El Tesoro de Covarrubias (Lengua y saber en la España manierista)
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EL TESORO DE COVARRUBIAS (Leng ua y saber en la España manierista)• Por JOSÉ ANTONIO GÓMEZ MARÍN Excmo. Sr. Director, Excmos. Sras. y Sres. Académicos, Excmos. e Ilmos Señores, Queridos amigos: Vaya por delante que la honra que me hacen al otorgarme un sillón entre ustedes en esta ilustre Academia se ve potenciada por la circunstancia de qu e, siendo yo asiduo a sus actos y ceremonias, nunca pensé que un día habría de llegarme el privilegio de pertenecer a ella. La benevolencia de todos ustedes y, en especial, de los Académicos que postularon mi candidatura -es decir, don Manuel Olivencia, doña Enriqueta Vila y don José María Vaz de Sotome sobrepasa tanto que sólo me que da la esperanza de ju stificar con mi colaboración en tu siasta el honor que me han otorgado. Para el profesor Olivencia con se rvo intacta la devoción que, como gran jurista y como conciencia ética, le profeso desde que lo conozco; a Enriqueta Vila, más allá de mi admiración inte le c tu al, la gratitud y el cariño que ella sabe despertar en los amigos; a José María Vaz de Soto, con 1. El texto que aquí se publica es el leído en el acto público de ingreso en la Real Academia, que constituye un resumen de una obra más extensa, entregada en el mismo acto a los asistentes, y publicada con el mismo título por el Servicio de Publicacio ne s de la Universidad de Huelva, Huelva, 2010.
40 JOSÉ ANTONIO GÓMEZ MARf N quien he recorrido completo nuestro agridulce calvario generacional, mi admiración por su talento y el reconocimiento de su generosidad. A dos personas ya ausentes para siempre tengo que recordar también en este momento de gratitudes. La primera, mi padre, que me dio cuanto necesité, sin tasa ni plazo, para recon-er el largo y no poco tortuoso camino de mi formación. La segunda, mi maestro, don José Antonio Maravall, de quien recibí lo poco bueno que pueda tener en mi disposición intelectual, y a quien debo, inclusive, el proyecto de este trabajo que hoy presento, sugerido por él hace muchos años como la tesis doctoral que las circunstancias me impidieron rematar. Y a una tercera, Mery Mateos, mi mujer, a la que debo reconocer - al margen de cualquier convencionalismo o cortesía-el mérito sin reservas de haber vencido mi indolencia y dispersión naturales, de manera que sin su formación historiográfica, su astucia para la pesquisa cultural y su excepcional sentido del orden, jamás hubiera pues to en pie por mi cuenta el discurso que hoy someto a la benevolencia de la Academia. El profesor Luis Gómez Canseco se ha prestado benignamente a enjuiciar mi trabajo y enmendarlo cuando ha sido menester, atendiendo a mi ruego basado en la convicción de su precoz magisterio en estas materias, y la Universidad de Huelva me ha honrado al editar a sus expensas mi trabajo y editarlo aparte en su prestigiosa Biblioteca Montaniana. A nuestro compañero Vicente Lleó agradezco el interés que se ha tomado para contestar a mi discurso, sin duda desde su mejor y más versado criterio. Debo decir, en fin, que tendré el privilegio de llevar durante mi vida académica la noble y gastada medalla que fue del padre Javierre, mi entrañable amigo, quien me la lega por mano de su abnegada familia sevillana, los Femández-Palacios. Creo que la Academia no es un organismo obsoleto ni una "reliquia ilustrada" como se ha dicho -desde fuera, naturalmente-, sino una instancia viva que debe esforzarse por coger el paso que le marcan los tiempos nuevos, ciertamente, sin renunciar para nada a su identidad y a su estilo. La Ilustración, de la que tanto ignorante abusa hoy, fue un hito de efectos irreversibles en el progreso humano, y las Academias, un instrumento más al servicio de su grave proyecto. Como la mayoría de ustedes, yo vengo a ésta a trabajar en lo que me manden, no a lucir una medalla y un título prestigioso. Espero de todo corazón no defraudarles.
