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Los cronistas de las culturas indígenas de América: su valor antropológico

Pino Díaz, Fermín del

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LOS CRONISTAS DE LAS CULTURAS INDIGENAS DE AMERICA: SU VALOR ANTROPOLOGICO * Fermín del Pino Díaz Universidad Complutense de Madnd Nada más apropiado para un homenaje a nuestros más antiguos precursores en la ciencia moderna de la Antropología, que elegir la Primera Reunión de Antropólogos Españoles; más aún si ésta tiene lu gar en Sevilla. Es esta ciudad adonde llegan las primeras noticias sis temáticas del Nuevo Mundo; donde habitan, durante una larga tempo rada de varios años, los indígenas traídos por el descubridor, en un a modo de museo viviente, a la vista de quien quisiera satisfacer su curiosidad; es aquí por donde embarca y desembarca cuanto va y viene de América; aquí, donde salen para Europa aquellas novedades que ésta irá pidiendo insistentemente. Cómo olvidar el enorme número de libros y cartas referentes a la vida indígena y a su fauna y fl ora, que llevan pie de imprenta sevillano, durante el siglo xvi: Pedro Mártir, Cortés, Oviedo, Cieza de León, Las Casas, Acosta, Albenino, Nicolás Monardes, Pedro Mexía, Fray Tomás de Mercado, y tantos y tantos nombres hoy familiares a un antropólogo americanista. Cómo olvidar, por otra parte y ya sin necesaria referencia americana, que aquí se gestaron Las etimologías de San Isidoro, texto de imprescindible presencia en cual quier biblioteca exoticista del Medievo. Pero es con especial referencia (*) En la Tesis que nos hallamos elaborando, respecto de la cual esta comunicación no es sino un apéndice, no pretendemos mostrar que los cronistas sean verdaderos antropólogos o etnólogos. Lo que pretendemos es explicamos una serie de semejanzas, entre algunos de sus auto res y las actuales publicaciones de Antropología científíca, que han llevado a muchos de sus admiradores a calificarlas como <te^ologla avant la lettre». Tales semejanzas lo son no sólo a nivel de principios teóricos (relativismo cultural, negación de la barbarie en términos absolutos, evolucionismo y difusionismo, e incluso funcionalismo para explicar instituciones...), sino también a nivel de métodos etnográficos (informantes, conocimiento de la lengua indígena, observación participante, crítica de fuentes...). Dado que estas semejanzas, propiamente aradéTnírag, se corresponden con otras en el campo socio-económico (coyuntura colonial, emigración campo-ciudad, minorías intelectuales, etc.), nosotros nos proponemos enfocarlas como relacionadas, a nivel interno. En este senti do, podemos enclavar nuestra tesis bajo el calificativo de «sociología de la antropología" como nos propone lean Poiner (1969), más que el de «historia de la antropología». — 107 a América cómo Sevilla y su puerto pasarán a un puesto de primera categoría en la historia europea, ya sea por el impacto de los metales preciosos en su vida económica (como se molestará Chaunu en demos trarnos, a través de 10 densos tomos de estadísticas), o por el germen de ideas a que da lugar, en cualquier género literario de que se trate, el descubrimiento del Nuevo Mundo. Para dejar la palabra a un huma nista cordobés del momento (Hernán Pérez de Oliva, 1524 "Obras", Cór doba, folios 129-139; referencia debida a J. H. EUiot, El Viejo Mundo y el Nuevo, pág. 93, 1972): "...antes ocupáramos el fin del mundo, y aho ra estamos en el medio, con mudanca de fortuna cual nunca otra se vido" Nos hallamos personalmente comprometidos, en una tesis de doc torado, con este problema del valor antropológico de las crónicas a que dio lugar el descubrimiento. No somos los primeros en ocuparnos del asunto, porque ya ha habido españoles que nos han precedido, tanto del gremio de la Antropología como del de la Historia, y tanto residiendo en España como fuera de ella (Lisón, Palerm, Esteve Barba, Nicolau d'Olwer, Ballesteros o Pérez de Tudela, por no citar sino a los más alle gados). Por otra parte, estamos bien acompañados por una buena cohor te de colegas, especialmente norteamericanos, que han comenzado a replantearse una postura anteriormente dogmática en las historias de antropología (Irving HaUowell, 1960; Margaret Hodgen, 1964, y John H. Rowe, 1964), aparte del historiador inglés J. H. Elliot (1970 y 1972). Esto creo que puede corregir seriamente la absoluta ignorancia, o la deficiencia del tratamiento, que hacen del tema las historias más famo sas de nuestra ciencia (Haddon, Penniman, Lowie, Mercier, Poirier, Kroeber, etc.). Pero no es este problema general, a pesar de su actualidad e impor tancia para el presente de todos nosotros, de lo que queremos hablar hoy. Sólo queremos exponer, y precisamente en este momento, la lec ción que nos brinda el caso con que nos hemos tropezado muy recien temente en nuestra investigación: el uso real que de nuestros cronistas han hecho algunos autores extranjeros que todos consideramos hoy en el origen de nuestra ciencia contemporánea. Me refiero a tres antropólogos de la talla de Edward B. Tylor, Lewis Henri Morgan y Wilhem Schmidt. Tratándose de tres profesionales, no especialistas en América hispana, y de un tiempo en que la moda etnohlstórica (también la ciencia tiene sus modas) no justificaba esta consideración de nuestros cronistas como "et nólogos avant la lettre", creo que el caso puede resultar orientador. Qui zás podamos entender un poco mejor por qué esta Primera Reunión se plantea y se celebra en 1973 y no en 1873, como es lo normal en las naciones de donde proceden estos tres ejemplos. Y quizás podamos sen tirnos menos impresionados, ante el papel jugado por nuestros antece sores en el nacimiento de la antropología científica, para enfrentarnos a esta premiére a que esta semana asistimos. Hemos acompañado esta comunicación con un Apéndice bibliográ fico, donde recogemos una porción de traducciones o re-impresio108 — nes efectuadas en Inglaterra, Francia y Norteamérica, con la intención de ofrecer un índice más objetivo de esta influencia de que hablamos. Objetividad que no pretendemos confundir con tma definitiva interpre tación del complejo fenómeno a que nos enfrentamos. Como dice el profesor J. A. Maravall: "La manera como una obra del pensamiento ha repercutido sobre una época es un dato de gran interés para su interpretación; porque, al sernos conocido el sentido histórico de la época sobre la que influye, nos abre ccimino de orientación válida para penetrar en el interno conocimiento de aquélla. De algún modo, tma conexión relevante podemos considerar que tiene que haber entre una y otra época" ("Las bases antropológicas del pensamiento de Gracián", Rev. de Estudios Políticos, 1958, pág. 403). Quizás im estudio más detenido de estas traducciones, que a veces constituyen la primera edi ción, por desgracia, nos llevaría a una conexión, más estrecha de la que ya hemos encontrado, con organismos de investigación de tal relevancia, en la época a que nos referimos, como la Royal Society de Londres, el Institut d'Ethnologie de Péirís y su Société des Américanistes, o final mente la Smithsonian Institution de Washington. Por el momento, nos hemos conformado con una indagación en las citas bibliográficas que nos ofrecen las obras de estos tres autores. Esto, unido a ciertos comentarios de cada autor, sobre su valor heurístico, nos puede poner un poco sobre la pista de la real influencia ejercida por las crónicas etnográficas españolas de América en el nacimiento de la antropología científica. Hemos acudido, en primer lugar, a la obra más temprana de todas ellas, Anahuac, or México and the Mexicans, Ancient and Modem, Lon dres, 1861, de Tylor. El ejemplar se halla en la Biblioteca Nacional, como regalo personal, es curioso, del Sr. Pi