791, 1792 y 1 793 , I m pr enta del Ej ército, Mo ntev ideo, 1 849, págs. 70 - 85. Véase URBIN A CARR ASCO, Mª Xi mena, “Análisis histórico- cultural del alerce en la Patagonia septentrional occidental, Chiloé, sig los XVI al XIX”, Magallan ia , vol. 39, n º 2, 2011, págs. 57 - 73. 281 Véanse: AMODIO, Em anuele, “T he War of the P lants: B otanical E xchange and Agricultural Conquest of t he Ne w Wo rld during Co lonies T imes”, e n AGNO LETTI, Mauro y ANDERSON, Steven (eds.), Forest History , IUFRO nº 2, 2000, págs. 49 -64; URTEAGA, Luis, “La política forestal d el ref o rmismo bo rbónico”, en L UCEN A GI RALDO, Ma nuel (coord.), El b osque ilustrado… , págs. 17- 43. 282 DUVERGER, Maurice, Soci ología de la política , Ariel, Barcelo na, 19 76, pág. 90. Véanse: HEMMING, Jo hn, “Los indi os y la frontera en el B rasil colonial”, en B ETHELL , Leslie (ed.) , Historia de Amé rica Latina , v ol. 4, Crítica, Barcelona, 2 000, págs. 189 - 226; VIT AR , Beat riz, “Las fronteras bárb aras en lo s virreinatos de Nuev a Espa ña y Perú”, Revista de Indias , vol. 55, nº 203, 1995 , p ágs. 33 -66; MARCHE NA FE RNÁNDEZ, Juan , “De fra nciscanos, ap aches y ministros ilustrados en los p asos perdido s del norte de Nueva España”, en Actas del IV C ongreso Internacio nal sobre Los franciscan os en el Nuevo Mund o (siglo XVI II) , Dei m o s, Madrid, 1993 , págs. 513 -559; NACUZZI, L idia R., Iden tidades impuestas. Tehu elches, au cas y pampas en el norte de Patagonia , Sociedad Ar gen tina de Antro pología, Buenos Aires, 1 998; BARB A, Fernando Enrique, Frontera g anadera y guerra con el indio. La fron tera y la o cupación g an adera en Bueno s Aires entre los siglo XVI II y XIX , Universidad Na cional de La Plata, La Plata, 199 8; del mismo autor , Frontera ganadera y gu erra con el indio durante el Siglo XVIII , Universidad Nacional de La P lata, La Plata, 1995. Medio físico y panorama humano 143 conquista en lo temporal, o de las altas sociedades y su horquilla de ex pansión en lo espacial, plante ando una ex tensa ti pología de frontera indiana, susceptible además de establecer analog ías y diferencias. Partiendo de estudios global es se ha llega do a enfoques regi onales que matizan, sin obviar las generalidades, las singularidades de cada territorio fronterizo, su génesis, dinámica y resultados 283 . Numerosos gobernadores chilenos d el S etecientos posteriormente promovidos a virreyes del Perú como Manuel d´ Amat i Junye nt o Ambrosio Higgins 284 , conocedore s de l indio y de la frontera, habían cimentado su dila tada carrera gracias al conocimiento de el “otro” y del medio, conscientes de la suma importancia que la frontera sur chilena tení a para toda la América meridional de vertiente pacífica 285 . Siendo Higgins gobernador de Chile y tr as cel ebrar un parlamento ge neral indígena, mandó al capitán J uan de Oj eda un reconocimiento del estado de la mi sma. Ojeda reconocía la larga y fructífera expe riencia en los asuntos fronterizos y el respeto y autoridad entre los indios del irlandés, en acuerdo con una opinión compartida y generalizada 286 . Grac ias a la obra sost enida por una generación de goberna ntes del si glo XVIII se habí a lo gra do pa cificar l a situación de la frontera interior frente a las recurrentes sublevaciones ind ígenas, pero avanzada la centuria había que pr estar ate nción al enemigo exterior. Tras décadas de agotamiento, se regularizó la frontera como hecho indiscuti ble del reino chileno 287 . 283 CLEMENTI, Hebe, La Frontera en América , 3 vols., Lev ia tán, Buenos Aires, 1985 -1988. 284 SÁENZ-RICO URB INA, Al fredo, El virrey Amat. Precisiones sobre la vida y obra de Don Manuel de Amat y de Junyent , 2 vols., Museo de Historia d e la Ciudad de Barcelona, Barcelona, 1967 ; RODRÍGUEZ C ASADO, Vicente y P ÉREZ EMBID , Florentino (eds.), Manu el de Amat y Junien t, Virrey del Perú (176 1-17 76). Memoria de Gob ierno , EEHA/CSIC, Se villa, 1947 . 285 Hombres hec hos en la f r ontera: NAVARRO GAR CÍA, Luis, Don José de Gálvez y la Comand ancia General d e las Provincias Internas del Norte de Nueva España , EEH A/CSIC, Sevilla, 1966; HERNÁNDEZ -SÁNCHE Z B ARBA, Mario, Jua n B autista de Anza. Un hombre de fronteras , Publicaciones E spañolas, Ma drid, 1962; So bre la visión del indio: ARES, B erta et alii , Human ismo y visión del otro en la España mod erna , CSIC, Madr id, 1992; J OHN, Elizabeth, “La situación y visión de los indios de la frontera norte de Nueva España (Siglos XVI - XVIII)”, América In dígena , 45/3 , 1985, págs. 464 - 483. 286 OJEDA, Juan de, “Descripci ón de la frontera de Chile…, págs. 38 -72 . Se trata de un i nforme entregado a Ambro sio Higgins a p rincipios de 17 93 sobre del estado civil y militar de la frontera. 287 Véa nse: LÁZARO ÁVILA, Carlo s, “ El refor m i smo borbónico y lo s indígenas f ro nterizo s americanos”, e n GUI MERÁ, Agustín (ed. ), El reformismo b orbónico. Una visión interdisciplinar , Alianza Editorial, Madrid, 1996, págs. 277 - 292; MORALES PADRÓN, Francisco, “Documentos en el A.G.I. referen tes a sublevacione s indígenas en el siglo XVIII (P erú, Bo livia, ar genti na y Chile)”, en V Congreso Intern aciona l de Historia de A mérica , T . I, Com isión Naci onal del Sesquicentenario de la Indep endencia del P erú, Lima, 197 2, págs. 3 - 42 8; GU ARDA, Gabr iel, “El sistema defensivo d el Pacífico Sur en la épo ca virreinal”, en Puertos y fortificacio nes en América y Filipinas , Ministerio de Fo m e nto CEDEX, Madr id, 1985, p ág s. 115 -126. Medio físico y panorama humano 144 Ahora también sería prioritaria la frontera marítim a. En 1790 se adoptaron medidas defensivas ant e la posible ruptura con I n glaterra. El virre y Gil y Lemos consideraba al archipiélago de J uan Fernández punto de posesión y no d e defensa, pues “no podemos contar con su conservación si no somos dueños del mar”, a tenor de lo re ducido, aisl ado y distante del continente y sin víveres 288 . El capitá n ge neral de Chile, contest ando a l a Real Orden de 24 de ma y o de 1790 anunciando la guerra con Gran Bretaña, tomó las providencias necesarias para aprestar la defensa . Hizo circular ór denes, incluido el gobernador Juan C alvo de la C anter a de la isla de J uan Fernández, para que en las dependencias bajo su mando se establecieran planes “asequibles a las proporciones de esto s paises, y adec uados a mantener el honor de las Armas de S. M. y s u propia reputacion en caso de qualquier invasión” 289 . Se r ecibieron desde El Callao municiones y pertrechos de guerra 290 . De nuevo con la guerra de 1796 se puso e n estado de alerta Juan Fernández. En prevención de la ruptura de hostilidades, desde Lima se mandaba al gobernador de la isl a ex aminar el estado y operatividad de las bater ías y medios necesarios para una defensa activa, recordando los ya remiti dos y los venideros . Reafirmando la decisión de de f ensa del enclave a toda costa, debía evitar la rendición o capitulación, únicamente en caso de no poder defender el apost adero y sus fortificaciones, debía clavar e inutiliz ar la arti llería pe sada y retirarse con los habitantes y trop a a lo más alto y escarpado de la isl a p ara hostigar al enemigo hasta su reembarco: “la toma y rendición de este inút il peñasco haría tanto ruido en Europa como daría de gloria al que lo defendiera y c onservara” 291 . 288 A.G.M.M., Ministerio de l a Guerr a, Sección Ultra m ar , Vir reinato del Perú, Cor respondencia sobre obr as y fortificaciones, 5591.15: Me didas para la defensa de las co stas del Virreinato del Perú ante un posible ataq ue b ritánico (178 9 -1779), fols. 1 -11 . Francisco Gil al co nde d e Ca m p o Alange. Lima, 29 de octubre de 1 790. 289 A.G.M.M., Ministerio d e la Guerra, Secció n Ultramar, Capitanía Ge neral de Chile, Correspondencia sob re movimiento de f uerzas y operaciones, 5357.5: Pr eparativos p ara la defensa de las co stas chile nas a nte u n posible ataq ue br itánico ( 1790-1791) , fols. 1-6. Carta de Am br osio Higgins al conde d el Campo de Alange. Santia go de Chile, 9 de septie m b re de 1790 . 290 A.G.M.M., Ministerio d e la Guerra, Secció n Ultramar, Capitanía Ge neral de Chile, Correspondencia sob re movimiento de fuerza s y o peracion es, 5357.5: P reparativos para la defensa de las co stas c hilenas a nte un p osible ataque b ritánico (179 0 -1791), fols. 20 -21. Noticia de los efectos qu e conduce d esde el pu erto del Callao y destinados a las pla zas del Reyno de Chile la fragata de guerra La Liebre . Tomá s Gerald ino y Gerald ino, Fragata Liebre en el p uerto d e Valpara íso 19 de noviembre de 1 790. 291 “Informe reservado del marqués de Oso rno, virre y del Per ú, al gob ernador de la isla de J uan Fernández. Lima, 27 de o ctu b re de 179 6 ”, e n MARTÍN RUIZ, José Mª , “ La ho stilidad Medio físico y panorama humano 145 Si los enfrentamientos con los ingleses son un elemento estru ctural del XVIII , respecto a los franceses, la guerra de la C onvención desde 1793 co nstituy ó una coyuntura de safiante al entendimiento que representaron los Pactos de Familia, no tard aría en rectificarse. De la importancia d ada a las providencias relacionadas con J uan Fernández en di cha o casión, baste cita r que el tr ansporte de las tropas de refuerzo a bordo del navío mercante “La Begoña”, debía ejecutarse allanando “qualquier dificultad que pueda ofrecerse, sin permitir demora ni escusa” , para refo rzar y poner en estado d e defensa la isla 292 . La toponi mia testimoniaba la presencia europ ea en las denomi naciones de dos ensenad as que flanqueaban el puerto principal: a l este el puerto francés y al oeste el inglés 293 . Los recursos y el foment o regional, junto a la defensa marítima, eran una de las lí neas clave de la práctica ilustrada en I ndias. El matrimonio entre c iencia e imperio quedó patente a partir del Des cubrimiento de América, fecha clave para la revolución científica en Europa e im pulsó la me ntalid ad de conquista durante la modernidad. Conforme transcurría el tiempo, l a conquista del conocimiento y la conquista de territorios se entre lazaron y asociaron más estrechamente 294 . En 1831, Bernardo O´Higgins escribía desde Lima sobre la colonizació n irlandesa del sur d e C hile, en la misiva añadía un informe que incluía mu chas d e las medidas y observaciones de su pad re el virre y irlandé s. En dicho ensa y o comparativo con Estados Unidos, se ponía en lugar destacado al archipiélago d e Chiloé, cuy as islas estaba n “cubiertas de alerce y otras valiosas y sólidas especies de árboles” . Por su parte, desde ahí hasta el estrecho de Magallane s, abundaban las araucarias, robles y cedros. No obstante, entre el Maule y Chiloé, era un sector que no tenía “rival en toda Amé rica en cuanto a la fertilidad del suelo y capacidad para p roducir provisiones navales de t odo tipo y de la mejor calidad” , gracias a las preciosas madera s de sus tupidos bosques 295 . hispanobritánica a finales d el siglo XVII I y sus reper cusiones en el Nuevo M un do”, en Tema s de Historia Militar , II, Madrid , 1 988, págs . 135 - 136. 292 A . G.S., S.GU., leg. 6826, 10. Carta d e Am br osio Higgins al gober nado r in te ndente de Concepción. Sa ntiago de Chile, 2 2 de agosto de 1 793. 293 B. C., Ms. 400/15, fol V. Descripcion de las Yslas n ombradas de Ju an Fernand ez… por Joseph Antonio de Birt. Santiago de Chile, 1º de noviembre de 1770. 