1910. Balance y perspectivas: Luis Emilio Recabarren y Alejandro Venegas ante el Centenario
Abstract
Los debates en torno al Centenario de las independencias latinoamericanas fueron también una reflexión sobre la memoria de lo que se había intentado liberar en 1810 para poder hacer un balance de lo que se había logrado en 1910. En Chile, Luis Emilio Reca
Full text
Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 13, nº 25. Primer semestre de 2011. Pp. 147–164. 1910. Balance y perspectivas: Luis Emilio Recabarrem y Alejandro Venegas ante el Centenario Alvaro Kaempfer Gettysburg College (Estados Unidos) Resumen Los debates en torno al Centenario de las independencias latinoamericanas fueron también una reflexión sobre la memoria de lo que se había intentado liberar en 1810 para poder hacer un balance de lo que se había logrado en 1910. En Chile, Luis Emilio Recabarren y Alejandro Venegas apuntaron a la experiencia de la nación, a los liderazgos y logros de esta como dispositivo de paso del Colonialismo a la Modernidad y como fórmula política de emancipación. En este artículo, abordo la afirmación de ambos autores de que se vivía el ocaso del ciclo histórico abierto por la coyuntura independentista a causa del agotamiento de los sueños de comunidad, felicidad y soberanía trazados por sus relatos de liberación. El énfasis puesto por Recabarren en el quiebre del relato nacional de emancipación y por Venegas en el colapso moral de sus liderazgos los llevaba a explorar, amparados en la memoria, las características de lo que concebían como el final de una historia. Palabras claves: Centenario, Emancipación, Nación, Memoria, Colonialismo, Modernidad. Abstract: The debates surrounding the Centennial celebrations of the Latin American independences were also a disputed reflection about memories of what was liberated in 1810 in order to evaluate the achievements and failures visible by 1910. In Chile, Luis Emilio Recabarren and Alejandro Venegas discussed the experience of the nation as a transitional device to move from Colonialism to Modernity as much as political formula of emancipation in Latin America. In this article, I address the claim made by both authors about the collapse of the historical cycle opened by the independence process marked by the depletion of the dreams of community, happiness and sovereignty drawn by those remote stories of liberation and embodied initially by Nations. Recabarren’s emphasis on the breakdown of national emancipation and Venegas’s statement about the
148 Alvaro Kaempfer moral collapse of its leadership led them to explore the memories of a hundred years of national history and the impact of social events indicating its end. Keywords: Centenary, Emancipation, Nation, Memory, Colonialism, Modernity. A cien años de la rebelión autonomista de 1810 contra las autoridades peninsulares, la que desembocó en las independencias hispanoamericanas, una serie de debates buscaron hacer el balance de un siglo de vida política independiente en América Latina. Entre las voces que surgieron, las de Luis Emilio Recabarren y Alejandro Venegas esbozaron en Chile una crítica a la nación como fórmula política de emancipación, cuestionando incluso su rol como dispositivo de paso del Colonialismo a la Modernidad. Recabarren rechazó ligar los sucesos de 1810 a la liberación «del pueblo chileno» y Venegas llamó a «llevar a los altares de la patria una ofrenda sincera» que evaluara la ruta recorrida1. Ante el triunfalismo oficial del Centenario, la cuestión social era para ambos signo de un fracaso político que exigía revisar la trayectoria histórica abierta por la independencia a inicios del siglo xix . Era un acto de memoria frente al ocaso de los sueños de comunidad, felicidad y soberanía trazados por aquellos viejos relatos de liberación. Recabarren arremetió contra la historia de una comunidad liberada en 1810, declarada soberana en 1818, corregida y aumentada en un siglo, y colapsada en 1910. Venegas apuntó a una crisis desatada por «un hecho económico, el papel moneda inconvertible, establecido en 1878 por las penurias del erario nacional y mantenido después por las necesidades derivadas de la guerra Perú‒boliviana»2. El énfasis de uno en el quiebre del relato nacional de emancipación y de otro en la bancarrota moral de sus liderazgos subrayaban el final de una historia nacional construida sobre el olvido de las comunidades humanas que debieron haber contribuido a emancipar. Para Recabarren y Venegas, líder del movimiento sindical y popular el primero, y referencia obligada de un análisis de la cuestión social chilena el segundo, el balance de un siglo no era un problema historiográfico sino que un ejercicio de denuncia social y política a partir de la memoria personal e histórica de una sociedad colapsada y corrupta a inicios del siglo xx . Hacerse cargo del desafío obligaba a mirar el presente recordando lo que se imaginó en 1810 y, peor aún, se creía logrado en 1910. Uno y otro, con sus «acusaciones más serenas, pero no menos graves, de intelectuales de intachable probidad», según sostuvo Fernando Alegría, subrayaron problemas aún pendientes y otros creados por la trayectoria centenaria3. Desde diversos paisajes de deterioro social, moral y político, cuestionaron la conducción y liderazgo político del país. 1 Luis Emilio Recabarren, Obras, Santiago de Chile, Austral, 1976, p. 75. Alejandro Venegas, Sinceridad. Chile íntimo en 1910, Santiago de Chile, Universitaria, 1910, p. xi. 2 Alejandro Venegas, op. cit., p. 4. 3 Fernando Alegría, Como un árbol rojo, Santiago de Chile, Latinoamericana, 1968, p. 137.
