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Don Cristóbal y Juan Mesa el Sevillano

Cornejo-Vega, Francisco J.

Full text

13 El más amoso de en e odos los í e es popula- es españoles es ‘Don C is óbal’. Su ama de hoy se debe, casi exclusi amen e, a la genialidad y sensibilidad d amá ica del poe a Fede ico Ga cía Lo ca, que supo inmo aliza pa a la His o ia de la Li e a u a Uni e sal —así, con las g andes mayús- culas de la cul u a o icial— lo que has a en onces había sido un enómeno ma ginal, inculado a la minus alo ada cul u a popula o, como se decía en onces, olck-lo e. En sus piezas El e ablillo de don C is óbal y en la T agicomedia de don C is óbal y la señá Rosi a, Fede ico ecogió iel- men e buena pa e de los aspec os ex e nos o o males de es a adición i i i e a: los nomb es de los pe sonajes (C is óbal, Rosi a, Cocoliche…), sus a ibu os (la cachipo a del p o agonis a, la eminidad incon olada de Rosi a), o el i mo des- en enado de la acción de los í e es de guan e; pe o, sob e odo lo demás, Ga cía Lo ca plasmó en es as ob as la esencia, el alma, el ‘duende’ de es e d ama an iguo pe o e e no que se enía e- p esen ando po ie as andaluzas desde Dios sab á cuando. Tí e es y i i i e os en el siglo XIX: DON CRISTÓBAL Y EL TÍO JUAN MISA F ancisco J. Co nejo Ti i i e o y p o eso de la Uni e sidad de Se illa e-mail: [email p o ec ed] Demos g acias a Fede ico po odo lo que hizo en memo ia de don C is óbal y sus colegas de ca ón y apo, po que son bien escasos los es- os que han quedado de su paso po es e mun- do. Que se sepa, hoy no exis en ni los muñecos usados po los i i i e os popula es que esceni i- caban sus his o ias de cachipo a ni, desg acia- damen e, ampoco hay plasmación esc i a de es- as úl imas. Po eso, se con ie en en al amen e aliosas y me ecedo as de di usión las no icias que nos in o man sob e el p imigenio Don C is- óbal y sob e aquellos que le daban ida en sus modes os escena ios; aunque, como en el caso del p esen e a ículo, la no edad de lo con ado p o enga sob e odo de un desempol a iejos ex os decimonónicos que ue on publicados en su día y sin emba go, a pesa de su in e és y bue- na li e a u a pe iodís ica, p on o ol idados. La p esencia de Don C is óbal apa ece siemp e en las c ónicas inculada a las e ias, eladas y ies as po- pula es andaluzas, casi siemp e, se illanas. La amo- sa Fe ia de Ab il de Se illa ecoge, ya en su p ime a edición de 1847, la p esencia de nues o pe sonaje: TRADICIÓN … epa iéndose po los con o nos del p ado las máquinas gi a o ias de caballos y calesas, cosmo amas, y el siemp e e ible apo eado , Don C is óbal Polichinela, con su insepa able Doña Rosi a (Velázquez, 1872, 651) Es cu ioso como, en los pocos documen os que ecogen da os ela i os a los i i i e os que ac uaban en la Fe ia se illana, siemp e apa ecen sus ba acas jun o a las ‘máquinas’ de caballi os, has a el pun o que ambos i- pos de di e siones compa ían una misma ca ego ía de a bi ios: en el año 1860 las «Máquinas y polichinelas» paga on la can idad de 50 eales po ins ala se en la Fe ia de Ab il. Es a can idad e a ecaudada po una ins i u- ción bené ica, el Asilo de Mendicidad de San Fe nando, que con inuaba de es a mane a con la adición igen e desde nues o Siglo de O o de eca - ga a las emp esas ea ales y lúdicas con impues os des inados al man e- nimien o de ins i uciones que cumplían una inalidad social (AHMS, C.A., leg. 849, . 