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De la curva al ángulo: la escritura documental en el monasterio de Santa María de Montederramo (Orense) durante el siglo XIII

Piñeiro Pedreira, Sandra

Abstract

El monasterio cisterciense de Santa María de Montederramo (Ourense) ofrece uno de los fondos documentales más ricos de Galicia, fruto de su opulenta trayectoria medieval y moderna. Se convierte, así, en un atractivo centro de estudio, con múltiples posibilidades de trabajo. En esta ocasión, la gran disponibilidad de fuentes escritas para el siglo XIII nos animará a analizar la evolución gótica de la escritura carolina en los documentos particulares de este espacio y su entorno. Este minucioso examen paleográfico nos permitirá conocer cómo se efectuó dicha transición gráfica; cuál fue su ritmo; y qué consecuencias tuvo, al menos, en el futuro inmediato.

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ISSN: 0210-7716 ISSN-e: 2253-8291 https://dx.doi.org/10.12795/hid.2022.i49.12 HID 49 (2022) 317-346 HID 49 (2022) Copyright: © Editorial Universidad de Sevilla. Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento-NoComercial- SinObraDerivada 4.0 (CC BY-NC-ND 4.0) DE LA CURVA AL ÁNGULO: LA ESCRITURA DOCUMENTAL EN EL MONASTERIO DE SANTA MARÍA DE MONTEDERRAMO (OURENSE) DURANTE EL SIGLO XIII1 FROM CURVE TO ANGLE: DOCUMENTARY WRITING IN THE MONASTERY OF SANTA MARÍA DE MONTERRAMO (OURENSE) DURING 13TH CENTURY Sandra Piñeiro Pedreira Universidad de Santiago de Compostela [email protected] ORCID: https://orcid.org/0000-0002-6862-3103 Resumen: El monasterio cisterciense de Santa María de Montederramo (Ourense) ofrece uno de los fondos documentales más ricos de Galicia, fruto de su opulenta trayectoria medieval y moderna. Se convierte, así, en un atractivo centro de estudio, con múltiples posibilidades de trabajo. En esta ocasión, la gran disponibilidad de fuentes escritas para el siglo XIII nos animará a analizar la evolución gótica de la escritura carolina en los documentos particulares de este espacio y su entorno. Este minucioso examen paleográfico nos permitirá conocer cómo se efectuó dicha transición gráfica; cuál fue su ritmo; y qué consecuencias tuvo, al menos, en el futuro inmediato. Palabras clave: Paleografía; ciclo escriturario carolino; ciclo escriturario gótico; documentación privada del monasterio; Santa María de Montederramo (Ourense); siglo XIII. Abstract: The Cistercian monastery of Santa María de Montederramo (Ourense) offers one of the richest documentary collections in Galicia, as a result of its opulent medieval and modern history. Therefore, it becomes an attractive space for analysis, with numerous and diverse study possibilities. In this case, the great availability of sources written for the 13th century encourage us to analyze the transition from the Caroline script to the Gothic script in the private documents Recibido: 22-6-2021; Aceptado: 15-12-2021; Versión definitiva: 20-1-2022 1. Abreviaturas utilizadas: ACO = Archivo de la Catedral de Ourense; AHDA = Archivo Histórico Diocesano de Astorga; AHN = Archivo Histórico Nacional; AHPOu = Archivo Histórico Provincial de Ourense; ARG: Archivo del Reino de Galicia. 318 SANDRA PIÑEIRO PEDREIRA HID 49 (2022) 317-346 ISSN: 0210-7716 ISSN-e 2253-8291 https://dx.doi.org/10.12795/hid.2022.i49.12 of this space and its surroundings. This palaeographic approach will allow us to know how the graphic evolution developed; what was its rhythm; and what consequences it had, at least, in the near future. Keywords: Palaeography; Caroline script; Gothic script; private documentation of monastery; Santa María de Montederramo (Ourense); 13th century. 1. De fuentes y método En el interior de la provincia de Ourense, a los pies –y abrigo– de San Mamede, una extensa llanura de castaños, prados y ríos (del Mao toma su nombre) acoge las ruinas pétreas –una iglesia parroquial, un claustro reglar y un patio comunal– de Santa María de Montederramo2. Esta comunidad monástica alcanzó gran pujanza en el pasado, convirtiéndose en el centro de acción económica, social, religiosa y cultural de su entorno, la Ribeira Sacra3. Su historia comienza –al menos, a escribirse– en los primeros tiempos del siglo XII, cuando un pequeño grupo de cenobitas recibe de la monarquía los privilegios necesarios para fundar su monasterio. Un cenobio masculino que, situado en el lugar de Seoane o Vello –de ahí su primitiva advocación a San Juan–, se somete a la Regula Sancti Benedicti4. Sin embargo, esta realidad pronto se transforma. A mediados de siglo, más concretamente el 30 de marzo de 1153 –como así lo evidencia una de las notas más antiguas del Livro L o Ms. 19 del Museu de Arte Sacra de Arouca5–, la abadía ourensana se incorpora al Císter, por medio de la afiliación 2. El estudio de este cenobio se inscribe en el Proyecto de investigación Libros, memoria y archivos: cultura escrita en monasterios cistercienses (siglos XII-XIII). Lemacist, financiado por la Agencia Estatal de Investigación y el FEDER en el marco del programa estatal de fomento de la investigación científica y técnica de excelencia, subprograma estatal de generación de conocimiento (convocatoria 2017), Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, Ref. HAR2017-82099-P. Y, junto a quien lo firma, se beneficia de una de las Ayudas para la formación de profesorado universitario, concedida por el Programa Estatal de Promoción del Talento y su Empleabilidad en I+D+i y Subprograma Estatal de Formación en el marco del Plan Estatal de Investigación Científica y Técnica y de Innovación 2017- 2020 (convocatoria 2019), Ministerio de Universidades, Ref. FPU19/04175. Pero esta investigación no habría sido posible sin la dirección y el consejo de María del Carmen del Camino Martínez. 3. Una amplia región geográfica –sus límites se extienden entre el norte de Ourense y el sur de Lugo, siendo mejor perfilados en Piñeiro Pedreira 2018, p. 171– que recibe su nombre de la locución latina Rovoyra Sacrata, cuyo primer registro escrito se conserva en un diploma del fondo monástico de Montederramo (AHN, Car. 1481, doc. 3). 4. Yepes 1621, f. 324r. 5. La incorporación de Santa María de Montederramo a la Orden cisterciense ha generado un fatigoso e intrincado debate historiográfico. Las fechas candidatas han oscilado entre 1142 (Yepes 1621, f. 324r; Carro García 1953, p. 13; Varela Espiñeira 1968, p. 3) y ca. 1180 (Pérez Rodríguez 2008, p. 203), pasando por 1152 (Tijburg 1953, p. 182), 1153 (Manrique 1642, p. 247; Flórez 1763, pp. 27-28; Paradela Nóvoa 1931-1936; Chamoso Lamas 1947, p. 6; Cocheril 1964, p. 284; Yáñez Neira 1980, p. 420; Sá Bravo 1988, pp. 254-263; Rielo Carballo 1998, p. 388), 1154 (Pérez Rodríguez 2019, pp. 191, 207), 1163 (Valle Pérez 1982, p. 189; Bonilla Rodríguez 1987, p. 16; Freire Camaniel 1998, pp. 791-792; Martínez Coello 2000, p. 113; Singul Lorenzo 2002, p. 16) y ca. 1165 (Portela Silva 1981, p. 53; Pérez Rodríguez 1998, p. 699). Sin embargo, la incansable labor de Suárez González De la curva al ángulo: la escritura documental en el monasterio... 