La producción lexicográfica con el español y el francés durante los siglos XVI a XIX
Abstract
Este estudio analiza la historia de la producción lexicográfica bilingüe y multilingüe que reúne la lengua francesa y la española desde el siglo XVI hasta el XIX: diccionarios, vocabularios alfabéticos, nomenclaturas temáticas, glosarios técnicos…
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I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 LA PRODUCCIÓN LEXICOGRÁFICA CON EL ESPAÑOL Y EL FRANCÉS DURANTE LOS SIGLOS XVI A XIX Manuel Bruña Cuevas Universidad de Sevilla RESUMEN Este estudio analiza la historia de la producción lexicográfica bilingüe y multilingüe que reúne la lengua francesa y la española desde el siglo XVI hasta el XIX: diccionarios, vocabularios alfabéticos, nomenclaturas temáticas, glosarios técnicos… Palabras clave: lexicografía bilingüe; lexicografía multilingüe; diccionarios francés-español; diccionarios español-francés; nomenclaturas. ABSTRACT This study looks at the history of bilingual and multilingual lexicographical production that brings together French and Spanish from the sixteenth to the nineteenth century: dictionaries, alphabetical or thematic vocabularies, technical glossaries… Keywords: bilingual lexicography; multilingual lexicography; French-Spanish dictionaries; Spanish-French dictionaries; thematic vocabularies. En este estudio1 vamos a trazar un panorama general del desarrollo y principales características de las obras que, más o menos directamente, ponen en relación el léxico del francés con el del español dentro del marco temporal que va del siglo XVI al XIX, ambos incluidos2. 1 Este estudio se inscribe en el proyecto de investigación “Elaboración de un diccionario de la presencia y enseñanza del francés en España, siglos XVI-XX”, financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación (FFI2008-02389/FILO). 2 Entre los catálogos bibliográficos donde se encuentran recopiladas muchas de las obras que comentaremos, por el momento citaremos tan solo, por abarcar varios siglos, los de Quemada (1968) y Lindemann (1994), centrados en la lexicografía histórica con el francés, y Bajo Pérez (2000), centrada en la del español. Véanse asimismo los de Suárez Gómez (1961: 330-346), desde el siglo XVI a 1850; Fabbri (1979: 131-142), para los siglos XVI a XX; San Vicente (1995) para el XVIII, y los tres tomos, uno por siglo (del XVI al XVIII), de la BICRES de Niederehe (1994, 1999, 2005). Se encontrará un panorama comentado de varios siglos de la lexicografía francoespañola en Niederehe (1987; desde el siglo XVI a 1800), Verdonk (1991) y Carriscondo et alii (2000: 275-284). Sobre el campo lexicográfico conformado por los vocabularios en que el léxico se ordena por afinidad temática, puede verse el trabajo de Ayala Castro (1992), el cual, al versar sobre las nomenclaturas con el español, reserva amplio espacio a las bilingües o multilingües que también contienen el francés, si bien la última de este tipo citada es de 1781. Entre las tesis centradas, totalmente o en gran parte, en la producción lexicográfica española de varios siglos, véanse la de Suárez Gómez (1956), que comprende desde el siglo XVI a 1850, la de Cazorla Vivas (2002a), sobre los siglos XVIII y XIX, y la de Pablo Núñez (2008a), sobre los siglos XVI y XVII, trabajo este último de cuyo interés no dudamos por más que no hayamos podido leerlo al no estar aún publicado. Para otras referencias
38 Manuel Bruña Cuevas I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 1. SIGLO XVI Las lenguas española y francesa aparecen confrontadas por primera vez en 15263, concretamente en el Vocabulario de cinco lenguas Latina, Italiana, Francesa, Espagnola & Alemana, publicado en Venecia por Francesco Garrone. Se trata de la más temprana versión quintilingüe del Introito e porta de Adamo de Rodvila, aparecido primeramente en Venecia, en 1477, en versión bilingüe italiano-alemán, y del que existía desde 1510 una versión cuatrilingüe por adjunción del latín y el francés. Estamos ante una obrilla con listados de vocablos en columnas paralelas, una por cada lengua. Las voces conforman una nomenclatura, es decir, se distribuyen por grupos temáticos, sobre todo en la primera parte; la segunda y última parte de esta cartilla, sin abandonar la distribución temática, responde a veces también a una distribución gramatical (infinitivos, participios, locuciones, preguntas, etc.). Tras la edición de 1526, la obra fue reeditada constantemente hasta 1636 en diversas ciudades, ninguna de ellas española, y fue enriqueciéndose con otros idiomas hasta llegar a su versión octolingüe, siempre con inclusión del francés y el español. Junto a esta serie políglota se desarrolló otra que partió de presupuestos diferentes. El maestro de lenguas Noël Berlaimont publicó en Amberes hacia 15304 unos diálogos y modelos de cartas bilingües flamenco-francés, acompañándolos de un vocabulario, igualmente bilingüe, organizado por orden alfabético a partir de las entradas flamencas. En 1551 aparece en Lovaina la primera versión de la obra con el español: es el Vocabulario de quatro lenguas, Tudesco, Frances, Latino, y Español, impreso por Bartolomé Gravio. Enriquecido posteriormente con nuevos materiales didácticos, conocerá numerosas reediciones a lo largo de los siglos XVI y XVII, en versiones que van hasta las ocho lenguas. En ellas es constante la presencia del francés y habitual la del español, si bien para los nativos de estas lenguas no debió ser siempre fácil la consulta del léxico debido a que la distribución de las palabras seguía a menudo el primitivo orden alfabético de las entradas flamencas, inclusive en aquellas ediciones en que este idioma ni siquiera figuraba en el conjunto políglota. Por ello, cualquiera que pudiera ser la utilidad de esta obra en lo que atañe al aprendizaje de otros aspectos de la lengua, en lo que toca a los listados de vocabulario nos parece menos provechosa que la otra serie que existió paralelamente y a la que ya nos hemos referido, es decir, la serie derivada del Introito e porta de Adamo de Rodvila5. sobre catálogos bibliográficos que atañen al tema de este estudio, así como sobre otros recorridos comentados de la historia lexicográfica francoespañola, pueden consultarse los trabajos que hemos dedicado especialmente a consignar tales datos (Bruña Cuevas 2003, 2008a). Para un panorama de la metalexicografía del español, remitimos a Ahumada (2006, 2009). 3 Nos referimos a que aparecen confrontadas por vez primera en vocabularios de interés lexicográfico. No tienen ese carácter lexicográfico, pese a su título (Vocabulario para aprender franches, espannol y flaminco) las obras trilingües francés-español-flamenco publicadas en Amberes por Vorsterman en 1520 y 1530. 4 La primera versión de esta obra que nos ha llegado corresponde, no obstante, a la edición de 1536. 5 Sobre los vocabularios políglotas temáticos o alfabéticos del XVI, véanse Bourland (1933), Verdeyen (1925- 1935), Gallina (1959), Rossebastiano Bart (1984), Alvar Ezquerra (1991), Colombo Timelli (1992, 1993), Nieto Jiménez (2000a, 2000b), Acero Durántez (2003, 2008), García Aranda (2003), Martínez Egido (2006), Redondo Rodríguez (2006a), Corvo Sánchez (2007a).
La producción lexicográfica con el español y el francés 39 I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 Tanto la presentación de listados políglotas de léxico por orden alfabético como su presentación por apartados temáticos conocieron un desarrollo mayor en el siglo XVI que el que acabamos de señalar. En ordenación alfabética destacó el Dictionarium de Ambrosio Calepino, que, publicado por primera vez en 1502, en Reggio Emilia, como un diccionario latino con algunas equivalencias griegas, las incorporó progresivamente en otras lenguas, entre ellas el español y el francés, hasta llegar a once idiomas antes de finalizar el siglo XVI. Aunque el español ya se incorpora en 1559 a una edición cuatrilingüe de Lyon (latíngriego-italiano-español), habrá que esperar a la también edición lionesa de 1565 (latíngriego-italiano-francés-español) para que aparezca por primera vez junto al francés. Ambos idiomas se encontrarán en las numerosísimas ediciones de la obra realizadas desde esa fecha hasta bien avanzado el siglo XVIII, las cuales conservaron siempre su estructura primitiva de entradas y definiciones en latín y equivalentes en lenguas diversas6. En cuanto al ámbito de la presentación del léxico por campos temáticos, destaca primeramente la obra de Hadrianus Junius. Su Nomenclator omnium rerum propria nomina variis linguis explicata indicans (Amberes, 1567) es una extensísima nomenclatura con las entradas en latín y correspondencias en griego, alemán, neerlandés, francés, italiano, español e inglés, si bien pueden faltar los equivalentes en alguna de estas lenguas para ciertas entradas; de hecho, su ausencia es lo más común en el caso del inglés, contrariamente a los equivalentes en alemán y neerlandés, que figuran casi siempre. Esta nomenclatura se granjeó un gran éxito, conociendo muchas reediciones en que podía cambiar el número de lenguas, por lo que no todas reúnen el francés y español. Pese a ello, las reediciones con nuestras dos lenguas se sucederán aún durante los primeros decenios del siglo XVII, conservando siempre, pese a alguna reestructuración más o menos afortunada, su carácter de gran nomenclatura temática7. Menor recorrido temporal tuvo, en cambio, la Sylva vocabulorum et phrasium, sive Nomenclator octo linguarum, de Heinrich Decimator, una amplia nomenclatura con las entradas en latín y equivalencias en hebreo, griego, italiano, francés, español, alemán y neerlandés. Deriva de una primera versión de la obra fechada en 1580, bastante diferente, con el léxico dispuesto por orden alfabético y solo trilingüe alemán-griego-latín. Ya con disposición temática, reúne por primera vez el francés y el español en su edición de 1596, base de la última de 1606. Aunque las equivalencias alemanas y francesas suelen aparecer constantemente, las españolas, como ya era el caso en el Nomenclator de Junius, faltan muchas veces8. Los listados léxicos políglotas también se encuentran en obras que no son propiamente de tipo lexicográfico; así, en la Historia animalium (cinco volúmenes, 1551-1587), de Conrad Gesner, cada uno de cuyos libros presenta en preliminares un listado con los 6 Sobre el Calepino véase la Bibliographie de Labarre (1975). 7 En 1602, por ejemplo, el orden de los bloques temáticos se cambia para disponerlos alfabéticamente según su título. Esta operación, si bien podía facilitar la consulta de la obra en ciertos casos, rompía no obstante la sucesión primitiva de los apartados por afinidad temática de sus contenidos, lo cual pudo ser una razón para que reediciones posteriores, como la de Fráncfort de 1620, se mantuvieran fieles al orden de los bloques establecido por Junius. 8 Sobre Junius, véanse Martín Gamero (1961: 69-71), Acero Durántez (1992), Breva Claramonte (2003: 86-87). Sobre Decimator, Gallina (1959:189-204), Acero Durántez (1996). Sobre ambos autores, Acero Durántez (1993), García Aranda (2003: 107-109, 112-115).
40 Manuel Bruña Cuevas I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 nombres de los animales de los que se trata en la obra. Son listados en más de diez lenguas antiguas y modernas, europeas o no (latín, hebreo, griego, árabe, turco, italiano, alemán, francés, español, inglés, polaco y otras), y distintamente surtido en número de ítems según el idioma, siendo siempre el primero y mejor representado el latino y hallándose el francés y el español en todos los listados (el primero más copiosamente que este). Debido a que su finalidad no es lexicográfica, estos listados no ofrecen los equivalentes entre las diversas lenguas en columnas paralelas o unos junto a los otros, sino que cada relación léxica en una lengua sigue a la anterior; como, además, no se ofrece el nombre de cada animal en cada una de las lenguas, la consulta que persiga una información de equivalencias entre lenguas puede resultar fallida o dificultosa, lo cual podría paliarse recurriendo al apartado sobre denominaciones en los distintos idiomas existente en el artículo dedicado a cada animal. Esta estructura, por otra parte, no es exclusiva de Gesner, sino que se da también en las ediciones con lenguas modernas de la De medicinali materia de Pedacio Dioscórides Anazarbeo (como la de Amatus Lusitanus de 1553) y en sus versiones traducidas, como la titulada Acerca de la materia medicinal, y de los venenos mortíferos (Valencia, 1636), de Andrés de Laguna. Esta última, por ejemplo, contiene al final unas “Tablas Vniuersales de todos los nombres que en la obra presente segun varias lenguas, ocurren”, en las cuales, uno tras otro, se encuentran glosarios en griego, latín, árabe, latín de los boticarios, castellano, catalán, portugués, italiano, francés y alemán9. En la estela de Gesner, pero con un carácter divulgativo y didáctico y una temática más variada, se sitúa el Vocabulario del humanista (1569), de Lorenzo Palmireno. Dista muy mucho, no obstante, de ser tan rico en equivalencias políglotas como las obras de Gesner o Dioscórides, sobre todo en lo que atañe al francés: de sus nueve capítulos, solo en los dos primeros, sobre aves y peces, es realmente posible hallar equivalentes en francés u otra lengua de Francia para un cierto número, no demasiado elevado, de las entradas latinas y de sus correspondencias en castellano (y, a menudo, en valenciano, portugués o italiano)10. Más interés tiene desde nuestra perspectiva otra obra que también hay que situar entre las de carácter erudito: De origine, usu, et ratione vulgarium vocum linguae Gallicae, Italicae, & Hispanicae (París, 1583), de Jacques Bourgoing11. Se trata de un diccionario con las entradas en francés y equivalentes, tanto de esas entradas como de algunas voces francesas usadas en el interior de los artículos, en italiano y español, si bien estos equivalentes no aparecen sistemáticamente y son erróneos con frecuencia. Ahora bien, no se trata de un diccionario de equivalencias sin más, sino de un conjunto de comentarios diversos (etimológicos, históricos…), en latín, sobre cada vocablo y sobre las voces que el 9 Sobre Gesner o las diversas ediciones de la obra de Dioscórides, véanse Bajo Pérez (2000: 77-78), Breva Claramonte (2003: 91-92), Salas Quesada (2007). 10 La aparición de correspondencias en otras lenguas para las entradas latinas no excluye siempre la existencia de una equivalencia castellana, como parecería deducirse de esta declaración del autor en el “Aviso” preliminar de su obra: “[…] si no hallo vocablo con que arromançar vna cosa en Castellano, pongola en Valenciano, Italiano, o Frances, o lengua Portuguesa”. 11 Sobre Bourgoing, véanse Gallina (1959:181-188), Finoli (1993), Bierbach (1995).
