Crear la nación. Los nombres de los países de América Latina. Chiaramonte, José Carlos.; Granados Aimer; Marichal, Carlos eds.; Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2008 [Reseña]
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realizan Cagiao Vila y Núñez Seixas da satisfacción plena a esa pretensión, y lo hace poniendo énfasis en el fenómeno asociacionista, sin desmedro de su contextualización en el mundo del trabajo y la sociabilidad que debieron enfrentar/construir los gallegos en la tierra platense de su destino migratorio. Carlos ZUBILLAGA Universidad de la República, Uruguay CHIARAMONTE, José Carlos, Carlos MARICHAL y Aimer GRANADOS (coords.), Crear la nación. Los nombres de los países de América Latina, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2008, 378 pp. Los debates históricos sobre la emergencia de los nuevos Estados a partir de las guerras de independencia y las intersecciones entre la cultura política colonial y las innovaciones políticas surgidas en el contexto Iberoamericano se abordan en esta obra desde el punto de vista de los nombres de los países de América Latina. Esta perspectiva es muy novedosa en tanto un nutrido grupo de especialistas latinoamericanos, bajo el estímulo de los historiadores José Carlos Chiaramonte, Carlos Marichal y Aimer Granados, se reúnen por primera vez a discutir de manera colectiva los orígenes y transformaciones de la nomenclatura latinoamericana. De este modo, a una propuesta organizada claramente en términos regionales —la antigua América portuguesa por un lado y la española por otro, dentro de la cual se distinguen, en un recorrido geográficamente ascendente, el cono sur, el área andina, la región centroamericana, México y el Caribe— se superpone una intención comparativa que proporciona un meritorio marco de análisis para repensar estos problemas en la inminente coyuntura del bicentenario de las revoluciones atlánticas. Los argumentos principales que confieren coherencia al conjunto buscan discernir, en los dieciséis ejemplos de nombres que se analizan, cómo fueron los procesos de adopción de un determinado régimen político, las tensiones habidas en la delimitación de fronteras, la construcción de las identidades nacionales a partir de marcos geográficos locales o regionales y la creación del mito de la nación. En su reflexión sobre el nombre de Brasil, Murilo de Carvalho expresa las preguntas esenciales que todos los participantes en este proyecto se hacen: «¿Habría algo en el nombre de los países que pudiera afectar su identidad y su destino, para bien o para mal [...]? ¿El nombre hace al país o es el país el que fabrica su nombre? [...] ¿Es igual un país que se autonombra a uno nombrado por otros?» (p. 17). A partir de estos puntos nodales, la diversidad y originalidad de los enfoques define de principio a fin este esfuerzo colectivo. Mientras que algunos autores adoptan un eje cronológico de larga duración, de la colonia a los tiempos recientes (Uruguay, Venezuela o Puerto Rico), otros centran su atención en el proceso independentista y los albores de los nuevos Estados (Perú o Haití), e incluso hay quien se retrotrae al período precedente de las reformas borbónicas (México). La cartografía, las miradas de los viajeros y cronistas contemporáneos así como las plumas de los primeros historiógraRevista de Indias, 2009, vol. LXIX, n.º 247, 173-236, ISSN: 0034-8341 RESEÑAS 203
fos nacionales constituyen las fuentes esenciales de una buena parte de los trabajos, mientras que otros acuden a la fijación constitucional y legislativa del acto de nombrar o incluso hay quien busca en los debates de una historiografía más reciente las claves de los epítetos nacionales y de los gentilicios correspondientes. El lento y dificultoso proceso de organización política tiene en el caso de Argentina un buen ejemplo. José Carlos Chiaramonte analiza las tensiones que atraviesan la región austral durante buena parte del siglo XIX desde un apelativo, argentino, referencia metafórica de «rioplatense», totalmente asociado al principio a la preeminencia de Buenos Aires y muy poco popular en el interior del país. En realidad fue «Provincias Unidas del Río de la Plata» la denominación predominante en los primeros tiempos independientes, la cual remitía a la idea de entidades soberanas que buscaban una forma de relación confederada que preservase su autonomía. Le siguió «Confederación Argentina», término usado durante la tiranía de Rosas, etapa tras la cual se aborda la definitiva organización constitucional del país a través de un Estado federal. La adopción final de «República Argentina» se debe, según el autor, a la popularización de lo que había sido una moda culta, su uso frecuente en la correspondencia diplomática y de allí al habla popular y la decisión del gobierno nacional, por último, de utilizar esta expresión en los actos administrativos (p. 91). Debates similares en torno a la defensa de la soberanía local frente al influjo de la ciudad capital se dieron en la búsqueda de un nombre —y de una fórmula política de organización— para los territorios al este del río Uruguay. Ana Frega describe la evolución en la denominación del país tanto como de sus habitantes desde el influjo primigenio de tres polos: Buenos Aires