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El retorno a los orígenes. Raíces de la arquitectura de Hans Van der Laan

Sainz Gutiérrez, Victoriano

Abstract

El Artículo Aborda El Estudio De Algunas Posibles Fuentes De La Obra Delarquitecto Holandés Hans Van Der Laan, En Especial Las Que Se Refieren Al"Retorno A Los Orígenes" De Su Arquitectura.

Full text

1 Es e abajo ue edac ado como ponencia pa a el VII Cong eso de A qui ec u a de Á ila, celeb ado en sep iemb e de 2006 y dedicado al ema «O as ías: Dom Hans an de Laan». Aunque pa a su publicación he in oducido di e sas modi icaciones en el ex o y he añadido las no as con las e e encias bibliog á icas, he p e e ido man ene su es uc u a o iginal, con nume osas exp esiones y gi os p opios del lenguaje o al. 2 H. an de Laan, «S umen i d’o dine», en A. Fe lenga & P. Ve de, Dom Hans an de Laan: le ope e, gli sc i i, Milán 2000, p. 194. 3 Hans an e Laan (1904-1991) nació en Leiden (Holanda), en el seno de una amilia de a qui ec os. T as comenza en 1923 sus es udios de a qui ec u a en Del , los abandonó en 1929 pa a ing esa en la abadía benedic ina de Oos e hou . En 1933 ue o denado sace do e. A comienzos de los años 50 se asladó a la abadía de Vaals, cuya cons ucción se había in e umpido con la II Gue a Mundial, y allí se enca gó del p oyec o y el seguimien o de las ob as del monas e io has a comple a lo. Aunque educida, su ob a como a qui ec o es de una al ísima calidad y iene un no able in e és como exponen e de una mode nidad al e na i a, que discu e po caminos muy dis in os de los con encionales. THÉMATA. REVISTA DE FILOSOFÍA. Núm. 38, 2007. EL RETORNO A LOS ORÍGENES. RAÍCES DE LA ARQUITECTURA DE HANS VAN DER LAAN 1 Vic o iano Sainz Gu ié ez. Uni e sidad de Se illa Resumen: El a ículo abo da el es udio de algunas posibles uen es de la ob a del a qui ec o holandés Hans an de Laan, en especial las que se e ie en al « e o no a los o ígenes» de su a qui ec u a. Abs ac : The pape discusses some possible sou ces o he du ch a chi ec Hans an de Laan’s wo k, especially hose which a e ela ed o he « e u n a he o igins» o his a chi ec u e. En el úl imo esc i o publicado po Hans an de Laan, apa ecido sólo dos años an es de su mue e, se pueden lee es as signi ica i as palab as: «Con el anscu so de los siglos la a qui ec u a ha pe dido el con ac o con sus o ígenes. Du an e los ein a años que siguie on al inal de la II Gue a Mundial un g upo de a qui ec os holandeses in en ó eno a la a qui ec u a edescub iendo sus undamen os p imigenios» 2; na u almen e, el a qui ec o impulso de ese g upo es el p opio Van de Laan3. En su concisión, es as dos escue as ases me pa ecen un magní ico esumen de su ayec o ia como a qui ec o. Redescub i los undamen os p imige- nios, ol e a los o ígenes, pa a eno a la a qui ec u a: ése ue su p og ama, y ése que ía ambién yo que ue a el hilo conduc o de es e ex o, que p e ende p esen a lo que pod íamos llama las aíces de la a qui ec u a del monje holandés. Mi in ención es, po an o, explo a cuáles han sido esos undamen os p imige- nios a los que Van de Laan ha p e endido ol e pa a lle a a cabo una eno ación de la a qui ec u a. Y, pa a ello, me ap oxima é a ese « e o no a los o ígenes» plan eado po nues o a qui ec o, desde una iple angulación que esponde de algún modo a las es ace as más ele an es de su ida: la de a qui ec o, la de sace do e ca ólico y la de benedic ino. No son, cie amen e, aspec os sepa ables en su ayec o ia i al, pe o dis ingui los me pe mi i á ol e sucesi amen e a las uen es de es cues iones undamen ales plan eadas po su ob a: su concep o de a qui ec u a; las elaciones en e a qui ec u a y li u gia; y las elaciones en e a qui ec u a y na u aleza. T es cues iones que se encuen an a su ez es echamen- e en elazadas en el pensamien o de Van de Laan y que en g an medida con ienen las cla es de oda su ob a. Esas es cues iones pueden queda sin e izadas median e es a i maciones básicas, que a p ime a is a quizá esul en desconce an es pa a quien no es é amilia izado con su singula modo de discu i : 1) que la a qui ec u a es unda- men almen e una cues ión de núme os, de medidas, y que po ello sólo puede se en endida y p ac icada mo e geome ico; 2) que la a qui ec u a sac a c is iana es de ca ác e domés ico, es deci , que iene su undamen o úl imo en la casa; y 3) que la casa es el luga de mediación en e el homb e y la na u aleza, lo cual pa a Van de 133 Théma a. Re is a de Filoso ía, 38, 2007 4 C . H. an de Laan, Le nomb e plas ique, Leiden 1960; Li u gie e a chi ec u e, Gan e 1978; L’espace a chi ec onique, Leiden 1989. 5 C . R. Pado an, Dom Hans an de Laan, mode n p imi i e, Ams e dam 1994. 6 C . J. I. Linazaso o, «El iempo de enido. Dom an de Laan, una a qui ec u a de esencias», en A qui ec u a Vi a, nº 58 (1998), pp. 65-69. 7 H. an de Laan, Le nomb e plas ique, ci ., p. 1. 8 Ibid., p. 3. 