La producción lexicográfica con el español y el francés 41 I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 autor percibe como relacionadas con él. La última entrada es la voz alum y la continuación prevista para la obra nunca vio la luz12. Alguna otra obra de carácter filológico también presenta un listado de palabras españolas junto a un listado de palabras francesas; es el caso en el apartado “Voci overo vocaboli, che usano i Latini, Greci, Prouenzali, Francesi, Spagnuoli, Thedeschi, Englesi, Gothi, et altre nationi, delle quali noi non citiamo se non quelle, che piu si confermano, o confanno alla lingua nostra uolgare, et massimamente con le usate da gli approbati auttori, cioè Boccacio, Dante, et Petrarca”, que ocupa los ff. 211r-222r de Le ricchezze della lingua volgare (Venecia, 1543), de Francesco Alunno. Pero, como se ve por el título del apartado, no es posible establecer aquí una correspondencia entre las voces del listado español y las del francés, sino que ambos listados, por lo demás con vocablos no coincidentes, se relacionan directamente solo con el italiano. Más interés puede presentar, en algunas ediciones de la Linguae Latinae exercitatio o Diálogos, de Juan Luis Vives, el índice final que reenvía a las palabras usadas en el libro. Únicamente en latín al salir de la mano de su autor, fueron añadiéndosele correspondencias en alguna otra lengua, dependiendo del lugar de publicación, e incluso en alguna edición, cual es la de Amberes 1552, un vocabulario en francés, alemán y español (Breva Claramonte 1994: 24-25 y, en este número de Philologia Hispalensis, Corvo Sánchez). Pese al poliglotismo que domina la presencia conjunta del léxico francés y español en las obras del siglo XVI, ya se dio entonces algún caso excepcional de producción propiamente bilingüe francoespañola. La primera obra en el tiempo que revela una intención claramente lexicográfica exclusivamente en ese ámbito bilingüe es el Vocabulario de los vocablos que mas comunmente se suelen vsar. Puestos por orden del Abecedario, en Frances, y su declaracion en Español (Alcalá de Henares, 1565), debido a Jacques de Liaño, es decir, al francés Jacques Ledel, llegado a la corte española en el séquito de la reina Isabel de Valois. No puede decirse que Ledel hiciera una obra realmente original. Su librito es en realidad una versión bilingüe de la serie plurilingüe de los Berlaimont, lo cual explica su estructura: el vocabulario propiamente dicho aparece precedido de unas normas de pronunciación de ambos idiomas y seguido de unos diálogos. Dicho vocabulario presenta las entradas en francés y distribuidas alfabéticamente según su primera letra, si bien en cada grupo formado por las palabras con la misma letra inicial las entradas no siguen ni un orden alfabético ni un orden temático, lo que, ciertamente, no facilitaría la consulta rápida de algún vocablo preciso. Aunque basado en Berlaimont, como hemos dicho, este listado léxico no es un mero calco, sino que presenta una cierta 12 No podemos considerar como propio de nuestro corpus, pese a su sugerente título, otro diccionario etimológico de finales del XVI: la Recopilación de algunos nombres arábigos, que los árabes (en España, Francia y Italia) pusieron a algunas ciudades y a otras muchas cosas (manuscrito, ca. 1593). Su autor, Diego de Guadix, no proporciona los equivalentes franceses de los vocablos españoles lematizados, pese a que sí los da a menudo en italiano (véase, por ejemplo, sobre). Ciertamente, algunas entradas son nombres castellanos que designan lugares franceses (Ardena, Secana, Sorbona…), pero el autor no proporciona su forma en francés. Del mismo modo, cuando alguna vez la entrada correspondiente a ese género de vocablos guarda su forma francesa (Ayne), no se encuentra en la definición ningún equivalente castellano, por lo que hay que entender que la forma de la entrada es considerada por el autor como la propia del español. Los pocos sustantivos comunes que aparecen en entrada y que se presentan como usados en el reino de Francia no nos resultan comprensibles: cirib, presentado como equivalente bretón de cama; xarra, presentado como equivalente de guerra.
42 Manuel Bruña Cuevas I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 remodelación, con supresiones y añadidos de vocablos que le confieren cierto grado de independencia con respecto a su fuente principal (Acero Durántez 1998). El Vocabulario de Ledel es la única versión de la serie Berlaimont editada en España en el siglo XVI. En su tiempo no tuvo ninguna reedición, como tampoco la tuvo la Grammatica de Baltasar de Sotomayor, otra obra publicada en el mismo año y por el mismo impresor con vistas a satisfacer la comunicación entre franceses y españoles en la corte madrileña. Grammatica y Vocabulario se vendieron en tiradas separadas, pero también bajo una misma encuadernación, como bien indica el título en la portada del conjunto: Grammatica con reglas muy prouechosas y necessarias para aprender a leer y escriuir la lengua Francesa, conferida con la Castellana, con vn vocabulario copioso de las mesmas lenguas. Curiosamente, más de setenta años después, en 1647, el impresor Antonio Lacavallería volvería a editar este conjunto de ambas obras en Barcelona, pero ya no al completo: además de no reimprimir algunos diálogos de Ledel, Lacavallería tampoco incluye el vocabulario propiamente dicho, o sea, el listado léxico francés-español, por lo que debe afirmarse que esta primera muestra lexicográfica bilingüe francoespañola solo conoció la edición de 156513. La primacía temporal que reconocemos al Vocabulario (1565) de Ledel en la lexicografía bilingüe que nos ocupa debe ser matizada: solo la tiene entre las obras impresas. Pero existe un vocabulario que nos ha llegado escrito a mano y que se le adelantó en el tiempo; se halla en el manuscrito 8431 de la Biblioteca Nacional de España, ff. 114r- 220r, entre un vocabulario español-italiano, que le precede, y otro español-vasco, que le sigue. Unidireccional español-francés, lleva por título, autor y año Dictionarium Linguae Franconiae, Año 1562. A Nicholaeo Landuchio ciuitatis Lucae Regionis Toscaniae vernaculae suae Linguae atque Franconiae Peritissimo14. Para encontrar una nueva muestra de lexicografía bilingüe francoespañola hay que esperar al final del siglo, a 1599, año en que el Recueil de Hornkens abre la historia de los diccionarios bilingües francés-español propiamente dichos. 2. SIGLO XVII El comienzo del siglo XVII representa también, en efecto, el verdadero inicio de la producción lexicográfica centrada en el español y el francés. En ese momento se hallaba a la venta el primer diccionario bilingüe con las dos lenguas que sea realmente merecedor de ese nombre: el Recueil o Recopilacion de Dictionarios Franceses, Españoles y Latinos, de Henricus Hornkens (Bruselas, 1599). Como toda obra inaugural, comporta aún ciertos signos de tanteo: por una parte, es unidireccional español-francés; por otra, incluye tras el equivalente francés de la entrada española un equivalente latino, lo cual podía contribuir a despejar cualquier duda en cuanto al sentido propio de la traducción francesa que se ofrecía. 13 Sobre Ledel, véanse Flores (1978), Azorín Fernández (1985), Lépinette (1990a: 320-324), Corcuera & Gaspar (1996: 178-186; 1999), Acero Durántez (1998), Bruña Cuevas (2000a: 64-67). 14 Sobre Landuchio, véanse Michelena (1958), Gallina (1959: 121-130), Cundín Santos & Líbano Zumalacárregui (2000: 311-312) y, en esta publicación, Echenique Elizondo.
La producción lexicográfica con el español y el francés 43 I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 Tras este primer paso, pronto se dará el segundo: aparece en París, en 1604, el primer diccionario bilingüe y bidireccional español-francés y francés-español. Es el Diccionario muy copioso de la lengua española y francesa, compuesto por Jean Pallet. Pero esta obra, como la de Hornkens, tendrá una vida breve. Mientras que la Recopilacion de Hornkens nunca fue reeditada, el mismo año en que aparecía el segundo tomo de la segunda edición del Diccionario de Pallet, es decir, en 1607 (la segunda edición del primer tomo había aparecido el año anterior), otro editor parisino, Marc Orry, se lanza a la conquista del mismo mercado al que atendía la obra de Pallet; y lo hace, además, blandiendo un nombre de autor prestigioso al que ya le había editado varias obras: el de César Oudin15. Este último, además de ocupar el cargo de intérprete del rey para las lenguas francesa, española y alemana, era ya conocido en 1607 por el público que se interesaba por el castellano no solo como traductor de diversas obras literarias españolas, entre las que figura en lugar destacado la primera parte del Quijote (1605), sino como maestro de español (cf. Péligry 1987, Collet Sedola 1996, Souto Garrido 2002, Zuili 2006), con producciones como su Grammaire et observations de la langue Espagnolle (1597), que iba por su tercera edición en 1606, y sus Refranes o proverbios españoles traduzidos en lengua francesa (1605), conjunto completado desde 1608 con sus célebres Dialogos muy apazibles, escritos en lengua Española, y traduzidos en Frances. Esta producción didáctica, abundantemente reeditada, ejercerá una enorme influencia durante todo el siglo XVII en otros autores del mismo género de obras. Por todo ello, y pese a que Hornkens y Pallet se le adelantaran en la publicación de un diccionario bilingüe español-francés, el perfil de César Oudin se nos antoja como el más adecuado para llevar a cabo tal empresa16. No sorprende, pues, que sea su diccionario, su Tesoro de las dos lenguas francesa y española, el que finalmente se convierta en la obra lexicográfica de mayor prestigio durante el siglo XVII en el ámbito hispanofrancés. A ello contribuyeron tanto las varias reediciones de que fue objeto en París, Bruselas y Lyon a lo largo de la centuria cuanto la propia calidad de la obra original, acrecentada merced a la revisión de que fue objeto por su hijo, Antoine Oudin, en la edición parisina de 1645, así como gracias al gran número de nuevas entradas con que la enriqueció el propio César Oudin desde la segunda edición (París, 1616) por influencia del Tesoro de la lengua castellana o española (1611) de Sebastián de Covarrubias, del Bocabulario de germania incluido en los Romances de germanía (1609) de Juan Hidalgo (seudónimo de Cristóbal de Chaves) y del Tesoro de las tres lenguas francesa, italiana y española (1609) de Girolamo Vittori. Esta última obra podría verse, si se juzgara solo por su título, como una vuelta al poliglotismo característico de la producción lexicográfica del siglo XVI, pero la realidad es que nada tiene que ver con las cartillas multilingües de orientación docente que proliferaron durante el XVI y seguirán haciéndolo durante el XVII. El Tesoro trilingüe de Vittori es, en 15 Sobre los primeros diccionarios francoespañoles –los de Hornkens, Pallet o Oudin–, véanse Gili Gaya (1951), Cooper (1960a, 1960b, 1962), Verdonk (1979, 1989, 1990, 1992a), Sánchez Regueira (1982), Gemmingen (1986), Lépinette (1990a, 1990b, 2001: 95-188), Guerreros Ramos (1992: 468-471), Azorín Fernández (2000: 70-81), Martínez Egido (2002), Bruña Cuevas (2005a: 158-60; 2007). 16 Jean Pallet era médico y se dedicó a componer su diccionario para rentabilizar una convalecencia de tres años en cama. El brabanzón Hornkens, por su parte, llevó una vida ajetreada; el haber sido enviado a España, al servicio de Alberto, poco antes de cumplir sus treinta años, explica su familiaridad con el español.
