Biomímesis: respuestas a algunas objeciones
Abstract
La idea de biomímesis -imitación de algunos rasgos de los ecosistemas a la hora de reconstruir ecológicamente los sistemas humanos- parece importante para dotar de contenido a la noción más formal de sustentabilidad. Pero ciertamente cabe plantear fundadas dudas y objeciones a la misma. Este artículo trata de anticipar y responder a algunas de esas previsibles objeciones.
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BIOMÍMESIS: RESPUESTA A ALGUNAS OBJECIONES JORGE RIECHMANN Universidad de Barcelona [email protected] Resumen. La idea de biomímesis -imitación de algunos rasgos de los ecosistemas a la hora de reconstruir ecológicamente los sistemas humanosparece importante para dotar de contenido a la noción más formal de sustentabilidad. Pero ciertamente cabe plantear fundadas dudas y objeciones a la misma. Este artículo trata de anticipar y responder a algunas de esas previsibles objeciones. Palabras clave: biomímesis, imitación, ecosistemas, sustentabilidad. Abstract. The idea of biomimicry -imitation of some ecosistemic features in order to reshape ecollogically human systemsseems important, if we intend to give content to the somewhat more formal notion of sustainability. Nevertheless, it can and should be questioned. This paper tries to anticipate some of these doubts and objections, and answer to them. Key words: biomimicry, imitation, ecosystems, sustainability. “Compartís [la burguesía] con todas las clases dominantes que han existido y perecieron la idea interesada de que vuestro régimen de producción y propiedad, obra de condiciones históricas que desaparecen en el transcurso de la producción, descansa sobre leyes naturales eternas y sobre los dictados de la razón.” Karl Marx y Friedrich Engels1 “Cuanto más preparada esté una ecopolítica para cuestionar su propio discurso sobre la ‘naturaleza’, mayor será su efectividad.” Kate Soper2 La idea de biomímesis Desde hace decenios, ecólogos como Ramón Margalef, H. T. Odum o Barry Commoner han propuesto que la economía humana debería imitar la “economía natural” de los ecosistemas. El concepto de biomímesis (imitar la naturaleza a la hora de reconstruir los sistemas productivos humanos, con el fin de hacerlos compatibles con la biosfera) recoge esta estrategia, y a mi entender le corresponde un papel clave a la hora de dotar de contenido a la idea más formal de sustentabilidad3. Lo expuse ya, hace algunos años, en un capítulo de mi libro Un mundo vulnerable4; lo desarrollé más en el capítulo titulado “Biomímesis” del libro colectivo Industria como naturaleza, al que remito para ampliar las sucintas consideraciones que siguen5. 1 Karl Marx y Friedrich Engels, El manifiesto comunista, Ayuso, Madrid 1981 [original redactado en 1847], p. 41. 2 Kate Soper, What is Nature?, Blackwell, Oxford 1995, p. 151. 3 Aunque los orígenes del concepto son anteriores, la palabra ecomímesis se acuñó, creo a mediados de los años noventa. Un artículo seminal es el de Gil Friend: “Ecomimesis: copying ecosystems for fun and profit, The New Bottom Line, 14 de febrero de 1996, ”, que puede consultarse en http://www.natlogic.com/resources/nbl/v05/n04.html. 4 Jorge Riechmann, Un mundo vulnerable, Los Libros de la Catarata, Madrid 2000, p. 117-118. 5 Estefanía Blount/ Luis Clarimón/ Ana Cortés/ Jorge Riechmann/ Dolores Romano (coords.): Industria
El término biomímesis se usó, en los años noventa, dentro de disciplinas como la robótica, las ciencias de materiales, o la investigación cosmética, con un sentido más restringido que el que vengo proponiendo. Así, por ejemplo, cabe estudiar la locomoción de los insectos con vistas a desarrollar robots hexápodos que funcionen correctamente. La idea entre los investigadores de tales disciplinas ha sido más la imitación de organismos (o partes de estos) que la imitación de ecosistemas (sin embargo, éste último es el objetivo que a mi entender hemos de plantearnos primordialmente). Allende esta biomimética ingenieril, podemos tomar el principio de biomímesis en un sentido más amplio: se tratará, entonces, de comprender los principios de funcionamiento de la vida en sus diferentes niveles (y en particular en el nivel ecosistémico) con el objetivo de reconstruir los sistemas humanos de manera que encajen armoniosamente en los sistemas naturales. No es que exista ninguna agricultura, industria o economía “natural”: sino que, al tener que reintegrar la tecnosfera en la biosfera, estudiar cómo funciona la segunda nos orientará sobre el tipo de cambios que necesita la primera. La biomímesis es una estrategia de reinserción de los sistemas humanos dentro de los sistemas naturales. Ya a mediados de los años noventa, la idea de ecomímesis había avanzado lo suficiente como para plasmarse en un sólido manual6. Janine M. Benyus, la investigadora que lo escribió (popularizando así el término biomimicry en el mundo de habla inglesa), destaca que los sistemas naturales tienen las siguientes diez propiedades interesantes: 1. Funcionan a partir de la luz solar. 