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Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 La obra histórica de Edward Gibbon. Un ensayo de valoración1 Edward Gibbon's Geschichtswerk. Ein Versuch zu seiner Würdigung Jacob Bernays Gibbon advirtió que es raro que el anticuario y el filósofo se fundan felizmente, pero Jacob Bernays (1824-1881) encarnó ejemplarmente esa figura, a la que añadió la fidelidad al judaísmo. Discípulo de F. Ritschl –el maestro de Nietzsche y Rohde– y amigo de T. Mommsen, llegó a tener un dominio completo de la filología y sus repercusiones en la actualidad. Su interés por Gibbon se manifestó en numerosas conferencias y en las notas de trabajo que traducimos a continuación, de las que Arnaldo Momigliano escribió que no habían perdido su valor cien años después; más de medio siglo ha pasado desde esa apreciación inalterable. El texto, que reproducimos literalmente sin intervención editorial, se encuentra en Gesammelte Abhandlungen von Jacob Bernays, ed. de H. Usener, Verlag von Wilhelm Hertz, Berlín, 1885, vol. 2, pp. 206-254. Entre corchetes figuran las aclaraciones del editor alemán (su gran discípulo Usener). Agradecemos al profesor Venancio Andreu Baldó la revisión de la traducción. * Relaciones de los contemporáneos y la posteridad con Gibbon. Carta de Adam Smith. Traducción de Wenck. Lessing. Lang. Hugo. Niebuhr. Schelling. Con la llegada del Romanticismo, el reconocimiento se atenúa. Gentz. Solo Löbell lo presenta como un patrón histórico2. Primer caPítulo. Cronología de la obra y lo más relevante de su vida. La intuición de que tenemos que enfrentarnos a tres obras es indispensable para la consideración de Gibbon como 1 La traducción al español del artículo corresponde a la Escuela de Traductores de la Torre del Virrey. 2 [De forma secundaria se reconocen también los nombres de Porson, Herder, Tocqueville.]
612 Jacob Bernays Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 Segundo caPítulo historiador de la Iglesia. Los capítulos 15 y 16 son los más débiles porque son los más antiguos; están por detrás de los ensayos similares de Lessing y Voltaire. En la Vindicación se muestra lo limitadas que eran sus lecturas patrísticas. Los mejores, los vols. 2 y 3. Descuido de la constitución de la Iglesia. Situación en el siglo XViii. Ejemplos: poder secular del Papa, consecuencias de la Reforma. tercer caPítulo. Historiador político. Su falta de crítica en la historia más antigua. Crítica inferior. Comparación con Schlosser. Lucha de Esparta contra Mably. cuarto caPítulo. Historiador cultural. Relación con Voltaire y Robertson. Ejemplos. Quinto caPítulo. Artista historiográfico. Concepción, agrupación, vista panorámica. Arte narrativo. Innuendo. Relación de las notas con el texto3. A lo largo de 1788, Edward Gibbon envío a sus amistades la segunda parte de su Historia de la decinación y caída del Imperio romano, es decir, la última mitad que constaba de tres volúmenes en cuarto y, a finales de ese mismo año, recibió esta carta: Edimburgo, 10 de diciembre de 1788 Mi querido amigo, debo disculparme diez mil veces por no haberle agradecido desde hace tiempo el regalo más agradable que me ha hecho con los tres últimos volúmenes de su historia. No encuentro palabras para expresar mi alegría al percibir que, según el juicio unánime de todos los hombres de gusto y saber, esta obra le pone a la cabeza de toda la tribu literaria de la Europa actual4. Sigo siendo siempre un querido amigo. Suyo, Adam Smith. El reconocimiento unánime de los círculos ingleses más cultos, al que el fundador filosófico de la economía nacional da expresión con una sencillez de tanto peso, encontró pronto su eco en Alemania. Lessing, que por aquel entonces lideraba con toda su alma la lucha por la liberación teológica, cayó en la cuenta, poco después de la publicación del primer volumen (1776), del nuevo fenómeno que llenaba de ruido y horror las filas de los ortodoxos ingleses. Elise Reimarus5 escribe a Hennings el 8 de enero de 1779: “¿Conoce 3 [La siguiente versión de la introducción y de una parte del primer capítulo, pensada para su impresión y basada en un plan algo modificado, fue redactada en 1874.] 4 It sets you at the very head of the whole literary tribe at present existing in Europe. Gibbon, Miscellaneous Works, edición en cuarto, Londres, 1796, vol. I, p. 683 [en adelante, MW]. 5 Wattenbach, Zu Lessing Andenken, en Neue Lausitzischen Magazin, vol. 38, p. 215 (separata, p. 23).
613 La obra histórica de Edward Gibbon. Un ensayo de valoración Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 usted el libro Imperio romano de Gibbon? Está escrito por un librepensador y contiene muchas cosas buenas, especialmente en lo referente a la difusión de la religión cristiana. Lessing ha sido el primero en decírnoslo”. Ese mismo año de 1779, es decir, bastante tiempo antes de la publicación del segundo volumen, F. A. W. Wenck, profesor de historia en Leipzig, que gozaba de una merecida reputación, comenzó una traducción al alemán del primero6, a la cual prestó valor duradero –también para los que conocen el original– la rectificación de los errores juveniles de Gibbon que a veces se encuentran en esta primera sección de la obra. La fama de Gibbon amplió todavía más su presencia en Alemania gracias a Hugo, profesor de jurisprudencia en Gotinga. Años más tarde, este cofundador de la escuela histórica del Derecho, ingenioso en sus años de juventud y famoso por su sarcasmo pedante en su vejez, encontró que valía la pena publicar –precisamente porque Gibbon “no ha pertenecido a ningún colegio sobre las instituciones ni es profesor de Derecho”–7, su cuadragésimo cuarto capítulo como un folleto especial, con el título ‘Estudio histórico del derecho romano’, en una edición alemana (Gotinga, 1789). En esta predilección por Gibbon compitieron, con los estrictos eruditos, los amplios círculos de amigos de la literatura inglesa que entonces se propagaban por Alemania. El caballero von Lang8 cuenta que en los años ochenta del siglo pasado “se tumbó en el césped de un jardín de la corte, acogió los agradables sonidos de Gibbon” y mejoró su inglés. Del mismo modo, el digno amigo de Schiller, Körner9, que intentó una traducción de Gibbon, trató de dirigir al poeta al estudio de la lengua inglesa a través del historiador. Sin embargo, todos estos reconocimientos de los cultivadores de las ciencias serias y los adoradores de las bellas ciencias son superados con creces por la solemnidad con la que Barthold Georg Niebuhr baja sus fasces ante el historiador inglés. En el prefacio a la primera edición de su Historia de Roma (1811) expresa su intención de detenerse “donde comienza la Historia de Gibbon, la cual, muy verosímilmente, hace prescindible y osada toda nueva revisión”10. Ahora bien, al mismo tiempo que Niebuhr ponía por escrito esas palabras casi humildes, se había desarrollado, bajo la presión napoleónica, el Romanticismo alemán. La fría mente histórica del inglés afrancesado no podía dar su visto bueno a esta exuberancia de emociones; el paso mesurado con el que se desplaza sobre el terreno histórico discordaba demasiado del delirio 6 Solo la primera parte de la traducción publicada en Leipzig en la Weygandsche Buchhandlung es de Wenck; comprende los siete primeros capítulos de Gibbon. Las partes posteriores (1788-1793) [del profesor Schreiter y] otros son el trabajo habitual de los traductores. 7 [El aprecio por el capítulo jurídico de Gibbon lo expresa aún más Ihering, Geist des röm. Rechts, vol. 1, § 4, n. 20, p. 562.] 8 Memoiren, vol. I, p. 97. 9 Briefwechsel mit Schiller, vol. II, pp. 29, 63, 80. 10 Vol. I, p. viii; edición en un solo volumen (Berlín, 1853), p. ix.
614 Jacob Bernays Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 orgiástico con el que los miembros de esa escuela sin reglas pensaban sustituir todo tipo de reglas. La actitud de Gibbon hacia las religiones positivas debió parecerle, al gozo romántico en la fe, tanto más diabólica cuanto más frío era su desprecio y cuanto más alejado y cauteloso se mantenía ante la abierta frivolidad de los franceses. De esa atmósfera que se imponía poco a poco en Alemania ya había surgido el juicio11 sesgado de Schelling sobre Gibbon. Al tiempo que admite que “la obra encierra la amplia concepción y toda la fuerza del gran giro de los tiempos modernos”, cree legítimo decir, sin embargo, que el autor “es solo un orador, no un historiador”. Impresiones muy diferentes de las emitidas aquí por el joven filósofo romántico –sin duda como portavoz de una tropa siempre creciente de seguidores– son las que obtuvo de Gibbon otro compañero de armas de largo aliento de los románticos –si bien no al precio de sacrificar su independencia–, aquel hombre al que hasta ahora ninguno de los escritores políticos de Alemania le ha disputado el primer puesto y que pertenece a los hombres de Estado más experimentados, si bien también más censurados, de su época. Cuando en 1826 Friedrich Gentz, debido a los aprietos diplomáticos que le causara a él, y a su superior Metternich, la revuelta griega, se vio forzado a informarse más detenidamente de las cuestiones de Bizancio, vino a dar con el capítulo 48 de Gibbon donde se hace un rápido recorrido por la lista de los emperadores griegos desde el siglo Vii hasta finales del Xiii. La impresión que esa obra maestra de la narrativa condensada causó en el experimentado político fue tan fuerte que, como dice una entrada en su Journal der Arbeiten und Lectüren (Diario de trabajos y conferencias) del 27 de junio de 182612, “tomó la decisión de hacer de Gibbon, en primer lugar, su principal lectura”. La decisión se cumplió fielmente. El 4 de julio encontramos esta anotación: “He leído el primer capítulo de Gibbon. Qué diferencia con hace unos 30 años, cuando leí por primera vez esta gran obra”. Dos días después, el 6 de julio: “He seguido con la lectura en profundidad de Gibbon. Una sensación extrañamente agradable, después de tantos escritos efímeros, la de volver a encontrarse con un escritor clásico y una obra sólida y perfecta”. Durante el siguiente año y medio, Gibbon siguió siendo su principal fuente de estudio y en su diario se acumulan las exclamaciones de admiración, que concluyen con la siguiente nota: “Del 11 al 13 de noviembre de 1827. Durante esos días leí simultáneamente a Daru (Historia de Venecia) y a Gibbon, y buscaba, principalmente, ponerme al día en el último período de la historia del Imperio griego y completar mis extractos. Pero Gibbon me atrajo y me absorbió tanto que revisé la mayor parte de los volúmenes 11 y 12 (en octavo)”. De manera similar, también otros hijos piadosos de la época romántica pueden haberse instruido y entretenido, entre cuatro paredes, con la obra del menos romántico de los historiadores. 11 Vorlesungen über das akademische Studium (1803 y 1813), p. 225. 12 Escritos y editados por Schlesier, vol. 5, p. 232.
