scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Sevilla, cuna del Quijote

Ríos, Blanca de los (1862-1956)

Full text

ATENEO DE SEVILLA HOMENAJE A CERVANTES EN EL TERCER CENTENARIO: DE SU MUERTE Sevilla, cuna del Quijote Conferencia pronunciada el sábado 1 de abril, en el Salón Lloréns, por la Sra, Doña Blanca de los Ríos de Lampérez 1916 : ARÉVALO : SEVILLA A uefa SE CE A E dl A zen AS A SiS de Li - - ES ARE 4 ! Y put Arjen 7 DE cs Ao e E A A: da ds 1 ARO y ti LA 4 Y paa e hi A A A SEVILLA, CUNA DEL QUIJOT DLTIUTIE] 2 4 cd sn AS SN ! A RES y 4 NANARAMNAAS LA IAF rr = Bo: ee Sevilla, cuna del Ouijote Conferencia pronunciada el sábado 1 de abril, en el Salón Lloréns, por la Señora Doña Blanca de los Ríos de Lampérez E AS do Feria es AS Pi: z HN A SS o Cb is E TR lr E A A A A “Sevilla, cuna del Quijote” SEÑORAS, SEÑORES: EBO mis primeras palabras al Ateneo Sevillano, cuya benevolencia me frae alos brazos de la Madre patria en ocasión tan solemne como la de celebrarse el tercer centenario de la muerte de Cervantes, fecha gloriosa en la historia de la Humanidad, fecha gloriosísima para España, que por i tantos títulos ocupa el lugar más excelso en la historia del espíritu humano. Sí, el luggr más excelso, no sólo porque a la gran madre nuestra le fué dado cumplir la mayor empresa humana en el descubrimiento de América, sino porque la cumbre suprema de la espiritualidad, la que más acerca el hombre a Dios, es la de la creación estética, y a la cumbre de esa cumbre subieron en mayor número y subieron más alto que los hijos de ningún pueblo los hijos de la augusta España. Y a la vez que rindo gracias al Ateneo Sevillano por esta merced tan grande como inmerecida, he de felicitarle entusiastamente por su noble resolución de honrar a Cervantes, a pesar de la suspensión de las fiestas oficiales del Centenario, que, puesto que la hora solemne llega y no podemos detener con la mano la aguja que ha de señalarla, mereceríamos dejar de ser españoles si oyésemos tal hora con indiferencia de abúlicos y degenerados. Vuestra resolución, ilustres ateneístas sevillanos, como la del Ateneo de Madrid, es gallardo arranque de españolismo. ¡Así, no con apocados retraimientos, se afirma el sentido de la raza y se continúa la historia nuestra! . Cuando, hace poco más de un siglo, España se redujo y se aferró a un jirón de tierra andaluza que las olas parecían empeñadas en arrancar al Continente, cuando toda Europa hasta el puente de Zuazo, era de Napoleón, entre el puente de Zuazo y el mar se refugió la impavidez española; allí juntó Cortes, celebró triunfos, estrenó tragedias y sainetes bajo las bombas de Soult, 0 que una copla andaluza condenó a. ridículo eterno, y aquella estoica serenidad, aquella fe en la patria, salvó la nacionalidad española. ; Hoy, ño un rincón andaluz, España entera es isla de paz en medio a la trágica locura de muerte que arrebata la Humanidad como viento apocalíptico, y en este remanso de cordura y de concordia, España se levanta al nivel de su historia para evocar al creador del loco sublime que en la broncínea aleación de un símbolo eterno condensó el pasado. heroico, y no sólo el pasado, el espíritu de nuestra estirpe de ensoñadores de prodigiosas hazañas, de amparadores de todo desvalimiento, de locos por el divino ideal irrealizable. ¡Qué lejos la Humanidad actual de tales aspiraciones! ¡Y cuánto la superaban los que corrían tras el fantasma azul de un ensueño; los que enloquecían con la magnífica locura conquistadora, justiciera y redentorista de Don Quijofe, o con la celeste locura del divino amor, como Santa Teresa! . ¡Días grandes en que las almas imperaban sobre las fuerzas ciegas del instinto y la materia y abrían en toda su magnitud las poderosas alas que Dios les puso para escalar toda cumbre! Hoy la codicia aliada al odio han limado pérfidamente las cadenas que ataban a Prometeo a su roca del Cáucaso, y el mito de las fuerzas materiales rebeldes al cielo se revuelve con fragor de mil tempestades, haciendo retemblar los cimientos del Planeta. Y el alma, el divino huésped del polvo deleznable, es una mísera esclava de las fuerzas de la materia desencadenadas por el mundo para exterminar a los débiles y auxiliar a los fuertes en la generosa empresa de su endiosamiento terrenal. Es la