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Procesos de animación en torno al olivar ecológico

Acosta Naranjo, Rufino

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Procesos de animación en torno al olivar ecológico. En I Jornadas mediterráneas de olivar ecológico. Tomo II. Cámara Oficial de Comercio de Industria de la Provincia de Jaén. Jaén. 1998. pp. 43-56. Rufino Acosta Naranjo Departamento de Antropología Social Universidad de Sevilla. En este trabajo pretendemos analizar las especificidades que el olivar presenta de cara a la realización de procesos de animación sociocultural tendentes al desarrollo de la agricultura ecológica, desde la convicción de que este agroecosistema resulta especialmente apto para ello debido a las siguientes razones: características ecológicas y de manejo, destacado lugar del olivar en la superficie de agricultura ecológica, variables socioeconómicas relativas a la estructura de la propiedad, importancia de las cooperativas y experiencia reciente de movilización de los olivareros. Todos estos aspectos son los que iremos desgranando a lo largo de las páginas que siguen, tras algunas consideraciones acerca del desarrollo de la agricultura ecológica y de los planteamientos de la agroecología. En efecto, de manera lenta pero sostenida, la agricultura ecológica ha venido asentándose en nuestro país en los últimos lustros, como consecuencia de los efectos negativos que sobre el medio ambiente y la calidad de los productos ha tenido la agricultura de la llamada revolución verde, la agricultura industrializada, y también como exponente de la creciente preocupación de la sociedad por las cuestiones ecológicas. Ahora bien, en los dos últimos años ha sido espectacular el incremento de la superficie inscrita en los distintos consejos reguladores de este tipo de agricultura en España, y muy particularmente en Andalucía donde, según el Comité Andaluz de Agricultura Ecológica, pasó de 6.456 Ha a 42.814 en 1988. El olivar es el principal cultivo de los inscritos en el Comité Andaluz de Agricultura Ecológica y ha experimentado también ese espectacular salto, situándose actualmente en 14.151 Ha. La agricultura ecológica tiene ya una cierta solera en nuestro país, se ha ido extendiendo por distinto tipo de cultivos, ha empezado a tomar auge en la ganadería y ha visto cómo cambiaba y se hacía más plural el perfil de quienes la practican, desde el agricultor concienciado y militante al agricultor con mentalidad empresarial. Ahora bien, este vertiginoso incremento de última hora tiene mucho que ver con un fenómeno que cada vez cobra mayor importancia en la economía de las explotaciones agrarias: las subvenciones. En efecto, es a raíz de la aplicación más efectiva de los mecanismos de subvención, del incremento de las partidas destinadas a agricultura ecológica y otras medidas agroambientales, cuando tiene lugar el aumento de inscripciones. Este hecho viene a completar la tipología de agricultor ecológico con aquel que, ante la situación de crisis e incertidumbre en que se halla sumida la actividad agraria, se acerca a la agricultura ecológica al calor de los subsidios. Junto a los muchos agricultores que pueden encontrar en la agricultura ecológica y en sus ayudas el medio de sacar adelante sus explotaciones, aparecen también algunos pescadores en río revuelto ya bien conocidos en el campo de un tiempo a esta parte: los cultivadores de subvenciones. Surge así una suerte de agricultura ecológica pasiva, basada en la dejación de labores, a la que no es ajeno en alguna medida el olivar. En efecto, propietarios de olivares bastante dejados desde hace tiempo no han tenido dificultades para inscribirlos como de agricultura ecológica y recibir el preceptivo dinero por hectárea. Luego, evidentemente, la poca aceituna que se recoge en ellos no se vende como ecológica. Como ejemplo de lo que decimos, un vecino de uno de los pueblos de la comarca de Tentudía (Badajoz), donde estamos realizando una investigación sobre sistemas agrarios tradicionales, nos ilustraba con ironía este asunto: “Qué más ecológico que esto, que está todo abandonado...”