scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

América, mil y mil veces descubierta

Jiménez Núñez, Alfredo

Full text

DISCURSO DE INGRESO ENLA REAL ACADEMIA DEL EXCMO. SR. D. ALFREDO JIMENEZ NUÑEZ EL DIA 3 DE DICIEMBRE DE 1989 AMERICA, MIL Y MIL VECES DESCUBIERTA ¿,De qué hablar en esta ocasión solemne? No era difícil Ja elección para quien ha sentido toda la vida el interés, Ja fascinación por las tierras y gentes de América. Mucho más difícil resultó desde un principio comprender las razones del honor que se me hacía con la elección de miembro de número de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Reducir mis posibles méritos a su mínima valoración podría parecer un ejercicio de falsa modestia o suponer que los que me eligieron estaban totalmente errados. Pero, en el mejor de los casos, no puedo dejar de ver la mano de la generosidad y la benevolencia como principal instrumento de mi ingre so en la Academia. Ni siquiera mi condición de universitario y rrti profesado americanismo podrían explicar la elección, pues bien y altamente representada que está ya la institución por hombres de Ja Universidad y por prestigiosos americanistas que han sido maestros ejemplares y más tarde entrañables compañeros de claustro. Tuve siempre a la Academia en la más alta consideración y quizá por esta misma altura en que la tenía yo situada, he vivido respetuosamente distanciado de ella hasta el momento en que se rne comunicó la buena nu eva de mi elección. A partir de entonces, gocé del honor de asistir a las sesiones ordinarias y ha sido para mí una auténtica delicia compart ir actos íntimos sazonados con las primicias de las intervenciones académicas y salpicados por la gratísima 8 ALFREDO JIMENEZ NUÑEZ conversac1on de sesudos e ingeniosos varones de los que tanto se aprende solamente co n sab er escuchar. En estos tiempos de prisa y múltiples ocupaciones, de muchedumbres y ruidos, ha sido para mí una vuelta a lo me jo r del pasado y a las dimensiones humanas de la vida, el encuentro periódico en este hermoso retiro de Sevilla, qu e sirve para quienes lo frecuentan de alimento del espíritu y t erapia del cuerpo. Por decirlo de otra manera, se me concedió en su día el privilegio de vivir por dentro una de esas instituciones de la c iudad de la que todos los sevillanos tienen noticias pero muy pocos c ono - cen. Si mi gratitud a la Real Academia Sevillana de Buenas Letras es grande por invitarme a su seno, mi reconocimiento es inmenso po r la ind ul gencia que me permite vivir este momento con un retraso im - perdonable sob re la fecha de elección. Sólo voy a recurrir a una ra - zón que ni siquiera se atreve a ser di sc ulp a, y es el sobrecogim iento que me producen los actos públicos y solemnes, especialmente si me toca algún protagonismo. Puedo asegurar que una parte de la deuda co ntraída con la Academia por la honrosa distinción que me hace, la pago con el esfuerzo que para mí supone desempeñar hoy el pape l que corresponde a ese hono r. ::::;:;,: La Academia vive porque se renueva, y en la sustitución de unos miembros por otros -seg ún Reglamento y l ey e.le vida qu e, por lo mismo, también es de muertesiempre se viene a ocupar la vacante que dejara alg ui en que nos precedió en el trance final. Ha querido el Des ti no que me corresponda llenar el vacío - intento vano por mi parte-de Alfonso Grosso Sánchez. Y lo que pudiera parecer artificiosa relación, no lo es en absoluto. Alfonso Grosso fu e ante todo pintor, pero su presencia en la R ea l Academia Sevillana de Bue na s Letras estuvo más que justificada. En primer lugar, porque para to do verdadero hum an ista no hay fronteras ni encasillamientos. El escribió con pincel algunas de las mejor es páginas de nuestro ar te en es te siglo. Alfonso Grosso supo penetrar con su sensibilidad en los más íntimos ri ncones de la Sevi ll a más oculta, y al describimos con pr osa de co lores la gra nd eza y modestia de los conventos de Sevi ll a, ll eg ó no solamente a los conocedores del a rt e sino también al pueblo ll ano, incluidos los que ni siquiera sabían leer pero entendieron perfectamente el texto escrito sobre lienzo. El di sc urso de ingreso de Alfonso Grosso tuvo por título «Gustavo Adolfo Bécquer, poeta y pintor», y DISCURSO DE INGRESO EN LA RE AL ACADEMIA 9 es te argumento venía a mostrar la co njunción que en el académico se daba entre la s letras y las artes plásticas. Alfonso Grosso fue para mí -sin habe rl e tratado personalmente - un personaje fami li ar que hacía compatible su condición de figura señera del mundo cultural sevillano con esa otra nota de popularidad o conocimiento del pueblo que adorna a ciertos personajes de nuestra sociedad. En este pun to , debo co nfesar que cuando andaba alrededor de los quince años mi aspiración era ser pint or lo cual me llevaba a visitar con especial interés las muestras de un arte que por aquellos años tenía ya como gran maestro a Alfonso Grosso. Por se r yo hermano de la cofradía del Museo de sde que nací. pasé mu ch as horas de mi vida en ese trozo de Sevilla que forman la Capilla, el propio Museo y la plaza. En ese ámbito me encontré con frecuenc ia a Alfonso Grosso, quien supo co njugar perfectamente su tarea pictórica con la actividad docente y la respon sa bilidad de director de nuestro Museo. No me extiendo más en es te recuerdo sino que remito a otros textos sobre el ilustre académico cuya vida y obra han lle ga do a ser objeto de una tesis de li ce ncia tu ra en nuestra Universidad. Y no h ay me jor compendio para calibrar la valía de Alfonso Grosso que la intervención de nuestro académico José Hernández Díaz en la sesión necrológi ca dedicada en su momento al gran artista sevillano. La «invención» espaiiola de América No son pocos -y me temo que de aquí a 1992 serán máslo s que ponen reparos ante la afirmación de que España, con tres embarcaciones