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Memoria, ficción y poesía, de Aquilino Duque

Reyes Cano, Rogelio

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259 MEMORIA, FICCIÓN Y POESÍA, DE AQUILINO DUQUE No estoy muy seguro del todo, pero creo que fue Borges quien dijo en una ocasión que se sentía más orgulloso de los libros que había leído que de los que él mismo había escrito. El gran escritor argentino, uno de los más altos ejemplos universales de “literato puro”, es decir, de comunión radical con la palabra escrita, ponderaba así el papel que la literatura tiene en la forja de un escritor. Si uno recorre la historia de la literatura –cosa que por razones profesionales yo he tenido que hacer con sumo gusto a lo largo de más de 50 años de docencia– uno se da cuenta de hasta qué punto la literatura se alimenta una y otra vez de la literatura misma, de aquellos textos que para todo buen escritor han sido una fuente de sugerencias para su propia escritura personal. Sin extremar la tan recurrente boutade de Eugenio D´Ors, sería una exageración decir que en el mundo de la creación literaria “todo lo que no es tradición es plagio”, pero no erraríamos mucho si, suavizando la hipérbole, dijéramos que es del todo imposible llegar a ser un buen escritor dando la espalda al inmenso legado literario que los tiempos nos han traído. Y no me refiero ya, por supuesto, a la persistencia de los viejos tópicos o lugares comunes que, forjados en la Antigüedad clásica o en el Medievo, han seguido transitando, reelaborados Por roGelio reyes Cano Minervae Baeticae. Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2ª época, 47, 2019, pp. 259–264 260 en nuevas escrituras, por toda la historia literaria de Occidente. Ni tampoco al antiguo principio de la “imitación de los modelos” (la famosa mímesis o imitatio) como un imperativo para los nuevos escritores. Un principio que rigió por lo menos hasta que el Romanticismo elevó a canon de excelencia el criterio de originalidad. No. Me refiero al impacto que determinados autores ejercen sobre aquellos otros que comienzan gozosamente a escribir y llegan a ser decisivos en la formación de sus gustos. Es decir, cómo un escritor nuevo forja su estilo mirándose en el espejo de quienes le precedieron. Creo que estas consideraciones dan muchas de las claves de este libro que Aquilino Duque acaba de publicar, en coedición de la Universidad de Sevilla y la de San Pablo CEU, con un título tan genérico (Memoria, Ficción y Poesía) que al lector -al menos a mípuede saberle a poco, ya que tras esos tres enunciados, en apariencia tan abstractos y puede que hasta un tanto académicos, se oculta en verdad una dosis de sabiduría, un espesor cultural y una experiencia literaria vivida y recreada con un sabor que ciertamente hoy no abundan en el mundo de la crítica y que nada tienen que ver con los modelos al uso ni en la crítica universitaria ni en la de los semanarios culturales de la prensa escrita. Y es que la agudeza y amenidad de la prosa de Aquilino, una mezcla muy bien equilibrada de maestría ensayística, buscada provocación intelectual y aliento poético, no deja indiferente a nadie y desde luego a nadie aburre, cosa que es siempre muy de agradecer y nada fácil de conseguir. Estamos ante el libro de un escritor que habla de otros escritores. De aquéllos, sobre todo, aunque no sólo, con los que Aquilino se ha sentido más “unido –nos dice él mismo– por una afinidad estilística y espiritual”, es decir –habría que añadir– por un modo de entender y de hacer literatura. No se trata, ya lo he dicho, de ninguna forma de imitación, cosa muy común entre los jóvenes que empiezan a escribir, pero que en el caso de alguien con tanta personalidad como Aquilino sería sencillamente aberrante. Estamos más bien en el dominio de lo que el alemán Goethe llamaría “afinidades electivas”, de sintonía con aquellos autores que más se siente identificado sea 260 MEMORIA, FICCIÓN Y POESÍA, DE AQUILINO DUQUE 261 en el orden estético sea en un terreno más ideológico y de visión del mundo. En ese sentido, este libro tiene mucho de testamento literario, de constatación de los gustos