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A-isladas. Desplazamientos y encuentros desde las islas Galápagos

Ramos Pasquel, Daniela

Abstract

Los caminos de esta travesía han sido tejidos por una multiplicidad de relaciones construidas por puntos de partida y arribo, que convergen en la mitad del mundo y del Pacífico, en el Archipiélago de las Galápagos. Líneas de fuga compuestas para ampliar el espacio temporal de las islas y con ello las posibilidades para encontrar(nos). Con la experticia que dan los años de navegante, se podría argumentar que existe la posibilidad de corregir el rumbo y la deriva del barco atendiendo a la variación magnética del compás náutico. Pero he de aclarar que la línea del rumbo de esta investigación no une por defecto los puntos de un relato lineal, tampoco es la voz en off de otra versión de una misma Historia de las Galápagos. Por el contrario, los rumbos son plurales. Desplazamientos que hilvanan una red de relatos construidos por las luces y las sombras de múltiples voces. Son islas, islotes, rocas y cuerpos que vibran por sí mismos, pero también en su relación al conjunto. No he querido definirlas ni categorizarlas por su volumen, dejando que sea el reconocimiento, el reconocer(nos), la única variable que trace sus contornos. Durante la travesía, encontrarán líneas imaginarias que exentas de dividir al mundo en partes desiguales, lo equilibran. Sus geografías al igual que los límites disciplinares de la arquitectura se expanden para generar imaginarios que, movilizándose entre la realidad y la ficción, reconfiguran las relaciones de la ciencia escrita en ficción. En la tensión entre el estilo de escritura académico y el personal, las grietas de estas geografías variables se amplían para dar cabida a territorios delineados por mujeres y sus historias de vida. Las aisladas por la Historia —escrita en letra mayúscula y singular— siempre han ocupado espacios sociales, los indispensables para sostener las vidas en condiciones de humanidad. Son actoras que amplían las narrativas espaciales del archipiélago añadiendo capas inmateriales que extienden el territorio de las Galápagos más allá de sus límites geográficos, relacionando sujetos, espacios y tiempos heterogéneos. Estas relaciones construidas para imaginar otras domesticidades y especular con la posibilidad de otros futuros son geografías móviles que se desplazan para que la arquitectura amplíe el territorio de sus prácticas delineando otros contornos con la escritura. La estela que deja esta travesía insinúa un posicionamiento feminista y descolonial que continúa navegando en construcción y desafiando las reglas impuestas por la marina. Este archipiélago ha sido escrito incorporando recursos propios de la ficción, una propuesta para mirar al archipiélago de las Galápagos a ras del suelo. Cuestionando la asociación entre el silencio y las tortugas, entre la casa y las mujeres, devolviendo la voz a quienes históricamente han sido silenciadas. Confío que, durante la travesía las incertidumbres agrieten los cuerpos de la tripulación para que nuevas pieles hilvanen islas propias a este archipiélago.

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a-ISLADAS desplazamientos y encuentros desde las islas Galápagos Para Martín, Judith y Guillermo Autora Daniela Ramos Pasquel Directores Víctor Pérez Escolano Félix de la Iglesia Salgado José Enrique López-Canti Morales Tutor José Manuel Aladro Prieto TESIS DOCTORAL Programa de Doctorado en Arquitectura Universidad de Sevilla 2021 Agradecimientos Al Gobierno de la República del Ecuador y al programa de becas Convocatoria Abierta 2013 de la Secretaría de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación que fi nanció esta investigación. A José Enrique, Félix y Víctor por ser centinelas de cada fragmento de isla, incluso de las que no horadaron el mar. Salvavidas para los naufragios durante estos largos años de travesía. A Corina, María, Emma, Adela, Carmen, Susana y Genoveva por prestarme sus voces y permitirme compartir nuestros encuentros en las Galápagos. A quienes en su ausencia los dejaron escritos. A Suelen por juntarnos a todas, por ser mi hogar en el archipiélago. A María por acogerme en el suyo cuando intentaba saltar de isla. A Luisa y Paula por los tiempos que dedicaron para escuchar y leer cada una de las geografías, devolviéndome cuidadas refl exiones para completar este territorio. Por compartir un presente que sobrepasa la materialidad geográfi ca y hacer posible imaginar(nos) en otros futuros. A Martín por recordarme quien soy y para quien escribo. A las distintas escalas de familia que, sin conocerse, acordaron tejer una red de afectos que me sostuvo en la mitad del mar y entre continentes. A Miguel por llevar nuestra casa a cuestas y construir un archipiélago de islas diferentes. 1 Obertura para navegantes «Antes de levar anclas y por su seguridad, se han corregido las publicaciones náuticas según el último aviso al navegante. Lamento informarles que gran parte de las instrucciones han sido arrojadas por la borda. Solo ha quedado un único texto legible: “el ámbito marino no es estático cualquier cambio se comunicará en el siguiente aviso”». Con un aviso que tan solo aclara la partida y con ella la imposibilidad de abandonar el barco, les invito a encarnar el papel de navegantes. A desplazar(nos) por caminos que han sido tejidos por una multiplicidad de relaciones construidas por puntos de partida y arribo, que convergen en la mitad del mundo y del Pacífi co, en el Archipiélago de las Galápagos. Líneas de fuga que han sido compuestas para ampliar el espacio temporal de las islas y con ello las posibilidades para encontrar(nos). Si precisan más detalles sobre las coordenadas del rumbo, los tiempos y espacios de cada escala, lamento informarles que esos datos eran parte de los avisos al navegante que fueron arrojados por la borda. Estimando que cualquier advertencia en esta obertura, podría condicionar por defecto un rumbo marcado por los convencionalismos instituidos por la tradición. 2 3 Con la experticia que dan los años en el mar, se podría argumentar que existe la posibilidad de corregir el rumbo y la deriva atendiendo a la variación magnética del compás náutico. He de aclarar que la línea del rumbo de esta investigación no une por defecto los puntos de un relato lineal, tampoco es la voz en off de otra versión de una misma Historia de las Galápagos. Por el contrario, los rumbos son plurales. Desplazamientos que hilvanan una red de relatos construidos por las luces y las sombras de múltiples voces. Son islas, islotes y rocas que vibran por sí mismas, pero también en su relación al conjunto. No he querido defi nirlas ni categorizarlas por su volumen, dejando que sea el reconocimiento, el reconocer(nos), la única variable que trace sus contornos. Durante la travesía, encontrarán líneas imaginarias que exentas de dividir al mundo en partes desiguales, lo equilibran. Sus geografías al igual que los límites disciplinares de la arquitectura se expanden para generar imaginarios que, movilizándose entre la realidad y la fi cción, reconfi guran las relaciones de la ciencia escrita en fi cción. En la tensión entre el estilo de escritura académico y el personal, las grietas de estas geografías variables se amplían para dar cabida a territorios delineados por mujeres y sus historias de vida. Las aisladas por la Historia —escrita en letra mayúscula y singular— siempre han ocupado espacios sociales, los indispensables para sostener las vidas en condiciones de humanidad. Son actoras que amplían las narrativas del archipiélago añadiendo capas inmateriales que extienden el territorio de las Galápagos más allá de sus límites geográfi cos, relacionando sujetos, espacios y tiempos heterogéneos. Estas relaciones construidas para imaginar otras domesticidades y especular con la posibilidad de otros futuros son geografías móviles que se desplazan para que la arquitectura amplíe el territorio de sus prácticas delineando otros contornos con la escritura. A pesar de que las coordenadas de los rumbos se arrojaron por la borda, la estela del trayecto insinúa un posicionamiento feminista y descolonial que continúa navegando en construcción desafi ando en el propio terreno las reglas impuestas por la marina. Si se preguntan cómo navegar por estas escalas territoriales, les sugiero seguir la secuencia propuesta por la autora. Empezar con la voz de Mi abuela era sabia… Una fi guración política que propone ver ciertos acontecimientos del siglo XIX y XX a ras del suelo. Cuestionando con su biografía de vida la unicidad de la Historia y la asociación entre el silencio y las tortugas, entre la casa y las mujeres. Devolviendo la voz a quienes históricamente han sido silenciadas. Detenerse en Un relato heredado... Continuar por las páginas más oscuras y hacer escalas en las hojas blancas... Tengan presente que durante la travesía la linealidad del relato se anula con la posibilidad de partir o arribar desde cada isla, islote, roca o cuerpo. Los susurros de Harriet orientan la navegación. Son el agua que moviliza las geografías, aunque si reunimos sus fragmentos, el cuerpo de otra isla horadaría este archipiélago. «Esta travesía no garantiza la certeza de un puerto seguro y elude la responsabilidad en caso de naufragio. Si las corrientes o los vientos le interpelan se prevé la posibilidad de saltar de isla en isla. Tenga la seguridad de que la costa continental más próxima está a quinientas cuarenta millas. Cualquier cambio se comunicará en el siguiente aviso». 6 7 Mi abuela era sabia es la frase que abre o cierra mis recuerdos con ella… los enlaza… de manera que imagino cómo sus susurros continúan narrando otras historias que se resisten a pesar de los olvidos. Los relatos de mi abuela no se han rendido con el tiempo, como sí lo hizo la biblioteca municipal que cerró sus puertas hasta nuevo aviso. Unos pequeños golpes al cristal de la ventana levantan la mirada de una mujer que, con un gesto de mano, abre la puerta sin descuidar su trabajo. Con su mirada a ras del suelo, ella cataloga y deposita los libros en una caja de cartón que no hace mucho tiempo almacenaba enlatados. Desde su lugar, las mesas y las sillas trazan los caminos de un laberinto complejo que cruzo hasta llegar a una estantería que aún conserva pocos volúmenes expuestos. Ninguno me devuelve a mi abuela a pesar de que ella fi gura en casi todas las portadas. Nunca imaginé que los susurros de mi abuela se guardaban en un marcapáginas gastado, entretejiendo los dorados hilos de la Historia. Hace mucho tiempo, cuando mi abuela era una de las más pequeñas de la manada, vivía en la árida costa de las Galápagos. Archipiélago al que se refería como Las Encantadas. Nunca hizo énfasis en el nombre de su isla porque cada vez que un navegante desembarcaba en la bahía, la volvía a nominar. Con cada nombre la isla renacía envuelta en el recuerdo de otros personajes, geografías y lenguas; hasta que la niebla y las corrientes marinas la desaparecieron producto de su propio encantamiento. Mi abuela decía que era la isla predilecta de las Opuntias que tenían espinas tan raquíticas que cualquier trazo que dibujaban se entrecortaba cuando no era interrumpido por las rocas. Por eso desde siempre, la manada de mi abuela eligió la sombra que proyectaban las tímidas hojas de un Palo Santo como un lugar para encontrarse. El único elemento fi jo de esta habitación era el tronco del árbol que siempre simulaba ser el cuello erguido de la más anciana, alrededor de ella y de él, orbitaba un espacio que se desplazaba con las tenues insinuaciones que el sol proyectaba sobre el suelo. Esta habitación tan ligera como efímera estaba construida por luces y sombras en movimiento, por las historias errantes de las más ancianas que se encontraban en la escucha de las más jóvenes. Bajo la sombra del Palo Santo, las voces de la manada albergaban la esperanza de encarnarse. Sus mitos narraban que los espíritus evolucionaron en actantes con el paso del tiempo y la venida de un cataclismo1. Se transformaron en tortugas, iguanas y piqueros… también en humanas. Las risas de la manada imaginando historias de caparazones, crestas, plumas y pies cayendo indistintamente por todo el continente despertaban a las rocas de su letargo. Con el recuerdo de andares errantes sobre su cuerpo volcánico. Los mitos cuentan que fueron las taínas quienes marcaron a las rocas con sus huellas, viajando de otras islas hoy conocidas como Las Antillas. Para estas caminantes, la divinidad primordial era una tortuga hembra llamada Itiba Cahubaba, que quiere decir madre vieja llena de sangre. 1 La autoría de Handbook of Native American Mythology utiliza en su narración los términos Animal People, real humans y real animals. Con la intención de soldar el abismo entre sociedad|cultura y naturaleza, he decidido eludir las categorías humano y animal reemplazándolas por actantes. Término de la semiótica que designa al participante|actor —humano, no humano o cosa— en un programa narrativo, acogido por Bruno Latour en su Teoría del actor-red (2008). Dawn E. Bastian y Judy K. Mitchell, Handbook of Native American Mythology (Santa Bárbara: ABC-CLIO, 2004), 40. 8 9 Itiba Cahubaba es el núcleo de todo lo vivo. Los dos pares de gemelos, que parió antes de morir, habitaron cada polo del continente, aunque siempre se desplazaron entre sus extremos2. Mi abuela decía que, por más extraño que parezca, nuestras ancestras caminaron desde los cuatro polos del mundo hasta encontrar la tímida sombra de un Palo Santo, que convirtieron en su habitación. El barullo de las más pequeñas de la manada desaparecía con una pausa, coincidiendo con el momento en que juntas imaginaban a la Tierra inundándose. Despojándose de lo que era para posibilitar otras existencias, que la manada pudiese habitar ese tiempo y ese espacio. A la imaginación le seguía el silencio. Todas recordaban estar confi nadas en una minúscula superfi cie rodeada por agua, que siempre estuvo coronada por un Palo Santo. —Nuestros mitos son mucho más poderosos que la Historia —decía mi abuela mientras los pliegues de su cuello apenas insinuaban sus años. Sus susurros, errantes como ella, continúan palpitando en las memorias, aunque en ciertas ocasiones habitan los olvidos. Mi abuela era… y sigue siendo sabia. Sus mitos siguen vivos no porque algún día fuese la más anciana de la manada, sino porque siempre rescribía sus relatos. Amplifi cando las fi suras para dar cabida a nuevas fi guraciones políticas en respuesta a las emergencias del presente. Cuando recuerdo a mi abuela el tiempo se dilata. Pareciese que la mujer de la biblioteca terminó de empacar todos los libros, aunque en realidad sigue sumida en el mismo bucle que es su trabajo. Ni siquiera se ha despegado del suelo para tomarse un descanso y preguntar qué sigo haciendo en un lugar con tan poco por encontrar. Yo, en cambio, sigo inmóvil, observando detenidamente el trenzado de un marcapáginas que sobresale del lomo de un libro. Entre sus fi lamentos dorados hay una frágil hebra que vibra distinta, que se ilumina y desvanece con la misma facilidad. Por extraño que parezca ese hilo escurridizo me recuerda a mi abuela. Sus susurros tenían la capacidad de trasladar(nos) a otras habitaciones construidas por pigmentos de múltiples colores que se resistían a la unicidad de los fi lamentos dorados. A veces imagino que recreo sus historias encontrando coincidencias que solo se sostienen cuando se imaginan. Cierro los ojos y siento que el sol que penetra por los cristales de la ventana es el mismo que hace tiempo tiñó la blanca cabellera de mi abuela. Imagino que sus pasos tan lentos como pequeños son los mismos que me contienen frente al librero. Yo la busco en los libros, ella buscaba la sombra que la cobijaba en su infancia. Una robusta puerta de madera constantemente agitada por el vaivén le dio la bienvenida a mi abuela; al cruzar el umbral, la sombra era mucho más densa de lo que recordaba y el silencio demasiado ensordecedor como para no escucharlo. En los libros, las hojas se multiplicaban por miles ahondando en la timidez que vestía al Palo Santo; que, sin coronar la isla, sacralizaba con su olor a la biblioteca. Mi abuela caminó entre los pigmentos de los libros, algunos más intensos que otros, hasta encontrar un ejemplar con las hojas menos blanqueadas, aunque la portada contradecía su apariencia. Galapagos Archipelago era el centro impreso con dorados tintes, by Míster Stories era el autor de cada letra. Cuando mi abuela acarició el ejemplar una sonrisa dibujó su rostro. Esperaba encontrar toda la sabiduría de su manada recogida en sobrios pigmentos, pero memorizó cada párrafo, oración y detalle mientras sentía desvanecer las comisuras en sus labios. — Nuestras voces… Nunca escuché nuestras voces... Para que imagines cómo me sentí, recuerda el mayor de tus pesares. Revuélvelo una y otra vez hasta que te sientas abatida sin más salida que la compañía de la tristeza... Suspira… toma aire hasta recordar la mirada cristalina y el cuello erguido de tu tatarabuela, de tu bisabuela y de tu madre, incluso el mío… Encuéntrate en nosotras para iluminarte —decía mi abuela que era sabia. 2 Introduzco el mito taíno de Itiba Cahubaba valiéndome de las investigaciones de Lévi-Strauss. Este autor sugiere que los mitos americanos no existen aislados por países, sino que surgen repetidamente en áreas intermedias entre Canadá y Perú. José Ignacio Úzquiza, «Exótica insular, que ni deja testar las islas que van...», en La isla posible: III Congreso de la Asociación Española de Estudios Literarios Hispanoamericanos (Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 1998), 589. Claude Lévi-Strauss, Mito y signifi cado (Madrid: Alianza Editorial, 2012), 55. 10 11 Cuando cerró Galapagos Archipelago algo en su interior la motivó, era lo que solía llamar una “estimulación extraordinaria” lo que la movilizaba. En principio fue su curiosidad, pero con el tiempo descubrió que cada desplazamiento, por más pequeño que fuese, abría la posibilidad de otros encuentros. Estos le enseñaban a relacionarse con lo que desconocía de ella misma y de otros, los personajes y los lugares se multiplicaban en un ir y venir de historias3. Mi abuela aprendió a escuchar los relatos y con el tiempo a contar historias. Su voz se resistía a convertirse en la fotocopia del relato heredado, buscaba deconstruirlo multiplicando las voces. Imaginando que en su historia otras historias se encontraban. Por eso cuando cerró el libro, no paró hasta encontrar al autor que había grabado al archipiélago de Galápagos con pigmentos tan sólidos capaces de congelar hasta el aliento. Mientras buscaba el despacho de Míster Stories, mi abuela no paró de pensar en la sutil contradicción de su apellido4. La Historia que Míster Stories había escrito no evocaba la pluralidad en busca de la razón común, sino fi jar la autoridad de su única voz en lo común. Vuelvo a cerrar los ojos para retener la imagen de la frágil hebra que vibra distinta entre los fi lamentos dorados, imaginando que la voz de mi abuela tocará repetidas veces la puerta de su despacho. 3 «Pensar implica poder ponerse en el lugar de otro o de otra, por eso en todo pensamiento encontramos una voz singular en busca de una razón común. A ponernos en el lugar de otros, incluso de seres mágicos, es precisamente lo que nos enseñan las historias, las que escuchamos y las que contamos». Marina Garcés, «Las historias de una idea», en El peligro de la historia única (Barcelona: Penguin Random House, 2018), 41-2. 4 Míster Stories encarna lo que la historiadora Amparo Moreno Sardá llama El arquetipo viril protagonista de la historia, nombre bajo el cual titula su publicación. A través de una lectura crítica al androcentrismo, la autora devela que «el hombre que aparece como sujeto agente de la historia» no es cualquier ser humano. Sino de «un hombre adulto de raza blanca, miembro de la cristiandad europea occidental, que se dota de instrumentos de poder y de saber para practicar una constante expansión territorial a costa de otros seres humanos, mujeres y hombres, hacia una “civilización universal”». Estas transferencias desde la historia se replican en las ciudades neoliberales que, según la antropóloga María José Capellín están construidas según el modelo imperante del BBVA —nótese que las siglas se corresponden con las de un banco español—. Es decir, ciudades construidas para un sujeto universal que es Blanco, Burgués, Varón y Adulto. La economista feminista Amaia Pérez Orozco retoma la idea del BBVA y le añade la h de heterosexual para acotar más la universalidad del sujeto. Que se caracteriza por «valerse por sí mismo, por no necesitar a nada ni a nadie», negando la vulnerabilidad intrínseca de la vida. Desde el urbanismo feminista, Izaskun Sánchez recupera la genealogía del BBVAh para criticar el urbanismo “neutral y universal” que ponen en el centro las necesidades del neoliberalismo y su sujeto de privilegio frente a los intereses reales de las personas. Amparo Moreno, El arquetipo viril protagonista de la historia. Ejercicios de lectura no androcéntrica (Barcelona: laSal edicions de les dones, 1987), 98. Amaia Pérez Orozco, «La sostenibilidad de la vida en el centro... ¿y eso qué signifi ca?», en IV Congreso de Economía Feminista (Sevilla: Universidad Pablo Olavide, 2015), 11. Izaskun Sánchez Aroca, «Ciudades Feministas. El derecho a la casualidad en las ciudades», Coordinadora feminista (2015), http://feministas.org/ciudadesfeministas-el-derecho-a.html. 24 25 Si las ciudades son textos y no espacios físicos como lo sugiere Estrella de Diego, suspender la incredulidad sería parte «de la propia realidad, tal y como se establece en el marco de las convenciones que rigen la comunicación fi ccionalliteraria» (Rivarola 1986 en Valles 2008, 132). La suspensión de la incredulidad es una condición esencial de la literatura y las artes escénicas que se traslada a los escenarios turísticos y el viaje el mecanismo que la acelera. Para el turismo las ciudades son textos y también escenarios que, sin advertencia previa, nos envuelven hasta sumergirnos en una realidad construida por la fi cción. Estas escenifi caciones no son transferencias literales del relato heredado a la representación espacial, sino producciones escénicas con los poderes ejerciendo el rol de directores. Disponiendo de «toda la autoridad y de toda la autorización para dar forma y sentido al conjunto del espectáculo» (Pavis 2000 en Duarte 2011, 60). Para la dirección de Puerto Ayora, capital de la conservación para la ciencia y el turismo de redes, ser endémico es la única cualidad para protagonizar la obra, a pesar de que los viajeros de corta estancia se disputan los libretos para darles voz a quienes por obvias razones no hablan. En la cotidianidad, solo algunos serán los elegidos para representar los papeles secundarios, mientras que la mayoría asumirán como propios los guiones de orden terciario. En esta estratifi cación escénica, las mujeres son como los trogloditas que habitan en la bodega del Neversink de Herman Melville. Nadie sabe cómo se llaman ni quienes son, siguen siendo desconocidas después de casi dos siglos de existencia (Melville 1999, 34)3. Si nos saltamos la presentación y el desarrollo del confl icto de esta producción escénica, la Estación Científi ca Charles Darwin es, sin lugar a duda, el clímax del relato que se experimenta al caminar. Todas las formas en que la naturaleza había sido atrapada en los distintos suvenires se ratifi can en un decorado que da la bienvenida a sus visitantes. Sería «difícil encontrar un repertorio más completo de imágenes turísticas explícitas en que el matrimonio entre la ciencia y la naturaleza no tenga apelación» (Ospina 2003, 33). En este arco de cemento azul, la única isla que se logra distinguir es Santiago|James, la isla de los bucaneros por excelencia (Donoso 2012, 236). La misma isla que Sebastião Salgado fotografi ó siguiendo las huellas de Charles Darwin. Salgado inició en el archipiélago de Galápagos su Génesis, obra que publicó en el 20134|IMÁGENES. 3 Para revisar la bodega del Neversink ver «Bodega», sección Mundos Flotantes, página 91. 4|IMÁGENES Cómo construir relaciones en territorios habitados Cuando fotografío a seres humanos nunca me planto en mitad de un grupo de incógnito, siempre pido a alguien que me introduzca en él. Después me presento a la gente, me explico, conversamos y, poco a poco, nos conocemos. Entendí que, del mismo modo, la única manera de lograr fotografi ar a esta tortuga era conocerla, ponerme a su altura, con las palmas de las manos y las rodillas sobre el suelo. En ese momento, la tortuga dejó de huir. Y cuando dejó de caminar yo hice un movimiento hacia atrás. Ella avanzó hacia mí; yo retrocedí. Esperé unos instantes, después me acerqué, un poco lentamente. La tortuga dio otro paso hacia mí; enseguida di yo varios pasos hacia atrás. Entonces ella se acercó a mí y me dejó observarla tranquilamente. Pude empezar a fotografi arla. Tardé un día entero en acercarme a esta tortuga. Todo un día para que entendiera que respetaba su territorio (Salgado 2014, 11). Sea lions at Puerto Egas in James Bay Giant tortoise 26 27 En la cúspide del arco de cemento azul, el rostro anciano y barbudo de Darwin valida la voz en off que ha estructurado la única Historia. Su presencia no deja entrever giros en el guion, sino ratifi ca un desenlace que corrobora el signifi cado global del archipiélago. Al cruzar por el arco, las marcas de lo construido desaparecen y la vegetación actúa como una muralla que traza paisajes que se ralentizan en cada curva. El tiempo se adueña del espacio y la lentitud promueve otras formas de percepción: los sonidos y los movimientos anónimos hacen vibrar los manglares mientras las iguanas se detienen en el medio del camino. Una especie de performance subversiva que nos recuerda que ellas estuvieron antes que nosotras. Este tránsito secundado por el manglar fi naliza en el Centro de Interpretación Van Straelen, nombre que recuerda al científi co y promotor del Parque Nacional Galápagos y primer presidente de la Fundación Charles Darwin. Bajo el prisma de un turista, la Estación Científi ca Charles Darwin se podría contener en el Centro de Crianza de tortugas terrestres Fausto Llerena5|IMAGEN. Un lugar que espacializa el programa de reproducción y crianza de quienes le dieron nombre al archipiélago y que se ha convertido en la razón de ser y el saber hacer de la Estación Científi ca Charles Darwin (Grenier 2007, 340). Imaginen que el centro de crianza es como un archipiélago con pequeñas islas valladas que afl oran en un mar moldeado por los trazos de las tripulaciones. Sería sencillo naufragar en esta fi cción, cuando la superfi cie de arena tiembla simulando ser una gran ola motivada por el paso fi rme de una tortuga. Una isla que fl ota inmersa en otra. Sus movimientos no son casuales, incluso podríamos imaginar que son parte del papel que representa: cerciorarse que los ciento trece galapaguitos de Pinzón, nacidos en cautiverio, están próximos a ser repatriados (Parque Nacional Galápagos 2019). Una conservación ex situ con el fi n de lograr una conservación in situ, «es, técnicamente, el más bello logro conservacionista de la Fundación Charles Darwin» escribiría Christophe Grenier en Conservación contra natura. Las islas Galápagos (2007, 340). 5|IMAGEN Conservación ex situ con el fi n de lograr una conservación in situ En 1999 el director del Parque Nacional Galápagos completó la nominación del Centro de Crianza de tortugas terrestres incluyendo el nombre de Fausto Llerena. Honrando así, sus cuarenta y tres años de trabajo como guardaparque. Fausto Llerena se dedicó a cuidar al Solitario George durante cuarenta años, desde que en 1972 arribó la única Chelonoidis Abingdoni que habitaba la isla Pinta (Cayot 2017). Al principio el Solitario George reiteró su apelativo hasta que fue llevado a un corral junto a dos hembras de una especie genéticamente parecida —Chelonoidis Becki— para propiciar la reproducción. Todo intento fue fallido, incluso la inseminación artifi cial. En el 2012 el Solitario George murió de causas naturales, su cuerpo fue trasladado a Nueva York, donde expertos taxidermistas lo embalsamaron. El American Museum of Natural History, institución que resuena desde el viaje a bordo del Noma (1923), exhibió la extinción del Solitario hasta septiembre del 2014 (Vilema 2017). Fausto Llerena se jubiló el mismo año, meses después de que el Solitario George retornara al Centro de Crianza como la pieza central de la sala Símbolo de Esperanza. Una conservación ex situ que a pesar de sus esfuerzos no consiguió la conservación in situ. 28 29 un momento con Darwin arco de Darwin Centro de Crianza Fausto Llerena Si el clímax del relato heredado es la Estación Científi ca Charles Darwin, el desenlace es, sin lugar a duda, un momento con Darwin. Una escenografía con vegetación natural y cráteres fl otando como telón de fondo, diseñada al milímetro para el joven protagonista de la obra. A pesar de que Darwin fue un viajero de corta estancia en el archipiélago, fue el único que no disputó los libretos, los directores de esta producción escénica nunca dudaron de sus dotes de narrador. Su voz al igual que su escritura era clara, objetiva y comprobable, ninguna audiencia dudaría del argumento. Siguiendo el legado mitológico de Occidente como metanarrativa, el relato heredado se espacializó recurriendo nuevamente a la fi cción. Podríamos imaginar que el padre de la evolución encarna a Hermes, el único dios que junto a la diosa Hestia habitó entre los seres humanos. En Grecia, Hermes y Hestia simbolizaban los espacios humanos, la tensión existente entre los pares dicotómicos exterior e interior, público y privado. Ser hombre de ciudad, ser mujer de casa (Martínez 1995, 25). En consecuencia, Darwin sería y representaría al mensajero, al protector de la conservación para la ciencia y de los espacios públicamente turistifi cados, el que guarda la información y el guardián de los caminos (Durán 2008, 45). 