En los barcos de la esperanza
Full text
D O S I E R AH ENERO 2014 30 No se nos escapa el paralelismo, al menos simbólico, entre los barcos que trasladaron a los refugiados de la diáspora republicana a América y los que protagonizaron el Descubrimiento. En todo caso, esta segunda conquista habría de ser diametralmente distinta. Así lo ponderaban los propios exiliados, en un intento de hacer olvidar viejos prejuicios que podían dificultar su acogida en los países de asilo. Por otra parte, aquellos refugiados tampoco parecían los inmigrantes de alpargata que habían “hecho las américas”. De eso presumían, hasta el extremo de convertir esa divergencia en factor esencial en la construcción de una identidad colectiva específica del exilio en América. Eso, a pesar de que el paso del tiempo y la distancia se encargaron de limar, hasta hacer invisibles para las sociedades de acogida, las diferencias entre los dos grupos. Más aún, tampoco sentían como propia aquella “Tercera España ” formada por intelectuales y diplomáticos a los que el golpe de julio sorprendió fuera del territorio o que decidieron marchar ante la evolución del conflicto; fenómeno muy importante en Argentina. Aquellos navíos iban rebosantes de gente agradecida, dispuesta a dar—trabajo y saber— y no a llevarse; agentes de la heroica España republicana, no madre, sino hermana de aquella América reconvertida en tierra de promisión. PECULIARIDADES. El exilio español en el Cono Sur estuvo dotado de cierta especificidad. En primer lugar, como sabemos, con anterioridad a la Guerra Civil existió en España una larga tradición migratoria hacia aquella región. Sólo en Buenos Aires vivían, en los años treinta del siglo XX, cerca de 50.000 andaluces. Esta cifra resulta poco significativa si la comparamos con el número de gallegos o de catalanes residentes en Argentina, incluso de vascos, si tomamos como referencia todo el Cono Sur. No obstante, sigue siendo superior al total de españoles que vivían en México, comprendidos los refugiados que se instalaron entre 1939 y 1942. Eso permite suponer que el atractivo de aquella zona como destino del exilio sería grande. No sólo por las imágenes de bienestar asociadas a la tradición migratoria, sino porque la presencia de una comunidad de origen en la región podía facilitar la vida del recién llegado. En segundo lugar, no fue este el primer exilio peninsular en el Cono Sur. En el siglo anterior Argentina y Chile habían sido ya refugio de liberales y republicanos españoles. Por otra parte, los republicanos de 1939 iban a compartir vicisitudes con grupos de desterrados centroeuropeos que llegaron incluso en los mismos barcos, generando un entramado de relaciones todavía insuficientemente estudiadas. Además, antes del desembarco de los republicanos, Argentina y Chile había recibido ya otros refugiados, en este caso del “bando nacional”. La llegada de estos a lugares como Valparaíso incrementó la tensión en el seno de la colonia española, entre los leales a la República y los afines a los sublevados, y fortaleció a los grupos conservadores que hicieron campaña a favor de los militares reWinnipeg y Masilia, pero también otros buques menos conocidos como Groix o Neptunia, tejen una letanía mítica en el imaginario colectivo del exilio. Conseguir un pasaje en aquellos barcos rumbo al Cono Sur permitía a los refugiados en Francia ahorrarse la experiencia traumática de la II Guerra Mundial, olvidar las penurias de los campos franceses y el miedo a las deportaciones en la zona ocupada. Además, evitaba el choque lingüístico y cultural y permitía soñar con el mito de la prosperidad americana. En los barcos de la esperanza Republicanos andaluces en el Cono Sur de América INMACULADA CORDERO OLIVERO UNIVERSIDAD DE SEVILLA EL EXILIO