y Margall, cuyo sello porta. Se trata, en realidad, de un erudito libro de viajes: el efectuado por el autor de Veracruz a México, durante los meses de marzo a junio de 1856, en compañía del prehistoriador H. Christy. Ello nos hace pensar, ya que se trata de un período de descanso por enfermedad tras los estudios, en la coincidencia de circunstancias con los casos de Darwin, Humboldt o del mismo Malinowski, a quienes tanto debe la Antropolo gía. Este viaje por tierras americanas tiene para nosotros el mérito de haber decidido la vocación antropológica de Tylor, ya a sus 23 años. ¡Para cuántos de nosotros, y de nuestros cronistas, fue América la cuna de su vocación! Por otra parte, es la ocasión de que Tylor se convierta, según nos explica el mismo Lowie (1937) no sólo en un profesional, sino, además, en un hábil experto en la interpretación de fuentes gre corromanas y españolas sobre la vida de los primitivos. En la edición de su viaje, cinco años después, Tylor ya cita a Bernal Díaz, Torquemada, Dr. Hernández o Boturini, y en la edición original; ya se ha puesto al tanto de los libros americanos de Humboldt, Prescott, L'Abbé Brasseur de Bourbourg, y de las re-ediciones de Lord Kingsborough sobre las crónicas mexicanas de españoles. Ya conoce, en segundo lugar, el defecto "clasicista" de muchos relatos de nuestros cronistas (Pedro — 109 de los Ríos y los gigantes aztecas) al incorporar mitologías grecorroma nas a las Indias, y ya sabe, por último, valorar en lo que pesa, la ne fasta influencia ejercida por la Inquisición española, y por la actitud etnocentrista de tantos españoles, para la extensión de los conocimientos a la luz pública. De la segunda obra de Tylor (Researches into the Early History of Mankmd, Londres, 1865), hemos podido manejar la redición americana de L. White, recogida de la tercera inglesa, tras la exclusión de los capí tulos de antropología física, los menos fuertes para hoy; la edición in glesa es de 1878 y la americana de 1964, lo que demuestra su actualidad de entonces y de ahora. El material de cita de cronistas españoles que hemos encontrado es amplio: hay 32, incluyendo 9 antologías de Kingsborough y C. R. Markham, cuya importancia como introductores de esta literatura puede comprobarse en el Apéndice adjunto. Los preferidos son Cieza (3) y Garcilaso (2). Sigue dedicando críticas tolerantes a la veracidad de tales crónicas, en base a su ya detectado vicio clasicista (Garcilaso y Sarmiento introducen mitos romanos en su descripción pe ruana), expresadas en esos simpáticos términos: "Those who happen to have experience of the oíd chroniclers of Spanish América know how the whole race was possesed by a passion for bringing out the world stories in a new guise, with a local habitation and a ñame" (pág. 267). Incluso recuerda al principio del libro, pág. 12, que "el alfabeto manual es de gran uso práctico. Parece haber sido inventado en España, al cual país debe el mundo el primer método sistemático de enseñanza a sordo mudos, a cargo de Juan Pablo Bonet (Reducción de las letras, y Arte para enseñar a hablar los mudos. Madrid, 1620), en cuya obra es ex puesto un alfabeto para una mano, poco diferente del usado ahora en Alemania, o quizás a cargo de su predecesor, Pedro Ponce". La relación que esto tiene con la antropología americanista, aparte del caudal de gramáticas indígenas que indudablemente tiene a sus espaldas tal obra, la podemos apreciar en una observación que nos hace Lowie sobre la personalidad científica, portentosa, de Tylor: "...al percibir la existencia de un problema científico en los lenguajes de gestos de ciertos pueblos indígenas [qué duda cabe que se trata principalmente de los indios de las Praderas, los arapaho], se puso a aprender centenares de gestos en el Instituto para sordomudos de Berlín" (1946, pág. 89); es decir, justa mente el sistema alemán, copia del español