9 Pa a una ca ac e ización del pun o de is a ma emá ico del núme o plás ico descubie o po Van de Laan, c . J. Aa s, R. Fokkink & G. K uij ze , «Mo phic numbe s», en Nieuw A chie oo Wiskunde, nº 2 (2001), pp. 56-58. Laan signi ica no sólo que la casa es á necesa iamen e inse a en el espacio na u al, sino sob e odo que es á llamada a comple a lo. Cada una de es as a i maciones se puede encon a ampliamen e desa ollada po Van de Laan en sus es lib os más impo an es: El núme o plás ico, Li u gia y a qui ec u a y El espacio a qui ec óni- co4, que oma é aquí como pun o de pa ida. Cie amen e, el modo de plan ea esas cues iones en los lib os ci ados es enomenológico y, po ello, Van de Laan excluye del hilo de su discu so cualquie conside ación basada en un azonamien o de ipo his ó ico. Pe o, a mi juicio, no es posible hace se ca go cabalmen e del alcance de los plan eamien os de ondo del a qui ec o holandés al ma gen de la his o ia, es deci , sin saca a la luz el as ondo his ó ico que subyace en su modo de en ende y p ac ica la a qui ec u a y, po an o, sin descende a sus aíces. Tan o los esc i os de Van de Laan –con su cons- an e e e encia a la expe iencia ísica del espacio, al mi a y al hace 5– como su ob a cons uida – an apa en emen e abs ac a y acional, an esencial, como se ha a i mado a menudo 6– no son ajenas a la expe iencia de la his o ia, has a el pun o de que, según sus p opias palab as, lo que Van de Laan p e ende es jus amen e « emedia un ol ido». Un ol ido que nos impide accede a lo que él denomina las «leyes in ínsecas de la a qui ec u a», aquellas que los an iguos conocían y aplica- ban, pe o que noso os, los mode nos, hemos ol idado. En los o ígenes de la a qui ec u a Se impone, pues, ol e a los o ígenes pa a eno a la a qui ec u a. Comenza é, po eso, indagando cuáles son esos undamen os p imigenios de la a qui ec u a que Van de Laan quiso eco da . El pun o de pa ida del a qui ec o holandés es hace no a que oda cons ucción depende de un conjun o de medidas. Al inicio de El núme o plás ico esc ibe: «El a qui ec o, nadie lo nega á, es un homb e con inua- men e ocupado de medidas y núme os»7. Pe o –a i ma á Van de Laan– la p ime a imposición de medida es men al: la que lle a a cabo el a qui ec o cuando concibe el edi icio. «En e ec o, lo que es á en el o igen de odo es el concep o que el a qui ec o se ha o mado del edi icio a cons ui , y la p ime a imposición de medida (...) debe pa i de un núme o especial, capaz de exp esa di ec amen e el concep o de la casa»8. Ese «núme o p opiamen e a qui ec ónico» es p ecisamen e el denominado «núme o plás ico». Y es que pa a Van de Laan, como pa a los an iguos, la o ma se co esponde siemp e con un núme o; un núme o odo lo singula que se quie a, no a i mé ico, sino geomé ico, pe o un núme o al in y al cabo9. Un plan eamien o como és e a noso os nos puede esul a cuando menos cu ioso, po que hemos ol idado los p incipios undacionales de la a qui ec u a; y, sin emba go, como e emos, e a el habi ual en e los a qui ec os has a el ad eni- mien o de la mode nidad. ¿Qué ha pasado en onces? Van de Laan di á que se ha ido sup imiendo p og esi amen e la mul iplicidad de unidades y de sis emas de medida que enían su o igen en la di e sidad de magni udes a medi ; así, po ejemplo, e a ecuen e medi las longi udes en pies y las anchu as en codos. En la medida en que, con la in oducción del me o y del sis ema decimal como modo uni e sal de medi , el núme o especí icamen e a qui ec ónico ha caído en el ol ido, debemos aho a «busca de nue o qué sis ema y qué módulo se imponen al a qui ec o en su p ime ac o a qui ec ónico, es deci , en esa imposición de medida inicial que no iene p ecedida de ningún le an amien o p e io, sino que es la consecuencia 134 Théma a. Re is a de Filoso ía, 38, 2007 10 H. an de Laan, Le nomb e plas ique, ci ., p. 5. 11 Con iene eco da a es e espec o que, como ha sub ayado ace adamen e Pado an, la unción del núme o plás ico no es de e mina ígidamen e las p opo ciones inales del edi icio, sino de ini , den o del con inuum del espacio na u al, los lími es den o de los cuales es as p opo ciones pueden se comp endidas. 12 C . W. Jaege , C is ianismo p imi i o y paideia g iega, México 1965. lógica de la noción que el a qui ec o se ha o mado de la casa que a a cons ui »10. Con iene ija se en que pa a Van de Laan esul a e iden e que en el o igen de odo es á un núme o, lo cual es an o como deci que las cosas son in eligibles de suyo y que, en consecuencia, esponden a «leyes» es ablecidas po una in eligencia: la de Dios, en el caso de los se es na u ales; la del homb e, en el caso de los se es a i iciales. Po eso, con el núme o plás ico, Van de Laan no p e ende simplemen e elabo a una eo ía pa icula que explique su a qui ec u a –aunque, desde luego, la explica, sin que po lo demás sea pa a él una no ma ígida que deba de e mina uní ocamen e cada medida del edi icio 11–, sino que es á p oponiendo in es iga de nue o esas leyes in ínsecas de la a qui ec u a que han caído en el ol ido. Decía que pa a noso os puede se di ícil compa i es e plan eamien o, pe o de lo que no hay duda es de que en onca con una adición que se man u o inal e ada en sus líneas undamen ales du an e siglos y que a anca de una de las in uiciones más é iles de la his o ia del pensamien o humano, la que se encuen a inculada al nomb e de Pi ágo as. La g an apo ación del maes o de C o ona y su escuela adica en su eo ía del núme o como exp esión de lo eal, en su a i mación de que la esencia de las cosas es á en los núme os. De hecho, no concebían el núme o como un en e ideal o abs- ac o, sino como un elemen o na u al cons i u i o de la ealidad; según ellos, odo lo eal puede se exp esado median e elaciones numé icas. Al pa ece es a idea cla e la ob u ie on de los es udios musicales; conc e amen e, pudo se susci ada po la obse ación de que las di e encias en e los sonidos se debían a elemen os cua i a i o-numé icos, ales como los di e en es pesos de los ma illos que golpea- ban un yunque o la di e sa longi ud de las cue das de la li a. Jun o al descub i- mien o de que el núme o es lo p ime o y p imo dial en la na u aleza, p on o com- p endie on que, den o de los núme os que llamamos na u ales, exis e una oposi- ción undamen al en e lo pa e lo impa , que en un p incipio pa ece i educ ible, pe o que se supe a po medio de la a monía, es deci , median e la unidad que es ablece en e los con a ios el núme o uno, ya que de él se de i an an o los núme os pa es como los impa es; y es o es, po ejemplo, lo que pe mi e ealiza ope aciones a i