La inteligencia animal en Marsilio Ficino
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«FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 7, 2009, pp. 1-21. ISSN: 1132-3329 MARCELINO RODRÍGUEZ DONÍS LA INTELIGENCIA ANIMAL EN MARSILIO FICINO Quizás el máximo representante, dentro de la filosofía renacentista, de la inmortalidad del alma y de la superioridad del hombre sobre los animales sea Marsilio Ficino (1443-1499), sacerdote, médico y teólogo florentino que tradujo, entre otros, a Platón, a Plotino y a Zoroastro, y que al mismo tiempo, es autor, entre otras, de la importante obra denominada Platonica theologia de immortalitate animorum ad Laurentium Medicem virum magnanimum, más conocida como Theologia platonica,1 un tratado fundamental para comprender la necesidad que el autor, junto a las autoridades cristianas de la época, sentía de demostrar, contra el averroísmo y el materialismo epicúreo de muchos autores de su tiempo, la inmortalidad del alma. Se trata de una obra bellamente escrita, que no fue editada hasta 1482, pero que, según parece razonable sostener, estaba terminada probablemente antes de 1474. El autor se propone, según hemos adelantado, la defensa de la religión cristiana, y en particular la creencia en la espiritualidad del alma y la superioridad indiscutible del hombre sobre las bestias. Su lectura ha provocado un torrente de opiniones a favor y en contra de la inmortalidad. Entre los que rechazarán sus argumentos en pro de la inmortalidad destacarán, aunque de modo indirecto, Pomponazzi y los pensadores libertinos, entre los que el Theophrastus redivivus, manuscrito anónimo de 1659, ocupa un lugar muy significativo ya que se propone la defensa del ateísmo y de la mortalidad del alma humana. Pomponazzi sostiene que santo Tomás se equivoca al afirmar que la inmortalidad del alma no es incompatible con los fundamentos de la filosofía aristotélica, y sobre todo que el mismo Aristóteles sostuvo la inmortalidad del 1 Citamos por la edición de Raymond Marcel: Marsile Ficin, Theologie platonicienne de l´immortalité des âmes, 3 vols. París, Les Belles Lettres, 1964.
LA INTELIGENCIA ANIMAL EN MARSILIO FICINO «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 7, 2009, pp. 1-21. ISSN: 1132-3329 2 alma humana. En su obra De immotalitate animae (1516), Pomponazzi sostiene que la verdadera interpretación de la doctrina aristotélica sobre el alma conduce a la negación de la inmortalidad. El alma es, pues, de acuerdo con la interpretación pomponazziana de la psicología aristotélica, por naturaleza mortal, aunque de modo accidental, inmortal (naturaliter et simpliciter mortalis et secundum quid immortalis). La doctrina tomista de la creación del alma y su posterior afirmación de la inmortalidad, de acuerdo con Pomponazzi y otros conocedores del pensamiento aristotélico, no es fiel a Aristóteles, que sostenía la eternidad del mundo y de la especie humana. En efecto, la tesis de santo Tomás fue inmediatamente rechazada por Duns Scott, y cerca de Pomponazzi nada menos que el cardenal Cayetano, maestro general de la orden de los dominicos, sostenía que la inmortalidad natural del alma no era demostrable a la luz de la razón. Sabemos que el alma es inmortal sólo mediante la fe. Para algunos filósofos del XVI, el hecho de que la inmortalidad natural del alma no fuese demostrable filosóficamente no es un escollo insalvable, ya que Dios puede operar mediante su infinita potencia y sabiduría el milagro de convertir en inmortal algo que por su naturaleza intrínseca no lo es. En cualquier caso, Pomponazzi se declara creyente en la inmortalidad del alma y, según se cuenta, cuando es interrogado por el tribunal que lo juzga, a la pregunta de si creía que el alma humana era inmortal, respondió «no lo creo, lo sé». Ese doble ámbito de la verdad, el de la filosofía y el de la fe, dominó cierta parte del pensamiento filosófico de algunos autores renacentistas y, lógicamente, ha dado pie a que muchos vean en Pomponazzi a un hombre que, para sobrevivir, se ve obligado a sostener públicamente que creía en la inmortalidad del alma. Debemos tener en cuenta que, según un acuerdo del Concilio Lateranense, era preciso que, aparte de la interpretación personal que un profesor podía tener, éste mostrase cuál era la doctrina de la Iglesia. A este acuerdo, en parte excesivo y humillante, sólo se opusieron el obispo de Pérgamo y el cardenal Cayetano. Esa filosofía de la sospecha tiene sus defensores y sus detractores, entre los que cabría citar a Gilson, para quien no hay razón alguna para dudar de la palabra de un autor. Si el mismo Pomponazzi dice que cree en la inmortalidad, ¿por qué vamos a dudar de su palabra? Ahora bien, lo que sí es cierto es que Pomponazzi nunca se desdijo de su afirmación inicial. En la Apologia y en el Defensorium, en donde responde a las objeciones de sus oponentes y sobre todo a Nifo, que no hace, a su juicio, más que repetir los argumentos de Ficino, siempre sostiene lo mismo: que desde el punto de vista de la razón natural, el alma humana es de naturaleza corporal y mortal. Si el hombre es un