de Bonet. Sin embargo, en esta obra todavía no cita a Sahagún, a quien tantos consideran el padre de la etnografía americana, desde fecha tan temprana como 1881 (Comte de Charencey, C.I.A de Madrid). Es en Primitive Culture (Londres, 1871, 2 vols.), cuya edición ori ginal hemos tenido el placer de consultar en la Biblioteca Nacional, don de se ha colmado nuestra pesquisa. Hemos localizado en esta obra mo numental para la historia de nuestra ciencia nada menos que 62 citas dedicadas a nuestros cronistas, incluyendo entre ellas tres genéricas de Markham, y nueve de personajes del contexto colonial español, pero no españoles, como los misioneros jesuítas Gumilla, Gilij, Dobrizjoffer y 110 Clavijero. Sin embargo, lo más sorprendente ya es el nuevo orden de prioridades: 12 a Sahagún, 8 a Garcilaso, 7 a Torquemada, 5 a Oviedo, 4 a Piedrahita, Herrera y Molina, y 3 a Cieza, restante ima respectiva mente para Acosta, Martín y Azara. Nos sentimos tentados a considerar este orden como definidor de cuáles eran los intereses de la naciente antropología británica por nuestros cronistas. Y no tenemos, por desgra cia, muchos índices más para comprobarlo. En la obra última de nuestro maestro (Anthropology, Londres, 1881), cuya traducción española, a car go del sevillano Machado y Alvarez hemos consultado, al mismo tiempo que la de L. White de 1965, no hemos encontrado ningima nota, dado su carácter divulgador. Pero la traducción española contiene un prefacio harto ilustrativo, especial del autor para esta edición: "La ciencia del hombre en su pleno y último desarrollo, tiene una historia particularmente interesan te para los lectores españoles... la necesidad y el uso de la antropología como ciencia del mimdo, no llega a ser evidente hasta el período mo derno, en que los descubrimientos de las Indias orientales y occidenta les colocaron a los europeos frente a pueblos hasta ahora desconocidos, cuyos estados sociales comprendían desde el más rudo del salvaje hasta el semicivilizado de Perú y Méjico. Cuándo los españoles recuerden la gran parte que a su nación corresponde en la extensión del conocimien to del género hiunano mediante la adición de un nuevo mimdo al anti guo, sentirán un interés, tanto científico como patriótico, por la Antro pología del siglo XIX; aún hoy, países que hablan el español, ofrecen uno de los más amplios campos para las observaciones antropológicas" (Edición 1974, Edit. Ajruso, páginas V-VI). Frente a la simpática actitud de Tylor, y a la familiaridad con la verdadera importancia relativa de cada crónica, vamos a encontramos una muy distinta en el caso de L. W. Morgan, tan importante para nuestra ciencia, por otra parte. De él sólo hemos manejado su famosa Ancient Society, en su traducción española de Ayuso, 2.® edición; creo que es suficientemente representativa de la información de que dispo nía Morgan y, como se verá, muy elocuente de su actitud al respecto. Gozábamos, además, al tratarse de una edición moderna y, para mayor detalle, prologada por nuestro profesor Lisón, de ciertas facilidades: in cluso, disponíamos de un Indice Bibliográfico; desgraciadamente, lo he mos encontrado muy deficiente. Faltan en él 12 referencias de Herrera, 2 de Clavijero, y una respectivamente de Acosta y Garcilaso; por otra parte, encontramos especialmente chocante que se sUencie el nombre, y sólo se citen las obras, de nada menos que Sahagún, Garcilaso y Durán: errores estos últimos explicables, dada la actitud verdaderamente into lerable del autor hacia los mismos en bloque. Lo cxirioso, y esta contradicción la va a detectar igualmente el pro fesor Lisón a otros niveles, es que nuestro famoso Morgan lleva a cabo un verdadero abuso bibliográfico de nuestros cronistas: hemos hallado nada menos que 53 citas, de un total de 464 repartidas entre crónicas grecorromanas, viajes modernos y contemporáneos, y literatura propia- — 