La Guerra de Flandes (1566-1648)
Abstract
Este trabajo ofrece una visión de síntesis sobre la Guerra de Flandes, también conocida como Guerra de los Ochenta Años, desarrollada en los Países Bajos entre 1566 y 1648. Basándonos en la abundante bibliografía sobre la materia, intentaremos ofrecer una respuesta convincente a algunas de las preguntas que inmediatamente surgen a la hora de entender este conflicto, elemento central en el desarrollo histórico europeo de los siglos XVI y XVII: ¿Por qué tuvo lugar? ¿Por qué se prolongó durante tanto tiempo? Y, finalmente, ¿por qué terminó de manera tan imprevisible, con la derrota de la Monarquía Hispánica y el triunfo de un pequeño foco rebelde?
Full text
GRADO UNIVERSITARIO PORTADA EN: Historia Título: La Guerra de Flandes (1566-1648) Nombre del Alumno: Daniel Vinagre Cárdenas Tutor: José Manuel Díaz Blanco ANEXO I Curso 2015 / 2016 FACULTAD DE GEOGRAFÍA E HISTORIA
3 Índice I. Resumen y palabras clave…………………………………….……….4 II. Objetivos y metodología……..…………………..……………..…......5 III. Los Países Bajos y los orígenes de la guerra…................…………….7 IV. La Guerra de Flandes: teatro de operaciones……………...…………13 V. El Ejército de Flandes……………………………….….……………29 VI. La internacionalización de la Guerra de Flandes………...…………..35 VII. La globalización de la Guerra de Flandes: las colonias…..…...…..…46 VIII. Conclusión………………………………..………….………………50 Cronología……….…….….……………………….…………….….………….…53 Índice de ilustraciones………………………………………...………………..…55 Bibliografía…………………………………………………….…………………56
4 I. Resumen Este trabajo ofrece una visión de síntesis sobre la Guerra de Flandes, también conocida como Guerra de los Ochenta Años, desarrollada en los Países Bajos entre 1566 y 1648. Basándonos en la abundante bibliografía sobre la materia, intentaremos ofrecer una respuesta convincente a algunas de las preguntas que inmediatamente surgen a la hora de entender este conflicto, elemento central en el desarrollo histórico europeo de los siglos XVI y XVII: ¿Por qué tuvo lugar? ¿Por qué se prolongó durante tanto tiempo? Y, finalmente, ¿por qué terminó de manera tan imprevisible, con la derrota de la Monarquía Hispánica y el triunfo de un pequeño foco rebelde? Palabras clave: Monarquía Hispánica, Flandes, Provincias Unidas de Holanda, Historia militar de Europa (siglos XVI-XVII), colonialismo europeo (siglos XVI-XVII).
5 II. Objetivos y metodología El presente Trabajo Fin de Grado trata sobre la llamada Guerra de Flandes o Guerra de los Ochenta Años, un conflicto europeo que enfrentó, entre 1567 y 1648, a la poderosa Monarquía Hispánica contra un, a priori, simple territorio más dentro de sus vastas posesiones: las provincias norteñas de los Países Bajos, que más adelante pasaron a llamarse las Provincias Unidas. Muy conocido por los historiadores especialistas y por los aficionados, este conflicto sin precedentes en Europa mantuvo ocupado a los monarcas españoles durante casi un siglo, y fue problemático hasta el punto de que hizo fracasar la visión siempre unificadora de los Habsburgo. Así, el objetivo del trabajo no es otro que analizar en profundidad el conflicto que supuso la Guerra de Flandes, que trajo consigo la independencia de las Provincias Unidas, su toma sucesiva de protagonismo en el continente e incluso su afianzamiento como potencia marítima de primer orden. Para ello, trabajaremos la cuestión desde varias perspectivas concretas: el aspecto militar, la guerra en las colonias y, sobre todo, la internacionalización del conflicto, o dicho de otro modo, el papel que jugaron las alianzas y enemistades de ambos países con otras potencias europeas, así como el conflicto de intereses que a menudo se dio en los monarcas españoles, que debieron elegir entre esta u otras empresas o, como veremos más adelante, intentar abarcarlas a la misma vez. Todo ello sin olvidar, por supuesto, un análisis de las causas que llevaron a los neerlandeses a buscar su independencia y una narración de los acontecimientos en sí que tuvieron lugar durante la contienda. La metodología empleada ha consistido en la lectura y el análisis crítico de un conjunto de fuentes literarias y audiovisuales que se encuentran especificadas en la bibliografía. Así, la primera parte del trabajo ha pasado por la recopilación de las ideas fundamentales que deseábamos expresar, para posteriormente procederse a la construcción del texto principal, haciendo referencia mediante notas a pie de página a todos los autores, cuando fuera preciso. En este sentido, Geoffrey Parker 1 ha sido el autor más trabajado, utilizándose sus obras para prácticamente todos los apartados, desde la narración de los acontecimientos hasta la internacionalización y el epígrafe militar. 1 Geoffrey Parker, España y los Países Bajos, 1559-1569: diez estudios, Madrid, Rialp, 1986, y Geoffrey Parker, El ejército de Flandes y el camino español, 1567-1659: la logística de la victoria y derrota de España en las guerras de los Países Bajos, Madrid, Alianza, 2003 (entre otras).
6 Junto a este, otros autores muy frecuentados han sido Jonathan Israel 2 , para la dimensión colonial del conflicto, John Elliott 3 para un marco general de la época y Echevarría Bacigalupe 4 , Henry Kamen 5 o José Alcalá-Zamora 6 para completar diversos aspectos del trabajo, entre otros. 2 Jonathan Israel, La República Holandesa y el Mundo Hispánico: 1606-1661, Madrid, Nerea, 1997. 3 John Elliott, La Europa Dividida, Madrid, Siglo Veintiuno, 1988. 4 Miguel Ángel Echevarría, Flandes y la Monarquía Hispánica, Madrid, Silex, 1998. 5 Henry Kamen, Felipe de España, Madrid, Siglo Veintiuno de España Editores, 1997. 6 José Alcalá-Zamora, “España, siglo XVII: La política exterior”, Historia 16, 4 (1979).
7 III. Los Países Bajos y los orígenes de la guerra Los Países Bajos son de sobra conocidos a día de hoy por prácticamente cualquier habitante europeo (o mundial) que se precie; casi todos hemos oído hablar de los canales de Ámsterdam, el puerto de Rotterdam o la famosa ciudad de La Haya, que alberga un valioso Tribunal de Justicia Internacional. Junto a Bélgica y Luxemburgo forman lo que hoy se llama el Benelux, una unión económica y aduanera entre estos tres países que, no en vano, supone uno de los territorios más prósperos económica y socialmente hablando, tanto de Europa como del mundo en general. Lo que quizás no es tan conocido actualmente es que esta unión aduanera y económica, el Benelux, responde a un orden territorial establecido hace ya siglos. Concretamente, al siglo XVI, cuando estos territorios cayeron en manos de uno de los hombres más poderosos de la historia de nuestro continente: Carlos I de España y V de Alemania. De la dinastía Habsburgo, el príncipe Carlos heredó estos territorios y los reunificó para establecer lo que genéricamente conocemos como los Países Bajos españoles, o más superficialmente incluso, como Flandes, incluyéndolos dentro de las posesiones, a partir de ese momento, de la Monarquía Hispánica. Especificando un poco más, esta herencia de Carlos respondió a la constante política matrimonial protagonizada por sus abuelos, los Reyes Católicos, que en uno de sus intentos de aislar a Francia, su principal enemigo, casaron a su hija Juana con Felipe el Hermoso, duque de Borgoña y los Países Bajos. De esta manera, el príncipe Carlos heredó todas las posesiones castellano-aragonesas gracias a sus abuelos maternos, y todas las posesiones borgoñonas y neerlandesas por su padre Felipe 1 . Naturalmente, la cuestión no era tan sencilla como acaba de plantearse. Los Países Bajos españoles no suponían en absoluto un territorio homogéneo y unificado bajo la figura de un monarca; más bien todo lo contrario, pues se trataba de 17 provincias distintas, que albergaban profundas diferencias de todo tipo: religiosas (mayoría protestante, tras el triunfo de la Reforma, o católica), económicas (primacía marítima o, por el contrario, agrícola), sociales, comerciales, políticas, etc. De esta manera, existía una tensión creciente entre las relativas tendencias centralizadoras y homogeneizadoras de los monarcas españoles, por un lado, y la estructura atomizada real de los Países Bajos, por otro. 1 Manuel Fernández Álvarez, El imperio de Carlos V, Madrid, Real Academia de la Historia, 2001.
8 Se trataba, así, de un territorio más dentro de la muy extensa Monarquía Hispánica, aquella que bajo el dominio de Carlos I llegó a decirse que nunca veía ponerse el sol. Otros ejemplos parecidos podrían ser, sin ir más lejos, Nápoles, Sicilia o el gran Imperio Portugués, adquirido por Felipe II al hacer efectivos sus derechos sucesorios en 1581. No obstante, como bien apunta Maffi 2 , el territorio neerlandés era muy rico, de gran importancia por su potente actividad comercial, que reportaba a la Corona generosos beneficios, y por su marcado carácter estratégico, ya que se trataba de una extensión del poder español en Centroeuropa, muy bien situada de cara a posibles conflictos con Inglaterra o Francia, fundamentalmente, así como con los príncipes alemanes protestantes o con las potencias bálticas, con las que se llevaba a cabo un intenso comercio. No puede comenzarse un análisis de la Guerra de los Ochenta Años sin antes presentar, en líneas generales, cuál era la situación económica, social, religiosa, política y fronteriza algunos años antes del estallido de la revuelta (concretamente, a la altura de 1555, cuando el emperador Carlos cedió a su heredero, Felipe, la titularidad de los Países Bajos). Como ya dijimos, hay que alejarse por completo de la idea de un territorio unificado y homogéneo pues, como puede verse en el mapa 3 , a mediados del siglo XVI los Países Bajos suponían una amalgama de ducados, condados y obispados, hasta 17 provincias, siendo las más importantes las de Flandes y Brabante, por el sur, y las de Holanda y Zelanda, por el norte. Se trata, además, de un territorio diversificado en lo que se refiere al paisaje, pues las tierras rurales del interior y el nordeste dejan paso al complejo entramado comercial del sur y suroeste, especialmente en aquellas provincias marítimas. Todo ello reforzado, como no podía ser de otra forma, por la 2 Davide Maffi, “Los orígenes de la Guerra de Flandes”, Desperta Ferro: Historia Moderna, 1 (2012), pp. 6-10. 3 Consultar índice de ilustraciones.