149 1910. Balance y perspectivas: Luis Emilio Recabarren y ... No eran, por cierto, los únicos. Por esa fecha, para la elite que capturó el Estado con Portales, afirma Gabriel Salazar, «hacia 1900, su celebrado y mitificado triunfo de 1830 no estaba cosechando sino “inferioridad económica” (F. A. Encina), la “invasión del país” (T. Pinochet Le Brun), “crisis moral” (E. Mac Iver), “decadencia de la raza” (N. Palacios) y “miseria social y política” (A. Valdés C.)»4. En consecuencia, el Centenario había desatado lo que en otro momento Gabriel Salazar ha denominado la «disputa por los procesos de recordación» o Henry Roediger y James Wertsch entienden como políticas de la memoria para superar mensajes conflictivos que en última instancia sustentan la acción política5. Los recuentos de esta larga lista de autores mencionados guiaban reflexiones compatibles con variadas matrices ideológicas para dar cuenta de la que, aún y, sobre todo, parecía una comunidad política, cultural, social y económica, en construcción. A pesar de la diversidad ideológica, sostiene Cristian Gazmuri, «casi todos otorgan gran importancia al elemento representado por la relajación moral de la clase alta chilena de la época; y este punto podría ser aquel en que existe mayor consenso»6. Ese consenso crítico no se produjo, destaca Enrique Fernández Darraz, «en el interior de las oligarquías, ya que solo ahí el acuerdo fue entre iguales», sino que las excedía produciendo la irrupción de voces ajenas a una voluntad de consenso7. Todos ellos enjuiciaban la trayectoria de Chile como nación y el rol de quienes habían conducido ese proceso a lo largo de un siglo. Las intervenciones en lo que era el inorgánico, fragmentado y, por lo general, disperso espacio público de 1910, cruzaron géneros e ideologías, dicen Luis Barros Lazaeta y Ximena Vergara Johnson, reiterando «el carácter insubstancial o vano con que se pinta a la oligarquía»8. Cobraba fuerza la intuición de que las elites habían perdido la memoria de su propio heroísmo en la fase de instalación del proyecto nacional. Al mismo tiempo, esa desmemoria las había llevado a olvidar habilidades e, incluso, la sensibilidad necesaria para conducir un país cuyo desarrollo había terminado chocando con sus propios intereses. Por consiguiente, «si se simbolizaba lo que la elite entendía como un triunfo en la construcción de nación, otros actores que discrepan frente a esta interpretación, y que, por lo tanto, no comparten la dimensión simbólica mediante la cual la elite representa “su” nación», acota Bárbara Silva, «se pronunciarán discursivamente al respecto, levantando argumentos de crítica, precisamente, 4 Gabriel Salazar, Construcción de Estado en Chile (1760‒1860), Santiago de Chile, Sudamericana, 2005, p. 256. 5 Gabriel Salazar, Memoria social y movimiento popular: pasado y proyección en Volver a la memoria. Eds. Raquel Olea & Olga Grau. Santiago de Chile, LOM, p. 62. Henry Roediger & James Wertsch, Creating a new discipline of Memory Studies en Memory Studies 1.1 (2008), pp. 61‒67. 6 Cristian Gazmuri, El Chile del Centenario, Santiago de Chile, PUC, 2001, p. 19. 7 Enrique Fernández Darraz, Estado y sociedad en Chile, Santiago de Chile, LOM, 2003, p. 65 8 Luis Barros Lazaeta y Ximena Vergara, El modo de ser aristocrático, Santiago de Chile, Aconcagua, 1978, p. 35
150 Alvaro Kaempfer dirigidos a esa concepción de nación»9. A ese debate, Recabarren y Venegas llegaron con una visión donde, indica Mario Garcés Durán, «el Estado y los patrones fueron identificados como los principales enemigos del pueblo y de sus justas demandas de equidad y justicia»10. Para ellos era, para apoyarme en Nelly Richard, como si «los pasados detenidos y retenidos en el fondo de la memoria estuvieran siempre esperando el reviente y estallido de los códigos de la actualidad para colarse por las grietas de un “tiempo‒ahora” (Benjamin)»11. Porque de eso se trataba, de acusar el impacto presente y las proyecciones de un ocultamiento que ya no era posible mantener. El malestar social y político, y la incomodidad ideológica y cotidiana marcan una época que coincide con un parlamentarismo en crisis, con una sociedad fragmentada, atomizada e informe y, por otro lado, con la irrupción de movimientos sindicales y populares, desde cuyos desafíos se