168). Analizando los da os de la Fe ia de 1860, podemos com- pa a los 50 eales de impues os pagados po los i i i e os con los 100 con que se g a aban a los «Tea os y Ci cos», los 95 ó 105 aplicados a los «pues os de buñuelos» o los 20 de los «pues os de agua», y así hace nos una idea de los bene icios que se espe aban de cada una de es as emp e- sas; en es e mismo año hubo 13 pues os de «máquinas y polichinelas» que supusie on 650 eales de a bi ios en e a los 300 gene ados po los es «Tea o y Ci cos». La misma asa se aplicó a las es compañías de «Tí e- es» que al año siguien e se ins ala on en la Alameda de Hé cules se illana pa a ac ua du an e las eladas de San Juan y San Ped o (AHMS, C.A., leg. 869). La impo ancia que es os ing esos enían en la economía del Asilo de Mendicidad se asluce en es a ca a esc i a po su Di ec o , S . Buiza y Mensaque, al Alcalde de Se illa el 31 de ma zo de 1869 solici ando que mande despeja el luga donde se ins alaban las ba acas de los i i i e os: Ap oximándose los días en que se celeb a la e ia de es a Ciudad, se es án epa - iendo como cons a a V. S. las licencias pa a la colocación de casillas y pues os que se es ablecen en la misma, y como no haya podido espedi ninguna pa a las má- quinas de caballos y polichinelas po es a el si io que ocupa on el año úl imo, con pied a pa ida pa a los a eci es, uego a V. S. si a dispone se le an e aquella, con obje o de que no su an pe juicio los ondos des inados al sos enimien o de es a casa (AHMS, C.A., leg. 946) Sabemos que los í e es de Don C is óbal no al aban ni en la Fe ia ni en ninguna de las ies as de los ba ios se illanos, las llamadas ‘ elás’ o eladas —como la de San Joaquín y San a Ana en T iana, o las ya ci adas de San Juan y de San Ped o en la Alameda—, g acias a una se ie de he mosos a - ículos que el poe a se illano Luis Mon o o ue publicando en algunos dia- ios, como El Español, de Se illa, o La Época, de Mad id, y que ag upó bajo el í ulo de La capa del es udian e: a ículos li e a ios de di e en es colo es. Así, en el i ulado «La e ia de Se illa», la desc ibe de es a o ma: 15 …A un lado, la elada con sus pues os de a ellanas, u ones y jugue es; las ba acas donde Polichinela embauca y emboba a las sencillas gen es que lo escuchan; a o o, las chozas de las ji anas, ipos que se p esen an ado nados con odos sus a ibu os, y iendas de bebidas en las que desempeña el p incipal papel la clásica ‘caña’ anda- luza… (Mon o o, 1889, 164) Y en «La elada de San a Ana» podemos lee : Tú no que ás, lec o a isado, que nos mon emos en los caballi os o en las calesas del “Tío i o”, eme oso de pe de la cabeza; ni que en emos en la ba aca donde “C is óbal el B a o o C is obi a”, apo ea a sus ac eedo es. Tú e lo pie des; po que de lienzos aden o se ep esen a aho a en ése, que u end ás po ba aca y yo dis- pu o po el mejo de los ea os, un poema d amá ico que ale pun o menos que aquel muy amoso de Guillén de Cas o, in i ulado: “Las mocedades del Cid” (Mon- o o, 1930, 69) Sin emba go, el que más nos in e esa de odos es os «a iculillos», como su au o los llamaba, es el i ulado «C is óbal el B a o (Polichinelas de Juan Misa el Se illano)» que o iginalmen e ue publicado en 1882 y que pos e- io men e apa ece ecogido an o en el ci ado lib o La capa del es udian e, como en Algo que se a (cuen os y a ículos) y en Po aquellas calendas. Vida y milag os del magní ico caballe o Don Nadie. Son an in e esan es las no icias que en él se dan de Don C is óbal, del i i i e o que le daba ida, Juan Misa el Se illano, y las e lexiones que el poe a Mon o o hace sob e los mismos, que desde luego lo mejo es dis u a lo di ec amen e, sin in e - media ios: esa es la azón de su inco po ación en un anexo a es e ex o. Algo semejan e se puede deci de o o a ículo, «Una e ia en un pueblo de Andalucía», ambién dedicado a Juan Misa y su Don C is óbal, en es e caso esc i o po el e udi o se illano José Ges oso y Pé ez, y publicado en la e is a ba celonesa La Ilus ación A ís ica en1897. Aunque aquí eliz- men e ilus ado po unos magní