9 existencia de grandes ríos (Escalda, Mosa o Rhin), que fueron aprovechados por los neerlandeses gracias a la construcción de canales que facilitaban la movilidad por toda la región. De ello deriva la potente posición económica de los Países Bajos a mediados del siglo XVI: existía una actividad comercial muy fuerte tanto con el centro y sur de Europa como con Inglaterra y el mar Báltico, que hizo de este territorio uno de los más ricos y prósperos, en competencia con el norte de Italia, de todo el Viejo Continente. Esto fue posible, entre otras cosas, por la existencia de una fuerte burguesía, muy activa, pero también de una clase nobiliaria mucho más ligada a la actividad comercial que en otros países. De hecho, ambas se unieron en la revuelta para defender sus privilegios e intereses frente al monarca español. No en vano, algunos autores sostienen, como es el caso de Alcalá-Zamora 4 , que la sociedad de clases surgió ya aquí. De esta forma, los Países Bajos, que contaban con una de las densidades de población más altas de Europa –unos tres millones de habitantes para 75.000 kilómetros-, vieron su índice de población urbana y su tasa de natalidad crecer a lo largo de todo el siglo XVI, a pesar de la guerra que estalló a finales de la década de 1560. Existía, por tanto, un nivel de vida alto si lo comparamos con otros países de Europa en el mismo momento, y algunas ciudades se desmarcaron como centros culturales de primer orden, como es el caso de Amberes 5 . En cuanto a la situación política, lo cierto es que fue Carlos V quien definió las fronteras y la autonomía de los Países Bajos y estableció en 17 el número de provincias del territorio, al que dotó de una personalidad propia a través de un instrumento principal: la Pragmática Sanción, de 1549, que unificó estas provincias bajo una entidad territorial indivisible, creando el título de Señor de los Países Bajos. A este nuevo territorio unificado lo dotó de gobierno a través de la figura del Gobernador, de sobra conocida ya en otros territorios, junto con la acción de los Estados Generales, un organismo autóctono de gobierno que recogía representantes de cada Estado provincial 6 . La religión, por último, supone el tema más espinoso y difícil de abordar en lo que respecta a la situación de los Países Bajos. Lo cierto es que a la altura de 1555, y durante todo lo que duró la estancia española en la zona, la religión oficial era, incuestionablemente, el catolicismo. Sin embargo, la Reforma protestante había ido extendiéndose en sus diversas 4 Alcalá-Zamora, “Flandes contra…”, p. 8. 5 Ibid., p. 7. 6 Maffi, “Los orígenes de la Guerra de Flandes”, p. 6.
10 vertientes, como bien sabemos, por el centro de Europa, y los Países Bajos no serían una excepción. A la altura de 1560 el calvinismo -estandarte de la futura revueltatodavía era muy reducido, pero el luteranismo y el anabaptismo sí se habían consolidado algo más entre la población 7 , si bien conviene apuntar, como hace Alcalá-Zamora 8 , que el protestantismo podía encontrarse en mayor número en las ciudades, mientras que las zonas rurales eran mayormente católicas. De esta forma, la firme determinación de los monarcas españoles de acabar con la herejía en los Países Bajos e instaurar el catolicismo sin variantes sería uno de los campos principales de enfrentamiento en el conflicto ibérico-neerlandés. En cuanto a las causas de la guerra, y aunque existe diversidad de pensamiento entre los especialistas en la materia a la hora de analizarlas, en líneas generales todos vienen a coincidir en tres aspectos fundamentales: religión (libertad de creencias), política (pugna entre localismo y absolutismo unificador) y economía (tributación y crisis). Como bien analiza Gallegos 9 , fue un conjunto de motivos y en ningún caso podemos afirmar que existiese uno concreto (ni siquiera el religioso, que es el que más se ha comentado tradicionalmente). Comenzando precisamente por las religiosas, resulta importante mencionar que el malestar en ese sentido se cimentó en dos aspectos: la reestructuración de las diócesis por parte de Felipe II en 1561 y la instauración del tribunal de la Inquisición, con el firme objetivo de eliminar la herejía de los Países Bajos. Esto es, a través de una bula papal el Rey Prudente creó catorce nuevas diócesis, que se sumaron a las tres ya existentes, lo que sin duda despertó una fuerte oposición entre el alto clero neerlandés. Por otro lado, el malestar generado por la instauración del tribunal inquisitorial resulta obvio, toda vez que el protestantismo estaba creciendo enormemente en la década de 1560 10 . De esta forma, la élite nobiliaria de los Países Bajos comenzó a realizar peticiones de tolerancia religiosa (lo que no implica que fuesen protestantes), bajo las que se escondían reivindicaciones de privilegios y poder 11 . Por tanto, tenemos un panorama religioso, a la altura de 1565, de oposición a las medidas católicas provenientes de Castilla pero, a la misma vez, de propagación del culto protestante. 7 John Elliott, La Europa Dividida, Madrid, Siglo Veintiuno, 1988, p. 128. 8 Alcalá-Zamora, “Flandes contra…”, p. 11. 9 Federico Gallegos, “La guerra de los Países Bajos hasta la tregua de los doce años”, Revista Aequitas, 4 (2014), pp. 169-182. 10 Ibid., p. 182. 11 Elliott, La Europa Dividida, p. 136.
17 Así, la realidad fue que entre 1567 y 1572, cuando estalló la segunda revolución, Alba gozó de un poder casi absoluto, y la población neerlandesa padeció la represión del Tribunal de los Tumultos, la fuerte tributación y los abusos de los Tercios, hasta que decidió volver a levantarse en armas. No obstante, resulta importante apuntar que para algunos autores, como es el caso de Parker 12 , la represión de Felipe II y Alba en los Países Bajos, especialmente después de 1569, se ha criticado y exagerado sobremanera, alimentada también por la ya mencionada Leyenda Negra. Otros, como Kamen 13 , exponen que la represión levantó quejas en toda Europa pero que Felipe II nunca tuvo especial inclinación por la clemencia, y que pospuso tanto su viaje a los Países Bajos porque realmente no quería ir. De esta forma llegamos al año 1572, que trae una nueva revuelta que, esta vez sí, conseguirá consolidarse y ofrecer una resistencia cada vez más creciente a la Monarquía Hispánica. Como ya hemos dicho, esta vino motivada por la extenuación de cinco años de gobierno del duque de Alba, y se materializó con la invasión de los Países Bajos por parte de Guillermo de Orange, al mando de un ejército protestante, y Luis de Nassau, con otro. Nuevamente, el ataque llegó en un momento de debilidad del poder real, pues Felipe II se encontraba centrado en el frente turco, que acababa de vivir la conocida batalla de Lepanto a finales de 1571. Además, Orange y Nassau contaron con la ayuda de un contingente francés hugonote que presionó desde el sur, y de la acción de los llamados Mendigos del Mar, el brazo marítimo de las fuerzas rebeldes, que sí logró importantes victorias (de hecho, España perdió el control marítimo de la zona y no lo recuperaría nunca durante la guerra). Así, aunque la ofensiva de Nassau fracasó, los logros para los rebeldes fueron importantes durante el verano de 1572, hasta la llamada Matanza de San Bartolomé 14 , la cual eliminó el apoyo hugonote a la causa neerlandesa. A la altura de agosto de 1572 no eran pocas las plazas que se habían revelado al poder español, fruto también de la acción de Guillermo de Orange, y los Mendigos del Mar habían conseguido establecer un bloqueo marítimo a las posesiones españolas que no pudo volver a levantarse durante la guerra (este fue, sin duda, el logro más importante de Orange y los suyos). En el mapa de la página siguiente 15 podemos ver cuáles fueron las ciudades sublevadas en 1572, aunque muchas de ellas fueran reconquistadas rápidamente. 12 Geoffrey Parker, Felipe II, Madrid, Alianza Editorial, 2008, p. 124. 13 Henry Kamen, Felipe de España, Madrid, Siglo Veintiuno de España Editores, 1997, pp. 124-132. 14 Asesinato en masa de hugonotes en la madrugada del 24 de agosto de 1572 en París, dándose inicio a una nueva guerra de religión francesa. 15 Consultar índice de ilustraciones.
18 Por tanto, tras el verano de 1572 el duque de Alba tuvo que hacer frente a un panorama complicado: reconquistar poco a poco un gran número de ciudades, especialmente en las provincias del norte, que se habían sublevado al poder real; sin embargo, lo cierto es que no encontró demasiadas dificultades para que la mayoría de ellas volviesen a la disciplina anterior, si bien nunca pudo recuperar la iniciativa en el mar, y el bloqueo de los holandeses se mantuvo durante toda la guerra. Este hecho es destacado por muchos especialistas, como Gallegos 16 o Kamen 17 , afirmando este último que para Felipe II la clave para sofocar la revuelta era precisamente controlar el mar. No obstante, tenemos que recordar que en este momento, a diferencia de otros, el frente turco se mantenía abierto, de manera que la Monarquía Hispánica debía financiar dos guerras al mismo tiempo. Esto, sumado al trato brutal que Alba propinó a las ciudades reveladas que fue reconquistando (lo que hacía que las demás, en vez de rendirse, resistieran más), llevó a Felipe II a considerar un cambio en la gobernación de los Países Bajos. El 16 Gallegos, “La Guerra de los Países Bajos”, p. 203. 17 Kamen, Felipe de España, p. 153.
