La figura del "enquêteur" en la novela negra belga escrita por mujeres: Nadine Monfils y Pascale Fonteneau
Abstract
dans les années 1920, il est rapidement perçu comme l’une des formes les plus masculines et violentes de la littérature policière. Étant donné que l’enquêteur est la figure par excellence de ce type de romans particulièrement représentatifs de la société patriarcale occidentale, le but de cet article sera d’étudier comment deux écrivaines du panorama littéraire belge contemporain reprennent ce modèle dans leurs romans et mènent à bout un processus de démythification et de suppression de cette figure archétypique. Notre corpus d’étude se base sur sept textes publiés par Nadine Monfils et Pascale Fonteneau dans la “Série Noire”, la collection de Gallimard consacrée à cette littérature
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Anales de Filología Francesa, n.º 20, 2012 EVA ROBUSTILLO BAyÓN 251 La figura del enquêteur en la novela negra belga escrita por mujeres: Nadine Monfils y Pascale Fonteneau eva robustiLLo bayón Universidad de Sevilla [email protected] Abstract When the roman noir appears in The United States in 1920s, it is quickly seen as one of the most mannish and violent forms of crime fiction. Since the detective is the main character of this kind of novels which are particularly representative of western patriarchal societies, the purpose of this article will be to study the way two women writers of the contemporary Belgian literary scene adopt this model in their novels in order to carry out a process of demythologization and suppression of this archetypal figure. Our corpus of study is based on seven texts by Nadine Monfils and Pascale Fonteneau, published by the “Série Noire”, the Gallimard collection devoted to crime novel. Key-words Crime novel, detective, Belgian literature, women’s writing Résumé Lorsque le roman noir apparaît aux États-Unis dans les années 1920, il est rapidement perçu comme l’une des formes les plus masculines et violentes de la littérature policière. Étant donné que l’enquêteur est la figure par excellence de ce type de romans particulièrement représentatifs de la société patriarcale occidentale, le but de cet article sera d’étudier comment deux écrivaines du panorama littéraire belge contemporain reprennent ce modèle dans leurs romans et mènent à bout un processus de démythification et de suppression de cette figure archétypique. Notre corpus d’étude se base sur sept textes publiés par Nadine Monfils et Pascale Fonteneau dans la “Série Noire”, la collection de Gallimard consacrée à cette littérature. Mots-clés Roman noir, enquêteur, littérature belge, écriture des femmes La novela negra, nacida en los Estados Unidos durante las primeras décadas del pasado siglo, constituye una de las tres tendencias principales en las que la crítica francófona divide tradicionalmente el género policiaco, especialmente a partir de la “Typologie du roman policier” propuesta por Todorov (1971). Su tipología tiene en cuenta la estructura temporal
Anales de Filología Francesa, n.º 20, 2012 LA FIGURA DEL ENQUÊTEUR EN LA NOVELA NEGRA BELGA ESCRITA POR MUJERES… 252 de los relatos atendiendo a la gestión de las dos historias –la del crimen y la de la investigación– que vertebran todo texto policiaco. El primer tipo, la novela de enigma –denominada por otros críticos “roman-jeu” y “roman-problème”–, privilegia la historia de la investigación, cuyo objetivo radica en la reconstrucción de los hechos conducentes a la comisión del crimen o, dicho de otro modo, en la restauración de la segunda historia. En cuanto a la novela negra, Todorov la define poniendo de relieve la simultaneidad o, incluso, la fusión de las dos líneas temporales: “Le roman noir est un roman policier qui fusionne les deux histoires ou, en d’autres mots, supprime la première et donne vie à la seconde.” (1971: 60). La tercera corriente –utilizando la terminología de Reuter (2005: 7)–, es el suspense que, en palabras de Todorov, combina la estructura de las dos anteriores: “du roman à énigme il garde le mystère et les deux histoires, celle du passé et celle du présent ; […] Comme dans le roman noir, c’est cette seconde histoire qui prend ici la place centrale” (1971: 63). Cada una de las tres tendencias ha originado un modo de llevar a cabo la investigación y, por lo