615 La obra histórica de Edward Gibbon. Un ensayo de valoración Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 Sin embargo, solo en raras ocasiones se encuentra alguno, entre los escritos públicos de esa época, que suponga un reconocimiento claro y a la copa de las alabanzas siempre se le añade en ese caso un buen chorro de exorcizante agua bendita. Desde la disolución definitiva del Romanticismo –para lo cual probablemente puede elegirse el año 1848 como fecha redonda–, la atmósfera general de Alemania se ha acercado de nuevo tanto al siglo XViii, en general, como a las ideas fundamentales de Gibbon; pero todavía se le lee relativamente poco. La generación más joven de eruditos –que se ve incitada, por diversas causas, a sus propias producciones prematuras de tipo atomístico– ha perdido en su mayor parte la inclinación a sumergirse, con devoción desinhibida, en la lectura constante y minuciosa de extensas obras del pasado. Respecto a los políticos prácticos, la corriente creciente de negocios, que arrastra cada vez más mediante los ferrocarriles y el telégrafo, ya no permite el ocio que todavía, de vez en cuando, le consentía a Gentz el ajetreo, relativamente cómodo, de la cancillería austriaca y, para el gran público de lectores cultos, el tono sin pasión de Gibbon, que no enardece el ánimo, no puede ser evidentemente muy atractivo. Pese a todo, se puede predecir tranquilamente que ninguna obra en prosa del XViii perdurará tanto como esta del descreído inglés, que aúna las cualidades de un libro de lectura y de un libro de consulta, exponiendo la historia de doce siglos de Estados e Iglesias y de los pueblos tanto occidentales como orientales. Dado el material, que mientras tanto crece incesantemente, no es de esperar que ni siquiera sea concebido nunca un plan tan colosal por parte de un talento historiográfico como el que era innato en Gibbon. Probablemente ya siempre, tanto el hombre de Estado, entrante o saliente, como el erudito maduro, una vez consumido su afán infantil por sus propios caprichos monográficos, quede remitido a la obra de Gibbon como la única de cuya mano pueda recorrer el gran camino histórico-militar que lleva de la Antigüedad a la Modernidad, con una consideración más cercana por las singularidades fértiles y la preservación constante de una unidad coherente. La convicción de este firme carácter irremplazable para el futuro, según la previsión humana, de la contribución global de Gibbon, está en el origen del siguiente intento de evaluarlo más a fondo de lo que se ha hecho hasta ahora, tanto en Inglaterra como en Alemania, con el fin de apreciar sus méritos y defectos. Como condición previa para tal apreciación de la obra, es indispensable, aquí como en todas partes, el conocimiento de la vida del autor; pero cuanto más breve sea el repaso mejor servirá a su propósito. Gibbon no fue ningún gran ser humano que pudiera significar algo para la posteridad más allá de su libro13. Su libro no solo fue para él el trabajo de su vida, sino también su 13 [La misma reflexión aparece varias veces en las notas preliminares en diferentes versiones.] Igual que dijo aquella francesa de La Fontaine: c’est un fablier, Gibbon fue un arbusto sobre el que creció la historiografía. No era un gran hombre. Lo mismo ocurre con *. Schiller dijo en la presentación de Thalia: “La posteridad sobrepasa al escritor que no es más grande que sus obras”,
616 Jacob Bernays Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 único fruto vital y, así como toda la existencia de la abeja está calculada para preparar su miel y, dado el caso, hacer sentir su aguijón, todo el desarrollo vital de Gibbon estaba diseñado, por la concatenación de circunstancias y por su propia decisión, para realizar la gran colmena14 histórica y herir con penetrantes aguijones a muchos que se acercan a ella. Por lo tanto, se necesita destacar –de la autodescripción15 auténtica que esbozó, tras la conclusión de su obra, como documento al tiempo cronológico sobre su origen– solo aquellos puntos principales apropiados para marcar con nitidez las etapas de su desarrollo historiográfico y fijar el punto de vista esencial para una justa apreciación; a saber: que los seis volúmenes ahora disponibles como una sola obra en realidad proceden de una serie de tres obras originadas en diferentes tiempos y escritas en diferentes circunstancias vitales. I La vida de Gibbon hasta la publicación del primer volumen (1737-1776) Edward Gibbon procedía de una familia protestante del condado de Kent cuyos miembros habían pertenecido durante mucho tiempo a la clase mercantil. Su abuelo, que tenía el mismo nombre, fue uno de los treinta y tres directores de la inestable compañía de los Mares del Sur, con cuyo hundimiento en 1720, y la desgracia consiguiente, Inglaterra pagó el peaje de entrada en las relaciones de un gran Estado moderno. El viejo Edward Gibbon fue elegido como víctima expiatoria, junto a algunos de sus colegas, por la no pequeña culpa de la dirección y por la mayor estupidez, en todo caso, del público adicto al juego. Fue detenido y condenado a pagar una cuantía elevada como sanción; de su fortuna, compuesta de 106.543 libras esterlinas, cinco chelines y seis peniques, solo le restaron diez mil libras. Con ese resto, no obstante, como hombre experto en bolsa, supo remontar la enorme pérdida sufrida y, en el momento de su muerte, en 1736, su capital, invertido básicamente en propiedad inmobiliaria, casi había recuperado su cifra inicial. Cuando su abuelo aún vivía, en 1734, el padre del historiador, que y Goedeke (Biogr. de Schiller, p. 304) declara que es un dicho verdadero. Puede que sea así con los poetas, pero no siempre es así con los historiadores, como demuestran Gibbon y *. [En otro lugar:] Gibbon no es un gran hombre, porque no sabe hablar apropiadamente de sí mismo. En este aspecto y en muchos otros, tiene un gran parecido con Aug. Wilh. Schlegel. La obra de Gibbon es más grande que la del maestro. 14 Como si él mismo fuera consciente de esta analogía, hizo, una observación en su historia (cap. 52, n. 52), inesperada en una obra histórica, sobre la estructura geométrica de las celdas de las abejas. 15 Apareció en MW, vol. I, pp. 1-185. Cito por la impresión de Baudry de The life of Edward Gibbon with selections from his correspondence and illustrations by H. H. Milman, que es la más utilizada en el continente (París, 1840).
617 La obra histórica de Edward Gibbon. Un ensayo de valoración Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 también llevaba el nombre de pila de Edward, llegó al Parlamento y participó como miembro de la oposición en la “cacería de los siete años”, obligando al mayor de los políticos menores, sir Robert Walpole, a abandonar el asiento ministerial desde el que había gobernado durante veintiún años casi como un rey absoluto. Al año siguiente de la muerte de su abuelo, el 27 de abril de 1737 del antiguo calendario (9 de mayo del actual), nació el historiador en Putney, en el condado de Surrey, siendo el primer hijo, y el único en sobrevivir a la primera infancia, de siete hermanos. Siendo el único hijo de una distinguida casa inglesa no podían faltarle los medios externos para una esmerada educación. Pero la enfermedad del muchacho interrumpió la asistencia a la escuela y mermó las clases particulares tomadas en compensación. Una vez superados esos obstáculos físicos, el padre cometió el craso error de enviar al hijo, que no había cumplido los quince años, y pese a su educación previa totalmente deficiente, a la Universidad de Oxford. Las consecuencias de una decisión tan poco meditada no tuvieron por menos que aparecer y resultaron decisivas para todo el desarrollo posterior de Gibbon –que se vio apartado del curso normal de los estudios del modelo inglés–, sin que haya que lamentarlas para su formación como historiador. Dado que su falta de madurez lo incapacitaba para los estudios metódicos, en el Magdalen College de Oxford prosiguió con la lectura fortuita y, como se quejara más tarde, no supervisada, a la que se había acostumbrado durante su infancia. Había sido instruido tempranamente en ejercicios de disputa religiosa por una tía soltera que, en su caso, hacía el papel de madre, y se servía ahora de su libertad académica para sumergirse en escritos polémicos. Su joven cabeza no pudo resistirse a la elocuente dialéctica con la que Bossuet combate el protestantismo. Para poner en práctica de manera inmediata su nueva convicción, como es propio de la juventud, se hizo convertir a la Iglesia Católica Romana por un jesuita llamado Baker en el transcurso de una excursión a Londres el 8 de junio de 1753, a la edad de dieciséis años. Con el afán de un joven neófito, informó a su padre del paso que había dado en una detallada carta llena de polémica confesional que, como le dijo más tarde a un amigo, portaba en sí la “solemne complacencia de un mártir”. El padre, consternado ante la recepción de tal carta, hizo demasiado público su sufrimiento; tras conocerse la conversión, al converso le fue imposible permanecer en la Universidad de Oxford y, catorce meses después de su ingreso, hubo de abandonarla definitivamente. Persuadido por amigos que le recomendaban un cambio de aires, el padre se aprestó a un nuevo intento de educación general y religiosa de su hijo fuera de Inglaterra; lo envió a Lausana a casa, y bajo la supervisión, de un clérigo reformista, Pavilliard. La habilidad pedagógica de este hombre, al tiempo que lo alentaba a una actividad regular, supo inculcar en el alumno, hasta entonces descuidado, un sentimiento de independencia. Después de un año y medio transcurrido en el nuevo ambiente, Gibbon pensó que sería un efecto de su propia razón fortalecida por los estudios lógicos, no motivado
618 Jacob Bernays Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 externamente, el hecho de que gradualmente “los artículos de fe de la doctrina romana desaparecieran uno a uno como un sueño”. En la Navidad de 1754 comulgó “con plena convicción” en la iglesia reformista de Lausana. A partir de entonces cesaron sus movimientos religiosos. El péndulo, que había oscilado hacia ambos lados, pronto llegó a un punto muerto de indiferencia. Pero se puede afirmar con todo que esas experiencias acumuladas en el campo religioso durante sus años de juventud ejercieron no poca influencia en su obra. Su repercusión silenciosa es evidente en su predilección por el detalle dogmático de la historia de la Iglesia, por lo demás tan poco frecuente entre los escritores laicos del siglo XViii; a adentrarse en el laberinto de la doctrina de la Trinidad, como ocurre, por ejemplo, en el capítulo 21 de Gibbon, solo se atreve la indiferencia entibiada tras el acaloramiento, no aquella otra innata. Esta estancia de cinco años de juventud en la Suiza francesa fue de tan gran importancia para su posicionamiento social y la formación global de su personalidad, como lo fuera para su vida religiosa. Durante el periodo más receptivo de su vida, entre los dieciséis y los veintiún años, casi olvidó su lengua materna: el inglés16; no solo hablaba y escribía sino que pensaba en francés; adoptó involuntariamente las costumbres del continente, cuya diferencia con las inglesas, siendo todavía tan notables en el siglo XiX, eran mucho más acusadas en el XViii. La posterior estancia en Inglaterra, durante su madurez, no pudo cambiar el rumbo emprendido, tanto menos cuanto que se vio interrumpida con frecuencia por viajes prolongados por el continente y, al cabo, canjeada por un traslado permanente a Lausana. De esta manera, su cambio de confesiones durante la juventud, al haber provocado su implantación en un entorno francés, contribuyó a que creciera como un hombre que era a la vez inglés y continental o, como él mismo expresa en una ocasión17, que “poseía la experiencia de un inglés sin sus prejuicios”. Para su profesión de historiador, esta doble posición tuvo sin duda un efecto decisivo y, en lo esencial, beneficioso. La parte inglesa de su naturaleza le proporcionó el sentido político y la viva visión política que solo Inglaterra podía conceder en el siglo XViii cuando, antes del estallido de la Revolución Francesa, no existía vida pública fuera de Inglaterra; su educación continental, en cambio, que solo podía ser francesa antes de la aparición de Goethe, le salvó de la estrechez de miras insular que se deja entrever incluso entre sus más grandes contemporáneos puramente ingleses. Es cierto que, con la unilateralidad del inglés, perdió también mucho de la vigorosa energía inglesa; posee por otro lado demasiada prudencia práctica para que su cosmopolitismo pueda brillar con el calor abstracto de un filósofo francés. La mezcla de elementos ingleses y continentales que constituye su peculiaridad ha dado lugar a una inconfundible tibieza de carácter que probablemente sea también la razón principal por la cual, a pesar de las favorables oportunidades, 16 Véase más abajo la nota 23. 17 Life, Milm., p. 191.