mé icas con ellos. Es a doc ina de la a monía de los con a ios la aslada ían a su concepción del uni e so (lo ío y lo calien e, lo cla o y lo oscu o, e c.) a a és de la idea de una a monía uni e sal, concebida musicalmen e. Y así, el núme o y la a monía se con i ie on en los p incipios mís ico- eligiosos del uni e so. Como es sabido, el pi ago ismo u o una in luencia pode osa e in e umpida en odo el pensamien o an iguo, en pa icula a a és de Pla ón, que i ió en el momen o de mayo esplendo de es a escuela y omó de ella muchas de sus ideas; pienso aho a sob e odo en el Timeo. Pe o no es sólo la iloso ía, sino oda la cul u a an igua la que es á empapada de pi ago ismo, como lo pone de mani ies o la ele- ancia o o gada en la paideia g eco- omana a disciplinas como las ma emá icas, la música o la as onomía, que in eg aban el quad i ium. En su empeño po da ida a una nue a cul u a, el c is ianismo no sólo no igno ó es as enseñanzas p oceden es de la cul u a g iega, sino que se es o zó po in eg a las en un sis ema de pensa- mien o que pe mi ie a exp esa la nue a e en ca ego ías accesibles a los homb es o mados en los ideales de la cul u a clásica. Alejand ía, la capi al cul u al del mundo helénico en los p ime os siglos de nues a e a, ue ambién la pa ia del neopi ago ismo y el luga en el que, de la mano de O ígenes, uno de los mayo es maes os de la his o ia del c is ianismo, se lle ó a cabo esa ecunda sín esis de e c is iana y cul u a helenís ica12. A a és del discu so de ag adecimien o que le dedicó su discípulo G ego io Tauma u go enemos no icia de allada del sis ema de enseñanza o igeniano, en el que las ma emá icas jugaban un impo an e papel: «La 135 Théma a. Re is a de Filoso ía, 38, 2007 13 G ego io Tauma u go, In O iginem o a io panegy ica 8. 14 Algunas e e encias básicas sob e la es é ica medie al de la p opo ción pueden encon a se en U. Eco, A e y belleza en la es é ica medie al, Ba celona 1997, pp. 42-57; sob e la es é ica agus iniana éase el es udio clásico de K. S oboda, La es é ica de san Agus ín y sus uen es, Mad id 1958. 15 S. Agus ín, De o dine 2, 15. 16 S. Agus ín, De musica 1,2; la de inición, que p obablemen e p oceda de Va ón, se encuen a en el De die na ali del g amá ico omano Censo ino. Pa a encuad a ese a ado agus iniano en el con ex o aquí apun ado, c . P. O aola González, El De musica de san Agus ín y la adición pi agó ico-pla ónica, Valladolid 2005. geome ía –dice G ego io e i iéndose a la enseñanza o igeniana–, po se inconmo- ible, la ponía como base y undamen o segu o de odo»13. Pe o no se ían los g iegos los llamados a di igi el umbo del pos e io desa o- llo de la cul u a occiden al, sino sus he ede os di ec os, los la inos. De ahí que ue a la es é ica pla onizan e de san Agus ín, con su descon ianza hacia el mundo de las imágenes y su c eencia incondicionada en la alidez absolu a de las elaciones ma emá icas, la que si ie a de undamen o inmedia o a buena pa e de la eo ía del a e medie al14. En su a ado De o dine, san Agus ín en endió la belleza como medida y p opo ción: «Sien o que nada me causa más place que la belleza –esc i- be–, y en la belleza las o mas, en las o mas las medidas y en las medidas los núme os» 15; y, en consecuencia, su céleb e de inición de la música como «scien ia bene modulandi»16, como el a e de medi bien, puede se aplicada con odo igo an o a la música como a la a qui ec u a, ya que lo que es álido pa a la música que escuchamos lo es igualmen e pa a las imágenes que emos. La di e encia en e ambas es iba ía an sólo en que mien as la música mide el iempo, la a qui ec u a se ocupa de medi el espacio. Po eso, pa a san Agus ín, la música y la a qui ec u a e an he manas, pues ambas son hijas del núme o; ambas ienen la misma dignidad, pues la a qui ec u a e leja la a monía e e na y la música la epi e como un eco. No es de ex aña , po an o, que san Agus ín se si ie a an o de la a qui ec u a como de la música pa a demos a que el núme o, sob e odo en las p opo ciones más sencillas que se basan en las consonancias pe ec as, es la uen e de oda pe ección es é ica. Y se si ió ambién del a qui ec o, al igual que del músico, pa a demos a que oda c eación a ís ica obse a esas leyes de los núme os. Aho a bien, con iene no pe de de is a a es e espec o una dis inción que san Agus ín aplica á an o a la música como a la a qui ec u a; me e ie o a la dis inción en e scien ia y a s. Recué dese que en la ci ada de inición agus iniana se dice de la música que es «scien ia bene modulandi», y aquí el é mino scien ia no es indi e- en e: en conc e o, se opone a a s. San Agus ín no niega que el ins in o o la habili- dad p ác ica puedan p oduci música –incluso los uiseño es lo hacen, di á–, del mismo modo que és a puede se ap eciada po una pe sona que simplemen e conoce lo que la ag ada. Pe o, pa a san Agus ín, esa comp ensión de la música, an o del lado de la c eación como del de la ecepción, pe enece a una ca ego ía in e io que es lo que él denomina un an o despec i amen e a s. La e dade a comp ensión de la música, la que conoce sus e dade as leyes, las aplica a la c eación musical y las descub e en una composición, es lo que él llama la scien ia de la música. Y és a es una ciencia ma emá ica, pues la medida (modus) que esa ciencia impone se basa en azones a i mé icas. Análogamen e, la a qui ec u a debe se conside ada como una «ciencia» que se basa en azones geomé icas. És e es el sen ido del adagio medie al a s sine scien ia nihil es , que oda ía a inales del siglo XIV el a qui ec o ancés Jean Migno eco daba a sus colegas i alianos que abajaban en la cons ucción de la ca ed al de Milán, donde el a s e a la des eza p ác ica ob enida de la expe iencia y la scien ia la capacidad de explica las azones que de e minan el p ocedimien o a qui ec ónico álido po mo i os acionales y, más exac amen e, geomé icos. En o as palab as, la a qui ec u a, pa a se lo ealmen e, había de basa se ineludible- men e en la geome ía; de o o modo, el a qui ec o es a ía abocado a acasa . La cues ión que en Milán se deba ía no e a si la ca ed al había de cons ui se según ó mulas geomé icas, sino simplemen e si se había de u iliza el iángulo equilá e- o o el cuad ado, ya empleado pa a aza la plan a, como base pa a el diseño del alzado. Y lo que Migno que ía eco da e a jus amen e que las di icul ades apa eci- 136 Théma a. Re is a de Filoso ía, 38, 2007 17 El episodio se encuen a ecogido en O. on Simson, La ca ed al gó ica, Mad id 1980, p. 41. 