La originalidad de la mirada filosófica. Sobre la filosofía en la ciudadanía y la universidad
Abstract
Las siguientes reflexiones derivan de una experiencia de 23 años enseñando filosofía en dos ciudades del norte del Perú. Son también una respuesta a los prejuicios comunes, mayores en el precario contexto de esta parte del planeta, que ven en ella la inutilidad, el debate estéril o la especialización a espaldas de lo real. La genuina filosofía es el ejercicio de una pasión por el mundo y de una búsqueda interminable que, consciente de la finitud humana, necesita de las diferencias y alienta, por ello, la conversación, la convivencia y el cuidado de los espacios en que se encuentran todas las miradas.
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THÉMATA. Revista de Filosofía Nº 58, julio-diciembre (2018) pp.: 47-64. ISSN: 0212-8365 e-ISSN: 2253-900X doi: 10.12795/themata.2018.i58.3 LA ORIGINALIDAD DE LA MIRADA FILOSÓFICA. SOBRE LA FILOSOFÍA EN LA CIUDADANÍA Y LA UNIVERSIDAD. THE ORIGINALITY OF THE PHILOSOPHICAL GAZE. ON THE PHILOSOPHY IN CITIZENSHIP AND UNIVERSITY. Víctor Hugo Palacios Cruz1 Profesor de la USAT Recibido: 23-10-2017 Aceptado 18-12-2017 Sumilla: Las siguientes reflexiones derivan de una experiencia de 23 años enseñando filosofía en dos ciudades del norte del Perú. Son también una respuesta a los prejuicios comunes, mayores en el precario contexto de esta parte del planeta, que ven en ella la inutilidad, el debate estéril o la especialización a espaldas de lo real. La genuina filosofía es el ejercicio de una pasión por el mundo y de una búsqueda interminable que, consciente de la finitud humana, necesita de las diferencias y alienta, por ello, la conversación, la convivencia y el cuidado de los espacios en que se encuentran todas las miradas. Palabras clave: Filosofía, originalidad, mundo, condición humana, comunidad. Abstract: The following reflections derive from a 23-year experience teaching philosophy in two cities of northern Peru. They are too an answer to the various prejudices –most frequent in this part of the world–, that see in philosophy the futility, sterile debate or specialization behind the real. The genuine philosophy is the exercise of a passion for the world and the endless search that, conscious of human infnity, needs the diversity. Therefore, philosophy encourages conversation, coexistence and care of the spaces in which the people’s looks are found. Key Words: Philosophy, Originality, World, Human Condition, Community. 1. ([email protected]) Profesor en la Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo (Chiclayo, Perú). Diplomado y Maestría en Filosofía por la Universidad de Navarra (España); estudios de doctorado por esta misma universidad. Licenciado en Ciencias de la Educación en la especialidad de Historia por la Universidad de Piura y Diplomado en Filosofía y en Historia también por la Universidad de Piura.Miembro colaborador del Círculo Peruano de Fenomenología y Hermenéutica (CIPHER) y del Círculo Latinoamericano de Fenomenología (CLAFEN).
Víctor Hugo Palacios Cruz Thémata. Revista de Filosofía Nº58 (2018) pp.: 13-34. 48 Acerca de la originalidad A partir del siglo XV, la imprenta fue gradualmente incrementando la presencia de los libros y, al hacerlo, fue igualmente multiplicando la frecuencia del acto de leer a solas. En el silencio de ese recogimiento, el lector escuchó los murmullos de su mente y descubrió la singularidad de su conciencia, cuyos derechos reclamó a continuación en la sociedad. Durante este proceso, la palabra «original» mudó de sentido. Antes del siglo XV quería decir “más cerca de la fuente, del manantial o del origen” (Eisenstein 2010: 181). Poco a poco, al impulso del espíritu crítico y el cuestionamiento de lo antiguo propios del Renacimiento y la Ilustración, «original» adoptó el significado de “nuevo”, apartado de la norma y contrario a lo común, que la Real Academia de la Lengua reconoce todavía. La deriva individualista de la cultura occidental, tanto en sus procesos políticos (los contractualismos de Locke y Hobbes, que fundan la teoría política moderna, parten de la abstracción de una individualidad trazada con anterioridad a cualquier construcción social) como en sus procesos intelectuales y artísticos (la subjetividad como lugar de la búsqueda de la salvación y del