44 Manuel Bruña Cuevas I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 efecto, un verdadero diccionario, y ello por la simple razón de que es fundamentalmente un plagio del de Oudin. En su primera edición de 1609, la obra se compone de dos partes: la primera es un diccionario con las entradas en español y las equivalencias en francés e italiano; la segunda presenta los lemas en francés con traducción al italiano y al español. El Tesoro de Vittori era, pues, el Tesoro de Oudin enriquecido con las equivalencias italianas, aspecto este último que apreciarían sin duda sus usuarios en una época en que el italiano, el francés y el español pasaban por ser las principales lenguas vivas de Europa. En la historia de la lexicografía hispanofrancesa, el Tesoro de Vittori representa la entrada en liza, tras haberlo hecho Flandes y París, de otro potente centro de edición: Ginebra. Esa potencia explica, sin duda, que el diccionario de Vittori continuara siendo reeditado en esa ciudad hasta la misma década (los años setenta) del siglo XVII que el de Oudin, del que será por tanto un constante competidor directo. Tuvo que superar, eso sí, la acusación de plagio, con pruebas contundentes, que le lanza el propio César Oudin en el prólogo de la segunda edición de su Tesoro (1616), lo cual, como hemos dicho, no fue óbice para que Oudin mismo aumentara su obra con material tomado de Vittori. Los editores, tras la acusación, eliminaron de la portada, a partir de la edición de 1616-1617, el nombre de Vittori y la diseñaron de modo que pudiera aparecer en ella el de Oudin como una especie de auctoritas, al tiempo que acrecentaban la obra con un tercer volumen italiano-francés-español. Con su nueva configuración en tres tomos, la portada de la obra vuelve a atribuírsela a Vittori desde la reedición de 163717. El otro centro editorial, el de Flandes, repetirá unos años más tarde que el de Ginebra la misma operación de apropiación del diccionario de Oudin, aunque esta vez, dado el lugar de edición, la lengua añadida será el neerlandés en vez del italiano. Si Oudin había podido sacar provecho de la edición en Bruselas del diccionario de Hornkens, el editor Trogney, de Amberes, partirá del Tesoro de Oudin para componer El grande Dictionario y Thesoro de las tres lenguas Española, Francesa y Flamenca, salido en 1639. En los años siguientes lanzará nuevas tiradas cambiando la combinación de las lenguas. Tras la combinación de 1639 con las entradas en español y equivalencias en francés y flamenco, la combinación bilingüe francés-español llegará en 1640, todavía encuadernada en 1646 (sin cambio de fecha en la portada) con una combinación flamenco-español (que es la que lleva en portada la fecha de 1646) y otra español-francés-flamenco, correspondiente a la tirada de 163918. El procedimiento recuerda sobremanera al que se seguía aún entonces con las series políglotas del género de la de Berlaimont, por más distancia que haya entre los listados léxicos de estas y los diccionarios de Trogney; de hecho, la familia Trogney había editado reiteradamente en el siglo XVI los Colloquia de la serie Berlaimont y, en ciertas tiradas del Dictionario de Amberes, este aparece acompañado de algún diálogo y de las conjugaciones verbales. En todo caso, como se comprueba por las fechas que acabamos de dar, esta competencia llegada al Tesoro bilingüe de Oudin desde Amberes fue menos persistente que la que ofreció el Tesoro trilingüe de Vittori desde Ginebra. Bien es verdad que, en gran 17 Sobre el diccionario de Vittori, véanse Gallina (1959: 227-246), Cooper (1960a), Bruña Cuevas (2007), Pablo Núñez (2008b). 18 Sobre este y otros diccionarios editados en Flandes, véanse Verdonk (1979: 311-318; 1988, 1989, 1998), Claes (2000), Dichtl (1998: 25-29), Bruña Cuevas (2005a: 161-164).
La producción lexicográfica con el español y el francés 45 I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 medida, la apropiación por Trogney del Tesoro de Oudin no difiere demasiado (sobre todo en las tiradas bilingües francés-español) de la apropiación de la misma obra que llevaron a cabo algunos impresores de Bruselas en repetidas ocasiones a lo largo del siglo, con la diferencia de que, en Bruselas, el Tesoro apareció siempre con su título original y atribuido en portada a César Oudin; fue el caso en la edición de 1624-1625 por Hubert Antoine o en las de 1650 y 1660 por Jan Mommaert. De hecho, cuando aparezca por última vez el Tesoro de Oudin, ya no en París, sino en Lyon (1675), los impresores declararán basarse en la última edición de la obra realizada en Bruselas. Puede decirse, en definitiva, que la obra de César Oudin, domina el panorama lexicográfico español-francés del siglo XVII19, si bien sometida a importantes revisiones, ya sea por el propio autor en su segunda edición (1616), ya por su hijo desde la edición parisina de 1645; y que, por razones de competencia comercial entre los impresores, fue apareciendo en diversas ciudades, con o sin ocultación del nombre de su autor, bien en versión bilingüe francés-español, bien en versión trilingüe con el italiano o el neerlandés. Como hemos dicho, el Tesoro, bajo el nombre de Oudin, se imprimirá por última vez en 1675, poco después, por tanto de la última edición del Tesoro de Vittori (1671). Ambos nombres, Oudin y Vittori, cederán desde comienzos del siglo XVIII, como veremos, ante la celebridad del de Sobrino. *** Lo que acabamos de ver muestra un cambio esencial en el panorama lexicográfico español-francés, desde los primeros años del siglo XVII, con las obras de Hornkens, Pallet y Oudin. Pero ha de tenerse en cuenta que este cambio se produce, no por eliminación de los viejos usos lexicográficos, sino por incorporación de un nuevo tipo de obras llamadas a tener un desarrollo continuo y una presencia destacada en los siglos posteriores: los diccionarios bilingües español-francés y francés-español. Estos, por estar ordenados según lemas españoles o franceses, por su número de entradas, por la calidad de las equivalencias que ofrecen, por el nivel de formación de quienes los componen, por su entidad superior en cuanto productos de imprenta, por los usuarios a los que se destinan, se diferencian claramente de los vocabularios políglotas que dominaban prácticamente en solitario el campo lexicográfico hispanofrancés durante el siglo anterior, siendo en este sentido en el que decimos que hubo un cambio esencial en nuestro campo de estudio al llegar el siglo XVII. Ahora bien, no por ello hay que interpretar que se hizo tabula rasa de lo anterior. El cambio fue esencial, pero no radical; se produjo por incorporación de algo nuevo, pero no por eliminación de lo antiguo. Si los diccionarios de Pallet y Oudin son plenamente diccionarios bilingües bidireccionales, el de Hornkens, solo monodireccional, al incorporar equivalencia latinas aún parece inseguro en la nueva vía que emprende; por su parte, el Tesoro trilingüe de Vittori y el El grande dictionario de Amberes, aun estando más cerca de la innovación bilingüe que de la tradición políglota, no dejan de apostar por el camino tradicional de servir a más de dos comunidades lingüísticas, lo cual los acerca a las concepciones de los vocabularios plurilingües. Pero, sobre todo, lo antiguo, es decir, las 19 Parece ser de inspiración independiente una obra que no llegó a salir a luz, pero que se ha conservado en los fondos de la Bibliothèque nationale de France: el Dictionnaire espagnol (en realidad, unidireccional españolfrancés), de Pierre Seguin, cuyo manuscrito cedió el autor a los carmelitas en 1636.
52 Manuel Bruña Cuevas I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 edición, en parte por la debilidad comercial de los impresores madrileños, en parte por las deficiencias propias de las obras mismas33. El primero de estos diccionarios fue El Maestro de las dos Lenguas (1728-1731), de Francisco de la Torre y Ocón, obra que en modo alguno puede verse como un plagio del competidor con el que debía medirse, el Sobrino. Con respecto a este, es algo más simple, lo que pudo representar una facilidad de manejo para algunos usuarios. En todo caso, siendo una obra póstuma, solo editada gracias al apoyo de un mecenas, y compuesta con anterioridad a la edición del Diccionario de la lengua castellana (1726-1739) de la Real Academia Española, que por ende no pudo serle de provecho a Ocón para aumentar el caudal léxico de su obra, el Maestro tenía pocas posibilidades de renovar su salida al mercado, sobre todo después de la reedición por tercera vez (1734) del diccionario de Sobrino, que sí empezaba a promocionarse aludiendo en portada al Diccionario de la Academia y que, sobre todo, conservaba todo su prestigio y todo el empuje comercial de los Foppens. Fue de planteamientos novedosos en la historia de la lexicografía bilingüe el Diccionario universal (1743-1744) de Antonio María Herrero. En vez de partir de los anteriores diccionarios bilingües para establecer sus entradas francesas, Herrero partió de un diccionario monolingüe de carácter enciclopédico: el conocido como Dictionnaire de Trévoux, es decir, el Dictionnaire universel françois et latin, publicado por primera vez en Trévoux, en 1704, y posteriormente varias veces reeditado. En ello, Herrero fue un precedente precoz de los lexicógrafos del siglo XIX, tales como Domínguez o Fernández Cuesta, que también buscaron su fuente en los diccionarios enciclopédicos monolingües franceses de su tiempo. El carácter innovador del diccionario de Herrero quedó empañado, sin embargo, por varias circunstancias. Por un lado, la riqueza en lemas de su fuente era prácticamente imposible de trasladar en su época a un diccionario bilingüe, máxime cuando ni siquiera se disponía aún de un diccionario monolingüe español de términos de las artes y las ciencias; el autor tomó, pues, la decisión de reservar tales voces para un futuro suplemento, que desdichadamente nunca vio la luz. Por otro lado, Herrero adoptó para la ortografía de sus lemas la misma convención que halló en el Trévoux: la de escribirlos en letras mayúsculas salvo las letras no pronunciadas, transcritas en minúsculas: COsTELEtTE. Solo que su obra aparece precisamente cuando el Trévoux, en su cuarta edición de 1743, abandona los criterios ortográficos de sus ediciones anteriores para asumir la nueva ortografía simplificada adoptada por la Academia Francesa en la tercera edición de su Dictionnaire (1740), con lo que el bilingüe de Herrero resultaba anticuado en esta materia desde el mismo momento de su aparición. Si a todo ello se añade que la obra de Herrero era unidireccional francés-español y que en 1744 aparece también una nueva edición revisada del Sobrino, desde siempre bidireccional, no sorprende que fuera esta última obra la que siguiera gozando del favor general y que la madrileña no volviera a reimprimirse. Todavía, como hemos dicho, hubo una tercera tentativa dieciochesca de lanzar desde España un diccionario francoespañol: la del Diccionario general (1761-1763) de Nicolás 33 En relación con esos tres diccionarios, véanse Cazorla Vivas (2002a: 101-134, 177-192; 2002-2004, 2008) y Bruña Cuevas (2006a).
