Full text
UNIVERSIDAD DE SEVILLA
FACULTAD DE G EOGRAFÍA E HISTORIA
DEPAR TAMENTO DE HIS TORIA DE AMÉ RICA
TESIS DOCTORAL
DE INDIOS “BÁ RBAROS” A VA SALLOS EN LA
FRONTERA MERIDIONAL C HILENA DU RANTE EL
REFORMISMO BORBÓNIC O
Tesis Doctoral realizada por D. Jorge Chauca García,
bajo la codirección del Dr. Emilio José Luque Azc ona
y el Dr. Juan Jesús Bravo Caro.
SEVILLA
2015
1
A la Dra. Mª Isa bel Pérez de Colosí a Rodríg uez
In memoriam
3
AGRA DECIMIEN TOS
Deseo expresar mi afectuoso agra decimiento al Dr. Emilio José L uque
Azcona y a l Dr. Juan Jesús Bra vo Caro, codirectores de la pres ente Tesis
Doctoral, cu y a coordinación se ha llevado a cabo desde el Departamento de
Historia de América d e la Universidad de Sevilla y el Departamento de Hist oria
Moderna y Contemporá nea de la Univ ersidad de Málaga, r espectiva mente . Junto
al más sincero re conocimiento acadé mico y científico, me confieso en deuda de
gratitud y amistad por su apoy o y estímu lo para afrontar la ardua tarea que l a
investigac ión histórica su pone.
Igualmente, quisiera agradecer a los profesores y profesora s de sendos
Departa mentos su magisterio y ayuda en mi aprendizaje como historiador. En
especial a l a r ecordada Dra. Mª Isabel P érez de Colosía Rodrí guez, de l a
Universidad malacitana, quien contribu y ó decididamente a mi formación personal
y profesional. Así como también ha g o extensivo el a gra decimiento al Dr. Alfredo
Jiménez Núñez, de la Universidad hispalense, primer director de la Tesis y
ejemplo que me ha alentado y gratificado en todo momento. Por último, un
recuerdo emotivo a la m emoria del p rofesor Fra ncisco Morales Padrón. A todos
mi más sincero afecto y reconoc imiento.
De igual modo, ten g o m uy presente a todo e l personal de los centros de
documentación europeo s y ame ricanos que he consultado. Gracias por sus
atenciones durante la investi g ación en los distintos archivos y bibl ioteca s,
pormenorizados en la enumeración de siglas que encabeza este tr abajo, en
especial po r sus cons ejos de búsqued a y por facilitarme l a reproducción de
documentos en diversos soportes. Asimismo, a los archiveros y bibliotecarios de
Chile y España, países en los cuales desarrollé mi trabajo y disf ruté de un trato tan
amistoso como fr uctífer o. Si debier a significar alguna inst itución, me siento
obligado especialmente con el Archivo Fra ncisc ano de Santiago de Chile por los
vínculos de afec to que me unen al padre Rigoberto I tu rriaga C arrasco, así como
con nuestro magnífic o Archivo de Indias sevillano.
Por últim o, no quiero olvidar el aliento, comprensión y cariño de m i
esposa Carmen María, junto al resto de mi familia: mis padres Leonor y Aquiles
4
Jorge, hermanas I sabel y Pilar con sus respectivas familias. Sin su apoy o y
colaboración, no me hu biera sido posible ll evar a cabo una tarea tan prolija,
constante y labor iosa.
A todos manifiesto mi más since ro agradecimiento.
5
ÍNDICE
SIGLAS ................................................................................................................... 9
INTRODUCCIÓN ............................................................................................... 17
I. MEDIO FÍSICO Y PANORAMA HUMANO ............................................... 43
1. Organización del espacio fronterizo .......................................................... 45
1.1. Fronteras disímiles .............................................................................. 46
1.1.1. De la Arauca nía a Chiloé ......................................................... 53
1.1.2. Estructura de un espacio en conflicto y r elacional .................. 63
1.2. Recursos y política imperial ............................................................... 92
1.2.1. Botánica de frontera ................................................................. 93
1.2.2. Madera s para los b ajeles del monarc a ................................... 139
2. Indíge nas: cate g orías y d iversidad ........................................................... 146
2.1. Denominaciones e historiografía ...................................................... 148
2.1.1. Categorías culturales y s emántica .......................................... 150
2.1.2. Debate fronterizo: de la resistencia a la interacción .............. 171
2.2. Imágenes y representac io nes ............................................................ 192
2.2.1. El valor simbólico de la indumentaria y e l agasajo ............... 194
2.2.2. El papel político de la palabra y el discurso .......................... 215
3. Visiones del mundo araucano-mapuche .................................................. 224
3.1. Percepción de la alteridad ................................................................. 225
3.1.1. El vecino incómodo ............................................................... 239
3.1.2. El viajero ilustrado europeo ................................................... 278
6
3.2. Procesos socioculturales ................................................................... 290
3.2.1. Fronteras de leng uas .............................................................. 291
3.2.2. Educación en el ser vicio de ambas majestades ...................... 302
3.3. Entre la atracción y el rechazo .......................................................... 316
3.3.1. ¿Representantes o re h enes en Santiago? ................................ 318
3.3.2. Conflicto y mira das cruzadas ................................................. 329
II. LA FRONTERA: ¿DE LA RESISTENCIA A LA INCLUSIÓN? ...........339
4. Estrategias de asimilación ................................ ........................................ 341
4.1. Mediación intercultural ..................................................................... 343
4.1.1. Agentes de intermediación ..................................................... 344
4.1.2. Mujeres, etnogénesis y fronteras socia les .............................. 355
4.2. Métodos y experiencias .................................................................... 378
4.2.1. Gestionar las difere ncias ........................................................ 382
4.2.2. Evangelizar la otre dad ........................................................... 419
4.3. Mecanismos simbólicos de integrac ión ............................................ 431
4.3.1. La fidelidad al re y dist ante ..................................................... 433
4.3.2. Sujeción e imag inario colectivo ............................................. 453
5. Dispositivos de control ............................................................................ 465
5.1. Apropiación del paisaje .................................................................... 468
5.1.1. El camino de la frontera huilliche .......................................... 468
5.1.2. Poblar tierra a d entro ............................................................... 480
5.2. De la conquista bautismal a la comercial .......................................... 511
5.2.1. Estrategias de persua sión ....................................................... 515
5.2.2. La frontera secularizada ......................................................... 542
7
6. La defensa del territorio como necesidad ................................................ 552
6.1. Fronteras araucana y c hilote ............................................................. 554
6.1.1. Fortificación de la plaza de Valdivia ..................................... 559
6.1.2. Proyección de Túpac Amaru en Chile ................................... 594
6.2. La interacción: parlamentos interétnicos .......................................... 607
6.2.1. De coe xist encia, c onvivencia y control ................................. 609
6.2.2. Pactos en el oca so colonial .................................................... 620
III. CONCLUSIONES ....................................................................................... 661
IV. GLOSARIO ................................................................................................ . 673
V. FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA ................................................................. 679
1. Fuentes manuscritas .................................................................................. 681
2. Fuentes impre sas ....................................................................................... 685
3. Relación bibliográfica ............................................................................... 720
VI. AP ÉNDICE DOC UMENTAL ................................................................... 851
VII. ÍNDICE DE LÁMINAS ........................................................................... 961
14
B. U. C.: Bibli otec a Uni versidad Complutense
B. H., FOA: Biblioteca Histórica M arqués de
Valdecilla, Fondo Antiguo
B. U. LL.: Bibli otec a d e la Universidad de La Laguna
B. U. N.: Bibli otec a de la Universidad de Navarra
F.A.: Fondo Antiguo
B. U. O.: Biblioteca Central de la Universidad de
Oviedo
F.A.: Fondo Antiguo
E.: Fondo General
B. U. P. F.: B iblioteca de la Universidad P ompeu Fabra
Reinado de Fernando VI, Carlos III y Carlos IV
B. U. S.: Biblioteca Univer sidad de Sevilla
F. A.: Fondo Antiguo
M. R.: Papeles del Marqués del Risco
B. U. Sa.: Biblioteca Univer sitaria de Salamanca
Mss.: Manuscritos
C. D. I. P .: Colecc ión Documental de la Independ e ncia
del Perú
F. U. E.: Fundación Univer sitaria Esp añola
A. C.: Archivo Campomanes
J. C. B. L.: John Carter Brown Library
P. C.: Peru Collection
K. B.: Det Konge l ige Bi bli otek
( Bibliotec a Real de Copenhague )
M. A.: Museo de América (Madrid)
C. B.: Colección Bauzá
15
M. A. N.: Museo Arqueológico Nac ion al (Madrid)
N. y M.: Departamento Numismática
y Medallística
M. Ch. A. P.: Museo Chileno de Arte Precolombino
M. H. N. Ch.: Museo Histórico Nacional de Chile
M. N. B. A. A. : Museo Nac ional de Bellas Artes (Argentina)
M.N.B.A.Ch.: Museo Nacional de Bellas Artes (Chile)
R. A. H.: Real Academia de la Historia
M. L.: Colecc ión Mata L in are s
J. B. M.: Colección Juan Bautista Muñoz
América, Papeles varios
Mss. de América
C. y A. G.: Cartografía y A rtes Gráficas
Jesuitas
R. J. B.: Real Jardín Botánico (Madrid)
R. B.: Real Biblioteca
II: Manuscritos de América
R. B. M. E.: Real Biblioteca del Monasterio de
San Lorenzo del Escorial
S. G. E.: Servicio Geogr á fico del Ejército (Madr id )
Mapas y Planos, Chile y Perú
17
INTRODUCCIÓN
Con la presente Te sis Doctora l abordamos críticamente la visión ilustrada
del indíg ena de la frontera meridional chilena como marco geográfico y la
centuria d e la I lustració n como coordenada temporal, especialmente su segunda
mitad. Un análisis de s us tres familias básicas que no cont empla por razones
cronológ icas a los picunches o gentes d el norte, pero sí a los mapuches – g ent e de
la tierra – , huilliches – gente del sur o sector meridional mapuche – y lo s
pehuenches cordille ranos – g ente del pehuén o pino chileno – . Esta división
horizontal en razón de su distribución latitudinal se complementa necesariamente
con la clásica repartición cuatripartita longitudinal de los butalmapus o distritos
indígena s. Así, la frontera araucana, entre el río Bío -Bío y la plaza de Valdivia, se
dividía en: costa, llanos, precordillera y la Cordillera propiamente, barrera que no
fue obstáculo para unas relaciones fluidas. Además, al sur de la misma se extendía
la frontera huilliche, que abarcaba desde el presidio vald iviano hasta Chiloé. Y,
por supuesto, los pehuenches, que e nseñoreaban ambas vertientes andinas.
La naturaleza del estudio parte de un enfoque metodológico
multidisciplinar histórico y antropológico, y supo ne un análisis de media d urac ión
del espacio fronterizo, en especial de su actor indí ge na, qu e con la I lustración va a
ver rev alorizado en su papel. Asimismo, destacamos un aspecto básico transversal
a todo el trabajo de aproximación a la realidad fronteriza araucana y h ulliche,
como es el proceso de cambio cultural, cuando al choque inicial le sucede un
sistema complejo de relaciones. El surgimiento de una c ult ura de frontera se
realiza dentro de unos parámetros de comportamiento social r elativamente
compartidos por ambas comunidade s en contac to pr olongado. Un proceso de
aculturac ión con fases de aceleración y retroceso, y bidi reccional en cuanto a los
elementos culturales cedidos y ad aptados; aunque sea la cultura hispana la
principal donadora.
Pretendemos observar si la historia de la frontera chilena es una historia
que supera el mero enfrentamiento para conv ertirse en una frontera dinámica,
donde la converge ncia de protagonistas colectivos alca nz ó en el siglo XVIII un a
dimensión propia como espacio compartido y nuevo en sus interrelaciones.
18
Comprobar si la nueva fisonomía social y mestiz aje de elementos culturales
hereda dos de la implantación hispana y le ga t arios del habitante nativo, dieron
lugar a una so ciedad que rompía e l ciclo de lucha y se o frecía mestiza y o riginal.
Igualmente, procuramos comprobar si el r esultado más signifi cativo del contacto
secular fue el conocimiento y la integración d e ambas comunidades por encima de
conflictos cerrados.
Nuestra principal contrib ución, que matiz amos más abajo, va en la línea de
reivindicar el espac io fronterizo chileno como un territorio de confluencia e
intercambio, supera ndo la visión de choque continuado de una parte de la
historiografía más interesada en la consagrac ión de mitos “incuestionables”, que
ignora la complejidad d e un fenómeno mucho más ric o y cambiante. Si bien esta
corriente interpretativa ya está marca da por la historiografía re ciente de la mano
de autores como Gertrudis Payás, José Manuel Za vala, Jorge Pinto, Leonardo
Le ón, Jaime Valenzuela y Jimena Obregón, entre otros estudiados
exhaustivamente en el pre sente texto, hemos querido profundizar en la misma y
analizar el progresivo p roce so de se cularizac ión de la frontera más allá de los
intercambios comerciales y el mestizaje . Aquí radica nuestro aporte más
sustancial y personal, mencionado anteriormente. Siguiendo las orientac iones de
Guillaume Boccara al respecto y añadiendo al comercio el elemento simbólico, las
repre sentaciones c ultural es, el universo de las mentalidades y los imag inarios
colectivos junto a los recursos, semántica y otros elementos de a p ropiación.
El estudio de la frontera nos lleva ineludiblemente a las formas de contacto
violentas y p acíficas e ntre sociedades, y la génesis de una nueva entidad
diferenciada. Esta idea cenital de la litera tura producida p or los estudios
fronterizos desde las aportaciones del profesor Sergio Villalobos y sus discípulos
ha quedado matizada o, mejor, enriquecida por el análisis de los procesos de
interacc ión étnica, podemos recordar a Rolf Foerster o José Bengoa , por ejemplo.
En este sentido, recordamos la clarividente idea de Pinto Rodríguez en
relación a los intercambios mutuos, aparte de los circ uitos comer ciales locales o
regionales – incluso de una futura pro yecc ión imperia l – . L os cambios fueron
simultáneos y ob edecieron a factores de índole e xterna e interna. Desde el punto
de vista indíg en a, no solo la resistencia y sus derivaciones contribuyeron a
conformar una soci edad fronter iza, sino también las transformaciones operadas en
19
el propio seno del mundo nativo a consecuencia del contacto sostenido en el
tiempo con los españoles
1
.
El tema es de una gran relevancia y actualidad, objeto de d ebates y
polémicas sobre la ins erción en la sociedad chilena, a los cuales no han
permanecido ajenos los historiadore s, mu y al contrario. El conflicto que mantiene
el pueblo mapuche con el gobierno chileno arranca de la misma constituc ión del
Estado, así lo h emos contemplado, a unque sucintamente por su
contemporane idad, a l hablar de las ca t egorías semánticas y especialmente del
debate historiográfico fronterizo, en consecuencia emplazamos al capítulo
corre spondiente de la prim era pa rte. Las escuelas de estudios fronterizos y de
relaciones interétnicas q ueda n contrastadas en dicho apartado de la Tesis con un
estado de la cuestión bibliográfi ca, así como las soluciones de síntesis más
novedosas y actuales. Todos estos valioso s aportes historiográficos y
antropológicos enhebran el tr abajo y son com entados recurrentemente, p ues sin
tales cimientos no se podría se g uir constru y endo una ciencia h istórica capaz de
explicar y comprender el presente desde la reconstrucción del pasado, seg ún la
“ Escuela de los Annales ” y en palabras de Braudel
2
. De i gua l manera, al final del
trabajo hemos incluido un comentario acerca d e las fuentes consultadas, que
manifiestan la colaboración int erdisciplinar metodológica y cruce de testi monios
de natura leza variada, al cual remitimos pa ra una lectura más a mplia y
pormenorizada. Tan sol o anticipar su diversidad documental y de centros de
investigac ión a lo largo de tres estancias en Chile.
Asimismo, en orden a la temporalidad, queremos realizar dos matizaciones
previas. En primer lugar, hemos analizado la cuestión mapuche actual
someramente allí donde ha sido necesario para comprender el presente desde su
raíces históricas, en con cre to el reformismo tardío de Carlos III y Carlos IV. En
segundo lugar, i g ualmente analizamos la primera mitad de la centuria ilustrada
cuando sirve al conocimiento del periodo tar docolonial, pues aunque somos
conscientes del inicio de la política reformadora desde Felipe V, nuestro interés s e
1
P INTO RODRÍGUEZ, J orge, La forma ción del Estad o y la nación, y el p ueblo ma puche. De la
inclusión a la exclu sión , DIBAM-Centro de In vestigaciones D iego B arros Arana, Santia go de
Chile, 200 0, pág. 34.
2
GEMELLI, Giuliana , Fernand Braud el , PUV, Valencia, 20 05, pág. 250 . Véase BURKE, P eter,
La revolución h istoriográfica france sa. La Escuela de lo s Annales: 1929 -1989 , Gedisa, Barcelona,
1999.
20
centra en el ma rco cronológico finisecular, precisamente donde el vacío
historiográfico es ma y o r o requiere de nuevas interpretaciones de cara al próximo
movimiento emancipador.
Respecto al indí ge n a, se tr ata de rescatar la diversidad de sus respuestas
frente a la forzada homoge n eidad y las va loraciones de los ilustrados que
plasmaban esa nueva realidad desde premisas novedosas. I nterro ga ndo a los
testimonios de españoles y extranjeros sobre s us estrategia s de subsistencia,
realidad política , estructura social y valores o patrones culturales, podremos captar
las continuidades y los cambios de los indíge nas y las transformaciones en las
visiones de los observadores europeos.
La s hipótesis de trab ajo planteadas y sujetas a v erificación se centran en la
nueva situación de l a f rontera ilustrad a. Es decir, si hubo una nueva co ncepc ión
global fronteriza desde la metrópoli y sus autoridades indianas d elegadas te ndente
a refor z ar te rritorios en movimiento de expansión y el control efectivo de los
integrados en la Monarquía Hispánica por temor a las repercusiones de la
cambiante polí tica europea. Si quedó ratificado de facto lo consag rado de iure ,
esto es, la soberanía efect iva sobre la frontera. ¿Pudieron operar fa ctores exógenos
como la amenaza real de asentamiento foráne o en puntos clave ge oestrat égicos de
la América española que llevaran al replanteam iento ace rc a de los “salvaje s” o
“bárbaros” por los hombres del absolutismo ilustra do? Si fue así, ¿ enfo caron la
cuestión con métodos propios o se insertaron en l a cadena de solucion es heredada
frente al fenómeno fronterizo? ¿Se implementaron disposit ivos y mecanismos de
contenido cultural y fondo políti co como estrategias novedosas? La frontera del
reformismo de be abrirse a otros prota g onistas, como los ag entes de
intermediación, en especial las muj ere s. En este sentido nos planteamos cuál fue
el verdadero alcance de su papel, olvidado entr e el ruido de las armas, al igual que
la importancia de los recursos en la a propiación d el medio y sus habitant es.
Además de v erificar esta política oficial int encionada y planificada durante
el XVIII, de modo acentuado en su segunda mitad, comproba remos si pudo
obedecer i gualmente a l a influencia de respuest as locales qu e condicion aran la
dinámica interna y hasta qué grado son posibles los análisis comparativos con
otras fronteras indianas. El uso del universo simbólico para la inclusi ón y su
21
verdadero alcance constitu y e una hipótesis primordial de nuestro enfoqu e
antropológic o.
Asimismo, planteamos la nueva visión del “otro” indígena, que por encima
de enfrentamientos bélicos los pre senta como hombres en últim a instanc ia
súbditos del re y distante, que es necesario reintegrar por vías d e la asimilación
cultural a su verdadera condición de vasallos del rey católico. Un ac ercamiento
que supera mitos nac ionales consagrados por la historiografía en muchos casos y
en proce so de revisión, que deja atrás la idea d el indio rebelde y lo contempla
como elemento en sí mismo, integ rad o más o menos se gún la variedad de
respuestas y los tiempos de las mismas.
Igualmente, en con clusión lógica d e lo anterior, entre los objetivos que
perseguimos está contemplar la fronter a mucho más allá de la dinámica de
enfre ntamiento, optando por la concepción de un espacio total e inte g rador, eso sí,
de personalidad propia y diferenciada. Un espacio de confluencias que se abr e
paso g r acias al progresivo entendimiento fruto del conocimiento y de necesidades
mutuas.
Finalmente, otra hipótes is d e trabajo observa la frontera secul arizada de
finales del siglo XVIII n o solo como un proce so de aculturación ini cial y posterior
transculturac ión, sino también como un medio aprovechado por los españoles de
cara a la movi lidad social ascendente. De ahí que el conocimiento sobre el
indígena sea objeto de variadas reflexiones que coloquen al nativo como el emento
clave de l desarrollo regio nal y camino de la pr omoción político -administrativa.
La reconstruc ción de l p asado debe cumplir la función soc ial de mejo rar el
presente, si consideramos que somo s lo que fuimos, dicha comprensión
retrospec tiva sirve para rec onocer que ser emos lo que somos, de ahí la
importancia de reflexionar sobre espacios de encuentro, de mediación inter cultural
entre europeos y a mericanos. Partimos de la p remisa de que toda historia es
historia c ontemporánea, como Benedetto Croc e a puntó
3
. Esc ribimos y leemos
Historia para comprender y mejorar nuestro presente, para adquirir el bagaje
suficiente que nos permita hacer fr ente a los retos de nuestro ti empo, c omo los
3
LE GOF F, Jacq ues, Pensar la historia . Modernida d, presente y progreso , Paidós, Barcelona,
1991 , p ág. P ág. 17. MALAMUD, Carlos, “C uán nueva es la nueva historia política
latinoamericana”, en P ALACIOS, Guillermo ( coord.), Ensayos sobre la n ueva historia política de
América Latina , siglo XIX , El Colegio de Mé xico, México, 200 7, pág. 21.
22
desafíos de las migraciones y contac tos o la dive rsidad cultural, por otra parte tan
añejos como l a dispersi ón de nu estra especie p or el planeta. No es el camino
emprendido colocar datos en secuencia por la mera información por sí mismos
aportada, sino que la posición que adoptemos ante el p asado y sus relaciones c on
el presente son vit ales para la sociedad entera y no solo para los historiadore s,
albaceas de la memoria de la experiencia colectiva. Nos pre guntamos, siguiendo
al maes tro Hobsbawm: “¿ Qué puede d ecirnos la historia sobre la s ociedad
contemporánea?”
4
.
El contexto económico, polí tico y so ciocultural de aquella lejana frontera
debe c onsiderarse relativo al punto de vista del observador, por ello adoptamos
una perspectiva inclusiva desde la historia social
5
. La hist oriog rafía tradi cional
iberoamer icana se caracterizó por fijar la atención en el Estado -nación y su
historia broncínea de héroes epónimos funda dores
6
. Hoy en día, ante los retos de
la globalización r esulta inex cusable una historia regional integradora y
comparada, en línea con las nuevas rutas abiertas por la historia atlántica
7
.
América ha adoptado un a postura crítica como marco intelectu al, aceptar
las “certezas supuestas” suele ser cómodo, pero resulta mu y discu ti ble cuando
falta la investi g ación que acredite dicha certidumbre. Las polémicas, en la raíz
america na, avivar on una autocr ít ica histórica que bien puede transformarse e n
sano criterio de búsqueda actual, sin lleg ar a l a iconoclasia, pues construimos
historia sobre lo preexistente
8
. Al fin y al cabo, “no es la Historia campo de
curiosidades (… ) En este gran Th eatro no se entra à especulaciones infructuosas”,
sino a interpretar los cambios y permanencias que explican su continua
4
HOBSBAWM, Eric, S obre la Historia , Crítica, Barcelona, 2 014, págs. 38 - 51.
5
MUNCK, T homas, Historia s ocial de la Ilustración , Crítica, Bar celona, 2013, pág. 39 .
6
SOSA, I gnacio, “Historiografía del desarrollo : entre el estatuto cie ntífico y el estatuto
ideológico”, en SOSA, I gn acio y CONNAUGHT ON, Brian (coords.), Historiografía
latinoa mericana contempo ránea , UNAM, México, 1 999, pág. 261.
7
E LL IOT T , John H. , Imperios d el mun do atlá ntico. España y Gran Bretaña en América (1492 -
1830) , Taurus, Ma drid, 2 006; del m is mo autor, Españ a, Europa y el mu ndo de ultramar (1500 -
1800) , T aurus, Madrid, 2010; KAGAN, Richard L. y PARKER, Geo ffrey (eds.) , España, Europa
y el mu ndo Atlántico. Homenaje a John H. Elliott , Mar cial P ons, Madrid, 2002; ARMIT AGE,
David, “Tres conceptos d e historia atlá ntica”, Revi sta d e Occidente , 28 1, 200 4, págs. 7-28;
KUET HE, A llan J. y A ND RIEN, Kenneth J., The Spanish Atlantic World in the Eighteenth
Century. War and the Bourbon Refo rms, 17 13-1796 , Ca m brid ge U niversity P ress, N ew York ,
2014.
8
RAMOS P ÉREZ, Demetrio, Geno cidio y con quista. Viejo s mitos qu e s iguen en pie , Real
Academia de la Historia, Madrid , 1998, págs. 7 - 8.
23
construcción en benefici o pe rsonal y social: “asi por lo que mira à su persona,
como al g obierno de otros”
9
.
Los contactos entre pueblos son tan antiguos como la historia misma de la
humanidad, sin embargo, aunque mantien en similitudes, también operan
divergencias, siempre dentro del proc eso g en era l de cambio ex perimentado, pues
“transición es todo en la Historia hasta el punto que pued e definirse la Historia
como la ciencia d e la transición”
10
. L a frontera es un escenario privilegiado en
este sentido y se constituye como un espac io geográfico y cultural de choque y
encuentro entre mundos diferentes que interactúan recíprocamente po r m edio de
procesos de ac ult uración o transculturac ión
11
. Respecto al primero, entendem os el
término como un proceso complejo de contacto c ultural, cu yo fru to consiste en la
asimilación o rece pción por un grupo social de r asg os de otra sociedad mediante
la imposición, física o si mbólica
12
. Mientras que en relación al segundo, p artimos
del proceso dibujado por F ernando Ortiz e inspi rado por J osé Martí y l a idea de
integración cultur al
13
, según el cual sería la grad ual recepción por un pu eblo o
grupo social de formas culturales ajenas, que terminan sustitu y endo a l as propia s .
Ambas partes resultan modificadas, pu es siempre se da al g o a cambio de lo que se
recibe, en palabras de Bronislaw Malinowski
14
. En las fr onteras chilenas
analizadas – araucana, cordillerana y huilliche – se intentó lo primero, pero operó
lo seg undo. L os préstamos cultura les c ir cularon re cipro ca p ero desigualmente
entre ambas comunidades.
El hecho fronterizo – ta nto humano como territorial – puesto ante los
procesos globales del tie mpo presente puede, sin duda, ac ometerse con ma y ores
posibilidades de éx ito gracias al conocimiento de ámbitos de contacto pasados. La
9
F LOREZ, He nrique, Clave historial, con qu e se ab re l a p uerta a la historia , I m prenta de
Antonio de Sancha, Madrid, 17 76, pág. 3.
10
ORTE GA y GASSET , Jo sé, Historia como sistema , Espasa Calpe, Madrid , 1971, pág. 76.
11
CÉSPEDES d el CASTILLO, Guiller m o, “La s fronteras d e Europa en la Edad Moderna”, en
Ensayo s sobre los rein os ca stellanos en Indias , Real Acade mia de la Historia, Madrid , 1999 , págs.
9- 10.
12
BARÉ, Jean- François, “Aculturación”, en B ONTE, Pierr e y IZ ARD, Michael (dirs.),
Dicciona rio Akal de E t nolog í a y antropolo gía , Ak al, Madri d, 1996 , págs. 13 - 15.
13
Véase M AR TÍ , José, Nuestra América , Ayacucho, Caracas, 2005.
14
ORT IZ, Fernando, Co ntrapunteo cubano d el ta baco y el azúcar , Biblioteca Ay acuc ho, Caracas,
1987 , p ág. 5. Sob re la transculturación: REEVE, Mar y-Elizab eth, Los qu ichua del Curara y. E l
proceso d e formación de la identidad , Abya-Yala, Quito, 2 002, p ág. 54.
30
diferenciador, asumieron una nuev a actitud hacia el mundo fronterizo. Durante la
primera mitad del Setecientos se reestructuró la acción sobre el indígena en base a
reforzar la política de “parlamentos”, factor de continuidad y pro y ección. Eran
encuentros transfronterizos entre los representantes de ambas comunidades, a la
cab eza hispano- criolla iban las autoridades po lítico-militares y ec lesiásticas,
mientras que los jef es triba les – caciques o loncos – de las parcialidades indíge nas
encarnaba n la autoridad nativa. Los dos int erlocutores se hacían acomp añar,
respec tivamente, d e un gra n núme ro de tropa e in dios – capita nejos y moce tones – ,
que participaban de un a ceremonia ritualiz ada junt o a grandes banquetes y
ofrenda s d e regalos que concluían con un articulado que establec í a las normas del
juego fronterizo y el reconocimiento de vasallaje al monarca español. Con el
tiempo, este corpus contractual s e convirtió en un estatuto fronteriz o que
consagra ba i gualme nte l a representación mapuche -araucana tras su presentación
ante la autorida d hispana dele g ada en el territorio.
Posteriormente, durante los reinados de Carlos III y C arlos IV, la visión
ilustrada llevó al descubrimiento científico del indígena , al cono cimiento del
medio y a una políti ca integ radora encaminada a prese rv ar aquellos espacios de la
amenaza ex terior mediante ideas de asimilación cultural y su control práctico bajo
soberanía española. Esta etapa de los dos Carlos es la que ha centrado nu estra
atención, respe cto al primero las razones son tan obvias como su protag onismo a
la cabeza d el reformismo borbónico ilustrado. En relación a su hijo, a pesar del
pánico de Floridablanca ante la deriva de los suc esos revolucionarios franceses,
las refo rmas tuvieron durante su reinado has ta 1808 cierta posibilidad de
implementación y, sobre todo, de comprobación de sus r esultados. Además, se
trata de periodo relativamente olvidado por la historiografía y que es preciso
poner en va lor, apremio ma y or en I ndias.
La imagen colectiva del indómito y resistente ara ucano es fruto del sistem a
de valor es y creencias compartidos por los colonizadores e spañoles y transmi tida
a la historiografía poste rior, sin olvi dar su gran proy e cción liter aria
32
. L a visió n
de l “ otro ” difería de la realidad pues estaba con dicionada por el subjetivism o y
32
Son obvias la s comunicaci ones entre literatura y soci edad: VARG AS LLOSA, Mario y
MAGRIS, Claudio, La literatura es mi ve nganza , A nagra m a, Bar celona, 2014; MORALES
PADRÓN, Fra ncisco, Améric a en sus no velas , Edicio nes de Cultura Hispá nica, Mad rid, 1983.
Para las miradas enfrentada s y cautivadas : ALLENDE, Isab el, Inés del alma mía , De B olsillo,
Barcelo na, 2012; LABARCA, Ed uardo, Butamaló n , An a ya, Barce lona, 1994.
31
limitada por la dificultad de percibir una cultura en construcción que, por otra
parte, tomaría carta de naturaleza precisamente gracias al observador ajeno.
Observaremos en nuestro estudio a los grupos genéricamente en globados
bajo la denominación de araucanos por parte d e los conquistadores, extra polando
una singularidad a un conjunt o de familias étnicas que quedaron arrinconadas al
sur del Bío-Bío, en la z ona de contacto fronterizo desde la Ar auca nía hasta la isla
grande de Chiloé. Con pautas culturales sedentarias agropec uarias en e stadios
poco evolucionados y comportamientos que iban del enfrentamiento abierto con
los españoles a la alianza o entendimiento, pasando por las actitudes ajustables
según la coyuntura .
Muy brevemente, estos son los g rupos de nue stra atención: huilliches, con
cierto des arrollo cultural agrícola y g an adero, además de la pesca en torno al
archipiélag o chilote, lí mite frente a los juncos o cuncos. Los mapuches, reacios a
la colonización y enemigos de los hispano-criollos, que con el ti empo y por medio
de cauces indirectos quedaron englobados en el mundo mestizo de la frontera . Por
otra parte, los pehuenches u hombres del pehuén, fruto o piñón de l a araucaria con
el cual el abora ban una harina base de su alimentación y fácil de transportar en sus
desplazamientos por ambas bandas co rdillerana s. Asentados en la zona centro -sur
y desplazados pro gresivamente hacia el sur y la Cordillera, eran recolectore s y
cazadore s que atravesaban los Andes en dirección a los grandes espacios
rioplatenses donde se les conocía por ind ios pampa ara ucanizados. L a
incorporación del caballo aumentó su áre a de desplazamiento e incidió en sus
pautas nómadas. Se dedicaban a la venta de sal, animales y manufacturas de piel,
fueron aliados de los españoles, esp ecial y definitivamente a partir de las campaña
de 1770. Otros g rupos étnicos menores cualitativa o cuantitativamente son
contemplados en relación a los anteriore s. En co njunto, unos pueblos de diferente
nivel de desarrollo sociocultural y contrastadas respuestas a la presencia española
que, progresivamente, fueron uniformándose a oj os extraños por la aceptación del
orden colonial cuando no implicándose en su mantenimiento.
La percepción ilustrada del indio entre “bárbaro” y “buen salvaje”, o los
afane s del reformismo borbónico por integ rar a estos súbditos díscolos
definitivamente, se a rticuló en varias líneas de actuación: el poblamiento
fronterizo, la transición de la guerra de fensiva a ofensiva y los mecani smos de
32
asimilación y encuentro dieron dinámica propia a una frontera ex trema. Cabe
recordar que el pensamiento antropológ ico d e la Ilustración está en el origen de
una visi ón clasificadora de otra s socieda des humanas al diferenciarlas y situarlas,
en su afá n tax onómico, en la historia
33
.
Un tercer a ge nte fronterizo en la América meridional englobaría la
presenc ia europea: holan desa, francesa e inglesa fundamentalmente, tam bién de
centroeuropeos, situado s f uera de la relación bidirec cional español -indígena,
ambos nominalmente súbditos de la Corona . La pe rc epción e u ropea ilustrada
proporciona valiosa información sobre la visión externa de las relaciones y vías de
integración, así como de los factores del rech azo, por encima de la impresión de la
época centrada en la posible altera ción del equilibrio y ent endimiento forzado
entre españoles e indígenas. Como sabemos, la segunda mitad del XVIII
contempló choques real es o temidos entre las potencias europeas en Am érica.
Estas fronteras im periales en expansión propiciaron el encuentro europeo en
escenarios americanos, y los cambios o permanencias de soberanía que en el caso
chileno quedaron e n el pánico defensivo y la asunción de una geopolítica
revalorizadora de l a frontera por obra de sus pot encialidades y de l as amenazas
políticas. La s r elaciones de viajeros ex tranjeros que no compartían l a escala de
valores d e eclesiásticos y militares españoles o criollos afrontaban l a co nducta
indígena desde otras pe rspectiva s. S u formación científica il ustrada, el espíritu
crítico y la desvinculación con el medio social indiano les llevaron a otra
valoración complementaria de las interrelac iones.
La frontera meridional c hilena fue objeto de atención por l a metrópoli en
una doble vertiente: la problemática doméstica y la amenaza exterior. El control
del territorio y el definitivo abandono del statu quo que había permiti do en la
práctica , parcialmente, el desarrollo en paralelo de ambas comunidades dejaron
paso finalmente, m erc ed al contacto continuado, a una nueva realidad e n aquel
espacio. En segundo lu gar, por la urgente defensa del territorio amenazado por los
ecos revolucion arios franceses y las ambiciones inglesas de as entamiento, es
decir, la proy ección americana del juego de relaciones políticas europeas.
33
BONT E, Pierr e, De la etno l ogía a la antrop ología: sob r e el enfoq ue crítico en las cie ncias
humanas , An agra ma, Barce lona, 1975 , pág. 16.
33
Por otra parte , actuó como fa ctor endógeno de la soc iedad hispanochilena
la percepc ión d el mundo fronterizo no solo como un elemento diferenciador, sino
como un cauce u oportu nidad de servir al rey y cimentar un cursus hono rum . La
vida militar y la c arrera polí tico-administrativo propiciaron la movi lidad social
ascende nte de unos hombres que , con espíritu il ustrado, quisieron reformar y
racionalizar las estruc tur as de gobier no y administración. En repetidas ocas iones
el paso por la capitanía general chilena fue fase previa a la promoción al virreinato
peruano y mom ento de aplicación d e polí ticas de infraestructuras y d esarrollo
regional. La fidelidad ju gó un pap el im portante en aquel distante territorio y s e
plasmó en imágenes c ole ctivas de lea lt ad.
Volviendo a la realidad fronteriza desde Chile, un aspec to básico es el
intercambio cultura l entre agentes donado res y receptores en ambas direcciones.
Tras el choque, los agentes fronterizos entraron en un lar g o p eriodo de contacto
que terminó originando con sus múltiples transformaciones un cambio cultural.
Una nueva cultura d e frontera surgió en base a unos parámetros de
comportamiento social compartidos relativamente por indígenas y españ oles. El
proceso de aculturación, sostenido en el ti empo pero con fases de aceleración y d e
estancamie nto, va más allá de la m era integración del indíge na en las pautas
socioculturales español as. L os métodos de los misioneros por asimilar o de los
agentes de la administración c ivil y mi litar por controlar difieren no sól o por el
diferente talante de las órdenes reli g iosas o de los funcionarios, sino por los
momentos de actuac ión.
La frontera era vista ta mbién desde la metrópoli. Una visión que podía
llegar por los informes de hombres de frontera plasmando sus e xperiencias y
aportando sus remedios, por los miembros de las múltiples expediciones ilustradas
preocupa dos en el avance científico y la conservación del territorio o por la s
propuestas oficiales de la práctica d e gobierno fronterizo. Gobernantes reformist as
afrontar on la inclusión de la alteridad y la integración del limes chilen o como
prioridad, lo que alteraría la visión tradiciona l del otro e incluso de sí mismos.
El estudio del hecho fronterizo chileno implica un a gran complejidad
metodológica r especto a la investiga ción a ambos lados del Atlántico y el cruce d e
testimonios. Asimismo, respecto d el establ ecimiento de unas notas com unes y
diferenciadora s que a l tiempo que inse rten el fen ómeno en la casuística indian a y
34
lo singularicen, p rese nte n un an álisis dual y paralelo de dos comunidades de
desarrollo sociocultural dispar que chocan en un mismo espacio físico, que está
vivo, en movi miento y flujo constante por la presión de la cultura donadora y que
origina la resis tencia de la receptora que merced a los elementos de integración
queda asoc iada a una misma realidad compartida.
La v ariedad de visiones y ti empos en la evolución de las mismas trae
consigo la mul tiplicidad de relaciones que debemos observar y con trastar en sus
testimonios. A la información de los españoles y criollos se suma la pre sencia de
agentes externos a los v ínculos originarios hispa no-indígenas. Además, unos y
otros ofrecen una división int erna a tenor de sus int ere ses. Autoridades, mili tar es,
misioneros, colonos se relac ionaban d e distinto modo con el indio según sus
objetivos. Incluso un último nivel de complicación lo ofrece la pertenencia a una u
otra orden religiosa, al origen d el gobernante o a la misión del extranjero. No cabe
duda de que los métodos mi sionales difería n no sólo por la marcha del ti empo ,
sino por la p ertenencia a la orden se ráfica o ignaciana, por ejemplo. D e i g ual
modo, un gobernante o militar español no percibía el mundo indígena c omo lo
hacía un extranjero, también d epe ndía del tiempo de perma nencia y grado de
adaptac ión al país, y di ferente visión ofrecía e l cri ollo al peninsular.
Por último, está la problemática de la visión del mapuche- ara ucano acerca
del espa ñol. Si bien por condiciona ntes de su des arrollo cultura l no contamos con
textos directos, sí pretendemos ana lizar los testimonios indirectos de los
misioneros, defensores del indio y compiladores de sus tradiciones, así como de
los ex tranjeros que to maron nota de su situación, quejas y actitud ante los
hispanos.
Además, d ebemos partir desde la p ercepción d el propio pasado, es decir,
desde el sistema de valores culturales y de conducta de los grup os que
interactuaron en la frontera. Se hace imprescindible una consulta documental
contrastada de opiniones d ifere ntes sobre una misma rea lidad múl tiple para
intentar reconstruir los valores y patrones socioculturales d e la di námica
fronteriza.
La documentación archivística oficial ha pasado ya por un primer tamiz de
elaboración consciente por el informante que ha transformado la realidad según el
destino de la misma e incluso su valoración personal de los hechos; por ello debe
35
filtrarse mediante la interpretación metodológica. Por el contrario, la infor mación
primaria que se originó sin fin prefijado, fruto de la intera cción sociocultural
fronteriza y con la finalidad de c analizar las relac iones entre comunidade s, lo que
no evita la exégesis, sí posee e l valor de una relativa espontaneidad.
Con la investigación s obre el indio de la fro ntera meridiona l chilena
durante el siglo XVIII p retendemos adentrarnos en la realidad nativa por sí misma
y en relación con la v isión que tuvi eron d el mundo indígena los ilustrados
españoles – peninsulares o americanos – y los europe os. En nuestro análisis
utilizamos complementariamente los métodos del historiador y d e la antropología,
más exactamente la etno historia, mediante la consulta de numerosos repositorios
archivísticos europeos y americanos y de una amplia bibl iogra fía especializada,
producto de la historiografía atlántica.
