scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

La muerte de los reyes de Castilla y León. Siglo XIII

González Jiménez, Manuel

Abstract

La muerte de los reyes medievales era siempre un acontecimiento que marcaba no sólo el final de una trayectoria humana y política; señalaba también el inicio, a veces azaroso y cargado de incertidumbres, de un nuevo reinado. Por ello, en las ceremonias y ritos funerarios de los monarcas del Medioevo se daban cita dos ideas fundamentales: la propia muerte del rey y todo lo que ello significaba desde el punto de vista tanto religioso como político: por un lado, las exequias del monarca y la liturgia que las acompañaban, la exhibición pública del dolor o planeta de la familia real, de la corte y todos estamentos del reino, y el elogio o exaltación del monarca difunto; y, por otro, la proclamación del nuevo rey en una ceremonia también cargada de simbolismo, durante la cual el luto se transmutaba en alegría y regocijo por la continuidad de la dinastía y del poder y seguridad que en ella se encamaban. En esta disertación trataremos sobre los ritos funerarios de la Castilla y León del siglo XIII, durante el cual reinaron y fallecieron cinco reyes: Alfonso VIII († 1214), Enrique I († 1217), Alfonso IX († 1230), Fernando III († 1252), Alfonso X († 1284) y Sancho IV († 1295).

Full text

LA MUERTE DE LOS REYES DE CASTILLA Y LEÓN SIGLO XIII Por MANUEL GONZÁLEZ JIM ÉN EZ La muerte de los reyes medievales era siempre un acontecimiento que marcaba no sólo el final de una trayectoria humana y política; seña laba también el inicio, a veces azaroso y cargado de incertidumbres, de un nuevo reinado. Por ello, en las ceremonias y ritos funerarios de los monarcas del Medioevo se daban cita dos ideas fundamentale s: la propia muerte del rey y todo lo que ello significaba de sde el punto de vista tanto religioso como político: por un lado, la s exequias del monarca y la liturgia que las acompañaban, la exhibición pública del dolor o planeta de la familia real, de la corte y todos estamentos del reino , y el elogio o exaltación del monarca difunto; y, por otro, la proclamación del nuevo rey en una ce remonia también cargada de s imboli smo, durante la cual el luto se transmuta ba en alegría y reg ocijo por Ja continuidad de la dinastía y del poder y seguridad que en ella se encamaban. En esta disertación trataremos sobre los ritos funerarios de la Castilla y León del siglo XIII, durante el cual reinaron y fallecieron cinco reye s: Alfonso VIII (t 1214), Enrique I (t 1217), Alfonso IX (t 1230), Fernando III (t 1252 ), Alfonso X (t 1284) y Sancho IV (t 1295). ALFONSO VIII Alfonso VIII, el vencedor de la batalla de Las Navas, fue uno de los reyes más notables y recordados de toda la Edad Media. Si no 144 MANUEL GONZÁLEZ JIMÉNEZ ------- ------------------- tuvo el pr estigio político de su abuelo Alfonso VII el Emperador, dejó tras sí el recuerdo de un rey justo y piadoso, temeroso de Dios y. en contraste con su homónimo y yerno, además de primo hermano. Alfonso IX de León, de una fidelidad conyu ga l a toda prueba. Su época seIÍa recordada durante mucho tiempo como paradigma del buen gobierno. Defendió Castilla contra la agresión almohade, cuyo poder domeñó en la batalla de Las Navas de Tolosa (1212), consiguiendo el control de los principales accesos a Andalucía. Su muerte el 20 de septiembre de 1214 en la aldea de Garci Muñoz, cercana a Arévalo, se refiere con todo lujo de detalles en la Primera Crónica General. mandada componer por Alfonso X. El relato consta de vmias pm1es. Tras aludir a la grave enfermedad que le sorprendió camino de Palencia -··enfen no de la fiebre aguda'"-, y que acabó en poco tiempo con su vida, el cronista narra cómo recibió de manos del arzobispo de Toledo don Rodrigo Jiménez los sacramentos de la confesión y de la comunión, "que es la vianda con que el alma del fiel se va para