y un centenar de marineros, de sc ubrió en 1492 el continente que llamarnos América. No voy a a caer en la tentación de querer demostrar Jo que está registrado en las p <\g inas de Ja Historia. Ni quiero meterme por los vericuetos de la semántica ya que las palabras son a veces como las cerezas en cuanto que una tira de la otra -descubrimientos, hallazgo, encuentro- y así se puede llegar a cualquier par te , según el propósito que mueva a ca da uno; o puede uno enredarse vanamente en la s palabras. Quiero yo hablarles de algunos de los mil y un descubrimientos -entr e ellos los míosque de s de 1492 se han hec ho de América. Pue s cu an do un he cho se repite por siglos y se hace universa l ya no es privativo de nadie; y América nos pertenece a todos los que la he mos intuido, amado y de sea do antes y después de conocerla y a pesar de conocerl a. Porque América, desde 1492, ha 10 AL FREDO JIMENEZ NUÑEZ sido para Jos que nacíamos en el Viejo Mundo, una ilusión y una esperanza, un proyecto que algún día podría realizarse, una aventura a correr, una oportunidad allá en el fondo del tiempo y la distancia. Y nadie tiene argumentos, y menos derecho. para negarnos nuestros propios descubrimientos de América o privarnos de la ilusión de que al otro lado del Océano están las tierras que los españoles nombraron Indias y que por unos siglos encadilaron ojos, caldearon corazones, aguzaron talentos, alentaron empresas económicas, religiosas, intelectuales y científicas; atormentaron concienc ias y causaron no pocos des engaños en soldados. frailes y otros clérigos, colonos, funcionarios reales, mujeres casadas y doncellas casaderas que en tropel venían a embarcar en Sevilla o en Cádiz y realizaban -si el furor del mar no lo impedíasu íntimo y personal descubrimiento de América. Sería cosa digna de ver cómo por los caminos que partían de Cantabria y Asturias, atravesaban Le ón y las Castilla s o cruzaban Extremadura y, por fin, penetraban en Andalucía para converger a orillas del Guadalquivir en Sevilla o en la bahía de Cádiz, bajaban españoles y españolas a lomos de mula o a caballo, en carretas o carrozas y no pocos a pie. todos ellos con la mente puesta en el Nuevo Mundo, con la ilusión prendida en unas Indias que habían vislumbrado al escuchar el relato de un pariente o amigo que estaba de vuelta o iba ele paso entre el pu erto y la corte, y había dejado temporalmente las tierras de ultramar para atender algún negocio o procurar cierto derecho o merced. La Historia no ha conocido nada 'igual. Roma envió sus legiones. El Islam azuzó con el doble látigo de la fe y la codicia los corceles que montaban sus guerreros. De Inglaterra se desgajaron en principio unas cua ntas familias que se sentían incómodas en su patria y marcharon a América en busca de libertad religiosa marcando así el comienzo de una peculiar colonización. La India, en singular, - la verdadera India que buscaba Colón por el Atlántico- no pasó de ser colonia de soldados y funcionarios británicos. Australia ha cumplido en 1988 el segundo cente nario del comienzo de su c oloni zació n europea, y el programa de actos conmemorati - vos --cuyo máximo acontecimiento ha sido una exposición internaci<rnalno pudo ni intentó ocultar que aquellas lejanas tierras iban a servir, principalmente, para internar a peligrosos delin cue nt es y asesinos . Y no hablemos de la crónica negra del continente llamado DISCURSO DE INGR ESO EN LA REAL ACADEMIA 1 1 ---- -----·-- -- --- - - -- «negro», porque la Historia ya le ha dado un título más que sig nificativo: «El reparto de Africa», cons umado en el siglo XIX y del que se han derivado aberraciones geopolíticas y étnicas, males y violencias que tiñen con rojo de sangre la piel negra de sus habitantes indígenas. La Historia no ha conocido nada ig ual a lo ocurrido en la Amér ica hispana. No entro ahora en la bondad o maldad de las personas; ni siquiera en la filosofía moral o política de las potencias colonizadoras. Sólo quiero resaltar que España -además de descubrir América-, inventó Amé rica, imaginó América, la hizo ser lo que es hoy; y desde un principio se Ja co ntcí a Europa, al Viejo Mundo, en crónicas oficiales y cartas íntimas, en hi storias y tratados eruditos, en ley endas, mitos y fábulas, en pláticas de viejos indianos mantenidas al calor de Ja lumbre reaviva da en aquel hogar que se dejó atrás, o a la sombra de los soportales de la plaza de un pueblo que se abandonó en edad moza. Era toda una nación la que vivía pendiente del Nuevo Mudo. Era la Corona de Castilla, sobre todo, la que había apostado por las rutas y tierras atlánticas. Era toda un a sociedad la que miraba al oeste dispuesta con su cultura a «Oc cidentaliza rn --qu é curiosa paradojael más occidental de los continentes. Una España escasa en población se desangraba, pero lo hacía a la manera que la madre pierde san gre en pleno alumbramiento. Las nav es cruzaban en viaje de ida y vuelta el Mediterrán eo hispano y Ja gente iba y venía de un mundo a otro sin salir de casa. Cada cua l iba a lo suyo y para much os -sin duda, la mayoríael objetivo era «hacer las Américas» en beneficio propio, sin darse cuenta apenas de que también estaban construyendo América. P ero una cosa son los individuos y otra la sociedad. Una cosa es la ex - tensión de una vida hum ana y otra muy distinta la obra secular de la Historia. Y así, entremezclados los altos ideales y los personal es intereses, Jos sacr ificios y los abusos, la gl or ia y Ja miseria, Ja entrega generosa y Ja ambición sin límite, la politiquilla, el nepoti smo y la alta polftica de Estado, la espa da y la cruz, la rudeza d el labriego y la clarividencia d el sabio, se hizo América, se levantó una civilización sobre ruinas pero también sobre rescoldos y raíc es vivas de otras civi liza ciones. Y ellos y ellas, los hombr es de acá y las mujeres de allá, enriquecieron el panorama de Ja humanidad con la figura del mestizo american o. La historia, ciertamente, no ha conocido nada igual. 