y preferencias de un lector que recorre con fruición una larga etapa de la literatura española subsiguiente a nuestra Guerra Civil y que se prolonga prácticamente hasta nuestros días. Un recorrido que se abre con autores como José María Pemán, Fernández Flores o Sánchez Mazas; que continúa con González Ruano, Ridruejo, Foxá o Muñoz Rojas; y que finalmente, tras una breve incursión por algunos poetas del 27, culmina con la atención a escritores rigurosamente coetáneos con el propio Aquilino (Montesinos, García Baena, Julio Mariscal, José Luis Tejada, María Victoria Atencia…) y con otros más jóvenes que él como José Mateos o Jacobo Cortines. Sus juicios son siempre directos, francos y sabrosos, llenos de aciertos estrictamente literarios, pero también de originales salidas de tono. Voy a darles a ustedes sólo algunas muestras: De Pemán, por ejemplo, asume su famoso dicho: “En España el número 2 no quiere decir uno más uno, sino uno contra uno”. Y dice que, aunque su obra no podía aspirar al premio Nobel, “otro gallo le habría cantado si hubiera puesto en propiciar a la Academia Sueca el mismo empeño que puso en defender el Trono y el Altar”. Y añade que para conseguir el favor de esa Academia “lo primero que Pemán tenía que haber hecho es limitarse a la defensa de la casa Domecq”. De Dionisio Ridruejo escribe que era ante todo un hombre cabal “que no estaba dotado para la política, entre otras cosas porque creía en todo lo que pensaba y en todo lo que decía. Era incapaz de engañar a nadie y, claro, siendo la política el arte del engaño, el político que no engaña a los demás acaba engañándose a sí mismo”. Comentando la comprensión “ideológica” con la que fueron acogidas algunas creaciones literarias a su juicio no siempre de auténtico valor, afirma que “a Blas de Otero no se le tuvieron en cuenta los ripios y prosaísmos abominables en que consistió su obra a partir de En castellano (1951)”. Y del Saramago de la novela El año de la muerte de Ricardo Reis dice que “lo mejor que ha leído es el constante abrir y cerrar de paraguas mojados de sus personajes tristes por las tristes calles de una triste Lisboa”. 261ROGELIO REYES CANO 262 Situados en tres apartados diferentes, esa variedad de escritores ofrecen otras tantas modalidades literarias que a Aquilino Duque le interesan muy particularmente: el memorialismo, la ficción narrativa y la poesía; tres géneros, por cierto, que él mismo ha cultivado con brillantez en el curso de su ya dilatada carrera de escritor, desde su arranque como poeta en 1958 con La calle de la luna y El campo de la verdad hasta ensayos tan luminosos como El suicidio de la modernidad, pasando, claro está, por novelas como El Mono azul. Y esta obra que presentamos hoy, siendo un análisis de la producción ajena, tiene también bastante de desahogo memorialista personal, porque es el mismo Aquilino el que se revela no ya como testigo sino también como sujeto de esa vida literaria que él tan sabrosamente recrea. Si de niño oyó declamar a Pemán en el teatro San Fernando, y en Roma, ya en su madurez, tuvo amistad con Rafael Alberti, en el curso de su vida trató a María Zambrano, a Max Aub, a José Antonio Muñoz Rojas, a Rafael Montesinos, a José Luis Tejada… y a tantos otros de los que desfilan por estas páginas. Y desde observatorios tan cosmopolitas como Ginebra, Nueva York, Roma o Viena, en su larga tarea como traductor internacional, conoció a toda suerte de personajes y tuvo acceso a un sinfín de curiosidades, invenciones y cotilleos de la vida literaria, narrados en este libro tan vivamente y con tanto lujo de detalles que una de dos: o es que lleva rigurosamente un diario, o es que tiene una memoria prodigiosa. Recuerdo muy bien, por ejemplo, porque yo estaba en la sala, cuando en una conferencia en la Universidad de Sevilla Aurora de Albornoz dijo que Juan Ramón Jiménez había sido comunista. Y cómo Aquilino saltó como un resorte para discrepar de tan peregrina afirmación. Estas salidas a veces destempladas suyas han sido frecuentes en situaciones parecidas. Él mismo nos relata una de ellas a cuenta de don Pedro Muñoz Seca: Yo debería pedirle excusas a don Alfonso