tanto, un tipo de enquêteur1 característico. Desde las “eminencias grises” (Lemonde, 1984) al estilo de Holmes o Poirot hasta los tipos duros americanos, pasando por los agentes de la ley (Maigret, Harry Dickson), esta figura es la que más transcendencia ha tenido dentro del sistema de personajes y la que ha gozado de mayor atención tanto por parte del público como de la crítica especializada. Esto es debido principalmente a la frecuencia con la que un mismo enquêteur protagoniza una serie de novelas. Puesto que el presente trabajo se centra en el análisis del enquêteur en la novela negra de dos autoras belgas contemporáneas, desarrollaremos a continuación las características recurrentes de esta figura a lo largo de la historia del género, con el fin de poner de relieve el tratamiento de los modelos recibidos en los textos analizados. A pesar de las diferencias entre las “eminencias grises”, los tipos duros de la novela negra y otros enquêteurs profesionales u ocasionales que jalonan la historia de la literatura policiaca, todos tienen una misma función en el texto: descubrir al culpable, es decir, resolver el enigma planteado generalmente en las primeras páginas, cuando aparece el cuerpo sin vida de la víctima. Este rasgo permite considerar como representante de esta figura arquetípica dentro del sistema de personajes a cualquier personaje susceptible de ocupar un lugar destacado en la persecución del culpable –según destacan algunos críticos (Reuter, 1989)–, si bien es cierto que la historia del género ha privilegiado la existencia de un solo enquêteur principal protagonista. Éste será, por lo tanto, un elemento indispensable para la búsqueda de la verdad que, en la literatura policiaca, concierne especialmente a la resolución del crimen. El acto de nombrar al culpable, de desvelar el enigma, está intrínsecamente relacionado con el restablecimiento del orden en una sociedad alterada por el crimen y responde en gran medida al contexto moderno, regido por los conceptos absolutos, en el que aparecen los primeros relatos policiacos. Así, según señala Franck Évrard: “Le meurtre prémédité représente un dé1 Preferimos el término francés enquêteur ya que recoge, en una sola palabra, todas las formas del investigador de la novela policiaca (detective privado o amateur, periodista, juez, agente de la ley, etc.).
Anales de Filología Francesa, n.º 20, 2012 EVA ROBUSTILLO BAyÓN 253 tournement très grave du mécanisme de régulation sociale. Par son acte insensé, le coupable provoque une rupture dans le règne de la Raison, dans l’ordre du Bien (le détective) et de la Loi (la police) […]” (Évrard, 1996: 95). La lógica y una inteligencia sin límites serán, de hecho, las armas por excelencia del enquêteur de la novela de enigma, cuyos razonamientos deductivos, y en ocasiones alambicados, provocan gran admiración en los personajes y el lector. Sin embargo, el juego intelectual que tiene lugar en estos textos (no olvidemos que la novela de enigma es denominada también “roman-jeu”) no va a gozar de la misma relevancia en otras tendencias del género. En el caso de la novela negra, la inteligencia del detective cede parte de su posición privilegiada a la resistencia física y al cinismo del hard-boiled o tipo duro, quien se servirá de estas nuevas armas para desenvolverse en los bajos fondos urbanos, escenarios por excelencia de estos textos nacidos en los Estados Unidos. A diferencia de los enquêteurs de la novela de enigma, que suelen respetar la Ley y, a menudo, son o han sido representantes de ella, el modelo del tipo duro americano refleja una desconfianza ante las instituciones oficiales de defensa pública. A pesar de la existencia de periodistas o abogados, triunfan los detectives privados, a quienes recurren clientes que han dejado de creer en la policía y la justicia y que, en ocasiones, ocultan parte de la verdad en sus testimonios. Los temas como la corrupción de las instancias legales y la autoridad de las mafias subrayan los aspectos negativos de una sociedad caótica donde solo el enquêteur, héroe solitario heredero del cowboy del lejano Oeste (Vanoncini, 2002: 62), puede poner un poco de orden. Esta capacidad surge de su buen conocimiento del entorno sórdido en el que lleva a cabo su actividad. De hecho, según algunos autores, el tipo duro sería una suerte de réplica del asesino, invirtiendo