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El discurso histórico sobre las sociedades coloniales centroamericanas: ensayo en torno a la historia, la colonización cultural y el desarrollo

Zamora Acosta, Elías

Abstract

El ensayo tiene como objetivo discutir la función que puede tener la construcción de un discurso histórico propio en el diseño de planes de desarrollo alternativos de carácter endógeno. Comienza con una aproximación a la naturaleza del relato histórico y su carácter cultural, esto es, orientado desde las categorías cognitivas propias del autor del relato. Se constata la actual situación del discurso histórico sobre las sociedades centroamericanas, que tiene como principal característica estar elaborado desde fuera y fundamentalmente en inglés. Se concluye la necesidad que tienen los pueblos centroamericanos de escribir su historia y evitar así la situación de colonización y dependencia cultural que supone la construcción ajena de la propia historia y, en última instancia, de su identidad.

Full text

E1ía.s Zamora Acosta El discurso histórico sobre las sociedades coloniales centroamericanas: ensayo en torno a la historia, la colonización cultural y el desarrollo "La verdad histórica [...] no es lo que sucedió; es lo que juzgarnos que sucedió." - Jorge Luis Borges, Piem Menard, autor del Quijote, 1939 Durante el invierno de 1991 conocimos la convocatoria del Primer Congreso Centroamericano de Historia que se celebraría en julio de 1992 en Tegucigalpa, Honduras. Junto a la noticia recibimos asimismo una invitación cursada por su comité organizador, a través del Comité Nacional Quinto Centenario de España, para participar activamente en sus sesiones. El congreso estaba promovido por la Escuela de Historia de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras y apoyado económicamente por la Comisión Nacional de Honduras para la Conmemoración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América, que lo consideró como un acto adecuado para las efemérides. Asimismo, el Comité Nacional Quinto Centenario de España apoyaba técnica y económicamente el evento. El acontecimiento académico era notable: el primer congreso general sobre historia de la América Central, celebrado en Centroamérica y organizado por centroamericanos. Este hecho, su circunstancial coincidencia con la polémica celebración del "descubrimiento" colombino -y todas sus consecuencias- y la posibilidad de compartir unas jornadas de trabajo con los colegas que se ocupan del estudio de las sociedades históricas de América Central, nos parecieron motivos suficientes para aceptar la invitación que tan gentilmente se nos ofrecía. Nos pareció que el congreso era también el foro adecuado, una oportunidad singular, para exponer y discutir, ante y con nuestros colegas, algunas ideas y cuestiones que nos vienen preocupando desde que en 1985 viera la luz nuestro estudio sobre las consecuencias que la conquista tuvo para los mayas de los altos occidentales de Guatemala durante el siglo XVI.' Decidimos, por ello, participar en el congreso haciendo una aportación que no tendría Nacido en España, Elias Zamora Acosta obtuvo un doctorado en geografía e historia en la Universidad de Sevilla. donde es profesor en el departamento de Antropología Social y Sociología. La primera versión de este trabajo fue presentada en las sesiones del Primer Congreso Centroamericano de Historia, celebrado en Tegucigalpa en julio de 1992. El autor agradece a la comisión organizadora el permiso para publicar el texto en hlesoamérica. Elías Zamora Acosta, Los mayas de las tierras altas en el siglo XVI: tradictón y cambio en Guatemala (Sevilla: Diputación Provincial de Sevilla, 1985). @ Mesoamérica 26 (diciembre de 1993) el carácter científico que se acostumbra y espera en este tipo de reuniones: no presentaríamos una comunicación de sentido histórico que aportara nuevos datos, cronologías o argumentos, ni siquiera una reinterpretación de hechos conocidos a la luz de nuevos enfoques. Consideramos que era un momento adecuado para contar una