activa la memoria. En torno a 1910, la percepción de estar a merced de una elite cuyos intereses se oponían a las expectativas de emancipación desatadas por las guerras de independencia, tornaba obsoletos los relatos independentistas y erosionaba la validez de su protagonista central: la nación misma. Los relatos fundacionales de cohesión que habían instalado un ideario nacional hacían agua, y surgían opciones que impulsaban nuevas modalidades de integración social12. Se trató de debates que exacerbaron tanto la obsesión nacionalista como, a la vez, los cuestionamientos a ese mismo nacionalismo cuya armazón discursiva se reformulaba respondiendo, también, a la cuestión social que impactaba a todos y cada uno de los que intervenían en ese proceso. Desde allí se asumían, subrayaban o cuestionaban los relatos de heroísmo popular en torno a las incursiones bélicas del siglo xix y de la construcción del artefacto nación, como hasta entonces se lo conocía13. A partir de tales circunstancias, Recabarren y Venegas imaginan agentes capaces de encarnar una presunta voluntad histórica de redención social y política que redefiniría la conducción y el carácter del Estado. Uno y otro contribuyen a una reflexión crítica en torno al «vínculo entre la crisis moral de la oligarquía y el establecimiento ilusorio del republicanismo, entendiéndolo precisamente como ficción retórica útil a la conservación del poder y legitimación política de la clase dirigente»14. Asimismo, insisten hasta la saciedad en el carácter moral de la crisis y exigen relevos, conversiones incluso, en los liderazgos necesarios para encarar viejos y nuevos desafíos. 9 Bárbara Silva, Identidad y nación entre dos siglos, Santiago de Chile, LOM, 2008, P. 76 10 Mario Garcés Durán, Crisis social y motines populares en el 1900, Santiago de Chile, Documentas, 1991, p. 227. 11 Nelly Richard. Recordar el olvido en Volver a la memoria, op. cit., p. 19. 12 Patrick Barr Melej, Cowboys and Constructions en Journal of Latin American Studies, 30.1, (1998), P. 36. 13 Alvaro Kaempfer, La sutura legible y subalterna de la ficción histórica de la chilenidad en Durante la Reconquista (1897) de Alberto Blest Gana en Atenea 494 (2006), p. 151. 14 Bárbara Silva Avaria, op. cit., p. 114.
151 1910. Balance y perspectivas: Luis Emilio Recabarren y ... El 3 de septiembre de 1910, en un sindicato en Rengo, al sur de Rancagua, Luis Emilio Recabarren criticó fuertemente las celebraciones oficiales de la independencia y espetó su rechazo a la desmemoria que nutría la celebración oficial. De manera que, «cuando la oligarquía se preparaba para celebrar con gran boato su siglo de vida republicana», afirma Alejandro Witker Velásquez, Recabarren «expresó, por primera vez una visión obrera de la historia de Chile, sometiendo el orden social a una crítica profunda»15. Siendo dirigente comunal del Partido Democrático «[d]esde fines del año 1909 hasta el verano de 1911», Recabarren no solo dio esta conferencia sino que también otra en la que criticó a Francisco Valdés por haber apoyado la masacre obrera de Iquique, en un esfuerzo, dice Miguel Silva, por «reflexionar sobre su trabajo político»16. En tal sentido, su presentación en Rengo esbozó una posición política que graficaba la tentativa por elaborar un pensamiento propio, personal. Le molestaba, sobre todo, la persistencia oficial en celebrar lo que veía no solo como un olvido sino como la ilusión política de una emancipación. Si bien «la elite criolla, enfrentada al colapso del Imperio español, adoptó un ideario liberal‒republicano como fuente de legitimación política», como señala Manuel Vicuña, «lo cierto es que la aplicación práctica de este ideario y la representatividad de la correspondiente institucionalidad política, fue limitada de forma severa y premeditada desde un comienzo»17. A estos problemas apunta Recabarren subrayando que es una posición desplegada desde los escombros de un mundo que nunca había existido pero parecía sustentado por las ficciones nacionales. Cada uno de sus juicios, afirma Recabarren, parte de un reflexión tan política como personal en desarrollo, y eran «el resultado de reflexiones y de observaciones hechas durante cerca de un cuarto de siglo en medio de una vida llena de miserias y mirando en todos sus contornos miserias