Ritos del toro en los confines de Andalucía
Full text
133 Revista de Estudios Taurinos N.º 47, Sevilla, 2021, págs. 133-151 RITOS DEL TORO EN LOS CONFINES DE ANDALUCIA Juan Francisco Canterla González* A mis nietas Candela e Irene Vargas Canterla n los siglos XVII y XVIII, en las tierras situadas a occidente del río Guadiamar, aún se conservaban tradiciones que atribuían al toro propiedades mágicas y milagrosas. Por un milagro, San Marcos se posesionaba de uno de gran bravura y lo convertía en manso. La creencia en las propiedades curativas de su carne, de la que han quedado pruebas en algunos archivos eclesiásticos y municipales, estaba muy extendida. Comerla era un remedio eficaz contra las enfermedades y contra los males del alma. En la villa de Campofrío, la carne del toro, después de su inmolación, era ofrecida a los vecinos en pequeños cestos, (“cañamas”), a cambio de una limosna. Era tal la confianza que estos tenían en su santidad, que, en situaciones de pobreza, la daban a los más humildes “de fiado” para que no quedasen desamparados. A los matices religiosos debe sumarse la importancia económica del toro. La venta de la carne del novillo de Santiago, de Campofrío, aportaba una cuarta parte del “cargo” de la cofradía, cantidad con la que se financiaba buena parte de los gastos anuales. Del animal se aprovechaba todo, hasta los huesos. Con ellos se cocinaba “la caldereta” con la que se llenaba la barriga de los pobres el día del santo. Los pitones y el pellejo eran también objeto de nego- * Histroriador. E
134 Juan Francisco Canterla 2 cio. Por lo general, los adquiría algún artesano quien, después de curtirlos y pulirlos, los vendía al mejor postor I. LOS “JUEGOS DE TOROS”, UN REMEDIO A LA POBREZA Las supersticiones fueron razón de ser de muchos “juegos de toros”. Huelva fue tan prolífica en estas diversiones que era raro el barrio de la ciudad que no celebraba alguno. La colación de San Pedro, tomaba el nombre de una iglesia próxima al matadero, universidad del toreo onubense. En sus patios se entretenían los aficionados sorteando las reses destinadas a la carnicería y en la plaza que precedía al edificio, se celebraban muchos “regocijos taurinos”, caso de las “vacas de Santa Ana”. La plaza de San Juan, ubicada en la “baja” de la ciudad, acogía las corridas de los sorteadores. En uno de sus flancos se hallaba el palacio de los Medina Sidonia, patrocinadores de las más importantes. Sus visitas a la villa eran celebradas, generalmente, con sueltas de toros que sus miembros presenciaban desde un balcón, construido, expresamente, para este menester. Los “juegos de toros” fueron una alternativa a los numerosos problemas que afligían a los vecinos. Los más graves fueron la escasez de agua potable, la falta de higiene y las hambrunas. Raro fue el año en que la población se vio libre de esta última“epidemia” que, entre 1680-1808, hizo aparición en setenta y siete ocasiones. Las catástrofes nunca fueron un obstáculo para las “diversiones”. Regocijos taurinos, fuegos de artificio, cohetes, luminarias, el ornato de los barcos y el adecentamiento de las fachadas mudaban, por unos días, el aspecto de la villa y el ánimo de sus moradores. Como escribió Richard Ford, por la diversión, «el pobre olvida sus fatigas y hasta llega a olvidarse de comer» (1974: 359). Los “juegos de toros” contribuyeron a imponer en Huelva un modo de vida “irregular” que acabó por contaminar a todos los estamentos sociales. El “contagio” del clero fue tan grave 134
135 Juan Francisco Canterla 2 cio. Por lo general, los adquiría algún artesano quien, después de curtirlos y pulirlos, los vendía al mejor postor I. LOS “JUEGOS DE TOROS”, UN REMEDIO A LA POBREZA Las supersticiones fueron razón de ser de muchos “juegos de toros”. Huelva fue tan prolífica en estas diversiones que era raro el barrio de la ciudad que no celebraba alguno. La colación de San Pedro, tomaba el nombre de una iglesia próxima al matadero, universidad del toreo onubense. En sus patios se entretenían los aficionados sorteando las reses destinadas a la carnicería y en la plaza que precedía al edificio, se celebraban muchos “regocijos taurinos”, caso de las “vacas de Santa Ana”. La plaza de San Juan, ubicada en la “baja” de la ciudad, acogía las corridas de los sorteadores. En uno de sus flancos se hallaba el palacio de