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La cultura escrita en el Mundo Atlántico colonial: Brasil y América del norte. Claves historiográficas, retos y perspectivas

González Sánchez, Carlos Alberto

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Revista de Indias, 2013, vol. LXXIII, n.º 259 Págs. 633-662, ISSN: 0034-8341 doi:10.3989/revindias.2013.21 La cultura escrita en el Mundo Atlántico colonial: Brasil y América del norte. Claves historiográficas, retos y perspectivas 1 por Carlos Alberto González Sánchez Universidad de Sevilla Este artículo pretende hacer una valoración crítica de la investigación sobre la cultura escrita de Brasil y Norteamérica coloniales, con el fin de plantear un balance historiográfico que nos permita una perspectiva comparativa con los estudios realizados sobre el resto del continente americano. En última instancia, intenta ofrecer unas nuevas perspectivas de estudio fundamentadas en la necesidad de una historia común de las Américas, que puedan superar los tópicos y concepciones dispares que deforman la historia del Mundo Atlántico. PALABRAS CLAVE: cultura escrita; historiografía; mundo atlántico; Brasil; Norteamérica. INTRODUCCIÓN Desde los años ochenta del siglo XX, la historiografía sobre la cultura grafica (libros, escritos, lecturas e imágenes) del Mundo Atlántico de la era colonial está alcanzando, siquiera en cantidad, unas cotas dignas de interés; en buena medida gracias al auge que, a la vez, venía experimentando la denominada «nueva historia cultural». Por ello decido ahora prestarle atención, no pretendiendo un exhaustivo estado de la cuestión, inviable en el espacio disponible, pero sí planteando unas reflexiones cualitativas en torno a las 1 Este trabajo se inscribe dentro del Proyecto I+D+I Inquisición, cultura y vida cotidiana en el Mundo Hispánico (siglos XVI-XVIII), Ref. HAR2011-27021, del Ministerio de Economía y Competitividad. 634 CARLOS ALBERTO GONZÁLEZ SÁNCHEZ Revista de Indias, 2013, vol. LXXIII, n.º 259, 633-662, ISSN: 0034-8341 doi:10.3989/revindias.2013.21 perspectivas de estudio existentes, sus ejes metodológicos, interpretaciones, resultados y retos pendientes. Una empresa colmada de dificultades, dado lo variopinto de las áreas geográficas y las distintas experiencias históricas que abarca el denominado Mundo Atlántico; un nudo gordiano en el que confluyen las colonias de España, Portugal, Gran Bretaña y, en menor medida, Francia y Holanda. Una empresa que pretende analizar, en última instancia, el impacto de la cultura occidental en las civilizaciones autóctonas del Nuevo Continente y el acervo que aportó la población africana allí trasplantada a la fuerza. Todo un maná de relaciones, contactos e intercambios culturales, con un desarrollo propio, donde, a mi modo de ver, resalta más una simbiótica diversidad y el mestizaje de trayectorias coloniales similares, que los particularismos, disparidades y divergencias auspiciadas en determinados enfoques historiográficos. Ya sea el de una actitud intelectual, eurocéntrica, demasiado atenta al complejo y estricto aparato jurídico-institucional de dominio que emplearon las metrópolis; o el de las visiones nacionalistas y ensimismadas que desfiguran la verdadera esencia intercultural de las repúblicas que nacieron tras el proceso independentista del siglo XIX. Más, el protagonismo de la norma, certera en aquella realidad, con frecuencia, y por no reportar su cumplimiento beneficio o utilidad alguna, fue asiduo objeto de múltiples transgresiones en la vida cotidiana 2 . Estos novedosos posicionamientos se están saldando con valiosas investigaciones que van más allá del análisis aislado de referentes locales, regionales o nacionales, o sea, desconectados del ámbito global-cultural en el que estaban inmersos y desarrollaron su historia 3 . La superación de estas supuestas y artificiales fronteras ideológicas, además de interesadas, es una de las premisas de una diferente historiografía del Mundo Atlántico que no pocos ya estamos reivindicando y confeccionando, al arrimo de una perspectiva transnacional y del método comparativo. Estos dos flancos nos pueden situar ante la genuina constitución de los fundamentos de aquel fenómeno histórico. Un buen acicate de estos propósitos son, desde tiempo atrás, los reclamos de John Elliott –quien me sugirió la idea de este artículo– sabiamente materializados en su monumental Imperios del Mundo Atlántico, un obra concebida según los postulados, una historia común de América, que estoy desplegando y subyacen en el cometido de estas páginas. De ahí que otorgue un especial relieve a la historiografía sobre la cultura escrita, desde la segunda mitad del siglo XX hasta hoy, de Brasil y de los Estados Unidos, con 2 Véase Lafaye, 1990: 229-261. 3 Este contexto historiográfico es analizado por Bailyn, 2005. Suárez, 56 (Charlottesvilla, 2003-2004). González Sánchez, 2008. LA CULTURA ESCRITA EN EL MUNDO ATLÁNTICO COLONIAL: BRASIL Y AMÉRICA DEL NORTE 635 Revista de Indias, 2013, vol. LXXIII, n.º 259, 633-662, ISSN: 0034-8341 doi:10.3989/revindias.2013.21 el fin de compararla con la de los países hispanoamericanos; ya que junto con Brasil y Estados Unidos conforman los tres grandes contextos coloniales del Mundo Atlántico. Si bien del imperio español, antes que un preciso escrutinio de la investigación en cierne, voy a destacar una serie de hitos explícitos de la problemática en estudio; pues, a diferencia de los territorios portugueses y británicos, los españoles disponen de recientes estados de la cuestión y, en general, de un mejor conocimiento 4 . 