El 98 entre las armas y las letras
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EL 98 ENTRE LAS ARMAS YLAS LETRAS Por CECILIO ALONSO El discutido ente literario que, desde 1913, se viene conociendo como «Generación del 98», no se definió por su atención preferente a los acontecimientos históricos y militares sugeridos por su propia denominación1• Sus integrantes no se sustrajeron a los efectos morales del desastre, pero -si prescindimos de su radicalismo juvenil-se manifestaron en el marco de una estética innovadora, la modernista, que recurría al simbolismo para expresar estados de ánimo afectados por el pesimismo metafísico, o por la «degeneración» artística, ya extendidos por Europa antes de que se iniciaran las guerras de Ultramar. Este decadentismo fin-de-siglo, claro es, cobró rasgos específicos con la derrota del 98 que daba pábulo a las lamentaciones intelectuales a propósito de motivos como el fin-de-raza o el agotamiento histórico nacional, en parte l. Melchor Fernández Almagro ( 1948, pp. 13) ya reparó en esta circunstancia: « La Literatura del 98, en sentido estricto, por su concepto y cronología, es la que hubo el Desastre de inspirar en relación directa con él. Artísticamente, claro es, no interesa en contraste con la otra, la producida por la gen er ación de Unamuno, Valle-lnclán, Azorín, Baroja, Maeztu ... Pero desde el punto de vista histórico, la importante y útil es aquélla, ignorada o punto menos de los españoles actuales, siendo, re almente, la que sirve de fuente preciosa e insustituible al conocimiento de tan tristes sucesos. Los escritores propia mente dichos, magníficos escritores. de la generación que es ya gala lucidísima de la Historia de nuestra Literatura, nada nos dicen - ni tenían porqu éde la liquidación del Impe ri o español en América, al hi lo de las guerras coloniales y de la paralela acción política: ellos no lo vivieron en el cam po de ba ta lla ni en Jos despachos donde se estudiaba el problema y se contraía la responsabilidad de su solución.»
216 CECILIO ALONSO compensados con el estímulo del voluntarismo nietzscheano que anunciaba la epifanía del hombre superior. En lo s textos literarios de mayor exigencia artística, producidos a partir de 1900, cuyo paradigma más tópico acaso sea el azoriniano, el testimonio de la realidad tiende a aparecer transfigurado, sublimado o depurado, en busca del alma de las cosas, del espíritu nacional y de las esencias intemporales que pudieran regenerarlo, entre la elegía castellanófila y el culto a la tristeza: «literatura destructora o doliente» a ojos del pensamiento progresista de aquellos años2-, a la que el mallorquín Miguel de los Santos Oliver (1906) opondría la euforia de la denominada «literatura estimulante», confiada a la acción revitalizadora de la periferia peninsular. Así pues, en ple na crisis del realis mo literario, lo s escrito res que se convino en llamar «noventayochistas» no se caracterizaban precisamente por la visión descriptiva de casos de armas que habían conmocionado a la colectividad nacional. Pablo de Azcárate ( 1968, p. 8), al estudiar la guerra del 98, dio una explicación razonable de la penumbra que oscureció los hech os históricos constitutivos del «desastre» co lonial durante más de medio siglo: no interesaba relatar sucesos «que los viejos conocían por haberlos vivido» y que a su vez rechazaba una juventud con la vi sta puesta en el futuro. Se imponía el olvido como parte de una terapia psíquica colectiva. Otra razón, añadiría yo, para explicar también esta falta de referencias: las guerras coloniales fu eron físicamente conflictos lejano s, de los que muy pocos escritores españoles del novecientos tuvieron una experiencia directa. En buena parte fueron militares de carrera: el médico Felipe Trigo, héroe de Fuerte Victoria, mutilado en Filipinas; los comandantes José lbáñez Marín y Ricardo Burguete, el capitán Saturnino Martín Cerezo, que dejaron testimonios de cierta dignidad literaria. De entre ellos el de Burguete3 me parece que conserva 2. Cf. «Ángel Guerra» (seud. de José Betancort Ca brera), Del vivir rewilucionario. Valencia: Sempere, 1911. pp. 172 y ss. 3. Ricardo Burguete (Zarag oza 1 871 -Yalencia 1937) se codeó en su ju ventud co n los intel ec tuales del fin de siglo. Ad emá s de Cuba (Diario de 1111 testigo) y Filipinas (Memorias de un herido) (1902), otros volúmenes suy os como Mi rebeldía (1904), Morbo naci onal y Dinamismo espiritualista ( 1905) proponían la educación de la voluntad y la regeneración patria por la «vida ofensiv~» y la energía universal. Absorbido finalmente por su carrera militar llegó a coronel en Melilla (1910) y. ya general. ocupó c ar gos de responsabilidad co mo la Alta Com isaría en Marruecos ( 19 22) y la Pr es idencia del Conse jo Supre - mo de Ejército y Marina ( 1930).