294 HA RARI, Yuval Noah, De animales a d ioses. Una breve historia de l a huma nidad , Debate, Madrid, pág. 314. 295 “Carta de Bernardo O ´ Hi ggins al capitán Coghlan de la Real Marina Británica. Lima, 2 0 de agosto de 183 1”, en ESTELLÉ MÉNDEZ, Patricio, “Epistolar io de Don Bernardo O´ Hi gg ins co n autoridades y corresponsales ingleses, 18 17 - 1831”, Historia , 11, 1972 -1973, pág. 414. Medio físico y panorama humano 146 2. Indígenas: categorías y diversidad En los preámbulos del “Siglo de las Luces y la Razón” en Europa, u n veterano cronista-soldado refería un episodio que ilustra a la perfec ción tanto su opinión sobre los araucano-mapuches, como el ideario propio, ambos en conflicto irresoluble: “Son tan bárbaros, que ha pocos años que un Comisar io de N aciones condenó a uno a l fuego porque había sido bestial sodomita con una y egua suya” 296 . ¿Fue posible la integ ración ideoló gica a los larg o del S etec ientos? L a respuesta es no, pero sí se avanzó en la comprensión, me atrevería a decir que mutua. Respecto a la inclusión como vasallos efectivos, a finales de la centuria ilustrada un veterano militar de la frontera escribió ac er ca de “la tenaz gue rra con que los indios del reino d e Chile mantuvieron su i ndependencia” 297 , sentencia qu e contradictoriame nte vení a a unir su insum isión con la pertenencia al r eino. La paradoja no era tal, pue s e ran considerados súbditos por los españoles, a pesar d e su resistencia. Sin llegar a convertirse en vasallos efec tivos, sí se entendieron bien con los hispano-criollos, de ahí su a yuda a los realistas en las futuras guerras civiles que conc lu y e ron con la I nd ependencia. Una matización previ a se hace necesaria respecto al contenido d e la palabra vas allo seg ún e ra entendida e n la época. En la Monarquía Hispánica, por herenc ia medieval, los laz os de pertenenc ia se establecían por medio de la fidelitas entre mona rca y súbditos. Era el v asallaje el qu e d efinía la relación entre ambos y su int eg r ación en la comunidad política, de ahí la im portanc ia – más que simbólica – de los juramentos de fid elidad en todo s los actos donde int eractuaban españoles e indígenas en comunión. Las Siete Partidas establecían que “Vasallaje es otrosi vn grand debdo, e mu y fu erte, que han aquellos que son vassallos con sus Señores, e otrosi los S eñores con e llos”, continuaba el código ac larando la significación de uno y otro: “Señor es llamado propriame nte, aquel que ha mandamiento, e poderio, sobre todos aquellos que biuen en su tierra (…) E vasallos son aquellos, que reciben honra, o bien fecho, de los Se ñores”. A los 296 QUIROG A , J erónimo de, Memorias d e lo s sucesos d e la g uerra de Chile , Andrés Bello , Santiago de Chile, 1979, pág. 19 3. Véase B ARABAS, Alicia M. , “La con strucción d el i nd io co m o bárbaro: d e la etnografía al indigenismo”, Alte ridades , vol. 1 0, nº 19, 2000, págs . 9 - 20. 297 A.G.I., Chile, 310. Memorial que presenta al rey n uestro se ñor do n Carlos Cuarto, d on V icente Carvallo y Goyenech e… En LORENZO SCHIAFFINO , Santia go (ed. ), F uentes para la historia urbana… , pág. 301. Medio físico y panorama humano 147 lazso personales se unían los vínculos territoriales y la contra pr estación del beneficio 298 . La comprensión e int erpretación de la diversidad humana pasaba necesariamente por el reconocimiento de la unici dad de la Humanidad 299 . Fue una lucha teológico-jurídica desde el mismo arra nqu e de la Conquista que pasó a político-económica en el sig lo XV III. A ceptada la unidad psíquica del se r humano, faltaba su inclusión efectiva, pero diversos prejuicios pesa ban aún en la mentalidad de los hombres ganados por las Luces. La idea de “bárbaro” en el pensamiento ilustrado y su proceso de aculturación hasta convertirlo en vasallo pasaba por un conocimiento cercano que su perara su representació n 300 . No obstante, los avances no fueron pocos desde los puntos de vist a teó rico – peninsular e indiano – y práctico, implementado sobre el terreno por los agentes del refor mismo borbónico en América , quienes desde su nueva visión contemplaban inaplazable la in corporación efectiva y armónica al cuerpo de l a monarquía de unos vasallos tan remotos como difere ntes, pero ne cesarios. Al fin y al cabo, se preguntan: ¿acaso la naturaleza de l ser humano no radica en la igualdad dentro de la diversidad? ¿No son compartidas las pasiones por “bárbaros” y “civilizados”?: Si consideramos l a Naturaleça de los Hombres, y la diferencia, que entre Hombres, y Hombres a y , veremos, Unos Barbaros, y Otros Griegos: de los Barbaros, Unos Feroces, Ot ros Mansos, y Pacificos: Unos, que usan de Le ies justas, y a probadas por buenas: Otros, que no siguen esta equidad, y justica, y las mezclan con aspereça, y rig o r; Otr os, que en lugar d e Leies, usan de Costumbres, mas de bestias Carniceras, qu e de H ombres de Raçon: Otros, que desde que na cen, nacen para Humildes, y ser sujetos, y servir à Otro s: Otros para ser Señores, y mand ar 301 . 298 Las Siete Partidas del muy n oble rey do n Alfonso el Sabio g losadas po r el Lic. Greg orio L opez, del Consejo Real d e India s de S . M. , Compañía general de i m pr esores y librer os del reino, Mad rid, 1843 , págs. 614 -615 (Cuarta Partida, T ítulo XXIV, Ley II) y 61 8 (Cu arta Partida, T ítulo XXV, Ley I). 299 Véase GE ERTZ, Clifford, Los usos de la diversidad , Edciiones Paid ós-ICE de la Uni versidad Autónoma de B arcelona, B arcelona, 1996. 300 PEDRO ROB LES, Antonio E. de, “¿Cómo ver y representar? Textos e imágenes d e los indígenas a mericanos en la exped ición Malaspi na (17 89 - 1795)”, en PI NO -DÍAZ, Fermí n del, RIVIALE, Pascal y VILLARÍ AS -ROBLES, Juan J. R. (eds.), Entre textos e imág enes. Representacio nes antrop ológicas de la Améric a ind ígena , CSIC, Madrid, 2009, págs. 139 - 148. 301 T ORQUEMADA, Juan de, Primera parte d e los veinte i vn libros rituales i Mona rchia India na, c on el origen y guerr as, de los Indios Occiden tales de sus Poblaçiones, Descu brimiento, Conquista, Coversion y o tr a s cosas mara villosas de la mesma tierra , Oficina de Nicolas Medio físico y panorama humano 148 2.1. Denominaciones e historiografía La cuestión de los nombres supera ampliamente los aspectos meramente lingüísticos para situarse en el plano de las corrientes historiográficas. De este modo, e l tér mino a rauca no, c onsagrado desde la Conquista y validado por crónicas y toda la liter atura posterior hispánic a ve hoy rebatida su fundamentación científica por los propios nativos y parte de los historiadores y antropólogos dedicados al estudio p asado y pre sente de las comunidades indígenas , que prefieren utilizar la denominación de mapuche o gente de la tierra en mapudungun ( mapuzungun ) o lengua araucana; mientras que otro sector de la histor iografía chilena persiste en la t erminolog ía tradicional (Lá mi na nº 12). Entre ambas posturas hay un foso reflejado en su distinta valor ación de la evolución indígena y su integración en el mundo colonial y r epublicano. La apelación de los map uches como sujeto social a la identidad histórica obliga a inda g ar sobre l as relac iones pasadas entre los pueb los amerindios y el colonizador. L a construcción de una políti ca de i dentidad, en este caso como en cualquier otro, p asa ne cesariamente por la Historia 302 . Pero no por la inve nció n del pasado, algo tan habitual en los nacionalismos que contru y en sobre un fin apriorístico, sino fundamentada en la reconstrucción científica del p asado como proceso para su me jor comprensión y mejor a del presente 303 . En Chile, a partir de 1810 arrolla sobre los post ulados monárquicos prece dentes el concepto de ciudadano como origen y depositario de la ciudadanía. Del imaginario de la élite criolla se proy e cta paulatinamente hasta todos los segmentos d e la pobla ción 304 . No obstante, el m undo indígena meridion al y fronterizo ya había articulado relaciones estables con la Corona e spañola y Rodriguez Franco, Madrid , 1 724, pág. 2. Véa se JIMÉNE Z VILLALB A, Félix, “La M onarquía Indiana de fray J uan de T orquemada y la hi storia pre - azteca del valle de México”, Ana les del Museo de América , 4 , 199 6, pág s. 39 - 54. 302 SAM A NIEGO MESÍ AS, Augusto y RUIZ RODRÍGUE Z, Carlos, Menta lidades y p olíticas wingka: Pueblo mapuche, entr e g olpe y go lpe (De Ib áñez a Pinochet) , CSIC. Madrid, 2007, págs. 25 - 26. 303 O´GO RMAN, Ed mundo, La invenció n d e América , FCE, México, 19 95; MAT E, Re y es y NIEWÖHNE R, Friedrid ch (e ds.), El precio de la “inven ción” de América , An throp os, B arcelona, 1992 ; ABELL Á N, José Luis, La id ea de América. Origen y evolución , Iberoamericana Vervuert, Madrid, 2009. 304 LAGOS ESCOBAR, Ricard o, “Luces y sombras d e los últimos cie n años”, e n ÍDEM (ed. ), Cien año s de luces y somb ras , T . 1, Taurus, Santiago de Chile, 2 010, pág. 14. Medio físico y panorama humano 149 Lám i na nº 12. “I ndígenas de Am éri ca del Su r en la época de l prim er contacto euro peo”, en STEWARD , Julian H. ( ed.), Handbook of Sou t h Am erican Indians . The marg inal tribes , vol. 1, Sm ithsonian Inst itution Bur eau of Am erican Ethnology , Washington, 1946. Medio físico y panorama humano 150 podía sentirse vasallo, aunque lo hiciera a conveniencia. En 1819 pasan a ser chilenos en igualdad d e condiciones, pero lo hacen desde la persp ectiva del “otro” republicano. En 1825 acordaron en parlamento de Tapihue el reconoc imiento de Chile – tan solo restaba la ocupación del r ealista bastión de Chiloé – , como había sido su costumbre de repre s entación política durante siglos. ¿En qué situación se encontraba el sujeto de indianidad y c ómo lo entendió la historiografía? Lo “indio”, se gún algunos historiadores y antropólogos, está en la razón de la construcción de Chile, por la larga oposición entre el “Reino de Chil e” y su “ Frontera” desde la g uerra de Arauco hasta la “Pacificación de la Araucanía” 305 . Hoy se ha efe ctuado un viraje de la confrontación al cont acto, hacia l as relaciones inte rénica s de frontera en el pasa do y las int erc ult urales en el presente: migraciones, desarraigo, reclamaciones, identidad, territorialidad, representación, naturaleza y alguna m ás son las palabras-clave del momento. Pero ¿acaso el conflicto no forma parte de la convivencia? Es una constante hitórica tan evidente que no merece que nos paremos en su terminología más o menos acertada según gustos, será mejor que lo analicemos y lo deje mos a la crítica de cada cual. 2.1.1 Categorías culturales y semántica Resulta revelador comprender la noción teórica del “arauca no” pa ra un español del siglo XVIII , pues el sig nificado del vocablo lleva a la construcción de la imag en y esta a su categ oriz ación étnico -so ci al 306 . El quiteño Antonio de Alcedo, en su magna obra compilatoria del c onocimiento sobre el Nuevo Mundo, introdujo en la acepción del término dos ideas funda mentales: re sistencia y pacto. Se trataba d e una “Nac ion bárbara” que habitaba al sur del B ío -Bío, la co rdillera andina y l as pampas, cuy a p rincipal característica para el lector redicaba en “que no han podido nunca r educirlos ni sujetarlos, para e vitar los muchos estra gos que 305 BENGOA, Jo sé, Historia del pueblo mapuche. Siglo XIX y XX , LOM, Santiago d e Chile, 2000, pág. 7. 