D O S I E R AH ENERO 2014 31 beldes en el Cono Sur y en contra de conceder asilo a “los rojos”. Ciertamente, la guerra provocó una división en el seno de la colonia española, particularmente en Argentina, donde Falange se había hecho fuerte, se había creado una Sección Femenina e incluso habían aparecido grupos como los Legionarios Civiles de Franco, fundado por la andaluza Soledad Alonso de Drysdade. El mejor ejemplo de esa ruptura fue la fundación de El Rincón Familiar Andaluz de Buenos Aires en 1938, como contestación de una parte de la comunidad andaluza residente en la capital a la posición del Hogar Andaluz y a la activa labor propagandista que este desplegó a favor de los sublevados. En general, como en el resto del Cono Sur, lo que marcó el posicionamiento de la colonia fue su status social y económico. En Chile esa colonia, menos numerosa que la argentina y con una posición socioeconómica superior, se inclinó por el bando franquista. Pero, incluso así, no es menos cierto que una vez que los republicanos llegaron fueron los primeros, por afinidad patria, en ofrecerles trabajo y facilitar así su integración. Por otra parte, en aquellos barcos también navegaron algunas familias de republicanos que abandonaron el país antes de que finalizase la contienda. Eso nos obliga a adelantar la fecha de inicio de la diáspora hacia el Cono Sur al menos hasta 1938. Habríamos de alterar, además, la fecha final de este exilio y llevarla más allá del final de la II Guerra Mundial. Argentina, Chile y particularmente Uruguay, que experimentó un giro político progresista opuesto a lo que sucedía en los países limítrofes, se convirtieron en segundo destino para muchos exiliados afincados hasta entonces en otros países del continente. Estos movimientos interregionales no desaparecieron hasta iniciada la década de los 50. Finalmente, el registro de pasajeros de los barcos que llegan a Buenos Aires está lleno de andaluces que habían residido con anterioridad en Argentina, que habían embarcado en los puertos de Cádiz y de Barcelona, y cuyo oficio era el de labrador, “sus labores” en el caso de las mujeres. ¿Debemos considerarlos exiliados o emigrantes? Desde que se normaliza el transporte entre España y Argentina, después de la guerra, resulta muy difícil distinguir entre aquellos que huyeron por motivos políticos y los que lo hicieron de la miseria de la posguerra. Sólo es sencillo cuando el puerto de embarque era Marsella, Gibraltar, Lisboa o algún otro europeo o americano. URUGUAY. Lo cierto es que la movilización social a favor de los refugiados españoles en el Cono Sur no tuvo precedentes. La Federación de Organismos de Ayuda a los Refugiados y Exiliados (FOARE) argentina coordinaba cerca de quinientos comités solidarios con la República. La prensa de aquel país aseguraba que éste ocupaba la segunda posición mundial en volumen de ayuda a la España leal, superada sólo por Suecia. La prensa uruguaya, por su parte, atribuía a su país un lugar entre los diez primeros del mundo en ese ranking solidario. Sin embargo, frente a lo que ocurrió en México, en el Cono Sur el exilio español hubo de sortear infinidad de trabas impuestas por sus gobiernos. Los republicanos españoles llegaron en una coyuntura de crisis y cambios sustanciales en las políticas migratorias de aquellos países en sentido restrictivo. En A Chile se dirigió la única gran expedición que desembarcó en el Cono Sur: la del Winnipeg, el barco fletado por Pablo Neruda. En la imagen, niños en la cubierta de ese navío. Archivo fotográfico de la Biblioteca Nacional de Chile.