saber total en el luteranismo y el cartesianismo respectivamente; la inspección de un yo insospechado en la práctica del diario íntimo, en las pesquisas del psicoanálisis o en el trayecto de la pintura desde los autorretratos de Durero y Rembrandt hasta la inmersión en los estados de la mente –el impresionismo, el cubismo, el surrealismo) fue diezmando la dimensión comunitaria de la identidad y el proyecto personales y, por tanto, acentuando el sentido autárquico de la originalidad, con la especial contribución del interés por el genio creador en el romanticismo europeo. Hace un siglo, Rainer Maria Rilke aconsejaba a un aspirante a poeta no escribir sobre el amor. “Sálvese de los temas generales –dice– y vuélvase a los que le ofrece su vida cotidiana” y expréselos a través de “las cosas de su ambiente, las imágenes de sus sueños y los objetos de su recuerdo. Si su vida cotidiana le parece pobre, no se queje de ella; quéjese de usted mismo”; para un creador no hay “lugar pobre e indiferente” (1999: 22-23). Luego, añade: “para escribir un solo verso es necesario haber visto muchas ciudades, hombres y cosas; hace falta conocer los animales, hay que sentir cómo vuelan los pájaros y saber qué movimiento hacen las florecitas al abrirse por la mañana” (Pallasmaa, 2012: 135) Hallazgo interesante. En una coincidencia con Michel de Montaigne –involuntaria sin duda–, la búsqueda de la voz propia, de un estilo definitivamente personal, se confunde con la conciencia de los diversos contactos con el mundo reunidos a través de la escritura. En sus Ensayos, Montaigne trata una temática variada, miscelánea, sin sistema ni unidad prestablecidos. Escribe sobre la amistad, los libros, los dedos pulgares, los
Thémata. Revista de Filosofía Nº58 (2018) pp.: 13-34. La originalidad de la mirada filosófica 49 carruajes, Atahualpa, unos versos de Virgilio, los caníbales… “Aunque nadie me lea –se pregunta, de repente–, ¿he perdido acaso el tiempo dedicando tantas horas ociosas a pensamientos tan útiles y agradables? […] No he hecho más mi libro de lo que mi libro me ha hecho a mí” (2007: 1003). Si, como dice Herman Hesse, cada humano es “el punto único en el que se cruzan los fenómenos del mundo, solo una vez de aquel modo y nunca más” (2007: 9-10), lo que diferencia y hace irrepetible a cada cual es la relación con su medio, la fidelidad a sus momentos. En el repliegue sobre uno mismo no surge el vacío, sino una mezcla de huellas innumerables. El individuo puro es una ficción de la razón. Estamos hechos de acopios y su combinación decide el rostro y el estilo. “El hombre más honesto es el hombre mezclado”, dice Montaigne (2007: 1470). Revolucionario de la arquitectura y el urbanismo del siglo XX, Le Corbusier realizó viajes a Italia y Grecia que le animaron a confesar a un amigo en una carta de 1911: “a partir de ahora voy a hablar solo con el pasado; el pasado es mi único maestro. Los antiguos responden a quien sabe interrogarlos” (Daroca B., 2012). Si la originalidad consiste en la apropiación individual de los suministros del mundo recibidos en el ejercicio de una vida dentro de una comunidad y una época, se reconcilian entonces ambos sentidos de la palabra “original”: hay una atención hacia el pasado, pero a la vez un impulso hacia adelante; una multitud de legados, pero también la síntesis de un curso nuevo y singular. El rechazo expreso de la tradición es incluso un gesto impostado por las influencias de un determinado contexto. En el siglo XVI, René Descartes concluye en el Discurso del método que debe alejarse del bullicio en torno, renunciar a libros y maestros, todos ellos aquejados de contradicción, para únicamente “escuchar la voz de la razón” (1999: 13-14). Pierre Gassendi le escribe en seguida: “decidme con franqueza: ¿el mismo sonido de vuestras palabras no procede de la sociedad en que habéis vivido? Y, puesto que dicho sonido procede de vuestra relación con otros hombres, ¿no procede el significado de ese sonido del mismo origen?” (Mumford, 2011: 133). Reunir el mundo en la mirada Si la originalidad es, en definitiva, la consecuencia de una mirada propia de lo circundante y una determinada asimilación de las herencias, ella es también un atributo natural de la filosofía. Dice Merlau-Ponty que filosofar es “aprender de nuevo a ver el mundo”. Es a través de la reflexión, añade, que nos hacemos “responsables de nuestra historia” (1997: 20). Es significativo que «reflejo» (del latín reflexus: “lo que vuelve hacia atrás”), signifique curvarse sobre uno mismo y,