111 mente antropológica, de la época (y recordemos que el último capítulo lo dedica exclusivamente a su colega y reciente anfitrión MacLennan, en exclusiva y no muy simpática actitud). ¡Nada menos que un 11'4 % es lo que dedica a nuestros cronistas! ¡Y en un libro que pretende ser una "construcción" de las etapas evolutivas de la Humanidad, desde los más "salvajes", los inferiores, hasta la propia civilización; fase esta última a la que no le concede muchos esfuerzos, esa es la verdad. El libro, cree mos, no puede ser comprendido si no se tiene en cuenta que acaba de llegar de Europa, donde ha conectado con los antropólogos más famosos: MacLennan, Lubbock, Maine, etc.; pero no con Tylor. Las escenas de su Diario de viaje, que nos recoge tan laboriosamente el profesor Lisón, son de lo más expresivas: ha oído Misa del Gallo en el Vaticano (siendo él protestante), ha saludado personalmente a príncipes europeos (a pesar de su aborrecimiento del sistema monárquico que impera en la civiliza da Europa, tanto católica como protestante), ha gozado de los refina mientos de la civilización, en compañía de su amada esposa; pero vuelve presuroso a su "democrática y protestante" Norteamérica, un tanto in satisfecho de los católicos papistas, de la monarquía y la aristocracia inglesa y, en general, de la todavía dominante Europa. Creemos que estos apimtes biográficos son imprescindibles para entender su actitud ante las crónicas indigenistas españolas. El resultado de nuestra investigación bibliográfica es el siguiente: se le dedican 25 notas a Herrera (Stevens, Londres, 1725); 16 a Clavi jero (CuUen, Phüadephia, 1871, re-impresión de Londres, 1807); 4 a Acosta (Grinstone. Londres, 1604), 2 a Tezozomoc (Kingsborough. Lon dres, 1848, y Bandelier, en prensa); 2 a Ixtlixochitl (Kingsborough, 1948); 2 a Garcilaso (Ryaud. Londres, 1688), 1 a Durán (Bandelier. (?), 1867) y a Sahagún, de quien cita, curiosamente, capítulo pero no fe cha, lugar ni traductor: probablemente de Kingsborough, ya que las de Brinton (Philadelphia, 1890), Seler (Eaton, 1905) o de la pro pia señora B'andeílier (Nashville, 1932), son posteriores. Lo curioso es que el mismo año de Ancient Society, 1877, publica Alfre do Chavero en México una biografía de Sahagún, que será la base hasta las definitivas de Seler, Paso y Troncoso, Jiménez Moreno y, al fin, del español exilado en México, Nicolau D'Olwer. Pero Morgan no nos dice nada de ello, aparte de que dudamos de sus conocimientos al res pecto, pues nunca cita una obra española en original, y dudamos que conociera el castellano. Efectivamente, desconocía el castellano y sus noticias de las crónicas provienen de Bandelier, un suizo exilado con su famüia a Estados Unidos desde pequeño, cuyo conocimiento profimdo de las crónicas españolas le lleva a una amistad íntima con Morgan desde 1873. Murió en Sevilla, donde vino a consultar el Archivo de Indias. A pesar de ello, encontramos inexplicable que nos diga en la nota 126 (pág. 232), "en todo lo que respecta a la sociedad y gobierno indio, su régimen social y plan de vida [las historias de la América española] carecen casi por completo de valor, porque nada aprendieron ni nada conocieron de lo uno ni lo otro". Esta nota se 112 — encuentra al comienzo del capítulo dedicado, curiosamente, a la sociedad azteca, a la que teintos desvelos entregaron Sahagún y otros compañeros. El capítulo en cuestión merece la pena que le dediquemos nuestra aten ción: más adelante, no contento con la nota inicial, nos dice en el texto: "Se ha escrito sobre los aborígenes mexicanos y la conquista española más tomos (en la proporción de diez a uno) que sobre cualquier otro pueblo del mismo adelanto, o sobre cualquiera otro acontecimiento de parecida importancia. Y, sin embargo, no hay pueblo del que se conozca menos exactamente sus instituciones y su plan de vida... El fracaso resultante al