619 La obra histórica de Edward Gibbon. Un ensayo de valoración Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 nunca pudo decidirse por una participación duradera en los asuntos de Estado ingleses. Pero es precisamente de esta peculiaridad de la que fluye la comprensión universal y el inquebrantable equilibrio de juicio sobre los que descansa en gran parte la difusión internacional y la perdurabilidad de su obra, más allá de los cambios de humor de cada época18. Cronología de la obra que incluye lo más destacado de su vida. La idea de que nos encontramos, en realidad, ante tres trabajos. Du Cange había prefigurado el meditado título de la obra de Gibbon, Decline and Fall, “Declinación y caída”, en las primeras palabras de su prefacio a Zonaras: Romani imperii universo pacne orbi olim dominantis causas inclinationis atque ruinae ob oculos proponit. Los volúmenes separados de Gibbon son libros tan diferentes como las Décadas de Livio. No fue hasta el invierno de 1774/5 cuando Gibbon llegó al Parlamento. Por lo tanto, el volumen I no experimentó aún la influencia de esa escuela práctica. El desarrollo de Gibbon tuvo lugar bajo la influencia de su trabajo. El proyecto se concibió el 17 de octubre de 1764 en Roma (Life, p. 115). El primer volumen apareció el 15 de febrero de 1776 (MW, vol. I, p. 498), el mismo año en que murió Hume (MW, vol. I, p. 508), al mismo tiempo que The Wealth of Nations (La riqueza de las naciones) de Adam Smith: ambos en la editorial Strahan. Sobre la carta de Hume, MW, vol. I, p. 501. El segundo y tercer volumen se publicaron en febrero de 1781 (MW, vol. I, p. 550). Las fechas más exactas de los 3 últimos volúmenes las proporciona Milman, Life, p. 190: el volumen IV se escribió del 1 de marzo de 1782 a junio de 1784; el volumen V del 1 de junio de 1784 al 1 de mayo de 1786; el volumen VI del 18 de mayo al 27 de junio de 1787. La impresión de estos tres volúmenes duró nueve meses (MW, vol. I, p. 673); introducidos por un prefacio común (fechado en Downing Street el 1 de mayo de 1788), aparecieron en 1788. La obra había necesitado, pues, veinticuatro años y la publicación doce (véase también el prefacio del vol. IV de la edición). 18 [Los siguientes datos y notas fragmentarias podrían ponerse en un orden que haga justicia al plan del autor, según el borrador de disposición de 1871. Tales fragmentos, de cuya forma solo el editor es responsable, están marcados con un asterisco.]
626 Jacob Bernays Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 Esperaba una retribución por los tres últimos volúmenes de 4.000£ (MW, vol. I, p. 648), que fue lo que obtuvo por el primero (carta a Cadell, MW, vol. I, p. 666; cf. p. 669 y sobre todo p. 671), recibiendo entre 6.000 y 8.000£ por todos. En enero de 1784 Gibbon todavía tenía los French funds as solid as our own (la inglesa) y puso 30.000 livres en ella (MW, vol. I, p. 625). Niebuhr no tuvo por tanto que avergonzarse ante él con respecto a su previsión política. II La idea de que uno tiene en realidad tres obras ante sí es indispensable para considerar a Gibbon un historiador de la Iglesia. Los capítulos XV y XVI, los más débiles por ser los más tempranos; se quedan por detrás de los intentos similares de Lessing y Voltaire. La Vindicación (MW, vol. II, p. 551 ss.) muestra lo limitado de su lectura patrística en aquella época. Los volúmenes II y III son los mejores. Descuido de la constitución de la Iglesia. Posición hacia el siglo XVIII. Poder secular del Papa, consecuencias de la Reforma. La primera parte (capítulos 1-16) tiene un estilo más pomposo y muestra un juicio mucho menos maduro que las siguientes. Por ejemplo, la inmadura frase del capítulo 3, entre las notas 43 y 44: History is indeed little more than the register of crimes, follies and misfortunes of the mankind (De hecho, la historia es poco más que el registro de los crímenes, locuras e infortunios de la humanidad) sobre la que Wenck hace un fino comentario (p. 162). En el capítulo 10, n. 11, habla de la pragmatización de Odín y de la identificación de As-burg y As-of, de la que “después de doce años” se retracta y burla, concretamente en el capítulo 71, n. 20. En el capítulo 12, hace un serio y profundo paralelismo entre Rómulo y Aureliano (con la corazonada de some intermixture of fable [alguna mezcla de fábula] en la historia real romana, ibid. n. 3); véase MW, vol. II, p. 464 sobre Beaufort. En este apartado entran también los principles of human nature, love of pleasure y love of action (capítulo 15, después de la nota 87), y la desafortunada conjetura sobre la homonimia en contra de los galileos del capítulo 16, n. 41. Qué lejos quedan estas sandeces de la profundidad desplegada, por ejemplo, en la siguiente reflexión sobre el atontamiento con las reliquias propagado por las Cruzadas: The active spirit of the Latins preyed on the vitals of their reason and religion (la lujuria rústica por la acción consumió la sangre vital de su razón y religión); and if the ninth and tenth centuries were the times of darkness, the thirtheen and fourteenth were the age of absurdity and fable (El espíritu activo de los latinos se cebó en las entrañas de su razón y religión
627 La obra histórica de Edward Gibbon. Un ensayo de valoración Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 […] y si los siglos iX y X fueron los tiempos de las tinieblas, el Xiii y el XiV fueron la edad del absurdo y de la fábula, capítulo 61, tras la n. 67). Las cinco causas de Gibbon sobre la difusión del cristianismo, nombradas al principio del capítulo 15, son comparadas con las cinco causas similares de Voltaire aparecidas en el capítulo XIII de su Histoire de l’établissement du Christianisme en 1785 (Oeuvres, ed. Beuchot, vol. L, p. 468): 1) sentimiento de libertad generado por la doctrina cristiana, 2) prosperidad de los cristianos, 3) libertad de asociación, 4) dogmática sistemática de la que carecía toda religión pagana (une des plus fortes raisons) y 5) la atractiva sencillez del culto como consecuencia de la desaparición de los sacrificios sangrientos. Es obvio que esta enumeración de razones revela un conocimiento, mucho más profundo que el de Gibbon, de la naturaleza tanto del hombre como del cristianismo. Hasta qué punto los dos capítulos de Gibbon estaban imbuidos del ambiente del siglo XViii puede verse en el ensayo póstumo de Lessing ‘Von der Art und Weise der Fortpflanzung und Ausbreitung der christlichen Religion’ (De la forma de propagación y difusión de la religión cristiana). Este procede claramente de la última etapa de Lessing, pero antes de que conociera a Gibbon, por tanto, según la carta de Elisen (véase arriba n. 4), previo a 1779. Esta comparación con Gibbon debe hacerse en detalle. Displicina arcani (p. 67). Lo más audaz de Gibbon es el paralelismo con el escándalo de las Bacanales. El diálogo del Proselitista, una de sus mayores obras maestras. El libro del Dr. Watson en Cambridge (now Bishop of Llandaff) contra los dos capítulos religiosos, que apareció bajo el título An Apology for Christianity en 1776, parece digno de lectura. * Segundo y tercer volumen. En junio de 1780, un año antes de la publicación de estos dos volúmenes, Gibbon había sido testigo en Londres del tumulto provocado por lord George Gordon –que más tarde se convirtiera públicamente al judaísmo27– contra la emancipación de los católicos. Gibbon habla de ello en MW, vol. I, pp. 546 y 547. Para una descripción de los disturbios de Gordon en la pluma de Johnson, véase Boswell VII, 326; Dickens describe los acontecimientos en Barnaby Rudge, la continuación de Master Humphrey’s Clock. Probablemente no sea insignificante para el enfoque de estos volúmenes que Gibbon trabajara para el lord of Trade entre los años 1779-1782, posición que le dio ciertas consideraciones ministeriales. (Véase la carta a Deyverdun, MW, vol. I, p. 571, la más clara sobre su política). 27 Reflexiones de Burke sobre la Revolución francesa en las obras de Gentz.