319 HID 48 (2022) 317-346ISSN: 0210-7716 ISSN-e: 2253-8291 https://dx.doi.org/10.12795/hid.2022.i49.12 directa a Clairvaux; cambia de titularidad religiosa, adoptando –como dicta la legislación cisterciense6– la de la Santísima Virgen María; y se traslada una legua al sur, instalándose en la actual localidad de Montederramo7. Estas nuevas circunstancias alteran el transcurso de su historia. La suerte de donaciones, mercedes y exenciones que acompañan a estos primeros tiempos pronto le convierten en un poderoso monasterio que polariza la realidad económica, social y religiosa de su contorno. Una notoriedad que crece con los siglos y alcanza su máximo apogeo en los años centrales de la modernidad8. No obstante, la desamortización decimonónica paraliza esta significativa labor. El cenobio, tras la exclaustración, es abandonado y, como resultado de ello, se produce la disgregación y pérdida de su patrimonio escrito9. En la actualidad, el fondo documental de Santa María de Montederramo se encuentra custodiado por varios archivos públicos y privados10. En ellos, localizamos las fuentes de nuestro estudio: – Archivo de la Catedral de Ourense, Fondo Pergaminos monacales, incluyéndose en nuestra cronología un total de 215 documentos11. – Archivo Histórico Diocesano de Astorga, Sección Ordenes monásticas, Car. 2, doc. 28. – Archivo Histórico Nacional, Sección Clero Secular y Regular, Car. 1481, docs. 18-19; Car. 1482, docs. 1-12, 16, 18, 20; Car. 1483, docs. 1, 3-4, 8-11, 13-18, 20; Car. 1484, docs. 1, 4, 6-20; Car. 1485, docs. 2-6, 9-20; Car. 1486, docs. 1-15, 17-20; Car. 1487, docs. 1-5, 7-13, 15-20; Car. 1488, docs. 1-5, 7-12, 18. – Archivo Histórico Provincial de Ourense, Sección Clero. Monasterio de Santa María de Montederramo, Car. 9, docs. 1-6. – Archivo del Reino de Galicia, Fondo Real Audiencia de Galicia, Car. 1375, Exp. 124, doc. 227. Este nutrido conjunto documental, cuya suma asciende a más de trescientos documentos –en concreto, a 337 pergaminos–, será el núcleo de nuestra investigación. Y, el método será la revisión paleográfica de cada uno de sus componentes. 2012, p. 98, ha permitido esclarecer estas dudas. A partir de la nota más antigua del Livro L o Ms. 19 del Museu de Arte Sacra de Arouca, que reza así: “Anno Domini Mº Cº Lº IIIº, III kalendas aprilis, abbatia Montis Rami conuersa fuit ad ordinem cisterciensem” (f. 9v), ha podido fijar su anexión a la Orden el 30 de marzo de 1153. 6. Lekai 1987, p. 38. 7. Martínez Coello 2000, p. 113. 8. Esta próspera abadía llegó a ser la tercera en importancia del Císter gallego, tras Santa María de Oseira y Santa María de Sobrado dos Monxes, como indica Fernández Martín 1992, p. 393. 9. Esta síntesis histórica es ampliada por los estudios de Chamoso Lamas 1947; Varela Espiñeira 1968, pp. 1-10; Bonilla Rodríguez 1987, pp. 15-33; Sá Bravo 1988, pp. 254-263; Freire Camaniel 1998, pp. 790-794; Pascua Echegaray 1999; Martínez Coello 2000; Singul Lorenzo 2002; Pérez Rodríguez 2008, pp. 201-206; Pérez Rodríguez 2019, pp. 865-876. 10. La actual organización de este fondo monacal –fruto de sus vicisitudes históricas– ha sido estudiada por Quiroga Barro 1986. 11. El índice de estos documentos ha sido publicado por Leirós Fernández 1951, pp. 4-114, situándose entre los números 42-1289. 320 SANDRA PIÑEIRO PEDREIRA HID 49 (2022) 317-346 ISSN: 0210-7716 ISSN-e 2253-8291 https://dx.doi.org/10.12795/hid.2022.i49.12 Para ello, organizaremos este análisis en cuatro grandes etapas, abarcando cada una de ellas veinticinco años. Una periodización cronológica, que no histórica (correspondiente a los sucesivos reinados en este espacio y en este tiempo), pues el ritmo de las mudanzas –tanto en el trono como en la escritura– podrá ser variable y dispar. Por lo tanto, esta estructura nos permitirá conocer qué tipos escriturarios dominan cada período; estudiar cuáles son las formas comunes que revisten sus alfabetos, aquellas que les caracterizan e individualizan; y percibir cómo se efectúan en ellos los progresivos cambios gráficos12. Ahora bien, antes de sumergirnos en dicho estudio, consideramos oportuno trazar, a grandes rasgos, la evolución experimentada por la escritura documental del occidente peninsular durante los años centrales del medievo. Tales consideraciones previas nos ayudarán a confrontar esta realidad –su ritmo– con la vivida en el ámbito montederramés. 2. De tiempos, espacios y circunstancias: la escritura documental en el occidente peninsular durante los años centrales del medievo Los acontecimientos gráficos que ocurrieron en el occidente europeo durante la Plena Edad Media (siglos X-XIII) marcaron el transcurso histórico de la escritura latina. Si la emergencia, desarrollo y propagación del modelo escriturario carolino en los siglos IX-XI supuso la reunificación gráfica de Europa occidental13, su transformación final –no como consecuencia de una ruptura, sino como resultado de una evolución gradual14– dio paso a un nuevo ciclo: el de las escrituras góticas. Así, las formas cuidadas, equilibradas, redondeadas, propias del modelo carolino, comenzaron a avanzar hacia otras más rígidas, fracturadas, angulosas. Esta progresiva transición –generalizada en toda Europa occidental–, cuya conclusión supuso la formación de una nueva grafía, fue percibida por el paleógrafo italiano Giorgio Cencetti: Nell’ultimo periodo della scrittura carolina, (…) era manifestata una certa tendeza all’irrigidimento del ductus, alla esagerazione dei contrasti fra pieni e filetti, all’acutizzazione delle forme rotonde: questa, svolgendosi e manierando la scrittura, dava luogo a una caratteristica spezzatura del tratto (…). Quando questa tendenza, comune a tutta l’Europa occidentale, si è completamente svolta (…) si è formata una nuova scrittura (1978, p. 122). 12. Resulta modélico el trabajo de Carrasco Lazareno 1999. 13. Sobre el discutido origen de la escritura carolina –resultado de la recuperación de formas preexistentes análogas y comunes, que se desarrollaron a un mismo tiempo en diversos ambientes culturales gracias al renacimiento de los estudios en tiempos de Carlomagno–, destacan los trabajos de Schiaparelli 1926; Peeters 1931; Battelli 1936 [1999, pp. 173-184]; Cencetti 1953-1954 [1997, pp. 151-184]; Higounet 1957; Stiennon 1973, pp. 94-107; Hubert 1977; Cencetti 1978, pp. 110-121; Millares Carlo 1983, pp. 103-108; Petrucci 1989, pp. 106-118; Bischoff 1979 [1993, pp. 127-133]; Cherubini, Pratesi 2010, pp. 357-414. 14. En palabras de Stiennon: “il y a eu évolution et non révolution” (1973, p. 107). De la curva al ángulo: la escritura documental en el monasterio... 