19 elegido no fue otro que Luis de Requesens, en 1573, cuyo perfil era mucho más sosegado, lo que nos lleva a la reflexión de que Felipe II encontró inviables en estos momentos las prácticas represivas de Alba, y buscó un líder que supiera dar salida al conflicto de una manera más negociada, si bien no estaba dispuesto a ceder en absoluto en los dos puntos fundamentales: obediencia y religión. Para Elliott 18 , esta elección de Felipe II era una muestra de la intención de ser ahora clemente. Sin embargo, hubo una diferencia fundamental entre esta revuelta y la de 1567: la existencia paralela de otra guerra en el Mediterráneo hizo llegar fondos mucho menores a Flandes, lo que no permitió, primero a Alba y luego a Requesens, sofocar por completo la revuelta. De esta forma, cuando las concesiones llegaron por parte del nuevo gobernador, los rebeldes se encontraban fuertes y las rechazaron, pues no satisfacían los dos puntos fundamentales antes mencionados. El tema financiero resultó tan relevante que Parker 19 llega a afirmar que la etapa entre 1572 y 1576 fue un auténtico calvario para España, y no en vano, Felipe II se vio obligado a declarar la bancarrota en 1575. Mientras tanto, los rebeldes conseguían resistir, fruto de la coyuntura favorable, bajo la figura de Orange, que aunque todavía estaba muy debilitada comenzaba a vislumbrar un futuro líder que llegaría a ser considerado el padre de la revolución. Y es que, aunque no fuera un gran militar, Orange supo explotar muy bien las dificultades económicas de España y el nacionalismo de su pueblo, gracias a una feroz ofensiva propagandística 20 . Como decíamos, las remesas económicas que llegaban desde la Península a la altura de 1573 eran bastante bajas, lo que generó un fenómeno que, a partir de este momento, sería una constante en la Guerra de Flandes: los motines. No son pocos los autores, como es el caso de Parker 21 , que exponen que los motines de mediados de la década de 1570, y en general de toda la guerra, impidieron a la Monarquía Hispánica conseguir una victoria total en la contienda. En cualquier caso, el primero de ellos tuvo lugar en julio de 1573, en Haarlem, pues tras completar el asedio de la ciudad los tercios se negaron a seguir combatiendo ante la falta de pagas. En palabras de Parker, este motín “privó a Felipe II de su única oportunidad verdadera de aplastar de un golpe la revuelta de los Países Bajos” 22 . Tras este, los motines se 18 Elliott, La Europa Dividida, p. 249. 19 Parker, España y los Países Bajos, p. 35. 20 Manuel Fernández Álvarez, “Flandes contra Felipe II: Guillermo de Orange”, Cuadernos Historia 16, 5 (1985). 21 Geoffrey Parker, El ejército de Flandes y el camino español, 1567-1659: la logística de la victoria y derrota de España en las guerras de los Países Bajos, Madrid, Alianza, 2003, p. 228. 22 Parker, Felipe II, p. 149.
20 multiplicaron a lo largo de 1574, pues para ese año el entonces presidente del Consejo de Indias, Juan de Ovando, calculaba en 74 millones de ducados la deuda nacional española. Así las cosas, la bancarrota llegó irremediablemente en 1575, y con ella, el caos total en el ejército de Flandes. Reconquistar el territorio sublevado fue, sencillamente, imposible, pues no se contaba con suficientes tropas que quisieran seguir luchando después de, en algunas ocasiones, más de un año sin recibir paga alguna. Además, el trato brutal de los amotinados para con la población neerlandesa (que culminó en el sangriento Saqueo de Amberes, a comienzos de noviembre de 1576) hizo que las provincias sureñas también se rebelasen al poder real, y firmasen la llamada Pacificación de Gante con las provincias del norte, el 8 de noviembre de 1576, bajo la dirección de Guillermo de Orange. Ese mismo mes, don Juan de Austria sustituía a Requesens y se veía obligado a aceptar los términos de la Pacificación a través del Edicto Perpetuo (1577): los tercios se retirarían y se reconocerían las libertades flamencas a cambio de preservar la soberanía. No obstante, como bien expone Koenigsberger 23 , las concesiones de Felipe II llegaron tarde y, además, fueron insuficientes. A pesar de que Orange había sido designado como gobernador de Holanda y Zelanda, las provincias norteñas, especialmente por la acción de los calvinistas más radicales, que no aceptaban el retorno del catolicismo, eligieron al archiduque Matías como gobernador, y don Juan tuvo que refugiarse en Namur al tiempo que llamaba de nuevo a los tercios. Elliott 24 afirma que Orange, más que calvinismo, buscaba la libertad religiosa, pero que no fue capaz de frenar el ímpetu protestante, y los calvinistas consiguieron identificarse con el sentimiento nacional y la resistencia al extranjero, lo que le llevó a perder los apoyos católicos. Así las cosas, a finales de 1577 Felipe II repudió el Edicto Perpetuo, toda vez que se encontraba más desahogado en el frente turco y las remesas de plata americana estaban creciendo. Alejandro Farnesio llegó a Flandes al poco tiempo, al mando de 20.000 hombres, y encontró una situación de descontrol total, pues el gobernador don Juan se había refugiado en Namur y entre los rebeldes se avecinaba una guerra civil entre extremistas calvinistas y malcontents (católicos que no aceptaban la política religiosa holandesa, mayoritariamente del sur). Al poco tiempo don Juan murió y Farnesio asumió la gobernación de los Países Bajos, cargo que ostentaría con bastante éxito hasta 1592. 23 Koenigsberger, Europa en el siglo XVI, p. 272. 24 Elliott, La Europa Dividida, pp. 253-256.
21 Varios meses después de su llegada, Farnesio consiguió el primero de sus logros en tierra neerlandesa: se ganó el favor de los malcontents y devolvió todo el sur a la obediencia a través del Tratado de Arras, en 1579, que es considerado por algunos autores como la primera piedra de la actual Bélgica. Como respuesta, las provincias del norte firmaron ese mismo año la Unión de Utrecht, con Orange a la cabeza, y la división de los Países Bajos quedó ya establecida para los próximos siglos: las Provincias Unidas al norte y los Países Bajos españoles al sur. Así, desde los territorios fieles a la Monarquía Hispánica Farnesio comenzó un proceso de reconquista muy eficaz, que combinaba la diplomacia con la guerra, y la clemencia con el castigo ejemplar. En estos primeros momentos debemos destacar, entre otras, la toma de Maastricht en julio de 1579. Sin embargo, de nuevo la Guerra de Flandes se vio relegada a un segundo plano en los intereses de Felipe II, en tanto que el monarca se vio inmerso en la cuestión portuguesa: Portugal se quedó sin un heredero fiable al trono en 1580, y el Rey Prudente hizo efectivos sus derechos sucesorios para adquirir el Imperio Portugués, algo que le costó una guerra civil hasta 1582. Estos dos años de conflicto con Portugal frenaron la dinámica positiva que había abierto Farnesio en 1578 25 , si bien no causaron el efecto perjudicial que en otros momentos habían acarreado los turcos. Además, en 1581 tuvo lugar un suceso de gran importancia: Felipe II declaró definitivamente a Orange fuera de la ley, y puso precio a su cabeza, lo que le dio la oportunidad al líder neerlandés de abjurar oficialmente –a través del Acta de Abjuraciónde su obediencia al monarca español, algo que también hicieron los Estados Generales en el verano de 1581. De esta forma, las Provincias Unidas declaraban su independencia, lo que no quiere decir que el resto de potencias de Europa las reconocieran como tal; es más, la mayoría de estas, según Gallegos 26 , apoyaron a Orange en su conflicto contra la Monarquía Hispánica pero no en su proceso de independencia formal, pues temían que se diesen casos parecidos en sus territorios. En cualquier caso, Guillermo de Orange aprovechó también la situación para redactar su conocida Apología, a finales de 1581, donde se defendía de las acusaciones contra él por parte de la monarquía y acusaba a Felipe II de tirano, siendo este documento uno de los pilares básicos de la famosa Leyenda Negra (que para Domínguez Ortiz 27 y otros 25 Parker, El Ejército de Flandes, p. 234. 26 Gallegos, “La guerra de los Países Bajos”, pp. 220-224. 27 Antonio Domínguez Ortiz, “Flandes contra Felipe II: Españoles en Flandes”, Cuadernos Historia 16, 5 (1985).