el Paraíso. y es como despensa para la ida de aquel camino". En el mom ento de su muerte le acompañaban, además del arzobispo toledano. los obispos don Tello de Palencia y don Domingo de Plasencia. además de la reina doña Leo- nor, su hijo y heredero don Enrique, sus hijas la reina doña Berenguela, cuyo matrimonio don Alfonso IX de León había sido ya disuelto por Roma, y doña Leonor, y sus nietos don Fernando, el futuro Femando III, y don Alfonso, hijos de doña Berenguela. El dolor por la muerte del rey -elemento fundamental en estos relatos y más en este caso, dada s las dotes y virtudes del difunto, de quien el cronista afirma que tras rendir su alma a Dios "fuesse pora parayso"- fue inmenso: "Et fue luego allí muy grand el llorar et el desc onortamiento de todos l os grandes omnes; et sobre todo de los pobres ". El cadáver del rey fue colocado en un hermoso ataúd, "tal commo convenía'" a un rey, y llevado a Valladolid adonde comenzó a acudir gente de toda condición y de todos los puntos del reino: "Et allí en Valladolid. et dende adelant, llegaron de todas las partes del regno obispo s et abades, et los LA MUERTE DE LOS REYES DE C AS TILLA Y LEÓN 145 grandes omnes et concejos ma yo res et menore s: todos corrían al su enterramiento, ca la muerte <leste noble rey don Alfonso así allagó lo s coraqones de todos como si los firiese saeta que viniese a deshora sin sospecha: porque así se apoderaran de él estas virtudes: viveza et largueza et a posturas e ensennamiento e sabenqia et complida atemp lan ~a en la oras, que después de la muerte dél se meja que todas estas cosas eran soterradas con él soten-ado". Finalmente, los restos del monarca ca stellano fueron llevados a enterrar al monasterio de La s Huelgas , "que el fiziera cerca de Burgos". Nada más dice la crónica sobre los funerales de Alfonso VIII. El cronista reitera el elogio de sus virtudes y habla de nuevo del llanto general provocado por su mu erte: "la su muerte mojó de lágrimas toda España, más aún el mundo ''. Hay un dato que debe se r tenido en cuenta: los funerales fueron pre sididos, no por la reina viuda, sino por su hija primogénita doña Berenguela, a quien Alfonso VIII había confiado la regencia de Enrique I, que a la muerte de su padre el rey tenía tan sólo once años de edad. Probablemente su cadáver fue embalsamado, c omo era costumbre en el caso de los reye s. Muchos años más tarde, al abrirse su sepulcro, se de sc ubrió que su cuerpo esta ba perlectamente conservado, lo que se inte rpr e tó como señal de santida d. Como tantos otros, su sepulcro fue sa queado por las tropas de Napoleón y sus resto s, ropajes funerarios y aj uar desaparecieron para siempre. El rito funerario tenía siempre un colofón: el alzamien to o proclamación del nuevo monarca. También fu e así en el caso de los funerales de Alfonso VIII. En efecto, apenas enterrado, no s dice la crónica, los obispos y ricos hombre s presentes, "tomaron luego [ ... ] al infante don Henrique, ni ño aún, mas pero heredero del rey don Alfonso, a quien fincaba el reino por derecho y por liña de natura, et ca ntando con él [el arzobispo de Toledo] toda la clerezía Te Deum laudamus, a l ~á ronle rey et pusiéronlo en la a lt eza del regno". 146 MANUEL GONZÁLEZ JIMÉNEZ ENRIQUE 1 (1214-1217) El reinado de Enrique I fue muy breve, tanto que apenas si llegó a tres años. Su minoría, tutelada inicialmente por su hermana doña Berenguela, fue ejercida desde muy pronto por el conde don Álvaro Núñez de Lara , quien gobernó de forma tiránica y abusiva. El rey-niño, convertido en una especie de rehén del magnate castellano, fue apartado de su hermana le reina Berenguela y llevado de un lado para otro por el conde. De vuelta de un recorrido por la Extremaduras del Duero , decidido a acabar con lo partidarios de doña Berenguela, don Nuño regresó a Castilla. No atreviéndose a llevar a don Enrique al cerco de Autillo. donde