Un corsario gaditano
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UN CORSARIO GADITANO (*) Por ANTONIO Go NZÁLEz -M ENESES y M ELÉNDEZ Es sorprendente el silencio que ha caído sobre los corsarios españo les. Ahora que se habla tanto de Sandokán, se olvida que los niños de hace cincuenta o sesenta años leíamos con entusiasmo a Salgari, per o solo l as aventuras del Corsario Negro, de Margan, de Van Gull. Los corazones infantiles estaban divididos entre la admiración por lo s piratas y el amor patrio. Y nadie nos habló de que en los mismos años navegaban el mismo mar corsarios españoles para contra rrestar la sangría de nuestra flota mercante. ¿Por qué ese secreto? En España había una legislación, la Ordenanza de Corso, de Carlos IV, de 1801. Y otra contra la piratería. Ser pirata no es ser corsario. Los corsarios lo son en nombre de un estado soberano y enarbolan su bandera. Los piratas son apátridas y al zan la bandera negra que aterroriza. Hoy voy a contar sucintamente la historia de un c orsario que navegó cinco años el Atlántico. Y que murió en su cama, muchos años después de hab er desem barcado. ¿Quién tiene documentado des ce nder de un cuarto abue lo corsario? Y o lo tengo: Franci sco Estévez Diéguez, un ga ll ego ana l fabeto que llegó a reunir, si no un capitalito , un caudal suficiente para de jarle a su hija una casa de baños acre ditada (de las dos que había en Cádiz ha ce casi dos siglo s) y casarla con un Preceptor de Latinidad, había sido corsar io durante (•) Este trabaio fue leí do en la sesión de la Academia correspondiente al viernes 14 de enero de 1977.
50 ANTONIO GONZÁLEZ-~IE.NESES Y MELÉ NDEZ cinco años de su vida. Y tenía los documentos que lo acreditaban . Y los aportó a su expediente matrimonial. Cuando fue a casarse Francisco Estévez, Esteves o Estebe -que de todas esas formas aparec e escrito en ese expediente -, en 1783, pagó para abrirlo cuatro ducados , que ya es dinero . Da fe de esto Reyes al folio 15 vuelto del Legajo 3.º. Va a casarse Fran cisco con Ana María Martín de León y Sánchez. El dice que tiene treinta y dos años; y poco después que treinta y tres, y es posible que tenga treinta y cinco o casi cuarenta. Ella confiesa veintitr és, y en realidad solo ha cumplido veintidós. Le lleva el novio doce o trece años. Quizá diecisiete. Y, para empezar, cuenta su historia. El es gallego. Ha nacido en el lugar de Moyalde, en el Obispado de Or ense. Moyalde es un minúsculo pueblo de la Parroquia de Santa María de Moyalde, en la jurisdicción de Monterrey y en el Ayuntamiento de Villardebós . Está asentado, cerca de Verín, casi en la frontera con Portugal, en una sierra alta, en la ladera norte. En invierno será gélido, so mbrío, tristón. En verano, fresco, umbroso, con sol amarillo a la mañana y al atardec er. Siempre , pobre, casi miserable. Los padres de Francisco son Sevastián (el notario lo escribe así, con v) y Theodo ra Diéguez. Cuando Francisco va a casarse, ambos han muerto. Quizá murie ron antes de que el muchacho de veinticinco años saliera de Moyalde, su patria lejana. ¡Qué diferencia entre Moyalde y Cádiz! El lugar , som brío, montesino, frío. Cádiz, soleado, templado , ciudadano, asomado al mundo. Francisco no sale de su pueblo solo. Viene con él un muchachito mucho más joven que él, Pe dro Martín, su paisano, que será su compañero de aventuras. El año 73 dice tener veinticinco años. Es, pues, nueve o diez años menor que Estévez. Saldría de Moyalde con unos quince años. Lo más, con diecisiete. Los dos paisanos, el muchacho y el chiquillo, se unen para su viaje hasta Cádiz a otro gallego, bastante mayor que ellos, Pedro de Rilo. Tiene Pedro cuatro o cinco años más que Es - tévez, trece más que Martín. Ha nacido en San Cristóbal del Remesar, en el partido de La Estrada, del Arzobispado de Santiago, de lo que luego ha de ser Provincia de Pontevedra.