de este modo la relación establecida en la novela de enigma, donde el criminal llegó a ser considerado el alter ego del investigador infalible, puesto que se trata de un personaje con la inteligencia necesaria para crear un enigma digno de captar la atención de este último. En palabras de Pierre Boileau y Thomas Narcejac, no solo escritores sino también críticos del género: Supposons un détective issu, à très peu près [sic], du même milieu que ceux qu’il va traquer, parlant comme eux, s’habillant comme eux, aussi brutal qu’eux, bref, un homme qui a choisi de vivre dangereusement pour un maigre salaire. […] Le policier devient un employé, un “privé”, et cesse d’être un amateur ou un fonctionnaire. […] Il doit aller sur le terrain, payer de sa personne, recevoir des coups et en donner. Le voilà à la limite de la légalité, en butte aux tracasseries de la police officielle, toujours prête à lui faire sauter sa licence. (1994: 75-76) De esta cita podemos extraer la idea de que el tipo duro cambia su método de resolución de enigmas. En efecto, como parte de la sociedad donde se desarrollan sus investigaciones, el enquêteur de la novela negra debe enfrentarse físicamente a sus oponentes. Al contrario de la “eminencia gris”, cuyo razonamiento puede llevarse a cabo desde una posición alejada de la acción –originando, de este modo, la popular figura del armchair detective–, los
Anales de Filología Francesa, n.º 20, 2012 LA FIGURA DEL ENQUÊTEUR EN LA NOVELA NEGRA BELGA ESCRITA POR MUJERES… 254 tipos duros salen a la calle y hacen todo aquello que consideran necesario para descubrir la verdad, de manera que “ils n’affrontent pas le crime comme un problème logique à résoudre dans une sphère close, mais comme l’expression d’une violence endémique dans un espace incontrôlable” (Vanoncini, 2002: 62). Sin embargo, esta circunstancia no significa necesariamente que el tipo duro abandone el razonamiento lógico ya que, según indican Boileau y Narcejac (1994: 76), el enigma sigue estando presente en la novela negra. En cualquier caso, su resolución va a abandonar la lógica hasta cierto punto abstracta de los enquêteurs al estilo del caballero Dupin de Edgar Allan Poe para materializarse en una investigación que involucra personalmente al detective. Este modelo de texto policiaco surgió en un contexto americano preciso, debido a unas circunstancias particulares (Deleuse, 1997: 56-57) que propiciaron la consolidación de una estructura social donde el crimen organizado controlaba las grandes urbes. Este marco favoreció el grado de veracidad exigido para la creación de las coordenadas espacio-temporales realistas propias del género policiaco. Es lógico, por lo tanto, que la novela negra no fuera inmediatamente bien recibida en el ámbito francófono, a diferencia de lo que sucedió con el modelo de enigma, configurado por los cuentos fundadores de Edgar Allan Poe (“The murders in the Rue Morgue”, 1841; “The mystery of Marie Roget”, 1842; “The Purloined Letter”, 1844). De hecho, entre los padres reconocidos por la crítica figuran los franceses Émile Gaboriau y Gaston Leroux. Sin embargo, en lo referente a la novela negra, el contexto francófono del periodo de entreguerras –especialmente en lo relativo al ámbito europeo– no parecía favorecer este tipo de crímenes sórdidos cometidos en el seno de una sociedad gobernada por instituciones corruptas y organizaciones ilegales. Éste es uno de los principales motivos que llevaron a los primeros autores de novela negra francesa a contextualizar sus historias en ambientes americanos, a semejanza de los modelos precursores de grandes escritores como Dashiell Hammett y Raymond Chandler. Además de los temas y ambientes tratados, la influencia americana en la novela negra francófona se hará patente en la elección de pseudónimos con ecos anglosajones, circunstancia que ilustran los numerosos ejemplos de esta circunstancia de entre los cuales destacamos a Vernon Sullivan (Boris Vian) y Terry Stewart (Serge-Marie Arcouet). En 1943 aparece uno de los primeros detectives privados franceses, Nestor Burma, de la pluma de Léo Malet. A partir de entonces, en paralelo al desarrollo de la novela negra francófona ambientada en América, se observa la tendencia a explorar las especificidades de las circunstancias francesas, según señala Schweighaeuser: “Il ne s’agira pas de décrire les méfaits –les hauts faits?– de la Mafia ou du Syndicat du crime, mais de faire connaître aux ‘caves’ une partie des secrets du milieu” (Schweighaeuser, 1984: 35). Esta exploración del contexto francófono desemboca en lo que, hacia finales de la década de los 60, Jean-Patrick Manchette denominó “polar”, forma literaria definida como “roman noir violent” (Lits, 1993: 63). Según señala Marc Lits, esta evolución del género policiaco en Francia significa la