306 Sob re el poder d e la im agen y lo i m a ginario en á m bito s mesoa mericano y andino: GRUZINSKI, Serg e, La colonización de lo imaginario . Sociedades indíg enas y occiden t a lización en el México español. Siglos XVI -XV III , FCE, México, 1 991; LÓPEZ -BARALT, Mercedes, Icono y conquista: Guamá n Poma de Ayala , Hiperión, Madrid, 19 88. Medio físico y panorama humano 151 han hecho”. Se ha cía preciso entonces una vía alternativa, que consist ía en ce lebrar “una especie d e merc ado, á que concurre el Presidente d e Chile , y los ancianos de aquellos Indios para ratificar los tratados de paz, y aquel Gefe les hace en nombre del Rey varios re galos de hierro, vino y telas de varios colore s”. La idea de acuerdo entre parte s y la a tracción por medio del ag asajo en un ambiente multitudinario, protocolar io pe ro festi vo, marca la política del reformismo borbónica en el tex to y asienta la fig ura cultural c entrípeta del araucano, sin entrar en d etalles mayores o cen trífugos sobre las divisiones internas y sus denominaciones correspondientes. Para el Diccionario de Alc edo son indios no sometidos y en proce so de entendimiento 307 . Desde la frontera, a l a par de un ma yor contacto y cercanía se ir án multiplicando los nombr es desde la semántica primi g enia “araucano” (de Arauco), fruto de una generalización española por deriva, como hay tantas en l a Historia – caso del nombre “grieg o ” otorgado por los romanos a los helenos – . A su vez, los incas los habían ll amado aucas o rebel des. La cat eg o rización fue consagrada por la historiografía desde Ercilla en adelante y s e mantiene predominante hasta el siglo XIX, cuando eme rge la denominación de pueblo mapu -che (gente de la tierra). El siglo XX, con sus relecturas y colaboración inter disciplinaria a instancia de la Escuela de L os Annales, trajo nuevas – o recuperó viejas – identificaciones, como rec he. No obstante , la simplificac ión de la diversidad pasada por medio de la deconstrucción uniformadora tiene mucho de invención y de pé rdida de identidades múltiples. Se impone que los conce ptos, y l as ideas o ca t egorías culturales que encierran, hablen de nuevo un “lengua je vivo dentro de su contexto” 308 . Hemos utiliz ado indistintamente el gentilicio “ara ucano” o “mapuche”, incluso la fusión d e ma bos, pues la documentación y bibliografía de la época insiste en el primer nombre , por otra parte perpetuado también hasta la actualidad vía historiográfica por obra de la Escuela de Estudios Fronte rizos. Mientras que desde la antropología y e l estudio d e las relaciones interétnicas se suele utilizar la 307 ALCED O, Anto nio de, Dicc ionario geográfico-histórico de las Indias o ccidentales ó América, es á saber: de los R eynos del Perú, Nueva E spaña, Tierra Firme, Chile, y N uevo Rey no de Granad a. Co n la descripcion de sus Provincia s, Nacio nes, Ciud ades . .., T . I, Imprenta de Benito Cano, Madrid, 1760, págs. 142 - 143. 308 GADAMER, Ha ns-Georg, E l giro h ermenéutico , Cátedra, Madrid , 2007, pág. 82 Medio físico y panorama humano 254 confederados “para el bien común” 625 . Algunos autores, como el mi sionero jesuita Dieg o de Rosales, dist ingue n entre gen toqui para tiempos de guerr a y gen voyhe , líder en la paz. El toqui o hacha con la que se realiz ó alguna hazaña bélica “queda por armas d e su linaje y le van he reda ndo (…) y a los que les tienen los llaman Gentoqui, que significa señor, goberna dor y ge neral”, de este modo el cronista jesuita optaba por el carácter hereditario. Molina nos informa que toqui deriva del verbo toqui n , que si gnifica juz gar o mandar y lo describe como una insignia distintiva, hacha de pórf i do o mármol ( L áminas nº 25 y 26) 626 . El mismo autor justificaba la carencia de “cabeza a quien reconozcan y den obediencia como a s eñor supremo” en base a que “su natural altivo n o puede sufrir sugecion al guna ” 627 . No obstante, a finales del XV III la sit uación se hizo más proclive a co artar en parte la autonomía polí tica que de facto gozaban los araucanos. Desde la capital del reino se controlaba todo el valle central chileno, donde se encontraba ase ntada la ma y or parte de la población esp añola; para el dominio de la frontera había que avanzar a Concepci ón, ambas ciudades ca beza de las dos intendencias creadas en el territorio. El camino de Valdivia a Chiloé era importante para unir la avanzada de la intendencia en la frontera con el lejano archipiélag o y facilitar el comercio de una provincia insular perif érica pero crucial para la defe nsa del reino 628 . El capitán general de Chile dispuso el ensanche y perfeccionamiento de l nuevo camino hasta el río May pue. Esperaba Hi ggins la conclusión de una obra “tan deseada desde remotos tiempos” y que av anzaban por a mbas partes, sin gasto extraordinario, “Armas, ni de sagrado de los Naturales posee dores de a quellos Terre nos” y que p rocuraría el adelantamiento de dominios tan lejanos 629 . Sin duda, en el entendimiento con los nativos tuvo peso la fi g ura del irland és y su decisiva mediac ión junt o a la de otros hombre s formados en la frontera, porque 625 MOLINA, Jua n Ignacio, Compendio de la historia geogra fi ca … , pág. 61. 626 ROSALES, Die go de, Historia gen eral del Reyno de Chile… , T . I, págs. 138 -139. 627 ROSALES, Die go de, Historia gen eral del Reyno de Chile… , T . I, pág. 137. 628 A.N.H.Ch., T .C., vol. 6, p ieza 1, 24 1 fols. Exped iente formado so bre la apertura del Camino de Chiloé a V aldivia… (Contiene un plano del territo rio comprendido entre Valdivia y C hiloé). 629 A.G.I., C hile, 309. Ambro sio Higg ins a An tonio Porlier, Sa ntiago de Chil e ab ril de 17 91 ; Ibídem, Chile, 21 1. Higgin s a V aldés, Valparaíso 4 de ma yo de 1789 : en 1789 Pusterla organizó una e xpedición, previa autor ización de Higg ins, para estu d iar el trazado d el deseado ca min o ; Ibídem, Chile, 212 . Higg ins a Valdés, San tiago 1790 : las precaucio nes hicieron traz ar un itinerario que quedab a sujeto a futuras modificaciones. Medio físico y panorama humano 255 Lá minas nº 25 y 26. M.C h.A.P., código piezas 3114 y 2820: toqui mapuche-araucano y clava cefalomorfa. Medio físico y panorama humano 256 “para goberna r bien es i ndispensable el conocer a los hombres y lo s país es que habitan” 630 . Ciertamente la actitud que tomaran los indios fronterizos era vital a la hora de encarar la c onstrucción de l camino por unas tierras que si bien estaban ba jo la soberanía del re y , d e hecho pertenecían a los indí genas. El propi o Hi ggins como experimentado hombre de frontera conocía esta realida d dual y tácitamente la reconoc ía al igual que habían hec ho sus antecesores en el mando, aunque progresivamente se fue afianzando la idea de plasmar por escrito la real pr opiedad y exigir su acatamiento a los súbditos naturales del monarca. En 1792 Higgins aludía a “un tí tulo de demarcación” incu estionable que se reflejó en el te xto del parlamento de Negrete de 1793 631 . No obstante, era preciso contar c o n el beneplác ito d e los araucanos, máx ime de las siem pre alborotadas p arcialidades de Valdivia, por lo que no se dudaba en emplear una polí tica d e respeto, apacigua miento y entendim iento, buscando la aprobación de los caciques a los que se ha cía ver las ventajas que obt endrían del tránsito y la no inj erenc i a española en sus tierras y asuntos. Esto supuso un cambio respecto a la percepción de los “indios feroces” y la imposibilidad de a mistad con ellos, pues no se podía esperar “la má s leve favo rable c ons ecuencia” de sus ofertas “ficticias” 632 . El tacto y pago a los indios amig os no dejab a de c ausar problemas económicos en el e rario del re y . Por ejemplo, el gobernador de Valdivia consultó sobre la gratificación a los caciques e indios “que contrajeron el merito d e haver contribuido, y coadyubado a la apertura del camino, y están encomendados de su permanencia” . A lo cual, tras consultar al virre y d e L ima “por dever sufra gar tales gratificaciones el Herario de aquel Virreinato”, se le contestó previniéndole que “en el caso de ex ecutar su verificativo , pronto lo efectuase, y acordase de los quatrocientos pesos destinados por el reglamento para agasajos”. Y si no era suficiente este ramo peculiar chileno se valiese de la facultad concedida por la Junta Superior de Real Hac ienda para librar cie nto cincuenta pesos con anuencia 630 A.G.I., Caracas, 4 77. Repres entación del intendente de Venezuela, Jo sé de Ába l os, dirigida a Carlos III, en que pron ostica la independen cia de América y sug ier e la creació n de varias monarq uías en América y Filipin as, Caracas 24 de septiembre de 1781. 631 A.N.H.Ch., F.V., vol. 22 3, fol. 9v. Carta d e Ambrosio Hig gins al gobernador de Vald ivia. Los Ángeles, 27 d e diciembre de 17 92. 632 A.G.I., Chile, 219. Carta de Fra ncisco Hurtado al m arq ués de Sonora. San Carlo s, 14 de enero de 17 88. Medio físico y panorama humano 257 de los ministros de la tesor ería; pe ro se advertía que no se entendiese la gratificación como vitalicia pa r a algunos, pues no era c onveniente: acostumbrar a los Yndio s desde el principio a tanta franqueza, y no poner un ejemplar qu e moviese a otros Caciques, a solicitar lo mismo por qualquier motivo, especialmente a los Butalmapus de la Frontera de la Concepción, que tamvien fr anquean sus Caminos a los Españoles de que podrían resultar algunos disgustos de ellos con insoportable gravamen de la Real Hacienda 633 . El fiscal P ére z de Uriondo calificó de prudentes la s reflexiones de Higgins, “mui proprias de la ex perienc ia, que tiene Usia. de los Yndios Araucanos”. No obstante, creía conveniente, además del rec elo y precauc ión en asuntos nativos, hacerse cargo del mérito personal de los cac iques y mocetones que pa rticiparon en la apertura y allanamiento de l camino, y con los que se tuvieron múltiples encuentros, e incluso “o frec i eron de fender con sus La nzas a los Españoles en el c aso de que otros Yndios hubiesen querido opon erse al pro y e cto”. Se debía pag ar la colaboración de aquellos indios amigos tan útiles a los interese s españoles, teniendo en cuenta premisas de estrategia política, pues los indios respecto de los españoles “por na turalez a distan”. Resultaba oportuno “distinguirles en e l pre mio para qu e vean que savemos corresponder vien a nuestros Ami gos, mai ormente consistiendo en ellos la seg u ridad y permanencia del nuevo Camino” 634 . Desde Lima continuó la supervisión del camino de Valdivia a Chiloé. En lo tocante al tramo de Os orno al archipiélago, el ingeniero Manuel Ol aguer Fe li u, el capitán Tomás O´ Higgins y el p residente de Chile informaron a Lima que era preferible el anti guo camino de Río Blanco desd e Osorno hasta pas ado Ma y p ue al nuevamente abierto por Río Negro 635 . Además, respecto a los caminos 633 A.G.I., Chile, 30 9. Expediente sobre la a pertura del Camin o desde el Presidio de Valdivia a la Ysla de Chiloé, nº1 (va en dos legajo s por la como didad del p liego). Carta del fiscal d o ctor Pére z de Uriond o a Higgins, San tiago 4 de marzo de 1790. 