12 ALFREDO JJMF::NEZ NUÑEZ Cervantes y las llldias No todos vieron cumplido su deseo de pasar a las Indias, su espe - ranza de lograr allá lo que aquí no encontraban. No ha habido más ilustre fracasado en esta fiebre española de ser arte y parte e.l e Ja empresa indiana que el ingenioso hic.lalgo don Miguel de Cervantes. Como tantos españoles de su época, tenía noticias de lo que ocurría en las Indias y cuando pretende un empico no lo hace a ciegas sino que sugiere al Consejo de Indias uno e.le cuatro oficios que a la sazó n estaban vacos « ... que con cualquiera de estos oficios que V.M. le haga merced la recibirá porque es hombre hábil y suficiente y benemérito ... » La respuesta burocrática no pudo ser más fría y lacónica « Busque por acá en qué se le haga merced. En Madrid a 6 de junio de 1590». El autor que, corno pocos en la historia universal, nos ha brindado con su pluma un profundo descubrimiento del alma y de la naturaleza del hombre, no pudo realizar su propio descubrimiento de América. Cervantes no pudo embarcar en la que era puerto y puerta de las indias y tuvo que conformarse con inmortalizar algunas escenas de la Sevilla bulliciosa y pícara del Siglo de Oro o escribir la vida del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. En verdad, Cervantes no tuvo que embarcar para contribuir con su ingenio a la hi spanización del Nuevo Mundo que se pobló -¡.cómo no?- de Quijotes y Sanchos; de conquistadores que soñaron con Dulcineas que nun ca cruzaron el océano y cuyos encantos y atributos físicos fueron encarnados, sin ot ro remedio, por rudas y turgentes indias. También pasaron a las Indias curas y barberos. marineros y galeotes que abandonaban el barco en el primer puerto para sentirse libres ante horizontes infinitos; asimismo. marcharon hacendosas amas, discretas sobrinas y otros parientes y deudos que formaban en l os séquitos de funcionarios; títulos que iban a desempeñar altos cargos y a ocupar sus vidas con Jos asuntos de gobierno y en fiestas donde no faltarían infelices convertidos en bufones que por unos momentos cabalgarí an asombrados sobre Clavideños de portentosas facultades. Dijo no hace mucho Octavio Paz, aquí entre nosotros, que «América empieza en Sevilla». Frase hermosa y, además, cierta. Si aceptamos que el mar no es de nadie, porque es de todo s, es fácil aceptar también que a partir de 1492 Améri ca es una prolongación de España, pues en el siglo XVI se une a nosotros por ese hilo de agua que es el Guadalquivir. que en Sanlúcar no se para en barras y se mete en el océano para llevarnos, con la habitual escala en las Canarias, hasta DISCURSO DE INGRESO EN LA REAL ACADEMIA Nueva España, Castilla del Oro. Nueva Andalucía. Nueva Granada, Nuevo Santander, Nueva Galicia, Nueva Viz caya ... Todo es nuevo y todo es viejo para lo s primeros descubridores de América. Viejo porque la nostalgia, el orgullo. la ilusión o el temor al destino incierto hacen que la imagen familiar de lo que se dejó atrás se sobreponga a la imagen nueva que se tiene ante Jos ojos. Y como la sabana de Bogotá hace recordar al descubridor la vega que se extiende al pie de la Sierra Nevada, llama a la tierra «Nueva Granada >>. O cuando los españoles repararon en el tamaño y grandiosidad de México, no encuentran mejor nombr e para aquellos territorios que el de «Nueva España». Y cuando la planta es fecunda y del tronco nacen ramas y las ramas se hacen tronco, los descubridores que empujan hacia el norte la frontera de México bautizan las remotas tierras donde nace el Río Grande - Guad -el-Kevir de las Américas- con el título de «Nuevo México»: son los primeros retoños de una madre patria que pronto se hace abuela. Mis tempranos de scubrimientos de América Como todos los niños a este lado del Atlántico. yo descubrí América por primera vez en los libros de la escuela. En l os cursos finales del bachillerato ya estaba tocado grave y definitivamente por el mal o el bien de lo americano. Ciertos libros me contagiaron su pasión por la epopeya de los españoles en el Nuevo Mundo, y con entrega de adolescente dí con mi pasión y mis huesos en un edificio que en la calle Alfonso XII de Sevilla albergaba un centro americanista. Allí iniciaría aiios más tarde la especialidad de Historia de América cuyos estudios finalicé en lo que hoy conocemos como «antigua Fábri ca de Tabacos». que por unos años compartimos con las últimas «Cármenes» o cigarreras y con ciertas máquinas y labores que desprendían un polvo de tabaco que, tras flotar perezoso en el aire de los patios interiores, se colaba en la biblioteca de la Facultad de Letras. se posaba sobre mesas y libros y provocaba en chicos y chicas el mismo refocilante estornudo que los empeluca do s caballeros del siglo XVIII buscaban con fruición en el rapé, entonces de moda, que había venido poco antes de las Indias. Me llegó por fin el día de emba r car para América y vi vir mi primer descubrimiento. Mi nave era un avión todavía de hélice. con forma elegante como de pez más que de pájaro. Mi pr imer destino era Nueva York y mi escala fue Santa María de las Azores. Todo muy distinto al primer viaje co lombino de dos carabelas 14 ALFREDO JIMENEZ NUÑEZ y una nao, escala en las Canarias y rumbo a latitudes tropicales. Pero mi emoción y estremecimiento no desmerecían de los que debieron sentir los miles de pasajeros a Indias que durante siglos habían vivido la aventura de arribar por vez primera a tierras americanas. Mientras sobrevolábamos en los albores del día los cielos grises de un Nueva York en otoño, anhelaba yo el momento de pisar la tierra tanto tiempo imaginada. Pero la prosaica realidad se impuso a la imagen idealizada y al descender del avión no pisé tierra sino cemento encharcado por agua de