3130 El relato heredado que encarna la fi cción de la naturaleza pre y antihumana como realidad totalizadora atraviesa el espacio simbólico del puerto, materializándose en una memoria que aglutina y defi ne al archipiélago como bien natural inscrito en la Lista de los Patrimonios Mundiales de la UNESCO (1979). Por lo tanto, si continuara narrando cada una de las escenas de esta representación hegemónica, la única Historia se ramifi caría por todos los escenarios de Puerto Ayora ocupando la totalidad de los monumentos y los murales, se dispersaría por las calles hasta apropiarse del sesenta y cinco por ciento de sus nombres. Con cada camino podría completar un volumen de Historia Natural que versaría sobre albatros, cucuves y petreles que emprenden el vuelo desde la avenida Charles Darwin, con matazarnos, scalesias y miconias que, desde el siglo XVII, fueron los suvenires predilectos de los exploradores. Estos actantes endémicos que solo habitan en las islas del archipiélago están contenidos en una colección de nombres dispuestos en cada esquina. Aglutinados en unos vistosos letreros que se asemejaban mucho a unas pegatinas de color azul intenso. De las cuarenta y nueve calles nombradas en Puerto Ayora, localizadas en el trazado anterior a los barrios El Mirador, a Las Orquídeas, Scalesia y Cascada, solo diecisiete conservan las referencias de casi dos siglos de habitar humano. La importancia de los nombres de las calles radica en que son fuentes inagotables de memoria que siempre están expuestas a interpelar nuestros sentidos; productoras de sujetos, relaciones e imaginarios (Valle 1997; Kuri 2007; Troncoso y Piper 2015). En la toponimia, que es el lugar con nombre y el nombre del lugar, se manifi estan los lugares visibles y se concentra la construcción colectiva de la memoria. Los ectopónimos, en cambio, defi nen las geografías tácitas y reservadas, lugares que se apropian quienes han sido excluidos de las narrativas dominantes (Durán 2008, 58)6|IMAGEN. 6|IMAGEN Ectopónimos visibles En Puerto Ayora los ectopónimos guardan relación con los procesos de crecimiento urbano, principalmente con aquellos que surgieron como parte de las promesas electorales con la que las autoridades municipales se perpetuaron en el poder. En el año 2000, los barrios Cascada, Scalesia y Las Orquídeas crecieron sin que las calles fueran nombradas, aún no lo han sido, emulando una planifi cación improvisada que se caracteriza por la densifi cación de los lotes y pasajes de tres metros entre los frentes (Gobierno Autónomo Descentralizado Municipal de Santa Cruz 2012, 254). Más reciente es el caso de la urbanización El Mirador, concebida como un plan habitacional a gran escala, que se ejecutó partiendo de una permuta de terrenos solicitada por la municipalidad. Cien hectáreas de la zona agrícola de Santa Rosa a cambio de 71.1 hectáreas del área protegida del Parque Nacional Galápagos (Guevara 2010, 47-9). Esta anexión a la superfi cie habitada expandió la traza urbana del puerto en un 40%, acrecentando el défi cit de servicios públicos que ya era un hecho en Puerto Ayora (Gobierno Autónomo Descentralizado Municipal de Santa Cruz 2012, 269, 275). Esta reciente incorporación que se materializó en el 2009 con la apertura de las primeras vías es visiblemente palpable. La gran mayoría de terrenos siguen baldíos y los nombres de las calles han sido referenciados con letras y números. Como si estuviesen esperando estas líneas para completar las memorias ausentes. 1964 2006 2019 3332 2009 - 2019 (Urbanización El Mirador) 2000 - 2009 (Barrios Cascada, Scalesia y Las Orquídeas) 1980 - 2000 1965 - 1980 1950 - 1965 1940 - 1950 Hasta 1940 Urbanización El Mirador Puerto Ayora | Urbanización El Mirador | Barrios Cascada, Scalesia y Las Orquídeas Urbanización El Mirador Barrios Cascada, Scalesia y Las Orquídeas 34 35 La memoria como práctica social y política construye espacios inmateriales y simbólicos, sus estrategias no difi eren de las historias heroicas reconstruidas, solo cambian los actores y la mayoría de las veces comparten la misma dirección. La producción de Puerto Ayora rescató hechos, fechas y personajes del pasado para transformarlos en acontecimientos y protagonistas históricos del presente, fi jando la historia que se desea conmemorar. De tal manera que la memoria no es una sucesión lineal de hechos, sino un dispositivo con saltos en el tiempo que viaja al pasado recogiendo los presentes pasados y sus interpretaciones para fi jarlos en el espacio-tiempo actual (Valle 1997; Kuri 2007). Además de condensar el tiempo en el espacio, el poder articula la memoria anteponiendo las jerarquías dominantes de raza, género, clase, sexualidad, etc. Así, los mecanismos de la memoria gestados desde el poder, que es masculino, se aprehenden como naturales a pesar de que su entramado privilegia: los determinismos biológicos, la jerarquía de raza y clase, y otorga prestigio social a los hombres sobre las mujeres (Valle 1997, 116). En consecuencia, podríamos leer la Historia del archipiélago tan solo poniendo atención a los nombres de sus calles. Una historia heroica reconstruida que ha sido escrita en clave del poder que celebra la masculinidad hegemónica7. 7 Historias heroicas reconstruidas. Descubrimiento, colonización y provincialización de las islas. Tomás de Berlanga salió de Panamá hacia Puerto Viejo pero las corrientes y los vientos desviaron el rumbo del barco. El 10 de marzo de 1535, la tripulación encabezada por el fray español, atracó en la isla Española (Figueras 2010, 5). Berlanga es su descubridor geográfi co a pesar de no reclamar las islas como suyas ni producir un mapa como se acostumbraba en la época de la conquista. Su carta relatoria contenía las difi cultades del viaje y algunos esbozos de las posiciones geográfi cas de las islas. Que hizo posible la actualización del mapa maestro del mundo, el Padrón Real, trazado por los dibujantes especializados en cartas de navegación (Harley 2005, 124). El callejero de Puerto Ayora hace explícito un vacío de casi tres siglos. Omite nombrar a los representantes del dominio geopolítico inglés que materializaron las primeras cartografías y marcas topónimas. El salto en el tiempo nos localiza en la primera colonización impulsada por el Estado ecuatoriano. José Joaquín de Olmedo, presidente interino del Ecuador, autoriza al coronel Ignacio Hernández «para dirigir y proteger la importante empresa de reconocer, poseer y fomentar las islas del Archipiélago del Ecuador (consideradas antes por islas de Galápagos)» (Olmedo 1832, 1 en Latorre 1999, 401). Así, el 12 de febrero de 1832 desembarcaron en la isla Floreana una treintena de hombres, entre ellos dos de los cuatro socios fundadores de la Sociedad colonial del Archipiélago de Galápagos: Ignacio Hernández y el general José de Villamil, a quien Herman Melville encarna como el rey de los perros en su obra Th e Encantadas (1854). El último salto en el tiempo nos lleva al general Guillermo Rodríguez Lara, dictador ecuatoriano, que el 18 de febrero de 1973 accedió a crear formalmente la provincia de Galápagos. Con esta categoría territorial arribaron las primeras instituciones públicas, escuelas fi scales y se regularizó la frecuencia semanal para los vuelos que operaba desde 1963 la única aerolínea, TAME. Era la «primera vez, en la historia ecuatoriana de las islas, [que]el Estado parecía tener medios para sostenerla de verdad», pero en la práctica, fue un proceso progresivo que concluyó dos décadas más tarde cuando dos representantes del Consejo Provincial de Galápagos ocuparon sus escaños ante el Congreso de la República (Ospina 2001, 6). 36 37 En la primera estratifi cación del espacio simbólico, los poderes privilegian la reconstrucción heroica de la Historia, la segunda capa, en cambio, está constituida por los lugares anclados al barco. Calles como la Juan León Mera y la Juan Montalvo trasladan las trayectorias políticas y literarias del espacio continental al insular. Tejen una memoria nacional que enlaza ambos territorios a pesar de la diferencia de uso horario y los casi mil kilómetros que los separan. El ejemplo más explícito de la toponimia anclada al barco es la memoria que guarda la calle aledaña al Colegio Nacional Galápagos nominada ofi cialmente como Charles Binford aunque conocida como la calle de los kioskos. En este espacio público, las memorias pioneras se resisten a desaparecer a pesar de las imágenes posteadas por el turismo, consiguiendo que ambas nominaciones convivan a la vez8|IMAGEN. La calle Charles Binford conmemora al hombre que representa uno de los tantos trabajos realizados en colectivo y que fue impulsado mucho antes de que el Estado hiciese una presencia de hecho en Puerto Ayora. Raúl Flores Viteri, uno de los primeros docentes del Colegio Nacional Galápagos, nos traslada al año 1968 cuando el yate Linco, matriculado en Portland, Oregón, arribó a puerto ondeando su bandera. Sin hablar gota de español, Binford observó la decadencia del edifi cio escolar. Una casa construida con la madera de Baltra que desecharon las fuerzas estadounidenses en su paso por el archipiélago. Ante este panorama, propuso a la población construir el Colegio Nacional Galápagos. Era de ver al señor Binford vestido de pantalón y camisa de color caqui y con su sombrero tejano, saltando a tierra en su paga de aluminio y caminando en dirección a la escuela por la actual avenida Baltra. Trabajando en la obra: fabricando los bloques, operando una máquina concretera, traída por él, o manejando el bailejo, el nivel, la plomada o el teodolito. Dirigiendo la construcción. A los padres los veíamos, por su parte, remando las canoas, desafi ando a las olas. Trayendo la arena del otro lado del islote, cargando al hombro los sacos de arena y las fundas de cemento. Desembarcando estos materiales en el muelle y llevándolos hasta la obra porque nadie en el pueblo tenía siquiera una carretilla. Así, fueron tomando forma las aulas, la biblioteca, los baños y las casas para los profesores... Queréis tener colegio… Todo lo había previsto el señor Binford […] Trajo los talleres de mecánica, carpintería y labores, también el teatro y la cancha deportiva. Todo esto con su dinero y sin 8|IMAGEN Charles Binford | La calle de los kioskos Durante el día la Charles Binford es como cualquier otra calle con más movimientos que encuentros, exceptuando las horas de entrada y salida de clases que activan los intercambios entre generaciones y familias. Al caer el sol la calle muestra su apelativo que circula en las imágenes posteadas por el turismo, los kioskos despliegan su mobiliario hacia el espacio público. La comida se apropia de todas las espacialidades haciendo tangibles las prácticas culinarias, culturales, pesqueras y agroganaderas que han sido relegadas del discurso ofi cial incorporando otras capas a Puerto Ayora que cada vez son menos visibles. Con este gesto espacial, los kioskos desafían a la domesticidad construida en el interior de los interiores y con ella a la estructura tradicional de la vivienda, visibilizando una domesticidad expandida en la ciudad que abre la posibilidad de externalizar de la vivienda, algunas o todas las actividades cotidianas (Amann 2011; Amoroso 2017; Martella y Amann 2019). Como en 1956 lo hicieron las tres primeras casas comedores que atendían Teodora González, Zoila Torres y Bolivar Tandazo (Zambrano y Zambrano 2017, 56). Volviendo a la comida. Cristina Ahassi sugiere que una de las variables que opera dentro de los procesos de construcción de identidades galapagueñas es el Sistema de Salud compuesto por subsistemas alimenticios y médicos. A partir del siglo XIX, las poblaciones pioneras introdujeron paulatinamente alimentos y plantas medicinales que deben ser leídos como símbolos de vida. Puesto que facultaron la habitabilidad en las islas aportando condiciones menos inhóspitas para sus habitantes (Ahassi 2007b, 172). El Sistema de Salud combinó elementos locales como el galápago (hoy prohibido) y la variedad de pescado y marisco con la yuca, plátano, camote, caña de azúcar, chivos, ganado vacuno y porcino (Ahassi 2007a, 202). Este proceso de nutrir los cuerpos concentra prácticas y territorios diversos en un proceso de transculturación en que todas las variantes de las ecuaciones resultan modifi cadas. Posibilitando que emerja «una nueva realidad, compuesta y compleja; una realidad que no es una aglomeración mecánica de caracteres, ni siquiera un mosaico, sino un fenómeno nuevo, original e independiente» (Malinowski en Unigarro 2014, 12). 38 39 que al Estado le hubiera costado un solo centavo. [Se fue a los Estados Unidos para traer más ayuda y volvió con] un gran cargamento de máquinas para los talleres, proyectores y pantallas de cine para el teatro y la biblioteca. Así como equipos de radio comunicación como los que usaban los radioafi cionados. Además, electrodomésticos, como cocinas y refrigeradores, para las casas de los profesores. Cuando todo estuvo listo [los padres de familia enviaron una comisión a Quito para pedir la creación del colegio secundario. Un año más tarde], cuando creyó que todo estaba encaminado elevó las anclas de su precioso yate. Dejó nuestro Puerto Ayora y retornó a su gran país (Flores 2018). Si existen lugares con nombre que se anclan a los barcos también hay nombres de lugares que llegaron en barco para echar el ancla. Me refi ero a las memorias de las familias pioneras que «durante décadas forjaron sociedades aisladas pero unidas por estrechas relaciones de parentesco y se reconocieron mutuamente en la proeza de haber vencido la adversidad para construir la prosperidad de las islas a partir de su sacrifi cio y tenacidad» (Ospina 2001, 22). Estas señas de identidad podría ser la antesala que advierta que las siguientes calles nombradas conmemoran espacios sociales vividos por la gran mayoría de sus actores. Sin duda Roberto Schiess, Adolfo Hanny, Karl Angermeyer, Moisés Brito y Enrique Fuentes hicieron grandes contribuciones al puerto, pero la ausencia de mujeres en los nombres de las calles hace evidente que el género masculino, los derechos de sangre siempre ligados al poder adquisitivo y la participación política, infl uyen en el proceso de legitimación social (Valle 1997; Ramos 2015)9. La memoria de Puerto Ayora como proceso de confi guración espacial conmemora únicamente los procesos materialmente visibles: remar las canoas desafi ando las olas, cargar en hombros sacos de arena y cemento, operar la maquinaria concretera, el teodolito, el nivel, la plomada y el bailejo. Otras maneras de ser y hacer en lo cotidiano han sido invisibilizadas a pesar de que las interacciones sociales dotan de sentidos y signifi cados diversos y cambiantes al espacio, por ende, a diario lo construyen y reconstruyen (Lefebvre 1974; Ramos y Carrera 2020). En un principio imaginé que estas otras maneras de ser y hacer podrían condensarse en la calle secundaria nominada como Los Colonos, pero reconstruyendo sus memorias sabemos que conmemora al primer asentamiento permanente de la isla Santa Cruz. Encarnado en cuatro accionistas noruegos, que, a pesar de todo, decidieron permanecer en la isla mientras el resto de sus compatriotas abordaba el barco de regreso10. 9 Para referirse a Adolf Hanny ver «Grietas», sección Soy una tortuga, páginas 178-187. 10 Ver «Ciudades ancladas», sección Soy una tortuga, páginas 188-201. 11 Ver «Grietas», sección Soy una tortuga, páginas 178-187. Al caminar por este escenario, visibilizamos que la gran mayoría de las memorias son producciones que reconstruyen la historia, añadiendo un carácter épico a los hechos, unas cuantas viajan ancladas al barco mientras que otras consiguen echar el ancla. No obstante, todas las memorias comparten una misma cualidad, sus protagonistas descienden de un mismo linaje paterno. Son los guardianes de los caminos que multiplican al dios Hermes a pesar de que solo Darwin lo encarne. Hestia, sin embargo, nunca arribó al puerto, apenas salió del Olimpo, prefi riendo recluirse en el interior de la vivienda, en el interior de los interiores (Durán 2008, 46). La exclusión de su descendencia no implica la ausencia de mujeres en el puerto. Frente a la mirada eurocéntrica que mitifi ca el modelo burgués del ama de casa aislada de la esfera pública, las mujeres siempre han ocupado los espacios públicos trabajando. En Puerto Ayora, Pelican Bay antes de ser el muelle de los pescadores fue el centro de la cultura del agua y el principal espacio de sociabilidad entre mujeres de distintas familias y generaciones11. Coincidiendo con todos los comienzos de la vida urbana, en que los trabajos en torno al agua han sido responsabilidad de las mujeres (Martínez 1995, 28). 4140 En los puestos del mercado las mujeres compran y venden verduras, aves y productos que cultivan, crían y elaboran; en los puestos de comida y en los restaurantes son cocineras y comensales. Participan activamente en las celebraciones civiles y religiosas, y gestionan espacios públicos como los parques12|IMAGEN. Últimamente, las mujeres transforman los espacios concebidos para el ocio en palestras para exigir sus derechos como parte de un proyecto común13|IMAGEN. Las mujeres siempre han ocupado los espacios públicos transgrediendo las funciones con que fueron concebidos (Martínez 1995; Col·lectiu Punt 6 2019). Las mujeres del puerto, al igual que Hestia, continúan construyendo espacios públicos en diferentes capas (in) materiales, aunque los espacios simbólicos oculten su existencia. Son presencias ausentes que en secreto se apropian de los ectopónimos, de los lugares sin nombre y los nombres sin lugar. Cuestionándose o no, las mujeres ocupan el centro de la casa donde se guarda el fuego eterno. Desde ahí protegen y guardan los hogares, el interior de las cosas y sostienen la vida que es la razón y el corazón de la ciudad (Durán 2008, 45). 12|IMAGEN Salvemos las áreas verdes Activando el espacio público con actuaciones materiales, el grupo ciudadano Salvemos las áreas verdes, visibilizó la capacidad de autogestión ciudadana. A través del voluntariado, este grupo liderado por Elisa Morán, Esther Vargas, Paola Leguísamo, Fanny Jarrín y Susana Valverde, fomentó la participación social y política en el parque El Edén (Ramos 2017, 165). El primer espacio público que regeneraron en el 2013, y tras el cual continuaron con el parque La Alborada. El potencial de su trabajo radica en la gestión para que «el parque fuese diseñado y construido por los propios del barrio» y por quien desease sumarse a esta causa. Estas gestiones previas involucraron la «organización de eventos — conciertos, kermeses, rifas, etc.— como mecanismos para levantar fondos. Tocar las puertas de los negocios locales y de las personas naturales para que dieran su aporte» (Susana Valverde, encuentro Facebook, Noviembre 17, 2014). El 04 de febrero del 2016, el Consejo Cantonal de Santa Cruz resolvió condecorar al grupo Salvemos las áreas verdes con el mérito de colaboración. «Por su colaboración impulsora y participativa con la institución Municipal, en las diferentes actividades en bien de la comunidad en recuperación de parques» (Grupo Salvemos las áreas verdes, ofi cio de la alcaldía, Febrero 05, 2016). Para ampliar el tema revisar Daniela Ramos Pasquel, «Género A-Islado: Caso de Estudio las Islas Galápagos - Ecuador» (Trabajo de fi n de máster, Universidad de Sevilla, 2015). 4342 Puerto Velasco Ibarra, isla Floreana Para buscar a quienes sostienen la vida que es la razón y el corazón de las ciudades viajaremos a Floreana, la primera isla habitada del archipiélago. Su población oscila entre los ciento once y ciento veinte habitantes, pero, a pesar de ello, se incrementan el número de restaurantes y alojamientos para turistas, incluso se han adquirido nuevas fi bras para transportar a los futuros visitantes. La que era una «sociedad aislada y volcada a la vigilancia medioambiental y la agroganadería de autoconsumo ha comenzado a tomar un claro perfi l turístico» (Ruiz-Ballesteros 14 En una asamblea, Max Freire, presidente del gobierno parroquial, procuraba justifi car por qué los fl oreanos debían unirse para gestionar el turismo; entonces manifestó de forma muy elocuente: «queremos que el turismo venga y se adapte a la isla y no al revés». Todos los presentes asintieron. Con ello se hacía explícita la voluntad de un cambio crucial en la actividad turística: su eje articulador debía bascular hacia la oferta y no tomar como único referente a la demanda. Frente al «turismo relámpago», se buscaba modular la actividad turística —controlar sus fl ujos y formas— para que su desarrollo no erosionara la vida cotidiana (Ruiz-Ballesteros 2017, 345). Para revisar el turismo en Floreana, ver Esteban Ruiz-Ballesteros, «Comunidad, bienes comunes y turismo en Floreana (Islas Galápagos)», Revista de Antropología Social 26 (2) (2017), 333-54. 2020 2020 13|IMAGEN Colectivo Magma 56 57 Guevara Ruiz, Carlos. 2010. «La construcción de una sociedad sustentable. Investigación histórica y evolutiva de la tipología vivienda en Puerto Ayora, Galápagos». Trabajo de fi n de carrera. Universidad de Cuenca. http://dspace. ucuenca.edu.ec/handle/123456789/550. Hall, Dunwoodie. 1959. «Th e Lust-Mad Empress of Galapagos». Man´s Darin Action, (Agosto). http://www.galapagos.to/TEXTS/MANSACTION.HTM. Haraway, Donna J. 1995. Ciencia, ciborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza. Traducido por Manuel Talens. Madrid: Cátedra, 1991. Harley, John. 2005. La nueva naturaleza de los mapas. México: Fondo de Cultura Económica. Latorre, Octavio. 1999. El hombre en las islas Encantadas. La historia humana de Galápagos. Quito. Lefebvre, Henri. 1974. 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Acto simbólico por la despenalización del aborto terapéutico para víctimas sobrevivientes de violación. Fotografía. Facebook, Noviembre 11, 2020. https://www.facebook.com/magmagps/photos/pcb.70255980 3719106/702550707053349. MAGMA (@magmagps). 2020. Acto simbólico para conmemorar a las mujeres víctimas de femicidio. Fotografía. Facebook, Noviembre 06, 2020. https:// www.facebook.com/magmagps/photos/pcb.698067587501661/698067407501679. p. 37 p. 25 p. 27 pp. 28-9 p. 31 pp. 32-3 p. 41 p. 42 62 Puerto Velasco Ibarra, isla Floreana Ilustración de la autora Angermeyer, Hein. 2019. Puerto Velasco Ibarra. Fotografía aérea. Accedido Noviembre 21, 2020. http://www.dronestagr.am/puerto-velazco-ibarra-fl oreanaisland-2/. María Osorio Rendón, Manuel. s.f. Maruja Zavala. Retrato a carboncillo. En Rendón, Paulette de. 1985. Galápagos. Las últimas islas encantadas. Quito: Museos Banco Central del Ecuador, p. 31. Paulette Everard Kieff er Rendón, Manuel. s.f. Paulette de Rendón. Retrato a carboncillo. En Rendón, Paulette de. 1985. Galápagos. Las últimas islas encantadas. Quito: Museos Banco Central del Ecuador, p. 5. Casa de la familia Zavala Osorio Rendón, Manuel. s.f. Casa de los Zavala. Ilustración a carboncillo. En Rendón, Paulette de. 1985. Galápagos. Las últimas islas encantadas. Quito: Museos Banco Central del Ecuador, p. 29. Emma Bedón Fotografías tomadas el 2017. p. 45 p. 47 p. 47 p. 47 p. 49 66 67 infi nitas veces asalté su puerta, agotada de tantas intromisiones se abrió. Lo justo para meter mi pie, seguido de mi rodilla, pierna y cadera... La única luz de la habitación, oscurecida por pesadas cortinas de terciopelo rojo, provenía de una pequeña lámpara localizada al borde del escritorio. Las paredes laterales contenían libros de todos los colores, tamaños y formas, eran las certezas con las que Míster Stories sostenía la autoridad de su voz. Su despacho era, más bien, un escenario diseñado al milímetro con una imagen de cráteres fl otando como telón de fondo. Al cruzar el umbral, me sentí la protagonista de esta representación, arremetiendo contra todo obstáculo con el fi n de cumplir mi más ferviente deseo. Pero no hubo aplausos, ni fl ores, tampoco estaba la manada esperando que retorne después de tan larga travesía. Una frase sin melodía cerró el telón retornándome a la oscuridad matizada por las pesadas cortinas de terciopelo rojo, en un despacho coronado por un escritorio tan robusto como el árbol que lo originó. — Señora, no sé cómo ha conseguido entrar, pero le aseguro que tiene los segundos contados —dijo el Míster mientras revisaba los excesos de sus fuentes. Supe que sus incesantes movimientos entre los libros y la mesa no se detendrían, así que cuando se dio media vuelta, aproveché el silencio de los libros para entonar los susurros de las más ancianas y con ellos refutar su Historia. Nunca se molestó en detenerse… Incluso cuando desempolvaba el ejemplar más antiguo, su pie traducía los segundos del reloj… Solo paró cuando dejó caer un pesado volumen sobre el escritorio. — Señora, ¿cómo pretende que crea las palabras de una anciana? No tengo tiempo para detenerme en banalidades, así que prosigamos. —Volvió a respirar profundo expulsando el aire con un leve movimiento que encogía la cabeza y los hombros—. Si usted memorizó cada párrafo, oración y detalle de mi best seller, recordará que cito a fray Tomás de Berlanga como descubridor de Galapagos Archipelago. Su carta fechada el 10 de marzo de 1535 es un documento irrefutable, una evidencia histórica tan veraz como objetiva. Antes del fray español no hubo exploraciones y tampoco indicios de que alguna vez las islas estuviesen habitadas. Es más, puedo decir con certeza que las islas no existían en los mapas antes de su llegada. —Dijo el autor mientras colocaba sus anteojos sobre el escritorio. No sé si esperaba mi rendición o que me sincronizase a su velocidad y a la frecuencia de sus excesos. Sus constantes resoplidos con los que encogía levemente la cabeza y los hombros balanceaban la única luz de la habitación, al tiempo que formaban leves arrugas en su chaqueta. Me detuve en ellas como si observarlas signifi case apropiarme de las muestras de fatiga para devolverlas transformadas en pausas. Infi ltrando en estos intersticios blancos, tiempos y refl exiones propias. Retomar el aliento, medir mis palabras... continuar5. 5 «[…] otras formas de resistencia a la opresión simbólica de la velocidad y el exceso son posibles. Formas sutiles pero poderosas que podrían venir representadas por la infi ltración de espacios en blanco y tiempos de pensamiento que nos permitirían un ejercicio de agencia en el mundo online. Justamente lo que hoy cabe esperar de un trabajo intelectual y artístico que haga refl exivo el mundo al que mira, pero, lamentablemente, también lo que más se está empujando fuera de los sistemas educativos ávidos de rentabilidad». Remedios Zafra, El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital (Barcelona: Anagrama, 2017), 94. 68 69 Cuando Tomás y su tripulación no encontraron agua dulce le clavé la mirada. Buscaba que se fi jase en mí y seguidamente en mis huellas… debo confesarle que nos fascina el agua, por lo que nuestras huellas trazan mapas desde todas las direcciones hacia el único manantial de agua dulce6. Pero Tomás… Tomás nunca me miró... Estaba más preocupado por las expresiones de los actores que estaban al ras de su mirada… Desde aquel día, nos hemos preguntado que hubiese sido de aquel hombre… si tan solo Tomás hubiese volteado a ver. Míster Stories agachó la cabeza y frunciendo el ceño buscó las palabras escritas por Tomás en los recovecos de su memoria. “Pero de la necesidad del agua se nos murió alli un ombre”7. Quise cobijar sus olvidos diciéndole que nuestros silenciamientos recuerdan su nombre y el de otras y otros olvidados, pero mis palabras no le bastaron. Con un resoplido volvió a planchar las arrugas de su chaqueta y recuperó su semblante colocándose nuevamente los anteojos. —Usted entiende que la muerte no puede considerarse como un acontecimiento histórico, a no ser que el hombre en cuestión haya dado su vida en favor de una gesta heroica. Le aconsejo acudir a un especialista para que le revise su repetida ausencia del habla, me temo que sea producto de una conmoción relacionada con la clara deformidad expuesta en su columna. Tengo certeros conocimientos de medicina, así que no me ponga a prueba. Remitámonos a los hechos en cuestión. Para publicar la décima edición revisada de mi libro, repasé todas las fuentes cartográfi cas y los diarios de viaje escritos por grandes hombres. Todos los registros están documentados, por tanto, no considero indispensable incorporar ninguno de sus testimonios, menos aún sin la documentación que los avale. Le invito a revisar mi extenso currículum, comprobará cuantitativamente que mi vida gira entorno a la Academia. Lamento decirle que no tengo tiempo para escuchar memorias encorvadas que inciden perjudicialmente en mis indicadores de productividad. Por favor abandone mi despacho. Mientras Míster Stories pronunciaba su sentencia fi nal, el circuito de sus movimientos entre los libros y el escritorio se hacía más intenso. Iba y venía, una y otra vez, con el único fi n de demostrar que era un excelente gestor de información como dejaban ver sus estadísticas. Poco después su mesa se colmó de fi chas 6 «La tortuga es muy afi cionada al agua […] A fuerza de pasar por los mismos sitios han trazado verdaderos caminos que irradian en todas las direcciones desde los manantiales hasta la costa; siguiendo estos senderos fue como descubrieron los españoles los manantiales». Charles Darwin, Viaje de un naturalista alrededor del mundo (Madrid: Miraguano S.A Ediciones, 2009), 351. 