Víctor Hugo Palacios Cruz Thémata. Revista de Filosofía Nº58 (2018) pp.: 13-34. 50 también, reproducir el exterior. Sin duda, no hay vuelta atrás sin un paso adelante previo, ni regreso sin partida. El filósofo ha sido a menudo objeto de representaciones que lo asocian con la distracción y la torpeza (recuérdese la anécdota de Tales cayendo en un hoyo por mirar al cielo, provocando la risa de su esclava, según el relato de Diógenes Laercio), con la tristeza y el abatimiento (la sabiduría vista como melancolía en un célebre grabado de Alberto Durero), con el silencio grave y solemne (la escultura de Rodin llamada “El pensador”, que es parte del conjunto escultórico La puerta del infierno) o con la soledad extravagante (Platón: el hombre, “apartado de humanos menesteres y volcado a lo divino”, es “tachado por la gente como perturbado, sin darse cuenta de que lo que está es entusiasmado” (2000: 348)). Pero la soledad del filósofo no es una huida del espacio ni su silencio una ausencia de latidos. Como en el artista, la intimidad del que medita está más bien sobrecogida por las vibraciones, callada por un cúmulo de impresiones realmente inabarcables. Su ensimismamiento no es más que la reacción, el “volver hacia atrás”, de quien ha sido tocado por la fuerza de lo existente. Apenas un siglo después de la imprenta, Montaigne escribe: “hay más libros sobre libros que sobre cualquier otro asunto. No hacemos sino glosarnos los unos a los otros. Por todas partes proliferan los comentarios; de autores, hay gran escasez” (2007: 1596-1597). Es un presagio de la explosión de hipertextualidad de la academia, del envolvimiento profesional de la filosofía tratando una y otra vez sobre sí misma. Lo que no impide reconocer que, en rigor y en atención justamente a sus orígenes, la mirada filosófica y la mirada cotidiana coinciden en que ambas se mantienen delante de la visibilidad de lo real. Aunque sus conceptos asciendan y hagan giros en el aire, el filósofo vuelve siempre a su primera cita con las cosas. Él es un “perpetuo principiante”, decía Merleau-Ponty (1997: 14) y, por ello, un observador. Observador no de las páginas de Aristóteles, Hegel o Husserl, sino de su tiempo y de su entorno, el ámbito que atañe a su existencia. Más que un espíritu que baja de las nubes o un erudito que rumia en su guarida, el filósofo no es sino un transeúnte que cruza la misma vereda que todos cruzamos. Desprovisto de un poder especial, en él son más vivas las sensaciones que todos tenemos. “Los sabios ven lo que todos ven –dice Jaime Nubiola–, pero piensan lo que nadie piensa” (1999: 36). La originalidad de la mirada no proviene tanto de una diferenciación o novedad deliberadas, cuanto más bien del mantenerse al lado de las evidencias, inagotables e imprevisibles, que llevan cada tanto a una natural renovación de nuestros aparatos conceptuales. El paso de la anécdota a la categoría no justifica el abandono de todo aquello que de continuo acude a los sentidos, cuya supresión no haría
Thémata. Revista de Filosofía Nº58 (2018) pp.: 13-34. La originalidad de la mirada filosófica 51 sino conducirnos a la cárcel de la lógica o a los fantasmas del “pensamiento ilimitado” al que “ya no molesta nada del exterior” (Arendt 2000: 30-31). Mientras la costumbre esconde y la rutina apaga, el filósofo –al igual que el artista– intenta perforar la pantalla de ideas y palabras que tendemos a levantar entre nosotros y las cosas. El domicilio de la filosofía es, en todo caso, esa posición fronteriza –por lo demás, tan descriptiva de la condición humana en general– entre la muchedumbre de los sucesos y las figuras con que ensayamos un orden para entenderlos sin llegar jamás a detenerlos o apresarlos. En el siglo XVII, Francis Bacon explicaba que “los empíricos, semejantes a las hormigas, solo saben recoger y gastar; los racionalistas, semejantes a las arañas, forman telas que sacan de sí mismos; el procedimiento de la abeja ocupa el término medio entre los dos; la abeja recoge sus materiales en las flores de los jardines y los campos, pero los transforma y los destila por una virtud que le es propia” (1984: 89-90).2 