lluvia ennegrecida con manchas de aceite: era un signo del triunfo de la civilización industrial sobre unos paisajes que habían ya perdido su virginidad o estado de naturaleza. El poeta debió sentir algo semejante a mi pasajera desilusión y, desde luego, supo expresar mejor que yo su visión de una «aurora» en Nueva York, allá por los años treinta. Así dicen los versos de Lorca: La aurora de Nueva York tiene cuatro columnas de cieno y un huracán de negras palomas que chapotean las aguas podridas. La aurora de Nueva York gime por las inmensas escaleras buscando entre las aristas nardos de angustia dibujada. La aurora llega y nadie la recibe en su boca porque allí no hay mañana ni esperanza posible. A veces las monedas en enjambres furiosos taladran y devoran abandonados niños. Los primeros que salen comprenden con sus huesos que no habrá paraíso ni amores deshojados; saben que van al cieno de números y leyes, a los juegos sin arte, a sudores sin fruto. La luz es sepultada por cadenas y ruidos en impúdico reto de ciencia sin raíces. Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes como recién salidas de un naufragio de sangre. DISCURSO DE INGRESO EN L i\ REAL ACADEMIA 15 Esta imagen lorc.¡u iana no es más que una de las mil caras de las Américas. Las hay todavía más tristes, más dramáticas, más inhumanas. especialmente en las urbes que crecen como cáncer en lberoamérica. Pero el Nuevo Mundo todavía es en buena parte un continentl! joven y al natural, co n filos de sierras no desdentadas por el tiempo geo lógico; con ríos que son mar es de agua dulce; con selvas que sirven de pulmón al mundo; con travesuras telúricas, propias de un planeta adolescente, que rompen en erupciones volcánicas o estremecen la corteza de la tierra con pavorosas sacudidas; con mares tropicales que engendran huracanes y tornados que todo lo trastornan a su paso como manotazos de un niño grande en casa de muñecas. América es también la serenidad de la pradera; la soledad y la calma de la pampa: la cálida exultación de las islas caribeñas: el aire límpido y fresco del altiplano; el húmedo y rumoroso ambiente de los grandes bosques y lagos; el silencio sobrecogedor de la puna y la blancura cegadora de los nevados andinos. Esta América grandiosa, varia y extrema: soberbia y modesta a un tiempo; esta Améri ca apabullante y tímida: escandalosamente fértil y rica o desolada y pobre como la hermana Luna, es la América mil veces descubierta y mil y mil veces por descubrir. Primeros «descubridores» de América La América que durante millones de años fue virgen e intocada, genesíaca como salida de las manos del Creador, fue por prime ra vez hollada por la planta del hombre hace cuarenta o cincuenta milenios, tal vez más. Aquellos nómadas del noreste asiático, que penetraron en América sin saberlo, son los primeros desrnbridores, los protagonistas de un suceso puramente geográfico e inconsciente. ¡,Y quién niega este hecho a los que se empeñan en discutir y provocar para negar o ensombrecer el descubrimiento colombino y español? Aquellas bandas de nómadas «descubrieron» -si así podemos califi ca rl o- un conti11e11te. una tierra vacía de vida humana. España descubre en 1492 el umbral de un 1111111do de cuya naturaleza y ge nt es se da inmediatamente cuenta y razón al resto de Europa. Y co nviene subrayar la dife rencia entre descubrir tierra y descubrir un m1111do. Porque lo primero es pura natural eza cuya exploración, accidental e inconsciente o he c ha adrede, no supone más que agrandar el espacio físico, prolon gar el escena rio natural del hombre, que no es poca cosa. Mientras que el viaje de 1492 y los 22 ALFREDO JJMENEZ NU ÑEZ Brasil Brasil exige su propio descubrimiento no tanto por su ascendencia portuguesa - al fin y al cabo ibéri casino por su propia y co mpleja naturaleza. No he visto una mezcla más asombrosa. más extremosamente bella de la naturaleza y la obra del hombre, que la visión desde el aire de la Bahía de Río de Janeiro. Azul de las aguas, celes te de los c ie - los, verdor de cerros y colina s, oro claro de las playas, mansas bahías de Río de Janeiro, el Pan de Azúcar, los brazos siempre abiertos del Corcovado, la filigrana de su traza urbana ... elevan la estética y la armonía a unos niveles en que todo parece irreal en cuanto que no es posible ni fácil de aceptar que pu eda darse tan prodigiosa combinación de elementos. Volvemos a descubrir en las ca ll es de Río el gusto por el paseo y la charla; la contemp la ción, que hoy se calificar ía de machista, que lo s hombres apoyados en una esquina bien situada o a la puerta de un bar dedican al paso de la mujer, de la hembra casi en abstracto; o como se decía en castizo y pueblerino castellano, del «mujerío». Ver - las venir, sentirlas cerca por unos segundos y dejarlas pasar en un rito cien veces repetido al día durante el cual la mujer se siente co ntemplada y deseada sin que pueda o no quiera hacer nada por evitarl o. ¡La vida en la ca lle! El encuentro inesperado e interminable so bre la ac er a; el copeo en un establ ec imiento desde donde se ve lo que pa sa fuera; los jue gos infantiles en l as plazas; los arrumacos o la s disputas de los enamorados en un banco de un pa seo; los corros donde se habla y discute de todo como en pequeñas ágoras; los viejos al so l o al fresco. según época y hora. Todo ello es parte esencial del gran espectáculo de muchas ciudades que tienen algo en común a pe sar de l a-; distancias y de los matices. Si en al gún caso es apropiado el calificativo de «latino» para abarcar a toda la población de Ib eroamérica y conectarla con una parte de la vieja Europ a, yo creo que es en la herencia de unos modos de vi da colectivos que ti enen por escenario la ciudad en sus calles y plazas. Para mí que el punto común, la esencia latina o mediterránea de Iberoamérica están en la gente que se comunica, se