D O S I E R AH ENERO 2014 32 Uruguay, el gobierno conservador de Gabriel Terra, que estaba recibiendo una importante inyección de inversión alemana para la construcción de infraestructuras, había roto tempranamente con la República, con el pretexto del asesinato de las hermanas del cónsul en 1936. En diciembre de 1937 reconoció de facto al gobierno de Burgos, a pesar de su opinión pública y con la oposición, incluso, del partido de orientación católica Union Cívica. Su sucesor, sin embargo, Alfredo Baldomir, hijo de inmigrantes españoles, dio un vuelco a esa política en 1942. La denominada “Suiza de América” resultó polo de atracción para los exiliados del propio Cono Sur, toda vez que en Argentina las posibilidades de acción de los republicanos fueron cada vez más reducidas. En total aquel país llegó a acoger 2.000 españoles. Nombres como los de Margarita Xirgú, José Bergamín, Benito Milla, Francisco Contreras Pazo, el poeta y narrador Cristóbal Deber Otero y José Carmona Blanco dieron visibilidad al exilio español en Uruguay, sobre todo en la segunda mitad de los años 50. Esa nómina no incluyó muchos andaluces, pero si algunos conocidos: el escritor José Mora Guarnido, nacido en Alhama, o Braulio Sánchez Sáez, también granadino, quien, desde el Ministerio de Instrucción Pública, había participado en el gabinete de relaciones con Hispanoamérica y pasó sus días de exilio entre Uruguay y Argentina. CHILE. La evolución política de Chile fue opuesta a la de Uruguay. Hasta 1938 el gobierno de Alessandri no logró disimular su preferencia por los sublevados. El éxito del Frente Popular aquel año y el ascenso a la presidencia de Aguirre Cerda dieron un giro a la posición del país frente a la Guerra Civil española. No obstante, el triunfo de la izquierda llegaba en un momento en que la crisis económica de una parte y una catástrofe natural, el terremoto de Chillán, copaban el interés de una opinión pública temerosa tanto del contacto ideológico y de la desestabilización que la llegada de los refugiados españoles, supuestos agentes revolucionarios del Komintern en América Latina, podría provocar en el país, como de la competencia que supondrían en el mercado de trabajo. Así las cosas, para el joven gobierno frentepopulista resultaba arriesga- ■“En París había un negocio de venta de visaciones, podías ir a la Coupole o al Dôme o a Deux Magots. Los judíos y los republicanos españoles éramos en aquel momento dos colonias importantes de gente exiliada... Ibas allí y te daban una lista a máquina de precios, por ejemplo, Paraguay 20.000 francos, Paraguay con visa de tránsito por Argentina 30.000 francos, Argentina imposible directamente, no tenía precio... No pude conseguir visado directo para acá, no hubo manera... Los mismos consulados averiguaban cuánto cobraba un cónsul por el visado y de ésto se había hecho ya una lista, no estaba encubierto, eran los mismos del consulado los que la vendían. (…) Argentina figuraba alto en las preferencias de los exiliados. Se consideraba que era el país más adelantado, el país más europeo, por decirlo de alguna manera. Seguramente por la ciudad, Buenos Aires es el símbolo de la Argentina. Mira los argentinos en mi época, en mi juventud en España, y en Europa eran todos millonarios…”. Testimonio recogido por Dora Schwarzstein. “El exilio andaluz en la Argentina”, en VI Jornadas de Andalucía y América , tomo II, Escuela de Estudios HispanoAmericanos (EEHA). Sevilla, 1987, pp. 173-195. La partida… Familiares trataban de facilitar la llegada de los exiliados a través de “cartas de llamada”.