7 Transcripción original de la carta escrita a Carlos V por fray Tomás de Berlanga desde Puerto Viejo el 26 de abril de 1535. Tomás de Berlanga, «Carta a su Magestad de fray Tomás de Berlanga, describiendo su viaje desde Panamá á Puerto Viejo, e los trabajos que padeció en la navegación. Puerto Viejo - Abril 26, 1535», en Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y colonización de las posesiones españolas en América y Oceanía... [1a Serie]. Tomo XLI (Madrid: Imprenta de Manuel G. Hernández, 1884), 538-44. minuciosamente catalogadas, y con una sonrisa fi ngida se disculpó por haber tardado tanto. Catorce minutos, un minuto por cada mapa. 70 71 Yi de los galopegos Fecha: 1569 Autor: Gerardus Mercator Idioma: Latín GPS002 Inf: de los galepegos Inf: de los galopegos Fecha: 1570 Autor: Abraham Ortelius Idioma: Latín GPS003 Yi de galapagos Fecha: ca. 1561 Autor: Anónimo Idioma: Español GPS001 los gallapagos Fecha: 1622 Autor: Hessel Gerritsz Idioma: Español y neerlandés GPS004 Fecha: 1699 Autor: Herman Moll Idioma: Inglés The Gallapagos Islands GPS005 Isles Galapes Fecha: 1746 Autor: Georges-Louis Le Rouge Idioma: Francés GPS006 Gallapagos Isles Fecha: 1796 Editor|Autor: John Reid Idioma: Inglés GPS009 Fecha: 1798 Autor: Aaron Arrowsmith Idioma: Inglés Chart of the Galapagos GPS010 Fecha: 1844 Autor: John Arrowsmith Idioma: Inglés Galapagos Islands GPS011 Fecha: 1942 Autor: U.S. Hydrographic Office Idioma: Inglés Galapagos Islands GPS014 Archipiélago de Galápagos Fecha: 1892 Autor: Theodor Wolf Idioma: Español GPS013 El archipiélago de Galápagos Fecha: 1858 Autor: Manuel Villavicencio Idioma: Español GPS012 Galapagos or Inchanted Is. Fecha: 1794 Autores: Benjamin Martin y Samuel Dunn Idioma: Inglés GPS008 Galapagos or Inchanted Is. Fecha: 1775 Autor: Thomas Jefferys Editor: Robert Sayer Idioma: Inglés GPS007 72 73 Frente a la prisa por ocuparlo todo, mis movimientos eran pausados haciendo del tiempo mi mejor aliado. Lentamente acomodé las asas del bolso en mi hombro, situándolas del revés al derecho, acomodando los pasadores de abajo hacia arriba, volviéndolos a su sitio. Deteniendo el tiempo de nuestro encuentro. Lo necesario para que él coloque los catorce mapas sobre el escritorio, ordenándolos por fecha y relevancia, mientras dictaba una clase magistral en la que repetidas veces nombraba a Cowley, Colnett y FitzRoy. Notables caballeros y las únicas fuentes de su conocimiento. Pero aún quedaba un espacio libre en la mesa, confi eso que me inquietaba saber quién sería su invitado estrella. Cuando depositó un libro entre los mapas como si fuera un cráter perforando la tranquilidad del mar, Míster Stories desconocía que el autor de ese ejemplar era el responsable anónimo de mi presencia en su despacho. — Señora, lleva casi una hora colocándose el bolso, no quiero pensar cuantas horas necesitará para llegar a la puerta. Pero mientras usted termina de salir puede admirar la primera edición original del más noble de los naturalistas, Charles Darwin. Ejemplar que aporta con evidencia científi ca, justo lo que usted necesita para aclarar la confusión que tienen con sus ancestras. En su célebre teoría sobre El Origen, Charles Darwin nunca nombra que el hombre civilizado descienda de las tortugas. Con lo cual, esa creencia en un espíritu que luego toma forma de tortuga es descabellada en toda regla. Míster Stories intuyó que el padre de la evolución apresuraría mi paso, sin embargo, su nombre trajo al presente los días en que Chas me observaba tratando de anotar cada detalle en su diario. Cuando recordé su instrumental, mi primer impulso fue la supervivencia. Descolgué el bolso del hombro y seguidamente erguí mi columna lo sufi ciente para hacer resonar mi voz en el despacho de Míster Stories. Cuando era pequeña mi madre decía que debía controlar mi curiosidad para no meterme en líos… me lo dijo mientras curaba la primera de mis fi suras. La última vez que escuché su voz fue una mañana en que un barquito con nombre de sabueso atracó en mi isla. Me dejé llevar por la curiosidad e intenté asomarme a una de las escotillas mientras de la voz de mi madre se hacía más pequeña. No conseguí pasar de la quilla cuando unos marineros me empujaron hasta que caí rendida en el suelo de su mundo. A medida que yo caminaba absorta por la cubierta principal de un barquito con nombre de sabueso, la voz de mi madre se diluía… El nuevo mundo fl otaba, mientras yo intentaba desesperadamente alcanzar el brocal de uno de los cañones para lanzarme al agua. Estuve a punto de conseguirlo cuando las manos del capitán FitzRoy me tomaron por la cintura. Tarareando una alegre marcha fúnebre me llevó bajo el mástil mayor. — ¡Atención, hoy cenamos sopa de tortuga! —gritó a sus tripulantes— pero la voz del único supernumerario a bordo interrumpió toda celebración. Chas no consintió que me hiciesen sopa, muy a pesar del hambre que tenía. 88 89 Contra-espacios a bordo Neversink, USS Hassler y HMS Beagle A pesar de las diferencias tipológicas entre barcos, el principio de compartimentación rige su espacialidad. Las divisiones y subdivisiones rígidas actúan como fronteras materiales e inmateriales que perpetúan las estructuras jerárquicas. En este sentido, las jerarquías se construyen a partir del trabajo asignado a cada tripulante y va en función a su experiencia previa en el mar. Al igual que en las comunidades desembarcadas, la jerarquía es sinónimo de posición social y se espacializa en lugares físicos. Por tanto, a cada tripulante se le asigna un trabajo y un espacio físico que determina deliberadamente el ser, el estar y el pertenecer. Esta fragmentación se complementa con una rígida cadena de mando que sostiene en el poder al capitán y subordina a sus tripulantes. Esta cadena de mando|poder anula las interrelaciones espaciales y se refuerza a través del lenguaje del mar que está plagado de términos propios, que incluyen órdenes, números y coordenadas. Los cuales actúan como una «membrana a través de la cual los marineros acceden al barco como territorio» (Kado 2017, 85). [El novato] debe comenzar de cero. No sabe nada, el griego y el hebreo no le servirán en absoluto, pues la lengua que debe aprender no tiene gramática ni léxico [...] Está absolutamente perplejo y confuso. [El primer ofi cial que le da la bienvenida], le da un número tras otro para que los recuerde: 246... 139... 478... 351 (Melville 1999, 37). Esta fragmentación nos remite a un sistema de cierres y aperturas específi cos que aísla a cada espacio. El barco se cierra al mundo exterior pero quien ingresa en él no está completamente dentro, todo es una ilusión, ya que es imposible permear su arquitectura jerárquica6. Para explorar la espacialidad del barco propongo partir del mástil mayor, que por su ubicación central y su visibilidad desempeña un papel relevante en la fragmentación espacial del barco. Bajo el mástil mayor la sociedad embarcada ejerce la actuación disciplinaria, es decir, el control de los cuerpos de su tripulación. En este sentido, este objeto se convierte en el lugar reservado para quienes atenten infringir la ley y desestabilizar las estructuras del barco7. Las vidas a bordo dejan de regularse con el sonido del silbato en un régimen militar, sino con el cantar de las campanas y un grito «que siempre produce un escalofrío en las espaldas de todos los hombres de a bordo». — ¡Atención, todos a presenciar el castigo! [... Reclamo al cual acuden] desde el corpulento capitán en persona hasta el más insignifi cante muchacho que hace sonar la campana (Melville 1999, 232). En el sentido material, el mástil mayor actúa como eje para dividir la nave en horizontal y vertical. La horizontalidad en cuatro cuadrantes: popa y proa —en sentido longitudinal— babor y estribor —en sentido transversal—. La verticalidad está marcada por las cubiertas, siendo la cubierta principal el plano clasifi catorio para organizar la estratifi cación social. Bajo esta cubierta se encuentra la cubierta de alojamientos y la bodega. Para visibilizar esta estratifi cación propongo permear la estructura del Neversink en el sentido inverso a las jerarquías, es decir empezando desde la bodega. 6 «La heterotopía es un lugar abierto, pero con la propiedad de mantenerlo a uno fuera». Foucault, De los espacios otros: quinto principio (1984). 7 «Lugares que están reservados a los individuos cuyo comportamiento representa una desviación en relación a la media o a la norma exigida». Foucault, De los espacios otros: primer principio. Heterotopías de desviación (1984). 90 91 ESTRIBOR BABOR POPA PROA línea de crujía Cubierta Ligera Principal de Alojamientos Bodega Trinquete Mesana Mástil Mayor SECCIÓN POR LA LÍNEA DE CRUJÍA VISTA SUPERIOR BODEGA Marineros de bodega Al referirse a este espacio, Melville nos invita a recorrer nuevamente las tres SECCIÓN POR LA LÍNEA DE CRUJÍAVISTA SUPERIOR cubiertas que se hallan sobre la bodega, hasta alojarnos en el espacio destinado para el grupo social más invisibilizado: los marineros de bodega. Un grupo de «trogloditas que, como conejos en sus madrigueras, viven entre los aljibes, toneles y cables. Cual marineros de Cornualles, se lavan el hollín de la piel, y están pálidos como espectros» (Melville 1999, 34). Los trogloditas seguirán habitando en las minas de estaño o en la bodega de cualquier barco. Su apelativo sugiere el despojo de la condición humana para justifi car su trabajo invisible en el lugar más peligroso del barco. «Nadie sabe cómo se llaman estos sujetos; después de tres años de viaje, te siguen siendo desconocidos» (Melville 1999, 34). Los marineros de bodega son personajes construidos como una alteridad caracterizada en oposición a lo humano que se vuelve esporádicamente visible ante la tripulación «cuando hay una tempestad y se llama a todos los hombres para salvar el buque». Después de lo cual «desaparecen con el mismo misterio para no ser vistos hasta que se produce otra conmoción» (Melville 1999, 34-5). 92 93 CUBIERTA DE ALOJAMIENTOS Proa Tripulación Descanso: Hamacas en la cubierta Popa Antecámara Middies|Guardiamarinas Descanso: Hamacas en camarote Alimentación: Mesa de la antecámara Cámara baja Primer teniente, ofi ciales: piloto, contador, capellán, cirujano, ofi ciales de infantería de marina y maestro de los guardiamarinas. Ofi ciales mayores: contramaestre, condestable, carpintero y maestro de velas. Descanso: Camarotes privados Alimentación: Mesa de la cámara baja. VISTA SUPERIOR CÁMARA BAJA ANTECÁMARA SECCIÓN POR LA LÍNEA DE CRUJÍA Un salto por la cubierta de alojamientos del Neversink al USS Hassler Si cada uno de los trabajos asignados a la tripulación está asociado a un lugar específi co del barco, otra de las formas de espacializar las jerarquías es a través de la habitabilidad, organizada en función al descanso y la alimentación. Necesidades básicas que se concentran en la cubierta de alojamientos y en la cubierta principal. En consecuencia, la cubierta de alojamientos se secciona a partir del mástil mayor, que actúa como un plano vertical de clasifi cación para dividir y privilegiar a los espacios de popa sobre los ubicados en proa. A partir de esta descripción, les invito a desembarcar del Neversink para abordar la cubierta de alojamientos del USS Hassler (1871-2). Un buque de guerra estadounidense que partió con el objetivo científi co de recolectar especímenes de aguas profundas durante los ocho meses que circunnavegaron América del Sur. USS Hassler 94 95 La Expedición Hassler fue parte de la gran ola de travesías post darwinistas que llegaron a las islas Galápagos y es considerada como la segunda más importante después de la realizada por el Beagle. Ya que, a partir de la publicación del Origen de las Especies, las islas ocuparían un sitial preferente dentro del debate naturalista8. Supongamos entonces que al interior de la cubierta de alojamientos de este buque de guerra es posible transferir la narrativa del Neversink, para imaginar que en la proa «las cuerdas de las hamacas se cruzan y entrecruzan en todas las direcciones, hasta ofrecer a la vista una vasta cama de campaña, a medio camino entre el techo y el suelo, entre los que median unos cinco pies|1.52 m» (Melville 1999, 147). Entonces «hablar de dormir es pura burla y vacua palabrería» ya que «la horca te da más margen para balancearte» que las dieciocho pulgadas|45.72 cm de ancho de cada hamaca (Melville 1999, 146-7). En este camarote común, los marineros de a pie enrollan sus hamacas con la misma facilidad que las desenrollan para permitir que la cubierta se ocupe con otros fi nes como el rancho en los días de mal tiempo. En el espacio del barco altamente jerarquizado sería impensable que un tabique de madera separe a los rangos más altos de los plebeyos de mar, de tal manera que la antecámara actúa como un espacio de gradación entre las cuerdas de las hamacas y los camarotes privados de los ofi ciales. Un espacio compartido habitado por los middies|guardamarinas; hombres cuyo único fi n de abordaje es «ir a la escuela y aprender las obligaciones de teniente». Cada mañana cuando los middies se despiertan «la antecámara zumba, zurríe y bulle como una colmena, o como un parvulario en un día de bochorno» hasta que el primer teniente se presenta de improvisto y les obliga acabar con los juegos (Melville 1999, 62). Imaginemos que, tras esta advertencia, el primer teniente del Neversink regresa a su camarote privado y que en la puerta contigua a la suya descansan los científi cos de la Expedición Hassler. Imaginemos que los ofi ciales y tres de los siete miembros del equipo científi co comparten el espacio de la cámara baja, que «se parece mucho al largo y ancho pasillo de un hotel grande» con numerosas puertas a ambos lados (Melville 1999, 58). En medio de este largo y ancho pasillo está ubicada una mesa rectangular con esquinas redondeadas dispuesta para dieciséis comensales que siempre toman asiento a las dos de la tarde9. 8 Tres años después de la Expedición Hassler, Th eodor Wolf realizó dos viajes a las islas Galápagos (Agosto-Noviembre 1875 y Junio-Agosto 1878). Desde su llegada al Ecuador como miembro de la Orden jesuita, Wolf desarrolló investigaciones en geología y botánica como docente universitario (1870-5) y posteriormente como geólogo para el Estado ecuatoriano (1875-1892). Ana Sevilla (2016) menciona que las exploraciones de Wolf se diferencian de las otras realizadas durante el siglo XIX por tres motivos. El primero de orden logístico, ya que es la primera expedición científi ca que parte desde el Ecuador. El segundo la proximidad para investigar in situ y el tercero es el tiempo de estancia. Es decir, que estos motivos posicionaron a «Wolf en un lugar privilegiado dentro de la comunidad científi ca europea» en la que el darwinismo estaba en pleno auge (Sevilla 2016, 351). Para ahondar en la relación entre Th eodor Wolf, el pensamiento darwinista y las islas Galápagos se sugiere revisar Ana Sevilla, «Un naturalista lejos de Europa: Th eodor Wolf y Las islas Galápagos», en Evolucionismo en América y Europa. Antropología, biología, política y educación, ed. Nicolás Cuvi, Elisa Sevilla, Rosaura Ruiz y Miguel Ángel Puig (Quito: Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales Sede Ecuador, 2016), 339-55. Para el aporte cartográfi co de Wolf ver pie de página 15 «Th e Gallapagos Islands (1699) - Archipiélago de Galápagos (1892)», sección One need not be a Chamber — to be Haunted —, página 467. 9 El que almuerza más tarde es el de mayor consecuencia, y quien almuerza más pronto es el que cuenta menos. En un buque insignia, el comodoro almuerza por lo general a las cuatro o cinco en punto; el capitán hacia las tres; los tenientes hacia las dos, mientras que el pueblo se sienta ante su carne de buey salada exactamente al mediodía (Melville 1999, 65-6). Para ver otra deriva sobre la mesa como criterio de jerarquización ver pie de página 29 «Couple IV (1997)», sección One need not be a Chamber — to be Haunted —, página 493. 96 97 Este día el capitán del USS Hassler, Phillip C. Johnson, se saltó el protocolo, la mesa del almuerzo y la hora de la comida dejaron de ser criterios que determinaban su rango (Melville 1999, 65)9. Este día, el personal de cocina no preparó otra comida y tampoco puso el mantel en su cabina privada. Este día en especial, el personal encargado de la cocina colocó dos sillas extras en la mesa de la cámara baja, ya que la máxima autoridad del barco decidió honrar con su presencia a científi cos y ofi ciales en la mesa y en la hora de su comida. En este esquema de la cámara baja dibujado por el artista de la expedición James Henry Blake, advertimos al capitán encabezando la mesa y en cada extremo de sus hombros a Mrs. Johnson y Mrs. Agassiz, las únicas mujeres a bordo del buque de guerra adaptado para la expedición científi ca. Si recorremos cada una de las sillas hasta localizarnos en el extremo de la mesa, observamos al profesor de Harvard: Louis Agassiz quien fue invitado a dirigir al equipo científi co que iba a bordo. A los sesenta y cuatro años Louis embarca por un motivo personal de recolectar las evidencias necesarias para contrarrestar las afi rmaciones transformistas|evolucionistas de Charles Darwin10. Para continuar con este relato es necesario que descentremos el interés en los resultados de la investigación y retornemos a la silla de Elizabeth Cabot Cary, conocida como Elizabeth Agassiz. La primera mujer naturalista en desembarcar en las islas Galápagos con un estilo narrativo que dista mucho del utilizado por los exploradores anteriores. Para contextualizar sus aportes es necesario que retrocedamos varios siglos hasta el medioevo europeo, período en el cual, el viaje era un movimiento espacial que se correspondía a los atributos socialmente aceptados para la masculinidad. Razón por la que la mayoría de mujeres experimentaban en su vida un único viaje, la entrega en matrimonio. Un desplazamiento que evoca un único sentido pues el ideal de este “viaje|aventura” es la ausencia del retorno (Rivera 1990, 39)11. A partir de esta restricción les invito a situarnos en el siglo XIX, época en la cual los viajes para la mayoría de las hijas de los hombres con educación también estaban ceñidos al matrimonio con la salvedad de los desplazamientos a las casas de veraneo. Elizabeth no fue la excepción a la regla, sin embargo, su situación cambió radicalmente cuando en 1850 contrajo matrimonio con uno de los naturalistas más renombrados de la época, Louis Agassiz. Una alianza que facilitó su acceso a otras espacialidades antes restringidas. 10 El Origen de las Especies, había dividido a los científi cos en catastrofi stas y evolucionistas, grupos opuestos de pensamiento que a su vez estaban liderados por Agassiz desde los Estados Unidos y Darwin desde Inglaterra. Para Agassiz la historia natural era un refl ejo de la voluntad del Creador, es decir que cada ser vivo era una creación única y por tanto las formas de vida que surgirían después de cada catástrofe — inundaciones, glaciaciones — estarían desvinculadas a las que existían antes de cualquier desastre (Santos 2005, 15). 11 Cabe destacar que durante este período algunas mujeres occidentales eligieron peregrinar, es decir una forma de viajar ligada a la religión cristiana, para subvertir los roles de género y acceder a las espacialidades propias de lo masculino. En este sentido el primer testimonio escrito en forma de diario data del siglo IV y le pertenece a Egeria. Autora que formó parte de ese pequeño grupo al que los autores cristianos llamaron “mujeres viriles” (Morató 2010, 26). En consecuencia, las peregrinas son las primeras viajeras de las sociedades occidentales y el diario de Egeria, el primer libro de viajes escrito en la península ibérica (Cid 2010, 7). Elizabeth y Louis Agassiz a bordo del USS Hassler INGENIERIA BAÑO CABINA VINO Mrs. Agassiz Prof. Louis Agassiz Mr. Johnson Capt. Philip C. Johnson Philip Johnson Louis Agassiz Elizabeth Agassiz Dr. Hill Dr. Steindachner Esquema de la cámara baja del USS Hassler 9998 Al poco tiempo de casados, la pareja fundó la School Agassiz for Girls (1855-63), en las instalaciones de su casa de Boston, la cual Elizabeth dirigió en un período en que las «mujeres estadounidenses trabajaban como educadoras para otras mujeres, para la niñez y para su país» (Norwood 1993, 22). Elizabeth no solo dirigió el colegio, sino que aprovechó cada una de las clases para completar su formación, que hasta ese entonces se había centrado en el campo de la música, las lenguas y el dibujo (Paton 1919, 17). Como lo señala Carolina Martínez Pulido (2014), el colegio, además de aportar económicamente al sustento familiar, fue un esfuerzo pionero en la educación de las mujeres. Un compromiso que Elizabeth retomó en 1879 al cofundar el Colegio Radcliff e, anexo femenino de la Universidad de Harvard, que presidió hasta 1899. Por consiguiente, su primer libro A Firts Lesson in Natural History (1859), publicado durante cinco ediciones bajo el seudónimo de Actaea, no solo ratifi ca su compromiso con la educación, sino que demuestra su capacidad para fundir la comprensión científi ca con la escritura poética. Con este contexto biográfi co, les invito a abordar el Colorado en el primer viaje que Elizabeth realizó como naturalista. Este barco de vapor estadounidense acogió a la Expedición Th ayer (1865-6) que ejecutó una serie de observaciones geológicas y reunió una amplia colección de especímenes de la fl ora y fauna brasileña. Fruto de esta expedición, el matrimonio Agassiz Cary publicó en 1867: Journey in Brazil, «que en realidad es el diario de campo de Elizabeth en el que Louis, al igual que otros científi cos, tienen una participación mucho menor en los escritos» (Santos 2005, 16)12|IMÁGENES. 12|IMÁGENES A Journey in Brazil (1867) Desde el siglo XVI los expedicionarios habían confi gurado un imaginario cargado de epítetos que recurrían al exotismo y la exuberancia de la región para construirla como un espacio temporal antagónico a la civilización de Occidente. Este imaginario permanecía intacto, desconociendo que desde el siglo XIX, las poblaciones brasileñas habían experimentado nuevos procesos sociales marcados por la diversidad cultural y racial (Santos 2005, 18). Cuando Elizabeth desembarcó en Río de Janeiro, se encontró con otras realidades que desdibujaban el imaginario heredado y posibilitaban reconstruir el propio. Decidió permanecer la mayor parte del tiempo registrando la cotidianidad de las mujeres que vivían en los pueblos y ciudades. Mina Negress and childMundurucu Indian Dining-room at Hyanuary Mina Negress 101100 El Journey in Brazil transgrede los límites de las ciencias naturales incluyendo observaciones etnográfi cas que refl ejan los profundos cambios en la organización social derivada de la Guerra de la Triple Alianza o Guerra del Paraguay (1864-70), que coincide con la expedición Th ayer. Elizabeth observó que las repercusiones de la guerra no solo devastaban los bosques, sino que modifi caban los roles sociales que desempeñan las mujeres amazónicas tras la «brutalidad ejercida [por el ejército para] el reclutamiento de los hombres». Debo decir que la vida de la mujer India, hasta donde la hemos visto, parece envidiable, en comparación con la de la dama brasileña en las ciudades amazónicas. La primera tiene una vida saludable al aire libre; tiene su canoa en el lago o río y sus senderos a través del bosque, con perfecta libertad para ir y venir; tiene sus ocupaciones diarias asignadas, ocupándose no sólo del cuidado de su casa y de sus hijos, sino también de hacer farinha o tapioca, o de secar y enrollar tabaco, mientras que los hombres están pescando y cazando tortugas. Ellas tienen frecuentes días de fi esta que animan su vida laboral. Por el contrario, es imposible imaginar algo más lúgubre y monótono que la vida de la Senhora Brasileña en las ciudades más pequeñas. En las provincias del norte, aún prevalecen las antiguas nociones portuguesas de encerrar a las mujeres y hacer que su vida doméstica sea tan incolora como la de una monja de clausura, pero sin el elemento del entusiasmo religioso. Muchas damas brasileñas pasan día tras día sin moverse más allá de sus cuatro paredes, casi nunca se muestran en la puerta o en la ventana [...] Es triste ver estas existencias sofocadas; sin ningún contacto con el mundo exterior, sin ningún encanto de la vida doméstica, sin libros ni cultura de ningún tipo. La Senhora Brasileña en esta parte del país o se hunde contenta en una vida vacía sin rumbo o se inquieta contra sus cadenas, lo cual la hace tan descontenta como inútil (Agassiz y Agassiz 1868, 269-70). En el prefacio del Journey in Brazil, Louis escribe que la señora Agassiz llevó un cuidadoso diario que envió como cartas a su familia y amistades con la «idea que yo pudiera utilizarlo para tejer los informes científi cos de mi viaje mediante un hilo narrativo [...] Como consecuencia de este modo de trabajo, nuestras contribuciones separadas se han entrelazado tan estrechamente que apenas sabríamos desconectar» (Agassiz 1868, IX-X). En la autoría del libro, Louis reconoce el trabajo de documentación de Elizabeth, pero a pesar de ello no la reconoce como científi ca, como su par igual. Él subordina a la coautora refi riéndose a ella como la señora del profesor: professor and Mrs. Louis Agassiz13. 13 Esta invisibilización de Elizabeth Cabot Cary como autora nos invita a refl exionar sobre la condición de las mujeres en la construcción del relato canónico de la historia en todas las disciplinas. Incluso las incontables veces que la obra producida por mujeres ha sido incorporada al registro de sus cónyuges, familiares o pares de trabajo. Daniela Arias Laurino (2018, 141) explica que las razones para la exclusión de las mujeres de la historiografía residen en la fi losofía del lenguaje, las relaciones de las mujeres con el poder y los espacios de trabajo que les asignaron o asumieron. Para ver más referirse a Daniela Arias Laurino, «La construcción del relato arquitectónico y las arquitectas de la modernidad. Un análisis feminista de la historiografía» (Tesis doctoral, Universidad Politécnica de Cataluña, 2008), 131-59. Elizabeth Cabot Cary y Louis Agassiz 102 103 Años más tarde y abordo de la Expedición Hassler, Elizabeth Cabot Cary continuó registrando sus observaciones en cartas con la intención de replicar el formato del Journey in Brazil, sin embargo, el repentino fallecimiento de Louis en 1873 interrumpió la publicación del libro. Los únicos testimonios del paso de Elizabeth Cabot Cary por Galápagos, del 10 al 18 de junio de 1872, son las cartas con que redactó el artículo que el Atlantic Monthly publicó en mayo de 1873 (Paton 1919, 119). En A Cruise through the Galapagos | Un crucero por las Galápagos la autora se aproxima a las islas dejando atrás las disputas científi cas entre el pensamiento de Agassiz y de Darwin, que retoma a modo de interrogante al fi nal del texto. ¿De dónde viene esta fauna, tan peculiar y tan circunscrita? O se originó donde se encuentra, o la sutil e imperceptible alquimia bajo la cual argumentan las diferencias de las especies son cambios mucho más rápidos de lo que se ha supuesto. Si esto último es cierto, entonces los tipos de transición no deben eludir al estudiante paciente o al espíritu alerta y vigilante de la época (Agassiz 1873). Tras esta salvedad, Elizabeth Cabot Cary construye paisajes textuales «extrañamente familiares a la vez que distantes, conocidos y totalmente desconocidos» para impregnar sus experiencias vividas por las cuatro islas en las que desembarcó: Charles|Floreana, Albemarle|Isabela, James|Santiago y Jervis|Rábida (Irmscher 2013, 331-2). Espacios textuales que evocan al lenguaje narrativo de sus textos anteriores y que se centran en la inmersión de los detalles concretos para traer a la naturalezaobjeto a la vida-sujeto. Para lo cual se despoja de las «etiquetas aprendidas del profesor de biología» pero sin recurrir a una «lista estilizada de emociones enlatadas» (Norwood 1993, 23). Esta forma de escribir de Elizabeth facilitó la transferencia de la ciencia a un lenguaje claro y sencillo para sus lectores incluidos los colegas de Louis, ya que durante su alianza matrimonial Elizabeth redactó los textos y conferencias de su cónyuge. Sin embargo, no podríamos decir que Elizabeth estaba totalmente cómoda con este trabajo, puesto que era «consciente de que lo bello y pintoresco de sus estudios le interesa más que lo puramente científi co. Y a veces temía que su apreciación debilite el pensamiento [de él] y le dote de un carácter más bien femenino» (Carta de Elizabeth Agassiz a su hermana Sarah G. Cary, Abril 29, 1862 en Paton 1919, 65). Sin embargo, la comprensión de Elizabeth sobre el trabajo científi co, la utilización del lenguaje literario como estilo narrativo y la organización de los registros visuales de las publicaciones «resultó esencial para preservar, descifrar y sobre todo popularizar las ideas de Agassiz» (Ogilvie 1997; Martínez Pulido 2014). A partir de lo cual Carolina Martínez Pulido (2014) se pregunta si la obra de Louis «habría sido tan conocida y valorada, si Elizabeth no hubiera colaborado tan intensa como correctamente en su divulgación». Una interrogante que carece de respuesta frente a lo anteriormente expuesto. 