UN CORSARIO GADITANO 51 Parece qu e si l os de Moyalde recogieron a Rilo y siguieron en la misma dirección, se dirigi rían a S antia go y de allí al mar , a embarcar en Villagarcía de Arosa o, más al sur, en Pontcvedra, Marín o Vigo. Porqu e el mar une má s que separa y de Galicia a Cádiz viajar embarcados era menos penoso que cam inar tantas leg uas a pie. Pero si fue P edro de Rilo el que pasó por Moyalde y encan diló a los dos jovencillos del lugar, pudi eron seg uir en la rgas jornadas, a través de P ortugal o del Reino de León, Extremadura y Andalucía, l eguas y leguas, hacia el caliente sur, encendidas las mentes y llenos de ilusión los coraz ones, día tra s día, como tantos galleg os que buscaban en Sevilla su Eldorado y encontraban solo un asiento al sol en la plaza del S alva do r, con su cuerda al hombro, esperando qu e alguien les encarg ue un pesado por te: un baúl, un piano, una mu danza. Cuando yo era muchacho, tod avía se llamaban gallegos a los que llevab an los pasos de S emana Santa. Y los «gallegos» de Piazza tran spor taban los piano s de las c asas a l as casetas de la Fe ria , para acompañar con ellos l as sev illan as, l as alegres sev illana s de entonces, qu e bailaban las niña s de la familia con la gracia de las bailari nas de Cádiz del ti empo de los césa res, p ero con más pudorosa reserva. Estos galleguiños, hermanos de t an to s chicucos montañeses , de tantos asturianines que acababan s us vidas de depe ndientes de tabe rna o de criados de casa g rande , menos al gún pri vilegia do que se casa ba con la hi ja de su princi pa l y lo her e daba . Embar c ados o a pie, los tr es gallegos ll egaro n a Cádiz ocho años antes de 1783; en eso coinci den los tr es en sus declaraciones. Ll egaron, pues, en 1775 . Cádiz vivía el auge de la Real Marina que C arlos III y sus ministros ilu st rados fomentaban. Los tres gallegos lleg arían sin dinero y sin recomenda ciones. ¿Cabe duda de eso? Pero los ga llegos, como lo s asturianos y los chicucos montañeses t en ían buena fama. Eran -solían ser - trabaja do res, s ufrido s, poco exige nt es, respetuosos, tenaces. Prop ensos, eso sí, a la mel anco lía, a la mo rr i ña de su tierra. Pe ro esa d epresi ón es un fenómeno tard ío, propio de la vejez o, por lo menos , de sus umbrale s. Los jóvenes no eran triste s. Y era n forzudos. Y di scretos .
52 ANTONIO GONZÁLEZ·MENESES Y MELÉNDEZ Rilo se colocó a sel\lir. Rilo era e ducadito; sa bía esc ribir. Firma con una letra mu y clara y muy bien dispuesta . En la fecha d el casamiento de Estévez es si rvient e en casa de doña María de Rizo, en la calle de la Yedra. E] permanec ió en Cádiz t odo el t iemp o, desde su llegada. Los muc h achos de Moyalde, no. Cuando ll eva b an tre s años en Cádiz, se embarcaron. Lo hi zo con ellos un jerezano, S alvador Jimén ez, zapatero , mucho mayor que ellos puesto que el año 83 tiene cu arent a y cuatro años, once o doce má s que Francisco. Los t res se enrolan en la M ari na . P ero lo hac en en una modalidad muy especial. Fran - cisco Estebes aparece como gr um ete de la fragata corsaria Nuestra Señora de la Soledad. Esta fragata la a rma el Consulado y Comercio de la Ciudad de Cádiz, con todo descaro. Lo afirman así Thomás Yzqu ier do, Ys idro de la Torr e y Pe dro Martínez de Mur guía, q ue son Diputado s con aprobación real, nom b rados por el Consulado y Com ercio de la Ciudad de Cádiz para el armamen to de las naves en corso. El mar -de mare liberumera peli groso. Los galeones es pañoles caían en poder de los corsarios h oland eses, ingleses, franceses o de los piratas sin patria , cuan do venían