icos dibujos de S. Azpiazu, p obablemen- e ealizados a pa i de o og a ías, que incluyen el e a o del i i i e o, el escena io con los í e es y el aspec o ex e io de la ba aca, incluidos unos magní icos anuncios his o iados. Tex o y dibujos ambién se incluyen en el anexo; a pesa de que el a ículo ue a ecogido hace algunos años, pa cial- men e y sin da a , po el i epe ible Paco Po as en ese in e esan e, aná qui- co y ya di ícil de encon a lib o que i uló Ti elles. Tea o popula (Po as, 1981, 208-218). De la lec u a de ambas piezas li e a ias es posible deduci in e esan es da os sob e el enómeno ea al que supuso la exis encia de la adición andaluza de Don C is óbal Polichinela. Algunos ya sabidos o que podían se ácilmen e de- ducibles po su semejanza a o as expe iencias i i i e as adicionales: la es uc- u a amilia de la compañía o la au osu iciencia del i i i e o a la ho a de ab ica sus muñecos, su ea o o su publicidad. O os, como los de alles écnicos de la u ilización de la lengüe a me álica pa a la oz de Don C is óbal, pe o no pa a los o os pe sonajes; el diálogo abie o en e el p o agonis a y su i i i e o; o el i ual sono o que p epa a y a isa al público pa a el comienzo de la unción; son odos ellos huellas le es de un a e e íme o, apun es aliosos que nos ayudan a com- p ende , o mejo , a imagina , cómo e an aquellas ep esen aciones y el po qué de su éxi o de ba acas llenas a 10 cén imos la en ada (15 en p e e encia). Sin emba go, la sa is acción gene ada po el conocimien o de es os aspec os de la amoya de la unción no si e de consuelo —más bien odo lo con a io— cuando se descub e lo i epa able de la pé dida de la li e a u a d amá ica ‘c is obalina’. Un sabo ag idulce inunda á los sen imien os del aman e del buen ea o cuando, as la lec u a de la b e e e ingenuamen e an icle ical escena ansc i a po Ges oso en su a ículo, in uya la magni ud y calidad de esas o as «sesen a o se en a escenas» que no hemos llegado a conoce . Pe o no pe damos la espe anza; quizás algún día apa ezcan los manusc i- os inédi os que ecogen esos pasos del epe o io d amá ico de Don C is- óbal que el bueno de Mon o o p ome ió publica alguna ez. Los ex os que se adjun an pueden se i ambién de espejo en el que se mi e la p o esión i i i e a de nues os días pa a descub i lo mucho o lo poco que se ha ans o mado al cabo de más de un siglo. ¡Quién no ha escuchado algu- na ez las mismas quejas del Tío Juan Misa eclamando que le «den bombo» al ea o de í e es saliendo de la boca de algún amigo i i i e o! En in, a al a de los muñecos del Tío Juan Misa —¿en qué colección es- a án los que endió al cu ioso inglés, que nos dice Ges oso?—, a al a de los ex os que la ansmisión o al ue puliendo con el paso de los años y que hicie on dis u a a muchas gene aciones de andaluces, y una ez o a i emediablemen e dicha adición, celeb emos la exis encia de es os lumi- nosos «a iculillos» y ag adezcamos a sus au o es su cla i idencia y lucidez al sabe econoce uno de los más icos géne os de la d ama u gia con em- po ánea. No es casual que en sus uen es bebie an los dos g andes poe as d amá icos españoles del siglo XX: Fede ico Ga cía Lo ca y don Ramón Ma- ía del Valle-Inclán. ANEXO I C is óbal el B a o (Polichinelas de Juan Misa el Se illano) [1882]1 po Luis Mon o o y Rau ens auch I.