1. BRASIL En Brasil la historiografía sobre la cultura escrita de la era colonial, al igual que del resto del Mundo Atlántico, ha venido centrando su atención en la historia del libro, un campo de estudio que, hasta no hace mucho, estuvo casi monopolizado por bibliógrafos y bibliófilos. A ellos, como consecuencia de una especial preocupación por las fuentes, debemos unos repertorios y recopilaciones de sumo valor y que están en el punto de partida de las investigaciones posteriores, aunque con unos fines distantes a los de la nueva historia cultural de hoy. Progresivamente, y por móviles diversos, la temática fue atrayendo a investigadores interesados en hacer del libro un elemento de la vida cotidiana, sirviéndose para ello de la documentación notarial, sobre todo de inventarios post mortem, tradicionalmente la fuente por antonomasia de la historia del libro, de su circulación y posesión. Una aportación pionera al respecto, aunque puntual, fue la de Alcântara Machado en torno al perfil cultural de los bandeirantes, realizada con los libros presentes en los inventarios de bienes del Archivo del Estado de Sâo Paulo, que manejó en la elaboración de un capítulo específico de su obra Vida e morte do bandeirante (Sâo Paulo, 1929) 5 . A partir de los años cuarenta del siglo XX, con discreción, va aumentando la nómina de los interesados en el libro del Brasil colonial. Entre ellos cabe destacar a Carlos Rizzini (1946) y su trabajo O livro, o Jornal e a Tipografia no Brasil (1500-1822) 6 , en el que aborda factores fundamentales de los medios de comunicación propios del libro y la prensa periódica: la censura, la educación, las academias literarias o los lectores. En este estudio predomina 4 Mencionar a Rueda Ramírez, 2005. Thomas y Stols, 2009. García Aguilar y Rueda Ramírez, 2010. González Sánchez, 2011. 5 Machado, 1980. En esta nota y en las restantes citamos las ediciones más recientes de las obras mencionadas. 6 Rizzini, 1988. 636 CARLOS ALBERTO GONZÁLEZ SÁNCHEZ Revista de Indias, 2013, vol. LXXIII, n.º 259, 633-662, ISSN: 0034-8341 doi:10.3989/revindias.2013.21 el análisis de los contenidos de librerías y bibliotecas, tanto privadas como institucionales, casi siempre para ponerlos en relación con fenómenos de gran alcance, como el alzamiento revolucionario de 1789 en Minas Gerais, la «Inconfidencia Mineira» (Frieiro, 1957) o la Conjuración de Bahía de 1793-98 (Dias Tavares, 1959) 7 . En cualquier caso, aunque por otros fines, estos autores pusieron de relieve la riqueza y posibilidades de la documentación (la censura, la legislación, relatos de viajeros…), a pesar de que algunos trabajos solo fueron artículos sueltos o meras transcripciones de repertorios bibliográficos. Pero de justicia es reconocerles la apertura de la senda por la que todavía hoy transita la mayoría de los historiadores de la cultura brasileña colonial. Esta tendencia continúa, en los años setenta, con Katia de Queiros Matosso y María Beatriz Nizza da Silva 8 . A la vez, Rubem Borba de Moraes, entusiasmado con la línea de R. Darnton, contempla las bibliotecas, el comercio del libro, la censura y las tipografías, en una obra de referencia obligada: Livros e Bibliotecas no Brasil Colonial; años atrás ya había publicado Bibliografía brasileira do período colonial, un catálogo comentado de las obras, editadas antes de 1808, de autores nacidos en Brasil 9 . Pese a los avances y logros mencionados, todavía en 1997 Luiz Carlos Villalta –uno de los mejores representantes de la historia de la cultura escrita brasileña actual– afirmaba que la historia del libro del Brasil colonial estaba en gran parte por hacer, y que eran muchas las lagunas historiográficas vigentes y necesitadas de atención 10. La misma impresión sigue teniendo en 2008 Marília Ribeiro 11, en particular cuando se refiere al periodo anterior al gobierno del Marqués de Pombal, una certeza manifiesta en uno de los rasgos más notorios del desarrollo de la investigación: su concentración en el último tercio del siglo XVIII y los dos decenios iniciales del XIX. Las causas que determinan esta cronología son diversas, siendo la primera de todas la escasez y dispersión de las fuentes nacionales disponibles hasta 1750. El resultado no sólo de una inadecuada o inexistente política de conservación sino ante todo del devenir de la colonización portuguesa durante los siglos XVI y XVII, excesivamente centrada en la costa y en torno a las grandes plantaciones allí establecidas; donde predominaba la mano de obra esclava frente a una minoría europea de 7 Frieiro, 1981. Dias Tavares, 1959. Coetáneo de Tavares es Diniz, 1959: 333-344. También Éllis, 1957: 387-447. Ribeiro de Lessa, 1946: 339-345. 8 Queiros Mattoso, 1978. 9 Borba de Moraes, 1969; 1979. 10 Villalta, 1998; muy interesante son sus reflexiones al respecto en 21 (Lisboa, 2005): 165-185. 11 Ribeiro, 2008. A esta autora y a Luiz Carlos Villalta debemos agradecer la ayuda que nos han prestado para la redacción de este trabajo. LA CULTURA ESCRITA EN EL MUNDO ATLÁNTICO COLONIAL: BRASIL Y AMÉRICA DEL NORTE 637 Revista de Indias, 2013, vol. LXXIII, n.