2. Usan solamente la energía imprescindible. 3. Adecúan forma y función. 4. Lo reciclan todo. 5. Recompensan la cooperación. 6. Acumulan diversidad. 7. Contrarrestan los excesos desde el interior. 8. Utilizan la fuerza de los límites. 9. Aprenden de su contexto. 10. Cuidan de las generaciones futuras. La naturaleza, “la única empresa que nunca ha quebrado en unos 4.000 millones de años” según el biólogo Frederic Vester, nos proporciona el modelo para una economía sustentable y de alta productividad. Los ecosistemas naturales funcionan a base de ciclos cerrados de materia, movidos por la energía del sol: ésta es su característica fundamental, si los contemplamos con “mirada económica”. Se trata de una “economía” cíclica, totalmente renovable y autorreproductiva, sin residuos, y cuya fuente de energía es inagotable en términos humanos: la energía solar en sus diversas manifestaciones (que incluye, por ejemplo, el viento y las olas). En esta economía cíclica natural cada residuo de un proceso se convierte en la materia prima de otro: los ciclos se cierran. Por el contrario, la economía industrial capitalista desarrollada en los últimos dos siglos, considerada en relación con los flujos de materia y de energía, es de naturaleza lineal: los recursos quedan desconectados de los residuos, los ciclos no se cierran. como naturaleza. Hacia la producción limpia, Los Libros de la Catarata, Madrid 2003. 6 Janine M. Benyus, Biomimicry: Innovation Inspired by Nature, William Morrow, Nueva York 1997. Véase al respecto la página web www.biomimicry.org
Seis principios básicos de sustentabilidad A partir de la biomímesis, del funcionamiento de los ecosistemas, podemos sugerir seis principios básicos para la reconstrucción ecológica de la economía (aunque no tengo aquí espacio para derivarlos de manera más rigurosa): 1. ESTADO ESTACIONARIO en términos biofísicos. 2. VIVIR DEL SOL como fuente energética 3. CERRAR LOS CICLOS de materiales 4. NO TRANSPORTAR DEMASIADO LEJOS los materiales 5. EVITAR LOS XENOBIÓTICOS como COP (contaminantes orgánicos persistentes), OMG (organismos transgénicos)... 6. RESPETAR LA DIVERSIDAD. Ciclos de materiales cerrados, sin contaminación y sin toxicidad, movidos por energía solar, adaptados a la diversidad local: ésta es la esencia de una economía sustentable. Cuando se trata de producción industrial, suele hablarse en este contexto de producción limpia. A todos los niveles la biomímesis parece una buena idea socioecológica y económico-ecológica: • ecología industrial, remedando los ciclos cerrados de los materiales en la biosfera; • ecología urbana para reintegrar armónicamente los pueblos y ciudades en los ecosistemas que los circundan; • ecoarquitectura buscando que edificios e infraestructuras “pesen poco” sobre los paisajes y ecosistemas; • agroecosistemas mucho más cercanos a los ecosistemas naturales que la actual agricultura industrial quimizada; • química verde con procesos que permanezcan cerca de la bioquímica de la naturaleza; • biotecnología ambientalmente compatible, con biomoléculas artificiales donde sea preciso, pero guiándonos por el proceder de la misma naturaleza, etc. Hay que indicar, por último, que la idea de biomímesis está estrechamente relacionada con el principio de precaución (el cuarto de los principios para la reconstrucción ecológica de los sistemas humanos que propuse al comienzo de este artículo): para apartarnos de los “modelos” de la naturaleza necesitamos razones mucho más fuertes, y conocimiento mucho más fiable, que para seguirlos. Esto implica sofrenar el optimismo tecnológico que ha caracterizado la historia de las sociedades industriales, y ser capaces de entender la historia como un aprendizaje al que hay que sacar partido. Sabemos que los privilegiados de este mundo hemos de reducir nuestro impacto ambiental en un factor aproximadamente de diez: es decir, reducir a la décima parte nuestro consumo de energía y materiales, liberando así espacio ambiental para que puedan vivir decentemente los seres humanos del Sur, y el resto de los seres vivos con los que compartimos la biosfera. Una parte de estas reducciones pueden lograrse mediante una “revolución de la ecoeficiencia”, pero no será suficiente: ha de completarse con una “revolución de la suficiencia”, y eso quiere decir modificar pautas de comportamiento, ideas y valores. Precisamos un “factor diez” ético-político, además del “factor diez” en ecoeficiencia que ya se formuló como objetivo en los años noventa del siglo XX. Aquí la educación ambiental puede desempeñar un papel clave.