634 A.G.I., Chile, 30 9. Expediente sobre la ap ertura del Camino… 635 B .N.P., C 1441. Exped iente comp rensivo de los dictámenes del Yn geniero D. Man uel Olaguer, el ca pitán Don Tomás O´Higgins y el Exc mo. Señor Presiden te de Chile sobre que debe preferirse el camino primitivo d e Río blanco que sigue d esde la Ciudad de Osorno h asta más delante de Maypue, a el q ue nueva mente se ha a vierto p or el Río Neg ro . Manuel O laguer y Feli u al marqués de Osorno. Vald ivia, 3 de febrero de 1797; T omás O ´Higgins al marqués de Osorno. Valdivia, 14 Medio físico y panorama humano 258 complementarios se tenía que luchar con la naturaleza del terr eno, á spero, boscoso, húmedo y con una demarc ación estrecha ; “ve rd aderamente p odemos decir que debe abrir se de nue vo”, info rmaban al virre y desde Sa n Carlos de Chiloé; este camino de Maullín a Ma y pue debía afr ontar igualmente, junto a la care stía de fondos, la despoblación, pues “no ha y en su ter reno mor ador alguno, Yndio, ni Español desde Maullín” 636 . L a comunica ción de Valdivia con el norte se hacía por tierra “quando hay paz con los indios ara ucanos”; en estado de guerra quedaba interceptado el camino porque “atraviesa todo el ter ritorio que habitan estas naciones bárbaras” 637 . Los caminos y las ciudades for maban part e de un c omplejo d e asentamientos que precisaban misiones y fue rtes fronterizos. P ara informar debidamente al rey d e una representación del virre y peruano rel ativa a fortificac iones de la plaza de V aldivia e islas d e Chiloé, soli citó el conde del Campo de Alange a Antonio Porlier el expediente de lo a ctuado en el camino de la frontera c hilena que se había pasado de la Secretar ía d e Guerra y Hacienda de Indias a la d e G racia y Justicia, de la que era ti tular 638 . Las conexiones íntimas entre presencia hispana articulada por medio de una re d de poblac ion es bien comunicadas y nec esidade s defensivas interiores y exteriores llevaba n a contemplar el te rritorio fronterizo como un fenómeno de conjunto con varias líneas de actuación. Entre ellas, articular y vertebrar el territorio antaño reservado a los arauc anos era ya posible gracias a las nu evas circunsta ncias de d iálogo y conocimiento del indio bárba ro, que ahora se hacía preciso integrar en el corpus de una monarquía que merced a Carlos III había adoptado el regalismo absolutista, incompatible con la indepe ndencia de los i ndios fronterizos. Además, desd e la m etrópoli se consideraba q ue los indios “bravos o independientes” debí an ser domi nados para ad elanto de la colonización mediante el comercio y entend im iento, aprovechando “las disensiones que siempre rey nan de febrer o de 1 797; Tomás O ´Higgins al marqués de Avilés. Sa ntiago de Chile, 12 de abr il de 1797 . Se sacó testimonio d e los documentos seg ún decr eto de Av i lés d e 20 de ab ril par a d irigirlos al virrey: Avilés al marqués de Osorno. Santiago de Chile, 3 de junio de 17 97. 636 B .N.P., C 1 441. Expediente co mprensivo d e los dictámenes… (Juan Antonio Montes a l marqués de Osorno. Sa n Carlos d e Chiloé, 3 de j ulio de 1797). 637 JUAN, Jo rge y ULLO A, Antonio d e, Noticias secretas de América , Istmo, Madrid, 1 988, págs. 153 - 154. 638 A.G.I., Chile, 30 9. Expediente sob re la apertura del Camin o…, nº 2 . El conde del Campo de Alange a An to nio Po rlier. Madrid, 12 d e enero de 1791. Medio físico y panorama humano 259 entre aque ll os bárbaros” de modo que se conseg uiría “hacer a mucha s Naciones Indias re almente vasall os de España” y útile s para la monarquía una vez sometidos efectivamente 639 . Por su parte, en cuanto a su organización los pehuenc hes tampoco presentaban unidad política . Dive rsas parcialida des desunidas que incluso “de unos en otros días se asaltan, maloquean o roban, sin que les repriman ni contengan las paces que celebr an en los parlamentos gen era les de Chile, a que todos asisten”. I nd ependientes y sin alianzas con o tros indios, llamaban ulmene s o guilmenes a sus cac iques, que lo e ran por edad o riqueza, pero a los que en todo caso no guardaban subordinación “sino por un efecto de tolerancia”, es dec ir, libre y voluntaria m ente asumido y por ello reversible; de hecho no tenían “jurisdicción alguna para castigar ni premiar a nadie”. Su or ga nización penal p onía especial hincapié en delitos como el homi cidio, adulteri o o robo, primando la “le y d el t alión”. Así, el asesino perec í a en manos de los parientes del difunto; de igual modo la adúltera pa gaba con la vida previa licencia de sus parientes p ara lavar la deshonra, en caso contrario, si el marido no contaba con tal autorización y ejecutaba el ac to, la pen a revertía en él; el ladrón debía pagar en relación a lo sustraído y caso d e no tener con qué, la obli gación recaía en el familiar más cercano. A diferencia de otros grupos y quiz ás por lo duro de su transitar transcordillerano la fami lia tenía un ma y or valor . L os hombres de Arauco eran pater famil ias con poder de vida y muerte sobre mujer e hij os, mientras que los pehuenches no era n dueños naturales de su descendenc ia, y en c aso de agredir a un hijo éste era vengado por la familia de la madre. L os agravios podían ser familiares o generales a la parcialidad, como los enfre ntamientos con los huilliches en la segunda mi tad del sig lo XVIII; que las ofensas desembocar an o no en la tom a d e las armas para ven ga rl as depend ía de un mecanismo pr evio: el agraviado visitaba a todos los caciques presentando sus quejas, una vez enterados se reunían p ara un ju ego de chueca o para un festín y comilona que preparaba el 639 C AMPILLO y CO SIO, José del, Nuevo sistema eco nómico… , p ágs. 287 -291. Véase PAGDEN, Anthony, “Escuchar A Herácl ides: El malestar en el Imperio , 1619 - 1812”, en K AGAN, Richard L . y PARKER, Geo ffrey (eds.), Españ a, Europa y el mun do Atlántico… , págs. 41 9-438. Medio físico y panorama humano 260 clima 640 , “después d e esto todos hablan libremente”, en ese momento decidían y en caso afirmativo se volvían a encontrar al día siguiente dispuestos para la guerra “siendo a c ada uno de obli g ación ll evar a su costa víveres, c aballos y armas, concurren a la citación sin la menor falta”. L as armas de los pehuenches eran lanzas, laques y m achetes, pero “de ningún mod o espadas, ni sables, que no les apetecen ni saben usar”. Para el llamamiento a sublevación general “corrían la flecha” entre ellos y acudían a la batalla con sus caciques a la cabeza 641 . Entre los huilli ches los may ores d elitos coincidían e n gran medida con los pehuenches, como reflejo de sus modos d e vida y n ecesidades. El asesinato con veneno era frecuente y , como pue blo más sede ntarizado, el robo en cuanto usurpación de tierras. Las penas correspondient es en pocas ocasiones eran de muerte , salvo casos de asesinato o adulterio, “considerado por los indios como la más horrible de las faltas” 642 . En relac ión a la sociedad y comunidad, las costumbres araucanas los situaban en un nivel de desve ntaja en re lación con las sociedades andinas 643 . L os ar aucanos continentales comparativamente con los indios del Per ú eran considerados “más soberbios, más for nidos, de ma y o res cuerpos y más be licosos, y son mucho más bárbaros y temerarios”; no cabe duda que los indios centroandinos de el eva do desarrollo cultu ral ofrecían un gran contraste con los chilenos periféricos 644 . Res pecto a los habitantes d e Chiloé, “son por natur aleza dociles, obedientes, rob ustos, bien dispuestos, y capa ces de tolerar los may or es trabajos”, en estos térmi nos ex plicaba Lázaro de Ribera el talante sumi so de los chilotes, como contrapuesto al carácter rebelde de los ara ucanos continentales, en línea con la reivindicación de funcionarios y militares españoles de las potencialidades del abandonado archipiélag o 645 . No obst ante, los indígenas de 640 La chueca es un jue go entre d os grupos q ue deben evitar q ue la bola, golpead a por los p alos d el contrario, traspase la ra y a q ue señala el tér min o pr opio, también llamada palitú n o pa lí n po r los araucano-map uches. 641 CRUZ, Luis de la, Descripció n de la naturaleza de l o s terrenos … , p ágs. 29- 46. 642 GONZÁLEZ M ONT ERO de ESP INOSA, Marisa, La Ilu stración y el ho mbre a mericano… , pág. 128 . 643 Sobre diferencias culturales e identidad : KUPER, A., C ultura. La versión d e l o s antropólogos , Paidó s, B arcelona, 2001 , p ágs. 261 -283 ; WOLFWISSEN, Fra ncisco Xavier, “Relato s obre las costumbres d e los indios mapuches en la pri mera mitad d el XVIII”, Separata de la Revista Universitaria , vol. 4 0/41, nº 1, 1955 -1956. 644 LIZÁRRAGA, Reginaldo de, Descripción del Perú …, pág. 465 . 645 A.G.M.M. , Minister io de la Gu erra, Ultramar, Capita nía general de Ch ile, Caja 53 57, Subcarpeta 7 -A-5. Discurso q ue hace Don Lazaro de Ribera… , fol. 2. Medio físico y panorama humano 261 guerra aprovechaba n lo escarpado y bos coso de l terreno de modo q ue “la situación de los Barbaros era , y lo es en el día admirable, para hacernos la guerra, y d estruir nuestro poder”; obst aculizado el so corro marítimo la isla estaba “abier ta a sus correría s”. Además, los chilotes españoles “ mientras que conservaron estos conquistadores al gun re sto de sus primeras virtudes, pudieron sost enerse en el pais”, ya a finales del siglo XVIII “estas llegaron à extinguirse enteramente” fusionando los modos de vida y de relacionarse con el medio con los de los indios 646 . En esta oca sión el aporte fue inverso al general. Los indios de paz o amigos presentaba n, como ras g o de identidad cultural, una acusada hospitalidad con los españoles. En el viaje de inspección de Tomás O´Higgins al mundo fronterizo finaliz ando el XVIII el cacique Chacanohuel y su mujer le mostraron gran des signos de amistad, en la despedida “agarrándome de las manos empezaron a cantar en su idioma, y a b ailar” , correspondiendo e l oficial español con obsequios como chaquiras y agujas “que aprecian mucho”, a sus regalos de gallinas – mu y habituales a los misioneros – , ca pones cocidos y huevos. Le pidi eron p ara finaliz ar que “si al guna vez volv iese a pasar por estas tie rras, no dejase de ir a buscarle s, que siempre encontraría el mismo afecto y cariño” 647 . En otra ocasión el cacique gobernador p ehuenc h e Buenav entura Caullamante en un enc uentro con españoles se preciaba de “haber sido y ser el más fiel de los vasallos indios que el rey tiene en estos dom inios”, mientras en su semblante “se reconocía la alegría que tenía”. A gradec ido al actu al virre y , quien “le había mirado siempre en lugar de padre”, infor mó al inspector de fr ontera que “se mantenía en el mismo paraje en que lo había dejado labrando las t ierras y criando ga nados sin tomar parte en maloca” 648 . No podía ser más satisfactorio su mensaje: sedentario reducido a pueblo y d edicado a actividades agropecuarias, había ab andonado la vieja práctica d el malón o as alto de rapiña en la frontera po r su propio trabajo produc tivo. L a hispanización h abía sido plena en su caso, pues se conside raba el primer vasallo de su rey . Versión confir mada por el viejo virrey 646 A.G.M.M. , Minister io de la Guerra, Ultramar, Capita nía general de Chile, Caja 5357, Subcarpeta 7 -A-5. Discurso q ue hace Don Lazar o de Ribera… , fols. 23- 24. 647 O´HIGGINS, T om ás, “Viaje del ca pitán…, 103, 194 3, págs. 38- 39. 648 O´HIGGINS, T om ás, “Viaj e del cap itán…, 103, 1943, pág . 