104 Mientras nuestro buque a vapor dejaba estelas de humo y espuma, mis cartas relataban como «una maravillosa escuela de delfi nes» y de peces de nuevas formas y colores borraban con sus juegos nuestro rastro. Una «vida tan alegre, tan tumultuosa, tan agradable» que solo reconocí tras recorrer los océanos que abrazan al continente. En mi primera isla, encontré refugio en una «nudosa raíz de mangle y ocupé mi tiempo observando los ejércitos de brillantes cangrejos rojos que pululaban sobre las rocas y la arena». Me perdí imaginando sus batallas sin advertir que los hombres habían terminado la recolección. Todo fue una lenta prisa hasta mi retorno al barco que partió con una «extraña procesión fúnebre» de «dolientes» lobos marinos que nos perseguían «llorando y aullando» por la víctima que cayó tras el disparo del arma del capitán Johnson. Una extraña escena que nos dejó la estela del Hassler mientras las «iguanas nadan como lagartijas» o las «bonitas gaviotas de plumaje marrón y gris suave rodean la embarcación». Debo confesar que mis desembarcos fueron tan cortos como intensos, islas que en principio parecían ser «hornos quemados» me sorprendían con sus matices. A veces los «cinturones de árboles en la cresta de la playa [me dejaban observar a] una magnífi ca bandada de fl amencos que pasaba junto a mí. Estirando sus cuellos rosados, sus alas rojas cubiertas de negro que brillaban bajo el sol [parecían ser] cisnes rosas». «Su actitud en el agua está tan llena de facilidad, gracia [...] y una deliberada aristocracia de movimiento que parecía implicar que la prisa es una cuestión vulgar». Al pasar de una isla a otra, estas fi guras estilizadas se desvanecían entre el paisaje volcánico, abriendo paso a una «playa cubierta de lobos marinos que yacen rendidos en la orilla» como si ésta fuese la parada fi nal de la marcha. En medio del tumulto «una madre había construido una especie de guardería para ella y sus dos pequeñas crías […] Era entretenido verlos en su hogar; a los pequeños abrazando a la madre, disputándose por el lugar más cercano y cálido con ese instinto egoísta de dependencia y afecto que nos asusta en los animales como algo extrañamente humano. La “familia feliz”, tan a menudo representada en los menageries, se veía aquí en la naturaleza. Pequeños lagartos se arrastraban sobre la madre y comían moscas de su espalda, y los pajaritos saltaban cerca de su cabeza y entre ella y sus pequeños, sin el más mínimo temor». 14|IMAGEN A Cruise through the Galapagos (1873) Espacio textual propio que re-crea el texto y el registro visual ausente que dejó Elizabeth Cabot Cary a su paso por las islas Galápagos. 106 107 CUBIERTA PRINCIPAL Proa Combés Marineros del combés Alimentación: Marineros de a pie Popa Alcázar Capitán Descanso: Camarote privad0 Alimentación: Cabina privada VISTA SUPERIOR COMBÉSALCÁZAR SECCIÓN POR LA LÍNEA DE CRUJÍA Mástil mayor Trinquete Mástil mayor Trinquete De regreso al Neversink Al igual que la cubierta de alojamientos, la cubierta principal se vuelve a seccionar a partir del mástil mayor. En consecuencia, el espacio de popa entre este mástil mayor y el trinquete es conocido como la cintura del barco o combés, el cual «abarca un área tan extensa que se parece mucho al mercado de una población pequeña» (Melville 1999, 34). Aquí trabajan los marineros del combés, que son los tripulantes sin rango, es decir «lo más bajo y despreciable de la tripulación». «Estos hombres son todos unos pobres desgraciados, que jamás pusieron pie sobre las escalas del aparejo, o se aventuraron por encima de las muradas». Ellos izan las escotas con cables y cabos para mantener la fi rmeza de los mástiles, se encargan del drenaje y desaguado de las escotillas y «puesto que son inveterados “hijos de granjeros”, y llevan todavía en la cabeza la semilla de la paja, se les asigna la tarea, muy adecuada para ellos, de supervisar los gallineros, las porquerizas y los cajones de patatas» (Melville 1999, 33-4). Este espacio de trabajo es también el lugar en que toda la tripulación se aglomera siempre a las doce en punto del medio día para servirse el rancho. De tal manera que Sentados, con las piernas cruzadas, hubiérase pensado que estaban cerca cien granjas y praderas. Tal era el cloque de patos, gallinas y gansos, tal el mugido de bueyes, el balar de corderos, atados aquí y allá por toda la cubierta, para proporcionar colaciones marítimas a los ofi ciales. Más rústicos que marineros eran los sonidos; continuamente recordaba a todo hijo de vecino, la vieja casa paterna en el verde clima del hogar, los viejos olmos arqueados, la colina donde hacíamos cabriolas y las riberas sembradas de cebada del río donde nos bañábamos (Melville 1999, 28). 120 121 Para conocer la vida de un joven de veintidós años que se descubrió como naturalista a bordo del Beagle, recurriré a su correspondencia ya que contiene una voz sentida, su otra voz. Estas cartas son la evidencia material de que Darwin no desarrolló su proceso en solitario, sino que tuvo una red emocional-familiar e intelectual-científi ca que lo sostuvo durante veintiocho años18|IMAGEN. Tiempo que transcurrió desde que embarcó hasta que publicó su teoría, considerada como la piedra angular de la biología y el pensamiento occidental del siglo XX. Esta falta de espacio advertida en el barco se transfi ere también en su correspondencia escrita, en la que Darwin desarrolló tácticas creativas —la verticalidad y horizontalidad de su escritura— para aprovechar al máximo el espacio de cada hoja (Peláez 2018). De modo que el proceso metodológico de Darwin, en función a la aplicación sistemática y creativa de los procedimientos, se refi ere a los procesos contemporáneos de investigación. 18|IMAGEN La correspondencia de Charles Darwin Sus cartas están alojadas en el repositorio digital de libre acceso darwinproject.ac.uk, como parte del Darwin Correspondence Proyect | Proyecto de la correspondencia de Darwin ejecutado por la Universidad de Cambridge, Inglaterra. Su traducción al español se publicó en Frederick Burkhardt, ed., Las cartas del Beagle. Charles Darwin (Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 2008). 122 123 122 Valparaíso Julio 24, 1834 Mi querido Henslow Acaba de llegar una caja en la que van dos de sus amables y afectuosas cartas, no sabe lo feliz que me han hecho. Una está fechada el 12 de diciembre de 1833 y la otra ¡el 15 de enero del mismo año! Por qué fatalidad no llegaron antes está fuera de mis alcances y lo lamento, ya que contienen información que tanto necesitaba acerca de la forma de empacar, etc., etc., raíces, con especímenes de plantas, etc., etc. Supongo que ésta fue escrita después de recibir mi primer cargamento de especímenes [...] Me aconseja que envíe duplicados de mis notas y me doy cuenta de la ventaja de hacerlo así [...] Mis notas van haciéndose voluminosas: Tengo alrededor de 600 pequeñas páginas en quarto llenas y como la mitad son de geología y la otra de descripciones imperfectas de animales. Con la última me impuse la norma de describir sólo aquellas partes o hechos que no pueden verse en los especímenes guardados en alcohol. Mantengo además mi diario privado que es diferente de los anteriores. Su muy agradecido Charles Darwin (en Burkhardt (ed.) 2014, 621-32). 17 Spring Gardens Sábado 17 Mi querida Susan Es probable que hayas recibido mi carta fechada en Plymouth [...] Cuando te escribí la anterior estaba muy alarmado acerca de mi camarote, pero todavía no habían sido asignados. Pero cuando me fui ya lo habían sido y el mío es excelente: el mejor después del que tiene el capitán y notablemente luminoso. Parece que mi compañero, por pura suerte, va a ser el ofi cial que más aprecio. El capitán FitzRoy dice que tendrá cuidado de acondicionar un rincón de tal modo que esté cómodo en él y pueda considerarlo mi hogar, pero en eso también dependo por entero de él. Mi camarote es también [la cabina de trabajo del capitán] y en el medio hay una gran mesa, por encima de la cual dormimos en dos hamacas, pero por los primeros dos meses no habrá nada de trabajo [cartográfi co], así que será todo un lujo, pues es mucho mayor que el del propio capitán. Good bye love to my father. Yours aff ectionately Chas Darwin (en Burkhardt (ed.) 2014, 139). Volvamos a la cabina|camarote. El 17 de septiembre de 1831, y días antes de su partida, Darwin le escribió una carta a su hermana Susan. En ella describió la que sería su habitación durante el viaje y que la arquitectura naval había nominado como cabina o camarote (Monteys 2014). Darwin concentró toda su habitabilidad en esta habitación como si su casa hubiese cabido meticulosamente en ella. La cabina|camarote tenía todo lo necesario para acomodar las pertenencias, descansar, trabajar o incluso asearse. Para FitzRoy y los ofi ciales encargados de elaborar las cartografías era la cabina que utilizaban como lugar de trabajo. Darwin también trabajaba en ella, pero principalmente era el camarote que compartía con el ofi cial y agrimensor asistente, John Lort Stokes. Diseñado como lugar de trabajo, los objetos que servirían para este fi n ocupaban la totalidad de la superfi cie horizontal de la cabina. El principal de estos era una gran mesa de trabajo que ocupaba el centro del espacio, asentándose sobre el volante del barco y delimitada en sus extremos por la Mesana y las repisas de las paredes inclinadas. Que alojaban «una biblioteca en miniatura con más de cuatrocientos volúmenes» (Carta de FitzRoy a su hermana, Marzo 16, 1826 en van Wyhe 2002)19. 19 Estos cuatrocientos volúmenes comprenden los ciento ochenta libros de la biblioteca que fue reconstruida por el Beagle Library Project (2012-4). He seleccionado a los autores de los libros que guardan relación directa con las Galápagos, y los describo utilizando las mismas categorías propuestas por el proyecto: viajes, historia natural y mapas. Viajes: Cook, Dampier, Sarmiento de Gamboa y Wafer; historia natural: Humboldt y mapas: Arrowsmith (van Wyhe 2002). Para revisar las infl uencias de Humboldt en Darwin, ver «capas|sketches|cuadros», sección One need not be a Chamber — to be Haunted —, páginas 454-61. 124 125 20|IMÁGENES La Cabina|Camarote de Charles Darwin Para referirse a la relación entre la cabina|camarote del HMS Beagle y el Old Study de la Down House ver sección One need not be a Chamber — to be Haunted —, páginas 442-3. El espacio que ocupaba el camarote en relación al descanso|privacidad de sus dos ocupantes se construyó a partir de la gradación espacial en vertical, es decir, un espacio fl otante que se suspendía sobre la mesa de trabajo. En este espacio, al igual que en el Neversink, las hamacas se enrollaban con la luz del día y se desenrollaban por la noche. De tal modo que los rostros de Darwin y de Stokes quedaban a tan solo 2 ft|60.96 cm. de la cubierta. Este pliegue y despliegue de las hamacas no solo responde a la falta de espacio físico, sino que hace referencia al control de los cuerpos de la tripulación20|IMÁGENES. Sugiero trasladar la descripción espacial de la cabina|camarote a la posmodernidad, pues recoge en un solo espacio las múltiples trayectorias del día a día compartimentadas en veinticuatro horas. «Trabajo, privacidad y diversión se traducen en la ciberciudad» en donde las actividades laborales y económicas se extienden hasta el habitáculo de la propia casa». Por tanto, en una escala mayor la cabina|camarote podría fi gurarse como el lugar de la casa que es la «densifi cación de los trayectos para defi nir la expresión mínima del habitar que niega la interioridad|privacidad como forma radical de instalarse en el mundo» (Amann 2011, 130). j e j e f cg b h h d a a. Mesa de trabajo b. Arcón para planos c. Gabinete de instrumentos d. Gabinete e. Estanterías para libros |Beagle library f. Estufa pequeña g. Lavamanos h. Hamacas j. Mástil de mesana 127126 Los espacios de los barcos de Herman Melville, Elizabeth Agassiz y Charles Darwin fueron sus mundos fl otantes, construidos, a veces, como una casa y otras tantas como una ciudad, teniendo en cuenta la relación dialéctica entre des-embarcos. En la poética del barco, Sloterdijk se refi ere a este como una casa absoluta que «encarna la realización del anhelo de estar-cabe-sí y el anhelo de evasión a la vez» en un arquetipo sin contexto. El barco como casa absoluta resuelve las aspiraciones contradictorias entre la casa-refugio y la ciudad-aventura (Sloterdijk 2010, 150)21. La poética del barco está presente en los textos de Melville y Sloterdijk tiene presente en su obra a Moby Dick. Para Melville, el buque es «como las casas de huéspedes de París, puestas patas arriba: el primer piso o cubierta está alquilado por un gran señor, el segundo por un selecto club de caballeros y el tercero por multitud de artesanos y el cuarto por toda una masa del populacho» (Melville 1999, 139)22|IMAGEN. Al tiempo que el barco es también «una ciudad fl otante, con largas avenidas fl anqueadas por cañones y no por árboles, y con numerosas callejas sombreadas, patios y callejones»; con casas por encima y bodegas por debajo (Melville 1999, 139). Casas y ciudades fl otantes que actúan como patrias móviles con una maquinaria bélica-científi ca que se extiende al servicio de la Nación. Sobre este Estado hiperregulado y fl otante se ejerce la biopolítica, una forma específi ca de gobierno que despliega sus mecanismos de poder para gestionar y controlar las vidas a bordo. Esta forma de control se espacializa a partir de la compartimentación del barco en cuyos fragmentos reina la más estricta disciplina para someter, controlar, utilizar, transformar y perfeccionar a los cuerpos (Foucault 2002, 248). Por tanto, las reprimendas verbales, las fl agelaciones físicas y las ejecuciones realizadas al pie del mástil mayor, eran los atropellos excesivos que se justifi caban como necesarios para controlar los cuerpos que intentan desestabilizar la jerarquía de la nave|Estado. 21 La desmitifi cación del imaginario de hogar como refugio se encuentra en la sección Dore Strauch. Friedo, la casa liminar de clorofi la, páginas 287-345. 22|IMAGEN Un buque es como una casa de huéspedes de París La publicación Tableau de Paris (1853) reeditada por Edmond Auguste Texier «no era un inventario o catálogo de ingredientes que se encontraban en la sociedad, sino un conjunto de dibujos que desvelaban la “fi sonomía social” de la ciudad de París» a través de secciones transversales de los bloques de alquiler. En este sentido las caricaturas sociales actúan como una narrativa visual que reconoce las jerarquías socioeconómicas, pero también hace visibles las diferencias entre los roles de género en cada una de estas estructuras (Álvarez 2009, 335). 129128 De tal manera que si volcamos a bordo del barco a la narrativa de Texier, la bodega correspondería a la cuarta planta habitada por la clase más baja y los artistas: «El obrero sin dinero, su mujer llora y sus hijos sin pan», mientras el artista mueve el pincel en busca de inspiración». La cubierta de alojamientos estaría dislocada en dos pisos, cercano a la bodega la tercera planta habitada por la clase media baja: «El propietario viene a reclamar el contrato hecho al único alquilado de este edifi cio, un joven soltero. En la misma planta otro soltero pero viejo, pensionista retirado junto a un tipo de Fantine que comparte apenas hoy, para llorarle al caballero que ella no le ama ya». Sobre la cubierta de alojamientos estaría la cámara baja y la cabina del capitán, espacios habitados por la élite burguesa. En la cámara baja se recogen «todas las virtudes domésticas en su estado pleno: el padre la madre, los hijos y los abuelos». Mientras que en el alcázar «el señor bosteza mientras la señora duerme esperando a las visitas. Todos los goces del lujo, todas las delicadezas de la elegancia, todo el confort de la vida» (Texier 1853, 65 en Álvarez 2009, 336). Para otra deriva de la casa como barco en el archipiélago de Galápagos, ver «La casa anclada que mira al mar», sección Soy una tortuga, páginas 202-16. «Seis mil minutos en las Galápagos» Con esta refl exión cabe fugar el espacio del barco de la modernidad a la posmodernidad, del barco de guerra a los yates diseñados para la expedición científi ca y el turismo naturalista de las islas Galápagos. Para lo cual es necesario recordar que los espacios textuales del archipiélago han viajado a bordo de barcos durante casi cinco siglos. Piratas, balleneros, exploradores, entre otros tantos, se han ido pasando la posta hasta dejarlos en manos de quienes viajan en los yates diseñados para la expedición naturalista. Estos mundos fl otantes construidos para satisfacer la demanda emergente del sector turístico continúan siendo espacios heterotópicos de la posmodernidad que se caracterizan por no estar en ningún lugar a la vez que están en todos ellos (Urry 1994 en Donaire 2012, 106). De tal manera que la visibilidad de los barcos parece estar interconectada con la espesura de la niebla, actuando como un fi ltro de encantamiento que las muestra y las oculta según los intereses. Las marcas geográfi cas se difuminan en el mar como una estela que rápidamente pasa sin ser advertida. Mientras año tras año las mareas arrojan a miles de náufragos que buscan experimentar naturalezas que solo pueden ser representadas23. Con esta metáfora se insinúa que los espacios diseñados para el turismo son escenarios que se construyen y gestionan para transformar las utopías de sus visitantes en representaciones artifi ciales de “realidad” (Donaire 2012). 23 Un informe estadístico realizado en el 2015 por la Dirección del Parque Nacional Galápagos (DPNG), revela que durante este año 224 750 turistas ingresaron al archipiélago, de los cuales 74 514 se hospedaron a bordo. Esta estancia a bordo refl eja, en el mismo año, la existencia de 74 yates o cruceros navegables que están condicionados para la expedición turística en las islas (CGREG 2016, 93). 130 131 Para continuar abordo de este espacio posmoderno, es necesario fundir el lenguaje de Darwin con el de Melville, la ciencia con la literatura. Un trabajo que previamente inició Elizabeth Agassiz, en el siglo XIX, pero que no concluyó por la repentina muerte de su cónyuge. Este estilo narrativo y gráfi co fue recuperado en el siglo XX por la y los autores de Galápagos: World’s End (1924)24. Libro que se publicó un año después de que la exploración científi ca, patrocinada por la New York Zoological Society (NYZS), retornara tras replicar los pasos de Darwin por las Galápagos. William Beebe fue el científi co naturalista que comandó la expedición a bordo del Noma, un lujoso yate a vapor construido y equipado con la última tecnología de la época. Que partió con el objetivo principal de recolectar especímenes para aumentar las colecciones del Parque zoológico y del American Museum25. Sin embargo, la verdadera intención era revelar al público estadounidense la naturaleza «de uno de los rincones menos visitados de la tierra». Propósito que se corrobora con la diversidad de conocimientos del equipo científi co, compuesto por varios naturalistas, una historiadora, un fotógrafo y dos artistas. Quiero destacar la presencia de las dos únicas mujeres a bordo del Noma, Isabel Cooper y Ruth Rose. Las segundas científi cas en arribar a las islas26|IMÁGENES. 24 El naturalista estadounidense William Beebe fi gura como único autor de esta publicación, sin embargo como varios capítulos han sido escritos por otros autores me referiré a Beebe como editor y autor principal del libro. 25 Los pingüinos, los cormoranes no voladores, las gaviotas de cola bifurcada, los halcones, las tórtolas y los cucuves fueron entregados al Parque Zoológico. Mientras que una tortuga gigante, cuarenta y dos iguanas y una familia de leones marinos se disecaron a bordo para posteriormente enrolar una de las tantas colecciones del American Museum (Beebe (ed.) 1988, prefacio). 26|IMÁGENES Espacios textuales de Isabel Cooper y Ruth Rose Isabel Cooper fue artista científi ca en siete expediciones comandadas por Beebe. En las Galápagos realizó noventa ilustraciones entre acuarelas y dibujos de las cuales veinticuatro ilustran las páginas de este libro. Mientras que Ruth Rose fue historiadora y curadora de catálogos y de animales vivos. Como historiadora escribió tres de los diecisiete capítulos de libro, uno de ellos en colaboración con Beebe. En la segunda expedición de Beebe a las Galápagos abordo del Arcturus (1925), Rose conoce al director y productor de cine Ernest Schoedsack, quien también era parte del equipo científi co de la expedición. El matrimonio Schoedsack Rose pasaría a la historia del cine con King Kong (1933), película dirigida por Schoedsack y escrita por Rose. Isabel Cooper y Ruth Rose a bordo del Acturus (1925) 132 133 Leer los viejos días de la caza de ballenas en este archipiélago es tener una visión de hombres gritando, salvajes en la libertad de un día en tierra después de largos meses de navegación. Atacando a éste Edén aislado como una peste y subiendo a bordo del barco con docenas de criaturas que, aparte de las tortugas gigantes, no servían para nada excepto la diversión del momento que en pocas horas se arrojaban plumas o extremidades escamosas por la borda. Entre los merodeadores, sin embargo, seguramente hubo de vez en cuando uno que se escabullía de sus ruidosos compañeros de barco para observar en silencio el desfile prehistórico de lagartos negros o para ganarse la fácil confianza de un sinsonte. Nos vimos obligados a combinar los papeles de coleccionistas y amantes de la naturaleza, ya que, aunque nuestro impulso era dejar tal perfección primitiva exactamente como la encontramos. Teníamos un propósito que cumplir y un encargo que ejecutar, una sobredosis de sentimiento nos habría hecho fracasar en ambos. Como la omnia Gallia, nos dividieron en tres partes, para que nuestras depredaciones se extendieran al máximo en el transcurso de una corta tarde. Una sección se detalló para atrapar leones marinos en el anfiteatro rocoso conocido como Guy Fawkes, otra fue a buscar y capturar Amblyrhynchus [iguanas marinas] al islote de Eden Rock; la tercera división fue para asaltar los alrededores de la bahía de Conway en busca de peces, vegetación, rocas y vida animal para mostrar el hábitat hogareño de los Amblyrhynchus cristatus. Ruth Rose La última Incursión Isabel Cooper Iguana de tierra gigante Peces de las islas Charles e Indefatigable Este libro no pretende de ninguna manera ser una contribución técnica a nuestro conocimiento actual de la fauna y fl ora del Archipiélago de Galápagos. Es un registro de observación espontánea, una cristalización de las impresiones más evidentes y características de la tierra y del mar, de pájaros, reptiles, peces e insectos, cuyas formas y colores y personalidades nos hicieron desear que cada uno de los seis mil minutos de nuestra estancia se alargara a horas o días (Beebe (ed.) 1988, prefacio). Con el prefacio del libro, Beebe ratifi ca la verdadera intención del viaje y añade que el libro pudo haberse titulado «Seis mil minutos en las Galápagos, ya que de los dos meses y medio que duró el viaje, fueron menos de cien horas las que pasamos en las propias islas» (Beebe 1988). En esta consonancia, Christophe Grenier (2007, 93) sugiere que el inicio de «la “invención” turística de las Galápagos» se remonta a partir de esta publicación. Que provoca en sus lectores el deseo de visitarlas para buscar en ellas la ausencia de cualquier rastro humano. Podríamos decir, que dos grupos distintos se desplazan a lo que consideran el fi n del mundo con la intención de retornar a la naturaleza wilderness, tan solo habitada en el imaginario utópico. Los acaudalados estadounidenses como el magnate Vanderbilt (1931-32), el industrial Astor (1933) y el petrolero Allan Hancock (1928 -32 -33 -34…) se interesan por unas vacaciones con tinte naturalista. Sus viajes replican las trayectorias del HMS Beagle, del USS Hassler y del Noma, no solo evitando su paso por las islas habitadas, sino llevando naturalistas a bordo (Grenier 2007, 93). Mientras varias familias europeas como la pareja Friedo (1929) y el matrimonio Wittmer (1932) huyen de la modernidad eligiendo a la isla Charles|Floreana. Al igual que la Sociedad Anónima de Santa Cruz (1926) y la familia Angermeyer (1934) prefi rieron a la isla Indefatigable|Santa Cruz27. 27 Para referirse a la pareja Friedo, ver sección Dore Strauch. Friedo, la casa liminar de clorofi la, páginas 287-335. Para referirse al matrimonio Wittmer, ser sección Margaret Wittmer. La súpervivencia de las pioneras en la isla Floreana, páginas 239- 78. Para referirse a la Sociedad Anónima de Santa Cruz, ver «ciudades ancladas», sección Soy una tortuga, páginas 188-201. 134 135 Estas familias europeas llegan a habitar en las islas, atraídas por el eco de las publicaciones, pero a su vez, atraen a la misma prensa que llega a ver cómo viven estos «Robinsons de los tiempos modernos» (Grenier 2007, 94). Estos dos imaginarios occidentales espacializados en las islas, se contraponen al «proyecto de “civilización”» que el Estado ecuatoriano estaba imponiendo en Isabela|Albemarle y San Cristóbal|Chatham (Grenier 2007, 94). De tal manera que el imaginario occidental del wilderness sienta las bases que van a construir y gestionar el territorio del archipiélago. Acciones que se debaten desde la dicotomía naturaleza|sociedad, en las que prima el imaginario natural sin rastro humano sobre las 25 244 personas que lo habitan (DPNG 2015)28. Hennessy y McCleary (2011, 134) recurren a otros autores para argumentar que este debate en las islas recurre al mito de la “naturaleza independiente”. Que es, en sí mismo problemático «porque contradice tanto las densas interconexiones biofísicas entre sociedad y naturaleza como las innumerables maneras en que las naturalezas están dotadas de signifi cados sociales». Por tanto, gestionar las islas desde esta dicotomía invisibiliza no solo a los habitantes, sino también al impacto ambiental generado por la industria turística. Esto tiene evidentes efectos en la insostenibilidad territorial, ya que el número de turistas que ingresan al año es nueve veces más numeroso que la población residente. Este crecimiento poblacional fl uctuante demanda el aumento de los servicios públicos y privados en función al saneamiento ambiental, al tiempo que incrementa el gasto energético derivado de la importación de productos por medio del transporte marítimo29|IMÁGENES. Por tanto, es necesario visibilizar que la insostenibilidad territorial está íntimamente ligada al imaginario wilderness, es decir, a una retórica construida por la conservación para la ciencia que se vincula al capital económico que mercantiliza a las islas a partir de esa misma retórica30. 28 Un claro ejemplo de esto es la producción científi ca, la cual privilegia los estudios de las ciencias de la naturaleza (74.4%) frente a los realizados en el campo de las ciencias sociales (17.4%) (Santander et al. 2009, 82-84). Para referirse a la producción científi ca de las islas ver pie de página 14, sección One need not be a Chamber — to be Haunted —, página 465. 29|IMÁGENES Intercambios a bordo de la ruta Galápagos-Guayaquil En el 2014 las embarcaciones marítimas y turísticas consumieron 5’848 484 galones de combustible fósil para desplazar pasajeros e intercambiar productos. Los buques de carga que cubren la ruta Guayaquil – Galápagos transportan entre 65 000 y 70 000 toneladas de carga al año. La cual corresponde al 44% de materiales para la construcción, 37% a productos de primera necesidad y el 19% a otros productos. La ruta Galápagos – Guayaquil lleva cilindros vacíos de gas licuado (GLP), botellas vacías de gaseosas y cervezas, aceites quemados, baterías, llantas, cartones y basura en general (CGREG 2016, 137). 30 Pablo Ospina (2003, 44) señala que en Galápagos existe una incompatibilidad esencial entre lo humano y el uso exclusivo del territorio para la “conservación de la naturaleza”. Por tanto «la verdadera consigna de Galápagos en este uso de los naturalistas no es la “ciencia para la conservación” sino la “conservación para la ciencia”». Es decir, la «conservación para que la ciencia pueda estudiar los procesos evolutivos “no humanos” sin la interferencia de ese ser nuevo y complejo que todo lo transforma y que desquicia las relaciones entre las cosas». 