los Medina Sidonia, patrocinadores de las más importantes. Sus visitas a la villa eran celebradas, generalmente, con sueltas de toros que sus miembros presenciaban desde un balcón, construido, expresamente, para este menester. Los “juegos de toros” fueron una alternativa a los numerosos problemas que afligían a los vecinos. Los más graves fueron la escasez de agua potable, la falta de higiene y las hambrunas. Raro fue el año en que la población se vio libre de esta última“epidemia” que, entre 1680-1808, hizo aparición en setenta y siete ocasiones. Las catástrofes nunca fueron un obstáculo para las “diversiones”. Regocijos taurinos, fuegos de artificio, cohetes, luminarias, el ornato de los barcos y el adecentamiento de las fachadas mudaban, por unos días, el aspecto de la villa y el ánimo de sus moradores. Como escribió Richard Ford, por la diversión, «el pobre olvida sus fatigas y hasta llega a olvidarse de comer» (1974: 359). Los “juegos de toros” contribuyeron a imponer en Huelva un modo de vida “irregular” que acabó por contaminar a todos los estamentos sociales. El “contagio” del clero fue tan grave 134 Ritos del toro en los confines de Andalucía que el propio arzobispo de Sevilla, Palafox, tuvo que venir, en persona, a corregirlo. Por decisión suya, algunas fiestas, como las “Cruces”, fueron prohibidas. Numerosos procesos fueron abiertos a los curas aficionados al toro: en Palos, don Manuel Pereira fue condenado por abandonar sus obligaciones y correr uno “ensintado”; en Trigueros, lo fue el vicario Francisco Caballero por ir con su prima Antonia a la feria del Valle, en Manzanilla (Archivo Obispado de Huelva, 525)1; en 1772, el diácono Bartolomé Cabrera ingresó en «las cárceles del eminentísimo señor arzobispo de Sevilla», por acudir a los toros, a Rociana, acompañado de una moza (Ibidem 394); por último, Diego José Picardo, un mozo bollullero, fue procesado «por andar atoreando a pie y a caballo» (Ibidem) a todas horas. Hubo también curas que a pesar de torear en público nunca sufrieron proceso. Fue el caso de Francisco Rodríguez y Francisco Méndez, de Chucena; y Francisco de Orihuela y Morales, de Paterna. La oligarquía local fue, también, minada por los escándalos. Don Alonso, tío del duque de Medina Sidonia, vivía amancebado con una viuda del clan de los Ferro, uno de los más ricos e influyente de la ciudad de Huelva. La “vida alegre”, sin embargo, dio impulso a las fiestas. Buena parte de las personas que, activa o pasivamente, tomaban parte en ellas, se reunían en el entorno de las iglesias y ermitas, escenarios habituales de las “diberziones” taurinas. El Consejo de Castilla, en 1807, y los tribunales eclesiásticos, más tarde, sancionaron estos comportamientos con penas pecuniarias, y, en ocasiones, con la cárcel. Los “juegos de toros” se celebraron con asiduidad en los pueblos próximos a Huelva, como Gibraleón, Moguer, Beas, Trigueros y San Juan. El primero, capital de los estados del ducado de Béjar, era puerto interior del río Odiel y una zona agrícola y ganadera de primer orden. Las manadas de toros que 3 1 A partir de ahora AOH. 135
136 Juan Francisco Canterla pastaban en sus orillas, impulsaron el toreo con la “garrocha”, un modo de lidiar que los mozos practicaban en pleno campo. En estas manadas encontraron las cofradías más pobres una fuente de aprovisionamiento de reses para sus fiestas. Las sueltas de vacas fueron muy populares en la villa. Sus “extractores” las sacaban de la dehesa concegil, las conducían al pueblo y al término del regocijo, las devolvían al campo ante el júbilo de los presos que se divertían tirándoles piedras desde la puerta de la cárcel. Las restantes pueblos eran igualmente aficionados a los “juegos de toros”, aunque los llamaban con otros nombres: en Lucena y Villarrasa era habitual el empleo de la expresión “aserse unas vacas” (AOH Leg. 367 y Archivo Municipal de Niebla Legajo. 