La producción lexicográfica con el español y el francés 53 I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 Gonzalez de Mendoza. Bilingüe bidireccional, contrariamente al de Herrero, y fuertemente influenciado por el de Sobrino, González de Mendoza busca simplificarlo en lo posible, poniéndose como meta el conseguir la mayor univocidad posible en las correspondencias entre las dos lenguas. Meta inalcanzable, esta pretensión lleva a veces al autor a consignar un simple “No hay” donde debiera estar la correspondencia para el lema. Un diccionario así recuerda en sus pretensiones lo que intentarán alcanzar un día los diccionarios de bolsillo más simplificados, solo que este no presenta aún tal formato, por lo que tampoco por ahí podrá competir con el nuevo diccionario en gran formato que se lanza por entonces desde los grandes centros difusores europeos, desde París esta vez: en 1759 había aprecido el Nouveau Dictionnaire Espagnol-François et Latin, composé sur les dictionnaires des Académies Royales de Madrid et de Paris, de Pierre de Séjournant. *** El diccionario de Séjournant presenta la novedad, como indica su título, de ser realmente el primero cuya parte español-francés fue compuesta desde el principio siguiendo de cerca al Diccionario de la Real Academia Española, tanto en su macroestructura como en las definiciones que acompañan o sustituyen a las equivalencias en su microestructura. Hasta la novedad de incorporar en esta parte español-francés (no así en la parte francésespañol) los equivalentes latinos se debe seguramente a esa misma inspiración en el Diccionario de Autoridades, que los proporcionaba para el español; recuérdese que el último diccionario francoespañol en adjuntarlos había sido el Recueil (1599) de Hornkens. La influencia del de Autoridades se detecta incluso en la parte francés-español, junto a la del Dictionnaire de la Academia Francesa y a la del Trévoux. Cuando, en 1780, la Real Academia Española lance su nuevo modelo de diccionario, el cambio se dejará igualmente sentir en las nuevas ediciones del bilingüe de Séjournant, por entonces ya fallecido. El academicismo de que hacía gala el Séjournant y la renovación real que introdujo con respecto al ya histórico Sobrino debieron de desempeñar un papel relevante en la fama que llegó a adquirir. Pronto, sin embargo, tuvo que afrontar la competencia ginebrina. Los hermanos De Tournes, libreros de Ginebra y Lyon, lanzan una operación de apropiación de la nueva obra: editan un diccionario francoespañol bidireccional compuesto por François Cormon, con Amberes como ciudad de edición en portada y con un título que recupera en su provecho la popularidad del nombre de Sobrino: Nouveau dictionnaire de Sobrino, François, Espagnol et Latin / Sobrino aumentado o Nuevo Diccionario de las Lenguas Española, Francesa y Latina (1769). Se trata en realidad de una impresión ligeramente retocada de la obra de Séjournant. Su principal añadido no es, de hecho, sino el de las correspondencias latinas también en la parte francés-español. Gracias al diccionario de François Cormon el nombre de Sobrino seguirá resonando como referencia lexicográfica hasta finales del XVIII, al igual que resonaba como referencia gramatical para el aprendizaje del español por los francófonos; de hecho, no son pocos los catálogos bibliográficos o bibliotecarios que aún hoy atribuyen la obra de Cormon a Francisco Sobrino. Las reediciones del Sobrino aumentado, en efecto, competirán desde su aparición, durante treinta años, con las que fueron saliendo en París del Nouveau dictionnaire de Séjournant, hasta que, por cambios en las casas editoras respectivas, uno y otro sean impresos por última vez en Lyon, al comenzar la década de los
54 Manuel Bruña Cuevas I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 noventa, por Delamollière34. Para entonces, ambos habían superado sin ningún problema la competencia del diccionario de González de Mendoza (1761-1763), pero no sobrevivirán, pese a las críticas que la edición de 1791 del Sobrino aumentado lanza contra él, al nuevo diccionario bilingüe salido el año anterior también en Lyon: los sucesos revolucionarios darán lugar a la ejecución de Delamollière en 1794 y al final consiguiente de su tarea impresora. Con él fenecerá también, como acabamos de decir, la última versión de los dos diccionarios francoespañoles más presentes hasta entonces en el mercado35. El sustituto de ambos será el Nouveau dictionnaire espagnol et françois, françois et espagnol, avec l’interprétation latine de chaque mot (Lyon, 1790), de Claude-Marie Gattel. Partía del diccionario de Séjournant al igual que el Sobrino aumentado, pero sin llegar a ser una copia tan cercana a su fuente común como lo fue este último, a pesar de que, como en el Séjournant, las equivalencias latinas solo aparecen en la parte español-francés, y no en las dos partes como en el diccionario de François Cormon. Pero, contrariamente a Séjournant, en la parte francés-español Gattel ofrece las definiciones que acompañan frecuentemente en estos diccionarios a las equivalencias de los lemas, no en francés, como incongruentemente hacía su modelo, sino en español. Habrá que esperar trece años para ver editado el Gattel por segunda vez (1803), muy seguramente porque los sucesos revolucionarios también afectaron gravemente a la empresa y la vida de los hermanos Bruyset, editores de la obra, y al propio autor. Así pues, que este diccionario volviera a salir a la luz, mientras que los de Séjournant y Cormon no aparecieron más después de 1791, puede no ser debido sino a un puro envite de la suerte en la tormenta revolucionaria a favor de unos impresores y en contra de otros. Gattel es el verdadero promotor, en el ámbito de la lexicografía francoespañola, de los diccionarios en formato pequeño, gracias a su Nuevo diccionario portátil español y francés, aparecido en 1798 tanto en París, lanzado por los libreros Bossange, Masson y Besson, como en Valencia, debido a la relación que mantenía la casa valenciana de Mallén con la parisina de Bossange. El cambio de formato y la remodelación consiguiente de la obra responden a la necesidad de abaratar costos que se deja sentir a finales del siglo XVIII: la propia Real Academia abandona la reedición de su Diccionario de Autoridades, comenzada en 1770, y lanza una versión de su obra reducida a un solo volumen (1780). Los portátiles y el uso en los diccionarios de caracteres de menor tamaño que permitían ahorrar papel se extendían, de hecho, por toda Europa. Con todo, no es la de Gattel la primera obra de nuestro corpus que se proclama como un diccionario portátil; el primero fue el editado tres años antes por Diego Antonio Godoy: el Diccionario nuevo portátil y manual francésespañol (1795). Pero, salido a luz en Bolonia, su publicación pasó inadvertida para los 34 No es de extrañar que Delamollière llegara a publicar los dos diccionarios. Delamollière se había encargado de la edición de 1789 del Sobrino aumentado de François Cormon; lo había editado junto con Piestre, quien previamente había colaborado con François Cormon, que también estaba en el negocio editorial, para, por ejemplo, comprar el fondo latino de la casa De Tournes, editora de la obra de Séjournant. Pero Piestre, ante el cariz que tomaban los acontecimientos revolucionarios, cedió sus fondos a Delamollière, lo que explica que este aparezca como único impresor de ambos diccionarios desde 1790. 35 Sobre los diccionarios de Séjournant y F. Cormon, véanse Cazorla Vivas (2002a: 137-175, 193-243; 2002c), Bruña Cuevas (2005a: 166-169).
La producción lexicográfica con el español y el francés 55 I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 siguientes autores, contrariamente a lo que fue el caso del diccionario de Gattel, reeditado (1806) en vida del autor y varias veces contrahecho tras su muerte. La competencia entre las casas lionesas por el mercado de los diccionarios bilingües que nos ocupan dio lugar a la edición, en 1800, de otro más en esa ciudad. El apellido de su autor, Jacques Louis Barthélemy Cormon, no es nuevo en nuestra historia; se trata del nieto de François Cormon, autor del Sobrino aumentado, ya partícipe, como su descendiente, en el negocio de librería: también el Diccionario portátil y de pronunciacion, español-frances y frances-español de Barthélemy Cormon está editado por el propio autor-librero junto con Blanc y Reymann36. El Diccionario portátil de Cormon es en gran medida una versión resumida del Nouveau dictionnaire espagnol et françois de Gattel, de quien toma también la idea de lanzar su obra en pequeño formato, a medio camino, no obstante, entre la versión gran formato y la versión de bolsillo de Gattel. Cormon elimina las equivalencias latinas que ofrecían las grandes producciones lexicográficas francoespañolas editadas fuera de España desde que las incluyera Séjournant. En tal supresión será seguido por todos los autores de nuestros diccionarios bilingües del siglo XIX, con las salvedades que indicaremos más adelante. Por el contrario, la otra y principal innovación de Cormon tendrá menor fortuna a corto y medio plazo; nos referimos a la incorporación de la pronunciación figurada correspondiente a la mayor parte de los lemas franceses y españoles (Bruña Cuevas 2000b, 2002, 2005b). La emulación entre los autores y los editores de los diccionarios de Gattel y Cormon dio lugar a una nueva edición lionesa de sus respectivos diccionarios, en cuyos prefacios estalla vivamente la rivalidad. Gattel lanza esa segunda edición en 1803 y en ella, además de presentar el diccionario de Cormon como un plagio del suyo, reconoce como buena la idea de incluir la pronunciación figurada de cada lema, lo cual lleva a cabo pero proponiendo un sistema de notación diferente al de Cormon, un sistema inspirado del que el propio Gattel ya había incorporado a su diccionario monolingüe del francés (Nouveau dictionnaire portatif de la langue françoise, Lyon, 1797). También da por buena, y añade a su obra, otra de las novedades aportadas por Cormon a la lexicografía bilingüe: la de ofrecer un listado de las palabras puestas en circulación por los cambios políticos vividos por Francia en los últimos decenios del XVIII. En realidad, como es el caso de la pronunciación figurada, también ese listado aparecía ya en el diccionario monolingüe de Gattel al que nos hemos referido (1797), así como en la quinta edición del Dictionnaire de l’Académie Françoise (1798), por lo que Gattel veía como natural el adaptarlo a la segunda edición de su diccionario francoespañol. La reacción de Cormon solo se hizo esperar unos meses: ese mismo año de 1803 salía a luz, como hemos dicho, la segunda edición de su Diccionario portátil, con el correspondiente prólogo de respuesta airada contra el de Gattel. *** 36 Sobre los diccionarios de Godoy, Gattel y Cormon, véanse García Bascuñana (1999), Bruña Cuevas (2000b, 2005a:169-71), Gemmingen (2001), Cazorla Vivas (2002a: 263-310; 2002d, 2006a).
56 Manuel Bruña Cuevas I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 Todavía hubiera podido ser mayor el número de diccionarios francés-español publicados en el siglo XVIII si hubieran llegado a imprimirse dos obras compuestas en el primer cuarto del siglo. Una de ellas es el Diccionario de las dos lenguas espanyola, y francesa, que data de 1718 y se conserva manuscrita en la biblioteca del Centre de Lectura de Reus; aunque anónima, se debe seguramente a un autor catalonohablante, ya que está acompañada en el manuscrito de un Methodo per encontrar ab facilitát lo arreglament de varios y differents vocables segons la construcció del Univérs, ab los principals termes dels arts, y ciencias, es decir, de una nomenclatura catalán-francés inspirada de la nomenclatura español-francés de similar título (Methode facile pour apprendre la Langue Espagnole: Par l’arangement des mots selon la construction de l’Univers, avec les principaux termes des Arts et des Sciences) que se incluye en la primera edición del Sobrino (1705), diccionario que sirve también de modelo para la primera parte de la obra del anónimo catalán37. La otra obra inédita a la que hemos aludido es El gran tesoro de la lengua española ó dicionario nuevo explicado en francés, compuesto por Franz Jacob Leys, que lo tenía terminado en 1721 pero cuyos esfuerzos por verlo impreso no se vieron coronados por el éxito, por lo que nos ha llegado en dos conjuntos de manuscritos conservados en Erlangen y Gotha. Hubo más fortuna, por lo contrario, con otro diccionario que, como en el caso del de Torre y Ocón, su autor no llegó a ver impreso en vida; nos referimos al Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas, francesa, latina e italiana, de Esteban de Terreros y Pando. Terreros, en su tarea de traducir Le spectacle de la nature (1732) de Antoine-Noël Pluche, concibió la idea de componer un diccionario castellano de términos especializados, si bien acabó elaborando un diccionario general, rico en voces de las artes y las ciencias, completado con los equivalentes en latín, italiano y francés. A pesar de que la expulsión en 1767 de los jesuitas, orden a la que pertenecía Terreros, impidió la publicación de la obra, que ya contaba con licencia de impresión desde 1765, el espíritu ilustrado dejó sentir sus efectos: el interés que mostró por ella el estadista Floridablanca hizo posible que Francisco Messeguer y Miguel de Manuel se encargaran de editarla en tres tomos (1786, 1787 y 1788). En 1793, además, este último compone un cuarto tomo donde las equivalencias en otras lenguas ofrecidas en los tres tomos de entradas castellanas vienen recopiladas en forma de tres diccionarios bilingües unidireccionales: uno latín-español, un segundo francés-español y otro más italiano-español. El francés-español, si no en otros aspectos, es comparable e incluso superior en número de entradas a los demás diccionarios bilingües que hemos comentado. Recuérdese, en fin, que, anteriormente a Terreros, Herrero pensó ya en la posibilidad de ofrecer por una vía diferente, es decir, basándose en el enciclopédico Trévoux, un vocabulario francés-español de términos de especialidad, si bien, arredrado ante la empresa o imposibilitado de llevarla a cabo, el suplemento con tales términos que proyectó para su diccionario bilingüe (1743-1744) no llegó nunca, como hemos dicho, a ser una realidad38. 37 Sobre esa obra manuscrita, véanse Murgades (1989: 109), Colón & Perea (2005). 38 Sobre el diccionario de Terreros, véanse Alvar Ezquerra (1993), Álvarez de Miranda (1992), San Vicente (1995), Azorín Fernández (2000: 201-227), Guzmán Galiano (2000). Especial atención prestan al carácter plurilingüe de la obra Cazorla Vivas (2002a: 245-262), San Vicente (2008).
La producción lexicográfica con el español y el francés 57 I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 *** En lo que se refiere a obras propiamente políglotas con el español y el francés, habría que empezar mencionando la permanencia del ya histórico Calepino, proveniente del inicio del siglo XVI (1502) y, durante el XVIII, reeditado repetidamente en Padua, con siete lenguas, hasta el último cuarto del siglo (1778-1779). Pero, como acabamos de decir, este diccionario es más una pervivencia que una obra característica del XVIII. Las obras políglotas de este siglo seguirán otros derroteros39. Uno de estos corresponde a un modelo que puede incluirse también entre las formas heredadas: el de la nomenclatura temática en varias lenguas, de las que es exponente una obra editada todavía en el primer cuarto del siglo y titulada A Vocabulary in six Languages: viz. English, Latin, Italian, French, Spanish, and Portuguese (Londres, 1725), de John Andree40. Otros modelos responden ya a las nuevas preocupaciones científicas del siglo y aparecen en las décadas finales de la centuria. Así, los listados de un número relativamente pequeño de palabras pero ofrecidas en una amplia colección de lenguas. Es el proyecto que llevó a cabo Peter Simon Pallas, bajo el patrocinio de la zarina Catalina II, en su Linguarum totius orbis vocabularia comparativa; en su primera edición (San Petersburgo, 1787-1789), reunía doscientas palabras de más de dos centenares de lenguas de Europa y Asia, a las que se añadieron otras ochenta de África y América en la segunda edición (San Petersburgo, 1790-1791). Un proyecto similar lleva a término paralelamente Lorenzo Hervás: en su Vocabolario poliglotto con prolegomeni sopra più di CL lingue (Cesena, 1787) recoge sesenta y siete términos usuales en más de cien idiomas41. No obstante, obras cuales las de Pallas o Hervás poco pudieron servir a los francófonos o hispanohablantes que quisieran acceder al español o al francés con el afán de aprenderlos, de traducir o de solucionar un problema puntual de equivalencias; más que obras lexicográficas propiamente dichas, son estudios sobre las familias de lenguas del mundo. Distinto, pese a su carácter igualmente científico, es el caso del catálogo cuatrilingüe latíncastellano-valenciano-francés de las plantas mencionadas en las Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, población y frutos del Reyno de Valencia (Madrid, 1795-1798), incluido por su autor, Antonio José de Cavanilles, en el segundo tomo (Quilis Merín 2002). Y hay que recordar aquí que se reeditó frecuentemente en el transcurso del siglo XVIII –la última reedición parece datar de 1781– el Libro de los secretos de agricultura, casa de campo y pastoril, de Miquel Agustí, proveniente de principios del siglo anterior. Como ya hemos señalado, esta obra contenía un vocabulario –con entradas en castellano y equivalencias en catalán, latín, portugués, italiano y francés– relativo a las plantas y demás materias de las que se trataba en ella42. En la misma línea temática se sitúa 39 Sobre la lexicografía plurilingüe del siglo XVIII, véase Alvar Ezquerra (2005). 40 Sobre Andree, véanse Martín Gamero (1961: 74-75), Ayala Castro (1992: 148), García Aranda (2003: 672-673). 41 Sobre Hervás, véanse Breva Claramonte (1991), Fuertes Gutiérrez (2005). 42 También Clavijo y Fajardo, traductor de la Histoire naturelle de Buffon, dice haber estado compilando durante nueve años un vocabulario trilingüe sobre esa materia, finalmente, como en el caso de otros autores, nunca impreso: “Mi primer pensamiento, quando ya tuve formado este Vocabulario de Historia Natural en los idiomas Castellano, Latino y Francés, fue darle á luz [...]. Varias reflexiones me han hecho desistir por ahora de este propósito” (1785, t. I: IV-V; citado por Julia Pinilla, 2008: 93).