136 137 Para continuar es necesario transfi gurar la expedición científi ca del Noma al turismo naturalista y patrimonial que domina al espacio de las islas y que asienta el vínculo indisociable entre turismo y conservación para la ciencia. Ya no son los laboratorios fl otantes de Darwin, Agassiz y Beebe los que exportan especies ex situ como piezas de colección para museos y zoológicos, sino que es el turismo de redes el que permite que las miradas humanas viajen a contemplar la exhibición in situ de las naturalezas aprehendidas como salvajes. Con esta intención, los trayectos de los yates de expedición evocan la misma intención que el Noma. Evitar el paso por las islas habitadas mientras navegan por la reserva marina inscrita en el 2001 como bien natural en la Lista de Patrimonios Mundiales de la UNESCO31. Esta forma de imitar las huellas de Darwin niega la habitabilidad de las islas, siendo esta una realidad que no se puede eludir. Las cien horas de la expedición científi ca son poco más de cuatro días, es decir, la estancia mínima de cuatro noches y cinco días que se comercializa a bordo32. Pero estas estancias no son arbitrarias sino el resultado de una política que privilegia al turismo de redes. Un turismo basado en la rápida canalización y la breve detención de los fl ujos de quienes viajan a través de un itinerario programado para un período de tiempo muy corto y, por ende, con una nula relación con las comunidades locales desembarcadas (Donaire 2012, 55)33. Estos fl ujos ya no son controlados por el Estado hiperregulado de Melville, sino por la empresa privada a través de sus agencias de viajes y operadoras turísticas que extienden sus redes a nivel global (Grenier 2007, 143). Esta política surgió en los años sesenta a la par de la Estación Científi ca Charles Darwin, con el fi n de regular el turismo y mercantilizar las islas como destino turístico capaz de competir con otros por su singularidad ecológica. Con este fi n, el Estado ecuatoriano contrató en 1967 a una empresa consultora estadounidense experta en redes para elaborar el informe conocido como Jennings, por el nombre de su autor principal. Si todas las excursiones se previeran para una duración de tres o cuatro días, aumentaría la rentabilidad puesto que se obtienen más ingresos si se vende el mismo camarote para un recorrido de tres días y luego para una excursión de cuatro, que si se lo vende únicamente de una sola vez para un periodo de siete días. […] Es muy importante que el barco de excursión sea bueno, limpio y cómodo. Debe de estar enteramente equipado con aire acondicionado pues 31 El Plan de Manejo Terrestre (1974) registró las primeras acciones para la protección de la superfi cie marina, recomendando proteger dos millas náuticas alrededor de cada isla. Posteriormente, la inscripción como Reserva de Recursos Marinos (1986) propició el control de la práctica ilegal pesquera y la sobreexplotación de los recursos. En la actualidad, la Ley Orgánica de Régimen Especial para la Conservación y el Desarrollo Sustentable de Galápagos (LOREG 1998) amplió el área marina protegida registrando la Reserva Marina de Galápagos (PNG 2018). 32 La estadía promedio a bordo es de siete días. «Los turistas extranjeros tienen estadías más largas que los nacionales, así como los turistas a bordo se quedan más días que los turistas en tierra» (DPNG 2015). 33 Para abordar el dominio del turismo de redes, ver Christophe Grenier, Conservación contra natura: las islas Galápagos (Quito: Abya Yala, 2007), 143-182. el turista estadounidense está acostumbrado a los hoteles, autobuses, aviones y barcos con aire acondicionado (Jennings et al. 1967, 14 en Grenier 2007, 145). Este mismo informe sugiere que la principal operadora de turismo sea Metropolitan Touring entre otras argumentaciones porque esta contaba con el apoyo interesado de la Fundación Charles Darwin (FCD). Turismo y conservación para la ciencia se constituyen como una fi liación indisoluble que se reivindica en el boletín de 1970 de la FCD, pues comprueba que el turismo «fue una actividad explícita y pragmáticamente promovida como una estrategia para hacer viable la conservación y la continuidad de las actividades científi cas» (Ospina 2003, 32). Se ha comprobado que, a cambio del privilegio de visitar islas como las Galápagos, los turistas están totalmente dispuestos a entregar dinero a las estaciones de investigación […]. Son las ventajas prácticas y positivas derivadas del turismo […]. Si se pide al público dinero una reserva natural, es una obligación moral ofrecerles facilidades de acceso razonables. Esto benefi cia a la causa de la conservación (Mountfort 1970, 12 en Grenier 2007, 146). 138 139 Escenario a bordo del Santa Cruz II Embarquemos en el yate de expedición Santa Cruz II, uno de los tres barcos de la fl ota propiedad de Metropolitan Touring, para representarlo como uno de los escenarios artifi ciales construidos para la actividad turística. El barco fi gura como heterotópico en cuanto es «otro espacio real tan perfecto, meticuloso y arreglado cuanto el nuestro está desordenado, mal dispuesto y confuso» (Foucault 1984)34|IMÁGENES. La espléndida embarcación de cinco cubiertas cuenta con 50 cabinas para 90 huéspedes y presenta amplias y lujosas áreas sociales tanto interiores como exteriores que invitan a los huéspedes a hacer de ésta su mejor experiencia [...] De principio a fi n, el Santa Cruz II muestra extensos y sofi sticados espacios. Modernas y amplias áreas sociales construidas con materiales contemporáneos que resaltan en cuatro de nuestras cinco cubiertas. Con una inteligente distribución, que incluye espaciosos recibidores y anchas escaleras, nuestros huéspedes sabrán inmediatamente cómo movilizarse dentro del barco. Desde el área de comedores interiores y exteriores, el gimnasio y el jacuzzi hasta los elegantes salones y el bar, sin olvidar la bien surtida biblioteca, el barco está diseñado para complacer con una sofi sticada simplicidad (Metropolitan Touring 2018). 34|IMÁGENES Habitáculos familiares des-embarcados Para representar a las burbujas artifi ciales recurro a dos habitaciones familiares diametralmente opuestas: La cabina familiar explorer localizada a bordo del Santa Cruz II y el Refugio [familiar] prohibido que a pesar de ser una realidad en el archipiélago no es localizable. La voz de Margarita revela que huyó junto a sus hijos de la violencia que su ex-pareja ejercía contra ella. Encontrando en una de las islas, un refugio que le es prohibido. Ella encarna a cuatro de cada mil turistas que decidieron permanecer en el archipiélago sin estatus regulatorio (CGREG 2016, 112). Su voz, también personifi ca a siete de cada diez mujeres súper-vivientes de violencia intrafamiliar (Valle 2018, 358). Seguramente representa a cincuentaidós de cada cien habitantes del archipiélago que no llega a satisfacer sus necesidades básicas. A su vez, su Refugio Prohibido representa la precariedad del espacio, ausente de condiciones sanitarias adecuadas y en el que viven bajo hacinamiento crítico 20 de cada 100 personas que viven en las islas (CGREG 2016, 71-2). De tal manera que la voz de Margarita está interseccionada por distintas opresiones: la violencia, el estatus migratorio, y su condición económica como cabeza de familia monomarental. Su habitación es el lugar donde se materializan las opresiones. Escuela de periodismo y comunicación masiva de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. 2012. Refugio Prohibido. Chapel Hill: Universidad de Carolina del Norte. http://livinggalapagos.org/es. 152 153 Mohanty Talpade, Chandra. 2008a. «Bajo los ojos de occidente: Feminismo académico y discursos coloniales». En Descolonizando el Feminismo: Teorías y prácticas desde los márgenes, editado por Liliana Suárez Navaz y Rosalva Aída Hernández Castillo, 112-61. Madrid: Cátedra. Mohanty Talpade, Chandra. 2008b. «De vuelta a bajo los ojos de occidente: La solidaridad feminista a través de las luchas anticapitalistas». En Descolonizando el Feminismo: Teorías y prácticas desde los márgenes, editado por Liliana Suárez Navaz y Rosalva Aída Hernández Castillo, 404-69. Madrid: Cátedra. Monteys, Xavier. 2014. La habitación. Más allá de la sala de estar. Barcelona: Editorial Gustavo Gil, SL. Morató, Cristina. 2010. Viajeras intrépidas y aventureras. Debolsillo. Norwood, Vera. 1993. Made from this Earth: American women and nature. Chapel Hill: Th e University of North Carolina Press. 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A Journey in Brazil Agassiz, Elizabeth, y Louis Agassiz. 1868. A Journey in Brazil. Boston: Ticknor and Fields. Mundurucu Indian. Grabado en madera de una fotografía del Dr. Gustavo, of Manaos, p. 314. Mina Negress. Grabado en madera de una fotografía de Messrs. Stahl & Wahnschaff e, p. 83. Mina Negress and child. Grabado en madera de una fotografía de Messrs. Stahl & Wahnschaff e, p. 84. Dining-room at Hyanuary. Grabado en madera de una acuarela de Mr. J. Burkhardt, p. 258. Elizabeth Cabot Cary y Louis Agassiz Blake, James Henry. 1871-2. Elizabeth Cabot Cary y Louis Agassiz. Fotografías. Scrapbook of clippings, photographs, cartes-de-visite studio portraits, manuscripts and other materials. Ernst Mayr Library of the Museum of Comparative Zoology, Harvard University. Accedido Octubre 17, 2018. https://iiif.lib.harvard. edu/manifests/view/drs:11869082$121i., seq. 4. A Cruise through the Galapagos (1873) Collage de la autora Blake, James Henry. 1871-2. Hassler. Scrapbook of clippings, photographs, cartes-de-visite studio portraits, manuscripts and other materials. Fotografía. Ernst Mayr Library of the Museum of Comparative Zoology, Harvard University. Accedido Octubre 17, 2018. https://iiif.lib.harvard.edu/manifests/view/drs:11869082$24i., seq. 24. Cooper, Elizabeth. 1923. Peces de las islas Charles e Indefatigable. Acuarelas. En Beebe, William, Ruth Rose, y Robert G. McKay. 1988. Galápagos: World’s End. Editado por William Beebe. Nueva York: Dover Publications, pp. 19, 40, 44. «El auténtico suelo de la experiencia moderna es la cubierta de los barcos» Chaplin, Charles, dir. 1936. Modern Times. Fotogramas. Estados Unidos: United Artists Corporation. https://www.youtube.com/watch?v=HAPilyrEzC4. pp. 86-7 p. 93 p. 97 p. 99 p. 101 pp. 104-5 p. 109 158 159 HMS Beagle. Vista superior y corte de popa a proa por la línea de crujía King, Philip Gidley.1890. H.M.S Beagle 1832. Middle section fore and aft and upper deck. Ilustración. 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Tripadvisor, Abril 06, 2013. https://www.tripadvisor.com/Hotel_Review-g297533- d495654-Reviews-Finch_Bay_Galapagos_Hotel-Puerto_Ayora_Santa_Cruz_ Galapagos_Islands.photos;aggregationId=101&albumid=101&fi lter=7&ff =62255861 De exploradores a turistas Members of the Expedition in Darwin Bay, Tower Island. 1923. Fotografía. Beebe, William, Ruth Rose, y Robert G. McKay. 1988. Galápagos: World’s End. Nueva York: Dover Publications, p. 266. Nemo Galapagos Latintour. 2018. Turismo a las Islas Galápagos marzo 2018. Fotografía. «Turismo a las Islas Galápagos marzo 2018». Accedido Septiembre 15, 2018. https://galapagosinformation.com/blog/turismo-a-las-islas-galapagos- marzo-2018/. p. 141 p. 142-3 p. 145 165164 — ¡Soy Harriet! —dije sosteniendo mis entrañas. A mi nombre le siguió el silencio apropiándose de todas y cada una de las fi suras del despacho. La lámpara del escritorio pausó su latido y sentí que las historias acalladas se transformaban en minúsculas partículas que se guiaban por el halo de luz que atravesaba la espesura de las cortinas. Las motas de polvo que fl uctuaban en el ambiente iluminaron el rincón más oscuro de la estantería que durante años había sido el lugar reservado para los diarios de prensa gastados. El reloj de la pared dejó de marcar los segundos en los que Míster Stories cayó abatido. Se le extraviaron los anteojos entre las barbas cuando intentó agarrarse de su escritorio para seguir de pie. A penas era consciente que la prueba de vida capaz de rebatir cualquiera de sus argumentos se había entrometido en su despacho, cuando las motas de polvo le recordaron que todos los diarios tenían un titular común a pesar de las variantes tipográfi cas, las geografías y las lenguas. La tortuga de Darwin cumple ciento setenta y cinco años. Harriet, la tortuga gigante más antigua del mundo, está de cumpleaños8|IMAGEN. 8|IMAGEN La Tortuga de Darwin | Juan Mayorga Para la obra La tortuga de Darwin, el dramaturgo español Juan Mayorga se inspiró en esta noticia publicada en el diario La Vanguardia, el 16 de noviembre del 2005. Su pieza teatral se estrenó el 6 de febrero de 2008 en el Teatro de La Abadía en Madrid y con ella, el dramaturgo fue galardonado en el 2009 con el premio Max al mejor autor. Una noche, un historiador recibe una insólita visita: una señora que se identifi ca como Harriet y que resulta ser la parlanchina tortuga que Darwin trajo de las Galápagos, al parecer la criatura más anciana del mundo. No sólo ha sobrevivido a su amo, sino además a toda una serie de hitos históricos: dos guerras mundiales, la Revolución Industrial, la de Octubre y la Perestroika. Como testigo especial posee un enorme valor para los estudiosos. Su conocimiento de los detalles más inverosímiles y los saltos en su evolución personal sorprenderán a más de uno. La Historia vista desde abajo (Teatro de La Abadía 2008). 167166 La mirada política de su obra se asienta en los pilares de una escritura que se resiste al olvido. Trayendo al presente episodios de los dos últimos siglos de historia occidental. «No en vano su teatro se ha denominado teatro histórico-político y teatro social» (Abizanda 2013 en Gómez Valencia 2018, 37). Mayorga, en una “vuelta de tuerca”, dispone que los actores se animalicen para expresar no tanto la parte animal del hombre, sino fundamentalmente para desentrañar, en una extraña pero efi caz mezcla de ilusionismo y distancia, la esencia de lo humano. Incluido su comportamiento animal o la degradación a la que con frecuencia es sometido y somete, ahondando en el contraste que se produce entre la humanización del animal y el hombre humanizado (Barrera Benítez 2009, 13 en March 2011, 129). En esta fi cción, Mayorga da voz a Harriet. Decide eludir el alter ego humano para revisar la Historia vista desde abajo. Devolver la voz a quien ha sido acallada es un acto de resistencia frente a las estructuras de dominación que insisten en silenciar a las alteridades. Un gesto con el que Mayorga insinúa que el primer paso para dominar a la otredad ha sido deshumanizarla, o lo que es lo mismo, quitarle el habla. Harriet advierte sobre el peligro del olvido. Sobre la omisión de otras voces en la confi guración de la Historia, al mismo tiempo que nos hiere con su memoria. A través de Harriet, Mayorga «penetra la historia en busca de lo particular, de lo invisible, un guiño que es, aquí, con la tortuga, “desde abajo”. Una mirada microscópica con la que el galápago, con su autobiografía, quizás zoografía, nos traslada su testimonio para llevarnos de viaje, de aventura, hacia los “detalles insignifi cantes” y las particularidades confi guradoras de historia y azar» (March 2011, 132). Robert March, «Juan Mayorga y la resistencia de Harriet», Cuadernos de Aleph 3 (2011), https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/4044740.pdf. Ana María Gómez Valencia, «La construcción del personaje en la obra de Juan Mayorga», Tesis doctoral (Madrid: Universidad Complutense de Madrid, 2018). —¿Cómo sé que es la tortuga de Darwin? Señora, no ponga en duda mi racionalidad, usted no es una tortuga por más que insista en aparentarlo. Una anciana con el cuello corto y una joroba que parece caparazón no es motivo sufi ciente para fantasear con ser tortuga. Usted no es la tortuga de nadie, mucho menos la de Darwin9. 9 «Usted no es una tortuga, señora, ni de Darwin ni de nadie. Cierto que su cara puede recordar a las tortugas, como otras recuerdan a los perros o a los monos. Y es cuellicorta, y esa joroba podría hacer pensar en una concha. Si a usted en su barrio la llaman “La tortuga”, hay que reconocer que es un apodo bien puesto». Juan Mayorga, La tortuga de Darwin (Editor digital: Titivillus, ebook, 2008), 8. La incredulidad de Míster Stories no dejaba de revisarme de pies a cabeza, simulando acomodar sus anteojos en cada movimiento. Haciéndome sentir como un cadáver en medio de una autopsia. Interrumpí su procedimiento médico en plena conciencia de que la única evidencia objetiva siempre había estado oculta en su librero. Conteniendo el temblor de mis manos extraje con cuidado el JOURNAL OF RESEARCHES INTO THE NATURAL HISTORY & GEOLOGY... By CHARLES DARWIN, MA., F.R.S. AUTHOR OF ‘ORIGIN OF SPECIES,’ ETC.. Coloqué mi dedo índice sobre la imagen de la página tres nueve siete. 168 169 Al observar el cuello erguido de mi primer retrato, recordé que era el gesto con que mis antecesoras demostraban su fortaleza. No hice más que imitar su legado. Chas… Charles Darwin aclaró en El Origen que “en circunstancias extremas la materia viva evoluciona de forma acelerada”. En el capítulo trece lo llama “evolución exponencial bajo estimulaciones extraordinarias”. De estimulaciones extraordinarias se hizo mi cuerpo y yo me reconstruir entera10. Al principio Chas me llamó Testudo, luego Testudine por no decirme testaruda. Se encariñó nombrándome Harry. «Sí, ha oído bien, el naturalista más grande de la Historia no sabía distinguir tortuga macho de tortuga hembra, aunque es verdad que la cosa no se ve tan fácil como en ustedes» . Lo cierto es que Chas me llamó Harry, yo no sabía que podía nombrarme a mí misma hasta la Segunda Guerra Mundial11. Yo, en cambio, necesité más tiempo para empatizar con Charles. Charlie no me convencía y me decidí por Chas cuando escabulléndome en su capital study, leí su correspondencia más personal. “Good bye love to my Father | Yours aff ectionately | Chas Darwin” eran las palabras con que siempre se despedía de su hermana Susan, a pesar de que ella siempre saludaba “My dear Charles”12. El caso es que cuando Chas me arrebató de las manos del capitán FitzRoy, me llevó a la cabina-camarote que por las noches compartía con JL Stokes. Chas pasaba la mayor parte del tiempo en su hamaca ya sea con un libro o una pluma, esquivando la añoranza de su hogar inglés. En cambio, yo tenía la ventaja de llevar siempre el hogar en mi espalda. Mi caparazón fusionado a cada vértebra de mi columna era más que una casa, era mi propia arquitectura atravesándome entera. Por eso cuando el mundo fl otante me arrebató mis raíces de la tierra, me llevé los destellos y las sombras de mi manada, de la isla, del Palo Santo y las Opuntias. Son memorias que siempre se desplazan conmigo, yo me encuentro en ellas para iluminarme. 10 «En circunstancias extremas, la materia viva puede evolucionar de forma acelerada”. Charlie llamaba a eso “evolución exponencial bajo estimulaciones extraordinarias”, de eso, de estimulaciones extraordinarias, yo he tenido un montón». Mayorga, La tortuga de Darwin, 8. 11 Mayorga, La tortuga de Darwin, 8. 12 Darwin Correspondence Project, «Letter no. 127», (1831), https://www. darwinproject.ac.uk/letter/DCP-LETT-127.xml. 184 185 En este espacio, que era el centro de la cultura del agua, objetos como el molino de viento para el abastecimiento del agua y la lavandería comunal para el lavado, no fueron construidos como parte de un decorado, sino para permitir la subsistencia en el sentido más amplio del término. Dichos espacios se llenaron de afectos o emplazaron afectividades comunales, subjetividades que se materializaron en fuertes redes relacionales, repercutiendo, a su vez, en una amplifi cación del tejido social, en la solidaridad entre familias y en el fortalecimiento de los vínculos femeninos intergeneracionales. Las mujeres espacializaron el tejido social trenzando senderos cotidianos para interconectarse, siendo Pelican Bay el punto donde convergían todos los hilos, incluso los que trenzaban las habitantes de la parte alta. Quienes habitaban en la parte alta se desplazaban por el camino viejo, un sendero de aproximadamente diez kilómetros que no era más que una hilera serpenteante que se habría paso entre las ramas. El mismo camino que seguían los chimbuzos llenos de frutas y verduras que cuando tocaban puerto se intercambiaban con productos del mar, para que las bolsas de lona nunca subiesen vacías. En los largos períodos de sequía, a los productos agrícolas se les sumaban cestos repletos de ropa sucia que las mujeres de Bellavista, como Corina, bajaban a lavar. Siempre en compañía de sus hijas e hijos que aprovechaban el viaje para nadar en el mar (Esther Fuentes 2016 en Galapaguenos Pioneros-Colonos-De Nacimiento y De Corazon 2015). Así, el camino viejo empezaba o terminaba en la lavandería, mucho antes de que en la década de los sesenta se trazara el camino nuevo hacia el canal de Itabaca; que fi nalmente el pavimento cubrió en 1975 para nombrarlo avenida Baltra (Grenier 2007, 56). Si en regiones costeras como Galicia, las lavanderías se dispersaban por el paisaje rico en agua y la ropa tendida contribuía a vestir el paisaje de la región de lana y lino (Paleo y Novas 2018, 193); en Puerto Ayora las lavanderías exponían los colores de la ropa tendida a las pocas embarcaciones que llegaban al puerto, confi gurando un paisaje efímero que se levantaba con la caída del sol. A través de las lavanderías comunales, las grietas de agua se tornaban visibles y hacían visible una necesidad que las mujeres solventaban. En la actualidad se han enterrado las grietas bajo la réplica de molino de viento que con su presencia advierte la carencia de agua dulce. Este objeto de valor patrimonial ha ocupado un lugar preferencial en las narrativas historiográfi cas, desplazando al legado femenino que respira en la tradición oral de las familias pioneras. A pesar de que el testigo material de las lavanderas fue enterrado bajo la construcción del Santa Cruz Surf Club, quiero imaginar que la artista Vera Primavera las reconoce en un mural casi imperceptible desde la avenida4|IMAGEN. 4|IMAGEN El mural El trabajo de Vera Primavera explora la imagen de la mujer en las ciudades. «Reclamando un espacio visual que por décadas ha sido tomado por el capitalismo a través de la publicidad, plagando las ciudades de imágenes femeninas con una visión distorsionada, patriarcal y consumista» (Vera Primavera 2020). En una entrevista virtual, la artista confi esa que «no sabía nada sobre la historia del lugar, me hubiera encantado hablar sobre las lavanderas», así como tener un espacio propio para «pintar un mural más apropiado» (Vera Primavera, comunicación mail, Octubre 30, 2020). Si bien el mural no reconoce públicamente a las lavanderas, el valor de este mural radica en que es el único registro material de las mujeres a lo largo del puerto. 186 187 Las lavanderías privadas han reemplazado la piedra de lavar por lavadoras y a los árboles de manzanillo por secadoras. Electrodomésticos que se encuentran apilados en interiores que continúan regentados por mujeres con precarias condiciones derivadas de empleos altamente feminizados. Resulta paradójico que las innovaciones tecnológicas que se publicitaron como aliados femeninos para aliviar la carga en el trabajo doméstico trajeran como consecuencia la pérdida del principal espacio de socialización para las mujeres (Drago 2016; Col·lectiu Punt 6 2019). Aun así, las lavanderas continúan cargando con la responsabilidad de retornar esta actividad al exterior de las casas, simulando que la acera es el nuevo umbral que tensiona lo público y lo privado. Quienes dejan la ropa sucia y quienes la cogen limpia y planchada aprovechan este exiguo espacio de encuentro caracterizado por la timidez del saludo. el mural pelican bay | 1983 pelican bay | 2016 muyuyo, tortuga | 2016 muelle del pescador | 2017 Pelican Bay molino, adolf hanny | 1952 188 189 Ciudades ancladas Seguimos la ruta del agua a través de una tubería de acero que fue el primer objeto que conectó Pelican Bay con Academy Bay, nombre que recibió tras la exploración de la Academia de Ciencias de California (1905-6). Frente a la bahía se erige el monumento a «esa singular anomalía de la naturaleza exótica que es la iguana» (Melville 1970, 11). Ella mira de reojo la delgada línea del horizonte, mientras que su cola insinúa a la avenida Baltra, eje comercial que alimenta la cotidianidad de quienes han hecho de Puerto Ayora su habitación ampliada. Siguiendo la ruta de la tubería, nos desplazamos en el espacio temporal para situarnos en Academy Bay el 7 de agosto de 1926, fecha en la que desembarcó la primera colonia noruega: Sociedad Anónima de Santa Cruz. Considerada como el primer asentamiento permanente de la isla (Latorre 1997; Grenier 2007; Guevara 2010) que llegó para sustituir el nombre de Aguada de Cháves por Pelican Bay (Lundh 2001, 352). La primera de las dos embarcaciones que partieron desde Noruega fue el Ulva, llevando a bordo a un grupo de cuarenta y tres hombres accionistas y dos mujeres: Marie Dahl, esposa de uno de los colonos, y Borghild Rorud, profesora en formación. Al desembarcar, la primera práctica arquitectónica fue caminar por la orilla en busca del fondeadero más seguro. El agua salada condicionó la decisión de asentarse junto al acantilado ya que en el extremo suroeste de Academy Bay una secuencia de canales se abría paso entre las paredes de roca consiguiendo adentrarse en la isla. La colonia imaginó que el estrecho más cercano al mar podría «convertirse en un espléndido puerto para pequeñas embarcaciones», mientras que, en la Laguna de las Ninfas «sería posible acorralar bancos enteros de peces, así como proporcionar una piscina libre de tiburones» (Hoff 1985). Borghild Rorud y Marie Dahl Pelican Bay (Aguada de Cháves) Academy Bay Academy Bay Laguna de las Ninfas Cartografía Academy Bay 190 191 El mismo día que desembarcaron celebraron su llegada construyendo un horno de pan que se convirtió en el embrión de su institución social (Semper 1851 en Toca 2004, 67). Para facilitar el acceso al agua salobre de la grieta, instalaron una tubería de acero de cuatrocientos metros, mientras otra cuadrilla construía el primer muelle de piedra. Lo llamaron Ulva, rindiendo homenaje a la embarcación que fue su casa mientras duró el traslado. En el extremo del muelle colocaron una grúa, que no era otra cosa que un gran tronco de matazarno, y que se comunicaba con una plataforma rectangular a través de cuarenta metros de línea férrea. Sobre la plataforma levantaron un zócalo de piedra para proteger la estructura así como el envolvente del edifi cio principal y la razón del viaje: la fábrica enlatadora de conservas (Hoff 1985; Lundh 2001)5|IMÁGENES. Antes de embarcar en Noruega, la tripulación del Ulva habitaba en distintos puertos costeros. Su habitar transitaba entre los recursos del mar y la tierra, considerando que la pesca y la agricultura eran trabajos complementarios con la misma valoración social. «El mar proveía productos que les permitían subsistir y comerciar, mientras que la tierra era destinada para la agricultura de la subsistencia» (Jones 1988, 197). Al llegar a Santa Cruz, no abandonaron los lugares de origen, sino que hicieron lo posible por trasladar su habitar a la isla. Si caminar por la orilla fue la primera práctica arquitectónica, advertir que la tierra cercana a las costas no era apta para la agricultura sería la primera experiencia territorial. Anders Rambech, horticultor de profesión, encabezó la cuadrilla encargada de reconocer la parte alta de isla, en la que encontraron tres plantaciones abandonadas con cultivos de frutas y hortalizas. La distancia con el puerto condicionó la elección. A siete kilómetros del principal asentamiento de la colonia estaba la Hacienda Fortuna, hoy conocida como Bellavista, lugar que eligió Rambech para establecer una pequeña granja para la agricultura de autoabastecimiento (Lundh 2001, 99). Mucho antes de que el boom turístico modifi cara este modelo de subsistencia «para integrase al modelo de desarrollo económico y productivo actual que se basa en el comercio y los servicios» (Salvador 2015, 58). Mientras algunos enlataban pescado, carne de tortuga y langosta, el resto de la colonia instaló siete pequeñas casas prefabricadas con madera de abeto nórdico. Los «caminos bordeados con rocas de lava» tejían una red que decantaba en la Plaza de Ulvenæs. Un área abierta que era el principal espacio de socialización que se experimentaba como plaza, patio de comidas o cancha de croquet (Hoff 1985). 5|IMÁGENES El horno de pan y la fábrica enlatadora Si la fábrica enlatadora fue la motivación del viaje, el horno de pan sería el embrión que los congregaba como institución social. Antes que los hombres pensaran en construir cobertizos, bardas o cabañas, se reunían alrededor de la hoguera, que los mantenía calientes y secos y en la que preparaban sus sencillas comidas. La hoguera es el germen, el embrión, de todas las instituciones sociales […] Se necesitaron cerramientos, bardas y paredes para proteger la hoguera y fueron necesarios terraplenes para protegerla de las inundaciones […] De esta manera los cuatro elementos de la construcción primitiva surgieron de las necesidades más inmediatas: el techo, el terraplén, el cerramiento y, como centro espiritual de todo, la hoguera, el hogar social (Semper 1851 en Toca 2004, 66-7). 