Nuestra idea-clave es “ frontera ” , entendida como marc o físico y ment al de
confluencia de socieda de s con niveles socioculturales dispares. Creemos que este
concepto aporta una visión global del proceso superadora de mitos
historiográficos y análisis compartimentados. Por otra parte , el estudio en
secuenc ia de tiempo me dio, permite valorar las continuidades; y lo que es más
importante: los cambios. P asar d e un a imagen de indio rebelde y de res istencia
secular a otra en la que termina int egrándose cuando no colaborando con los
españoles. Tras un primer choque se establecieron mecanismos de relaciones en
ambas direcciones d e las que sur g ió una cultura de f rontera que era fruto de l a
aculturac ión y d el contacto prolongado y pacífico, aunque con e pisodios bélicos.
Además, la historiografía chilena mantiene una visión más centra da en el marc o
ge ográfico concreto y en los ag entes que actuaron en el mismo
34
.
Pensamos que desde una perspectiva mucho más amplia se observa la
frontera en toda su dim ensión en cuanto a espacio, actores y lí neas de
investigac ión, lo que enriquece el estudio histórico del área. Igualmente, la
comparación entre fronteras meridionales y septentrionales permite situa r en sus
justos términos lo común y lo ori ginal local. De nuevo la historiog rafía chilena es
34
Autores plena mente con sagrados en el estudio de las relaciones fron terizas co mo el pro fesor
Sergio Villalob os apuntan las diferencias s ustanciales en la comprensión y enfoque del fenómeno
de frontera des d e América o Europa: “De ficiencia de la historio grafía euro pea r elativa a América.
El caso de la frontera en Chile”, Histo ria , 27, 1993 , p ágs. 55 3-56 6. Un eje m plo de ej ercicio
comparativo desde Suda m érica : ORTEL LI, Sara, T rama d e un a guerra conveniente. Nuev a
Vizcaya y la sombra de los apaches (1748 -1790) , El Colegi o de México, México, 2007.
36
reticente a los análisis comparativos indianos, lastre que actúa en la ma yoría de
los países hispanoamericanos e impide e studios de conjunto.
Nuestra proposición contempla la frontera chilena del S etec ientos, que ya
ha superado el con flicto de centurias precedentes, dejando p aso a un nuevo y
consolidado sistema de relaciones políticas, económicas, sociales y culturales. L os
parlamentos, las fluida s y complementarias relac iones comerciales, y los
elementos cultura les don ados ma y oritariamente por los españoles y adoptados por
los indígenas, confirman un mundo de intercambios que dejab an atr ás la di námica
de enfrentamientos. La sociedad mestiza de frontera, resultante de la confluencia
del aporte hispánico y la herencia amerindia, gracias al conocimiento mutuo
propició la síntesis de culturas en un espacio fronterizo. Como fenómeno
complejo y en evoluci ón, se dieron variadas actitudes indí genas desde la
resistencia a la alianza. El mundo mapuche estaba fragmentado y en muchas
ocasiones enfrentado.
La s valoraciones de los ilustrados reflejan un a nueva c oncepción del
indígena y del medio. L as estrategias de subsistencia y las realidades políticas y
socioculturales evidencian fenómenos de continuidad y de cambio que van a s er
considerados de diferente forma, según los intere ses del observador. Las
interpretaciones, aun teniendo un común deno minador, responden a una rica
variedad d e testimonios que cruzados fraguan una imagen del indio y una frontera
novedosa en relación a siglos anteriores. La obra de misioneros, militares y
gobernantes que con un nuevo prisma observaro n al araucano, iba enca minada a
la evangelización d el indio, pero igualmente a s u hispanización, entendida como
transmisión de pautas de comporta miento social e individual: el sedentarismo que
superara el nomadismo, rasg o claramente “bárba ro” a ojos ilustrados; la inclusión
de los indígena s como vasallos efectivos de la monarquía y el control territorial
soberano frente a la injerencia de potencias rivales. Todo ello config ura un marco
de nuevas relac iones.
La s visiones confluentes de españoles y otros europeos acerca de la vida
material y creencias a raucanas desde la crítica ilustrada de la realidad, ofrecen
además de un balance d e recuperación etno gráfica, un panorama de las propias
cree ncias por cont raposición a las ajenas. De he cho el “otro” sirvió pa ra defi nir y
tomar conciencia del “ yo” , pues la noción de diferencia o alteridad implica la de
37
mismidad
35
. No obstante, los comportamientos indí ge nas quedan matizados por el
descubrimiento científico del hombre y su entorno , lo que revaloriza su pap el y l a
necesidad de su conocimiento e integración. La visión del “otro” resulta mucho
más enriquecedora y novedosa con la Ilustración que la mera observación del
indio de frontera desde postul ados de c onflicto.
Pretendemos igualmente observar el estado de la cuestión del hecho
fronterizo chileno y su aportación a la con formación de su identidad y mitos
nacionales. Una a proximación sin apriorismos condicionantes consagrados por el
transcurso del tiempo, los cua les además deben ser matizadas a la luz de los
resultados de la investigación histórica y antropol ógica sobre el p apel del i ndígena
en la socieda d colonial.
Nuestra principal contribución va en la línea d e reivindicar el e spacio
fronterizo chileno como un territorio de confluencia e int erc ambio, superada la
visión de choque continua do frente a la complejidad de un fenómeno mucho más
rico y cambiante. Respecto del indígena, se trata de rescatar la dive rsida d de sus
respuestas y las valor aciones de los ilustrados que plasmaban esa nueva realidad
desde premisas novedosas. I nt errogando a los testimonios de españoles y
extranjeros sobre sus estrategias de subsistencia, re alidad polí tica, estruc tura
social y valor es o patrones culturales, podremos captar las continuidades y los
cambios de los aborígenes. Así como también las t ransformaciones en las visiones
de los observadores europeos.
Abordamos el aná li sis fronterizo desde un enfoque c entrado en l a
existencia de varias fronteras a tenor de su p ropia evolución y de las distintas
visiones de la misma, t an dispares como los intereses y objetivos de militares,
civiles, pobladores o m isioneros españoles y c riollos; las actitudes de indi os
amigos o enemigos; y la s percepciones de ambos por los extranjer os. Por encima
de la f rontera imaginada, la frontera real fue un p roceso de conflue ncias y aportes
variados que permite una clasificación tipol ógica gracias a su abundante
casuística. La s visiones e interpretaciones del fenómeno fronterizo no se oponen,
sino que se complementan; aparentemente cada u na fija su atención primordial en
35
P ICO TT I, DINA V., El Descubrimien to de América y la ot redad de las culturas , RundiNuskín
Editor, Buenos A ires, 199 0, pág. 33.
38
un aspecto pero entre to das conforman un acercamiento al he cho f ronterizo, un
intento por vislumbrar sus complejas interr el aciones.
Analizar la frontera chilena ilustrada en r azón del cambio de percepción de
la misma por parte de todos sus agentes pu ede a yudar a comprender los elementos
de continuidad y su dinámica de ca mbio. Ad emás, un enfoque maximalista de sus
protag onistas y espacios puede superar tópi cos anclados en una visión
reducc ionista. La frontera chilena temáticamente se ha circunscrito a la relación
hispano-indíge na, pero fueron más los agentes hi stórico -sociale s que intervinieron
y es necesario contar con sus testimonios ; por otra parte, los marginados de la
sociedad colonial o los indios amigos de la mis ma en cuanto agentes culturales de
intermediación merece n atención con la finali dad de estudiar los puntos de
conexión que terminaron imponiéndose en la vida cotidiana.
Examinar el área y el fenómeno fronterizo interpretando su dinámica
sociocultural propia partiendo del sistema de valor es de las sociedades en contacto
y del marco físico como condicionante en cuanto a la adaptación cult ural del
hombre al medio. Este e nfoque nos podrá poner en el camino d e la comprensión
global de la frontera, física y humana, en cuanto espacio y proceso. Se t rata de
observar l a frontera como territorio y como proceso desd e variados p untos de
vista, no sólo desde América sino también d esd e España, con un horiz onte que
contemple la diversidad indígena y sus respuestas al impacto o choque cultural;
así como las relaciones que se establecier on y los resultados de las interacciones.
El tiempo ilustrado re sulta el más adecuado p ara h acer balance de las
continuidades y de los cambios y fijar la naturaleza de la frontera y sus actore s.
Además, ese tiempo histórico presenció un intento planificado y general de
ocupación d e espacios no sólo por motivos internos de la sociedad colonial en
ar ticulación con e l mundo indíg ena fronterizo, si no también por la p resión de los
extranjeros. El interés ilustrado por el indígena y el medio americano of rec e una
abundante posibilidad de consulta documental de múltiples oríg enes y finalidades
que describen e interpretan desde la etnogra fía o la ecohistoria.
Además, durante el si g lo de l a Ilustración y el r efor mismo se aplicó un a
política indiana que interrogaba al otro e instaba a su asimilación, reconocida ya
su varie dad étnica y en proceso de formación científica de su nu eva imagen. La
defensa y o cupación d e la frontera, la relación directa con el indi o y la convicción
39
como instrumento de integración son elementos de una política de frontera
ilustrada que en el caso chileno discurre por un pactismo e ntre comunidades de
diferentes niveles socio culturales. A p esar d e la supremacía española sobre la
indígena e n la segunda mitad del siglo XVIII , se busca no sólo el a catamiento de
los post ulados impuestos en los parlamentos sino también su reconocimiento
como medio para soluc ionar conflictos y logra r la definitiva pacificación. La
diplomacia no se desg aj ó de la acción a s angre y fuego cuando se consi dera ba
necesario, pero sí oc upó un lugar importante en el entramado de relaciones.
Posiblemente esta po lítica intencionada y conti nuada de parlamentos o
encuentros, de fa cto institucionalizada en medio de ceremoniales, reviste
importancia no únic amente como paradi gma de acercamiento y conocimiento,
sino como vía compartida de resolución de conflictos y ejemplo ex trapolable a
otras fronteras americanas de parecida problem ática étnica y espacial. De ahí que
el estudio de los mecanismos desplegados en los parla mentos nos resulte una línea
de trabajo primordial y base de hipótesis sobre la confirmación o n egació n de
estos instrumentos político-jurídicos como ideas-fuerza para interpretar las
relaciones fronter izas.
La historia de la frontera chilena bajo el r eformismo borbónico es,
obviamente, una historia de contactos que se inician con la conquista y qu e van a
tener una larga vida y amplia proyecc ión. Un a frontera dinámica que r etrocede al
empuje cambiante de los colonizadore s, donde la confluenc ia de los p rotagonistas
colectivos fue t emprana y rápida p ara ralentizarse y alcanzar el estancamiento
después. Al centrarnos e n la etap a de finales del s iglo XVIII buscamos el objetivo
de interpretar la frontera cuando toma dimensión propia como espacio objeto de
atención y adquiere ya unas c aracterísticas que le otorgan una marcad a
personalidad. ¿P odemos considera r sus parámetros cultura les y soc iales como
herederos de la implantación hispana al tiempo que lega ta rios de los usos y
costumbres de sus habitantes nativos? ¿Se observan elementos de continui dad que
ceden ante los f actore s de inte g ración que paul atinamente se van imponiendo?
Los cambios traen en todo caso una nueva sociedad original y mestiz a que tiene
sus raíce s en lo que un d ía fue un choque y que por obra del cont acto prol onga d o
y el progresivo conocimiento del “otro”, plasmado en varias v isiones,
perce pciones e interpretaciones, se transforma en un espacio sincrético fruto de un
Medio físico y panorama humano
46
presenc ia foránea fueron c reciendo a la par que la internacionalizaci ón de la
navegación por el Mar d el Sur en el siglo XV III
3
.
No obst ante, la organización de l espacio fronterizo y sus habitantes
descansó sobre la experiencia, en un proc eso sujeto a cambios. Si bien es verda d
que, en su conjunto, el gobier no de América “ha sido obra d el tiempo, y d e la
experiencia que m anifestando lentamente y como por partes los males que er a
preciso re parar, enseño aunque tarde los remedios que combenia aplicar”
4
.
1.1. Fr onteras disí m iles
El territorio tenía que estar vertebrado por un tejido de caminos que
asegura se el domi nio efectivo y la pervivencia d e un ros ario de poblaciones que
coronaba n la frontera y te rminaron adentrá n dose en ella. La política de
poblaciones en el espacio fronterizo constitu y ó un esfuerzo sost enido durante la
centuria y un puntal de l proc eso de aculturación; el modelo de a sent amiento
hispano en la región obe deció a una primera etapa de contención y post eriormente
a una cuñ a de penetració n que buscaba la hispani zación en su doble ve rtiente de
evangelización y de “vi da en poli cía” . Núcleos de población y comunicaciones
fueron el nervio expansi vo de la int egración y el control, dominio y ordenación de
un territorio revalorizado por los rec ursos y la geoe strategia (Lámina nº 1).
La nuev a or ga nización espacial v arió sust ancialmente la relación hombr e-
medio por obra de las nuevas fronteras urb anas, agropecuarias y militares que
expandían la sociedad hispánica y transformaban las adecuaciones indíge nas a la
naturaleza. Por su parte, los españoles asimilaban igualmente aquellos elementos
o estrategias de subsistencia de probado resultado entre los nativos.
3
HIGGINS, Ambrosio, Descripció n del R eyno de Chile, sus pro ductos, co mercio y habitantes;
reflexiones sobre su estado a ctual, con alg unas p roposiciones rela tivas a la reducción de los
indios infieles, y ad elantamien to de aq uellos d ominios de Su Magesta d. Madrid 1767 , en
GONZÁLEZ SANTI S, Aurelio, El Goberna dor A mbrosio O´ Higgins , Ediciones Salesiana s,
Santiago d e Chile, 1 980, págs. 27 -41; DONOSO, Ricardo, El Ma rqués de Osorno Do n Ambrosio
Higgins 1720 -1801 , Universidad de Chile, Santiago de Chile, 1941 , p ágs. 430 -444. Se trata de una
copia fotográfica cu stodiada en el A.N.H.Ch. proce dente de la danesa K.B., Forsk. S. 438 M.
4
A . H. I. R.-A., C . R.- A ., Expediente C-37, fol. 189. Documentos perteneciente s a la Real
Intendencia de Huancavelica 1 796. El marq ués de Osorno a l intendente de H uancavelica, Lima 1 9
de j ulio de 179 6. (fols. 189 -191). Copia de testi m o nio e n: B.N.P ., C 709 , fols. 1 - 3, e n “Ex pediente
sobre varias noticias que pide el Excmo. Sr. Virr ey del Reino cerca de la Agricultura y d emas
adelanta mien tos d e las Pob lacion es desde la creación de Ynt endencias (Huancavelica 1796)”.
Medio físico y panorama humano
47
Lám i na nº 1. A.P.Ch.- G. , Cartog rafía.
“ Carte du Ch i li depui s le s o ud du Pérou Jus qu' au Cap Horn. M. Bonne ( 1780 ) ”.
Medio físico y panorama humano
48
El modelo dual mi sión-fuerte, además de asimilar y contener al indio,
propició el marco inst ituc ional de contacto que terminó por im ponerse y generar
una sociedad resultante por enc ima de enfrentamientos y recelos; la convivencia
vino en para lelo a la ocu pación territorial. Lo espontáneo del flujo fronteriz o junto
a la polí tica oficial de parlamentos creó las bases para el conoc imiento mut uo y la
implicación de ambas c o munidades.
La s fronteras tienen una relevancia jurídica, indic an el derecho aplica ble y
el sujeto con autoridad para ex igir su cumplimiento. P ero también evocan una
comunidad política y el titular de la soberanía
5
. Para los reformistas, la fr ontera
meridional chilena era un espacio cultural, delimitaba la civilización – sedentaria,
agropec uaria, cristiana y civil – de los espacios sust raídos a un ord en p olítico,
urbano, ra cional y úti l
6
. No tenían dudas respecto a que las le ye s de su monarc a
debían aplicarse y que ellos mismos e ran los responsables dele g ados de su
aplicación. Aunque pudiera parecer contradictorio, el mundo indí gena constituía
una comunidad, frag m entada sí, pe ro unidad por el ojo observador hisp ano. En
cualquier caso, la soberanía de tierr as y pueblos la ostentaba su re y , por más que
la impotencia fue ra una r ea lidad y convertirlos en vasallos la difícil solución.
Hay muchos tipos de fronteras: militares, misi oneras, agropecuarias,
socioculturales. Reciban una u otra denominación todas son frontera s p olíticas,
pues delimitan sociedades conflu y entes que por obra del contacto prolo ngado y
continuo genera un a nu eva tipología, legataria de las anteriores pero n ueva en
cuanto sínt esis. Política porque esta define la articulación de la vida en sociedad y
el mundo social lo es todo.
Entre las subfronter as m ás innovadoras podemos situar las emanada s del
cambio de zona climática en la región o de la percepción de un cli ma y naturaleza
opuestos al propio o desconocidos. Junto a los descubrimientos geográficos, se
operó una verdadera invasión de novedades naturales
7
. En este sentido, los
inconvenientes del clima local podían jugar un papel importantes en cuesti ones de
gobierno tanto como en construcciones de la real idad. Además de observar las
5
KYMLICK A, Will, Fronteras terri toriales , T rotta, Ma drid, 2006, pág. 45.
6
MARAV ALL, José Antonio , “La palabr a civilización y s u sentido en el s iglo X VIII”, en
Estudios d el pensamien to español. S i glo XVIII , CEP C, Madrid, 1991, págs . 213 - 232.
7
SÁENZ de MIER A, Jesú s, “Visione s y fragmentos d e la naturaleza americana”, en CHEC A
CREMADES, Fer nando (co ord.), La materia de lo s sueño s, Cristóbal Colón , Junta de Castilla y
León-Sociedad Estatal de Conmemoracio nes Culturales, Sal amanca, 2006 , pág. 2 35.
Medio físico y panorama humano
49
potencialidades de sus recursos y genio de sus habitantes – belicosidad de
españoles e indí g enas – a consecue ncia de form arse una “justa idea del cli ma, del
terreno y d e las produ ccione s”
8
. La s analogías con los duros climas de la Europa
septentrional fueron comunes desde la Conquista, los cronistas establecieron
comparaciones con lo conocido para d escribir lo desconocido. Los paralelism os se
aplicaban entre aquellas lejanas tierras y un a Eu ropa en l a cual habían combatido
con anter ioridad. Para el capitán Alonso de Góngora Marmolejo, los Andes se le
repre sentaban “tan bra va a la apariencia de la vista” como los Alpe s
9
. El reino de
Chile presenta grandes similitudes respecto a España por “un temple mu y sano,
apazible y parezido”
10
. Aunque en otras ocasione s, se presentaba España como
antípodas g eográfica y social del C hile austral, lo cual se pued e pone rse en
relación con la mítica Ciudad de los C ésare s
11
. Montesquieu y a h abía apunt ado en
17 48 que “las necesidades en los di ferentes climas han dado ori gen a los distintos
modos de vida, y éstos, a su vez , han dado or igen a los diversos tipos de ley es ”
12
.
También existen subfrontera s en el mundo de las mentalidades y son más
importantes que much as o al menos influ y en en el resto decisivamente. Los
aborígenes pod rían incli narse d el lado de los extranjeros gracias a la ma y or
liberalidad de estos con sus costumbres y permisividad con sus vicios:
“fra nqueándoles lo que ellos suelen ape tecer”
13
. L o s es pañoles, por el contrario y
precisame nte por la tarea evange li zadora, se mostraban más inclusivos y exigentes
que los protestantes, fueron estos holandeses e n el XVII o ingleses en el XVIII
14
.
8
MASDEU, Jua n Francisco d e, Historia critica de España, y de la cultura española , T . I,
Antonio de Sancha, Madrid, 17 83, pág. 4 5. UNANÚE, Hip ólito , “Observacio nes sobre el clima d e
Lima y s us in fluencias en los seres o rganizados, en esp ecial el hombre”, en Obra s cien tíficas y
literarias del Docto r D. J. Hipólito Unanúe , T. I, T ipografía La Académica, B arcelo na, 1914.
9
GÓNGOR A MARMO LEJO, Alonso de, “Historia de Chile desde su desc ubrimiento ha sta el año
de 15 75”, en ESTEVE BA RBA, Fra ncisco (ed.), Crónicas del reino de Chile , A tlas, Mad rid, 1960 ,
pág. 79.
10
A.H.N., D. -C ., 43, N. 1, fol. 1. Informe sobre el reino de Chile y sueldo co n que sirven los
soldado s de su ejército.
11
F.U.E. , A.C., Doc. 8 -17. AVILÉS, Miguel ( ed.), Sinapia . Una utopía española del S i glo de l a s
Luces , Edito ra Nacional, Madrid , 1976. Vease LÓP EZ, François, “Una utopía española en busca
de autor: Sina pia . Historia de un a equivocación. Indi cios para un acier to”, An ales de la
Universidad de Alicante. Historia Moderna , 2, 1982, págs. 211 - 221.
12
Citado por URT EAGA , Luis, “La teoría de los clim as y los orígenes del ambientalismo ”, Geo
crítica. Cuadern os críticos de geog rafía humana , 99, 1993 [e n lín ea]. Di sponible en
www.divulgameteo.es/ uploads/T eoría -clim as- Ambientalismo.p df. Del mismo a utor, Id eas
medioa mbientales en el siglo XVIII. Naturaleza , clima y civilización , Ak al, Ma drid, 1997 , pág. 7.
13
HIGGINS, Ambr osio, Descri pción del Reyno de Chile …
14
Véase T EJERA, Ed uardo J., Causas de do s Américas. Modelo de conquista y colonización
hispano e inglés en el Nuevo Mundo , Dyk inso n, Madrid, 2005 .
Medio físico y panorama humano
50
La s fronteras entre concepciones y hábitos relacionados con la salud son
igualmente relevantes e impregnadas de ideología. Así se constata en un par de
ejemplos: la extensión de unas viru elas en l a frontera y las costumbres d e aseo
entre pue blos. Respecto al primero, el contag io de 1791 retra só la celebración de
parlamento para evitar u na epidemia fruto de aqu ella reunión, como veremos más
adelante en d etalle
15
. No obstante, el miedo de l os naturales al cont agio de la
enfermedad e ra mu y grande y acusab an a los espa ñoles de su introducci ón
16
. En
relación a la higiene, e l j esuita Molina nos sitúa a nte las percepciones divergentes,
lo cual no era más que u na perpetuación hispana en el tiempo y el espacio, pues
entre las acusaciones d e falsos conversos a los judios, el diferente olor po r efecto
del aceite de oliva frente a las grasas c astellanas era prueba inequívoca de su
culpa
17
. El e xpulso escribía desde I t alia sobre los araucanos, tan “amantes del
aseo” que se peinaban a diario y el baño era “comuní simo entre aquellas g entes”,
pues lo c reían necesario para conservar la s alud y fortificar el cuerpo, como entre
los pueblos de la Antigüeda d. En verano se ba ñaba n muchas veces al día y en
invierno “es ra ro aquel que dexa de baña rse á lo menos una vez”. L as mu jeres lo
hacían mu y a menudo e i ncluso cuando parían se lavaban en el río madre e hijo y
sin mucha dila ción se incorporaban al trabajo, como la s ana costumbre de l as
plebeyas europeas
18
. Traía a colación a Roberto Bland, profesor de obstetricia,
quien consideraba estos hábitos beneficiosos. El aba te H ervás y Panduro recogía
la personalidad e idea s del médico citado
19
. El cuerpo, depósito de metáforas
20
.
La s fr ont eras alimentarias son un subgrupo front erizo que en el ámbito de
nuestro estudio, privado de connotaciones religioso -morales que esti gmatizan
15
CASANUEV A, Fernando, “Una peste de viruelas en la región d e la frontera de g uerra hispa no -
indígena en el reino de Chile (1 791)”, Revista de Historia , 26, 1992, págs. 31 -65; J IMÉNEZ, J uan
Francisco y ALIOT O, Seb astián L., “Enfermedad y daño. Etiolo gía y trata miento d e l a viruela
entre las sociedad es nativas de Araucanía (fine s del siglo XVII I)”, Revista Complu tense de
Historia de Amé rica , 40, 2014, págs. 179 - 202.
16
B.N.E ., Mss. 1589 , fols. 25 -25 v. El maior regosijo en Chille, para sus Naturales, y es paño les
posehed ores de el. Relacio n de la solemnidad : con que el dia 13 de febrero del presente año d e
1772 . celebró Parlamen to con los Yndio s Barbaros en su Pala cio. El M.I. S eñor Don Fr ancisco
Xavier de Morales y Castejon .
17
PÉREZ, Jo seph, Historia d e u na tr agedia. La expulsión d e lo s judí os de Españ a , Austral,
Barcelo na, 2013, pág. 93.
18
MOLINA, J uan Ignacio, Co mpendio de la historia civil del Reyno de Chile , T . II, Imprenta de
Sancha, Madr id, 1795, págs. 117 - 118.
19
HERV ÁS y P ANDURO, Lo renzo, Historia de la vida del ho mbre , T. VII, Imprenta d e la
Administración del Real Arbitrio de Beneficencia, Madrid , 1799, pág. 217 .
20
J ÁUREGUI, Carlos A., Caniba lia. Can ibalismo, calibanismo, antropofagia cultural y co nsumo
en América Latina , Iberoam ericana, Mad rid, 2008, pág. 13 .
Medio físico y panorama humano
51
ciertos animales, suponían un cauce fluido de int erc ambios, si bi en paul atinos
21
.
En los parlamentos, españoles e indígenas compartían carne, pan y vino, a modo
de banquetes colectivos – simposia – o sisitias lacedemonios. Ade más de la
confra ternización, ma y or o menor según el caso y lugar, si gnificaba – al i gual que
la antigua Espa rta – la consa g ración del principio de i gua ldad ( homoioi ). De
hecho, c aciques, capitanejos – sus tenientes – o mo cetones, se tenían po r i guales en
todo salvo en custiones de dirección pa ra la guerra o d e protocolo ante los
españoles
22
.
Para los araucano-mapuches suponía un aporte adicional o reserva de
proteinas, para los espa ñoles la viva imagen d e una b acanal transunto de la
imaginación de Rabelais en su “ Gargantúa y Pantagruel” o gula di gna del
mismisimo emperador romano Heliogá b alo
23
. La abundante carne se consumía, en
perce pción ajen a, fund amentalmente a la brasa, se g ún “la moda de lo s
bárbaros”
24
. Con ocasión del parlamento celebrado en Santiago en 1772, s e hizo
acopio de carne, verduras, sal, ají y demás alimentos para ambos grupos
25
. Con la
prolongación de los discursos, se dispuso en el palacio de gobier no un al muerzo
mestizo consistente en: mate con azúcar a usan za del país, té, café, chocolate,
licores, vizcochos, fiambre, dulce s, frutas y vinos de la tierra
26
.
La visión parc ial o inco mpleta de la realidad americana era nota común a
pesar de los es fuerzos realiz ados por científicos que, desde diferentes dis ciplinas
académicas – botáni ca, etnografía, geo grafía , zoo logía o lingüística – , abordaban
por entonces su fabuloso espacio. El jesuita expulso chileno J uan I gn acio Moli na,
desde su destierro it aliano recordaba cómo “Europa vuelve al presente toda su
atención hácia la América”
27
. Otro ignaciano, Fe li pe Gómez de Vid aurr e,
apuntaba lo mucho que quedaba por hacer para el cabal cocimiento del r eino de
21
Para esta línea de investigac ión: GARRIDO AR ANDA, Antonio (comp.), Los sabores de
España y América , La Val de Onsera, Huel va, 1 999; del mismo co m p ilador, Comida y cu ltura.
Nuevos estudios de cultura alimentaria , Universidad de Córdoba, Córdoba, 2009 . Y el clásico
enfoque antropo lógico de HARRIS, Marv in, Bueno p ara comer , Alianza Ed itorial, Madr id, 2005.
22
B.N.E ., Mss. 1589, fols. 43 -43v. El maior rego sijo en Chille ...
23
RODRÍGUEZ- ALEG RÍA, En rique, “Eating like an Indian : Nego tiating Social R elatio ns in the
Spanish Colo nies”, Stanford Journal o f A rchaeology , 4, 20 05, págs. 5 51-573; RABELAIS,
François, Gragantúa y Pantagruel (los cinco libros) , Acantilado, Barcelona, 2011; PICÓN,
Vicente y CASCÓ N, Antonio (ed s.), Historia Augu sta , Akal, Madr id, 1989, págs. 335 -372.
24
CUNQUEIRO, Álvaro, La cocina cristian a de Occid ente , Tab er, Barcelona, 1 969, pág. 82.
25
B.N.E ., Mss. 1589, fols. 26. El maior rego sijo en Chille …
26
B.N.E ., Mss. 1589, fols. 54v -55v. El maior rego sijo en Chille …
27
MO LINA, Juan I gnacio, Co mpendio de la historia geo grafica, n atural y civil del reyno de
Chile , T . I, An to nio Sancha, Madrid, 1788, pág. III.
Medio físico y panorama humano
52
Chile, “que y o considero como uno de los paises mas be neficiados de la
naturaleza” , incluso empezado por su mera localización geográfica: “lo ha llo todo
él tan desfig urado por l os Geógrafos, que, apenas por la descrip cion qu e de él
hacen, se pued e venir en conocimiento de su situacion en el Orbe”. Por el
contrario, elog iaba la l abor de los viajeros, no obstante delimitada en sus
resultados. Inc ulpaba tambi én a la Historia de la perpetuación de errores:
Los historiadores de este pais, solo ellos podian desterrarlos todos;
pero por des gracia d e este Reino, arre batados éstos del deseo de
pintar hec hos gloriosos de una y otr a parte, ha n descuidado de
hacer conocer al mun do el lugar disputado, como que no
concurr ieses a la gloria de los conquistadores la posesion de un
terreno sanísimo, fertilísimo y riquísimo, y no fuese esto bastant e
para justificar la oposicion obstinada de sus primeros poseedore s
28
.
Un curtido militar -cronista, figura tan asentada en el Chile del X V III
como la del soldado-c ronista del XVI , y c riollo llamado Carvallo Goy en eche
repasa ba los obstáculos que se oponían al florecimiento del país, empezando por
la crónica despoblación y , a su entender, des acertada política llevada hasta el
momento ante el problema mapuc h e. Como todos, contemplaba al paradójico
reino chileno como “el ter ritorio más rico de la América meridional, y es al
mismo tiempo el más po bre”
29
. Y alejado, condicionante que asociaba la noción
periférica a la fronteriza. Si Santiago era la frontera del Perú, las fr onteras
meridionales – a raucana, cordillerana y huilliche – lo era n de l a a nterior
( denominado el conjunto “ Reino de Chil e y su F rontera ” ), nominadas en atención
a las distancias. Sin contar con las inmensas soledades austra les
30
.
28
GÓMEZ de VIDA U RRE, Felipe, “ Historia geografica, natural y ci vil del reino de Chile”, e n
Coleccion de Historiado res d e Chile y de do cumentos relativos á la Histo ria Naciona l , T . XIV,
Imprenta Ercilla, San tiago de Chile, 18 89, pág. 3.
29
A.G.I., Chile, 31 0. Memorial qu e presenta al rey nuestro se ñor do n Carlos Cuarto, d on Vicente
Carvallo y Goyenech e… En LORENZO SCHIAFFINO , Santia go (ed. ), Fuentes para la historia
urbana… , pág. 3 03. Para la carrera castrense d el valdivian o: A.G.I., Chile, 190 . Ho ja de Ser vicios
del capitán graduado de caballería Vicente Car vallo. Certificad o p or Domingo Álvarez R amírez,
sargento mayor d e in fan tería y dr agones del Real Ej ército del reino de Chile. Concepci ón, 1 de
enero de 1777. Para el estamento militar chileno: ALLENDE SALAZAR ARRAU, Jorge de,
“Ejército y milicias d el Reino d e Chile (1 737 - 1815)”, Boletín d e la Acad emia Chilena d e la
Historia , 66 , 1962, págs. 102 -178 .
30
SERRAT O HIGUERA, Rubén Darío, “Per iferias i mperiales y fronteras colo niales en
Hispanoamérica” , Fronteras d e la Historia , vol. 17, nº 2, 2012, págs. 246 -254.
Medio físico y panorama humano
53
1.1.1. De la Araucanía a Chiloé
El medio físico no p uede ser considerado como determinante del
desarrollo de las comunidades humanas, pero sí es un condicionante poderoso ,
aunque el hombre se ha adaptado a todos los ecosistemas con res ultados
diferentes. La importancia del medio físico vi ene dada por las respuest as y los
resultados de la adaptación cultural d el hombr e al medio, por los de nodados
intentos de rea daptar el entorno, max imizando los rec ursos y minimizando las
care ncias, que e stán en la géne sis de una cultura
31
. Uno de estos casos sin gulares
es el medio arauca no.
El cronista Alonso de Góngora Marmolejo rea li zó la más ajustada
descripción que puede hacerse del territorio c hileno en orden a resaltar su
distribución longitudinal enmarcada entre el Océano Pac ífico y la cordiller a de los
Andes: “Es el reino d e C hile y la tierra de la manera de una v aina despa da,
ang osta y lar ga”
32
. Autores posteriores llevaban el reino hasta el ex tremo sur, al
Cabo de Hornos
33
. El jesuita J uan Ig n acio Mol ina matizaba la sensación de
encajonamiento físico desde una ópti ca positiva, así los Andes eran “in expugna ble
barrera por la banda de tierra, mientras el océano le defiende por la de poniente”
34
.
Sin duda, el rasg o que marca la geografía chilena es su ca rácter encajonado que
origina numerosos valles fluviales flanqueando los ríos que descienden de la
cordillera en busca del mar; no obstante, al nort e domina el desierto de Atacama
que lo separa del Perú y al sur el archipiélago de Chiloé y sus prolongaciones
australes (Láminas nº 2 y 3). La zona central, fértil y de clima mediterráneo, fue
prontamente ocupada por los españoles. Confor me se avanza hacia la región más
31
FERN ÁNDEZ-ARME STO, Felipe, Civilizaciones. La l ucha del homb re por controlar la
naturaleza , T aurus , Madrid, 2002; CUNILL G RAU, P edro, “La geohistoria”, en C ARMAGN ANI,
Marcelo, HERNÁNDE Z CH ÁVEZ, Alicia y ROMANO, Rug gier o (co ords.), Para una historia d e
América I. La s estructuras , F CE, México, 19 99, págs. 13 - 159.
32
GÓNGOR A M ARMOLEJO, Alons o de, “Histor ia de Chile desde su Desc ubrimiento hasta el
año de 1 575, com pue sta por el capitán Alonso de Góngor a Mar m o lejo”, en ESTEV E BARBA,
Francisco (ed.) , Crónicas d el Reino d e Chile …, pág. 79.
33
FERNÁNDEZ C AMPINO, J osé, Relación del Obisp ado de S a ntiago (1744) , Editorial
Universitaria, Sa ntiago de Chile, 1981, pág. 20. Véanse: B .N.E., Mss. 1 3441. Descripción del
Reino de Chile , fols. 144 -153; VÁZQUEZ DE ESPI NOSA, Anto nio, Descrip ción del Reino d e
Chile , Instit uto B las Caña s, Santiago d e C hile, 19 86; BR ADLEY, P eter T ., “Una exped ición
informativa y fascinador a a las costas de Chile”, Anu ario de Estu dios American os , vol. XVIII, nº
1, 1974, págs. 1- 17.
34
MOLINA, Jua n Ignacio, Compendio de la historia geográ fi ca …, pág. 2.
Medio físico y panorama humano
54
Lám i na nº 2. B.N.Ch., S al a Medina, Mapoteca, Lám ina 68.5 (A. 7-5 [12] )
B.N.E., MV/25. F r agm entos del “ Mapa g eográfico de América Meridion al
Dispuesto y G ravado por D . Juan de la Cruz Cano y Olm edilla . Mad ri d, 1775”.
Medio físico y panorama humano
55
Lám i na nº 3. B.N.Ch., S al a Medina, Mapoteca, Lám ina 70.7 (A. 7-5 [12] )
B.N.E., MV/25. F ragmentos de l “ Mapa g eográfico de Am éri ca Me r idion al
Dispuesto y G ravado por D . Juan de la Cruz Cano y Olm edilla . Mad ri d, 1775”.
Medio físico y panorama humano
62
recursos materiales y articulando estrategias defensivas. Estas preocupaciones
serían una constante durante toda la Colonia. A finales del Setecientos el virre y de
Lima Ambrosio O ´ Higgins encomendaría a su sobrino con ocasión del viaje que
iba a e mprender a la frontera y archipiélago, tener presente que “uno de los
objetos de más consideración en este Virre inato es mantener las islas de Chiloé en
estado de defende rlas”, pues “la abundancia de maderas, la f ac ilidad de su
comunicación con los n aturales del continente” y otr as circunstancias obl iga ban
“a mirar aqu el puesto como digno de la primera atención y cuid ado” velando “sin
cesar por su conservac ión”
65
.
Si Chiloé representaba un antemural del Pacífico indiano frente a las
incursiones europeas, desde la propia América meridional era ob servado co mo “el
borde del mundo civilizado”
66
, y como t al podría servir de plataforma p ara la
pacificación del territorio de modo que “las Nac iones feroces, que median entre el
Biobio, y Chiloe pueden domarse por esta Provincia mejor que por otra alguna”.
Una frontera sobre la que actuar como tenaza desde el valle centra l santiaguino,
poblado, urbano y asimilado al mundo castellano, y el hispaniz ado con fín austra l
chilote. Poseían las islas un clima húmedo que permitía una agricultura pobre con
cosecha s d e trigo, ce bada, habas, frijoles, papas, hortalizas y manzanas;
producción de lino y tejidos que se exportaban a las localidade s c osteras chil enas
y al Perú. El ganado tanto mayor, vacuno y caballar, como menor, numerosas
ovejas adaptadas al medio escarpado isleño, ofrecían un tamaño inferior al
continental por la esc asez de pastos. El porcino se desarrolló fa vorablemente y
estaba destinado en parte al comercio. Los recursos fore stales eran abundantes por
el “espeso bosque que a bruma à este suelo”
67
.
El hombre , na tivo o español, se adaptó al medio geográfico host il en base
a dos fuentes de riqueza: en primer lugar el ma r y sus abundantes p eces, m ariscos,
lobos marinos para aceite de los indi os chonos y ballena s para los indígenas de la
isla de Kailin; y a fin ales del siglo XV III para los balleneros bostonia nos. En
65
O´HIGGINS, Tomás, “Diar io de viaje del capitán D. T omás O´Higgins, d e ord en del virrey de
Lima, el marqués de Osorno. 179 6 - 1797”, Revista Chilena de Histo ria y Ge ografía , 1 01, 1942,
pág. 42 . A.G.M.S., Secció n 1 ª, Legajo 0 - 114. El virrey del Per ú inf or m a sobre la com isión de
inspección en la fro ntera de Chile.
66
URB INA B URGOS, Rodo lfo, Go bierno y Socied ad en Chilo é colo nial , Universidad d e Pla y a
Ancha, Valpar aíso, 19 98, pág. 8.
67
A.G.M.M., Ministerio de la Guerr a, Ultra m ar , Capita nía general de Chile, Caj a 5 357,
Subcarpeta 7 -A-5. Discurso q ue hace Don Lazaro de Ribera… , fols. 3- 10.
Medio físico y panorama humano
63
segundo lu ga r, los bosq ues con maderas fáciles de trabajar para embarcaciones,
revalorizados para la ma rina ilustrada (Lámina nº 4)
68
.
La s pobla ciones españolas de verdadera entidad no eran más que cuatro,
arra strando el lastre de l a dispersión y su difuso aspecto urb ano, a saber: Castro,
San Carlos, Chacao y Calbuco
69
; puertos diseminados y fortificaciones
completaban las estructuras urbanas hispanas de penetración, consolidac ión y
defensa . En c uanto a las comunicaciones, en toda la provincia eran “las orill as del
Mar” los ca minos, cuand o el medio o los re cursos no permitían otra cosa
70
.
1.1.2. Estructura de un espacio en conflicto y relacional
Según se entendía oficialmente en el siglo XV III , la soberanía significaba:
“Alteza, y poderío sobre todos”
71
. Como se observa claramente a primera vista, la
idea básica no es territorial, sino personal. Una perpetuación de los vínc ulos de
vasallaje interpersonales de la Edad Media que unían al vasallo con su señ or, si
bien el espac io era con siderado un e lemento c onfig urador de dicha conexión
jurídico-política. En el i mperio multinacional de los Borbones en Indias, los lazos
eran para con el rey, nexo de unión de pueblos o nac iones indias fronterizas, como
gustaba recordar la documentación. La cohesión holística del conjunto dependía
del monarca, todos los elementos cobraban nuev a y distinta entidad como partes
de un conjunto, superado el nivel fragmentario gracias a las interaciones. Es decir,
procesos múlti ples i nterconec tados que, aunqu e piezas, componían la totalidad
imprescindible para su comprensión
72
.
68
HANISCH, Walter , La isla d e Chiloé… , pág. 12.