704)2. Los vecinos de Beas, participaban en los “regocijos de novillos”. En Palos, a los toros enmaromados se les llamaba “bueyes con sintero”. En Moguer había gran afición al “toro de cuerda”, que se corría de noche, y en Niebla, al “toro de harrochas” (AMNiebla, Leg. 519). La mayor parte de estos “festejos” se celebraban en cumplimiento de votos prometidos, entre otros santos, a San Juan, Santo Domingo, San Pedro, San Pablo, Nuestra Señora del Carmen y San Marcos o de resoluciones municipales adoptadas, en prueba de contento, por visitas, matrimonios o natalicios de los señores de estas villas (visita a Niebla del Conde de la ciudad y boda del duque con Mariana de Silva y Toledo, hija de la duquesa de Alba (AM. Niebla, Leg. 12). El modus operandi de los organizadores de los juegos de toros era similar. La fiesta se iniciaba con la formación del ruedo, generalmente en la plaza de la iglesia, asegurada con carretas y palos. Este circo comunicaba con los cercados de la villa a través de una vía “corredera”. Parte de los animales eran adquiridos por hermandades y vecinos con ayuda de los municipios, caso de los que se compraron en Niebla para las fiestas de 4 2A partir de ahora Archivo Municipal será AM y Legajo será Leg. 136
137 Juan Francisco Canterla pastaban en sus orillas, impulsaron el toreo con la “garrocha”, un modo de lidiar que los mozos practicaban en pleno campo. En estas manadas encontraron las cofradías más pobres una fuente de aprovisionamiento de reses para sus fiestas. Las sueltas de vacas fueron muy populares en la villa. Sus “extractores” las sacaban de la dehesa concegil, las conducían al pueblo y al término del regocijo, las devolvían al campo ante el júbilo de los presos que se divertían tirándoles piedras desde la puerta de la cárcel. Las restantes pueblos eran igualmente aficionados a los “juegos de toros”, aunque los llamaban con otros nombres: en Lucena y Villarrasa era habitual el empleo de la expresión “aserse unas vacas” (AOH Leg. 367 y Archivo Municipal de Niebla Legajo. 704)2. Los vecinos de Beas, participaban en los “regocijos de novillos”. En Palos, a los toros enmaromados se les llamaba “bueyes con sintero”. En Moguer había gran afición al “toro de cuerda”, que se corría de noche, y en Niebla, al “toro de harrochas” (AMNiebla, Leg. 519). La mayor parte de estos “festejos” se celebraban en cumplimiento de votos prometidos, entre otros santos, a San Juan, Santo Domingo, San Pedro, San Pablo, Nuestra Señora del Carmen y San Marcos o de resoluciones municipales adoptadas, en prueba de contento, por visitas, matrimonios o natalicios de los señores de estas villas (visita a Niebla del Conde de la ciudad y boda del duque con Mariana de Silva y Toledo, hija de la duquesa de Alba (AM. Niebla, Leg. 12). El modus operandi de los organizadores de los juegos de toros era similar. La fiesta se iniciaba con la formación del ruedo, generalmente en la plaza de la iglesia, asegurada con carretas y palos. Este circo comunicaba con los cercados de la villa a través de una vía “corredera”. Parte de los animales eran adquiridos por hermandades y vecinos con ayuda de los municipios, caso de los que se compraron en Niebla para las fiestas de 4 2A partir de ahora Archivo Municipal será AM y Legajo será Leg. 136 Ritos del toro en los confines de Andalucía 5 Santo Domingo, (A.M. Niebla Leg. 519) o de los adquiridos para una celebración popular que tuvo lugar en la capital de este condado, en 1648 (A.M. Niebla Leg. 5). El préstamo y el hurto fueron también modos de provisión. En San Juan, parte de los novillos que se corrían en la plaza del cabildo eran prestados por ganaderos locales. Ser propietario no era inconveniente para hurtar las reses de otros ganaderos que no habían accedido, voluntariamente, a prestarlas. En los pueblos en los que el toro era comprado lo habitual era su sacrificio. En los casos de préstamo o hurto, los animales eran devueltos a sus dueños, a quienes se saldaban los daños que habían sufrido durante su conducción o en la plaza. Fig. n.º 27.- Todavía se siguen celebrando capeas durante las fiestas patronales en San Juan del Puerto, Huelva. Se corren las vaquillas por la calle hasta llegar a la plaza. Fotografía propiedad particular. 137