58 Manuel Bruña Cuevas I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 también el Allgemeines Polyglotten-Lexicon der Naturgeschichte mit erklaerenden Anmerkungen. Wörterbuch der Naturgeschichte in der deutschen, holländischen, dänischen, schwedischen, englischen, französischen, italienischen, spanischen und portugiesischen Sprache (Hamburgo / Leipzig, 1793-1798), de Philipp Andreas Nemnich, quien publicó además el Waaren-Lexicon in Zwölf Sprachen (Hamburgo / Leipzig, 1797), un conjunto de once diccionarios bilingües en los que la lengua meta es siempre el alemán y la lengua de entrada, por este orden y respectivamente, el inglés, neerlandés, sueco, danés, francés, italiano, español, portugués, ruso, polaco y latín. A estos once vocabularios se añade un duodécimo que forma parte de nuestro corpus: en él, cada entrada del léxico comercial alemán, presentado por orden alfabético, va seguido de las equivalencias en las once lenguas señaladas, lo cual constituye un verdadero léxico especializado políglota. Antes de finalizar el siglo aparecerá una versión de esta obra en que la lengua de entrada ya no será el alemán, sino el inglés (An universal European dictionary of merchandise, in the English, German, Dutch, Danish, Swedish, French, Italian, Spanish, Portuguese, Russian, Polish & Latin languages, Londres, 1799). Y este mismo idioma, el inglés, había sido ya la lengua de entrada de un diccionario publicado igualmente en Inglaterra unos veinte años antes y compuesto por Daniel Lobo: A nomenclature; or, Dictionary, in English, French, Spanish, and German, of the Principal Articles manufactured in this Kingdom; more particularly those in the hardware and cutlery trades; the goods imported and exported, and nautical terms (Londres / Birmingham, 1776)43. También en el campo de la marina comenzarán a aparecer los primero diccionarios políglotas. Si no llegó a imprimirse el de Tomás Sotuel (Diccionario universal de Marina, 1777; daba las equivalencias francesas e inglesas de las entradas españolas, recogiéndolas al final en un vocabulario español-francés y otro español-inglés), sí vieron la luz el Allgemeines Wörterbuch der Marine (Hamburgo, 1794-1798), de Johann Hinrich Röding, con equivalentes en neerlandés, danés, sueco, inglés, francés, italiano, español y portugués para las entradas alemanas, así como A Marine Pocket-Dictionary, of the Italian, Spanish, Portuguese and German Languages, with an English-French, and French-English Index (Londres, 1799), de Henry Neuman. Todo esto prefigura ya algo que será frecuente en el siglo XIX: la edición de diccionarios plurilingües de marina, de arte militar, de comercio… es decir, de diccionarios plurilingües de léxico de especialidad. *** Particularmente relevante, en este siglo como en otros, es la lexicografía didáctica, es decir, el conjunto de obras que contienen nomenclaturas distribuidas por temas y destinadas al aprendizaje del léxico fundamental. No es lo más usual que estas nomenclaturas se editen como libros íntegramente dedicados a ellas; lo habitual es que sean un complemento a 43 Puede verse también como una obra plurilingüe de vocabulario especializado el Diccionario de los nombres propios de hombres y mugeres, en las quatro lenguas Castellana, Latina, Francesa é Italiana (Madrid, 1793), de Agustín Álvarez Pato. Los listados de topónimos o antropónimos fueron frecuentes en nuestros diccionarios bilingües, que los presentaban como anejos cuando no los incluían en su lugar alfabético correspondiente dentro del cuerpo de las obras. Es igualmente frecuente que las nomenclaturas temáticas bilingües o plurilingües reserven un apartado a los nombres propios de persona.
La producción lexicográfica con el español y el francés 59 I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 obras de carácter gramatical, es decir, un complemento a gramáticas del español para francófonos o del francés para hispanohablantes. Entre las nomenclaturas publicadas como tales destaca la versión del Indiculus universalis que Thomas Croset dio a la imprenta en 1705. La primera edición de esta obra, debida a François Pomey, data de 1667; siempre había consistido en una nomenclatura francolatina, a la que Croset añade ahora las equivalencias castellanas, presentándola así en apartados temáticos cuyos vocablos siguen el orden español-latín-francés, a veces encabezados por introducciones narradas o dialogadas44. Para volver a encontrar la publicación independiente de una nomenclatura perteneciente a nuestro corpus hay que esperar hasta 1771; Josep Broch publica entonces, en Barcelona, su Promptuario trilingüe en catalán, español y francés, expresamente presentado por el autor como destinado al aprendizaje del tercero de estos idiomas a través de los dos primeros. Tiene el valor de ser la única obra didáctica de carácter lexicográfico con el catalán, el español y el francés que se publica en el siglo XVIII; como hemos visto, la anterior que presentaba parcialmente ese carácter fue el Dictionario (1642, 1647) de Lacavallería. Volveremos a esta nomenclatura de Broch más adelante45. Pero, como hemos dicho, lo más usual es que las nomenclaturas temáticas con el español y el francés formen parte de conjuntos más amplios. Uno de los primeros ejemplos del siglo lo ofrecen probablemente las varias impresiones sin fecha que se hacen en Bayona del Tresor des trois langues françoise, espagnole et basque. La obra en sí pertenece más bien al siglo anterior que al XVIII; ya había aparecido con tal título y sin nombre de autor en 1642, también en Bayona, aunque se trataba en realidad de la misma obra que Voltoire había publicado en Lyon, hacia 1620, con el título de L’Interprect ou Traduction du François, Espagnol & Basque46. En las impresiones sin fecha de, posiblemente, inicios del XVIII, la estructura de la obra ha cambiado; aunque se conservan los diálogos trilingües español-francés-vasco, ya no está el vocabulario francés-vasco de ediciones anteriores: tanto los cuentecillos que siguen a los diálogos como la nomenclatura que sigue a los cuentos están en versión español-francés, esta última según el modelo de la nomenclatura de C. Oudin, de la que ya hemos hablado47. 44 Sobre el Indiculus de Pomey, véanse Quemada (1968: 366-367), Ayala Castro (1996). 45 No llegaron a la imprenta algunos proyectos políglotas dieciochescos con el catalán. Ya hemos hablado del de Clavijo (véase la nota 42). También se tienen noticias de otros tales como el Dictionarium novem linguis (latín, griego, hebreo, francés, italiano, alemán, español, inglés, catalán), anterior a 1765, fecha de la muerte de su autor, Mateu Alsinet; o como el diccionario de cinco lenguas (latín, español, francés, catalán, griego, italiano) que comenzó Daniel Finestres i de Monsalvo, si bien parece que no sobrepasó la letra A en lo relativo al latín y el español y que solo añadió las equivalencias en francés, catalán y griego en las tres primeras hojas del manuscrito, hoy perdido (Casanovas 1931: 456, citado por Colón & Soberanas 1986: 137). 46 Véase nuestra nota 25. 47 Igual que sucedió, como hemos visto, a ciertas composiciones con el catalán, el español y el francés, tampoco llegó a la imprenta ninguno de los proyectos plurilingües del XVIII con el vasco, el español y el francés cuya existencia se conoce o se sospecha. No lo hizo la obra políglota francés-vasco-griego-céltico-árabe-latín-gótico- alemán-español-italiano de Jean-Philippe Béla, que recuerda la corriente lexicográfica de interés por la diversidad de lenguas propia de los últimos decenios de la centuria; y tampoco logró imprimirse el posible proyecto
60 Manuel Bruña Cuevas I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 Ahora bien, la nomenclatura derivada de C. Oudin que más influencia tendrá en el siglo XVIII, e incluso más allá, es la que Francisco Sobrino había incorporado a sus Diálogos nuevos en español y francés (1708). No era la primera que Sobrino publicaba: como hemos explicado, en la edición príncipe (1705) de su Dicionario nuevo ya se podía hallar una, de la que se prescindió desde la segunda edición de 1721, muy probablemente porque, dentro del completo conjunto didáctico para la enseñanza del español que, como su modelo Oudin, Sobrino preparó y editó, debió de parecerle que el lugar apropiado para una nomenclatura eran más bien los Diálogos que el Diccionario; por lo demás, eso permitiría abaratar costes en la publicación y/o en la venta de este último, ya de por sí bastante caro a juzgar, no solo por lo que fácilmente cabe deducir de su volumen, sino por los varios testimonios que a todo lo largo del siglo aluden a ello. La nomenclatura de los Diálogos nuevos de Sobrino coincide hasta en el título (“Nomenclator de algunas cosas curiosas y necessarias de saver”) con la de los Dialogos muy apazibles de César Oudin, su principal fuente en esta como en sus demás obras; si la “Méthode facile pour apprendre la langue espagnole; Par l’arangement des mots selon la construction de l’univers, avec les principaux termes des Arts et des Sciencies”, es decir, la nomenclatura incluida en el Dicionario de Sobrino, se basaba en el Indiculus de Pomey, el “Nomenclator” de sus Diálogos es básicamente el de C. Oudin (posiblemente según su última edición de 1675) con algunas partes sacadas de Pomey. Las reediciones de los Diálogos de Sobrino se sucederán a todo lo largo de la centuria hasta 1787, por lo que su nomenclátor será una fuente continua de inspiración para otros autores48. Contemporáneas de la primera edición (1708) del “Nomenclator” de Sobrino son otras dos nomenclaturas. Una, la “Nomenclature Françoise et Espagnolle, reduite dans un ordre facile”, es ligeramente anterior: apareció en la Nouvelle grammaire de la langue espagnolle (París, 1704) de Jean Perger. La otra es unos años posterior: la incluye Matthias Kramer al final de su Grammatica & syntaxis linguae hispanicae (Núremberg, 1711). La de Perger trae las entradas en francés y las equivalencias en español, mientras que la de Kramer las da en español con los equivalentes en francés, e incluso a veces en latín y raramente en italiano. Ambas nomenclaturas son independientes tanto del modelo de Oudin como del de Pomey y, quizá porque no fueron reeditadas, no tendrán sobre autores posteriores una influencia comparable a la ejercida por el nomenclátor de Sobrino, si bien es cierto que la de Perger, favorecida sin duda por su lugar de edición, acabará por servir de inspiración, como diremos, a alguno de ellos49. *** cuatrilingüe vasco-latín-francés-español de Juan Etxeberri de Sara (atribución dudosa), compuesto en torno a 1710 y hoy perdido. 48 Sobre la nomenclatura de la edición de 1705 del Tesoro, véase García Aranda (2003: 664-665). Sobre la nomenclatura de los Diálogos, Ayala Castro (1992: 144-145), Cazorla Vivas (2002: 52-97), García Aranda (2003: 665-667), Bruña Cuevas (2008c: 194-195). 49 Sobre la obra de Perger, véase Sáez Rivera (2007: 477-497). Sobre la de Kramer, Christ (1991), Ayala Castro (1992: 145-146), Bray (2000), Sáez Rivera (2007: 977-1033).