D O S I E R AH ENERO 2014 33 do comprometerse con la República. Con todo, a Chile se dirigió la única gran expedición que desembarcó en el Cono Sur: el Winnipeg de Pablo Neruda. Desde Francia, Neruda organizó la evacuación sorteando infinidad de dificultades. En primer lugar había de cumplir el compromiso con el gobierno que representaba: seleccionar a pescadores, agricultores o obreros metalúrgicos, profesiones de las que Chile era deficitaria, preferentemente de origen vasco o catalán, inmigrantes con fama de trabajadores y honrados, expresamente se excluía a los mineros asturianos, a los que se presumía muy activos políticamente, y a los andaluces con fama de indolencia ante la opinión pública chilena. A todos se les exigía, además, el compromiso de no inmiscuirse en la política del país so peligro de expulsión. Explícitamente se recomendó no incluir en el grupo ni intelectuales, ni profesiones liberales que pudiesen hacer la competencia a los autóctonos. Si innumerables fueron las trabas, tampoco se lo puso fácil el reconocimiento del gobierno de Franco por Santiago el 7 de abril de 1939, ni las crecientes críticas por parte de los principales diarios chilenos. Finalmente, en el Winnipeg llegaron 2.000 republicanos, el resto, hasta unos 3.500, llegaron de forma casi individual, por barco o por tierra, desde Argentina. En Chile encontró asilo el sevillano Darío Carmona, quien ayudo a Neruda a organizar su expedición. José y Joaquín Machado malvivieron en Santiago dos décadas, ayudados por los cuáqueros y por otros exiliados. Francisco Soler, almeriense de Garrucha, se integró en el claustro de la Universidad Católica de Valparaíso. Antonio Aparicio había nacido en Sevilla y vivió, como buena parte de los intelectuales que arribaron al Cono Sur, un exilio “en tránsito” entre Chile, Londres y Caracas, donde fue colaborador de El Nacional y falleció en 2000. El malagueño José Ricardo Morales, dramaturgo, director de teatro y profesor universitario, llegó a Chile abordo del Winnipeg y allí obtuvo el título de profesor de historia y geografía en 1942. También se instalaron en este pais dos políticos que habían sido diputados por Málaga: Federico Casamayor Toscano, oriundo de Vélez Málaga, quien participó en las reuniones de Cortes en México y fundó en su país de asilo el Hotel Español de los Andes y el farmacéutico Francisco Saval Morris, nacido en Guarromán, que llegó con la ayuda de la masonería francesa e hizo fortuna en la industria farmacéutica. ARGENTINA. En octubre de 1936 se aprobó en Argentina un decreto que pretendía limitar el ingreso de inmigrantes clandestinos a través de los estados vecinos, así como de “toda persona que constituyera un peligro para la salud física y moral de la población o conspirara contra la estabilidad de las instituciones creadas por la constitución nacional”. En 1938 el Ministerio de Asuntos Exteriores dio instrucciones a su servicio consular para endurecer los requisitos de entrada en el país y aumentar el control del que se encargaba la Dirección de Migraciones. Da la impresión que esas instrucciones iban dirigidas a evitar una llegada masiva de republicanos españoles. Ahora bien, no todos recibieron idéntico trato. El apoyo de la colonia vasca y de altas personalidades de la vida pública y política del país, así como de la prensa nacional, permitió que otros dos decretos abriesen excepcionalmente las fronteras a aquella inmigración en 1940. En definitiva, fueron muy pocos los refugiados españoles que acogió Argentina legalmente: sólo aquellos que, por contacto familiar o por pertenecer a la elite intelectual del exilio, entraron en el país tras un largo periplo personal, siempre de forma individual y sin ningún tipo de apoyo oficial, todo lo contrario; usando métodos ilegales, llegando como turistas a los que un contrato de trabajo permitía regularizar la situación, en otras ocasiones se compraban las visas a través de los consulados de otros países americanos en Europa —Chile, Bolivia, Paraguay, Brasil—. Más aventurado resultaba intentar el ingreso ilegal a