º 259, 633-662, ISSN: 0034-8341 doi:10.3989/revindias.2013.21 hacendados, mercaderes, funcionarios, viajeros y aventureros. Sin olvidar, en este contexto, el protagonismo esencial de los misioneros de la Compañía de Jesús 12. No exageraríamos si dijéramos que la historia de la cultura escrita de dicha etapa, y en buena medida de la posterior, suele aparecer liderada y mediatizada por los jesuitas. El libro, y el escrito en general, es la consecuencia inmediata de sus apetencias y necesidades, para uso particular y, en especial, como útiles de sus misiones y centros de enseñanza. No será, pues, hasta finales del XVII, a raíz del descubrimiento de las minas de oro y la presión territorial de España, cuando Portugal comience a interesarse de manera decidida por el interior del país y los vacíos costeros. De ahí el progresivo auge que irán adquiriendo Minas Gerais y localidades como Río de Janeiro, Sâo Paulo, Bahía, Pernambuco o Maranhao, la génesis del Brasil independiente 13. De otro lado, no menos determinante es la rigurosa centralización de los asuntos coloniales en Lisboa, característica de la política portuguesa y, en consecuencia, de la documentación resultante en la metrópoli. Esta circunstancia también subyace en la ausencia de imprentas en el Brasil colonial, otro de los factores cruciales a tener en cuenta a la hora de considerar la escasez de las fuentes locales. La dispersión antes mencionada, a su vez, se acentúa en todo lo referente a los archivos de los órganos gubernamentales responsables de la censura, producción y expedición de libros desde Portugal hasta 1768: inquisitoriales, diocesanos o del Desembargo do Paço. El 5 de abril de 1768 se instituyó en Lisboa, por orden del Marqués de Pombal, la Real Mesa Censoria, organismo que unificó el sistema de censura y vigilancia de los libros, generando unos fondos documentales más ricos y homogéneos sobre el control y la circulación de productos tipográficos en el reino portugués y sus colonias. A ello se debe que hoy los archivos lisboetas guarden –bajo el nombre de «Catálogo para Examen de los Libros para que Salgan del Reino con Destino a Brasil»– millares de solicitudes de autorización o licencias de embarque, para el envío de material impreso al otro lado del Atlántico. Este procedimiento de interdicción se mantuvo hasta 1826, año en el que Portugal reconoció la independencia de Brasil, de hecho acaecida en 1822. Antes, en 1808, a causa de la invasión napoleónica, la Corte portuguesa se había trasladado a Río de Janeiro, un diferente emplazamiento de la Corona que también conlleva el establecimiento en la nueva capital de la Mesa de Desembargo do Paço, institución colonial, que ya llevaba tiempo funcionando en la metrópoli, encargada de fiscalizar la llegada de libros y, en última instancia, de evitar la introducción de textos sin licencia en tierras 12 Todo un clásico es Leite, 1938-1950. 13 Bennassar, 1980. Lockhart y Schwartz, 1992. Fausto, 2005. 638 CARLOS ALBERTO GONZÁLEZ SÁNCHEZ Revista de Indias, 2013, vol. LXXIII, n.º 259, 633-662, ISSN: 0034-8341 doi:10.3989/revindias.2013.21 brasileñas. Esta disyuntiva, en los últimos diez años sobre todo, ha favorecido estudios sobre los textos que oficialmente circulaban en la colonia lusitana, pero todavía urge incrementar nuestras nociones acerca de la difusión y posesión de obras prohibidas 14. Un horizonte más nítido, del mismo modo, tenemos de la legislación que regulaba la censura previa y el cuidado de imprentas, libreros, editores y bibliotecas del Reino desde 1540: la pragmática sobre la impresión de libros de 1558, la reglamentación censoria de las Ordenaçôes Filipinas de 1603 y las leyes de 1576 y 1588, que prohibían la impresión de libros sin la licencia correspondiente. Sin embargo, no se ha explotado lo suficiente la información derivada de esta normativa. Un tesitura similar padecen las noticias de las visitas de navíos, cuyas actas custodia la sección de Inquisición del Arquivo Nacional da Torre do Tombo en Lisboa. Una política que, para todo su imperio, puso en marcha Portugal hacia 1550, regulada por el cardenal D. Enrique en 1561 en O Regimento dos Visitadores das Naus 15. Aunque no será una práctica regular sino a partir de 1580, cuando comienza el despliegue de los comisarios inquisitoriales por los diferentes puertos portugueses. De nuevo aquí los jesuitas aparecen como los principales ejecutores de este sistema de vigilancia; no obstante, en Brasil, la figura del Visitador de Nau no será una realidad hasta la llegada del padre Manoel de Lyma a mediados del siglo XVII, por haber sido nombrado para dicha función en Maranhao 16. Tampoco han sido objeto de un profuso tratamiento, salvo algunas aproximaciones de interés, los procesos inquisitoriales del tribunal de Lisboa, jurisdicción a la que pertenecía Brasil 17. A pesar de los inconvenientes expuestos, es cierto que desde la década de los ochenta del siglo XX se está produciendo un considerable aumento del número de investigadores, de diferentes áreas de conocimiento (historia, literatura, lingüística, educación, antropología), preocupados por el estudio del libro y la lectura del periodo colonial. Esta vocación interdisciplinar es un rasgo sobresaliente que, sin duda, deparará perspectivas más eficaces y enriquecedoras; y la influencia en aquel país de las novedades metodológicas internacionales, con el protagonismo de las reflexiones y sugerencias de R. Chartier y R. Darnton. Es por ello que, con mayor o menor acierto, se vienen asumiendo conceptos y retos de alguna utilidad: la crítica textual, el imaginario 14 Con la información de la Real Mesa han trabajado Abreu, 22 (Sâo Paulo, 2002):131- 163. Villalta, 8 (Belo Horizonte, 1995): 19-52. Verri, 2006. 15 Fundamental es Andrada e Silva, 1854. 16 Véase Bethencourt, 2000. Siquiera, 1978. 