192 193 A través de una carta enviada a Mr. Th . Østmoen, uno de los accionistas de la sociedad, advertimos que Gudrun y Olaf Eilertsen, matrimonio promotor de la colonia, planifi có construir pequeñas casas de dos habitaciones con dos literas de madera —72 × 28 inch | 180 × 70 cm— en cada una. De modo que esta carta aclara que los colonos deben llevar «mantas de lana, colchas, algunas sábanas, almohadas y un colchón» que se ajusten a las dimensiones de las camas. De preferencia toallas y un kit de afeitado para uso personal, sin olvidarse del «tazón y plato plano, taza de café, cuchillos, tenedores, cucharas y cucharillas». Antes de enviar sus respetos, Olaf escribió: «Si tienes otros artículos que crees que te serán útiles, por ejemplo, una tienda de campaña, herramientas, instrumentos, libros, etc., solo tienes que traerlos contigo» (Carta de O. Eilertsen, Marzo 03, 1926, en Hoff 1985). En menos de dos meses, la colonia noruega reconstruyó en Academy Bay el último paisaje guardado en su memoria, Larvik6|IMÁGENES. A través de objetos y prácticas cotidianas materiales e inmateriales, la colonia sostuvo diversos vínculos con su país, de modo que lo que ocurría en Noruega y en la isla Santa Cruz no eran dos instancias espacial y temporalmente independientes (Stefoni 2013, 167). Estas formas de vida que se debaten en una constante entre des-embarcos y desarraigos construyen un campo social transnacional que se defi ne como las «redes de relaciones sociales a través de las cuales viajan ideas, prácticas y recursos, que se intercambian, organizan y transforman» (Basch, Glick-Schiller y Szanton 1994, 7 en Stefoni 2013, 167). Un domingo jugando al croquet en la Plaza de Ulvenæs 1926 | Muelle en Larvick, Noruega. 1927 | Muelle Ulva en Academy Bay, Puerto Ayora. 6|IMAGEN Larvik en Noruega, Academy Bay en Santa Cruz En Noruega, los paisajes costeros refl ejaban en su confi guración el régimen de tenencia de tierras que pervivió hasta bien entrado el siglo XX. Bajo este modelo, el terrateniente tenía en propiedad la tierra, el muelle, la estación de curado y el control de la tienda de la comunidad pesquera. A partir de estas centralidades que moldeaban el patrón de asentamiento, se construían casas de alquiler para los pescadores y sus familias, aportando una remuneración extra que se podía incluir en una parcela donde principalmente se cultivaban papas (Jones 1988, 197). Si observamos los patrones de asentamiento, pareciera que la colonia replicó el mismo modelo territorial en la isla Santa Cruz. La principal diferencia radica en que la colonia fue constituida como una sociedad anónima con los colonos como principales accionistas (Hoff 1985). 195194 Mientras los primeros colonos construían los nuevos espacios de vida, una nueva embarcación partía desde Noruega con los cuarenta y tres miembros que faltaban en la colonia, de los cuales solo cuatro hombres arribaron a la isla (Hoff 1985). Entre tanto, en las cercanías del asentamiento noruego, Borghild Rorud instalaba su tienda de campaña trasladando la tradición del tejido para vestir su espacio vital (Sarquis 2006, 16). Su arquitectura es una envolvente ligera y efímera que delimita el espacio de creación personal, en tanto que la estructura sólida actúa como un mero soporte que se «subordina lo que parecen ser solo sus accesorios» (Wigley 1992, 367). La habitación temporal construida por Rorud nos traslada «al origen de la construcción que coincide con el comienzo de los textiles», según la teoría que en el siglo XIX desarrolló el arquitecto alemán Gottfried Semper (Semper, Style: Th e Textile Art, 254 en Wigley 1992, 372). Semper parte de las artes decorativas, defi nidas como menores y explícitamente femeninas, para proponer que la verdadera esencia de la arquitectura es textil, y por tanto la envolvente arquitectónica es análoga a la vestimenta, anticipándose a la construcción de muros sólidos. El arte de vestir y la defi nición de interioridad del cuerpo «es probablemente un invento posterior» a la defi nición de interioridad doméstica y por ende «al uso de la cobertura en los campamentos y espacios cerrados» (Semper, Style: Th e Textile Art, 254 en Wigley 1992, 368). El tejido se utiliza «como medio para hacer “hogar”, la vida interior separada de la vida exterior, y como la creación formal de la idea de espacio». Un gesto que trasciende la idea del refugio físico para defi nir los espacios de intercambio social (Semper, Style: Th e Textile Art, 254 en Wigley 1992, 367)7|IMÁGENES. Mark Wigley (1992, 367-8), parte de Semper para sugerir que los edifi cios públicos son andamios improvisados que durante las festividades se utilizan para colgar textiles estampados y otras decoraciones. Espacios efímeros en los que la ciudadanía interacciona defi niendo la vida comunitaria que es la verdadera esencia del espacio público. Espacios en los que «la arquitectura literalmente viste el cuerpo político». 7|IMÁGENES Pao I: Morada de la mujer nómada de Tokio (1985) Marta Rodríguez Fernández (2013, 126) sugiere a través de la estructura ligera y circular de Pao I, la existencia de consonancias transatlánticas entre arquitectura y vestimenta. Pao I, diseñada por Toyo Ito, Kazuyo Sejima y Kazumichi Iimura, desplaza la estructura a lo largo del cuerpo femenino como una confección tridimensional del vestido que reinterpreta el verdugado español utilizado por las mujeres de Europa occidental durante los siglos XVI y XVII. 197196 Sejima, diseñadora encargada del proyecto, utilizó «su propio cuerpo como unidad de medida para el diseño del mobiliario» (Rodríguez Fernández 2013, 100). Encarnado el ideal de la nueva mujer japonesa que anhela «un nuevo lugar donde posicionarse frente al mundo», en un nomadismo urbano que transita en complejas relaciones entre lo público y lo privado (Rodríguez Fernández 2013, 115). Este prototipo de la nueva arquitectura doméstica es un sumatorio de tres objetos a los que Ito denominó (pre) mobiliario inteligente: El mueble inteligente, una «cápsula de información para navegar por la ciudad», el mueble para la comida ligera, «una combinación de una pequeña mesa y de un armario para guardar la vajilla y los utensilios necesarios para comer» y el mueble para el coqueteo: «una combinación de tocador y armario ropero». Con el mueble para el coqueteo, Ito defi ne que el «espacio urbano es un escenario y antes de subir a él, [la mujer] tiene que maquillarse y arreglarse» (Ito 200, 62 en Rodríguez Fernández 2013, 115). Según Sejima, la contradicción de este proyecto radica en que la liberación de la nueva mujer japonesa se consigue con ataduras, envolviendo su cuerpo. Yo no veo la arquitectura como una especie de cubrición personal, como en el Pao de Ito. La veo más como una especie de escenario abierto que debería servir para facilitar la libertad de movimientos. Yo estaba entonces trabajando con Ito, y quise oponerme a la manera en la que Pao intentaba aislar al individuo de su entorno urbano. Creo que un arquitecto debería crear edifi cios que sirviesen para incorporar tanto a las personas como a la ciudad, a la información y a los medios de comunicación (Sejima en Rodríguez Fernández 2013, 117). Imaginemos que comprimimos el cuerpo político de la arquitectura en una habitación, espacio que por propia defi nición posibilita la acción y el efecto de habitar (Monteys, Callís y Puigianer 2007, 63). Una vez allí recuperemos la esencia de la habitación propia de Virginia Woolf, imaginando que sus paredes son los textiles que visten la tienda de campaña de Rorud para transformarla en un espacio propicio para la práctica intelectual y creativa. En su habitación y durante los seis meses que duró la investigación, Rorud almacenó y catalogó una colección de doscientas sesenta y dos plantas vasculares que llevó al Botanical Museum en Oslo. A diferencia de la extensa genealogía de científi cos que volvían a sus países para publicar sus hallazgos, la investigación de Rorud no decantó en ningún artículo o libro de autoría propia. Su contribución a la ciencia está encapsulada en una referencia citada por Earling Christophersen, autor del libro A Collection of Plants from the Galápagos Islands (1932). En esta publicación, el botánico y geógrafo noruego describe dos nuevas especies de plantas en las Galápagos (Acacia rorudiana y Periloba galapagensis = Nolana galapagensis) y dos subespecies (Mollugo snodgrassii ssp. santacruziana y Froelichia nudicaulis ssp. Longispicata) (Wiggins, Porter y Anderson 1971, 42). En cambio, para la Fundación Charles Darwin (2020) la taxonomía aceptada es Acacia rorudiana Christoph., una referencia que inserta a Rorud dentro de la lista de pioneras que, a pesar de sus sustanciales aportes al conocimiento, fueron subordinadas a sus pares masculinos, excluidas de la organización dominante del conocimiento. «Porque tradicionalmente el sujeto del pensamiento, el sujeto del discurso, el sujeto de la historia, el sujeto del deseo es un ser masculino que se declara universal, que se proclama representante de toda la humanidad» (Muxi 2018, 11). Kasuyo Sejima posando para el proyecto Pao I 198 199 La Acacia rorudiana tiene el tallo espinoso con contadas hojas que parecen plumas y racimos de fl ores amarillas en forma de botón, apariencia que guarda el recuerdo de Borghild Rorud (Wiggins, Porter y Anderson 1971; Hoff 1985; Lundh 2001, 98). La cuarta científi ca en arribar a las Galápagos, siendo Elizabeth Cabot Cary nuestra precursora8|IMAGEN. 8|IMAGEN El tejido vistió el espacio vital de las pioneras científi cas: Borghild Rorud (1926), Ruth Rose e Isabel Cooper (1923) Démosle otros cien años […], démosle una habitación propia y quinientas libras al año, dejémosle decir lo que quiera y omitir la mitad de lo que ahora pone en su libro y el día menos pensado escribirá un libro mejor (Woolf 2008, 68). Interpreto la referencia al tiempo como una metáfora que advierte la emergente necesidad de reconfi gurar los paradigmas sociales de género; tan vitales como la habitación propia y las quinientas libras a las que hace referencia Virginia Woolf. En el caso de Rorud estas condicionantes necesarias para desplegar su creación se materializaron en el tejido como vestimenta de su espacio vital, así como en la beca de la Universidad de Oslo que le permitió costear los gastos del viaje a Santa Cruz. Para referirse a Elizabeth Cabot Cary (1872), ver «Un salto por la cubierta de alojamientos», sección Mundos Flotantes, páginas 93-105. Para referirse a Isabel Cooper y Ruth Rose (1923), ver pie de página 26 «Espacios textuales de Isabel Cooper y Ruth Rose», sección Mundos Flotantes, páginas 131-2. Acacia Rorudiana 200 201 Días antes del 21 de noviembre de 1927, fecha en la que se incendió la fábrica enlatadora, los miembros de la colonia acuerdan «que se irán en diciembre, venderán todo y repartirán las ganancias entre los que se quedaron y trabajaron durante todo el tiempo. Los demás sólo recibirán cantidades para cubrir sus gastos de viaje de regreso a casa» (Hoff 1985). El incendio es el acontecimiento que remarca la decisión de abandonar la isla. Una refl exión derivaba por varios motivos entre los que destacan las defi cientes comunicaciones con el continente, imprescindibles para sostener la industria pesquera (Latorre 1999, 243). En la actualidad, el muelle de piedra sigue siendo parte del paisaje construido al igual que la huella del matazarno que el cemento cubrió con su modernidad demoledora. El primer asentamiento permanente de la isla Santa Cruz continúa habitando en el espacio simbólico a través del nombre de la pequeña calle paralela a la Laguna de las Ninfas. Los colonos es «el nombre del lugar y el lugar con nombre» que recuerda a los cuatro accionistas de la Sociedad Anónima de Santa Cruz que decidieron continuar en Puerto Ayora (Durán 2008, 57-8). Caminar por Los colonos, es imaginar que hace más de un siglo, esta calle fue el principal camino que entrelazaba la enlatadora, las casas y el área abierta a la diversidad de usos. Más que un camino bordeado por rocas de lava era una red de infi nitas conexiones explícitas en lo cotidiano por las que viajaron ideas, prácticas y recursos para adaptar y transformar las espacialidades. A su vez, el camino viejo estrechó el distanciamiento entre el actual puerto urbano y las parroquias rurales de la parte alta, Bellavista y Santa Rosa. Un binarismo jerárquico que se consolidó a partir de 1980 con una población que no superaba los novecientos habitantes (Gobierno Autónomo Descentralizado Municipal de Santa Cruz 2012, 216). Por el camino viejo se desplazaban, desde la parte alta, los trabajos reproductivos asociados con la agricultura de la subsistencia con la misma valoración social que los trabajos productivos de la pesca que se realizan en puerto. El camino viejo es un desplazamiento que posibilita imaginar la disolución de los binomios jerarquizados, resituando las relaciones de complementariedad e interdependencia territorial. Academy Bay 202 203 La casa anclada que mira al mar En años posteriores, nuevas familias noruegas se unieron a los cuatro accionistas que decidieron continuar en Puerto Ayora como lo deja entrever una carta escrita por Marie Kastdalen. Llevamos aquí catorce años y disfrutamos de la vida libre. Aquí hay una colonia de unas siete familias noruegas [que fueron paulatinamente llegando] y todas ellas tienen su propiedad, mayor o menor […] los habitantes somos agricultores o pescadores (Carta a Hansen, Julio 10, 1949, en Hoff 1985). Marie junto a su esposo Th orvald, su hijo Alf y su amiga de la infancia Amanda Christoff ersen viajaron desde Noruega en compañía de Solveig, Sigurd Graff er y sus pequeños Arne y Eling. En 1935 cada familia trazó cincuenta acres | veinte hectáreas en la parte alta cumpliendo el reglamento dispuesto para los nuevos colonos, Amanda también tuvo acceso a la tierra. En las cercanías de la Hacienda Fortuna Th orvald convirtió su principal deseo en realidad, una granja parecida a la que su familia tenía en Askim, Noruega y que su hermano mayor recibió en herencia (Hoff 1985). Un anhelo que compartía con su amigo Sigurd y que fue una de las motivaciones que originó el viaje de ambas familias. Alf, Marie, Th orvald y Amanda. ca 1955 Cartografía Miramar, parte alta Indefatigable ó Cháves (Santa Cruz) Miramar Bellavista y Santa Rosa (parte alta) Puerto Ayora 216 Navegar con la casa a cuestas 218 219 Referencias Achugar, Hugo. 2003. «El lugar de la memoria, a propósito de monumentos (Motivos y paréntesis)». En Monumentos, memoriales y marcas territoriales, compilado por Victoria Langland y Elizabeth Jelin, 191-216. España y Argentina: Siglo Veintiuno Editores. Algarín Comino, Mario. 2015. «Paquebotes o aeroplanos o edifi cios o automóviles». En Colección Investigaciones IdPA_01, editado por José Enrique López-Canti Morales y J.J. Vázquez Avellaneda, 269-84. Sevilla: Departamento de proyectos arquitectónicos. Amann Alcócer, Atxu. 2011. El espacio doméstico: la mujer y la casa. Buenos Aires: Nobuko. Anzaldúa, Gloria. 2004. «Los movimientos de rebeldía y las culturas que traicionan». En Otras inapropiables. 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Muelle del pescador. 2017. Fotografía de la autora. Molino, Adolf Hanny. 1952. Fotografía cortesía de Washington Ramos, director de Ambiente del GAD Municipal de Santa Cruz. Muyuyo, tortuga. 2016. Fotografía de la autora Pelican Bay. 1983. Fotografía cortesía de Washington Ramos, director de Ambiente del GAD Municipal de Santa Cruz. Pelican Bay. 2016. Fotografía de la autora. Borghild Rorud y Marie Dahl Las dos únicas mujeres que participaron en el viaje fueron Borghild Rorud y Marie Dahl, ambas de Oslo. 1926. Fotografía cortesía de Th elma Lea. Cartografía Academy Bay Collage de la autora Cuatro botes salvavidas atados en pares para descargar las casas prefabricadas. 1926. Fotografía cortesía de Robert Ødegård. El horno de pan y la fábrica enlatadora El proyecto más importante del primer día en tierra fue la construcción de un horno. 1926. Fotografía cortesía de Th elma Lea. Construcción de la fábrica enlatadora en Puerto Ayora. 1926. Fotografía cortesía de Arne Eilertsen. Un domingo jugando al croquet en la Plaza de Ulvenæs Plaza Ulvenæs. 1926. Fotografía cortesía de Arne Eilertsen. pp. 182-3 p. 185 p. 187 p. 189 p. 189 p. 191 p. 192 228 229 Larvik en Noruega, Academy Bay en Santa Cruz El Ulva en el muelle de Larvik preparándose para la expedición. 1926. Fotografía cortesía de Robert Ødegård. Bahía de la Academia en la marea alta. Al fi nal del muelle “Ulva” se encuentra el tronco del árbol utilizado como grúa. El camino a la fábrica es una vía férrea. El horno está escondido detrás de la fábrica. El área abierta es “La Plaza”. Año Nuevo 1927. Fotografía cortesía de Jens Furunes. Pao I: Morada de la mujer nómada de Tokio (1985) Pao I (1985) Conceptual drawing. 1985. Dibujos conceptuales. Publicado Febrero 07, 2016. http://socks-studio.com/2016/02/07/pao-dwellings-for-the- tokyo-nomad-woman-by-toyo-ito-1985-and-1989/. Kasuyo Sejima posando para el proyecto Pao I. 1985. Fotografías. 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Fotografía. Cartografía Miramar, parte Alta Ilustración de la autora Miramar. 1960. Fotografía cortesía de Washington Ramos, director de Ambiente del GAD Municipal de Santa Cruz. Marie, Solveig y Amanda Marie, Th orvald, Alf, Solveig y Amanda. 1935. Fotografía cortesía familia Kastdalen Espín. Casa en El Carmen Casa en El Carmen. s.f. Fotografía cortesía de Washington Ramos, director de Ambiente del GAD Municipal de Santa Cruz. Lechoso. Scalesia pedunculata Hook. f. Ocaña, Edison. 2015. Scalesia pedunculata. Fotografía. Accedido Noviembre 12, 2020. https://www.inaturalist.org/observations/32513844. Friedo, la casa liminar de clorofi la Hancock, Allan. ca. 1934. Friedrich Ritter and Dore Strauch at Friedo. Fotografía. Accedido Diciembre 20, 2018. https://zeitgeistfi lms.com/ galapagosaff air/gallery/photogallery6.html. Miramar 1953 Miramar. 1953. Fotografía cortesía de Washington Ramos, director de Ambiente del GAD Municipal de Santa Cruz. Unidad habitacional de Marsella (1947-52) Fundación Le Corbusier. 1936. Trazado de Paquebot Ile de France. Accedido Marzo 18, 2020. http://www.fondationlecorbusier.fr/corbuweb/morpheus.aspx? sysId=13&IrisObjectId=5599&sysLanguage=en-en&itemPos=1&itemSort=en-en_ sort_string1&itemCount=1&sysParentName=Home&sysParentId=11 p. 193 pp. 195-6 p. 199 p. 199 p. 201 p. 203 p. 203 p. 205 p. 205 p. 205 p. 207 p. 209 p. 209 230 Kozlowski, Paul. 1997. Unidad habitacional de Marsella. Fotografía. «Unité d’habitation, Marseille, France». Fondationlecorbusier.fr. Accedido Marzo 18, 2020. http://www.fondationlecorbusier.fr/corbuweb/morpheus.aspx?sysId=13&IrisObj ectId=5234&sysLanguage=en-en&itemPos=61&itemSort=en-en_sort_string1%20 &itemCount=79&sysParentName=&sysParentId=64 Miramar Fotografías de la autora tomadas en 2017. La cocina vista por mujeres Beecher, Catharine Esther, y Harriet Beecher Stowe. 1869. Plan of the kitchen and stove-room. Plan of the sink and cooking-form. Ilustración. Th e American Woman’s Home or Principles of domestic science: being a guide to the formation and maintenance of economical, healthful, beautiful, and Christian homes. Nueva York: Arno Press., pp. 33-4. Navegar con la casa a cuestas Collage de la autora a partir de la experiencia vivida en la casa de Carmen Barrera, pionera de la isla Santa Cruz, el 7 de diciembre del 2017. p. 211 p. 213 p. 216 234 235 Míster Stories no terminaba de salir de su asombro Se quedó petrifi cado en su despacho como si fuera uno de los fósiles que dibujaban sus libros. Trataba de pestañar, pero retrocedía en el mismo intento. No terminaba de confi ar en mis historias, pero tampoco sabía cómo refutarlas. Cuando mencioné que sobreviví a dos guerras mundiales aprendiendo las pautas básicas para la súper-vivencia, posibilidad que Chas no previó en El Origen; él se aferró a la sutileza del acento seguido de la pausa de mi término para recobrar su semblante. —Señora le voy a dar unos consejos, esperando que los siga al pie de la letra. Usted no puede ir por el mundo fi ngiendo ser una tortuga. La edad tampoco es una licencia para inventarse acentos y pausas en el lenguaje. Supervivencia es la acción y el resultado de sobrevivir o supervivir. Supervivencia y supervivir son términos vinculantes. Después de tantos años escribiendo se consideraba un experto en semántica, no dudo que lo fuese, pero mis espacios en blanco desaceleraban la frecuencia de sus ritmos, colapsando su maquinaria. Mirando la arruga de su chaqueta que daba cuerpo a sus resoplidos, recordé el estímulo extraordinario que experimenté durante la guerra. En la primera guerra mi caparazón actuó como un refugio antibalas, mucho más efectivo que cualquier casco de soldado. Me alimentaba de los hierbajos, y las risas de las niñas jugando al escondite me reconfortaban. Una noche llovió tanto que al día siguiente los escombros recuperaron la vida con pequeños charcos. Me sumergí en el más cercano, luego en el siguiente, no importaba cuan profundos fuesen los charcos todos resaltaban la cara oscura de mi caparazón. Mi lentitud no me permitió más búsquedas cuando me paralicé con la advertencia de una niña: “Corre mamá corre… que he encontrado una “giant hand grenade”. Los gritos de la madre alertaron a todo el vecindario que desapareció como producto de una gran bomba de humo. Metí la cabeza y las patas dentro del caparazón esperando volar por los aires y caer como las piezas extraviadas de un puzle. Retuve esta imagen por muchísimo tiempo hasta atreverme a asomar la cabeza por la rendija de mi húmedo caparazón. No encontré nada, así que volteé al otro lado, pero tampoco hallé esa giant hand grenade que ahuyentó las risas de las niñas. Poco a poco me fui incorporando, alejándome del charco lo sufi ciente para encontrarme frente a frente con mi refl ejo borroso… Yo era la giant hand grenade. El miedo solo les dejó ver el lado oscuro de mi refugio antibalas… El silencio de las risas fue tan ensordecedor como la peor de las batallas, no había refugio ni hierbajos sufi cientes. Solo ausencias y las voces de mi manada iluminando un aislamiento impuesto y más temido que las piezas extraviadas de un puzle… Sobreviví a dos guerras mundiales gracias a que comprendí que mi existencia dependía de otras relaciones para súper-vivir. Esas que Chas no previó cuando en la quinta edición de El Origen, prefi rió referirse a la supervivencia del más apto. 248 249 Esta narración de los trozos de hilo como primeras señas territoriales tiene consonancias con el relato de la mitología griega que posiciona a Dédalo como constructor del Laberinto de Creta y, por ende, el primer arquitecto. Esta versión del mito omite que Dédalo no consiguió comprender la compleja estructura del Laberinto, teniendo que elaborar unas alas de cera para sobrevolar los muros de la prisión que el mismo había diseñado. Su escape pone en cuestión el estatus de primer arquitecto atribuido a Dédalo, pudiendo argumentar que Ariadna es la autora de la primera obra arquitectónica. Ella le entregó a Teseo «un ovillo del hilo que estaba hilando o, según otras fuentes, una corona luminosa para que pudiese hallar el camino de salida del Laberinto tras matar al Minotauro» (Vázquez Medel 2009, 1413). Como argumenta Beatriz Colomina (1988), Ariadna consiguió representar al Laberinto utilizando el hilo como elemento conceptual. De tal manera que, la primera transmisión de la arquitectura por un medio distinto a sí misma, es también, la primera reproducción de la arquitectura como un acto interpretativo y crítico. Partiendo de esta refl exión y a través del paralelismo de su historia con la de Ariadna, situaremos a Margaret como la primera habitante en representar el espacio de forma arquitectónica. De los distintos títulos con los que ha sido publicada la obra de Margaret, quizá el más sugerente sea el de la primera edición: Floreana: Lista de Correos. Una mujer robinsón en las islas Galápagos8. Precisamente porque su autora retoma los titulares de la prensa occidental como el escrito en 1932 por J.F Schimpff : By a modern “Robinson Crusoe”: Experiences in back-to-nature existence on Floreana island | Por un “Robinson Crusoe” moderno: Experiencias de existencia en el retorno a la naturaleza en la isla Floreana. Titulares como éstos, se valieron del personaje recreado en la novela de Daniel Defoe para establecer símiles entre la novela y las vidas de las familias de la isla, trasladando el paradigma de la modernidad occidental hasta el lugar que las pioneras consideraban como el fi n del mundo. La fi gura en tanto paradigma de Robinson Crusoe se impone desde un imaginario social hegemónico que es construido por y desde el sistema-mundo: «europeo|euro-norteamericano, cristiano-centrado, moderno|colonial, capitalista|patriarcal» (Grosfoguel en Montes y Busso 2007, 5)9. Robinson encarna el ideal del hombre blanco burgués que tras huir de la civilización vuelve a recrearla en una isla desierta. Desde su perspectiva androcéntrica, él se enfrenta solo a una naturaleza hostil y logra vencerla con coraje y astucia, sobrevive en la isla sin necesidad de nada ni de nadie (Pérez 2015, 11). 8 Esta obra se ha publicado en español en cuatro ediciones. Para la segunda y tercera edición el título se modifi ca por: Una familia Robinson en las islas Galápagos y en la cuarta edición se lo cambia por Una vida en las islas Galápagos. 9 Robinson Crusoe (1719) es una novela británica que refl eja la perspectiva de la colonialidad como canon literario de la época. Obras como Foe (1986) escrita por el sudafricano J.E Coetzee, dan réplicas al padre de la novela inglesa Defoe, poniendo al descubierto los supuestos de la conquista. Su relación con la esclavitud como una forma normalizada de producción, los binarismos de superioridad racial entre el hombre blanco civilizado y el negro salvaje y la utilización del lenguaje como otra forma de sometimiento. «Desde la perspectiva de la crítica feminista, expone los supuestos de superioridad genérica del hombre sobre la mujer (que tendría su correspondencia en la relación del mundo conquistador viril —Europa, Estados Unidos— con el mundo conquistado femenino —África, Latinoamérica—» (Lazo 2017, Capítulo IV). Desde otras latitudes, la reescritura del mito de Robinson propuesta por Julio Cortázar en Adiós, Robinson (1977), Viernes deja de representar un personaje conciliador conforme a la ideología colonial, sino un actor subversivo que desarrolla tácticas de resistencia que van «carcomiendo progresivamente o violentamente el orden establecido por Robinson» (Calderón 2013, 852). ROBINSON. — Dime un poco, ¿por qué cada vez que te diriges a mí te ríes? Antes no lo hacías, sin contar que yo no te lo hubiera permitido, pero de un tiempo a esta parte... ¿Se puede saber qué tiene de gracioso que yo sea tu amo, el hombre que te salvó de un destino horroroso y te enseñó a vivir como un ser civilizado? VIERNES. — La verdad, no tiene nada de gracioso, amo (risita). Yo tampoco comprendo muy bien, es algo completamente involuntario, créeme. He consultado a dos psicoanalistas, uno freudiano y el otro junguiano, para doblar las chances como hacemos en el hipódromo, y para mayor seguridad me hice examinar por una eminencia de la contra psiquiatría. Dicho sea de paso, este fue el único que aceptó sin dudar que yo fuera Viernes, el de tu libro (Cortázar 1985, 5). 250 251 Con esta interpretación sugiero que, igualar a Margaret con una Robinson sería desconocer la introspección autobiográfi ca de sus textos que anteponen las subjetividades «frente a la pretendida e imposible objetividad» (Vázquez Medel 2009, 1417). Igualar a Margaret con una Robinson sería legitimar la masculinidad tradicional hegemónica, como cultura de dominación y jerarquización masculina, sobre otras identidades de género leídas como femeninas (Bonino 2013). Imponer una única forma de saber pensar, estar y sentir en el mundo. El relato de Margaret necesita ser representado al igual que el mito de Ariadna, deconstruyendo los binarismos jerarquizados que fundamentaron el carácter universal, objetivo y neutral del conocimiento moderno occidental: cultura|natura, hombre|mujer, objetivo|subjetivo, producción|reproducción, etc. Refl exionar sus memorias comprendiendo que contienen el principio general de la ontología relacional, que «la vida es interrelación e interdependencia de principio a fi n, siempre y en todo momento» (Escobar 2016, 121). Es cuestión de súper-vivencia Hasta ahora he querido eludir la presencia de Charles Darwin, sin embargo, quiero esbozarlo en cuanto sus observaciones abordo del H.M.S Beagle contribuyeron a instaurar un nuevo paradigma en la concepción del origen de la vida. La naturaleza ya no procedía de un orden divino sino de la transformación|evolución. La publicación de El Origen de las Especies por medio de la selección natural o La preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida (1859), posicionaría a las islas en el orden de lo científi co. Haciendo de Darwin el emblema de la conservación para la ciencia y un personaje omnipresente en el imaginario de las Galápagos. En su libro, Darwin acuña el término selección natural como mecanismo para explicar la descendencia con modifi cación, es decir, que las especies se originaron de otras preexistentes y no fueron creadas de manera individual. En la quinta edición del libro que data de 1869, Darwin utiliza por primera vez la supervivencia del más apto para referirse a la selección natural. Término acuñado por el sociólogo y padre del darwinismo social Herbert Spencer en su libro Principios de Biología (1864). «Este principio no se aplicaba según Spencer únicamente a las plantas y a los animales, sino también a la sociedad humana. La feroz competencia elimina a aquellos individuos, empresas y organizaciones que no se han adaptado bien a la sociedad o a la coyuntura» (Buskes 2009, 34). En consecuencia, en un sistema dominado por el capital y la libre competencia del mercado, la supervivencia estaría ligada a la lucha|competencia por sobrevivir. Dominar una “naturaleza hostil”, someter a la otredad reproduciendo las lógicas coloniales hasta conseguir que la isla|casa «parezca una colonia perfecta», como mencionó el Robinson de Defoe después de su encuentro con Viernes (Calderón 2013, 847). 