628 Jacob Bernays Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 Tras recibir los volúmenes 2 y 3, W. Robertson escribe (12 de mayo de 1781 MW, vol. I, p. 552): I cannot conclude without approving of the caution with which the new volumes are written; I hope it will exempt you from the illiberal abuse the first volume drew upon you (No puedo concluir sin aprobar la cautela con la que están escritos los nuevos volúmenes; espero que le exima del abuso antiliberal que el primer volumen le causó). El tratamiento del cristianismo en la segunda parte presenta un matiz muy diferente. El capítulo 47 es un complemento de los capítulos 15 y 16. Está escrito en Lausana. Tras el periodo de Lausana, llegarán el capítulo 54 sobre la reforma pauliciana y el comienzo del capítulo 49 sobre las imágenes. * Interés teológico. MW, vol. I, p. 445-465 contiene una respuesta del obispo Hurd a una carta perdida de Gibbon, según parece muy detallada, donde niega la autenticidad del Libro de Daniel, y un fragmento de la réplica de Gibbon, datado en agosto de 1772. Gibbon se ha ocupado tal vez demasiado de los dogmas y demasiado poco del desarrollo de la constitución de la Iglesia y del derecho canónico, a pesar de caer estos realmente dentro del campo histórico. Probablemente habría sido diferente si hubiera podido leer los trabajos de Walch en el original, pues tienen una verdadera esencia histórica y superan los de Tillemont en documentación y abundancia, incluso los de Spittler. De haber sido así, las cosas habrían sido diferentes. Pero ni sabía hablar alemán ni esas obras estaban traducidas y de nada le sirvió tener como contemporáneos ni a un recopilador tan sistemático como Walch ni a un artista tan igual a él como Spittler. Lo que él mismo dice sobre connexion of church and state (conexión entre iglesia y estado) en las palabras introductorias al cap. 49 de su obra podría también haberle inducido a prestar más atención a los asuntos de la historia de la Iglesia. Tillemont había dejado básicamente en segundo plano las cuestiones constitucionales; véase el prefacio de la primera parte de las Mémoires pour servir à l’histoire ecclésiastique p. X (XVI de la octava edición). En su vida (p. 163 Milm.), Gibbon se queja de haber dived, perhaps too deeply, into the mud of the Arian controvery (haberse sumergido, quizás demasiado, en el fango de la controversia arriana). Evidentemente, al igual que Lessing, se siente atraído en el desarrollo de su trabajo por la teología y, en su exposición de los diversos sistemas cristológicos (cap. 21, n. 20-28, 47-54), se cuida de caer en reproches. El reconocimiento de Atanasio de Alejandría también se encuentra en relación con su interés por este tema.
629 La obra histórica de Edward Gibbon. Un ensayo de valoración Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 * No pertenezco, al igual que Gibbon, a ninguna de las órdenes religiosas cristianas. Si esta circunstancia me da derecho a la presuposición de imparcialidad científica de juicio, por otro lado me dificulta el intentar ponerme en el lugar de los que condenan a Gibbon por blasfemo. Es una suerte, por tanto, no tener que expresar mi opinión con mis propias palabras y poder unirme al testimonio de un hombre que incluso sus oponentes más devotos admiten que fuera cristiano, al menos, en sentimiento, venerado como uno de los cristianos más nobles y completos de todos los tiempos por todos los que no son rígidamente devotos. El superintendente de Weimar, J. G. Herder, hizo imprimir lo siguiente, poco después de ser dado a conocer Gibbon en Alemania28 (en el tomo IV de Ideas para una filosofía de la historia de la humanidad, publicado en 1791, p. 105): Es un placer poder nombrar aquí al tercer historiador clásico de los ingleses, que compite con Hume y Robertson y quizás supera al segundo. History of the Decline and Fall of the Roman empire es su obra maestra y, sin embargo, parece carecer, quizá por un defecto de la materia, de ese arrebatador interés que inspiran, por ejemplo, los escritos históricos de Hume. El clamor que se ha levantado en Inglaterra contra esta obra erudita y verdaderamente filosófica, como si fuera hostil al cristianismo, me parece poco razonable: Gibbon juzga el cristianismo con mucha suavidad, como hace con otros temas de la historia. Históricamente, solo se puede hablar de una religión cuando ya no está presente. En la segunda mitad del siglo XViii, el cristianismo dogmático no había fracasado, pero había experimentado un eclipse total en todos aquellos círculos en los que los libros significaban algo. Los pocos creyentes entre los intelectuales fueron considerados por la gran mayoría, encabezada por hombres como Hume, Kant, Lessing, Goethe y, especialmente, Schiller, personas sin una creencia fija, o incluso una opinión, al respecto, lo que se llama en inglés crotchet (presunción perversa o fantasía extraña) y en alemán Grille (rareza, capricho). Engañado de esta manera, Gibbon dio el cristianismo por muerto e inmolado por la historia. No escribió en contra sino sobre él, sin virulencia insolente pero también sin miramientos. Tan impasible y, por tanto, tan diabólicamente cruel para los piadosos sensibles como escribiera sobre el gobierno bizantino y sobre el papado secular. Que no pretendía ofender, como era el caso de Voltaire, lo dice claramente (Life, p. 164, Milm.): Had I believed that the majority of 28 Hasta 1788 no se reanudó la traducción iniciada por Wenck (arriba p. 207 nota 3), que ahora continúa sin interrupción. La traducción vienesa apareció en 1790-92. El libro de Edward Gibbon, Die Ausbreitung des Christenthums aus natürlichen Ursachen, aus dem Englischen (Hamburgo, 1788), probablemente aseguró una mayor distribución de la sección objetable del primer volumen.
630 Jacob Bernays Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 English readers were so fondly attached even to the name and shadow of Christianity […] I might perhaps have softened the two invidious chapters29 (De haber sabido que la mayoría de los lectores ingleses sentía tan profundo apego hasta por el nombre y la sombra del cristianismo […] quizá podría haber suavizado los dos polémicos capítulos). De su divagar entre ambos extremos en materia de religión durante su primera juventud, obtuvo Gibbon la ventaja, para la objetividad histórica, de que, cuando se inició para él el periodo de la indiferencia dogmática, era un experto en religión sin ser víctima de la parcialidad religiosa. Los indiferentes por naturaleza son y suelen ser ignorantes; no puede uno soportar la carga de los estudios patrísticos si, al menos una vez, no han afectado su ánimo. Mientras las clases altas y medias estén ocupadas en política no podrá surgir ninguna religión dogmática. Los eruditos empleados, si es que piensan en ella, solo quieren de la religión ceremonias, exactamente como las clases incultas. Solo cuando la vida política se extingue o se contrae en una oligarquía o incluso en una monarquía despótica, las clases educadas –ya que no encuentran nada más emocionante que hacer– sienten la necesidad de incrementar el instinto filosófico de la verdad de una manera religiosa hacia la formación de dogmas. Por eso el cristianismo solo pudo surgir en tiempos imperiales y por eso el desarrollo del protestantismo en Alemania es paralelo al desarrollo de la soberanía territorial tras la desaparición de las constituciones estamentales. La posición de Gibbon sobre Priestley (véase el cap. 44, n. 42; Life, p. 165 y MW, vol. I, p. 564) corresponde prácticamente a la de Lessing sobre los racionalistas. De Gibbon se puede decir, como Spittler (Historia de la Iglesia, Sarpi, p. 368, desde el §42 hasta el final): los que fueron golpeados de esta manera jamás vuelven a sanar. Gibbon comparte con los clásicos antiguos la suerte e in usum piorum y no in usum Delphini. Si se quiere medir el mérito de Gibbon hay que comparar un pasaje en Tillemont. La sorna (sneer)30 de Gibbon surgió probablemente de su oposición inconsciente y natural a la piedad trapense de su predecesor Tillemont, que se expresa incluso en los títulos de los capítulos. Si se exceptúan los capítulos 15 y 16, la sorna contra el cristianismo es tan indispensable como la sal para sazonar los ingredientes. Piénsese en ese cristianismo bizantino o medieval, tratado a lo largo de los seis volúmenes con unción, o incluso respeto general; solo los teólogos podrían soportarlo. 29 Sobre la posición de Gibbon sobre el cristianismo, véase también Quaterly Review 1877 abril, p. 410. En Milman, Life, p.135, se ve cómo Suard explicó el odio de Gibbon al cristianismo. 30 [Bernays utiliza esta expresión respecto a un verso de Byron sobre Gibbon: sapping a solemn creed with solemn sneer (socavando un credo solemne con solemne sorna) en Childe Harold, 3.107.]