Anales de Filología Francesa, n.º 20, 2012 EVA ROBUSTILLO BAyÓN 255 integración de las características de la novela negra en la realidad francesa de la época. El interés se centra en las denuncias sociales, destacando, por ejemplo, los ambientes marginales y especialmente violentos. A pesar de la fuerza inicial de este movimiento, parece ser que, a finales de los años ochenta, descendió el interés por este tipo de novela negra entre cuyos representantes más significativos encontramos al citado Manchette, A.D.G. o Jean Amila –de quienes es preciso señalar que no se dedicaron exclusivamente a escribir “polars” y que eran ya escritores conocidos en los sesenta–. En palabras de Lits, “on ne peut donc plus parler du mouvement du ‘néo-polar’ comme d’une réalité vivante” (Lits, 1993: 64). Entre las razones apuntadas para justificar este desinterés por el “néo-polar”, Schweighaeuser destaca que el movimiento se vio perjudicado por su propio éxito, visible en la multiplicación de las colecciones y el consiguiente “côté néfaste qui est tout simplement la baisse de la qualité entraînant fatalement la lassitude du lecteur” (Schweighaeuser, 1984: 89-90). En cualquier caso, un elemento clave en la aceptación y la consolidación del subgénero en Francia radica en la aparición de las colecciones especializadas. Del mismo modo que “Le Masque” se convierte en el referente de la novela de enigma, la “Série Noire” de Gallimard eclipsará a las numerosas colecciones que, desde los años treinta del pasado siglo, difunden la novela negra en el ámbito francófono europeo. Dirigida por Marcel Duhamel, la “Série Noire” comienza su andadura literaria en 1945 con la publicación de traducciones de textos anglosajones. Su éxito le ha permitido ser una de las colecciones más estables dentro del panorama literario del género policiaco, como demuestra el hecho de que, aun hoy, se la considera una de las referencias de esta literatura. Al observar los nombres de los autores, llama la atención la escasez de autoras en la larga lista de escritores publicados en la “Série Noire”. De hecho, habrá que esperar hasta 1971 para encontrar B comme Baptiste, de Janine Oriano (pseudónimo de la escritora Janine Boissard) que, según Schweighaeuser (1984: 64), es la primera escritora francesa cuyos textos aparecen en esta colección. Esta ausencia se justificaría, entre otros motivos, por la vinculación de la literatura policiaca, en general, y la novela negra, en particular, a un universo que refleja los valores patriarcales de una sociedad regida por la autoridad masculina. De este modo, desde un punto de vista social, se considera tradicionalmente al público femenino poco propenso a este tipo de lecturas. En esta línea, aunque Lemonde señala en 1984 que “les habitudes de lecture des femmes, en ce qui concerne le roman policier, nous sont effectivement assez peu connues” (Lemonde, 1984: 27), la autora expone la percepción general sobre el gusto literario de las mujeres: “Les femmes, cantonnées dans la lecture du roman léger et rose, apprécient Agatha Christie ou d’autres auteurs de roman-problème. […] Les romans noirs, les romans d’espionnage ou des romans-suspense plus exigeants rebutent davantage les femmes” (Lemonde, 1984: 27). Puesto que, en Francia, las novelas de Agatha Christie comenzaron a publicarse en “Le Masque”, colección especializada en la novela de enigma, pronto se conso-