321 HID 48 (2022) 317-346ISSN: 0210-7716 ISSN-e: 2253-8291 https://dx.doi.org/10.12795/hid.2022.i49.12 Un proceso gráfico que, iniciado en las postrimerías de la décima centuria y conformado a lo largo de los siglos XI-XII, conlleva el desarrollo de formas cursivas en el ámbito documental como explica el historiador belga Henri Pirenne: À la fin du XIIe siècle, on écrivait en cursive parce qu’on écrivait plus vite, et l’on écrivait plus vite parce que les occasions d’écrire s’étaient multipliées (…). La cursive est caractéristique des civilisations où l’écriture est indispensable à tous les actes de la vie sociale (1929, p. 18). A esta necesidad de escritura, propia de un mundo urbano y comercial, se le sumó una innovación técnica: Desde esta centuria [siglo XI] comienza a extenderse (…) la costumbre de tallar el instrumento escriptorio de modo diferente a como se venía realizando hasta entonces. A la caña y, sobre todo, a la pluma de oca, se le daría un corte oblicuo hacia la izquierda. Con esta innovación técnica, el trazado de las grafías deja de ser redondeado para tomar un aspecto anguloso y quebrado, de modo que la forma de tallar el útil explica la transición del canon carolino hacia el llamado gótico (Sánchez Prieto, Domínguez Aparicio 1999, p. 113). Por lo tanto, el nuevo uso no alteró las costumbres gráficas vigentes, solo modificó la apariencia de sus formas. El ciclo –y legado– carolino, al final de su evolución, tuvo continuidad en las escrituras góticas. Sin embargo, el tiempo hizo crecer importantes diferencias entre ambas, motivadas por la deformación gráfica de raíz técnica y la variación inherente a su empleo15. En el occidente peninsular, como así coinciden los especialistas en la materia, este proceso gráfico se vivió con cierta demora16. A ello contribuyó la tardía introducción del modelo carolino en este espacio, retrasando su transición gótica hasta bien entrado el siglo XIII. En efecto, la sustitución de la escritura visigótica por la carolina en el ámbito castellanoleonés se inició a finales del siglo XI, en tiempos de Alfonso VI (1065-1109), y se completó a mediados de la siguiente centuria, durante el reinado de Alfonso VII (1126-1157)17. Cronología que debemos postergar varias décadas en el territorio gallego, pues la realidad gráfica 15. Para un mejor conocimiento de este tránsito gráfico, remitimos a los estudios Cencetti 1953- 1954 [1997, pp. 184-188]; Stiennon 1960, pp. 230-270; Stiennon 1973, pp. 107-110; Cencetti 1978, pp. 122-137; Bischoff 1979 [1993, pp. 134-143]; Millares Carlo 1983, pp. 109-111, 182-184; Derolez 2003; Smith 2004; Cherubini, Pratesi 2010, pp. 423-533. 16. Una realidad que es abordada, desde diversas perspectivas, por la bibliografía reciente: Lucas Álvarez 1950; Mateu Ibars, Mateu Ibars 1980; Millares Carlo 1983, pp. 167-178; Álvarez Márquez 1986; Camino Martínez 1988; García Larragueta 1991; Gimeno Blay, Trenchs Odena 1991; Lucas Álvarez 1991; Marín Martínez, Ruiz Asencio 1991, pp. 327-330; Sanz Fuentes 1991; Gimeno Blay 1993; Ruiz Asencio 1993; Camino Martínez 1994; Sánchez Prieto, Domínguez Aparicio 1999; Romero Tallafigo, Rodríguez Lláñez, Sánchez González 2003, pp. 63-65; Fernández de Viana y Vieites 2007; Camino Martínez 2008, pp. 138-140; Carrasco Lazareno 2008; Ostolaza Elizondo 2010; Piñol Alabart 2010; Sanz Fuentes 2010; Herrero Jiménez 2016; Baiges i Jardí, Piñol Alabart 2018; Camino Martínez 2018. 17. Vid. Camino Martínez 2008. 322 SANDRA PIÑEIRO PEDREIRA HID 49 (2022) 317-346 ISSN: 0210-7716 ISSN-e 2253-8291 https://dx.doi.org/10.12795/hid.2022.i49.12 visigótica perduró hasta la segunda mitad del siglo XII18. Por lo tanto, la nueva escritura penetró en nuestra región con más de cien años de diferencia respecto a Francia, su punto de origen. Inevitablemente, esta distancia temporal repercutió en la escritura. Heredamos, así, una carolina a punto de transformación que –por su intermedio estadio evolutivo– recibió múltiples nominaciones: carolina avanzada19, carolina gotizante20, carolina tardía o tardocarolina21, carolina de transición22, postcarolina23. En definitiva, una grafía evolucionada que empezó a perder parte de sus rasgos primitivos para dejar espacio a otros claramente góticos. Y el tiempo solo acentuó esta realidad. A finales del siglo XII, en este espacio gráfico regía una carolina impura, desprovista en buena medida de sus características iniciales; impregnada cada vez más de elementos góticos. La terminología empleada para definir esta etapa final fue, de nuevo, amplia: carolina gotizada24 pregótica25, protogótica26, gótica primitiva27, y su cronología abarcó los últimos decenios del siglo XII y la primera mitad de la centuria siguiente28. El desenlace de este tránsito gráfico, es decir, la definitiva configuración de la escritura gótica en la documentación castellanoleonesa sucedió, según la tradición historiográfica, durante el reinado de Fernando III (1217-1252), tras la reunificación de ambos reinos29. Ahora bien, al referirnos a esta nueva realidad gráfica debemos hablar en plural, de “escrituras góticas documentales”, pues a l’intérieur du style gothique de la calligraphie (...) les types d’écriture se multiplient en nombre considérable30. Una riqueza que viene determinada por el ritmo en el que fueron trazadas, surgiendo dos tendencias divergentes: “caligrafización” y cursividad. Por una parte, nos encontramos –desde principios del siglo XIII31– con grafías de ductus sentado y aspiración caligráfica. De ahí que Manuel Lucas Álvarez las conozca como góticas caligráficas32 y María Josefa Sanz Fuentes como góticas 18. Lucas Álvarez 1991, p. 445. 19. Ruiz Asencio 1993, p. 29. 20. Stiennon 1973, p. 107. 21. Camino Martínez 2008, p. 140. 22. Cencetti 1978, p. 122. 23. Despy 1956, p. 175; Lucas Álvarez 1991, p. 445. 24. Stiennon 1973, p. 107. 25. Bischoff, Lieftinck, Battelli 1954, pp. 7-14; Ruiz Asencio 1993, p. 30; Derolez 2003, pp. 56-71. 26. Alturo i Perucho 2003, p. 74. 27. Bischoff, Lieftinck, Battelli 1954, p. 11. 28. Delimitación temporal recogida en Millares Carlo 1983, pp. 171-173. 29. Las palabras de Marín Martínez, Ruiz Asencio: “El largo reinado de Fernando III el Santo (1217-1252), en el que se unen definitivamente las coronas de Castilla y León, sirve de puente entre la carolina documental (…) y la gótica cursiva” (1991, p. 327) ilustran bien esta demarcación temporal. 30. Stiennon 1973, p. 112. 31. Como podemos observar en la Cancillería de Fernando III a través de Camino Martínez 1994, p. 86. 32. Lucas Álvarez 1950, pp. 63-67. De la curva al ángulo: la escritura documental en el monasterio... 