Desde luego, la labor filosófica no es únicamente acumulativa ni divagatoria, sino más bien sintética. Es decir, apícola. A propósito, la información disponible y menuda no es lo que precisamente podría echar en falta nuestra era. Nunca como ahora ha estado al alcance de las yemas de los dedos una cantidad de datos prodigiosamente oceánica, navegable. Aunque sabemos que es poca la gente que se sumerge y mayor la que se desliza sobre la superficie. (De paso, observemos que el consumo de información no ha vuelto más culta a la gente ni más sensatos a los electores.) Jorge Luis Borges intuyó el abatimiento que provocaría percibir y conservar implacablemente todo, como en las laberínticas entrañas de un Big Data. En su cuento “Funes el memorioso” parece retratar a uno de nuestros jóvenes frente a su pantalla: “era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo”. Sospecho que, pese a todo, no era “capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar”. “En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos” (2002: 85). Comenta Zygmunt Bauman en una entrevista: “es una paradoja de nuestro tiempo. Ahora tenemos acceso a más información que nunca. 2. Lector de Montaigne, es posible que Bacon haya tomado su idea de este pasaje de los Ensayos: “las abejas liban aquí y allá las flores, pero después elaboran la miel, que es suya por completo, no es ya tomillo ni mejorana” (2007: 193)
Víctor Hugo Palacios Cruz Thémata. Revista de Filosofía Nº58 (2018) pp.: 13-34. 52 Una simple edición dominical del New York Times contiene más información que la gente más educada de la Ilustración consumía en toda su vida. Al mismo tiempo, los jóvenes actuales, los llamados millenials, que se hicieron adultos con el cambio de milenio, nunca se habían sentido más ignorantes sobre qué hacer, sobre cómo manejarse en la vida... ¡Todo es tan tembloroso ahora!” Creo que el único modo de enfrentar este alud de señales es instaurar la pausa y recuperar la dedicación de las abejas. Elevarnos de tanto en tanto para adoptar el ángulo distante y configurador de la teoría (ByungChul Han, 2014: 75). Interpretar y conferir significado, antes que amontonar y olvidar. Unificar gracias al dibujo de las ideas (“idea” viene de eidos, “forma” en griego), antes que perderlo todo bajo los incesantes borbotones de la actualidad. Esa es la responsabilidad del pensamiento, frente a la cual la “originalidad” en su acepción de ruptura con el pasado únicamente podría exponernos a la confusión, la esterilidad y la repetición. La diferenciación de las miradas Arriesgadamente la filosofía se propone una ambición que las demás ciencias desconocen: parafraseando a Julián Marías, ese «imposible necesario» de alcanzar una comprensión de la totalidad de lo existente y de la condición humana en medio de todo. De ahí la grandeza implícita en las discrepancias y las frustraciones de los filósofos, a quienes, por el contrario, se reclama con frecuencia la precisión de ciertas disciplinas o la potencialidad aplicativa de otras. Desconcertado por la disparidad de las opiniones de los filósofos (1999: 13) –en un dilema similar al de Kant comparando los resultados de las prósperas ciencias naturales con los irresolubles pleitos de los metafísicos–, Descartes encuentra en las Obras matemáticas del Padre Clavius –según sugiere Etienne Gilson (2004: 117-118)– unas palabras aleccionadoras: “las disciplinas matemáticas demuestran y justifican con las más sólidas razones todo lo que traen a discusión, de forma que verdaderamente engendran ciencia y expulsan por completo todas las dudas de la mente del estudiante. Difícilmente puede decirse esto de otras ciencias, donde la mayor parte del tiempo el entendimiento queda incierto y en duda sobre el valor exacto de sus conclusiones, tantas son las opiniones y tan discutidos sus juicios”. Descartes pretendía edificar una nueva sabiduría, superior y definitiva. Con ese fin, creyó hallar en las ciencias de los números “cimientos tan firmes y sólidos” que, en una época en que las viejas creencias se desmoronaban con estrépito, no entendió por qué no se habían apoyado sobre