caballería andante vuelta del revés, el triunfo del fuerte sobre el débil, la masa aplastando al individuo, el héroe suplantado el la máquina, el desvalido triturado por el poderoso: ¡la autífesis de. Don Quijote! «¡Soñemos, alma, soñemos!» Volvamos por un día, por una hora, a los tiempos felices en que del cerebro de un soldado que mancó «en la ocasión más alta que vieron los siglos», surgió el glorioso símbolo de la locura por el ideal, del amparo al oprimido, de la inmolación sublime de la vida en defensa de la justicia o la flaqueza. Cuando el mundo recobre la cordura y la serenidad, volverá a rendir culto de admiración a ese semidiós estético que culmina por sobre las crestas. milenarias, en la cumbre fulmínea de las creaciones de arte. Entretanto, vengo a recordar con vosotros que el misterio de belleza de la generación de ese excelso mito se cumplió aquí en esta tierra amada del sol y de la Poesía. Y no fué caso insólito, no fué capricho de la ciega fortuna la suprema gloria de que la mayor creación que surgió de cerebro humano viniese a producirse aquí en Sevilla; era el cumplimiento de una ley, la continuidad del asombroso curso de ns que forman la Sion de la madre Andalucía. ¡Tierra del sol, sede de la sapiencia, cuna de la Poesía, sagrario de la Fe, templo del arte, morada de la Primavera, Romancero de la hidalguía, relicario de la tradición; ¡Sevilla! ¡Madre! ¡deja que al volver a ti tras de ausencia tan larga y en vísperas, fal vez, de la eterna, recuerde en palabras que estallen a la explosión del entusiasmo y de la represada ternura, fus glorias de que nos gloriamos y tus grandezas de que nos engrandecemos cuantos fenemos el orgullo de llamarnos tus hijos! » Diríase que Dios quiso privilegiar, entre todas, a esta tierra nuestra, herinana de la luz y madre de la belleza, según se complació en entallarla al límite de Europa, ceñida por el abrazo de dos mares, frontera al Africa, señalando el camino al mundo que había de ser nuestro, como predestinada a ser lazo geográfico y nexo moral de tres Continentes. LA O q > a 1 . e E ÍA A a a a e Abierta de costas, tendida de llanuras en que la fecundidad volcó sus ánforas inexhaustas, empinada en sierras misteriosas, abruptas, legendarias, que como Sierra Morena, con sus greñudas frentes coronadas de pinos y de rocas donde se despuntan los haces de los rayos, en sus grutas y frondas apretadas y en sus ásperas vertientes y despeñaderos, guardan consejas y - fantasmas de bandidos heroicos y salvajes, de guerreros golfines auxiliares de la Reconquista, y románticas tradiciones como la que engendró el Don Alvaro; o de altas sierras tocadas de blanca nieve, como las Alpujarras, teatro de la epopeya de los moriscos, o como aquellades- lumbrante Sierra Nevada, donde se tornan en hebras de iris los cabellos del sol para caer en ola apoteósica sobre la roja colina donde un pueblo ensoñador iba a levantar un alcázar de gemas orientales destrenzando por sus estancias y jardines el raudal de plata del Darro; en regiones de oasis como la costa granadina, más rica en contrastes que la Riviera, y donde hay lugares de tan insuperable hermosura como el Peñón de Salobreña, y donde frente a las nieves de Mulhacén crecen cañaverales y algodoneros; donde hay ciudades de tan romántica belleza como Ronda, enriscada sobre el formidable Tajo, a cuyo fondo borbota y amenaza, engargantado, el Guadalhorce; ciudades de paradisíaca hermosura como Málaga, donde Mayo anida entre espumas y rosas; como Cádiz, blanca perla que parece desleirse al sol en la líquida esmeralda del. mar; ríos de égloga y de idilio, como el Guadaira, que fluye entre mirtos y adelfas, como los ríos de Grecia la divina; ríos de ensueño y de epopeya, como nuestro Guadalquivir, que, deri- - vando por entre mieses de oro o verdes viñedos que destilan líquido sol, se lleva al mar la imagen de la más bella y gloriosa de las ciudades: Sevilla. Pero si es cierto que hay una belleza superior a la propia belleza del paisaje; si es cierto que la hermosura de la Naturaleza es sólo fondo, escenario que Dios creó para el supremo actor de tal teatro; si la misma augusta soledad de bosques y montañas, de llanuras y de mares aparece baldía, anónima, muerta cuando no la sella la presencia del hombre, cuando no la consagra la impronta