323 HID 48 (2022) 317-346ISSN: 0210-7716 ISSN-e: 2253-8291 https://dx.doi.org/10.12795/hid.2022.i49.12 sentadas33. No obstante, esta senda más cuidada se bifurca, a su vez, en dos ramales distintos. Uno paralelo a la escritura empleada en los códices, que José Manuel Ruiz Asencio denomina gótica documental próxima a la textual34. Otro con rasgos más cancillerescos, artificiosos, de apreciable perfección formal, que la tradición paleográfica nomina letra de privilegios y María Josefa Sanz Fuentes clasifica como gótica cursiva fracturada formada35. Por otra parte, emergen escrituras rápidas, espontáneas, cursivas, que buscan una mayor agilidad y libertad en la ejecución grafica, sacrificando –si fuese necesario– el ideal estético36. Son las llamadas góticas cursivas, por Manuel Lucas Álvarez37, o góticas cursivas fracturadas usuales, por María Josefa Sanz Fuentes38. Ahora bien, este último fenómeno gráfico, el de la formación de una gótica cursiva propiamente dicha, iniciado en el occidente peninsular a finales del siglo XII, se retrasa –al menos– hasta el reinado de Alfonso X (1252-1284)39. De hecho, para algunos autores, la plena configuración de su tipificación más característica, la mal designada letra de albalaes 40, no se alcanza hasta el gobierno de Sancho IV (1284-1295)41. Entre estos dos polos gráficos, como resultado de su estrecha convivencia, surgen en los decenios centrales del siglo XIII escrituras híbridas, intermedias, que aúnan bajo sus formas elementos sentados y cursivos; rasgos arcaizantes e innovadores, induciendo a los especialistas en la materia –siendo conscientes de lo escurridizo de tal calificación– a denominarlas góticas semicursivas42. En definitiva, para la historia de la escritura latina, tanto en lo general (occidente europeo) como en lo particular (occidente peninsular), los años centrales del medievo supusieron una auténtica eclosión escrituraria que fragmentó la unidad gráfica carolina en una gran variedad de articulaciones locales o funcionales de la escritura43. A continuación, sirviéndonos de este marco teórico como guía –y contraste– de nuestro estudio, analizaremos cómo fue este proceso en un espacio concreto. 33. Sanz Fuentes 1991, p. 530. 34. Ruiz Asencio 1993, p. 33. 35. Sanz Fuentes 1991, p. 532; 2010, p. 115. 36. Remitimos al estudio de Camino Martínez 2018 sobre la formación de la gótica cursiva documental en la Corona de Castilla. 37. Lucas Álvarez 1950, p. 67. 38. Sanz Fuentes 1991, pp. 532-533; 2010, p. 116. 39. Sobre ello, reflexiona Camino Martínez 2018, p. 151. 40. Nomenclatura inapropiada, otorgada por el ilustrado Terreros y Pando 1758, p. 57, que vincula esta derivación cursiva de la escritura con una tipología documental concreta –el albalá– cuya incorporación a la Cancillería Real tiene lugar varias décadas más tarde, no antes de mediados del siglo XIV. 41. Entre ellos, Ruiz Asencio 1993, pp. 34-36. 42. Lucas Álvarez 1950, p. 67; 1991, pp. 451-460; Millares Carlo 1983, p. 193; Carrasco Lazareno 1999. 43. Sanz Fuentes 1991, p. 530. 324 SANDRA PIÑEIRO PEDREIRA HID 49 (2022) 317-346 ISSN: 0210-7716 ISSN-e 2253-8291 https://dx.doi.org/10.12795/hid.2022.i49.12 3. De pervivencias, cambios y evolución gráfica: la escritura documental en el monasterio de Santa María de Montederramo durante el siglo XIII Como hemos advertido, este examen paleográfico se sustentará sobre un total de 337 documentos particulares, originales –exceptuando cinco traslados notariales44, dos copias insertas45 y una copia simple46– y conservados en archivos de titularidad pública y privada. La mayoría se reparte entre el Archivo de la Catedral de Ourense y el Archivo Histórico Nacional, siendo puntual su presencia en el Archivo Histórico Provincial de Ourense, en el Archivo Histórico Diocesano de Astorga y en el Archivo del Reino de Galicia. En cuanto a su edición, resulta oportuno indicar que estos documentos –casi en su totalidad– ya han recibido atención académica. Desde los años treinta del siglo pasado, las aportaciones a la materia han sido numerosas: publicaciones periódicas, trabajos académicos, colecciones documentales47, etc. Sin embargo, hasta el momento, esta preocupación documental ha atendido más a intereses históricos y filológicos que paleográficos, careciendo de un adecuado –y necesario– examen. 3.1. Primera etapa (1201-1225) Para comenzar nuestro análisis paleográfico, debemos retroceder al primer cuarto del siglo XIII, sirviéndonos para ello de cuarenta pergaminos48. Una limitación temporal que se vuelve flexible al tratar de contextualizar el estadio evolutivo en el que llega la escritura a esta nueva centuria. Así, añadiremos al cómputo varios documentos previos, procedentes del último decenio del siglo XII49. La panorámica resultante nos permitirá observar cómo la realidad gráfica estudiada es fruto de una trayectoria pretérita y natural que continuará avanzando –más rápido o lento–, sin torcerse, en la siguiente centuria. En efecto, el examen de las escrituras contenidas en estos documentos nos revela una dilatada pervivencia carolina en tierras ribereñas. Ahora bien, este 44. Siguiendo a Cárcel Ortí 1997, núm. 54, p. 32, son copias auténticas: ACO, núms. 1052, 1125; AHN, Car. 1481, doc. 19; Car. 1483, doc. 10; Car. 1486, doc. 1. Y, más concretamente, se tratan de traslados notariales cuya autenticidad recae en la suscripción y signo notarial. 45. Estas copias que buscan dar apoyo jurídico al acto inserto –definidas en Cárcel Ortí 1997, núm. 65a, p. 34– son: ACO, núms. 987, 1086. 46. El acto jurídico contenido en este pergamino, ACO, núm. 293, se fecha en 1227, pero sus características gráficas –propias de la gótica cursiva fracturada usual– delatan una copia simple posterior, redactada en los decenios finales del siglo XIII. 47. Vid. Paradela Nóvoa 1931-1936; Varela Espiñeira 1968; Martínez Rodríguez 1979; Martín Acero 1985; Bonilla Rodríguez 1987; Vaquero Díaz, Pérez Rodríguez 2010; Lorenzo Vázquez 2016. 48. Estos son: ACO, núms. 42, 62, 68, 71, 74-75, 83-85, 104, 110, 116, 121-123, 146-147, 166, 203, 220, 243, 245, 263-264, 266-268; AHDA, Car. 2, doc. 28; AHN, Car. 1481, doc. 18; Car. 1482, docs. 1-11. 49. Una contextualización que parte de: ACO, núms. 62, 68, 71, 74-75, 83-85; AHDA, Car. 2, doc. 28. De la curva al ángulo: la escritura documental en el monasterio... 325 HID 48 (2022) 317-346ISSN: 0210-7716 ISSN-e: 2253-8291 https://dx.doi.org/10.12795/hid.2022.i49.12 diagnóstico inicial resultará genérico e impreciso para una grafía en avanzado estado evolutivo y creciente sintomatología gótica. Por lo tanto, en nuestros escritos, al considerar que esta es la terminología más apropiada para describir su realidad, nos encontraremos con carolinas avanzadas o carolinas de transición. A continuación, con el fin de justificar dicha catalogación, señalaremos las características más importantes de este tipo gráfico, realizando una descripción exhaustiva de sus formas alfabéticas: a.- De tradición uncial, formada por dos trazos: curva convexa a la izquierda y astil vertical a la derecha que arranca recto –o ligeramente ondulado–, dibujando un pequeño sombrero o capelo sobre su cuerpo50. Un gancho superior bien desarrollado que, reflejo de la evolución gotizante de la escritura carolina, comenzará a menguar con el paso del tiempo51. En su versión mayúscula, a principio de palabra, se presenta alta con alzado ligeramente curvado hacia la izquierda52. b.