18 Vi ubio, De a chi ec u a 3, 1. das –y que habían mo i ado que los i alianos le consul a an– se debían a habe abandonado el diseño «con o me a la medida cie a»17. Si aigo aquí es a e e encia a la es é ica agus iniana –más a de e omada y pe eccionada po Boecio–, que limi aba odo el p oceso c ea i o, desde el p ime dibujo has a la composición ya e minada, a los es ic os con ines de de e minadas leyes geomé icas, no es po que sea pa icula men e o iginal o no edosa, sino jus amen e po que esul a se la co ea de ansmisión de unos modos de e y de hace , de unos p incipios omados de la An igüedad –el a ado de Vi ubio es un cla o es imonio de ello–, que a a és de la au o idad del pensamien o de san Agus ín iban a pe i i y con o ma oda la a qui ec u a medie al c is iana. Y es que, pa a an iguos y medie ales, el a qui ec o no e a lib e de con ia en su in uición cuando se a aba de medidas y p opo ciones, es deci , del más ele ado de odos los p incipios de la es é ica; eco demos que Vi ubio de inía la p opo ción como «la con eniencia de medidas a pa i de un módulo cons an e y calculado, y la co es- pondencia de los miemb os o pa es de una ob a y de oda la ob a en su conjun o», y señalaba que és a debía se «esc upulosamen e obse ada»18. Ni siquie a el a qui ec o e a lib e pa a escoge las ó mulas ma emá icas en las que habían de basa se las p opo ciones, ya que an o san Agus ín como Boecio insis ían en que sólo habían de admi i se las « azones pe ec as» de la mís ica pi agó ica. De ahí que se conside ase que la pe ección del edi icio es aba en la pe ección de sus p opo cio- nes, las cuales hab ían de ob ene se, no siguiendo la in uición pe sonal, sino po medio de una exac a de e minación geomé ica. Se en iende, pues, que la al a Edad Media de inie a la a qui ec u a como «geome ía aplicada» y que, siguiendo ambién en es o an o a Vi ubio como a san Agus ín, pusie a un ex ao dina io cuidado en dis ingui al e dade o a qui ec o, que dominaba las a es libe ales y, po an o, conocía la «ciencia» pu amen e eó ica de la a qui ec u a, del mejo ejecu o , que se limi aba a segui una écnica consa- g ada po la p ác ica común. Con es o en onca, cla o es á, la ei indicación que ha á el Renacimien o del a is a en gene al, y del a qui ec o en pa icula , como un humanis a, como un in elec ual que no se limi a a la aplicación de un «a e mecáni- ca». Pe o no se a a sólo de una me a cues ión de sociología de la p o esión. Se a a, sob e odo, de que, más allá de sus e iden es di e encias es ilís icas y de su di e so modo de in e p e a las, an o la g an a qui ec u a an igua, singula men e la g iega –pensemos en los emplos de la ac ópolis a eniense–, como la medie al, ománica y gó ica –ahí es án pa a demos a lo ejemplos señe os como la abadía de San Miguel de Hildesheim o la ca ed al de Cha es–, y la enacen is a o la ba oca –desde la b unelleschiana capilla Pazzi has a el San Ca lino alle Qua o Fon ane de Bo omini–, esponden a un p eciso sis ema de p opo ciones geomé icas. Pode- mos quizá es a más amilia izados con el sis ema de los ó denes clásicos, que de e minaban oda la composición del edi icio omando como módulo el ancho del us e de la columna, pe o hoy sabemos que ambién los a qui ec os gó icos, dada nada más que una de las dimensiones básicas, podían desa olla odas las demás magni udes de la plan a y el alzado po medios es ic amen e geomé icos, usando como módulos cie os polígonos egula es, sob e odo el cuad ado. Con es a adición de la a qui ec u a como «geome ía aplicada», como ma emá- ica enca nada en una ma e ia sensible, es con la que hay que pone en elación la ob a de Van de Laan, és os son los o ígenes con los que el a qui ec o holandés p e ende econec a . Y ello no po ningún pa icula in e és ilológico, sino po el con encimien o de que sólo ol iendo a e lexiona sob e el «núme o a qui ec ónico» pod emos esol e de mane a adecuada el p oblema de la « o ma» en la a qui ec u a con empo ánea. Pa a eso conside a necesa io, pa iendo de un análisis del modo en que unciona la pe cepción humana, descub i el ins umen o capaz de cons ui un o den a i icial cong uen e con el na u al; más aún, que lo comple e. Según Van de Laan, ese o den a i icial, en la medida en que iene exigido po la p opia expe ien- cia humana, ha de se in eligible; in eligibilidad que le end á p opo cionada po la a monía de sus medidas, las cuales hab án de es a some idas a las eglas del 137 Théma a. Re is a de Filoso ía, 38, 2007 19 H. an de Laan, Le nomb e plas ique, ci ., p. 117. 20 C . H. an de Laan, «Li u gia e a chi e u a», en A. Fe lenga & P. Ve de, op. ci ., pp. 192-193. 