Una reflexión sobre la banca internacional: (Consideraciones sobre el discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de Sánchez Asiaín)
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NOTAS UNA REFLEXIÓN SOBRE LA BANCA INTERNACIONAL (Consideraciones sobre el discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas) de Sánchez Asiaín Por JAVIER HERNÁNDEZ-PACHECO Que José Ángel Sánchez Asiaín sea nombrado miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas no tiene nada de particular. Al fin y al cabo es una persona desde siempre ligada a las tareas docentes e investigadoras, es decir, a lo que se puede llamar con toda generalidad el «mundo académico», y ocupando el sillón corona en este sentido una trayectoria llena de merecimientos. Otra cosa, sin embargo, es que el presidente del Banco de Bilbao, es decir, un banquero, llegue a tal honor o, según se mire, honre a la Academia aceptando el nombramiento. Pues no hace tanto tiempo que muchos intelectuales hubiesen considerado esto como una inmoralidad de dicha Academia de Ciencias Morales, y aun hoy no faltará quien frunza el ceño. Precisamente por esta razón quizá no esté de más que, desde la profesión universitaria, demos expresamente la bienvenida, por supuesto a la persona que ocupa en la Academia el lugar que le corresponde, pero también de modo especial al fenómeno nuevo que representan los banqueros en el mundo académico. Y ello porque este fenómeno supone un intento por parte de la intelectualidad de salvar una distancia entre el mundo de las ideas por un lado y el mundo de las realizaciones sociales y económicas por otro. Según se mire, tampoco es mala deducción concluir que la Academia acaba de colocar a uno de sus hombres en la presidencia del Banco de Bilbao. En este sentido, creo que era urgente que se hiciese un esfuerzo real por salvar esta distancia. Pues las ideas no son tales si no reflejan el mundo real, y el mundo 183 Revista de Estudios Políticos (Nueva Época) Núm. 66. Octubre-Diciembre 1989
JAVIER HERNÁNDEZ-PACHECO económico se empobrece si no es capaz de levantar la vista más allá de los balances anuales, para tomar conciencia de la misión histórica que le compete, que sólo puede asumir desde una reflexión universal en la que se ha de poner de manifiesto el sentido del mundo y de esa historia misma. A modo de ejemplo, quisiera hacer un comentario muy personal a algunos puntos del discurso de ingreso del nuevo académico, que lleva por título precisamente «Reflexiones sobre la banca. Los nuevos espacios del negocio bancario» (Madrid, Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, 1987). No sin decir que ya de entrada se pone de manifiesto en estas reflexiones de Sánchez Asiaín hasta qué punto la Academia no se ha equivocado en su nombramiento. Y no me refiero al rigor técnico del discurso, que era de esperar, sino precisamente a la viva conciencia de la función histórica de la banca en el desarrollo de la historia de la humanidad. Es sorprendente en este sentido, permítaseme la glosa, la extraña esquizofrenia del mundo intelectual. Por una parte, es un lugar común de nuestra historiografía lamentar cuan tardío y precario fue el desarrollo de las instituciones capitalistas en nuestra historia española, motivado, se suele decir, por recelos oscurantistas contra la así llamada usura, los cuales terminaron ahogando, por ,el lado de la oferta, el mercado de dinero. Sin embargo, cuando, tras diversos avatares, nuestra patria consigue recuperar esta gran asignatura pendiente y logra desarrollar una banca moderna capaz de competir con instituciones de tradición mucho más antigua, son los mismos intelectuales, más o menos aliados con el periodismo, los que ahora sitúan a la banca en ese igualmente oscuro saco de los «poderes fácticos», en el que supuestamente urde ahora conjuras con los que fueron sus antiguos enemigos, que eran la Iglesia y la milicia. Pues bien: sin descender a defender la banca en este circo tan poco sólido, Sánchez Asiaín señala el carácter esencial de servicio propio de las instituciones financieras, en su papel tradicional de mediador entre aquellos que tienen un exceso de capital y los que, en un momento dado, carecen de él. Desde este origen histórico como institución de depósito y préstamo, la banca, sin embargo, ha evolucionado y está evolucionando a una velocidad vertiginosa, movida precisamente por las exigencias de la sociedad en la que se enmarca y a la que sirve, servicio que es condición de posibilidad, como nos gusta decir a los filósofos, de su beneficio bancario y con él de su supervivencia. Sánchez Asiaín señala cuatro caracteres generales de esta evolución, que son: la internacionalización o globalización del servicio propio de la banca; la liberalización de sus funciones en un mercado de capitales cada vez menos regulado por el poder político; la innovación tecnológica, que sitúa la información en el centro de gravedad del servicio bancario, y, por último, lo que Sánchez Asiaín, traduciendo el término inglés securitization, denomina titu- 184