LA INTELIGENCIA ANIMAL EN MARSILIO FICINO «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 7, 2009, pp. 1-21. ISSN: 1132-3329 3 todo unitario compuesto de alma y cuerpo, y si, como dice Aristóteles, para pensar es necesario tener imágenes formadas por la fantasía, es imposible que el alma humana subsista, una vez destruido el cuerpo, o que pueda pensar sin necesidad de las imágenes. El alma es, según Aristóteles, actus corporis y, en consecuencia, toda la actividad del alma está vinculada con el cuerpo y depende él como sujeto o como objeto. Del mismo modo que no se puede caminar sin pies, no se puede pensar sin imágenes, es decir sin el cuerpo. Luego sostener que el alma intelectiva viene de fuera, es decir, que es creada por Dios e insuflada en el semen, como sostiene Nifo, supone que el alma preexiste al cuerpo more platonico. Si así fuese el hombre perdería su unidad sustancial. La mayoría de los autores del XVI están a favor de las tesis de Ficino, pero quizás sea digno de destacar, entre otras razones, por su condición de filólogo, a Agustinus Nifus, que después de suscribir las tesis de Averroes sobre la mortalidad del alma y la unidad del Intelecto, se propuso defender contra Pomponazzi las tesis tomistas en su Augustini Niphi Suessani de immortalitate animae Libellus adverusus Pomponatium, publicado en 1518 pero con una segunda edición aparecida el 13 de abril de 1521. Entre otras cosas, sostiene que Aristóteles no se propuso tratar el tema de la inmortalidad del alma, sino que lo hizo de modo accidental. Que sigue a Ficino se comprueba en cada página de su famoso Libellus contra la inmortalidad del alma, o mejor sería decir, según él afirma, de la mortalidad del alma de Pomponazzi. Pero éste, en la respuesta a los argumentos de Nifo, recogida en el Defensorium, dice que sus demostraciones son triviales y muy conocidas: «no hay ningún fraile (frater) que, subido en el púlpito, no las exponga a la gente, ni ningún zapatero (sutor) o carnicero (macelarius) o mujeruca (feminicula) que no las haya oído infinitas veces». Como ya había refutado en su Tractatus de immortalitate animae (1516) los argumentos de los espiritualistas, esperaba de Nifo otra cosa: «Marsilio Ficino en su libro Theologia platonica ofrece estos y otros casi infinitos argumentos mucho mejores».2 2 «Marsiliusque Ficinus in suo libro de Theologia platonica, haec et infinita prope alia multo meliora adducit». En el capítulo X de su Defensorium, Pomponazzi da respuesta a los argumentos que Nifo expone en su Libellus desde el capítulo 35 al 42, ambos inclusive. En ellos recurre, a fin de demostrar la inmortalidad del alma, a los argumentos expuestos por Ficino: el de la libertad humana, el de los universales y el del apetito de lo piadoso, religioso y honesto: «si humanus animus periret cum corpore: homo non esset dominus suorum actuuum: at homo est dominus suorum actuum: ergo anima non perit cum corpore; 2. universalia materialia sunt immortalia et
LA INTELIGENCIA ANIMAL EN MARSILIO FICINO «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 7, 2009, pp. 1-21. ISSN: 1132-3329 4 En el inicio mismo de la obra, Ficino declara que en ésta, como en las demás que ha escrito, sólo se ha propuesto sostener lo que la iglesia acepta: «In omnibus quae aut hic aut alibi a me tractantur, tantum assertum esse volo quantum ab ecclesia comprobatur». Como está convencido de que las dos verdades fundamentales de todo el saber son la divinidad del alma y el amor de Dios, cree, siguiendo la huella del pensamiento de san Agustín y en ocasiones la del de santo Tomás, que contribuye a la difusión de la verdadera religión exponiendo la doctrina de Platón a fin de que muchos espíritus depravados («perversa multorum ingenia»), que no se inclinan de buen grado a la autoridad de la Ley divina, se sometan a los razonamientos platónicos que apoyan sólidamente la religión («Platonicis saltem retionibus religioni admodum suffragantibus acquiescant»). En la República platónica se dice que «el fin de la filosofía es el conocimiento de las cosas divinas y una ascensión desde las cosas que fluyen y desaparecen hasta aquellas que son verdaderas y siempre perseveran las mismas».3 No obstante, Ficino no siempre sigue la teoría platónica, pues niega la preexistencia de las almas y sostiene, siguiendo la Summa contra gentiles de santo Tomás, que son creadas. Rechaza así mismo la transmigración, incompatible con la fe. Para lo que ahora nos incumbe, hemos de destacar la defensa que Ficino hace de la superioridad del hombre sobre los animales. A diferencia de la tesis inmortalista, los partidarios de la mortalidad del alma tienden a divagar, según Ficino, siguiendo a Epicuro, para quien «las bestias disfrutan como nosotros de la razón y sólo les falta el uso de la palabra y de las manos para mostrar al exterior lo que está oculto dentro de ellas» («Neque somniet Epicurus bestias sicut et nos ratione pollere, verum deesse illis sermonis et manuum usum, per quem intus latentem extra significet rationem»). La naturaleza no está ausente en las cosas necesarias y no es pródiga de lo superfluo («quoniam natura rebus necessariis non deficit, superfluis non abundat»), como se desprende, según Ficino, del hecho de que a los árboles no les dio pies como a los animales, ya incorruptibilia...igitur anima est per essentiam immortalis: non itaque perit cum corpore; 3. nulla forma appetens quaerens atque inveniens honesta, pia et religiosa, e corpore simpliciter pendet, homo habet forman appetentem, quaerentem et inevenientem pia, honesta et religiosa, igitur etiam forma quae est anima a corpore nullo modo dependet; ex quo sequitur ut ipsa sit immortalis». 3 Plato, Rep., VII, 532 cd: «Philosophiae finis est cogitatio divinorum. Quod in septimo de reipublica Plato noster ubi veram inquit, philosophiam esse ascensum ab his quae fluunt et occidunt ad ea quae vera sunt et semper eadem perseverant».