EL 98 ENTRE LAS ARMAS Y LAS LETRAS 217 mayor actualidad, aunque en estos fastos del centenari o, has ta la fecha, sólo José Luis Calvo Carilla (1998, p. 356) le ha pres tado alguna atención. Su experiencia fue complet a, pues combatió primero en Cuba, y después en Filipinas. Publicó al términar la guerra dos libritos que se leen hoy con interés, por su estilo fluido y por la variedad de motivos. En ellos se combina la observación c on la imaginación y el clímax épico; la curio si dad ante el exotismo, co n la reflexión sociopolítica y el talante filantrópico. No obstante Burguete no era un antibelicista, sino un militar crítico, para quien la guerra era una consecuencia fatal de la lucha por la vida, entre el imperativo divino y la selección de l as especies (l 902a, p. 111)4. También hubo suboficiales de reemplazo, como José Muñiz Quevedo y -s obre tod oManuel Ciges Aparicio, procesado por su osadía de remitir correspondencias informativas opinando s obr e la política militar del general Weyler, al diario radical L'intransigeant, que dirigía en París el filocubano Henri Rochefort. Y no faltaron soldados voluntarios con facilidad de pluma, como Manuel Corral ( 1899) y Juan Toral ( 19425) que publicaron sus memorias de guerra. A este elenco de combatientes podríamos agr eg ar al civil Luis Morote, redactor de El Liberal, defensor de la autonomía cu bana, que se jugó la vida en el ejercicio de su profesión informativa al penetrar en campo enemigo, y presentarse temerariamente ante el generalísimo cubano Máximo Gómez, quien lo sometió a un consejo de guerra del que salió absuelto. Pero ninguno de los escritores canonizados con posterioridad - los Martín ez Rui z, Baraja, Machado ... -fueron a las guerras, ni hi cieron el servicio militar, a excepción de Maeztu que cumplió una breve prestación voluntaria en Baleares (1898). Así pues, és4. No dejaba de ser éste un planteamiento del pesimismo intelectualist a. La justifi cación patriótica de la guerra más vul ga ri za da se expresaba en los términos retóricos empleados por José de Siles ( 1905 , p. 7): «Es la guerra el crisol que depura de las razas. las muchedumbres, las tu rbas. ( ... ] En su escuela no hay ho mbre qu e, como siga las inspiraciones del valor, no aprenda a ser inmortal ... » 5. Muñiz Quevedo, autor de Ajiaco ( 1898) hi zo relaciones literarias en Cub a, y se interesó por el folclore de la isla. «Los Lunes de El Imparcial» le di o el espaldarazo penins ul ar (« Piña ame ri cana», 29-3-1897). Del cautiverio de Ciges Aparicio, y El sitio de Baler del capitán Martín Cerezo, en 1925 fueron incluidas por Valle-lnclán entre las nueve me jo res novelas del pr imer cuarto de siglo (Cf. Elltrevistas, conferencias y wr tas; ed . de Joaquín y Javier del Valle-lnclán. Valencia: Pre-textos. l 994. p. 289).
218 CECILIO ALONSO tos las v1v1eron imaginariamente, dentro de lo que constituye el gran mito literario noventayochista: los símbolos contractivos de la colonización interior, la intrahistoria, el casticismo o el esencialismo castellanista, cuya proyección ha persistido en la cu ltura literaria española prácticamente hasta nuestros días. Tuñón de Lara6 marcó la pauta, hace más de un cuarto de siglo, para redefinir el 98 como un espacio histórico amplio, marcado por la confluencia generacional y la experiencia divergente de quienes lo vivieron. De modo que, a estas alturas, poco interés tiene empeñarse en construir una visión unitaria, de por sí empobrecedora. Las fuentes que yo he seleccionado para evocar el encuen tro de las letras con las armas hace cien años, son en su mayor parte documentos oscuros. En realidad, no es más que una pequeña muestra indicativa, si consideramos, p. ej., las 1.381 entradas que registra la documentada Bibliografía sobre la guerra de la independencia cubana (1976) publicada por la Biblioteca Nacional "José Martí'' de La Habana. Pero, también hay que apresurarse a decir que incluso este excelente repertorio presenta amplias lagunas en lo co ncerniente al tratamiento literario de la guerra en territorio peninsular. En este aspecto documental queda todavía campo por roturar, tanto bibliográfico como hemerográfico. Imágenes de la sensibilidad independentista, pueden advertirse ya en las novelas del filipino José Rizal, que preludian las hostilidades; en l as cartas y diarios escritos en campaña por Jo sé Martí, o en el muy estimable Diario de guerra del abogado Eduardo Ro se ll y Malpica 7, in surgente cubano, jefe del estado 6. « La aparición de los hombres llamados del 98 en el horizonte español de los primeros años de siglo no debe ni puede velarnos su convivencia en un espacio histórico generacional comrín (para emplear la expresión de Tierno) con otros llegados antes y que todavía estaban en plena creació n» (Tuñón, 19733, p. 124). 7. De este interesante documento, anticipó el folletín de El Pueblo al filo mismo de la guerra ( 1898 ) fragmentos de su ú lt imo cuaderno, facilitados a Blasco Ibáñez por un ayudante del general Arolas cuando la guerra contra Estados Unidos entraba en su fase crítica. Se aseguraba que el diario estaba originariamente redactado en inglés y que había sido traducido por un oficial español. Nada se nos dice a este respecto en la magnífica edición crítica que publicó la Academia de la Historia de Cuba en dos tomos (1949-50). cuyo editor conoce la existencia de una copia fragmentaria hecha por las autoridades militares españolas, pero no hace referencia a la edición valenciana de 1898. Rosell, según su propio testimonio ( 1950, p. 110) cultivaba la prosa literaria y había escrito unos episodios titulados: «Mamuc hi to, Negro y blanco y Tablas». La primitiva versión de El Pueblo daba seguramente una lectura defectuosa: «Manuscrito, Negro y Blanco. Recuerdos de Camagüey y otro».
EL 98 ENTRE LAS ARMAS Y LAS LETRAS 219 mayor del brigadier Pedro E. Betancourt. Las primicias del Diario de Rosell se publicaron en el periódico valenciano El Pueblo, por los mismos días en que la escuadra de Cervera era destruida en Santiago de Cuba. Este diario, lleno de inteligentes apreciaciones sobre la guerra, tuvo su contrapartida en otro, mucho más breve, que El Imparcial dio a conocer en agosto del mismo año, redactado con escasas luces literarias por el coronel español Vicente de Cortijo8 que había caído prisionero de los yanquis, y que hubo de sobrellevar un suave cautiverio de apenas un mes en Atlanta, muy quejoso por no sentirse tratado de acuerdo con su rango militar. Respuestas inmediatas a los acontecimientos bélicos encontramos también en la literatura periodística, y en los diversos cronicones, publicados por entregas durante las guerras. Cuentos y versos contribuían -con más o menos trans parenciaal control ideológico de la opinión. Con frecuencia se trata de literatura deleznable, pero ya se sabe que a menor calidad literaria, mayor efectividad ideológica. Menos abundante es el tratamiento novelesco de aquellas circunstancias: el ejemplo más brillante lo constituyen, sin duda, las dos novelas del onubense José Nogales publicadas en 1901 (Mariquita León, y, especialmente El último patriota). En cuanto al teatro, abundaron las frivolidades patrióticas, y piezas de género chico. Pero las repercusiones en el drama de ideas escasean o son muy tardías, por lo general centradas en conflictos sociales y psicológicos planteados por la repatriación, en algunas obras de Santiago Rusiñol (1903) o de Federico Oliver (1915). Intentaré sintetizar la descripción de estos te stimonios centrándome en los aspectos que me parecen más significativos, desde una doble perspectiva: a) la guerra como experiencia física, y, b) la guerra «a distancia», vivida con la imaginación. 8. «El coronel Cortijo prisionero de los yanquis. Diario de un cautiverio» El Imparcial, 8 y 9-818 98 (folletín corrido).