de todas clases»18. El apoyo de su visión en la experiencia vivida es reiterado una y otra vez en su escritura. Desde allí surge «la convicción de Recabarren de que la clase trabajadora puede y debe convertirse en fuerza dirigente de la sociedad chilena o, lo que es lo mismo, conquistar su “dirección intelectual y moral”», según ha sostenido Jaime Massardo, convicción que «no proviene de ningún esquema a priori, ni de ningún elemento exterior a la praxis que lleva a cabo esta misma clase trabajadora, praxis que se crea en el propio proceso destinado a satisfacer sus necesidades»19. Desde ésa su condición de testigo, Recabarren reconoce que el grupo que celebra el Centenario «ha hecho evidentes progresos a partir de los últimos cincuenta años, pero muy notablemente después de la guerra de 15 Alejandro Wiker Velásquez, Los trabajos y los días de Recabarren, La Habana, Casa de las América, p. 68 16 Miguel Silva, Recabarren y el socialismo, Santiago de Chile, APUS, 1992, pp. 65‒66. 17 Manuel Vicuña, La belle époque chilena, Santiago de Chile, Sudamericana, 2001, p. 39. 18 Luis Emilio Recabarren, op. cit., 1976, p. 59. 19 Jaime Massardo, La formación del imaginario politico de Luis Emilio Recabarren, Santiago de Chile, LOM, 2008, p. 275.
152 Alvaro Kaempfer conquista de 1879 en que la clase gobernante se anexó a la región salitrera»20. Sin embargo, ese «progreso económico de la burguesía», enfatiza, solo profundizó «el progreso de los crímenes y de los vicios de toda la sociedad»21. La Guerra del Pacífico no habría sido sino una empresa de conquista para una elite que puso la maquinaria estatal al servicio de una voluntad de expansión amparada en viejas memorias de sacrificio popular. Aun así, las fracturas que causó la guerra en la sociedad chilena impedían que esta pudiera ser entendida bajo la ilusión de lo nacional. En el texto de su charla, Recabarren apuntó al agotamiento del liderazgo de una elite cuyos vicios crecieron junto al enriquecimiento y la rapiña que desató la Guerra del Pacífico. La desintegración social producida no halló respuestas políticas capaces de impulsar la integración, el desarrollo y la felicidad esbozados por la independencia. La tensión irresuelta entre igualdad y orden que, según Graciela Montaldo, dibujó los ritmos del «libre juego del proceso de cambio que había abierto la revolución emancipadora», chocó con la crudeza de la cuestión social22. Esta exponía lo hecho, malhecho y deshecho en un siglo. Así, «[e]l ideario de los patriotas chilenos de la Independencia», ese que coincidió, dicen Renato Cristi y Pablo Ruiz‒Tagle, «con el republicanismo greco‒romano que revive en las repúblicas italianas del Renacimiento, las colonias británicas de América y en la Francia revolucionaria», no llegó a feliz puerto23. Surgía la necesidad de replantear su voluntad emancipadora, de renovar liderazgos y de hacerlo a partir de visiones diferentes a las que habían producido tan desastrosos resultados. Así, dicen Julio Pinto Vallejos y Verónica Valdivia Ortiz de Zárate, «los constructores de un nuevo orden debían comenzar por reconstruirse a sí mismos, a partir de una cultura ilustrada y humanista portadora de valores como la racionalidad, la laboriosidad, la justicia y el espíritu de superación»24. Desde allí, entonces, Recabarren apeló a lo que veía como «la acción proletaria que empuja la acción de la sociedad»25. Como sostiene Manuel Loyola, en Recabarren «las tareas del bienestar social supusieron una cierta opción revolucionaria, cuya proyección histórica debía descansar únicamente en los principios de la arcadia de la moralidad proletaria»26. Imaginar un futuro posible exigía replantearse el carácter, la hechura y los liderazgos de la sociedad chilena. 20 Luis Emilio Recabarren, op. cit, 1976, p. 61. 21 Ibídem, p. 68. 22 Graciela Montaldo, La desigualdad de las partes en A Contracorriente 7.1 (2009), pp. 14‒44. 23 Renato Cristi & Pablo Ruiz‒Tagle, La República en Chile, Santiago de Chile, LOM, 2006, p. 12. 24 Julio Pinto Vallejos & Verónica Valdivia Ortíz de Zárate, ¿Revolución proletaria o querida chusma?, Santiago de Chile, LOM, 2001, p. 13. 25 Luis Emilio Recabarren, op. cit., 1976, p. 95. 26 Manuel Loyola, La felicidad y la política en Luis Emilio Recabarren, Santiago de Chile, Ariadna, 2007, p. 30.