22 historiadores de renombre no fue más que propaganda de los enemigos de la Monarquía Hispánica). Sea como fuere, a la altura de finales de 1582 Felipe II pudo centrarse de nuevo en la Guerra de Flandes, ya como monarca también de Portugal, y se abren ahora los años más exitosos para la Monarquía Hispánica en la contienda. Esto se debió, fundamentalmente, a que las remesas de dinero, aunque no fueran muy altas, llegaron puntuales, lo que permitió pagar las soldadas y evitar motines. Ante esa situación, los tercios españoles eran claramente superiores al ejército de las Provincias Unidas 28 , y mediante grandes conquistas, acción diplomática y sobornos, Farnesio consiguió algunos logros de gran calibre 29 : los puertos de Dunquerque y Nieuwpoort (1583) y las ciudades de Gante, Brujas y Amberes (1584-1585), entre otros. La toma de esta última ciudad, especialmente, supuso un éxito rotundo para la Monarquía Hispánica, pues se trataba de la ciudad más rica de Europa, al punto de que se consideraba que la rebelión de las Provincias Unidas tocaría aquí a su fin. Además, a esto tenemos que añadirle que Guillermo de Orange fue asesinado en 1584: el que ha sido considerado el padre de la revolución, que sin embargo no podría ver una Holanda fuerte porque esta llegó ya después de su muerte 30 . No obstante, es una figura que los historiadores consideran completamente imprescindible en el proceso de independencia de las Provincias Unidas y posterior formación como potencia europea, y su asesinato, más que dividir, trajo unión al pueblo holandés. Fue sucedido por su hijo Mauricio de Nassau. Tenemos, por tanto, que a la altura de 1584 las Provincias Unidas se encontraban más dañadas que nunca, y fue la firma de un tratado de cooperación con Inglaterra en 1585 lo único que les permitió seguir a flote. Este tratado llegaba, por parte de Inglaterra, por el miedo que habían suscitado los constantes éxitos españoles 31 (anexión de Portugal y acción de Farnesio en Holanda), y Felipe II lo entendió como una declaración de guerra en toda regla –y de hecho así lo era-. Así, este último logro de Orange antes de morir resultó crucial en un futuro, pues Felipe II desvió su atención en la invasión de Inglaterra, lo que no permitió a Farnesio continuar con las conquistas. Parker 32 es rotundo aquí afirmando que la guerra se perdió con esta decisión, pues acarreó el desastre de la Armada Invencible en 1588. 28 Parker, Felipe II, p. 179. 29 Parker, El Ejército de Flandes, p. 235. 30 Fernández Álvarez, “Flandes contra Felipe II”, pp. 19-24. 31 Parker, España y la rebelión…, p. 212., y Elliott, La Europa Dividida, p. 288. 32 Parker, El Ejército de Flandes, p. 236.
23 El tratado entre las Provincias Unidas e Inglaterra en 1585 supuso el pistoletazo de salida a la internacionalización del conflicto de Flandes 33 , pues trajo consigo el desembarco de tropas inglesas al mando del conde de Leicester. No obstante, éstas no cambiaron demasiado la dinámica de victorias de Farnesio, que entre 1585 y 1586 continuó cosechando éxitos. Sin embargo, lo que sí lo hizo fue el proyecto de invasión de las Islas Británicas, que Parker 34 defiende al no considerarlo descabellado –como ha venido haciéndose tradicionalmente-. En cualquier caso, Farnesio tuvo que movilizar sus tropas a la costa para que fuesen recogidas para el proyecto británico, que fracasó estrepitosamente en 1588. Un año más tarde, en 1589, y cuando todavía las arcas españoles se encontraban mermadas por el inmenso gasto de la Armada Invencible, Felipe II volvió a desviar su atención de la Guerra de Flandes para centrarse, en esta ocasión, en las Guerras de Religión francesas: el protestante Enrique de Navarra iba a acceder al trono de forma legítima, lo que el monarca católico no podía permitir bajo ningún concepto. Así, los nueve años de guerra contra Francia (1589-1598) fueron desastrosos para Flandes 35 , en tanto que obligaron a adoptar una posición defensiva y se perdieron algunos territorios que habían sido tomados por Farnesio, pero sobre todo la oportunidad de asestar el golpe definitivo a las Provincias Unidas. Por tanto, la situación española en la Guerra de Flandes fue deteriorándose desde 1586, cuando las tropas dejaron la ofensiva para centrarse en la empresa británica primero y la francesa después, tomándose una posición defensiva en la frontera con las Provincias Unidas. La crisis económica marcó el inicio de la década de 1590, que vio como Farnesio, el representante más exitoso de España en Flandes, moría en 1592. Este año, junto con 1591 y 1593, fueron especialmente negativos: las pagas no llegaban y los motines se sucedían constantemente, perdiéndose cada vez más terreno. Así, 1594 supuso ya el fracaso en la estrategia de mantener dos frentes a la vez 36 : las Provincias Unidas toman la iniciativa y recuperan Breda, Güeldres y Groninga. En 1595 Felipe II designaba como gobernador al archiduque Alberto de Austria, marido de su hija Isabel Clara Eugenia, quienes se convertirían en señores de los Países Bajos tras la muerte del rey (no obstante, el testamento marcaba que si moría sin descendencia, estos territorios volverían a la Monarquía Hispánica). 33 Parker, España y los Países Bajos, p. 41. 34 Parker, Felipe II, p. 188. 35 Ibid., p. 218. 36 Parker, El Ejército de Flandes, pp. 238-240., y Echevarría, Flandes y la Monarquía Hispánica, p. 98.
24 Efectivamente, en 1598 Felipe II fallecía, y los Países Bajos eran heredados por Alberto e Isabel Clara Eugenia, en una situación de declive total, con numerosos motines de las tropas (1597-1606 son los peores años 37 ) y derrotas constantes en la frontera. No obstante, García García 38 expone que esto no fue más que una estrategia del rey para conseguir la pacificación en los Países Bajos, mientras que Schepper 39 nos habla de la condición de satélite del monarca español del País Bajo archiducal durante el tiempo que duró este sistema. En cualquier caso, los años sucesivos estuvieron marcados por una relajación del panorama internacional (paz con Francia en 1598 y con Inglaterra en 1604), lo que permitió recuperar la iniciativa en Flandes de la mano del famoso militar Ambrosio Spínola. En este sentido, tenemos que destacar especialmente la toma de Ostende, en 1604, uno de los capítulos más sangrientos de la guerra, que supuso una victoria pírrica para la Monarquía Hispánica debido al enorme gasto. De hecho, la situación económica era tan crítica que los motines se sucedían, y resultaba imposible mantener una estrategia de guerra, a pesar de que el periodo que va entre 1604 y 1607 fue relativamente exitoso, fruto también de la debilidad holandesa por la retirada de sus principales aliados. Así, cuando Felipe III pensaba seriamente en claudicar, llegó la proposición de tregua por parte de las Provincias Unidas, que fue bien acogida obviando por completo cuestiones antes tan importantes como la religión o la obediencia al rey. La Tregua de los Doce años se firmaba en 1609 40 . En los doce años que duró la tregua, la Monarquía Hispánica pudo permitirse estabilizar el frente, pagar los atrasos a las tropas y expulsar a los amotinados, y el conflicto se trasladó a las colonias, como veremos en el capítulo siete. De esta manera, en este tiempo de paz el objetivo de ambas potencias no fue otro que arruinar económicamente al adversario, y en este sentido la victoria fue claramente para las Provincias Unidas: a la altura de 1620, el comercio colonial español estaba tan mermado que prefería reanudarse la guerra para así mantener ocupados a los holandeses 41 , que habían aprovechado el parón para extender su 37 Parker, El Ejército de Flandes, p. 240. 38 Bernardo García García, “Ganar los corazones y obligar los vecinos. Estrategias de pacificación de los Países Bajos (1604-1610)”, en Ana Crespo Solana y Manuel Herrero Sánchez (coords.), España y las 17 provincias de los Países Bajos: una revisión historiográfica (XVI-XVIII), Córdoba, Universidad de Córdoba, 2002, p. 140. 39 Hugo de Schepper, “Los Países Bajos y la Monarquía Hispánica. Intentos de reconciliación hasta la tregua de los Doce años (1574-1609)”, en Ana Crespo Solana y Manuel Herrero Sánchez (coords.), España y las 17 provincias de los Países Bajos: una revisión historiográfica (XVI-XVIII), Córdoba, Universidad de Córdoba, 2002. 40 La Tregua de los Doce Años ha sido especialmente trabajada por Bernardo García y Paul Allen: Bernardo José García, La Pax Hispánica: política exterior del Duque de Lerma, Leuven, Leuven University Press, 1996 y Paul Allen, Felipe III y la Pax Hispánica, 1598-1621: el fracaso de la gran estrategia, Madrid, Alianza, 2001. 41 Israel, La República Holandesa, p. 80.
25 potente comercio por todo el mundo, además del logro que suponía ser reconocidos oficialmente como estado por parte de la Monarquía Hispánica 42 . Por otra parte, el proyecto testamentario de Felipe II de reunificación de los Países Bajos fracasó en su objetivo de acercamiento a las Provincias Unidas 43 , y en 1621 los territorios volvieron a la monarquía al no existir un heredero. Así, el debate tanto en las Provincias Unidas como en Castilla sobre si reanudar o no la tregua dio paso a la reactivación del conflicto en 1621, cuando se decidió, fundamentalmente en la Península, que resultaría más perjudicial continuar con la paz momentánea. Junto a esto, Elliott 44 expone que existía un compromiso moral de defender los Países Bajos españoles frente a los herejes, por no mencionar la relevancia económica de ese territorio para Castilla, la obsesión con la reputación y la famosa teoría del dominó: se pensaba que los Países Bajos actuaban como pararrayos de la Península, y que si estos caían, los demás territorios tardarían poco en hacerlo. Por tanto, se deseaba la paz con las Provincias Unidas, pero primero quería obtenerse una posición de fuerza para poder negociar así desde la superioridad. De esta forma, en 1621 se reanudan las hostilidades, y los primeros años de guerra resultan favorables para la Monarquía Hispánica, que ahora se encontraba gobernada por Felipe IV tras la muerte de Felipe III (aunque realmente el peso del gobierno correspondía a su valido el Conde-Duque de Olivares). Esto fue posible gracias a la inexistencia de otros frentes relevantes de guerra, o más bien, de otro conflicto de gran interés para la monarquía, de manera que entre 1621 y 1627 las victorias se sucedieron, destacando especialmente la toma de Breda en 1625 tras un largo asedio, de la mano de Ambrosio Spínola. Junto a esto, para Alcalá-Zamora 45 se difunde ahora la idea de que sólo podía vencerse la guerra por mar, de manera que empieza a desarrollarse la actividad corsaria en el puerto de Dunquerque, que sería bastante dañina para los intereses holandeses a pesar del bloqueo que habían establecido en la costa 46 . Por su parte, la situación de las Provincias Unidas, gobernadas por Maurits, se veía cada vez más mermada, pues tampoco conseguían cosechar éxitos en sus empresas coloniales 42 Echevarría, Flandes y la Monarquía Hispánica, p. 186. 43 José Alcalá-Zamora, “España, siglo XVII: La política exterior”, Historia 16, 4 (1979), pp. 63-78. 44 John Elliott, España en Europa: estudios de historia comparada, Valencia, Universidad de Valencia, 2002, pp. 157-160. 45 Alcalá-Zamora, “España, siglo XVII”, p. 69. 46 Robert Stradling, La Armada de Flandes, Madrid, Catedra, 1992.