Los peligros del naturalismo acrítico La propuesta de “imitar a la naturaleza” sin duda hará que más de un lector marxista o más de una lectora feminista se revuelvan inquietos en su asiento (reléanse las palabras del Manifiesto comunista que encabezan este artículo). Al fin y al cabo, la naturalización de lo social y lo cultural ha sido una de las armas favoritas de las fuerzas reaccionarias durante milenios, como bien saben los movimientos sociales que han luchado contra el patriarcado, la opresión religiosa, la dominación de clase, el racismo, las tergiversaciones nacionalistas o la represión de las sexualidades divergentes: sobran los ejemplos de construcciones culturales opresivas para grupos sociales específicos que eran legitimadas en virtud de su “naturalidad”. Incluso las políticas más abismalmente malignas –las políticas nazis de exterminio masivo, por ejemplo— han buscado legitimarse apelando a la naturaleza, y así el mismo Hitler –en una conversación con Rauschning que éste anotó— declaraba: “Tenemos el deber de despoblar, lo mismo que tenemos el deber de cuidar adecuadamente a la población alemana. (...) ¿Quiero yo eliminar estirpes enteras de un pueblo? ¡Sin duda alguna! Así aproximadamente, hacia ahí caminamos. La naturaleza es cruel. Por eso, también nosotros podemos serlo.”7 Un activista gay inquieto ante determinados discursos ecologistas puede insistir en que “si, en el proceso de ‘recuperar’ la naturaleza, el marxismo o cualquier otro movimiento político ignora la violencia y complejidad ideológica de la naturaleza como concepto cultural, sólo recuperará una naturaleza entreverada con esas ideologías que han contribuido a provocar crisis recientes. Por decirlo en dos palabras: corremos peligro de que mucho pensamiento reaccionario regrese siguiendo a la naturaleza y a aquellos que – con razón— reconocen la enorme urgencia de una política ecológica. Claro que hay distinciones obvias y fundamentales que pueden ayudar a evitarlo: entre la naturaleza humana y la naturaleza destruida por la cultura humana, entre la concepción ecológica y las concepciones ideológicas de la naturaleza... Pero se trata de distinciones que el concepto tradicional de naturaleza no ha solido respetar.”8 Cautelas como las de Dollimore están justificadas: debemos ser especialmente rigurosos a la hora de invocar la naturaleza (en nuestro caso, a la hora de fundamentar nuestra propuesta de biomímesis). Hay que intentar trazar con nitidez las “distinciones fundamentales” a las alude, puesto que un naturalismo acrítico puede sin duda prestar apoyo ideológico a los sistemas de dominación que –por otra parte— han desempeñado un papel fundamental en el surgimiento de la crisis ecológica actual. Ya abordé en un ensayo anterior9 la elaboración conceptual de naturaleza, teniendo en cuenta los riesgos y complejidades a los que acabo de aludir; ruego que las reflexiones que siguen se lean sobre el trasfondo de aquel primer texto. 7 Citado en Rüdiger Safranski, El mal, Tusquets, Barcelona 2000, p. 240. En cuanto a la veneración de Hitler por la naturaleza como “cruel reina de toda sabiduría”, véase Carl Amery, Carl Amery, Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI? Hitler como precursor, Turner/ FCE, Madrid 2002. 8 Jonathan Dollimore, Sexual Dissidence: Augustine to Wilde, Freud to Foucault, Clarendon Press, Oxford 1991, p. 114-115. 9 Jorge Riechmann, “La industria de las manos y la nueva naturaleza. Sobre naturaleza y artificio en la era de la crisis ecológica global”, Ecología Política 13, Barcelona 1997, p. 87-106. Reescrito luego como capítulo 4 de Un mundo vulnerable, Los Libros de la Catarata, Madrid 2000.