LA INTELIGENCIA ANIMAL EN MARSILIO FICINO «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 7, 2009, pp. 1-21. ISSN: 1132-3329 5 que éstos necesitan desplazarse para buscar el alimento, y «su fantasía tiene pocos y confusos conceptos porque no son necesarios sino para desplazar el cuerpo y pueden ser suficientemente expresados mediante el ladrido, el relincho, el gorgeo, el gañido, el grito o los gestos» («Phantasia illorum paucos aliquos et confusos conceptus habet et ad usum duntaxat corporis necessarios, qui mugitu, latratu, hinnitu, garritu, gannitu, fremitu seu nutibus sufienter exprimi possunt»). Ahora bien, a diferencia de aquellos que dotan a la naturaleza de razón, prudencia, inteligencia, bondad, etc., Ficino sostiene que ella no es racional y que remite en última instancia a Dios: «Pero, aunque está desprovista por sí misma de razón, la naturaleza debe poseer las razones de las cosas corporales para ordenar desde el interior cada uno de los seres hacia el fin que les conviene, moverlos, formarlos, y, puesto que es irracional, es necesario que sea dirigida por el que es de por sí racional e informado por las razones. Porque no es razonable confiar el orden del universo a una naturaleza desprovista de razón».4 La identificación de Dios con la naturaleza, propuesta por algunos filósofos, choca frontalmente con el creacionismo de Ficino, para quien el creador del mundo no tuvo que fijarse en los seres para percibirlos, como piensan los epicúreos5, ya que no necesita de un modelo, sino que todo cuanto existe deriva del poder de su inteligencia; de modo que «su conocimiento precede indudablemente a los otros seres producidos por él» («siquidem cognitio eius alia ipsamet cognitione producta proculdubio antecedit»). Hay, según dice Ficino, diferentes tipos de vida jerárquicamente subordinados de acuerdo a su perfección: la divina, la angélica, la racional, la sensitiva y la vegetativa; de modo que en los árboles y en los animales la vida vegetati4 Ficino, XI, p. 118: «Oportet autem naturam, etsi per se irrationalis est, tamen corporalium rationes habere, quibus possit intrinsecus singula congruis modis ad finem convenientem rationaliter ordinare, movere, formare, cumque per se irrationalis sit, ab eo quod per se rationale est duci debet rationibusque formare.» 5 Lucrecio, V, 181: «Exemplum porro gignundis rebus et ipsa/ notities hominum diuis unde insita primum est/, quid vellent facere ut scirent animoque viderent/, quoue modost unquam vis cognita principiorum/quidquid inter sese permutato ordine possent, si non ipsa dedit speciem natura creandi?» («Además, ¿de dónde les vino a los dioses el modelo para crear el mundo y la idea misma del hombre, para saber y representarse en su ánimo lo que querían hacer? Y ¿cómo conocieron las virtudes de los cuerpos primeros, y lo que éstos eran capaces de hacer al permutar su orden, si la Naturaleza misma no les dio la idea de la creación?»)
LA INTELIGENCIA ANIMAL EN MARSILIO FICINO «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 7, 2009, pp. 1-21. ISSN: 1132-3329 6 va produce en su interior una semilla que luego da lugar a un árbol o a un animal. La vida sensitiva alumbra por medio de la fantasía un simulacro e intención de las cosas antes de producirlas en la materia externa. La vida racional produce dentro de sí las razones de las cosas y de sí misma antes de producirlas en el exterior por medio del lenguaje y de la acción. La vida angélica, por no tener contacto con las cosas corporales, posee las nociones de las cosas y de sí misma. Finalmente, la vida divina genera en sí misma, antes de producirla, toda la máquina del mundo («Quamobrem divina vita eminentissima et foecundissima omnium universam hanc mundi machinam tanquam prolem suam in se generat priusquam pariat extra»). Sólo en Dios, que es, según Platón, la semilla universal del mundo («universale semen est mundi») el ser y la inteligencia se confunden, de modo que la noción que Dios al comprenderse a sí mismo produce es como una imagen exacta de sí mismo que se identifica con él.6 La inteligencia humana, por el contrario, en tanto que descubridora de múltiples y variadas cosas, ha recibido en su defensa el uso de un lenguaje innumerable, como intérprete digno de ella («Verum mens hominis infinitarum distinctarumque inventrix rerum usu sermonis innumerabilis suffulta est, quasi quodam digno eius interprete, manibus quoque munita tanquam aptisimis instrumentis ad inventa mentis innumera»). También ha sido dotada de manos, instrumentos muy aptos para llevar a cabo las innumerables invenciones de la mente. La filosofía de Epicuro está en el blanco de las críticas de Ficino porque se trata de una concepción en la que todo se explica a partir de los átomos, que son per se activos y no precisan de ningún motor que los ponga en movimiento. No hay finalidad en el universo y todo lo que existe tiene unas razones determinadas de su existencia. La creación de la nada es imposible. No se trata sólo de que Epicuro niegue la existencia de los dioses7, sino de que considera que no intervienen en la naturaleza, como se deriva, según Lucrecio, del hecho de que ésta está llena de defectos («tanta stat praedita culpa»). El alma, por tanto, es fruto de la naturaleza, no de los dioses; es un cuerpo, que, como 6 Ficino, ib., p. 119: «In Deo autem quia esse et intelligere idem sunt, notio quam Deis intelligendo se ipsum gignit tanquam exactissimam sui ipsius imaginem idem est atque ipse Deus». 7 En realidad Epicuro afirma la existencia de los dioses y dice que tenemos de ellos un conocimiento cierto y seguro (prolepsis). Otra cosa es que niegue la providencia divina y que sostenga que no intervienen en la naturaleza.