. Sería injusto presentar como general este proceso, sobre todo en el olivar, donde desde hace años y salvando todo tipo de dificultades hay un buen número de agricultores que se arriesgan y luchan por defender una producción ecológica. Por otra parte no se puede dejar de considerar tampoco el esfuerzo de los consejos reguladores de agricultura ecológica por intentar que se lleve a cabo un cultivo ecológico y se realicen unas labores mínimas, pero ejemplos de lo expuesto más arriba nos sobran para poder sostener lo que decimos. Todo ello es posible porque, a pesar de las bellas intenciones que se insertan en los preámbulos de las normativas y de la prosa administrativa que precede y justifica las distintas disposiciones legales, lo cierto y verdad es que la normativa sobre agricultura ecológica tiene una concepción restrictiva y en negativo de la misma, es decir, se limita a prohibir el uso de ciertos insumos, de productos químicos de síntesis. No se trata, por tanto, de una agricultura ecológica preocupada por la generación de ecosistemas sanos y sostenibles, sino sólo por la ausencia de cierto tipo de sustancias. No obstante, éste es un primer paso importante y ha de ser reconocido. Más allá de la sustitución de insumos, la agroecología plantea el diseño de sistemas de manejo de los agroecosistema que garanticen la conservación del suelo, el agua y la materia viva. Aunque los ecosistemas transformados por los humanos y convertidos en agroecosistemas difieran de los ecosistemas no transformados, hay que buscar para éstos la lógica ecológica de la renovabilidad y sostenibilidad, el mantenimiento de una productividad sostenida, a través de procesos eminentemente biológicos que garantice la generación de externalidades ambientales. Este tipo de agricultura ha de ser ecológicamente sana, económicamente viable, socialmente justa, culturalmente aceptable y socioculturalmente humanizada. Desde esta perspectiva, la agroecología contempla la agricultura más allá de la producción o la productividad, pero no ve a los agricultores como simples jardineros del medio que semiabandona su actividad para servir a las demandas de naturaleza virgen de la sociedad urbanoíndustrial, sino como productores de cantidades discretas pero sostenidas de alimentos y otras materias primas cuya actividad genera beneficios ambientales. La agroecología busca romper la dependencia de los agricultores respecto de la agroindustria y basarse en los recursos endógenos de los territorios y las fincas, intentando, en la medida de lo posible, generar en ellas los propios factores de producción. En todo ello tiene una capital importancia el conocimiento local, creado en interacción con el medio a lo largo de siglos y fruto de la adaptación de la agricultura a las condiciones locales. Por eso es necesario el estudio de los sistemas agrarios tradicionales para buscar en ellos los principios ecológicos de la renovabilidad y la estabilidad y las técnicas concretas de manejo de los recursos de cada uno de los agroecosistemas, adaptarlos a las necesidades actuales y llevar a la práctica una agricultura que no suponga un peligro de deterioro ecológico, al contrario de lo que sucede con la agricultura convencional. Por tanto, el conocimiento local tiene un enorme potencial de desarrollo endógeno, pero el conocimiento y el manejo tradicionales no es algo aislado, sino que forma parte de ese todo que son las culturas e identidades locales, sin las cuales no se explican y a las cuales, a su vez, conforman. El mantenimiento y fortalecimiento de la cultura e identidad locales, de la diversidad cultural, ha de ser un objetivo de la agroecología, frente a la uniformización cultural de la llamada globalización, al igual que lo es la defensa de la diversidad biológica amenazada por la simplificación, pues son dos aspectos de un mismo procesos general. La cultura local tiene importancia tanto desde el punto de vista del manejo de los agroecosistemas como desde el del patrimonio etnológico y la identidad y, como veremos más adelante, como un elemento de autoestima de importancia crucial en la dinamización para el desarrollo. Pero con el conocimiento local, y más aun en el caso del olivar, no basta. Los contextos y las exigencias a la producción agraria son cambiantes, siempre lo han sido. En efecto, la agricultura llamada tradicional tampoco era estática o estacionaria, aunque algunos así quieran presentarla con la intención final de inhabilitarla. Es necesario alcanzar un conocimiento más profundo sobre ciertos procesos, por ejemplo los relativos a plagas, adventicias, fertilización, etc., así como sobre las técnicas de producción, control de erosión, optimización del uso del agua o diseño de fincas. También hace falta desarrollar tecnologías específicas, blandas, adaptadas a las condiciones locales y a las necesidades de las explotaciones, si se quiere llegar a un verdadero manejo agroecológico, sinérgico y en el que exista diversidad funcional. Para esa tarea se precisa la aportación del conocimiento científico, de