220 CECILIO ALONSO RIZAL Y MARTÍ, PRECURSORES Y MÁRTIRES En el primer caso, es obligado comenzar recordando a Rizal y a Martí, que legitimaron con la entrega de sus propias vidas la autenticidad de su utopismo patriótico. En ambos las letras fueron doblegadas por la s armas. José Rizal (1861-1896) con sus dos novelas -Noli me tangere y El Filibu sterismo-, entre 1886 y 1891, dio cuerpo imaginativo e ideológico al mundo filipino indígena, que había carecido hasta entonces de una literatura culta en castellano. Impulsa do por la aspiración secularizadora que permitiera establecer una sociedad civil con fundamentos científicos, el testimonialismo de dichas novelas presenta una doble vertiente: por un lado, la denuncia de la corrupción administrativa y de lo que se llamó entonces « la frailocracia» filipin a; por otro, la sublimación del sufrimiento popular como consecuenc ia de aquéllas. Entre los dos textos hay una evolución que permite observar la actitud del autor filipino con respecto a la metrópoli. Rizal, que estudió en Madrid (1882-1885), plantea en Noli me tangere una especie de advertencia pr ev ia a la rebelión, bajo la aceptación de un doble patriotis mo -es pañol y filipino9; mientras que seis años más tarde El Filibusterismo, agotadas las esperanzas reformistas, es ya un grito en favor de la rebelión a cualquier preciolO. Pero, aparte su extraordinario valor documental sobre costumbres y psicología indíge na s, Noli me tangere revela que los efectos del krausopositivismo, del naturalis mo y del espíri tu de análisis dejaron huella en un autor de formación española y, por tanto, 9. «¡ No. a pesar de todo, primero la patri a. primero Fi li pinas, hija de España, primero la patria español a! » (Rizal. 1896 VIII, p. 83). 10. «El Ibarra del Noli me tangere no pi ensa lo mismo que el Simoún de El Filibuste ri smo. Se ha operado u na gran transición en la s ideas del autor, que transmite a sus personajes. Ibarra co nfía , espera. ama. Simoun está desen ga ñado, es escéptico, odia. !barra pide reformas. apela a la justicia y a la bondad del gobierno: Simoun no pide. embrutece, co rrompe, incita a Ja violencia, destruye. se s ui ci da . No; la segunda novela no es la continuación de la primera. Jbarra ha muerto en la caza del lago, y si ha res ucitado. ha resucitado c om o otro hombre» (R icardo Palma, ap ud Jaime C. de Veyra, «La Hispanidad en Filipinas». HGL E. V. Barcelona: Barna: 1958. pp. 523-524)
EL 98 ENTRE LAS ARMAS Y LAS LETRAS 221 sujeto a procesos intelectuales similares a los de los escritores peninsulares de la Regencia 11. Si hoy resulta desproporcionada la opinión, tan extendida entonces, de que sus novelas fueron la mecha de la insurrección filipina12, no lo es tanto que fueran causa determinante de su fusilamiento, el 30 de diciembre de 1896, sentenciado por un Tribunal militar. En cierto modo, Rizal pagó muy caro el respeto que España le merecía. Todavía en vísperas de su ejecución, aceptaba su destino con una despedida sin odio, en un poema escrito en quintetos a lejand rinos en lengua española, que descubrían su vinculación al gusto neorromántico, y su concepto positivo de la desindividuación y el regreso a la nada, por igual impregnado de gusto "científico" y espiritualismo finisecular: Y cuando ya mi tumba, de todos olvidada, no tenga cruz, ni piedra que marquen su lugar, deja que la are el hombre, que la esparza la azada, que todas mis cenizas se vuelvan a la nada, y en polvo de tu alfombra se vayan a formar. ¡Entonces nada importa me pongas en olvido! Tu atmósfera, tus campos, tus valles cruzaré; vibrante y limpia nota seré para tu oído; aroma, luz, colores, rumor, canto, gemido, constante repitiendo la esencia de mi fe. 1 1. Cabría pensar que el no haber encontrado a tiempo soluciones políticas alternativas a la segregación violenta supuso, en el plano literario, la ruptura entre actitudes intelectuales de corte neorromántico con inclinaciones simbolistas, que mediados los afios 90 estaban más desarrolladas en Ultramar que en España. Si la ruptura con Filipinas frustró absolutamente el esfuerzo de Rizal por crear una narrativa culta en castellano, en Cuba dio lugar a la ignorancia de poetas tan extraordinarios y afines a la sensibilidad finisecular española co mo Julián del Casal, el propio Martí, Mercedes Matamoros, Bonifacio Byme y los integrantes de la generación del 95 Carlos Pío Uhrbach y Juana Borrero. Como expresión de esta quiebra en los últimos años del XIX cunde en la opinión literaria españo la (en Los Lunes de El Imparcial, p. ej.) un acentuado desdén contra la literatura renovadora procedente de A111érica. Baste recordar también del éxito que tuvo el libro Ripios ultramarinos del cr ít ico Antonio de Valbuena, cuya primera entrega data de 1893. 12. «¿Midió Rizal todo el alcance de su libro [Noli me tangere]? ¿ Pr esumió que iba a causar tan honda impresión en su país? Supo, sí. que hizo algo; guióle un fin más el evado que el de limitarse a escribir una obra de entretenimiento; pero tenemos por indudable que no llegó a imaginarse, al dar la última plumada, que con su Noli me tangere iba a co nmover el espíritu de su patria, a prepararla para una revolución trascendental» (W. E. Re tana , Vida y escritos del Dr. Rizal. Madrid, 1907).