y el Río de la Plata, la ciudad de Montevideo y los dominios lusos del Brasil. La pugna capital-regiones impone el apelativo «orientales» en una defensa de las ideas federales, que se transforma después en «Estado Oriental del Uruguay» para derivar, a fines del XIX, en «República de Uruguay» (p. 102). El nombre de Perú, por el contrario, constituyó desde el principio un claro ejemplo de expresión neutral que refleja los rasgos de continuidad existentes en este país entre la etapa colonial y la republicana. La reflexión de Jesús Cosamalón se centra en las causas de la ausencia de discusión en cuanto al nombre del nuevo país: las cercanas rebeliones indígenas que asolaron el virreinato peruano en el período borbónico impulsaron a una atemorizada élite criolla limeña, alineada con el virrey, a los brazos de los ejércitos insurgentes de San Martín con la petición de preservar el statu quo social. No se trató aquí de una ruptura violenta, sino de una adecuación «con tal de mantener las cosas en su sitio» (p. 164), que derivó en una salida republicana «sin traumas». Aun por causas diferentes, tampoco variaron sustancialmente los nombres de Chile y de Cuba, ambos con orígenes precolombinos. La evolución colonial y el desenvolvimiento independiente de Chile estuvieron fuertemente condicionados por su situación geográfica y su medio natural. Para Rafael Sagredo estos factores impactaron el orden político y el discurso identitario de modo tal que derivaron en una búsqueda de la estabilidad bajo regímenes autoritarios y una autodefinición de perfiles edénicos. Cuba, por su parte, mantuvo su situación colonial a lo largo del siglo XIX, de modo que la noción criolla de patria mantuvo una dimensión defensiva y de apego espiritual a la tierra en un imaginario de Revista de Indias, 2009, vol. LXIX, n.º 247, 173-236, ISSN: 0034-8341 204 RESEÑAS
alteridad respecto a la metrópoli española, noción que, en opinión de Rafael Rojas, no varió a la idea moderna de nación y ciudadanía hasta la época republicana y más aún, revolucionaria (p. 326). En ambos países la riqueza de la tierra formó parte de los discursos de formación de la identidad nacional. Por otro lado, si el acto nominativo contribuyó a conformar una identidad colectiva, estableció también los límites del propio rostro, un «nosotros» frente a un «otro», un nombre asociado a una frontera definitoria de la nueva entidad estatal. Las nuevas repúblicas nacidas del impulso libertador de Bolívar son un buen ejemplo de la dificultad en la delimitación territorial cuando las fronteras coloniales no coincidieron con las poscoloniales y las transformaciones hacia la unión o la fragmentación fueron significativas. Venezuela, especialmente, construyó su narrativa identitaria en oposición a Colombia a partir de la experiencia unionista bolivariana de la «Gran Colombia», tal y como explican Aimer Granados y Dora Dávila respectivamente (pp. 207 y 231). Otro excelente ejemplo de esta definición por contraste lo ofrecen los casos de Haití y República Dominicana. Respecto a la antigua colonia francesa de Saint Domingue, Guy Pierre defiende la idea de que el radicalismo de los ex esclavos revolucionarios y la unidad de éstos con grupos mulatos —a pesar de sus disensos socioeconómicos—, frente a la burguesía francesa ansiosa de reconquistar la isla y frente a las burguesías de otras potencias con intereses amenazados, fueron elementos que contribuyeron a que el nombre de Haití, vocablo taíno de uso habitual durante la colonia para referirse a la isla, fuera adoptado espontánea y unánimemente por la población en 1804 y confiriera una nacionalidad y una identidad común a sus miembros, obligando a la comunidad internacional a respetar el principio de soberanía de Estados menos desarrollados (p. 300). La búsqueda de un nombre por parte de la República Dominicana se halla íntimamente relacionada, según Pedro San Miguel, con los intentos persistentes por delimitar el espacio nacional y construir un imaginario y una identidad-barrera de espaldas al principal agente que representaba una amenaza a su existencia: Haití (p. 307). «Centroamérica» es el único nombre que no corresponde a un Estado actual de todos los que aquí se analizan. En su artículo, Margarita Silva alude a la formación de una región integrada por varios Estados (Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica) con el fin de contrarrestar la potencial amenaza de los países vecinos y obtener reconocimiento exterior, especialmente de los Estados Unidos. La federación nació con dificultades y el autonomismo terminó imponiéndose aunque los intentos de unión alcanzaron el siglo XX (p. 251). Los nombres, para finalizar, constituyen la acción primaria del proceso de invención de la identidad, proveen a los países de una conciencia de sí mismos y de la diferencia frente a los otros, así como un sentido de pertenencia que cohesionó a las poblaciones y atenuó las tendencias centrífugas. Así, la construcción social de los nuevos Estados latinoamericanos pasó, no sin dificultades, por el acto «bautismal» de la nomenclatura, tal y como este libro asienta. Alicia GIL LÁZARO Instituto de Iberoamérica, Universidad de Salamanca Revista de Indias, 2009, vol. LXIX, n.º 247, 173-236, ISSN: 0034-8341 RESEÑAS 205