pretender indagar la estructura de la sociedad azteca entrañó una pérdida grave para la historia de la humanidad. No debía esto ser causa de inculpación a ninguno, pero sí de hondo pesar..." (pág. 233). Subrayamos, por nuestra cuenta, inculpación porque expresa exac tamente el problema de Morgan. Culpa a los españoles de no hablarle de la institución clásica de "gentes", al modo romano; de suponer una monarquía a lo occidental en lo que él denominará "democracia mili tar" de Moctezuma, frente al monarca europeo o "déspota irresponsable", como él le llama, y de llamar "señores" a los "teuctli" aztecas, con dere cho de propiedad hereditario sobre la tierra; en fi n, culpa de suponer que la sociedad azteca (Morgan elude donosamente el problema de los incas, sin citarlos sino en ima ocasión, para homologarlos a iroqueses, pueblo y mexicanos), sea superior a los iroqueses, o haya llegado al grado que él llama "sociedad política" ya no regida por el parentesco, sino por la propiedad y el territorio. Por todo ello, las crónicas espa ñolas no sólo son "superficiales", sino incluso "burda falsedad de hechos patentes", "Sencillamente porque no es verdad", se tenga o no pruebas. Contestamos brevemente a Morgan: a. Los españoles le hablaban realmente de "gentes", como él mis mo reconoce: "El linaje de Herrera y las comunidades de Clavijero, eran evidentemente organizaciones, y la misma organización. Sin caer en la cuenta del hecho, hallaron en este cuerpo de parientes la imidad del régimen social" (pág. 245). Torquemada usa incluso el término "gentes". Por otra parte, ello se debía probablemente a la misma deformación clasicista que Morgan sufría, y que Tylor subraya: por ello, no está de acuerdo v'ion Morgan en el término, y por ello lo criticarán tanto los boasi anos como Lowie. Ni entre los romanos ni entre los aztecas se ha ha llado el linaje matrilineal, característico de los iroqueses y de los pue blos, que Morgan conocía personalmente. b. Los españoles llamaban "rey" a Moctezuma y "señores" a los "teuctli" porque carecían de nomenclatura a traducir. Pero, en algunos casos (y desde luego, en el de Sahagún, Acosta, Tovar y Durán) usaban la nomenclatura indígena, que el mismo Morgan olvida cuando le con viene: como cuando llama repetidamente a tales "teuctli" con el nom bre iroqués "saquém", que fue su punto de referencia original. c. En cuanto al derecho hereditario a la tierra de tales señores, los españoles tenían muchas pruebas a este favor, aunque sólo fuese por — 113 las continuas reclamaciones nobiliarias e individuales, que dieron lugar a tantos pleitos en Nueva España, de que está lleno el Archivo General de Indias. ¿Las propias obras de Tezozomoc e Ixtlixochitl, que cita el propio Morgan, o las de Pachacutec o Huamán Poma en Perú, acaso estaban desprovistas de pretensiones de posesión de parcelas de tierra? En cuanto a la facultad de enajenar tierras propias que él atribuye a los señores feudales, estamos por dudar ante instituciones como la enco mienda el maestrazgo y las vinculaciones, que tanto costó superar en la Edad Moderna. Y en cuanto al "déspota irresponsable" que constituye el monarca europeo, no podemos asegurar que el apelativo corresponda al rey inglés, cuya institución podía conocer mejor el propio Morgan. d. Por último, sobre la superioridad o no de los aztecas, a nivel evolutivo de instituciones, sobre el resto de América del Norte, o sobre si constituían o no un nivel "político", en el sentido morganiano, creemos que nadie podía darle la razón, ni hoy tampoco, a Morgan. Desde luego, no podemos aceptar de la sociedad azteca, como dice él, que "su estado de desintegración e independencia ofrece una reproducción casi exacta del de las tribus de los Estados Unidos, y de la América Británica, en la época de su descubrimiento un siglo más tarde" (pág. 236), cuando, como él mismo sabe, los aztecas sometían a