222 CECILIO ALONSO José Martí (1853-1895) no sólo fue el gran visionario de la libertad cubana sino uno de los grandes prosistas del modernismo americano, con una concepción literaria que no se agota en la prefiguración estética de la independencia de su país. Martí siempre supo complementar la emoción abstracta de su optimismo patriótico con su intensa participación en la lucha por la emancipación y, a diferencia de Rizal, nunca permitió cuestionar sus vínculos con la revolución. De sde que en 1871 publicó en Madrid su impresionante alegato «El presidio político cubano», o desde que en 1873 ponía, con aplastante logica, a la l ª República, ante sus responsabilidades históricas con Cuba l3, fue constante en exigir para su isla las mismas libertades que los españoles demócratas recababan para sí mismos. Martí tuvo que armonizar su doble condición de político y de poeta. Inspirador de la revolución, opuesto a las tentaciones anexionistas yanquis, es entre sus escritos de 1895, tras su definitivo desembarco en Cuba, donde encontramos las páginas más estremecedoras de un escritor cuya ambición de armonía universal es la respuesta a su experiencia del mundo norteamericano. « Viví en el monstruo y conozco sus entrañas ... » escribía en su carta inconclusa a Manuel Mercado en vísperas de su muerte. Lo que menos deseaba Martí era precisamente la in tervención yanqui en Cuba. Sus apremios revolucionarios estaban estimulados sensitivamente por su condición de desterrado y su declarada incomodidad en la vida disgregada de los Estados Unidos. Para él Cuba era el mito del edén, que restablecía la perdida unidad de la vida en la era industrial. Visionario y profeta, supo sostener el mínimo realismo político indispensable para pactar el liderazgo político en la fase utópica de la revolución, pero cabe sospechar que sus cualidades -su facundia poética, su condición de ideólogo-soñadorquizá no hubieran sido las más adecuadas para las presiones y ambigüedades políticas que el futuro reservaba a la soñada Cuba Libre. Murió temiendo el divorcio entre las fuerzas revolucionarias y el espíritu unitario que él había tratado de sembrar (Martí, 1997, p. 13. «La República española ante la Revolución cubana» (Martf, a.d. 1895).
EL 98 ENTRE LAS ARMAS Y LAS LETRAS 223 125). El 14 de mayo de 1895, anotaba sus dudas de intelectual en un breve pasaje de su Diario: Escribo poco y mal, porque estoy pensando con zozobra y amargura. ¿Hasta qué punto será útil a mi país mi desistimiento? Y debo desistir, en cuanto llegase la hora propia, para tener libertad de aconsejar, y poder moral para resistir el peligro que de años atrás preveo ... [Martí, 1997, pp. 125 y 133] Ni su ponderada actitud política, ni su valor literario -en momentos en que el modernismo era todavía rechazadofueron valorados en la Península durante los años del fin de siglo. Sus obras completas no se publicaron en España hasta 1925, y sus Diarios de guerra acaban de editarse en Barcelona (1997) al reclamo de este Centenario que nos congrega. TESTIMONIOS DIRECTOS DEL CURSO DE LA GUERRA Y DE LA VIDA MILITAR Síntoma de la injusticia del Régimen de la Restauración (Serrano, p. 127), el sistema de reclutamiento se convirtió en leitmotiv de escritores de la oposición republicana, como Blasco Ibáñez, que asociaban el establecimiento del servicio militar obligatorio con las reformas democráticas que brotarían «al soplo divino» de la revolución igualitaria (Blasco, 1978 p. 56). Los artículos del novelista valenciano en su diario El Pueblo, cargados de fuego demagógico, repitieron con machacona insistencia las consignas de Que vayan todos: pobres y ricos, ¡O todos o ninguno!, El pueblo no quiere la guerra, Qui prodens? (¿a quién aprovecha?), Que haga la guerra el Nuncio ... , al tanto que acuñaba imágenes de gran impacto, como el gran vampiro, referida a la monarquía, como piedra angular del régimen que no había sabido evitar la guerra (pp. 4 7-48). Sus sintéticas descripciones de los embarques de tropas aunaban la apretada argumentación ideológica con el patetismo retórico de seguro efecto, propio del folletín social: Ayer, aglomerado en lanchones y subiendo las empinadas escalerillas de los costados, iba entrando en el buque el
230 CECILIO ALONSO machete irritado en la diestra. Huye n, y a porfía rayan los ijares del caballo en busca de otro bohío: huellan plantaciones; destruyen sembrados; se lanzan frenéticos en el verdor de los platanares, decapitando sus cogollos. ¡Son adm irables, y son odiosos! ... No pudiendo sembrar el campo de sal, Weyler desea que su paso lo muestre su sa ña . Aquella mandíbula dura y saliente no puede mentir. Los que por implacable le enviaron a Cuba, no sufrirán decepción. En es ta jornada verán la obra de un Weyler de cuerpo entero. Ni campo fructífero, ni morada, ni ser viviente. De trocha adentro todo lo arrasa la furia.(Ciges, 1906, 4ª, XXIII). El moti vo clave de la crueldad innecesaria es la reconcentración de campesinos, prevista por Martínez Campo s, y decretada por Weyler en octubre de 1896, que ninguna pluma española denunció con tanto vigor como el sargento Ciges, una conciencia civil accidentalmente armada: Los vecinos de Cabañas han recibido orden de concentrarse súbitamente en Mariel, y en su pueblo dejan todo: todo, menos la fiebre que los consume con su fuego lento y amarillo. Llegan en mortal éxodo: los alojan en barracones de guano, al borde de una playa corrompida donde la caballería baña a sus bestias. Las calles están pobladas de idéntica sordidez. En unas ca lderas cuecen ínfimo rancho y dan de comer al reconcentrado que lo pide. Niñas de diez o doce años se rinden, inocentes y pasivas, por lo que quieran abonarles (Ciges, 1906, XXII). Piénsese que la retórica naturalista de estas descripciones sustituye la falta de información gráfica, por má s que exis tan documentos fotográficos estremecedores, entonces desconocidos en España. La visión de Ciges Aparicio alcanza dimensiones dantescas en su primer libro, Del cautiverio: Allí dentro, en aquel ambiente letal, vi revuelto montón de harapos y descarnados huesos: hombres, mujeres y ni-
EL 98 ENTRE LAS ARMAS Y LAS LETRAS 231 ños; blancos y negros; vivos y muerto s. Sobre desvencijado catre, sin colchón, ropa, ni cabezal, jadeaba un vestigio de mujer mal cubierto con los guiñapos de la mugrienta camisa que algunas horas después le serviría de sudario; porque la muerte taciturna habíala marcado ya con estigma imborrable en todo su ser: en el temblor convul so de s us miembros, en la contracción de la boca purulenta que no podía espantar una mosca impertinente que en ella se había posado, en la ancha franja cárdena que rodeaba las hondas cuencas donde se revolvían cansados los vidriosos ojos agonizantes. Abrazado a ella había un niño que, obstinándose en tomar leche, succionaba sangre en los fláccidos pechos de su madre. [ ... ] Vecinos de la eternidad, todos esperaban confiados la muerte que les haría leve tan inacabable suplicio. Allí no había medicinas, pan, ni higiene. Nadie se acercaba a consolarles en su abandono irreparable. No era la resignación cristiana ni la sabiduría estoica, sino el lento acabamiento de las fuerzas vitales quien les había enseñado a no temer la muerte. La nada, el sumo descanso era una necesidad para aquellos seres borrados ya de entre los vivos ... (Ciges, 1903, lª, 11). La sustitución de Weyler por el general Blanco, a fines de 1897, fue considerada como un signo de victoria por los separatistas. En aquellos momentos la «musa guajira» no se anduvo por las ramas y se cantaron redondillas burlescas como ésta: «Mi querido Valeriano,/ cuando te vayas de aquí/ te llamarás Valerí/ porque habrás perdido el ano (Bonafoux, «Campo de soledad» [ 1898], 1908, p. 33) El motivo reaparece en algunos villancicos «de actualidad» difundidos por la pr ensa peninsular en la s navidades del 97 y del 98, expresando el descontento que producía la situación militar, como en la siguiente coplilla firmada por el sevillano Felipe Pérez y González, autor del texto zarzuelero de La Gran Vía: La nochebuena se viene,/ la nochebuena se va/ y en cambio don Valeriana/ ni viene, ni va, ni ná» (El Liberal, 25-12-1897).