69
Según Moraleda sólo San Carlos ofr ecía aspecto de p ueblo, aunque “mal sit uado y
desordenad o”, el resto incluida la capital Castro a pesar de presentar “desde f uera e l asp ecto de
Pueblos por el conjunto de casas à la r ustica que tie nen, y la Igle sia” sólo estaba n hab itadas e n
Pascua, Sem ana Santa y otras fiestas e n las q ue los misioneros atendían las necesidad es
espirituales d e la po blación. A.M.N., Ms s. 61 3, Doc. 1. Brebe Descripcion d e la Provin cia de
Chiloe… , fol. 1 46.
70
R.B., I I/2840, fol. 71.
71
Dicciona rio de la lengua ca stellana, en q ue se exp lica el verdadero sentido de las voces, su
naturaleza , y calid ad, co n las phrases, o modo s de h ablar, los proverbios, o ref ranes, y otras
cosas conven ientes a l uso de la len gua , T . VI, Imprenta d e la Real Aca demia E spañola po r los
herederos d e Francisco del Hierro, Madrid, 1739, pág. 124.
72
WOLF, Eric, Europa y la gente sin historia , FCE, México , 2005 , pág. 15.
Medio físico y panorama humano
64
Lám i na nº 4. “ Provinc i a y Archipiélago de Ch il oé en el Reino de Chile po r Fr. P edro
González de Agüeros ” . A. M.P.S.M ª , l eg. 2060 y A.G.I ., Mapas y planos,
Pe rú y Chile, 130 y 130 bis.
Medio físico y panorama humano
65
La monarquía imperial española era un espacio abierto, integra dor ad intra
y cauteloso ad extra , es decir, tan receptivo al ámbito doméstico como repulsivo a
la inj ere ncia externa
73
. El poder de los españoles más allá del Bío -B ío, entendido
como capacidad para pr oducir los e fectos desea dos
74
, no era más que relativo
frente a l a im perante n egociación (Lámina nº 5). La lealtad era h acia el so bera no,
tanto la de propios como la de extraños, el poder dele g ado se ejercitaba en nombre
del re y y la fidelidad de consagraba al mismo. E n consecuencia, se buscaba en
aquellos territorios de frontera l a fi delitas indica por encima de la posesión
efec tiva del territorio, autónomo de hecho, lo cual no se tradujo en una renuncia
de la propiedad, pues se trataba de las tierras y pueblos del rey distante. Pero el
pragmatismo gubernativo imperante miraba hacia otra parte a la hora de reclamar
de facto la presencia de símbolos de soberanía, conformándose con l a ritual
asunción de re conocimientos de iur e por p arte de los insumisos súbd itos, en
especial, los jura mentos de fidelidad al re y .
En aquellos espacios, el imperio gobernaba sobre pueblos más que sobre
territorios, tra dición europea de la Mon arquía His pánica que, pasado el tr atado de
Utrecht, se pro yectó en el Nuevo Mundo por obra de los renovados afanes de
expansión en las fronteras imperiales que asumieron las potencias marítimas en
colisión permanente. Un a estructura imperial está basada en la heterogeneidad,
esto es, en la integración de pueblo s y territorios. Conquistar es poblar o sujetar,
de ahí que junto a la cartografía, la evangelización y la soberanía acompañen a las
armas en repr esentac ió n de sendos poder es p or donación papal al re y , p ero
también por necesidad mutua
75
. Los mapas suponen una primera toma de pos esión
de territorios y poblaciones al qu edar integrados en una cronología y
epistemología occidenta l
76
. Espacios y gentes, tan diversos pero vinculados, que
73
FERNÁNDEZ SEBASTIÁN, Javier, “Introducció n”, en G OLDMAN, Noemí (ed .), Dicciona rio
político y socia l d el mundo iberoamerica no. Concepto s p olíticos funda mentales, 1770 -1870 .
[Iberco nceptos- II ] , v ol. 10 (“Soberanía”), CEPC -Universidad d el País Vasco, Madrid, 2 014, p ág.
13.
74
Sobre esta definición: RU SSELL, Bertrand, El poder.Un nuevo análisis social , RB A, Barce lona,
2013.
75
Par a el siglo XVI véase SÁNCHEZ, Antonio, La espa da, la cruz y el Padrón. Sob eran ía, fe y
representación cartográfica en el mundo ibérico bajo la Monarq uía Hisp ánica, 1503 -1598 , CSIC,
Madrid, 201 3. P ara la representación del esp acio en la cent uria ilustrad a: LASA, L uis I. y LUIZ,
Mª Teresa, “Representación del espacio patagónico. Una inter pretación de la car tografía jesuítica
en los siglos XVII y XVIII”, Cuadernos d e Historia , 3 5, 2011, págs. 7 -33.
76
VALLE, Ivo nn e del, Escribie ndo desde los margen es. Colonialismo y jesuita s en el siglo X VIII ,
Siglo XXI, México , 2009, p ág. 13.
Medio físico y panorama humano
66
Lám i na nº 5. Mapa de l Reino C hile, desde Cop i apó (N ) hasta Chiloé (S).
Ambrosio H i gg ins ( 1768). A.N.H.Ch., Mapoteca .
Medio físico y panorama humano
67
era necesario orde na r simbóli ca y materialmente mediante un imperio de
pueblos
77
.
El principio de territorial idad era superado por el de etnicidad, no es más
que una tr aslación del pensamiento clásico del re y d e pueblos – de l ongeva
tradición en la cultura mediterrá nea y p róximo oriental – , al tiempo que un
reconoc imiento pragmático de la inca pacid ad material de control sobre tan vastos
territorios. Los dispositivos de poder radicados en la región c onstitu y en e l núcleo
de la re alidad fronte riza interé tnica y sus poliédricas relac ion es, que
evolucionaron a grandes ra sgos de la r esistencia a la adaptación del mundo
indígena . El sentido de pertene ncia a un g rupo o comunidad difere nciada po r
rasgos cultur ales propio s, frecuentemente comp rendidos por o posición a otros,
ge neró estrategias de inclusión ig ualmente diversificadas de sde la perspectiva
española: de la atracción o búsqueda d e la alianza al enfrentamiento y conflicto.
No obstante, el conflict o forma parte de la convivencia de igual maner a que el
entendimiento termina imponiéndose por el contacto si no s e llega a la ruptura con
anterioridad.
Además, no hay que olv idar que las palab ras – soberanía o identidad, po r
ejemplo – se transforman al compás de las socieda des y sus si gnificados
experimentan cambios conceptuales que son necesarios contemplar para l a
comprensión presente del pasado
78
. L o identitari o emerge en nuestro mund o
globalizado, o quiz ás sea mejor observar su renacimiento, pues l a multiplicidad de
identidades er a moned a corr iente en l as permeables y sincréticas fronteras
hispanoamericanas de la I lustr ación
79
. L a func ión de las fr onteras e staba
conectada con su con cepción espacial par a los es pañoles – front era natural, en este
caso fluvial –, la cual actuaba como”la ra y a y tér mi no que p arte y divide los
Reinos, por estar el uno fronter o del otro”
80
. Mar caba el límite fijo de la ti err a
77
KAGAN, Richard, “Poblando las Am érica s: unas observa ciones comparadas”, e n BERNABÉU
ALBERT, Salvado r (coor d.), Pob lar la inmensida d: sociedades, con flictividad y rep resentación en
los márgen es del Im perio Hi spánico (siglos XV - XIX) , C SIC-Ediciones Rubeo, Bar celona, 201 0,
pág. 536 .
78
A este respecto resul ta esclarec edor el sigu iente en sayo: B ENIGNO, Fra ncesco, Las pala bras
del tiempo . Un ideario pa ra p ensar históricamen te , Cátedra, Ma drid, 2013.
79
Véase sobr e el tem a: ROCH IBAUX, David, “Identidad es indefinidas: entre indio y mes tizo e n
México y América Latina”, A mérique Latin e Histoire et Mémoire. Les Cahiers ALHI M , 1 3, 2007
[e n línea]. Disponible en h ttp://alhim.revues.or g/1753.
80
Dicciona rio de la len gua castellana, en que se explica el verdadero sentido de las voces, su
naturaleza , y calid ad, co n las phrases, o modo s de h ablar, los proverbios, o ref ranes, y otras
Medio físico y panorama humano
68
“civilizada”. Mientras que para los indígenas el nexo lo constituía el
aprovec hamiento de los recursos n ece sarios para la economía de subsistencia en
el ámbito de sus desplazamientos – movi lidad – . Los aborígene s interrelacionaban
frontera y etnicidad, pu es la primera creaba, reconocía, protegía y aseguraba l a
existencia de la segunda. En conclusión, la vis i ón política se en frentaba a l a
perce pción económica y sociocultural. Un ejemplo más de la diver gencia en las
interpretaciones de la realidad fr onteriza para unos y otros, fuente de conflicto.
El virrey del Perú Guiri or, en comunicación al ministro Gálvez, dejaba
sentada la operatividad de la idea d e frontera n atural para los españoles, cuyo
significa do resulta clave para comprender e int erpretar su fijación en el río Bío -
Bío. La jurisdicción delimi tada por un hec ho incontestable de la naturaleza
acumulaba v entajas – y e vitaba problemas – sobr e los hit os artificiale s visibles en
espacios de continuidad terr itorial:
Dos naciones, dos pu eblos, dos jurisdi cciones, que estén sólo
divididas por signos arbitrarios quedan en continua ocasión de
disputas y controve rsias sobre la propied ad y el uso de los lugares
limítrofes. Todo cuerpo, toda sociedad, por un ímpetu g eneral de la
naturaleza, aspira a ex tender sus límites, a hazer mejor su
condición respe cto del vecino; de donde resultan las continuas
disputas y emula ciones, no sólo de las naciones y de los pueblos,
sino aun de los dueños de las más pequeñas heredades
81
.
Ciertamente, los españoles no renunciaban a la colonización más austral,
empresa que estuvo pres ente en las actas del parlamento de Lonquilmo de 17 84.
Hispanos e indí genas, mancomunadamente como vasallos de un mismo monarca,
debían esforzarse por repe ler ataques d e enemigos de l a Corona. En ca so de
desembarcos para establecerse en las dilatadas costas meridionales, “ retirarán sus
ga nados diez leg uas tier ra adentro” e n pre v ención de avituallamiento de l i nvasor.
También se encarga b a a los caciques fieles la obligación de advertir si hacia las
cosas co nvenientes al uso de la lengua , T . III, Imprenta de la Real Acade m ia Español a po r la
viuda de Francisco del Hierro, Mad rid, 1732, pág. 801.
81
Me m o rial de Manuel de Guirior a José de Gálvez. Lima, 20 de m a yo de 17 78. Citado por
HOLGUÍN CALLO, Os w ald o, “ Extensión y fronteras d el Perú: alcances d el Setecie ntos (1740 -
1800)”, en CÓRDOVA, Hi ldegardo (ed. ), Espacio: teoría y pra xis , PUCP-CIG A , Lima, 19 97,
pág. 172 .
Medio físico y panorama humano
69
tierras maga llánicas “se hallaba alguna colonia o establecimiento de ge nt e
extraña y que den cuenta de lo que s upieren (…) con el seguro de que
verificá ndose serán p remiados a correspondencia de las diligencias qu e hicieren
para de scubrir su ex istenc ia”
82
.
El parlamento d e Negrete de 1793 estipulaba que, consa grado el libre
derec ho de paso por las tierras meridionales, quedaba abolida la costumbre de
pedir permiso previo a los caciques que enseñorea ban el t erritorio de las fronteras
araucana y huilliche – desde Concepción h asta Chi loé, pasando po r Valdivia como
eje divisorio entre a mbas – . L o trascendental del a rtículo recaía en el recordatorio
hecho sobre la distinción entre posesión nativa y p ropieda d regia, irrenunciable:
Que como mant eniendo S.M. a todos los Indios de los quatro
Butalmapus en la posesi ón de las Tierras que c omprehende n, ha
conserva do siempre so bre éstas el dominio alto que como a
Soberano du eño de todo le corresponde, y es irregular y opuesta
a este principio y a la facilidad del comercio y comunicación que
conviene, la continua ción del rito costumbre de solicitar de los
caciques por cuyas tierra s pasan los caminos entre Concepc ión,
Valdivia y Chiloé p ermiso para el tránsito de t odo Pasagero y
comerciante, y mucho más para el de los Correos y transporte de
Tropa, pertrechos, víveres, y demás efectos que de su Real orden
se conducen por Tierra a aquellos destinos; desde ahora en
adelante todos los Caciques principales y subalternos de los quatro
Butalmapus deberán est ar entendidos que en lo sucesivo todo
hombre que llevando Pasaporte del Sr. Coman dante general de
esta F rontera , o de los particulares de las Plazas de ella se
presentare al ca mi no so lo, con cargas de efectos del servicio, o de
su particular comercio e interés, deberá ser admitido a su tránsito,
sin precedente instancia ni formalidad de a quellas que hasta
ahora se h an practicado; en la inteligencia de que si los Correos,
Pasageros, o Arrieros fueren atajados e impedidos de p asar
por defecto de aquellas circunstancias, se pro cederá contra los
Autores de este exceso hasta hacerles entender que todo quanto
tienen lo de ben a l a piedad y munificencia del Rey y que en su
goce deben arreglarse a los términos que S. M. q uiere prescrivirles
ahora para en ade lante
83
.
82
A.G.I., C hile, 193. Articulado del Parlamen to general celebrado con los indio s de los cua tro
butalma pus de la frontera en Lonq uilmo del 3 al 7 de en ero de 1784 por Ambro sio Hig gins de
Ballena r, comisionado por el p residente Ambrosio d e Benavides (artículo 18).
83
A.G.I., Chile. Artículos p ublicado s en el Parlamento g eneral d e los I ndios d e Chile
cong regados en el Camp o de Negrete d e orden d el M. Y. S. Don A mbrosio Higgin s Vallena r en lo s
días 4, 5 y 6 de Marzo de 1793 .
Medio físico y panorama humano
70
El 25 de febrero d e 1797, Tomás O´Higgins, co misionado p or su tío el
virrey para l a inspección de la frontera chilena, se entrevistó con tres caciques, a
saber: Juan Volevi, Vadalevi y Haclucura. El encuentro tuvo lugar en “tierras
pertenecientes a é l”, en referencia al primero. En todos los casos se les rec rim inó
porque sus mocetones robaban ga nado, incluso ha bían atacado con laqu es y palos
a la caravana qu e ac ompañaba un capitán de amigos. L a falta era doble, pues este
repre sentaba una autoridad real y los ganados era n d el re y . En consecuencia,
debían dar parte al comandante d e la plaza de Nacimiento para que ap resados
fueron condu cidos para su castigo a plaza segura. Además, a pesar de r econocer
que eran sus ti erras, se veía con el respaldo suf iciente como para amonestarlos
severa mente, pues no tr ataba de dere chos jurisdi ccionales sobre un feudo, sino de
vasallaje era sobre súbditos. No obstante, les inst ó a mantener francos los c aminos
para los viaje ros de Valdivia, según habían prometido en los parlamentos de
Lonquilmo (1784), Negrete (1793) y la última parla de Concepción, pero
buscando la tranquilidad necesaria para el tráfico comercial. Quietud que
procura ba y aconsejaba con sus enemigos pehuenches. L a armonía ent re todos los
agentes del territorio obedecía a fundamentos personales y territoriales: “así par a
los indios como para los espa ñoles; supuesto que todos habitaban en dominios de
un mismo rey, y siendo sus vasallos, debían a marse como hermanos”
84
.
Si solamente se reconocía al indígena libre la capacidad para sus cribir
tratados entre pa rtes soberanas, e ntonces: ¿qué p apel cumplían unos “va sallos” en
la firma de unas c apitulaciones interétnicas? Si podían hacer la guerra, también
podían hacer l a paz, pues de ambos modos se relaciona “uno ” con el “otro”, tanto
antropológico como político. L a i gualdad se fu e constru y endo en un camp o social
de tensiones endóg en as y ex óge n as, en busca del consenso
85
. P ara los araucano-
mapuches no e ran más que acuerdos sobre la vida en la frontera y co mo tales
podían alterarse se gún las circunstancias e intereses de cada momento . Para los
españoles, eran juramen tos que obligaba n no a extranjeros, sino a súbditos del
mismo rey que obviando su sag rada obligación se enfrentaban al ord en natural de
las cosas. Un paralelismo más con F land es y sus rebeldes holandeses.
84
O´HIGGINS, T om ás, “Viaje del capitán D. To m ás O ´Higgins, d e orden del virrey de Lima, e l
marqués de Osorno. 1 796 - 1797”, R evista Chilena de Historia y Geog rafía , 103, 1943, pág. 50.
85
BECHIS, Ma rtha, Piezas de etn oh istoria del sur suda mericano , CSIC, Madrid , 2008, pág. 113.
Medio físico y panorama humano
71
Dos opiniones contrapuestas al respecto ilustran el choque de
mentalidades. Recordando lo apuntado por el con de Superunda siendo g obernador
de Chile – informe de 26 de febrero de 1739 – , en cuanto a que la p erpetuación de
su problemática ob edec ía también a “fines p articulare s de los jefes de aquella
frontera y de los gobernadores de aque l r eino”. Un interé s personal que tenía “por
único objeto sus comodidades y sus a delantamientos”. Es de cir, l a f rontera como
escenario “interesado” para la vía de as censos
86
. Un modelo que originar iamente
buscaba la emulación en el servicio como base del éxito: “atendie ndo má s a los
beneméritos todos quedaran c ontentos y se animaran a merecer”
87
.
Pero no eran los únicos proclives al mantenimiento del stat u quo , pues los
naturales, “hombres insid iosos y que no s e av ergüenzan de faltar a la palabra,
aunque la a fiancen con juramento” , compartían aque l complejo y a mbiguo
espacio cultural de relaci ones, que incluían desde el choque y la r esistencia hasta
el contacto y los préstamos. El ejemplo de lo s ucedido tras el parlamento de
Nacimiento de 1764 y su incumplimiento con el levantamiento de 1766, il ustra
esta per cepc ión pe y orati va: “se desprendieron d e los vínculos del consentimiento,
que afia nzaron con juramento, tomando las ar mas”. He cho “e scandalos o” que
revelaba un as paces tan fin g idas como la nue vamente rota en 1769, cuando
accediron a pactar int ere s adamente con el gobernador Francisco J avier de Morales
en el parlamento de Negrete de 1771 únicamente porque se veían obli ga d os “de
las necesidades en que le s puso la g uerra que ellos mismos movieron”
88
.
En otra ocasión, un veterano hombre de frontera, hablando de las luchas
intestinas, sentenc iaba en relación al rebelde toqui pehuenche de Mallec o
Aylla pan g ui: “los enredos de este Yndio son ta ntos que quasi no se pueden
comprehender, y por lo que bemos, en él las ami stades que tiene con nosotros
86
CERVILLA LO ZADA, Joana, “La p residencia de C hile: entre la élite local y la Gu erra de
Arauco”, en P ARDO -FIG UEROA T HAYS, Carlos y DA GER AL V A, Joseph (co ords.), El virrey
Amat y su tiempo , PUCP , Lima, 2004, p ágs. 29 - 57.
87
B.L., E. Ms. 347, fols. 5 7 -62. Memorial del Conde Duq ue de Olivares sobr e las m ercedes.
Madrid, 28 de novie m br e d e 1621 . ELLIOTT , Jo hn H., P EÑA, Jo sé F. de la y NE GREDO,
Fernando (eds.), Memoriales y cartas del Conde Duque de O livares , vol. 1. Po lítica interio r, 1 621 -
1645 , Centro de Estudios Eu ropa Hispánica -Marcial Po ns, Ma drid, 2013, págs. 51 -56; B.N.E .,
Mss. 17 635, f o ls. 202 -206; CÁNOVAS del CASTILLO, Anton io, Estudio s del rein ado de Felipe
IV , II, Imprenta de A. Pér ez Dubrul l, Madrid, 1888, págs. 499 -503.
88
A.G.I., Chile, 31 0. Memorial qu e presenta a l rey nuestro señ or don Carlos Cua rto, don V icente
Carvallo y Goyeneche… , En LORENZO SCHI AFFINO, Santia go (ed .), Fuen tes p ara la h istoria
urbana… , págs. 301- 330.
Medio físico y panorama humano
78
Lonquilmo (1784), había reconocido que el gran ca uc e for maba “nuestra frontera
con los indios”
105
.
Con un criterio realista y pra g mático se había ex presa do Joaquín
Villarrea l, quien delimitaba horiz ontalmente y de modo simplificado el reino de
Chile en dos zonas ocupadas por españoles e in dios rebe ldes. Si bien el B ío- Bío
era la línea demarcatoria , añadía un elemento más que superaba su mero carácter
de frontera natural y lo fortalecía: la amenaza indí ge n a. I mperativo estratégico,
pues los españoles no podían “ ser atacados de los indios por otro lado, porqu e no
hai indios que temer por la parte del Perú, ni por el mar, ni por la cordillera
nevada”. A excepción d e plazas como Arauco y el pr esidio de Valdivia, hasta
Chiloé el terreno era insum iso y así lo reconocía abiertamente
106
. Además,
quedaba la v asta costa, inabarcable en su d efensa y siempre expuesta al enemig o
europeo. En d efinitiva, la jurisdicción de Con cepción estaba tan indefinida en sus
prolongaciones australes como incierta su posesión real, abierta y en pro ceso: “se
reputa alcanzar donde la Religión ha g a procélitos hasta el mismo Ca bo de
Hornos”
107
.
Contemplamos dos fronteras: la araucana – des de el río Bío- Bío hasta
Valdivia – y la de “arriba” o huil liche – del presidio a Chil oé – . Ambas constreñidas
entre la septentrional, en manos efectivas españolas, y la más austral, in mensos
espacios que escapaban siquiera a l as posibilidades de población. Numeroso ríos
de crecido caudal que bajaban de la Cordillera buscando el Pacífico y fo rmaban
un intrincado paisaje de afluentes e “islas”, verdes y lluvios os bosq ues valdi vianos
con infinitos endemismos del mundo veg etal, agr estes precordilleras y la barrera
andina en conexión con las pampas de la otra banda y un fragmentado
archipiélag o e nseñoreado por la brumosa isla g r ande de Chiloé. Tal era e l paisaje
de nuestras fronteras meridionales: apasionante , pero peligroso.
En relac ión a sus habitantes, una visión de conjunto a partir de tres
informes de la época sirven para establecer un marco compre nsivo de su
actuac ión. Los textos dimanan de la Relación vi ajera de una famosa expedición
botánica de pro y e cción imperial, de la Descripción hecha desd e Lima con un
105
A.G.I., Chile, 19 3. A rticulado d el Parlamento general cel ebrad o con los indio s de los cua tro
butalma pus de la frontera en Lonquilmo del 3 al 7 de enero d e 1784 …
106
“Informe hecho al Rei Nuestr o señor Don Fernando el VI, por Joaquin de Villarreal … , págs.
215 - 216.
107
B.M. , A. Ms., 17592. fol. 479. HENCKE L, Carlos, “El e stado p olítico, m i litar…, pág. 95 .
Medio físico y panorama humano
79
enfoque regional y de u n Diario de visita episc opal y por ello con un alcance
eminentemente local. Complementarias en sus apreciaciones, aunque en muchos
aspectos reiterativas, gracias a sus testimonios podemos establecer un pa norama
introductorio y coetáneo del paisaje humano y físico. Únicamente dest aca mos
aquellas circunstancias socio-culturales qu e pudieron incidir en la p ráctica de
gobier no fronteriz o.
El botánico expediciona rio Hipólito Ruiz señalaba en tiempos del maestre
de campo irlandés los aspectos administrativos y ec lesiásticos de Concepción, su
historia y costumbres loc ales, así como la sens ación de ser un espacio constreñido
entre cordillera y m ar. S u descripc ión relacionada de la provincia, posterior en e l
tiempo, comenzaba con el clima del obispado y del reino en su co njunto,
presentaba analogías con España. País muy fértil en pastos y en consecuencia de
abundante y variado ganado. Posibi lidades para la ag ricultura – trigo, cebada,
legumbres o vino – , ríos ricos en truchas, corvinas o anguilas; mientras que la
costa er a el dominio de los róbalos, atunes, s ardinas, congrio, cha la cos y u n largo
etcétera de pes cados y mariscos a. amparo de la c orriente fr í a de Humboldt.
También los esteros o laguna s e ncerraban gran vi da animal. Al i gual que el re in o
vegetal estaba presidido por el bosque valdiviano, poblado de árboles de
exquisitas y útiles maderas y resinas
108
.
Respecto a los naturales, diferenciaba claramente a los belicosos llanistas y
costinos, de los pehuenc hes cordilleranos y huilliches sureños. De cuya
comparativa salían b eneficiados los segundos. Respecto a la vida privada y
organización social, de stacaba la situación privilegiada de la prime ra mujer, pero
en un contexto de servidumbre femenina. Er an a pasionados a todo tipo de li core s
y bebían hasta embriagarse chicha d e maíz, manzana o quinoa. La percepción
europea de ausencia de relig ión po r carecer de templos o culto convenc ionales
más allá del animism o, es una constante. S i bien creían en la inmortalidad del
alma y un ente supremo, espíritu poderoso o pillán.
108
RUI Z, Hip ólito, Relación del viaje hecho a los reino s del Perú y Chile po r lo bo tánicos y
dibuja ntes enviados po r el Rey para aquella expedición, extractada de los dia rios por el orden qu e
llevó en éstos su auto r , CSIC-Los Libros de la Catarata, Madr id, 2007, pág. 22 0 -226. (A.C.N.
0002/2 2. Relación del Viaje hecho a los Reynos del Perú y Chile p or lo s Bo tánicos y Di b ujantes
enviad os por el Rey p ara aquella E xpedición extractada de los diarios por el o rden q ue llevó en
éstos su auto r D. Hipólito Ru i z ).
Medio físico y panorama humano
80
En cuanto a su singular estructura política, esta ban divididos en cuatro
butalmapus o ayllus – no en balde la expedición venía del Perú – , de d istribución
longitudinal en atención a su localización y aprovechamiento de los recursos. La
identidad territorial y étnica se confundían en zonas biogeo gráfica s, de oeste a
este eran las siguientes: los mapuches de la Costa – lafkenmapu – , Llanos
intermedio s – lelfunmapu – , precordillera de los Andes – inapiremapu – , los
pehuenches cordilleranos – piremapu – y los huilliches meridionales. Los hombres
del pehuén, cuya alianza Higgins supo bus car, se alimentaban de carne de caballo,
sebo y piñones de la araucaria o pewen – Araucaria araucana, imbricata,
chilensis o dombeyi – , conífera chilena cuyas semillas contienen abundante
almidón y eran la base d e la alimentación de la gente de los pinares
109
. Además de
los recursos forestales, s e sustentaban del producto de sus as altos a haciendas y
caminos de ambos lados de los Andes. Enfrentados constantemente al resto, en
especial a los hombres del sur, quienes era n declarados enemigos de los es pañoles
o “por mejor decir de nuestras maximas y costumbres y asi mu y difícil sujetar los a
vivir e n poblac ion es por medios benignos y r azonables”. Creían en la
inmortalidad del alma, p or ello se enterraban con un ajuar fune rario consistente en
alimentos y caballos ensillados para facilitar el tr ánsito al más allá, mientras sus
familiares invocaban a p illán o a la ballen a, tan abundante en aquellas altitudes,
para que les a y uda ra en el viaje
110
.
Mapuches, pehuenches y huilliches mane jaban c on g ran de streza las
lanzas, laques y m acanas a lomos de sus c aballos en los frecuentes malones o
incursiones y emboscadas que acompañaban de la música de tambor cillos y
pifilcas. Durante las mismas se alimentaban frugalmente con harina d e maíz
tostado mezclada con agua. También combatían con espadas, machetes cuchillos
y puñ ales produ cto d el comercio ilícito . Los principales promotores de
sublevaciones y alborotos eran los bautizados, rec onvertidos en apostatas desde el
levantamiento general del 25 de diciembre de 1766, siendo m aestre general
Salvador Cabrito. I nicia ban la insurre cción con señales de fue g o en los cerr os y
109
WILHELM d e MÖSB ACH, Ernesto, Botá nica ind ígena de Chile , Andrés B ello-Museo Chileno
de Arte Prec olombin o -Fundació n Andes, Santiago de Chile, 1992 , págs. 26 -33.
110
El texto de Ruiz es legatario en muchos a spectos del j esuita chile no J uan Ignac io Molina, por
confesión prop ia y cotej o de fuentes, en e special al hablar de la sociedad araucana: MOLINA, Juan
Ignacio, Compendio d e la historia civil d el R eyno d e Chile , T. II, I m pr enta de Sancha, Madr id,
1795.
Medio físico y panorama humano
81
buscaban a un español como víctima propiciatoria , a quien en el cahuín o consejo
de g uerra, reunidos los caciques o loncos y en su presencia:
Metiendole en un hoy o y con supersticiosas ceremonias le quitan la
vida á golpe de Ma cana, le sa can el cora z on, meten las puntas de
sus lanzas en la sangre la que se chupan, despues le cortan todos
los dedos, manos y pies y reparten po r las parci alidades á lo que
llaman Correr la flecha, y los Caciques que reciben alg una de estas
partes del cuerpo Espa ñol quedan inviolablemente obli gados al
levantamiento, para el cual con el ma y or si gilo convocan tambien á
los Ya naconas, I ndios que se halla n sirviendo á los Españoles,
quienes los compran con este fin, pe ro sin considerarlos como
Esclavos ni tratandolos mal
111
.
Como puede observarse, la visión que presenta el botánico remite
inmediatamente a su mentalidad ilustrada, al igual que los frecuentes prejuicios
del texto – holgazanería y bo rracheras, por ejemplo – . Antagonismo inicial
propiciado por el desc onocimiento muto
112
. La asunción d e los elementos
culturales que definen una identidad requiere una ma y o r penetración en las
relaciones sociales comunitarias, donde se transmiten e interiorizan, por lo cual
las miradas del viajero y d el g obernante no podían coi ncidir
113
. Arg umentos
utilizados frecue ntemente en diversos esce nario indianos, ca so del Tucumán, para
justificar la permanencia del sis tema de encomiendas o similares ventajas
económicas sustentadas sobre prejuicios ideológicos
114
. L a descripción de l
proceso ritual que desemboca en el levantamiento resulta harto significativa de su
pragmatismo, ausente de recriminaciones barrocas, pero que cuenta con la
contundencia del realismo narrativo. No podía olvidar un a exculpación de los
españoles en refere ncia al trato dado a los indios de servicio. Higgins optaba por
la expli cac ión opuesta, pues en muchas ocasiones hacía recaer la culpa de las
sublevaciones e n a busos pasados y siempre achicaba la dimensión d e la r evuelta,
111
RUIZ, Hipólito , Relación d el viaje hecho a los rein os del Perú y Chile… , p ágs. 200 - 203.
112
RODRÍGUEZ P ÉREZ, Margarita J ., “América Latina; e ncuentro cultural hispano - aborigen”,
en GO NZÁLEZ CAS ANOVA, Pablo (co ord.), El pensamiento lascasian o en la co nciencia de
América y Europa , UNAM, México, 1994 , pág. 87.
113
HERNÁNDEZ, Natalio, “I mágen es de los indíge nas: juicios y prej uicios”, en KNOOP, Astrid
y KLESING -REMPEL, Ursula (coords.), Lo propio y lo ajeno …, p ág. 97.
114
VI TAR, B eatriz, Guerra y misiones en la frontera ch aqueñ a d el Tucu mán (1700- 1767) , CSI C,
Madrid, 1996, pág. 137.
Medio físico y panorama humano
82
que intentaba atajar en sus inicios. Su visi ón era la de un experimentado hombre
de frontera, lejos de la interpre tación del hecho fronterizo de un viajero europeo.
El obispo de Con cepc ión, F rancisco J osé de M arán, realizó una visita
pastoral coincidiendo con el gobier no intende ncial hibérnico en Con cepción.
Atribuía a los indíg enas de fr ontera un carácter belicoso, g ue rrero y desconfiado.
No hacía sino repetir opiniones que se venían sumando secular mente y qu e
encerraban junt o a la crítica f eroz, c ierto reconocimiento que redundaba en
beneficio de lo s esforzados españoles radicados en el territorio. Robustos pero
inclinados a la vida sedentaria, a pesar de rechazar con en ergía la reducción a
pueblos, preferían vivir en un estado seminómada desplazando sus viviendas por
el ancho de sus tierras. Sus rucas estaban construidas de ramas y barro, techo de
paja y sin ventanas. L a luz pe netraba por la p uerta, que siempre permanecía
abierta y orientada al este – Puelmapu – . Contab an con claraboyas para el humo del
cenital hogar.
Sin más sujeción que su propia vol untad y r echa zo a toda re li gión
impuesta o formal, de ahí que el prelado significa se que no prac ti caban religión
alguna, afirmación repetida durante si glos y que evidencia el choque cultural. Eso
sí, en un mundo dis gregado y fragmenta rio compartían len gua y rasgos d e
organización social y militar que no eran óbice pa ra sus ha bituales
enfre ntamientos. Hablando de mapuc he -araucanos y huilliches – su se ctor
meridional – , un insigne ilustrado refería que habitaban entre el Bío -Bío y Chiloé
(las dos fronteras divi didas por la plaza de Valdiv ia: clásica ar auca n a o “de abajo”
y huilliche o “de arriba”), y “se entienden mutuamente”, rasgo que destacaba el
abate filólogo
115
. Al ig ual q ue tenían en común una agricultura que los enfrentaba
a los recursos que su área cultural les permitía aprovechar, cuando no
incursionaban en su busca hac ia el norte o más allá de la cordillera andina. Tierra
frondosa y de abund antes pastos para el gana do ovino, vacuno y caballar, los
bosques estaban surtidos de mucha made ra de c alidad, obse rvación ilustrada que
nos sit úa ante la disonancia entre españoles y mapuc hes. Donde los p rimeros
veían materiales de construcc ión y uso naval, los seg undos depósitos alimenticios
en sus frutos.
115
HERVÁS y P ANDURO, Lo renzo, Catálog o de las len guas de las nacio nes conocid as , vol. I
(“Lenguas y naciones a m er icanas”), Imprenta de la Admi nitración del Real Arbitrio de
Beneficencia, Mad rid, 1800, pág. 12 8.
Medio físico y panorama humano
83
Los innumerables ríos q ue bajaban d e la g r an cordillera para desa gua r en
el inmenso océa no son me dianamente caudalosos, con abundante pesca el dilatado
litoral. El tránsito de un a provincia a otra requería el p ermiso de sus caciques
locales, celosos de su autoridad y tierras ancestrales. Mu y supersticiosos, atribuía n
toda muerte a malefici os y brujería. Tenían por costumbre que ni padres o
interesados acuerdan lo s matrimonios, sino qu e re cur ren al ra pto. Una vez
consumada la unión y c omunicada a la familia de la mujer, se n egociaba la dote
en carneros, vacas, c aballos, hierro o espuelas. De estructura familiar polígama, la
prole era la ma y or riqu eza del grupo. Los hijos de la primera mujer conservaban
el apellido paterno, mientras que e l r esto el materno.
Sobre la condición de la mujer, el pastor ra tificó observacio nes
acumuladas en relación a su subo rdinación al varón: “El hombre és Señor y l a
muger esclava”. Vivían sin auxilio alguno, la responsabilidad de los hijos recaía
sobre ellas y, para colmo, tenían que entregarle ponchos para un lu crativo
comercio fronterizo. No obstante, existía el divorcio, pero la causa era el
abandono de la mujer, el cua l debía ser comp ensado como tal ofensa. Un derecho
consuetudinario dif erente al impuesto por la cosmovi sión cristiana , que llevaba al
prejuicio o incompre nsión por ajeno.
Le s repugnaban l as pen as corpo rales, pues siempre se mostraban mu y
orgullosos o altaneros, según quien lo pe rciba. Llevados del mismo sentimiento,
no se distinguía “el G eneral del ultim o soldado”, igualitarismo g uerrero que
chocaba frontalmente con la mentalidad estamental y de casta de los hispanos.
Usaban en la batalla armamento variado como lanzas, laques – porra de hierro o
madera recubierta – y hondas, arma s con las cuales se most raba n muy diestros y
temidos. También sables y ma chetes arrebatados o com prados a los españoles, a
pesar de estar prohibido su comercio por el Sínodo de Concepción de 1744
116
.
Dicho Sínodo observa ba el comercio f ronterizo como perjudicial, pues er a
orige n de los abusos cometidos por los concha vadores españoles y estab a en la
gé n esis de revueltas. Además, muchas veces el interca mbio lo era de productos
ilícitos, con la complicidad de los en cargados de su erradicación. Solicitaba el
116
B.N.Ch., B. A., vol. 14, tomo 37, f ols. 307 -311. Breve idea del caracter, temperamento usos y
costumbres d e los Naturales, en cuio poder por nuestra desg racia hemos esta do . Francisco José de
Marán. Concepción, 15 de diciem b re de 1787. Con carta de T homas de Fi gu eroa al brigadier y
gobernador de Chiloé Ped ro Cañav eral y Ponce. Osorno, 2 2 de noviembre de 179 2.
Medio físico y panorama humano
84
cumplimiento de lo acordado en los parlamentos en lo relativo a un co mercio
vigilado y reg lamentado. Estipuló la ex tinción del comercio d e a rmas y caballos
tierra a dentro, que aplicaban a uso militar en guerrillas y á g iles desplazamientos,
pues aunque bautizados persistía el peli gro , ya que vivían según sus costumbres
una vez traspa sab an la frontera
117
. Se exceptuaban los utensil ios de hier ro
ofrec idos como agasajo en los parlamentos, muy apreciados por los indios, y
contemplados por la legislación indiana. Igual r eserva y permiso extraordinario
tenían los vinos y aguardientes
118
. De dicha inclinación nos habla el padre
Menéndez en su Diario de exploración a Nahuelhuapi. Relataba el franciscano qu e
el jueves 26 d e enero de 1792 r ecibió a varios caciques a los cuales a ga s ajó con
bizcochos, harina y haba s tost adas, como el lune s anterior obsequió un hacha al
ca cique M ancuuvunay, s e vio en la obligación de entregar otro y un machete a los
nuevos concurrentes, sin duda se había corrido la voz de tan preciado presente.
Todos quedaron sa tisfechos con los regalos
119
.
En 1786 se im plantaron dos intendencias en Chil e: S antiago y la fronteriza
Concepción, quedaron a cargo del g obernador Ambrosio Benavides y del maestre
de campo Ambrosio Hi ggins, resp ectiva mente
120
. Tomá s Álvare z de Acevedo
comunicó al ministro Gálvez que había re mitido el nombramiento al ir landés,
según orden d e 8 d e abril. Igualmente ponía en su conocimiento que habí a
quedado sin efecto el de superintendente para el p residente Benavides, debido a su
fallecimiento
121
. El virrey del Perú Croix, que cursó la creación de las dos
intendencias chilenas, inf ormó sob re su establecimiento al se cretario de Indias, así
como de la independe ncia de actuaciones de la penquista respe cto al vir reinato
117
Véase H AR M AND, J acques, La guerra antig ua , Sarpe, Madrid, 198 6.
118
AZÚA e I TURGOYEN, P edro Felipe de, Primer S inodo Sino do Dio cesana , Imprenta del
Independiente, Sa ntiago de Chile, 1 867, págs. 46 - 48 (Cap ítulo I, Constitu cio nes II, III y IV).
119
B.N.P., C 702. Diario de fray Francisco Menéndez, de la regular observancia y misionero
apostólico d e la Provincia de Chiloé. P uerto de San Carlos d e Ch iloé, 8 de f eb rero de 1 792
(comienza el 21 de noviembre d e 1791).
120
Ambr osio Hig gins f ue nombrad o intendente d e Concepción, pasó a ser cap itán general d e Chile
y lue go promocionado a virrey del Per ú. Sobre su origen irlandés y biografía: M.H.N. Ch., Árbo l
genealógico y ar morial de Am b rosio Higgins. CHAU CA GAR CÍA, J orge, “Ambrosio O´Higgins:
parad igm a de militar y gobernante en la América m eridio nal d el Setecientos”, en XI Jorna das
Naciona les de Historia Milita r. Milicia y S ociedad Ilustrada en España y Am érica (1750- 1800) , I,
2003 , págs. 4 81-499; del mismo autor , El irland és Ambro sio O´Hig gins: cap itán genera l de Chile
y virrey del perú (176 1-1801) , Tesis doctoral d irigida por Mª Isabel Pérez d e Colosía Rodríguez y
Juan Jesús B ravo Caro, Universidad de Má laga, Facultad d e Filosofía y Letras, 2 014.
121
A.G.I., Chile, 33 2. Carta de Tomás Álvarez de Acevedo al m arqués de Sonora. Santiago de
Chile, 6 d e septiem bre d e 1787.
Medio físico y panorama humano
85
peruano: debía obrar “si n sugecion” a Lima
122
. Se dio el correspondiente acuse
de rec ibo y v erificó el establecimiento
123
.