17 Además de los títulos ya citados, cabe destacar Mott, 1989. Ribeiro, 2008. LA CULTURA ESCRITA EN EL MUNDO ATLÁNTICO COLONIAL: BRASIL Y AMÉRICA DEL NORTE 639 Revista de Indias, 2013, vol. LXXIII, n.º 259, 633-662, ISSN: 0034-8341 doi:10.3989/revindias.2013.21 y la representación, la apropiación, la recepción, las prácticas lecto-escritoras, la bibliografía material y las estrategias de autores y editores en la imposición de una determinada ortodoxia. En definitiva, un horizonte alternativo que hace del libro un elemento social, no sólo objeto de lectura y escritura sino también de una diversa gama de prácticas: lecturas diversas, posesión, compra-venta, conductas, control o memoria colectiva. Sin embargo, ha sido y es notorio (más que una historia de la lectura, como ha ocurrido en Europa y el resto de la América ibérica), el predominio de la investigación sobre la circulación y posesión del libro a través de los inventarios post mortem y otros habituales documentos notariales. Estas fuentes han sido empleadas también para ver el impacto de la alfabetización entre los diferentes grupos sociales, partiendo de la posibilidad de firmar, como indicio. Mas, como fuere, es esta una tarea que estimamos todavía incompleta, previa e indispensable si se quieren alcanzar las metas antes reseñadas. Aquí hemos de nombrar a Jorge de Souza Araújo, autor en 1988 de una monumental tesis doctoral que ofrece una visión general del país sobre las bibliotecas, el comercio de libros y el perfil del lector, mejor poseedor, entre los siglos XVI y XIX 18. Un trabajo, muy erudito y ampliamente documentado, en el que prima la descripción sobre la interpretación. Otros historiadores, en cambio, optaron por restringir el enmarque espacial y depurar las técnicas cuantitativas con el fin de asumir retos más suculentos, además de la circulación y posesión, cual la interdicción, la conexión de los libros inventariados con determinadas ideologías y movimientos culturales, políticos y revolucionarios, la imposición de la ortodoxia religiosa y actitudes ideales y el consumo de obras literarias 19. En este panorama despuntan iniciativas como el trabajo de Maria B. Nizza, Cultura Brasileira: da reforma da Universiadade à Independencia do Brasil, en el que trata prácticas lectoras de textos ilustrados (Voltaire y Bielfeld), las primeras imprentas y ediciones brasileñas, y el impacto de otros formatos tipográficos: los folletos, las gacetas y los periódicos. En una línea más clásica se inscribe la monografía de Thábata Araújo, Homens e Livros em Vila Rica (1750-1800), un preciado estudio sobre dicha ciudad minera en el que observa la combinación, en materia libraria, entre la tradición y la innovación, pese a ser muy escueto el impacto de las Luces y lo común de los libros profesionales en las fuentes manejadas. Mejores cualidades contemplamos 18 Souza Araújo, 1999. 19 Bastos Pereira das Neves, 33 (Coimbra, 1999): 665-697; 23 (Lisboa, 1992): 61-78. Horta Nunes, 1994. Mezan Algranti, 1995:109-124; 2002. Carneiro, 2002. Gomes Leite, 24 (Belo Horizonte, 2001): 217-226. Araújo Antunes, 6 (Juiz de Fora, 2000): 9-20. Abreu, 69-70 (París, 2008a): 11-35. 640 CARLOS ALBERTO GONZÁLEZ SÁNCHEZ Revista de Indias, 2013, vol. LXXIII, n.º 259, 633-662, ISSN: 0034-8341 doi:10.3989/revindias.2013.21 en la tesis doctoral de Luiz Carlos Villalta, Reformismo Ilustrado, Censura e Prácticas de Leitura: Usos do Livro na América Portuguesa (Universidad de Sâo Paulo, 1999), realizada con 911 inventarios post mortem, entre 1714 y 1822, de Mariana, otra localidad de Minas Gerais, región que, según vamos viendo, adquiere una destacada posición en la investigación. Villalta, conforme a la historiografía francesa y española, con un esmerado análisis cuantitativo estudia las dimensiones de la alfabetización, la distribución social, profesional y educativa, la composición de las bibliotecas, las diferentes actitudes cotidianas en torno al escrito y, también, el grado de eficacia de la censura, que dirime a través de la posesión de libros prohibidos y del peso de la literatura de ficción en la época del reformismo ilustrado 20. Villalta en la actualidad centra sus desvelos en la historia de la lectura y la acción censoria, con un entusiasmado interés, y pericia reflexiva, por la recepción y apropiación, la representación y el imaginario a través de la literatura de ficción, en concreto la francesa y su persecución oficial. A la par que la eclosión de las Luces y su influencia en brotes político-revolucionarios 21. Un revulsivo palpable vienen desempeñando las contribuciones hechas desde la historia de la literatura, un frente preocupado por la inserción social de los diversos géneros discursivos, el lector y las técnicas de lectura, las estrategias editoriales, la crítica textual y la génesis de una literatura nacional 22. Es esta dirección es Márcia Abreu una guía indiscutible, que ya en 1993 nos regaló una excelente obra sobre la literatura de cordel y su funcionalidad en el nordeste brasileño del siglo XVIII 23. Pero paulatinamente se fue sumergiendo en las listas de libros presentes en la documentación de los tribunales censorios portugueses, con el fin de apreciar los remitidos desde Lisboa a Río de Janeiro desde 1768 a 1822 y, en última instancia, el papel que jugaron las bellas letras, su verdadero objetivo. Con esta documentación y con los mismos textos aborda diferentes flancos de la historia de la lectura: las normas morales de uso y recepción, la didáctica lectora inserta en los discursos literarios, la censura y, combinando inventarios de bienes y surtidos de libreros, el grado de difusión y popularidad de los libros objeto de su análisis 24. En 1999 dirigió la obra colectiva Leitura, História e História da Leitura, que sirve de orientación en estas coordenadas que comentamos y donde figura un elenco 20 Nizza da Silva, 1999. Araújo de Alvarenga, 2003. Villalta, 1999. 