historia -en el sentido narrativo del vocablosobre la historia -en el sentido académico-- de la América Central durante el período coloriial. Aunque es cierto que nuestros conocimientos historiográficos abarcan sólo una parte del territorio y durante un período no excesivamente largo de tiempo, pensamos que las ideas que hemos pretendido transmitir son aplicables a toda Centroamérica y a los estudios que se refieren al menos a la totalidad del período colonial. Las palabras que siguen tratan de ser entonces un reflejo de estas ideas y una aportación a la discusión de las mismas. Sobre las ciencias sociales, la historia y las historias Permítasenos comenzar con una breve y atrevida disquisición sobre las llamadas ciencias sociales y el estudio de las sociedades históricas, sus objetivos y utilidad. Llamamos ciencia a una forma especial de conocimiento y explicación o interpretación del universo que cumple con ciertos requisitos y convenciones, entre ellos los de publicidad y contrastabilídad. Sigue un método de análisis hipotético-deductivo y trata de formular ciertas generalizaciones acerca de sus objetos de estudio: que deben ser "entes reales (o presuntamente tales), actuales o posibles, pasados, presentes o futuro^".^ Si este tipo de conocimiento se aplica a, o tiene como objetivo la formulación de generalizaciones sobre la conducta de los hombres o sobre la organización y dinámica de las sociedades humanas, entonces hablamos de ciencias sociales. En el caso del estudio de sociedades históricas, el científico social se aproxima a ellas con el objetivo de comprobar ciertas teorías que no pueden ser comprobadas y contrastadas en las sociedades contemporáneas; para formular determinadas generalizaciones que precisan contrastarse en diversos momentos históricos para probar su universaiidad; o bien porque se interesa por procesos de tanta profundidad temporal -ciclos largosque no pueden ser analizados más que a través de la observación histórica. Junto a esta forma de conocimiento de lo humano o lo social. existe otra que atiende exclusivamente a la descripción de los fenómenos. Dos son los modos de aproximación a estos fenómenos. En un caso el especialista, digamos, el historiador se acerca al acontecimiento o al proceso histórico con las armas que le facilita una teoría, paradigma o enfoque determinado. Este bagaje le permite disponer de un método para ensamblar, ordenar y Véase, por ejemplo, Peter IIodgson, "Presupuestos y limites de la ciencia", en Estructura y desarrollo de la ciencia, P. Feyerabend, G. Radnitzky, Vi'. Stegmüller, et al., editores (Madrid: Alianza Editorial, 1984), pp. 131-144. Mario Bunge, Seudociencia e ideología (Madrid: Alianza Editorial, 1985); pág. 28. El discurso histórico sobre las sociedades colonides centroamericanas 195 ?. 5; 5. % describir los datos relativos a los hechos que le interesan. Supone también $ que el historiador dispone de una teoría o interpretación de la realidad que $ $ considera adecuada: un armazó~i sobre el cual ordenar los datos. La decisión [ sobre la bondad de uno u otro paradigma tiene sus raíces en la ideología y es l. i: consecuencia de la cosmovisión general del sujeto o grupo que hace la elección t. (no debemos olvidar que las teorías, y las ciencias en general, corresponden al 1. < universo que denominamos ideológico, a las superestructuras). Una segunda forma de enfrentarse a esta descripción de fenómenos, sin interés por la formulación de principios generales, es aquella que se interesa k sólo por el hecho; se aproxima al fenómeno desde el mero empirismo y S: 8: e considera, además, que no existe ningún axioma o teoría previo que pueda 1 explicar el acaecer de lo humano. Interesa el acontecimiento y su relación f: con otros: el resultado no puede ir más allá de la descripción. Es el modo f de conocimiento que Dilthey consideraba propio de las ciencias humanas, i j: del estudio del mundo del espíritu, y que ha sido denominado ideográfico o C a: particularizador.4 Esgrimiendo como argumento fundamental que lo humano - no puede reducirse