Du rante su mandato en C oncepc ión y en las postrimerías de la vida de José
de Gálvez, Higgins le re mitió un informe intendencial (abril de 1787) pre vio a su
visita al distrito (octubre de 1787), de contenido netamente ec onómico que
complementó con los result ados de su inspecci ón posterior. No pudo l legar a
leerlo el mala citano, debido a la larga distancia q ue los separaba. P or obr a de su
ge stión quedaron establ ecidos la Real Aduana y asiento para cobro de los
derec hos de a lcabala y almoj arifa zgo, sin alboroto alguno y c u y o funcionamiento
anterior a su nombramie nto de intendente había sido nulo, pues el encarg ado de
constituirla, Juan de Montenegro, por a gradar al pueblo y por el corto alcance
impositivo de tales tributos no la llevó a efecto. Aunque su sustitut o, Juan Fermín
Valverde , nombrado por el visitador Jorge de Es cobedo
124
, era hombre d e mejor
disposición oficial, no fue ha sta “la entereza que acostumbro” cuando se r esolvió
definitivamente su establecimiento formal, en pa labra s d el irland és. A pesar del
es caso tráfico mercantil del puerto y rentas de su gobierno, esperaba que se
triplicaran gracias al ma yor ce lo de sus administradores, a la paz con los i ndíg en as
y al desarrollo del comercio interior por obra del fomento de la agric ult ura.
En relación a la men guada renta del taba co, su jui cio era más pesimist a,
pues las escasas remesas de Saña, antes abundantes, habían caído merced a malas
cosecha s. Además, seguros del aprovisionamiento desde Lima, s e tomó la
providencia de destruir en esas campaña s e incluso en tierra s de indios fro nterizos
las siembras clandestinas. En tal situación, le costaba “no po co tino contener el
clamor de la g ente de la Campaña sumamente adicta á este vicio”, que le
recriminaban la destrucción de las sementeras del país y el retardo de las
122
A.G.I., Chile, 33 2. Exped iente sobre el establecimien to d e In tendencia s en el reino d e Chile . E l
virrey del Perú a J osé de Gálvez. Lima, 5 de f ebrero de 1 786. Inf o rme del superintendente
subdelegado d e la Real Hacienda de Lima, Jor ge Escobedo, a Gálvez. Lima, 20 de enero de 17 86.
123
A.G.I., Chile, 33 2. Informe del presid ente del reino de Chil e. Santiago de Chile, 8 de octubre de
1786.
124
SERENA FERN ÁNDEZ, A lonso, “Perfil biográfico y ac ción de gobierno de Don J orge
Escobed o y Alarcón”, R evista de Indias , vol. 5 2, n º 195-196, 1992 , p ágs. 3 65- 384; FISHER, John
R., “ Red es d e pod er en el virreinato del P erú, 177 6- 1824 : los b urócratas”, Revista d e Ind ias , vol.
66, nº. 2 36, 2006, págs. 149 - 164; B ERMEJO CABRERO, J osé Luis, “Figuras i nstituciona les de la
Edad Moderna”, en Derecho y admin istración pú blica en la España d el Antig uo Régimen , CSIC,
Madrid, 1 985, págs. 25 - 79; GONZ ÁLEZ BE LTRÁN, Jesú s Manuel, “Un ej ército armado de
pluma y p apel sellado. Un a aproximación a la b urocracia del siglo XVI II”, en ARANDA PÉREZ,
Francisco Jo sé (coord .), Letrados, ju ristas y burócrata s en la Españ a moderna , Universidad de
Castilla-La Ma ncha, Cuenca, 2005, págs. 43 5 -478.
Medio físico y panorama humano
86
importaciones que, no o bstante, ll egaría n desde Paita vía Lima. D espués de lo
sucedido, era de la opinión de sembrar allí mismo por cuent a de la Real Hacienda
el tabaco suficiente pa ra la demanda chilena, tanto de Santiago como de
Concepción. Un elemento más de la autonomía de la capitanía general res pecto al
virreinato.
Pero desconfiaba por el contraba ndo en aquel espac io tan abierto y d e
extenso litoral, sa lvo que una producción may or, a im itación de Saña, La Ha bana
o Vir ginia, redujera a admisib le cierto come rcio il ícito en comparación con el
beneficio del fisco. Los l ugares id eales para plantaciones era n l a c onocid a como
Isla de Santa M aría , en la costa de Arauco, t radicional fondeadero de piratas,
contrabandistas y balleneros, de fác il res g uar do y control de sus comunicaciones.
Tenía intención de plantar tabaco mediante el método peruano, tras solicitar la
aprobac ión de Santiago. En caso de prosperar la a daptación, esperaba la extensión
del proy e cto, gracias a l a interce sión del ministro. No ob stante, confe sab a que se
encontraba inmerso por e ntonces en diversos aspectos de l plan de re n tas que
concre taría tras su visita al distrito. Esperaba que, como re sultado de su gobierno,
los ingresos anuales fueran suficientes p ara contri buir al pa go de las dotaciones de
frontera , “que tanto merecen ser atendidas por sus fatiga s incesantes, y por que de
su valor, y desempeño pende la seguridad, y a delantamientos del Re yno”. Es
decir, disminuir el gra va men que soporta ba Lima para su mantenimiento
125
.
Meses después, el intendente irlandés visitó su jurisdicción con la
intención de reduc ir a pueblos a comunidades dispersas, celebró encuentros con
los aborígenes, trazó el nuevo y fa llido camino a Hualqui para evitar
inundaciones, estableció misiones en los márgenes del Bío- Bío, desecó lagunas,
proteg ió los caminos y cuidó de la disciplina militar
126
. La fortuna de las medidas
acometidas fue dispar. Partió en octubre de 1787, su primera iniciativa fue tomada
en el partido de I tata, donde propuso trasladar la villa del Nombre de Jesús,
situada en la hondonada de C oelemu, al paraje conocido como P icota, en la ribera
sur del río I t ata, donde se delineó una població n de veinticinco m anzanas para
cien vecinos. En la desemboca dura mandó levantar otras dos, situadas en ambas
125
A.G.I., Chile, 21 9. Carta de Ambrosio Hi gg ins al m ar qués d e Sonora. Concepción, 2 3 de abril
de 17 87.
126
CAMPOS HARRIET , Fernando, Historia de Con cepción 1550 -1988 , Edito rial Univer sitaria,
Santiago de Chile, 1989 … , pág. 78.
Medio físico y panorama humano
87
orillas y d e la misma capacidad qu e la prime ra. Sería el inició de una desbordante
política de poblaciones que encontró, más ad elante, campo de acción abierto a lo
larg o de todo el reino. Cerca de su estancia de Chanco, se delineó un lu gar para
cuare nta vecinos y posibles consumidores. En el expediente sobre las mi smas, se
observaba n dibujados al g unos navíos, si bien “ni bateles pueden arrimar por
aquellas costas, que son bravas, tienen much as barras, i sin puerto ni abrigo de los
vientos”. Todo quedó en pro yecto, al igua l que e l estable cimiento de una vil la en
las llanuras del Parra l, “poblada de solo los descendientes de un paisa no don
Francisco Ibañez, de nacion ingles”. Aparte del sarcasmo del cronista C arvallo y
la omni prese nte e interesada confusión de identidades que tanto irritaba al
irlandés, muestra los incipientes planes de migración g aélica al sur chileno,
retomados por su hijo.
Higgins conocía mu y bi en las medidas necesarias para la prosperidad de
un territorio, marcadas p or el programa ilustrado , pero la falta de recursos impedía
la viabilidad de las poblaciones, que quedaban sobre el pape l. Aprendió la lecc ión
para e l futuro, cu ando dote de arbitrios propios a c ad a población para su
subsistencia. Vuelto a l a realidad y con l a intención de amplia r la ciudad de
Concepción, emprendió l a des ecación de la laguna de Gavilán, situada al norte de
la localidad, con la tierra proveniente d e un cerro cercano que, d e paso, rebajaba.
También mandó cerrar el camino de la villa de Hualqui, expuesto a riadas, p ara
abrir un nu evo trazado. P ero el nu evo tra ye cto era impracticable los dí as de lluvia,
pues estaba emplazado e ntre los mont es de la Mochita, cu y a escorrentía i mpedía
el tránsito. Los ar rieros s uspendieron el aba ste cimiento urbano y s e interrumpió el
comercio entre las provincias de L a Laja, Re re y Puchac a y. En consecuencia, se
volvió al camino antiguo. Trascendió al ve cindario que se pro y ectaba el traslado a
Noguen de los indios de la Mochita, de modo qu e este territorio podría aplicarse
al pa sto de sus v acas y así abastecer de c arne el consumo de la ciudad. La
maledicenc ia popular “echa siempre a lo peor las operaciones ma s bien
intencionadas”
127
.
En cualquier caso, con tan variadas medidas y pro y ectos, el flamante
intendente no hacía sino cumplir con la ley , pues era en materia de policía donde
127
CARVAL LO GOYENECHE , Vicente, “Descripcion histórico - jeográfica del Reino d e Chile”,
II, en Colección d e historia dores d e Chile y documen t o s relativos a la historia nacional , T. IX,
Imprenta de La Estrella d e Chile, Santia go de Ch ile, 18 75, págs . 441 - 442.
Medio físico y panorama humano
94
agricultura e industria es un eje d el r eformismo borbónico
142
. L as plantas tenían
sus significa dos políticos, de hecho la calabaza era “s y mbol o y divisa” de la
ambición corte s ana
143
. Pero sus usos alegóricos y simbólicos fueron mutando
hacia una difusión propagandística que descansaba sobre uno d e los tropos – forma
de relación común a las representaciones culturales e interacción social – más
extendidos de la I lustr ación: el bien público
144
. De ahí la asociación de los
recursos fitológicos con el progreso del Estado , el cual redundaría en el bien
común.
El descubrimiento, puesta en valor e introducción en Europa por l a
axarqueña localidad d e Alma y ate (Málaga) – tierra del ministro J osé de Gálvez – ,
del pino chileno o ar aucaria realizado por Ambr osio Higg ins nos ofrece no solo
un ejemplo de colaboración patrón-cliente, sino tambi én la nueva percepción de la
frontera a ojos reformistas, tanto regionales como metropolitanos, pues en est e
punto coincidían plena mente
145
. Lo cual nos sitúa frente al fomento de la
explotación de los recursos natura les y alimenticios, las necesidades de la defensa
y políti ca naval borbóni cas en auge por imperativos del contexto internac ional, así
como el vital conocimiento del me dio y necesaria influencia entre los indígenas
como premisas básic as del gobernante p eriférico ilustrado y pra gmático
146
. La
142
Véanse al respecto: W ING, J ohn T ., Roots of Emp ire. Forests and S tate Pow e r in Early
Modern Spa in, c. 1500 -1750 , Brill Acade m ic Publishers, Leiden -Bo ston, 201 5; MI LLER, Da vid
Philip y REILL, Peter Hanns (eds.), Vision s of Empire. Voya ges, Botany, and Representations of
Nature , Ca m br idge Universit y Press, Ca m b ridge, 2010.
143
ZUBIAR, Mateo de, Peso, y fiel co ntraste de la vida y de la mu erte. Avisos, y desengaños,
exemplares, Morales, y Politicos. Con un Tratado, Intitulado, Obervacion es d e Palacio , y Corte ,
Andrés García, Madrid , 16 50, p ág. 10 5. Véase SLATER , J ohn, Tod os son ho jas: literatura e
historia na tural en el Barroco esp añol , CSIC, Mad rid, 2010, págs. 63 - 64.
144
Sobre la categor ía antrop ológica tropo : TURNER, Terence S., “Trop os, marcos d e referencia y
poder es”, Revista d e Antropología Social , 15, 200 6, págs. 305- 315.
145
ASENS I MARFI L, Alfredo y DÍEZ G ARRETAS, Blanca, “ Mála ga y la aclimatación de
plantas a mericanas”, en VI LLAS TI NO, Siro y P EZZI CRIST ÓBAL, P ilar (coo rds.) , Málag a
moderna , siglos X VI, XVI I y XVIII , Universidad de M álaga, Mála ga, 2011 , págs. 115 - 119;
GARCÍA-AB ÁS OLO, Antonio, “Proyectos de jardines bo tánicos para acli matar plantas americana
en Andalucía”, en A ctas del I Congreso de Historia de Andalucía. Siglo XVIII , I, Monte de Pied ad
y Caja de A horros d e Córd oba, Córdo ba, 1978, págs. 229 - 238; CA MP O, Isab el del, Introducción
de pla ntas americana s en España , Ministerio d e Agricultura, P esca y Alimentació n, Madrid , 1993,
pág. 19; GONZÁLEZ BUENO, Anto nio y RODRÍGU EZ NO ZAL, Raúl, Pla ntas americanas
para la España ilustrada. Génesis, d esarrollo y ocaso d el proye cto es pañol de expediciones
botán icas , Editor ial Com p lutense, Madr id, 200 0, págs. 14 -16; PUERT O SARMIENT O, Francisco
Javier, la ilu sión q uebrada. Botánica, sanidad y política científica en la Espa ña ilustrada , Serbal-
CSIC, Madrid, 1988, págs. 203 -204.
146
Respec to a la política naval del Setecientos: B AUDOT MONROY, María, “Barcos para el rey.
Julián d e Arriaga, la madera y la constr ucción nava l (1 752 - 1759)”, en GARCÍ A HU RTADO,
Manuel-Re yes ( ed.), La Armada españo la en el siglo X VIII. Ciencia, ho mbres y barcos , Sílex,
Madrid, 2012 , págs. 297 - 328; d e la m is ma a utora, “Asie ntos y p olítica naval. El suministro d e
Medio físico y panorama humano
95
penetración en la idiosincrasia nativa era un valor en alza para su comprensión
como vasallos: “conocer la natural eza y los hábitos de las almas es una de las
cosas más útiles para (… ) el ar te d e la política”
147
.
Visión política ilustrada comprendida por los naturalistas que re corrieron
el Cono Sur, baste recordar a Félix de Azara , quien acertadamente observaba la
inevi table mutac ión que significa ba el nuevo dom inio sobre el medio: “el hombre
tiene influenci a sobre la na turaleza y p roduce una especie de alteración o
cambio”
148
. I dea que sirve para explicar, aparte de sintonías personales, la
coincidencia de objetivos y colaboración entre expedicionarios y autoridades
locales ganados por la reforma. Un r edescubrimiento del continente y sus
posibilidades
149
.
Por otra parte, la remisión a España de las imágenes del pino chileno
suponía, además de la visualiz ación de sus potencialidades de modo directo, la
apropiación indirecta de la r ealidad natural. Dicha representación reflejaba
eficazmente el dominio de unos espacios fronterizos y la pe rce pción de triunfo o
avance de la colonización hispana en un territorio marginal por remo t o. Por
descartado que la ilustración siempre ha supuesto un elemento indispens able en la
historia natural, func ión acentuada con la distancia y el desconocimiento
150
.
Muchos años antes y a había señalado el irland és la importancia de los
recursos forestales en todo el reino, infinidad de montes esperando ser útiles sin
que su aprovechamiento perjudicara ni a las po blaciones ni a los cami nos. En
especial las meridionales ti err as de indios a l sur del Bío -Bío, particularmente
víveres a la Ar mada al inicio de la guerra co ntra Gran Bretaña, 17 39 - 1741”, Studia Historica.
Historia Moderna. , 3 5, 2013, p ágs. 12 7 -158; QUINTERO GONZÁLEZ, José, “La co nstrucción
naval esp añola e n el siglo XVIII. En busca del eq uilibrio en los sistemas constructivos”, en
MARTÍNE Z SH AW, Carlos y ALFONSO MOLA, Mari na (co ords.), E spaña en el co mercio
marítimo internacio nal (siglos XVII -X IX). Quince estudio s , UNED, Madrid , 2004, págs. 289 -31 8;
del mism o autor, “La m ader a en los pertrechos na vales. Pr ov isión de m o tones, re m o s y bombas al
arsenal de La Carraca ”, Tiempos Modernos , 10, 2004 [ en Línea]. Dispo nible en
http://www.tie m p osmodernos. org/viewarticle.p hp?id=7 3 ; TORRES SÁNCHE Z, Rafael,
“Administración o asiento. La política estatal de s uministros militares en la monarquía española
del siglo XVIII”, Stud ia Historica. Historia Moderna . , 35, 2013, págs. 159 - 199.
147
PLATÓN, Las leyes , Akal, B arcelona, 19 88, pág. 94 (Libro primero).
148
Citado por MARAVALL, José Antonio, “El concep to d e naturaleza e n el siglo XVIII ”, en
Estudios de la historia del pen samiento esp añol (siglo XVI II) , Mondador i, Madrid, 1991, p ág. 5 41.
149
ÁLV AREZ, Raq uel, La co nquista de la n aturaleza amer ican a , CSIC, Madrid, 1 993;
GARCÓN, Margarita, Natu raleza e imperio. Araucan ía, Patagonia, Pampas ( 1598 -1740 ) ,
Dunken, Bueno s Aires, 2007 .
150
C ARRILLO CASTILLO, J esús Mª, Na turaleza e impe rio. La representa ción d el mun do
natural en la Historia gener al y n at ural de la s Indias d e Gonzalo Fernánd ez de Oviedo , Doce
Calles, Madrid, 2004, pág. 243.
Medio físico y panorama humano
96
desde el río Imperial por la costa de Arauco hasta Valdivia y Chiloé, zona alejada
y montañosa rica en pellín o roble – árbol caducifo lio de los bosques templados de
la región – y otros r ecomendados para la construcción de viviendas y naví os, palos
masteleros o vergas por l a altura y diámetro qu e alcanza, por ejemplo. I gual mente,
el por entonces bisoño hiberné s encontró en la tierra de los pehue nches, a la altura
de Concepción, abundancia de brea y alquitrá n obtenida de coníferas. Por su
parte, en la z ona central de Chile, el cáñamo sembrado en Quillota, próx imo a
Valpara íso, estaba dando buenos resultados. En definitiva, “para la construcción
en general de los navíos que se quisieren, poco h a menester este R eyno de traer d e
afuera pa ra este efecto”
151
. L a afirmación no ha cía s ino apoy a r la creaci ón de una
potente infrae stru ctura n aval americana, soporte más que complemento de la rama
europea del imperio español
152
.
El virre y del P erú Guirior dirigió comunic aciones a principios de 1780 al
comandante de las f rontera s advirtiéndole d e la remisión de pertrechos y de la
llega da de la escuadra d el Mar del Sur al mando de Antonio Vaca ro a Talcahuano,
puerto de su jurisdicción, a quien debía asistir durante su permanencia y ponerse
de acuerdo par a el abast o de la flota
153
. El capitán general d e Chile, Agustí n de
Jáuregui, qu edó enterado también de que J osé de Mendiburu, poderoso vecin o
dedicado al comercio, se propuso como su proveedor. El comandante de la
Armada solicitó infor me al irlandés sobre la materia y , en consecuencia, la Junta
de Marina resolvió. Hi ggins colaboró en un abastecimiento no gravoso y en
beneficio general de los hacendados de todo el obispado, quienes además t enían la
seguridad de cobrar puntualmente. Un motivo más para que Vacaro siguiera
informando a Jáuregui s obre su eficacia y celo p úblico, tanto que fue felicitado
por el gobernador chileno en nombre d el re y . Por último, le instaba a qu e
151
HIGGINS, Ambrosio, Descri pción d el Reyno de Chile… , pág. 29.
152
SERRANO ÁL VAREZ, José Manuel, “América co m o sop orte de la actividad naval m i litar en
el siglo XVII I” , en B AUDOT MONRO Y, María (ed .), El Estado en guerra. Exp ediciones nava les
españo las en el siglo XVIII , Polifemo, Madrid , 2014, págs. 3 73 - 396.
153
LOHMANN VI LLENA, Guiller m o, H istoria marí tima del Perú IV. Sig los XVII y XVIII ,
Editorial Ausonia, Lima, 197 3, págs. 193-201 (gobiernos d e G uirior y Jáureg ui, 177 6 -1784 );
ORTIZ SOTELO, J orge, “L a Real Armada en el Perú, 1746 - 182 4”, en Actas del VI II Simposio de
Historia Ma rítima y Nava l Iberoamerica na , I EHMP, Lima, 2 010, p ágs. 351 - 374; d el mism o autor,
La R eal Arma da en el Pacífic o Sur. El Apostadero Naval del Callao, 1 746 -1824 , Ibero am er icana,
Madrid, 2015 , p ágs. 12 7 -158 (escuadra de Vacar o, 1777 -178 6). Véanse: PÉRE Z-MAL LAÍNA,
Pablo Em ilio y TORRES R AMÍREZ, Bib iano, La Armad a del Mar d el Sur , EEH A/CSIC, Sevilla,
19 87; MERINO NAVARRO, José Patricio, La Armada española en el siglo XVIII , FUE, Madrid,
1981 ; GONZÁLEZ FERN ÁNDEZ, Marceli no, “La Armada en tie mpos d e Carlos I II”, en
Bernardo de Gálvez y su tiempo …, p ágs. 22 - 37.
Medio físico y panorama humano
97
continuara trabajando a favor del Erario y de todos lo vec inos, como ha sta el
momento, sin que “le e mbarazen los resentimientos particulares de la fa mili a que
insinua sentirse agra vi ada por sus disposiciones”
154
.
La enemistad aludida encuentra ampliación en una misiva posterior y es un
ejemplo más de las resistencias locales que tuvo que afrontar durante toda su
carrera reformista, a favor del bien público. Lograda la colaboración activa de los
pehuenches en la tala de pinos para la Real Ar mada sin alterar la tranquilidad de
la frontera, “sin usar con ellos de la menor violencia”, como disponía el re y ,
decidió el irlandés tratar “con el mi smo tino” a lo s demás habitantes del te rritorio
bajo su mando. Como r esultado, consi guió que entraran incesantemente en los
almacenes de Marina de Talcahuano, víver es variados y abundantes a precios
equitativos, tal y como había suge rido en e l informe sobre el traslado d e
Concepción de 1764. En todo el Mar del Sur no había un caso similar, pues el
costo del avitua llamiento de la escuadra quedaba r educ ido a menos de la mitad en
relación al Callao. Pero le supuso “la oposi cion de algunos de este Pueblo,
especialmente de un partido de comerciantes y hacendados” que pretendían
establecer un monopol io y así elevar los precios en perjuicio de la Tesore ría de
Marina para “hacer de una vez su fortuna”. El e ntonces capitán genera l J áure gui
aprobó su justa conducta, así como la hizo propia la Junta de Ma rina. Higgins
había conseguido, con e ntereza, defender el “ahorro y dist ribución” de la Real
Hacienda
155
.
Respecto al rico comerci ante Mendiburu, se da la circunstanc ia de qu e el
futuro asesor letrado de la intendencia de Concep ción, J uan Martínez de Rozas, se
terminaría casando con su hija. Ta l parentesco se ría esgrimido en su contra por el
intendente Álava, quien asegura b a qu e era “el ve cino más a ca udalado d e t odo este
reino, quien tiene abrazados los principales intere ses del comercio de este pobre
país”, de modo que no habría asunto en el cua l dire cta o indirectamente “se halle
interesado e ste sujeto y consiguientemente implicado su y erno”
156
.
154
A.G.M. A.B., E.I., leg. 1, d oc. 11. Carta de Agustín d e J áuregui a Am b rosio Higgins. Santiago
de Chile, 13 d e junio de 1780 .
155
A.G.M.A.B., E.I., leg. 1, d oc. 11. Carta de Ambrosio Higgins al marqués González d e Castejó n.
Concepción, 15 de julio de 178 3. El Secr etario d e Estado y del d espacho univers al de Marina ya
había fallecido en marzo de ese m ismo año, fue s usitituido po r Antonio Valdés.
156
B ARROS ARAN A , Die go, Historia g eneral de Chile , T . VI II, E ditorial Universitaria -Centro
de Investigaciones Die go Barros Ara na, Santiago de Chile, 2 002, pág. 13 .
Medio físico y panorama humano
98
Con motivo de haberse quemado el 4 de julio de 1780, por efecto de un
rayo, el palo ma y o r de l navío de guerra “San Pedro de Alcántara”, ya dañado
anteriormente en la travesía a Talcahua no al igual que el timón
157
, en el puerto de
la Conce pción se practicaron va rias indagaciones que dieron buen resultado
gracias al vital papel jugado por parte del c oronel gra du ado maestre de campo
Higgins
158
, quien recordó de sus entradas cordilleranas andinas en p ersecución de
los pehuenches la existencia de “ cierta esp ecie de corpulentos i elevados
pinos”
159
.
La escuadra del Mar del Sur, bajo el mando del marino Antoni o Vacaro,
permaneció a la defensa del puerto de Va ldi via desde la primavera de 1780 ha sta
principios del año sigui ente cuando zarpó a Co ncepción. Estuvo entre 1780 y
1783 en labores de guardacostas, en el contexto de la guerra contra I nglaterra
160
.
Desde T alcahuano realizó cruceros a las islas de J uan Fernández, Valparaíso y
Valdivia, en cu y o comet ido contó con el auxilio del comandante del ejército y
frontera s de Chil e en calidad de gobernador de Concep ción. Tuvo un célebre
prece dente en el val eroso defensor de Carta ge na de I ndias, Blas de Lezo, quien
décadas atr ás había cubierto las costas chileno- perua nas en parecida y exitosa
comisión, tras recibir su bautismo de fuego en Málaga
161
. El 13 de febrero de
1782, Vacaro zarpó con parte de su Armada , el navío “Santi ag o Apóstol” alias
“Aquiles” y un patache con destino a Juan Fernánde z y Valparaíso. Junto a esta
información de o ficio a Gálvez, Higgins recor daba los aux ilios prestados en
víveres par a mantener a la tripul ación robusta, al tiempo que le agra d ecía “las
157
A.G.S., Marina, leg. 422, docs. 440 -442 . No ticias de la escuadra del Mar del Sur (17/02/1781)
y doc. 46 5. Carta de A ntonio Vacaro a P edro González d e Castejó n. Talcahuano, 2 8 de octubre de
1780.
158
A.C.D.S.C., Legajo Nº 39. Segundo de Papeles y Noticia s Genealógicas de la Casa del E xcmo.
Sr. Duque de San Carlo s. Coronel D. Ambrosio H iggins, comanda nte d e caballería de la frontera,
Chile.
159
CARVALLO GOYE NECHE , Vicente, “Descripcion histórico - j eográfica…, II, pág. 4 29.
160
A.G.I., Chile, 43 6 y A.N.H.Ch., G. - M., 20 . GUARDA, Gab riel, La sociedad en Chile austral… ,
pág. 352 .
161
ARTACHO, Fernando de, E l almirante Medioho mbre , Algaida, Sevilla, 201 5; JIMÉNEZ -
ALFARO GI RALT, Francisco, Málaga, b autismo de sangre y fuego de Blas de Lezo , Diputación
Pro vin cial, Málaga, 2014; CRESPO-FRANCÉ S, J osé Anto nio, Bla s de Lez o y la defen sa heroica
de Cartagen a de Indias , Actas, Madrid, 2014; MONTORO FERN ÁNDEZ, Francisco y RANE A
FERNÁNDEZ, Mi guel, La b atalla de Vélez-Má laga (24 de agosto de 1704). Testimonios , CEP
Axarquía, Vélez -Málaga, 201 0; VICT ORIA, Pablo, El día que Espa ña derrotó a Inglaterra ,
Áltera, Barcelo na, 2005 ; QUINTERO SARAVI A, Gonzalo M. , Don Blas de Lezo. Defensor d e
Cartagena de I ndias , P laneta, Bogotá, 2002. Co ntrajo matri m o nio en Lima con la cr iolla J osefa
Pacheco , conflu encia d e periplo oficial y vida privada.
Medio físico y panorama humano
99
expresiones distinguidas que con este motivo se digna hacer de mi humilde
desempeño”. Pero el irla ndés iba más allá e intro ducía en la carta la satis facción
de sus superiores en la región por sus gestiones a favor del imprescindible ahorro
de la ha cienda pública, a sí como por la lo g ística nec esaria p ara l a permanencia d e
la escuadra e n la zona y s us navega ciones de inspección a Valdivia y Chiloé.
Además, propo rcionó tr escientos hombres de leva, incluso se le soli citaron
doscientos más para cub rir las plazas dejadas po r los reclutas que tuvieron que
destinarse a Cuz co para sofocar la r ebelión tupamarista. Remitió suce sivas
remesas de hombr es a bordo de los barcos del Comercio de Lima. El eco del
levantamiento en los An des se dejó sentir en la frontera chilen a, lo cu al indica su
magnitud y la articulación de recursos a nivel regional que, por primera v ez,
fluían desde la periferia al ce ntro. La frontera, de por sí, era secularmente sangría
de caudales y hombres del P erú, sin emba rgo en las presentes críticas
circunstanc ias, su g obern ador se mostraba orgulloso de poder concurrir co n a yuda
al tiempo que mantener en quietud su compleja jurisdicción mixta: “no tan solo el
logro de m antener á estas F ronteras con sus Yndios confinantes en la devida
obediencia”, sino también “poder conducir los animos de estos Pueblos Españoles
(…) en tan bu en orden y a mor al Real Servicio”, que sus dispersos ha bitantes
mostraban un alto grado de colaboración con las providencias gube rnamentales y
obediencia a los comandantes de las milicias
162
.
Vacaro le había solicitado, de su “acostumbrado favor”, más re clutas
debido a las bajas ocasionada s por deserciones o mortandad
163
. P or su parte, e l
virrey del P erú había acusado recibo de las pro visiones acopiadas po r Higgins
para la Armada que “h ace v er la exactitud con que V.S. h a d esempeñado mis
encarg os (…) y no dudo continue sus esfuerzos”
164
. Cosechaba opiniones
favora bles que le iban a encumbrar de modo continuado y paulatino.
El sosiego de C oncepción, tan ex puesta a la amenaza exterior com o al
peligro domésti co, por obra de la p ermeable frontera araucana , e ra una
contribución importante al actual estado de cosas en el Perú. Quedó esta blecido
162
A.G.I., C hile, 219 . Carta de Ambro sio Higgi ns a J osé de Gálvez. Co ncepción, 24 de abril de
1782.
163
A.G.I., Chile, 21 9. Carta de Antonio Vacar o a Ambrosio Higgins. Navío América, 5 de f ebrero
de 17 82.
164
A.G.I., Chile, 2 19. Carta de Agustín de Jáureg ui a Ambros io Higgins. Lima, 19 de d iciem b re de
1781.
Medio físico y panorama humano
100
por obra del irlandés un “cordón sanitario” po r temor a la propagación del
contagio revoluciona rio, como luego aplicaría Floridablanca. Aport e valioso si
comparamos l a meridional provincia con el resto del reino, donde por aquellas
fecha s se ex perimentó la conspiración de los tres Antonios. Franceses y criollos
que, al amparo de la s ideas ilustradas gala s, la guerra d e los c olonos
norteamer icanos y la su blevación de Túp ac Am aru II, p retendieron subvertir el
orden monárquico po r el ré g imen r epublicano sin éx ito, pues el motín fue
descubierto
165
.
Para las ne cesarias reformas de la flota , Vacaro solicitó al virrey Jáuregui
que algunos de sus barcos invernaran en El C allao, pero se le ordenó que lo
hiciera en T alca huano o en el ce rcano astillero de San Vicente e incluso debía
ampliar sus inspecciones a Chiloé. L a Armada del bri ga dier estaba formada por
los navío s de línea “S an Pedro de Alc ántara”, “El Peruano”, “ Santiago l a
América”, la fragata “Ág uil a”, la urca “Nuestra Señora de Monts errat” y las
goleta s “Princesa” y “M ercedes”
166
.
El estado del “San Pedro de Alcántara” , le había obligado a pe rmanecer en
puerto mientras el resto de la escua dra tomaba r umbo a Valpar aíso en busca de
hombres, víveres y el S ituado
167
. Su comandante, el capitán de navío Manuel
Fernández de Bedo y a, r ecibió inst rucciones de Vacaro relativas al caso de un
ataque enemigo, entonces debía def ender desde ti erra y m ar la posición, u na vez
desembarcada parte de la artillería. Si la situación empeor aba, había qu e incendiar
el buque y defender l a costa de un d esembarco
168
. Con el regreso d e la escuadra al
fondeadero la situa ción se tornó más grave to davía, pues s e había rendido el
mastelero del “Peruano”. Mientras se espera ban repuestos del virrey Guirior desde
Lima, el año 1781 se in ició con las p esquisas al interior del país – Callaqui – en
busca de maderas para arboladuras. El comisionado por Vac aro, Timoteo Pérez,
teniente de fragata de la “América”, encontró dificultades en la trocha de caminos
165
SANTINI , A d rián, “Los tres An tonios, en E l sueño de la Historia de Jorge Ed w ard s”, An ales
de Literatura Chilena , 16, 2011, págs. 2 07-221 ; GA ZMU RI RIVEROS, Cr istiá n, “Libro s e ideas
políticas fra ncesas e n la ge stación d e la i ndependencia d e Chile”, en América Latina ante la
Revolució n Francesa , UNAM, México, 19 93, págs. 81 - 108.
166
A.G.S., Ma rina, leg. 422, d ocs. 453 - 457 y A .G. M.A.B., E.I., leg. 1 , doc. 2 1. Car ta d e Antonio
Vacaro a An to nio Valdés. Lima, 16 de febrer o de 1784.
167
A.G.S., Ma rina, leg. 422, d oc. 470 . Carta d e Antonio Vacar o a González de Castejón.
Valparaíso, 2 de noviembre de 1 780.
168
A.G.S., Mari na, leg. 422, doc. 466 . Instrucciones d e Anto nio Vaca ro a Manuel Fernán dez d e
Bedo y a. Talcahuano, 2 d e octubre de 1780.
Medio físico y panorama humano
101
y corte de maderas, ante lo cual resultó crucial la intermediac ión de Hi gg ins con
los pehuenches de Rucalhue
169
.
La resistencia en su pri mera entrada – ab ril de 1781 – vino por parte del
caudillo Ancán, mientras que en la costa de Ara uco, I sidoro del Posti go tuvo un
recibimiento igual d e i nsultante. Ambos hu yeron precipitadamente sin poder
llegar a ver los pinares. L a situación hizo que el irlandés se desplazara
personalmente para prot eger con su presencia la tala de maderas frente a los
indios, quienes rec elaban de cualquier novedad, así como la ca pitanía general
temía la alterac ión de la paz. L a pr eocupación era tan grande, que el pr esidente
ordenó al comandante de las fronteras el 12 de marzo de 1783 el cese de los cortes
de pinos hasta próxima autorización. No obstante, el irlandés se mostraba mu y
satisfecho y a sí se lo expresaba a Vacaro:
Bien reflexionadas estas circunstancias, y h echo V.S. cargo de lo
que son y d e lo que han sido siempre los indios belicosos
independientes de Chil e, no puede menos de regocijarse de haver
logra do de su biz arría un rasgo de condescendencia en obsequio de
la Esquadra que no tiene ejemplar en la Historia de este Pais; ellos
al ca bo han havierto los caminos, han ce dido sus montes inmensos
de elevados pinos á la di sposición de V.S. sa crificando su apego á
este renglón de sustento natural (pues s ave V.S. que es el Arbol
que produce las abundantes cosechas de piñones de qu e se
mantienen mucha parte del año) para la havilitacion de los Buque s
del R ey con toda la arboladura hermosa (…) hemos conseg uido lo
que se deseava
170
.
En efecto, solo un veterano fronterizo podía a preciar lo mucho conseguido
y en tan corto espacio de ti empo. Su siguiente o bjetivo era prorrogar lo pactado
sobre este asunto en el próximo parlamento general, pues se trataba de un recurso
novedoso e infrecuente e n la América meridional de entonces. Además, de nuevo
introdujo uno de sus típicos rasgos de hombre de fronte ra, le solic itó que
recomendase, pu es e ra de justicia, la actitud de los indígenas como digna de
169
A.G.S., Ma rina, leg. 422, docs. 5 31 y 532 . Cartas d e Antonio Vacaro a González d e Castejó n,
Talca hu ano, 25 de may o y 25 de junio de 1781. Véase QUINT ERO GONZÁLEZ, J osé, “La
arbolad ura en la constr ucción naval del si glo XVIII”, R evista de Historia Naval , 87, 2 004, págs.
81 - 94.
170
A.G.M.A.B., E.I., leg. 1, do c . 11. Carta de Am brosio Hig gins a Antonio Vacaro , comandante
general de la Esc uadra del Sur. Concepció n, 17 de mayo de 1783.
Medio físico y panorama humano
102
aprec io y conside rac ión. Ellos habían cont ribuido más eficazmente en la guerra
contra Inglaterra que “aquellos pompos os subsidios, y rasgos de lealtad que
h emos visto brillar tant o en las Gacetas de la Corte”, su defensa y ap orte les
“acree dores á que sepa el Sobera no de su existencia, como asi mismo de s u Amor
a la Real Persona”. Acompañaba copias de las juntas celebradas en la p laza de
Los Án ge les en diciemb re de 1781 y enero del año siguiente sobre el corte de
pinos y pacificación de la fronter a
171
.
El comandante de las f ronteras comisionó al capitá n de dra gone s Carvallo
y Go y eneche, quien protegió el tr aslado de las piezas, tras el corte efectuado
desde la primavera austral hasta finales de a ño
172
. Posiblemente, en la gloria
asumida por su superior se enc uent re una d e las raz ones de la profund a enemistad
de Carvallo, que no hará sino ampliarse en el futuro con otros episodios
173
.
La falta de mano de ob ra había ll evado en varias ocasiones a Vacaro a
solicitar la invernada e n El Calla o, pe tición que se acentuó cu ando el “San Pedro
de Alcántara” tocó fondo en Chiloé
174
. En tales circunstancias, en Junta de Marina
se aprobó su despachó al puerto peruano
175
.Tras las nec esarias reparaciones, se
reintegró a su escuadra a finales de mayo de 1782
176
.
El hibernés, con la in tención de encontrar madera de calidad p ara
reemplazar el palo dañado de un buque de lo más preciado de la escuadra,
descubrió pinares de g ran calidad y tamaño para arboladuras en los mont es de
tierra de indios “bá rbaros”, con quienes por entonces se mantenía la paz, lo cual
permitió la dilige ncia. Sin duda, el irlandés ya conocía la ex istencia de estos
árboles, pero aprovec hó astutamente el momento como idóneo pa ra ganar mérito
171
A.G.M.A.B. , E.I., leg. 1, doc. 11 . Carta de Am brosio Hig gins a Antonio Vacaro , comandante
general de la Esc uadra del Sur. Concepció n, 17 de mayo de 1783.
172
A.G.S., Marina, le g. 422, docs. 538 y 539. Carta de An to nio Vacaro a González de Castej ón.
Talca hu ano, 23 de diciembre de 1781.
173
AMUNÁTEGUI, Miguel Luis, “Historiadores de Chile, d on Vice nte Car vallo i Go y en eche”,
Revista Chilena , II, 187 5, págs. 269 - 270.
174
A.G.M. A .B., E.I., leg . 3, carp. 4. 5/12/1784 a 22/07/1785. Resumen de actuacione s. San
Lorenzo, 8 d e octubre de 1785.
175
A .G.M. A.B., E.I., leg. 1, doc. 21. Carta d e Antonio Vacaro a A ntonio Valdés. Lima, 16 de
febrero d e 1784.
176
JÁUREGUI, Agustín de, “ Relacion q ue hace el Excmo. S r. D. Agustin de Jáuregui, virey q ue
fué de esto s rei nos del P erú y Chile, á s u suce sor, Excmo. Sr. D. T eodoro de Croix, desde 20 de
julio de 1780 hasta 3 de abril de 1784”, en LORENT E, Sebastián, (ed .), Relacio nes de vireyes y
audien cias que han gobernado el Perú , T . II I, Rivadeneyra, Madr id, 1872, p ágs. 1 96 - 197. A.G.S.,
Marina, leg. 4 24, doc. 476. Car ta d e A nto nio Vacaro a González de Castejón. Talcahuano, 23 de
dicie m br e de 17 81.
Medio físico y panorama humano
103
ante sus superiores. Así, el 16 de marzo de 1781 y a h abía informado al presidente
chileno Ambrosio de Benavides sobre los reconocimientos llevados a cabo por
peritos, documentos que este trasladó al secretario de Indias José de Gálvez. El
gobernador comunicó al malague ño dicho hallazgo en tierras de indios
pehuenches – gente de los pinares o pehuén –, una vez informado “con p articular
satisfacc ion sobre este asunto” por Higgins
177
.
El testimonio de lo pr acticado hasta el momento se componía de la
información remitida por el irlandés a la capital. La escuadra del Mar del Sur, al
mando del comandante genera l Antonio V acaro, se mantenía ancl ada en el puerto
de Talcahuano, prot egida por los fuertes de su bahía, a s aber, San Agustín y
Gálvez. Higgins la visitó personalmente, trató con sus oficiales, hiz o emba rcar a
españoles de leva y la a uxilio en todo lo posible. El jefe de la misma le informó
que tenía intención de convoy ar hasta cierta altura al malogrado navío que se
dirigiría al Callao para su reparación, de re gre só inspeccionaría las isl as d e Juan
Fernández, costa chilen a y Chil oé. En caso d e n o recibir órd enes del vir rey para
invernar en el puerto peruano, permanecería en di cho enclave austral, no habiendo
suficiente mot ivo para v olver al corso. El m aestre de ca mpo no comprendía el por
qué de t al traslado del buque, desmembrando en un tiempo tan crítico la fuerza de
la escuadra, máxim e disponiendo en la re g ión de la arboladura necesaria que él se
comprometía a conseguir de las cordilleras ce rcanas, dond e abundaba y d e
calidad. Peritos de la esc uadra se d esplazaron al l ugar, gracias al pe rmiso y celo
de Vacaro, comisionados por el hiber nés, a la sazón gobernador político y militar
de la ciudad de Conc epción y su frontera, amen de coronel de caba llería de los
Reales Ejércitos y maestre de campo general del Real Ejército del reino de Chile.