se había refugiado la reina con sus seguidores, lo dejó en el palacio del obispo de Palencia. Un día, estando juga ndo "con los donceles de su edad", uno de ellos, que se había subido a una torre, dejó caer una teja que golpeó a don Enrique en la cabeza, y "la ferida fue atal -afirma la crónicaque el rey don Enrique murió della a pocos días". La Crónica latina de los reyes de Castilla, mejor informada, ofrece una variante del relato: "Jugando el rey Enrique en Palencia según su costumbre con lo s niños nobles que le seguían, uno de ellos arrojó una piedra e hirió gravemente al rey en su cabeza, y de esta herida el rey murió en unos pocos días". La Crónica de veinte reyes añade el detalle de que fue "vn donzel de los del linaje de Mendos:a" quien lanzó el "tej uelo" que provocó la muerte del rey al producirle en la cabeza "tan gran ferida que lo fizo caer en tierra". Fallecería once día s después. Unos días más tarde sería proclamado rey en las afueras de Valladolid, en el lugar donde se celebraba el mercado, el infante don Fernando, hijo de Alfonso IX de León y Berenguela de Castilla, previa renuncia de ésta a sus derechos al trono. En este caso no hubo la tradicional y simbólica transferencia del poder del rey difunto al nuevo monarca. El cadáver del desdichado Enrique 1, que seguía en poder de don Álvar Núñez de Lara, al cabo LA MUERTE DE LOS REYES DE CASTILLA Y LEÓN 147 de varios días, fue entregado a doña Berenguela, quien lo llevó a ente1Tar a Las Huelgas de Burgos, como refiere la Crónica: "tomó la reina doña Berenguela el cuerpo del rey don Henrique, su hermano, et levóle a Burgos al monasterio de la dueñas, a las Huelgas, et fízole meter en un ataúd guisado muy noblemente, et enterróle cerca del infante don Femando, su hermano, faciéndole oficios de Santa Iglesia muchos et muy homados en su enteITamiento, con grandes llantos et duelos et muchas ofrendas, todo realmente et acabado con mucha nobleza". A pesar de lo que da entender el cronista, se trató de un entierro familiar, organizado y presidido por doña Berenguela que actuó como cabeza del linaje; no fue, en modo alguno, un funeral de "estado", como diríamos hoy, ya que no consta que Fernando 111 participase en el funeral de su tío Enrique l. En cualquier caso, el cronista deja traslucir que el cuerpo del heredero de Alfonso VIII recibió un digno tratamiento, siendo enterrado en el panteón real de las Huelgas de Burgos, en un hermoso ataúd, con todos los honores religiosos y rituales del caso (llantos, duelos y ofrendas). Fue, concluye la crónica, un entierro digno de un rey, si bien se llevó a cabo de manera íntima y discreta. ALFONSO IX DE L EÓN Alfonso IX de León, el padre de Fernando III. falleció, como es sabido, en septiembre de 1230 cuando se dirigía a Santiago de Compostela para agradecer al Apóstol la conquista de la ciud ad de Badajoz. No pudo llegar a la ciudad santa de Compostela. La muerte le sorprendió en la aldea de Villanueva de Sarria. El relato más próximo al acontecimiento lo debemos al en tonces canónigo de San Isidoro de León don Lucas, elevado a la dignidad de obispo de Tuy once años más tarde "Mas como por causa de ora9ion fuesse a la yglesia de la silla de Sanctiago Aposto!, en el lugar que se 148 MANUEL GONZÁLEZ JIMÉNEZ dice Villanoua de Lemos1 grauem ente enfermó, y tomada penitern;ia y el sacramento de l cuerpo y sangre del Señor por los obispos, muria muerte preciosa, y en la yglesia de Sanctiago fue enterrado honrradamente a(ferca de su padre el rey don Fernando, fijo del emperador. Murió en la h era de mil y dozientos y sesenta y ocho años, a ocho días de las calendas de octubre" [24 de septiembre de 1230]. La Primera Cróni ca General se limita a traducir la Historia del Toledano quien, por su part e, afirma tan sólo que el rey leonés falleció "en Villanueua de Sarria" y que fue enterrado en la iglesia de Santiago, que ya contenía una