153 1910. Balance y perspectivas: Luis Emilio Recabarren y ... En una apretada síntesis, el texto de la charla de Recabarren constituye para Julio César Jobet «un ensayo bien realizado, en el cual caracteriza a las clases sociales existentes: burguesía, proletariado y sectores medios. Y al mismo tiempo describe diversas lacras del régimen imperante y enfoca con cifras y datos las condiciones de vida de los trabajadores»27. Allí, Recabarren subraya que la burguesía «vive habituada ya en un ambiente vicioso e inmoral, que quizás en muchos casos no se note o se disculpe por no tener la noción suficiente para saber estimar íntegramente la verdadera moral»28. Es decir, no parte cuestionando el rol de esa burguesía por sus intereses sino que por el olvido del proyecto que había hecho posible su liderazgo y, en consecuencia, había desatado el colapso moral visible en 1910, causado por su ambición, deterioro y ceguera sobre una dinámica histórica y universal. El reclamo cobra aún más fuerza si se considera, como lo hace Tomás Moulián, que «la época entre 1891 y 1920 no fue ni un tiempo de caudillos ni tampoco de partidos (en sentido estricto). Fue un tiempo de élites»29. En consecuencia, el Centenario permitía evaluar la elite que había conducido la sociedad chilena durante un siglo y cuyas acciones generaron la descomposición moral de sí misma y de toda la sociedad. Quienes habían olvidado la noción de comunidad esbozada por los relatos independentistas eran, además, ciegos ante el mismo desastre que habían provocado y los conducía a su propia ruina. En esa discusión de los fracasos de la conducción política de la sociedad chilena durante un siglo, en un contexto oficial de celebraciones, la opinión de Recabarren, como lo dice él mismo, es un discurso de minorías que podía ser fácilmente absorbido, deformado e ignorado. Tiene claro que su crítica puede ser tipificada como ajena al bien común o descalificada porque «[h]ablar o escribir en sentido contrario a lo que parece pensar toda una nación o su mayoría, puede ser audacia y suele clasificarse de maldad»30. No estuvo lejos de lo que pasó. Recabarren fue «uno de los primeros en afirmar que el proceso independentista latinoamericano no fue en absoluto un movimiento de masas», precisa Luis Sicilia, «salvo, como sostiene, por el hecho de que las clases dominantes nativas encontraron entre los sectores más desposeídos la carne de cañón necesaria para librar las guerras de independencia»31. Luego, frente al contraste entre el país que veía a diario y aquél celebrado por el Estado, no pudo sino subrayar su tristeza «porque creo que aquellos que sienten alegrías viven en el mundo de las ilusiones, muy lejos de la verdad»32. En tal sentido, desde una realidad que opera sobre un terreno maniqueo de oposiciones entre el bien y el 27 Julio César Jobet, Luis Emilio Recabarren, Santiago de Chile, Latinoamericana, 1955, p. 27. 28 Luis Emilio Recabarren, op. cit., 1976, pp. 61‒62. 29 Tomás Moulián, Contradicciones del desarrollo político chileno, Santiago de Chile, LOM, 2009, p. 19. 30 Luis Emilio Recabarren, op. cit., 1976, p. 60. 31 Luis Sicilia, Luis Emilio Recabarren, Buenos Aires, Capital Intelectual, 2007, pp. 22‒23. 32 Luis Emilio Recabarren, op. cit., 1976, p. 60.