232 CECILIO ALONSO El tópico subsiste tras la derrota, teñido de barniz patético, en estos versos de Ginés de Pasamonte: El general Weyler viene/ el general Weyler va .. ./ ¡pero cuántos que se han ido/ ya no vo lverán jamás! (Blanco y Negro, 24-12-1898). Por contraste, entre las imágenes de guerra, se deslizan también remansos de placidez que pueden expresar la integración posesiva de los combatientes en la naturaleza, sobre todo en campo separatista, bien patente en las últimas cartas de Martí (firmadas en Baracoa, 16 -4-95) cuando escribe a Estrada Palma: «En estos campos suyos, únicos en que al fin me he sentido entero y feliz» (a de 1895c, p. 218). Incisos similares observamos en Eduardo Rosell como nostalgia de normalidad y paz: ¡Qué bonito lucía ayer nuestro campamento! Estábamos situados a orillas de un río, en un pequeño valle formado por la falda de varias lomas, así es que desde una de ellas se divisaban todos los ranchos y l as luminarias, encendidas para cocinar. Había más de cien candeladas, por todas partes (Rosen, 1950, p. 25). La guerra tiene también sus momentos de distensión -oníricos, eróticos -Marte sufre por Venus, escribe Ciges Aparicio- , o simplemente festivos. Hasta llegar a desahogos anecdóticos, como el de los cocuyos o gusanos de luz, que danzan en la noche ( 1902a, pp. 80-81) y que Ricardo Burguete resuelve líricamente: Traté de recoger uno que creía ver en el suelo y sumergí las manos en un charco en el fondo del cual fulg ur a el reflejo de una estrella. En Ciges Aparicio, este mismo tópico se formaliza en un episodio más desenfadado: la confusión de los silbidos y rastros luminosos de los insectos en la noche induce a lo s centinel as de una compañía de fusileros españoles a creer que se halla frente al enemigo, por lo que responde con fuego discrecional hasta que, a
EL 98 ENTRE LAS ARMAS Y LAS LETRAS 233 la mañana siguiente, se advierte que aquella había sido la quijotesca batalla de los cocuyos (Ciges, 4ª, VIII ). REPATRIACIÓN Y CONCIENCIA MILITAR DE LA DERROTA La vivencia de la repatriación se tiñe de trágicos perfile s, entre simbólicas tempestades oceánica s. Es el tópico central de la literatura bélica, natu ra lmente el más dramático. El viaje de regreso va de ja ndo una fúnebre estela de cuerpos sin fortuna. Quizá sea a Burguete a quien debamos Ja imagen más sutil, esbozada con mórbida retórica decadent e. Al avistar La Coruña, a bordo del Colón, en una «mañana ce nicienta y llorosa», velada por tupida lloviz na, entre «los ansiosos ge midos de las sirenas», por un momento se boffa de las pupilas de los supervivientes «la opaca sombra del dolor y de la desesperación». Entre la niebla van dibujá,ndose las «alt as chimeneas de las fábricas» y su aparición deshace el conjuro de la emoción patriótica para dejar paso al sarcasmo realista que pone el dedo en la llaga de las raíces mercantilistas de la gueffa: Justo agasajo rendido por la industria a los queridos hermanos que venían de defender un mercado allá en remotas tieffas. . [ ... ] El humo de las fábricas trajo a mi mente el humo de los incendios. Uno pedía el otro. Las guerras seguían siendo en la humanidad las mismas; los pretextos eran diversos. El comercio y la indust ri a floreciente y poderosa bajo la actual civilización, necesitarían cada vez más de la guerra para abrirse nuevos me rcados o sostener los actuales. [ ... ] Justo, muy justo el saludo de las airosas chimeneas a aquella legión de inválidos de la guerra. (Burguete, l 902a, pp . 202-203). Otra variante de esta interesante asociación entre la repatriación y la industria, se halla en el joven Ramiro de Ma ez tu (l 899, 11) cuando, a los últimos vestigios de la guerra cruenta que traían los trenes de repatriados, con su «desfile de muertos vivos», oponía la insultante alegría de vivir de Bilbao y sus alrededores, una
234 CEC!LIO ALONSO sociedad en plena expansión fabril que configuraba el futuro: «Diga lo que quiera el pesimismo, no moriremos de un hartazgo de dolor», ironizaba con optimismo el vitalista escritor vasco. Las formalidades de la dignidad y el honor militar ante la derrota pueden documentarse en el diario del coronel Cortijo ( 1898), prisionero de guerra, quejoso de verse mezclado con su propia tropa vencida, comiendo una misma «bazofia asquerosa y repugnante» impropia de oficiales: Mi categoría en un ejército regular de nación civilizada es aquí letra muerta. El gobierno de la Unión me ha convertido a mí en un soldado raso por la razón de la fuerza; ha hecho lo mismo con mis oficiales, y se extreman ostensiblemente las medidas de rigor, de desconfianza, de desdén. Un sargento mulato nos hace formar y nos ordena desfilar de a dos entre filas de soldados armados, y así nos llevan tres veces al día al comedor, si rviendo de espectáculo a los curiosos el ver un coronel de mi ancianidad en situación tan triste. Estos gestos externos de la dignidad del vencido, o de su orgullo herido, que sacrifican la manifestación de íntimas sensaciones al último referente de las ordenanzas, inspiran también el relato del capitán Saturnino Martín Cerezo ( 1904 ), a quien el destino reservó los dictados heroicos que negó a la anodina captura de Cortijo. En su crónica del sitio de Baler -los últimos de Fipilinas-se narran situaciones patéticas con prosa muy directa, pero quizás ninguna tan impresionante como su decisión de ejecutar dos sentencias de muerte aplazadas contra dos frustrados desertores, en vísperas de una última salida desesperada para romper un cerco de dieciocho meses, a fin de no dejar cuentas pendientes con el Código de justicia militar: La ejecución se realizó sin formalidades legales, totalmente imposibles, pero no sin la ju stificación del delito. Era una medida terrible, dolorosa; que hubiera yo podido tomar a raíz del descubrimiento de los hecho s, y que hubiese debido imponer sin contemplaciones cuando la intentona