LA INTELIGENCIA ANIMAL EN MARSILIO FICINO «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 7, 2009, pp. 1-21. ISSN: 1132-3329 7 todos los demás agregados atómicos, se destruye tarde o temprano. La filosofía epicúrea, según dice Ficino basándose en Lucrecio,8 niega que Dios pueda producir el alma en la materia sin sacarla de la materia: («Quonam pacto, inquit Epicurus, producit Deus hanc animam in materia, nisi etiam ex materia?»). Pero eso es lo mismo que afirmar que el sol no produce la luz en el aire sin sacarla del aire. El error de Epicuro radica, según Ficino, en que sostiene, equivocadamente, que la materia está dotada de un poder creador, siendo así que la materia no tiene por sí ninguna capacidad creadora («materiam ipsam nullam habere virtutem propiam formatricem»); ese poder sólo corresponde, como dice Platón en el Timeo9, a la razón de la inteligencia divina («divinae intelligentiae rationem») que infunde en la máquina del universo, la necesidad y la mente («ex necessitate constat et mente»), esto es, la materia necesaria para los cuerpos y las formas que reproducen la bondad y belleza de la mente divina. Es Dios quien produce por sí mismo la materia y la prepara para introducir en ella el alma («Deus vero per se illam materiam preparatam producit»)10. Las almas irracionales las dejó Dios en manos de sus auxiliares, pero la racional la formó él mismo («animam rationalem a solo mundi tribui»). Con razón Nifo reprochará a Pomponazzi su adhesión a la filosofía de Epicuro. En última instancia, Pomponazzi sostiene que el alma surge del semen, teoría que Ficino pone en boca de Panecio: «aunque Panecio admite que Dios puede crear alguna cosa sin materia y sin instrumento, sostiene que el alma del recién nacido es engendrada por el alma de los padres, como se demuestra a partir del hecho de que tanto el cuerpo como el carácter de los hijos a menudo se asemeja al de sus padres».11 La respuesta de Ficino es que esto no siempre sucede así, de modo que el argumento no prueba la mortalidad del alma. Según Ficino, la naturaleza del alma es espiritual, entre otras razones, porque no precisa del cuerpo, ni de la imaginación, ni de la fantasía para conocer lo universal. No puede morir con el cuerpo, como creen los seguidores de Epicuro. 8 Lucrecio, I, 205-207: «Nil igitur fieri de nilo posse fatendum est, semine quando opus est rebus, quo quaeque creatae aeris in teneras possint proferire auras». 9 Plato, Tim., 50b, 51. 10 Ficino, X, p. 81. 11 Ficino, X, cap. VIII, pp. 83-4: «Arbitratur enim tam animam nascentis ab anima parentum, quam corpus a corpore generari, quia corpore et ingenio similes genitoribus filii nascantur».
LA INTELIGENCIA ANIMAL EN MARSILIO FICINO «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 7, 2009, pp. 1-21. ISSN: 1132-3329 8 El hombre no ocupa en el sistema epicúreo una posición ontológica diferente de la de los demás animales ni hay en él nada que lo haga específicamente superior a ellos. Tampoco la esplendorosa naturaleza del mundo fue creada por los dioses en interés de los hombres.12 La pretendida superioridad del hombre, defendida por Platón y los estoicos, resulta totalmente falsa a los ojos del materialismo epicúreo, que rechaza lógicamente todos los mitos sobre los premios y castigos del alma después de separarse del cuerpo. Más aún, si el alma humana necesita apoyarse en las imágenes sensoriales para formar los conceptos, una vez que se separa del cuerpo, carece de sensación y, en consecuencia, no puede alegrarse ni entristecerse, es decir, no puede recibir premio ni castigo. De donde se infiere que no sobrevive al cuerpo y que en consecuencia es mortal. Según Pomponazzi, éste era el verdadero pensamiento de Aristóteles, pero Ficino sostiene que, en el libro secundo de De generatione animalium, Aristóteles afirma que «cuando el hombre fue engendrado, el intelecto fue infundido desde fuera y que sólo es divino aquello cuya acción no se lleva a cabo por algo corporal» («Quando generatur homo, intellectum infundi forinsecus, ac solum esse divinum cuius operatio non expleatur per aliquod corporale»). Luego el intelecto, concluye Ficino, no se origina, según Aristóteles, de la materia como las otras formas, sino que Dios infunde esta (forma) sin instrumento.13 La interpretación de Ficino tiene aún un escollo que sortear, pues Aristóteles sostiene que el mundo y el hombre son eternos y, en consecuencia, a no ser que hable metafóricamente, no ha habido un momento, como afirma Platón, en el que el alma no estuviese ya en la materia. La eternidad, según Ficino, corresponde a Dios per se y las demás cosas declaradas eternas lo son por él. Esas cosas son creadas eternas por Dios, sin intermediario («ita in aeternitatis ordine ultra Deum, qui per se est aeternus, multa sunt quae per illum aeterna fiunt»). El alma del hombre será, pues, también ella inmortal e introducida por Dios en nuestro cuerpo. La especie universal hombre es formada por la mente activa (agentem) que produce los universales que la mente pasiva (capacem) recibe. Esos universales carecen de materia, de espacio, de tiempo, y son creados por el entendimiento agente, 12 Lucrecio, V, p. 156 ss.: «Dicere porro hominum causa voluisse parare/ praeclaram mundi naturam (...) desiperest.» 13 Ficino, ib. p. 82: «Quasi non expromatur ex intimo materiae gremio, sicut alias formas putat expromi. Ergo hanc sine instrumento ipse Deus infundit.»