Thémata. Revista de Filosofía Nº58 (2018) pp.: 13-34. La originalidad de la mirada filosófica 53 ellos otras disciplinas, además de la mecánica. Consideró que era posible elaborar un método inspirado en las demostraciones de los geómetras, un procedimiento inusitadamente simple gracias al cual no habrán verdades “tan alejadas de nuestro conocimiento a las que, finalmente, no podamos llegar ni tan ocultas que no podamos descubrir” (1999: 27). Las consecuencias de este método, como es sabido, no permitieron obtener ninguna sabiduría a salvo de la duda sino, por el contrario, planteamientos arbitrarios y desaforados como la deducción de una ciencia total del mundo a partir de la sola idea innata de res extensa, o la drástica incomunicación entre cuerpo y mente a causa de las distinción entre las ideas del yo pensante y la sustancia extensa. Confundida por sus naturales incertidumbres e insegura ante el juicio de otras profesiones, la filosofía a menudo ha adoptado un método ajeno buscando un remedio a su inestable reputación. Del mismo modo que las ciencias especializadas, eufóricas ante el triunfo de sus investigaciones y altivas delante del diverso destino de los filósofos, a menudo han realizado pronunciamientos que exceden el campo cubierto por sus métodos. Pienso en las declaraciones taxativas de un Stepehn Hawking o un Charles Dawkins sobre el origen del universo y la no existencia de Dios, por ejemplo. En ambos casos, una injusta comparación y, ante todo, una profunda incomprensión de las diferencias entre los respectivos objetos de estudio han provocado una mezcla de planos perjudicial para las partes en litigio. En cierta forma, entre la mirada propia de la filosofía –panorámica, unitaria, interpretativa– y las ciencias especializadas hay una diferencia parecida a la que existe entre la mano humana y las herramientas. Todas estas fijan una posición determinada que posibilita un movimiento unilateral del que se obtiene una eficiencia específica. Por el contrario, no encerradas en forma alguna inalterable, las manos poseen una plasticidad y una apertura que les permite adoptar todas las formas posibles e, incluso, transferirlas a la materia por medio de la fabricación de utensilios. Al igual que las manos, la virtud de la filosofía reside en su condición inespecializada, en unas reflexiones urdidas a partir de la experiencia, comunes a los fundamentos teóricos de las demás ciencias. Lamentar que no produzca resultados exactos o alguna clase de ganancia se parecería a la burla que el martillo o las tijeras dirigirían contra la mano por no golpear con fuerza ni cortar con finura. La exactitud, por lo demás, es el lujo que únicamente podría permitirse quien trabaje con números y polígonos, es decir con encantadoras irrealidades. Dice Hans Blumenberg: “cuanto más se aproxima una disciplina científica al «ideal» de exactitud empírica, tanto más exclusivamente trabaja con preparados y datos métricos que la hacen indepen-
Víctor Hugo Palacios Cruz Thémata. Revista de Filosofía Nº58 (2018) pp.: 13-34. 54 diente de la contingencia de la fenomenicidad de los objetos” (2000: 16). Más devotamente Pitágoras, aun creyendo que todo consistía en números, llamó al universo kosmos que connota “belleza” (de kosmos deriva la palabra «cosmética»). La química, la astronomía, la geografía o la física escogen una parte de lo real y omiten el resto. Esta delimitación regula su metodología y explica que puedan ser llamadas ciencias “particulares”. El caso es que la realidad es siempre unitaria y no únicamente química, geográfica o física. No es una parte; tampoco una suma de partes. Al humano lo examinan biólogos, sociólogos y economistas. Pero no somos algo puramente biológico, sociológico o económico. El dolor es un hecho físico, psicológico y médico; pero la física, la psicología y la medicina describen el dolor cada cual a su manera sin decirnos nunca qué es en sí ni qué significa. Incluso la praxis médica contemporánea, de modo precavido, se recuerda a sí misma que no trata con órganos ni enfermedades sino con personas. Por la misma razón, una enciclopedia no es sabiduría, sino apenas una reunión de especialidades. Julio Cortázar urde un ingenioso juego literario que titula “Posibilidades de la abstracción”: “el lunes pasado fueron las orejas. A la hora de entrada era extraordinario el número de orejas que se desplazaban en la galería de entrada. En mi oficina encontré seis orejas; en la cantina, a mediodía, había más de quinientas, simétricamente ordenadas en dobles filas. Era