21 Ibid., p. 193. «núme o plás ico» po él descubie o. Esas eglas, cie amen e obje i as, que incu- lan en e sí las di e en es medidas de un edi icio, no es án sin emba go de inidas uní ocamen e de una ez po odas y deben, po an o, adap a se a las écnicas, los ma e iales y las necesidades ac uales. De ahí, dice Van de Laan, que «sea u gen e ecupe a esa ciencia, pues pa a de e mina los nue os o denamien os ningún ejemplo conc e o nos puede se i de guía»19, donde el é mino «ciencia» hay que en ende lo en sen ido agus iniano y el é mino «o denamien o» en el sen ido que le die a Vi ubio al e e i se a las elaciones mu uas en e las medidas de un edi icio. En los o ígenes del espacio sac o c is iano Pe o además de se a qui ec o, Van de Laan e a ambién sace do e ca ólico. Y, en cuan o al, no sólo desa olló un comp ensible in e és po conoce en p o undidad odo lo ela i o al cul o c is iano, sino que ambién u o ocasión de que ese conoci- mien o die a o ma a su ob a a qui ec ónica, ya que hubo de ocupa se de p oyec a di e sas iglesias, singula men e la del monas e io de Vaals en el que anscu ió buena pa e de su dila ada ida. En su lib o Li u gia y a qui ec u a, dedica unas páginas e dade amen e memo ables a explica algo que quizá a p ime a is a pueda esul a so p enden e, sob e odo si lo que enemos en men e cuando pensa- mos en un emplo c is iano son las ca ed ales o las g andes iglesias monumen ales de muchas de nues as ciudades; me e ie o al ca ác e domés ico del espacio sac o c is iano. En el lib o que acabo de ci a , Van de Laan señala que las iglesias c is ianas no ienen nada en común con los emplos paganos de la An igüedad. És os –a i ma 20– enían a se una e sión educida de la ciudad en que se encon aban, la cual po la consag ación del emplo había quedado dedicada al dios i ula del mismo y espe aba así ecibi a cambio su p o ección. Po eso mismo, los emplos de g iegos y omanos han de se conside ados como o mas monumen ales de la sociedad, es deci , como o mas que han sido ele adas a la condición de signos. Pe o, como es sabido, el educido espacio in e io de esos emplos no pe mi ía que ue an luga es de eunión de los ieles; se ían an sólo pa a conse a la imagen del dios co es- pondien e. Aho a bien, no es es o lo que, según Van de Laan, sucede con las iglesias c is ianas, que son obje os li ú gicos y, po ello, no pueden se con adas en e las o mas monumen ales de la sociedad, po cuan o en el cul o c is iano es el conjun o de las o mas li ú gicas –y no los elemen os li ú gicos omados singula men e– lo que iene ca ác e de signo. Una iglesia c is iana es, po ello, un obje o a qui ec ó- nico pe ec amen e eal, que p opone la o ma elemen al de la casa. Es, si se quie e, «la casa en su o ma más pu a y noble» 21; una casa que los homb es han cons uido y enunciado a habi a , pa a des ina la exclusi amen e a acoge las mani es acio- nes comuni a ias de la eligión. Todas las o mas sociales allí p esen es, desde los asos sag ados has a las es idu as sace do ales, han sido sus aídas a su uso o igina io y adquie en po eso el alo de signos. El simple hecho de pe manece uno allí es ya, po sí mismo, un es imonio eligioso. Es a deducción –que incula inmedia amen e el cul o c is iano con la casa, y no con la ciudad, como sucedía con las eligiones an iguas en la época clásica– la lle a a cabo Van de Laan exclusi amen e a pa i de un análisis de la dis inción en e o mas na u ales, o mas sociales y o mas li ú gicas, y del es ablecimien o de sus espec i as elaciones, al como se dan en la expe iencia humana y en la li u gia c is iana. De ahí que Van de Laan señale que «así como, en igo , no se puede habla de «c eación» al habla de las cosas que hacemos –ya que se a a siemp e de una ans o mación de un da o de la na u aleza–, hay que gua da se igualmen e de en ende el conjun o de las o mas sociales como algo au ónomo, cuando no es más que una me a eacción humana an e el mundo de las o mas na u ales pa a adap- 138 Théma a. Re is a de Filoso ía, 38, 2007 22 Ibid., p. 191. 23 Juan 1, 35-39. 24 Ma cos 16, 14. 25 C . Hechos 1, 12-14 y 2, 1-4. 26 Ibid. 2, 46. 27 Ibid. 12, 12. 28 C . R. Kan o , «La casa como es uc u a gen ilicia adop ada po los p ime os c is ianos», en Ius Canonicum, nº 87 (2004), pp. 233-263 29 Romanos 12, 1. a lo a la exis encia del homb e»22. Y las p ime as cosas que el homb e necesi a pa a i i son la comida, el es ido y la i ienda, la casa, que cons i uye su mo ada, el luga en que los homb es se elacionan en e sí y el modelo del luga en que los homb es en an elación con Dios. Su discu so, po an o, dis a mucho de se his ó ico; sin emba go, lo que p opone enlaza di ec amen e con la expe iencia del c is ianismo p imi i o, al como lo conocemos a a és las uen es his ó icas, an o li e a ias como a queológicas. Veámoslo. De la lec u a de los esc i os neo es amen a ios se deduce que, en la ac i idad de Jesús de Naza e , la casa u o un ex ao dina io p o agonismo, ya que de hecho su p edicación se lle ó a cabo undamen almen e en el ámbi o domés ico. Así se desp ende del más an iguo de los E angelios, el de Ma cos, que sub aya de mane a pa icula que la casa es luga de la ins ucción. Igualmen e Juan ecue da cómo a la p egun a de sus p ime os seguido es: «¿dónde i es?», Jesús esponde: « enid y lo e éis», in i ándoles a conoce su casa, donde pasa on con él el es o del día23. Lucas, po su pa e, es ablece una elación muy es echa en e acoge en la casa y pa icipa en la mesa. Así, después de la esu ección, Jesús se apa ece a los após oles p ecisamen e «cuando es aban a la mesa»24, p obablemen e en la misma casa en que se eunían habi ualmen e as la ascensión de Jesús a los cielos y donde les so p ende á la enida del Espí i u San o el día de la ies a judía de Pen ecos és 25; aquella es ancia, el cenáculo de Je usalén que según la adición ue ambién el luga de la úl ima cena, cons i uye la p ime a iglesia c is iana. Esa misma p axis se man end á en las p ime as comunidades c is ianas, que según el ela o de Lucas se eunían en las casas an o pa a celeb a el cul o euca ís ico –«pa ían el pan en las casas» 