Más tiempo de rodaje “Observa los fenómenos naturales y encontrarás en ellos un manantial inagotable de normas para el espíritu”, escribía Juan Ramón Jiménez hace casi un siglo10, recogiendo un consejo que cabría rastrear en la historia de las ideas de lo que llamamos Occidente desde su mismo origen (o más bien una de las fuentes de su plural origen): el pensamiento griego. Por eso, hay una objeción que surge de inmediato frente a las estrategias de biomímesis: ¿estamos de alguna forma reactualizando la viejísima tradición de derecho natural o éticas de cuño naturalista, que pretenden deducir valores del mundo natural o ciertos rasgos del mismo, incurriendo así en falacia naturalista? No es el caso. Se trata de imitar la naturaleza no porque sea una “maestra moral”, sino porque funciona. La biosfera es un “sistema de ecosistemas” perfectamente ajustado después de varios miles de millones de años de rodaje, autorreparación, reajuste darwiniano continuo y adaptación mutua (coevolución) de todas las piezas de todos los complejísimos mecanismos: enseguida insistiré sobre ello. No es estática, pero se mantiene en una estabilidad dinámica merced a sutiles mecanismos de retroalimentación negativa que los cibernéticos y teóricos de sistemas saben apreciar en su justo valor. No es que lo natural supere moral o metafísicamente a lo artificial: es que lleva más tiempo de rodaje. Crítica de la “teoría verde del valor” de Goodin Creo que vale la pena ahondar un poco en la cuestión del valor, en relación con lo natural y lo artificial. Pues más de un pensador ecologista trabaja –explícita o implícitamente— con una idea de la naturaleza como prístina otredad de la cultura, de manera que resulta tanto menos valiosa cuanto más mezclada con la actividad humana. Esto lo ha formalizado el politólogo australiano Robert E. Goodin (que de alguna forma teoriza la filosofía de la deep ecology, al menos en alguna de sus versiones) en su “teoría verde del valor”: “Lo que hace valiosos los recursos naturales es precisamente su naturalidad. Es decir, lo que les confiere valor no son atributos físicos o propiedades que podrían exhibir. Más bien es la historia y el proceso de su creación. Según la teoría verde del valor, lo que resulta crucial para hacer valiosas las cosas es el hecho de que han sido creadas por procesos naturales en vez de procesos humanos artificiales.”11 Para esta “teoría verde del valor” lo valioso es aquello que ha sido creado por procesos naturales, y no por intervención humana; y Goodin emplea la analogía con las falsificaciones en el mundo del arte para argumentar que un ecosistema restaurado, incluso si fuese idéntico al original, resultaría menos valioso por tratarse de un fruto de la actividad humana. Hay dos o tres críticas pertinentes que hacer, creo. Veamos la primera. La característica de lo natural que –según Goodin— resulta crucial para explicar su valor es el “formar parte de algo más grande que nosotros mismos/ fuera de nosotros mismos” (p. 45), pues de esa forma “fijamos nuestro lugar en el mundo exterior” y conseguimos “situar el yo, en un sentido psicológicamente profundo que importa enormemente a la 10 Juan Ramón Jiménez, Ideolojía (ed. de Antonio Sánchez Romeralo), Anthropos, Barcelona 1990, p. 141. 11 Robert E. Goodin, Green Political Theory, Polity Press, Cambridge 1995, p. 26.
gente” (p. 39). La gente necesita como el comer, según Goodin, encontrar su “lugar en el mundo”: y es precisamente la naturaleza –los procesos naturales independientes de la actividad humana— la que puede proporcionárselo. Si ésta es la razón, parecería que la elección de nuestro teórico verde resulta algo arbitraria. Al fin y al cabo, la sociedad/ comunidad humana –con todo su denso tejido de relaciones sociales y toda su dimensión simbólica— es un candidato obvio a ese “algo más grande que nosotros mismos/ fuera de nosotros mismos” que puede dar sentido a la vida humana. ¿Por qué la naturaleza en vez de la sociedad, si de lo que se trata es de dar sentido? Y no es que en este punto falten los candidatos: ¿por qué no la Nación, o la Raza Elegida, o la Única Religión Verdadera? ¿Por qué precisamente la naturaleza? Tenemos una profunda necesidad de situarnos y de orientarnos, es verdad; pero hay muchas maneras de hacerlo, y no se ve por qué habría que privilegiar una de ellas. Una segunda crítica es la siguiente. Puesto que –de acuerdo con esta teoría del valor— basta con pasear por el ecosistema virgen para degradarlo, parece lógico concluir que sería mejor que nunca hubiese existido la especie humana, lo cual ya es fuerte como conclusión. Pero además podemos preguntarnos: ¿por qué la misma argumentación no debería aplicarse a otros seres vivos, que igualmente hacen uso de los recursos de la naturaleza? ¿Por qué la interacción humana con la naturaleza devalúa ésta, y no lo hace la interacción de otras especies no humanas? De nuevo, parece introducirse aquí una opción arbitraria. Se diría que la posición de Goodin conduce a lo que se ha llamado –en sociología medioambiental y en historia de las ideas-- “excepcionalismo humano”12, quizá incluso a lo que yo he caracterizado en otro lugar como “tesis del espléndido aislamiento”13, y en esa medida es (a) ontológicamente poco plausible, y (b) políticamente poco coherente con los objetivos del movimiento ecologista y el movimiento de defensa de los animales. Mi tercera observación crítica es la siguiente. Para Goodin, la naturaleza alterada por la intervención humana es siempre menos valiosa que la naturaleza prístina. Eso conduce