154 Alvaro Kaempfer mal, y cuyo sustento es feble por estar, a su juicio, lejos de la verdad, acusa la ilusión de una felicidad excluyente, ciega e inmoral. Su visión cuestiona, por lo mismo, el discurso unificador de la nación, de la nación misma como comunidad armada bajo un discurso único, homogéneo e integrado. Además de intuir que puede ser catalogado como una voz ligada a la maldad que irrumpe sobre la ilusión del bien que ordenaría una totalidad nacional, Recabarren aclara que la suya es una reflexión ajena a las pretensiones de universalidad de ese discurso nacional. La suya se reconoce como una mirada parcial por el simple hecho de que «[n]o es posible mirar a la nacionalidad chilena desde un solo punto de vista, porque toda observación sería incompleta»33. Toda obsesión por trazar una visión global sobre una realidad social astillada, le parece insostenible. Darle forma a un discurso representativo, sugiere, ha de partir por reconocerse parcial, distante de una visión globalizadora, lo que anularía la posibilidad misma de forjar un relato nacional. Tal afirmación «debe verse como lo que fue: una polémica contra el patrioterismo burgués de que dio sobrados ejemplos la traición de la Segunda Internacional», sostiene Digna Castañeda Fuertes, por cuanto «es bien sabido que hay una concepción revolucionaria del patriotismo a la que fue fiel toda su vida»34. Efectivo o no, Recabarren tiene claro que interviene sobre una realidad no solo fragmentada sino en disputa donde busca que sus «expresiones sean el retrato de la verdad, es decir, de la verdad como yo la comprendo, como yo la siento, ya que desgraciadamente existen diferencias para apreciar la verdad»35. El rechazo a las visiones totalizadoras implicaba el reconocimiento fragmentario de toda posible certeza. El imaginario decimonónico de la emancipación, surgido de un proceso independentista apoyado en lo que Recabarren alude como «pueblo», «bajo pueblo» y «pueblo‒soldado», habría acabado legitimando una sociedad corrompida que olvidó, incluso, la precariedad en que habían vivido quienes la forjaron. Había que volver a empezar recordando la voluntad de liberación que el relato nacional acabó ignorando. De allí que, para Gabriel Salazar, «Luis Emilio Recabarren fue un líder social que trabajó para desarrollar la soberanía popular a efectos de reconstruir, sobre la base de la voluntad e inteligencia de ella, el Estado, el Mercado y la Sociedad nacionales»36. Por lo mismo, tras el ocaso social de los restos de los relatos de emancipación nacional y bajo los escombros del diseño unificado, lineal y progresivo que habría sustentado la ilusión de la nación chilena, Recabarren solo atisba una sociedad legible en 33 Ibídem, p. 61. 34 Digna Castañeda Fuertes, Prólogo a Obras de Luis Emilio Recabarren, op. cit., La Habana, Casa de las Américas, 1976, p. 14. 35 Luis Emilio Recabarren, op. cit, 1976, p. 59. 36 Gabriel Salazar, Luis Emilio Recabarren en Patriotas y ciudadanos, Ed. Azún Candina y Sergio Micco, Santiago de Chile, CED, 2003, p. 202.
155 1910. Balance y perspectivas: Luis Emilio Recabarren y ... sus vicios y en sus crímenes. La comprensión política de este constructo cuasi perverso era visible en la precariedad social de aquello que había nacido allá lejos y hacía tiempo como aspiración colectiva de emancipación. En el balance de un siglo, Recabarren acusa el desamparo de masas humanas cuya fragilidad social expresaba, precisamente, el fracaso de esa trayectoria. No apuntaba únicamente a una falta de cohesión endosable a la descomposición moral de la sociedad sino también al aumento de la brecha entre la elite y las que concebía como formas inhumanas de existencia social. A fin de cuentas, lo que estaba en juego en ese desafío de rebeldía y memoria era la humanidad, la condición humana misma articulada a partir de un proyecto nacional. Las condiciones de vida precarias y masivas tornaban inviable la decimonónica noción de una historia ligada a la nación en la medida, dice Recabarren, en que «[l]a pobreza, y la pobreza en grado excesivo sobre todo, impide todo progreso»37. Desde esa demanda, que es también un anhelo de progreso, y en abierto rechazo al triunfalismo oficial del Centenario, crea memorias para evaluar un siglo. Luego de considerar que «[h]oy que se habla tanto de progresos y que se celebra como un gran acontecimiento el haber llegado a los cien años de vida libre», Recabarren se pregunta: «¿Ha disminuido el número de delincuentes? ¿Cuántas cárceles se han cerrado a impulsos de la educación? ¿Ha mejorado o progresado siquiera la condición moral del personal carcelario o judicial que podría influir en la regeneración de los reos?»38. Los recintos carcelarios le permiten subrayar un conjunto de problemas que guardan relación directa con la convivencia social y política. De hecho, Recabarren cree que «[e]l conventillo y los suburbios son la escuela primaria obligatoria del vicio y del crimen» o, en otras palabras, que «[e]l conventillo y los suburbios son la antesala del prostíbulo y de la taberna»39. A su juicio, «[s]i hubiera habido progreso moral en la vida social, debió detener el aumento de los conventillos, como debe detenerlo en lo sucesivo»40. Esos espacios de exclusión, castigo y encierro, de condena social y penal, muestran que «[e]s necesario transformar el sistema de habitación para perfeccionar los hábitos del pueblo»41. Esa tarea, añade Recabarren, «no se operará por iniciativa especial de la burguesía sino por la acción proletaria»42. Es preciso dirigirse a nuevos agentes capaces no solo de impulsar sino que de encarnar dinámicas cotidianas de respeto y dignidad humana. A continuación, Recabarren cuestiona la presunción generalizada de que la ruptura política con España fue un avance que emancipó a una comunidad política. Lejos de la mutación de un orden colonial en otro que lo superase, la 37 Luis Emilio Recabarren, op. cit., 1976, p. 63. 38 Ibídem, p. 66. 39 Ibídem. 40 Ibídem. 41 Ibídem. 42 Ibídem.