los investigadores y los técnicos. Lo que con todo esto se quiere decir es que el desarrollo de la agricultura ecológica requerirá de un trabajo de divulgación y animación, sobre todo teniendo en cuenta que muchas de las ayudas que ahora se reciben serán transitorias. El aumento de la superficie registrada como de agricultura ecológica puede ser engañoso, pues hay que esperar a ver si el fenómeno se consolida. Más difícil aun será el empeño si de lo que se trata no es de una simple sustitución de insumos, de una definición en negativo, en el sentido de no utilización de ciertos productos, sino de una definición en positivo, del diseño de fincas y agroecosistemas que garanticen las sostenibilidad y renovabilidad de los recursos generando externalidades ambientales. Para esto no vale sólo con aportar subvenciones, sino crear estructuras de cooperación, organizaciones de agricultores para el desarrollo agroecológico. Es aquí donde confluyen dos estilos, entre otros muchos posibles, de agricultura ecológica y de animación sociocultural: la agroecología por un lado y, por otro, la animación sociocultural entendida como una tecnología que suscita procesos de participación tendentes a la creación o consolidación de un tejido social fuerte que sirva para la defensa de los intereses de los colectivos desfavorecidos, que los dote de poder y de capacidad de intervención en la sociedad a través de estructuras democráticas. Esos colectivos serían en nuestro caso el de los pequeños y mediano propietarios y el de los trabajadores del olivar, para los cuales la agroecología pretende ser, mediante un manejo adaptado a los recursos locales, un medio que busca la viabilidad económica de sus explotaciones, la ruptura de la dependencia de la agroindustria y los grupos sociales dominantes y el fortalecimiento de las estructuras de participación y cooperación para el desarrollo de las comunidades locales. El análisis de los rasgos específicos del mundo del olivar en relación con todo lo hasta ahora expuesto será el asunto que nos ocupe en las páginas que siguen. En efecto, como queda dicho, el olivar está a la cabeza del cultivo ecológico en Andalucía, fundamentalmente porque la revolución verde no entró a saco en él, no hubo una transformación tan brusca de su manejo como la que se dio, por ejemplo, en los cultivos herbáceos, debido sobre todo a la no mecanización de la poda y la recolección. Aquí, más que la transformación, primó la dejación de labores, pero manteniendo los árboles. Por ello ha tenido cierta facilidad para adaptarse a los requerimiento de la normativa existente en agricultura ecológica (por ejemplo en el control de plagas se permiten algunos de los productos que se venían utilizando o su sustitución por los correspondientes biológicos no ha planteado tantos problemas como en otros cultivos). El otro hecho determinante han sido las mayores posibilidades para la comercialización del aceite, en principio a granel y en grandes cantidades, con un mercado que hasta ahora absorbía sin apenas problemas una producción muy pequeña. También tiene que ver en esta posición en el escalafón la importancia de la superficie de olivar en el total regional y el hecho de que en los últimos años, la aceituna en general, ya sea por precios o por subvenciones a la producción, era una de las escasas producciones agrícolas del sur que gozaba de mejor salud, buena prueba de ello es la continua expansión que ha venido experimentando la superficie de olivar. En este contexto, el carácter ecológico de la producción era un valor añadido al de la propia aceituna y a las subvenciones. La nueva Ordenación Común del Mercado del aceite, que va frontalmente contra los intereses españoles, supone un cambio importante en esta situación. En efecto, el monto de las subvenciones que recibirán los productores españoles se reducirá drásticamente, lo cual tendrá una repercusión inmediata sobre las explotaciones y, por tanto, sobre las rentas de los agricultores y los que viven de los muchos jornales que el olivar procura, pues no olvidemos que el del olivo es el cultivo social por excelencia en el sur. Pero no es sólo eso sino que, además, aunque las subvenciones a la producción se mantienen temporalmente, en el horizonte queda la posibilidad de sustituir la ayuda a la producción por la ayuda al árbol, con lo cual se desincentiva la producción y se fomenta, en mayor o menor medida, la dejación de labores, el abandono o semiabandono del olivar, y por tanto la disminución del trabajo, la reducción de los jornales que el olivar da. La reforma de la