La producción lexicográfica con el español y el francés 61 I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 En la segunda parte del XVIII, estos vocabularios temáticos bilingües aparecen frecuentemente, además de en las obras destinadas primordialmente al aprendizaje del español, cuales son las que acabamos de ver, en obras destinadas al aprendizaje del francés por hispanohablantes50. La sombra del “Nomenclator” de Sobrino –siempre presente, como hemos dicho, por las reediciones de los Diálogos– se acrecienta ahora al servir de inspiración a la nomenclatura incluida en la que será durante varios decenios la gramática francesa para españoles más conocida o, en todo caso, tras la aparición del Chantreau, una de las más conocidas hasta su última edición en 1800; nos referimos a la Llave nueva, y universal, para aprender con brevedad, y perfeccion la Lengua Francesa (Madrid, 1748), de Antoine Galmace51. También ahora, como ocurrió entre las nomenclaturas de Sobrino y Oudin, el propio título muestra su filiación: el que Galmace dio a la suya fue “Recopilacion de muchas, y diferentes voces muy curiosas, y necessarias de saber”52. Otra gramática francesa ofrece una nomenclatura fuertemente influenciada por la de Sobrino: el Arte Francés (Barcelona, 1750). Este Arte es muchísimo menos conocido que la Llave de Galmace, tanto por el menor prestigio de su autor, el francés Sebastián Roca y María, como por razones editoriales (nunca fue reeditado), lo que no impedirá que su nomenclatura ejerza cierta influencia sobre algún autor posterior. Esta lleva por título “Repertorio de el Arte Francés. Cap. XVII. Que contiene algunos terminos proprios domesticos” (1750: 345-395). Es probable que Roca ya la tuviera preparada o bastante avanzada cuando Galmace se le adelanta ligeramente en la edición de la suya (1748); lo cierto es que, aunque llegara a conocer la de este último antes de terminarla, la nomenclatura de Roca está basada primordialmente, no en la de Galmace, sino en la de Perger (1704), si bien completada, hasta alcanzar 2040 entradas, con la fuente directa de Galmace, es decir, con el nomenclátor de los Diálogos de Sobrino53. Ya hemos tratado del Promptuario (1771) de Broch. Aparecido en Barcelona como el Arte de Roca, no puede extrañar que, pese a la poca repercusión que parece haber tenido 50 Esto no quiere decir que ninguna de las gramáticas de francés para españoles publicadas en la primera mitad del siglo contuviera una nomenclatura. Abdón Senén Guilla Rubí terminaba con una “Nómina española y francesa” (entradas en español) su Forma gramatical, la qual contiene el modo como se ha de aprender à leer, y hablar la lengua Francesa (Madrid, 1707); tiene la particularidad de incluir un último epígrafe poco frecuente en nuestras nomenclaturas: el dedicado a los “Nombres injuriosos”. También Francisco de la Torre y Ocón, en su Nuevo Methodo breve, vtil, y necessario para aprender a escribir, entender, y pronunciar las dos principales Lenguas, Española, y Francesa (Madrid, 1728), incluye algunos listados temáticos, pero no llegan a constituir una verdadera nomenclatura. Sobre la enseñanza del léxico del francés a los hispanohablantes en las gramáticas del siglo XVIII, véase Lépinette (2000: 254-269). 51 Galmace declara en sus Adiciones a la Gramatica Francesa, que compuso el R. P. Nuñez (Madrid, 1745) estar elaborando un diccionario bilingüe francés-español: “[...] facilitaràs la traduccion de los Libros Franceses, con el auxilio del Diccionario de Sobrino, ù otro semejante; (interin te ofrezco el mio, que actualmente estoy trabajando, con deseo que en èl no falten tantas voces como se echan menos en los que hasta oy se conocen en España)…” (1745: 40-41). Pero, caso de que realmente lo estuviera componiendo, el hecho es que nunca lo dio a la imprenta. 52 Recuérdense los títulos empleados por Sobrino y Oudin. El primero tituló su nomenclatura “Nomenclator de algunas cosas curiosas y necessarias de saver”; y el segundo, “Nomenclátor o registro de algunas cosas curiosas y necesarias de saberse en los estudios de la lengua española”. Sobre la nomenclatura de Galmace, véanse Lépinette (2000: 258-260), Bruña Cuevas (2008c: 190-194). 53 Sobre la nomenclatura de Roca y María, véase Bruña Cuevas (2008c: 195-197).
68 Manuel Bruña Cuevas I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 mundo que de los diccionarios de lengua y, desde luego, inusitado hasta ese momento en la historia de la lexicografía bilingüe con el francés y el español, por más que no fuera nuevo en ese pasado lexicográfico francoespañol que una breve definición se añadiera a los equivalentes de las entradas. En ocasiones, además, esas definiciones del Domínguez pueden reflejar sin pudor el sentir o el punto de vista ideológico del autor del artículo. Estamos, pues, ante un diccionario de carácter abiertamente enciclopédico (de ahí el adjetivo universal que lo califica en su título) y con una fuerte impronta de subjetivismo; para uno y otro rasgo, es el ejemplo más claro de nuestro corpus. A ello se añade, como hemos indicado, la incorporación decidida de la pronunciación figurada de los lemas en las dos partes de la obra, la parte francés-español y la parte español-francés (Bruña Cuevas 2002: 77-78; 2005b: 105-108). La influencia de este diccionario en los nuevos bilingües inmediatamente posteriores y la frecuente incorporación de la pronunciación figurada en los monolingües franceses favorecerán el que ese complemento de información se brinde, más o menos desarrollado según los casos, en casi todos los diccionarios bilingües de nuestro corpus comprendidos entre el Diccionario universal y la época actual. Bien es verdad que, muerto Domínguez a consecuencia de su participación en una de las revueltas políticas decimonónicas, en la segunda y última edición de la obra (Madrid / París, 1853- 1854) se suprime la pronunciación figurada de los lemas españoles, dejándola solo para los franceses, un modelo que hará fortuna convirtiéndose en mayoritario62. Con el Domínguez se rompe la tendencia, nacida hacia principios del XIX, a ofrecer tan solo o bien diccionarios bilingües de bolsillo realmente elementales, o bien diccionarios no demasiado voluminosos. Otros autores, otras editoriales siguen sus pasos y comienzan a proponer, bajo la influencia directa del Domínguez, gruesos diccionarios bilingües, tendentes igualmente al enciclopedismo en cuanto a la cantidad y especialización de los lemas admitidos, si bien despojados de los grandes desarrollos definicionales y del excesivo grado de subjetivismo que caracterizan a su modelo. Es el caso del Nuevo diccionario (París, 1856), atribuido a Vicente Salvá63, o del Novísimo diccionario de Saint-Hilaire Blanc (París, 1859), este último más fiel al diccionario de Domínguez que el primero, si bien, de los dos, es el de Salvá el destinado, por número de ediciones y por fama, a mantener una presencia constante en toda la segunda mitad del siglo XIX y a prolongarse a lo largo del XX, periódicamente revisado por diversos lexicógrafos. De hecho, en la década de los setenta del siglo decimonono, y una vez que cesa de publicarse el diccionario de Saint-Hilaire, solo mantiene sus reediciones el de Salvá, del que la editorial parisina Garnier, propietaria de los derechos, saca la séptima edición en 188064. Con todo, en 1882 otra de las casas de edición parisinas lanza su propia oferta en nuestro campo con el diccionario de Francisco Corona Bustamante, el cual, aunque menos rico en términos de 62 Sobre Domínguez, véase Seco (1985). Sobre su diccionario bilingüe, Bruña Cuevas (2003b, 2004), Cazorla Vivas (2002a: 545-580; 2003), Quilis Merín (2007). 63 Los verdaderos autores del diccionario fueron probablemente los que la portada presenta como redactores, es decir, Juan Bautista Guim, para la parte francés-español, y Francisco de Paula Noriega para la parte españolfrancés. Véase Bruña Cuevas (2006b). 64 Sobre Salvá, véase Lliteras (1989: 7-64). Sobre su diccionario bilingüe, véanse Cazorla Vivas (2002: 643-680), Bruña Cuevas (2004: 39; 2006b).
La producción lexicográfica con el español y el francés 69 I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 artes y ciencias que el Salvá, puede incluirse igualmente entre las obras lexicográficas de gran formato de nuestro corpus bilingüe. Poco después, sin embargo, lo supera en riqueza de lemas y en desarrollo de la microestructura otro bilingüe enciclopédico, esta vez editado en España y propuesto en cuatro volúmenes: el Diccionario de las lenguas española y francesa comparadas (Barcelona, 1885-1887), de Nemesio Fernández Cuesta, redactado con la colaboración de Guillermo Graells y Henri Brunswick65. Esta última obra, además, gozó de una clara ventaja sobre la de Corona Bustamante: desde 1887, con la publicación del último volumen (letras H-Z de la parte español-francés) la obra es bidereccional al completo, mientras que habrá que esperar a 1901 para que Corona Bustamante saque el segundo tomo de su obra con la parte español-francés; durante casi veinte años, por lo tanto, el diccionario de Corona Bustamante no estuvo disponible más que en la dirección francés-español, según una práctica que nos retrotrae en cierto modo hasta Capmany, autor considerado por Corona Bustamante como base de toda la lexicología del XIX y cuya defensa de la mayor riqueza léxica del español con respecto al francés vuelve a reivindicar. Pero, el diccionario de Corona Bustamante está lejos del Capmany. Tanto el suyo como el de Fernández Cuesta se inspiran, además de en los bilingües, en los grandes diccionarios monolingües franceses y españoles de su siglo. En cuanto a sus fuentes francesas, reflejan, como los diccionarios de Domínguez o de Salvá / Guim / Noriega, la influencia del Dictionnaire national de Bescherelle, pero también la del Dictionnaire de la langue française (París, 1863-1873), de Émile Littré. Como es el caso de este último autor con respecto a Bescherelle, Fernández Cuesta y, sobre todo, Corona Bustamante también presentan menos términos de especialidad que el Domínguez o el Salvá; en cambio, ambos incorporan al final de cada artículo, como también lo hacía Littré, un apartado sobre la etimología del lema66, lo cual responde al nuevo ambiente lingüístico propiciado por el desarrollo de los estudios de carácter histórico y comparativo (nótese el calificativo de comparadas que figura en el título del Fernández Cuesta). *** Como ya hemos expuesto, estos diccionarios en gran formato no podían ser los más demandados en la segunda mitad del siglo XIX. De ahí que, de todos ellos, únicamente el de Salvá / Guim / Noriega conozca un número significativo de reediciones67. Más posibilidades de mercado existían para los diccionarios bilingües de pequeño formato y de 65 Sobre Fernández Cuesta y su diccionario bilingüe, véanse García Bascuñana (1992-1993; 1996: 98-100; 2005), Cazorla Vivas (2002a: 701-726), Bruña Cuevas (2004). 66 Nada que ver con la equivalencia latina que proporcionaba el diccionario de Fonseca. Por más que este también la presente como la etimología del lema, muy a menudo se trataba simplemente de la traducción. Fonseca, como hemos visto, proponía el vocablo latino coxa para el lema francés hanche, por lo que no hacía sino traducirlo; por el contrario, tanto Corona Bustamante como Fernández Cuesta señalan su origen germánico. Este último, siempre con una microestructura más desarrollada que la de Corona Bustamante, no se limita, además, a señalar simplemente el étimon, sino que, como Littré, reseña sus resultados en diversas lenguas, lo cual, muy a menudo, confiere a estas explicaciones etimológicas un marcado carácter plurilingüe, sin que con ello queramos decir, por razones obvias, que ello acerca este diccionario a los habitualmente considerados políglotas. 67 Ya hemos hablado de las del Domínguez y las del Saint-Hilaire y hemos señalado que el Corona Bustamante ni siquiera se completó antes de que acabara el siglo; en cuanto al Fernández Cuesta, su única edición en el XIX es la que hemos señalado.
70 Manuel Bruña Cuevas I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 menores pretensiones, válidos para principiantes o para quienes buscaban una correspondencia rápida, o incluso aproximada, a una dificultad puntual. Si ya era así en la primera mitad del siglo XIX, tanto más lo será en la segunda, durante la cual aumenta considerablemente el número de alumnos de enseñanza secundaria y es regular en esta la presencia del francés. De ahí que algunos de los grandes diccionarios se presentaran también en formato de bolsillo y con el mismo nombre de autor; es el caso de los diccionarios en versión abreviada de Saint-Hilaire (¿1840?; tercera edición, Lyon / París, 1847), de Domínguez (Madrid, 1846) y, sobre todo, de Salvá, el más reeditado de todos también en su formato pequeño (lanzado en los años cincuenta, iba por su vigesimoquinta edición en 1897 y mantendrá su vitalidad en el siglo XX). Siendo esto es así, no es de extrañar que, durante la segunda mitad del siglo XIX, haya autores o editoriales que, en vez de lanzar un diccionario bilingüe para usuarios de nivel avanzado, opten de entrada por un tipo de diccionario con menores pretensiones. De todos ellos, uno de los llamados a alcanzar mayor fortuna será el de Domingo Gildo (segunda edición en 1858), publicado, como el de Salvá, también en París; los editores fueron Rosa y Bouret, los mismos que por entonces estaban publicando el Martínez López. El de Gildo y el de Salvá serán de hecho los diccionarios económicos que dominen el mercado francés y en gran parte también el español y el hispanoamericano, ya que también este último estuvo pronto en las miras de las empresas parisinas desde poco después de la independencia de las antiguas colonias españolas. El de Gildo, por su decimosegunda edición en 1890, fue revisado por Francisco Gutiérrez Brito en la de 1897, por lo que será en su nueva versión como comience su larga andadura por el siglo XX. El dominio editorial del Salvá en pequeño formato y del Gildo no fue absoluto, sin embargo. Hubieron de compartirlo, por un lado, con los diccionarios que ya se venían editando desde la primera mitad del siglo y que siguen en el mercado durante la segunda más o menos revisados. Ya nos hemos referido a ellos al hablar de las impresiones o las adaptaciones del Taboada lanzadas desde Barcelona hasta los años ochenta. Y también se imprime por entonces en Barcelona algún diccionario que se proclama como independiente del Taboada. Es el caso del de Pedro Freixas y Sabater; de formato similar al del Taboada, aunque con un fuerte desequilibrio en número de lemas entre la primera parte, francésespañol, y la segunda, español-francés, no tuvo más que una sola edición (Barcelona, 1864). En el último tercio de siglo se añaden algunos otros. Así, desde Madrid, el Novísimo diccionario manual (1893), de Carlos Soler Arqués, obra con la que el autor completa su oferta de manuales para la enseñanza del francés en secundaria, y, previamente (1886), el de Felipe Picatoste, editado por Gregorio Estrada en la colección “Biblioteca enciclopédica popular ilustrada” (tomos 83 a 86), más concretamente en su sección de “Conocimientos útiles”, en la que ya habían aparecido manuales de Física popular, Electricidad, Derecho mercantil, Telefonía, etc., además de un Diccionario popular de la lengua castellana (1882), también de Picatoste. En cuanto a los diccionarios de bolsillo aparecidos en Francia, está el Nuevo diccionario de J. Darbas y J. U. Igón68, cuya segunda edición (1896) 68 Es el segundo diccionario lanzado en el siglo desde Toulouse. El primero, de Piferrer y Neira, lo imprimieron Bon y Privat en 1846 y no fue reeditado. Un miembro de la familia Privat, Édouard Privat, es también quien edita este nuevo diccionario francoespañol a finales de siglo.