de sus heroísmos, de sus martirios, de sus amores; si es cierto que por encima de la geografía material está la geografía histórica, y más aún la geografía estética, y más que todas la geografía moral del mundo, decidme qué pueblo de la tierra, después de Palestina, supera en grandeza histórica, estética y moral a nuestra madre Andalucía, donde se cumplieron los hechos más grandes del pasado. Sin retroceder al crepúsculo préhistórico, aunque ya desde él pudiéramos ver a nuestras gentes culminando sobre las extrañas e imponiendo al arte advenedizo de aventureros y mercaderes fenicios o griegos el sello de su estética propia que produjo al arte heleno-ibero, bástenos recordar los días de la dominación romana en que España, Andalucía, por alto fuero espiritual, se impuso a la Señora del mundo y dió a Roma todo un ciclo poético: la edad de plata de aquella literatura, que fué toda española y capitalmente andaluza, no ya por la copia y valor de sus cultivadores, sino por la verdadera dictadura que los Sénecas ejercieron en Roma y por el alcance y trascendencia de poetas como Lucano. Y obsérvese que en Séneca y en Lucano estaban ya, no en potencia, no en germen, en pleno desarrollo los caracteres étnicos de nuestro genio nacional, que tiene más raíces, y más savia andaluza de lo que antes se creía. Ya Menéndez y Pelayo señala en la Farsalia de nuestro Lucano no sólo el tipo de la epopeya histórico-política ofrecida a la imitación moderna, sino un poema novísimo, sellado con las cualidades más propias de nuestra gente: «poema sin dioses ni ciudad romana, pero henchido de misteriosos presentimientos románticos», que .parecen augurios de lo mejor de nuestro teatro trágico-prestigioso y con razón hacen decir a Menéndez que «no fué ingeniosidad de la crítica el suponer que no ya el arte de Góngora, sino el arte de Víctor Hugo, se hallaban en él en germen». En pleno imperio romano descollába: pues, fuerte y dominadora, la mentalidad andaluza, O 17) la cruel agresión del ajeno egoísmo, así surgió del alma de Cervantes el raudal de mansa ironía y de patético sarcasmo que empapa las páginas eternas de su libro insuperable. De aquella larga prueba en la adversidad y de aquel acerbo fermento de dolor templado en misericordia, surgió el alma del inmortal hídalgo. : En cuanto a Sancho, aunque Menéndez y Pelayo le señala un precedente en el Ribaldo de la Historia del caballero Cifar, y aunque el Ribaldo, en efecto, parezca un embrión de Sancho, “no sólo por su jugosa habla popular, cuajada de refranes, sino porque «procede como rústico malicióso y avisado socarrón y ladino, cuyo buen sentido contrasta con las fantasías de su señor, a quien, en medio de la cariñosa lealtad que le profesa, tiene por «desventurado e de poco recabdo», sin perjuicio de acompañarle en sus empresas y sacarle de muy apurados frances» (11), esta innegable semejanza parece una de las muchas que se dan en la vida y en el arte, no por parentesco ni derivación, sino por mera coincidencia. Porque Sancho, y esto cuanto más se le estudia, más distintamente se ve y se palpa, no es producto de imitación: a tener modelo delante, hubiera surgido ya diseñado con resueltos contornos, como figura moldeada sobre otra, y no fué así: todo indica que al esbozar su magna obra no tenía Cervantes concepto previo y fijo, ni modelo literario ni real de Sancho, como lo tenía de Don Quijofe, cuya colosal figura se proyec-. ta desde luego sobre el embrionario cosmos, como ánima y centro de él, sin que el autor pareciera aún preocuparse de aquel otro humilde hijo de su fantasía, surgido de ella casi fortuítamente, cuando al detenerse a contemplar su creación halló que era buena y quiso dar ensanchas a las aventuras del hidalgo y darle a éste un escudero; así, al presentar a sus lectores el. buen Sancho, dice de él que tenía muy poca sal en la mollera, «gratuíta afirmación desmentida luego por sus donaires y agudezas», escribe Unamuno, y «además, buena prueba—observa Rodríguez Marín—de que Sancho no se modeló de una vez en la fantasía de Cervantes, sino fras diversos tanteos y rectificaciones» (12); y, en efecto, ni aun de los nombres del honrado escudero y de su oíslo parecía muy seguro el autor, según los llama alternativamente, a él Sancho Zancas O Sancho Panza, y a ella, ya