scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

De la demanda de vasallaje a la guerra de desgaste

Carmona Ruiz, María Antonia

Full text

13 DE LA DEMANDA DE VASALLAJE A LA GUERRA DE DESGASTE María Antonia Carmona Ruiz Universidad de Sevilla 1. INTRODUCCIÓN La llegada de los Trastámara al poder supuso la transformación de las relaciones entre Granada y Castilla al suavizarse la tradicional subordinación de los granadinos a los castellanos, debido en parte a la complicada situación política que Castilla vivía. Así, a cambio de la neutralidad nazarita tanto en los conflictos internos como externos, el reino de Granada consiguió cierta prosperidad gracias también a la continua renovación de treguas, que el reino castellano firmaba en espera de conseguir la suficiente estabilización para retomar la guerra contra los granadinos. No obstante, esta situación experimentó un cambio tras la subida al trono de Enrique III, ya que se produjo un progresivo empeoramiento de las relaciones entre ambos reinos. Sin embargo, esto no tuvo grandes consecuencias políticas puesto que, a excepción de la campaña de 1410, que supuso la toma de Antequera, lo que caracterizó a este periodo es la sucesión de cabalgadas y ataques puntuales, así como la continua firma treguas en medio de conflictos internos tanto en Castilla como en Granada, clara manifestación de la debilidad monárquica de ambos reinos. Esta actitud responde a una clara realidad, y es que en las relaciones diplomáticas entre Castilla y Granada aspirar a la paz perpetua era algo totalmente impensable, por lo que sus relaciones se basaban en la idea de guerra constante J. E. López de Coca Castañer, M.ª A. Carmona Ruiz y E. Cruces Blanco 14 en busca de una victoria definitiva, en la que sólo eran admisibles treguas de corta duración6. A la conquista de Antequera en 1410 le sucedió un periodo de relativa calma en el que las treguas se fueron renovando periódicamente sin excesivos conflictos7. Los problemas internos de Juan II y la debilidad de la monarquía nazarita determinaron esta situación en la que las parias granadinas contribuyeron a financiar la lucha de Juan II contra los infantes de Aragón. Éstos, por otra parte, estaban apoyados por su hermano Alfonso V de Aragón que siempre procuró mantener buenas relaciones con los reyes granadinos, a los que en ocasiones les pidió ayuda en favor de sus hermanos8. Sin embargo, a partir de 1428 se produjo un giro radical en la política castellana, iniciándose un periodo de intervencionismo en los conflictos granadinos, tomando partido y favoreciendo a algunos de los contendientes por el trono nazarí, con la clara intención de alimentar la discordia y debilitar su poder, a fin de reanudar las hostilidades en el momento en que las circunstancias políticas lo permitieran. Este cambio supuso el inicio de un largo periodo bélico que terminó con la tregua de 1439. 2. LA INTERVENCIÓN DE JUAN II EN LOS CONFLICTOS INTERNOS DE GRANADA En 1428 Muḥammad VIII, el Pequeño, firmó una tregua con Juan II, en medio de la lucha por el poder que, desde hacía una década, se vivía en Granada entre el emir granadino, y su tío, Muḥammad IX, el Zurdo. Ésta había comenzado tras la muerte en 1417 de Yūsuf III y la subida al trono de su hijo Muḥammad VIII, conocido como el Pequeño, ya que era tan sólo un niño, al que Muḥammad IX destronó en 1419, gracias al apoyo de los Abencerrajes9. La aristocracia granadina estaba dividía en dos bandos irreconciliables en el que los Banu Kumāsă, ‘Abd al-Barr Mufarriŷ y Banu Sarrāŷ o “Abencerrajes” 6 Mackay. “Sociedades fronterizas”, p. 6. 7 Sobre las treguas vid. Torres Fontes “Las relaciones castellano-granadinas desde 1416 a 1432” y Pérez Castañera. Enemigos seculares. 8 Sobre las relaciones de la Corona de Aragón y Granada, vid. Salicrú i Lluch, El sultanat, p. 257. 9 Seco de Lucena, Muḥammad IX. El coste de la guerra y el precio de la paz 15 apoyaban al Zurdo, mientras que los legitimistas, entre los que se encontraban los Al-Amines y Bannigas, defendían los derechos de Muḥammad VIII. Estos últimos son los que en otoño de 1427 ayudaron al Pequeño a recuperar el poder. No obstante, la huida de Muḥammad IX a Túnez, dejaba abierta la posibilidad de su regreso, y por lo tanto de un nuevo destronamiento. De hecho, a la par que el Zurdo conseguía el amparo del monarca tunecino, Abū Fāris ‘Abd al-‘Azīz, en el reino Granada permanecieron bastantes adeptos, entre los que destacaban los Abencerrajes, mientras que otros huyeron a Castilla, y en cualquier momento podían ayudarle en su regreso. Muḥammad el Pequeño era consciente de la inestabilidad de su posición, lo que puede explicar que se apresurara a solicitar un tratado de treguas con Juan II, quien se las otorgó a principios de 142810 aunque por un breve periodo de tiempo, ya que debían concluir en febrero de 142911. Buscando ayuda para el regreso al poder de Muḥammad IX, un grupo de caballeros granadinos partidarios del Zurdo que habían huido a Castilla a finales de 1428 fueron a la corte de Juan II que se encontraba en Illescas12. Éste no sólo los acogió cortésmente, sino que se comprometió con ellos13. Esta actitud favorable hacia el pretendiente al trono nazarí puede explicar también que el monarca castellano tuviera poco interés en establecer una larga tregua con el Pequeño. Por otro lado, ambos contendientes estaban realizando una política similar con el rey de Aragón en la que buscaban la anexión a su causa14, lo que puede explicar la actitud pacífica de Castilla frente al rey de Granada, teniendo en cuenta además, que la oposición de los infantes de Aragón suponía 10 Torres Fontes “Las relaciones castellano-granadinas, 1427-1430”, p. 89. 11 No se ha conservado este tratado que posiblemente se pactó a finales de 1427 o principios de 1428. Sólo sabemos que las treguas terminaban el 16 de febrero de 1429 a través de la carta que Juan II envió a los alcaides de las fortalezas de la frontera de Granada el 2 de diciembre de 1428, instándoles a que estuvieran preparados ante la eminente finalización de las treguas con Granada. 1428, diciembre, 2. Alcalá de Henares. Archivo Municipal de Murcia. Edit. Abellán Pérez, Colección de documentos, doc.145, pp. 381-382. 12 Alvar García de Santa María dice que fue en noviembre, cuando tuvo que ser en diciembre, habida cuenta que las Actas Capitulares de Murcia sitúa la llegada a la ciudad de un grupo de granadinos que se dirigían a la corte de Juan II. Cfr. Torres Fontes “Las relaciones castellano-granadi- nas, 1427-1430”, pp. 83-103. García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, p. 30. 13 García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, p. 30. Pérez de Guzmán. Crónica, p. 449. 14 Salicrú i Lluch. “La Corona de Aragón y los nazaritas”, pp. 199-211. J. E. López de Coca Castañer, M.ª A. Carmona Ruiz y E. Cruces Blanco 16 una constante amenaza de guerra en Castilla, por lo que no podía embarcarse en un conflicto armado contra los nazaritas. Por otra parte, y pese a la tranquilidad fronteriza, Muḥammad VIII quería evitar también la guerra con Castilla, considerando el peligro latente que suponía cualquier movimiento del Zurdo y sus partidarios. Por ello, en fechas cercanas a la finalización de la tregua de 1428, una embajada granadina se presentó también en Illescas y solicitó la firma de un nuevo tratado para tres o cuatro años más. Juan II respondió que aceptaría una de seis meses o a lo sumo un año, con la condición de que los nazaríes soltaran a todos los cautivos que tenían en su reino15. Esto era una humillación para el Pequeño, a la que se sumaban las dificultades que los granadinos tenían para liberar los cautivos, no solo por los problemas económicos y sociales que esto podía acarrear, sino también por lo denigrante que era para ellos, al entenderlo como una sumisión vasallática disfrazada16. Asimismo, a Castilla no le interesaba una tregua larga, puesto que tenía intención de reanudar la guerra contra Granada tan pronto como las circunstancias políticas fueran las más adecuadas, alimentando mientras tanto la discordia entre los dos contendientes nazaríes17. De hecho, Juan II informó a los procuradores que estaban en las Cortes, que se estaban celebrando en Illescas en ese momento, de las pretensiones del monarca nazarí, y de su propio propósito. Al mismo tiempo, aprovechó la ocasión para solicitar un subsidio extraordinario con la intención de organizar en breve una campaña contra Granada18. No sabemos si la intención real del monarca en ese momento era atacar al reino nazarita, o si tan sólo utilizó este pretexto para que se le concediera más fácilmente el dinero necesario para hacer frente a una inminente guerra con Aragón19. Lo cierto es que no se llegó a realizar la campaña contra Granada y, además, poco después se produjo la entrada en tierras castellanas de tropas aragonesas y navarras en apoyo a los infantes de Aragón, por lo que finalmente Juan II se vio obligado a firmar una tregua con los nazaríes. Ni a Castilla ni a Granada le interesaba un 15 García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, p. 39. Pérez de Guzmán, Crónica, 451. 16 López de Coca “Acerca de las relaciones diplomáticas”, p. 18. 17 Torres Fontes, “Las relaciones castellano-granadinas, 1427-1430”, p. 98. 18 García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, pp. 39-40. Pérez de Guzmán, Crónica, 451. 