EL TESORO DE COVARRUBI AS 41 Me corresponde el honor, además, de suceder en su sillón a un personaje ilustre, don Faustino Gutiérrez-Alviz y Armario, j uri sta de excepcional formación, cuya carrera doce nte le permitió probar su capacidad poco común al pasar de romanista de fu ste a procesalista renombrado sin mayores dificultades, y conseguir en ambos campos, además de las cátedras respectivas, un raro y general prestigio. No tuve el privilegio de conocer personalmente a don Faustino, aunque sí leí s us enseñanzas entre los papeles univ ersitarios de mi hija y, más tarde, al sumergirme embebido en su inigualable Di ccionario de Derec ho Romano, una obra que incluso quie nes, en la Complutense, conocimos el sabio magisterio de Juan Igl es ia s y Urcisino Álvarez, hemos de valorar como un logro poco comú n. En su obra escogida y relativamente breve, don Fa ustino demuestra el rigor del jurista junto a la intuición del hombre culto que ha reflexionado a fondo sobre Ja vida pública y su histo ri a y creo, a juzgar por su entusiasta ensayo sobre los Gracos y por algunos lúcidos artículos de prensa atinentes a los grandes problemas de la sociedad espa ñola de la Transición a la democracia, que aquel católico liberal-conservador se dejó mucho, por desgracia, en el tintero. Supone para mí un compromiso añadido suced er en la Academia a este profesor insigne al que la inmensa mayoría de quienes lo conocieron coincide en calificar como un hombre bueno. No se me ocurre ningún título más envidiable. * * * Voy a expon er les en resumen las co nclusiones de mi trabajo sobre el Tesoro de don Sebastián de CovatTubias, en cuyo detenido análisis he perseguido descifrar y recomponer la imagen de la cultura manierista-es decir, lo que se sabía, cómo se sabía y cómo se decía en la España cu lta de Felipe II -para desde ella intentar una caracterización de la cultura de la época. Y en mi trabajo he descubierto, lo primero, que a Covarrubias lo cita medio mundo y de esa manera tan sorprendente que yo mismo he comprobado yendo a buscarlo allí donde por l óg ica no podría faltar, sin encontrarlo, y tropezándomelo con estupor en otras ocasiones menos pr evisibles. Creo que a Covarrubias se lo cita, entre otras varias y pintorescas, de dos maneras fundamentales. La primera, como testigo y autoridad del idioma, de la semántica, de la lexicografía. La segund a, como referencia de su
42 JOSÉ ANTONIO GÓMEZ MARÍN época, esto es, de la España de Felipe U. Lo que qu ie re decir que el Tesoro lo ha sido en verdad tanto para los que buscaban cerciorar su buen decir como para aquellos otros que perseguían corroborar algo concerniente al saber de aquel tiempo, y he de decir que tanto en unos como en otros hay quien administra ese cauda l como le da la gana, rayando con frecuencia en la pir atería más vulgar. Ciertamente, el Tesoro es un test excepcional para conocer la cultura católica de la época, o dicho de otro mod o, la cultura nacional filipina. De entrada tienta enterarse en él de qué es lo que había sobrevivido, por tradición oral o escrita, a la relativa incuria medieval y a la insidiosa censura eclesiástica, si em pre avizor, al margen de la estupenda crisis del Renacimiento carolino. Pero más allá de esta curiosidad, tienta también internarse en esta verdadera enciclopedia, en este monumento hecho de saberes aluviales, un poco a imagen y se mejanza de l os hercúleos trabajos del Medievo, como, pongamos por caso, las Etimologías de Isidoro. Sólo que esa tarea, en tiempos de Covarrubias, por más que siguiera intentándose, ya no era factible por muchas razones. Y la fundamental es que la é poca en que escribe Covarrubias es una época movida, soliviantada, un tiempo que se de