253252 11 En 1926, el arribo noruego de la Sociedad Anónima de Santa Cruz celebra su llegada construyendo un «horno de pan de ladrillo para preparar sus comidas, haciendo de la hoguera “el germen, el embrión, de su institución social”» (Semper 1851, en Toca 2004, 67). Ver «Ciudades ancladas», sección Soy una tortuga, páginas 188-201. Continuemos con el relato de Margaret. Después de caminar durante seis horas, la familia llega a las cuevas de los piratas10|IMAGEN. ¡Aquí están! Tres cuevas, una al lado de la otra, en la falda de una montaña: una cueva grande y dos pequeñas. Nuestra casa —dice Heinz con sequedad. Tres grandes y oscuras bocas de cavernas se abren bostezando frente a nosotros. Ayer te olvidaste de cerrar las puertas. —Tengo que decir alguna tontería para disimular mis primeros sentimientos. Porque esos agujeros no tienen realmente un aspecto acogedor (Wittmer 2000, 23-4). La cueva-vivienda, como la llama Margaret, es una amplia habitación de lava. Las manos que esculpieron sus paredes socavaron la roca proporcionando espacios para el almacenamiento y aprovecharon cada prominencia para moldear asientos y un pequeño hornillo. Su chimenea atraviesa esta gran bóveda de lava recordando que la hoguera es el germen de toda institución social (Semper 1851, en Toca 2004, 67)11. Los antiguos inquilinos de la habitación de lava también dejaron una mesa coja y un par de taburetes retorcidos que sirvieron para que Heinz relatara las historias de los piratas en las islas. Sus ecos resonaban incluso en los silencios más estrepitosos, con cada cicatriz de lava la familia viajaba a bordo de sus navíos, una y otra vez, imaginando que sus sombras seguían en las islas. Fue necesario que Heinz y Harry se adentraran en el bosque para que Margaret fuese en búsqueda de más vestigios, volviendo a la cueva con un trozo amarillento de papel. Una página de un diario de Colonia que aún conservaba legible una esquela mortuoria que hacía referencia a un conocido de sus padres. «Mientras tenía en la mano el desgarrado y ajado trozo de periódico tuve que esforzarme en recordar que no estaba en Colonia, sino en una de las islas del Archipiélago de Galápagos» (Wittmer 2000, 28). ancient fire place of the pirates kitchen table table box stove table bead seat firewood box 10|IMAGEN La primera habitación humana del archipiélago La primera habitación humana en el archipiélago se levanta en el suelo volcánico que el primer navegante advirtió como «escoria, sin que sirva, porque no tiene virtud para criar un poco de yerba, sino unos cardones» (Berlanga 1884, 540). Su materialidad le otorga una única identidad, la de un objeto estático que ha sido patrimonializado por el turismo desde la perspectiva histórica como «el hogar de los primeros pobladores de la isla» (DPNG 2016). Respecto a su origen, no existen certezas de su autoría, sin embargo, el mito construido las ubica en los espacios temporales de la piratería inglesa que convirtieron a las islas en lugares para su refugio. 254 255 lo más probable es que lo hallado en las cuevas no sea la obra de piratas de los siglos XVII y XVIII, sino de Patrick Watkins, el “huérfano Oberlus”, célebre ermitaño irlandés que dejó un ballenero y se estableció en Floreana a principios del siglo XIX; de los colonos de Valdizán en la segunda mitad del mismo siglo, o de los noruegos de la década de 1920. Sin embargo, persiste la leyenda de que fueron cuevas de piratas (Donoso 2012, 235). La primera mujer que escribió sobre las cuevas fue Dore Strauch que al poco tiempo de llegar a Floreana confesó que antes de entrar en una de ellas retrocedió ligeramente porque había «oído historias tan espantosas de su antiguo habitante, el hombre Watkins, lunático y asesino». Reprimió el escalofrío en su cuerpo ante «la idea de cruzar su oscuro umbral». Antes de concluir, Dore recuerda otra versión del mito ya que sus «informantes no estaban seguros si el temible Watkins había vivido en esta cueva o en una cabaña que ahora había desaparecido y que, según se decía, se encontraba en el mismo lugar que [“Friedo”, su Jardín de paz]» (Strauch 1935, 42). Estas versiones sobre el huérfano Oberlus, el temible Watkins, tienen consonancias con los mitos griegos que como menciona Calasso (1990, 279-82) «eran historias transmitidas con variantes» sin que exista una única autoridad que defi na la versión justa. Homero era un escritor evocable, pero otros como Ovidio y Píndaro recomponían los mitos omitiendo y añadiendo historias con nuevas variantes raras y poco visibles consiguiendo que el mito siga respirando en la literatura. Es así como Patrick Watkins con su arribo a Floreana, entre 1805 y 1807, se constituye como el primer habitante del archipiélago (Maldonado y Llerena 2018, 15). Christophe Grenier (2007, 77) menciona que la primera colonización del archipiélago con un único habitante es más importante de lo que parece, ya que el irlandés no fue un Robinson aprisionado en una isla, sino que hizo de la isla su propia tienda de abarrotes. Al decidir establecerse en una isla sin virtud de ser habitable, Watkins probó que era posible cultivarla e intercambiar frutas y legumbres por ron o algunos dólares. Probó que es posible comerciar con los barcos balleneros que frecuentaban la isla. Tres décadas más tarde, la primera colonización ecuatoriana comandada por Villamil en 1832 utilizó los animales y las plantas domesticadas por Watkins, el último precursor de los pioneros europeos. En el siglo XX, las familias europeas «harán de la cuarta colonización de Floreana un éxito: la misma vida dura y la misma utilización de la apertura de las islas hacia el mundo exterior». Esta apertura al mundo hizo que Watkins y su habitar en las cuevas transitara por los textos de Paul West (1809), escribiente del ballenero inglés Cyrus, que le apodó como Paddy, el rabieta en su traducción al español (León 2015, 84). Por los diarios de David Porter (1815), capitán de la Armada de los Estados Unidos. Que Herman Melville reescribiera a Porter para afi nar el cuerpo del sketch|cuadro de El ermitaño Oberlus en su obra Th e Encantadas (1854). Alberto Vásquez-Figueroa recrearía a Oberlus como el protagonista de su novela La iguana (1982), adaptada al cine por el director y escritor estadounidense Monte Hellman bajo el título de Iguana (1988). Cada una de estas versiones insisten que la hostilidad y la violencia del personaje está asociada a la escoria sin virtud de la roca. Siguiendo al Oberlus de Melville, sugiero que, en todas las versiones, Watkins prueba su agencia en el espacio desolado privando de poder a otros y ejerciendo contra ellos sus propias formas despiadadas de gobierno (Worden 2005, 77). De tal manera que, la clave para entender la refl exión del habitar ligada a las pioneras de Floreana se encuentra en el único personaje femenino de la obra de Melville que encarna a la Humanidad en una mujer vencida, la chola Hunilla. Quien a diferencia de Oberlus vive su propio a-Islamiento en un estado de conciencia a partir del cual reconoce su vulnerabilidad y por tanto se resiste a ejercer poder sobre otros. En un estado de súper-vivencia. Volvamos a las cuevas. Imaginemos que fue Watkins, alguno de los colonos de Valdizán o los noruegos quienes excavaron las cuevas, eligiendo la más amplia como su habitación. Las sencillas modifi caciones arquitectónicas que sustrajeron y retocaron las preexistencias de la cueva confi guraron un espacio habitable, que las enmarca dentro de la arquitectura tradicional excavada conocida como arquitectura troglodita de corrección del relieve natural (Piedecausa 2012, 21). Su proceso de construcción in situ se apoya en la materia existente consolidando la dependencia entre la arquitectura de la habitación y el territorio, entre el hábitat y el habitante. «Si usualmente se demuele para volver a edifi car, aquí la “construcción” es realmente “destrucción” y es irreversible. Se trata de una arquitectura en la que solo es posible la ampliación» (Algarín 2066, 36 en Piedecausa 2012, 20). Textos que se materializan en la primera ilustración de la cueva que realizó J.F Schimpff después de habitarla durante un año. En su artículo publicado en 1932 por la revista American Weekly, Schimpff escribe 257256 En una de las cuevas de piratas hice mi hogar, usando la misma chimenea ennegrecida que usaban los bucaneros en los viejos tiempos de los navegantes […] Llevé conmigo algunos suministros y los materiales para hacer una cabaña [… y]en un viejo horno pirata de piedra horneé pan hasta que mi harina se agotó. Su hogar en la cueva retoma la etimología de su término en latín focus: fuego, localizando todas las actividades que giran en torno a la comida, recordando que la habitabilidad está supeditada al alimento. La destrucción irreversible de la roca había construido un horno con su respectivo espacio para el almacenamiento de frutas y vegetales, Schimpff adecuaría los bancos laterales para guardar utensilios básicos disponiendo un tablero para su preparación. Esta forma de disponer los espacios nos traslada a la arquitectura moderna, en la que el muro-mueble de Adolf Loos adquiere un carácter más arquitectónico. Como una categoría intermedia entre la arquitectura y el mobiliario en la que «todos los muebles que están adosados de manera fi ja a la pared no pueden considerarse muebles verdaderos» (Loos 1980, 159 en Arango 2016, 177). Para completar su habitación, Schimpff amplió la arquitectura de la cueva utilizando materiales propios de la isla, con los que también construyó una cama y un asiento. Muebles que sin ser fi jos defi nen la medida de la ampliación y por ende confi guran relaciones entre el espacio y el mobiliario que responden a su función: el descanso. Podríamos sugerir a partir de la disposición de la mesa, que este objeto rectangular mediaba entre el espacio de la cueva y su ampliación, imaginando que la mesa articulaba el comer y el descanso, la cocina y la habitación. Partiendo de esta centralidad y centrándonos en las proporciones de la mesa, Schimpff materializa a través de este objeto, una mesa, su biografía de vida como escritor. Las cuevas de los piratas se erigen como la primera habitación del archipiélago, en las faldas del cerro que adoptó en 1832 el nombre de la primera colonial penal de Floreana: Asilo de la Paz. Lejos del mar y cerca de una pared lisa por la que el agua fi ltra hasta caer en «una gran palangana natural, en torno a la cual crecen exuberantes helechos verdes» (Wittmer 2000, 25). Con el tiempo, la familia Wittmer Walbroel convirtió a la cueva-vivienda en una habitación dedicada para recibir a sus visitantes, una habitación turística que en la actualidad es paso obligado para quienes visitan Floreana. Volvamos con Margaret... En menos de cuatro meses, Margaret, Heinz y Harry junto a Hertha y Lump, habían saltado desde Colonia a las cuevas de Floreana, pasando por Rotterdam, Guayaquil, San Cristóbal e Isabela. Las tres grandes y oscuras bocas de caverna tardarían en ser su hogar, quizá nunca las sintiesen como tal, ya que rápidamente construirían su nueva casa a propósito de la llegada de su hijo Rolf. La nueva vida merecía un nuevo espacio y su construcción se consolidaría como símbolo del esfuerzo familiar que estuvo listo a fi nales de diciembre, «por lo menos en parte: la cocina y mi alcoba» (Wittmer 2000, 60). Durante todo un día estoy sola “en casa”. En los primeros tiempos habíamos dicho: — Ahora estamos aquí. Pero todavía no estamos en casa. ¿Qué signifi ca verdaderamente eso de estar “en casa”? No lo sé. Probablemente no signifi ca mucho. Signifi cará algo cuando tengamos recogida nuestra primera cosecha propia. Quizá entonces. Es una sensación agradable la de comer lo que se ha plantado (Wittmer 2000, 39). La topofi lia expresada por Tuan (2007, 130) como el «neologismo útil para incluir todos los vínculos afectivos del ser humano con el entorno material» se hace visible. La voz de Margaret inserta el signifi cado de estar en casa como un espacio intangible que supera su materialidad. Como menciona Ignacia Ossul—Vermehren en su artículo Lo político de hacer hogar: una mirada de género a la vivienda autoconstruida (2018, 18), sentirse en casa o hacer hogar evoca «sentimiento personal y subjetivo de pertenencia, distinto al entorno construido, pero no independiente de él». Entendiendo que las prácticas productivas, reproductivas y comunitarias posibilitan la materialidad de hacer hogar inherente a la construcción de un proyecto de vida. 258 259 floreana san cristóbal Hancock, G. Allan. 1933. Wittmer family & their home, Floreana Island, Galápagos, 1930s. En USC Libraries, University of Southern California, Special Collections, Hancock Collections & Archives. Mp4, 7:05 min. http://digitallibrary.usc.edu/cdm/ compoundobject/collection/p15799coll82/id/25649/rec/1 260 261 Esta refl exión sobre las espacialidades que hacen hogar permite dar un salto semántico y conceptual para establecer la diferencia entre sobrevivir y súpervivir, que posicionaría a las pioneras de la isla más allá del apelativo simplista de “robinsons”. Según la RAE, sobrevivir es «vivir con escasos medios o condiciones adversas», adaptarse y modifi car el medio natural como lo hizo el personaje de la novela. Pero al contrario de él, Margaret nunca tuvo la perspectiva de abandonar la isla como lo demuestran las cuatro generaciones de la familia que continúan habitando en el archipiélago. «Ante nosotros se extiende nuestro futuro. El futuro que nosotros mismos hemos elegido. La nueva vida...» (Wittmer 2000, 8). Por tanto, empezar una nueva vida en un espacio geográfi camente aislado, que se caracteriza por la difi cultad de las conexiones entre islas y con el continente, y que carece de todo servicio e infraestructura, implicó para las pioneras una práctica refl exiva entendida desde la súper-vivencia12. Es decir, comprender que su existencia dependía de las relaciones de ecodependencia con la naturaleza y de la interdependencia con otras personas. Superando la imposibilidad de vivir a espaldas de la vulnerabilidad del cuerpo y de la ilusión delirante de inmortalidad creada por el sistema-mundo13. En este estado de súper-vivencia, el único valor radica en la sostenibilidad de la vida, un concepto acuñado por la economía feminista que permite visibilizar y categorizar a la reproducción social y los cuidados de las personas como trabajos que involucran subjetividades que son necesarias para que la vida continúe en condiciones de humanidad. Insertando en el discurso las contradicciones que tiene el capitalismo con el propio sostenimiento de la vida (Carrasco 2014; Pérez 2015). Todavía no habíamos terminado de trasladar todo nuestro equipaje a las cuevas cuando mi marido comenzó ya el desmonte. Árboles y arbustos debían ser talados con el hacha o con el machete. De los troncos separamos las ramas. Los troncos nos servirán para construir la casa. Las ramas eran apiladas en grandes montones y cuando estuvieran secas nos servirían como leña. La ceniza nos proporcionará abono (Wittmer 2000, 29). 12 Este sentir aislado también lo experimentan las mujeres sobre las cuales la sociedad ha ejercido violencia, prefi riendo ser reconocidas como súper-vivientes antes que víctimas. Por tanto, este término implica que las violencias no se superan en solitario, sino a través de redes afectivas de toma de conciencia sobre los ejercicios de poder. María Antonia Aretio en su tesis doctoral titulada Las supervivientes que salieron del infi erno (2015, 40), menciona que en los grupos de apoyo desempeñan un rol indispensable en el momento de transición hacia la transformación real. Ya que se crean conocimientos colectivos que devienen en nuevas herramientas conceptuales que permiten que las mujeres comprendan mejor sus situaciones. 13 Yayo Herrero (2013, 288-9) construye su argumento ecofeminista, partiendo del pensamiento moderno instaurado por Descartes para quien la «esencia de la humanidad residía en la mente y su capacidad de razonar». Esta visión ontológica que separa el cuerpo de la mente deshumaniza al cuerpo y lo divorcia de la persona, a pesar de que «el cuerpo es la metáfora de nuestra propia localización. Es el territorio del ser y es también, como la propia naturaleza, fi nito». Herrero propone que para construir una cultura de sostenibilidad es necesario superar la dicotomía cuerpo-mente y concebir a las personas «como un todo vulnerable y fi nito». Ya que, «el sistema de dominio que somete y esconde los límites y deterioro de la naturaleza y de los cuerpos es contra-humano y profundamente inadaptativo. Es una regresión en proceso evolutivo de los seres humanos». 262 263 Preparar el suelo con la azada, limpiarlo y labrarlo para que el manto superfi cial de tierra estuviese listo para el cultivo. Sembrar, acarrear el agua para el riego hasta recoger las cosechas para alimentar a la familia. El cultivo de sus propios alimentos fue el símbolo de estar en casa, pero sobre todo la práctica cotidiana que les permitió vincularse afectivamente con el territorio. Para súper-vivir necesitaron reconocerse radicalmente ecodependientes, ya que el agua, el alimento y los materiales para el cobijo provenían únicamente de la naturaleza y dependían de sus ciclos (Herrero 2013, 281). Una dependencia al territorio que tiene sus refl ejos en el equipaje de la familia, compuesto por «diez cajas entre cestos, sacos y maletas que guardaban ropa, algunos utensilios, libros, cuadernos, dos gallinas y un gallo, semillas y plantas como bananas, caña de azúcar, café, yuca, batata, nuez moscada» (Wittmer 2000, 8). Para las pioneras como Margaret y Dore, los recursos naturales y las pocas pertenencias con las que viajaron fueron los materiales aprovechables, y su inventiva la única tecnología disponible. Prácticas materiales que se contraponen diametralmente a las instaladas por las colonias noruegas que viajaron con sus ciudades ancladas en los barcos14. De tal manera, que las pioneras de la isla Floreana construyeron sus hogares superando las fronteras materiales referidas al valor económico de la vivienda y la necesidad de un refugio, entendiendo que sus prácticas de súper-vivencia se centraban en cuidar las vidas. Situando la reciprocidad, la cooperación y los vínculos relacionales como condiciones indispensables para ser humanidad (Herrero 2013; Carrasco 2014; Pérez 2015). Las pioneras y los pioneros construyeron sus hogares como centralidades de autoconsumo que experimentaban con la reorganización y la autogestión familiar. Toda actividad era considerada como un trabajo indispensable que no estaba escindido del resto de la vida, de la relación con la naturaleza y las personas. Así, el término economía entendido como el arte de administrar la casa, retorna a su origen etimológico; que se deriva del vocablo griego: Oikos, que aglutina a la casa —sus miembros y bienes— y a quien la administra —nomos—15. Cada unidad familiar de fi liación sanguínea reconoció la interdependencia entre sus miembros, comprendiendo que para súper-vivir era indispensable que dedicasen tiempos y energías para desarrollar afectos y solidaridades; para cuidarse y cuidar de los cuerpos vulnerables que nacen, crecen, envejecen, enferman y mueren (Herrero 2013; Carrasco 2014). 14 Para referirse a las prácticas materiales de Dore y Friedrich, ver «Friedo, la casa liminar de clorofi la», sección Dore Strauch. Friedo, la casa liminar de clorofi la, páginas 316-35. Para referirse a las prácticas realizadas por la colonia noruega asentada en la isla Santa Cruz, ver «Ciudades ancladas», sección Soy una tortuga, páginas 188-201. 15 La economista feminista Cristina Carrasco (2014, 19) menciona que si bien la economía viene del griego Oikos en la actualidad su signifi cado es confuso ya que «a veces hace referencia a lo que sucede en los procesos reales socio económicos y a veces se entiende como la disciplina que recoge e interpreta dichos fenómenos». Su artículo sugiere que la visión histórica de la economía se ha restringido a los límites del mercado excluyendo a todos los trabajos que se desarrollan a su margen. Excluyendo a las mujeres que han sido las únicas responsables del trabajo doméstico y de los cuidados. Harry y Margaret Wittmer 264 265 En este contexto, sus hogares eran espacios contradictorios que estaban en permanente contestación y disputa. Sus prácticas materiales e inmateriales consciente o inconscientemente «resisten, desafían o afi rman ciertas relaciones y formas de habitar» en todas las escalas reconocibles del territorio (Ossul—Vermehren 2018, 21)16. En la familia Wittmer Walbroel, los roles de género se reafi rmaron en la incapacidad de subvertir las formas clásicas de la división del trabajo (sexual, físico|emocional), a pesar de que se sustituyeron las relaciones monetarias por principios de mutualidad, reciprocidad, el respeto a las personas y la responsabilidad por el todo (Mies 2004, 120). Margaret afrontó los trabajos relacionados con la maternidad: crianza, educación y formación de Harry, Rolf y Floreanita, cuidó del bien-estar familiar, de la gestión de la casa y el huerto. En cambio, Heinz y Harry construyeron materialmente la casa, labraron el suelo para los cultivos, iban de caza y emprendían largas caminatas para ir por el correo que se depositaba en el post offi ce barrel, un barril localizado al otro extremo de la isla17|IMAGEN. Si bien se reafi rmó la división sexual en los trabajos, la familia desafi ó la organización en los tiempos, ya que tanto Margaret como Heinz trabajaban desde que salía el sol hasta que se ocultaba. Esta reorganización articuló lo doméstico en un campo que sobrepasaba las espacialidades de lo privado y lo público, materializándose en prácticas que transitaban por la casa, los huertos de cultivo y por los caminos polvorientos que recorrían la isla. Con las visitas de los exploradores, las publicaciones de la prensa y la publicación del libro de Margaret, el espacio privado de la casa se convirtió en público. Resiste a través del relato que orbita desde las prácticas cotidianas para tejerlas con acontecimientos históricos. 16 La histórica división de la esfera privada y la pública, ha situado a la casa como un espacio doméstico netamente femenino y a-político construido en contraposición al espacio masculino de la ciudad caracterizado por su participación política. Esta distinción es problemática en cuanto sugiere espacios de agencia territorial ligados a la asignación de roles por géneros, que excluye de la participación política a quienes habitan en la esfera de lo doméstico. De tal manera que geógrafas feministas como Doreen Massey (1994) y Linda McDowell (2000) proponen desafi ar esta división, advirtiendo que el espacio doméstico actúa como un articulador de ambas esferas. Que es producido y reproducido tanto por las prácticas domésticas como por los procesos sociales, políticos y económicos. 17|IMAGEN Post Offi ce Barrel (2019) Un barril de madera que hacía las veces de una ofi cina de correos es el primer objeto permanente de las islas (Ramos 2015, 22). Grenier (2007, 76) parte de este buzón para afi rmar que «estas islas son verdaderamente un espacio abierto, el “relé” de una red transnacional que cubre los mares del globo». 266 267 En la escala de vecindad, fue tentador establecer conexiones entre Dore y Margaret desde el mito de la solidaridad que se atribuye a las comunidades primigenias para mirar al pasado como un punto al cual regresar. Sin embargo, como menciona bell hooks (2015, 226), volver a tener algo como lo era antes es una especie de acto inútil de la nostalgia, que se contrarresta con la politización de la memoria como «formas de recordar que sirven para iluminar y transformar el presente». Por ende, es necesario recalcar que las familias pioneras practicaban la súper-vivencia en el núcleo familiar entendido desde la fi liación sanguínea. El cual se expresa a escala territorial en la construcción de enclaves propios y alejados entre sí por varias horas de caminata18. Dore y Friedrich buscaban construir su propio Jardín del Edén evocando el imaginario de paraíso como un «lugar fértil, de abundancia», construyendo un cerco para alejar y alejarse de los y las intrusas (Colombres 2012, 114). «Pero nosotros no teníamos intención alguna de perturbar las costumbres de aquella notable pareja. Nosotros habíamos venido aquí para vivir nuestra propia vida. Queríamos construir un nuevo mundo para nosotros, para nuestro muchacho, para el hijo que esperábamos y para los que podrían nacer todavía» (Wittmer 2000, 16). Estos enclaves familiares disolvían sus límites en momentos de necesidad principalmente cuando se compartían las cosechas, en épocas de sequía o para suplir necesidades que no podían autogestionar sus miembros. Era innegable que la presencia de un médico en la isla aplacaba los temores de Margaret mientras más se acercaba la fecha de su parto. Sin embargo, al consultarle a Friedrich su respuesta fue un rotundo No. «No he venido a Floreana para ejercer la medicina ¿Cómo ha podido usted fi gurarse nada semejante? Yo no puedo perder el tiempo dando vueltas por [su casa]. Tengo muchas cosas que hacer. Pero usted puede pedirme un consejo si lo necesita» (Wittmer 2000, 37). Esta respuesta desconcertó a Margaret quien se sentía vulnerable por su estado de gestación, sin embargo, cuando Rolf nació, Friedrich acudió a su llamado sin titubear; practicándole una cirugía que le salvó la vida. Friedo (1929) La casa liminar de clorofila de Dore y Friedrich Casa Matriz (1925) Colonia Noruega La nueva vida merecía un nuevo espacio(1933) Margaret, Heinz, Harry —Hertha y Lump— y Rolf. Cueva-vivienda (1932) Margaret, Heinz y Harry —Hertha y Lump— 18 En la década de los sesenta la familia Wittmer Walbroel construyó a las orillas de Blackbeach una casa de dos pisos. En la planta baja vivieron su hijo Rolf y Paquita, su esposa, mientras que en la primera planta habilitaron las primeras habitaciones turísticas del Wittmer Lodge (Wittmer 2000, 298-9). Su hija Floreanita y su nieta Erika viven y administran en la actualidad el hotel, que se erigió como un enclave familiar construido al extremo sur de Puerto Velasco Ibarra. Al extremo Sur de la comunidad de Floreana. Enclaves familiares en el territorio 282 283 intentaba balbucear mientras el dedo índice de su mano derecha retrocedía en el intento. Míster Stories dejó de argumentar prefi riendo caminar en círculos mientras mis historias se infi ltraban en los sesgos de su Historia. Que con tanto esmero documentó creyendo ser neutral. Demandó tiempo para ocupar el espacio del escritorio con una máquina que sustituía su falta de memoria, intentó justifi carse argumentando que mis historias saltaban en el tiempo sin ningún orden que él pudiese descifrar. Míster Stories desapareció entre las teclas y las hojas que dispuso sobre su escritorio, solo le escuché decir “Vuelva al camarote de Charles Darwin y empiece desde ahí”. Entiendo que trataba de anotarlo todo porque me recordaba un poco a Chas cuando creía descubrir territorios que ya existían. Haciendo caso omiso a mi instinto, le concedí tiempo. Me volví a embarcar en un mundo fl otante con nombre de sabueso, abordé la cabina-camarote con Chas y amplié mi relato cuando el barquito con nombre de sabueso atracó en el puerto de Falmouth, Inglaterra. —Tierra a la vista —gritó el guardia de estribor desde la cofa del Beagle, pero mis dedos no se lo creyeron. Volví a sentir el suelo fi rme una vez que Chas improvisó mi primer corral. Al principio en Shrewsbury y luego en Cambridge, hasta que fi nalmente alquiló una casa en Londres. Al poco de acostumbrarme llegó Emma, fue la primera mujer que conocí y la más pequeña de su familia. Menos mal que apareció ella porque viajando a bordo del barquito, imaginé que todos los seres humanos eran como los navegantes de Su Majestad. Para cuidar de mí, Emma trató de ganarse mi confi anza. Haciéndose más pequeña de lo habitual, se aproximó a mi corral diciendo: “Investigué la mejor dieta. La más saludable para una tortuga. Te le he traído Harry”. Tímidamente me acerqué a los resultados que guardaba en una cesta, pero no observé más que berenjenas, judías y unos cuantos tallos de perejil. En Londres me acostumbré a sus consejos, pero no puedo decir lo mismo del ruido de fondo que seguía a la digestión. Prefería escuchar a Emma reproduciendo las notas de Chopin en el piano, pero Chas las acallaba. — Me hace falta aire para respirar… Me duele la cabeza del encierro… Necesito espacio para mis colecciones—. A pesar del amor que le profesaba a Chas me costaba comprender sus palabras. Era el constructor de mi hogar y el arquitecto que planifi có cada detalle para un habitar confortable y digno. Previó la circulación del aire y