Anales de Filología Francesa, n.º 20, 2012 LA FIGURA DEL ENQUÊTEUR EN LA NOVELA NEGRA BELGA ESCRITA POR MUJERES… 256 lidó la idea de que las lectoras preferían este tipo de textos policiacos en detrimento de otras tendencias dentro del género, principalmente la novela negra, cuya violencia desagradaría a las mujeres. La aceptación por parte de los editores de “Le Masque” de manuscritos de escritoras anglosajonas y francesas que cultivaron este subgénero reforzó la asociación de los conceptos de “público femenino” y “novela de enigma”. Sin embargo, la tendencia de las tres últimas décadas apunta a un crecimiento en el número no solo de escritoras de novela negra sino también de lectoras de este tipo de textos. Por otra parte, en su calidad de tendencia más conservadora en lo que respecta a la transmisión de valores masculinos, la novela negra ha constituido un objeto de estudio privilegiado por la crítica feminista anglosajona a partir de los años ochenta. En esta década comienzan a publicar sus textos escritoras americanas de éxito como Sara Paretsky y Sue Grafton. Cabe señalar que la crítica feminista ha prestado especial atención a las enquêtrices protagonistas, personajes fuertes e independientes que retoman los modelos heredados para subvertir, según algunas investigaciones (Reddy, 1988), las normas convencionales del género, punto sobre el que no toda la crítica feminista está de acuerdo (Berglund, 2000). Sea como fuere, la producción de la novela negra firmada por las autoras anglosajonas y el éxito obtenido supusieron un paso importante en la incorporación de las escritoras francófonas a este mercado, aunque no gozaron de la misma repercusión que las primeras. En efecto, mientras que en otros países el interés por la literatura policiaca escrita por mujeres comienza en la década de los ochenta, en el ámbito francófono se observa un retraso con respecto a esta tendencia: It seems that French women were doubly disadvantaged: when it came to writing about French crime fiction, women writers were overlooked in favour of men; when the subject was women’s crime fiction, the French were overlooked in favour of English and American writers. (Barfoot, 2007: 40) Doblemente perjudicadas, las escritoras francófonas de literatura policiaca tuvieron poca presencia en el panorama literario hasta la década de los noventa, época especialmente propicia para la difusión del género gracias a las medidas de institucionalización adoptadas (organización de festivales, seminarios, congresos; creación de la “Bibliothèque des Littératures Policières” en París) y a la salida al mercado de colecciones que aceptaron manuscritos de escritoras noveles –una de las más importantes, a nuestro juicio, es “Chemins Nocturnes”, de Viviane Hamy, inaugurada precisamente en 1990–. En este contexto de renovación del género aparecen las dos autoras del panorama literario belga contemporáneo de las que trataremos a continuación: Pascale Fonteneau y Nadine Monfils. Pascale Fonteneau nace en Francia, pero a la edad de ocho años se instala con su familia en Bruselas, donde reside desde entonces. En esta ciudad estudia periodismo en la ULB (Université Libre de Bruxelles). Tras un periodo de prácticas en la sección de sucesos del pe-
Anales de Filología Francesa, n.º 20, 2012 EVA ROBUSTILLO BAyÓN 257 riódico La Meuse, trabaja como responsable de prensa del festival de cortometrajes “Média 10/10”. También en el terreno audiovisual, fue coordinadora del festival cinematográfico de la Región Valona. Su llegada a la “Série Noire”, colección que la situó en el panorama literario francófono, fue el fruto de trabajos previos alrededor de la literatura policiaca (cuentos y novelas cortas en diversas publicaciones, artículos de prensa, colaboraciones en la radio). Esta actividad favoreció su encuentro, a principios de los noventa, con el entonces director de la colección, Patrick Raynal, quien le comunicó la aceptación del manuscrito de Confidences sur l’escalier, novela a la que seguirían otros cuatro textos de la autora en la “Série Noire”. De hecho, Fonteneau fue una de las primeras mujeres publicadas en la célebre colección, junto con Nadine Monfils, que explica cómo el propio Patrick Raynal le propone enviarle un manuscrito tras haberle manifestado la necesidad de publicar textos de autoras francófonas contemporáneas (Borgers). Esta autora belga fue “professeur de morale” antes de dedicarse a la escritura. Su producción abarca diversos ámbitos: poesía, teatro, novela, cuentos y cómics. También participó como actriz en algunas de sus obras teatrales y dirigió la adaptación al cine de sus novelas Madame Édouard y Un Noël de chien. De entre sus más de cuarenta publicaciones, destacamos en su producción policiaca las dos novelas de la “Série Noire” de Gallimard, la serie de diez textos