138 Juan Francisco Canterla 6 “FIESTAS VOTADAS” Los pueblos de la Baja Andalucía sufrieron a lo largo de los siglos XVII y XVIII duros envites provocados por hambrunas y epidemias. La peste fue el más grave. Para escapar a estos desastres los vecinos recurrieron a sus santos. Las “fiestas votadas” fueron un remedio eficaz contra estos males a más que una celebración con connotaciones religiosas en torno a la cual crecían, como flores de mayo, las diversiones. Entre estas, casi nunca faltaba el toro. El papel de la Iglesia se reducía a vigilar su moralidad. Su organización, en cambio, corría por cuenta de los vecinos. Cuando se acercaba la celebración, el capítulo municipal solía recordar la promesa hecha por los antepasados y detraía de la caja pública el dinero necesario para atender a los gastos de la fiesta (cura, predicadores, música, el toro, los toreros, cohetes, fuegos, comida y vino, rosolí y aguardiente, entre otras bebidas). El toro era objeto de una lidia primitiva (lanzada, cuchillada, espadazo, lanzamiento de dardos…) En Huelva, se recurría, además, a la maroma y al fuego para reducir su fuerza y sus reflejos. La corrida antigua comenzó a normalizarse en el siglo XVII. En el periodo de tiempo anterior a esa fecha, se afianzó un prototipo conocido como “corrida de los “sorteadores”, en la que tomaban parte, a un tiempo, toreros de a pie y jinetes. Los primeros lidiaban el toro a la manera que se hacía en los “juegos”, burlando sus acometidas y poniéndole “rehiletes” antes de matarlo, aunque las más de las veces la res regresaba viva al campo. Orihuela (1970) se hizo eco en su “Taurimaquia” de esta manera de lidiar toros: «Luego toca el clarín de banderillas, De mil maneras con el toro juegan Y entre los cuernos le hacen mil recortes Se burlan de su fiera valentía Y a la Nación ofrecen diversiones» (Orihuela, 1970: XV y XVII) 138
139 Juan Francisco Canterla 6 “FIESTAS VOTADAS” Los pueblos de la Baja Andalucía sufrieron a lo largo de los siglos XVII y XVIII duros envites provocados por hambrunas y epidemias. La peste fue el más grave. Para escapar a estos desastres los vecinos recurrieron a sus santos. Las “fiestas votadas” fueron un remedio eficaz contra estos males a más que una celebración con connotaciones religiosas en torno a la cual crecían, como flores de mayo, las diversiones. Entre estas, casi nunca faltaba el toro. El papel de la Iglesia se reducía a vigilar su moralidad. Su organización, en cambio, corría por cuenta de los vecinos. Cuando se acercaba la celebración, el capítulo municipal solía recordar la promesa hecha por los antepasados y detraía de la caja pública el dinero necesario para atender a los gastos de la fiesta (cura, predicadores, música, el toro, los toreros, cohetes, fuegos, comida y vino, rosolí y aguardiente, entre otras bebidas). El toro era objeto de una lidia primitiva (lanzada, cuchillada, espadazo, lanzamiento de dardos…) En Huelva, se recurría, además, a la maroma y al fuego para reducir su fuerza y sus reflejos. La corrida antigua comenzó a normalizarse en el siglo XVII. En el periodo de tiempo anterior a esa fecha, se afianzó un prototipo conocido como “corrida de los “sorteadores”, en la que tomaban parte, a un tiempo, toreros de a pie y jinetes. Los primeros lidiaban el toro a la manera que se hacía en los “juegos”, burlando sus acometidas y poniéndole “rehiletes” antes de matarlo, aunque las más de las veces la res regresaba viva al campo. Orihuela (1970) se hizo eco en su “Taurimaquia” de esta manera de lidiar toros: «Luego toca el clarín de banderillas, De mil maneras con el toro juegan Y entre los cuernos le hacen mil recortes Se burlan de su fiera valentía Y a la Nación ofrecen diversiones» (Orihuela, 1970: XV y XVII) 138 Ritos del toro en los confines de Andalucía 7 Los jinetes lidiaban a la manera de los “garrochistas”: aguardaban la acometida del toro, burlaban sus envites y le clavaban la lanza, de resultas de la que, en ocasiones, moría. Daza (1999), en los “Precisos Manejos”, sintetizó en tres palabras la misión del jinete, refiriéndose a don Juan Hijón: «correr, derribar y picar ....». Con más detalle lo contó Francisco Orihuela en su “Taurimaquia”: «El primer Picador se va a las puertas Y despreciando de ella los horrores Se prepara valiente y esforzado A herir con la garrocha al toro enorme. Ábrese del toril la horrible puerta Y estimulado de ira y rencores Un toro muy atroz, y muy furioso Más veloz que una saeta sale entonces Al picador valiente el arremete Aquel se escuda con la lanza y pone Una vara en el toro, le deshecha. Y al caballo en la espuela obvia el resorte». (Orihuela, 1970: XIII y XIV) Las “fiestas votadas” fueron, ante todo, espectáculos desordenados. Muy recordada fue la que tuvo lugar en 1629. Ese año, los vecinos de Cumbres ofrecieron un toro a la Virgen de la Esperanza para que los protegiese de la peste. En agosto de 1699, los capitulares onubenses proveyeron fondos para San Roque, una fiesta “votada en toros” (Diario Odiel, 2/8/1963). Un acuerdo parecido fue adoptado por el cabildo de Puebla de Guzmán, en 1670. De 1738, datan los votos que los capitulares de Huelva hicieron a San Sebastián. En 1751, el cabildo de Gibraleón se obligó a correr con «los costos y gastos de las festividades votivas» (A.M.Gibraleón. Leg 10), que no eran pocas. En 1732, los berrocaleños acordaron correr un toro en el “Corpus Christi” si el Sacramentado los libraba 139