19 Suárez Fernández, “Los Trastámaras de Castilla y Aragón”, p. 107. El coste de la guerra y el precio de la paz 17 enfrentamiento armado ya que sus objetivos estaban centrados en otros problemas internos más acuciantes y peligrosos como era el conflicto con los infantes de Aragón y con el Zurdo. No sabemos exactamente cuándo se estableció el acuerdo, pero la realidad es que los meses siguientes a este encuentro fueron de calma en la frontera20, continuando con la orden que Juan II había dado a los concejos fronterizos de no hacer ningún movimiento a la espera de que se resolviese la tregua21. De hecho, posteriormente, durante la entrevista de Lope Alonso de Lorca con Muḥammad IX en el cerco de Granada, el regidor murciano le explicó que en un principio no habían firmado ningún acuerdo con Muḥammad VIII debido a su compromiso de ayudarlo a recuperar el trono, pero que finalmente, debido a su demora en llegar a Granada, se vio en la necesidad de “otorgar treguas al Rey pequeño”22. Así, paralelamente a la entrevista con Juan II, los partidarios de Muḥammad IX, junto con Lope Alfonso de Lorca como embajador castellano, se dirigieron al sultán tunecino Abū Fāris para recabar apoyo a fin de ayudar a que el Zurdo recuperara el trono23. Éste aceptó inmediatamente la propuesta, proporcionando auxilio a Muḥammad IX para su regreso a Granada por lo que, pertrechado con un buen ejército de partidarios, mayoritariamente granadinos, el sultán depuesto desembarcó en Vera, iniciando la conquista del reino nazarita24 hacia mediados de octubre de 142925. 20 Torres Fontes, “Las relaciones castellano-granadinas, 1427-1430”, p. 99. 21 1429, febrero, 5. Illescas. Edit. Abellán Pérez, Colección de documentos, doc.150, pp. 393-394. 22 García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, p. 164. 23 Esta expedición se realizó a través de tierras aragonesas., vid. Salicrú i Lluch, “La Corona de Aragón y los nazaritas”. 24 García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, pp. 30-31. Pérez de Guzmán, Crónica, p. 449. 25 No sabemos la fecha exacta del desembarco de Muḥammad IX. Un texto del Minhal de Tragibardi afirma que estaba en Túnez en junio de 1429. Vid. Seco de Lucena, “Nuevas rectificaciones”, p. 391. Por otro lado, un fragmento del diario del florentino Luca di Maso dice que desembarcó en Vera poco antes del 18 de octubre de 1429. Vid. López de Coca, “Noticias sobre el reino nazarí”, pp. 131-137. Además, sabemos que Lope Alfonso de Lorca junto con otros moros granadinos partieron de Aragón a mediados de mayo con un salvoconducto de Alfonso V que permitía a Muḥammad IX desembarcar en territorio aragonés por el plazo de 14 meses. Éstos debieron llegar a Túnez en la primera mitad de junio de 1429. Vid. Salicrú i Lluch, “La Corona de Aragón y los nazaritas”, p. 206. Por lo tanto, la idea de Juan Torres Fontes de que el Zurdo desembarcó en Vera a principios de mayo de 1429 es inexacta. Vid. Torres Fontes, “Las relaciones castellano-granadinas, 1427-1430”, p. 99. J. E. López de Coca Castañer, M.ª A. Carmona Ruiz y E. Cruces Blanco 18 Las tropas de Muḥammad VIII intentaron frenar sin éxito el avance del Zurdo, quien, ganando cada vez más adeptos, rápidamente llegó a Granada y cercó al Pequeño en la Alhambra. Ante el inminente enfrentamiento, ambos sultanes enviaron embajadas a Juan II pidiendo apoyo contra su adversario. Con el fin de obtener ayuda para el Pequeño, sus delegados se comprometieron a dar licencia al monarca castellano para entrar en el reino de Granada, pese a que la tregua impedía tal acción. Por su parte, los embajadores del Zurdo recordaron a Juan II su compromiso de apoyo en la embajada a Túnez y le solicitaron por lo tanto que no ayudara a Muḥammad VIII26. Ante el dilema que se le planteó, finalmente el monarca castellano envió a Lope Alfonso de Lorca para comunicar a Muḥammad IX lo que le había pedido el Pequeño, y que debido a la tregua que había firmado con él no podía ayudarle. Como ya hemos visto, Juan II justificó la firma de ese tratado alegando la demora del Zurdo en llegar a Granada27. No obstante, y en consideración a los acuerdos previos, el delegado castellano pidió que, a cambio de renunciar a ayudar al Pequeño, reconociera a Juan II como rey, y por lo tanto se declarara vasallo del rey castellano, ampliara los servicios y parias de cada año y le entregara algunos castillos fronterizos. Muḥammad IX no contestó a la propuesta que Castilla le realizaba, dejando la respuesta en suspenso hasta ver cómo se resolvía el conflicto28, posiblemente confiando en que su sobrino, conocido como Yūsuf el Cojo29, aguantara en el asedio que estaba realizando a la ciudad de Granada y finalmente consiguiera ocuparla. Además, considerando la actitud ambigua que Castilla había mostrado en este conflicto, cuyo interés principal estaba en la frontera con Aragón y en la resolución del conflicto con los infantes de Aragón, es lógico que el Zurdo no se comprometiera, máxime cuando su situación era muy ventajosa frente al Pequeño. De hecho, estando Lope Alfonso todavía en Granada, Muḥammad VIII, viéndose acorralado y sin suministro de agua, se rindió, y posteriormente fue enviado junto a su hermano Abū l-Ḥasan ‘Alī, que había combatido a su lado, al castillo de Salobreña “a donde se acostumbran poner en aquel regno los Infantes presos”. El emisario real sólo consiguió la 26 García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, p. 163. 27 Ibid. p. 164. 28 Id. 29 Este sería posteriormente el rey Yūsuf V el Cojo. El coste de la guerra y el precio de la paz 19 promesa de una pronta respuesta del nuevo monarca granadino mediante el envío de embajadores al rey castellano30. Así pues, el compás de espera que Muḥammad IX forzó le benefició notablemente, ya que, al conseguir el control de todo el territorio no necesitaba aceptar las condiciones propuestas por Juan II. De hecho, era el monarca granadino quien podía imponer su criterio a la hora de establecer algún tipo de acuerdo con Castilla, puesto que había recuperado el trono sin comprometer su independencia y por lo tanto no tenía necesidad de perderla31. Por lo tanto, a principios de 1430 regresaba al poder Muḥammad IX el Zurdo sin haberse comprometido de ninguna manera con Castilla, cuyo problema más acuciante era el conflicto con los infantes de Aragón. Durante la primera mitad del año el monarca castellano había centrado sus esfuerzos en este problema, hasta que finalmente en julio de 1430 se firmaron las treguas de Majano estableciéndose un periodo de paz de cinco años entre Aragón y Castilla32. Mientras, las relaciones con el reino de Granada continuaron estancadas, aunque Juan II recibiría embajadas tanto del emir derrocado como del Zurdo. Posteriormente al apresamiento de Muḥammad el Pequeño, un grupo de partidarios de éste que huía del Zurdo se entrevistaron durante el mes de abril en Astudillo con el rey de Castilla a fin de solicitarle ayuda para que recuperara el reino. Para ello, le entregaron unas cartas escritas por el propio Muḥammad VIII33. La respuesta del monarca castellano a esta demanda manifestó claramente su doble juego, ya que en ella se comprometió a remediar su situación34. Por su parte, Muḥammad IX, en respuesta a la embajada de Lope Alfonso de Lorca durante el cerco de La Alhambra, mandó en el mes de mayo a Burgo de Osma, donde se encontraba Juan II, una delegación encabezada por Ibrāhīm ‘Abd al-Barr, pariente y privado del rey de Granada. En ella, además de agradecer su intervención en el conflicto y la embajada enviada al rey de Túnez, informaba al rey de Castilla del óptimo resultado de su campaña. Asimismo, 30 García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, p. 164. 31 Salicrú i Lluch, El sultanat, p. 251. 32 Fueron realizadas el 16 de julio de 1430 y se pregonaron el 25 de julio por un periodo de cinco años. Barrientos, Refundición, 101. Gual Camarena, “Las treguas de Majano”. 33 1430, abril 9. Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, pp. 57-58, Barrientos, Refundición, p. 95. 34 Barrientos, Refundición, 95. J. E. López de Coca Castañer, M.ª A. Carmona Ruiz y E. Cruces Blanco 20 le pedía la renovación de las treguas, según la costumbre antigua, comprometiéndose a prestarle ayuda frente a cualquier conflicto con cualquier reino vecino, con la mente puesta en Aragón y Navarra, y a actuar como intermediario en posibles tratos con el rey de Túnez35. Es interesante recalcar que el rey granadino solicitaba las treguas según la costumbre, es decir, de dos o tres años a cambio de una cantidad moderada de dinero36. Además, dado que era éste el que las pedía, daba ventaja a Juan II, que en ese momento se sentía fuerte y tenía las manos libres para poder realizar la proyectada intervención en Granada. El monarca castellano, después de hacer esperar más de dos meses a los embajadores del Zurdo, en medio de los que firmó las treguas de Majano con Aragón37, y a fin de dilatar aún más la situación, agradeció el ofrecimiento del emir nazarí y expresó su voluntad de responderle mediante el envío de un mensajero. Consecuentemente, Juan II mandó a Granada a Luis González de Leiva, escribano de cámara y veinticuatro de Córdoba, que ya había actuado en fechas anteriores como embajador38. Además, quería conocer de primera mano cuál era la situación exacta en el reino de Granada, y particularmente quería saber en qué condiciones se encontraba Muḥammad VIII y si sus partidarios tenían alguna opción a la hora de plantear su posible vuelta al poder39. Su intención final era la de iniciar una ofensiva40 y tras el acuerdo con Aragón, era el momento adecuado para recuperar el proyecto de 1428. Por ello, utilizó la fórmula más simple para reanudar las hostilidades: ampliar sus exigencias a niveles inasumibles por los nazaríes, como ya había hecho con el Pequeño, aunque en ese caso, como ya hemos visto, no pudo culminar su plan. 35 García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, pp. 205-206, Pérez de Guzmán, Crónica, pp. 483-484. Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, pp. 70, Barrientos, Refundición, p. 101. 36 López de Coca, “El reino de Granada”, p. 338. 37 Los embajadores granadinos llegaron en mayo de 1430 a Burgo de Osma, donde se encontraba Juan II. Allí esperaron hasta mediados de julio que se trasladaron con la corte de Juan II a Majano, desde donde se fueron a Granada tras la firma de la tregua entre Aragón y Castilla. 38 Así, fue enviado como emisario real en 1421 y había asistido en la ratificación de la tregua de 1421-1424 y al pago del primer plazo de las parias establecidas en esa ocasión. Salicrú i Lluch, El sultanat, p. 254. 39 García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, p. 207. 40 Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, p. 70, Barrientos, Refundición, p. 101. El coste de la guerra y el precio de la paz 21 Por consiguiente, González de Leiva comunicó a Muḥammad IX que era la voluntad de Juan II establecer una tregua con Granada de tan sólo un año si estaba dispuesto a pagar un tributo mucho mayor y a liberar a todos los cautivos que había en el reino41. Esto lo hacía el monarca castellano sabiendo que el nazarí no lo aceptaría, porque él hubiese causa para hacer la guerra42. Así pues, Juan II se disponía a iniciar los preparativos para la guerra contra Granada. Dado que estaba ya bien entrado el verano, ésta se retrasó hasta la primavera del año siguiente, limitándose en ese momento a enviar fronteros y a mandar que se hicieran algunas entradas en tierra de moros43. Se estableció que el adelantado mayor de Andalucía, Diego Gómez de Ribera, se encargara de la defensa del obispado de Jaén; Fernando Álvarez de Toledo, señor de Valdecorneja, desde Écija se ocupara del obispado de Córdoba y arzobispado de Sevilla; el mariscal Pedro García de Herrera controlara el bajo Guadalquivir desde Jerez; mientras que el adelantado de Murcia, Alfonso Yáñez Fajardo, se encargaba del sector más oriental de la frontera. Además, Juan II ordenó a los maestres de Calatrava y Alcántara y a otros señores y a las villas y lugares de la frontera que remitieran a estos fronteros todas las tropas que pudieran44. Del mismo modo, envió embajadores a Túnez y a Fez, buscando evitar la intervención en el conflicto de tropas exteriores que pudieran ayudar al Zurdo. Lope Alfonso de Lorca fue el encargado de conversar con el sultán tunecino, al que transmitió el malestar de Juan II por el cambio de actitud de Muḥammad IX tras su vuelta al trono real. Su intención era conocer algún posible movimiento de Abū Fāris ʿAbd al-ʿAzīz a favor del rey de Granada a fin de hacerle cambiar de idea. De hecho, lo encontró reuniendo pertrechos para socorrer al granadino, por lo que le aconsejó que la mejor ayuda que podía hacerle era convencerle de que firmara un acuerdo con el rey de Castilla según las condiciones que éste le imponía. Por ello, el sultán tunecino decidió no enviar ayuda al rey nazarí, acordando además mandar un embajador a Granada 41 García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, pp. 206-207. Pérez de Guzmán, Crónica, p. 484. 42 Pérez de Guzmán, Crónica, p. 484. 43 García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, p. 222. Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, pp. 71-73; Barrientos, Refundición, pp. 101-103; Pérez de Guzmán, Crónica, 487. 44 García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, pp. 220-221; Pérez de Guzmán, Crónica, 487. J. E. López de Coca Castañer, M.ª A. Carmona Ruiz y E. Cruces Blanco 28 a acogerlos y a continuar con el avance hacia Granada los días siguientes. Finalmente, y después de varias escaramuzas, el 1 de julio se produjo una batalla campal en el pago de Andarasemel, término de Peligros, en la que las tropas granadinas fueron duramente derrotadas. A ese enfrentamiento no acudió personalmente Muḥammad IX, ya que temía que su ausencia de La Alhambra fuera aprovechada para un levantamiento, por lo que las tropas las dirigió su sobrino Yūsuf el Cojo. Es la que se conoce como batalla de la Higueruela, nombre que recibió por una higuera que había en el lugar del encuentro71, y que pese a la importancia que se le dio, quizás porque fue la única batalla campal de ese período que, como tal tipo de contienda, algunos han considerado incluso una especie de juicio de Dios en que se ponían todos los recursos militares de un reino, la realidad es que no tuvo mayor transcendencia política. Después del enfrentamiento, Yūsuf Ibn al-Mawl fue al pabellón real a felicitar al monarca castellano que, después de acogerlo afectuosamente, le comunicó su intención de reconocerlo como sultán legítimo y vasallo de Castilla, lo nombró caballero de la banda y le ofreció ayuda para conseguir el trono. Los días posteriores las tropas castellanas se dedicaron a realizar talas y destrucción por la Vega de Granada, hasta que finalmente sin volver a entrar en combate con los granadinos decidieron regresar a su reino. Aunque simbólicamente la batalla de Higueruela pudiera tener algún tipo de importancia, la realidad es que se iban sin haber conseguido ningún avance territorial, ni tampoco el sometimiento de Muḥammad IX, que permanecía en el trono. Tampoco percibían las parias por lo que económicamente fue también un fracaso. Son muchas las razones que se han dado para esta incomprensible acción, teniendo en cuenta además que podían haber intentado atacar directamente la capital granadina en un momento de extrema debilidad de Muḥammad IX, tras la estrepitosa derrota y la existencia de una fuerte facción contraria a su gobierno. Así, las Crónicas han intentado justificar esta inexplicable acción por diferentes razones, como la escasez de víveres, o los enfrentamientos entre la nobleza castellana provocados por agentes del Zurdo72, que incluso podrían haber sobornado a don Álvaro de Luna, quien, pudo ser también objeto de 71 Sobre el desarrollo de la batalla vid. Seco de Lucena, “Las campañas”, pp. 108-115 y Echevarría Arsuaga. Caballeros en la frontera, pp. 64-65. 72 Según García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, p. 301, Juan II suspendió la campaña y regresar a Castilla “para evitar que la guerra fuera más entre los de la hueste que contra los enemigos”. El coste de la guerra y el precio de la paz 29 conspiraciones por parte de la nobleza73. También se ha barajado la posibilidad de que un terremoto que se produjo durante esos día pudo ser la causa del abandono de la campaña74, aunque resulta extraño que ninguna de las crónicas castellanas hicieran mención a un suceso tan extraordinario. En cualquier caso, la consecuencia principal de esta campaña fue la aparición de un nuevo pretendiente al trono granadino y, por lo tanto, el inicio de un nuevo periodo de guerra civil en el que Castilla intervendría ayudando a Yūsuf Ibn al-Mawl para que se convirtiera en rey de Granada en calidad de vasallo de Juan II. Esta tarea fue encomendada al maestre de Calatrava, Luis de Guzmán, y al adelantado de Andalucía, Diego Gómez de Ribera, que se encargó de capitanear algunas algaradas75. Pronto algunos lugares empezaron a declararse a favor del pretendiente, como Montefrío, donde se había refugiado Ibn al-Mawl, Cambil, Alicún, Íllora, Ronda, Archidona, Iznájar, Casarabonela, Setenil, Cesna, Turón, Ardales y El Castellar76. Además, el monarca castellano facilitó que los partidarios de Ibn al-Mawl se reunieran con él mediante una carta firmada el 8 de septiembre de 1431 en la que ordenaba facilitar el movimiento de los granadinos hacia Écija, que era donde se había trasladado el pretendiente al trono granadino77. Desde allí se dirigió a Ardales, donde el 16 de septiembre de 1431 firmaba un contrato de vasallaje ante Diego Gómez de Ribera78. En él justificaba su levantamiento por la ejecución de Muḥammad VIII y su hermano, y a través de este tratado se comprometía a ser vasallo de Castilla de por vida, tanto él como sus herederos. Además, garantizaba la liberación de todos los cautivos cristianos que había en el reino pertenecientes al emir en 73 Morfakidis y Motos Guirao, “Un pasaje de Laonios Calcocondylas”, pp. 71-82. Seco de Lucena, “Las campañas”, pp. 117-118. 74 Vidal Castro, “Decadencia y desaparición”, p. 217, nota 87. Espinar y Quesada, “Precisiones a las campañas”, pp. 735-755. 75 García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, pp. 323-324. 76 Id. 77 1431, septiembre, 8. Escalona. Archivo Municipal de Úbeda, leg. 1, pieza 48. Edit. Rodríguez Molina, Colección Documental, doc. 17, pp. 74-75 y Abellán Pérez, “Un documento sobre el infante”, pp. 189-193. 78 No se conserva el texto original del tratado, pero sí la confirmación realizada el 27 de enero de 1432. AGS, Patronato Real, 11,124. Ésta ha sido editada por Suárez Fernández, Juan II y la frontera, doc. VI, pp. 39-42. A su vez, A. Benavides publicó una copia de este documento realizada en 1604. Benavides, Memoria sobre la guerra, apéndice 1, pp. 40-45. Enan publicó el texto en árabe “Un tratado del siglo XV”, pp. 38-54. La analiza López de Coca “El reino de Granada”, pp. 334-335 y Salicrú i Lluch. El sultanat, pp. 299-301. J. E. López de Coca Castañer, M.