fine por su treme nda conciencia de crisis expres ada en el sentimiento de que el mundo estaría cambiando aceleradamente y de que a ese trastorno fatal res ult aba imprescindible oponerle la resistencia heroica del rigor y de la fortaleza. En la s obras de Historia tienen ustedes los datos que aquí no encontrarían acomodo. Baste recordar ahora que el mundo de Covarrubias no es ya el viejo ordo Dei, si no el resultado de esa gran conmoción que conocemos como Renacimiento: es, en de fi nitiva, el mundo moderno. Hombres como él han de luchar a brazo partido y en medio de contradicciones entre el tirón modernista que qui ere reformar la vida cultural y, tras e ll a, la sociedad misma, y el impul so contrarreformista, definido de una vez por todas en Tren to. Hab ía que bordear con pies de plomo la linde "reformista" y sentar plaza contra la herejía. Ahí sí que no cabían transacciones. Ni ellos las buscaron, propiamente, aunque no pudieran zafarse nunca de esa penosa impresión de inseguridad tantas veces resuelta en contradicciones cuando no en alg ún di sgusto mayor. El Tesoro no tuvo gran éxito de salida, por lo que sabemos, y s9 lo más de un siglo de spués de la muerte de su autor, cuando,
EL TESORO DE COVARRUB IAS 43 en 1726, en el estupendo proyecto de Diccionario de Autoridades concebido por el marqués de Villena, pase a ser utilizado como uno de sus ejes fundamentales, y lo elogie don Nicolás Antonio, cobrará importancia. No olvidemos la malévola ironía de Quevedo, cuando, censurando los vicios del leguaje, escribe textualmente: "También se ha hecho Tesoro de la Lengua Espaíiola donde el papel es más que la razón; obra grande y erudición desaliñada". Nada menos. Pero ¿quién era don Sebastián de Covarrubias? Procuren ustedes, Excmos. Srs., no extraviarse por los vericuetos familiares que voy a exponer y reparen en la significación de los nombres y apellidos que van a oír. Fue su padre don Sebastián de Horozco -hijo del arquitecto Juan de Horozcoy su madre doña María Valero de Covarrubias, al primero de los cuales le fue atribuida, nada menos que por don Julio Cejador, la paternidad del Lazarillo y, de paso, unas buenas cu lpas de erasmismo, extremos ambos de los que Bataillon se deshizo sin dificultad. Y fueron sus hermanos, don Juan, que alcanzaría la mitra episcopal, y Catalina, de la que sabemos poco. Su madre, doña María Valero, era hija de un curioso personaje, el bordador Marcos de Covarrubias, muchos de cuyos primores se conservan en la Catedral de Toledo, a su vez hermano de un don Juan, Magistral de Cuenca, y del admirable don Alonso de Covarrubias, uno de los arquitectos renacentistas de mayor prestigio e importancia. Pero don Alonso emparentó a su estirpe con otra saga de arquitectos de nota, los Egas, al casar con María GutiéITez Egas, hija de Enrique y nieta de Antón Egas, y de esa unión nacieron dos personajes clave de la época: don Diego de Covarrubias y Leyva y su hermano Antonio. La cohorte generacional de don Sebastián se educa con ellos, es decir, con dos figuras prominentes de la Iglesia del momento, pues ambos habían sido padres conciliares en Trento, donde don Diego, amigo del cardenal Hugo Buoncompagno, antiguo nuncio en España y futuro Gregario XIII, tuvo una actuación decisiva, en especial en el decreto De rejormatione, antes de vo lv er a España donde destacaría como profesor de canónico en Salamanca, tras seguir los magisterios, junto con su hermano, del eminente Doctor Navarro, de Diego Álava de Esquive!, de Nicolás Cleardo y de Femando Núñez el Pinciano. Don Diego es el prototipo de caITera eclesiástica del momento -fue conocido y recordado como el Bártolo español-y alcanzaría, tras su obispado en Ciudad Rodrigo y en Segovia, la propuesta real para