57. Véa se . “Noticia individual de los caciq ues, o ca pitanes p egu enc hes y p ampas q ue residen al sud, circun v ecinos a las fronteras…”, en Colecc ión de viages y expedicion es a los campos de Buenos Aires y a las co stas de Pata gonia , Imprenta del Estad o, Buenos Aires, 18 37, págs. 95 - 102. Medio físico y panorama humano 262 limeño, ha bía dicho de é l: “sujeto de la ma y o r au toridad entr e los de su n ación y de la más conoc id a fideli dad y amor al Rey” 649 . Abatidos por los araucanos en sus correrías, los pehuenches g racias a la alianza hispana desd e 1770 en contra de las par cialidade s araucanas de Llanistas y Costinos y los huilli che s, y “ sin embargo d e ser tan cort a como ha sid o siempre” su población, pudier on mantene r su independencia no sin esfuerzos que los convirtió en “la nación más belicosa y brava entre los indios de todo el continente” s egún el pen quista L uis d e la Cruz que también destacaba su agilidad al caballo y cómo el botín de guerra no era por reparto sino por apropiación 650 . Los hombres del pehuén se desplazaban a ambos lados de la cordillera y si bien en el re ino de Chile era n aliados, no era obstác ulo pa ra que hosti garan en el virreinato rioplatense 651 . Pehuenches y huilliches atrave saban la cordillera en razias a las estancias de Mendoza 652 ; en otras ocasiones los huilliches se unían a los tehuelches para robar ga n ado en las llanuras bonaerenses 653 . Además, siempr e estab a latente el peligro de una quinta columna indí g ena de apo y o a los enemi gos preparados para in vadir “Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Valdivia, Val para íso (…) auna dos con los indios que habita n estos vastos países” 654 . P or todo ello la política de acercamiento y entendimien to se hacía necesaria y en lo tocante a los amigos del pehuén las palabras tenían g r an trascendencia, así se co mprobaba en los parlam entos y demás actos d el contacto interfronterizo. Los españoles se asombraban de la inclinación y estimación al bien hablar de unos indios tan rudos, abusa ndo de un estilo “sumamente figurado, 649 “Carta del marqués de Osorn o, virrey del Per ú, a T omás O ´Higgins. Lima. 4 de septie mbre de 1796 ”. En O´ HIGGINS, T omás, “Diario de viaj e del capitán…, 1 01, 1942, pág. 45. 650 CRUZ, Luis de la, Descripció n de la natu raleza d e lo s terrenos... , pág. 45 -48. El bo tí n mas apreciad o eran las mujeres y niños, pues significaban las primeras esp osas o bien el provecho de su venta, y lo s seg un dos siervo s propios o para vender a los españoles co m er ciantes co n un precio de treinta a cuarenta p esos. 651 AMIGOREN A , José Francisco de, “Diario de la exped ici ón, que de or den d el excelentísimo Señor Vir rey ac abó de hacer contra los i ndios b árbaros peguenches J osé Francisco d e Amigorena. Mendoza, y abril 1º de 178 0”, en Colecció n de via ges y expedicio nes a lo s… , págs. 1 03-11 5. Véase L EV AGGI, Abelardo, “Tratad os en tre la Co rona y lo s indio s de la frontera sur d e Buenos Aires, Córdob a y C uy o”, e n Memorias del X Congreso del Instituto Intern acional de Historia del Derecho I ndiano , UNAM, México, 1995 , págs. 695 - 764. 652 ESP EJO, J uan. Luis, La Provincia de Cuyo del Rein o de Chile , T . II , Fondo Histór ico y Bibliográfico José Tor ibio Medina, Santiago de Chile, 19 54, págs. 692 - 698. 653 AZARA, Félix d e, Viajes p or la América… , T. II , pág. 32. 654 VILLARINO, Basilio, “Informe d e don B asilio Villar ino, Piloto de la Real Armada, a Francisco de Vied m a sob re los p uertos de la Costa P atagónica. Fuerte del Carmen , Río Negro, 19 de abr il de 1782”, en Colección de viages y expedicion es a l o s… , pág. 118 . Medio físico y panorama humano 263 alegórico, altanero” que no dudaron usar para beneficio de unas rel aciones amistosas 655 . La inclinación a la excesiva “elocuencia, el ardor en los discursos, el cuidado de las formas en el uso de la palabra , eran entre estos salvajes u n título de prestigio y superioridad” 656 . Con ocasión de la estancia de la ex pedición Malaspina en la isl a de Chiloé un cacique huil lic he acudió a entrevistarse con el gobernador en presencia de los expedicionarios, las autoridades españolas eran muy proclives a esta amistad procurando así el adelantamiento de la comunicación terrestre entre Valdivia y Chiloé , en tal circunstanc ia pudieron observar cómo “la Arenga del Cac ique al Governador fue larga, y Majestuo sa” 657 . “Gente es sin Dios ni ley”, en sentido de un cor pus teológico qu e rigiera centralizada y unívocamente la vida de las personas bajo la supervisión de una organización reli giosa claramente estratificada. E so sí, de naturaleza supersticiosa como corresponde a c reencias animistas de cultos a fenómenos naturales y dados a la magia y adivinación “invocan su furor con falsa seta y a todos sus negocios es llamado, teniendo cuanto dice por seg uro d el próspero suce so o mal futuro”; así pues, con oc asión de toma de decisiones individuale s y col ectivas de trascendencia recurrían a prácticas adivinatorias que propiciaran o invalidaran el hecho a acometer: “Y cuando quieren dar una batalla con él lo comunica n en su rito; si no re sponde bien , dejan de dalla aunque más les insista el apetito” 658 ; en las consultas al pillán o divinidad usaban incienso de tabaco. De antiguo les venía “la costumbre de consultar sus falsos agoreros” 659 ; adivino, mago o hechicero llamado dungube , es decir, “el que hac e habl ar” . Su superstición era tan genera l que sobre cualquier aco ntecimiento “forman agüeros”: un remolino indicaba la proximidad de un asa lto enemigo, un zumbi do en los oídos murmuraciones ajenas, caérselas la comi da al llevarla a la boca q ue un ser querido los recordaba, 655 CRUZ, Luis de la, Descripció n de la naturaleza de l o s terrenos… , p ág. 52. 656 B ARROS AR ANA, Die go, Historia Gen eral d e Chile , T. I, Ed itorial Universitaria, Santiago de Chile, 200 0, pág. 84. 657 A.M.N., Mss. 610, f ol. 99. Diario General del Vi a je. La Expedició n Malaspina 1 789 -1794 , T. II, vol. 1º , L unwerg -Museo N aval-Mº Defens a, Bar celona, 199 0, pág. 112. 658 ERCILLA, Alons o de, La Ara ucana …, p ág. 91. 659 OÑA, P edro de, Arauco domado , Imprenta U niversitaria, Santiago de Chile, 1917 , pág. 70 ( Arauco domado , Cultura His pánica, Madrid, 1944). Medio físico y panorama humano 270 de variados ritos de pubertad o matrimonio 686 . L os hombres del pehuén y la cord illera “creen en un Dios, que crió todas las cosas y que las gobier na ”, l e piden protección y cuando les ac ontecen des grac ias se consideran abandona dos por él. La responsabilidad de los males recae en gue culbu , ente maligno que cu enta con la complicidad de hechiceras, contempladas muy negativamente al contrario que entre sus enemigos ara ucanos. Más diferencias: carecían de sacrificios y culto exteriorizado. Además, “creen que Dios debe favorecerlos con pre cisión, que no deben rogarle porque les socor ra” pues la divi nidad en cuanto padre “debe atenderlos en sus necesidades”. Sin sentido de castigo divino en e l más allá, pues “las acciones del hombr e son li bres, y por malas que se an Dios no se ofende de ellas”. Finalmente, como nota común, eran enormemente sup ersticiosos, interpretando augurios, sueños, llantos de perro o a pariciones de a nimales, lo que para un funcionario ilus trado resultaba ridículo, máx ime cuando su creencia se apoy aba en la tradición que “ni con r azones ni con la ex perienc ia salen de su err or” 687 . Respecto a los ritos pehuenches, Malaspin a nos aclara que “consul tad o el Maguí sobre las c ausas de una muerte inopinada, éste inmediat amente abre el costado derec ho del cadáver, y consulta el hepar o la hiel”, caso de estar llena y limpia aseg uran qu e la muerte fue na tural; caso de encontrarse “con la bilis exaltada” interpr etaban que el fallec imiento no fue por causa s naturales y d ebe castigarse al culpable con la muerte 688 . En o ca siones responsabilizaban c omo autores del maleficio a los brujos. Los huil liches cre ían en un principio del Mal, matriz tanto de lo adverso como de lo favorable, ente al que consultaban todo ti po de asuntos, públicos o privados, por medio de adivinos llamados mag uí que ade más podían impartir justicia. Respec to a la vida familiar, eran generalmente polígamos, con una mujer legítima rodeada de concubinas y esclavas; la transmisión del carg o de cac ique reca ía sobre los hijos de l a primera esposa 689 . 686 CRUZ, Luis de la, Descripció n de la naturaleza de l o s terrenos… , p ág. 59. 687 CRUZ, Luis de la, Descripció n de la naturaleza de l o s terrenos… , p ág. 48. 688 A.M.N., Mss. 590 , fols. 62 -69. Descripción física d el terr eno y h abitadores de las costas compren didas en tre Chiloé y Coqu imbo . P IMENTEL IGEA, J uan e HIGUERAS RODRÍGUE Z, Mª. Dolore s (eds.), La Expedición Malasp ina 1789 -1794. Antropolo gía y n oticias etnográficas …, pág. 50. 689 GON ZÁLEZ MONTERO d e ESPINOSA, Mari sa, La Ilustración y el homb re america no …, págs. 132 - 133. Medio físico y panorama humano 271 El talante supersticioso indígena quedó reflejado en 1791 con ocasión de la extensión de la viru ela en los “ Butalmapus de Yndios Ynfiel es”. Los asentamientos españoles que compartían el territo rio de la frontera con los indios podían ser suj eto y cauce de propagación, especialmente la isla de la Laja cuyos habitantes se habían librado del contag io epidémico “aun en medio de acavarse de padeser en los demás partidos contig uos de aquella Provincia”. El ries go había originado “el may or cuidado” por una doble am enaza que afectaba a españoles e indios amigos qu e podía desequilibrar la b alanza de entendimiento por “el estra g o y alteración que pudiera causar entre los Yndios, la falta de los principales y mas amigos de sus C asiques, que han muerto”. Además, había que tener presente “el temor del General Carácter S uperticioso, y desconf iado de estas naciones, que atribuy en cualquiera desgracia, a echicería, y Malignidad de otros, y com únmente de los Españoles”. L a superstición indígena y su desconfianza debían gravitar sobre una generación de dirigentes más o menos ilustrados, y por e nde enfre ntados a la misma, que en prueba de su adaptación al mundo indí gena la toleraban en aras de objetivos políti cos may ores ad ecua ndo su acción pública a los dictados de su e x periencia america na . Al autoexculpar se los indi os como origen de los males, en este caso una epidemia, sólo quedaban como responsables a sus ojos, y así lo interpretaban, los españoles. La política de atracción y entendimiento con los indí g enas era contemplada por el gobernador chileno como la más ben eficiosa para el reino, estrategia que contaba con el respaldo d e la C orona en cuanto a su visión pragmática d e la proble mática de los indi os “bárbaros” de l as fronteras i mperiales y e l respeto a su idiosinc rasia. Cre y ó el presidente “que en ningún caso devía con más provecho, y justici a, compadecerme de su s nesecidades, y remediarlas”, ga stando de la Real H acienda “quanto y o concid era se p reciso, a fin de t ene rlos firmes y adictos a nue stro Partido”. Dispuso Higgins que por medio de los capitanes y tenientes d e amigos “qu e están señalado s para la comunicación, mensajes, y ocurrencias de estas reduc iones se le s llevasen medicinas y víveres, instruyé ndolos del méto do de aplicarlas, para su sanidad”; d ebían concurrir a lo mismo los religiosos misioneros