cargados de oro, de plata para España. Nuestras fragatas cor - sarias, arma da s en corso en Cádiz, navega ban el Atlántico en vigilante espera, como ga tos mont eses al acecho, para contrarre s tar con sus capturas la s angría de nuestros galeones hundidos o a presados por los Margan novelescos. T res años y medio gastó Francisco Estebes en un viaje de Cádiz a Bu enos Ayres, de Buenos Ayres a Cádiz. Tres años y medio en el mar, sin tocar tierra, sin repostar, si n ha ce r aguadas. Nutriéndose de las vi tu a lla s de los b arcos abor dados, ganando para la tripulación dinero contante y sonante de las arcas de los buques enemigos que caían en la sorp r esa . El moto r era el viento y no necesitaba rep ostarse . P ero las velas se pasaban, las jarcias se rompían por bueno que fuera el cáñamo, los cascos podían ser perforados por la broma, el agua se corrompía en los barriles con el tiempo, el escorbuto acechaba en las cons er vas rancias. Todo se reponía, si había suerte de abordar un barco bien provisto. Y además, se ga-
t:N CORSARIO GADITANO 53 naba din ero para el futuro incierto . Valía la pena. La pena de pa sa r hora s y días, meses y años, al pairo, con las velas te ndida s y las esco ta s largada s, oyendo el restallar acompasado del g ualdr ap eo de las fláccidas velas, bajo la continua amenaza de una muerte tonta por el so co llazo traidor de una ver ga sac udida por una virazón ine spe rada , por el latigazo de un ca bo d esa tado . Valía la pe na el tedio , el miedo, el escorbuto, la ausencia, la falta de noticias . Los años en la mar. En agosto de 1871 llegan a Cádiz l os corsarios. Y a los cuarenta día s zarpó la Soledad para La Habana (La Havan a, dice). Este viaje so lo duró ve intitrés mes es. Dos años cortos otra vez de es ta r al pairo, aguardando la presa codiciada . Por fin, el 13 de agosto de 1783 llega a Cádiz, de vuelta, la fragata corsaria Nues tra Señora de la Soledad . Y en ella vienen el zapatero jerezano Salvador Jiménez, el gallego Pedro Martín y su pais ano Francis co Estévez y Diéguez. F rancisco ya no es grumete, aunque lo di ga n los Diputados. Es marine ro, porqu e así con s ta en el certificado que, a efectos de casarse, le libra el C apellán de la fra g ata corsaria, don Gonzalo Fe rn á ndez . ¡Qué piratas tan raros! El capellán da fe de que Franci sc o ha co nfesado y comulgado los tres últimos años de 1781, 82 y 83, pasados en el mar . Francisco necesitaba el ce rtificado porque a los pocos días de llegar había iniciado el expediente matrimonial para casarse con Ana María Martín de L eón y S án chez. Había nacido esta muchacha en Algeciras el 7 de abril de 1761 , dos siglos justo s antes de los días en que un hombre , Ga gar in, por primera vez hizo un vuelo es pacial, se libró de la gravedad terr es tre. Se bautizó Ana María en la Parroquia de Nuestra Señora de la Palm a, en Algeciras. Le admini s tró el sacramento el teni e nte cura D. Bernardo Pérez. La inscribió en el Libro 7. 0 de Bauti smos. al folio 289. Allí consta qu e la niña era hija legítima de Juan Martín de León y de Juana Sánchez. El padre había nacido en Jimena de la Frontera; la madre, en Algatocín. Es tos pueblos estaban aisladísimos en esa serranía que cabalga en tre la costa y Ronda. Antes de que el ferrocarril los ac e rcase a medias, porque de este a Gaucín, a Benarrabé