a ninguna teoría general, resulta obvio que esta posición i E: es en sí misma una posición teórica (esto es, ideológica), un enfoque para I f.; aproximarse a los hechos. Un paradigma antiguo y bastante próximo, por lo F. i demás, al más vanguardista que argumenta el principio de la incertidumbre F; k: y la impredicibilidad (jescepticismo?) de los acontecimientos del universo y $: t,, especialmente de los acontecimientos humanos, sean históricos o no. r: Este modo de conocimiento empírico y descriptivo es el que ha caracte- a $.. rizado y caracteriza a los estudios históricos, salvo escasas excepciones. .,. s.,. 1. i. Desde esta perspectiva, la historia es una narración que habla del origen x. *.. s. y desarrollo de las sociedades humanas: quiénes somos; cómo y por qué E' hemos llegado a ser así; cuáles son los acontecimientos sobresalientes de una sociedad en su devenir. Como tal narración de lo que sucedió, la historia así E entendida constituye una forma de discurso mítico.' La descripción histórica, como narración o relato especialmente ordenado, constituye esencialmente un g E discurso émico; esto es, un discurso que responde a ciertas categorías cognitivas R y mentales, ideológicas, de quien lo produce. El relato histórico está construido @ según las categorías cognitivas, los esquemas mentales básicos del historiador. p e No debemos olvidar en este punto que la narración histórica es un hecho g cultural y que como tal está sometido a los principios específicos de cada # cultura particular, incluidas las especiales concepciones de las coordenadas Véase. H. A. Hodges, The Philosophy of Wilhelm Drtthey (London: Routledge & Kegan Panl, 1932). El autor entiende el mito, según lo define Dundes, como "una historia o narración sagrada que explica cómo el mundo y la humanidad llegaron a ser tai como los conocemos en su forma actuai"; Sacred Narratives: Readinge in the Theory of Myth, Allan Dundes, editor (Berkeley: University of California Press, 1984), pág. 1. La consideración de algo como "sagrado" o "profano" en cada sociedad o momento histórico sería obpto de otra discusión. ~YU Elías Zamora Acosta temporales de cada universo cultural y, por consiguiente* a las particulares percepciones de los procesos de cada ~ultura.~ Es cierto que pueden existir algunas diferencias entre la naturaleza del mito y la del relato histórico de que hablamos aquí. Mientras que el primero contiene en buena medida pasajes inventados, aunque admitidos como ciertos por los miembros del grupo protagonista, en el relato histórico la mayor parte de los hechos que se narran están documentados: las evidentes diferencias que existen entre los relatos de emigración de los pueblos mesoamericanos -mexicas. k'iche's. kaqchikeles ...- y las pruebas arqueológicas de tales movimientos, son una buena muestra de ello. Sin embargo, las explicaciones que se dan a los acontecimientos históricos, su interpretación y finalidad, responden a principios semejantes en el mito y el relato histórico: son interpretaciones construidas a partir de la cosmovisión propia de la cultura del autor del mito o de la descripción histórica. Uno y otra tienen. además, funciones implícitas y explícitas que es posible conocer. Hay en consecuencia dos tipos de historia. La que el historiador realiza de su propio pasado, de la formación social a la que pertenece, que constituye una interpretación o explicación de su propio devenir, hecha con y desde sus propias categorías culturales de las que evidentemente no se puede desprender. Existe, por otro lado, la historia que el historiador hace del devenir de otros pueblos y que se construye también desde variables propias de la cultura del historiador. En este caso, el historiador construye e interpreta los procesos sociales del otio, desde categorías culturales que no le son propias: en algún sentido se está apropiando de su pasado. Llevado este razonamiento a su último extremo, se podría afirmar que no existe la objetividad, la verdad histórica, más allá del dato específico, del mero acontecimiento: la