OCM ha tenido importantes consecuencias positivas, pero no por ella misma, sino por los procesos que ha desatado en su contra, como veremos más adelante y que son muy relevantes para la animación sociocultural. Por otro lado, estando claramente en contra de las intenciones finales y de los resultados concretos de esta OCM, lo que sí parece evidente es que es necesario un cambio de política en torno al olivar. En primer lugar, y por impopular que resulte, es necesario poner fin a la política de expansión de este cultivo, sobre todo del olivar marginal, por los efectos negativos sobre el medio ambiente, fundamentalmente el suelo. Por otra parte, no se pueden atribuir las intenciones de controlar la producción española a una nueva conjura internacional y negar la existencia de un importante nivel de fraude, con producciones poco creíbles en el caso de bastantes fincas, sobre todo para quienes las conocemos directamente. Lo que parece claro es que la extensificación a que llevaría la ayuda al árbol, aunque tenga ventajas desde el punto de vista ambiental, no son aceptables desde el punto de vista social, con lo cual se debe intentar buscar efectos parecidos a los de la extensificación pero sin merma para el trabajo. En cualquier caso, y habida cuenta de que la OCM es un hecho, lo que tenemos que hacer ahora es valorar sus consecuencias sobre la dinámica de la producción ecológica en el olivar. En efecto, las ganancias por kilo de aceituna bajarán con el descenso de las subvenciones, por lo que sería de esperar que ello incitara a algunos productores a enjugar esa merma, al menos en el corto plazo, con las subvenciones por producción ecológica y con el sobreprecio que se obtiene por ello en el mercado, a pesar de que, con el aumento de la producción ecológica, su precio baje. Este sería un aliciente a la conversión a la agricultura ecológica o a la consolidación de esa opción para los que ya se decidieron por ello. Pero, como ya hemos expuesto en otro lugar, lo más importante es que el olivar, y sobre todo el manejo tradicional del olivar, ofrece unas tremendas ventajas para este tipo de agricultura y para el desarrollo endógeno si lo comparamos con otros agroecosistemas. El olivar mantenía en parte características y elementos del bosque mediterráneo, sobre todo en los árboles, algunos de ellos centenarios y de gran porte, que brindaban cobijo a multitud de especies animales, a las que también servían otros testigos de aquel ecosistema en las lindes y caminos, como las coscojas, carrascos, lentiscas y otros arbustos. El olivar tradicional, tal como lo hemos estudiado en el caso de la comarca de Tentudía, garantizaba la producción sostenida de excedentes basándose fundamentalmente en recursos de la zona, valiéndose para ello de la integración de la agricultura y la ganadería, que brindaba tracción y estiércol. Algunos cultivos esporádicos en el olivar, como las leguminosas, aportaban también fertilizante orgánico. La realización sistemática de las labores culturales mantenía un bajo nivel de fitopatologías. El estiércol brindaba también calor al árbol y prevenía enfermedades. Prácticas como el encalado o la siembra a partir de semillas, pequeñas estacas o injertos de acebuche en algunas zonas podían favorecer la salud de los árboles. En comarcas como la de Tentudía, en Badajoz, no se ha dado un monocultivo del olivar sino que éste era uno de los espacios agrarios (geofacies) que integraban todo el sistema agrario (geosistema), existiendo entre los distintos espacios un alto grado de complementariedad. Interesante también era el sistema de cultivo mixto de olivar y viña, a los que a veces se unía la higuera. Todo lo dicho hasta ahora abunda en la proximidad del olivar a la agricultura ecológica, pero no conviene mitificar a este agroecosistema como paradigma de bondad ecológica, ni mucho menos. No se pueden olvidar los tremendos efectos erosivos del laboreo, de la desprotección del suelo durante casi todo el año por eliminación de la cubierta vegetal, sobre todo en zonas de pendiente, como se puede comprobar al observar cómo la tierra arrastrada rebasa a las antiguas paredes al pie de las laderas. Lo mismo puede decirse también del escaso aporte de estiércol de algunas fincas, por lo menos en lo que hemos podido estudiar en el sur de Extremadura. En definitiva, la sostenibilidad del olivar tradicional es algo que está aun por medir y confirmar, habida cuenta sobre todo de que muchos de nuestros olivares son jóvenes, si los miramos a una escala ecológica amplia, pues gran parte del avance del cultivo se dio en el