631 La obra histórica de Edward Gibbon. Un ensayo de valoración Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 Uno puede enfadarse con un burlón, pero lo escucha; con un predicador, tanto los piadosos como los incrédulos se duermen pronto. Sin la sorna de Gibbon, su obra no habría podido ser tan universal. Pero se trata de sorna, o tal vez de la frialdad de la indiferencia, no de burla de la ignorancia como en Voltaire. La ἀμᾰθία (o inteligencia estúpida) sigue siendo, como en la época de Sócrates, el mayor pecado. Tal vez la respuesta de Paley (en el prefacio de Milman a su edición de History, vol. I, p. xv, ed. Baudry, véase Johnson IV de Boswell, p. 212) cuando se le pide que refute a Gibbon: Who can refute a sneer? (¿quién puede refutar a un burlón?) sea más correcta de lo que el propio Paley pretendía. Lo único que pide refutation en todo caso es la sorna, la entonación sarcástica en la narración de los hechos. Los hechos en sí son correctos e irrefutables. Incluso Milman lo reconoce en su prefacio. Un reconocimiento aún más conciso se encuentra en el antiguo tractariano, ahora católico, Newman (On the development of Christian doctrine (Sobre el desarrollo de la doctrina cristiana), p. 5, según la cita en Buckle, History of civilisation (Historia de la civilización), cap. VI, n. 38, vol. I, 1, p. 308 en la traducción alemana): “Es una triste verdad, pero el principal, quizás el único escritor inglés que tiene algún derecho a ser considerado un historiador de la Iglesia es el hereje Gibbon”. * Sentido histórico en el siglo XViii. En ningún campo ha superado el siglo XiX al XViii, principalmente a consecuencia del movimiento filosófico iniciado por Kant y que trascendiera al terreno de la historia. Sin embargo, solo a la luz del siglo XiX ha sido colocado Gibbon, hijo del siglo XViii, en el alto lugar que merece. Sobre la aversión del siglo XViii por la historia, véanse las disertaciones de Mill, vol. I, p. 426, y Pattison, Tendences of religious thought in England (Tendencias del pensamiento religioso en Inglaterra, 1688-1750) en Essays and Reviews, p.263. Característica del incompleto desarrollo histórico del siglo XViii, incluso en la tercera década, es la introducción del duque de St. Simon a sus Memorias, escritas por lo demás, como todo lo que sale de su pluma, con una elocuencia embriagadora. Contiene una amplia refutación del scrupule religioso según el cual la lectura de la historia, al revelar las debilidades del ser humano, es incompatible con la charité chrétienne. ¿Era jansenista? Estuvo en contacto con Rancé y La Trappe.
632 Jacob Bernays Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 Con las antinomias de Kant queda superada la debilidad del siglo XViii y con el desprecio de Jacobi por el entendimiento, en comparación con la razón, comienza la del XiX. La debilidad del XViii fue la valoración de lo especulativo e históricamente vivo según criterios lógicos. La del siglo XiX fue el mal uso de lo especulativo para sostener lo periclitado y la falta de valor práctico, que presupone una convicción fija, es decir, unilateral. En el siglo XiX la convicción es algo fluido entre los mejores y algo fluctuante entre los peores. A través de las antinomias se rompe el carácter “inteligentemente disyuntivo” del siglo XViii (véase Strauss, Reimarus p. 278). Se limita la omnipotencia de “lo uno o lo otro” y se arroja del trono de la filosofía el teorema de la contradicción y de la unanimidad de Leibniz-Wolff. En lugar de “lo uno o lo otro”, se trata ahora de ambos y de ninguno de los dos. Gibbon se salvó de los errores del siglo XViii por su empirismo histórico, facilitado por su ascendencia inglesa, y de los errores del siglo XiX por su falta de especulación. Lo que diferencia a Gibbon de sus contemporáneos es, más que nada, su conocimiento. A finales del siglo XViii, la gente práctica tenía mucha “esperanza”, esperanza que se agotó y consumió con la Revolución francesa. Los teóricos tenían pocas “creencias” positivas de tipo religioso o filosófico, pero tenían la suficiente confianza negativa de que lo que habían creído hasta entonces era una tontería, a belief that there can be no belief (la creencia de que no puede haber creencia), como dice la dura fórmula de Hume, que es el auténtico forjador de fórmulas del siglo XViii. En esta confianza descansa su valentía en el juicio y la exposición históricos; también es desde luego fuente de imprudencia para quienes carecen de la fruición de Gibbon por la investigación detallada. Pero en el siglo XiX, junto con esta confianza, también se ha perdido este valor y, donde la religión tiñe la historia, nos refugiamos en una objetividad incolora. La preferencia por la exposición que le garantiza la creencia de poseer un criterio seguro de juicio histórico resalta especialmente en la narración de Constantino, sobre todo en la disertación sobre el milagro del labarum (cap. XX, a partir de la n. 28). * Algunos de los ensayos pueden ilustrar las insinuaciones anteriores, en primer lugar los comentarios –que destacan por su “notable sarcasmo” y su fría imparcialidad fría y despectiva– sobre
633 La obra histórica de Edward Gibbon. Un ensayo de valoración Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 1. El poder secular del Papa (cap. 70 desde la n. 93). El reino secular del clero debe despertar la indignación, en igual medida, del cristiano, del pensador y del patriota, y la majestuosidad que se cierne sobre el suelo de Roma, el recuerdo de sus cónsules y de sus triunfos, bien pueden hacer más amarga la sensación de su servidumbre y más pesada la ignominia. Sin embargo, si sopesamos imparcialmente las ventajas y los defectos del régimen eclesiástico, puede ser alabado en su constitución actual como un sistema suave, asentado y tranquilo, alejado de los peligros de un gobierno menor, de los excesos de los jóvenes soberanos, de los gastos del desenfreno y de las miserias de la guerra. Pero esas ventajas se ven contrarrestadas por la frecuente elección, casi cada siete años, de un gobernante que rara vez es nativo del país y por el gobierno de un joven de sesenta años en el ocaso de su vida y de sus facultades, que no tiene esperanza de terminar sus empresas, ni hijos que las continúen. El pretendiente victorioso es sacado de la iglesia, incluso a veces del convento, ha disfrutado de una educación y ha llevado una vida lo más contrarias a la razón, la humanidad y la libertad. En las ataduras de un dogma servil se ha acostumbrado a creer lo incongruente, precisamente porque es incongruente, a reverenciar todo lo despreciable, a tener por el contrario en baja estima todo lo que merece el respeto de los seres racionales, a castigar el error como un crimen, a premiar a su vez la mortificación y el celibato como las primeras de todas las virtudes, a poner los santos del calendario por encima de los héroes de Roma y los sabios de Atenas, y a considerar el misal y el crucifijo como instrumentos más útiles que el arado y el telar. Sin duda puede adquirir un conocimiento de la naturaleza humana en el cargo de un nuncio o en el rango de un cardenal, pero la coloración original permanece siempre incrustada en su carácter y en sus maneras; sin duda el estudio y la experiencia pueden tornarle sospechoso el misterio de su profesión, pero el virtuoso sacerdote siempre absorberá él mismo algo de la intolerancia que infunde en los demás. 2. Sobre el Concilio de Calcedonia (Cap. 47, nn. 66-67) En nombre del cuarto concilio general, le fue proclamado al mundo católico Jesús el Cristo en una persona, aunque en (no de) dos naturalezas; se trazó una línea invisible entre la herejía de Apolinar y la verdad de fe de san Cirilo y, por la mano maestra del artista teológico, se tendió un puente, tan estrecho y afilado como un cuchillo de cizalla, como camino hacia el Paraíso que transcurre sobre el abismo. Durante diez siglos de ceguera y servidumbre, Europa recibió sus opiniones religiosas del oráculo asentado en el Vaticano e incluso por parte del credo de los reformadores que renegaban de la supremacía del pontífice romano, fue acogida sin discusión esa misma doctrina que ya había sido invadida por el óxido de la antigüedad. El Sínodo de Calcedonia sigue triunfando en las iglesias protestantes, pero incluso los cristianos más piadosos de la actualidad ignoran o se despreocupan de lo que ellos mismos creen sobre los misterios de la Encarnación.
634 Jacob Bernays Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 3. Los inconvenientes y las ventajas de la Reforma (Cap. 54, desde la n. 31) Las luchas de Wickliff en Inglaterra y de Huss en Bohemia fueron prematuras e ineficaces, pero con gratitud se pronuncian los nombres de Zwinglio, Lutero y Calvino como si de liberadores de naciones se tratara. Un filósofo que quiera estimar la medida de su mérito y el valor de su mejora de la religión, se preguntará prudentemente de qué artículos de la fe, contrarios o situados por encima de la razón, ha liberado a los cristianos, pues tal liberación, en la medida en que es compatible con la verdad y el temor de Dios, es sin duda un beneficio. En un examen imparcial, debemos sentirnos más asombrados por la pusilanimidad de nuestros primeros reformadores que molestos por su audacia. Con los judíos se entendieron además para creer en todos los libros hebreos de la Escritura y sostenerlos con todos sus milagros, desde el Jardín del Edén hasta las visiones de Daniel y, al igual que los católicos, ahora estaban obligados también, frente a los judíos, a localizar razones que justificaran la eliminación de una ley divina. En los grandes misterios de la Trinidad y de la Encarnación, los reformadores fueron estrictamente ortodoxos; aceptaron sin vacilar los dichos teológicos de los cuatro o seis primeros concilios y, con el Credo Atanasiano, impusieron la condenación eterna a todos los que no siguieran la doctrina católica. La transubstanciación, la transformación invisible del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, es un dogma que debe desafiar el poder de la lógica y el ingenio; pero en lugar de cuestionar el testimonio de sus sentidos, de su ver, sentir, saborear, los primeros protestantes se enredaron en sus dudas de conciencia, y les asustaron las palabras de Jesús en la institución del sacramento. Lutero afirmó una presencia física, Calvino una real, en la Santa Cena, y la opinión de Zwinglio de que era una mera comunión espiritual, un mero signo conmemorativo, solo poco a poco se impuso en las iglesias reformadas. Ahora bien, la pérdida del único misterio fue aquí ampliamente compensada por las sorprendentes doctrinas sobre el pecado original, la redención, la fe, la gracia y la predestinación, que fueron extraídas, a presión, de las cartas de Pablo. Sin duda, estas sutiles cuestiones habían sido preparadas por los padres de la Iglesia y los escolásticos; pero su elaboración final y su uso popular pueden atribuirse a los primeros reformadores, quienes las inculcaron como condiciones esenciales e incuestionables de la salvación del alma. Hasta aquí, el platillo de la balanza que porta la carga de la fe sobrenatural se inclina en contra de los protestantes y muchos cristianos sobrios preferirían admitir que una hostia es Dios a que Dios sea un tirano cruel y caprichoso. Sin embargo, los méritos de Lutero y sus rivales son grandes y significativos. Así pues, incluso el filósofo debe reconocer sus obligaciones con esos intrépidos entusiastas. I. Su brazo ha arrasado toda la obra de la superstición, desde el abuso de las indulgencias hasta la intercesión de la Virgen María. Miles de personas de ambos sexos que habían hecho votos monásticos fueron devueltas a la libertad y al trabajo de la vida social. Una jerarquía escalonada de santos y ángeles, de