140 Juan Francisco Canterla de la peste. Los acuerdos correspondientes han quedado recogidos en los Libros de Actas municipales. Las “fiestas votadas” fueron, pues, importantes dinamizadoras de los “juegos de toros”. El ofrecimiento que hacían los pueblos a sus santos pone de manifiesto la connotación votiva de la corrida y el papel que este animal jugaba como intermediario entre los vecinos y sus advocaciones. Sus peticiones, impresas en pequeños papelillos, se fijaban a la piel del animal, el ara sacra, con un pequeño arpón. He aquí el precedente más remoto de la banderilla y la explicación de porqué, en los comienzos del toreo a pie, se ponían “de una en una”. Las “fiestas votadas” mantuvieron pujantes “los juegos de toros” hasta bien entrado el siglo XVIII. Hasta entonces, toreros de a pie y caballeros compartieron protagonismo en la “corrida de los sorteadores”. Una de las más antiguas de la que se tiene noticia, se celebró en Huelva, en 1547. Para la ocasión se habilitó un coso en la “La Calzada”, a pesar del carácter inundable de este espacio. Los Medina Sidonia fueron los principales promotores de los “juegos de toros”. Rara fue la visita que hicieron a la ciudad en la que no se celebró alguno. En Ayamonte, los marqueses de la villa solían celebrar con “alegrías y fiestas” las bodas de sus hijos. En 1604, el marqués de turno, regaló para diversión de los vecinos dos toros que se corrieron en la orilla del Guadiana. En 1670, hubo en Huelva “diversiones” con ocasión de la visita de la Marquesa de Denia. “Las fiestas votadas” dieron impulso, un poco más adelante, a otra modalidad de corrida: la de los “varilargueros”. Sus reglas, escritas por don José Daza en los “Precisos Manejos”, resultaban incompatibles con el desorden de los “juegos de toros” que iniciaron de este modo su decadencia. El caballo fue el protagonista de la nueva corrida. En 1716, jinetes y toreros de a pié mataron juntos, en Cala, un toro al que además «se clavaron picadas de garrocha de las que se tiran a mano» (AOH. Leg. 2). Otra fiesta más 8 140
141 Juan Francisco Canterla de la peste. Los acuerdos correspondientes han quedado recogidos en los Libros de Actas municipales. Las “fiestas votadas” fueron, pues, importantes dinamizadoras de los “juegos de toros”. El ofrecimiento que hacían los pueblos a sus santos pone de manifiesto la connotación votiva de la corrida y el papel que este animal jugaba como intermediario entre los vecinos y sus advocaciones. Sus peticiones, impresas en pequeños papelillos, se fijaban a la piel del animal, el ara sacra, con un pequeño arpón. He aquí el precedente más remoto de la banderilla y la explicación de porqué, en los comienzos del toreo a pie, se ponían “de una en una”. Las “fiestas votadas” mantuvieron pujantes “los juegos de toros” hasta bien entrado el siglo XVIII. Hasta entonces, toreros de a pie y caballeros compartieron protagonismo en la “corrida de los sorteadores”. Una de las más antiguas de la que se tiene noticia, se celebró en Huelva, en 1547. Para la ocasión se habilitó un coso en la “La Calzada”, a pesar del carácter inundable de este espacio. Los Medina Sidonia fueron los principales promotores de los “juegos de toros”. Rara fue la visita que hicieron a la ciudad en la que no se celebró alguno. En Ayamonte, los marqueses de la villa solían celebrar con “alegrías y fiestas” las bodas de sus hijos. En 1604, el marqués de turno, regaló para diversión de los vecinos dos toros que se corrieron en la orilla del Guadiana. En 1670, hubo en Huelva “diversiones” con ocasión de la visita de la Marquesa de Denia. “Las fiestas votadas” dieron impulso, un poco más adelante, a otra modalidad de corrida: la de los “varilargueros”. Sus reglas, escritas por don José Daza en los “Precisos