ª A. Carmona Ruiz y E. Cruces Blanco 30 el plazo de un mes79 y aseguraba que no intentaría convertir a ningún cristiano o judío al islam. Entre sus obligaciones como vasallo, además de pagar a perpetuidad 20.000 doblas al año, estaba la de servir al monarca castellano con 1.500 jinetes cada vez que éste se lo pidiera, y acudir a las reuniones de cortes. A cambio, Juan II se comprometía ayudar a su vasallo frente a cualquier enemigo. Además, el acuerdo suponía la apertura de los puertos castellanos para permitir el comercio libre. Posteriormente a esta alianza, Loja se rindió también, aunque en su alcazaba permaneció una guarnición partidaria de Muḥammad IX que intentaba reprimir la rebelión. Por ello, las tropas castellanas, encabezadas por el adelantado, junto a las de Yūsuf Ibn al-Mawl, fueron a conquistarla, enfrentándose al ejército de Muḥammad IX, que había acudido a la localidad para auxiliar a sus defensores, derrotándolos el 3 de diciembre80. Al día siguiente se rindieron también Archidona e Iznájar81. La campaña de los rebeldes, acompañados por los castellanos continuó hasta que finalmente debido a la presión los habitantes de la ciudad de Granada “ca estaban muy pobres e estrechos en viandas” reconocieron rey a Ibn al-Mawl82, mientras que el Zurdo huía a Almería para posteriormente trasladarse a Vélez Málaga, donde fue dejando partidarios, y finalmente a Málaga, llevándose como rehenes a una sobrina, hermana del infante Cojo y a dos hijos de Muḥammad VIII, además de haber saqueado el tesoro real83. Mientras ocurría esto, Yūsuf Ibn al-Mawl permanecía el Íllora, desde donde finalmente envió a Gilayre con seiscientos caballeros con la orden de ocupar Granada. Algunos partidarios de Muḥammad IX opusieron cierta resistencia 79 La frase exacta del documento es: “Daremos e entregaremos al dicho nuestro señor el rey e al su mandado todos los catiuos christianos que a este tiempo fueren fallados en la dicha çibdat o en otras partes del dicho reyno aquellos que pertenesçieren al rey e a la dicha casa e los enbiaremos a su merçed…”. Aunque en un principio sólo afectaría a los cautivos pertenecientes a la casa real en la práctica los emires forzaban a los particulares que tuvieran cautivos para que los entregaran. De ahí que se produjeran protestas y resistencia de los granadinos por entregar a sus cautivos, convirtiéndose en una de las causas del levantamiento de éstos contra Yūsuf IV. Cfr. Seco de Lucena, Muḥammad IX, p. 123, 126. 80 García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, pp. 323-324, Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, pp. 118-119. 81 Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, p. 119. 82 García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, p. 333. 83 Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, pp. 119-122, García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, pp. 333-334, Pérez de Guzmán, Crónica, p. 503. El coste de la guerra y el precio de la paz 31 cerca de la ciudad, aunque finalmente fueron derrotados, y entrando por el Albaicín, los partidarios de Ibn al-Mawl asaltaron después la Alhambra y el resto de Granada el 31 de diciembre de 1431, para posteriormente comunicárselo al nuevo emir. Así pues, el 1 de enero de 1432 hacía su entrada en Granada Yūsuf IV junto con sus tropas y las del adelantado Diego Gómez de Ribera, que también lo acompañaba, y fue recibido en la Alhambra como su rey y señor84. Las crónicas cristianas explican que el 20 de enero Juan II recibió una carta de Ibn al- Mawl en que le narraba su llegada a Granada y la huida de Muḥammad IX y le informaba del traslado de algunas tropas suyas y del adelantado a Málaga para intentar apresarlo85. Se conserva una misiva del 8 de febrero en que Yūsuf IV pedía al maestre de Calatrava que mandara refuerzos a la mayor brevedad posible para reunirse en Zalía86 con el ejército que él mismo iba a enviar87. El emir tenía la intención de atacar Málaga y la ayuda de don Juan de Guzmán se retrasaba. No sabemos si alguna vez llegaron esas tropas, pero la realidad es que el proyecto no se llegó a desarrollar. Tras la conquista de Granada el nuevo monarca se dispuso a ratificar el tratado de vasallaje que había firmado en septiembre de 1431. Ello se produjo el 27 de enero de 143288. Como ya hemos visto, representaba una serie de obligaciones económicas y militares para el nuevo rey, a cambio de protección del monarca castellano. Suponía también la apertura de los puertos entre los dos reinos y por lo tanto del tránsito mercantil habitual. Dado que el nuevo emir 84 García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, p. 334. Pérez de Guzmán, Crónica, p. 503. 85 Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, p. 121-122, Barrientos, Refundición, p. 128. Pérez de Guzmán, Crónica, p. 503. Sobre la fecha exacta de recepción de esta carta, el Halconero dice que Juan II la recibió el domingo 20 de enero en Zamora, mientras que la Refundición del Halconero, el domingo 21. Pérez de Guzmán no especifica ninguna fecha. Lo más probable es que fuera el día 20 de enero, que efectivamente era domingo. 86 Lugar situado en el camino real nazarí que unía la capital granadina con el litoral de la Axarquía a través del paso de Zafarraya. 87 Publica la carta Seco de Lucena, “Un documento árabe”, pp. 499-500. En este trabajo Luis Seco situaba esta carta en el contexto de la ocupación de la ciudad de Granada por Yūsuf el Cojo, poco antes de que Muḥammad IX atacara. Sin embargo, como posteriormente rectificará el propios Seco de Lucena, considerando el lugar donde se iban a reunir las tropas, cerca de Vélez Málaga, es más lógico pensar que esta petición estaría vinculada al ataque proyectado por Ibn al-Mawl a Málaga. Seco de Lucena, Muḥammad IX, p. 126. 88 Este documento bilingüe se conserva en AGS, Patronato Real, 11,124. Vid nota 78. J. E. López de Coca Castañer, M.ª A. Carmona Ruiz y E. Cruces Blanco 32 había aceptado ser vasallo de Castilla, se autorizó además el comercio de las denominadas cosas vedadas (armas, caballos, plata y cereales), como claramente se describe en el relato del jurado de Sevilla, Garcí Sánchez, que cuenta que ese año de 1432 llevaron a Granada a vender todo lo que querían, incluidos caballos y armas “por quanto este Venalmao era del rey de Castilla”89. La ambición de Yūsuf IV para llegar al trono explica su falta de responsabilidad política a la hora de firmar un acuerdo muy pernicioso para Granada por las abusivas cláusulas que contenía, lo que debió de provocar el descontento del reino. En primer lugar, porque para los musulmanes era inaceptable un tratado en el que claramente se establecía el vasallaje de Granada hacia Castilla90. Por otro lado, el derecho islámico sólo admitía la guerra en sus relaciones con los no creyentes, pudiéndose realizar treguas de carácter periódico, pero nunca un acuerdo de paz ilimitado, como el que Ibn al-Mawl había firmado91. Asimismo, la liberación de los cautivos cristianos pertenecientes al emir suponía un grave perjuicio económico, sin contar la elevada suma que anualmente debía de pagar el monarca granadino y la ayuda militar a la que se había comprometido, redundando todo ello en un posible incremento de impuestos, después de que, no lo olvidemos, el hubiera saqueado las arcas reales. Además, y aunque Ibn al-Mawl sólo había comprometido a los cautivos de la casa real, es posible que, siguiendo la práctica común, forzara a los particulares a que tuvieran cautivos para entregarlos, y que la resistencia de los granadinos a ello fue otra de las causas del levantamiento contra Yūsuf IV92. Por otro lado, la sustitución del cadí de la comunidad, Ibn Siray, por uno de su confianza, Abu Ya’far al-’Uraybi, provocó el descontento de los ulemas y alfaquíes93, quienes, por otra parte, no aceptaban la prohibición de las conversiones al islam impuesta en el tratado. Mientras tanto, Muḥammad el Zurdo organizaba desde Málaga su vuelta al poder buscándose aliados tanto dentro como fuera del reino. Apoyado por su sobrino Yūsuf, el infante Cojo de las crónicas, controlaba los lugares tradicionalmente pro-benimerines y enfrentados a la dinastía nazarí, como Almería, 89 Carriazo y Arroquia, “Los Anales de Garcí Sánchez”, pp. 26-27. Sobre las licencias a Granada como reino vasallo vid. López de Coca, “La frontera de Granada”. 90 Sobre este problema vid. López de Coca, “El reino de Granada”. 91 López de Coca, “Acerca de las relaciones diplomáticas”, p. 18. 92 Seco de Lucena, Muḥammad IX, pp. 123 y 126. 93 Echevarría Arsuaga, Caballeros en la frontera, p. 43. El coste de la guerra y el precio de la paz 33 Málaga, Ronda, Gibraltar, Setenil y algunos lugares de la Ajarquía. Además, realizaba una política de atracción de nuevos adeptos, como visitar la tumba del santón sufí Ibn al-Zayyāt para pedir su bendición y ganarse a la población94. Mientras, en Granada sus partidarios también efectuaban una labor de proselitismo y él mismo “traía tratos con algunos de quien el rey Abenalmao más se fiaba”95. También se debió de poner en contacto con su amigo, el sultán tunecino Abū Fāris ʿAbd al-ʿAzīz, en busca de ayuda. Ello puede explicar que una embajada tunecina, dirigida por un genovés, se entrevistara en abril con Juan II quejándose del apoyo que el rey castellano había dado a Ibn al-Mawl, a lo que respondió diciéndole que le ayudaría si “toviera las maneras que debía tener, é conosciera a él lo que conoscer debía” 96, es decir, si aceptaba las condiciones que le había transmitido en varias ocasiones, que pasaban por el reconocimiento de vasallaje a Castilla. Por otro lado, el rey de Aragón, tan pronto se enteró de la llegada al poder de un emir subordinado al rey castellano, envió varias embajadas al Izquierdo ofreciéndole su ayuda para atacar a Ibn al-Mawl, con la intención de debilitar la posición de Juan II y de paso intentar conseguir el control de Gibraltar, lugar estratégico en el Estrecho. Pese a la insistencia, sin embargo, Alfonso V no tuvo ningún éxito, ya que Muḥammad IX ignoró sus misivas97. El emir depuesto pronto inició la ofensiva. Respecto al desarrollo de los acontecimientos no hay acuerdo entre las crónicas cristianas y las musulmanas. Así, Alvar García de Santa María explica que desde Málaga su sobrino el infante Cojo se dirigió en el mes de febrero a Granada con un millar de soldados, entrando en la ciudad por algunas de sus puertas, gracias a la ayuda que desde dentro hicieron sus partidarios. A continuación, se sublevó la mayor parte de los habitantes contra Yūsuf IV, que solo consiguió que permaneciera a su lado parte de El Albaicín y La Alhambra. Por ello, Ibn al-Mawl solicitó ayuda a los capitanes de la frontera, que eran Luis de Guzmán, maestre de Calatrava, y Diego Gómez de Ribera, adelantado de Andalucía. Según Alvar García de Santa María, el primero en reaccionar fue el adelantado, que en el mes de marzo estableció su campamento en Pinos Puente, donde acudieron 94 Vidal Castro “Decadencia y desaparición”, p. 166. Echevarría Arsuaga, Caballeros en la frontera, p. 43. 