635 La obra histórica de Edward Gibbon. Un ensayo de valoración Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 seres divinos imperfectos e inferiores, fue despojada de su significado mundano y confinada al disfrute de su dicha celestial. Sus imágenes y reliquias fueron desterradas de las iglesias, y la credulidad del pueblo dejó de ser alimentada con los milagros y apariciones que se repetían a diario. En lugar de un culto copiado del paganismo, hizo su aparición aquel servicio a Dios que es el más digno para el hombre y el menos indigno para la divinidad: un servicio puramente espiritual en la oración y la acción de gracias. Solo queda por considerar si una simplicidad tan sublime es compatible con la práctica religiosa popular y si, en ausencia de todo objeto visible de culto, las masas se inflamarán de entusiasmo o se hundirán en la desidia y la indiferencia. II. Se rompió la cadena de la autoridad, que impide al creyente fervoroso pensar como quiera y al oprimido hablar como piensa. Los Papas, los Padres y los Concilios dejaron de ser los jueces supremos e infalibles del mundo y se enseñó a cada cristiano a no reconocer otra ley que las Escrituras y a no reconocer más intérprete que su propia conciencia. Esta libertad, sin embargo, fue más la consecuencia que el propósito de la Reforma. Los hombres de oposición que postulaban la Reforma estaban ansiosos por ocupar el lugar de los tiranos a los que habían destronado. Impusieron con igual severidad sus artículos de fe y sus escritos confesionales; defendieron el derecho de las autoridades a castigar a los herejes con la muerte. La irritación piadosa, o personal, de Calvino condenó en Servet la culpa de su propia rebelión y el celo de Cranmer encendió para los anabaptistas la pila de leña en Smithfield que habría de consumirlo a él más tarde. La naturaleza innata del tigre seguía siendo la misma, si bien era privada gradualmente de sus dientes y patas. El sumo sacerdote romano había poseído un reino espiritual y temporal; los maestros protestantes eran personas de bajo rango sin ingresos ni jurisdicción. Las decisiones de aquel sumo sacerdote estaban consagradas por la antigüedad de la Iglesia católica; los argumentos y disputas del clero protestante fueron presentados al pueblo, y de su apelación al libre juicio del individuo hicieron uso, más allá de sus deseos, el instinto de investigación y la exaltación. Desde los días de Lutero y Calvino tiene lugar una reforma silenciosa en el seno de las iglesias reformadas; muchas malas hierbas de los prejuicios han sido arrancadas, y los discípulos de Erasmo31 difundieron un espíritu de libertad y moderación. La libertad de conciencia fue exigida como un bien general y un derecho externo, los gobiernos libres de Holanda e Inglaterra llevaron la tolerancia a la práctica, y las magras concesiones de las leyes han sido ampliadas gracias a la perspicacia y la humanidad de la tendencia, modificada, de los tiempos. Ejerciendo su poder, el espíritu del hombre conoció su alcance, y tanto las palabras como las imágenes-sombras que entretenían al niño ya no pueden satisfacer la razón del hombre. Sobre los infolios de los escritos de controversias, la araña teje su tela: la doctrina de una iglesia protestante está muy distante del conocimiento y de la fe de sus miembros individuales, y las fórmulas de la ortodoxia, los artículos de la fe, son suscritos por los eclesiásticos de la modernidad con un suspiro o una sonrisa. 31 Erasmo puede ser considerado el padre de la teología racional. Después de un letargo de cien años, fue despertado en Holanda por los arminianos Grocio, Limborch y Le Clerc.
642 Jacob Bernays Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 producida por la literatura moderna y, concediendo que no sea insuperable, no ha sido, sin embargo, superada en los ochenta años transcurridos desde su conclusión. Niebuhr no tuvo incluso reparos en declarar “vano, prescindible y audaz”38 toda nueva elaboración del gran período abarcado por Gibbon. Sobre lo “prescindible”, desde luego ha tenido que cambiar la opinión de los entendidos desde que Niebuhr hiciera esta afirmación en la introducción de la primera edición de su Historia de Roma (1811). En efecto, ahora se anhela y desea una obra que aúne en un solo cuadro completo los resultados obtenidos mientras tanto en la investigación de la historia del Estado, del Derecho y de la religión de los pueblos occidentales, y especialmente orientales, de la Antigüedad y sobre todo de la Edad Media, y con el mismo carácter conclusivo que tuvo la obra de Gibbon para su época. Pero al igual que un nuevo Gibbon, pertrechado con los medios del siglo XiX, no sería despreciado como fenómeno “prescindible”, con la misma certeza el viejo Gibbon del siglo XViii, hasta que haga su aparición este escogido, sigue siendo indispensable no solo para el amigo culto sino también para el erudito investigador de la historia. La utilidad y la perdurabilidad del trabajo de Gibbon están mucho menos condicionadas por la recopilación y tratamiento de los detalles individuales, que ya no responden plenamente a las exigencias actuales, que por la profundidad histórica de su narración –que determina la selección y la delimitación del material–, así como por la visión histórica que reina sobre tal disposición. Basta solo con tener presente el registro documental de la tradición histórica general para constatar qué garantía de eficacia duradera subyace ya en la mera concepción de la obra de Gibbon. Desde las guerras persas hasta la extinción de la dinastía imperial afrosiria, el investigador puede recorrer siglos de la historia cognoscible, y sin solución de continuidad, de la mano de fuentes escritas en gran medida contemporáneas, dado que, con interrupciones en su mayoría ocasionales que no dificultan la visión de conjunto, se extiende una línea continua desde Heródoto hasta Dion Casio. Al poco de abandonar la encantadora narración de Heródoto, nos encontramos en compañía del estricto Tucídides y, sin que haya transcurrido mucho tiempo desde que la sobria verdad de Tucídides haya dejado de instruir, la apasionada verdad de Demóstenes levanta su voz sobrecogedora. Sobre las hazañas de Alejandro, que ensordecieron las palabras del gran orador, hay en el libro de Arriano una síntesis esencial de lo que habían visto y relatado los compañeros menos cegados por los extraordinarios acontecimientos y, como la historia de los sucesores de Alejandro desemboca en la historia romana, la conocemos en sus trazos esenciales a través de la obra insípida –pero que precisamente por ello 38 Véanse las conferencias de Niebuhr sobre la historia de Roma, editadas por Isler 3, 284. “Las noticias sobre Aureliano pueden estar bien cohesionadas entre sí, pero no forman una historia; los testimonios seguros de ese tiempo son las monedas, pero no es posible acordar con ellos los datos de nuestros miserables historiadores. Gibbon hizo todo lo que era posible y su obra nunca será superada”.
643 La obra histórica de Edward Gibbon. Un ensayo de valoración Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 la ilustra de forma más completa– de Polibio, con cuyo comienzo empieza al tiempo a ser verdadera y cognoscible la información sobre Roma, hasta entonces total o parcialmente mítica. Las Décadas en las que Livio ya no estaba a la altura de Polibio, o más bien iba por detrás de él, y en las que la exposición de un romano obtendría valor por sí misma, están todavía tan perdidas como las historias de Salustio. Pero su influencia todavía nos alcanza a través de la numerosa clientela de pequeños, y todavía más pequeños, escribientes que, en los siglos de la decadencia de la Antigüedad, se reunió en torno a Livio y salvó, mediante recopilaciones históricas, al menos el material fáctico más imprescindible, de tal manera que, sobre este estrecho y vacilante puente, uno puede –sin hundirse en el vacío– salvar el abismo que va de la Tercera Guerra Púnica hasta la época de Cicerón y César. El período siguiente hasta la aparición del Imperio se nos muestra, gracias a la colección de cartas de Cicerón, en su compleción y transparencia tal como apenas ninguna otra época del conjunto de la historia de la humanidad. Y sobre los tres primeros siglos del Imperio, el dominio de los julios, flavios, aurelianos y siroafricanos, estamos informados sin solución de continuidad por las pequeñas biografías de Suetonio, por los grandes cuadros históricos de Tácito, pero sobre todo por la obra griega de Dion Casio, que recuerda las muchas cualidades de Polibio y nos ilustra más que cualquier libro latino sobre el núcleo de la historia imperial, es decir, sobre la administración. Pero donde acaba Dion Casio, es decir, con el fin de la dinastía siroafricana, allí acaba también todo tipo de continuidad de la tradición histórica; a partir de entonces se disuelve en notas atomizadas, no solo para nosotros y como resultado de pérdidas accidentales de libros, sino de manera esencial, como resultado de la extinción del sentido historiográfico, y esa extinción está a su vez estrechamente relacionada con la transformación interna de las tareas historiográficas. En efecto, es mero azar que de la obra de Amiano –que comenzó con el reinado de Nerva y que, por lo tanto, desde fuera, podría resultar, y servir, como una continuación de Tácito– no dispongamos de los trece primeros libros; pero la prolijidad desproporcionada con la que es tratado, en los dieciocho libros conservados, el período de solo veinticinco años que va del 353 al 378 –y dentro de este sobre todo los ocho años del poder de Juliano–, ya nos ofrece por sí sola la prueba de que en la parte perdida, incluso si se nos concediera de nuevo, no encontraríamos la historia de los 257 años que van de Nerva a Galo contada de la manera que deseamos39. De hecho, así como Amiano nos impone reconocimiento40 por su conocimiento del asunto y por su imparcialidad religiosa –ni siquiera intencionada sino fruto de la indiferencia–, en igual medida se puede [valorar] a partir de estos rasgos 39 Gibbon, en el cap. 26, n. 113: a superficial epitome of 257 years (un epítome superficial de 257 años). 40 Gibbon, cap. 23, n. 83, careless of theological disputes (despreocupado de las disputas teológicas).