- Famosas ue on en Se illa las eladas de San Juan y San Ped o. La Alameda de Hé cules, a que llama on en lo an iguo la Laguna, eíase en las noches de los días de aquellos dos San os, y en esos mismos días, con e ida en el más concu ido y animado de los paseos de la ciudad. Pa a allí se daban ci a damas y galanes; allí equeb aban és os a aquéllas, y las obsequiaban con dulces y buñuelos, y allí acudían odas las clases de la sociedad pa a pasa una buena pa e de la elada, solemnizando ya la es i- idad del Bau is a, ya la del P íncipe de los Após oles. Nues as e benas han pe dido la animación y la aleg ía que en o os iem- pos u ie on, quedándoles un dejo de ies a popula , que sólo paladea el gus o más delicado. Empe o oda ía se alzan en los paseos de la Alameda los ca ac e ís icos pues os de agua con sus eno mes ja as de ba o y lla es de me al, sus asos 1A ículo publicado en La capa del es udian e: a ículos li e a- ios de di e en es colo es, Se i- lla, Es ablecimien o Tipog áfico, 1889, pp. 55-64. 17 limpios como una pa ena, sus azuca illos (a que aquí llaman panales) blan- cos como la leche, su ba e ía de bo ellas llenas de ag az unas y de ho cha a o as, y su aguado , se icial y solíci o como él sólo, con las mangas de la camisa emangadas has a el codo, al ai e los b azos, y p egonando su me - cancía: ¡Agua esca de la Alameda! Toda ía en a ece el ai e el humo que sale de los clásicos ana es de las buño- le as, las cuales no se dan pun o de eposo, las unas en a en a la candela, echa acei e en el pe ol y saca los buñuelos con punzones (ganchos, como ellas les nomb an); las o as, en me e los dedos en el ba eño que con iene la masa, da o ma a és a y a oja la al acei e que hie e y bu bujea. Toda ía gi an al ededo del eje que los sos iene, los caballi os y las cale- sas del enomb ado Tío-Vi o, y oda ía encuen a el cu ioso la ba aca en que los niños y las gen es sencillas pasan las ho as mue as, em- bobados y con an a boca abie a, asis iendo en la ep esen ación del poema d amá ico a que yo in i ula ía A en u as del C is óbal el B a o. II.- Cúpome en sue e da con una ba aca de polichinelas, o del ío C is o- bi a, como po aquí son llamadas desde hace muchos años; y digo que me cupo en sue e, po que hacía iempo que andaba yo que bebía los ien os en busca del p ime ea o a que concu í, y del cual apenas sí me aco daba. E a el mismo, o, pa a habla en pu idad, e a idén ica aquella ba aca a la p ime a que i en mi niñez. Las mismas ablas mal unidas, o mando sus pa edes; el mismo lienzo obscu o y emendado, haciendo las eces de echo. Po ue a, niños y sol- dados, mozas de se icio, pilluelos as osos y endedo es de al amuces y a ellanas. A la pue a, un homb e decido , que no cesaba de g i a : ¡Aden o, seño es, aden o! En en us edes a e a CRISTÓBAL, EL HOM- BRE BRAVO ¡Aden o; que se a a p incipia ! Sob e la pue ecilla, un g an lienzo, en el cual se eían pin adas, con los co- lo es ojo, e de y ama illo, las escenas del d ama que iba a se ep esen ad de ablas aden o. Po debajo de aquél, que e a el mejo de los ca eles, una mano an a ezada a maneja el pincel como la pluma, había esc i o: Polichinelas de Juan Misa el Se illano. Al lado del homb e, que oci e aba supliendo con sus oces el o icio que hacen pa a los coliseos del Reino, p og amas, ca eles y gace illas, a que llaman bombos y eclamos, una muje que, según a e igüé muy luego, po al se enía y cuya del céleb e Juan Misa, edoblaba en un ambo . El ambo , dije en e mí, que ha ep esen ado el p ime papel en nues a his- o ia polí ica casi con empo ánea, a de capa caída. El edoblado pa che, como de él esc ibie on poe as a caicos, anunciaba en o os días, poniendo espan o en los espí i us apocados, que egía la ley ma cial: a golpe de am- bo se publicaban los bandos de gobie no: el ambo ile o e a el pe sonaje obligado en oda ome ía; y ¡qué más!, a la in an e ía española sacaba de sus casillas el edobla de los ambo es. Hoy pa ece como si el ambo , on- co de suyo, se ha quedado sin oz. De cuando en cuando, muy de a de en a de, suena a la pue a de la ba aca de C is obi a, o, en la plaza pública, anuncia al sacamuelas o al payaso. Al ambo ha encido el