26 americanas y asiáticas, y la ayuda que propiciaba Inglaterra se antojaba insuficiente. No obstante, Israel 47 apunta que la guerra ahora, más que nunca, fue de sitios a ciudades fortificadas, por lo que las victorias eran muy trabajadas y no suponían un gran logro. Tras la toma de Breda en 1625 Spínola adoptó una posición defensiva en los Países Bajos, pues esos cuatro años habían supuesto gastos demasiado altos para la corona y las soldadas comenzaban a entregarse irregularmente, lo que generaba inquietud entre las tropas y en la corte. En este contexto se llega al año 1628, cuando se dieron dos hechos fundamentales para el devenir del conflicto: los holandeses capturaron la flota del tesoro de Nueva España, por un lado, y la Monarquía Hispánica se centró en el conflicto sucesorio de Mantua, por otro. En cuanto al primero, fue un completo desastre en tanto que trajo crisis a las arcas castellanas y bonanza a las holandesas; respecto al segundo (1628-1631), se dio para evitar que Francia se hiciese con el ducado, y trajo consigo la movilización de una parte importante del ejército de Flandes. Naturalmente, esta situación fue aprovechada por las Provincias Unidas, que reconquistaron parte del territorio y se hicieron con Pernambuco, en Brasil, en 1630. Para Elliott 48 y Echevarría 49 estos años fueron cruciales, y a partir de aquí se aleja toda posibilidad de victoria para Olivares y los suyos. La década de 1630 se inicia con cierta recuperación para la Monarquía Hispánica, a pesar de la derrota en Mantua (tratado de Cherasco, 1631). Así, el conflicto contra Suecia dentro de la Guerra de los Treinta Años se resuelve positivamente después de la victoria en Nördlingen en 1634, y cuando se estaba planeando una ofensiva conjunta con el Imperio sobre las Provincias Unidas (que llevaban algunos años limitándose a posiciones defensivas) llegó la declaración de guerra de Francia, en 1635, que de nuevo desvió la atención sobre el conflicto que aquí nos atañe. Este hecho, que para Alcalá-Zamora 50 truncó las últimas esperanzas imperialistas españolas, resultó crucial, y era todavía más grave para la Monarquía Hispánica si consideramos que las Provincias Unidas y Francia firmaron ese mismo año un tratado para repartirse los Países Bajos españoles. Así, los cuatro años que van entre 1635 y 1639 fueron de gran esfuerzo económico para la monarquía, pues se combatía en tres frentes a la vez: Holanda, por un lado, y Francia (norte y sur) por otro. Concretamente, el año de 1636 resultó moderadamente positivo, ya que 47 Israel, La República Holandesa, pp. 101-114. 48 Elliott, España en Europa, p. 162. 49 Echevarría, Flandes y la Monarquía Hispánica, p. 235. 50 Alcalá-Zamora, “España, siglo XVII”, p. 70.
33 Naturalmente, las condiciones climatológicas eran duras los casi dos meses que duraba el Camino Español, y especialmente para los primeros años resultaba totalmente imprescindible viajar con exploradores y guías. No obstante, el mayor problema no era otro que el alojamiento y la alimentación de los soldados 14 , que corría a cargo de la población local a través de un sistema de acogida de un número determinado de hombres por cada casa. Así, eran muy comunes los excesos de los soldados, que generaban un fuerte descontento entre la población local, por no mencionar que estos ejércitos eran potencialmente peligrosos en lo que se refiere a la incubación y transmisión de enfermedades contagiosas como la peste bubónica, toda vez que se movían por grandes regiones y sus condiciones de salobridad eran bastante malas. En cualquier caso, la mayoría de los autores vienen a concluir que el Camino Español fue un medio muy eficaz y barato de transportar tropas a la Guerra de Flandes, ya que en poco más de dos meses podía disponerse de soldados allí habiendo gastado mucho menos de lo que suponía trasladarlos por mar. Esto fue posible gracias a las posesiones españolas en Italia, a los tratados con Suiza y a la toma de algunas pequeñas fortificaciones en la frontera francesa, que permitían defender el Camino de los ataques de sus enemigos. En otro orden de cosas, uno de los factores que más influyó en el desarrollo del Ejército de Flandes fue el de los motines, que sin duda trajeron el desastre financiero (a la vez que venían provocados por este mismo) y militar, saboteando las oportunidades que la Monarquía Hispánica tuvo de ganar la guerra 15 . Estos no eran más que la negativa a seguir luchando, motivada bien por la falta de pagas, a veces atrasadas por años, bien por las malas condiciones, el frío, el hambre, la fatiga por estar siempre en el frente de guerra, los malos tratos de los superiores, etc. Normalmente estaban bastante bien organizados, gozando de uno o varios líderes y planteándose siempre metas alcanzables; tras esto, solían ocupar una ciudad, conseguir víveres (muchas veces obligando a la población local a pagar tributos) y haciéndose fuertes en la misma. También los había que se dedicaban al saqueo como medio para subsistir. En cualquier caso, una vez que el motín organizaba sus exigencias, elegía representantes y se sentaba a negociar con el gobierno 16 . Al tratarse de veteranos muy codiciados, normalmente éste terminaba cediendo en la mayoría de exigencias, lo cual 14 Parker, El Ejército de Flandes, p. 100. 15 Ibid., p. 184. 16 Ibid., pp. 189-190.
34 también podía ser un peligro en tanto que el resto de tropas siguiera el ejemplo de sus compañeros rebeldes (no obstante, un motín general nunca llegó a darse en el Ejército de Flandes precisamente por el carácter caótico de la Hacienda, que hacía llegar las pagas a unos soldados y a otros no). Lo cierto es que para el gobierno era complicado atestiguar si lo que reclamaban los amotinados era cierto o no, pues eran muy comunes los casos de fraude en estas situaciones 17 . Los motines estuvieron muy presentes en el Ejército de Flandes hasta, aproximadamente, la Tregua de los Doce Años, momento en el cual decaen porque empieza a favorecerse en su lugar la deserción. Comenzaron ya en la década de 1570, pero se agudizaron especialmente entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII. Si se daban tantos era precisamente porque triunfaban, ya que se comprobó que intentar acabar con ellos por la fuerza era contraproducente, y se decidió optar por la vía de la negociación 18 , que siempre terminaba siendo favorable para los amotinados. En cuanto a la deserción que acabamos de mencionar, y para finalizar, ciertamente fue muy elevada sobre todo en la segunda etapa de la guerra, ya a partir de 1621 –de hecho, era uno de los motivos fundamentales del número elevado de bajas del Ejército de Flandes 19 -. Así, la deserción debe verse como algo muy común, pues la vida del soldado en el frente era una lucha constante contra la supervivencia, y más que desertarse por miedo se hacía por no poder resistir unas condiciones de vida tan duras. De esta forma, algunos pasaban a servir en las filas de otro ejército, tanto adverso como aliado (a veces ayudados por los propios enemigos de la Monarquía Hispánica) y otros simplemente huían. No obstante, su situación podía ser peligrosa, pues los soldados del Ejército de Flandes no contaban con la simpatía de la población local, y especialmente los recién amotinados que intentaban salir del país resultaban un blanco fácil de ataque y robo. 17 Ibid., p. 191. 18 Ibid., pp. 202-203. 19 Ibid., p. 207.
35 VI. La internacionalización de la Guerra de Flandes En el presente capítulo, posiblemente el más importante de todo nuestro trabajo, vamos a intentar analizar el carácter internacional de la Guerra de Flandes; esto es, cómo este conflicto se vio influenciado por otras guerras europeas, cómo se insertó en el tablero de alianzas y enemistades y cómo fue visto por los enemigos y aliados de la Monarquía Hispánica. Así, desarrollaremos los motivos por los que los sucesivos monarcas españoles (Felipe II, Felipe III y Felipe IV) no centraron toda su atención en la guerra neerlandesa, y cuáles fueron los factores que alteraron irremediablemente el futuro del conflicto. Junto a ello, analizaremos cómo fueron los momentos en los que la Monarquía Hispánica parecía encaminarse hacia una victoria total contra los rebeldes, y por qué ésta nunca llegó a darse. Para ello, nos basaremos fundamentalmente en las tesis de uno de los mayores especialistas en la materia: Geoffrey Parker, si bien este no ha sido el único autor que ha escrito sobre el tema. Como bien expone Gallegos 1 , la internacionalización de la Guerra de Flandes vino causada por los diversos intereses de las potencias europeas, que en líneas generales buscaban herir a la Monarquía Hispánica (esta es una tendencia muy común en la historia de nuestro continente, la de que un buen número de países busquen dañar a la potencia más fuerte del momento; se vio con Luis XIV a finales del siglo XVII o con Napoleón a comienzos del XIX). Esto no quiere decir, en cualquier caso, que todos los enemigos de los Habsburgo apoyasen a la causa rebelde, o al menos que lo hiciesen oficialmente; no podemos olvidar, en este sentido, que el temor a que la clase nobiliaria siguiera el ejemplo neerlandés existía en las diversas cortes enemigas de la Monarquía Hispánica 2 . De esta forma, a lo largo de todo el conflicto, fundamentalmente en su primera etapa, veremos apoyos a Guillermo de Orange y su causa pero en pocos casos el reconocimiento de las Provincias Unidas como un estado europeo más 3 . Pero, ¿cuál era el objetivo de la política exterior imperialista habsbúrgica? Schepper lo resume muy bien con la siguiente frase: “la Monarquía tenía una visión mundial ibérica e integraba la cuestión flamenca en el marco de la defensa de la religión católica y de la política dinástica de la Monarquía Hispánica, así como en la defensa de su orgullo como potencia 1 Gallegos, “La Guerra de los Países Bajos”, p. 248. 2 Ibid., p. 220. 3 Schepper, “Los Países Bajos y la Monarquía Hispánica”, p. 327.