44 JOSÉ ANTONIO GÓMEZ MARÍN el arzobispado de Santo Domingo, un puesto en el Consejo y, finalmente, la Presidencia del Consejo de Castilla. Su hermano Antonio, erudito versadísimo, tras pasar por Trento, fue también consejero de Castilla, Maestrescuela de Toledo y Oidor de la Chancillería de Granada. Un primo hermano de Covarrubias, en fin, hijo de María de Horozco, fue fray Juan de Yepes, General de la Orden de San Jerónimo entre 1600 y 1603. Como dijera el rústico en el Quijote - un rústico que trasparenta en demasía su condición renacentista y hasta algún rasgo maquiavélico-se trataba de "estudiar y más estudiar y tener ventura y favor, y cuando menos se piense el hombre se halla con una vara en Ja mano o con una mitra en la cabeza". Parece que Cervantes retratara de propósito a los Covarrubias en aquel bullente Toledo de los Cisneros, los Guillermo de Croy, los Fonseca, los Tavera, los Martínez Silíceo, los Carranza, los Quiroga, los Mendoza o incluso Alberto el Archiduque de Austria, hijo de Maximiliano II, nieto de Carlos V y, por tanto, sobrino del rey Felipe. No vamos a hacer conjeturas sobre las razones que pudiera tener Covarrubias para silenciar a su padre de la manera estruendosa en que lo hizo, pero no es aventurado conjeturar que el Consultor de la Inquisición y notorio antisemita que él era, temía resaltar una filiación que pudiera traerle problemas. De hecho, Jack Weiner da cuenta de que un sobrino de Covarrubia s, hijo de su hermana Catalina-en la que tanto Sebastián como su hermano Juan habían resignado su herenciafue reparado de converso por parte de su abuela materna; sin contar que consta que Horozco era hijo de una conversa, María de Soto, la alargada sombra de la cual gravitaría sobre su descendencia condicionando la carrera de sus nietos que, si medraron, fue por la protección de sus poderosos tíos, en especial por la del Presidente. Covarrubias está inserto, pues, en un círculo familiar de extraordinario peso en Toledo y a la sombra de su mitra, un clan de arquitectos destacados y altos clérigos, de literatos y de políticos de primerísima fila, como destacó Martín de Riquer, que actuaba en un centro de poder privilegiado como la Ciudad Imperial. El poder de la Mitra toledana era por entones, desde luego, extraordinario, casi un poder paralelo al real, sobre todo entendido como señorío local, y en el marco del poder de una Iglesia nacional cuyo papel ha enfatizado Kamen recordándola como la organización "rica y pode-
EL TESORO DE COVARRUB IAS 45 rosa" que, a finales del XVI, poseía "la se xta parte del territorio de España" (don Américo Castro llegó a afirmar que la Iglesia po se ía entonces "la mitad del suelo de España"), inclu so sin contar con los ingentes recursos de los monasterios, y refiriéndose a la cual Lynch ha aventurado que, ni siquiera en su punto más alto, la cifra del oro americano "s uperó los ingresos que recibía Felipe 11 de fuentes eclesiástica ", mientras que don Fermín Caballero le calculaba la fabulosa cantidad de "entre treinta y cuarenta mil ducados de rent a" al año. Junten esa influencia clerical a la que ejercían en aquel tiempo los arquitectos, y entenderán cómo, tan só lo en dos generaciones, la familia prosperó como lo hizo, logrando vara s, mitras y canonjías, como un caso insólito incluso en aque ll a poderosa y dinámica ciudad de la que el refrán decía: "En Toledo, el a bad a huevo"; y otro adagio bien conocido encomiaba comparándola con Sevilla: "Toledo en riqueza, Sevilla en grandeza". A lo que ha y que añadir el papel jugado en la promoción social por la Universidad y los Colegios Mayores, auténticos instrumentos de recluta de las élites o, más bien, centros