través de las fronteras vecinas. En el mejor de los casos, familiares o amigos conseguían atraerlos usando “cartas de llamada”. En ningún momento nos encontramos con expediciones organizadas como la del Winnipeg , mucho menos como las de México. En alguna ocasión arribaron al puerto de Buenos Aires un contingente de españoles, por ejemplo, los embarcados en el Masilia rumbo a Chile, a Bolivia y a Paraguay, que iban perseguidos por submarinos alemanes. Sólo la labor del Neruda argentino, el director del diario Crítica , Natalio Botana, permitió que el gobierno aceptara una parte de los 147 tripulantes del barco. Pero en total Argentina no recibió más de 2.500 refugiados, de los cuales 1.400 eran de origen vasco. La reconstrucción de la vivencia del exilio y sus consecuencias en la trayectoria vital y creativa de los grandes nombres del exilio andaluz en Argentina ha sido ya estudiada. Pero junto a Francisco Ayala, Rafael Alberti, Niceto Alcalá-Zamora y Manuel de FaLos andaluces crearon y sostuvieron centros regionales que constituían espacios identitarios y de ayuda. A todos los refugiados que llegaron a Chile a bordo del barco que fletó Pablo Neruda, el Gobierno les exigió el compromiso expreso de no inmiscuirse en la política del país so amenaza de expulsión
D O S I E R AH ENERO 2014 34 lla, que falleció en su exilio argentino en 1946, llegaron otros políticos, escritores, médicos y profesores. El sevillano Luciano Sánchez Fernández de la Vega se quedó estudiando en España después de que su padre marchase al exilio, más tarde se trasladó a Argentina, donde se graduó en medicina del trabajo y ejerció como profesor de psicopatología en la Universidad Mendoza. El abogado y político sevillano Manuel Blasco Garzón, además de presidente del Ateneo, del Aero Club, de la Federación Andaluza de Fútbol y Director de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, desempeñó las funciones de Cónsul General de España; finalizada la guerra, fue nombrado representante del gobierno en el exilio en Argentina, donde murió en 1954. También se afincó en Buenos Aires en 1951 Juan M. Cabrillana, dramaturgo nacido en Cuevas Bajas (Málaga). El político cordobés Federico Fernández de Castillejo desembarcó con su familia en enero de 1938; había embarcado en Cherburgo, los suyos en Lisboa, para terminar reunificando la familia en Buenos Aires. El escritor y periodista sevillano Juan González Olmedilla, redactor de la publicación periódica Crítica de Buenos Aires, formó parte también de esa nómina. Mucho más convulso fue el exilio del artista malagueño Miguel de Molina, quien llegó al país en 1942 para ser expulsado un año después, teniendo que refugiarse en México hasta 1946. En 1993 falleció en Buenos Aires. Sobrevivió y creó cultura española e hispanoamericana desde Argentina el escritor comunista onubense Luis F. Pérez Infante, quien se embarcó en 1939 enfermo en el Formosa . De Chile pasó a Argentina y de allí a Montevideo en 1946, donde vivió hasta su fallecimiento en 1968. ¿Cabe mejor ejemplo de exilado “en tránsito” en el Cono Sur que éste? El editor José Venegas había nacido en Linares en 1899, como a otros intelectuales y profesionales la Guerra Civil le sorprendió en Buenos Aires, allí se afincó para cumplir una función solidaria insustituible como puente para los exiliados que deseaban llegar a Argentina, hasta su muerte en 1948. Un exilio peculiar fue el de Salvador Valverde, poeta, narrador, guionista y periodista, que había nacido en Buenos Aires. En su niñez se había trasladado con su familia a Sevilla, donde compuso coplas tan populares como Ojos verdes o María de la O . Al estallar la Guerra Civil viajó a Francia y a Buenos Aires en 1939, donde pudo entrar con la facilidad que le procuraba su nacionalidad de origen. EXILIO DE LOS INVISIBLES .De acuerdo con las fichas del registro de la representación española en Argentina, llegaron al país 2.500 españoles exiliados. De ellos 18,1% serían catalanes, mientras que el porcentaje de andaluces se situaba por debajo del 8%. Ciertamente, la presencia de andaluces