Mari Gutiérrez, ya Juana O Teresa Panza. En suma; fodo indica que cuando plasmaba Cervantes la gran figura de Don Ouijofe, tanto por imposición de la parodia andantesca, cuanto por necesidad de su creación, como punto de referencia y de contraste, como interlocutor ineludible para exteriorizar el carácter del héroe, como contraposición tan necesaria como las sombras para avalorar la luz, íbasele formando entre los dedos la figura de Sancho, primero como personaje complementario y mera antítesis de Don OQuijofe, después con vida independiente y propia, como criatura real, compleja, perfectible, humana, que poco a poco, al influjo de su señor, se pule, educa y redime de sus nativas - groserías y egoísmos en aquella democráfica y cristiana comunidad española de entre amos y criados, que hizo de estos últimos lo que tan ejemplarmente se llamaba en todo hogar de bien nacidos: /a familia; con lo que el escudero viéne a cristalizar, como el caballero, en un sér de reciedumbre simbólica, e inscrito en el propio nimbo de luz que el Ingenioso Fidalgo, comparte con él la solitaria inmortalidad reservada a estas dos creaciones estéticas, las más grandes que la Humanidad ha producido, ; Porque para nosotros, españoles de las dos Españas, para cuantos hablamos esta soberana lengua, Don Quijote y Sancho son dos personas perennemente vivas de nuestra gran familia hispana, a quienes asociamos a cada paso a nuestro sentir y a nuestro pensar; que viven al par nuestro, que asumen nuestra enorme vida étnica y dan carne a este habla, que es sangre espiritual de nuestra estirpe, y no sólo para los de nuestra raza, para los hombres todos, Don «Quijote y Sancho son dos grandes amigos fricentenarios, inmortales, que por las sendas de la vida caminan al lado de las generaciones que pasan, comodos genios tutelares de la Humanidad gue se renueva y persiste. ¡Cómo no gloriarnos de que aquí, en este solar de la inspiración hispana, nacieran a. q eterna vida esas dos asombrosas criaturas estéticas! Y todo, como de consuno, demuestra que aquí nacieron; todo nos revela y nos alumbra con luces cada vez más claras, el momento en que se produjo la soberana creación, el estado espiritual de su autor al producirla, los estímulos y - los influjos que sobre él actuaron, y los elementos infernos y externos, esenciales o fécnicos, literarios, afectivos y locales que la integraron. Remontando el curso de la cultura de Cervantes, descubrimos en ella una primera inicia- * ción académica, adquirida, sin duda, en alguna grande escuela del Renacimiento, que insisto en - creer que fué Salamanca, donde a la par se empapó en las ideas de Platón, a través de León Hebreo, en las pastorales de Sannazaro y sus imitadores, en la literatura polémica del Renacimiento, donde dice Menéndez y Pelayo que hay que buscar la filiación de Cervantes, y en la castiza y tan sugestiva lectura de las Ce/esfinas, en la primera e inmortal que el autor del Quijote amó «libro en mi opinión divino», en la segunda, que fué lo mejor que osito el malaventurado autor de Don Florisel de Niquea, a y donde en el haz de fruhanes, pajes, taberneros y daifas que cercan al Ruñián Pandulfo, advierte Menéndez y Pelayo «la palpitación de vida y algo semejante al bloque informe, del cual, por * magia de arte, surgiría en su día el grupo clásico del patio de Monipodio» (13). Y aun más se deleitaría Cervantes en la mejor hablada de todas las Celesfinas, en la Tragicomedia de Lisandro - y Roselía, que contenía referencias de las costumbres estudiantiles de Salamanca, «alguna de ellas tan peregrina—dice Menéndez y Pelayo—como la fiesta de panza, que acaso no fuera ajena al nombre que dió Cervantes a su escudero» (14), Y es muy de observar que si de Salamanca pudo muy bien proceder—a través de la tragicomedia o de la tradición—el apellido de Sancho, de Salamanca parece proceder más directamente el nombre pacífico de Don Ouijote: Alonso Quijano, hallado por mí en los libros de matrículas de aquella Universidad, donde también hallé el de un Cachupín, natural de Laredo—sabido es que en el Ouijofe se cita a los Cachupines de Laredo—, y encontré además los nombres de dos personajes de La ilustre Fregona: Diego de Carriazo y Don Juan de Avendaño, el último de los cuales es, en la novela, el padre del Don Tomás