95 García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, p. 364. 96 Ibid. pp. 342-343. 97 Todo esto es analizado detalladamente por Salicrú i Lluch. El sultanat, op. cit. pp. 302-310. J. E. López de Coca Castañer, M.ª A. Carmona Ruiz y E. Cruces Blanco 34 también algunas tropas fieles a Yūsuf IV. Allí recibieron una nueva y desesperada solicitud de ayuda del monarca asediado, por lo que el adelantado inició la marcha hacia Granada hasta el lugar donde se produjo la batalla de la Higueruela. A ese lugar se acercó también el ejército del infante Cojo produciéndose un enfrentamiento del que salió victorioso la hueste dirigida por Gómez de Ribera. Tras la huida, las tropas de Yūsuf el Cojo se recompusieron y realizaron un nuevo ataque que fracasó también. A continuación, tras pasar la noche en Pinos Puente, el adelantado se fue a Alcalá la Real. Posteriormente el maestre de Calatrava llegó a una legua de Granada y al no poder acercarse a la ciudad, pidió a Yūsuf IV que fuera hasta su campamento, algo que lógicamente no hizo, dado el peligro que esto suponía. En Velillos, a dos leguas de Granada Luis de Guzmán permaneció ocho días, hasta que se quedó sin provisiones por lo que empezaron a retirarse las tropas, dirigiéndose él mismo también a Alcalá la Real. Según García de Santa María la retirada del adelantado y del maestre a Alcalá la Real tenía como finalidad buscar más pertrechos y regresar para ayudar a Yūsuf IV98. Por otro lado, la Crónica de Ibn ‘Āṣim al-Garnāṭī en parte concuerda con la información de los castellanos, aunque con algunas discrepancias relacionadas con los últimos días de Yūsuf IV. Así, narra que las tropas de Muḥammad IX, dirigido por Yūsuf el Cojo se dirigieron desde Vélez Málaga a la capital, y a doce millas de la ciudad de Granada se produjo el enfrentamiento entre los dos ejércitos en el que, pese a que ambos sufrieron pérdidas muy similares, la victoria se decantó a favor de las huestes del emir depuesto. Posteriormente los granadinos pidieron al Zurdo que regresara a Granada y fue recibido en Campojagal por una muchedumbre que le proclamó sultán del reino, a la par que otro grupo cercaba la Alhambra por el Generalife, para finalmente abrir la puerta del palacio99. A la vista de la información que manejamos, no podemos decantarnos sobre quién fue el vencedor, máxime cuando ambas fuentes son tendenciosas. En cualquier caso, resulta cuanto menos curioso que en caso de que la victoria hubiera sido favorable a las tropas partidarias de Yūsuf IV, parte de éstas 98 García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, pp. 364-367. Seco de Lucena interpreta mal esta narración dando como victoriosos a las tropas del Cojo. Para rebatir esta explicación Roser Salicrú hace un minucioso análisis del movimiento de las tropas y su enfrentamiento. Salicrú i Lluch, El sultanat, pp. 312-318. 99 Charouiti Hasnaoui. “Nuevos datos sobre los últimos”, pp. 475-476. El coste de la guerra y el precio de la paz 35 hubieran huido y que el resto del contingente se hubiera dirigido a Alcalá la Real en busca de refuerzos sin dejar ningún tipo de ayuda. La realidad es que Ibn al-Mawl se vio totalmente acorralado en La Alhambra y que sus aliados lo dejaron a su suerte sin hacer el suficiente esfuerzo para salvarlo, bien porque hubieran perdido la batalla, bien porque pese a haberla ganado veían la situación muy complicada. A esto puede aludir la crónica de Pedro Niño cuando comenta que “cuando veía que tardaban, les envió a requerir que, si a él no querían ayudar, que viniesen a tomar la Alhambra y la ciudad para su señor el rey, y que él se la entregaría. Y si fue por nuestros pecados, los caballeros non quisieron ir”100. Sobre la muerte de Yūsuf IV tampoco hay acuerdo. Ni siquiera las fuentes castellanas son unánimes al respecto. Así, la mayor parte comenta que estando en Alcalá la Real, las tropas castellanas se enteraron que el ejército de Muḥammad IX había entrado finalmente en La Alhambra gracias a la ayuda de los que estaban dentro, que entregaron a Ibn al-Mawl al Zurdo, quien lo degolló junto con treinta partidarios101. Sin embargo, El Victorial, cuenta que fueron los mismos granadinos que estaban con él en la Alhambra los que mataron a Yūsuf IV y entregaron la ciudadela a Muḥammad IX102. Por su parte, Ibn ‘Āṣim explica que, tras la ocupación de la Alhambra, los partidarios del Zurdo, encabezados por su sobrino, Yūsuf el Cojo, buscaron a Ibn al-Mawl y los pocos caballeros que permanecían a su lado, a los que mataron o hicieron prisioneros. Finalmente, después de varios días de búsqueda encontraron a Yūsuf IV que se había escondido en una pequeña alacena, construida en el grosor de un muro y oculta por una alfombrilla, y allí lo asesinaron103. Lo que está claro es que la retirada de las tropas castellanas y el levantamiento de la ciudad de Granada supuso el final de Yūsuf IV en abril de 1432. Las crónicas castellanas justifican esa retirada por la necesidad de conseguir nuevos apoyos y abastecimiento. No sabemos si esto es exacto o no, y si realmente era una retirada provocada por la derrota o por el convencimiento de 100 Díez de Games, El Victorial, p. 295. 101 García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, p. 367. Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, 127. 102 Díez de Games, El Victorial, p. 295. 103 Charouiti Hasnaoui, “Nuevos datos sobre los últimos”, p. 476. J. E. López de Coca Castañer, M.ª A. Carmona Ruiz y E. Cruces Blanco 36 que no podían ayudar al emir granadino. La realidad es que Ibn-al- Mawl se quedó sólo en la Alhambra y no sabemos si fue entregado por algunos traidores, como señalan los cronistas cristianos, manifestando la heroicidad del personaje que no se rindió hasta el final, o si se escondió y finalmente fue asesinado, como nos cuenta Ibn ‘Āṣim, haciendo hincapié de este modo en su cobardía. Apenas había estado en el trono durante tres meses y la complicada situación política que vivió impidió que los castellanos se pudieran beneficiar del tratado que habían firmado con él. 4. LA GUERRA CONTRA GRANADA ENTRE 1432 Y 1435 El año 1432 se considera como el comienzo de un nuevo periodo dentro de las relaciones castellano-granadinas después del breve paréntesis que supuso el reinado de Yūsuf Ibn al-Mawl, impuesto en el trono por los castellanos tras la batalla de La Higueruela. Su asesinato en abril de 1432 permitió el retorno al trono de Muḥammad IX, el fin de la etapa de intervención directa de Castilla en la política granadina y la reanudación de las hostilidades104. Este momento coincide con una situación complicada en Castilla ya que, además de haber un grupo de oposición a Álvaro de Luna, congregado en torno a Pedro Fernández de Velasco, conde de Haro, los infantes de Aragón habían rechazado los términos de Majano y resistían en Extremadura desde otoño de 1431 con el castillo de Alburquerque como centro de operaciones. Desde allí iniciaron una política de búsqueda de adeptos, en la que intentaron incluso ganarse el apoyo de Portugal, que fue en parte neutralizado por el monarca castellano, aunque consiguieron el respaldo de Juan de Sotomayor, maestre de Alcántara, en abierta rebeldía contra Juan II. Esta situación tan delicada puede explicar que las relaciones con Granada durante el corto gobierno de Ibn al-Mawl las desarrollaran exclusivamente los fronteros que continuaron con sus acciones bélicas tras la muerte del aliado granadino. De hecho, y aunque el monarca castellano mantenía su intención de realizar una nueva campaña, para la que incluso obtuvo apoyo financiero a principios de 1433, en las Cortes que se celebraron en Madrid105, la realidad es que la actividad bélica frente a Granada se limitó a entradas periódicas en territorio nazarí de tropas 104 Torres Fontes, Las relaciones castellano-granadinas (1432-1454), p. 13. 