tributo regular una zona que iba de los indios pueblo a la costa veracruzana, y del Pacíñco a Guatemala. Tampoco aceptamos su reducción arbitraria a la mitad de los datos de 60.000 habitantes de la ciudad de Tenochtitlan, que son los más modestos dados, los de Zuazo y el Conquistador Anónimo. Su argu mento contra los que le discutan el dato arbitrario de "porque no es verdad", es sumamente revelador. Tampoco podemos aceptar que reduz ca el Estado azteca a una simple confederación iroquesa, incluso de inferior calidad "en plan y simetría" (pág. 240). ¿Cómo explicar el car go militar permanente, y la asunción por Moctezuma de funciones judidiciales decisorias? En cuanto a si los aztecas eran mera unidad social, o ya política, creo que el esquema es demasiado morganiano para entrar a discutirlo: la escuela inglesa (Fortes, Schapera, Gluckman...) ha pues to en ridículo lo que quedaba de esa reliquia paralelista de Morgan, tras los ataques de la escuela boasiana. ¿Es que los reyes del nivel "civi lizado" no se rigen, a su vez, por una institución tan de parentesco como es la "dinastía"? Para terminar con Morgan, sospechamos que en el fondo del capí tulo de "La sociedad azteca" y de la apreciación tan negativa de los cronistas a nivel meramente heurístico, hay una cuestión personal. Y quizás no tan lejana de su manía anti-monárquica, anti-europea, anti civilizadora y probablemente anti-católica. ¿Por qué despreció tan sobe ranamente el tratamiento de la evolución del nivel religioso, a pesar de su complejidad, como hicieron la mayoría de sus compañeros evolucio nistas (Robertson, Tylor, Frazer, Bachofen, MacLennan...), contando con tanta documentación como le ofrecían los cronistas españoles, que tan bien aprovechó Tylor en Primitive Culture? Desde luego, como se verá en el Apéndice bibliográfico, su amigo y antropólogo Adolph Bandelier 114 — manifestó hacia estas fuentes una actitud muy distinta, cuando se tomó la molestia de traducir tantas crónicas de origen español. Como último autor, queremos considerar al P. Wilhem Schmidt: católico centroeuropeo, no evolucionista a un grado tan apriorístico, con una capacidad para fundar escuela mucho más fecunda que el solitario Morgan; recolector y publicista más decidido de verdadera documenta ción de campo, y un catador de fuentes etnohistóricas más ñno. Para quien tenga dudas sobre su honestidad cientíñca o su fecundidad en la historia de la antropología, aconsejamos volver a leer las páginas dedi cadas a él en dos manuales como los de Lowie (1937) o Palerm (1967). El mismo Mauss, que tenia motivos personales por cierta frase desaprensiva empleada para denominar L'Ecole Sociologique Frangaise, referida a su religión familiar judía, reconocía que gracias a sus esfuer zos en pro de su teoría monoteísta en la fase primitiva, se recogió "una hermosa cosecha de datos" (Etnografía, cap. I). De este autor, no hemos podido disponer sino de su obra Historia comparada de las religiones, original de 1930, y traducida al español en 1941, por cierto, muy defec tuosamente. Pues bien; en este libro hay frases muy especíñcas en el capítulo primero. Tras una introducción histórica al tema, y tocante al período que nos interesa (él lo llama "de los descubrimientos"), hay unas páginas sugestivas sobre el valor del Renacimiento, la Reforma y la Contrarreforma de cara a la religión comparada y la etnografía, que nos darán buena luz en nuestra investigación doctoral. Pero, de cara a nuestro presente interés, hay un párrafo que no nos resistimos a repro ducir: "Así sucedió que la primera gran cosecha etnográñca y científica, que las religiones lograron con el descubrimiento de nuevos continentes, fue casi exclusivamente hecha por las misiones católicas... Sobre las rela ciones de los misioneros, que por su naturaleza misma son generalmente monografías de un único país o tribu, contentémonos aquí con remitir al lector a la historia de la etnología (Schmidt y Koppers: Pueblos y culturan, Regensburg, 1924; H. Pinard de la Boullade: El estudio com parado de las religiones, París, 1929, 3.