decisivos de selección de clientelas y cri sol de grupos de presión cultural, con los que los Covarrubias tuvieron, en Salamanca, una relación especialmente intensa. También la figura de don Sebastián de Covarrubias resulta sugestiva, salvadas las distancias, por lo que tiene de típica como carrera privilegiada y, al mismo tiempo, por cuanto comporta de retrato del alto clero provinciano. Sabemos que Felipe II pen só en él como posible preceptor del príncipe Fe mando; que fue cape ll án de Felipe III; que pasó a Roma donde obtu vo de Gregorio XIII -e l amigo de su tío don Diego y ni que decir tiene que a la sombra de éstela canonjía de Cuenca, avalado por carta de Su Majestad. Pero también no s ha llegado nítida la imagen del canónigo diligente que, ciertamente considerado por el Cabildo de Cuenca como persona de nota, cumple con n at uralidad incluso los encargos más prosaicos de la administración diocesana, sin dejar de ser ese "inevitable factótum", como se le ha llamad o, cuando se pr esenta la ocasión. Un hito importante en su vida fue la comisión real para el proyecto de instrucción de los mori sc os valencianos, que recibió en 1595, lo que lo acercó al duque de Lerma, a quien dedi ca sus Emblemas en 1610. Unos trabajos que, interrumpidos por la oposición de los "estamento s del Reino ", como dice el obispo de Segorbe, y reanudados con
46 JOSÉ ANTONIO GÓMEZ MARÍN posterioridad, le causarían decepciones y disgustos notables, aunque también le reportarían la dignidad de Maestrescuela de la Catedral otorgada por Clemente VIII y de la que tomaría po sesión en 1602. El clérigo culto y escrupuloso que se debatía entre su conciencia excluyente y su deber moral, volvería a Valencia, también en relación con el enojoso problema morisco, en es ta ocasión para caer muy cerca del Patriarca Ribera con quien mantuvo estrecha relación. González Palencia nos dio un resumen excelente de esta sugerente biografía y a él, junto a los demás autores que hago constar en la bibliografía de mi estudio, he de reconocer aquí mi débito. Enmarcada así su figura, hay que situar a Covarrubias en el contexto histórico-cultural del humanismo español, advirtiendo, de entrada, el giro experimentado por éste, en línea con la propuesta de Cejador de los "dos reinados", el de Carlos V y el de Felipe II , de los que es te último proyecta una imagen grave, replegada en su interior, nacionalis ta y "vencedora del Renacimiento pagano", producto de lo que el propio Cejador llama la victoria del "reformismo católico" - impregnado, se supone, de levadura erasmista-frente al luteranismo. Más moderno y menos confesional, Domínguez Ortiz encaja la cuestión en el marco del proceso de "castellanización de la monarquía", dentro del que el Rey se vuelve hacia Castilla, que pa sa a ser centro -y granero, y campo sufrido de la alcabala, del tercio o de la décimade la soñada monarquía imperial. Un pueblo de gentes orgullosas y oscuras, de pardos labriegos y clérigos graves, de hidalgos tronados y frailes pedigüeños, de soldados malandrines y estudiantes sopistas, va a dirigir los destinos del mundo y, como es natural, ello impone un cierto movimiento contráctil, de algún modo parecido al antes esbozado: cerramiento sobre sí mismo, aislamiento, "defensa" hacia fuera y hacia dentro. El enlutado monarca resolviendo providencias en su celda de El Escorial es todo un símbolo. Lo que cuadra bien con el aviso de MaravaJl de que la Historia española es paralela a la del resto de la Europa culta hasta el siglo XVI y que es a fines de este siglo, "con el hermetismo que a grandes pasos se impone en el reinado de Felipe 11 , cuando las cosas cambian en punto a tolerancia y a libertad intelectual", cosa que, por cierto - y a Maravall no escapa el hecho-- ocurre también en Europa, hasta cierto punto, por la misma época. Si nos atenemos a la teoría de las generaciones barrocas expuesta hace años también por Maravall, no hay duda de que Cova-