EL 98 ENTRE LAS ARMAS Y LAS LETRAS 235 de fuga; que había ido aplazando con el deseo de que otros la decidieran y acabasen, porque ya era fatal y precisamente ineludible. Mucho me afligió el acordarla; busqué un resquicio por donde poder librarme de semejante responsabilidad, y no pude hallarlo sin contraer yo mismo la de flojedad en el mando. [ ... ] Fue muy amargo, pero fue muy obligado. Procedí serenamente, cumpliendo mi deber, y por esto, sin duda, ni un solo instante se ha turbado jamás la tranquilidad de mi conciencia (Martín Cerezo, 1904. p. 188). La sumisión del yo al orden, la aceptación del relativo principio de realidad que supone la disciplina militar, aborta en estos casos la posibilidad de una expresividad literaria y de un patetismo más duraderos que, en cambio, sí encontramos en los libros de Ciges Aparicio, incluso del propio Burguete, donde las contradicciones entre las armas y las letras son mucho más intensas por Ja mayor implicación de la conciencia crítica. En suma: entre los que fueron a la guerra se impone la naturalidad, junto a impulsos primarios de odio, piedad, dignidad y supervivencia. En ellos apenas encontramos el artificio retórico patriotero, tan común en la literatura ideológica producida "a distancia", de la que nos ocuparemos a continuación. LA RETAGUARDIA PENINSULAR En Ja retaguardia peninsular se contempla la guerra como un teatro, tópico nada nuevo en la imaginería literaria y gráfica del XIX, que José de Siles (1905, pp. 70-71) reactualizaba a propósito del 98, subrayando la frívola curiosidad de los espectadores: Hubimos de considerar la guerra de Cuba ni más ni menos que como un drama teatral. Asistimos a ella como se asiste a un teatro. Discutimos con pasión su plan, sus intérpretes, sus escenas. Como se representaba allá lejos, pedíamos día a día, hora a hora, minuto a minuto los mil incidentes de su complicada acción. Y nos disgustábamos porque no veíamos el desenlace, y pateábamos como chiquillos rabiosos porque no adivinábamos lo que tenía en sus entrañas lo que tomábamos por juguete ...
236 CECILIO ALONSO Desde el punto de vi sta de la psicología colectiva so n de interés las imágenes compensatorias que, haciendo abstracción de la política y de la historia reales, ofrecían al lector fantasías que iban desde el más desbocado optimismo hasta los remedios expiatorios y las recetas arbitristas para sobrellevar la derrota. Entre las optimistas, destaca la temprana predicción que de la intervención yanqui hizo Nilo Mª Fabra, fundador de la agencia de noticias de su nombre, al publicar en La, Ilustración Española y Americana (marzo-abril 1896) una parábola anticipatoria que vino a convertirse en el reverso de la realidad histórica, imaginando para el conflicto cubano un final favorable a las armas español as, con la exaltación de la concordia entre las "razas" -e ntiéndase culturashispanoamericanas. El relato de Fabra ofrecía una imagen degradante de lo s Es tados Unidos como potencia económica seudodemocrática, donde se habían extraviado los principios liberales a causa del agio y los monopolios, interesada en disponer de Cuba para dar una salida a su creciente población de color y convertirla en una colonia negra yanqui18. La trama, llena de lógica, a veces se aproxima a lo que sería realidad: hay forcejeos diplomáticos que preceden al hundimiento, en agua s de Puerto Rico , de un podero so crucero americano, de strozado por el efecto de un torpedo español, que prefigura la voladura del Maine como hecho desencadenante de la guerra; ha y bloqueo de La Habana por la escuadra enemiga, eso sí, contrarrestado con las "patrióticas protestas" de la población civil; y hay de sembarco en Matanzas de lo s invasores, que han de emprender una penosa marcha terrestre, di ez mados por la fiebre amarilla y las calenturas palúdicas t 9, mientras son abandonados por los in surrectos negros, «indignados por el menospr ec io con 18. Esta mi sma co nv icción inspira, también en clave de anticipativa, un artículo racista del diario sa lm eroniano la Justicia («Examen de Geografía 1996», 10-12-1896), donde Cuba se había convertido c hi stosamente en Nueva Nigricia; el estado cubano era una República parda; Santa Clara, Santa Oscura, y su pro ducción mineral «cisco, betún y negro de humo» (Serrano, 1984, p. 83). Esta actit ud racista hubo de di si mu larse fo rm almente, cuando al término de la guerra, entre los repatriados. ll egó a la Península un contingente de soldados de color leales a España. que ur gía acomodar, para lo que se habló de agruparlos en una unidad mil it ar en las plazas a fri canas. («Los soldados negros », Blanco y Negro, 1-10-1898). 19. En la realidad los yanquis no se vi ero n li bres de estos inconvenientes, durante la fa se de ocupación, tras la rendición de Santiago de Cuba (Azcárat e, 1968, pp. 145-146).