21 Villalta, 1992: 267-295; 8 (Belo Horizonte, 1995):19-52; 2000:183-212; 2 (Gijón, 2006):128-160; 7 (Gijón, 2008): 98-117. 22 En este terreno destacan Lajolo y Zilberman, 1996. 23 Abreu, 1999. 24 Ibidem: 249-260; 2000b: 201-206. LA CULTURA ESCRITA EN EL MUNDO ATLÁNTICO COLONIAL: BRASIL Y AMÉRICA DEL NORTE 641 Revista de Indias, 2013, vol. LXXIII, n.º 259, 633-662, ISSN: 0034-8341 doi:10.3989/revindias.2013.21 de autores apasionados con la temática. No obstante, es su libro Os Caminhos dos livros el que recoge una buena muestra de sus principales aportaciones hasta el presente, enmarcadas en Río de Janeiro, mas con la pretensión de ir ampliándolas al resto de la América portuguesa 25. En la actualidad, la investigación sigue insistiendo en la circulación comercial y posesión del libro, así como en las prácticas y los espacios de lectura, ámbitos en los que aun queda mucho por hacer. Dentro de estos ámbitos se está dando prioridad a los intereses políticos que mediatizaron el comercio de productos tipográficos, la composición de las bibliotecas, la censura y los hábitos lectores, volcados estos últimos en la literatura laica, en particular la de ficción, la novela, género en el que se está ensayando, con resultados dispares, la compleja aplicación de los fundamentos del imaginario, la representación, la apropiación y la recepción. Una muestra ejemplar de estas nuevas realizaciones las tenemos en el reciente libro Trajetórias do Romance. Circulaçâo, leitura e escrita nos séculos XVIII e XIX 26, una compilación interdisciplinar, de filólogos e historiadores, que recoge una nómina de autores (28) y argumentos hoy día en discutida boga. Estas tendencias actuales también pueden apreciarse en el programa-preactas del XVI Encontro Regional de História ANPUH-Minas Gerais, celebrado en Belo Horizonte en julio de 2008, donde hubo un simposio temático dedicado a la historia del libro y la lectura, agraciado con una muy nutrida audiencia y participación de jóvenes investigadores de todo el país, indicio del avance y entusiasmo que este campo historiográfico va cosechando 27. Acariciamos, pues, un futuro prometedor, prolífico y eficaz, para la historia de la cultura escrita del Brasil colonial, pero todavía quedan muchos retos pendientes porque quizás no se hayan superado del todo los presupuestos de una primera fase que debe insistir en la resolución de dos interrogantes de partida: qué libros y escritos y qué autores, lectores y poseedores. Un propósito que, a la vista del panorama expuesto, requiere más atención que la esquiva historia de la lectura. Por ello hay que seguir indagando, en Brasil y en Lisboa, en la documentación notarial disponible y en otras fuentes alternativas ya mencionadas; hay que superar unos encuadres geográficos hasta hoy reducidos a determinadas regiones y localidades (Minas Gerais, Río de Janeiro, Salvador, Pernambuco); y, sobre todo, hay que superar límites cronológicos excesivamente arraigados en la segunda mitad del siglo XVIII y 25 Ibidem, 2003; 7 (Gijón, 2008b):118-141. 26 Ibidem, 2008c. Abreu y Schapochnik, 2005. Abreu y Bragança, 2010. 27 XVI Encontro Regional de História ANPUH-Minas Gerais, Belo Horizonte, Universidad Federal de Minas Gerais, 2008. 648 CARLOS ALBERTO GONZÁLEZ SÁNCHEZ Revista de Indias, 2013, vol. LXXIII, n.º 259, 633-662, ISSN: 0034-8341 doi:10.3989/revindias.2013.21 Con estos planteamientos David D. Hall y Hugh Amory –quizás los dos historiadores del libro norteamericano más relevantes– editaron en 2000 The Colonial Book in the Atlantic World, una gran iniciativa que bien podría servir de estímulo para otra similar de la América latina. Es el primer volumen de una empresa mayor, cuyo editor general es D. Hall 47, que cubre desde los inicios del periodo colonial hasta 1995. De este modo, con mayor o menor acierto según cada capítulo, se ha tanteado un modelo de historia total del libro, con visión de futuro y para superar los escollos antes comentados e ir más allá de un mero estado de la cuestión; que bien resume lo que ha sido y es la historiografía norteamericana al respecto. Hemos de señalar, no obstante, que su «mundo atlántico» sólo lo conforman las colonias británicas de América, es decir, ignoran su verdadera amplitud geográfica, diversidad y riqueza cultural, marginando así a los espacios ibéricos, franceses y holandeses. «America», al igual, se reduce a los actuales Estados Unidos y, en el primer volumen, a las Trece Colonias del Norte. En definitiva, el Mundo Atlántico, dada su naturaleza y trayectoria histórica, continúa pidiendo a voces un tratamiento común que no sólo aborde las diferencias y excepciones de cada una de sus partes constitutivas, sino también sus grandes nexos en común. Urge, pues, hacer una historia de la cultura escrita americana en general, interdisciplinar, transnacional y comparativa, criterios propicios a la anulación de los defectos y tópicos vigentes que la deforman 48. Sea como fuere, la investigación que se ha venido desarrollando enfatiza en los continuos intercambios de impresos y prácticas entre el Viejo y el Nuevo Mundo, aunque desde una perspectiva excesivamente norteamericana y desconectada del resto de América. Esta visión a la vez se perpetúa en el universo de la escritura, la lectura y sus prácticas; y en la de los lectores y los escritores como actores de unas nuevas estructuras y corrientes ideológicas que promueve el escrito 49. En tanto que simultáneamente conviven con otras más viejas y persistentes, resultando de su interacción distintas formas de sociabilidad y novedosos medios de producción cultural. Mas hoy día se están consolidando líneas de estudio, ya probadas en la historiografía europea, de gran impacto e interés 50. De entrada, podemos traer a colación la concerniente a «oralidad-escritura-imprenta», con el fin de destacar cómo el primer parámetro, una categoría flexible, coexiste y complementa a los dos 47 Hall, 2000. 