divierte, se ama o se despe ll eja en pl e na calle o plaza. Aquí es donde yo descubro ese trasfondo posiblemente romano -tal vez más antiguo, helénicoqu e sigue vivo en ciudades como Nápoles o Sevilla y se traspla nt ó ha ce siglos a La Habana o Río de Janeiro. DISCURSO DE INGRESO EN LA REAL ACADEMIA 23 Descubrí Brasilia cuando estaba recién hecha, cosa que ocurrió a tantos españoles del siglo XVI que llegaban a las Indias y estrenaban ciudad como quien hoy estrena «urbanización» o «polígono ». Brasilia fue una ciudad imaginada en estudios de arquitectos que no tuvi eron en cuenta la sabias instrucciones que la corona de España promulgó en el siglo XVI para la correcta y humana fundación de ciudades. Brasilia es otra cara y otro afán de Brasil: poblar el interior, rebasar la colonización fenicia y costera que los portugueses hi cieron de su imperio. Brasilia es un espectáculo, un fenómeno digno de ver para después marcharse; un experimento a contrape lo de lo que tiene tradición y vigor en una cultura. Pero Brasil -que en el mapa es como el gran vientre de América del Surpresenta contrastes más agudos y asombrosos. Si Río y Brasilia son tan diferentes entre sí, ¿qué tienen en común la ciudad de Salvador, en el estado de Bahía, y la selva amazónica? Salvador es mulata; es costera y mira por igual a Europa y Africa. Me queda en el recuerdo la imagen superficialmente alegre de una ciudad que vive y respira en los pulmones de sus calles y plazas. Me quedan también la pena y la rabia de haber descubierto, en un paseo nocturno en compañía del gran intelectual Thales de Azevedo, unas escenas que hoy ya se van haciendo más cercanas a nosotros y tan frecuentes en las páginas de la prensa que no s dejan insensibles. Paseando en la penumbra por ciertas ca lles de Salvador advertí que a la puerta de algunas casas había una mulatita, poco más que una niña, apoyada en el quicio, sola y expectante, que nos miraba co n ojos que más que una incitación eran un terrible interrogante: «¿Por qué?, ¿Por qué yo?» Mi acompañante respondió lacónicamente a mi muda pregunta: «Prostitución infantil. Sus padres están al fondo de la casa en espera de clientes. Es un medio más de vida para muchas de estas gentes». ¡Qué triste descubrir esta América que existe de norte a sur del doble continente y que no respeta fronteras de razas ni lenguas! ¡Qué doble bocanada de aire fresco supone llegar en un avión militar al corazón de la sel va amazónica, a dos mil kilómetros de la costa del Br asil, y descubrir una América pre co lombina de indios que se acercan tímidos al avión que muy de tarde en ta rde se posa en una franja de tie1rn ganada a la selva! Si el «buen salvaje» que imaginaba Rousseau existe, está aquí en la cabecera del río Xingú, afluente del Amazonas. Desnudos, con el cuerpo pintado de una espesa capa roja que les protege de los insectos; dedicados al cultivo de la yuca que es su pan ele 24 ALFREDO JIMENEZ NUÑEZ - -- · ---- - cada día; armados de arcos y fl echas para cazar pájaros y monos que son su dicta de carne; sanos y fuertes; prudentes y observadores 1os hombres; tímidas y recatadas las mujeres, aunque muestren lo que nosotros llamamos «vergüenzas) >, quizás por la falta que sufrimos de las mismas; sonrientes y un tanto asustados los niños; pacíficos todos ... Hermosa y desconcertante escena pues en ella no han irrumpido todavía la violencia, el alcohol y la droga, la rapiña que valora má s los recursos naturales que al propio hombre. Porque, a diferencia de la dura vida del campesino y de la trágica situación del emigrante a la gran ciudad, estos indios del Neolítico, de vida simple y eleme nt al, no conocen todavía la miseria, que no es una forma de vivir natural sino una creación del propio h om br e, una consecuencia de la injusticia social y de la avaricia. No es posible hablar con los indios, con los «naturales», como acostumbraban a llamarlos los españoles del siglo XVI. No conocen el portugu és ni más lengua que la suya propia. No es posible mercadear con ellos porque no conocen el dinero. Están dispuestos al trueque, pero no vamos preparados para conseguir una hamaca de finísima y resiste nte fibra, un arco y una flecha con punta de madera endurecida al fuego, o una tosca vasija de barro. Un solo objeto pareció valioso a uno de aquellos indios que aceptó satisfecho una pequeña linterna. Aquella noche la pasó merodeando entre nosotros y su choza mientras iluminaba fascinado cada palmo de ti erra y se maravillaba de ver en plena noche los matorrales y las madrigueras. Antes del amanecer había agotado la batería y había descubierto con pesar que la magia del hombre blanco no era duradera; no tanto como el fuego de leña permanentemente encendido en el interior de su gran choza. Estados U nid os En Norteamérica están lo s Estados Unidos. ·La afirmación no es redundante ni gratuita, pues México también es parte del Hemisferio norte a pesar del común error de dividir a toda la población de a ll ende el Atlántico en «norteamericanos» y «sudamericanos». Decía que en América del Norte están los Estados Unidos; y también Canadá. Ambos son giga nt es por su tamaño; el primero lo es, además, por su población -unos 250 millones de habitantes- y por su poder eco - nómico, milit ar y político, que unas cosas son consecuencia de otras. También por su vigor cultural, aunque no guste o no se quiera reconocer desde posturas absurdamente orgullosas o desde un chovinismo de escala europea. DISCURSO DE INGRESO EN LA REAL ACADEMIA 25 ---- - ---- - -- - -- ··-· - - --- -- Es frecuente menospreciar des de Europa a Estados Unidos con la afümación de que la mayor pai1e de sus grandes figuras nacieron en el Viejo Mundo. Para mí este h ec ho es el mayor elogio que se puede hacer de una sociedad donde tantos europeos -d ejados ir por la negligencia o la envidia-han lo grado hacer su propio descubrimiento