a conclusiones tan absurdas como que una persona curada por una intervención médica es menos valiosa que otra que no ha pasado por semejante cura (o que ella misma antes de beneficiarse de ella). Por ejemplo, un enfermo de cáncer quedaría devaluado después de atravesar una operación quirúrgica y una radioterapia que consiguiesen eliminar su tumor... Parece por tanto que hay buenas razones para abandonar la “teoría verde del valor” de Goodin (u otras similares). El problema no es que el trabajo humano se “mezcle” más o menos con la naturaleza, alterándola (por emplear el viejo lenguaje de la teoría de la apropiación de Locke, luego desarrollado en la teoría del valor-trabajo de Ricardo y Marx); el problema es que los excesos de la actividad humana dañan las posibilidades de vida buena para muchos seres humanos, y para muchos seres vivos no humanos susceptibles también de vivir una viva buena. 12 El concepto de “excepcionalismo/ exencionalismo humano” fue introducido en la sociología ambiental en un artículo seminal de Catton y Dunlap (William R. Catton y Riley E. Dunlap: “Environmental sociology: a new paradigm”, The American Sociologist vol. 13 (1978), p. 41-49). Los dos autores criticaban la perspectiva dominante en la sociología estadounidense, prendida de lo que denominaron paradigma del excepcionalismo humano: la idea de que los rasgos excepcionales de homo sapiens – lenguaje, tecnología, ciencia, cultura en general— eximían a las sociedades industrializadas de las constricciones de la naturaleza. Después cambiaron el término por el de exencionalismo humano, para admitir que no cuestionaban que los seres humanos posean características “excepcionales”, sino que nuestra especie estuviera exenta de las constricciones ecológicas. Véase Riley E. Dunlap. “Evolución de la sociología del medio ambiente: breve historia y valoración de la experiencia estadounidense”, en Michael Redclift y Graham Woodgate: Sociología del medio ambiente, McGraw Hill/ Interamericana de España, Madrid 2002, p. 3 y ss. 13 Jorge Riechmann, Todos los animales somos hermanos, Universidad de Granada 2003, p. 52-58.
El valor básico, en mi propia teorización, es el florecimiento de los vivientes (o si se quiere: la buena vida de los seres capaces de tener una buena vida).14 Como se ve, esto no tiene que ver –directamente al menos— con la cuestión natural/ artificial. Si una estrategia de biomímesis parece recomendable no es porque nos aproxime a la naturaleza (y esto sea valioso como tal), sino porque nos acercaría –en mi opinión— a un mundo propicio a ese florecimientos de los vivientes (humanos y no humanos). “No se puede ir contra la naturaleza” Otra objeción podría venir de quienes sostienen, como Fernando Savater, que “si hay razones para considerar rechazables ciertos logros humanos, nada tendrán que ver desde luego con su mayor o menor ‘naturalidad’, porque ir contra la naturaleza es cosa que nadie sabe hacer... al menos en este mundo”15. El pensador donostiarra defiende que, desde una perspectiva materialista, no se puede ir contra la naturaleza porque todo es natural, “el plástico es tan natural como la miel”16. Si así fuera, la misma idea de biomímesis carecería de sentido: todos los sistemas humanos serían igualmente naturales (o antinaturales), y no podríamos distinguir entre ellos según su mayor o menor cercanía a la naturaleza, ni esgrimir características de los sistemas naturales como deseables para los sistemas humanos. Ya en mi ensayo “La industria de las manos y la nueva naturaleza” critiqué este punto de vista: creo el tipo de materialismo al que apela Savater es demasiado esquemático y reductivo, y sostengo que podemos ir contra la naturaleza en este mundo en un sentido que es filosóficamente relevante, y que praxeológicamente --en la era de la crisis ecológica global-- resulta esencial. Sin repetir ahora los detalles de mi argumentación, ofreceré al menos algunos ejemplos de uso coherente del término antinatural: • Antinatural como incompatible con la bioquímica de la vida (en este sentido, el DDT, el lindano o el metilmercurio son antinaturales). • Antinatural como perturbador de los ciclos de materiales de los ecosistemas (en este sentido, el grueso de la producción industrial actual es antinatural). • Antinatural como desequilibrador de los grandes ciclos biogeoquímicos de la biosfera (en este sentido, los sistemas energéticos basados en combustibles fósiles son antinaturales). Aunque “no se puede ir contra la naturaleza”, como dice Fernando Savater, si naturaleza se entiende como la totalidad de las cosas existentes (sometidas a las regularidades que estudian las ciencias naturales), ciertamente sí que se puede ir contra la naturaleza en cuanto biosfera, y ése es el sentido que resulta más relevante para los debates ecológicos contemporáneos. Vale la pena, en este punto, recordar la tercera “ley” informal de la ecología que propuso Barry Commoner hace más de treinta años: nature knows better (la naturaleza sabe lo que se hace). No se trata aquí de ninguna sustantificación esencialista ni ninguna deificación de “Madre Naturaleza”, sino de una manera muy condensada de transmitir una verdad empírica importante. A saber: 14 Jorge Riechmann, “Capacidades esenciales y florecimiento de los vivientes”, capítulo 4 de Todos los animales somos hermanos, Universidad de Granada 2003. Véase también el apéndice del mismo libro “En torno a la noción de valor”. 15 Fernando Savater: Diccionario filosófico, Planeta, Barcelona 1996, p. 244 (voz NACER). 16 Savater, op. cit., p. 245.