26– como pa a la o ación –« ue a casa de Ma ía, la mad e de Juan, llama- do Ma cos, donde había bas an e gen e eunida en o ación» 27–. Tan o en los Hechos de los Após oles como en las Ca as paulinas la casa es el luga del cul o c is iano: «La iglesia que se eúne en su casa» es la exp esión que san Pablo emplea una y o a ez pa a e e i se a esas p ime as comunidades de ieles c is ianos. El p imi i o cul o c is iano es, pues, de ca ác e domés ico, po que en un p ime momen o se celeb a en las casas: en es o las uen es más an iguas son unánimes28. Aho a bien, si nos p egun amos de donde nacen las disposiciones li ú gicas más an iguas, es deci , el modo de o ganiza se ese cul o p imi i o, la espues a más segu a es que, aunque no a de en independiza se de él y adqui i o ma p opia, su o igen se encuen a en el cul o judío. No, cie amen e, en el cul o sac i icial del Templo de Je usalén, cuya des ucción ya había p o e izado el p opio Jesús, sino en el cul o sinagogal: de ahí a anca la li u gia de la palab a que p ecede en la misa c is iana a la li u gia p opiamen e euca ís ica, cuyo o igen es á, como es ob io, en la úl ima cena (que ue un banque e i ual judío). Y es que con iene no pe de de is a la es echa inculación que exis ía en la li u gia judía en e la sinagoga, que es el luga de la p oclamación comuni a ia de la palab a, y las comidas i uales celeb adas en amilia, que e an el complemen o necesa io del cul o sinagogal. Reco demos aquí que no po casualidad san Pablo de ine el cul o del c is iano como una logike la eia29, como un cul o espi i ual ealizado po medio del logos, de la palab a: como una o a io, di án más a de los Pad es de la Iglesia al de ini la esencia de la euca is ía como un sac i icio de la palab a, aunando así en un solo concep o la e de Is ael y la espi i ualidad helenís ica. Resul a, po an o, pe ec amen e na u al pensa que la li u gia c is iana hunde sus aíces en el ámbi o de lo judío; no pod ía habe sido de o o modo. Es más, me pa ece que se puede a i ma que, en cie o sen ido, el c is ianismo p imi i- o «he edó» de la sinagoga ese ca ác e domés ico, amilia , que le e a p opio. Ese 139 Théma a. Re is a de Filoso ía, 38, 2007 30 S. Jus ino, I Apologia 67, 1-7. 31 Minucio Félix, Oc a ius 32, 1. 32 C . R. K au heime , A qui ec u a paleoc is iana y bizan ina, Mad id 41993, pp. 29-31. 33 Pa a lo que sigue en elación con las sinagogas judías, las an iguas iglesias si ias y las basílicas ca ác e amilia de la sinagoga lo hallamos en la es echa elación exis en e en el judaísmo en e la casa de o ación y las casas amilia es, en e li u gia sinagogal y comidas i uales, lo cual explica ambién la p opia es uc u a del cul o c is iano, que no a da á en in eg a den o de una única celeb ación la li u gia de la palab a y la li u gia euca ís ica, como ansmi en las uen es más an iguas, en e las cuales ninguna an exp esi a como la p ime a Apología de Jus ino, el ilóso o má i : «El día que se llama del sol se iene la eunión en un mismo si io de odos los que habi an en la ciudad o en el campo. Se leen las memo ias de los após oles y los esc i os de los p o e as, an o iempo como es posible. Cuando el lec o ha e mina- do, el que p eside oma la palab a pa a inci a y exho a a la imi ación de an bellas cosas. (...) Luego se lle a al que p eside pan y una copa de agua y ino mez- clados. (...) Cuando el que p eside ha hecho la acción de g acias y el pueblo le ha espondido, los que en e noso os se llaman diáconos dis ibuyen en e odos los que es án p esen es pan, ino y agua consag ados –euca is izados, se lee en el ex o g iego– y los lle a a los ausen es. Llamamos a es e alimen o “euca is ía”»30. Aquí enemos ya pe ec amen e desc i a en su o ma de ini i a la euca is ía c is iana, as un p oceso de o mación que no debió du a más de un siglo, pues Jus ino debió mo i hacia el año 165. Pe o ¿qué podemos deci de las ca ac e ís icas del luga en que ese cul o se celeb aba? Cie amen e, du an e su p ime siglo de ida las comunidades c is ianas se mo ie on en el limi ado ámbi o de la a qui ec u- a domés ica, como lo mani ies a la ya ci ada exp esión paulina «la iglesia que se eúne en su casa». Ello signi ica que en un p incipio los ieles se eunie on pa a el cul o en aquellas casas pa icula es en que había una sala con capacidad su icien e pa a acoge a la comunidad, p obablemen e un comedo . Po eso podía esc ibi Minucio Félix a inales del siglo II: «¿Pensáis que ocul amos lo que ado amos po que no enemos emplos ni al a es?»31. Y es que has a el siglo III no exis ió una a qui ec- u a p opiamen e c is iana. Sin emba go, el c ecien e núme o de ieles p on o obligó a la comunidad c is iana a adqui i algunas de es as casas y adap a las a las necesidades del cul o, dando luga a lo que las uen es esc i as denominan oikos ekklesias en g iego y domus ecclesiae en la ín. Se a a de un ipo de edi icio que ambién conocemos po algunos es os a queológicos, como los apa ecidos en Du a Eu opos, una ciudad omana a o illas del Eú a es, en el ex emo o ien al del Impe io32. Es as domus ecclesiae con enían no sólo un espacio dedicado a la celeb ación de la euca is ía, sino ambién o as dependencias anejas como un es ibulum pa a los ca ecúmenos, salas dedicadas a la adminis ación del bau ismo (bap is e ium) o de la con i mación (consigna o ium), e c. En el modo de o ganiza se, el espacio p opia- men e celeb a i o ambién ha de se pues o en elación con la sinagoga judía; al menos así lo es imonian las p ime as iglesias si ias, que son las más an iguas iglesias que conocemos y que pa ecen una e sión c is ianizada de las sinagogas. A eces se piensa que és as di e ían del Templo de Je usalén en que no e an nada más que un luga de enseñanza, una especie de