de América y han encontrado allá el país de la oportunidad para realizar y dar a conocer universalmente su obra. Desde la época casi artesanal de las ciencias de princ ipi os de siglo -q ue permitió al genio de Ramón y Cajal obtener en J 906 el premio Nobel de Medicina sin apenas medios ni comprensiónno hemos tenido en ochenta años más que otro premio Nobel en los cam p os de la cienci a. No nos dejemos, pues, llevar por la indignación -que mejor sería se nt irnos to cados por la culpa-cuando Severo Ochoa aparece en l as relaciones de premio Nobel clasificado como norteamericano. Ni pretendamos lavar esa culpa col ec ti va, nacional, con la falacia de que un cerebro ha sido «recuperado », cuando, en verdad, a su regreso ya había exprimido su saber en laboratorios americanos. No nos dejemos llevar por la patriotería o el complejo de supe ri oridad de ser europeos cuando los m ér itos no hay que presumirlos sino demostrarlos. No nos engañemos. Nueva York es capital económica y fi nanciera del mundo, pero t amb ién es su capital cultural. Chicago no es la ciudad peligrosa de los «gansters», ni la metrópoli zafia y ruda del com er cio de ganado y grano. Al menos no es solamente eso, porque Chicago es un núcleo académico y universitario de primera magnitud y su vida artística y cultural es pujante a través de sus mu seos y fundaciones. Yo descubrí en Chicago, como estud ia nte, una universidad de primerí si mo o rd en en cuyo campus era fácil cruzarse con un premio Nobel o escuchar a Camilo José Cela - a quien nunca he visto por Sevilla-una conferencia sobre tres figuras de la «Generación del 98»; por no hablar de bib li otecas de millones de volúmenes donde es más asequible estudiar la mística española, la «Generación del 27» o la historia cr istiano-musulmana de la Península que en cualqui er biblioteca española. Es cierto, y ello honra a la vieja España, que l as Universidades de México y Lima se fundaron años antes que la primera universidad de lo que hoy son los Estados Unidos. Pe ro no es menos cierto que en un racimo de univers id ades de Nueva Inglaterra, en Chicago, Ca li fornia y alguna otra parte del país se encuentra hoy la vanguardia mundial del conocimiento científico, del pensamiento filosófico, sociológico y antropológico. Y lo que es más desconcertante, de Ja creación 26 ALFREDO JIME NEZ NUÑEZ literaria y artística. Recordemos una reciente anécdota: cuando el mexi - cano Carlos Fuentes recibió la llamada telefónica para anunciarle que se le había concedido el premio Cervantes de las Letras Españolas no estaba en Alcalá de Henares, en Salamanca ni tampoco en México. Estaba dando clase sobre el Quijote en la Univer si dad de Harvard donde, según parece, no sólo se forman los cerebros de la empresa y la política de los Estados Unidos sino que también tienen tiempo y medios para ocuparse de Cervantes. No puede sorprender que los hispanoameri ca nos se lancen cada día más al descubrimiento de la América anglosajona para formarse científicamente en sus universidades, cosa bi en natural; y para conocer mejor su propia historia, cosa ya no tan natural. Mientras tanto, muchos ignoran a las universidades españolas, salvo que vengan a recibir algún premio ganado lejos de nosotros. La situación es tan absurda y lamentable como para haber convertido a la s universidades de Francia, In glaterra y Alemania en competidoras con ventaja de la Universidad española en lo que ya se llaman corrientemente «es tudios latinoamericanos ». Si en Estados Unidos saben muy poco de nosotro s, también España ha ignorado la realidad hispana de los Estados Unidos. La política americanista de España de corte oficial -l a que se inicia después de la guerra civil y casi llega a nuestros díasha actuado bajo el torpe principio de que la América española terminaba por el norte en la frontera mexicana. Hace poco más de veinte años, no existía en los Estados Unidos un «fenómeno hispano >>, en términos culturales y políticos. Había so - lamente unas minorías de habla española que malvivían discriminadas e incomunicadas entre sí en el Suroeste, Texas, s ur de Florida, Nueva York ... El aumento de esta población -muy superior en su índice a la media nacional-, más la creciente y cada día más diversificada inmigración de gentes de habla española, han provocado un fenómeno de facetas no solamente sociales y culturales sino económi cas y políticas. Los anglos de Estados Unidos acaban de descubrir -¿ cuándo lo hará España?- que los hispanos son ya bastante más de veinte milJones y que en muy pocos añ os serán la minoría má s grande del país, por encima de la población negra. Un descubrimiento americano de este final de siglo es que los Estados Unidos de América del Norte, la nación cuya mayoría se había clasificado de siempre como «blanca, anglosajona y protestante», es hoy la quinta nación hispana del mundo. No está lejos el año DISCURSO DE INGRESO EN LA REAL ACADEMIA 27 en que habrá más hispanohablantes en lo s Estados Unidos que en España, pues ellos crecen mientras nosotros nos escaneamos demográficamente y, para colmo, el caste ll ano comienza a tener en 'algunas regiones de España un rango y una consideración que no necesitan aquí de calificación explícita. Dos hermanas que poco se pare ce n: México y Argentina He dejado para el final de estas andanzas propias y ajenas por l as Américas, mis comentarios a los dos países hispanoamericanos m ás extensos por su geografía y de mayor población: México y Argentina. Son dos hermanas qu e se parecen muy poco, aún dentro del aire de familia que une a todas las repúblicas hi spanoamericanas. A pesar de las diferencias notables -y este hecho es pm·tc del fenómeno complejo y riquísimo del mu nd o hispáni coyo me he sentido más en casa en cualquiera de estos dos países que en ningún otro de los países americanos que conozco. *** El mexicano de ciudad