644 Jacob Bernays Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 que no estaba en condiciones de hacer justicia a los problemas historiográficos tales como los planteados por los gobiernos de Diocleciano y Constantino. El humilde oficial –que, como griego, se había abierto hueco en esa ociosa falta de gusto que era el estilo de lectura declamatoria habitual entonces en Roma– no poseía ni la ternura suficiente para escuchar los últimos suspiros del mundo antiguo moribundo ni la amplitud y agudeza de mirada necesarias para alumbrar –a través de las nubes de polvo que levantaban, como él se queja41, los obispos que viajaban a los sínodos por todos los caminos del país– una perspectiva capaz de apreciar el nuevo tipo de religión y sus repercusiones políticas. Sin embargo, a pesar de todos estos defectos, Amiano –que captó las buenas influencias del intento de Juliano de revivir el mundo antiguo sin profundizar en su entusiasmo neoplatónico–, sigue siendo absolutamente el último escritor que sabe entender y exponer las cosas terrenales con perspicacia humana, de una manera que recuerda al menos a la antigua imparcialidad, sin dejarse extraviar por los cielos dogmáticos. Después de él, la historiografía comienza a ser, exterior e interiormente, imposible, precisamente para las mentes más nobles y capaces. Por un lado, el secretismo despótico y la presión despótica les privaron del material histórico fiable, y ahogaron la palabra veraz; por otro lado, el interés vivo por las cosas de este mundo, pecaminoso y caduco, fue contenido por la nostalgia de eternidad; la capacidad de discernimiento político también estaba perturbada, ya que los objetos brillaban con colores religiosos y políticos al mismo tiempo. Solo cuando se trata de la oposición entre bárbaros y heleno-romanos, pueden las mejores mentes encontrar todavía a veces su camino, porque aquí, a través de la diferencia entre la civilización y la fuerza bruta, estaban delimitadas firmes parcelas del juicio. Prisco sabe narrar su visita a Atila con una claridad y transparencia que no son indignas de Jenofonte y el cansado lector de Procopio y Agatías respira aliviado cuando puede pasar del aburrido vacío de las intrigas y controversias bizantinas a las huesudas y gigantescas figuras de los godos o a los fogosos corceles de los árabes y persas. * (De un borrador provisional42.) La extinción de la facultad historiográfica desde Diocleciano está relacionada con el auge del cristianismo. Los objetos se volvieron más difíciles de captar porque oscilaban entre lo religioso y lo político (pintura)… Cuando esta indiferencia hacia la existencia cotidiana creció hasta el anhelo del milagro, se perdió la capacidad de distinguir entre lo posible y lo imposible, es decir, el ojo histórico se volvió ciego… No fue hasta 41 Ammianus XXI 16, 18 (traducido por Gibbon, cap. 21, n. 91). 42 [Sobre el siguiente fragmento, véase más arriba la nota 37.]
645 La obra histórica de Edward Gibbon. Un ensayo de valoración Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 el final de la Edad Media –después de que el papado se convirtiera en un poder político y el dogma perdiera su poder cautivador para los espíritus más nobles, y antes de que la época de la reforma entrelazara la política con las controversias dogmáticas– cuando el estamento de los políticos se formó en esa indiferencia religiosa que reconoce la situación política como una realidad sólida, que funciona de acuerdo con leyes y digna de ser abordada intelectualmente. En los países donde, además del comercio y la industria, se había desarrollado una gran vida urbana, como en Borgoña e Italia, reaparecen de nuevo hombres que pueden reclamar un lugar junto a Heródoto y Tucídides: Philippe de Commines y Maquiavelo. Mientras tanto, no faltan el conocimiento y la transmisión de los hechos, pero falta el ojo para resumirlos bajo un punto de vista. * Gibbon es el único en haber acabado una obra de historia de gran envergadura, basada en una minuciosa investigación académica y de estilo depurado43. Tucídides, Niebuhr y Macaulay no estaban preparados. Heródoto, Tácito44, Commines y Maquiavelo, aparte de todo lo demás, no son comparables ya simplemente por el tamaño de sus obras. Polibio y Guicciardini no están pulidos estilísticamente. Livio no se tomó en serio la investigación. Los dos franceses Thuano y Thiers –quienes también tienen estilo y quieren llegar al fondo de las cosas, y sobrepasan a Gibbon en la dimensión externa de su obra–, se vieron libres de la penosa investigación erudita gracias a la naturaleza de su material y a la inusitada fortuna de su posición vital. Thuano recibió las memorias de los hombres de Estado de su época, que solo tuvo que revisar estilísticamente, y Thiers tenía a su disposición en los archivos estatales franceses, preparado de la manera más conveniente, casi todo su material, no utilizado antes de él. El ojo de Gibbon para las tareas históricas es evidente, por ejemplo, en el cap. 39, n. 24, en su crítica a Montesquieu: M. had formed the plan of a history of Theodoric, which at a distance might appear a rich and interesting subject (M. había elaborado el plan de una historia de Teodorico, que a distancia podía parecer un tema rico e interesante). Creo que una vez Franklin se divirtió calculando qué condiciones previas y preparativos son necesarios para elaborar un trozo de pan. No es tan divertido, 43 El 8 de noviembre de 1862, en la p. 559 del Saturday Review, hallamos un buen artículo (The acacias of Lausanne) sobre la relación de las obras históricas grandes y completas con las pequeñas o fragmentarias. El punto de partida es la descripción que hace Gibbon de sus sentimientos al concluir su obra (Life, p. 190). 44 Los treinta libros de los Anales e historias de Tácito hacen como un medio Gibbon, sin tener en cuenta las notas.
646 Jacob Bernays Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 pero sí mucho más útil, averiguar qué logros deben haber precedido para que sea posible una buena obra de historia antigua. La historia antigua solo puede contarse utilizando la reflexión, porque en casi ningún lugar se pueden obtener con certeza los detalles necesarios para una narración completa45. La nueva debe ser contada sobre todo narrativamente. La historia antigua y la nueva requieren talentos muy diferentes. Hasta ahora nadie ha conseguido cosechar laureles en ambos campos. El tratado de Spittler sobre Eusebio es tan insignificante como los discursos de Ranke sobre Dionisio de Halicarnaso y las Antiquities of the house of Brunswick de Gibbon solo causan la alegría de saber que no perdió más el tiempo en tales asuntos. Con el progreso del arte historiográfico, la cantidad de acontecimientos narrados disminuye. Heródoto cuenta más que Tucídides. En el arte de dar una visión general concisa y clara, nadie ha superado el capítulo 48 de Gibbon. Gibbon capta las cosas desde una visión panorámica, de manera que en la mayoría de los casos la investigación posterior de los detalles añade muy poco a lo que él habría podido contar de acuerdo con su plan. Lo que ha contado está tan extraído de aquella parte del material histórico que es duradera y, desde un principio, segura para toda mirada correcta, que nada esencial se modifica entonces a partir de la crítica de las fuentes, aunque Gibbon haya escogido un guía poco fiable. Respecto a la exposición de las Cruzadas, que se hace entre los capítulos 58 y 59, véase una opinión del 30 de noviembre de 1861 que aparece en Saturday Review, p. 561. Gibbon introduce su capítulo XXVI, el primero que trata de la migración de los pueblos, con una descripción de los grandes terremotos del año 365, y solo la reflexión sobre la conexión entre lo elemental y las convulsiones históricas constituye el puente hacia su auténtico objeto46. Gibbon utiliza las leyendas como Leibniz utiliza las exageraciones de Jacob Böhme, a saber, con fines estilísticos para dar sentido a sus reflexiones47. Con qué excelencia ha mencionado la leyenda de los siete durmientes al final del capítulo 33 para medir los intervalos de los tiempos48. Sin embargo, no debe haber consultado a Focio, porque, de lo contrario, no habría dejado de subrayar la ingenua alegría del patriarca por el hecho de que el milagro había llegado justo en el momento oportuno para fundamentar, mediante un argumentum ad hominem, la resurrección de los muertos, puesta en duda en aquel momento por el obispo de Egas, Teodoro (Bibl. cod. 253 p. 468a 17 Bekker). Cabe señalar 45 Véase la p. 2 del cap. 48, ed. Lips: those general pictures which compose the use and ornamento of a remote history (esos cuadros generales que componen el uso y el ornamento de una historia remota). 46 En el mismo capítulo se hace una reflexión histórico-cultural sobre la situaciónde los pueblos pastores. 47 Asimismo, al final del cap. 35: los doce buitres seculares. 48 Al poema de Goethe Siebenschläfer en el Diván (Chuld Nameh), le falta el punto de vista histórico.