historia interpretativa es una invención. Puede resulta ilustrativa aquí aquella fábula del antropólogo europeo que estudiaba las historias -"mitos de origen" se les llama no con demasiada inocenciade grupos nativos centroafricanos. Se trata de una historia de ficción que pudimos leer en una revista de humor en forma de viñetas o cornics. El antropólogo, vestido con todo el atavío propio de su condición y circunstancia, incluidos salacot y polainas, aparece en un poblado acompañado de una joven y bella discípula que posteriormente habría de convertirse en su esposa. Allí pregunta a los ancianos si pueden contarle algún "mito" sobre el origen de su pueblo. Los ancianos, sorprendidos, le cont~stan que no entienden de qué les habla y piden al antropólogo que, a modo de ejemplo, les cuente alguno de esos mitos para saber así de qué se trata. Después de la redacción de este trabajo. ha aparecido un texto del sociólogo francés Bertrand Badie que desarrolla con profundidad el carácter culturalmente condicionado del relato histárico; Bertrand Badie, "Análisis comparado y sociologia histórica", Revrsta Internacronal de C~enctas Sociales 133 (septiembre, 1992): 341-350. En la misma publicación aparecen textos de otros autores donde se discute esta cuestión desde diversas perspectivas. El discurso histórico sobre las sociedades coloniales centroamericanas 197 El antropólogo, complacido, les relata un conocido mito de origen de un pueblo vecino. Los nativos, más sorprendidos aún, se muestran felices al conocer la historia de sus vecinos. Acto seguido apresan al incauto antropólogo y a su bella ayudante, y requisan todas sus pertenencias: sólo obtendrían la libertad y los bártulos una vez que les hubiera contado a ellos y a todos los poblados vecinos sus respectivos mitos de origen; todas aquellas historias que ellos mismos desconocían. La solución fue fatigosa para el nada aventurero científico: haciendo uso de todos sus conocimientos etnográficos y de una gran dosis de imaginación, fue inventando, uno a uno, el mito de origen de cada grupo de los que habitaban el territorio que él decía haber ido a estudiar. Liberado al fin, casado con su atractiva discípula y en la paz del hogar, muchos años después, el antropólogo muestra a su hijo adolescente un libro del que él mismo resulta ser autor y que lleva por título algo así: La rana saltarina y otros mitos de origen: aportación a la etnologk de Africa Centml. Es obvio que el relato que acabamos de citar es una caricatura, quizá un tanto cruel y malintencionada, pero que ilustra de un modo esperpéntico las ideas que hemos venido expresando. No queremos, sin embargo. dar la impresión de que consideramos fraudulentos a los historiadores de otros pueblos ni estamos defendiendo posiciones maximalistas en favor del particularismo historicista. Tampoco pretendemos argumentar la inconveniencia o imposibilidad de que el historiador analice procesos históricos de otras culturas distintas a la suya; ni siquiera la validez "científica" de tales estudios. Sólo queremos poner de relieve el hecho de que estas historias del otro son la visión que se tiene de su desarrollo cultural desde una perspectiva que no es la de la cultura estudiada; esto es, que no puede predicarse de este tipo de historia la validez universal de las explicaciones o interpretaciones, ni su validez para aquellos que son protagonistas del relat~.~ No debe deducirse igualmente, la inutilidad de los esfuerzos de los historiadores de las otras culturas. ni de la inversión económica que la tarea lleva consigo. La historia de la propia cultura y la de los demás tiene objetivos y funciones, a veces manifiestas y a veces latentes, que pueden justificar su realización. Contrastar teorías y formular ciertas generalizaciones sobre la naturaleza del hombre y la sociedad, desde este modo peculiar y consensuado de conocimiento que denominamos ciencia en nuestra tradición cultural, es uno de ellos. Empero, lo es también conocer el pasado de nuestra civilización (quiénes somos, cómo y por qué); ampliar nuestro conocimiento