105 García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, p. 375. El coste de la guerra y el precio de la paz 37 que básicamente se dedicaron a asolar los campos y a realizar puntualmente la conquista de algunas plazas fronterizas. Respecto a Portugal, tras la firma de la Paz Perpetua con Castilla en octubre de 1431, el reino luso manifestó su deseo de participar en la guerra contra Granada. Sin embargo, las sucesivas negociaciones que tanto Juan I de Portugal como su hijo don Duarte realizaron fueron infructuosas, debido posiblemente al temor castellano a que los portugueses aprovechasen esa intervención para ocupar Gibraltar. Para Portugal esta era una plaza de importante valor estratégico ya que le permitiría proteger Ceuta de los ataques granadinos y, además, le habría dado el control del Estrecho. De hecho, ya habían intentado su asalto en 1419, pese a que se entendía que era lugar de conquista de Castilla, pero las circunstancias climatológicas lo impidieron106. El fracaso de la expedición, sin embargo, no debió acabar con las pretensiones lusas pese a que ello podría haberse considerado una intromisión en el área de influencia castellana, y de hecho, coincidiendo con el comienzo del enfrentamiento entre Granada y Castilla, se levantaron serias sospechas de que los portugueses pretendían retomar el proyecto107. De hecho, desde 1432 en la corte portuguesa había una importante controversia entre los que proponían realizar una intervención en la zona costera a Ceuta, con base en Gibraltar, y los que preferían ocupar otras plazas marroquíes, como Arcila o Tánger, aunque esta polémica no llegó a fructificar en ese momento108. El regreso al poder de Muḥammad IX, y a falta de ningún acuerdo de paz, suponía la reanudación de las hostilidades entre Castilla y Granada, acción que el papa Eugenio IV favoreció, ya que el 13 de junio de 1432 promulgó una bula de cruzada y designó a Alfonso Carrillo, cardenal de San Eustaquio, para predicarla109. Ese mismo mes tanto el maestre de Calatrava como el adelantado de la frontera realizaron varias incursiones en territorio granadino. 106 Después de socorrer Ceuta de un asedio musulmán, el infante don Enrique proyectaba conquistar Gibraltar. Sin embargo, la llegada del invierno suponía gran peligrosidad en el mar debido a las corrientes del Estrecho, por lo que optó por abandonar la idea. Zurara, Crónica do descobrimento, p. 47. 107 Sobre todas circunstancias vid. López de Coca, “Portugal y los “derechos” castellanos”, pp. 613-614. 108 Sánchez Saus, “Conjeturas sobre las relaciones”, pp. 268-270. 109 1432, junio, 13. El papa Eugenio IV nombra a Alfonso Carrillo, cardenal de San Eustaquio, como legado para que predicase una cruzada en España. Archivo Vaticano, Reg. Vat. 365, fols. 116v-117r. Cit. Suárez Fernández, Juan II y la frontera, p. 22, nota 78. J. E. López de Coca Castañer, M.ª A. Carmona Ruiz y E. Cruces Blanco 44 expediciones, en esta ocasión con un resultado bastante catastrófico. Así, el adelantado Diego Gómez de Ribera al frente de las tropas del arzobispado de Sevilla se dirigió por tierras malagueñas a Álora, ya que le había informado que contaba con una guarnición muy pequeña que realizaba continuos ataques a las comarcas de Antequera y Jimena142. Además, después de la conquista de Ardales, su ocupación suponía un avance importante desde el punto de vista estratégico como base de penetración hacia la hoya de Málaga143. Sin embargo, debido a un exceso de confianza le hirieron mortalmente cuando se encontraba cerca de la muralla y se levantó la visera. Así, al advertir el error, el alcaide de la fortaleza le atravesó la cabeza con un tiro de ballesta144. Su hijo Perafán mantuvo el título de adelantado145, pero posiblemente debido a su juventud146 y a su falta de experiencia, Juan II, después de dejar provisionalmente encargados de la guarda de la frontera a Payo de Ribera y Juan Carrillo de Toledo, hermanos del adelantado147, nombró como capitán mayor del arzobispado de Sevilla a Gutierre de Sotomayor, maestre de Alcántara148. viandas. AM Jerez, Actas Capitulares, 1434, f. 322r-v. Edit. Abellán Pérez, “Jerez de la Frontera en la última tala”, pp. 492-493, y Fuentes históricas jerezanas, doc. 130. 142 García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, pp. 399-400. 143 Torres Fontes, Relaciones castellano-granadinas (1432-1454), p. 31. 144 Pérez de Guzmán, Crónica, 516 y García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, pp. 399-400 sólo hacen referencia a la muerte del adelantado, mientras que Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, p. 162, especifica que fue herido en la boca. Los detalles que habitualmente se narran proceden del romance anónimo “Álora la bien cercada” que años después se realizó y en el que se especifica que la saeta entró por la frente y salió por la nuca. Juan de Mena también hizo referencia a este hecho en la copla 190 del Laberinto de Fortuna. Basándose en todas estas fuentes tanto Seco de Lucena como Torres Fontes realizan una épica narración. Cfr. Seco de Lucena, Muḥammad IX, pp. 156-157 y Torres Fontes, Xiquena, p. 46. En su sepulcro, realizados en el siglo XVI y que se conserva en el Monasterio de Santa María de las Cuevas de Sevilla, aparece representado con las piernas cruzadas, haciendo referencia a su muerte guerreando contra los musulmanes, y con un orificio en la boca, posiblemente simulando la herida que sufrió. 145 Ladero Quesada, “De Per Afán a Catalina de Ribera”, p. 466. 146 Tenía 13 o 14 años, según García de Santa María, Crónica del reinado de Juan II, vol. C, p. 400, Mientras que Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, indica que tenía 15 años. p. 162. 147 1434, mayo, 29. Castil Nuevo. Juan II comunica el fallecimiento de Diego de Ribera y encarga la guarda de la frontera a Payo de Ribera y a Juan Carrillo de Toledo. AMJ, Act. Cap. 1434, f. 331v. Edit. Abellán Pérez, “Jerez de la Frontera en la última tala”, pp. 493-94 y Fuentes históricas jerezana, doc. 131. 148 1434, septiembre, 7. Segovia. Juan II notifica a todas las ciudades, villas y lugares del arzobispado de Sevilla el nombramiento de Don Gutierre de Sotomayor como capitán mayor de la frontera. AMJF, AC. 1435, fs. 115v-116v, Edit. Abellán Pérez, Fuentes históricas jerezanas, doc. 134; Barrientos, Refundición del Halconero, p. 174, Pérez de Guzmán, Crónica, p. 516. El coste de la guerra y el precio de la paz 45 Tampoco hubo mucha fortuna en el sector más oriental de la frontera, ya que en el enfrentamiento de las tropas murcianas con las del visir granadino Ibrāhīm ibn ‘Abd al-Barra cerca de la ciudad de Vera, además de una contundente derrota se produjo la muerte de Alonso Fajardo, hijo del Adelantado de Murcia149. Es muy posible que debido a estos fracasos la actividad de los fronteros quedara momentáneamente paralizada. De hecho, pese a la intención del monarca de que Fernando Álvarez de Toledo atacara el reino de Granada poco después de su nombramiento como capitán mayor de la frontera de Córdoba y Jaén, ordenando a los concejos de la zona la movilización de tropas150, éste renunció a intervenir de momento, pese a que los ejércitos se habían empezado a reorganizar en la frontera151. El parón duró poco, ya que a finales de 1434 se reanudaron las hostilidades con un nuevo ataque fuera de la temporada habitual para las cabalgadas, a raíz de la información que unos adalides de Quesada dieron relacionada con la fortaleza de Huéscar. Así, comunicaron a Juan Enríquez que conocían una zona de la muralla fácilmente escalable y que en un ataque por sorpresa podrían conquistar la fortaleza. Este se lo comentó al comendador de Segura, Rodrigo Manrique, que organizó el ataque a la villa. No fue tan fácil como se preveía, ya que el caudillo de Baza Muḥammad al-Qabšānī acudió en ayuda de Huéscar y, después de varios días de lucha y asedio, sólo la intervención de las tropas del capitán Fernando Álvarez de Toledo permitió que el 11 de noviembre de 1434 se pudiera conquistar tras la capitulación de la población, a la que se le permitió marcharse sin ningún tipo de bienes152. Al día siguiente Rodrigo 149 Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, pp. 161-162, Seco de Lucena, Muḥammad IX, p.158. 150 1434, abril, 20. Valladolid. Carta en las que Juan II pide a los concejos de Jaén y Córdoba que ayuden a Fernán Álvarez de Toledo en la entrada en tierra de moros que le ha ordenado. Alba, 2.9. AGA 779/40-50. 151 De hecho, en septiembre de 1434 la villa de Alcalá la Real se negaba a aumentar las tropas alojadas, después de haber acogido a 30 lanzas comandadas por Alonso de Estúñiga. Edit. López de Coca, “Fernando Álvarez de Toledo”, pp. 647-48. 152 Las crónicas realizan una detallada narración de esta conquista. Pérez de Guzmán, Crónica, pp. 516-517; Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, pp. 164-171. Vid. también Seco de Lucena, Muḥammad IX, pp. 158-161, Torres Fontes, “Relaciones castellano-granadinas (1432- 1454)”, pp. 32-33. J. E. López de Coca Castañer, M.ª A. Carmona Ruiz y E. Cruces Blanco 46 Manrique narraba a Juan II los detalles de la conquista153. Además de convertirse en el alcaide de la fortaleza de Huéscar, por lo que realizó pleito homenaje a Fernando Álvarez de Toledo154, recibió del monarca en agradecimiento de su hazaña 300 vasallos solariegos en la tierra de Alcaraz y 20.000 maravedís de juro de heredad155. Esta victoria pudo convertirse en suficiente acicate para que desde enero de 1435 se realizaran incursiones por diferentes zonas de la frontera con resultados dispares. Así, poco después de la inauguración del nuevo año, y siguiendo las órdenes de Juan II, el adelantado de Murcia, Alfonso Yáñez Fajardo, realizaba una cabalgada por el término de Baza con la intención de impedir la ofensiva que desde allí los granadinos estaban preparando contra Huéscar, consiguiendo un importante botín156. Posteriormente, en el mes de abril, organizó una nueva expedición que desde Lorca se adentró en territorio enemigo, destruyendo cosechas y asolando los términos157. En el sector central de la frontera los movimientos se iniciaron también con el año, y así, Fernando Álvarez de Toledo intentó tomar por sorpresa Huelma. Para ello le acompañaron, entre otros, Gonzalo de Estúñiga, obispo de Jaén, y Juan de Padilla, primo del capitán mayor, que junto éste estaba previsto que encabezaran cada una de las tres escalas con las que tenían previsto asaltar la villa. Sin embargo, fue un auténtico fracaso, ya que los habitantes de la villa repelieron la primera escala, la del obispo de Jaén, y los castellanos no pudieron continuar con el plan, puesto que un ejército granadino acudió en socorro de la ciudad. Según Pérez de Guzmán, la causa del fracaso fue que los caudillos discutieron airadamente por el orden de prelación en las escalas, por lo que los granadinos supieron lo que tramaban y pudieron frustrar el asalto. En cualquier caso, dado que los asaltantes no llevaban pertrechos suficientes para enfrentarse a este contratiempo, decidieron abandonar el proyecto y volverse a Jaén158. 