- Compuesta por dos trazos bien diferenciados: panza redonda y espalda recta que se inicia en un pequeño triángulo –“diente de lobo”53– a la izquierda o corte a bisel, debido al empleo de una pluma con tajo oblicuo hacia la izquierda54. c.- Semicircular55. d.- La herencia minúscula, de cuerpo redondo y alzado recto –pudiendo comenzar ancho, en un perfil angular poco marcado–, muda con el cambio de centuria56. Muy pronto, y de forma progresiva, se comienza a imponer su morfología uncial, con astil inclinado a la izquierda cuyo extremo superior se vuelve sobre sí mismo hacia la derecha en un rasgo muy fino57. No obstante, este relevo gráfico tardará varias décadas en afianzarse, conviviendo escrituras más avanzadas –donde predomina la d uncial, frente a una d minúscula puntual– con otras más conservadoras, que anteponen la herencia carolina. Será a finales de este período, en los años veinte, cuando se consolide esta nueva morfología tan característica del ciclo gótico. e.- De raíz semiuncial, su trazo curvo, abierto a la derecha, se cierra con una marcada lengüeta que se prolonga de izquierda a derecha, sobrepasándola ligeramente58. f.- Simple, realizada en tres trazos: espalda recta –que remata en un pequeño gancho oblicuo, ascendente, a la derecha59–, travesaño y cabeza curva. Esporádicamente, en las escrituras de ejecución más rápida, dicho trazo de fuga desaparece 50. Fig. 1, núm. 3. 51. Fig. 1, núm. 4. 52. Fig. 1, núms. 1-2. 53. Martín Martínez, Ruiz Asencio 1991, p. 289. 54. Fig. 1, núms. 5-6. 55. Fig. 1, núm. 7. 56. Fig. 1, núm. 8. 57. Fig. 1, núm. 9. 58. Fig. 1, núm. 10. 59. Explicación tomada de Suárez González 2001, p. 70. 332 SANDRA PIÑEIRO PEDREIRA HID 49 (2022) 317-346 ISSN: 0210-7716 ISSN-e 2253-8291 https://dx.doi.org/10.12795/hid.2022.i49.12 nos encontraremos con góticas caligráficas o góticas sentadas, escrituras de ductus sentado e intención caligráfica. En algunos casos, sus características las aproximarán a la gótica textual del mundo libresco: preocupación por la redondez de las formas; uso dominante de la a uncial y d minúscula; presencia de g con ambos ojos cerrados; alzados y caídos muy cortos con respecto al cuerpo de las letras (sin sobrepasar la línea del renglón); escasez de nexos y ligaduras –sin poder evitar, eso sí, la contigüidad de las letras–; y ausencia de bucles en los astiles108. Grafías pesadas y proporcionadas, de módulo regular e inclinación caligráfica, cuya presencia nos hace pensar en la existencia de scriptores monásticos capaces de realizar códices109. En otros casos, sus atributos, cercanos a la letra de privilegios, desprenden una mayor cursividad: predominio de la a y d uncial; uso de g con ambos ojos cerrados; similitud morfológica entre la z y el 5 arábigo; diferencia clara entre c y t; prolongación de los caídos de f, r, s bajo la línea de escritura, con tendencia a incurvase hacia la izquierda en su tramo final; desarrollo de los alzados de b, d, h, k, l, que arquean hacia la derecha; y presencia limitada de nexos y ligaduras. Escrituras ligeras y esbeltas, de factura regular y rasgos artificiosos, que, en su afán de seguir el modelo gráfico, frenan la tendencia cursiva de sus artífices materiales110. 108. Son góticas documentales próximas a la textual: ACO, núms. 488, 512, 514, 517, 544, 547, 573, 591, 594, 603, 605, 618, 633, 636, 641, 656, 659, 847; AHN, Car. 1483, docs. 14-16. 109. Asociación que nos ayuda a establecer Suárez González 2007; 2015. 110. Integran las góticas cursivas fracturadas formadas: ACO, núms. 498, 570; AHPOu, Car. 9, doc. 2. De la curva al ángulo: la escritura documental en el monasterio... 333 HID 48 (2022) 317-346ISSN: 0210-7716 ISSN-e: 2253-8291 https://dx.doi.org/10.12795/hid.2022.i49.12 3.3. Tercera etapa (1251-1275) Tras rebasar el ecuador de esta centuria, durante los siguientes veinticinco años, dispondremos de una cuantiosa suma documental –constituida por más de un centenar y medio de documentos– para trazar la evolución gráfica de este tiempo. Este análisis nos permitirá asistir a la plena configuración del ciclo gótico en nuestros escritos; conocer su tan característica –y anunciada– pluralidad gráfica. Así, nuestros artífices materiales continuarán empleando góticas caligráficas o góticas sentadas en la confección de sus productos escritos. Tanto góticas documentales próximas a la libraria111 como góticas cursivas fracturadas formadas112. E incluso, hasta la década de 1270, algunos de estos actores gráficos –los más nostálgicos y conservadores del pasado– recordarán en su labor la superada escritura pregótica113. Sin embargo, en la mayor parte de los pergaminos, a raíz de la progresiva cursivización gráfica, se impondrán góticas semircursivas114. Un novedoso e intermedio tipo gráfico que centrará toda nuestra atención para esta etapa. Empezaremos, entonces, por estudiar las formas que revisten las letras de su alfabeto115: a.- El recuerdo uncial se limita a principio de palabra, en formato alto e inclinado hacia la izquierda. Y es sustituido por su variante triangular en posición intermedia y final116. Por otra parte, en abreviaturas y ordinales aparece la a de lineta, que tiende a prolongarse para facilitar la ligadura entre signos gráficos contiguos117. b.- De panza angulosa y parcialmente abierta, su espalda recta termina incurvada a la derecha118. c.- La rapidez del trazado deforma su primitiva apariencia semicircular, surgiendo una nueva morfología que la aproximará en un futuro a la letra t: en primer lugar, el trazo curvo es ejecutado de arriba a abajo y, luego, el horizontal se dibuja recto119. 111. Son: ACO, núms. 680, 683, 693-694, 696, 721, 743-744, 746, 752, 778, 781-783, 814, 871, 929, 1051, 1131-1132, 1157, 1170, 1174, 1178, 1202, 1219, 1221; AHN, Car. 1483, docs. 18, 20; Car. 1486, doc. 5. 112. En concreto: ACO, núms. 852, 856, 881, 887, 937; AHN, Car. 1484, doc. 13; AHPOu, Car. 9, doc. 3. 113. Este recuerdo se manifiesta en: ACO, núms. 884, 956, 982, 984, 1030, 1039, 1079, 1103, 1110, 1134, 1169, 1173, 1196-1198, 1201, 1205, 1210; AHN, Car. 1484, docs. 11-12; Car. 1488, doc. 18. 114. Encontramos este heterogéneo tipo gráfico en: ACO, núms. 766, 768, 784, 791-792, 818, 820-824, 832-833, 844-845, 882, 886, 890, 903, 911, 917, 926, 931, 952, 971, 973, 987, 1009-1010, 1025, 1029, 1032-1033, 1044, 1049, 1052-1053, 1060, 1064, 1068, 1071, 1082, 1086, 1099, 1104, 1107, 1111, 1124-1125, 1136, 1138, 1154, 1160, 1183-1184, 1195, 1209, 1211, 1214, 1218, 1220, 1266; AHN, Car. 1484, docs. 1, 4, 6-10, 14-20; Car. 1485, docs. 2-6, 9-17, 19; Car. 1486, docs. 1-4; AHPOu, Car. 9, docs. 4-5; ARG, Car. 1375, Exp. 124, doc. 227. 115. Para ello, nos servirá de guía el estudio de Carrasco Lazareno 1999. 116. Fig. 3, núms. 1-2. 117. Esta nueva morfología, más cuadrada, es descrita por Sanz Fuentes 1991, p. 534. Fig. 3, núm. 3. 118. Fig. 3, núms. 4-5. 119. Fig. 3, núms. 6-7. 334 SANDRA PIÑEIRO PEDREIRA HID 49 (2022) 317-346 ISSN: 0210-7716 ISSN-e 2253-8291 https://dx.doi.org/10.12795/hid.2022.i49.12 ç.