que uno encuentra nonn ahnente me resulta extraordinariamente afín en cuanto a su actitud ante la v id a, su sentido del humor, la ma ni festación de sus valores religiosos, su fácil sociabilidad. Sé que es to es simplificar mucho y puede que peligrosamente. Están, además, los grupos indígenas o los numerosos mestizos que se inclinan más en la dirección de sus raíces indias que no españolas. Es toy hablando del ciudadano medio y del estereotipo que poseemos y que tantas veces nos hace ver la s cosas com o parecen y no como son. Pero es lo cierto que se produce una fácil co muni ca - ción entre españoles y mexicanos, una coincidencia de gustos y de aficciones -tal vez más ciertas y evident es con la España del sur -, que pueden ten er su más clara manifestación en hechos tópicos y típicos co mo el folklore, el ma chismo y el concepto genéri co de la familia, la religiosidad popu la r, la devoción mariana, el trato con la muerte, las corridas de toros. La ciudad de M éx ico, co n su área metropolitana, es mo struosamente grande sin que nadie pu eda asegurar si ti ene trece, quince o dieciocho millones de habitantes. Es igual; cualqui er cifra, por alta que se a, la hace verdad el rápi do paso del tiempo. Es ab ig a rr ada y desigual porque en sus calles, avenidas, parques, colonias y arra bal es uno puede ver toda la ga ma del México pluriétni co y toda la escala social desde la miseria infrahumana al lujo insul ta nte. Qu eda muy 28 ALFREDO JI MENEZ NUÑEZ poco del espléndido México de la colonia, o al menos, estos restos se achican y como se esconden ante el tremendo crecimiento huma no y espacial, ante las modernas edificaciones, las kilométricas avenidas, el infernal tráfico que contamina lo que debiera ser el fresco y puro aire de un altiplano a 2.000 metros sobre el mar. Esta es quizás la primera impresión desilusionante del descubrimiento de la ciudad de México. Después, uno encuentra lugares como la Plaza de las Tres Cu lturas donde confluyen vestigios excavados del período prehispánico, la iglesia colo ni al y la moderna arquitectura. Aunque no hay nada com o El Zócalo, la inmensa Plaza Mayor de la ciudad de México, que puede rivalizar con ventaja con la de Madrid y la de Salamanca. El Zócalo es un oasis de serenidad, de relativa calma, de equilibrio y proporción, desde cuyo centro uno puede contemplar, al girar sobre sí mismo, la Catedral y su capilla del Sagrario, el Palacio del Gobierno y otros edificios de excelent es traza y factu ra colonial que dan al inmenso rectángulo del Zócalo todo el sentido de la tradición española de la «plaza mayor», a unque a escala propia de la que fue capital del Virreinato de la Nueva España. Más de una vez me he alojado en un hotel en la calle de Francisco Madero, y después de un día ajetreado; atormentado por los rui - dos, mareado por la muchedumbre y la riada de vehículos, me he ido a pie, ya en plena noche, hasta la cercana plaza del Zócalo para gozar de su vista, para ensanchar el espíritu y la memoria sobre unos metros cuadros de tierra que han concentrado durante siglos y s in interrupción el poder y la gloria de México. Allí en el Zócalo, al lado de la catedral, que es una de las más grandes de la Cristiandad, están las ruinas de lo que fue el Templo Mayor de los aztecas, que tanto admiraron Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo al descubrir una ciudad que les de jó perplejos, abrumados. La ciudad de México es hoy un fe nómeno digno de la atención de las ciencias sociales. La ciudad de Méxi co es la urbe de mayor índice de crecimiento en el mundo, y si en otras épocas el tamaño físico y la población de una ciudad eran signos de su poder y riqueza, hoy sabemos que el canceroso desarrollo de algunas ciudades es una característica del subdesarrollo, de la dependencia y, generalmente, de la especulación y la corrupción. Si no se pone remedio -y ya es muy tarde-México está condenada a ser a fines de este siglo la urbe más populosa del mundo, con más de treinta millones de habitantes en su área metropolitana; casi la población de España, toda la DISCURSO DE INGRESO EN LA REAL ACADEMIA 29 ·--- -----· ---- población de Argentina o de Canadá metida en un valle, en una cuenca, donde llegarán a faltar literalmente el agua y el aire respirable. * * * Buenos Aires es otro gigante urbano pero muy distinto de la ciudad de México. porque repito que Argentina y México son dos hermanas que poco se parecen. Buenos Aires es joven, fundada de la nada por lo s españoles. El territorio argentino no fue virreinato hasta muy avanzado el siglo XVIll, mientras México fue virreinato a po - cos años de su conquista. Argentina es en gran parte producto de las migracio ne s europeas de los dos últimos siglos, y Buenos Aires fue el puerto de entrada y el lugar de asentamiento de la mayor parte de esta migración. Argentina crece a ritmo lento, más propio de Europa Central que de las Américas. Todavía no ha alcanzado su población los treinta millones, y casi Ja mitad vive en el gran Buenos Aires, que es como la gran cabeza de un cuerpo apenas desarrollado. Si la ciudad de México es, al menos en apariencia, castizamente española, Buenos Aires es una ciudad aparentemente europea. Tras doce horas. si el vuelo es directo desde Madrid a Buenos Aires, el viajero descubre una ciudad en latitud mu y europea -aunque a la inversa en cu an to a verano e inviern ofrente a Ja casi constante tropical de tantas ciudades iberoamericanas. Ciudad costera, llana, trazada en retícula, esplendorosa en un siglo muy próximo a nuestro tiempo, nos recuerda en su urbanismo una Barcelona multiplicada por cuatro. Su extenso comercio, sus ca ll es transversales a las gra nd es avenida s, sus numerosos kioscos de prensa; su intensa vida teatral; la alegría y la broma, a veces exagerada, de sus gentes que llenan aceras y calles peatonales, también nos recuerdan