36 supranacional” 4 . De esta forma, podríamos mencionar tres pilares fundamentales: religión católica, prestigio y defensa de la política dinástica iniciada por Carlos I, o lo que es lo mismo, el intento de mantener el poderoso imperio creado a comienzos del siglo XVI 5 . Bajo estas premisas se movieron los monarcas españoles que reinaron mientras duró la Guerra de los Ochenta Años, lo que explica su rotunda negativa a hacer concesiones relacionadas con libertad religiosa o disminución de la obediencia al rey –al menos, en la primera etapa, pues vemos como luego estas cuestiones serán completamente olvidadas en la Tregua de los Doce Años, cuando las Provincias Unidas ya se estaban consolidando-. No obstante, no sería un correcto análisis de la política exterior habsbúrgica en los Países Bajos si no consideramos el factor económico, que algunos autores incluso elevan a primer orden. Así, Elliott 6 habla de la importante dependencia económica que existía con respecto de las regiones neerlandesas, especialmente tras la decadencia de la industria castellana. No podemos olvidar, en este sentido, que los Países Bajos eran, a mediados del siglo XVI, una de las regiones más prósperas de Europa, lo que reportaba a la Monarquía Hispánica beneficios comerciales y fiscales –aunque no todos los deseados-. No en vano, una de las acciones del duque de Alba tras suprimir la revuelta de 1567 fue aumentar la recaudación fiscal, que como bien sabemos terminaría desencadenando una revuelta años más tarde. De esta manera, parece fuera de toda duda que la cuestión flamenca era de vital importancia para los monarcas españoles por los motivos económicos, religiosos y políticos ya expuestos, pues de otra forma no podría explicarse por qué se mantuvieron en el conflicto durante ocho décadas, aun cuando algunos autores 7 hablan de que ya en la década de 1590 existía en la corte española la creencia generalizada de que la guerra contra los holandeses no podría ganarse nunca. Así, Echevarría 8 coincide con Parker en su idea de que Flandes era fundamental en la estrategia europea de Felipe II, y mientras la Monarquía Hispánica poseyera los Países Bajos, podía aspirar a la hegemonía europea. 4 Ibid., p. 351. 5 Esta idea también la vemos en: Fernández Álvarez, “La cuestión de Flandes”, p. 7., y Elliott, España en Europa, p. 164. 6 Elliott, España en Europa, p. 158. 7 Parker, España y los Países Bajos, p. 64., y René Vermeir, “En el centro de la periferia: los gobernadores generales en Flandes, 1621-1648”, en Ana Crespo Solana y Manuel Herrero Sánchez (coords.), España y las 17 provincias de los Países Bajos: una revisión historiográfica (XVI-XVIII), Córdoba, Universidad de Córdoba, 2002, p. 400. 8 Echevarría, Flandes y la Monarquía Hispánica, pp. 73-76.
37 Por ello, durante los más de ochenta años que duró la guerra, la Monarquía Hispánica se encargó siempre de justificar su presencia en la misma de diversa forma, según el momento en el que nos situemos. En este sentido conviene apuntar, en primer lugar, la creencia generalizada en la corte española de que la guerra en Flandes alejaba a sus enemigos de la Península Ibérica, pues actuaba a modo de pararrayos 9 , Esta idea, que también expone Álvarez 10 , resulta bastante lógica si consideramos el contexto europeo del momento, pues Francia era el principal enemigo español y era un país fronterizo; de esta forma, conservar los Países Bajos significaba mantener una frontera más con los franceses, especialmente por una zona donde era más fácil atacarles, y estos no se decidirían a invadir la Península existiendo tropas españolas en su frontera norte. Por otro lado, también estaba bastante extendida en la corte la idea de la casa de naipes 11 : esto es, debía mantenerse la lucha en Flandes pues, de lo contrario, con el triunfo de la rebelión surgirían otras en el resto de la Monarquía Hispánica, siguiendo el ejemplo de Guillermo de Orange y los suyos. También podría aplicarse, a su vez, a la perspectiva de que la caída de los Países Bajos generaría una visión de debilidad entre sus enemigos, que aprovecharían para ir desgajando el resto de territorios de la Monarquía, que caerían irremediablemente en una especie de efecto dominó. Esta idea, que recogen bastantes autores, resulta algo más difícil de comprender aun contextualizándola en la época, y parece más fruto de la profunda obsesión que los dirigentes españoles de la época demostraron por la reputación y el orgullo. Para Parker 12 es ese el motivo por el que la Monarquía Hispánica se mantuvo en la guerra, aun cuando, en la propia corte, se sabía que no podría vencerse sin negociar con concesiones. Así, el orgullo, la reputación y el miedo a una posible humillación en el contexto europeo llevaron a los dirigentes españoles a mostrar gran tozudez en las negociaciones, negándose prácticamente a todo e intentando imponer sus condiciones, y a rechazar la idea de terminar la guerra en una situación desfavorable porque se había invertido mucho y resultaría una vergüenza para el resto del continente. Esto fue especialmente visible ya en la época de Felipe IV y el Conde-Duque de Olivares 13 , pues durante el reinado de Felipe II el conflicto se veía más como una revuelta de un territorio perteneciente a la Monarquía Hispánica, y la 9 Parker, El Ejército de Flandes, p. 132. 10 Fernández Álvarez, “La cuestión de Flandes”, p. 10. 11 Parker, El Ejército de Flandes, p. 131. 12 Parker, España y los Países Bajos, p. 66. 13 John Elliott, El Conde-Duque de Olivares: el político en una época de decadencia, Barcelona, Crítica, 2004, p. 404.
38 convicción de devolver a los Países Bajos, completos, a la obediencia, era total por parte del Rey Prudente. Junto a esto, Parker 14 también aduce a la defensa del comercio ultramarino, fundamentalmente a partir de finales del siglo XVI y principios del XVII, como otro motivo de gran importancia para la Monarquía Hispánica a la hora de mantener la guerra. No podemos olvidar, en este sentido, que en 1621 se decidió no reanudar la Tregua de los Doce Años precisamente para intentar que los holandeses centrasen su atención de nuevo en su territorio y redujesen su actividad comercial marítima, que había mermado seriamente a la española. Lo cierto es que no son pocos los autores que destacan el comercio ultramarino como un factor clave para la Guerra de Flandes, así como aquellos que analizan la cantidad de plata llegada de América. En este sentido, para Chaunu 15 existió una correlación clara entre la cantidad de remesas de plata llegadas de América y el éxito militar en la Guerra de Flandes: cuanta más plata llegaba de América, más podía enviarse al Ejército de Flandes y, por ende, más victorias se daban en el conflicto. Por tanto, para este autor sería la caída del comercio en Indias y no el conflicto con los turcos en el Mediterráneo Oriental lo que impediría a Felipe II centrarse en Flandes en la primera etapa. Por el contrario, Parker 16 desmiente rotundamente esta hipótesis, pues se dieron épocas de pocas remesas de plata venidas de América y muchas conquistas en Flandes y también al contrario. Así, el autor británico sostiene que la Monarquía Hispánica gastó tanto tiempo, dinero y vidas en la Guerra de Flandes en función a una tabla de prioridades, y que la cuestión fundamental fue, más bien, la falta de dinero porque los monarcas españoles siempre priorizaron otras cosas por encima del conflicto neerlandés 17 . Pero, ¿cuáles fueron estas distracciones que impidieron a la Monarquía Hispánica, en algunos momentos, hacerse con la victoria en la Guerra de Flandes? Nos referimos, en líneas generales, a una serie de conflictos militares o sociales muy diversos, que tienen en común que, en su momento determinado, ocuparon la atención del monarca español de turno, y provocaron que la Guerra de Flandes pasara a un segundo plano. Para analizarlos vamos a adoptar una línea cronológica, en paralelo a los acontecimientos ocurridos en la guerra, ya 14 Parker, España y los Países Bajos, p. 66. 15 Pierre Chaunu, “Séville et la Belgique, 1555-1648”, Revue du Nord, 166 (1960). 16 Parker, España y los Países Bajos, pp. 21-22. 17 Ibid., pp. 61-64.