bombo. Así me lo dio a en ende Juan Misa, dicién- dome an luego como abé con él con e sación: — ¡Qué quie e V.! No pa ece sino que es e demonio de ambo no suena. Aquí es- amos dale que le das, mi muje y yo, caca eando más que el gallo de la Pasión; y ¡nada! no acude gen e. ¡Ya se e! ¡Si a mí me die an bombo como muchos hacen hoy con los a is as, o a cosa se ía! Las palab as de aquel pob e homb e, que sabía gana se la ida más hon adamen- e que lo hizo el uhán de Ginesillo de Pasamon e, de quien hablan las his o ias, me mo ie on a p ome e le da le bombo, po los pun os que calzaba en a es. III.- En é en la ba aca. También e a po den o el mismo ea o de hacía ein a años. Los mismos bancos des encijados; las mismas candilejas colgadas de alamb es que pendían de los a esaños del echo, con sus meche os y o cidas empapadas de acei e de oli a, las cuales ahumaban más que alumb aban; el mismo escena io, a que aho a llaman palco escénico, con el mismo simulado elón de boca, y el mismo público ambién, bullangue o y albo o ado , p openso a la ca cajada y p edispues o al aplauso; público a la buena de Dios, o a la pa a la llana, como decimos en Andalucía, en cuyo ánimo no in luyen las labo iosas ges aciones de la c í ica li e a ia, ni las hi- pé boles lauda o ias o dep esi as con que los amigos, o los enemigos del au o y de la emp esa ea al, demandan de és os bene icios, o les apa ejan male icios sin cuen o. Cuando se hubo llenado la colmena, es o es, cuando odos los bancos es- u ie on ocupados, Juan Misa anunció al público que e a llegada la ho a de da comienzo a la unción; después de habe ecogido de cada uno de los espec ado es, que ocupaban los asien os de p e e encia, el sob ep ecio de la en ada (cinco cén imos de pese a), po el cual p ocedimien o, que ecomiendo a las emp esas ea ales, son innecesa ios los bille es, y el que quie e ocupa pues o p e e en e, lo paga. Juan Misa en ó en el escena io po bajo de la co ina. Un ins an e después sonó la oz chillona de C is obi a. Apa eció luego en la escena el p o agonis a del d ama, y en él econocí el mismo muñeco que ue la delicia de mi in ancia. No había a iado en nada. Aquella e a su misma cabeza, con las es man- chas neg as, que simulaban los ojos y la na iz, y con o a mancha oja, que suplía po la boca. Mo ía los b azos lo mismo, lo mismo que hacía ein a años. E a el mismo cómico de palo. Los días y los meses habían pasado po él como si al cosa. ¡Qué mucho! ¿No acon ece lo p opio a cómicos de ca ne y hueso? 19 IV.- El d ama, cuya ep esen ación p esencié, e a ambién el mismo que aca- so despe ó en mi imaginación de niño, en aquella edad dichosa en que la admi ación nos qui a el sueño, la a ición a las más al as concepciones del ingenio. C is óbal, o C is obi a (¡ni aún de nomb e había a iado!) seguía siendo el compendio, la suma de odas las cualidades del homb e del pueblo de An- dalucía, lle adas al úl imo g ado. Valien e has a la eme idad, camo is a, pendencie o, zumbón si los hay, gene oso con el necesi ado, al i o con el pode oso y amigo de zamb a, C is obi a es, como pe sonaje que p eside en un poema d amá ico, c eación más eal que las p incipales igu as de los d amas ealis as del día. Los hé oes de los d amas que hoy llenan la escena, esuel en los p oblemas más i esolubles aliéndose del puñal, la espada, el eneno y el e ol e : C is obi a se ale del palo. La po a, con que machuca a sus ac eedo es impe inen es, a los amigos alsos, al mal en u ado que pone los ojos en su muje , a cuan os, en in, se le a e en de ob as y palab as, es, como eso e d amá ico, mil eces más e icaz, con ence mucho más, como dicen los c í icos, que la espada en cuya hoja esc ibió un mo ibundo, con el dedo mojado en su p opia sang e, la