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La mujer en busca de su toreo [Reseña de] Presentación de la Exposición de Pinturas Jacobo Gavira / 22 de Abril / 22 de Mayo de 2009 / Estudio Manuel Gavira

Romero de Solís, Pedro

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LA MUJER EN BUSCA DE SU TOREO Jacobo Gavira nos presenta en esta serie de óleos sobre cartón “Toreras”, una proyección sobre su propio universo femenino de ciertos aspectos de la Fiesta de Toros, mirada que se actualiza en cinco retratos de mujeres tocadas con monteras y se remata con un tríptico de toreras que identificamos por el vestido que ostentan y ese mismo sombrero con el que se tocan. Sin embargo, cuando las miramos en su conjunto observamos que, aunque conservando la semejanza propia de una serie, Fig. n.º 41.- Presentacioón de la Exposición de Pinturas Jacobo Gavira / 22 de Abril / 22 de Mayo de 2009 / Estudio Manuel Gavira. Revista de Estudios Taurinos N.º 26, Sevilla, 2009, págs. 281-284 Pedro Romero de Solís 282 hay algo en particular que las distingue, y esta diferencia se hace tanto más notable cuanto que avanzamos en la contemplación de los sucesivos óleos. Obsérvese que las monteras de la serie se van afirmando, cobran consistencia, se cargan de identidad. Recorren un largo camino: desde la primera cuya forma, según las propias palabras del pintor, aparece con textura de terracota, hasta terminar en el tríptico, donde se reproducen con gran fidelidad a lo real y con especial contundencia en lo conceptual. A lo largo de la serie es la montera la que por encima de todo nos indica que la exposición trata de las relaciones entre la mujer y la tauromaquia. Un elemento común a todas las representaciones son los hilos que ocupan verticalmente el primer plano de todas las pinturas. Estos filamentos anuncian los bordados del vestido de torear. Estos filamentos, que parecen nacer en la montera y caen por el rostro de las mujeres, se prolongan por la base de los óleos hasta hundirse, quizá, por el fondo oscuro de la base de las pinturas. En fin, como el propio artista piensa, la retícula de áureos filamentos conecta el fondo oscuro de la naturaleza con la iluminada montera, permitiendo la circulación de la savia de la vida. Ahora bien, esta transparente tela vegetal, trasunto de la urdimbre del vestido de luces, juega también el papel de lienzo de velaciones en clara alusión a la presencia intuida de una cópula ritual. En suma, las doncellas de Gavira, tocadas con la montera y veladas por la retícula áurea, son novias toreras, son hembras que como mujeres se hallan a la espera de alcanzar la plenitud de su concepto y por eso se nos muestran desnudas, receptivas, a la espera de la acometida viril que habrá de completarlas, pero por otra son también artistas, aspirantes a la torería y, en tanto que tales, proclaman su vocación por el ejercicio de la tauromaquia. Creo que merece la pena entretenerse en la presencia invasora, en esta serie de Jacobo Gavira, de la montera e intentar indagar cuál puede ser el sentido de su posible significación. La moderna antropología ha desvelado la simbólica carga femenina de la montera y, tras ella, ha interpretado la lidia de toros como la dramatización del combate entre los sexos y la férrea construcción del género femenino. Es ya un lugar común reconocer en el proceso de la lidia el enfrentamiento a muerte de un hombre con un toro: de un bóvido salvaje que en su momento de aparición en el ruedo proyecta sobre el mundo la representación de la fuerza, de la dimensión genésica llevada hasta la exasperación, de la sobrerrepresentación ideal de la masculinidad. Pero ha sido recientemente, con las revelaciones artísticas de Lorca y Picasso, en que frente a ese monstruo, el toreador, con la cabeza embutida en esa especie de peluca de ensortijado cabello –la montera-, enfundado en el luminoso vestido de torear y envuelto por los airosos vuelos del capote, ofrece su aspecto más delicado y femenino, su dimensión más alada e ingrávida. El torero con la capa y cubierto con la montera muestra, frente a la pujanza feroz de un toro poderoso y en puntas, la imagen fugaz de una bailarina en permanente peligro de ser penetrada, violada por el duro y poderoso pitón del toro. La escena constituye la metáfora más radical de la masculinidad violenta. La lidia representa, en ese estadio, el drama de la diferencia de géneros en la guerra de los sexos. El momento crucial de la corrida de toros es cuando el torero se despoja de la montera, la tira al suelo, descubre provocador la contundente masculinidad de su cuerpo, toma la muleta y se dispone a inculcarle al toro la ley del varón, la regla del sometimiento de lo femenino. En el dominio sobre el sexo femenino es donde se ha basado, hasta ahora, la esencia de nuestra civilización patriarcal. Dos procesos se cruzan en el momento mismo en que el toreador, convirtiéndose en matador, se desmontera: el toreador de estética Recensiones 283 femenizante, arroja el disfraz con el que ha burlado la incesante y poderosa embestida del toro, y se dispone a hacer frente a la bestia, a poderle, como se dice en términos taurinos. Para ello da el primer paso del exigente ritual: muestra con descaro, sin tapujos, sin disfraces, sus atributos viriles para, a continuación, con el suave paño de la muleta obligarlo, humillarlo, someterlo. El toro va adaptando su comportamiento al poder del matador: humilla su cerviz, somete su desorden y, pronto, reclama su final. El animal, una inmensa masa trémula y ensangrentada, se dispone a morir, a transformarse en carne, en alimento. En este último tramo de la transformación simbólica, en virtud de la acción del torero, el toro macho de naturaleza ha asumido la significación social de la hembra porque, ya lejos de empitonar, reclama ser penetrado por el estoque, por la prolongación metálica del órgano masculino victorioso que lo fecundará transformádolo en carne, en alimento, en una gigantesca ubre tumbada sobre la arena del ruedo, expuesta en el cruento altar del sacrificio. Si las primeras cuatro pinturas de Gavira hacen referencia a la vida y a la esperanza, al deseo de emancipación de la mujer contemporánea respecto del papel tradicional de la hembra humana, es decir, su anhelo de romper el cautiverio que representa el género femenino construido por la civilización patriarcal cuyo verdadero sentido es desvelado, a diario, por la corrida de toros de muerte, la quinta, a tenor del lívido color corporal que sufre la mujer tocada con montera, sugiere la necesidad de la desaparición de la protagonista para poder renacer a una nueva vida social en la que el contenido de su género sea distinto. El tríptico habla de unas mujeres situadas ya en otra dimensión, que han perdido su faz cotidiana y seguramente, a través de la tauromaquia, ejercida por ellas mismas, imprimirán un sentido revolucionario y muy distinto a la lidia y habrán asumido el nuevo rostro que la sociedad cotidiana les reclama. Pedro Romero de Solís Pedro Romero de Solís 284