39 narrados en el cuarto capítulo, pues de esa forma podrán contrastarse y comprobar que los años de mayor o menor éxito en la Guerra de los Ochenta Años iban en función del interés que la Monarquía Hispánica decidía depositar en el conflicto. A su vez, conviene destacar que Parker no es el único autor que sostiene esta hipótesis, como veremos a lo largo del análisis. Para comenzar debemos retrotraernos a principios de la década de 1560, cuando llegaron una serie de concesiones a la élite flamenca por parte de Felipe II (concretamente, entre 1560 y 1564). Este resulta ya el primer escenario que Parker 18 utiliza para probar su hipótesis, y tiene a los turcos como protagonistas. Esto es, durante los años que el Rey Prudente estuvo centrado en contener el avance turco en el Mediterráneo, solucionó los problemas en los Países Bajos por la vía rápida: a través de concesiones. Sin embargo, cuando el problema turco se disipó temporalmente, en 1565, Felipe II rechazó todas las peticiones de los nobles a través de las Cartas de los Bosques de Segovia 19 , como ya sabemos, y un año más tarde, cuando la problemática turca retornó, volvió a realizar concesiones a la élite flamenca. De esta manera, podemos ver ya en estos primeros años, cuando la guerra ni siquiera había comenzado, cómo el monarca español cambiaba su manera de actuar con respecto a los Países Bajos siempre en función del estado del frente mediterráneo oriental. Además, Parker 20 expone que la dependencia española de lo que hicieran los turcos era conocida de sobra por Orange, y una prueba de ello es que existieron contactos entre ambas fuerzas para una alianza –hasta se envió un embajadorpero estos nunca llegaron a fructificar. Lo cierto es que Guillermo de Orange, y en general los dirigentes holandeses, siempre supieron sacar partido de esta multiplicidad de frentes española, haciendo grandes esfuerzos diplomáticos y militares para establecer alianzas con los enemigos de la Monarquía Hispánica 21 . Avanzando un poco más en la línea temporal, de nuevo nos encontramos una situación parecida a la anterior, pero ahora con la Rebelión de las Alpujarras, de 1569, como protagonista, junto a los sucesos ocurridos en 1568. En este caso la situación en los Países Bajos estaba relativamente tranquila, pues el Duque de Alba, que había llegado en 1567, había sometido a los rebeldes, encontrándose en el exilio la mayoría de ellos. Sin embargo, debemos recordar que la estrategia de Felipe II pasaba por, una vez recuperada la región, 18 Ibid., p. 25. 19 Ibid., p. 29. 20 Ibid., p. 33. 21 Ibid., p. 81.
40 viajar personalmente a los Países Bajos y ejercer de pacificador, para cerrar por completo esta problemática. Pues bien, fue justamente cuando preparaba su viaje cuando ocurrieron, de forma casi paralela, los dos sucesos antes mencionados: por un lado, murió en 1568 su descendiente, el príncipe Carlos, envuelto en un gran misterio, algo que sin duda fue utilizado por sus enemigos para construir la famosa Leyenda Negra; por otro, estalló, ya en 1569, la Rebelión de las Alpujarras en Granada, que forzó a Felipe II a centrar su atención en devolver a la obediencia a estos moriscos. Así, el monarca se vio obligado a cancelar su viaje a los Países Bajos, un hecho que para algunos autores 22 podría haber cambiado el destino de la revuelta. Ya en 1572, como bien sabemos, triunfó una segunda revuelta de la élite flamenca, de nuevo comandada por Orange, que llegó precisamente en un momento de debilidad de la Monarquía por la reapertura del frente turco. En este momento, además, los rebeldes contaron con la ayuda de un componente francés hugonote dirigido por Coligny, en lo que podríamos considerar el inicio de la internacionalización del conflicto, si entendemos ésta como la participación de otras fuerzas en la contienda. En cualquier caso, los años de lucha en dos frentes al mismo tiempo –en estos momentos se producen batallas decisivas en el Mediterráneo, como es el caso de la de Lepanto, y estas hostilidades no cesan hasta las treguas de 1577resultaron devastadores para la hacienda castellana, y a mediados de la década de 1570 fueron los motines derivados de la bancarrota los que alejaron a la Monarquía Hispánica de la posibilidad de vencer 23 . A finales de la década de 1570 la situación económica se había estabilizado y el frente turco se encontraba ya cerrado, por lo que todo hacía presagiar una nueva ofensiva española en Flandes. De hecho, así fue, aunque de nuevo surgió una cuestión que desvió la atención de Felipe II: la posibilidad de acceder al trono portugués, algo que finalmente se hizo efectivo en 1581. De nuevo vemos cómo se cumple la hipótesis de Parker 24 , ya que en estos años el envío de plata al Ejército de Flandes decayó. No obstante, esto no duró demasiado y los comienzos de la década de 1580 fueron muy positivos para la Monarquía Hispánica en Flandes, efectivamente, en un momento en el que no se encontraba inmersa en otros conflictos. 22 Geoffrey Parker, “1567: The end of the Dutch Revolt?”, en Ana Crespo Solana y Manuel Herrero Sánchez (cords.), España y las 17 provincias de los Países Bajos: una revisión historiográfica (XVI-XVIII), Córdoba, Universidad de Córdoba, 2002, p. 271. 23 Parker, El Ejército de Flandes, p. 225-228. 24 Ibid., p. 234.
41 Uno de los mayores exponentes de la eficacia diplomática de Guillermo de Orange y los suyos fue, posiblemente, el tratado de cooperación que las Provincias Unidas firmaron con Inglaterra en 1585, que supone el inicio oficial de la internacionalización de la guerra 25 –antes mencionábamos a los hugonotes, pero estos no componían un estado-. Este tratado llegó por el miedo que despertó en Isabel I la alianza que Felipe II selló con los católicos franceses sólo un año antes 26 , pero sobre todo por la toma de Amberes por parte de Alejandro Farnesio en 1585, que situaba a la reina inglesa en una complicada situación en el caso de que la Monarquía Hispánica reconquistara todas las Provincias Unidas. Así, aunque el tratado no supuso demasiados cambios en lo que se refiere a la guerra propiamente dicha, fue fundamental al despertar en el monarca español la necesidad de invadir Inglaterra, y por ende, desviar de nuevo su atención sobre Flandes. Esto, como bien sabemos, acabó con la creación de una gran armada que desvió recursos y tropas de la Guerra de los Ochenta Años, y que terminó fracasando en 1588. Tan sólo un año más tarde, en 1589, Felipe II decidió entrar en las Guerras de Religión francesas, pues no estaba dispuesto a tolerar que Enrique de Navarra, protestante, alcanzara el trono. Así, la cuestión inglesa y la francesa jugaron el papel que habían jugado los turcos en las décadas de 1560 y 1570 27 , desviando la atención de Flandes e, irremediablemente, trayendo derrotas a la Guerra de los Ochenta Años. Vemos, de nuevo, cómo la hipótesis de Parker se cumple, ya que en general la década de 1590 fue un desastre para los españoles en los Países Bajos, con constantes derrotas y motines por la falta de pagas. Por su parte, las Provincias Unidas participaron activamente en las Guerras de Religión del lado de Enrique de Navarra 28 , en lo que supone uno de los momentos de mayor dimensionalidad de la Guerra de Flandes. Así las cosas, el conflicto con los franceses cesó en 1598, a través de la Paz de Vervins, pero la problemática inglesa no pudo solucionarse hasta la muerte de Isabel I y la llegada de Jacobo I al trono inglés, firmándose en 1604 la Paz de Londres. Por tanto, fueron alrededor de quince años los que la Monarquía Hispánica pasó implicada en otros conflictos paralelos a la Guerra de Flandes, lo que provocó que la situación allí se degradara bastante, con constantes derrotas militares y motines en el ejército. Sin embargo, a partir de 1604, ya sin otros enemigos, la situación comenzó a mejorar levemente de la mano del general 25 Parker, España y los Países Bajos, p. 41. 26 Ibid., p. 93. 27 Ibid., p. 43. 28 Ibid., p. 94.
42 Ambrosio Spínola, si bien la hacienda se encontraba muy mermada y se optó por firmar la Tregua de los Doce Años. De esta forma, podemos ver que la hipótesis de Parker de que la Monarquía Hispánica no encontró la victoria total en los Países Bajos porque siempre priorizó otras situaciones se cumple, al menos en lo que se refiere al reinado de Felipe II. Durante la Tregua de los Doce Años cabe mencionar, además de la evidente internacionalización de la guerra en su ámbito colonial, que trataremos en el siguiente capítulo, los enfrentamientos que se dieron en suelo alemán, aunque estos no involucraron directamente a las Provincias Unidas contra la Monarquía Hispánica. Esto es, por un lado se dio un conflicto entre católicos –apoyados por la Monarquía Hispánicay protestantes –apoyados por las Provincias Unidaspor el ducado de Jülich, que como hemos dicho no llegó a involucrar directamente a ambas potencias; por otro, en 1619 un ejército español marchó para reprimir una rebelión protestante en Bohemia (también con el apoyo holandés), cuyo líder era el elector palatino Federico V 29 , en lo que suponía el preludio de la Guerra de los Treinta Años. Avanzando algo más en la línea temporal, hay que decir que el período entre 1621 y 1628, una vez que se reanuda la guerra, fue relativamente favorable para los intereses de la Monarquía Hispánica, toda vez que, de nuevo siguiendo la hipótesis de Parker 30 , no existieron otros frentes abiertos. No obstante, tenemos que recordar que la economía castellana se encontraba seriamente mermada por esos años –algo que agravó la captura holandesa de la flota de Nueva España en 1628-, por lo que a partir de la segunda mitad de la década de 1620 Olivares había optado por una guerra defensiva, para recortar gastos 31 . Sea como fuere, esta época de tranquilidad en otros frentes europeos duró poco para la Monarquía Hispánica, pues en 1628 Felipe IV decidió involucrarse en la cuestión sucesoria del ducado de Mantua, que vino a causar el mismo efecto en la Guerra de Flandes que habían causado, años atrás, las guerras con los turcos, ingleses o franceses. Esto es, el último duque había muerto sin descendencia, y se produjo un enfrentamiento entre el emperador Fernando II (apoyado por los españoles) y el rey de Francia, Luis XIII, por el control de una zona estratégicamente muy valorada por encontrarse al norte de Italia. Así, Felipe IV se vio obligado, de nuevo, a desviar una buena parte de las tropas del Ejército de Flandes para la 29 Parker, El Ejército de Flandes, pp. 243-246. 30 Parker, España y los Países Bajos, p. 43 y Parker, El Ejército de Flandes, p. 246. 31 Israel, La República Holandesa, p. 149.