® edic.). Merece especial mención aquí la obra Historia universal de Nueva España (sic), del misionero franciscano Bernardino Rivera de Sahagún (1500-1590), que hizo minu ciosas indagaciones ante los sacerdotes y notables del antiguo México acerca de toda la antigua religión mexicana, con sus fi estas, ritos, ofren das y cantos, y que las transmitió en detallada exposición en la lengua original, ilustradas con fi guras y dibujos. Como no halló en sus supe riores, espirituales ni temporales, interés ni apoyo para sus trabajos, se perdió su famoso manuscrito, y sólo en 1830 fue de nuevo descubierto en España por lord Kingsborough, y luego publicado. Del mismo modo, sólo en 1873 publicó Markham, bajo el título Relación sobre las fábulas y ritos de los incas, una obra del presbítero secular Cristóbal de Molinos (sic) (1520-1584)" (Schmidt, op. cit., pág. 42). Para terminar con esta larga ya comunicación, queríamos aprove char dos puntos de esta cita, que nos parecen de interés. Nos referimo.s a la carencia de "interés ni apoyo" de parte de los superiores de Saha- — 115 gún y Molina, sobre cuya actu^dad, como sobre la de muchas otras circunstancias del siglo xvi español, sería la ocasión de hacerse cuestión en esta Reunión. Y, en segundo lugar, al descubrimiento "de nuevo" a cargo de Kinngsborouh o Markham de tales manuscritos. Creemos de interés para los presentes aclarar, corrigiendo con Nicolau O'Olwer (Mé xico 1952) que el descubrimiento no fue hecho por lord Kingsborough, sino'adquiiído de manos del exilado Felipe Bauzá, a través de un librero londinense y junto con el resto de documentos que fue publicando con juntamente hasta formar los 9 volúmenes de su famoso Antiquities of México, 1830-48. Aunque la ignorancia oficial de la auto ridad española de éste y muchos manuscritos más sea un hecho, eso no quiere decir que ningún español lo conociese: ya que usado por Muñoz en 1793, posteriormente por Antonio de Capmany y Montpalau, y mu chos otros como Rosell, Fabié (descubridores del manuscrito de Floren cia) o el propio F. Bauzá, se han adelantado a los hallazgos mexicanos. Este' escribió en un resumen, antes de entregarlo, en el vol. I, pág. 369380 julio de 1824 de la revista Ocio de españoles emigrados, Londres, fi rmando "Anónimo", que es reproducido en 1825 por el periódico mexi cano "El Sol", callando la procedencia. Por último, las investigaciones biográficas y bibliográficas al respecto de Sahagún han vuelto a tener un broche español, aunque en este caso, por obra de otro "migrado", el profesor D'Olwer. En nuestros días, el profesor Ballesteros adjuntó apéndices lingüísticos, de gran promesa, a los manuscritos matritentes por él publicados, sin traducir (1965). Sin embargo, el P. W. Schmidt valoraba suficientemente la perti nencia de publicaciones o traducciones de cronistas españoles a comien zos del siglo XX, cuando incluyó el resumen de su "Historia", enviado por Sahagún a Pío V (1572), en el primer número de su famosa revista "Anthropos" (1906). .. , y, x 't Esperamos que, a partir de esta Primera Reunían de Antropólogos Españoles, el interés de las autoridades por la propia antropología espa ñola (de campo o etnohistórica, cultural o física, hispánica o america nista) permita que estos esfuerzos realizados privada y costosamente por españoles formados "a su costa" no se pierdan, para beneficio de la antropología extranjera y expolio nuestro. APENDICE BIBLIOGRAFICO TraduccioTies o ediciones a. hase de crónicas españolas sohre indígenas americanos, como índice del papel desempeñado por tales crónicas en el nacimiento de la Antropología científica en los países respectivos. 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