ejecu o ia de su deshono . En C is obi a hay algo de El Bu lado de Se illa. Como Don Juan Teno io, a é ese an o a segla es como a clé igos. Si san Telmo se le sube a las ga- ias, nada son pa a él el pode ci il y el pode mili a . Es imposible na a con pocas palab as el a gumen o de la ob a. P ome o ha- ce lo con iempo y sosiego, y embo ona muchas cua illas, po que hay ela co ada. Bas e deci po hoy, que no se án menos de sesen a o se en a las escenas del d ama; que el p o agonis a cumple a las mil ma a illas el p ecep- o de Ho acio, siendo el mismo desde el p incipio has a el in, y que la acción p incipal, que escapa ía a la obse ación de los e ó icos, la encuen o en la mani es ación uda, pe o espon ánea, del sen imien o popula . V.- ¿Quién es, me p egun é, luego que hubo concluido la unción; quién es el au o de la comedia cuya ep esen ación he p esenciado? ¿Signi ica á su nomb e en la his o ia del ea o menos que el de muchos ingenios a quienes pone la ama en el cue no de la luna? Ha ein a años i lo que he is o hoy. El público e a el mismo: niños y gen es del pueblo. El éxi o que ha ein a años ob u o el d ama ue igual al que hoy alcanza. ¿Cuál de las ob as d amá icas, que nos delei an, i i á ein a años en la escena espa- ñola, como ha i ido (y alga en e de ello mi palab a hon ada) la que Juan Misa el se illano in i ula C is óbal el B a o? ANEXO II Una e ia en un pueblo de Andalucía [1887]2 po José Ges oso y Pé ez En la es ación he mosa en que los campos se is en de lo es; cuando las ma iposas de o o y las libélulas e des y azules uelan en e las mieses que esmal an los p ados y en e los azaha es de los na anjos y de los limone os que embalsaman el ai e; cuando los co pulen os higue ales empiezan a desen ol e el man o e de-obscu o de sus a e ciopeladas hojas, que si e 2A ículo publicado en La Ilus a- ción A ís ica, nº 834, 1897, pp. 822-824. Ilus aciones omadas del ejempla de la Heme o eca Municipal de Se illa. de nido a mi iadas de jilgue os y de uiseño es; cuando las golond inas empiezan a e olo ea sob e los gua dapol os y co nisas de los iejos case ones, buscando sus nidos del año an e io ; desde que la p ima e a, en in, se anuncia ien- e, esplendo osa y magní ica de ochando sus mayo es encan os sob e es e p i ilegiado suelo, has a que las hojas de los á boles empiezan a cae len amen e, desp endidas po el ío soplo del o oño, en es e pe iodo de iempo es en el que se celeb an las más enomb adas e ias andalu- zas. Fácil es conoce el pueblo que se dispone pa a celeb a la suya, po el aspec o que o ece y po los p epa a i os que hace. De una pa e ese a las muje es con las aldas ecogidas, luciendo sus o- jos o ama illos zagalejos; enjabelgando con cal las achadas de sus casas, has a deja las más blancas que la nie e; mien as que o as ado nan sus balcones y en anas con ies os pin a ajeados de di e sidad de colo es e- bosando osas y cla eles. Limpias las calles, ado nan el luga de la e ia con a cos de amaje y a oli- llos de papel: nume osas ba acas apa ecen como po encan o engalanadas con las más is osas colchas de abiga ados pe cales, suje as con lazos de seda, lo es de papel do ado y de elucien es alcos, des inadas a buñole ías, abe nas y casas de comida, las cuales se anuncian, las más de las eces, po ilegibles le e os edac ados unos en p osa, como aquellos que dicen: aQ i Se come GUÑUELOS Se VeVei no Se FIA i AgUARDITE y o os en e so, como es e: AY CARACOLES BURGADOS I MENUDO BIEN GUISADO Los endedo es de u as y de u ones; los pues os de jugue es en que e- lucen sables, lanzas, pe os, cascos y escudos de limpia hojala a; con sus caballos y o os de ba o cocido, que po su inocen e ejecución pod ían juzga se po obje os p o ohis ó icos; con sus cu as y bea