54 ANTONIO GONZÁLEZ-:v!ENF.SES Y MELÉNDEZ y por fin a Al gat ocín media un camino carretero sinuos1s1mo. Ni es o había en los años casi fines del siglo XVIII. Sendas de cabra, a pie o a caballo había de recorrer el novio para llegar desde Jimena al pueblo de la novia. Y cinco leguas justas, veintisiete kilómetro s, se dice ahora. Cin co horas de marcha viva, si lo consintiese Jo abrupto de l camino, separaban a Juan de Juana. ¿Los reco rría él cada día de fiesta , para pelar la pava? ¿O se conocieron en Alg eciras, donde vivían de casados? Allí nació Ana María. Y doce años antes otra hija, Isabel. En 1783, Isab el confiesa treinta y c uatro años. Cuando nació Ana María, Isabel era u na adolescente. Ana María dejó Al gec iras a Jo s trec e años, en 1774. Y no volvió a salir de Cádiz desde entonces . Lo que en lenguaje de escribano qui ere decir que no ha hecho ausencias. Así, es muy fácil probar que es soltera y que no ha dado palabra solemne de matrimonio. Lo que ahora se dice tomarse de dichos. Es claro que An a María vino a Cádiz a servir. ¿Qué iba a ha ce r, si no, una niña del campo en la ciudad? Los padres habían muerto veinte años antes del casamiento, en 1763, o quizás antes. Isabel asegura que tien e a su hermana con ella por mue rte de sus padre s. Y no es verdad. O no lo es lo que dicen los testigos de la fecha de la muerte de éstos. Porque Isab el se vino a vivir a Cádiz en 1777, so lo seis años antes del año del ex pediente. Así que Ana Mar ía vivía antes sola, de niña, en la ciudad, sirviendo. Isabel se casó con Diego Ruiz. Pero éste se fue a Am ér ica, a las Indi as. Y no se conocía su paradero. E Isabel vive en casa de don Francisco Delgado, segurament e de criada. Y desde luego, no en la misma casa que Ana María . Ana María vivió, pu es, sola en Cádiz de sde 1774 hasta 1777, un año antes del de e nrolars e Francis co Estévez de corsario. Tres años de triste soledad de una niña hu érfa na, púber apenas, de criadita en una ciudad babilónica ll ena de marineros , de artesanos, de ma jo s requebradores, de mendigos , de muchachas de servicio jóvenes y mayores. Y en esos años, los mismos qu e pasó el joven gallego sin arrimo, fueron, no hay duda de esto, los del conocimiento, el amor, el noviazgo de Jos dos huérfanos , solos, pobres, desarraigados. Y no hay duda,
UN CORSARIO GADITANO 55 porque apenas desembarcado Francisco, empieza el expediente matrimonial. Y porque los testigos, los amigos y compañeros de él, la amiga y la hermana de ella, dicen que los conocen desde hace todo ese tiempo y saben qu e se han dado palabra de casamiento. Y ahora aparece toda la hondura , el desgarramiento del gallego en el ma r, de la al gecire ña en el puerto , cinco lar gos años separados, sin más contactos ni noticia que los cuarenta días del final del verano de 1781. L os físicos saben que los cuerpos se atraen con tanta menos fuerza, cuanto más lejos están uno del otro. Las almas, como las dos manos del arquero, tanto más se atraen cuanto más se tensa el arco, cuanto más se separa la mano que sostiene la fle cha de la que sujeta el arco. Ana María está empadronada en la ca lle de Cobas. Testigo de su expedie nte es una jerezana soltera -de estado honesto , dice el notarioque vive en la ca lle de Villalobos, en casa de los señores Martínez. Jura que c ono ce a Ana María de unos ocho años. La ca lle de Villalobos es una corta bocacalle de la de Cabos . Se puede creer que esta jerezana, que se llama Ana de Rueda, debe ser compañera de salidas de su tocaya. O se conocerían en las compras, en las tiendas del barrio. Ocho años en veintitrés es mucho . Más de la terce ra parte de la vida. Y como es el último tercio, el más próximo y pleno de rec uerdos, es más de la mitad de la vida que se retiene en la memoria. Y esos son todos los conocidos de los contrayentes: la hermana Isab e l, el paisano Martín que está embarcado en la balandra