que se casa con la protagonista Consfanza, y en la realidad, un caballero de carne y hueso, que desde Trujillo del Perú remite mil reales a doña Constanza de Ovando, sobrina de Cervantes; y si pareciesen pocas estas reminiscencias salmantinas, recuérdese que también lo son en el Quijote los siguientes cuatro versos de : los sabidísimos de Urganda: «¡Qué Don Alvaro de Lu-' Qué Rey Francisco en Espa- Qué Aníbal el de Carta- Se queja de su forti-», reproducción casi literal de otros de cierta ofensiva glosa que Fray Domingo de Guzmán, vencido en unas oposiciones por Fray Luis de León, hizo de las célebres quintillas de este inmortal poeta: «Aquí la envidia y mentira E me tuvieron encerrado». Y como la glosa de Fray Domingo quedó inédita y archivada en Salamanca desde 1581, no parece verosímil que Cervantes la conociese, sino habiéndola aprendido de viva voz y como rasgo de actualidad palpitante en Salamanca y en aquellos días. Y a mayor abundamiento, de M5 22 “Salamanca proviene el precedente real más semejante al género de locura andantesca que padeció Don Quijote: el caso del estudiante salmantino, de quien refiere el Conde de Guimerán, «en “cierto cartapacio fechado en 1600», que embebido en la lectura de un libro de caballerías, empuñó el montante y comenzó a jugarlo y esgrimirlo en el aire, en defensa del imaginario caballero (15). Reminiscencias salmanfinas que no me parecen desdeñables para el estudio de la producción de Cervantes. . Pero sobre toda otra influencia vemos sobreponerse en la mente del soberano escritor el prestigio de los poetas andaluces, a quienes fan apasionadamente encomiaba; su culto al cordobés Juan de Mena, a quien elogia en el Quijofe, donde en cierto pasaje le imita, a juicio de Menéndez y Pelayo; y hallamos que en lo que más vale como forma en el Ouijofe, el diálogo y el raudal generoso del habla popular, tuvo Cervantes por primer iniciador y maestro a un sevillano, a Lope de Rueda, a quien el novelador sin ejemplo admiraba como prosista, como dramaturgo y como representante; a Lope de Rueda, que llevó a la escena la prosa de la Celestina, chorreando verdad y savia generosa, aligerada de su excesiva opulencia al saltar del libro a las tablas; y aquella transfusión de habla viviente y de castizo léxico, no fué perdida para el Cervantes novelista; como tampoco lo fué para el Cervantes dramaturgo el ejemplo de nuestro Juan de la Cueva, en quien valió más que la dramática híbrida, despilfarrada y, en ocasiones, monsiruosa, el arranque insurreccional con que, anticipándose a Lope de Vega, reconquistó para España la escena, en que Italia imperaba, animándola con el revuelo colosal de nuestra historia, transfundiendo la heroica sangre de los romances viejos por las venas del Teatro, y reviviendo en los corrales sevillanos del siglo xvi los héroes del Romancero y de la Crónica. . E Tampoco fué estéril para Cervantes el prestigioso influjo de los ofros grandes ingenios sevillanos de aquel siglo, por él tan fervorosamente alabados; y sabido es que con jirones de las áureas prosas de Fernando de Herrera y del Maestro Medina, tejió el autor del Ouijofe la dedicatoria que hizo de su primera parte al Duque de Béjar. De suerte, que Andalucía penetra por todos -los poros del gran libro. ¿Qué más? Hasta los versos de cabo roto que usó el autor en las décimas de WIrganda, eran invención de un poeta sevillano, Alonso Alvarez de Soria, quien empleó aquella combinación métrica en una décima satírica: «Envió Lope de Veel libro del Peregri- * al Señor Don Juan de Argui- a que diga si está bue-.» y justamente con el libro del Peregrino, verdadera manzana de la discordia entre los ingenios de aquel siglo de oro, con la estancia de Lope en Sevilla, de 1600 a 1604, y con la enemistad entre Lope y Cervantes, surgida o recrudecida en aquellos días, coincide y se relaciona estrechísimamente la redacción de la primera parte del Quijofe. Aquella enemistad, que no era simple desavenencia entre amigos y colegas en Apolo, sino formidable rivalidad de artistas, duelo entre dos gigantes de las Letras, puso valentísimas alas de emulación a la mente de Cervantes, el cual, preso, desvalido, calumniado, sin duda, por la injusta opinión, ofendido tal vez y provocado por aquellas formidables jactancias con que Lope, el «poeta de los cielos y la tierra», el endiosado y el ególatra, a quien Alarcón llamó envidioso universal de los aplausos ajenos, y de quien dijo Tirso «que niega el habla a su amigo cada vez que escribe bien», e ( se proclamaba en El Peregrino «único y solo en el ingenio y en las desdichas», quiso tomar de su formidable rival una venganza épica: El Quijofe. Quiso derramar en un libro único en los fastos humanos, todo el contenido moral y estéfico de su grande y creadora alma en su plenitud magnífica, y escribió aquel libro entre los hierros de una cárcel, como por destino singular se escribieron los libros más significativos o más grandes de nuestra opulenta literatura, en reclusión o en confinamiento: así el Rimado de Palacio, del canciller Ayala, así el libro del Arcipreste de Hita, Comedia humana del siglo x1v, así Los nombres de Cristo, del maestro León, y Las moradas, de Santa Teresa. Y como engendrada entre el estrépito y baraúnda de la Cárcel Real, tras de las azarosas andanzas de Cervantes por más de sesenta pueblos de Andalucía y Extremadura, y bajo el buído acicate de la emulación provocadora, toda la primera parte del Ouijofe vibra comó con jadeo y so” brealiento de combate, predominan en ella la acción, los episodios de lucha, los cintarazos, los golpes y asendereamientos del hidalgo; obsede al autor la preocupación de la parodia caballeresca, o más bien de la persistencia andantesca en determinada forma y en determinado sujeto que bien pudo ser su modelo vivo y presente; hay algo aún de abocetado y embrionario en aquella obra, concebida como para cuadro de una sola, capital, dominante figura: Don Quijofe, y dentro de las dimensiones de las Novelas ejemplares, que fué como por sorpresa y por milagro del acierto y del sumo goce de la bien lograda producción estética, creciendo entre las manos de su autor, de suerte que en el barro en que está amasado el gigante se advierten las ampliaciones y-suturas y se ven las marcas de los dedos creadores. Fuera cual fuese la causa ocasional de la creación de Don Quijofe, yo entiendo que no procedió de una mera anécdota, de uno de los casos de alucinación producidos por las lecturas caballerescas, según indicó Menéndez y Pelayo, ni está la figura de Don Quijofe vista a.través de ojos ajenos ni con mirar retrospectivo, sino como realizó Cervantes sus mejores obras, con presencia del modelo vivo. En cuanto a la génesis y elaboración del gran libro, la redacción de cuyos capítulos primeros parece simultánea con la de Rinconete y Cortadillo, cuanto más se las estudia fanto más : claro se percibe que los modelos vivos, el personaje, la geografía, el ambiente, el habla popular con sus gracias y sus rasgos inconfundibles,,los modismos del autor, sus encarecimientos hiperbólicos, sus finas ironías, sus inagotables donaires, cuentos y agudezas, sus enfáticas repeticiones, su riqueza paremiológica, sus inequívocos giros y provincialismos, proceden de la Andalucía de entre los dos siglos de oro, de aquella en que Cervantes vivió compartiendo entre Sevilla y los campos, ciudades, pueblos y aldeas que la circundan como espléndido señorío, los quince años anteriores a la creación de la novela única. a Lo que fueron las pinturas—ftelas, frescos o cartones—de Goya para el Madrid del siglo:xvu1, y los cuadros de Velázquez y las comedias de Tirso para el Madrid del xvi, fueron las novelas de Cervantes para la Andalucía, y singularmente para la Sevilla del siglo xvr. Toda la vida regional de Andalucía, recibida como atávica herencia de sus abuelos cordobeses, vivida desde la niñez en Córdoba, y en Sevilla paladeada y estudiada en la edad madura, en todos sus aspectos urbanos, lugareños y campestres; observada con ojos de pintor, de psicólogo y de poeta sin par, en todos los medios sociales de la capital andaluza, desde la suntuosa posada de su amigo el ex comediante Tomás Gutiérrez, en la calle Bayona, tan abundante en esclavos y esclavas para el servicio, como en camas de damasco y tapices y vajillas de plata, cuyo huésped, que se jactaba de aposentar lujosamente a magnates y señores, pudo gloriarse de albergar al emperador del habla castellana; desde la reverenda morada del racionero Porras de la Cámara, el que para deleite del cardenal Niño de Guevara copió las Novelas