162 Alvaro Kaempfer conveniencia, y una misma norma de conducta: “el fin justifica los medios”»77. El encapsulamiento de la elite en torno a la disputa de sus propios intereses desató su ceguera social y política, dando paso a una crisis moral que siguió a una más generalizada. Finalmente, la dinámica cotidiana e institucional de cohesión política de la sociedad cedió bajo el peso de opciones económicas de emergencia que no fueron oportunamente corregidas. Los símbolos que en el pasado habían operado como mecanismos de integración, ligados a la idea de nación, dieron paso a un sentimiento generalizado y popular de rechazo a aquello que intensificaba la exclusión y la miseria. Nadie recordaba siquiera lo que hacía posible aún imaginar una comunidad política donde todos convergiesen. La cuestión social era un problema tan cotidiano como estratégico que amenazaba con la desintegración del país frente a una elite ciega ante todo lo que no fueran sino sus propios intereses. En tal contexto, Venegas asegura que «[l]a consecuencia de tanta injusticia es que ha comenzado a fermentar en el corazón del obrero del norte un hondo rencor contra los que en el sur representan a la patria»78. Bajo la misma perspectiva que anuncia una cartografía del colapso político, «[e]n las regiones del sur, aun cuando el trabajador es más ignorante y, por lo tanto, más inconsciente, también ya se comienzan a producir esos odios de clases que tal vez un día tengamos que lamentar», por cuanto, añade Venegas, tal «como en la región del caliche, lo que no han logrado hacer los abusos e injusticia de los patrones, lo han conseguido la torpeza y la iniquidad de las autoridades»79. Esos abusos corroen, incluso, a quienes podrían agenciar una dinámica orientada a solucionar los problemas. Más aún cuando «[l]a represión de la huelga de estibadores de Valparaiso y la de la asonada de Octubre del año 906 en Santiago, han dejado un recuerdo imborrable en la memoria del pueblo»80. Esos sucesos contravienen, incluso, la idílica mirada que Venegas había esbozado sobre los jóvenes. De hecho, en esos eventos «la juventud aristocrática hizo alarde de su profundo desprecio por los rotos, asesinándolos como si hubieran sido fieras escapadas de sus jaulas. ¡Cuántos que después se jactaban de su cobarde hazaña matarían a sus propios parientes por echarla de aristócratas!»81. Estos sucesos graficarían la descomposición que, para Venegas, socavaba crecientemente a todos y cada uno de los sectores de la sociedad chilena. A través del ejercicio público y epistolar de un tratado de buen gobierno, Venegas sostiene que «[e]l ideal del gobernante debe ser conseguir la felicidad de su pueblo, y esta no se alcanza sino libertando a todos los ciudadanos de la esclavitud económica en que le tienen las leyes que hoy rigen a la sociedad, y 77 Alejandro Venegas, op. cit., p. 51. 78 Ibídem, p. 238. 79 Ibídem, p. 239. 80 Ibídem, p. 240. 81 Ibídem.