divertido ver de cuando en cuando dos orejas que remontaban, salían de la fila y se alejaban. Parecían alas”. “El miércoles preferí […] los botones. ¡Oh espectáculo! El aire de la galería lleno de cardúmenes de ojos opacos que se desplazaban horizontalmente”. “Mi secretaria lloraba, leyendo el decreto por el cual me dejaban cesante. Para consolarme decidí abstraer sus lágrimas, y por un rato me deleité con esas diminutas fuentes cristalinas que nacían en el aire”. “La vida está llena de hermosuras así” (1999: 60-62). Vaya. El protagonista es despedido por culpa no de sus fantasías sino de sus abstracciones. “Abstraer”, dice la Real Academia, “es separar por medio de una operación intelectual un rasgo o una cualidad de algo para analizarlos aisladamente”. Sin embargo, dice Henri Bergson, “entre las ciencias la filosofía es la única que no es abstracta. Cualquier ciencia considera un aspecto de la realidad, o sea, una abstracción”, en cambio, la filosofía “es la ciencia que contempla la realidad íntegra en su desnudez, sin velos que la cubran” (Melendo, 2007: 121). Reunir las miradas en el mundo En el plano de las relaciones entre el conocimiento y la realidad desde el punto de vista del interés en la acción, lo planteado anteriormente
Thémata. Revista de Filosofía Nº58 (2018) pp.: 13-34. La originalidad de la mirada filosófica 55 permite juzgar que una carrera universitaria será juiciosa en tanto que proporcione una visión del humano y del mundo que restituya a las partes el conjunto que las explica. Si toda profesión es una intervención particular sobre el entorno, resulta más coherente una propuesta curricular de carácter multidisciplinar, pues solo el diálogo continuo con las humanidades podría preservar la primigenia integridad de los hechos y de la condición humana, lo que a su vez favorecerá un desempeño experto más prudente y creativo. En este sentido, la filosofía representa, para el estudiante de cualquier especialidad, la ocasión de reconocer las infinitas líneas que terminan y las que asimismo comienzan en cada movimiento de sus manos. Recíprocamente, ninguna ciencia como la filosofía está, por su parte, tan obligada a prestar atención permanente a los saberes particulares, que son algo así como viajeros adelantados reportando el estado de cada territorio. Sin una pluralidad conveniente de insumos, la teoría filosófica se deseca y se torna un artificio refinado pero irrelevante. Una mirada amplia requiere senderos que, como extensiones de sus brazos, le permitan no dejar de abrazar el mundo. En toda suerte de foro, la filosofía debe mostrar una sensibilidad a cualquier variedad de voces y señales. Se diría, aun, que ninguna fuente de documentación reemplaza al trato con las cosas mismas: la experiencia, que para Da Vinci vale más que los libros, pues “quien puede ir a la fuente no se contenta con la jarra de agua” (2002: 101). Ahora bien, ¿cuánto alcanzan a ver nuestros ojos? ¿De cuánta experiencia es capaz un mortal? Una ligera inspección de nuestro equipaje revela que solo una ínfima porción de lo que sabemos ha sido personalmente vivido. Comparados con la vastedad del universo y la longitud de la historia, el radio de cada biografía cubre apenas un átomo en la inmensidad de lo real. Esa pequeñez es un destino. Pero también una esperanza. Byung Chul-Han recuerda unas palabras de Platón: “cuando miras las estrellas, estrella mía, ojalá fuera yo el cielo, para mirarte desde arriba con mil ojos”. (2015: 62) No estoy seguro de que sea una desgracia que no miremos como miran los dioses. Esos mil ojos no nos los da el cuerpo, pero sí la vida y la interrelación. Eduardo Galeano narra una sencilla y luminosa anécdota: “Diego no conocía la mar. El padre lo llevó a descubrirla. Viajaron al sur. Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando. Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura. Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre: «¡Ayúdame a mirar!»” (2003: 3) La autosuficiencia de la memoria o la cultura ha sido siempre una tentación. Nietzsche advertía: “¡infinito es el más pequeño fragmento del