ejemplares, hasta los celebérrimos Compás de Sevilla, corral del Alamo barrios de San Román y de la Feria, non plus ulfra de la bravuconería; desde las huertas de las Cuevas y del Alcoba (16) hasta la trianera pa E EE RT TI DO Di a o A Ea RIOR a cab ooo p « 0 bros ro me a de a casa de Monipodio cerca del molino de la pólvora, con tal magia de arte perpetuada en Rínconele y Corladillo, que aspiramos el olor a búcaro húmedo, de los recién aljofifados ladrillos de su célebre patio perfumado de albahaca; así como en E/ celoso extremeño sentimos pulsar aquella doble vida sevillana de que hablé antes, tumultuosa y cosmopolítica, junto al río que nos comunicaba con América; recogida, prestigiosa, oriental, en los barrios antiguos de encrucijadas morunas; y en El cologuio de Cipión y Berganza reviven con-fuerza y esplendor de realidad las calles y las gentes de Sevilla; y en el Oujofe al volver de cada página damos con lugares andaluces: la almadraba de Zahara, Finibusterre de la picaresca, la playa de Sanlúcar, la sima de Cabra, la Rondilla de Granada. las islas de Riarán, el Potro de Córdoba, los Percheles de Málaga, todas las universidades del hampa, y el mesón de Castilblanco, donde empieza la acción de Las dos doncellas, y el puerto de la Herradura hacia Vélez Málaga, y la cuesta de la Zambra, entre Málaga y Antequera, mencionados fambién en el Quijofe, y otros cien mil lugares de la tierra del sol, recordados en todas sus obras; y con mayor prestigio aún que los lugares “yiven en las páginas cerváantinas las gentes del hampa andaluza: la Cariharfa, la Escalanta, la Gananciosa, Chiquiznaque, Repolido, Maniferro, Ganchuelo, Silbafillo, Tagarete, y más que todos Cortado y Rincón, el grupo inmortal del patio de Monipodio; y en la casa y en las gentes gue alientan en El celoso exfremeño perdura un medio de la vida sevillana de aquellos días, y con la visión de los lugares y de las gentes guardan las páginas de Cervantes la memoria y el sabor de los manjares y de los vinos andaluces, y así nos recuerdan, como Rodríguez Marín consigna, «los garbanzos de Martos, y el jamón de Rute, y las perdices de Morón, y las blancas -hogazas de Gandul, y los molletes y mantequillas de la ciudad del Betis, y los vinos de Cazalla, Alanís y Guadalcanal» (17), Desde todas las grandes páginas del Ouijofe se columbran horizontes andaluces o se paladean gracias, donaires y remembranzas de aquella tierra. En las Novelas ejemplares perviven como en parte alguna perpetuadas la topografía, la iconografía y la AS de la Sevilla del siglo XvI. z En El celoso extremeño, novela que escribió Cervantes tan unimismado con la vida sevillana, que ni asunto ni caracteres pudieran darse en otro medio, y donde se respira el ambiente de las calles apartadas y de las viviendas orientales de aquellos días, trazó el padre de la Novela una descripción de la genfe de barrio sevillana, que fué dolor que al corregir su obra la sacrificase a la armonía y sobriedad del conjunto, pero que Sevilla debe recoger del borrador inenestimable como un jirón de su historia. ¡Y qué decir de Rinconete y Corfadillo, donde la vida del hampa sevillana aparece como con manos de luz transportada desde la realidad viviente a la cumbre inmortal del arte! ; Así eternizó Cervantes la geografía pintoresca andaluza al tocarla con su pluma de oro, e incorporó los campos y lugares de nuestra tierra a la geografía poética del mundo; y con razón dice el ilustre Icaza, refiriéndose al Coloquio de los perros: «Si Montilla era la tierra de los Priegos, desde que el Cologuio se escribió es, además, la tierra de la Camacha y la Cañizares.» Pero no tráto de reducir a sólo Andalucía el campo de la visión de Cervantes, que abarcó tanto mundo y tal muchedumbre de gentes y de vidas reales o inventadas, en su multiforme existencia y en sus copiosísimas lecturas; estudio los precedentes del Ourjofe, obra concebida y comenzada en Sevilla, creada al beso de aquel sol y al influjo de sorlilegio de aquel ambiente, “ nutrida desde la medula a la epidermis de savia y vida andaluzas; pero que no sólo de vida regional se nutrió y produjo, no; en su magnitud y complejidad de cosmos entraron elementos de toda la vida nacional; con puñados de arcilla recogidos en todo el suelo ibero y con jugo de largas experiencias