UNA REFLEXIÓN SOBRE LA BANCA INTERNACIONAL larización del negocio. A mi modo de ver, estos cuatro factores se pueden relacionar por parejas. En primer lugar, y comenzando por el final, la titularización procede del acceso directo del ahorrador a los factores productivos demandantes de capital, de modo que ese ahorrador se ha convertido personalmente en comprador de títulos, y así en inversor directo, prescindiendo en una cierta medida de la mediación del banco como prestamista. Ello lo ha hecho posible un mundo mucho más transparente, en el que el pequeño ahorrador ha tomado conciencia de las posibilidades que él mismo tiene de situar su capital en el lugar en el que también él puede tomar las decisiones oportunas acerca de riesgos responsablemente asumidos, que le permiten obtener beneficios más elevados de los posibles en el esquema, más seguro, del depósito bancario. Ahora bien, estas posibilidades proceden precisamente de esa generalización de la información que las nuevas tecnologías han hecho posible; de tal modo, sin embargo, que estas tecnologías informáticas permiten también a la banca ofrecer un servicio nuevo, no ya como intermediario, sino como marco de transparencia, en el que, paradójicamente, se puede prescindir de su mediación. Es en esta dirección, acentuando el carácter informativo del servicio, en la que Sánchez Asiaín considera que se va a desarrollar en el futuro el negocio bancario. Volviendo ahora a los dos primeros factores de la evolución financiera, que son la globalización y la desregulación, es preciso considerar que son también fenómenos paralelos. La desregulación del negocio bancario, lejos de ser una cesión gentil del poder político, viene impuesta por la internacionalización de los mercados de capital, en los que, por definición, el poder político puede intervenir sólo negativamente, ligando el negocio a las provincianas condiciones del ámbito nacional y con ello coartando sus posibilidades de desevolvimiento en el ámbito universal de los mercados. Los poderes políticos tienen que elegir entonces entre renunciar a controlar las instituciones financieras o hacerlas inviables, es decir, renunciar a instituciones financieras propias. Es aquí donde quisiera ir más allá de las tesis de Sánchez Asiaín, para aventurarme, cumpliendo mi función de filósofo, en una reflexión personal que pretende sacar punta a dichas tesis más allá de lo que un responsable financiero se atrevería quizás a decir. Vamos a situarnos para ello ante la hipotética posibilidad de una guerra entre Francia y Alemania. Al fin y al cabo no debería ser tan difícil de imaginar lo que ha estado ocurriendo a lo largo de toda la historia de Occidente hasta hace tan sólo cuarenta años. Pues bien, parece bastante claro que semejante guerra contaría de entrada con la poderosa oposición, por ejemplo, del Dresner Bank y de Crédit Lyonnais, que verían seriamente amenazados sus negocios, cualquiera fuese 185
JAVIER HERNÁNDEZ-PACHECO el resultado de tan desgraciada contienda, por la sencilla razón de que las dos instituciones tienen esos negocios a ambos lados de la frontera. Del mismo modo puede decirse —mejor dicho, debe decirse, porque no se dice habitualmente— que entre los más interesados en el desarrollo económico de Brasil, Argentina o Perú se cuentan, por supuesto, Citicorp, Chase Manhattan y Barclays; movidos por un interés, además, que no es distinto del que tienen por su propia supervivencia como instituciones financieras seriamente implicadas (interés viene de inter-esse, ser en común) en la economía de dichos países. En este sentido, la internacionalización del capital está significando en los últimos veinte años la emergencia de un cemento social que nos permite soñar con un mundo unido, que quiere decir —perdónese la brutalidad lingüística— inter-essado. Esta unión llega, al menos, allí adonde alcanzan en su acción las instituciones financieras, que es, por lo que aún es posible, una guerra, por ejemplo, con la Unión Soviética, en la medida en que ella se autoexcluye de lo que es en el mundo