EL TE SORO DE COVARRUBIAS 47 rrubias, cronológicamente al menos, se r ía in sc ribible en la primera, emparejado con Góngora o Lope, pero desde un punto de vista distinto se ha hecho notar que la España a la que pertenece nuestro autor es la de Cano, Vázquez de Menchaca, los hermano s Valdés, fray Luis, Arias Montano o Luis de Malina. Pero sig uiendo otra propuesta de Domíngu ez Ortiz, podría incluirse también en esa generación-más bien coho rteque llegó a la madurez entre 1580 y 1620-ju s to , pues, la de Covarrubiasy a la que pertenecieron Cervantes, Mariana o, en efecto, Góngora y Lope, que aún pudo co noc er años de prosperidad y optimismo. Martín de Riquer apuntó ya que el Tes oro fue publicado en una fecha de la cual basta record ar que media entre las dos partes del Quij ot e y que es la misma que se asigna a la s Soledades de Góngora. No parece preciso comentario alguno. Dejemos a un lado, en todo caso, esta enojosa cuestión de la s cronologías, nunca resuelta a gusto de todo s, atentos al hecho de mayor enjundia de qu e hoy día pocos serán quienes se empecinen en mantener que Modernidad y Contrarreforma so n conceptos culturalmente excluyentes. Todo el mundo admite hoy, por ejemplo, lo que mi maestro Maravall dijera hace mucho tiempo, a saber, que "una fuerte dosis de medievalismo se ha hecho general en el siglo XVII" y, má s todavía, la idea de que, por debajo de ese conjunto histórico y de esa mentalidad que conocemos com o Renacimiento, serpentea el espíritu medieval que seguirá proyectándose hacia el Barroco. Hay demasiada literatura acumulada sobre esa visión que comparten, cada cual a su modo, Burck.hardt, Van Martín, Agnes Heller, Mandrou, Toffanin, Br andi, Luigi Russo, Eugenio Garin, el propio Maravall, Polisensky, Chadraba, We mer Sombart, Amold Hause r, Cassire r, WOl f:fti n o Tapi é, en una relación que podría alargarse mucho más. Creo que, en este sentido, Covarrubias puede ser considerado como un hombre filipino, un manierista sereno o, si se prefiere, un prebarroco, un espíritu que, junto al valor que atribuye a la tradición oral, al folclore, a los localismos y a toda manifestación de la experiencia, en la acepción más gracianesca del término, no se aparta de la fe de los antiguos com patibilizada con la Re velación. Ortodoxo firme, pero sin es tridencias, para Covarrubias no hay cuartel con los he re - jes y no ha lugar a la reforma en que estos vanamente se amparan y disimulan por la sencilla razón de que la reforma, según él, ya ha sido concluida en Tr ento. En este sentido, nuestro autor se cuenta
54 JOSÉ ANTONIO GÓMEZ MARÍN chea propone caracterizar como el "antitipo del her e je " y en la que loan Fuster ve esa figura, la del humanista, como "un híbrido de gramático y de hereje". Covarrubias avanza en su trabajo con pies de plomo, como se prueba en la voz Esperanza, cuando, tras exponer su se ntido, añade cauteloso: "Lo demás quede para los seño re s teólogo s; y lo que aq uí he dicho someto a su corrección, y principalmente a la S. M. Y., co mo lo tengo protestado en el principio de esta obra, la cual no se endere\'.a a tratar de las materias más de lo que toca a sus etimologías y a algunas cositas que acompañen". Él sabe que "la libertad que buscan los herejes de nuestro tiempo y llaman libertad de conciencia, es servidumbre de alma y licencia". No se puede hablar más claro en medio de la oscuridad. Al fi n y al cabo, el Índice de Valdés de 1559 había prohibido, además de a Er as mo y a los