La producción lexicográfica con el español y el francés 71 I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 se presenta revisada por J. M. B. Mareca, aunque no hemos localizado ninguna edición anterior a nombre de los mismos autores. A diferencia de los diccionarios de Soler Arqués y de Picatoste, nunca reimpresos, el de Darbas e Igón lo será al menos tres veces más hasta 1910. Añadamos, por último, otros dos diccionarios de faltriquera aparecidos en el último cuarto del XIX: los publicados en uno de los grandes centros históricos de la imprenta europea, es decir, en Leipzig, fuera, pues, del territorio hispanohablante o francófono y, en cierto modo, antecedentes de la gran penetración de la editorial Langenscheidt en el ámbito de la lexicografía hispanofrancesa durante la segunda mitad del siglo XX. Nos referimos al de Louis Tolhausen, que conocerá siete impresiones entre 1884 y 1914, siempre por Tauchnitz, y al Nuevo diccionario portátil español-francés y francès-español, de Aquenza, impreso por Teubner en 1890 (al menos tal es la fecha del prólogo) y que quizá solo apareciera, pese a su título, con la parte francés-español. *** También existe en el XIX una producción lexicográfica plurilingüe con el francés y el español69. Así, el Dictionnaire abrégé et portatif (París, segunda edición en 1807) de C. de la Jonchère, con claras pretensiones de comparación entre las lenguas románicas: provisto de unos preliminares que ofrecen explicaciones en paralelo sobre los artículos, los nombres, los adjetivos… del francés, el italiano, el español y el portugués, la obra es fundamentalmente un diccionario alfabético con las entradas en francés y las equivalencias en latín y en los otros tres idiomas románicos mencionados. Más lejos llega Edme Alphonse Drouin en su Dictionnaire comparé des langues française, italienne, espagnole, latine, allemande, anglaise, grecque, hébraïque et arabe ramenées à leur unité primitive et naturelle (Caen / París, 1866), con entradas en francés y equivalencias en las lenguas indicadas con vistas a hallar la raíz de una lengua universal hebraica, una lengua que podría ser común poco a poco para todos, primero para los letrados, después para las clases medias y luego para las más humildes. Miras más didácticas tenían en cambios los políglotas editados en los años setenta: el Album-vocabulaire du premier âge en français, anglais, allemand, italien et espagnol (París, 1873) de H. Hamilton, G. Heumann y Armand Le Brun, destinado, como indica su título, a los niños, por lo que se incluyen varios centenares de ilustraciones sobre los lemas; o el Nouveau vocabulaire français, anglais, espagnol, à l’usage de l’industrie et des écoles (París, 1875), de Alfred Bazire, así como, editado esta vez en Madrid, el Nuevo prontuario y vocabulario práctico de los idiomas español, inglés y francés (1879), de Manuel Scheidnagel. Cabe citar, finalmente, algunas obras en que francés y español se encontraban reunidos en conjuntos variados de lenguas sin que ni el uno ni el otro fueran la de partida: así, el breve vocabulario de James Boardman (Londres, 1810), con entradas en inglés y columnas con las equivalencias en latín, alemán, francés, italiano, español y portugués; o The polyglot (1841) del capitán Vanwyn, con ocho idiomas (francés, alemán, inglés, ruso, polaco, español, holandés e italiano) y voces jergales del ruso y el polaco. Mención particular nos merecen, como en el caso de los otros siglos estudiados, las obras lexicográficas que reúnen el francés y español con el vasco o el catalán. Data de 1839 69 Sobre la lexicografía plurilingüe del siglo XIX, véase Cazorla Vivas (2006b).
72 Manuel Bruña Cuevas I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 la publicación en Barcelona del Diccionari catalá-castellá-llatí-frances-italiá, redactado, según se lee en portada, “per una societat de catalans”70; se trata en realidad de un diccionario alfabético catalán completado con las equivalencias en los demás idiomas, puesto que estas solo se dan después de la definición en catalán de los lemas, también catalanes. Con todo, es el único diccionario del XIX en que el catalán, el español y el francés se ofrecen juntos, si se exceptúa el Diccionario castellano-catalán-latino-francés- italiano (Barcelona, 1842-1848), de Miquel Anton Martí, Lluís Bordas y Joan Cortada, que puede verse como una versión derivada (con los lemas en castellano) del de 1839. Bien es cierto que Antoni Febrer i Cardona compuso con anterioridad un Diccionári Menorquí, Españól, Francês y Llatí, pero no llegó a ver la luz en su tiempo71, por lo que el Diccionari de 1839 ha de contemplarse como la primera obra lexicográfica impresa que reúne el catalán, el español y el francés desde el Promptuario (1771) de Broch, por más que el carácter y la finalidad de una y otra obra poco tengan en común. Los diccionarios políglotas con el vasco y las dos lenguas de nuestro corpus se harán esperar algo más en el siglo XIX que los que incluían el catalán. El primero del siglo fue el de Joseph-Augustin Chaho, publicado en Bayona por fascículos entre 1855 y 1857; la muerte del autor en 1858 es probablemente la causa de que este Dictionnaire basque, français, espagnol et latin quedara incompleto. De nuevo en Bayona, la ciudad históricamente más prolífica en la impresión de estas obras, aparecerá al acabar el siglo, en 1899, el modesto Vocabulaire trilingue français-espagnol-basque, de fray Juvénal-Martyr, pronto seguido, al comenzar el XX, por el Nouveau dictionnaire basque-français-espagnol, de Jean-Baptiste Darricarrère y Rafael de Murga; este, aparecido igualmente en Bayona, quedó interrumpido en la letra A, pero fue seguido a su vez por el famoso Diccionario vasco-español-francés (Bilbao, 1905-1906), de Resurrección María de Azkue. En cuanto a la presencia junto al francés y el español de una lengua propia de otro país hispanohablante, ha de recordarse el Guide de la conversation en trois langues français, espagnol et mexicain (París, 1862), una adaptación por Charles Romey, con motivo de la aventura imperial francesa en Méjico, del Vocabulario manual de las lenguas castellana y mexicana, de Pedro de Arenas, cuya primera edición, en Méjico, data de 1611, pero con numerosas reediciones en el siglo XIX. La edición de 1862 que nos interesa contiene una nomenclatura temática trilingüe francés-español-náhuatl. Por último, y en lo que atañe al español y el francés con alguna otra lengua de Francia, solo podemos citar el Pequeño vocabulario español, rústico de Tolosa, y francés, editado en Toulouse en 1823. Como indica su título en español o el título en francés que se lee en el reverso de la portada (Petit Vocabulaire espagnol, patois de Toulouse, et français), se trata íntegramente de un simple listado alfabético de vocablos españoles acompañados de equivalencias en occitano y francés. En cuanto a sus autores, solo se nos dice que son los de Maison rustique abrégée et hommage aux hommes vertueux, obra salida de la misma 70 Según Colón & Soberanas (1986: 162), esa “societat de catalans” la formaban Salvador Estrada, Antoni Matamala, Ferran Patxot, Joan Cortada y Lluís Bordas. 71 Existe edición crítica moderna con estudio introductorio de Maria Paredes (Barcelona, Institut d’Estudis Catalans, 2001).
La producción lexicográfica con el español y el francés 73 I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 imprenta, el mismo año, y que se presenta como compuesta “par François de Corail de Sainte-Foy […] et par H.-B.-F.-G.-M. C., D. et A.”. *** Como hemos dicho al tratar del XVIII, ya se editaron a finales de ese siglo cierto número de obras que anunciaban la explosión de diccionarios políglotos de especialidad que iba a darse en el XIX. Esto es patente, por ejemplo, en el ámbito de las voces de marina. Al comenzar la centuria (1808) vuelve a editarse el de Neuman, políglota, con las entradas en inglés y equivalencias en cinco lenguas (primera edición en 1799). Entre los bilingües francoespañoles de esa temática, el primero en fecha fue el de Charles Marie L. Lhuillier y C. J. Petit, bidireccional e impreso en París en 1810. Esta misma fecha lleva la parte español-francés del diccionario manuscrito de Lorenzo de Navas; pero, al no llegar a salir a luz, hay que esperar a 1829 para ver aparecer en Madrid la Cartilla práctica de la construcción naval, de Timoteo O’Scanlan, reimpresa en 1847. La Cartilla es un vocabulario español con sus definiciones en la misma lengua, pero incluye al final tres vocabularios alfabéticos con las entradas, respectivamente, en francés, inglés e italiano y las equivalencias en castellano. Ahora bien, O’Scanlan había sido escogido, previa presentación de una obra manuscrita terminada, para llevar a cabo el proyecto de elaborar un Diccionario marítimo español. Este proyecto había sido convocado, para paliar la falta de obras del género en España, por Real Orden de 16 de mayo de 1827; de ahí que O’Scanlan pudiera contar para su realización con todo el apoyo de la Dirección Hidrográfica, que le facilitó la consulta de buen número de obras manuscritas españolas sobre el tema, así como de cierto número de obras impresas extranjeras. Entre las manuscritas estaba el Diccionario universal de Marina (1777), de Tomás Sotuel, que ya incluía, como hemos visto, dos vocabularios bilingües, uno español-francés y otro españolinglés. El Diccionario marítimo español de O’Scanlan vio la luz finalmente en 1831, en Madrid, precedido de un largo prólogo compuesto por Martín Fernández de Navarrete, altamente instructivo en cuanto a la génesis de este proyecto y sus fuentes lexicográficas. En este diccionario, las definiciones de los lemas, en español, iban acompañados de sus correspondencias en francés, inglés e italiano, completándose la obra con tres vocabularios marítimos en dirección inversa, o sea, con las entradas, respectivamente, en cada uno de esos tres idiomas y las equivalencias en castellano; es el mismo esquema que seguirá, con las mismas lenguas, un derivado de la obra de O’Scanlan: el Diccionario marítimo español (Madrid, 1864) de José de Lorenzo, Gonzalo de Murga y Martín Ferreiro, también vinculados a la Dirección de Hidrografía. Y es también el mismo esquema que ya presentaba el Répertoire polyglotte de la marine (París, 1829), de Louis-Marie-Joseph O’Hier de Grandpré, solo que con las entradas y definiciones en francés y las correspondencias y los vocabularios en cinco lenguas (inglés, español, alemán, italiano y portugués). Poco tiempo después, en 1834, vuelve a aparecer en París un diccionario de marina con las lenguas de nuestro corpus, aunque esta vez de carácter más restringido; nos referimos al Dictionnaire abrégé de Marine de Pierre-Marie-Joseph Bonnefoux, que inserta, entre los lemas en francés y su definición, las equivalencias en inglés y español, pero no incluye los vocabularios en sentido inverso al de los lemas que completaban el Répertoire de O’Hier de Grandpré, es decir, no incluye, remitiéndonos a lo que más nos interesa, un vocabulario español-francés. Tal vocabulario será, en cambio, uno de los que formen la colección de ocho vocabularios bilingües sobre términos de la marina a vapor
74 Manuel Bruña Cuevas I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 que coordinó Edmond Pâris; aparecidos en París, el correspondiente al español-francés fue compuesto por Trinidad García de Quesada (Vocabulaire espagnol-français des termes de la marine à vapeur, 1859). Poco antes, y también en el contexto del desarrollo progresivo de los barcos y máquinas de vapor, José de Carranza y Echevarría, autor del Tratado de las máquinas de vapor, aplicadas á la propulsion de los buques (Madrid, 1857), componía sus glosarios trilingües en inglés, francés y español con los términos técnicos correspondientes. Además de en España y en Francia72, la impresión de diccionarios marítimos políglotas fue frecuente a todo lo largo del siglo en otros países; en ellos, cualquiera que sea la lengua de los lemas, pueden encontrarse reunidos el francés y el español entre las lenguas meta en que se dan las equivalencias. Tal es el caso de la obra de Neuman, a la que ya nos hemos referido, así como de las de Carl F. T. Henckel y Wilhelm F. Born (Manuel nautique ou dictionnaire de marine portatif, Copenhague, 1836), Eduard Bobrik (Allgemeines nautisches Wörterbuch, Leipzig, 1847), Karel Pieter ter Reehorst (The mariner’s friend, Kampen, 1849)73, Heinrich Tecklenborg (Internationales Wörterbuch der Marine, Bremen, 1870), A. C. Littleton (Vocabulary of sea words, Portsmouth, 1879) o John C. Coxe (An illustrated nautical polyglot, Nueva York, 1883). En el ámbito más general de lo militar, también el siglo XIX dio lugar a una lexicografía hispanofrancesa74. El primero en el tiempo fue el Diccionario militar de Federico Moretti (Madrid, 1828), que, además de brindar la equivalencia francesa en la definición en español de los lemas españoles de la obra, añadía al final un vocabulario francés-español. Lo mismo hará otro de los grandes diccionarios militares españoles del XIX, el de José Almirante (Madrid, 1869), al incorporar en anejo un vocabulario francésespañol, al que sigue en este caso otro alemán-español. Y entre el de Moretti y el de Almirante, había salido a luz el Vocabulario francés-español de términos de Artillería, y de los oficios y artes militares y civiles que tienen relación con ella (Segovia, 1848), de Pedro de la Llave. Pero habrá que esperar a 1889 para que vuelva a aparecer, esta vez en París, una nueva obra exclusivamente bilingüe: el Vocabulaire militaire espagnol-francais, de Henri Trépied; poco después, en la misma ciudad, la editorial Garnier se interesa por este tipo de diccionarios, de donde resulta el que cierra el siglo: el Diccionario militar (1897) de Nicolás Estévanez, trilingüe español-francés-alemán. En este campo, era el tercer políglota con el español y el francés que se editaba en Francia, dado que, en 1883, Édouard Gille había publicado su vocabulario militar en cuatro lenguas (francés, alemán, italiano, español) y previamente (1853) ya había sacado Joaquín María Enrile su trilingüe francésinglés-español. 72 No hemos mencionado el Glossaire nautique. Répertoire polyglotte des termes de marine (1848), de Auguste Jal. Contrariamente a lo que su título en francés y su publicación en París pudieran llevar a pensar, los lemas de esta obra no siempre están en lengua francesa. Aunque organizados alfabéticamente, están constituidos por voces o expresiones de idiomas distintos para las que se proporcionan las equivalencias políglotas pertinentes. 73 El mismo autor había publicado previamente (1842) su New Dictionary of Technical Terms, containing: 1. Commercial or Mercantile Terms, in seven different languages. 2. Judicial Terms, in six different languages. 3. Nautical Terms, in six different languages. 4. Denomination of Articles, in eight different languages, donde, como en The mariner’s friend, los lemas de los diversos apartados temáticos van ordenados alfabéticamente por el inglés y donde el francés y español siempre aparecen entre las lenguas meta. 74 Sobre la lexicografía española de lo militar, véase Gago Jover (2008).