siglo XIX. Es por todo ello por lo que insistimos en que, además de indagar en el conocimiento tradicional, son necesarios estudios pormenorizadas en agronomía, ecología y biología, y el desarrollo de nuevas técnicas de manejo, sobre todo en los temas apuntados. Pasando ya a variables socioeconómicas, el olivar es también bastante apto para la producción agroecológica y el desarrollo endógeno por la importancia que en él tiene la pequeña y mediana propiedad. El olivar es apropiado para este tipo de explotaciones por la discrecionalidad y flexibilidad en la realización de las labores que ofrece en su manejo, por la posibilidad de articularlo con otras actividades y procesos de trabajo y por requerir bastante mano de obra (el factor de producción más abundante entre los pequeños propietarios), por su virtualidad en la transmisión del conocimiento local, uso de una tecnología simple y adaptada al medio, conservación del material genético autóctono y la biodiversidad, fijación de población, articulación territorial, vinculación con el medio y retención de beneficios económicos en la zona. A todo ello se une en nuestro caso el valor añadido que queda en los pueblos como consecuencia de la molturación de la aceituna en las almazaras cooperativas. Los pequeños y medianos propietarios constituyen un estrato que rompe la fuerte polarización social propia de contextos latifundistas y son un factor de vertebración social de gran importancia. En algunos de los pueblos que hemos estudiado en el sur de Extremadura, el olivar, junto con la explotación caprina, es la base de un proceso de campesinización. El olivar permite el acceso a la tierra, a la producción y la propiedad, de los trabajadores, y ello se dará con mayor intensidad, cuanto más importante sea en las explotaciones el factor trabajo, cosa que se puede potenciar con un manejo ecológico. Finalmente, el olivo es el cultivo social por excelencia, fuente de trabajo y soporte del conocimiento local y de la cultura del trabajo de los jornaleros, y crea una vinculación con el territorio a través de los procesos trabajo. En muchos pueblos es la única oportunidad de trabajo en el campo para las mujeres. Además, todo ello adquiere aun mayor relevancia al darse en un contexto de progresiva desagrarización y abandono del medio rural. A estos tres pilares, liderazgo en la superficie de agricultura ecológica, bases ecológicas del olivar y estructura socioeconómica del olivar, hay que unir dos más, el entramado cooperativo y las recientes movilizaciones contra la OCM, para darnos cuenta de las virtualidades que tiene para la dinamización agroecológica este agroecosistema. En efecto, si de suscitar un proceso de conversión a la agricultura ecológica se trata, hemos visto cómo el olivar es uno de los principales puntales de la misma, con lo cual ya se ha avanzado en la remoción de uno de los principales obstáculos. Quienes aun no han iniciado el proceso tienen un referente claro en otros agricultores que sí lo han hecho. No se trata de predicar las bondades de este tipo de manejo, de prometer beneficios venideros, de pedir fe en la hipotética existencia de técnicas de control de plagas o de mantenimiento de un nivel de producción discreto, ni de confiar en la aparición de todavía inexistentes vías de comercialización, pues todo ello es ya una realidad que se puede constatar sólo con visitar las explotaciones y cooperativas existentes o en reuniones en las que están presentes olivareros ecológicos. Tras el efecto demostración que todo ello supone, otra cuestión importante para la animación es la replicabilidad de las experiencias existentes. Este es un asunto especialmente importante desde el punto de vista de un manejo que se pretende adaptado a las condiciones locales, pues sería un contrasentido hablar de aplicación de un modelo general, como sucede con el de la revolución verde, a las condiciones socioeconómicas y ecológicas más diversas. Ahora bien, este auge, las dimensiones que ha alcanzado la agricultura ecológica en el olivar, hace que sean múltiples y diferentes las experiencias (aunque propiamente agroecológicas hay muy pocas), y que se puedan aproximar al tipo de proceso más parecido al de las condiciones particulares de cada caso, tanto desde el punto de vista de los recursos naturales y condiciones geográficas, como del tipo de propiedad, etc.. Por lo que respecta a la agroecología, un principio básico es que hay que investigar y aprender de la agricultura tradicional, de la lógica de los agroecosistemas y del manejo de los recursos de cada comunidad local