capitalista un interés común. Mi tesis es, pues, sencilla: el predominio del comercio internacional y la consiguiente globalización de las instituciones de capital han hecho surgir en la historia, como realidad tangible, y sobre todo contable, un Bien Común universal, que es, en terminología aristotélica, lo mismo que los británicos denominan una commonwealth, y que tanto el uno como los otros entienden como fundamento de toda posible sociedad. La internacionalización del comercio y del dinero están poniendo las bases de una humanidad común, de una forma que, desde tiempos del Imperio romano, había sido inimaginable. Esta tesis puede parecer revolucionaria, pero es tan vieja como el viejo Aristóteles. La sociedad, dice en la Etica a Nicómaoo (cfr. 1132621 y sigs.), como aquello que mantiene unidos a los hombres, y que es condición de su misma humanidad, es algo hecho posible no, por ejemplo, por la virtud (aunque contribuya a ello, por supuesto), sino por la reciprocidad y el intercambio, que a su vez exige la conmensurabilidad de lo diverso, es decir, el precio igual de mercancías distintas, y con él el dinero como medida de lo que se intercambia. El dinero hace posible la sociedad como comunidad humana de intercambio, que va más allá de lo familiar o tribal. Y es el límite de circulación de ese dinero lo que establece el límite de la comunidad, como unidad histórica real, materialmente mediada, y no mero postulado moral. Por lo demás, sería farisaico —problema común a todos los moralismos antieconomicistas— deducir de aquí que la sociedad se funda en el dinero, cuando la tesis de Aristóteles consiste en decir que la sociedad es un intercambio entre iguales, que tiene como base la igualdad de lo recíproco, cuya medida, eso sí, es el dinero. El dinero es entonces manifestación inmediata de la socialidad humana en la medida en que ésta es efectivamente humana, es decir, univer- 186
UNA REFLEXIÓN SOBRE LA BANCA INTERNACIONAL sal, y no mero concierto de parientes; y esto de tal forma, que esta sociedad se viene abajo cuando fallan las instituciones financieras que la posibilitan. Volviendo a la banca, siendo como es el marco financiero de una realidad, y no mera posibilidad, comercial de carácter global, hemos de ver en ella una institución de importancia histórica. De la estabilidad del sistema financiero global, de la confianza que nos merezca, depende en gran medida la posibilidad, hoy cercana, de llevar a cabo la paz y la solidaridad universales. Pues bien: llegados a este punto, no faltará quien, de pronto, sienta como llamada atávica el impulso de razonar según una pauta tristemente clásica, que llevaría a concluir que, siendo tan importante esta institución, urge someterla a un control político responsable y a su vez democráticamente controlado. Y aquí es donde veo yo la máxima esperanza que la banca ofrece. La así llamada Banca Internacional está contribuyendo muy positivamente a realizar una sociedad universal, precisamente porque ha soltado las amarras que la ataban al poder político. Pues este poder político es en su misma esencia particularista y diferenciador, desde el momento en que, por ejemplo, a un político francés en nada interesa un subdito alemán, de cuyo voto no depende y de cuyos impuestos no vive; por supuesto, lo mismo ocurre con los alemanes. En este sentido, desde esta esencia diferenciadora, el poder político ha sido en su particularidad el verdadero responsable de las guerras y de las explotaciones colonialistas. Y la sociedad universal es algo que ha despertado la ambición del político sólo como campo de ejercicio de un poder universal. Por eso es una esperanza de la humanidad el que la dinámica del poder político sea esencialmente particularista e insolidaria (sólo han surgido comunidades políticas en climas de antagonismo) y que por ello estemos a salvo de un gobierno universal, al menos mientras no surja la amenaza de una invasión extraterrestre. Otra cosa muy distinta ocurre con los mercados financieros: al Dresner Bank le resulta tan respetable un cliente francés como uno del lado de acá del Rhin, sobre todo si ha tenido que abrir sucursales en Reims y Nimes o ha visto la posibilidad de interesarse, es decir, de obtener un interés en los negocios agrícolas del Midi. En este sentido, la internacionalización de las finanzas, como señala Sánchez Asiaín, está teniendo lugar en un clima de desregularización y de liberalización, y yo aún diría más: de «liberación» respecto del poder político. El que ese poder muy difícilmente pueda salvar los límites de las comunidades históricas nos permite confiar en que será incapaz de poner sus manos en una dinámica social de carácter universal, que está emergiendo muy a su pesar. Pero es más: esta comunidad internacional, posibilitada por un comercio y unas finanzas globales, se puede convertir cada vez más en el marco de las decisiones que realmente importan, las cuales estarán... en manos de nadie. Un anarquismo realmente fecundo 187