protagonizados por el comisario Léon, los Contes pour petites filles criminelles y un relato policiaco juvenil, Les fleurs brûlées, ambientado en la época de la Condesa de Brinvilliers. Las siete novelas publicadas hasta el momento en la “Série Noire” por estas dos autoras –cinco de Fonteneau y dos de Monfils– presentan una particularidad en lo que atañe al tratamiento del enquêteur que radica en que, a diferencia de las convenciones del género, no encontramos al mismo personaje protagonizando varios textos. La voluntad de ruptura con respecto al carácter serial tradicional de la literatura policiaca puede ser analizada desde la perspectiva de las innovaciones narrativas introducidas por estas dos autoras en sus relatos policiacos. Nos centraremos en este trabajo en las novedades que presenta la construcción de la figura arquetípica del investigador. Antes de proseguir con el análisis, queremos hacer hincapié en la importancia del enquêteur dentro del sistema de personajes de la literatura policiaca. yves Reuter apunta la existencia de una matriz abstracta que sirve de base para establecer las relaciones entre los personajes. En ella, el lector puede distinguir las tres “places” o “positions” principales (enquêteur, culpable y víctima) sin las cuales un texto no podría ser considerado como perteneciente al género: Je distinguerai tout d’abord un jeu de places (ou de positions) qui organise les formes du conflit et de la quête à l’œuvre dans tout récit. Très limité, c’est lui qui donnerait cet air de familiarité aux textes et à leurs résumés dans un genre considéré. Matrice abstraite, pré-construite ou re-construite, ce jeu de places programme l’écriture et la lecture. Dans le cas du suspense, on aurait ainsi: la Victime, l’Agresseur et le Quêteur. Ce triptyque détermine l’importance des personnages de chaque texte en fonction de leur représentativité et de leur degré de constance à cette place. Cela signifie conséquemment que tous les
Anales de Filología Francesa, n.º 20, 2012 LA FIGURA DEL ENQUÊTEUR EN LA NOVELA NEGRA BELGA ESCRITA POR MUJERES… 258 personnages y sont peu ou prou référés, que plusieurs d’entre eux peuvent tenir conjointement ou alternativement ces places mais que celles-ci ne peuvent être absentes, non occupées, ce que [sic] situerait le texte dans le cadre d’un autre genre. (Reuter, 1989: 160) De hecho, el sistema constituye un elemento más de repetición en los textos policiacos, sumándose a otros aspectos narrativos (estructura de la investigación) o paratextuales (colecciones) característicos del género. De entre estas tres posiciones, el enquêteur ocupa un lugar destacado en la historia de la literatura policiaca, por lo que cualquier innovación en el tratamiento de esta figura condiciona en cierto modo la percepción de la novela en su conjunto. Muestra de su especial relevancia es, como hemos señalado anteriormente, el hecho de que la crítica feminista anglosajona se haya centrado en su análisis para determinar la subversión de las convenciones del género por parte de las escritoras que comenzaron su producción policiaca en la década de los ochenta. En Une petite douceur meurtrière (1995) y Monsieur Émile (1998), Nadine Monfils pone al frente de las investigaciones orientadas a resolver los crímenes a dos comisarios cuyos nombres y descripciones significan un primer paso en la desmitificación de la figura por excelencia del género. En la primera novela, la imagen del comisario Krapaut responde a la idea contenida en la pronunciación de su apellido, aspecto sobre el que insiste el texto: “Petit et râblé, le teint verdâtre avec de gros yeux ronds; il portait bien son nom!” (Monfils, 1995: 38). La apariencia paródica y caricatural del personaje se completa con su ineficacia como encargado de la investigación. En efecto, Krapaut debe resolver un caso de desapariciones, para lo que se emplea a fondo siguiendo escrupulosamente el método policial. Procedimiento que solo conduce a la detención de un inocente, poniendo de manifiesto el fracaso de la lógica masculina, cuya presencia es indiscutible en la historia de la literatura policiaca. En el segundo texto, el comisario encargado de encontrar al culpable de los crímenes es Kamikaze, personaje igualmente connotado mediante el significado de su nombre, que apunta a un alguien de naturaleza irreflexiva –y, por lo tanto, contraria a la caracterización tradicional del enquêteur– y dispuesto a sacrificarse por su deber. El final de estos dos comisarios, asesinados durante el desarrollo de la investigación, redunda en la idea de su ineficacia como agentes de la ley. Como consecuencia de ello, ninguno de los dos ha conseguido restaurar el orden, de manera que no se respetan las convenciones del género. Este fracaso de la razón puede ser analizado, atendiendo a los años de publicación de las novelas (1995 y 1998), en relación al contexto posmoderno. De este modo, la “décomposition des grands Récits” (Lyotard, 1979: 31) y la pérdida de la confianza en la lógica positivista –cuyos métodos influyeron en la configuración del género policiaco– generarían, por un lado, esta visión pesimista de la razón en tanto que medio de conocimiento y ayudarían, por otro lado, a comprender la ineficacia de los enquêteurs de Monfils como un medio para deconstruir los modelos recibidos. La deslegitimación de los grandes discursos puede
Anales de Filología Francesa, n.º 20, 2012 EVA ROBUSTILLO BAyÓN 259 explicar igualmente el ataque a la institución policial que se observa en estos dos textos no solo a través de Kamikaze y Krapaut, sino también mediante la ridiculización de otros miembros del cuerpo. Sirva de ejemplo el agente Ledur, que no soporta la visión de la cabeza seccionada de su superior, el comisario Krapaut (Monfils, 1995: 114), en una escena de claro valor simbólico. Abordemos un último aspecto antes de tratar los enquêteurs de Fonteneau. La ridiculización del enquêteur iniciada con la descripción y la caracterización de los comisarios se completa con lo que podemos considerar la feminización de Kamikaze. Así, en el texto se insiste en la vergonzosa pasión “qu’il n’avait jamais osé avouer, même à son épouse: il adorait faire du crochet!” (Monfils, 1998: 62). La construcción irónica del personaje no nos impide percibir que el comisario solo es capaz de pensar, de reflexionar sobre los datos relativos al caso, si está dedicado a esta tarea vinculada tradicionalmente al ámbito doméstico y, por lo tanto, a la esfera de la mujer. De este modo, el lado femenino de Kamikaze –vergonzoso e inconfesable– le permite, paradójicamente, razonar y resolver el enigma, aunque éste permanezca en el terreno del misterio debido a que muere antes de poder comunicar su descubrimiento al resto de personajes. En cuanto a las novelas de Pascale Fonteneau, la supresión de la figura del enquêteur es aún más radical que en el caso de Nadine Monfils. En los textos de esta última, el lector puede encontrar un sistema de personajes que cumple a priori con las expectativas del género. De hecho, el asesinato de los comisarios indica que Monfils parte de un modelo acorde a las convenciones del género (enquêteur, víctima, culpable, testigos, sospechosos) para subvertirlo mediante la deslegitimación y la ridiculización de la figura por excelencia de la literatura policiaca. A diferencia de Monfils, Fonteneau no plantea necesariamente un sistema de personajes donde el lector pueda, por un lado, reconocer las tres figuras arquetípicas y, por otro, organizar la progresión del relato en torno a ellas. Si, según subrayan las palabras citadas de Reuter (1989: 160), es preciso que el lector atribuya la función de enquêteur a, al menos, un personaje, la tarea se presenta ardua en las cinco novelas de Fonteneau publicadas en la “Série Noire”. Comenzaremos el análisis con Otto, donde el título apunta en cierto modo a un posible enquêteur, e iremos avanzando hasta los casos más extremos de supresión de esta figura. Desde las primeras páginas de Otto (1997), Jean O. Ménard aparece como el personaje encargado de resolver un enigma relativo a sus orígenes familiares y, por lo tanto, puede desempeñar el papel del enquêteur, a pesar de que su comportamiento no se asemeja a ninguna de las figuras tradicionales de la historia del género. No obstante, apoya esta idea el paralelismo establecido a lo largo del texto entre la historia de Jean y el mito de Edipo. Similitud sugerida no solo por la misteriosa “O” de su segundo nombre –que podría remitir a Œdipe– sino también por las etapas del viaje iniciado tras interpretar de forma incorrecta una carta –al igual que sucede con el oráculo del rey tebano–. Este acercamiento entre las dos figuras,