LA INTELIGENCIA ANIMAL EN MARSILIO FICINO «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 7, 2009, pp. 1-21. ISSN: 1132-3329 9 inmortal y separado.14 Esas especies que el entendimiento separado de la materia concibe no son, como afirma Epicuro, perecederas, sino perpetuas e innatas a la mente («quod species innatae sunt menti»), de modo que las especies de los universales no se imprimen en la mente por los simulacros («ita universalium species a simulacris non signantur in mente»), sino que son creadas por el poder de la inteligencia, del mismo modo que la fantasía genera los simulacros por sí misma («sed ita mens illas per vim suam efficit, sicut phantasia fingit simulacra per se ipsam»). La razón de esto es que el fantasma o imagen es singular, mientras que los conceptos son universales. Luego esta especie universal no proviene ni de las imágenes ni de los cuerpos exteriores, que sólo pueden informar a la mente por medio de las imágenes15. No se puede considerar que una confusión de simulacros (simulacrorum confusio) sea una especie simple, luego se ha de concluir que es la inteligencia la que engendra naturalmente las especies universales y que en sí misma contiene las especies de todas las cosas, de modo que lo semejante es generado por lo semejante («Mens igitur, quae per suum esse naturaliter generat universales rerum omnium species, in ipsa quoque sua essentia ab origine nacta videtur universales species omnium, ut similia similibus generentur»).16 En el sistema de Ficino, por tanto, hay una gnoseología de carácter innatista que contrasta con el empirismo de algunos intérpretes del pensamiento aristotélico y epicúreo. La tesis aristotélica de que el intelecto es imaginación o no se da sin imaginación parece que no casa con el innatismo platónico; de ahí que se considere próximo al pensamiento aristotélico el apotegma nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu. La cuestión es, por una parte, si el universal existe fuera de los individuos de los que se dice y, por otra, si el intelecto que desmaterializa el fantasma es de naturaleza inmaterial. Pomponazzi sostiene que Aristóteles niega la inmortalidad del entendimiento humano porque, según él, no puede conocer sin imágenes, es decir, necesita del cuerpo para conocer. Por otra parte, la doctrina de la prolepsis de los estoicos y epicúreos supone 14 Ficino, XI, p. 95: «Denique ea quae intellectus attingit ita separata, si natura sunt talia, talis quoque est intellectus, nam cum attingit separata, ibi tunc est ubi sunt ipsa, igitur et ipse seperatus». 15 Ficino, XI, p. 99: «Si non fit species haec quae etiam universalis nuncupatur a simulacris, multo minus fit a rebus externis, quae non possunt per aliud medium formare mentem, quam per simulacra». 16 Ficino, XI, p. 101.
LA INTELIGENCIA ANIMAL EN MARSILIO FICINO «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 7, 2009, pp. 1-21. ISSN: 1132-3329 16 no muere con el cuerpo, sino que permanece tras la muerte». Nifo se apoya en Plotino para demostrar que el alma racional no forma una sola cosa con la apetitiva, como sostiene Pomponazzi, y que en consecuencia debe ser inmortal: “pues el alma racional rechaza la fornicación corporal u otro placer, y se manifiesta positivamente frente a él, como la experiencia muestra. Así pues, el alma racional y el apetito serán de naturaleza distinta; por lo cual, dado que el apetito es simpliciter material, el alma racional será simpliciter inmaterial”. Otro de los argumentos en pro de la inmortalidad se basa en el De somno Scipionis de Macrobio: el que apatece la honestidad y la religión no sigue los placeres del cuerpo, por tanto depende del alma la elección de esas cosas, lo que demuestra que no es corpórea, pues nada apetece el cuerpo que no sea corporal: “Ahora bien, con el cuerpo se hacen solidarios los animales, los cuales, exceptuado el hombre, no apetecen nada que sea pío, honesto y religioso; pienso que esto no es por otra causa que porque toda su virtualidad se refiere al cuerpo. Sin embargo, vemos que los hombres desprecian simpliciter toda cosa corpórea, y buscan las incorpóreas, y por ellas los vemos morir, padecer y afanarse; lo cual no sería posible sino porque su alma está por encima de los cuerpos y separada simpliciter de ellos, y no está sometida a ninguna presión corpórea...Si el hombre es como quiere Pomponazzi un animal, no tiene simpliciter nada más elevado que los demás animales. ¿Por qué el hombre pío, religioso y honesto busca las cosas incorpóreas, las persigue y las investiga? ¿Por qué ningún animal apetece las cosas incorpóreas, a no ser que aceptemos las fábulas de Plinio, que atribuyó religiosidad a los elefantes y piedad a los leones?” (cap. XLI). Para Plotino, según Nifo, este es un argumento eficaz para probar la inmortalidad del alma, pues cuando el alma humana se halla frente a las cosas corpóreas (útiles y