- Unida al cuerpo de la c, resultando una forma similar a la de la zeta copetuda, aunque su posición en la caja de renglón es diferente120. d.- Uncial, de cuerpo casi triangular y alzado notoriamente inclinado hacia la izquierda. Este último trazo remata arqueándose a la derecha, formando una banderola121. e.- Ante la creciente cursivización gráfica, su espalda se comienza a recostar sobre la línea de escritura, con marcado tracillo central122. f.- Tanto simple como doble –en posición inicial e intermedia–, se constituye de: trazo vertical que cae en punta o se voltea ligeramente hacia la izquierda –intentando volver ascender–, prominente travesaño y rasgo horizontal alargado. Una prolongación exagerada que, con el tiempo, termina por suavizarse e incurvarse123. g.- De cabeza cuadrada y cerrada, caído vertical y siguiente línea horizontal que avanza paralela a la línea de escritura. En muchas ocasiones, su tramo final se voltea a la derecha, formando una lazada; cerrando el ojo inferior124. h.- Alzado recto que acaba incurvándose hacia la derecha –sin dibujar, todavía, un bucle– y trazo curvo que cae oblicuo bajo la línea del renglón, pudiendo girar hacia la derecha en su fin125. i.- Sus formas presentan novedades: la i alta desciende bajo la línea de escritura, incurvándose hacia la izquierda –buscando el punto de arranque– en la recta final; la i media comienza a prescindir de su pie angular a la derecha, trazándose de forma vertical; y la i larga, cae recta o curvada levemente hacia la izquierda126. k.- Sin grandes variaciones en su aspecto, la novedad reside en la curvatura superior –hacia la derecha– del trazo vertical127. l.- Su astil recto termina arqueándose hacia la derecha, sin llegar todavía a formar un bucle128. m, n.- De aspecto puntiagudo, al ser trazadas en un solo tiempo, su último trazo tiende a caer de forma notoria y oblicua bajo la línea de escritura129. o.- Formas angulosas, casi triangulares130. p, q.- Cuerpo anguloso –casi triangular– y caído recto en punta o incurvado a la izquierda, tratando de volver ascender131. r.- La r de martillete, que acentúa su trazo horizontal a final de palabra, desciende de forma notoria bajo la línea del renglón para evitar la confusión entre letras contiguas –especialmente, con la t–. Un caído que puede ser rectilíneo o de 120. La emergencia del romance explica la aparición de esta nueva grafía en nuestro alfabeto. Fig. 3, núm. 8. 121. Fig. 3, núms. 9-10. 122. Fig. 3, núms. 11-12. 123. Fig. 3, núms. 13-14. 124. Fig. 3, núms. 15-16. 125. Fig. 3, núm. 17. 126. Fig. 3, núms. 18-19. 127. Fig. 3, núm. 20. 128. Fig. 3, núm. 21. 129. Fig. 3, núms. 22-23. 130. Fig. 3, núm. 24. 131. Fig. 3, núm. 25. De la curva al ángulo: la escritura documental en el monasterio... 335 HID 48 (2022) 317-346ISSN: 0210-7716 ISSN-e: 2253-8291 https://dx.doi.org/10.12795/hid.2022.i49.12 curvatura moderada hacia la izquierda, intentando escalar hasta el punto de arranque. Y la r redonda se generaliza tras letras de curvas convexas a la derecha (b, e, h, m, n, o, p) y a la izquierda (a, d, g, q, u, y)132. s.- Simple o doble, similar a la morfología de la f. En posición inicial e intermedia se presenta alta, formada por dos trazos: espalda recta que cae en punta o se vuelve hacia la izquierda –buscando ascender– y cabeza alargada horizontalmente, encargándose el tiempo de suavizarla e incurvarla. A final de palabra, la deformación cursiva de la s de doble curva la aproxima a un 5 arábigo133. t.- Su trazo horizontal, en forma exagerada, la diferenciará todavía de la letra c134. u, v.- Los cambios acaecidos en este período afectan a la variante angular. Además de avanzar en el uso consonántico de esta forma gráfica –consolidándose a principio de palabra–, su morfología se altera. Formada, originalmente, por un ángulo agudo, ahora la primera línea se prolonga e inclina –casi volcándose– hacia la izquierda135. x, y.- Sin modificaciones importantes que señalar136. z.- Similar a un 3 arábigo, presenta una morfología más zigzagueante, dibujada en tres trazos: línea horizontal que baja oblicuamente derecha-izquierda hasta ser frenada por una nueva recta, la cual reitera el trayecto anterior y vuelve a caer derecha-izquierda. Este trazado más fracturado, al descomponerse las curvas en ángulos, facilita el acercamiento de sus formas a las de un 5 arábigo137. Tras analizar morfológicamente este nuevo modelo gráfico, observamos cómo la celeridad va a primar en la ejecución de su trazado. Un propósito, el de agilizar la tarea gráfica, que conllevará la deformación –aún moderada– de las letras al ser trazadas en un solo golpe de pluma. Desaparecerá, entonces, la insolidaridad en sus rasgos, emergiendo una escritura más rápida y continua. Y, desde la unión, se transitará a la fusión. De este modo, seguirá siendo frecuente la presencia de letras encajadas en nuestros documentos (ca, ci, co, re, ro, ta, te, to, etc.). Pero aumentará el desarrollo de nexos y ligaduras en el interior de palabra. En especial, la yuxtaposición de curvas contrapuestas (be, bo, de, do, ho, oc, pe, po, etc.)138. De igual forma, estos cambios afectarán al aparato braquigráfico. La irrupción del romance en nuestros escritos provocará el desuso de muchos signos abreviativos latinos, volviendo inevitable la simplificación del sistema. Así, el empleo de abreviaturas –tanto por contracción como por suspensión– continuará siendo notorio, llegando incluso a crecer con motivo de la derivación cursiva del trazado. Sin embargo, la diversidad de sus signos menguará con el paso del tiempo. A nivel genérico, con la desaparición del punto –o su derivación, el punto y coma–, se impondrá el titulus. Un signo que, alterado por la deformación cursiva 132. Fig. 3, núms. 26-27. 133. Fig. 3, núms. 28-29, 43. 134. Fig. 3, núm. 30. 135. Fig. 3, núms. 31-32. 136. Fig. 3, núms. 33-34. 137. Fig. 3, núms. 35-36. 138. Fig. 3, núms. 37-42. 336 SANDRA PIÑEIRO PEDREIRA HID 49 (2022) 317-346 ISSN: 0210-7716 ISSN-e 2253-8291 https://dx.doi.org/10.12795/hid.2022.i49.12 de su trazado, sufrirá una exagerada prolongación y curvatura. A nivel específico, pervivirán: la línea quebrada para omitir er; la c invertida con valor con, com; y el signo similar a un 9 en forma exponencial para us o incluso os. También, continuará el recurso habitual de letras sobrepuestas y la presencia de líneas fracturando los astiles (h, con sentido her, hen) y caídos (p, para per/par, pro; s, para ser, sir) de ciertas consonantes. Por último, la nota tironiana –que representa la conjunción e– se mantendrá con variaciones. Su aspecto original, similar a un 7 arábigo, avanzará hacia formas más cursivas: o bien se aproximará a un 2 arábigo invertido, o bien a una c quebrada en posición y sentido inverso (trazada arriba-abajo)139. Este examen paleográfico nos situará, por lo tanto, ante una escritura híbrida, semicursiva, pues combinará rasgos más cursivos –dominio de la a triangular y d uncial con bucle incipiente; superación de la g semiuncial; deformación de las letras al ser ejecutadas en un solo golpe de pluma: c trazada arriba-abajo, e reclinada sobre la línea de escritura, s de doble curva similar a un 5 arábigo, z zigzagueante, nota tironiana similar a un 2 arábigo invertido; caídos en punta, o ligeramente incurvados a la izquierda, de f, p, q, r, scon otros más sentados –ausencia de bucles en los alzados de b, d, h, l–. Ahora bien, la importancia de este tipo gráfico no solo residirá en su carácter heterogéneo, también en el conjunto de rasgos nuevos y propios que va a presentar: 139. Fig. 3, núms. 42-46. De la curva al ángulo: la escritura documental en el monasterio... 