serie de tumbas reales, como las de Raimundo de Bor goña, el padre de Alfonso VII el Emperador; la de la esposa de éste, doña Berenguela de Ara - gón, y la de Fernando II , padre de Alfonso IX, con quien se cierra la historia de uno de los va rios panteones reales del re ino . FERNANDO III En comparación con los restantes monarcas castellanos fallecidos en el siglo XIII, la muerte de Fernando III alcanza en la cronística un desarrollo fuera de lo común. La explicación es obvia: además de la importancia de su reinado, caracterizado por la brillante expansión militar que llevó la frontera desde el Guadiana al Guadalquivir y desde la Mancha al Mediterráneo, la parte final de la Primera Crónica General -desde la conq ui sta de Córdoba en 1236 hasta la muerte de Fernando III en 1252-se escribió, con toda seguridad, a comienzos del siglo XIV, cuando su figura y su recuerdo se habían magnificado por efecto de la propaganda impulsada por Alfonso X y por la Iglesia Hispalense, en cuya catedral reposaban los restos del rey Santo. No voy a insistir sobre este particular, aunque tiene su importancia para explicar el culto que 1. Debe tratarse de una confusión del t ra ductor. Todos los textos coetáneos hablan de Vi ll anueva de Sarria o "la villa nueva que está junto a Sarria". según dice la Cró ni ca /atirw de los r ey es de Castilla. Ed. de L. Charlo, 84. LA MUERTE DE LOS REYES DE CASTILLA Y LEÓN 149 desde muy pronto recibió en la capilla real de Sevilla, como más adelante veremos. Baste simplemente recordar el doble elogio que Alfonso X dejó de su padre, inscrito el uno -e n latín, ca stellano, hebreo y árabe-en el pedestal de su monumento funerario, y escri- to el otro en la introducción del libro llamado Setenario. La lápida funeraria mandada poner por Alfonso X en uno de los laterales del monum en to funerario de su padre dice así: AQUI IAZE EL REY MUY ONDRADO DON FERRANDO, SENNOR DE CASTIELLA E DE TOLEDO, DE LEON, DE GALLIZIA, DE SEVILLA, DE CORDOV A, DE MURCIA ET DE IAHEN , EL QUE CONQUISO TODA ESPANNA, EL MÁS LEAL E EL MÁS VERDADERO E EL MÁS FRANCO E EL MAS ESFOR(:ADO E EL MÁS APVESTO E EL MÁS GRANADO E EL MAS SOFRIDO E EL MÁS OMYLDOSO E EL Q UE MAS TEMIE A DIOS E EL QUE MÁS LE FAZÍA SERVICIO E EL QUE QUEBRANTÓ E DESTRUIO A TODOS SUS ENEMIGOS E EL QUE AL<;Ó E ONDRÓ A TODOS SUS AMIGOS E CONQUISO LA CIBDAT DE SEVILLA, QUE ES CABE<;A DE TODA ESPANNA, E PASSOSE HI EN EL POSTREMERO DIA DE MAYO , EN LA ERA DE MILL ET CC. NOVAENTA ANNOS2. La Crónica General de España refiere en el ca p. 11 32 los último s día s de la v ida de Fernando III. Cu enta la c rónica que el monarca , sintiéndose muy enfermo , solicitó la co mu- 2. Seguimos, con ligeras variantes. la trascripción de l epígrafe h ec ha por el p rof esor Alfonso Jiménez. A. Jiménez y otros. La catedr al gó tica de Sevilla. Fundación y fábr ica de Ja '"obra nueva". Sevilla. Universidad, 2006. 26. Aunque en esencia los cuatro epitafios dicen lo mismo. el texto latino es mucho más amplio que el romance. ya que desarrolla la referencia a la conquista de Sevilla de esta manera: "Qui CIVITAT EM HI SPALENSE QUE CA PlIT EST ET METROPO LJS TOCI US HISPANIE DE MA~ IB US ERIPUIT PAGANORUM ET CULTVJ RESTI· TUIT C HRI S TIANO" [el cu al arrebató de manos de los pa gan os y devolvió al culto cristiano a la ciudad de Sevilla, que es cabeza y metropoli de toda España]. 