placenteras) y las incorpóreas (piedad, religión y honestidad) desprecia simpliciter las corpóreas y las rechaza. Leemos que los hombres píos y religiosos desprecian las riquezas, los honores, los cetros y los reinos y buscan las cosas simpliciter inmateriales, pero no leemos que el animal desease semejantes cosas. ¿Cómo puede una cosa que no está por encima del cuerpo apetecer tantas cosas incorpóreas, cultivarlas, venerarlas y observarlas? Sólo el hombre, como decía Pitágoras, se inclina hacia las cosas sublimes religiosas y pías, por eso Dios lo levantó de la tierra y lo elevó a la contemplación de su artífice. Sólo él, a diferencia de los animales, mira hacia el cielo y levanta el rostro hacia las estrellas. Ese es el signicado de la palabra anthropos; por eso dice Cicerón que ningún animal, excepto el hombre, tiene algún conocimiento de Dios. De donde se deduce que el alma no es inmortal secundum quid, como afirma Pomponazzi, sino simpliciter. La prueba definitiva de que el entendimiento es incorruptible para Aristóteles es según Nifo evidente a partir de este texto del De anima I, 4, 408b19-23: «El intelecto parece ser, en su origen, una entidad independiente y no sometida a corrupción. A lo sumo, cabría que se corrompiera a causa del debilitamiento que acompaña a la vejez, pero no es así, sino que sucede como con los órganos sensoriales: pues un anciano si pudiera disponer del ojo apropiado vería, sin
LA INTELIGENCIA ANIMAL EN MARSILIO FICINO «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 7, 2009, pp. 1-21. ISSN: 1132-3329 17 gemos nuestro genio, no es el genio o el destino el que nos escoge a nosotros («Ideo Plato in libro de Republica decimo, virtutem animi, inquit, non esse servilem daemonen vitae ducem, ac rursus vitae fortunam eligi a nobis, non nos a daemone vel fortuna»). Por eso la responsabilidad (culpa) no es de Dios sino de quien elige. También Zoroastro dice: «ne tu augeas fatum», esto es, en tus manos está ceder o no al destino. El hombre se distingue de los animales –dice Ficino– por la práctica de las artes y por ser capaz de establecer normas. Mientras que los animales viven sin artes o ejercen una sola, arrastrados por el destino («ad cuius usus non ipsa se conferunt, sed fatali lege trahuntur»), como lo prueba el hecho de que no hacen ningún progreso en la habilidad de su ejecución («ad operis fabricandi industriam nihil proficunt tempore»), los hombres son inventores de innumerables artes, que ejercitan como les place. Lo que indica que cada uno de ellos puede ejercer muchas a la vez, pero además es innovador y se hace más hábil con el continuo uso, «y lo más admirable: las artes humanas fabrican por sí mismas cada una de las cosas que produce la naturaleza, como si fuéramos émulos de la naturaleza, no sus esclavos».29 Hay una triple diferencia, según Ficino, en lo que concierne a las artes, entre las bestias y el hombre. Primero, nosotros las recibimos de Dios directamente, mientras que las bestias las reciben por medio de la naturaleza celeste. En segundo lugar, nosotros las recibimos todas, ellas sólo una. La tercera diferencia estriba en que las bestias son empujadas a ejercer su arte por una compulsión irresistible de la naturaleza, mientras que nosotros elegimos el ejercicio de una sola arte o de varias.30 duda, igual que un joven. De manera que la vejez no consiste en que el alma sufra desperfecto alguno, sino en que lo sufra el cuerpo en el que se encuentra, y lo mismo ocurre con la embriaguez y las enfermedades». 29 Ficino, XIII, p. 223: «et quod mirabile est, humanae artes fabricant per se ipsas quaecumque fabricat ipsa natura, quasi non servi simus naturae, sed aemuli. Est autem differentia triplex inter nos et bestias quoad artes pertinet. Pima, quod a Deo sine medio eas accipimus, illae natura caelesti intercedente. Secunda, quod quisque nostrum accipit cunctas, bestiarum species singulae singulas. Tertia, quod bestiae necessario quodam impulsu naturae ad suae artis usum certo tempore compelluntur, nos autem libero rationis iudicio tum artis unius, tum plurimarum usum eligimus». 30 Ficino, XI, 5, p. 133. La inteligencia humana es inmortal porque recibe natural y firmemente las especies de las ideas inmortales de modo inmortal («procul dubio mens hominis est immortalis, quae naturaliter firmiterqque immortalium idearum