337 HID 48 (2022) 317-346ISSN: 0210-7716 ISSN-e: 2253-8291 https://dx.doi.org/10.12795/hid.2022.i49.12 predominio de formas pesadas y achatadas; prolongación y arqueamiento de los signos de abreviación (tanto superiores como inferiores); desarrollo notorio de las líneas horizontales de f, g, r, s, t, así como las de algunas letras mayúsculas (C, D, E, G, L, R, S, T); fuertes claroscuros debidos al exagerado grosor de las trazos horizontales (c, f, g, r, s, t, nota tironiana) y oblicuos descendentes izquierda-dere- cha (d, v, k), frente a la extrema finura de los caídos oblicuos derecha-izquierda (h, m, n, s de doble curva, x, y, z, nota tironiana) y los astiles curvados –en su tramo final– de b, d, h, k, l. 3.4. Cuarta etapa (1276-1300) Este último tramo del camino, que abarcará los decenios finales del siglo XIII y contará con el respaldo gráfico de unos sesenta pergaminos, conocerá el desenlace cursivo del ciclo gótico. Desde los años setenta, se agudizará la tendencia cursiva de las góticas semicursivas140, surgiendo las primeras góticas cursivas o góticas cursivas fracturadas usuales141. No obstante, esta nueva escritura tendrá que convivir con grafías de menor cursividad –al pervivir artífices materiales de formación y trayectoria desigual– hasta bien entrada la década siguiente142. Será entonces, en los años noventa, cuando se imponga la cursiva plena en nuestros documentos. Así, para culminar este estudio, dedicaremos las páginas que nos restan a revisar las nuevas formas alfabéticas; examinar sus principales características gráficas: a.- A lo largo de esta centuria, su morfología fue adquiriendo los rasgos cursivos que ahora la van a caracterizar. De esta suerte, no habrá cambios importantes a señalar. En posición inicial, continuará el uso de la uncial alta, con capelo bien desarrollado. En posición media y final, se impondrá la variante triangular. Y en abreviaturas y ordinales pervivirá la a de lineta143. b.- De cuerpo parcialmente abierto y alzado recto que remata incurvándose hacia la derecha, cerrando ya su bucle144. c.- Sin variaciones morfológicas, diferenciándose cada vez menos de la t145. 140. En las páginas que nos preceden, hemos analizado en profundidad las características que definen a esta escritura. Unos rasgos que resistirán sin grandes alteraciones al paso del tiempo. Por lo tanto, serán pocas las modificaciones a reseñar, pero necesarias para comprender su desenlace cursivo. Por un lado, se acentuará el arqueamiento de los alzados de b, d, h, k, l, sin llegar a cerrarse todavía. Por otro, avanzará el ascenso de los caídos de f, h, i, m, n, p, q, r, s, y. 141. Pertenecen a este tipo cursivo: ACO, núms. 293, 1259, 1274, 1276, 1283, 1286; AHN, Car. 1481, doc. 19; Car. 1486, docs. 11, 15; Car. 1487, docs. 8-9, 11-13, 16-17, 20; Car. 1488, docs. 3-5, 7, 9-11. 142. Desde góticas documentales próximas a la textual (ACO, núm. 1278) hasta góticas semicursivas (ACO, núms. 1257, 1263, 1268, 1272-1273, 1280-1281, 1285, 1295, 1298; AHN, Car. 1483, doc. 10; Car. 1486, docs. 6-10, 12-14, 17-20; Car. 1487, docs. 1-5, 7, 10, 15, 18-19; Car. 1488, docs. 1-2, 8, 12; AHPOu, Car. 9, doc. 6). 143. Fig. 3, núms. 1-3; Fig. 4, núms. 1-3. 144. Fig. 4, núms. 4-5. 145. Fig. 3, núms. 6-7; Fig. 4, núm. 6. 338 SANDRA PIÑEIRO PEDREIRA HID 49 (2022) 317-346 ISSN: 0210-7716 ISSN-e 2253-8291 https://dx.doi.org/10.12795/hid.2022.i49.12 ç.- Si bien continúa apareciendo unida al cuerpo de la letra c, lo más habitual será encontrarla separada, variando en su forma (recta, curvilínea o zig-zag146) y longitud147. d.- Uncial, cuyo astil se puede presentar en posición horizontal –casi paralelo a la línea de escritura– u oblicua, pero siempre se cierra en un bucle148. e.- Volcada sobre la línea del renglón, adquiere una forma casi triangular149. f.- Simple o doble –tanto en posición inicial como intermedia–, formada en tres trazos: espalda recta que desciende verticalmente bajo la línea de escritura y retoma su ascenso hasta el punto de arranque, pudiendo empatar con el astil vertical y convertir en doble/triple la morfología simple/doble; prominente travesaño y cabeza curva150. g.- De cabeza cuadrada y abierta, su caído discurre paralelo a la línea del renglón hasta finalmente voltearse a la derecha y dibujar un amplio bucle cerrado151. h.- En un juego de contrapesos, su alzado remata arqueándose hacia la derecha cerrando un bucle, mientras el caído oblicuo a la izquierda logra ascender y envolver a la letra152. i.- Las principales novedades morfológicas afectan a sus variantes alta y larga. En ambos casos, el trazo vertical concluye en una curva hacia la izquierda para luego escalar hasta su punto de arranque153. k.- Gran uniformidad con respecto a la etapa anterior154. l.- Trazo vertical que termina incurvándose a la derecha, formando ya un bucle155. m, n.- De aspecto puntiagudo, hacen girar su último trazo sobre sí mismas156. o.- Angulosa, triangular157. p.- Cuerpo triangular y caído vertical bajo la línea de escritura que vuelve hacia arriba y se une al trazo perpendicular158. q.- De cuerpo anguloso y caído vertical que rodea a la letra –y liga con el signo de abreviación– en un movimiento autoenvolvente159. r.- La r de martillete prolonga su caído bajo la línea del renglón, haciéndole luego subir hasta el punto de arranque. La r redonda permanece tras letras de perfil curvo160. 146. Recuperamos la descripción de Carrasco Lazareno 1999, p. 311. 147. Fig. 4, núms. 7-9. 148. Fig. 4, núms. 10-12. 149. Fig. 3, núms. 11-12; Fig. 4, núms. 13-15. 150. Fig. 4, núms. 16-17. 151. Fig. 4, núm. 18. 152. Fig. 4, núms. 19-20. 153. Fig. 4, núms. 21-22. 154. Fig. 3, núm. 20; Fig. 4, núm. 23. 155. Fig. 4, núms. 24-25. 156. Este movimiento envolvente es explicado por Camino Martínez 1988, pp. 152-153. Fig. 4, núm. 26. 157. Fig. 4, núm. 27. 158. Fig. 4, núm. 28. 159. Fig. 4, núm. 29. 160. Fig. 4, núms. 30-31. De la curva al ángulo: la escritura documental en el monasterio... 339 HID 48 (2022) 317-346ISSN: 0210-7716 ISSN-e: 2253-8291 https://dx.doi.org/10.12795/hid.2022.i49.12 s.