sobre la humanidad; o simplemente satisfacer la curiosidad por lo exótico y distinto: Es interesante, en este sentido, las ideas que el historiador francés Georges Duby refleja en su libro La hrstorra contanúa (Madrid: Editorial Debate, 1992), en el que defiende la concepción de la "historia de autor" como la única posible. En este sentido es especialmente encomiable, por su honradez y sinceridad, la declaración de intenciones --casi una confesiónque hace W. George Lovell en el prefacio de su libro Congursta y cambro cultural: la srerra de los Cuchumatanes de Guatemala, 1500-1821 (Antigua Guatemala: Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica y - Klias Zarnora Acosta son algunos de los argumentos que pueden validar el trabajo del historiador. Otros motivos, menos académicos o románticos, pueden también justificar el esfuerzo y la inversión que requieren los estudios históricos: poner de manifiesto situaciones seculares de opresión para intentar combatirlas, o justificar algunas acciones de los grupos que detentan el poder -y que financian la investigaciónpueden considerarse argumentos de carácter más bien político. Asimismo, la historia puede contribuir a engrandecer al grupo social del historiador mediante la demostración de su propio pasado glorioso: jno es la historia uno de los métodos para la exégesis apologétíca de un pueblo y sus gobernantes? ¿Qué otra cosa hicieron nuestros bien conocidos cronistas de Indias, si exceptuamos algún notable autor como fray Bartolomé de Las Casas? Como también puede contribuir la historia a lavar la mala conciencia colectiva por medio de la explicitación -y consiguiente asunciónde aquellas acciones de los antepasados que consideramos perversas: ¿de qué otro modo se puede situar un historiador español ante los sucesos de la conquista y colonización americana? Finalmente, la historia, igual que las llamadas ciencias sociales, puede contribuir a tener un mejor conocimiento de los otros o del propio pueblo para facilitar su dominación, objetivo y función perversos, pero que ha resultado estar demasiado presente, aunque de manera inconfesable, en muchos proyectos académicos de investigación histórica. Las historias recientes del sur de hfesoamérica Debemos ahora abandonar el ámbito de la reflexión crítica sobre la historia y su sentido, y entrar en el terreno más específico de lo que ha venido sucediendo en el campo de la construcción del relato histórico sobre América Central. Debemos hacer la salvedad de que, dada nuestra especialización, nos referiremos fundamentalmente a la historia colonial de la región noroccidental del territorio centroamericano: las narraciones que se refieren a Guatemala y a las regiones más próximas a este país. En un breve ensayo crítico sobre el libro editado por Murdo J. MacLeod y Robert Wasserstrom, titulado Spraniards and Indians in 3outheastern Mesoamerica: afirmábamos que en aquel momento resultaba necesario "un verdadero replanteamiento de los estudios sobre la realidad histórica y actual de los hombres que han vivido y viven en la región f...] que, f...] desde un punto de vista crítico, l...] sirva como punto de partida para la búsqueda de nuevas vías de investigación que superen la simple reconstrucción y des- ( cripción de los procesos histórico^]".^^ Añadíamos que debernos saber si las r, E Plumsock Mesoarnerican Studies, 1990), sobre los motivos que le llevaron a emprender el estudio. 2 t Spaniards nnd Indions in Southeastern Mesoamerico: Essoys on the Nistory of Ethnic O $: Relationa (L'incvln: University of Nebraska Press, 1983). 