48 Estos presupuestos son los que defiende Suárez, 56 (Charlottesvilla, 2003-2004): 140- 170. 49 Sobre cartas misivas Shields, 1996. 50 Al respecto Davidson, 1989. Bailyn y Hench, 1980. LA CULTURA ESCRITA EN EL MUNDO ATLÁNTICO COLONIAL: BRASIL Y AMÉRICA DEL NORTE 649 Revista de Indias, 2013, vol. LXXIII, n.º 259, 633-662, ISSN: 0034-8341 doi:10.3989/revindias.2013.21 restantes; porque no son excluyentes ni exhiben una evolución lógica, de ahí el protagonismo documental de las cartas misivas y de la predicación. Otra cuestión alude al binomio «letrados-iletrados» (alfabetizados-anal- fabetos), sus circunstancias y significados, la ductilidad de sus relaciones y la identificación y contextualización de las estrategias mediante las cuales la población iletrada interviene en la cultura escrita. Una tercera vía, «Imprenta y espacio público», indaga (a partir de las reflexiones de Habermas), en la génesis de una república de las letras original en Norteamérica, proceso en el que influyen autoridad, política y religión, y en el que prevalece el ámbito local frente al nacional, y una supuesta mayor libertad de acción, expresión y pensamiento que en Europa 51. Por último, «autoría y propiedad intelectual», para hacer de América del Norte un lugar primigenio del nacimiento del autor a raíz del temprano reconocimiento de sus derechos y autonomía literaria 52. En cualquier caso, la historia americana del libro, y de la cultura escrita en general, en la actualidad no es un campo de investigación muy cultivado en los Estados Unidos, al menos en comparación con otras temáticas económicas, sociales, políticas y culturales de su pasado. Buena prueba de ello son las fechas de publicación de las obras que estamos citando. Incluso en sus universidades, los historiadores del escrito y sus circunstancias prefieren a Europa como encuadre geográfico de sus desvelos científico-académicos. 3. EL RETO ATLÁNTICO La historiografía de la cultura escrita en América, según acabamos de ver, empieza a tener una cierta entidad y vitalidad, pero queda todavía mucho camino por recorrer, sobre todo si tenemos en cuenta la desconexión y la falta de criterios unificadores tocantes a líneas de investigación, metodología y fuentes documentales. Entre los factores determinantes de esta compleja situación destacan la extensión, diversidad geográfica y variopinta trayectoria histórica del Continente y sus diferentes circunscripciones territoriales. En Iberoamérica especialmente acuciante es la ausencia, precaria disponibilidad o mal estado de conservación de las fuentes coloniales, en buena medida consecuencia de los endémicos problemas económicos de sus distintos países, donde, en general, la escasez de infraestructuras archivísticas adecuadas y la desatención gubernamental son otros de los obstáculos primordiales. Estas dificultades las agravan aun más los excesos pasionales y patrióticos que impregnan ciertas 51 Warner, 1990. Hall, 2 (Gijón, 2006): 108-127. 52 Bugbee, 1967. Rice, 1997. Woodmansee y Jaszi, 1994. 650 CARLOS ALBERTO GONZÁLEZ SÁNCHEZ Revista de Indias, 2013, vol. LXXIII, n.º 259, 633-662, ISSN: 0034-8341 doi:10.3989/revindias.2013.21 historiografías nacionalistas, a veces el cauce de expresión de un discurso oficial resentido, victimista y reivindicativo, con fines espurios e interesados. Todos ellos resortes ideológicos que han ido restando cientificidad y fiabilidad a determinados planteamientos de su historia cultural. Entre no pocos historiadores y filólogos hispanoamericanos ha persistido un indigenismo secuestrado y arbitrario –hoy muy radicalizado en las universidades norteamericanas– vindicativo de las ancestrales civilizaciones precolombinas como la más auténtica raíz de sus naciones actuales, a las que la conquista española privó de un devenir mítico y providencial. De ahí que en la época colonial, que tampoco hay que glorificar, sólo vean un drama objeto de desprecio, un tiempo de barbarie e infinitos oprobios al que niegan cualquier atisbo de aportación positiva y del que se debe prescindir como objeto de estudio. De serlo, no es sino para idealizar el pasado de las poblaciones autóctonas o magnificar la vesania e inhumana codicia de los invasores. No obstante, esta mirada selectiva sí da primacía a la etapa final de la colonia, es decir, a la de disolución e insurgencia que propició la liberación del yugo opresor y la gestación de las futuras patrias independientes. Las entidades políticas alternativas que, así, recuperaban el pasado y la continuidad histórica interrumpida con la llegada de los europeos. Las investigaciones, por ello, suelen concentrarse en los primeros años de vida independiente de los nuevos estados, en