El maestro may or de ca rpintería José Rico, acompañado del comand ante
de la plaz a de S anta J uana, Luis de Benavente – proteg ido del irlandés en cuanto
sobrino del duque de San Carlos, a la vez su mentor cortesano – y el subteniente de
dragones Pedro Andrés del Alcázar y Zapata, ambos nacidos en la frontera, al
igual qu e el duque, inspe ccionaros los pinares con é xito. La relac ión de s ervicios
del primero d elata claramente la tutela d el irlandés, pues si finalizado el año 1776
era cadete de infantería con 18 años, tan solo cinco después sus responsabilidades
177
A.C.N. 0 003/46 . Carta de A m b rosio de Bena vides a José de Gálvez. Santiago d e Chile, 3 de
abril de 1781.
Medio físico y panorama humano
110
La descripc ión de Pérez y Carvallo, ade m ás de confirmar la colaboración
de sus jefes y armas respectivas, adjudicaba el logro a ambos. S i bien el
descubrimiento, por razones obvias, pertenecía al g obe rnador de la frontera, pues
se encontraban en l as c ordillera s andin as y Nahuelbuta. Describían el p aisaje y
localización de los pinares, así como las dificultades técnicas de su extracc ión y
traslado, un compendio de p areceres anteriores y aportes logísticos propios,
incluso recordaron que en otro tiempo corpulentas maderas de ciprés circularon
por el Bío- Bío con destino a la catedral de Concepción. Atribuían al celo de
Vacaro y Higgins el hallaz g o de los pinares en 1 781, entre l as muchas riquezas
que encerraban las cordilleras “hasta ahora no descubier tas”, pero l o más
destacable par a el caso de la autoría y r eparto de ascensos como premio, r adica en
que constatar on que el marino, deseoso de arreglar la arboladura del navío da ñado
no acudió a L im a: ¿exce so de celo o desconsidera ción con la superioridad? La
respuesta quedaba a bierta a la int erpretac ión, veladamente interesada. Por el
contrario, se asoció directamente con el mili tar irlandés, quien y a tenía not icia de
la existencia de estos pinare s, pues en ellos había atacado a los pehuenches en
1770.
Uno y otro consideraron conveniente para su empresa el envío de dos
hábiles carpinteros pa ra el reconocimiento de la madera y a sí fue, de vuelta
trajeron dos trozos de pinos que co nfirmaron su calidad. L as gestiones del
gobernador de la frontera no cesaron a partir de entonces. En p rimer lu g ar le s
comisionó para el corte y saca de cuarenta pinos p ara dos palos ma y ores, vergas y
masteleros. Pero pre viamente, como los pinares se enc ontraban en tierr as
pehuenches, Higgins se dirigió a la plaza de Santa Bárbara, donde convocó a los
loncos o caciques señores de los mismos, de qu ienes obtuvo se gún su tradición
oral tanto el paso expedito o salvocondu cto como su a y ud a. El pacto de
hospitalidad, a modo de hospitium practicado en la Antigüedad, serví a para
facilitar a los ajenos a l grupo étnico el paso y a cogida po r territorios de su
comunidad. Además, hizo circular por toda la frontera sus órdenes respecto a la
asistencia a los comisionados. Todo resuelto con éxito vo lvió a Concepción y
partieron a la cordillera a finales de ma y o, que dista veinte leg uas de Santa
Bárbara , remontando e l curso del Bío- Bío y guiados por c aciques a quienes,
siguiendo las instrucciones del irland és, a gasajar o n de palabra y con regalos para
Medio físico y panorama humano
111
suavizar se agreste comportamiento. Emplearon la maña, fieles en todo momento
a las recomendaciones de la superioridad, con d iversos caciques dueños de los
pinares – Manquelevi o Cademan, por ejemplo – , quienes no solo les acompañaron
en los rec onocimientos del territorio sino que también los cedieron a favor del rey ,
en c u y o nombre tomaron solemne posesión. La austra l estación invernal se
acerca ba y el pinar s e hallaba nevado, con mu cho trabajo lo inspeccio naron y
trabajar on e n el de smonte de l ca mi no hasta que una g r an nevada ocurr ida el 5 de
junio puso sus vidas en peligro. Tuvieron que bajar al valle pr ecipitadamente
abandonando el equipo que después recogieron. D urante los ocho días que duró el
temporal, los caciques apiada dos de su extr ema situación les a lbergaron.
Finalmente, regre saron a Concepción vía Santa Bárbara .
A finales de agosto se discutió qué lugar era más indicado para la
extracción de pinos: Luanco y Caramávid a o la cordillera d e Ralco recién
explorada. Así que a principios de septiembre, por nueva orden de Vacaro y
Higgins, partieron para examinar la cordillera de S anta J uana con la idea de
cotejar las dificultade s de ambas. Dictaminaron a favor de Ralco y el 14 de
octubre tuvieron que volver a la plaza de Santa B á rbara a fin de dispone r todo lo
conveniente al asunto “con mu y estrechas ordenes a fa bor de la c omision librada
por el S eñor Governador a los comandantes de la f rontera”. S iempre t uvieron
presente las instrucciones del irland és, en consecuencia hicieron co mp arecer en
dicha plaz a a los caciques que enseñoreaban el tránsito a la Cordillera
estimulándoles a proseguir la obra “y mu y obsequiados” regresaron sati sfechos.
Una vez más, la política de agasajos daba sus resultados. El 2 de noviembre los
comisionados emprendieron la ma rcha para Coi nco, situada tres leguas arriba,
pero lo caudaloso y p eligroso del Bío -Bío les obli gó a retroceder. Finalmente, tras
vadear el río, e l día 5 se dirigier on a C allaqui sin sufr ir molestia alg un a por part e
de los pehuenc hes, fieles a su palabra , llegaron hasta R anquileo y pasaron de
nuevo el famoso cau ce fronterizo. Un peón se ahogó por un accidente de la balsa
y p rovocó reticencias en sus compañeros, qu e se resolvieron con un golpe de
decisión y audacia, en una potente balsa de cuatro palos de cinco varas de lar g o “ y
con la muerta al ojo nos arr ojamos al Rio que pasamos con felicidad”.
Llegados al fin a la Cordillera, construy eron un fortín con pleno
consentimiento de Manquelevi, pues el lonco pehuenche les recordó la cesión de
Medio físico y panorama humano
112
sus pinares al rey. Pero alg unos influyeron desfavorablemente en el cacique
acerca d e su cond escendencia y en una junta celebrada seis días después con los
caciques locales se mos traron altaneros en busca de nuevas s atisfacciones. En
consecue ncia, con pr udencia y dádivas se consiguió revertir la situación al punto
de partida. No obstant e, les pareció convenie nte poner en c onocimiento de
Higgins tal insumisi ón, quien no dudó ponerse en camino personalmente con
destino a la plaza de Los Ángeles a fin de ref orzar con su presencia l a buena
marcha de la comisión. Esta determinación de muestra la importancia que e l
gobernador irlandés otorgaba a los asu ntos fronterizos, su influencia sobre los
indígena s y sacrificio propio en fatigosas marchas habituales, aspecto valorado y
compartido por José de Gálvez. En todo caso, creemos que el hecho más
destacable es su capacidad ne goc iadora y como toda búsqueda d e entendi miento
consensuado, d ebió asociarse a c esiones de naturaleza material o simbóli ca que
convencieron a los hombres del pehu én. Gracias a sus virtudes diplomáticas, pues
no medió derrota alguna, reunió a todos los caciques de la nación pehuenche de
Villucura, “consiguiendo su sagacidad, y acredit ada conducta” que acudiera e l
famoso guerrero Ancán Amún, “que jam as havia pisado nuestra frontera
[chilena]”. El hecho de por sí tenía una gran trascendencia, pues sus c orre rías
preocupa ban sobremanera en la otra banda c ordillerana al comandante de las
frontera s mendocinas, José F rancisco de Amigorena, maestre de campo desde
1778, y que en 1783 firmaría un tratado con el caudillo de Neuquén y Malargüe.
Higgins suavizó a los caciques díscolos y n egoció con el resto, los cuales
se ofrecieron a contrarrestar cu alquier ataque al buen éxito de la comisión.
Mientras tanto, los comisionados Pérez y Carvallo prosiguieron según la s
instrucciones r ecibidas. Avisaron a seis caciques de pa rcialidade s situadas entre
diez y do ce leguas, quien es marcharon obsequiados y contentos del encuentro. Sin
dejar de observar los movi mientos de los “Amig os Pehuenches”, emp rendieron la
tala de los cu are nta pinos, apertura de caminos y su traslado h asta el Bío - Bío.
Ardua tarea qu e se complicaba con el tiempo adverso y requería una salud
robusta. Ambos sufrieron varias indi sposiciones f ísicas y , ade más, la mala fortuna
de tener que vencer a fuerza de pico y barreta algunos peñascos, obstáculo que
retrasó el envío de las piezas a Concepción. En conclusión, después de tan penosa
experiencia, re comenda ban cortar y labrar los pinos en febre ro o marzo, cu ando
Medio físico y panorama humano
113
están más secos, para sacarlos en noviembre y d iciembre, aprovecha ndo los dos
meses de crecido caudal del río a consecuencia del deshielo estival de la cordillera
de los Andes
193
.
José Rico y J osé Llado, carpintero ma y or d e la e scuadra y artillero nava l
agrega do p ara el corte de maderas en R alco, respectivamente, certificaron la
calidad y abund ancia d e las mismas para toda clase de arboladuras de l a Real
Armada por sus dimensiones variables
194
. La s pe squisas de Vela, teniente de
milicias de artillería y c onstructor del astillero de San Vice nte, concluyeron que
los pinares descubiertos en marzo de 1781 en l as cordilleras al sur del Bío -Bío,
gracias a las diligencias del maestre de campo general p rac ticadas a finales de
octubre, eran aptas para la construcción de buques de guerra por su tamaño y
caracter ísticas, “como si la naturaleza los hubiera destinado d e int ento para este
efec to”. De hecho, las ut ilizó en el navío “San Miguel” que estaba constru y end o
en Talcahuano por cuent a de Domingo de Larrea y Ames, del comercio de L ima .
La s infr aestruc tu ras necesarias para su transporte, a carg o del limeño, fueron once
leguas de camino por quebradas y faldas de sierras hasta el río Tabulco, distante
del confluente del Bío-Bío tres le g uas, así como treinta y cuatro p uentes de
madera hasta el balseado. L as remesas eran diarias, pues las maderas demandadas
por la Armada y el astillero destacaban por su elasticidad, filamento y resina,
cualidades que l e otorgaban fortale za para su aplicación marinera, tanto mili tar
como merca nt e. Incluso, a instancias de Higg ins y en su presencia, había
practica do pruebas y cál culos físicos sobre su resistenc ia a las inclemencias del
tiempo, ensayos empíricos de tipo ilustrado que le a compañarán h asta l a silla
virreinal
195
.
Todos los informes coi ncidían en la viabili dad del pro y ecto, lue g o est e
siguió su marc ha para be neficio de la Marina española y del propio irlandés, quien
vería pre mi ado con el correspondie nte ascenso su eficacia en e l real servicio. Un
193
A.C.N. 0003/46 . Descripcion de los Pinares de Chile he cha p or el Capita n del Brulote Do n
Timoteo Perez, y por Don Vicen te de Carba llo Capitan d e Caballeria, co misionados p ara haser
Cortar, Labrar, Abrir Ca minos, y con dusir la Mad era que para reposicion de su A rboladura
necesita la Escuadra del Mar d el S ur de o rden del B rigadier de la Real A rmada Don Anton io
Vacaro comandante d e dicha Escuad ra, y d el Coronel de Cavalleria Don Ambrosio Hig gins,
Governad or de la frontera d el Reyno de Chile . Cordiller a de Ralco, 8 de febrero de 1782.
194
A.C.N. 0 003/46 . C ertificación de José Rico y J osé Llado a petición del capitán d e d ragones
Vicente Carvallo y del ca pitán de brulote T imoteo Pérez. Cord illera d e Ralco, 8 de febrero d e
1782.
195
A.C.N. 0003 /46. Certificación de J uan Vela. San Vicente, 1 8 de febrero d e 1782.
Medio físico y panorama humano
114
ejemplo cualificado bast e. Dombe y informó al mini stro del despacho universal de
Indias, J osé de Gálvez, sobre la nueva espec ie de pino enc ontrado en la co rdillera
chilena, sus múltiples usos y propiedades para la medicina y las artes. Destacaba
la labor de Higg ins en tal empresa , en atenci ón a su prudencia y excelente
gobier no, en especial y como maestre de c ampo de la Concep ción, supo
granjearse una sólida amistad con los indios co rdilleranos, quienes facilitaron a
los oficiales la explotación de los árboles. Además, entre la riqueza natur al de
Chile citaba sasafr ás, cu y a resina era de uso farmacéutico y alto valor
comercial
196
. Elogios que no podían pasar desapercibidos al malagueño, si bie n
sus tiempos eran disonantes con los del resto y sie mpre mostraba una perso nalidad
rotunda en las decisiones de gobierno.
Finalmente, el asunto prospe rab a y el pr esidente Benavides notificó al
secre tario de I ndias la relación específica del n úmero y calidad d e las maderas
sacada s en 1782 con dest ino a la escuadra del Mar del Sur, “con conocido grande
ahorr o” gracias a los auxilios y buen as providencias d el maestre de campo
ge neral. Las gestiones con los nativos para lograr su consentimiento de c ara a la
internación de los españ oles en las montañas para el corte d e árboles, máx ime
teniendo en cuenta qu e eran “d e su ma y or aprecio por el f ruto que les mantiene”,
habían sido un éxito trabajado por el irlandés que posibilitó la labor del oficial de
Marina comisionado a tal efecto
197
.
Higgins se diri gió, una vez más como hacía p eriódicamente, al capitán
ge neral Benavides com pilando los pasos y avances del asunto en det alle. Por
supuesto, no olvidó mostrarse diligente: “nunca me cansare de proporci onarlos
[auxilios] en todas sus pa rtes, con la eficacia necesaria”. R ecorda b a la comisión
de apo y o con fiada al teniente de navío Isidoro o I sidro García del Postigo y d el
Pozo por oficio de Vaca ro, fechado el 21 de octubre de 1782. Se lo había
recomendado encarecidamente, pues se trataba de hombre de linaje, perte n eciente
al marquesa do de Casa García del Postigo. Bautizado el 6 de abril de 1752, casó
196
A.C.N. 00 03/46. Carta d e Joseph Do m be y a Jo sé de Gálvez . Concepción, 26 de m ayo de 1782.
La misiva fue tr aducida del francés al español y se le dieron las gracias mediante oficio fechad o en
El P ardo, a 2 8 de febrer o d e 1783 . Véase ÁLVAREZ LÓPEZ, E nriqu e, “ Do mbey y la exped ición
al Per ú y Chile”, An ales del Instituto Botá nico A. J. Cavan ill es , 14 , 1959, págs. 31 -129.
197
A. C.N. 00 03/46. Carta de Ambrosio de B enavides a Jo sé de Gálvez. Sa ntiago de C hile, 3 de
dicie m br e de 17 82. Razon d e las maderas q ue se ha n saca do de las Cordilleras d e Call aqui, d e
orden del señor Don Timoteo Perez . J osé Rico , Concepció n 2 2 d e septiembre de 1782. La relación
original quedó en po der de Higgins, quien certi ficó la copia en C hillán el 31 de octubre de 178 2.
Medio físico y panorama humano
115
con la dama chilena de ascendencia montañesa Manuela Bulnes el 28 de octubre
de 1790 y falleció el 7 de marzo de 1807. S u abuelo Juan García del Postigo,
teniente coronel de los Reales Ejércitos, se había distinguido en los comb ates que
llevaron al trono de las Dos Sicilias al futuro Carlos III . Su padre I sidro García del
Postigo, casado en Cartagena (España) en 1747 con doña Ana Luisa del Pozo,
alcanzó el grado de jefe de escuadra en 1760, cuando comandó una flota con
destino a la Nueva España y fallec ió en 1767. L a familia castrense acumuló
reconoc imientos que heredó el oficial comisionado, obligado por sangre a
destacarse en el servicio al rey. P or el contrario, su vástago Carlos García del
Postigo y Bulnes, n atural de Concepción, fue in dependentista y almirant e de la
Marina peruana
198
.
Tras contemplar el mecanismo de las recomenda ciones y su pro yecc ión
indiana, volvemos a l as noticias del hiber nés sob re los pinos chilenos. Reunió las
ay udas necesa rias par a la continuac ión de la m isi ón: herramientas para los peones
o mitas de indios de las reducciones cercanas. Además del trabajo, el r esg uardo
por tropas, a pesar de ser mu y escasas, y el compr omiso de los caciques respecto a
velar por la buena marcha de la empresa, pu es no en balde la reparac ión de los
navíos del rey , así lo hizo compre nder, estab a destinada “a defender, sus costas y
tierras lo mismo que las nuestras, contra los enemigos del mar”. De nuevo a soció
Higgins lo im perial con lo local, gracias al apo yo constante del pr es idente, amor
al real servicio y al “e ngr andec im iento de este P ais”, había triunfado una idea que
le acompañaba desde h ace años, a pesar de la incredulidad de muchos que no
veían posi ble su sa ca de tierras p ehuenches. Y tod o bajo el “felicissimo” gobierno
de Benavides, uno de sus principales sustentos en I ndias. Ambos obtendrían
beneficio de un descub rimiento tan útil para la Marina R eal como para el
comercio y navegación en la re g ión. P or último, en lo relativo a los cost os para
198
FERN ÁNDEZ- MO TA d e CIFUENT ES, María Ter esa , Relació n de títulos nobiliarios
vacan tes, y principa les documen tos que co ntiene cad a expediente q ue, de lo s mis mos, se conserva
en el Archivo d el Ministerio de Ju sticia , Hidalguía, Mad rid, 1984, p ágs. 97 -98; MEST RE-DE
SAN JUA N PELEGRÍN, Federico, “La aristo cracia de Cartagen a e n el siglo XVIII”,
MVRGETANA , 1 25, 20 11, pág. 121; GON ZÁLEZ ALLENDE, Raúl, “C arlos García del Postigo y
Bulnes en la ciudad de Bulnes”, Cuad ernos de difusión histórica de Bulnes , 11, 2008, p ág s. 1-16 ;
VÁ ZQUEZ de ACUÑA y G ARCÍA del POST IGO, I sidoro, Historia Nava l del Rein o de Chile
1520 -1826 , Co m pañía Suda mericana de Vapo res, Valparaís o, 200 4; VÁLGOMA, Da lmiro de la y
FINEST RA T , Baró n de, Real Compa ñía de Guardia s M arinas y Co legio Nava l. Cat álogo de
prueba s de Caballeros a spirantes , 7 vols., CSIC -Instituto Histórico d e la Marina, Madr id, 1944 -
1955.
Medio físico y panorama humano
116
sendas comisiones encabezadas por el teniente de fragata Timoteo Pé rez y el
oficial Isidoro Garc ía del P ostigo, se había eximido del todo, pues la competente
era la t esorería de M arina. Aprovechó para recordar que l a Caja Real de
Concepción estaba exhausta, sin más fondo qu e el remit ido desde Santia go para
pagas de su dotación
199
. Es decir, quería demostrar lo mucho hecho a costa de
poco.
Por su parte, en este trasiego de informaciones cruzadas participaron los
botánicos y dibujante de la expedición al Pacífic o sudamerica no lle gados a Chile:
Hipólito Ru iz, José P av ón, Joseph Dombey, José Brunete e Isidro de Gálvez.
Elevaron un informe al secretario de Indias malagueño acerca de l a riqueza
maderera chilena, apropiada para la c onstrucción y uso náutic o. Habían s alido de
Lima el 21 de dic iembre de 1781, arrib ando a Talcahua no el 29 d e enero del
siguiente. S e present aron al maestre de campo Higgins, quien había pasado al
puerto con motivo de su lleg ada y de encontrarse allí la escuadra de Vacaro. L os
recibió con gran afabilidad y ofrecimientos sinceros para hacer cómoda su
estancia e n aquel d estino, “ dandonos mesa fran ca c uantos dias quisimos ir á
comer á su casa”
200
.
La hospitalidad con los integrantes de expediciones científica s, españolas o
extranjeras, se rá un a de las constantes del irlan dés y dice mucho acerca de s u
talante ilustrado así como de la defensa de los i nterese s del r ey en aquel limes
indiano. Pero también nos habla del sacrificio que asumía por repr esentar
dignidad a costa de su propio caudal en unas o casiones que, por otra p a rte, no
podía desaprovecha r por su gran pro ye cción: “empeñado i tan falto de los mas
necesarios menesteres q ue no ha podido costear ni un corto servicio de mesa ó
vajilla”. En tales términos se expresaba el preside nte chileno a Gálv ez, a modo de
correa de transmisión de sus quejas
201
.
El día 30 se dirig ie ron a Conc epción, sin haber des cansado aún lo
suficiente de la penosa navegación, comenzaron sus trabajos de c atalogación y
199
A.C.N. 0 003/46 . Carta de Ambrosio de Higgins a Ambrosio d e Benavides. Chillán, o ctubre de
1782.
200
RUIZ, Hipólito , Rela ción del viaje h echo a los reinos del P erú y Chile… , pág. 192. Véase
STEE LE, A r thur Robert, Flo res para el rey. La ex pedición de Ruiz y Pavón y la Flora d el Perú
(1777-17 88) , Ed iciones del Serbal, B arcelona, 1982.
201
B.N.Ch., M. M., vol. 197, fol. 2 00. Carta d e Am brosio d e B enavides a Jo sé de Gálvez. Sa ntiago
de Chile, 3 de febrero de 1783.
Medio físico y panorama humano
117
dibujo de árboles y plantas descubiertos en los bosques y campañas de la re g ión.
En especial desta caban la nueva especia d e pino enc ontrada a 45 y 60 le gua s de
Concepción, sin torsiones ni nudos y cu y os troncos alcanzaban ent re 3 0 y 60
varas. Del primer empla zamiento se desplazaban 9 leguas por tierra hast a el río
Bío-Bío, mientras qu e de l segundo solo debían a travesa r 3 leguas hasta alcanzar
otro cauce pa ra su t ransporte. De di chos pinos se obtenían tr es recursos de
importancia: piñas de considerable tamaño – tan solo una podía contener un almud
de piñones – y que servían de alimento crudo, asado o cocido a los pehu enche s,
resina para medicamentos y madera para arboladuras de navíos, incluso
comprobaron cómo se estaba arbolando una embarcación construida allí mismo
con capacidad pa ra 50 c añones. Tras r ecordar las fatig as pasadas en caminos y
climas diversos, finaliz ab an con los consabidos agrade cimientos por el encargo de
tal comisión, cuy o acertado desempeño consagraban a qu e J osé de Gálvez: “movil
de una empresa tan utilissima al Estado lo gre sus inm ortales desig nios po r medio
de nuestra de dicación”
202
.
El año d e 1783 continua ron las tareas con los pin os chilenos, a las cuales
se habían sumado los b otánicos de la expedición de Hipólito Ruiz. El dibujante
José Brunete realizó dos dibuj os a la acuarela de árbol y f ruto para remiti r al
secre tario de Indias. Junto al diseño, un frag mento de madera d e la nu eva especie
y una descripción que utiliz aría para la R elac ión del viaje. Información que
consideraba muy interesante para la Corona . L os pinos de las cordilleras
pehuenches se ex tendían hasta Valdivia y se gún otras opiniones hasta el cabo de
Hornos, dudas que avalan el desconocimiento de las latitudes australes. Servían
para navíos de gra n tone laje, al i g ual que otr as maderas que recomendaba para la
construcción de quillas, c omo la del roble pellín, peumo y quillay – familia
laurácea – , raulí – hay a d el sur – , laurel chileno, el altivo y g rueso keule – produce
madera de calidad y u n fruto comestible – , a ceitunillo y lingue – end emismos
chilenos – , huilli patahua o nara nji llo, guay o color ado – familia de las rosáceas d e
madera dura y colorada – , roble coihue – Nothofagus dombeyi en honor a Dombey –
o el sagrado canelo mapuche, entre otros
203
. Se sentía orgulloso de las c asi mil
202
A.C.N. 0 003/46 . Infor m e d e Hipó lito Ruiz, J osé Pavón, Joseph Do mbey, José Brunete e Isidro
de Gálvez re m itido a J osé de Gálvez. Co ncepción, 23 de m a rzo d e 1782.
203
HOFFM ANN, Adria na, Flora silvestre de Chil e: zona arau cana. Una guía ilustrada para la
identificació n d e las especies de plantas leñosas d el sur de Chile ( entre el río Maule y el seno de
Medio físico y panorama humano
118
plantas descritas, cl asificada s y dibujadas, medicinales o úti les para otr as artes.
In gente labor botánica que pretendía corresponder a la confianza deposi tada en
ellos por José de Gálvez
204
.
El e ntendimiento e ntre Be navides y Higgins a la hora de poner en
funcionamiento la utilización del pino chileno de bía repetirse coordinándose pa ra
proceder al envío de piñas, semillas y plantas a cuenta de la Real Hacienda
205
. Al
oficio de a gradecimiento cursado al botáni co francés Dombe y por las
informaciones remitidas, se añadió igual requerimiento. S e ordenaba t anto al
presidente de Chil e como al comandante de las fronteras el citado envío por las
naves que realizaban el circuito El Callao-Chile. Las piñas, conv enientemente
proteg idas para un viaje trasatlántico, debían servir de semilla “á fin de propagar
aquellos Arboles en Esp aña ”. Ad emás de la aclimat ación, e speraban tam bién tres
o cuatro plantas en tinas de madera por si se pe rdían los piñones. Dicha s remesas
y d e otros árboles igualmente preciados, debían repetirse hasta que recibieran el
aviso relativo al éxito de su ll ega da y viabilidad de l a propa gac ión
206
. En
conclusión, a principios de año ya había hecho llegar a ambas autoridades por
separa do las órdenes conducentes a su puesta en acuerdo de cara a la vit al
remisión. A mediados de año, una vez realizadas múltiples comunicaciones en
ambos sentidos, el re y s e dio por enterado del hallazgo, calidad y utili dad de l as
maderas para el real servicio, una vez que la empresa había tom ado cuerpo
definitivo
207
. Igualmente, p articipó de las gestiones a Antonio Valdés, flamante
ministro de Marina, quien puesto en antecedentes podría obrar con conocimiento
de causa
208
.
Relonca ví) , Fundació n Claudio Gay, Santiago de C hile, 1997; de la misma au to ra, “Bosques
antiguos, catedrales forestales: patrimonio natural d e C hile”, en SALAZAR, Mario Andrés y
VIDEGAIN, Patr icia (eds.), De p atrias, territorios, iden tidades y n aturaleza , DIB AM, Santiago de
Chile, 1998, págs. 6 1-85; de la m isma autor a et alii , Encicloped ia de los bosques chilenos :
conservació n, biodiversidad, su stentabilidad , Defen sores del B osque Chileno, Santiago de Chile,
2001 ; DONOSO, Clau dio, Árboles nativos de Chile. Guí a de r econo cimiento , Marica Cuneo
Ediciones, Valdivia, 2 005.
204
A.C.N. 0003 /46. Carta de Hipólito Ruiz a Jo sé de Gálvez. Concepción, 2 3 de enero de 1783.
205
A.G.I. I. G., leg. 1550. Minuta de oficio dirigido al presidente d e la Audiencia d e Chile. El
Pardo, 20 de febrero de 1783.
206
A.C.N. 00 03/46. Oficio dirigido a Dombey, b otánico e n el P erú, dándole las gracia s p or las
noticias contenidas en s u misiva a Gálvez ( Concepción, 26 de m a yo de 1 782). El Pardo, 28 de
febrero d e 1783.
207
A.C.N. 0003/4 6. Minuta de contestación a la notificació n d e 1º de may o de 1 782 del presidente
de Chile. Aranjuez, 1 8 de j unio de 1783.
208
A.C.N. 0003 /46. Oficio a Anto nio Valdés. Aranjuez, 1 8 de junio de 178 3.
Medio físico y panorama humano
119
Hipólito Ruiz amplió n oticias en un infor me, como todos destacó el
esmerado p apel de Higgins y la terminación del “San Miguel”, construido en el
puerto de San Vicente y arbolado con los pinos locales. Ad emás, la escuadra del
Mar del Sur también hab ía servido de campo de prue bas, pues con ocasión de un
fuerte temporal, se habí a dado igual fuerza de vela a uno de pino chileno que
resistió frente a otro de los del norte que se rompió. S ignific ativo resulta que
decidiera n no mandar a Gálvez el dibujo de Brunete, por no duplicar el envío,
pues Higgins y a les había soli citado copia del mismo para remitir al malag ueño,
ansioso por demostrar laboriosidad ante su e x igente mentor
209
.
Así lo hiz o el 22 de junio de 1 783, cuando cu rsó todos los testimonios
posibles acopiados hasta el momento, adjuntos a una misiva sobre el
descubrimiento del pino, así como los dibujos, pues la información era un re curso
tan valioso como la misma madera. Confesaba que si bien conocía de antemano la
abundancia de los pinos, con ocasión de la g uer ra contra Inglaterra y las
necesidades pere ntori as de la Ar mada guardac ostas, participó de sus proyectos a l
virrey pe ruano y antig uo g obe rnador chileno A gustín de Jáureg ui, qui en le ordenó
“abries e todos los medios conducentes al logro de este corte, su saca, y conducion
á este puerto de la Conce pcion”. Afortunadamente, escondidos los pinos en los
confines de la frontera, l os enemigos europeos n o habían podido aprovec harlos.
Es más, aunque alardeab a de su pod er de convicción sobre los pehuenches, era
consciente de que nunca podrían fiarse enteramente de ellos “hasta que ll eg ue el
tiempo de re du cir e nteramente á la Obediencia de nuestro Monarca á estas
Naciones especialmente las que poseen las Cordill eras que dividen á este Reino de
las Provincias de Buenos Ayres”, labor a la que se consagraría con éxito mediante
una política sostenida de atracción y alianza hispano -pehue nche.
Resaltaba con franqueza aque llos puntos que agradarían a Gálvez:
coordinación con L ima, defe nsa frente a la amenaza foránea, recursos nat urales y
entendimiento nativo, cue stiones en las cuales no se podía ocultar verdad al
experimentado malagueño. Además, aprovechó para ahondar en l a riqu eza del
país y calidad de los ho mbres del re y en aquellos parajes, elemento clave de la
política reformista de su protector. En primer lugar, elog ió a Vacaro, “quien ha
209
A.C.N. 0 003/46. Informe d e Hipó lito Ruiz a J osé de Gálvez. Concepció n, 2 8 d e febrero de
1783. Véase P RIETO PÉREZ, San tiago, “Pintores en las grandes e xpediciones cientí ficas
españo las del si glo XVIII”, Ars Medica. R evista de Huma nidades , 2, 2006, págs. 1 66 -179 .
Medio físico y panorama humano
126
a su protector y amigo, recomendó a l joven oficial, por cuya autoriz ada conducta
espera ba qu e G álvez apo y ara su ascenso milita r en Espa ña, pues a demás del
mérito personal, era sobrino del duque de San Carlos y en consecuencia estaba
comprendido en una R ea l disposición que mandaba fueran atendidos los de su
Casa en la provincia m eridional. Mediante esta “recomendable Circunstancia no
escuso hacer presente a V.E. sin quedarme duda que en qualquier Destino hara
mucho Onor á la benigna generosa Proteccion de V.E.”
223
. L a eficacia y cel o de
Higgins fueron aplaudidos y se le ordenó embarcar el sobrante en otra ocasión
más oportuna
224
.
A principios de mayo de l mismo año, el g obernador Benavides comunicó
el embar que del cargame nto botánico bajo la custodia de Luis de Benavente en el
navío “San P edro de Alcántara”. El buqu e i ba a z arpar d esde el puerto de
Talcahua no con destino a Cádiz
225
. En octubre se pidió al pr esidente interino de la
Contratación de Cádiz la remisión a Madrid de las plantas que Benavente
conducía y en relación a aquellas vivas que necesitaran “pais c aliente pa ra
prosperar” s e en caminarían a M á laga a manos del presbítero José Ort ega Monro y ,
director del Real Colegio de San Telmo, fundación patrocinada po r Gálvez, quien
las llevaría hasta Alma y a te para su adecuada aclimatación
226
. El 19 de agosto, día
de la incorporación de Málaga a la Corona de Ca stilla en 1487, según los estatutos
de la S ocieda d E conómica de Ami gos del País, se debía celebrar una junta general
para instruir sobre sus progresos. Con tal ocasión en 1791, Orteg a ley ó una
Memoria acerca de los plantíos de árboles
227
. Caballero de la Orden de Carlos III ,
al igual que sus hermanos: Francisco, nacido en Granada, capitán de los Reales
Ejércitos y reg idor perpetuo de Málaga, y Pedro, intendente de provincia,
223
A.C.N. 0005 /86. Carta de Am b rosio Higgi ns d e Vallenar a José de Gálvez. Concepció n, 28 de
marzo d e 178 5. Re m itía cop ias de los oficios relati vos a todo lo practicado sobre el asunto y una
lista de las ti nas remitidas y su co ntenido.
224
A. C.N. 00 05/86. Borrador de contestació n y ac use de recib o dirigido a Ambrosio Higgins. San
Lorenzo [El Esco rial], 13 de octubre d e 1785.
225
A. C.N. 00 06/91. Carta de Ambrosio de B enavides a Jo sé de Gálvez. Sa ntiago de C hile, 2 de
mayo de 178 5.
226
A. C.N. 00 06/102 . Oficio al p residente i nterino de la Contratación d e Cádiz. Sa n Loren zo [El
Escorial], 13 de octubre de 1785 . Véase CRESPO DELG ADO, Daniel, Árb oles para un a capital.
Árboles en el Madrid de la Ilus tración , Doce Calles-Fundació n Juanelo Turriano, Ma drid, 2013 .
227
Boletín d e la Socied ad Económica de Amig os del País d e Málag a , n º 3, 31 d e m a yo de 1 861 (T .
I, Imprenta del Correo de Andalucía), pág. 7. I nstitució n canalizadora de proyectos: LÓPEZ
MARTÍNE Z, Asunción, La Sociedad Económica de Amigos del País de Málaga , Diputación
Pro vin cial, Málaga, 198 6.
Medio físico y panorama humano
127
administrador general de las rentas mala citanas y de idéntica regiduría
perpetua
228
.
El pre sidente de la Contratación gaditana notificó a José de Gálvez y
Gallardo el acuse de recibo de comunica ciones relativas a las plantas vivas que los
botánicos destinados al Perú habían enviado. En cua nto llegaran remitiría las d e
país caliente a Málaga, s eg ún l as órdenes recibidas y en acuerdo con Benavente.
Además, debía pedir una relación completa de su s propiedades, climas de origen,
época de siembra y cualquier otro aspecto conducente a su conservación y cultivo
tanto en el Real Jardín Botánico de Madrid como en Málaga
229
.
José Ortega y Monro y t ambién acusó recibo a Gálvez, una vez llegara n las
plantas “serán conducid as al Partido de Almayate con el maior cuidado, y se
pondran en la Sonora segun V.E. lo manda”
230
. Se refiere a la huerta q ue el
marqués de la Sonora poseía en Almay ate, e n la cual se aclimataban plantas
america nas y d e las I ndi as orientales, “ò qu e se j uzgan de aquellas r egiones, y de
otras, que vegetan y fructifican bien en Málaga, y algunos de sus Lugares”
231
.
Entre la ex ótica nómina y de una gran actualidad, destacamos los aguacates
traídos de América, qu e y a s e criaban en las huertas alma y ateñas de Gálv ez o los
chirimoyos, c u ya fruta era “tan buena en tamaño y gusto como la mejor de
América”, abundantes en dicha hu erta, en la casa del cón sul holandés, Vélez-
Málaga, Benamocarra y en la fin ca de recreo “El Retiro”, del conde d e Vil lalcá zar
de Sirga, fundada en Churriana por fray Alonso de Santo Tomás
232
. También se
encontraban en la hacienda de campo S an I sidro de la Vega, propiedad de Pedro
228
GARCÍ A de la L EÑ A, C ecilio (MEDINA CONDE, Cr istóbal), Conversacion es historicas
malagu eñas. Malaga Modern a , II, Luis de Carreras, Mála ga, 179 2, pág. 152; Ana les de la Rea l
Academia Matritense de Heráldica y Genealogía , vol. V, Rea l A ca demia Matritense d e Heráldica
y Genealogía, Mad rid, 2002, págs . 228 - 229.
229
A.C.N. 00 06/102. Oficio del presidente de la Co ntr atación de Cádiz a J osé de Gálvez. Cá diz, 21
de octubr e de 1785.
230
A.C.N. 0006 /102. Carta de José Or tega y Mo nroy a J osé de Gálvez. Málaga, 21 de octubre de
1785.
231
GARCÍA de la LEÑA, Cecilio (MEDI NA CONDE, Cristóbal), Conversacion es histo ricas
malagu eñas, ó materiales de noticias seg uras para formar la historia civil, natu ral y ec lesiastica
de la M. I. Ciudad de Malaga , Luis de Carreras, Málaga, 1 789, p ágs. 153 -159.
232
MORALES FOLGUE RA, Jo sé Miguel, “El Retiro de Santo Tomas del Monte. Huerto, Arcadia
feli z y esce nario co rtesano”, en Fray Alon so de San Tomás y la Hacienda del Retiro , B enedito,
Málaga, 1994, págs. 205 - 258; CAÑIZO, José Antonio del , “Los jar dines del Retiro”, en Fray
Alonso… , págs. 289- 330; CAMACHO M ARTÍNEZ, Rosario, “ Re flexiones e n torno a lo s jar dines
del Retiro en Churriana ( Málaga). Fechas y m odelos”, en Tiemp o y espacio en el arte , I,
Universidad Co m p lutense, Madrid, 1994, págs. 247 -266; S ANTOS ARREBOLA, Mª Soledad,
“Discrepancias e ntre el II Conde de B uenav ista y el V Conde de Villalcáz ar p or la Finca del
Retiro”, Isla de Arriarán , 11, 1998, págs. 121 -134.
Medio físico y panorama humano
128
Ortega Monroy, dond e además s e sembraba cacao. Los cedros americanos se
propagaron por e l obispa do malag ueño, principal mente en la huerta de Almayate,
donde lucían “mu y frondosos”. De aquí salió u n plantón para Carlos III , que
quedó en los jardines d e Aranjuez. P or último, el culén o Psoralea Americana
(glandulosa), se encontraba en el ja rdín de San Felipe Neri
233
. Debatiendo sobre
su orig en, se tomaba como cita de autoridad al maestra nte de Ronda y traductor
ga ditano del ex pulso Juan Ig n acio Molina, Domingo J osé de Arquellada
Mendoza, quien lo contemplaba chileno
234
.
Varios puntos d eben destacarse d e este episo dio: la eficacia de las
conexiones de paisana je, la articulación de una minoría ilustrada con afa nes
compartidos a modo de signos de identidad, el constan te y clarividente patrocinio
de J osé de Gá lvez con su tierra y posibilidades de desarrollo futuro
235
, las
extraordinarias condiciones de a climata ción que presentaba el litoral
malag ueño
236
, que incluso favoreció la exportación a otros jardines españoles, la
ex ist encia de infraestructuras locales d e acogida de plantas exóticas durante el
tiempo de la I lustración y , finalmente, la dif usión de lectura s de temática
america na entre la élite malacitana, así como su propia participac ión en
traducciones y conocimientos actualizados del Nuevo Mundo.
Tanto el cargamento botánico y las plantas vivas de pino chileno
contenidas en estufas, c omo los caudales conducidos a España desde El Callao a
finales de 1784, vía Concepción en el “San Pedro de Alcántara” al ma ndo del
briga dier M anuel de Eguía, se perdieron en su n aufragio, al i gual que p ereció L uis
de Be navente. El hundimiento tuvo lugar la noche del 2 al 3 de f ebrero de 1786,
en las inmediac iones de la villa de Peniche, sobre la costa portuguesa , a la altura
de las i slas Be rlingas, estrellándose contra l a roca de Papona, a cierta dist ancia del
fuerte Nuestra S eñora de la Luz. Había salido de L ima el 14 de abril d e 1784,
arribó a la chilena Concepción, retornó el 14 de s eptiembre para la Ciudad de los
233
SA NTOS ARREBO LA, Mª Soledad , La Málaga ilustrada y los filipenses , Universidad d e
Málaga, Mála ga, 199 0; LASSO de la VEGA, B lanca y ASENSI, Alfredo, “Un verdadero j ardín
botánico d el siglo XXI en la Málaga del XIX”, Isla de Arriarán , 34, 2009 , págs. 159 -184;
GARCÍA MONTORO, Cristób al, “Málaga e n 18 62: la expo sición provi ncial de productos”,
Baetica , 1, 1978, pág. 421.
234
MOLINA, Jua n Ignacio, Compendio de la historia geográ fi ca … , pág. 174.
235
LARRUBI A VARGAS, Remedios, Los cu ltivos subtro picales en la costa med iterránea ,
Universidad d e Málaga, Málaga, 199 1.
236
MÉ RIDA RODRÍGUE Z, M atías, El paisaje de la Costa orienta l de la pro vincia de Málaga .
Tipos y referencia s , Universidad de Málaga, M álaga, 19 97.