5. lo Elías Zamora Acosta, "Sobre los logros y deficiencias de la etnohistoria de los mayas en la época colonial", z%fesoornérica 14 (1987): 343. El discurso histórico sobre las sociedades coloniales centroamericanas 199 preguntas que estamos haciendo (en las investigaciones) "son las adecuadas - para encontrar solución y explicación a los problemas que tenemos planteados, s si disvonemos de los instrumentos teóricos conveníentes"." Teníamos, e11 definitiva, algunas dudas sobre lo que estaba sucediendo en el campo de la investigación histórica y antropológica de este territorio. El libro reseñado en aquella ocasión es un compendio de los trabajos presentados por un grupo de historiadores y antropólogos norteamericanos, en los que pretendían dar a conocer la situación de los estudios en el área referida y los problemas e interrogantes que se debían resolver a partir de ese momento. Los trabajos se presentaron en un seminario celebrado en 1980 en Dedham (Massachusetts). No vamos a entrar de nuevo en la discusión de este interesante y polémico texto? pero sí nos interesa presentar brevemente lo que, en líneas generales, ha sucedido en la investigación histórica del área suroriental de Mesoamérica, o noroccidental de América Central, en los últimos veinte años. Veamos algunos datos de interés. A finales de la década de 1960 se inició un proyecto de estudio etnohistórico de Guatemala, que se desarrollaría en una colaboración entre antropólogos de las universidades de Sevilla y Pennsylvania.12 Los frutos comenzaron a publicarse poco después en forma de escritos parciales y posteriormente en cuatro monografías editadas en las décadas de 1970 y 1980 por Pila Sanchiz, Salvador Rodríguez. Beatriz Suñe y Edward 0'~laherty.l~ En los comienzos de la década de 1970 aparecieron dos obras de singular importancia de las que eran autores historiadores guatemaltecos. En 1970, Carlos Guzmán Blocker y Jean Louis Herbert publicaron Guatemala: una interpretación histórico-social (México, D.F.: Siglo Veintiuno); y en 1971 salió a la luz La patria de2 criollo: ensayo de interpretación de la realidad colonial gzaatemalteca (Guatemala: Editorial Universitaria, Universidad de San Carlos). En 1973 apareció la versión inglesa de la magistral obra de Murdo J. MacLeod, que fue publicada en español siete años más tarde.14 También en 1973 se publicó otra obra fiindamental para la historia de Guatemala: el libro l1 Zamora Acosta, "Sobre los logros y deficiencias de la etnohistoria de los mayas", pág. 345. '* Véase Alfredo Jiménez Núñec, "Etnohistoria de Guatemala: informe de un proyecto de antropología en archivos", Anuario de Estudios Americanos 33 (1976): 459-499. l3 Pilar Sanchiz Ochoa, Los hidalgos de Guatemala: realidad y apariencia en un sistema de valores (Sevilla: Universidad de Sevilla, 1976); Salvador Rodriguez Becerra, Encomienda y conquista: los inicios de la colonización en Guatemala (Sevilla: Universidad de Sevilla, 1976); Beatriz Suñe Blanco, La documentación del cabildo secular de Guatemala (siglo XVI): estudio diplomático y valor etnográfico (Sevilla: Universidad de Sevilla, 1984); y Edward O'Flaherty, Iglesia y sociedad en Guatemala (1524-1563): análisis de un proceso cultural (Sevilla: Seminario de Antropología Americana, Universidad de Sevilla, 1984). l4 Sponish Central America: A Socioeconomic History, 1520-1720 (Berkeley: University of California Press, 1973); y la versión española, Historia socioeconómica de la América Central española, 1520-1720 (Guatemala: Editorial Piedra Santa, 1980). &"u Hias Zarnora Acosta Quichean Civilization: The Ethnohistoric, Ethnogmphic and ArchaeologicaE So~trces (Berkeley: University of California Press), de la que fue autor el antropólogo norteamericano Robert M. Carmack, quien había comenzado en 1966 una serie de publicaciones sobre los pueblos k'iche's que duraría más de dos décadas. En 1974 el historiador español Francisco de Solano publicó su libro sobre los mayas de Guatemala en el siglo XVIII," precedido y seguido por una serie de artículos y comunicaciones en reuniones científicas sobre la historia de Guatemala y América Central. Ese mismo año, el proyecto iniciado en Sevilla a finales de la década de 1960 amplió su área de interés a toda la América Central,'G a la vez que comenzaba otra fase del proyecto inicial que pretendía un estudio a profundidad de las tierras altas occidentales de Guatemala durante toda su trayectoria histórica; esta vez en colaboración con las universidades de Madrid y Barcelona." En 1978 se publicó el libro de