delimitó las fronteras de mis movimientos. En el corral, que fantaseé como hogar, era sencillo complementar la dieta saludable de Emma con ejercicios, ya que cuando extendía las patas y el cuelo tan solo rozaba sus barrotes. Será por eso por lo que no comprendía los quejidos de Chas, sus zapatos me quedaban muy grandes, no cabía en ellos. Los lamentos duraron hasta la siguiente mudanza. La nueva casa estaba tan lejos de la ciudad que las notas de Chopin fueron el único postre de la comida. En el jardincito trasero de la Down House, comprendí cada frase que aquejaba a Chas, ambos teníamos tanto espacio y aire que dejamos de escucharnos. Él continuó explorando en solitario, trazando su thinking path entre setos, piedras y arena. En cambio, yo, preferí dibujar caminos propios imaginando que el árbol de mi infancia estaba oculto tras la cerca que guardaba los cultivos. —Testarudo Harry, me vas a estropear las orquídeas —decía Emma cuando la pluma con la que copiaba los manuscritos de Chas le daba tregua. A pesar de la amplitud del jardín, no hay un refugio seguro para jugar a las escondidas. La única vez que les gané a los niños fue cuando me oculté en el capital study, la habitación más sigilosa de la Down House. Aún en el umbral de la rendija se sentía la pausa indefi nida del tiempo, su mesa era la misma que durante tanto tiempo navegó a bordo del barquito, al menos esa era mi 284 impresión. Después del escondite, aproveché los descuidos del padre para continuar colándome en su estudio. Al principio caminaba absorta por su camarote de tierra, hasta que la maniobra brusca del timonel consiguió que las hojas de su diario tropezaran contra el suelo. Fui presa de mis recuerdos del barco y le pegué un bocado a sus letras, pero confi rmé que lo mío era lo healthy. Las berenjenas, las judías y los tallos del perejil complementadas con una rutina de ejercicios. Una pata arriba y otra abajo, marché con ritmo sobre sus escritos hasta que el tiempo me llevó a comprender cada una de sus palabras, incluso le llamé Chas. —Testaruda Harry —habría gritado él, si se hubiese percatado de que era una polizonte a bordo de su cabina-camarote. Cuando mi memoria abrazó todo lo que había o caí al ras del suelo, no tardé en aburrirme. Mis pasos que perseguían cartas, libros, senderos y orquídeas dejaron de actualizar los mapas, dedicándose tan solo a repetir circuitos. Pero había algo dentro de mí que frenaba mis intentos de fuga, era indudable que mi amor por Chas me dividía… El único supernumerario del barquito me salvó de que el capitán FitzRoy me convirtiera en sopa de tortuga para agasajar a la tripulación. Charles me había construido un hogar en cada una de sus casas, Shrewsbury, Cambridge, Londres y fi nalmente en la Down House tenía un amplio jardincito trasero. Chas tenía la capacidad de ordenar mis recuerdos para que fuera fácil olvidar las veces que fui objeto de sus investigaciones y experimentos. Fue volver a ver al pasado, lo que me hizo comprender que la libertad de mi existencia estaba ligada al vaivén de sus caprichos. Me tenía cautivada por la clorofi la del jardincito trasero de una casa en las afueras de Londres… El mismo día que Chas publicó el más celebre de sus libros, aproveché su ausencia para cerrar los ojos y encoger las patas hasta que las tripas me llegaron al corazón… Mientras el mundo daba la bienvenida al padre de la evolución, mi mundo daba vueltas hasta que la rueda de una carroza me detuvo. El resto fue obra de mi rutina healthy… Pata arriba, pata abajo, salí huyendo sin mirar atrás… Dore Strauch Friedo, la casa liminar de clorofi la 289 Paseo una mirada a mi alrededor. ¿Y esta casa, qué tiene que ver con la de mis sueños? Hay muebles de mal gusto, telas chillonas, y en un rincón cuelga, de una percha, una jaula con dos canarios. En las paredes, retratos de gente convencional. Ni un solo retrato en cuya imagen pueda identifi car a mi desconocido. Un gemido lejano desgarra el silencio, un gemido tranquilo, un gemido prolongado que parece venir del piso superior. Me inunda una súbita dulzura. Para orientarme, cierro los ojos y, como en aquella lejana noche de amor, subo, a tientas, una escalera que noto ahora alfombrada. Ando a lo largo de estrechos corredores, voy hacia el gemido que me llama siempre. Lo siento cada vez más cerca. Empujo una última puerta y miro. ¿Dónde la suavidad del gran lecho y la melancolía de las viejas cretonas? Las paredes están tapizadas de libros y de mapas. Bajo una lámpara, y parado frente a un atril, hay un niño estudiando violín. Al pie de la escalera, el criado me espera, respetuoso. —La señora no está. —¿Y su marido? —pregunto, de súbito. Una voz glacial me contesta: —¿El señor? Falleció hace más de quince años. María Luisa Bombal La Última Niebla Harriet narró que estaba cautivada por la clorofi la del jardincito de su nuevo hogar. En cautiverio a pesar de la amplitud del patio trasero de una casa a las afueras de la ciudad. 290 291 Los movimientos cotidianos son como pequeñas aventuras que exigen un centro, un punto fi jo situado en el espacio, a partir del cual orientar y defi nir la diversidad de localizaciones. En la mayoría de las ocasiones, la casa actúa como un lugar inmóvil que es partida a la vez que retorno. Su materialidad alude al techo que reposa sobre cuatro paredes, pero en ella los signifi cados no se agotan. La casa es también un eje desde donde orbitan una serie de relaciones inmateriales que nos recuerdan el calor del hogar y la protección del refugio. De ahí la tan conocida expresión nos sentimos como en casa. Estar o «ir a casa signifi ca moverse en el espacio con dirección a un punto fi jo en el que nos que nos esperan las cosas conocidas, habituales, la seguridad y una fuerte dosis de sentimiento» (Heller 1967, 321). Cuestiono si este imaginario es compartido por mujeres y hombres, o si más bien es fruto de una experiencia androcéntrica que asimilamos como universal. Para las madres y esposas que, mayoritariamente trabajan en el hogar, las casas son puntos anclados a un interior donde día tras día repiten las mismas rutinas. Inicio este espacio textual ampliando la perspectiva desde mi experiencia vital, encarnada en este imaginario androcéntrico que se desdibuja al revisarlo en mis biografías de vida. Me estremezco ante los titulares que versan que el lugar más peligroso para las mujeres es su propia casa1. Y mientras permanezco en casa me pregunto si el hogar|casa es un refugio seguro. Para dar respuesta, elijo la historia de vida de Dore Strauch, primera mujer en habitar Floreana o, al menos, la primera en ser documentada2. Asumiré como propia su historia de vida a través de sus voces que narran, describen, y a su vez desmitifi can ese imaginario universal de la casa que se asume como hogar|refugio, vinculado siempre al ideal de amor y protección. Abordaré, desde una narrativa dialogante con la propia Dore, las profundas e internas contradicciones que vivimos las mujeres al presentar la casa como soporte espacial de nuestras subjetividades. Defi nidas como «el modo en que las mujeres internalizamos, actuamos y reproducimos un conjunto de valores|mandatos y actitudes, a través de las cuales nosotras mismas contribuimos a perpetuar situaciones de desigualdad respecto a los hombres» (Hernando 2000, 10). 1 Titulares redactados en el 2018, a partir de UNODC (United Nations Offi ce on Drugs and Crime), Global Study on Homicide. Gender-related killing of women and girls (Vienna, 2018). 2 En 1832, el Asilo de la Paz fue el primer asentamiento humano de la isla Floreana y del archipiélago de Galápagos. No existe un registro histórico de sus habitantes por tanto se desconoce si durante ese período hubo mujeres que habitaron en la primera colonia penal. Dore Strauch 292 293 «Poco se dijo sobre su misteriosa Eva» —«Estaba en la Patagonia cuando oí hablar del experimento de Adán y Eva, del Dr.Ritter y su atractiva compañera». Estaba deseoso de escuchar la voz de Friedrich porque su historia me parecía fascinante— escribió el creador en el sexto día. Tras contar su aventura para llegar a la isla Floreana, pidió permiso a sus lectores para hablar sobre los dientes del doctor. —«Fueron lo primero que noté de este hombre extraordinario y lo último que probablemente olvidaré. Era su propio invento […] No de porcelana para asemejarse a los dientes humanos, sino de un brillante acero inoxidable»—. El recuerdo de la dentadura móvil de Friedrich perpetuaba en el creador el mito del hombre aventurero que abandona la civilización para probar suerte como un “Robinson” moderno. —«Debía ser un buen Adán»— escribió, mientras recordaba una lección aprendida en sus viajes. —«Sin importar dónde vaya un hombre, puede encontrar una mujer que se arriesgue y vaya con él»—. Mientras sus palabras fl uían sobre el papel, no fue capaz de ceñirse a sus recuerdos sin que los versos del Génesis le interrumpieran. Pensaba que no debería moldear a Dore al mismo tiempo y con las mismas sustancias que al doctor, sino extraerla de su fl anco. El creador no concibió a Dore como un personaje espontáneo y autónomo en su historia, sino que la construyó para salvar de la soledad a Friedrich. De su brillante dentadura emergía una voz propia que no dejaba escuchar a Dore. Era imposible recordarla, recordar a Dore sin Friedrich3. 3 La fi lósofa feminista Simone de Beauvoir en su libro El Segundo Sexo (1949) recorre la historia y los mitos de occidente para concluir que no hay nada biológico ni natural que explique la subordinación de las mujeres. Sino que las construcciones culturales primaron al hombre que arriesgaba la vida sobre la mujer que la daba. Beauvoir, menciona que el nacimiento de Eva «no fue autónomo; Dios no optó espontáneamente por crearla como un fi n en sí misma [...] la destinó al hombre; fue para salvar a Adán de su soledad por lo que se la dio; ella tiene en su esposo su origen y su fi n, es su complemento [...] Es una conciencia naturalmente sumisa (Beauvoir 1969, 71). «El cuerpo del hombre tiene sentido por sí mismo [...] El hombre se piensa sin la mujer. Ella no se piensa sin el hombre (Benda 1946 en Beauvoir 1969, 4). 4 Relato fi ccionado de J.F Schimpff , By a modern “Robinson Crusoe”. Experiences in back-to-nature existence on Floreana island (American Weekly, 1932). —Recuerdo aquella mañana cuando anuncié mi llegada coreando el himno alemán. «Antes de que terminar la segunda línea», vi a «dos fi guras absolutamente desnudas y bellamente bronceadas salir corriendo». El primero en aparecer «en medio de un matorral de limoneros fue Adán, vestido con pantalones de lona y una camisa blanca». «Pronto le siguió Eva con un vestido de algodón azul claro, bajo el cual no había nada más que Eva». — Esta vez, el creador no replegó sus miedos, le fue imposible romper con la tradición. Debía ser fi el al retratar el mandato edénico de Eva y, por tanto, su Dore debía cubrir su cuerpo para que los silencios de su voz no interrumpiesen en sus recuerdos4. 294 295 El 10 de junio de 1932, el creador|escritor, Schimpff publicó en la revista American Weekly su artículo: By a modern “Robinson Crusoe”. Experiences in back-to-nature existence on Floreana island | Por un “Robinson Crusoe” moderno. Experiencias de existencia en el retorno a la naturaleza en la isla Floreana. Uno de sus primeros párrafos fi naliza con la frase, poco se dijo de su misteriosa Eva. Este enunciado visibiliza la ausencia de la agencia histórica y política de Dore en la Historia y en los artículos que se han escrito sobre las islas. Ella ha sido solo un nombre que se fugó en los relatos del Dr. Ritter, el médico y fi lósofo excéntrico que se arriesgó a viajar al fi n del mundo y que logró habitarlo gracias a su ingenio. En el relato fi ccional que encabeza este apartado, Schimpff actúa como portavoz de la prensa occidental, representando a la pareja alemana como fundadora del Edén moderno en la isla Floreana. Estas representaciones, alojadas en todos los artículos que se escribieron sobre la pareja, no fueron casuales sino por el contrario una apropiación del imaginario de Dore. Floreana era un lugar utópico que posibilitaba hacer realidad la idea del paraíso. By a Modern “Robinson Crusoe” 296 297 5|IMAGEN Th e Galápagos aff air: Satan came to Eden En esta adaptación al cine, His Mistress|Dore continúa subordinada a Th e Philosopher|Friedrich, al igual que His wife|Margaret a Th e Pioneer|Heinz. Este largometraje documental es defi nido por la dirección como un «relato de sueños dispares que chocan en un entorno hostil apenas capaz de soportar la vida humana: es un retrato de misteriosas desapariciones y probables asesinatos para algunos, de supervivencia y triunfo para otros» (Geller y Goldfi ne 2018). Lo cual está claramente representado en el cartel del documental, así un fi ltro rojo contiene las fotografías de la Baronesa Eloise Von Wagner y sus dos amantes: Rolf Lorenz y Robert Phillipson. Diagonalmente y sin fi ltro, los retratos de la familia Wittmer: Margaret y Heinz. Una familia cuya descendencia sigue habitando en Floreana. En esta consonancia, Dore publica sus memorias en 1935 bajo el sugerente título de Satan Came to Eden. The Galápagos aff air: Satan came to Eden fue la adaptación del libro que se estrenó en el 2013 en las pantallas de cine5|IMAGEN. En este libro la autora articula sus vivencias en la isla a través de una metanarrativa enmarcada en la tradición judeocristiana: con la pareja fundadora, el Jardín del Edén y la serpiente, que con su presencia logra desterrar a la pareja del paraíso. Me apropio de esta metanarrativa para leer el espacio textual del libro en un doble pliegue que duplica su voz: Eva|Dore y Lilith|Dore. Estos pliegues y voces se articulan a través del amor: La escisión vital que atraviesa la identidad de las mujeres “modernas” cuando sentimos «confrontada la propia necesidad amorosa con la necesidad amorosa de los otros» (Legarde 2001, 28). En este sentido, el amor será la subjetividad a través de la cual desdibujaré la experiencia androcéntrica de la casa; del punto que está siempre fi jo y el cual reclamamos sea hogar y refugio. 298 299 Para Eva|Dore, la esposa de Adán legitimada por el relato bíblico, el paraíso se localiza en una isla remota que emerge en medio de los mares del sur al que abrazan las «soledades ideales» como halos que protegen su refugio6. Bajo sus sombras, la pareja fundadora sella su compromiso de unión eterna construyendo su propio Jardín del Edén como un «lugar fértil, de abundancia» (Colombres 2012, 114). En cambio, Lilith|Dore es la primera esposa de Adán y la primera mujer en rebelarse no solo contra el hombre terrenal sino contra el propio Hombre Celestial (Bornay 1990, 20), motivos sufi cientes para ser excluida del relato bíblico7. Lilith|Dore cuestiona el imaginario idílico de paraíso y lo desarticula a través de la conciencia de su experiencia amorosa. Para Lilith|Dore el amor es político y sus subjetividades son el primer territorio que busca expropiar al patriarcado8. Ella nos propone pensar en Dore como una mujer cautiva en su paraíso aislado y cautivada por el amor a Friedrich. 6 El imaginario que fi gura a las islas de los mares de sur como el paraíso se confi gura a partir de la exploración europea al océano Pacífi co, que coincide en un espacio temporal con el debate fi losófi co de los efectos negativos que el progreso y la industrialización tienen en el ser humano. La respuesta del movimiento romántico a este debate fue «trasladar la utopía al pasado» con la intención de recuperar y ensalzar «el estado de naturaleza». Entendido «como la edad de la inocencia, en la que el [ser humano] vivía una vida virtuosa y feliz, entregado al placer sensual y goce de la existencia, libre de presiones de la civilización y la sociedad artifi cial que ella instauraba» (Colombres 2012, 221). 7 Judith Plaskow en Th e coming of Lilith. Essays on feminism, judaism and sexual ethics (2005), reescribe un antiguo Midrash —textos hebreos que se agregan a los versículos bíblicos— en el que retrata a las dos esposas de Adán. Lilith y Eva. [...] en el principio, Dios hizo a Adán y a Lilith del polvo de la tierra y sopló en sus narices el aliento de vida. Un día Adán le dijo a Lilith —Quiero comer higos, ¡ahora!, ordenándole que le sirviera. Además, le dijo que ella tenía que hacer las labores diarias del jardín. Lilith pensó que eso era injusto y, como no estaba dispuesta a soportar ningún tipo de injusticia, lo dejó. —Señor Dios— se quejó Adán —esa mujer que tú me has dado se ha ido y, sin compasión, me ha abandonado—. El Señor Dios, simpatizando con Adán, envió a sus mensajeros donde Lilith, para que le dijeran que cambiara su conducta y regresara donde Adán o, de lo contrario, recibiría un terrible castigo. Ella, sin embargo, prefi riendo cualquier cosa a vivir con Adán, decidió quedarse donde estaba. Entonces, Dios, después de meditarlo cuidadosamente, hizo caer a Adán en un sueño profundo y, de una de sus costillas, creó para él una segunda compañera, que se llamó Eva (Plaskow 1999, 9-10). 8 A través de elementos comunes que marcan trayectorias ideológicas feministas y marxistas, la fi lósofa y feminista Marcela Legarde (2005, 91), defi ne al patriarcado como «uno de los espacios históricos del poder masculino [hegemónico] que encuentra su asiento en las más diversas formaciones sociales y se conforma por varios ejes de relaciones sociales y contenidos culturales». Que se caracteriza por el antagonismo genérico, la escisión del género femenino y el fenómeno cultural del machismo. 504 505 Clarke, Edward H. 1875. Sex in education: or, a fair chance for girls. Boston: James R. Osgood and Company Collection. https://archive.org/details/39002011125110. med.yale.edu/page/114. Colnett, James. 1798. 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Los mitos de mi sabia abuela Harriet siguen vivos porque ella los reescribía amplifi cando las fi suras para dar cabida a nuevas subjetividades. Era una mestiza. Una mujer anciana o la tortuga más vieja del mundo según cada relato. —«Meto la ropa en el caparazón, me echo y soy una tortuga. Me incorporo, me visto y soy una vieja jorobada»17—decía entre carcajadas cuando apelaba a la emoción para cuestionar los lugares comunes. Las minúsculas habitaciones donde los estereotipos fantasean con la identidad femenina. Lugares donde las percepciones exageradas construyen moldes simplifi cados para versionar un mismo Mito escrito en letra mayúscula y en singular, al igual que la Historia. Evocando la misma precisión que exige el deber ser y sentir acotado, y eludiendo cualquier fi sura, espacio o tiempo en blanco. En estas minúsculas habitaciones comunes se eliminan todas las dudas y se extingue cualquier posibilidad para que las mujeres imaginen su propia escritura. En una de estas habitaciones y en su ausencia se escribió la biografía de Penélope, con el molde forjado por la tradición y la experiencia masculina. El bisturí delineó su estética y la pluma le coartó la voz ocultándola bajo una máscara para representar la estabilidad y la fi delidad que carecía Ulises. —Hay tantas Penélopes como Ulises —decía mi sabia abuela—. A todas ellas se les entregó en herencia el punto fi jo que espera resistiendo en el interior de los interiores de una isla, mientras que ellos exploran trascendiendo en un archipiélago que es el mundo18. —Imagina a Ulises —decía mi abuela, intuyendo que solo la espera de Penélope validaba la existencia real del viaje legitimando la épica del retorno19. —Cierra los ojos para imaginar a Penélope —era su siguiente sugerencia. Con ella entreveía que a la única versión del Mito tallado por el héroe le faltaba la voz de Penélope, la sombra de su cuerpo anterior20. Al igual que a la Historia de Míster Stories le faltaban los susurros de mi abuela… 17 «Desde Guernica, soy vieja o tortuga según me convenga. Meto la ropa en el caparazón, me echo y soy una tortuga. Me incorporo, me visto y soy una vieja jorobada. Durante la guerra, en todas partes resulta peligroso ser tortuga, porque en todas partes hay gente hambrienta capaz de comerse cualquier cosa. Pero a veces es más peligroso ir de vieja, a causa de este pico, que algunos toman por nariz hebrea. Ser tortuga es más peligroso que ser persona, pero ser judío es más peligroso que ser tortuga». Mayorga, La tortuga de Darwin, 25. 18 Para Liz Heron (1993, 3) la descripción de la ciudad como un lugar de nuevos comienzos guarda aspectos específi camente femeninos. Una mujer que se inventa a sí misma «contra la idea tradicional de la mujer estable, punto fi jo en un universo cuyos espacios esperan siempre al hombre que ha de explorarlos, de tal modo que ella resiste mientras que él trasciende». Linda McDowell, Género, identidad y lugar. Un estudio de las geografías feministas (Madrid: Cátedra, 2000), 229-30. 19 Tamar Pitch (1982, 32-8) menciona que viajar, descubrir, comerciar y colonizar en Occidente son acciones de hombres. «Hombres que, al concluir o interrumpir sus viajes, regresan a un espacio doméstico en el cual la presencia sedentaria y segura de las mujeres que esperan hacen posible que el viaje masculino tenga una existencia real, sea algo más que un desplazamiento nómada, sin retorno y sin crónica». María Milagros Rivera Garretas, Textos y Espacios de Mujeres (Europa siglos IV-XV) (Barcelona: Icaria, 1990), 39. 20 En Las bodas de Cadmo y Harmonía, Roberto Calasso escribe que en la mitología «no existía una autoridad última al que referirse para saber cuál era la versión justa» (279). Homero era un escritor evocable, pero él no había contado todas las historias, otros como Ovidio o Píndaro las recomponían de «manera diferente en cada ocasión, omitiendo o añadiendo partes» (282). «Los mitos eran historias transmitidas con variantes» (279). «Con cada mito narrado existía un mito narrado e innominado que se insinúa desde la sombra […] sin que jamás un autor se atreva a contarlo sin interrupción como una historia concreta» (99). Roberto Calasso, Las bodas de Cadmo y Harmonía (Círculo de lectores, 1990). 520 521 Mi abuela y yo imaginábamos juntas a nuestra Penélope. Movilizaba desde el centro del oikos a Ítaca y al archipiélago entero, tejiendo y destejiendo el devenir del tiempo. En silencio y junto al telar, que simboliza la espera, ella hilvanaba historias, tejía temporalidades cosiendo geografías entre las azules hebras del sudario de Laertes. Hasta que de tanto imaginarla conseguimos escucharla reescribiendo su propia historia. — «Mi conquista fue mucho más discreta: la del diminuto espacio del ser y el estar […] La espera me hizo más fuerte, más segura y descreída. Llegaban rumores constantes de regresos o tragedias. Y un día aprendí a esperar. A esperarme a mí misma […] Aprendí a mirar mi sombra paseando por la orilla con una tristeza que construye futuro. Esa tristeza dio paso a la serenidad. Y la serenidad a la calma. Y la calma a la inquietud por ser yo, no la espera de otro. Me esperé a mí misma. Esta es mi verdadera historia»21. La voz de Penélope me recuerda tanto a mi abuela, ambas aprendices y maestras de la espera. «Una forma de resistencia, un acto silencioso de reafi rmación. En lo que somos, en lo que sentimos, en lo que esperamos»22. La espera se infi ltra por cualquiera de las grietas blancas para amplifi car las voces silenciadas por las narrativas ofi ciales, también escritas en mayúscula y singular. Los silencios asienten ante la Mayoría para resistir indefi nidamente en el tiempo, el mejor aliado de mi abuela y su compañero de travesía. Mi abuela Harriet construyó paulatinamente su sabiduría, a base de imaginación, paciencia y constancia. Pero sobre todo con tiempo… Tiempo para tejer y destejer la vida cotidiana como lo hizo Penélope. El tiempo que le faltó a esta biblioteca municipal para no rendirse antes de cerrar sus puertas. El tiempo que llegará para desteñir los libros que la mujer cataloga con tanto esmero antes de depositarlos en una caja de cartón que no hace mucho almacenaba alimentos enlatados. 21 Las voces de Penélope | Itziar Pascual Ortiz El personaje de Penélope en el mito homérico de Ulises ha sido, durante el siglo XX, motivo de constantes relecturas que orbitan entorno al héroe. Al contrario, la dramaturga Itziar Pascual caracteriza el drama personal e íntimo de la protagonista en Las voces de Penélope (1997). Pascual teje el espacio temporal del mito con el real a través de la puesta en escena de la polifonía de voces de tres mujeres: Penélope (la homérica), La mujer que espera (narradora de los pensamientos de la autora) y La amiga de Penélope (protagonista del mundo actual). Para (re) escribir el mito desde una propuesta feminista con la Penélope homérica negado su representación en la Historia. «La historia ofi cial no me representa, porque está tallada por los vencedores. La mía la escribió en piedra mi marido, Ulises» (Pascual 2001, 29). Esta (re)escritura del mito que se teje y desteje, vuelve a la raíz que vincula etimológicamente al texto con la acción de tejer, trenzar, entrelazar. Verbos que ponen voz a los trabajos femeninos que han sido aislados de las narrativas, mientras (re)tejen identidades con nuevos imaginarios. Penélope. Una mujer a la que sigo admirando y respetando. A la que he aprendido a escuchar. A la que he redescubierto. Y al acercarme a ella, a muchas de las Penélopes que la literatura dramática ha dibujado en siglos sucesivos, sentí que habían sido más antagonistas que protagonistas de su propio destino; que el punto de vista procedía de Ulises, de su padre Homero, o de sus herederos literarios. Que el tiempo de ausencia no había sido tiempo de silencio, ni de aguante, sino de perseverancia. Que habían ocurrido muchas cosas dentro y fuera del ser de Penélope, antes de que regresara el señor de Ítaca [...] Que había viajado sin moverse, transitando a través el tiempo y de la herida para encontrarse ante el espejo. Para esperarse a sí misma (Pascual 1998, 118). El mito canónico no representa a Penélope, así como la Historia ofi cial tampoco representa a las mujeres que habitan el archipiélago de las Galápagos. Los libros y las calles fi ngen su ausencia. Las mujeres que viven en Galápagos, a diferencia de Penélope, navegaron y siguen navegando. Sus travesías se narran sin épica aunque en el mar se forjaron como grandes navegantes. Itziar Pascual Ortiz, «La edad de la paciencia», Primer acto: Cuadernos de Investigación Teatral 276 (1998), http://rua.ua.es/dspace/handle/10045/30025. Itziar Pascual Ortiz, Las voces de Penélope (Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001). 22 Pascual Ortiz, Las voces de Penélope, 29. 523 Referencias Bastian, Dawn E. y, Judy K. Mitchell. 2004. Handbook of Native American mythology. Santa Bárbara: ABC-CLIO. Berlanga, Tomás de. 1884. «Carta a su Magestad de fray Tomás de Berlanga, describiendo su viaje desde Panamá á Puerto Viejo, e los trabajos que padeció en la navegacion. Puerto Viejo - Abril 26, 1535». En Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y colonización de las posesiones españolas en América y Oceanía... [1a Serie]. Tomo XLI, 538- 44. Madrid: Imprenta de Manuel G. 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Desde la bodega, las mujeres componían silenciosamente una sinfonía que, eludiendo una única partitura, deseaba completar la voz que encantaba en solitario. Sus silencios susurraban lo que la mirada del gaviero fue incapaz de reconocer, confi ado en la última tecnología de su catalejo. Él buscaba resolver el misterio mirando a lo alto de un peñasco sin descuidar las alturas, cuando las respuestas se encontraban en una sabia abuela que resistía a-Islada en la proximidad de la orilla. La polifonía de las voces de la bodega y la proa desbordaron los límites de esta escribiente. Me guardé la mitad de las historias para futuras travesías en una botella que la tripulación de la antecámara intentó descifrar sin suerte. Como autora de la misma, no emitiré ningún comunicado ofi cial que asiente el cierre defi nitivo de este archipiélago. Las interpretaciones sobre la crónica del gaviero, así como lo sucedido durante los rumbos, los tiempos y espacios de cada una de las escalas podrían ser tan infi nitas como heterogéneas. «Dependen de la posicionalidad de cada navegante», era otro trozo de las instrucciones que se arrojaron por la borda. Estimando que cualquier advertencia podría condicionar la mirada mucho antes de levar anclas. En ausencia del último aviso y a escasas millas del puerto continental más cercano, confío en que las incertidumbres agrieten los cuerpos de la tripulación para que nuevas pieles hilvanen islas propias a este archipiélago. «Último aviso al navegante. Desembarcaremos a la madrugada de un quince de enero». Un relato heredado, otros personales 6 Mi abuela era sabia Mundos fl otantes 15 77 infi nitas veces66 — ¡Soy Harriet! —dije164 Soy una tortuga, allá donde voy llevo mi «hogar» en mi espalda 173 Míster Stories no terminaba de salir de su asombro234 Margaret Wittmer La súper-vivencia de las pioneras en la isla Floreana 239 intentaba balbucear282 Dore Strauch Friedo, la casa liminar de clorofi la 287 The Roca 348 el Olor a sal One need not be a Chamber —to be Haunted— One need not be a House — The Brain has Corridors —surpassing Material Place — 355 435 Mi sabia abuela Harriet428 Obertura para navegantes 1 Índice susurraba518 Coda para arribantes 531