de Arauco, Tuc apel, Santa Bárbara y ot ros del Colegio de Chillán. D e este modo, los dos colec tivos más familiarizados con las comunidades indígenas por el contacto continuado sería n las encar g adas de llevar Medio físico y panorama humano 272 a la práctica el socorro. Además, los misioneros tenían añadida la tarea de bautizar a los párvulos y c ristianizar a los enfermos adultos receptivos. La impermeabilidad de los nativos a la intromisión hispana, que traía en paralelo la misión evangelizadora solapada, el recelo supersticioso a su presencia y el temor a mostrar su debilidad les ll evó a no admitir los socorros, aunque se consiguió al menos “que ellos a y an conocido la recta intención y de ceo de su bien”, mandando agradecimientos. El carácter supe rsticioso e impresionable de los indígenas había hecho que imputara n la introducción de la peste a una venganza por el insulto de los de Boroa y d e la Alta I mp erial al obisp o de Concepc ión cuando se d irigía a Valdivia años atrás, o freciendo que si se les liberaba del contagio restituirían las alhajas robadas. Merced a las gestiones de Hi g gins, depusieron “el concepto, de que y a se comensavan a i mprec ionar”. Si las autoridades españolas tenían como u no de sus objetivos la concentración en villas y ciudades de la población española dispersa en haciendas, medida beneficiosa para la defensa territorial y desarrollo regional, igualm ente juzgaban útil a su aculturación y vi g ilancia la de los indios diseminados por el territorio fronterizo (Láminas nº 27 y 28). Sin embar go, e n e sta ocasión “al fa vor de la Disperción en que havitan (…) ha minorado el contagio”, y eso “no obstante del método bárvaro, de curarse con frotaciones, b evidas ácres, Baños conti nuados, luego que ciente n el mal” 690 . Como medida extrema, los contagiados y los cuerpos de los fallec idos eran quemados con sus enseres y en oc asiones los sa caba n “al monte con todos sus asistentes en la enfermedad y atados juntos los e chan en una ho gue r a pa ra que no contagien á los demas” 691 . Procedimientos que según e l observador e uropeo resultaban inadecuados frente a la sanidad y medicina españolas de las que rece laban, prefiriendo los arauca no -mapuches sus remedios naturales en demostración del a pe g o a sus tradiciones y costum bres 692 . Baste un ejemplo, 690 A.G.I., C hile, 3 16 . Carta de Ambrosio Hi gg ins Valle nar a l marqués d e Baj amar. Sa ntiago de Chile, 13 de diciembre de 1791. 691 RUIZ, Hipó lito, Relación h ist ó rica del via ge, que hizo a los Reynos del Perú y Chile… , pág. 221. 692 TJ ARKS, Germán, “Edipemias y otr os factores releva ntes para la histor ia demográfica d el siglo XVIII” , en Estudios sobre política ind igenista espa ñola en América , I, Universidad de Vallad olid, Valladolid, 1975, págs. 163 - 188. Medio físico y panorama humano 273 Lám i na nº 27. “Descripción del Obispado de la Co ncepci ón y derrotero g eneral de la visita que h izo el Sr. Presidente Don Joseph Manz o de Velasco, el cam ino colorado es la derrota qu e hi zo dicho Presid ente”. En MED INA , José Toribio, Cartografía H ispano-colonial de C hi le , Imprenta Un i v ersidad, Santiag o de Chil e, 1924 (B.N.Ch.). Medio físico y panorama humano 274 Lám i na nº 28. A.G.I ., M. y P., Perú y Chile, 206 TER. Descripc i ón d el obispad o de la Concepció n y derrotero gene ral de la vis i ta que h i zo el S r . Pr esidente don Joseph Manso de Velasco (28/02/1739). Co pias 206 y 206 BI S. Medio físico y panorama humano 275 del cultivo del lino “no hacen más uso que de la semilla que la toman molida revuelta c on harina tostada, y les liberta de los empachos” 693 . José de Moraleda afirmaba que los indios chilotes eran “menos malos” que los “chilenos”, esto es, conti nentales fronterizos. No obstante, en lo concerniente a su carácter sup ersticioso y tendencia a las prácticas mágico - religiosas “es el ge neral de todos los de su casta, asi de esta America , como de la septen trional (…) inclinados a la Ydolatria, mui supers ticiosos, disi mulados, vengativos, ebrios, y ociosos”; comportamiento que gracias al trabajo de los mi sioneros franciscanos quedaba en parte corregido a l punto qu e “relatan la Doctrina Cristi ana tan bien o mejor que los esp añoles”. Una cristianización supe rficial, pues se aferraban a usos y costumbres tradicionales que conta g iaban a los españoles, ambos “embuidos en la multitud de necias groseras sup ersticiones en que estan; especialmente en orden a las enfermeda des y de mas des grac ias”. Los indios y gran pa rt e de los españoles las atribuía n a maleficios para lo que re currían a los machis , curanderos o adivinos, quienes despues de muchos misteriosos ademanes, jesticul aciones r idi culas, orrisonas im precaciones en un idioma barbaro arbitrario, acompaña das a v ezes d e violentas contor ciones, y d estemplados ahullidos, hazen pronostico de la enfermedad y su ca usa dejando mui satisfecho de sus ac i ertos al idiota auditorio 694 . El mismo Moraleda, im preg n ado de racionalismo ilustrado, int entó pr esenc iar un episodio de orác ulo adivinatorio oficiado por “e stos miserables fanaticos pr etendidos ad ivinos” sin conseguirlo “por que me crehian a mi mas Machi Adivino o Brujo que todos ellos, y lej os de concurrir a mi deseo se ocultaban de mi vista temeros os” 695 . El uso de plantas en todas las facetas de su vida individual o c olectiva los ponía en contacto continuo y directo con l a natu raleza, vinculación medi cinal o adivinatoria; o política, c uando solían re p resentar las paces con una rama de canelo, caso de la paz de Quillín con el marqués de Baides en 1641, primera de la 693 O´HIGGINS, T om ás, “Viaje del ca pitán…, pág. 46. 694 A.M.N., Mss. 6 13. Brebe Descripcion de la Provincia de Chiloé… , fols. 1 48v- 149. 695 A.M.N., Mss. 613 . Breb e Descripcion d e la Provincia de C h iloé… , fol. 14 9. Medio físico y panorama humano 276 cadena de parlamentos; militar defensiva, cuando “extraños entran en sus tierras, ponelles en el camino r amos de un árbol, que lo s españoles llaman canela, y en ellos atra vesadas fl e chas untada s de sang re ”, en caso de sumisión: “c uando quieren servir y estar a lo que les mand aren, les ponen en el camino ramos de array án, dando allí a entender la voluntad que ti enen” 696 . El canelo jugaba u n papel importante en los ritos indíge nas. A su sombra “acostumbran los I ndio s hacer sus convoc atorias y juntas” y b ajo el ofi cio de la machi o adivina más anciana y afamada, puestos de rodillas alrededor del más eleva do y f rondoso canelo y en sil encio con la vista baja, aquélla subía al árbol para hace r invocaciones al pillán mientras arrojaba “por cada uno de los cuatro vientos principales un palito ó va rita”; tra s variadas ceremonias anejas y cantos repetitivos “hace á todos en general una larga are n ga” y , una vez terminada , responde “como si fuese un divino orác ulo, lo que se le antoja á las preguntas” de los caciques 697 . Su carácter extremadamente supersticioso, que chocaba a los viajeros ilustrados, les hacía cre er “quanto les dicen los Machis ó Adivinos, como revelado por P illan, á quien reconocen como Ente Supremo”; evidentemente a ojos racionalistas estos ritos no configuraban “religio n ni culto al guno” a pesar de lo cual “no dudan de l a inmortalidad del alma” 698 . L lamaban al alma pull i y al momento de expirar decían “tipay ni pulli”, es d ecir, “s al ió el alma del c uerpo” , pero sin noción acerca de premio o castigo, sino “que pasan caballe ros sobre una ballena la isl a de la Mocha á ser felices y come r sin trabajo papas negras”. S e enterraban con comida y bebida para el m ás allá, ofr enda a la qu e llama ban ec hol , junto a ensere s: armas en caso de varones y el huso, lana y ollas p ara las mujeres 699 . Junto al fomento de establecimientos como Os orno a finales del siglo XVIII con un marcado carácter agrícola, el si glo precedente un cronist a había dicho d e la comarca que “era de mu y buenas y fér tiles tierras” , y a la búsqueda del entendimiento con los indios, se situaban las misiones que se pretendían 696 GONGOR A M ARMOLEJO, Alonso de, “Historia de Chile desde su desc ubrimiento…, pág. 79. 697 RUIZ , Hipólito, Relació n his tó rica del via ge, q ue hizo a los Reynos del Perú y Chile… , p ágs. 211 -212. 698 RUIZ, Hipólito, Relación histórica d el via ge, que hizo a los Reyno s del Perú y Chile… , pág. 220. 699 PÉREZ GARCÍ A, José, “Histo ria natural, militar, civil..., I, págs. 44 - 45. Medio físico y panorama humano 277 restablecer en el territorio de frontera 700 . L a subleva ción de los indios de V aldivia y la f alta de auxil ios a los misioneros habían desembocado en la destrucción de la misión de R ío Bueno, mandada fundar en 1778 p or el capitán g en eral Agustín de Jáuregui con un a dotaci ón de 660 pesos anuales y situada con el consenti miento indígena en su rivera sur. Pronto éstos ofrecieron resistencia a la evangelización. Era necesaria l a presencia militar presidial junto a l frente mi sionero, pero “ los que en tales sitios llaman fu ertes, no son mas que un cerco, o quadro formado con estacas altas, y gruesas, y para esto tienen, que todos aquellos terrenos son montuosos”, además de la relaja ción de la tropa. La pérdida de misiones destruidas por los indios suponía un may or costo que el que hubiera representado un fuerte en condiciones materiales y de dotación adecuada que hubier a dado cobertura a las tareas evangelizadoras e hispanizadoras de las que se espera ba la estabilidad fronter iza, pero: Los Misioneros tenemos, por lo reg ular, la desgr acia de no ser creídos quando anunciamos y prevenimos semejantes acaecimientos, por la ex perie ncia que te nemos, hasta que se ven prácticos los he chos; per o quando y a no es fácil evitarlos. Media mucha distancia desde aquellos dila tados Do mi nios, al Trono de nuestro S obera no: y como también se retardan los informes, o no se hazen con la puntualidad, y legalidad debida, qued amos siempre sin los auxilios que pedimos, y qu e S . M. tiene con tanto encarec imiento mandad o que se nos den; pero como no a y en nosotros poder contra la gra nd e superioridad que se toman los que mandan, no nos queda otro remedio que el pa decer con dolor los extragos, y morir los Religiosos a manos de los Gentiles 701 . Tanto era así que aun a uxiliando en todo lo po sible a los misioneros se procura ba la no intromisión en los ritos y costumbres nativas que “sin embarg o de ser absurdos son por l o general inocentes”. Excepción hecha respe cto a los acusados de brujos o h echiceros a los que ahorca ban, y cuando resultaban inútiles las advertencias, “querer persuadirles de la non existencia de semejantes entes”, se optaba por prohibir la eje cución al tiempo que debían entregarlos a los mi sioneros 700 VÁZQUEZ de ESP INOSA, Antonio, Descripción d el Reino de Chile …, pág. 71. 701 A.G.I., Chile, 316. Fray P edro González Agüeros a P edro de Acuña. Cuarto de Indias de San Francisco de Mad rid, 5 d e j ulio de 1793. Medio físico y panorama humano 278 o colonos para evitar así males propios y ajenos. De este modo, “varios Yndios de ambos sexos destinados por víctimas de la expresa da inhumana costumbre se hay an actualmente en la Colonia convertidos a nue stra Santa Fee, y gozando de toda la libertad y excepciones de todo cria do español” 702 . L o cual significaba un medio de acceso a la aculturación de eficacia probada. 