Cristina García Bernal sobre la población y la encomienda en Yucatán en los siglos XVI y XVII, y también ese año apareció un trabajo de carácter general del guatemalteco Julio Castellanos Cambranes sobre la historia agraria de Guatemala.'' A partir de 1979 y durante toda la década de 1980 se produjo la gran explosión en la publicación de estudios de historia local y regional. En 1979. Williarn L. Shermari publicó su obra sobre el trabajo obligatorio en América Central durante el siglo XVI, traducida al español en 1987.19 El mismo año se publicó el trabajo de Robert M. Carmack titulado h eu'o~ución del reino quiché (Guatemala: Editorial Piedra Santa) con edición en inglés en 1981.~~ También en 1979 apareció en forma de libro una recopilación de trabajos del mismo autor que recogía estudios sobre los k'iche's desde los tiempos anteriores a la conquista hasta el pre~ente.~' Francisco de Solano y Pérez Lila, Los mayas del siglo XVIII: pperoioencia y transformación de la sociedad indígena guatemalteca durante la administración borbónica (Madrid: Ediciones Cultura Hispánica, 1974). Fruto de esa ampliación fue la aparición de nuestro trabajo Etnografía hrstórica de Costa Rica, 1561-1615 (Sevilla: Universidad de Sevilla, 1980). l7 Véase J. Alcina, C. Esteva y Alfredo Jiménez, Proyecto "Cambio cultural en Guatemala" (Madrid: Universidad Complutense de Madrid, Departamento de Antroplogia y Etnologia de América, 1975). Xanuela Cristina García Bernal, Yucatán: población y encomienda bajo los Austrias (Sevilla: Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1978); y Julio Cast.el!anos Cambranes, Introducción a la historia agraria de Guatemala (Guatemala: Universidad de San Carlos de Guatemala: 1978). Una segunda edición de este libro apareció en 1986 editado ata vez por Serviprensa Centroamericana, también de Guatemala. l9 Forced iVative Labor in Sizteenth-Century Central Arnerica (Lincoln: Vniversity of Nebraska Press, 1979); y la versión española, El trabajo forzoso en América Central (siglo XVI) (Guatemala: Seminario de Integración Social Guatemalteca, 1987). 20 The Quiché Mayas of Utatlán (Norman: Vniversitg of OMahoma Press, 1981) 2i Robert M. Carmack, Ifistoria social de los puichés (Guatemala: Seminario de Integración Social Guatemalteca, 1979). El discurso histórico sobre las sociedades coloniales centroamericanas 201 En 1982 apareció una publicación que sería la primera de una larga serie dedicada a tratar los problemas de la demografía histórica de Guatemala: en ella Robert Carmack, John Early y Christopher Lutz presentaban una serie de trabajos de diversos autores que pretendían plantear los principales problemas demográficos del territorio citado desde los tiempos antiguos hasta el momento inmediatamente anterior a los estudios.22 Al mismo tiempo uno de los editores del volumen anterior, Christopher H. Lutz, editaba en español su trabajo Historia sociodemográfica de Santiago de Guatemala, 1541-1773 (Antigua Guatemala: Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica). Finalmente, apareció el mismo año un libro de Miles Wortman con una visión general sobre la política en América Central en la segunda fase del período ~olonial.?~ En 1983 se ~ublicó el libro de Robert Wasserstrom sobre la historia colo- 1 nial de Chiapa2* También apareció una obra realizada por un equipo de investigadores franceses que reunía los trabajos realizados en torno a San Andrés Sajcabajá (G~atemala).~' El guatemalteco Flavio Quesada publicó también este año el libro Estructuracián y desarrollo de la udrninistmcián pública territorial de Guatemala en la colonia y época independiente (Guatemala: Editorial Universitaria). El año 1984 fue especialmente fecundo en la publicación de trabajos sobre el área que comentamos. Además de las obras de Beatriz Suñe y Edward O'Flaherty antes citadas, salieron a la calle el trabajo de Nancy M. Farriss sobre los mayas de Yucatán, publicado posteriormente en español, y el libro de Sandra L. Orellana dedicado a la historia tzut~jil.