en el exilio del Cono Sur no fue abundante. Sobre todo, su visibilidad como colectivo fue escasa en la sociedad de acogida si la comparamos con la que lograron otras colectividades: los gallegos por tradición, los vascos en virtud del acuerdo de 1940. Al margen de los grandes nombres, a los que se identificó como exilio español pero no específicamente andaluz, el exilio de nuestra comunidad en el Cono Sur pasó desapercibido por ser “gente corriente” y por ser andaluces en aquella América. La lista de pasajeros que arriban al puerto de Buenos Aires nos indica, sin embargo, que entre 1936 y 1940 llegaron un total de 10.625 españoles, de ellos 488 eran andaluces, menos de un 5% del total. Los catalanes fueron el 12,6% y los gallegos el 35,5%. Entre 1941 y 1950 el porcentaje respecto a los españoles osciló entre el 3,4% de 1943 y el 8,9% de 1949. Los gallegos suponían un 41,9% del total y los catalanes sólo un 7,2%. En total en esta década llegaron 10.536 andaluces, pero en su mayoría no podemos considerarlos exiliados. Exilio y emigración económica viajaron juntos. Como señalamos, sólo un puerto de origen no español nos serviría metodológicamente para distinguirlos. Sin embargo, eso nos obligaría a dejar fuera a las mujeres, solas o con hijos, que embarcaron en Cádiz o Barcelona para lograr la reunificación familiar después de que su pareja hubiese vivido el exilio francés. Si atendemos al origen provincial se observa un claro predominio de la Andalucía oriental, Málaga y, sobre todo, Almería. Si a la propia dinámica de la guerra sumamos la tradición migratoria hacia el Cono Sur que existía en aquella provincia, se entiende perfectamente el peso de los almerienses en un exilio en el que las “cartas de llamada” y los contactos resultaron clave para sortear los obstáculos oficiales. Sevilla, Granada, Cádiz y Córdoba aportaron un contingente menor al exilio andaluz, muy por debajo quedaban Jaén y Huelva. Llama poderosamente la atención la presencia de mujeres en esas listas de recepción El Winnipeg luce una gran pintura del presidente chileno Pedro Aguirre Cerda. Archivo fotográfico de la Biblioteca Nacional de Chile.
D O S I E R AH ENERO 2014 35 en puerto. Entre 1936 y 1940 llegaron a superar el número de hombres y la mayoría de esas mujeres se situaba en una media de edad superior a los hombres, tal vez porque el número de viudas mayores es importante. La práctica totalidad de las mismas declaraba ser ama de casa. Un 56,2% de los varones se dedicaba al sector servicios y sólo un 9,9% a la agricultura. La mitad de ellos podían ser calificados como trabajadores no cualificados, un 23,6% cualificados y un 22,7% profesionales: profesores, artistas y escritores de Sevilla, Granada y Cádiz fundamentalmente. Como apuntamos, muchos de esos andaluces llegaron desde puertos franceses, La Palliece o Burdeos, en su mayoría hombres. Pero también los hubo, más que en otras comunidades, que se embarcaron en Brasil, los puertos de Rio o Santos, Gibraltar o Lisboa, en este caso básicamente mujeres. POR QUÉ FUERON POCOS. Al margen de esas apreciaciones, la pregunta continúa siendo por qué había tan pocos andaluces en aquellos barcos. El porcentaje respecto a los españoles no alcanzó en Argentina la cifra del 10% de andaluces que tradicionalmente habíamos aceptado para el exilio americano. Se nos ocurre que la respuesta estaría más que en el coste del viaje, en las limitaciones impuestas por los gobiernos del Cono Sur que ya hemos comentado, la pérdida de la tradición migratoria andaluza hacia la región, frente a otros destinos como Cuba o Brasil, incluso, y la ausencia de un entramado institucional de ayuda, como los hubo en los casos gallego y vasco, que funcionase como órgano de presión y como mecanismo “conseguidor” para facilitar la entrada. En definitiva, la falta de una colonia andaluza potente, en número e influencia, en unas sociedades en las que la imagen del andaluz distaba mucho de la visión netamente positiva que se tenía de otros españoles: los vascos, por ejemplo. A pesar de todo, los andaluces crearon y