LA INTELIGENCIA ANIMAL EN MARSILIO FICINO «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 7, 2009, pp. 1-21. ISSN: 1132-3329 18 Como hemos dicho ya, los animales o viven sin artes o ejercen una sola arrastrados por el destino (fatali lege trahuntur). La prueba está en que no progresan en la habilidad de su ejecución. Los hombres han inventado innumerables artes que practican a su arbitrio. Las artes humanas fabrican lo que la naturaleza misma ha producido y los hombres devienen más hábiles en su técnica, lo que indica que somos dueños de la naturaleza, no sus esclavos. Según Plinio, Zeusis pintó unas uvas que atraían a los pájaros, Apeles dibujó un perro tan perfectamente que los caballos al verlo relinchaban y los otros perros ladraban, Praxíteles esculpió una Venus en mármol que despertaba pensamientos lascivos31. Arquitas fabricó una paloma y la hizo volar. Los egipcios construyeron estatuas que caminaban y hablaban. Arquímedes reprodujo en bronce la esfera celeste, capaz de describir con exactitud los movimientos de los siete planetas. Las pirámides, las fábricas de vidrio de los romanos, son otros tantos avances que demuestran que la inteligencia humana imita lo que Dios crea, y ejecuta, corrige y perfecciona las obras de la naturaleza inferior.32 Aunque la naturaleza ha dotado al hombre de menos defensas que a los animales, éste ha desarrollado armas e instrumentos mediante los que puede evitar sus ataques y, frecuentemente, dominarlos y, en determinados casos, prestarles ayuda. El hombre conoce el modo de dar satisfacción a múltiples deseos provenientes de cada uno de los cinco sentidos, pero además no se ciñe, como las bestias, a los límites del cuerpo, sino que mediante la acción cogitativa se dedica a la escultura, a la pintura, al arte en general, sin buscar ningún placer sensible. Ninguna bestia es capaz de algo semejante. El hombre se sirve de los elemenspecies per modum suscipit immotalem», p. 134.) 31 Plinio, N. H., XXXV, 63, 10 respectivamente. En VIII, 17, 33 habla de la serpiente basilisco, «que nace en la provincia Cirenaica con un tamaño de no más de doce dedos, una mancha blanca en la cabeza, como adornada con una diadema. Espanta a todas las serpientes con su silbido y no impulsa su cuerpo flexionándolo con muchos anillos, como los demás, sino que avanza enhiesta y derecha de medio cuerpo. Mata los arbustos no sólo al tocarlos sino incluso al exhalar su aliento, quema las hierbas y resquebraja las piedras; tal es el poder de su mal. Se cree que en cierta ocasión se mató uno desde un caballo con una lanza y que, al ascender por ésta su veneno, murió no sólo el jinete, sino también el caballo». En XXIX, 66, habla de nuevo del basilisco. 32 Ficino, XIII, 3, p. 223: «Denique homo omnia divinae natura opera imitatur et naturae inferioris opera perficit, corrigit et emendat».
LA INTELIGENCIA ANIMAL EN MARSILIO FICINO «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 7, 2009, pp. 1-21. ISSN: 1132-3329 19 tos y los embellece, como se comprueba en los campos alineados de árboles, en la edificación de las ciudades, en la canalización del curso de las aguas. En cierto modo reviste el papel de Dios (vicem gerit Dei).33 El hombre doma a los animales, los cuida, los engorda, no al revés; de modo que ejerce una especie de providencia sobre los seres vivos y los no vivos, por lo cual en cierto modo es un Dios (est quidam Deus). Mientras que las bestias son capaces de cuidarse de sí mismas y de su prole por un cierto tiempo, el ser humano gobierna su familia, administra la ciudad, dirige las naciones y manda en todo el mundo; se diría que ha nacido para dirigir, incapaz de soportar la esclavitud («et quasi ad regnandum sit natus est omnino servitutis impatiens»). Cultiva, además, las ciencias liberales: el cálculo, la música, la geometría, el estudio de la naturaleza, la oratoria, la poesía, sin cuidarse del cuerpo, del que algún día se desprenderá (sine corporis auxilio vivere). La naturaleza del ingenio humano es similar a la de Dios («quis neget eum esse ingenio, ut ita loquar, pene eodem quo et auctor ille calorum»). ¿Quién no ve que el ingenio humano no está sujeto por su naturaleza al espacio ni al tiempo? («Quis non videat ingenium hominis natura sua locis et temporibus non esse subiectum?»). Una aptitud para materias tan numerosas e importantes, una tal estabilidad del conocimiento no se explica mediante un pequeño ángulo del cerebro (angusto cerebri angulo) ni se conserva por su materia cambiante y perecedera, sino que exige el receptáculo muy vasto y estable de un alma divina.34 El uso del lenguaje y de la escritura, exclusivos del hombre, indica que tenemos una especie de inteligencia divina, que se halla en las bestias. Podríamos vivir sin lenguaje, como las bestias o los mudos, pero eso indica que se nos ha concedido para un fin más elevado, a saber, como intérpretes de la inteligencia, heraldos y mensajeros universales de descubrimientos sin fin («Ideo ad excellentius aliquod opus est nobis sermo tributus, videlicet tamquam mentis interpres, infinitorum inventorum praeco et nuntius infinitus»). El hombre, además de las manos, tiene inteligencia, que mediante el lenguaje y la escritura, concibe en sí misma lo que Dios hace en el mundo por su acto de inteligencia. Por lo cual es necio quien haya negado que el alma sea de 33 Ib., p. 225. 34 Nifo, op. cit., p. 228: «sed amplissimo eget stabilissimoque divinii animi receptaculo».