Manejos”, resultaban incompatibles con el desorden de los “juegos de toros” que iniciaron de este modo su decadencia. El caballo fue el protagonista de la nueva corrida. En 1716, jinetes y toreros de a pié mataron juntos, en Cala, un toro al que además «se clavaron picadas de garrocha de las que se tiran a mano» (AOH. Leg. 2). Otra fiesta más 8 140 Ritos del toro en los confines de Andalucía parecida al modelo descrito por Daza está documentada en Huelva el día de San Roque de 1699. En ella, el varilarguero Nicolás Alemán, un banquero onubense, mató un toro que había prestado al municipio Juana Tirado, a la que no hubo otro remedio que indemnizar. Alemán fue el más antiguo de los garrochistas de la tierra de Huelva. Aunque su nombre no aparezca en los “Precisos Manejos”, debe ser reconocido como uno de los toreros que revolucionaron la corrida a finales del siglo XVII. NORMALIZACIÓN DE LOS JUEGOS DE TOROS Los “juegos de toros” se dotaron de cierta normalización en el siglo XVIII. La profesionalización del toreo dio origen a la formación de las primeras cuadrillas. Este término, frecuente en los archivos onubenses, se refería, inicialmente, a las “tropas” de mozos que, al atardecer, se reunían, en las plazas de los pueblos, a cantar y a bailar y a los grupos de jornaleros que trabajaban en la siembra y recogida de los frutos del campo. Más tarde su uso se hizo extensivo a grupos de hombres que, por afición o por devoción, lidiaban toros. Daza (1999:155) se valió del término para referirse a «los alentados de diferentes pueblos que entran (en la plaza) divididos en cuadrillas, que se las compiten a valientes y diestros». Aunque no existe referencia alguna a la profesionalización de sus integrantes ni a la percepción de remuneración alguna por su actividad, sabemos, por la documentación conservada en el obispado de Huelva, (AOH Leg. 304), que los organizadores de los festejos taurinos estaban obligados a proporcionarles comida, bebida y un lugar adecuado para el descanso, antes y después de la corrida. En la que celebraron los “pardos” de Huelva en honor a Nuestra Señora del Rosario, en 1738, la encargada de darles cobijo fue la negra Aurea Antonia, propietaria de una fonda, quien, además, les ofreció, para su sustento, «dos pesos y una arroba de vino» (Ibidem) 9 141
148 Juan Francisco Canterla 16 Daza y Orihuela no solo fueron contemporáneos sino que, por lo que cuenta el presbítero, guardaron siempre una buena amistad, al punto que ambos intercambiaron sus libros para hacerles correcciones. Daza, al que el presbítero llamó «el maestro más notorio en picadores, ni más mi amigo, ni en las plazas mejor viose» (Orihuela, 1970: XXII) inspiró algunos fragmentos del poema, caso de los sucesos ocurridos en la tercera corrida celebrada en Sevilla después del periodo de nueve años en que «se vio inhibida por Decretos superiores». En ella actuaron el varilarguero Laureano Ortega y el matador Josef Yllo que tomó la garrocha del picador y sujetó con ella a un toro a punto de matarlo en el suelo. El presbítero, por su parte, mejoró el libro de Daza, con cultismos, casi todos de inspiración religiosa. No faltaron toreros que iluminaron la obra de ambos escritores Uno de ellos fue José Cándido Aunque no este probada una relación personal con Orihuela, existen en el poema notas sobre sus maneras de torear, precisando la admiración que le causaba; «El Cándido sagaz, mató en su tiempo A los toros cobardes por este orden O a veces arrastrando la muleta Para hacerles partir de sus temores Mas cuando le tocaba un toro bravo De su grande muleta a uno o dos toques Esperaba de firme le embistiese Dándole muerte a fuerza de valores ¡o Cándido! Ninguno de ha excedido en mañas, en valor, ni en instrucciones!» ( Orihuela, 1970:XVI-XVII) RITOS NUPCIALES En el siglo XIX aún se conservaban en los pueblos ubicados a occidente del Guadiamar ritos en los que era protagonista principal el toro. Dos muy habituales fueron los “cencerrajes de 148