escuela de la palab a sag ada; sin emba go, den o del judaísmo, en onces como aho a, es a enseñanza sólo iene sen ido en el ma co de esa especialísima p esencia del Dios de Is ael en medio de su pueblo que se llamó la shekinah, de la cual ecibe su ue za y su alo : una p esen- cia de la que podían deci los abinos que se encuen a allí donde diez judíos leen y medi an jun os la Ley de Moisés, la To ah. El luga po an onomasia de la shekinah e a el p opicia o io del a ca de la alianza cus odiada en el debi del Templo, hacia el cual la sinagoga debía es a o ien ada, pa a signi ica así la con inuidad ideal exis en e en e cul o sinagogal y cul o sac i icial. Po eso, oda sinagoga se en endía e e ida al Templo de Je usalén. En ningún momen o c ea on los judíos un ipo de edi icio o iginal pa a sus sinagogas, sino que oma on p es ado el de la basílica g iega, que e a la cons uc- ción des inada a las euniones públicas en la cul u a helenís ico- omana33. También 140 Théma a. Re is a de Filoso ía, 38, 2007 omanas me he se ido de L. Bouye , A qui ec u a y li u gia, Bilbao 2000, pp. 29-64. 34 Puede e se al espec o la pene an e sín esis de J. Ra zinge , El espí i u de la li u gia. Una in oducción, Mad id 2001, pp. 96-106. 35 Didascalia apos olo um 2, 57, 3. en es o se pone de mani ies o la es echa con inuidad exis en e en e la sinagoga judía y la iglesia c is iana, ya que, como es bien sabido, la basílica se á ambién el ipo que los c is ianos adop a án pa a sus iglesias ya desde del siglo III, pe o sob e odo a pa i del edic o de Milán del año 313. Es o po lo que se e ie e a la o ma del edi icio, pe o ¿cómo es aba o ganizaba una sinagoga? En su in e io , cada sinagoga es aba ocalizada en o no a dos pun os neu álgicos, cuya elación e ela el dinamismo espi i ual de la li u gia sinagogal judía. Esos pun os e an: una cá ed a ce emonial denominada la «cá ed a de Moisés», si uada en medio de la na e y que ep esen aba el luga desde el que Ya eh ins uye a su pueblo po medio de su Palab a i a, y un a ca de made a en cuyo in e io se conse aban las Esc i u- as, que se hallaba o ien ada hacia el A ca de la Alianza del Templo, a la cual emi ía y que po eso mismo se encon aba, como aquélla, p o egida po un elo y an e la cual a dían las lámpa as del meno ah, el candelab o de sie e b azos, pa a signi ica la p esencia de Ya eh a a és de su palab a consignada en la Esc i u a. En e ambos ocos se si uaba la bema, un es ado sob e el que exis ía un a il desde el cual se leían los lib os sag ados, la Ley y los P o e as. No a da ía, sin emba go, en inicia se una endencia a ap oxima y euni en un único disposi i o la bema, la cá ed a de Moisés y los asien os de los ancianos, en o no al cual se a acimaba la asamblea pa a la o ación común y la escucha de la palab a. Una ez que el Templo de Je usalén ue des uido po Ti o el año 60, el cul o sinagogal inco po a ía ade- más algunas de las o aciones i uales p opias de los sac i icios o ecidos po los sace do es en el Templo, lo que, a juicio de los abinos, hizo de la li u gia de la sinagoga, den o de la adición del iempo sin Templo, un cul o sac i icial equi a- len e. Como acabo de señala , el ipo más an iguo de iglesia c is iana que conocemos es el las iglesias si ias, que han sob e i ido más o menos has a nues os días en las iglesias nes o ianas, las cuales han conse ado adiciones muy a caicas de un ue e sabo semi a, que se pe die on de ini i amen e con la comple a helenización de la Iglesia bizan ina. U ilizando, como las sinagogas judías de comienzos de nues a e a, edi icios de ipo basilical, su disposición pa a el cul o es muy semejan e al de és as. De hecho, el cen o de la na e lo ocupa la bema, con el a ca, en la que aho a se gua dan los E angelios, y la cá ed a que aho a ocupa el obispo, odeado de los p esbí e os que se sien an a su al ededo . Exis en, no obs an e, dos no edades undamen ales: la p ime a es que la iglesia no se halla o ien ada hacia Je usalén, sino hacia el es e, y la segunda es la p esencia de un al a en el ábside, an e el que se ha colocado un segundo elo. ¿Qué signi icado enían es as no edades 34? En p ime luga , que pa a la p imi i a c is iandad la Je usalén e es e había pe dido odo su sen ido; en cambio, la o ien ación hacia el es e, el luga po donde sale el sol, símbolo de C is o, se con e i á en la imagen capaz de ep esen a su espe a esca ológica de la pa u- sía, de la segunda enida de C is o. O a mi ando hacia o ien e es aba conside ado como una adición apos ólica, como lo es imonian an o Te uliano como O ígenes en sus espec i os a ados sob e la o ación. También las uen es li ú gicas insis en en es e pun o y así, en la Didascalia apos olo um, una ob a esc i a en Si ia hacia mediados del siglo III, se lee que el luga que han de ocupa el obispo y los p esbí e- os había de es a «mi ando hacia o ien e» (in pa e domus ad o ien em e sa)35. En segundo luga , el al a , que ep esen a la mesa de la cena euca ís ica y, en cuan o al, se con e i á en símbolo po an onomasia de C is o, que se hace p esen e sob e él bajo las especies de pan y ino. En las iglesias si ias el al a es aba colocado an e el mu o o ien al o el ábside. Si los judíos en la sinagoga pa a escucha la palab a de Dios mi aban hacia el a ca y, más allá de ella, hacia el debi del Templo, luga que ella e ocaba, los c is ianos en sus iglesias, al escucha la Palab a, son conducidos desde el a ca al al a y, más allá del p opio al a , no mi an a ningún luga de es e mundo, sino hacia o ien e, símbolo de ese C is o, sol salu is, cuyo eg eso espe an. 147 Théma a. Re is a de Filoso ía, 38, 2007 55 G ego io de Nisa, O a io ca eche ica magna 26, 8. 56 G ego io de Nisa, De hominis opi icio 17. 