que está próxima a zarpar para Caraca s, el jerezano Salvador Jiménez , la jerezana Ana de Ru e da y el gallego Pedro de Rilo, criado en casa principal. Todos han jurado que conocen a los novios, que son solteros, huérfanos, libres de impedimento s. Parece que sería suficiente. Pues no basta. La Curia eclesi ástica quiere que se cump la lo que dispone la Real Pragmática. Y Ana María acude al Alcalde de la Real Audiencia. Y se empieza un nuevo expediente, éste civil, con los mismos testigos, que vuelven a decir lo mismo, con más palabras y formalidades. Y, por fin, pliegos y pliegos aportados (Sello Quarto, Veinte Maravedís), Su Señoría dice: «Que debe abilitar (así, sin h) y abilita a Ana María para que berifique (sic) dicho
56 ANTONIO GONZÁLEZ·MENESES Y MELÉNDEZ consorcio con el citado Francisco Esteves ... , etc .. etc., y que a la curia se le ent regue original conservando testimonio y subsinta (así) relación para los efectos qu e combenga (literal)». Lo proveyó y firmó Luque y da fe Francisco Rodríguez Villanueva Morán. Todavía hay un folio, que ahora aparece en blanco y al pie lleva una firm a muy clara: Juan de Barona, rubricado. Estamos ya a 5 de noviembre y por fin se casan Francisco y Ana María, el corsario gallego-gaditano y la algecireñagaditana. Pasan los años, no muchos. Veintisiete. El cinco de agosto de 1810, en el Cádiz de la Guerra de la Independencia, hay noticia de hab er fallecido en la Parroquia auxiliar de San Lorenzo, don Francisco (¡Oh, poder del dinero! Llaman don al ex grumete corsario) Estévez, natural del lugar de Moliarde (sic), Jurisdic ción de Monte Rey, obispado de Orense, de 66 años. Pued e ento nc es creerse que se casó con casi cuarenta y que se quitó años en las declara c iones d el expe diente, por no asustar a la novia. Casado, sigue, con doña Ana María de León. Recibió los sacramentos. Habían testado los esposos recíprocamente en 3 de marzo de 1804, dejando a la voluntad del que viviera entierro y misas. Se le hizo oficio de cruz alta y muchos capellanes. Y vivía en el ca llejón de la Cerería. Una hija de ambos, que h abía nacido el 22 de septiembre (Thi's the last rose of summer) de 1793, el año del Terror, se iba a casar en esos días con D. Bartolomé Meléndez-Mata y Sánchez-Rendón, Preceptor de Latinidad, que vivía en los años de 1808, 9 y 10 en la ca lle de la Ro sa, 195 y en la de la Cerería, 194. En 1852, un hijo de ambos , Bartolom é Meléndez Est évez, tiene una casa de baños en el número 188 de la Cerería. Y otro, Manuel , una hojalatería (entonces se escr ibía sin h) en la calle de Cobos, donde vivió la abuela. Por cier to que este hojalat ero vestía siempre de l evita y chistera y era incap az de lañar una palangana. Pero recibía en el taller a diario a Su Ilustrísima, el señor Obispo , con quien rememoraba de vez en cuando el excelente latín de su padre, que había enseñado al obispo a lucir se como buen latinista
UN CORSARIO GADITANO 57 en las visitas ad linzina, en los c ultí si mos ambi entes vaticanos. Y el lat e ro decía a sus nieto s, ya en los últimos años del siglo XIX , que un cab alle ro no debía entrar en una taberna ni para en cender un cig arro. E stos nietos era n hijo s de ot ro Meléndez, Franci sco, qu e fue Cat edrático de Anatomía P atológ i ca y Opera ciones, Decano de la Facult ad, Vicepresidente de la A ca demia de Medicina y de la Diputación y Alcalde de Cádiz. Y. con sus tres hijo s médicos, tien e un recuerdo en el nomenclátor de la s ca lles de Cádiz: la calle de los Doctor es Mel én de z. Y estos so n tatara - nietos del co r sario g aditano . Las vuelt as que da el mundo.