3.1.2. El viajero ilustrado europeo El indí g ena visto por los extranjeros, franceses e ingleses principalmete , nos sitúa ante la mirada extraña de los viajeros europeos por la América meridional durante el si glo XVIII. L os primeros por sus vinculaciones con la monarquía española bor bónica del Setecientos; l os segundos por l a búsqueda del dominio marítimo que los llevó a recorrer el extenso patrimonio del re y de España en las I ndias 703 . En sus relatos, los nativos americanos aparecen como act ores destacados de la Histori a 704 . De este modo, centramos nuestra atenc ión en un repre sentante paradigmático por sus observaciones de cada nación y co n valor propio: el galo Amadeo Fré z ier y el británico Tomás Fa lkner, lo que no ex cluy e enriquecer el tex to con testimonios de otros viajeros. No obstante, otros pueblos europeos fragua r on una image n del indio americano por ca uces directos o indirectos, más o menos científica o imaginada 705 . Los límites del oikoumene o mundo habitable y habi tado, de contacto con los “bárbaros” 706 , facilitaron una 702 A.G.I., Chile, 316. Carta de Juan Mackenna al marqués d e Osorno. Osorno, 30 de enero de 1800. 703 A finales del siglo XVIII el interés e uropeo por América es marcada m e nte económico - comercial. E n el P acífico puerto s chilenos co m o Coquimb o habían sido visitados po r el inglés Sharp o el francés Frézier, y al d eclinar la centuria se av istaban balleneros i ngleses y norteameric a nos. O´HIGGINS, Tomás, “Viaje del capitán…, pág. 80. Con anterioridad el almirante inglés Anson viajó al Mar del Sur, de resultas el navío Wager naufragó en las costas chilotes de la isla de Guayaneco . 704 E n este se ntido d e pr otagonism o véase: MANDRINI, R aúl, América ab origen, de los primeros pobla dores a la invasión eu ropea , Siglo XXI, Buenos Aires, 2013. 705 CROVET TO, Pier Luigi, “ La visión de indio de los viajeros italianos p or la América del Sur”, en La imagen del indio … , págs. 13 -31; KÖNIG, Hans -Joachi m , “La visión del indio americano en los si glos XVI y X VII”, en La imagen d el indio … , págs. 127 -156; VÁZQUE Z, Jose fina Zoraida, La imagen del indio en el español del siglo XVI , Universidad Veracr uzana, Veracruz, 199 1; BRY, Theod or de, América (159 0-163 4) , Siruela, Madrid, 1 992. 706 Griegos, per sas y romanos utilizar on el tér m i no “bárbar o” p ara r eferirse al extranjero que no compartía pará m etro s culturales y lingüí sticos, sin establecer una carga ideológica tras sí. Cu a ndo el ac ervo grecolatino se fundamentó co mo uno de lo s pilares de Occidente j un to al cristia nismo el Medio físico y panorama humano 279 extensa iconografía que propició el imagi nario colectivo europeo que, poco a poco, con el avance de la I lustración y el conocimi ento real de América cedió al estudio de la naturaleza y el nativo desde premisas etnológicas 707 , re cuperando la inicial idea de franciscanos como f ray Bernardino de Saha gún e n la Nueva España. Los in gleses mostraron un gran interés por las observaciones náuticas y ge ográficas, además de l as reflexiones polí ticas sobre la so ciedad española y los grupos indí g enas, con puntualiz aciones sobre te mas defensivos y estratégicos e n consonancia con sus int enciones militares. El comodoro John Byron confesaba el motivo de tal detallis mo en las desc ripciones de sus viajes po r Chil e argumentando que “no hai otro medio de conocer la jeografía e hist oria natural de un pais formado entera mente de pantanos i de cerros (… ) que señalar hasta las menores circunstanc ias que ha y a sido posible obse rvar a l r ecorrerlo” 708 . Tomás Falkner, jesuita inglés que vivi ó largos años en la Améric a española, tra s observar la importancia estra té g ica del s ur chileno para el dominio meridional de América y el Mar d el Sur, describió a la re g ión m ás austral de la Araucanía y al archipiélago chilote, país de los huilliches, como “muy pobre y destituido de todo lo ne cesario para vivir en él; sucediendo lo mismo a toda la costa más debajo de Chil e hasta el estrecho de Magallanes”. A pesar de haber residido por décadas en América del su r en est a ocasión tomó la opinión “se g ún relación de los misioneros” 709 . bárbaro quedó uniformado como grupo reacio o ignorante a la vida “en policía”: urbana y sociab le en la mentalidad d e los españo les pasados a Indias. 707 ALCINA FR ANCH, Jo sé, E l descubrimien to cient ífico d e América , Anthropos, B arcelona, 1988 ; MONGE, Fernando, En la costa de la Niebla. El paisaje y el discu rso etnográfico ilustrado de la ex pedición Mal aspina en el Pacífico , CSIC, Madrid, 2002; P EDRO, Antonio E. de, “El i ndio americano en la e xpedició n Malasp ina: imágenes del o tro y l ecturas propias”, en LÁZARO , Carlos y PINO, Fer m i n del (coo rds.), Visión de los otros y… , p ágs. 157-20 4; SOT OS SERRANO, Carmen, Los p intores de la exp edición de Alejandro Malaspina , 2 vols. Real Acade mia de la Historia, Madrid , 1 982; SOTA RÍUS, José de la, Tras las huella s d e Malaspina. Crónica de una expedició n cien tífica de la Ilustración española , L unwerg, Barcelona, 2 002; PÉ REZ DE RUBÍN, Juan y ARRIAG A, Esteban, L as exp ediciones científicas española s en Ultrama r (Siglos XVI - XIX) , Real Acade m ia de Bellas Artes de San T elm o , Málaga, 1 995. 708 BYRON, J ohn, Rela to del ho no rable John Byron (comod oro de la última esp edicion a l reded or del mundo) que contiene una esposicion de las grandes ruinas sufridas p or él i su s comp añero s e n la costa de la Patag onia d es de el año 1740 h asta su arribo a Inglaterra en 1746 con u na Descripcion de Sa ntiago d e Chile i de las usan zas i costu mbres de sus hab itantes i ad emas u na Relacion de la pérdida de la fraga ta P ager de la escuadra del A lmirante Anson , Imprenta Cervantes, Santia go de Chile, 19 01 [1768], pág. 2. 709 F ALKNER, Tomás, Descripció n de Patagon i a y de las p artes ad yacentes de la América meridiona l , en P edro d e Angelis, “Colecc ión de o bras y d ocumentos relati vos a la Historia Medio físico y panorama humano 286 lanzas, flechas, mazas y hondas que uti l izaban con destreza, también alabarda s tomadas a los españoles así como hacha s y sables; es digno de recordar cómo los cronistas españoles de l as centurias precedentes matizaban que los indios no usaban estas últimas armas, está claro que iniciándose el siglo XVIII ya habían penetrado en la c ultura indígena que las había asumido. L o más llamativo para e l viajero era que los mismos españoles vendían est as armas a los indios, sin temer “que el día menos pensado pueden se r azotados con sus propias varas”. El aspecto y condiciones físicas también llamaro n su atención. A pesar de las frecuentes borracheras con chicha “viven siglos enteros sin enfermar, y a que son robustos”. La lon gevidad indí gena s e beneficiaba d e su gran resistencia y capacidad de soport ar hambre y sed durante períodos largos de tiem po. Un ag uante que fortalecía su físico, cuya s características eran: buen a estatura, miembros gruesos, rostro anc ho, im berbes, cabell os liso s, y color de pie l cobre rojizo como “en todo el continente”. Su alimentación se basa ba en la papa 720 , maíz, cocido, tost ado o bien en harina; y carne de caballo o mula, por recha zo a la de buey que dicen “les hace mal al estómag o ”. Frézier incidía en que la chi cha era su bebida favorita, de muchas clases e incluso de las tan abundantes manz anas, que le recordaban a la sidra. L as mujere s se ocupaba n de las tareas do mésticas y servían la comida. L os hombres se colocaban formando una rueda “vientre en tie rra apo y ados en los codos”, aunque al gunos caciques comenzaban a usar mesa s y ban cos “a i mitación de los españoles”, clara absorción de hábitos hispanos” 721 . Respecto a la vestimenta, mu y sencilla, en su opini ón apena s se cubría n. No es d e extrañar si s e comparan las g ruesas casacas y pelucas con las telas indígena s. Los hombres portaban una camiseta o mac un hasta la cintura, c alzones abiertos a lo larg o del m uslo que “les cubre ape n as su desnudez”. Con lluvia, a lo anterior superponían un poncho que e l francés d efine como “especie de manto cuadra do largo como un tapiz de mesa sin ninguna invencion, en medio de la cu al hai una a bertura por donde pasan la cabe za”. Cabeza y pies d esnudos, sa lvo cuando era necesario y entonces se cubrí an con un bonete con sobrecuello hasta 720 LÓPEZ LINAGE, J avier (ed.), De papa a pata t a. La d ifus ión espa ñola del tubércu lo andino , Lunwerg, Barcelona, 19 91. El vocablo papa es la denominación or iginaria e n quec hua o runa simi. 721 FRÉZIER, Amadeo, R elación del viaje por el Mar del Sur… , p ágs. 20- 37. Medio físico y panorama humano 287 los hombros y unas polainas de lana; en todo caso “mui poco se cubren los pies a no ser que anden por las piedras, i entonces llev an unas sandalias” que llamaban ojotas . En el caso del atuendo la recepción cultural se dio en sentido inver so, es decir, fueron los españoles los que adoptaron el uso del poncho y l as polainas para montar a caballo, y ello por las ventajas que enumeraba: “guarece de la ll uvia, no se arruina con el viento i sirve de cobertor en la noche i de alfombra en el campo ”. La s mujeres llevaban la rga s túnicas sin man ga s, abiertas po r un lado de cintura abajo, cruzad as por un cinturón debajo del pecho y sobre los hombros dos enganches de plata; el traje se llam aba chone y su color habitual era azul o tirando a negro. Respec to a la vestimenta de los chonos, informaba que “andan desnudos” a pesar del clima fr ío, tapándose únicamente con pieles. La vivi enda o ruc a era a sus ojos una cabaña de ramas de árboles con capacidad pa ra una familia entera. Pero lo inter esante de s u descripción era la reflexión que hacía sobre la dispersión de la población, que nos adentra en la mentalidad y práctica de la necesa ria reducción a vida urbana. Advertía c ómo las casas e staban dispersas “de suerte que en todo Chile no se ve ninguna ciuda d, ni aldea de naturales”, de ahí los enormes esfuerzos de la Corona por r educirlos a pueblos durante todo el XVIII para el proceso dual de hispanización y evangelización. De nuevo el contraste con los peruanos, más abiertos así a la aculturac ión. Es más, el carácter nómada estab a tan marcado que no dudaban en trasladarse “cuando la fantasía los induce” transportando sus casas. Además, e ste hecho daba la falsa impresión de despoblación y al contrario los indi os eran numerosos como las fami lias. Sin duda la poligamia tenía como resultado un número eleva do de hijos, contemplados c omo elemento económic o en cuanto los vendían, en e special las hij as. La división del traba jo estaba claramente definida. Los hombres la guerra y la caza, salvo una ve z al año q ue cavaban la tie rra para sembr ar el maíz, habas, lentejas y otr as legumbres para el sustento famili ar. Concluidos sus trabajos se reunían con los ami gos hasta embriagarse. Por su parte las mujeres soportaban e l peso de la siembra, cuidados y cosecha . Ex ce lentes jinetes, “se les ve subi r i bajar por puntos tan escarpados que nuestros caballos de Europa no podrí an man tenerse sin ca er”. La recepción y rápida adopción d el caballo por los indios es digna de destacar, es