57 Los Pad es g iegos in e p e a án a menudo en es e sen ido el ex o de la pa ábola del hijo p ódigo (Lucas 15, 11-32). El signo de la uel a a la casa del pad e, de la econciliación con Dios, se ía la ecupe ación de ese «p ime es ido» (s olen en p o en) que se había pe dido. 58 Apoph hegma a pa um 36. 59 S. Beni o, Regula monacho um 43, 3. subyace en la no siemp e bien comp endida apoka as asis de O ígenes y, a a és de él, es á ambién p esen e en G ego io de Nisa, p obablemen e el más g ande de los Pad es g iegos, quien a i ma á: «Pues o que as la gos odeos la na u aleza ue libe ada del mal (del mismo que aho a es á mezclado y ha c ecido con ella), cuando se haga e ec i a la es i ución a su p ís ino es ado de los que aho a yacen en la maldad, se alza á una sin onía de acción de g acias de oda la c eación» 55; y en o o luga : «La g acia que espe amos es la de ol e a la ida de los o ígenes, cuando sea de nue o conducido al pa aíso el que había sido a ojado de él»56. Así, pues, en la medida en que el monje, a a és de la ascesis, alcanza ya en es a ida un al o g ado de unión con Dios, me a úl ima de los a duos comba es que sos iene, ecupe a ambién «el p ime es ido» que Adán había pe dido po el pecado 57; y, como u o de odo ello, as habe econquis ado la paz con Dios y consigo mismo, puede es ablece a su ez la paz con la c eación, ci cuns ancia es a que iene su mani es ación ex e io en la sujeción de las c ia u as: «La obediencia y la con inencia –se lee en las Sen encias de los pad es– some en las ie as a los homb es»58. És e es el camino que con ie e la li u gia benedic ina de las ho as en in é p e e de la ado ación que la c eación en e a o ece a Dios. Pe o ese ca ác e cósmico de la li u gia hace no sólo que el mundo c eado se inco po e a la o ación de la comunidad monás ica, sino que po ello mismo esa o ación siga los i mos de la na u aleza –el día y la noche, las di e sas es aciones, e c.–, como esul a e iden e en la p opia es uc u a ijada po la Regla benedic ina pa a el «o icio di ino», que no po casualidad es denominado «li u gia de las ho as». Una li u gia a la cual, según san Beni o, «nada debe an epone se»59, po que cons i uye el o icio esencial del monje. Así, la ida o dina ia de és e, cen ada en o no al es udio y el abajo manual, encuen a su sen ido ascenden e a a és de su in oducción en ese nue o o den c is iano, condensado en la conocida máxima o a e labo a. En es e con ex o pienso que se en iende mejo el p o undo signi icado de la con inua p esencia de la na u aleza en el in e io de los edi icios monás icos de Van de Laan, cons uidos pa a ma e ializa esa mediación en e el homb e y la na u a- leza que la a qui ec u a es á llamada a ealiza , según se lee en los esc i os eó icos del monje holandés. Una p esencia que no se limi a a las ex ao dina ias en adas de la luz na u al en los di e sos espacios in e io es del monas e io, que pe mi en simul áneamen e con empla la ondosa ege ación de la hue a a a és de las en anas del edi icio, sino que a ambién más allá, alcanzando al en o no na u al de la hue a, que se encuen a comple amen e a qui ec u izado po el empleo del núme o plás ico pa a el diseño de se os y pa e es. Desde es e pun o de is a, pienso que Van de Laan pod ía a i ma con el pin o ancés Geo ges B aque que, más que de imi a a la na u aleza, enía el deseo de pone se al unísono con ella, es deci , de con inua la: el a e, pa a Van de Laan, es con inua io na u ae. Ese o den a i icial que la a qui ec u a de Van de Laan, como la pin u a cubis a de B aque, in en a cons ui , iene po obje o es i ui la in eligibilidad de un mundo, el nues o, pa a así hace lo habi able. Po eso, insis e Van de Laan en que la casa –es deci , la a qui ec u a– no sólo se encuen a inse a en la na u aleza, sino que la comple a. Y es que la na u aleza, po ene su p opio i mo y sus p opias leyes, no es, en cuan o al, obje o de la a qui ec u a, sino su necesa ia condición p e ia. Pe o no po ello las o mas de la a qui ec u a han de en a necesa iamen e en con a- dicción con el o den na u al, p o ocando un «deso den», pues o que, como ya an es he eco dado, ci ando palab as del a qui ec o holandés, «pueden se el ema de un nue o o den, un o den a i icial, que iene a su ez un luga en la na u aleza», en la medida en que obedezca a las eglas del «o denamien o», basadas en el núme o plás ico. Se á en odo caso un o den p o isional, agmen a io y limi ado, como un indicio o señal de ese o den de ini i o, de ca ác e esca ológico, ese ado a los cielos nue os y la ie a nue a que cons i uyen el con enido de la espe anza c is iana, en 148 Théma a. Re is a de Filoso ía, 38, 2007 60 Apocalipsis 21, 22 y 22, 1-2. 61 Salmos 23, 1. 62 R. Pado an, op. ci ., p. 227. los que el homb e y la na u aleza la i án al unísono sin necesidad de mediación a qui ec ónica alguna, ya que «allí no hab á emplo», como a i ma el Apocalipsis, sino «un ío de agua i a (...) y á boles de la ida, que dan doce u os al año, uno po cada mes, cuyas hojas si en pa a cu a a las naciones»60. Son esos cielos nue os y esa ie a nue a los que los es os de Van de Laan agua dan ya en el cemen e io de Vaals, po él p oyec ado, mien as su alma descansa –como se lee en la pied a colocada en el cen o del semicí culo que o man las umbas– in pascuis i en ibus, «en las e des p ade as»61 de la e e nidad. Mien as an o, su ob a nos o ece, como ha señalado Richa d Pado an, «no sólo una eo ía de la a qui ec u a, sino un sis ema de ca ego ías que con ie e la casa en un ins umen o de pensamien o que podemos aplica , po analogía, al mundo en gene al: no sólo una machine à habi e , sino una machine à medi e »62.* * * Vic o iano Sainz Gu ié ez Escuela Técnica Supe io de A qui ec u a Uni e sidad de Se illa e-mail: [email p o ec ed]