as siemp e iesos, sus ca añacas, pi os y ompe illas cuyo es iden e uido a u de los más ue es ímpanos, obje os odos que despie an la codicia de unos chicue- los, mien as que o os más dados a las golosinas con emplan is emen e los al ajo es, piñona es y dulces de masa i a de o igen sa aceno, que en o denadas pi ámides o ecen a los e ian es bulliciosos y pin o escos g u- pos o mados de muchachas se anas, esbel as, de neg os ojos y inísimos cabellos, cuyos o sos ciñen ajus ados co piños de e ciopelo y cuyas aldas azules y blancas dejan e sus pies esme adamen e calzados con zapa os de piel blanca y moñas ca mesíes. En el cen o de la plaza y días an es de la e ia hállanse ya ins alados los ío- i os con sus caballos y si enas oscamen e esculpidos, salpicados de luna es ama illos, 21 ojos y e des, con cabezas de exp esión espan able, odos en ac i ud de galopa ; sob e los cuales cabalgan muchachos y muchachas en e iginoso mo imien o ci cula al acompasado y monó ono son de un ambo il, unos pla illos y un cla ine e, a cuyas es uendosas a monías hay que añadi el indispensable ambo del ío del i i imundi, pe sonaje obligado en es as e ias, y el cual, como el ca acol lle a su casa, así él camina con un pie de ije a que si e de asien o a la caja donde se con ienen, no sólo las is as pano ámicas del u ilimundi, sino las de la gue a de Á ica y de Cuba, la mue e del ey D. Al onso XII y del gene al P im, jun amen e con los cua- d os de la ca idad omana o los del sang ien o c imen de Higinia Balague . Acompañado de los edobles del ambo , a explicando en oz al a a los espec ado es, que enco ados aplican el ojo izquie do al c is al mien as guiñan el de echo odas las pe ipecias de aquellos sucesos, o bien les des- c ibe las ma a illas de las ciudades ex anje as, con la exac i ud misma de quien no las conoce ni po el mapa. P óximo al ío- i o se ab e la ba aca de los polichinelas, a los cuales llama la gen e de la ie a las puchinelas de D. C is óbal o de C is obi a, el cual bien me ece capí ulo apa e, siquie a po que a ya ocando a su é mino y no a da á mucho en desapa ece como o as an as di e siones que ue on ca ac e ís icas de es a coma ca andaluza. No ha muchos años que en odas las e ias eíanse a eces más de una de aquellas ba acas en que el amoso C is óbal se exhibía haciendo de las suyas; al p esen e no queda más que un in e p e e, un ejecu an e de an popula di e sión, el cual, una ez desapa ecido, lle a á consigo a la ie a el úl imo ecue do de la p oeza del más b a o de odos los muñecos. El ío Juan Misa, el se illano, es el único a is a que queda, el cual en más de una ocasión u o la hon a de mos a su habilidad delan e de ilus es pe so- najes, como ue on los in an es de España duques de Mon pensie , quienes solazá onse en su palacio de Sanlúca de Ba ameda con las agudas imp o- isaciones de Juan Misa en las empo adas que solían pasa en aquella sun- uosa mansión. Puede deci se de Juan Misa que es digno discípulo de aquel Juan Palomo que de nadie necesi aba, pues así esculpe oda la u bamul a de sus í e- es, como co a y cose las p endas con que los mues a en su escena io, ade eza las candilejas, deco a el in e io de la ba aca empleando los más abiosos colo ines y echa el es o de sus p imo es pic ó icos en el ca el de anuncios, que po más de un concep o ocupa á algún día p e e en e luga en un museo e nog á ico egional. Dicho ca el es ec angula , y luce colgado a mane a de es anda e en la pa e supe io iangula de la ba aca. Es á di idido en cua o zonas ho i- zon ales pa alelas, que dejan en e sí iguales espacios. Comienza la compo- sición po el ex emo supe io de la izquie da, y a desa ollándose, como esc i u a je oglí ica egipcia, de espacio en espacio o como si dijé amos de