protestantes, la lectura de la Biblia en castellano -lo cual implicaba a la práctica totalidad de aquel país analfabeto-, pero también a espirituales españoles tan venerados corno Fra y Luis de Granada, san Francisco de Borja, el arzobispo Carranza, Men eses, el maestro Ávila y tantos otros que Teresa de Jesús expresó su desolación "por verse privada de libros queridos". Y esa prohibición duraría todav ía mu cho ti empo. No cabe duda, pues, de que el panorama ha cambiado en España desde los tiempos del Emperador dando lugar a esa, a mi juicio, relativa "a tonía del humanis mo" de que habla Femández Álvarez, y que hizo decir a Erasmo aquello de Non pl acet Hispaniam. Claro que al decirse, como se ha dicho, que la cultura española que Covarrubias conoce y maneja estuvo supeditada durante el periodo filipino a su misión como instrumento no poco servil de la Iglesia Romana, no se dice todo, ya que se deja en el tintero lo que, a mi juicio, es lo principal: que la Cultura estuvo dirigida en esa dirección porque ésa era precisamente la dirección que convenía al Estado, un Estado burocrático y radicalmente moderno se diga lo que se diga. Es decir, que la impregnación religiosa de la cultura en su conjunto era, ciertamente, un objetivo eclesiástico pero también un meditado designio de la monarquía. Recordemos la ilustrativa imagen de Felipe 11 ocupado en dirigir los trabajos de la Biblioteca escurialense o en supervisar el Breviario de los clérigos cuya redacción reforma da se ultimaba en Flandes. Hay que entender, en fin , ese carácter eclesiástico de la Cultura como una consecuencia de las necesidades políticas del régimen monárquico, señaladamente la
EL TESORO DE COVARRUBIAS 55 de preservar intacto el sistema de integración de la sociedad antigua constituido por las viejas lealtades primordiale s, siempre hasta entonces y aún mucho después, compartidas por la Iglesia y el Estado. En el estudio pormenorizado que mi trabajo ofrece de las fuentes de Covarrubias -así como en el Apéndice finalpuede verse Ja amplitud y diversidad de la cultura de don Sebastián de Covarrubias, el auténtico carácter enciclopédico de su obra. La posición intelectual del filólogo humanista llama mucho la atención cuando, al iniciar su trato, se observa el curioso carácter enciclopédico de su cultura, porque la tarea del estudioso moderno se caracteriza por versar sobre materias muy distintas, es decir, por el hecho de que el humanista, el sabio renacentista, se presenta como un espíritu abierto interesado en los más peregrinos saberes, ha sta el punto de que, por referencia al movimiento italiano, Garin ha señalado que el hombre de letras parece no desdeñar nada de la sabiduría clásica. Esos hombres hacen los studia humanitatis, traten de Platón o de Averroes, de derecho o de medicina, de agricultura o de cronografía. Y lo hacen como tales filólogos, es decir, entendiendo que todas esas materias entran naturalmente en su campo y no como consecuencia de la invasión de campos ajenos. Por eso ellos se tienen por gramáticos · -e incluyamos en esa compañía a Hermolao Barbara, a Coluccio Salutati, al gran Lorenzo Valla o a Angelo Poliziano, entre tantos otrosque han realizado la conquista del senso del!' antico come senso della storia. El parecido con el caso español es absoluto. Recordemos, por ejemplo, la actitud de Nebrija ante el saber en general y, en particular, su interés por la ciencia. Cuando Covarrubias escribe, aquel primer humanismo ya ha pasado, es cierto, pero su herencia se concreta en el novedoso proyecto de elaborar una grammatica del pensiero, en cuyo marco el saber no era ya un fondo de conocimientos independientes y yuxtapuestos, sino casi un hecho unitario o un continuum para dominar el cual resultaba perentorio reorganizar la expresión. De ahí tantos afanes lingüísticos y de ahí el prestigio del lenguaje en la época, pues la preocupación de los humanistas consistía en ese contexto en articular los sabere s, en fundirlos en el crisol de un discurso renovado, preciso, eficaz, que fuera capaz de reconciliar, como deseaba Hermolao Barbara, "la filosofía de la naturaleza con los estudios de humanidades". Es verdad que la circunstancia española - la que