Víctor Hugo Palacios Cruz Thémata. Revista de Filosofía Nº58 (2018) pp.: 13-34. 62 como un cierto bien; y tercero, integrarlo en la rutina, utilizándolo, luciéndolo o conservándolo. Podemos recibir algo y no reconocerlo como recibido, no estimarlo como bueno, o aun deshacernos de ello. Pensar es “agradecer” considerando que: primero, el pensar se dirige al mundo que nos es dado por el hecho de existir; segundo, desea por medio de la verdad la armonía con el mundo como un bien que nos otorga realidad por medio de su realidad; y tercero, preserva lo pensado gracias a la memoria y el lenguaje, puesto que conocer es llevar lo conocido por dentro. Es admirable que lo haya dicho Paul Celan, un poeta nacido en territorio rumano que, después de la Segunda Guerra Mundial, quedó bajo el poder soviético. Sus padres eran judíos, pero su madre leyó al pequeño Paul la literatura alemana que ella amaba. En 1942, sus padres fueron deportados a campos de exterminio nazis. Su padre murió de tifus y su madre fue asesinada con un disparo en la nuca. Paul fue recluido en un campo de trabajo, pero llegó a salvar su vida. Se estableció en Francia, dominó varios idiomas, pero como escritor eligió el alemán. Elección tormentosa: era la lengua de sus abominables verdugos, y a la vez la de los libros que lo amamantaron. En 1970 Paul Celan se quitó la vida arrojándose al río Sena, en París. Él, que fue lastimado por el mundo, declaró que pensarlo es decir “gracias”. ¿O acaso su muerte debe negar que la gratitud por la vida está por encima del más abominable dolor? Su corazón, roto por el conflicto entre su conciencia de sobreviviente y su conciencia de escritor; envenenado el recuerdo de la infancia donde la identidad personal busca su raíz. Qué difícil ha de ser soportar una interioridad helada e hiriente, llevar dentro la negación de uno mismo. Sea como sea, las aguas del Sena se llevaron para siempre los pensamientos del poeta. Después de todo, el mundo está a salvo más que en la ciencia que lo disecciona o en la propiedad que lo consume, en el silencio del pensamiento, en el aire entre dos que conversan, o en el espíritu que alza el vuelo al desembocar en el océano. mismo origen. Quien sigue su sentido entra en el campo de significación de gedenken, «pensar en, recordar», eingedenk sein, «recordar», Andenken, «recuerdo», Andacht, «meditación, recogimiento, oración». Permítanme expresarles mi agradecimiento en este sentido.”
Thémata. Revista de Filosofía Nº58 (2018) pp.: 13-34. La originalidad de la mirada filosófica 63 Bibliografía Agustín, sAn (2005) Confesiones, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos. Arendt, HAnnAH (2000) Rahel Varnhagen. Vida de una mujer judía, Barcelona, Lumen. Aristóteles (1998) Metafísica, Madrid, Gredos. BAcon, FrAncis (1984) Novum Organum, Madrid, Sarpe. BAudelAire, cHArles (2008) Pequeños poemas en prosa / Los paraísos artificiales, Madrid, Cátedra. BAumAn, Zygmunt (2005) Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, trad. Mirta Rosenberg y Jaime Arrambide, México DF, FCE. BAumAn, Zygmunt (2016) entrevista “En el mundo actual, todas las ideas de felicidad acaban en una tienda”. Recuperado de: http://www.elmundo.es/papel/lideres/2016/11/07/58205c8ae5fdeaed768b45d0.html BlumenBerg, HAns (2000) La risa de la muchacha tracia. Una protohistoria de la teoría, Valencia, Pre-Textos. Borges, Jorge luis (2002) Ficciones en Ficciones / El libro de arena, Lima, Peisa. Byung-cHul-HAn (2014) La agonía del Eros, trad. Raúl Gabás, Barcelona, Herder. Byung-cHul HAn (2015) El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse, Barcelona, Herder. Byung-cHul HAn (2015) La salvación de lo bello, Barcelona, Herder. cAnetti, eliAs (2008) Apuntes II, Barcelona, Debolsillo. celAn, PAul (2002) Obras completas, Madrid, Trotta. cortáZAr, Julio (1999) Historias de cronopios y de famas, Barcelona, Edhasa. dA Vinci, leonArdo (2002) Cuadernos de notas, En Cuadernos de notas. / El tratado de la pintura, Madrid, EDIMAT Libros. dArocA Bruño, José luis (2012) Influencias mediterráneas en las cubiertas de Le Corbusier. De la Acrópolis de Atenas a la unidad de habitación de Marsella, tesis doctoral, Universidad de Sevilla, España. Recuperado de: http://fondosdigitales.us.es/media/thesis/2207/Q_Tesis_DAR-introduccion.pdf descArtes, rené (1999) Discurso del método, Madrid, Tecnos. eliZABetH l. eisenstein (2010) La imprenta como agente de cambio. Comunicación y transformaciones culturales en la Europa moderna temprana, México DF, FCE.
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