~~ El año 1985 puso en las librerías una obra del geógrafo escocés afincado en Canadá W. George Lovell, titulado Conquest and Survival En Colonial Guatemala: A Historical Geogmphy of the Cuchumatán Nighlands (Kingston: McGill- Queen's University Press), cuya edición en espafiol, con algunas revisiones y añadidos, apareció en 1990.~~ El mismo año se publicó nuestro libro, ya citado al comienzo de estas páginas, sobre los mayas de las tierras altas en el siglo 22 The Historical Demography oj Highland Guatemala, Robert M. Carmack, John D. Early y Christopher H. Lutz, editores (Albany: Institute for Mesoamerican Studies, State University of New York, 1982). 23 Gooernment and Society in Central America, 1680-1840 (New York: Columbia üniversity Press, 1982). 24 Class and Society in Central Chiapas (Berkeley: University of California Press, 1983). 25 San Andrds Sajcabajá: Peuplement, oryanisatton soctale et encadrement d'une population dan~ les hautes terres du Guatemala, Henri Lehmann, editor (Paris: Editions Recherche sur les Civilisations, 1983). 26 Nancy M. Farriss, Maya Society under Colonial Rule: The Collective Enterprise oj Survival (Princeton: Princeton University Press, 1984), y su versión española, Los mayos bajo la dominación colonial: la empresa colectiva de la supervioencia (Madrid: Alianza Editorial, 1992); y Sandra L. Orellana, The Tzutujil Mayas: Continuity and Chanye, 1250- 1630 (Norman: Cniversity of Oklahoma Press, 1984). Conquista y cambio cultural. el desarrollo era considerado consecuencia de variables económicas que son iguales para todas las sociedades. Frente a esta concepción universalista se plantean alternativas que defienden modelos de desarrollo, de cambio social, que tienen presente las trayectorias de cada sociedad concreta y sus peculiares circunstancias. No sólo para con ellas llegar a un destino común a todas, sino para crear su propio camino. Los procesos de cambio y desarrollo así entendidos, atienden fundamentalmente a dos aspectos: de un lado, conciben el desarrollo de un modo integral y tienden a lograr el bienestar de los individuos y grupos tanto en el ámbito de lo económico como de lo sociocultural; además, toman como punto de partida aquellos elementos que constituyen el núcleo cultural de los pueblos que lo protagonizan, emprendiendo acciones e impulsando procesos que son coherentes con su propia cultura. La trayectoria histórica y el reconocimiento y potenciación de la identidad cultural se convierten así en elementos fundamentales en la elección de estrategias y acciones para el desarroll0.3~ Es en este sentido en el que la elaboración histórica adquiere una dimensión nueva que no habíamos contemplado anteriormente: el relato histórico contribuye a construir la propia identidad a partir del conocimiento y la interpretación de la evolución de la sociedad. Sin embargo, ha de ser necesariamente un discurso histórico que se construya y explique desde la perspectiva cultural propia y con lenguaje y categorías también propios; una verdadera historia y no una historia impuesta, construida con categorías ajenas. Ese es. al menos, nuestro punto de vista sobre el tema, y la idea central del discurso que hemos querido presentar: resulta necesario un esfuerzo adicional de los historiadores centroamericanos para construir su propio discurso históric0.3~ Este es iin paso fundamental, aunque no único, para que los pueblos de la América Central puedan salir de la situación de dependencia y colonización que, de un modo u otro, han soportado en los últimos quinientos años. 38 Véase Xavier Dupuis, Culture et décefoppernent: de la reconnaisdance 6 f'éualuation (París: UNESCO. 1991). 39 Durante la celebración del congreso de Tegucigalpa hemos podido observar el esperanzador incremento que está experimentando el estudio de la propia historia por parte de los autores centroamericanos, especialmente costarricenses, quienes han presentado abundantes comunicaciones y de calidad. Esperamos y deseamos que el Primer Congreso Centroamericano de Historia marque el inicio de una inflexión en el panorama presentado en estas páginas.