Ussía por haber perdido los estribos en el curso de una charla suya en un hotel sevillano, y eso fue cuando él, para explicar que no era tan “facha” como presumen sus adversarios, no se le ocurrió cosa mejor que decir que el teatro de su abuelo don Pedro Muñoz 262 MEMORIA, FICCIÓN Y POESÍA, DE AQUILINO DUQUE 263 Seca estuvo proscrito por el “franquismo” y sometido a una censura brutal. La cosa era tan gruesa que no pude contener al energúmeno que todos llevamos dentro, y grité con toda la fuerza de mis pulmones, que no es mucha, la palabra “¡Mentira!”, con gran escándalo del público de lectores de ABC y votantes del PP que abarrotaba el local y que me expulsó de él con expresiones airadas. Tuve incluso el honor de ser empujado por la espalda por un marqués consorte que días después me ofreció excusas. Si yo no hubiera perdido los nervios, me habría ahorrado tan bochornoso espectáculo. Convivió con algunos de los exiliados republicanos y, siendo como es un polemista nato, no tiene empacho, sin embargo, en reconocer, cosa que le honra, la altura literaria de muchos de sus antagonistas ideológicos. Toda esa rica experiencia suya desfila, estilizada, por este libro, una obra que tiene también algo de particular canon literario emitido, como dirían los escritores del Barroco, “desde la atalaya de la vida”, con la peculiar sinceridad, la franqueza y el habitual desenfado con los que Aquilino suele decir las cosas que piensa, siempre tan incisivo, tan directo y tan agudo , luchando tantas veces contra corriente, desautorizando lugares comunes y fáciles estereotipos instalados en la vida cultural española y descubriendo perfiles y matices del todo originales. Y es de ver cómo se mueve por la intrahistoria de esa vida literaria, y cómo no se limita a las obras canónicas y consagradas sino que bucea con fruición precisamente en la de los autores marginados u olvidados, los aparcados en la estimación pública por modas o por intereses políticos. Y en posesión de un bagaje cultural de mucho espesor, frente al tópico del “páramo” literario de nuestra postguerra aireado por críticos como José Carlos Mainer o Santos Sanz Villanueva, Aquilino esgrime el talento de Pemán, de Fernández Flores o de Foxá. Y frente a la mitificación del realismo socialista y los “mandarinatos literarios” y editoriales de las décadas de los sesenta y setenta, defiende la “inventiva idiomática” y la “fuerza poética” de un Rafael Sánchez-Mazas. el “buen estilo” de Muñoz Rojas o la “rehumanización” artística de Luis Rosales. Y nos ofrece visiones muy lúcidas y siempre 263ROGELIO REYES CANO 264 personalísimas de algunos de los poetas de hoy. De Rafael Montesinos dice que su libro Los años irreparables es, junto con La ciudad de Chaves Nogales, Ocnos de Cernuda, Pueblo lejano de Romero Murube y Sevilla del buen recuerdo de Laffón, uno de los libros esenciales sobre La Ciudad de la Gracia. Y ya que hemos aludido a dos de nuestros antiguos compañeros de Academia –Romero Murube y Laffón-, voy a cerrar este recorrido con el juicio que a Aquilino Duque le merece la obra poética de Jacobo Cortines, que comentó años atrás en una sesión pública de nuestra corporación a cuenta del libro Nombre entre nombres, en su opinión una excelente muestra de la “estética renacentista” de Cortines y de la idea del acto poético como “confesión general” en el extenso poema “El Labrador”. Y con esto concluyo. No es fácil –ni yo lo he pretendidodar cuenta del rico patrimonio cultural que este libro encierra ni de su valor como testimonio de primera para entender claves ocultas o poco conocidas de la vida literaria española de la segunda mitad del siglo XX y los primeros años del XXI. Si a ello le añadimos el estilo vivo, ágil, tantas veces coloquial y siempre amenísimo a que Aquilino nos tiene acostumbrados, puedo garantizarles que, se compartan o no sus puntos de vista, su lectura resulta apasionante y sugestiva, llena de guiños de fina inteligencia, de sutiles ironías y, lo que es todavía más raro, de un saber literario sin convencionales intermediarios. Cualquier cosa, desde luego, menos aburrida. 264 MEMORIA, FICCIÓN Y POESÍA, DE AQUILINO DUQUE