153 Esta carta es recogida por Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, pp. 166-174 y Barrientos, Refundición del Halconero, pp. 156-164. 154 1434, noviembre, 16. Huéscar. Pleito homenaje que Rodrigo Manrique hizo a Fernando Álvarez de Toledo por el castillo de Huéscar. Alba 159.5. AGA 793/156-166. 155 1436, enero, 23. Alcalá de Henares. Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, p. 223. Pérez de Guzmán, Crónica, p. 517. 156 Torres Fontes, Xiquena, p. 49 y Relaciones castellano-granadinas (1432-1454), p. 34. 157 Torres Fontes, Xiquena, p. 52. 158 Pérez de Guzmán, Crónica, pp. 520-521. El coste de la guerra y el precio de la paz 47 El fracaso no supuso una paralización de la actividad y así, en el mes de febrero Juan II ordenaba a las ciudades de Córdoba y Jaén y a sus obispados que organizaran el ejército necesario para realizar una nueva entrada en el reino nazarita bajo las órdenes de Fernando Álvarez de Toledo159. Sin embargo, en medio de los preparativos, fue apresado Alfonso de Estúñiga, que estaba encargado de la guarnición de Alcalá la Real. Así se lo hacía saber a Juan II el capitán mayor de la frontera, al que respondía el monarca diciéndole que debía intentar rescatarlo cuanto antes, aunque también le recordaba que debía de realizar las talas previstas “en el tiempo que cumpla”160. No fue posible el rescate de don Alfonso que, de hecho, se convirtió una de las piezas clave en las negociaciones para la firma de la tregua de 1439, pero sí se continuó con el proyecto de entrada en territorio granadino con una incursión en el mes de mayo en el término de Guadix. En ella participaron también el obispo de Jaén, Gonzalo de Estúñiga, el comendador de mayor de Calatrava, Juan Ramírez de Guzmán, y el adelantado de Cazorla, Rodrigo de Perea. Así, según narró el propio Fernando Álvarez de Toledo en una carta enviada al monarca castellano, la incursión comenzó el 17 de mayo y estuvieron talando la tierra de Guadix durante varios días en los que en ocasiones fueron atacados por los granadinos que intentaron repeler la acción castellana y, aunque sufrieron algunas bajas que provocaron intentos de retirada de algunas tropas concejiles, consiguieron asolar las tierras guadijeñas. De hecho, el señor de Valdecorneja, además de denunciar la actitud de “los conçejiles” comenta que los mantuvo en su sitio “a poder de lançadas e cuchilladas”161. Menos suerte tuvo el maestre Gutierre de Sotomayor, que se estrenó como capitán mayor del arzobispado de Sevilla con una sangrienta derrota. Así, el 16 de febrero de 1435 Juan II hacía un llamamiento a todas las villas y lugares del arzobispado de Sevilla a fin de recabar tropas para una entrada en el reino de Granada162. Desde Écija el maestre proyectó una entrada con el objetivo de unos lugares que, según indican las crónicas, estaban mal 159 1435, febrero, 16. Madrid. Alba 2.12, AGA 779/58-61. 160 1435, abril, 21. Madrid. Edit. López de Coca, “Fernando Álvarez de Toledo”, doc. 2, p. 662. 161 1435, mayo, 29. Cabeza de los Jinetes. Recoge, Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, pp. 200-209. Barrientos, Refundición, 16-186; Pérez de Guzmán, Crónica, pp. 521-523. 162 1435, febrero, 16. Madrid. AMJF, AC, 1435, f. 38v-39r. Edit. Abellán Pérez, Fuentes históricas jerezanas, doc. 147. J. E. López de Coca Castañer, M.ª A. Carmona Ruiz y E. Cruces Blanco 48 guarnecidos163. Sin embargo, hay un problema a la hora de identificar las localidades citadas, ya que no hay acuerdo con el nombre de esos lugares. Todas las fuentes coinciden en denominar a uno de los enclaves como Archid, que ha sido identificado generalmente como Archidona, mientras que para el segundo no hay unanimidad ya que aparece citado como Ouvrique164, Ubique165 u Obili166, y que algunos identifican con Ubrique. Por otro lado, la Crónica de la Orden de Alcántara, indica que los lugares eran Archid y Ovili, “lugares de la serranía de Ronda”167, por lo que, si seguimos esta información, esa posible identificación con Archidona y Ubrique queda descartada. En cualquier caso, en lo que todas las crónicas coinciden es que el resultado de esta expedición fue desastroso, ya que el ejército sufrió una emboscada en un desfiladero (identificado por unos con la Peña de los Enamorados168 y por otros con unos barrancos cerca de Ubrique169) en la que perecieron gran cantidad de hombres. La Crónica del Halconero da como fecha de este suceso el 17 de marzo de 1435. Allí fallecieron la mayor parte de los caballeros de Écija y de la Orden de Alcántara, y así, de los 800 caballeros y 400 peones que componían el ejército, apenas se salvó un centenar. Entre las víctimas figuraba el propio comendador mayor, fray Martín, además de otros comendadores de Alcántara y buena parte de la hueste procedente de Écija. Don Gutierre de Sotomayor se pudo escapar al salvarle un lugareño170. Poco después, el maestre notificaba el terrible suceso a Juan II con un escrito conmovedor y lleno de remordimiento. Éste no se nos ha conservado, pero sí la respuesta del monarca, a través de la que podemos intuir, además de la desazón de don Gutierre, la petición que éste le hizo de subsidios para los participantes en la contienda y sus familiares. Además de intentar consolarle, exculpándole de la derrota y animándole a realizar nuevas empresas, en su carta accedió a la petición del maestre de entregar ciertas cantidades de dinero a los 163 Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, p. 198, Barrientos, Refundición, p. 174, Pérez de Guzmán, Crónica, p. 519, Torres y Tapia, Crónica de la Orden de Alcántara, p. 302. 164 Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, p. 198. 165 Barrientos, Refundición, p. 174. 166 Pérez de Guzmán, Crónica, p. 519. 167 Torres y Tapia, Crónica de la Orden de Alcántara, pp. 302-303. 168 Seco de Lucena, Muḥammad IX, p. 163. 169 Torres Fontes, Xiquena, p. 50. 170 Pérez de Guzmán, Crónica, p. 520. El coste de la guerra y el precio de la paz 49 que participaron en el desastre y a los familiares de los caballeros que perecieron en la batalla, ordenando también que los hijos de los regidores de Écija que habían muerto o habían caído prisioneros en el suceso ocuparan los cargos que habían ostentado sus padres171. Esta clamorosa derrota no supuso en absoluto la suspensión de las hostilidades por ese año en el sector occidental de la frontera y, de hecho, en el mes de julio Juan II ordenaba al maestre de Alcántara que hiciera una tala en territorio granadino172. 5. LA OFENSIVA CASTELLANA Y LA SUMISIÓN DE ALGUNAS PLAZAS GRANADINAS (1436-1438) Con la llegada del año 1436 se iba a producir un cambio en las relaciones entre Granada y Castilla y así, a consecuencia de la política llevada a cabo de talas indiscriminadas, mezclada con amenazas, presiones diplomáticas y chantajes, algunas poblaciones granadinas optaron por someterse al rey de Castilla, entregando las fortalezas y declarándose vasallos del monarca castellano, a cambio de mantenerse en sus propiedades como mudéjares. Anteriormente, localidades como Íllora o Montefrío habían pactado con Castilla acuerdos similares, y ahora numerosas poblaciones de la zona oriental del reino se sumaban a este tipo de pactos. De esta forma, y cumpliendo las órdenes de Juan II, entre finales de 1435 y principios de 1436, el adelantado de Murcia, Alonso Yáñez Fajardo, realizó una incursión por la comarca de los Vélez, consiguiendo que el 16 de enero de 1436 Vélez Blanco se sometiera a los castellanos, y dos días después lo hiciera también Vélez Rubio, capitulación que fue confirmada por el monarca cuando días después fueron a su presencia algunos habitantes de la localidad a solicitarle la ratificación del acuerdo173. Por este mismo sistema el comendador de Segura, Rodrigo Manrique, ocupó a mediados de abril de 1436 Galera 171 Recoge la carta Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, p. 198-200. 172 1435, julio, 8. Madrid. AMJF, AC 1435, fs. 78v-79r. Edit. Abellán Pérez, Fuentes históricas jerezanas, p. 498. 173 Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, p. 225; Pérez de Guzmán, Crónica, p. 527; Barrientos, Refundición, p. 200. J. E. López de Coca Castañer, M.ª A. Carmona Ruiz y E. Cruces Blanco 50 y Castilleja, lugares cercanos Huéscar174, y a principios de mayo Fernán Álvarez de Toledo tomó Benamaurel175. Pero no siempre se llegó un acuerdo. Así, unos emisarios de las ciudades de Guadix y Baza se desplazaron a la corte para pedir a Juan II que nombrara un rey moro que ellos reconocerían como tal, por lo que lucharían contra Muḥammad IX176. Desconfiando de las intenciones de esta delegación, el monarca castellano no aceptó su propuesta, que podemos considerar comparable a la que Gilayre en favor de Yūsuf Ibn al-Mawl. Por ello les exigió que, previamente a cualquier movimiento por su parte, estas ciudades le entregaran sus fortalezas y capitularan. Poco se fiaba de su palabra y más bien pensaba que era una artimaña para dilatar el tiempo y de este modo evitar que se realizaran talas177. Sin embargo, no se libraron de éstas y así, en una carta que el rey envió a Fernando Álvarez de Toledo el 10 de mayo de 1436, le comentaba que, aunque estaba bastante ocupado con cuestiones relacionadas con Aragón y Navarra, intentaría resolver la cuestión de estas ciudades lo antes posible. Le indicaba además que mientras tanto continuara con las talas que le había ordenado realizar, deteniéndolas en caso de que los de Baza y Guadix decidieran entregar sus fortalezas178. Los delegados de Guadix y Baza abandonaron la corte sin conseguir otra respuesta de Juan II, comprometiéndose a discutir con los suyos la propuesta del monarca castellano. Por otro lado, el capitán de la frontera cumplió las órdenes del rey realizando una devastadora incursión por la zona, con la intención de conseguir algún tipo de acuerdo con las autoridades de estas ciudades, como lo demuestra la carta que Fernán Álvarez de Toledo envió a las autoridades de Baza apremiándoles para que se entregaran179, o el mensaje de Rodrigo Manrique, su sobrino, en el que hacía referencia al seguro que el señor de Valdecorneja había dado a Guadix y que en ese momento ya había finalizado. Esta 174 Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, p. 227, Barrientos, Refundición, p. 202, Pérez de Guzmán, Crónica, p. 528. 