149 Juan Francisco Canterla 16 Daza y Orihuela no solo fueron contemporáneos sino que, por lo que cuenta el presbítero, guardaron siempre una buena amistad, al punto que ambos intercambiaron sus libros para hacerles correcciones. Daza, al que el presbítero llamó «el maestro más notorio en picadores, ni más mi amigo, ni en las plazas mejor viose» (Orihuela, 1970: XXII) inspiró algunos fragmentos del poema, caso de los sucesos ocurridos en la tercera corrida celebrada en Sevilla después del periodo de nueve años en que «se vio inhibida por Decretos superiores». En ella actuaron el varilarguero Laureano Ortega y el matador Josef Yllo que tomó la garrocha del picador y sujetó con ella a un toro a punto de matarlo en el suelo. El presbítero, por su parte, mejoró el libro de Daza, con cultismos, casi todos de inspiración religiosa. No faltaron toreros que iluminaron la obra de ambos escritores Uno de ellos fue José Cándido Aunque no este probada una relación personal con Orihuela, existen en el poema notas sobre sus maneras de torear, precisando la admiración que le causaba; «El Cándido sagaz, mató en su tiempo A los toros cobardes por este orden O a veces arrastrando la muleta Para hacerles partir de sus temores Mas cuando le tocaba un toro bravo De su grande muleta a uno o dos toques Esperaba de firme le embistiese Dándole muerte a fuerza de valores ¡o Cándido! Ninguno de ha excedido en mañas, en valor, ni en instrucciones!» ( Orihuela, 1970:XVI-XVII) RITOS NUPCIALES En el siglo XIX aún se conservaban en los pueblos ubicados a occidente del Guadiamar ritos en los que era protagonista principal el toro. Dos muy habituales fueron los “cencerrajes de 148 Ritos del toro en los confines de Andalucía viudos y viudas”, también conocidos con el nombre de “locajás”, y el “toro de nupcias”. Los primeros sancionaban el quebrantamiento de la promesa de fidelidad hecha en un anterior matrimonio, roto por la muerte. El toro de nupcias ofrecía a un mozo la posibilidad de probar su valor ante su novia. Los casos conocidos de “locajás”y “toros de nupcias” están recogidos en algunos procesos penales que guardan los archivos municipales de la provincia de Huelva, particularmente, el de Gibraleón. El legajo 826 se ocupa del caso del matrimonio de un viudo y una soltera quienes «haciendo vejamen contra la legitimidad de los consortes» merecieron la atención de las rondas, las cuales vinieron a la puerta de su casa tocando caracoles y locajos, bramando como toros, exhibiendo los cuernos y testículos del animal a manera de estandartes. Era tal la importancia que concedían los vecinos a los genitales del toro que cualquier defecto en los mismos lo invalidaba para la lidia. Véase a este propósito el caso ocurrido en la villa de Cala (Huelva) a una res “chiclán” a la que los espectadores devolvieron al campo ante la evidencia de una malformación. De 1768, se ha conservado en el archivo de Gibraleón otra “locajá” que mereció la atención de las autoridades, en este caso, por los daños que causaron los mozos en las propiedades de Manuel Jesús Sánchez y Catalina Tejera, a los que destruyeron los sacos de trigo que almacenaban en el granero. Los numerosos excesos que se cometían durante la “locajá” la hicieron despreciable a los ojos de los ilustrados. Generalmente, las “rondas” interpretaban coplas que señalaban, injustamente, los defectos de los contrayentes. Lamentablemente, no se ha conservado ninguna aunque debió de guardarlas la memoria colectiva durante siglos. Frecuentes fueron asimismo los daños en la propiedad de los contrayentes, tales como la destrucción del huerto. Los organizadores de los “cencerrajes” se valieron de la protección privilegiada que, legalmente, tuvieron, en los siglos XVII y XVIII, los asuntos de 17 149
150 Juan Francisco Canterla toros, para perpetuar el ritual. En 1744, la Pragmática sobre Bullicios y Conmociones Populares abrió una vía para castigarlos y permitió a los justicias la corrección de los comportamientos más violentos y denigrantes. Tal sucedió en Trigueros (20/7/1783) (Legajo 329) y en Zalamea (1801) (Legajo 865) Con el transcurso del tiempo, los justicias se proveyeron de normas específicas, más efectivas. El 1/1/1803, se hizo público en algunos pueblos del Condado onubense, como Hinojos, una “Orden del Supremo Consejo de Castilla” sobre “gitanos” que prohibía «las comedias, veladas de toros, fuegos artificiales y, específicamente, los cencerrajes a viudos y viudas». (Legajo 17 de su archivo municipal). Esta disposición facilitó la persecución y corrección de estos excesos. Otra tradición conservada largo tiempo a occidente del Guadiamar fue la del “toro de nupcias”. Los archivos municipales