Medio físico y panorama humano
129
Reye s. Por segund a vez salió del Callao el 21 de diciembre, ar ribando de nuevo a
Chile e l 22 de enero de 1785 y de allí pasó a Río de Janeiro, donde ll egó e l 2 de
junio. Dio vela para C ádiz el 4 de noviembre y se perdió a principios del año
siguiente frente al litoral port ug ués. El embajador en Lisboa, conde de Fernán
Núñez, advirtió a Madrid y al Comer cio de C ádiz para que actuara en
consecue ncia, evitando especulaciones que influyeran en el crédito de la nación,
debido al alcance d e la noticia. Mientras que el vicecónsul Antonio Denis
Carvallo y su familia socorrieron meritoriamente a los tripulantes, al igual que las
autoridades locales
237
.
Hipólito Rui z dejó constanc ia de la noticia del hundimiento cuando se
quejaba del retraso ocasionado por la pérdida de 800 dibujos malogrados en el
naufrag io del navío
238
. No obstante, no solo se reempla zó el envío de pl anta s
vivas por la vía de Lima, sino que “aumentamos copiosamente la r emesa”, e n
palabras de Ruiz
239
. El dato y las peripecias del enví o pueden servir para h acernos
una idea sobre lo titánico de la empresa, clar o p recedente de l a desgracia acaecida
a la fragata “Nuestra Señora de las Mercedes” en 1804, si bien este últ imo caso no
fue obra d e la enfurecida naturaleza o im pericia marinera, sino del sem piterno
enemig o inglés. C om o también el hundimiento del “San J osé” a principios del
siglo XVIII o el mercante “El Marqués”, rebautizado “Soberbio” cuando sirvió en
la Real Armada en varias acc iones y finalmente e n Tolón
240
. Su propietar io e ra el
comerciante irlandés Guillermo Terry , a fincado en El Puerto de Santa María
241
.
Obtuvo carta de naturale za en 1719, lo cual le abrió las puertas de la Carr era d e
Indias e invirtió c uantiosos caudales en la construcción de l navío para dicho
comercio. Aunque su nombre civil fue “San Francisco de Así s”, recibió el alias en
honor a su dueño: marqués de la Cañada-Tirr y
242
. De vínculos consanguíneos y
237
Mercurio de España . Febrero de 178 6 , Imprenta Real, Madrid, 17 86, págs. 2 06 -216.
GOICOET XEA, Ángel, “Juan Jo sé Tafalla y Nab asques, b otánico olvidado de la I lustración”,
Príncipe d e Viana , 188 , 1989, pág. 64 2.
238
RUIZ, Hipólito, Relación d el viaje hec ho a los reinos d el Perú y Chile… , pág. 265 .
239
RUIZ, Hipólito, Relación d el viaje hecho a lo s reinos del Perú y Chile… , pág. 273.
240
DOMÍNGUE Z CUTI LLAS, Mari Pau, Las dos vidas del cap itán , Grijalbo, B arcelona, 20 14;
PHILLIPS, Carla Rahn, El Tesoro del San José. Muerte en el mar du rante la Guerra de Sucesión
españo la , Ma rcial Po ns, Madrid, 2010; ENRÍQUEZ MACÍAS, Geno veva y STAPELL S
JOHNSON, Victoria, “El Soberbio . Nau fragio y re scate de un navío en el siglo X VIII”, R evista de
Historia Naval , 93, 2 006, págs. 33- 56.
241
IGLESIAS ROD RÍGUEZ, Juan José, Una ciuda d mercantil en el sig lo XVIII: El Puerto de
Santa María , Muñoz Mo y a Editor , Sevilla, 1991 .
242
A.G.I., I.G., 446 A, libro 42; A.H.P.C., P rotocolos de Cád iz, tomos 4471, 4 474 y 448 6.
Medio físico y panorama humano
130
mercantiles con los M acNamara y P ower, ramificados en la plaza gaditana y
puerto malagueño. Al igual que su herm ano Patricio, era caballero de Santiago, y
vindicaba la muerte her oica del mismo en el si tio de Barcelona por las tropas
borbónicas durante la Guerra de Sucesión, en c alidad de comandante de las Reales
Guardias e spañolas. Otro hermano, Esteban, era capitán de dragones
243
.
Los tre s botánicos – Ruiz, Pavón y Dombe y – de la expedición comandada
por el primero al Perú y Chile, en el transcurso de su permanencia en la frontera
de Conce pción constataron que se trataba d el de scubrimiento de una nueva
especie chilena del género Pinus Pinea , siguiendo la reciente clasificación
taxonómica de Carl von Linneo (1707-1778) establecida sobre criterios
científicos, superada la visi ón de mera utilidad para el hombre. No obstante, el
pensamiento naturalista en perfecta sintonía con el económico, puso su atención
en los rendimientos ilustra dos del pino cordillerano
244
. En diciembre de 1782,
botánicos y dibujantes s e diri gier on al fu erte del Nacimiento, emplazado bajo e l
amparo cordillerano. En aquel tiempo, fruto del descubrimiento de Higgi ns, por
Real Orden se estaba realiz ando el corte de pin os chilenos para arboladuras y
demás reparaciones interiores de navíos. El corregidor de la p rovincia de Rere,
Miguel Montero, les informó de su pobreza natural, por lo cual Ruiz y el dibujante
Gálvez permanecieron en la capita l Huilquilemu, mientras que Pavón, Dombey y
el dibujante Brunete re corrieron N acimiento, de donde regresaron al quinto día
para Concepción. J osé P avón e I sidro Ga rcía del P ostigo, oficial de Marina
comisionado para la tala de pinos, pasaron desde el Nacimiento a la Co rdillera con
la intención de examinar ramas con estróbilos o piñitas y amentos o tramas
machos
245
.
La desc ripción del Pinus chilensis , iniciada en Huil quilemu o Estancia del
Rey y concluida en el cami no a Talcahuano con los dibujos de J osé Brunete sobre
tres árboles hemb ras, r eflejaba en tex to e imagen un árbol de g ran altura, tronco
derec ho y corpulento que iba disminuy endo p rogresivamente de la base a la copa.
Cubierto de dos corte zas, la interior blanquecina y la exterior oscura y escamada.
243
CHAUCA GARC ÍA, Jorge, “ Irlandese s en el comercio gaditano - americano del Setecientos”,
en VI LLAR GARCÍ A, Mª B egoña y P EZZI, Pilar (eds.), Actas I Coloqu io Interna cional Los
extranjeros en la España Moderna , vol. 1, Universidad de Má laga, Málaga, 2003 , pág. 271.
244
FOL CH JOU, Guillermo, “Labor científ ica en América, de los españoles en el siglo XVIII”, en
Hispano américa hacia 1776, CSIC, Madrid, 1980, págs. 31 -35.
245
RUIZ, Hipólito, Relación del viaje hecho a los reinos del Perú y Chile… , pág. 214.
Medio físico y panorama humano
131
Conceptuado como dioi co – existencia de individuos macho y hembra – , que
proporcionaba exquisita madera blan ca de excel ente beta para labr arse o servir
para arboladuras de navíos, entre otros muchos usos. Además, la copiosa resina
que manaban podía apli carse a uso medicin al, como balsámico y c almante de
heridas, por ejemplo las oca siones por su tala. Por supuesto, el aprove ch amiento
tradicional consistí a en s us piñones, contenidos en gra ndes piñas, que servían de
alimento a los pehuenches y huilliches. C ada piña contenía c erca de un celemín o
almud de piñones de capa cidad, ma y ores que b ellotas, con forma de cuña y de
color de castaña, tanto interior como exteriormente. I ncluso su sabor era
semejante, los indios co nsumían estas semillas cruda s, cocidas o asadas. Recurso
para la Armada o base alimenticia, ambas delataban la actitud ante e l medio
propia de Hi ggins a lo largo de todos sus destinos
246
. Una ma yor descripción par a
la “ Flora P erua na y Chilena ” quedó inédita, pero sabemos que se querían resaltar
sus virtudes económica s y usos medicinales, en línea con la clasificación de
Teofra sto
247
.
Estos impresionante s pinos se elevan desde 30 hasta 50 y 60 varas, est o
es, podían alcanzar los 5 0 metros
248
. Si bien el más común era de 40. S u dilatad o
hábitat se ex tendía más de doscientas leg uas, desde los 36 gra dos hasta las
246
RUIZ, Hipó lito, Re lación del viaje hecho a los reino s del Perú y Chile… , p ágs. 218 -219;
A.C.N. 000 3/46. Descripcio n de la nu eba espec ie d el Pin o de Chile . Adjunta a la carta de
Hipólito Ruiz a J osé de Gál vez. Concepció n, 23 de enero de 1783. Do m b ey también re alizó una
descripció n del p ino. Co mparativa con otras e xpediciones de similare s car acterísticas y
complementarias e n su área de estudio: B ERNABÉU AL BERT, Salvador, “Ciencia ilustrada y
nuevas rutas. La s e xpediciones de Juan de L a ngara al P acífico (1765 - 1773)”, en PI NO, Fermín d el
(coor d.), Ciencia y con texto histórico n acional en las ex pediciones ilustrada s a Améric a , CSIC,
Madrid, 1988 , págs. 87 - 107; del mismo a utor, “Jua n Pér ez, navegante y d escubrido r d e las
Californias (17 68- 17 75)”, en P ESET, José Lu is (coord.), Cu lturas de la costa Noroeste de
América , Turner, Madrid , 1989 , págs. 277 -290. Para la política forestal b orbónica: P EZZ I
CRISTÓBAL, Pilar, “Proteger para producir. La política forestal de los B orbones españoles”,
Baetica , 23, 2001, págs. 5 83 -596; MA RTÍNE Z GON ZÁLEZ, A lfredo José, “Bosques y po lítica
naval atlántica: las refor m as nor mativas e i nstitucionales d e J osé Patiño (1717 - 1736)”, Revista
Hispano americana , 3, 201 3 [en Línea]. Disp onible en http://revista.ra ha.es/13_art2. pdf y Las
Superin tendencias de Mon tes y Plantío s (1574- 1748). Derecho y po lítica forestal para la s
Armadas en la Ed ad Mod erna , T irant lo Blanch, Valencia , 201 5; SERRANO ÁLVAR EZ, José
Manuel, “ Juan de Acosta y la construcción naval en L a Hab ana (171 7 - 1740 )”, Revista de Historia
Naval , 9 3, 2006, págs. 7 - 31.
247
CRUZ-COKE M ADRID, Ricardo , Historia de la medicina chilena , An drés Bello , Santiago de
Chile, 1 995, pág. 175. Véanse: B.U.C., B. H., FOA, 4 378, 43 80, 43 81 y 438 2. RUIZ, Hip ólito y
PAVÓN, José , Flora Peruvian a, et Chilensis, sive d escription es, et icon es Plan tarum
Peruviana rum , et Chilensium, 4 vols., T ypis Gabrielis de Sanc ha, Madrid , 179 8 -1802; R.J.B. ,
F(8)RUI. RUIZ, H. y P AVÓN, J . , Flora Peruviana, et Chilensis, sive description es, et icones
Plantaru m Peru vianarum, et Chilen sium , vol. 5 y F(85 )RUI. RUIZ , H. y PAVÓN, J ., Systema
Vegetab ilium Florae Peru vian ae et Chilen sis , t. I , Typis Gabrielis de Sanc ha, Madrid, 1798.
248
La vara castellana o de Burgo s era la unidad de m edida más empleada, equivalía a 0, 835905 m.
Medio físico y panorama humano
132
proximidades del estrecho de Magallanes
249
. El jesuita expulso chileno Molina
describió el Pinus Araucana o pehu én – pehu enia nativo – , llamado por los
españoles pino de la ti err a, como el más hermoso del país de los araucanos. Su
tronco era de c erca de ocho pies de circunferencia y setenta u ochenta de alto, de
color interno amarillo pardo y externo verdacho o verde claro, resinoso y liso. Sus
flores son amarantáceas como los pinos, mi entras que las piñas tan grandes “co mo
la cabeza de un hombre”, leñosas, esferoidales y lisas. L os abundantes piñones de
dos pulgada s de la rgo y del grue so del d edo m eñique, cónicos y de color blanco,
recordaban al castaño en color, gusto y preparación para su cons umo
250
.
Posteriormente, en 1810, valoró sus opiniones co mo pioner as, lo cual no i mpidió
revisar la temprana incorporación al pino, por si mplificar su recepción europea,
admitida la singularidad de la arauc aria “por el país donde más abund a” que
“indica su orige n” y fructificación dioi ca
251
.
El naturalista fra ncés caballero de La marck lo separó del género Pinus y
llamó Dombeya chilensis
252
. Finalmente, Antoine- Laurent de J ussieu la denominó
araucaria
253
, nombre adopt ado por J osé Pavón en l a descripción que del m ism o
presentó a la Real Academi a Médica de Madrid
254
, por propia voluntad o a
instancias de Antonio José Cavanilles, como Hipólito Ruiz demostraría. Quien
además concluía que el pino chileno debía quedar como nueva especia del género
Pinus de Linneo
255
. No cabe duda, a tenor de polémicas y discusiones, que el
249
Medida itin eraria, vari able según los paí ses o re giones, definida por el ca mino que
regularmente se r ecorre en una hora, y que en el antiguo siste ma español equivale a 5572 ,7 m .
(DRAE).
250
MOLINA, Jua n Ignacio, Compendio de la historia geográ fi ca … , págs. 196 -198.
251
MO LINA, J uan I gnacio, Ensayo sobre la historia na tural d e Chile , Ediciones Ma ule, Sa ntiago
de Chile, 198 7, págs. 196 -198.
252
MONET, Jea n-Baptiste P ierre Antoi ne d e, Ency clopédie Méthodique. Bo t aniqu e , T. II, Che z
Plomteux, P aris, 1784 , pág. 301 . Véase JALÓN, Mauricio, “S obre la c ultura téc nica imp ulsada por
Carlos III: la Encyclopedia Metódica , como empresa ilustrad a”, Investigaciones Históricas. Ép oca
moderna y contemporán ea , 17, 1997, p ágs. 101- 136.
253
J USSIEU, Antoine-La urent de, Gen era Pla ntarum secund um o rdines na tur ales dispo sita ,
Viuda de Her issant, Paris, 17 89, págs. 413 -41 4.
254
A.R.A.M., leg . 9/6 17. Disertació n Botanica s obre el Genero Arauca ria, y so bre la reunion de
otros, que Linneo publicó como distintos. Por Don Jo seph Pavon co rrespondiente de la Real
Academi a Medica d e Madrid (Madrid , IX-179 4). Manus crito del discurso leído por J osé Pavón e n
la sesió n de 25 de septie mbre de 1794 para ocupar plaza com o acadé mico s upernumerario en la
Real Acade m ia Médica de Ma drid , sección de Ciencias Natu rales.
255
RUIZ, Hip ólito, Respu esta p ara d esengaño del p úblico á la impu gnacion q ue ha d iv ulgad o
prematuramen te el presbítero Don Josef Antonio d e Cava nilles, contra el pród romo d e la F lora
del Perú, é insinuacio n de algun os de los repa ros que ofrecen sus Obras Botán icas , Impr enta de la
Viuda é Hijo d e Marin, Madrid, 1796, págs. 18 -25. Véase GONZÁLEZ BUENO, Antonio,
Medio físico y panorama humano
133
panorama de la ciencia española estaba vivo y mostraba claros signos de avance
en ambos mundos. C uando el naturalista y diplo mático Eugenio I zqui erdo regresó
de su estanc ia de fo rmación en París para hacerse cargo d el Real gabinete de
H istoria natural, inmediatamente se le encargó “la redacción de un c atálogo que
convenciese al mundo d e que España no se qued aba atrás a esta interesante rama
de la ciencia, y borr ara el reproche que el señor Masson había h echo a la
nación”
256
. En referenc ia a las críticas que Nicolás Masson de Morvilliers hiz o a
España a cerca de su inca pacidad creadora en el tex to: “ ¿Qué ha he cho Esp aña por
Europa?”, contenido en la Encyclopédie Méthodique
257
.
Aparte de l a consiguiente literatura a pologética hispana , d esde Fr anci a
también vino la defensa del barón d e Bourgoing. Se refería a diversas obras e
instituciones científicas y educativas, pero trató de modo significativo la
expedición de Hipólito Ruiz al Perú y Chile, si bien primando la participación de
su compatriota J oseph D ombey , cu ya polifacética labor ensalz ó y a quien atribu y ó
el descubrimiento de la araucaria , “magnífico árbol” . L uchó d enodadamente y a
riesg o de su p ropia salud contra la propaga ción de una epidemia, reunión cajas de
plantas y minerales, reabrió una mina de mercurio y descubrió un y acimiento
aurífero . Tras años en la América meridional volvió a Cádiz . C omo la colecc ión
remitida por Ruiz y P avón, que quedaron en el Perú, iba a bordo del “San Pedro
de Alcántara”, se perdió en su naufra g io. Para s upl ir la pérdida, se le r equirió la
trasladada por él mismo en el “Peruano”, se ab rieron sus cajas y parte de su
contenido resultó dañado. Finalmente se repartió a medias, contando con la
supervisión del fra ncés, “y como los comisarios nombrados por el Gobier no
español sabían menos que él, la parte que le correspondió a Francia n o fue la
menos valiosa”
258
.
Antonio Jo sé Cava nilles ( 1745 - 1804). La pa sión por la ci encia , Fundació n J orge J uan, Madrid,
2002.
256
T OWNSEND, Joseph, Viaje por España en la época de Carlos II I , T urner, Madrid, 198 8, pág.
251. Véase GARCÍA C AMARERO, Ernesto y E nrique, La po lémica de la ciencia esp añola ,
Alianza Editorial, Ma drid, 1970 .
257
MOLAS R IBALT A , P edro, “A p ogeo y crisis del despotismo ilu strado”, en CORON A
BARATECH, Carlos E. y ARMILLAS VI CENT E, J osé Antonio (coord s.), Historia gen eral de
España y América , vol. 10, Rialp, Madr id, 1990, pág. 55.
258
BOURGOING, Jean -François, Imagen de la moderna España , Universidad de Alicante,
Alicante, 2 012, págs. 320 - 321. Véase RAVENT ÓS BARANGÉ, Anna, “Los qu erid os y sie mpre
excesivos españo les del bar ón de Bo urgoing”, en B RUÑA CUEV AS, Manuel, CABALLOS
BEJ A NO, María de Gracia, I LLANES O RTEGA, Inmac ulada, RAMÍREZ GÓME Z, Ca rmen y
RAVENTÓS BARANGÉ, Anna ( coords.), La cultura d el o tro: español en Francia, francés en
Medio físico y panorama humano
134
Mientras la expedición botánica permaneció en el obispado de
Concepción, acopió una excelente colección de maderas en tablitas labradas d e
diversos colores, betas y consistencia. Lamentablemente se p erdie ron en el
naufrag io del navío “ San Pedro de Alcántara ” , no así la remesa mensual efectuada
a Madrid de paquetes con todas las semillas com piladas en un pa ís de naturaleza
tan rica y v ariada. Entre otros muchos, un árbol también llamó la aten ción de los
expedicionarios por su posible aplicación a la náutica, construcc ión, transporte y
agricultura. Se trata del Schinus frondosus , de corpulento tronco, elevado unas 20
varas, de verdor int enso todo el año, si bien may or en primavera . Sus prop iedade s
perniciosas quedaban c ontrarr estadas po r su aprec iada mad era para qu illas de
navíos, pues conforma más tiempo permanecía en agua aumentaba su solidez.
Además, servía par a labrar vi g as, tablones y tablas para edificios, as í como
ruedas, ejes de carruajes o puntas de ara do. Por su pa rte, el pellín, al que Higgins
prestó gran atención, era un frondoso roble d e buena madera pa ra vi viendas,
cureña s, quil las, sobrequillas, puntales y otr as ob ras de carpintería gracias a sus
propiedades de resistenc ia al ag ua
259
. La riqueza forestal chilena er a tan grande,
que un viajero decimonónico inglés, Alejandro Caldcleugh, llegó a excla mar: “en
este país tan rico en bell ísimas plantas es imposible reprimir el d eseo de hacerse
botánico”
260
.
Tan int ere santes como las descripciones geográficas o geológicas,
resultaron las de contenido cultural y antropo lógico. Al fin y al cab o, para
dominar el medio era n ece sario conocer a sus habitantes, súbditos del monarca
distante, de ahí se infiere la importancia etnográfica que los ex pedic ionarios
otorgaron a su comisión: el redescubrimiento del hombre y naturaleza americanos.
No se podía esperar menos de dos discípulos aventajados del afamado b otánico
Casimiro Gómez Ortega: Hipólito Ruiz y José Antonio Pavón , así como de los
excelentes dibujantes Isidoro Gálvez y José Castro Brunete
261
. El último falleció y
fue enterra do en Pasco, “el sitio que más aborreció en vida por su tempe ramento
España . La culture de l´autre: espagnol en France, français en E spagne , CD -ROM, Un iversidad
de Sevilla, Se villa, 2006, p ágs. 236 -250.
259
RUIZ, Hipólito, Relación del viaje hecho a los reinos del Perú y Chile… , págs. 216 - 218.
260
Citado por P EÑA MUÑ OZ, Manu el, Chile. Memorial de la tierra larg a , RIL, Santiago d e
Chile, 200 8, pág. 136.
261
NAVAS, Alfo nso, “La ciencia y la téc nica de la Ilustració n en el M useo Nacio nal de Ciencias
Naturales”, e n M ARTÍNEZ R UIZ, E nrique y PAZZIS PI COR RALES, Ma gdalena d e (eds.),
Ilustración, ciencia y técn ica en el siglo XVIII español , PUV, Valencia, 2008 , pág. 115.
Medio físico y panorama humano
135
rigido”. Tales eran las vicisitudes e imprevistos de una expedición tan ambi ciosa
por su objeto, duración y distancias
262
.
Del éxit o del proyec to de remisión de la araucaria a la Málaga o riental,
tierras de los Gálvez y a instancias de J osé, qued a en la comarca el más directo
legatario de su huerto o jardín de a climatación: la Estac ión Experimental La
May ora, ho y r ebautizada como I nstituto de Hortofruticultura Subtropical y
Mediterrá nea “ La Mayora”. No obstante, su aporte fue básicamente orna mental,
pues ni su piñón resultó necesario en la f értil y suave costa mediterránea, ni su
erguido y robusto tronco se transformó en mástil , pues la nave g ación a ve la iba a
ser pronto sustituida por el vapor, por más que la próxima Vélez -Mála ga fuera
cabeza de la defensa marítim a de la costa del reino de Granada. Ho y en día, entre
las especies más presentes en el litoral malagueño se encuentra n la columnaris y
heterophylla (fa milia ara ucariaceae , género araucaria ).
Además del e pisodio del pino chileno, al ampar o de las nec esidades de la
Real Armada d e g uardacostas en el P acífico m eridional, la ex pedición Ruiz y
Pavón c lasificó y bautizó tres plant as en honor a Higgins, nomenclatura que dice
mucho tanto de la ayuda prestada por el irlandés como de su inclinación
naturalista, inequívoco signo de distinción ilustra do. Con los nombres de
OHigginsia aggregata , verticillata y obovata , correspondientes a las planchas 83
(fig ura “b”) y 85 (figuras “a” y “b”), se homena jeó su actitud de colabor ación,
curiosidad científica y estímul o al ava nce de las ciencias natura les. El tributo era
un justo premio a sus het erogéneos desvelos en la frontera y perpetuaría su
memoria en un campo que asoci aba los conocimientos ancestrales del mundo
indígena y la pujante bo tánica de la Ilustración (Láminas nº 10 y 11)
263
. De la
asociación entre botánica y reformismo cabe recordar e l jardín de Floridablanca
en Murcia o la apertur a hispana al panorama científico internacional, si bien la
262
RUIZ, Hipólito, Relación del viaje hecho a los reinos del Perú y Chile… , pág. 292.
263
RUIZ, Hip ólito y P AVÓN, Jo sé, Flora peruvia na, et chilensis, sive d escriptiones, et ico nes
planta rum peruvianarum et ch ilensium, secundum systema Linnaeanum digestae, cum
characterib us plurium generum ev ulgatorum reformatis , T . I , Gabriel de Sanc ha, Madri d, 1 798,
págs. 55- 56. Véa n se ÁLV AREZ LÓPEZ, Enrique, “Algunos aspecto s de la o bra de Ruiz y
Pavón”, A nales del Ja rdín Botánico de Madrid , vol. 12, nº 1 , 1954, págs. 5 -111; COLMEIRO,
Miguel, La botánica y los botánico s de la Península hispano -lusitana. Estud ios bibliográficos y
biográfico s , Imprenta y Estere otipia de M. Rivadeney ra, Ma d rid, 1858, págs. 43 - 45.
Medio físico y panorama humano
142
pero tenía una consistencia de pino, aunque menos resinoso y de gran de sarr ollo
longitudinal. Su elasticidad lo hacía apropiado p ara diversos trabajos y e ran tan
robustos que se podían incluso llegar a extraer entre 500 y 800 tablas de cada
tronco. A pesar de lo dicho, era una madera resistente que podía aplicarse a
ensere s domésti cos y tan aprovechable que de su corteza se extraía una estopa
suave pa ra calafatear las embar c aciones d el giro com ercial a L im a, pu es otorgaba
una gra n duración sin nec esidad de brea u otro betún. Pero los proyectos de
explotación industrial y su ex portación a larga dist ancia requerían de la mejora de
los caminos para su c onducción y de astilleros
280
.
La construcción europea del Nuevo Mundo se sustentaba en mitos, pero
también en recursos, en i maginarios tanto como en posibil idades. El bosque, fuera
tropical o valdiviano, era un mundo escondido por desc ubrir y poner en
explotación. S u clasificación y comercialización eran los primeros pasos de una
apropiación cultural que se remontaba a la mi sma Conquis ta. Maderas jun to a la
botánica y a gricultura no eran más que otros medios de asimilación de la
alteridad humana y económica
281
.
Respecto al reformismo fronterizo y sus resultados, la frontera, aparte d e
hecho físico, era un territorio que se percibía como un fenómeno de identidad, una
repre sentación colectiva de españoles e indi os
282
. La historiografía amer icanista
actual revaloriz a los contactos hispano-indígenas que van más allá de la primera
280
VI ANA, Franci sco Xavier, Dia rio del Tenien te… trab ajado en el viaje de las co rbetas d e su
magestad “Descubierta ” y “Atrevida” en los año s de 1 789, 1 790, 1791, 1792 y 1 793 , I m pr enta
del Ej ército, Mo ntev ideo, 1 849, págs. 70 - 85. Véase URBIN A CARR ASCO, Mª Xi mena, “Análisis
histórico- cultural del alerce en la Patagonia septentrional occidental, Chiloé, sig los XVI al XIX”,
Magallan ia , vol. 39, n º 2, 2011, págs. 57 - 73.
281
Véanse: AMODIO, Em anuele, “T he War of the P lants: B otanical E xchange and Agricultural
Conquest of t he Ne w Wo rld during Co lonies T imes”, e n AGNO LETTI, Mauro y ANDERSON,
Steven (eds.), Forest History , IUFRO nº 2, 2000, págs. 49 -64; URTEAGA, Luis, “La política
forestal d el ref o rmismo bo rbónico”, en L UCEN A GI RALDO, Ma nuel (coord.), El b osque
ilustrado… , págs. 17- 43.
282
DUVERGER, Maurice, Soci ología de la política , Ariel, Barcelo na, 19 76, pág. 90. Véanse:
HEMMING, Jo hn, “Los indi os y la frontera en el B rasil colonial”, en B ETHELL , Leslie (ed.) ,
Historia de Amé rica Latina , v ol. 4, Crítica, Barcelona, 2 000, págs. 189 - 226; VIT AR , Beat riz, “Las
fronteras bárb aras en lo s virreinatos de Nuev a Espa ña y Perú”, Revista de Indias , vol. 55, nº 203,
1995 , p ágs. 33 -66; MARCHE NA FE RNÁNDEZ, Juan , “De fra nciscanos, ap aches y ministros
ilustrados en los p asos perdido s del norte de Nueva España”, en Actas del IV C ongreso
Internacio nal sobre Los franciscan os en el Nuevo Mund o (siglo XVI II) , Dei m o s, Madrid, 1993 ,
págs. 513 -559; NACUZZI, L idia R., Iden tidades impuestas. Tehu elches, au cas y pampas en el
norte de Patagonia , Sociedad Ar gen tina de Antro pología, Buenos Aires, 1 998; BARB A, Fernando
Enrique, Frontera g anadera y guerra con el indio. La fron tera y la o cupación g an adera en
Bueno s Aires entre los siglo XVI II y XIX , Universidad Na cional de La Plata, La Plata, 199 8; del
mismo autor , Frontera ganadera y gu erra con el indio durante el Siglo XVIII , Universidad
Nacional de La P lata, La Plata, 1995.
Medio físico y panorama humano
143
conquista en lo temporal, o de las altas sociedades y su horquilla de ex pansión en
lo espacial, plante ando una ex tensa ti pología de frontera indiana, susceptible
además de establecer analog ías y diferencias. Partiendo de estudios global es se ha
llega do a enfoques regi onales que matizan, sin obviar las generalidades, las
singularidades de cada territorio fronterizo, su génesis, dinámica y resultados
283
.
Numerosos gobernadores chilenos d el S etecientos posteriormente
promovidos a virreyes del Perú como Manuel d´ Amat i Junye nt o Ambrosio
Higgins
284
, conocedore s de l indio y de la frontera, habían cimentado su dila tada
carrera gracias al conocimiento de el “otro” y del medio, conscientes de la suma
importancia que la frontera sur chilena tení a para toda la América meridional de
vertiente pacífica
285
. Siendo Higgins gobernador de Chile y tr as cel ebrar un
parlamento ge neral indígena, mandó al capitán J uan de Oj eda un reconocimiento
del estado de la mi sma. Ojeda reconocía la larga y fructífera expe riencia en los
asuntos fronterizos y el respeto y autoridad entre los indios del irlandés, en
acuerdo con una opinión compartida y generalizada
286
. Grac ias a la obra sost enida
por una generación de goberna ntes del si glo XVIII se habí a lo gra do pa cificar l a
situación de la frontera interior frente a las recurrentes sublevaciones ind ígenas,
pero avanzada la centuria había que pr estar ate nción al enemigo exterior. Tras
décadas de agotamiento, se regularizó la frontera como hecho indiscuti ble del
reino chileno
287
.
283
CLEMENTI, Hebe, La Frontera en América , 3 vols., Lev ia tán, Buenos Aires, 1985 -1988.
284
SÁENZ-RICO URB INA, Al fredo, El virrey Amat. Precisiones sobre la vida y obra de Don
Manuel de Amat y de Junyent , 2 vols., Museo de Historia d e la Ciudad de Barcelona, Barcelona,
1967 ; RODRÍGUEZ C ASADO, Vicente y P ÉREZ EMBID , Florentino (eds.), Manu el de Amat y
Junien t, Virrey del Perú (176 1-17 76). Memoria de Gob ierno , EEHA/CSIC, Se villa, 1947 .
285
Hombres hec hos en la f r ontera: NAVARRO GAR CÍA, Luis, Don José de Gálvez y la
Comand ancia General d e las Provincias Internas del Norte de Nueva España , EEH A/CSIC,
Sevilla, 1966; HERNÁNDEZ -SÁNCHE Z B ARBA, Mario, Jua n B autista de Anza. Un hombre de
fronteras , Publicaciones E spañolas, Ma drid, 1962; So bre la visión del indio: ARES, B erta et alii ,
Human ismo y visión del otro en la España mod erna , CSIC, Madr id, 1992; J OHN, Elizabeth, “La
situación y visión de los indios de la frontera norte de Nueva España (Siglos XVI - XVIII)”,
América In dígena , 45/3 , 1985, págs. 464 - 483.
286
OJEDA, Juan de, “Descripci ón de la frontera de Chile…, págs. 38 -72 . Se trata de un i nforme
entregado a Ambro sio Higgins a p rincipios de 17 93 sobre del estado civil y militar de la frontera.
287
Véa nse: LÁZARO ÁVILA, Carlo s, “ El refor m i smo borbónico y lo s indígenas f ro nterizo s
americanos”, e n GUI MERÁ, Agustín (ed. ), El reformismo b orbónico. Una visión interdisciplinar ,
Alianza Editorial, Madrid, 1996, págs. 277 - 292; MORALES PADRÓN, Francisco, “Documentos
en el A.G.I. referen tes a sublevacione s indígenas en el siglo XVIII (P erú, Bo livia, ar genti na y
Chile)”, en V Congreso Intern aciona l de Historia de A mérica , T . I, Com isión Naci onal del
Sesquicentenario de la Indep endencia del P erú, Lima, 197 2, págs. 3 - 42 8; GU ARDA, Gabr iel, “El
sistema defensivo d el Pacífico Sur en la épo ca virreinal”, en Puertos y fortificacio nes en América y
Filipinas , Ministerio de Fo m e nto CEDEX, Madr id, 1985, p ág s. 115 -126.
Medio físico y panorama humano
144
Ahora también sería prioritaria la frontera marítim a. En 1790 se adoptaron
medidas defensivas ant e la posible ruptura con I n glaterra. El virre y Gil y Lemos
consideraba al archipiélago de J uan Fernández punto de posesión y no d e defensa,
pues “no podemos contar con su conservación si no somos dueños del mar”, a
tenor de lo re ducido, aisl ado y distante del continente y sin víveres
288
. El capitá n
ge neral de Chile, contest ando a l a Real Orden de 24 de ma y o de 1790 anunciando
la guerra con Gran Bretaña, tomó las providencias necesarias para aprestar la
defensa . Hizo circular ór denes, incluido el gobernador Juan C alvo de la C anter a
de la isla de J uan Fernández, para que en las dependencias bajo su mando se
establecieran planes “asequibles a las proporciones de esto s paises, y adec uados a
mantener el honor de las Armas de S. M. y s u propia reputacion en caso de
qualquier invasión”
289
. Se r ecibieron desde El Callao municiones y pertrechos de
guerra
290
.
De nuevo con la guerra de 1796 se puso e n estado de alerta Juan
Fernández. En prevención de la ruptura de hostilidades, desde Lima se mandaba al
gobernador de la isl a ex aminar el estado y operatividad de las bater ías y medios
necesarios para una defensa activa, recordando los ya remiti dos y los venideros .
Reafirmando la decisión de de f ensa del enclave a toda costa, debía evitar la
rendición o capitulación, únicamente en caso de no poder defender el apost adero y
sus fortificaciones, debía clavar e inutiliz ar la arti llería pe sada y retirarse con los
habitantes y trop a a lo más alto y escarpado de la isl a p ara hostigar al enemigo
hasta su reembarco: “la toma y rendición de este inút il peñasco haría tanto ruido
en Europa como daría de gloria al que lo defendiera y c onservara”
291
.
288
A.G.M.M., Ministerio de l a Guerr a, Sección Ultra m ar , Vir reinato del Perú, Cor respondencia
sobre obr as y fortificaciones, 5591.15: Me didas para la defensa de las co stas del Virreinato del
Perú ante un posible ataq ue b ritánico (178 9 -1779), fols. 1 -11 . Francisco Gil al co nde d e Ca m p o
Alange. Lima, 29 de octubre de 1 790.
289
A.G.M.M., Ministerio d e la Guerra, Secció n Ultramar, Capitanía Ge neral de Chile,
Correspondencia sob re movimiento de f uerzas y operaciones, 5357.5: Pr eparativos p ara la defensa
de las co stas chile nas a nte u n posible ataq ue br itánico ( 1790-1791) , fols. 1-6. Carta de Am br osio
Higgins al conde d el Campo de Alange. Santia go de Chile, 9 de septie m b re de 1790 .
290
A.G.M.M., Ministerio d e la Guerra, Secció n Ultramar, Capitanía Ge neral de Chile,
Correspondencia sob re movimiento de fuerza s y o peracion es, 5357.5: P reparativos para la defensa
de las co stas c hilenas a nte un p osible ataque b ritánico (179 0 -1791), fols. 20 -21. Noticia de los
efectos qu e conduce d esde el pu erto del Callao y destinados a las pla zas del Reyno de Chile la
fragata de guerra La Liebre . Tomá s Gerald ino y Gerald ino, Fragata Liebre en el p uerto d e
Valpara íso 19 de noviembre de 1 790.
291
“Informe reservado del marqués de Oso rno, virre y del Per ú, al gob ernador de la isla de J uan
Fernández. Lima, 27 de o ctu b re de 179 6 ”, e n MARTÍN RUIZ, José Mª , “ La ho stilidad
Medio físico y panorama humano
145
Si los enfrentamientos con los ingleses son un elemento estru ctural del
XVIII , respecto a los franceses, la guerra de la C onvención desde 1793 co nstituy ó
una coyuntura de safiante al entendimiento que representaron los Pactos de
Familia, no tard aría en rectificarse. De la importancia d ada a las providencias
relacionadas con J uan Fernández en di cha o casión, baste cita r que el tr ansporte de
las tropas de refuerzo a bordo del navío mercante “La Begoña”, debía ejecutarse
allanando “qualquier dificultad que pueda ofrecerse, sin permitir demora ni
escusa” , para refo rzar y poner en estado d e defensa la isla
292
. La toponi mia
testimoniaba la presencia europ ea en las denomi naciones de dos ensenad as que
flanqueaban el puerto principal: a l este el puerto francés y al oeste el inglés
293
.
Los recursos y el foment o regional, junto a la defensa marítima, eran una
de las lí neas clave de la práctica ilustrada en I ndias. El matrimonio entre c iencia e
imperio quedó patente a partir del Des cubrimiento de América, fecha clave para la
revolución científica en Europa e im pulsó la me ntalid ad de conquista durante la
modernidad. Conforme transcurría el tiempo, l a conquista del conocimiento y la
conquista de territorios se entre lazaron y asociaron más estrechamente
294
.
En 1831, Bernardo O´Higgins escribía desde Lima sobre la colonizació n
irlandesa del sur d e C hile, en la misiva añadía un informe que incluía mu chas d e
las medidas y observaciones de su pad re el virre y irlandé s. En dicho ensa y o
comparativo con Estados Unidos, se ponía en lugar destacado al archipiélago d e
Chiloé, cuy as islas estaba n “cubiertas de alerce y otras valiosas y sólidas especies
de árboles” . Por su parte, desde ahí hasta el estrecho de Magallane s, abundaban
las araucarias, robles y cedros. No obstante, entre el Maule y Chiloé, era un
sector que no tenía “rival en toda Amé rica en cuanto a la fertilidad del suelo y
capacidad para p roducir provisiones navales de t odo tipo y de la mejor calidad” ,
gracias a las preciosas madera s de sus tupidos bosques
295
.
hispanobritánica a finales d el siglo XVII I y sus reper cusiones en el Nuevo M un do”, en Tema s de
Historia Militar , II, Madrid , 1 988, págs . 135 - 136.
292
A . G.S., S.GU., leg. 6826, 10. Carta d e Am br osio Higgins al gober nado r in te ndente de
Concepción. Sa ntiago de Chile, 2 2 de agosto de 1 793.
293
B. C., Ms. 400/15, fol V. Descripcion de las Yslas n ombradas de Ju an Fernand ez… por Joseph
Antonio de Birt. Santiago de Chile, 1º de noviembre de 1770.
294
HA RARI, Yuval Noah, De animales a d ioses. Una breve historia de l a huma nidad , Debate,
Madrid, pág. 314.
295
“Carta de Bernardo O ´ Hi ggins al capitán Coghlan de la Real Marina Británica. Lima, 2 0 de
agosto de 183 1”, en ESTELLÉ MÉNDEZ, Patricio, “Epistolar io de Don Bernardo O´ Hi gg ins co n
autoridades y corresponsales ingleses, 18 17 - 1831”, Historia , 11, 1972 -1973, pág. 414.
Medio físico y panorama humano
146
2. Indígenas: categorías y diversidad
En los preámbulos del “Siglo de las Luces y la Razón” en Europa, u n
veterano cronista-soldado refería un episodio que ilustra a la perfec ción tanto su
opinión sobre los araucano-mapuches, como el ideario propio, ambos en conflicto
irresoluble: “Son tan bárbaros, que ha pocos años que un Comisar io de N aciones
condenó a uno a l fuego porque había sido bestial sodomita con una y egua
suya”
296
. ¿Fue posible la integ ración ideoló gica a los larg o del S etec ientos? L a
respuesta es no, pero sí se avanzó en la comprensión, me atrevería a decir que
mutua. Respecto a la inclusión como vasallos efectivos, a finales de la centuria
ilustrada un veterano militar de la frontera escribió ac er ca de “la tenaz gue rra con
que los indios del reino d e Chile mantuvieron su i ndependencia”
297
, sentencia qu e
contradictoriame nte vení a a unir su insum isión con la pertenencia al r eino. La
paradoja no era tal, pue s e ran considerados súbditos por los españoles, a pesar d e
su resistencia. Sin llegar a convertirse en vasallos efec tivos, sí se entendieron bien
con los hispano-criollos, de ahí su a yuda a los realistas en las futuras guerras
civiles que conc lu y e ron con la I nd ependencia.