163 1910. Balance y perspectivas: Luis Emilio Recabarren y ... de la esclavitud moral a que le tiene condenado la ignorancia»82. Sin embargo, tales posibilidades remiten en su libro a dos experiencias muy precisas. Por una parte, dice Venegas, puede suceder «viniendo el impulso de arriba, gracias a un jefe enérgico, honrado y patriota, como ha acontecido en Méjico, o partiendo la iniciativa de abajo, como ha pasado en Francia, Alemania y Portugal, y está pasando en Rusia, España y Turquía»83. Ante esa posibilidad, «[p]ienso que hay entre vosotros muchos hombres sanos todavía que, si no tienen una conciencia exacta del grave mal que nos aqueja, por lo menos tienen la intuición del peligro y desearían conocerlo para evitarlo», precisa Venegas, «[e]ntre ellos conté al Excmo. Señor don Pedro Montt, y por eso le escribí el año pasado una serie de cartas»84. De no surgir ese líder, «la regeneración puede tomar dos caminos muy diversos: cuando el pueblo es culto, consciente de sus fueros, como en Alemania, la lucha se opera en el campo del derecho y las armas principales son la arenga en los comicios, el libro, la revista y el diario»85. Pero, advierte Venegas, «cuando el pueblo es ignorante, como en Rusia, soporta las exacciones y los abusos de todo género, hasta que la miseria le hace estallar, y ciego, entonces, destruye, incendia y mata»86. Ahí radica, entonces, su temor. El Centenario expone una crisis terminal frente a la cual las opciones de superarla son limitadas y la principal responsabilidad es de las elites. Recabarren, en uno de sus escritos de 1910, había sugerido que «en Chile tenemos un pueblo tan atrasado y grosero, como la misma burguesía que lo gobierna, que no se diferencia sino en el barniz de hipocresía con que se encubre» pero, a diferencia de Venegas, creía que «[l]a verdadera emancipación del pueblo no ha sonado aún, ni sonará hasta tanto el pueblo mismo se eduque, se organice y se emancipe de la tiranía burguesa y capitalista que hoy lo oprime social, política y económicamente, como le ha oprimido toda la vida»87. En tal sentido, Recabarren había interpelado al «[p]ueblo: si queréis tener verdadera emancipación, rompe primero las cadenas de tus vicios, edúcate, organízate y haz la administración de tus intereses directamente y solo entonces serás libre»88. En Venegas, por el contrario, aparece el temor al estallido de la cuestión social y su esperanza en la regeneración de los liderazgos en el interior de la elite. Dadas las opciones en juego, el balance que hace Venegas intenta fijar la trayectoria posible de la sociedad chilena. De partida, indica que las opciones son limitadas: se logra superar la crisis, abriendo paso a la construcción de una comunidad política, nacional e integrada, o la sociedad toda acaba consumida en una hoguera. Venegas considera que «[e]n nuestro país el pueblo es 82 Ibídem. 83 Ibídem, p. 10. 84 Ibídem, p. 3 85 Ibídem, p. 10. 86 Ibídem. 87 Luis Emilio Recabarren, op. cit., 1986, p. 140. 88 Ibídem, p. 140.
164 Alvaro Kaempfer ignorantísimo y hasta ahora ha sufrido las expoliaciones e iniquidades con la tranquilidad pasiva de una bestia de carga» y, a diferencia de Recabarren, afirma que «no podemos esperar, pues, su regeneración del ejercicio consciente de sus derechos»89. Por tanto, «[n]o nos quedan más caminos que el de Méjico con los inconvenientes de toda autocracia, o el de Rusia con su cortejo de lágrimas, sangre y horrores sin cuento»90. Bajo esta perspectiva, Recabarren y Venegas no hacen sino predecir las rutas posibles, los escasos márgenes de maniobra posibles en la situación crítica a que había llegado la trayectoria histórica desatada por las guerras de independencia. Si bien sus énfasis son diferentes, como de igual manera lo son las alternativas que sugieren, ambos hurgan en la memoria personal e histórica ligando sus propias experiencias a un análisis de la realidad cotidiana. Lo que Leslie Jo Frazier ha llamado memoria catártica, la que a su juicio le permitía a Recabarren unir los mártires de Chicago a los de Tarapacá sobre una y la misma voluntad política y social de emancipación popular, sostiene en los autores revisados aquí el recuento crítico de cien años de historia en función de replantear propuestas de emancipación91. Para ambos, el Centenario desnudaba la descomposición moral y la fragmentación social de un país que había olvidado las promesas de emancipación desatadas por las guerras de independencia y los liderazgos que debían ser capaces de responder a ellas. Los animaba no únicamente el malestar y la rebeldía frente a la precaria cotidianeidad de grandes masas humanas sino también las que Sergio Grez Troso caracteriza como las «múltiples maneras de manipular y acomodar la historia»92. Para Recabarren y Venegas, la posibilidad, incluso, de reformular opciones políticas capaces de dibujar el futuro pasaban por un ejercicio crítico que vinculase la visibilidad del desamparo social y político a una trayectoria a ratos olvidada, generalmente oculta, bajo el mismo relato nacional que había legitimado la noción misma de emancipación en Chile. Frente a eso, no solo era imperativo recordar aquellas viejas expectativas planteadas por el relato nacional sino evaluar la factibilidad que tenía la fórmula de la nación misma para satisfacerlas. Es, precisamente, sobre esa tensión donde los olvidos, tensiones y recuerdos cruzarían persistente y a ratos violentamente, gran parte del siglo xx chileno. 89 Ibídem, p. 10. 90 Ibídem, pp. 10‒11. 91 Leslie Jo Frazier, Salt in the Sand, Durham, Duke UP, 2007, p. 63. 92 Sergio Grez Troso, Historiografía y memoria en Chile en La imposibilidad del olvido, Eds. Bruno Groppo & Patricia Flier, La Plata, Ediciones al Margen, 2001, p. 210.