“Detrás de cada ser vivo hay dos o tres mil millones de años de ‘investigación y desarrollo’. En todo este tiempo se ha producido una pasmosa cantidad de seres vivos individuales, cada uno de los cuales ha dado oportunidad de ensayar la conveniencia de algún cambio genético al azar. Si este cambio es perjudicial para la viabilidad del organismo, lo más probable es que éste muera antes de poder transmitirlo a las futuras generaciones. De esta manera, los seres vivos han acumulado una compleja organización de partes compatibles; las posibles combinaciones que eran incompatibles con el conjunto quedaron borradas en el largo transcurso de la evolución. Así, la estructura de un ser vivo actual o la organización de un ecosistema natural actual serán probablemente ‘las mejores’ en el sentido de que fueron despejadas de los componentes perjudiciales hasta el punto de que cualquier forma nueva sería, casi con toda seguridad, peor que las existentes.”17 Commoner explica su principio mediante una analogía mecánica: si uno abre la tapa posterior de un reloj, cierra los ojos e introduce la punta de un lápiz en la maquinaria, casi siempre estropeará el reloj. Ciertamente existe una minúscula probabilidad de que el reloj estuviese dañado y que la intervención fortuita del lápiz consiguiese arreglarlo: pero nadie pondrá en duda que se trata de un resultado sumamente improbable. Algo parecido sucede en los sistemas naturales, donde las partes y el todo son recíprocamente coherentes después de casi cuatro mil millones de años de coevolución. LAS "LEYES" BÁSICAS DE LA ECOLOGÍA SEGÚN BARRY COMMONER 1. Todo está relacionado con todo lo demás. La biosfera es una compleja red, en la cual cada una de las partes que la componen se halla vinculada con las otras por una tupida malla de interrelaciones. 2. Todas las cosas han de ir a parar a alguna parte. Todo ecosistema puede concebirse como la superposición de dos ciclos, el de la materia y el de la energía. El primero es más o menos cerrado; el segundo tiene características diferentes porque la energía se degrada y no es recuperable (principio de entropía). 3. La naturaleza es la más sabia (o “la naturaleza sabe lo que hace”, traducción del inglés nature knows better). Su configuración actual refleja unos cinco mil millones de años de evolución por "ensayo y error": por ello los seres vivos y la composición química de la biosfera reflejan restricciones que limitan severamente su rango de variación. 4. No existe la comida de balde. No hay ganancia que no cueste algo; para vivir, hay que pagar el precio.18 Fuente: Barry Commoner, El círculo que se cierra, Plaza y Janés, Barcelona 1973, p. 33-45. En suma, es bien sabido que “natural” y “naturaleza” son términos polisémicos. La tesis implícita en mi defensa de la biomímesis es que, a la hora de hacer frente a la crisis ecológica actual, el sentido más importante de “natural” es “acorde con el funcionamiento de ecosistemas y organismos”: natural como congruente con la biología 17 Barry Commoner, El círculo que se cierra, Plaza y Janés, Barcelona 1973, p. 41. 18 Esta ley cuarta no es sino una de las posibles formulaciones del principio de entropía o segunda ley de la termodinámica, de incalculable importancia a la hora de pensar la relación entre sociedades humanas y biosfera. Puede verse una introducción breve en Jorge Riechmann: “Por qué los muertos no resucitan y el reciclado perfecto es imposible”, capítulo II.1 de Francisco Fernández Buey y Jorge Riechmann: Ni tribunos. Ideas y materiales para un programa ecosocialista (Siglo XXI, Madrid 1996). El clásico para esta cuestión es el economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen: un artículo suyo luminoso y accesible es "¿Qué puede enseñar a los economistas la termodinámica y la biología?", en la compilación de Federico Aguilera Klink y Vicent Alcántara De la economía ambiental a la economía ecológica (Icaria, Barcelona 1994).