175 Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, p. 228. 176 Carrillo de Huete, Crónica del Halconero, pp. 226-227, Barrientos, Refundición, p. 201, Pérez de Guzmán, Crónica, pp. 527-528. 177 Id. 178 1436, mayo, 18. Escalona. Alba 2.19, AGA 779/78-81. edit. López de Coca, “Fernando Álvarez de Toledo”, doc. 3, pp. 662-663. 179 Sin fecha. Quesada. Alba 62.47, AGA 789/403-405. Edit. López de Coca, “Fernando Álvarez de Toledo”, doc. 6, pp. 665-666. El coste de la guerra y el precio de la paz 51 carta, que se conserva en el Archivo Ducal de Alba, fue escrita un 27 de junio, aunque no se indica de qué año. Ha sido catalogada y editada, datándose en el año 1435180. No obstante, el profesor López de Coca la sitúa en el año 1436 y lo justifica arguyendo que en ella se indica que Benamaurel estaba en manos cristianas181. Hemos visto que esta localidad ya había sido ocupada en 1433, aunque por poco tiempo (no sabemos cuánto), y de hecho en mayo de 1436 volvió a conquistarse, por lo que es un argumento relativamente consistente. Por otro lado, en ella se dice que “rebolvióse la guerra con Guadix e Baza”, que podría hacer igualmente referencia tanto al ataque realizado en 1435 como al de 1436. Pero también menciona la existencia de un “seguro” con los de Guadix, que podría estar en consonancia a cierta voluntad de las autoridades de realizar un pacto y, por lo tanto, vincularse con los intentos de negociación que habían realizado en la corte castellana, y que ya hemos visto. Por esto comparto la idea de que debió ser escrita en 1436, un momento en que los ataques pudieron estar acompañados de la intención de buscar un pacto, equiparándose la acción a los acuerdos establecidos con otras localidades, mientras que en 1435 el ataque a Guadix fue de gran violencia y sin otra intención que la de saquear y obtener botín. Posiblemente es en esta ocasión cuando Fernando Álvarez de Toledo debió hacerse con los sesenta rehenes de Baza y Guadix a los que hace mención en una carta escrita a principios de 1437 y que bien podrían haberse utilizado en las negociaciones con esas localidades182. En relación a las talas que se habían programado, sabemos que en el mes de julio Juan II escribía una misiva instando a los alcaides de la zona a ayudar a Fernando Álvarez de Toledo a talar los panizos183 y un mes después, el rey respondía a una carta que el señor de Valdecorneja le había enviado el dos de agosto, en la que le informaba de que el proceso estaba en marcha, pero que veía bastantes dificultades para realizarlo ya que parte de los panizos se habían sembrado en lugares de difícil acceso. Además, por falta de agua habían 180 S.a. junio, 27. Huéscar. Alba 25.15. AGA 789/132-134. Edit. Torreblanca López, “Una expedición de Rodrigo Manrique”, pp. 1679-1680. 181 López de Coca, “Fernando Álvarez de Toledo”, p. 654, nota 41. 182 Ibid., 653 y 655. Edit. el documento en p. 665, doc. 5. 183 Así, se conservan dos borradores de una carta de Juan II 1436, julio, 10. Madrid, en que ordena a los alcaides (no se dice quién ni de dónde) que ayuden a Fernando Álvarez de Toledo en la tala de los panizos de tierra de moros, ya que “entre este presente año poderosamente con la más gente de cauallo e de pie que se pudiere aver, a la tala de los panizos en la dicha tierra de moros”. Alba. 2.22 y 2.23 /AGA, 779/85-87 y 88-89. J. E. López de Coca Castañer, M.ª A. Carmona Ruiz y E. Cruces Blanco 52 crecido poco y habían madurado muy temprano, por lo que si se desarrollaba una tala iba a ser demasiado tarde para hacer daño, considerando que iban a tardar tiempo en juntar gente, y por lo tanto ya los habrían recogido. Por ello, el monarca lo dejaba a su criterio, aunque si decidía actuar le aconsejaba que lo hiciera en breve tiempo a fin de que las talas fueran efectivas. En la carta además se refleja que Fernando Álvarez estaba realizando contactos con otras localidades granadinas con el fin de conseguir que entregaran sus fortalezas, aunque no con mucho éxito. Así, hace referencia a los habitantes de Cambil, que pusieron como argumento para no entregarse “que aun sus mugeres non avían podido traer de Granada”, por lo que el capitán mayor pensaba que era una mera excusa para demorar el proceso. Más receptivos habían sido los de la villa de Castril, que se habían comprometido con el alcaide de Benamaurel a entregar la fortaleza a cambio de que se liberaran algunos moros que tenían los castellanos. En relación con esto está el reproche a la actitud de doña Mencía, mujer del adelantado de Cazorla, Rodrigo de Perea, ya que se negaba a entregar los moros de Castril que tenía, pese a que el rey le había pedido en reiteradas ocasiones que los liberara. Asimismo, Juan II permitía proveer de provisiones a Benamaurel y Benzalema. Esta autorización era consecuencia de la queja de Fernando Álvarez de Toledo de las dificultades que había tenido para abastecer a las villas que se habían conquistado en los últimos tiempos porque no se había establecido la forma de aprovisionarlas. Por ello, el monarca se comprometió a solucionar ese problema, así como a hacer las reparaciones necesarias en la fortaleza de Benamaurel184. Así pues, la actividad de Fernando Álvarez de Toledo en ese verano se debió limitar a realizar algunas talas sin conseguir nuevos acuerdos de rendición. No fue el único que hizo entradas en territorio granadino por esas fechas ya que, su sobrino, Rodrigo Manrique, en la carta ya citada y escrita en el mes de junio, hacía referencia a sus incursiones contra Purchena, Serón, Abla y Fiñana, en las que obtuvo un importante botín, aunque también se lamentaba de las prendas realizadas por los moros de Baza185. Asimismo, el comendador de Segura junto con los alcaides de Benamaurel y de Benzalema vencieron a un 184 1436, agosto, 14. Toledo. Alba 2.26, AGA 779/102-106. Edit. López de Coca, “Fernando Álvarez de Toledo” doc. 4, pp. 663-664. 185 S.a. junio, 27. Huéscar. Alba 25.15. AGA 789/132-134. Edit. Torreblanca López, “Una expedición de Rodrigo Manrique”, pp. 1679-1680. El coste de la guerra y el precio de la paz 53 ejército granadino entre Benamaurel y Cúllar186. Por otro lado, tenemos también noticias de otras incursiones por la frontera murciana, como la que comandó en el mes de abril Alonso Yáñez Fajardo desde Murcia, que estuvo saqueando durante doce días, o la realizada también por el adelantado de Murcia la primera quincena de agosto por el valle de Almazora187. Además, en el mes de octubre Pedro Fajardo, sobrino del adelantado de Murcia, conquistaba Albox, apresando a todos sus habitantes, aunque para mantener este lugar necesitó que el concejo de Murcia le enviara posteriormente una hueste de refuerzo188. Sin embargo, y frente a la intensa actividad que se produjo durante este año en la frontera murciana y jienense, en el sector occidental hubo algo más de tranquilidad, aunque también se llevaron a cabo algunas incursiones en territorio granadino, como la tala de Málaga realizada por el maestre de Alcántara, Gutierre de Sotomayor, o el intento del conde de Niebla de conquistar Gibraltar. Así, en el mes de febrero Juan II ordenaba a las localidades del arzobispado de Sevilla que reclutaran hombres a fin de ayudar al maestre en la empresa que se estaba organizando189. Por ello, en la localidad de Gilena, cerca de Estepa, se reunieron las tropas que a finales de abril partieron hacia Málaga. Esta expedición duró veintisiete días y no tenemos más noticia de ella que los preparativos que se realizaron en Jerez de la Frontera190. Esta fue la última expedición del maestre como capitán mayor de la frontera del arzobispado de Sevilla ya que el 25 de mayo de 1436 Juan II comunicaba a los concejos de esta región que había nombrado a Pedro de Estúñiga, conde de Ledesma, nuevo frontero mayor de ese sector191. 186 Rodríguez de Almela, Compilación de las Batallas Campales, batalla nº CCXIII. 187 Torres Fontes, Xiquena, pp. 57-58. 188 Ibid. p. 58. 189 1436, febrero, 15. Alcalá de Henares. Carta de Juan II a las ciudades y villas del arzobispado de Sevilla y obispado de Cádiz en la que en virtud de la orden que había hecho a los capitanes mayores Gutierre de Sotomayor y Fernando Álvarez de Toledo de hacer talas en el reino de Granada, les pedía que reclutaran hombres y pertrechos. AMJ, AC, 1436, f. 259. Edit. Abellán Pérez, Fuentes históricas jerezanas, p. 532 y García Guzmán, “Jerez en las relaciones castellano-nazaríes”, pp. 201-202. 190 Sobre ellos vid. García Guzmán, “Jerez en las relaciones castellano-nazaríes”, pp. 191-195. 191 1436, mayo, 25. Madrid. AMJ, AC. 1436, fs. 358v-359v. Edit. García Guzmán, “Jerez en las relaciones castellano-nazaríes”, pp. 203-204.