56 JOSÉ ANTONIO GÓMEZ MARÍN vivía el propio Covarrubiasno era Ja misma que reflejan es to s ideales italianos. Aquí no se hubiera s us crito, por más independencia a que se aspirara, la idea de que Il grammatico, e cioe lo stu dio so del /inguaggio e del discorso, rippone nella sciencia del discorso tutta la sapienza unzana. Esta es la clave: toda la sab iduría humana. Nebrija había estudiado pedagogía, derecho, medicina, botánica, metrología, cronología, cosmografía, geografía y otros saberes más peregrinos como el "cálculo con lo s dedos". Pero su ejemplo no es único, ni su talla intelectual resulta forzosa. Gramático y dialéctico, Covarrubias no es, ciertamente, un sabio señero, pero tampoco es un vulgarizador improvisado ni un curioso "a la vio let a". Ahí están sus fuentes: conoce a los clásicos griegos y romano s, conoce la cultura hebrea - bíblic a- , conoce a lo s filósofos y espirituales de la Edad Media; y co no ce por extenso a los modernos, a españo les, italianos y franceses. Aparte de que en él se comprneba que la indagac ión de l humanista no es gratuita ni lúdica, como se ha sostenido, s ino eminentemente práctica. Se quiere poner el acervo del saber antiguo, junto al moderno, a di sposición de la sociedad y, por supuesto, del Estado: ¿Che cosa -preg un ta Angelo Polizianovi pub essere di pie~ utile e fr uttuoso del persuadire mediante la parola i tuoi concitadinni? Ese "persuadir mediante la palabra" es la clave para entender la filología humanista, en Italia o en España, en Holanda, en Inglaterra o en Alemania. Una gran comunidad en t omo al saber se ha constituido y funciona aceptablemente. Recurro una vez má s al testimonio clásico: Duos agnosco dominos, Christum et Litteras. Covarrubias, como la inmensa mayoría de nuestros estudiosos, lo hubiera suscrito sin vacilar. * * * Señores A ca démicos: durante años he buscado a este hombre y rebuscado en su obra. He trat ado de imaginarlo por las callejas de los altos de Cuenca, paseando acaso al atardecer por las hoces del Júcar y del Huécar, perdido en la muchedumbre madrileña o romana, absorto en la corte papal, atento a la palab ra piado sa (y a lo s rigores proba bl es) del Patriarca Ribera, devoto de su tío el Presidente, familiar con los inquisidores, abismado en sus lecturas y firme en sus creencias. Una manda dejó a su muerte ordenando que, a sus expen-
EL TESORO DE COVARRUBIAS 57 sas. se dijera a perpetuidad una misa por su alma en una capilla de aquella vieja Catedral de ojivas normandas y altas vidrieras por las que, a media mañana, se filtra difractada una luz inigualable. Y creo haberlo encontrado. Ni idéntico ni diferente, en lo fundamental, de lo que fue todo estudioso del largo periodo humanista. Maravall, mi maestro Maravall, nos recordó alguna vez que esos pensadores que irrumpen en la cultura europea arrastrándola hacia una nueva mentalidad -y citaba nada menos que a Leonardo, Paracelso o Keplero y hasta a Campanella, Grocio y Newton sin cerrar la li sta- "no dejan de moverse en el marco de básicas doctrinas tradicionales". No hay más que asomarse al Tesoro para comprobar esa creativa tensión que constituye acaso la aventura más brillante de nuestra alta y compleja Cultura. He dicho.