de los ecosistemas y la bioquímica de los organismos. En este sentido, debemos aspirar a una agricultura natural, una industria natural, unos sistemas energéticos y de transporte naturales, etc. UN EDIFICIO COMO UN ÁRBOL, UNA CIUDAD COMO UN BOSQUE “Trabajando con un equipo reunido por el profesor David Orr, del Oberlin College, concebimos la idea de un edificio y su entorno que funcionaran del mismo modo que un árbol. Imaginamos distintas formas de que pudiera depurar el aire, crear sombra y hábitat, enriquecer la tierra, y cambiar según las estaciones, eventualmente aportando más energía de la que necesitaría para funcionar. Tendría paneles solares en el tejado, una línea de árboles en el lado norte del edificio para protegerlo del viento y aumentar la biodiversidad, un interior diseñado para cambiar y adaptarse a las preferencias funcionales y estéticas de las personas, con tarimas y moquetas alquiladas, un aljibe que almacenaría agua para elriego, una máquina viviente en su interior y aparte del edificio –que consta de un estanque lleno de organismos y plantas especialmente seleccionados para la limpieza de los efluentes; aulas y amplios espacios públicos orientados hacia el oeste y el sur para aprovechar el sol; cristales especiales en las ventanas para controlar la cantidad de luz ultravioleta que penetrara en el edificio; un bosque restaurado en el lado este del edificio; y una forma de concebir el mantenimiento del paisaje y de los suelos que harían innecesarios los plaguicidas o el regadío. Estas características están actualmente en proceso de optimización –en su primer verano, el edificio comenzó a generar más energía de la que utilizaba--, lo cual hace de él un modesto pero esperanzador comienzo. Imaginemos un edificio como un árbol, una ciudad como un bosque.” Michael Braungart y William McDonough, Cradle to cradle (de la cuna a la cuna), McGraw Hill, Madrid 2005, p. 132-133. Contra el pansociologismo que niega la distinción entre naturaleza y sociedad Ya antes distinguimos entre dos de los sentidos importantes del término naturaleza: naturaleza como totalidad de las cosas existentes (sometidas a las regularidades que estudian las ciencias naturales), o naturaleza como biosfera (se trata respectivamente de naturaleza-1 y naturaleza-4, con la terminología que propuse en el capítulo de Un mundo vulnerable al que hice referencia)19. Ahora me importa evocar otro sentido de naturaleza, el que está en la base de la importante distinción “natural/ artificial”: se trata de la naturaleza en cuanto conjunto de las cosas que existen o suelen existir sin intervención humana (naturaleza-2, en mi terminología de Un mundo vulnerable). Pues bien: otra de las objeciones que pueden alzarse contra el principio de biomímesis se basaría en la negación de la distinción natural/ artificial. Diría más o menos: ¿imitación de la naturaleza? ¿Imitar qué, si ya no puede distinguirse, o quizá nunca se pudo, entre naturaleza y sociedad? En otro contexto (una polémica contra la idea de sustentabilidad fuerte) así lo defiende, por ejemplo, el profesor de la Universidad de Málaga Manuel Arias Maldonado, que investiga sobre cuestiones de democracia y sustentabilidad: 19 Jorge Riechmann, “La industria de las manos y la nueva naturaleza. Sobre naturaleza y artificio en la era de la crisis ecológica global”, capítulo 4 de Un mundo vulnerable, Los Libros de la Catarata, Madrid 2000.