aras del enaltecimiento de los logros nacionales que trajo consigo la anulación del poder metropolitano, pero al margen de toda perspectiva temporal. En lo que a nosotros atañe, por ejemplo, la supresión de la Inquisición, la generalización de la imprenta y una supuesta libertad de expresión y prensa. No obstante, parece que en el presente se van abriendo paso corrientes de opinión a favor de juicios más equilibrados y menos pasionales, gracias al avance de las investigaciones y del sentido común. Carlos Fuentes escribía en 1997 que «nos ha tomado tiempo darnos cuenta de que nuestra relación con España es tan conflictiva como nuestra relación con nosotros mismos… La medida de nuestro odio es idéntica a la medida de nuestro amor» 53; pero ¿no son éstas maneras diferentes de nombrar la pasión? Mas las nuevas repúblicas independientes pronto serían víctimas de la fragmentación política, los conflictos internos, las extremas desigualdades económicas y de derechos y, en última instancia, los gobiernos corruptos e incompetentes de las elites criollas que ocuparon el vacío que había dejado España. Quizás nuestros complejos de madrastra patria no hayan ayudado mucho en la comprensión de esta complejísima historia; pero de una vez nos toca asumir, con responsabilidad, aquel trasunto tal como fue, sin sentimientos 53 Fuentes, 1997: 22. González Sánchez, 1999; 2008. LA CULTURA ESCRITA EN EL MUNDO ATLÁNTICO COLONIAL: BRASIL Y AMÉRICA DEL NORTE 651 Revista de Indias, 2013, vol. LXXIII, n.º 259, 633-662, ISSN: 0034-8341 doi:10.3989/revindias.2013.21 de culpa descontextualizados y al albur de quienes depositan fines bastardos en su manipulación. Baste imitar a ingleses, franceses y holandeses. Unos y otros, queramos o no, hemos de aceptar que el pasado de México o Perú está antes en la Nueva España y en el Reino andino que en el Anahuac y el Incario. La solución de muchos de los entresijos atrás esbozados y de esta cortedad de miras podría estar en una historia de la cultura escrita de toda América (española, portuguesa, inglesa, francesa y holandesa), encuadrada en una encrucijada atlántica compartida, el Nuevo Mundo de los europeos, capaz de superar una historiografía de las Américas empeñada en destacar diferencias y disparidades entre Europa y América, antes que los prolijos nexos de unión que el gran Océano ha venido conformando 54. Este reto metodológico ya fue una reivindicación de eminentes bibliófilos estadounidenses del siglo XIX como Obadiah Rich, James Lenox y John Carter Brown, cuyos objetivos bibliográficos y epistemológicos mantendrían la Bibliotheca Americana Vetustissima de Henry Harrisse y la Bibliotheca Americana de Joseph Sabin, ambas de 1866, o la excelente European Americana de John Alden y Dennos Landis 55. Una magna empresa, al servicio de la comunidad académica, derivada de estas inquietudes fue la John Carter Brown Library, la gran biblioteca fundada desde la convicción de la existencia de una historia común de las Américas 56. La tradición historiográfica norteamericana, no obstante y según vimos, arraigó un estudio de las Trece Colonias como entes aislados –la mejor forma de crear una «nación de chovinistas» dice Elliott– con la intención de resaltar su excepcionalidad, originalidad y diferencias respecto al resto del Continente 57, sin ser consciente de sus propias disimilitudes internas, de que Virginia también difiere de Nueva Inglaterra. A ello se debe que hasta hoy, el tratamiento de cada una de las colonias norteamericanas se suela afrontar mediante el estudio de sus diversas comunidades locales, la premisa, idealista y microscópica, de una historia nacional propiciatoria del excepcionalismo americano 58. El resultado ha sido una historia, sólo de blancos europeos, que exhibe el éxito del Norte frente al fracaso del Sur; aunque en realidad no fueran tantas las divergencias entre los dos hemisferios coloniales enfrentados. Cierto es que en la América británica la Biblia acaparó un protagonismo ausente en la ibérica, pero en ambas sus pobladores tuvieron en el libro y 54 Bailyn, 1960. 55 Rich, 1835; 1846. Lenox, 1861. Harrisse, 1866. 56 Elliott, 1998. Se trata de una conferencia impartida con ocasión del 150 aniversario de la Biblioteca. Johnson, 1988. 57 Del mayor interés es Greene, 1993. 58 Howe, 1993. 652 CARLOS ALBERTO GONZÁLEZ SÁNCHEZ Revista de Indias, 2013, vol. LXXIII, n.º 259, 633-662, ISSN: 0034-8341 doi:10.3989/revindias.2013.21 en el escrito un referente primordial de sus prácticas religiosas: catecismos, almanaques, salterios, tratados piadosos o manuales de oración colmaban la demanda del Nuevo Mundo en un tiempo en el que la religión era la ideología por excelencia. Incluso hay quien interpreta la colonización puritana de Nueva Inglaterra como una continuación de los modelos ibéricos, y no cual la abrupta y novedosa ruptura que parece sugerir la historiografía empeñada en ver en las sociedades puritanas formaciones radicalmente diferentes a las instituidas en las Indias por el catolicismo español 59. Tampoco la censura es privativa de la del Centro y Sur; ni las aficiones y obligaciones lectoras de una y otra fueron antagónicas, al menos así lo puso de relieve I. Leonard contrastando surtidos de libreros de Boston y México en 1683. Unos negocios que, de la misma forma, ofertaban devocionarios, sermones, teología moral, historia, derecho, clásicos grecolatinos y literatura de ficción 60. Es más, Fernández Armesto demuestra cómo el Sur superó al Norte en términos demográficos, urbanos, políticos