han conservado algunos litigios iniciados a raíz de incidentes ocurridos durante la celebración del rito. En esencia, se trataba de una prueba de valor que el mozo ofrecía a su novia, conduciendo un toro desde el campo hasta su casa, y una vez allí, colocándole una guirnalda en la testuz y numerosos arponcillos en la piel, provistos de papelillos con alguna jaculatoria. El capeo del animal formaba parte, en ocasiones, del contenido de la prueba. Por lo general, el ritual no era tan pacífico como podría suponerse. Las más de las veces el toro no era propiedad del futuro contrayente, sino uno de los muchos bueyes que pastaban en las orillas del Odiel. Lógicamente, sus propietarios, en cuanto tenían noticia del hurto, lo denunciaban y reclamaban los daños que aquel hubiese podido sufrir. La relación entre los mozos de estas cuadrillas no era siempre pacífica. Tal fue el caso sucedido el 19 de agosto de 1769 en la villa de Gibraleón, donde unos mozos, despechados por el trato que habían recibido del novio, lo vapulearon causándole heridas y un aspecto lamentable. Les sobró desparpajo al transmitirles el siguiente mandato: «Ahora puedes llevar el toro por la calle del Carmen para que tu novia lo vea». 18 150
151 Juan Francisco Canterla toros, para perpetuar el ritual. En 1744, la Pragmática sobre Bullicios y Conmociones Populares abrió una vía para castigarlos y permitió a los justicias la corrección de los comportamientos más violentos y denigrantes. Tal sucedió en Trigueros (20/7/1783) (Legajo 329) y en Zalamea (1801) (Legajo 865) Con el transcurso del tiempo, los justicias se proveyeron de normas específicas, más efectivas. El 1/1/1803, se hizo público en algunos pueblos del Condado onubense, como Hinojos, una “Orden del Supremo Consejo de Castilla” sobre “gitanos” que prohibía «las comedias, veladas de toros, fuegos artificiales y, específicamente, los cencerrajes a viudos y viudas». (Legajo 17 de su archivo municipal). Esta disposición facilitó la persecución y corrección de estos excesos. Otra tradición conservada largo tiempo a occidente del Guadiamar fue la del “toro de nupcias”. Los archivos municipales han conservado algunos litigios iniciados a raíz de incidentes ocurridos durante la celebración del rito. En esencia, se trataba de una prueba de valor que el mozo ofrecía a su novia, conduciendo un toro desde el campo hasta su casa, y una vez allí, colocándole una guirnalda en la testuz y numerosos arponcillos en la piel, provistos de papelillos con alguna jaculatoria. El capeo del animal formaba parte, en ocasiones, del contenido de la prueba. Por lo general, el ritual no era tan pacífico como podría suponerse. Las más de las veces el toro no era propiedad del futuro contrayente, sino uno de los muchos bueyes que pastaban en las orillas del Odiel. Lógicamente, sus propietarios, en cuanto tenían noticia del hurto, lo denunciaban y reclamaban los daños que aquel hubiese podido sufrir. La relación entre los mozos de estas cuadrillas no era siempre pacífica. Tal fue el caso sucedido el 19 de agosto de 1769 en la villa de Gibraleón, donde unos mozos, despechados por el trato que habían recibido del novio, lo vapulearon causándole heridas y un aspecto lamentable. Les sobró desparpajo al transmitirles el siguiente mandato: «Ahora puedes llevar el toro por la calle del Carmen para que tu novia lo vea». 18 150 Ritos del toro en los confines de Andalucía BIBLIOGRAFÍA Caro Baroja, Julio (1974): ”Ritos y mitos equívocos”, Madrid, Ediciones Istmo. Cossío, Francisco (1994): Los toros. Tratado técnico e Histórico, 5ª Edición, Madrid, Espasa Calpe S.A. Daza, José (1999): Precisos manejos y progresos del arte del toreo. Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Universidad de Sevilla, Fundación de Estudios Taurinos Ford, Richard (1974): Las cosas de España, Madrid, Editorial Turner. Sánchez de Neira (1988): El toreo. Gran diccionario tauromáquico, Madrid, Turner. Orihuela y Morales, Francisco (1970): Taurimaquia sevillana o renovación y descripción de los juegos de toros de Sevilla…, Madrid, Unión de Bibliófilos Taurinos. ARCHIVOS: Arzobispado de Sevilla; AGAS. Obispado de Huelva; AOH. Municipales (AM) de Huelva, Gibraleón, AM Beas, Niebla, Trigueros, Alosno, Ayamonte, Zalamea, Valverde, Campofrío, Cortesana e Hinojos. OTROS: Diario Odiel: 2/8/1963. 19 151