sean más semejantes a los productos de la naturaleza. Así, por ejemplo, y en lo que a nuestra ropa se refiere, no se trata de volver a un estado preindustrial idealizado, donde no se empleasen más que fibras naturales. Pues “los materiales naturales para cubrir las necesidades de la población actual ni existen ni pueden existir. Si varios miles de millones de personas quisieran prendas vaqueras de fibras naturales teñidas con tintes naturales, la humanidad tendría que destinar millones de hectáreas al cultivo de algodón e índigo, simplemente para satisfacer la demanda –y esas hectáreas son necesarias para la producción de alimentos. Además, incluso los productos ‘naturales’ pueden no ser necesariamente saludables para los seres humanos y el entorno. El índigo contiene mutágenos y, al ser normalmente cultivado en explotaciones de monocultivo, reduce la diversidad genética.”39 Por decirlo con otro ejemplo: encarecer artificialmente el transporte (por medio de una fiscalidad ecológica bien diseñada) que previamente se abarató de manera insostenible y artificial (con el uso masivo de combustibles fósiles), tal sería el tipo de naturalidad a que podemos aspirar en el siglo XXI. 40 Una técnica más amoldada a lo orgánico Siendo verdad –como lo es— que “el hombre transforma iterativamente el entorno”41, y tomando nota de que “lo importante es que el artificio no sólo se contrapone a lo natural, sino ante todo a un artificio previo, que se trata de mejorar, o que simplemente se deja de lado” (ibid.), la propuesta de biomímesis trata de dejar de lado en ocasiones esos “artificios previos” o rasgos de la tecnosfera que se han mostrado disfuncionales por su falta de coherencia con los ecosistemas; y trata en ocasiones de mejorar artificios previos, empleando como criterio de valoración precisamente el buen encaje dentro de la biosfera. En su obra maestra Técnica y civilización, publicada en 1934, Lewis Mumford, no sin algo de wishful thinking, invocaba un futuro alternativo que en aquel tiempo aciago no logró abrirse camino. Pero quizá ahora, en otro tiempo crítico, tenga una oportunidad: “Hemos alcanzado ya un punto en el perfeccionamiento de la tecnología misma en que lo orgánico ha empezado a dominar a la máquina. En vez de simplificar lo orgánico (...), hemos empezado a complicar lo mecánico, con el fin de hacerlo más orgánico; por tanto, más efectivo y más armonioso con nuestro ambiente vital. (...) Existe una nueva concentración de fuerzas del lado de la vida. Las exigencias de la vida, antes expuestas solamente por los románticos y por los grupos e instituciones sociales más arcaicas de la sociedad, están ahora empezando a ser representadas en el corazón mismo de la técnica. (...) Comprendemos ahora que las máquinas, en el mejor de los casos, son imperfectas falsificaciones de organismos vivos. Nuestros mejores aeroplanos son bastas e inciertas aproximaciones si se comparan con un pato en vuelo; nuestras mejores lámparas eléctricas no pueden comparararse en cuanto a eficiencia con la luz de una luciérnaga; nuestro sistema automático de teléfonos más complicado es un artefacto infantil si se compara con el sistema nervioso del cuerpo humano.”42 39 Michael Braungart y William McDonough: Cradle to cradle (de la cuna a la cuna), McGraw Hill, Madrid 2005, p. 38. 40 Más sobre este asunto en Jorge Riechmann, “La industria de las manos y la nueva naturaleza”, capítulo IV de Un mundo vulnerable, Los Libros de la Catarata, Madrid 2000. 41 Javier Echevarría, Los Señores del aire: Telépolis y el Tercer Entorno, Destino, Barcelona 1999, p. 40. 42 Lewis Mumford, Técnica y civilización, Alianza, Madrid 1992, p. 388, 389 y 392. (La edición original inglesa es de 1934.)
Me place dejar cerca de estas enjundiosas reflexiones de Mumford sobre la posibilidad de una técnica más cercana a lo orgánico otra interrogación, la de ese gran creador plástico que fue Eduardo Chillida: “Tengo la sensación de que la aplicación que se hace hoy día con tanta facilidad, en el mundo de la técnica, de la geometría a la realidad es un error terrible, en el sentido de que la geometría sólo es válida en la mente. Es decir, Euclides, cuando inventa sus puntos geométricos, parte de una base maravillosa, un lugar sin dimensión, que es el punto; pero en un papel un punto tiene dimensiones y entonces se hunde toda la geometría, es falsa. En realidad, la geometría en que está fundado el mundo de la técnica es falsa, habría que apoyar ese mundo técnico en otra estructura que no fuera solamente conceptual, sino que fuera de otro orden.”43 Creo que Chillida no está proponiendo ninguna regresión “tecnofóbica”, sino advirtiendo sobre la magnitud de las pérdidas que se producen cuando pasamos, demasiado rápidamente, del concepto abstracto a su plasmación en el mundo real; y está evocando –como Mumford hizo algunos decenios antes— otras posibilidades, quizá no tan utópicas como intentan hacernos creer (y para el escultor vasco tangibles, desde luego, a través de la práctica del arte). 43 Eduardo Chillida, Escritos (edición de Nacho Fernández), La Fábrica, Madrid 2005, p. 83.