concreta. Ese modelo sí es válido para todo lugar. Pero, como venimos repitiendo, para la agroecología no basta con poder inscribirse en el registro de explotaciones ecológicas y producir sin insumos químicos de síntesis, aunque hoy en día esto sea ya de por sí bastante meritorio y digno de aplauso. Es preciso ir más allá, al diseño de manejos adaptados a las condiciones de las fincas, que no generen impactos ambientales negativos (como sucede con bastantes de las producciones biológicas al uso) y garanticen la sostenibilidad. Para ello es necesaria la contribución de la investigación de la ciencia agronómica y ecológica y la indagación en el conocimiento local. Evidentemente, éste no puede ser un trabajo fragmentario de cada agricultor en su explotación, o de cada investigador en su parcela, sino que se requiere coordinación, medios y objetivos comunes. Una vez más, para todo ello el olivar ofrece notables condiciones, una de las cuales es la ya referida de la estructura de la propiedad y la existencia en las diversas zonas de cooperativas olivareras. Desde un punto de vista crítico, las cooperativas agrarias en general pueden ser vistas como simples mecanismos de encuadramiento de los productores para mejor servir a las necesidades de la agroindustria, como instrumentos de concentración de la oferta o la demanda. No olvidemos que muchas de ellas son sólo entes para la adquisición de insumos crecientes a precios algo más baratos. No vamos a engañarnos tampoco sobre la realidad del funcionamiento de bastantes de ellas, por ejemplo en cuanto a la implicación efectiva de sus socios, desde la simple asistencia a reuniones hasta el compromiso y observancia de las cláusulas de exclusividad, por ejemplo. Ahora bien, tampoco es menos cierto que muchas de ellas funcionan razonablemente y que, como es el caso del olivar, van más allá de la simple compra de insumos, pues llevan a cabo uno de los escasos procesos de transformación de las producciones locales, siendo una de las pocas industrias de muchos pueblos, algunas de ellas implicadas ya en la producción de aceite ecológico. Si la animación sociocultural se entiende como medio de desatar procesos de participación y fortalecimiento del tejido social, en el olivar es algo que ya existe en buena medida, pues las cooperativas están asentadas en los pueblos y son un elemento básico de ese tejido. Asimismo, por encima del ámbito local, también existe un movimiento cooperativo y es fuerte en muchos casos. La agroecología, o al menos la agricultura ecológica en el olivar, su expansión, fortalecimiento y reconversión hacia formas de producción basadas en los recursos endógenos y la ruptura de la dependencia de insumos externos, puede tener un punto de apoyo importante en el entramado cooperativo. El proceso de animación para la investigación en agricultura tradicional y en el descubrimiento de nuevas técnicas de manejo puede hacerse partiendo de las asociaciones de productores que ya existen y de la red de cooperativas, o al menos de una parte de los miembros de las cooperativas más sensibilizados con el asunto, que ya están o pueden estar practicando la agricultura ecológica. Han de ser los distintos grupos locales, comarcales o regionales los que, con la ayuda de investigadores y técnicos de distintas entidades lleven a cabo el proceso, pues ya existe madurez suficiente, estructuras organizativas, relaciones entre cooperativas y experiencia en gestión como para dar los primeros pasos en este sentido. La aparición de centros de desarrollo en buena parte de las comarcas españolas, asentados en los pueblos y que gestionan diversos programas, muchos de ellos relacionados con la producción agraria, son también entidades importantes que pueden colaborar en la tarea de dinamización. Además de existir organizaciones profesionales agrarias (débiles en nuestro país) y asociaciones de productores de diverso tipo, un hecho importante desde el punto de vista de la vitalidad del tejido social, de la sociedad civil, ha sido la reacción suscitada en contra de la OCM del aceite de oliva y la aceituna de mesa. En efecto, más allá de los lamentables efectos a los que nos hemos referido, su rechazo ha tenido la virtud de movilizar al sector como nunca antes había ocurrido. Es una evidencia en ciencias sociales que el conflicto tiene no sólo aspectos negativos, sino que es también un factor de cambio social y posee una virtualidad estructurante, hace cristalizar estructuras, sistemas de relaciones. La oposición al exterior, el enfrentamiento con otros, refuerza los lazos en el interior, crea o