La producción lexicográfica con el español y el francés 75 I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 *** Si hay un siglo en que el recurso a las nomenclaturas o listados de vocablos repartidos por temas ha sido frecuente, ese es el XIX, principalmente gracias a su aparición frecuente en los manuales de enseñanza de idiomas extranjeros en el ámbito de los estudios secundarios75. Suelen ser nomenclaturas bilingües, en nuestro caso francés-español o español-francés, dado que los manuales o libros de ejercicios, de traducción o de lectura en que aparecen están destinados al aprendizaje del francés por los hispanohablantes o del español por los francófonos. En este último grupo, la tradición de incorporar una nomenclatura se había ido estableciendo sólidamente a todo lo largo del siglo XVIII gracias, en gran parte, a las reediciones de los Diálogos de Sobrino; incluso la Gramática del mismo autor, que, como hemos visto, venía incluyendo un vocabulario bilingüe bidireccional, acaba por acompañarlo en las ediciones de la última década del XVIII con la nomenclatura, como también hemos explicado. No es, pues, extraño que, ya en el XIX, siglo en que dejan de publicarse los Diálogos de Sobrino, las gramáticas que siguen utilizado este nombre en sus títulos incluyan una nomenclatura. Tal es el caso de Le Nouveau Sobrino ou Grammaire espagnole-française, simplifiée et réduite à XIII leçons, de Francisco Martínez, cuya primera edición apareció en Burdeos en 1809, manteniendo su presencia en el mercado hasta más allá de pasado el meridiano de la centuria; y el caso de la Grammaire espagnole-française de Sobrino, de A. Galbán, repetidamente impresa en París desde 1861 hasta el inicio del siglo XX. Una tradición similar se instauró en las gramáticas de francés para hispanohablantes76 a partir del Arte de Chantreau, con primera edición en Madrid en 1796. Su característica nomenclatura (de la que ya nos hemos ocupado) con una primera distribución de los vocablos en adjetivos, verbos y sustantivos aparecerá tal cual o con pocas modificaciones en las muchas gramáticas que, con nombre expreso del revisor o sin él, fueron apareciendo a lo largo del XIX como reediciones o sucesoras del Chantreau primitivo. Nos estamos refiriendo, entre los chantreaus que se presentan como tales y que llevan nombre de revisor77, al Arte de Hamonière (París, 1815), al de Núñez de Taboada (París, 1824), al de Dupuy (Barcelona, 1824), a El Nuevo Chantreau de Alemany (Madrid, 1826), al Arte de Bordas (Barcelona, 1836), al Novísimo Chantreau de Puiggarí (Perpiñán, 1841)78, al de Bergnes de las Casas (Barcelona, 1845), al de Alarcón (Madrid, 1845), al Chantreau reformado de Torrecilla (París, 1850), al Arte de Galbán (París, 1863)79, a la 75 Se encontrará un repertorio de los manuales para el aprendizaje del francés en España durante los siglos XVI a XIX en Fischer, García Bascuñana & Gómez (2004). En cuanto a los manuales de español para francófonos desde 1789, véase Choppin (1995); para las gramáticas de español como lengua extranjera en general, Sánchez Pérez (1992). Para las obras lexicográficas del español no estructuradas alfabéticamente, véase Ayala Castro (1998). 76 Sobre la didáctica del francés en España entre 1767 y 1936, véase Fernández Fraile & Suso López (1999). 77 En el siglo XIX, decir un Chantreau era prácticamente significar “gramática francesa para hispanohablantes”, al igual que decir un Sobrino se asimiló en gran medida a “gramática de español para francófonos”. 78 Si se da crédito a lo que asegura el autor en el prólogo de la edición de 1841, su primera versión del Chantreau apareció en Perpiñán en 1824. 79 Se trata de A. Galbán, el autor asimismo, como hemos visto, del Sobrino para francófonos durante la segunda mitad del XIX.
76 Manuel Bruña Cuevas I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 Gramática de Delgado Campos (París, 1875)80. Si se tienen en cuenta las varias o muchas reediciones que cada una de estas versiones del Chantreau tuvieron, así como las numerosas reediciones de la obra que no aparecieron con nombre de revisor, y cuyo listado excusamos, puede uno hacerse una idea más cabal de la presencia masiva de las nomenclaturas en los manuales de francés para hispanohablantes. Sobre todo si, además, se tiene en cuenta que el modelo gozaba de tanto prestigio que se extendió más o menos fielmente a autores que no presentaban sus obras como herederas directas del Chantreau ni de ninguno de sus revisores, pese a que en realidad lo eran. Ya hemos visto que el primero de estos autores fue, todavía en el siglo XVIII, Martínez Saavedra; en el XIX le seguirán otros como Galavotti, cuyo Arte (Barcelona, 1839) lleva una nomenclatura que es deudora de la del Arte de Bordas (Barcelona, 1836). He aquí, para completar nuestra panorámica de lo que fue la importante presencia de las nomenclaturas en los manuales de francés para hispanohablantes aparecidos en el siglo XIX, un listado de autores de obras de ese tipo en las que hemos comprobado su existencia: Novella (Alicante, 1813), Bouynot (Valencia, 1815), Monfort (Valencia, 1815), Tramarría (Madrid, 1829), Laverdure (Vitoria, 1842), Domínguez (Madrid, 1844), Sauzeau (1845), Vila e Iglesias (Barcelona, 1850), Losáñez (Madrid, 1854), Llausás (Barcelona, 1855), Caze (Barcelona, 1855; Barcelona, 1867), Molfino (Málaga, 1861), Anglada & Llausás (Barcelona, 1864), Chartrou (Alicante, 1884), Muñoz (Barcelona, 188?), Tarazona (Valencia, 1898). A ellas pueden añadirse ciertas obras que, por su carácter enteramente bilingüe, y pese a estar dirigidas primordialmente a los francófonos, podían ser de provecho similar para los hispanohablantes; por ejemplo, La nueva guía de la conversación en español y francés (París, 1815), de Hamonière, o la Guía de la conversación española y francesa (París, 1838), de Bourgoin. Las guías de conversación presentan una fuerte afinidad con las guías de viajeros, hasta el punto de que algunas de estas últimas se dirigen expresamente tanto a quienes se trasladan a otro país como a los escolares del país donde se editan, en nuestro caso Francia; así, la Guía de la conversación español-francés al uso de los viageros y de los estudiantes (París, 1842), de Ochoa, o el Manuel de la conversation et du style épistolaire, à l’usage des voyageurs et de la jeunesse des écoles, français-espagnol, de Corona Bustamante (París, 1856). No es de extrañar, por consiguiente, que también las guías de viajeros incluyan frecuentemente nomenclaturas temáticas; es el caso de las que acabamos de citar o de Le Petit nécessaire des Français qui vont en Espagne (Montpellier, 1811), últimamente estudiada por García Aranda (2005-2006). Algunas nomenclaturas ofrecen ciertas particularidades de presentación, es decir, aunque conforman un vocabulario bilingüe repartido por apartados temáticos, no se adecuan al modelo general de ser un listado continuado. Las hay que no se apartan de lo usual sino levemente, como la de Benavent (Madrid, 1869), con una nomenclatura en realidad continuada pero solo en las páginas pares, ya que las impares se reservan para las 80 No todas las obras que reclaman en sus portadas un parentesco con el Chantreau llevan una nomenclatura; no la llevan El Nuevo Chantreau de Un Literato (Burdeos, 1817), el Ejercicio práctico de la Gramática de Chantreau de Cot (Barcelona, 1824), los Rudimentos gramaticales en francés y en español extractos de la Gramática de Chantreau, también de Cot (Barcelona, 1825) o El nuevo Chantreau de Diéguez (Barcelona, 1899).
La producción lexicográfica con el español y el francés 77 I.S.S.N. 1132-0265 Philologia Hispalensis 22 (2008): 37-111 explicaciones gramaticales. Otras están más claramente compartimentadas: las de Burgell (Barcelona, 1867) o Roques (Madrid, 1896) van intercalando sus diversos apartados temáticos entre la materia general de la obra, de modo que cada uno aparece como el vocabulario que conviene ir aprendiendo conforme se adquiere mayor dominio de la lengua. Es lo que hacen también González Pereira (Madrid, 1883) y Galicia Ayala (Valladolid, 1883), que incluso aprovechan los apartados que se insertan en las lecciones sobre los sonidos del francés para añadir una tercera columna de pronunciación figurada a la doble columna francés-español de vocabulario temático. Con la pronunciación aparecen también las columnas de la nomenclatura que hay en la Novísima guía de conversaciones modernas ó diálogos usuales y familiares en español y en francés (Madrid, s. a.), de Ochoa, cuyos distintos apartados están además separados entre sí por frases propias de la conversación para practicar los vocablos correspondientes al apartado que precede. En esta supeditación de la nomenclatura al material del resto de la obra, nada impide que hasta los contornos de los distintos epígrafes se desdibujen; Galicia Ayala, por ejemplo, aun manteniendo unidos los vocablos de cada bloque semántico, pasa a veces de un apartado a otro sin que nada lo avise formalmente. Hay, por último, algún autor que combina en una misma obra el tratamiento de la nomenclatura como listado continuado y su tratamiento como bloques separados; Moralejo (París, 1862 [1835]), por ejemplo, presenta primero treintaiún apartados temáticos, cada uno seguido de sus correspondientes ejercicios de empleo en contexto, pasando luego a una nomenclatura clásica en su presentación, o sea, formando un listado léxico continuo, solo interrumpido por los epígrafes de cada grupo semántico. Las nomenclaturas bilingües del XIX a que nos hemos referido hasta ahora forman una parte minoritaria de las obras en que se hallan incluidas. Pero también en este siglo se editaron algunas obras cuyo contenido mayoritario está constituido básicamente por una nomenclatura. Su número es prácticamente insignificante si se compara con el de las muchas a las que nos hemos referido hasta ahora, pero cabe, con todo, recordar las bilingües de Beaume (Vocabulaire français-espagnol, Burdeos, 1809) y de Lanquine & Baro (Les mots espagnols groupés d’après le sens, París, 1896), ambas dirigidas primordialmente a francófonos, o las políglotas para hispanohablantes de Frutos (Diccionario manual de voces necesarias para el trato común en las cinco lenguas española, italiana, francesa, inglesa y latina, Madrid, 1804) o de Aínsa y Royo (Nuevo vocabulario de los idiomas modernos español, inglés, francés e italiano, Barcelona, 1837). Como se ve y ya decíamos previamente, es considerable el desarrollo y la variedad que alcanzan las nomenclaturas en el siglo XIX. Y ello pese a que no nos hemos ocupado de las nomenclaturas políglotas de las guías de viajeros (son bilingües las que hemos mencionado) o de aquellas que, como en otros siglos, se pueden rastrear en diálogos o en conjuntos de enunciados relativos a un tema determinado, lo cual cuenta ya con los lejanos precedentes de los coloquios del XVI o de la Ianua linguarum quadrilinguis (1617) de William y John Bathe o la Ianua linguarum reserata quinque linguis (1661) de Comenio. A este último respecto, y para el siglo XIX, pueden consultarse, por poner un ejemplo entre muchos, los veintiocho diálogos o “entretiens familiers entre un Espagnol et un Français” del Compendio (Barcelona, 1829) de Dupuy. Existe incluso algún caso mixto en que un vocabulario temático al uso acaba convirtiéndose en una nomenclatura cuyos vocablos se contextualizan en frases sobre un tema común; así, en la Gramática francesa de Lhomond
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