- Tanto simple como doble, igual que la grafía f. En posición inicial e intermedia, la s alta se compone de: alzado recto que acaba por ascender hasta el punto de arranque y ligar con el astil vertical, volviendo doble/triple la morfología simple/doble; y curvatura superior. A final de palabra, la s de doble curva deriva en una forma sigmática161. t.- El marcado trazo horizontal trata de salvaguardar su diferencia con la letra c162. u, v.- Su apariencia y uso prosiguen el camino previamente iniciado163. x.- Sin alteraciones importantes que señalar164. y.- Como ocurre con h, m, n, q, su caído gira hacia la izquierda y envuelve a la letra165. z.- Próxima a un 5 arábigo, avanza hacia formas sigmáticas. Por otra parte, cuando sucede a la letra p, comprobamos como su último trazo suele prolongarse a la izquierda y, luego de voltearse y cerrar un bucle, dibujar el signo abreviativo per/par166. Esta derivación cursiva del trazado, ahora completa, estimulará la proliferación de nexos y ligaduras en el interior de palabra. Por una parte, la fusión de curvas contrapuestas (ba, be, bo, de, do, ho, oc, pa, pe, po, etc) y el encaje de algunas letras contiguas como la c (ca, co, ci), la r (re, ro) o la t (ta, te, to) seguirá siendo frecuente, e incluso crecerá. Por otra, el desarrollo de bucles tanto en los alzados como en los caídos de ciertas formas gráficas –especialmente, en los astiles y trazos descendentes de b, d, g, h, l, m, n, q, y– multiplicará la presencia y empleo de ligaduras en la labor gráfica. La solidaridad se impondrá como rasgo gráfico, superando definitivamente el aislamiento carolino167. En lo que respecta al sistema braquigráfico, con la consolidación del romance como lengua vehicular en la escritura, este se simplificará a la mínima e indispensable expresión. Mínima, a los signos abreviativos de carácter genérico (titulus), que son absorbidos por los caídos envolventes de h, m, n, q, y; la línea quebrada –cursiva y deforme, próxima a una s– con valor específico er; las letras sobrepuestas y la presencia de líneas que fracturan los astiles (h, para her, hen) y trazos descendentes (p, con sentido per/par, pro; s, con valor ser, sir) de ciertas consonantes. Indispensable, creciendo su uso ante la imperiosa necesidad de agilizar la escritura. De igual modo, perdurará el aparato taquigráfico, reducido a la nota tironiana en su forma cursiva de 2 arábigo invertido168. Por lo tanto, en este devenir paleográfico, a finales del siglo XIII, alcanzamos la gótica plenamente cursiva. Sus rasgos definitorios nos conducirán a ella: dominio de la a triangular y consolidación de la variante a cuadrada; proximidad 161. Proceso desarrollado por Camino Martínez 1988, p. 153. Fig. 4, núms. 32-34. 162. Fig. 3, núm. 30; Fig. 4, núm. 35. 163. Fig. 3, núms. 31-32; Fig. 4, núms. 36-37. 164. Fig. 3, núm. 33; Fig. 4, núm. 38. 165. Fig. 4, núm. 39. 166. Se distingue de la s por la horizontalidad de su trazo superior. Fig. 4, núms. 40-41. 167. Fig. 3, 37-42; Fig. 4, núms. 42-46. 168. Fig. 3, 42-46; Fig. 4, núms. 47-50. 340 SANDRA PIÑEIRO PEDREIRA HID 49 (2022) 317-346 ISSN: 0210-7716 ISSN-e 2253-8291 https://dx.doi.org/10.12795/hid.2022.i49.12 morfológica entre c y t que facilita su confusión; evolución cursiva de s y z, al avanzar ambas hacia formas sigmáticas (de momento, para la s en posición final y la z en posición intermedia) y notorio desarrollo de bucles, tanto en los alzados como en los caídos, que facilitan la ligadura de las letras y dinamizan la actividad gráfica. No obstante, sobresalen los bucles que forman los trazos descendentes de f, i, p, r, s –al tratar de ascender hasta el punto de arranque–, los de g, z –que se cierran formando una lazada– y los de q, y, trazos finales de h, m, n –al envolver la propia letra–, pues estos son más constantes y abundantes que en los astiles de b, d, h, l. Además, destacan los caídos de f y s, pues al retornar en sentido ascendente se vuelven dobles o triples. De la curva al ángulo: la escritura documental en el monasterio... 341 HID 48 (2022) 317-346ISSN: 0210-7716 ISSN-e: 2253-8291 https://dx.doi.org/10.12795/hid.2022.i49.12 4. Conclusiones A lo largo de este camino, una ambiciosa pregunta guio nuestros pasos: ¿Cómo se escribía en el monasterio de Santa María de Montederramo –y en su entorno próximo– durante el siglo XIII? Y ahora, en su término, pretendemos darle respuesta. La primera aportación que nos ofrece este análisis paleográfico es la prolongada pervivencia carolina en nuestra área de estudio, pues sus últimas reminiscencias se desvanecerán en los años setenta de esta centuria. Por lo tanto, los decenios que le van a preceder serán testigo del referido agotamiento gráfico. Hasta el primer tercio del siglo XIII, la escritura documental del ámbito montederramés continuará integrada en el ciclo carolino –carolinas avanzadas o carolinas de transición– ante el embrionario estado de su evolución gótica. Será en los próximos cuarenta años cuando esta sucesión gráfica, progresiva e irreversible, triunfe. Un proceso transitorio que tendrá en las escrituras pregóticas su necesaria manifestación. La siguiente conclusión nos permite situar la irrupción del ciclo gótico en este espacio durante los años centrales del siglo XIII. Más concretamente, desde 1240, cuando encontramos los primeros ejemplos gráficos. Ahora bien, su consolidación no será inminente, más bien gradual, completándose una vez sobrepasado el ecuador de dicha centuria. Así, y hasta entonces, se vivirá una situación de multigrafismo relativo, conviviendo carolinas terminales con góticas primitivas. El último resultado que se desprende de esta investigación es la pluralidad gráfica que caracterizará a la segunda mitad del siglo, consecuencia de la derivación cursiva experimentada en el seno de la escritura gótica. De este modo, coexistirán formas más cuidadas –góticas caligráficas o góticas sentadas– con otras más espontáneas –góticas semicursivas–, retrasando la emergencia (en los años setenta) y consolidación (a finales de la década de 1280) de la gótica cursiva o gótica cursiva fracturada usual. Un ritmo gráfico que, en términos generales, por comparativa con otras realidades peninsulares, avanzará en paralelo a la línea evolutiva trazada desde el ámbito castellanoleonés. Lo comprobamos en la emergencia de la escritura gótica, durante los decenios centrales del siglo XIII, al concordar con los tiempos compostelanos169 y leoneses170; en su progresiva derivación cursiva, pasando por estadios evolutivos intermedios –góticas semicursivas–, a lo largo del tercer cuarto de siglo, que coincidirá con las prácticas madrileñas171 y sevillanas172. Sin embargo, observaremos un cierto retraso –en torno a una década–, con respecto a la Cancillería regia173, en la aparición y consolidación de la gótica cursiva propiamente dicha. 169. Lucas Álvarez 1950, pp. 60-67. 170. Ruiz Asencio 1993, pp. 26-36. 171. Carrasco Lazareno 1999. 172. En correspondencia con el primer tipo gráfico identificado por Camino Martínez 1988, pp. 149-152. 173. Camino Martínez 2008.