EL 98 ENTRE LAS ARMAS Y LAS LETRAS 237 que les trataban sus libertadores». Como exigía el guión más tópico, las armas españolas, pese a su inferioridad técnica, se imponen por mar y tierra gracias a la inspiración del almirantazgo y a la moral de sus soldados de reemplazo, incontestablemente superior a la de los mercenarios yanquis, que acaban desertando y amotinándose al grito de «¡Viva la revolución social! », arranque de una «pavorosa» revuelta de «petroleros» y «harapientos» que se propaga en cadena hasta Wall-Street y llega a las mismas puertas del Capitolio, siguiendo el modelo de la Comuna de París2 0. El optimista corolario de Fabra, más inclinado a las lecciones históricas del siglo XIX que a las que se avecinaban, no puede ser más revelador de la s miserias ideológicas del belicismo español: ¡Tal será la suerte de los ejércitos vencidos que no cuenten como base principal las sufridas y honradas masas rurales, esclavas del deber y la obediencia y refractarias a las ideas disolventes de los presentes tiempos! ¡Ay de las naciones que confíen su honra o la salvaguardia de la paz pública a manos de aventureros que se inspiran en el odio contra el orden social o en el menosprecio del concepto de la patria! (Fabra, 1997, p. 76). En una fase más avanzada del conflicto colonial, se hace patente la conciencia de la debilidad española, que trata de buscar ocultas energías, en las representaciones literarias de fantasías destructivas -construcción de barcos y armas mortíferas imaginarias, como panacea desesperada ante la guerra inminente con los Estados Unidos. Ejemplo sublimatorio puede verse en la novela del malagueño Martínez Barrionuevo (1857-1919), El buque de guerra ( 1899), donde el ingeniero Daniel de Armental ha de luchar con la incomprensión e inquina provincianas para llevar a cabo el gran proyecto que requería la Patria, un buque de combate de 20. Se trata de un argumento de gran persistencia. En Heraldo de Madrid (6-4-1898) se presumía una fác il victoria española porque, en cuanto entraran en fuego, «desertarían las tripulaciones de los buques norteamericanos, formadas como es sabido, por gentes de todas las nacionalidades». También en diarios ingleses (como The Engineer, 15 - 21898) se especulaba co n el mismo tópico y se interpretaba el alistamiento de tres mil merce na - rios suecos en la armada yanqui como un indicio de debilidad (Azcárate, 1968, p. 105).
238 CECILIO ALONSO once mil toneladas21. Hace falta la ayuda sobrenatural -el desbordamiento de un río que inunda el astilleropara que el barco, cuyo nombre es «España», sea botado contra todo impedimento. Otro motivo recurrente, fue la curiosidad·despertada a lo largo de 1898 por los experimentos del murciano Manuel Daza, inventor del toxpiro22 -o «fuego venenoso» -, que alentaron el tópico del arma infernal capaz de destruir al enemigo en poco tiempo, incorporado episódicamente a algunas novelas importantes. José Nogales (1901b, caps. XI-XII)) lo recoge en clave grotesca, en El último patriota, donde un armero provinciano apellidado Carlanza inventa el Fulminaría, «aparato [ ... ] de tal poder destructor, que las más poderosas escuadras del mundo volarían hechas añicos» a su estallido (p. 103). José Martínez Ruiz, en La voluntad (1902, 1ª, caps. XII-XIII) trata el motivo con más circunspección y ambigüedad, idealizando melancólicamente, con algún toque paródico, el fracaso del inventor Quijano, personaje de resonancias cervantinas directamente inspirado en Daza, que explica su plan del siguiente modo: A dos, a cuatro, a seis kilómetros, con velocidades reguladas a voluntad [ ... ] enormes cantidades de dinamita podrán ser lanzadas contra un obstáculo cualquiera. ¿Se comprende todo el alcance de la revolución que va a inaugurar la nueva arma? La marina de guerra cambiará por completo; los acorazados serán inútiles. Desde la costa, desde un lanchón, un toxpiro hará estallar la dinamita contra sus recios blindajes y los blindajes volarán en pedazos. España volverá a ser poderosa; Gibraltar será nuestro; las grandes potencias solicitarán nuestra alianza. Y la vieja águila bifronte tornará a revolar majestuosa por Europa. (Martínez Ruiz, 1902, p. 89). 21. En r ea lidad, la armada española encargaba el aco nJicionamien to s de sus buques más emblemáticos a astilleros extranjeros, ante la incapacidad de los nacionales (Serrano, 1984, p. 40). 22. Véase Luis Gabaldón, «El torpedo Daza. Un día en Socuéllamos», Blan co y Negro, 25-6-1898. El toxpiro era un proyectil cónico, aéreo. de mayor alcance que los lanzados por cañones convencionales, dotado de unas aletas estabilizadoras, que provocaba un número irregular de explo si ones en cadena durante su recorrido, liberando gases tóxicos.
EL 98 ENTRE LAS ARMAS Y LAS LETRAS 239 La tecnología destructiva seguía de ac tualidad incluso después de la derrota. El futuro premio Nobel, Jo sé Echegaray, publicó en Los Lunes de El Imparcial (9-1-1899) unas curiosas «reflexiones caldeadas al recuerdo de nuestros desastres», que insinuaban la conveniencia de la carrera armamentística para nivelar el poder destructivo de las naciones, sobre todo en la guerra marítima, por medio de nuevas armas que combinarían la pólvora con la electricidad. Bajo el fantasma de Santiago de Cuba, Echegaray alentaba la esperanza nacional mediante el sue ño científico: Tales es tamos los españoles, que má s nos aprovecha soñar mar av illas de la ciencia que re vo lvemos despiertos entre horribles realidades. Soñemo s, pues. LAS LETRAS PATRIÓTICAS EN LA PRENSA. PROSAS Y VERSOS DE GUERRA Los tópicos del patriotismo burgués impregnan numerosos relatos brev es , de corte sentimental, habitualmente difundidos a través de la prensa semanal (Martínez del Portal, 1993). En ellos observamos, por un lado: personajes intrahistóricos y anónimos, preferentemente de origen rural, obligados a hacer la guerra y llamados a suscitar en el lector reacciones de patemalismo social ante el sufrido Juan soldado. Como imprescindible contrapunto, claro es, la ejemplaridad de los mandos militares. Por otro lado, se desarrolla una amplia se rie de situaciones tópicas: despedida del so ldado; drama por desamparo económico familiar; redención a metálico o compra del sustituto; separación del terruño idílico; papel ab negado de la madre; relaciones epistolares; triunfalismo y desprecio del adversario; euforia antiyanqui en términos insultant es; desfile s entusiastas al son de la Marcha de Cád iz; comportamiento heroico en combate; la mu erte gloriosa y, en fin, la inevitable y patética repatriación. Para los textos poético s, Marta Palenque (1998, p. 276) ha observado cinco líneas temáticas fundamentales: invectivas contra los norteamericanos; defensa orgullosa de la superioridad española; descripción sentimental de la vida del soldado; arenga patriótica, y recuerdo fraternal de las antiguas colonias.