y culturales durante los siglos modernos, época en la que el primero también gana en secularización e individualismo; y concluye Armesto: «El hemisferio occidental americano comienza a reducirse de tamaño tan pronto como acaba el periodo colonial británico-americano» 61. Lamentablemente, una historiografía latinoamericana presa de sí misma, desde la liberal del siglo XIX, viene asumiendo la retórica del declive del sur respecto al norte, un trágico discurso propio de la leyenda negra y sus tópicos que R. Kagan denomina el «paradigma Prescott» 62. A William H. Prescott (1796-1859), en efecto, debemos la revitalización de la «leyenda negra» protestante para explicar el atraso del mundo hispánico y el meteórico auge de los Estados Unidos a lo largo de la Modernidad 63. Esta tendencia intenta contrarrestarla Herbert E. Bolton (1870-1953) desde 1933 promocionando una historia de América que superase las tradicionales perspectivas nacionales, en especial la de los Estados Unidos al margen del resto del Continente 64. Bolton, claro está, contribuyó a crear un clima contrario a estas descripciones simplistas y a favor de las realizaciones de los españoles en América, que sus discípulos desplegaron en monografías de impacto; entre ellos Irving. A. 59 Cañizares-Esguerra, 2008. 60 Leonard, 1990. González Sánchez, 1999; 2011. Rueda Ramírez, 2005. 61 Fernández Armesto, 2003; hay una versión castellana en Debate, 2004. 62 Kagan, 1998: 324-348. 63 Pese al denodado avance de la investigación sobre la historia de la cultura escrita en el mundo hispánico, muchos de los tópicos de la leyenda negra se siguen reproduciendo, Báez, 2004; 2009. 64 Bolton, 38 (Chicago, 1933): 448-474. LA CULTURA ESCRITA EN EL MUNDO ATLÁNTICO COLONIAL: BRASIL Y AMÉRICA DEL NORTE 653 Revista de Indias, 2013, vol. LXXIII, n.º 259, 633-662, ISSN: 0034-8341 doi:10.3989/revindias.2013.21 Leonard, el autor de Books of the brave, que prefirió cambiar el negro de la leyenda por un gris claro 65. En los últimos años, sin embargo, está aumentando el número de historiadores, liderados por J. Elliott, dispuestos a reivindicar que la trayectoria histórica de Estados Unidos comparte los mismos problemas con otras partes del mundo, asequibles desde presupuestos metodológicos abiertos y comparados 66. La historia de las Américas, por tanto, tiene un sentido más claro si se examina interrelacionando sus distintas partes y, antes que nada, como un todo indisociable fruto de un océano y un continente comunes. Una meta posible si convertimos el Atlántico, al igual que el Mediterráneo, en la auténtica clave de unión de las dos mitades del mundo, o sea, una viable y eficaz unidad de estudio capaz de engullir los contextos nacionales de la historiografía ensimismada y provinciana. En este sentido, el enfoque transnacional y el método comparativo quizás nos presten un horizonte renovador y pleno de posibilidades. Al hilo, J. Cañizares-Esguerra, como Gruzinski o nosotros, ferviente atlantista, argumenta que la historia de la América colonial británica es la historia de las grandes migraciones atlánticas y del contacto multicultural de europeos, indígenas y africanos, en una red de circuitos comerciales, intelectuales, culturales y políticos 67. Elliott es rotundo cuando dirime que América, al igual que Europa, tiene una historia común, porque ambas desarrollan una misma civilización y comparten experiencias y rasgos en un pasado donde las semejanzas prevalecen sobre las diferencias. Todo ello no impide la diversidad y las grandes diferencias de estructura y experiencia histórica; ni admitir que la cultura americana no fue una réplica exacta de la europea. Ha llegado la hora, pues, de buscar el equilibrio entre las percepciones del Norte y las del Sur, de superar unas perspectivas nacionalistas y patrióticas impulsoras del neopositivismo y, por la falta de integración del análisis historiográfico en marcos generales, de una historia tendenciosa empeñada en resaltar hechos diferenciales que limitan la amplitud de miras propia del conocimiento científico. La historia del libro, y de la cultura escrita en general, más que ninguna, debe ser transnacional, porque el libro, dada su naturaleza infinitesimal, no tiene ni respeta límite alguno, ya sea geográfico, lingüístico, mental, identitario o racial. Un axioma que gana fiabilidad y posibilidades si traemos a colación la dependencia de América de la importación tipográfica de unas metrópolis (España, Inglaterra y Portugal) a su vez pertenecientes a la periferia de 65 Leonard, 1949. Hay varias ediciones en castellano en Fondo de Cultura Económica. 66 Elliott, 2002; 2010. 67 Cañizares-Esguerra, 2007. Al respecto Gruzinski, 2005; 1999. 654 CARLOS ALBERTO GONZÁLEZ SÁNCHEZ Revista de Indias, 2013, vol. LXXIII, n.º 259, 633-662, ISSN: 0034-8341 doi:10.3989/revindias.2013.21 la imprenta europea y, por tanto, dependientes del centro productor (Italia, Francia, Alemania, Países Bajos). He aquí que la historia del libro atlántico colonial anule cuanta frontera encuentre y también asuma el pasado de Italia, Flandes, Alemania, Francia y Holanda o de cualquier otro lugar que tuviere el objeto demandado. Esta historia, hija de los libros, nunca acaba, diluye la realidad en la ficción, los vencedores en los vencidos, y viceversa; el Viejo y el Nuevo Mundo en un océano cultural sincrético. BIBLIOGRAFÍA Abreu, Marcia, História de cordéis e folletos, Campinas, Mercado de Letras, 1999. 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