Una matización previ a se hace necesaria respecto al contenido d e la
palabra vas allo seg ún e ra entendida e n la época. En la Monarquía Hispánica, por
herenc ia medieval, los laz os de pertenenc ia se establecían por medio de la
fidelitas entre mona rca y súbditos. Era el v asallaje el qu e d efinía la relación entre
ambos y su int eg r ación en la comunidad política, de ahí la im portanc ia – más que
simbólica – de los juramentos de fid elidad en todo s los actos donde int eractuaban
españoles e indígenas en comunión. Las Siete Partidas establecían que “Vasallaje
es otrosi vn grand debdo, e mu y fu erte, que han aquellos que son vassallos con sus
Señores, e otrosi los S eñores con e llos”, continuaba el código ac larando la
significación de uno y otro: “Señor es llamado propriame nte, aquel que ha
mandamiento, e poderio, sobre todos aquellos que biuen en su tierra (…) E
vasallos son aquellos, que reciben honra, o bien fecho, de los Se ñores”. A los
296
QUIROG A , J erónimo de, Memorias d e lo s sucesos d e la g uerra de Chile , Andrés Bello ,
Santiago de Chile, 1979, pág. 19 3. Véase B ARABAS, Alicia M. , “La con strucción d el i nd io co m o
bárbaro: d e la etnografía al indigenismo”, Alte ridades , vol. 1 0, nº 19, 2000, págs . 9 - 20.
297
A.G.I., Chile, 310. Memorial que presenta al rey n uestro se ñor do n Carlos Cuarto, d on V icente
Carvallo y Goyenech e… En LORENZO SCHIAFFINO , Santia go (ed. ), F uentes para la historia
urbana… , pág. 301.
Medio físico y panorama humano
147
lazso personales se unían los vínculos territoriales y la contra pr estación del
beneficio
298
.
La comprensión e int erpretación de la diversidad humana pasaba
necesariamente por el reconocimiento de la unici dad de la Humanidad
299
. Fue una
lucha teológico-jurídica desde el mismo arra nqu e de la Conquista que pasó a
político-económica en el sig lo XV III. A ceptada la unidad psíquica del se r
humano, faltaba su inclusión efectiva, pero diversos prejuicios pesa ban aún en la
mentalidad de los hombres ganados por las Luces. La idea de “bárbaro” en el
pensamiento ilustrado y su proceso de aculturación hasta convertirlo en vasallo
pasaba por un conocimiento cercano que su perara su representació n
300
. No
obstante, los avances no fueron pocos desde los puntos de vist a teó rico –
peninsular e indiano – y práctico, implementado sobre el terreno por los agentes
del refor mismo borbónico en América , quienes desde su nueva visión
contemplaban inaplazable la in corporación efectiva y armónica al cuerpo de l a
monarquía de unos vasallos tan remotos como difere ntes, pero ne cesarios. Al fin y
al cabo, se preguntan: ¿acaso la naturaleza de l ser humano no radica en la
igualdad dentro de la diversidad? ¿No son compartidas las pasiones por
“bárbaros” y “civilizados”?:
Si consideramos l a Naturaleça de los Hombres, y la diferencia, que
entre Hombres, y Hombres a y , veremos, Unos Barbaros, y Otros
Griegos: de los Barbaros, Unos Feroces, Ot ros Mansos, y
Pacificos: Unos, que usan de Le ies justas, y a probadas por buenas:
Otros, que no siguen esta equidad, y justica, y las mezclan con
aspereça, y rig o r; Otr os, que en lugar d e Leies, usan de
Costumbres, mas de bestias Carniceras, qu e de H ombres de Raçon:
Otros, que desde que na cen, nacen para Humildes, y ser sujetos, y
servir à Otro s: Otros para ser Señores, y mand ar
301
.
298
Las Siete Partidas del muy n oble rey do n Alfonso el Sabio g losadas po r el Lic. Greg orio L opez,
del Consejo Real d e India s de S . M. , Compañía general de i m pr esores y librer os del reino, Mad rid,
1843 , págs. 614 -615 (Cuarta Partida, T ítulo XXIV, Ley II) y 61 8 (Cu arta Partida, T ítulo XXV,
Ley I).
299
Véase GE ERTZ, Clifford, Los usos de la diversidad , Edciiones Paid ós-ICE de la Uni versidad
Autónoma de B arcelona, B arcelona, 1996.
300
PEDRO ROB LES, Antonio E. de, “¿Cómo ver y representar? Textos e imágenes d e los
indígenas a mericanos en la exped ición Malaspi na (17 89 - 1795)”, en PI NO -DÍAZ, Fermí n del,
RIVIALE, Pascal y VILLARÍ AS -ROBLES, Juan J. R. (eds.), Entre textos e imág enes.
Representacio nes antrop ológicas de la Améric a ind ígena , CSIC, Madrid, 2009, págs. 139 - 148.
301
T ORQUEMADA, Juan de, Primera parte d e los veinte i vn libros rituales i Mona rchia
India na, c on el origen y guerr as, de los Indios Occiden tales de sus Poblaçiones, Descu brimiento,
Conquista, Coversion y o tr a s cosas mara villosas de la mesma tierra , Oficina de Nicolas
Medio físico y panorama humano
148
2.1. Denominaciones e historiografía
La cuestión de los nombres supera ampliamente los aspectos meramente
lingüísticos para situarse en el plano de las corrientes historiográficas. De este
modo, e l tér mino a rauca no, c onsagrado desde la Conquista y validado por
crónicas y toda la liter atura posterior hispánic a ve hoy rebatida su fundamentación
científica por los propios nativos y parte de los historiadores y antropólogos
dedicados al estudio p asado y pre sente de las comunidades indígenas , que
prefieren utilizar la denominación de mapuche o gente de la tierra en mapudungun
( mapuzungun ) o lengua araucana; mientras que otro sector de la histor iografía
chilena persiste en la t erminolog ía tradicional (Lá mi na nº 12). Entre ambas
posturas hay un foso reflejado en su distinta valor ación de la evolución indígena y
su integración en el mundo colonial y r epublicano.
La apelación de los map uches como sujeto social a la identidad histórica
obliga a inda g ar sobre l as relac iones pasadas entre los pueb los amerindios y el
colonizador. L a construcción de una políti ca de i dentidad, en este caso como en
cualquier otro, p asa ne cesariamente por la Historia
302
. Pero no por la inve nció n
del pasado, algo tan habitual en los nacionalismos que contru y en sobre un fin
apriorístico, sino fundamentada en la reconstrucción científica del p asado como
proceso para su me jor comprensión y mejor a del presente
303
.
En Chile, a partir de 1810 arrolla sobre los post ulados monárquicos
prece dentes el concepto de ciudadano como origen y depositario de la ciudadanía.
Del imaginario de la élite criolla se proy e cta paulatinamente hasta todos los
segmentos d e la pobla ción
304
. No obstante, el m undo indígena meridion al y
fronterizo ya había articulado relaciones estables con la Corona e spañola y
Rodriguez Franco, Madrid , 1 724, pág. 2. Véa se JIMÉNE Z VILLALB A, Félix, “La M onarquía
Indiana de fray J uan de T orquemada y la hi storia pre - azteca del valle de México”, Ana les del
Museo de América , 4 , 199 6, pág s. 39 - 54.
302
SAM A NIEGO MESÍ AS, Augusto y RUIZ RODRÍGUE Z, Carlos, Menta lidades y p olíticas
wingka: Pueblo mapuche, entr e g olpe y go lpe (De Ib áñez a Pinochet) , CSIC. Madrid, 2007, págs.
25 - 26.
303
O´GO RMAN, Ed mundo, La invenció n d e América , FCE, México, 19 95; MAT E, Re y es y
NIEWÖHNE R, Friedrid ch (e ds.), El precio de la “inven ción” de América , An throp os, B arcelona,
1992 ; ABELL Á N, José Luis, La id ea de América. Origen y evolución , Iberoamericana Vervuert,
Madrid, 2009.
304
LAGOS ESCOBAR, Ricard o, “Luces y sombras d e los últimos cie n años”, e n ÍDEM (ed. ),
Cien año s de luces y somb ras , T . 1, Taurus, Santiago de Chile, 2 010, pág. 14.
Medio físico y panorama humano
149
Lám i na nº 12. “I ndígenas de Am éri ca del Su r en la época de l prim er contacto euro peo”,
en STEWARD , Julian H. ( ed.), Handbook of Sou t h Am erican Indians . The marg inal
tribes , vol. 1, Sm ithsonian Inst itution Bur eau of Am erican Ethnology , Washington, 1946.
Medio físico y panorama humano
150
podía sentirse vasallo, aunque lo hiciera a conveniencia. En 1819 pasan a ser
chilenos en igualdad d e condiciones, pero lo hacen desde la persp ectiva del
“otro” republicano. En 1825 acordaron en parlamento de Tapihue el
reconoc imiento de Chile – tan solo restaba la ocupación del r ealista bastión de
Chiloé – , como había sido su costumbre de repre s entación política durante siglos.
¿En qué situación se encontraba el sujeto de indianidad y c ómo lo
entendió la historiografía? Lo “indio”, se gún algunos historiadores y
antropólogos, está en la razón de la construcción de Chile, por la larga oposición
entre el “Reino de Chil e” y su “ Frontera” desde la g uerra de Arauco hasta la
“Pacificación de la Araucanía”
305
. Hoy se ha efe ctuado un viraje de la
confrontación al cont acto, hacia l as relaciones inte rénica s de frontera en el pasa do
y las int erc ult urales en el presente: migraciones, desarraigo, reclamaciones,
identidad, territorialidad, representación, naturaleza y alguna m ás son las
palabras-clave del momento. Pero ¿acaso el conflicto no forma parte de la
convivencia? Es una constante hitórica tan evidente que no merece que nos
paremos en su terminología más o menos acertada según gustos, será mejor que lo
analicemos y lo deje mos a la crítica de cada cual.
2.1.1 Categorías culturales y semántica
Resulta revelador comprender la noción teórica del “arauca no” pa ra un
español del siglo XVIII , pues el sig nificado del vocablo lleva a la construcción de
la imag en y esta a su categ oriz ación étnico -so ci al
306
. El quiteño Antonio de
Alcedo, en su magna obra compilatoria del c onocimiento sobre el Nuevo Mundo,
introdujo en la acepción del término dos ideas funda mentales: re sistencia y pacto.
Se trataba d e una “Nac ion bárbara” que habitaba al sur del B ío -Bío, la co rdillera
andina y l as pampas, cuy a p rincipal característica para el lector redicaba en “que
no han podido nunca r educirlos ni sujetarlos, para e vitar los muchos estra gos que
305
BENGOA, Jo sé, Historia del pueblo mapuche. Siglo XIX y XX , LOM, Santiago d e Chile, 2000,
pág. 7.
306
Sob re el poder d e la im agen y lo i m a ginario en á m bito s mesoa mericano y andino:
GRUZINSKI, Serg e, La colonización de lo imaginario . Sociedades indíg enas y occiden t a lización
en el México español. Siglos XVI -XV III , FCE, México, 1 991; LÓPEZ -BARALT, Mercedes, Icono
y conquista: Guamá n Poma de Ayala , Hiperión, Madrid, 19 88.
Medio físico y panorama humano
151
han hecho”. Se ha cía preciso entonces una vía alternativa, que consist ía en
ce lebrar “una especie d e merc ado, á que concurre el Presidente d e Chile , y los
ancianos de aquellos Indios para ratificar los tratados de paz, y aquel Gefe les
hace en nombre del Rey varios re galos de hierro, vino y telas de varios colore s”.
La idea de acuerdo entre parte s y la a tracción por medio del ag asajo en un
ambiente multitudinario, protocolar io pe ro festi vo, marca la política del
reformismo borbónica en el tex to y asienta la fig ura cultural c entrípeta del
araucano, sin entrar en d etalles mayores o cen trífugos sobre las divisiones internas
y sus denominaciones correspondientes. Para el Diccionario de Alc edo son indios
no sometidos y en proce so de entendimiento
307
.
Desde la frontera, a l a par de un ma yor contacto y cercanía se ir án
multiplicando los nombr es desde la semántica primi g enia “araucano” (de Arauco),
fruto de una generalización española por deriva, como hay tantas en l a Historia –
caso del nombre “grieg o ” otorgado por los romanos a los helenos – . A su vez, los
incas los habían ll amado aucas o rebel des. La cat eg o rización fue consagrada por
la historiografía desde Ercilla en adelante y s e mantiene predominante hasta el
siglo XIX, cuando eme rge la denominación de pueblo mapu -che (gente de la
tierra). El siglo XX, con sus relecturas y colaboración inter disciplinaria a instancia
de la Escuela de L os Annales, trajo nuevas – o recuperó viejas – identificaciones,
como rec he. No obstante , la simplificac ión de la diversidad pasada por medio de
la deconstrucción uniformadora tiene mucho de invención y de pé rdida de
identidades múltiples. Se impone que los conce ptos, y l as ideas o ca t egorías
culturales que encierran, hablen de nuevo un “lengua je vivo dentro de su
contexto”
308
.
Hemos utiliz ado indistintamente el gentilicio “ara ucano” o “mapuche”,
incluso la fusión d e ma bos, pues la documentación y bibliografía de la época
insiste en el primer nombre , por otra parte perpetuado también hasta la actualidad
vía historiográfica por obra de la Escuela de Estudios Fronte rizos. Mientras que
desde la antropología y e l estudio d e las relaciones interétnicas se suele utilizar la
307
ALCED O, Anto nio de, Dicc ionario geográfico-histórico de las Indias o ccidentales ó América,
es á saber: de los R eynos del Perú, Nueva E spaña, Tierra Firme, Chile, y N uevo Rey no de
Granad a. Co n la descripcion de sus Provincia s, Nacio nes, Ciud ades . .., T . I, Imprenta de Benito
Cano, Madrid, 1760, págs. 142 - 143.
308
GADAMER, Ha ns-Georg, E l giro h ermenéutico , Cátedra, Madrid , 2007, pág. 82
Medio físico y panorama humano
254
confederados “para el bien común”
625
. Algunos autores, como el mi sionero jesuita
Dieg o de Rosales, dist ingue n entre gen toqui para tiempos de guerr a y gen voyhe ,
líder en la paz. El toqui o hacha con la que se realiz ó alguna hazaña bélica “queda
por armas d e su linaje y le van he reda ndo (…) y a los que les tienen los llaman
Gentoqui, que significa señor, goberna dor y ge neral”, de este modo el cronista
jesuita optaba por el carácter hereditario. Molina nos informa que toqui deriva del
verbo toqui n , que si gnifica juz gar o mandar y lo describe como una insignia
distintiva, hacha de pórf i do o mármol ( L áminas nº 25 y 26)
626
.
El mismo autor justificaba la carencia de “cabeza a quien reconozcan y
den obediencia como a s eñor supremo” en base a que “su natural altivo n o puede
sufrir sugecion al guna ”
627
. No obstante, a finales del XV III la sit uación se hizo
más proclive a co artar en parte la autonomía polí tica que de facto gozaban los
araucanos. Desde la capital del reino se controlaba todo el valle central chileno,
donde se encontraba ase ntada la ma y or parte de la población esp añola; para el
dominio de la frontera había que avanzar a Concepci ón, ambas ciudades ca beza
de las dos intendencias creadas en el territorio. El camino de Valdivia a Chiloé era
importante para unir la avanzada de la intendencia en la frontera con el lejano
archipiélag o y facilitar el comercio de una provincia insular perif érica pero crucial
para la defe nsa del reino
628
.
El capitán general de Chile dispuso el ensanche y perfeccionamiento de l
nuevo camino hasta el río May pue. Esperaba Hi ggins la conclusión de una obra
“tan deseada desde remotos tiempos” y que av anzaban por a mbas partes, sin gasto
extraordinario, “Armas, ni de sagrado de los Naturales posee dores de a quellos
Terre nos” y que p rocuraría el adelantamiento de dominios tan lejanos
629
. Sin
duda, en el entendimiento con los nativos tuvo peso la fi g ura del irland és y su
decisiva mediac ión junt o a la de otros hombre s formados en la frontera, porque
625
MOLINA, Jua n Ignacio, Compendio de la historia geogra fi ca … , pág. 61.
626
ROSALES, Die go de, Historia gen eral del Reyno de Chile… , T . I, págs. 138 -139.
627
ROSALES, Die go de, Historia gen eral del Reyno de Chile… , T . I, pág. 137.
628
A.N.H.Ch., T .C., vol. 6, p ieza 1, 24 1 fols. Exped iente formado so bre la apertura del Camino de
Chiloé a V aldivia… (Contiene un plano del territo rio comprendido entre Valdivia y C hiloé).
629
A.G.I., C hile, 309. Ambro sio Higg ins a An tonio Porlier, Sa ntiago de Chil e ab ril de 17 91 ;
Ibídem, Chile, 21 1. Higgin s a V aldés, Valparaíso 4 de ma yo de 1789 : en 1789 Pusterla organizó
una e xpedición, previa autor ización de Higg ins, para estu d iar el trazado d el deseado ca min o ;
Ibídem, Chile, 212 . Higg ins a Valdés, San tiago 1790 : las precaucio nes hicieron traz ar un
itinerario que quedab a sujeto a futuras modificaciones.
Medio físico y panorama humano
255
Lá minas nº 25 y 26. M.C h.A.P., código piezas 3114 y 2820:
toqui mapuche-araucano y clava cefalomorfa.
Medio físico y panorama humano
256
“para goberna r bien es i ndispensable el conocer a los hombres y lo s país es que
habitan”
630
.
Ciertamente la actitud que tomaran los indios fronterizos era vital a la hora
de encarar la c onstrucción de l camino por unas tierras que si bien estaban ba jo la
soberanía del re y , d e hecho pertenecían a los indí genas. El propi o Hi ggins como
experimentado hombre de frontera conocía esta realida d dual y tácitamente la
reconoc ía al igual que habían hec ho sus antecesores en el mando, aunque
progresivamente se fue afianzando la idea de plasmar por escrito la real pr opiedad
y exigir su acatamiento a los súbditos naturales del monarca. En 1792 Higgins
aludía a “un tí tulo de demarcación” incu estionable que se reflejó en el te xto del
parlamento de Negrete de 1793
631
. No obstante, era preciso contar c o n el
beneplác ito d e los araucanos, máx ime de las siem pre alborotadas p arcialidades de
Valdivia, por lo que no se dudaba en emplear una polí tica d e respeto,
apacigua miento y entendim iento, buscando la aprobación de los caciques a los
que se ha cía ver las ventajas que obt endrían del tránsito y la no inj erenc i a
española en sus tierras y asuntos. Esto supuso un cambio respecto a la percepción
de los “indios feroces” y la imposibilidad de a mistad con ellos, pues no se podía
esperar “la má s leve favo rable c ons ecuencia” de sus ofertas “ficticias”
632
.
El tacto y pago a los indios amig os no dejab a de c ausar problemas
económicos en el e rario del re y . Por ejemplo, el gobernador de Valdivia consultó
sobre la gratificación a los caciques e indios “que contrajeron el merito d e haver
contribuido, y coadyubado a la apertura del camino, y están encomendados de su
permanencia” . A lo cual, tras consultar al virre y d e L ima “por dever sufra gar tales
gratificaciones el Herario de aquel Virreinato”, se le contestó previniéndole que
“en el caso de ex ecutar su verificativo , pronto lo efectuase, y acordase de los
quatrocientos pesos destinados por el reglamento para agasajos”. Y si no era
suficiente este ramo peculiar chileno se valiese de la facultad concedida por la
Junta Superior de Real Hac ienda para librar cie nto cincuenta pesos con anuencia
630
A.G.I., Caracas, 4 77. Repres entación del intendente de Venezuela, Jo sé de Ába l os, dirigida a
Carlos III, en que pron ostica la independen cia de América y sug ier e la creació n de varias
monarq uías en América y Filipin as, Caracas 24 de septiembre de 1781.
631
A.N.H.Ch., F.V., vol. 22 3, fol. 9v. Carta d e Ambrosio Hig gins al gobernador de Vald ivia. Los
Ángeles, 27 d e diciembre de 17 92.
632
A.G.I., Chile, 219. Carta de Fra ncisco Hurtado al m arq ués de Sonora. San Carlo s, 14 de enero
de 17 88.
Medio físico y panorama humano
257
de los ministros de la tesor ería; pe ro se advertía que no se entendiese la
gratificación como vitalicia pa r a algunos, pues no era c onveniente:
acostumbrar a los Yndio s desde el principio a tanta franqueza, y
no poner un ejemplar qu e moviese a otros Caciques, a solicitar lo
mismo por qualquier motivo, especialmente a los Butalmapus de
la Frontera de la Concepción, que tamvien fr anquean sus Caminos
a los Españoles de que podrían resultar algunos disgustos de ellos
con insoportable gravamen de la Real Hacienda
633
.
El fiscal P ére z de Uriondo calificó de prudentes la s reflexiones de Higgins,
“mui proprias de la ex perienc ia, que tiene Usia. de los Yndios Araucanos”. No
obstante, creía conveniente, además del rec elo y precauc ión en asuntos nativos,
hacerse cargo del mérito personal de los cac iques y mocetones que pa rticiparon en
la apertura y allanamiento de l camino, y con los que se tuvieron múltiples
encuentros, e incluso “o frec i eron de fender con sus La nzas a los Españoles en el
c aso de que otros Yndios hubiesen querido opon erse al pro y e cto”. Se debía pag ar
la colaboración de aquellos indios amigos tan útiles a los interese s españoles,
teniendo en cuenta premisas de estrategia política, pues los indios respecto de los
españoles “por na turalez a distan”. Resultaba oportuno “distinguirles en e l pre mio
para qu e vean que savemos corresponder vien a nuestros Ami gos, mai ormente
consistiendo en ellos la seg u ridad y permanencia del nuevo Camino”
634
.
Desde Lima continuó la supervisión del camino de Valdivia a Chiloé. En
lo tocante al tramo de Os orno al archipiélago, el ingeniero Manuel Ol aguer Fe li u,
el capitán Tomás O´ Higgins y el p residente de Chile informaron a Lima que era
preferible el anti guo camino de Río Blanco desd e Osorno hasta pas ado Ma y p ue al
nuevamente abierto por Río Negro
635
. Además, respecto a los caminos
633
A.G.I., Chile, 30 9. Expediente sobre la a pertura del Camin o desde el Presidio de Valdivia a la
Ysla de Chiloé, nº1 (va en dos legajo s por la como didad del p liego). Carta del fiscal d o ctor Pére z
de Uriond o a Higgins, San tiago 4 de marzo de 1790.
634
A.G.I., Chile, 30 9. Expediente sobre la ap ertura del Camino…
635
B .N.P., C 1441. Exped iente comp rensivo de los dictámenes del Yn geniero D. Man uel Olaguer,
el ca pitán Don Tomás O´Higgins y el Exc mo. Señor Presiden te de Chile sobre que debe preferirse
el camino primitivo d e Río blanco que sigue d esde la Ciudad de Osorno h asta más delante de
Maypue, a el q ue nueva mente se ha a vierto p or el Río Neg ro . Manuel O laguer y Feli u al marqués
de Osorno. Vald ivia, 3 de febrero de 1797; T omás O ´Higgins al marqués de Osorno. Valdivia, 14
Medio físico y panorama humano
258
complementarios se tenía que luchar con la naturaleza del terr eno, á spero,
boscoso, húmedo y con una demarc ación estrecha ; “ve rd aderamente p odemos
decir que debe abrir se de nue vo”, info rmaban al virre y desde Sa n Carlos de
Chiloé; este camino de Maullín a Ma y pue debía afr ontar igualmente, junto a la
care stía de fondos, la despoblación, pues “no ha y en su ter reno mor ador alguno,
Yndio, ni Español desde Maullín”
636
. L a comunica ción de Valdivia con el norte
se hacía por tierra “quando hay paz con los indios ara ucanos”; en estado de guerra
quedaba interceptado el camino porque “atraviesa todo el ter ritorio que habitan
estas naciones bárbaras”
637
.
Los caminos y las ciudades for maban part e de un c omplejo d e
asentamientos que precisaban misiones y fue rtes fronterizos. P ara informar
debidamente al rey d e una representación del virre y peruano rel ativa a
fortificac iones de la plaza de V aldivia e islas d e Chiloé, soli citó el conde del
Campo de Alange a Antonio Porlier el expediente de lo a ctuado en el camino de
la frontera c hilena que se había pasado de la Secretar ía d e Guerra y Hacienda de
Indias a la d e G racia y Justicia, de la que era ti tular
638
. Las conexiones íntimas
entre presencia hispana articulada por medio de una re d de poblac ion es bien
comunicadas y nec esidade s defensivas interiores y exteriores llevaba n a
contemplar el te rritorio fronterizo como un fenómeno de conjunto con varias
líneas de actuación. Entre ellas, articular y vertebrar el territorio antaño reservado
a los arauc anos era ya posible gracias a las nu evas circunsta ncias de d iálogo y
conocimiento del indio bárba ro, que ahora se hacía preciso integrar en el corpus
de una monarquía que merced a Carlos III había adoptado el regalismo
absolutista, incompatible con la indepe ndencia de los i ndios fronterizos.
Además, desd e la m etrópoli se consideraba q ue los indios “bravos o
independientes” debí an ser domi nados para ad elanto de la colonización mediante
el comercio y entend im iento, aprovechando “las disensiones que siempre rey nan
de febrer o de 1 797; Tomás O ´Higgins al marqués de Avilés. Sa ntiago de Chile, 12 de abr il de
1797 . Se sacó testimonio d e los documentos seg ún decr eto de Av i lés d e 20 de ab ril par a d irigirlos
al virrey: Avilés al marqués de Osorno. Santiago de Chile, 3 de junio de 17 97.
636
B .N.P., C 1 441. Expediente co mprensivo d e los dictámenes… (Juan Antonio Montes a l
marqués de Osorno. Sa n Carlos d e Chiloé, 3 de j ulio de 1797).
637
JUAN, Jo rge y ULLO A, Antonio d e, Noticias secretas de América , Istmo, Madrid, 1 988, págs.
153 - 154.
638
A.G.I., Chile, 30 9. Expediente sob re la apertura del Camin o…, nº 2 . El conde del Campo de
Alange a An to nio Po rlier. Madrid, 12 d e enero de 1791.
Medio físico y panorama humano
259
entre aque ll os bárbaros” de modo que se conseg uiría “hacer a mucha s Naciones
Indias re almente vasall os de España” y útile s para la monarquía una vez
sometidos efectivamente
639
.
Por su parte, en cuanto a su organización los pehuenc hes tampoco
presentaban unidad política . Dive rsas parcialida des desunidas que incluso “de
unos en otros días se asaltan, maloquean o roban, sin que les repriman ni
contengan las paces que celebr an en los parlamentos gen era les de Chile, a que
todos asisten”. I nd ependientes y sin alianzas con o tros indios, llamaban ulmene s o
guilmenes a sus cac iques, que lo e ran por edad o riqueza, pero a los que en todo
caso no guardaban subordinación “sino por un efecto de tolerancia”, es dec ir, libre
y voluntaria m ente asumido y por ello reversible; de hecho no tenían “jurisdicción
alguna para castigar ni premiar a nadie”. Su or ga nización penal p onía especial
hincapié en delitos como el homi cidio, adulteri o o robo, primando la “le y d el
t alión”. Así, el asesino perec í a en manos de los parientes del difunto; de igual
modo la adúltera pa gaba con la vida previa licencia de sus parientes p ara lavar la
deshonra, en caso contrario, si el marido no contaba con tal autorización y
ejecutaba el ac to, la pen a revertía en él; el ladrón debía pagar en relación a lo
sustraído y caso d e no tener con qué, la obli gación recaía en el familiar más
cercano.
A diferencia de otros grupos y quiz ás por lo duro de su transitar
transcordillerano la fami lia tenía un ma y or valor . L os hombres de Arauco eran
pater famil ias con poder de vida y muerte sobre mujer e hij os, mientras que los
pehuenches no era n dueños naturales de su descendenc ia, y en c aso de agredir a
un hijo éste era vengado por la familia de la madre. L os agravios podían ser
familiares o generales a la parcialidad, como los enfre ntamientos con los
huilliches en la segunda mi tad del sig lo XVIII; que las ofensas desembocar an o no
en la tom a d e las armas para ven ga rl as depend ía de un mecanismo pr evio: el
agraviado visitaba a todos los caciques presentando sus quejas, una vez enterados
se reunían p ara un ju ego de chueca o para un festín y comilona que preparaba el
639
C AMPILLO y CO SIO, José del, Nuevo sistema eco nómico… , p ágs. 287 -291. Véase PAGDEN,
Anthony, “Escuchar A Herácl ides: El malestar en el Imperio , 1619 - 1812”, en K AGAN, Richard L .
y PARKER, Geo ffrey (eds.), Españ a, Europa y el mun do Atlántico… , págs. 41 9-438.
Medio físico y panorama humano
260
clima
640
, “después d e esto todos hablan libremente”, en ese momento decidían y
en caso afirmativo se volvían a encontrar al día siguiente dispuestos para la guerra
“siendo a c ada uno de obli g ación ll evar a su costa víveres, c aballos y armas,
concurren a la citación sin la menor falta”. L as armas de los pehuenches eran
lanzas, laques y m achetes, pero “de ningún mod o espadas, ni sables, que no les
apetecen ni saben usar”. Para el llamamiento a sublevación general “corrían la
flecha” entre ellos y acudían a la batalla con sus caciques a la cabeza
641
.
Entre los huilli ches los may ores d elitos coincidían e n gran medida con los
pehuenches, como reflejo de sus modos d e vida y n ecesidades. El asesinato con
veneno era frecuente y , como pue blo más sede ntarizado, el robo en cuanto
usurpación de tierras. Las penas correspondient es en pocas ocasiones eran de
muerte , salvo casos de asesinato o adulterio, “considerado por los indios como la
más horrible de las faltas”
642
.
En relac ión a la sociedad y comunidad, las costumbres araucanas los
situaban en un nivel de desve ntaja en re lación con las sociedades andinas
643
. L os
ar aucanos continentales comparativamente con los indios del Per ú eran
considerados “más soberbios, más for nidos, de ma y o res cuerpos y más be licosos,
y son mucho más bárbaros y temerarios”; no cabe duda que los indios
centroandinos de el eva do desarrollo cultu ral ofrecían un gran contraste con los
chilenos periféricos
644
. Res pecto a los habitantes d e Chiloé, “son por natur aleza
dociles, obedientes, rob ustos, bien dispuestos, y capa ces de tolerar los may or es
trabajos”, en estos térmi nos ex plicaba Lázaro de Ribera el talante sumi so de los
chilotes, como contrapuesto al carácter rebelde de los ara ucanos continentales, en
línea con la reivindicación de funcionarios y militares españoles de las
potencialidades del abandonado archipiélag o
645
. No obst ante, los indígenas de
640
La chueca es un jue go entre d os grupos q ue deben evitar q ue la bola, golpead a por los p alos d el
contrario, traspase la ra y a q ue señala el tér min o pr opio, también llamada palitú n o pa lí n po r los
araucano-map uches.
641
CRUZ, Luis de la, Descripció n de la naturaleza de l o s terrenos … , p ágs. 29- 46.
642
GONZÁLEZ M ONT ERO de ESP INOSA, Marisa, La Ilu stración y el ho mbre a mericano… ,
pág. 128 .
643
Sobre diferencias culturales e identidad : KUPER, A., C ultura. La versión d e l o s antropólogos ,
Paidó s, B arcelona, 2001 , p ágs. 261 -283 ; WOLFWISSEN, Fra ncisco Xavier, “Relato s obre las
costumbres d e los indios mapuches en la pri mera mitad d el XVIII”, Separata de la Revista
Universitaria , vol. 4 0/41, nº 1, 1955 -1956.
644
LIZÁRRAGA, Reginaldo de, Descripción del Perú …, pág. 465 .
645
A.G.M.M. , Minister io de la Gu erra, Ultramar, Capita nía general de Ch ile, Caja 53 57,
Subcarpeta 7 -A-5. Discurso q ue hace Don Lazaro de Ribera… , fol. 2.
Medio físico y panorama humano
261
guerra aprovechaba n lo escarpado y bos coso de l terreno de modo q ue “la
situación de los Barbaros era , y lo es en el día admirable, para hacernos la guerra,
y d estruir nuestro poder”; obst aculizado el so corro marítimo la isla estaba “abier ta
a sus correría s”. Además, los chilotes españoles “ mientras que conservaron estos
conquistadores al gun re sto de sus primeras virtudes, pudieron sost enerse en el
pais”, ya a finales del siglo XVIII “estas llegaron à extinguirse enteramente”
fusionando los modos de vida y de relacionarse con el medio con los de los
indios
646
. En esta oca sión el aporte fue inverso al general.
Los indios de paz o amigos presentaba n, como ras g o de identidad cultural,
una acusada hospitalidad con los españoles. En el viaje de inspección de Tomás
O´Higgins al mundo fronterizo finaliz ando el XVIII el cacique Chacanohuel y su
mujer le mostraron gran des signos de amistad, en la despedida “agarrándome de
las manos empezaron a cantar en su idioma, y a b ailar” , correspondiendo e l oficial
español con obsequios como chaquiras y agujas “que aprecian mucho”, a sus
regalos de gallinas – mu y habituales a los misioneros – , ca pones cocidos y huevos.
Le pidi eron p ara finaliz ar que “si al guna vez volv iese a pasar por estas tie rras, no
dejase de ir a buscarle s, que siempre encontraría el mismo afecto y cariño”
647
.
En otra ocasión el cacique gobernador p ehuenc h e Buenav entura
Caullamante en un enc uentro con españoles se preciaba de “haber sido y ser el
más fiel de los vasallos indios que el rey tiene en estos dom inios”, mientras en su
semblante “se reconocía la alegría que tenía”. A gradec ido al actu al virre y , quien
“le había mirado siempre en lugar de padre”, infor mó al inspector de fr ontera que
“se mantenía en el mismo paraje en que lo había dejado labrando las t ierras y
criando ga nados sin tomar parte en maloca”
648
. No podía ser más satisfactorio su
mensaje: sedentario reducido a pueblo y d edicado a actividades agropecuarias,
había ab andonado la vieja práctica d el malón o as alto de rapiña en la frontera po r
su propio trabajo produc tivo. L a hispanización h abía sido plena en su caso, pues
se conside raba el primer vasallo de su rey . Versión confir mada por el viejo virrey
646
A.G.M.M. , Minister io de la Guerra, Ultramar, Capita nía general de Chile, Caja 5357,
Subcarpeta 7 -A-5. Discurso q ue hace Don Lazar o de Ribera… , fols. 23- 24.
647
O´HIGGINS, T om ás, “Viaje del ca pitán…, 103, 194 3, págs. 38- 39.
648
O´HIGGINS, T om ás, “Viaj e del cap itán…, 103, 1943, pág . 57. Véa se . “Noticia individual de
los caciq ues, o ca pitanes p egu enc hes y p ampas q ue residen al sud, circun v ecinos a las
fronteras…”, en Colecc ión de viages y expedicion es a los campos de Buenos Aires y a las co stas
de Pata gonia , Imprenta del Estad o, Buenos Aires, 18 37, págs. 95 - 102.
Medio físico y panorama humano
262
limeño, ha bía dicho de é l: “sujeto de la ma y o r au toridad entr e los de su n ación y
de la más conoc id a fideli dad y amor al Rey”
649
.
Abatidos por los araucanos en sus correrías, los pehuenches g racias a la
alianza hispana desd e 1770 en contra de las par cialidade s araucanas de Llanistas y
Costinos y los huilli che s, y “ sin embargo d e ser tan cort a como ha sid o siempre”
su población, pudier on mantene r su independencia no sin esfuerzos que los
convirtió en “la nación más belicosa y brava entre los indios de todo el
continente” s egún el pen quista L uis d e la Cruz que también destacaba su agilidad
al caballo y cómo el botín de guerra no era por reparto sino por apropiación
650
.
Los hombres del pehuén se desplazaban a ambos lados de la cordillera y si bien en
el re ino de Chile era n aliados, no era obstác ulo pa ra que hosti garan en el
virreinato rioplatense
651
. Pehuenches y huilliches atrave saban la cordillera en
razias a las estancias de Mendoza
652
; en otras ocasiones los huilliches se unían a
los tehuelches para robar ga n ado en las llanuras bonaerenses
653
.
Además, siempr e estab a latente el peligro de una quinta columna indí g ena
de apo y o a los enemi gos preparados para in vadir “Buenos Aires, Córdoba,
Mendoza, Valdivia, Val para íso (…) auna dos con los indios que habita n estos
vastos países”
654
. P or todo ello la política de acercamiento y entendimien to se
hacía necesaria y en lo tocante a los amigos del pehuén las palabras tenían g r an
trascendencia, así se co mprobaba en los parlam entos y demás actos d el contacto
interfronterizo. Los españoles se asombraban de la inclinación y estimación al
bien hablar de unos indios tan rudos, abusa ndo de un estilo “sumamente figurado,
649
“Carta del marqués de Osorn o, virrey del Per ú, a T omás O ´Higgins. Lima. 4 de septie mbre de
1796 ”. En O´ HIGGINS, T omás, “Diario de viaj e del capitán…, 1 01, 1942, pág. 45.
650
CRUZ, Luis de la, Descripció n de la natu raleza d e lo s terrenos... , pág. 45 -48. El bo tí n mas
apreciad o eran las mujeres y niños, pues significaban las primeras esp osas o bien el provecho de
su venta, y lo s seg un dos siervo s propios o para vender a los españoles co m er ciantes co n un precio
de treinta a cuarenta p esos.
651
AMIGOREN A , José Francisco de, “Diario de la exped ici ón, que de or den d el excelentísimo
Señor Vir rey ac abó de hacer contra los i ndios b árbaros peguenches J osé Francisco d e Amigorena.
Mendoza, y abril 1º de 178 0”, en Colecció n de via ges y expedicio nes a lo s… , págs. 1 03-11 5.
Véase L EV AGGI, Abelardo, “Tratad os en tre la Co rona y lo s indio s de la frontera sur d e Buenos
Aires, Córdob a y C uy o”, e n Memorias del X Congreso del Instituto Intern acional de Historia del
Derecho I ndiano , UNAM, México, 1995 , págs. 695 - 764.
652
ESP EJO, J uan. Luis, La Provincia de Cuyo del Rein o de Chile , T . II , Fondo Histór ico y
Bibliográfico José Tor ibio Medina, Santiago de Chile, 19 54, págs. 692 - 698.
653
AZARA, Félix d e, Viajes p or la América… , T. II , pág. 32.
654
VILLARINO, Basilio, “Informe d e don B asilio Villar ino, Piloto de la Real Armada, a
Francisco de Vied m a sob re los p uertos de la Costa P atagónica. Fuerte del Carmen , Río Negro, 19
de abr il de 1782”, en Colección de viages y expedicion es a l o s… , pág. 118 .
Medio físico y panorama humano
263
alegórico, altanero” que no dudaron usar para beneficio de unas rel aciones
amistosas
655
. La inclinación a la excesiva “elocuencia, el ardor en los discursos,
el cuidado de las formas en el uso de la palabra , eran entre estos salvajes u n título
de prestigio y superioridad”
656
. Con ocasión de la estancia de la ex pedición
Malaspina en la isl a de Chiloé un cacique huil lic he acudió a entrevistarse con el
gobernador en presencia de los expedicionarios, las autoridades españolas eran
muy proclives a esta amistad procurando así el adelantamiento de la
comunicación terrestre entre Valdivia y Chiloé , en tal circunstanc ia pudieron
observar cómo “la Arenga del Cac ique al Governador fue larga, y Majestuo sa”
657
.
“Gente es sin Dios ni ley”, en sentido de un cor pus teológico qu e rigiera
centralizada y unívocamente la vida de las personas bajo la supervisión de una
organización reli giosa claramente estratificada. E so sí, de naturaleza supersticiosa
como corresponde a c reencias animistas de cultos a fenómenos naturales y dados
a la magia y adivinación “invocan su furor con falsa seta y a todos sus negocios es
llamado, teniendo cuanto dice por seg uro d el próspero suce so o mal futuro”; así
pues, con oc asión de toma de decisiones individuale s y col ectivas de
trascendencia recurrían a prácticas adivinatorias que propiciaran o invalidaran el
hecho a acometer: “Y cuando quieren dar una batalla con él lo comunica n en su
rito; si no re sponde bien , dejan de dalla aunque más les insista el apetito”
658
; en
las consultas al pillán o divinidad usaban incienso de tabaco. De antiguo les venía
“la costumbre de consultar sus falsos agoreros”
659
; adivino, mago o hechicero
llamado dungube , es decir, “el que hac e habl ar” . Su superstición era tan genera l
que sobre cualquier aco ntecimiento “forman agüeros”: un remolino indicaba la
proximidad de un asa lto enemigo, un zumbi do en los oídos murmuraciones
ajenas, caérselas la comi da al llevarla a la boca q ue un ser querido los recordaba,
655
CRUZ, Luis de la, Descripció n de la naturaleza de l o s terrenos… , p ág. 52.
656
B ARROS AR ANA, Die go, Historia Gen eral d e Chile , T. I, Ed itorial Universitaria, Santiago de
Chile, 200 0, pág. 84.
657
A.M.N., Mss. 610, f ol. 99. Diario General del Vi a je. La Expedició n Malaspina 1 789 -1794 , T.
II, vol. 1º , L unwerg -Museo N aval-Mº Defens a, Bar celona, 199 0, pág. 112.
658
ERCILLA, Alons o de, La Ara ucana …, p ág. 91.
659
OÑA, P edro de, Arauco domado , Imprenta U niversitaria, Santiago de Chile, 1917 , pág. 70
( Arauco domado , Cultura His pánica, Madrid, 1944).