647 La obra histórica de Edward Gibbon. Un ensayo de valoración Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 de paso que las siete paradojas epimedianas cristianas pueden simbolizar la inmortalidad del alma tanto como la única pagana. * Gibbon demuestra un gran arte al traer lo más lejano al presente, no mediante pedantes insinuaciones sino probando la filiación. Así, al final del cap. 61, la genealogía concluye con consideraciones sobre el estado de la nobleza inglesa de la época y el empréstito tomado por Balduino II empeñando la Corona de Espinas, cap. 61, nn. 50-54, concluye en la maravilla del Palais Royal. Él mismo, en su tratamiento del material histórico, concede importancia al degree of conexión with the Roman world and the present age (grado de conexión con el mundo romano y la época actual), (introducción al cap. 48, p. 6 de la edición de Leipzig); allí dice de los rusos: so important in their present greatness (tan importantes en su grandeza actual). * El capítulo 34 sobre Atila y Teodosio II es uno de los más artísticos en su sencillez. Aquí tenía buen material con los fragmentos de Prisco y se ve cómo sabe utilizarlos. Los intentos de Vigilio de asesinar a Atila son pulidos agudamente y utilizados de modo conveniente para tornar históricamente emocionante la exposición, que de otra manera corría el peligro de convertirse en una mera descripción moral. * En el cap. 26, entre nn. 95 y 96, Gibbon sugiere al lector que debe entender una alusión que remite a un apotegma mencionado diecisiete páginas antes: the treaty which their sagacious leader had tacitly stipulated with the fortification of great and populous cities (el pacto que su sagaz líder había estipulado tácitamente con la fortificación de grandes y populosas ciudades). Dando un vistazo a la nota 75 pacem sibi esse cum parietibus. * Donde Gibbon narra con detalle y añade notas es tan exhaustivo para su época que nadie sensato ha sido tan osado, como dice acertadamente Niebuhr, de tratar de proseguir su narración. El único suplemento real ofrecido por aquella época filológica e historiográfica, a saber, la Historia de los emperadores iconoclastas de Schlosser, publicada en 1812 al mismo tiempo que la afirmación de Niebuhr, se refiere al capítulo 48, el único que no tiene
648 Jacob Bernays Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 notas y que, según su intención expresa, debía ser solo un resumen apresurado (a rapid abstract, p. 5 de la edición de Leipzig). [Para mostrar la superioridad del arte de exposición de Gibbon como historiador, traemos a colación aquí un breve pasaje de ambos: la historia del matrimonio de Teófilo]: Gibbon, capítulo 48 (p. 37 de la edición de Leipzig) Los rusos, que tomaron prestada la mayor parte de su constitución estatal y eclesiástica de los griegos, se adhirieron a una extraña costumbre –cuando el zar se casaba– que duró hasta el siglo pasado. No reunían a las vírgenes de todos los estamentos y de todas las provincias, pues hubiese sido demasiado vanidoso y romántico, sino a las hijas de los nobles más distinguidos, que ahora debían esperar la elección de su príncipe en palacio. Se dice que se eligió una forma similar para el matrimonio de Teófilo. Con una manzana dorada en la mano, caminó lentamente entre dos filas de bellezas que competían entre sí. Su mirada se detuvo en los encantos de Casia. Con la timidez de un primer encuentro, el príncipe no pudo hacer otra observación que la de que las mujeres han sido la causa de muchos males en este mundo. “Y seguramente, señor”, respondió ella con ligereza, “han sido de igual manera causa de mucho bien”. Al pretendiente imperial le disgustó la inoportuna ocurrencia y se alejó indignado. Casia buscó ocultar su humillación en un convento. Y el modesto silencio de Teodora fue recompensado con la manzana de oro. Schlosser, Historia de los emperadores iconoclastas, p. 470. Su madrastra (de Teófilo) Eufrósine […] reunió en su palacio, en una sala llamada La Perla, a las jóvenes más bellas y distinguidas e invitó a su hijastro, al que condujo a la reunión, a entregar a una de ellas, a la que elegiría como esposa, la manzana de oro que le había traído. Por encima de todas, la belleza de la culta e instruida Casia atrajo la mirada de Teófilo, que se detuvo ante ella y prorrumpió en una exclamación que, ciertamente, contenía un extraño cumplido: “Todo el mal ha venido al mundo a través de una mujer”. Casia ya se consideraba una emperatriz, y se habría convertido en una si hubiera podido resistir la tentación de mostrar su espíritu, pero se apresuró a responder, sonrojada: “Pero por una mujer (es decir, María) se sigue salvando cada día”. El Emperador era lo suficientemente mayor como para no desear por compañera a ninguna de esas mujeres que tienen una respuesta ingeniosa para cada pregunta, y que son adoradas y halagadas en sociedad, pero que en el hogar y entre los simples amigos de la virtud tranquila son temibles serpientes, que con bocas risueñas escupen un veneno tanto más mortal cuanto menos se reconoce como tal; se apartó de ella y eligió a la gentil, piadosa y doméstica Teodora, que solo se corrompió en el trono, donde fue idolatrada. Casia ingresó en un convento que construyó para sí misma, y se hizo muy famosa en la iglesia griega como erudita y poetisa de poemas espirituales.
649 La obra histórica de Edward Gibbon. Un ensayo de valoración Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 ¿Quién no preferirá la desnuda narración de Gibbon, con su nota introductoria de la conexión entre Moscú y Bizancio y el recuerdo pasajero de Ahasvero (véase el Libro de Esther 2.3), mucho más que las reflexiones adicionales de Schlosser sobre las “escupidoras de veneno” y su explicación entre paréntesis “es decir, María”? Por cierto, aunque las propias fuentes digan γῠνή (mujer), cosa que debo verificar primero, el plural es indispensable para una narración moderna, al menos en el discurso del emperador. * Estilo. Gibbon escribe un inglés universal que consta solamente de partes de la frase inglesa, pero no de expresiones inglesas: un inglés lógico, pero no idiomático. El reproche de Porson se refiere a esto. Lo mucho que había perdido su lengua materna por su juventud pasada entre los franceses, lo demuestra la nota de Sheffield Misc. I 416, especialmente la carta de 1756 (Misc. I 414 y ss.). En Lectures on the English language de Marsh, tras grandes muestras de los autores más importantes, se calcula la proporción entre las palabras sajonas y las romances. Gibbon es el que más componentes romances tiene de toda la lista, impresa en Saturday Review, 2 de noviembre de 1861, p. 464. Solo tiene un 70% de palabras sajonas, mientras que la Biblia, por ejemplo, tiene entre un 90 y un 96%. Se tomó como prueba el cap. 7. En Life of Robertson de D. Stewart (Apéndice Nota H) hay una carta de Burke a Murphy, el traductor de Tácito, en la que compara, sin nombrarlo, el estilo de Gibbon con el de Robertson y atribuye al primero un feigned manner of falsetto, as the musicians call something of the same sort in singing (fingida manera de falsete, como los músicos llaman a algo del mismo tipo en el canto). * Su estilo es epigramático, pero se trata de epigramas monumentales, no ocurrentes; la chispa reside la mayoría de las veces solo en la brevedad y en la omisión de lo irrelevante. El estilo tan condecorado de Gibbon solo es adecuado para la historia universal, en la que la masa de hechos debe exponerse de forma concentrada y juzgarse de forma ejemplar. Pero se acabó convirtiendo en un esclavo de ese estilo y no pudo desprenderse de él ni siquiera en el monográfico Antiquities of the House of Brunswick, del que Byron tomó su Parisina. Ahí se vuelve pomposo, es decir, ridículo. Por ejemplo, las reflexiones (MW, vol. II, p. 661) sobre el monacato de Oberto I, marqués de Liguria: Pride and ambition are the vices of the world, humility is the first virtue of a monk (El orgullo y la ambición son
650 Jacob Bernays Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 los vicios del mundo, la humildad es la primera virtud de un monje), etc. Como epílogo de un hecho histórico mundano, como fuera la renuncia a la corona de Carlos, se puede decir que es bastante majestuoso; en relación con esta oscura espada medieval, es el epitafio de un retórico sobre la tumba de un ratón. * La consolidación de su posición literaria se vio muy favorecida por el hecho de no llegar a una segunda revisión. Pero incluso si se hubiera dado el caso, como mucho la habría extendido a las notas. Cambiar grandes partes del texto se lo habrían impedido la composición ajustada y el estilo equilibrado de las diferentes frases. Aquí no se podía mover ni una sola piedra sin que todo el muro se tambaleara. * Notas sobre el texto. Un ejemplo de la instructiva abundancia de notas de Gibbon lo da el cap. 14, n. 10 sobre el lugar de nacimiento de Constantino, comparado con el pobre tratamiento del mismo tema en Manso. Muchas notas, especialmente en la segunda tríada, dan caracterizaciones. El índice señala a Herbelot, Mariana, Mosheim, Muratori, Petavius. El lado personal de Gibbon se encuentra en las notas de su obra, pero solo en los tres últimos volúmenes, después de asegurar la inmortalidad de su obra. Lo más significativo está en el cap. 52, n. 50, sobre el número de sus horas felices. Reflexiones finales Lo mejor que se ha dicho hasta ahora sobre Gibbon se encuentra en el ensayo de Loebell Sobre las épocas de la escritura y su relación con la poesía, en los libros de bolsillo de historia de Raumer de 1841, nueva serie II, p. 360 ss. Las observaciones sobre Gibbon que Alexis de Tocqueville hace al leer su autobiografía (Carta de 1859, Oeuvres et correspondance inédites, París 1861, t. II, p. 480) son una prueba de cómo incluso los mejores franceses han perdido el criterio para trabajos eruditos. [Después de esto, no puede sorprender una frase de Napoleón.]. De Pradt, Ambassade de Varsovie, p. 17 dice: Tacite a fait des romans –disait Napoléon à M. de Jacobi, dans son voyage à Aix la Chapelle en 1804– Gibbons (sic) est un clabandeur; Macchiavel est le seul livre, qu’on puisse lire (Tácito escribe
651 La obra histórica de Edward Gibbon. Un ensayo de valoración Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 611-652. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.30 novelas –decía Napoleón a M. de Jacobi durante su viaje a Aix la Chapelle en 1804– Gibbons (sic) es un charlatán; Maquiavelo es el único libro que se puede leer). History of the progress and termination of the Roman Republic (Historia del progreso y del fin de la República Romana) de Adam Ferguson pretende, como indica el título, completar a Gibbon. El libro apareció en 1783, pero el plan ya había sido concebido en 1776, como lo demuestra una carta del 18 de abril (MW, vol. I, p. 502). En una carta a Gibbon después de la publicación del primer volumen (19 de marzo de 1776), Ferguson confiesa que en realidad no había esperado tal logro de Gibbon, y luego dice: I receive your instruction and study your model with great deference (Recibo su instrucción y estudio su modelo con gran deferencia, MW, vol. I, p. 499). Lo que Cicerón dice en Bruto 75.262 de los Comentarios de César, sanos quidem homines a scribendo deterruit (así Hirtius en el prefacio bellum Gall. Libro VIII ut praerepta non praebita facultas scriptoribus videatur). Ningún sanus después de él se atreverá a narrar esta parte, como continuación. Niebuhr también lo sintió así. * Los alemanes afirman, falsamente, que entienden a Shakespeare mejor que los ingleses. Con razón se podría decir que un alemán puede entender a Gibbon mejor que un inglés. Para poder valorar a Gibbon hay que conocer los apuros de los alemanes y la educación continental. Los ingleses no son seguidores de Gibbon precisamente porque describe la declinación y caída y los ingleses siguen ascendiendo y gozando de buena salud. Una persona fuerte y sana no puede ponerse en el lugar de un enfermo y débil. * Quien quiera informarse de la fatalidad histórica de la confusión oriental, no puede desear otra luz que la que prende para el hombre sin prejuicios esta historia que termina con la conquista de Constantinopla (véase más arriba sobre Genz). Cómo de emparentado, por elección propia, estaba Gibbon con el siglo XIX se desprende del entusiasmo de Byron por él49. El rasgo histórico que protege a Byron del salvajismo es esencialmente gibboniano50. No cita a ningún escritor con tanta frecuencia como a Gibbon. 49 Véanse especialmente las dos estrofas del canto III de Childe Harold, 105 y 107. 50 Byron ya tenía una lectura histórica inusualmente amplia incluso en su juventud. En Notices of the life of Lord Byron (antes de las Works de L.B., ed. de Th. Moore, Londres, 1832), Vol. 1, p. 140 y ss., se da a conocer una larga lista de obras que ya había leído (perused) el poeta cuando tenía 19 años.