150 MANUEL GONZÁLEZ JIMÉNEZ nión que recibió despojado de sus vestiduras reales. Tras haber cumplido con sus devociones, convocó junto a su lec ho a su mujer e hijos y al resto de su familia, a quienes bendijo como era práctica habitual en la época. Luego encomendó a Alfonso, su primogénito y heredero, que vela se por la reina y por todos sus hermanos, así como por el infante don Alfon so de Molina, su tío, y por todos los nobles del reino, rogándole que "les guardase bien sus fueros et sus franquezas et sus libertades todas, a ellos et a todos sus pueblos ", conminándole con su maldición si así no lo hacía. Cuando advirtió que la vida se le acababa, pidió que le entregasen una candela encendida, símbolo de la fe, "que todo christiano de u e tener en mano al su finamiento", dio gracias a Dios por todo el bien que le había hecho y, tras encomendarle su alma, mandó a los clérigos allí presentes que rezasen la letanía de los Santos y cantasen el Te Dewn laudamus. Y así, "muy simplemente et muy paso, enclino los oios et dio el espíritu a Dios". Era el 30 de mayo de 1252, a la hora de vísperas. Los funerales de Fernando III tuvieron lugar el 1 º de junio, y debieron ser extraordinariamente so lemnes y conmovedore s. Su temprana muerte, antes de cumplir los cincuenta y dos años, fue lamentada por todos, hasta por su vasallo Muhammad I de Gra - nada, quien "mandó fazer grandes llantos por todo su regno". Pero fue en Sevilla, a donde desde días antes habían comenzado a llegar de todos los puntos del reino vasallos reales, obispos, abade s, magnates y gente del pueblo, donde el dolor por tan se nsible pérdida se hizo m ás patente. La Crónica de veinte reyes habla de un duelo general al estílo dramático y ritual de los duelos de la época: gente de toda condición mesándose los cabellos, arañándose el rostro hasta hacerse sangre y dando gritos y voces: "De los duelos e llantos grandes que fueron fechos por el rrey don Ferrando, tanbién de christianos commo de moros". "¿Quién podríe dezir nin contar la marauilla de los llantos grandes que por este santo e noble bienauenturado fueron fechos por Seuilla, do el su finamien- LA MUERTE DE LO S REYES DE CASTILLA Y LEÓN 15 1 to fue e donde el su santo cuerpo yaze, e por todos los reynos de Castilla e de León? ¿E quien vio tan alta dueña de tan al ta guisa e tanta donzella andar descabelladas e rrascadas, rrompien do las fazes, tornándolas en sangre e en la carne viua? ¿Quién vio tanto infante e tanto rrico omne e tanto infan9ón e tanto cauallero e omne de prestar andando baladrando e dando bozes, mesando sus ca bello s e rronpiendo las fruentes e faziendo asy muy fuertes cruezas? Las marauillas de los llantos que la gente de la 9ib- dat fazía non ha omne que lo pudiese contar" . Llegada la hora del entierro, la multitud concentrada en la catedral escuchó conmocionada el se rmón pr edicado por don Remondo. obispo de Segovia, su confesor y consejero, en el que hizo el elogio fúnebre del monarca difunto. Y entre otras cosas debió, sin duda, señalar como algo maravilloso, que durante su reinado no hubo en España ni en su reino "anno malo nin fuerte", es decir, año de carestía o de hambre. Inmediatamente se dio sepultura al cuerpo del monarca difunto y, apenas enterrado, sobre la mis ma tumba, su hijo Alfonso fue proclamado rey de Castilla y León en una sencilla ceremonia descrita en estos términos por un testigo presencial, el noble aragonés don Jofré de Loaysa, ayo de la rein a doña Violante de Aragón, en carta dirigida a Jaime I: "Sennor: Fago vos saber quel rey de Ca stilla finó postrimero día del mes de mayo, et fue soterra do lo primero día de junio. E foron hi todos sus fijos, si non l'an.;obispo de Toledo. Et fue soterrado delant l'altar de Santa Maria de Sevilla. E tan aína cuerno fue soterrado, estando sobre la fuesa, levantaron a don Alfons o. Et fue cavallero lo primero día de jmúo. Et el rey envió por todos sus omnes quel vinieren a Sevilla' '.3 3. ACA. Cartas Reales. n. 17. La discrepancia entre la fecha tradicional de la mu erte de Fernando In (30 de mayo) y la que ofrece Loaysa (31 de mayo) es más aparente que real. Loaysa sigue el cómputo eclesiástico de las horas d el día. que se inicia al caer la tarde y no a l as 12 de la noche. 