JAVIER HERNÁNDEZ-PACHECO acerca de las cosas importantes de la vida, la emergencia de la libertad como valor definitivo en el mundo, puede ser la última consecuencia de la globalización de la vida económica. Sánchez Asiaín señala, sin embargo, el peligro que comporta esta globalización respecto de la confianza en el sistema financiero, confianza que es el verdadero cimiento de la economía mundial. La regulación bancaria implicaba la responsabilidad de los bancos centrales, como últimos garantes de los depósitos y así como últimos apoyos del sistema. En este sentido, la desregularización e internacionalización del negocio bancario supondría, junto con la saludable liberalización, la pérdida de esa última garantía, que de un modo u otro tendría que ser sustituida por una instancia aseguradora diferente. Aquí termina la reflexión de Sánchez Asiaín sobre este particular, que se limita casi a plantear un problema sin abundar en las soluciones. Pues bien: de la misma manera que en algunos países, por ejemplo, los Estados Unidos, los bancos centrales son instituciones públicas con muy escaso control por parte del Estado, habría que abogar por una institucionalización de la solidaridad bancaria internacional, en la forma de un Banco Mundial o Fondo Monetario Internacional, resposables últimos de la confianza financiera y garantes de unas normas de responsabilidad que aseguren el orden financiero internacional por un lado y la posibilidad de un beneficio continuo para las instituciones particulares por otro; pero ello de forma que este organismo de control se refiriese sólo a su misión específica de estabilización financiera y estuviese esencialmente desligado del control político, que siempre sería, por su propia esencia, provinciano y particularizante. Creo que a estas alturas puede que haya provocado ya el último de los escándalos: pues hay quien pensará que propongo se ponga en manos de los bancos la economía internacional. Esta lectura de mi propuesta significaría, sin embargo, no entender el carácter esencial de la banca, que en absoluto obtiene beneficios a partir de arrebatárselos al prójimo, sino precisamente de los negocios fecundos que en nombre propio hacen sus clientes. No hay peor negocio para un banco —exceptuando quizá no recuperar un préstamo— que tener que asumir la propiedad hipotecada de un negocio ajeno. Por el contrario, por encima de las desviaciones fácticas respecto de este principio que hayan podido tener lugar a lo largo de la historia, la gran confianza que ofrece la banca como último responsable de la economía mundial está precisamente en que su interés, que hoy día se ha hecho universal, no es otro que el universal florecimiento del bienestar económico, en tanto que está sustentado por agentes productores que son tan independientes como están necesitados de los servicios de fluidificación de capital —eso, capital móvil o líquido, es el dinero—, que es, por esencia, el negocio bancario. La banca al 188
UNA REFLEXIÓN SOBRE LA BANCA INTERNACIONAL poder sería así, por chocante que parezca, un grito de universal libertad económica, la cual es la única base estable de una verdadera libertad civil, para la que la libertad política sería una reivindicación del pasado, en la medida en que el poder político, obsoleto, habría pasado a ser algo de lo que podemos prescindir. Esto, por supuesto, es una utopía, y hay que ser un filósofo para soñarla. No quiero que nadie me siga en estos sueños, a no ser aquel a quien le gusten. Pero sí me hubiese gustado contribuir a romper unos moldes de valoración desde los que las afirmaciones que he hecho bien parecerán escandalosas. Espero, sin embargo, que estos moldes se muestren como tópicos vacíos en la medida en que nos acostumbremos a ver el mundo económico como lo que en verdad es y a contarle a los demás sin reservas y cautelas lo que sencillamente hemos visto. La Banca Internacional, como monstruo que asusta a los niños, empieza a ser, en un mundo que ya se está cansando de socialismo, como el traje invisible del rey, que se convierte en algo irrisorio tan pronto alguien comienza a decir lo que está viendo. 189