sostuvieron en esos años centros regionales que constituían espacios de autodefensa de la identidad de origen, vehículos de inmersión en el mundo laboral y ámbitos donde eran satisfechas buena parte de las necesidades sanitarias, de instrucción o de ocio. En Uruguay existió una Peña Andaluza que actuó en la línea del Centro Republicano Español. Lo mismo que en Chile, donde existió un grupo coherente de andaluces funcionando bajo el paraguas general de la Casa de España. En Argentina se fundaron dos centros andaluces: el Rincón Familiar Andaluz y el Hogar Andaluz. ¿Cuál es entonces la causa de esa aparente invisibilidad de los andaluces en las sociedades de acogida? Evidentemente la andaluza es una comunidad cuyo volumen en el Cono Sur era muy inferior a la gallega, pero no tan diferente a las comunidades catalana o vasca. La explicación está en factores de índole cualitativa: la fuerza del localismo, que podemos apreciar en la constitución de una asociación específicamente almeriense en Buenos Aires, en 1941, o el menor éxito económico de la inmigración andaluza en el Cono Sur. Podemos apelar también al mito de la sociabilidad andaluza, tomando como referencia las reflexiones del exiliado jienense Manuel Andújar sobre la esencia andaluza mestiza, no excluyente sino aglutinante, la versatilidad del andaluz y su capacidad de adaptación; algo que les permitiría integrarse más fácilmente en América y pasar desapercibidos. Finalmente, podemos invocar a la identificación de la patria española con la patria andaluza que hacia el sevillano Blasco Garzón, exiliado en Argentina, en el epílogo de sus Evocaciones Andaluzas . RECIPROCIDAD. Para terminar, nos queda por comentar un rasgo peculiarísimo del exilio español en el Cono Sur. El exilio de 1939 en esa región tuvo su reciprocidad en la década de los 70 y 80. Con el tiempo, la memoria del exilio fue quedando como memoria individual o grupal, inmune al olvido porque daba sentido e identidad al exiliado y al grupo. No obstante, en general, esa memoria fue desapareciendo de las sociedades de acogida. En Argentina la eclipsó la llegada masiva de inmigrantes españoles desde 1948, a raíz del acuerdo Franco–Perón. En Uruguay o Chile lo hizo la evolución política interna. Sin embargo, en los años 70 y 80 las dictaduras del Cono Sur generaron su propio exilio con destino Europa, América o la propia España. Eso derivó en un doble fenómeno: la recuperación del interés por el exilio español al hilo del suyo y el “segundo exilio” para algunos españoles en el Cono Sur comprometidos en la lucha contra aquellas dictaduras. En un bucle de la historia, en los años 70 encontramos al exilio español socorriendo al chileno. Las mujeres del exilio en México recogían alimentos que entregaban dos veces a la semana a las familias chilenas. El Colegio Madrid les ofreció becas de estudio y abrió sus puertas para que en sus aulas se formase una generación de jóvenes latinoamericanos (españoles-mexicanos-chilenos). Los refugiados españoles les brindaron, sobre todo, la experiencia que procuraban tres décadas de exilio resumidas en un consejo: “deshaz rápidamente tu maleta, nosotros nos demoramos 5, 8 ó 10 años en deshacerlas. La tuvimos debajo de la cama y fue un tiempo perdido…”. ■ Más información ■Schwarzstein, Dora Entre Franco y Perón: memoria e identidad del exilio republicano español en Argentina. Crítica. Barcelona, 2001. ■Romero Largo, L.; Suárez González, M. y Martínez Barreiro, R. Una historia del exilio español en Uruguay (1814-1978). Endymión. Madrid, 2009. ■Ferrer Mir, Jaime Los españoles del Winnipeg. Cal y Sogas. Santiago de Chile, 1989. ■Pla Brugat, Dolores (coord.) Pan, trabajo y hogar. El exilio republicano español en América Latina. Instituto Nacional de Migración, Centro de Estudios Migratorios, Instituto Nacional de Antropología e Historia. México, 2007. Las dictaduras del Cono Sur generaron su propio exilio, lo que derivó en un doble fenómeno: un nuevo interés por el exilio español y el “segundo exilio” para los españoles que lucharon entonces contra esas dictaduras