246 CECILIO ALONSO la Mala hierba (1904, 2ª, VIII). Podríamos referirnos al tópico de la paz engañosa desarrollado por Joaquín Dicenta (1898a): paz que se hace sin esperanza, para «narcotizar las indignaciones populares, y alargar la agonía ... [ ... ], desconsoladora y siniestra» es «la paz de los muertos». O bien, podríamos aludir al debate autojustificativo, y no menos tópico, de la problemática independencia cubana, que, entre otros, ilustró una humorada del versificador Javier de Burgos -libretista de la zarzuela Cádiz, cuya marcha puso fondo músical a aquel momento histórico: ... De garduñas en poder,/ hijos de Cuba, os halláis;/ hasta el nombre que lleváis/ le llegaréis a perder./ Independientes al ser / dichososo osáis llamaros,/ pero, el tiempo, que ha de daros desengaños elocuentes,/ del nombre de Independientes/ ¡qué poco habrá de dejaros!// Os han de quitar el In,/ para que seáis dependie nt es/ y el de, para que pendientes/ del amo quedéis al fin./ Víctimas de usura ruin,/ ni dientes os quedarán/ porque hasta el di os quitarán;/ y ya norteamericanos,/ de independientes cubanos/ en entes os dejarán.// De los años a través/ y patricios vergonzantes ,/ olvidaréis a Cervantes/ para ladrar en inglés ... ( «i Independientes!» (Los Lunes de El Imparcia l, 5-12-1898) Meses después («Una poesía di scutida», El Imparci al 19-61899), Javier de Burgos se hacía eco del mal efecto causado por aquellos ve rsos en medios c ub ano s3 °, y añadía: ... A nec io s o intransige nt es/ que entenderme no han qu erido/ y a quiene s tanto ha e scocido / la palabra in-de-pen-di-e nt e,/ gritar les de jo impotentes;/ pero a l os bue no s c ub anos ,/ a lo s corazones sanos,/ les digo con honda pena/ y la conciencia serena:/ ¡cuánto he mo s perdido, hermano s! 30. Los versos de Javi er de Burgos fueron glosa do s satíricamente desde la Habana por Adalberto Molina en «Contestación a las décimas de Un Peninsular», infor ma ción que agradezco a la profesora cubana Ca rmen Bar cí a.
EL 98 EN TRE LAS ARMAS Y LAS LETRAS 247 Unos habían habían perdido, y otros no habían ganado todo lo que habían des ea do ... Con tal argumento discurría Luis Morote nueyos sueños hispánicos, cuando matizaba que si bien la revolución cubana, en su fase utópica, no podía detenerse a pensar en el peligro del «padrastro» yanqui, una vez terminada la guerra, su libertad como nación independiente estaba todavía por asegurar: En ese triunfo de la República cubana tiene tanto inte - rés Esp aña como Cuba, porque es la garantía de la no absorción por los Estados Unidos, porque conservándose la raza, la lengua, la civilización españolas allende los mares, posible es que andando los tiempos, en el curso de centurias venideras, si nuestra patria es para entonces un factor de libertad, de progreso y de cultura, guardando cada uno su personalidad independiente, vuelvan a juntarse con v ín - culos nuevos, bajo formas de organización política, ahora ni siquiera sospechadas, pueblos que tienen la misma alma (Morote, 1908, p. 380). A cien años de distancia, y por encima del trágico protago nismo que las armas han tenido a lo lar go del siglo XX ta nto en Cuba como en Espa ña , este vislumbre racionalista del futuro, que nosotros estamos viviendo todavía sin resolver pero con un a conciencia más generalizada de su necesidad, quizás pu eda s ervimos de vía de acceso a la comprensión del legado moral más estimulante que nos dejaron las letras de aquel 98 pa sa do p or las armas. Pero si, en fin, buscamos sínt es is críticas globalizadoras de la alienación co lectiva, elaboradas con ingenio literario exigente, nin - guna como El último patriota, de José Nogale s3 1, parodia narra tiva de la vida nacional en la retaguardia peninsular del 98; novela de protagonista colectivo, situada en una imaginaria ciudad de c orte tr adicional llamada Oblita, que vive sucesivamente la agresividad belicista desaforada, el temor a una invasión americana, los tanteos de una alternativa car lista, y, por último, el oportunismo de 3 1. Véase Ame li a García-Va l<le casas, «Reivind ic ación de José Nogales: Su fi gura y su obra literaria». Rei •ista de Lir eratura. XLII, 83. pp. 9 313 0; y Ce cilio Alonso, ( 1995).
248 CECILIO ALONSO la retórica regeneracionista. En este marco se va perfilando la frustración tópica de un hidalgo pobre, llamado irónicamente César Paniagua que, tras entrar en contacto con el dolor de los campesinos castigados por la guerra, se fuga de la realidad espoleado por un mesianismo quimérico, perdiéndo se en las marismas en pos de un ideal que se esfuma en la niebla. Toda una parábola anticipadora del proceso regresivo que iba a caracterizar al núcleo principal de los intelectuales fin de siglo que antepusieron el impulso éstético -la lógica del suje to - a cualquier otro tipo de disciplina sociopolítica que pudiera mermar su libertad de soñar. Lo que produjo su desarticulación biográfica de los resortes del poder, al tiempo que, en general, y a veces paradójicamente, sus ficciones poéticas contribuyeron a reforzar las opciones más reaccionarias de la ideología nacionalista española del siglo XX.
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