dolorosas amasó el autor el barro genesíaco de la gran novela, transfun- ' diendo a su estilo, con las lumbres de su cultura, el zamo agridulce de sus desengaños femplados en misericordia. o Hoy que la mecánica subdivisión del trabajo achica, automatiza, desintegra la sintética, y magnífica personalidad humana, cuesta ¡esfuerzo el reconsfituir cada uno de aquellos gigantes que con sus fifánicos bríos entallaron en roca viva la colosal estatua de la España Mayor; pero sin medir la altura y multiplicidad de tales hombres no pueden medirse las proporciones asombrosas de aquella España ingentísima. Uno de aquellos proteicos Atlantes fué el autor del Oujjofe, que vivió los más grándes y trágicos sucesos y los más varios y típicos aspectos y actividades sociales de nuestra Historia en los días de su gloriosa plenitud, pasando del aula madrileña de López de Hoyos a la domes- ' ticidad del cardenal Aequaviva en Roma, y de allí a la libertad de la soldadesca y a la noble esclavitud de las armas, y combatió en la sangrienta y gloriosa batalla de Lepanto, y en la jornada de Túnez, y padeció el bárbaro asalto y apresamiento de piratas en la galera El Sol, el duro. cautiverio en Argel y la errante vida del pretendiente famélico en la corte, y libró las prosaicas batallas ¡del Fisco y la Administración por tierras andaluzas y extremeñas; y empujado por el oscuro deber profesional, por el infortunio y la pobreza, confundióse en Sevilla a la vida popular, lindante con la picaresca, y estudió el hampa en *vivo y en su propia pintoresca geografía y en su fangoso remanso de la Cárcel sevillana; y vió la pálida cara de la envidia entre las fablas y los lienzos del teatro y en los mentideros y academias; y probó el desamor en el propio hogar,, la perfidia de los émulos, la mordedura del hambre, la humillación de la: pobreza; y de todas aquellas amargas y crueles experiencias, purificadas en la serenidad de su espíritu y fransfigura : das en su mente creadora, formóse y se modeló entre sus manos de egregio artífice aquel nuevo mundo esfético que compite en realidad y en espiritualidad con la propia vida humana. Aunque no nos sea dado celebrar con fiestas oficiales al autor de la más prodigiosa creación-humana, no imporía. Basta con que a los dos lados del Atlántico cuantos se glorien de españoles recuerden el día en que el soberano escritor murió a la vida y nació a la inmortalidad; que para cantar fal fecha no hay himno como el rodar eterno de la ola magnífica y triunfal de esta soberana lengua que,Cervantes supo hacer tan suya. : == NOTAS ¡89 Discursos leidos ante la Real Academia de la Historia en la recepción pública de D. Julián Ribera y Tarragó, el día 6 de Junio de 1915, V, el de D. Julián Ribera, págs. 9 ys. y pág. 57. ( (2) Así la llama Menéndez y Pelayo. . (3) «Sevilla enel siglo XII». Por Antonio Ballesteros. Madrid 1913, pág. 47. > S (4y Don Julián Ribera.—Discurso citado, págs. 40-4]. z (5) «Historia de la poesía castellana en la Edad Media». Tomo l, pág. 79. (6) - Idem. Tomo l, pág. 350. YA) Segunda parte del Quijote, cap. XLIV. (8) En carta de Sevilla a 29 de Abril de 1576, y refiriéndose a su hermano D. Lorenzo, dice de la Santa: «Ahora está retraido por nosotras y fué gran ventura no le llévar a la Cárcel, que es aquí corno un infierno.» (9) Menéndez y Pelayo: «Cultura de Miguel de Cervantes y elaboración del Quijote». Estudios de crítica literaria. Cuarta serie. (10) Así la definió Menéndez y Pelayo. 0D Menéndez y Pelayo: «Cultura de Migue de Cefvantes»... etc. : (12) El Ingenioso Hidalgo | Don Quijote de la Mancha | Compuesto por | Miguel de Cervantes Saavedra | Edición crítica | anotada por Francisco Rodríguez Marín... Madrid... MCMXVL—T. L., pág. 252. (13 «Orígenes de la Novela», Tomo III. (14) Idem, (15) Menéndez y Pelayo: «Cultura - literaria de Miguel dé Cervantes y elaboración del Quijote». (16) Conocidísimas huertas próximas a Sevilla, la primera de las cuales en la del Convento de la Cartuja; cítalas Cervantes en «El rufián dichoso»: «dales limones las Cuevas y naranjas el Alcoba», 7 «Rinconete y Cortadillo». Novela de Miguel de Cervantes Saavedra. Edición crítica, por AnCEES Eden Marín.— Sevilla, 1905. Pág. 192. O es UNO 500722603 E BGU A Mont. F 22/06 2 sy ati y he ec Ct it , pre pd «au . eb, 7% AO CORA