Madrid. Y lo mismo debió ocurrir a tantos argentinos, a tantos porteños, que vi ni eron a España años atrás, forzados por las circunstancias sociopolíticas, y encontraban en Ja capital del Reino la mejor réplica posible de su «Buenos Aires querido», por decirlo con acento de tango. Reflexiones finales Llegamos al final de un camino en que nos hemos demorado más de la cuenta a pesar de haberlo recorrido a grandes zancadas. Es momento de unas reflexiones finales que conjuguen facetas diversas de una realidad indivisible: España, América, el cercano centenario, Sevilla, el futuro ... He querido esbozar un cuadro que mostrase la extensión y profundidad de la huella de España en América y el drama y la complejidad 30 ALFREDO TIMENEZ NUÑEZ de un mundo sobre el que tenemos una grande e insoslayable respo nsabilidad ante la Historia. Estamos a punto de culminar cinco sig los de presencia y obra de España en el Nuevo Mundo, y las vísperas sorprenden a muchos mal preparados y sin entusiasmo. Quedan atrás años pre ciosos que debieron aprovec har se mejor en la tarea de interpretar la historia y conocer el presente de América con la parsimonia y los m ed ios que son propios de los grandes proyectos académicos bien concebidos y mejor ejecutado s. Los amer icanistas españoles hemos trabajado en estos años como siempre: con mucha voluntad, es - casos recursos y poca coordinación a la altura de las circunsta ncias. Para esta tarea habitual no era necesario esperar ni vivir la extrao rdi - naria experiencia del cumplimiento de medio milenio. De sp ués de cinco siglos de andadura histórica, bastantes españo - les caminan encogidos y como avergonzados porque unos cuantos - que gritan y parecen muchosacusan, se rasgan las vestiduras, señalan a España con el dedo, utilizan datos falsos o incompletos, y esgrimen argumentos falaces para juzgar una obra de otros siglos con criterios y códigos de hoy. El mundo tiene casi olvidados -y esto es bueno si despeja el camino de la reconciliaciónlos horrores de la segunda guerra mundial con sus campos de concentración y exterminio, la matanza atómica, las purgas políticas con millones de víctimas, las experiencias imperialistas que siguieron a la llamada «paz» y arrollaron a tantos grupos étnicos sin respeto ni tolerancia a lengua, religión y cultura. Y esto ha ocurrido no cinco siglos atrás sino ayer; todavía ocurre hoy. Francia celebró hace un siglo con una Exposición Universal el primer cente nario de una Revolución que fue tan rica en buenas intenciones como abundante en sangre que chorreaba de un artilugio que debe su nombre al doctor Guillotin. Francia vuelve a celebrar en 1989 con un esp léndi - do y envidiable programa de actos culturales, el segundo centenario de esa misma Revolución. ¿Qué haría Francia en 1992 si pudiera mostrarse ante el mundo del brazo de una veintena de naciones americanas que hablaran su lengua y compartieran su cultura? Y no pocos españoles, metidos en casa, tibios, escépticos, prudentes, y muchos con sentimientos de culpa, porque en un mismo año, hace cinco siglos, culminam os la reconquista de un territorio que ha - bía sido invadido por la fuerza y, meses después, desvelábamos un Mundo que era nuevo para Europa. Y aún puestos a juzgar el pasado, nadie puede culpar a nuestra ge neración de e1rnres y abusos de otros siglos. Nadie nos puede privar de Ja DISCURSO DE INGRESO EN LA REAL ACADEMlA 31 conmemoración de medio milenio de historia en común con las Américas. Nuestras únicas responsabilidades son las de hoy y las del futuro que engendremos. Nuestm generación tiene el deber de re -descub1ir América; de salir al encuentro de nuestras hennanas; de tender la mano a los pueblos que nos necesitan, porque su independencia de España no significó apenas liberación, y algunos son hoy menos libres que nunca ya que viven atrapados por poderes políticos y fuerzas económicas sutiles y degradantes como no lo fue la administración española. Pueden pensar algunos que la Academia y un discurso de ingreso no son el lugar ni el momento para estas reflexiones. Creo, sin embargo, que la Academia sólo tiene sentido y razón de pervivencia si es fiel a su tiempo, que es constantemente nuevo y variable. La Academia de Buena s Letras, que debe serlo también de buenas obras; la Universidad y otras instituciones sevillanas, y todos los sectores de nuestra sociedad, tienen un com promiso para el 92 co ntraído con España y la comu nidad internacional. Sevilla volverá a ser en 1992 capital universal, puerto y puerta no sólo de las Indias si no del mundo . Vivimos vísperas que deben estar plena s de afanes e ilusiones. de trabajo común, de proyectos qu e vayan más allá de 1992. No podemos cambiar ni repetir la Historia, pero sí podemos y debemos imaginar y construir para la Historia. Qu iero terminar con una idea y una sugerencia. La Sevilla eterna, capaz de asimilar culturas y adaptarse a cada tiempo sin traicionarse, tiene ante sí la opor tunidad y la exigencia de volver a ser la ciudad más americana de Europa y foco que ilumine y libere de sombras e ignorancias mutuas. Si 1492 marcó el comienzo de un descubrimien- to, 1992 debe ser la ocasión para plantearnos el redescubrimiento como tarea diaria e inacabable, porque el mundo cambia y las generaciones se renuevan. Entre lo mucho que ha de quedar en Sevilla como legado de 1992, yo sugiero un Instituto de Estudios Euro -Amer icanos que lleve el n ombre de nuest ro Rey Juan Carlos l. Ninguna ciudad de Europa sería más idónea para servir de foro permanente de encuentros y estudios que acerquen las dos orillas del At lántico. Ningún título más justo para este Instituto que el nombre de un Rey que conoce y ama América; que es sensible tanto a nuestro destino europeo como a nuestra vocación americana. Esta es también, a mi entender, la mejor síntesis de lo que fue y debe ser Sevilla. He dicho