LA INTELIGENCIA ANIMAL EN MARSILIO FICINO «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 7, 2009, pp. 1-21. ISSN: 1132-3329 20 naturaleza divina, siendo así que es émula de Dios en las artes y en el gobierno35. Frente a las tesis espiritualistas de Ficino y de quienes, como Nifo, declaran que los actos heroicos demuestran la inmortalidad del alma, Pomponazzi36, a partir de los textos de Aristóteles (libro tercero de los Topici37, donde dice que «de dos males se ha de elegir el menor», y el tercero de los Etici38: «la elección es de los bienes, y el rechazo de los males») sostiene que eso se puede realizar sólo por virtud, sin necesidad de de que el alma sea inmortal: «si se elige la muerte por la patria, por los amigos, para evitar el vicio, se adquiere una máxima virtud y es muy útil para los otros, ya que de manera natural los hombres alaban la virtud; entonces la muerte ha de ser elegida máximamente». Perpetrando un crimen se perjudica máximamente a la comunidad, por lo cual también a sí mismo ya que es parte de la comunidad. De donde se deduce que, según Aristóteles, la vida no debe ser seguida porque sea más larga ni más duradera pero infame, sino que debe ser preferida una corta pero digna de alabanza, del mismo modo que la vida de la bestia no puede ser preferida a la del hombre por larga que aquélla sea. Sólo en paridad de condiciones se elegirá una larga.39 Tampoco se elegirá una vida viciosa, pues el vicio es miseria, según dice Platón40, y, finalmente, la muerte, sobre todo cuando no se sigue del crimen cometido la felicidad. No debe preferirse la muerte, dado que no es nada, sino el acto virtuoso, aunque tenga como consecuencia la muerte, igual que rechazando el vicio no rehusamos la vida, que en sí es buena. Sólo en el caso de una enfermedad incurable se ha de rechazar la vida, según dice Platón en el Cri35 Nifo, op. cit., p.299: «Quaptopter dementem esse illum constat, qui negaverit animam, quae in artibus et gubernationibus es aemula Dei, esse divinam». 36 Pomponazzi, De immortalitate animae, 21, 22, 23, p. 29: «cum igitur in eligendo mortem pro patria, pro amicis, pro vitio evitando maxima virtus acquiratur aliisque multum prosit, cum naturaliter homines huiusmodi actum laudent nihilque praetiosius et felicius ipsa virtute, ideo hoc maxime eligendum est». 37 Aristóteles, Top., III, 2, 117a8 38 Aristóteles, Eth. Nic. III 4, 1111b33-1112 a 17. 39 «neque magnum tempus vivere cum infamia est praeeponendum vivere parvo tempore cum laude: sicut vita hominis, quantumcumque brevis, est praeponenda vitae bestiae, quantumcumque diuturnae. Aristoteles namque Eticorum primo dicit vitam longevam non praeferendam esse vitae brevi, nisi cetera sint paria». 40 Platón, De republ., X, 611b9.
LA INTELIGENCIA ANIMAL EN MARSILIO FICINO «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 7, 2009, pp. 1-21. ISSN: 1132-3329 21 tón.41 Los filósofos y los hombres virtuosos, según Platón y Aristóteles,42 son los únicos que saben valorar la virtud y cultivarla por sí misma, mientras que la mayoría de los hombres, si no esperaran una vida mejor tras la muerte, la tolerarían sin duda con ánimo muy inicuo, ignorantes de la excelencia de la virtud y de la falta de nobleza del vicio.43 La esperanza del premio y el temor al castigo fueron introducidos, según Pomponazzi, para refrenar los execrables deseos de los hombres,44 que estarían dispuestos a cometer cualquier crimen antes que elegir la muerte al ignorar la excelencia de la virtud y la fealdad del vicio. La muerte no se afronta sólo porque se suponga que el alma es inmortal, pues, según se deduce de la conducta de las bestias, cuyas almas son mortales y se guían por el instinto natural («in quibus non est dubium animas mortales esse atque instinctu naturae duci»), muchos animales la afrontan o la causan. En efecto, tanto Aristóteles como Virgilio,45 hacen referencia a cómo las abejas luchan hasta morir por su reina y por su Estado. Aristóteles46 cita otros ejemplos, como el de sepia marina que defiende hasta la muerte a su pareja, el del camello que mató de un mordisco a su cuidador por haberle mediante engaño obligado a aparearse con su madre, o el del caballo que se arrojó a un precipicio, también engañado en el mismo sentido. Estas cosas se dice que son realizadas por la naturaleza y que son acordes con la razón, puesto que, según Temistio y Averroes, la naturaleza es dirigida por una inteligencia que no yerra.47 41 Platón, Crito., 47d7-48b10. 42 Platón, De repub. IX, 582a8-e9. Aistóteles, Eth. Nic., IX, 8, 1168 a 28-1169b2. 43 «Si enim homines non sperarent meliorem vitam post mortem, iniquissimo animo eam tolerarent, quia ignorant excellentiam virtutis et ignobilitatem vitii». 44 «Quare ad refrenandum diras hominum cupiditates data est spes praemii et timor punitionis». 45 Aristóteles, De hist. animal., IX 40, 62 a 13-22; Virgilio, Georg., IV, 67-68. 46 Aristóteles, De hist. animal. IX 47, 630b31-631a7. 47 Pomponazzi, De immortalitate animae, 23: «Haec autem cum natura fiant, secundum rationem facta sunt, quandoquidem ex Themisti et Averrois sententia natura dirigitur ab intelligentia non errante».