158 MANUEL GONZÁLEZ JIMÉNEZ "desque fue enterrado el rey don Sancho, tomaron luego al infante don Femando e tiráronle los paños de márfaga que tenía vestidos por su padre e vistiéronle unos paños de tartarí, e pusiéronle ante el altar mayor en la iglesia mayor de Toledo, e rescibiéronle por rey e por señor, e él juró de guardar los fueros a los fijosdalgo y a todos Jo s otros del su reino. Otrosí lo juró por él la noble reina doña María, su madre, e el infante don Enrique be só le la mano e tomóle por rey e por señor de todos los reinos de Castilla e de León, e llamárosle todos cuantos y estavan "Castilla, Real, Real por el rey don Femando". E don Nuño González de Lara tomó las armas del rey e trájolas al cuello e andovieron con el rey por toda la ciudad. E después desto, duró el llanto nueve días". Con mucha mayor sobriedad, Jofré de Loaysa, describe así la muerte y sepultura de Sancho IV: "Luego fue atacado gravemente por una enfermedad llamada tisis y luchó mucho tiempo contra ella, trasladándose de Castilla a Guadalajara donde estuvo algunos días y también en Alcalá. Después se fue a Madrid y luego, ya muy débil, a Toledo donde le llegó el último día el 25 de abril [de 1295]. Fue se pultado en la iglesia catedral de esta misma ciudad donde hacía tiempo había sido coronado, y en su propia capilla, en regio sepulcro, habiendo tomado antes de morir el hábito de la orden del bienaventurado Francisco". Este gesto de humildad y sencillez en el enterramiento, que contrasta profundamente con la suntuosidad y boato de las sepulturas reales de Fernando III, Alfonso X, Beatriz de Suabia y del infante don Fernando de la Cerda, hermano mayor de Sancho IV, refleja sin duda un cambio de mentalidad y una actitud personal de devoción al "Poverello" de Así s. LA MUERTE DE LOS REYES DE CASTILLA Y LEÓN 159 CONCLUSIÓN Uno de los momentos más solemnes del reinado de cualquier monarca medieval era, sin duda alguna, el de su muerte, por lo que ello significaba desde el lado humano: dolor por la desaparición del monarca y por la apertura, en algún caso -y en el recorrido histórico que hemos efectuado hemos aludido a dos-, de un tiempo de incertidumbre, y por el simbolismo de que se rodeaban sus funerales y la proclamación del heredero. No hemos aludido a los ritos funerario s. Los textos utilizados nos hablan de las manifestaciones externas de dolor, las más usuales: el llanto de los familiares y de los asistentes, y hasta el Uanto de las plañideras oficiales que se mesaban Jos cabellos y arañaban la cara (Sepulcro de Sancho Sáinz de Carrillo., hoy en el Museo Nacional de Arte de Cataluña, procedente de la iglesia de Mahamud, Burgos); el luto de que se vestían la corte, los vasallos del rey difunto y todos cuantos ejercían alguna autoridad. Pero nada nos dicen sobre la procesión fúnebre que se representa en algunos sarcófagos de la época, como el precioso del infante don Felipe, hermano de Alfonso X, en el que en el cortejo figura el caballo del difunto, portando en posición invertida su escudo adornado con sus armas heráldicas. Ni tampoco de un gesto típico de dolor de los vasallos del rey o del personaje difunto como era cortar Ja cola a sus caballos. Lo que sí es cierto es el gesto de la proclamación del nuevo monarca, aclamado por el pueblo y la nobleza al grito ritual de "Castilla, real, real", sobre la misma tumba del rey difunto, en un acto que no daba pie a vacío de poder alguno, ya que, el "árbol" de la monarquía hundía sus raíces en el cadáver del rey que acaba de ser enterrado. Este simbolismo se plasmaría siglos más tarde en la famosa frase: "El rey ha muerto; viva el rey". Por último, las ceremonias de proclamación, sin intervención alguna de la Iglesia, independientemente de que aquélla se produjese en un ámbito sagrado. Los reyes castella no s y leoneses nunca necesitaron de la sanción de la Iglesia para legitimar su poder. Sus derechos y su poder les venían de la pertenencia a una dinastía que se remontaba en el tiempo a lo s primeros monarcas asturianos, descendientes a su vez de los reyes visigodos de Toledo.