49 tremendamente positiva para los intereses holandeses en ultramar: en 1641 los insurgentes portugueses desarmaban a los españoles en Brasil y al poco tiempo se firmaba un tratado de cooperación entre las Provincias Unidas y Portugal, que permitía a los holandeses mantener sus posesiones en Brasil a cambio de ayudar a los portugueses en su emancipación 9 . Esto, unido también a la revuelta catalana del mismo año, obligó a la Monarquía Hispánica a centrar su atención en la Península, y las Provincias Unidas pudieron mantener e incluso aumentar sus actividades comerciales en los dos continentes. La guerra en las colonias, finalmente, se había decantado también para el lado holandés, si bien Felipe IV seguía manteniendo un inmenso y muy poderoso imperio en ultramar. En Munster se reconocieron las posesiones holandesas en América y Asia y el monarca español firmó un compromiso 10 para no intentar reconquistarlas o expandirse más allá de sus territorios. 9 Ibid., pp. 276-277. 10 Ibid., p. 280.
50 VIII. Conclusión Según ha podido comprobarse a lo largo de todo el trabajo, la Guerra de Flandes fue un conflicto mucho más complejo de lo que su nombre puede dar a entender en un primer momento. Aunque comenzó como una simple revuelta de una de las provincias de la Monarquía Hispánica, como pudo ser la granadina de 1568 o la catalana de 1640 (independientemente de la repercusión que tuvieron una y otra), terminó convirtiéndose en un conflicto total entre dos potencias europeas, pues a lo largo del proceso el continente vio nacer un nuevo país, las Provincias Unidas, que con el paso del tiempo fue construyéndose como una gran potencia europea –especialmente en el ámbito marítimo-. Así, esta gran dimensión del conflicto es una de las primeras conclusiones que se obtienen del mismo: lejos de referirse a una guerra limitada a los Países Bajos, la Guerra de Flandes tuvo una amplísima repercusión, en Europa y en las colonias asiáticas y americanas. Supuso, por tanto, una baza a tener en cuenta por los enemigos de la Monarquía Hispánica, que encontraron en los rebeldes holandeses una buena manera de hacer daño a los monarcas españoles. Estos, por su parte, se esforzaron siempre en acabar con la revuelta pero, al mismo tiempo, intentaban no descuidar el resto de frentes europeos, lo que como sabemos terminó en fracaso. Junto a esto, otra conclusión que puede extraerse del estudio en profundidad de la Guerra de Flandes es la relevancia que estos territorios tenían para los monarcas españoles. Esto es, es cierto que desviaron muchas veces su atención en detrimento de otros escenarios de guerra como el Mediterráneo, el francés o el de Mantua…, pero también es verdad que durante más de ochenta años ninguno de los reyes de la Monarquía Hispánica decidió abandonar la causa, que en algunos momentos parecía –e incluso se sabíaperdida. Por tanto, aunque se pasó de una fuerte convicción, durante el reinado de Felipe II, de devolver a los Países Bajos al completo a la obediencia, a otra, ya durante el reinado de Felipe IV, de conocimiento total de que dicha región nunca sería reconquistada, lo cierto es que ninguno de estos monarcas se decidió a poner fin a la guerra, posiblemente porque sentían una obligación moral, unida a la necesidad de acabar con la herejía protestante (este, otro gran motivo que llevó a la Monarquía al compromiso en muchos frentes más allá de lo razonable). Por tanto, debía valorarse altamente a esta región para que, a pesar de todas las dificultades, los españoles se mantuvieran en la lucha.
51 Debe resaltarse, así, que el motivo fundamental por el que los monarcas españoles nunca quisieron abandonar la guerra fue el orgullo militar y el sentido de la reputación que tuvieron. Bajo mi punto de vista, este es uno de los causantes principales de la decadencia española durante el siglo XVII, que hemos estudiado en Flandes pero puede verse perfectamente en muchos otros ámbitos. La tozudez con la que los dirigentes españoles afrontaron la guerra y la diplomacia llevó a la derrota a la Monarquía Hispánica, con tratados de paz altamente desfavorables. Podríamos pensar, haciendo un ejercicio de historia-ficción, que si la Monarquía Hispánica hubiera contado con dirigentes más pragmáticos, quizás el conflicto habría durado menos y no habría sido tan perjudicial para los intereses españoles. En cualquier caso, esto no es más que una suposición que se realiza, además, bajo la óptica actual, pues no podemos olvidar que en aquella época el sentido del honor era mucho más importante que hoy en día, al menos en lo que respecta al continente europeo. Pese a todo, no resulta inadecuado extraer como última conclusión la posición de la Monarquía Hispánica como primera potencia mundial y enemigo más temido de Europa. Esto es, a pesar de la visión relativamente negativa que se ha dado a lo largo del trabajo, con sucesivas derrotas y desenlaces desfavorables para los españoles, resulta muy importante recordar –y en ello coincide la bibliografía especializadaque el potencial económico, diplomático y militar de la Monarquía Hispánica en aquella época era completamente inalcanzable por sus enemigos. Sólo desde este punto de vista puede entenderse la importancia capital que jugó la internacionalización de la Guerra de Flandes. A lo largo de estas páginas hemos visto continuas alianzas entre sus opositores: las Provincias Unidas con Inglaterra, Francia o Portugal, por ejemplo. No era en vano, pues de lo contrario se veía imposible en la Europa de la época vencer a la Monarquía Hispánica, muy temida por su inmenso poderío colonial y las enormes riquezas que le reportaba. Para finalizar el trabajo cabe incluir, en unas pocas líneas, una reflexión acerca del tratado de paz firmado por la Monarquía Hispánica y las Provincias Unidas en Munster, en enero de 1648, que se incluyó dentro de una serie de tratados de paz europeos que reciben el nombre de Paz de Westfalia. Al final del cuarto capítulo ya exponíamos, en líneas generales, las conclusiones del tratado, siguiendo el análisis de Echevarría Bacigalupe 1 : reconocimiento político y territorial efectivo por parte de la Monarquía Hispánica, libertad de comercio y navegación para las Provincias Unidas, etc. No obstante, la firma de esta paz en Munster debe 1 Echevarría, Flandes y la Monarquía Hispánica, p. 353.
52 englobarse en el marco de la Paz de Westfalia, que puso fin, paralelamente a la Guerra de Flandes, a la Guerra de los Treinta Años, conflicto en el que participaron una buena cantidad de potencias europeas: el Sacro Imperio Romano Germánico, Francia, la Monarquía Hispánica, Dinamarca, Suecia, etc. Para Elliott 2 , la Paz de Westfalia marcó el inicio de una nueva ordenación del continente europeo en cuanto a la soberanía nacional, remarcando especialmente el hecho de que aquí quedó establecido el carácter del Imperio como una confederación de territorios independientes, lo que anulaba los tradicionales temores hacia una monarquía universal habsbúrgica por parte de sus enemigos. Así, dentro de este contexto continental de pacificación, uno de los tratados más destacados fue precisamente el que puso fin a la Guerra de los Ochenta Años, estando marcado por la clara decadencia de la hegemonía española en Europa, ya que Felipe IV se vio obligado a ceder en prácticamente todos los puntos en los que se negoció con las Provincias Unidas. 2 John Elliott, “Europa después de la Paz de Westfalia”, Revista Pedralbes, 19 (1999), pp. 131-146.
53 Cronología 1566: Firma del Compromiso de Breda y Furia Iconoclasta en los Países Bajos del Sur. 1567: Llegada del duque de Alba a los Países Bajos y creación del Tribunal de los Tumultos. 1572: Nueva rebelión en los Países Bajos del Norte, con ayuda de los Mendigos del Mar. 1573: Sitio de Haarlem por parte de don Fadrique. 1574: Muerte de Luis de Nassau. 1575: Quiebra de la Hacienda Real española. 1576: Saqueo de Amberes por amotinados españoles. 1577: Firma del Edicto Perpetuo. 1579: Se forman la Unión de Arras y la Unión de Utrecht. 1581: Guillermo de Orange promulga el Acta de Abjuración. 1582: Felipe II anexiona Portugal. 1584: Asedio de Amberes y asesinato de Guillermo de Orange. 1585: Tratado de Nonsuch entre Inglaterra y las Provincias Unidas. 1588: Fracaso de la Armada Invencible. 1589: La Monarquía Hispánica entra en las Guerras de Religión francesas. 1596: Quiebra de la Hacienda Real española. 1598: Muerte de Felipe II. 1601: Comienza el sitio de Ostende. 1604: Ambrosio Spínola consigue tomar Ostende. 1607: Quiebra de la Hacienda Real española. 1609: Se firma la Tregua de los Doce Años. 1621: Muerte de Felipe III.
54 1625: Toma de Breda y reconquista de Brasil por parte de la Monarquía Hispánica. 1628: Las Provincias Unidas capturan la flota de plata de Nueva España. 1630: Pernambuco (Brasil) es conquistado por los holandeses. 1634: Batalla de Nördlingen. 1635: Francia declara la guerra a la Monarquía Hispánica y entra en el conflicto. 1637: Las Provincias Unidas reconquistan Breda. 1639: Batalla naval de las Dunas. 1643: Derrota española en Rocroi. 1648: Tratado de paz en Munster entre la Monarquía Hispánica y las Provincias Unidas.
55 Índice de ilustraciones - Página 7: mapa de los Países Bajos a mediados del siglo XVI. Fuente: José Alcalá-Zamora, “Flandes contra Felipe II: En vísperas de la revolución”, Cuadernos Historia 16, 5 (1985), p.5. (Consultado 3 de marzo de 2016). - Página 17: mapa de las ciudades sublevadas en 1572. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_de_los_Ochenta_A%C3%B1os#/me dia/File:Tachtigjarige_Oorlog_1572_b-es.svg (consultado 18 de marzo de 2016). - Página 29: jerarquía y organización dentro de un tercio. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Tercio#/media/File:Organizaci%C3%B3n_d e_un_tercio.jpg (consultado 2 de abril de 2016). - Página 31: rutas principales del Camino Español. Fuente: http://www.xn-- elcaminoespaol-1nb.com/portal/wpcontent/uploads/2015/04/TSR_mapa_metro_CaminoEspa%C3%B1ol.jpg (consultado 13 de abril de 2016).
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