solidifica grupos e identidades, agrupa intereses. Esto es lo que ha sucedido en parte en nuestro caso, se han unido gentes del sector (y de fuera del sector) de muy diverso tipo. Es evidente que no hay que olvidar las diferencias clases y grupos de interés en este entramado vertical que ha emergido, como se puede constatar en las distintas posiciones adoptadas y en la disposición a la hora de secundar depende qué tipo de convocatorias y acciones. Ahora bien, sin obviar esa dimensión, todo este proceso ha dado lugar a la movilización social. La sensibilización con el problema ha hecho participar en acciones de protesta a pueblo enteros, ha posibilitado quizás el surgimiento de líderes, ha puesto en contacto a organizaciones y localidades diversas y distintas pero con intereses comunes y, finalmente, ha hecho protagonistas, de cara a la opinión pública de todo el país, a las gentes del olivar, se ha reivindicado y reconocido el papel de estos hombres y mujeres en la sociedad y la importancia que para la identidad y la cultura de muchos lugares de nuestro país, y sobre todo en Andalucía, tiene el olivo y el olivar. Esto debe servir de revulsivo a unas comunidades locales todavía sumidas en las tremendas consecuencias que para ellas tuvo lo violento y vertiginoso del proceso de modernización de España, que trajo como consecuencia la crisis no sólo de la agricultura tradicional, sino el ocaso de las culturas rurales, dejando sumida a la gente del campo en lo que se ha conocido como crisis social rural. Aunque episódico, este protagonismo de lo rural, de los pueblos del olivar, el hecho de que elementos de la cultura rural vuelvan a cobrar la importancia de símbolos, de referentes de identidad para una sociedad urbanoindustrial, es un elemento que hay que tener en cuenta por la importancia que entrañan para la autoestima de las comunidades locales, sobre todo de cara a procesos de dinamización y desarrollo. A ello debe contribuir también el interés por el medio rural asociado al desarrollo del ambientalismo y la reivindicación de la agricultura tradicional y el conocimiento local hechos por los científicos, entre ellos los antropólogos y agrónomos. En el caso del olivar, no ha variado tanto el manejo en gran parte del país como para ver al olivar tradicional como algo ya ajeno e inoperante, demasiado lejano. Las posibilidades de recuperación de técnicas antiguas son muchas. De todas formas, y en este caso, lo que me interesa aquí es destacar la importancia de todo ello para las identidades en el sentido antes apuntado. Para terminar, nos queda hablar de los recursos necesarios para este proceso de dinamización que, como trataré de explicar, existen. Con todos los puntos apoyo desarrollados a lo largo de este texto, tenemos bases sólidas para la dinamización agroecológica, partiendo del hecho de que existe un mínimo de recursos para, al menos, desatar el proceso o empujar un proceso que ya se ha iniciado. Me refiero, entre otras, a las distintas partidas presupuestarias para formación que habilitan las diferentes administraciones, debidas en gran medida a los altos índices de paro, y a los fondos nacionales y europeos relacionados con el medio ambiente y la agricultura, más concretamente a las medidas agroambientales de la Política Agraria Común. En muchos casos, como sucede con los fondos para cursos de formación del INEM o con los de la concertación de las distintas administraciones, estas partidas pueden convertirse en una forma más de financiar a ciertas organizaciones (sindicatos, patronal, organizaciones profesionales), con los consiguientes efectos de clientelismo y control. Ahora bien, son fondos en muchos casos sustanciosos, y en el caso de las ayudas agroambientales, pensados para una cierta reconversión hacia una agricultura compatible con el respeto al medio ambiente, a través de los cuales se puede iniciar una primera fase de información y formación sobre agricultura ecológica en el olivar, gestionados por cooperativas y asociaciones de cada zona e incluso ya con técnicos de las mismas, como ya ha empezado a suceder en algunos casos que conocemos. Como conclusión, creemos que a lo largo de estas líneas se ha puesto de manifiesto cómo el olivar tiene un tremendo potencial para la dinamización de sus gentes hacia la agricultura ecológica, como ya han demostrado un buen número de agricultores que, en circunstancia bastante menos favorables a las actuales, tuvieron el valor y la ilusión de emprender un nuevo camino para ellos mismo y para sus pueblos y que por ello son dignos de todo el reconocimiento.