más, cuando carecían de hierro o plata, i mitaban con madera o cuero Medio físico y panorama humano 288 los arreos. Se maravilla ba Frézier de la multiplicación de los caballos en el continente y de sus prá cticos usos contables que identificaba o confundía con los quipus incaicos. Así, nos dice que para la contabilidad de sus reses y demás asuntos usa ban nudos de lana “que por la v ariedad de los colores i de los pli eg os reemplazan las letras i la escritura” 722 . Respec to a la gran difusión del caball o y demás animales europeos entre los indí egas, otro francés que viajó por las mismas co stas nos dice: “ Ainsi l´introduction de deux animaux domestiques en Amérique a eu l ´ influence la plus marquée sur les moeurs de tous les peuples qui habitent depuis Saint Jag o jusqu´au détroit de Mag ull an” 723 . También constataba el frecuente uso de rem edios naturales entre los indios, como la bebida coc ida de una hierba llamada quinchamala , esp ecie de santolina. Observa b a otras plantas medicinales como malvas o malva viscos existentes igualmente en F rancia y , sobre todo, en Canadá. Al igual que los ingleses, establecía en diversas ocasiones comparaciones con su p aís y las posesiones coloniales americanas, y similitudes o diferencias con las Indias Orientales. Así, el caso del árbol del canelo, diferente al de l atitudes asiáticas, qu e entre los araucanos tenía importancia en su vida polí tica. Utiliz ado en las cere monias de paz re cuerda el parl amento de Quill ín ce lebrado por el marqués de Baides, cuando se tiñó con sangre una rama d e canelo como ofrenda al español en señal de paz; añadía: “e sta ceremonia, a unque pr acticada por salvaje s, no carece de ejemplos en la Santa Escritura” 724 . Testigo de la abundancia de pesca y lo fácil que resultaba su captura, no obstante se mostraba, en ejecución de su cometido, más interesado en una observac ión de contenid o estratégico acerca de las costas e islas chilenas. En este sentido cre ía necesario a umentar las fuerzas militares en el Chile insular: “porque a las nac iones europeas que suelen mandar alguna expedición al mar del Sur, les sería fácil apoderarse de ellas” 725 . De hecho, el almirante inglés Anson en su 722 FRÉZIER, Amadeo, R elación del viaje por el Mar del Sur… , p ágs. 38-56. 723 LA PÉROU SE, Jean-Fra nçois, Voya ge d e La Pérou se autou r du mon de pen dant les années 1785 , 1786, 1 787 et 1788 publie d´après tous les manuscrits de l´auteu r , Ed itions du C arr efour, París, 193 0, pág. 31. MUÑOZ PÉRE Z, Jo sé, “La P erousse en Chile. Dos i nf or mes iné ditos de marzo de 1786”, Estud ios Geográfico s , 66, 1957, págs. 169 -176 ( Revista Chilena de Hi storia y Geografía , 125, 1957, págs. 158 -168 ). 724 FRÉZIER, Amadeo, R elación del viaje por el Ma r del Sur… , p ágs. 48- 50. 725 FRÉ ZIER, Amadeo, Relación del viaje por el Mar d el Sur… , págs. 52 -56. P ara la visión política del conflicto entre po tencias euro peas en América y la s fronteras i m per iales en colisión: Medio físico y panorama humano 289 periplo por el Pacífico meridional, para evitar tomar puerto en Con cepción o Valpara íso y entregarse a los españoles tuvo que hacerlo en las islas de Juan Fernández 726 . No es de ex tra ñar la observación del fra ncés sobr e la defensa de la frontera marítima si tenemos pre sente la políti ca común borbó nica hilada durante gran parte de la centuria por los Pactos de Familia. Tuvo eco su advertencia, las isl as de J uan Fernández, fre nte a la f achada continental chilena, cons tituían un enclave de im portanc ia para la defensa de la frontera marítima del Pacífic o sur americano. La Corona española, a pesar de tener que atender a múltiples frentes durante el Setecientos, no olvidó al archipiélag o. F o co de pirater ía y corso, base de es cala para los ba lleneros extranjeros, bostonianos por ejemplo, e incluso para las expediciones europeas, fundamentalmente in glesas, que veían en el mismo un núcleo desde donde poder hostigar a la Am érica española, las islas se convirtieron en un punto im portantes de atención de las autoridades metropolitanas e indianas de cara a su d efensa y repoblación. El presidio mili tar, las familias pobladoras, las comuni cac iones y el factor “distancia” , el im aginario fr uto de la literatura d e viajes – Robinson Crusoe – , que nos habla de la lejanía, o el c hoque entre fronteras imperiales en expansión e n un Océa no Pacífico int ernacionalizado, son factores que generaron un espacio singular, estratégico y revalorizado por el reformismo borbónico en I ndias. Los cauces de la repoblación y l as necesidades d efensivas de la Capitanía general chilena y virr einato peruano, en una centuria en la que “lo marítimo” cobró especial si gnificación en unas costas tan dilatadas y objeto de apetencias foráneas en la ruta hacia la India o como catapulta al continente junto a Chiloé o las Galápagos. PAGDEN, Anthony, Señ ores d e tod o el mu ndo. Ideologías del Imperio en España, Inglaterra y Francia (en los siglos XVI, XVI I y XV III), P enínsula, B arcelona, 1 997; d el mismo a utor, El imperialismo espa ñol y la imagin ación política, Planeta, Barcelona, 1991 . 726 U LLOA, Antonio de, Conve rsaciones de Ulloa con su s tres hijos en servicio de la m arina , Universidad d e Cádiz, Cádiz , 200 3 (Imprenta de Sa ncha, Madrid, 1795 : B.R.I.O.A.S.F), p ágs. 231 - 232. Medio físico y panorama humano 290 3.2. Procesos soc ioculturales La s imágenes y representaciones de la re alidad difieren en ocasiones, frec uentes por otra parte, de la materialidad de la misma y puede ge nerar imáge nes e rróneas o desvirtuadas al m enos. L a re p resentación muestra una ausencia, lo qu e supone un foso entre lo que representa y lo representado; pero también y contradictoriamente exhibe públicamente una presencia. En el prime r caso, la representación es el in strumento de un conocimiento mediato que hace ver un objeto ausenta al sustit uirlo por una imagen capaz de evoc arlo en la memoria. Por otro lado, la relación simbólica alude a un valor moral mediante la image n. La relación d e representación s e establece e ntre una imagen presente homologable a un objeto ausente 727 . Aplicado al espacio fronteriz o, las representaciones devienen en ficciones ge ográficas y etnográficas. La cartografía “inventa” el territorio y sus habitantes, los sit úa y caracteriza seg ún la visi ón del car tógrafo marcada por su ba ga je intelectual previo 728 . Los mapas cumplen la s funciones informati va y comunicativa de unos espac ios lejanos y des conocidos 729 . El acervo cultura l propio se refleja constantemente en situaciones nuevas que por ello debieran ser singulares y sin embarg o sufren de la apropiación comparativa rea lizada desde la formación previa del testigo ocular 730 . El secre tario de la capitanía g eneral chilena que acompañó a su presidente y redactó un Diario de lo acontecido, termi naba sus actas con una frase latin a que se rvía pa ra establecer an alog í as e ntre los indígenas y los escitas o britanos, entre los españoles y los romanos, en definitiva, entre la civilización y los duros pueblos de sus temibl es fronteras: “Tantas gl orias y laureles co g idos en esta sola empresa han costa do muy c aro, y obli g ándome a 727 CH ARTIER, R oger, El mun do co mo representa ción. Historia cultura l: entre práctica y representación , Ged isa, B arcelona, 19 92, págs. 45 -62. Véa nse: BURKE, Peter, F ormas de historia cultural , Alianza Editor ial, M adrid , 2000; d el m ismo autor, Visto y no visto, el uso d e la imagen como documen to histórico , Crítica, B arcelona, 20 01; igualmente, ¿ Qué es la historia cultu ral? , Paidó s, Barcelona, 2006. 728 VEGA, Alejandra, “ E ntre paisaj e y cartografía. L a tradición d e la Cordiller a como fronte ra y la prod ucción visual de la e xpedición Malaspina, Ga y y Rugendas”, en NÚÑE Z, Andrés, SÁNCHEZ, Raf ael y ARENAS, Federico (eds.), Fro nteras en movimiento e imagin arios geog ráficos. La Cordillera de los An des co m o espacialidad sociocultu ral , RIL-Instituto de Geografía de la P ontificia Universidad Católica de Chile, Sa ntiago de Chile, 20 13, págs. 307 - 336. 729 PE HNOS, Marta, Ver. Con ocer, domin ar. Imág enes de Sudamérica a fines del siglo XVII I , Siglo XXI, Bue nos Aires, 2005 , pág. 23. 730 PRATT, Mary Louise, Ojo s imperiales. Literatu ra d e viajes y transculturació n , FCE, B uenos Aires, 201 1. Medio físico y panorama humano 291 repetir lo que dijo Floro. Ego nollo esse Cesar, ambullare per Britanos, sciticas pati pruinas ” 731 . 3.2.1. Fronteras de lenguas La enseñanza diferenciada por sex os de la len g ua castellana a los indios, fue retomada a final es del siglo XVII, como medio de servicio al Trono y Altar 732 . Carlos III insistió en la medida de universalización del español a todo su im perio, a instancias del arzobispo de M éjico, Francisco Antonio de Lorenzana, quien defendió la castellanización indñigena como una arista más de regalismo. El año anterior a la cédula re gia de 1770, indicaba en carta pastoral – d eudora de su contemporáne o Fabián y Fuero, obispo de Puebla – que durante la conquista “fue indispensable que los ministros evangélicos se d edicaran al idioma para lograr la conversión, ho y cesa enteramente este motivo”. Además, en unos momentos de auge de las identidades difere nciadas, “el hablarse un mismo idioma en una nación propia de su soberano y único monarca engendra cierto amor e inclinación de unas personas a otras”, entendimiento y familia ridad que “no cabe entre los que no se entiende n y una sociedad, hermandad, civilidad y policía que conduce mucho para el gobier no espiritual”. Permitir el uso generalizad o de los idiomas nativos era “mantener en el pecho una ascua de f ueg o, un fomento de dis cordia y una piedra de escándalo, para que se miren con aversión entre sí los vasallos de un mismo soberano” 733 . En España será J osé del Campillo y Cosío quien más abogue por la equip aración de l os indígenas como súbdi tos útiles a la Corona, d entro de 731 F.U. E., A.C., Doc. 8-15. Dia rio d e lo ocurrido en el Parlamento gen eral, celeb rado por el Muy Ilustre S eñor d on Ambrosio Higgins Vallenar, Mariscal de Camp o d e los Reales Ejército s, Presidente, Gobernado r y Ca pitán Gen eral del Reino de Chile, con los indios bárbaros de su Frontera en el a ño de 1793 . La cita, que co ntiene alguna err ata, es de Lu cio Aneo Floro , y pertenence a P oemas, en concreto Carmen I : “Ego nolo Caesar esse, a mbulare per Br itann os, Scythicas pati p ruinas” (Yo no quiero ser César, ca minar entre los b ritanos [ni] soportar las nieves escitias). 732 Real Cédula p ara q ue en Perú y Nueva España se po ng an escuelas y maestros que en señen a los indios la len gua castellana. B uen Retiro, 30 de m a yo de 1 691. KONET ZKE, Richard, Colecc ión de d ocumento s p ara la historia de la formación social de Hispanoamérica , 1493 -1810 , vol. III, Primer To mo (169 1-1779), CSIC, Madrid, 1962 , págs. 11 - 13. MU RO OREJÓN, Antonio (ed.), Cedulario america no del siglo XVIII , I Cédulas de Carlos II (1679 - 1 700), EEHA, Sevilla, 19 56, págs. 444 -446. A.G.I., I. G., leg. 431 . 733 TANCK de EST RADA, Doroth y , Pueblos de in dios y educació n en el México colon ial, 1 750 - 1821 , El Colegio de México, Mé xico, 1999 , págs. 176 - 178 [Document text truncated for crawler view.]