Medio físico y panorama humano
270
de variados ritos de pubertad o matrimonio
686
. L os hombres del pehuén y la
cord illera “creen en un Dios, que crió todas las cosas y que las gobier na ”, l e piden
protección y cuando les ac ontecen des grac ias se consideran abandona dos por él.
La responsabilidad de los males recae en gue culbu , ente maligno que cu enta con
la complicidad de hechiceras, contempladas muy negativamente al contrario que
entre sus enemigos ara ucanos. Más diferencias: carecían de sacrificios y culto
exteriorizado. Además, “creen que Dios debe favorecerlos con pre cisión, que no
deben rogarle porque les socor ra” pues la divi nidad en cuanto padre “debe
atenderlos en sus necesidades”. Sin sentido de castigo divino en e l más allá, pues
“las acciones del hombr e son li bres, y por malas que se an Dios no se ofende de
ellas”. Finalmente, como nota común, eran enormemente sup ersticiosos,
interpretando augurios, sueños, llantos de perro o a pariciones de a nimales, lo que
para un funcionario ilus trado resultaba ridículo, máx ime cuando su creencia se
apoy aba en la tradición que “ni con r azones ni con la ex perienc ia salen de su
err or”
687
. Respecto a los ritos pehuenches, Malaspin a nos aclara que “consul tad o
el Maguí sobre las c ausas de una muerte inopinada, éste inmediat amente abre el
costado derec ho del cadáver, y consulta el hepar o la hiel”, caso de estar llena y
limpia aseg uran qu e la muerte fue na tural; caso de encontrarse “con la bilis
exaltada” interpr etaban que el fallec imiento no fue por causa s naturales y d ebe
castigarse al culpable con la muerte
688
. En o ca siones responsabilizaban c omo
autores del maleficio a los brujos.
Los huil liches cre ían en un principio del Mal, matriz tanto de lo adverso
como de lo favorable, ente al que consultaban todo ti po de asuntos, públicos o
privados, por medio de adivinos llamados mag uí que ade más podían impartir
justicia. Respec to a la vida familiar, eran generalmente polígamos, con una mujer
legítima rodeada de concubinas y esclavas; la transmisión del carg o de cac ique
reca ía sobre los hijos de l a primera esposa
689
.
686
CRUZ, Luis de la, Descripció n de la naturaleza de l o s terrenos… , p ág. 59.
687
CRUZ, Luis de la, Descripció n de la naturaleza de l o s terrenos… , p ág. 48.
688
A.M.N., Mss. 590 , fols. 62 -69. Descripción física d el terr eno y h abitadores de las costas
compren didas en tre Chiloé y Coqu imbo . P IMENTEL IGEA, J uan e HIGUERAS RODRÍGUE Z,
Mª. Dolore s (eds.), La Expedición Malasp ina 1789 -1794. Antropolo gía y n oticias etnográficas …,
pág. 50.
689
GON ZÁLEZ MONTERO d e ESPINOSA, Mari sa, La Ilustración y el homb re america no …,
págs. 132 - 133.
Medio físico y panorama humano
271
El talante supersticioso indígena quedó reflejado en 1791 con ocasión de la
extensión de la viru ela en los “ Butalmapus de Yndios Ynfiel es”. Los
asentamientos españoles que compartían el territo rio de la frontera con los indios
podían ser suj eto y cauce de propagación, especialmente la isla de la Laja cuyos
habitantes se habían librado del contag io epidémico “aun en medio de acavarse de
padeser en los demás partidos contig uos de aquella Provincia”. El ries go había
originado “el may or cuidado” por una doble am enaza que afectaba a españoles e
indios amigos qu e podía desequilibrar la b alanza de entendimiento por “el estra g o
y alteración que pudiera causar entre los Yndios, la falta de los principales y mas
amigos de sus C asiques, que han muerto”. Además, había que tener presente “el
temor del General Carácter S uperticioso, y desconf iado de estas naciones, que
atribuy en cualquiera desgracia, a echicería, y Malignidad de otros, y com únmente
de los Españoles”. L a superstición indígena y su desconfianza debían gravitar
sobre una generación de dirigentes más o menos ilustrados, y por e nde
enfre ntados a la misma, que en prueba de su adaptación al mundo indí gena la
toleraban en aras de objetivos políti cos may ores ad ecua ndo su acción pública a los
dictados de su e x periencia america na . Al autoexculpar se los indi os como origen
de los males, en este caso una epidemia, sólo quedaban como responsables a sus
ojos, y así lo interpretaban, los españoles.
La política de atracción y entendimiento con los indí g enas era
contemplada por el gobernador chileno como la más ben eficiosa para el reino,
estrategia que contaba con el respaldo d e la C orona en cuanto a su visión
pragmática d e la proble mática de los indi os “bárbaros” de l as fronteras i mperiales
y e l respeto a su idiosinc rasia. Cre y ó el presidente “que en ningún caso devía con
más provecho, y justici a, compadecerme de su s nesecidades, y remediarlas”,
ga stando de la Real H acienda “quanto y o concid era se p reciso, a fin de t ene rlos
firmes y adictos a nue stro Partido”. Dispuso Higgins que por medio de los
capitanes y tenientes d e amigos “qu e están señalado s para la comunicación,
mensajes, y ocurrencias de estas reduc iones se le s llevasen medicinas y víveres,
instruyé ndolos del méto do de aplicarlas, para su sanidad”; d ebían concurrir a lo
mismo los religiosos misioneros de Arauco, Tuc apel, Santa Bárbara y ot ros del
Colegio de Chillán. D e este modo, los dos colec tivos más familiarizados con las
comunidades indígenas por el contacto continuado sería n las encar g adas de llevar
Medio físico y panorama humano
272
a la práctica el socorro. Además, los misioneros tenían añadida la tarea de bautizar
a los párvulos y c ristianizar a los enfermos adultos receptivos. La
impermeabilidad de los nativos a la intromisión hispana, que traía en paralelo la
misión evangelizadora solapada, el recelo supersticioso a su presencia y el temor a
mostrar su debilidad les ll evó a no admitir los socorros, aunque se consiguió al
menos “que ellos a y an conocido la recta intención y de ceo de su bien”, mandando
agradecimientos. El carácter supe rsticioso e impresionable de los indígenas había
hecho que imputara n la introducción de la peste a una venganza por el insulto de
los de Boroa y d e la Alta I mp erial al obisp o de Concepc ión cuando se d irigía a
Valdivia años atrás, o freciendo que si se les liberaba del contagio restituirían las
alhajas robadas. Merced a las gestiones de Hi g gins, depusieron “el concepto, de
que y a se comensavan a i mprec ionar”.
Si las autoridades españolas tenían como u no de sus objetivos la
concentración en villas y ciudades de la población española dispersa en haciendas,
medida beneficiosa para la defensa territorial y desarrollo regional, igualm ente
juzgaban útil a su aculturación y vi g ilancia la de los indios diseminados por el
territorio fronterizo (Láminas nº 27 y 28). Sin embar go, e n e sta ocasión “al fa vor
de la Disperción en que havitan (…) ha minorado el contagio”, y eso “no obstante
del método bárvaro, de curarse con frotaciones, b evidas ácres, Baños conti nuados,
luego que ciente n el mal”
690
.
Como medida extrema, los contagiados y los cuerpos de los fallec idos eran
quemados con sus enseres y en oc asiones los sa caba n “al monte con todos sus
asistentes en la enfermedad y atados juntos los e chan en una ho gue r a pa ra que no
contagien á los demas”
691
. Procedimientos que según e l observador e uropeo
resultaban inadecuados frente a la sanidad y medicina españolas de las que
rece laban, prefiriendo los arauca no -mapuches sus remedios naturales en
demostración del a pe g o a sus tradiciones y costum bres
692
. Baste un ejemplo,
690
A.G.I., C hile, 3 16 . Carta de Ambrosio Hi gg ins Valle nar a l marqués d e Baj amar. Sa ntiago de
Chile, 13 de diciembre de 1791.
691
RUIZ, Hipó lito, Relación h ist ó rica del via ge, que hizo a los Reynos del Perú y Chile… , pág.
221.
692
TJ ARKS, Germán, “Edipemias y otr os factores releva ntes para la histor ia demográfica d el siglo
XVIII” , en Estudios sobre política ind igenista espa ñola en América , I, Universidad de Vallad olid,
Valladolid, 1975, págs. 163 - 188.
Medio físico y panorama humano
273
Lám i na nº 27.
“Descripción del Obispado de la Co ncepci ón y derrotero g eneral de la visita que h izo el
Sr. Presidente Don Joseph Manz o de Velasco, el cam ino colorado es la derrota qu e hi zo
dicho Presid ente”. En MED INA , José Toribio, Cartografía H ispano-colonial de C hi le ,
Imprenta Un i v ersidad, Santiag o de Chil e, 1924 (B.N.Ch.).
Medio físico y panorama humano
274
Lám i na nº 28.
A.G.I ., M. y P., Perú y Chile, 206 TER. Descripc i ón d el obispad o de la Concepció n y
derrotero gene ral de la vis i ta que h i zo el S r . Pr esidente don Joseph Manso de Velasco
(28/02/1739). Co pias 206 y 206 BI S.
Medio físico y panorama humano
275
del cultivo del lino “no hacen más uso que de la semilla que la toman molida
revuelta c on harina tostada, y les liberta de los empachos”
693
.
José de Moraleda afirmaba que los indios chilotes eran “menos malos” que
los “chilenos”, esto es, conti nentales fronterizos. No obstante, en lo concerniente a
su carácter sup ersticioso y tendencia a las prácticas mágico - religiosas “es el
ge neral de todos los de su casta, asi de esta America , como de la septen trional
(…) inclinados a la Ydolatria, mui supers ticiosos, disi mulados, vengativos, ebrios,
y ociosos”; comportamiento que gracias al trabajo de los mi sioneros franciscanos
quedaba en parte corregido a l punto qu e “relatan la Doctrina Cristi ana tan bien o
mejor que los esp añoles”. Una cristianización supe rficial, pues se aferraban a usos
y costumbres tradicionales que conta g iaban a los españoles, ambos “embuidos en
la multitud de necias groseras sup ersticiones en que estan; especialmente en orden
a las enfermeda des y de mas des grac ias”. Los indios y gran pa rt e de los españoles
las atribuía n a maleficios para lo que re currían a los machis , curanderos o
adivinos, quienes
despues de muchos misteriosos ademanes, jesticul aciones r idi culas,
orrisonas im precaciones en un idioma barbaro arbitrario,
acompaña das a v ezes d e violentas contor ciones, y d estemplados
ahullidos, hazen pronostico de la enfermedad y su ca usa dejando
mui satisfecho de sus ac i ertos al idiota auditorio
694
.
El mismo Moraleda, im preg n ado de racionalismo ilustrado, int entó
pr esenc iar un episodio de orác ulo adivinatorio oficiado por “e stos miserables
fanaticos pr etendidos ad ivinos” sin conseguirlo “por que me crehian a mi mas
Machi Adivino o Brujo que todos ellos, y lej os de concurrir a mi deseo se
ocultaban de mi vista temeros os”
695
.
El uso de plantas en todas las facetas de su vida individual o c olectiva los
ponía en contacto continuo y directo con l a natu raleza, vinculación medi cinal o
adivinatoria; o política, c uando solían re p resentar las paces con una rama de
canelo, caso de la paz de Quillín con el marqués de Baides en 1641, primera de la
693
O´HIGGINS, T om ás, “Viaje del ca pitán…, pág. 46.
694
A.M.N., Mss. 6 13. Brebe Descripcion de la Provincia de Chiloé… , fols. 1 48v- 149.
695
A.M.N., Mss. 613 . Breb e Descripcion d e la Provincia de C h iloé… , fol. 14 9.
Medio físico y panorama humano
276
cadena de parlamentos; militar defensiva, cuando “extraños entran en sus tierras,
ponelles en el camino r amos de un árbol, que lo s españoles llaman canela, y en
ellos atra vesadas fl e chas untada s de sang re ”, en caso de sumisión: “c uando
quieren servir y estar a lo que les mand aren, les ponen en el camino ramos de
array án, dando allí a entender la voluntad que ti enen”
696
. El canelo jugaba u n
papel importante en los ritos indíge nas. A su sombra “acostumbran los I ndio s
hacer sus convoc atorias y juntas” y b ajo el ofi cio de la machi o adivina más
anciana y afamada, puestos de rodillas alrededor del más eleva do y f rondoso
canelo y en sil encio con la vista baja, aquélla subía al árbol para hace r
invocaciones al pillán mientras arrojaba “por cada uno de los cuatro vientos
principales un palito ó va rita”; tra s variadas ceremonias anejas y cantos repetitivos
“hace á todos en general una larga are n ga” y , una vez terminada , responde “como
si fuese un divino orác ulo, lo que se le antoja á las preguntas” de los caciques
697
.
Su carácter extremadamente supersticioso, que chocaba a los viajeros
ilustrados, les hacía cre er “quanto les dicen los Machis ó Adivinos, como revelado
por P illan, á quien reconocen como Ente Supremo”; evidentemente a ojos
racionalistas estos ritos no configuraban “religio n ni culto al guno” a pesar de lo
cual “no dudan de l a inmortalidad del alma”
698
. L lamaban al alma pull i y al
momento de expirar decían “tipay ni pulli”, es d ecir, “s al ió el alma del c uerpo” ,
pero sin noción acerca de premio o castigo, sino “que pasan caballe ros sobre una
ballena la isl a de la Mocha á ser felices y come r sin trabajo papas negras”. S e
enterraban con comida y bebida para el m ás allá, ofr enda a la qu e llama ban ec hol ,
junto a ensere s: armas en caso de varones y el huso, lana y ollas p ara las
mujeres
699
.
Junto al fomento de establecimientos como Os orno a finales del siglo
XVIII con un marcado carácter agrícola, el si glo precedente un cronist a había
dicho d e la comarca que “era de mu y buenas y fér tiles tierras” , y a la búsqueda del
entendimiento con los indios, se situaban las misiones que se pretendían
696
GONGOR A M ARMOLEJO, Alonso de, “Historia de Chile desde su desc ubrimiento…, pág.
79.
697
RUIZ , Hipólito, Relació n his tó rica del via ge, q ue hizo a los Reynos del Perú y Chile… , p ágs.
211 -212.
698
RUIZ, Hipólito, Relación histórica d el via ge, que hizo a los Reyno s del Perú y Chile… , pág.
220.
699
PÉREZ GARCÍ A, José, “Histo ria natural, militar, civil..., I, págs. 44 - 45.
Medio físico y panorama humano
277
restablecer en el territorio de frontera
700
. L a subleva ción de los indios de V aldivia
y la f alta de auxil ios a los misioneros habían desembocado en la destrucción de la
misión de R ío Bueno, mandada fundar en 1778 p or el capitán g en eral Agustín de
Jáuregui con un a dotaci ón de 660 pesos anuales y situada con el consenti miento
indígena en su rivera sur. Pronto éstos ofrecieron resistencia a la evangelización.
Era necesaria l a presencia militar presidial junto a l frente mi sionero, pero “ los que
en tales sitios llaman fu ertes, no son mas que un cerco, o quadro formado con
estacas altas, y gruesas, y para esto tienen, que todos aquellos terrenos son
montuosos”, además de la relaja ción de la tropa. La pérdida de misiones
destruidas por los indios suponía un may or costo que el que hubiera representado
un fuerte en condiciones materiales y de dotación adecuada que hubier a dado
cobertura a las tareas evangelizadoras e hispanizadoras de las que se espera ba la
estabilidad fronter iza, pero:
Los Misioneros tenemos, por lo reg ular, la desgr acia de no ser
creídos quando anunciamos y prevenimos semejantes
acaecimientos, por la ex perie ncia que te nemos, hasta que se ven
prácticos los he chos; per o quando y a no es fácil evitarlos. Media
mucha distancia desde aquellos dila tados Do mi nios, al Trono
de nuestro S obera no: y como también se retardan los informes, o
no se hazen con la puntualidad, y legalidad debida, qued amos
siempre sin los auxilios que pedimos, y qu e S . M. tiene con tanto
encarec imiento mandad o que se nos den; pero como no a y en
nosotros poder contra la gra nd e superioridad que se toman los
que mandan, no nos queda otro remedio que el pa decer con dolor
los extragos, y morir los Religiosos a manos de los Gentiles
701
.
Tanto era así que aun a uxiliando en todo lo po sible a los misioneros se
procura ba la no intromisión en los ritos y costumbres nativas que “sin embarg o de
ser absurdos son por l o general inocentes”. Excepción hecha respe cto a los
acusados de brujos o h echiceros a los que ahorca ban, y cuando resultaban inútiles
las advertencias, “querer persuadirles de la non existencia de semejantes entes”, se
optaba por prohibir la eje cución al tiempo que debían entregarlos a los mi sioneros
700
VÁZQUEZ de ESP INOSA, Antonio, Descripción d el Reino de Chile …, pág. 71.
701
A.G.I., Chile, 316. Fray P edro González Agüeros a P edro de Acuña. Cuarto de Indias de San
Francisco de Mad rid, 5 d e j ulio de 1793.
Medio físico y panorama humano
278
o colonos para evitar así males propios y ajenos. De este modo, “varios Yndios de
ambos sexos destinados por víctimas de la expresa da inhumana costumbre se
hay an actualmente en la Colonia convertidos a nue stra Santa Fee, y gozando de
toda la libertad y excepciones de todo cria do español”
702
. L o cual significaba un
medio de acceso a la aculturación de eficacia probada.
3.1.2. El viajero ilustrado europeo
El indí g ena visto por los extranjeros, franceses e ingleses principalmete ,
nos sitúa ante la mirada extraña de los viajeros europeos por la América
meridional durante el si glo XVIII. L os primeros por sus vinculaciones con la
monarquía española bor bónica del Setecientos; l os segundos por l a búsqueda del
dominio marítimo que los llevó a recorrer el extenso patrimonio del re y de España
en las I ndias
703
. En sus relatos, los nativos americanos aparecen como act ores
destacados de la Histori a
704
. De este modo, centramos nuestra atenc ión en un
repre sentante paradigmático por sus observaciones de cada nación y co n valor
propio: el galo Amadeo Fré z ier y el británico Tomás Fa lkner, lo que no ex cluy e
enriquecer el tex to con testimonios de otros viajeros. No obstante, otros pueblos
europeos fragua r on una image n del indio americano por ca uces directos o
indirectos, más o menos científica o imaginada
705
. Los límites del oikoumene o
mundo habitable y habi tado, de contacto con los “bárbaros”
706
, facilitaron una
702
A.G.I., Chile, 316. Carta de Juan Mackenna al marqués d e Osorno. Osorno, 30 de enero de
1800.
703
A finales del siglo XVIII el interés e uropeo por América es marcada m e nte económico -
comercial. E n el P acífico puerto s chilenos co m o Coquimb o habían sido visitados po r el inglés
Sharp o el francés Frézier, y al d eclinar la centuria se av istaban balleneros i ngleses y
norteameric a nos. O´HIGGINS, Tomás, “Viaje del capitán…, pág. 80. Con anterioridad el
almirante inglés Anson viajó al Mar del Sur, de resultas el navío Wager naufragó en las costas
chilotes de la isla de Guayaneco .
704
E n este se ntido d e pr otagonism o véase: MANDRINI, R aúl, América ab origen, de los primeros
pobla dores a la invasión eu ropea , Siglo XXI, Buenos Aires, 2013.
705
CROVET TO, Pier Luigi, “ La visión de indio de los viajeros italianos p or la América del Sur”,
en La imagen del indio … , págs. 13 -31; KÖNIG, Hans -Joachi m , “La visión del indio americano en
los si glos XVI y X VII”, en La imagen d el indio … , págs. 127 -156; VÁZQUE Z, Jose fina Zoraida,
La imagen del indio en el español del siglo XVI , Universidad Veracr uzana, Veracruz, 199 1; BRY,
Theod or de, América (159 0-163 4) , Siruela, Madrid, 1 992.
706
Griegos, per sas y romanos utilizar on el tér m i no “bárbar o” p ara r eferirse al extranjero que no
compartía pará m etro s culturales y lingüí sticos, sin establecer una carga ideológica tras sí. Cu a ndo
el ac ervo grecolatino se fundamentó co mo uno de lo s pilares de Occidente j un to al cristia nismo el
Medio físico y panorama humano
279
extensa iconografía que propició el imagi nario colectivo europeo que, poco a
poco, con el avance de la I lustración y el conocimi ento real de América cedió al
estudio de la naturaleza y el nativo desde premisas etnológicas
707
, re cuperando la
inicial idea de franciscanos como f ray Bernardino de Saha gún e n la Nueva
España.
Los in gleses mostraron un gran interés por las observaciones náuticas y
ge ográficas, además de l as reflexiones polí ticas sobre la so ciedad española y los
grupos indí g enas, con puntualiz aciones sobre te mas defensivos y estratégicos e n
consonancia con sus int enciones militares. El comodoro John Byron confesaba el
motivo de tal detallis mo en las desc ripciones de sus viajes po r Chil e
argumentando que “no hai otro medio de conocer la jeografía e hist oria natural de
un pais formado entera mente de pantanos i de cerros (… ) que señalar hasta las
menores circunstanc ias que ha y a sido posible obse rvar a l r ecorrerlo”
708
.
Tomás Falkner, jesuita inglés que vivi ó largos años en la Améric a
española, tra s observar la importancia estra té g ica del s ur chileno para el dominio
meridional de América y el Mar d el Sur, describió a la re g ión m ás austral de la
Araucanía y al archipiélago chilote, país de los huilliches, como “muy pobre y
destituido de todo lo ne cesario para vivir en él; sucediendo lo mismo a toda la
costa más debajo de Chil e hasta el estrecho de Magallanes”. A pesar de haber
residido por décadas en América del su r en est a ocasión tomó la opinión “se g ún
relación de los misioneros”
709
.
bárbaro quedó uniformado como grupo reacio o ignorante a la vida “en policía”: urbana y sociab le
en la mentalidad d e los españo les pasados a Indias.
707
ALCINA FR ANCH, Jo sé, E l descubrimien to cient ífico d e América , Anthropos, B arcelona,
1988 ; MONGE, Fernando, En la costa de la Niebla. El paisaje y el discu rso etnográfico ilustrado
de la ex pedición Mal aspina en el Pacífico , CSIC, Madrid, 2002; P EDRO, Antonio E. de, “El i ndio
americano en la e xpedició n Malasp ina: imágenes del o tro y l ecturas propias”, en LÁZARO , Carlos
y PINO, Fer m i n del (coo rds.), Visión de los otros y… , p ágs. 157-20 4; SOT OS SERRANO,
Carmen, Los p intores de la exp edición de Alejandro Malaspina , 2 vols. Real Acade mia de la
Historia, Madrid , 1 982; SOTA RÍUS, José de la, Tras las huella s d e Malaspina. Crónica de una
expedició n cien tífica de la Ilustración española , L unwerg, Barcelona, 2 002; PÉ REZ DE RUBÍN,
Juan y ARRIAG A, Esteban, L as exp ediciones científicas española s en Ultrama r (Siglos XVI - XIX) ,
Real Acade m ia de Bellas Artes de San T elm o , Málaga, 1 995.
708
BYRON, J ohn, Rela to del ho no rable John Byron (comod oro de la última esp edicion a l reded or
del mundo) que contiene una esposicion de las grandes ruinas sufridas p or él i su s comp añero s e n
la costa de la Patag onia d es de el año 1740 h asta su arribo a Inglaterra en 1746 con u na
Descripcion de Sa ntiago d e Chile i de las usan zas i costu mbres de sus hab itantes i ad emas u na
Relacion de la pérdida de la fraga ta P ager de la escuadra del A lmirante Anson , Imprenta
Cervantes, Santia go de Chile, 19 01 [1768], pág. 2.
709
F ALKNER, Tomás, Descripció n de Patagon i a y de las p artes ad yacentes de la América
meridiona l , en P edro d e Angelis, “Colecc ión de o bras y d ocumentos relati vos a la Historia
Medio físico y panorama humano
286
lanzas, flechas, mazas y hondas que uti l izaban con destreza, también alabarda s
tomadas a los españoles así como hacha s y sables; es digno de recordar cómo los
cronistas españoles de l as centurias precedentes matizaban que los indios no
usaban estas últimas armas, está claro que iniciándose el siglo XVIII ya habían
penetrado en la c ultura indígena que las había asumido. L o más llamativo para e l
viajero era que los mismos españoles vendían est as armas a los indios, sin temer
“que el día menos pensado pueden se r azotados con sus propias varas”.
El aspecto y condiciones físicas también llamaro n su atención. A pesar de
las frecuentes borracheras con chicha “viven siglos enteros sin enfermar, y a que
son robustos”. La lon gevidad indí gena s e beneficiaba d e su gran resistencia y
capacidad de soport ar hambre y sed durante períodos largos de tiem po. Un
ag uante que fortalecía su físico, cuya s características eran: buen a estatura,
miembros gruesos, rostro anc ho, im berbes, cabell os liso s, y color de pie l cobre
rojizo como “en todo el continente”.
Su alimentación se basa ba en la papa
720
, maíz, cocido, tost ado o bien en
harina; y carne de caballo o mula, por recha zo a la de buey que dicen “les hace
mal al estómag o ”. Frézier incidía en que la chi cha era su bebida favorita, de
muchas clases e incluso de las tan abundantes manz anas, que le recordaban a la
sidra. L as mujere s se ocupaba n de las tareas do mésticas y servían la comida. L os
hombres se colocaban formando una rueda “vientre en tie rra apo y ados en los
codos”, aunque al gunos caciques comenzaban a usar mesa s y ban cos “a i mitación
de los españoles”, clara absorción de hábitos hispanos”
721
.
Respecto a la vestimenta, mu y sencilla, en su opini ón apena s se cubría n.
No es d e extrañar si s e comparan las g ruesas casacas y pelucas con las telas
indígena s. Los hombres portaban una camiseta o mac un hasta la cintura, c alzones
abiertos a lo larg o del m uslo que “les cubre ape n as su desnudez”. Con lluvia, a lo
anterior superponían un poncho que e l francés d efine como “especie de manto
cuadra do largo como un tapiz de mesa sin ninguna invencion, en medio de la cu al
hai una a bertura por donde pasan la cabe za”. Cabeza y pies d esnudos, sa lvo
cuando era necesario y entonces se cubrí an con un bonete con sobrecuello hasta
720
LÓPEZ LINAGE, J avier (ed.), De papa a pata t a. La d ifus ión espa ñola del tubércu lo andino ,
Lunwerg, Barcelona, 19 91. El vocablo papa es la denominación or iginaria e n quec hua o runa
simi.
721
FRÉZIER, Amadeo, R elación del viaje por el Mar del Sur… , p ágs. 20- 37.
Medio físico y panorama humano
287
los hombros y unas polainas de lana; en todo caso “mui poco se cubren los pies a
no ser que anden por las piedras, i entonces llev an unas sandalias” que llamaban
ojotas . En el caso del atuendo la recepción cultural se dio en sentido inver so, es
decir, fueron los españoles los que adoptaron el uso del poncho y l as polainas para
montar a caballo, y ello por las ventajas que enumeraba: “guarece de la ll uvia, no
se arruina con el viento i sirve de cobertor en la noche i de alfombra en el campo ”.
La s mujeres llevaban la rga s túnicas sin man ga s, abiertas po r un lado de cintura
abajo, cruzad as por un cinturón debajo del pecho y sobre los hombros dos
enganches de plata; el traje se llam aba chone y su color habitual era azul o tirando
a negro. Respec to a la vestimenta de los chonos, informaba que “andan desnudos”
a pesar del clima fr ío, tapándose únicamente con pieles.
La vivi enda o ruc a era a sus ojos una cabaña de ramas de árboles con
capacidad pa ra una familia entera. Pero lo inter esante de s u descripción era la
reflexión que hacía sobre la dispersión de la población, que nos adentra en la
mentalidad y práctica de la necesa ria reducción a vida urbana. Advertía c ómo las
casas e staban dispersas “de suerte que en todo Chile no se ve ninguna ciuda d, ni
aldea de naturales”, de ahí los enormes esfuerzos de la Corona por r educirlos a
pueblos durante todo el XVIII para el proceso dual de hispanización y
evangelización. De nuevo el contraste con los peruanos, más abiertos así a la
aculturac ión. Es más, el carácter nómada estab a tan marcado que no dudaban en
trasladarse “cuando la fantasía los induce” transportando sus casas. Además, e ste
hecho daba la falsa impresión de despoblación y al contrario los indi os eran
numerosos como las fami lias. Sin duda la poligamia tenía como resultado un
número eleva do de hijos, contemplados c omo elemento económic o en cuanto los
vendían, en e special las hij as.
La división del traba jo estaba claramente definida. Los hombres la guerra
y la caza, salvo una ve z al año q ue cavaban la tie rra para sembr ar el maíz, habas,
lentejas y otr as legumbres para el sustento famili ar. Concluidos sus trabajos se
reunían con los ami gos hasta embriagarse. Por su parte las mujeres soportaban e l
peso de la siembra, cuidados y cosecha . Ex ce lentes jinetes, “se les ve subi r i bajar
por puntos tan escarpados que nuestros caballos de Europa no podrí an man tenerse
sin ca er”. La recepción y rápida adopción d el caballo por los indios es digna de
destacar, es más, cuando carecían de hierro o plata, i mitaban con madera o cuero
Medio físico y panorama humano
288
los arreos. Se maravilla ba Frézier de la multiplicación de los caballos en el
continente y de sus prá cticos usos contables que identificaba o confundía con los
quipus incaicos. Así, nos dice que para la contabilidad de sus reses y demás
asuntos usa ban nudos de lana “que por la v ariedad de los colores i de los pli eg os
reemplazan las letras i la escritura”
722
. Respec to a la gran difusión del caball o y
demás animales europeos entre los indí egas, otro francés que viajó por las mismas
co stas nos dice: “ Ainsi l´introduction de deux animaux domestiques en Amérique
a eu l ´ influence la plus marquée sur les moeurs de tous les peuples qui habitent
depuis Saint Jag o jusqu´au détroit de Mag ull an”
723
.
También constataba el frecuente uso de rem edios naturales entre los
indios, como la bebida coc ida de una hierba llamada quinchamala , esp ecie de
santolina. Observa b a otras plantas medicinales como malvas o malva viscos
existentes igualmente en F rancia y , sobre todo, en Canadá. Al igual que los
ingleses, establecía en diversas ocasiones comparaciones con su p aís y las
posesiones coloniales americanas, y similitudes o diferencias con las Indias
Orientales. Así, el caso del árbol del canelo, diferente al de l atitudes asiáticas, qu e
entre los araucanos tenía importancia en su vida polí tica. Utiliz ado en las
cere monias de paz re cuerda el parl amento de Quill ín ce lebrado por el marqués de
Baides, cuando se tiñó con sangre una rama d e canelo como ofrenda al español en
señal de paz; añadía: “e sta ceremonia, a unque pr acticada por salvaje s, no carece
de ejemplos en la Santa Escritura”
724
.
Testigo de la abundancia de pesca y lo fácil que resultaba su captura, no
obstante se mostraba, en ejecución de su cometido, más interesado en una
observac ión de contenid o estratégico acerca de las costas e islas chilenas. En este
sentido cre ía necesario a umentar las fuerzas militares en el Chile insular: “porque
a las nac iones europeas que suelen mandar alguna expedición al mar del Sur, les
sería fácil apoderarse de ellas”
725
. De hecho, el almirante inglés Anson en su
722
FRÉZIER, Amadeo, R elación del viaje por el Mar del Sur… , p ágs. 38-56.
723
LA PÉROU SE, Jean-Fra nçois, Voya ge d e La Pérou se autou r du mon de pen dant les années
1785 , 1786, 1 787 et 1788 publie d´après tous les manuscrits de l´auteu r , Ed itions du C arr efour,
París, 193 0, pág. 31. MUÑOZ PÉRE Z, Jo sé, “La P erousse en Chile. Dos i nf or mes iné ditos de
marzo de 1786”, Estud ios Geográfico s , 66, 1957, págs. 169 -176 ( Revista Chilena de Hi storia y
Geografía , 125, 1957, págs. 158 -168 ).
724
FRÉZIER, Amadeo, R elación del viaje por el Ma r del Sur… , p ágs. 48- 50.
725
FRÉ ZIER, Amadeo, Relación del viaje por el Mar d el Sur… , págs. 52 -56. P ara la visión
política del conflicto entre po tencias euro peas en América y la s fronteras i m per iales en colisión:
Medio físico y panorama humano
289
periplo por el Pacífico meridional, para evitar tomar puerto en Con cepción o
Valpara íso y entregarse a los españoles tuvo que hacerlo en las islas de Juan
Fernández
726
. No es de ex tra ñar la observación del fra ncés sobr e la defensa de la
frontera marítima si tenemos pre sente la políti ca común borbó nica hilada durante
gran parte de la centuria por los Pactos de Familia.
Tuvo eco su advertencia, las isl as de J uan Fernández, fre nte a la f achada
continental chilena, cons tituían un enclave de im portanc ia para la defensa de la
frontera marítima del Pacífic o sur americano. La Corona española, a pesar de
tener que atender a múltiples frentes durante el Setecientos, no olvidó al
archipiélag o. F o co de pirater ía y corso, base de es cala para los ba lleneros
extranjeros, bostonianos por ejemplo, e incluso para las expediciones europeas,
fundamentalmente in glesas, que veían en el mismo un núcleo desde donde poder
hostigar a la Am érica española, las islas se convirtieron en un punto im portantes
de atención de las autoridades metropolitanas e indianas de cara a su d efensa y
repoblación.
El presidio mili tar, las familias pobladoras, las comuni cac iones y el factor
“distancia” , el im aginario fr uto de la literatura d e viajes – Robinson Crusoe – , que
nos habla de la lejanía, o el c hoque entre fronteras imperiales en expansión e n un
Océa no Pacífico int ernacionalizado, son factores que generaron un espacio
singular, estratégico y revalorizado por el reformismo borbónico en I ndias. Los
cauces de la repoblación y l as necesidades d efensivas de la Capitanía general
chilena y virr einato peruano, en una centuria en la que “lo marítimo” cobró
especial si gnificación en unas costas tan dilatadas y objeto de apetencias foráneas
en la ruta hacia la India o como catapulta al continente junto a Chiloé o las
Galápagos.
PAGDEN, Anthony, Señ ores d e tod o el mu ndo. Ideologías del Imperio en España, Inglaterra y
Francia (en los siglos XVI, XVI I y XV III), P enínsula, B arcelona, 1 997; d el mismo a utor, El
imperialismo espa ñol y la imagin ación política, Planeta, Barcelona, 1991 .
726
U LLOA, Antonio de, Conve rsaciones de Ulloa con su s tres hijos en servicio de la m arina ,
Universidad d e Cádiz, Cádiz , 200 3 (Imprenta de Sa ncha, Madrid, 1795 : B.R.I.O.A.S.F), p ágs.
231 - 232.
Medio físico y panorama humano
290
3.2. Procesos soc ioculturales
La s imágenes y representaciones de la re alidad difieren en ocasiones,
frec uentes por otra parte, de la materialidad de la misma y puede ge nerar
imáge nes e rróneas o desvirtuadas al m enos. L a re p resentación muestra una
ausencia, lo qu e supone un foso entre lo que representa y lo representado; pero
también y contradictoriamente exhibe públicamente una presencia. En el prime r
caso, la representación es el in strumento de un conocimiento mediato que hace
ver un objeto ausenta al sustit uirlo por una imagen capaz de evoc arlo en la
memoria. Por otro lado, la relación simbólica alude a un valor moral mediante la
image n. La relación d e representación s e establece e ntre una imagen presente
homologable a un objeto ausente
727
.
Aplicado al espacio fronteriz o, las representaciones devienen en ficciones
ge ográficas y etnográficas. La cartografía “inventa” el territorio y sus habitantes,
los sit úa y caracteriza seg ún la visi ón del car tógrafo marcada por su ba ga je
intelectual previo
728
. Los mapas cumplen la s funciones informati va y
comunicativa de unos espac ios lejanos y des conocidos
729
. El acervo cultura l
propio se refleja constantemente en situaciones nuevas que por ello debieran ser
singulares y sin embarg o sufren de la apropiación comparativa rea lizada desde la
formación previa del testigo ocular
730
. El secre tario de la capitanía g eneral chilena
que acompañó a su presidente y redactó un Diario de lo acontecido, termi naba sus
actas con una frase latin a que se rvía pa ra establecer an alog í as e ntre los indígenas
y los escitas o britanos, entre los españoles y los romanos, en definitiva, entre la
civilización y los duros pueblos de sus temibl es fronteras: “Tantas gl orias y
laureles co g idos en esta sola empresa han costa do muy c aro, y obli g ándome a
727
CH ARTIER, R oger, El mun do co mo representa ción. Historia cultura l: entre práctica y
representación , Ged isa, B arcelona, 19 92, págs. 45 -62. Véa nse: BURKE, Peter, F ormas de historia
cultural , Alianza Editor ial, M adrid , 2000; d el m ismo autor, Visto y no visto, el uso d e la imagen
como documen to histórico , Crítica, B arcelona, 20 01; igualmente, ¿ Qué es la historia cultu ral? ,
Paidó s, Barcelona, 2006.
728
VEGA, Alejandra, “ E ntre paisaj e y cartografía. L a tradición d e la Cordiller a como fronte ra y la
prod ucción visual de la e xpedición Malaspina, Ga y y Rugendas”, en NÚÑE Z, Andrés,
SÁNCHEZ, Raf ael y ARENAS, Federico (eds.), Fro nteras en movimiento e imagin arios
geog ráficos. La Cordillera de los An des co m o espacialidad sociocultu ral , RIL-Instituto de
Geografía de la P ontificia Universidad Católica de Chile, Sa ntiago de Chile, 20 13, págs. 307 - 336.
729
PE HNOS, Marta, Ver. Con ocer, domin ar. Imág enes de Sudamérica a fines del siglo XVII I ,
Siglo XXI, Bue nos Aires, 2005 , pág. 23.
730
PRATT, Mary Louise, Ojo s imperiales. Literatu ra d e viajes y transculturació n , FCE, B uenos
Aires, 201 1.
Medio físico y panorama humano
291
repetir lo que dijo Floro. Ego nollo esse Cesar, ambullare per Britanos, sciticas
pati pruinas ”
731
.
3.2.1. Fronteras de lenguas
La enseñanza diferenciada por sex os de la len g ua castellana a los indios,
fue retomada a final es del siglo XVII, como medio de servicio al Trono y Altar
732
.
Carlos III insistió en la medida de universalización del español a todo su im perio,
a instancias del arzobispo de M éjico, Francisco Antonio de Lorenzana, quien
defendió la castellanización indñigena como una arista más de regalismo. El año
anterior a la cédula re gia de 1770, indicaba en carta pastoral – d eudora de su
contemporáne o Fabián y Fuero, obispo de Puebla – que durante la conquista “fue
indispensable que los ministros evangélicos se d edicaran al idioma para lograr la
conversión, ho y cesa enteramente este motivo”. Además, en unos momentos de
auge de las identidades difere nciadas, “el hablarse un mismo idioma en una
nación propia de su soberano y único monarca engendra cierto amor e inclinación
de unas personas a otras”, entendimiento y familia ridad que “no cabe entre los que
no se entiende n y una sociedad, hermandad, civilidad y policía que conduce
mucho para el gobier no espiritual”. Permitir el uso generalizad o de los idiomas
nativos era “mantener en el pecho una ascua de f ueg o, un fomento de dis cordia y
una piedra de escándalo, para que se miren con aversión entre sí los vasallos de un
mismo soberano”
733
. En España será J osé del Campillo y Cosío quien más abogue
por la equip aración de l os indígenas como súbdi tos útiles a la Corona, d entro de
731
F.U. E., A.C., Doc. 8-15. Dia rio d e lo ocurrido en el Parlamento gen eral, celeb rado por el Muy
Ilustre S eñor d on Ambrosio Higgins Vallenar, Mariscal de Camp o d e los Reales Ejército s,
Presidente, Gobernado r y Ca pitán Gen eral del Reino de Chile, con los indios bárbaros de su
Frontera en el a ño de 1793 . La cita, que co ntiene alguna err ata, es de Lu cio Aneo Floro , y
pertenence a P oemas, en concreto Carmen I : “Ego nolo Caesar esse, a mbulare per Br itann os,
Scythicas pati p ruinas” (Yo no quiero ser César, ca minar entre los b ritanos [ni] soportar las nieves
escitias).
732
Real Cédula p ara q ue en Perú y Nueva España se po ng an escuelas y maestros que en señen a los
indios la len gua castellana. B uen Retiro, 30 de m a yo de 1 691. KONET ZKE, Richard, Colecc ión
de d ocumento s p ara la historia de la formación social de Hispanoamérica , 1493 -1810 , vol. III,
Primer To mo (169 1-1779), CSIC, Madrid, 1962 , págs. 11 - 13. MU RO OREJÓN, Antonio (ed.),
Cedulario america no del siglo XVIII , I Cédulas de Carlos II (1679 - 1 700), EEHA, Sevilla, 19 56,
págs. 444 -446. A.G.I., I. G., leg. 431 .
733
TANCK de EST RADA, Doroth y , Pueblos de in dios y educació n en el México colon ial, 1 750 -
1821 , El Colegio de México, Mé xico, 1999 , págs. 176 - 178
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